La Real Academia Sevillana de Buenas Letras y el mundo de la bibliofilia a fines del siglo XIX y comienzos del XX
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LA REAL ACADEMIA SEVILLANA DE BUENAS LETRAS Y EL MUNDO DE LA BIBLIOFILIA A FINES DEL SIGLO XIX Y COMIENZOS DEL XX. Por VICENTE LLEÓ CAÑAL Me ha correspondido, dentro de los actos conmemorativos del grupo de los antiguos bibliófilos de Sevilla, singularizados aquí en las per so nas del Duque de T 's erclaes y del Marqués de Jerez de los Caballeros, la tarea de tratar, aunque sólo en líneas muy generales por la brevedad del tiempo, un sorprendente fenómeno que se produjo en la ciudad durante el último cuarto del siglo XIX y los primeros años del siguiente: me refiero a la inopinada aparición, en una Sevilla soñolienta y decadente, de un grupo, no sólo de bibliófilos, sino de intelectuales y eruditos investigadores verdaderamente extraordinarios, muchas de cuyas publicaciones conservan aún todo su valor científico. Pocos méritos puedo aducir para este cometido; si acaso el bien remoto de ser descendiente de uno de los miembros de ese grupo de bibliófilos sevillanos, Manuel Gómez Imaz, mi bisabuelo materno, y, quizás también el haber participado en el ultimo y fugaz intento de resucitar, a iniciativa del Duque de Segorbe, la Sociedad de Bibliófilos Andaluces en 1978, aunque no podría presumir desde luego de bibliófilo, ni de bibliomano ni de bibliofago, según la pintoresca clasificación del gran librero anticuario Francisco Vindel. Sin embargo, sí ha despertado siempre mi interés cómo, en esa Sevilla de la Restauración, una ciudad afligida por bostezos y "quejíos", pudo surgir un grupo tan brillante, con tal pasión por la literatura y
310 VICENTE LLEÓ CAÑAL la historia, con tal entusiasmo por el saber. Por dar só lo dos datos del contexto sociocultural en el que debieron moverse estas beneméritas personas, baste señalar que en 1877, un 54,72% de la población local era totalmente analfabeta, es decir, que no sa bía ni leer ni escribir y que en 1885, sólo existían en la ciudad ocho librerías frente a 160 tabernas "declaradas", aunque debemos admitir que en este último aspecto de la proporción de librerías a tabernas no hemos mejorado gran cosa en la actualidad. Desde luego existía ya en Sevilla una larga tradición de eruditos locales, desempolvadores de viejos papeles y abrillantadores de las glorias ciudadanas; piénsese, por ejemplo, en Félix González de León, Justino Matute y Gaviria, Francisco Maria Tubino y tantos otros estudiosos de la época, pero sus trabajos se produjeron, en general, aislados unos de otros, entre la ind if erencia general, y, de hecho, muchos de ellos nunca llegaron a ver la imprenta. El factor catalizador para que en este contexto de atonía pudiera darse un auténtico salto cualitativo fue sin duda la llegada a la ciudad de "Un Duque y un Marqués" como por antonomasia vinieron a ser conocidos los dos hermanos gemelos, Juan y Manuel Pérez de Guzman y Boza, Duque de T'serclaes de Tilly el primero, Marqués de Jerez de los Caballeros el segundo. Ambos habían nacido en esa ciudad extremeña en 1852 pero se trasladaron en su adolescencia a Sevilla a estudiar la carrera de Derecho y aquí se desarrollaría su pasión bibliófila, aglutinando en torno suyo a los más brillantes representantes de la intelectualidad sevillana. En este proceso jugó un papel fundamental un personaje poco conocido en la actualidad, pero al que el grupo de los bibliófilos sevillanos se sintió siempre estrechamente vinculado: D. José Vázquez y Ruiz. Fue este al parecer de condición modesta, pero también un ferviente bibliófilo quien, pese a sus escasos recursos, había conseguido reunir una buena biblioteca. Su nombre aparece, en los documentos, como integrante del núcleo fundacional de la revista "Archivo Hispalense" y como él mismo explica en una carta a Menéndez y Pela yo de 1 O de Mayo de 1886, suya fue la idea de publicar "obras inéditas referentes a
BIBLIÓFILOS Y BIBLIOFILIA EN LA SEVILLA DE FINALES DEL SIGLO XIX 311 Sevilla " que fue apoyada por el "Exc mo. Sr. Duque de T'serclaes, bibliófilo entusiasta" y los re sta ntes amigos reunidos en la casa de este. De su carácter desprendido da una idea el que, en agradecimiento a la cariñosa acogida de Menéndez y Pelayo a estos proyectos, le ofreciese de su biblioteca particular una edición de la traducción de la Eneida de Hernández de Velasco de 1575, que juzgaba rara. Del cariño, por otra parte, que siempre le tuvieron los bibliófilos da idea la nota incluida por Gómez Imaz en su folleto Curiosidades Bibliográficas y Documentos Inéditos de 1892: "El 29 de Agosto próximo pasado -escribe -dejó de existir nuestro amigo y compañero Don José Vázquez y Ruiz, dejando un vacío irreparable en esta Sociedad Literaria y en el afecto de todos sus amigos". Y en 1897, Rodríguez Marín, en su discurso de contestación al de ingreso en esta Academia del Marqués de Jerez de los Caballeros, escribía: refiriéndose a su pasión bibliófila: "a cimentar con solidez esta afición contribuyó un humanista pobre y modesto, un erudito entendidísimo, arrancado hace tres años a nuestro afecto por la muerte: Don José Vázquez Ruiz". Lo cierto es que tales influencias cayeron en terreno abonado y así, este grupo de aficionados a recorrer las librerías de viejo, se fue consolidando en forma de un equipo unido tanto por la erudición como por la amistad. En el grupo fundacional además del Duque de T' serclaes y del Marqués de Jerez de los Caballeros figuraban Francisco Collantes de Terán, Manuel Gómez Imaz, Joaquín Hazañas y la Rua, José de Gestoso y, naturalmente, Vázquez Ruiz; a ellos pronto se unirían Rodríguez Marín, Luis Montoto, Enrique Leguina, Barón de la Vega de Hoz y otros. En 1886, organizaron su primera empresa colectiva, la revista "Archivo Hispalense", destinada a publicar, según r ez a el folleto de su anuncio, "los estudios o trabajos hechos o que pudieran hacer se por nuestros eruditos referentes a esta ciudad". El éxito de la empresa se tradujo en la publicación, en sólo dos años y medio, de cuatro gruesos volúmenes de estudios y siete volúmenes independientes más. De hecho, la notoriedad alcanzada por esta iniciativa hizo que el grupo de "Archivo" terminase por absorber la Sociedad de Bibliófilos Andaluces, que había sido creada en 1869 por Jose
312 VICENTE LLEÓ CAÑAL María Asensio y Toledo, Francisco María Tubino, Pascual de Gayangos y otros eruditos pero que, para entonc es, llevaba una vida mortecina; aumentó entonces la produc ci ón editorial de la Sociedad, generosamente financiada por l os dos he rma no s gemelos y lo hizo, además, en ediciones de gra n belleza tipográfica y cuidada impresión; este último aspecto se lo debían los bibliófilos al impresor Enrique Rasco, "nuestro Didot", como le denomina en una ca rta a Menéndez Pelayo José María Asensio, refiriéndose a la mítica dinastía de impresores pa - risinos; en efecto, entre 1883 y 1904, la gran mayoría de lo s libros editados por los Bibliófilos salieron de su imprenta, situada en la calle Bustos Tavera, nº 1. En buena medida, la co he sión del grupo de los Bibliófilos procedía de la hospitalidad de "los niños de Sevilla", como el Conde de las Navas, Bibliotecario Mayor de S.M. el Re y Alfonso XIII, denominaba afec tuo samente a los Pérez de Guzmán. El verano, sin embargo, significaba una desbandada: así , en una ca rta de 20 de Julio de 1891, Gómez Imaz comuni caba a Menéndez Pelayo, "nuestro Archivo (está) disuelto, el Duque en Francia y el Marqués en Cádiz, hasta que las primeras aguas del Otoño nos hagan de sear la lumb re de su hogar." Efectivamente, en los salones de sus respectivas casas se reunían prácticamente todas las noches los amigos, compartiendo noticias y hallazgos. En otra carta de Gómez Imaz a Menéndez y Pelayo de 13 de Mayo de 18 91, d onde le agradece una suya anterior, le di ce que la ha "s aboreado con el mayor gusto y agradecimiento, o, por mejor decir, hemos saboreado, puesto que se leyó en publica sesión del Archivo Hispalense, s in que faltare el néctar Garvey para con él brindar por nuestro gran socio honorario." De la mi sma manera que l as bibliotecas reunid as por los dos hermanos tenían sus diferencias, una, la del Marqués, escorada hacia la literatura y la del Duque hacia la historia, las dos tertulias t am bién tenían sus características propias; en efecto, según nos cuenta Rodrí guez Moñino; la del Duque de T' serclaes era una t er tulia menos fo rm al, que empezaba entre las 8 ó las 9 de la tarde y finali zaba sobre las once. La casa de és te era, según el citado escr itor, "u n mucho destartalada y los
BIBLIÓFILOS Y BIBLIOFILIA EN LA SEVILLA DE FINALES DEL SIGLO XIX 313 ---- · ---··--- -- ·- libros y papeles se amontonaban tras cubrir los estantes unidos a la pared, sobre las sillas, en las mesas, arrimados al suelo en pilas desordenadas. Todos los de su casa gozaban con las alegrías bibliofílicas del Duque y este no tenía freno en sus aficiones; la propia Duquesa no vaci laba en penetrar alguna que otra vez en el sancta sanctorum y sa ludar a los caballeros allí reunidos". La tertulia del Marqués de J erez de los Caballeros, por su parte, ha sido descrita por Santiago Montoto. "La tertulia del Marqués -escribió -era escogidísima .... Era lo sumo de la elegancia, y, siendo todo lujoso en la casa, sobresalían por su empaque y primor el comedor y la biblioteca, piezas contiguas en comunicación, con unas hermosas puertas de maderas de tonos claros, con tallas muy resaltadas. La librería no era uniforme, pues algunos estantes tenían gruesos cristales para preservar la riqueza que encerraban, especialmente los manuscritos, los libros góticos y las primeras ediciones de las obras de Cervantes. El Marqués solía convidar a almorzar a sus amigos y, alzados los manteles, se trasladaba co n sus huéspedes a la biblioteca donde ya esperaban otros tert uliano s y a todos servían café, licores y habanos" Sin embargo, el tema de conversación era el mismo en ambas reuniones: los últimos hallazgos bibliófilos, los trabajos de investigación en curso, las nuevas publicaciones planteadas. Dada su gran fortuna, los más impor tantes hallazgos bibliófilos correspondían, naturalmente .. a los hermanos Pérez de Guzmán. Refiriéndose Rodríguez Moñino a 'la biblioteca del Marqués de Jerez de los Caballeros y a los precios que pagó por alguna de sus joyas, escribió "A unque estos precios resulten bajísimos comparados con los que estas obras costarían hoy, si se tiene en cuenta la diferencia del valor de la moneda, la suma de lo gastado por el Marqués de Jerez en sus primeros años de afición bibliófila, alcanza una proporción muy elevada. Probablemente nadie en España y en su ti empo tuvo la capacidad crematística y de entusiasmo que él." Y otro tanto, sin duda podría decirse de las adquisiciones hechas por el Duque de T'serclaes.
314 VICENTE LLEÓ CAÑAL A sí compraron lo mejor de las más importantes bibliotecas que salieron a la venta en la época, como las de Heredia, Conde de Benahavis, Vicente y Pedro Salvá, José Sancho Rayón y otras; compraban también fuera de España, en Lisboa, en Munich con el librero Jacques Rosenthal o en Londres con libreros míticos como Bernard Quaritch o Maggs Bros. En realidad su ritmo de adquisiciones era tal que había quien se quejaba de que hacían subir los precio s. Así en car ta de Pascual de Gayangos a Menéndez Pelayo, de Abril de 1891, escribía aquel "Conviene sin embargo que sepa que tanto los sev illa - nos Guzmanes, T'serclaes y Jerez de los Caballeros, como un señor de Madrid cuyo nombre ignoro, han dado de algún tiempo a esta parte en la gracia de per seguir todo género de librillo de poesía y novelesco, habiendo logrado por lo tanto que se encarezca dicho artículo hasta el punto de que una edición de Juan de Mena de Valladolid, 1516, haya subido hasta el exorbitante precio de nueve libras esterlinas" Por su parte, el re sto de los bibliófilos sevillanos, a un - que con menor poder adquisitivo, también buscaban rarezas con las que enriquecer sus respectivas bibliotecas, en un momento en el que, además, los efectos de la desamortización eclesiástica aún se hacían notar en los mercadillos y libreros de viejo. Así, no es de extrañar que en esta enfebrecida "caza del tesoro" libresca y, por otro la do, dentro del clima de buen humor y amistad del grupo prosperara una broma que tendría cierta trascendencia y que, por otro lado, revela su extraordinaria erudición En efecto, en el Otoño de 1897, reunidos todos ell os después del verano, en casa del Duque de T'serclaes, éste exhibió ante sus amigos su última adquisición : un rarísimo folleto, de hecho totalmente desconocido, con el muy barroco título de Crisol de La Verdad, lu z especulativa, espejo reluciente, descripción sumaria del Convento de San Agustín de Xerez de los Caballeros que h ab r ía escrito un tal Fray Enrique de Polanco, de la misma orden e impreso, del manuscrito original, en Córdoba hacia 1842 por un bibliófilo anónimo que firmaba con las iniciales T.E.B. y P.I. Lo más sorprendente del descubrimiento, fue que habiéndolo adquirido T' serclaes
BIBLIÓFILOS Y BIBLIOFILIA EN LA SEVILLA DE FINALES DEL SIGLO XIX 315 en Madrid, en el mismo momento en que lo mostraba a sus amigos, su hermano, Jerez de los Caballeros, sacara otro ejemplar idéntico pero adquirido en Li sboa. Se trataba de una coincidencia verdaderamente admirable, inconcebible. Sin embargo, tales consideraciones quedaron pronto amortiguadas ante el interés del folleto que, casualmente, contenía algo que lo hacía atracti vo para todos y cada uno de lo s contertulios; así, para el Duque por tratarse de historia local , para el Marqués por estar escrito en verso, para- Rodríguez Marín por incluir un desconocido refranero, para Valdenebro por tratarse de un impreso cordobés no registrado, etc. Sin embargo, ninguna de las pesquisas que intentaron los bibliófilos para sa ber algo más del inédito folleto, de su fraile autor o del anónimo impre so r cordobés, tuvo el menor éxito; en estas circunstancias, unos días más tarde, estando reunidos en tertuli a, ante la sorpresa de todos, apareció un criado que traía un par de botellas de vino y unos pasteles que ni el Duque ni el Marques habían pedido. En las etiquetas del vino figuraba el dibujo de un fraile con el rotulo de Fray Enrique de Polanco. En vista del general desconcierto, los dos autores de la falsificación, Manuel Gómez Ímaz y Enrique Leguina, Barón de la Vega de Ho z, tomaron la palabra: todo había sido un humo rí stico artificio para "c urar" a los dos hermanos gemelos de su manía bibliófila. Entre Gómez lmaz y Leguina habían escrito el folleto y habían buscado papel viejo para imprimirlo, tarea de la que se encargó Rasco, usando tipos desechados, con lo que quedó una edición prácticamente impecabl e. Más sorprendente tod av ía, conocedores los autores de la falsificación de los hábitos compradores de lo s dos hermanos tanto en Madrid como en Lis boa , tuvieron que haber implicado a sus libreros favoritos en la broma. Dejaron, sin embargo, una pista para descubrir la invención, aunque, en el general entusiasmo, había pa sado inadvertida: las misteriosas iniciales del supuesto impresor cordobés T.E.B. y P.l., en realidad querían decir Todo es Brom a, Pura Invención. De este folleto sólo se imprimieron siete ejemplare s, dada la escasez de papel viejo, que se repartieron entre los principales implicados; si embargo el suceso se recogió en otro,
316 VICENTE LLEÓ CAÑAL también rarísimo, folleto titulado Relación de un caso famoso, acaecido en esta ciudad de Sevilla a un Duqu e y un Marqués, bibliófilos recalcitrantes. Escríbela para advertimiento de Bibliómanos. Don Lorenzo de Miranda, hijo del Caballero del Verde Gabán , seudónimo bajo el que se escondía Don Lui s Montoto, imprimiéndose en 1898. Según Montoto, '"El Marqués de Jerez de los Caballeros se rió de la broma, no así el Duque de T' serclaes, que no supo disimular lo mal que le sentó" Y en efecto, en una carta de Rodríguez Marín a Menéndez Pelayo de 14 de Octubre de 1897, escribe este "El Duque y el Marqués de viaje. ¡ Buena ha sido la broma que han dado al primero con el contrahecho opúsculo referente a Jerez, Gómez-Imaz y Leguina!" Sin embargo, esta alegre camarilla literaria tenía sus días contados. El Duque, elegido Senador en 1891, se había instalado en Madrid, donde trasladó su biblioteca; por otro lado, votado como miembro de la Real Academia de la Historia en 1908, sus visitas a Sevilla fueron espaciándose cada vez má s. El Marqués de Jerez de los Caballeros, por su parte, sufría problemas de salud, especialmente un doloroso reuma en las manos, "calambre de escribiente" lo llamaba el, que casi le imposibilitaba para trabajar; al mismo tiempo, su desmedida afición a los libro s, casi tanto bibliomanía como bibliofilia, empezó a mermar gravemente su fortuna. En esas circunstancias el destino de su biblioteca se convertiría en una de sus principales preocupaciones. En este estado de cosas, en 1898, se produjo la visita a Sevilla del riquísimo hispanófilo norteamericano, Mr. Archer Milton Huntington; este se encontraba excavando en Itálica en compañía del arqueólogo francés Arthur M. Engel y tuvo la amabilidad de invitar a un grupo de intelectuales sevillanos, entre los que se encontraba Francisco Rodríguez Marín. a contemplar los hallazgos. No voy a extenderme en este tema de la adquisición de la biblioteca de Jer ez de los Caballeros por el citado Huntington pues sin duda será t ra tado con mucha mayor autoridad que yo por el Dr. Mr. John O'Neill; pero si me gustaría citar unas líneas de una carta escrita en 190 l por el Marqués al mecenas norteamericano y publicada por el citado
BIBLIÓFILOS Y BIBLIOFILIA EN LA SEVILLA DE FINALES DEL SIGLO XIX 317 Dr. O'Neill, pues explica la dura decisión que iba a tomar: "como ninguno de mis hijos tiene afición a los libros antiguos -escribe - he decidido vender mi biblioteca ... Me dirijo a V d. antes que a nadie porque me con sta su amor y afición a los preciosos libros españoles y porque su posición le permite tener se mejante biblioteca" La conservación de la biblioteca a la que había dedicado tanto tiempo y esfuerzo parece haber sido, pues, la causa principal de su decisión que, por otro lado, supuso un fuerte golpe anímico para el Marqués. Se cerraba, de este modo , un periodo de particular brillo en la ciudad de Sevilla; un periodo en el que a través de esta Real Academia de Buenas Letras, a la que casi todos los miembros del grupo pertenecieron, de la revista "Archivo Hispalense", de la Sociedad de Bibliófilos Andaluces, de la s tertulias institu ciona lizadas por el Duque y el Marqués y del intenso intercambio epistolar con colegas y amigos de toda España y Europa, consiguieron su per ar el estrecho panorama localista de momentos anteriores y dejaron un precioso legado de trabajos de erudición e inteligenci a. Muchas gracias