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Tierra devastada. Historia de la contaminación minera [Reseña]

Talego Vázquez, Félix

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REVISTA ANDALUZA DE ANTROPOLOGÍA NÚMERO 16: REFLEXIONES CONTEMPORÁNEAS SOBRE ABORDAJE DE LO RELIGIOSO, EL PATRIMONIO CULTURAL Y TURISMO RELIGIOSO MARZO DE 2019 ISSN 2174-6796 [pp. 112-126] http://dx.doi.org/10.12795/RAA.2019.i16.06 PÉREZ CEBADA, JUAN DIEGO (2014). Tierra devastada. Historia de la contaminación minera. Madrid: Síntesis; CHASTAGNARED, GERARD (2017). Humos y sangre. Protestas en la cuenca de las piritas y masacre en Rio Tinto (1877-1890). Alicante: Universidad de Alicante. Félix Talego Vázquez Universidad de Sevilla Comentamos dos libros de mucha actualidad. Ambos estudian sociedades mineras y, en particular, la cuenca minera de Rio Tinto, territorio en el que se han dilucidado, desde la segunda mitad del siglo XIX, algunas de las cuestiones relevantes de la realidad socioambiental y política en Andalucía y en el Estado español, en especial en lo que refiere a la conformación de una economía de enclave minero. En ambos textos se aborda el conflicto ambiental conocido como “El Año de los Tiros”, aunque en uno de ellos es el tema único (Humos y sangre) y en el otro (Tierra devastada) el punto de partida. Llamamos “Año de los Tiros” a lo que en realidad fue un largo conflicto ambiental que se prolongó entre 1870 y 1890 y que tuvo uno de sus hechos decisivos en la masacre de más de doscientos civiles desarmamos, perpetrada por el ejército en Rio Tinto del 4 de febrero de 1888. No hubo depuración de responsabilidades ni investigación judicial, el crimen quedó impune, y un responsable principal de la masacre, el Gobernador Civil Bravo y Fuentes, continuó su carrera en la corrompida vida política de la Restauración. Tanto Pérez Cebada como Chastagnaret coinciden, aunque por caminos distintos, en que este conflicto ha sido el más decisivo en la historia de la cuenca minera onubense y contiene características que justifican su relevancia en la historia mundial de la minería industrial. Por eso, Gérard Chastagnaret, catedrático emérito e investigador vinculado a la Casa de Velázquez, ha querido quizá poner colofón a su larga y fructífera trayectoria de investigaciones sobre sociedades mineras con el estudio minucioso del conflicto que mantuvieron agricultores y compañías mineras entre 1870 y 1903. Y Juan Diego Pérez, profesor titular en la Universidad de Huelva, no más llegar a la ciudad, se interesó por la historia minera de la provincia, intuyendo el “filón” investigador del “problema de los humos”, como también era llamado en la prensa de la época. Y si Chastagnaret, tras estudiar otras cuencas mineras, decide concluir en “los humos” de Rio Tinto, Pérez Cebada, que comienza ahí, decide iniciar un largo periplo, un viaje investigador admirable, en el que, mediante estancias y becas en distintas universidades europeas y norteamericanas, durante catorce años, estudia los principales conflictos ambientales habidos en la minería no ferrosa entre 1850 y 1950. Ese viaje le permite demostrar –es esta una de las conclusiones sólidas de su libroque el conflicto ambiental del Año de los Tiros figura entre los más relevantes en la historia de la minería industrial; y que ahondar en el conocimiento de lo ocurrido aquellos años en la cuenca de Rio Tinto puede aún enseñarnos mucho cara a los grandes conflictos ambientales del ciclo actual de fuerte incremento de la actividad minera. Eran mujeres, hombres, niños, ancianos, campesinos, mineros, vecinos, acompañados por una banda de música. Procedían de todos los rincones de la cuenca minera onubense, que varios articulistas llamaban “el país de los Humos”. Exigían mejoras en el trabajo y, simultáneamente, el fin de los humos (lluvia ácida, anhídrido sulfúrico), provocados por la calcinación al aire libre de piritas a una escala sin precedentes. Las peticiones que portaban fundían razones de lo que hoy llamamos justicia social y justicia ambiental: a las demandas por la mejora de las condiciones de trabajo se sumaban las de defensa de la salud de las poblaciones, de la agricultura y los animales. Esta síntesis constituye un ejemplo augural de ética ecológica en la geografía mundial. Y es paradigmática de otras muchas luchas que se han sucedido después en pro del cambio a una minería e industria sensibles a la explotación humana y de la naturaleza, pues una es necesariamente correlativa de la otra. Hasta los años setenta del siglo XX la sociedad civil de la cuenca minera no volvería a movilizarse aglutinada por el derecho a un ambiente saludable –con mucho menos consenso y participación que en 1888-, pues durante las primeras décadas del siglo XX 113 las huelgas mineras protestaron solo contra la injusticia laboral, y después se impuso la dictadura. Son cerca de cien años de olvido, pues los sucesos fueron orillados por autoridades, sindicalistas e historiadores, salvo algunas excepciones. No parece pues discutible la relevancia del estudio del “Año de los Tiros”, por sí mismo, como lo hace Chastagnaret, o como episodio de partida de un viaje muy revelador por otros de los grandes conflictos ambientales de la minería mundial, como lo hace Pérez Cebada. Pero la oportunidad de estos libros es si cabe mayor, pues en la faja pirítica, de la que forma parte Rio Tinto, pero que llega hasta la ciudad de Sevilla (Mina Las Cruces) se está produciendo en los últimos años una remineralización, todavía bastante desantendida, que es correlativa a la que se da en la periferia europea, que sigue la ola de la remineralización extractivista en el Sur global desde la última década del siglo XX. No es descabellado pensar que Rio Tinto, y en general la faja pirítica andaluza (que se continúa en Portugal) pueden ser un “laboratorio” de la remineralización en Europa, tras varias décadas de descenso de la actividad minera. Algo así ha afirmado el Presidente de la Patronal minera AMINER en la inauguración del Salón de la Minería Metálica, celebrado en Sevilla en 2017: “La Junta de Andalucía, mediante su “Estrategia Minera de Andalucía 2020”, posicionará a Andalucía como punto de encuentro de las industrias mineras de todo el mundo… las autoridades andaluzas han sacado a concurso más de mil derechos mineros de exploración, aumentando las probabilidades de que haya más yacimientos en un futuro no tan lejano”> (diario ABC, 17/10/2017). Lo mismo se desprende de la encuesta minera del Instituto Fraser ese mismo año, que clasificó aEspaña como uno de los destinos de inversión minera más atractivos de Europa. O las declaraciones de 2019 de la multinacional canadiense Primary Energy Metals asegurando la buena posición de España para el suministro global de cobalto, cobre, níquel y vanadio, metales abundantes en la faja de sulfuros polimetálicos del suroeste penínsular (El Periódico, 8/1/2019). No hay duda pues de que Tierra devastada y Humos y sangre son dos libros oportunos y actuales. Además, son intelectualmente relevantes, porque incorporan una perspectiva novedosa en el estudio de las sociedades mineras: el análisis de los problemas sociales y territoriales generados por los conflictos ecológicos de distribución y los pasivos ambientales de la actividad extractiva. Tanto Tierra devastada como Humos y sangre son libros bien construidos, con abundante información y con hipótesis que estimulan a continuar por “las vetas que explotan”. Pero son distintos, por su foco de atención y por su perspectiva. Tierra devastada Como se ha dicho, Pérez Cebada inicia el viaje al fondo de la minería industrial en Rio Tinto, recala en relevantes conflictos europeos, pasa por las principales cuencas 114 americanas, hasta adentrarse en algunos casos muy señalados en Japón. En su travesía recorre aproximadamente un siglo de minería no ferrosa, 1850-1950. Es un viaje a lo telúrico, al reino del azufre, ese “corazón de las tinieblas” que las mitologías de la antigüedad asociaban al inframundo. Un viaje que transforma al investigador, un poco también, inevitablemente, a la persona. A lo largo de su periplo Juan Diego va haciéndose con las herramientas teóricas adecuadas para analizar lo que encuentra. Deducimos –no lo explicitaque las del materialismo histórico le parecen pobres para explicar los conflictos sociales que encuentra, porque esas lentes solo resaltan el conflicto capital-trabajo, y Juan Diego ve otras muchas tensiones, agrupamientos y tramas que no se ajustan a ese molde. La sociología y la historia convencional ha estado muy condicionada por la teoría de la “contradicción fundamental” de Capital y Trabajo, y sobrada de econometría, supuestamente, para “medir el crecimiento”. Estos enfoques ven en las sociedades mineras sobre todo toneladas de mineral, ciclos de precios, número de puestos de trabajo, nivel de salarios, niveles de consumo y conflictos típicos de clase, en que los sindicatos mineros disputaban mejoras a la patronal o, en momentos álgidos de la lucha, incluso, la propiedad de los medios de producción y transformaciones políticas revolucionarias. Pero en las páginas de Tierra devastada los obreros de la minería y sus organizaciones apenas aparecen. Esto puede causar en los lectores –así ha sido en nuestro casouna perplejidad inicial: ¿por qué apenas aparecen los proletarios de las minas, si sabemos que en el periodo que Juan Diego estudia (1850-1950) se contaban por decenas de miles en las grandes cortas, desde Rio Tinto hasta Montana? ¿Los oculta conscientemente el autor? En absoluto: el rigor y la honestidad intelectual del Juan Diego son palpables página a página, llevándole justamente a resaltar la complejidad, la heterogeneidad de actores – entre los que están los obreros- y la dimensión poliédrica de los conflictos, muy alejados de cualquier esquema maniqueo. La conclusión es clara: en los conflictos de distribución ecológica, aquellos en que se dilucidan los usos del territorio, los derechos de propiedad de comunidades, la salud de las personas, de las aguas, el aire, la vegetación y los animales, los obreros pocas veces se hacen notar, y cuando lo hacen, a menudo asumen posiciones similares a las de los empresarios mineros: comulgando con el extractivismo, incluso en los casos –muchos- en que era su propia salud e integridad física la primera perjudicada. La atenta mirada del autor le permite registrar algunas excepciones, y resaltar una entre todas: la alianza de los obreros con agricultores, ganaderos y vecinos que organizan la concentración en el Ayuntamiento de Rio Tinto el 4 de febrero de 1888. El viaje de Juan Diego por las principales cuencas mineras del mundo le permite demostrar que 115 aquella alianza fue casi una excepción en la sucesión de conflictos en las grandes cuencas mineras, en las que los obreros, o se mantuvieron al margen, o se situaron del lado de los empresarios en la defensa a ultranza de la extracción, apoyando si al caso mejoras técnicas que paliaran o alejaran los efectos más aciagos de la contaminación. Pero sin cuestionar jamás que más extracción es mejor. Esto es lo que expresaba un periodista onubense en 1892: “las empresas… obligaban a los obreros bajo la consabida amenaza [el despido] a firmar exposiciones a las cortes y a los poderes públicos en pro de la continuación de las calcinaciones, negando al par la insalubridad de las mismas.” (Cornejo, 1892, en Pérez Cebada, 2014: 256). En las minas galesas, los obreros aplaudían cuando los pleitos interpuestos por los agricultores y vecinos contra los humos favorecían a las empresas; en Butte (Montana) en la década de 1880, un momento tenso de la lucha de los agricultores contra Anaconda Cooper Mine, era célebre entre los obreros el dicho “no smoke, no wages for workingmen” (Pérez Cebada, 2014: 256). Son casos de chantaje a los obreros por parte de las compañías, pero el libro da cuenta también de casos de chantaje de las compañías a los poderes públicos utilizando el empleo como arma: así, Rio Tinto Company amenaza a las autoridades judiciales galesas con el traslado de parte de su fundición de Cwmafan a España y la consiguiente pérdida de puestos de trabajo (Pérez Cebada, 2014: 52). La conclusión del autor es clara: la capacidad de respuesta al dominio de las compañías mineras y a los problemas de polución que ocasionaban, disminuía en proporción directa a la dependencia laboral de las sociedades respecto a las compañías (Pérez Cebada, 2014: 86). Ante tal conclusión, el lector se pregunta: ¿Cuál ha sido la contribución neta del proletariado minero a la devastación del extractivismo cuprífero y sulfuroso?;¿cuándo y para qué fines el proletariado minero ha actuado realmente como antítesis del capital minero, cuándo y para qué fines ha sido un aliado, o un instrumento de ese capital? Volveremos sobre esta cuestión política y teórica clave cuando comentemos el libro de Chastagnaret. Proseguimos los pasos de Pérez Cebada al interior del mundo minero industrial, y nos sorprende la profusión, lo abigarrado, complejo y enraizado de tantos conflictos que va mostrándonos: disputas, movilizaciones, informes científicos e interminables procesos judiciales se suceden en torno a los derechos de propiedad (a la propia noción y límites jurídicos de la propiedad), al derecho a preservar medios de vida y formas de vida tradicionales, de usos del suelo, a la salud pública, a la afectación de las cosechas, de los ganados, de las aguas de fuentes, abrevaderos y ríos. Intervienen en ellos actores 116 muy diversos: empresas mineras, poderes locales e instancias gubernamentales (muchas veces desintonizados o incluso en discordia), agricultores, ganaderos, pescadores, vecinos preocupados por su salud, sindicatos mineros, ingenieros, comités de expertos que elaboran informes por encardo de gobiernos unas veces, de las empresas otras, y hasta de los vecinos afectados; científicos reputados a cuya palabra se otorga autoridad, dada la legitimidad del “saber científico”; médicos locales que atienden a diario enfermedades endémicas en las cuencas, pero también academias médicas, que pretenden zanjar la discusión sobre la inocuidad de los humos o las aguas ácidas y metálicas; políticos de profesión y periodistas, que medran, pero que no pocas veces asumen compromisos, lideran y contribuyen a elevar el debate. La impresionante erudición que despliega el autor y su rigor analítico nos permiten captar la tremenda complejidad de estos conflictos, los juegos de alianzas, las “extrañas amistades”. Podemos traer aquí tan solo algunas de las controversias y de los actores que las sostuvieron. Por ejemplo, una que hila el desarrollo temático del libro: el protagonismo en todos los casos del sector agrario, desde los hacendados a los campesinos y pastores. Juan Diego demuestra que fueron los agricultores los que mantuvieron el pulso más enérgico a las megaempresas mineras. En algunos casos, pero menos y con menor capacidad, los pescadores se organizaron también contra la gran minería, por las mismas razones que los agricultores: por el deterioro evidente de sus medios de vida causados por la contaminación. Pero son los agricultores los que desarrollan las organizaciones más sólidas y cuentan con más medios para sostener demandas judiciales; encuentran aliados entre los periodistas e incluyo contribuyen a sostener prensa local. Hay entre ellos elementos cultos que desarrollan hábiles retóricas que apelan a la tradición, la identidad, la salud, los derechos vecinales y comunales. Al respecto, son magníficas, de intensidad novelesca, las semblanzas de Ordóñez Rincón y Lorenzo Serrano en Rio Tinto, o la de Shozo Tanaka en Ashio, Japón. ¿Fueron movilizaciones que hoy llamaríamos tipo NIMBY (no en mi patio trasero), motivadas egoístamente, para obtener compensaciones o retener el viejo poder oligárquico que las grandes compañías amenazaban? Juan Diego se interroga al respecto, ofreciendo una respuesta rica, matizada, pero afirmando a la postre que estuvo muy presente la resistencia al trastorno irreversible de unos usos sociales y culturales que, aunque con innegables injusticias, mantenían equilibrios y transacciones que las voladuras de la mina estaban haciendo saltar por los aires. Que, además, los afectados que se enfrentaron a las mineras, preocupados por la salud de las personas, las cosechas y los animales, desarrollaron una visión amplia de lo “medioambiental”, que incluía ya la política, la sociedad y la cultura, tal y como lo desarrollaría el activismo 117 ecologista posterior a los años sesenta del siglo XX. Una amplia visión que el autor no duda en sumar a los casos de “ecologismo popular” en los términos en que lo plantea Joan Martínez Alier (Pérez Cebada, 2014: 270-271). La constatación del protagonismo de agricultores y en, segundo término, de pescadores en el enfrentamiento a la megaminería nos lleva de nuevo a la perplejidad: los agricultores y pescadores, que están casi desaparecidos de los estudios clásicos de las sociedades mineras tienen en el estudio de Juan Diego gran protagonismo, mientras que los proletarios, auténticos protagonistas en los estudios clásicos de las sociedades mineras, son aquí, en el mejor de los casos, “actores de reparto” –con la excepción, ya señalada, del giro sindical en febrero de 1888 en Rio Tinto liderado por Maximiliano Torner-. Concluimos por tanto que Tierra devastada no solo da rigurosa cuenta de daños a tierras y ríos, del trastorno profundo de sociedades locales, de tramas clientelares que alcanzan a los gobiernos, sino que sacude lugares comunes de la teoría social: en el período por él estudiado (1850-1950), en lo que refiere al pulso de la sociedad civil contra la devastación minera, fueron los agricultores los actores principales en el enfrentamiento con las multinacionales, mientras que el proletariado, con alguna excepción, queda en el papel de comparsa. Curiosa inversión de protagonismos, que debe alentar la reflexión teórica, porque el campesinado, los pequeños y medianos propietarios agrarios, han sido “la clase incómoda” 1 en todos los estudios más o menos emparentados con el marxismo, tras la pesimista visión de ese sector que nos legó Marx, en especial en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, donde concluye que el campesinado carece de potencialidad revolucionaria. De ahí que, después, las corrientes principales del marxismo, teniendo por referente principal La cuestión agraria, de Kark Kautsky, y las políticas soviéticas, favorecieran el “final del campesinado” y su conversión en proletarios rurales centralizados en grandes granjas mecanizadas, o sumándolos al proletariado urbano (o minero). Porque el proletariado era, por seguir con el símil, “la clase cómoda” que venía preñada del futuro socialista. ¡Cuán diferente el panorama que ofrece Juan Diego! No ha debido serle fácil desechar las categorías marxistas (sensu lato), de tan larga y general aceptación en la Historia Económica. Que lo haya hecho avala su cualidad de investigador independiente, algo que puede pasar inadvertido a much@s, pero no a quienes sabemos de las presiones e inercias de las camarillas académicas. Recurre a otros filtros conceptuales. Efectivamente, ya en la introducción nos encontramos con otros referentes: John Muir, Aldo Leopold, Lewis 1. La clase incómoda, título del libro de Theodor Shanin (1983), anclado todavía en la maraña teórica del marxismo, pero crítico con las tesis ortodoxas de Karl Kautsky en La cuestión agraria 118 Munford, Nicholas Georgescu-Roegen, Murray Bookchin, Ramachandra Guha, Joan Martínez Alier, y muchos otros que en esa línea han ido fortaleciendo la perspectiva de la Economía Ecológica y la Ecología Política. Es la mirada de los “conflictos ambientales” o “de distribución ecológica”. De sumo interés es también el seguimiento que Juan Diego hace a la polémica científica en los conflictos de contaminación minera. Encendido debate, de amplitud y profundidad sorprendentes, conectado con la evolución de los procedimientos técnicos de extracción y separación del mineral. Las teorías científicas inciden y, simultáneamente, se ven condicionadas por las soluciones técnicas adoptadas, que tienen que garantizar siempre la rentabilidad, intentando disminuir o desviar los efectos más perceptibles del daño ambiental. El debate científico en torno a los efectos de los humos y las aguas mineras estuvo atravesado por una polémica académica global, la de quienes sostenían la “teoría del daño invisible” sobre la salud y quienes sostenían el origen bacteriológico de las enfermedades. La preponderancia de esta última teoría a fines del XIX (Pasteur) restó fuerza a los estudios que ya ofrecían evidencias del influjo negativo de los metales y del azufre sobre la salud. También en el seguimiento de la polémica científica sobre los efectos de la polución minera las averiguaciones del autor escapan a cualquier esquematismo fácil, mostrándonos complejas líneas de fuerza en las que movilización social, políticas públicas, técnicas, precios del mineral, investigación, interaccionan condicionándose mútuamente. Aunque en ningún caso llegó a ponerse en cuestión la ideología que alimenta el extractivismo, estas tensiones condicionaron la evolución de los procedimientos mineros y la estructura de las compañías. Muy revelador es también entender las razones de unos y otros actores en torno a la salud de las personas, en primer lugar, de los propios operarios. Fue un asunto central en todos y cada uno de los conflictos estudiados por Juan Diego, mostrando una vez más que las luchas contemporáneas contra megaproyectos, mineros o de infraestructuras, tienen precedentes interesantes que se remontan, en algunos casos a los años cuarenta del siglo XIX. La salud fue uno de los catalizadores de las posiciones de los actores. Asunto que, como sabemos, continúa muy presente en los conflictos que provoca el neoextractivismo (Martínez Alier, Walter, 2010), pero que, como demuestra Juan Diego, no es nuevo. Más aun, la lectura de Tierra devastada nos sorprende por la amplitud, profundidad y riqueza argumental con que fue abordada – y manipuladala relación entre salud y polución, y nos convence de que los problemas de contaminación en la minería industrial han de estudiarse con perspectiva histórica, porque los conflictos de la “primera globalización minera” están pesando y pueden ayudar a esclarecer los presentes. 119 En conclusión, el libro de Juan Diego debe contarse entre los referentes necesarios en una nueva literatura especializada que nos está ofreciendo otra mirada a la historia industrial contemporánea: una mirada que, cada vez con mayor solvencia y menos complejos, se hace extramuros de la cosmovisión productivista, aun hegemónica, si no en la academia, sí entre las corporaciones, los ministerios y una mayoría ciudadana educada en la ignorancia política. “Humos y sangre” El libro de Chastagnaret se centra exclusivamente en el conflicto provocado por la calcinación de las teleras (combustión al aire libre de los sulfuros para separar el cobre) en la cuenca minera de Rio Tinto, con minuciosidad y rigor: precedentes, hechos y consecuencias ambientales, sociales y políticas del problema de los humos (lluvia ácida). El autor explica en el prólogo las razones que le han llevado a escribir el libro tras una dilatada y fructífera trayectoria de investigaciones sobre cuestiones mineras. Lo hace, a nuestro juicio, con una afirmación demasiado rotunda: “Este libro hubiera debido haber sido escrito por otros y desde hace mucho tiempo” (Chastagnaret, 2017: 17). Es una afirmación en parte apropiada, en parte excesiva. Apropiada porque el crimen humano y ambiental de la minería en Huelva, cuyo episodio cardinal es la masacre del 4 de febrero de 1888, tiene suficiente trascendencia como para haber sido objeto de más atención. Confiemos que la creciente apertura teórica a los temas de la economía ecológica y la ecología política por parte de la academia favorezca tales estudios en un futuro próximo, de 1888 y de otros muchos conflictos ambientales de enorme envergadura que han venido sucediéndose, en la minería onubense y en otras cuencas. Pero es a la vez excesiva, porque otros autores y autoras se han ocupado del tema antes, y con acierto, lo que él reconoce para el caso de las doctoras Ferrero (1999), Arenas (1999) y Peña (1998). Pero no para el estudio de Pérez Cebada antes reseñado, ni de otras publicaciones de este autor sobre el problema de los Humos en la cuenca minera onubense. Es una omisión que no se justifica, pues se trata del estudio que, según se ha explicado, asume de manera decidida el enfoque de la ecología política en el abordaje del conflicto entre “humistas” y “antihumistas”. Enfoque al que se acerca Chastagnaret, aunque no lo reconozca2, pues la ecología política se caracteriza justamente porque, entre las múltiples miradas que son posibles en el estudio de los conflictos sociales, incorpora destacadamente la atención a los generados por la contaminación y el metabolismo 2. Extemporáneamente, en el prólogo declara: “… no practiqué militancia alguna y, en particular, esta investigación no entraña un compromiso ecologista. En este terreno mi única toma de partido está vinculada por mi interés por las abejas…” (Chastagnaret, 19) ¿? 120