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ABC o la memoria cultural de Sevilla

Iwasaki, Fernando

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235 numerosas publicaciones, entre libros individuales y colectivos y artículos, multitud de reseñas y críticas periodísticas en diversos medios. Desde abril de 2003, por nombramiento del director Álvaro Ybarra, y a sugerencia también de Ramón María Serrera, es crítico musical de ABC de Sevilla, en donde ha firmado más de un centenar de reseñas. Es un gran especialista en música barroca y contemporánea, sobre las que ha escrito también numerosos comentarios a programas en los últimos años. Según sus propias palabras, Platón dijo que la filosofía es la mayor de las músicas, lo que, filosóficamente, es lo mismo que decir que la música es la mayor de las filosofías. Yo, y ahora hablo en primera persona, así lo vivo y así lo siento: desde mis conocimientos musicales, adquiridos en diversos lugares (el más notable es la estancia en la Musikhochschule de Freiburg) y de distintos modos, en aprendizaje permanente; pero, sobre todo, desde mi sensibilidad artística, percibo que, junto con los míos, la música es el centro de mi existencia, y alrededor de ella giran mi pasión por la literatura, el arte y la vida, cada día de la cual lo vivo como el único. ABC o la memoria cultural de Sevilla Fernando IWASAKI Escritor de Sevilla durante casi 30 años. Introdujo a su hijo en el mundo de las artes y, en particular, de la música. 236 Un periódico -cualquier periódicoes una suerte de notaría de la actualidad. Sin embargo, cuando hablamos de una cabecera como ABC de Sevilla, que celebra 75 años sin faltar a su cita diaria con sus lectores, a la virtud de la actualidad habría que sumar la magia de la memoria, pues la historia del siglo XX sevillano jamás podría escribirse sin los recuerdos que atesoran las páginas de ABC de Sevilla. No obstante, mi cometido es glosar estrictamente lo que ha significado ABC en la vida cultural sevillana y uno podría resumir ese legado en tres conceptos. A saber, información, creación y opinión. Mucho antes que existieran los grupos de comunicación, las facultades de periodismo y la gestión cultural como estrategia mercantil, como fundación filantrópica o como escaparate político, la cultura era un quehacer de bohemios, quijotes, artistas y diletantes que poseía un prestigio propio. Probablemente se leía menos que hoy en día, seguro que las exposiciones eran más escasas y que la ciudad no formaba parte –como ahorade los grandes circuitos internacionales de música y danza, pero la magnitud de la creación y de la opinión compensaba con creces el déficit de información. Por lo tanto, uno de los méritos mayores de ABC fue convertir en género literario la información misma sobre Sevilla, amén de contar con los mejores colaboradores posibles en los territorios de la creación y de la opinión cultural. Una de las excelencias de la prensa española, desde los tiempos de Larra y Bécquer, es su condición de matriz de algunos de los libros más sobresalientes de la literatura española. Así, la mayor parte de los títulos de Azorín, Unamuno, Jarnés e incluso Ortega y Gasset –por no hablar de las obras de Cunqueiro, González Ruano, Julio Camba y Wenceslao Fernández Flórezgerminaron entre las páginas de los mejores periódicos españoles como ABC. Precisamente, hace dos años Catalina Luca de Tena compiló y prologó un libro excepcional 258 , una obra que reunía los mejores artículos publicados en la edición nacional de ABC, con ocasión de su centenario. ¿Qué autores poblarían una antología literaria de la edición sevillana de ABC? Un rápido inventario supone incluir a Juan Ramón, Salinas, Gerardo Diego, Dámaso 237 Alonso, Manuel Halcón, Chaves Nogales y José Antonio Muñoz Rojas, pasando por poetas y escritores como Adriano del Valle, Rafael Laffón, Guillermo de Torre, José Bergamín y José María Izquierdo, hasta llegar a los jóvenes autores que en los años 70 renovaron las letras andaluzas y las colocaron en el primer plano de la literatura española. Hablo de Fernando Quiñones, Alfonso Grosso, Manuel Barrios, Julio Manuel de la Rosa, Antonio Burgos o del propio Miguel García-Posada en el campo de la crítica literaria, entre muchos otros. No obstante, como toda enumeración es arbitraria y propensa a la aridez – cuando no a la omisión-, querría convocar en esta ocasión los nombres de tres escritores cuyas colaboraciones en ABC de Sevilla fraguaron libros bellos y redondos como joyas únicas. Deseo dedicarle unas líneas a Los cielos que perdimos (1964) de Joaquín Romero Murube, a Sevilla en su cielo (1984) de Juan Sierra González y a Las campanas perdidas (1987) de Manuel Ferrand. Los cielos que perdimos es un libro que recoge divagaciones, conferencias y prosas varias de Joaquín Romero Murube. Algunas de ellas fueron artículos publicados en ABC de Sevilla y se concentran en los capítulos nombrados como “Tiempo lejano”, “Ronda de los muertos” y “Tiempo perdido”. Como se puede apreciar, ya en los títulos latía una ambición poética que perseguía fundir la memoria individual con las lecturas, el paisaje, los escritores y la memoria de la ciudad. Así, el diario sevillano de Moratín le sirvió para hacer un alegato contra la incuria y el adocenamiento; un lienzo de Voltaire –colgado en el Alcázar por mi paisano Pablo de Olavidesupuso un repaso histórico de las miradas que lo barnizaban; en la viñeta del poeta Rafael Laffón crepita coruscante toda la poesía de la revista Mediodía, y ante la evocación del hijo de Richard Ford - enterrado en 1832 a la vera de unos naranjos que crecían donde hoy se levanta el Teatro Lope de Vegauno advierte conmovido que las raíces de los árboles del Casino de la Exposición acunan el alma de aquel niño inglés. En realidad, Joaquín Romero Murube había inventado la «sevillanía», una pátina poética con la que le daba a las cosas nuevas y brillantes el resplandor antiguo y umbrío 258 C. Luca de Tena, El periódico del siglo, 1903-2003. 100 firmas – 100 años. (Luca de Tena Ediciones, 238 de la tradición. ¿Acaso la misma vanguardia no es la tradición del cambio? El aforismo de Lampedusa, que habla de la necesidad de cambiar para que todo siga igual, constelaba de «sevillanía» la mirada literaria de Joaquín Romero Murube. Sevilla en su cielo –por otro ladoes un libro esquivo y rarísimo, que compila algunas colaboraciones del poeta Juan Sierra González en ABC de Sevilla. Publicado en 1984 por la Junta Municipal del Distrito de Triana, Sevilla en su cielo nunca ha sido reeditado y sólo es posible hallar ejemplares descabalados en baratillos o librerías de lance. Y con todo, ¡Qué artículos más hermosos dedicó a Sevilla Juan Sierra González! ¡Qué lástima de olvido! Poeta humilde y discretísimo, Juan Sierra fue uno de los animadores de la revista Mediodía, y su obra poética –breve pero intensaconsta de cuatro poemarios entre los que destacan especialmente Claridad sin fecha (1947) y Álamo y cedro (1982). Erróneamente encasillado en una poesía mística o religiosa, Juan Sierra combinó en sus dos últimos poemarios el surrealismo y la composición popular, vocaciones que también supo conciliar en sus artículos sobre Sevilla. No he leído crónicas más bellas de la Semana Santa que las agavilladas por Juan Sierra González en Sevilla en su cielo. Así, “Jueves Santo de Sevilla”, “Monumentos perdidos”, “Triana y Semana Santa”, “El mayordomo”, “Una Hermandad Sevillana” o “La Semana Santa en el tiempo”, son genuinas obras maestras riquísimas en metáforas y memorias. Sevilla en su cielo pertenece por su prosa al linaje de Ocnos, Pueblo lejano y Sevilla del buen recuerdo, aunque tengo que hacer hincapié en que Juan Sierra jamás se propuso publicarlo como un libro unitario, sino apenas como una selección de sus artículos aparecidos en ABC de Sevilla. Ello explica su grandeza y también su olvido. Finalmente, de las páginas de ABC provienen también Las campanas perdidas (1987), una hermosa silva de variada lección y erudiciones diversas, que Manuel Ferrand nos regaló a pájaros durante años, a través de sus artículos sobre libros, jardines, gastronomía, curiosidades, leyendas, monumentos y todo cuanto convocaba su sabiduría o su perplejidad. Y es que Manuel Ferrand estilaba una crónica literaria que Madrid, 2002. 239 consentía la perplejidad, porque en su infinita humildad siempre evitó abrumar a los lectores con sus conocimientos tan profundos acerca de tantas y muchas cosas. En un país de grandes articulistas y joyeros de la prosa, Manuel Ferrand se inventó un género de crónica donde sofreía humor, ensayo y ficción, creando personajes, inventando tramas o arrebujando libros apócrifos con verdaderos, para disimular su erudición y añadir cada día un capítulo nuevo a esa novela inacabable que es la vida cotidiana. Los artículos de Manuel Ferrand también querían ser una elegía sevillana, aunque no recurriendo a la tradición sino a la reinvención de Sevilla, porque Ferrand era tan capaz de reconocer la impronta de Sevilla en París, Nueva York, Londres o Buenos Aires, como de advertir los destellos de esas mismas ciudades dentro de la propia Sevilla. Sevillano universal, Las campanas perdidas de Manuel Ferrand marcan las horas de la Sevilla del mundo. En enero de 2005 se cumplirán veinte años de mi llegada a Sevilla, y Manuel Ferrand forma parte de mi educación sentimental sevillana, porque sus crónicas perfumaban mis desayunos en el antiguo bar «Vicente» que estaba detrás de correos, mientras El Pali le cantaba coplas a la foto de Paco Toronjo que ilustraba su botella de anís “Arenas”. Así, en el ABC de la barra del Bar Vicente comencé a leer a Antonio Burgos, Manuel Barrios, Julio Martínez Velasco, Antonio Colón y a otros escritores a quienes no quiero dejar de agradecer cuanto han escrito, para que les conste cuánto les debo. Pero «El Pali» ya murió, el bar «Vicente» cerró y Manuel Ferrand ya no está, y por eso sé que yo también sé cómo suenan las campanas de Sevilla cuando se pierden. He hablado de tres libros regabinados de las páginas de ABC y que han sobrevivido a sus autores. ¿Pero cuántos libros posibles podríamos leer y rescatar tras 75 años de información, creación y opinión cultural en ABC de Sevilla? Pienso en las ensayos literarios de Eduardo Llosent, en los artículos de Manuel Díez Crespo, en las columnas de Javier Smith, en los recuerdos de Manuel Jiménez Fernández, en las crónicas de Antonio Núñez Herrera o en las viñetas de escritores de José Luis Ortíz de Lanzagorta, por citar sólo a algunos articulistas maravillosos que prometen espléndidas compilaciones y antologías, como las de Joaquín Romero Murube, Juan Sierra González 240 y Manuel Ferrand. Hoy mi cometido era honrar esa memoria que al mismo tiempo me concierne. Sin embargo, no deseo terminar sin expresar el pudor que me arrasa al tener que glosar una historia que me sobrepasa, porque he sido el último en llegar a la casa de ABC. Ni siquiera soy el primero de los colaboradores peruanos de ABC de Sevilla, porque he sido felizmente precedido por Felipe Sassone, Jorge Bernales Ballesteros, César Pacheco Vélez, César Graña y Guillermo Lohmann Villena. Pero créanme que soy feliz de ser el último, porque a diferencia del Perú - donde el último apaga la luz - aquí en Sevilla el último siempre da la vez.