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La construcción de la identidad personal como proyecto de educación moral: supuestos teóricos y delimitación de competencias

Bernal Guerrero, Antonio

Abstract

En este artículo, replanteamos, vinculándolo a su dimensión moral, el problema de la identidad personal. Analizamos esenciales para la comprensión del fenómeno moral y proponemos el reconocimiento de la identidad en sentido formal fundamentos para el reconocimiento de la identidad de los demás, como alternativa a la tradicional perspectiva sustancializadora y al enfoque posmoderno que propone su disolución. Desde esta fundamentación del constructo identidad personal, se plantea la posibilidad de la construcción de la dimensión moral como parte central de la configuración positiva, humanizadora, de la identidad de la persona. Como componente esencial de un proyecto de educación moral, tratamos de delimitar las competencias generales que configuran la identidad moral del sujeto. Desde un enfoque educativo que asume la complejidad y la incertidumbre de los fenómenos humanos, las competencias propuestas se dirigen a la construcción posible de una persona moralmente autónoma.

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ISSN: 1130-3743 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS The construction of personal identity as a project in moral education. Theoretical hypotheses and the definition of competences La construction de Videntité personnelle comme projet d'éducation morale. Hypothèses théoriques et délimitation de compétences Antonio BERNAL GUERRERO Universidad de Sevilla. Departamento de Teoría e Historia de la Educación y Pedagogía Social. Facultad de Ciencias de la Educación. C/. Camilo José Cela, s/n. 41018 Sevilla. Correo-e: [email protected] Fecha de recepción: diciembre de 2003 Fecha de aceptación definitiva: marzo de 2004 BIBLID [(1130-3743) 15, 2003, 129-160] RESUMEN En este estudio, replanteamos, vinculándolo a su dimensión moral, el problema de la identidad personal. Analizamos los elementos esenciales para la comprensión del fenómeno moral y proponemos el reconocimiento de la identidad en sentido formal, fundamento para el reconocimiento de la identidad de los demás, como alternativa a la tradicional perspectiva sustancializadora y al enfoque posmoderno que propone su © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 130 ANTONIO BERNAL GUERRERO LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS disolución. Desde esta fundamentación del constructo identidad personal, se plantea la posibilidad de la construcción de la dimensión moral como parte central de la configuración positiva, humanizadora, de la identidad de la persona. Como componente esencial de un proyecto de educación moral, tratamos de delimitar las competencias generales que configuran la identidad moral del sujeto. Desde un enfoque educativo que asume la complejidad y la incertidumbre de los fenómenos humanos, las competencias propuestas se dirigen a la construcción posible de una persona moralmente autónoma. Palabras clave: identidad, identidad personal, identidad moral, educación moral, competencias educativas, teoría de la educación, sujeto, persona, valores. SUMMARY This study approaches the problem of personal identity linked to its moral dimension. We analyse the elements that are essential for understanding the moral phenomenon and we propose the recognition of identity in a formal sense, the basis for the recognition of the identity of others as an alternative to the traditional substantialising focus and to the post-modern focus that proposes its dissolution. From this basis for the personal identity construct, we propose the possibility of constructing the moral dimension as a central element of the positive, humanising configuration of the individual. As an essential component of a moral education project, we try to define the general responsibilities that configure the subject's moral identity. The proposed responsibilities are directed towards the possible construction of a morally autonomous individual from an educational approach that is fully aware of the unpredictable nature of human phenomena. Key words: identity, personal identity, moral identity, moral education, educational responsibilities, educational theory, subject, individual, values. SOMMAIRE Dans cette étude, nous posons une fois de plus, en le rattachant à sa dimension morale, le problème de l'identité personnelle. Nous analysons les éléments essentiels en vue de la compréhension du phénomène moral et nous proposons la reconnaissance de l'identité dans son sens formel, comme fondement de la reconnaissance de l'identité des autres, comme alternative au point de vue substancialisateur et d'une optique post-moderne qui propose sa dissolution. À partir du fondement de la constructivité de l'identité personnelle, on envisage la possibilité de la construction de la dimension morale comme partie centrale de la configuration positive, humanisatrice, de l'identité de la personne. Comme compétence essentielle d'un projet d'éducation © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 ANTONIO BERNAL GUERRERO 131 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS morale, nous essayons de délimiter les compétences générales qui configurent l'identité morale du sujet. D'un point de vue éducatif qui assume la complexité et l'incertitude des phénomèmes humains, les compétences proposées visent à la construction possible d'une personne moralement autonome. Mots clef, identité, identité personnelle, identité morale, éducation morale, compétences éducatives, théorie de l'éducation, sujet, personne, valeurs. La construcción de la identidad personal es un proceso eminentemente dinámico, puesto que en el curso de la vida misma los elementos configuradores de la identidad pueden modificarse. Curiosa y paradójicamente, en todo este proceso se produce un movimiento hacia la segregación, hacia la independencia, hacia la individuación, que resulta básico para llegar a construir la identidad personal; pero, al mismo tiempo, no es posible la individuación del sujeto sin la participación de los otros. Estamos abocados a la configuración de una identidad personal. Ahora bien, la mera construcción de la identidad no asegura su carácter humanizador, verdaderamente emancipador. Esto sólo es posible cuando la construcción de la identidad personal se realiza desde un proyecto educativo, cuando el sujeto se implica en la construcción sociocultural de su personalidad moral. Si preparar para la vida es tarea de la educación, más específicamente de la educación moral, la construcción de la identidad personal se convierte en proyecto de educación moral. Ese producto relativamente autónomo que cada sujeto ha ido construyendo, paulatinamente, a través de sus múltiples interacciones con otros individuos en entornos cada vez más complejos y plurales, a lo que llamamos identidad personal, no deja de interpelarnos y de estimular nuestra imaginación en busca de renovadas propuestas humanizadoras. 1. SUPUESTOS TEÓRICOS. EL PROBLEMA DE LA «IDENTIDAD PERSONAL». LA RELACIÓN ENTRE EL «SER» Y EL «DEBER SER» Inicialmente, tratamos de analizar el problematismo de dos elementos esenciales para la comprensión del fenómeno moral. Esta problemática constituye un quehacer previo al sentido y alcance de la acción moral, educativa. Primeramente, inquirimos el constructo «identidad personal»; en segundo lugar, indagamos la relación entre el «ser» y el «deber ser», entre las cuestiones de hecho y de valor. En la medida en que precisamos saber si es posible la construcción con sentido de la identidad personal, para afrontar adecuadamente la acción educativa, hemos de interrogarnos previamente por la consistencia misma de eso que denominamos identidad personal. Al mismo tiempo, la actualización de la noción de sujeto nos inclina a realizar las propuestas pedagógicas morales desde la superación de la vieja dicotomía entre el ser y el deber ser. En este sentido, acometemos la polémica entre éticas ideológicas y éticas deontológicas. El análisis del problema de la identidad © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 132 ANTONIO BERNAL GUERRERO LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS personal nos acerca al reconocimiento de la identidad en sentido formal, como alternativa a los enfoques tradicional y posmoderno de la cuestión. El conocido debate entre éticas ideológicas y deontológicas requiere nuevas fórmulas superadoras. 1.1. El constructo «identidadpersonal». Reorganización de la noción de sujeto Para la modernidad, ser sujeto, gozar de identidad personal, implica poseer subjetividad, autopertenecerse de un modo irrenunciable. Tal subjetividad se funda en la capacidad de decidir, de elegir, apoyada en una voluntad libre. El proceso de emancipación y secularización de la modernidad puede entenderse como consecuencia de la evolución histórica y sociocultural de nuestra civilización, que ha posibilitado la liberación del sujeto respecto de una red de proteccionismos por parte de la colectividad que le impedían su autenticidad, la expresión pública de su libertad. La sociedad se ha convertido, pues, en el espacio donde puede o no manifestarse esa libertad, donde puede hacerse o no realmente efectiva1. Con la posmodernidad, se ha pasado del reconocimiento del sujeto, de su identidad sustancialista, a su cuestionamiento radical, con una revivificación de las filosofías de la diferencia, que llegan al deconstruccionismo (Derrida, 1994), donde el sujeto queda fragmentado sin posibilidad unificadora alguna. El debate de la posmodernidad acaso haya puesto de relieve la parcialidad e insuficiencia de la tesis moderna, pero tal vez también, de modo consciente o no, de la propia tesis posmoderna. La verdad sobre el problema de la identidad personal nos reclama un esfuerzo de indagación y de síntesis superadora. Para los modelos behavioristas contemporáneos de la conducta, el sujeto, sencillamente, no existe porque no se ve. En el ámbito estrictamente filosófico el sujeto se entiende como trascendental, fuera de la experiencia, dependiendo del espíritu puro. En ambos casos no se afrontan sus ambivalencias, contradicciones e incertidumbres, su sentido y su levedad, su centralismo y su insuficiencia (Morin, 2001). El regreso de la idea de sujeto, del constructo identidad personal, requiere una reorganización conceptual susceptible de inquirir las ambivalencias y las paradojas que se hallan en el sujeto, una reconceptualización que revele la posibilidad de una construcción con sentido de la identidad personal, capaz de poner de manifiesto que no es imposible que los sujetos se reconozcan en unos determinados relatos identitarios, en unos significantes y significados concretos. Necesitamos pensar la 1. Originariamente, nuestra disposición activa socializada es la que ha permitido procurar independizarnos de las adversidades de la naturaleza y reforzar nuestra dependencia de los vínculos sociales (MACINTYRE, 2001). En este sentido, la creación de normas y pautas de colaboración, de un contrato de protección social mutua, es la primera gran invención libre del hombre. Ahora bien, el devenir del desarrollo político ha consistido desde un punto de vista histórico en la lucha por la ampliación del número de sujetos libres, desde la abolición de la esclavitud a la proclamación de los derechos humanos. © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 ANTONIO BERNAL GUERRERO 133 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS identidad personal de otra manera, no como esencia individual que conocer, sino más bien como un diálogo entre el individuo y sus otros de referencia. Progresivamente, se ha ido contrastando la capital importancia del proceso de socialización en el modo de verse y entenderse el sujeto2. Ni siquiera las explicaciones causales más intensas de nuestra condición pueden tener sentido si no es desde la intelección del mundo simbólico que constituye la cultura humana (Bruner, 1991). Nuestras actividades biológicas más elementales se hallan ligadas a normas, prohibiciones, símbolos, tabúes, mitos y ritos, esto es, a lo más específicamente cultural de nuestra condición; lo más biológico (nacimiento, muerte, sexo) es a la sazón aquello que más impregnado está de símbolos y de cultura (Morin, 2002). Al mismo tiempo, sabemos que los procesos de enculturación son posibles por las capacidades que nuestro organismo posee. En la interacción con el mundo, con los otros, el sujeto va construyendo su propia identidad, mediante un fenómeno de autoorganización por el cual es capaz de asumir su peculiar enfoque de la realidad, de ubicarse centralmente en su mundo. Este fenómeno autoorganizativo se produce en el complejo contexto de las interacciones entre el individuo y la sociedad3. Desde una original dependencia de su contexto cultural, la persona es autónoma, de un 2. Es muy interesante, no obstante, otra perspectiva, abierta a la indagación: la que analiza, digamos, la antesala del sujeto desde el espacio estrictamente interior de la intimidad. El filósofo Peter SLOTERDIJK (2003) afirma que los ámbitos presubjetivos olvidados por el subjetivismo moderno y por el objetivismo científico ya vienen marcados por un ser-con primigenio. Desde una reelaboración libre y original del ser en el mundo heideggeriano, Sloterdijk subraya que interrogarnos por dónde estamos nos lleva a pensar el habitar del hombre como un estar en esferas, espacios de relacionalidad que le van configurando pero que él mismo también configura, espacios que al romperse abren al individuo a nuevos modos de estar-en, a nuevas esferas. El espacio interior de la intimidad («burbujas»), la espacialidad originaria de la existencia antes de ser histórica o temporal, constituye, para Sloterdijk, una suerte de protohistoria de la subjetividad, una especie de antesala del sujeto. Ese espacio interior perdura en el individuo y conforma, antes que el individuo autónomo y soberano (perspectiva moderna), el locus central de la subjetividad. De este modo, las condiciones del sujeto están dadas no tanto por los contextos históricos de significado (como muestran las formas más habituales de hermenéutica o deconstrucción) cuanto por las propias relaciones protopsicológicas. 3. La vida en sociedad requiere que las personas sean en cierto modo fiables, es decir, que se hagan responsables de su conducta y que ésta de alguna manera resulte previsible. En este sentido, la identidad es una garantía de la continuidad de la persona, una garantía para la posibilidad misma de la interacción social. La pérdida de confianza lleva a la exclusión de las relaciones humanas, a la «despersonalización», como señaló WEIGERT (1983). Nuestra identidad posibilita que otras personas sepan a qué atenerse y confíen en una reacción adecuada a la interacción. Así, la continuidad de nuestra identidad, la coherencia del yo, es de capital importancia para facilitar las relaciones sociales y su institucionalización misma, como indicaron BERGER y LUCKMANN (1967). La interacción social reclama la confianza de unos en otros para saber a qué atenernos en las interacciones humanas. La identidad personal genera un marco de estabilidad necesario para permitir los contactos sociales con cierta fluidez, lo cual nos permite gozar de ciertos derechos a los que somos acreedores precisamente por ser quienes somos. De no ser así, en cada interacción habría que preguntarse por las demandas de identidad del otro interactuante, hacerle conocedor de las nuestras y tratar de negociar, no sin penosas dificultades, hasta dónde alcanzan los límites de lo que podamos aceptar en esa situación concreta, asumiendo que en cada momento nos encontraríamos ante un desconocido. © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 134 ANTONIO BERNAL GUERRERO LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS modo relacional y relativo; como dijera Ortega4, la vida es el hecho radical y la vida es circunstancia, sin salvar a la circunstancia no se salva uno mismo. Uno de los máximos exponentes de la filosofía hermenéutica europea, Paul Ricoeur (1990), ha señalado que la ipseidad —una de las acepciones de lo idéntico— del «sí-mismo» conlleva la alteridad en un grado tan elevado que uno no se deja pensar sin el otro5. El conjunto de instituciones humanas que denominamos cultura es fundamental para el desarrollo y liberación del sujeto racional. Sin duda, la cultura es producto de la disposición inteligentemente activa del ser humano, pero a la vez ha favorecido el incremento de la capacidad cerebral del hombre para elegir e inventar. Los actuales seres humanos no somos el mero resultado de la evolución biológica sino la propia obra de la capacidad práctica de actuación de nuestros antepasados. En este sentido, podríamos decir, con Savater (2003, 92), que el hecho de ser racionalmente activos, fundamento de la libertad, de los fenómenos de libertad6 que somos capaces de experimentar, «no sólo nos define sino que también ha contribuido 4. Afirma ORTEGA Y GASSET: «YO soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo» (Meditaciones del Quijote, Obras Completas, tomo I, p. 322). Aclara Ortega que uno ha de comprenderse a sí mismo como una unidad inseparable del cúmulo de circunstancias que le rodean, con aquello que puede denominarse «mi mundo». No soy yo y el mundo, sino que tanto el mundo como el yo constituyen una unidad constitutiva de mi vida. Por lo demás, puede advertirse que la perspectiva del yo circunstanciado orteguiano presenta ciertas connotaciones comprensivas para la moral. En la perspectiva kantiana la vida ética exige el reconocimiento de los otros como seres dignos y libres; el proyecto de cada persona, de cada sujeto racional, no puede impedir los proyectos de otras personas, antes al contrario, la bondad moral está en respetar y facilitar todo lo posible los proyectos de los otros, que nunca pueden ser tratados como medios sino como fines en sí mismos. En Ortega, no únicamente se considera la existencia de los otros como iguales a nosotros, sino que además se integra a los otros en el sujeto como su propia circunstancia. 5. En su obra Soi-même comme un autre, Paul Ricoeur se aleja del cogito cartesiano en la medida en que Descartes señalaba como punto de partida el sujeto como yo y como yo pensante. Nos indica Ricoeur que en la narración se supera la primera persona y se toma como sujeto el conjunto de personas gramaticales, aunque se use la tercera persona de manera privilegiada; de aquí se infiere que el autor emplee el término soi para referirse a la capacidad reflexiva de todos los sujetos. Tal mediación reflexiva sobre la posición del sujeto halla un notable apoyo en la gramática de las lenguas naturales al distinguir el soi (sí-mismo) del/e (yo). Ricoeur formula las dos significaciones fundamentales de la identidad: la del Ídem (lo mismo, mismidad) y la del ipse (uno mismo, ipseidad). La equivocidad del término idéntico se encuentra inmersa en el análisis de la identidad personal y de la identidad narrativa, en relación con la temporalidad como rasgo dominante del «sí-mismo»; el tiempo es tiempo humano porque está articulado de manera narrativa, la identidad del «yo» se relaciona con la capacidad de poder seguir una narración. Ricoeur plantea una dialéctica entre el «sí-mismo» (soi) y el «otro» (autre que soi). Precisamente, «soi-même comme un autre» hace referencia a que la ipseidad del «sí-mismo» implica la alteridad de un modo tan íntimo que uno no se piensa sin el otro; no se trata de una mera comparación, uno mismo parecido a otro, sino de una implicación: uno mismo en tanto que otro. La acción es acción con otros, de manera que el problema del otro está implicado en la narración. 6. Los fenómenos de libertad que el sujeto experimenta nos aparecen bajo el signo de una plural y no unitaria familia. Desde una perspectiva empírica, tanto una visión determinista como la postulación de un ser humano radicalmente libre no parecen sostenerse (FIERRO, 2002). Más bien se puede hablar de una atribución o predicación de libertad, de distintos modos de conducta libre, según medida o grados. De la persona y de su acción puede predicarse el atributo de libre, pero más que por una © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 ANTONIO BERNAL GUERRERO 135 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS decisivamente a configurarnos como especie». La acción del hombre no sólo está vinculada al despliegue de conductas instintivas, sino que también lo está, significativamente, al registro simbólico de posibilidades de acción que abren su conducta a lo inédito, a lo nuevo, a lo desconocido, más allá de los patrones de comportamiento establecidos en el pasado por los miembros de su especie. Gracias a nuestro cerebro, específico órgano de la acción, conocemos, deliberamos, evaluamos y decidimos; o sea, merced al cerebro humano tenemos moralidad7. No sólo heredamos, pues, la carga genética, también recibimos el legado cultural de nuestros antepasados; pero si aquélla se nos concede gratuitamente, las adquisiciones culturales hemos de aprenderlas con nuestro esfuerzo. En este sentido, puede afirmarse, con Aristóteles8, que la acción (praxis) es creadora de humanidad. Es la condición activa (incluso estar pasivamente en el mundo implica una elección, una actuación en términos generales) del hombre la que ha propiciado el principio, el inicio, de lo que específicamente le define. La reorganización de la idea de identidad personal nos urge si nos preocupa la intelección de su realidad, particularmente para su consideración como agente de conducta (Bernai, 2002). Los distintos sistemas biológicos, neuronales, conductuales y conscientes de un individuo constituyen un todo, una totalidad, que trata de articular la unidualidad cuerpo y psique. Esta totalidad consiste en una realidad polisistémica, integradora e integrada de sistemas distintos. Precisamente la complejidad interna y la multiplicidad de subsistemas integradores del «yo» ponen en riesgo la unidad del sujeto. Una tríada interior a la persona, delimitada por tres clases de instancias y de procesos de sujeto (afectivos y emotivos, cognitivos y de pensamientos, de acción propiamente dicha), nos refiere a una pluralidad de «sujetos», dentro del mismo sujeto personal, de los que no se puede asegurar que coincidan perfectamente. Alfredo Fierro (2002, 274) lo expresa así: El sujeto aparece compuesto, en realidad, por varios subsistemas comportamentales. Los elementos que lo componen no son idénticos entre sí, ni tampoco están perfectamente integrados, mucho menos jerarquizados. Su principal —por no decir única— organización es de cara al exterior: en efecto, la persona funciona como una unidad en sus relaciones de intercambio adaptativo con el mundo. Ciertamente ésta es la unidad funcionalmente necesaria y suficiente: basta con ella. En sus procesos internos, en cambio, no funciona ya de manera global e indistinguible. determinada cualidad ontológica interna y unitaria, por un haz de cualidades empíricas no ordenadas con una absoluta perfección. 7. Dice John RATEY, profesor de psiquiatría de la Universidad de Harvard: «Para empezar, lo menos que podemos hacer es enterarnos de qué se sabe ahora acerca de cómo nuestros cerebros hacen lo que hacen. En contra de la creencia popular, ése es un propósito no sólo científico, sino también moral: el conocimiento de uno mismo hace que sea aún más nuestra la responsabilidad de llevar una vida que maximice los puntos fuertes que podamos tener y minimice nuestras debilidades» (2003, 23). 8. Cfr. Ética a Nicómaco, Lib. VI, cap. X. © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 136 ANTONIO BERNAL GUERRERO LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS El conocimiento de la persona por dentro requiere, pues, desmenuzarla en su innegable pluralidad. El sujeto consiste en un sistema de comportamientos, o en una red de fenómenos, es decir, en una realidad que presenta en cierta medida estructura y organización. Mejor dicho, más que un sistema de comportamientos, se trata de diferentes sistemas o subsistemas de comportamientos. Esto significa adoptar un nuevo enfoque sobre la unidad y la identidad del sujeto. En el pensamiento occidental —en otras culturas no ocurre lo mismo (Rabinow y Sullivan, 1979)— existe una luenga tradición por que se considera a la persona como una entidad motivational y cognitiva bien entrelazada y altamente unificada9. Sin embargo, el personoanálisis (Greenwald, 1980; Gordon y Gergen, 1986) ha propugnado que el sujeto, más que una realidad sola e indivisa, consiste en muchas realidades, muchos sucesos o propiedades reales de la conducta, de la acción. La persona se halla configurada por diversos sistemas —verbal, corporal, del sí mismo y social—, separados, y, a menudo, en claro conflicto. En una palabra, para la teoría personoanalítica, el sujeto queda configurado por una multiplicidad de fenómenos y procesos que no guardan unidad entre sí. Realmente, en la configuración de la persona intervienen múltiples procesos de los que no conocemos su integración empírica, desde aquellos que definen la individualidad psicológica y el carácter activo del sujeto hasta los que coadyuvan a la representación social del sujeto, pasando por los relacionados con la adaptación y el propio desarrollo del individuo. En un arco que abarca fenómenos que se extienden desde la autorreferencia a la exorreferencia se perfila la identidad del sujeto ("Westen, 1985). Si se repara con atención en la propia realidad del sujeto personal, es fácil observar que su identidad describe trayectorias que comprenden desde la distinción o exclusión, por la que cada «yo» es único, hasta la inclusión o reunificación, por la cual podemos incluir el «yo» en un «nosotros» o un «nosotros» en nuestro «yo» (Morin, 2001). Se hace necesario el reconocimiento de complejidad de la continuidad. Hay un continuo entre la capacidad de referirse a uno mismo y la capacidad de referirse al mundo exterior, especialmente a los otros (heterorreferencia). Las acciones humanas discurren desde el interior del sujeto hasta el mundo exterior en un continuo altamente complejo. Un vínculo entre el sistema de «sí mismo» y el mundo exterior (exorreferencia) podemos hallarlo en el repertorio de comportamientos defensivos, de autoprotección física y psíquica y de afrontamiento de peligros y amenazas de distinto tipo. Este conjunto de conductas se dirige a la supervivencia del sujeto y a su 9. Las teorías personalistas se distinguen por mantener la tesis de la identidad de la persona en la radical coincidencia y unidad de los diferentes conjuntos de fenómenos y procesos de personalidad (ALLPORT, 1988; MASLOW, 1962...). Para las teorías personológicas, todos los fenómenos de personalidad constituyen manifestaciones de un idéntico principio sustancial, unitario e indiviso, estructural y de carácter dinámico. © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 ANTONIO BERNAL GUERRERO 137 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS optimización10 constituyendo un sistema caracterizado por los recursos de protección y afrontamiento del sujeto. Ahora bien, un enlace, un nudo, un vínculo plausible entre el sistema de autorreferencia y el de heterorreferencia puede encontrarse en el momento de la autopresentación. La presentación de uno mismo ofrece un paradigma de comunicación e interacción social. La presentación del propio sujeto es una acción orientada por completo al exterior, hacia otros sujetos, y sin embargo sigue siendo conducta autorreferida porque el objeto y el contenido de la comunicación sigue siendo uno mismo: «Por un lado, parece alojarse en la autoconciencia y desprenderse de ella; por otro, es pura exterioridad, fachada y escaparate, mera colección de máscaras, de roles» (Fierro, 2002, 284). Desde luego, podemos pensar que nada hay previamente a la presentación de sí y, si en algún caso se llega a crear algo que pudiéramos denominar «sí mismo», quedaría configurado por la progresiva acumulación de las sucesivas presentaciones y representaciones que el sujeto realiza. No obstante, también es posible realizar una interpretación distinta y opuesta: la presentación de sí se realiza en el sistema de sí mismo, es una actividad en última instancia autorreferida y la serie de personajes que presentamos en los diferentes escenarios sociales es en realidad el producto de una actividad de presentación de sí mismo. No es en exceso aventurado suponer que el sujeto autoconsciente no es el mismo sujeto exactamente que se presenta en sociedad, ni se identifica enteramente con aquel sujeto activado y dispuesto internamente para la acción en un determinado sentido. Por otra parte, el «yo» es una totalidad que está constituida no únicamente por los sistemas conscientes de un individuo, sino igualmente por sus sistemas biológicos, neuronales y comportamentales en sentido amplio. El «yo» es una realidad compleja y polisistémica. Pese a todos los cambios que sufrimos a lo largo de la vida parece permanecer esa capacidad de autorreferencia por que decimos «yo» para referirnos a algo que nadie más puede hacer, que nadie puede invocar en nombre de nadie. Este yo es quien percibe, recuerda, se emociona, anda, corre, se alimenta, disfruta, afronta la realidad y aun la transforma, emplea el lenguaje y es capaz de comunicarse con otros, aunque se trata evidentemente de un yo imperfectamente unificado y acaso no jerarquizado. La capacidad de verse y pensarse a uno mismo como sujeto entre otros sujetos se halla íntimamente vinculada a un sentimiento de continuidad biográfica, en el espacio y en el tiempo. La memoria nos permite mantener la identidad personal. Toda la información experiencial no puede ser almacenada por nuestra mente, hay olvido. Sólo recordamos selectivamente y no siempre con precisión. Así, mediante la transformación de ese caudal informativo en narraciones sobre uno mismo, a través de las versiones que construimos acerca de la realidad y sobre nosotros —validadas por los demás, o sea, aceptadas por las demandas implícitas de identidad—, conformadas a través de nuestras percepciones, nuestros 10. Este espacio del sujeto se halla especialmente vinculado a los efectos de la represión social, espacio frágil y fronterizo, cuando no rayano, con lo patológico (FIERRO, 2002). © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 144 ANTONIO BERNAL GUERRERO LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS dejando a un lado todas las presiones ambientales de carácter sociocultural. La crítica, que entendida correctamente siempre es positiva, trata de discernir, distinguir, aquello que es valioso de lo que no lo es. El despliegue de las potencialidades críticas del sujeto depende de la calidad de las interacciones que mantiene con el medio cultural. Es decir, depende de la cultura que se le presenta al sujeto y de cómo se le ofrece; es fundamental disponer de principios organizativos que posibiliten la integración de los saberes dándoles un sentido. La persona crítica debe poseer una «cabeza bien organizada», más que llena, «bien hecha», capaz de plantear los diversos problemas de la realidad con vocación de generalidad y de concreción, de globalización y de contextualización. Poseer sentido crítico, esforzarse en pensar bien, significa luchar contra el error y la mentira hacia uno mismo. El sujeto crítico busca en su deliberación la verdad posible, por eso procura fundamentar y argumentar correctamente sus propios juicios, sabiendo que «conocer y pensar no es llegar a una verdad absolutamente cierta, sino que es dialogar con la incertidumbre» (Morin, 2001, 76). Ni escéptica, ni dogmática, la persona crítica da razón de su pensar y de su vivir, actuando conforme a sí misma, a su propio carácter o modo de ser personal. La racionalidad crítica y autocrítica nos hace inmunes contra el error. Para poder poseer sentido crítico, es necesario conocer toda la información quesea relevante para la formación moral de la persona. Ciertas teorizaciones filosóficas, nociones de valor o morales, son imprescindibles para conseguir un conocimiento elemental y satisfactorio. Asimismo, todos aquellos documentos de relieve ético (la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la correspondiente legislación sobre los mismos es una documentación clave)16 y los elementos de raigambre moral de las legislaciones principales por las que se rige la comunidad constituyen elementos valiosos para la formación moral. El sentido crítico no puede construirse adecuadamente sin el conocimiento reflexivo de determinados hechos personales o sociales que se hallan en controversia desde el punto de vista de los valores y que reclaman ejercicios prácticos de juicio, de comprensión y de transformación. Es preciso reflexionar moralmente sobre situaciones concretas plenamente contextualizadas, reconociéndose así las razones empleadas en cada situación particular por los sujetos en ella implicados. Por otra parte, la persona precisa desarrollar su capacidad de deliberación17. Desarrollar el juicio moral permite afrontar de un modo justo los dilemas de valor. El desarrollo de la capacidad de razonar sobre los problemas morales, sobre 16. El análisis de los derechos humanos, como marco y horizonte de una educación en valores, es un requisito imprescindible de la actual educación moral. El ser humano es miembro de una comunidad educativa universal (MEDINA RUBIO, 2002). 17. La investigación pedagógica sobre educación moral ha posibilitado el diseño de programas de desarrollo moral en los sujetos centrados en la aplicación de dilemas morales. Pero también hay estudios que han pretendido demostrar que el desarrollo de la reflexividad, como estilo cognitivo, consigue incrementar asimismo el desarrollo moral (GARGALLO y GARCÍA LÓPEZ, 1996). © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 ANTONIO BERNAL GUERRERO 145 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS aquello que se considera correcto, se halla estrechamente vinculado a los principios desde los que se efectúa cada juicio. Las exigencias criteriales del juicio moral nos impelen a la búsqueda incesante de argumentaciones morales justas mediante el debate y la discusión, más allá de todas las presiones de cualquier signo. íntimamente ligado al logro de criterios de juicio moral se encuentra el desarrollo de aquellas habilidades que posibilitan contrastar de un modo crítico los distintos enfoques sobre la realidad. La comprensión crítica de la realidad no sólo requiere el desarrollo de habilidades que permitan adquirir información moralmente significativa, sino que el sujeto alcance habilidades dialógicas que le permitan establecer intercambios de ideas y de opiniones, así como la posibilidad de razonar sobre el punto de vista del interlocutor o interlocutores tratando de llegar realmente a un entendimiento, lo que supone incluso el cambio de opinión propia si así resulta pertinente. El diálogo debe presentar un uso recurrente en las situaciones educativas de cualquier género. No en vano el diálogo en sí mismo podríamos considerarlo un valor fundamental para la propia educación moral y para la vida democrática. El diálogo se halla en la raíz misma de la conciencia moral autónoma. 2.2. Tener criterio propio Pensar por sí mismo y de un modo correcto implica evitar la despersonalización, esto es, evitar, en el mayor grado posible, las influencias de factores externos manipuladores o bien de factores internos que nos impiden el ejercicio de nuestra voluntad libremente. Una persona con sentido crítico acaba por convertirse en un sujeto con criterio propio, o sea, alguien sometido a principios y reglas continuamente regenerados, susceptibles de adaptarse a las diferentes circunstancias de la vida. En los contextos neoliberales actuales con cantidades ingentes de información circulando sin cesar en entornos persuasivos muy poderosos, para ser personas autónomas y críticas se precisa potenciar los procesos educativos, a la vez que alcanzar una distribución más igualitaria de los recursos y dispositivos formales disponibles (Vera, 2001). Realmente, la posesión de un criterio propio protege al sujeto de los procesos de alienación que amenazan su propia identidad personal. Denunciaba Fromm (1981) que la industrialización de las sociedades modernas requiere para su funcionamiento del hombre enajenado, de los hombres autómatas, capaces de fabricar máquinas que actúan como hombres y de producir hombres que funcionan como máquinas. Es como si la razón se relacionara de modo inversamente proporcional al crecimiento de la inteligencia. Alain Touraine (19981999) ha señalado que ante una situación dominada por la globalización, la innovación tecnológica, el mercado y la competitividad, la nueva sociología del trabajo se desarrolla como un instrumento de reconstrucción de una sociedad de la producción, de control social de la vida económica en la que el trabajo es una forma de resistencia a las presiones del mercado y de construcción de una identidad personal y colectiva. Para afrontar las alienaciones que conminan al ser humano, © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 146 ANTONIO BERNAL GUERRERO LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS la realización del sujeto constituye un fin que no puede quedar subordinado a ningún otro propósito. Cuando se carece de criterio propio, la alienación penetra en el individuo siempre para provecho de algo o de otros individuos (moda, religión, grupos de poder, consumismo, etc.). La formación del criterio propio presenta, pues, un carácter liberador para la persona y posibilita que no pierda su identidad. Pero supone un esfuerzo personal considerable, no es algo gratuito, e implica riesgo, porque a veces decidir y elegir lo mejor significa ir contra corriente, padecer presiones y encontrar resistencias de diverso género para el desenvolvimiento personal. Con todas las limitaciones que nos muestra la ecología de la acción, el criterio propio nos convierte en seres morales y nos inclina al cumplimiento de lo deseable que no siempre coincide con lo deseado. Así, en ocasiones, el ser humano antepone a otros bienes la adhesión a unos valores determinados, la defensa de una forma de vida en la austeridad frente a la posibilidad de una existencia más confortable, la preservación de la propia identidad a cambio de situaciones de privilegio social o político... Sin caer en extralimitaciones acerca de la condición humana (Bourcier, 1968), únicamente a la persona de criterio cabe pedir verdaderamente responsabilidad: «Tiene responsabilidad quien tiene poder para hacer, quien no tiene poder para hacer no tiene responsabilidad» (Escámez y Gil, 2001, 26). El sujeto con criterio propio goza del autocontrol necesario para poder resistir los influjos ambientales y poner en práctica aquellas acciones que realmente quiere. Afirma Zygmunt Bauman, refiriéndose a los «dioses» contemporáneos (un partido, un veredicto histórico, una línea de progreso, una forma de ser humano, una ideología científica, un significado verdadero, una filosofía correcta), en todas sus incontables expresiones y disfraces, que estos dioses nos comunican uno y único mensaje: el derecho de unos cuantos a monopolizar el poder, la obligación de obedecer de los demás. Y agrega: «Sólo en la lucha contra esta unicidad se convierte el individuo humano, y el individuo humano como sujeto moral, en sujeto responsable, y puede nacer un sujeto que acepte la responsabilidad de su responsabilidad» (Bauman, 2001, 245). Esencial a la educación moral, por tanto, es la capacidad de autorregulación del sujeto, la capacidad de dirigir por sí mismo su comportamiento. Esta capacidad trata de salvaguardar la iniciativa de la persona, su posibilidad, aunque limitada, de actuar de un modo voluntario, al margen de todas las presiones sociales que determinan patrones conductuales preestablecidos. Se entiende que el sujeto capaz de autorregularse se convierte, en la medida de lo posible, en verdadero agente de su conducta conforme a sus propios criterios morales (Escámez, 1998). El sujeto puede mostrarse así coherente entre lo que piensa y argumenta y lo que hace —logrando aquellos hábitos de comportamiento deseados—, entre el juicio y la acción moral, configurándose de esta manera un carácter o modo de ser propio de él, singular, único. © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 ANTONIO BERNAL GUERRERO 147 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS 2.3. Presentar sensibilidad emocional Nuestras acciones no dependen exclusivamente del componente cognitivo del sujeto, de su lógica, de su razón, sino también de nuestros sentimientos. Un cerebro reptiliano (médula espinal y bulbo raquídeo), lugar donde residen nuestras pulsiones más elementales, como la agresividad; un cerebro mamífero (paleocortex), con el sistema límbico posibilitador del desarrollo de la afectividad; finalmente, el córtex y especialmente el neocortex, específico de los humanos, sede de las operaciones de la racionalidad (Ratey, 2003). Con la evolución de las especies, estos cerebros se han superpuesto y no han desaparecido; he aquí nuestra naturaleza. No hay una jerarquía estable entre los tres cerebros, puede haber alteración de jerarquías. De modo natural, la razón no siempre manda sobre los sentimientos y controla las pulsiones. La región emocional es el sustrato sobre el que se desarrolló y evolucionó el cerebro racional y continúan estando en conexión a través de miles de circuitos neuronales. Por esta razón los centros emocionales inciden vivamente en el funcionamiento global del cerebro. Tanto emociones como sentimientos básicos forman parte de nuestro equipamiento biológico, pero es definitivamente el ambiente cultural el que generalmente termina modulando cómo van a manifestarse o controlarse esas emociones y sentimientos en función de los símbolos, significados y patrones culturales del grupo en el que el individuo nace y crece. La moralidad no es el resultado ciego de emociones irracionales, pero tampoco un conjunto frío de principios racionales. El pensamiento tradicional ha tenido siempre dificultades para considerar las emociones desde la perspectiva de la racionalidad. No obstante, hay contextos en los que la evaluación racional debe considerar necesariamente el componente de sensibilidad emocional, particularmente en los grandes proyectos vitales, tan ligados a la educación moral. En este sentido, podría afirmarse que un fracaso afectivo absoluto es un fracaso racional (Broncano, 2001). No es extraño, pues, que en estos últimos años se haya insistido especialmente en la «inteligencia emocional» (Goleman, 1996) para enfatizar la importancia de la afectividad para la vida personal y colectiva, e incluso para el desarrollo mismo de los individuos, con el ánimo de contribuir favorablemente a la construcción de una cierta «sabiduría emocional» en las personas. La dotación biológica, la cultura y la estructura social, así como el desarrollo afectivo que experimenta un individuo terminan por edificar su dimensión emocional, por lo que una educación adecuada puede coadyuvar a forjar una personalidad afectivamente ajustada, con la repercusión positiva que ello tiene en la configuración de su identidad moral. Comprender los sentimientos de los demás o percibir y canalizar las propias emociones constituyen capacidades básicas de esa sabiduría emocional18. 18. La capacidad para entender y comprender las propias emociones, así como los sentimientos de los demás, se halla íntimamente relacionada con la autoestima (LINDENFIELD, 2001). Ésta surge de la evaluación que el sujeto realiza de sí mismo y de la consecuente respuesta afectiva al contenido de © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 148 ANTONIO BERNAL GUERRERO LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS Disfrutar de las relaciones con otras personas y poseer un nivel de confianza en uno mismo satisfactorio depende de nuestra inteligencia emocional, que va construyéndose a lo largo del desarrollo del propio sujeto, puesto que el temperamento no es el destino, aunque «cada uno de nosotros posee un temperamento innato, se mueve dentro de un espectro concreto de emociones, una característica que forma parte del bagaje con que nos ha dotado la lotería genética y cuyo peso se hace sentir a lo largo de toda la vida» (Goleman, 1996, 335). Presentar sensibilidad emocional constituye una competencia que el sujeto debe alcanzar para la configuración pertinente de su personalidad moral. En la conducta moral intervienen las emociones y sentimientos personales. Por tanto, es preciso poseer la sensibilidad requerida para percibir, asumir críticamente y saber emplear las propias emociones y sentimientos como elementos influyentes en la conciencia moral del sujeto. Con todo, en el propio desarrollo de la persona sus dimensiones emocional y moral mantienen una compleja interrelación. Ciertos sentimientos nos conducen al pensamiento y la acción morales y, a su vez, el conocimiento moral coadyuva al control emocional. Martha Craven Nussbaum (2003) ha insistido recientemente, analizando el pensamiento aristotélico y algunas de las principales escuelas filosóficas helenísticas, en el valor regulador que la alternativa moral puede ejercer sobre la vida de las personas, desvelando y formulando pensamientos y sentimientos profundos. Concibiendo la filosofía como un arte comprometido cuyo fin es la lucha contra la desdicha humana, al igual que lo hacían epicúreos, escépticos o estoicos, Nussbaum reclama el ejercicio crítico de la cultura, la dimensión terapéutica del filosofar, que presenta un efecto liberador de falsas creencias en tanto que los deseos y valores se han formado socialmente. Desarrollar la capacidad de conocerse, de conocer los propios sentimientos, es el fundamento para la toma de conciencia emocional. En efecto, cuando hemos logrado aprender a percibir nuestras propias emociones, a ordenarlas y a aceptarlas, entonces tenemos la posibilidad de poder encauzarlas y gobernarlas. El conocimiento de sí mismo da opciones para desprenderse de sentimientos negativos y, al mismo tiempo, posibilita cierta optimización vital ligada a la capacidad de autodominio que experimenta el sujeto. El autoconocimiento progresa paralelamente a dicha evaluación. Junto a las atribuciones que aluden a los juicios sobre las causas de los resultados en distintos ámbitos comportamentales y al éxito o fracaso en campos muy valorados por la persona, tanto la comparación social como la valoración recibida por parte de otras personas inciden claramente en la constitución de la autoestima. A mayor dependencia de los demás estos últimos factores adquieren más relevancia. Por eso es tan importante la calidad humana de la relación con los niños, dependientes de los adultos para tantas cosas, puesto que la formación de su autoestima dependerá en gran medida del tipo de relaciones afectivas que mantengan con las personas que están en su entorno más próximo. Esto es válido igualmente para aquellos adultos que por distintas razones (inmadurez psicológica, deficiencias de diverso orden) muestran una excesiva dependencia de los demás con la consiguiente influencia en la conformación de su autoestima. Potenciar un autoconcepto basado en la propia acción y sus consecuencias preserva de la construcción de la autoestima exclusivamente como percepción imaginada de los otros, aunque siempre dependerá en uno u otro grado de la valoración de los demás. © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 ANTONIO BERNAL GUERRERO 149 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS la conciencia de identidad personal del sujeto (Harris, 1992; Cobo Paredes, 2003). Es posible el cultivo de la capacidad de controlar y gestionar las propias emociones, los impulsos y las situaciones afectivas en las que el sujeto pueda encontrarse. Básicamente, se trata de controlar la acción: evitando ciertas conductas inadecuadas, aplazando comportamientos y cambiando las estrategias conductuales si es preciso19. Todo ello está relacionado con la consolidación de comportamientos orientados a la fuerza de voluntad, al esfuerzo razonado y razonable, a la capacidad de sacrificio o de autoexigencia. Esta capacidad del sujeto se hace tanto más necesaria cuanto más fácilmente se ve arrojado, desde múltiples instancias, a fórmulas hedonistas rudimentarias, al consumo irreflexivo momentáneo, a la acción vertiginosa y a menudo gregaria, buscadora de satisfacciones inmediatas, que nada tienen que ver frecuentemente con el disfrute de bienes ajustados a las exigencias de la inteligencia y de la sensibilidad (Guisan, 1990), más proclives al goce profundo y duradero. En este sentido, parece necesario educar en la capacidad de tolerar la frustración, que nada tiene que ver con incitar al abandono de metas o tareas, sino más bien con fomentar la capacidad de superación de obstáculos, transmitiendo el valor del esfuerzo como medio para alcanzar los objetivos. El reconocimiento y control positivo de las emociones y sentimientos en la configuración de la acción moral predispone asimismo para la comprensión y entendimiento de los sentimientos de los demás. Vinculada a la sabiduría emocional se halla la capacidad de percibir los sentimientos de los otros. No hay desarrollo de la inteligencia emocional sin el contacto interpersonal, sin interacción emocional entre un sujeto y otro u otros sujetos. Se trata de adquirir la sensibilidad necesaria para poder valorar el dolor ajeno —recorriendo la gama de emociones pertinentes: piedad, benevolencia, amargura, rabia, indignación, solidaridad, etcétera—, para poder reflexionar sustancialmente sobre el sufrimiento de los demás y poder actuar para aliviarlo o eliminarlo si está a nuestro alcance. Esta capacidad entraña, pues, un evidente grado de compromiso con el otro, también nos hace partícipes de su suerte (Ortega y Mínguez, 2001). Cultivar los procesos empáticos, para los que hay una disposición natural en el sujeto como la hay para la agresividad o el odio (Cobo Paredes, 2003), resulta decisivo para la construcción de la competencia emocional. 2.4. Manifestarprosocialidad Unida estrechamente al ámbito afectivo, se encuentra la esfera de lo social. De hecho, fácilmente encontramos programas educativos para desarrollar la competencia social que, en realidad, son programas socioafectivos (Trianes, 1996; Roche y Sol, 1998). Efectivamente, la competencia social se manifiesta en el dominio de 19La gestión constructiva de los conflictos desde las aulas puede considerarse en clave preventiva y base operativa de alfabetización emocional (SANTOS REGÓ, 2001). © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 150 ANTONIO BERNAL GUERRERO LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS ciertas habilidades sociales, que siempre suponen algún género de evaluación por parte de los otros con la correspondiente implicación emocional favorable o desfavorable, pero también forma parte de ella la asunción individual, cognitiva y socioemocional, de una disposición conductual prosocial. La prosocialidad presenta un gran valor moral, puesto que con ella no se hace referencia a una mera cooperación —entendida como distribución de esfuerzos, costes y beneficios—, sino que se alude a la realización de conductas favorecedoras para otras personas, grupos o metas sociales, sin búsqueda por parte del sujeto de recompensa alguna. En las relaciones interpersonales, una conducta prosocial aumenta la probabilidad de generar una reciprocidad positiva, solidaria, sin perderse la identidad de las personas o grupos implicados. La cordialidad y la confianza en el otro nos abren al mundo que nos rodea iluminándolo de algún modo y recibiendo de él igualmente cierta plenitud, algún sentido. La asistencia física a otras personas que la precisan para cumplir un determinado propósito; dar y compartir objetos, ideas, experiencias; palabras de apoyo o consuelo; manifestaciones para confirmar el valor de otras personas o aumentar su autoestima; la acogida y la escucha atenta y profunda; el compromiso de compartir consecuencias penosas o desgraciadas para otros; la presencia y proximidad personal en los momentos oportunos, constituyen claros ejemplos de manifiesta prosocialidad. Por otra parte, como ya hemos advertido, las acciones prosociales tienden a hacerse recíprocas multiplicando sus efectos en las diferentes interacciones. Así, se minimiza el riesgo de conflictos violentos, se incrementa la flexibilidad y se evita el dogmatismo mediante la actitud empática, se estimula la comunicación, se aumenta la sensibilidad emocional respecto de los demás, probablemente se mejora la percepción de personas y en las personas y se refuerza el autocontrol. Las habilidades sociales hacen más eficaces nuestras relaciones interpersonales. Sin duda alguna, hay que desarrollarlas adecuadamente desde los primeros momentos en que ello es posible, especialmente desde que el niño abandona su egocentrismo psicológico y es capaz de situarse cognitivamente en otros puntos de vista (Muñoz, Trianes y Jiménez, 1994). Las habilidades sociales son imprescindibles para que se pueda realizar una adaptación social equilibrada, saludable. La capacidad de adaptación a los distintos contextos sociales y la posibilidad de establecer relaciones sociales satisfactorias tanto con los «iguales» como con los que no lo son depende de nuestras habilidades sociales. Cuando disponemos de un buen repertorio de habilidades sociales20 incrementamos nuestras posibilidades de bienestar. Al tratarse de conductas sociales específicas, las habilidades dependen del contexto en el que han de desarrollarse, de los parámetros (edad de las personas 20. Las habilidades sociales representan conductas complejas que contienen componentes motores, emocionales y cognitivos, y se caracterizan por ser respuestas específicas a situaciones específicas (hay pocos comportamientos sociales apropiados para todas las situaciones). Estas habilidades se aprenden. Podríamos destacar las siguientes habilidades: de interacción social, para hacer amigos, conversacionales, para resolver problemas. © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 ANTONIO BERNAL GUERRERO 151 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS que intervienen, género, objetivos planteados, lugar, etc.) de la situación concreta de que se trate. Las habilidades no pueden disociarse del medio en que se insertan. En este sentido, las interacciones entre iguales, y no sólo entre adultos y niños, se han revelado como importantísimas para la configuración de habilidades y para el propio desarrollo personal (Monjas, 1995). A partir de las específicas condiciones de interacción que ofrecen los diversos espacios (familiar, laboral, escolar, lúdico, etc.) se pueden desarrollar las habilidades sociales y la conducta prosocial en el sujeto. El reconocimiento del valor de la comunidad y de la asimilación crítica de las normas colectivas para su buen funcionamiento constituye una capacidad que debe ser desarrollada. Adquirir normas convivenciales es necesario si queremos una correcta vida colectiva, lo cual no impide su crítica y su revisión permanente en busca de logros más justos (Medina Rubio, 2002). La educación moral no puede desligarse de las experiencias que nos brinda la vida comunitaria. La construcción de la propia identidad se realiza en el seno de la comunidad. La acción pedagógica sistemática sobre el ámbito de la educación moral es una condición necesaria para alcanzar un nivel de alfabetización funcional suficiente en sociedades plurales y democráticas (Martínez, 1995). En este sentido, se enfatiza la necesidad de la integración participativa en las comunidades próximas, ya que esas pequeñas comunidades, esas asociaciones, «fomentan el autogobierno y la unión entre los ciudadanos para exigir el respeto a sus derechos civiles, políticos, sociales o de calidad de vida» (Escámez y Gil, 2001, 40). La capacidad de reflexionar críticamente sobre las formas de vida y tradiciones valorativas de las comunidades se halla en el núcleo de una educación para una ciudadanía responsable. De este modo, los ciudadanos podrán asumir la responsabilidad de participar dignamente en la reconstrucción social (Ortega y Mínguez, 2001). Comprender y adoptar nuestra responsabilidad como ciudadanos significa que hemos de creernos que somos verdaderamente agentes de la democracia y que, desde nuestra autonomía, hemos de darnos nuestros propios principios, respondiendo de nuestros actos, encaminados a la difícil pero apasionante tarea de construir un mundo más habitable. 2.5. Mostrar sentido creativo en el ámbito de los valores La construcción de la conciencia moral, que inicialmente no es un proceso autorreferencial sino dependiente de la interacción social y comunicativa, es posible por los procedimientos de deliberación y acción moral (juicio, comprensión, autorregulación). No se trata de una conciencia entendida como capacidad ilimitada e indeterminada tanto en su conocimiento como en su orientación. Precisamente se considera conciencia moral autónoma ese conjunto de procedimientos que hacen posible la autodeterminación, o sea, establecer por uno mismo qué se considera correcto, y, además, ser capaz de actuar con coherencia respecto de lo considerado correcto implicándose personalmente en la acción (Puig, 1996). La identidad moral del sujeto se va construyendo en el enlace entre los procedimientos reseñados y los valores hacia los que se orientan dichos procedimientos. © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 152 ANTONIO BERNAL GUERRERO LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS Todo individuo nace en una cultura, que siempre supone una interpretación de la realidad, pero que se le representa como «la realidad». Cada persona, en su percepción del mundo, se enfrenta a las cosas pero sentimentalmente percibidas. Todas las indicaciones y preceptos morales que recibimos de las generaciones anteriores se encuentran como sedimentados en una cultura concreta, llegándonos casi como supersticiones, cuando ya hemos olvidado las causas que los generaron. Las distintas tradiciones morales han sido configuradas por un compendio de accidentes históricos originados por un deseo permanente de supervivencia y de felicidad. Se tiene la impresión de que muchas normas morales son síntesis contundentes de soluciones a problemas ya olvidados, que podrían explicarse, pero que resultan más eficaces si se imponen imperativamente por la obligación moral. La moral que recibimos en una cultura determinada está plagada de contenidos implícitos, muchos de ellos de ancestral explicación (Harris, 1993). En las diversas tradiciones morales encontramos autoridades, normas, sistemas de controles y sentimientos ligados a la experiencia moral. A través de las instituciones socializadoras, cada cultura transmite un corpus de deberes. En un marco de elevada complejidad sentimental, al niño le llegan los deberes establecidos desde fuera, integrándolos en un modelo. Tal modelo es proporcionado inicialmente por la sociedad, y se trata de un modelo mental para ser realizado, es decir, sugeridor de la acción mediante unas reglas u obligaciones. No faltan razones para hacerlo: integrarse en el medio social, ser aceptado y querido, hacer lo que se espera de uno, huir de la culpa o de la vergüenza, estar orgulloso de uno mismo, evitar el castigo, ser alabado. Estos sentimientos nos unen afectivamente con el modelo propuesto y pueden esclavizarnos. La presión de dicho modelo termina, frecuentemente, en rutina, presentándose muchas obligaciones como costumbres. Éstas, cuando se convierten en hábitos atemperan el deber, que pasa a ser casi como natural, como una naturaleza añadida a la naturaleza. Este modelo representa un proyecto general de vida que se acepta sin reflexión, con la misma ingenuidad que caracteriza la aceptación de las normas del lenguaje, y que cada sujeto hará concreto de un modo determinado. Con el paso del tiempo, al entrar el modelo en crisis por algún motivo, la persona puede preguntarse por qué tiene que aceptar ese modelo, y la respuesta puede ser transgresora, apartada de la moral vigente en su cultura (Marina, 1995). La creación ética pasa por la superación de estas morales de primera generación, convencionales, para poder articular morales de segunda generación, legitimadoras de la diversidad, de la riqueza creativa de las diferentes culturas, y configuradas desde un mayor conocimiento de la acción moral, de su sentido y su alcance. En este sentido, se ha proclamado la necesidad urgente de una ética, considerada como moral universal, transcultural, en la que puedan encontrar solución los graves problemas que aquejan hoy a la humanidad. El sentido creativo en el dominio de los valores demanda una actitud crítica hacia cualquier forma de ser o vivir que la realidad parezca imponer, porque «ser humano consiste en buscar la fórmula de la vida humana una y otra vez» (Savater, 2003, 33). © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 ANTONIO BERNAL GUERRERO 153 LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS No se trata, evidentemente, de rechazar por completo todos los elementos de las tradiciones morales. Aunque en ocasiones su aplicación específica pueda resultar discutible y dependiente de ciertos contextos culturales o de determinadas etapas históricas, lo cierto es que podemos hablar de un conjunto de valores que consideramos universalmente deseables21. Estos valores merecen ser cultivados a través de la educación moral. Sin embargo, su reconocimiento y asimilación no significa que las personas se cierren a nuevas consideraciones valorativas cuando tales valores se aplican a determinadas especificidades o cuestiones problemáticas en las que surgen nuevos dominios de acción moral. Muestra de lo que decimos podría ser, desde la perspectiva de la colectividad, el proceso de reconocimiento de los derechos humanos de «primera generación» o de «segunda generación», relacionados más directamente con los derechos donde el Estado tiene un papel destacado para que se cumplan, aunque estos últimos representaron un avance en los planos económico y social, así como sucede con los denominados derechos de «tercera generación» o de «cuarta generación», que han acentuado progresivamente la responsabilidad de cada persona (Ballesteros, 1992). Desde el ángulo individual, el sujeto puede igualmente luchar por lograr una forma de vida personal abierta y creativa en el ámbito de los valores. En este sentido, nos parece fundamental que el sujeto desarrolle las capacidades de participación democrática y de acción comprometida con la realidad social en la que se halla inmerso. A través de la participación social (Escámez y Gil, 2001) la persona puede disponerse a adquirir determinados compromisos de acción donde pueda contrastar sus propios proyectos con la realidad comunitaria en busca de una sociedad más libre y justa. Pero para poder contrastar proyectos es preciso tenerlos, o sea, es conveniente que el sujeto trate de hallar incesantemente sus propias claves de valor, cultivando el conocimiento de sí mismo, desarrollando la capacidad de composición de la propia vida personal, de las trayectorias autobiográficas, sobre las que poder construir un proyecto de vida deseable. A la postre, avanzar en cultura democrática supone estar buscando constantemente lo que más nos conviene hacer para que nadie quede dañado en la exclusión; implica, igualmente, aumentar la capacidad de información y de decisión de cada persona respecto del modo de vida que haya elegido para sí. Significa enseñar al niño a que busque por sí mismo su estilo de vida, facilitándole los medios que le conviertan en un ser autónomo y tolerante con las decisiones privadas de cualquier otra persona. Cultura moral y democrática, en fin, supone producción continua de símbolos que impulsen y motiven a vivir en la sociedad pluralista ejercitándose en la vida privada más libre. 21. Por ejemplo, PUIG ROVIRA (1995) ha destacado los siguientes valores. Desde una perspectiva macroética o pública: justicia, libertad, igualdad, solidaridad, benevolencia, tolerancia, respeto, participación, compromiso y cooperación. Desde una perspectiva microética o privada: renuncia, reconocimiento, verdad, apertura a los demás, empatia, consideración, amor, coherencia, responsabilidad y voluntad de valor. Como valores comunes a ambos espacios éticos destaca la autonomía y la crítica. © Ediciones Universidad de Salamanca Teor. educ. 15, 2003, pp. 129-160 l60 ANTONIO BERNAL GUERRERO LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD PERSONAL COMO PROYECTO DE EDUCACIÓN MORAL. SUPUESTOS TEÓRICOS Y DELIMITACIÓN DE COMPETENCIAS SARRAMONA, J. (2003) Los indicadores de la calidad de la educación, en AA.W., Calidad, equidad y educación. San Sebastián, Erein, 33-64. SAVATER, F. (2003) El valor de elegir. Barcelona, Ariel. SCHELER, M. (1941) El formalismo en la ética y la ética material de los valores. Madrid, Revista de Occidente. SCHON, D. (1987) Educating the reflective practitioner. Londres, Jossey-Bass. SEARLE, J. R. (2000) Razones para actuar. Oviedo, Nobel. SLOTERDIJK, P. (2003) Esferas I. Burbujas. Madrid, Siruela. TOURAINE, A. 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