El ideal cosmopolita en Valery Larbaud
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EL IDEAL COSMOPOLITA EN VALÉRY LARBAUD INMACULADA ILLANES ORTEGA Universidad de Sevilla Valery Larbaud es, sin duda, uno de los ejemplos más representativos de la corriente de cosmopolitismo cultural y literario que se desarrolla en el mundo intelectual francés durante la primera mitad de este siglo. La constante insatisfacción consigo mismo y con el mundo que le rodea, que caracteriza al hombre moderno, encuentra un particular aliado en el espectacular desarrollo de los medios de comunicación, que harán cada vez más fácil la tarea de partir en busca de nuevos espacios y nuevos mundos, en un desesperado intento por ensanchar los estrechos límites de lo cotidiano. El viaje se convertirá así en medio de evasión constante, ya sea como desplazamiento físico a través del mundo, como en forma de lecturas de distinta procedencia, que acercan al lector realidades distintas y diversas. Larbaud, viajero impenitente, pasará la mayor parte de su vida recorriendo Europa y descubriendo sus literaturas. Y, como él, sus principales héroes serán jóvenes cultos y acomodados, empedernidos viajeros y cosmopolitas convencidos, dedicados al descubrimiento y el goce de la diversidad de un mundo cada vez más accesible. Barnabooth, Marc Fournier, Lucas Letheil, Felice Francia, Poutuarey, Luis Losada... en todos ellos hay algo de su creador y entre todos configuran el ideal de un nuevo héroe, ciudadano de una Europa que se sueña unida en su diversidad. Para todos ellos, autor y personajes, el viaje responde ante todo a un deseo de cambio, de ruptura con la monotonía de lo cotidiano, de todo aquello que, por demasiado conocido y perfectamente asimilado, ha dejado de despertar curiosidad, se ha hecho trivial, llegando incluso a resultar angustioso. El desplazamiento supone la entrada en un nuevo mundo, distinto del habitual, nuevas sensaciones, nuevas experiencias, nuevas gentes, nueva cultura... El cosmopolita iniciará así un nuevo proceso de integración que le resultará sólo temporalmente satisfactorio, ya que la novedad se convertirá inevitablemente en hábito, en monotonía, y el deseo de huida surgirá de nuevo. La necesidad de cambio es, pues, constante, y afecta a todos los aspectos de la existencia: nueva casa, nueva ciudad, nuevo ambiente, nueva ocupación, nuevas lecturas, nueva lengua en ocasiones, y, por supuesto, nueva compañía femenina. Como las ciudades, las mujeres se descubren y se aman con pasión, pero incluso la relación más hermosa acabará
convirtiéndose en un pesado lastre del que es necesario liberarse a toda costa. El tren o el moderno y veloz coche procurarán entonces el alejamiento necesario, que ponga fin a la angustia de una situación insostenible y cree el necesario distanciamiento emocional, dejando el espíritu libre y abierto a nuevas sensaciones y experiencias. De este modo, el ciclo de integración y huida se repetirá de modo constante. No obstante, existe cierta circularidad en este cambio continuo, ya que la atracción por la novedad convive con la nostalgia de lo ya conocido. El alejamiento borra la angustia, volviendo a presentar como deseable lo que se había convertido en aborrecible, no por sí mismo, sino tan sólo por haberse hecho habitual. Así, el ciclo viajero se compondrá tanto de nuevos descubrimientos como de periódicos retornos a aquellos lugares con los que el espíritu se identifica de un modo más íntimo. El retorno supone un redescubrimiento, una nueva mirada que permite profundizar en el conocimiento de una realidad particularmente atractiva. El mismo espacio será así distinto en cada ocasión, desde la perspectiva que ofrecen las experiencias acumuladas desde la última visita. La nostalgia del recuerdo atrae al viajero hacia la recuperación de viejas emociones, pero no implica, en ningún caso, un apego a ultranza a costumbres indestructibles. Porque es precisamente de la costumbre de donde nace la insatisfacción. Ningún lugar, ningún tipo de vida, ninguna mujer satisfacen plenamente a un espíritu inquieto que no encuentra su lugar en el mundo. Porque el espacio del cosmopolita no es uno, sino que está compuesto de múltiples lugares. Su espacio es el universo, inabarcable en su inmensidad, cuyo disfrute, temporal y parcial y, por tanto, necesariamente insatisfactorio, sólo puede conseguirse en el movimiento del traslado incesante. Estrategia de lucha contra la angustia vital, el viaje se integra además, como elemento fundamental, en un particular modo de vida, un proyecto de formación y realización personal, la llamada «vie princiére» o «libre vie cosmopolite», cuyos pilares básicos son la búsqueda de la singularidad, nacida de un profundo egotismo, y la dedicación constante y casi exclusiva al placer y el cultivo personal. El código de comportamiento de este dandy del nuevo siglo aparece recogido, de forma explícita, en el «Programme pour l'année prochaine» redactado por Lucas Letheil, el joven protagonista de Mon plus secret conseil Si bien es cierto que su propio autor arrojará al fuego este texto ingenuamente exagerado, no dejará sin embargo de reconocer la buena voluntad que lo inspira, ya que su intención no es otra que sacar el máximo provecho a su existencia. El error del joven Letheil se encuentra, sin embargo, en pretender programar de antemano una vida que se reclama ante todo libre. El proyecto de vida del cosmopolita se caracteriza por ser esencialmente abierto, libre de ataduras afectivas y de condicionamientos previos que impidan seguir en cada momento las propias inclinaciones. Sin embargo, y pese a estar abocado irremediablemente al fracaso por este error de base, el programa de Letheil ofrece una sistemática exposición de los principios y actitudes que rigen el ideal cosmopolita al que servirán los héroes larbaldianos. En primer lugar, como condición previa e indispensable, el aspirante a cosmopolita debe disfrutar de una posición económica desahogada, que garantice una total libertad 1 Cfr. Mon plus secret conseil in: Larbaud (1989).
de movimientos. La figura ideal es la del joven rentista, huérfano e independiente. Juventud, libertad y dinero en proporciones adecuadas constituyen, pues, el punto de partida para una vida regida por la búsqueda del placer personal y por un principio fundamental: «progresser chaque jour dans la maîtrise de soi même». De esta premisa inicial derivarán toda una serie de reglas particulares, encaminadas a procurar la experimentación y disfrute de toda la diversidad que ofrece el mundo, evitando, al mismo tiempo, la creación de lazos afectivos que, por demasiado estrechos, pongan freno al libre ejercicio del individualismo. De este modo, sin preocupaciones materiales ni ataduras sentimentales, el joven rentista se dedicará a recorrer el mundo, estableciéndose, siempre de forma temporal, en sus lugares favoritos. El viaje, surgido de la necesidad de evasión se convierte así en un medio de permanente enriquecimiento personal, favoreciendo la constante experimentación de la novedad y ensanchando los límites del espíritu. En tanto que desplazamiento, el viaje proporciona innumerables sensaciones estéticas al espíritu esencialmente poético del observador que contempla los cambiantes paisajes desde el vagón de primera, permitiéndole además gozar de la esperanza de cambio que genera el movimiento. Sin embargo, la velocidad del traslado no es más que el necesario intermedio que separa los diferentes espacios, las diferentes etapas. Porque, para el viajero cosmopolita, el viaje es, ante todo, estancia. El viajero gusta de instalarse en las ciudades que visita, buscando la plena integración entre sus gentes. Para ello, cambiará la vida de hotel por el alojamiento «chez l'habitant» (e incluso la casa en propiedad, si se trata de un lugar de retorno estacional), se adaptará a las costumbres y modos de vida del nuevo lugar y buscará en él nuevas relaciones. Protegido por el no siempre posible anonimato, el extranjero busca hacerse un lugar por sí mismo en la nueva sociedad, por la que debe ser aceptado y valorado en tanto que individuo, independientemente de su fortuna y origen. Rodeado en todo momento de comodidad y lujo, este «aristócrata del viaje» dedica sus jornadas al cultivo intelectual y al descubrimiento del nuevo universo. Para ello, monumentos y museos ofrecerán poco interés en relación con el placer del paseo, de la «flânerie» por calles, plazas y rincones, respirando la auténtica vida de la ciudad y sus gentes, descubriendo cada detalle y fundiéndose plenamente en el nuevo espacio. El cosmopolita huye en todo momento del «turismo», de la mirada superficial que se conforma con el escaparate del exotismo, para buscar la realidad profunda, tan distinta casi siempre de esa imagen externa, pero que permite realmente conocer, comprender y apreciar un nuevo universo, abandonando los prejuicios del forastero. Bajo estas condiciones, el viajero se integra en la vida del lugar que visita y pasa así a vivir múltiples «vidas», como ciudadano de cada ciudad, experiencias que enriquecen su espíritu y favorecen el desarrollo del relativismo y de la conciencia universalista. Un aspecto ineludible para alcanzar un grado satisfactorio en esta integración será, por supuesto, la superación de las barreras lingüísticas. El viajero cosmopolita se convierte así necesariamente en políglota, lo que le permitirá superar su condición de extranjero y establecer relaciones con los miembros de la nueva comunidad en la que busca introducirse, hasta llegar a sentirse plenamente «en casa» en el nuevo medio. Pero, lo que nace de una necesidad práctica se convierte, para este individuo cultivado y amante del estudio, en una
afición intelectual que derivará desde la dedicación disciplinada hacia el «divertimento filológico»2. Y es que la lengua ocupa un puesto de excepción entre las manifestaciones culturales de un pueblo. A través de ella se entra en contacto con la literatura, pasión personal a la vez que inmejorable instrumento de formación. La lectura de los autores clásicos, pilares de la cultura de un determinado pueblo, se combina con el interés por los escritores contemporáneos, expresión de la realidad más actual y aún desconocidos, en la mayoría de los casos, más allá de las fronteras del propio país. Pero además, la lengua es lugar privilegiado para la expresión del pueblo que la crea y emplea, de su carácter, de su cultura y de su historia. Proverbios, dichos populares y expresiones cotidianas recogen, no sólo en su valor semántico, sino incluso en su componente sonoro, el sentimiento que las origina y, en definitiva, la esencia más íntima del pueblo al que pertenecen. Aunque es quizá en el acento donde esta estrecha relación entre la lengua y sus hablantes se manifiesta de modo más explícito. El acento, matiz por el que la lengua se apega a una tierra, recoge la diversidad de los pueblos en sus aspectos menores, distinguiendo con su música particular cada región, cada zona y cada pueblo, y delatando así irremisiblemente la procedencia de quien habla. Es por ello que, pese a que pueda resultar peyorativo para quien se presenta como voluntariamente desarraigado3, el acento aparece también como la meta de la integración lingüística, convirtiéndose incluso en juego de afectación para el refinado cosmopolita4. Pero, ante todo, el acento se asocia con el encanto de las mujeres de una tierra5. Y es que la mujer encarna, para Larbaud, el ser más profundo y auténtico de un determinado lugar, el carácter de un pueblo en todos sus aspectos. Es por ello que la integración en la vida de una ciudad requiere para el cosmopolita el establecimiento de relaciones personales que serán fundamentalmente femeninas. El propósito de Lucas Letheil es explícito. «L'idéal: connaître des gens de tous milieux et professions». Pero esta apertura social quedará matizada, en cada caso, por la experiencia. La favorable posición socio-económica del viajero, unida a su particular carácter, favorecerá su relación con los sectores intelectuales y acomodados de la nueva sociedad, aunque esto no será un obstáculo que le impida buscar también el contacto directo con las gentes del pueblo, especialmente con la población femenina. El viajero es complaciente con las sirvientas, con las doncellas de hotel, con las bailarinas de los locales nocturnos que frecuenta, e incluso con las mendigas, con la condición única de que sean jovencitas agradables. Y es que, según la particular filosofía de Poutuarey, las mujeres encierran en su ser el alma de un pueblo y sólo a través de ellas se llegará a conocer el carácter más profundo de éste. Así, mientras en las modernas sociedades de los países nórdicos, la mujer libre e independiente aparece como símbolo de los nuevos tiempos, en sociedades menos desarrolladas es ella la depositaría de la tradición y la clave para conocer y comprender el ser de su pueblo. 2 «Divertissement philologique» es, precisamente, el título de uno de los textos incluidos en Jaune, bleu, blanc in: Larbaud (1989:775-976). 3 Cfr. Fermina Márquez in: Larbaud (1989:328). 4 Cfr. Beauté, mon beau souci... in: Larbaud (1989:603). 5 Cfr. Luis Losada in: Larbaud ( 1971:194).
La relación íntima con una mujer representará, por tanto, el grado último de la integración en una determinada sociedad. Una relación cuya duración será variable, como la visita a una ciudad puede ser fugaz excursión o prolongada estancia. En estos últimos casos, la relación amorosa llegará a convertirse en una experiencia de vida conyugal (siempre extramatrimonial), integrada en la existencia cotidiana de quien se dedica a la minuciosa exploración de un determinado espacio. Pero, en cualquier caso, el amor y la estancia serán fugaces. La monotonía despertará el deseo de cambio, y la necesidad de una libertad total de movimientos exigirá el fin de la relación más apasionada. Amores y ciudades serán constantemente abandonados en busca de otros nuevos, en una incesante huida hacia adelante, siempre insatisfactoria. El profundo egotismo de la sacrosanta libertad individual, que rechaza lo acomodaticio de una relación amorosa estable, puede, sin embargo, ser rebatido, en ocasiones, por una nueva actitud: la de compartir la existencia de cosmopolita convencido con un amor auténtico y duradero, con una única mujer que será compañera de viaje y de vida. Este proyecto, que será escogido por Mr. Harding6 y por el propio Barnabooth7, es quizá la aspiración oculta e inconfesable de quien pretende disfrazar de independencia una continua insatisfacción que alcanza también (si no nace de ella) a la imposibilidad de establecer lazos afectivos sólidos. Para el cosmopolita, el ideal femenino resulta tan inalcanzable como el espacial, y su vida estará, por tanto, dedicada a amar a distintas mujeres, a distintas ciudades, a distintos pueblos, en un intento desesperado de alcanzar un todo universal. De este modo, el ideal cosmopolita abarca todos los aspectos posibles: geográfico, cultural, lingüístico, literario y humano, incluso en el nivel más íntimo y personal. El libre cosmopolita, héroe de la modernidad, se configura como el perfecto ciudadano del mundo, culto, refinado, abierto a la variedad y al conocimiento; un perfecto capitalino (opuesto a la cerrazón y el inmovilismo que caracterizan al provinciano), fascinado por un mundo cambiante que le ofrece toda la riqueza de su diversidad, pero en el que, sin embargo, no logra encontrar satisfacción a la inquietud de su espíritu. Referencias bibliográficas LARBAUD, V. (1971): Le coeur de l'Angleterre (suivi de Luis Losada). París: Gallimard. — (1989): Oeuvres. París: Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade. 6 Cfr. Beauté, mon beau souci... in: Larbaud (1989:606-9). 7 Cfr. A.O.Barnabooth. Son journal intime in: Larbaud (1989:300-1).