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Ciento diez años de tres escenas sevillanas [Reseña]

Moreno Moreno, Daniel

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Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 23, septiembre de 2023. ISSN 1697-8072 [pp. 131-139] https://dx.doi.org/10.12795/Fedro/2023.i23.10 CIENTO DIEZ AÑOS DE TRES ESCENAS SEVILLANAS ONE HUNDRED AND TEN YEARS OF THREE SEVILLIAN SCENES Daniel Moreno Moreno Limbo. Boletín internacional de estudios sobre Santayana Sí, ya han pasado ciento diez años desde que un turista excepcional —y políglota— presenciara tres curiosas escenas mientras gozaba de la Semana Santa de Sevilla en 1913. En concreto el autor sitúa las tres escenas en el Jueves Santo. El turista excepcional, es de suponer, pasaba desapercibido, pero ya era un intelectual famoso en Estados Unidos y en Europa, conocido como George Santayana, aunque en su pasaporte figuraba el nombre de Jorge Ruiz de Santayana y Borrás. En efecto, Jorge/George Santayana había nacido en Madrid en 1863, pasado sus primeros siete años en Ávila y trasladado por razones familiares a Boston. Allí se forma en el Harvard College y se incorpora como profesor a su Departamento de Filosofía, siendo alumno primero y luego compañero de William James. De modo que su vida, y su obra, presenta un aspecto híbrido muy característico, y muy actual. Porque nunca perdió el contacto con España: visitaba a su familia política en Ávila, a su amiga Mercedes de la Escalera en Madrid, y muchas primaveras las pasaba en Sevilla, en el Hotel La Peninsular, como atestigua la pequeña joya que ahora traducimos al español por vez primera. A la altura de 1913, Santayana se encontraba en la mitad de su larga y prolífica vida, acababa de renunciar a su puesto de profesor en Harvard y se dedicaba a viajar por Europa, España y Sevilla incluidas. Ya había publicado varios libros de sonetos y poemas, un manual de estética, 131 que ha aguantado perfectamente el paso del tiempo, El sentido de la belleza (1890), una tragedia teológica, Lucifer (1899), todo un sistema de filosofía en cinco libros titulado La vida de la razón (1905-6) —donde habla del surgimiento de la razón desde un punto de vista naturalista y de su papel en la sociedad, en la religión, en el arte y en la ciencia— y unas intemporales Interpretaciones de poesía y religión (1900). Además había sido invitado a dar una serie de conferencias en Francia, organizadas desde la Sorbona parisina. Las huellas dejadas en su obra de su paso por Sevilla motivaron el artículo de Manuel Ruiz Zamora publicado por el Diario de Sevilla el 13 de marzo de 2021, que puede leerse aquí: https://www.diariodesevilla.es/opinion/tribuna/Santayana-in-Seville_0_1555344652.html. Publicación que, obviamente, ha motivado la recuperación del texto que ahora se da a conocer en castellano. Largo sería resumir la vida y la obra de Santayana hasta su muerte en Roma en 1952. Así que me permito remitir a cualquiera de los libros que discreta y constantemente van apareciendo en las librerías. En este blog se dan cuenta puntualmente de cuantas novedades hay en torno a Santayana en todo el mundo: http://internationalconferenceonsantayana.blogspot.com/. En España contamos además con la revista anual Limbo. Boletín internacional de estudios sobre Santayana, suplemento exento de la revista Teorema, que está alojado para su libre consulta en Dialnet: https://dialnet.unirioja.es/servlet/revista?codigo=11264. Y es de reseñar que la revista norteamericana de la Santayana Society lleva como nombre, a modo de homenaje de la relación de Santayana con España, precisamente el título del ensayo aquí recogido, de ahí que se llame: Overheard in Seville. Bulletin of the Santayana Society. El ensayo fue publicado como “Overheard in Seville. During the Processions on Maundy Thursday, 1913” en la revista norteamericana The Dial, convertida en esas fechas en una publicación de crítica literaria y de política. Se publicó en abril de 1927 y, es de suponer, animaría a más de un norteamericano a hacer parada en Sevilla durante su famosa Semana Santa. El artículo, a pesar de lo reducido de las tres escenas que recoge, debió de llamar la atención de los editores alemanes Justus Buchler y Benjamin Schwartz porque lo incluyeron en la importante antología publicada en Nueva York, titulada Obiter Scripta. Lectures, Essays and Reviews by George Santayana (1936) Ahí quedó situada en primer plano, junto a artículos tan importantes como “¿Qué es estética?”, “Algunos significados de la palabra ‘es’” o “Religión última”. Casi todos los artículos de esa antología están ya traducidos al castellano, pero faltaba “Overheard in Seville”, así que qué mejor ocasión que cuando se cumplen ciento diez años — no de su publicación, sino de los hechos recogidos en el artículo— para darlo a conocer. Entre las constantes novedades editoriales antes aludidas, se encuentra El nacimiento de la razón y otros ensayos, libro publicado por la editorial ovetense Krk en 2022. En la cubierta luce una estupenda foto de época de la Giralda, tomada en los años veinte del siglo pasado, puesto que en el ensayo titulado “Torres” aparece este revelador párrafo: 132 En la propia Florencia el campanil de Giotto es una obra de arte de trazo y una maravilla de decoración; no obstante, parece como una caja forrada o una joya agrandada e incluso en su estructura se parece demasiado al modelo de un arquitecto, trazado por el mero gusto de proyectar. Es afortunado que los arquitectos no sean magos y se vean obligados a luchar con la materia y con quienes les dan trabajo; si pudieran realizar todo cuanto sueñan, sus obras serían monstruosas o triviales. El preciosismo de la obra maestra de Giotto es demasiado 133 penetrante; esa austeridad inicial, tan necesaria a la suprema belleza, queda demasiado oscurecida: si se hubiera quedado más llanamente tras esas gracias, para endurecerlas y distribuirlas, quizá hubiera podido trocar esa belleza en grandiosidad. A mi modo de ver (aunque confieso que puede ser un accidente de mi temperamento), la belleza implica reserva: no sólo la reserva del buen gusto (que, naturalmente, el campanil tiene), no sólo la reserva del desdén (que quizá posee también), ese desdén que es conspicuo en toda la belleza griega, sino también la reserva de la tristeza, de la negativa, de la muerte prevista y aceptada y solamente oculta por un momento en la vaina de la vida. Sé que también la muerte no es más que una vaina de la que fluye la vida con destellos siempre renovados, pero el secreto de esa alternancia es que ni la vida ni la muerte son seguras y que ambas deben ser aceptadas con gran reserva pues ambas son engañosas. Por esa razón prefiero una torre que tenga más sustancia, que sea más producto del accidente y de las fuerzas profundas: la Giralda de Sevilla. Es, esencialmente, una torre de defensa, parte del gran recinto que en un tiempo guardó la mezquita, el alcázar y la ciudad; es enorme, sencilla, sin ventanas hasta una altura considerable. Pero allí donde comienzan, las paredes mismas tienen un toque decorativo: la superficie está calada y dividida en grandes cuarterones y las propias ventanas se adornan con pequeños pilares, molduras y lóbulos. En cuanto a la parte original, el fundamento sarraceno, es un gran bastión cuadrado que apenas difiere de cualquier otro salvo que en su interior corre un plano inclinado por el que la caballería mora podía subir e inspeccionar sus dominios sin desmontar (pp. 96-98). Toda una declaración de principios filosóficos y estéticos. Y un modo, creo, por parte de Santayana, de devolver a Sevilla lo mucho que Sevilla debió de darle a él. Y nada más sobre las escenas aquí recogidas porque, en tanto que constituyen una ejemplificación de obra de arte, es mejor que la lectora o el lector se descubra a sí mismo detectando cómo las interpreta y qué le apela desde ellas. Esa es la función del arte: descubrirnos y ampliarnos a nosotros mismos, un camino no exento de sorpresas. Más cuando su autor es poeta, filósofo, agudo espectador, irónico, incluso mordaz, y de una sensibilidad exquisita. 134 ESCUCHADO EN SEVILLA. DURANTE LAS PROCESIONES DEL JUEVES SANTO, 1913 George Santayana I Una calle, donde se ha detenido una procesión que lleva la imagen de Nuestra Señora de los Siete Dolores. UN VENDEDOR: ¡Gallos de pelea! Estupendo regalo para los niños. ¡Dos gallos de hojalata por una perra chica (penny)! SEGUNDO VENDEDOR (desenrollando una lámina de papel con dibujos de muchos colores): La vida y la pasión de Nuestro Señor, ¡llévensela gratis por una perra chica! ¡Llévesela a casa y alegre a los niños! TERCER VENDEDOR: ¡Lo último de Barcelona! ¡Un método seguro para vencer la resistencia de cualquier mujer en media hora! ¡Todos los detalles! ¡Una perra chica! CUARTO VENDEDOR: ¡Anillos de goma para los paraguas! ¡Evite que se le rompan las buenas varillas! ¡Que no se vean la varillas rotas! ¡Solo una perra chica! UN MECÁNICO JOVEN (tirando su cigarro y quitándose la capa): Voy a cantar. Con su corona y sus rayos de oro viene la Reina de los Cielos llorando. Siete son las espadas en su corazón y siete son los pecados míos. Todas mis penas en un hato las pondré y las echaré ante ella; también los ángeles y los santos la adoran porque, ¿qué pesar es como su pesar? UNA MADRE CARIÑOSA (metiéndose en la procesión de hombres y jóvenes, vestidos de negro y con capuchas muy puntiagudas de las que cuelga una tela negra con agujeros para los ojos): ¿No es esta la Cofradía de los Penitentes de nuestra parroquia? Mi hijo Periquito debe de estar por aquí en algún sitio. ¡Ahí está, cariño mío, querubín! (Abraza a su joven pequeño y besa su capucha). ¡Un besito, angelito mío, lo más bonito! Pero llevas el escapulario torcido del todo. Siempre fuiste un tormento para tu pobre madre. (Tira del escapulario y lo pone derecho). ¡Así! Ahora estás perfecto. ¡Mi cariñito! Bésame otra vez. Pero, ¿qué porquería negra llevas en la boca? ¡Una colilla 135 cogida del suelo! ¡Mocoso llorón, sucio canalla! El cielo sabrá quién sería tu padre, pero tuvo que ser un cerdo. Mi familia al menos siempre fue decente. ¡Y delante de la Santa Virgen! (Se persigna y le tira de las orejas). ¡Vas a acabar conmigo, demonio descarado! ¡Como si no hubiera tenido bastante con traerte al mundo!—Benditas almas del purgatorio, ¿qué has hecho con tu ropa? Echada a perder, ¡y tiene que ser mi mejor vestido! (Le pega más fuerte). PERIQUITO (entre lloros, quejas, suspiros y enfados): No fue culpa mía—lo has hecho tú—, ni una gota le habría caído si me hubiera dejado solo—las mujeres no entienden estas cosas—las procesiones paran—para refrescarnos—pero tú tuviste que venir— besando y abrazando—justo cuando yo estaba tan tranquilo—regando las rosas. II UN JOVEN (asomado a la reja de la ventana): Tú estás mirando a Antonio. UNA JOVEN (sentada dentro): ¡Qué tontería! ÉL: Te veo mirándolo. ELLA: ¿Es que no puedo echar un ojo a la calle? ¿No puedo ver la procesión? ÉL: Tú no me aprecias como te aprecio yo a ti. ELLA: Si me apreciaras, deberías confiar en mí. Sospechas de todo. ÉL: Porque te quiero. ELLA: Si yo no te apreciase, ¿te habría esperado todos estos años? ¿No podría haberme casado con Antonio hace tiempo o con cualquier otro? ¿No ha querido siempre mi madre que te dejase? Lo único es que soy tan tonta que te quiero, cuando tú no lo mereces. Pero no puedo evitarlo, si pudiese sería una mujer más feliz. ÉL: Tu madre lleva razón. Tendrías que dejarme. Si te casaras conmigo y yo te encontrase con él, os mataría a los dos. ELLA: ¡Siempre con la misma locura! A veces me das miedo. ¿Qué tendrá este loco salvaje para que yo sacrifique mi vida por él? Confieso que es un misterio para mí, pero todos los demás me parecen figuras planas, pintadas en la pared, y su conversación solo cháchara y aburrimiento. Solo tú estás vivo. Solo tú dices cosas que llegan a mi corazón. III La tribuna de la Plaza. UN CABALLERO SEVILLANO (acompañando a extranjeros distinguidos y hablando un 136 francés andaluz): Aún tarda, aún tarda. En España no tenemos prisa. La vida se nos pasa esperando. Toda la mañana esperamos en la oficina a ver si llega algo. En casa, esperamos la hora de ir a pasear al Parque. En el Parque, esperamos la hora de ir a casa a comer. Después, esperamos en el Casino hasta la hora de irnos a casa a dormir.—La procesión llegará tarde. Están esperando en las calles estrechas hasta el anochecer. Quieren pasar por la Plaza cuando los cirios y los bordados luzcan mejor. Las imágenes son bellas, pero antiguas. Las vestiduras están algo descoloridas y manchadas, las flores de cera un poco sucias, las libreas indistinguibles. El oropel y el oro de verdad brillan juntos mejor con el crepúsculo. Más tarde, un poco más tarde, irán dejándose ver. UN ROBUSTO TURISTA (hablando un francés alemán): ¿Por qué entonces nos trae usted aquí con tantísimo adelanto para sentarnos durante una hora entera en una ociosidad sin sentido? Podríamos haber pasado este rato en el café tomando dulces de crema con café o, mejor, chocolate y nata montada—porque su café no es café. UNA SEÑORITA ALTA Y DELGADA (hablando un francés ingles): ¡Como si aquí el té fuese té! EL SEVILLANO: Disculpen. Para nosotros, el té es una medicina. En cuanto al café, únicamente en casa tiene su sabor genuino. La achicoria, evidentemente, no es la misma todos los países. LA SEÑORITA (sin haber entendido): No es que eso nos preocupe en realidad, Nosotros, viajeros natos, amamos la aventura y las privaciones. ¡Pero estamos tan preocupados por ustedes! ¡Tendrían un país tan estupendo con solo que fuesen dignos de él! ¡Y qué crueles son ustedes! Yo he visto aquí a un malvado jovenzuelo tirándole piedras a los pájaros. Por supuesto que no les daba, pero no es de extrañar que ustedes tengan tan pocos pájaros en un país sin árboles. Si vuestra policía es tan eficiente, ¿por qué no está aquí para detenerlo? EL SEVILLANO: Sí, nuestra pobre gente es a menudo cruel con los animales. Nosotros somos muy inhumanos. Nos reservamos nuestra piedad para la humanidad. EL TURISTA (subiéndose ostentosamente en una silla y ajustándose los prismáticos): Por fin parece que algo se mueve. (Aparte, en alemán, a su mujer, a la que le ha quitado completamente la vista). ¡Tranquila! Yo te explicaré todo lo que tenga que verse. EL SEVILLANO: Probablemente venga primero la Virgen de Triana. EL TURISTA: No, te equivocas. Muy difícil, ¿verdad?, es que en Sevilla lo primero que venga sea una virgen. (Se ríe estrepitosamente). Es un grupo de figuras muy realista, sin ningún gusto. 137 EL SEVILLANO: Sí, es uno de los pasos: Cristo azotado en la Columna. EL TURISTA: Algo que tampoco es no histórico en absoluto. El Cristo es miguelangelesco, un estudio anatómico, meramente académico. Los soldados romanos llevan cascos del siglo dieciséis. Eso no es arte. De ahí no llega ninguna satisfacción puramente estética, ningún sentimiento religioso superior. Ahí solo hay trucos de manual al servicio de la superstición. Así lo he dicho ya en un artículo mío previo sobre España incluso antes de haber venido al país, y ahora la investigación científica confirma del todo mi opinión. EL SEVILLANO: ¿Cómo iba a ser de otro modo? Nosotros hemos heredado las tallas; las tomamos tal como las encontramos. Ahí viene Nuestra Señora de Triana. Belmonte le ha prestado sus diamantes para la ocasión. El otro torero favorito nuestro, Joselito, le ha prestado los suyos a Nuestra Señora del Buen Fin. LA SEÑORITA: ¡Chocante! ¡Qué espanto, aceptar esas cosas de gente así! ¡Es todo tan burdo, tan material! Ustedes mezclan la religión con todo. ¿Quién es el que canta entre la multitud? EL SEVILLANO: ¿Quién sabe? Alguien. LA SEÑORITA: Que pena que se malgaste tamaña voz. Podría casi valer para el Covent Garden. EL TURISTA: En absoluto. No muestra ningún sentimiento musical, como nuestros corales alemanes populares llenos de alma. Ese inculto cantante callejero es característico de todas las culturas primitivas. Apela meramente a lo sensacionalista, como los fuegos artificiales y los anuncios, y solo puede interesar a la gente sin educación. (Bajan todos a la Plaza para oír). UNA VOZ (cantando): Tierra y cielo viven separados arriba la felicidad y aquí la angustia, hasta que un día derrame Dios una lágrima y su corazón se haga mi corazón. Entonces un espíritu en mi pecho abrasará y calcinará la escoria: Yo en su cruz muriendo estoy, y muriendo soy bienaventurado. LA SEÑORITA: ¿Qué dicen sus palabras? 138 EL SEVILLANO: Nada, alguna idea piadosa. La llamamos saeta. EL TURISTA: Sí, y saeta significa flecha. Pero la canta muy mal. Mi guía de viaje, que es completamente fiable, describe la saeta de modo muy diferente. EL SEVILLANO: Es una tradición vaga. Improvisan más o menos. EL TURISTA (con severidad). Ustedes han corrompido completamente la melodía árabe original. EL SEVILLANO: ¿Paseamos? El asunto carece de importancia. 139