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Re-vitalizar, volver a dar vida. Luis González-Boado H . Dr. Arquitecto Profesor de la E.T.S, Arquitectura. Universidad de Sevilla Los ejercicios de los alumnos que acompañan estos textos son unas propuestas académicas realizadas sobre distintas posibilidades de intervención en el casco antiguo de Jerez. En muchos casos en el análisis previo realizado en las distintas propuestas está el diagnóstico y el enunciado de las distintas soluciones que exponen en los diferentes ejercicios. Se podría decir, sin andar muy equivocados, que el verdadero objetivo de la arquitectura contemporánea es mejorar lo existente en términos de calidad del entorno urbano y bienestar de los ciudadanos. Por tanto de igual manera se puede decir también que la misión de los arquitectos – una de ellases la construcción de la ciudad, la dimensión social y colectiva forma parte del ejercicio de la profesión. El acto creativo en arquitectura, no solo en el caso de intervenciones en ámbitos patrimoniales, es el resultado de un proceso que se inicia a partir de un "algo preexistente" que avale la acción proyectual. La base del proyecto arquitectónico es el trabajo con materiales ya formados y provenientes de otros contextos, para diseminarlos en un nuevo emplazamiento que quedará así lleno de citas discontinuas y heterogéneas. En el final solo hay diferencias y huellas de huellas, estructuras que se yuxtaponen pero que están separadas. Siempre se trabaja con la memoria, la invención es una exploración de la memoria. Así, el proceso proyectual requiere previamente alimentarse con el estudio de proyectos y edificios. El concepto moderno de proyecto arquitectónico es una labor de transformación de los materiales históricos de la Arquitectura, entendiéndolos no como elementos cerrados que se yuxtaponen y acoplan, sino como subsistemas abiertos que tan sólo se completan al entrar en reacción unos con otros, fundiéndose entre sí en una acción coordinada. Para intervenir en zonas complejas de la ciudad es necesario realizar un proceso de
identificación y acercamiento previo a la situación en los distintos puntos de la actuación. En muchos casos en dicho análisis previo está el diagnóstico y el enunciado de las distintas soluciones que se propongan. Por ello, al enfrentarse a un trabajo de esta índole, parece oportuno realizar un acercamiento al tema desde la lejanía para observar, al ir cambiando de escala como si de un zoom se tratase, los distintos cambios en la percepción del problema que se manifiestan. Si observamos una ciudad en la distancia todo nos parece, salvo que ya la conozcamos bien, confuso e indiferenciado. Al acercar la mirada, siguiendo con nuestro proceso de trabajo inicial, descubriremos, en general, que la confusión no disminuye y en muchos casos aumenta. Veremos calles y plazas, sus habitantes y sus relaciones y también los significados que poseen los distintos espacios. Notaremos, que la ciudad es una mezcla compacta de muchas impresiones todas ellas muy diferentes. (1) Después de este acercamiento comprobaremos que la ciudad es parecida a un ser vivo, es móvil y cambiante. También nos daremos cuenta que a lo largo del tiempo todo esto es una constante. No es fácil, en ningún caso, definir a las ciudades. Como todos los organismos vivos está sujeto al cambio y la modificación. El presente, al igual que el pasado lo hizo en su día dejara su marca propia en la configuración de la ciudad. La inserción de la arquitectura contemporánea dentro de las tramas históricas es beneficiosa dado que la riqueza de cualquier ciudad antigua consiste precisamente en la superposición y mezcla de las distintas capas de la historia. Esto certifica y muestra el valor y trabajo, la memoria, de las distintas generaciones de habitantes que la poblaron y modificaron. Esto es algo asumido y claro, pero de igual manera cada capa temporal no debería eliminar las anteriores. En consecuencia, pensar que la conservación y protección del patrimonio edificado es la única manera de gestionar los lugares históricos es tan equivocado como querer introducir la arquitectura contemporánea en cualquier lugar y, sobre todo, de cualquier manera. Está claro que las ciudades son organismos vivos en los que es necesaria la integración de la arquitectura contemporánea para garantizar la correcta evolución de los mismos. Pero también está claro que la evolución de las ciudades debe respetar el patrimonio heredado y preservar los elementos que son importantes para la memoria colectiva, los monumentos y también el tejido urbano, los espacios, la escala, las
viviendas, el patrimonio inmaterial. Las consideraciones que afectan a la generación de un proyecto dentro de estas áreas, de todas en general, deberían ir más allá únicamente de la mera imagen visual para considerar en toda su amplitud el lugar, lo que los romanos llamaban el genius loci. Las nuevas intervenciones deberían considerar el impacto de la nueva construcción y sus funciones asociadas y el entorno que invariablemente va a transformar con su presencia. En consecuencia, la adaptación de un nuevo edificio al entorno no solo tiene que ser formal, sino también y tal vez incluso más importante, funcional. Las nuevas funciones cambian las que había en el lugar, al alterarlas además modifican el sentido del lugar, ese significado asociado al sitio y modifican el tejido histórico tanto o más que la forma. La integración de la arquitectura contemporánea en las ciudades históricas solo puede funcionar si prevalece el respeto a la diferencia y el sentido del lugar. Para un correcto desarrollo de la arquitectura contemporánea dentro de los cascos históricos Es necesario tener estándares flexibles para permitir creatividad en el diseño y calidad en la arquitectura. Cada comunidad, teniendo en cuenta su memoria colectiva y consciente de su pasado, es responsable de la identificación, así como de la gestión su patrimonio. Hasta ahora en muchos casos, y de forma normal una serie de ideas y comportamientos, como la lectura romántica y nostálgica de nuestro patrimonio y de nuestras ciudades, la confusión entre patrimonio y belleza, así como el uso excesivo del patrimonio y la patrimonialización de objetos para fines de turismo , casi como la única forma de acercarse al problema y , más aún, la combinación de estas formas de ver el tema han generado confusiones que son extremadamente perjudiciales para la gestión adecuada del patrimonio y en muchos casos han llevado a la conclusión de los centros históricos o partes de estos como parques temáticos ajenos a la dinámica vital cotidiana de la propia ciudad. Para muchos autores está muy claro que las ciudades que tienen mayor calidad de vida son aquellas que tienen un casco histórico vivo que no se ha convertido en un museo para turistas. Pero también es cierto que el atractivo turístico de las zonas patrimoniales es inevitable y en cierto modo también deseable. Para la correcta suma de las distintas áreas de la ciudad en una única entidad también el atractivo turístico generado por estas zonas de la ciudad necesita de un mayor control de los usos del turismo en las mismas. Además también sucede que la forma urbana en constante cambio, la variación, según
pasa el tiempo, lógica y propia de las tecnologías de construcción, la normal búsqueda creciente de comodidad moderna, las propias necesidades de las viviendas requieren mecanismos de protección de la ciudad adaptados a estos. Por eso, Para poder conservar con garantías debería aclararse lo que debe permanecer estable a través del tiempo. Los conceptos deben ser revisables y en particular el concepto de paisaje urbano debería ser clarificado. El concepto de paisaje urbano histórico necesita ser clarificado, redefinir el concepto de centro urbano histórico, barrio histórico o ciudad histórica. Considerando, por supuesto, que todas las partes de la ciudad tienen historia y que el casco histórico es una parte más de la ciudad. Por tanto una de las claves de la recuperación de los centros históricos es la nueva reinserción del tejido histórico, nuevamente en la trama urbana y también, como no, en la territorial. Hoy está más que claro que el paisaje urbano histórico, trasciende las ideas de la mera construcción para considerar el lugar, completo, con todos sus atributos. El perfil de la ciudad, los ejes visuales, las líneas y tipos de edificios, los espacios abiertos, la topografía, la vegetación y todas las infraestructuras son vistos como un sistema único, como un espacio vivo, un ente unido e íntegro donde cada parte ocupa su lugar. Si lo pensamos con detenimiento, la integridad es el concepto clave para calcular el estado de conservación de los bienes patrimoniales, no considerándola solo como la integridad física, sino como la integridad del sistema, la conjunción entre integridad física y mantenimiento del significado cultural. Tal vez los bienes objetivos de conservación sean aquellos cuya integridad de atributos sea capaz de expresar significados presentes y , en la medida de nuestra mirada, futuros y por tanto valores , más o menos permanentes, en un contexto de cambio sin basarse únicamente en la memoria, sino previendo un futuro de cambio urbano. Esta consideración de la integridad del conjunto, podría remarcar la continuidad en un contexto urbano siempre cambiante y, sin duda, puede ser una idea diferente para una aproximación contemporánea a la idea de paisaje urbano. Esto, por supuesto, no quiere inducir nada sobre soluciones miméticas que escamotean el significado contemporáneo de una intervención, sino más bien esta reflexión es una consideración sobre el flujo y la continuidad de los acontecimientos
que construyen físicamente la ciudad. Reiterar las formas tipológicas no implica copiarlas sino más bien conectar las nuevas intervenciones con las ya existentes de forma que no se produzca la ruptura de la delicada urdimbre que conforma la ciudad. Igual de importante en la labor de revitalización urbana debería ser el tener en cuenta el papel de los espacios públicos y espacios abiertos, no como algo diferente de las propias intervenciones sino como una herramienta capaz y dotada para la definición de este sentido del lugar y su significado asociado al mismo. Estos espacios son una herramienta capaz de convertir una zona urbana sin alma en un lugar donde es agradable vivir y son capaces también de definir su propio papel como partes integrantes de la forma de la ciudad. En realidad, son los elementos de cohesión de las tramas urbanas y donde se desarrolla gran parte del significado que estas albergan. Estos lugares abiertos deben considerarse igualmente importantes que las inserciones contemporáneas en la creación de la zona histórica. Viendo así Las ciudades históricas como un todo, un conjunto de edificios y espacios abiertos. En general y aplicando la simple lógica, las inserciones urbanas deberían efectuarse de conformidad con el tejido urbano, tal vez el menos comprendido de los valores patrimoniales de una ciudad. Los espacios públicos deberían igualmente definir y usarse como herramienta de construcción del propio lugar. Estas intervenciones también deberían ser especialmente cuidadosas con los aspectos figurativos del entorno, estos son capaces de definir por si solos en muchos casos el significado de un lugar. La historia urbana es, en cierta medida, la historia de la sociedad que la construye. Está íntimamente ligada a los cambios socio-económicos de la misma. Podríamos decir sin miedo a equivocarnos que la ciudad es un ente en permanente trasformación. La ciudad es un ser cambiante y mutante. No existe ninguna ciudad sin un cambio permanente y es este cambio la propia expresión de la vida urbana. Una ciudad sin cambio es una ciudad en cierto modo muerta. La ciudad es el escenario donde las personas se transforman en protagonistas urbanos, los espacios se crean y recrean determinando un entrecruzamiento de relaciones y cargándose de significados, personales y sociales. En el mundo occidental, en este espacio se localiza la asociación libre de personas, de opiniones es el lugar donde fluyen la información y los acontecimientos. Este espacio es el lugar
donde se desarrollan las relaciones sociales, donde sucede lo que de público tiene nuestra vida. Hablar de él es hablar de lo cotidiano, es donde acontece la historia. La lectura que de los espacios urbanos realizan los distintos grupos que lo habitan es siempre diferente. Un mismo espacio puede contener diferentes significados, puede ser objeto de miradas distintas. Son quienes habitan y usan el espacio urbano quienes tienen que determinarlo. Por tanto, podríamos decir que el espacio urbano debería ser usado y habitado para ser determinado. Las plazas, calles y jardines, son espacios de relación, sociales por excelencia, donde tiene su sitio y actuación el simbolismo urbano y es en estos lugares de representación donde también se crea el sentido de la ciudadanía para todos los grupos que la habitan. Su identidad diferenciadora se refleja en la ciudad, cada uno desde una mirada propia. "...la ciudad histórica es un conjunto de símbolos y ritos de lectura a primera vista que nos representan dentro de un sistema más amplio y complejo. Es como un concentrado de la historia que hay que saber leer, descifrar, escuchar sus mensajes. En ella se producen las ideas sobre lo urbano, ya que sus arquitecturas y ambientes matizados por el paso del ser humano aportan el equilibrio y el logos." (2 pág. 243) La ciudad histórica es el eslabón entre el pasado y el futuro, y esta situación privilegiada la debería convertir en el lugar donde se desarrollan todas las estrategias culturales, políticas, económicas y tecnológicas que tienen por objetivo mejorar la vida urbana. Normalmente la capacidad de la ciudad histórica como generador de oportunidades siempre ilusiona a unos y otros, esta capacidad viene del hecho de considerar a la ciudad histórica un lugar especial donde se ubicaban y con suerte todavía lo hacen, los elemento sobresalientes que han participado en la evolución de la ciudad en el tiempo, y que a menudo se identifican como elementos simbólicos. Se localizan los hechos que constituyen la propia historia de la ciudad, los conventos, las iglesias, los palacios, las plazas, los grandes huertos, etc. Desde principios del siglo XX la globalización presente en la arquitectura contemporánea ha hecho que las ciudades, en general, vayan perdiendo paulatinamente sus connotaciones específicas de lugar, hasta el punto de resultar difícil identificar las periferias de las ciudades europeas como pertenecientes a esta o aquella región o ciudad. Esto ha acrecentado, paradójicamente, el valor del centro histórico como la zona donde la ciudad se identifica a si misma por ser la única portadora de valores históricos propios e intrínsecos. Esta parte de la ciudad posee valores que representan, mejor que ninguna otra parte, la dimensión intangible de la ciudad.
Para no perder esta serie de características es muy importante reflexionar sobre el papel adjudicado al centro histórico dentro del conjunto urbano y lo que puede generar, pero siempre, manteniendo el sentido del lugar, y teniendo en cuenta que es cierto que los elementos individuales de este patrimonio son portadores de muchos valores, pero también estos pueden cambiar con el tiempo y no olvidando que la actividad principal es la residencial. En resumen, al igual que en la vida real, el actuar sobre un tejido vivo implica cambios en el mismo y estos cambios en la medida de lo posible deberían ser previstos, o al menos esperados. Entre otras cosas porque la pluralidad social implica una gran diversidad en los conceptos de patrimonio concebidas por la comunidad entera. Y lo que para unos encierra un significado, es opuesto o inexistente para otros. Son los habitantes los que usan la ciudad todos los días. La ciudad son sus habitantes y es esta el marco físico que ellos han construido como soporte de sus actividades. En cierto modo la gente construye lugares para habitar, pero también estos lugares dan forma a la gente que los habita. La ciudad es, por tanto, la expresión de sus habitantes y la sociedad que entre ellos forman. Estos y no otros son los que le han dado su forma haciendo así que sus tradiciones, sus ritos, sus formas de entender la vida le hayan dado la forma diferenciada a través del tiempo. Las ciudades son diferentes porque sus habitantes los son. El espacio urbano en si constituye la distribución espacial de la ciudad, pero no es solo la realización morfológica de esta, es un espacio organizado urbanísticamente, arquitectónicamente, políticamente, pero sobre todo es un espacio vivido por todos los grupos que constituyen sus habitantes. La forma de la ciudad, de sus calles, plazas y edificios, es producto de un continuo proceso de construcción y destrucción, reconstrucción, rehabilitación, sustitución, conservación y, a veces, degradación. Cada manera de intervenir sobre ella es una interpretación diferente del presente respecto del pasado, producto del momento en que se hace. La arquitectura, al operar sobre sí misma, al construirse, dentro del espacio urbano, actúa, o debería hacerlo, de modo más reflexivo que cuando lo hace sobre un lugar sin tantos condicionantes que la vinculan inevitablemente a una trama ya existente. Además de ser un paisaje cultural habitable, la ciudad es, también, una realidad en movimiento, donde sus problemas de reorganización interna han estado y estarán siempre presentes. Por ello no existe una doctrina permanente o una definición unívoca de la intervención arquitectónica en la ciudad heredada, tampoco la
hay en la urbanística, son fenómenos cambiantes en función de intereses económicos, valoraciones culturales o modas profesionales. Cada época ha ido dejando su huella, en un continuo vaivén de estilos y tendencias. La transformación urbana se ha producido en un movimiento continuo a lo largo del tiempo. La consideración de los centros históricos como ciudad terminada, no esconde sino una irrealidad histórica; la sucesión de épocas históricas y su afirmación a través de procesos de sustitución o yuxtaposición de los distintos tejidos edificatorios ha sido siempre el signo característico de la ciudad de origen antiguo. Las rupturas existieron en el paso de la ciudad medieval a la burguesa y de esta a la moderna. También se transforman con el cambio cultural en la península ibérica las tramas urbanas romanas, luego árabes y posteriormente cristianas. En general cualquier transformación social de envergadura implica un cambio en la ciudad en que sucede. La aparición de un nuevo orden económico y social necesita de un nuevo espacio de desarrollo y así ha sido también durante el siglo XX en el que, con pretextos de higienización, modernidad etc. se han abandonado, a veces de forma alarmante, grandes porciones de los cascos antiguos de muchas ciudades. Durante un gran periodo de nuestra historia reciente la expresión “desarrollo urbano” ha sido sinónimo de la expansión de la ciudad en el territorio. La gente ha abandonado los centros históricos para vivir en las periferias en búsqueda de alojamientos más confortables. En Europa de forma normal y en Jerez de forma especialmente significativa, el traslado de las actividades comerciales a zonas periferiféricas, con mejores posibilidades de comunicación y también debido a la decadencia de sus actividades comerciales, relacionadas con las grandes explotaciones bodegueras, ha vaciado en gran parte el centro de esa actividad comercial, dejando en su interior multitud de edificios con características patrimoniales importantes pero ninguna o poca actividad. Esta ausencia de actividad ha multiplicado el efecto de abandono y como consecuencia de igual manera se ha producido el deterioro de sus activos inmobiliarios. Todas estas circunstancias han llevado a que los centros históricos, y el de Jerez no es ciertamente distinto, pierdan su verdadera escala operacional y se vean desconectados del tejido urbano que los rodea, en muchos casos como quistes, solo valorables desde un punto de vista mítico, pero desconectados realmente del resto de la ciudad. El resultado normal ha sido que la ciudad histórica acaba por estar envuelta por la ciudad moderna, por el ensanche, quedando así desvinculada del territorio del que surgió. La conservación de los cascos antiguos no puede ser
independiente de su integración en la estructura de la ciudad, como parte diferenciada, pero no especializada, al menos solo en funciones terciarias, comerciales o turísticas. Es importante, al menos, redescubrir los lazos de unión que históricamente han ligado a la ciudad y su entorno, de esta manera podremos comprender y , tal vez en algunos casos, recuperar algo de la relación entre la ciudad histórica y su entorno y con esta relación tratar de recuperar en la medida de lo posible el equilibrio inicial. Por otro lado la simbología otorgada a las distintas áreas urbanas, influye de gran manera en su desarrollo. Interpretar la dinámica de los centros históricos requiere localizar la situación dentro de los ciclos de las transformaciones urbanas, tener presente la heterogeneidad de su estructura interna y precisar las formas como nuestra sociedad interpreta y valora los centros históricos. Este cambio en la ciudad a veces ha sido considerado con el pasado y a veces ha sido despiadado, según las ideas de cómo debe ser el mundo imperante en cada momento. También el abandono y la des-habitación, asociados a cambios de uso, sociales o económicos, han cumplido en muchas épocas su papel. Hay que considerar que la arquitectura que construye la ciudad, como toda obra artificial, empieza su lucha con el tiempo y el deterioro desde el mismo momento que se da por concluida. El que un edificio del pasado llegue en mejor o peor estado de conservación se debe al trabajo continuado, o a su ausencia, de muchos hombres, distintos a sus autores, que han considerado útil la permanencia o no del mismo o sus partes. Elementos añadidos, multitud de reformas y ampliaciones de toda clase y cambios en sus programas de uso se han solapado para hacer llegar hasta ahora cada uno de los edificios que hoy consideramos con valor histórico. Las reconstrucciones han sido en muchos casos una sustitución del decorado urbano, donde se superponen las trazas antiguas con las recientes, donde las arquitecturas se solapan. Esta reescritura constante ha llegado hasta nuestros días incorporando todo tipo de criterios desde monumentales hasta higienistas. Hoy, incluso algunos espacios de la ciudad, de toda ella, plazas, calles, lugares de reunión, pierden parte de sus antiguos usos porque estos se realizan ahora por medios electrónicos. La era digital ofrece posibilidades de funcionar en la red que ya no hacen necesarias una masa crítica de población localizada en un lugar específico para poder ofrecer determinados servicios. No es necesario crecer más sino mejorar las condiciones de las ciudades. Por otro lado frente al incremento paulatino de los costes del transporte parece necesario potenciar lo local. En este contexto puede
transporte, tanto los colectivos como los privados, generando así un enorme gasto de energía diario y este gasto no es precisamente sostenible. Es necesario prestar especial interés a la necesidad de planificar con antelación las inserciones urbanas, basándose en la calidad de la arquitectura, en las consideraciones de sostenibilidad, las que generará la nueva inserción y las ya existentes en el lugar y también en el papel de los espacios públicos, en el mantenimiento de los valores históricos de las ciudades. Los recursos no son infinitos y por lo tanto los arquitectos al planificar tenemos mucha responsabilidad en su correcta administración. Se debería valorar concepto de sostenibilidad y su implementación en el patrimonio cultural. Las estrategias de revitalización urbana no deberían estar limitadas a los grandes proyectos de arquitectura contemporánea, sino que deberían abarcar en igual medida los espacios públicos, el paisaje edificado, morfología urbana y los elementos urbanos. Las zonas urbanas protegidas ofrecen posibilidades de mejoras prácticas. Hoy la naturaleza entra de nuevo en las ciudades y cobra un protagonismo desconocido. La intervención pública en estas situaciones de rehabilitación es fundamental. Sin embrago la tarea de la administración no puede ser la única, ni como promotor ni como actor, el principal actor en estas operaciones es el sector privado siendo fundamental su coordinación con el sector público. Los mecanismos de coordinación público-privado asumen un rol protagonista en estas intervenciones. Solo la administración posee las herramientas para la correcta coordinación de los factores públicos y privados enfrentados a la tarea de la renovación. Uno de los problemas fundamentales con el que se encuentran los programas de recuperación de áreas centrales es el del mercado urbano. La estructura de la propiedad inmobiliaria, su funcionamiento, no promueve de forma espontánea el pleno aprovechamiento de los activos urbanos si no está claro un rendimiento, no solo mercantilista, sino vital y además las medidas punitivas adoptadas a veces para tratar de potenciar y activar la actividad, como los registros municipales de solares y demás, son escasamente eficaces si van contra el mercado. Esto provoca, como ya hemos visto, la existencia de costos sociales causados por el deterioro urbano y la existencia de bienes públicos subsidiados y que solo puedan ser viables con la acción pública. La rehabilitación urbana no puede ser tan solo una operación subsidiada y menos en la situación de crisis generalizada en que nos encontramos en Europa. La base de
sustentación de la recuperación urbana, por tanto, es el desarrollo y crecimiento económico a través de la atracción de actividades que permitan conseguir este objetivo, estas mismas actividades son las que recalifican el suelo y remueven las situaciones contrarias al proceso. La intervención urbana en este tipo de lugares, con un contexto social claramente existente, incorpora además una serie de consideraciones añadidas. Existe un espacio físico con límites físicos, este mundo físico en cierto modo es la realidad sensible y perceptible a través de las sensaciones que recibimos por medio de los sentidos. Además, simultáneamente, existe un espacio creado en la mente, un espacio de experiencia psíquica, personal y subjetiva. Es un espacio formado por intuiciones, símbolos, significados, imágenes recordadas. Este espacio lo construimos nosotros interpretando también en él el espacio físico. "El espacio que percibimos, en el que vivimos, no es una suma de partes y objetos más símbolos y significados, es un espacio holístico, es algo más que la simple suma de las partes que lo componen". (5 pág. 184) El estudio de la complejidad urbana no puede quedarse en un simple estudio morfológico. Los procesos culturales contemporáneos y sus impactos en los campos disciplinares se caracterizan por el tramado de saberes que se entrecruzan, se sobreponen y se transforman. Las disciplinas ya no son terrenos definidos y aislados, sus fronteras se mezclan dejando de ser límites, para ser zonas de contacto y conexión. Las nuevas capacidades tecnológicas que se acoplan al entorno de la ciudad, tal es el caso del arte, el diseño y las expresiones emergentes espontáneas, entre otras, proporcionan hoy una enorme capacidad para modificar los significados y mensajes producidos por la propia arquitectura. Cuando el soporte físico comunicacional de la ciudad es mediado por flujos e informaciones que actúan en los ámbitos instituidos como lugares de encuentros e interacciones sociales, se puede ver cómo estas intervenciones producen una inhabitual intensidad en la imagen y ambiente urbano. Podríamos hablar de una nueva época en la relación de los habitantes de las ciudades con sus edificios, gracias a la potencia de transmisión de los nuevos medios acoplables a las construcciones que se convierten en interfaces válidas para transmitir mensajes y significados. Al definir y ser espacios sociales, hay que considerar, también, estas intervenciones urbanas y como trascienden desde esta perspectiva los límites cerrados de las áreas disciplinares clásicas.
La visión completa de las cosas, si efectivamente quiere serlo, nunca es desde un solo punto de vista. La visión de acercamiento al tema urbano no debería ser por tanto única, los lenguajes, las distintas expresiones, los comportamientos sociales, las relaciones entre los habitantes y el entorno físico son muchas de las bases de la mirada que necesitamos para comprender el fenómeno urbano. Ahora recibimos una oportunidad para efectuar una rehabilitación masiva, la regeneración urbana, será arquitectónica o no será eficiente. Ahora estamos ante la necesidad y el reto de producir un cambio sensible en el modelo crecimiento y uso del espacio urbano, necesitamos volver la vista hacia el modelo europeo de ciudad compacta y multifuncional. En cierto modo a la ciudad tradicional. El logro de la sostenibilidad de la ciudad depende de la sensatez de sus arquitectos y de la habilidad de sus habitantes a través, en buena medida, de sus gestores para invertir las tendencias actuales, mediante el impulso de la regeneración, recuperación funcional y revitalización de las tramas urbanas centrales de nuestras ciudades. Es necesaria una recuperación de nuestros centros urbanos, volviendo la vista a sus orígenes vitales pero sin olvidar las necesidades actuales. El equilibrio entre el pasado y el presente debería estar como idea estructural en la elaboración de las intervenciones urbanas innovadoras y guiar el sentido de las mismas.
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