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Monumento y proyecto moderno

Fernández, Roberto

Abstract

La crisis de los valores culturales, de la memoria y del patrimonio arquitectónico se agudiza frente a los procesos acelerados de la construcción y producción del hábitat en el contexto metropolitano contemporáneo. El proyecto posmoderno que pertenece a un pensamiento conservador trata de moderar los procesos radicales de transformación de la ciudad. Las alternativas propuestas abordan aspectos lingüísticos y formales, vacías de contenidos sociales: valores que han de ser conservados a través de la intervención crítica e interpretativa en los conjuntos históricos para que ellos puedan recuperar la plenitud de su función

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MONUMENTO Y PROYECTO MODERNO Roberto Fernández La crisis de los valores culturales, de la memoria y del patrimonio arquitectónico se agudiza frente a los procesos acelerados de la construcción y producción del hábitat en el contexto metropolitano contemporáneo. El proyecto posmoderno que pertenece a un pensamiento conservador trata de moderar los procesos radicales de transformación de la ciudad. Las alternativas propuestas abordan aspectos lingüísticos y formales, vacías de contenidos sociales: valores que han de ser conservados a través de la intervención crítica e interpretativa en los conjuntos históricos para que ellos puedan recuperar la plenitud de su función. E L concepto de «monumento», principalmente por los aportes teóricos de A. Riegl, es específicamente «moderno»; como dice el pensador austríaco, puede hablarse de un «Culto moderno a los monumentos». Habría que recordar aquí a Heidegger, en su concepción sobre la temática del monumento. En efecto, según sostiene Yattimo ', «el monumento está hecho para durar, pero no como presencia plena de aquello que recuerda que permanece precisamente sólo como recuerdo» con lo que se afirma que «la verdad del ser mismo no puede darse para Heidegger sino en la forma de rememoración». La conciencia «monumental» -es decir, la sensación de coexistencia con piezas materiales de una historia anteriorya estaba presente en culturas antiguas, preferentemente la romana y bizantina, pero la voluntad sistemática de interactuar activamente con los monumentos es típicamente moderna. Habría que considerar aquí que la «Conciencia monumental» romano-bizantina está claramente articulada en una voluntad de «coleccionismo», que no sería sino la cara superestructura!, cultural-ideológica, del proyecto político «sincretista» implícito en la recurrente idea imperial de las distintas fases de la «Pax» romana. Esta voluntad sistemática debe entenderse como el acuñamiento y desarrollo de los aparatos conceptuales para tratar el tema monumental, con los cuales, y a través de los conocidos aportes liminares de Viollet, Ruskin, Boito y Giovanonni, se instalan las diversas ideas de «patrimonio» y «conservación»: es decir, los criterios valorativos acerca de «qué» elementos son parte patrimonial y los procedimientos de intervención acerca de «cómo» garantizar su tutela, tratamiento y conservación. -V5 ASTRAGALO, 03 (1995) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Introduction to the issue, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.1995.i03.01 Profesor-arquitecto y crítico de arquitectura, ex-decano de la Facultad de Arquitec tura de Mar del Plata, director de la revista Arquitectura-Sur. Enseña en Mar del Plata y Buenos Aires (Argentina). 6 Obviamente, el emerger conceptual de esta idea de «monumento» como componente material de la realidad histórica anterior introduce, en la modernidad, el problema relativamente nuevo de la articulación o interacción de lo nuevo y lo antiguo. O sea, el problema teórico del proyecto «nuevo» que debe «dialogar» con determinada clase de preexistencias. Se dice aquí que el tema es relativamente nuevo, puesto que ocupó parte de las preocupaciones teóricas de la tratadística renacentista -en las ideas de Alberti, por ejemplo, y en sus ejercicios de proyecto como San Andrés de Mantuay en proyectos concretos, como por ejemplo la propuesta de Palladio para el Palazzo della Ragione, en Vicenza, o la larga saga de intentos de completar proyectos de largo desarrollo, como el caso de la fachada del Duomo de Milán. Parte de las teorías proyectuales de la tratadística renacentista consistirán, básicamente, en intentar fundar una lógica del nuevo proyecto arquitectónico en el seno de su inevitable contextualización en el «caos» urbanístico medieval. Quizás sea en el Renacimiento cuando surge filosóficamente una noción de «modernidad» manifiesta en conciencia de una cierta continuidad y devenir de la Historia que se traduce en una dinámica de las transformaciones materiales, con lo cual a la vez que se abre el espacio de «libertad» de la actuación humana transformadora se abre también el espacio de «peligro» de ruptura de las huellas testimoniales de la historia anterior. Sólo un momento moderno (o «posmodemo») como el designado como «fin de la Historia» es el que avalaría una etapa de suspensión (de las transformaciones materiales), que supondría, a la vez, congelamiento y coleccionismo: interrumpido conceptualmente el flujo de la Historia como campo de transiciones, es posible la instalación conservadora plena de un territorio absolutamente plagado de artefactos «Congelados», parte de una infinita -y finalcolección: el «paraíso» del mundo como «patrimonio». Pero será dentro de los fermentos ideológicos de la modernidad cuando la dialéctica entre lo nuevo y lo antiguo cobrará fuerza fundacional. Por ejemplo, en las ideas cientificistas del racionalismo alemán, en las iconografías del futurismo o en el virtual esquema de «tabula rasa» (del viejo Marais parisiense) en el Plan Voisin de Le Corbusier. En éstos y otros ejemplos paradigmáticos de la modernidad, lo antiguo queda disuelto en la radical apelación a una operación de arquitectura y ciudad totalmente nueva, en la que todo puede y debe ser materia innovadora, a menudo como una voluntad fáustica de generación de nueva urbanidad por la pura reproducción acumulativa de fragmentos de nuevo diseño, como los «siedlungs» germánicos o los «inmuebles type» de Le Corbusier. La arquitectura ya no resulta deducida del análisis tipológico-urbano, sino que una nueva tipicidad maquinista «cientificista», que estipula otra clase de objetos, incluye los términos utópicos de la voluntad de configurar una nueva conformación urbanística. Esas «máquinas» pueden evocar, en su forma, elementos tipológicos previos -como las cartujas que tanto impactaron el diseño de «inmuebles type>> en Le Corbusier o los «tracé regulateurs>> que Rowe identifica tanto en Palladio como en casas de Le Corbusierpero su acumulación -VI- generativa debería crear una nueva ciudad, con un tejido distinto, en el que, por ejemplo, elementos tradicionales como la plaza, la calle o la fachada continua, pierden absolutamente su fuerza urbana conformadora. Sin embargo, el «triunfo» ideológico que esas ideas recibirán en el contexto de la Carta de Atenas y la filosofía del CIAM, representa los términos del comienzo de su fracaso histórico, las miserias urbanas de la tardo-modernidad (sobre todo en el hábitat periférico de la reconstrucción de la ciudad europea) y los argumentos cuestionadores con que se presentará parte del discurso del «posmodernismo», en principio, un desencantado intento de recuperar algo de la «urbanidad» historicista, a menudo desembocado en una superficial renovación estilística. La «modernidad historicista» italiana -con Rogers, Scarpa, Gardella, Quaroni, Ridolfi, De Cario, Rossi, Grassi, etc.- junto a las reformulaciones proyectuales de Kahn y al desarrollo de la plataforma crítica al CIAM en el movimiento llamado Team X -con los Smithson, Grung, Van Eyck, Hansen, Fehnsuponen, desde el escenario de los primeros sesenta, el planteamiento de una condición en que la articulación de lo nuevo y lo antiguo, entre el proyecto moderno y la ciudad histórica preexistente, deberán reintegrarse en diferentes concepciones de proyecto, en las que las ideas de «conservación» y «patrimonio », de manera latente o manifiesta, vuelven a un plano preponderante. El valor moderno Contradictoriamente, pues, «lo moderno» adviene como una tensión entre una voluntad «finalista>> , de congelación y colección junto a una «liberación» de las actuaciones transformadoras. Esta tensión quizás coincida con las contradicciones entre las nociones de «modernidad» (cultural) y «modernización» (socio-productiva). El sistema axiológico «moderno» posee en principio dimensiones dialécticas, que van de la apología a la coexistencia conservadora-acumulativa con la «colección de los hechos del mundo », a la exaltación del potencial de transformación, sobre todo en relación con la dinámica del cambio «progresista» en las esferas antropológica y tecnológica. El «progreso» entendido, desde luego, como una fase superior de las formas de generación de renta y acumulación de capital que presenta esta etapa hegemónica del desarrollo capitalista. Si una «modernidad final>> (o «posmodernidad») es esencialmente conservadora, defensora de una nueva (¿y definitiva?) «Pax» omnicomprehensiva, hay una «modernidad inicial» -con contenidos utópicos y energías no neutralizadasque afirma, positivamente, el <<Valor> > transformador. Desde el punto de vista antropológico, esta «modernidad inicial» presencia la tendencia general de los últimos cincuenta años hacia la completa urbanización del mundo. La habitabilidad contemporánea, como planteaba H. Lefevbre ' ,es unívoca y conduce irreversiblemente a una com- -VII7 ASTRAGALO,03(1995)ISSN 1134-3672 8 pleta habita.bilidad urbana, y más aún, según las tendencias, a una condición de habitar en grandes centros, que tiende a generalizar el paradigma metropolitano. La graduación habitativa tradicional, que articula campo y ciudad, pierde diversidad y se transforma y homogeneíza en pocas alternativas antropológicas, entre las que descollará la moderna contradicción entre el centro y las periferias. Las periferias mantienen o agudizan los déficit de habitabilidad, otrora agrarios, sin la compensación de estructuras productivas y asociativas que mantenían las pequeñas comunidades rurales. La retención de algunas cualidades campesinas garantiza algún nivel de mínima calidad de hábitat en algunas áreas urbanas periféricas recientes, como en zonas marginales de la ciudad de México. Estos acelerados cambios antropológicos del hábitat de la «modernidad» introdujeron algunas de las causas de crisis respecto de la memoria y el patrimonio de los asentamientos preexistentes. Por ejemplo, el desarrollo de alternativas tipológicas nuevas -como el hábitat «social» de los pabellones de viviendas colectivasque fueron generando, por así decirlo, novedades «malsanas», creaciones tipológicas de bajísima calidad social y notoria merma en la relación con las estructuras urbanas precedentes. La ruptura de la continuidad e integración urbanas significó el desmantelamiento de tradiciones tipológicas y tisurales que se convirtieron en grandes fracasos psico-sociales. Los cambios tecnológicos de la «modernidad» -entusiásticamente tratados, por ejemplo, en S. Giedeon y cáusticamente en L. Mumford '- acompañan el proceso genérico de urbanización generalizada, operando también drásticas transformaciones sobre las tradiciones habitativas. El despilfarro energético que va de 1955 a 1975 es otra de las operaciones «regresivas» que el «desarrollo tecnológico» infiere a las tradiciones habitativas urbanas. Las transformaciones tecnológicas en el transporte, las comunicaciones, la circulación de personas y cosas, la producción y el consumo introducen factores de complejización de la vida urbana contemporánea que resultan altamente desequilibrantes para la entidad de los organismos urbanos, y por lo tanto para las posibilidades de una administración y transformación racional de sus soportes físicos. Los años finales del período «tardo-industrial» acometen daños irreversibles en esos soportes, que la marcha de la economía mundial ya en los recesivos años noventa moderó relativamente dando paso a los discursos «posmodernos» del pensamiento «conservador», «el fin de la Historia» o el «crecimiento cero» 4• La macro-urbanidad y la hiper-tecnologización (fenómenos dominantes de la «modernidad inicial») generaron los factores de «inhospitalidad >> moderna, detectados por Heidegger, y las consecuencias generales del «malestar metropolitano >> típico de los años ulteriores a la ilusión del «welfare» indefinido y algunas características preocupantes del mundo contemporáneo. Por ejemplo, la hipertrofia del consumo y la creciente ideologización/alienación de las necesidades: una consecuencia de estas circunstancias de «malestar>> cultural será el debilitamiento o la anulación de «valor es>> de identidad patrimonial, de identificación comunidad/lugar, severamente cuestionados en nombre de esta fi gura de progreso (falsamente) homogéneo. - VIII - Otro rasgo es la valoración social y política de la adaptación a las nuevas (y ficticias) condiciones de vida, lo que equivale al peligroso declive moral de la tardo-modernidad. Condiciones elementales de justicia social y derecho a la vida -latentes en Europa, por ejemplo, durante el siglo XIXhoy se someten a los efectos colaterales de «políticas de equilibrio» que significan «naturalizar» un «fin de la Historia» supuestamente ajeno a términos de moral política. Esa misma «inexorabilidad» presencia la destrucción de los soportes naturales y hasta la virtual mutación psicofísica de los habitantes urbanos: más que controlar la regresividad de la atmósfera de la capital de México parece hoy más posible propiciar una mutación genética del aparato respiratorio de los mexicanos. Así, una condición de «modernidad» parece liquidar los imperativos axiológicos morales a una suerte de neodarwinismo de «supervivencia natural». Este esquema, desde luego, también se aplica sin más atención que a la conveniencia económica en el campo de los soportes urbanos materiales, librados pues, en esa genérica «competitividad mercadotécnica» que homogeneíza el mundo y la cultura contemporánea. El auge de la complejidad -signada por la autonomía del desarrollo tecnológicoestipula ese camino interminable de «adaptabilidad» (biológica, social) en la cual la «lógica» de la tecnoestructura es preponderante respecto de lo social, creando el vacío moral del que hablamos, o lo que Illich llama la «crisis de la convivialidad», es decir, el crecimiento de situaciones que complejizan y deterioran la convivencia social. Los problemas de adaptabilidad que la nueva condición cultural plantea, suponen, inexorablemente, nuevos problemas de «convivencia» con el mundo material. Esa «materialidad incómoda» suele despacharse al territorio de la banalidad «kitsch», de la desmaterialidad o de la ano9 mia carente de identidad: condiciones todas que agudizan, desde esta situación de «modernidad», la supervivencia de aquello que nos referimos como «patrimonio cultural y físico> >, afianzándose la concepción «moderna>> de una axiología que reivindica la transformación «per se>>. El discurso de la «modernidad >> sin embargo y aun desde nuestra perspectiva es todavía más completo. Hay una faceta ideológica de la «modernidad>> que es su potencial de generación de utopías. Este aspecto sigue operando, por una parte, en el hecho por el cual una condición de la «modernidad >> es la mera consumación de utopías anteriores. En efecto, vivimos en la realización de utopías previas: por ejemplo, la espacialidad compleja de Piranesi o las <<ingenierías sociales>> del siglo XVIII, tan elocuentemente desgranadas por las investigaciones de Foucault 5: lo que se imaginaba o pensaba <<utópicamente>> en el siglo XVIII, hoy constituye escenarios de «realidad>>, en todo caso, posibles porque tuvieron lugar aquellas elaboraciones. Una característica de la «modernidad>> es esa capacidad, por una parte, de convivir con el pensamiento utópico y, por otra, de realizarlo extemporáneamente. Así como el sistema axiológico moderno tiene que tomar posiciones con lo histórico -en tanto preexistencias, tendencias y procesostambién debe medirse con lo utópico -en cuanto pre-figuraciones, no-lugares que operan como pre-lugares, etc. Otra característica específica de la «modernidad» es lo que dio en llamarse la <<crisis ambiental>>. Los «problemas ambientales>>, en tanto deficiencias en las relaciones entre grupos sociales y frag- -IXASTRAGALO,03(1995)ISSN 1134-3672 mentos de naturaleza parecen ser temáticas históricamente recurrentes, situaciones que se convirtieron en ajustes (de la sociedad o de la naturaleza). Pero la conversión de tales recurrencias en una figura «final» de «crisis» medianamente irresoluble -en lo relativo a la constitución de una cierta entidad de «megaproblemas»: extinción de recursos no renovables, crisis del ozono, etc.- es una situación inédita, casi a-histórica o propia del < <final de la Historia». La condición global de << crisis ambiental» relativiza toda teoría económica y antropológica de la habitabilidad: supone considerar la << salvación» hipertecnológica de la humanidad y <<(re) valorar» los términos de mutabilidad indefinidos, a través de los artificios biotecnológicos, de la criatura humana y debe asumir positivamente, una actitud genérica de afrontar un permanente y absoluto <<reciclaje» adaptativo del mundo (físico y relacional; de la instalación en la cultura material y de las relaciones humanas). Desde luego, aún en su incipiencia antropológica, esta situación de «modernidad» insinúa el desarrollo de otro campo de <<valores» (estilos de vida, formas de supervivencia, dimensiones de goce y trascendencia, etc.). En uno de sus últimos textos, J. Baudrillard" presenta, como un signo ominoso de lo moderno, el fenómeno de la omnipresencia del <<reciclaje»: <<No escaparemos a lo peor, a saber, que la Historia no tiene fin, dado que los restos, todos los restos -la Iglesia, el Comunismo, las Democracias, las etnias, los conflictos, las ideologíasson indefinidamente reciclables. Lo que es fantástico es que nada de lo que se creía superado por la Historia desapareció verdaderamente, todo está allí listo para resurgir, todas las formas anacrónicas, intactas e intemporales, como virus en el fondo del cuerpo. La Historia se liberó del tiempo cíclico para caer en el orden de lo reciclable». 1 O Cuatro dimensiones, en definitiva, parecen tensar los términos en que formular la cuestión del «valor moderno», en general, y en particular en relación con los temas <<patrimoniales». En primer lugar, una figura de «modernidad terminal» que parece preconizar el congelamiento y el coleccionismo como forma << conservadora» de acompañar, desde el campo de la cultura material, el fenómeno del <<fin de la Historia>>. En cierto sentido, como sostiene O. Mangin 7, se trataría del apogeo de <<una memoria sin historia>>, o parafraseando a P. Nora', se trataría del despliegue de una compleja << pasión memorialista >> , que se manifiesta, según este autor, en la búsqueda de los <<lugares de la memoria>>: es decir, podría hablarse de una congelación del tiempo en cuanto se procura su < <espacialidad>> de coleccionista, la identificación fundante de <<lugares> >. En segundo lugar, la perduración de una motivación fundante de la «modernidad inicial>>, situada en la hipervaloración de los cambios y transformaciones, acompañando los grandes procesos históricos, antropológicos y tecnológicos y el fenómeno irreversible de la urbanización total de los estilos de asentamientos. En tercer lugar, la coexistencia de vida y pensamiento, de prácticas sociales con la dimensión de producción de utopías: viviendo utopías anteriores y verificando, en la aceleración histórica, la consumación de utopías contemporáneas (como el fin de la secularidad en el auge de los <<fundamentalismos>> islámicos). En cuarto lugar, la situación de atravesar el tiempo histórico de una probable condición de «crisis ambiental>> de carácter y profundidad históricamente inéditas y con imprevisibles consecuencias de transformación y adaptación de sociedades y soportes habitativos. -X- Permanencias arquitectónicas Se puede plantear toda la temática del patrimonio y de la conservación sólo a partir de la existencia de un sustrato material, de unos componentes físicos que vienen a constituir la trama de soporte de los grupos sociales. En efecto, só lo a partir de la instalación dilatada de un grupo social tiene sentido plantear se el tema del patrimonio y la conservación material. Las tribus nómadas bereberes norafricanas o los asentamientos «naturales» indígenas carecen del espesor material fuera del cual sólo es posible plantearse el tema de las tradiciones, como sistema de elementos inmateriales de patrimonio (los rituales agrícolas o iniciáticos sexuales, las invocaciones panteístas, las ceremonias cotidianas o extraordinarias de la vida social). La indagación sobre el patrimonio material-los artefactos habitati vosse efectúa de forma análoga a la investigaci ón de la «renovación» de un recurso natural, estrechándose esa proximidad etimológica del antiguo alemán -de las tribus germánicasentre «cultura» y «cultivo». El punto de partida, pues, de la reflexión sobre las cuestiones del patrimonio es lo que puede reconocerse como «permanencias arquitectónicas», trazas o residuos de un orden habitativo formulado con algún principio de perdurabilidad histórica. La economía urbana inherente al concepto de «damero», tal como viene de las primeras «ciudades» indostánicas -Mohenjo Dar o-- y luego enlazada con la larga tradición hipodámica-romana, colonial-renacentista, colonial-americana, debe entenderse como un ejemplo de esta «permanencia>>, en cuanto un orden anterior incluso a la instancia de la formalización que supone ser casi una condición «natural» de la segregación urbana, una cualidad fundante de la modalidad de la «instalación>> social en la máquina-ciudad. Sobre este fundamento existe una densa acumulación de «pe rformances>> concretas en tales instalaciones: las «traza s>> en cuanto matrices de distinción y ordenación entre lo privado y lo público, entre el permanecer y el transitar (dentro y entre los asentamientos); los « tejidos>> en tanto estructuras de agregación/segregación de las unidades de instalación (en tanto relación con <<escal as» de entidad social-fundame nt al mente, la familiay en tanto relación con la distinción de las actividades urbanas -producción, acopio, intercambio, administración social y vida individual/familiar/tribal-; los << tipo s>> en tanto topologías genéricas de definición de los tejidos y los «monumentoS >> en tanto elementos diferenciales de la continuidad de las in stalaciones (es decir: <<con tra-tipo s>> en tanto topologías no genéricas sino específicas y de escasa o nula repetibilidad). Este conjunto de definiciones formales permiten resolver analíticamente (des-componer), la forma de las grandes tradiciones habitativas históricas, fundamentalmente la «occidental>> (el damero), la arábiga (la «kas bah >> ) y la hibridación de ambas (el burgo medieval). Desde luego se expresan con particular nitidez didáctica en las operaciones «fundacionales >> de instalaciones: desde las <<bast id eS >> francesas a los burgos hanseáticos de los caballeros teutones; desde las ciu- -XI - 11 ASTRAGALO,03(1995)ISSN 1134-3672 12 dades «ideales» renacentistas a las prescripciones de las Leyes de Indias de la colonización española de América. El tema de las «permanencias» posibilita de este modo la instancia de una arqueología conceptual y material del conjunto de las instalaciones urbanas; fija, por así decirlo, el «capital originario» sobre el que indagar, evolutivamente, la cuestión del «patrimonio». Como la articulación históricamente evolutiva de «lengua» y «habla», también permite dar cuenta de la relación entre invariancias (discretas) y transformaciones (infinitas) de dicho «capital originario». Ahora bien, tales «permanencias», si bien pueden fundar categorías teóricas (en tanto resultan recurrentes), se manifiestan concretamente, es decir, a partir de una determinada formalización en un soporte previo de «naturaleza». La instalación urbana puede entenderse como un despliegue de aquellas características sobre un territorio concreto: bosque, valle, ribera, promontorio, etc. Territorio concreto que posee la peculiaridad de unos rasgos constitutivos y una estructura emergente o «paisaje». Podría hablarse de un «locus>> originario, en el sentido de una estructura con determinadas especificidades en la que se «inicia» el procedimiento de transformación que es el desarrollo de una ciudad, con sus elementos de «permanencias» descritos. En cierta forma, por lo tanto, puede hablarse de un «locus» natural o previo, resultante del «paisaje» originario y de un «locus» urbano o transformado, que no es sino la consecuencia del cruce de aquella condición originaria natural y la manifestación específica de las «permanencias». «Locus» natural y urbano son las expresiones en las cuales se verifica la especificidad de un asentamiento determinado, independientemente de la recurrencia a los elementos de «permanencia». Las ciudades tienen trazas, tejidos, tipos y monumentos que pueden homogeneizarse en un número discreto de alternativas, que son susceptibles de clasificación y generalización; pero cada una se identifica con un «locus» preciso y único, que surge del diálogo histórico del «locus» natural u originario y el variable «locus» cultural o resultante de dicha historia urbana concreta. El <docus», como singularidad, forma la «experiencia» de una ciudad determinada. En otro escrito" hemos planteado el problema del desarrollo de las relaciones entre arquitectura y ciudad como el desarrollo de dos campos de reflexión: uno, la «construcción», que ligaríamos a la ejecución de las «permanencias», es decir, a la variable «performance» (culta, popular, central, periférica, etc.) de materialización del arsenal invariable de las «permanencias» (trazas, tejidos, tipos, monumentos). Otro campo de reflexión es el de la «experiencia», en tanto grado de presencia de la conciencia del «locus» originario y transformado. La «experiencia» es como el «capital cultural» acumulado en una comunidad determinada. La experiencia, en tanto conciencia colectiva del «locus», la configuran toda clase de pensadores, incluso «cronistas», como el Hopper de las inhóspitas calles neoyorquinas o el Benjamín de los paisajes parisienses o el Berlín de 1900. Así, la «Práctica de la Arquitectura» es el ejercicio de la «Construcción de las Permanencias», y la «Teoría de la Arquitectura» es la articulación de Construcción y Experiencia. -XII- En la derivación histórica de la relación entre construcción y experiencia, aparecen algunas cuestiones de interés en el orden de las prácticas arquitectónicas, o sea en la temática de las diversas «performances» sobre la construcción de las «permanencias». Podríamos ahora sostener que, en cierto sentido, el tema de la «conservación del patrimonio» es una cierta relación entre «construcción» (es decir, ciertas afortunadas «performances» de «permanencias», por lo tanto, «patrimonio») y «experiencia» (como reconocimiento, y por Jo tanto, adjudicación de un «valor» que debe ser instancia de «conservación»). Desde esta perspectiva general, se abordará la consideración de cinco temas de interés: -La ampliación de la «experiencia>> (en tanto conciencia del <docus>>) en la conformación de una expansión del concepto de «patrimonio>>: del monumento al territorio. -La idea de «centrO> > -y en particular, la de «centro histórico>>- como lugar de «condensación>> de la «experiencia>>, y por Jo tanto, de exacerbación del concepto de «conservación>>. -La idea del «no-centrO>> (es decir, intersticios y periferias) como elementos genéricos del <<locus>> urbano en donde no se articulan fecundamente construcción y experiencia. -La idea de «palimpsesto >> urbano -o colección de «fragmentos>>- como territorio para el desarrollo de una conceptualización teórico-práctica que funde un «urbanismo de integración>>. -Los fenómenos de «ritualidad» que operan en la fundación y origen de un determinado «locus>> urbano. El concepto de «monumento >> -entendido como concentración o sitio privilegiado de la experienciaocupa toda la primera fase moderna de la conciencia «de conservac ión> > del patrimonio. Se trata, como se sabe, de la dialéctica que atraviesa toda la segunda mitad del siglo XIX, entre la postura «positivista>> (Viollet-le-Duc) y la postura « romántica>> (Ruskin). Para resultar efectivamente «positivo >> -y científicoen su proceder, Viollet restringe su área de actuación a un campo discreto de objetos sancionados con valor histórico, a los cuales es posible someter a la búsqueda de una condición « ideal> > que incluso puede y debe superar la condición fáctica originaria. De los muchos momentos posibles de la «vida histórica>> del objeto monumental, sólo el que manipulará científicamente, el «restaurador >> , puede encontrar la plenitud teórica del «monumento>>. Por eso será necesario en Viollet conjugar conocimiento histórico y técnico para poder asegurar la « plenitud>> monumental de unos pocos objetos esenciales (Nótre Dame, Pierrefonds), los que serán «intervenidos >> de un modo didáctico ejemplarizante. Ruskin piensa (o siente) lo contrario: el «monumento >> es tal sólo si se asume su «historicidad>>, incluso su «regresión/desaparición>> histórica. De allí el valor monumental reconocido al residuo o la « ruina>> (lo que era Pierrefonds antes de la intervención de Yiollet). Paradójicamente, esa voluntad de «f ruición sensible>> latente en Ruskin le induce a no concentrar su pensamiento /acción en unos pocos objetos selectos, sino que será posible reconocer una «monumentalidad >> - XIII - 13 ASTRAGALO,03(1995)ISSN 1134-3672