Museo de Cádiz. Títeres y el teatro de títeres La Tía Norica
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Revista ph • Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico • n.º 83 • octubre 2012 • pp. 12-49 • 029 Bienes, Paisajes e Itinerarios Museo de Cádiz. Títeres y el teatro de títeres La Tía Norica ¡Títeres en un museo! Pero ¿cómo es posible que esa señora, la Tía Norica, comparta residencia con los murillos, zurbaranes y joyas arqueológicas de la trimilenaria Cádiz? Pues gracias a la obstinación de sucesivas generaciones de familias titiriteras y de gaditanos que, como ocurre hoy con la compañía municipal de la Tía Norica, celebraban periódicamente el antiguo rito de las funciones de títeres. En las raíces de la Tía Norica está la máquina real: aquellas compañías de títeres que, con permiso regio, recorrían la península actuando en los corrales de comedia desde principios del siglo XVII hasta las primeras décadas del XIX. Títeres que, como los de la propia Norica, se manipulaban simultáneamente desde arriba (con alambres e hilos) y desde abajo (con peana), sirviendo para representar comedias de santos o de magia, con sus correspondientes entremeses y bailes. La prensa gaditana de principios del XIX recoge una importante actividad de volatines, sombras chinescas, juegos de física y mecánica, máquinas reales o Nacimientos de “figuras corpóreas” o de “movimiento” (maneras sofisticadas de llamar entonces a los títeres), que actuaban en feroz competencia sobre todo en posadas (de la Academia, del Cañón de Oro) y domicilios particulares (calle Nueva 182, del Jardinillo 121, plazuela de los Descalzos 81). La primera vez que aparece citado el nombre de la Tía Norica (Diario Mercantil de Cádiz, 25/12/1824) es en una representación en la calle Compañía, 10, local que después tomaría el nombre de teatro Isabel II y, tras la Gloriosa revolución de 1868, de la Libertad. El aviso decía: “En la calle de la Compañía.- Se manifestará el nacimiento ejecutado por figuras movibles, las que imitan cuanto es posible al natural. Se dará principio con el paraíso terrenal, estando en él Adán [y] Eva. Seguirán varias decoraciones como son montes, calles, marinas, &c. &c. e igualmente una vistosa de Gloria, en la que estará el sagrado misterio: concluyendo con varios pasos entre ellos el testamento de la tía Norica y una primorosa danza de negros…” Según recoge la Guía de Cádiz, el Puerto de Santa María, San Fernando y su Departamento para el año de 1871 (de José Rosetty, editada en Cádiz por la Imprenta de la Revista Médica en 1870), la actividad titiritera en este local comenzó en 1815. El esquema del espectáculo -semejante al de la tradicional máquina reallo constituía un primer bloque de escenas del Nacimiento, que cambiaban con el transcurrir del calendario entre la Navidad y la Candelaria, la llamada Feria del Frío (combate entre ángeles y demonios, paraíso, Anunciación, adoración de los pastores y de los Reyes, matanza de los inocentes, etc.). Nacimiento basado en un texto, forjado al cabo del tiempo, remendando fragmentos de piezas áureas como Las astucias de Luzbel, atribuida a Juan de Quiroga Faxardo; El diablo predicador, de Luis de Belmonte Bermúdez; o del siglo XVIII como La infancia de Jesu-Christo, de Gaspar Fernández y Ávila. El segundo bloque estaba dedicado a diferentes pasos o sainetes protagonizados por la Tía Norica: los famosos del toro, que recoge la copla: “A la Tía Norica le ha cogido el toro, le ha metido el cuerno por el escritorio. A la Tía Norica le ha vuelto a coger, le ha metido el cuerno por donde yo sé…” Norica hacia 1897, no se sabe a partir de qué muñecos, pero sí que buena parte de los que hoy conserva el museo gaditano fueron construidos, pintados o adaptados por él, igual que el terrazo -teatrillo-, los decorados o la barraca donde representó la Tía Norica en las primeras décadas del siglo XX. Luego (1918) fueron su yerno Manuel Martínez Couto y su hija, Consuelo Eximeno Perdigones, los que, superando la arrolladora competencia del cinematógrafo, mantuvieron y renovaron la tradición titiritera gaditana hasta la Guerra Civil. La Tía Norica fue mucho más que un personaje o una compañía local; su fama trascendió pronto las murallas de Cádiz. Su propio nombre pudo haber sido tomado del de una briosa protagonista de la revista satírica absolutista El Tío Tremenda (Sevilla, 1812-14), que pronto pasaría a llamarse, precisamente, La Tía Norica (Sevilla, 1814-1815). El 25 de diciembre de 1838 una compañía ¿gaditana? presentó en la corte madrileña un Nacimiento de “figuras con movimiento al natural” seguido del “graciosísimo paso de la Tía Norica y el doctor Roticurcio” -Diario de (Avisos de) Madrid-. La misma fórmula se repetiría hasta enero de 1841 en sucesivos locales (teatro de Embajadores, calle de la Reina y calle de la Sartén) con nuevos pasos como El naufragio del buque donde se embarca la Tía Norica o La Tía Norica, don Roticurcio, un toro de Gaviria y una rata. En verano de 1845 se representaba la Tía Norica en la rambla del Guadalmedina de la capital malagueña; en diciembre del mismo año fue en Sevilla donde se interpretó con actores un Nacimiento con sus entremeses de la Tía Norica y el Tío Isacio. Hasta las islas Filipinas llegaría la Norica: su sainete fue representado junto al Don Juan de Zorrilla por los “carrillos” (teatros populares de títeres planos) en la Manila de las últimas décadas del siglo XIX. El nombre de la Tía Norica también aparece como referencia popular en novelas de la época, en críticas literarias o taurinas e, incluso, en el título de una zarzuela: El serpentón de la Tía Norica, de Mariano Soriano Fuertes. Durante algunos de los difíciles años de la posguerra (1947-1959), la Tía Norica continuó divirtiendo a los gaditanos -ahora dirigida por Joaquín Rivas-, pero la Norica estaba herida de muerte. Unas postreras representaciones en 1974 y 1975, y, sobre todo, la publicación del apasionado libro de Carlos Aladro, La Tía Norica de Cádiz (Madrid, Editora Nacional, 1976), removieron las conciencias ministeriales consiguiendo que títeres, decorados, textos y terrazo fueran adquiridos por el Estado y depositados en el museo de Cádiz. Pero ¡ojo!, aún hoy, los títeres de la Tía Norica, expuestos en sus vitrinas o guardados en almacenes, piden a gritos una investigación, restauración y musealización adecuadas que, más allá de su exhibición como objetos curiosos, les devuelva y sepan explicar dignamente su primitiva funcionalidad dramática. Francisco J. Cornejo Universidad de Sevilla Y del consiguiente testamento; y otros, como el del vaporcito del Puerto, el naufragio o la llegada del ferrocarril. Y entremedio -según las épocas y sus modasvistas extraordinarias, diversidad de juegos de agua o de fuego y, siempre, bailes. Así fue desde 1824, al menos, hasta la segunda mitad del siglo XX. Los responsables de esta fórmula exitosa fueron personas como Pedro Montenegro, responsable del teatro de la calle Compañía hasta su fallecimiento (28 de diciembre de 1859, día de función); su viuda Dolores Jalpón, que lo regentó hasta su derribo en 1870, o alguno de sus numerosos hijos, que continuaron hasta 1878 bajo el nombre de Salón Variedades en diversas localizaciones de la plaza de los Descalzos y en calle de la Murga. Era tal el éxito de los títeres que en 1875 apareció una segunda compañía, La Infantil Gaditana (calle del Santo Cristo 5), con otro Nacimiento y otra Tía Norica, que en 1888 seguía con sus representaciones. Luis Eximeno Chaves, de El Puerto de Santa María, albañil, cantante de zarzuelas, carpintero y sochantre de la parroquia de San Antonio, creó su propia compañía de la Tía Bailarines (Museo de Cádiz, 1982). Foto: Francisco J. Cornejo