Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad
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Revista de Estudios Taurinos N.º 32, Sevilla, 2012, págs. 13-83 ANTOÑETE EN LAS VENTAS EN 1981. EL TORERO DE LA VERDAD José Campos Cañizares* ara muchos aficionados a los toros la muerte de Antonio Chenel Antoñete (22 de octubre de 2011) ha venido a ser un momento de replanteamiento y de reflexión, sobre qué es el toreo y su significado. Parece que de la misma manera a cuando reapareció en la temporada de 1981, ahora treinta años después, la estela de su tauromaquia hubiera hecho caer en la cuenta, a aquellos que le vieron torear, que la acción de ser torero no es sólo la capacidad de dar pases, como ya especificó, entre otros, Domingo Ortega, ni de exponerse ante las astas de los toros en mayor o menor grado, sino de hacerlo de acuerdo a unas reglas, en posesión de una técnica, un hondo sentido estético y un sentimiento. Lo cual representaría realizar el toreo con arreglo a una verdad, a un conocimiento, a una pureza y a un compromiso1. A un poner en P * Universidad Wenzao, Kaohsiung, Taiwán. 1El periodista Javier Manzano (2011: 29) (un compendio del arte de Antoñete escrito en primera persona), entiende que Antoñete «fue y será un exponente de la verdad del toreo», una postura que el propio torero le expresaba: «Yo he sido un torero toda mi vida de torear bien, o si no de lidiar y matar. No puedo mentirme ni traicionarme, no puedo pegar espaldinas y cosas de esas. Yo sólo toreo». El escritor José R. Márquez, comenta que el toreo de Antoñete nacía del clasicismo, de la elegancia, del «mando» y de la obra bien hecha, aspectos «que nos mostraron de forma indeleble la grandeza y la belleza del toreo eterno, el que
José Campos Cañizares 14 relación de una vez por todas sin solución de continuidad la vida con la tauromaquia, como ocurrió en aquel año de 1981 en el que Antoñete restauró –en todas las plazas donde actuó, y en concreto en la plaza de toros de Las Ventas, en Madrid– la senda taurómaca clásica en la que habían caminado unidas hasta entonces la dignidad de la existencia humana y la grandeza del toreo. Una ética y una espiritualidad para el toreo2. El regreso de Antoñete al toreo en 1981 simbolizó para muchos jóvenes interesados en los toros un momento mágico en el entendimiento de la tauromaquia, también de lo que había supuesto y suponía la cultura popular española en la sociedad, en tiempos en los que parecía iba a ser olvidada toda referencia a un pasado que evocara la génesis de lo hispánico. Así, en aquel ámbito sociocultural y taurino de una España todavía inmersa en está basado en la verdad, es decir en la asunción del riesgo desde el conocimiento y el oficio», (2011:12). En relación a las citas véanse las referencias completas en el apartado de bibliografía al final de este estudio. 2El crítico Joaquín Vidal (1985) destacaba de Antoñete que alcanzó lo que todo torero ansía conseguir cuando empieza, «ser un maestro en tauromaquia», un logro asumido desde la interiorización del significado profundo de ser torero, que para J. Vidal pasaba por el desempeño del «oficio de torero», ni más ni menos, como lo que «es: un sacerdocio». En torno a la vida de Antoñete sabido es que a partir de 1940 vivió durante muchos años en la plaza de Las Ventas, en las dependencias habilitadas para la familia del mayoral –su cuñado–, y aquello le permitió ver de cerca a las figuras del toreo de la posguerra, lo cual le dejó profunda huella taurómaca, según le contaba a J. Manzano: «tener el privilegio de estar muy cerca de la torería fue como una droga y aquello se me metió en las venas, en las carnes, llegando a formar parte de mí. Por eso, desde cuando sólo podía soñar con llegar a ser como ellos, aquella espiritualidad se convirtió en mi aire, fue mi verdadero oxígeno», (2011:32). También hacemos mención que en la faceta de lo religioso Antoñete manifestó, en más de una ocasión, ser creyente, una fe vivida que le favorecería su ejercicio de oficiante de la tauromaquia: «El peligro del toro, la vida misma, me han enseñado que hay Dios. A veces, cuando surgen los sufrimientos, crees que es injusto; pero a la larga compruebas que Dios está contigo, que te compensa, y que aquellos sufrimientos eran otra prueba de su existencia», en (Valenzuela, 1985)
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 15 la transición democrática, Antoñete logró fijar como si acabaran de ser descubiertas las bases clásicas del arte del torear, ofreciéndoselo de un modo sorpresivo a aquellos que estaban añorando el verdadero toreo de parar, templar, cargar la suerte y mandar3, y, por extensión, a un nutrido grupo de jóvenes aficionados, entonces recién llegados a la fiesta, que militaban en diferentes adscripciones ideológicas4, a los que explicó con sugerente didactismo surgido de su acrisolada experiencia que aquello de la tauromaquia no era un arte reaccionario, ni cruel, sino una parte de la cultura española cargada de regocijo y de 3A finales de los años setenta y comienzo de la década de los ochenta se retiraron, definitivamente, diestros que hicieron el toreo clásico que Antoñete vino a recuperar en 1981, en este caso, en su versión más radical; hablamos de Santiago Martín El Viti (1979) y Paco Camino (1979), mientras otros como Andrés Vázquez o Joaquín Bernadó, que pertenecían al mismo orbe, estaban en el proceso del adiós. Al tiempo que volvía Antoñete, toreros como Paco Camino o Antonio Ordóñez quisieron seguir su estela, pero su época gloriosa ya había pasado. Paralela a la reaparición de Antoñete fue la del diestro sevillano Manolo Vázquez, que por su concepto puro y ajustado del toreo ayudó a recuperar las verdaderas formas del concepto de torear. En 1981 había toreros que sabían torear y eran clásicos, como Gregorio Tébar El Inclusero, Curro Vázquez, Carlos Escolar Frascuelo o Antonio Sánchez Puerto, pero su capacidad de acción estuvo muy limitada. Algunos toreros jóvenes de enormes posibilidades, nos referimos a Pepín Jiménez o Pepe Luis Vázquez, estaban a punto de irrumpir, si bien, por distintos motivos, no se mantuvieron en primera línea. Una esperanza frustrada fue José Cubero Yiyo. 4El cantante Jaime Urrutia ha manifestado recientemente que Antoñete viene a ser el torero de la Movida. En líneas generales se puede asegurar que su toreo tuvo impacto entre los jóvenes artistas de aquel tiempo. J. Urrutia vio en vivo la faena de Antoñete al toro blanco en 1966, suceso que, a él, le marcó la manera de concebir la tauromaquia. Sobre las actuaciones de Antoñete a partir de 1981, ha comentado: «en el Madrid de los primeros ochenta de la Movida (recuerdo otras tardes junto a Manolo Vázquez, Curro Romero o Rafael de Paula) creo que han supuesto para la historia del toreo una revolución tan grande como debieron ser las apariciones de Joselito, Belmonte y Manolete. Los cuatro mil abonados de Las Ventas se convirtieron súbitamente en dieciocho mil, yo entre ellos, hasta el día de hoy», en “Prólogo. El torero de la Movida”, en (Manzano, 2011:20). Para el periodista taurino Alfonso Santiago (2011: 35) «lo mejor de aquella ‘movida taurina’fue la pasión con que esas miradas nuevas nos enamoramos para siempre de la Fiesta».
José Campos Cañizares 16 glamour que servía para interpretar el mundo, y para comprender lo esencial español en sus términos castizos y revolucionarios porque en eso consistía y en eso consiste. Hoy a la altura de 2012 volvemos a estar en una situación parecida a la existente en 1980 y 1981 en lo relativo a la decadencia y crisis que vive el mundo taurino: mínimo interés de lo que ocurre en los cosos, y como consecuencia, limitadísimo eco de sus sucesos en la sociedad española. Originado en la falta, entre otras cuestiones, de autenticidad en el toreo practicado por la mayor parte del elenco de toreros del momento, aunque como es de lógica con puntuales excepciones5. El aficionado cabal hoy es consciente de que en la mayoría de las ferias se presencia, a Un testimonio de la atracción que produjo Antoñete a aquellos que descubrían el mundo de los toros en los primeros ochenta nos lo ofrece el escritor Andrés de Miguel (2011), que le atribuye ser «quien personalizó (la) recuperación de un espectáculo insólito, (y) la seriedad y la belleza del toreo (en un momento muy concreto de la vida social española)». El escritor y crítico taurino José C. Arévalo habló de «conmoción», de «sacudida» y de «corte histórico», a la hora de significar el regreso de Antoñete a Las Ventas en 1981, (1987: 59). Al respecto, el cineasta Agustín Díaz Yanes (2011) ha declarado que la reaparición de Antoñete –torero silencioso, melancólico y rebelde– en Madrid, en 1981, fue «para dictar las cinco temporadas más hermosas del toreo moderno», en “En su izquierda estaba el paraíso”. 5Desde esas carencias debe entenderse el posicionamiento crítico de los aficionados de la plaza de Las Ventas, que pueden llegar a venerar a un torero que les transmita emociones de toreo añejo, hablamos de Carlos Escolar Frascuelo, o que reaccionan apasionadamente con la torería, nos referimos a Juan Mora (2010), a causa de que esas imágenes eternas de empaque y estética están en vías de desaparición. En la actualidad, en el apartado de toreros de valía es necesario citar a aquellos que respetan los cánones del toreo y pretenden acatarlos y conducirse por ellos, aunque no siempre se mantengan con la misma disposición para conseguirlo, pensamos en José Antonio Morante de la Puebla, José Tomás o Manuel Jesús El Cid. Grandes esperanzas hay depositadas, a finales de la temporada de 2011, en Iván Fandiño y David Mora, si bien historias similares en todas las épocas hubo. Al margen, una reaparición fugaz y feliz que remite a la posibilidad de que el elenco de toreros de ayer fuera más pleno, ha sido la protagonizada por Francisco Ruíz Miguel (con 62 años) en Sanlúcar de Barrameda, en agosto de 2011. No obstante,
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 17 lo largo de cada temporada, un toreo de escasa verdad, de mucho metraje pero de poco fundamento, ocupado en mantenerse a flote sobre un útil pero estéril esteticismo, inmerso, el mundo del toro, en un panorama en el que aquellos aficionados que todavía asisten a las corridas se muestran complacientes con lo que ven, en consonancia con el comportamiento de un público sin gusto ni conocimiento ni pasión. Aparte quedaría la extrema crisis de casta que padece la cabaña brava según se desprende del juego ofrecido por los astados en los distintos cosos donde son corridos, tarde tras tarde. De tal modo la reivindicación de la fiesta de los toros se pone cuesta arriba en tiempos que la sociedad española se decanta ajena a la tradición, en particular, por la postura de los jóvenes muy embebidos en la marcha de la globalización. Una juventud más preocupada por otras culturas, que conocen de manera virtual, o a golpe de consumo, sin mostrar interés por la interiorización de la propia, debido a que se les ha cortado el cordón umbilical educativo que les explicaba la trascendencia y la permanencia de los valores de la cultura popular española, alrededor del flamenco, de los toros, de la semana santa, de la pelota vasca o de cualquier otra manifestación hispánica surgida desde abajo, con sus implicaciones éticas y con sus complejidades reflexivas, y tal vez, por eso. La reaparición de Antoñete en 1981 supuso una verdadera regeneración de lo emblemático español en los toros, de sus valores clásicos y tradicionales, para la juventud que se acercó al fenómeno taurino en nueva hornada, y para los aficionados que habían mantenido la llama del toreo durante el desarrollismo, en el ocaso del franquismo y en la entrada de la democracia. A partir de 1981 el toreo vivió años de resurgimiento y apogeo bajo la volver y revolucionar, ya es otra cosa. No deberíamos olvidar a Julio Aparicio que tuvo en sus manos durante un suspiro la llama del toreo.
José Campos Cañizares 18 estelar lección de Antoñete como detonante, junto a la vuelta de Manolo Vázquez que colaboró al unísono, la presencia de toreros artistas que estaban ahí, caso de Curro Romero y Rafael de Paula, y la de toreros de valor y lidiadores, como Francisco Ruíz Miguel y Luis Francisco Esplá, más la agitación revolucionaria de Paco Ojeda. Al tiempo, en tal revitalización de los toros, fue esencial que la gestión de la plaza de Las Ventas fuera a manos del empresario Manuel Chopera, porque supo abrir un espacio a la confección de carteles ilusionantes para el verdadero aficionado. A ello se unió, también, que el ganadero Victorino Martín mantuviera la fiereza del toro bravo en sus dominios –una historia que comenzó en 1968– y que le llevaría a obtener éxitos sin precedentes en Madrid como la denominada Corrida del siglo, en la que los espadas –Francisco Ruíz Miguel, José Luis Palomar y Luis Francisco Esplá– y el propio ganadero salieron a hombros en la tarde del 1 de junio de 1982, o cuando poco después, el 19 de julio del mismo año, se le indultó al toro Velador en corrida concurso, lidiado por el diestro José Ortega Cano. A estos años de reactivación de la tauromaquia (19811985) durante la reaparición de Antoñete, le sucedieron temporadas que experimentaron algunos intentos de mantenimiento de la pureza taurómaca recuperada entonces por Antonio Chenel. Ensayos que fueron emprendidos primero por el torero colombiano César Rincón, que irrumpió de manera impetuosa en 1991, alcanzando un alto nivel que pudo sostener hasta 1995. A lo que siguieron las adendas de José Tomás, entre 1997 y 2002, muy impactante, o la de Jesús Manuel El Cid, entre 2002 y 2007, ya entrado el siglo XXI, deudora ésta de la línea trazada por Antoñete y continuada por César Rincón. Al margen de estos pequeños espacios donde gobernó la pureza y la exposición, se puede decir, que en la tauromaquia de los últimos veinticinco años, a pesar de la existencia, siempre, de toreros que conocen su oficio y atesoran arte, el toreo, en general, en particular en los
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 19 circuitos de las ferias, se fue encontrando cada vez más ante la realidad de ausencia de valores y de contenidos, de ética y de fundamento, esencialmente, por el sistemático empeño de los toreros, en el apartado técnico, de dejar la pierna de salida escondida, en los pases, a la hora de concebir las faenas, y por la alarmante desaparición del toro de raza, con pitones y con presencia, factores que sumados a otros han llevado a la decadencia que preside la fiesta hoy en día. No es nuestra intención estudiar qué ha pasado de por medio en el mundo de los toros desde la retirada de Antoñete en septiembre de 1985, cuando el toreo bullía con clamor alrededor de unas reglas y unos principios, hasta la actualidad, en la que los signos de intrascendencia de lo que ocurre en las plazas nos parecen notorios y evidentes. Un momento, éste, en el que aflora en el aficionado a los toros la desorientación, la desgana, por verse circundado por prohibiciones sobre las corridas de toros, Fig. n.o 1.- Evaristo Belloti: I Homenaje a Antoñete. La invención de algunas suertes. (Imágenes cedidas por el autor).
José Campos Cañizares 20 amagos de censura social y, sobre todo, por la ausencia de compromiso en empresarios, críticos, toreros y ganaderos en defensa de lo que ha sido el alma de la fiesta, la presencia en las plazas del toro de edad, peso y trapío, en el mantenimiento de lides entre toreros y reses íntegras que exigieran el empleo de técnicas para su toreo concebido hacia adelante, bien rematado y basado en la ética y la verdad. Pocas perspectivas de un buen futuro se vislumbran, más bien escasas son las señales de cambio y de reconducción –de restauración, de regeneración– de la fiesta de los toros a causa de que pudiera aparecer algún torero que fuera capaz de enseñar nuevamente qué es torear. La degradación del ambiente taurino y las implicaciones socioculturales de la era de la globalización, con el pensamiento blando a la cabecera de los comportamientos y sentimientos sociales, son, en parte, motivos suficientes para que ningún artista de la tauromaquia tenga la fuerza ni la decisión suficiente para encaminarse por la vereda que hemos citado de lo clásico. Un aspecto que supo representar a la perfección Antoñete en 1981, y que se echa de menos a mediados de 2012. UN POCO DE HISTORIA NECESARIA La trayectoria de Antonio Chenel Antoñete desde que se vistiera por primera vez de luces, allá en 19466, hasta que pisó el ruedo de Las Ventas en mayo de 1981, en su reaparición, estuvo plagada de grandes éxitos y de grandes desapariciones del panorama taurino en diferentes momentos y épocas. Así, se podría destacar que en 1952 encabezó el escalafón de novilleros, lle6Salió a torear en la parte seria del espectáculo El Bombero Torero, en un festejo nocturno del verano de 1946 en la plaza de Las Ventas. La decisión de ponerle en ese festejo corrió a cargo de su cuñado Paco Parejo, la persona que más influyó en el concepto del toreo de Antoñete, cuando se enteró de sus correrías por capeas de pueblos aledaños a la capital. Lo cuenta M. Molés (1996), que especifica a tenor de la información que le traslada el propio torero, que: «Paco Parejo dudó hasta últi-
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 21 gando a torear 60 festejos, compartiendo la experiencia con noveles de la altura de Pedro Martínez Pedrés, César Girón, Dámaso Gómez, Enrique Vera, Emilio Ortuño Jumillano o Manuel Jiménez Díaz Chicuelo II. En aquellos momentos, todo hacía presagiar una carrera exitosa como se confirmó en la temporada de 1953, cuando nada más comenzada tomó la alternativa en la plaza de Castellón, el 8 de marzo, de la mano de Julio Aparicio, su padrino, con Pedrés de testigo, ante toros de Curro Chica7. Un año en el que se mantuvo en la parte alta del estrenado escalafón de matadores de toros (en sexto lugar con 36 corridas toreadas) junto a espadas como Antonio Ordóñez, ma hora si echarle un becerro bueno u otro con muy mala leche que había en los corrales. A la postre le soltó el que parecía más noble». En este texto, Antoñete confiesa: «(Paco Parejo) sólo me dio un consejo para la hora de entrar a matar porque yo jamás había tenido una espada en mi mano: En ese momento baja la mano izquierda, mira al morrillo, no se te ocurra mirar a los pitones y entra muy derecho». A lo anterior añade: «El debut pese a las volteretas, se me dio bien, el premio fue de vuelta al ruedo y Paco no me dijo apenas nada una vez que terminé mi actuación». Después sí le dijo: «Has estado hecho un chalao. El sábado actúas otra vez. A ver si es verdad que quieres ser torero». El relato de Antoñete sigue: «Cuando me quitaba el vestido de torear lloraba a moco tendido. Apareció Paco y todavía me resuenan en la cabeza sus palabras: Ves como no sirves. Te cogen haciendo el paseíllo y esto es para listos…». Antoñete se pasó «la noche en vela». Cierra la narración M. Molés: «Paco Parejo, esa misma noche de la bronca a Chenel, le dijo a Carmen, su mujer, la hermana mayor de Toñete, algo muy serio: Tu hermano vale para ser torero. Antoñete no se enteró de esta confesión de Paco Parejo hasta muchos años después». La relación con su cuñado a través del tiempo se mantuvo en el mismo tono: «Me hizo llorar el primer día y también el día en que me corté la coleta. Nunca me dijo que había estado bien. Siempre, según él, podía haber estado mejor. Y tenía toda la razón del mundo (…) El día del toro blanco también hubo bronca. Y en tardes en que conseguía cortar dos orejas en Madrid tampoco me libraba de sus reproches. Claro que como cada defecto lo razonaba, pues tenía que acabar dándole la razón», en (1996: 32-34).Un claro ejemplo de pedagogía a la antigua. 7Una corrida que despertó mucha expectación porque se anunciaba como la primera, en mucho tiempo, con toros ‘en puntas’. Consecuencia de la campaña contra el afeitado emprendida con anterioridad por Antonio Bienvenida y el crítico Curro Meloja.
José Campos Cañizares 28 cada el día de San Isidro, acompañado por Fermín Murillo y Victoriano Valencia17. Una faena18 que le puso en candelero porque fue televisada a toda España y que le abrió la vía de los contratos, muchos de los cuales, al poco tiempo, no pudo cumplir 17 A. Díaz-Cañabate en Abc ( 1966: 97) vio así a Antoñete: «Este Antoñete está superior, está por encima del toro. ¡Chico, qué manera de torear! ¿No se te cae la baba de admiración? A mí sí. ¡Ves tú! Esto es diferente, esto no tiene nada que ver con lo que vemos todos los días, con lo adocenado, con lo trivial, con lo grotesco. Eso no es toreo de ayer, ni de hoy, sino de siempre; eso es torear sencillamente, pero con la sencillez de la elegancia, de lo delicado, de lo fino, de lo sutil», en “Aquel Isidrín taurino tan pequeñito…”. Una versión más apegada a la trayectoria de Antoñete, y a la propia faena, la encontramos en la pluma de Gonzalo Carvajal en Pueblo (1966: 27): «(En) los años cincuenta (vaticinaban): ha salido un novillero madrileño de Las Ventas, que se llama Antoñete y que viene dispuesto a ser el rey de esta». Siguió el tiempo en la noria de los días. Antoñete pasó por Sevilla, por Madrid y por los ruedos de todo el mundo con su estilo de oro. Pero también escribiendo su nombre en la historia del toreo con letras de plata…!Si Antoñete quisiera, sería el rey de Las Ventas. El tiempo ¡Otra vez el tiempo! Llegó a borrar el nombre de Antoñete de la «lista oficial» táurica (…) Y en la misma fecha del día del santo labrador, el capote y la muleta de Antonio Chenel vinieron a dar la razón a los que (vaticinaron) «ha salido un muchacho que se llama Antoñete que puede ser el rey del toreo». Como un rey auténtico en el platillo del coso que toma su nombre del barrio natal del diestro, está Antonio Chenel con el completísimo toro berrendo en negro, alunarado, caribello y botinero del hierro de Osborne. ¿Ustedes saben cómo pueden torear, caso de que se decidieran a ello, cosa que dudo, los reyes y los príncipes? Así toreó Antoñete, brindador de esta faena para la historia y con historia al doctor Carlos Lleras (1966: 27): Atrevido, toro jamón, tomó con bravura un solo puyazo porque sus fuerzas andaban menguadas. Con tres por bajo, dos de pecho y un ayudado en la media altura Antoñete puso al toro en el platillo. Con parsimonia entre cada serie, con toreo que duraba eternidades, con clasicismo, con arte estrujado hasta que diera su última gota de belleza, con naturales, redondos, de pecho zurdos y diestros, molinetes y pases de rodilla. Antoñete logró el milagro de que, de golpe y porrazo, sus acciones subiesen mil enteros». 18 El propio Antoñete describe esa faena en M. Molés (1996: 14). De ella Antoñete ha comentado que se emborrachó de torear. Según asegura J. Laverón llegó a decir: «Amé a aquél toro igual que se puede amar a una mujer». Años más tarde reflexionó Antoñete sobre lo acontecido: «Tenía 33 años y no sé si fue la mejor (faena), creo que no, fue una de las “faenas”. Cada faena tiene su momento
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 29 por una rotura de la muñeca izquierda en el momento culminante de la temporada en el mes de julio en Fréjus (Francia) y por sufrir una cornada en el vientre en Palencia a comienzos de agosto. Esto hizo que perdiera muchas fechas de torear y que cada vez que reaparecía lo hiciera en malas condiciones. A eso se sumó que en el invierno de 1966 en la primera corrida que toreó en América, en Lima, muriese su apoderado, José Ignacio Sánchez Mejías, con quien estaba compenetrado –sucedió en el y su día y en aquella Dios me ayudó, me dijo: ahora que estás de capa caída y nadie se acuerda de ti, te voy a mandar un toro de bandera para que tires pal ante», (Pérez-Cejuela, 2006: 16). callejón, por un infarto–. Y que a comienzos de la temporada de 1967 sufriera una lesión importante, rotura de fibras, cuando estaba a punto de comenzar la feria de San Isidro, lo cual le impidió cumplimentar a gusto los contratos en su mejor temporada en números –51 corridas–. Fue una realidad, esta última, Fig. n.o 2.- Evaristo Belloti: II Homenaje a Antoñete. La invención de la muleta.
José Campos Cañizares 30 que nosotros hemos seleccionado de las manifestaciones que el propio torero le trasladó a Joaquín Vidal en El País: «Cumplí los contratos sin estar restablecido, porque torear en la feria (de San Isidro) era fundamental para mi carrera, pero aquello fue una barbaridad, pues cada tarde, antes del paseíllo, me ponían seis inyecciones para calmar el dolor. Como comprenderá, en semejantes condiciones era imposible torear» (Vidal, 1985). Por tanto, comenzó a apartarse de la cima según la había alcanzado. Y a quedarse a expensas, para recuperar lo perdido, de repetir faenas míticas que no le volvieron a surgir de la misma manera. Tampoco se le valoró la manifiesta calidad de sus actuaciones cuando quedaban a mitad de camino del éxito rotundo. Sin cuya medida y reconocimiento resulta dificultoso saber ver y situar a los toreros. No obstante, puede que su oportunidad definitiva para poder transmitir lo que realmente era la verdad taurina, y ser escuchado, estuviera todavía por venir. Por ello, después de haber toreado poco de 1968 –bajó a veintiocho corridas– a 1974 –cinco– festejos y encontrarse aparcado y olvidado19, se retiró en 19 El crítico J. Laverón (1988:15) resalta, como polo que marca la realidad de lo taurino, con Antoñete como protagonista, la gran bronca que le dedicó el público de Madrid en la corrida que toreó el 14 de mayo de 1973, «una de las broncas –nos dice Laverón– más desaforadas, ruidosas y crueles que se hayan escuchado en Las Ventas», al decidirse matar a su segundo toro «de bajonazo» sin intentar torearle, en festejo que toreaba junto a Manolo Ortiz y José Julio Granada, ante toros de Fermín Bohórquez. Lo sucedido podría demostrar que la carrera de Antoñete iba hacia abajo, y su moral, probablemente, estaba siendo afectada. Antoñete, años más tarde justificó aquella determinación de no lidiar al astado - sobrero– de la ganadería El Pizarral ante el periodista J. Vidal (1985) : «Le di exactamente cuatro muletazos y lo maté de media estocada. Era un sobrero, malo con ganas, que me iba a echar mano; lo veía venir, y por eso me alivié. A mí me puede coger un toro que yo creo que embiste bien, en plena faena de muleta, porque estas cosas pasan; pero un toro que yo vea que me puede coger, ése me lo quito de en medio. De manera que hoy volvería a hacer lo mismo. Ahora bien, la bronca aquella fue excesiva; no podía ni asomarme al burladero sin que me gritaran los insultos más groseros. Sentí pena y rabia al comprobar lo injusto que puede ser cierto
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 31 1975, en una corrida en el mes de septiembre en Las Ventas, matando seis toros en solitario de la ganadería Sánchez Fabrés –con sobreros de García Romero y Camaligera– en festejo de poco lustre y escaso eco, para cerrar de modo tibio y tenue lo que en esta segunda fase de su vida taurina –de joven madurez– había tenido profundidad y enjundia, pero le faltó continuidad y, tal vez, determinación. Aquella tarde de 7 de septiembre de 1975, tras la lidia del sexto toro, su cuñado Paco Parejo le cortó la coleta, en lo que parecía iba a ser una retirada definitiva. La andadura de Antonio Chenel Antoñete en el mundo de los toros hasta esta primera retirada en 197520 ha sido estudiada y explicada en diversas obras que han puesto en valor los variados factores que pudieron influir en su desigual carrera profesional. Así el escritor Jorge Laverón, en La tauromaquia de Antoñete, de los años negros al mito (1988), entiende que los baches y abandonos de Antoñete sobrevinieron por el propio carácter del torero, al tiempo que influyó que no fuera valorado sector del público. Hubo, sin embargo, un detalle que me emocionó: vi cómo Antonio Bienvenida y Andrés Vázquez me aplaudían puestos en pie, solos en medio de aquella masa enfurecida». A la misma conclusión llegó J. Laverón en su citada obra: «En medio de aquella masa enfurecida, apenas le consolaban las pocas palmas del puñado pequeñito de incondicionales, que salieron de la plaza, convertida ese día en circo romano, con una sensación de asco» (1988: 15). 20 I. Álvarez Vara (Barquerito) (2011b) ha intentado indagar en el por qué de la especificidad guadianesca de Antoñete como torero, y para ello ha sacado a colación lo escrito por el crítico Ventura Bagüés en “Historia de los matadores de toros” (1970), en la que Don Ventura deleita con este símil del periplo de Antoñete: «Imaginad una fragata cuyas estructura y proporciones de casco satisfagan al más exigente, porque igual expresan la robustez como la ligereza; que el corte de la proa sea irreprochable; que la colocación airosa de los tres palos gane la mirada de todos; que su conjunto, en fin, de armonía, fuerza y hermosura llene todos los requisitos apetecibles (…) Una fragata así tiene que navegar bien a la fuerza, ¿verdad? Pues esa fragata es Antoñete; pero Antoñete no navega frecuentemente como de él hay que esperar, sin duda porque lleva el velamen más veces recogido que desplegado».
José Campos Cañizares 32 su toreo puro y elegante por una afición –la taurina, la madrileña– poco dada a permanecer fiel a un artista, ni a un concepto21. No obstante, para J. Laverón, la llama antoñetista fue mantenida y alimentada durante largos años, hasta su reaparición de 1981, por «un puñado pequeñito de incondicionales»22, fe que se ha mantenido, según él, incluso después de esa fecha. Por otro lado, con un marcado acento de reproche hacia la crítica taurina, en general, el crítico de toros José Carlos Arévalo, en Antoñete o el arte de torear (1987), habla de ceguera e ignorancia de los cronistas taurinos que debían valorar el toreo –la dimensión del toreo de Antoñete– durante las dos épocas en las que hemos dividido su trayectoria hasta su reaparición de 1981. Piensa J. C. Arévalo que la crítica de los toros durante esos años –los cincuenta y los sesenta–, no estaba preparada siempre para asimilar lo contemporáneo23. Sobre la singularidad de estar y no estar de Antoñete, de desaparecer del entramado taurino y aparecer, de ascender y descender, J. C. Arévalo lo entiende como que, de ese modo, Antoñete «hacía honor al sino de su vida»24. Además, este 21 A la intrínseca personalidad de Antoñete, J. Laverón suma que fue fundamental para que entrara en los años negros (los de incomprensión y apartamiento), su fragilidad física, es decir, el problema que siempre tuvo con los huesos, que hace pensar fue un torero de cristal, en (1988: 9-10) 22 Parecer y frase que J. Laverón convierte en leitmotiv de su reflexión sobre la vida y el toreo de Antoñete, en (1988: 9-10; 15; 20; 39; 44; 50-51 y 54). 23 J. C. Arévalo lo explica al analizar las aportaciones taurómacas del toreo de Antoñete: «(un) toro que se (les) fue vivo a la crítica de entonces, incapaz de ver la maravilla que sucedía ante sus ojos. No lo supieron ver los grandes, ni Clarito ni Corrochano, porque su concepto del toreo pertenecía a una tauromaquia del pasado» (1987: 28). 24 (Ibidem: 15). J. C. Arévalo denomina esas fugas y esos regresos como «el drama antoñetista», que le forjó como hombre y artista, «le robó felicidad e impregnó a su toreo de un fondo intelectual y de una sed encastada que lo hizo infinitamente profundo. La vida de Antoñete, desde que comenzó su carrera taurina, fue una aventura en zig-zag. Conoció alternativamente la gloria y el olvido, la austeridad del hombre en campaña y las rachas a la deriva del genio obligado al
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 33 autor, opina que la retirada del torero –en este caso la de Chenel– en 1975 fue una «muerte» espiritual «aunque el hombre (siguiera) vivo», ya que «el corte de coleta es un vestigio semítico, un ritual simbólico de la castración (…) Y en el ánimo del artista (se asienta) un vago fluido de dudas, la zozobra de no haber cuajado el toreo ideal a un toro real»25. Ésta, seguramente, era la desazón (y la fuerza) que guardaba en su interior Antonio Chenel Antoñete en su retirada. VENEZUELA Y ESPAÑA (1977-1981), LA ANTESALA DEL RETORNO La reaparición de Antoñete de 1981 comenzó fuera de España, en los últimos años de la década de los setenta, concretamente en el verano de 1977, cuando se desplazó a Venezuela a torear «un festival de viejas glorias», en Caracas, en el que –seguimos en esto a M. Molés– «actuaría junto a diestros mexicanos ya retirados y el español Manolo Escudero26». Después de dos años (desde su retirada) sin un proyecto de futuro, esta proparo, se rodeó de libros, practicó el insomnio, vivió el amor y el desamor, fue un hombre rico y un hombre pobre, combinó el miedo ilusionado y el alcohol sin ilusión y se entregó filosóficamente al juego, pues el azar estaba dentro de él mismo, le quebraba los huesos y determinó su vida. De aquellos días (años cincuenta y sesenta) data su desatada entrega al tabaco, el humo acompañaba la soledad de sus pensamientos cuando a la luz del alba soñaba faenas imposibles. ¿Imposibles? Es necesario el fracaso para que el artista cree con sed, para que el torero extraiga toda la bravura del toro en cada embestida, para que revele en cada empeño sus pensamientos más ocultos. Es preciso que el paro se complemente con el trabajo para que el toreo ejecutado en el ruedo sea igual al toreo soñado en casa. Es maravilloso que la riqueza alterne con la miseria para que el dinero tenga sabor a premio» (Ibidem: 31-32). 25 (Ibidem: 45). 26 Sabemos que toreó dos festivales por esas fechas, uno el celebrado en el Nuevo Circo de Caracas, con novillos de Tarapío, junto a Manolo Escudero, Luis Sánchez Olivares Diamante Negro, Fermín Rivera y Ali Gómez. Un contrato que le salió porque César Girón le comentó al empresario «que Antoñete era el mejor torero que había en España», según le expresa A. Chenel a J. I. de la Serna, en (2007: 22).
José Campos Cañizares 34 posición le atrajo porque era «volver a la América de su juventud (y) dejarse envolver unos días en la fantasía de ser torero». De ahí arrancó todo lo que vino después porque el festival se le «dio bien», y encontró un trato exquisito a su alrededor por parte de dos personas que le ayudaron sobremanera, Maribel Llorens y Marcos Branger, dueños de la ganadería Tarapío. Les conoció y entonces fue invitado a pasar una larga temporada en su finca para realizar labores de selección de los toros bravos que allí pastaban. Estando allí refugiado, en diciembre, le ofrecieron hacer una sustitución –la de José María Manzanares– en la feria de la Isla Margarita donde estaban anunciadas algunas de las figuras españolas del momento (Pedro Gutiérrez Moya, El Niño de la Capea, Ángel Teruel, Palomo Linares y Francisco Rivera Paquirri). De tal empeño salió triunfador, en corrida celebrada el 18 de diciembre, con toros de Bella Vista, con Curro Leal y Celestino Correa en el cartel. De la experiencia vivida rememora a M. Molés que «no noté la ausencia», y que por lo que le reportó como torero, «aquella noche no pudo dormir. Aquella noche ni en todo el invierno» (Molés, 1996: 151-152). Aun así alejó de sí cualquier posible sueño por volver. Aunque en realidad todo sucedió sin solución de continuidad, porque durante 1978, y en adelante, toreó mucho en Venezuela, con dos fechas clave, ambas en ese año, la primera, la corrida en la que se anunció junto a César Girón en Guanaré, ya que, a tenor de lo que indica M. Molés, «en los chiqueros había una corrida de Rocha (origen Conde de la Corte), una corrida vieja y pasada, (de) seis años y dos leños terroríficos por cabeza. Y no había barbería. (Y) Chenel toreó como nunca. Con valor, con sabiduría, con una inmensa calidad. Cortó dos orejas y se lo llevaron a hombros. Esta corrida fue la causa de todo». Y la segunda, otra vez en la Isla Margarita (20 de marzo de 1978), donde: «El maestro –escribe M. Molés– despejó todas las dudas. Arrasó. Indultó un toro (Verde Luna, de la ganadería Bella Vista)
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 35 y se llevaría las dos orejas y rabo simbólicos. Por si faltaba algo, le cortó dos orejas al otro. Cuatro orejas, rabo, a hombros y el delirio. Chenel se salía». A partir de ese momento toreó por toda Venezuela (Chibacoa27, Valle del Pascua, Calabozo, Valencia, Caracas) a un fuerte ritmo, «dos y tres tardes por semana». Un bagaje fundamental del cual recuerda: «Ligué toros importantes, y corté más orejas y rabos que en toda mi vida. Aquello fue espectacular y además me enteré de que en España ya empezaba a saberse que Antoñete andaba triunfando por América»28. Lo sucedido en América, fundamentalmente alrededor del buen trato recibido29, fue la mecha para su recuperación anímica, de donde le sobrevendría la seguridad de que el toreo clásico que él atesoraba, en cualquier momento, iba a ser entendido e interiorizado por aficionados cabales y un público interesado en penetrar en los secretos de la obra bien trazada y bien acabada. El ambiente propicio para su definitiva consagración lo encontró en la España de la transición, que se estaba renovando en lo político y que poseía la ilusión y el deseo de entender por qué áreas de la cultura como la Tauromaquia habían sido seguidas por el pueblo español, indicio de que poseían valores éticos y artísticos en su concepto y en su composición. Un verdadero deseo de conocimiento sobre el pasado español estaba aposentado en el ambiente histórico, de manera muy particular entre la juventud que había identificado al franquismo con ciertas posi27 En Chibacoa, por ejemplo, toreó una corrida el 2 de diciembre de 1979, toros de Tarapío, junto a Pedro Moya Niño de la Capea (silencio y una oreja) y Bernardo Valencia (oreja y aplausos); Antoñete (ovación y dos orejas). 28 (Molés, 1996: 152-153). 29 Algo que le explicó a J. Vidal en la citada entrevista (1985) con estas palabras: «El ganadero Branger (su mujer Maribel Llorens), el periodista José López Vito, el catedrático Carlos Villalta, todos ellos venezolanos, me acogieron con un cariño y un respeto que nunca agradeceré bastante. Me abrieron sus casas, me organizaron tentaderos, me llamaban maestro, y empecé a sentirme torero otra vez».
José Campos Cañizares 36 ciones tradicionales e intentó desanudar ese vínculo. En el año 1980 Antoñete ya está en España, intervino en algunos festivales y comenzó a entrar de nuevo en el ambiente taurino peninsular, a contactar con él. Le llamaron para torear un festival en la Costa del Sol junto a Alvarito Domecq y Paco Camino, y fue cuando surgió la oferta para que volviera por parte de los empresarios Victoriano Sayalero y Juan Luis Bandrés, que «le ofrecieron quince corridas a buen dinero», según confiesa Antoñete a M. Molés. Por tal motivo se preparó para volver a lo largo del invierno de 1980 a 1981 al Campo de Gibraltar, y debutó vestido de luces en España en Marbella, el domingo de Resurrección (12 de abril), alternando con Rafael de Paula y Francisco Núñez Currillo, con toros de José Luis Osborne. Antoñete estuvo a un alto nivel, lo que le dio confianza cuando todavía dudaba sobre el desenlace de su empeño. Después, antes de su primera corrida de San Isidro toreó dos corridas más, en Cartagena y en Jerez. La siguiente, la cuarta, iba a ser la de su regreso a Las Ventas, el 22 de mayo (Molés, 1996: 157-159). De tal manera fue llegando la oportunidad y el deseo de volver para decir lo que se había dejado dentro, e iba a hacerlo en plenitud de edad, a partir de 1981, a punto de cumplir 49 años, edad difícil, de retiro obligado para muchos diestros, y de enormes dificultades para mantener una sintonía de calidad continuada. No obstante, un alto contenido de propuestas lidiadoras podía estar reservado en el hondón moral e imaginario de Chenel para que fueran exhibidas en el momento adecuado. Una posibilidad de comunicación que de llegar en sazón se daría con mayor regusto y poso. Es lo que podría sucederle a Antoñete en su vuelta a comienzos de 1981, y era el lugar desde el que se comprometería. El crítico J. Laverón en alguna ocasión ante el intento de muchos diestros de volver, y, digamos, el poco tirón que la mayoría consiguen, lo ha explicado de viva voz: «se vuelve para decir algo nuevo». Lo cual pasaría por la superación de uno
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 37 mismo, por dar una imagen mejorada de su tauromaquia y aportar enseñanzas a los demás. Puede que en el caso de Antoñete fuera eso más un decidido deseo de perpetuarse y de reivindicar el toreo clásico eterno. Pensamos que lo pudo hacer por muchas causas que él mismo tendría la oportunidad de explicar a lo largo de las cuatro lecciones de Tauromaquia que dictó en Las Ventas, de mayo a septiembre de 1981. La vuelta de Antoñete ocurrió, como decíamos, en una época de la historia de España muy peculiar, en pleno apogeo de la transición democrática española, a poco del frustrado golpe de estado del 23 de febrero. Un periodo singular de la fiesta de los toros en el que se percibía un alejamiento en la forma de torear de los modelos clásicos. Los toreros considerados figuras en aquel momento eran Francisco Rivera Paquirri y Pedro Gutiérrez Moya El Niño de la Capea, permaneciendo a su lado Sebastián Palomo Linares, y acercándose a ellos José María Manzanares. Alrededor de ellos se disputaban la primacía en los carteles varios toreros, tales como Dámaso González, Francisco Ruíz Miguel, Emilio Muñoz, Roberto Domínguez, Tomás Campuzano, Luis Francisco Esplá, José Antonio Campuzano, Julio Robles, José Ortega Cano o Ángel Teruel, todos con su estilo y circunstancias, pero puede que a muchos les faltara ceñirse con determinación y con compromiso al toreo auténtico canónico que iba siendo olvidado para ser sustituido por conductas más ligeras de contenido y de planteamiento. El retorno de Antoñete podía ser un estallido para bien de la fiesta porque era factible que se aposentara en el fraseo de saber decir el toreo y en degustarlo con sabiduría, belleza e inmensidad, con verdad. Unos elementos que en lo taurino prefigurarían un ajuste con los cánones de los que serían partícipes una nueva generación de aficionados. José R. Márquez nos acerca sin ditirambos, más bien de forma controvertida, al nuevo contexto taurino que rodeó la vuelta de Antoñete:
José Campos Cañizares 44 cepto de la torería y demostrar que se sustentaba en la posesión del valor seco, del valor verdadero. De tales realidades, Zabala quiso hacer hincapié, de manera especial, en la actuación de Antoñete, ese aspecto de la valentía, pues se le veía que había vuelto siendo consciente de lo que era el cometido de torear en Madrid39, una plaza en la que los toreros exponen al máximo, donde el examen es más duro y las estadísticas se hacen añicos40. Cuando Antoñete tomó la muleta en el cuarto de la tarde ceso lidiador: la verónica de Antoñete se concibe desde la distancia, «se trae los toros toreados desde muy lejos», sobrevuela en torno al «giro de muñecas» del diestro, y se explica «como base (en) preparar al toro para la faena de muleta; enseñarle a embestir más que buscar el lucimiento» (1988: 25). 39 Para Antoñete la mejor plaza de toros existente: «!Lo tiene todo! ¡Lo primero es que es la más bonita del mundo, la más bonita, más torera y más guapa que hay! Y luego que es la que da y la que quita, la que te empuja para adelante o te puede detener», en (Pérez-Cejuela, 2006: 15). 40 Controvertido asunto el del público de Madrid, sobre todo en torno al protagonismo y peso en el desarrollo de los festejos del sector crítico del tendido 7. Para algunos cronistas es el segmento culpable de que la plaza de Madrid sea una plaza imposible para los toreros y donde no se pueda ver la verdadera dimensión de la fiesta de los toros. Entre ellos se encuentra J. C. Arévalo, que se expresa sobre el tema con dureza interpretativa: «En la plaza de Madrid, conviven –coexistencia nada pacífica, por otra parte– un público festivo y espontáneo, más lúdico que solvente, en la parte del sol, y un público con ribetes fascistoides, equidistantes del sol y de la sombra, redentorista y violento, que acusa a unos de ignorantes y a otros de señoritismo cursi. El equipo titular se aposenta en el bajo del 7 y los alevines en la andanada del mismo tendido, y tienen representantes en la grada y la andanada del 8. Este disperso grupo padece una visión arqueológica de la fiesta, se proclama defensor de una ortodoxia que en el fondo desconoce y niega al público su papel de pueblo en el democrático juego de la lidia, lo convierte en tribunal inquisitorial donde las víctimas propiciatorias son toro y torero, según se tercie. Rigurosamente, su subversión se transforma en inversión de jerarquías, y ésta trastorna el espíritu de la corrida y su significado más profundo. Es curiosa y significativa la postura adoptada por la sombra, donde reside la afición más conocedora de la plaza, salpicada de turistas, fuera de feria, o de famosos y ricos de paso en San Isidro. Es una afición pasiva y doliente, conservadora y sumisa ante el autoritarismo de la intransigencia. En su descargo debe decirse que sólo va a los
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 45 y se fue hacia el toro, escribe Zabala, «se la jugó como un chaval de veinte años», con la mixtura de la clarividencia, ya que «salió andando con un paso torerísimo hacia los medios, donde esperaba el animal», y lo hizo «con sabor de torero antiguo, pura solera», para encontrarse allí con el toro y mostrarle su arrojo y para imponerse: «Toda la faena se ha desarrollado en un palmo de terreno. Costaba mucho trabajo estar allí. El toro no tenía fijeza en el engaño. Lo metió en la muleta41. Faena importante toros, no a defender causa alguna. Únicamente se encrespa y reacciona cuando el resto de la solanera toma la iniciativa y arremete contra los inquisidores», en (1987: 61–62). Esta visión de la plaza de Madrid de Arévalo coincide, en gran parte, con la adoptada por aquellos que se sienten más ligados al mundo de los toros por dentro, es decir, toreros, ganaderos y periodistas. En la actualidad, hoy, la respuesta del tendido 7 se ha suavizado y los grupos disidentes de las andanadas han desaparecido, debido al desgaste del paso del tiempo al no existir demasiada renovación en la afición que acude a los festejos que proponen los empresarios. Como es lógico, aquellos que se sienten defensores de la esencia de la tauromaquia ven con mayor agrado la respuesta discrepante (con el taurinismo) que ha mantenido el tendido 7, a lo largo de las últimas décadas. Respecto a la opinión de Antoñete, no deja de ser elocuente y significativa: «Hay gente que los maldice, yo les he respetado siempre. Es más, cuando he realizado una faena y he visto a la plaza entregada, he echado un reojo al tendido 7 y si ellos también aplauden entonces me he dicho: ‘ha debido de ser buena la faena’», en (Molés, 1996: 160). 41 La capacidad de torear sin probaturas, con la seguridad de lo que va a suceder acontecerá, es una de las características que definen a Antoñete, y que se le han valorado. Cada parte se va integrando en un todo como una obra que se abre y se cierra alrededor de sí misma. Arévalo lo entiende a partir del poder que tiene la muleta del torero: «Fijáos bien en Antoñete cuando va hacia el toro porque ya ha empezado a torear y recordad que seguís atenazados al torero luego de su remate. Domingo Ortega lo resolvía a veces andando al toro y Antoñete esperándolo quieto y en su sitio, con un imán (poder de imantación) en la muleta», en (1987: 27). Con puntos de vista diametralmente opuestos, J. R. Márquez, (2011: 13) refiere que ese poderío de Antoñete reside en el conocimiento que posee del toro: «La característica más definitoria del toreo de Antoñete (es) su conocimiento del toro. Antoñete es el torero, de todos cuantos he visto, que mejor ha conocido al toro de una forma intuitiva y natural. Antoñete es el torero que no rectifica, dónde él se pone es donde viene el toro. Siempre (…) El toro viene porque el torero está justo
José Campos Cañizares 46 por las circunstancias, por la valentía que se precisa para sobreponerse después de tanto tiempo y por el sentido de la responsabilidad42. No acertó a la primera con la espada. Unánime vuelta en el sitio que se tiene que poner, ni medio metro antes ni medio metro después. Antoñete no rectifica, no anda (…) ni descubre al toro por el método deductivo a base de probaturas. Antoñete sabe siempre donde se tiene que poner y cuál es el sitio en que el toro le va a ir, porque sabe de sus querencias y de sus terrenos». De las querencias y de los terrenos habla Antoñete con J. Manzano (2011: 56-58) para exponerle: «Las querencias son el sitio donde el toro prefiere estar porque nadie le molesta, o porque ahí es donde más a gusto se encuentra. Allí se sentirá fuerte y desde esa calma su propio instinto le hará defenderse (…) Los terrenos vienen a ser lo mismo que las querencias con una importante salvedad y es que el terreno es la querencia del torero (…) Por regla general, y porque así nos lo enseñaron desde siempre, al toro hay que procurar apartarlo del sitio en que se encuentra fuerte y a gusto, de la querencia. Fuera de allí estará menos defensivo, más tímido, más a merced de la voluntad humana. Sin embargo, hay muchas veces en que el torero debe hacer la faena donde el toro se la está pidiendo aunque sea de una forma peligrosa por estar donde más protegido se siente, donde mayor amparo en sus propias fuerzas encuentra (ya que) por la importancia que debe tener el sentido común, el diestro sabrá que donde el animal está a gusto es donde puede dar lo mejor de sí, con lo que se rompe la regla genérica –que no general– de al toro hay que lidiarlo donde precisamente él no desee». 42 Pilar de la tauromaquia de Antoñete, su valor seco, algo que no se le notaba, pero soporte de todo su quehacer. Para D. Delgado de la Cámara (2011) es un elemento que eleva a Antoñete sobre la media de los toreros por una consistente razón de peso: «Hemos visto quedarse quietos a muchísimos toreros a sus veinte años. Pero con cincuenta años, solo se ha quedado quieto Antoñete. Quizá porque sus circunstancias vitales le empujaran a ello. Sabía que era su última oportunidad y que no podía dejarla pasar. Pero el hecho es que con esa edad el único que ha sido capaz de torear con entrega ha sido él», en “Antoñete, clásico entre los clásicos”. Desde el criterio de Arévalo (1987: 53), Antoñete vino a practicar algo que, para él, se piensa pero es delicado comprobar: «demostró una difícil evidencia, que el valor reside en la mente (que) la voluntad ordena la quietud del hombre». El valor o el miedo. Como todo torero Chenel pasaba miedo, y para ahuyentarlo seguía un ritual: «Pasas mucho miedo, ¡mucho! Hay miedo a la responsabilidad, a cómo saldrán los toros, a cómo reaccionará el público. Estás superentrenado, desde luego, pero siempre te queda la duda de si será suficiente. Yo empiezo a pasar el miedo en el hotel, justo cuando me pongo la primera media. Siempre inicio la ceremonia de vestirme de luces dos horas antes, para hacerlo despacio, cui-
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 47 al ruedo. Y el grito –¡qué hermoso son esos gritos–! desde las alturas ¡aquí huele a torero!» (Zabala, 1981a: 49). El crítico del diario El País, Joaquín Vidal, remarcó del proceder de Antoñete la torería, fundamento constitutivo del arte de torear, que diferencia y marca a los toreros, porque de cada uno de ellos depende poseerlo, interiorizarlo y exponerlo en público, para transmitir el prodigio de ser torero. Un sello personal de Antoñete, unido a su prestancia, que sintieron de manera muy honda, también, todos los aficionados, y que nadie ha olvidado. Aspecto sobre el que siempre volvía Vidal cuando tenía que escribir sobre él. Ya lo hizo en ese primer contacto del torero con Madrid en su vuelta: «Torería es –era ayer– la de Antoñete en los capotazos dichos (en el quite), en otros de recibo al cuarto, sometiendo la acometida en el mismísimo platillo. Torería es –era ayer–, aquél andarles a los toros despacioso y relajado –aunque por dentro le ardieran infernales inquietudes–; aquél irse de la cara con pausada marchosería. Torería es –era ayer–, la naturalidad al citar, al embarcar, al rematar las suertes en redondo, que ejecutaba en los terrenos y a la distancia que precisaban las condiciones del toro. Así toreó Antoñete al cuarto, uno de los pocos que tenían faena en la tarde» (Vidal, 1981a). Por su parte, Juan Posada (Diario 16) se encargó de magnificar el saber estar de Antoñete durante toda esa tarde, su precisión para torear, su papel de catedrático, de maestro que enseña una lección sobre el toreo para que sea restaurado. Desde su crónica, y de la comparación con otros toreros, nos lleva a una reflexión en torno al toreo: «Los toreros se distinguen entre los que saben torear y los que dan pases. La diferencia estriba en que dar dando todos los detalles. Y noto –los que me rodean también lo notan– que voy transformándome de persona normal de la calle en torero, con todas sus angustias», (Vidal, 1985).
José Campos Cañizares 48 pases no tiene mérito y torear, entendido como arte, es casi imposible, un milagro». Ese asombro lo trajo debajo del brazo Antoñete. A la hora de explicarlo Posada se remite al quite ya analizado: «Torear es el modo como Antoñete se quedó con el manso a la salida, furibunda y zigzagueante, del primer par de castigo. Claro que el diestro estaba colocado precisamente en el lugar exacto para prevenir la eventualidad». Desde esa evidencia pasa a su manera de enseñar y decir: «Arte es la forma de irse del toro, garboso, tranquilo, torero al fin, como él lo hizo, cuando estaba en situación comprometida». Y se introduce en el núcleo de las nuevas formas traídas por Antoñete, a la verdad de su toreo, dichas y observadas sin ambages: «Arte es adelantar la pierna para que el toro tenga que saltar por ella y, al verse burlado, humillarse y rendirse ante tamaña insensatez grandiosa. Arte, en fin, es la ‘hechura’ de un torero, que se vuelve al público no para suplicar una palma, sino para enseñar a la ‘cátedra’ que aquello es torear. Simplemente eso: estar ante el toro como debe estar un torero. ¡Casi ná! Antoñete explicó ayer a los que aspiran a ser toreros la primera y esencial regla: serlo» (Posada, 1981: 27). Juan Posada ensalza a Antoñete en sus dos toros, por distintas causas pero con similares objetivos conseguidos: la verdad, el ajuste, la torería y el arte: «En su primero supo estar –cosa que no se ve desde hace mucho tiempo– con ritmo, elegancia y facilidad». De su segundo, en donde Antoñete alcanzó un mayor nivel expositivo, Posada celebró casi toda su labor, con capote y muleta: «En el centro del ruedo, donde se recogen los toros huidos. Antoñete supo fijarlo y aplicarle una dosis de dos verónicas y media (verónica) que recordaron tiempos pretéritos43. La forma 43 Del toreo de capa de Antoñete, la verónica y la media son los lances esenciales, sobre los que gira su tauromaquia. La verónica la entiende «como un muletazo (en el que) no (se) le espera (al toro) sino que (se le ) llama, (se le ) cita
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 49 de buscarle las distancias a este cuarto toro44 y la manera como lo recibió fueron una auténtica lección de torería. Pausado, lento y majestuoso, aprovechó las pocas arrancadas del burel para encelarlo en pases lánguidos y dulces, que también es torear. Andar, andarle, es símil de encelar, de consentir, de dominar. Aquí dos soberbios muletazos, allí un detalle, y al final un pase de pecho. Torear, saber estar, enseñar. ¡Bien maestro!» (Posada, 1981). dándole el pecho y echándole el engaño al hocico, provocándolo (y metido en la embestida del toro se) ha cargado la suerte (y se) mece los brazos, (para) haciéndole humillar (al toro) templa(rle la) acometida, (y) empalmar serie de pases (y) ligar lances (y) siempre ganando terreno y dominando cada vez más al animal. (La media se da cuando) ya has decidido hacer una pausa en la lidia, (para entonces) recrearse (ya) que vas a abandonar la cara del toro con elegancia y garbo (instante en el que) se cita al toro totalmente frente a él y dándole el pecho –el corazón o el alma si se prefiere– hay que descararse, jalearse y girar con torería el rostro marcando con el mentón sobre la hombrera el lugar por donde se le va a dar la salida. Se carga la suerte haciendo notar que se está despreciando la cogida y con arrebatadora pasión se acentúa lo más posible el brusco cambio de trayectoria al que se va a someter al animal. Echando el cuerpo hacia adelante, firme y segura bajo la barriga la mano que sujeta el percal, el diestro se enrosca al toro a su cintura acortando el viaje al capotillo entre la cadera y la espalda pero llevando largo y templado al animal en los vuelos, obligándole a describir una circunferencia», en (Manzano, 2011: 66-69). J. Laverón (1988: 27) piensa que fue una aportación de «los últimos años», en la que «carga exageradamente la suerte, tanto que parece que se va a partir, y se lía todo el tiro a la cintura», y eso la convierte en inconfundible: La Media de Antoñete. En la corrida del 22 de mayo lidió con la capa con justeza, y dio una buena media, pero será en los años venideros cuando deje cincelada la imagen de la media antoñetista, estética, honda, arrebatada. 44 La perfecta colocación de Antoñete es otro de sus soportes inherentes, que en él surgía con naturalidad, sin esfuerzo. D. Delgado de la Cámara (2011) ha explicado esa facultad relacionándola con la manera de ir ligando los pases en la faena: «Su sentido de la colocación ha sido incomparable. No ha tenido igual. Se colocaba siempre en el terreno exacto y preciso, con lo que el toro ya se había dado medio muletazo él solito. Y con esta colocación se podía torear con muy pocas facultades, asunto crucial para un torero veterano. Colocándose tan bien y presentando los engaños tan planos, la ligazón era perfecta. Nadie ha ligado el natural con el de pecho como Antonio Chenel».
José Campos Cañizares 50 Mucho dio de sí en la prensa este primer evento en el que se anunció Antoñete en Madrid. No sólo fue destacado por los tres críticos elegidos. También el prestigioso, controvertido y combativo crítico del diario Pueblo, Alfonso Navalón se le entregó sin reservas por el arrojo y perfume que desprendía la añeja tauromaquia traída por el torero madrileño, y por ese saber estar que sobresalió en su primera lección: «estábamos ante un hombre inesperadamente fuerte para su edad, toreando con un dominio y un aplomo que nos dejó asombrados. En los dos salió a recibirlos nada más asomar por los chiqueros, en los dos llenó la plaza de ese aire distinto que tienen los toreros viejos. (Al cuarto toro) le dio la distancia y el reposo que pedía el blando (astado). Le dio sencillamente el sitio de los buenos toreros y la muleta se fue meciendo limpiamente delante de los pitones dibujando derechazos impecables45. Pero lo de menos eran los pases, lo que más me impresionó fue la forma de citar, con asombrosa naturalidad (…) La plaza está llena de olor a torero» (Navalón, 1981: 29). Como resumen de lo acontecido, y de lo esperable, Zabala, en su crónica, dejó constancia de la aureola que había dejado en el ambiente la vuelta de Antoñete a Las Ventas: «La tarde se había salvado de la mano de Antoñete y del coraje de Robles. Los aficionados habíamos ido al coso venteño a recordar, a llenarnos de nostalgias, y todavía nos hemos encontrado con un presente otoñal, que vale la pena volver a ver, Chenel»45. 45 Con la muleta, la tauromaquia de Antoñete asume plena conceptualidad. Véase en este estudio una explicación de ello entre las notas 58-62, 93-94, y 105-107. 45 Zabala, (1981a: 49). No quisiéramos, por su extensión acudir a todas las crónicas del suceso de la primera corrida de Antoñete en las Ventas, tras su retirada en 1975, pero no debemos olvidar lo escrito por José Antonio Donaire en El Alcázar, reunido bajo el título "El pórtico celestial", donde denomina a Antoñete «un torero universal nacido en Madrid» y autor de una obra, en esa corrida, propia no del Pórtico de la Gloria de Santiago, sino del Pórtico Celestial porque dio muletazos
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 51 SEGUNDA LECCIÓN (3 DE JUNIO): EL INICIO DE FAENA, EL TEMPLE Y LA LIGAZÓN Algo importante tuvo que pasar en esa tarde, no demasiado reconocido al momento, que fue generando una atmósfera de expectación que acrecentó los deseos de ver torear a Antoñete en las lecciones que había comenzado a impartir en la temporada madrileña desde el 22 de mayo, día de inicio de ese curso46. Como suele ocurrir en estos casos el boca a boca comenzó a funcionar y crear ese ambiente. La siguiente cita del diestro con la afición de Las Ventas, iba ser el 3 de junio, con toros de Juan Andrés Garzón (4º vuelta al ruedo, 5º y 6º de Juan Pedro Domecq, todos nobles), haciendo el paseíllo junto a Curro Romero y Rafael de Paula. La tarde sonrió a Curro Romero que firmó una de las mejores actuaciones de toda su carrera en Madrid, y por el contrario a Antoñete le persiguió el infortunio porque tuvo que abandonar la lidia tras sufrir un pisotón en el tobillo izquierdo de su primer toro cuando comenzaba a torear al natural según pronunciaba la lección de toreo. Precisamente, el toro que no pudo matar, el cuarto, es que el que brindó el gran (dos derechazos, un natural, dos ayudados, un trincherazo) que quedaron, escribe Donaire, «para la posteridad y los comentarios de años y años venideros»; además «de los lances a la verónica en las salutaciones a sus dos toros, esos otros lances del delantal realizados en un quite y la asombrosa facilidad que tiene para hacer arte del toreo, cuando en su rejuvenecimiento otoñal está más valiente que nunca y hace un toreo más sosegado. Algo así como si los años hubieran criado caldo de solera en la calidad de su excepcional clase» ( Molés, 1996: 114-115). 46 J. C. Arévalo (1987: 75) lo enfocaba bajo el punto de vista de acudir a clases de toreo clásico: «Verle era asistir a una clase, pues obligaba el torero a que los graderíos se fijaran en el toro para que entendieran después la estrategia técnica de su respuesta torera, y era también presenciar un drama, porque el valor del hombre estaba desguarnecido de toda apoyatura física, se basaba en la voluntad, confiaba en su inteligencia, y era, definitivamente, una invitación al goce del toreo, que se resolvía como conclusión de las dos anteriores premisas y sucedía puro, límpido, irreal, el toreo perfecto e inspirado que sólo los demás toreros son capaces de imaginar».
José Campos Cañizares 52 éxito a Curro Romero, un hecho que nunca olvidaría Antoñete47. Zabala se lamentó de lo sucedido a Antoñete en su crónica: «Comenzó la corrida con la actuación de Antoñete, perseguido una vez más en esta vida, de una mala suerte implacable, desesperante, absolutamente odiosa». En el único toro que pudo matar, el primero de la tarde, aún tuvo tiempo de dar clase sobre toreo de muleta, exactamente de lo que es un comienzo determinado de faena, cuyos compases Zabala se encargó de transcribir y que nosotros aprovechamos en toda su extensión: «Se fue hacia el animal en los mismísimos medios, andando calmoso, con torería, dejándose ver por el toro y por el público, que esperaba en medio de un sepulcral silencio48, ¡por fin Madrid!, ¡por fin! Antonio le enjaretó tres muletazos por bajo, tres dobladas, que fueron otros tantos monumentos al arte de torear. Los oles cayeron al ruedo como pétalos de rosa49. Ya 47 Al hablar sobre esa ganadería llegó a comentar: «(De la ganadería Garzón, aparte de los toros Danzarín o Cantinero) recuerdo a otro gran toro de nombre Malvarrosa, que no pude matar por estar en la enfermería y que le sirvió a Curro Romero», en (Molés, 1996: 171). 48 A la hora de iniciarse la faena de muleta la tauromaquia de Antoñete pasaba por darle al toro todas las ventajas. El mismo Antoñete lo recrea: «El toro (recapacita y desafía). El diestro (entonces) se hace notar andando soberbio y presuntuoso. Muy despacio fija la embestida del toro sobre su propio cuerpo provocando en el animal (confianza y desengaño). Y el torero generará un sinfín de sensaciones desde la parsimoniosa torería, con calma, despacio y sin acosos ni histerismos. Dejándose ver y viendo, enseñando y aprendiendo, incitando y excitando», en (Manzano, 2011: 90-91). 49 Para Antoñete, los primeros muletazos son esenciales, la piedra angular de lo que vendrá después en el desarrollo de la faena: «Y el torero entonces derramará valor e inteligencia obligando al animal a seguir el vuelo de la muleta con la conjunción de los factores fundamentales: arte, dominio y temple. El primer muletazo, el primer encuentro de aquellas fuerzas antagónicas será por bajo. Humillando la embestida, ese pase inicial desbordará dominio y poderío, y la estructura ósea de la casta brava crujirá sometida, flotando en el eterno dilema de cumplir con la obligación de coger, de hacer presa, y de perseguir al tiempo el vuelo del deslumbrante engaño al que busca con caudalosa nobleza. El pase pro-
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 53 derecho. Chenel adelanta la muleta para dibujar unos redondos primorosos50: la planta quieta, la muleta adelante, engolosinando al toro en el trapo, que lo sigue entusiasmado, presto de alcanzarlo. Pero por obra y gracia del temple del maestro de las Ventas el toro no lo alcanza, no puede pillarlo, porque Antonio vocará dolor y servirá al hombre para medir fuerzas, ferocidad, temple y longitud del viaje. En ese inicio de faena por bajo hay que imprimir dureza a los pases y poner mucha gallardía y mucha compostura en la ejecución, echando al muletazo gracia y sentimiento. El lance debe tener una cierta violencia aunque más en la apostura del torero que en el pase en sí, de tal forma que el toro se dé cuenta de que le están pudiendo, que el torero le puede. El segundo de los lances de ese recibimiento debe ser un poco más mimoso o cariñoso y hay que darlo a media altura para que el animal se confíe nuevamente, se desahogue y se desengañe. En el tercero, el diestro tiene que gustarse del todo de tal forma que si ha lugar al cuarto sea entonces una arreón de auténtico arte personal. Del último pase se sale garboso y torero presto a buscar el pitón que –ahora ya sí– marca las diferencias, dispuesto a escanciar por ahí toda la personalísima tauromaquia», (Ibidem: 92-93). 50 Tras los primeros pases de dominio y conducción del toro, llega la hora de ‘elegir el (pitón) bueno’ para seguir con la obra. Si fuera el derecho, entonces, el torero debería conducir al toro, con la muleta, por ese lado, del modo más preciso. El planteamiento de Antoñete sigue: «Hay que volver a hacer que el toro se confíe (dándole) distancia (volviendo a) esconderle los engaños. (Entonces) el torero (nuevamente) caminará despacio y con enjundia, se dejará ver y mirar por el animal y por los espectadores, y comenzará otra vez la interpretación y puesta en escena de la danza taurómaca. (Al animal) se le (echará) la muleta, (antes se le) habrá citado con el pecho y con la voz, (después se) le provocará con el mentón, (y) una décima de segundo antes de que tenga lugar el violento encontronazo, el torero habrá atrapado la brava acometida en la panza de la muleta puesta en primer término del viaje y será entonces cuando por enésima vez le cambie la trayectoria con un decisivo y poderoso paso al frente ejecutado con la pierna contraria. En el mismo instante del embroque se ha cargado la suerte, se ha vuelto a romper bruscamente el fiero galope mediante un alarde, desbordante de seducción que como tal será recibido por el animal, quien aun engañado y sometido se habrá enamorado pasionalmente de aquella tela fulgurante y vivaz. Obligado a realizar el medio círculo, la fijeza del toro le impedirá huir del lance quedando situado en el lugar exacto que el hombre ha querido para poner en funcionamiento otro de los mandamientos del toreo: la ligazón», (Ibidem: 95-97).
José Campos Cañizares 60 (1981c: 54) de aquél Antoñete, de una época muy anterior, desde la que habían pasado casi treinta años: «La tarde de Chenel fue de puro alboroto de principio a fin. Pero era otro Antoñete. Con él lo he comentado alguna vez. Aquel Antoñete figura del toreo indiscutible de los años cincuenta, que alternaba en aquella época con Pedrés, Jumillano, Aparicio, Litri, Rafael Ortega, Antonio Ordóñez, Manolo Vázquez…, era un torero muy distinto al de hoy (…) Lo que le hacía transmitir era su sentido del temple y un valor indiscutible (…) pero aquél Antoñete que le cortó tres orejas a los toros de Fermín Bohórquez (padre) era forzado, retorcidillo, amanerado57». 57 Todos los críticos se hacen (tienen que hacerse) una composición de la evolución de la tauromaquia, y de cada uno de los diestros a lo largo de su carrera. Habría que comparar este parecer de Zabala (1981c: 54) con la crónica de ese día, realizada por Giraldillo: véase en nota 9. En el caso de Antoñete, existen muchas interpretaciones sobre sus diferentes etapas y su valía en cada una de ellas. Siendo evidente su triunfo absoluto en el toreo, a los cincuenta años de edad, cosa nada desdeñable ni baladí. Esto, a pesar de que se pueda depreciar a los toreros que estaban en el escalafón en 1981, por considerarlos inferiores a los de las décadas de los cincuenta y sesenta. Sobre el concepto de torear de Antoñete, una de las interpretaciones que han funcionado por los círculos taurinos es la de ser deudor de la tauromaquia de Manuel Rodríguez Manolete. Pensamos que no se ajusta a la verdad, primero, porque Antoñete ha sido el torero de las distancias, de torear cruzado y de ofrecer el medio pecho, de los remates de las tandas con el pase pectoral, aparte de los enjundiosos comienzos y finales de faena. En segundo lugar, el mismo Antoñete lo ha desmentido en más de una ocasión: «(Manolete) por delante del toro se colocaba de perfil y con la muleta algo más retrasada», en J. I. de la Serna, (2007: 15). Al respecto, llega a sentenciar: «tenía un concepto del toreo muy distinto al mío», en J. Valenzuela (1985). Dentro de esta temática, si nos atenemos a su propio parecer, en realidad, es deudor: 1º) de la tauromaquia de Belmonte, por la importancia del temple. Algo que sabemos que Antonio Bienvenida le reconocía: «Antoñete es el torero que más lejos ha llevado el temple descubierto por Juan Belmonte y profundizado por Domingo Ortega», en (Arévalo, 1987: 26); 2º) de Rafael Ortega por la autenticidad y hondura de su ideario taurómaco, un torero sobre el que opinaba que fue «el mejor. El más puro con el capote, muleta y espada. Aunque con la espada era único. Ya es hora de que se diga claro y alto», en (Molés, 1996: 178). Para terminar, sería de lógica reconocer que, en la ligazón de los pases, Chenel puede recordar al torero de Córdoba, a Manolete.
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 61 Zabala establece una comparación entre las etapas de Antoñete: desde su criterio, no hay dudas sobre cuál de las dos tauromaquias encerradas en el diestro salía ganadora, la de los ochenta. Podríamos decir que en el espacio de un mes (de mayo a junio de 1981) se revelaba una nueva realidad en torno a Chenel que trascendería sobre la historia de la tauromaquia de finales del siglo XX: «El Antoñete de hoy, cincuentón y parsimonioso, es un colosal torero, que conserva ese valor espartano –¿se podría estar ahí con medio siglo atornillando las zapatillas como las asienta en la arena si no tuviera valor58?– y un temple sencillamente excepcional. Su toreo como los viejos vinos, ha cogido el sabor de la solera. Los años no te han perjudicado, Antonio; los años te han dado un poso y un reposo que es una verdadera delicia verte torear» (Zabala, 1981c: 54). No cabe mayor elogio ni mayor adhesión que nos hacen pensar en la verdadera valía del toreo de Antoñete, sin dejar de vislumbrarlo dentro de una época (1981) en la que el toreo se había mecanizado, en la cual salía un toro más serio aunque menos vibrante que, creemos, requería de más corazón para ponerse delante, a pesar de que la acometividad entre las embestidas dejase cierto respiro a un torero que había cumplido una edad que parecía reñida con la actividad taurina a un primer nivel59. Somos de la opinión de que la verdad de su toreo permitió que la vuelta de Antoñete consiguiera revitalizar el espectáculo, darle sentido, y transmitirlo, ofrecérselo a la historia reciente democrática de 58 Sobre el valor en Antoñete remitimos a la nota 46. 59 Antoñete reconoció que ese respiro que daba el toro de los ochenta le permitió, por sus condiciones físicas, explicar lo que se había propuesto enseñar, véase en (de la Serna, 2007: 23). No deja de ser cierto y plausible que el toro de edad y trapío le dejó estar. Esto no debe llevar a emitir ningún veredicto en falso, porque si lo miramos desde un planteamiento lógico el toro de reposo tal vez necesite toreo pausado. Y el toro pronto y repetidor requiera un toreo menos ralentizado. En todo caso creemos que el milagro de Antoñete ha residido en que decidiera llegar cuando su voluntad estuvo adoctrinada.
José Campos Cañizares 62 nuestro país. Un magisterio que no ha contado con continuidad ni aprovechamiento60. En relación a la tarde del 21 de junio, puede decirse que fue el acto que le reinstalaría en el sistema y en la literatura taurina, al reunir el grado de adhesión que le faltaba para ser apreciado tras una dilatada carrera. Como bien escribió Zabala, ya, desde el primer instante, el público de Madrid estuvo con él: «Madrid, hoy, ha estado contigo de principio a fin. Te han entendido en todo momento. Se te ha guardado el respeto y el silencio que merecías (…) Gran tarde de toros la tuya, maestro. Y, por favor, cuídate (…) que este final podamos estirarlo al máximo, porque estás en lo mejor, porque todavía puedes volver a ser millonario y hacernos a todos los aficionados millonarios de felicidad contemplando la grandeza de tu arte. Antonio, cuídate. Por ti. Por la fiesta61». Apercibimientos nacidos de lo que se había 60 Opinamos que toreros como Curro Vázquez y José Ortega Cano, en cierto modo, se han movido dentro de la estela y de la influencia de Antoñete. Como continuador más fiel, encontramos a César Rincón, un torero extraordinario; y, posteriormente, a Manuel Jesús El Cid, un torero, en cierto modo, poco valorado por el taurinismo, un posicionamiento que ha motivado que él se plegase a las circunstancias. A cierta distancia de Antoñete, no por su calidad –porque comparte la misma verdad– sino por su moderada repercusión, a excepción de la plaza de Las Ventas, situamos a Carlos Escolar Frascuelo. En torno al aprendizaje que ha podido trascender de la tauromaquia de Antoñete –hoy se le denomina, en círculos taurinos, interesados en asumirle, ‘torero de toreros’– creemos que ha sido muy escaso, porque nos movemos –y los toreros de hoy se mueven– a la hora de torear en los tiempos de la pierna de salida colocada atrás, es decir, retrasada (suerte descargada), que se manifiesta en casi todas las faenas por haber sido una técnica entrenada, para ser reivindicada. Toreros de valía en las últimas décadas los ha habido: como ejemplos últimos tenemos a Enrique Ponce o José Miguel Arroyo Joselito. No obstante, toreros que no han sabido asumir una responsabilidad mayor a la que habían sido llamados. En esta línea de conducta han existido más. Ahora, nos encontramos ante el esteticismo abundante de José María Manzanares, hijo; y la pundonorosa técnica de Julián López El Juli. 61 En los textos elegidos de Zabala, tan importantes para seguir y entender cómo se desarrolló el encumbramiento de Antonio Chenel “Antoñete”, nos guar-
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 63 visto en las dos primeras corridas en Madrid, y que hacía vislumbrar que se avecinaba un deleite y un aprendizaje cardinal para nuestra vida taurina y cotidiana. Zabala sentenció, y no sólo él como hemos visto, que lo realizado por Antoñete era la verdad del toreo. Ante ello, muchos aficionados, que habían visto toros en épocas anteriores, señalaban que el torero de Madrid en aquellos años había circulado en un segundo plano; otros, por el contrario, interpretaron su quehacer como una parte de un todo cuya continuidad en el tiempo se había producido, no sin sorpresa. Así lo subrayaba Zabala metido en la propuesta de la tercera lección: «Toda tu actuación de este domingo caluroso de junio ha sido un recital de buen toreo. Tu faena al segundo toro, maestro, fue una verdadera maravilla. Así se torea, así se gira sobre los talones, para dejar la muleta en su sitio para hilvanar el pase siguiente. Eso es torear62, Antonio» (Zabala, 1981c: 55). Zabala apostaba por un Antoñete mejorado, sin menoscabo de que su categoría, en sus primeros y segundos tiempos, damos de reproducir sus reconvenciones, en las que estilaba dar consejos sobre la vida en general, asunto que pensamos, a veces, se pudo reservar, aunque le dan a sus crónicas un referente ‘cotidiano’ que tuvo y tiene el mundo de la tauromaquia. 62 Vidal (1981c) coincide con los elogios al torear de Antoñete ese día –aunque con ciertas matizaciones como indicaremos más adelante, en el texto–, actuación taurina que expuso así: «Y de sus intervenciones concretas: el capote abajo, para fijar las embestidas; aquella verónica del quite al segundo y, sobre todo, la media verónica, impresionantemente larga y honda; la forma despaciosa y solemne de andarles a los toros; la distancia para el cite y la apostura del mismo cite; el temple; el armazón de cada faena; todo eso es, era el domingo en Antoñete, torería de la mejor ley. Y luego las trincheras, los pases de la firma, el redondo a su vez dibujado con sutil trazo y embebiendo con empaque las embestidas, cuyo sabor torero llegaba a embriagar. De todo eso hubo en las tres faenas de Antoñete (…) sobre todo lo hubo en la segunda, cuyos principios fueron de fiesta mayor. Los ayudados, la serie inicial de redondos perfectamente ligados, el pase de pecho, fantástico, hicieron saltar al público».
José Campos Cañizares 64 63 La mediocridad de la tauromaquia vigente es analizada por Vidal (1981c): «Nos sobraban pegapases. En las dos últimas décadas habíamos tenido de todo, excepto el toro, que sólo salía de cuando en cuando y nunca para figuras: desde toreros bufos cuya zafiedad se manipulaba para fingir que era gloria bendita y trampear millones con ello, hasta campeones del derechazo, disparatadamente ensalzados y enriquecidos, cuyo palmarés de trofeos no lo ha habido igual en toda la historia del toreo. Ni Joselito y Belmonte juntos cortaron en su vida tantas orejas y rabos, como cualquier burdo pegapases de las últimas hornadas en un solo año», en “Con Antoñete vuelve la torería”.Esta dureza de juicio de Vidal le fue creando una amplia cohorte de enemigos así como la adhesión de muchos aficiohabía sido cierta. Por ello no le somete a comparaciones sin sentido en torno a lo que se denomina ser figura del toreo, una dimensión que desde la posguerra fue deteriorándose, cambiando, para llegar a ser en la actualidad un concepto caprichoso, a menudo simplemente cuantitativo, sin duda relacionado con una productividad que demanda la sociedad moderna de todo aquel que es sometido a un juicio público y está en el disparadero de lo mediático. La fiesta de los toros requería y demandaba a comienzos de los ochenta –en concreto en 1981– de un magisterio puntual, intenso, de unas clases magistrales, de una dirección de orquesta por un maestro consumado. Y ese maestro estaba en su mejor versión según lo reflejado por Zabala: «Lo de este domingo ha sido mejor, mucho mejor que todo lo anterior. En mi opinión, más importante que lo del “toro” blanco, porque el corridón de Fermín Bohórquez no se entregó en ningún momento. Corrida seria, muy seria, brava, con agallas para un torero como tú» (Zabala, 1981c: 55). Con la misma entrega pero todavía con cierta matización severa como norma de su escritura taurina, surgió la visión de esa corrida en la interpretación de Vidal, que se deshizo en elogios ante la torería y el despliegue de formas de Antoñete, para sentenciar al comienzo de su crónica: «La torería vuelve con Antoñete a iluminar la lidia y pone término a la larga noche de los pegapases»63. La crítica de Vidal profundizó con detalle en
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 65 esta cualidad innata de Antoñete que para él era un rescate que regalaba, en términos de rotundidad, al mundo de los toros cuando se creía había desaparecido. Vidal verá en Antoñete –y en Manolo Vázquez, también retornado– la salvación de la fiesta cuando estaba entrando en clara decadencia, por mostrarse ajena a los cánones clásicos del toreo. Y lo escribía en este tono: «Esta fiesta ha sido sojuzgada por la dictadura de la mediocridad (…). nados que compraban el diario El País sólo para leerle a él y solazarse con su esplendorosa calidad literaria. Pero alguien ha llegado a tiempo. Gracias a unos mecanismos correctores oportunamente arbitrados, la lidia se produce en plenitud en la primera plaza del mundo, y en el momento crucial han reaparecido los toreros veteranos, verdadera reserva espiritual del occidente táurico. La vuelta de Antoñete como la de Manolo Vázquez, han sido una bendición para la fiesta, pues vienen a derramar esa torería de la que el espectáculo se había quedado totalmente vacío». Vidal vio, en primer término, en el Fig. n.o 3.- Evaristo Belloti: III Homenaje a Antoñete. La invención de un ayudado.
José Campos Cañizares 66 retorno de Antoñete el sostén de la torería64, pero le puso el reparo, en esa corrida, de no cargar la suerte65, asunto en el que este crítico siempre medía con regla y compás. Nosotros, pensamos, al contrario, que en esa ocasión, y en la propia tauromaquia, y carrera, de Antoñete, no era cierto66. A pesar de ello Vidal así lo manifestó: «Algo faltaba (…) cargar la suerte»67. Eso sí, en aquel momento y después, era preceptivo, lo ha sido, en la prác64 La crónica de Vidal continúa con una amplia explicación sobre el concepto de torería sobre el que pretende ahondar: «La torería de Antoñete el domingo en Las Ventas, sin ir más lejos, hizo los efectos de un complejo vitamínico que va a fortalecer el espectáculo. La torería no es una técnica, aunque en ella se apoye. Es una actitud, fruto de un convencimiento. Hay torería cuando el torero se siente torero, no importa si en el ruedo o en la calle, y se sabe investido de la dignidad que es inherente a su profesión. Ya en el ruedo, la torería se produce en cualquier circunstancia de la lidia. La torería de Antoñete emanaba de toda su actuación, en los distintos tercios, delante del toro, al margen del toro», ibidem. 65 Asunto básico del toreo de difícil comprensión para muchos aficionados, y por ello tema clásico de análisis. Aconsejamos acercarse a su noción, leyéndolo en la obra –un estudio muy sólido– de Rafael Cabrera Bonet (2011: 30-31; 101-105) . 66 Para Antoñete es lo siguiente: «Cargar la suerte es cambiar el toreo lineal por la hondura y la profundidad, al cargar el cuerpo sobre la pierna contraria», en M. Molés, (1996: 23). Idea que se complementa con el momento de hacerlo y su resultado (ya descrito en nota 60): Al dar el muletazo «cambie la trayectoria (del toro) con un decisivo y poderoso paso al frente ejecutado con la pierna contraria». Entonces «en el mismo instante que se produce el embroque se carga la suerte y se obliga al bravo y fiero enemigo a que describa un medio círculo» (Manzano, 2011: 96 y 100). 67 (Vidal, 1981c). Vidal lo fundamentó siguiendo el siguiente razonamiento: «Los antiguos tratados tenían por ociosa la aclaración (por eso no la incluían), porque absolutamente todo el toreo se basa en la técnica de cargar la suerte, ya que, en otro caso, ¿cómo parar, templar y mandar? Este es el reparo serio a la faena de Antoñete: que dejaba la pierna contraria atrás en la ejecución del toreo al natural y en redondo. Y no se hace la observación con dogmatismo, que nos repele, sino por lógica. Pues cuando el toreo se realiza con la suerte descargada (una moda que impuso Ordóñez, por cierto), además de producirse una inquietante contradicción entre pureza y estética, deja dudas sobre la categoría del dominio que se ejerce sobre el toro», ibidem. Un tema apasionante, fundamental, ordenado pero no consensuado.
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 67 tica de la torería de cada momento, dejar, según se da el pase, en las faenas, la pierna de salida retrasada68. La crónica de Posada, incidió en la dificultad de matar tres toros por parte de un torero, en esa corrida, sin las condiciones físicas de un joven. A pesar de ello, según él, hubo magisterio –en la línea de una restauración taurómaca–: «se comportó toda la tarde como un auténtico torero (en el primer toro), se mostró acertado con el capote en toda su lidia, como en la de los restantes (y) dio una lección de saber lidiar». Aparte, con la muleta, en cada toro enseñó diferentes fundamentos, como quedarse «en el sitio justo al rematar cada muletazo (en el primero)», mientras «(en el segundo) cuajó una faena en la que desde sus comienzos se vio y apreció su magisterio. Tres veces se fue lejos y en todas embebió al toro desde larga distancia, para rematar los pases al final del círculo», y en «(el tercero) dejó bien sentado su gran clase de torero y su ortodoxa manera de torear». En conjunto «dio un curso de 68 Ya hemos apuntado que es una materia prolija, ahora, en 2012, ausente por norma en la manera de torear de casi todos los diestros, con alguna excepción. En 1981 no había llegado el abuso de descargar la suerte a los niveles de lo que creemos hoy se pone de manifiesto. Somos del criterio que cargar la suerte es adelantar la pierna de salida cuando entra el toro en jurisdicción y desviarle en círculo sobre esa pierna cuando pasa por delante del torero, pierna en la que pone el diestro todo el peso de su cuerpo. También, pensamos que no siempre puede ser ese adelantamiento canónicamente exacto, sino que el torero debe manifestarlo con mayor o menor grado de adelantamiento, según las condiciones del toro, según las exigencias de la lidia y en relación al relajamiento que muestre el diestro y al modo que surja la cadencia de los pases. Antoñete en este sentido y al respecto buscaba más la naturalidad de la colocación, con la pierna adelantada como norma, sin rectificar su posición entre pase y pase, sino ligar los pases a través de un leve giro de los talones, lo que podía situarle la pierna de salida ligeramente adelantada pero nunca retrasada. Como elemento de juicio en esta materia, podemos afirmar, desde luego, que lo que es totalmente censurable es ‘retrasar la pierna de salida’ por sistema, de manera meditada, estudiada, sabiendo perfectamente el torero que la coloca donde menos peligro hay, algo que ahora llevan muy ensayado, a la perfección, al milímetro, unos toreros que parece están poniendo en escena movimientos mecánicos de ballet, con deje ortopédico.
José Campos Cañizares 68 cómo debe comportarse un torero en todos los momentos de la lidia. Es cuestión de ser o no ser torero. Antonio lo es y la mayoría de los que pululan en este oficio no lo son» (Posada,1981a). CUARTA LECCIÓN (21 DE SEPTIEMBRE): LA CONCISIÓN, LA ROTUNDIDAD Y LA MAESTRÍA Durante el verano de 1981 Antoñete recorrió España toreando un elevado número de corridas contratadas. Sabemos que dejó huella en muchos lugares69, causa –además de lo pergeñado con anterioridad en Las Ventas– de su definitiva consagración en la Feria de Otoño de Madrid de ese año cuando toda la crítica se le entregó sin reparos –Vidal vio desajustes pero ya no mencionó lo de cargar la suerte–, y también la afición y el público asistente a la corrida de El Campillo (blandos y nobles, más 3º y 5º de Juan Mari Pérez Tabernero, mansos y manejables) que toreó el 21 de septiembre junto a Manolo Vázquez y Curro Romero, cuyos espectadores quedaron profundamente maravillados y fascinados70. Si acudimos a cómo lo vieron los críticos mejor posicionados del momento, nos haremos una cabal idea de lo ocurrido. Así Vicente Zabala en Abc centró una parte de su escrito en la ascensión experimentada por Antoñete a lo largo de ese año mítico de 1981: «Lo de Antoñete se ve y no se 69 Zabala (1981d) , lo había declarado triunfador de la temporada tras su actuación en agosto en la plaza de Almería, por sus lecciones taurómacas: responsabilidad, compromiso, valor, técnica muy bien aprendida, la distancia justa, la torería, el empaque natural, el clasicismo, la seriedad. La posesión del canon. Y lo manifestó con contundencia: «Usted, Antonio Chenel, es el mejor de todos los que se visten de luces (…) en estos momentos, agosto de 1981, es el mejor». 70 En lo personal, apuntar que pude ver esa corrida desde el balconcillo alto del tendido 10, en día de grandes emociones. Las anteriores actuaciones de Antoñete las presencié desde las andanadas del 6 y del 7. De la dificultad de hacerse con un billete vino la necesidad de sacar un abono para la Feria de San Isidro y la Feria de Otoño.
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 69 cree71, (…a Madrid) llega embalado, en plan de primerísima figura del toreo, de triunfador indiscutible de la temporada de 1981. Y vuelve y borda el toreo». En esa tarde, para Zabala, lo realizado por Antoñete con anterioridad al excelso final de los tres pases magistrales, antes de entrar a matar al quinto toro de la tarde, queda dividido del siguiente modo: en su primer toro de El Campillo, estuvo entregado y medido en la faena: «Interviene en los quites, se emplea a tope. Se la juega con el cinqueño que busca el abrigo de los tableros, dándole los adentros, sacándole algunos muletazos, como los de recibo, llevándolo por bajo con un sabor fenomenal, luchando con la falta de entrega del toro, al que mata mal. Ovación desde los medios». Con el segundo, de la ganadería de Juan Mari Pérez Tabernero, la cosa fue creciendo sobremanera: «El de Juan Mari Pérez Tabernero no se le entregó por el pitón izquierdo. Parecía que la faena se le iba a ir al torero, al que se veía tenso, ilusionado como un novillero. Pero por el lado derecho le 71 El tono empleado por Zabala (1981e: 55) con Antoñete, una suma de consejos y reflexiones, merece la pena recrearlo en este fragmento de la misma crónica de ese día: «¿Cómo es posible que el sentimiento y el valor indiscutible de este torero hayan podido superar las tremendas huellas de una juventud disparatada, loca y sin sentido? Antoñete no retornaba tentado por una oferta de un exclusivista, que le sacaba de sus casillas. Antoñete venía de América, donde nadie supo jamás qué es lo que se le había perdido por allí, envejecido, olvidado y yo diría que hasta desesperado. No había futuro en ningún sentido. Sólo ruina y soledad. No le quedaba otro camino que enfundarse un vestido de torear. Dejar todo eso que le llevó a la catástrofe: alcohol, mujeres, juego… y, por una vez, se mete en el campo. Se cuida. Se prepara. Se mentaliza. Y firma una corrida. Borda el toreo. En seguida a San Isidro, sin más, como los toreros machos. A por todas. Chopera abre la espita de la oportunidad. Antoñete se vacía artísticamente. Triunfador absoluto de la feria. Lo dicen todos los jurados. En ellos están integrados toreros de otras épocas, los siempre duros, de colmillo retorcido, poco benevolentes, de la anteguerra. Antoñete ha sido el mejor. Todos de acuerdo. Y comienzan a entregársele todas las plazas. Hasta Jerez de la Frontera se rinde al maestro de Las Ventas. Su cotización, bajísima, salta de golpe y porrazo a los dos millones y medio que cobró el domingo en Las Ventas».
José Campos Cañizares 76 compromiso y de la involucración en lo que uno cree por la posesión de una vocación determinada. Por ese camino, lo encauzó Posada, como si hablara por boca de todos: «Antoñete, cincuentón, ralo en recursos físicos y millonario en torería, edificó tres columnas bases que con lo cuarto –su profunda vocación–, fueron una auténtica reedificación de la norma y fundamento del toreo. Tres pilares, por gracia de la simbiosis de la continuidad. Es decir, la ligazón encadenada del triunvirato perfecto materializada en el trío de muletazos, fue un solo elemento, pedestal de la verdad del toreo» (Ibidem). Un cierre de temporada en la cima, y un logro, la restauración ‘de la verdad del toreo’, que nos parece lejano hoy en día, con la misma cabalidad, enjundia, expresividad, y compenetración entre arte y vida. Terminamos con lo escrito por Juan Posada sobre esa tarde de septiembre de 1981 en Madrid, cuando todo lo que el torero tenía acumulado, sin revelar, desde su larga trayectoria, con determinación salió, no del tarro de las esencias, sino del alma de artista: «Los videntes no esperaron más. Ya no había demora posible. Allí estaba, plasmado física, material y espiritualmente, la fuerza –imposible de contener– por la que desde siglos, los hombres de España acuden a un coso que no se sabe bien por qué. Ayer se atisbó el motivo. Se redescubrió, por fin, el misterio. Eros y Tánatos, la muerte y el placer sexual se unieron en un abrazo voluptuoso y compusieron así, sencillamente, en tres momentos estelares, acompañados de sendos quejidos colectivos y placenteros, la imagen, casi imposible de repetir, de la verdad» (Ibidem). Añadiremos que la restauración de esa ‘verdad’ de la vida en la tauromaquia, de la verdad de la ética del toreo, no sólo estuvo en momentos precisos de esa temporada, sino que se extendió en adelante desde ese año de 1981. Fue una verdad perdurable. La misma tarde de septiembre de 1981, la había expli-
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 77 cado, también, en la faena a su primer toro, y en lo realizado a su segundo antes de situar su compromiso en lo más excelso, en esos pases absolutos (y lo explica Juan Posada): «Antoñete toreó a su primero con las ansias de un novillero. Por eso no le salió todo lo perfecto que deseara los pases que dio. Valiente, quizás demasiado, y fuera de su estilo, realizó una faena ambiciosa, propia de un joven matador que busca la gloria. La segunda tanda de derechazos fue casi perfecta./ Fue con el quinto donde se vació. Dejó seca la fuente de la inspiración y bañó a todos los presentes con el perfume torero de su muleta. En la distancia justa, con el aplomo necesario y lágrimas en los ojos –porque no se puede torear así sin romper en llanto– creó el ritmo del toreo en esos tres muletazos, que ya han pasado a la historia del toreo./ Antes, cuando estaba con los pies en el suelo y no en las alturas del “círculo mágico”, toreó a la perfección en redondo, en tres módulos cuasi perfectos que hicieron estremecer los cimientos de las Ventas, que se derrumbaron al final de la faena, cuando creó, cuando inventó, cuando, por fin, para bien de la fiesta, toreó. ¡Gracias, Antoñete!» (Ibidem). La lección magistral de Antoñete en 1981 continuó en el tiempo de manera prodigiosa hasta 1985, cuando por querer irse en lo más alto se retiró, pero con el nuevo pesar de que lo hizo en el momento en el que mejor se encontraba. Eso le llevó a recapacitar y a volver en 1987, para retirarse en 1988, volver en 1999 y retirarse definitivamente en 2001. Un ir y un volver, porque Antoñete no sabía hacer otra cosa, nada menos, que torear. Jorge Laverón nos explicó años más tarde esta verdad circular y mágica que residía en el gran torero madrileño para gusto y deleite de un pequeño ‘puñadito de incondicionales’: «De nuevo la verónica, honda, rotunda, clásica. La media tan suya; verónica sobria y recargada a la vez. Y con la muleta, la distancia –el cite de lejos–. El terreno, eso de torear entre las
José Campos Cañizares 78 rayas de picar, y el temple. Despacio, la mano baja, el redondo fluido90. El natural largo, tan largo, que cuando remataba nadie se acordaba del comienzo91. Y el de pecho obligado, sin ratimagos, de pitón a rabo./ La tauromaquia de Antoñete: la trinchera, el trincherazo92, el ayudado por bajo, rodilla flexionada. Aquella rodilla que Joaquín Vidal proclamó monumento nacio90 El derechazo de Chenel para Laverón (1988: 29) «es otra consecuencia de la perfección de sus últimas temporadas. Lo practica en series cortas de tres pases. En el primero mide la distancia, la velocidad y el recorrido del toro. En el segundo –sin solución de continuidad– carga la suerte, ralentiza el lance y remata en la cadera tan forzado que el tercer pase tiene que ser obligadamente por alto para respiro del toro y encontrar el diestro la salida, bien andando o bien con el pecho». 91 Otro centro del toreo de Chenel, que el torero considera «de más riesgo porque el engaño ha sido acortado (y) ahí está la grandeza del lance, que es el fundamental en la tauromaquia, y ahí está también la propia grandeza de la fiesta (en) su preparación y por su ejecución tiene mucho en común con el derechazo: dándole el pecho al toro, exponiendo el cuerpo y las dos piernas, hay que echarle el pequeño engaño delante, procurando fijar la atención del toro en la panza de la muleta, en el mismísimo centro. Ahí se atrapa al bicho imantándolo nuevamente para traérselo muy toreado. En el mismo instante en que se produce el embroque se carga la suerte y se obliga al bravo y fiero enemigo a que describa un medio círculo que ahora debe verse y sentirse mucho más, forzándolo si es preciso (…) El cite se realiza frente al toro al que hay que traer hasta la panza de la muleta para llevarle desde ese lugar, y alargarle el viaje hasta que se inicia el remate que debe hacerse en los vuelos de la franela. Con ese vuelo le prolongas el recorrido y le dejas colocado para ligar el siguiente pase. El que sabe darle vuelo a la muleta es el que torea al natural, los vuelos que seas capaz de darle a la tela en con la mano izquierda sellan el buen natural», en Manzano (2011: 99-101). Laverón (1988: 31) añade para matizarle: «El cite de lejos, la muleta levemente adelantada (…) El toro se arranca, el diestro sabe perfectamente su velocidad, erguida la figura. Carga levemente la suerte y despacio –muy despacio– prolonga el lance hacia el infinito». 92 Chenel manifiesta que es un lance artístico y de dominio, «que contiene las claves fundamentales del toreo (es decir) distancia, temple, dominio…se cargará la suerte (y) desprenderá 'torería', en cuyo centro de ejecución lleva al toro hacia la misma panza de la franela para en el momento del embroque efectuar un poderoso y a la vez tierno giro de muñeca que segará en seco el viaje del animal», en (Manzano, 2011: 108-109). Desde la perspectiva de Laverón, (1988: 37) puede ser castigo, puede convertirse en caricia.
Antoñete en Las Ventas en 1981. El torero de la verdad 79 nal. El molinete, los cambios de mano, el pase del libro…La maravilla del toreo accesorio que en Chenel se convierte en fundamental. La fusión del clasicismo castellano y rondeño con el barroco de Triana. Cayetano, Pedro Romero y Belmonte. Grandeza de un creador. Volvió Antoñete, tras cruzar España, cansado como un dios del toreo, para dictar su penúltima lección magistral. Cosas de torero» (Laverón, 2007). En las siguientes temporadas se fueron impartiendo nuevas lecciones magistrales, sobre la verónica o la media verónica, la distancia en su máxima extensión o los tiempos de las faenas, el cite y el dejarse ver, el ajuste y la reunión, los terrenos y las querencias, la responsabilidad y la vocación, la prestancia y el arte. Hubo que volver a las lecciones ya enseñadas, al repaso, para llevarlas a una mayor perfección y que no cayeran en el olvido, en torno al natural y el pase de pecho, el trincherazo, la trincherilla o el pase de la firma. También sobre la torería, la colocación, el primer muletazo, el segundo muletazo, el temple, el mando, la ligazón, la naturalidad al cargar la suerte, el remate de los pases o la salida de los lances. Fueron cursos de tauromaquia con programas completos, de temática inagotable, aplicados con intensidad, humildad y grandeza. La verdad del toreo con pedagogía antigua.
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