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Historia militar, civil y sagrada del reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII

Figueroa Zúñiga, Marcos A.

Abstract

Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del jesuita chileno Miguel de Olivares, redactada solo algunos años antes de la expulsión de la orden de los territorios americanos y publicada casi un siglo después, contiene muchas descripciones negativas de las comunidades mapuche, entre las que misionó por largo tiempo, como también propuestas de evangelización diferentes a los proyectos oficiales de su orden. Esta “independencia de juicio” del jesuita puede ser considerada como un ejemplo de la opinión que tenían del mapuche muchos criollos chilenos a mediados del siglo XVIII.

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189 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII HISTORIA MILITAR, CIVIL Y SAGRADA DEL REINO DE CHILE DEL MISIONERO JESUITA MIGUEL DE OLIVARES. EL MAPUCHE SEGÚN UN CRIOLLO CHILENO DE MEDIADOS DEL SIGLO XVIII. HISTORIA MILITAR, CIVIL Y SAGRADA DEL REINO DE CHILE OF THE JESUIT MISSIONARY MIGUEL DE OLIVARES. THE MAPUCHE ACCORDING TO A CHILEAN CREOLE OF THE MID-EIGHTEENTH CENTURY. Marcos A. Figueroa Zúñiga Universidad Arturo Prat (Iquique, Chile) Resumen: Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del jesuita chileno Miguel de Olivares, redactada solo algunos años antes de la expulsión de la orden de los territorios americanos y publicada casi un siglo después, contiene muchas descripciones negativas de las comunidades mapuche, entre las que misionó por largo tiempo, como también propuestas de evangelización diferentes a los proyectos oficiales de su orden. Esta “independencia de juicio” del jesuita puede ser considerada como un ejemplo de la opinión que tenían del mapuche muchos criollos chilenos a mediados del siglo XVIII. Palabras clave: Jesuita criollo, Mapuche, Chile a mediados del siglo XVIII Abstract: Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile of the Chilean Jesuit Miguel de Olivares, written only a few years before the expulsion of the order from the American territories and published almost a century later, contains many negative descriptions of the communities Mapuche, among those who have been missionaries for a long time, as well as evangelization proposals different from the official projects of their order. This "independence of judgment" of the Jesuit can be considered an example of the opinion that the Mapuche had many Chilean Criollos in the mid-eighteenth century. Keywords: Jesuit Creole, Mapuche, Chile in the mid-eighteenth century. Fecha de recepción: 05/09/2018 Fecha de aceptación: 26/11/2019 190 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII Estableciendo algunos datos biográficos A modo de introducción en este trabajo es conveniente comenzar estableciendo una breve biografía del jesuita Miguel de Olivares, pues, como sucede con la mayoría de los jesuitas chilenos expulsados en 1767, las noticias de su vida son escasas, pero además en el caso de Olivares parte de los pocos datos que existen, incluso los entregados por connotados historiadores, como José Toribio Medina y Diego Barros Arana, son contradictorios y algunos hasta sorprendentes. Por ejemplo, se ha señalado más de una fecha de nacimiento, por lo menos dos apellidos maternos, que por los mismos años que estudiaba en Madrid, también lo hacía en Lima, etc. De esos datos se ha deducido que su trabajo misional se prolongó por casi siete décadas y que su vida se extendió hasta los 113 años. Estas extraordinarias conclusiones se deben a que los datos de la vida de este jesuita chileno se han obtenido de su Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile, pero también, y principalmente, de Historia de la Compañía de Jesús en Chile (1593-1736), escrita seguramente por Juan Bernardo Bel, 1 un jesuita español que misionó en la Araucanía en las primeras décadas del siglo XVIII. 2 El encargado de aclarar estas dudas sería el propio Olivares. Es así como en una breve reseña de su vida que firma al llegar al puerto español de Santa María, camino a su exilio en Italia, señala: El P. Miguel de Olivares, natural de la ciudad de San Bartolomé de Gamboa [Chillán], Reino de Chile, hijo de Juan José Olivares y de doña Josefa Goicoechea, nobles, nació el año de 1713. Entró en la Compañía en el de 733 en la provincia de 1 Aniceto Almeyda a partir de varios datos obtenidos de diferentes archivos, así como de lecturas más atentas de las supuestas obras de Olivares, logra descartar que Historia de la Compañía de Jesús en Chile (15931736) –publicada en 1874 en Colección de Historiadores de Chile– sea una obra redactada por el jesuita chileno y propone como autor al español Juan Bernardo Bel. Aniceto Almeyda, “El padre Olivares”, Revista Chilena de Historia y Geografía, Nº 90 (Santiago, enero-junio de 1937), pp. 156-188. 2 Eduardo Tampe, Catálogo de Jesuitas de Chile 1593-1767. Catálogo de Regulares de la Compañía en el antiguo Reino de Chile y en el destierro. Santiago de Chile: Eds., Universidad Alberto Hurtado, 2008, pp. 5859. 191 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII Chile; tuvo noviciado en el San Borja; estudió filosofía y teología en el siglo, que concluyó en la Compañía. Tuvo su tercera probación en el Colegio de Bucalemu; enseñó letras humanas en el de Bucalemu, misionero entre los indios de dicha Provincia, rector en el Colegio de San Bartolomé de Gamboa, visitador de algunos colegios de la misma provincia, en la que era Cronista de la historia general del Reino de Chile, misionero en la misión de la Mocha de indios pacíficos, en cuyo lugar se hallaba de superior en la actualidad. Sacerdote profeso de cuarto voto como así lo manifiesta y firma de su nombre en el Puerto de Santa María en 26 de mayo de 1769, Miguel Xavier Olivares. 3 Si este documento, ubicado por Walter Hanisch en el Archivo de la Compañía de Jesús en Roma y publicado en 1972 en su libro Itinerario y pensamiento de los jesuitas expulsos de Chile (1767-1815), hubiese sido más difundido o tomado en cuenta –como también el artículo de Almeyda–, se habrían podido confirmar algunos datos fundamentales de la biografía de Olivares y descartar otros que claramente no le corresponden, lo que hubiera evitado algunos errores editoriales que se arrastran hasta hoy, 4 como también allanar el camino para un mejor estudio de este escritor jesuita chileno, que expresa un pensamiento singular dentro de la Compañía de Jesús en Chile respecto a los mapuche, como veremos más adelante, asunto de primera importancia por aquel tiempo para la Iglesia y la administración colonial en Chile. La reseña firmada por Olivares nos lleva a descartar algunos datos que se han entregado del jesuita chileno y que pueden corresponder a Bel, como haber misionado entre los picunches en 1699, y un año después en Quillota y Valparaíso; 5 también que en 1712 misionó en Chiloé y más tarde en Boroa y Toltén Bajo, en el sur de la Araucanía. 6 3 Walter Hanisch, Itinerario y pensamiento de los jesuitas expulsos de Chile (1767-1815). Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello, 1972, p. 224. 4 Nos estamos refiriendo principalmente a Los jesuitas en la Patagonia: las misiones en la Araucanía y el Nahuelhuapi (1593-1736), que es una selección de la “Historia de la Compañía”, publicada en Argentina por Ediciones Continente en 2005 y reeditada en 2011, que continúa considerando a Olivares como autor de la obra. 5 Francisco Enrich, Historia de la Compañía de Jesús en Chile. 2 vol., Barcelona: Imprenta de Francisco Rosal, 1891, vol., II, p. 451. 6 José Toribio Medina, Diccionario biográfico colonial. Santiago: Imprenta Elzeviriana, 1906, p. 602. 192 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII Asimismo, podemos suscribir otras informaciones, como que el padre Superior Ignacio García, conociendo “la aptitud que tenía para los trabajos históricos, le recomendó [que] escribiera la Historia de Chile”, trabajo que no pudo comenzar en ese tiempo por haber sido enviado en 1744 a las misiones de la Araucanía, 7 pero que al finalizar esta labor, en 1758, “los superiores le encargaron, para descanso de sus fatigas en el sagrado ministerio, se dedicase á este trabajo; que él emprendió con mucho gusto y gran satisfacción”. 8 En los primeros meses de 1762 presenta su libro –o la primera parte– para su revisión. El 23 de abril de ese año, en Chillán, el franciscano español Pedro Ángel Espiñeira, flamante obispo de Concepción, es el encargado de realizar la aprobación. En su informe, que entendemos como una revisión externa, agregado en la edición de 1864, el franciscano elogia en varios aspectos la obra del jesuita, señalando, por ejemplo, que “reflexiona, ilustra, ensalza, discierne y enseña religiosamente con crítica grande y juiciosa, dice mucho y bien (…)”. 9 Con posterioridad a esta aprobación, Olivares continuó trabajando en lo que suponemos era la segunda parte de su obra. También, entre 1761 y 1765, dirigió el Colegio de Vecinos de Chillán. 10 Para 1766 el jesuita estaba a cargo de la misión La Mochita, 11 labor que seguía ejerciendo cuando ocurrió la expulsión de la Orden. Podemos inferir que en ese tiempo seguía trabajando en su libro, pues, el 26 de agosto de 1767, cuando el sargento mayor Francisco de Rivera se presentó en la misión para informar y realizar las diligencias que mandaba el Dictamen Real de expulsión, en el aposento del jesuita se encontraron muchos de los libros que están citados en la obra publicada en 1864. 12 7 Francisco Enrich, op. cit., p. 453. 8 José Toribio Medina, op. cit., p. 602. 9 Miguel de Olivares, Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile. Santiago: Imprenta del Ferrocarril, Colección de historiadores de Chile y documentos relativos a la historia nacional (Tomo IV), 1864, pp. 3-5. 10 Reinaldo Muñoz Olave, Chillán: sus fundaciones y destrucciones: 1580-1835. Santiago: Impr., San José, 1921, p. 319. 11 San José de la Mocha o La Mochita fue la misión de indígenas de la Isla Mocha que fundaron los jesuitas en las cercanías de Penco, luego que el gobernador José de Garró ordenara despoblar esta isla en 1684. Esta decisión fue tomada debido al peligro que representaría la posible ayuda que los indígenas de la isla podían prestar a los piratas holandeses e ingleses que merodeaban las costas de Chile. 12 Aniceto Almeyda, op. cit., p. 180. 193 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII Posteriormente a esto, si bien Olivares no era para el tiempo de la expulsión una persona de avanzada edad, como se ha sostenido, pues no superaba los 55 años, quedó recluido en el convento San Juan de Dios de Concepción, debido a una hernia que le diagnosticó el médico Dionisio Rocuán. Desde allí, el jesuita le escribió al gobernador Antonio de Guill y Gonzaga dándole a conocer su delicado estado de salud, que le llevó a permanecer en cama largas jornadas, por lo que le solicitaba algunos permisos, como poder realizar caminatas: Muy Ilustre Señor Presidente: La ejecución que se hizo en nosotros, los jesuitas, por orden real, me cogió no levemente enfermo de males habituales, que después acá me han tenido clavado en una cama más de cuarenta días y se me han ido agravando de día en día; porque, aunque se me han aplicado varios remedios, no he podido usar, a causa de nuestro arresto, del que siempre he experimentado más eficaz, que es hacer algún ejercicio. Su falta temo con razón que me acarree la muerte o me reduzca a estado de incurable. Confío de la piedad de V. S. que se servirá de usarla conmigo (pues la facilita el hallarme casi fuera de la ciudad, en este convento-hospital de San Juan de Dios), dando orden al maestre de campo general, para que me permita hacer algunas caminatas con un compañero de mi religión, por la decencia, y, si se juzgare conveniente, con algún soldado para custodia. Dios guarde a V.S. en perfecta salud muchos años. Concepción de la Madre Santísima de la Luz y noviembre 27 de 1767. Muy Ilustre Señor: Besa la mano de V.S. el más humilde capellán de V.S. Miguel de Olivares. 13 En mayo de 1768 fue trasladado a Santiago con ocho de sus colegas que permanecían en ese hospital, quedando en calidad de enfermo en el Colegio Máximo. 14 Dos meses después, el 16 de junio, fue enviado a Perú en el navío El Socorro, junto con otros jesuitas enfermos y ancianos. De Perú, donde se le requisó –por orden del Virrey Manuel 13 Ibídem, p. 182. 14 Ibídem, pp. 182-83. 194 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII de Amat– parte del segundo volumen de su obra, partió a Panamá en el navío Santiago y de allí a España, en el navío La Venganza. El 20 de mayo de 1769 se encontraba en el Puerto de Santa María, lugar donde firmó la reseña biográfica que citamos, y donde debió esperar más de un año. El 3 de septiembre de 1770 partió para Italia en el navío Vicente. Se estableció primero en Massa e Carrara, ciudad de la Provincia de Toscana, en el noroeste de Italia, 15 pero desde 1771 permaneció en Imola, ciudad de los Estados Pontificios donde se dispuso a ubicar a gran parte de los jesuitas exiliados chilenos. Como para casi todos los periodos de la vida de Olivares, no existen muchos datos de las actividades que pudo haber realizado en Imola, únicamente sabemos que en esos casi veinte años que permaneció allí, y motivado por los elogios de sus colegas más jóvenes, 16 hizo algunas diligencias para recuperar los papeles que se le habían arrebatado en Perú, que eran, según el propio jesuita, unos fragmentos de la segunda parte de su obra. Muestra de aquello son las cartas que desde 1788 comienza a enviar al Secretario de Estado Antonio Porlier, e indirectamente también a Carlos III, donde se muestra angustiado por la pérdida de ese material y pide a Porlier que interceda para poder recuperar esos documentos, entregando además algunas pistas de los posibles paraderos de aquellos manuscritos y una copia de la parte de la obra que se conoce y que se ha publicado. 17 Este pedido es bien recibido por el Rey, pues mandó a que se indagara el destino que tuvieron estos papeles, investigación que finalmente recayó en Ambrosio O'Higgins, por aquellos años gobernador de Chile. O'Higgins, en carta fechada el 15 de mayo de 1790, señala al Ministro Porlier que se ha encontrado la segunda parte de la Historia de Olivares, 15 Walter Hanisch, op. cit., p. 225. 16 Diego Barros Arana, Historia general de Chile [1884-1902], 16 vol. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2000, vol., VII, p. 374. Por ejemplo, Juan Ignacio Molina en su Compendio de la historia civil de Reyno de Chile de 1787, se queja de no poder contar con el segundo volumen “tan deseado” de la historia de Olivares. Molina, Juan Ignacio, Compendio de la historia civil de Reyno de Chile. Santiago: Pehuén Editores Ltda., 2000, p. 5. Felipe Gómez de Vidaurre, otro escritor jesuita expulso chileno, también se lamentaba de que la obra esté incompleta. Para Vidaurre el manuscrito de Olivares fue el documento que más le sirvió para conformar su obra en los pasajes históricos de Chile. Marcos A. Figueroa Zúñiga, “Historia geográfica, natural y civil del Reino de Chile (1782) del jesuita expulso Felipe Gómez de Vidaurre: una obra injustamente desvalorizada por la historiografía chilena”, Anuario de Estudios Americanos, vol., 74, N° 1 (Sevilla, 2017), p. 163. 17 Miguel Luis Amunátegui, Los precursores de la Independencia de Chile, 3 vol. Santiago: Imprenta Litografía i Encuadernación Barcelona, 1909, vol., I, p. 275. 195 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII después realizar indagaciones en Lima, Santiago y Concepción, siguiendo las pistas del propio jesuita y que la demora en proceder a enviarla se debe a su intención de adjuntar a esos papeles la “Historia militar” de José Pérez García, que será, según opinión de O'Higgins, de gran ayuda para que el propio Olivares pueda acabar su libro. 18 No sabemos si esos documentos salen de Chile, o si llegan a España y menos aún si Olivares los alcanzó a recibir. La fecha y el lugar de fallecimiento de Olivares tampoco están exentos de dificultades a la hora de precisar. Lo que sí se puede descartar absolutamente es que el jesuita falleció en Imola el 14 de diciembre de 1786 a la edad de 113 años, 19 señalado por Enrich, así como también lo que apunta Medina tan detalladamente, que habría muerto el mismo año y en la misma ciudad que indica Enrich, pero el 14 de enero, “de 113 años cuatro meses menos doce días de edad”. 20 Almeyda indica un dato más probable, como es que Olivares haya fallecido en “Mardano [sic], Italia, el 30 de abril de 1793”, 21 mientras que Hanisch señala que murió en la misma fecha, pero en Imola, aclarando que el error de establecer como lugar de fallecimiento a Mordano, que limita con Imola, se pudo presentar porque en la lista se lo confundió con el Padre Manuel Valentín, que murió ese mismo año y en esa ciudad. 22 Un documento oficial que se enviaba a la Administración General de las Temporalidades del Reyno de Chile, titulado “Razón de los ex jesuitas del Reyno de Chile que han fallecido desde 1º de Enero del año 1788, hasta fin de Dic. De 1796”, que se guarda en el Catálogo de la Compañía de Jesús de Chile del Archivo Nacional de Chile, indica que Olivares falleció el 30 de noviembre de 1793, 23 pero no se aclara el lugar del deceso. Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile, un libro moralizante Historia militar, civil y sagrada de lo que ha acaecido en la conquista y pacificación del Reino de Chile, desde la primera entrada de los españoles, hasta la mitad 18 Ibídem, pp. 277-278. 19 Francisco Enrich, op. cit., p. 454. 20 José Toribio Medina, op. cit., p. 602. 21 Aniceto Almeyda, op. cit., p. 188. 22 Walter Hanisch, op. cit., p. 226. 23 Archivo Nacional de Chile, Jesuitas, vol., 69, f., 84. 196 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII del siglo décimo octavo de nuestra Redención, publicada en 1864 en la Colección de Historiadores de Chile, con un prólogo de Miguel Luis Amunátegui, puede ser considerada la única obra claramente atribuible a Miguel de Olivares. 24 Comenzó a redactarla, o a dedicarle más tiempo de trabajo, en 1758, según se puede leer en la misma obra 25 , y tiene el propósito de “(…) vindicar del olvido y del silencio los principios y progresos de la conquista espiritual y temporal del reino de Chile, y los personajes que han representado papeles principales en lo militar, civil y eclesiástico”. 26 Abarcaría, como señala el título, “desde la primera entrada de los españoles, hasta la mitad del siglo décimo octavo de nuestra Redención”. 27 La parte que se publicó en 1864 fue redactada antes de la expulsión y está organizada de manera similar a otra historia dedicada a Chile, como es Historia general del reino de Chile: Flandes indiano (1674) del jesuita español Diego de Rosales, es decir, parte con una descripción geográfica del territorio y de los indígenas que viven allí, continuando con el relato de la entrada de los españoles a mediados del siglo XVI, para seguir con la narración de los hechos significativos que siguen. La división también concuerda con los “Libros” de Rosales (en la historia del español son diez y en la de Olivares conocemos sólo hasta el “Libro sesto”) que anuncian lo que van a tratar y éstos a su vez en capítulos, que van avanzando cronológicamente en el tiempo. Coincide también con la obra de Rosales, y se diferencia de Histórica relación del Reino de Chile (1646) de su colega chileno Alonso de Ovalle, o de una mucho más influyente para todos los escritores jesuitas de América, como Historia natural y moral de las Indias (1590) de José de Acosta, en no distinguir una parte para la historia eclesiástica, sino que ésta va intercalada con las otras noticias relevantes. 24 Además de la “Historia de la Compañía”, hay que descartar también la supuesta continuación de Historia militar, civil y sagrada, publicada en 1901, junto al Compendio de la Historia de Chile de Juan Ignacio Molina, con el significativo título de “Historia de Chile”. Esta, más bien, son unos fragmentos que José Toribio Medina encontró en Lima en 1875 y que, por coincidencias de “estilo y espíritu que anima esas páginas” con la obra publicada en 1864, consideró que eran los papeles que había hallado O'Higgins en 1790. Colección de historiadores de Chile y documentos relativos a la historia nacional (Tomo XXVI). Santiago de Chile: Imprenta Elzeviriana, 1901, p. IX. 25 Miguel de Olivares, op. cit., pp. 8, 20. 26 Ibídem, p. 6. 27 Ibídem, p. 13. 197 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII Una de las primeras cuestiones que llama la atención en el libro de Olivares es su preocupación por la forma y el estilo que empleará y su casi obsesión por aclarar que no se dejará llevar por las modas. Dice en el prólogo “Al lector”: El estilo no quisiera decir cual he de seguir; pues tal cual sea, se ha de ver; pero puedo protestarle, juicioso lector, que estoi tan mal con los afeites esquisitos, que los detesto hasta en la elocución, y no se puede negar que estos adornos pueriles del lenguaje, quitan en gran parte su autoridad a las cosas y disminuyen la fe en los lectores, que suponen que el escritor quitó de dilijencia en inquirir los acaecimientos, cuando añadió en el modo de decirlos; y así mas querré que mi estilo parezca deslucido, que no afectado: bien querría que fuese el propio y característico de la historia; esto es, exacto sin prolijidad, corriente sin bajeza, majestuoso sin fausto, sublime sin altanería, valiente sin dureza, grave sin sequedad, copioso sin redundancia, lleno sin hinchazón, claro por la propiedad, enérjico por la significación, adornado por las sentencias, doctrinal por las reflexiones. 28 Eduardo Solar Correa, probablemente el único investigador que ha dedicado un ensayo a estudiar algunas características peculiares de la Historia militar, civil y sagrada…, indica que en este prólogo el jesuita presenta “todo un pequeño tratado de estilística”. Además, señala que su acentuada preocupación en lo literario no ha sido tomada en cuenta por los historiadores y críticos literarios, pero que es un hecho de importancia para la literatura nacional, pues Olivares puede ser considerado el primero y el único escritor colonial del siglo XVIII “a quien desvela el buen decir”. 29 Solar también aclara que, si bien se pueden observar preocupaciones nuevas para las letras nacionales en el libro de Olivares, también “sus páginas constituyen el último reducto de rancios gustos y maneras”. Continúa, por ejemplo, con la costumbre de los textos del periodo colonial americano de atiborrar toda su obra con sentencias de Aristóteles, de 28 Ibídem, p. 7. 29 Eduardo Solar Correa, Semblanzas literarias de la colonia [1933]. Buenos Aires: Editorial Francisco de Aguirre, 1969, p. 160. 204 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII para reprender y argüir como usó Cicerón en el principio de una oración que hizo contra Catalina en el senado. 48 Si bien, para el jesuita la poesía de la lengua mapuche podrá no tener conceptos altos, alusiones eruditas y locuciones figuradas que se presentan en las obras poéticas de las naciones sabias, es dulce y numerosa y para demostrar que al traducirla no pierde su belleza, agrega el siguiente verso religioso en castellano y al lado la versión en mapudungun: ESPAÑOL. ………….… INDIO. Véante mis ojos………...Jesus pellebichi Dulce Jesús bueno……..Piquei ñi duam Véante mis ojos………...Jesus pellebichi Muérame yo luego: … Veulamo layam. 49 Gente inmoral y supersticiosa A propósito de lo perjudicial de dejar sin castigo los delitos, cuestión que ciertamente obsesionaba a Olivares, señala que en el caso de los indígenas de Chile esto ha llegado a extremos increíbles, como dejar sin sanción al marido que mata a su mujer, excusándose en que puede hacer lo que quiera con lo que “ha comprado”, 50 o tomando con naturalidad que un hijo mate a su propio padre, por considerar que “sólo derramó su propia sangre”. Asimismo, el jesuita se sorprende que castiguen con rudeza los delitos más 48 Ibídem, p. 41. 49 Ibídem, p. 42. 50 Esta aseveración de Olivares es más que cuestionable, pues como señala Ricardo E. Latcham, la mujer mapuche, incluso después de casada, no dejaba de ser miembro del grupo totémico de su madre, y este grupo no se desentendía de la hija, pues los hijos que ella tenía pasaban a ser parte de su grupo de soltera y no del grupo del marido. Asimismo, su familia original no vería con indiferencia la muerte de esta hija, aunque sea en manos de su esposo, pues en el caso de asesinarla, debía responder a la familia de la esposa, sufriendo las mismas sanciones que cualquier otro homicida, las que consistían generalmente en una componenda o paga. Si la sorprendía en evidente delito de adulterio, podía asesinarla y también a su amante, aunque se exponía a la venganza de los parientes de éste. Sin embargo, ni siquiera en los casos de adulterio flagrante el esposo tomaba esta determinación. Por lo general, devolvía la mujer a la familia y exigía que se le restituyera lo que pagó por ella. También podía ofrecérsela al amante, siempre y cuando éste pagara su valor. Ricardo E. Latcham, La organización social y las creencias de los antiguos araucanos. Santiago: Imprenta Cervantes, 1924, pp. 299-310. 205 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII insignificantes, como las brujerías, que son determinadas por sus jueces, que entre ellos son “verdaderos brujos que profesan abiertamente el trato con el demonio”. 51 En ocasiones, dice el jesuita, cuando no pueden disponer de los acusados, por estar protegidos entre los españoles, a escondidas suelen matarlos a cuchillo. Comenta que en 1755 tuvo la penosa experiencia de dar sepultura a una familia indígena en Valdivia, que fue asesinada clandestinamente por otros indígenas vecinos a la plaza por la opinión de brujería, “a los niños cortaron sólo la áspera arteria, a la mujer dieron cosa de diez y ocho puñaladas, y al marido que debió defenderse, porque era conocido por valiente, muchas más”. 52 Estas situaciones, dice Olivares, que son más comunes desde el río Toltén para el estrecho, entristece mucho la labor de los misioneros, pues hace evidente el poder que tiene el demonio entre esas pobres e inocentes personas. 53 En el capítulo “De su falso culto y diferentes supersticiones”, el jesuita parte reflexionando respecto a la imposibilidad de vivir sin una especie de religión, y sin reconocer alguna suprema divinidad a quien tributarle culto, por eso comprende que el común de los griegos y romanos adoraran muchas deidades. Lo anterior lo hace sólo para expresar su asombro de que indígenas de Chile ni siquiera adoraban “aquella caterva de dioses celestiales, terrestres e infernales altos y bajos (…)”. Más adelante dice que sólo reconocían algún género de superioridad en los “pillanes, amigos y enemigos, como algunos jentiles en los jénios buenos y malos (…)”. 54 Entre los “genios malos” Olivares distingue al “huecub” 55 como un importante ente negativo, eso sí, no lo vincula con el Diablo; señala también que los indígenas no tienen 51 Miguel de Olivares, op. cit, pp. 45-46. 52 Ibídem, pp. 46-47. 53 Ibídem, p. 47. 54 Ibídem, p. 50. 55 Denominado también como huecufe, wekufü, watuku, huecufu, huecubo, huecubu, huecuvu, huecuve, wecufe, huecovoe, giiecubu, güecubo, güecugu, uecuvu, güecufu. Generalmente las definiciones que podemos hallar para Wecufe en los textos clásicos relacionados al tema mapuche se asocian con algo negativo, como una enfermedad, hacer daño o directamente con el Diablo. Por ejemplo, para el jesuita expulso Andrés Febrés “huecuvu” significa “la flechas, palillos, y dientecillos, que los Machis dicen, que les sacan chupando”. Otra acepción de Febrés es: “Cualquiera enfermedad, o cierta deidad, o ente de razón, que fingen ser causa de sus muertes, enfermedades, y trabajos”. Andrés Febres, Arte de la lengua general del Reyno de Chile. Lima: Calle de la Encarnación, 1765, p. 506. Para el misionero capuchino alemán Félix de 206 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII una idea muy acabada del “huecub”, pero supone que no lo conciben espiritual, pues no tienen conocimiento de las sustancias incorpóreas, “tienen de él solamente la aprensión que basta para tenerlo”, y esta se reduce a que todo lo negativo que ocurre se lo atribuyen al “huecub”, desde que se sequen sus sembradíos o tiemble la tierra, hasta el cansancio del caballo. Culpan también al “huecub”, de las enfermedades y muerte natural de animales y hombres, exceptuando los crímenes. 56 “Anchumallacin” 57 es otra entidad mencionada por Olivares; significa, según el jesuita, “mujer del sol” y “para ellos [los mapuche] una señora joven tan bella y ataviada como benigna”. Olivares además se sorprende que los mapuche sin tener una veneración especial al sol respeten a “anchumallacin”. Además, como los mapuche no se refieren a esta “mujer”, “ni responden cosa de provecho” cuando se les consulta, considera que esta actitud se debe a que en tiempos pasados esta mujer se apareció algunas veces en medio de las batallas defendiendo a los cristianos, “(…) y sin hacer mas daño a los infieles que retirarlos con su divino semblante (…) ellos mantienen la memoria de los sucesos muy Augusta, “Wekufü” es el Diablo. Félix de Augusta, Diccionario Araucano-Español y Español-Araucano, 2 tomos. Santiago de Chile: Imprenta Universitaria, 1916, tomo I, p. 249. Latcham señala que “huecuvu” o “huecuvoe” era la fuerza o poder de que se valían los mapuche para hacer daño; tomaba las más variadas formas. Latcham dice además que como el “araucano todo lo materializaba, el huecuvu también debía tener una forma material, la que variaba según la imaginación individual”. Ricardo E. Latcham, op. cit., p. 439. Rolf Foerster en su Introducción a la religiosidad mapuche, a través de una revisión de las nuevas interpretaciones para este concepto, nos demuestra que este wecufe, al parecer no se asociaría sólo con lo negativo para los mapuche, incluso podría significar algo benéfico. Foerster incluye un extracto de la entrevista que hace Malú Sierra al poeta Leonel Lienlaf para su libro Mapuche. Gente de la tierra (1992), donde señala que Wecufe es un “equilibrador”; “we” significaría “nuevo” y “kufe” el que amasa o “kufun”, que es echarse a perder. Lienlaf señala que wecufe podría traducirse como “el que compone echando a perder”. Rolf Foerster, Introducción a la religiosidad mapuche. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1993, pp. 76-77. 56 Miguel de Olivares, op. cit, p. 51. 57 Por su similitud fonética y específicamente por su carácter luminoso, que Olivares también recalca, deducimos que “anchumallacin” pueda tratarse del mito mapuche de Anchimallén, que generalmente es descrito como un ser pequeño que se transforma en una esfera que emite una radiante luminosidad. El jesuita Andrés Febrés en su gramática lo escribe Anchimalghen y dice que significa: “imagen o cosa de otra vida, o lo que llaman familiares: nien cay ñi amchimalghen, también tengo yo mis familiares”. Andrés Febrés, op. cit., p. 428. Un documento que logra explicar de alguna manera lo que señala Febrés, es una entrevista que Tomás Guevara le hace a un anciano mapuche de Cunco, en la que le relata que los huitranalhue (almas migratorias) se hacen en una especie de resucitación de los muertos, mediante una exhumación, en la que “de los hombres grandes [adultos] hacían huitranalhue i de los chicos [niños] anchimallen”. Dice también que cuando el anchimallen tiene hambre llora como un niño y que algunos mapuche lo tienen para que cuide sus animales. Se alimenta a veces con sangre de animales y también con la de las personas; come un chico o una persona grande en el año de la misma familia de la casa. Tomás Guevara, Folklore araucano. Santiago de Chile: Imprenta Cervantes, 1911, p. 101. 207 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII notables por la tradición de padres a hijos, se conserva en ellos el ser de la madre de Dios, bajamente expresado en la apelación de mujer del sol”. 58 Esta inequívoca representación de la Virgen María, puede tratarse de la antigua estrategia de los escritores jesuitas en América de introducir símbolos cristianos católicos en el pasado indígena. 59 Una especie de ente superior y benéfico sería meulén, pues es invocado en sus “machitunes y otras curas supersticiosas” para que libere al enfermo del hechizo. El jesuita señala que este ente no es llamado por los mapuche en otras ocasiones, tampoco saben muy bien lo que es. Demuestran de este modo ser “rudos intérpretes de su propia teología, aunque en tales absurdos y delirios es felicidad la ignorancia”. 60 Esta supuesta falta de conocimiento de los mapuche por su religiosidad, que el jesuita apunta también en otras oportunidades, es probable que pueda deberse a que los indígenas en los que menos podían confiar para entregar datos de importancia en esta materia era justamente en los misioneros como Olivares. Recordemos que el “Confesionario”, que preparó Luis de Valdivia como herramienta de evangelización para utilizar con los mapuche, hacía un acucioso examen que apuntaba a cuestiones obvias, como inquirir si continuaban venerando la naturaleza, o si habían recaído en “prácticas pecaminosas”, como retirar de la iglesia los cadáveres de los familiares para sepultarlos junto a sus hogares, también apuntaba a delatar a los “hechiceros”, “¿hazte curado con algún hechicero, hazle llamado, o hecho llamar para tus necesidades?”. 61 Llama la atención que Olivares no se refiera en su libro a Ngenechen, supuesta divinidad máxima de los mapuche, pero del cual nunca ha habido un consenso general, por 58 Miguel de Olivares, op. cit., pp. 51-52. 59 En un artículo publicado hace algunos años, intentamos demostrar que la intención principal de un texto jesuítico de finales del siglo XVI, como De las costumbres antiguas de los naturales del Pirú, de autor anónimo, pero probablemente escrito por el jesuita Blas Valera, era asimilar la religiosidad andina a la religión cristiano católica. Marcos A. Figueroa Zúñiga, “La Relación del Jesuita Anónimo: el empleo del quipu como estrategia de verosimilitud y sus reales propósitos”, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, N° 70 (Lima-Hanover, 2009), pp. 151-164. 60 Miguel de Olivares, op. cit., p. 52. 61 Luis de Valdivia, Arte y gramática general de la lengua que corre en todo el Reyno de Chile, con un Vocabulario, y Confesionario. Sevilla: Tomás López de Haro, 1684, p. 20. Este “Confesionario”, que venía junto a la “Gramática” de la lengua mapuche y al “Catecismo”, fue publicado originalmente en Lima en 1606, en la Editorial de Francisco del Canto. 208 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII lo menos es muy discutible su condición de omnipotencia. Por ejemplo, Ricardo E. Latcham señala que no es correcto que los “araucanos” conciban a Ngenechen como el creador de todo, pues su concepto de la creación del mundo es muy imperfecto; sus ideas abstractas y metafísicas tienen poco lugar en su mentalidad. Para el arqueólogo inglés radicado en Chile, Ngenechen sería un nombre que los mapuche aprendieron de los misioneros, los que en sus afanes por acomodar una deidad del mundo indígena que se asimile al Dios cristiano, comenzaron a darle a Ngenechen, que tenía un sentido enteramente práctico, algunos atributos que se acomodaban más a su antiguo Pillán, al que han ido reemplazando. 62 La eternidad es otro aspecto de la religiosidad de los mapuche que aborda Olivares en su historia. Respecto a esto dice que, aunque los indios de Chile puedan concebir la inmortalidad del alma, esta creencia está desfigurada con groseros errores, como, por ejemplo, no concebir un lugar separado e indistinto donde se pague con el premio o el castigo por sus actos en vida, más bien piensan que después de muertos irán a vivir una segunda vida en la Isla Mocha. 63 Sus parientes le echan en el sepulcro cosa de comer y de beber, para provisión de su viaje que como han de hacerlo caballeros sobre la espalda de una ballena como creían otros jentiles mas avisados que solo podían pasar los estanques perezosos del Cosito por medio de la barca y ministerio del barquero Caronte, y como la ficción griega añadía que a éste se le pagaba cierta moneda por el portazgo, los indios no han quedado atrás y aseguran que en un paraje estrecho antes de llegar al lugar destinado a los difuntos, hai una vieja a la cual se le debe pagar alguna cosa como recaudadora de la aduana; y dicen que es una perversa vieja, porque si 62 Ricardo E. Latcham, op. cit., p. 358-360. 63 Es probable que la Isla Mocha como lugar donde descansaban las almas sea una creencia sólo para los indígenas costeros, principalmente para los lafkenches, pueblo mapuche que vive en la zona costera chilena entre el río Bio-Bio y la Bahía de Corral, incluyendo la Isla Mocha. Además, los lafkenches denominaban a esta isla Amuchura, que en castellano significa “la resurrección de las almas”. Latcham, señala que una diferencia entre los pueblos indígenas del Sur de Chile es el lugar donde ubican esa “tierra de los muertos”, pues los de la costa creen que se hallaba allende el mar, y antiguamente los del litoral, entre los ríos Imperial y Toltén, suponían que estaba en la Isla de Mocha. Las tribus que ocupan las regiones subandinas, sostenían que sus muertos van a vivir al otro lado de la Cordillera de los Andes y que sus antiguos caciques y conas o saldados residían en los volcanes de la región. Ricardo E. Latcham, op. cit., pp. 339-340. 209 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII no la satisfacen en moneda o en especie, se hace pago con uno de los ojos del pasajero. 64 Olivares afirma que registrar todos los errores en materia de creencias de los mapuche sería muy dificultoso, ya que para estos pueblos no existe fenómeno alguno que no se explique con ideas supersticiosas. Concluye el capítulo “Del falso culto…” con su percepción de los “machitunes o curas diabólicas”. Para esto cita extensos pasajes de Cautiverio feliz de Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, suscribiendo todo lo que este militar criollo anota un siglo antes respecto a esta ceremonia, pues, según el jesuita, coincide con lo que él ha adquirido “de antemano por experiencia propia y ajena”. Al final, con un evidente sarcasmo, invita al lector a preguntarse si el enfermo al que se le practicó el machitún que relata Pineda y Bascuñán lograría curarse. 65 No podemos extrañarnos que Olivares califique toda la religiosidad mapuche como falsa, ingenua, o, que incluso la ligue con lo demoníaco. En ello no se separa de los principios que en esta materia mantuvo la Compañía de Jesús durante toda su primera estadía en tierras americanas. Esto consistía, como dice Latcham, en la utilización de conceptos obtenidos de la filosofía y teologías cristianas para interpretar expresiones y modos de pensar de los indígenas, que ha llevado a graves errores para estudiar y comprender su cultura. 66 Gente brutal y ociosa a la que hay que hacer servir El propósito de Olivares de describir las costumbres y condiciones de vida de los indígenas de Chile es un intento de explicar por qué muchos de ellos viven en la pobreza. 64 Miguel de Olivares, op. cit, p. 52. Este viaje que narra Olivares se puede relacionar con el mito mapuche de Trempulcahue, que consiste en que cuatro ancianas transformadas en ballenas serían las encargadas de trasladar las almas de los muertos hasta la Isla Mocha. Esta isla también le dio nombre al cachalote albino Mocha Dick, que se hizo conocido mundialmente por hundir frente a las costas de Chile al ballenero estadounidense Essex, a comienzos en 1820. Esta historia fue difundida por el estadounidense Jeremiah N. Reynolds, en el relato “Mocha Dick: or the white whale of the Pacific”, publicado por primera vez en 1839, en la revista literaria neoyorkina The Knickerbocker y se supone que pudo ser inspiración para que Herman Melville escribiera su Moby-Dick, la famosa novela de 1851. En Chile, Francisco Ortega y Gonzalo Martínez escribieron la novela gráfica Mocha Dick, la leyenda de la ballena blanca, que rescata tanto la historia real de Mocha Dick, como el mito mapuche de Trempulcahue. Esta novela fue publicada en Argentina por Editorial Norma, a fines de 2012. 65 Miguel de Olivares, op. cit, p. 56. 66 Ricardo E. Latcham, op. cit., p. 10. 210 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII Eso sí, aclara que no lo hará de los que sirven a los españoles, sino de los que viven en sus “tierras de sujeción”, donde “(…) los padres de familia no ponen la consideración en cosa que parezca virtud o arreglamiento, sino en el recato de las mujeres”. Pero, este cuidado sobre sus mujeres no responde al principio virtuoso que debería, sino que “guardan sus mujeres, sin otra causa que aquella porque lo hace un caballo o un toro con las hembras de su especie”. 67 Esa supuesta atención que tienen con sus esposas, en el caso de sus hijas la omiten totalmente, dejándolas que abusen de su libertad, “y así las mas de ellas son mujeres ántes de ser esposas”. Pero, como la deformidad de cualquier delito, es muy visible aun a la ceguedad de los bárbaros, se avergüenzan ellas que dejaron de ser vírgenes ántes de ser dadas en matrimonio, y del que se haga del todo manifiesta su flaqueza: y por eso cuando se sienten embarazadas, lo procuran ocultar estrechándose el vientre con apretadas vueltas de la faja que todas usan. Y cuando llega el caso de dar a luz lo que concibieron, lo ejecutan solas en un monte con ánimo mayor que de mujeres, y matan inhumanamente el fruto de sus entrañas, o si no les basta la crueldad para tanto, la esponen a puertas ajenas y a la caridad de los extraños. Y a estos hijos de padres no conocidos, llaman en su lengua bucheñes. 68 La vergüenza que sentían las madres solteras, que las llevaba incluso a matar a sus hijos, es seguramente una exageración del jesuita, porque la virginidad no era una condición preciada entre los mapuche, o por lo menos no se consideraba como una afrenta haberla perdido antes de encontrar marido. Además, tener hijos antes de casarse podría ser tomado como beneficioso para el futuro esposo, ya que garantizaba la fertilidad, condición de veras importante en la mujer casada, y cuya falta provocaba la disolución del matrimonio. Por lo demás, Latcham señala que en una sociedad como la mapuche, donde se trataba de aumentar los hijos, el aborto o el infanticidio no era una práctica frecuente, sólo 67 Miguel de Olivares, op. cit., pp. 60-61. 68 Ibídem, p. 61. 211 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII se ejercía en caso de incesto, que era muy mal mirado y severamente castigado. Los hijos nacidos de relaciones casuales no llamaban la atención de nadie. 69 Respecto a los hijos varones, Olivares señala que se les consienten todos sus vicios juveniles; estos pasan los días tendidos al sol, andando a caballo, bañándose en los ríos o siguiendo a sus padres, que a su vez se sienten orgullosos por llevarlos a lugares “donde se dedica el tiempo a Baco y Venus”, por lo que, si cuando niños pudieron servir para hacer algún trabajo, principalmente por temor al castigo, ya cuando jóvenes, “sacuden del todo el yugo de la sujeción, y atropellan todos los fueros de la patria potestad”. 70 Si bien, ese desgobierno en las familias mapuche es para Olivares una de las causas de su pobreza, la más importante para el jesuita es su “lánguido ocio y estrema negligencia”. Esto se demuestra en el mal uso que hacen de sus tierras, ricas en oro y plata y también las mejores del reino para sembrar y criar ganados (“tierras gruesas y agradecidas”), pero que no aprovechan ni siquiera para el sustento básico. 71 Estos juicios del jesuita pueden ser refutados por un estudioso de los mapuche, como José Bengoa, que sostiene que los antiguos mapuche, antes de la llegada de los españoles, eran una sociedad de sembradores, agricultores y horticultores, densamente poblada. 72 En tanto, para Tomás Guevara, la guerra fue la causa más importante del descenso de los cultivos en algunos territorios mapuche, como también que no pudieran desarrollarse de mejor manera por casi todo el periodo colonial, pues los españoles en sus campeadas de verano, destruían todos los sembradíos de los indígenas, con la finalidad de doblegarlos por el hambre. Los indígenas debían, por lo tanto, sembrar para su subsistencia en espacios muy reducidos, alejados y ocultos, ubicados generalmente en las montañas. 73 Olivares es consciente de este habitual proceder de los soldados españoles, pues lo señala en varias oportunidades en su libro, con la diferencia que estas correrías las presenta 69 Ricardo E. Latcham, op. cit., pp. 314-315. 70 Miguel de Olivares, op. cit, pp. 61-62. 71 Ibídem, p. 62. 72 José Bengoa, Historia de los antiguos mapuche del Sur. Santiago de Chile: Ediciones Catalonia, 2003, p. 173 73 Tomás Guevara, Psicología del pueblo araucano. Santiago de Chile: Imprenta Cervantes, 1908, p. 93. 212 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII como éxitos de los españoles, nunca se detiene a pensar que estos ataques conllevaban padecimientos importantes a las comunidades que los sufrían, prefiere continuar sustentando la imagen del mapuche ocioso, prejuicio, por lo demás, inaugurado tempranamente para las letras de Chile, con las cartas que Pedro de Valdivia le envía al Rey Carlos I. Esta visión tan despreciativa de los mapuche, que en el relato de la guerra se convierte en un discurso abiertamente descalificador, nos permite preguntarnos a qué se puede deber que un escritor jesuita de mediados del siglo XVIII utilice un discurso similar (en los prejuicios) a los cronistas del siglo XVI para referirse a los mapuche. Debemos también considerar en esto su trabajo misional, que por lo menos debió haberle permitido entender con mayor profundidad las costumbres de estos pueblos del sur de Chile. La respuesta a este cuestionamiento puede residir en buena parte en la posición que este misionero jesuita tenía del trabajo de los indígenas. Según Olivares, los mapuche por su bárbara condición y por no tener más “(…) regla que la de su antojo” 74 no pueden autogobernarse. La solución no estaba en esclavizarlos, ni en tratarlos tan severamente, sino más bien en una suerte de estado intermedio: (…) haciéndoles servir, pero dejándoles intacto el nombre y apariencia de libertad. Han de ser vasallos, pero conviene darles el título de aliados y amigos; pero con alguna apariencia de ruego. Han de ser inferiores al español, pero sin tratarlos como abatidos. Han de imponérseles carga de que sirvan en la guerra o envíen jente que trabajen en las fortificaciones; pero se les ha de retribuir para que la correspondencia [no] se haga parecer al servicio gratuito. En fin se les ha de mantener en alguna sujeción y obediencia; pero sin que ellos parezcan siervos, ni los que mandan señores, porque están llenos de un espíritu de tanta soberbia que se meterán por el yerro y el fuego, ántes que sufrir amos imperiosos. 75 Estos planteamientos, que podemos tomarlos como su propuesta de evangelización, y que además carecen de cualquier eufemismo, estaban en la vereda opuesta de lo que 74 Miguel de Olivares, op. cit, pp. 223. 75 Ibídem, p. 223. 213 Número 43, diciembre 2019, pp.189-216 Marcos A. Figueroa Zúñiga Historia militar, civil y sagrada del Reino de Chile del misionero jesuita Miguel de Olivares. El mapuche según un criollo chileno de mediados del siglo XVIII defendía la Compañía de Jesús. Los jesuitas desde sus primeros tiempos en Chile abogaron por terminar con el servicio personal, que consideraban extremadamente perjudicial para los indígenas, pues, como aseguraba en 1609 el español Diego de Torres Bollo, Provincial de la Compañía en Chile, donde se ha implementado este sistema ha arrasado considerablemente con las personas, además era el “principal estorbo” para la evangelización de los indígenas y el responsable del completo desconocimiento de Dios, “(…) de aquí ha nacido la importuna y antigua guerra de Chile, y haberse alzado con todo el reino diversas veces, por huir de esta infernal esclavitud”. 76 El proyecto jesuita que buscaba poner fin al conflicto entre españoles y mapuche denominado Guerra Defensiva, 77 e impulsado principalmente por el jesuita español Luis de Valdivia, uno de los fundadores de la orden en Chile, es un asunto que Olivares no puede sortear en su obra, primero por ser una de las propuestas más emblemáticas de la Compañía, como también por ser un episodio de la historia de Chile imposible de soslayar. Es así, que en los escasos pasajes que utiliza para referirse a este proyecto parece, incluso, alinearse con los planteamientos de su orden de cambiar “la guerra de ofensiva a defensiva”. 78 Asimismo, si bien parece referirse obligadamente a Luis de Valdivia (ese “sujeto” al que el Rey le dio una “buena limosna para que comprase una buena librería” para su retiro en Valladolid), y su elogio es mucho más breve que el que hace a algunos gobernadores, destaca su labor misionera (aunque “corta”, dice) y principalmente su 76 Cit., en Rolf Foerster, Jesuitas y mapuches 1593-1767. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1996, p. 96. 77 La Guerra Defensiva consistía principalmente en establecer una frontera permanente en el río Bío-Bío, prohibir las campeadas, en las que, como ya se dijo, los soldados españoles además de arrasar con todas las posesiones de los mapuche, capturaban prisioneros que posteriormente vendían como esclavos, y coordinar el envío de misioneros a la zona bajo control indígena. Este proyecto fue aprobado por Real cédula en 1612, y en palabras del propio Valdivia, alcanzó a durar hasta 1620, ocho años en los cuales se logró evitar muchas muertes de españoles, bautizar a miles de indígenas, conservar la paz, impulsar el poblamiento y la prosperidad en las regiones al norte del Bío-Bío, el desarme de los mapuche alzados, así como su traslado desde las tierras de frontera hacia zonas centrales. Valdivia insistió por muchos medios que su proyecto de terminar la guerra y reducir pacíficamente a los mapuche pudiera prosperar, sin embargo, esto no fue así, principalmente por el escaso apoyo, o más bien rechazo, que tuvo de la clase gobernante, de los encomenderos, del ejército y del clero, tanto del regular, representado en la figura de Juan Pérez de Espinoza, obispo de Santiago, como del secular, principalmente de los franciscanos. En 1621 el gobernador Pedro Osores de Ulloa, reimplantó ilegalmente la guerra ofensiva, pues aún estaba vigente la cédula que la prohibía, haciendo varias incursiones en tierras mapuche. En 1626 el gobernador Luis Fernández Córdoba proclamó el fin del proyecto jesuita, aprobado un año antes por el Rey Felipe IV. Ibídem, pp. 166-174. 78 Miguel de Olivares, op. cit, p. 333.