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Gerardo Diego: Poesía y prosas taurinas. Prólogo de Javier de Bengoechea, Valencia, Pre-Textos, 1996. [Reseña]

Reyes Cano, Rogelio

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Revista de Estudios Taurinos N.º 6, Sevilla, 1997, págs. 219-226 Gerardo Diego: Poesía y prosas taurinas. Prólogo de Javier de Bengoechea, Valencia, Pre-Textos, 1996. Fig. n.º 48.– Portada del libro Poesía y prosas taurinas (Apud.: Gerardo Diego, 1996). Es sobradamente conocida la estrecha vinculación que algunos de los escritores del 27 establecieron con el mundo de los toros. Asu entusiasta taurofilia contribuyeron algunos factores circunstanciales (relación con José María de Cossío, el «único –como dice Jorge Guillén– que tuteaba a toda la grey» de los entonces jóvenes poetas del grupo en el Madrid de los años 20; amistad creciente con Ignacio Sánchez Mejías...) junto a otros de más calado estético, como fue la orientación neopopularista de varios de ellos, que los familiarizó con el fenómeno taurino y con el arte flamenco. En ambas manifestaciones estos autores vieron una referencia cultural de primer orden, no en el sentido romántico de un popularismo creador, anónimo y difuso, sino en el más cabal y moderno de creación personal y diferenciada. Cuenta Alberti en La arboleda perdida que el cantaor Manuel Torre habló una noche en Sevilla de su propio cante «con seguridad y sabiduría semejantes a las que un Góngora o un Mallarmé hubieran demostrado al hablar de su estética». Y algunos reconocieron en la persona de Ignacio Sánchez Mejías el don requerido por Bécquer y Juan Ramón Jiménez para la creación poética: el de la inteligencia, dimanada de su clarividente romanidad andaluza: «Aire de Roma andaluza/ le doraba la cabeza/ donde su risa era un nardo/ de sal y de inteligencia», dijo de él Lorca. YAlberti: «¡Qué hombre más exraordinario e inteligente aquel torero! ¡Qué rara sensibilidad para la poesía, y sobre todo para la nuestra, que amó y animó con entusiasmo, ya amigo de todos!». Guillén, finalmente, en su conocido prólogo a la edición de las lorquianas Obras Completas de Aguilar: «Lo más sorprendente es que Ignacio discurría con una de las cabezas más claras Rogelio Reyes Cano 220 de nuestro tiempo. En su mente no se embrollaban las ideas. Esa capacidad intelectual se extendía hasta los más finos escarceos irónicos». Esa ubicación del arte taurino en el ámbito de las Bellas Artes, y por lo tanto en el dominio de la inteligencia individual, supone un gran paso adelante en la apreciación histórica del fenómeno, más allá de la valoración antropológica y religioso-sacrificial que de la fiesta hicieron hombres como Antonio Machado y algunos escritores del fin de siglo. Paso que dieron los poetas del 27, a los que debemos, sin la menor duda, la más importante tipificación estética del fenómeno taurino, y en consecuencia, una aproximación literaria sanamente desenfadada y desprovista de cualquier prejuicio moral o social. Es en este contexto mental donde hay que encuadrar la rica, variada y sostenida producción de Gerardo Diego. Probablemente no hay en toda la poesía del 27 un texto taurino más conocido que el famoso Llanto lorquiano. Seguido, tal vez, de las Chuflillas del Niño de la Palma de Alberti y de Torerillo en Triana de Gerardo Diego. Pero en los dos primeros autores el tema de los toros, con ser importante, no dejó de responder a estímulos más o menos ocasionales. Ninguno de ellos se acercó, en efecto, a ese mundo de manera tan constante y sostenida como Gerardo Diego, a quien debemos un amplísimo corpus que ahora, con muy buen criterio, desglosado de su producción total, ha sido parcialmente recopilado y publicado por la editorial PreTextos en el año del centenario del nacimiento del poeta y que permite a los lectores interesados en el tema el fácil acceso a esa faceta taurófila de uno de los más importantes líricos de nuestro tiempo. Recensiones de libros 221 La continuidad en el tratamiento del tema es, sin duda, la primera nota distintiva de la literatura taurina de Gerardo Diego, quien parece acercarse al fenómeno desde la posición de aficionado cabal, de degustador espontáneo de la corrida, y no sólo desde el prisma puramente cultural y estético desde el que se acercaron otros escritores de la época. Prueba de ese fervor personal, y en él literariamente recurrente, es que dedica al asunto algunos libros específicos (La suerte o la muerte, El Cordobés dilucidado...) y no sólo poemas sueltos. Que lo hace desde el ámbito del verso y también desde el de la prosa; es decir, desde la inmediatez de la sensibilidad lírica o del deslumbramiento emocional, pero también desde una perspectiva más analítica y en cierto modo teórica, de auténtico intelectual que, a la manera orteguiana, piensa y se pronuncia discursivamente sobre los toros. Se ocupa por igual tanto de toreros antiguos, a los que apenas llegó a ver torear (como Joselito El Gallo) como de otros rigurosamente contemporáneos suyos (Belmonte, Domingo Ortega, Chicuelo, Manolete, Pepe Luis Vázquez, Aparicio, Dominguín...) e incluso de algunos extremadamente jóvenes en relación con la edad del poeta (El Cordobés, El Viti...). Se interesa, desde luego, y de modo preferente, por la personalidad de los espadas, pero no se deja en el tintero otros aspectos fundamentales de la fiesta como la condición del toro, el dramatismo de las cogidas, el papel de las cuadrillas, la variedad de lances, las diferentes suertes de la lidia o los espacios taurinos (cosos y plazas de tienta, dehesas y cortijos, faenas camperas...). Tampoco faltan leves pero certeras pinceladas sobre el mundo de la crítica profesional de toros o sobre la actitud de grandes escritores e intelectuales. Y todo ello, además, con cierta competencia técnica de aficionado, propia de quien está familiarizado con ese mundo y sabe Rogelio Reyes Cano 222 ver y analizar con rigor lo que tiene ante sus ojos. Este es, en mi opinión, otro de los rasgos diferenciadores de su literatura taurina, en contraste con la de otros poetas de su generación, atraídos por la emoción estética de la corrida pero ayunos de la información conceptual imprescindible para la cabal comprensión técnica de la misma. Competencia técnica que Gerardo Diego lleva, como es notorio, a la factura formal de sus versos, con su ya proverbial variedad de metros, desde construcciones endecasilábicas de severidad clásica a garbosas canciones y seguidillas de inspiración popular, buscando muchas veces una adecuación rítmica y elocutiva al lance, a la suerte o a la situación que quiere describirse, en un intento de establecer analogías entre el arte taurino y el arte literario. Un total de 107 poemas Recensiones de libros 223 Fig. n.º 49.– Gerardo Diego con Juan Belmonte, 1948, Fot. de S. Miranda (Apud. Gerardo Diego, 1996: 235). (84 de La suerte o la muerte; 17 de El Cordobés dilucidado y 6 de Carmen jubilar) que reflejan magistralmente muy diferentes aspectos del complejo fenómeno taurino y que ilustran en buena medida lo más relevante de la historia del toreo del siglo XX, captada en verdaderas instantáneas líricas por un espectador de excepción. En cuanto a su obra en prosa, el libro recoge un total de 53 textos, la mayoría de ellos extraídos de periódicos y revistas en las que G. Diego colaboró de manera esporádica pero abundante. Son por lo general artículos breves, centrados en un torero, un acontecimiento o un motivo taurino ocasional, escritos en un tono ensayístico, ligero y distendido, pero notablemente enjundioso. Esta interesante recopilación va precedida de un prólogo de Javier de Bengoechea, muy breve pero muy certero en su apreciación sinóptica de lo que el mundo de los toros significó para el poeta santanderino. Resalta así, con toda razón, su capacitación técnica para emitir «unos juicios con conocimientos de causa»; su respeto a las diferentes formas –aun las más heterodoxas– de ejecutar el toreo; su preferencia por el toreo artístico y depurado, sin negar la pertinencia del toreo-lidia; y su defensa de la licitud moral de la fiesta en nombre de la emoción estética y de la catarsis purificadora de la colectividad. El libro, cuidadísimo en la calidad del papel, en la disposición formal de los textos y en la letrería, presenta una factura tipográfica impecable, y está ilustrado con pocas pero interesantes fotografías. En ese sentido constituye un valioso documento para el lector interesado en la literatura taurina, que por primera vez tiene la posibilidad de acceder a esa específica pero extensa parcela temática del autor. Cumple, pues, suficientemente el objetivo divulgador que al parecer persigue. Rogelio Reyes Cano 224 Estimo, sin embargo, que una obra de esta naturaleza, para la que se ha hecho un indudable esfuerzo recopilador y editorial, hubiese acrecentado su interés y su valor de haber ofrecido, además de la excelente síntesis interpretativa de los perfiles estrictamente taurinos del autor que tenemos en el prólogo, una más amplia información técnica sobre fuentes editoriales, cronología de los libros y de los poemas (tal como se ha hecho en el caso de la prosa) posibles variantes, criterios de selección y disposición de los textos, etc., es decir, el mínimo andamiaje filológico que este tipo de obras requiere y que puede suministrar a un lector algo más especializado datos muy necesarios para entender mejor su diacronía. También hubiese sido pertinente, en mi opinión, una más extensa consideración sobre el significado específicamente literario de los poemas y artículos, y en particular una clasificación de temas y motivos taurinos, de géneros poéticos y de formas métricas; y tal vez una mínima incursión por las posibles fuentes y estímulos literarios (cultos y populares) que puedan estar en el origen o dar claves para una mejor comprensión de la literatura taurina de Gerardo Diego, que de ese modo habría quedado mejor y más rigurosamente definida en el contexto de toda su producción y en el de las de sus contemporáneos. Rogelio Reyes Cano Fundación de Estudios Taurinos Recensiones de libros 225