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Un retortijón en el alma: Once cuentos al estilo de Raymond Carver

Quintana Porras, Javier

Abstract

Se trata de un libro de relatos cortos que siguen la estela, en mayor o menor medida, del estilo narrativo de Raymond Carver. Por ello, se plantean como objetivos el análisis estilístico de la obra carveriana para, posteriormente, aplicar y poner de manifiesto dichas características en los relatos adjuntos. Se estudiará, asimismo, el grado en que estos relatos se ajustan al prototipo de cuento carveriano y tratarán de dilucidarse posibles motivos por los que se aproximan o distancian del mismo.

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TRABAJO DE FIN DE MÁSTER Un retortijón en el alma: Once cuentos al estilo de Raymond Carver Alumno: Javier Quintana Porras Tutor: José Carlos Carmona Sarmiento Modalidad: TFM de creación literaria Convocatoria: 2019-2020 Máster en Escritura creativa Facultad de Comunicación, Universidad de Sevilla Vº Bº Tutor (Firma del profesor) CARMONA SARMIENTO JOSE CARLOS - 25059458S Firmado digitalmente por CARMONA SARMIENTO JOSE CARLOS - 25059458S Fecha: 2020.11.09 23:24:47 +01'00' ÍNDICE RELATOS TEMÁTICA Hermanos (Evasión) 1 Parecidos (Añoranza) 13 Regresión (Derrota) 20 Dueño, amo y señor de uno mismo (Tropiezo) 31 Un retortijón en el alma (Deseo) 37 Vigilia (Catarsis) 48 Leptospirosis (Libido) 54 Esos quince minutos que paso a oscuras en el garaje (Discordia) 60 Jaulas (Evolución) 67 Apariencias (Hipocresía) 73 Hogar sano, muebles brillantes (Compañía) 79 MEMORIA JUSTIFICATIVA 1.- Punto de partida de la creación: objetivos y fundamentos 89 1.1.- Objetivos 89 1.2.- Fundamentos 89 2.- Estructura de la composición 93 3.- Técnicas y estilos ensayados 95 4.- Dificultades y soluciones 101 5.- Resultados 109 6.- Bibliografía consultada y aplicada 111 HERMANOS La campana del colegio indica el fin de la jornada escolar. Miguel emprende el camino de regreso a casa. Los adoquines de las calles del pueblo están húmedos y resbaladizos. Hace varios días que una capa de nubes grisáceas impide brillar al sol, pero nunca termina por llover. Es como el preludio sempiterno de algo que nunca llega. A nadie parece gustarle este tiempo: todo el mundo se queja del pelo encrespado y del frío que te cala los huesos. Los pastores en especial maldicen tener que llevar al monte a las ovejas en tales condiciones. «Ahí arriba hace tanto frío que me salen carámbanos en los pelos del bigote», le había dicho el pastor José a Miguel. Se trata de un señor afable y bonachón, siempre sonriente. Pero no ese día. Ese día José estaba inusualmente serio mientras hablaba con el chico. Su hermano mayor, Víctor, dice que la gente mayor se deprime con más facilidad en días así. También sus padres están más apagados últimamente, y Miguel los oye discutir con frecuencia a través de las paredes. Su madre siempre menciona el nombre de otra mujer, y siempre que ese nombre sale a colación, su padre o bien calla o estalla en gritos de cólera. Víctor suele llevarlo de excursión por el pueblo o la montaña cuando eso sucede, por lo que nunca tiene ocasión de escuchar la discusión entera. Cuando vuelven, ya pasado el crepúsculo, encuentran a sus padres preparando la cena. Ya no discuten, pero tampoco hablan entre ellos. Y tienen la tez mortecina, como los días sin sol en los que se ha sumido todo el pueblo. Miguel está pensando en ello cuando Borja y Rafa lo sorprenden por la espalda. Lo toman de los hombros, uno a cada lado. ―Mira a quién tenemos aquí ―dice Borja―, es Miguel, ¡el escurridizo! ―¡Y que lo digas! ―corrobora Rafa―. No veas cómo se las piró en cuanto nos vio aparecer hoy en el recreo... ―Sí, le faltó tiempo para ponerse detrás del profe de turno... 1 ―¿Qué pasa, Miguel? ―Rafa le da un codazo―. ¿No éramos amigos? ¿No nos dijiste que ibas a compartir con nosotros tus desayunos? El otro día parecías tan dispuesto... ―Tí-tíos, yo... ―dice Miguel, pero Borja lo corta: ―Sí, y encima hoy el cabrón traía un paquete tremendo de galletas Oreo. Seguro que nos rehuyó para comérselas todas solo el muy hambrón... ―Conque Oreos, ¿eh, Miguel? ―Le da un codazo algo más fuerte. ―A-a-aún tengo al-algunas en la mochila si... ―Ya no las queremos, Miguel. Ya no tenemos hambre... ―¡Yo sí! ―exclama Borja. ―El momento de compartir y mostrar generosidad ha pasado. Y la has cagado, pardillo. La has cagado bien. Lo agarran del cuello y lo tiran de bruces al suelo. Miguel frena la caída con las manos, que se les raspan del roce con el asfalto. ―Te cedo la primera, Borja ―dice Rafa haciendo una reverencia. Borja le propina una patada al chico en pleno estómago. Miguel suelta una exhalación ahogada. Luego, recibe un puntapié de Rafa, esta vez en las nalgas. Podría distinguir de quién es cada golpe con los ojos cerrados: Borja siempre le zurra a desgana y por orden de Rafa; pero Rafa le atiza con todas sus fuerzas, pone toda su energía en cada impacto y suelta pequeñas exclamaciones al golpear, como los tenistas. Las patadas de Borja le duelen; pero las de Rafa hacen que se le salten las lágrimas. Enseguida se ve envuelto en una vorágine de porrazos, y ya ni siquiera es capaz de discernir de dónde le vienen. Pero sigue apreciando el toque personal en los de Rafa, y en ese momento, mientras está tirado en el suelo recibiendo patadas por delante y por detrás, le da por preguntarse qué puede haber hecho para que ese psicópata la haya tomado con él en concreto. Cuando los golpes cesan, siente un alivio infinito, pese a que tiene dolores como punzadas por todo el cuerpo. Nota una sacudida por detrás, en la mochila. ―Pensándolo mejor, nos las llevamos. ―Es la voz de Rafa. Viene de muy lejos―. El ejercicio me ha dado apetito ―dice, y se echa a reír―. Todo tuyo, Borja. Riégalo ―dice luego. 2 Miguel oye un sonido ínfimo, como el rumor de un río lejano. Y después la risa de Rafa de nuevo. ―Joder, Miguel, hoy vas a dormir calentito. ―Se echa a reír otra vez, y Borja se le une. ―Oye, no te comas todas las Oreos ―se queja Borja―. Dame algunas, tío. ―Cuando te hayas lavado las manos ―replica Rafa. Luego, se alejan, y Miguel deja de escuchar sus voces al fin. Tarda un poco en incorporarse; siente como si todo su cuerpo fuese una gran bola de dolor pulsátil. Consigue sentarse con dificultad. Entonces nota la espalda mojada y oye como un goteo... ―No, no, no... ―dice. Se quita la mochila a toda prisa―. Joder, no... ―dice al ver que es ésta la que gotea―. ¡Joder, joder, joder! ―dice luego, cuando la huele y comprueba que se trata de pis de Borja. Saca los libros lo más rápido que le permiten sus magulladas manos; pero éstos están también empapados en meado―. ¡Menuda mierda, joder! Al cabo de unos minutos, Miguel se resigna y reemprende la marcha cojeando, dolorido y apestando a orina. Cuando Miguel llega y abre la puerta, encuentra la casa vacía. Aprovecha para poner una lavadora con la ropa sucia y la mochila. Luego, lleva los libros al baño del segundo piso y les da por encima con el secador. Todavía huelen raro, pero al menos están secos. Después, se lava las manos con jabón ―aprieta los dientes: los rasguños le escuecen― y se echa Betadine en las heridas. Finalmente, se aplica un poco de pomada en los moratones de la barriga y en las zonas de la espalda adonde le alcanzan las manos, y se pone ropa limpia. En ese momento, oye abrirse la puerta principal. Se asoma: son sus padres, cargados con las bolsas de la compra. Tienen el rostro cetrino y parecen agotados. Miguel baja las escaleras. ―¿Queréis que os eche una mano, mamá? ―No, cielo, no te preocupes. ¿Has puesto tú esa lavadora? ―Sí. Resbalé volviendo a casa y me pringué de barro. Perdona. 3 ―Ah, bueno. Qué se le va a hacer... Anda, sube a tu cuarto o ponte a ver la tele; en un rato estará la comida. Miguel se marcha a su habitación. Escucha a su padre decir: ―Podrías haberle preguntado si se ha hecho daño o algo. Igual se ha magullado las rodillas. ―¿Y por qué no se lo has preguntado tú? ―dice ella―. ¿Por qué tengo que ser yo la que caiga en la cuenta de todo? ―Olvídalo ―dice él―. No estoy de humor para otra discusión. ―¡Claro! ¡Olvidémoslo todo, ¿por qué no?! Luego, su madre enciende el extractor y éste se traga el resto de la conversación. Un rato después, su hermano vuelve del trabajo. Saluda a Miguel desde el umbral de la puerta. ―¿Qué tal en el cole, enano? ¿Algo digno de mención? ―le pregunta. ―Todo como siempre ―dice Miguel―. ¿Qué tal en la carnicería? Víctor trabaja como ayudante del carnicero del pueblo. El carnicero es un viejo conocido de la familia; le ofreció el puesto en cuanto terminó el instituto. El muchacho nunca había sido muy amigo de los libros ni del estudio, por lo que aceptó el trabajo sin contemplaciones. ―Ya sabes ―dice él―. El jefe siempre se lleva la mejor parte: él corta, degüella y despelleja. Yo sólo me deshago de las sobras malolientes y esas cosas. ―Miguel no puede evitar sonreír: le hace gracia el modo en que su hermano habla siempre del oficio―. Por cierto, esta tarde subiré al monte, a cazar unos cuantos conejos y alguna perdiz. ¿Te apuntas? Te enseñaré a poner trampas si quieres. Un par de días a la semana, Víctor sale de caza. Todas las piezas que recolecta las lleva luego a la carnicería, y su jefe se lo hace notar en el sueldo. ―¡Claro! ―contesta Miguel. ―¿Qué te ha pasado en las manos? Las tienes llenas de cortes... ―Tropecé mientras volvía; el suelo resbala. ―Deberías tener más cuidado, Miguel ―dice enarcando las cejas, y se va. Miguel se mira las manos y se sopla en las heridas. Piensa en cuando se hayan curado y ya no le molesten al agarrar cosas. * * * 4 El almuerzo transcurre en silencio, como de costumbre. ―Voy a preparar el equipo, Miguel ―dice Víctor una vez han terminado―. Mientras tanto, cepíllate los dientes y piensa qué se te apetece para merendar. Podemos pararnos en la pastelería y comprarle algo a Beca, si te parece bien; nos coge de camino. ―¿Os vais? ―inquiere su madre―. ¿Adónde? ―A cazar bichos al monte. ―Víctor deja su plato vacío en la pileta. ―¿Al monte? ¿Con este tiempo? Podría diluviaros en cualquier momento. ―Déjalos, mujer ―interviene el padre―. Que hagan ejercicio, les sentará bien. Ella vuelve la cabeza hacia él. ―Te lo haré recordar cuando tengamos que comandar una patrulla para ir a buscarlos. ―Por favor, no empecéis ―dice Víctor―. El tiempo lleva así toda la semana, nuboso, sin lluvia. No pasará nada. ―En fin, haced lo que queráis ―dice ella―. Al fin y al cabo, nada puedo hacer por remediarlo: salís a vuestro padre. El padre, que está sacudiendo las migas del mantel, se detiene al oír eso. ―Eh, ¿qué es lo que insinúas? ―Su tono ya no es el de una conversación. Miguel contempla la escena sin decidirse a subir las escaleras. ―Miguel, los dientes ―dice Víctor con firmeza. Miguel obedece. Alcanza a oír a Víctor decir en voz baja―: Por favor, nos iremos enseguida; pero delante de él no, por favor. Luego, nadie dice una palabra más; pero el mantel es sacudido con más fuerza de la necesaria y los platos de la pila hacen más ruido del que debieran, como si alguien los hiciera chocar entre sí a propósito. Deciden parar a comprar dulces y pastelitos salados en la pastelería. Beca los atiende con su habitual sonrisa. Tiene la edad de su hermano, y está estudiando para ser enfermera; entretanto, colabora en el negocio familiar. Víctor siempre encuentra una excusa para ir a la tienda. Miguel nota que su hermano se comporta diferente cuando Beca está presente: habla más despacio, como si midiera sus palabras, y suele agachar la cabeza cuando ella lo mira directamente a los ojos. Pero nunca hablan de ello. Al salir de la tienda, Víctor vuelve a ser Víctor. 5 ―Vamos ―dice―, aprovechemos las horas de claridad. Y aprietan el paso hasta adentrarse en el bosque. Víctor lo lleva por los caminos acostumbrados. Su hermano suele alardear de haber desarrollado un mapa mental del coto ―a veces delante de Beca, aunque a la chica no parece impresionarle mucho―, y lo cierto es que en muy pocas ocasiones ha regresado a casa con las manos vacías. En cuanto empiezan a ganar altura, dejan de conversar y, cuando han de comunicarse, lo hacen mediante susurros. Víctor le ha explicado que la mayoría de animales tiene un oído dos o tres veces más agudo que el de los humanos. También le ha enseñado a caminar sin hacer ruido. «Cuando juegas al fútbol, ejercitas las piernas; cuando echas una partida de ajedrez, fortaleces el cerebro; y cuando sales a cazar, desarrollas la paciencia». Es algo que dice a menudo. Ascienden en silencio durante veinte minutos; luego, Víctor para en seco y le hace señas a Miguel para que se acerque. ―Mira, ahí ―dice en voz muy baja, y apunta con el dedo unos metros más allá―. ¿Lo ves? Miguel mira en la dirección que indica. En un pequeño escalón de tierra pedregosa, divisa un agujero: ¡una madriguera! ―¿Conejos? ―inquiere. ―Seguramente. Ahora será mejor que nos alejemos un poco: preparar la trampa hará un poco de ruido. Ven, por aquí. Desandan un trecho del camino. Víctor examina los árboles del entorno hasta dar con un tronco con una rama baja que le llega a la altura de los hombros. Luego, saca varios artilugios de su mochila y empieza a montar la trampa. ―Ven, ayúdame. Sujeta este trozo de cuerda y ténsalo cuando te indique. Ésta que voy a enseñarte es un poco más aparatosa que las anteriores ―explica―; pero merece la pena porque mola un montón. ―Sonríe y le guiña un ojo. La trampa consiste en una pequeña red oculta bajo hojarasca. Víctor ha usado la rama baja del árbol para atar una cuerda que conecta directamente con la red. ―Creo que me hago una idea de lo que va a pasar ―dice Miguel. ―Esperemos que funcione. Es la primera vez que hago una así. Los cazadores del pueblo no han sabido orientarme sobre este tipo de cepos: decían que son muy 6 PARECIDOS Eduardo, cargado de carpetas y papeles, atraviesa a toda prisa los pasillos de la universidad en busca del aula donde le toca impartir clases. Cuando por fin da con ella, encuentra a los alumnos hablando y formando barullo. Entra, pide un poco de silencio y se sacude la camisa repetidas veces para refrescarse. Es septiembre, comienzo de curso. Y el curso, al igual que el resto de años, empieza con el aire acondicionado estropeado y dos enormes cercos de sudor bajo las axilas. Echa un vistazo a las caras de su auditorio: son estudiantes de primer curso, algunos sonríen, otros lo miran expectantes y la mayoría tiene granos en cada rincón de la faz. ―Bueno ―dice Eduardo―, muy buenas a todos y a todas. Me llamo Eduardo José Cavanillas. Historia del Derecho no es una asignatura fácil ni demasiado amena, pero, por suerte para vosotros, yo soy muy buen profesor. A continuación, Eduardo pone en el proyector la misma presentación con diapositivas que utiliza todos los años y comienza a explicar los criterios de evaluación de la asignatura. ―Profesor. ―Una alumna levanta la mano. Eduardo se vuelve hacia la clase. ―¿Sí? ¿Quién ha preguntado? ―dice buscándola con la mirada. ―Yo, profesor. ―La chica vuelve a alzar el brazo. Cuando Eduardo la localiza, se queda contemplándola con la boca entreabierta durante varios segundos, en silencio. La clase los mira con curiosidad. La chica se remueve en su asiento y carraspea. ―Esto... ¿Profesor? ―vuelve a decir con la frente arrugada y las mejillas sonrojadas. ―Sí, perdón. ―Eduardo se aclara la voz―. Dime, Elisabeth. ―En realidad, me llamo Cecilia. ―Cecilia ―repite Eduardo. Se oyen algunas risas ahogadas entre los oyentes. 13 ―Sí, yo... quería preguntarle por la asistencia a las clases teóricas. Verá, yo es que tengo un trabajo y... ―¿Me estás preguntando si puedes faltar? ―la interrumpe él. ―Sólo a las clases teóricas ―dice Cecilia―. A las prácticas ya me las arreglaría para poder venir... Eduardo niega con la cabeza. ―De ningún modo. La asistencia es de carácter obligatorio. ―De hecho ―interviene un chico rubio sentado dos filas por detrás―, en la guía de la asignatura... en esa guía ―señala la diapositiva que está proyectada en ese momento― pone que es opcional... Todas las cabezas se giran hacia Eduardo. El profesor se airea la camisa. Tiene la frente perlada de gotas de sudor. ―Sí, bueno, la guía. ―Ríe―. Podéis faltar, en efecto; pero es altamente desaconsejable que lo hagáis, dado que... puntuaré vuestra asistencia a la teoría. ―El año pasado no lo hizo ―dice una chica de la primera fila. ―Ah, hola, Alicia. No te había visto ―dice Eduardo―. Encantado de tenerte de nuevo por aquí. ―Alicia tuerce la boca―. Ya. Eso es porque he decidido empezar a hacerlo este año. ―Se oyen algunos resoplidos. Eduardo saca un folio en blanco de su maletín―. De hecho, tomad. Firmad ya, que luego se olvida. Así que, resumiendo, Elisabeth... ―Cecilia ―replica la aludida. ―Sí, eso, Cecilia. La cuestión es que te sugiero que vengas. La asignatura no es sencilla, Alicia te lo puede corroborar. Las clases teóricas son indispensables para comprender el material objeto de examen. ―Dios, pues no sé cómo lo voy a hacer... ―dice Cecilia con la cabeza gacha. ―Confío en que encontrarás la manera. ―Eduardo le dedica una sonrisa―. Me disgustaría no verte por mis clases, Elisa... Cecilia ―se corrige. Cecilia lo mira a los ojos. Luego, baja la mirada hasta el cuaderno―. Bien, ¿por dónde íbamos? ―dice Eduardo―. Ah, sí. ―Y prosigue con la explicación. ―... y ésas serían, en definitiva, las directrices del trabajo que quiero que me entreguéis antes del examen. ¿Alguna pregunta? ―La clase guarda silencio. Se oyen las dos o tres 14 toses propias del mes de noviembre―. Entonces, podéis marcharos ―sentencia Eduardo, y empieza a borrar la pizarra. Luego, se sacude las manos, se da la vuelta y echa una ojeada a los rezagados que aún están recogiendo sus cosas. ―¡Hombre, Elisabeth! ―exclama con una sonrisa, y se acerca al pupitre de la estudiante, que trata de dar un poco de orden a sus apuntes antes de meterlos en el archivador―. Me alegra que al final estés pudiendo asistir a las clases. ―Cecilia ―dice ella. ―¿Eh? ―Eduardo frunce el entrecejo. ―Me llamo Cecilia, no Elisabeth. ―Ah, sí, por supuesto. Discúlpame, es una manía que tengo ―se excusa el profesor―. Y dime, Cecilia, ¿qué tal? ¿Cómo van las clases? ¿Te enteras de todo? ―Bueno, eso intento ―responde la chica mientras guarda papeles―. Aunque a veces me hago un cacao con tantas fechas. ―Bueno, no te agobies; todo se trata de amoldar la memoria. ―Claro. Supongo ―dice ella. Casi ha terminado de recoger. Eduardo carraspea. ―¿Y qué hay del trabajo? ―dice al cabo―. Si tienes alguna duda, te puedes pasar por el despacho cuando quieras. ―No, gracias, no creo que me haga falta. Me ha quedado bastante claro. ―¿Estás segura? ―inquiere Eduardo―. Ten en cuenta que es el 30 % de la nota. Además, puede que hasta te ofrezca una taza de té si me pillas de buen humor. Lo hago yo mismo, ¿sabes? La mayoría de los profes se conforman con beber ese lodo de las máquinas expendedoras que hacen pasar por café. ―El profesor ríe―. En fin, piénsatelo. Cecilia se levanta. Se echa la mochila al hombro. ―Lo tendré en cuenta, gracias ―dice. Esboza una leve sonrisa y se despide de él. Se reúne con una amiga que la espera en el umbral de la puerta. Eduardo alcanza a escuchar un extracto de la conversación. ―Tía, ¿qué coño hacías? ―dice la amiga. ―Perdona, Lu, es este profesor. Creo que se está enamorando de mí o algo así ―responde Cecilia. Y luego una de las dos finge tener una arcada. 15 * * * ―... y tampoco ha incluido usted ninguna fecha clave. Entenderá ahora el porqué de la nota que le he puesto, ¿verdad? Mientras el estudiante contempla su examen suspenso, Eduardo se sirve una taza de té y coloca las manos alrededor de la tetera portátil. Es diciembre, y su despacho no dispone de ningún sistema de calefacción. Las ventanas están cerradas, lo cual no impide que algunas briznas de gélido aire se cuelen por las rendijas y le provoquen escalofríos. ―Comprendo todo lo que dice, pero... ―El joven se mira las rodillas―. No sé, estoy a tan pocas décimas de la nota mínima. Y creo que algunas preguntas están mejor de lo que me las ha puntuado. ¿Qué hay, por ejemplo, de ésta? Me parece que la respuesta es bastante completa pese a que no haya puesto fechas... Eduardo coge el examen y lee por encima la pregunta que le indica el muchacho. Después, levanta la vista del papel y dice: ―¿Sabe qué? No tengo por costumbre hacer esto; pero me ha cogido con el espíritu navideño a flor de piel. ―Saca un boli rojo del lapicero y garabatea en la primera página del examen―. Sólo por esta vez voy a obviar la ausencia de fechas y voy a subirle un par de décimas la puntuación. Créame, no va a recibir usted mejor regalo estas Navidades. El estudiante se agarra a los brazos de la silla y se inclina hacia delante. ―Entonces... ¿eso significa que estoy aprobado? ―No se confíe y estudie más y mejor para el siguiente cuatrimestre ―dice Eduardo―. Y ahora, si es tan amable, haga pasar al siguiente. El profesor lo despide con un aspaviento. El estudiante se levanta con pesadez y abandona el despacho. Antes siquiera de que la puerta termine de cerrarse, un grito triunfal recorre todo el pasillo. Eduardo niega con la cabeza y resopla. Instantes después, entra en el despacho Cecilia. Lleva carmín rojo en los labios. ―¡Dichosos mis ojos! ―exclama Eduardo―. Mira quién se ha dignado por fin a hacerme una visita... ―Qué remedio... ―murmura Cecilia, y toma asiento. ―¿Quieres un poco de té? ―inquiere él―. La última vez que hablamos te prometí una taza. 16 ―No, en realidad... ―Insisto ―dice Eduardo, y vierte un poco de líquido humeante en un vaso de cartón desechable. ―De acuerdo. Está bien. ―Cecilia toma un sorbo y deja el vaso encima del escritorio. La silueta de su labio inferior ha quedado estampada en rojo en el borde del recipiente. ―Muy bien, echemos un vistazo a tu examen. ―El profesor coge la pila de exámenes y comienza a buscar el de la alumna―. Hum... Qué extraño... ―dice al cabo de unos segundos―. No encuentro tu examen. ¿Estás segura de habérmelo entregado? ―Completamente ―dice ella―. Pero ¿está buscando a Cecilia o a Elisabeth? Eduardo se golpea la frente con la palma de la mano. ―¡Por supuesto, por supuesto! ―dice, y se ríe―. Cecilia. Perdóname, estoy empeñado... ¡Ah! Aquí está tu examen. Cuatro con seis, ¡por qué poco! ―Chasquea la lengua y a continuación bebe un poco de té―. A ver, a ver... ―dice ojeando sus correcciones―. Ah, las fechas, justo lo que le ha pasado al anterior... ¿Qué os pasa con las fechas? ―Ya le dije que se me atascaban ―dice Cecilia. ―Aparte de eso ―prosigue Eduardo―, algunas respuestas están desarrolladas muy pobremente y... ―Profesor ―lo corta la estudiante―, sé que oirá esto muy a menudo, pero es que... necesito aprobar esta asignatura. Lo necesito de verdad. ¿Recuerda que el primer día de curso le dije que trabajaba? Pues tuve que dejarlo para poder venir a sus clases. Le he dedicado tantas horas a esto... Probablemente, sea la asignatura en la que más tiempo he invertido. Y es que... estoy tan cerca del aprobado... ¿No sería posible rascar puntos de alguna pregunta? ―La chica tiene las manos entrelazadas, como si suplicase. Eduardo se echa hacia atrás, dejándose caer sobre el respaldo de su silla almohadillada. Junta las yemas de los dedos de ambas manos y mira fijamente a Cecilia, en silencio. Fuera, el viento sopla con fuerza, haciendo traquetear la ventana del despacho en un par de ocasiones. La joven le da pequeños pellizcos a la tela de sus medias mientras espera una respuesta. Finalmente, el profesor separa las manos, entrecierra los ojos y suspira. 17 ―Cecilia ―dice―, nada me gustaría más que verte salir por esa puerta con un aprobado; pero me temo que no puedo hacer eso. ¿Qué clase de profesor sería si le regalase las décimas restantes a todo el que entra en mi despacho? La chica se queda callada. Deja caer los hombros y la cabeza, y se queda mirando al suelo durante unos instantes. Luego, le entra el llanto y algunas lágrimas resbalan por sus mejillas, llevándose consigo los polvos del maquillaje. ―Oh, no. No llores. ―Eduardo se inclina hacia delante―. Cecilia. Cecilia, mira. ―La alumna levanta la mirada. El profesor le ha dado la vuelta a un marco de foto que tiene en la mesa. En la fotografía aparecen él y una adolescente muy parecida a ella, aunque varios años menor―. Ésta es Elisabeth. Mi hija. Por eso yo siempre... ―Sonríe―. Es asombroso lo mucho que os parecéis. El primer día de clase incluso se me pasó por la cabeza que podías ser ella. Yo... hace mucho que no la veo. ―¿Por qué? ―pregunta Cecilia, haciendo lo posible por contener el llanto. ―Ella se... se puso de parte de su madre en el divorcio. Me dejó bien claro que no quería que me acercase más a ella, y yo... no quise presionar la situación. Pero sois clavadas. Como dos gotas de agua. ―El profesor se ríe―. Es... reconfortante ver una cara como la suya después de tanto tiempo. ¿Sabes?, me has... me has ayudado mucho sin siquiera pretenderlo. Gracias, Elisabeth. Ambos guardan silencio durante algo más de un minuto. Eduardo observa la fotografía con su hija y, de vez en cuando, esboza sonrisas sutiles. Cecilia, aún con lágrimas en los párpados que no se deciden a resbalar, mira por la ventana y se muerde el labio inferior. En alguna calle cercana, empieza a sonar el pitido de la alarma de un coche. ―Ayúdeme ―dice Cecilia de repente, rompiendo el silencio y la atmósfera. ―¿Cómo dices? ―pregunta Eduardo, recuperándose de su ensimismamiento. ―Usted dice que yo le he ayudado. Pues bien, ayúdeme ahora usted a mí. Así estaremos en paz. ―No, oye, esto no funciona así. ―Eduardo devuelve el marco a su sitio―. Te ayudaré siendo generoso al puntuar tus exámenes el curso que viene, cuando me hayas demostrado que puedes hacerlo mejor. ―Mejor... ―murmura Cecilia―. Gracias por todo ―dice de improviso, y se levanta de un salto. 18 ―Haz pasar al siguiente si eres tan... ―Yo era la última ―dice con sequedad. Cecilia agarra el picaporte. ―Elisabeth, espera. No te vayas. Cecilia se gira. Sus ojos brillan unos instantes; pero se apagan al ver al profesor tendiéndole el vaso de cartón con té. ―Te olvidas tu té ―dice. ―Quédeselo ―le espeta, y desaparece tras un pequeño portazo. Eduardo mira el vaso de cartón. Aún está caliente. Arrastra su silla junto a la ventana y se sienta a contemplar el paisaje, con la bebida de Cecilia entre las manos, cerca de la entrepierna. Vuelve a bajar la vista al vaso. Observa el carmín pegado al cartón. Pasa un dedo por encima de la marca, y éste se impregna del pintalabios. Luego, se lo coloca bajo las fosas nasales y lo huele, y después se lo mete en la boca. Cuando el dedo sale, aunque húmedo, ya no hay ni rastro de carmín. ―Elisabeth, Elisabeth... ―dice Eduardo mirando por la ventana―. Mi pequeña y dulce Elisabeth... El vaso de té aún despide pequeñas nubes de vapor que se pegan al cristal de la ventana y lo empañan. Las formas que ahora se ven a su través son grises y obtusas, se confunden unas con otras y casi ninguna es lo que aparenta. 19 REGRESIÓN 22 de mayo de 2018 ―Nena, definitivamente tu madre acertó con el vestido: estás arrebatadora ―dice Luci. Permanece unos segundos más contemplándola con sus grandes ojos azules. Luego, se aproxima, la atrae hacia ella cogiéndola por la cintura y le planta un beso en los labios―. Quién sabe, lo mismo hasta mojas esta noche y todo. Ella le sonríe. Se vuelve para verse en el espejo de la habitación. El vestido es de color verde esmeralda, con tirantes y lentejuelas, y bastante ceñido. Le aprieta un poco en la zona del pecho y, de vez en cuando, alguna lentejuela se le clava en las nalgas. Sin embargo, su madre ha insistido tanto en que ése era el vestido que al final tuvo que ceder y resignarse. Su madre es de esas mujeres que dicen que para lucir hay que sufrir, y siempre que la ha visto ir en chándal a la facultad, ha suspirado. Hoy es su graduación, y su madre no deja de sonreír y llevarse las manos a la boca cada vez que entra en la habitación y la ve con el vestido. ―Reconoce que una graduada con mención honorífica no puede subir al escenario vestida de cualquier manera ―dice―. Que no te dé reparo destacar, cariño. Al fin y al cabo, eres la biotecnológica más joven de tu promoción, ¿no es así? ―Biotecnóloga, mamá. Se dice biotecnóloga. ―Bah, como sea ―replica ella, y se afana en dar los últimos retoques al peinado de la joven. Luci se ríe desde el umbral. Cuando su madre no mira, le hace un par de guiños sugerentes y algún que otro gesto obsceno y prometedor con la pelvis. Luci siempre bromea con el sexo, excepto cuando lo practican. Una vez en el acto de graduación, todo son flashes de cámara, estrechamientos de manos y besos en las mejillas. Su madre no se despega del teléfono móvil, arrastrándola 20 aquí y allá para hacerle fotos, como si fuera una muñeca de porcelana portable. Por otro lado, Luci no para de darle apretones en el culo cuando nadie la ve, lo que hace que se sobresalte y que las lentejuelas del vestido se le vuelvan a clavar allí donde la ropa interior no alcanza. Ella le da un manotazo cuando vuelve a intentarlo, lo que a la otra chica le provoca una carcajada. Luci la toma por la cintura y le estampa un enorme beso en la cara. ―Eres una pesada ―le dice ella, y acto seguido la agarra también de la cintura. ―No sabes cuánto, Amanda. Ni te lo imaginas. Sobre todo, con las chicas guapas. ―Amanda le da una palmada en el trasero a su novia a modo de réplica. Luci da un respingo. Luego, acerca la boca a su oreja y le dice―: Si vuelves a hacer eso, conseguirás ponerme cachonda, Amandita. ―Tú naciste cachonda ―contesta Amanda. ―Correcto; pero tu pobre madre no tiene por qué enterarse hoy. Eso hace reír a Amanda. ―Anda, déjame en paz un rato. ―Vale. Pero sólo un rato ―dice Luci, y se aleja. Un poco después, el acto da comienzo. Cuando pronuncian el nombre de Amanda, la chica se levanta, sube al escenario y recoge el diploma que le tienden los profesores entre besos, sonrisas, apretones de manos y alabanzas. Posa con el diploma para el público, que aplaude con vehemencia. Su madre dispara fotos a diestro y siniestro, como una Clint Eastwood con smartphone; Luci llora y sonríe al mismo tiempo. Todo a su alrededor brilla: las luces, los flashes, los rostros de los asistentes... Incluso ella: las lentejuelas del vestido reflejan el resplandor de los focos y despiden pequeños destellos verdes en todas direcciones. En sus discursos, los profesores hablan de Amanda Robles como «una alumna ejemplar» y le auguran «un porvenir repleto de oportunidades, crecimiento y realización». Amanda Robles es, dicen todas las bocas, una promesa para el panorama de la biotecnología, un prodigio abocado al triunfo más rotundo. 11 de abril de 2019 Son las seis de la tarde. Amanda sigue en pijama. Se ha levantado para desayunar. Luego, ha pasado alrededor de veinte minutos en el baño. Después, ha regresado a la 21 cama, donde ha permanecido durante el resto de la mañana. Al rato ha salido de la habitación para almorzar y, al terminar, ha vuelto a meterse entre las mantas. Ahora está con el móvil: escribe tuits, mira vídeos en YouTube y cotillea las fotos de las personas a las que sigue en Instagram. Alguien llama a la puerta. ―¿Puedo pasar o te estás haciendo un dedo? ―pregunta Luci. ―¿Contraseña? ―Amanda bloquea la pantalla del teléfono y se incorpora un poco. ―Traigo tus putas piruletas. ―Luci agita una bolsita de plástico. ―Me vale. Adelante. Luci entra y le lanza la bolsa de caramelos a la cama. Se quita la chupa de cuero y cuelga el bolso en el respaldo de una silla. ―Joder, Amanda. Pareces una leona en celo. ¿Has oído hablar de los beneficios de ducharse? ―La higiene personal está sobrevalorada. ―Saca una piruleta de la bolsa y se la mete en la boca―. Además, tenía entendido que mi sudor te atraía... ―¿Me quieres hacer creer que el rollito de vagabunda es por mí? ―Es todo para ti ―dice Amanda adoptando una pose sensual con la piruleta. ―Ya, pues no cuela. Prefiero a la princesita aseada. ―Luci se deja caer en la cama. ―Descuida. De todas maneras, tenía pensado meterme en la ducha cuando has llegado. ―Sin duda. Eras toda determinación. ―Calla, bocazas. O tendré que hacerte callar. Luci suelta una carcajada. ―Sí, claro ―dice―. Me encantaría verte intentarlo. ―Tan sólo tendría que sentarme encima de esa charlatana boca tuya y dejar que las feromonas hiciesen el resto del trabajo... ―Me callaré entonces. A juzgar por tu estado, no creo que sepas a almizcle y limón precisamente... Ambas se echan a reír. Amanda mete las manos en las axilas de Luci y empieza a hacerle cosquillas. Ella se retuerce. Se abrazan. Se miran. Se besan. Luego, Amanda sigue lamiendo la piruleta. ―Por cierto ―dice Luci―, ¿qué tal va tu relación con el mercado laboral? ¿Habéis intimado ya algo más? 22 ―¡Au! ―Se ha dado un tirón con el peine; el champú le ha dejado múltiples enredones en el pelo. Bloquea la pantalla del móvil y va hasta el salón. Encuentra a su madre en el sofá, doblando calcetines y bebiendo café. ―Hola, mami ―dice Amanda―. ¿Te importa alisarme el pelo? Yo siempre me acabo dando tirones... ―Por supuesto que no, cariño. ―Su madre deja a un lado la taza de café―. Ven, siéntate. Amanda obedece. Su madre toma un mechón y comienza a desenmarañarlo con el peine. El móvil de Amanda vibra. La chica lo desbloquea para consultar la nueva notificación. Es un mensaje de WhatsApp. Y es de Luci, su ex. Amanda despliega el mensaje. Se trata de una parrafada bastante larga. Luci todavía permanece en línea, por lo que debe de acabar de enviarlo. Amanda nota una pequeña presión en la boca del estómago. Empieza a leer el texto mientras su madre, de fondo, tararea un villancico: «Hola, Amanda. ¿Cómo estás? Sé que hace meses que no hablamos y eso, pero... Dios, probablemente esté cayendo en el rey de los clichés al decir esto, pero... Joder, es Navidad, y ya sabes lo imbécil que me ponen estas fechas y tal... Mira, voy a ir directa al grano, ¿vale? Te echo de menos, Amanda. Te extraño muchísimo y no he sido capaz de sacarte de mis pensamientos en estos casi tres meses que llevamos sin vernos ni dirigirnos la palabra. Y... joder, eso tiene que significar algo, ¿no? Lo he estado pensando, y creo que me precipité al desaparecer así de tu vida. Claro que no estoy diciendo que no tuviera motivos, ¿eh? Pero estaba demasiado cabreada y frustrada, y... puede que no pensara con claridad al tomar aquella decisión. Yo sólo sé que no puedo dejar de pensar en ti, que mi vida se ha ido al garete desde que te saqué de ella y que..., bueno, que en realidad no he dejado de quererte ni un jodido segundo, ¿sabes? Tal vez, si quisieras darme una segunda oportunidad, podríamos..., no sé, volver a intentarlo... Mira, Amanda, detesto las cursiladas, lo sabes bien. No te diría todas estas patochadas ni me expondría a hacer el ridículo de tal manera si no fuera porque, desde que te conozco, tengo la corazonada de que podrías ser la mujer de mi vida. Y eso tampoco ha cambiado en estos tres meses. Supongo que necesitaba que lo supieses, por si (Dios no lo quiera) ésta fuera la última vez que hablásemos. En fin, quedo a la espera de tu respuesta, ¿vale? Feliz Navidad y esas cosas que se dicen...». 29 ―Mamá, ¿me disculpas un segundo? ―dice Amanda al terminar de leer el mensaje. Se levanta y se va a la cocina sin dejar de contemplar la pantalla del móvil. Una vez allí, extrae una bolsa de piruletas de la alacena y se mete una en la boca. Toma el teléfono con ambas manos y hace amago de escribir una respuesta; le tiemblan los dedos. Borra lo que ha escrito. Agacha la cabeza. Respira profundamente. Abre el menú de opciones del chat con Luci. Pulsa sobre «Bloquear contacto». En la pantalla aparece un mensaje: «¿Quieres bloquear a “Luci <3”? Los contactos bloqueados no podrán llamarte ni enviarte mensajes». A continuación, dos opciones: «Bloquear» y «Cancelar». Observa su dedo, que se ha quedado suspendido en el aire, inmóvil, a medio camino entre «Bloquear» y «Cancelar». Para cuando Amanda toma una decisión, ya apenas queda piruleta. El dulzor inicial del caramelo se ha vuelto agrio y le ha dejado un mal sabor de boca. 30 DUEÑO, AMO Y SEÑOR DE UNO MISMO La habitación de Marina está colmada de amarillos, naranjas, azules y verdes, a imagen y semejanza de la indumentaria que vestía cuando la conocí, hace tan sólo unas horas. Estoy sentado en el borde de la cama, desnudo, cubriéndome el rostro con las manos. Resoplo sonoramente. Agacho la cabeza hasta meterla entre las rodillas. Marina, que oculta su desnudez bajo la colorida sábana, yace de costado junto a mí. Me pone una mano en la espalda y dice con voz suave: ―Tío, te juro que jamás hubiese llegado tan lejos contigo de haber sabido que tenías... ―Resoplo otra vez―. En serio, no soy de esa clase de personas. Respeto las relaciones. ―No te rayes, no es culpa tuya ―digo recuperando un poco la compostura―. Anoche iba tan pedo que creo que ni acerté a decir bien mi nombre... ―Mmm... ¿Mario? ―inquiere ella. ―Marcos. Me llamo Marcos. ―Marina suelta una carcajada. El sonido de su risa es distante, lejano―. Oh, Dios, esto es tan impropio de mí... ―Vuelvo a esconder la cabeza entre las piernas. ―Perdón, perdón. ―Marina carraspea. La oigo removerse en el colchón―. A ver, Mario... Marcos ―se corrige―, ¿cómo se llama tu chica? ―Nerea. ―¿Y cuánto lleváis juntos? Bajo la voz al responder: ―Cinco años. ―¡¿Cinco años?! ―Marina, en cambio, lo dice a viva voz―. Pero, tío... ―Lo sé, lo sé... Soy una mierda, estoy avergonzado. Ahora mismo me doy tanto asco... ―Vale, a ver, ayúdame a entender algo. ¿Cómo pudiste olvidarte de tu novia de cinco años en una sola noche? 31 ―No, no es eso. ―Mis palabras suenan ásperas, apagadas―. Escucha, Marina, Nerea y yo tenemos una relación seria, ¿vale? Ella y yo vamos... en serio. O íbamos, yo qué sé... La cuestión es que llevaba unas semanas bastante rayado con una idea estúpida y... Eso es lo que me ha traído hasta aquí. ―¿Qué idea? ―pregunta Marina. Me vuelvo hacia ella. ―Esto... Es un poco embarazoso... Verás, Nerea y yo empezamos muy jóvenes lo nuestro y... Bueno, los dos perdimos nuestra virginidad juntos, así que... ―Nunca te habías acostado con ninguna otra chica. ―Marina me mira con curiosidad. Tiene una media sonrisa en la cara, pese a que intenta mantener una expresión solemne. ―Sí, exacto. Empecé a comerme el coco y me obsesioné con ello. Me agobiaba la idea de no poder volver a experimentar nada nuevo. Y entonces fui a ese club y me puse ciego de alcohol. Y luego te vi y... En fin, ya conoces el resto de la historia. Lo siento, si pudiera deshacerlo... Todo esto ha sido un tremendo error. Joder, menuda estupidez... ―Vaya, gracias por la parte que me toca ―dice ella, y se sube un poco la sábana. Muevo la cabeza y sacudo las manos en señal de negación. ―No, no, Marina, no lo decía por ti. En realidad, yo... Ni siquiera recuerdo con claridad qué sucedió anoche... Lo tengo... borroso ―digo. ―Joder, te acuestas con otra para ver cómo es y el alcohol te hace olvidarlo. ¿Mala suerte o justicia poética? ―Su tono es socarrón. ―Visto así, hasta tiene gracia ―digo yo―. Ojalá fuese capaz de reírme en estos momentos. Entra un poco de luz por las rendijas de la persiana. El rayo luminoso recorre parte del suelo y se extingue antes de llegar a la cama, justo ante mis pies. Se oyen los primeros ronroneos de motor de la mañana. ―Pues no estuvo mal ―dice Marina con su media sonrisa y la mirada perdida en el estampado de su sábana―. Es decir, no como para entrar en mi top cinco; pero te desenvolviste muy bien para ir tan borracho. Miro a Marina. Ella me devuelve la mirada. Dirijo la vista al techo y me muerdo el labio. ―Oye, Marina, yo... Me halaga lo que dices, de verdad, pero... 32 ―Olvídalo, Marcos. Sólo era un comentario ―dice ella―. Oye, lo entiendo. Ahora mismo sólo eres capaz de pensar en tu chica y en lo que vas a decirle, ¿me equivoco? Me miro los pies. Muevo los dedos, bañados por la luz del sol. ―¿Puedo ir al baño? ―pregunto de improviso. ―No veo por qué no. ―Marina enarca una ceja, divertida―. Es esa puerta de ahí enfrente. Como ves, el piso no es muy grande. ―Ya. Oye..., ¿has visto mis calzoncillos? Me da un poco de vergüenza levantarme así... ―Ah, claro. ―Se ríe. Otea la habitación―. Están en... Mira, ahí están, encima del baúl. Ve por ellos. Y tranquilo, que no miro. Eso sí, ten cuidado con el... Pero ya es tarde. Me he tropezado y he caído de bruces al suelo. ―¡Marcos! ¿Te has hecho daño? Intentaba advertírtelo: la madera del suelo está un poco levantada por esa zona y es fácil tropezarse. ―Estoy bien ―gruño. Agarro los calzoncillos, me los calzo y entro en el baño. Subo la taza del váter, me siento, orino. Tiro de la cadena. Me pongo en pie. Bajo la tapa. Me sitúo frente al espejo. Me miro a los ojos. Al poco rato, me entra un sollozo. Acciono el grifo del lavabo. El ruido del agua al correr disimula mi llanto. Me cubro la cara con las manos y lloro con fuerza. Me golpeo los muslos, me doy un guantazo, me insulto. Dejo de llorar, cierro el grifo, salgo afuera. Marina sigue sin vestir, en la cama, bajo las sábanas. Está mirando el móvil. Lo deja en la mesilla en cuanto me ve entrar en la habitación. Se incorpora un poco, sujetando la sábana para que no se le escurra, y frunce el entrecejo al preguntar: ―¿Has... has estado llorando? ―No. Bueno, sí. No sé qué coño voy a hacer, Marina. ¿Debería contárselo a Nerea? ¿Y si no me perdona y nuestra relación acaba aquí? Menuda forma de terminar con una relación de cinco años, ¿no? Joder, no quiero ni imaginármelo. Ella y yo somos como la pareja de referencia en nuestros círculos sociales. La veterana. La que ve cómo los demás ponen fin a sus relaciones mientras que la nuestra permanece invicta, evoluciona y se hace más fuerte. Que nosotros cortásemos sería... sería como ver morir al amor. ―Marina esboza una sonrisa rígida y temblorosa. Está roja, como si estuviera llevando a cabo un gran esfuerzo. Le digo―: Te juro que como te eches a reír me largo de aquí ahora mismo. 33 Pero no logra contener la carcajada y se echa a reír igualmente. ―Dios mío, lo siento, lo siento ―dice ella secándose las lágrimas fruto de la risa―. Dios santo, debo de parecerte una persona horrible; pero es que... Todo eso de la muerte del amor... Dios, sólo te faltaba decirlo sosteniendo un cráneo en la mano. ―Eres desternillante. Graciosísima. Tu humor es visionario. Me encamino hacia la cama, pero me retracto. Me quedo quieto unos segundos y, finalmente, me siento en la única silla de la habitación que veo. ―Vale, vale ―dice Marina―. No, ahora en serio. Te prometo que no me reiré más. Venga, Marcos, déjame ayudarte; por lo general, dicen que doy muy buenos consejos. La miro a los ojos: está seria, expectante. ―¿Tú qué harías? ―digo―. ¿Se lo contarías? ―No ―contesta ella instantáneamente. ―¿No? ―No, no se lo diría. ―Pero... ―Mira, Marcos, no dudo de la solidez de vuestra relación; pero una infidelidad es uno de los golpes más duros que una persona puede recibir, y uno nunca está preparado para que le digan algo así. Sí, puede que confesarlo fuese lo más noble y valiente por tu parte, pero también sería injusto. No te conozco de nada, pero no me pareces una mala persona. No creo que merezcas perder al amor de tu vida por un error aislado del que te arrepientes y que, para más inri, fue en gran parte motivado por los efectos del alcohol. Después de todo, tú no saliste anoche con la intención de que esto pasara, ¿no es cierto? ―No, yo... Yo sólo quería darme un respiro. Despejarme y dejar de comerme el tarro durante un rato. ―Exacto. Luego, empezaste a beber para divertirte y tu voluntad se volvió un tanto... inconsistente. Y entonces aparecí yo. Además, fui yo quien te tiró los tejos primero; tú ni siquiera hiciste amago de ligar conmigo al principio. ―Puto alcohol... ―Yo creo ―dice Marina― que esto no ha sido más que una serie de coincidencias desafortunadas. No eres el típico tío que va a poner los cuernos a la primera de cambio... ―No, no lo soy. 34 ―No lo eres. Pareces un buen chico. Sensible, empático y... diría que incluso eres de los que da cariñitos después de follar. ―Oh, Dios, no me digas que anoche te di arrumacos... ―No, no, tranquilo. ―Marina se echa a reír―. Creo que ya estabas medio sobado cuando... ―Carraspea―. Antes de que tus soldaditos abandonasen la trinchera ―resuelve. ―Patético ―digo llevándome las manos a la cabeza. ―Descuida, los he tenido peores. Marina sonríe. Le devuelvo la sonrisa de manera automática. Me rasco la coronilla. ―Entonces... ―Entonces, sería una putada que el Marcos de hoy, que es dueño, amo y señor de sí mismo, pagara por los actos del Marcos de ayer, ebrio y que apenas se tenía en pie. Joder, es que no hay más que mirarte; a la luz del día, ni siquiera pareces la misma persona con la que anoche me fui al catre. Marina suena segura de lo que dice. Observo la silueta de sus piernas por debajo de la sábana. Sus pies forman dos pequeños montículos; tiene unos pies menudos. Pienso que no se parecen en nada a los pies de Nerea. ―¿Sabes qué? ―digo al cabo―. Creo que tienes razón. Creo que voy a seguir tu consejo. Aunque todavía no sé muy bien cómo voy a conseguirlo... Eso de mirarla a los ojos como si nada hubiese pasado... Uf, se me revuelve el estómago. ―Bueno, para eso los griegos inventaron el estoicismo. ―Ya, bueno, pero ellos eran unos maestros del sufrimiento. En cambio, yo... Digamos que mi tolerancia a la adversidad es más bien baja. Marina cambia de postura. De nuevo, se reajusta la sábana alrededor del torso. Tiene algunos lunares dispersos por el hombro izquierdo. ―Tendrás que empezar por perdonarte. Para convencerte de que estás tomando el camino adecuado, primero deberás estar convencido de que el que hizo lo de ayer y tú no sois la misma persona. Además, no tiene sentido torturarse por cosas que no hemos decidido hacer, y ayer tu capacidad de decisión no era más que un cadáver flotante en una piscina de aguas etílicas. 35 ―Sí, lo entiendo. Pero... no sé. ―Vuelvo a rascarme la cabeza―. En cierto modo, ¿no es como si estuviera desentendiéndome de lo que sucedió y optando por el camino más fácil? ―No, Marcos, ¡para nada! Es justamente al contrario. Lo fácil sería soltárselo y liberarte así del sentimiento de culpa. Pero eso sería egoísta, porque no es culpa suya, ni tuya tampoco. Ha sido... ―Marina se encoge de hombros―. ¿No lo ves? Ése es el camino tortuoso. A veces, la opción correcta no es la más sencilla. ¿No decía la Biblia algo así? Pestañeo. Guardo silencio unos instantes. Las palabras de Marina siguen resonando con fuerza en mi cabeza. De improviso, me pongo en pie. ―Me alegro de no haber desaparecido en cuanto me desperté ―digo―; eres una gran consejera. ―Y sonrío ampliamente―. El de anoche no era yo. Éste sí soy yo. Y ahora puedo tomar las decisiones acertadas, porque, como tú has dicho, ahora soy dueño, amo y señor de mí mismo. Gracias. Gracias de verdad, Marina. Extiendo los brazos y me dirijo hacia donde está con paso firme. ―¡Marcos, cuidado! ―me advierte desde la cama. Pero vuelve a ser tarde. He vuelto a tropezar. He caído sobre el colchón. Sobre ella. He tirado de la sábana sin querer, y ahora los pechos de Marina están a escasos centímetros de la punta de mi nariz. Son pequeños, turgentes, menudos. No se parecen a los de Nerea. Por un momento, Marina exhala, inmóvil. Es una exhalación ínfima, apenas audible. Pero yo la percibo con total claridad. Y entonces me abalanzo sobre ella, y ella, lejos de rehuirme, me recibe de muy buen grado. Hacemos el amor, y no tardamos mucho en ello. Es rápido, fugaz y apasionado. Pero una vez hemos terminado, ninguno de los dos dice nada. La oigo tragar saliva. Me vuelvo hacia ella, pero ella gira la cabeza, evitando que nuestras miradas se confronten. Así que salgo de entre las sábanas, me siento en el borde de la cama y me cubro el rostro con las manos. El día se ha nublado, ya no entra luz por las rendijas de la persiana, y los colores vivos de la habitación de la chica con la que acabo de practicar sexo desleal por segunda vez consecutiva no parecen ya ni la mitad de vivos. ―Voy al baño ―dice Marina a mis espaldas. Se levanta y se va. Es entonces cuando me invade la sensación de que, de ahora en adelante, ya nada dependerá enteramente de mí. 36 UN RETORTIJÓN EN EL ALMA Los servicios unisex de la discoteca están húmedos y resbaladizos, y huelen a orina y vómito; pero, al menos, están desocupados. Me meto en el último cubículo de la hilera y cierro de un portazo. Alguien ha hecho cosas atroces ahí dentro y no se ha molestado en tirar de la cadena. Acciono la cisterna, y un remolino de agua se traga la inmundicia. Bajo la tapa y me siento encima. Me llevo las manos al estómago, que me duele horrores. Conforme pasan los minutos y el dolor no cesa, voy sintiendo como una sensación de mareo se apodera de mí y me produce sopor. Me sobresalto cuando oigo a alguien irrumpir en el baño y golpear la puerta de mi cubículo. ―Rubén, ¿eres tú? ―Es la voz de Gloria, mi pareja. ―Sí, sí, cariño. Soy yo. ―Llevas más de un cuarto de hora ahí dentro. ¿Vuelves a estar...? ―Me temo que sí. ―Oh, genial. ―La oigo suspirar―. Dijiste que esta vez sería diferente, que estarías bien... ―Contaba con ello. No es algo que pueda controlar, ¿sabes? Ojalá pudiera. ―Pues yo creo que, por lo menos, deberías intentarlo. Si te abandonas a la fobia, tú... ―Gloria ―la corto, y de inmediato noto cómo el estómago se me retuerce de manera desagradable―, no es una fobia ―digo con el hilo de voz que me permite articular el retortijón. Al fin, se pasa―. No es una fobia ―repito con un tono algo más firme―, ya lo hemos hablado. ―Pues tú me dirás qué es. ―Un trastorno psicosomá... ―Déjate de tecnicismos, Rubén. Te espantan las multitudes y los sitios con ruido. Es llegar a uno y te empiezan a entrar esos dolores... ―Mis vísceras comienzan a crujir otra vez. Aprieto los dientes mientras una nueva oleada de ardiente dolor me recorre por 37 dentro. Tengo la frente perlada de sudor. Gloria continúa hablando―: Por un momento, me gustaría que también pensases en cómo me afecta esto a mí, en la de noches que he tenido que sacrificar quedándome contigo en casa en lugar de salir por ahí como hace la gente normal... ―Nunca te lo he pedido. ―Pero aun así lo he hecho. ―Pensaba que era algo que te salía de dentro... ―Sí, Rubén, pero aun así cuesta, ¿sabes? Ahora mismo, por ejemplo, nuestros amigos están ahí fuera, extrañados y haciéndose preguntas. Esto que te pasa es muy embarazoso, y no sólo para ti. El estómago sigue doliéndome. Empiezo a sentir ganas de defecar. ―¿Sabes, Gloria? ―digo con una lágrima producto del dolor resbalándome por la mejilla―. En estos momentos, antes que un sermón, preferiría que entrases aquí y me abrazaras. Esto... ―Otro retortijón. Contengo un quejido―. Esto es muy duro. Oigo a Gloria poner la mano sobre el pomo de la puerta; pero, por alguna razón, no se decide a abrir. Al final, dice lo siguiente: ―Rubén, creo que no soy yo quien ha de entrar, sino tú el que deberías salir de ahí. Salir al mundo, conmigo, con los demás. ―Se detiene unos instantes; luego, apostilla con estas palabras―: Necesito vivir experiencias. Si esto sigue como hasta ahora, no te puedo garantizar que lo nuestro siga adelante. La escucho marcharse. Me escucho llorar. Un rato después, mi estómago se aplaca y soy capaz de salir del baño. Me veo de refilón al pasar junto al espejo, y lo que veo reflejado dista mucho de ser el aspecto de una persona sana. Un par de días más tarde, voy en el coche camino del trabajo con la radio encendida. El presentador del programa que estoy oyendo está entrevistado a un tipo: un psicoanalista de origen argentino que lleva, al parecer, varios años afincado en España ofreciendo sus servicios. Se llama Sergio, y aún conserva algunos rasgos propios del habla de su país. ―Y cuéntanos, Sergio, ¿qué es eso del psicoanálisis? 38 Al llegar a casa, me cambio de camisa; durante la terapia, he sudado más de lo acostumbrado. Gloria no está. Eso me deja a solas con el silencio y una vaga sensación de intranquilidad. La discoteca es un tumulto de gente bailando descontrolada. La música está tan alta que la siento dentro de mí, vibrando, como si todo mi cuerpo fuese un corazón que palpita al ritmo de la canción. Muchos levantan los brazos al bailar; todo huele a sudor mezclado con colonia y polvos de maquillaje. Gloria se lo pasa en grande junto a nuestros amigos. Mi estómago difiere. Veo a Gloria mover los labios mientras me mira a los ojos. ―¿Qué? No te escucho... ―Digo que vamos a intentar pillar una mesa para fumar algo. ―Oh. Vale. La suerte les sonríe, y no tardan en encontrar unos asientos desocupados. ―Voy a por la cachimba ―dice Ricardo―. ¿De qué sabor la queréis? Discuten algunas posibilidades. Estamos frente a una gran pared-espejo que le confiere al local una cierta ilusión de mayor amplitud. Contemplo mi reflejo: tengo la cara grasienta y un color plomizo. No consigo que mi sonrisa deje de parecer una mueca. ―Entonces está decidido: ¡sabor sandía! Las chicas gritan en señal de aprobación. Ricardo aplaude y se aleja. Gloria y Carla entablan una conversación que no alcanzo a escuchar, a pesar de que estoy justo al lado. El estómago me molesta, ahora más que antes. A cada minuto que pasa, el dolor es más tangible, menos psicológico. Me levanto para ir al baño. ―Rubén ―me llama Gloria―, ¿adónde vas? ―Al baño... Voy al baño... Será sólo un segundo... ―Bueno, no tardes; no querrás perderte la cachimba de sandía. ―No, yo... no creo que la pruebe... Sabes... sabes que no me gustan esas cosas... ―¿Ni siquiera una calada? ―Gloria me clava la mirada―. Vamos, Rubén, ábrete a nuevas experiencias. ―Me parece advertir cierto énfasis en sus palabras. ―Bueno... Pero sólo un poco... Pero antes el baño ―digo, y me doy la vuelta. 45 Los servicios de la discoteca siguen oliendo a orina y vómito. Entro en el cubículo más accesible que encuentro. Bajo la tapa, cierro la puerta y me siento. Me aflojo el cinturón, me aprieto la barriga...; pero el dolor no desaparece. Miro el reloj: han pasado dos minutos desde que me excusé. Pienso en Gloria, en su manera de decir «nuevas experiencias», en la cachimba sabor sandía... El dolor está acrecentándose; pronto será demasiado intenso como para disimular y fingir que estoy bien... Le doy un golpe a la pared. Me hago daño en la mano y eso me enfada. Levanto la pierna, dispuesto a darle un puntapié a la puerta. Pero me detengo. Abro la puerta, salgo del cubículo y compruebo que no haya nadie en los servicios. Luego regreso, observo la puerta y le propino una patada tan fuerte que el pomo rompe un pedazo de azulejo al impactar contra la pared. ―¡Joder! ―grito. Me miro en el espejo. Se me han saltado un par de lágrimas y apenas he sido consciente. Pienso en el psicoanalista, en cómo me dijo «Rubén, tú no tienes retortijones en el estómago, sino en el alma». Deslizo mi mano de la barriga al pecho... Miro el reloj: seis minutos y contando. Todavía me duele. Me duele mucho. Pero el recuerdo de Gloria reprendiéndome a través de la puerta me duele más, así que salgo y regreso a la mesa. Distingo las cabezas de Gloria, Carla y Ricardo a través de una humareda con olor a sandía. Hay tanto humo que al sentarme le aplasto sin querer la mano a Gloria. Ella me da una torta en el brazo y se echa a reír por el susto. Me ofrecen la cachimba. La rechazo. Ellos insisten, entre risas sin fundamento. Gloria me da otra torta en el brazo. Al final me resigno. Cojo la boquilla y aspiro profundamente. El humo me produce un ataque de tos, y éste a ellos un ataque de risa. Me siento mareado, fuera de lugar. El dolor está empezando a volverse ardiente. Me abstraigo de la conversación, que pronto pasa a ser una sucesión de carcajadas sin ton ni son. Mientras yo me encojo sobre mi vientre en un intento por sobrellevar el dolor, Gloria y sus amigos hablan a voces, ríen, beben y sueltan densas nubes de humo por la boca. Me miro en la pared-espejo: mi rostro apenas es una silueta borrosa entre tanto humo. Al cabo del rato, ya ni siquiera me veo las manos, ni mi reflejo en el espejo, ni al resto de personas de la discoteca. Pero sí veo a Gloria. La cojo de la mano, ella me sonríe. Me siento ingrávido, diminuto. Gloria, en comparación, se me antoja inmensa. 46 Tanto humo me marea. Pienso en marcharme. Entonces noto la presión de la mano de Gloria. La miro a los ojos. Me quedo en mi sitio. Y finalmente el deseo, todo el deseo, se desvanece. 47 VIGILIA Bea prepara el desayuno: cruasanes con mantequilla, tostadas y café. Entretanto, Armando se acicala en el baño contiguo, procurando que su aspecto sea el adecuado antes de irse a trabajar al bufete. El alba acaba de despuntar hace poco. A esa hora, el piso de un matrimonio sin hijos es un lugar apacible y silencioso. La tostadora humea en la cocina. El agua templada corre por las tuberías del lavabo, llevándose consigo la espuma de afeitar y los desperdicios. Marido y mujer ejecutan con precisión las tareas y quehaceres de una rutina que se ha vuelto rígida e inflexible con el paso de los años. Cuando Armando llega a la cocina (sus mejillas, perfectamente rasuradas; el peinado, engominado e impoluto; ni un solo pelo del bigote desnivelado), los cruasanes, las tostadas y el café ya le esperan como de costumbre; en el mismo sitio, a la misma hora. Armando y Beatriz son lo que los estándares sociales considerarían una pareja funcional y acomodada, y, según dicen insistentemente a su alrededor, en condiciones óptimas para dar «el salto». Sus padres y sus amigos más cercanos suelen preguntarles con frecuencia por el tema. Por lo general, responde siempre él: «Estamos en ello», dice, y normalmente acompaña esas palabras con una amplia sonrisa. Armando se sienta a la mesa. Coge una servilleta, la despliega y se cubre el regazo con ella. ―Estás muy guapo esta mañana, querido ―dice ella. ―Gracias, cariño ―dice él―. Por cierto, todo tiene una pinta deliciosa. También son frases que utilizan habitualmente. Bea desenchufa la tostadora y se sienta frente a Armando. Aún no es su hora de desayunar; pero tiene por costumbre hacer compañía a su marido mientras come. Luego, él se despedirá y no volverá al hogar hasta bien entrada la tarde, cosa que hará cansado y sin demasiadas ganas de hablar. Con el tiempo, Bea ha aprendido que el desayuno es el momento del día en el que Armando se muestra más receptivo. ―¿Sabes, cariño? ―dice Bea―. Esta noche tuve un sueño. 48 ―¿Un sueño? ―Armando se aparta un par de cruasanes―. ¿Qué clase de sueño? ―Pues... al principio era un sueño normal. Un tanto curioso, o extraño tal vez. Pero hacia el final se convertía en una horrible pesadilla. ―Suena divertido ―dice Armando con la boca llena―. Oigámoslo. ―No sé si la palabra es divertido, pero... De acuerdo, te lo contaré. ―Armando mastica la comida enérgicamente. Hace ruido al tragar, y su bigote rubicundo sube y baja con cada bocado―. Verás, el sueño comienza conmigo horneando galletas en una casa. ―¿Nuestro piso? ―inquiere el marido. ―No, no era nuestro piso. Era... una casa. Una casa pequeñita y acogedora y... ―Bea ladea la cabeza―. Ahora que lo pienso, era una casa rosa. Todo estaba pintado de ese color: las puertas, las paredes... ¡Incluso el horno era rosa! La mujer se echa a reír. ―Qué horterada ―dice él―. No viviría en un sitio así ni aunque me pagaran por quedarme. ―Tampoco yo. No me gusta el rosa para una vivienda. Pero, por alguna razón, me gustaba la casa de mi sueño... No sé cómo explicarlo, pero allí me sentía a salvo. Era como si sólo yo conociese ese lugar, como si fuera... de mi propiedad. ―Ajá. Continúa. ―De modo que allí estaba yo, en mi casita rosa, horneando galletas. ―Bea se palmea las rodillas―. Recuerdo haber echado un vistazo a la bandeja con los moldes antes de meterla dentro. Eran unas galletitas preciosas, Armando. Tenían forma de persona, como esos muñecos de jengibre con botones de caramelo que se hacen en Navidad. Pero los míos eran muy chiquitines, del tamaño de un dedo pulgar ―dice Bea exhibiendo su propio pulgar―. Pues bien, metí las galletas en el horno y me puse a esperar. Resulta curioso: en el sueño tenía la certeza de haber seguido todos los pasos correctamente. La temperatura, el tiempo de cocción..., ya sabes. Sin embargo, cuál fue mi sorpresa cuando, al abrir el horno por fin, empezó a salir humo por todos lados. Saqué la bandeja y comprobé con gran pesar que mis galletitas se habían quemado... ―¿Se te quemaron? ―Armando frunce el entrecejo―. Qué raro. A ti nunca se te quema nada, eres una excelente cocinera. Bea le dedica una sonrisa torcida. 49 ―Ya ves ―dice en voz baja―. El horno las había reducido a unos feos montículos de carbón... Armando retira su plato vacío. Coge uno limpio y se sirve tres tostadas. Unta la primera rebanada con mantequilla y mermelada de arándanos y le da un mordisco. ―¿Qué pasó luego? Bea se remueve en el asiento. ―Bueno, a partir de aquí la cosa se pone un tanto extraña... Estoy recogiendo el estropicio del horno cuando oigo que alguien llama a la puerta. Me acerco a preguntar quién es. Me responde la voz de un varón: «Abra la puerta, señora», dice. «¿Quién es usted?», vuelvo a preguntar. «Señora, abra la puerta y déjeme pasar», exige la voz. «Oiga, no pienso abrirle. Dígame quién es y qué quiere de mí». «¿No es evidente? Vengo a hacer más galletas. Ahora ábrame». «¿Más galletas? Yo no quiero preparar más galletas. Tal vez decida volver a intentarlo mañana o pasado. Vuelva entonces». ―Armando engulle la tostada sin despegar la vista de su mujer. Algunas migas se quedan atrapadas entre los pelos de su bigote―. «Ni hablar. Lo haremos en el acto. Y la insto a abrir la puerta voluntariamente; de lo contrario, entraré por mis propios medios». Su marido suelta una carcajada; se atraganta con la comida, tose un poco y le da un sorbo al café para bajar el bocado. ―¡No te rías! ―le regaña su esposa―. En ese momento, yo estaba aterrada. ―Oh, vamos, Bea. No era más que un burdo sueño... ―Para mí era muy real ―dice ella con el gesto solemne y la mirada ausente―. Era tan real... ―¿Qué hiciste entonces? ―inquiere él, y se dispone a untar su segunda tostada. ―Aquel tipo comenzó a aporrear la puerta. Hubiese querido huir; pero, por algún motivo, no podía moverme. Estaba petrificada. Sólo podía quedarme quieta y ver cómo la puerta cedía ante los golpes de aquel... de aquel animal. Finalmente, los goznes se desprendieron y el invasor derribó la puerta. ―¿Cómo era él? ―Pues era... Tenía... ―Bea sacude la cabeza―. Iba vestido entero de negro, como un ladrón. Hasta llevaba uno de esos pasamontañas para cubrir su rostro. «¡Usted no puede estar aquí!», le grité. «¡Esto es propiedad privada!». «Pues claro que puedo», repuso él. «Entérese, señora: su íntimo rincón también me pertenece, y puedo entrar y 50 salir de él cuando me plazca. Y ahora, ¡hagamos galletas!». Entonces me dio un empellón para hacerme a un lado y entró en la cocina. Y luego... luego... ―Bea enmudece, incapaz de proseguir. Sus piernas tiemblan bajo la mesa. ―¿Qué pasa, Beatriz? ―dice Armando―. ¿Quieres beber un poco de café? ¿Una tostada quizá? ―Le ofrece su recién untada tercera rebanada. ―No, gracias, no tengo hambre ―rehúsa ella―. Es sólo que... todo se vuelve tan oscuro, tan tétrico en adelante... Señor, qué horrible sueño... ―Vamos, vamos, Bea. Serena tus afectos y recomponte. Te hará bien acabar de contarlo. Bea respira hondo y deja salir el aire por la boca. Después, dice: ―Tienes razón. Está bien, sigamos. ¿Dónde me había quedado? ―El tipo ―dice él con la boca llena de pan―. Acababa de pasar a la cocina. ―Ah, sí, es verdad. Entonces yo ya podía moverme. Fui tras él para intentar detenerlo; pero fue en balde, porque era mucho más fuerte que yo y le bastó otro empellón para derribarme. ―¿Por qué tanta agresividad por unas galletas? ―Lo de las galletas era sólo una excusa para entrar en la casa ―dice Bea―; en realidad, no tenía ninguna intención de hacer galletas. ―¿Qué quería, pues, ese señor? ―No lo sé ―reconoce la esposa―. Algo oscuro, algo perverso... Verme sufrir, supongo. ―¿Qué te hace pensar eso? ―Armando se limpia las comisuras de los labios con una servilleta―. ¿Hizo algo más después de... ya sabes, después de entrar en tu cocina? ―Él... creció. ―Bea extiende los brazos a título ilustrativo―. Se situó en el centro de la cocina y empezó a crecer y crecer. A inflarse de forma descomunal, como si se tratase de un globo gigante. Recuerdo oírlo reír mientras crecía. Reía de un modo macabro y lascivo, como si... como si... como si disfrutara de lo que hacía. ¿Entiendes lo que digo? ―Bueno, no es fácil de imaginar ―dice el marido. ―De cualquier manera, no tardó en llenar cada recoveco de la cocina, ¡y aún así siguió creciendo! Me tenía aprisionada contra la pared, dolorida y sin apenas poder respirar. Entonces... Oh, Dios, es una imagen tan espantosa... 51 ―Continúa. ―Entonces, la estructura de mi casa no pudo aguantar más la presión y empezó a agrietarse. Y de las grietas comenzó a brotar... sangre. Sangre a borbotones. Yo estaba horrorizada, no paraba de chillar y de suplicarle que parara. Pero él no hacía más que reír y crecer y hacerme daño. Y cuando creía que ya no podía soportarlo más, sucedió lo más espantoso de todo, algo que todavía ahora, estando despierta, me provoca escalofríos y me pone la piel de gallina... ―Dilo de una vez, Beatriz. A la mujer le sudan las palmas de las manos. Mira de soslayo a su marido antes de seguir hablando. ―El... ser... desplazó su cabeza hasta donde yo estaba, de manera que quedamos enfrentados cara a cara. De súbito, el pasamontañas que llevaba salió disparado, dejando su rostro al descubierto. ―Bea hace una pausa. Se aprieta los dedos de las manos―. Era... era tu cara, Armando. Aquel despreciable ser tenía tu cara. ―El hombre guarda silencio. Se inclina hacia delante y cruza los tobillos―. Me miraste... Me miró ―se retracta― durante unos segundos más... Tenía los ojos casi blancos y una sonrisa enorme llena de espumarajos... Y luego... estalló. Fue una explosión ensordecedora que me provocó el despertar. Ahí acaba mi sueño. ―Bea aguarda en silencio durante un largo minuto, pero su marido permanece callado, en actitud meditabunda, así que agrega―: ¿Qué opinas tú de todo esto? Armando la mira por un instante. La pregunta parece sacarlo de su ensimismamiento. Estira los brazos y dice: ―Opino que no deberías comentar estos sueños con nadie más. ―Se bebe el café de un trago rápido y se pone en pie―. Se hace tarde. Debo irme. ―Pero Armando ―dice Bea cogiéndolo por la manga de la chaqueta―, ¿no crees que todo lo que te he contado podría tener un... significado? ―Lo dudo mucho. No es más que un sueño, un burdo e irracional producto de tu mente dormida. Si me aceptas un consejo, creo que deberías ocupar tus pensamientos en cosas más prácticas. Hoy, por ejemplo, es día de colada, ¿no? Toca cambiar las sábanas y airear el colchón. Bea agacha la cabeza. ―Sí. Sí, hoy es día de colada. 52 ―Perfecto ―dice Armando―. ¿Ves? Ya tienes algo más útil en lo que pensar. Me marcho. Adiós. Besa a su mujer en la mejilla y desaparece tras la puerta. El piso recupera el silencio de hace media hora atrás. Pero ya no salta la tostadora ni corre el agua por las tuberías. Ahora el silencio es absoluto. Bea continúa sentada. Mira la silla vacía de Armando, y su plato vacío con la superficie recubierta de migas. Mira la taza con los posos del café. Se mira las manos. Le tiemblan. Se las mete bajo los muslos. Al cabo de unos minutos se las vuelve a mirar. Tiemblan menos, pero tiemblan aún. Resopla, se frota los ojos y se pone de pie. Friega y guarda los cacharros que ha usado Armando. Luego, cubre algunas tostadas con un plato y las deja en la mesa para más tarde. Abre las persianas. Va al baño y orina. Toma una larga ducha. Una vez seca, se encamina hacia el dormitorio para hacer el cambio de sábanas. Retira las mantas con cuidado de que no rocen el suelo, las dobla y las deja en una silla. Está quitando la funda de su almohada cuando mira el colchón y repara en la mancha de sangre de la noche anterior. El rojo oscuro de la sangre seca contrasta con el verde pálido de la tela de las sábanas. Bea se queda petrificada, como en el sueño. Luego, cuando recupera el movimiento, extiende lentamente su mano hacia la mancha. La roza con las yemas de los dedos: está áspera. Aparta la mano y se la lleva a la boca. Los ojos se le llenan de lágrimas, y ella hace por contenerlas. El llanto asoma por su garganta y hace vibrar involuntariamente sus cuerdas vocales, y ella trata de reprimirlo. Las piernas hacen amago de fallarle, y ella intenta mantenerse en pie. Se queda así, temblando, en un equilibrio precario y delicado. Se pregunta cuánto más podrá aguantar. Se pregunta si finalmente se quebrará y caerá de rodillas. Mientras tanto, el resto del edificio abandona el mundo de los sueños y las fantasías y retorna a la vigilia. Alcanza a oír la voz de la vecina del piso de arriba, que le refiere a su marido haber tenido una horrible pesadilla. «¿Pesadilla?», dice el marido. «¡El mundo real sí que es una pesadilla!», exclama entre carcajadas. Bea solloza. 53 LEPTOSPIROSIS Cuando Margo entra por la puerta de la cocina lista para irse a trabajar, Gonzalo todavía lleva puesta la bata y está untando la mantequilla en sus tostadas. ―Anoche estuviste genial, querido ―le comenta. Envuelve una manzana en papel de aluminio y se la echa al bolso―. Cuando vuelva querré repetir, no te quepa duda. ―Le guiña un ojo y se despide. A sus cincuenta y dos años, Margo ha experimentado un poderoso resurgir de su libido. Gonzalo lleva varias noches intentando aplacar el apetito de su esposa, si bien ella nunca parece tener suficiente. Añade un poco de mermelada a su desayuno y le da un mordisco a una de las rebanadas; pero enseguida agarra una servilleta y escupe el bocado: el pan se ha tostado demasiado y tiene un sabor amargo. ―El menú completo, por favor. ―Cuando no hay ganas de cocinar, Gonzalo suele acudir al kebab de la esquina de su edificio―. Con patatas deluxe y una lata de cerveza. Al cabo de unos minutos, el dependiente le entrega el pedido en una bolsa. Paga al joven en efectivo y sube la comida al piso. Se acomoda en el salón, saca la cerveza de la bolsa y le da un amplio trago. Le llama la atención un detalle: en la hendidura de la lata hay posos de una especie de líquido amarillento. Se acerca la lata a las fosas nasales y lo olisquea. Luego le da otro trago. Deja la cerveza sobre el posavasos y se mete una patata en la boca. Mientras mastica, mira de soslayo la cerveza. La coge de nuevo. La observa. Vuelve a soltarla. Va al despacho a por su portátil. Se lo pone en el regazo y teclea «pis de rata» en el buscador a la vez que da cuenta de algunas patatas más. No tarda en toparse con una palabreja: leptospirosis. «Enfermedad zoonótica bacteriana que se contrae por contacto directo o indirecto con la orina de animales infectados, especialmente roedores», pone en internet. «Suele producir fiebre, cefalea, escalofríos, vómitos, ictericia, anemia y/o erupción. En algunos casos, puede adoptar 54 ―Hola, Francis ―contesta ella sin apartar la vista de la pantalla. Su voz es débil, apenas audible. Sólo habla así cuando yo estoy cerca. En los últimos tres meses, nuestra comunicación ha involucionado a ese par de frases cordiales. Todo comenzó con mis visitas a la consulta de naturopatía de mi médico y amigo Antonio. Llevaba años sintiéndome mal, enfermo, y por muchos especialistas a los que acudiera, la medicina tradicional no era capaz de diagnosticar mi problema. Antonio fue el único que lo logró. Por medio de un minucioso análisis de las manchas de mi iris, me diagnosticó fiebre intestinal. María José, que es enfermera, dice que jamás ha oído hablar de algo así, y tiene serias dudas de que los procedimientos de Antonio estén respaldados por la ciencia. Pero la cuestión es que, a raíz de seguir su tratamiento, he empezado a mejorar de manera notoria. Antonio me ha recetado empezar una dieta ovolactovegetariana, crudívora en su mayor parte. Asimismo, me ha explicado los beneficios de ducharse con agua fría (según él, el agua a altas temperaturas puede ser muy perjudicial para las neuronas) y de andar descalzo de vez en cuando. Unas dos veces por semana me practica sesiones de acupuntura. Nunca me había sentido tan saludable. Sin embargo, María José no ve con buenos ojos nada de lo que hago. Desaprueba mi alimentación, tacha de peligrosos mis hábitos y desacredita a Antonio cada vez que se le presenta la oportunidad. Ella cree que no es más que un farsante que ambiciona mi dinero. Con tal de ayudarla a superar esos prejuicios, le he propuesto presentárselo en más de una ocasión; pero se niega en rotundo a conocerlo. En consecuencia, discutimos a menudo, apenas nos hablamos y, por supuesto, hemos dejado de hacer el amor. Javi y Dani preguntan frecuentemente cuándo vamos a solucionar lo que nos pasa. Uno tiene doce años y el otro, siete. Tarde o temprano, ellos esperan una reconciliación. Suelto las cosas y me dirijo a la cocina, ubicada frente al salón. Cojo la batidora y saco del frigorífico los ingredientes necesarios para preparar gazpacho. Los echo en el recipiente y empiezo a batir. María José se acerca: ―Ventila cuando termines; el ajo apesta ―dice antes de cerrarme la puerta y poner otros cinco centímetros de madera entre nosotros. ―Descuida ―digo, aunque sé que ya no me oye. El gazpacho está listo. Lo vierto en un vaso y me lo llevo al despacho. Vuelvo al salón a por mi cuaderno. Ninguno de los dos dice nada. Regreso al despacho. Cierro. Le 61 doy un sorbo al vaso. Lo degusto. Abro el cuaderno. Leo lo que había escrito: «Algún día, tendré mi propio huerto. Plantaré verduras, legumbres, frutas y cereales». Y añado: «Frente a los cultivos, yo mismo erigiré una cabaña de madera. Sencilla, rural…, para poder llevar una vida lo más natural posible». Cierro el cuaderno. Le doy otro sorbo al gazpacho. Me recuesto y dejo descansar los párpados. Cuento: un misisipi, dos misisipis, tres misisipis… El sueño no tarda en llegar. Estoy subiendo las escaleras del edificio; vengo del garaje, donde acabo de pasar mis rutinarios quince minutos a oscuras y en silencio. También he dado un par de bocinazos, como de costumbre. Hoy he contado treinta y un misisipis antes de que la luz se apagase. Normalmente, se desconecta al trigésimo misisipi. Es la primera vez que la cuenta me falla… Ya estoy arriba. Introduzco la llave en la cerradura y la hago girar. Nada más entrar, me llega el inconfundible olor de la muerte: María José está friendo carne. Procuro no hacer ruido y cuelgo las llaves en el llavero del recibidor. Me paro un segundo a observar el motivo de su superficie: una pareja de patos nadando apaciblemente. La sartén chisporrotea desde la cocina. Paso los dedos por encima del llavero y acaricio brevemente a ese par de patos bidimensionales. Oigo más chispazos de aceite hirviendo. ―Deberías controlar ese fuego. ―María José da un pequeño respingo. Se gira, reparando en mi presencia, y vuelve a darme la espalda―. Podrías quemarte… ―Está controlado, Francis. ―Voz débil, inaudible. Suelto las cosas. Miro el reloj: las tres menos cuarto. Los niños suelen llegar sobre y cuarto. Todavía hay tiempo. ―¿No comisteis carne anteayer? ―pregunto. María José continúa cocinando sin reaccionar, así que añado―: Deberíais restringir un poco vuestra ingesta de productos cárnicos; en exceso, pueden resultar muy dañinos para el organismo. Hay estudios que relacionan el cáncer con… ―Francis ―me interrumpe ella―, tú come lo que quieras; pero haz el favor de no decirnos a los demás lo que tenemos que comer. ―Sólo digo que los niños… 62 ―… necesitan proteínas ―dice cortándome por segunda vez―. Sé lo que les conviene. Soy enfermera. Tengo un título que lo certifica y que, por cierto, no me han dado en ninguna tómbola. ―Yo no he dicho en ningún momento que… En la sartén, una enorme burbuja aceitosa explota con tanta fuerza que alcanza a salpicar la campana extractora. ―Tengo que atender el fuego ―zanja ella. Y con voz débil, inaudible, agrega―: O me reprocharás que no lo hago… Abandono la cocina y salgo al pasillo en dirección al despacho. A medio camino, no obstante, me detengo y retrocedo hasta María José. ―¿Hasta cuándo vamos a estar así? ―Mi tono es suave, muy suave. Ella tensa la espalda. Apoya su mano libre sobre el mármol de la encimera. Titubea un poco antes de responder, indecisa: ―No eres el hombre con el que me casé. ―Trémula su voz, firmes sus palabras. Guardo silencio durante varios misisipis. El burbujeo de la sartén se ha aplacado. Al final, me marcho sin decir nada. Cierro la puerta del despacho. Abro la tapa del cuaderno. Leo lo que había escrito antes: «Algún día, tendré mi propio huerto. Plantaré verduras, legumbres, frutas y cereales. Frente a los cultivos, yo mismo erigiré una cabaña de madera. Sencilla, rural…, para poder llevar una vida lo más natural posible». Y añado: «Ésa es la vida que deseo, la del hombre autosuficiente, que a todo el mundo quiere pero a nadie necesita… La del hijo pródigo que se reencuentra con la Madre Naturaleza…, que vuelve a las raíces de la vida misma». Otra vez estoy en el garaje. Empiezo a contar: un misisipi, dos misisipis… Cuando llego al trigésimo y observo que no sucede nada, aprieto las manos alrededor del volante. Treinta y uno. Nada. Treinta y dos. La luz se apaga. Golpeo con fuerza el volante, que emite un inesperado bocinazo. Miro al techo, respiro hondo. Oprimo el volante otras dos veces, con violencia, y grito una maldición. Doy un puñetazo en el techo y le propino una patada a los pedales. Después empiezo a tocar la bocina frenéticamente y sin razón a la par que profiero juramentos contra el matrimonio y suelto tacos. De pronto, la luz se enciende. Doy un respingo en el asiento y salgo del vehículo rápidamente. Es un vecino que viene a por su coche. 63 ―Muy buenas, Fran ―me saluda―. ¿Qué tal con…? ―Estaba tratando de espantar a una rata ―me justifico, aun cuando él no me ha pedido ninguna explicación―. Hay muchas. Deberíamos hacer algo. Y me encamino hacia la salida sin perder un segundo, dejándole con la palabra en la boca. Miro al techo, respiro hondo. Introduzco la llave en la cerradura y la hago girar. Entro. Suelto las cosas. María José está almorzando en el salón. Esta vez no ha encendido la tele. Le pongo la mano sobre el hombro antes de empezar a hablar: ―No estamos bien. Hace mucho que no lo estamos. Tú quieres que cambie; pero yo no puedo dejar de ser lo que soy por nada ni por nadie. En esta casa ya no se respira paz; de hecho, la única paz que yo tengo son esos quince minutos que paso a oscuras en el garaje. Esto no es bueno para nadie. Ni para ti, ni para mí. Y mucho menos para los niños. Si no podemos estar juntos, lo mejor será que no lo estemos. María José no dice nada. La cucharada de garbanzos que estaba a punto de meterse en la boca se ha quedado suspendida en el aire, como si alguien hubiese congelado la imagen. Retiro la mano de su hombro y salgo de la habitación. Me voy al despacho. Tomo asiento. Dispongo mi cuaderno sobre el escritorio y leo lo que llevo escrito: «Algún día, tendré mi propio huerto. Plantaré verduras, legumbres, frutas y cereales. Frente a los cultivos, yo mismo erigiré una cabaña de madera. Sencilla, rural…, para poder llevar una vida lo más natural posible. Ésa es la vida que deseo, la del hombre autosuficiente, que a todo el mundo quiere pero a nadie necesita… La del hijo pródigo que se reencuentra con la Madre Naturaleza…, que vuelve a las raíces de la vida misma». Añado: «Eso que muchos considerarán soledad para mí es libertad. ¿Y mi compañía? Nada más y nada menos que el milagro de la Creación». He olvidado cerrar la puerta. Oigo el sonido metálico de la cuchara al caer por fin en el plato. María José se levanta. Despacio. Sale del salón. Despacio. Entra en el dormitorio y cierra la puerta. El piso se queda en silencio durante veinticinco misisipis. Luego, se empiezan a escuchar unos sollozos débiles ―como su voz cuando se dirige a mí― provenientes del dormitorio. Una respiración agitada… María José sorbiendo los mocos producto de la llantina. Me pongo en pie. Me detengo en el umbral de la puerta 64 del despacho. Aguardo once misisipis exactos… Lentamente, deslizo la puerta hasta cerrarla. Ahora son diez los centímetros de madera que nos separan. Al día siguiente, decido prescindir de mi cuarto de hora en el garaje, así que, cuando termino de aparcar, subo directamente al piso. Introduzco la llave en la cerradura y la hago girar. María José está sentada en el sofá. Tiene puesta una de sus telenovelas, aunque no parece estar prestándole mucha atención. ―Buenas tardes ―digo. ―Hola ―contesta sin mirar. Le echo un vistazo a la pareja de patos del llavero: uno es de color azul y verde; el otro, rojo y amarillo. Me voy al despacho. Dejo la puerta entrecerrada. Saco el cuaderno. Leo el texto: «Algún día, tendré mi propio huerto. Plantaré verduras, legumbres, frutas y cereales. Frente a los cultivos, yo mismo erigiré una cabaña de madera. Sencilla, rural…, para poder llevar una vida lo más natural posible. Ésa es la vida que deseo, la del hombre autosuficiente, que a todo el mundo quiere pero a nadie necesita… La del hijo pródigo que se reencuentra con la Madre Naturaleza…, que vuelve a las raíces de la vida misma. Eso que muchos considerarán soledad para mí es libertad. ¿Y mi compañía? Nada más y nada menos que el milagro de la Creación». Estoy a punto de añadir un par de frases nuevas cuando oigo que alguien llama al porterillo. María José se levanta a atenderlo. Son los niños. Miro el reloj: las tres en punto. Hoy llegan temprano. María José los llama desde el salón en cuanto entran por la puerta. Hablan en voz baja; no consigo escuchar lo que están diciendo, así que empiezo a contar: un misisipi, dos misisipis, tres misisipis… Se llevan así un buen rato. Alcanzo a contar hasta tres centenas de misisipis. Luego, la conversación cesa. El piso se queda en silencio. Un misisipi, dos misisipis, tres misisipis. Un sollozo. Alguien respira rápida y entrecortadamente. Se suma un segundo sollozo y, al poco, el tercero. Me quedo inmóvil, con el boli suspendido en el aire, como si alguien hubiese oprimido el botón de pausa. Ciento ochenta misisipis después, abandono ese estado de enajenación y me pongo en pie de un salto. Salgo al pasillo con determinación; pero, a medio camino, me percato de que aún tengo el bolígrafo en la mano. Regreso al despacho para soltarlo. 65 Antes de irme, contemplo el cuaderno abierto de par en par sobre la mesa… Me inclino y subrayo las dos primeras palabras del texto. «Algún día». 66 JAULAS Jacinto está viendo un partido de fútbol que televisan en el canal público. Oye sonar el porterillo. Agarra el bastón, que previamente había apoyado en la esquina junto a su butaca, y se levanta con dificultad y una mueca de dolor. Cuando llega al telefonillo pregunta quién es. Es Belén, su hija. Le abre. Deja la puerta entreabierta para que pueda pasar y regresa a la salita. Un minuto después, Belén entra en la salita sacudiendo su abrigo. ―¿Qué pasa, papá? ―dice a modo de saludo. Jacinto la saluda también―. ¿Cómo sigues con la cadera? ¿Te duele? Jacinto compone otra mueca. ―¿No han venido Manuel ni el niño? ―inquiere. ―Qué va. Le han mandado tareas; Manuel se ha quedado para echarle una mano. Jacinto asiente. Devuelve la mirada al partido. Belén se mordisquea un padrastro. Aún tiene el abrigo entre los brazos. ―Oye, papá... ―Jacinto vuelve la cabeza hacia ella―. En realidad, quería aprovechar para hablar contigo de una cosa... ―Claro. Dime. ―Baja el volumen del televisor. ―Verás... ―dice Belén―. Es sobre... Hugo. Jacinto parpadea. ―¿Qué le pasa al niño? ―dice. ―No, al niño no le pasa nada... O sea, el niño... ―Belén se aprieta el entrecejo con el pulgar y el índice―. A ver, papá, el niño ahora es la niña. ¿Lo... lo entiendes? Jacinto frunce el ceño. ―No. ¿Qué quieres decir? Belén resopla y se deja caer hacia atrás. Se queda mirando el techo por unos instantes. 67 ―A ver, papá, lo que quiero decir es que Hugo ahora se llama Laura, y que no es un niño, sino una niña. Tendrás... tendrás que acostumbrarte a tratarla en femenino. Y, por favor, no olvides llamarla Laura; se molesta mucho cuando usan el otro nombre. ―Pero... pero ¿eso cómo va a ser? ―Jacinto alza un poco la voz―. Tiene pene... Y testículos. Pene y testículos... Los tiene, ¿verdad? Belén se remueve en el asiento. ―Papá, esto... esto no es una cuestión de genitales. Laura lleva mucho tiempo sintiéndose mujer. Al principio, Manuel y yo pensamos que sería alguna tontería de críos y que se le pasaría. Pero tuvimos que informarnos, papá, cuando vimos que no lo era, que insistía. Y es... es bastante normal, al parecer. ―¿Normal? ¿Cómo va a ser eso normal? Ana Belén, escúchame bien: tiene cuatro años. Los críos de cuatro años tienen esa clase de ideas. Hoy quiere ser mujer, pero ¿y mañana? ¿Y si mañana decide que quiere alistarse en el ejército? ¿También se lo vais a consentir? ―Papá, no es lo mismo en absoluto. Este tema está documentado. De hecho, incluso hemos ido a hablar con un psicólogo. ¿Y sabes qué nos ha dicho? Nos ha dicho que sería contraproducente coartar su libertad de expresión. Que podría tener trastornos de identidad en el futuro si nos emperramos en decirle que es un niño. ―Ah, bien. Si lo ha dicho el loquero, entonces estupendo, no hay problema. ―Jacinto se inclina hacia delante―. Supongo que el tal Freud también os habrá prevenido de las burlas y conflictos que eso va a ocasionarle en el colegio... ―Por raro que pueda parecerte, los niños suelen ser muy tolerantes con este tipo de cosas. Somos los adultos quienes les metemos nuestros prejuicios en la cabeza... ―Así que a partir de ahora lo vestiréis con ropa de niña y le regalaréis muñecas por Reyes... Belén deja escapar un suspiro. ―Mira, papá, yo sé que tienes una edad y la cabeza amueblada como los de tu generación. Por eso mismo no te pido que lo comprendas, sólo que lo respetes. Y ya que te interesas por los Reyes, sí, vamos a comprarle lo que nos pida. Y esto ―saca un recorte de revista de juguetes del bolso― es lo que Laura ha dicho que quiere que le traigan en casa de su abuelo. 68 Jacinto observa el recorte: se trata de una enorme cabeza de muñeca, con una larga melena rubia y diversos accesorios de peluquería para ensayar peinados. También incluye un pequeño kit de maquillaje. ―Yo... ―dice Jacinto―. No sé si puedo participar en todo esto. ―Quédate el recorte de todos modos, por si cambias de opinión. ―Belén se enfunda el abrigo y se pone en pie―. En fin, papá. Me marcho ya. Por favor, el 25 cuando vengamos a comer, tú... no la llames Hugo, ¿vale? O no le digas nada si lo prefieres. ―Se da la vuelta y hace amago de irse, pero se detiene―. A mí también me costó asumirlo al principio, ¿sabes? Pero luego pensé: «Niño, niña... ¿Qué más da? Lo importante es que sea feliz». Y lo mantengo. Su sexo era una jaula para ella, papá. Ahora ha salido y ni siquiera parece la misma persona. Está más sociable que nunca, ha perdido esa seriedad y timidez que tenía, es... feliz ―dice. Y se va. Esa noche, Jacinto no consigue pegar ojo. El 25 de diciembre, todos almuerzan en casa de Jacinto. Belén y Manuel se han sentado a ambos lados de Laura, que se ha puesto una falda azul y una diadema con orejas de gato, y se ha pintado de rojo las uñas para la ocasión. Jacinto la mira mientras mastica un trozo de calamar relleno. Tal como dijo Belén, la niña no para de sonreír e interactuar con la gente. Jacinto traga el bocado. Después, se sirve otro pedazo más de calamar. Tras tomar el postre, los comensales empiezan a recoger y fregar los cacharros de la mesa. Jacinto se pone una copa de vino y se va a la salita a hacer la digestión. Al llegar, ve que Laura se ha dejado en la mesa una de sus muñecas. La coge por las piernas, la examina, la vuelve a dejar donde estaba y suelta un bufido. Al poco rato, Laura irrumpe corriendo en la salita para recuperar su juguete. Jacinto aprovecha la ocasión y la toma del brazo: ―Hugo ―dice―, ¿tú por qué dices que eres una niña? ¿Tú no quieres ser un machote y un campeón como tus primos? La niña se le queda mirando con el ceño fruncido. ―Yo no me llamo Hugo. Yo soy Laura ―responde con gesto irritado. ―Pero vamos a ver, Hugo... ―empieza Jacinto, pero Laura lo interrumpe: ―¡Yo no me llamo Hugo! ¡Yo soy Laura! ―chilla. Se zafa de él y se aleja corriendo. 69 Jacinto se deja caer en la butaca. Permanece en silencio con la mirada perdida hasta que llega Mari, hermana de Belén e hija suya. ―Anda, papá... Anda que vaya tela ―dice. Jacinto la mira, pero no contesta. Mari coge su abrigo y se marcha sin despedirse. De hecho, nadie aparece por la salita para despedirse de él ese día. ―... y entonces lo cogí por el brazo y le dije lo que os he dicho ―dice Jacinto. Está en un bar de adultos con otros dos jubilados, Marcelo y Teodoro. El establecimiento es de madera oscura, queda justo abajo de su casa y tiene muy barata la cerveza. ―¿Y qué te dijo él? ―pregunta Marcelo. ―Sí, eso, ¿qué dijo? ―se suma Teodoro al tiempo que da un trago a su bebida. ―Pues la cuestión es que me dejó bastante sorprendido. ―Jacinto pasa las yemas de los dedos por las gotas adheridas al cristal de la jarra―. Me dijo que su nombre era Laura. Pero lo dijo muy serio y mirándome muy fijamente, casi como si estuviera decepcionado conmigo. No sé, me quedé perplejo al ver tanta convicción en una criatura tan pequeña... ―Oh, vamos, Jacin. ―Teodoro le da una palmada en la espalda a su amigo―. No te nos vayas a ablandar. No es más que un niño, no sabe lo que quiere... ―¡Otra por aquí, jefe! ―dice Marcelo dirigiéndose al camarero. ―Sí, sí, ya sé que sólo es un niño. ―Jacinto sacude la cabeza―. Pero... no he podido evitar quedarme pensando en lo que dijo Belén. Al final, se trata de que el crío sea feliz, ¿no? Sus amigos lo observan sin decir nada. Luego, Marcelo rompe el silencio: ―A ver, compadre, no te lo tomes a mal, pero... Es decir, claro que quiero que mis nietos sean felices; pero tampoco quisiera tener por nieto a un transformista en miniatura, no sé si me entiendes... Eso... Eso me daría repelús. ―Marcelo finge un temblor. Teodoro se echa a reír enérgicamente ante la ocurrencia de Marcelo. ―Un transformista... ―dice, y vuelve a partirse de la risa. ―Creo que no estáis entendiendo nada... ―murmura Jacinto cabizbajo. ―¿Qué? ¡Pues claro que te entendemos, Jacin! ¿A que sí, Teo? ―Teodoro asiente, solemne―. Lo único que queremos decir es que nos parece un disparate toda la cancha 70 ―Me voy a comer con mi familia. Ahí te quedas. ―También es mi familia ―replica la anciana, pero Ramiro no responde. Sale del piso y cierra la puerta con llave. ―¡Feliz Navidad! ―Saluda con la mano y una gran sonrisa a unos vecinos. Éstos musitan otra felicitación y desaparecen por el rellano de la escalera. Ramiro se rasca el ojo. La familia está sentada en el sofá. Un par de niños corretean alrededor. Hay polvorones y papel de regalo por todos lados. ―¡Ahora los regalos del abuelo! ―Uno de los niños da saltitos junto a Ramiro. ―¡Sííí! ―La hija de Alfonso, de la misma edad que su primo, imita al crío. ―Bueno, bueno. Espero que hayáis sido buenos los dos, ¿eh? ―Ramiro rebusca en su abrigo y saca la carpeta de color lila. Mientras la abre y coge los dos regalos envueltos en papel de periódico, mira a Alfonso con el rabillo del ojo: éste tiene la mirada clavada en la carpeta y la boca entreabierta; mueve los labios como si quisiera decir algo, pero al final desiste y guarda silencio―. Aquí tenéis. ―Ramiro les entrega los regalos a los niños. Sus nietos no tardan en desenvolverlos: se trata de un par de cuentos de aspecto algo maltratado; uno va sobre piratas, en el otro hay princesas, dragones y caballeros andantes. ―¡Muchas gracias, abuelo! ―Los niños se abrazan a las rodillas de Ramiro; éste les da sendas palmaditas en la espalda. ―Cariño ―dice la madre del crío―, deja que papá y yo te guardemos eso. ―¡Sí! ―salta de repente Alfonso―. Dame el tuyo también, Raquel. Ya tendrás tiempo de leerlo luego. Los adultos intercambian miradas. Ramiro se rasca el ojo izquierdo. ―Voy un segundo al baño. ―Se levanta y sale al pasillo. Oye murmurar a los adultos, pero no se detiene a escuchar. Atraviesa el pasillo y pasa de largo el baño. Entra en la habitación de Raquel, su nieta. Enciende la luz y comienza a ojear los juguetes y pertenencias de la niña. Encuentra unos cordones de colores en un estante; Raquel estaba fabricando muñecos de cuerda con ellos. Ramiro los enrolla en una bola y se los echa al bolsillo. 77 ―¿Abuelo? ―El anciano se gira bruscamente. Es Raquel. Está junto a la puerta, y observa su bolsillo con el ceño fruncido―. ¿Por qué coges mis cordones, abuelo? Son un regalo de mamá. Ramiro se lleva la mano al ojo izquierdo. Frota, frota, frota. Entonces sonríe ampliamente. ―Ven aquí, hija. ―Se sienta en la cama y se da unas palmaditas en los muslos―. Cierra la puerta y ven aquí. El abuelo quiere contarte una cosa. Esa misma noche, antes de dormir, Ramiro no se rasca el ojo izquierdo. En lugar de eso, se introduce los dedos en la cuenca y extrae de ella la esfera de cristal que todos los días hace pasar por globo ocular. Después de sumergirla en un vaso de agua que coloca en la mesilla, apaga la luz y cierra su único ojo para conciliar el sueño. En la oscuridad, el párpado del ojo vacío palpita rítmicamente. 78 HOGAR SANO, MUEBLES BRILLANTES Mi marido Benito está viendo ese concurso de la televisión que tanto le gusta. En él, los concursantes tienen que abrir cajas que unas veces les hacen ganar dinero y otras perderlo. El programa contrata modelos despampanantes, que son quienes abren las cajas por las que se deciden los concursantes. A los modelos varones los visten con prendas de cuero muy ceñidas; a las hembras diría que apenas las visten. Él siempre ha sido muy aficionado a esa clase de concursos, pero éste es sin duda su favorito. Parece que hoy Benito tiene uno de esos días tranquilos. De camino a la cocina, paso junto a su butaca y me detengo a darle un beso en la cabeza. Apenas conserva tres o cuatro pelos, lo que no deja de ser meritorio a sus ochenta y dos años. También a mí empiezan a clarearme ya algunas zonas del cuero cabelludo. Humedezco un paño, cojo un par de guantes de goma y me dispongo a limpiar la madera del salón. Yo siempre digo que esa madera atrae el polvo como la miel a las moscas. Llevo peleada con ella desde que tengo uso de razón. Empiezo a frotar. Primero, la vitrina con la vajilla y la cubertería para invitados; luego, la consola del televisor y las repisas. Benito se queja porque, aun en cuclillas, le tapo una fracción de la pantalla. Me hace señas con las manos para que me aparte. No quiero irritarlo, así que me doy un poco de brío y sigo con los muebles contiguos. Cuando el trapo comienza a volverse plomizo, dejo de frotar y lo llevo al fregadero para aclararlo. ―Madera, madera y más madera ―refunfuña Benito. Se levanta de la butaca; su programa ha terminado―. Tu vida gira en torno a la madera de esta casa. ―Hogar sano, muebles brillantes ―contesto yo. Se trata del eslogan de la marca de líquido abrillantador que suelo utilizar―. Hogar sano, muebles brillantes ―repito, esta vez para mí misma. Y continúo buscando motas de polvo en los recovecos del mobiliario. * * * 79 Tras terminar con la limpieza, me preparo un baño de sales. Mi médico dice que son buenos para las articulaciones. También me ha recomendado practicar algo de mindfulness; según él, a mi edad, una tiene que aprender a relajarse y tomarse la vida con más filosofía. Estoy ensayando algunos ejercicios de respiración que me ha enseñado cuando Benito irrumpe en el cuarto de baño dando un portazo. ―¡¿Dónde está?! ―exclama con voz furibunda―. ¡Más te vale decirme dónde lo tienes! ―¡Benito! Benito, por Dios, ¿qué quieres? ¿No ves que me estoy bañando? Pero Benito no me oye. Mira en todas direcciones, como quien está siendo acechado por un depredador. Luego, abre el armario de las toallas y se pone a vaciarlo como un loco. ―¡Benito! ¡Benito, ¿se puede saber qué estás haciendo?! ―Desde donde estoy, tan sólo veo la mitad de su cuerpo que está fuera del armario, de donde no paran de salir escopetadas toallas de todos los colores, como si un cañón de circo las estuviese disparando desde dentro―. ¡Benito, por favor, para! ¡Detente, por lo que más quieras! En ese momento, Benito saca la cabeza del armario. Contempla su interior con la boca torcida y el ceño fruncido, y le arrea una patada que hace que uno de los azulejos de la pared se resquebraje. ―¡Ay! ―chillo sobresaltada por el golpe―. ¡Ay, Dios mío, la cerámica! Con lo cara que nos costó esa pared… ―¡Dime dónde lo escondes! ¡Dime dónde está o te prometo que echo abajo toda la puta pared! ―Benito zarandea los puños mientras se desgañita―. ¡Te lo juro, Reme! ¡Te lo juro por los clavos de Cristo, nuestro Señor! ―¡¿El qué, Benito?! ¡¿Dónde está el qué?! Él me fulmina con la mirada. Entonces, por un momento, deja de gritar y de agitar los brazos, y se queda mirando fijamente la bañera, sin parpadear, como si estuviera sopesando alguna idea. Dirige hacia mí su dedo índice y dice con gesto grave: ―Está ahí, ¿verdad? Bajo el agua. Entre tus piernas. De pronto, vuelve a tensarse y, antes de que pueda reaccionar, tiene medio cuerpo metido en la bañera. Benito empieza a revolver el agua y la espuma con violencia, palpando el suelo con las manos en busca de algo que sólo él sabe. Yo chillo sin contención, pero a él no parece importarle. La brusquedad de sus movimientos hace que 80 se formen olas, por lo que el agua comienza a bosarse y a empapar las toallas que yacen esparcidas por todos lados. ―¡Hijo de puta, hijo de puta! ―vocifera Benito. En una de sus idas y venidas, sus dedos me pellizcan sin querer los labios de la vagina. El dolor me hace dar un respingo y meterle un empellón involuntario que lo hace caer de culo. Por unos segundos todo se queda en silencio. Después, él vuelve en sí y se pone en pie. ―Benito ―digo. Él da un alarido. Pasa por encima de las toallas y se marcha, aún chorreando y cubierto de espuma. Me llevo las manos a la cabeza. Me toco la vagina. Miro a mi alrededor. Las toallas no han podido contener toda el agua derramada, que se ha abierto paso hasta la moqueta del salón en forma de pequeños riachuelos. Tardo un buen rato en arreglar el estropicio del baño. Benito y yo no volvemos a dirigirnos la palabra en lo que resta de tarde. Esa noche, antes de acostarme, veo cómo le cambia la pila a la linterna que siempre guarda en el cajón de la mesilla. Me meto en la cama, de espaldas a él. Y aunque estoy agotada, el sueño tarda en llegar. Me desvelo a altas horas de la madrugada, cegada por un potente haz de luz que me apunta directamente a los ojos. ―Os he oído ―dice Benito. Sujeta la linterna como si fuera el guarda de seguridad de un museo―. Estabais haciendo el amor. ―¿Benito? ¿Qué…? ¿Qué hora es? ―Me cubro el rostro con una mano para protegerme del resplandor. Trato de incorporarme, todavía somnolienta y desorientada. ―Hacíais el amor ―replica Benito, obcecándose en mantener el chorro de luz a escasos centímetros de mi cara―. Os he pillado in fraganti. ―Benito, hazme el favor de guardar ese cacharro. Hoy no tengo cuerpo para tus desvaríos. ―Antes quiero verme las caras con ese cabrón. ―Tú mismo; pero haz el favor de apagar la linterna. ―Que sepas que te estás trajinando a un cobarde, Reme ―dice Benito―; los hombres de verdad no se esconden debajo de la cama: dan la cara. 81 ―Benito ―digo con voz cansina―, no hay nadie debajo de la cama. Compruébalo si quieres; pero, por favor, déjame dormir. Por favor. Es lo único que te pido. Benito apaga la linterna. Se agarra a las patas de la cama y agacha la cabeza para mirar debajo. Me recuesto, por fin, y vuelvo a cerrar los ojos. Benito permanece un rato agazapado, inspeccionando a conciencia el hueco bajo el lecho. Al cabo de unos minutos, se resigna y se vuelve a acostar. Y empieza a farfullar cosas. Y yo lo chisto para que se calle. Y él se calla. Y yo empiezo a adormilarme con los ruidos de la calle residencial. Y entonces, cuando por fin estoy a punto de quedarme dormida, vuelvo a sentir la linterna y el aliento de Benito en mi cuello. ―Ya sé cómo lo habéis hecho. ―Su voz suena triunfal. ―Benito... ―digo. ―Cuando he bajado a mirar, él se ha subido arriba contigo; y luego, cuando me he subido yo, él se ha vuelto a bajar. Por eso no he podido verle. ―Benito... ―vuelvo a decir. ―Se te ve el plumero a la legua, Reme. Se nota que esto de la infidelidad no es lo tuyo. ―Se acabó ―digo. Me destapo, me siento en el borde de la cama y tanteo el suelo con los pies en busca de las zapatillas―. Me voy a dormir al sofá. ―Claro. Cómo no. Así podréis seguir haciendo el amor sin que os moleste. ―Sí, Benito, lo que tú digas. ¿Me alumbras aquí abajo, por favor? No soy capaz de localizar las zapatillas… Benito apaga la linterna. Suspiro. Me arrodillo con cuidado y doy al fin con las zapatillas. ―Al menos, podrías reconocerlo ―dice él cuando ya me estoy yendo―. Así serías sólo una zorra, en lugar de una zorra embustera. Aprieto el paso y salgo del dormitorio. Una vez en el salón, me dejo caer en el sofá y me quedo tumbada bocarriba, con los ojos abiertos y las manos entrelazadas sobre el regazo. Por alguna razón, a Benito le da por ponerse a encender y apagar la linterna. Las ráfagas de luz iluminan buena parte del pasillo, lo que termina por despabilarme del todo, y, por si fuera poco, se me mete en la cabeza el «clic, clic, clic» del interruptor. Se pasa así un buen rato, por lo menos media hora. Para cuando por fin le vence el sueño, yo ya no soy capaz de dormirme. Así que me levanto, cojo un paño de los de limpiar y 82 me pongo a quitarle el polvo a la madera. «Hogar sano, muebles brillantes», reza la etiqueta del bote de mi abrillantador de confianza. Vierto un poco de líquido en el paño. Y froto, y froto, y froto hasta ver reflejada en la madera a una anciana con cara de cansancio. Al día siguiente, aprovecho el tiempo que Benito ocupa en ir a comprar el periódico para llamar por teléfono a Virginia. Alguien descuelga a los tres tonos. ―Hola, mamá ―dice Virginia―. ¿Qué tal todo? ―Buenos días, hija. Pues aquí estamos ―digo yo―. ¿Qué tal están Eugenio y los niños? ―Dice que bien, que Borja está sacando mejores notas en matemáticas y que Sofía se ha apuntado a clases extraescolares de voleibol―. Suena genial, hija. Diles que me alegro mucho por ellos. A propósito, Virginia… ―digo, y después suspiro y no digo nada más. ―¿Mamá? ¿Sigues ahí? ―Sí, sí, cariño. Sigo aquí. Perdona. ―Ibas a decir algo. ―Sí. Sí, sí, perdón. A ver, cielo, es que… ―Vuelvo a suspirar. Me paso una mano por la cabeza y me aliso el pelo revuelto mientras busco las palabras―. Cielo, es tu padre. Ha vuelto a hacerlo. Y yo… pensaba que podría aguantarlo… Pero no. Esto me supera. Últimamente, está tan descontrolado que ni lo reconozco. He estado dándole vueltas a lo que dijiste la última vez que hablamos. Lo del… Lo de la… ―Residencia ―dice ella por mí. ―Sí ―digo yo―. Lo de la residencia. ―Se hace el silencio. Enrollo un dedo en el cable del teléfono, a la espera de una respuesta. ―Y tú… ―dice Virginia al cabo de unos segundos―. ¿Tú estás convencida de esto, mamá? ―No ―contesto al instante―. No, para nada. Por supuesto que no lo estoy. Hablamos de más de cuarenta años de matrimonio, Virginia. Cuarenta años de convivencia con la misma persona. ¿Crees…? ¿Acaso crees que soy capaz de imaginarme la vida sin tu padre al lado? ―Ya… Supongo que no. ―No ―ratifico yo. 83 ―Supongo que entonces la situación se ha vuelto insostenible. ―Supones bien, hija. Supones bien. ―Ya… ―Virginia guarda silencio durante varios segundos. Aguardo―. De acuerdo, mamá ―dice al cabo―. Está claro que papá está enfermo. Y no es cuestión de que tú lo sufras, o acabarás enfermando también. De acuerdo ―vuelve a decir, esta vez como para sí misma―. Escucha, mamá. Convendrás conmigo en que, tal como están las cosas, papá no va a ingresar en una residencia por voluntad propia… ―¿Qué quieres decir? ―Quiero decir que, si queremos trasladarlo, primero vamos a tener que incapacitarlo. ―Me quedo callada. Oigo la respiración de Virginia al otro lado de la línea. Giro la cabeza y me topo con la fotografía de mi boda: Benito y yo, jóvenes, sonrientes, muchos años atrás. Hay unas cuantas motas de polvo adheridas a la madera del marco. Le paso la manga del pijama por encima para quitárselas―. Sé que no suena muy bien, mamá; pero hemos de pensar en el bienestar de papá. Y en el tuyo. Ahora mismo, ésta es la mejor opción. Vuelvo a mirar la fotografía: jóvenes, radiantes, muchos, muchos años atrás. ―¿Qué hay que hacer? ―pregunto. Escucho a Virginia tomar aire antes de empezar a explicarme el proceso. Lo primero que hacemos es someter a Benito a un examen psicológico. Benito relata a la profesional que lo atiende sus historias y teorías sobre mi supuesta infidelidad. La psicóloga lo deja hablar y asiente con la cabeza de cuando en cuando. Al cabo de un rato, toma la palabra y trata de explicarle por qué sus pensamientos son irracionales y sus sospechas sobre mí, infundadas. Craso error, ya que Benito no se demora en llamarla por el nombre de un animal silvestre y en acusarla de estar compinchada con nosotras. La psicóloga lo invita a abandonar la consulta, sin perder los papeles en ningún momento a pesar de sus imprecaciones. Cuando Virginia y yo nos quedamos a solas con ella, le bastan dos palabras para referirnos el diagnóstico: esquizofrenia paranoide. Nos asegura que así lo testificará ante juez si es necesario. Esa tarde, poco después de llegar a casa, agarro todos mis trapos y dedico varias horas más de lo normal a limpiar la madera, vertiendo con frecuencia unas cantidades 84 generosas de «Hogar sano, muebles brillantes». Benito se sienta a ver su programa; pero no me habla, ni se queja, ni me mira. Un tiempo después, gracias al testimonio de la psicóloga, el juez declara a Benito legalmente incapacitado y nos nombra a Virginia y a mí sus tutoras. No tardamos en encontrar una buena residencia para él, con magníficas instalaciones y personal capacitado para atenderle en todas sus necesidades. Por supuesto, a él no le contamos nada; ni de lo del juez ni de la residencia. La directora de Los Olivos comprende al momento la situación del enfermo (el temperamento, las paranoias, la agresividad), por lo que se ofrece a enviarnos auxiliares a domicilio para que se encarguen de recoger y transportar a Benito a su nuevo hogar. Virginia y yo aceptamos sin dudarlo, conscientes de que entre las dos jamás conseguiríamos hacerle entrar en razón. Llega el día señalado. Oigo sonar el timbre y me encamino a abrir la puerta. Hallo a tres muchachos en el umbral: altos, corpulentos, vestidos de uniforme. Han aparcado detrás la furgoneta, en cuya pintura puede leerse el nombre de la residencia escrito con letra vistosa y elegante. Me informan de que el vehículo está equipado para garantizar la comodidad del paciente durante el transporte. Mientras tanto, Benito está en su butaca, viendo su concurso en la televisión y ajeno a nosotros. Uno de los auxiliares se dirige hacia donde está, se arrodilla junto a él para quedar a la misma altura y se presenta y le estrecha la mano cortésmente. Luego, le explica a Benito que debe acompañarlos, y aunque lo hace con tacto y delicadeza, Benito se pone como un energúmeno en cuanto entiende la situación. Me llama por la palabra que empieza por zeta y jura y perjura que nadie, ni siquiera el mismísimo Dios, lo va a obligar a irse de su casa. Entre todos tratamos de tranquilizarlo; pero nuestros esfuerzos son en balde. Al cabo de tres cuartos de hora, al personal no le queda otra que sujetarlo y sacarlo por la fuerza, entre improperios y pataletas. ―¡Enhorabuena! ―dice el presentador del programa una vez han conseguido meterlo en el vehículo y arrancar el motor―. ¡Enhorabuena, caballero: acaba de ganar usted el premio gordo! La furgoneta se aleja. Cuando la pierdo de vista, todavía puedo oír en mi cabeza a Benito maldiciéndome de las formas más impensables. Agarro mis paños, me pongo a limpiar la madera y, cuando termino, rompo a llorar. * * * 85 Han pasado varios meses desde que Benito ingresó en la residencia. Virginia ha venido a verme con frecuencia, y juntas hemos ido a visitar a Benito; sin embargo, todavía no hemos conseguido sacarle ni una sola palabra amable. Desde que se marchó, la casa permanece la mayor parte del día en silencio. Un silencio que sólo rompe su programa de la televisión. No lo veo; pero me he acostumbrado a ponerlo de fondo mientras me dedico a los muebles, los cuales estoy limpiando mucho más a menudo; a veces, hasta tres veces al día. La casa está resplandeciente; sin embargo, siempre tengo la sensación de que no termina de lucir del todo. Le falta algo. Por las noches, antes de dormirme, suelo coger la linterna de Benito. De vez en cuando, me entretengo alumbrando el techo y proyectando en él sombras con los dedos. A veces, pongo voces a las sombras, y las sombras rompen el silencio permanente de la casa. Cuando me levanto por las mañanas, mi rutina vuelve a empezar de cero, se reinicia: limpieza, programa, silencio y sombras. Y eventualmente visitas a la residencia de Benito, donde también reinan el silencio y la rutina. Pasan los días. En nuestras conversaciones por teléfono, Virginia me dice que está preocupada por mí, que me ve apagada y deprimida desde que Benito se fue. Yo siempre le digo que se equivoca, que lo que me ve es tranquila, un estado del espíritu que era impensable con Benito en casa, que de ahí el error, que se despreocupe. Cuando colgamos, busco el programa de Benito en la televisión y saco el abrillantador del armarito de productos de limpieza. «Hogar sano, muebles brillantes», pone en el bote. ―¡Hogar sano, muebles brillantes! ―digo a viva voz, y dejo caer un chorro tan desmesurado que el líquido anega el trapo y va a parar al suelo. Estoy sentada en la butaca de Benito. De mi mano derecha pende un bote de abrillantador vacío y sin tapón; en la otra tengo el teléfono. Hay un número marcado desde hace rato; pero aún no he apretado el botón de llamada. El abrillantador me resbala de la mano y cae al suelo, lo que me hace dar un pequeño respingo y parpadear repetidamente. Me incorporo un poco y me acerco el teléfono. Luego pulso finalmente el botón de llamada y me lo llevo a la oreja. ―Residencia Los Olivos. ¿En qué puedo ayudarle? ―Quisiera hablar con Benito Ferreiro. Su habitación es la 516. 86 esencial: los personajes que pueblan los cuentos de Carver no suelen ser héroes ni heroínas en el sentido épico de la palabra; se trata tan sólo de gente corriente librando sus batallas del día a día. Asimismo, Carver siente predilección por los fracasados, los perdedores y los solitarios, individuos que, de algún modo, anhelan su independencia, se cuestionan su existencia y tienden a experimentar las emociones en su polo negativo (Aranguren, 2001: 115, 118; Millán, 2017; Rodríguez, 2013). Todo ello va muy acorde con los temas que suele escoger el autor para sus ficciones. Al hablar de sus personajes, ya hemos anticipado de alguna forma la parcela de la realidad que es objeto de estudio en sus relatos: Carver escribe sobre la cotidianidad, sobre acontecimientos de la vida diaria (Rojas, 2015: 30). Para De Lorenzo (2018): Carver es la voz de las tragedias mundanas. […] Escribía sobre la gente común. […] Sobre sus dramas silenciosos perdidos en un océano de dramas silenciosos. Dentro de este espectro de temáticas mundanas, uno de los asuntos en los que con más frecuencia ahonda Carver son las relaciones de pareja (Bernardo, 2014; Millán, 2017; Rodríguez, 2013). En este sentido, Aranguren (2001: 119) defiende la tesis de que, al fin y al cabo, la historias de Carver son casi siempre historias de amor. Un amor que se explora desde la conflictividad y lo disfuncional de la convivencia (ibídem: 112), pero un amor que el autor postula, a fin de cuentas, como lo único capaz de dar sentido a la vida, si bien desconoce la manera de implementarlo o las razones que motivan este firme convencimiento (Bernardo, 2014). 2.- Estructura de la composición En lo tocante al orden de los relatos, se han implementado dos organizaciones diferentes. En primer lugar, se ha construido un índice donde se especifica cuál es el tema central de cada relato. Esto se ha hecho de forma sucinta y sugestiva, esto es, acompañando el título de cada cuento con una palabra que resume aquello sobre lo que versa principalmente. Decimos que es sucinto porque se ha utilizado un solo sustantivo para describir cada relato, y sugestivo porque el sustantivo en cuestión tan sólo permite al lector formarse una idea vaga de cómo será la historia, estimulando su imaginación previamente a la lectura y cobrando sentido una vez se ha recorrido todo el texto. 93 Así, por ejemplo, la palabra que acompaña a Regresión es «derrota», puesto que durante la narración somos espectadores de una sucesión de fracasos: primero, vemos cómo la protagonista alcanza el éxito, y luego, cómo va perdiéndolo progresivamente mientras se sume en una espiral de decepciones que acaba socavando su autoestima y su relación de pareja. A Leptospirosis le corresponde la palabra «libido»: el conflicto sobre el que se yergue la historia viene dado por el deseo sexual desequilibrado de los personajes: uno tiene demasiado y el otro no tiene el suficiente. Con esta organización, se pretende implicar al lector en la tarea de dar un orden a la lectura de los relatos, otorgándole así la oportunidad de decidir por qué relato empezar y por cuál acabar. Por ende, el orden será distinto para cada lector, y vendrá determinado por sus intereses e inquietudes particulares hacia cada temática. Cabe decir, asimismo, que este índice sigue muy de cerca al de la obra Cuentos para después de hacer el amor (Carmona, 2003), que sirvió como inspiración a raíz de una sugerencia por parte del tutor. Por otra parte, también se ha contemplado la posibilidad de que existan lectores que no quieran implicarse activamente en esta propuesta. Por ello, se ha diseñado un sistema alternativo para estos casos. Presuponemos que esta clase de lectores optará por seguir el orden en que le son presentados los relatos en el libro. Así pues, lejos de ordenar arbitrariamente los relatos, también se ha otorgado un sentido a este segundo tipo de distribución. De este modo, los relatos han sido dispuestos de manera que conformen un recorrido cronológico por las distintas etapas de la vida. Así, el libro comienza con Hermanos, que abarca la infancia y la adolescencia; continúa con Parecidos, que cubre el período universitario; Regresión comprende el fin de la universidad y los primeros contactos con el mercado laboral; Dueño, amo y señor de uno mismo correspondería a la juventud, al inicio de la adultez y la vida en pareja, y una etapa similar (aunque ligeramente ulterior) atañería a Un retortijón en el alma; en Vigilia vemos ya a una joven pareja estable y consolidada, con varios años de matrimonio a sus espaldas; un tiempo después, tendría lugar Leptospirosis, donde ya se empiezan a atisbar los problemas típicos de la adultez media; estos problemas de convivencia se vuelven superlativos en Esos quince minutos que paso a oscuras en el garaje, y nos llevan a la posibilidad de plantearnos el divorcio; le seguirían Jaulas y 94 Apariencias, protagonizados por mayores aparentemente jubilados pero que conservan su salud y lucidez mental; y, por último, cerraría la obra Hogar sano, muebles brillantes, en el que asistimos a una etapa avanzada de la vida donde los problemas de la vejez se hacen notar y enturbian la convivencia y la felicidad de quienes los padecen. Se trataría, pues, de dos formas distintas y complementarias de recorrer la obra. Por último, aprovechamos este epígrafe para comentar que la elección del relato Un retortijón en el alma para titular la obra en su conjunto se debe al hecho de que funciona bastante bien como síntesis de la cosmovisión que plasman estos cuentos: la concepción de la vida como un camino que, independientemente de la valía particular que cada cual le atribuya, está lleno de complicaciones. De complicaciones que, muchas veces, nos tocan y nos dañan en lo más profundo de nuestro ser... Como si nos diera un retortijón en el alma. 3.- Técnicas y estilos ensayados Una de las técnicas más representativas y relevantes de la presente obra es la utilización de lo que podríamos llamar «narrador carveriano». Como hemos señalado líneas arriba, se trata de un narrador omnisciente eminentemente conductista (de ahí que en un principio podamos confundirlo con un narrador cámara) que, sólo de cuando en cuando y de manera muy superficial, puede penetrar en la esfera cognitiva y emocional de los personajes. Cuando, por otro lado, el narrador no es heterodiegético sino homodiegético, éste se ve afectado por las mismas reglas, con la salvedad de que los pocos contenidos relativos a sus sentimientos o pensamientos que comparta se referirán únicamente a sí mismo. Todos los relatos del trabajo están construidos partiendo de esta clase de narrador. En total, la obra se compone de siete relatos con narrador heterodiegético (a saber: Apariencias, Hermanos, Jaulas, Leptospirosis, Parecidos, Regresión y Vigilia) y cuatro con narrador homodiegético autodiegético (Dueño, amo y señor de uno mismo; Esos quince minutos que paso a oscuras en el garaje; Hogar sano, muebles brillantes y Un retortijón en el alma). Se optó por utilizar títulos cortos para los primeros y largos para los segundos. 95 A modo de ejemplo del narrador heterodiegético carveriano, atiéndase al siguiente extracto del relato Leptospirosis (pp. 54-55): Se acomoda en el salón, saca la cerveza de la bolsa y le da un amplio trago. Le llama la atención un detalle: en la hendidura de la lata hay posos de una especie de líquido amarillento. Se acerca la lata a las fosas nasales y lo olisquea. Luego le da otro trago. Deja la cerveza sobre el posavasos y se mete una patata en la boca. Mientras mastica, mira de soslayo la cerveza. La coge de nuevo. La observa. Vuelve a soltarla. Va al despacho a por su portátil. Se lo pone en el regazo y teclea «pis de rata» en el buscador a la vez que da cuenta de algunas patatas más. No tarda en toparse con una palabreja: leptospirosis. «Enfermedad zoonótica bacteriana que se contrae por contacto directo o indirecto con la orina de animales infectados, especialmente roedores», pone en internet. «Suele producir fiebre, cefalea, escalofríos, vómitos, ictericia, anemia y/o erupción. En algunos casos, puede adoptar formas asintomáticas. Si no recibe tratamiento, puede ocasionar daño renal severo o incluso la propia muerte». Desvía la mirada hacia la lata. La olfatea una última vez. Continúa informándose: «Aunque no existen datos concluyentes al respecto, algunos estudios minoritarios señalan el contacto sexual como posible vía de contagio». Un rato después, Gonzalo baja la tapa del ordenador y engulle con avidez el resto de su almuerzo. Como podemos observar, son las conductas del personaje las que se encargan de narrar qué está sucediendo en su cabeza: Gonzalo descubre un líquido de color amarillo en su lata de cerveza; piensa que tal vez pueda tratarse de orina de rata; lo huele para comprobarlo y no le da importancia en un principio, pero, movido por la curiosidad, busca en internet al respecto; luego, al constatar los efectos perjudiciales para la salud que puede acarrear, vuelve a preocuparle que pueda tratarse de eso, por lo que huele una vez más la lata para, finalmente, convencerse de que no es el caso y seguir disfrutando de su almuerzo con tranquilidad. Otro ejemplo, en este caso de narrador homodiegético, podemos encontrarlo en Esos quince minutos que paso a oscuras en el garaje, donde Francis, el narrador protagonista, consigue hacernos partícipes de su mundo interior de forma indirecta, a través de la lectura de un texto que revisita con frecuencia a lo largo del relato donde vuelca sus ilusiones (en este caso, abandonar la vida urbanita para irse al campo y 96 sembrar un huerto). Utiliza dicho texto (que relee y amplía) como vía de escape, pues su matrimonio está en una situación delicada y en el ambiente familiar se respira tensión. En un momento dado, decide divorciarse, pero más tarde escucha cómo su esposa le comunica la noticia a sus hijos pequeños, que la reciben con gran pesar. El texto vuelve a ser utilizado como un recurso de carácter conductual que nos permite saber qué está pensando el personaje en tales circunstancias. Así, entendemos que Francis va a sacrificar sus ilusiones durante algún tiempo más en aras de salvaguardar su vida familiar al subrayar las dos palabras que dan inicio al texto: «Algún día». Ambos relatos ejemplifican también el tipo de lector atento que apuntábamos con anterioridad, puesto que para entender el texto en su totalidad el lector ha de estar pendiente al detalle, así como interpretar las conductas de los personajes en términos cognitivos y emocionales. En otros relatos, también podemos advertir cómo el narrador comparte esporádicamente información relativa a pensamientos y sentimientos, pero siempre sin excederse (ya que el grueso de estos datos serán dados al lector por la vía conductual). Por ejemplo, en Dueño, amo y señor de uno mismo, el protagonista piensa en un momento dado que los pies (y más tarde los pechos) de su fugaz amante no se parecen en nada a los de su pareja (pp. 35 y 36). De igual modo, en Hogar sano, muebles brillantes, Reme, la anciana narradora, nos aclara que esa frase que da título al relato no es sino el eslogan de su marca de abrillantador (p. 79), o nos confiesa más adelante lo agotada que se siente al terminar el día (p. 81). Finalmente, en Hermanos, el narrador nos refiere el alivio infinito que siente Miguel cuando los abusones que están dándole una paliza dejan de golpearlo (p. 2), o nos revela ese paralelismo entre su hermano y un león que se le pasa por la cabeza mientras están de caza (p. 8). Por otro lado, en consonancia con el estilo minimalista de Carver, todos los cuentos han sido escritos haciendo uso de un lenguaje sencillo, sobrio y carente de artificios. Asimismo, también se ha priorizado el empleo del «dijo» sobre el resto de verbos dicendi, con la salvedad, eso sí, de que Carver los escribe en tiempo pasado y aquí se han utilizado en su forma presente (posteriormente, abordaremos el motivo y la función de este cambio de tiempo). Valgan a título de ejemplos los siguientes extractos de Hermanos (p. 3) y Jaulas (p. 71): 97 ―No, no, no... ―dice. Se quita la mochila a toda prisa―. Joder, no... ―dice al ver que es ésta la que gotea―. ¡Joder, joder, joder! ―dice luego, cuando la huele y comprueba que se trata de pis de Borja. * * * ―Sólo me remito a los hechos ―dice―. No pretendía ofender ―dice. ―Vamos, vamos, no os peleéis ―interviene Teodoro―. Pidamos unas aceitunas... ―No ―dice Jacinto―. Yo ya he tenido bastante. Respecto a la estructura narrativa de los cuentos, destaca el uso de la elipsis interescénica (exceptuando Vigilia y Dueño, amo y señor de uno mismo, que se desarrollan en ausencia de saltos temporales). En Esos quince minutos que paso a oscuras en el garaje, casi todas las escenas son calcos y repeticiones de las mismas situaciones con alguna que otra variación; la elipsis, en este caso, potencia esa sensación de monotonía en que vive atrapado el protagonista y permite entender al lector los saltos en el tiempo que se plantean y que van desgastando paulatinamente a los personajes. No obstante, quizá el ejemplo de elipsis más paradigmático se halle en Regresión, donde cada salto en el tiempo conlleva una involución hacia la infantilidad por parte de Amanda, la protagonista de la historia. Así, la primera escena comienza con una Amanda madura, con pareja estable y a punto de graduarse de forma honorífica, mientras que el relato termina con una chica adicta a las golosinas infantiles, que viste pijamas con motivos de dibujos animados, incapaz de alisarse el pelo sin ayuda de su madre y cuya actitud egoísta la ha hecho quedarse sola. Asimismo, cabe señalar el uso de inicios in media res en buena parte de los textos. Hogar sano, muebles brillantes empieza mostrando los efectos de un matrimonio socavado por culpa de una enfermedad degenerativa de uno de los miembros que debutó en algún momento anterior al inicio de la historia. Dueño, amo y señor de uno mismo da comienzo con un par de extraños que despiertan juntos y en paños menores; no sabemos qué han hecho, ni qué clase de relación los une, ni por qué están tan tensos; sólo a posteriori el relato arrojará luz sobre el asunto. Tanto en Vigilia como en Leptospirosis, somos espectadores de una relación de pareja aparentemente normal, y sin embargo todo apunta a que ocurre algo entre ellos que se nos escapa. En éstos y otros casos, no sabemos como lectores qué ha llevado a los personajes a las circunstancias en que los 98 encontramos al inicio de sus respectivas historias. Ello nos obliga a mantenernos ojo avizor para ir rescatando las pistas que el cuento nos dé al respecto. También en lo tocante a los finales se ha intentado reproducir el estilo carveriano. Así pues, en mayor o menor medida, todos los relatos concluyen con finales abiertos, siendo tal vez los ejemplos más representativos Apariencias, Parecidos y Regresión. En el primero, queda a cargo del lector imaginar qué ha pasado (o si ha pasado algo) entre el abuelo y la nieta. En el segundo, el relato termina dando una pincelada tenebrosa al personaje del profesor, si bien es el lector quien debe rellenar el vacío relativo a su pasado y teorizar por dónde van los tiros. Por último, en el tercero se vuelve a encomendar al lector la tarea de determinar cuál ha sido la decisión de Amanda respecto a la continuidad o no de su relación de pareja. El final abierto sirve, por lo tanto, como una suerte de recurso para volver más participativo a nuestro público e involucrarlo de manera más activa en la lectura. De esta forma, los lectores también juegan un papel fundamental en la construcción de los personajes, puesto que, una vez han recibido los datos que el cuento les proporciona acerca de los mismos, depende de ellos decidir cómo concluyen sus arcos argumentales. Los lectores tienen, por así decir, la última palabra sobre la historia y sus personajes. En relación con esto, podemos explicar ahora la elección del tiempo verbal presente para los relatos. El motivo de no haber seguido a Carver (él acostumbra a escribir en tiempo pretérito) en este aspecto radica en que, a nuestro juicio, el tiempo presente refuerza la sensación de inmediatez en el lector, de que todo está ocurriendo en este preciso momento y de que, por consiguiente, el final aún no ha sido escrito. Ello nos resulta beneficioso porque, como comentábamos, deseamos que sea él quien escriba este final. Creemos, en definitiva, que de la conjugación de tiempo presente y finales abiertos puede emerger una sinergia muy funcional y oportuna. En última instancia, los finales abiertos también nos posibilitan poner en práctica la llamada teoría de la omisión, dado que, a fin de cuentas, el mensaje del relato aparece velado, implícito, y se presenta intencionadamente de forma ambigua en aras de que nuevamente sea el lector quien le dé un sentido con su interpretación. Esto implica que, al menos en la mayoría de los casos, no se ofrecen moralejas como tales; por el contrario, todos los cuentos son más o menos amoldables a la persona que los lee, en 99 tanto en cuanto la persona puede, gracias a esta ambigüedad deliberada, extraer una lección adaptada a sus principios, a su propia forma de pensar y entender el mundo. Pongamos por caso el siguiente fragmento de Un retortijón en el alma (pp. 46-47): Me miro en la pared-espejo: mi rostro apenas es una silueta borrosa entre tanto humo. Al cabo del rato, ya ni siquiera me veo las manos, ni mi reflejo en el espejo, ni al resto de personas de la discoteca. Pero sí veo a Gloria. La cojo de la mano, ella me sonríe. Me siento ingrávido, diminuto. Gloria, en comparación, se me antoja inmensa. Tanto humo me marea. Pienso en marcharme. Entonces noto la presión de la mano de Gloria. La miro a los ojos. Me quedo en mi sitio. Y finalmente el deseo, todo el deseo, se desvanece. Ante este mismo extracto, un lector A podría concluir, por ejemplo, que finalmente Rubén, el protagonista, decide quedarse con su pareja al entender, cuando se miran a los ojos, que ésta es parte consustancial e inseparable de su ideal de felicidad. En este sentido, podría interpretar ese desvanecimiento del deseo como una señal de que, en efecto, su relación es más importante que cualquier insignificante contratiempo (sus dolores de barriga, su incomodidad). De igual modo, entenderíamos entonces como algo positivo esa inmensidad con que percibe momentos antes a su novia (ella es «lo más grande» que hay en su vida). En contraposición, un lector B podría extraer una moraleja menos esperanzadora, esto es, que al final el protagonista se resigna a permanecer a su lado aun con todo el infortunio que ello le acarrea (el dolor, la incomprensión, el sacrificio). Interpretaríamos, por lo tanto, esa confrontación de la mirada como algo amenazante y perturbador (le ha dado un ultimátum), y de igual modo la presión que ejerce sobre su mano (que en el caso del lector A podría ser un indicador de calidez y afectuosidad). La percepción de inmensidad (y la sensación, en cambio, de que él es diminuto) también pasaría a representar algo negativo: ella acapara todo su espacio (físico y psicológico), ella es sofocante, no le deja a él espacio para crecer. Por último, la desaparición del deseo sería entendida como una fatalidad: él, como le auguraba el psicoanalista (p. 44), ha dejado de existir para siempre. Valga todo ello como ejemplo de lo abierto que está el texto y lo accesible que puede resultar a toda una pluralidad de lectores. 100 Siguiendo la estela del realismo sucio y del minimalismo, todos los relatos podrían considerarse «historias mínimas»: narración sucinta, pocas escenas, poca acción, una plantilla de personajes reducida, etc. Además, dos ingredientes indispensables del trabajo han sido la narración de situaciones de la vida cotidiana, por un lado, y la acentuación de los aspectos más oscuros y aciagos de la realidad por el otro. En unos relatos está más presente este ingrediente de la cotidianidad (Hermanos, Jaulas, Leptospirosis...), mientras que en otros es el elemento de lobreguez el que sobresale (Apariencias, Parecidos, Vigilia...); también encontramos casos en que ambos factores han sido combinados de manera equitativa (Hogar sano, muebles brillantes; Esos quince minutos que paso a oscuras en el garaje...). Para terminar, se ha tratado de presentar personajes realistas y creíbles, sin características especiales que los conviertan en héroes o heroínas; sencillamente, gente normal y corriente sumida en sus tribulaciones del día a día. Igualmente, las relaciones de pareja (tan presentes en la obra de Carver) han constituido el tema por excelencia de los relatos; de hecho, tan sólo cuatro de los once cuentos (Apariencias, Hermanos, Jaulas y Parecidos) exploran temas ajenos al amor (y su faceta disfuncional) en convivencia (y aun así éste suele estar presente en el trasfondo). 4.- Dificultades y soluciones A lo largo de este apartado, haremos mención de algunas de las dificultades más señaladas que surgieron durante la escritura de los relatos y, de igual modo, se indicarán también los remedios que se idearon para subsanarlas. Con este fin, realizaremos un breve comentario de cada uno de los cuentos de la obra. - Hermanos Los cambios más importantes atañen sobre todo a los diálogos: se modificaron vocablos y expresiones para volver más natural y espontánea la manera de interactuar de los personajes. Junto con Dueño, amo y señor de uno mismo, fue uno de los relatos que menos cambios sufrió. 101 - Parecidos Tan sólo se realizaron algunos cambios menores. Por ejemplo, en el primer borrador, el profesor decía cuando se presentaba a sus alumnos «Me llamo Eduardo José Cavanillas. Seré vuestro profesor de Historia del Derecho». Se notaba demasiado que esa frase estaba ahí para el lector, puesto que entendemos que los alumnos, al disponer de horarios académicos, ya saben en qué asignatura están. Fue sustituida por «Historia del Derecho no es una asignatura fácil ni demasiado amena, pero, por suerte para vosotros, yo soy muy buen profesor» (p. 13), que suena mucho más natural. - Regresión En este relato, el paso del tiempo en general y las elipsis (en calidad de señaladoras del mismo) en particular juegan un papel fundamental. Sin embargo, en un primer momento advertimos que, puesto que los saltos en el tiempo que se dan son de gran tamaño, no nos bastaría con dejar un espacio en blanco entre escenas como en el resto de relatos; esto habría podido desconcertar al lector, haciéndole creer que cada nueva escena tiene lugar poco después de la anterior, imposibilitando así una lectura ágil y fluida. Por esta razón, se decidió incluir fechas al inicio de cada escena, evitándose así cualquier confusión al respecto. Además, el final también fue objeto de modificaciones bastante significativas. Obsérvese cómo era el primer final que se ideó: […] Agacha la cabeza. Muerde la piruleta, a pesar de que acaba de empezarla, y mastica los pedazos enérgicamente. Escupe el palo a la papelera. Luego, abre el menú de opciones del chat con Luci y, tras unos segundos de inacción, pulsa sobre «Bloquear contacto». De inmediato, la foto de perfil de Luci desaparece y es sustituida por un vacío de color blanco. Regresa al salón con una nueva piruleta. ―¿Algo importante, amor? ―pregunta su madre volviendo a cogerle el pelo. ―Nada ―responde Amanda―. Qué va. Nada en absoluto. Este final atentaba abiertamente contra la idea de los finales abiertos de Carver. En él, quedaba claro cuál era la decisión que finalmente tomaba la protagonista respecto a su relación. En cambio, en el nuevo final no se explicita nada sobre esto: tal como 102 abandonarla y volver al mundo real, o, en nuestro caso, antes de pasar al siguiente relato y olvidar el que acaba de terminar. Se supone que este párrafo de mirada vendría a evitar justamente eso, cediéndole un pequeño espacio para digerir lo que acaba de suceder. 5.- Resultados Para realizar esta valoración de conjunto de la obra, debemos retrotraernos a los objetivos que nos planteábamos al inicio. En primer lugar, nos proponíamos llevar a cabo un análisis estilístico de la obra de Raymond Carver. El estilo del escritor ha sido estudiado con cierto nivel de profundidad en el apartado de «Fundamentos», por lo que nada nos impide afirmar que este objetivo se ha visto satisfecho. En segundo lugar, pretendíamos, por una parte, aplicar el estilo de Carver a los relatos y, por otra, reflexionar sobre cuán parecidos eran los productos finales a los cuentos del escritor. Tal y como hemos justificado a lo largo del epígrafe de «Técnicas y estilos ensayados», varios de los rasgos característicos de la literatura de Carver están presentes en nuestros relatos. Asimismo, en el apartado de «Dificultades y soluciones» hemos recapacitado y apuntado múltiples diferencias entre nuestros cuentos y los suyos, implementando en la medida de lo posible soluciones y recursos que redujeran estas distancias. Creemos, por lo tanto, que también hemos cumplido en mayor o menor medida con este objetivo. Ya a título personal, quisiera dejar constancia de que, más allá de lo meritorio que pueda considerar o no el resultado final en calidad de obra literaria, me siento muy satisfecho con el proceso que he seguido junto al tutor hasta alcanzarlo. Puede que mi sensación al leer algunos de mis relatos se aproxime o se aleje de la que experimento cuando leo los de Carver, pero me doy cuenta de que, al final, valoro más el aprendizaje sobre el autor y su obra y la autoobservación que he desarrollado al escribir que el mero hecho de haber replicado más o menos fielmente su narrativa. Así pues, creo que el Trabajo de Fin de Máster me ha servido, sobre todo, para desarrollar mi capacidad de autocrítica como escritor, algo que no hubiera sido posible sin el andamiaje que me han supuesto las atentas apreciaciones del tutor y su constante 109 invitación a empatizar con el lector y ponerme en su lugar. Considero, por lo tanto, que los relatos aquí presentes son un reflejo de este proceso de evolución, y confío asimismo en que, para mí, no supongan sino el primero de los muchos pasos que conforman el camino hacia la madurez en el noble arte de escribir. 110 6.- Bibliografía consultada y aplicada AMIR, Ayala, 2010. The Visual Poetics of Raymond Carver. Estados Unidos: Lexington Books. ARANGUREN ECHEBARRÍA, Javier, 2001. «Los cuentos de Carver ¿son siempre cuentos de amor?». Pensamiento y Cultura [en línea], no. 4, pp. 111-120 [consulta: 2 de mayo de 2020]. Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=70100410 BARICCO, Alessandro, 2006. «El hombre que reescribía a Carver» [en línea]. Oswaldo Chanove. 29 de agosto de 1999 [consulta: 2 de mayo de 2020]. Disponible en: http://chanove.rupture.net/baricco.htm BERNARDO SAN JUAN, José, 2014. «El “trasfondo desconcertante” de Raymond Carver» [en línea]. Nueva Revista. 14 de septiembre de 2014 [consulta: 2 de mayo de 2020]. 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