R. Jenkyns. Un paseo por la literatura de Grecia y Roma. Barcelona: Crítica [Reseña]
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HABIS 47 (2016) 347-386 - © Universidad de Sevilla - ISSN 0210-7694 373 RESEÑAS A pesar de las innegables aportaciones de algunos de sus capítulos, resulta evidente que la gran ausente de este volumen, salvo por la contribución de Heyworth y algunos pasajes aislados, es la crítica del texto, y ello a pesar de contar con grandes autoridades en la materia entre los colaboradores. No hace falta recordar que fue precisamente a la transmisión y crítica del texto virgiliano a las que Mario Geymonat dedicó sin duda sus páginas más memorables. Luis Rivero García R. JENKYNS, Un paseo por la literatura de Grecia y Roma, Crítica, Barcelona 2015, trad. Silvia Furió, 299 pp. Empieza Jenkyns su libro con una afirmación ya esgrimida por muchos otros, pero que no viene mal recordar para no perderla nunca de vista: “Si queremos entender a fondo qué es nuestra cultura y de dónde procede, necesitamos cierto conocimiento de la literatura clásica” (p. 9). Esta declaración, pronunciada por alguien que ha consagrado su vida al estudio del Griego y el Latín (las mayúsculas son intencionadas), podría –por parecer motivada por una pasión y no por un pensamiento sopesado– carecer de valor. Así que permítasenos redundar en la idea citando a un profesor de matemáticas, cuyo testimonio se nos antoja más objetivo: “Somos hijos de la civilización latina y nietos de la griega, depositarios por tanto de un inmenso tesoro de sabiduría y pensamiento que debemos conservar, porque sin él nunca entenderemos el presente. Y el valor de este saber es perenne, por mucho que evolucionen los tiempos [...]. Nuestro mundo es muy cambiante y tecnificado, cierto, pero por paradójico que parezca, tiene más posibilidades de adaptarse a él y comprender sus cambios quien conozca bien nuestro pasado y disfrute con la obra de los artistas, científicos y pensadores que nunca pasan de moda” (R. Moreno Castillo, Panfleto antipedagógico, Leqtor, Barcelona 2006, p. 106). El libro que reseñamos es una historia de la literatura grecorromana, pero a diferencia de las habituales está hecha, aunque pueda parecer una obviedad, para leerla. No se trata, pues, de un manual de consulta. Este es el motivo por el que no incluye ni textos clásicos en su lengua original –y los pocos que hay traducidos se reducen a unas meras referencias–, ni notas al pie (salvo las alusiones a loci citati que aparecen al final). Además la extensión del libro es reducida y difícilmente se puede abarcar toda la literatura grecorromana –¿en realidad algún libro puede?– y, suponemos que intencionadamente y a la manera de algunos autores antiguos que buscaban la simetría en sus obras, se distribuye en dos partes con semejante número de páginas, una dedicada a la literatura griega desde Homero hasta época helenística (pp. 13-138), y otra dedicada a la literatura romana (pp. 139-274). Hablamos de literatura “romana” y no “latina”, siguiendo a la Filología Clásica alemana, porque, pese a que en el libro no se alude a esta diferencia, es un término que sirve para englobar en una misma categoría aquellas obras que fueron compuestas por romanos o gente romanizada desde la fundación de Roma hasta su caída, fuese esta escrita en latín o en griego. Por ello Fabio Píctor (III a. C.), Pablo (s. I d. C.) o Plutarco (s. I-II d. C.), aun escribiendo en griego, se enmarcan en la literatura romana.
374 HABIS 47 (2016) 347-386 - © Universidad de Sevilla - ISSN 0210-7694 RESEÑAS Esta reducida cantidad de páginas hace que, por un lado, se requieran unos conocimientos previos (y sobre todo unas lecturas previas) y, por otro, se omitan o se pasen muy por encima –pedibus inlotis praeterire, diría Macrobio– autores y obras cuya ausencia llama cuando menos la atención, y que creemos se deben sobre todo a gustos personales. Por ejemplo, mientras de Platón se habla a lo largo de ocho páginas, se reduce a Aristóteles a meras referencias para contrarrestar la figura de su maestro. Nada dice Jenkyns de autores como Nevio o Nepote y tan sólo nombra a Livio Andronico, sin el que –creemos– no se puede entender bien el origen de la literatura latina. Pasa por alto el Arte poética de Horacio o el Ibis ovidiano y al hablar de la elegía romana no cita el libro III del corpus Tibullianum. Tampoco se comentan las obras técnicas, acaso por esa idea extendida de que los tratados científicos escritos en prosa no son literatura. Sin embargo, tanto griegos como romanos dotaban a sus composiciones, por muy técnicas que fueran, de elementos retóricos y estéticos y, asimismo, la visión general de la literatura grecorromana quedaría de alguna forma mermada sin el estudio de estas obras, no solo por su contenido, sino también por lo que ello implica en la mentalidad de la época y de la sociedad de entonces. Por ejemplo, las Controversias y Suasorias de Séneca el Viejo –omitidas por Jenkyns– son determinantes, en nuestra opinión, para reflejar la educación de su época, mostrar la decadencia de la oratoria y hacia dónde se encaminaba gran parte de la literatura posterior (uide infra). Por no hablar de las obras de catalogación de Aristóteles, la Historia Natural de Plinio el Viejo, acaso la primera enciclopedia de la literatura occidental, o las Noches Áticas de Aulo Gelio, fuente inagotable de anécdotas y de información literaria. No obstante, somos conscientes de que estas omisiones –y lo mismo sucede por ejemplo con los poetas llamados menores o con los carmina poetica– son lógicas cuando se busca la concisión y la brevedad y, por tanto, se excluyen en beneficio de la visión global que se pretende dar. Por ello nos parece más que acertado el título dado en castellano a la obra inglesa Classical Literature, que alude a un paseo –no a un profundo escrutinio– por la literatura grecorromana; un paseo en el que Jenkyns se detiene en unos lugares (épocas, autores, obras) más que en otros, atendiendo a los gustos personales, lo que ya de por sí lo exime –si lo considera oportuno– de precisas disquisiciones. ¿Qué aporta este libro que no hagan otros de la misma temática? Lisa y llanamente el hecho de que haya sido escrito por Richard Jenkyns, profesor emérito de la Universidad de Oxford, con una numerosa bibliografía a sus espaldas, entre las que destacamos Three Classical Poets: Sappho, Catullus, and Juvenal (Harvard University Press, 1982), Virgil’s Experience: Nature and History; Times, Names and Places (Clarendon Press, 1998), Classical Epic: Homer and Virgil (Bristol Classical Press, 1998), y que dan buena cuenta de sus amplios conocimientos tanto en las letras griegas como romanas. Este libro es, en consecuencia, producto de una persona con una gran experiencia, cuyas reflexiones provienen de una madurez intelectual y no, como viene siendo costumbre, del ímpetu y las circunstancias académicas de turno. Es la atalaya que otorga este estatus de “no tener nada que demostrar”, lo que le permite a Jenkyns dejarse llevar en sus juicios sin importarle lo que otros puedan pensar. “La literatura –afirma en el prólogo (p. 11)–, si es buena, exige la reacción del lector, y la historia de la literatura ha de emitir juicios si quiere ser algo más que una lista de hechos”. Si bien en una reseña se espera que el reseñador cuente de qué trata el libro o haga un breve resumen, permítasenos para dar una idea de él hacer una yuxtaposición de los juicios que Jenkyns esparce por todo el libro –algunos muy mordaces– y que en absoluto buscan enjuiciar al propio autor, sino más bien despertar el interés en los futuros lectores, para que, aguijoneados por la curiosidad, aborden el libro con avidez.
HABIS 47 (2016) 347-386 - © Universidad de Sevilla - ISSN 0210-7694 375 RESEÑAS Homero proporciona “el modelo por el que podía representarse noblemente la experiencia humana” (p. 37); Hesíodo es “el primer individuo de Europa” (p. 39) y “un quejica” (p. 179); Arquíloco “es el primer incordio de Europa” e Hiponacte, “el más escabroso de los poetas impertinentes..., un ladrón obsceno y pendenciero” (p. 45); Estesícoro, “el más grande de todos los poetas líricos” (p. 51); Antígona “es el ancestro femenino de Juana de Arco” (p. 90); Jenofonte, “el primer todoterreno de los escritores en prosa” (p. 110-1) y su Ciropedia, la primera novela histórica (p. 111). Sobre Calímaco dice que es “difícil darles crédito” a las declaraciones de que es el poeta helenístico más grande (p. 127); de Las argonáuticas de Apolonio se sorprende de que “siendo tan bellos los mejores pasajes, gran parte del poema sea tan aburrido” (p. 132). De Varrón dice que “es harto dudoso que su mente fuera genuinamente potente” (p. 146); de Cicerón habría que admirar “la falsedad, como muestra de la habilidad del orador” (p. 150); sin Lucrecio “la historia de la literatura occidental habría sido muy distinta” (p. 162); la descripción virgiliana de la destrucción de Troya “es quizá la narración bélica más hermosa de la literatura antigua” (p. 188) y Virgilio “hace gala de una autoridad clásica y, sin embargo, ningún poema épico parece más personal” (p. 197); El Arte de amar de Ovidio es “informal y endeble” (p. 222) y en él “descansa una idea de desenfrenada promiscuidad donjuanesca que es pura fantasía” (p. 223); posiblemente Las metamorfosis “esté sobrevalorada... sus fragmentos de descripción natural son poco imaginativos, y en general hay menos variedad de tono y estilo de lo que uno podría esperar” (p. 227). Al hablar de Séneca el Joven dice que “un hombre ha de tener verdadero talento para escribir obras tan malas” (p. 233) y alude a las palabras de otro profesor, cuyo nombre no menciona, para decir que Séneca “escribe igual que mea un jabalí, es decir, a sacudidas” (p. 230); san Pablo es “el autor clásico posiblemente más influyente de todos” (p. 237); de la Tebaida de Estacio afirma que “no tiene mucha razón de ser: no es más que otro poema épico” (p. 243); Tácito y Juvenal “comparten una especie de grandeza saturnina y un oscuro resplandor” (p. 251); Persio “es malhumorado, difícil y tortuoso... y desprecia la poesía contemporánea por su falta de huevos y porque no inspira a morderse las uñas de emoción” (pp. 258-9); el Apocalipsis de Juan es “quizá la obra de ficción en prosa más imaginativa y cautivadora en griego” (pp. 265-6); refiriéndose al Satiricón de Petronio dice que “hay hielo en el mismo corazón de la obra” (p. 269) y su particularidad proviene “de su feroz indiferencia al decoro” (p. 270). En todos sus juicios se muestran, como no podía ser de otra forma, sus preferencias. Siente predilección por Homero, Esquilo, Platón o Virgilio y rechazo, si no desprecio, por Ovidio o Séneca. Y esto está bien, de hecho muy bien, pues le permite al lector enjuiciar a Jenkyns, sopesar sus afirmaciones, y, en fin, adoptar una actitud crítica sin ningún reparo. Es la propia naturaleza del libro la que reclama a voces que se juzgue la literatura grecorromana y al propio Jenkyns. Ahora dejamos las valoraciones al lector y nosotros nos limitamos a comentar unas pocas cuestiones que la lectura del libro nos ha sugerido. Al hablar de los primeros pensadores, se alude a los conocidos, “con la inteligencia de la retrospectiva” (p. 39), como presocráticos. Lejos de nuestra intención criticar una nomenclatura, la de presocráticos, tan instaurada; sin embargo, no nos resistimos a reflexionar sobre el hecho de que se denomine a alguien o algo con un referente posterior –¡catafóricamente!–, como si la persona o cosa no tuvieran entidad por sí misma y debiera recurrir a algo todavía inexistente. Si bien es cierto que Sócrates despuntó por su pensamiento, no lo hizo de la nada, sino gracias a los pensadores anteriores a él. Incongruencia esta del lenguaje similar al hecho de llamar “época contemporánea” a un
376 HABIS 47 (2016) 347-386 - © Universidad de Sevilla - ISSN 0210-7694 RESEÑAS periodo que ya abarca más de dos siglos, desde la Revolución Francesa hasta la actualidad –¿habrá una época posterior a la contemporánea?–. Cuando Jenkyns comenta a Virgilio, menciona el hecho de que el poeta no se haga presente en la Eneida, como sí lo hacía en sus Geórgicas, ya que “tradicionalmente el poeta épico se ocultaba” (p. 185). En este sentido viene a cuento recordar que hasta en eso Virgilio fue un maestro y llegó a deslizarse en su epopeya de una forma hermosamente sutil pero evidente cuando describe la muerte de los troyanos Niso y Euríalo: Fortunati ambo! Si quid mea carmina possunt, nulla dies umquam memori uos eximet aeuo, dum domus Aeneae Capitoli immobile saxum accolet imperiumque pater Romanus habebit ¡Afortunados los dos! Si algo pueden mis poemas, nunca día alguno os borrará del tiempo memorioso, mientras habite la inamovible roca del Capitolio la casa de Eneas y el padre romano mantenga su gobierno (Verg. A. 9.446-449). Jenkyns describe en apenas quince líneas (p. 230) la decadencia de la oratoria, un hito en nuestra opinión de la literatura clásica, pues no solo afectó al propio género oratorio, sino a todos. Incluimos como simple ilustración un cuadro donde se recogen las causas de esta decadencia relacionadas bien con la situación política y social, bien con las escuelas de retórica: Causas de la decadencia de la oratoria Relacionadas con la situación política y social Fuentes antiguas La falta de libertad que transforma a los oradores en aduladores Longin. subl. 44. 2-3; Petr. sat. 3.3 La oratoria política ya no tiene sentido. Los discursos más famosos son aquellos que fueron pronunciados contra personas verdaderamente importantes que atentaron contra la República como Catilina, Verres o Antonio. Debido a la nueva forma de gobierno en la que el emperador hace y deshace a su antojo ya no hay ese tipo de discursos Tac. Dial. 36-37 La mala educación que ejercen los padres sobre sus hijos, el olvido y corrupción de los mores maiorum, la inmoralidad reinante, el apego al lujo… Longin. 44. 8-11; Sen. Ep. 19. 114. 2-9; Sen. Con. 1 praef. 6-10; Tac. Dial. 28. 2 Después de que la oratoria llegara a la cima con Cicerón entre otros, se tiende únicamente al descenso Sen. Cont. 1 praef. 7 Los oradores gozaban de mucho prestigio antaño y ahora ya no Tac. Dial. 7. 3-4 Antes un orador podía hablar en el foro todo el tiempo que quisiera, ahora, en cambio había límites de tiempo Plin. Ep. 6. 2.5; Tac. Dial. 19. 8; 38-39 Ya no hay temas importantes que tratar y la clientela de los oradores es la gente del pueblo llano Tac. Dial. 41
HABIS 47 (2016) 347-386 - © Universidad de Sevilla - ISSN 0210-7694 377 RESEÑAS Relacionadas con la situación política y social Fuentes antiguas Se busca un discurso ampuloso y literario más para entretener y deleitar que con fines utilitarios Petr. 1.3; 2.1-9; Quint. Inst. 2. 10. 11; 5. 12. 17-19; Sen. Ep. 16. 100. 5; 19. 114. 10; Tac. Dial. 20.5-6 Los declamadores y oradores emplean un tono y unos gestos afeminados Pers. 1. 33-34; Quint. Inst. 5. 12. 20; Sen. Con. 1 praef. 8-10; Sen. Ep. 19. 114. 1; Tac. Dial. 26. 2-3 Relacionadas con las escuelas de retórica Fuentes antiguas Los oradores de antaño tenían conocimientos de muchas disciplinas, destacando entre ellas la filosofía, y ahora los rétores sólo enseñan su materia, desatendiendo las demás D. H. Rh. 1 p. 3. 10-14. 4; Tac. Dial. 30-32; Petr. 4,3; Theo, Prog. 2. 59. 5-7. La enseñanza recibida en las escuelas de retórica no es práctica y, en consecuencia, los conocimientos adquiridos no preparan a una persona para desenvolverse en el foro Quint. Inst. 2. 10. 7-9; Petr. 4. 1-4; Tac. Dial. 34-35; Theo, Prog. 2. 59. 7-10. Los casos recreados en las escuelas de retórica son o bien ficticios o bien siempre los mismos (crítica a las declamaciones) Quint. Inst. 2. 10. 3-5 y 9; 5. 12. 22; Ivv. 7. 150-154; Petr. 1. 3; Tac. Dial. 35 Algunos abogados y maestros de retórica están mal pagados y a veces mal vistos, por lo que no se esfuerzan en su labor Sen. Con. 1 praef. 7; Iuv. 7. 105-214 Por un lado la literatura está hecha para sentirla, juzgarla y reflexionarla y los estudios sobre literatura, como este de Jenkyns, están hechos para incitar a la reflexión. Por otro lado, el pasado se ha de integrar en el presente, como diría Ortega y Gasset, “con mente porosa y activa”. Sírvanos este libro, pues, para producir nuevas reflexiones, pulir las que ya teníamos y aplicarlas con mente abierta a nuestros conocimientos y –¿por qué no?– a nuestra cotidianidad. Esteban Bérchez Castaño J. A. LÓPEZ FÉREZ, La comedia griega en sus textos. Forma (lengua, léxico, estilo, métrica, crítica textual, pragmática) y contenido (crítica política y literaria, utopía, sátira, intertextualidad, evolución del género cómico). Madrid, Ediciones Clásicas, 2014, 314 pp. En este volumen, el décimo cuarto ya de sus Estudios de Filología Griega, el profesor López Férez recoge las intervenciones de los colegas participantes en las VI Jornadas Internacionales “Estudios actuales sobre textos griegos (La Comedia)” celebradas en la sede de la UNED en Madrid en octubre de 1997. En ellas se dieron cita algunos de los principales especialistas de este género literario y se pudieron abordar, como el subtítulo del volumen indica, cuestiones de forma, contenido y otros aspectos más transversales relacionados con la evolución del género, las relaciones intertextuales o la pragmática aplicada al género de la comedia. Como bien reconoce el editor en su “Nota preliminar”, muchos años han pasado desde que se impartieron aquellas ponencias hasta que este libro ha visto la luz, pero la