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DIMENSIÓN ECONÓMICO-POLÍTICA DE LA ESTRUCTURA IDEOLÓGICA EN EL NUEVO ESTADO ROMANO REPUBLICANO ANTERIOR A LA GUERRA DE ANÍBAL por JUAN CARLOS DOMÍNGUEZ PÉREZ RESUMEN ABSTRACT Frente a la imagen del siglo III AC que se ha sostenido hasta la actualidad basada en las fuentes históricas y literarias de los siglos II y I AC y en muchas tergiversaciones historiográficas, los nuevos hallazgos arqueológicos nos permiten una relectura crítica de éstas y de otras fuentes antes despreciadas para la reconstrucción del modelo social de la época. No obstante, ante la evidencia de que nos enfrentamos a dos modelos sociales incompatibles, parece necesario buscar nuevos instrumentos que nos permitan avanzar en este análisis. En este artículo proponemos un estudio de la estructura ideológica de la época, pero a la luz de los avances que la arqueología nos ha permitido sobre la Economía Política y, en general, sobre los grandes cambios que se producen en esos años en la República Romana. In contrast to the image of the third century BC which has rested on historical and literary sources from the 2nd and 1" centuries and many historiographical distortions, the new archaeological discoveries let usa critic revision of these and other sources which had been previously rejected for the rebuilding of the social pattern at that time. However, as we are facing two incompatible social patterns, it seems necessary to look for new instruments to go forward in this analysis. In this work we have prepared a study of the ideological structure, but according to the advances the archaeology has allowed us about the Political Economy and, in general, about the great changes that take place in the Roman Republic in those years. Palabras claves Historicismo. Modelo social. Tensión religiosa. Prodigio. Desviaciones rituales. Superstición. Ánforas greco-itálicas. Key words Historicism. Social pattern. Religious stress. Prodigy. Ritual deviations. Superstition. Greco-italic anphoras. SPAL 11 (2002): 297-309 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2002.i11.15
298 JUAN CARLOS DOMÍNGUEZ PÉREZ 1. INTRODUCCIÓN Aunque no son muchos los estudios al respecto, en los últimos arios se han publicado distintos intentos por reconsiderar la Historia de Roma a lo largo del siglo III AC en una apuesta singular por actualizar esta realidad histórica a los nuevos hallazgos arqueológicos que se han producido. Hasta este momento, la investigación, heredera de un debate historiográfico de marcado carácter historicista y decimonónico, se reducía por lo común a la historia política, materializándose en el problema del imperialismo y/o la conquista y en sus posibles consecuencias institucionales para la República. No obstante, la superación progresiva de esta dinámica monolítica y unidimensional, gracias a los esfuerzos interdisciplinares y al creciente peso específico de los hallazgos relativos, ha transportado el debate hacia nuevas posiciones teóricas cuya validación definitiva puede colocar el hasta ahora asumido modelo social del siglo III —y en particular el del período pre-anibálico— en la antesala de una profunda reformulación. ¿Qué supone el siglo DI en la República Romana? Hasta hace muy poco únicamente el espacio cronológico en el que se desarrollan las dos primeras Guerras Púnicas, la lucha por el control del Mediterráneo Central y Occidental,... ¿Aníbal y el Africano? Sin duda, no es ésta la realidad de un siglo que no coincide con el modelo aceptado ni siquiera en el volumen de fuentes reconocidas. Lejos de la imagen que proporciona la ausencia de testimonios históricos contemporáneos (por la pérdida de Fabio Píctor y de los historiadores filo-púnicos, así como de los primeros eslabones de otras líneas historiográficas paralelas), el período que abarca desde la Lex Ogulnia hasta el inicio de la Segunda Guerra Púnica cuenta ya hoy con evidentes datos materiales que nos permiten mantener una posición razonablemente crítica incluso para los arios correspondientes a los libros perdidos de Livio. La mejor manera de evitar esta doble concepción es plantear qué era Roma en el ario 300 y en qué se diferencia de la nueva realidad del 218. Esto nos obliga sin duda a relacionar los hechos con la conocida historia política, pero ello no debe condicionar un análisis que intencionadamente acerca su mirada a otros hechos. Así podremos evitar la excesiva atención prestada a la Segunda Guerra Púnica (cuyo valor traumático, por otro lado, es innegable) por el excesivo sentido decisorio concedido a Polibio, cuya narración histórica adolece de unas orientaciones singulares, algunas de las cuales no se toleraría hoy ni como defecto de principiante a un historiador de nuestra era1. En líneas generales consideramos que la historia de la Roma Republicana "adulta" no sólo no comienza con la Segunda Guerra Púnica, sino que las profundas transformaciones que subyacen en su nueva dimensión de potencia mundial se producen a lo largo de este período pre-anibálico y que esta maduración social, económica, institucional y política sufre importantes crisis con los dos conflictos bélicos romano-púnicos. Es decir, que la supremacía de Roma visible ya en el siglo Use fragua en procesos socio-económicos antebélicos por lo menos en igual medida que en los procesos políticos con los cartagineses. Esto evidentemente no quiere decir que existan dos líneas paralelas de desarrollo histórico, aunque sí una evidente priorización de objetivos socio-económicos condicionada por la propia urgencia de los acontecimientos políticos y militares. Basta echar un vistazo a una cronología comparada de todos estos acontecimientos por separado para comprobar hasta qué punto determinados desarrollos cualitativos seculares sufren abandonos periódicos coincidiendo con una dedicación plena a conflictos en los que se ventila la continuidad del modelo republicano, bien frente a un enemigo exterior, bien frente a amenazas de "revolución democrática". 1. El problema principal es la mal considerada "actualidad" de su modelo historiográfico que, como es lógico, posee unas claves culturales esenciales propias de otros modelos anteriores que le sirven de referencia (básicamente Tucídides y las aportaciones que él siempre rechaza de los historiadores helenísticos, incluido el denostado Timeo de Tauromenio). Una aproximación al estudio del tema —centrado en el debate del imperialismo— puede encontrarse en mi Memoria de Licenciatura (inédita). (Domínguez Pérez 1995: 36-47). SPAL 11 (2002) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2002.i11.15
DIMENSIÓN ECONÓMICO-POLÍTICA DE LA ESTRUCTURA IDEOLÓGICA EN EL NUEVO ESTADO ROMANO... 299 En este punto del debate es donde resulta imprescindible encontrar nuevos elementos de juicio que permitan un análisis de las transformaciones socio-económicas del siglo III. Se trata de definir una serie de "termómetros" que nos permitan medir el grado de actividad social, los niveles de ruptura entre grupos sociales, de cohesión entre los grupos oligárquicos y de organización entre los grupos populares, de alineamiento interclasista en torno a una familia o de fractura de la estructura clientelar en favor de estas diferencias sociales. También se trata de establecer hasta qué punto estas nuevas transformaciones sociales y económicas, pero también políticas (la nueva oligarquía patricio-plebeya, la irrupción del comercio y la economía monetaria, los beneficios de la conquista, la explosión demográfica, la acumulación material,...) están produciendo la elaboración de un nuevo código de conducta del ciudadano republicano, lejos ya de la austeridad y de la humildad, la solidaridad y el sentido ético con que las fuentes pretenden caracterizar los primeros tiempos de la República. Por otro lado, no deberíamos perder de vista los principios en que el Estado romano fundamenta su modelo social: la importancia crucial del reparto de la propiedad y la propia división social del trabajo según las condiciones impuestas por el régimen de propiedad y la definición consecuente de la posición social individual. Sobre estas condiciones de la Economía Política se instituye el modo de producción y distribución de los tres elementos básicos del sistema: (por este orden) la fuerza del trabajo, las materias primas y los productos de uso y consumo. Tratar de esbozar las transformaciones de la Roma del siglo III AC es ni más ni menos que proceder al estudio de cómo se elabora progresivamente el complejo estructural de esta formación económicosocial y, decididamente, qué peso tienen en esta elaboración las distintas estructuras regionales que conforman la estructura global. Tradicionalmente el peso académico y el rechazo a la interdisciplinaridad han impedido la confluencia de estos estudios llamados a hacer converger en un mismo marco conceptual aparatos documentales procedentes de ámbitos dispares. Hoy ya no sólo es posible, sino sobre todo deseable enfrentar con armas distintas disciplinas que en el fondo tratan de lo mismo por vías alternativas. Esa es nuestra intención al buscar en el singular aumento de la tensión religiosa que se produce en este siglo III AC elementos que pueden enriquecer a los que ya tenemos procedentes del campo de la arqueología subacuática o de campo (ánforas greco-itálicas arcaicas, productos del Taller de Pequeñas Estampillas,...). En suma, de lo que se trata es de intentar precisar el peso que en la definición definitiva de la formación económico-social que estudiamos tiene la superestructura ideológica (religiosa, jurídico-política, irracional), amparada en coartadas institucionales que garantizan la reproducción incuestionable de las relaciones de producción a través de la clase dirigente que gestiona en su provecho el Estado. 2. LA TENSIÓN RELIGIOSA REPRODUCE LA NO-CORRESPONDENCIA ENTRE LAS NUEVAS Y LAS VIEJAS RELACIONES DE PRODUCCIÓN Para ello una referencia importante puede ser el análisis de los distintos acontecimientos religiosos en el período de estudio. No es éste el lugar apropiado para dar una valoración de la importancia del fenómeno religioso de la época en Roma (Scheid 1991: 99-118) 2 . Aún así, no resulta innecesario afirmar que su particular trascendencia en el modelo social romano procede, en primer lugar, de su alto grado de vinculación al poder político y, por tanto, de su crucial representatividad de la orientación del modelo de estado que pretende la clase dirigente; pero también es importante por su nivel de referencia de actitudes oficiales, públicas y privadas, o, lo que es lo mismo, por su función moralizadora, por su potencialidad creadora de la ética social de la época. En este sentido, en numerosas ocasiones, los distintos colegios sacerdotales se convierten en instituciones 2. Y, sobre todo, algunos textos significativos como Po!. VI 56, 7-12 (infra); Liv. V 14, 2; VI 1, 10 (para principios del siglo IV AC); VIII 23, 13-16 (327/6 AC). SPAL 11 (2002) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2002.i11.15
300 JUAN CARLOS DOMÍNGUEZ PÉREZ fundamentales para el control del orden público, así como en instrumentos de la oligarquía y las familias para la gestión interesada de lo público, que frecuentemente se patrimonializa. Por otro lado, también es fuente de reivindicaciones sociales plebeyas y su concesión no es más que un nuevo episodio de renuncia calibrada del patriciado y una apertura mínima a la participación de los ricos plebeyos de los beneficios políticos, sociales y económicos del nuevo Estado romano. Polibio es quien puede valorar en su justa medida esta importancia política de la religión en la sociedad romana. Como griego y como historiador preocupado de la historia polftico-militar se admira de la presencia de lo religioso en todos los asuntos públicos y privados, en una época marcada por el descrédito de las distintas confesiones en el Mediterráneo 3 . Su certero análisis de la función social del miedo a lo desconocido en el mundo antiguo contribuye a centrar nuestro tema. Lejos de ser una manifestación individual y de fe, a lo largo del siglo III, en un proceso paralelo y asociado a la elaboración de la política imperialista y del resto de las grandes transformaciones económicas, el volumen de actividad religiosa se dispara bajo la celosa gestión del Estado. Asistimos en este período a la proliferación de nuevos cultos y celebraciones religiosas, a la recopilación y difusión de gran cantidad de prodigios, mientras que el poder público se esfuerza con rigor en el control de las desviaciones rituales; se recurre en ocasiones de singulares tragedias o de alarma social a la consulta de oráculos extranjeros. La maquinaria estatal romana, con la misma finalidad que empieza a naturalizar ciertos colectivos foráneos de interés, comprende que es igualmente necesario asimilar a sus dioses y sus ritos en un desarrollo histórico que marca las directrices del nuevo modelo de estado, tendente a una federación de intereses itálicos bajo la hegemonía y la orientación romanas. Se procede también a la construcción de nuevos templos y santuarios con los beneficios materiales que reporta la conquista. A la vez, es evidente que la clase dirigente está desarrollando un singular esfuerzo por dar cobertura moral a su gestión, cuya esencia progresivamente se aleja del mos maiorum republicano uniendo el respaldo de los dioses a su política imperialista. Finalmente se procede a la redefinición o nueva creación de celebraciones religiosas como los Festivales Latinos, los Ludi Seculares, Apollinares y Plebeil, las Cerealia, Epulum Iovis, en una sucesión continua que llega a finales del siglo III. Esta incesante actividad religiosa pública tiene su referencia en otros procesos igualmente complejos de reestructuración de los fundamentos del Estado. Como se ha dicho, a lo largo del siglo y sobre todo en los arios que anteceden a la Guerra de Aníbal, se sientan las bases definitivas y los nuevos objetivos de la república imperial: la asimilación de la economía monetaria y del comercio como fuente de riqueza, el control de los principales mercados, la política de conquista, la colonización, la conformación del nuevo Estado patricio-plebeyo y del régimen oligárquico aunque con simbología aristocrática, la progresiva presencia internacional a través de tratados, alianzas y arbitrajes, y, por último, la provincialización y la tributación de los nuevos territorios. Cuanto sucede en un campo como es la religión oficial tiene, por tanto, una ligazón tan estrecha con el Estado como pudiera tenerla la deducción de una colonia, la firma de un tratado o una nueva legislación. Tanto es así que son los mismos personajes los que gestionan estos campos, sin existir más barrera que la duración del nombramiento y las funciones propias reconocidas a cada magistratura. Las autoridades políticas, militares y religiosas incluso llegan a sustituirse en ocasiones excepcionales 4 reconociéndose entre sí mismos como legítimos depositarios de los distintos atributos del poder (imperium, 3. Po!. VI 56, 7-12: "Y me parece también que ha sostenido a Roma una cosa que entre los demás pueblos ha sido objeto de mofa: me refiero a la religión. Entre los romanos este elemento está presente hasta tal punto y con tanto dramatismo, en la vida privada y en los asuntos públicos de la ciudad, que es ya imposible ir más allá. Esto extrañará mucho, pero yo creo que lo han hecho pensando en las masas. Si fuera posible constituir una ciudad habitada sólo por personas inteligentes, ello no sería necesario. Pero la masa es versátil y llena de pasiones injustas, de rabia irracional y de coraje violento; la única solución posible es contenerla con el miedo de cosas desconocidas y con ficciones de este tipo. Por eso, creo yo, los antiguos no inculcaron a las masas por casualidad o por azar las imaginaciones de dioses y las narraciones de las cosas del Hades; los de ahora cometen una temeridad irracional cuando pretenden suprimir estos elementos". 4. En plena Tercera (Segunda) Guerra Samnita, concretamente en 295 AC, el Pontífice asume las funciones de pretor por delegación del cónsul P. Decio Mus. Liv. X 29, 3-4. SPAL 11 (2002) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2002.i11.15
DIMENSIÓN ECONÓMICO-POLÍTICA DE LA ESTRUCTURA IDEOLÓGICA EN EL NUEVO ESTADO ROMANO... 301 potestas, auctoritas, arbitrium,...), a pesar de la espesa delimitación y control de sus acciones, como si se tratara al fin y al cabo de las distintas caras de una misma moneda o, más exactamente, de proyecciones distintas de una misma realidad focal 5. El proceso no puede tener una fecha de inicio más manualística: la promulgación en 300 AC de la Lex Ogulnia por la que se daría definitivamente los colegia de Pontífices y Augures a los plebeyos. Suponía una nueva concesión por parte de los patricios, en la línea de redefinición del Estado, de igual trascendencia que las futuras Leges Hortensiae (287 AC), que supondrían la equiparación final de los dos grupos sociales y la superación teórica del conflicto. Resulta evidente que la "democratización" de los colegios sacerdotales era una claudicación de la aristocracia en favor de la nueva (y rica) nobleza plebeya, que ahora también podrá gestionar el favor de los dioses y repartir el patrimonio público en asignaciones privadas con la misma legitimidad que secularmente habían disfrutado las grandes familias patricias. Pero, precisamente por ello, el Estado desarrolla su propio sistema "inmunológico", a la altura de los nuevos riesgos. La lista de actuaciones contra todas aquellas desviaciones, tanto cívicas o morales como ene! cumplimiento del ritual, es incuestionable. Ya en 296/5 curiosamente los mismos Ogulnios que habían presentado la ley de acceso de la plebe al sacerdocio presentan como ediles curules una demanda contra los usureros que se salda con una multa que se emplea en equipamiento sacro y obras viarias (Liv. X 23, 11-12). El mismo ario los ediles de la plebe Aelio Paecio y Fulvio Corvo sacan adelante sus demandas por extralimitación contra los arrendatarios de los pastos públicos y con el dinero de las multas celebran juegos y ofrecen cálices de oro a Ceres (Liv. X 23, 13). Con todo, se siguen manteniendo poderosos intentos de mantener las diferencias sociales que la ley poco a poco estaba borrando. En 295 se crea el culto a la Pureza Plebeya como respuesta de éstas al rechazo de las matronas patricias a aceptarlas en su profesión de fe (Liv. X 23, 1-10). Antes de terminar el ario se producen en Roma diversos prodigios (lluvia de tierra, rayos,...) que sumados a las epidemias llevan a consultar los Libros Sibilinos 6 y se sanciona a las matronas adúlteras, con cuyas multas se inicia la construcción del Templo de Venus (Liv. X 31, 9). El espíritu general lo muestran hechos como el falseamiento de los auspicia ante el afán por emprender una batalla con aspecto de rentable para el general al mando (Liv. X 40, 4-12) o la vinculación de los dioses con la guerra justa (manifestación de la ya explicada asociación de la religión al poder) (Liv. X 39, 14-17), pero también interpolaciones del mismo Livio como cuando se refiere a un joven de la época cuya virtud se debía a un hecho muy significativo: había nacido —literalmente— "antes de que se enseñara el menosprecio de los dioses" (Liv. X 40, 10). En el mismo ario, 293, el cónsul Papirio, tras un desfile triunfal cargado de ostentación, decide dedicar un Templo a Quirino con parte del dinero conseguido como botín (Liv. X 46, 2-8), al igual que el ario anterior había hecho su antecesor en el cargo, Postumio, con dinero de nuevas multas, dedicando el Templo a Victoria (Liv. X 33, 9). Estas dos serán las fuentes principales en la construcción de todo tipo de obras públicas por parte del Estado romano, tanto religiosas como civiles, junto a otras posibilidades que se van abriendo poco a poco ante los magistrados romanos 7 , sin contar con los impuestos ordinarios. Las instituciones republicanas rentabilizan, como es evidente, su potencial, pero de camino aprovechan la situación para ejercer con autoridad 5. El hecho llega a extremos más llamativos de dependencia a partir de la Segunda Guerra Púnica, cuando se aprecia que los distintos colegios sacerdotales sirven para iniciar en las funciones de magistrados a miembros de la nobleza cuya inexperiencia política desaconsejaba su elección para puestos de extrema responsabilidad en el Estado (Szemler 1972: 193). 6. Liv. X 31, 8. El ario anterior también se habían producidos distintos prodigios: Liv. X 23, 1; Dio VIII (Zon. VIII 1, 3). Una relación de los prodigios de la época en Macbain 1982, 86-90. 7. En concreto la venta de prisioneros de guerra, cuyo volumen (en torno a los 65.000) sólo durante la Tercera Guerra S amnita es tan impresionante que los especialistas dudan entre si su fin era la venta o el trabajo en la propia Roma, con la conciencia de que ambas posibilidades obligan a aceptar un modelo social muy distinto al propuesto para principios del siglo III. Otras formas de financiación para el Estado son la venta individualizada a los prisioneros de su libertad (Liv. X 46, 10) o la venta de parte del botín material conseguido (Liv. IX 18, 6; X 17, 6; X 37, 5). SPAL 11 (2002) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2002.i11.15
302 JUAN CARLOS DOMÍNGUEZ PÉREZ el gobierno y evitar desarrollos constitucionales democráticos. La asimilación de los nobles plebeyos es una medida de reforma del Estado en contra de la revolución', pero las reglas de juego, el equilibrio de la República, deben seguir basándose en las mismas estructuras oligárquicas. Es decir, se aumenta el número de invitados a la mesa, pero se mantienen el menú, la disposición de los comensales y el protocolo, de momento. En 293 reaparecen las epidemias y se vuelven a consultar los Libros Sibilinos que esta vez optan por una solución exterior: traer de Epidauro a Roma la serpiente de Asclepio (Liv. X 47, 6-7; Per. XI). Para ese fin es nombrado jefe de la expedición un personaje que ya a estas alturas nos resultará conocido: Quinto Ogulnio, cuyo encargo acaba con la construcción del Santuario de Esculapio (Asclepio) en la Isla Tiberina en 291 (Val. Max. I 8, 2. Cf. Liv. X 47, 6-7; Per. XI). El período analizado (del 300 al 291) supone un incuestionable aumento de la tensión religiosa, que coincide básicamente en lo político con la Tercera Guerra Samnita (298-290) y en lo social con un nuevo período de reformas definitivas sólo comparables a las del 287 y que con seguridad van indisolublemente unidas. En la práctica resulta una aceleración de los desarrollos cualitativos iniciados arios atrás ante el no siempre acertado intento de la nobleza por ponerle freno. En estos escasos diez arios, por otra parte, se dispara el número de construcciones religiosas, que prácticamente se salda con una media de un nuevo templo cada ario (Liv. X), una realidad material que puede razonablemente plasmar el interés político en asimilar los cultos foráneos y en desviar la atención del pueblo, pero que conducirían inexorablemente a la fragmentación del sentido religioso romano y, con ello, a la pérdida de efectividad social de los rituales asimilados. En un proceso de desgobierno progresivo, estos hechos llevarían a la larga a la crisis de la religión oficial ya en la Segunda Guerra Púnica y a la proliferación de ritos mistéricos y de salvación individual contra los que el mismo Estado tendría que actuar mediante su represión. En estos momentos -290 ACRoma alcanza ya una cifra de población en torno a los 270.000 (así se deduce del censo realizado al ario siguiente que lo concreta en 272.000: Liv. Per. XI), hecho que supone que prácticamente ha duplicado el número de ciudadanos en el último siglo. Esto la obliga a mantener un alto nivel de asistencia pública para alimentar a las masas —que no siempre consigue— y para evitar perder el control político de la situación. La continua movilización —lo que garantiza la maleabilidad del colectivo ciudadano más activo a través de la disciplina militar— mantiene grandes contingentes populares lejos de la ciudad y cuando la guerra deja de ser estacional y no se regresa a casa para el invierno olas labores agrícolas (Liv. V 2), el Estado se tiene que imponer una nueva necesidad: pagar a los soldados para su mantenimiento (Liv. IV 59, 11) y emplear esclavos en los campos, además de importar grandes cantidades de trigo 9 . Otra necesidad acuciante, la del agua, se cumplirá arios después, en 272, momento en el que se finalizan las obras del Acueducto sobre el Viejo Anio iniciadas por el censor Curio Dentado de su parte personal del botín arrancado a Pirro (Front. Aq. 16. Cf. sobre el botín Val. Max. IV 3, 5 y Plin. NH XVI 185). La victoria definitiva sobre los samnitas produce considerables efectos de relajación en la tensión religiosa acumulada. Tanto es así que hasta el 278 no están atestiguados nuevos prodigios. Pero ese ario, después de las denotas romanas de Heraclea y Ausculum contra Pirro (280 y 279), vuelven a aparecer viejos fantasmas: "la estatua de Júpiter fue derribada por un rayo en el Capitolio, su cabeza fue hallada por mediación de los arúspices" (Liv. Per. XIV). Sextilia, una joven Vestal, fue condenada por incesto y enterrada viva. Desde la aprobación de las Leyes Hortensias, tras la última secesión plebeya, ni siquiera se habían producido nuevas edificaciones templarias. Pero Pirro, como después hiciera Aníbal, llega a esperar en territorio latino la rendición de Roma, aunque ésta no se produce. El Senado y el pueblo son conscientes de que está en 8. Curiosamente siempre está ene! ánimo de la clase política romana, de manera velada o más explícita, el ejemplo ateniense. Dracón y Solón, por ejemplo, tienen en la Historia de la Roma medio-republicana poderosos reflejos reformadores. 9. Sobre la carestía en Roma y las actuaciones emprendidas por el Estado: Liv. IV 12, 8-10; 25,4 (ambas para el siglo V AC); V 13, 1 (para el IV AC); y, finalmente, X 11, 9. Además, se hacen frecuentes desde finales del IV AC en los tratados de paz las cláusulas que obligaban al aprovisionamiento del ejército romano como una de las condiciones exigidas por Roma a los pueblos vencidos: Liv. IX 41, 5; 43, 6; 43, 21; 45, 4. Más tarde, también se pedirá la paga de los soldados: Liv. X 46, 12. SPAL 11 (2002) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2002.i11.15
DIMENSIÓN ECONÓMICO-POLÍTICA DE LA ESTRUCTURA IDEOLÓGICA EN EL NUEVO ESTADO ROMANO... 303 peligro la propia supervivencia de la República. Ese mismo año se reanuda la actividad constructora de nuevos centros de dedicación religiosa con el Templo de Summanus en el Circo Máximo. De aquí al 264 se levantarán también los de Consus (272), Tellus (268), Pales (267) y Vertumnus (264). Vuelve a acelerarse el pulso irracional y supersticioso del pueblo y los colegios sacerdotales intentan de nuevo reconducir el proceso a través de la interpretación ventajosa de estos hechos. En este período que abarca hasta la Primera Guerra Púnica se suceden los prodigios (y las formas de expiación oficiales), acompañados de nuevos episodios epidémicos que resultan inseparables en la mentalidad popular (Macbain 1982: 86). En 266 otra Vestal, Caparronia, decide ahorcarse para no hacer frente a la acusación de incesto y a la más que posible pena de ser sepultada viva. Se apunta, significativamente, que "su corruptor y los siervos que ocultaron el hecho fueron también llevados al suplicio" (Oros. IV 5, 9). En general, desde el 290 ni el riesgo para la República ha sido permanente (salvo el momento crítico de Pirro en 279/8 AC) ni existe una crisis general que justifique el temor; pero el Estado, después de la primera década del siglo, ha sabido de la utilidad de éste y de la conveniencia de manejar con firmeza todos los argumentos del poder. Lo que se pretende ahora es que el pueblo abandone el camino de las reivindicaciones sociales —que ya se prolongaban por espacio de un siglo— y para ello la solución pasa por dos medidas tan elementales como son alejar a las masas de sus preocupaciones materiales con el temor a los dioses y al futuro y ciertas satisfacciones en la línea de un evergetismo primitivo y alejar a los ciudadanos-soldados del centro político mediante su destino en objetivos militares cada vez más alejados y duraderos. Es evidente que es en este desarrollo tanto repercute en la tensión final el miedo a la muerte en casos de victoria como de derrota. La angustia es la misma independientemente del resultado final y, en ese caso, la reconducción como acción de gracias también implicaba actividades frenéticas, ofrecimientos y sacrificios, incluidos —más tarde— los humanos'''. Uno de los mejores textos que nos han llegado para explicar estos momentos nos lo ha proporcionado Polibio (III 112,6-9), quien refleja la crisis religiosa del 216 sin olvidar que la referencia es aplicable a otros momentos similares de la historia reciente de Roma. La cita no tiene desperdicio: "Cuando en Roma se enteraron de que los dos ejércitos estaban acampados frente afrente y que cada día se producían refriegas de avanzadillas, la ciudad estaba animada y temerosa. El pueblo temía por el futuro, puesto que se habían sufrido tantas derrotas; suponían y se imaginaban ya en sus pensamientos lo que les iba a ocurrir si ahora les sobrevenía un descalabro total. Todos los oráculos que tenían entonces corriendo de boca en boca, todo templo y toda casa rebosaba de signos y de prodigios; de ahí que plegarias y sacrificios, súplicas e imploraciones a los dioses agitaran la ciudad. En las circunstancias difíciles los romanos tienden a propiciarse dioses y hombres, y no juzgan nada indecoroso o innoble si se hace en tales tiempos". En el 264, a pesar de estar inmersos en un conflicto bélico de dimensiones impresionantes, los romanos aún no son conscientes de ello. Han decidido participar en la lucha por Sicilia menospreciando el riesgo para la República y convencidos de su pronta y favorable resolución acompañada de importantes beneficios públicos y privados. Los éxitos iniciales (Agrigento, 262; Mylae, 260; Tyndaris, 257; y Ecnomon, 256) no hacen previsible el curso posterior de los acontecimientos; además, se ha conseguido que Hierón de Siracusa garantice el aprovisionamiento de las tropas de Sicilia y se ha iniciado la ocupación de Córcega. En este tiempo únicamente rompen la nueva calma de la actividad religiosa ciertos hechos aislados —aunque simbólicos—: la dedicación de un Templo a las Tempestades (259), a la Esperanza (258) y a la Fe (254). Por otra parte, también en 254 alcanza el Máximo Pontificado el primer plebeyo, Tiberio Coruncanio (Liv. Per. XVIII) 10. El primer sacrificio humano se produce en 225 y se repetirán en 216, 209 y 207, durante la crisis de la Segunda Guerra Púnica. Sobre la introducción de sacrificios expiatorios extranjeros desde el V AC: Liv. IV 30, 9-11. Otras medidas para restaurar la pax deorum, todas en Livio: lectisternios (V 13, 4-8; VII 2,2; 27, 1), recuperación de los cultos patrios (V 15; 16, 8-11) e introducción del teatro (VII 23). S PAL 11 (2002) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2002.i11.15
304 JUAN CARLOS DOMÍNGUEZ PÉREZ (ha pasado casi medio siglo desde que se suprimieron los obstáculos legales para ello); mientras, el Estado maniobra libremente en la idea de reforma consensuada con la nobleza plebeya. Pero "el naufragio de lasflotas —al menos dos: en 255 en Camerina yen 253, de regreso de África en Cabo Palinuro— deslució los éxitos obtenidos a continuación por todos los generales romanos por tierra y mar" (Ibídem). El anterior desembarco de Régulo en África en un intento por decidir la guerra, acaba por darle un giro inesperado al que se suman nuevos y contundentes reveses: el asedio frustrado de Lilibeo (250) y las derrotas claras de Drépano y Camerina (249). Ese mismo ario curiosamente reaparecen los prodigios y los juicios populares y se instituyen nuevas celebraciones religiosas. Al ario siguiente de su consulado Claudio Pulcher es procesado por perduellio y multado con 120.000 ases —aunque absuelto— por arrojar por la borda de su barco las aves sagradas ante la poca conveniencia de los auspicios que éstas le otorgaban (Val. Max. 14, 3; VIII 1 a, 4; Liv. Per. XIX; XXII 42, 8; Pol. 152, 3). Su colega Junio Pullo, acusado igualmente de ignorar el dictado de los auspicios, temeroso de no contar con el respaldo político de aquél, opta por suicidarse para no hacer frente al proceso (Val. Max. I 4, 4). Ese mismo ario —249—se celebran por primera vez los Ludi Saeculares y el dictador Claudio Glicia, que había sido elegido por el cónsul Claudio, es obligado a abdicar, pero se niega a entregar los símbolos de la magistratura (Liv. Per. XIX). Poco después, en 246, se multa a la hermana del mismo Claudio procesado por pronunciarse —mientras sufría al salir de unos juegos los apretones de la multitud— a favor de que su hermano disminuyera nuevamente la población de Roma con otros tantos desastres navales como los que había protagonizado (Liv. Per. XIX; Val. Max. VIII 1 b, 4). Con el dinero de su multa (25.000 ases) se procedió a la construcción del Templo de Libertas. Como se ve, el Estado ahora apunta "a la cabeza" de cualquier intento de desviación, pero quién lo gestiona en este momento. Los principales procesos públicos referidos son emprendidos por tribunos o ediles de la plebe que los convierten en procesos políticos populares contra los elementos más reaccionarios de la nobleza patricia. A la vez, estas actuaciones, que gozan del respaldo del pueblo sabiamente manejado, son el trampolín de estos líderes para empresas políticas más altas. Cayo Fundanio Fúndulo, por ejemplo, uno de los tribunos que condujeron el proceso contra Claudio, que hasta ese momento no había desempeñado ninguna magistratura importante, alcanza el consulado —la más alta magistratura— apenas cinco arios después (Broughton 1968: 215 y 217), aunque a medio camino se había encargado también —"de paso"—, ahora como edil, de procesar a la hermana de aquél por el asunto arriba mencionado. En este nuevo proceso lo asiste Tiberio Sempronio Graco, que accedería de igual forma al consulado pocos arios después, concretamente en 238 (Ibídem: 216 y 221). La rentabilidad política de las causas que ahora pasan a defender los populares está clara por tanto. Ondeando la bandera de la tradición, del respeto al mos maiorum y como estrictos cumplidores de la ley romana, aceptada por los hombres y sancionada por los dioses, todas las actuaciones públicas son examinadas con lupa, todos los procedimientos rituales, los nombramientos oficiales, el sobrio cumplimiento de las funciones, la puntualidad y pulcritud en los procesos adivinatorios. En cada error ajeno hay una posibilidad de futuro, en cada denuncia fundada contra patricios una carga de popularidad que diestramente manejada pondrá en las manos el consulado y, tras él, el cargo de senador vitalicio". Aunque esta política en ocasiones se volvió contra los populares 12 , siguió dando otros casos similares cuyos resultados finales no siempre conocemos por las lagunas existentes aún en algunas de las magistraturas de estos arios. El ario que finaliza la Primera Guerra Púnica (241) recoge la condena popular de los triumviri nocturni (Mulvius, Lollius y Sextilius) por llegar tarde a un incendio en la Vía Sacra (Val. Max. VIII 1 b, 5 —aunque 11. Una visión ciertamente timorata de este proceso puede verse en el artículo de Develin 1978: 3-19. Y, más al hilo de los acontecimientos políticos, pero sin relacionarlos con los económicos en Buono-Core Varas 1988: 7-19. 12. En 226, por ejemplo, se condenó al edil de la plebe C. Scantinius por "intentar corromper" al hijo de Claudio Marcelo, que ese mismo año era, además de edil curul, augur y que había sido cónsul en 222, 215, 214, 210 y 208 y pretor en 224 (?) y 216. Val. Max. VI 1, 7; Plut. Marc. 11 2-4. Broughton 1968: 230. SPAL 11 (2002) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2002.i11.15
DIMENSIÓN ECONÓMICO-POLÍTICA DE LA ESTRUCTURA IDEOLÓGICA EN EL NUEVO ESTADO ROMANO... 305 sitúa este hecho erróneamente en 168 AC—), pero, sobre todo, la construcción por parte de los ediles de la plebe del Templo de Flora cerca del Circo Máximo y del Clivus Publicius, así como la institución de la Floralia (Vell. 114, 8; Plin NH XVIII 286). Uno de estos ediles, M. Publicius Malleolus, alcanzaría el consulado en 232. Ese mismo ario aparece en escena también como tribuno de la plebe C. Flaminio, que pasaría a la historia de la República como instigador de medidas revolucionarias por sacar adelante contra la oposición de todo el Senado la distribución del ager gallicus y picenus (que la aristocracia terrateniente pretendía apropiarse distraídamente y hacerla suya de manera consuetudinaria) en asignaciones individuales. Gracias a ello fue pretor en 227 y cónsul en 223 y 217 (Pol. 11 21, 7-8; Liv. XXI 63, 2; Val. Max. V 4,5; Cic. Sen. XI. Broughton 1968: 225). Es evidente a estas alturas que el Estado, para el diseño de su política y la elaboración de sus nuevas bases, siempre está inspirado en la idea del mantenimiento del modelo establecido. El rechazo de cualquier desarrollo constitucional democrático es vigilado muy de cerca y sirve incluso como arma arrojadiza en las luchas políticas internas y su adjetivo como insulto entre los patricios cuando es necesario. Se transige en un elemental reparto de las fuentes de riqueza con los nuevos plebeyos ricos, pero no se admite ninguna discusión sobre el modelo oligárquico. En este período mal llamado de entreguerras —puesto que el Templo de Jano sólo se cierra en 235 (Varro LL V 165; Liv. 1 19,3; Vell. 11 38, 3)— se agudiza la lucha interna por el poder y para ello se retoman los argumentos ya antes utilizados. En 231 los censores son obligados a abdicar por irregularidades en su elección y en 223, por errores en el ritual, también son obligados a abdicar los flamines dialis. En 220 se llega incluso a sustituir a los cónsules electos por dos nuevos argumentando nuevamente irregularidades en el proceso (Broughton 1968: 226, 232 y 235). En estos mismos arios se reanuda la construcción de edificios de cultos: el Templo de Honos (233), el de Fons (231) y el de Virtus (222). En 221 se instituyen los Ludi Plebeü. Las medidas populistas ya se han convertido en una condición para quienes, aún siendo patricios, no tienen garantías de acceso al poder debido a la dura lucha por él. Esto hace que ciertas cuestiones "de estilo" características de los aspirantes plebeyos se incorporen al lenguaje político de la mayoría de los candidatos electorales. De fondo, lo que se está ventilando es, una vez más, la gestión del Estado. Pero no sólo el reparto de las distintas parcelas de poder, sino, sobre todo, la delimitación estructural del acceso a las fuentes de riqueza que la potencia romana administra directamente a través de sus instituciones públicas. A lo largo del siglo III y ya antes de la Segunda Guerra Púnica, gracias a la conquista y a la irrupción ventajosa que ésta garantiza en los circuitos comerciales del Mediterráneo Central y Occidental hasta ahora controlados por los griegos italiotas y los púnicos, la República ha modificado sustancialmente sus fundamentos económicos. La continua afluencia de riquezas, fruto del control de las rutas de distribución, de la intensa labor conquistadora y la administración posterior de los poblaciones sometidas, ha acabado por alterar definitivamente el modelo social romano. Difícilmente se puede mantener para esta fecha el carácter autárquico y agrícola del modelo tradicional. Roma ya no vive del trabajo de sus campesinos, sino de la extorsión de los mercados y del pillaje de sus soldados. No estamos hablando ya de una actividad estacional, sino de un proceso encadenado que sólo se interrumpe el ario 235. Como demuestra la Lex Claudia contra la actividad comercial de los senadores romanos (del 218) hay ya muchos conceptos en los que la República ha cambiado. Roma ha convertido la guerra en su principal negocio de Estado y, a través de éste, los nobles. Pero a esta tarta también aspiran los novi, cuyas aspiraciones políticas obligaría nuevamente a una apertura que rechaza la nobleza patricio-plebeya. La solución pasa por trasladar esa apertura a las fuentes de riqueza que la guerra garantiza, por permitir el acceso de estos nuevos ricos también a las posibilidades de enriquecimiento que el Estado proporciona en calidad de gestor de los territorios ocupados. En esta coyuntura ya pesar de la advertencia previa del Senado sobre la protección romana que amparaba ala ciudad ibérica (Pol. III 15, 5), Aníbal toma S agunto. Hacía tiempo que la rápida recuperación económica cartaginesa, tras la derrota en la Primera Guerra Púnica y las duras condiciones impuestas por el Tratado de Catulo, preocupaba a todas las esferas de poder de Roma. En ese momento vuelve a aparecer la dimensión divina de los asuntos romanos en la tierra. La embajada romana a Cartago portaba órdenes claras de presentar SPAL 11 (2002) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2002.i11.15