Reigada, Alicia (2022). Historia, trabajo y territorio. El conflicto capital-vida en los campos de fresas de Huelva. Barcelona: Universidad de Barcelona Ediciones. (315 págs.). [Reseña]
Full text
REVISTA ANDALUZA DE ANTROPOLOGÍA NÚMERO 25 DICIEMBRE DE 2023 ISSN 2174-6796 [pp. 153-157] https://doi.org/10.12795/RAA.2023.i25.07 RESEÑA A… REIGADA, ALICIA (2022). HISTORIA, TRABAJO Y TERRITORIO. EL CONFLICTO CAPITAL-VIDA EN LOS CAMPOS DE FRESAS DE HUELVA. BARCELONA: UNIVERSIDAD DE BARCELONA EDICIONES. (315 págs.). Lourdes Méndez Universidad del País Vasco / EHU Palabras clave: Reseña; Etnografía; Trabajo; Perspectiva feminista; Cultivo intensivo de fresas; Huelva. Keywords: Review; Ethnography; Labour; Feminist perspective; Intensive strawberry farming; Huelva. Es probable que quien lea este libro no vuelva a comprar -y a comerfresas como lo hacía antes de leerlo. Probable porque en él, Alicia Reigada, además de describir procesos, de analizar complejas situaciones locales y globales, de nombrar y dar voz a las mujeres y a los hombres, de Andalucía y de otras tierras, que trabajaron o que trabajan en los campos de fresas, hace mucho más: logra que esas abstracciones que son los conceptos – trabajo, reproducción social, etnicidad, clase, relaciones sociales de sexo, cadenas globales agrícolas, cadenas globales de cuidados, naturaleza, migraciones, contratación en origense ciñan como guantes a la realidad empírica, a lo que viven las trabajadoras y los trabajadores de la fresa, a los tortuosos recorridos de las temporeras contratadas en origen, a las ideologías sexuales y raciales que, en los campos y en los hogares, pautan la cotidianeidad. La autora logra dar cuenta de las múltiples dimensiones del conflicto capital-vida presentes en los campos de fresas de Huelva. Dimensiones que captamos, 153
por así decirlo, en vivo, porque ha conseguido encarnarlas en las voces, los cuerpos, las experiencias, los recuerdos, las vivencias, de múltiples agentes sociales (agricultores, jornaleros, temporeras, técnicos, expertos, trabajadoras extranjeras, cooperativas, asociaciones) anclados todos ellos en una temporalidad, en un territorio, en una cultura. Dividido en dos partes, y abordando cronológicamente dos ciclos políticos, históricos y económicos, el libro se construye en torno a seis capítulos que, a partir de un enfoque holístico de los fenómenos económicos, se nutre de la economía política marxista y de una perspectiva feminista materialista atenta a las relaciones sociales de sexo, a la que suma la propuesta de la antropóloga usamericana que mediados los setenta acuñó la noción de sistema de sexo-género, de explorar la economía política del sexo. A lo largo de esos capítulos se pregunta Reigada cuál es el sistema de sexo-género subyacente al modelo de agricultura intensiva que analiza, interrogándose sobre cómo se imbrica con otras variables estructurales como la clase social y la etnicidad produciendo así específicos sujetos y subjetividades. Son esas preguntas, y el constante ejercicio de una cuidadosa reflexividad epistémica, las que le permiten alejarse de posiciones objetivistas sobre las categorías de sexo, clase o etnicidad para aproximarse a ellas desde un constructivismo historizado que muestra cómo dichas categorías se configuran en un tiempo, en un contexto y en el marco de relaciones sociales de producción y de reproducción -biológica y socialque nunca son estáticas. Leemos en el prefacio que el trabajo de campo, base etnográfica de la investigación, se realizó entre 2005 y finales de 2007 en dos núcleos freseros de la provincia de Huelva -Moguer y Palos de la Fronteraen los que, en la década de los sesenta del pasado siglo, empezó a materializarse el cultivo intensivo de la fresa. Esa materialización tiene una historia, global y local, que se prolonga hasta nuestros días y durante la que se configura un modelo agrícola en el que los objetivos de progreso, desarrollo y comercialización re-modelan, en un periodo temporal relativamente breve, unas relaciones sociales de producción estructuralmente atravesadas por el sexo-género, la clase y la etnicidad. La primera parte del libro arranca, prácticamente, con la colonización agraria del primer franquismo y va desmenuzando el desarrollismo de los sesenta hasta situarnos en los noventa. Haciendo uso de numerosas referencias bibliográficas y documentales, con cuidadas tablas -en su mayoría de elaboración propiaque plasman cuantitativamente desde la evolución de las superficies de producción de fresas en Huelva, hasta su distribución territorial, los tres capítulos de esta primera parte dan cuenta de unas décadas en las que de forma progresiva se va imponiendo la idea de que cultivar fresas industrialmente conduce a Andalucía al desarrollo y al progreso. De unas décadas en las que algunos sueñan con transformar a Andalucía en la California de Europa. De unas décadas en las que se expande el cultivo intensivo de la fresa insertándose este en las cadenas agrícolas globales. Ya en esta primera parte se constata la sólida base 154
teórica de una investigación, antropológica, sí, pero atenta a la historia, a la sociología, a la economía, a la geografía, y a las teorías feministas que desde hace más de cincuenta años atraviesan, con mayor o menor reconocimiento, cada una de las citadas disciplinas combatiendo su androcentrismo analítico. Y se constata también, en unos tiempos en los que parecen estar de moda unas autoetnografías pseudo poéticas que tanto enseñan sobre sus autores o autoras y tan poco sobre las personas con las que a lo largo de cualquier trabajo de campo se comparte tiempo, conversaciones, silencios, miradas y conocimientos, se constata, decía, el saber-hacer etnográfico de esta antropóloga. Un saber-hacer que, sin borrarse a sí misma de la relación etnográfica, haciéndonos saber dónde, cómo y con quién está, se plasma en cómo utiliza su trabajo de campo de larga duración, sus numerosas y actualizadas observaciones y entrevistas, para poblar de personas, de voces, de vida, las páginas de este libro. Así, mientras que Rosario, la temporera, recuerda cómo se movilizaron durante la Transición y rememora piquetes y manifestaciones, los testimonios de Andrés y de Esperanza ayudan a entender cómo actúa el sistema de sexo-género y el conflicto de clases en el marco establecido por el trabajo de las familias jornaleras. Y en esa misma línea que compagina descripción etnográfica, capacidad analítica y reflexividad epistémica, las cuatro trayectorias laborales y vitales recogidas en el epígrafe 2.5 y la especie de sinonimia entre administrar la casa y administrar el campo expuesta en el epígrafe 2.6, nos adentran en cómo han ido evolucionando las explotaciones y ya deja entrever la desigual posición que, en la nueva agricultura, ocuparán mujeres y hombres. La primera parte se cierra con un capítulo en el que se analiza la crisis del modelo agrícola que se implantó en Huelva en los sesenta del pasado siglo haciendo que el territorio se fuera especializando para producir en fresco e intensivamente. Una crisis con dimensiones políticas, económicas, tecnológicas y ecológicas que afecta a la reproducción social de ese modelo agrícola, que nos sitúa ante la colisión capital-naturaleza, y que añade nuevos componentes al conflicto capital-vida, colisión y conflicto vinculados al mundo del trabajo y que se expresan, desde mediados de los noventa, en las políticas de contratación en origen cuyos efectos materiales e ideales examina la autora en la segunda parte de su libro. Una segunda parte que se inicia entretejiendo testimonios y recuerdos en presencia de una antropóloga que escucha, pregunta y describe que estaban “sentadas en torno a una mesa camilla que nos protege del frío que hace en las viviendas ubicadas en las fincas, carentes de aislamiento alguno, Dolores Gómez me habla sobre el abandono del trabajo en el campo, y lo hace desde su propia experiencia” (p.141). Dolores, en efecto, le cuenta su propia historia y la de su familia. Le cuenta que “vienen menos familias andaluzas porque el trabajo en el campo no es un trabajo para prosperar” (p.142). Y tras Dolores, otras voces toman el relevo, como la de Rosario Cabrera, que insiste en que a medida que los hombres abandonan el trabajo en el campo, las mujeres se incorporan 155
a él: “el campo de Huelva lo hemos salvado las mujeres […] hacíamos todo” (p.143). O como la de la sindicalista Ana Hernández, que incide en la creciente feminización del trabajo en el campo. Página tras página descubrimos cómo llegan a los campos de Huelva los programas de migración temporal, cómo se va feminizando el trabajo, cómo -y quienesperfilan las cualidades de la ‘trabajadora idónea’ y cómo, en definitiva, desde finales de los noventa se produce un reemplazo de la mano de obra en los campos de fresa de Huelva cuya complejidad, implicaciones y conflictos de sexo-género, étnicos, sexuales y de clase solo se entienden si, y Alicia Reigada lo hace, se examina ese hecho social sin desgajarlo del cómo se organiza socialmente el trabajo en la vida cotidiana. Una perspectiva feminista materialista que gana en potencia analítica cuando, como hace la autora del libro, se articula con un enfoque holístico de los hechos económicos. Adoptar esa perspectiva y ese enfoque significa analizar, articuladamente, el trabajo, la reproducción social y la vida cotidiana (ver cap.2). Significa también ahondar en las corporeidades sexuadas, sexualizadas, racializadas de unas mujeres, todas temporeras, todas migrantes, -polacas, rumanas, marroquíes, rumanas gitanas, búlgaras, ucranianas, colombianas, senegalesas, filipinas, ecuatorianas (Tabla 2, p.200)- cuyos cuerpos no son sólo percibidos y valorados como cuerpos de trabajadoras. En el capítulo 2, se ahonda en los tortuosos vericuetos de la economía política del sexo. Una economía que abarca hechos sociales en apariencia tan ajenos los unos a los otros como las prácticas de segmentación laboral: “cada vez mete a más mujeres extranjeras porque nosotras, a lo mejor tengo que ir al médico, pues no voy hoy al trabajo, y esa gente va a diario (Paqui Sánchez, almacenera)” (p. 231); la segregación espacial: “Bueno, una casa como un barracón. No era una casa. Con humedad, ni un armario ni nada, con maleta en el suelo, ropa húmeda (Kati Wozniak, temporera polaca)” (p. 244); los mecanismos de control de las trabajadoras, que incluyen prohibición de salidas nocturnas; o las relaciones entre contratación, trabajo y sexualidad, relaciones que adquieren nuevas dimensiones con la llegada de temporeras de países del Este gracias a las políticas de contratación en origen. Una descripción etnográfica nos traslada a una explanada de Palos de la Frontera ayudándonos a tomar conciencia de esa realidad en la que se entrelaza la sexualización de los cuerpos de las temporeras de los países del Este, los ideales de belleza asociados con las tonalidades de la piel, el color de los ojos y del cabello, y la sexualidad masculina heterosexual encarnada en agricultores y técnicos: “cerca de cuatrocientas mujeres aguardan inquietas y cansadas a que se les adjudique una finca […] Los productores […] se agrupan tras los técnicos planteando sus quejas y preferencias: “te voy a dar lo que te toque”, responde uno de los técnicos […] “¡Son todas feas!”[…] “¡Pónmelas buenecitas!”[…] “No, yo es que pasaba por aquí por si hay una que te sobre. Lo que sea […] aunque sean feas”. “Ni altas, ni rubias, ni guapas, ni feas”, responde el técnico. El proceso, que suele durar varias horas, continúa” (pp. 256-7). Y tras la descripción, un 156
análisis teórico feminista materialista sobre los cuerpos y las sexualidades que, una vez más, se fundamenta empíricamente nutriéndose de las voces de los y las protagonistas de la etnografía. Insisto, de los y las protagonistas que, a lo largo de todo el libro, nos permiten rastrear, a diferentes niveles, cómo se elaboran unas relaciones sociales entre los sexos en las que la imbricación sexo, etnicidad y clase ocupa un lugar central. El último capítulo es, en cierto modo, una especie de síntesis que reúne las diferentes problemáticas abordadas, pero no con el objetivo de poner un punto y final, sino con el de complejizar aún más si cabe el análisis del conflicto capital-vida en los campos de fresa de Huelva. Conflicto entre propietarios y trabajadores, entre producción y distribución, entre dinámicas globales e historia local. Alicia Reigada se adentra en este breve capítulo en la economía moral en las cadenas globales agrícolas para, desde un enfoque dialéctico, explorar qué significado tienen, para quienes, y con qué consecuencias, abstracciones como la dignidad, la justicia o el derecho. Abstracciones cuyos significados son indisociables de un sistema de valores que concierne a mujeres y hombres, a patrones y trabajadoras, a lo público y a lo íntimo, y capaz de orientar acciones, reivindicaciones y denuncias que aúnan lo moral y lo político. Acciones, reivindicaciones y denuncias que van emergiendo en los campos de fresas de Huelva y dando lugar a la creación de redes de solidaridad en las que, como no puede ser de otro modo, el sexo, el parentesco y la nacionalidad ocupan un lugar central. Así, de la denuncia moral de la temporera polaca Ana Podolski “Mi jefe no era bueno. […] No nos sabía respetar” (p. 288), se pasa a la posibilidad de una denuncia política: “con el tiempo, pues ya hablas español, y ya sabes que si tienes algún problema puedes ir a la cooperativa” (p. 288), y se acaba configurando redes de solidaridad: “nos ayudamos mucho entre nosotras, sobre todo las que llevan más tiempo y conocen” (p. 288). Hay libros que, además de contribuir a incrementar el conocimiento antropológico gracias a su sólida base etnográfica y a su rigor analítico, conmueven a quienes los leen. Este es uno de ellos. Conmueven porque sus protagonistas no son entes abstractos, no son categorías analíticas desencarnadas, son mujeres y hombres que habitan un tiempo, una historia, un territorio. Son ellas y ellos, sus historias, experiencias, trayectorias y sueños, quienes nos hablan desde las páginas de este libro. Ellas y ellos quienes nos interpelan, quienes nos hacen ver, pensar y sentir el conflicto capital-vida en los campos de fresas de Huelva. 157