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Manuel Leguineche, últimas noticias de nuestro enviado especial

Galindo Arranz, Fermín

Abstract

Iba, buscaba la noticia y la reportaba. La idea es sencilla, pero forma parte de la dinámica periodística establecida por Manuel Leguineche. El hilo telefónico, el teletipo, la dificultad en las comunicaciones en tiempos de guerra, el periodismo de agencia, o la fuerza de lo inmediato ayudan a entender la vitalidad de sus crónicas, que han convertido al periodista y escritor en referencia obligada del enviado especial. La reciente pérdida de Manuel Leguineche, el 22 de enero de 2014, ha permitido a sus amigos y colegas completar con algunas anécdotas y nuevos apuntes biográficos el perfil de una figura literaria asociada siempre al mejor periodismo y al canon vital del corresponsal internacional.

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Manuel Leguineche 26/10/2014 Manuel Leguineche, últimas noticias de nuestro enviado especial institucional.us.es /ambitos/ Fermín Galindo Arranz Universidad de Santiago de Compostela [email protected] Resumen Iba, buscaba la noticia y la reportaba. La idea es sencilla, pero forma parte de la dinámica periodística establecida por Manuel Leguineche. El hilo telefónico, el teletipo, la dificultad en las comunicaciones en tiempos de guerra, el periodismo de agencia, o la fuerza de lo inmediato ayudan a entender la vitalidad de sus crónicas, que han convertido al periodista y escritor en referencia obligada del enviado especial. La reciente pérdida de Manuel Leguineche, el 22 de enero de 2014, ha permitido a sus amigos y colegas completar con algunas anécdotas y nuevos apuntes biográficos el perfil de una figura literaria asociada siempre al mejor periodismo y al canon vital del corresponsal internacional. Abstract He went there, he looked for news and he reported on it. The idea is simple, but it is part of the journalistic dynamic established by Manuel Leguineche. The telephone line, the teletype, the difficulties of communications in war times, the news agency journalism, or the strength of the immediate, help to understand the vitality of his chronicles, which have made of the journalist and writer an essential reference for special correspondents. Recent lost of Manuel Leguineche, on the 22nd January 2014, has enabled his friends and colleagues to complete with some anecdotes and new biographic notes the profile of a literary figure always associated with the best journalism and with the vital canon of this international correspondent. Keywords Special correspondent, news agency journalism, international correspondent, Leguineche, Delibes, Hemingway, New Journalism, Vietnam, La Tribu. Iba, buscaba la noticia y la reportaba. La idea es sencilla, pero forma parte de la dinámica periodística establecida por Manuel Leguineche. El hilo telefónico, el teletipo, la dificultad en las comunicaciones en tiempos de guerra, el periodismo de agencia, o la fuerza de lo inmediato ayudan a entender la vitalidad de sus crónicas, que han convertido al periodista y escritor en referencia obligada del enviado especial. La reciente pérdida de Manuel Leguineche, el 22 de enero de 2014, ha permitido a sus amigos y colegas completar con algunas anécdotas y nuevos apuntes biográficos el perfil de una figura literaria asociada siempre al mejor periodismo y al canon vital del corresponsal internacional. La brújula de El Norte Manuel Ángel Leguineche Bollar nace en Belendiz-Arratzu (Bizkaia) el 28 de septiembre de 1941, poco después de la guerra civil. Inicia su trayectoria profesional de la mano de Luciano Rincón en el semanario Gran Vía de Bilbao en 1958, y dos años más tarde llega a El Norte de Castilla, cuyo director era Miguel Delibes. En 1960 comienza sus trabajos como enviado especial en acontecimientos internacionales. Como si de un teletipo más se tratara, Wikipedia despacha en unas escuetas líneas al escritor y periodista: “Destacado reportero, tuvo ocasión de presenciar y transmitir algunas de las crisis y conflictos bélicos más desgarradores del siglo XX. Fundó las agencias de noticias Colpisa, Cover, LID y Fax Press, y es autor de numerosos libros. Sus experiencias abarcaron desde la revolución de Argelia hasta la guerra entre India y Pakistán, la guerra de 1/20 Vietnam, del Líbano, de Afganistán, de Marruecos, de Guinea Ecuatorial, las de los Balcanes o la primera guerra del Golfo. Los últimos años de su vida los pasó retirado en la localidad alcarreña de Brihuega, en Guadalajara”. El 22 de enero de 2014 fallece a los 72 años a causa de una insuficiencia respiratoria en la Fundación Jiménez Díaz de Madrid. Sus cenizas reposan en el panteón familiar de Arratzu, en su Gernika natal. Claude Bowers, embajador norteamericano en Madrid, dijo en 1954 que la Segunda Guerra Mundial empezó con el bombardeo de Gernika y a Manu Leguineche (2001,226) le gustaba decir que “la Segunda Guerra Mundial había empezado en su pueblo”, donde vino al mundo en 1941. Criado en la posguerra y en la autarquía de los cuarenta, cuenta Félix Maraña que Manu Leguineche, a finales de los cincuenta, se matricula en Derecho para evitar disgustos en casa. Allí, en la Universidad de Deusto, conoce al jesuita y escritor Bernardo de Arrizabalaga. Se hicieron amigos y compañeros de mus, y se fue con él a Valladolid, donde Beñat, como le llamaba Manu, iba a dirigir un colegio. Allí le presentó a Miguel Delibes, que dirigía El Norte de Castilla. “Vente mañana por el periódico, muchacho”, le dice el autor de El camino. En la escuela y redacción de El Norte de Castilla se encuentra con Francisco Umbral, César Alonso de los Ríos, Javier Pérez Pellón, José Luis Martín Descalzo y el propio Arrizabalaga. Delibes lleva la dirección y forja su estilo y su cantera de escritores. Leguineche viaja a Londres, trabaja de camarero para aprender inglés, y a los 19 años se embarca en Alicante con destino, como corresponsal, a la guerra de Argelia. Leguineche comienza trabajar como enviado especial para el diario Madrid y estudia en la Universidad Complutense. Leguineche (1980,15) se aburre, estaba “hasta más arriba del gorro de aquella atmósfera opresiva de la universidad y de las tediosas clases de Filosofía y Letras, especialidad de Filología Italiana”. En 1965 se une a un pequeño grupo de periodistas para dar la vuelta al mundo en la Trans World Record Expedition y, de paso, perder de vista a los grises, a los que había bautizado como “desertores del arado” demostrando ya un fino olfato para la crónica en el mismo campo de batalla. Todo esto lo contará en El camino más corto (1978), que se publica una década más tarde. Leguineche es uno más entre un grupo de periodistas tan todo terreno como los propios coches en los que viajaban. El camino más corto es un libro redondo, una vuelta de supervivencia a la tierra. Cuando todo el mundo miraba a la luna, ellos dan Una trepidante vuelta al mundo en automóvil. El volumen es la crónica vivida de un viaje de aventuras en el que, empezando como meritorio, Manuel Leguineche acompaña a tres periodistas norteamericanos: Harold Stevens, Albert Podell, Wood Stans, y al fotógrafo suizo Willy Mettler, con el propósito de batir el récord mundial de distancia recorrida en coche. El viaje, que iba a durar siete u ocho meses, se prolongará durante dos años y más de 60.000 kilómetros. A partir de entonces, el mundo se convierte en un territorio ya pateado para el de Gernika. Después de esta experiencia, cada vez que viaje como corresponsal contará con una referencia anterior. El enviado especial Manuel Leguineche (1980, 55) ya había estado allí. Cuando se publica el libro, más de una década después, su autor no duda en incorporar glosas personales sobre lo que sucedió posteriormente en muchos países de los que visitaron en la Trans World Record Expedition. “Volví a Argelia, años más tarde, en 1976, y también en 1979 una vez muerto Bumedian. Ben Bella vivía en residencia vigilada. La revolución de Bumedian estaba hecha con menos cantidad de palabras y más fábricas”. Antes de terminar el viaje, es reclamado como corresponsal internacionalen la guerra de Vietnam. Cuenta Leguineche (1980, 473) que había recibido, reexpedido desde Saigón, un telegrama en el que el diario Madrid le contrataba el envío desde el Vietnam de crónicas sobre la escalada militar norteamericana. Cuatro meses después (1980, 455), se encuentra sentado en una de las sillas de mimbre de la terraza del hotel de Graham Greene, el Continental de Saigón, bajo un ventilador de aspas, rodeado de limpiabotas, lisiados, peripatéticas, quiromantes y espías, frente a una cerveza Larue, cuando el botones del hotel, Nguyen Ti, entrega a Leguineche, un telegrama en bandeja de plata. Lo rasga con rapidez. Dice así: “Batido récord mundial Trans World. Stop. Llegamos Quinta Avenida. Nueva York. Stop. No encontramos sitio aparcar. Stop. Abrazos. Steve. Al”. Pasado el tiempo volvería a Saigón, esta vez en la primavera de 1975, cuando los blindados norvietnamitas avanzaban sobre el palacio presidencial. Desde entonces, enlaza una guerra con otra. Sabe, que su lugar está allí donde haya una guerra poscolonial que deba ser contada. Leguineche (2001, 222) aprende a eludir la censura militar en Saigón con Steinbeck, el Nobel de literatura, citando párrafos de la Guerra de las Galias, de 2/20 Julio César. Tiene curiosidad por todo, estudia Literatura Francesa en Toulouse. Lee a los autores de referencia en cada país que visita, si puede en su propio idioma, e incluye las citas en sus reportajes. A los treinta años, después de haber dado la vuelta al mundo y de cubrir la guerra de Vietnam con la élite del periodismo mundial, después de estudiar derecho y filosofía se licencia en Ciencias de la Información por la UCM. No le da importancia: “a los que trabajábamos nos lo ponían más difícil”. Cuando se publica el libro, el autor ya es un periodista reconocido. Manuel Leguineche (1980: 475) mira por el retrovisor, agradece la enseñanza del oficio y reconoce la decisiva influencia de sus primeros compañeros de travesía: “Este libro debo dedicarlo a la memoria del compañero Willy Mettler, que cayó en la guerra de Camboya. De no haber sido por Willy yo no hubiera llegado a emprender la vuelta al mundo con la Trans World Record Expedition. Otros amigos, muy queridos, a los que debo agradecimiento porque me ayudaron entonces y ahora son, en primer lugar Miguel Delibes, Francisco Umbral, Bernardo Arrizabalaga, César Alonso de los Ríos, Mario Lacruz y Jesús Torbado, entre otros…”. Cita también a sus parejas y a Rosa María Mateo que, “como dicen los novelistas y escritores anglosajones en sus dedicatorias, ha soportado con auténtica paciencia de Job la redacción de esta travesía de desiertos”. El viaje más corto, como dice Enrique Clemente, “valía y vale aún pese a todo, más que mil manuales de periodismo para quienes pensaban en ser reporteros de internacional, corresponsales de guerra y viajar por el mundo”. En esta época, a finales de los sesenta, en una minúscula taberna de la calle Carretas y a partir de un pequeño despacho de EFE descubre junto a Jesús Torbado la existencia de un singular personaje. Un alcalde republicano reaparece en Mijas, Málaga. El edil del Frente Popular, Manuel Cortés, se había pasado encerrado treinta años en una habitación. Esperó hasta abril de 1969 para entregarse. La reacción de la prensa oficial fue ridiculizarle. Jesús Torbado y Manu Leguineche, en cambio, se pusieron a localizar otros casos por todo el país. Buscaron a espaldas de los archivos y de la guardia civil. Era gente que había estado escondida desde la guerra, hasta más de treinta años, por prudencia y por miedo. Les llamaron los topos. Manu y él tardaron cinco años en documentar un centenar de historias. Revolvieron la mitad del país en un Renault 8 con una enorme grabadora. Les solía acompañar Rosa María Mateo, la más guapa de las presentadoras de la televisión del momento, sobre todo a Manu. Publicaron la vida de docena y media de ellos y de sus familias. La de aquéllos que sobrevivieron metidos en un armario, en una cuadra, en un doble techo, en un pozo, en una habitación ciega, y que un día decidieron hacerse topos para poder volver a ser hombres. Gregorio Morán recuperó la expresión de Arthur Miller mensaje en una botella cuando, tras leer la historia del alcalde republicano de Mijas, el de los 30 años escondido, escrita por el británico Ronald Fraser en 1972, dijo: “es como un mensaje intacto dentro de una botella, entre los despojos de la playa de la historia”. El editor Mario Lacruz les compró la historia y el libro Los topos vio la luz, nunca mejor dicho, en la editorial Argos Vergara en 1977. El éxito fue inmediato e intentó que ambos se convirtieran en un dúo parecido a Dominique Lapierre y Larry Collins, pero no fue posible. Leguineche se alistaba en todos los frentes y Torbado, que ya era premio Alfaguara, apostaba por la literatura. A partir de entonces no volvieron a escribir juntos, aunque siempre mantuvieron su amistad. Leguineche, no obstante, siguió con la costumbre de firmar libros en colaboración, llegando a participar en más de una docena de títulos. En sus últimos años, Manu Leguineche (2002) encontró refugio en Brihuega, un paisaje con sustrato bélico que describe en Érase una vez en la Alcarria: “La guerra terminó y la represión cayó como una cuchilla. A veces te preguntas si la guerra civil, con su reguero de represalias y ajustes de cuentas, habrá terminado de verdad”. La gran acogida de la película Los girasoles ciegos (2008), basada en el relato original de Alberto Méndez y con guion de Rafael Azcona y José Luis Cuerda, recuperó la actualidad de los topos, desconocidos para los más jóvenes. La editorial Capitán Swing decide entonces reeditar Los topos (2010), la investigación de Torbado y Leguineche que para Santi Segurola: “es un monumento a la decencia periodística. Tuvo que esperar siete años hasta la muerte de Franco para ser publicado. Un trabajo independiente, riguroso y pegado al suelo, que debe figurar en todas las escuelas y universidades españolas”. El periodista de agencia 3/20 Manu Leguineche dedicó su actividad periodística durante las tres últimas décadas del siglo XX a la dirección de agencias de noticias. Frente al imperio de la agencia estatal EFE, las agencias Colpisa, Cover, LID y FaxPress fueron una escuela alternativa al periodismo del momento. Durante doce años, entre 1970 y febrero de 1982, dirigió la agencia Colpisa de la que fue uno de sus fundadores. Entre los primeros colaboradores, están Paco Umbral y José Oneto, que escriben un artículo diario desde Madrid, uno literario y político el otro. Sus piezas se publican en un numeroso grupo de periódicos regionales que apuestan por la apertura en su línea editorial. El Norte de Castilla de Miguel Delibes, La Vanguardia de Horacio Sáenz, El Diario Vasco de Juan Mari Peña, El Correo Español de Antxon Barrena, El Diario de Navarra de Uranga, El Diario de Mallorca de Alemany o El Heraldo de Aragón de Brunet publicaban las crónicas que se enviaban desde Colpisa a diario. En 1981 se incorpora Maruja Torres, que escribe una columna para La Vanguardia. Cuenta Pepe Oneto: “lo que no podíamos publicar en Madrid, lo publicábamos en provincias, a través de la Agencia Colpisa que fundó Manu para conservar su independencia, y la de un grupo de profesionales (este cronista venía del paro, después del cierre del diario Madrid por el Gobierno de Franco y su espectacular voladura) desde que empezamos estábamos convencidos de que aquel Régimen despótico tendría que cambiar, y que debíamos hacer todo lo posible, porque ese cambio fuera rápido y pacífico”. De estos años, recuerda Mariano Guindal algunas de las crónicas que llevó a su director. “Aún me emociona cuando le puse sobre la mesa la matanza de los abogados laboralistas de Atocha, o el asesinato de Carrero Blanco: “aunque no te lo creas ha volado por los aires”. Teníamos el instrumento para informar a la gente y que cada uno pudiera formar sus propias opiniones. Creíamos que la libertad de expresión era lo más importante, junto a la libertad de voto para nuestra sociedad. Vivíamos el periodismo como algo más que como una profesión, como una vocación en la que los scoop eran la sal del momento”. Mariano Guindal relata la extraordinaria velocidad a la que trabajaban, en una cadena tan escasa de medios como sobrada de entusiasmo. “Iba y reportaba la noticia al otro lado del hilo telefónico, Manu sentado al teletipo. ¡Un director haciendo de teletipista! Le contaba atropelladamente lo que estaba viendo y él picaba la cinta para no perder ni un segundo y ser los primeros en dar la información. Vivíamos el periodismo de calle contando historias y haciendo reportajes a cuatro manos”. Los papeles cambiaban cuando había una guerra y era Leguineche el que iba de enviado especial. Entonces el resto de los redactores de la agencia eran los que tomaban nota para transcribir las crónicas recibidas. Cuenta Pilar Cernuda que tenía una visión tan aguda que algunos compañeros llegaron a pensar que alguien divino le apuntaba dónde iba a haber un terremoto, un derrocamiento o un golpe de Estado. Había que estar de guardia si se iba por ahí un par de días a escribir o entrevistar a alguien: al poco empezaban a sonar las campanillas del teletipo para anunciar un acontecimiento precisamente donde se encontraba el jefe. El paso de la frontera siempre daba para una crónica: “Al cruzar ese mismo día por la frontera de Valencia de Alcántara tuve que despertar al guardián para que me abriera la barrera de paso. Un caso único: la revolución ardía en Portugal y el buen hombre, ajeno a todo, echaba la siesta”. Otro clásico, como recuerda Guindal, era la conversación con el taxista que le llevaba del aeropuerto a la pensión más barata que había encontrado. Eso nos ponía en situación y a partir de ahí, era un torbellino. No había hora ni de la noche ni del día para descansar. “Espero que los que nos pagan el jornal nunca sepan que esto nos gusta tanto que lo haríamos gratis”, bromeábamos mientras nos tomábamos unos vinos. De regreso de sus viajes nos reuníamos en su casa de Islas Filipinas hasta altas horas de la madrugada para que nos contara las historias que había vivido con la tribu de corresponsales. A las cinco de la mañana abría una lata de fabada Litoral y unas botellas de vino y volvíamos a cenar”. En marzo de 1982 funda la agencia Cover Prensa, que dirigiría hasta que en 1983 pasó a ser director general de la agencia LID (Línea Independiente de Diarios), puesto que desempeña hasta que en diciembre de 1990 Javier Godó, su mayor accionista, modifica el consejo de administración. Sus crónicas se publican en decenas de periódicos. LID es una agencia muy pequeña en la que todos tienen que hacer de todo. Belén Ayala recuerda que empezó en el periodismo en LID, como otros muchos, en un piso de la calle Zurbano en el que cada habitación era un cuarto de redacción, con algunas mesas y máquinas de escribir. Eran tiempos en los que los únicos ordenadores estaban en el despacho de las crónicas, donde los teletipistas picaban lo que acababas de escribir para enviarlo a los periódicos. 4/20 En la década de los ochenta comienzan a fusionarse en grandes cadenas los periódicos y los directores procedentes de viejas familias dejan paso a jóvenes gestores. Poco a poco, se perdía una parte romántica del periodismo y de su esencia. Francisco Lussón explica cómo Leguineche vivía y sufría el imparable cambio corporativo de su primer cliente, los periódicos regionales. Sufría, y mucho –recuerda también Belén Ayala-, “parecía mentira que un tipo acostumbrado a desenvolverse en todas las situaciones imposibles que pueden vivirse en las guerras, y que había conocido los peores tugurios del mundo, se hiciera tan pequeño cuando tenía que negociar con los periódicos para que pusiesen una línea de su agencia. ¡Con lo grande que era! Porque Manu era muy grande. Su presencia física y su voz imponían. Allí aprendí a ser bombera, la especialización solo estaba permitida a los más veteranos, a Pilar, Berta, Kepa o Mariano. Los demás apagábamos el fuego donde surgían las llamas. Informaciones que se publicaban en el desaparecido Diario 16 y en toda la prensa regional. Costaba, pero de vez en cuando, de debajo de su enorme cuerpo asomaba el tipo afectuoso que, ya tarde, te hacía levantar de la silla y te llevaba a tomar vinos. No te pagaba un sueldo, pero te invitaba a cañas. En Los Morales, en la calle de Vallehermoso, en Madrid, con uno de sus enormes puros entre los dedos, surgía el interminable repertorio de anécdotas de tantos años de profesión, los chismes de los periodistas, y risas, muchas risas. Si esta locura de periodismo te gustaba ya un poquito, era imposible no enamorarse perdidamente de este oficio, sin horarios, entonces casi incompatible con cualquier tipo de vida privada”. En diciembre de 1990 crea un nuevo proyecto, la agencia Fax Press, que dirige durante una década hasta que fue adquirida por el Grupo Intereconomía en 2001. Enrique Portocarrero señala la premura en el envío de la crónica como la marca de la casa, en una época en la que transmitir la noticia era, a veces, tan difícil como sobrevivir en territorio comanche. El 17 de septiembre de 2009 cierra definitivamente Fax Press. La mayoría de sus redactores fueron a La Gaceta de los Negocios, cabecera del grupo y que, como tantas otras, tampoco ha superado la crisis. Pilar Cernuda dirige la agencia después de Leguineche. “Somos muchos –afirmalos periodistas que lo somos porque Manu nos enseñó a serlo, multitud los privilegiados que hemos trabajado codo con codo con él, que hemos tenido la oportunidad de que nos contara cómo se contaba una historia y cómo se encontraba una buena fuente, que nunca era un portavoz oficial. Había que poner pasión en el estilo. Lo mejor era su espíritu, su pasión por el oficio, y cómo trasmitía esa pasión a los que trabajamos con él. Insistía siempre en que “el periodismo es contar historias”. Mariano Guindal es autor de El declive de los dioses. El libro es una extensa crónica de la transición económica española (1973-2011) narrada por un testigo directo de los acontecimientos. El relato parte siempre de la primicia informativa para ir revelando, con un ritmo eléctrico, lo que sucede a lo largo de estos años en los despachos más influyentes del país. Su autor, cuando habla de Leguineche usa la expresión “mi director” y dedica su libro: (2011, 5)“A Manu Leguineche, que me enseñó a amar profundamente esta profesión”. Fernando Lussón fue redactor jefe en Fax Press y desvela cómo detrás del enviado especial a los grandes acontecimientos internacionales se esconde un periodista trotamundos que “busca los vuelos y los hoteles más baratos, sin apenas comodidades, y no aquéllos en los que se alojan los corresponsales de otros grandes medios. Sólo requiere que tengan teléfono y, a ser posible, en aquella época un fax”. Busca no ser oneroso para sus periódicos. En este sentido el periodista y profesor de la USC Luis Álvarez Pousa nos cuenta cómo una noche, estando en Santiago de animada conversación con otros periodistas, prefiere quedarse a dormir en casa de los amigos que pernoctar en el hotel que ya tiene contratado. Pérez Reverte (2012, 66) cuenta que en Sarajevo, “a diferencia de los anglosajones que se alojaban en el Intercontinental, los españoles preferían el Explanade, más en la línea de los antiguos hoteles europeos, salvo Manu Leguineche, que se alojaba en el Internacional para ahorrar, porque siempre iba tieso”. Colabora también en el impulso de nuevas empresas periodísticas. Juan Mari Arregi reivindica cómo en 1977, cuando se lanza la campaña popular de suscripción de acciones de Egin y las aportaciones personales eran de 2.000 pesetas, Manu Leguineche envía el primer talón a la sede de Bizkaia por 25.000 de las antiguas rubias. “Fue la primera aportación individual fuerte, se alegraba de nuestra iniciativa y nos deseaba el mayor éxito”. En otras ocasiones son los grupos editoriales quienes buscan su firma para apoyar sus nuevas publicaciones. Así, en 1987, Zeta llama a Leguineche para que participe en el lanzamiento de la revista Panorama, 5/20 que,dirigida por Fermín Vilchez,trata de emular el estilo de otros semanarios europeos como París Match, Bunte o Quick. Su firma aparece junto a las de Mario Vargas Llosa, José Luis Sampedro, Lalo Azcona o Jorge Semprún. Durante años, Manu forja una escuela de periodistas. Miguel Ángel Aguilar destaca que ayudó mucho a la gente joven. Es la otra cara de Manu, el creador de agencias de prensa para dar servicio a periódicos regionales: ejerce de maestro de los nuevos licenciados en las masificadas facultades de Ciencias de la Información. Cuenta Fernando Lusson que “en las agencias de prensa que Manu creó se curten muchos reporteros que conocen de su mano los rudimentos del oficio –rapidez, precisión, compromiso con la informaciónque ven en él un ejemplo”. Con el tiempo han recordado su paso por aquéllas redacciones como una de las mejores etapas de su vida. “Con cuatro notas mal escritas era capaz de dictar una crónica memorable, verle trabajar en la máquina de escribir de su despacho, la puerta siempre abierta, un artículo con infinidad de referencias históricas, culturales, sociales sin mirar un solo papel porque todo lo guardaba en su cabeza. En ocasiones, sale de la redacción con un manojo de recortes de periódico en las manos y reparte a cada uno los suyos, acompañado de algún consejo sobre la vana vanidad y las recomendaciones que uno espera de un maestro: contrasta, confirma, duda, no seas cínico, sé medido. Bondadoso y generoso, siempre; gruñón, en ocasiones. Fuera de los focos, no presume de nada y menos de hazañas bélicas. Lo suyo era la gente, la humanidad”. Maruja Torres, que trabajó en Colpisa, explica que no se impone por su autoridad, sino por sus conocimientos y su sencillez. Leguineche se aplica a sí mismo, aunque no siempre con éxito, el saber del mus: “es costumbre horripilante chillar a tu ayudante”. Así, cuenta Pilar Cernuda cómo en ocasiones rompía sus folios para que empezara de nuevo: “nunca sale nada bueno al escribir sobre un texto malo”, y recuerda su entusiasmo cuando recibía su visto bueno. También Pilar Bernal cuenta cómo “los becarios de Fax-Press sumábamos temor y admiración a partes iguales hacia su imponente figura de reportero-jefe-hombre”. Su despacho siempre era el mismo, una enorme trinchera llena de montañas de periódicos. Él mismo revisaba uno por uno los periódicos que se nutrían de las colaboraciones de la agencia. Gervasio Sánchez cuenta cómo conoció a Manu en Chile, durante el plebiscito contra Augusto Pinochet de 1988. Me acerqué a él, le llamé de usted y me presenté humildemente como un periodista que estaba empezando en el oficio. Él me contesto: “!Llámame Manu, coño!”. También me dijo que leía mis textos en el Heraldo de Aragón. Me quedé con la boca abierta”. Su campo de batalla es la crónica en caliente, que sirve al momento, aderezada con la inmediatez de la conexión telefónica. Su capacidad de reflexión y una lectura inmediata de los acontecimientos aportan un estilo inconfundible a sus “leguineches”, tal ycomo se conocían sus textos en las redacciones. Algunos, como Javier Fernández Barrera, recuerdan que “titulaba como un gran elefante cabrón, disparaba directo a los ojos del lector”, y son capaces de reproducir de memoria algunas de sus crónicas. “A Frank Sinatra había que verle en su ambiente. No en Nueva York, ni en Los Ángeles, a las que tanto cantó. Había que conocerlo en Las Vegas, sobre las tablas, una hora antes de la actuación, con el escenario vacío, él sobre el piano, terco, profesional, concienzudo, sentado al piano, comprobando la última nota a la perfección, al límite, con su vaso de whisky con soda, girándola con un certero golpe de muñeca, bebiéndolo a sorbos con un cigarrillo entre los dedos. Ese era Frank Sinatra, el gran músico que hoy nos ha dejado”. Entre los muchos textos que se escribieron para glosar la desaparición de La Voz, para Barrera sólo uno merecía la pena, el “leguineche”. “No es el texto original sino su recuerdo. Pero sí están las ideas que aprendí, la lección de Periodismo, porque ahí estaba todo. Estaba la noticia, estaba la diferencia respecto a los demás, el contexto, el conocimiento profundo del personaje y su explicación, la construcción de la imagen de que al tener que conocer a Sinatra en esa metáfora de hecho Leguineche nos lo estaba presentando. De pronto mi gaznate sabe whisky otra vez”. Otra curiosidad era la ininteligibilidad de sus originales. Cuenta Pilar Cernuda que enviaba sus textos “desde cualquier lugar del mundo por fax, a un espacio, y con seis o siete palabras juntas porque cobraban por palabra, y así engañaba a los funcionarios de correos de la India, Nicaragua, Bangladesh o Vietnam. Rehacerlas era un martirio”. Koro Martínez, redactora de internacional de El Correo Gallego, recuerda cómo las crónicas de Fax Press eran tan buenas como de descuidada factura. En la mayoría de los diarios, las colaboraciones de Leguineche, siempre distintas, iban destacadas o directamente a primera. La última de todas ellas la dedicó a 6/20 Lula, presidente de Brasil, el 25 agosto de 2005. Sus libros, como sus crónicas, absorben la energía del directo y se acompañan de una documentadísima bibliografía. Basta leer la nota bibliografíca de Filipinas es mi jardín (1989, 271), con el que obtuvo el primer premio Reporter (1989) para reparar en su método de trabajo. “Había conocido a Imelda y Ferdinad en 1966 en Manila, al comienzo de una larga carrera presidencial que duró más de veinte años. Desde entonces seguí los pasos de la dictadura conyugal, reuní libros y biografías de las dispersas procedencias, hablé con amigos y enemigos…” Además, cita y comenta una numerosísima bibliografía internacional con decenas de títulos y no se olvida de reconocer a sus colegas, una auténtica foto de grupo de los corresponsales del momento: “Alfonso Rojo y Juan Carlos Algañaraz, enviados de Diario 16 a la crisis filipina, así como a Luis Goytisolo, a Elvira Santos corresponsal de ABC, a José Rodríguez de la agencia Efe, a Ramón Vilaró que fue un excelente corresponsal de El País, a Silvia de Béjar, Martín Domínguez y Joaquín Luna de La Vanguardia, a José V. Colchero y Luis Garmat, así como a Tico Medina que viajó para ABC hasta los Tasaday. También quiero agradecer la ayuda y las informaciones de José Manuel Guerrero y Ángel Ibarlucea”. El reportero no se olvida de ninguno y a todos reconoce su trabajo. Con los años ha desarrollado un particular estilo que llega a todos los públicos. Alberto Ojeda explica que su secreto es que “Leguineche va por libre”. El único director que tuvo fue Miguel Delibes, quien llegó a escribir: “no he conocido un periodista que en el breve plazo de unos años convirtiera sus viajes alrededor del mundo y alrededor de todas las guerras habidas y por haber en lecturas obligadas para el gremio de cabezas cultas y el de los apenas iniciados”. Con estas mismas premisas, Guillermo Altares afirma que inventó un género propio: “escribió decenas de ensayos, en los que mezclaba la narración de viajes, el periodismo, la investigación y la historia. Con un estilo ágil, rápido, culto, divertido, inconfundible e inimitable. Desgraciadamente, muchos de sus libros están descatalogados, pese a las numerosas reediciones”. Juan Cruz, en su faceta de editor, comenta cómo las portadas que le lleva para sus libros siempre le parecen bien y cómo asumía con deportividad que “las equivocaciones del editor muchas veces mejoran el original”. El reportero de guerra La naturaleza viajera de Manu Leguineche y su pasión por relatar la novedad y lo vivido le hacen crecer como corresponsal de guerra. La de Vietnam le sitúa en primera línea de fuego. La objetividad del corresponsal y la veracidad de la información son fundamentales. Es un debate abierto y que se renueva en cada conflicto. “La guerra civil española es, junto con la de Vietnam, la que enfrentó al mundo en mayor medida desde lo que entonces podía entenderse por izquierda y derecha”. Corresponsales de todos los periódicos trasladaron sus pasiones al papel. George Orwell señaló que “lo que decían los periódicos “no guardaba la menor relación con los hechos”. Cuenta Leguineche (2001, 221) cómo en las trincheras españolas se inició un intenso debate entre objetividad y compromiso. Los corresponsales acreditados en el bando de la República fueron, por lo general, abanderados de la causa, lo mismo que los destacados en el bando franquista. Eran más los inclinados a tomar partido que los defensores de la vía descriptiva, distanciada, que contaba los hechos sin editorializarlos. “!A la mierda con la objetividad -gritó Martha Gellhorn-, aquí lo que está en juego es la derrota del fascismo!”. Este debate preocupa, y mucho, al periodista de Gernika. Manu Leguineche cita muchas veces la frase del senador norteamericano Hiram Johnson, que en 1917 en plena guerra mundial dijo: “The first casuality when war comes is truth” (Cuando llega una guerra, la primera baja es la verdad). Dedica un libro (“Yo pondré la guerra” (1998)) a la figura del magnate de la prensa W.R. Hearst, y en él se ocupa, sobre todo, de sus numerosas aportaciones al arte de manipular la opinión pública, especialmente cuando la Guerra de Cuba de 1898. Leguineche (2001, 221) ve por primera vez a Ernest Hemingway en Pamplona, en la Plaza del Castillo, en 1959. Llegó a conocer personalmente al periodista americano en La Rioja, en concreto en Calahorra. Para él, Hemingway fue un gran escritor y un mal corresponsal. Cuando la República se derrumbaba en todos los frentes, Hemingway anunciaba en los periódicos canadienses su inminente victoria. “El corazón le pudo a la cabeza”. En la retaguardia de las redacciones se libraba también una victoria sin fin. Las presiones conservadoras hicieron que The New York Times retirara de España a Herbert Mattews, que simpatizaba con la causa republicana y no lo ocultaba. Los sentimientos personales podían sobre la objetividad. Matthews 7/20 reflexionó mucho sobre la ética y la deontología del corresponsal: “Todos los que vivimos la guerra española nos sentimos implicados apasionadamente en ella”. Para Leguineche, es “el mismo y viejo error que lectores y directores seguirán cometiendo y que siempre acosará al cronista que, siendo humano, ha de tener opiniones propias”. En tiempo de guerra, propaganda e información viajan por los mismos canales y ocupan los mismos titulares. En este terreno, Manu es inflexible: el periodista debe dar testimonio objetivo de aquello que sucede. Los hechos son sagrados y los sentimientos del reportero quedan a un lado. Cuenta Leguineche (2001, 224) cómo un misionero español que encontró en Calcuta se había tomado la molestia de apuntar las cifras emitidas en los partes bélicos durante la guerra civil española, y cómo “al anunciar Franco en Burgos la derrota del Ejército Rojo, él sacó su cuaderno de notas y sumó los aviones derribados y los cañones destruidos durante tres años y descubrió que superaban con mucho la artillería y la aviación de todas las fuerzas armadas de Europa”. Escribe una novela, La Tribu (1981),sobre los enviados especiales en Guinea Ecuatorial durante la caída de Macías, de la que quedará la definición del grupo de nómadas que persiguen las noticias en primera línea y a los que agrupa bajo el paraguas de la triple D: divorciados, deprimidos y dipsómanos. Dos décadas después, y ante la llamada de Leguineche, toda la tribu participa en Los ojos de la guerra (2001). Es un libro imprescindible, un homenaje a los periodistas Miguel Gil y Kurt Shork, muertos en Sierra Leona, y en el que participan con textos originales setenta corresponsales internacionales. Editado al alimón con Gervasio Sánchez, la visión final de la profesión y del devenir actual de las guerras es desoladora: “Hoy la guerra de Chechenia transcurre como lo hicieron las de principios de siglo: prohibiendo a los periodistas aproximarse a los frentes y dar testimonio objetivo de lo que en ellos sucede”. (2001, 225). La verdadera pasión de Leguineche consiste en contar historias en todos los formatos. Explica Félix Maraña que “quería ser periodista, como Hemingway, hablar inglés y “hacer” muchas guerras”, y de este impulso inicial, animado además por un entorno favorable, arranca su vocación literaria y casi un nuevo género. Leguineche se sabe las novelas de Hemingway de memoria, “aprendí a leer con El viejo y el mar y con Adiós a las armas”. Como él, economiza la prosa; es directo, claro, preciso. En Hotel Nirvana (1999) dedica dos capítulos a la ruta navarra de un Hemingway que encuentra en los Sanfermines, Irati, o Aralar sus lugares de peregrinación para la juerga y el descanso. “Un espacio vital para su filosofía hedonista, para su épica individual de héroe solitario”. La emulación juvenil de los grandes corresponsales americanos, y una curiosidad innata impulsada por una atmósfera social asfixiante, empujan definitivamente la vocación viajera de Manu. Gracias a él, “el periodismo español dejó de ser paleto”, dice Javier Reverte. Amigo íntimo de Manu, casi un hermano, desmitifica el asunto con humor. “Al periodismo de guerra le rodea una aureola gloriosa arriesgada, pero hay en el oficio algo de fantasmada y fantasía. Muchos periodistas intentan repetir en los campos de batalla el modelo de las películas y las novelas, lo que podría llamarse the Heming-way of life, construyendo sus relatos a partir de su propio protagonismo”. Disfrutan, como Enrique Carretero con el sonido de las balas, “la que me va matar no la voy a oír”. Y se disputan el título de la más puta entre las viejas zorras del oficio. La joven becaria de Fax Press, Pilar Bernal, acude a la presentación de una de las novelas de Arturo Pérez Reverte (2012, 43) sin conocer la jerga que se gastan. Queda aterrorizada por la dedicatoria del autor. ”Un abrazo Manu, de parte de la puta más grande del periodismo español”. Cuando entrega el libro a su jefe, monta en cólera, ¡será cabrón, la puta más grande del periodismo español soy yo! Pilar escucha parapetada tras las torres de periódicos: “Oye, puta sí, pero con gusto, eh”, y le deja una sonrisa para el recuerdo. Javier Reverte (2000, 435) escribe en 1995, después de su experiencia en la guerra de los Balcanes, cómo “la gran mayoría de periodistas intentan informar lo mejor posible arriesgando lo menos posible. Algunos se juegan la vida -por obligación profesional algunos cámaras y fotógrafos, nunca los cronistasy unos pocos tratan de montarse su propia aventura para ser recibidos como héroes a la vuelta. Estos últimos son malos periodistas. Los otros, los que suelen escribir más a menudo de las víctimas de la guerra que de las peligrosas batallas en que se ven envueltos, son los representantes de un noble oficio, por lo general mal pagado, y que provoca el nacimiento de numerosos escritores entristecidos por la muerte”. Muchos quisieron imitar a Hemingway y ahora son otros los que quieren emular a Leguineche. Iñaki Gabilondo (2011, 101) afirma que puede que aún existan figuras así, “porque el rastro de Manuel Leguineche es suficientemente atractivo para que otros se hayan lanzado en tromba a seguir una actividad vivida con gran 8/20 nobleza, esto es, tratando de ser un relator sin caer en los personalismos. En su caso el protagonismo es el que inexorablemente le ha correspondido dada la naturaleza de las historias que contaba, nunca porque él haya trabajado para imponerse como protagonista”. El reportero Alfonso Rojo así lo reconoce, y corrobora su humildad frente al foco de atención: “no era envidioso ni protagonista, buen compañero y bueno en su trabajo, tal vez en eso influía el que trabajara en una agencia”. El 30 de marzo de 2014, cuando liberan al periodista Javier Espinosa, secuestrado en Sierra Leona el 16 de septiembre de 2013, el despacho de EFE dice de él que es: “el más aventajado reportero en la estela de Manu Leguineche”. Arturo Pérez Reverte no dudó en situar al personaje, en su novela Territorio Comanche (1994, 61), “tecleando su Olivetti en la terraza del hotel Continental, con el Vietcong a tiro de piedra”,y cuenta una anécdota en la que retrata al amigo. “En 1982, en la guerra entre Israel y el Líbano, le dije que iba a ir al frente, a Beirut, y que nos veríamos al día siguiente. El reportaje me quedó bastante bien con fotos de los tanques israelíes por las calles de la capital libanesa. El material era tan bueno que decidí coger un avión y llevarlo personalmente a Madrid y luego regresar. Pero no se lo dije a Manu, que pensó que había desaparecido. Estuvo por los hospitales preguntando si había allí un sahafi espani, un español al que hubieran dado matarile. Era tan buena persona que pasó dos días buscándome hasta que regresé. Era muy buen compañero”. Visto lo visto, el juicio de Pérez Reverte, es taxativo: “antes de Manu el periodismo de guerra era una cosa folclórica. Con él se vuelve algo serio y alcanza la mayoría de edad. Con él se transforma la figura del corresponsal de guerra para dotarla de respeto y profesionalidad. Encontrarle en un hotel siempre era una alegría y una garantía de que todo iría bien”. Sumaba, por tanto, la categoría de talismán a la de veterano periodista. En 1995 dirige para TVE la serie documental Memoria de la Guerra, sobre la II Guerra Mundial. Javier Muñoz entrevista a Leguineche en esos días. Aun siendo un principiante, le da un trato exquisito y algunas de las claves de su trabajo. Le cuenta que, tras la caída del Sha, un periodista francés le dijo en un hotel de Teherán “Oye, vámonos de aquí, que ya hemos visto lo mejor, y ahora que vengan los analistas”. Una mirada crítica y compasiva La elección del punto de vista desde el lado más débil siempre ha sido marca de la casa. Ya en 1965, en su primer libro y desde las antípodas, Leguineche (1980, 469) toma partido por los aborígenes australianos: “Ahí los tenéis, como en la Edad de Piedra. El primitivismo está de moda y todo el mundo trata de chupar su sangre. ¡Pobres abos, destruidos como los comanches, los sioux, los navajos…! Los aborígenes son ciudadanos de segunda. Después de que aniquilaran su caza, como les sucedió a los indios de América con sus búfalos y bisontes, se les prohibió la compra de bebidas alcohólicas y, lo que es más significativo, no figuran en el censo y no se les permite votar a pesar de que su número, sesenta u ochenta mil, no debería preocupar a los profesionales de la política, celosos de sus alianzas y de sus estadísticas favorables. Menos mal que hoy no están solos y hay quienes luchan por sus derechos y por su integración”. Aunque Leguineche (2001, 12) señala cómo fue en Vietnam donde se inauguró una” visión compasiva y crítica de la guerra”. De forma natural asume como propio un compromiso ético con la verdad, y entiende el periodismo como la denuncia de cualquier abuso del poder establecido. Enemigo del envaramiento, busca sus héroes entre las gentes anónimas. Como algunos de sus amigos misioneros, practica cierta “deonteología de la liberación” periodística. Manu Leguineche tiene una certeza: “todas las guerras se pierden” y quien ha perdido todas merece su máximo respeto. Así, la biografía de Antonio García Barón merece del reportero un relato pormenorizado. Busca al protagonista en la selva del Amazonas para que le cuente su vida en primera persona. Cómo tras perder una guerra en España y otra en Francia, y con apenas diecisiete años cumplidos, fue apresado por una patrulla alemana e internado en el campo de concentración de Mauthausen. Allí vivió los horrores del nazismo, el envilecimiento extremo del ser humano, las experiencias más crueles del siglo XX. Para Leguineche, la naturaleza humana atesora una maquinaria extraña que tiende a sobrevivir a la mínima oportunidad. Cuenta en El precio del paraíso (1995, 233) cómo al ser liberado por las tropas aliadas, Antonio García Barón emigra a la selva de Bolivia, lejos de toda civilización, “con veinticinco pesos en el bolsillo”. Allí funda su propia república, basada en la igualdad y en la libertad: la República de Quiquibey. Sus libros, poco a poco, se convierten en lectura indispensable para todo. Es un creador original que no hace relatos de ficción, ni de guerras, sino crónicas creativas y humanas de hombres que no se entienden entre sí. Para Alberto Ojeda, “empezó a hacer Nuevo periodismo antes de que el Nuevo periodismo fuera acuñado por Tom Wolfe, Norman 9/20 LEGUINECHE, Manuel. (2002): Gibraltar. Planeta. Barcelona. LEGUINECHE, Manuel. (2004): El último explorador: la vida del legendario Wilfred Thesiger. Seix Barral, Barcelona. LEGUINECHE, Manuel. 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