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Los devoradores de hombres: el culto a Zeus Liceo y la licantropía en Arcadia

Lozano Gómez, Fernando

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1 LOS DEVORADORES DE HOMBRES: EL CULTO A ZEUS LICEO Y LA LICANTROPÍA EN ARCADIA∗ Fernando Lozano Universidad de Sevilla En una discusión en torno a la tiranía en su obra La República, el filósofo griego Platón, que sirve de cicerone de excepción para este artículo, escribió las siguientes palabras que hacen referencia al culto a Zeus Liceo en Arcadia (Platón, República VIII 565 D-E): -¿Y cuál es el principio de la transformación del jefe en tirano? ¿No está claro que empieza cuando comienza el jefe a hacer aquello de la fábula que se cuenta acerca del templo de Zeus Liceo en Arcadia? -¿Qué fábula? –preguntó. -La de que aquel que ha devorado entrañas humanas mezcladas con las de otras víctimas se convierte necesariamente en lobo. ¿Acaso no conoces ese relato? -Lo conozco. El texto recoge las tres características principales que se le atribuyeron en la Antigüedad a este ritual: el sacrificio humano, el canibalismo y la licantropía. ∗ El presente estudio se incluye en el marco del Grupo de Investigación HUM-545 de la Junta de Andalucía. Quiero aprovechar estas líneas introductorias para agradecer a los profesores E. Ferrer y J. L. Escacena la invitación a participar en el seminario De dioses y bestias, así como al público de dichas sesiones que aportaron interesantes reflexiones y comentarios que he intentado incluir en el texto que sigue. 2 Se trata de rasgos que lo convirtieron en un culto extraño, ajeno al bagaje cultural típicamente griego. El primer acercamiento a las pleitesías rendidas al Zeus Liceo debe pasar por una introducción breve sobre el lugar en el que se celebraron: Arcadia. Esta región ocupa el lugar central del Peloponeso (véase ilustración 1). Sus ciudades más importantes son Licosura, la más antigua según la propia tradición griega, y Megalópolis (JOST, 1985). Otras poleis importantes son Mantinea (TSIOLIS, 2002) y Tegea (PECS, s. v. Tegea: 889-890). El Monte Liceo, actualmente Monte San Elías, y que en la Antigüedad fue conocido también como la montaña sagrada, se encuentra en la región sudoeste de Arcadia cerca de Licosura y Megalópolis. El sustrato cultural de la región parece ser anterior a las invasiones dorias; una idea de la que eran conscientes los propios arcadios que se definían a sí mismos como “más antiguos que la luna” (véase en general BURKERT, 1983). Arcadia es una zona montañosa que se consideraba tradicionalmente atrasada, como prueba el hecho de que su verdadera urbanización sólo se produjera con la fundación de Megalópolis en el año 371 a.C. Otra muestra de este secular atraso e incluso barbarie son sus conocidos rituales ancestrales de carácter primitivo y terrible como los celebrados para Despona en Licosura y Zeus Liceo en el monte Liceo. Despona, "la señora", era hija de Deméter. En Arcadia se la adoraba junto a su madre, su padrastro Anito y Artemisa (Paus. VIII, 37, 3-9). Había un altar para su padre, Posidón Hipios. No se conoce el verdadero nombre de la diosa pues se trataba de cultos mistéricos y la verdadera identidad de la divinidad sólo era revelada a los iniciados. Como culto mistérico fue influenciado por Eleusis, sobre todo en la representación de las divinidades (cesto y cetro). No obstante, los rituales que incluían bailarines con máscaras de animales y el sacrificio brutal en el megaron de su templo principal en Licosura convierten al culto de Despona en típicamente arcadio (JOST, 1985: 172-179). La pervivencia de estos cultos durante toda la Antigüedad queda atestiguada gracias a su asociación con los rituales de adoración imperial; algo que también sucedió, como se verá después, con los del Monte Liceo (IG V, 2, 515b, líneas 2829; consúltense también: TRUMMER, 1980: 180; JOST, 1985: 541, y TSIOLIS, 1999). 3 Esta imagen de arcaismo no se debe exclusivamente a la moderna historiografía, sino que fue habitualmente compartida ya en la antigüedad por los escritores griegos que consideraron a los arcadios atrasados y carentes de una civilización elevada, una máxima que se plasmaba en su caracterización como “comedores de bellotas”. Este atraso, real o ficticio, llevó pronto a la aparición de otro tópico sobre arcadia, el de ser la región del romanticismo pastoril por antonomasia. Se consolidaba, así, ya en la antigüedad, la dualidad típica de esta región en la forma en la que se ha transmitido hasta el presente: por un lado, la zona arcaizante y bárbara, en la que los dioses se aparecían con frecuencia a los hombres; y en la que los humanos llevaban a cabo rituales oscuros, lejanos y censurables, como los celebrados en Licosura y, muy especialmente, en el santuario común a todos los arcadios, el de Zeus Liceo. Por otro lado, Arcadia, fruto de ese arcaismo, que la hacía ajena y atrasada, se convertía en el espacio ideal para la vuelta a los orígenes bonancibles de la humanidad, al pastoreo y el amor inocente entre jovenes, tan del gusto de la poesía helenística y sus seguidores posteriores en la cultura occidental (CARDETE DEL OLMO, 2005). De esta forma, Arcadia se convirtió en un tópico literario, en una región de características estereotipadas. Imagen que se ha transmitido hasta la actualidad. Las afirmaciones que se hicieron en la Antigüedad sobre esta región están marcadas, por tanto, por esta imagen preconcebida y los estudios historiográficos posteriores están, como se verá más adelante, frecuentemente influídos, consciente o inconscientemente, por este sesgo de las fuentes antiguas. I. El mito de Licaón. Varias fuentes clásicas transmiten el mito de Licaón. Los relatos, como es habitual en la mitología griega, ofrecen numerosas variantes tanto de los personajes protagonistas como del desenlace del mito. Con todo, el argumento principal es común a todas estas distintas versiones. Higino ofrece una de las exposiciones de conjunto más breves del mito en una de sus fábulas (Higino, Fábulas CLXXVI): 4 Se dice que Júpiter visitó la casa de Licaón, hijo de Pelasgo, y violó a su hija Calisto. De su unión nació Arcas que dio su nombre a esta tierra [Arcadia]. Pero los hijos de Licaón quisieron someter a Júpiter a una prueba para saber si era un dios, de forma que mezclaron carne humana con la de otra victima y se la ofrecieron después en un banquete. Cuando la divinidad se dio cuenta, tiró furioso la mesa y mató con sus rayos a los hijos de Licaón [...] Júpiter transformó la apariencia de su padre en la de un lobo. El interés de la versión de Higino es que presenta de forma concisa los elementos comunes que permiten explicar, o ayudan a conocer, los rituales que se llevaron a cabo en el monte Liceo. Sin embargo, como se indicó antes, las variantes, así como otros elementos del mito, resultan también del máximo interés. Así, por ejemplo, en el relato de Pausanias, Licaón aparece como el rey civilizador de Arcadia, que llevó a cabo la fundación de Licosura, la primera ciudad de la región, y los juegos a Zeus Liceo (Pausanias, Descripción de Grecia VIII, 2, 1): Licaón, el hijo de Pelasgo, realizó las siguientes invenciones, todavía más inteligentes que las de su padre: fundó la ciudad de Licosura en el Monte Liceo, dio a Zeus el nombre de Liceo y fundó los Juegos Liceos […] En la versión de Pausanias Licaón no mantuvo su sabiduría en sus relaciones con los dioses, pues “llevó al altar de Zeus Liceo a un niño recién nacido, lo sacrificó y derramó como libación su sangre sobre el altar, y dicen que él inmediatamente después del sacrificio se convirtió en lobo” (Pausanias, Descripción de Grecia VIII, 2, 3). Sin embargo, en otros relatos, como el anteriormente citado de Higino, Licaón no diseñó el sacrificio, sino que fue víctima de la impiedad de sus hijos. Así, por ejemplo, lo relata Nicolás de Damasco (frag. 43): Licaón, hijo de Pelasgo y rey de Arcadia, mantuvo las instituciones de su padre de forma virtuosa. Y deseando mantener a sus 5 súbditos, como había hecho su padre, alejados de la impiedad, decía que Zeus le visitaba con frecuencia, vestido como un extranjero […] En una ocasión, como dijo él mismo, al encontrarse a punto de recibir al dios, ofreció un sacrificio. Sin embargo, algunos de sus cincuenta hijos, que tuvo, según se dice, de muchas mujeres, estaban presentes en el sacrificio y, deseando conocer si en verdad iban a ofrecer hospitalidad a una divinidad, decidieron sacrificar un niño y mezclaron su carne con la de la víctima en la creencia de que su acción sería descubierta si el huesped era en verdad un dios. Pero dicen que la divinidad provocó grandes tormentas y truenos y que perecieron todos los que habían participado en la muerte del niño. Lo mismo sucede con la versión de Apolodoro que enfatiza el puesto que ocuparon los hijos de Licaón en la trama del engaño a los dioses (Apolodoro, Biblioteca III, 8, 1-2): Volvamos ahora a Pelasgo, que según Acusilao era hijo de Zeus y Níobe […] De Pelasgo y la oceánide Melibea, o según otros de la ninfa Cilene, nació un hijo, Licaón, que siendo rey de los arcadios engendró cincuenta hijos en muchas mujeres […] Éstos superaban a todos los hombres en orgullo e impiedad. Zeus, deseoso de probar su impiedad, se les presentó bajo el aspecto de un jornalero. Ellos le ofrecieron su hospitalidad, y habiendo degollado un niño de los nativos, mezclaron sus entrañas con la víctima de los sacrificios y se lo ofrecieron, instigados por Ménalo, el hermano mayor. Zeus, asqueado, derribó la mesa en el lugar que ahora se llama Trapezunte, y fulminó a Licaón y a sus hijos […] Según estas leyendas, en el pasado original de Grecia los dioses bajaban a la tierra y honraban en ocasiones a los hombres, como es el caso de Licaón, con su visita. En uno de esos encuentros, se produce el intento de engaño. La divinidad, con todo, descubre la farsa y tira por tierra la mesa en la que se iba a celebrar el banquete. De esta forma, pone fin tanto física como simbólicamente a la comensalidad entre dioses y hombres, y, por tanto, quiebra ineluctablemente el fundamento básico de la sociedad humana. Como recoge 6 Pausanias: “En efecto, los hombres de entonces por su justicia y su piedad eran huéspedes y compañeros de mesa de los dioses y, cuando eran buenos, los dioses manifiestamente los honraban, y de la misma manera, cuando pecaban, caía su ira sobre ellos” (Pausanias, Descripción de Grecia VIII, 2, 4). Como castigo a la transgresión, Zeus convierte a Licaón en lobo y elimina a la mayor parte de sus hijos. Pero la ruptura de la comunión entre dioses y hombres no fue suficiente en algunos relatos para limpiar la impiedad de los arcadios, de forma que se dio un castigo general a la humanidad: el diluvio en época de Deucalión. Así, en efecto, se pronuncia Apolodoro que recogió la tradición según la cual “hay quienes aseguran que se produjo [el diluvio] por la impiedad de los hijos de Licaón” (Apolodoro, Biblioteca III, 8, 2). De esta forma, la historia de Licaón y su desgraciado final, entronca directamente con otros ciclos de leyendas, en especial, los relativos a sus descendientes que se encuentran también en la base de la identidad arcadia. En efecto, en algunas versiones no todos los hijos del rey fueron exterminados. Gea, por ejemplo, en Apolodoro, salvó a Nictino de la cólera de Zeus y permitió que reinara sobre los arcadios en vez de convertirse en lobo como su padre y sus hermanos. Sin embargo, el superviviente más interesante es Arcas, hijo nacido de la unión de Níobe, convertida en osa, y Zeus. Este personaje fue, según algunos relatos (Eratóstenes, Catast. 8; Higino, Astron. II, 4, y schol. German. P. 64, 15), la propia víctima que sirvió Licaón al primero de los dioses. El final del ciclo mítico de Arcas es también trágico, pues tras ser resucitado de la muerte sacrificial por su padre divino, fue criado por un cabrero hasta que se hizo mayor y pudo reinar sobre los arcadios, a los que da nombre. Sin embargo, su afición a la caza lo llevo a perseguir a una osa, que no era otra que su propia madre, en las montañas que rodean al monte Liceo, y a darle caza; convirtiéndose, de esta forma, en matricida involuntario. En otra versión Arcas no mata a su madre, sino que se aparea con ella. En cualquier caso, el acto se produce en una zona prohibida del santuario del monte Liceo, sobre la que se discutirá más abajo, y tanto Arcas como Níobe son sacrificados para expiar su transgresión. Además de la importancia obvia del mito para la explicación de los rituales, es necesario destacar que estas leyendas han sido, junto al epíteto de la divinidad, las mejores guías con las que han contado los investigadores para 7 establecer cuáles fueron las características propias y el carácter original de la divinidad honrada en el santuario del Monte Elías. Se trata de una cuestión compleja que supera los límites propuestos para esta publicación, que se circunscriben en concreto a los rituales practicados en el santuario. No obstante, antes de centrarme más detenidamente en este asunto, estimo que puede ser conveniente mencionar, aunque sea brevemente, las interpretaciones principales que se han realizado sobre la deidad y su función. Como se ha señalado, las características de la divinidad honrada en el monte Liceo se han inferido a partir del mito y la etimología del epíteto de Zeus. Con todo, existen varias interpretaciones distintas sobre el carácter de la deidad. Así, para algunos investigadores, el Zeus Liceo era un dios de la luz y, por tanto, una advocación meteorológica. Otros historiadores, piensan que se trataba de un dios de la fecundidad (COOK, 1914, vol. 1, págs. 63-68). Se basan para llegar a esta conclusión en un texto de Plinio que explica los extraños rituales llevados a cabo en las inmediaciones del santuario (Plinio, Historia natural VIII, 34): Evantes, que merece crédito entre los autores de Grecia, escribe que los arcadios cuentan que un miembro de la familia de un tal Anto, elegido a suertes de entre su pueblo, es llevado a una laguna de la región y que, tras colgar sus vestidos de una encina, se echa a nadar y se dirige a unos parajes solitarios y se transforma en lobo, uniéndose con otros de la misma especie durante nueve años. Y añaden que, siempre que se haya mantenido alejado de los hombres, vuelve a la misma laguna y, tras cruzarla a nado, recobra su forma, habiéndose añadido a su anterior aspecto el envejecimiento de nueve años; e incluso que recupera la misma ropa. ¡Es pasmoso hasta donde llega la credulidad griega! La versión de Plinio es el fundamento para afirmar que el santuario era de la encina. Piccaluga desarrolla en estas mismas líneas su propia interpretación, pero concluye que el mito de Licaón se articula en torno al agua y la génesis y reproducción del mundo (PICCALUGA, 1968, págs 68-84). Por último, la interpretación más extendida consiste en la identificación de Zeus Liceo con un dios lobo. Desde el punto de vista etimológico, con todo, no es sostenible la noción de que Lycaios derive en última instancia de Lukos. 8 Sin embargo, como queda patente en el mito, la centralidad del lobo resulta clara, y, por este motivo, gran parte de los historiadores que se han centrado en el estudio de la divinidad tutelar del santuario arcadio, unen al dios Zeus con el lobo. No obstante, esta valoración positiva de la vinculación entre el animal y la deidad tampoco se ha plasmado en un acuerdo general en la valoración concreta del carácter último de la divinidad, pues, nuevamente, las interpretaciones oscilan desde la asignación de un valor ctónico hasta la asociación de las prácticas con un dios-grano de esencia fecunda (véanse en última instancia BURKERT, 1983, y CARDETE DEL OLMO, 2005, sección 5.3.2.a). Esta divinidad de carácter tan discutido se adoraba en un santuario que presenta unas particularidades sumamente interesantes y, en buena medida, ajenas a la tradición típica de Grecia. De esta forma, desde el punto de vista arquitectónico y espacial, el santuario del monte Liceo también resulta excepcional, y, al igual que los rituales que se llevaban a cabo en él, el propio lugar sagrado estaba rodeado de muchas leyendas y tabúes. La importancia del santuario del monte Liceo en el imaginario religioso de los arcadios radica en dos extremos: por un lado, su protagonismo se debe a que fue en este lugar en el que se llevaron a cabo las transgresiones de Licaón que originaron, según el mito, los rituales posteriores; pero, por otro lado, una leyenda muy extendida hacía del monte Liceo también el hogar primitivo en el que dos ninfas criaron a Zeus (BURKERT, 1983). El santuario consagrado al Zeus Liceo se dividía en dos zonas. La zona alta estaba reservada al altar y el temenos de la divinidad, mientras que la parte baja incluía el conjunto de edificios y espacios destinados a la celebración de las fiestas sagradas, las liceas, que acompañaban al culto al primero de los dioses. En la parte alta había, a decir de Pausanias, “un montón de tierra que es un altar de Zeus Liceo desde el que se ve el Peloponeso en su mayor parte. Delante del altar hay dos columnas hacia la salida del sol, y sobre ellas había antiguamente unas águilas doradas” (Pausanias, Descripción de Grecia VIII, 2, 7). Junto al altar y las columnas, un camino procesional formado por 10 basas cuadradas unía la cima con el temenos de la divinidad (para el santuario, véase CARDETE DEL OLMO, 2005, sección 5.3.1.a). Los hombres tienen prohibida la entrada a este espacio sagrado, pues es el lugar en el que según los arcadios se producía la epifanía de la divinidad: un 9 espacio reservado en exclusividad para los dioses. Los castigos para aquellos que infringían esta norma eran terribles. Considerese, en este sentido, las noticias que recoge Pausanias en su Periegesis (Pausanias, Descripción de Grecia VIII, 2, 6): El monte Liceo presenta, entre otras cosas dignas de admiración, especialmente la siguiente. En él hay un recinto sagrado de Zeus, al que los hombres no pueden entrar. El que descuide la ley y entre, es totalmente inevitable que no viva más de un año. También se decía los siguiente: que todo lo que hay dentro del recinto sagrado, tanto hombres como animales, no tiene sombra; y por esto, cuando un animal se refugia en el recinto sagrado, el cazador no pretende caer sobre él, sino que le aguarda afuera, y aunque ve al animal, no ve ninguna sombra. La parte baja del santuario reunía los espacios para los juegos que acompañaban, como se indicó antes, los rituales de Zeus. Se trata de un hipódromo y un estadio, cuyos restos pueden ser observados todavía en la actualidad. Junto a ellos se encontraba un santuario de Pan. II. El culto a Zeus Liceo: sacrificio humano, canibalismo y licantropía. Una vez presentado tanto el mito fundacional de los rituales, como la divinidad protagonista y su lugar de morada entre los hombres; me detengo a continuación a explicar de forma más detallada los rituales que conformaron el culto en la cima del Monte Liceo y a exponer una breve relación histórica de la evolución del culto. Como se mostró al principio, siguiendo la información transmitida por Platón, los rituales contaban con tres elementos que los hacían ajenos, o al menos singulares, en la tradición ritualística griega. Se trata del sacrificio humano, el canibalismo y la licantropía. Estos tres aspectos eran muestras terribles de la relación de los hombres con sus dioses y solían ser prácticas que los propios griegos asignaban a los pueblos atrasados y bárbaros. La sensación de alienidad de los cultos arcadios se ve acrecentada, además, por su unión en un solo ritual, es decir, por la suma de tres comportamientos divergentes en una sóla ocasión. 16 procedimiento para el paso de una etapa vital a otra. La noción según la cual los rituales del monte Liceo eran en última instancia constituyentes de una hermandad secreta de hombres-lobos, que propugna Burkert, ya fue esbozada por Frazer y retomada con posterioridad por Gernet (1980, págs. 136-150; hay varios ejemplos antropológicos que sirven de modelo para la sociedad de lobos arcadios, véase ALMAGRO GORBEA, 1996). La opinión de Burkert goza actualmente del favor de la mayor parte de los investigadores (véase, por ejemplo, CARDETE DEL OLMO, 2005, sección 5.3.2.a). No obstante, la prestigiosa historiadora M. Jost, que está de acuerdo con el carácter iniciático que se le ha atribuido a los ritos del liceo, niega la adscripción al plano de lo imaginario de los rituales bestiales; para ella, el sacrificio humano se llevó a cabo y apoya su opinión en datos arqueológicos recientemente encontrados (BAMMER, 1998). La propia alienidad de los cultos, sentida tanto en la Antigüedad como en nuestros días, dificulta el consenso: el monte Liceo, como en época de Pausanias, sigue guardando celosamente sus secretos. 17 Bibliografía: ALMAGRO GORBEA, M. (1996): “Lobos y ritos de iniciación en Iberia”, en VV. AA. Iconografía ibérica, iconografía itálica: 103-127. Madrid. ARENS, W. (1979): The Man-Eating Myth. Nueva York. BAMMER, A. (1998): “Sanctuaries in the Artemision of Ephesus”, en R. Hägg (ed.), Ancient Greek Cult Practice from the Archaeological Evidence: 27-47. Estocolmo. BONNECHERE, P. (1994): Le sacrifice humain en Grèce ancienne. Atenas-Lieja. BURKERT, W. 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