¿Podemos confiar en la tecnología? Una reflexión sobre la crítica social en el mundo tecnológico
Abstract
En este trabajo ensayaremos una reflexión exploratoria sobre el significado de la confianza en la tecnología y el valor del escepticismo crítico en el actual mundo tecnológico. Tras examinar el significado de las nociones de confianza y dependencia, y sobre la base de las aportaciones de diversos autores entre los que destacan U. Beck y P. Sztompka, argumentaremos que la creciente artificialización y despersonalización de nuestro entorno está induciendo un tránsito desde la confianza a la dependencia en los cimientos del tejido social. Se defenderá finalmente el valor del escepticismo personal y la crítica social como respuesta frente a la creciente alienación tecnológica en el mundo actual.
Full text
DOI: http://doi.org/10.12795/Argumentos/2020.i23.01 Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 ¿PODEMOS CONFIAR EN LA TECNOLOGÍA? UNA REFLEXIÓN SOBRE LA CRÍTICA SOCIAL EN EL MUNDO TECNOLÓGICO CAN WE TRUST TECHNOLOGY? A PHILOSOPHICAL REFLECTION ON THE MEANING OF TRUST AND SOCIAL CRITICISM IN THE TECHNOLOGICAL WORLD JOSÉ A. LÓPEZ CEREZO cere[email protected] Universidad de Oviedo RECIBIDO: 19/06/2020 ACEPTADO: 15/07/2020 Resumen: En este trabajo ensayaremos una reflexión exploratoria sobre el significado de la confianza en la tecnología y el valor del escepticismo crítico en el actual mundo tecnológico. Tras examinar el significado de las nociones de confianza y dependencia, y sobre la base de las aportaciones de diversos autores entre los que destacan U. Beck y P. Sztompka, argumentaremos que la creciente artificialización y despersonalización de nuestro entorno está induciendo un tránsito desde la confianza a la dependencia en los cimientos del tejido social. Se defenderá finalmente el valor del escepticismo personal y la crítica social como respuesta frente a la creciente alienación tecnológica en el mundo actual. Palabras clave: confianza, dependencia tecnológica, crítica social, artificialización. Abstract: In this paper we will try an exploratory reflection on the meaning of trust in technology and the value of critical skepticism in today's technological world. After examining the meaning of the notions of trust and dependence, and based on the contributions of various authors among which U. Beck and P. Sztompka stand out, we will argue that the increasing artificialization and depersonalization of our milieu is inducing a transition from confidence to dependence on the foundations of the social fabric. Finally, the value of personal skepticism and social criticism will be defended in response to the growing technological alienation in today's world. Key words: trust, technological dependence, social criticism, artificialization.
JOSÉ A. LÓPEZ CEREZO Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 14 En la sociedad contemporánea vivimos en un mundo artificial creado por ingenieros. No es algo nuevo. Decía José Ortega y Gasset a mediados del siglo pasado que el ser humano no vive con la técnica sino que vive en la técnica (Ortega, 1951). Nuestras formas de vida y las relaciones con nuestros semejantes dependen estrechamente de artefactos y sistemas tecnológicos. Se trata no obstante de una relación de dependencia que no simplemente responde a las aspiraciones humanas de cada época, al contrario de lo que pensó Ortega. Las innovaciones tecnológicas necesitan un nicho de oportunidad para salir adelante, pero con su difusión acaban estimulando las necesidades que satisfacen. Como apunta George Basalla (1989: 159ss.), el coche no surgió por una crisis internacional debida a la escasez de caballos. Su inicial uso recreativo terminó configurando el modo de vida actual dependiente del automóvil. El coche no satisface el modo de vida actual sino que lo permite y estimula. Un autor que a mediados del siglo pasado reflexionó con un lúcido pesimismo sobre este fenómeno es Jacques Ellul (e.g. 1954). El pensador francés veía el desarrollo tecnológico como un proceso autónomo que no nos conduce a mejores formas de vida y al que, sin embargo, no podemos sustraernos. En su visión, la sociedad depende de la tecnología. Autores posteriores como Wiebe Bijker, ya en los años 80, han defendido, contra la visión de Ellul, la maleabilidad y dependencia de ese desarrollo respecto a los agentes humanos (e.g. Bijker et al., 1987). Se trata de la visión más optimista del constructivismo social donde la tecnología depende de la sociedad. Una visión más equilibrada es la defendida por Thomas Hughes desde los años 80, donde sociedad y tecnología se hallan en una relación de dependencia mutua, intensificándose en un sentido u otro en función de la fase de desarrollo tecnológico (e.g. Hughes,
¿PODEMOS CONFIAR EN LA TECNOLOGÍA? Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 15 1983). Asumiendo ahora, con este autor, una relación de dependencia recíproca donde la tecnología va cobrando autonomía a medida que avanza en su proceso de domesticación, podemos preguntarnos por los motivos para ser optimistas o pesimistas respecto a su evolución futura. El propósito de este ensayo no es tanto responder a la cuestión anterior como explorar un modo particular de plantearla y examinar las consecuencias que se derivan respecto al significado de vivir en una sociedad tecnológica. En efecto, para fundamentar mejor nuestra inclinación hacia el optimismo o el pesimismo, la pregunta que deberíamos formular es si tenemos motivos para confiar en la tecnología, y, en cualquier caso, ¿qué significa, si es que significa algo, “confiar en la tecnología”? La noción de confianza Comencemos centrándonos ahora en el concepto mismo de confianza para explorar más adelante la “confianza tecnológica”. En sociología y ciencias políticas, la confianza es descrita con frecuencia como un constructo social necesario para la vida en común (e.g. Weber y Carter, 2003: 4-5). La confianza hace posible la gobernanza a través de la producción de capital social, o, como diría Durkheim (1893/1987) desde la tradición sociológica, densidad moral, es decir, intensidad de comunicaciones e intercambios entre individuos. Pero es algo que va más allá de la interacción entre individuos. Nos movemos en un entorno de expertos, sistemas y artefactos que suponemos saben lo que hacen y funcionan como deberían. Es precisamente la ubicuidad de la confianza lo que la hace invisible (Stern, 2017: 274). La noción de confianza es no obstante una noción compleja. En tanto que virtud intelectual y virtud moral, incluye capacidades
JOSÉ A. LÓPEZ CEREZO Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 16 cognitivas y afectivas imposibles de describir mediante un algoritmo. Como ya señalaba Aristósteles en la Retórica al hablar de la persuasión, la confianza que depositemos en un interlocutor depende no solo de la sabiduría práctica (phrónesis) que demuestre sino también del carácter virtuoso (areté) y de la buena voluntad o benevolencia (eunoia) que manifieste. En tanto que actitud orientada al futuro, hay ciertos aspectos que es necesario resaltar en la noción de confianza: la expectativa, la vulnerabilidad y el riesgo (Hupcey et al., 2009: 290; McCraw, 2015: 416-18). La confianza puede entenderse en términos de lo que esperamos respecto a nuestros semejantes y el mundo que nos rodea, y, en este sentido, involucra la expectativa de la realización de alguna acción o estado de cosas (el objeto diana de la confianza). Pero el agente que confía, en tanto que dependiente de otro sujeto o institución para la realización de lo esperado, se sitúa en una posición vulnerable respecto al fracaso o incumplimiento. La confianza también implica riesgo puesto que requiere considerar cursos de acción y la elección entre alternativas (confiar/desconfiar), colocándonos entonces ante una posible expectativa defraudada o bien ante una posible pérdida de oportunidad. En su contribución pionera Trust and Power, Niklas Luhmann entiende la confianza como un mecanismo de reducción de la complejidad, subrayando la relación entre la noción de confianza y las nociones de riesgo y expectativa. Para este autor, la confianza constituye una apuesta arriesgada de anticipación del futuro, consiste en actuar como si cierto futuro fuese a ser el caso. En sus palabras: El problema de la confianza por tanto consiste en el hecho de que el futuro contiene muchas más posibilidades de las que pueden realizarse en el presente y, por consiguiente, ser transferidas al pasado…. El futuro coloca una carga excesiva sobre la capacidad de representación del
¿PODEMOS CONFIAR EN LA TECNOLOGÍA? Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 17 hombre. Debe por tanto podarse el futuro para acomodar el presente – i.e. reducir la complejidad” (1979: 13). La atribución de confianza “fija” así el comportamiento futuro de otros actantes1 como presupuesto para decidir el comportamiento propio en el presente, reduciendo la incertidumbre y haciendo posible la acción social. Pero ¿en qué sentido confiamos cuando decimos confiar en, por ejemplo, otra persona? Desde un punto de vista estructural, podemos entender la confianza como una relación cuatriádica donde un actor (trustor) confía en otro actor (trustee) respecto a cierta acción o estado de cosas, dado cierto contexto (e.g. Zagzebski, 1966; Blackburn, 1998; McCrew, 2015). Dado cierto contexto X, A confía en B respecto a C Con respecto a la propia relación, y de acuerdo con la literatura especializada (e.g. Renn, 2008: 222), a pesar de los debates puntuales en estudios empíricos, hay tres dimensiones principales en la confianza que afectan al trustee, y por tanto tres modos de entenderla o de ponderar sus factores: la competencia percibida (el grado de conocimiento o pericia, incluyendo la eficiencia), la independencia e integridad percibida (falta de sesgo, objetividad, consistencia, sinceridad), y la empatía percibida (similitud de valores o cosmovisiones, benevolencia). Son dimensiones aproximadamente coincidentes con los factores que, de acuerdo con la gran obra clásica sobre la persuasión (Retórica de Aristóteles), hacen a alguien digno de crédito (Mayer et al., 1995:717).2 1 Actores humanos o no humanos, en el sentido de la teoría del actor-red. E.g. Callon (1986). 2 De hecho, la credibilidad suele entenderse como una manifestación de la confianza en el ámbito de la comunicación (e.g. Renn, 2008: 223; Walaski, 2011:
JOSÉ A. LÓPEZ CEREZO Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 18 La diferenciación depende en última instancia de la clase de expectativas implicadas por el ejercicio de la confianza. En la terminología sociológica, en el primer caso se trata de expectativas instrumentales relativas a aspectos técnicos o epistémicos, en el segundo de expectativas axiológicas relacionadas con valores morales, y en el tercero de expectativas fiduciarias relativas a la anteposición del interés ajeno por delante del propio (Sztompka, 2000: 53 ss.). Hay que tener en cuenta que la atribución de credibilidad o el ejercicio de la confianza suele combinar diferentes modalidades (competencia, independencia, empatía) y además puede hacerlo con distintas intensidades en un continuo. Decíamos antes, al hablar de la vulnerabilidad implicada en la confianza, que el agente que confía, en tanto que dependiente de otro sujeto o institución (o quizá sistema técnico) para la realización de lo esperado, se sitúa en una posición vulnerable respecto al posible incumplimiento. Los conceptos de confianza (trust) y dependencia (dependence/reliance) presentan relevantes paralelismos e importantes diferencias. Tienen la misma estructura relacional cuatriádica, implican vulnerabilidad y riesgo, y coinciden también en no presuponer (a diferencia de un contrato o una promesa) una autoridad u obligación que pueda requerir a B el cumplimiento de C, de modo que B adquiera una firme responsabilidad legal o moral como depositario de la confianza o agente de la dependencia (Darwall, 2017). El concepto de confianza es no obstante más restringido que el de dependencia: constituye una forma voluntaria de dependencia (Rousseau et al., 1998: 394-395). La confianza implica dependencia pero no a la inversa, pues podemos depender de otras personas aunque desconfiemos de ellas (Zagzebski, 1996: 160). La dependencia, además, y a diferencia de la confianza, no requiere la existencia de una expectativa respecto al cumplimiento de C ni 20ss.)
¿PODEMOS CONFIAR EN LA TECNOLOGÍA? Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 19 presupone la buena voluntad (o capacidad) del depositario de la misma y por tanto no puede ser defraudada o traicionada (O’Neil, 2017). Aunque ambos conceptos implican vulnerabilidad, en la confianza el riesgo deber ser reconocido y asumido, algo que no ocurre en la dependencia, pues en esta, al contrario que en la confianza, no hay capacidad de elección (depender/no depender). La confianza tecnológica Un informe de referencia de la OCDE, publicado de 2017, distingue varias formas de confianza: confianza en otras personas (confianza interpersonal), confianza en organizaciones e instituciones (confianza institucional), confianza en intangibles como marcas (brand trust) y confianza en sistemas, objetos y tecnologías (confianza tecnológica) (OCDE, 2017: 17). Dejando de lado la confianza en intangibles, que podría fácilmente reducirse a confianza institucional o confianza tecnológica (dependiendo del objeto de la confianza), hay en la clasificación anterior dos cuestiones importantes para nosotros. La primera es si podemos hablar de confianza institucional como una variedad estricta de la confianza, o si se trata más bien un tipo de confianza derivada, es decir, que tiene como diana a las personas mediante las cuales se visibilizan esas instituciones (representantes políticos, directores generales, empresarios). La segunda cuestión, análogamente, es si podemos hablar de confianza tecnológica como una variedad estricta de la confianza, o si es más bien un tipo de confianza derivada de segundo grado, es decir, que tiene como diana a las personas mediante las cuales se visibilizan las instituciones de las que, a su vez, depende el diseño, desarrollo y comercialización de esas tecnologías (ingenieros, empresarios).
JOSÉ A. LÓPEZ CEREZO Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 20 Un lugar bastante común en la literatura (e.g. Warren 2018: 83 y 88) es que la forma básica de la confianza es la confianza social o interpersonal, de modo que la confianza institucional sería una forma de confianza interpersonal respecto a un agente, anónimo o no, de quien depende la institución. ¿Qué ocurriría en este caso con la confianza tecnológica? ¿Puede la dependencia voluntaria respecto a sistemas, objetos y tecnologías entenderse como una forma de confianza? En principio, tendemos a pensar que una máquina es fiable o no fiable (reliable/not reliable), más que confiable o no confiable (trustable/not trustable), y respecto a su funcionamiento o desempeño regular nuestra disposición es hacia la confidencia (confidence), más bien que la mera confianza.3 ¿Pero por qué decimos sin embargo confiar en un reloj suizo o un coche japonés, y no lo hacemos de un reloj chino o un coche italiano? ¿Se trata de un uso metafórico del término o de un tropo retórico? La respuesta obvia es porque sabemos que el reloj suizo no se va a parar a media mañana o el coche japonés dejarnos tirados en la carretera. ¿Pero quién o qué genera las expectativas (y crea la vulnerabilidad) que son la base de esa confianza? ¿Es experiencia (información) relativa a las características de la máquina o de máquinas de esa clase, o bien relativa al prestigio de la empresa fabricante o de ese 3 No es sencillo diferenciar en español entre los términos ingleses trust y confidence, que suelen traducirse igualmente como “confianza” y usarse como sinónimos. Parece no obstante apropiado utilizar el término “confidencia” para confidence. Una de las acepciones del diccionario de la RAE para el término castellano “confidencia” es “confianza estrecha e íntima”, es decir, la seguridad firme que se tiene en alguien o algo, como que la luz se encenderá por la mañana al accionar el interruptor (Siegrist et al., 2007: 268). Lo importante aquí es que en la confidencia no se supone que uno deba reunir evidencia para asumir la actitud ni colocarse tampoco voluntariamente en una situación de dependencia, como sí se presupone con la confianza (Giddens, 1997: 31; Hupcey et al. 2001: 290).
¿PODEMOS CONFIAR EN LA TECNOLOGÍA? Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 21 tipo de empresas (confianza derivada), o más bien sobre los ingenieros y gestores vinculados habitualmente a la imagen pública de la empresa (confianza derivada de segundo grado)? Recientemente, en un corto periodo temporal, se han estrellado dos aviones Boeing del mismo modelo: 737 MAX 8 (octubre de 2018 y marzo de 2019). Las autoridades aeronáuticas de muchos países suspendieron los vuelos de dicho modelo, incluidos EE.UU. y Europa, y los mantienen suspendidos un año después. La sospecha principal recae sobre un sistema automático de nivelación del vuelo en el despegue (MCAS), que en ciertas circunstancias puede nivelar en exceso el morro del avión si detecta un ángulo con una inclinación muy elevada, y que los pilotos parecen no controlar adecuadamente. Como consecuencia, muchas líneas aéreas han cancelado sus pedidos del ese modelo, causando un grave problema en la bolsa para la empresa. La FAA norteamericana incluso ha vertido sospechas sobre Boeing respecto a haber ocultado información acerca de dicho sistema o actuado negligentemente en el proceso de certificación (donde se subcontrata a la propia Boeing) – necesario para que un modelo de avión reciba la autorización para vuelos comerciales. ¿Qué estamos diciendo cuando decimos que se ha perdido la confianza en el 737 MAX (y, como consecuencia, se ha deteriorado la confianza en Boeing)? Desde luego, si todo el proceso acaba judicializándose, podría acabar con una multa para la empresa o, si se encuentran indicios de conducta criminal o negligente, con alguna persona encarcelada. El primer caso expresaría un resultado que afecta a la confianza institucional, y en el segundo a la confianza personal. En casos como este, no es infrecuente que la propia empresa presente un chivo expiatorio sobre el que recaiga la responsabilidad, de modo que se limiten los daños para la institución. El culpable es presentado entonces como una manzana podrida que no fue adecuadamente detectada por los mecanismos
JOSÉ A. LÓPEZ CEREZO Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 28 tecnológicos. Es una consecuencia de las crisis alimentarias, sanitarias e industriales de las últimas décadas,7 sobre el trasfondo de las protestas originarias de los años 60 contra la energía nuclear y el deterioro de la naturaleza, y han terminado produciendo una importante erosión de la confianza en los poderes públicos, como por ejemplo pone de manifiesto el World Values Survey y otros estudios demoscópicos (OCDE, 2017: 19 ss.). Pero la sociedad postconfianza no es una sociedad de la desconfianza. Desde el punto de vista tradicional, la confianza genera una gestión eficiente a través de la producción de capital social (e.g. OCDE, 2017). La confianza es sin embargo solo una forma de fundamentar una gestión eficiente. Cuando la confianza en las personas u organismos falla, seguimos estando dispuestos a depender de ellos siempre que contemos con estructuras institucionales apropiadas, como leyes que se cumplan, independencia judicial, transparencia en la gestión, rendición de cuentas de los poderes públicos y oportunidades de participación. Son estructuras diseñadas para eliminar la necesidad de confianza o al menos reducir los costes en caso de que esa confianza se debilite (Löstedt, 2009: xi). ¿Qué ocurre sin embargo cuando esas leyes son insuficientes, las organizaciones son opacas y los gestores anónimos, o la participación es meramente instrumental? Lo que sucede es que la confianza deja paso a la dependencia, que la sociedad postconfianza devine una sociedad de la dependencia. Lo que constituía una magnífica oportunidad para promover el 7 A modo de ejemplo: la sangre contaminada con SIDA en Francia a mediados de los 90, la gripe aviar de finales de los 90, la crisis de las vacas locas en la Europa de los años 90, el antiinflamatorio Vioxx en EE.UU. a principios de 2000 y otros muchos fármacos (Lipobay, Trasylol, Jasmin, etc.), la leche materna contaminada en China en 2008 o, más recientemente, los automóviles trucados fabricados por Volkswagen o el tráfico de datos de Cambridge Analytics
¿PODEMOS CONFIAR EN LA TECNOLOGÍA? Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 29 protagonismo ciudadano y la profundización democrática se convierte en un mecanismo de alienación. En un proceso sin evidencias pero con indicios crecientes: el tránsito desde una sociedad de la confianza hacia una sociedad de la dependencia. Los riesgos voluntariamente asumidos, sobre la base de expectativas, se transforman nuevamente en peligros aparentemente inevitables que dependen de fuerzas más allá de nuestro control. Regresamos al pasado: convertimos la vida social en una megamáquina, en el sentido de Mumford (1970),8 y le conferimos autonomía. Como en la ficción distópica de James G. Ballard en Rascacielos (1975), el espacio que nos rodea y las cosas que contiene, artefactos materiales y sociales, condiciona nuestro comportamiento y va modelando nuestra conciencia, generando hoy dependencia y alienación. La opción ya no es confiar o no en las instituciones, o en los sistemas tecnológicos, sino tratar de minimizar nuestro grado de dependencia y vulnerabilidad. No solo las tecnologías necesitan hacerse “entrañables” (en el sentido de Quintanilla, 2018) sino también las instituciones que imitan tecnologías indeseables.9 8 Es decir, una organización social rígida y jerárquica que produce grandes beneficios materiales a costa de la deshumanización y las limitaciones personales (Mumford, 1970). 9 En su decálogo de tecnologías entrañables, M.A. Quintanilla (2017: cap. 1) incluye las siguientes virtudes: que sean abiertas (sin restricciones de uso, copia, modificación o distribución), polivalentes (que permitan usos alternativos), dóciles (que su funcionamiento, control y parada dependa de un ser humano), limitadas (con consecuencias sociales y para el medio natural predecibles), reversibles (siendo posible restaurar el medio natural o social en el que se implante un sistema técnico), recuperables (susceptibles de recuperación y mantenimiento activo, sin obsolescencia programada), comprensibles (abiertas al entendimiento del sistema por ciudadanos con una formación cultural básica), diseño participativo (con un desarrollo abierto a la participación ciudadana), sostenibles (que hagan posible el ahorro y reciclado), y socialmente responsables (que tengan en cuenta la desigualdad social y la situación de los más desfavorecidos).
JOSÉ A. LÓPEZ CEREZO Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 30 Vivir en la tecnología Las nuevas realidades sociales definidas por una vertiginosa transformación tecnológica de nuestras condiciones de vida, más la obsesión por la seguridad y aversión al riesgo generadas por la evolución reciente del escenario geopolítico y sociosanitario mundial, han creado nuevas tensiones a las que debe hacer frente nuestra sociedad postconfianza. Primero la tensión entre independencia y condicionamiento, entre la búsqueda de espacios para el desarrollo en libertad del propio proyecto de vida, en términos de Ortega, y la necesidad constante de adaptarnos a los nuevos formatos de productividad e interacción social generados por la irrupción constante de nuevos dispositivos y aparatos, así como reglamentos. Quizá de un modo un tanto exagerado pero en este mismo sentido, el Papa declaraba en junio de 2015 que las nuevas tecnologías “dañan el alma” (ABC, 06-06-2015). Segundo la tensión entre autonomía y seguridad, que todos experimentamos con enfado o resignación al tomar un avión o al comprobar el gran avance de organismos opacos (gobiernos, empresas) en el control de la vida privada de los ciudadanos. Tercero la tensión entre libertad individual y responsabilidad social, donde debemos adaptar nuestra conducta y nuestra conciencia a las normas y dispositivos de uniformización social por mor de la salud pública. La propia distinción entre público/privado es dependiente de la disponibilidad de nuevas tecnologías (y “oportunidades de negocio”) que transformen aspectos y actividades humanas hasta ahora privadas en objetos de consumo o servicios sujetos a las leyes del mercado y sometidos a organismos reguladores. La amistad, la sinceridad, la salud, los hijos y hasta el aire puro en algunas ciudades son ahora productos de consumo o servicios técnicos que ofrecen las empresas y regulan los poderes públicos.
¿PODEMOS CONFIAR EN LA TECNOLOGÍA? Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 31 Una respuesta a esas tensiones la encontramos en la literatura filosófica: la ética del no poder de Jacques Ellul, la apuesta por la sociedad convivencial frente al fascismo tecnoburocrático de Ivan Illich, la rebelión racional frente a la tiranía de las cosas en Herbert Marcuse, etc. Es decir, asumir un protagonismo civil que, sobre la base del reconocimiento de las nuevas realidades, adopte una actitud crítica, reflexiva y bien informada. Ciertamente, nosotros no podemos escapar del mundo artificial creado por las nuevas tecnologías, pero quizá sí aprender a convivir con el moderno Prometeo, haciéndonos eco de la célebre novela gótica de Mary Shelley. El reto es entonces cultivar la conciencia crítica y el distanciamiento que haga posible la reflexión pausada (Marcos, 2018). No es algo nuevo resaltar el valor de la crítica para la formación de opiniones y la toma de decisiones. En nuestro tiempo, podemos encontrar las raíces de esta idea en el pensamiento ilustrado del siglo XVIII (Phillips, 2015: 25), por ejemplo en los escritos de Thomas Jefferson y otros pioneros de las revoluciones americana y francesa; más tarde, expresada con rotundidad por John Stuart Mill en Sobre la libertad: “Quien sólo conozca un aspecto de la cuestión no conoce gran cosa de ella (…) si no existieran impugnadores de las verdades fundamentales sería indispensable imaginarlos y proveerlos con los argumentos más fuertes que pudiera inventar el más hábil abogado del diablo” (Mill, 1859: 100-101). De hecho, el término “crítica” procede del griego kritikos, que hace referencia a una persona con buen juicio. Desde un punto de vista demoscópico, se trata de las actitudes críticas y reflexivas que pueden hallarse en los “escépticos leales” de Martin Bauer y colaboradores (2012), los distrustful engagers de la encuesta británica PAS de 2014 (Ipsos MORI, 2014) o la población “mucho-mucho” de la Encuesta Iberoamericana de 2007 (FECYT-RICYT-OEI, 2009). Son ciudadanos muy interesados en
JOSÉ A. LÓPEZ CEREZO Argumentos de Razón Técnica, nº 23, 2020, pp. 13-36 32 la ciencia y que se sienten informados al respecto, con opiniones cualificadas y diferenciadas respecto a distintos ámbitos y aplicaciones de la ciencia y la tecnología. Piensan que la cienciatecnología tiene un gran potencial de beneficios para la sociedad aunque son conscientes y cautelosos respecto a los riesgos y condicionantes que acompañan a su desarrollo. Son los denominados también “ciudadanos CTS” (López Cerezo y Laspra, 2018). En un mundo en continua y acelerada transformación por efecto de la ciencia y la tecnología, con una creciente artificialización y despersonalización de nuestras condiciones de vida, y con una creciente dependencia de los resortes del desarrollo respecto organizaciones e intereses opacos, una cierta dosis de escepticismo y actitudes críticas en una ciudadanía familiarizada con la ciencia y la tecnología es hoy fundamental para generar espacios de protagonismo ciudadano y disminuir nuestra vulnerabilidad frente a la megamáquina contemporánea. “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, decía un conocido slogan de mayo del 68 francés. La crítica y la libertad intelectual no son un problema sino un recurso muy valioso en el actual mundo tecnológico. Referencias Aristóteles, On Rethoric: A Theory of Civic Discourse, G.A. Kennedy (traducc.), 2ª ed., Nueva York-Oxford, Oxford University Press, 2007. Ballard, J.G., Rascacielos, Madrid, Alianza, 2018 (ed. orig. 1975). Basalla, G., The Evolution of Technology, Cambridge, Cambridge University Press, 1989.
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