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El espacio urbano como dispositivo de control social: territorios psicotropicos y politicas de la ciudad

José Luís Fernandes,Marta Pinto

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Introducción Al análisis de las dimensiones psicológica, social y biológica del fenómeno droga debe sumarse el del espacio donde aquel ocurre, así como la interacción entre todos ellos. Con todo, una mirada sobre lo que la producción científica ha dicho en Portugal en cuanto al estudio de la psicoactividad ilegal (Fernandes y Pinto, 2002) puso recientemente al descubierto el desinterés por los entornos territoriales. En este texto no es eso lo que ocurre. En él hay una mirada sobre las calles y callejuelas, los ángulos y los escondrijos, las esquinas y las escaleras donde la droga se sirve, se hace, se vende, se compra y se pasa, incluso a escondidas de quien por allí pasa. El análisis presente es fruto de la combinación de dos formas de observación de las actividades marginales: investigaciones etnográficas y experiencias de campo en el seno de equipos de calle de reducción de daños asociados al consumo de drogas y a la práctica de la prostitución. Desde 1990, venimos realizando investigación etnográfica en contextos urbanos que el discurso dominante designa por «hipermercados de la droga»: barrios sociales periféricos e intersticios apropiados por junkies (Fernandes, 2000; 2001; Fernandes y Neves, 2002). El trabajo de calle en equipos de reducción de daños nos ha permitido, desde hace seis años, actualizar los datos de las investigaciones anteriores, extendiendo los contextos de obser147 EL ESPACIO URBANO COMO DISPOSITIVO DE CONTROL SOCIAL: TERRITORIOS PSICOTRÓPICOS Y POLÍTICAS DE LA CIUDAD LUÍS FERNANDES* YMARTA PINTO** *Profesor de la Facultad de Psicología y Ciencias de la Educación. Universidad de Porto. Porto (Portugal). **Psicologa Clínica. Centro de Atención a Toxicodependientes (CAT) de Cedofeita, Porto (Portugal). * Luís Fernandes está Doctorado en Psicología del Comportamiento Desviado por la Universidad de Oporto. Miembro del Consejo Científico de Doctorado en Antropología Urbana del Instituto Superior de Ciencias del Trabajo y Empresa de Lisboa. Sus investigaciones se han centrado en el estudio etnográfico de la marginalidad urbana, especialmente la expresión de calle del fenómeno de la droga. Ha publicado en obras colectivas y en revistas científicas de Portugal, Canadá, Francia y España. **Marta Pinto es psicóloga clínica, miembro de equipos de reducción de riesgos en las áreas de apoyo a trabajadoras sexuales y a usuarios de drogas. Es supervidora del Equipo de Calle G.I.R.V. Gaia en el Gran Porto. vación a las áreas suburbanas del Gran Oporto, dando cuenta de la evolución de los territorios psicotrópicos y de las reacciones de control social que suscitan. Como es común en otras metrópolis del capitalismo avanzado, son diversas las sustancias psicoactivas ilegalmente consumidas en Oporto. Todas ellas poseen matices particulares en la forma como toman vida en el seno de las dinámicas sociales, así como en su vertiente espacial. En estas líneas abordaremos aquellas que frecuentemente hacen de la calle su casa y que fueron el blanco preferente de la problematización en las últimas décadas: la heroína y la cocaína. En términos simbólicos, ambas fueron objeto de un recorte selectivo en relación a los consumos que de ellas se hacen y al estilo de vida a ellas asociado: se destacaron sus facetas más problemáticas y se omitieron las relaciones más funcionales que es posible establecer con ellas. Quien consiguió consumirlas de esta forma se escondió de las miradas ajenas, y quien no lo hizo se tornó visible por su degradación. El junkie vendría a ser la figura corpórea de este tipo de decadencia, y la heroína y la cocaína fueron asociadas a su imagen haciendo, en gran parte, suyos los lugares del junkie. Es de esos lugares de los que ahora nos ocuparemos: los lugares urbanos de vida de la heroína y de la cocaína en su expresión de la calle. Les hemos llamado, a lo largo de nuestros trabajos etnográficos, territorios psicotrópicos: seductores de individuos que tienen intereses en torno a las drogas, con un programa comportamental orientado hacia los aspectos instrumentales ligados a un estilo de vida en el que aquéllas tienen un papel importante. Se configuran como territorios a través del reconocimiento de las funciones que desempeñan y de los comportamientos de defensa en relación a extraños por parte de los actores que se apropian de dichos territorios. Se estructuran como intersticio espacial, constituyendo el eslabón final de la maquinaria de distribución de las drogas. Un territorio psicotrópico es un escenario de conducta de acuerdo con el concepto propuesto por la psicología ambiental: tiene como función importante clarificar los papeles y las expectativas de los actores en presencia, a través del interconocimiento de su repertorio comportamental. El escenario de conducta concibe a los individuos como anónimos y equipotenciales, no dependiendo para su funcionamiento de algún actor en concreto, lo cual explica su resistencia a las embestidas del control social. Comenzaremos por interrogar a la geografía psicotrópica portuense. Se trata de describir la anatomía de estos territorios y las relaciones que la ciudad establece con ellos, dando cuenta también de la existencia de una nueva figura de marginalidad: el aparcacoches. Enseguida exploraremos la producción simbólica que el discurso dominante ha difundido insistentemente a través de la comunicación social a propósito de estos lugares y la consecuente reacción de los poderes públicos en relación a aquello que entienden por transgresión y desorden. 148 USO DE DROGAS Y DROGODEPENDENCIAS Territorialidad junkie Los actores del psicotropismo, para poner en práctica las actividades ligadas al mundo de la heroína y la cocaína, se apropian de determinados lugares de la ciudad cuyos perfiles ecosociales se revelan como los más adecuados. Utilizando como criterio esa territorialización funcional de los espacios, podemos enunciar tres tipos de zonas de «labor» psicotrópica: puntos de mercado; puntos de consumo; zonas de adquisición de fondos. La división entre estos tres tipos de áreas no es rígida ni su funcionalidad es obligatoriamente exclusiva: en algunas zonas de confluencia se desenvuelven simultáneamente las tres actividades -venta, consumo de drogas y adquisición de fondos. No obstante, principalmente en lo que respecta a los puntos de mercado, es habitual que se trate de lugares claramente connotados por sólo una de esas actividades. Son secciones territoriales donde una función remite a un segundo plano todas las otras que el lugar podría asumir. Pasan a ser espacios de eso y no de otra cosa cualquiera1. Enclaves de función que se distinguen, por lo que en ellos se hace, de todo el espacio circundante, atravesando límites físicos bien definidos. La territorialidad de las actividades psicotrópicas crea, pues, divisiones claras en los espacios urbanos y esta segregación puede ser fina hasta el extremo de, por ejemplo, distinguir las zonas de consumo fumado de las de consumo inyectado -la discriminación a la que los fumadores de heroína y cocaína someten a los que se «pinchan» corresponde, en esos casos, a una segregación espacial. Puntos de mercado Habitualmente, están ubicados en las zonas más pobres de la ciudad, aquellas que constituyen su periferia social y hasta espacial, y donde el control social informal perdió fuerza. Hay cerca de 40 barrios sociales en Oporto, pero sólo algunos de ellos asumieron esta funcionalidad -los que reunieron las condiciones socio-ecológicas ideales a la aparición de este tipo de mercado. Son esas idiosincrasias que explican el hecho de que los vendedores de heroína y cocaína a veces no sean autóctonos y sí «arrendatarios» que alquilan aquel espacio solamente para comercializar las sustancias y que, fuera del horario de venta, habitan en otras zonas de la ciudad. Los trazos ecológicos de determinado lugar le prestan, por eso, un valor comercial particular. Las estrategias de venta, así como la cantidad y organización del personal implicado, dependen del volumen de negocio que se lleva a cabo diariamente. En Oporto, los puntos de venta tienen dimensiones muy variables -en una metáfora, algo que puede variar entre el ultramarinos de la esquina y una gran superficie… En núcleos urbanos y periurbanos, donde la censura social es fuerte y donde hay un interconocimiento razonable entre los residentes, la venta tiende a ser realizada de forma discreta en pequeños puestos (por ejemplo, en casas abandonadas) o a cielo 149 EL ESPACIO URBANO COMO DISPOSITIVO DE CONTROL SOCIAL: TERRITORIOS PSICOTRÓPICOS Y POLÍTICAS DE LA CIUDAD descubierto en espacios intersticiales. Los vendedores son frecuentemente toxicodependientes u otros actores que ven en esa actividad una alternativa económica tentadora, pero que lo hacen de manera poco estructurada, con un volumen de negocios modesto. Esta falta de profesionalismo es a veces tan grande que llegamos a presenciar la escena siguiente: varios clientes y el propio vendedor esperaban ansiosamente la llegada del producto. Entretanto se aproximaron dos personas con un aspecto algo distinto que, desde luego, no causó desconfianza y que permanecieron también allí a la espera, como si de compradores se tratase. Cuando las sustancias finalmente llegaron y el negocio se estableció, sucedió lo más imprevisible: los policías se identificaron como tales. Esto sería imposible en un mercado más «profesionalizado». En paralelo a este comercio hay otro, de mayores dimensiones, que se instala casi siempre en los barrios sociales degradados y cuyo volumen considerable de negocios se debe a la totalidad de pequeñas dosis de heroína y cocaína vendidas a una enorme profusión de clientes. Supone la contratación de varios trabajadores (muchas veces drogadictos) y la existencia de jerarquías entre ellos: desde los «capiadores» (que atraen clientes buscando desviarlos de la concurrencia), a los vigías (que hacen sonar la alarma en caso de sospecha de presencia policial), a los preparadores (muchas veces niños que hacen, por ejemplo, el empaquetamiento del producto), a los transportadores (que recogen las sustancias de los abastecedores), etc. Implica también una elección del lugar de venta en base a criterios específicos (por ejemplo, de acuerdo con la inaccesibilidad que tiene en relación a las redadas policiales), así como la contratación de servicios, como el del almacenamiento del producto de tal forma que el vendedor no tenga consigo enormes cantidades, en el caso de una embestida sorpresa por parte de la policía2. En el fondo, constituyen pequeñas empresas de trabajo informal que mueven miles de euros por día y alrededor de las cuales se monta también todo un circuito comercial paralelo, que beneficia financieramente a una parte de la población marginal que habita en las cercanías. Un ejemplo claro de eso: una de las vecinas de uno de los más conocidos dealers de Oporto aprovechaba la gran afluencia nocturna de enganchados y los largos períodos de tiempo que perdían en la cola de espera (que a veces serpenteaba por las escaleras desde el 5º piso hasta la calle) para venderles «bifanas» (conocida comida típica portuense). Otro ejemplo ilustrativo es la posibilidad que los autóctonos tienen de comprar a los resacados todo tipo de bienes por precios irrisorios. Para personas de parcos recursos esta es una oportunidad nada despreciable. Estos mercados de mayor dimensión propician una clara diferenciación entre los que compran y los que venden, entre los resacados y los camellos, como se designan mutuamente. Estos, incentivados por la rivalidad con los vecinos que compiten en la misma actividad, ostentan muchas veces su poder económico, que contrasta nítidamente con la 150 USO DE DROGAS Y DROGODEPENDENCIAS degradación física de algunos de sus clientes3. Y este es uno de los factores que contribuyen en la compleja relación que se establece entre ambos actores: los consumidores de drogas manifiestan frecuentemente sentimientos de odio y de revuelta hacia las figuras que ven como explotadoras implacables de su dependencia, pero al mismo tiempo las defienden acérrimamente de la policía encubriendo con todo el esfuerzo necesario la ilegalidad de sus actividades. Es esta interdependencia mutua la que confiere gran solidez al mercado. Los barrios sociales donde estos mercados funcionan tienen los mecanismos de control social formal debilitados. Las fuerzas policiales tienen una enorme dificultad para entrar allí, porque su presencia desencadena reacciones violentas (y, a veces, armadas) por parte de un numero significativo de residentes. Es la propia representación de la policía en cuanto fuerza de mantenimiento del orden la que aquí se pone en causa: muchos de los habitantes de estos barrios ven en los agentes policiales figuras persecutorias y no de protección. Además, la percepción y los sentimientos negativos frente a los policías ya están tan enraizados en algunos lugares que podemos fácilmente encontrarlos en los niños más pequeños. También el control social informal está debilitado. Los habitantes que no aceptan con facilidad la venta de drogas en su zona de residencia no consiguen, por eso, impedirlas. Nacen así rupturas sociales que se traducen en discontinuidades en el propio espacio. El mercado de calle queda entonces circunscrito a una unidad territorial evitada por los que no participan en ese mundo. En uno de los barrios estudiados, constituido por cinco torres de pisos, todo el aglomerado poblacional se reorganizó de forma que no se quebrase este principio: para que la compra y venta de heroína y cocaína se concentrase en una sola torre se llegaron a permutar casas. Esa recomposición espacial permitió un reequilibrio de las dinámicas sociales y hoy, cuando por allí paseamos, encontramos una discontinuidad nítida entre un segmento espacial donde circulan casi exclusivamente los actores de las drogas en su frenesí cotidiano y otro donde son otros el tiempo y los actores. Donde las tradicionales mujeres mayores de delantal conversan entre sí, atentas a los nietos que juegan en la calle; donde se venden golosinas a los niños en mostradores improvisados; donde vecinas paran para tomar café en el centro social y charlar sobre la vida y sobre «los mocitos tan jóvenes y guapos que se pierden en la droga». Puntos de consumo Son lugares marginales que habitan el intersticio. Intersticios de espacio, intersticios de tiempo. Son lugares donde parar significa viajar. Lugares de discontinuidad con el frenesí que gira en el lado de fuera. Para la inyección y el humo se tiene que estar tranquilo, sin algazara ni agitación4. Es un momento que tiene que ser apreciado en cada milésima de segundo que lo constituye. 151 EL ESPACIO URBANO COMO DISPOSITIVO DE CONTROL SOCIAL: TERRITORIOS PSICOTRÓPICOS Y POLÍTICAS DE LA CIUDAD Un interregno de tiempo, de silencio, en el que el sujeto se dobla sobre sí mismo en un silencio autoindagador. Cada consumo es un fin, después de todos los medios utilizados para alcanzarlo. Es, por eso, íntimo, lento, lejano, solitario. No se compagina con interrupciones, ni ruidos, ni miradas furtivas. Mucho menos con los juicios morales de quien pasa. Hay, entonces, que vestirlo con muros, con vegetación. Los lugares públicos más recónditos y adecuados a este momento vienen siendo casas abandonadas y terrenos baldíos. Las fábricas que antaño acogían la labor industrial de la urbe constituyen también escenarios ideales al sosiego que se busca. El junkie, sólo con su jeringuilla, ya alejado, por degradación relacional, de los lugares en los que antes consumía, tiene por hábitat para el chute la ciudad en decadencia -lugares en ruina. Estos espacios son casi siempre privatizados por alguien que pasa a ser su dueño, alguien que por la fuerza o por usucapiâo5se impuso como propietario, instituyendo las reglas de convivencia en el lugar y usufructuando retribuciones por su utilización. Lo que este actor recibe por permitir el uso por parte de otro del espacio en cuestión puede ser lo suficiente para que no sienta la necesidad de salir de allí durante bastante tiempo. Además, por el valor comercial que poseen, estos lugares no deben ser abandonados ni que sea por poco tiempo: los robos se suceden (incluso se llevan las jeringuillas) y el espacio puede ser vandalizado o, peor, reocupado. Por eso, es frecuente que dos consumidores de drogas exploten en «sociedad comercial» uno de estos lugares y se instalen en él de forma absoluta, dejando pasar varios años sin que salgan de allí6. Verificamos también este sedentarismo en relación a los vendedores, pero por motivos diferentes: por el recelo de sufrir represalias si abandonan el barrio. A cambio de la prestación de servicios como la inyección, la prestación de material de inyección, o el simple permiso para la utilización de aquel espacio alejado de las miradas indiscretas, los consumidores que explotan estos lugares satisfacen sus necesidades de narcosis con los resquicios del producto que sus clientes les dejan. En uno de los barrios que estudiamos, uno de los consumidores más emblemáticos de la ciudad construyó una chabola en un terreno baldío fabricando una «casa comercial de chute» y a tal efecto construyó un mostrador donde atendía a los otros consumidores y donde creó toda la logística necesaria para ese negocio. Su apodo era, curiosamente, «Pico». Y una vez más se constata el poderoso valor comercial de un espacio propicio a la concretización de actividades marginales. Zonas de adquisición de fondos Porque la necesidad agudiza el ingenio, las maniobras usadas para la sustentación financiera de los consumos de drogas son innumerables. Del vasto universo de las actividades de adquisición de fondos hay, con todo, dos que se destacan por la forma como se volvieron representativas del «mundo de 152 USO DE DROGAS Y DROGODEPENDENCIAS la droga» en Oporto: la prostitución en el caso de las mujeres y «el aparcamiento de coches» en el caso de los hombres. Haremos un breve apunte acerca de su concretización topográfica. La prostitución de calle asumió en los últimos años una transformación innovadora: a las tradicionales «mujeres de la vida» se juntaron recientemente otras, toxicodependientes, que adoptaron la misma actividad. El trabajo sexual se reveló como una forma más o menos garantizada y fiable de conseguir el dinero necesario para las dosis diarias, popularizándose entre las consumidoras de drogas. Pero la presión de la resaca hace que se debiliten sus exigencias a los clientes: si la necesidad se impone, no importa el precio, ni el lugar, ni la modalidad sexual elegida, ni siquiera si se usa preservativo o no. Lo que interesa es recibir el dinero rápidamente. Todas las reglas que antes se cumplían sin pensarlo dos veces se vuelven, en aquel momento, metas fútiles y lejanas. Principios de otros tiempos, que sólo en otros tiempos preocuparán. Allí se vive el presente. El pasado y el futuro sólo tendrán lugar en el después. Esta desregulación de la actividad es blanco de la furia de las prostitutas más tradicionales porque desregula el mercado. La coexistencia entre ambas es conflictiva por eso mismo. Porque la competencia es vista por las más antiguas como desleal, por un lado, y como perturbadora de un mercado que estaba hace mucho instalado con códigos de conducta propios. El hecho de que las toxicodependientes hagan sexo sin preservativo y bajen los precios hace que aquéllas vean dificultado el mantenimiento de sus exigencias a los clientes. Es frecuente, por eso, que las prostitutas más tradicionales se unan para impedir la instalación de las toxicodependientes en sus zonas, o que les apliquen el tratamiento habitual que dan a las novatas que osan ocupar ese valioso territorio ya privatizado: la agresión del chulo. Éste, en las concepciones del ciudadano común, tiende a ser visto como un mero explotador del trabajo sexual de las mujeres, pero muchas veces asume la función de defensa de la(s) prostituta(s) que tiene bajo su protección (en relación a clientes violentos, por ejemplo) y del propio territorio que, por sus características (específicamente su ubicación en la urbe) tiene un valor comercial por el cual es necesario, literalmente, luchar. Ahora, la prostitución tradicional se hace mayoritariamente en la parte central de la ciudad, en las zonas que rodean el centro histórico, donde hay una serie de pensiones en las cuales se ejerce esta actividad. Si las toxicodependientes no son aceptadas aquí, ¿a dónde van? A las carreteras concurridas del cinturón periférico de Oporto, en las proximidades de los barrios sociales de mayor actividad psicotrópica. Se posicionan típicamente en lugares algo sombríos y algo alejados de las zonas residenciales y comerciales. Atienden a los clientes en los coches en los que éstos se desplazan, no usando tanto las pensiones como es habitual en el otro mercado paralelo. Son prostitutas «sin despacho», que hacen lo que sea preciso, donde sea. Estas mujeres paran donde los otros circulan. Hablemos ahora de los que circulan 153 EL ESPACIO URBANO COMO DISPOSITIVO DE CONTROL SOCIAL: TERRITORIOS PSICOTRÓPICOS Y POLÍTICAS DE LA CIUDAD donde los otros paran: los aparcacoches. Al contrario de estas prostitutas, se concentran casi siempre en el centro de la ciudad. Privatizan el asfalto. Lo vuelven suyo. Incluso cuando la entidad municipal cree que los lugares de aparcamiento son suyos y allí instala los parquímetros para rentabilizarlos, he aquí que los «hombres del asfalto» le hacen competencia: «Deme la moneda a mí. Si vienen los fiscales del Ayuntamiento yo pongo algún dinero en la máquina». Los aparcacoches no hacen más que privatizar un espacio que antes era público exigiendo, de forma más o menos evidente, más o menos educada, una retribución monetaria por la ocupación de aquel espacio ahora rentabilizado. Y esta privatización queda, además, sujeta a las leyes del mercado, de la oferta y de la demanda: las áreas de mayor interés estratégico desde el punto de vista del aparcamiento (por ser las más buscadas por los automovilistas) tienen una gran cotización en el mercado, llegando a ser alquiladas por el aparcacoches que detenta su propiedad a otros que de ella necesiten cuando él no está. Puesto que son espacios altamente valiosos (que pueden generar ganancias diarias del orden de los 75 euros), no es raro que se hagan sociedades entre dos o tres aparcacoches que llevan a cabo entre ellos una gestión del sitio. Así el lugar nunca está desprotegido, a merced de una ocupación competencial. Para que esto no pase y para que no existan períodos de rentabilización nula del aparcamiento, mientras uno de los miembros de la sociedad va a comprar el producto, el otro permanece aparcando y, en el momento de la compra siguiente, los papeles se invierten. Hay también reglas que aseguran la distribución igualitaria de los beneficios. Por ejemplo, la alternancia en el abordaje a los clientes. El estudio de estas dinámicas revela una intrincada tela de reglas y trucos que son cuidadosamente aplicados con vista a la rentabilización de la actividad: desde la colocación, en ocasión de cada aparcamiento, de tablas que faciliten la subida a las aceras sin dañar las suspensiones de los coches, hasta la ropa que se viste (un aspecto cuidado es menos rentable). La presencia prolongada de un grupo de aparcacoches en una determinada zona habitualmente origina una ética y una metodología de trabajo comunes y la penalización de las transgresiones. Por ejemplo, si un aparcacoches, en estas circunstancias, robase a alguien en la zona, sería penalizado -normalmente con violencia físicapor los colegas, pues eso les traería mala fama y ahuyentaría a los clientes. Esta preocupación por el bienestar de los clientes, con la adopción de una actitud agradable que conquiste la confianza de los automovilistas, es uno de los principios más respetados por los aparcacoches con más años de carrera. Se ven como profesionales que aprecian su actividad y que buscan, de hecho, prestar un servicio que consideran útil. Y es entonces y allí -donde los desordenados ordenandonde el junkie ordena el lugar que deberá ocupar cada automóvil en el espacio urbano común, que a veces algunos de los más enraizados preconceptos acerca de estos que caminan en el polvo se desha154 USO DE DROGAS Y DROGODEPENDENCIAS cen en polvo. Por ejemplo, cuando personas de estratos sociales favorecidos entregan la llave de su Volvo al aparcacoches que ya conocen para que éste les estacione el vehículo cuando surja un lugar y, mientras tanto, van tratando de sus negocios. Como se comprenderá por todo lo dicho, la instalación de un mercado psicotrópico en un barrio social crea complejas relaciones de dependencia entre los diversos actores que en él participan y que gravitan en su entorno. Parte de la comunidad local se adapta a esa realidad y aprende a conseguir beneficios; los dealers y los junkies funcionan en interdependencia; y hasta los técnicos de calle necesitan establecer relaciones de colaboración con estos tres vectores que, por otro lado, también acaparan su intervención. No debemos olvidar que, en esta intrincada tela, las fuerzas políticas y represivas también pueden obtener dividendos cuando quieren impresionar a los electores haciendo visitas de campaña o aparatosas operaciones policiales de efímeros efectos. Dedicaremos la próxima sección precisamente a la reacción social a los territorios y a los actores que acabamos de analizar, centrándonos en dos instancias: la comunicación social y los «decisores» políticos locales. Efectos simbólicos de los territorios psicotrópicos: la imagen predatoria de la ciudad La proliferación de territorios psicotrópicos por la ciudad de Oporto, principalmente en su anillo periférico de barrios sociales, tendrá un fuerte impacto en los medios de comunicación de masas. El ciudadano común no tiene, en general, experiencia directa de esta realidad y construye su representación a partir de las propuestas mediáticas. En esta sección exploraremos los principales efectos simbólicos producidos por la narrativa de los «barrios de las drogas». Por su parte, estos efectos simbólicos acabaron por producir consecuencias a nivel de los mecanismos de control social sobre la marginalidad, visibles tanto en la alteración de las estrategias policiales como en la gestión urbana de los «espacios problemáticos». Dedicaremos el tercer punto a la identificación de los trazos fundamentales de este proceso. Los territorios psicotrópicos resultan del cruce de varias circunstancias: la inclusión de Portugal en las rutas internacionales de distribución de heroína y cocaína, pocos años después de la revolución de Abril y de la abertura del país a la comunidad internacional; el aumento del número de consumidores de drogas y la escalada, a finales de los años 70, hacia productos y usos más duros; la fidelidad de una serie de usuarios a la heroína, en crecimiento simétrico con el de la profesionalización del mercado minorista de este producto y la consolidación de una extensa red de puntos de venta en calle. Estos lugares funcionaban simultáneamente como placas giratorias de la convivencia junkie. De este modo, los años 80 llevan los territorios psicotrópicos a las candilejas mediá155 EL ESPACIO URBANO COMO DISPOSITIVO DE CONTROL SOCIAL: TERRITORIOS PSICOTRÓPICOS Y POLÍTICAS DE LA CIUDAD Europa con la visibilidad de figuras de la desviación en el espacio público: «Un conjunto de narrativas públicas que subrayan la amenaza constituida por diversos Otros ´criminales´ y ´aliens´ (migrantes, traficantes de drogas, sindicatos del crimen organizado y más...) a Europa, a sus fronteras y a sus ciudadanos». Suscribimos por completo, para el contexto portugués, las constataciones de Loader. 13. Dos investigaciones etnográficas (M. Chaves, 1999, y Fernandes y Agra, 1991), estudiaron la expresión del fenómeno droga en estos espacios, respectivamente en Casal Ventoso y en el barrio de la Sé. 14. En S. João de Deus, el Ayuntamiento de Oporto inició las demoliciones por los bloques en los que residían familias gitanas. Y, al abrigo de una ley de 1945 que permitía a las autoridades municipales expulsar, sin derecho a realojamiento, a «individuos o familias con mala conducta cívica y porte moral», no realojaría a algunas familias con el pretexto de que son «traficantes de drogas», información que justifican haber obtenido de la propia policía. 15. En esos momentos, el ex-alcalde de Nueva York, Rudolph Giulliani, visita Oporto. La influencia de sus políticas de tolerancia cero era visible en el discurso de las autoridades municipales y en la forma como buscaron sensibilizar a la policía para alejar a los «marginales» de los espacios públicos del centro urbano. 16. Es sintomático cómo, en varios discursos públicos, el alcalde, aunque reconozca que Oporto es una ciudad con baja tasa de criminalidad en el panorama europeo, apela al aumento de los efectivos policiales para la «erradicación de los aparcacoches» y para el refuerzo del patrullaje en los barrios problemáticos. 17. Moita Flores. «O mito do Casal Ventoso». Diário de Notícias, 2 de Março de 1998. Bibliografía Chaves M. Casal Ventoso: da gandaia ao narcotráfico. Lisboa: Instituto de Ciências Sociais, 1999. Fernandes L, Da Agra C. Uma topografia urbana das drogas. Lisboa: Gabinete de Planeamento e Coordenação do Combate à Droga, 1991. Fernandes L. Los principios de la exclusión de la droga. Trabajo social y salud 2001;39:153-171. Fernandes L, Neves T. Ethnographic space-time: culture of resistance in a «dangerous place». En: Brochu S, Agra C, Cousineau M (ed). Drug and crime deviant pathways. Hampshire: Ashgate Editions, 2002. Loader I. Policing, securitization and democratization in Europe. Criminal Justice 2002;2(2):125–153. Machado Pais J. Ganchos, tachos e biscates: jovens trabalho e futuro. Porto: Ambar, 2001. Machado C. Crime e insegurança. Discursos do medo, imagens do Outro. Lisboa: Editorial Notícias, 2004. Machado C, Manita C. Percepções e figuras do medo na cidade do Porto. 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