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El final de las lenguas y de las culturas epigráficas paleoeuropeas

Beltrán Lloris, F.

Abstract

Durante los siglos II y I a. E. la cultura escrita paleoeuropea alcanzó, por una parte, su máxima intensidad, diversificación y expansión geográfica, pero, por otra, experimentó la presión de la pujante cultura escrita latina que terminó por imponerse hasta provocar la extinción del uso escrito de las lenguas paleoeuropeas. El papel de Roma en este proceso fue determinante al crear un marco común de relación en el occidente europeo, fomentar la cultura escrita y contribuir a difundir nuevos estímulos, muchos de ellos de origen helenístico pero reelaborados en Roma, entre los que destaca el uso de las inscripciones públicas como medio de comunicación social. Las reacciones de las culturas locales fueron muy variadas, pero siempre con predominio en las manifestaciones escritas de la lengua y las escrituras vernáculas. During the 2nd and 1st centuries BCE the Palaeoeuropean written culture reached, on the one hand, its maximum intensity, diversification and geographic expansion, but, on the other, it underwent the pressure of the powerful Latin written culture that ended up imposing itself until causing the extinction of the written use of Palaeoeuropean languages. The role of Rome in this process was decisive in creating a common framework of relations in western Europe, promoting written culture and helping to spread new stimuli, many of them of Hellenistic origin but reworked in Rome, among which the use of public inscriptions as a means of social communication. The reactions of local cultures varied greatly, but always with predominance of the vernacular languages and writings in the epigraphic manifestations. Beltrán Lloris, F.

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167 palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 El final de las lenguas y de las culturas epigráficas paleoeuropeas The end of Palaeoeuropean languages and epigraphic cultures Francisco Beltrán Lloris Grupo Hiberus | Instituto Universitario de Investigación en Patrimonio y Humanidades | Universidad de Zaragoza [email protected] Resumen: Durante los siglos II y I a. E. la cultura escrita paleoeuropea alcanzó su máxima intensidad, diversificación y expansión geográfica, pero también empezó a experimentar la presión de la pujante cultura escrita latina que terminó por imponerse sobre ella hasta provocar su extinción. El papel de Roma en este proceso fue determinante al crear un marco común de relación en el occidente europeo, fomentar la cultura escrita y contribuir a difundir nuevos estímulos, muchos de ellos de origen helenístico pero reelaborados en Roma, entre los que destaca el uso de las inscripciones públicas como medio de comunicación social. Las reacciones de las culturas locales fueron muy variadas, pero siempre con predominio de la lengua y las escrituras vernáculas en las manifestaciones epigráficas. Palabras clave: Culturas epigráficas paleoeuropeas. Romanización. Latinización. Lenguas y escrituras paleoeuropeas. Abstract: During the 2nd and 1st centuries BCE the Palaeoeuropean written culture reached, on the one hand, its maximum intensity, diversification and geographic expansion, but, on the other, it underwent the pressure of the powerful Latin written culture that ended up imposing itself until causing the extinction of the written use of Palaeoeuropean languages. The role of Rome in this process was decisive in creating a common framework of relations in western Europe, promoting written culture and helping to spread new stimuli, many of them of Hellenistic origin but reworked in Rome, among which the use of public inscriptions as a means of social communication. The reactions of local cultures varied greatly, but always with predominance of the vernacular languages and writings in the epigraphic manifestations. Key words: Palaeoeuropean epigraphic cultures. Romanization. Latinization. Palaeoeuropean languages and writings. Recepción: 04.05.2020 | Aceptación: 13.05.2020 Financiación: Este trabajo se ha realizado en el seno del proyecto El final de las escrituras paleohispánicas (FFI2015-63981-C3-3-P), financiado por Ministerio de Economía y Competitividad. historiography & diachronic overview PALAEOHISPANICA revista sobre lenguas y culturas de la Hispania antigua 2020 | I.S.S.N. 1578-5386 DOI: 10.36707/PalHisp.v0i20.397 168 Francisco Beltrán Lloris palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 1. Roma y el final de las culturas escritas vernáculas La cultura escrita en lenguas locales del occidente europeo experimenta un desarrollo un tanto paradójico durante los siglos II y I a. E., pues, por una parte, alcanza entonces su máxima intensidad, diversificación y expansión geográfica, pero, por otra, lo hace bajo la creciente presión de la latina que, en el plazo de esos dos siglos, se impondrá de manera aplastante hasta provocar su extinción casi absoluta en los primeros decenios de la Era.1 1.1. Culturas epigráficas: paleoeuropeas y romana Las diversas culturas epigráficas que se desarrollan el Mediterráneo occidental durante el I milenio deben ser entendidas no como meras series de textos escritos en un idioma y un alfabeto determinados, sino como conjuntos de saberes y prácticas comunicativas, a menudo con un elevado valor simbólico, que combinan lengua, escritura y soporte para consignar o transmitir mensajes en un contexto social e ideológico determinado. Las más antiguas emergen a comienzos del siglo VIII a. E., cuando el alfabeto, introducido por fenicios y griegos a fines del IX, empieza a difundirse en medios indígenas y se adapta progresivamente a más de veinte idiomas vernáculos generando casi otros tantos sistemas de notación.2 Estas lenguas fragmentarias, sin literatura conservada3 y atestiguadas solo epigráficamente, así como sus correspondientes escrituras e inscripciones son las que ahora denominamos paleoeuropeas.4 La producción escrita en estas lenguas es fruto de culturas epigráficas de gran personalidad, con ritmos cronológicos y volúmenes de producción muy diferentes, y se caracteriza por su diversidad, baja 1 Sobre Roma y las culturas epigráficas del Mediterráneo occidental, Beltrán 1995; Beltrán y Díaz 2018. 2 Los epígrafes más antiguos son fenicios, datan de fines del IX a. E. y proceden del Mediterráneo central y del sur de Hispania (Amadasi 2019a, 47; Zamora 2013, 370-371; 2019, 59 n. 24: Castillejos de Alcorrín (?) y la Rebanadilla). El documento más temprano en alfabeto griego es el polémico grafito de Osteria dell’Osa, anterior a 770 a. E., en lengua griega para la mayoría de estudiosos (Bietti Sestieri, De Sanctis y La Regina 1990, 83-88; La Regina 2012; Boffa 2015), aunque latina para algunos (Colonna 2005; Bellelli y Benelli 2018, 27). El más antiguo epígrafe latino parece ser el grafito del Esquilino, CIL I2 2901a, datado en las primeras décadas del siglo VII a. E. (Colonna 2014). 3 El texto paleoeuropeo no epigráfico más relevante es el etrusco liber linteus de Zagreb, de 230 líneas de extensión; Belfiore 2010. 4 La denominación fue propuesta en el coloquio AELAW de Roma, 2019; véase al respecto, la introducción a este volumen. 169 El final de las lenguas y de las culturas epigráficas paleoeuropeas palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 intensidad y reducida extensión geográfica, limitada a Italia —con Sicilia—, Hispania y Galia. Esta fase finaliza a fines del siglo I a. E. cuando las lenguas locales dejan de escribirse con regularidad, ceden su lugar al latín y se extinguen en su mayoría: las pocas que sobreviven, como el vascónico-aquitano, lo hacen sin dejar rastro escrito.5 Con el Principado empieza una nueva etapa en la que la cultura escrita latina deja de ser una más, aunque prominente, entre las occidentales para convertirse en exclusiva. Una cultura dotada de una rica tradición literaria, una notable producción escrita y un elevado grado de homogeneidad fruto de la unificación de Occidente bajo el poder político de Roma: un poder basado en presupuestos culturales e ideológicos bien definidos que encontraron precisamente en la nueva cultura epigráfica estimulada por Augusto un poderoso canal de expresión.6 El impacto sobre los usos lingüísticos y la práctica escrita fue enorme: el latín fue adoptado como idioma materno por casi todos los pobladores de Italia, Hispania y Galia —la Sicilia griega es caso aparte—; alcanzó la condición de medio de comunicación general, literario y escrito en todo Occidente; y se convirtió en instrumento de alfabetización de las sociedades ágrafas que moraban en las regiones más alejadas del Mediterráneo. En cuanto a las lenguas vernáculas, desaparecieron casi sin excepción del registro escrito. Hay que esperar a los siglos III y IV d. E. para que vuelva a escribirse una lengua local en Europa y ello, en los márgenes externos del mundo romano y recurriendo a sistemas de escritura de matriz latina pero nuevos y con un claro afán de afirmación identitaria frente a Roma: las runas germánicas y el ogam irlandés.7 Este capítulo pretende identificar las líneas de fuerza y los rasgos que conforman la última fase de las culturas escritas paleoeuropeas antes de ser reemplazadas por la romana. Obviamente, este proceso no puede disociarse del ascenso de Roma a potencia hegemónica de Occidente, que aun siendo una condición necesaria para el triunfo del latín, no lo explica por completo, pues también Roma dominó Oriente durante siglos sin que su lengua llegara a 5 La existencia de algunos textos en vascónico —leyendas monetales y algún epígrafe— no puede ser excluida. Sobre el vascónico-aquitano, Gorrochategui e. p. y en este mismo volumen; Gorrochategui y Vallejo 2019, 361-365. A diferencia de Europa, en el norte de África tanto el púnico como el líbico persistieron hasta el final de la antigüedad. 6 Alföldy 1991; Woolf 1996. 7 Sobre runas y ogam pueden consultarse los capítulos de T. Looijenga y D. Stifter en este mismo volumen. 170 Francisco Beltrán Lloris palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 imponerse.8 El triunfo del latín en Occidente se vio favorecido por la ausencia de lenguas de comunicación general, la fecha más tardía de alfabetización, una limitada difusión social de la escritura y la precariedad o inexistencia de tradiciones literarias locales; pero, además, resultaron determinantes la potente emigración itálica y las amplias políticas de concesión de la ciudadanía romana que apenas se dieron en oriente durante los siglos I y II d. E.9 1.2. Delimitación del periodo: fines del III - fines del I a. E. La fijación del final de esta fase no ofrece problemas pues coincide con la afirmación del Principado y el abandono generalizado de las lenguas paleoeuropeas, cuyo uso escrito sobre soportes duraderos se hizo excepcional a partir de Augusto. A lo largo del siglo I d. E. se redactan esporádicamente epígrafes en etrusco, osco, ibérico, celtibérico, lusitano y, desde luego, en galo, cuyo empleo persiste hasta el siglo II d. E. o más tarde,10 pero no existen ya culturas epigráficas paleoeuropeas como tales. Mucho más problemático resulta determinar el momento inicial pues no puede asociarse con ningún hito de alcance general en Occidente. Que el desenlace de esta fase fuera la latinización de la cultura escrita y la retracción de las lenguas locales occidentales concede al contacto con Roma un papel clave en su definición: sin embargo este contacto no se produjo en Italia, Hispania y Galia de manera simultánea, ni en las mismas condiciones, ni con resultados homogéneos. De hecho, la variedad de dinámicas históricas imperante durante esta época en el Mediterráneo occidental —en contraste con el devenir histórico mucho más integrado que caracteriza al Principado— ha dado lugar a diferentes tradiciones de periodización, en las que la afirmación de la hegemonía romana no desempeña siempre el mismo papel. En el ámbito cartaginés suele distinguirse una fase arcaica hasta mediados del VI a. E., seguida de la propiamente púnica que termina, obviamente, 8 Sobre el latín en el oriente griego Rochette 1997; 2010. 9 Sobre la latinización de Occidente, entre otros: Adams 2003a; 2003b; Beltrán 2004a (para Hispania); Beltrán e. p. (sobre latinización y romanización). 10 El epígrafe galo más reciente es probablemente la teja de Châteaubleau que, según Lambert 1998a, 61 (a partir de Pathuisot 1997, 29) apareció en un pozo de fines del siglo II d. E. entre rellenos “impossibles de dater”, quizás de fines del III o comienzos del IV d. E. “d’après certains exemplaires de céramique commune”. Casi todas las tejas datadas de Châteaubleau se fechan en II d. E. (Lambert 1998b, 119-120, 124). 171 El final de las lenguas y de las culturas epigráficas paleoeuropeas palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 con la destrucción de Cartago en 146 a. E. y da paso a la púnico-romana.11 En Hispania y Galia, la conquista romana, a partir de fines de III a. E. y de fines del II a. E. respectivamente, no solo marca también un claro punto de inflexión histórico, sino que coincide con el inicio de varias de las culturas epigráficas locales. En Roma, la periodización epigráfica tiende a superponerse a la histórica con una etapa arcaica que cubre Monarquía y República primitiva hasta comienzos del siglo III a. E., y otras dos que coinciden con la República media, hasta el último tercio del II a. E., y con la tardía, a partir de esa última fecha.12 Así, pese a las diferencias locales, se aprecia en todos estos escenarios un lapso entre fines del III y fines del II a. E. que resulta significativo desde el punto de vista histórico y también para la cultura escrita. No ocurre lo mismo en el resto de Italia, en donde la periodización tradicional de las culturas epigráficas no depende del momento en el que se establece el control romano, generalmente a lo largo del siglo III a. E. Así, en el caso de las dos epigrafías italianas más importantes, la etrusca y la sabélica,13 pero también de la siciliana,14 se contraponen solo dos etapas, una arcaica —VIII/VII a V a. E.— y otra reciente —IV a I a. E.—, que, a cambio, no parecen tan adecuadas para articular otras epigrafías itálicas como la mesápica —VI-II/I a. E.—, en la que el tránsito del siglo IV al III a. E. resulta más significativo como hito periodizador,15 ni para zonas como la medio-adriática muy marcadas por la conquista romana.16 Pero el período c. 200-100 a. E. no solo resulta significativo en el devenir histórico y en la cultura escrita de Roma y de otras regiones de Italia, Hispania y Galia. Contempla, además, una serie de fenómenos relevantes: por una parte, el primer impacto de la escritura y de la lengua latinas sobre las culturas epigráficas locales de Italia, Hispania y Galia; y, por otra, un claro cambio de tendencia en la intensidad, la difusión y la diversidad de la práctica epigráfica y de la escritura en general. Este conjunto de rasgos específicos es el que permite abordar de una manera conjunta las dinámicas epigráficas que se 11 Una periodización comparada de las diferentes áreas púnicas africanas en D’Andrea 2013, 18. 12 Así, Panciera 2007, 100. 13 Poccetti 2018; Benelli 2018. 14 Prag 2018. 15 Marchesini 2009, 144; De Simone y Marchesini 2002 periodizan la epigrafía mesápica en cuatro fases (seguidas por Morandi 2017, 292): arcaica (fines VI-inicio V a. E.), clásica (V-IV a. E.), helenística (III-II a. E.) y republicana (II-I a. E.). 16 Paci 1995. 172 Francisco Beltrán Lloris palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 desarrollan durante este periodo y considerarlas como un fenómeno dotado de una cierta coherencia. 1.3. Rasgos definidores: contacto con el latín, expansión, intensificación, diversificación El impacto del latín sobre las lenguas paleoeuropeas, aun con intensidades diferentes, es evidente a partir de fines del siglo III a. E. Se percibe en la producción de inscripciones bilingües en Italia e Hispania: etruscas —el grupo más numeroso con una treintena de inscripciones— en II y I a. E., con algún ejemplar en IV-III a. E.; oscas, entre fines del III y fines del I a. E.; véneticas, en II-I a. E.; célticas cisalpinas —‘galo-etruscas’ y galo-latinas—, entre 200 y 100 a. E.; ibéricas, en monedas e inscripciones, durante los siglos II y I a. E.; y lusitanas, entre fines del I a. E. y el I d. E.17 Y se aprecia también en el empleo del alfabeto latino para transcribir lenguas locales: entre III y I a. E. en Italia, —etrusco, osco, umbro, falisco y venético— y a partir del I a. E. en Hispania —celtibérico, lusitano e ibérico18— y Galia.19 Todo ello subraya el prestigio y la difusión de la lengua de Roma durante los siglos que preceden a su afirmación hegemónica en el cambio de Era. En la misma dirección apunta el hecho de que los numerosos itálicos que participan en el ejército y en el comercio tardorrepublicanos nunca utilicen sus lenguas vernáculas por escrito en tierras provinciales y recurran siempre al latín como lengua común escrita.20 Esta tendencia, compartida por todas las culturas epigráficas paleoeuropeas, entre las que son contadísimos los epígrafes documentados fuera de su contexto lingüístico,21 justifica su caracterización como locales frente a la fenicia, la griega o la latina. 17 Estarán 2016, 39-40 y 84-94; Simón 2019c. 18 Simón 2019b y 2019c. 19 I. Simón en este mismo volumen y Estarán e. p. 20 La única excepción son los hitos terminales etruscos de Zaghouan (Túnez). ET Af. 8.1-8 (Zaghouan); sobre el presunto —y poco fundamentado— influjo de la lengua osca en el latín de Hispania, Beltrán y Velaza e. p.; Estarán 2019. 21 Habría que exceptuar el uso del etrusco fuera de su solar originario debido a la expansión por Italia y otras zonas en época arcaica sobre todo. Otro caso excepcional es la losa celtibérica aparecida en la necrópolis púnica de Ibiza (IB.01.01); al respecto, Beltrán 2011, 48-49. Los restantes epígrafes aparecidos fuera de contexto, realizados sobre objetos de pequeño tamaño y fácilmente transportables, son importados: Beltrán y Estarán 2011, 19, 22 (materiales ibéricos y celtibéricos); Remesal y Musso 1991 (materiales etruscos en Hispania); Poli 2003 (posible epígrafe osco en el sur de Francia)… 173 El final de las lenguas y de las culturas epigráficas paleoeuropeas palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 En lo que respecta al cambio de tendencia en la producción epigráfica se plasma en tres fenómenos que se desarrollan fundamentalmente a partir del siglo II a. E. y que marcan diferencias notables respecto de las fases previas.22 (i) Intensificación de la cultura escrita hasta duplicar —al menos— en estas dos centurias la producción epigráfica de las cinco anteriores. (ii) Expansión geográfica de la escritura que, de estar confinada en los asentamientos coloniales fenicios y griegos, gran parte de Italia y el litoral oriental ibérico, se difunde en el curso del siglo II a. E. por el resto de Italia, el interior y el occidente hispanos, y las Galias. (iii) Diversificación de los usos epigráficos y proliferación de las inscripciones monumentales destinadas a una exposición pública, un hecho —muy evidente en Roma— de enorme significación para la cultura escrita por transformar las inscripciones en medido de comunicación social comunitaria frente al uso abrumadoramente privado que la escritura había tenido hasta entonces. Estos tres fenómenos, de los que nos ocuparemos en los dos siguientes apartados, son propios de los siglos II y I a. E., y contemporáneos de la definitiva afirmación de la hegemonía romana en Italia, tras la Guerra Social, y de la expansión por Hispania y Galia. Coinciden, además, no solo con un uso creciente del alfabeto latino para escribir las lenguas locales y con la producción de inscripciones bilingües, sino con un incremento de las inscripciones redactadas en latín por romanos e indígenas y con la incorporación por las culturas epigráficas locales de rasgos propios de la romana. Este contexto fuerza a interrogarse acerca del papel desempeñado por Roma en la conformación de esta última fase de las culturas epigráficas paleoeuropeas. En unos casos las aportaciones romanas son evidentes, pero en otros no resultan tan claras o apenas se perciben, de ahí la polémica, muy ligada a la discusión sobre la noción de ‘romanización’,23 acerca de si hay que 22 Significativamente, Panciera 2007, 84 a la hora de identificar criterios para fijar una nueva etapa de la comunicación epigráfica romana se planteaba estas cuatro preguntas: “con quale frequenza si faccia ricorso ad essa; per farne quale uso; da parte di chi; in quali forme non solo testuali, ma anche visive”. Es decir: intensidad de la producción epigráfica, tipos de usos, identificación de los comitentes (y destinatarios) y características formales del epígrafe. 23 Beltrán 2017. 174 Francisco Beltrán Lloris palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 atribuir a Roma un rol protagonista en este proceso 24 o si se trata de un fenómeno más general y vago de helenización25 o ‘mediterraneización’.26 Esta dicotomía resulta un tanto artificiosa, pues el proceso de ‘romanización temprana’ de los siglos II-I a. E, difiere profundamente del que se abre a partir del Principado. Conlleva, sin duda, transformaciones relevantes y profundas, pero en contextos en los que predominan los rasgos locales en la lengua, en la religión o en la cultura, y en los que Roma, particularmente en las provincias occidentales, no solo canaliza tendencias y formas culturales propias sino también otras de procedencia helenística, itálica o de otras áreas mediterráneas, previamente reelaboradas en muchos casos. 27 Sobre esta cuestión volveremos al final del capítulo. Por todo ello esta fase no debe reducirse a un mero proceso de latinización o de romanización de la cultura escrita. Es mucho más. Es el periodo más rico y productivo de las culturas epigráficas paleoeuropeas e, incluso, el de surgimiento de algunas de ellas, aunque, paradójicamente, sea también el del comienzo de su declive en beneficio de la cultura epigráfica latina. No hay contradicción alguna en que muchas de las culturas epigráficas paleoeuropeas surjan o alcancen ahora su fase más expansiva, productiva y diversificada, precisamente antes de desaparecer. El crecimiento de la cultura escrita es un fenómeno general que afecta no solo a la paleoeuropea sino también a la latina y, probablemente, a la helena y la púnica, y que se produce de manera sostenida y sin solución de continuidad a partir de los siglos III y II a. E., según las áreas, hasta alcanzar con Augusto un incremento exponencial cuyo núcleo duro se encuentra precisamente en las regiones que protagonizan la última etapa de las epigrafías paleoeuropeas: Italia, Hispania y Galia meridional. La diferencia es que esa producción escrita forma parte ahora de una nueva cultura epigráfica: la romana del Principado.28 24 Beltrán y Díaz 2018. 25 Prag 2013. 26 Keay 2013, 317-318 lo expresa así: “the prevalent cultural convergence that was taking place across the western Mediterranean” (ver nota siguiente). 27 Sobre la romanización temprana, Beltrán 2003 (Beltrán 1999a: ‘early Romanization’). Keay 2013, 317-318 señala propósito de los iberos que si hubo helenización en los siglos III-II a. E., “it has to be understood primarily through a Roman filter and in terms of long-standing regional contexts”. 28 Alföldy 1991. 175 El final de las lenguas y de las culturas epigráficas paleoeuropeas palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 2. Volumen, ritmos, geografía 2.1. Datación y cuantificación El estado actual de los estudios paleoeuropeos no facilita una aproximación diacrónica a cada una de las culturas epigráficas ni, mucho menos, a todas en conjunto. Escasean las bases de datos actualizadas y exhaustivas,29 y ello limita las posibilidades de ordenar, clasificar y cuantificar los materiales escritos. Estos, además, son difíciles de datar con precisión, sobre todo cuando carecen de contexto arqueológico o han sido reutilizados —circunstancias muy habituales—, salvo en el caso etrusco que por su larga duración y elevado volumen de inscripciones admite seriaciones. En los restantes resulta necesario conformarse a menudo con horquillas temporales que pueden ser muy amplias y abarcar centurias enteras. En las cuantificaciones debe valorarse, además, la entidad de los epígrafes, pues últimamente tiende a computarse la totalidad de los rótulos, incluidos fragmentos brevísimos, con tan pocos signos o letras que a veces no permiten identificar la lengua en la que están escritos o discriminar si son de carácter grafemático o pseudo-escritura. De nuevo se aparta de esta tendencia la epigrafía etrusca en la que por su riqueza —más de 10.000 inscripciones—, no suelen contabilizarse los rótulos de una a tres letras, que, seguramente, haya que contar por centenares, si no por miles. La inclusión de los rótulos brevísimos, casi siempre grafitos sobre cerámica, distorsiona los números globales manejados hasta ahora: por ejemplo, la serie celtibérica, con dos centenares de epígrafes de una cierta entidad, se incrementa hasta más de 500; la gala, se evalúa ahora en un millar de los que más de 500 son breves y lo mismo ocurre con la venética, con 700 epígrafes —200 fragmentarios o brevísimos— y aún más con la lepóntica o la rética, con c. 400 rótulos, muchos cortísimos, y abundantes pseudoepígrafes en el caso de la segunda.30 Pese a estas dificultades y limitaciones constituye, sin duda, un avance positivo el censo emprendido por la red AELAW que permite una primera 29 Entre las bases de datos paleoeuropeas hay que señalar Hesperia, todavía incompleta, dedicada a las lenguas paleohispánicas (Hesperia, <http://hesperia.ucm.es>) y otras dos consagradas a las inscripciones lepónticas (Lexicon Leponticum, <http://www.univie. ac.at/lexlep/wiki>) y réticas (Thesaurus Inscriptionum Raeticarum, <www.univie.ac.at/ raetica/wiki/Main_Page>). Sobre las bases de datos epigráficas, De Santis y Rossi 2019. 30 Al respecto, además de la base de datos AELAW (<http://aelaw.unizar.es/database/ inscriptions>, en curso), véanse las diversas contribuciones de la sección central de este volumen, todas con cifras. 182 Francisco Beltrán Lloris palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 ducción y la reinterpretación de modelos foráneos, helenísticos sobre todo:73 al fin y al cabo, una parte muy relevante de la epigrafía pública está vinculada precisamente a la construcción de edificios y a la erección de monumentos. Y, por otro, el deseo de afirmación y autorrepresentación individual de las elites aristocráticas, compitiendo no solo con sus iguales, sino —y este es un factor clave— ante la comunidad cívica que empieza a desempeñar un papel clave en la política tardorrepublicana.74 Este deseo de afirmación pública, individual, competitiva y monumental, propio inicialmente de la aristocracia senatorial, lo irán haciendo suyo progresivamente nuevos sectores sociales.75 Roma fue el escenario privilegiado por la aristocracia senatorial para su afirmación competitiva, pero no el único. Es cierto que el foro de la capital se encontraba tan atestado de estatuas en 159 a. E. que los censores hubieron de ordenar la retirada de todas aquellas que no hubieran sido decretadas por el senado y el pueblo de Roma, según Plinio el Viejo (Nat. 34.30). Sin embargo, estos nuevos monumentos no se levantaban solo en Roma.76 Pedestales de estatua honoríficos de fecha temprana proceden de ciudades italianas como Luna, Fregellae, Tusculum, Aquileia o Telesia.77 Según Livio, los censores de 174 a. E. erigieron por vez primera edificios en varias colonias romanas de Italia (Liv. 41.27). El triunfador de Acaya tras la toma de Corinto (146 a. E.), según atestiguan los tituli Mummiani, distribuyó una parte del botín por ciudades no solo de Italia, como las sabinas de Cures, Trebula Mutuesca, Nursia —afectadas por repartos viritanos— y tal vez Fregellae78 y Pompeya —en este caso con el epígrafe en lengua osca—,79 sino también de las provincias como la colonia romana de Parma, en Cisalpina, y quizá la ciudad de Italica, en 73 Torelli 1983. 74 Este contexto popularis explica bien la multiplicación de la publicitación de leyes sobre placas de bronce como ya señalara Crawford 1996, 33-34. 75 Sobre el contexto en el que cristaliza y se desarrolla la cultura epigráfica romana, Beltrán 2015a, 144-145. 76 Díaz 2016, 53. 77 Díaz 2018, 39-45 78 CIL I2, 2930a; según Castren 1978, 121 correspondería a una estatua dedicada a L. Mumio y no a una pieza procedente del botín corintio, opción por la que se inclina Díaz 2016, 54 nota 89. 79 Vet. 61; Martelli 2002: l · mummis · l · kúsúl; de nuevo se plantea la duda de si se trata del pedestal correspondiente a una pieza procedente del botín o a una estatua dedicada a Mumio. 183 El final de las lenguas y de las culturas epigráficas paleoeuropeas palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 Hispania Ulterior.80 Los términos gracanos relativos a las distribuciones de tierras se reparten por diversos lugares de Italia como Capua, Suessula, Atina de Lucania, Aeclanum o Fani, y por África,81 y los miliarios jalonan las vías no solo de diversas regiones de Italia sino de las provincias también: Cisalpina, Sicilia, Galia Narbonense, Hispania Citerior, Cerdeña, Macedonia, Asia.82 La irradiación italiana y provincial de estos nuevos tipos de inscripciones es sin duda un factor clave para explicar la difusión fuera de Roma de la epigrafía pública como lenguaje de comunicación social. En las Hispanias, por ejemplo, se documentan muchas de estas nuevas inscripciones: miliarios, hitos terminales, tábulas de bronce con decisiones de los gobernadores o dedicatorias honoríficas a senadores. Se fechan entre comienzos del II a. E. y época augústea, y suman casi una veintena, una cifra nada desdeñable. Muchos proceden de núcleos urbanos importantes como Tarraco, Emporiae, Carthago Noua o Italica, en los que significativamente se desarrollan las primeras series de epigrafía sepulcral monumental —romanas e ibéricas—, pero también de zonas rurales y contextos indígenas.83 Las colonias romanas y las comunidades con asentamientos de ciudadanos, en Italia y en las provincias, se hicieron eco precozmente de este nuevo lenguaje comunicativo monumental y empezaron a replicarlo sobre todo en clave funeraria. 3.2. Hispania y Galia La cultura escrita en Hispania y sobre todo en Galia se hallaba mucho menos desarrollada que en Italia con anterioridad a la conquista romana. Se limitaba a los asentamientos coloniales —todos con un registro epigráfico débil— y al litoral ibérico, en el que hasta el siglo II a. E. se producen solo rótulos sobre instrumentum o documentos sobre láminas de plomo, es decir escritos de carácter privado, aunque en número nada despreciable pues ascienden a unos 650. La debilidad o la falta de tradición escrita en estas regiones propició sin duda que el impacto de la nueva cultura epigráfica romana fuera más acusado. 80 ILLRP, 327-331; CIL I2, 628, 629, 631; Díaz 2011, 164-166. La inscripción de Itálica es una copia imperial fragmentaria, por lo que la atribución a Mumio no es absolutamente segura. 81 ILLRP, 467-475 82 Díaz 2015. 83 Díaz 2008, 55-60, 85-98 y 191-197. 184 Francisco Beltrán Lloris palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 En el ámbito ibérico, pese a las dificultades para datar con precisión los materiales dentro de los siglos II y I a. E., se observa el desarrollo de una epigrafía pública, previamente inexistente salvo algún caso excepcional, que se manifiesta a partir de fines del siglo III a. E. en la acuñación de moneda, una actividad estrechamente tutelada por Roma pero autónoma del resto de las manifestaciones epigráficas, y sobre todo en una epigrafía funeraria con más de 80 testimonios. Estos aparecen dispersos por las regiones del interior, en las que muestran conexiones iconográficas con las tradiciones previas, pero sobre todo se concentran en centros costeros como Sagunto, Ampurias y Tarraco, en donde conviven con epitafios latinos, muchos erigidos por libertos,84 en los que claramente se inspiran: incorporan soportes, elementos paleográficos y de maquetación, posiblemente fórmulas y ocasionalmente textos latinos; incluso la abreviatura de la palabra ibérica que parece significar hijo, eban, parece fruto de la influencia romana como lo es también el empleo de árulas para epígrafes religiosos. Menos segura es la existencia de una epigrafía honorífica y edilicia, aunque ciertos indicios en Ampurias, Tarraco y Sagunto podrían apuntar en esta dirección.85 También la epigrafía celtibérica,86 desarrollada a partir de mediados del siglo II a. E., muestra una clara impronta de la cultura epigráfica latina, aunque distinta de la ibérica —monedas aparte—, una circunstancia que subraya la selectiva aproximación de las comunidades indígenas a los modelos con los que entran en contacto en función de sus propias necesidades y formas de articulación social e ideológica, rasgo este característico de los llamados procesos de ‘romanización temprana’ que en el plano epigráfico se caracterizan por el uso de las lenguas y las escrituras locales.87 Los celtíberos utilizaron una variante de la escritura ibérica nordoriental hasta bien entrado el siglo I a. E., momento en el se constata el empleo del alfabeto latino en una treintena de casos. No comparten tipos significativos con la epigrafía ibérica, pero sí recurren a modelos incuestionablemente romanos como las tesserae hospitales y las tábulas de formato medio y grande, todas ellas de bronce, desconocidas entre los iberos y presentes a cambio en la epigrafía latina republicana de Celtiberia. Estas placas de bronce —solo cuatro de tamaño medio o grande— 84 Beltrán 2004b. 85 Al respecto Velaza 2018, y Beltrán 2012; sobre los soportes Simón 2013. 86 Beltrán y Jordán 2016, y en este mismo volumen. 87 Beltrán 1999a; 2003. 185 El final de las lenguas y de las culturas epigráficas paleoeuropeas palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 son, además de las monedas, las únicas inscripciones públicas junto con una docena de epitafios dispersos por diversos puntos de la región.88 El caso galo presenta algún punto de coincidencia con el celtibérico, pues aun siendo ambos vecinos de comunidades alfabetizadas desde los siglos VI-V a. E. —iberos y griegos masaliotas—, cuyos sistemas de escritura terminaron por adoptar, no desarrollaron una cultura escrita hasta el siglo II a. E. y vinculada, según todos los indicios, a la presencia romana.89 Como en los casos previamente examinados, el contacto con la cultura epigráfica latina, aunque motivó préstamos e incorporaciones diversas, no se tradujo en una asimilación servil de los modelos romanos, sino en su puesta al servicio de las necesidades locales. El desarrollo de la epigrafía pública galo-griega sobre piedra, con unos 80 testimonios funerarios y religiosos, ha sido relacionado a través de indicadores onomásticos y formularios, entre otros, con la presencia de población itálica en la región.90 A partir del siglo I a. E., el influjo romano se hace todavía más evidente por la adopción del alfabeto latino y la influencia formal en la técnica epigráfica, aunque sin epígrafes bilingües91 y con muchas menos inscripciones sobre piedra que en la época galo-griega —unas 30—, seguramente porque la epigrafía pública tiende ahora a expresarse en latín. Se exceptúan casos culturalmente tan marcados como los calendarios religiosos de Coligny y Villards d’Héria (RIG III), con una clara influencia romana en la elección del soporte —que en Roma no suele destinarse a propósitos religiosos— y en la disposición formal, similar a la de los fasti romanos,92 pese al indigenismo evidente de sus contenidos. La epigrafía pública gala sobre piedra tiene bastante relevancia —un centenar de inscripciones en total—93 con un buen número de inscripciones funerarias, pero también religiosas —una veintena—, muchas monumentales y procedentes de santuarios a diferencia de lo que ocurre con la epigrafía paleohispánica en donde las inscripciones religiosas monumentales brillan por su ausencia.94 En las tres culturas epigráficas provinciales examinadas —ibérica, celtibérica y gala— la impresión es la misma: el impacto de la presencia romana 88 Beltrán 2018; sobre las téseras de hospitalidad véase Beltrán et al. 2020. 89 Mullen 2013. 90 A. Mullen y C. Ruiz Darasse en este mismo volumen. 91 Estarán 2016, 89 recoge solo dos casos. 92 Woolf 1998, 230 n. 107; difiere en parte Fisher 2016, espec. 278-385. 93 Mullen y Ruiz Darasse 2018, 35-37 y en este mismo volumen. 94 De Tord 2017 y e. p.; Beltrán 2013. 186 Francisco Beltrán Lloris palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 contribuye al desarrollo de la cultura escrita en general y epigráfica en particular, ex novo en los casos celtibérico y galo, pero sin producir una imitación servil sino una selección de estímulos en el marco de un contexto común de expansión social y geográfica de la escritura, intensificación de su empleo y desarrollo de una escritura pública y monumental, que se aprecia con mayor nitidez en los casos ibérico y galo que en el celtibérico, pero con marcadas diferencias de selección: funeraria en el ámbito ibérico, funeraria pero también religiosa en el galo —en ambos casos privilegiando soportes pétreos— y sobre placas de bronce con contenidos normativos en Celtiberia. El último caso que debe considerarse es el lusitano, en el que la relevancia de los modelos romanos es palmaria por el empleo del alfabeto latino, por la frecuencia de textos bilingües —tres— en el menguadísimo corpus de seis inscripciones y por la inclusión de teónimos flexionados en lusitano en inscripciones latinas, todas ellas religiosas.95 Desafortunadamente resulta muy difícil precisar los ritmos cronológicos de estos desarrollos epigráficos que, al menos en Hispania, parecen corresponder más bien a las postrimerías del II y sobre todo al siglo I a. E. Lógicamente no cobran arraigo en las provincias los tipos públicos más novedosos desarrollados por la aristocracia senatorial, sino otros que comparten con aquellos lo esencial, es decir el deseo de afirmación individual a través de medios escritos, monumentales, permanentes y públicos, pero generando respuestas diferentes: epígrafes funerarios entre iberos y galos —en el caso ibérico con el modelo local de los latinos realizados por libertos—,96 religiosos también en las Galias o normativos en la Celtiberia. La gran novedad es la inversión por las elites indígenas de recursos notables para afirmar esa individualidad en un contexto desestructurado por la conquista, con presencia de población romana, itálica y libertina en núcleos costeros e interiores, y carente de una tradición escrita relevante o de modelos urbanos monumentales preexistentes. Todos estos factores parecen haber potenciado el impacto de la cultura escrita romana y en particular el recurso a la escritura pública como instrumento de afirmación, aunque con expresiones fuertemente originales que se expresan en la lengua y la escritura locales. 95 Wodtko 2017 y su contribución en este volumen; también De Tord 2019; Estarán 2016, 249-292. 96 Beltrán 2004b. 187 El final de las lenguas y de las culturas epigráficas paleoeuropeas palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 En todos los casos examinados el único modelo presente en tierras provinciales al que puede recurrirse para explicar la difusión de la epigrafía pública por Hispania y Galia es el romano. 3.3. Italia Las culturas epigráficas italianas, quizá por contar muchas de ellas con relevantes tradiciones escritas previas, reaccionaron frente a los modelos epigráficos romanos de una forma a veces menos receptiva que las provinciales. Esta reacción muestra interesantes concomitancias con la que provocaron en Italia los nuevos modelos urbanísticos y arquitectónicos desarrollados coetáneamente en Roma, algo perfectamente comprensible pues la epigrafía pública forma parte del paisaje monumental y edilicio de una ciudad. La actividad constructiva en las regiones más dinámicas de Italia —Etruria, Lacio, Campania— se había concentrado en los siglos IV-III a. E. en los edificios de culto y las fortificaciones. En el curso del siglo II a. E., Roma se aparta de esta dinámica y emprende una novedosa renovación urbanística, en buena parte de inspiración helenística, con la introducción de nuevos tipos de edificio —fornices, porticus, basilica, macellum…— promovidos por la competencia edilicia entre miembros de la aristocracia senatorial y con frecuencia vinculados a los triunfos y las victorias militares. Un fenómeno, por tanto, que presenta estrechos paralelismos con los nuevos tipos epigráficos públicos. Estas novedades urbanísticas, sin embargo, apenas tienen proyección fuera de Roma, en donde, a la antigua usanza, la actividad edilicia se concentra en los santuarios y edificios sacros, promovida por las aristocracias locales que afirman con ello su posición social consuetudinaria ante sus comunidades y frente Roma, sin que se observe esa competencia política de la aristocracia senatorial expresada a través de la edilicia tan característica de la Urbs,97 que solo parece encontrar un cierto eco, aunque en un contexto religioso más tradicional, en los grandes santuarios sabélicos del sur como el de Pietrabbondante al que enseguida se aludirá. Una respuesta similar parece operarse en el terreno epigráfico, con un considerable incremento en el uso de la escritura, pero sin una orientación tan marcada hacia la exhibición pública como la perceptible en Roma y, mucho más tímidamente, en puntos de Hispania o Galia. El incremento en la producción epigráfica es claro en muchas áreas. Ya se ha señalado más arriba 97 Torelli 1983. 188 Francisco Beltrán Lloris palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 como no menos de 8.000, sobre un total de 10.000 inscripciones etruscas, se datan a partir del siglo III a. E. y aunque no exista una cuantificación similar para otras áreas de Italia,98 parece apreciarse también un incremento en las áreas sabélicas, pues de este periodo datan por ejemplo los conjuntos de los santuarios de Pietrabbondante y Rossano di Vaglio, aunque es cierto que en otras áreas la práctica epigráfica paleoeuropea cesa a mediado del II a. E. como ocurre en el Bruzio.99 La epigrafía etrusca, continuadora de una tradición multisecular de enorme potencia y copiosísima producción —solo en I a. E. las inscripciones latinas superan en número a las etruscas coetáneas—, mantiene una orientación similar a la de los siglos previos. Dominan de manera abrumadora las inscripciones funerarias, ahora con una producción masiva pero de baja calidad en la Etruria septentrional, casi siempre situadas en el interior de las tumbas, de acceso muy restringido o incluso invisibles, con la excepción de los signáculos externos inscritos de algunas necrópolis, cuya condición pública se ve obstaculizada por una ubicación sobre el soporte que no facilita su lectura: en ciudades como Caere que desarrollan una epigrafía funeraria mucho más visible se recurre al latín, que en el sur se impone rápidamente en detrimento del etrusco tras la Guerra Social.100 Es cierto que en el ámbito de la epigrafía religiosa, tradicionalmente sobre pequeños objetos, sí puede identificarse ahora un pequeño grupo de epígrafes monumentales sobre soportes pétreos que constituyen probablemente la única innovación etrusca de matriz romana.101 Frente la impermeabilidad etrusca a las influencias externas, las diferentes culturas epigráficas sabélicas parecen mostrarse más abiertas a los estímulos exteriores, sobre todo griegos y romanos, de manera que se incorporan en la fase reciente, IV-I a. E., tipos nuevos como las defixiones en el área tirrénica, las inscripciones viarias de Campania, los epitafios en Campania y Lucania, los epígrafes edilicios en Campania o las inscripciones monumentales en los santuarios. En particular las de Pietrabbondante y Rossano di Vaglio, sobre todo en II a. E., muestran tendencias monumentales y consignan con frecuencia los nombres de los miembros de las elites locales responsables de las construccio98 En el área mesápica, cuya epigrafía se desarrolla entre VI y II/I a. E., el mayor incremento se produce en III, coetáneamente al inicio del proceso de romanización, véase S. Marchesini en este mismo volumen. 99 Poccetti 2018. 100 Benelli 2018 y 2020, 39-41 para este periodo. 101 Benelli 2018, 105. 189 El final de las lenguas y de las culturas epigráficas paleoeuropeas palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 nes que muestran una actitud comparable, a escala local, con la competitividad epigráfica senatorial de la Roma coetánea. Algunas innovaciones tienen clara matriz romana como los epitafios poéticos del área peligna y marrucina del siglo I a. E. o los formularios edilicios de obras públicas.102 Frente a la orientación manifiestamente privada de la epigrafía sabélica durante la fase arcaica, exceptuados los monumentos funerarios sud-picenos, en las centurias finales de la fase reciente se observa no solo una notable diversificación de los tipos epigráficos, sino la emergencia de varias clases de inscripciones orientadas a una contemplación pública, algunas de ellas claramente influidas por tipos romanos. En las áreas sabélicas en las que la tradición epigráfica local parece casi perdida, como ocurre en la zona medio-adriática comprendida entre Pisaurum y Hadria, es la cultura epigráfica latina a partir de los nuevos asentamientos romanos la que toma el relevo, primero, a lo largo del III a. E., con baja intensidad y centrada en la esfera sacra, y después con mayor intensidad a partir del siglo II a. E. con nuevos tipos epigráficos, entre los que el funerario no se desarrolla hasta el siglo I a. E. Resulta significativo que, en la colonia siracusana de Ancona, fundada en el siglo IV a. E., estén documentados epitafios sobre piedra desde los orígenes hasta el siglo I a. E. sin que ello estimulara el surgimiento de una epigrafía funeraria local que solo se activa en I a. E. y a partir de modelos romanos.103 En términos generales, la intensificación epigráfica es manifiesta en casi toda Italia, mientras que la diversificación —y sobre todo la epigrafía pública— presenta una incidencia regional variable y resulta poco perceptible en áreas conservadoras en este terreno como Etruria. En cualquier caso el prestigio de la lengua de Roma se traduce en el uso ocasional del alfabeto latino para anotar las lenguas locales entre etruscos, oscos, umbros, faliscos y vénetos,104 en la realización de inscripciones bilingües entre oscos (III-I a. E.), vénetos (II-I a. E.), galos cisalpinos y etruscos (sobre todo, II-I a. E.),105 y en la proliferación de inscripciones latinas. Aunque haya escenarios como algunos de los señalados en el área sabélica en los que la orientación hacia lo público de la cultura escrita sea tan manifiesta 102 Poccetti 2018. 103 Paci 1995, 36-37. 104 I. Simón en este mismo volumen. 105 Estarán 2016, 39-40. 190 Francisco Beltrán Lloris palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 como en las culturas epigráficas provinciales de Hispania y Galia, el peso de las tradiciones locales parece imponerse sobre las nuevas tendencias, que cuando se expresan no lo hacen ya en la lengua vernácula sino directamente en latín. Recuérdese que en el siglo III a. E. dejan de documentarse por escrito algunas lenguas sabélicas como el hérnico o el volsco, a las que se suman a lo largo del II a. E. el falisco, el umbro y el mesápico —este quizá en el I a. E.—,106 y en la centuria siguiente casi todas las demás con las únicas excepciones del etrusco y el osco.107 No obstante son necesarios más estudios específicos sobre las últimas fases de las epigrafías paleoeuropeas de Italia para poder realizar una valoración más precisa de estas dinámicas. 4. A modo de conclusión En definitiva, a partir de fines del siglo III a. E., en paralelo a la consolidación de la hegemonía romana en Italia y a la expansión por Hispania y Galia, se observa en la cultura escrita del occidente europeo, al menos en la epigráfica, un claro proceso de intensificación, expansión geográfica —y social— y diversificación, que incluye una orientación pública casi desconocida hasta entonces. La comprensión de este proceso requiere todavía de más estudios regionales específicos y de reflexiones similares aplicadas a otras áreas mediterráneas coetáneas; sin embargo, resulta posible fijar algunas líneas de fuerza en su evolución. La influencia de Roma en este proceso, íntimamente ligado al desarrollo urbanístico y monumental que encabeza la capital, parece fuera de toda duda en lo que respecta a la creación de un marco político común a todos estos territorios, en la difusión de ciertas pautas ideológicas o de comportamiento social, y en el fomento de la conectividad económica y humana.108 Sin embargo no se manifiesta de forma homogénea como en el Principado. Roma difunde nuevas tendencias de diferente procedencia y previamente reelaboradas en ese gran crisol cultural en el que la ciudad se convierte en II a. E. Y estas suscitan respuestas diferentes entre las comunidades locales en función de sus características y necesidades. Áreas con prestigiosas y antiguas tradiciones 106 Morandi 2017, 292. 107 Para la cronología de cada una de estas culturas epigráficas pueden consultarse las fichas del banco de datos AELAW (<http://aelaw.unizar.es/database/languages>) y las respectivas contribuciones a este volumen. 108 Así parece reconocerlo por ejemplo Prag 2018, 141: “There is a strong case to be made that Roman rule was the catalyst for that growth [scil. ‘of urban hellenistic culture’], although not the source of the epigraphic and urban culture”. 191 El final de las lenguas y de las culturas epigráficas paleoeuropeas palaeohispanica 20 | 2020 | pp. 167-196 escritas, como Etruria o la Sicilia griega, se muestran casi impermeables a las nuevas tendencias. Otras, previamente ágrafas y de limitado desarrollo urbano, incorporan más fácilmente los nuevos lenguajes y medios de comunicación, siempre adaptados a las circunstancias y expresados en la lengua y la escritura tradicionales, como ocurre en algunas zonas sabélicas, Hispania o Galia. En muchas de estas, además, fue la presencia romana la que estimuló el surgimiento de la cultura escrita —como en la Galia, en Celtiberia o en Lusitania— pero también la desaparición de otras preexistentes, suplantadas por la latina, como en Umbría y otras áreas sabélicas más afectadas por los asentamientos de población romana. La aparición de la epigrafía pública, que requiere una inversión económica notable por parte del comitente, supone recurrir por primera vez a la escritura como medio de comunicación de masas, aunque sea de manera incipiente. En Occidente, este nuevo lenguaje alcanza su máxima expresión en Roma, por obra de la competitiva aristocracia senatorial que difundió estos tipos monumentales, innovadores y ligados a la renovación urbanística de la capital, por Italia y las provincias. Las elites locales, los emigrantes romanos y otros grupos sociales como los libertos asumieron este nuevo lenguaje en la medida de sus posibilidades, expresando sobre todo en el terreno funerario y religioso el deseo de afirmación individual. Esta orientación pública de la escritura en la República tardía pone de manifiesto el nuevo papel que desempeña la comunidad —cívica sobre todo—, principal receptor de los mensajes emanados de sus competitivas elites y de las decisiones adoptadas por magistrados y consejos, o protagonista ella misma del mensaje en el caso de las leyendas monetales. Esta fase de renovación y de eclosión de las culturas epigráficas paleoeuropeas durante los siglos II y I a. E. concluye con su disolución en otra mucho más potente y homogénea, la cultura epigráfica romana del Principado, que, de manera significativa, se desarrolla a partir de Augusto precisamente sobre el substrato epigráfico paleoeuropeo de Italia, Hispania y Galia. Agradecimientos Agradezco a B. Díaz Ariño y M. J. Estarán Tolosa la atenta lectura del manuscrito y las sugerencias realizadas.