Full text
2015
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Carmen Gustrán Loscos
El franquismo en el cine español
(1975-2000): la representación
cinematográfica de la dictadura
franquista
Departamento
Director/es
Historia Moderna y Contemporánea
Casanova Ruiz, Julián
Martínez-Vasseur, Pilar
Director/es
Tesis Doctoral
Autor
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
Departamento
Director/es
Carmen Gustrán Loscos
EL FRANQUISMO EN EL CINE ESPAÑOL (1975
-2000): LA REPRESENTACIÓN
CINEMATOGRÁFICA DE LA DICTADURA
FRANQUISTA
Director/es
Historia Moderna y Contemporánea
Casanova Ruiz, Julián
Martínez-Vasseur, Pilar
Tesis Doctoral
Autor
2014
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
Departamento
Director/es
Director/es
Tesis Doctoral
Autor
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
UNIVERSITÉ DE NANTES
EL FRANQUISMO EN EL CINE ESPAÑOL ( 1975 - 2000)
La representación cinematogr áfica de la dict adura franquista
Tesis para opt ar al grado de doct or presentada por
CARMEN GUSTRÁN LOS COS
Bajo la dirección del Dr. JULIÁN CASANOVA RUIZ y la Dra. PILAR
MARTÍNEZ-VASSEUR
Zaragoza, 2014
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UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
UNIVERSITÉ DE NANTES
EL FRANQUISMO EN EL CINE ESPAÑOL ( 1975 - 2000)
La representación ci nematográfica de la dict adura franquista
Tesis para opt ar al grado de doct or presentada por
CARMEN GUSTRÁN LOS COS
Bajo la dirección de l Dr. JULIÁN CASANOVA RUIZ y la Dra. PILAR
MARTÍNE Z - VASSEUR
Zaragoza, 2013
- Modalidad Doctorado Europeo -
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LE FRANQUISME DANS LE CINÉMA ESPAGNOL (1975 - 2000)
Cett e thès e doct oral e s’i ntér esse à l a faço n dont l a dict at ure de Fr anco a ét é
portée sur grand écran pendant les vingt - cinq années q ui ont suivi la m ort de celui - ci,
en analysant l e trai tement de cette époque, les péri odes et les suj ets les pl us
récurren ts, les réalisa teurs de ces œ uvres et la façon d ont ces dernière s ont alors été
accueill ies par le publi c et la crit ique. Nous cherchons donc à explorer les interf érences
entre le cinéma et l’hist oire, entre la culture et les périodes politiqu es pendant
lesq uelle s celle - ci est produite et consommée , afin de découvrir la relati on que la
société espagnole a ent retenue avec ce passé r écent.
Pour cel a, nous avons di visé ce t ravai l en t rois pa rti es qui co rrespo ndent aux
trois m o me nts politiq ues de l ’histo ire esp agn ole ré cen te : la pr em ière com pre nd la
trans ition à la démo cratie (1975 - 1982) ; la second e, les quatre législatu res pen da nt
lesq uelle s le PSO E a gardé le po uvo ir (198 2 - 1996) ; et la troisième corresp on d à la
première législat ure du Parti Populaire à la tête du gouvernement (1996 - 2000). À
trave rs l’ana lyse ind ividu alisé e de prè s de cen t s oixa nte film s en suiv ant les caté go ries
de Marc Ferro de « lec ture cin ém ato gra phiq ue de l’his toire » et de « le ctur e h istor ique
du f ilm », mais aussi grâce à l’ins ertio n de ce s films dans des sé ries filmiqu es
d’analyse et à la recherche de constant es fil miques et de points d’ancr age (selon le
concept de Pierre Sorlin), cette thèse retrace un panorama de la mémoire
cinématographi que du franquisme depuis la fin d es années soixante - di x jusqu’au début
du X XIe siècle et, parallèlement, de la sociét é espagnol e ell e - même tout au l ong de
ces trois décennies.
MOTS C LÉS : Fran quis me , cin ém a, trans ition, Esp ag ne, dicta ture fran qu iste, mé mo ire,
représentat ion cinématogr aphique, démocrat ie
THE FRANCO DICTATORSHIP IN SPANISH CINEMA (1975 - 2000)
This doctoral disserta tion analyses how the Franco regime was portrayed on
the big scree n in th e twen ty - five yea rs that followe d the dea th of th e dictato r. It
inve stiga tes the dep ictio ns o f th e dic tato rship , th e m os t rec urre nt to pics an d pe riod s
represe nte d and the movies’ r eception by criti cs and the general publi c. The t hesis
aims at exploring the interferenc es between cinema and history, between culture and
the historica l contex ts in w hich the latter is pro duc ed and con sum ed , as a w ay o f
understandi ng ho w Sp anish soc iet y de alt wit h its re cent past .
The doctoral dissert ation is divided int o thr ee part s, according to three differe nt
polit ical eras in recent Spanish hi story. The fi rst covers the t ransiti on to democrac y
(1975 - 1982). The s econd deals wit h the four con secu tive term s that th e Spa nish
Social ist Workers Party (PSOE) was in power (19 82 - 1996). T he third section explores
the firs t term of the Pe ople ’s Pa rty (PP ) (19 96 - 2000). The PhD thesis analyses more
than 1 50 films. It applie s M arc F erro’s co nc epts of “cinematic reading of hist ory” and
“historical rea ding of the film ”, Pierre So rlin’s ideas ab out filmic atta chm ent poin ts,
toge ther with filmic analytic al series and filmic consta nts. This study ana lyses the
cinematographic mem ory o f Francoism from the late 1970s to the beginning of the
twen ty - first c entu ry an d th us S pan ish s ocie ty thro ug hou t thes e ye ars .
KEYWORDS: Franco ism, cinema, trans iti on, Spain, Franco dict ator ship, m emory,
cinematographic representati on, democracy
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Sanida d Pública , y, sobre todo, del Club de M ontaña El Castellar; así como de Yeray
Guer ra, Di ego Lafo rga, Si lv ia Laf oret , Laura Limón , Carolin a F eno ll y Da río T obe s.
Un lugar destacado en cuanto a grandes m omentos pero también grandes
ausencias lo ocupa enLATAmus. Q uiero dar las gracias al equipo que desde hace casi
cuatro años pelea día a día por seguir disfrutando con este proyecto: a la
imp resc ind ible “ señora directora ” , al inigu alab le Da vid Jim én ez, al sie mp re efica z Luis
Mig uel Ort ego , al incombusti ble Charl y Gar cía y a nuestra eterna “becaria”, Mart a
Lahuerta . T am bié n q uier o d ar las g rac ias a n ues tros compañeros de “ve rte bre” , ellos
saben bien quienes son, y a todos aquell os que han partici pado del proyecto con su
tiem po y con su ilus ión, o que trabaj an día a día por hacer del lugar donde viven un
sitio mejor . Gracia s.
Y le to ca el turno a la fa milia . T ras cas i cu atro ge ner acio nes de a lago nes es, los
lazo s fam iliare s son e stre cho s y la lista de agra dec im iento s eno rm e. Pe rmit idm e que
s ólo la esboce: gracias a m i abuela Carmina (y a mis otros abuelos que ya no están,
pero que sé que se sentir ían igual de orgullosos) , a mis tíos y tías, a mis primos, a mi
fam ilia política (sueg ros, cuñ ado s y otros grados de parente sco) , a m is sobrino s. A
Merc he y Ana Gust rán , más que ami gas, más que herman as. A mi s padr es, Anto nio y
Auror a, modelo de esfuerzo, que nos enseñaron desde pequeñas a sentir nos
orgull osas de nuestros orígenes y que nos transmitier on su ética de trabajo y su
integ rida d. Lo s cu atro so n pil ares básicos de mi vida y me hace muy feli z compartir
con ellos el final de este trabajo.
Por últi mo, sólo queda Álex. N ecesitar ía tanta s páginas como tiene esta tesis
para agradecederle todo lo que ha he cho por mí en los últimos años. Estar con él me
hace ser mejor prof esional y mejor persona. Mil graci as.
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INTRODUCCI ÓN
Desde que a comienzos de los años sesenta del pasado sigl o Marc Ferro
comenzara a utilizar películas como herramientas con las que descodificar la
sociedad 1 , los estu dios sob re las rela cion es e ntre la histo ria y e l cine se h an
desarroll ado y consolidado am pliamente en el ámbito académico. Esta tesis doctoral
se enm arca en esa línea de trabajo, centrándose en la representación cinematográfi ca
del f ranquismo a pa rtir de la m uerte del gene ral Franc o. Tom and o com o obje to de
estudio las obras producidas entre 1975 y el año 2000, pretendemos analizar el retrato
en la gran pantalla de esas casi cuatro décadas de dictadura, rastreando la impronta
dejada en los films por una cam biante realidad políti ca, económica, cultural y social: la
de la España de vuelta a la democracia. Buscamos saber si el cine ofrece claves para
entender la relación que la sociedad española de los años setenta, ochenta y noventa
estableci ó con su pasado reciente, intentando disecci onar al mismo tiempo la
inform a ción qu e es tos films apo rtan so bre la so cied ad que los prod ujo y los rec ibió.
Anali zar la represen taci ón cinematogr áfic a de un fenómeno tan complej o como
la dictad ura franq uis ta no resulta , sin em bargo, sencillo. Se trata de un régimen
polít ico cuya definición y caracter ización siguen siendo, todavía hoy, objeto de debate;
un régimen que fue mutando y adaptándose a lo largo de los casi cuarenta años de su
existenci a. Las inv estigaci ones publi cadas sobre este período son numerosas y
variadas. Ya en 1999 A lbert o Reig Tapia señalaba que “hoy en día es prácticamente
imp osib le aba rcar la tota lidad d e la p ublic ística s obr e la m ate ria” 2 . Y, sin em barg o,
todavía en 2004 Ismael Saz nos seguía recordand o el deber de m emoria con respecto
1 La obra c lave de Marc Fe rro es Ci néma et Histoi re , Gallimard , París, 19 93 (19 77). Ta mbién resulta
ineludibl e como pionero en este campo Sigfried Kracauer, con su De Cali gari a Hitl er. Una hist oria
psicológica del cine al emán , Pa idós, Ba rcelona , 1985 ( 1947).
2 Y remit ía a la recopilac ión de l CSIC , El fr anquismo, Bibliogr afías de la Hist oria de España (BIHES) , nº 1,
CSIC, Madrid, 1993. En Albert o Reig Tapia, “Hist oria y memoria del f ranquis mo”, en José Lu is de la
Granj a, Al berto Reig Tapia y Ramón Mirall es (c omps.), Tuñón de Lara y l a histori ografía española, Siglo
XXI, Mad rid, 1999, pp . 175 - 198.
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al franqui smo: “el recuerdo de un mal – la Gu err a Civ il - había marcado los límites por
donde debía transitar la transi ción; pero para que ésta se llevara a término felizmente
era el recuerdo de otro mal el que se eclipsaba . La democracia española nacía curada
de memoria – de la Guerra Civil - pero “enferma” de ol vido - del franqui smo” 3 . D esd e un a
perspecti va cultural , este trabajo pret ende cuestionar el olvi do sobre la dictadura
franqui sta del que hablara Saz 4 , teniendo en con sideración los de cisivos avances que
sobre este tema se han venido realizando en los últimos año s tanto d esde la
universi dad como desde l as asociaci ones civi les.
HISTORI A, MEMORIA, CINE:
LAS CARAS DE UNA INVESTIGACIÓN POLIÉDRICA
La elección del cine com o m ediador en esta investigación sobre el franquismo
viene dada p or varios motivos. Por un lado, un film históric o suele tener mayor alcance
y difusión que un ensayo histórico. Esto ocurre no sólo porque los cód igos n arrati vos
del film sean más accesibles para el am plio público que los del ensayo – co mo suele
suceder - , sin o tam bié n p orqu e los can ales de d istribu ción de u na o bra c inem ato grá fica
son todavía hoy, en la era digital, mucho más numerosos que los de las obras
histor iográfi cas. En 1995 Robert A. Rosenstone ya señaló cóm o en un mundo
dominado por l as imágenes, la gent e formaba cada vez más su idea del pasado a
travé s de l cine y de la televis ión, á mb itos e n los que los histo riad ores no es taba n
especialmente representados 5 . Si bien ho y d eb eríam o s a ña dir Internet a la lista de
canales informativos (y conformad ores de opinión), la importancia de l os films
histór icos y de las teleser ies en la representación y reflexión sobre acontecimient os
pasados sigue siendo cl ave.
Por otro lado, el medio cinematogr á fico e s capa z d e p rov oca r en e l es pec tado r
emociones y sensaciones que resultan más difícil es de alcanzar desde el ámbito
académico t radicional o, al menos, no de manera tan direct a. Creemos que esa
capacidad de m ovilización emocional merece la atención de l á mb ito a cad ém ico no
sólo como objeto de estudio, sino com o instrumento para hacer com prender m ejor
3 Ismae l Saz, Franquismo y fascismo, Univers idad Pol itécn ica de Valenci a, Val encia, 2004, p. 284.
4 Aunque se haya avanzado mucho desde entonces, no dej a de result ar signifi cativo que en 2001
Francisco Sevi llano Caler o insisti era en “el estado inci piente de una parte de l a histori ografía en España,
especialmente aquel la próxima a l a histori a cultural” , Francisco Sevi llano Calero, “La Histori a
Contempor ánea en E spaña: v iejas polémic a s y nuevos enfoques historiográf icos”, Ayer, 43 (2001), p. 243.
5 Robert A. Rosen stone, El pasado en imágenes, Ari el Hª, Barcelona, 1997 (1995) , p. 29.
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épocas pasadas y para transmiti r conceptos y procesos fundamentales de las ciencias
sociales. En este línea se ha de stacado la capacidad historiadora del c ine , s u
potencial para recrear atmósferas hoy desaparecidas y su eficacia en relaci ón con la
innovación educativa y la mejora de la docencia, sobr e todo par a las Humanidades 6 .
Para afront ar el anális is interdi scip lina r que un tema tan complej o como la
repres entació n cinematográ fica del franqu ismo llev a consigo, resulta indis pensa ble
referirse a la evoluc ión de lo s discurs os histo riográficos en ca da uno de los á mb itos de
estudio de este t rabajo. Hem os dif erenciado para ello cuatro ámbitos. El pr imero de
ellos es el histórico. En él se recoge la evolución del discurso sobre la histori a recient e
de España, diferenci ando dos épocas de análisis: por una part e, la dictadur a
franq uista , obje to de repre sen tació n en las p elícula s qu e con form an el cor pus fílmico ;
por otra parte, la historia de la transición y de las primeras décadas de la nueva
democracia, marco cronológico en el que se realizan los fil ms estudiados. En un
segundo n ivel historiográf ico, y m uy relacionado con el anterior, se incluye la relación
entre h is toria y m em oria , a sí com o las p olítica s de m em oria e n la E sp aña re cien te en
relación c on la G uerra C ivil y el franq uismo .
En un tercer nivel se recogen obr as clave de hi stori a cult ural , especi almente
algunas que reflex ionan sobre el concepto de represen tació n. En es ta línea in cluim os
algunos de los pensadores que sentaron los marcos de reflexión en torno al contexto
cultural en que se mueve, cronológicamente, nuestro cam po de e studio. Nos referimos
al estudio del post modernismo y a su i nfluencia en la so ciedad español a de los
ochenta y noventa. Dicho de manera m ás específi ca, se profundi za en el campo de la
histor ia cultural, revisando aquellas investigaciones que han estudiado en España las
form as cultu rale s enm arc ada s den tro de nu estro ámb ito cron ológ ic o (1975 - 2000) y, en
especial, el cine de aquellos años, la críti ca cinematogr áfica y los trabajos al respect o
desde la histor ia del cine.
En cuart o y últ imo luga r, esta inves tiga ción está en deuda con los trabaj os
sobre las relaciones entre cine e histori a, que serán ampliamente referenciados en el
Capít ul o 1. Más allá de la teo ría , esta tesis doct oral se insp ira en traba jos especí fi cos
de análisi s de las relaciones entre cine e hist oria, prestando especial atención a
aquellos que tomaron la Guerra Civil y la pro pia dic tad ura fra nq uista com o ob jeto d e
estudio.
6 En esta línea dest acan las reflexi ones de Ar lette Fargue sobre “la ca pacidad hi storiador a del ci ne” en
Arlett e Farge, “Le ciné ma est la langue mater nelle d u XXè siècl e », Cahiers du cin éma , numé ro spéc ial
« Le siècle du cinéma » novi embre 2000; Arlet te Fa rge, « Écrit ure his torique, écritu re
cinématographique », en Antoine de Baecque, y Christi an Delage (ed.), De l’ histo ire au cinéma, Éditi ons
complexes, Bruselas, 1998, pp. 111 - 125 ; así como los proyectos detrás de obras como la editada por
Pablo I glesias Turrión, Cuando la s pelí culas votan. Leccione s de ci encias social es a t ravés del ci ne,
Catarat a, Madr id, 20 13.
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En el primer nivel de anál isi s histor iogr áfic o, el hist óri co, ha de señalar se cómo
las in ve stiga cion es sob re el fra nqu ism o se h an m ultiplic ad o e n los últim o s a ños , en
especial desde mediados de l a dé cada de los noventa. Tras largos años en los que
sólo se contó con los relatos oficiales d el Estado franquista, poco s son los aspectos
del régimen que escapan ya al análisi s de histori adores, sociól ogos o periodist as. Para
esta tesis, resultan especialmente interesantes las investigaciones sobre aspectos
concretos como la represión, la oposición antifranquista o los apoyos sociales de la
dictadur a puesto que permiten trazar similit udes entre corrientes historiográf icas y
represe ntacion es culturale s. S on bue na muestra de ello obras de ám bito nacional
como las de los historiadores Santos Juliá (coord.), Víct imas de la guer ra civi l
española ; J ulián Ca san ov a, La Iglesia de Franco ; G utm a ro G óm ez Bra vo y Jo rge
Marc o, La obra del m iedo: violenci a y sociedad en la E spaña franquista (1936 - 1950) ; o
Helen Gra ham, La guerra y su sombra: una visi ón de la tragedia española en el largo
siglo X X europeo 7 ; así com o o bra s d e ámb ito region al y pro vinc ial c om o las d e M ig uel
Ángel del Arco, Hambre de siglos : mundo rur al y apoyos sociales del franquismo en
Andalu cía oriental (1936 - 1951) ; Ósc ar J. Mar tín Gar cía, A tient as con la democracia:
movi l iz aci ón , act it ud es y cambi o en la pro vi nci a de Alb ace te , 1966 - 1977 o Ana
Cabana, La der rota de lo épi co 8 .
Dado s los límites cronológicos en lo s que s e en ma rcan la s pe lícula s obje to de
estudio (1975 - 2000) y sigui endo con el análisis hist órico, también son impresci ndibles
los tra bajo s qu e ha n refle xio nad o so bre la natu rale za d e la tra nsic ión y sobr e las
primeras décadas de la reestrenada democracia española. No podemos olvidar
aquellas obras pioneras que establ ecieron un paradigma de la Transi ción como
proceso modélico. D estacan, entre ellas, las de Charles Powell, Juan Linz y Alfred
Stepan, Javi er Tusell y Álvaro Soto 9 . Sin em ba rgo, es te tra ba j o se encuentra más
7 Santos Jul iá, Víctimas de la guer ra civi l español a , Temas de hoy , Madr id, 1999 ; Julián C asano va, La
Iglesia d e Franc o , Tem as de h oy, M adrid, 20 01; Gu tmaro Góme z Brav o y Jorg e Mar co, La obra del
mied o: v iol enci a y soc ieda d en la Esp aña fran quis ta (193 6 - 1950), Peníns ula, Barc elona, 201 1; Helen
Graham, La guerra y su sombra: una visi ón de la t ragedia española en el largo si glo XX europeo, Crític a,
Madri d, 2013.T ambién en torn o a este tema la edit orial Coma res ha pu blic ado r ecie ntemen te l a ob ra
colectiva No s ólo mie do. Act itudes polít icas y opini ón popul ar baj o la dictadu ra fr anquista (1936 - 1977),
Comares, Granada, 2014.
8 M ig uel Án gel de l Arco , Hambre de sigl os: mundo rural y apoy os soci ales de l fr anquismo e n Andaluc ía
oriental (1936 - 1951) , Coma res, Gra nada, 2 007; Ó scar J. M artín G arcía, A tientas co n la democra cia:
movi liz ació n, acti tud es y camb io en l a p rovi nci a de Alb acet e, 1966 - 1977 , Catarata , Madrid , 2008; A na
Cabana, La derrot a de lo épi co , Public acions de la Un iversita t de Valè ncia, Va lencia, 2 013.
9 Javier Tusell y Álvaro Soto (eds.) Histor ia de la Transi ción 1975 - 1986 , Alianz a, Ma drid, 1 996; Charles
Powell, España en dem ocracia (1975 - 2000): las claves de la profunda transformación de España, Plaza y
Janés, B arcelona, 200 1; Á lvaro Soto Carmona, Transición y cambio en España 1975 - 1996, Alianza
Editori al, M adrid, 2005; Juan J. Linz y Alfre d Stepan, Problems of dem ocra tic transitio n and consolid ation,
John Hopkins University Press, Baltimore, 1996; también pueden consultarse Victoria Prego, Así se hizo
la transic ión, Plaza y Janés, Barcelona, 1995 y las menos laudator ias obras – aunque en esa misma línea -
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cercano a visiones m ás complejas y críticas sobre a quella época com o las defendidas
por Ferrán Gallego, Nicolás Sartorius y Alberto Sabio o por la obra coordinada por
Carme Moli nero, La transici ón, t reinta años después 10 .
Puede hablarse incluso de ‘explosión mediática’ para designar la abundante
literat ura qu e vie ne dá nd ose en torn o a la sig nific ació n de la trans ición . Esta exp losió n
se relaciona en gran m edida con la crisis política y econó mica en la que se halla
inmersa España desde 200 8 11 . So n nu me rosa s las voc es qu e señ alan com o culp able
de m uchos de los actuales ‘males' del país al modelo continuista y de consenso
diseñado durante el tardofranqui smo y la Transición 12 . T am bién la s artes e scé nica s y
plásti cas, así com o la industri a cinema to gráfic a y edito rial, h an contrib uido a alime ntar
el debate sobre la rel ación entr e el modelo de transición a la democracia y la crisis
actual 13 .
En un segundo ámbito histor iogr áfic o reconoce mos cómo la represent ación
cinematográfica d el franquismo tiene muc ho que ve r con la memor ia per so nal y
colectiva de la dictadura, así como con los usos políticos de la m emoria, es decir,
analizamos las relaciones entre historia y memoria. En este campo result an clave
pensadores como Paul Ricoeur, Tzvetan Todor ov, Mau rice Ha lbwac hs y Andrea s
Huysse n 14 , a quie ne s hare mo s am plia refe renc ia en los c apítu los 2 y 6. Po r otra par te,
de Juli o Aróstegui , La transición (1975 - 1982), Acent o Edit orial, Madri d, 2000; y Santos Juli á, en José -
Carlos Mainer, Santos Juli à, El aprendizaje de la libertad (1973 - 1986) . La cultura de la Transición , Alian za
Editori al, 200 0, Madrid.
10 Ferrán Gal lego, El mito de l a Transic ión , Crítica, Ba rcelona , 2008 ; Nicolás Sartoriu s, Alberto Sabio , El
final de la dictadu ra: la con quista d e la dem ocra cia en E spaña (noviem bre d e 1975 - junio de 1977),
Temas de Hoy, Madri d, 2007; Carme Molinero (coord. ), La transición, treinta años después, Penínsul a,
Barcelona, 2006.
11 “España cam ina con p aso decidid o hacia el sub desarrollo de l que tanto es fuerzo ha co stado salir ( … )
Lo que sucede revel a con mucha clari dad que, pese a l as promesas sobre el luminoso porveni r que nos
aguardaba tras la muerte del dictador, no se podía llegar muy lejos con aquellas alf orjas que aloj aban
tanto las tre del fran quism o”, José Manu el Roc a, La oxidada transi ción, La li nterna sorda, Madrid, 2013.
Relaci onando t ambién cr isis y here ncias d e la T ransici ón encon tra mo s, p or e jempl o, l os a rtí culos de
Amador Fernández - Savat er en El Diario .es “La Cultura de la Transición y el nuevo se ntido comú n”, 14 de
junio de 2013; de Maruja Torres en El Paí s , “El Parq ue Tem ático” , 20 de e nero de 2013 o el de Ig nacio
Sotelo también p ar a El País, 10 de junio de 2013.
12 Resul ta int eresant e la críti ca a es te fen ómeno de p arte de Jordi Gracia en su artíc ulo “Gue rra de mitos” ,
El País , 17 de abri l de 2013.
13 Aunque l a crít ica a l a Transic ión no r esulta una novedad desde el ámbit o de la p roducción cultural, sí
resulta dest acable la abundancia de obras que ref lexionan sobre el tema en los úl timos años,
especialmente en el periodo 2012/ 2013. En novela dest acamos, entre otr os, El j ardín col gante, de Luis
Minga llón o Mú si ca de cá mar a , de Rosa Regás; e n teatr o, Aut orretr ato de un joven capi talist a español, de
Alberto Sanjuan o Babybum, de Accidents Polipoèt ics; y como expos ición más represent ativa de ese “ arte
para denunciar el tocomocho de l a transición” destacamos la exposi ción de Jorge Galindo y Santiago
Serra, Los encargados, en la Galería Hel ga de Halvear.
14 Paul Ri coeur, La memoria, la hi storia, el olvido , Ed. Trotta, M adrid, 2 003 (20 00, 1ª e d. france sa);
Tzvetan Todorov, Los abusos de l a memoria , Paidós , Barcelo na, 20 00 (199 5); Mau rice Ha lbwa chs, La
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disti ntos enfoques sobre el lugar que ocupa la memoria del pasado reciente de
España han causado int eresant es debates histor iográ ficos y se han p lasmado en una
amplia producción literari a. Referentes ineludi bles resultan S antos Juliá, Paloma
Aguil ar, Julio Aróstegui , Pedro Ruiz Torres, Francis co Espinosa o Ismael Saz 15 . L a
investi gación presentada en estas páginas recoge elementos de todos ellos , au nque
tam bién plan tea algu nos ma tices y cu estion es a sus inve stiga cion es.
En un terc er nivel de análi sis hist orio gráfi co no podemos olvi dar hacer
referenc ia a la h istoria cultural. Que rem os destac ar a Roger Ch artier y su El mundo
como representación. Estud ios so bre his toria cu ltura l 16 ; las refle xion es sob re la im ag en
y el cine de C hristi an Metz y Peter Burke 17 ; las teo rías cultu rales d e Anto nio Gra m sci 18
y la obra de Paul Ricoeur Tiempo y narraci ón 19 . Al mismo ti empo, y muy en relaci ón
con la cronología estudia da, resultan imprescindibl es obras teóricas sobre la
postmodernidad como las de Fredric Jam eson o David Harvey, que enmarcan el
periodo a analizar, social y culturalmente 20 . Tod as ellas h an sido de g ran utilida d,
especialmente aquellas especializadas en las relacion es e ntre el pas ado, su
represe ntación cin ema tográfica y el análisis del conte xto de produ cción y exhib ición de
la ob ra. A lo la rgo de esta inv estig ac ión s e irá ha cien do a lus ión a es tos a uto res,
enmarcando su producción teórica en el análisi s fílmi co de las películas objeto de
estudio.
En un ám bito m enos teóri co y m ás específ ico de la histo ria cult ural situamos
las o bras de a que llos auto res e spe cia lizad os e n liter atura , arq uite ctura , dis eño , arte s
escénicas o visuales y, por supuesto, cine producidos en España entre 1975 y 2000.
Como expuso Roger Charti er, toda produ cció n intel ect ual o artí sti ca ha de pensar se “a
la v ez e n la e sp ecific idad d e la h isto ria de su gén ero o dis ciplin a, en su rela ción c on
mémoi re c oll ecti ve , Presses Un iversitaire s de Fr ance, P arís, 196 8 (195 0); Andr eas Hu yssen , Twilight
Memo rie s: Mar ki ng Ti me in a Cul tu re of A mnes ia , Routledge, Ne w Yor k, 1995 .
15 Santos Juliá ( dir.) Memo ri a d e l a gue rr a y d el fr an qui smo , Taur us, Madrid , 20 06; Paloma Agui lar,
Políti cas de l a memoria y memorias de l a polít ica, Alianza Editori al, Madr id, 2008; Julio Aróstegui , y
François Godi cheau, Guer ra ci vil: mito y memor ia, Mar cial Pon s, Ma drid , 200 6; P edro Ruiz Torr es, “Los
discursos de la memor ia histó rica en Espa ña”, Hispania Nova, nº 7 (2007); Fr ancisco Espinosa, Contra el
olvido: historia y memoria de la Guerra Ci vil, Crí tica, Madri d, 2006.
16 Roger Charti er, El mundo como re presentaci ón. Estudi os sobre histori a cultur al, Gedis a, Bar celona ,
1992.
17 Chri stian Metz, Ensayos sobre la signi ficación en el cine ( 1964 - 1968) , Volum en 1, P aidós
Comunicac ión, Ba rcelona, 2002 (1963); Peter Burke, Visto y no vist o. El us o de la imagen como
documento históri co, Crít ica, Barcelo na, 2001 .
18 Antoni o Gramsci , Sel ections from pri son notebooks, Lawrence and Wishart, Londres, 1971.
19 Paul Ri coeur, Tiempo y Narraci ón , Editoria l Siglo X XI, Mé xico, 20 04;
20 Fredric Jameson, Teoría de la post modernidad, Trott a, Madrid, 1996 (1991); David Harvey, La
condición de la p osmodernidad: Investigaci ón sobre los or ígenes del cambio cultural , Amorrortu e ditores,
Buenos Air es, 1998 (1989).
21
otras producciones culturales contemporáneas y en sus relaciones con distintos
referente s situado s en otros cam pos de la totalidad soc ial (socioeco nóm ica o
polít ica) 21 . Lo s ep ígrafe s intro du ctorio s qu e an tece de n ca da u na d e las parte s en las
que hemos estruct urado este t rabajo pret enden situar los fi lms analizados en su
contexto cu ltural, social y p olíti co. Para sentar las b ases de ese contexto resultan de
gran inter és El aprend izaj e de la liber tad (1973 - 1986). La cultura de la Transici ón, de
José - Carl os M aine r y Santos Juli á y Spanish Cultura l Studies dirigido por Jo Labanyi y
Helen Graha m 22 . Otra s o bra s co lectiv as tamb ién ha n a po rtado info rma ción alta me nte
intere sa nte sobre la literatu ra, e l cin e y otro s se cto res cultur ales de ntro de las d éca das
analizadas. Entre ellas destacan Diez años de cine, cul tur a y litera tura (19 75 - 1985),
editada por Samuell Amell y Salvado r García Cast añeda; Del fran quis mo a la
postmodernidad (1975 - 1990), coordinada por José B. M onleón y En la tier ra baldí a.
Man ue l Vá zq uez Mont al b án y la iz qu i er da esp año l a en la post mo de rn i da d , d e M ari
Paz Balibrea 23 . Po r su parte , Memor i a hi st ó ri c a e id ent i da d cu lt u ra l . De l a pos t gu er ra a
la postmodernidad , de José F. Colme iro, se retrotrae a la dictadura pa ra explicar
rupturas y continu idades en la produc ción cultural de la dem ocrac ia, y relacion a ésta
con la m emoria de un t odavía probl emático pasado r eciente 24 . En esta línea
encontramos también obras como El mono del desencan to , d e T ere sa V ilarós ; Blood
Cinema , de M arsh a K ind er o Cult ura heri da, de Cristi na Moreiras; trabajos que se
encuadran en los Cult ural Studi es de tradi ción anglosa jona y que combin an, desde la
interd iscip lina ried ad, el plan tea mie nto d e intere san tes hip ótes is con la , e n oca sion es,
parcial idad o escasez de las fuentes y argumentos presentados, así como con la
fuerte pre sen cia d e p ostulados de la Psic ología 25 .
Si nos centr amos en aquell os estudi os que han refle xionad o sobre el cine
reciente espa ñol, hem os d e pa rtir d e un a obra clave, la Hist ori a del cine español
reali zada en 1995 por Román Gubern, Esteve Riambau, José Enrique Monter de, Julio
21 Roger Charti er, El mundo como re presentaci ón. Estudi os sobre histori a cultur al, Gedis a, Bar celona ,
1992, pp. 41 - 42.
22 José - Carlo s Mainer , Santos J ulià, El aprend izaje de la li bertad ( 1973 - 1986). La cultura de l a Transición ,
Alianza Editori al, 2000, Madrid. Y Helen Gr aham y Jo Lab anyi, Spanish Cul tural Studies , Oxford Unive rsity
Press, Nueva York, 1995.
23 Mari Paz Bal ibre a, En la ti erra baldí a. Manuel Vázquez Montalbán y la izquier da española en la
postmodernidad , El Viejo Top o, Ma drid, 199 9; Samuel Amell Salvador Gar cía Casta ñeda (eds.) , La cultura
española en el postfranquismo. Diez años de cine, cultura y literat ura (1975 - 1985 ), Playor , Mad rid, 198 8;
José B. Monleón (ed.), Del fra nquismo a la pos tmodernid ad (1975 - 1990), Akal , 1996.
24 José F. Colmeiro, Me mor ia hi st óri ca e id ent id ad cu lt ura l: d e l a pos tgu er ra a la po stm ode rni dad ,
Barcelona, Ant hropos, 2005.
25 Teresa Vi larós, El mono del desencanto , Siglo XX I, Mad rid, 1998 ; More iras Cristin a, Cultura herida .
Literatur a y cine en l a España democrática, Ed iciones L ibertari as, Madri d, 2002; Marsha Kinde r, Blood
cinema: the reconstruction of national identity in Spain , University of Califo rnia Press, Berke ley, 1993.
22
Pérez Perucha y Casimir o Torrei ro 26 . D iez a ño s má s tard e, otro e quip o de
profesi onales llevarí a a cabo un trabajo similar, La nueva memoria. Histori a(s) del cine
español (1939 - 2000) 27 , a unq ue d esd e pre sup ues tos dife ren tes. Si la ob ra dirigid a por
G ubern partía del contexto para encuadrar las películas objeto de estudio y, a partir de
ahí, realizar su análisis, La nueva memoria pretendió partir del texto y, desde él,
recom pon er su co ntexto p ertinente . Esta inv estigac ión se en cuen tra má s cerca del
mod el o de Histor ia del ci ne españ ol que del de La nueva m emoria , y a que parte de
tres p eríod os h istóric os co ncr etos (Tran sició n, eta pa s ocialis ta, prim er g obie rno
popular) para abordar , a c ontinuación, cada f ilm de forma indi viduali zada .
Otr as obra s no han si do tan ambiciosas com o las dos anteriores en sus
aspiraci ones de globalidad, aunque no por ello result an menos int eresantes. En
Cult ura de masas y cambio pol ít ico : el cine españo l en la tr ansi ción (1999), Manuel
Trenzado llevó a cabo un análisis sociol ógic o de las relaciones cine - polít ica - sociedad,
presentando categorías y conceptos como “tematización” , que desarroll aremos más
adelante. Tam bién José Enrique Monterde en su Veinte años de cine español: un cine
bajo la paradoja 1973 - 1992 (1993) aporta d efinici ones de gran util idad, com o la
categorización “cine de l conocimiento - cine del reconocimiento”, definiciones que serán
util izadas y desarroll adas a lo largo de este trabajo 28 . Por su part e, en El cine españo l
de la dem ocracia. De la muerte de Franco al cambio socialista (1975 - 1989) , José M .
Capar rós (1992) r ecogi ó críti cas cinemat ogr áfi cas que h abía publi cado e n prens a
sobre diversos films, ofreciendo un a pa norámica personal (y altamente parcial) so bre
la in dus tria y la cinem ato gra fía 29 ; en e sa mism a lín ea de fich as de p elícu las y
comentario del contexto histórico - polí tico - cult ural podem os en marcar Treinta años de
cine español en democracia (1977 - 2007) , de Jordi Puigdomènech (2007) o Cine
español: una hist oria cultural, de Vicente Benet (2012) 30 . En esta tes is d octoral se
parte de la creencia de que la labor del historiador no pasa por realizar una crítica
cinematográfica de los films que estudia. P ara el análisis de las relaciones entre cine e
histor ia el valor artís tico de la obra est udiada ha de result ar secundari o. Son su
26 Román Gu bern, José Enrique Monterde, Julio Pérez Perucha, Esteve Riambau y Casimiro Torrei ro,
Histor ia del cine español , Cátedra, Madrid, 2005 (1995), que en 2010 vio revisada su bibl iografía.
27 José Luis Castro de Paz, Jul io Pérez Perucha y Santos Zunzunegui (dir.) , La nueva memoria.
Histor ia(s) del c ine esp añol ( 1939 - 2000), Ví a Láctea Ed itoria l, La Cor uña, 2005.
28 José Enrique Monterde, Veint e años de cine español. Un cine bajo la paradoj a, 1973 - 1992 , Paidó s,
Barcelona, 1993.
29 J osé María Caparrós, El cine español de la democraci a. De l a muerte de Franco al “cambio” sociali sta
(1975 - 1989), Anthr opos, Barcelona, 1992.
30 Jordi Puigdomènech, Treint a años de ci ne español en democraci a (1977 - 2007), Ediciones JC, Madrid ,
(2007) y Vic ent e Benet, Cin e español : una histor ia cul tural , Pai dós Comunicaci ón, Barcel ona, 2012.
29
pinceladas sobre la industri a cinematográfica del período y la representac ión del
franq uism o en el cine dentr o de es e con tex to. En la prim era p arte se encu entra n los
capítulos 2, 3, 4 y 5; en la segunda, el 6, 7 y 8 y en la te rcera, e l Capítulo 9.
En la primera parte, el Capítul o 2 intr oduce la reflexi ón sobre la relaci ón entre
cine, historia y mem oria, definiendo lo que hem os deno minado “films de m emoria”. El
Capítulo 3 analiza aquell as películ as que entre 1975 y 1982 retratar on la posguerr a
española. El C apítul o 4 completa la panorámica sobre los fil ms históricos de ese
mis mo perí odo , est udi ando las obr as de fic ci ón que hab lar on del tar dof ra nqui smo . El
Capít ul o 5 engloba aquel las ti polog ías de fil ms m ás atíp icas , tipol ogí as qu e
prácti camente desaparecerí an en los años post eriores. Hablamos de los
documentales, de las películas metafóricas y simbólicas y de aquellas obras,
normalmente partiendo de ópticas ultraderechist as, que observan la dictadur a a lo
largo de varias décadas, buscando ofrecer una visión global de su evolución (o
invo lució n, s egú n la per spe ctiva de esto s film s).
Ya dentro de la segunda parte, el Capítulo 6 reproduce el esquem a de trabajo
del Capítulo 2, es decir, el estudio de las relaciones entre cine, hist oria y mem oria,
pero adaptándolo al período 1982 - 1996. Los capítulos 7 y el 8 por su parte incluyen,
ambos, films de ficción. La diferenci a entre ellos viene dada no ya tanto por la
cronología llevada a la p antalla, sino por la concreción o no de ésta. Las pe lícula s del
Capít ul o 7 sí especi fi can el moment o exact o en que se desarr oll an, algo que no ocur re
en las obras del Capítulo 8, en el que la acción transcur re en unos indefi nidos años
cincuenta - sesenta. Finalmente, y como único integrante de la tercera part e, el Capítulo
9 analiza todos aquellos fil ms sobre la dictadur a realizados entre 1996 y el año 2000,
período en el que seguimos sin contar con documentales históricos sobre el periodo o
con películ as experimentales, pero en el que adem ás ya no encontramos ejemplos de
los d eno m inad os “ films de me m oria” .
PROPUESTA DE TESI S:
‘ much as hi sto ri as, p oca hi st ori a ’
En la génesis de este trabaj o encontramos dos cuestion es clave: por un lado ,
el debate sobre la amnesia y el olvido de la Transi ción en torno al pasado recient e
español; por otro lado, la sensación de saturación que parecía invadir a cierto sector
del público ya en los años ochenta y noventa ante las películas sobre la G uerra C ivil o
30
el franquismo 42 . Con un cor pus fílm ico de ca si ciento sese nta pelí culas, p arece poco
acertado hablar de olv ido o am nesia con respecto al franquis mo, al m enos desde el
ámbito cultural. Si a este número sumamos las obras que hacen referencia a la guerra
civil esp añola en el mismo periodo cronológico, un as ve inte según Sánc hez Biosca y
Gubern, obtenemos un total de unas ciento ochenta películas (una media de 7’2 por
año). Entre esas ciento ochenta películas se encuentran, además, algunas de las
obras más taquiller as del cine español durante el período cronológico a analizar, como
La guerra de papá (Antonio Merce ro, 1977) , La escopet a nacional (L uis García
Berlanga, 1978) o La niña de t us ojos (Ferna ndo True ba, 1 998). Este am plio c orpus de
casi doscientas obras, en el que se encuentran referentes fílmicos ineludibl es del
periodo, ayuda a explicar por qué existió esa sensación de presencia continua del
tem a en las pan tallas , e incluso po r qué parte del públic o expe rime ntó un cierto
hartazgo con respecto a la utili zación del pasado reciente como argumento narrati vo.
Los motivos de est as percepciones, sin embargo, res ultan más complejos, como
inten tare mo s d em ost rar.
Parte de la clave está en anal izar no sólo lo que se ha produci do, sino también
qué dicen esas producciones, cóm o y por qué. U no de los problemas del cine español
sobr e la guerra y la dictadura franquista, en especial en la etapa socialista, es la
homogeneidad del relat o en muchas de las obras, el acomodo a una atmósfera
estandari zada, convencional. Tam bién los contenidos parecen estancarse, mostrando
imágenes del pasad o acrí ticas, fruto de un consenso polític o heredado de la
Transci ción. Este acomodo a unos códigos narrati vos cla ramente del imitad os habrí a
contribuido a una excesiva familiari dad con ambientes y temas, a un cierto sentimiento
de déjà vu.
En esta invest ig ación se quiere demostrar que, a pesar de las numerosas
obras cinematográfi cas sobre la dict adura franquista, pocas son las obras que aportan
un verdadero conocimiento sobre el período y menos las que se atreven a ir más all á
de los discursos hegemónicos sobre el pasado que se elaboraron durante la
Transici ón y se consol idaron en la década de los ochenta. Como exponían hace ya
algunos años Carlos Losilla y José Enrique M onterde desde disti ntas publicaciones, la
42 Carl os Saura comenta cómo ya e n 1990 v arios conocidos le e charon en cara que hici era “ otra p elícul a”
sobre la Guerr a Civ il ( entrev ista perso nal r ealiz ada en abril de 2007, Nantes, Fran cia). Otro s dir ector es,
como Manuel Gutiérrez, Aragón lamentaron la estigmatizaci ón de ciertas de sus obras porque eran “otr a
película de la posguerra”, Carlos Boyero y Pachí n Marin ero, “Entrevi sta a Manuel Guti érrez Aragón:
Mucho más q ue l o cor rect o, buscar la emoci ón”, Casab lanca , nº 10, octubre de 1981.
31
pregunta clave es “si entre tantas historias hubo alguna vez alguna histor ia”,
entendiendo histori a como rel ato hi stórico más o menos ci entífi co 43 .
Buscamos mostrar que la moderación de los discu rsos sobre el fran quismo en
el cine, la ausencia de cuestiones ‘problemáti cas’ (como la represión y la violenci a) y
la indefini ción y vaguedad en el tratamient o de hechos y épocas están m uy
relaciona das con el co ntexto político y so cial e spaño l de las décad as analizad as, a sí
como con el tipo de narrativas sobre el pasado reciente que se construyó. El cine y su
superficial forma de representar la dictadura son un reflej o involuntari o de la sociedad
emanada de la Transición, es deci r, del ti po de democracia surgida tras l a Constituci ón
de 1978 y de su r elación con el pasado recient e del paí s.
Como señal ara Rosens tone, e l cine tie ne u n im porta nte pap el en la
conformación de la imagen que del pasado tienen m uchos ciudadanos 44 . La s p elícu las
contribuyen en gran manera a configurar imaginarios colectivos puesto que, como
desarroll aremos en el Capítulo 2, pueden ser vistas com o parte de esa “mem oria
prestada” definida por Maurice Halbawchs, es decir , como herr amientas con las que
crear una m emoria propia de a contecimientos que no vivimos 45 . E l he cho de que
durante años, especialmente durante los primeros gobiernos social istas, las
represe ntacion es cine ma tográfica s del pas ado se caracte rizaran p or su m ode ración
ideológi ca y su homogeneidad temática y estética nos ayuda a com prender dos tipos
de aspectos trascendentales. Por una parte, nos trasl adan a la sociedad de aquel las
décadas, ayudándonos a descubrir cómo el debate sobr e el pasado o incluso el
desarroll o de un espírit u crítico no eran elementos especial mente apreciados. P or otra
parte, facili tan la comprensión de algunas cuestiones que han tomado fuerza en la
socied ad española en la última década com o las peti ciones de just icia de las víctimas
del f ranquismo y la incapac idad de l os sucesi vos gobiernos para sol ucionar el tema.
El cine espa ñol sobre la dictadur a franqui sta nos muest ra, con sus li mitaci ones,
las p rop ia s limitaciones de nuestra relación con el pasado reciente. Por lo que cuentan
y cómo lo hacen pero, sobre todo, por lo que no cuentan, las representaci ones
cinematográficas del franquismo pueden se r vistas, a demás, com o indicadores de la
calidad de nuestra democracia y del tipo de sociedad que se construyó en la
Transi ción. Son muchas la s ausenci as reseñabl es en l os fi lms que habl an de l a
43 Carl os Losi lla, “Tan l ejos, tan ce rca: l a repr esentaci ón de l a Hist oria y la Histor ia como represent ación
en el ci ne español de los 80 y lo s 90”, Cuadernos de la Acad emia, nº 6, Septiembre de 1999, pp. 117 - 126;
José Enrique Monterde, Veinte años de cine español . Un cine baj o la paradoja (1973 - 1992), Paidós,
Barcelona, 1993.
44 Robert A. Ros enstone, El pasado en imágenes, Ar iel Hª, Barcelon a, 1997 ( 1995), p. 29.
45 Maur ice Halbwa chs, La mémoire coll ective , Presses U nivers itaires de Franc e, París, 1 968 (1 950), pp .
36 - 37.
32
dictadur a: violenci a, represi ón, compromiso polít ico, conciencia de clase 46 . Estas
ausencias nos remiten no al franqui smo , sin o a los últimos años setenta y a las
décadas de l os ochenta y noventa en España.
Para demostr ar estas hipót esis y desarr olla r estas ideas habremos de
acercarnos a cada uno de los periodos histór icos analizados, así como a las decenas
de películas que conforman el corpus objeto de estudio: un recorrido a lo largo de
ciento sesenta pel ículas, nueve capít ulos y veinti cinco años de histor ia 47 .
46 Durant e la Transic ión sí encont ramos obr as que mue stran la vi olencia más cl aramente o que de tentan
un compromiso polí tico claro. Como veremos, poco a poco este tipo de obras se irá marginando hasta
prácticamente des aparecer.
47 El l istado d e films a anali zar puede consultarse en el apartado dedicado al corpus fílmico – véas e Índice.
33
CAPÍTULO 1
CINE E HISTORIA: ANALOGÍAS E INTERFERENCIAS
Como una señal de radio que se introduce en la recepción de otra,
perturbándol a, el cine y la historia llevan tiempo provocándose múltiples inter ferencias.
El encuentr o entre estos dos ámbitos los hace altera rse mutuamente, aunque esta
alter ación no se basa tanto en la anulaci ón o la sum a – lo qu e s í ocurre en el caso de
algunas ondas - , com o en en las influenci as recíprocas 48 . E n las p ág inas sig uien tes se
pretende sist ematizar dichas int erferenci as para cimentar las bases metodológi cas de
esta i nvestigaci ón.
El capítul o está dividi do en cuatro partes . En l a primer a se presentan las
form as e n que cine e histo ria, cine asta s e his toriad ore s intera ccion an e ntre s í. Su
intera cció n cr istaliz a en cua tro in terfe ren cias bás icas : histo ria d el cine, cine histórico,
cine como “historia encapsulada” 49 y cine com o fuente histórica. En la segun da parte
se exponen dos ámbitos teóricos que quieren servir de punto de partida básico para el
desarroll o t eórico de esta investi gación. Hablamos, por un lado , de la na turale za
poliédr ica del fenómeno cinematográfico y, por otro, de las analogías entre cine e
histor ia como discipli nas, analogías que facili tan su estudio conj unto e
interr elac iona do .
En la tercer parte del capít ulo se plantea la metodolo gía de a nálisi s que
seguiremos en toda esta investigación. L a elección de esta metodología es
consecuencia de las do s anteriores partes del capítulo y combina un análisis
indiv idua liza do de las o bras (sigu iend o las cate gor ías d e Ma rc F erro , “lectu ra
cinematográfic a de la histor ia”, “ lectura hi stóri ca del fi lm”) 50 con un a nálisis seri al
48 Util izare mos la defi nición de “Interf erenci a” (y de “Inter ferir ”) del Diccionar io de la Real Academia de la
Lengua en su 22ª edición (2001) y, más en concreto, la referente a las T eleco mun icacio nes: Telec. Dic ho
de una señal: Introducirs e en la recepción de otra y perturbarla. http://lema.rae.es/ drae/?val=inter ferencia
Consult ado por últi ma vez el 20 d e febre ro de 2 014 .
49 Antoine de Baecque habla de “histoire encapsulée” para r eferir se a esos rasgos y retazos de l a
sociedad que quedan retratados en toda obra cultural más allá de la voluntad del autor, especialmente en
toda obra cinema tográfic a. De ahí qu e teorice so bre la c apac idad de l cine pa ra em balsa mar la r ealida d
(“embau mer le réel”). An toine de Ba ecque, L’histoire - caméra , Gallim ard, Par ís, 2008 , p. 440.
50 Por “le ctura cinematog ráfica de la his toria” entendemos el análisi s de cómo se ha llevado el pasado a la
panta lla. Por “le ctura h istórica del film ” definim os e l anális is de la s circu nstan cias ex trafílmic as en las qu e
la obra fue produ cida, des de datos sobre el autor o el equipo de realiza ción del film has ta las
circunstancias políticas, sociales, culturales o econ ómicas de la sociedad en que la obra fue producida y
34
(según fecha de producción y estreno, período hist órico que se representa y tipología
del film). C ombinando am bos ámbitos se pretenden identif icar dos aspectos clave en
la teo rizac ión de este trabajo: por un lado, las constantes fíl micas que recogen la
voluntad de los d irector es por adherirse en ma yor o m enor m edida a t endencias
mayo ri tar ia s en una époc a; por otr o, los “puntos de f ijaci ón” que , según la defini ción de
Pier re Sorlin , so n aquellas r ealidades que encontrándose presentes en las obras de
una época de f orma recurrent e, pero en cierto modo invol untaria, nos ofr ecen
inform a ción va liosa sob re lo s int eres es y pre oc upa cion es de e sa épo ca 51 .
En la cuarta y últ ima parte del capítul o profundiz aremos en los desafíos que el
cine comporta para la historia como disciplina académica. Estos desafíos se basan,
como veremo s, en el potencial del cine como configurador de memoria colectiva, en su
traye ctoria como agente de la historia y en su c apacidad hi storiador a. Comencemos ya
con la primera de las partes de este capítulo, la que le d a parcialmente título; la
dedicada a las i nterfer encias ent re el cine y la hi storia.
1. INTERFERENCIAS CINE-HISTORIA
Si equiparamos el cine y la histori a con o ndas que inter fieren entre sí e intentamos
sistematizar la naturaleza d e esas interferencias, encontraremos que son cuatro los
planos básicos de interacción. Cuando la historia como discipl ina fija su atención en el
cine, hablamos de Historia del Cine. C ua ndo es el cine el que se fija en la histori a, nos
encontramos ante el denominado cine históri co. Por otra parte, la historia como
conjunto de su cesos, como contexto, qued a “atrapada” en toda o bra cultural, como si
de una fotogr afía se t ratara, convirt iéndo se en una suerte de cápsula del pasado 52 . Po r
últi mo, el histori ador analiza esa histor ia atrapada en cada obra; el cine se convierte
así en fuente histórica. Al tener como objet o de estudio los films sobr e el franqui smo,
esta investigaci ón engloba las cuat ro catego rías a un tiemp o: hace historia del cine,
puesto que estudia la producci ón cinematográfica entre 1975 y 2000; se centra en los
films histór icos, films que como cualquie r obra cultura l encap sulan ciertas
característi cas de su tiempo y, finalmente, es el histori ador – historiadora en este caso -
exhibida, pasando por datos de taquilla o críticas de cine. Marc Ferro, Cinéma et Hist oire , Gallim ard,
París, 1993 (1977) p. 25.
51 Pierre Sor lin, Sociol ogía del cine. La apertura para la his toria del mañ ana , Fo ndo de C ultura
Económica, México, 1985 (1977), pp. 196 - 200.
52 Antoine de Baecque, L’hi stoire - caméra , Gallima rd, París , 2008, p . 440.
35
quien ha de acercarse a las obras para evaluar el impacto del contexto históric o en la
form a de na rrar e l pasa do .
1.1. HI STORIA DEL CI NE
La histor ia del cine suele englobarse dentro de la Histori a del Arte. T iene com o
objeto de estudio pri ncipal la evoluci ón del fenómeno cinematográfi co desde sus
inicio s a fin ales d el siglo X IX ha sta la actua lida d ya sea a nivel técnico, discursivo o
artí stico . La esc ala d e es tudio pue de v aria r des de u na s ola p elícula a la film og rafía
completa de un direct or, pasando por la cinematografía de un país, la biografía de una
actri z o l a conformación de una escuel a de ci ne.
En este trabajo no se pret ende hacer un estud io sobr e la hi stori a del cine de la
Transi ción y la democracia en Espa ña, aunque sí se tendr án muy en cuenta
elementos como las caracter ísti cas generales del cine español de la época, los
direct ores y obras más exitosos, las tendencias imperantes en el ámbito de la
producción o la respuesta de críti ca y público 53 . T am po co se busca llevar a cabo un
mero cat ál ogo de obr as, nombr es y fec has , por más que el corp us fíl mi co sobr epas e
las cien to cinc uen ta pelíc ula s. En tod o caso se realiza rá un a histo ria del cine históric o
que, entre 1975 y el 2000, llevó la dictadura franquist a a la s pan tallas. Para ello, ha de
defini rse cómo se util izará el concepto de “fi lm histórico” en este trabaj o y qué
elementos esper amos que pueda apor tar a la i nvestigaci ón histór ica.
1.2. CI NE HI STÓRICO
De Espart aco a Glad iat or pasando por El nombre de la rosa, Lo que el viento
se llevó, El acorazado Potenkim, Nove cento o Forrest G ump, por citar algunos
ejemplos, un enorme número de películas ha encontrado en el pasado el argumento
sobre el que estructurarse, el personaje histórico al que convertir en protagonist a o el
escenario en el que desarrol lar su ac ción narrat iva. Con mayor o menor rigor ci entíf ico,
apoyados en efectos especiales o en entornos inti mistas, persigui endo o no la
correcci ón en decorados y vestuario, con afán educati vo o buscando la
espectacular idad , ba sad os en he ch os r eale s o com p letam e nte ficticios, los
denominados films históricos presentan una variedad abrumadora, tanto en su forma
como en su contenido.
Alguno s autores han establec ido tipolog ías de clasi fi cación de los fil ms
histór icos con objeto de facilit ar el análisis de éstos. Como muestra de estas tipologías
proponemos las categorizaciones de José María Caparrós Lera, Robert A . Rosenston
53 Obra cla ve al respec to es la rea lizad a por Román Gubern, José Enri que Monterd e, Juli o Pérez
Perucha, Esteve Riamb au y Casimiro Torr eiro, Hi storia del c ine esp añol , Cátedra, M adrid, 19 95.
36
y José Enrique Monterde. José María Caparrós establ ece tres subdivis iones: en primer
lugar, habla de películas de valor histór ico; en segundo, de ficciones históri cas o
género históri co y, por último, de películas de reconstituc ión históri ca. La primera
propuesta no har ía alusión exactamente a films históri cos puesto que engloba
películ as ambientadas en su presente que no miran para nada al pasado; es el paso
del tiempo el que las sitúa como representantes de una época y un lugar, como
ocurre, por ejemplo, con El verdug o (Luis Garc ía B erlang a, 19 63). L a s egun da y la
terce ra pro pu esta sí que alu den a los q u e consideramos films históricos. La
pertenenci a a la segunda o la tercera se basaría según Caparrós en la rigurosi dad
histór ica de la propuesta, en los objet ivos del director y en los r esultados. Las películ as
inclu idas en el se gu ndo gru po utilizar ían e l p asado como localizaci ón temporal, sin
mayo res impl i cac ion es. El pasado adqu ie re en esta s fic ci one s hist ór ic as ras gos
idea lizad os o des dibu jado s; el d irecto r n o prete nd e e xplic ar proc eso s, sino en trete ne r
al público, llenar las salas. Entre éstas estarían p rácticam en te tod as las p elículas
nombradas anteriormente: Lo que el viento se llevó, Gladiator , Titanic … La ter ce ra
propuesta, la que engloba las denom inadas películas de reconsti tución históri ca,
abarcaría aquellos films que presentan una reflexión sobre el pasado tan elaborada y
contrastada que podría catal ogarse como de discurso historiográf ico alternati vo.
Capar rós des taca có mo estas obras t rasl adan sus versi ones de la his tori a a un públ ico
siempre mayor que el formado por l os lectores de obras escritas especi alizadas 54 .
La división que propone Caparrós entre aquellas películas meramente
ambientadas en el pasado y aquellas otras que presentan una tesi s o refl exión
explíci ta sobre él también se encuentra en otros autores. Sin embargo, se trat a de una
divi si ón trazada con altas do sis de subjetividad. Es el historiador quien analiza los
films , quien se alza com o juez último de la rigurosidad histórica de éstos ; po r ello , su
percepción resulta, cuanto menos, personal .
Por su parte, Robert A. Rosenstone dividirá también los fi lms histór icos
propiamente dichos en dos ámbitos similares a los de C aparrós. Para ello especificar á
entre aquellos que ostentan una histori a tradicional o lineal y los que denomina
experimental es o posm odernos. Éstos últi mos no int entarí an recrear el pasado, sino
hacer que el espectador se plantee las certidumbres que tiene sobre él. Como ejemplo
de este segundo tipo Rosenstone cita dos films basados en libro s históricos suyos ,
Reds (1982) y The Good Fight ( 1984) 55 .
54 José Mª Caparrós Lera, 100 pel ículas sobre Historia Contemporánea , Alianza, Mad rid, 1997 , pp. 22 - 30.
55 Robert A. Ros enstone, El pasado en imágenes , Ariel Hª, Ba rcelona , 1997 ( 1995 ), p. 20 .
37
Otr o ti po diferente de cl asifi cación de las películas que abordan la historia la
encontramos en la obra de José Enrique Monterde 56 . Tanto en Cine, hist ori a y
enseñanza como en La lectura ci nematográfi ca de la his toria , obras de refe renc ia e n la
literat ura prod ucid a e n España sobre este tema, Monterde establece dos amplias
divisi ones: film históri co no ficcional y film históri co ficcional . En la primera integra los
notici arios, documentales, m ontajes e, incluso, los vídeos familiar es. En la segunda
despliega un nuevo abanico de tipol ogías: gran espect áculo, fi lm de época, adaptación
literar ia, biogra fía histórica , ficción docu me ntaliz ad a, cine militante , cine p olític o,
ensayo históri co, hist oria imaginari a y finalmente “ot ras posibil idades”, como el porno o
la p ub licida d. El mayor problema de esta múltipl e catalogaci ón es que una m isma
películ a puede pertenecer a varios apartados y que, en cierto modo, los beneficios
para el análisi s no van más allá de la mera descripci ón.
Práct icament e cada autor que ha teori zado sobre las re lacio ne s c ine - historia y,
más en conc ret o, sobr e el fi lm his tór ic o, ha pla nte ado su pro pi a def in ic ión y, en caso
necesario, la correspondient e tipologí a 57 . Pa ra este tra ba jo d e inve stiga ción , hemos
defini do “film histórico” de un mod o mu y amp lio, rec onociendo como tales todos
aquellos cuya acción transcurra en un tiempo pretérit o, es decir, anteri or al m omento
de realizac ión del film. C ompletaremos el análisis con otras tres tipolo gías : p or una
parte, los documentales que centren su atención en un pasaje o personaje histórico;
por otro, los “fil ms de memoria” 58 y, finalmente las películas m etafóri cas o
experimental es .
En otro orden de cosas, y en rela ción con el debate sobre si el cine hist óri co
puede ser defi nido como un género específ ico, en est e t rabajo se ha optado por no
caracterizarl o así. El fi lm histórico engloba, como ha indicado Monterde, otros géneros,
no establece convenciones o códigos para su tratami ento, no pres enta una temática
que se pueda unificar 59 . Esto s hec hos basta rían para inserta r su análisis en el género
correspondi ente y en los códigos que éste comporta, ya sean los del drama, la
comedia, el suspe nse, la ac ción , etc ., te nien do en cue nta , sin embargo , cóm o su
56 José Enrique M onterde, Cine, historia y enseñanza , L aia, Barce lona, 1986, p. 158 (clasifica ción
retomada en la actualización de es ta obra: José Enrique Monterde , Marta Selva y Anna Solà, La
representa ción cinem atográfica de la historia , Ak al, Madrid , 20 01, p. 1 23).
57 Otro s ejempl os en Santi de Pablo, “Cine e histori a: ¿La gran ilus ión o la amenaza fant asma?”, Histor ia
Contemporánea , núm . 22, 200 1, pp . 9 - 28 o en Emilio C. García Fernández, Cine e His toria. Las imágenes
de la his toria reci ente , Arco, M adrid, 1 998, pp . 7 - 11.
58 Entendemos en este caso “film de memoria” com o aquel en el que el pasado desempeña un papel
primordial en el presente o como aquel en el que se lleva a cabo una reflexión sobre los m ecanismos del
hecho m emorístico, su fiabili dad, sus inconvenientes. Los capítulos 2 y 6 serán muestra de este tipo de
películas y presentarán una t eorización más pr ofunda en torno al tema.
59 José Enrique Monterde, M arta Selva y Anna Solà, La representación cinematográfica de la historia , op .
ci t., p. 146.
38
relación co n la Historia - entendida como pasado - cont inúa con e stos códi gos , los
enriquece o , in clu so , los subvierte 60 . La propia elección de un género u otro a la hora
de afr ontar un relato histór ico resul ta t ambién un i nteresante objeto de refl exión.
Como últi mo apunte con respe cto al cine his tór ico, hemos de tener en cuent a
cómo en este tipo de películas lo importante no es tanto la verdad o rigurosidad de los
hechos como su verosi militud. Lo expresaba Ari stótel es en su Poéti ca : “se deb e
preferi r lo imposible verosímil a lo posible increíble” 61 . P ero , ¿q ué o q uié n e stab lece lo
que es o no verosímil? De nuevo M onterde responderá a esta cuestión, señalando la
histor iografí a y el saber hi stóri co de los propi os espectadores como l os dos “elementos
constituyentes de l os códigos de verosimilitud particular es del cine hi stórico” 62 . El
papel del historiador se m ostrarí a así, de nuevo, clave: no sólo ha de llevar a cabo las
inve stiga cio nes en las q ue se bas an los a van ce s his torio grá ficos , sin o qu e ta m bién
debería ser consciente de las versi ones de la hi storia que el cine t ransmite, dis fr utando
de ell as como espectador pero alertando, como profesi onal, de sus anacronismos o
manipulaci ones .
1.3. HI STORIA EMBALSAMADA
Como toda obra artí sti ca pero también como todo “art efac to cult ural ” 63 , e l c ine es
hijo de su tiempo y, como tal, está sujeto a una serie de influencias y condicionantes.
60 Luis Laborda hablará del film histórico como “una amalgama de propuestas discursivas que van desde
el melodrama histórico – como Lo que el viento se llevó ( Gone with the Wind , 1 939) de V íctor F lemin g -
hasta el cine de voluntad épica – Troya (20 04) de Wolfgang Petersen - pasando por el cine de romanos en
sus vertientes religiosa, po lítica o h istoricist a, la reconstrucción histórica desdramatizada al modo de
Rosell ini, los dramas histór icos de tono operístic o como El gatopardo ( Il Gatto pardo , 1963) de Luchino
Visconti , el cine históri co como campo para la experimentac ión formal – la lu z en Barry Lindon (1975), de
Kubrick o la yuxt aposición de imágenes en Oc tubre ( Oktya bar , 1928) de S. M. Ei senstein - , o los relat os de
aventuras cuya acción se sitúa en el pasado”. “Por todo ello”, añade “resulta difíci l limitarse a una
concepción de géneros severa en los análisis del cine y la historia. No obstante, sí resulta conven iente
advertir los códigos de representación que utilizan los diferentes géneros, lo cua l nos permite desc ubrir
cuando son seguidos, enriquecidos o subvert idos” en Luis Laborda Oribes, La hist oria en la
cinematografía norteamericana , tesis doc toral con sultada on - line pág . 69. http://hdl.handl e.net/10803/4807
Consultado por última vez el 20 de febrero de 2013.
61 Recogi do en Pa ul Ric oeur, Tiempo y narraci ón , Siglo X XI, Méx ico, 200 4, p. 109 .
62 José Enrique Monterde, Marta Selva y Anna Solà, La representaci ón cinematográfica de la historia ,
Akal, Ma drid, 2001, p. 87. Otras aportaciones al tema en Ángel Luis Hueso, “La H istoria en el cine:
cuestión de método” en Cuader nos de la Acade mia , nº 6, Septie mbre 1999, p ág. 26.
63 Según el psicól ogo Michael Cole, l os artef actos cul turales están dest inados a la comunicación e
interac ción e ntre los seres hum anos y el m undo físico. L os arte factos cultura les co mo u nidad descr iptiva
indica n por u n lado la ma terialida d de l artefac to com o as í tamb ién su aspe cto sim bólico . Al esta r
desarrollados históricamente y tener una f inalidad práct ica, los artefactos cul turales i ntervienen en l a
constitución de los procesos psicológicos que implican a los sujetos entre sí. Estas cualidades de los
artefactos culturales los habili tan para el es tudio y abordaj e de los procesos psíqui cos humanos, ya que
estos son produc tos de los mis mos y mediaciones para s u formación. Michael Cole, “ Cog nitiv e
development and for mal schooling: The evidence from cr oss - cultural research” en L. Moll (ed.), Vy gotsky
45
otros periodos histór icos? Son éstas cuestiones de gran complejidad que intentaremos
ir con tes tand o a lo lar go d e lo s dife ren tes cap ítulo s.
2. ELEMENTOS DE PARTIDA
Como apun tába mos al inic io del capí tul o, tras la exposic ión de esas cuatr o
interf eren cia s en tre cin e e histo ria, n os g usta ría e xpo ne r algu no s ele me nto s bá sico s
sobre la naturaleza del fenóm eno cinematográfico y sobre sus analogías con la
discipl ina histór i ca. Los motivos que nos han empujado a esta exposición son la propia
complejidad de cine com o realidad poliédrica, así como la identificación de similitudes
entre el cine y la histori a como disci plina s , ana logía s que fa cilitan la com pre nsió n de
las in terfe rencias entre am bo s ám bitos y, po r lo tanto, su investig ación.
2.1. QUÉ ES EL CINE
Poco innovaremos al afirmar que el ci ne es un fenómeno que puede ser
considerado desde muy distintas perspectivas, según se atiendan a unos o a otros de
los elementos que lo conforman. Ya en 1983, uno de los pioneros en España en este
campo de estudio, José Luis Hu eso, definía el cine com o “realidad poliédrica” debido a
su cond ición simultánea d e industria, de medio de comunicación, de lenguaje, de arte,
de diversión y de testi monio social 85 . P or otra pa rte, des de el ám bito de la s em iótica e l
cine ha sido también considerado com o un gran dispositivo significante fruto de la
sincronía de un conjunto de dispositivos absolutamente necesarios y relativamente
autónomos. Según esta perspect iva, el film como objeto de estudio para el
inve stiga do r s urg iría de la articu lació n de l c ine c om o dis pos itivo te cno lógic o, co mo
disposit ivo visual, sonoro y audiovisual, como disposit ivo narrativo, como disposit ivo
socio - económico, como disposit i vo espectatorial y com o disposit ivo estético - artí stico 86 .
Otr os acerc amien tos pre fi eren habl ar de “te xto fí lmic o” en lugar de “ci ne”, para señal ar
entonces las dificult ades de una definici ón de algo que es, a un mismo tiempo, fí sico,
narrati vo, económ ico y cultural y que incluiría producción, distribución, exhibición y
visionado 87 .
85 Ángel Luis Hueso, El cine y la histori a del siglo XX , Univer sidad de Santiago de Compostela,
Monografías de l a Universidad de Santiago de Compostela, 1983, pp. 22 - 37.
86 José Enrique M onterde, Marta S elva, Anna Solà, La representación cinematográfic a de la historia , Akal,
Madri d, 2001, 15 - 27
87 Robert P. Kolker , “ The Film Text and Film F orm” en John Hill y P amela G ibson (ed.), The Oxford Guide
To Film St udies , Oxford Univer sity Pres s, Oxfor d, 1998 , pp. 11 - 22.
46
En este t rabaj o concebimos el film com o texto susceptible de ser analizado . Sin
embargo, es ést e un texto que no puede ser comprendido sin atender a su
intert extu alid ad, es dec i r, a las circu nstanc ias e xtra - fílm icas e n la s q ue es te a rtefa cto
cultural fue producido y consum ido 88 . Por e llo, inve stigar em os el co ntex to en el qu e
surge la obra e, incluso, las circunstancias biográficas del director o su equipo que
puedan hacernos comprender mejor ésta.
Por otra parte , tanto en el ám bit o de la cultur a como en el de la industr ia – o en
la in terse cció n e ntre am b os - , ha d e d esta cars e ta mb ién la face ta d el c ine c om o m ed io
de comunicación de m asas y, en especial, su relación con la audiencia, el emento
ineludi ble en esta ecuación 89 . N o sólo el p úblic o resulta impre scin dible e n su pap el de
recepto r pasivo , llen ando las salas de c ine para h acer ren table un a película, sino
tam bién c om o es pec tado r activo o des cod ificad or 90 . C om o diría Pau l R ico uer e n
r elación con el acto de lectura - en una afirmaci ón que podrí a ser perfect amente
ex trapo lable al a cto de vision ad o - : “es e l lec tor e l que rem a ta la obra ( … ). E l tex to só lo
se hace obra en la interacción del texto y el lector” 91 .
2.2. ANALOG ÍAS CINE - HI STORIA
En este apartado se han ident if icado cuatro anal ogías básicas entre cine e
histor ia: su natural eza discursiv a, la trascendenci a de la constant e “tiempo”, la
ausencia de un referente físico en ambas disciplinas y su construcci ón a partir de u n
proceso de montaje.
Para aborda r la primer a de est as analogí as nos acogeremos a las pala bras de
Chri sti an Dela nge y Vince nt Guig ueno par a quien es hist ori ador y cineas ta son
88 Sin olvidar que ningún film puede ser considerado como un texto escrit o al uso, como podría ser el
gu ión, sin o de un texto fílm ico, d e un texto como “estru ctura de significa do co here nte, de limitad a y
comprensible”, como “algo que contiene un complejo de eventos (imágenes, palabras y sonidos) que
están relacionados en un contexto, que puede ser una historia ( story ) o una narrativa con el objetivo de
contarnos algo” traducción personal de Kolker, “The Film Text an d Film Form”, íbidem, pág. 12. Tam bién
Ángel Luis Hueso hará hincapié en las posibilid ades de lectura de ese texto fílmico a partir de la crítica d e
sus condicionamientos técnicos (y sus p osibles implicaciones en la narración) y de los condicionamientos
sociales. En el primer grupo incluye la esca la, la angulación, la iluminación, el trucaje, el montaje y la
banda sonora. El segundo grupo partiría de la c once pción d el cine c omo o bra colectiv a, analizand o al
guionista, al autor/realizador, al productor, a los actores, al resto del equipo, etc. para llegar al público y a
aspectos como el estreno, la distri bución, la exhibición, la crítica, la recaudación, la fecha de producción,
la fech a de e streno , etc. en Ánge l Luis H ues o, El ci ne y el siglo XX , Ariel, M adrid, 19 98 pp . 41 - 61.
89 La imbricación entre cine y público es tan importante que, cuando en 1995 s e celebró el primer
centenario del nacimiento del c ine , éste fue definid o como la “proyecc ión de imá gene s en movim iento
para una audiencia de pago”. Gripsru d, “Fil m Audiences ”, en John Hill y Pamela Gibson (ed.), The Oxford
Guide To Fi lm Stud ies , Oxford U niversity Press, O xford, 1 998, p. 202. Traducción pe rsonal.
90 Pilar Carretero Amador, “El cine como documento social: una propuesta de análisis”, Ayer , nº 24, 1996,
pág. 115.
91 Paul Ri coeur, Tiempo y narraci ón , Editoria l Siglo X XI, Méx ico, 200 4, pp. 1 47 - 148.
47
equiparabl es ya que los dos producen discursos 92 . E nten dem o s d iscu rso com o
“conj unto de enunciados articul ados como procesos signifi cantes que generan sentido
y que se producen en u na situaci ón comunicativa deter minada y util izando soportes
variados” 93 . T anto el cin e co mo la h istoria b usc an prod ucir s entid o en sus
mani fe sta ci ones y se encuentran sujetos a las circunstanci as de su enunciación y al
medio en el que se producen.
Como apuntábamos, la segunda analogía se basa en la trascendencia del
tiem po como m ate rial básico de p artid a, ta nto pa ra el cine co m o p ara la his toria. “El
mundo d esplegado por toda obra narrativ a es siempre un m undo temporal”, dirá Paul
Rico eur 94 . En espe cial para el c ine, su expresión está subordi nada a la sucesión de
imágenes en un determinado lapsus temporal 95 . Po r su p arte, pa ra la h istoria , e s e l
tiem po, co m pren dido de m anera lineal, así com o el análisis y relato de los hechos
pasados, lo que se encuentra en la base de la discipl ina. Además, en los dos casos
existe un juego dialécti co entre el tiempo interno de la obra histórica o fílmica (ti empo
del relato, el denom inado “tiempo diegéti co”) y el tiempo del cineast a o histor iador que
las p rod uce n, a sí co mo co n el t iem po del e spe cta dor o lec tor q ue se a cer cará a e llas.
La tercera analogía cine - histori a se basa en lo que R oland Barthes denominó
“ilusión refere ncial” o, lo que e s lo mism o, un hacer - parecer - verdad 96 . Jo sé E nriqu e
Mont er de recog erá la expr esi ón de Mic hel Cert eau “pr ese nci a de una ause nci a” para
designar el mismo fenómeno. Éste se basa en la ausencia del referente directo tanto
en el cine com o en la lectur a de una obra históri ca . Ya nos enco ntre mo s a nte la
pantall a como ante las páginas de un libro, sólo podremos recibir la evocación de una
aparienci a. Es ésta una aparienci a real ya que se trata de un conjunto de imágenes
sucedidas ante una cámara o de un a colección de sucesos acaecidos a lo largo del
tiem po, pero aparie ncia al fin y al cabo. Así, c ine e histo ria coincidiría n en alg o m á s
que en su condición discursiva y en su capacidad para producir sentido. En ambos
casos, afirma Monterde, “el pasado hech o presente oculta su auténtica ausencia, su
carácter fict icio e ilusorio, para lo cual recurren a la m anipulación – en el buen sentido
92 Chri stian Delage y Vincent Guigue no, L’ historien et le fi lm , Folio Histoi re, Gall imard, París , 2004, p. 21.
93 Manuel Trenzado, Cultura de m asas y cambio polí tico: El ci ne español de la Transi ción , C entro de
Investig acione s Socio lógicas, S iglo XX I, Mad rid, 1999 , p. 4.
94 Paul Ri coeur, Tiempo y narración , Editorial Siglo X XI, Mé xico, 20 04, p. 39 .
95 José Enrique M onterde, Marta S elva, Anna Solà, La representación cinematográfic a de la historia , Akal,
Madri d, 2001, p. 32.
96 Para Roland Bar thes, el refe rente es producto de la semiosis y no de un mu ndo preexistent e, por lo que
rechaza la referencia d irecta en la relación literatura - mundo o lengua - mundo , “ No hay ninguna relación
entre palabr a y cosa, text o y mundo, signo y referente, s ino entre si gno y signo, t exto y texto. La noción de
referente serí a en consecuencia una “ilusi ón referencial ”, un “efecto de real”. Roland Barthes, El grado
cero de la escritur a, Siglo XXI, México, 2000, 17 ª edici ón (1ª en 1953) p 45.
48
de la palabra - , a un trab ajo sem e jante d e mo ntaje a partir de he cho s r eela bora dos y
convertidos en materia de discurso” 97 .
Y es exacta mente esta util izaci ón del montaje la que nos sit úa ante la que
podríamos defi nir como cuarta y últ ima de las analogías entre el cine e hi storia
recogid as en este apa rtado. Ex pues ta y a por Marc F erro, esta cua rta a finidad se
concreta en el trab ajo de selección y ensamblaje del material en am bas discipl inas 98 y,
por lo tanto, en su definic ión como reconstrucc ión. Dicho proceso, que en cine resulta
inne gab le, p ued e se r ex trap olab le ta mb ién a la h isto ria. P ara R os en ston e, “la histo ria,
inclu ida la e scrita, es una reconstrucción, no un reflejo dir ecto” y el lenguaje escrito
que ésta util iza se muestra tan sól o como uno de los caminos posibles para reconst ruir
la his toria , ente nd ida é sta com o p asa do ; un c am ino que priv ilegia cie rtos fa cto res ( los
hecho s, el análisis, la lineal idad) en detri mento de otros.
Ni la gente ni las naciones viven relat os histó rico s; las narra cione s, es decir,
trama s c ohe rentes co n u n p rincipio y un final, s on elabora das po r los histo riado res en
un intento de dar sentido al pasado ( … ) Los relatos del pasado son, de hecho,
ficcione s na rrativas ; la histo ria esc rita es r ecrea ción d el pa sado , no e l pasa do en sí 99 .
Para este autor la histor ia no exi ste hasta que no es reconstr uida y, por lo
tanto , algu no s films histó ricos sería n ta n vá lidos o m ás para hab lar de l pa sado co mo
los e nsa yo s p rodu cid os e n la s u nive rsid ade s. S u p artic ular visió n a bo ga por aquellas
obras experimental es que conllevan más preguntas que respuestas ; ob ras qu e, de
uno u ot ro modo, nos hacen cuest ionarnos nuest ras cer tezas.
En concl usión, cine e histori a son dos formas de repr esentac ión, dos maneras
de m odelar las huel las m ateri ales de una realidad de la que dan testimonio 100 . Para
Sigf ried Kracauer, si el cine es la fotograf ía en movimiento (24 fotogramas por
segundo), la historia puede ser vista com o un film gigantesco que graba la fotografía
de su tiempo; un atípico rollo de celuloide com puesto, en lugar de por imágenes, por
palabras. Y si, cada uno por su lado, cine e histori a son dos formas de representación,
el fi lm histór ico ostent aría una dobl e representat ividad: la propi a a su natural eza
fílmica y la c orre spo ndie nte a su na turale za com o discu rso históriográ fico o pseudo -
histor iográfi co.
97 José Enrique M onterde, Marta S elva, Anna Solà, La representación cinematográfic a de la historia , Ak al,
Madri d, 2001, p. 32, pp. 37 - 38.
98 Ferro compara el trabajo en torno a la realizaci ón de un libro y la de un film de montaje puesto que para
el libro también se produce una selección de docum entos, selección bajo la que subyace una ideología,
consciente o no. Marc Ferro, Ci ne e Hi stori a , Editorial G ustav o Pili, Bar celona , 1980, p . 128.
99 Robert A. Ros enstone, El pasado en imágenes , Ariel Hª, Ba rcelona , 1997 ( 1995).p . 36.
100 Antoine de Baecque, L’hi stoire - caméra , Gall imard, Parí s, 20 08, p. 39.
49
3. METODOLOGÍA
Parti endo de las int erfer encias entre cine e histori a, así como de las analogía s
entre ambos ámbitos, la m etodologí a con la que analizaremos nuestro corpus fílmico
se estructura en dos niveles. En un primer nivel , a escal a indiv idual , cada film es
analizado por sí m ismo. En segundo nivel, a escala global, el fil m se inscribe en series
fílmica s, bu sca ndo coin cide ncia s y d iverg enc ias q ue p erm itan llega r a co nclu sione s.
3.1. ESCALA INDIVIDUAL DE ANÁLISIS
A nivel indivi dual, cada film hist órico puede ser analizad o a parti r de dos tipos de
lectu ras de finid as p or M ar c Fe rro h ac e ya dé cad as. P or u n la do e nc ontr am os la
“lectura cinem atog ráfica de la historia ” 101 , e s dec ir, e l estud io de las m ú ltiples for mas
en las que la historia ha quedado reflejada en la pantalla cinematogr áfica. ¿Q ué época
se refleja en la pantalla? ¿C uál es el enfoque? ¿Quiénes son los personajes? ¿Se ha
sido riguroso e n la reconstrucción de la época? Por otro lado, encontramos la “l ectura
histór ica del film” por la que el histor iador rastr ea todos aquellos elementos de
histor icidad enunci ados por José Enrique Monterde, es decir, la ideología que
trascie nd e el film , e l im ag inar io c olec tivo qu e c ons truye y d el que pa rticipa , la au toría
de la obra, los mecanismos de control a los que la obra está sujeta – como la censura
administr ativa y/o económica - y, por último, la respuesta del público y de la críti ca 102 .
3.2. ESCALA GLOB AL
En un nivel más global, las obras se inc luir án en series fílm icas atendiendo a
varios factores: fecha de producción y estreno, período dentro del franquismo al que
se presta atención, género. Dentro de esas series se rastrearán, al mismo tiempo ,
“consta ntes fílmicas” y “pun tos de fijación ”. De finimos “con stante s fíl micas ” como
aquellos elementos que forman parte clave de la estructura y/o tema de las películas
objeto de estudio y que se encuentran presentes en numerosas obras de un mismo
101 Mar c Ferro establ eció esta cat egorí a de anál isis dentro del cuar to pla no de int erfe renci as entr e cine e
historia. “El pri mero de estos planos sería la cons ideración del cine como agente de l a histori a; el
segundo, el lenguaj e cinematográfico como modo de acción; el tercero, l a relación del fi lm con la sociedad
que lo produce y lo recibe y, finalmente, el cuarto, la lectura histórica del film y la lectura cinematográfica
de la hist oria, ambos como ejes últimos en los que debe basarse quien s e pregunte sobre la relación e ntre
ambas disciplinas”. Marc Ferro, Cinéma et Histoi re , Ga llimard , P arís, 1993 (1977 ) p p. 16 - 27. ( Traducción
personal ).
102 Véase para ampliar este punto la explicació n de las divisiones de análisis al respecto en M anuel
Trenzado, Cultur a de masas y ca mbio p olí tic o: E l ci ne e spaño l de la T rans ici ón , Centro de In vestiga ciones
Sociológi cas, Si glo XXI, Madrid, 19 99, p. 2 7.
50
periodo. La vuelta de un exiliado políti co como eje principal del relato, el
cuestionamient o de la memoria personal y del papel que ésta debería desempeñar en
el presente o l a repetici ón de esquemas narrativos propi os de la novela de formación o
inicia ción ( Bildun gsroman ) 103 son algunos ejemplos de constantes fílmicas. P or otra
parte, u sam os “puntos de fijación” según la definición de Pierre Sorli n , qu e se refiere a
aquellos problemas o fenómenos que, sin estar directamente impli cados en la visión
princi pal de la histori a, aparecen regularmente en algunos films. Bien como alusiones
o repetici ones, como imágenes o como efectos de construcción, llaman la atenci ón al
se r situa dos en un análisis se rial 104 . E jem plos de e llo s on, por ejemp lo, la n um ero sa
presencia de túneles de tren en las películas de los ochenta, el peso de la figura
paterna ausente – muerta o desaparecida - o la sensación de frustr ación y desencanto
de num erosos protagonist as, sobre todo en los primeros años de nuestro estudio, es
decir, los correspondient es a f inales de los set enta y a la década de los ochenta.
Tanto la lect ura cinematográf ica de la histori a como la lectur a hist órica del film,
así como la id entific ació n de pun tos d e fijación y c ons tan tes fílm icas p rete nd en
sistematizar el análisis del corpus fíl mico . El obje tivo fin al de esta tesis e s dise ccio nar
el di scurso ci nematográfico sobre la hi storia, en este caso, l a representación del
franq uism o a lo largo de varias décadas (1975 - 2000). Buscam os así rastrear los
cambios y evo lución en esta representación, trazando nexos entre la obra cultural y la
sociedad qu e la produjo y la recibió, es decir, q ueremos investi gar l as int erferencias
entre cine e h istoria.
4. CINE ¿DESAFÍO PARA LA HISTORIA?
Hemos dejado para el últi mo luga r el aparta do más cont rover ti do, aquel que trat a
los de sa fíos q ue e l cine plan tea a la his toria c om o d iscip lina. E n es tas p ágin as
recoge mo s tres. El prim er reto m ues tra al c ine co mo configurador de identi dad y
memor ia cole cti va s; el segund o ret o sur ge de la def ini ci ón de Ferr o del cine como
agente de la historia y el tercero y últ imo es consecuencia del poder histori ador del
cine.
Todos ellos basan su potencia l en la m ayor difusi ó n alcanzada por un film históri co
medi o fre nt e a una obr a his tór i ca acad émic a en su tra dic io nal forma to papel . “La s
103 Y que se basan en el paso de la infancia/ado lescencia a la madurez, es decir, que están
protagonizadas por niños que vi virán experienci as durante la película que les harán madurar.
104 Pierre Sorlin, Sociologí a del cine. La apertur a para la histori a del m añana, Fondo de Cultura
Económica, México, 1985 (1977), pp. 195 - 200.
51
versiones cinematográficas de la histori a tienden, de m anera cad a vez más efectiva, a
sustitui r las que ofrecen los libros de historia” 105 , af irm ab an los profe sor es Ju lio
Mont er o y Arac eli Rodr íg uez en su li br o El cine cambia la histo ria . Las cifras del
Min is ter io de Cult ur a sobr e hábi to s de le ctu ra, asi st enc ia al ci ne, vis ion ado de
películ as de vídeo en el hogar, consumo televi sivo o acceso a Internet nos ayudan a
apuntar que el volumen de infor mación recibido a través de la pantall a, ya sea ésta de
cine, de televisi ón o de ordenador, es mucho mayor que el obtenido a través de
medi os es cri t os, o de otros disposit ivos 106 .
Resul ta imposi ble saber c on exactitud de dónde procede el conocimiento hist órico
adquiri do por cada persona, pero sí podríamos aventurar que a pesar de que la
histor ia sea m ateria obligator ia en las enseñanzas no universit arias no suele ser éste
el medio más ex it oso en la t ran smis ión del con ocim ie nto histó rico . C reem os qu e, c om o
ya indi caba Robert A. Rosenstone en 1995,
“vivimos e n un mu ndo dom inado por las imág enes en e l q ue cada v ez más la
gente forma su idea del pasado a través del cine y la televisión, ya sea mediante
películas de ficción, docudramas, series o documentales. Hoy en día la principal
fuente de conocim iento histó rico p ara la ma yoría de la pobla ción e s el medio
audiovisual , un mundo casi libre por completo del control de quienes hemos dedi cado
nuestra vi da a la historia ” 107 .
Seri es tel evis ivas como Isabe l, La se ñora , A ma r en tiem po s revu eltos o Cuéntame
cómo pasó , to da s ellas am bie ntad as e n mo me nto s p asa do s de la histo ria de Es pañ a
alcanzan de media el 20% - 30% de audiencia. Cuéntame ha llegado incluso a superar
e l 50 % del share , m ante nien do au dien cias del 40 % d ura nte varias te mp ora das 108 . Al
mis mo tie mpo, pel íc ula s hist ór ic as, españo las o extr anj er as, como Ágora (Alejand ro
Amenábar, 2009), Troya ( W olfgang Petersen, 2004 ), Juan a la Loca ( Vicen te Aranda,
2001) o Titan ic (Jam es C am eron, 1997 ) cons iguieron llevar a m illones de
espectadores a las salas 109 . Estas cifra s están d em ostra nd o un alto interés p or parte
105 Julio Montero y Aracel i Rodríguez, “Introducción” en Julio Montero y Araceli Rodríguez (eds.), El cine
cambia la historia , Rialp, Madrid , 2005, p. 11.
106 http: //www.mcu.es/estadist icas/index.ht ml Co nsultado por última vez el 20 de febrero de 2014.
107 Rober t A. Rosenstone, El pasado en imágenes, p. 29. Hoy habría que añadir Internet a la lista de
medio s que conf igur an n uestr o co nocimi ento his tóri co
108 Máxi mos d e aud ienci a de cad a una de e sas s eri es: Cué ntame cómo pasó , 51% share 3/07/2003
7.253.000 espectador es, http:/ /www.formulatv.com/ser ies/cuentame - como - paso/audiencias/ ; Isabel,
22’6% 3/12/2012 ( último capítul o hasta ahora) 4.651.000 espectadores;
http:// www.formulatv.com/seri es/isabel/audi encias/ ; La señora 25’3% 18/ 01/2010 - 5.207.000
espectadores; ht tp://www. formulatv.co m/serie s/la - senora/audiencias/ ; Amar en tiempos r evueltos
28/07/2011 - 5.620.000 21, 3% http:// www.formulatv.com/seri es/amar - en - tiempo s - revueltos/audienci as/
Web consultada por última vez el 20 de febrero de 2014.
109 Ágora (Alejandro Am enába r, 200 9) o btuvo sólo en Españ a ca si tres m illones y m edio de espectad ores,
Troya (Wolfgang Petersen, 2004 ) más de cuat ro mil lone s , Jua na la L oca (Vice nte Arand a, 2001) algo más
52
de la población, pero también demuestran la enorme presencia del cine, su am plio
alcance, su potencial , ele me nto s tod os e llos altam ente re lacion ad os con e l pr ime ro d e
los re tos a an aliz ar.
4.1. CINE COMO CON FIGURADO R DE IDENTIDAD Y MEMORIA COLECTIVA
El cine es un medio de comunic ación de masas y , como tal , incide en la
“tema tización” de l espac io público. P or tema tización , y siguiend o la definición d el
profesor Manuel T renzado, entendemos el proceso por el que ciertos temas se hacen
visibl es en el espacio público 110 . E ste p roce so se pro duc e cu an do u n te ma cu al quier a,
como objeto de referenci a, reci be una atenci ón conti nuada por parte de los medios.
Pero los medios no actúan como m eros altavoc es asépti cos e imparci ales . Al uti liza r
unas determinadas estr ategias narrativas , seleccionando ciertos datos de referenc ia y
no ot ros, los medios de comunic ación ponen en juego juicios de valor. El tema,
visibi lizado y visibl e pe ro tamizado por esos instrumentos med iáti cos, contribuye a
largo pla zo a la “c ons truc ción de la rea lida d so cial”, ente nd ida é sta c om o e l m und o
coti diano del sentido común, lo que nos rodea y va construyendo nuestra m emoria e
iden tidad es colec tivas ” 111 . El cine, com o m edio de com un icació n, con tribuy e a pon er
ciertos tem as de actualidad (o, mejor dicho, ciertos aspectos y enfoques d e algún
tem a). C uan do la pre se ncia de eso s te ma s s e m an tien e du ran te u n tie mp o e n e l
espacio público, éstos contri buyen a la formación de los imaginari os colect ivos de la
sociedad a la que se adscribe ese espa cio p úblico. Así se exp licarí a, por ejemplo, la
generali zada concepción de la posguerra española en tonos grises y ocres, com o un
periodo frío, marcado por el mied o, en el que ni pers onaj es n i situ ac ione s n arra tivas
conllevan gran carga política. Tam bién este fenómeno ayudaría a explicar por qué
desde finales de los 80 se consideraba excesivo en ciertos círculos el núm ero de
películ as que retrat aban la Guerra Civi l cuando en realidad no eran tantos los films
que se habí an ambientado en ese peri odo 112 .
Pero el desafío del cine a la historia no queda aquí. “Se ha pasado de hablar de la
influe ncia d e lo s medios a habla r de lo s m ed ios com o c ons truc tores d e re alid ad”
de 2 millones de espectadores ) y Titanic (Jame s Came ron, 1997) sob repasó los onc e millones.
http:// www.mcu.es/bbddpeliculas/ cargarFiltr o.do?layout=bbddpelicul as&cache=init&language=es Ci fras
consultadas por última vez el 20 de febrero de 2014.
110 Concep to de tematiza ción y su desarr ollo en Manuel Trenzado, Cultura de masas y cambio políti co: El
cine español de la Transici ón, Centro de Inv estigac iones Socio lógica s, Siglo XXI, M adrid , 1999 , p. 3.
111 Manu el T renza do, í bide m, p. 3.
112 Este aspecto ser á desarro llado más adelante, especialment e en los capítul os 7 y 8.
53
apunta en este sentido el profesor José Luis Sánchez Noriega 113 . Y es esta afirm ació n
la que nos conduce a un segundo reto: el que lleva de la vi sibil ización a la ac ci ón.
4.2 EL CINE COMO AGENTE DE LA HISTORIA
Marc Fer ro defi ni ó el cin e como “agen te de la his tor ia a part ir de la capa ci dad de
éste de sacar a la palestra acontecimient os silenci ados u olvidados, provocando
nuevos debates 114 . A pa rtir del c ine, n o sólo se configura el difuso imaginario colectivo
de un grupo, sino que pueden desencadenarse polémicas que llevan de las ideas a la
acción. La serie Holocau sto y la revolución que conllevó para la historiografí a en torno
a la S egunda G uerra Mundial son un ejemplo paradi gmático de ell o 115 . Para Ferro, “el
film c rea el a co ntec imien to”. A sí, Mein Kamp f , de Leiser (1962) habría supuesto que
los ado lesc ent es alem an es c ues tion aran las actua cion es de s us pad res a nte s y
durante la Segunda Guerra Mundial y Le chagrin et la p itié , d e Oph üls (19 73 ) p uso
sobre la m esa el colaboracionismo francés, tema prácticamente tabú hasta
entonces 116 .
Para Fr ançois Alb era , lo revolucionari o del cine radica en su capacidad para
estimular el imaginari o colectiv o de un grupo incluso hasta el punto de hacerlo
movi li za rse , si endo a su vez medi o mater ial para l a movil i zac ión , en lo que él
denomina “cine - puño” 117 . En esta líne a, P ierre So rlin h a in sistid o e n cóm o el cine
plantea modelos de com portamient o. Poniendo como ejemplo el contexto de la G uerra
Fría, Sorli n expli ca cóm o el confli cto también se libró en las pantallas . La progresiva
llega da de película s amer ican as a pa íse s d el Este, con su a trac tiva imag en de v ida ,
habría ayudado a forjar el deseo de cam bio, contribuyendo a la caída del Bloque
sovi éti co 118 . Y e s que en la pa ntalla d el c ine se pu ede n perd er guer ras gan ada s en los
campos de batalla, dirán Montero y R odríguez, poniendo como ejemplos la
113 José Luis Sánchez Noriega, Críti ca a la seducci ón mediáti ca. Comunicación y sociedad de masas en
la opu lencia inform ativa , Te cnos, M adrid, 2 002 (1 997), p. 1 9.
114 Mar c Fer ro, Cinéma e t Hist oire , Gallimard, Pa rís, 1993 (1977 ).
115 Sylvi a Paletschek , “Introducti on: Why Analyse Popular Histori ographies? ” en Sylvi a Pal etschek (ed.)
Popular Histor iograph ies in the 19th and 2 0th Ce nturie s: Cultu ral M eanin gs, So cial Pr actices , Berga hn
Books, Oxf ord, 2011, p. 2.
Sobre el tema del holocausto judío en el cine, resulta interes ante también, en contraposición, la
reflexión sobre Soah de Vicente S ánchez -B ios ca en “ Funcionarios de la violencia. La violencia y su
imag en en los cam pos d e exterm inio na zis” en Vice nte Sán chez - Biosca, Cine de histo ria, cine de
memori a. La repr esent aci ón y sus l ímit es , Cátedra, 2 006, M adrid, p. 1 22 - 125.
116 Mar c Fer ro, Cinéma e t Hist oire , op. cit., p. 14.
117 François Albéra, ‘’Chan ger le mo nde’’ en Cahiers du ciné ma , h ors - série, Le siécle du cinéma , nov.
2000, pp. 44 - 50.
118 Pier re Sorlin, “Películ as que orientan la histori a”, en Julio Montero y Araceli Rodríguez (dirs .), El cine
ca mbia la his tor ia , Ria lp, Madr id, 2 005, p. 43.
54
represe ntación de la G uerra Civ il y la dictadura franquista en la democracia o de la
guerra de Vietnam en el cine es tadounidense 119 .
Será esta última posibi li dad, la del cine como exponent e de una ciert a “cont ra -
histor ia” 120 , la q ue n os c ond uzc a a l terce r y últim o re to.
4.3 EL PODER HISTORIADOR DEL CINE
Y si el primer ret o del cine a la histori a nos llevab a de la visibi lización de un tema a
la acció n, este te rce ro nos c ond uce de la a cció n a la r eflex ión , a l d iscu rso p rop io.
Cuando habl amos del poder histor iad or del cine no nos reduci mos a su part ici paci ón
de l as “ popular historiogr aphies ” 121 , s ino que recon oce mos el aport e de est as
representaci ones del pasado destinadas al am plio público, llevando su potencial m ás
allá. No se trata sólo de la facu ltad d el cin e com o d ocu m ento para prod uc ir d iscu rso s
histór icos 122 sino también, y en especial, del h echo de que las i mágen es per mit e n
imaginar el pasado de un m odo más vivo 123 . Nos e nco ntra mo s, de nu evo , ante e sa
“impre sión de realidad ” qu e aporta el cine y q ue ya fuera des tacad a p or C hristian
Met z 124 .
Son numerosos los inve stig adores que han vist o en el cine la concrec ión del
traba jo h istór ico idea l. Pe ter Bu rke, en el ma rco de su s re flexio nes so bre el pod er de la
ima gen , d esta cab a c óm o logró co m pren de r m uc ho me jor la fig ura de Da nto n y su
valor p ara la histori a de Francia al ver a G erard Dépardieu encarnar ese personaje en
la pe lícula de l mis m o no m bre d irigid a p or A ndrz ej W ajd a (1 982 ) 125 . Sim ilar e xpe rien cia
vivió Natalie Z emon Davies al trabajar como asesora de El regreso de M arti n Guerre ,
de Daniel Vigne (1982), una películ a ambientada en la Francia del sigl o XVI. Davies
af irmó hab er enten dido m uc ho m ejor a l pe rso naje , a sí como lo s motiv os de su
119 Julio M ontero y Araceli Ro dríguez, “Introducción” en Julio Montero y Araceli Rodríguez (eds.), El cine
cambia la historia , Rialp, Madrid , 2005, p . 15.
120 Mar c Ferro, Cinéma et Hist oire , Gal limar d, Par ís, 1993 (1977), p. 13.
121 Defi nidas éstas como “represen tacione s de la histori a en forma escrita, visual, material o personal que
se dirigen a una am plia audiencia, no versada como experta en esos temas” (traducción personal) . Sylv ia
Paletsche k, “Introduc tion: Why Analyse Popul ar Historio graphies?” en Popular Histori ographies in the 19th
and 20th Centuries: Cultural Meanings, Social Practices , Sylv ia Palets chek (ed .) Bergah n Book s, Oxford ,
p. 5.
122 Véase análisis al respecto en Pilar Amador Carretero, “El cine como d ocumento social: una propuesta
de análisi s”, en Ayer , nº 24, 1996.
123 Como inte nta demostrar Peter Burke en Visto y no visto. El uso de la imagen como documento
históric o, Crít ica, B arcelona , 2001, pág. 17.
124 Christ ian Metz, Ensayos sobre la significación en el cine (1964 - 1968) , Volumen 1, Paidó s
Comunicac ión, Ba rcelona, 2002 (1963), pp. 31 - 42.
125 Peter Burke, Vi sto y no visto , op. cit., p . 208.
61
PELÍCULA
ESTRENO
ESPECTADORES
1. ¡Jo, papá!, Jaime de Armiñán, 1975
18 - 12 - 1975
428.190
2. Arrib a España, José María Berzosa, 1975
2- 03 - 1979
9.502
3. Canciones para después de una guerra, Basilio Martín Pat ino, 197 1
26 - 01 - 1976
830.864
4. Cría cuervos , Carlos Saura , 1976
26 - 01 - 1976
1.292.417
5. La nova cançó , Françesc Be llmunt, 1 976
- 06 - 1976
101.896
6. Emilia, parada y fonda , Angelino F ons, 19 76
16 - 08 - 1976
793.734
7. Mori r... dor mir.. . t al vez s oñar , Manue l Mur O ti, 1976
24 - 08 - 1976
101.358
8. El desencant o, Jaime Chávarri, 1976
17 - 09 - 1976
220.032
9. Informe gene ral sob re algu nas c uestio nes d e interé s para una
proyección públi ca, Pere Portabell a, 1976
1980
10. España debe saber , Eduardo Manzanos, 1977
24 - 02 - 1977
37.307
11. A signatura pendiente , José Luis Garci, 1 977
18 - 04 - 1977
2.306.007
12. ¡Bruja, más que bruja !, Ferna ndo Fe rnán - Gómez, 1977
02 - 05 - 1977
364.761
13. Queri dísimos verdugo s, Basil io Mart ín Patino , 1973
09 - 06 - 1977
1.292.417
14. Tengamos la guerr a en paz , Eugenio M artín, 1 977
01 - 08 - 1977
556.874
15. In mem oriam , Enriqu e Brasó , 1977
05 - 09 - 1977
41.397
16. La guerra de papá , Antonio Merce ro, 197 7
19 - 09 - 1977
3.524.450
17. Caudil lo, Ba silio Martín Pat ino, 1974
14 - 10 - 1977
1.292.417
18. El l adrido , Pedro Lazaga, 1977
30 - 10 - 1977
317.191
19. Raza, el espí ritu de Franc o , Gonza lo Herra lde, 197 7
02 - 11 - 1977
17.349
20. El per ro, Anton io Isasi Isasmendi , 1977
2- 12 - 1977
2.507.074
21. Niñas … ¡a l salón !, Vicente Escrivá , 1977
12 - 12 - 1977
829.019
22. El f rancotirado r , Carlos Puerto, 1 977
18 - 01 - 1978
181.216
23. Carne apaleada , Javier Aguirre , 1978
27 - 01 - 1978
739.965
24. Los días del pasado , Mario Ca mus, 1 977
01 - 03 - 1978
359.888
25. Las truchas , José Luis Ga rcía Sán chez, 1 977
01 - 04 - 1978
263.430
26. Comando Txikia. Muert e de un presidente , José L uis Ma drid, 19 76
03 - 04 - 1978
416.485
27. De fr esa, l imón y men ta, Mi guel Ánge l Dí ez, 1978
21 - 04 - 1978
37.692
28. El úl timo guatequ e , Juan J osé Po rto, 197 8
29 - 04 - 1978
600.419
29. El sacer dote , Eloy de la Ig lesia, 19 78
01 - 05 - 1978
439.861
30. Los ojos vendados , Carlo s Saura 1978
18 - 05 - 1978
104.249
31. ¡ Arriba Haz aña!, José María Gutiér rez, 1978
24 - 05 - 1978
1.236.071
32. Ocaña, retr ato i ntermi tente , Ventura Po ns 197 8
01 - 06 - 1978
97.453
33. Solos en l a madrugada José Luis Garci, 1978
01 - 06 - 1978
777.830
34. Noche de curas , Carlos Mora les, 197 8
22 - 06 - 1978
24.028
35. La escopeta naci onal , Luis Garcí a Berlanga, 1977
14 - 09 - 1978
2.061.027
36. Sonámbulos , Manue l Gutiérre z Arag ón, 197 7
18 - 09 - 1978
172.520
37. Las rutas del Sur , Joseph Losay, 1978
21 - 10 - 1978
138.779
38. Toque de queda , Iñaki Núñez, 1 978
14 - 11 - 1978
46.814
39. Catalanes univer sales , Antoni R ibas, 19 78
¿? ND
4.174
40. La rabia , Eugeni Angla da, 1978
¿? ND
43.659
41. La torna , Francesc Be llmunt, 1 978
¿? ND
ND
42. Guerr iller os , B artolomé Vila, Mercedes Cone sa, 1978 -
¿? ND
ND
43. Alici a en l a España de las maravil las , Jorge Fel iu, 1978
18 - 01 - 1979
32.249
44. 40 años sin sexo, Juan Bosch, 1979
12 - 02 - 1979
386.232
Barce lona, 20 03; José María Ca parrós de finirá 1 976 - 78 como Transición y 1979 - 82 como Periodo
Consti tuciona l. Casimiro Torreiro analizará en conjunt o el período 1969 - 1982 como “Del Tardofranquismo
a la Democracia”, en Gubern, R. y otros, Historia del cine españo l , Cáted ra, Madrid, 2005 (1995 ); por
último, M anuel Trenzado llevará el tardofranquismo hasta 1976, dividiendo a su vez la Transición en
1977 - 1980 “Transición strictu sensu” y 1980 - 1982, “desencanto”, en Cultura de masas y cambio políti co.
El ci ne español en la Transi ción , Centro de Inve stigacio nes So ciológica s, Siglo XXI, M adrid, 19 99.
62
45. Con mucho cariño , Gerardo G arcía, 19 77
03 - 04 - 1979
14.090
46. El asesino de Pedralbes, Gonzalo Herralde,1978
06 - 04 - 1979
89.761
47. Companys, proceso a Catal uña, José María Forn, 1978
17 - 09 - 1979
361.807
48. Mamá cumple cien años , Carlos Sau ra 1979
17 - 09 - 1979
1.120.199
49. El proceso de Burgos , Imano l Uribe, 1 979
10 - 11 - 1979
203.548
50. El corazón del bosque Manuel Gut iérr ez A ragón, 197 8
28 - 11 - 1979
268.270
51. F.E.N ., Antonio He rnánde z, 1979
01 - 12 - 1979
136.788
52. La boda del señor cura , Rafael Gil, 19 79
20 - 12 - 1979
397.859
53. Silvi a ama a Raque l, Dieg o Sa ntillán, 1 979
ND
235.965
54. El cur so que amamos a Kim Novak , Juan José Porto, 1 979
18 - 01 - 1980
87.863
55. De la Repúbli ca al trono , Fernando G onzále z Doria , 1980
15 - 02 - 1980
13.221
56. Viva l a clase medi a , José M ª Gonz ález Sinde, 1980
01 - 03 - 1980
163.509
57. La muchacha de l as bragas de oro , Vicente Arand a, 1980
28 - 03 - 1980
795.848
58. Operac ión Ogr o , Gillo P onteco rvo, 197 9
05 - 04 - 1980
547.500
59. Los fiel es sirvient es , Franc esc Be triù
05 - 05 - 1980
68.969
60. Crónic as del bromuro, Juan José Porto, 1980
16 - 05 - 1980
82.340
61. Hijos de papá , Rafa el Gil, 19 80
18 - 12 - 1980
582.773
62. Rocío , Fernando R uiz Verg ara, 19 80
18 - 07 - 1980*
ND
63. Tú estás l oco, Briones, Javier Maqua, 1980
30 - 12 - 1987
120.229
64. Dolore s , José L uis Gar cía Sán chez y Andrés Linare s, 1981
27 - 03 - 1981
21.784
65. Kargus , Juan Miñón, M igue l Ángel T rujillo, 19 80
19 - 06 - 1981
46.051
66. El cr imen de Cuenca, Pilar Miró, 1979
17 - 08 - 1981
2.621.569
67. Función de noche, Josefina Molina, 1981
26 - 10 - 81
584.400
68. Vida/Per ra , Javier Ag uirre, 19 81
ND
21.425
69. Franco, un proceso históri co , Eduardo Manzanos, 1980.
28 - 01 - 82
12.507
70. Volver a empezar , José Luis G arci, 198 2
01 - 03 - 1982
862.264
71. La plaza del diamante , Francesc B etriù, 19 81
25 - 03 - 1982
503.822
72. La colmena , Mario Cam us, 19 82
11 - 10 - 1982
1.493.139
73. Demonios en el jardín , Manu el Gutié rrez Ara gón, 19 82
18 - 10 - 1982
983.381
74. Mien tras el c uerpo aguant e, Fer nando Trueba, 1982
26 - 10 - 1982
19.080
75. De camisa vieja a chaqueta nueva , Rafael Gil, 1982
12 - 11 - 1982
218.813
T abla I. Listado de pel ículas correspondi entes al per íodo 1975 - 1982 .
1. BREVES APUNTES SOBRE UN PAÍS EN TRANSICIÓN
Entre 1975 y 1982 se produjo el desm antelamiento de gran parte del aparato
de la dictadura: l as Cortes franqui stas vot aron su disoluci ón (Ley de la Reforma
Polí tica , avalad a por refer éndum en dicie mbre de 1976), se legali zan los partido s
polít icos (inclui do el P CE, en abri l de 1977), se convocan elecciones generales (en las
que obtendrá la victor ia la recientemente creada UCD de Adolfo Suárez) , se fir man los
Pactos de la Moncloa 141 y, entre otros hitos, se decreta la esperada amn istí a
141 Para más informaci ón sobre este document o puede leer se la reflexi ón al r especto del por ent onces
mini stro de Economí a, Enriq ue Fu entes Qui ntana, “ De los Pactos de la Moncl oa a l a entrada en l a
Comunidad Económica Europea (1977 - 1986)”, ICE, 75 años de polí tica económica español a, Noviembre
2005, nº 826, pp. 39 - 71. Para una visión más cr ítica de su significac ión, Ferrán Gal lego, El mi to de l a
transició n: La crisis del franquism o y los orígene s de la d emo cracia 1 973 - 1977 , M adrid, C rítica, 200 8.
63
polít ica 142 . Todo ello ocurre en un contexto de profunda crisis económica
(conse cue ncia de la crisi s del petróleo de 1973) y de aceleración de la histori a a
escala internacional 143 . Se trata tam bié n de un m om en to m arc ado po r un a d esta cab le
efervescenci a social a escala nacional con m iles de m anifest aciones, huelgas y
violenci a de diversa índole y procedencia. A pesar de la visión generalizada de la
Transi ción como proceso pacífico, el número de asesinados por grupos armados o por
las Fuerzas de Seguridad del Estado entre 1975 y 1982 se sitúa en tre lo s 50 0 y los
700 144 .
Es ésta una época de cambios vertigi nosos y espectac ular es que conduj eron
del Spai n is di ff erent a la “España de las di ferencias” 145 ; u n viaje a la modernidad y a la
postmodernidad de forma casi simultánea 146 ; a ños de puntos y aparte pero también de
much os punto s y segui do. Y en ellos siempre encontramos el pasado (un pasado
recient e y polémico) como constant e que sobrevuela el proceso, aunque su presencia
y valoraci ón adoptara, c omo veremos, muy distint as manifestaci ones.
142 El proceso, que se consider aba clave para la consolidación de la incipi ente democracia, se produjo de
forma muy escalonada, comenzando por el indulto del 25 de noviembre de 1975 otorgado con motivo de
la proclamación de Juan C arlos de España como rey de España (que recordaba a los promulgados por
Franco durante la dictadura) y excarcelaba pero no despenalizaba delit os políticos; en segundo lugar se
produjo la a mnis tía regu lada po r De creto - Ley de 30 de julio de 1976, si bien ésta todavía no era total; las
medid as de grac ia establ ecid as por Real Decr eto 19/197 7 y el indult o del Real Decreto 388/1 977, ambos
de 14 de marzo, no hicieron más que avivar las reivindicaciones de una amnist ía gen eral. É sta s erá p or
fin promu lgada el 15 d e octubre d e 1977 (le y 46/197 7) alcanz ando inc luso los “de litos” de cará cter político
realizados h asta el 6 de octu bre de ese m ismo a ño. La amn istía abarcab a, por lo tanto, no s ólo los delitos
polític os contra el franquismo, sino también los del itos cometidos por las propi as fuerzas del orden.
143 Para ampliar el concepto de “aceleraci ón de la historia” véase Eric Hobsbawm, Historia del sigl o XX
(1914 - 1991 ), Crítica, Barce lona, 2000; Entrevist a sobre el siglo XXI , Crítica, Bar celona , 20 00 o Guerra y
paz en el s iglo XXI , Crítica, Barce lona, 2 007.
144 Ignacio Sánchez - Cuesta, “A vuelt as con la T ransici ón”, El fin d e l a Es paña d e l a T ransición , El
Diari o.es , nº 1, prim avera 2013 , pp. 3 0 - 33. Otras fuentes reducen los fallecimient os a 591, de los cuales
188 serían consecuencia directa de “violenta políti ca de origen institucional” . A lejandro Torrús, “La
Transición, un cuento de hadas con 591 muertos”, Público, 27 de enero de 2013.
http:// www.publico.es/449628/l a - transicio n - un - cuento - de - hadas - con - 591 - muerto s Consult ado por últi ma
vez el 21 de febrero de 2013. También p uede profundizarse en el tema en la obra del periodista Mariano
Sánchez Soler, La Transición sangrienta. Una historia violenta del proceso democrático en España (1975 -
1983), Penínsul a, Barcelona, 2010.
145 “España de las diferencias” será o tra form a de den ominar a la incipiente “España de las auton omías”.
Muchas son las obras que han tratado este tema. Para una profundización en la velocidad extrema de los
cambios com o característica principal de esos años, véase Rosa Monter o, “Cop ing with the S peed o f
Change”, e n Helen Graham and Jo Labanyi, Spanish Cultural Studies , O xford Univers ity Pre ss, O xford,
1995; o Mario P. Díaz Barrado, “Un cam bio vertig inoso y espectac ular” en s u obra La España democrática
(1975 - 2000). Cultura y vida cotidiana , Sínte sis, M adrid, 2 006. Sobre la Esp aña d e las diferencia s com o
característica cult ural de este nuevo periodo, Cristina More iras , Cultur a herida. Lite ratura y cine en la
España democrát ica , Edicione s Libertarias, Madrid, 2002, p . 63
146 Cri stina Moreiras hablar á de có mo “la abrupta y súbi ta moder nizaci ón español a” y su convi vencia con
la pos mod ernida d prov ocará la coe xisten cia “de tende ncias dispa rejas y esqu izofrén icas, C ristina
Morei ras, Cult ura her ida , íbidem, p. 65.
64
2. BREVES APUNTES SOBRE UN CINE EN TRANSICIÓN
Duran te la Transi ció n el cine como fenómeno social, cultur al e industrial
experimenta importantes transfor maciones no sólo dentro de las fronteras españolas,
sino también a escala internacional. A pesar de la tan espera da desaparición de la
censura cinem atográfica en España , e l fin de la dicta du ra no trajo la solu ción a tod os
los pro blem as d el sec tor 147 . Para dójic am ente , e l c onte xto de pr ogre siva libe raliza ción
conllevó nuevos problemas 148 . La s sa las de cin e fue ron inva did as p or la s pe lícula s de l
“destap e” (m ás físico que político) a sí com o p or títulos hasta enton ces p rohibido s
(com o La nar anja mecánic a , Stanle y Ku brick, 19 71 ), El último tango en París
(Berna rdo Bertolu cci, 1 972 ) o Cancione s para después de una guerra, Basili o Martí n
Pati no, 1971). Persist ían además otras formas de censura (económi ca, administr ati va)
que produjer on important es incident es como en el caso de El crimen de Cuenca (Pilar
Mir ó, 1979 ), Después de … (Cec ilia y José B artolomé, 1978) o El proceso de Burgos
(Iman ol Uribe, 1 979) 149 .
El M inis teri o de Informac ión y Turi smo se convirt ió en el Minister io de C ult ura y
Bienes tar (pronto sólo de Cultur a) y tanto los tit ular es de éste como los Director es
Generales de Cinematograf ía tuvie ron d ura nte es tos añ os un a inusita da m o vilidad : un
147 La censura fue suprimida por el Decr eto - Ley del 11 de noviembre de 1977, casi dos años después de
la mu erte de Franc o .
148 José Enri que Monterde lo expone magistralmente en su obra Veint e años de cine español : un cine
bajo la par adoja (1973 - 1992), Paidós Ibér ica, Bar celon a, 1993. El autor explica, ent re otros f enómenos,
cómo cuando en Europa se caminaba hacia una pr ogresiva protecci ón de la indus tria cinematogr áfica
como bien cultural, en España se optaba por abrir el mercado en contraposición a l os años de
restricciones fra nquistas. La in dustria espa ñola, acostum brada a l proteccionism o, se enco ntró por lo tanto
con un contexto doblemente hostil .
149 Estas películ as sirven de ejemplo de cómo el cambio o el apertu rismo no se produjo de repente, sino
que fue un proceso gradual que hubo de pelearse. En el caso de El crimen de Cuenca , Pila r Miró llegó a
los tribuna les acus ada de ofe nsas a la Gua rdia Civil . E ste cuerpo veía en la representación de las tort uras
acontecidas en los años 20 una velada acusación a la violencia de las fuerzas del orden en el franquismo
e incluso en la Transic ión . Después de … t uvo que enf rent ars e a pr oble mas de d ist ri buci ón, que re tra sar on
su llegada a las pantallas durante años a pe sar (o tal vez p or ello) del acertado y pertinente análisis de la
socieda d española de la Transición. Imanol Uribe, director de El proceso de Burgos , s ufrió presion es por
parte de autoridades políticas (UCD) para que retirara su película del Festival de San Sebastián. Tam bién
experimentó cierto boicot en relación con la promoción en ciertos medios y la exhibición en algunas salas,
sobre todo fuera del País Vasco. Tanto Después de … como El proceso de Burgos se vieron también
afectadas por otro tipo de filtro, el económico. La utilización de materiales de archivo era en algunos
casos óbice para denegar las esenciales subvenciones estatales. N o deja de resultar llamativo que fueran
aquellas películas que podían resultar políticamente incómodas las que se vieron más perjudicadas por
medid as como ésta s. Para más inf ormaci ón, Casimi ro Torreiro , “De l Tard ofranq uismo a la De mocra cia”,
en Gubern y otros, Histori a del cine español , pp. 368 - 370; Eduardo Rodríguez y Concha Gómez, “El cine
de la democraci a (1978 - 1999)”, Cua dernos d e la Ac ademia , nº 1 (1997) 2000, pp. 185 - 224 .
65
baile de cargos que no favoreció la estabili dad de este sector 150 . L as p olíticas
cinematográficas (o la falta de ellas) no hicieron si no acentuar una crisis ya endémica
en el cine español, favoreci endo la invasión de las pantallas españolas por productos
norteameric anos de muy variada calidad 151 . La eliminaci ón de la obligator iedad de
distr ibuir cine español para obtener licencias de doblaje, el aumento artif icial de los
costes de producción, la pérdid a acelerada de espect adores debido a la invasión de
las ca rtele ras de, e ntre otro s, pro du ctos ante s pr ohib idos , o la im p osib ilidad de
penetrar en los mercados int ernacionales componían “un panorama desolador” 152 .
Para intent ar pali ar algunos de estos males endémicos se llevó a cabo el I
Congr eso Democrát ico del Cine españo l (dici embre de 1978). Las conclu sion es de
este encuentro fueron, sin embargo, obviadas por el gobierno de UC D y sólo el PSO E
recoge ría en su programa político algunas de las aspiraciones del sector. Se esperaba
una Ley de Cine que no llegó y se reprodujeron sin demasiadas m ejoras las tensas
relacione s en tre los d iferentes sec tores d e la ind ustria (p roduc ción, d istribución y
exhibici ón). Tan sólo la aprobación en agosto de 1979 de un conven io de colaboración
de 1300 millones con TVE para la producción de películas y series para televisi ón
conseguiría aportar algo de optimismo al sector .
Todo ell o se producía, además, en un cli ma internac ional de cambi os en el cine
como fenómeno social. E l cierr e de cines de barrio, la progresiva apertura de multi -
salas, la irrupción del vídeo, la ascen sión indiscutible del público joven como
mayo ri tar io , l a apar ic ió n de las cade nas de tel evi si ón pr iv adas o la di ver si fi ca ció n de l a
ofert a audiovisual fueron algunos de esos cambios trascendental es en el ámbito
150 Entr e 1975 y 1982 hubo en España cinco Directores Generales de Cinematografía y siete Ministros de
Cultur a (antes de Informació n y Turismo): Rogelio Díaz (Enero 1974 - Abril 1977 (Dimisi ón), Félix Benítez
de Lugo Mayo ( 1977 - Mayo 1979 ), Luis Escobar de la Serna ( Mayo 1979 - Enero 1980), Carlos Gortari
(enero 1980 - octubre 1980 ) , Matía s V allés (Octubre 1980 - diciembre 1982 ) . Minis tros d e C ultura (a ntes d e
Informa ción y T urismo ): Le ón Herrera Es teban - ( octubre 1974 - diciembre 1975), Adolfo Martín - Ga mero y
Gonzál ez - Posada ( diciembre 1975 - julio 197 6 ), Andrés Re guera Gua jardo (julio de 1976 - julio 1977 ), Pío
Cabanil las, Mi n istro de C ultura y Bien esta r (julio 1977 - ju nio 1979 ) , C lavero A révalo , Minist ro de Cultura ,
( Junio 1979 - Enero 1980 ) , Ric ardo d e la C ierva , Mini stro Cultura (enero 1980 - octubre 1980 ) , Íñig o Cav ero,
Mini stro Cul tura (oct ubre 1980 - diciembre 1982 ).
151 Como resume Esteve Riambau para el peri odo 1973 - 1978, “durante esos cinco años, el nº de
espectadores que frecuentaron las salas de cine en España disminuyó desde 86 millones en 1973 hasta
51.5 en 1978, que ya sólo serían 35.6 en 1979. La producción española se mantuvo en torno a los 100
largometraj es anuales pero la cuota de pantalla descendió hasta un 20% en 1978 – siempre en beneficio
del cine norteamericano - , y a pesar de que en 1973 se había restablecido la subvención automática del
15% sobre la recaudación en taquilla, el Estado no había conseguido zanjar una deuda contraída con los
productores desde 1970, que en 1978 se evaluó en 2000 millones de pesetas” en Esteve Riambau, “Vivir
el presente, recuperar el pasado: El cine documental durante la transición (197 3- 1978)” en Josep María
Catalá , Josetxo Cerdán , Casimiro Torr eiro , Im agen, m em oria y fas cinació n. Nota s sobre e l docum enta l en
España, Ed. Och o y medio, Libros de cine, 2001, Madri d.
152 Eduardo Rodríguez y Concha Gómez, “El cine de la democracia” , (1978 - 1999)”, Cuadernos de la
Academia , nº 1 (1997) 2000, pp. 185 - 224, p. 195.
66
cinematográfico 153 . El cine p erd ía la prim ac ía oste ntad a du rante el franq uism o en e l
ima gina rio cole ctiv o bien co m o obje to de entre ten imie nto e in clus o eva sión , bien co mo
fenómeno con intencional idad polít ica. L a as isten cia a a lgu nos t ítulos c ine ma tog ráfico s
durante el franquismo se había convertido en una “tímida pero innegable resist encia a
un régimen que multipl icaba los consejos de guerra” 154 . Du rante la Tra nsic ión y la
democracia, sin embargo, el cine fue perdiendo ese valor añadido, esa natural eza
extra - ci nematográfica, convirti éndose en un producto más de consumo 155 .
Los cam bios en la industria cinematográf ica y en la sociedad nos permiten
hablar de un cine “ en tránsit o” que se va ajustando poco a poco a las nuevas regl as de
juego (intentando no ceder su preeminenci a como medio de comunicación de masas)
pero que ter minará perdi endo la batal la del público fr ente a una televisión en
expansión y frent e a nuevas formas de ocio. Es un cine lastrado por dinámicas y
problemáti cas heredadas de la dictadura, problemáti cas que llevaría n a Miguel Marías
a afir mar en 1977 que “el cine español sigue sin exist ir”. Para Marías, toda la
producción al margen de unos pocos cineastas de reconocida profesi onalidad era
“puro s ilencio y vac ío, cuando no simple hor ror y desver güenza” 156 .
Sin embargo , e l panoram a no fue t an des olador en l o que a variedad de
proposici ones temáticas se refiere. Tras años de represión y censura se advierte una
“cierta inquietud creativa” y un a “preocu pación experimental” 157 . T em ática me nte, y
más all á d e l as recr eac io nes his tór ic as de l as que habla remo s má s e n pr of undi dad ,
encontramos en el cine el reflej o de una sensación de desencanto, angustia y
desesperación que vive parte de la sociedad ante un f uturo inci erto; el retr ato de la
delincuenci a juvenil ; la decadencia del cine metafór ico; o l a obra de emergentes
represe ntante s del c ine de vangu ardia, un cine “m ás arriesga do, m ás ru pturista, m ás
radical” 158 . S e ob serv a tam bié n e l resur gir ge néric o, es pec ialm e nte el de la com edia y
el thr iller , relaci onado éste últ imo con el auge de la novela negr a. Dentro de la
comedia se o bservarán diversas tendencias, desde la comedia costumbrista de tintes
153 Además de servir de excusa a TVE para incumplir sus acuerdos económicos de ayuda a la producción
de películas. La llegada de las nuevas cadenas televisivas conllevaba una competencia con las estatales,
tanto en audiencia como en contratos de publicidad, y supuso una pérdida de poder económico
impo rtante p ara las estata les.
154 Francesc Llinás, “ Los vientos y las tempestades. El cine español de l a Transición” , VVAA, El cine y la
transició n política , F ilmote ca de V alencia , Valenc ia, 1986 , p. 4.
155 Francesc Ll inás, “Lo s vien tos y la s tem pesta des. E l cine e spañ ol de la Trans ición”, op. cit., p. 4
156 Mig uel Marí as, “El cine desenca ntado de Jai me Chávarr i”, Dirigid o por , nº 49, septiembre 1977 . Entre
esos pocos cineastas de reconocido prestigio cita a Chávarri, Borau, Berlanga, Saura, Víctor Erice,
Manuel Gut iérr ez A ragón, Suá rez, Drov e, F ernán - Gómez, Camus y Patino.
157 Eduardo Rodríguez y Concha Góm ez, “El cine de la democracia” , e n “ Un siglo de cine español”.
Cuadernos de la academia, nº 1, octubre, 1997, pp. 18 5- 224.
158 Eduardo Rodríguez y Concha Gómez, “El ci ne de la democracia” , op. cit .
67
esperpénti cos (Berlanga o José Luis García Sánchez) has ta la ll amada “com edia
madr il eña ”, de ai re desen fad ado e incl us o pro gre si sta (Fe rna ndo Colomo, Fer nan do
Trueba), pasando por los últimos coletazos de la comedia sexy (M ariano Ozore s) o el
breve éxito del cine cómico - nostálgico de la derecha franquista (Rafael Gil, Pedro
Lazaga, Ozores) 159 .
Aún así, no fueron pocas la voces que cali fic aron la producc ión fílmi ca de “est e
período especialmente signi ficat ivo para nuestro cine, un período que años atrás se
presentaba para muchos como decisivo y crucial ” como “claramente
decep cionante” 160 . Es te cin e es taría regid o, ad em ás , en b uen a m ed ida, p or u n
inevit able desenc anto, el cual se habría acom pañado de un no menos ineludibl e
pesimismo.
3. EL FRANQUISMO EN EL CINE DURANTE LA TRANSICIÓ N
Acercá ndonos a las películ as estrenadas entre finales de 1975 y finales de
1982 no parece que m uchos direct ores comparti eran la afirmación del cineasta Jaime
de Armiñán en 1976 de que era necesar io “olvi dar y enter rar a los fantasmas” para
poder vivir en paz 161 . E n es tos s iete añ os a na lizado s, se t enta y cinco obras hacen
clara referencia al franquismo o están amb ientadas en él. S i exam inamos las cifras de
asistenci a al cine y las listas de películas más taquiller as, veremos cóm o la población
tam poc o parec ía mos trars e m a yorita riam ente d ispu esta a ob viar el tema. Más bien
sucedió al contrario: de entre las p elículas españolas con m ayor núm ero de
espectadores entre 1975 y 1982, un número importante de ellas estaban relacionadas
direct amente con la Guerra Civil y con el franquismo, siendo éstas últimas much o más
numerosas 162 .
159 Estas comedias f ranquistas giraban en torno a la nost algia d e los t iempos de l a dictadu ra, mostr ando
la degeneraci ón de la soci edad española.
160 Enri que Alberi ch, “Ci ne espa ñol 1972 - 1982 . Mem oria de una é poca ”, Dirigido por, nº 100, enero 1983 .
161 El di rector de El amor del capit án Brando o de Jo, papá , pelícu las am bas en las qu e el pasad o tien e un
lugar im porta nte pero es visto c omo a lgo a su perar , e scribía e n pren sa tras e l estreno de Jo, pap á: “Ya va
siendo hora de olvidar y enterrar a los fantasmas. Tenemos derecho a vivir en paz y libremente. Las
generaciones actuales no pueden enterrarse bajo un “¿Qué sabéis vosotros, que no vivisteis la guerra?”
en Informac iones , 6 de fe brero de 1976.
162 De entre las películas más taquill eras entre 1975 y 1982 destacan Asignatura pendiente (José Luis
Garci , 1977), La escopeta nacional (José Luis Berlan ga, 1 978) o La colmena (Mario C amus, 1982 ). Ta n
sólo La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977) parece hacer una alusión m ás directa a la guerra o a la
forma de entenderla pero siempre desde un presente situado en los años sesenta. Ninguna de las
películas que consiguier on estar entre l as diez m ás taquilleras en esos años estaba ambientada en la
Guerra Civil , a pesar de la buena acogida de obras como Las largas vacaciones del 36 , Jaime Cam ino,
1976 (1.096.196) o Retrat o de f amilia , Anton io Gimé nez R ico, 197 6 (1.394 .655).
68
Sorpr ende constat ar por ell o que autores como Paloma Aguil ar afi rmen que, a
difer encia de la Guerra Civil , la dictadura franquist a no habría constit uido una fuente
de inspiraci ón relevante para el mundo de la cultur a. “Si se considera la longevi dad del
régim en – dirá esta profesora - , po cas e xpo sicion es, no vela s y pe lícula s d e la
democracia han examinado con detenimiento este periodo (aunque m uchas sí se
hayan ambientado en él), salvo por lo que se refi ere a la inmediata posguerra” 163 . E l la
mis ma se cont ra dic e al el egi r el ámbit o cinema tog rá fi co como campo de estud io y
trans cribir la s pe lícula s m ás taquille ras, entre las qu e e nco ntram os var ios film s so bre
la pos gu erra , e l tardo fran qu ism o e inc luso ejem plo s de lo que hem os c on side rad o
“film s de m emoria” 164 . A firma r que entre los se tenta y cinco film s sob re el fra nqu ism o
iden tificad os para este periodo pocos examinaron con deteni miento ese período
parece un tanto arriesgado por parte de Aguilar. D eberemos esperar al análisis de
estas obr as para valor ar su afi rmación.
De un modo más global , si nos acerc amos a la represe ntaci ón cine matogr áfi ca
del franquismo en este primer bloque de análisis observamos cómo el año de mayor
producción es 1978 , co n v einte ob ras 165 . L e sig uen en cua nto a ob ras relac io nadas
con el franquismo 1979 y 1977, con doce y once películas respectivamente, y 1980
con 9. Estas cifras resultan tod avía más elocuentes si tenemos en cuenta que es justo
en estos m omentos cuando el número de pel ículas españolas estrenadas al año
comienz a a descender sensibl emente. En 1979 tan sól o 48 producciones españolas
llegar on a las pantallas, mientras que en 1971 lo hacían 99. Que en un contexto
marc ado po r la cri si s de la ind ust ri a, el 25% d e las obr as que sal en adel ant e tra te n
direct amente sobre la dictadura franquista viene a darnos una idea del interés que el
tem a s uscita ba en el á mb ito c inem ato grá fico y cu ltural 166 . Si a és tas sum am os el
número de obras que hablan de la Guerra Civil y la II República, constatamos cómo el
interé s p or e l pas ado rec ien te re sulta ab rum ad or.
163 Paloma Agui lar, “La evo cación de la g uerra y del fran quismo en la política, la cu ltura y la sociedad
españolas”, en Memori a de la gue rr a y del fr anq uis mo , S antos Juliá (dir.), Ta urus, Madrid , 200 6. Ta mbié n
Carme Moli nero, ent re otros autores, hablará n de una mayor pr esenc i a de la memoria de la guerra que de
la dictad ura dur ante la Transición , hecho que parece evidente en cuanto al núm ero de publicaciones y
artículos, pero no en cuanto a películas, como demuestran las ob ras en estas págin as an alizadas. Carme
Moli nero, “¿Mem oria de la represión o memoria del franquismo? ” , en Santos Juliá (dir.) Memor ia de la
guerra y del franquismo, Taurus, Madrid, 2006, p. 240 .
164 Paloma Aguilar, “La evocación de la guerra y del franqui smo en la polític a, la cultura y la sociedad
españolas”, en Sa ntos Juli á, Memo ri a de la gu err a y del f ran qui smo , op. cit. , pp. 290 - 291 .
165 Cinc o document ales y quince ficci ones hi stóri cas (do s ambient adas en la déc ada de l os cuar enta
/cincuen ta; diez e n los se senta/s etenta) y tres obr as que podríam os co nsidera r c omo metafóricas o, en
cierto modo, difíci les de clasificar) ofrecen un variado abanico de representaciones de esos casi cuarenta
años de dict adura.
166 Como “ año agóni co” t itula rá Ángel A. Pé rez Gómez su int roducci ón a l anu ario de cine Cine para leer
( 1979 ).
69
Sin embargo, de poc o ser vir ía constata r la impor tant e par te de l a pr oducció n
centrada en temas históricos y, má s en concreto, en el franquismo, si ésta no m archa
en paralelo a la asistenci a del público a esos títul os. Los datos de ta qu illa q ue ya
apuntábamos anteri ormente ( véase T abla I ) vien en a con firmar el interés de los
espectadores ya no tanto por unos temas tr adicional mente consi derados com o
polémicos, sino por la posibili dad de afrontarl os desde otras perspectivas. De las
se tenta y cinco películ as incluidas en esta primera parte de análisis , vein titrés tu viero n
al m enos 500.000 espectadores, superando once de el las el mil lón 167 . Las cifras
hablan por sí mismas del éxito de esta temática, especialmente en un mom ento de
gran ofer ta cine ma tog ráfica : e n 1 97 8, el n úm ero d e pelíc ula estr ena das y re pue stas en
las salas españolas fue 499; en 1979, 632; en 1980, 522 168 . N o d eja de ser
signifi cativo q ue , a pe sar de la co ex istenc ia d e tanta s y tan distin tas p elícu las a las qu e
asisti r , el público frecuent ara los escasos títulos españoles, y en espe cial, la s pe lícula s
relaci onadas con el pasado franqui sta.
Sin embargo, par a poder sac ar c onclusi ones más def ini tiv as hab remos de
esperar a las cifras relacionadas con la segu nd a y t erce ra par te de esta te sis, así
como al relato de los acontecimientos que los rodean. No debem os o lvidar que el
objeti vo de estas páginas se basa en rastrear hasta qué punto cine y sociedad se
infl uencian m utuamente, tomando la representación del pasado en las películas como
mues tr a alt ament e sint omá ti ca de esas in ter fe ren ci as y para ell o nece si tamo s poner
las c ifras en p ers pec tiva , rea lizan do u n a nális is se rial.
3 .1. TIP OL OG ÍAS DE LO S F ILM S
Para sistemat izar las pelícu las produci das en las fe cha s objeto d e estud io, se
ha optado por un primer nivel de separación entre films de ficci ón y docum entales.
Una vez especi fi cado este aspecto , los fi lms de ficc ión se han divi dido en dos bloques
según la época en que se desarrollan: posguerra (años 40 y 5 0) y tardofranqui smo
(años 60 y 7 0). T am bién se ha n identificado o tras película s que no se ajus tan a
ninguna de las categorías anteriores. Nos referimos a los “films de m emoria”, a las
películ as metafóricas o experimentales y a aquellas en que la acción recorre va rias
décadas de l a dict adura (y que hemos defi nido como “globales”) .
La va riada tipología d e films durante la Transición llama la aten ción cu and o es
puesta en pers pectiva con l a de los per iodos social ista y popular . Com o ire m os v iend o,
a partir de 1982 los docum entales y los films metafóricos desaparecerán. Javier
167 En el caso de Asignatura pendi ente, El per ro, La escopeta nacional y El cri men de Cuenca se
superaron los dos millones de espectadores, mientras que La guerra de papá sobrepasó los tres.
168 Según c ifras d e la rev ista Cine par a leer en sus nímeros de 1978, 1979 y 1980.
70
Herná ndez Ruiz y Pablo Pérez Rubio denomi nará n este perío do de cre ati vidad y de
heterogenei dad como “primavera de cien flores” debido a su riqueza, pero también a
su brevedad 169 .
Salt a a la vista , p or o tra parte, e l alto nú m ero de ob ras que tra tan el
trdofra nq uism o, es pec ialm ente si ten em os e n cu enta esa cree ncia entre algu nos
histor iadores de que el núm ero de películas sobre la guerra y la posguerra fue mucho
mayo r que el cent rad o en otra s temáticas 170 . Co mo se explic ará en lo s c apítu los 3, 7 y
8 esa creencia puede explicarse por dos m otivos: en primer lugar, por la confusión
entre ciertos públi cos entre la representaci ón de la guerra y de los años
inm edia tam en te po ster iores . Y e n segundo lugar, por la estandarizaci ón de la que se
acusará a las obras sobre l a posguerra en los años ochenta.
3 .2. CA PÍT UL OS
A parti r de la ident ifi cació n de tendencia s y temáticas , las películ as objet o de
estudio han sido estructuradas en cuatro capítulos. De es te mo do , el Ca pítulo 2
plantea una aproximación a las relac iones cine - me mori a - hist oria 171 . Grac ias a
películ as como ¡Jo, p apá! (J aime de Armiñ án, 19 75), La m uchacha de las bragas de
oro (Vicente A randa , 1980) o Volver a empezar (José Luis Ga rci, 1982) n os
acercaremos a diferent es formas de pensar (o repensar) el pasado. Encontraremos
así personaj es anclados en el ayer que no son capaces de reconocer los cam bios en
la so cied ad , nos toparemos con oportunistas que reinventan sus recuerdos y
conoceremos nostálgic os que rememoran el pasado desde posturas políti camente
correctas . Los personajes de estas obras encarnan acti tudes exist entes en la España
de los setenta ante la pregunta de “¿qué hacer con el pasado?” y por ello merecen un
lugar des tacado en nuest ra inve st igación.
El Capítu lo 3 por su part e gira en torno a las represe ntaci ones de los años 40 y
50 en el cine. La colmena (Mario Cam us, 1982) es probablemente la obra analizada
más par adi gmát ic a. Ent re las muy diver sas obras de est e capí tul o se ref le jar án
real ida des ins epa rab les d el c onte xto dicta toria l, co mo lo fu ero n lo s m aqu is (e n Los
días del pasado , Mario Cam us, 1977 y El corazón del bosque , M an uel Gutiérre z
Aragón, 1978). Tam bién se llevarán acabo tendenciosas com paraciones entre la
169 Javier Hernández Ruiz y Pablo Pé rez R ubio, Voces en la niebla. El cine español durante la Transición
española (1973 - 1982) , Paidós, Barce lona, 20 03, p. 13 .
170 Junto a la ya nombrada Paloma Aguilar, han compartido esta opinión Javier Hern ández Ruiz y P ablo
Pérez Rubi o, Voces en la ni ebla. El cine es pañol duran te la T ransición española ( 1973 - 1982) , íbidem .
171 Entendi da ésta como tiempo pr etérit o y conju nto de expe riencias que un i ndividuo v ivió en ese tie mpo.
77
experienci as familiares más o menos indirect as y test imonios variados para elabor ar
much as de la s h is tor i as de est os pr imer os añ os.
Sin embargo, las obr as que nos interes an en este capítul o van más allá. En ell as el
recuerdo ocupa un lugar trascendent al. Per no se tr ata sólo de desbloquear esa
“mem oria im ped ida”, sino d e re flex iona r sob re e lla. Po r ello h em os d ecid ido in scrib irlos
en una tipología dif erente: l a de los “films de mem oria”, que definiremos con mayor
profundi dad más adelant e.
1.2. ¿PACTO DE SI LENCIO?
Expli cábamos en el apartado anteri or cómo la “memor ia urgen te” s e traduj o en una
avalancha de relatos fílmicos sobre el pasado reciente español. Com o ha expuesto
Santos Juliá, numerosas publica ciones se hicier on eco durant e la Transi ción de
testim on ios de a que llos añ os, so bre to do re vistas y p erió dicos 184 . De stac a Juliá lo s
reportaje s q ue la re vista Inte rviú publicó durante casi dos años sobre las fosas del
franq uism o 185 . El eno rme núm ero d e pelícu las qu e de un a u o tra form a se ace rc aron a
la dicta dur a fran quis ta as í c om o la s obr as (tam b ién im po rtan tes au nq ue m en os
numerosa s) que se acercaron a la guerra vi enen a confirmar esa tendencia.
Sin embargo, y como recordar a Francisco Espinosa, la expl osión edit ori al no tuvo
paralel o en el mundo académico, a pesar de lo expuesto por Juliá. Junto a la tardía
publicaci ón de autores e xtranjeros, antaño prohibi dos, p ocas obras podrían defi nirse
como referencias historiográficas imprescindibles en los primeros años tras la muerte
de Franco 186 . Pa ra Esp inos a, esa au sen cia se ría prue ba de u n “pac to del olvido ” que
se habría gestado entre las éli tes polít icas de la Transició n y que para Juliá no tuvo
184 Santos Jul iá habla de “cantidades abrumadoras” y cont inúa diciendo: “Hemos investigad o, publicado y
hablado de nuestr o reciente pasado hasta la saci edad ( … ) Y si todo lo que se ha investi gado y escrito no
hubiera ll egado al gran públ ico, no ser á porque los medios de comunicación l o hayan excluido de sus
programaciones: per iódicos y revi stas han publi cado coleccionabl es y números extra de todos los
aniversarios posibles. ( … ) Sobre nada que se refiera al medio siglo que v a de la proclam ación de la
Repúbli ca a l os años de la transi ción ha pesado ese si lenci o”, Sant os Jul iá, “ Echar a l olv ido. Memor ia y
amnistía en l a transici ón”, Clav es de l a razón prácti ca, nº 129, 2003, pp. 17 - 18.
185 Santos Juli á, “De nuestras memorias y de nuestras mi serias”, Hi spania Nova. Re vista de Hist oria
Contemporánea , nº 7, 200 7, sepa rata. http://hispani anova.rediris. es/7/dossier/ 07d018.pdf Consultado por
última vez el 4 de jul io de 2013.
186 “Entre 1977 y 1982 los t rabajos de invest igación sobre el período 1936 - 1939 fueron muy escasos,
predominando las publ icaciones de memorias y testimonios , los tr abajos sobre cuest iones diversas del
período y l as nuev as ediciones de obras antes prohibidas en España. Si exceptuamos éstas últimas, l a
palabra que def iniría t odo ello – por más que se pierda al gún matiz – sería continui smo. En general, salvo
algunas excepciones, poco nuevo hubo y, sobre todo, poco ha quedado. Libr os como Recuérda lo tú y
recuérdalo a otros (Crítica, 19 77), de Ro nald Fraser, o La Alemania nazi y el 18 de j ulio (Alianza, 1977 ),
de Ángel Viñas, dos trabajos señeros, consti tuyeron excepciones en un panorama mucho más gris ” .
Francisco Espi nosa, “De saturaci ones y ol vidos. Ref lexiones en torno a un pasado que no puede pasar”,
Hispani a Nova. Revist a de Hi stori a Contempor ánea, nº 7, 2007, separata.
http:// hispanianova.red iris.es/7/dos sier/07 d013 .pdf Consultad o por ú ltima vez el 21 de febr ero de 2014 .
78
luga r. Entr e aqu ello s que aho nda n en esa líne a crític a es taría n tam bié n auto res com o
Greg ori o Morán y Teresa Vilar ós 187 . És ta ú ltima hab la, por ejem plo , de “bo rrón y
cuenta nueva”, así como “de elim inación súbit a de toda referencia al pasado inmediato
franq uista ” 188 . Así, la Transición serí a definida como “un proceso de am nesia históri ca
y social” 189 , reforza nd o esa alian za den unc iada p or Esp inos a en torno a l “sile ncio m ás
absoluto” 190 .
Para Juli á, en cie rto m odo, e l d ebate se com plica p or una falta de ac uerdo en los
térm inos . As í, la Tran sició n e spa ño la n o s e c ara cteriza ría tanto por olvida r, s ino por su
decisión de “echar al olvi do”. “Echar al olvido es enfrentarse al pasado para llegar a la
conclusión d e que no determinará el futuro”, exponía Juliá 191 . E ch ar a l olvid o s ería
indispensabl e para un trabajo en común entre sectores polít icamente enfrentados que
contaban a su vez con m emorias altamen te diferentes, cuando no contrapuestas. Este
académico destacaba t ambién cómo no podía equipararse amnistí a con amnesia 192 .
En esta m isma línea, pero en torn o al confli cto pales tino - isra elí , Tzvetan Todorov,
hablarí a de la necesidad de “poner el pasado entre paréntesis” para sentarse a hablar
y negociar en contextos “ de lica dos ” 193 .
Paloma Agui lar , por su part e, ha contribu ido al debate insi sti endo en cómo gran
parte de l as polémicas di scusiones en t orno a la r eflexi ón sobre el pasado se producen
por una confusión de términos. Para ella, no deberíamos intentar aplicar los mis mos
argumentos y esquemas para los ámbitos polít ico, cultural y social. A nivel político,
Aguilar expone cómo no ha de entenderse como olvido lo que fue un acuerdo tácit o
para no instrumental izar el pasado con fines partidist as. A nivel social y cultura l, e l alt o
187 Greg orio Morán, El preci o de la transici ón , Planeta, B arcelon a, 1991 ; Teres a Vilarós , El mono del
desencanto , Siglo XX I, Madrid , 1998.
188 Teresa Vi larós, El mono del desenc anto , Siglo XXI, M adrid, 19 98, p. 1 6. La ob ra de V ilarós rec oge en
gran parte l os razonamientos expuest os por Gregorio Morán en El pr ecio de la tra nsición , Planeta,
Barcelona ,1992.
189 Salvad or Cardús i Ros, “Politics and t he Invention of Memory. For a Soc iology of th e T ransitio n to
Democracy in Spain, en Joan Ramon Resina (ed.) Disremembering the Dicta torshi p: The Politic s of
Memo ry in Sp ani sh Tr ans it io n to Dem ocr acy , Rodo pi - Portada His panica, Amst erdam, 2000, p. 18.
190 Francis co Espinosa Mestre, “De saturaciones y olvidos. Reflexiones en torno a un pasado que no
puede pasar” , His pania No va. Revi sta de Histo ria Con temporánea, Número 7 (2007) .
191 Santos Juliá, “Introducci ón” en José - Carlos Mainer, Santos Julià, El aprendizaj e de la libertad (1973 -
1986). La cultura de la Transición , Alianz a Ed itorial, 2 000, Mad rid, p. 43. Esta cuestió n ap arece más
desarrollada en su artícul o “Echar al olvido”, Cl aves de la r azón prá ctica , nº 129, 2003 . Pp. 14 - 25 .
192 Interesante tam bién el reco rdatorio so bre la distinta sig nificación de la amnistía de julio de 1976 y de
noviembre de 1977 en Santos Juliá, “De nuestras memorias y de nuestras miserias”, Hispania Nova.
Revist a de Hi stori a Contempor ánea , nº 7, 2007, s eparata .
193 Tzvetan Todorov, Los abusos de la memoria , Paidó s, Barcelo na, 2000 (ed. origina l 1995, Les abus de
la mé moire ) p. 12.
79
número de novelas, películas o exposiciones sobre la guerra y la dictadura
contradecirían el olvido 194 .
Aguil ar y Juli á desta caron también una ciert a confus ión entre la mem ori a de la
guerra y la del franquismo, periodos que no com partían ni conte xt os ni con dicionante s.
No es lo m ismo hablar de la G uerra Civi l , pe ríod o cer rado y lejan o en el tiem po , que
de la dictadura, época mucho más extensa y con enorme continuidad en ámbitos
como la justicia, la política o las fuerzas del orden. Ad emás, m ientras que en la g uerra
coexisti eron dos Estados, en el franquismo sólo hubo uno, que controló durante años
lo que se podía y no se podía decir, lo que se podía recordar 195 . Como hist ori ador es
tam poc o pod em os olv idar do s asp ecto s a la h ora d e valora r los estu dios sobre el
franq uism o en los últim os añ os sete nta y prime ros o che nta. Po r una p arte
encontramos la inmediatez del período, es decir su cercanía en el tiempo , lo q ue
difi culta la perspectiva. Es esa cercaní a la que nos conduce al segundo aspecto: la
imp osib ilida d de acc ede r en tonc es a m uch os a rchiv os , com o r eco giera Aró ste gui e n
su artícul o sobre la hi storiografía del franquismo ya en 1992 196 .
Para este debate en torno a cómo se refl exionó sobre la hist ori a recie nte de
España, el cine de la Transici ón resulta esp ecialm ente significa tivo. Las seis películ as
que forman el corpus de estudio en este capítulo son buena m uestra de ello. Antes de
pasar a su anál isis individuali zado, nos gustar ía ahondar en el término elegi do para
clasifi carlas: “f ilms de memo ria”.
1.3. FI LMS DE MEMORIA
Entende mos como “fi lms de memoria” aquell as pelí culas en las que el pasado,
estruct urado en forma de recuerdo, ocupa un lugar imprescindible. Son obras que se
desarroll an en un presente contemporáneo al de su realización. La clave reside en la
reflexión sobre la influenc ia q ue e se p asad o eje rce s obre el p resen te, s obre los
protagoni stas. El pasado irr umpe en el fi lm a parti r del recuerdo, bien como flashback,
bien como rememoración verbal o incluso como relato de ficción . Co mo ve rem o s en
las p elícu las a an aliza r, en oca sion es la refle xió n afe cta inclu so a l fun cion am ien to de
194 Paloma Aguilar, “La evocación de la guerra y del franqui smo en la polític a, la cultura y la sociedad
españolas”, en Santos Juliá (dir.) Me mor ia de l a g uer ra y de l fr anq uis mo, Ta urus, Madrid, 2006, p. 280.
195 Santos Juliá aprovec ha para recordar que el gobierno de la República se mantuvo vigente has ta abril
de 1939 y que al hablar de r epresión, de campos de concentración, de asesinatos y cárceles, no hay que
olvidar l os que llevaron a cabo desde el bando republicano. Santos Juliá, “Memoria, hist oria y polí tica de
un pasado de guerr a y dictadura” en Santos Juli á (dir.), Memo ri a d e la gu err a y d el f ran qui smo , Taurus,
Madri d, 2006, p. 74.
196 Julio Ar óstegui, “La his toriogr afía sobr e la España de Franco. Promesas y debili dades”, Hist oria
Contemporánea, nº 7 (1992), pág. 80, pp. 77 - 99.
80
los pro pios m e can ism os de la m e mo ria y el film exp lora la v uln era bilida d de ést a, su
instru m enta lizac ión , s u pos ible m an ipu lació n. La s seis obras que analizaremos en este
capítulo, Jo, papá (Jaim e de Arm iñá n, 1975), La muchacha de las bragas de oro
(Vicente A randa , 1 980), Kargus (J uan M iñón, M iguel Áng el Trujillo, 1 980) , T ú es tás
loco , B rione s (J avier M aq ua, 1 980), Y al tercer año resucit ó (Rafael G il, 198 0) y Volv e r
a empezar (José Luis Ga rci, 19 82) forman pa rte de esta ten dencia qu e ten dría u n
antecedente inmediat o en obras del tardofr anquismo como La prima Angélica (Carlos
Saura, 1973) .
El fil m de Saura resul ta especi almente m odéli co de esa “memori a impedida”
def inida por Ricoeu r. Con motiv o del e ntierr o de su m ad re, el p rota gon ista viaja a la
ciudad de sus abuelos, donde pasó parte d e su inf ancia y donde vivió la Guerra Civ il .
El recuerdo de aquell os años, hasta ent onces arri nconado en algún l ugar de su
inco nsc ie nte, irrumpe en el presente con una fuerza inusitada. Caras que se
confunden, elementos que perm anecen, sab ores e, incluso, el cine, cualquier cosa
sirve pa ra activar esos recuerdos bloqueados, reabriendo traumas infantiles. ¿C uáles
son los traum as a los q ue se enfrent an los protagonistas de nuestros seis films objeto
de estudi o? Pasemos a l a parte de análi sis f ílmico para descubri rlos.
2. ANÁLISIS FÍLMICO
Para dar respu esta a la pregunt a de cómo refl ejó el cine de la Transici ón el
peso del pasado franqui sta, he mos sel ecci on ado seis pel ícu la s. A través de ell as nos
enfrent amos a la dicotomía entre quedarse anclado en el pasado u olvidar y mirar
hacia delante; somos testigos del “cambio de chaqueta polít ica” y de la manipulación
v oluntar ia de la propia memoria y descubrimos la nostal gia ante un tiempo pretér ito
que no puede volver.
¡Jo, papá! (Jaim e de A rmiñ án, 1975) narra el viaje empre ndido por un ex
combatiente franquista por los lugares recorridos como soldado durante la Guerr a C ivil
española. En esa búsqueda de los paisaj es de su memoria le acompañarán su mujer y
sus dos hijas, una joven y o tra niña, representantes éstas ú ltimas del cambio
generacional . ¡Jo, p apá! se desarrolla en un presente coetáneo al de su realización, es
decir, en las postrimerías de la dictadura. Se trata de un presente engañoso pues se
insc ribe e n un ré gim en político que en el m om en to de estre no d el film (d iciem b re de
1975) en cierto modo ya había dej ado de exi stir: Franco habí a muerto.
Más all á de su disc uti bl e cali da d art ís ti ca, esta pel íc ula res ult a alt amen te
adecuada para int roducir un est udio sobre el franqui smo en el cine a partir de 1975
81
(com o el que esta tesis pretend e) por varia s ra zones. Por una parte, porque la historia
más r eci ent e de Españ a ocu pa en ell a un puest o ese nci al . El pr ota goni st a, Enr iqu e
Seoane (Anton io Ferrand is) se halla ancl ado en sus vivenc ias de la guerra y no cesa
de rem emorar el recorrido que llevó a cabo, junto al general Aranda, de Vigo a la
desembocadura del Ebro. “Quiero que lo recordemos juntos” dirá a su hija mayor,
antes de comenzar esas atípicas vacaciones. Toda la familia partirá hacia ese
imposible reencuentr o con el pasado, conducidos por un padre al q ue “se le ha parado
el r eloj” 197 .
Retoma ndo las dos cat egor ías de análi sis fíl mico e stabl eci do por Marc Fer r o ya
expuestas en el C apítul o 1, la "lectura cinematogr áfica de la historia” recogida por esta
obra nos recuerda el avance de las tropas franquistas desde Galicia a Cataluña,
acercándonos a la España de los vencedores y los vencidos. Paralelo al
enfrent amiento que el padre rememora nostál gico, se produce otro: el inevit able
confli cto generacional entre padres e hijos, planteado aquí por unos jóvenes a lo s q ue
los va lores re ac cion ario s d e sus m ay ore s ya no le s sirve n. So n los rep res enta nte s d e
la po blac ión q ue c ons tata que las cir cun stan cia s eco nó mic as e inclu so s ocia les s e ha n
trans form ad o y p iden al rég ime n fra nqu ista c am bios en c ons ecu enc ia.
Por ot ra parte, ob serva mos cóm o la tran sform ación d el prese nte po lítico que la
muer te de Fr anco pus o en mar cha , es dec ir , es e des fa se c ron oló gi co en tr e la fec ha e n
que el proyecto de Jo, papá surge y se lleva a cabo y la fecha de su e streno, nos
conduce a una “l ectura hist órica del fi lm” privil egiada. Acercarnos al contexto de
producción nos permite asistir a la realidad cultural de la España de 1975. E n primer
luga r, ¡ Jo, papá! tu vo qu e en fren tarse a un a ce nsu ra qu e ve tó el g uión has ta tres
veces; que prohi bió e xplíci tamente, entre o tros, los términos “rojos” o “republic anos”
(que d ebían ser s ustituidos po r “en emig os” o sim ilares) y que pro vocó de form a
indir ecta que tuvieran que rodarse segundas e incluso terceras versiones de algunas
escenas por temor a que fue ran sup rimidas . E n segu ndo luga r, e l p ropio proc eso de
exhibici ón de la película fue paralizado. Jaime de Armiñán explicaba en una entrevist a
cómo “un importante funcionario del Ministerio de Información y Turismo m e dijo qu e
mie ntr as vi vie ra Fra nco no pod ía ser estre na da” 198 . E n terc er y ú ltimo luga r, cua ndo
pudo llegar a las pantallas “ya los periódi cos decían más cosas que la propia película,
que resultó tr emendamente sosa ” 199 . La crític a del m om ento p are ció coin cidir con e sta
197 Como dirá el personaj e de José María Flotats (Carlos) en la película para referirse al de Antonio
Ferrandis (Jaime ).
198 Entr evista a Jaime de Armiñán publicada en Diari o 16 el 2 de junio de 1982 con motivo de la emisión
de ¡Jo, papá! en Televisión Española.
199 Diar io 16 , íbidem, 2 de junio de 1982.
82
opinión, definiendo el film co mo “pocholada ideológi ca” 200 , “flojita pa ráb ola crítica y
demostrati va” 201 o “fil m conciliador ( … ) con exceso de com prensión” 202 . S e rep roch ab a
al director haber perdido la oportunidad de hacer una buena películ a y que, como a su
personaje, también se le hubi era “parado el reloj” 203 .
Mal ogr ada o no por la censur a, lo cier to es que esto s con dic io nant es resu lt an
altamente signif icativ os para sondear los lím ites de lo de cible (y “rod ab le”) e n lo s
últi mos momentos del franqui smo, sobre todo, en lo concernient e al pasado reciente
del país. En la películ a se permitía mostrar los pechos de una joven Ana Belén (que
encarnaba a la hija mayor) en momentos de poca justifi cación narrativa (muy en la
línea d el crecien te “desta pe” ) p ero no s e autoriz aba , p or ejemp lo, la de sig nac i ón del
bando vencido en la guerra como r epublicano; había que llamarl o “enemigo” 204 .
Por su concr eción fílmi ca y su contenido, esta película - al igual que el anterior
de Armiñán, El amor del capitán Brando ( 1974) 205 puede considerarse como integrante
de la Te rcera Vía del cine españ ol. A mba s o bras formarían parte de una de las
corrientes dentro de esa propia T ercera Vía, la que se acercaba al pasado. La Tercera
Vía es consi derada como la tendenci a dentro de la industr ia que en los pri meros años
setenta pretend ía hac er su ya la tóp ica fr ase de “hay qu e da rle a l púb lico lo qu e pid e”
pero intentando ofrecer al m ismo tiempo un cine digno. En palabras de Pau Esteve y
Juan Marí a Company, esa dign ida d habr ía cons is ti do en “of rec er un pro duct o que se
venda bien sin ofen der demasiado ningún tipo de intereses y, a ser posible, contentar
al público con un mínimo disfraz cultural - cientif ista” 206 . E l Co lectivo M arta Herná nde z
defini ó esta tendencia como “cine comercial + cine de autor ÷ 2” , una propuesta que
pretendí a situarse a medio camino entre el cine de subgéneros y el producido por
Elía s Querejet a 207 . A pesa r de qu e a lgun os auto res s e re firiera n a la T erce ra Vía c om o
200 M. Ar roit a - Jauregui, “Sobre una abusiva publicidad”, Arr iba , 13 de ene ro de 19 76. M arcelo Arroita -
Jauregui, además de crítico, solía formar parte de la censura cinematográfica franquista, siendo miembro
de las llamadas Comisiones de Apreciación (como puede desprenderse de la consulta de los expedientes
de censura si tos en el Arc hivo General de la Administr ación) .
201 Lorenzo López Sancho, “Jo, papá” , ABC , 24 de diciembre de 1975 .
202 Luis Úr bez, “Jo, papá” Cine pa ra leer , 1975, pág. 179 .
203 I. Muñoz, “J o, papá ”, Dirigi do po r, nº 30, febrero 1976.
204 Expedi ente de l a Junta de Clasifi cación y Censura de Jo, papá . Archivo Ge neral d e la Adm inistrac ión.
205 Esta película narra la vuelta de un exili ado republica no a su pueblo natal, mostrando las diferencia s
generacionales entr e distintos sectores de la soc iedad español a y, ya de paso, los senos de Ana Belén en
varias ocasiones .
206 Pau Esteve y Juan Miguel Com pany, “Tercera Vía. La vía m uerta del cine espa ñol”, Dirig ido por , nº 22 ,
abril 1975 .
207 Mar ta Hernánd ez, El aparato cinematográfi co español , M adrid, E d. Akal, 1976, pp. 237. El colect ivo
Mart a Hernán dez estaba compues to por los crít icos cinema tográ fic os Francis co Llinás, Javi er Maqua,
Carlos y David Pérez Merinero y Julio Pérez Perucha , com o se ex plica en Carlos y David Pérez Meriner o,
83
“vía m uerta d el cine e spaño l” 208 , J os é Enrique Monterde la cali ficó, de manera
retrospe ctiva, com o “perfecto pa radigm a de la c oyun tura sociop olítico - cultural de
aquellos años de Transición” , años que se habría n caracterizado por un moderado
aperturi smo en lo moral y en lo políti co, por integrar la realidad inmediata e incluso por
la invención de un nuevo público: “ el de la mayoría de ‘españoles medios’ que poco
después votarían a UCD – y luego al PS OE” 209 . El m en saje de Jo, papá, poco
problemáti co ideológi camente, encaja bien en esta corriente m oderada e incluso
condescendiente con públi co y temas.
Sin embargo, la mayor polé mic a de la s sus cit ada s por ¡ Jo, papá! no vino tanto
de factores externos com o la censura, ni de su adscripción a un tipo u otro de ci ne,
sino de los p ropios implicados e n su realización. A partir del cartel a nunciador, Jaime
de Armiñán y el actor José María Flotats intercambiaron en prensa, no sin acritud, sus
opiniones sobre el mensaje final de la película y la campaña para su promoción. En el
extremo superior izqui erdo de dicho cartel podía verse, tachado: “¡ 1936! - ¡1939! Y just o
debajo: ¿Ll egó y a el momento de olvidar ? 210 . Para el direct or, la pregunta suponía un
intent o de poner fin a la obsesión de algunos sectores por el pasado, sectores que
sólo pa recían que rer m irar hacia atrás. “¿No va siendo hora de olvidar la gue rra civil?
¿No es hora de q ue vivamos en paz y li bertad?” preguntar á públicamente Armiñán en
la ca rta d e re spu esta a F lota ts 211 . El d irecto r aña dirá :
Ya va siendo hora de olvidar y enter rar a los fanta smas. Tenemos derech o a
vivir en paz y libremente. Las generaciones actuales no pue den enterrarse bajo un
“ ¿Qué sabéis vosotro s, que n o vivi steis l a guerr a? ” 212 .
Cine español: Una r einter pretación , Barcelon a, Ana gram a, Serie Cine [dirigida por Jo aquín Jordá], 1976,
p. 63.
208 Pau Est eve y Jose p Maria Company, “Tercer a Vía. La vía muer ta del c ine español ”, Diri gido p or, nº 22,
abril 1975 .
209 José Enrique Monterde, Veinte años de cine esp añol. Un cine bajo la paradoja, 1973 - 1992 , Paid ós,
Barcelona, 1993, p. 54.
210 Cartel consultado en l a página htt p://www.fil maffinity. com/es/film347848.html (Última consulta 21 de
febrero de 201 4).
211 La polémica la comenzó Flotats con una carta abierta a Armiñán publicada en Fotogramas el 4 de
febrero de 1976. El ac tor a dmitía haber salido del cine, tr as e l vis ionado de Jo, papá, aterrado por varios
moti vos (su propia interpretación y el monstruoso doblaje al que se le había sometido , entre ellos ) pero ,
especialmente, porque “la película que he visto es un vehículo ideológico contrario al guión que leí”.
Flotats decía comprender los posibles cambios impuestos por la censura, pero no en tendía porqué el
director no se había mostrado disconforme públicamente. Un par de días después, el 6 de febrero, en el
Diari o de Barcelona , A rmiñán res pondía a la carta de Flo tats. E l d irector le reproch aba su osad ía a l ha blar
de una realidad de la que no era partícipe, puesto que el actor residía por aquel entonces en París y se
sorprendía irónicamente de la supuesta ingenuidad de Flotats, que parecía haber realizado la película sin
haber leído el guión correctamente o no haber participado en las diferent es versiones rodadas de algunas
escenas.
212 Jaime de Armiñán, “Jo, papá”, Informa ciones , 6 de feb rero de 1976.
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Image n 1: Cartel p romociona l de Jo, papá , Jaime de Armiñán (1975)
Pero, si volvemos al fil m, ¿quién es son los person ajes que están a favor de la
desmemoria e incluso del olvido? El primero es el padre Comesaña, antiguo
compañero de arm as del protagonista, que tr as haber colgado los hábitos para
casarse, abjura de su pasad o com o cura de ca mpaña franquista. El segundo es el
pseudonovio de la hija, un joven “progre” que va de moderno y que no quiere que el
pasado condicione su presente, ni sus perspectivas. En el m ismo barco que a este
jove n p od em os u bica r tam bié n a las h ijas del prot ago nis ta: la m ay or, que es tá harta
de que le cuente batalli tas “de la Edad Media”; y m ás aún la hija pequeña, cuya
opinión sobre los reiterati vos recuerdos de su padre y el viaje por los lugares de su
memor ia se resu me en ese “J o, papá” que esgri me en un par de ocasiones y que
prácti camente cier ra el film (es la última línea de diálo go de la pelíc ula).
En el ámbito extra - fíl mic o, sin e m barg o, es Flotats , m ás jov en, el que reivin dica
la necesidad de conocer el pasado m ientras que el direct or, de una generación
anteri or, quiere pasar página. Lo inusual de este enfrentamient o generacional viene
dado por su paradój ica com paración con el panorama cinematográfi co de finales de
los sete nta y prin cipio s d e los ochenta . So n lo s jó ven es direc tores n ove les los que
mayo ri tar ia ment e par ecen dar la esp ald a al fran qui smo como tema , al menos , en un
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primer mom ento 213 . M u cho s de ellos o, al menos, los que más su pieron conectar con
el público como Fernando Trueba o Fernando Colomo, se centraron en retrat os
presenti stas.
Sin em bargo, no puede asegurarse que este hecho se deba mayoritari amente
a una falta de interés por su parte o a una negación a implicar se en una cuestión de la
que no tenían conocimiento de pri mera m ano 214 . N i s iquie ra hem os d e aven tura rnos a
apuntar que se tr ate de un hartazgo de batall itas, al m ás puro est ilo Armiñán. Otras
variables, com o no encontrar product or y con él financi ación, resultan tanto o más
imp orta ntes y sólo la s en trevis tas p ers ona les a los direc tore s pue de n dar nos la clav e
al respecto 215 . Ade má s no h a de o bv iarse la existe ncia de jóv ene s deb uta ntes q ue sí
abordaron el tema desde disti ntos presupuestos y que consiguieron un gran éxito o, al
menos , un a gr an re sona nci a par a su s tr aba jos . Nos ref er imos en es peci al a Ima nol
Uri be ( El pr oceso de Bur gos , 1979 ) y a José Lu is Ga rci ( Asignatura pendi ente , 1977 ).
De todos modos, y como iremos viendo a lo l argo del análisi s de las películ as
que conforman este bloque, son los director es con una cierta trayectoria (y con mayo r
edad), los que pondrán en marcha los proyectos más exitosos sobre el franquismo, ya
sea desde la ultraderecha (Rafael Gil, V icente E scr ivá) o des de c ierto ho me naje a lo s
vencidos (Mario Cam us). Podría decirse p or ello que en el deseo de representar o
reflexi onar sobre el pasado (concretamente sobre l a dictadur a franquist a) encontramos
tend enc ias id eoló gica s tan dispa res c om o su s m anife sta ciones formales (com edia
costumbrista, espe rpento, melodrama, drama … ). Y al igual que e l joven y progresista
presentador de radi o int erpretado por Flotats cree que hay que mirar para adelante,
hubo mucha gente que vivió la muerte de Franco como una oportunidad para volver
sobre una memoria negada, la de los vencidos 216 . Y d e la m ism a fo rm a q ue e l
213 A pesar de que autores como John H opewell comenten que muy pocos directores de cualquier edad
reflejar on de alguna forma este tema antes de 19 83. John Hopewell, Out of the past. Spanish ci nema after
Franco , BFI Book s, Lond on, 198 6, p. 4.
214 Según lo apuntado por John Hopewe ll, Out of t he pas t. Sp anish cinema afte r Fran co , íbide m, p. 180.
215 Tanto Fer nando Trueba como Fernando Colomo pertenecen a la generación de jóvenes dir ectores que
empezaron a hacer ci ne en la Trans ición . Mientras C olom o afirma que nu nca sin tió espe cial interé s por
hablar del pasado en sus pelí culas puesto que se veía más incl inado a retrat ar el present e, Trueba
reconoce que uno de sus primeros proyect os, antes inc luso de debutar c on Opera pr ima (1980), preten día
llevar a la pan talla la a doles cenc ia de s u sue gro, M anolo Hue te, en la prime ra po sgue rra. Algu nos a ños
más t arde cons igui ó concretar aquel la idea en El año de l as luces (1986), que forma p arte de nuestro
corpus fílmico de estudi o. Mig uel Bayón, “ Tr ueba rememora la posguer ra en su úl timo fil m ”, Cam bio 16. 4
de agosto de 1986.
216 Carme Molinero lo expresar á de este modo: “Ser rojo – sinónimo de desafecto al Movimiento Nacional -
tuvo e n los año s cua renta y cin cuenta con secuen cias directas que iban más allá de la cárcel y las list as
negras. Esas personas se quedaron sin pasado; se vieron forz adas a pensar que lo mejor para ellas y sus
familias er a olvidar o, com o mínim o, silenc iar sus exp eriencia , su s anhelo s, sus ideas , e n definitiva , u na
parte de su identidad. El miedo fue tan extenso, la impotencia tan grande que, ciertamente, se abrió un
tiempo de silenc io sobre el que la d ictadura franqu ista cons t ruyó “su” mem oria histórica”, Carme M oline ro,
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protagoni sta de Jo, papá no tiene ningún problema en reconocer su experiencia en la
guerra y su filiaci ón con el régimen y podemos apostar que habría ido gustoso a ver
las pe lícula s de R afa el Gil ba sad as en los libro s de V izca íno C asa s, hab rá otr os
franq uista s q ue, co mo el pa dre Co me sañ a, prefie ren da r p or c laus urad o un pas ado
que les incomoda en el presente. A este último grupo pertenece el protagonist a de
nuestro s iguie nte film , La muchacha de las bragas de oro (Vicen te Aran da, 198 0) .
A Luis Forest le inco mo da su pas ado de es crito r falan gista , ex cr onis ta ofic ial
del régimen. Por ello ha decidido enmendarlo en sus memorias, en un act o de total
indulgenci a consigo mismo. “¿Quién va a darse cuenta después de tantos años de
una m entira inocente?” se dice, a m odo de justif icación. El protagonis ta reinventa su
traye ctoria pers ona l inten tan do a justa rla a lo s nu evo s tiem po s dem oc rático s. Div erso s
flashb ack s nos retr otrae n a una versión ideali zada de su comportamiento en los años
cuarenta, cuando supuestamente consiguió sacar a su padre (af ecto a la República,
probablemente catalanist a) de la cárcel; o a las numerosas veces que estuvo a punto
de af eitarse el bigot e, símbolo de su “ adhesión i nquebrantabl e”; o a las también
cuantiosas ocasiones en las que habría presentado su dimisión en el servicio de
propaganda si su mujer, o su cuñado u otras circunst ancias (siempre ajenas a su
voluntad, por supuesto) no se l o hubier an imped ido.
Sin embar go, p arece q ue en l a pelí cula , como en la no vela ho mónima de J avier
Mars é, sí hay gent e capaz toda vía de dar se cuent a de esas “pequ eñas ment ir as
inoc ente s”. Su a ma d e llave s, su cuñ ad a, la g en te del pue blo y , sobre todo , su sobrina
Mari an a l e harán ver que las cosas no son como quiere recordarlas. Este último
personaje (interpr etado por una joven Victoria Abril), a pesar de su cinismo y su
desinter és por el pasado, o justamente tal vez por eso, acaba convirtiéndose, como se
recogió en crítica s de la épo ca, “no sólo en su fiscal y Pepito Grillo, sino en una
poderosa máquina de seducción que pone en crisis la compostura del
memor ia li st a” 217 .
La relación tío - sobrina se sitúa de este modo como eje principal de la película y
se concreta en la degrad ación in cresc end o del débil y cobarde protagonist a. La
elección de Aranda de cargar las tintas en el ámbito sexual contrasta con el mayor
interé s qu e Ju an M a rsé m o strab a por la exploraci ón de los límites entre verdad y
ficción , en tre lo q ue fue y lo que s upuestamente se querría que hubiera sido. “Nada es
como es, sino como se recuerda” le d ice Forest a su sobrina, citando a V alle Inclán,
“¿Mem oria de la represión o mem oria d el fran quismo? ” en San tos Juliá (dir.), Memor ia de la guer ra y del
franquis mo , T aurus, M adrid, 2 006 p . 237.
217 Gonza lo Ungidos , ““La muchacha de las bragas de oro. La viej a memoria”, Mund o Obr er o , 3 de a bril
de 1980.
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El siguien te de los fil ms anali zados, Kargus (Juan M iñón, Migu el Á nge l Tru jillo,
1980) , no es exactamente un “f ilm de memoria”. La obra se desarrolla en un presente
coetáneo a su realización. La presenci a del pasado reciente de E spañ a es constante,
pero no proc ede de recuerd os o flashba cks, sin o de la literat ura. El p rota gon ista de
esta atípi ca películ a está escribiendo una novela, “Franco: 1936 - 1975”, f ormada por
seis relatos breves que se enm arcan en e sa cronología. La primera se si tú a en la
Guer ra Civil , cuando dos excombat ien tes trat an de cru zar la front era sin mucho éxito .
La segunda está am bientada en una posguerra de ruinas y miseria que recuerda en
gran medida a la Barcelona de Juan M arsé en Si te dice n que caí . En ella, un a ch ic a
jove n y u n anc ian o, tal v ez in tele ctu al r ep resa liad o, ma lviv en ca za nd o y v end ien do
gatos para su consumo como si se tratar a de carne de conejo y se ven enfrent ados a
las fuerzas del orden, que intent an reintegr arlos con violencia en la “nueva sociedad” .
La tercera historia está fechada en 1953 y recoge el despertar sexual de unos
adolescentes de clase media así como sus j uegos coti dianos cargados de viol encia.
Por su par te, un calend ario n os indi ca que l a cuart a hist oria t ransc urre en 1 960.
En ella se nos presenta al eterno opositor que, mientras estudia para sacar plaza,
inten ta ‘llega r a m ás ’ con su dec ent e novia form al. El día que la lle va a d ar una vuelta
en su supuesto coche comprado a plazos ella cederá a sus requerimient os sexuales ,
pero un guarda forestal interrumpe la escena para restabl ecer la m oralidad y hacer
que la novia se entere de que el coche era pr estado.
La quinta parte nos acerca al trabaj o cotidi ano de una brigada de limpieza de
pintadas antifr anquistas. Su trabajo nocturno forma pa rte d e la repres ión y cen sura
ejerci da por la di ctadura a t odos los ni veles. La exclamación “¡Car rero, cabr ón!” en uno
de los muros nos hace pensar que la historia se desarrol la en torno a 1973 año en que
el general Luis Carrero Blanco fue nom brado por Franco presidente del gobierno, pero
tam bién año en que mu rió en un atenta do de ETA . El v olum en de trabajo que tiene
esta brigada demuestra un claro descontento contra el régimen o, al menos, una
producti va oposición. P intadas com o “Abajo la dictadura franqui sta” so n eliminadas
mie ntr as se deja “Gi bra lt ar españ ol ”. Por su part e, “Vi va Lola ” siemb ra el desco nci er to
entre ellos, desconcierto que no consiguen eliminar siquiera tras la consult a al m anual
de inst rucciones, en el que no apar ece. Ante la duda, deciden el iminarl a.
Por último, en la sext a histo ria, un chico y una chica reflexionan sobre la
mil i tan cia y sobre los pro bl emas de la cland est in id ad. Ell a li ga con otro jov en y se lo
lleva a c asa . De scu brim os el p udo r de l ch ico, q ue no está aco stu mb rad o a que las
mujeres lo abor den en l os bar es y ll even la i niciat iva . Ella rep rese nta el c am bio
generacional y la liberal ización sexual (toma la píldora, por ejemplo). Sin embargo la
supuesta m odernidad de la escena se ve inter rumpida por una noticia inesperada: la
94
muer te de Franc o. Mie ntr as ell a disi mul a y él per manec e escond id o baj o la cama, lo s
padres, la abuela y el hermano de la chica irrumpen en la habitaci ón de madrugada
con una radio que sospechosam ente sólo retrasmite mú sica clásica. La situación es
un tanto surr ealista, con un toque de com edia que com bina bien e l tem or de los
padres, el desconciert o general y la alegría de la hija y d el joven, que se miran
sonriendo tras pronunciar un lacónico pero suficiente “Ha muerto”.
Kargus es tá en la órbita de l as l lamadas “c omedias madri leñas” que estar ían
representadas por obras com o Ópera pri ma (Fernando Trueba, 1980) o Tigres de
papel ( 1977). En ell as, los protagonistas son si empre jóv enes urbanos que se
encuentran en crisis (ya sea ésta sentimental , económica, laboral o una combinación
de todas ellas) y que viven el presente sin m irar hacia el pasado y sin pensar mucho
en el futuro. En est e aspecto Kar gus resulta, com o hem os visto, un ta nto distinta.
Sin embargo, este int erés por el pa sado que hacía de Kargus una película
atípi ca dentro de estas comedias jóvenes y urbanas es pronto “corregido” cuando,
hacia el final de la películ a, el protagonist a decide tirar por la ventanill a del coche
todas las hojas que conformaban la única copia de la no vela . Ese a cto d e libe ració n,
ese adiós al peso del pasado, no deja de ser en ciert o modo signific ativo de una
generación de jóvenes directores que parecen hacer cine com o si F ranco no hubiera
existi do 244 .
Hemos inclui do Kar gus en este capít ulo por su represe ntación de la actitud de
las generaciones jóvenes a nte la guerra y el fr anquismo, pero también porque ref uerza
el poder del relato como vehiculador de la memoria, alertando de nuevo, como ya
hicier a Aranda en La muchacha de las bragas de oro, de la fragilidad de l recu erd o, de
su potencial manipulación o pérdida. La sociedad de com ienzos de los ochenta en la
que se est rena este film también decidió en ci erto sentido echar a volar los papel es
que recogían punto a punto, coma a coma, lo acontecido en los años de dictadura.
Como el prot agoni sta del fil m, España parecí a querer conduci r sus pasos hacia la
aventura, hacia la modernidad, liger a de equi paje.
La siguient e pelíc ula a analizar no podría ser m ás dist inta en cuanto a enfoque
y a personajes. Estr enada también en 1980 y basada en la exitosa novela de
Fernando Vizca íno Casas (1978), Y al tercer año resucitó (Rafa el G il, 1 980) es, an te
todo , “un a b urles ca mirad a a la d em oc racia de l mo m ento ” 245 . E l film com ien za el 20 de
noviembre de 1978 con un anciano haciendo auto - stop en las inm ediaciones del Valle
244 Frédéric Strauss, Pedro Almodóvar, un cine visceral , A guilar, Ma drid, 199 5. Pedro Almodóvar se
quejaba en 1983 de que “la atención de los dir ectores está fi jada en el pasado, en l a posguerra, pero ésos
son fantasm as del p asado que la m it ad del país no c omparte”, Dir igido por, nº 111 , 1983 .
245 Jordi Batl lé Caminal, “Y al tercer año resucitó”, El País , 19 de septie mbre de 1990.
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de los Caídos. Mientr as, en Madrid, una confusa noti cia sobre la resur rección
económica del franco hará que se extienda el rumor de que Franco ha vuelt o.
Ambient ada a fin ales de los setenta, su inclusi ón como “fil m de m emoria” viene
dada por la reivindi cación, sin complejos, de una herencia franquist a altamente
reconocibl e en ese presente. Alcaldes falangistas que cambiaron de chaqueta y se
arrepient en; actores “progres” que desempolvan el repertorio de Pe mán; sind ic ali st as
que contra Franco vivían mejor; nostálgicos empedernidos del franquismo … todos
terminar án llenando la P laza de O rien te e n h om ena je a l “a nter ior je fe d el E sta do” 246 ,
por convicción – o por m iedo - . En e ste c om edia cora l po cos sale n bie n pa rad os, y
menos aún, la inci pi ent e democ rac ia: la pel íc ula en te ra es una des cri pc ió n de
desmanes y despropósitos, en los que se fuerza voluntariamente la confus ión entre
liberta d y “libe rtina je”.
Image n 2: Ca rtel prom ociona l de Y al terc er años, resucitó, Rafa el Gil (1980)
246 Como s e nombra esta época en l a película. La palabra di ctadura no aparece en todo el metraj e.
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Tres momentos destacan en el desarrol lo del fil m. El primero de ellos tien e al
propio Adolfo Suárez, encarnado por Pepe Sancho, como protagonista. Avisado de la
“resurrec ción” no s e alarma, al contra rio. “En rea lidad, Franco fue sie mp re un
demócrata. Tengo la certeza de que pactaríamos sobre lo esencial ”, dirá con aplomo,
poco antes de ir a buscar, por si acaso, su traje de gala de falangist a. E l segundo
moment o l o p rot ag oni za e l p rop io Fra nco al sen tar se en u n ban co jun to a ot ro anc ia no .
Éste comentar á cómo el futur o está en manos de los jóvene s. “Nosotr os ya hemos
hecho todo lo que teníamos que hacer, que fue m ucho. Lo malo es que no siempre
nos lo agradecen”, afir ma el señor, y Franco cabecea, totalmente de acuerdo. El tercer
moment o s e trata de la última conversación del film, que resulta altamente
signifi cativa. Un joven recoge a F ranco en la ca rretera y lo lleva de vu elta al Valle de
los Ca ído s. El jov en co m enta la mu ltitud inar ia con cen trac ión e n la pla za de Orie nte.
“Franc o lo hizo bien, o quizás sea que éstos de ahora lo están haci endo muy mal”, dirá
el joven, mientras se queja de que su padre es franquist a acérrimo y “se aferra a l
pasado. Y eso tampoco puede ser. F ranco ya es historia, muy respetabl e, eso sí, pero
histor ia”. El anc ian o só lo dic e “e fectiv am en te”, y tras b ajar del c och e, lo v em os
adentrarse entre la nieve en la gran plaza que lleva a la basílica donde el general está
enterrado.
Mir ar haci a el pasa do, pero sin queda rs e ancl ad o en él; mira r hac ia el fut uro , pero
sin ol vidar las bondades del pasado. La postura ideológi ca de este film no puede sino
califi carse de coherente. Tanto Vizcaíno C asas como Gil fueron partidarios del
régim en franq uista y a sí lo ma nifestab an. Lo in teresan te má s bien e s el eno rme é xito
de las novelas del primero y de las películ as que se inspiraban en ellas . En junio de
1978, tres libr os de Fernando Vizcaíno Casas ocupaban los tres primeros puestos de
ventas en España según una encuesta del Instit uto Nacional del Libro 247 . En tre 1 97 9 y
1980, m ás de 2 mil lo nes de esp ect ador es ll en aro n las sal as de ci ne par a ver la s
adaptaciones de esas novel as.
¿Curiosi dad? ¿Morbo? ¿Inquebrantabl e adhesión? Resulta difícil concretar lo,
aunque sí que es ciert o que cualesquier a que fueran los m otivos por los que la gente
llena ba lo s cine s, no e ran lo b asta nte s ólido s. El fe nóm en o du ró po co. L a sigu ient e
películ a de Rafael Gi l (y úl tima) 248 , Las autonosuyas (1982) apenas s uperó los 300. 000
espectadores. Nadie recogió su testigo con éxito, tal vez por la disminución de esa
p alpable politi zación de la sociedad, tal vez por hartazgo ante una fórmula repetit iva, o
tal ve z po r am bas cos as.
247 “Fernando Viz caíno Cas as”, El País, 23 de juli o de 1978.
248 Rafae l Gil murió en 1985.
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Como el personaje de Mariana en La muchacha de las bragas de oro , es te film
sirve de recordatorio, de Pepito G rillo, para aquellos que se apr esuraron a “olvidar” su
actuación durante la dict adura, presentándose como dem ócratas de t oda la vida. En
1978, cuando se publica la novela, Y al terce r año resucitó venía a demo strar q ue e l
pasado podía resultar incómodo para muchos y que, incluso en 1980 , cua nd o se
estrena el fi lm, l as cosas no habían cambiado tanto.
Para el protagoni sta de nuestr o sigu iente fil m, sin embargo, mantener se fi el a
sus principios, le costará graves problemas en la “nueva España” po st - Franco. Tú
estás loco, Briones (Javier Maqua, 1980) está basada en la obra de t eatro homónima
de Fermín Cabal estrenada en 1978, puesta en marcha por una compañía
independient e. Tanto en la obra como en la película Faustino Briones, un
esperpenti zado archi franq uista e hipe rfalan gista es enc erra do en una residencia
psiquiát rica. ¿La razón? N o ha sabido adaptarse a la nuevos tiempos “democráti cos”.
En cier to senti do, Briones viene a mostrar nos en qué se conver tir ía el protagoni sta de
¡Jo, pap á! si no le da la espalda a su pasado.
“Yo me man tendré firme hasta el fina l”, le dice a la joven enferm era con la qu e
traba a mista d. Sin em ba rgo , es é se “ma nte ners e firm e ” lo qu e re sulta pro blem á tico,
especialmente cuando antiguos camaradas van abandonando sus principi os a tenor
de las nuevas circunstancias. El enfrentamiento co n uno de los médicos del
psiquiát rico es m uy significat ivo en este sentido. El médico solía tener colgada en su
despacho una foto junto a Franco. Ahora, sin embargo, de la foto no queda más que el
hueco. “Es usted de los que se arriman al sol que más calient a”, le dice Briones en la
consulta; “ ( … ) una r ata de bodega que huye del barco cuando huel e a quemado”.
La clave del film no radica, no obstante, en una defensa de los ideales franquist as,
al contrario. Si algo puede decirse de la ideologí a de Javier M aqua es que no era en
absoluto franquista 249 . Má s bie n pa rec e qu e los obje tivos d el dire cto r pasa n po r do s
aspectos. En primer lugar, denunciar la hipocresía de todos aquellos que querían
pretender no haber teni do vinculaci ón alguna con el franquis mo, así como de todos
aquellos que fueron modulando su ideología dependiendo de la fuerza en el poder. En
este aspecto Tú estás loco, Briones coincide co n Y al tercer año resuci tó, aunque
desde el otro extremo del espectro polít ico . Po r otra p arte, y este a spe cto ta l vez s ea
el m ás inter esante, la películ a es una denuncia de la uniformidad de pensamiento que
empezaba a imponerse ya a comienzos de los años ochent a. Mucho más allá de la
reivindica ción de los p rincipios franq uistas, lo que se defiende es la libert ad de opinión,
el derecho a disentir . “Yo soy un hombre de principios, algo que hoy se reivindica
249 Basta con hacer un repaso por los textos del dossier dedicado a Javier Maqua en El v iejo t opo para
comprobar esta información. El viejo topo, nº 255, abril de 2009.
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como locura. Si es así, reivindico m i derecho a estar loco. Para usted, todo aquel que
se aleja de la norma establecida, está loc o”, le dirá Bri ones al doctor.
Preámbulo de esa hom ogeneidad cultural y política que se va confi gurando desde
finale s de lo sete nta y que alg un os au tores han d en om inad o “Cu ltura d e la Tra nsició n”
(CT), el retrato ofrec ido por Tú estás loco, Brio nes resulta pesimista en líneas
generales, a pesar del tono de comedia y de su final abierto 250 . Es esa forzad a
unifor midad la que m etafóri camente queda refl ejada en el psiquiátr ico y la que em puja
a todos los elementos disidentes, ya sean de izquierdas o de derechas, a unir fuerzas
contra la dir ección del centr o . Su luc ha, sin em barg o, s erá de sba ratad a y los dirig ente s
marg in ados .
Otr o aspect o que tamb ién resu lt a de gra significaci ón para nuestro análisi s del
estatus del pasado durante la Transic ión aparece en una con versación de Briones con
su mujer. En un m omen to dado, ella le pide que se calle: “Calla Faustino, ¡que te
pierdes! ”, le dice tras la críti ca de éste a Suárez y a otros tantos que han cambiado de
chaqueta. “Callar, ca llar – responde el protagonista - , p or t odas partes esa palabra.
¿tenéi s miedo, verdad?”. Con esa pregunta se introduce otro de l os temas clave de
aquellos años: el sil encio sobre el pasado reciente de España. P ara Briones, la
oblit eración res ulta cl ara y su conf inamiento en el psiqui átrico no vendría si no a
demostrarl o. Pero, al mismo ti empo, el hecho de que películas com o ésta se
produjer an contradi ce ese silencio, por más que las condiciones de su exhibición y las
críti cas no fueran ideales. Como dice A lejandro M ontiel en El viejo topo es ésta “no
sólo una película excepcional en tanto en cuanto da testimonio del sindiós de aquellas
trans icione s, s ino com o intelig ente rec odific ació n d e lo s tóp icos de la com ed ias a la
española de los setenta ( … ) por lo que sorprende la incomprensión, que llegó hasta
las in vec tiva s, co n qu e fu e rec ibid a po r qu iene s – creíamos – más pare cí an ll amad os a
aplaudir la en r azón de su afinidad polít ica” 251 .
250 El concepto de Cultura d e la Tra nsición, expuesto p or Guill em Martínez en su obr a homónima, s erá
desarrollado con mayor profundidad en los sigui entes capítulos . Puede defini rse como “el paradigm a
cultural hegemónico de las últ imas tres déc adas en est e país. Se tr ata del proceso mediante el cual las
izquie rdas d e la tran sición optaro n por la “des activa ción” d e la cu ltura y p or otor gar el p apel d e form ular la
realidad y su s límites al Estad o. La CT n ace con las d errotas de los m ovimie ntos rad icales d e los 7 0
(contracultura , movimie nto obrero au tónomo , anarquistas libe rtarios, etc.) y se co nsolida en 1 977 con los
pactos de l a Moncloa (los pact os oficial es del franqui smo con la oposi ción que terminar on efectivamente
con “la izquierda del interio r” en los últimos años del régime n). El resultado de todo ello es que desde
1981 no se dis pone de ninguna lect ura de la r ealidad que no sea la facil itada por el Estado ( … ) el rasgo
primordial de la CT es que está completamente al ineada con el poder . Su labor cons iste en desacti var la
cultura de elementos problemáticos, cr ear estabilidad políti ca y cohesión social (que todo el mundo piense
lo mism o). F abrica r cons enso , en res ume n. Es u na cu ltura ve rtical, m odula da d e arriba hacia abajo , una
cultura circunscr ita y altamen te jerárq uica” , segú n rese ña de Kiko A mat e n su b log Bendito at raso
http:// www.kikoamat.com/web/tag/gui llem - mart inez/ Consult ada por últi ma vez e l 22 de febrero de 2014.
251 Alej a ndro Montiel, “Algo, y sól o algo, del cine de Javi er Maqua”, El viejo t opo, nº 255, abril 2009.
Cuando ha bla de “incompr ensión invect iva”, Montiel se r efiere a la críti ca de Santos Zunzunegui en
99
En defini tiva , Tú estás loco B riones vi ene a confirmar que si bien la lectura
cinematográfica de la histori a que los “ films d e me mo ria” pe rmite n no es tan rica com o
la de los film s h istóric os puro s, sí ofrec en u na lec tura histór ica d el film d e g ran utilid ad
al historiador. Son precisamente estas obras que no están ambientadas en el pasado ,
pero que no pueden desprenderse de su influenci a, las que resultan m ás signifi cativas
del momento histórico, de la atmósfera de la época y de la concepción que se tenía de
ese ayer no tan lejano.
Por últi mo, Volver a empezar (Jos é Luis G arci, 1982 ) com ie nza con el tren que
lleva al pr otag on ista d e v uelta a su tierr a, tra s dé cad as de e xilio. El film tra ta de
Antoni o Albaj ara (encar nado de nuevo por Antonio Ferrandis) , un e scrito r q ue , tra s
recibir e l N obel de Literatu ra, d ecide pas ar p or su Gijón nata l, a visitar a Elena, su
amor de j uventud:
“Desde que me f ui aquel 14 de marzo del 38, tú has estado detrás de cada
frase, de cada pala bra. Cine Robled o empecé a escribirl o para ti, en F rancia, en el
campo de concentración, con aquella pluma que m e regalaste. Como no tenía papel, lo
escribí en los márgenes de Fortunata y Jacinta . Luego me d escu brieron y me q uitaron
el li bro. Un año más tarde, en México, lo volví a escribir ” 252 .
Estas p alabr as, que no s recuer dan el c omienzo de Cr ónic as del alb a , d e
Ramón J. Sender 253 , s on la ú nica re feren cia a la su erte co rrida po r m iles de es pañ oles
que, como Antonio, dieron su apoyo al bando perdedor en la contienda. Nada se nos
dice sobre cómo esos casi cuarenta años de dict adura afectaron la vida de Elena, que
se quedó en España. Tam poco se nos dice nada sobre las circunstancias concretas
que forzaron el exilio de Enrique. No hay explicaciones que conlleven una lectura
cinem atográfi ca de la histori a signif icati va. Se impone el silenci o sobre cualquier
posible implicación política de los personajes. “No podemos pasarnos 40 años
pensando en los 40 años pasados”, precisó Garci cuando se le preguntó por qué el
contexto polít ico q uedaba f uera de Vol ver a empezar 254 .
Y, sin embargo, puede que José Luis Garci sea, junto a Vicent e Aranda, el
direct or que más películas haya enmarcado en el pasado reciente de la historia de
España. Este dire ctor, nacido en 1944, aprendi ó m ucho del ofici o de cineasta a través
del cine clásico americano. “El cine nos ayudaba mucho a vivir en aquella época. Nos
Contrac ampo: “Allá cada cual co n sus intencio nes, pero m anten er – con escasa fortuna cinematográfica –
que “los f achas son buenas personas y pueden ser excelent es padres de fami lia” (Maqua di xit) parece
más p ropi o del di scurs o de un Ma rian o Ozor es q ue de un nuevo cine asta que se pr eten de pr ogres ista ”.
Santos Zunzunegu i, “Tú estas lo co, Brio nes , d e Jav ier Ma qua ( 1980 )”, en Contracampo , 21, ab ril - mayo,
1981, p. 69.
252 Extr acto de l a película .
253 Ramón J . Sender plant ea su n ovela Crónica s del alba como si hubiera sido escrita por su protagonista
en el campo de r efugiados francés de Argelès - sur - mer .
254 Ramón V ilaró, “La películ a ‘Vol ver a empezar’ , acogi da con entusia smo por el p úblico americ ano”, El
País, 12 de abril de 1983 .
100
demostraba malamente que había otra vida distinta a la que vivíamos mi generación
de los años cincuenta”, diría el director en una entrevista 255 . T al v ez por la consciencia
de esa otra vida que no pudo o no pudieron vivir , el cine de Garci se ha considerado
como altamente no stálgico. Incluso en las obras qu e se desarrollan en el presente, el
peso de la memoria y del tiempo pretéri to que jamás se podrá re cuperar tienen un
papel cl ave 256 .
Ese pasado alcan za no obstante, dependiend o de cada fil m, muy disti ntas
form as de c onc reció n. En e l c aso d e Volver a empezar , film d e am ores in con clus os y
reencu entros en la te rcera ed ad, de “sonris as y lág rimas , de fútbo l y nostalgia 257 , la
Guer ra Civi l aparece como velada alusión, causante del exilio del protagonista. Pero si
la gu erra ape nas apa rec e, la dic tad ura e s dir ecta me nte una elips is. Re su lta llam ativ o
que la causa que ha alejado al protagonist a durante cuarenta años de su país y del
amor de su vida ni siquier a se mencione.
Por ot ra part e, en e se 1981 en el que se d esarro lla Vol ver a empez ar , la le ctura
histór ica del film entra en acción de manera inevitable, especialmente tras una escena
en la que s e nombra al rey de España. El monarca (que en real idad es l a voz de Pedro
Ruiz , imit ándol o) lla ma po r teléf ono a Albaj ara para fel ici tar le por el gala rdón y para
agradecerle las palabras elogiosas que dijo sobre él en su discurso. E l Nobel
respon derá: “No dije m ás qu e c ual quier español orgulloso de serlo. En m i opinión,
señor, e s usted el homb re que nuestro país necesita” e incluso se perm ite llamarlo
colega pues “en E stocolmo, M ajestad, no había duda de que el próximo Nobel de la
Paz sería el rey de España y por razones bi en justifi cadas”. No ha de olvi darse que la
escrit ura de esta conversación tuvo lugar después del golpe de E stado del 23 de
febrer o de 1981 .
Aquell a llama da te lefó nica fue seña lad a por algu nos críticos com o
oportuni sta 258 ya que su finali dad, un tanto p retenciosa, habría sido la de “edificar (al
espectador) con un m ensaje notablemente patriót ico y democrático” 259 . L a a ctitud d e
Garc i sor prend e espec ial mente cuando se compara con decla rac ione s del direc tor al
ser preguntado p or el cine polít ico. “No me interesa para nada la políti ca. Por
supuesto, me gusta vivir en un país democrático. Y, e s m ás, no creo e n el cine
255 Entr evista a José Lu is Garc i, refere ncia G 185 , Filmote ca Esp añola .
256 Crí tica a esa nos talgi a desmedi da en Ramón Freix as, “Vo lver a empezar” , Dirigi do por, nº 92, abril
1 982.
257 José Luis Guarner, “Vol ver a empezar”, El Per iódico , 31 marzo 19 82.
258 “Garci recurre ademá s a refe rencias oportunistas de cará cter político y extracine matográ ficas, obvia s
en extremo”, Mary G . Santa Eulalia, “Volver a empezar”, Hoja del Lunes, 5 abril 1982; “mañoso
oportunismo y sentimentali dad a flor de piel que caracterizan habitualmente su cine”, Jo sé Luis Guarner,
“Volver a em pezar”, El Periódico , 31 marzo 1982.
259 José Luis Guarner, “Vol ver a empezar”, El Per iódico , 31 marzo 19 82.
101
polít ico. Porque cuando es así, estás trat ando de utili zar el cine para m eter ideas
buenas o malas” 260 .
Su si lenc io con respecto a la dictadura en una película sobr e un exil iado
polít ico no deja de resultar, sin embargo, altamente políti co. C omo dem ostrará n la s
declaraci ones del direct or en artí culos y entrevista así com o los diferent es film s
recogid os en este trabaj o, la “apoliti cidad” de la filmografí a de Garci y de él mismo
resulta má s que cues tionable . T ome mo s por ejemp lo la de dicatoria c on la que cierra
Volver a empezar :
Esta películ a quier e rendi r homenaj e a los hombres y mujeres que empezaron
a vivir su juvent ud en los años trei nta; y en especial, a los que aún están aquí,
dándonos ejemplo de esperanza, amor, entusiasmo, cor aje, y fe en la vida.
A esa generaci ón i nterru mpida, Gr acias.
Garc i nos prese nta este cier re como un apol íti co record ator io dedi cado a la
gente nacida en los años veinte, a todos aquellos que vieron su vida interr umpida por
la G ue rra Civil, sin d istinc ion es de b an do. Esta de dica toria e nlaz aría dire cta me nte co n
la que cierr a su p rim era p elíc ula, Asignatura pendiente (analizad a en el C apítulo 4) y
que está diri gida a su propia generación. “ A nosotros, que hem os ido llegando tarde a
todo : a la infa ncia, a la ado lesce ncia a l se xo, al am or, a la p olítica … A nos otros , q ue
nos quitaron, año tras año, el si gnificado de cuanto nos rodeaba, aunque fuer an las
cosas más pequeñas … ”
Sin embargo, al inclu ir unas líneas tan victi mista s en ambas pelíc ulas, Garci
parece olvidar que las circunstanci as en que la generación de Volver a em pezar y la
suya propia vivieron su juventud no fueron las mismas. La gente d e la generación de
los p rota gon ista s de Volver a empezar , q ue e ran jó ven es e n lo s añ os tre inta, fu e la
que se vio m ás implicada en los acontecimientos porque, o bien tuvo que partir al
frente , o bien sufrie ron la d ure za d e la reta gu ardia . D e u na u o tra fo rma se viero n
afectados por la pugna ideológi ca de la guerra. Y cuando en 1939 no llegó la paz si no
la vic toria, algu nos , com o Anto nio Alba jara , se e nco ntra ban en el ba ndo de lo s
vencidos. Una dedicatori a tan general como la que plantea Garci en Volver a em pezar
sólo vi ene a señalarnos una dirección: la de los discursos pro - recon ciliación, tan
relaciona dos co n el “to dos pe rdimo s muc ho en la gu erra” y “aqu ello fue una loc ura
colecti va que no ha de repeti rse” 261 .
260 Jerónimo Vallejo , De “Asignatura pendie nte a Volv er a em pezar: José Luis Garci: En América sería el
zar del cine” , Refer encia G 187 Fi lmoteca Española .
261 Como de staca, entre otros, Juli o Aróst egui, existi ó una memoria i mperante en la Transi ción que veía l a
guerra como una “l ocura colecti va”. Entre l os intelect uales que ref rendaban esa concepción s e
encontrarían Carlo s Seco, Laín Entralgo, Jul ián Marías … La memoria de l a guerra cobraba un
“ejemplariza nte y coactivo ” en Julio Arós tegui, “Mem oria de la Re pública en tiempos de Transición” e n
102
Sin embargo, no todos perdie ron lo mismo. Anto nio tuvo que exili arse, dejando
su vida, él sí, totalmente interrumpida. E lena, su novia entonces, se vio separada del
hombre de quien estaba enam orada y es muy probable que en la moralist a España de
Franco nunca volvier a a bañarse desnuda en la playa de G ijón una noche de verano,
como em otivamente recuerda que hizo en los años treinta junto al Nobel. Pero, ¿por
qué esta generación se vio interr umpida? ¿Qué o quiénes alteraron los
acontecimient os? Garci no intenta ni siqui era esbozarlo, dejando las pregunta s sin
respue sta in mers as e n es a atm ósfe ra po líticame nte c orrecta. Prefiere opta r por un
discurso altamente moderado, muy en la línea de las inici ativas por el consenso
estableci das por algunos grupos políti cos durante la Transi ción . Pero é se es u n
silencio excul patorio, una forma de explicar la guerra como drama colectivo y, con ello,
llevar a cabo una exención de responsabilidades alt amente peligrosa 262 . P od ría
decirse que lo que el director pretende es que “una historia individual adquiera rango
universal ”, como se nos dice en la crítica de Dir igi do por 263 , p ero en c ierto mo do esa
afir mación peca de simplista ya que no todos los españoles que fueron jóvenes en los
años 30 suf rieron la guerr a y l a dict adura de i gual manera.
La visión del pasado que esta pelíc ula lleva a cabo puede enm arcarse, por lo
tanto , en lo qu e se ha con ocid o c om o “cine de la Re form a” y q ue ya en 1 977 Ju lio
Pérez Perucha relac iona direct amente con la refor ma polí tic a hoy más conocida como
Transi ción 264 . Pére z P eru cha e xpo ne cóm o, en aquello s tiem po s d e cam bio , un a de
las má s imp orta nte s b ata llas que e l e mb rion ario Es tad o d em oc rátic o hubo de ganar
fue la de la opinión pública. Como ya apuntábamos en el C apítul o 1 a partir del trabajo
de Manuel Trenzado 265 , el cin e co m o m edio de com un icac ión d e masa s podía
trans mitir una imag en qu e aportase al nuevo régimen credibil idad y convicción. En
palabras del crít ico Julio Pérez P erucha, “junto a otros factores ideológicos , el cine
Egido León, Ángel es (ed) Me mor ia de l a S egu nda Re púb li ca y re ali da d , Biblioteca Nueva, Mad rid, 2006 p.
370 .
262 Muy i nter esant e al respect o l a obra de Pa loma Aguila r e n l a que recoge un epí graf e p ara esa
consideración de la guerra como “l ocura colectiva” , cons ideració n m ediante la que se exculpa o se
reparten responsabilidades a partes iguales e ntre los implica dos. Palo ma Agu ilar, Políticas de la mem oria
y memorias de la política, Alianza Editori al, Madri d, 2008, 316 - 319.
263 Ramón F reixas, “Vol ver a e mpezar”, Diri gido por , nº 92, abril 1982.
264 En su críti ca a Retrato de familia para la revista valenciana Dos y dos: “Co mo se sa be, se ve y se
sufre, la Reforma Política va desarrollando su existencia accidentalmente y co n un irregul ar estado de
salud. Una de las m ás importantes batallas que debe afrontar para m ejorar ese estado de salud es l a
batalla de la opinión pública, la creación y la venta masiva de una imagen que le aporte credibil idad y
convicción. A esta tarea se aplica tam bién y con singular dedicación el cine e spañol. Cabe hablar, pues,
de cine de la Reforma”. Julio P érez Perucha, “R etrato de familia”, Dos y dos , n º 35 - 36, 23 y 30 de marzo
de 1977.
265 Manuel Trenzado, Cultur a de mas as y ca mbio pol ítico: El cine es pañol de la Tr ansici ón , Centro de
Investig acione s Socio lógicas, S iglo XX I, Mad rid, 1999 .
109
rabia, Mori r , do rmi r … t al v ez so ña r ). La tercera de las posibil idades engloba a aquellos
films en lo s que se d iferen cian dos pe ríodo s crono lóg icos con trap ues tos, siend o la
posguerra uno de ell os ( Hi jos de papá ).
En rel ación con la clasi fi cación de los fil ms habrí a que clari fica r por qué, a
pesar de que en este capí tulo varios films hacen alusión a la mem oria, no han sido
integ rad os e n el C apítu lo 2. E l mo tivo d eb e bu sca rse e n la fu nció n qu e la m em oria
ocupa en ellos. Al tratar se meramente de un recurso narrati vo, el recurso memorístico
no conlleva reflex ión y, por lo tanto , n o los con vier te e n “film s d e m e mo ria”. Lo s film s
de este capítul o que utilizan el recuerdo lo hacen usándolo como mediador en el
relato, com o hilo conductor, pero no presentan cuestionamiento alguno sobre el propio
proceso de rememora ción, sobre su si gnificación o su veracidad.
Final mente nos gustaría dejar constancia de la desigual repercusi ón de las
obras en su época. Algunos de estos films fueron un éxito de críti ca y público; otros no
llegar on siquier a a los 100.000 espect adores; mu chos ha n c aí do hoy en el o lv ido .
PELÍCULA
ESTRENO
ESPECTADORES
1. Mori r. .. dormi r. .. tal vez soñ ar , Manuel M ur O ti
24 - 08 - 1976
101.358
2. ¡Bruja, má s que bruja ! , Fernando Fernán - Gómez
02 - 05 - 1977
364.761
3. Tengamos la guerra en paz , Eug enio Martín
01 - 08 - 1977
556.874
4. In mem oria m , E nriqu e Bra só
05 - 09 - 1977
41.397
5. Niña s … ¡al sal ón ! , Vicen te Es crivá
12 - 12 - 1977
829.019
6. Los dí as del pa sado , M ario C amu s
01 - 03 - 1978
359.888
7. La rabi a , Eug eni A nglad a
1978*
43.659
8. Companys, pr oceso a Catal uña , Josep María Forn
1- 09 - 1979
361.807
9. El corazón del bosque , Manuel G utiérre z Ara gón
28 - 11 - 1979
268.270
10. Sil via ama a Raque l , Diego S antillán
1979*
235.965
11. Hij os de papá , Rafael G il
18 - 12 - 1980
582.773
12. Vida/ Perra , Javier Ag uirre
1 981*
21.051
13. La pl aza del diamante , Fran cesc Betriu
25 - 03 - 1982
503.822
14. La col mena , M ario C am us
11 - 10 - 1982
1.493.139
15. Demonio s en el j ardín , M. G utiérre z Ara gón
18 - 10 - 1982
983.381
Tabla III: Listado de pel ículas incluidas e n el C apítulo 3 (*Ún icos d atos re flejado s en la base del IC AA)
1. HISTORIA COMO PRETEXTO
Las películas enmarcadas dentro de este epígrafe muestran poco interés por el
moment o hist ór ico en el que se desar ro ll an, espe cia lme nte , la s cuat ro con las que
comenzarem os el análisi s. Mori r … dor mi r … ta l ve z soñ ar , Br uj a más que br uj a , In
memor i am y Vida/ perra . En ellas el c ontexto se m uestra prácti camente indefinido
110
porque no resulta fácil saber en qué año transcur re la acción del film. En algunas de
ellas, algún rasgo marginal nos ayuda a descubrirlo 275 . E n o tras, pod em os llegar a
conclusiones más o m enos a proximadas so bre la cronología p or la ed ad de los
personajes y la evolución del propio fil m ( Mor i r , dor mi r … ta l vez so ña r; Vi da per r a ). Lo
que parece claro es que el objetivo del director no era en absoluto hablar de un
pasado concreto sino que, m ás bien, el hecho de que la acción se desarroll e en él es
tan an ecd ótico q ue n o me rec e ser siqu iera re señ ad o con m ayo r profu ndida d en e ste
traba jo.
Como el cineast a y cola borado r de Dir igi do po r, August o M. Torres, insinu aba
en una entrevi sta a Enrique Brasó tras el estreno de In m e mo riam , la am bie ntac ión
histór ica del fil m resultó tan excesivamente sutil que podría haber estado ambientada
en cualquier otra época. El director insistirí a en la signifi cación de ese silencio,
explicando que intentaba transmitir el vacío que la guerra y la dictadura habían creado
no sólo en el protagonistas, si no en toda la nación. Como Torres respondió entonces,
podría ocurrir que, al ver el film, ese vacío acabara adueñándose del fil m y anulando
todo sign ificad o, co mo en c ierto m od o s uce de e n In m em oriam 276 .
En este bloque encontramos también un film exponente del denominado “Cine
de la Reforma”. S e trat a de un cine que pretende avalar y aprovechar comercialmente
l os cambios en la sociedad española en torno a la m uerte de Franco. A travé s de un
cierto tipo de películas “conciliadoras” se bu sca reforzar e l consenso político y
social 277 . La p elícu la a an alizar e s Tengamos la gue rra en paz (Euge nio Ma rtín,
1977) .
Aunque el fil m se desarroll a mayoritariamente durant e la guerra, conti ene un
epílogo final que se desarrolla una vez acabada ya ésta. En esa innombrada
275 Estos rasgos que nos ayudan a descifr ar en qué año estamos son, por ejemplo, la pint ada de “¡ Vivan
los qu intos d el 50!” e n Bruja, más que bruja y la carteler a del cine o la fecha de una revista en In
memori am .
276 En la entrevista , el director Enrique Brasó explicaría la datación del film diciendo que “me interesaba
situar la historia entre esas dos fechas porque en medio ha pasado a lgo m uy grave . Hay una historia de
amor muerta, un intento de recuperación del pasado y en medio ha habido una catástrofe ( refiriéndos e a
la g uerra civ il )” M. Torres le indicará que , sin embargo, no se hace la menor refere ncia directa ni a la
guerra ni a la dictadura en toda película. Brasó confirmará esa ausencia, añadiendo: “No, ninguna, no
quería que esto fuese explícito. Sólo hay algunas referencias a un nivel muy sutil. Por ejemplo, creo que
hay una tristeza en el presente, en el año 1945, con referencia a una c ierta luminosidad, en el año 1935,
que me interesaba contrastar ( … ) . El vacío que esos diez años crean en el personaje quería que de
alguna manera también fuese el vacío que se crea en toda una nación, en un país, en una sociedad,
después de una convulsión tan fuerte como es una guerra civil, pero que no quedara implícito de ninguna
maner a”. M. Torre s, co mo nosot ros, insi sti rá en l a exc esiva suti leza en la d efin ción d el con text o his tóri co y
en el peligro de que difumine cualquier asociaci ón con el pasado. Augusto M. Torres, “Entrevista con
Enrique Brasó”, Dirigi do por , nº 47, juni o 1977.
277 Julio Pérez Perucha, “Retrato de familia”, Dos y d os , nº 35 - 36, 23 y 30 de marzo de 1977 ; y Juan
M anuel Company, “El cine de la Ref orma”, Diri gido por , nº 22, abri l 1975 .
111
posguerra, de l a que nada se nos dice, las dos pr otagonist as, una la hij a del ex alcal de
republi cano de un pue blo, la otra hija del alcalde falangista, llegan al acuerdo de
compartir marido, el único hombre soltero vivo 278 . En la es cen a final am bas ,
embarazadas, esperan pacíficamente la vue lta del jove n d el cam po . E l e spí ritu del film
entronca de manera magistral con las corrient es de consenso impe ran tes en la s que la
guerra fue una catást rofe global, una locura 279 . Se tra tab a de dem os trar que en la
contienda todos perdi eron.
Esta películ a sí vendría a refrendar las acusaciones de moderación verti das
sobre los fil ms h istór icos del pe riodo . Per o no p ode m os olv idar que, may orita riam en te,
no habla de la dictadura, si no de la guerra. D e hecho, el régimen instaurado tras el fin
de ésta no se nom bra, no se muestra, no existe; nada parece haber cambiado. Esta
elipsi s es, sin embargo, tanto o más signif icati va que el centrismo del enfoque de l a
películ a. Viene a insinuar que de la di ctadura es mejor no habl ar. Por si acaso.
También parece olvidar las represalias que el bando ganador tomó contra el perdedor.
Resul ta extr año que , tra s todo s los enre dos recog idos en el film, se opte po r la
concili ación cuando en aquella época lo habitual hubiera si do la victori a y l a represi ón .
En otros de los fi lms de este apa rtado, sí que somos capa ces de indi car en qué
moment o tr ans cur re la acc i ón, aunque el contexto sea m ás anecdóti co que otra cosa.
Estos films aportan un c iert o r etra to s ocial per o éste no sea su obj etivo central .
Aunque m uchos de los elementos integran tes de la tr ama, como el raci onamien to y
estraperl o, fuer on típ icos de la po sguerra, si el relato se trasladara a otro mome nto
seguiría teniendo vigencia. El objetivo del director, por lo tanto, no era realizar un
fresco h istóric o, sino qu e pa sab a por cre ar una c om edie ta erótic a ( Ni ñas … ¡al salón !)
o un drama “S” ( Silvi a ama a R aq uel ). Estas p elículas, no o bstan te, d esem pe ñan un
imp orta nte p ap el en la co nfig ura ción o en la re me m orac ión de u na c ierta atm ós fera y,
por el lo, pr ofundizaremos en ellas.
Niñas … ¡al salón! (Vicente E scrivá , 1 977 ) comienza con imágenes del primer
Desf ile de la Vic tori a de la dict adur a franqu ist a en Madrid, el 19 de mayo de 1939.
Escuchamos una voz en off que nos desgrana las m aravil las de la fuerza milit ar del
nuevo régimen, así como el apoyo recibi do de parte de “i lustre s p erso na jes” c om o e l
Papa Pío XII. En medio de ese ambient e triunf al y triun fali sta dos mujere s,
traba jado ras de u na “cas a d e div ersió n”, c onv ersa n so bre su p orve nir. A mb as
278 Esta decisión se tomará después de múl tiples enfrentami entos más o menos cómicos e ntre las chicas
y sus famili as y después de l os casi consabidos destapes .
279 Paloma Aguilar, Políti cas de l a memoria y memoria de l a polít ica , Alianza Editor ial, Mad rid, 2008, pp.
316 - 320.
112
concluir án que, a pesar de los escapular ios que los vencedores portan en el desfil e, no
les v a a faltar trab ajo. H an ga nad o lo s su yos , “los de la pa sta ” 280 .
El fi lm se artic ula en torn o a las idas y venida s de client es y empleadas del “El
Paraí so”, un pr ostí bulo de l ujo en los primero s años del f ranqui smo. Pront o, sin
embargo, la “ lectura cine m atog ráfic a de la h istoria ” qu ed a de sdib ujad a, lim ita da a una
serie de apuntes anecdóticos sobre la época . Los tópicos se acumulan, completados
incluso por la enumeración de los víveres a los que daba derecho una cartill a de
raciona mien to por f am ilia para una semana 281 . Se nos hab la d e trá fico d e influ enc ias,
de am iguismos, de revanchas personales aprovechando la depuración iniciada por los
nuevos poderes así como de la presenci a de “los moros” como excombatientes.
También se m uestra la censura, l a escasez y la doble moral que aparece encarnada
en políti cos, miembros de juntas de califi cación de películ as, eclesiásticos , padres de
fam ilia cató licos e inc luso e n a ntigu os c om and an tes re pub lican os 282 .
Según al gunos cr íti cos, la pelíc ula pr etende realiz ar una críti ca al régimen al
hacer patent e esa doble moral de sus artí fices; críti ca superfici al y “si n iracundias y
parcial ismos” pero crí tica al fin y al cabo 283 . D e hec ho, en algu no s m ed ios
ultr aderechistas como Arrib a llegó a at aca rse Niñas … ¡al salón! p orque consideraron
que esa crí tica a la dictadur a había ido demasiado lejos. Así Marcelo Arroita - Jáuregui
la defin ió com o d esc on certa nte c oa rtada para trans form ar el libr o de Viz caín o Ca sas
en un melodrama ambientado en una posguerra española retratada sin el más mínimo
rigor 284 .
280 Las comil las hacen alusi ón a extra ctos text uales del guión de la película .
281 Algunos de los t ópicos reflejados : los c ortes de lu z, el mito de la virgin idad femen ina antes del
matr imoni o, los coches de gasógeno, el aceit e de rici no, la recreaci ón de la famosa escena del guante en
Gilda , etc.
He aquí el list ado de alimentos incluido s en una cartilla de racionamiento , seg ún la película : 1 d l. de
aceite, 100 gr. de azúcar, 50 gr. de lentejas, 30 gr. de café y, com o gracia especial, 75 gr . de tocino
americano. Con relación a este listado, una prostituta preguntará: - Pero entonces, ¿qué come la gente? -
A lo que l e responden: - Los pobres, castañas y cuando hay suerte, boniato.
282 “De puertas adentro, lo que quiera, pero de puertas afuera, oj o con la moral” le dice un comisario a la
madame de El Paraíso t ras retir arle la denunci a por escándalo público.
283 “Niñas … ¡al saló n!” , Pueblo , 19 d e dicie mbre de 1 977. P ara e l autor de la crítica, q ue no apar ece
explícit amente indicado, l os años 40 adquieren en es te film “per files cost umbristas pintor escos, sobre todo
si se contem pla sin iracundias ni parcialismos, p arándose en la superficie, lo meramente sainetesco” y
dice que es desde ese ángulo desde donde Vizcaíno Casas ha escrito algunos de sus libro s de
recuerdos . “Escrivá sólo se ha pro puesto hacer un film am able, de mero entretenim iento, a m edias
nostálgico y caricaturesco”. Por su parte, A. M artínez Tomás, dirá en La V anguardia que el film trata de
aquellos años de “estraper lo y angustias”, de cóm o “la picaresca, la corrupción y una idea peregrina de la
prepotencia de quienes mandaban ( … ) hoy nos produce risa”. de la sociedad de aquellos años turbios, la
costra oficial que suplantaba a la verdadera sociedad”. A. Martínez Tom ás, “Niñas al salón” La
Vanguardia , 8 de octubre de 1977.
284 Mar celo Arro ita - Jáuregui, “Desconcertante coartada. Valoración: 0” , Arri ba , 16 de di ciembre de 1977.
113
Pero a pesar de que ciert os elementos de entre los representados puedan
darnos una pequeña idea sobre los rasgos de aquella época y alguna de las penurias
sufridas por la población, é ste es un film dedicado a los vencedores m ás que a los
vencidos. Sólo los vencedores podían permitirse económicamente acudir al burdel de
lujo d on de se d esa rro lla e l film . Y es la m ora l de lo s ve nc edo res (o dob le m ora l) la qu e
acaba triunf ando, por mucho que las prostit utas detent en un papel positivo. La
redención personal es la única salida para ell as y pasa por el inexorable rechazo de la
profesi ón: la madame dej ará el negocio para vivi r junto a su hijo una vida sin m entiras
alejada “del pecado” y las prostitut as llorarán de emoción en la boda de una d e sus
compañeras con un cliente.
A pesar de la bondad de las prostit utas, no hay vict ori a m oral para ellas al final
del fil m: cuando uno de los altos cargos con los que la mada me se codeaba (uno de
los que le d iero n la es pald a al se r d esc ubie rto su e m pleo ) lleg a c om o client e a E l
Paraí so, ella ya no será la dueña y por tanto no habrá confront ación entre ambos. El
hombre no tendrá que enfrentar se así a la vergüenza de ver cómo su sistema de
valores nacional - católicos eran sólo un disfraz. El orden franquista de falsas
aparienci as e hi pocresía segui rá i ncólume.
Sólo la muerte en el burdel de uno de los asiduos nos enfrenta a las paradojas
de aquel régimen católico, apostóli co y romano. Á ngel Fernández - Santos, en la crít ica
que reali zó para Cambio 16, expli cará la signifi cativa contradicci ón entre aquellos
prohombres del régimen que rompían los preceptos de la Iglesia fuera y dentro de las
pantall as y la necesidad de ciertos directores de dar un castigo ejemplar a alguno de
sus díscolos personaj es de ficci ón:
“la carga auto punitiva, la incap acidad casi clerical para bu scar el lado op timista
del erotismo aún permanece intacta, como en los m ás ilustres momentos del “destape”,
aquella ola que originó docenas de muertes postcoitales en nuestras pantallas. Porque
el cine, que es un eficaz espejo de las miserias pasadas, lo es también
involuntar iamente de las pr esentes” 285 .
En esa misma reseña sobre el film, Fernández - Sant os relacionaba esa
tend enc ia con u n c on cep to: la “p orn opo lítica”. Se ría ésta u na ten den cia apr ec iable en
ciertos films de la época, avalada por el éxito e n las salas y caracterizada por su
combinación de “cierto tono crítico” y ciertas “dosis de ambición ejemplarista” . Para él,
“sexo y política s e c onfun den e inte rfieren en una rara p rom iscuidad no d esprovista de
sentido comercial”, pasando a constatar cómo “el cine e spañol actual está usando el
285 Ángel Fer nández - Santos. “Pornopolí tica espa ñola”, Cambio 1 6 , 26 de febr ero de 1978.
114
picante polític o al m ismo nivel y con idéntica función que el picante verde. Por algo
será que la f órmula funciona” 286 .
El concepto de pornopolític a nos conduc e a la “lectur a histórica del film”, es
decir, al análisis de las circunst ancias que rodearon la producción y la exhibici ón de la
obra. La abundante “pornopolí tica” remite una sociedad en transici ón, curiosa ante
aspectos antes prohibidos como los desnudos o el retrat o de circunstanci as adversas
en la posguerra. Tanto Vizcaíno C asas, autor de la novela en que esta película se
basa, com o el director Vicente Escrivá supieron identi ficar estas tendencias y
aprovecharon el tirón com ercial. Comedia simplona y op ortunist a, ¡Niñas … a l salón !
tend ría su m ay or baz a en la b ellez a de las a ctrice s de re parto y e n su p rese ncia
ligera s de rop a, co mo des tacó m ás d e un c rítico no s in llam at ivo re con ocim ie nto 287 .
Viendo las cifr as de asisten cia, parece ser que con dicha fórmul a, se consiguió dar a
gran part e del público lo que quer ía 288 .
La plasmación de estos deseos del público en la pantalla nos conducen hasta
la sigu ien te de las o bra s a an aliza r, la p elícu la “S ” Silvi a ama a Raquel , d e D iego
Santi llá n (1979) . La cat egoría “S” fue creada por el gobierno de la UCD para englobar
aquellos films “que puedan herir la sensibilidad del espectador” por su extremada
violenci a o sus escenas de sexo explíci to 289 . D eb ían se r, ade má s, proy ecta do s en
salas especiales, que pronto se vieron copa das por productos soft - core . Es te tipo de
cine se producía en un contexto previo a la total l iberali zación de la exhibi ción. Los
films “S ” pu ede n se r visto s com o e volu ción extre m a de la com ed ia se xy his pán ica ta n
característi ca del tardofranquismo. Eran productos “de escasísima inversión, veloz
rodaje y amortización asegurada”, por lo que algunos productores vieron en ellos “la
ansiada aunque efímera panacea de la rentabili dad” 290 . N o resu lta e xtrañ o , por lo
tanto , que entre 1978 y 1983, los subproductos cali fi cad os co mo “S” llegara n a
286 Ángel Fer nández - Santos. “Pornopolí tica espa ñola”, Cambio 1 6 , 26 de febr ero de 1978.
287 Dice que su objeti vo es “entr etener al público, hacerle reír, en algún caso añorar y en la mayor parte
solazarse” con el palmito de las chicas pero que m antiene el decor o. Y añade: “el erotismo se traduce en
desnudos muy oportunos porque ellas son, como decimos, muy atractivas. Es la salsa de este film ameno
y ocurrente ”, La Gaceta regional , 22 de diciem bre de 19 77 .
288 Más de 800.00 0 espec tador es vie ron el fil m en los cine s. Q ue esa asistencia confir ma una tendencia
entre los espectadores lo expone también La Gaceta regional en su crítica al film de 22 de diciembre de
1977.
289 Decre to Ley 3071 de 11 de no viembre de 1977, el mi smo que a bolía la cens ura y el permi so de rodaje .
290 Casi miro Torre iro, “Del tardof ranquismo a la democracia (1969 - 1982)”, en Gubern y otros, Histo ria del
cine español, Cátedra , 2005 (1995) p. 371.
11 5
alcanzar un 16% de la producci ón cinematográf ica española (44 películas en 1982 de
un tot al de 118, un 37% de lo est renado ese año) 291 .
Esta avalancha de ci ne erótico formaba par te, no obstante, de una t endencia
intern ac iona l cuy o ori gen podrí a sit uarse en Emmanuelle (Just Jaeckin, 197 4) y que
llega ría a a lcan za r el rec ono cim ien to de la crític a en título s com o Saló o los cient o
veinte días de Sodom a (Pier Pao lo Pa solini, 1 974) y El imper io de l os sent idos (Nagisa
Oshi ma, 1976 ). En líne as ge ner ales , sin emb arg o, esto s films eran la exce pc ión:
reinaba la m ediocridad, cuando no la za fieda d. As í lo desc ribe Cine para lee r en su
volumen de 1977:
“Del “destape” hemos pasado al desnudo y ahora al “cine de entrepierna. ( … )
La mayoría “se inscribe en lo zafio, grosero y denigrante ( … ) pura pornografía. El
interé s se cen tra ade más e n las llam ada s aber racion es se xuale s: hom ose xua lidad,
voyeurismo , trav estismo, prostit ución, bestialismo, virginidad perdida, cura pecador,
corrupción de menores, etc. ( … ) La calidad m edia es detestable, ínfima; no así los
resultado s econ ómico s, basta nte ping ües” 292 .
Este cine de subproduct os es elimina do en 1983 por la legis lación so cialis ta
conocida com o Ley Miró. A p artir de una serie de decretos que trataremos en el
siguiente bloque se establece, entre otras med idas, la creación de salas X . Separando
esos films de dudoso interés cinematográf ico, se buscará un cine “de calidad” 293 . La
regulaci ón también pretende acabar con situaciones de picaresca en torno a algunas
películ as S, como el doble estreno 294 .
El motivo de la inclusi ón de Silv ia ama a Raquel en nuestro análi sis se explica
por su ambientación en 1950, “en la España de l s ilenc io 295 . No re sulta h ab itual qu e
este tipo de subproductos pseudopornográf icos aparezcan ubicados en el pasado
reciente e spañ ol. Sin em ba rgo, si se e studia b revem ente quién e s el directo r del film,
esta anomalía no resulta tan sorprendente. Diego Santi ll án era hijo de Diego A bad de
Santi llá n, uno de lo s líderes de la F AI durante la G uerra Civil . También en 1978,
291 Cif ras del Minister io de Cultura (tabla en Casimiro Torreiro, “Del tardofran quismo a la democracia
(1969 - 1982)” en Historia del cine español ). Estos films S eran definido s com o sub productos ya e n la
época debido a s u ínfima cali dad artísti ca y al t ipo de industr ia subdesarroll ada al que pert enecían.
292 Ángel A. Pérez Gómez, Cin e para leer , 197 7, pp. 28 - 30.
293 Así es como se c alific ará a ese tipo de cine en los ochent a, como ver emos en la segunda parte de est a
investig ación , la cor respo ndien te al go bierno socia lista (19 82 - 1996) .
294 La legislaci ón de 1977 había vuelto a instaurar la subvención automática del 15% de la recaudación
bruta en taquilla de cada film en los cinco años siguientes a su estreno por lo que con doble falso estreno
se doblaba también la ayuda est atal. De hecho Sil via ama a Raquel fue estrenada t ambién bajo el nombre
de Lenguas cali entes.
295 Co mo un r ótul o sob reimp reso en r ojo en l a pr imera esce na de l f ilm nos h ace s aber.
116
Santi llá n r eali zó Por qué perdi mos l a gu erra , d ocu me nta l inspirad o en el libro
homónimo de su padr e 296 .
La lectur a cinematográfi ca de la hist or ia, es decir, l a representac ión de aquellos
años cincuenta en el film, aparece levemente esbozada y puede resumirse en la
oposición modernidad - tradic ión, pro gre so - cerrazón, derecho a ser diferente - mie do a lo
desconocido 297 . E ntre las distin tas e sce nas de se x o y los desnudos i ntegrales
apreciamos, eso sí, una clara denuncia de la represión ejerci da por la dictadura tanto
en el ámbito polít ico como en el ámbito moral 298 . Sin e mb argo , y com o pe lícula “S ” que
es, el objeti vo del film no era realizar una visión test imonial sob re la m ise ria de la
época, si no mostrar la r elación lésbica entre dos jóvenes.
2. MANUEL GUTIÉRREZ-ARAGÓN: MÁS ALLÁ DE LA POSGUERRA
El corazón del bosque (1978) y Demoni os en el jardí n (1982) no mantendrían toda
su signif icación de no de sarroll ar se en la posguerra. La presencia de un maquis en la
primera o la presencia tangencial de Franco en la segunda vienen a confir mar esa
afir mación. Por eso estos films no han sido ubicados en la primera parte de este
capítulo. Sin embargo, y com o el propio Manuel Guti érr ez Arag ón expus o en más de
una entrevis ta, sus films no giran en torno al pasado. Sirven a modo de ejemplo las
declaraci ones del director con respec to a El cor azón del bosque :
no es una pel ícula de maquis, sino que comienza después de que los maqu is han
sido e xterminados. H ay algo que me gustaría recalcar, no se trata de un héroe sino de un
viejo luchador sarnoso que queda en la montaña, es decir, que no lucha por heroísmo,
sino porque no sabe dónde ir ( … ) Y o al de arriba le quitaría toda c onnotación polític a
posible 299 .
296 Este documental, de enfoque anarquista, entrevis ta a personajes clave de la guerra y del franquismo y
recoge temas que no habían sido demasiado tratados hasta entonces, como la actuac ión incorre cta de la
URSS con respecto a la Repúbl ica al decidir no mandar armas desde el prin cipio o el apoyo de algunos
curas nacionalistas vascos al bando leal (y no al rebelde como hizo la mayor parte de la I glesia católica de
maner a ofi cia l, convirtiendo la insurrecci ón en una Santa Cruzada por Dios y por España).
297 “Tienen mie do”, le dice Raque l a su p rima - am ante Silvia cuando ésta le pregunta por qué la gente del
pueblo nunca m ira de frente. Raquel prosigue: “tienen m iedo. Papá era un pecador y no quieren
contaminarse. Papá era un pecador, nunca iba a misa, además parece ser que era un agente de Satanás
y de los r usos” (y ell as se ríen).
298 La repres ión en el ámbit o polític o queda patente, por ejemplo, en el padre de Raquel que fue
asesinado nada más comenzar la guerra y enterrado en un r incón desacrali zado del cementerio; o en la
propia Sil via, que vive exi liada con su padre . En el ám bito m oral, se a precia esta rep resión e n el rech azo
del pueblo hac ia la prot agonista o en l a violenta r espuesta con respect o a la homosexuali dad de las
jóvenes.
299 Antoni o Castro, “Entrev ista con Manolo Guti érrez”, Dir igido por , nº 72, 1980 .
117
Para el dir ector cánt abro, El corazón del bosqu e habla, en primer término, de la
traición , línea que enla za co n su a nterio r obra , Sonám bulos (1978 ), q ue tratare mos en
el C apítul o 4. La traici ón se ar ticula en varios planos. En pri mer tér mino, se da una
traición a l P artid o C om u nista: el An da rín, ma quis e scon dido e n el bos que , d eso bed ece
específi camente las consignas “de ar riba” de abandonar la l ucha armada. E n un
segundo término, observamos una traición m ás personal, arti culada en dos niveles: el
abandono de los compañeros de batalla y la delaci ón por parte de la propia famili a.
E stas distintas variantes em pujan a G utiérr ez Aragón a afirmar que “la tr aición es una
maner a ci vi li zad a de hac er hi st or ia” . Pe ro es a afi rma ci ón ll eva rí a implíc ita, s egú n e l
direct or, una pregunta: “en El corazón del bosque , ¿q uié n es má s traido r?”, ¿e l que
desobedece o el que protege? ¿el que no renuncia o el que pretende seguir con su
vida? 300 . El pro pio dire ctor afirm aría q ue el tem a de la tra ición es u no de los que m ás
le a pas ion an, jun to a l d el f ingim ien to y las par ado jas 301 . Eso e xplic a, e n gran p arte, la
base argumental del siguiente fil m a anali zar.
Y es que la t rai ción también sobrevuel a la segunda de la s pelí culas de e ste
apartado. En Demonios en el ja rdín se roba a la famili a, se abandona, se engaña.
Sin em bargo, el peso del argumento recae en un niño y en su relaci ón con el entorno,
en especial, con su madre y con su tía. Q ue la acción transcurra en el pasado pasa de
nuevo a un segundo plano, como e xpuso el propio dir ector 302 :
“durante el rodaje se me olvidaba que estábamos haciendo una películ a que se
desarroll aba en los años cuarenta: eso era más bien cosa del decorador. A mí m e
intere saba m ás la his toria de u n niño q ue tení a d os am ore s, que fing ía y que se defendía
frente a l mu ndo” 303 .
Demonio s en el ja rdí n no pretendía ser una películ a de posguerra, ni t ampoco un
melodrama, aunque para algunos haya sido lo uno y lo otro 304 . C ierto s crítico s la
acusaron de seguir la m oda que utilizaba los años cuarenta como m era
ambientación 305 . O tros period istas ha bla ron, por su pa rte, de c óm o Gutiérre z Aragón
300 Antoni o Castro, “Entrev ista con Manolo Guti érrez”, Dir igido por , nº 72, 1980 .
301 Rosa María Pereda, “Gutiérr ez Aragón estren a en M adrid “Demonios en el jardín”: historia entre dos
amores”, El País , 18 octubre de 1982.
302 El hecho de situar la histor ia en esta época no quiere decir en absoluto que trat e de ser testimonial o
nostálgica. La hemos situado en la década de los cuarenta como lo podíamos haber hecho en cualquier
otro tiempo” Julio S. Valdés, Manuel Gutiérrez Aragón, “Demonios en el jardín” , Casablanca , julio - agosto
1982, nº 19 - 20.
303 Mirit o Torrei ro y Esteve Riambau, “A pro pósit o de Demonios en el jardín . Entre vista con Manuel
Gutié rrez Aragón, Diri gido por , nº 98, noviembre 1982.
304 Lo expresa de manera concisa Francisco Merinero en la crítica de Cambio 16 : “Esta película es
inclasific able tem áticam ente y se le ha reprocha do no ser el me lodram a que no quiere ser y se le h a
reprochad o ser la película de posgue rra que sólo es circunstan cialmente ” Francisco Me rinero, “Demo nios
en el jar dín”, Di ario 16 , 19 de octubr e de 1982.
305 Bonanova, “Demonios en el j ardín”, Pueblo , 2 de noviembre de 1982.
118
supo “meter dos anzuelos taquiller os infalibl es” en la obra: las actrices protagonistas
(Ana Belén y Ángela M olina) y la posguerra española, “permanente fantasma en las
noches y l os días de cualqui er hij o de vec ino” 306 .
Sin embargo, el propio direc tor traz aba ya enton ces una línea divi soria entr e
películ as testimoniales de la posguerra, com o La colmena , y p elícu las q ue o cur ren
durante la posguerra, com o El espíri tu d e la colmena o la propia Demonio s en el
jardín 307 . Esta divis ión tan clar a explic aría po r q ué le mole staba que le dijera n que era
una película encuadrable en el primer grupo: “A m í cuando m e dicen que es una
películ a de posguerra me molesta un poco y digo ‘de la postguerra, pero de m ás
cosas … ’ pero la verdad es que la posguerra española nos marcó” 308 . Y cuando habla
de “nos” se refiere a Luis Megino, co - guionista de la película, y a él, pero también a
toda esa g en te de s u ge ner ación par a la qu e infa ncia y p osg u erra se confunden
inexorabl emente 309 .
He ahí una de las para dojas de las que tan to gusta este direct or. El film está
inspir ado en sus recuerdos personales, ya que cuando era niño tuvo que guardar
largas temporadas de reposo, siendo cuidado por su madre y po r su tía e n la
trastie nda de un neg ocio de u ltram arino s (co mo el pro tago nista d el film). N acid o en
1942, para Gutiérrez Aragón hablar de la infancia de una generación (la suya) implica
hablar de la posguer ra:
“Las personas de mi generación que quieran cont ar su niñez tienen que contar la
posguerra, ¡qué le vamos a hacer! Antes de ver la película m e dijeron ¡otra vez la
posguerra, los traumas, etc.! Y pensé, primero, que la posguerra no se cuenta
necesariamente de forma traumática y, segundo, que si contaba mi niñez no tenía más
remedio que cont ar la posguerra 310 .
Guti érr ez Aragó n se deci di ó a retr ata r el pasado de forma ir ónic a. Así, reivi ndi ca
la repre se ntac ión de figura s com o los f alan gista s en to no m ás lige ro, fre nte a las
habitual es formas, más t raumática s y tremendas 311 . El d irec tor ap rov ech ará esas
falsas inte rpre tacio nes po r pa rte d e a lgun os crític os d e q ue su pe lícula pre tend e
ajustar en ciert o modo cuentas con el pasado para preguntar se: Y “¿por qué no hacer
una película de posguerra?”. A lo que él mismo contestará que si bien hace unos años
estaba casi de moda la posguerra (“la gente quería ver en el cine una camisa azul y
306 Carmel o Canale s, “Demon ios en el j ardín, de Guti érrez Aragón”, Ma rc a , 21, oc tubre de 1982.
307 Pachín Merinero, “Entrev ista a Gutiérrez Aragón”, Casabl anca , nº 23, noviembre de 1982.
308 “Demonios e n el jardín”, Diario de Barcel ona , 23 octubre de 1982.
309 “D emonios en el jardín”, El País, 6 de junio de 1982.
310 Carl os Boyero y Pachín Marinero , “ Entrevist a a Manuel Gutiérr ez Aragón: Mucho más que lo correct o,
buscar la emoci ón”, Casabl anca , nº 10, octub re de 1 981.
311 De ahí la fanfarri a falangis ta refle jada en la figur a del padre, que por otra parte, esconde una gran
medio crid ad. Pachí n Mari nero Viña , Manuel Gutié rrez Aragó n, “Demoni os en el jard ín”, Casablanca , nº
23, Noviembre de 1982.
125
El blanco y negro se util iza para remarcar las disti ntas analeps is que
estruct uran el film. N os encontramos ante otra “forma cinematográfica de la histori a”.
Sin embargo , y en oposic ión a Los días del pasado , en La rabia no se busca tanto la
recreac ión d e una atmósfera como la sorpresa y la interp elac ión al espe cta dor. La
músi ca , repet it i va, mac haco na, i ncl uso agr esi va , exper ime nta i nesp era das sub id as y
bajadas que parecen pretender desconcertar al público. T ambién en otros momentos
esta m úsica, esa canción sobre la represión en Cataluña, e sos redobles de tam bor,
van in cre sce ndo para acompañar un aceleramiento de la acción narrativ a, buscando
un efect ista sentido dramático.
El sonido se acompaña de otros recurso s como los zooms bruscos que, en
ocasiones, i mp ri men al fi lm un ri tmo t rep id ant e, muy apt o par a tr ans mit ir esa
sensación de angustia, de impotencia y de rabia tanto del protagoni sta com o de
much os de l os pers ona jes del f i lm. Esa insa na sensa ci ón está prov oca da por el
continuo maltrato físico y psíquico qu e los v encedores y su nuevo orden infringen a la
sociedad a su cargo, especialmente a los que son considerados ve ncidos. El maltrato
se asocia y ref leja en la violencia de los juegos infantiles, en el salvajismo de éstos
con los animal es o en su repri mido desp ert ar sexual , y se tradu ce en inc isiv os
encadenados de planos 335 . Es tos e nca den ad os se rvirá n pa ra ve hicu lar el m en saje que
el director quiere y consigue transmitir : esto es lo que la dictadur a franquist a, tan
discipl inada, tan “moral”, tan católica llevab a co nsig o. A tra vés del inte nso toqu e de la
baterí a en el concierto final, se nos conduce al punto culminante del film, a una
explosión de esa rabia contenida durante años, una salida a todas las humillaci ones, a
los ca stigo s, a la rep res ión . G olpe a golpe se sorprende a un público que no esperaba
eso pero que, poco a poco, se va uniendo a ese at ípico concierto liber ador.
La rabia es un proyecto muy modesto que rompe claramente con la supuesta
moder ac ión del cin e his tó ri co de la Trans ición . Es, sin e mbargo, un producto
min ori ta ri o no sól o por su mensaj e sino tamb ién por sus medi os 336 . De bido a es os
reducid os re curso s, el film confun de en alguna s o casion es, c om o en es a e scena final
supuestamente ambientada a finales de los 50, qu e parece (por la estética de los
personajes, su ropa, su pelo, i ncluso la música) m ás propi a de los 70. Arriesgada y
difer ente en muchos de sus planteamientos, esta pel ícula toma parti do desde el
princi pio por una forma de entender el pasado, eligiendo el punto de vista del niño que
no acaba de comprender las nuevas regl as que van a regir su mundo, que no enti ende
335 Son múl tiples los ejempl os del mal trato e n el fi lm: del profesor a los alumnos, del rico propieta rio a l a
criada, de los padres a los hijos, de las fuerzas del orden a la población.
336 La precar iedad de medios fue tal que el propio Anglada i nterpretó al joven protagoni sta al i nicio y al
final del film . Adem ás, alg unas d e las es cenas eran víd eos de la prop ia familia del direc tor.
126
por qué ya no puede silbar la Inter nacional, y menos en catal án; un niño que ti ene muy
claro quiénes son los malos. El film, altamente pol itizado, no es sólo un alegato
c atalani sta si también una cruda expresión de vi vencias y recuerdos hasta entonces
reprim idos.
El que sí puede defini rse como film claram en te c atala nista es Companys,
proceso a Cata luña ( José María Forn, 1979). El críti co Enrique Alberich lo calificaría
c omo claro exponente de cóm o no ha de afrontarse el conocimiento del pasado 337 .
Otr os, como Est eve Riambau, pr ofun diza rán en est a lí nea exponi e ndo cómo este film
mani pul a la h isto ria ha sta conv ertirla en un “folle tón lac rim óge no exen to de l má s
mín imo análi si s ” 338 . A pe sar de qu e otro s a utor es, com o Jo sé M aría C apa rrós Le ra,
afir maran que se trat aba de un fil m que “no es de buenos y malos”, sino que es “la
sobria crónica de unos hechos que dejaron helado el corazón del pueblo catalán”, lo
cierto es que un a nálisis más detallado de la obra revela una clara hagiografía del
antiguo President 339 . E ste r elato ap asio nad o sobre L luis C om pa ny s n os r em ite, d e
nuevo, ante una certeza: muchos de los fil ms de la Transición pueden ser acusados
de oportunistas o de m ediocres, pero no de moderados en su representación del
pasado. La ideologí a de Fons con respecto a Com panys queda retratada en el fil m sin
ambages.
También resulta evident e la posici ón con respecto al pasado ta nto del director
como del escritor que realizaron Hijos de papá (Rafael Gil, 19 80) Rafael Gil y
Vizca íno Casas com partieron de nuevo proyecto, como compartían una forma de
entender el presente y, sobre todo, la dictadur a franquist a. Para ellos, la sociedad de
1946 que reflej an en la primera parte del film tenía “valor es” y un jef e de Estado d igno
de respeto y celebración. Por el contrari o, eso no ocurre en los setenta. En esos años,
los que eran jóvenes en los cuarenta son ahora padres y sufren un fu erte co nfli cto
generacional . La críti ca a la juventud de la Transi ción , p or no dec ir a la s ocie dad en
general , es clar a.
Sin embargo , la pres encia en ambas part es del fi lm de concent raci ones pro -
franq uista s en la P laza de O rien te de ja ab ierta la pu erta a “su esp eranza”. En la
primera, enlazando con escenas del No - Do, se ven panc art as de “Ahor a m ás que
nunca, Franco, Franco, Franco”, “Abajo el ateísmo internaci onal, viva C risto Rey” y
“Viva F ranco ”; y se termin a con discu rso de l gene ral. En la s egun da, ve mo s un
337 Enri que Alberi ch, “Ci ne Español 1972 - 1982. Memoria de una Época”, Dir igido por, nº 100, enero 1983 .
338 Esteve Riambau, “ Cine español 78/80. Testimonios de una cr isis”, Di rigid o por, nº 77, 1980.
339 José María Caparrós Lera, El C ine Español de la D emocracia. De la muerte de Franco al “cambio”
socialista (1975 - 1989), Anthropos, Barcel ona, 1992 p. 177.
127
m ulti tudinari o homenaje al dictador, así como un inesperado encuentro padre - hija,
encuentro que signi fica que no todo está perdi do 340 .
La ideología que este film rezuma no puede, tampoco, definirse de moderada.
En la crít ica general a la moderación del cine sobre e l franquismo durante la
Transi ción parece no juzgarse tanto la ideología o politizac ión, sino la ausencia de
discursos más duros y directos contra el franquismo desde la izquierda, discursos que
consigan llegar a l amplio público. En el caso de Los h ijo s d e papá , la defens a de la
dictadur a se muestr a clara, sin rubores, sin dudas, pero desde la der echa.
En esa línea, resulta destacabl e el apoyo recibi do tanto por parte del público
como por un sect or de la prensa. Utilizando l a expresi ón de Jo sé Luis Guarne r,
podríamos decir que este “ejerci cio de nostalgia fabricado por la acreditada marca
Gil /Vi zcaí no Casa s que vende el jabó n Con Franco viv íamos mejo r” funcion aba, y
much o 341 . “La nos talgia es tá de mod a”, se decía e n la re señ a d e Pueblo 342 . El Alcázar ,
po r su parte , fue m ás e spec ífico: “E sta p elícula tiene el d efecto, dicen , de ev ocar a
Franco pero resul ta que evocar a Franco es popular y por lo tanto, también rentable .
( … ) L os públicos están plebisc itariame nte con la no stalgia de Franco 343 ”. ABC
confundir á té rmin os dicie ndo q ue “la nosta lgia de Fran co – o del tiempo que a muchos
les toc ó vivir en époc a de Fr anc o - se ha conv ertido en un filón comercial al que no se
le ve fondo” 344 . E l D iccio nar io d e la R ea l A cad em ia Esp añ ola defin e nos talgia co mo
“pena de verse ausente de la patria o de los deudos queridos”, “tri steza m elancóli ca
340 La escena recoge la manifestación de homenaje a Franco del 20 de noviembre en la Plaza de Oriente
que los sectores más ultraderechistas seguían llevando a cabo tras la muerte del dictador. En ella, la hija
(interpretad a por Ana Obregón) acude a la manifestación acompañada de su novio falangista, vestidos
ambos para la ocasión, y se encuentra con su padre, que tras los problemas que su otro hijo, el moderno
y pas ota, le había ocasionado, se encontraba un tanto deprimido. Este encuentro entre el pasado,
presente y futuro del falangismo será descrito por Félix Martialay en su crítica a la película de manera
altamente significativa: “A mi juicio, una de las m ás cuajadas y emocionantes situaciones – aquí sí hay
tiemblo s de sen timien to de m uchos q uilates - de la dilatada carrera de Rafael Gil: el encuentro entre padre
e hija en la Plaza de Oriente en la manifestación de 1978” . Félix Ma rtialay, “Hijos d e pa pá”, El Alcázar, 21
de diciembre de 1981.
341 José Luis Guarner, “Hi jos de pa pá”, El Periódi co , 10 de f ebrero de 1981.
342 “Hijos de papá”, Pueblo , 24 de dici embre de 1980 .
343 Rafae l García Serrano , “Dietari o personal: Hijos de papá en el cine y en la tele”, El Álcazar, 2 de enero
de 1981. “No será la única vez que se hable de la asi stencia al cine como una suerte de plebiscito”.
También Francesc Llinás, dirá, aunque refiriéndose al cine de oposición a la dictadura durante el
tardofran quism o que: “el esp ectado r c inema tográfic o m edio ( … ) de jó de ser el de los añ os 50, para
definirse co mo espect ador liber al, consci ente, lej ano de aquel viejo especta dor que iba al cine
sistemáticamente y que aho ra se encand ilaba con el televisor. La asistencia a determinados títulos era un
acto – tímid o quizás , p ero ineq uívoco - de resistencia a un régimen que m ultipli caba consejos de guerra,
tribunale s especiale s y una sistemátic a represión de las más eleme ntales libertades ”, Frances c Llinás,
“Los v ientos y las temp estades. El cine español de la T ransición”, en VVAA, El cine y la transici ón políti ca ,
Filmot eca de Valencia, Valenci a, 1986.
344 Pedro Crespo, “ Hijos de papá”, ABC, 30 de di ciembre de 1980.
128
origi nada por el recuerdo de la dicha perdida” 345 . No h ay q ue con fun dir el re cue rdo d e
Franco con el recuerdo de “l o que les tocó vivir en época de Franco” . No es lo m ismo
la n ost algia d e un régimen político que la nostalgi a de los años juvent ud y en Hijos de
papá lo qu e se ec ha d e m en os es, e spe cia lme nte , lo p rime ro.
Se observan en Hij os de papá , n o o bsta nte, lig eras crítica s al ré gim en d e los
años cuarenta: la extrema reli giosidad que conv ertía en pecado hechos tan inocuos
como silbar en Semana S anta; la exacerbada represión sexual, representada en la
mul ta po r es cánd alo públ ic o a una pare ja q ue se be sab a tí mid ament e en u n par que; la
escasez material en bares o los problemas de los coches de gasógeno. S in embargo,
estos aspectos se muestran de m anera más bien anecdótica, aunque de forma menos
evidente que en Niñas … ¡al salón ! . A p esa r de qu e Félix Martia lay desd e s u c rítica en
El Alcáz ar afi rmara que “no hay sentimentalismo ni nostalgia” 346 , es justamente la
nostalgi a la que impregna el fi lm; una clara nostalgia hacia ese tiempo pasado no tan
lejano en el que los jóvenes tenían respeto por sus m ayores, no pasaban los días
entre las drogas y el sexo, y eran capaces de afirmar, enfervor ecidos ante Franco en
la P laz a d e O rie nte, qu e “ el fu turo e s n ues tro. Con stru irem os la Es pa ña que qu ere mo s
para nuestros hijos con nuestro esfuerzo”. Lo que la película viene a decir, y lo que
refrenda ría el a rtículo de G arcía Se rrano de sde las pág inas de El Alcáz ar , es qu e es os
jóve ne s n o tu vie ron éxi to. E l co nflic to g en era cio nal ent re a qu ello s jóv en es , ah ora
padres, y sus hi jos, es ya insol dable.
A t ravés de est a dicotomía padr es - hijos, se introduce también un factor
destacable: el paternali smo del régimen dictat orial. E l propio cartel promocional del
film, con la fra se “Ya e stáis s olos, … ¿y qu é?” se ría mu estra d e ello. Pa ra Gil y para
Casas la respuest a se tradu ce en una seri e de desmadres e il egal idad es. El mensaj e
parece claro: “No se os puede dejar solos … ” 347 . Y a pesar de que Vizcaí no Casas
afir mara en numerosas entrevist as que él no está en contra de la dem ocracia, sus
novelas, así como las películ as en ellas inspiradas, sí parecen estarlo. Estas obras
reflejaron el pres ente, s egún El Alcá zar, como “reali dad t orva, canalla, sucia, pedestre
y fli pada. La mierda de l a democracia, lo que resul ta de la dest rucción de l a Patri a y de
la fam ilia” 348 . Y a sí, los e spe cta dore s más e xalta dos s e r eco noc ían en la afirma ción d e
Carl os Garcí a Serran o de que en la Transici ón asi stíamos “entre horrorizados e
345 DRAE, 22ª ed. , 2001.
346 Félix de Martial ay, “Hijos de papá”, El Alcázar , 21 de dici embre de 1981.
347 Recordando el título de la segunda parte del documental D espués de … de los hermanos Bartolomé
(1981).
348 Rafae l García Serrano , “Dietari o personal: Hijos de papá en el cine y en la tele”, El Álcazar, 2 de enero
de 1981.
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incré dulo s al a po calip sis actu al, con su s c ua tro jinete s d e la m em o crac ia, Suá rez ,
Fraga, Felip e y Carr ill o, monta dos en as nos, que no l legan a más” 349 .
Image n 4: Cartel p romociona l de Hijos de papá, Rafael Gil (1980)
Pasamos ahor a al anál isi s de lo s dos últ imos fi lms del capít ulo. S i cad a pelíc ula
resulta u na intere sante c onjun ción de conte nido y c ircunsta ncias, si c ada o bra está
constituida en gran parte por esas interferencias cine - hist oria, las dos últimas películ as
a analizar, La plaza del diamante y La colmena , son e jem plo s p ara digm átic os. Am ba s
son producto del conocido com o Decreto de los 1300 m ill ones (1979) que buscaba
ince ntiva r la p rod ucc ión cine ma tog ráfic a a p artir de la co labo rac ión c on T VE .
A la altur a de 1979, el balance de la industri a se mostraba muy negat ivo. La
palabra “crisis” se repetía en distintos medios, j unto a expresi ones como “año
agónico” 350 . Varios era n los motiv os para esta situac ión, des de la inexiste ncia de un
entramado industri al fuerte a la inva sión de lo s pr odu ctos extr anje ros , esp ecia lme nte
norteameric anos, tras la revocación de la obligatoriedad de las cuotas de pantall a 351 .
349 Rafae l Garcí a Serr ano, “Di etari o perso nal: Hi jos d e papá e n el c ine y en la tele” .
350 Ángel A. Pérez Gómez, Cine p ara lee r, 1979.
351 Los distri buidores recurrieron la cuota de pantalla de dos por uno (dos días de cine extranjero por cada
uno de cine español) establecida por el Decreto de Noviembre de 1977 y en Julio 1979 el Tribunal
Supremo dictó sentencia revocando dicha obligatori edad. Diego Galán, 1975 - 1988 , en VVA A, Cine
130
Además, la cuota de distribuci ón regulada en 1977 había inci dido de manera negati va
en la producción. Al eliminar la obligaci ón de distr ibuir cine español para obtener
licen cias d e dob laje, el apo yo ec onó mic o a éste s e vio me rm ado n ota blem en te. De la s
631 películ as proyectadas en las salas madrileñas a lo largo de 1979, sólo 72 eran
españolas, incluyendo las r eposiciones y los estrenos 352 .
En este contexto, el gobierno aprobó una orden m inist erial que destinaba 1300
mil l ones para la pr oduc ci ón de dos pel íc ula s y qui nce ser ies de tel ev is ión (al gun as de
las que sería n lueg o con vert idas en film, com o La plaza del diamante ). La elección se
reali zaba entre proyectos que adaptaran “las grandes obras de la literat ura
española” 353 . E l re sulta do de la in iciativa re sultó b asta nte irreg ular . C inco d e los
proyectos no llegaron a rodarse y uno fue interrumpido 354 . Ade má s, con esta inicia ti va
“excep ciona l” se perdió la oportunid ad de norm alizar las relacione s TVE - cine español,
pues todo se redujo a una medida aisl ada, únic a . P or otra pa rte, la in iciativa sirv ió p ara
reforzar la ten dencia y a existen te de ada ptar argu me ntos literarios a la pa n ta lla. Se
confundía así el concepto de calidad artística co n el de calidad literaria, conllevando
en muchos casos un excesivo “cali grafismo” o apego al texto lit erario 355 .
De entr e esos proy ecto s La pla za del diamante (Frances Be triu, 1981 ) s urge
origi nalmen te com o se rie telev isiva de cuatro hora s. Red ucid o su m etraje a la mitad ,
en 1982 l legaría a la gran pantalla. La obra está basada en la novela homónima de
Merc ede s Rodor eda . En el la, se re tr ata Barce lo na des de el fin al de los año s vei nt e a
los años cu aren ta 356 . La tra ma se de sarr olla e n torno a N atalia , llam ad a p or s u m arid o
Colome ta (palomi ta en cat alán ), una muj er que como dice José Lui s Guarner en su
críti ca de El Periódi co , “no h ac e la His toria, sin o qu e sufre las co nse cuen cias d e la
Hist ori a” 357 . Su e stat us de víct ima de unas extremadamente duras circunstanci as (l a
guerra, la viudedad, la escasez m aterial de la posguerra) se transmite a través de su
rostro, de sus ojos , hacién dose patéticam en te visible a lo largo de toda la pe lícula.
español (1896 - 1988 ), Ministerio d e Cu ltura, Instituto de la cinem atografía y de las Artes Audiovisu ales,
1992, Madrid .
352 De hecho ese año sólo se produjeron 48 films, la cifra más baja de la década, datos en C ine para lee r,
1979.
353 Vir iato, Lo s ciprese s creen en Dios, La colmena, Cr ónica del alba, Los gozos y las sombras ,
Dedicat oria , Juanita la Larga, El mayorazgo de Labraz, Las pícaras, La plaza del diamante, Ramón y
Cajal, E l sombre ro de tres pic os, La s son atas, T irant lo b lanch y Vísper as del s ilencio fueron los
ganadores.
354 Para más informaci ón, Gubern y otros , Hi storia del c ine esp añol , p. 374 - 375 y Cine para l eer 1979
355 Es dec ir, se produjo un excesivo academicismo formal, una forma d e hacer ci ne un tan to
estandarizada, como veremos en la segunda parte de est e trabaj o .
356 Más que un re trat o de la ciud ad en sí, es un r etra to d e la pro tagoni sta y s u fa mili a, a mbient ada sob re
todo en el barrio de Gracia, donde se encuentra la plaza que da nombre a la obra.
357 José Luis Guarner, “La plaza del diamante”, El Periódi co , 25 de marzo de 1982.
131
A pesar de que alguno s críticos acusaron al film de estar demasiado apegad o
al texto lit erario, algunos momentos de su versión fíl mica contradic en esa acusación.
En especial , dos escenas conti enen una enorme fuerza visua l, ejempl o de aquellos
elementos que el cine puede aporta r a la narración literaria. Hab lamo s en prim er luga r
de la frenét ica y desesperada subida de la pr otagonista a un palomar vací o donde sólo
le esp era n sus dos hijo s ha mb rien tos 358 . En segu nd o luga r, nos refe rim os a la esc ena
en que Colometa se dirige directamente a la cámara, interpel ando al espectador,
romp iendo una de las norm as bá sicas del leng uaje c inem atográ fico. Be triu utiliza es a
mir ada fij a par a que la prot ago nis ta no s cuen te có mo tuv o que vol ve rse de corc ho,
porque de haber seguido siendo de carne y hueso no habría podido soportar tamaño
sufrimiento. Tanto en una como en otra escena, el discurso qu e el cine consigue
estruct urar como conjunción de imágenes y sonidos, com o sucesi ón y confrontac ión
de planos, crea una experienc ia sensori al única, disti nta de la cualquier novela o li bro
de historia puede susc itar. Con ambas escenas la protagonista está cerca de
conseguir que comprendamos, sin grandes descripciones, la magnitud de sus
desventuras y que, incluso, nos identi fiquemos con ella. Como dice Octavi Mar tí en
relaci ón con la segunda escena, Colometa “se ha hecho tan real que se ha ganado el
derecho a abandonar, por unos instantes, su casa de Gràcia, para meterse en la de
todo s. ( … ) Y e s q ue en e lla h ay ese dolo r in terioriz ado , es e c ons tatar que ha y q ui enes
hacen la historia en cont ra de lo que deseábamos ser, convirtiéndonos en seres
extingui dos, ocul tando una intimidad fract urada” 359 .
Como exponía mos en el C apítulo 1, Antoine De Baecque, al teorizar sobre su
concepto de “formas cinematográficas de la Histo ria ”, dest acaba el uso de la mira da a
cámara ( régard - caméra ) com o un recurso de enorme s posibilidade s. En películas
como Nuit et Broui ll ard (Alain Resna is, 19 55), Hi roshi ma m on amour (Alain Resna is,
1959) y Europe 51 (R oberto Ro ssellini, 1 952), los oj os de algunos de los personajes,
fijánd ose en el o bjetiv o, “d e m an era tan fron tal q ue petrifica ”, ven dría n a tes timon iar a l
más alt o niv el el encuen tr o ent re cine e his to ri a 360 . Y so n esa s form as
cinematográficas de la historia las que con siguen ofrecer m uch o m ás al relato. Es la
mir ada al obj eti vo de Colomet a la que hace que “al espec tad or se le hie le la sangr e y
se le hum edezcan l as ojos”, como también d ecía Martí en su crítica y com o las
358 Para Mary G. Santa Eulali a, “El súbito arranque de la despavorida Natalia - Colomet a, escaleras arrib a,
hacia su ático - palomar, vacío ya de dicha y donde aguardan solamente dos niños entristecidos y
depauperados, es la más expresivamente fílmica secuencia de la película. Simboliza la ruptura de sus
límites de res istenc ia mo ral y fís ica y la tom a de una d ecisió n irreve rsible . ( … ) perfe cta tra ducció n de su
estado de ánimo ”, La hoja del lunes , 29 de marzo de 1982.
359 Oct avi Mar tí, “Ser como de corch o”, El País , 7 de enero de 1984.
360 Antoine de Baecque, Hi stoire - caméra, Gallimar d, Pa rís, 2008, p. 20.
132
crónicas del estreno destacaron que les o currió a Jordi Pujol o a Na rcís Serra durante
la pro yec ció n 361 . Ta mb ién la evo lució n de l r ojo a l n eg ro en la ton alida d de la pe lícula,
correctamente llevada por el director d e fotografía, acen tuará el desarrollo de la
narración, transmit iendo y resumiendo al mismo tie mpo el tono tr ist e del fil m. E s en
todo s e stos recu rsos do nde ob serv am os pa rte d e e se desa fío q ue el cin e e nca rna
para l a histor ia t radicional .
Por otra parte, y aunque el argumento del film podría parece r locali sta, el
resultad o n o lo es . El jefe de distribuc ión de la p el íc ula, sev illano , e xcla mó a la s alida
de la proyección: “Ésa es la historia de m i madre” 362 . D e h ech o, p ara J uan M.
Company, de Contrac ampo , es é sta u na de la s pa rad ojas que os tenta . Y e s qu e
“siendo un film ha blado originalm ente en catalán, no se trata de n inguna
conmem oración de las glorias del Principado – com o lo era La ciutat crem ada , d e
Antoni Rib as -” 363 .
Con respect o a La colmena , las opin ione s se m ostra ron en la ép oca muc ho
más di vid ida s, ta l vez por su dife ren te fo rmat o como obr a. La plaza del diamante parte
de lo si ngular de l a experienci a personal para ir desarr ollando a l o largo del tiempo una
histor ia intimist a que aspira a ser universal ; La colmena , po r otro lado , pa rte d e lo
plural . Es una novela y película coral que se desarrolla en un breve lapso de tiempo,
como si se tr atara d e una f oto f ija de un barrio céntr ico d e Madrid en l os años
cuarenta. Los personajes, por lo tanto, son muy variados, no sólo por tipología sino
tam bién por un a cu estió n tan sim p le com o el n úm ero. E n La colmena , un am plio
e lenco de actores de reconocido presti gio encarna diversas tipol ogías de una
población en búsqueda de la supervivenci a: poetas continuamente hambrient os a la
caza de un premio literari o o, al m enos, de alguien que les pagu e el café;
estraperl istas, prosti tu tas y se ñor itas d e com pa ñía; av aras du eñ as de pen sión y de
bar, eternos oposi tores, novios tísic os, chic as a la caza de buen marido.. .
Como ya ocurri era en la anteri or obra de Mario Camus ( Los días del pasado ),
este film no es un panfleto, no es una excu sa para que el director nos haga llegar su
ideo logía . Al co nt rario , la miseria mora l alcanza a todos y la miseria m aterial se
mues tr a en toda su crude za; el posi ci ona mie nto pol ít ic o ra dic a just amen te en el lo . La
361 Tanto J. R. Pérez Orni a para El País 25 de marzo de 1982 como El Notici ero Unive rsal (19/03/ 1982) se
hicieron eco de estas reacciones. “Jordi Pujol lloró en alguna escena del film, acom pañado por su señora
y el Conseller de Cultura, Max Canher, y posteriormente lo hizo el alcalde de Barcelona, Narcís Serra,
tambié n acom pañad o de su m ujer. El alc alde apla udiría pu esto de pie al finaliza r el film”, “La R ambla de
Catalu nya fue anoche La pl aça del Diamant”, El Noti ciero Uni versa l, 19 de marzo de 1982.
362 “Rodoreda, la autora, le dijo a S ilvia Munt, la protagonista: “Grac ias por esta ‘Colometa’”, Diario 16, 26
de marzo de 1982.
363 Juan M . Company, “Variaciones sobre un oso d e juguete”, Contracampo, nº 30 agosto - septiembre
1982.
133
elegancia de Camus se basa en insinuar más que en proclamar o, como decía Manolo
Meri ne ro con rel aci ón a Los días del pasado , “e l p eso p olítico re side en la d esc ripción
y no en la d eclamación” 364 . Y si de de scribir se trata, La colmena es un maravill oso
ejemplo. El propio C ela dijo con respecto a su novela que él se limit ó a mirar y a
ver 365 . M ario C am us, sig uien do la e stela d el esc ritor, colo ca su c ám ara , co m o éste
hacía con su vista, en una esquina de un café madrileño, observando cual entomólogo
el quehacer de los habit antes de esa atípica col mena. Tal vez sea esa observación
aparentemente científi ca la que suscita las iras de algunos autores, que ven en la
películ a una ocasión per dida, una pel ícula que “no va más al lá de la galería de
estrel las pat rias y la exhi bición de chapuceros dec orados años cu arenta” 366 .
Sin embar go, e n este fil m está muy clar o qui énes son los v encedore s y qui énes
los ven cid os. M artín M arc o, el pers on aje de Jo sé Sa cris tán, de stac a com o cla ro
ejemplo de ello. Estudiante de Letras en la univers idad antes de la guerra, luchó en el
frente con los repu blican os y a hora ma lvive gr acia s a la ayu da de su herm an a, qu e le
adapta la ropa vieja de su marido y le da de comer a espaldas de éste 367 . La dueña de
un burdel, m adre de un amigo de Martín que cayó en el frente, le permite dormir en
u na habitación mientr as las chicas trabajan en otra. Él, por su parte, intent a ganar algo
de diner o escribi endo artí culos par a el régimen de manera eventual.
Es justa me nte e s te personaje quien protagoniza algunas de las escenas más
tristes y d uras de la pe lícula. Sus intentos por mantener una di gnidad despedazada, su
forzo so dea m bula r por las hostile s calles del inviern o mad rileñ o “hacie ndo tiemp o” o
sus m últiples capas de chaquetas superpuestas que intentan paliar la falta de abrigo,
son ejemplos sencillos y directos de esa dureza y e sa tris teza sorda, sin estridencias.
El personaje de Sacristán está avergonzado de ser pobre, de no poder pagarse un
mís ero café, de saber se vul ner abl e ant e unas fu erz as del orde n para la s que sól o es
un parási to.
Será él, com o representant e de esos sectores de la población y de la cultura
derrotados en la guerra, quien protagonice un m omento clave en el film. En ese
moment o, Camus fue capaz de conde nsa r la esenc ia de La colmena . E n es a ‘ escena -
esencia ’ , M a rtín e s llev ado a la comisaría como sospech oso del asesinato de una
anciana; el hijo de ésta y su amante, lo acompañan también como sospechosos. La
364 Mano lo Ma rine ro, “Conde nados maqui s”, Diari o 16 , 16 de marzo de 1978.
365 Testi monio del autor recogido en El correo catalán . C amil o José Cela, “La colmena: de lo escrito a lo
vivo”, El correo catalá n , 17 de diciembre de 1982.
366 José Enrique Mon terde, Veinte años de cine español. U n cine bajo la paradoja (1973 - 1992), Paidós ,
Barcelona, 1993, p. 180.
367 El marido de l a hermana del protago nista es un mutil ado de guerr a pro - franquista que no soporta a su
cuñado.
134
razón pa ra llevárse lo a él era su asp ecto de saliñad o y su ropa e mp obrec ida; los
mot ivo s para ll eva rs e a la pare ja pasa ban por su calif icación como “hombres de m alas
costumbres” o , lo que es lo mismo, homo sexuales. Al amanecer del siguiente día, tras
averiguars e que el asesinato no era tal, sino que se trat aba de un suicidi o, los tres
serán puestos en libertad. M ientras los vem os ale jarse de la co mis arí a - Mart ín
inten tan do resg uard ars e d el fr ío e ntre sus ra ídas ch aqu eta s, la pa reja llora ndo po r la
muer te de la anci ana en tan tr ági cas ci rcu nst anc ia s - , un p olicía le pr egu nta a otr o,
“¿quién es son ésos? ”. El segun do, con tan to desp recio com o indifer encia, responde:
“Dos m arico nes y u no qu e escrib e”.
E n esas dos frases, así c omo en las i mágenes que las acom pañan, est á
recogid a la clave no só lo de la p elícula, sino tam bién de la é poca que ésta repre senta .
En esa “escena - esenci a” observamos la m iseri a m aterial en la que vivían algunos
sectores de la p oblación, pero sobre todo la miseria mo ral del régimen 368 . S e trata de
un régimen que repri me tanto en la esfer a pública com o en la privada, y que tiene en
la luch a co ntra la here ncia cultu ral de la Re púb lica y c ontra aqu ello d ifere nte un o de
sus objetivos principales.
En esta signi fica ción tiene un papel trascende ntal el traba jo d e Hans B urm an
como director de fotografí a. S u elección de la tonalidad apagada de la luz y de la
gama de ocres y grises presentes en cada elemento, desde las paredes de las casas
hasta las ropas de los personajes, construye una realidad entre penum bras, recrea
una atmósfera mediocre y mísera que “deja en la garganta de los espectadores sabor
ácido de ceniza, de miseria y de frí o, de trole de tranví a y de restr icciones
eléctr icas” 369 . Y, si alg o d esta ca, es la sensación de frío . C ons egu ir tran sm itir casi
físicam en te el frío al es pec tado r es o tro de los log ros d e La colmena : “E n los año s
cuarenta siempre hacía frío, todos los pe rsonajes de la película tienen frío, se oye su
frío ch oca r con tra las pied ras . El frío e s la a ngu stia d e fo ndo ” 370 .
368 En este trabajo hemos denominado es cena - esencia a aquellos momentos fí lmicos que son capac es de
condensar en tan sólo algunos planos la significación del film. En el caso del ejemplo destacado en La
colmena, los mo tivos p or los q ue los tres pe rson ajes fue ron d etenid os, su liberac ión y, s obre to do, el
comentario de los guardas (que traduce el desprecio de las fuerzas del orden y del régimen en gra n
medid a, a la cult ura y a la libe rtad pers onal ) son si gnif icat ivos de e sa mi seri a mat eria l y moral que Cel a y
Camus in tentaro n retr atar e n su nov ela y en su p elícul a.
369 Como defi nirá Ped ro Crespo eso s “años tri stes” en su críti ca al fi lm para ABC (Pedro Crespo, “La
colmena”, ABC, 12 de octubre de 1982. Sin embargo, no todos los autores estarán de acuerdo en alabar
la fotogra fía de La colmena . Para E nrique Alb erich la labor de Bu rman po dría deno minars e c omo
“endulzam iento de la frustrac ión”, p ues convierte en un bello espectáculo los ambientes más deprimentes
y claustrofóbicos y desecha la más consecuente opción de un feísmo concordante con la vulgaridad de
esas vidas casi inexistent es. Enrique Al berich, “La colmena”, Dir igido por , nº 97, octubr e 1982.
370 Cá ndido, “La colmena”, ABC , 13 de octubre de 19 82. También Guillermo Sánchez para Noticier o
español hará hincapié en cómo se hace que llegue a calar en el espectador el frío de ese invierno de
1943. Guill ermo Sánchez, “La col mena”, Notic iero e spañol, 16 de o ctubr e de 1982.
141
El segundo de los puntos de fijaci ón reconoci bles tiene que ver con el
sentimiento d e derrota. El pesimismo es un a actitud habitual en estos films. Unos, los
repub licanos, fuero n d errotad os por la dicta dura y sigue n sin se ntirse venc edore s e n la
Transi ción ; otro s, los fran qu istas y u ltrade rech istas , s on d errota dos p or un p rese nte
que no reconoce los logros del “Generalísimo”. Se trat a éste de un punto muy
int eresante porque enlaza de m anera m agistral la representaci ón del pasado y las
circunstancias presentes, ejemplo de esas interferencias cine - histori a. Cuando se
realizan e stos films , en pleno proce so de tra nsición, e xistía un cie rto sentim iento d e
oportuni dad, de cam bio posible. Poco a poco, sin embargo, se irá imponiendo el
desencanto como actitud vital , acompañado de la desmovilización polít ica y social. Lo
intere sa nte es que e ste des enc anto s e filtra y a en muc ha s d e las pelícu las ana lizad as
en este bloque , in clus o en fech as tan tem pra nas como en 197 7 ( Los días del pasado,
Asignatura pendiente ) , pe ro a n ivel so cioló gico se ide ntifica má s tard e, com o si el cine
recogiera esa sensación de forma involuntar ia antes de que la sociedad reflexionara
sobre ell o. He ahí el val or – y el si gnificado - de los puntos de fi jación teorizados por
Pier re Sor lin .
Por úl timo, como ter cer punto de fi jac ión enc ontramos , de nue vo, el confl ict o
generacional . Más allá de las am biguas defini ciones de qué es una generación o que
conlle va su sistematización 391 , sí que se apre cia u n e sbo zo d e e nfren tam ien to en tre
padres e hij os, exponentes todos de épocas y valores diferent es; valores m uy
signifi cativos en un momento de cambio como fue la Tr ansici ón .
Sin embargo, y como apuntábamos en rel ación con las constantes fílmicas ,
para que est e análisi s cobre toda su envergadura ha de hacerse de manera global ,
afectando a todo s los films producidos du rante la Transición . N o hem os d e olvida r q ue
tanto el Cap ítulo 4 com o el 5 es tán form a dos por ob ras realizada s durante e l m ism o
marc o crono lóg ic o, baj o las misma s ci rc unst anc ia s. Son ell os los que nos darán la
perspecti va para des arrollar las relaciones cine - hi storia entre 1975 y 1982.
391 Resul ta cl arifi cador a l resp ecto el epígr afe ded icado a la cu estión generaci onal e n Paloma Aguilar ,
Políti cas de l a memoria y memorias de l a polít ica, Alianza Editori al, Madr id, 2008 , pp. 30 - 34 .
142
143
CAPÍTULO 4
REPRESENTACIONES CINEMATOGRÁFICAS
DEL TARDOFRANQUISMO EN LA TRANSICIÓN (1975- 1982)
Anali zábamos en el C apítulo 3 la representación de los años 40 y 50 en el cine
español entre noviembre de 1975 y diciembre de 1982. Ll ega ahora el tur no de
acercarnos a la producción cinematográfi ca que, en esos m ismos siete años, encontró
tram as, pe rson ajes o , al m enos , ambientación en las décadas sigui entes a la
dictadur a, las conducentes a su fin. En este cuarto capítul o estudiamos un corpus de
diecinueve películ as. A partir de su análisis, se establecerán analogías y divergenci as
con el capítulo anterior. La com paración con éste se establecerá en distint os niveles.
Por una parte, cuanti tat ivament e, a part ir del número de obras producidas sobr e cada
periodo y a partir de su éxito en sala; por otra parte, temáticament e, teniendo en
cuenta el lugar que el pasado ocupa en ellas. La analogía puede establ ecerse incluso
ideológi camente, según la intencionali dad de l os director es con respecto al discurso
que cada uno de estos films “histór icos” vehiculan. Se pretende con ello avanzar en la
concreción de una suerte de mapa lo más detalla do posible acerca de qué se llevaba
a las pantallas sobre la dictadura y cóm o , c uále s eran la s p elícu las con m ay or
aceptación por el público y cómo eran com prendidas. C on este mapa se busca
rastrear los p roces os p or los que el cine participa en la “tem atizació n” de la socied ad
de la Transición en una cuestión tan decisiva como la representación de la
dictadur a 392 .
La cuestión de cómo la España de la los ú ltim os año s se ten ta y prim ero s
ochenta reflexiona sobre los añ os finales de la d ictadura se rá p osible, cóm o decíam os ,
gracias a diecinueve películas. Éstas se sitúan en muy distintas coordinadas espacio -
tem pora les, lle ván don os, e n u n ex traño viaje , des de tra nqu ilas c apita les de prov inci a a
Madr id , pasa ndo por la Fran ci a del exil io ; de hogar es abur gu esad os a cár cel es de
muj ere s; de fi nal es de la décad a de los cinc uent a al 20 de novi embr e de 1975 e
incluso un poco más allá. C ada una de estas obras presenta enfoques altamente
392 Como de cíamos en el pr imer capítulo, ent endemos por ‘ tematizació n ’ el proceso que hace vi sibles
algunos temas, que los sitúa en el espacio público y que “a largo pl azo contribuye a la construcci ón de la
realidad soc ial, entendida é sta como el mundo c otidiano del se ntido com ún, la me moria e i dent idade s
colectivas” en Manuel Trenzado, Cul tura de masas y cambio polít ico: El ci ne español de l a Trans ición,
Centro de Inv estigac iones So ciológi cas, Siglo XXI, Madr id, 1 999, pp. 4 - 9.
144
difer entes de unos años no tan lejanos. Encontramos entre ellas melodramas
ternu ristas , com ed ias espe rpén ticas , obr as b asa das en hech os re ales , de nun cias más
o menos marcadas de represión política (o cuanto m enos moral), guiños al
espectador. ..
PELÍCULA
ESTRENO
ESPECT ADORES
1. Emili a, par ada y f onda (Angelino Fons, 1976)
16 - 08 - 1976
793.734
2. A signatura pendi ente (1977) J osé Lu is Garci
18 - 04 - 1977
2.306.007
3. La guerra de papá , Antonio Mer cero, 1 977
19 - 09 - 1977
3.524.450
4. El l adrido , P Lazaga , 197 7
30 - 10 - 1977
317.191
5. El f rancoti rador , Carlos P uerto , 1977
18 - 01 - 1978
181.216
6. Carne apal eada , J. Agu irre, 197 8
27 - 01 - 1978
739.965
7. Comando Txiki a. Muerte de un presi dente (J.L. Ma drid, 197 6)
03 - 04 - 1978
416.485
8. De f resa, li món y men ta, Migu el Ángel Dí ez, 19 78
21 - 04 - 1978
37.692
9. El ú ltimo guateque , Juan Jo sé P orto, 1 978
29 - 04 - 1978
600.419
10. El s acerdote , E de la Igle sia, 19 78
01 - 05 - 1978
439.861
11. La escopet a nacional (Luis García B erlanga , 1977)
14 - 09 - 1978
2.061.027
12. Sonámbulos (Manuel Gu tiérrez Ara gón, 19 77)
18 - 09 - 1978
172.520
13. Las rut as del Sur , Joseph Losay, guión Semprún, 1978
21 - 10 - 1978
138.779
14. Toque de que da (I Núñ ez, 197 8)
14 - 11 - 1978
46.814
15. Con much o car iño , Gerard o Ga rcía, 1 977
03 - 04 - 1979
14.090
16. El c urso que amamos a Ki m Novak , Juan José Porto , 197 9
18 - 01 - 1980
87.863
17. Viva la cl ase medi a (J.M . Gonz ález Sind e, 1980
01 - 03 - 1980
163.509
18. Opera ción Ogro (Gillo Ponteco rvo, 197 9)
05 - 04 - 1980
547.500
19. Cróni cas de l br omuro, Juan José Porto, 1980
16 - 05 - 1980
82.340
Tabla IV: Listado de películas i ncluidas en el Capítulo 4
A la hora de cl asif icar los films objet o de est udio, es cier to que alguno de ellos
podría haber sido incl uido dentr o del grupo de “historia com o pretext o”. También es
cierto que en algunas de las obras analizadas, el marco cronológico es prácticamente
inde finible . Sin e mb arg o, en la m ayo ría el c onte xto v a m ás a llá de u n m ero d eco rado .
Este hecho puede ser debido a que la atmósfera cinematográfica de los años 60 y 70
se hallaba m enos estereotipada estéticamente que la de la posguerra. P ara
profundi zar en estos motivos, no obstante, habremos de bucear en los films, uno a
uno. Tras un análisis serial, hemos llevado una tripl e catalogación, diferente eso sí, de
la de l ca pítu lo a nter ior. E n la pr ime ra p arte de l ca pítu lo h em os situa do las pelíc ula s
que centran su argumento en la vida coti diana, en la famil ia o en el retrat o de
institu cion es com o la igle sia o las clase s alta s durante la d ictad ura . Cro noló gica m ente
encontrarí amos en este bloque Em ili a, parada y fonda (Angelino Fons, 197 6), La
guerra de papá (A nton io Mer cer o, 1977) , El ladrido (Pedro Lazaga, 1977), De f resa,
limó n y m e nta (M igue l Ánge l Díez, 197 8), El sacerdot e (Eloy d e la Iglesia, 19 78), La
escopeta nacional (Luis G arcía Berlanga , 197 7) y Con mucho car iño (Gerardo G arcía ,
1977).
En la segunda parte, encontramos aquellos fil ms marcados a fuego por la
nostalgi a. Éstos retrat an tam b ién aspectos de la vida cotidiana del franquismo y se
145
encuentran muy cercanos a las películas del primer bloque, pero la intenci onalidad
resulta distinta . N os referim os a las tres o bra s que J uan Jos é Po rto estre nó e ntre 1 978
y 19 80 ( El último guateque , 19 78; El año que am amos a Kim Novak , 19 80; Crónicas
del brom uro , 19 80), obra s que siguen la e stela d e la m oda retro in terna cion al
capitaneada por American Graff itt i (Georges Luca s, 1973), y seguida por películas
españolas de gran éxi to como Asignat ura pendient e (José Luis G arci, 1977 ).
Es justament e este fil m de Garci el que nos sirve de puente entre el segund o y
el último bloque del capítulo , englobado por la s pe lícu las qu e llev a n a la pantalla
explíci tamente refer entes o acontecimientos his tóricos y polí ticos. Hablamos de Viva la
clase media (Jos é M aría Gon zález Sind e, 19 80), de El f rancot irado r (Carlos Pue rto,
1977), de Carne apaleada (Javie r Ag uirre, 1 978), de S onámbulos (Man u el Gutiérrez
Aragón, 1977), de Las rutas del Sur (Joseph Losay, 1978), de Toque de queda (Iñaki
Núñez, 1978), de Comando Txik ia. Muerte de un pre side nte (José Luis M adrid, 1976 )
y de Operaci ón Ogro (Gillo P ontec orvo, 1979 ). S on estas dos últimas p elículas,
basadas en el atentado de ETA que acabó con la vida de Carrero Blanco en 1973 las
que, com o las crónicas que en cierto m odo pretendieron ser, nos conducirán a los
documentales que f orman part e del Capít ulo 5. Este siguiente capít ulo, que engloba
tam bién o tras form a s cinem ato grá ficas q ue so bre salier on en e l perio do 19 75 - 1982
cierra n uestro primer bloque cronológico de análisis sobre el franquismo, e l
correspondi ente al cine español desde la muerte de Franco hasta 1982.
1. EL FRANQUISMO COTIDIANO
Comenzar emos por Emili a, parada y fonda (Angelino F ons, 1976), película
basada en el relato de C armen M artín - Ga it e, Un alto en el camin o . La obra tiene co mo
protagoni sta a una mujer joven de provincias, casada por conveniencia económi ca con
un hombre mucho mayor. Este per sonaje, int erpretado por A na Belén, decide reali zar
un viaje (fugaz) a Francia, intentando que la libert ad de unos días com pense las
frustra cion es de tod a u na vid a. Am bien tad a e n los prim eros se ten ta, r ealiza da a
medi ado s de los set ent a y e strenada en 1976, este film resulta paradigmático del
moment o en que fu e real i zado . Por la s cambi an tes cir cun st anci as en el cont ext o
polít ico y social, pero también por sus continuidades, Em ili a, parada y fonda puede ser
califi cada de “película - puent e” por varios m otivos. En primer lugar, y como relato
escrit o en 1960, est uvo sujeto a los condici onantes de l a censura admini strati va y de la
autocensura de la autora . El gu ión, es crito p or la pro pia a uto ra de l te xto, C arm en
Mart í n Gai te, ju nto a Juan Tébar , ta mbié n suf ri ó esos lími t es. La censur a inf luy ó
146
además en la trayectoria comercial del film al prohibir uno de los carteles
anunciadores, en el que aparecía la protagonista disfrutando de su adulteri o 393 . S in
embargo, los avances legislati vos en torno al tema “e rótico” fueron de cisivos para la
inclu sión de alg un os “d esta pe s” de la actr iz, com o e l hab itua l des nud o pa rcial a l salir
de la ducha 394 . L os pec hos de An a Belé n e ran cas i de ob liga da prese ncia en las
películ as en las que la actri z intervenía por aquellos años. Recordemos al respecto El
amor del capitán Brando (1974) y ¡Jo, pap á ! (197 5), am ba s dirigid as po r J aim e de
Armiñán .
Cartel promoci onal de Emili a, parada y fonda (Angelino Fons, 1976)
393 Informe del Ministe rio d e Info rmació n y Tur ismo, Secc ión de Apreciación y Calificaci ón de Películas, 12
de febrero de 1976, Archivo General de la Admini stración.
394 La Orden Ministerial de 19 de febrero de 1975 (BOE nº 52, del 1 - III, pp. 4313 a 431 4) esta blecía en su
punto 9 que “se admitirá el desnudo, siempre que esté exigido por la unidad total del filme, rechazándose
cuando se presente con intención de despertar pasiones en el espectador normal, o incida en la
pornografía”.
147
No por casual id ad, estas tres pelí cul as pueden defin irs e como parte de esa
deriva histór ica de la Tercera V ía, como adelantábamos en el Capítulo 2 en relación
con ¡Jo , p apá! 395 . L as tre s com pa rten u na re flexió n so bre la h istoria re cien te esp añ ola,
las tre s parecen enfocadas a ese nuevo público interesado en temas hasta entonces
silenci ados, pero si n demasiadas implicaci ones ideológi cas 396 . Co m o ¡Jo, papá! , Emili a
parada y fonda tam bié n fue víctim a de e se c am bian te c onte xto de tra nsició n y cua ndo
llegó a la s pa ntallas resultó, a tenor de las críticas en prensa, demasiado moderada,
inclu so recata da 397 . Una rápida mirada a las p ortad as y con ten idos de re vista s y
periódi cos publi cados a lo largo de 1976 nos da buena muestra de ell o 398 .
Sin em bargo, y a pesar de ese peq ueño desfase entre el contexto sociopolíti co
en que la películ a se produjo y el que la recibió en las salas, Emili a, parada y fonda no
tuvo m ala c arre ra c om ercia l, alca nza nd o 8 00.0 00 esp ecta dore s. E ste hec ho pue de
explicar se porque, aunque no de manera escandal osa, la pel ícula of recía ci ertas
escenas “subidil las de tono” o incluso morbosas a las que el público no estaba
acostumbrado 399 . La película partici pa de esa pornopolít ica de la que hablaba en
Cambio 16 Ángel Fernán dez Santos a princi pios d e 1978 y que señalábamos en el
395 La Tercer a Vía fue promovida por el product or José Luis Di bildos a f inales de l os se sen ta y prin cipios
de los set enta. Puede ser def inida como el intento de l levar a las pantallas un cine a medio camino entre
el cine de autor en la órbita del Nuevo Cine Español o La Escuela de Barcel ona y los product os más
decididamente comerci ales. Se bu scaban temas novedosos y tratamientos i ncluso atrevidos (al menos a
nivel moral) , relacionados con las preocupaci ones de un nuevo públ ico, unas cl ases medias urbanas
aparecidas con el desarroll o económico del paí s. Los primeros de estos tít ulos fueron di rigidos por
Roberto Bodegas ( Españolas en París y N o es bueno que el hombre esté so lo ) con guión de José Luis
Garci . Par a una ampliac ión, Pau Est eve y Juan M. Company , “Te rcera vía: la vía mue rta d el ci ne
español”, Di rigi do por, nº 22, abril 1975 .
396 Ma rcelo Arroi ta - Jauregui tildó la pelíc ula de “cu rsilería progres a” (d e p rogre sía, no de progres ismo );
entendiendo progresía como esos sectores, relacionados con la cultura, que aparentan más que ostentan
su pertenencia a la i ntelectualidad merecedora de tal nomb re. Dirá tam bién que es cursi, con una
cursilería nueva, producto de los cambios sociales (m uy en la línea, pod ríamos añ adir, de los o bjetivos de
la T erce ra Vía), en Ma rcelo Arro ita - Jauregui, “Emilia, parada y fonda. U n melodrama disfrazado”, Arriba
17 de septiembre de 1976.
397 En 1986, con motivo de su pase en TVE, Francisco Merinero reflexionaba sobre el devenir de la
película destacando cómo, a pesar de ser una obra bastante reciente, había quedado “un tanto olvidada o
más bien asoci ada a un tiemp o anteri or”. Francisco M erinero, “Emilia, parada y fonda”, Diario 16 , 14 d e
mayo de 1986.
398 Valga como muestra un a de las e scenas centr ales de Asignatura pendiente (José Luis Garci, 1 977), en
la q ue se suced en uno tras otro artícu los de distintos m edio s im pre sos m ostrando num erosas modelos
ligeras de ropa jun to a titula res d el tip o: “T etas sí, C arrillo no”, “E l libe rtinaje por la cac ha” o “D e lo vertica l
a lo hori zontal”.
399 En 1986, la revista Muc ho más Madri d reflexionaba sob re esto: “Co rriendo los aires de la s u presión de
la c ensu ra, a llá p or e l 7 5, A ngelin o F ons hizo u na pelícu la “fu erte” para un pú blico qu e q uería algo m ás de
morbo y de escenas subi dil las de tono, a las que no estab a acos tumbr ado. Este tipo de cine, que fue
como un boom, pero sin demasiada cali dad, no dejó de cumplir su papel, a veces triste”. “Emilia, parada y
fonda”, Mucho más Ma dri d , 16 de mayo de 1986. Otros crí tico s prefer irán, no obstant e, asigna r su éxito al
hecho de que fuera una “excelente pelí cula”, sobre un “int eresante tema”, defi niéndolo como “cine
comercial de calidad”, Hermes, “Emil ia, parada y fonda”, ABC , 21 de agosto de 1976.
148
C apítul o 3 con respecto a Niñas … ¡al saló n! (Vicente Escrivá, 1 977). Para e l crítico,
esta tendencia se caracter izaba por la confusión del sexo y la políti ca, por la util ización
del picante político con la misma función que el picante verde, eso sí, siempre con
func ión eje mp lariza nte 400 . Y si b ien es cierto q ue Emilia, parada y fonda no es una
películ a con una carga ideológi ca progresist a, ni siquiera con una tímida denuncia
polít ica, sí que observamos en ella la crí tica a cost umbres inheren tes a la s ocie dad
franq uista y la r epre sión m ora l. N o obsta nte, por otra pa rte, com o seña laba Fe rná nde z
Santos , también en esta pelí cula la transgr esión queda ocultada, o dentr o de los
límite s so cialm en te ad mitid os , d e m odo que n o se p rod uce cam bio , ni rup tura, n i
revoluci ón en la vida de l a protagoni sta 401 .
Esta pelí cula es un melodr ama que muest ra las consecue ncias del tedio y la
represión m oral en una ciudad de provinci as, desde una perspectiva marcada
indir ectamente por la denuncia de género. La educación , el a m bien te y la s limitac ione s
económicas, así com o su naturaleza como m ujer, han hecho de la vida de Emili a lo
que es 402 . El re f lejo de e sa Espa ña del in terio r nos muestra una realidad dem asiado
cercana a la reflej ada po r la propia Martín G aite en Entre v isillos (19 57), a p esar de los
casi veinte años que separan ambas historias 403 . Por otra parte, no s e observ an
referente s políticos (ni siqu iera crono lógicam en te destac ables) q ue con tribuyan a la
lectu ra cinem ato grá fica de la H istoria . S ólo en un a ocas ión se nos dice “en Francia es
otra cosa”, enlazando con las aspiraci ones de muchos españoles de buscar en el país
vecino una mejora laboral o sexual 404 .
Tampoco se aprecian com entari os ni crít icas a la dictadur a o a la m oral
imp ues ta por la Ig lesia ca tólic a . A unque se esté m ostrando la situaci ón en cierto modo
angustiosa de una m ujer, no se nos explican las causas de ésta en ningún momento;
ni siquier a se hace nada para cam biarlas de m anera definit iva. Se retratan, eso sí,
400 Ángel Fer nández - Santos. “Pornopolí tica espa ñola” , Cambi o 16 , 26 de febrero de 1978.
401 Fernández Santos destacaba cómo en esas películas pornopolíticas de los primeros años del cambio,
aquellos personajes que se atreven a salir del redil o detentan comportamientos contrarios a los
normalmente aceptados, son castigados o bi en tienen una revel ación que los hace volver arrepent idos. Es
el caso de la madame de Niñas al salón , que deja el negocio para convertirse en una madre decente, o
del cliente más “vicioso” del burdel, que muere electrocutado. Fernández Santos parece explicar así cómo
la sociedad española, aunque curiosa y con ganas de cambio, no estaba pr eparada todavía para grandes
revoluciones a nivel político o sexual. Ángel Fernández - Santos. “Pornopolít ica española” , Cambio 16 , 26
de febrero de 1976.
402 “Emilia, parada y fond a”, Tele Indiscreta , 16 de mayo de 19 86. La película introduce el tema de géne ro
como otra causa de la intensidad de l a frustración.
403 César Santos Fontela, “Emil ia, parada y fonda”, Info rmac iones , 18 de agosto de 1986. Santos Fontela
apunta que el film, por el retrato que presenta de la so ciedad, debería estar ambientado en la España de
los 50 (la de Entre visi llos ) en lugar de en la de los 70.
404 No sólo se emigrab a para buscar trabajo en Franci a, Alemania o Suiza. También se viajaba a Europa,
especialmente al sur de Francia, para, entre otras cosas, ver películas prohibidas en E spaña por la
censura. La película Lo verde empieza en l os Pirineos ( Vicent e Escriv á, 1973) gira en torno a e llo.
149
algunas caracter ísti cas de esa vida en p rovin cias o, com o explica ba en la reseñ a d e El
País Jesús Fernández Santos, de “com o podía llegar a ser ese m undo a l a vez
complejo y vacío, de no viazgo blanco, de tardes de radio con consultas amatorias, con
su vago lenguaje, celestinesco y ma rginal” 405 . La conclusión final resulta incluso
ambigua. E n una de las últimas escenas E milia acude a la iglesia a confesar su
aventura.
“Padre, casi todo lo que me ha sucedido en la vida lo he considerado pecado.
Un pobre beso, un deseo normal, una caricia a escondida s. Finalmente sí que he
pecado a conciencia. Ahora sí que he pecado Padre. ( … ) He tenido un ligue estupendo
en Francia, P adre. Con Joaquín ( su m arido ), ni me enteraba. Me ponía a pe nsar en
otra cosa, en la comida del día siguient e, por ejemplo, para ver si así pasaba pronto el
trago y con Jaim e ( su primer no vio ), no crea, nada , b esitos y p are usted de contar. No
es que crea que lo de Franci a ha resuelto mi vi da, pero me he quedado tan a gusto … Y
encima no tengo que casarme con él porque … ya estoy casada” 406 .
Sin embargo, al corre rse la corti na del confes ionar io, no encont ramos al
párroco, sino a la tía de Emilia. Ésta le indica que, como penitenci a, tendrá que
ocultár selo a su marido. La conclusi ón parece clara: las cosas cambian para que todo
siga igual 407 .
Y a pesar de que en la última escena vemos a la protagoni sta paseando
sonriendo, co n el pelo suelto (casi por primera v ez en la p elícula), la canción de Luis
Eduardo Aute (La jaula en la que yo misma me encierr o, protege las raíce s de mi
cobardía en un ties to, m e ga sto en la s cen izas de e ste infie rno … ) v iene a d ejar de
nuevo claro que nada ha variado, aunque ahora parezca que es ell a quien lo elige.
Habla mos, en def ini ti va, de una histor ia de frust raci ones que, en cier to modo y
util izando las palabras de Mar celo Arroita - Jauregui, crítico cinematográfico de Arri ba ,
conlleva una “cierta actitud catequética en relación con sexo” 408 . Pa rec e dec ir q ue un
orgasmo puede ser lo suficient emente fortalec edor como para hacer resistir el resto de
una vida a prior i i nsoportable.
405 Y añadía que el hecho de que esos programas de consul ta se pudieran seguir escuchando t odavía hoy
sin salir de M adrid confirmaba cóm o la vida cambia a veces sólo en apariencia, cóm o puede continuar por
debajo de actitudes y ropajes. Jesús Fernández Santos, “Cine: Emilia, parada y fonda. Las ataduras”, El
País , 16 de agosto de 1976.
406 Transcri to direct amente de la película. Confesión de Emil ia .
407 Para El correo de Andalucía , la escen a de la con fesió n muestra cuánto están dispuesta s a asumir la
tía y la sob rina. “F ons: Parada – sin fondo - en el realismo”, El correo de Andalucía, 14 de noviembre de
1976.
Esta escena también viene a denunciar, aunque tal vez involuntari amente, cómo la reproducción y
perpetuación de ciertos tabúes y costumbres necesita de la colaboración de amplios sectores de la
sociedad.
408 Mar celo Ar roit a - Jauregui, “Emilia, parada y fonda . Un melodrama disfrazado”, Arriba , 17 de s eptiem bre
de 1976.
150
Es el término de “fr ustrac ión” el que se repit e en la m ayorí a de las críti cas de
cine consultadas sobre la película, revelándose clave 409 . La prese ncia de esa
frustra ción a lo largo de l cap ítulo hará que s e co nvie rta, com o ver em os e n la s
conclusiones, en uno de esos “puntos de fijación” teorizados por Pierre Sorlin 410 . E sa
frustra ción pu ed e p on erse e n re lació n adem á s c on la ca rrera d el p ropio A nge lino Fon s
como director de cine. El entonces periodista de Diari o 16 , Fra ncis co M erin ero, lo
expresaba en estas pal abras:
“Como la de tantos autores de aquella generación, es la crónica de una
frustrac ión pro gresiv a: entre la s umis ión a los gé nero s de nue stro cin e com ercial, la
coacción d e la censura, la desco nfianza de los productores y la falta de ilusión en e l
desempeño de encargos dudosos. Fons se ha visto abocado a una filmografí a
medi ocr e ( que él mis mo ca li fi ca c on menor be nevol enc ia) ” 411 .
La frustraci ón aparece como elemento om nipresente en muchas carreras
cinematográficas, en la p ropia industria, en la soci edad. Y la frustraci ón es uno de los
elementos predominantes también en uno de los personajes de nuestra siguiente
películ a. Teresa Gimpera encarna a una señora de clase m edia - alt a en una familia
numerosa entre la que se encuentr a el ver dadero protagoni sta del film, Q uico. Y es
que La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977) parece integrant e de lo que durante
el franquismo se denominó como “pelí culas con niño” y que encontr ó en Joselito o en
Mari so l g ran des est re ll as 412 . E l film na rra un día (a m edia do s d e lo s sesenta) en la vida
de este pequeño que no llega a los cuat ro años.
La pel ícula está basada en novela corta de Miguel D elibes El príncip e
destronado . L a cue stión de l ca mb io de nom br e p rov ocó d ispa ridad d e opinio nes , e ntre
los q ue co nsid era ban qu e e l títu lo d e la ob ra e scr ita podía resultar incómodo para un
contexto de t ran sición y consolida ción de la m on arquía 413 y los que señalaron (entre
ellos el dir ector) que con el cambio lo que se buscaba era acentuar la “carga políti ca” y
el peso de la guerra 414 . Para M ig uel D elib es, la s ust itució n de l título o rigin al fue un
aciert o de Mercero en un mom ento en que la Guerra Civil como tema de interés
409 Por ejemplo en I., “Usos amorosos del siglo XX , Em ilia parada y fon da”, Ya , 24 de agosto de 1976; en
Marce lo Arr oita - Jauregui, “Emilia, parada y fonda. Un melodrama disfrazado”, Arriba , 17 de se ptiemb re de
1976; o en César Santos Fontela, “Emilia, par ada y fonda”, Inform acione s , 18 de agosto de 1976.
410 Rasgos reconoci bles en vari as de las pel ículas de una época que la defi nen de manera involunt aria e
indirec ta. Pierr e Sorlin , Sociologí a del ci ne. La a pertura p ara la histori a del mañana , Fondo d e Cultu ra
Económica, México, 1985 (1977), pp. 196 - 200.
411 F rancisco M arinero, “E milia parada y fonda”, Diario 16 , 14 de mayo de 1986.
412 Si bien Quico no canta; como mucho se limit a a repetir “caca, culo, pedo, pis” y a llevar a cabo mil y
una trastadas en casa.
413 El cambio se habría hecho, según el diario Arriba , para “evitar suspicaces resonancias”. “La guerra de
papá, tándem Mercero - Del ibes” , Arri ba , 14 de sept iembre de 1977.
414 Entr evista a Mercero en El Diario Vasco , “Antonio Merce ro y La gu erra d e pa pá”, El Diario Vasco, 13
de septiembre de 1977.
253
histor ia recient e de España ( El sur, Los paraísos perdido s, Hay que deshacer la casa,
Tata m ía ); re cuerd os en los qu e la ficción actúa de media dora ( Si te dicen que caí, Me
hace falta un bigote ); tod o ello cabe en esos films de m em or ia que se analizan en el
C apítul o 6.
También se hab la para este periodo de una “nueva visión desdramatizadora” de la
G uerra Civi l y de la inmediata posgu erra 670 . P elícu las co mo La vaquill a (Berlan ga,
1984), ¡Biba l a banda! (Rica rdo Palac ios, 1 985), Las cosas del querer (Jaime Ch áva rri,
1989) o ¡A y, Ca rme la! (Carlos Saura, 1990) fueron ejemplo de la progresiva entrada
de la com edia en este campo. El propio Franco se v ería afectado d irectamente por
esta ru ptura de m itos, s iendo llev ado a la p antalla com o perso naje de ficción en varias
ocasiones 671 .
4.2. CAPÍTUL OS
A parti r de la ident ifi caci ón de tendenci as y temáti cas hemos estru cturad o en
tres ca pítu los las pelíc ulas o bje to de estu dio para el periodo 1982 - 1996 . El C apítu lo 6
plantea, en la línea del Capítulo 2, una aproximación a las relaciones cine - histori a -
m emoria. La reflexi ón se estructura en torno a dos ámbitos. Por un lado, encontramos
aquellas películas que se plantean, desde el presente, qué hacer con un pasado
cercano y en buena medida probl emático. Por otro lado, anali zaremos aquellas
películ as que conllevan una reflexi ón sobre los procesos m emorísticos y sobre la
fiabilida d de los re cue rdo s . Result a int ere sante que en muchas de esta s pelí cul as el
recuerdo apar ezca mediado por un rel ato, ya sea éste un cuent o, una supuesta
entrevi sta o un proyecto de g uión cinematográfic o. La elaboración de ese relato
permite al narrador repensar e incl uso reconfigurar su propio pasado, como ya hiciera
el protagonista de La m uchacha de las bragas de oro al escribi r sus mem orias
(Capítu lo 2).
El C apít ulo 7, por su parte, compila y anali za aquell os fil ms cuya acción se
desarroll a en un año o mom ento concreto de la dictadur a. Ya sea en la posguerra o en
los p rim ero s se ten ta, lo s d irect ores m an ifiesta n s u v olun tad de liga r pe lícula y conte xto
histór ico. E stán muchos de estos fil ms basados en hechos reales, o inspir ados en
experienci as personal es de los propios director es.
Por último, el Capítul o 8 también está formado por pelí culas de ficc ión que se
desarroll an en el franquismo. Su peculiaridad v iene dada por la ambigüedad
670 Eduardo Rodríguez y Concha Gómez, “El cine de la democracia (19 78 - 1999)” en Cuadernos de la
Academia nº 1 (1997) 2000 , pp. 185 - 224 .
671 Dragon Rapide (Jaime Camino, 1 986) sería la p rimera pe lícula en la qu e un actor e ncarnaría a l general
Franco, desempeñand o un papel protagonista en el film. En este bloque cronológico, dos pelí culas
seguirán esta línea: Madregilda y Espérame en el cie lo.
254
concernient e a su datación. Ya sucedan en una difusa e indeterminada posguerra o
abarquen varias décadas , en todas parece hacerse evidente una relati vización del
contexto histór ico y socio - pol íti co, que no se da en los f ilms i ntegrantes del Capít ulo 7.
255
CAPÍTULO 6
CINE , FRANQUISMO Y RECUERDO
DURANTE EL GOBIERNO SOCIALISTA (1982- 1996)
Franqui smo, mem oria y cine son los elementos que, como ya ocurrí a en el
Capít ul o 2, vuelv en a conjug arse en est e capít ulo . Las coor dinad as tempor ales
abarcan ahora desde 1982 a 1996. La memoria de la historia reciente de España
cobra en este contexto, si c abe, mayor import ancia. ¿Por qué? Porque, por un l ado, en
1982 accedió al poder un partido que se autodenominaba de izquierdas, heredero en
much os asp ect os de un pen sami ent o pro gre si sta . Si n embar go, este part id o se cui dó
much o de rei vin di car la tra dic ió n repub licana ante rior o la o posició n antifranqu ista más
beliger ante. Se trataba, más bien, de una nueva generación de políti cos capaces de
“cance lar el pasa do sin ánimo vindica tivo ” 672 .
Por otro lado, en 1986, cuando se cumpl ían 5 0 año s de l c om ienz o de la G u erra
Civi l , el gobier no socia lista no plane ó ningu na celeb ració n para conm e mo rar el
aniversar io 673 . L os m otiv os d e es te va cío ta l ve z pu eda n jus tificars e po rque , com o
dijer a Santos Juliá, una guerra civil es en sí misma “incelebrabl e” 674 . Las ex plica cion es
parecen, sin embargo, más complejas. A las continui stas instit uciones estatales no les
venía mal un poco de olvido y a los nuevos gobernantes les sentaba bien la
desmemoria: a unos les ayudaba a obviar sus pasadas responsabilidades dentro de la
dictadur a; a o tros, sus p rom esa s co ntra e se mism o r égim en 675 .
Lo ciert o es que, a pesar del “silenci o administrat ivo”, numerosos congresos,
libros , sem ina rios y ar tícu los trata ron e l te ma d e la G uerra Civil y de sus
consecuencias. El cine no fue ajeno a es e am biente. En marzo de 1985 llegaba a las
pantall as La vaquil la, de Luis García B erlanga, primera com edia sobre la contienda.
Por otra parte, - y tal ve z relacionado con el afán conm emorador - 1986 fue el año en el
672 Jesús Ceberio, “Felipe González: Estamos, sin du da e n un a eta pa d e pu lsión a utoritaria”, El País, 29
de junio de 1997.
673 Revi sta de prensa, 50º an iversar io de la guer ra ci vil española, El País, 18 de julio de 1936.
674 Santos Juliá, “Saturado s de memoria” , El País, 21 de julio de 1996 .
675 Mar i Paz Bali brea, Mari Paz, En la ti erra baldía. Manuel Vázquez Montalbán y la izquierda española en
la postmodernidad , El Viejo Topo, 1999, Madrid , p. 112 ; Pere Ysàs , “Cam bio y con tinuidad es: tres lustro s
de gobiernos soc ialistas”, en Ayer (La époc a socialist a: políti ca y sociedad 1982 - 1996) , nº 84, 2011, p . 2 6.
256
que más producci ones cinematográf icas sobr e el f ranquismo fuer on estrenadas
( durante los cuatro primeros gobiernos socialist as ). Pero si algo desta ca
especialmente en este período es el importante número de producciones que
reflexi onan sobre el legado de la guerra y la dictadura, sobre el peso que un pasado
reciente traum ático tuvo sobre el present e.
El Capítu lo 6 se divi de en dos part es, una más teór ica y otra de anális is d e
films. En la pr ime ra d e e llas retom am os la cues tión de qué aporta el cine a la d iscusión
sobre el pasado y la m emoria. E n l a segunda parte, dividiremos los films objeto de
estudio de nuevo en dos secciones. En la primera de ell as, trataremos aquellas obras
que se plantean qué hacer con el pasado – ya sea éste personal o familiar - , a sí c om o
aquellas en las que los protagonist as están atrapados de algún modo por
circunstancias y v ivencias p retérit as. En la segunda, nos acercarem os a las p elículas
en las que se lleva a cabo una reflexión sobre el pasado desde el presente,
cuestionándose la f iabilidad de la memoria y sus posibil idad es de f iccional ización.
Los films objeto de estudio recibirán mayor o m enor atención según criter ios de
éxito de público y críti ca, así como de repercusión social. Resulta llamativa la
difer encia entre el número de pelí cu las re co gida s e n e l Ca pítu lo 2 y l as integr adas en
este Capítulo 6 , dife renc ia q ue se h ace es pec ialm ente re leva nte al tene r e n cuen ta
que durante la Transición setenta y cinco films relacionados con el franqui smo y con el
PSOE, sólo 59 . El objetivo de estas páginas es analizar cada uno de estos films,
intent ando descifrar algunas de las posibl es causas de esta sorprendente disparidad
cuantitati va entre capítul os.
PELÍCULA
Estreno
Espectadores
1. El sur , Víctor Er ice, 19 83
19 - 05 - 1983
437.533
2. Españolito que vienes al mundo , Fernando H . Guzmán
ND
1.469
3. Los paraísos perdidos , Basil io Martí n Patino, 1985
17 - 10 - 1985
172.482
4. Mambrú se f ue a la guerr a , F. Fernán - Gómez, 1986
16 - 05 - 1986
80.054
5. Me ha ce f alta un bi gote , Manuel Sum me rs, 1986
01 -09-19 86
79.670
6. El vi aje a nin guna parte , Fernando Fernán Gómez, 1986
15 - 10 - 1986
327.474
7. Tata mía , José Luis Borau, 1986
18 - 12 - 1986
223.851
8. Hay que deshacer l a casa , José Lu is García Sánc hez, 19 86
1986
ND?
9. Así como habían si do , André s Linare s, 1986
03 - 09 - 1987
14.504
10. Si te di cen que caí , Vi cente Ar anda, 1989
19 -09 - 1989
340.702
11. El mar y el ti empo , Fernando Fernán - Gó mez, 19 89
26 - 09 - 1989
100.341
12. La noche más l arga , José Luis García Sánchez, 1991
3- 10 - 1991
96.511
13. Beltenebros, Pilar Mi ró, 1991
13 - 12 - 1991
348.752
14. Felicidades Tovarich, Ant onio Ecei za, 1995
ND
ND
Tabla VII : Listado de películas incluidas en el Capítul o 6.
257
1. EL CINE COMO CONFIGURADOR DE “MEMORIA PRESTADA”
Al inici o de El sur (Víctor Erice, 1983), Estrella, la pro tagon ista, e voca desd e e l
presente un pasaje de su infancia. Mientras vemos a su padre junto a su madre
embarazada, oímos su voz en off diciendo: “Me contaron que m i padre adivinó que yo
iba a se r un a n iña . Es lo p rim ero que de él m e viene a la mem oria. Una imagen m uy
intensa que, en r ealidad, yo inventé” .
Imagen 12: Momento de El Sur en el que el padre adi vina gracias a su péndulo que el bebé será niña.
Esta noci ón de rec uerdos inv entados, recuerdo s que podemos tr aer a la
memor ia con tod o lu jo de deta ll es a pes ar de no habe rl os viv ido , enla za con lo
expuesto por Maurice H albwachs en su célebre La mem oria colectiva. En esta obra,
Halbwa chs habl a de recuer d os de sus primeros años de vi da, recuerdos que ha ido
configurando a part ir de los relatos de personas de su entorno 676 .
En cier to modo, las pelí culas recogi das en esta tesis doctora l detent an la
mis ma fun ci ón que es os t est imo nio s de lo s fami l ia res de Hal bw achs convertidos en
recuerd os. Son relatos de otras person as (de los personaje s e, inc luso, del director)
676 Maur ice Halbw achs, La mémoire coll ective, Pr esses Univer sitair es de Fr ance, Parí s, 1968 ( 1950), pp.
36 - 37.
258
sobre hechos que nosotros no vivimos pero que hacemos propios puesto que, tras
visionarl os, podemos traerlos a la memo ria y constr uir con sus escenas, sus
decorados y su fotografí a nuestra propia imagen de un tiempo pretéri to, en este caso,
nuestra propia versi ón visual del franquismo 677 . Para c onfig ura r e sta “me mo ria
prestada” (usando el término de Halbwachs), bastarí a una película ambientada en el
pasado que consi ga hacer mella en nosotros, que nos dej e poso 678 .
En su excelent e trabaj o sobre la Guerra Civil española en el cine, Vicente
Sánchez Biosc a defi ne la fijaci ón memorísti ca de las que son capaces muchos fil ms,
entendiendo ésta como versiones del pa sado que nos llegan y se imponen desde los
medi os de comun ic aci ón 679 . S e trata de l p ode r d el cine pa ra con tribuir a con figur ar la
memor ia col ect i va a tr avés de un proc eso de “te mat iza ci ón” , es deci r, de su pode r
para hacer visibles algunos temas, situándolos en el espacio público, promoviendo
atención por parte de otros medios. Se produce , en palabras de Manuel Trenzado un
“efecto c ognitivo a largo p lazo e n los rec eptore s de los discurs os pú blicos d e los
medi os de comuni ca ci ón: la con st ruc ci ón de la rea li dad social y la modelación de la
iden tidad y m e mo ria c olec tivas ” 680 .
Al mismo tiempo, no podemos olvi dar la capaci dad histor iador a del cine
destacada por Antoine de B aecque y por Arlette Farge, de la que hablábamos en en el
Capít ul o 1. El cine ofrec e una “percep ción de los aco ntecimientos heroica, sangrienta,
apasionada, trági ca, épica y al mismo ti empo tri vial, banal, simple, inexpresiva. E so lo
convierte en mirada y narración del siglo, en forma privilegiada de la histori a” 681 . P ara
Farge, el cine nos ofrece form as de refl exionar sobre nosotros, de legit imarnos en el
mundo . Graci as al cin e, el indi vi duo del sigl o XX se recon oce en su his to ri a, desd e la
parti cipación en grandes acont ecimientos a los actos cot idianos 682 .
La operación se torna incluso más interesante cuando las películas no se
limita n a rep rese nta r un tiem po ya histó rico , recre and o su a tm ósfe ra, si no que
677 En torno a este concepto de Halbwachs puede verse la polémica entre Pedro Ruiz Torres y Santos
Juliá en la revista Hispani a Nova , nº 7 (2 007). Pedro Ruiz T orres, “Los disc ursos de la mem oria h istórica
en España”, Santos Juliá “De nuestras memorias y de nuestras miserias” y Pedro Ruiz Torres “ De
perplejidades y confusiones a propósito de nues tras memorias” .
678 Maur ice Halb wachs, La mém oire collective , Presse s Unive rsitaires d e Franc e, París, 19 68 (195 0), pp.
36 - 37.
679 Vicent e Sánchez - Biosca , Cine y guerra civil española: del m ito a la m emoria , Alian za, M adrid , 200 6, p.
15.
680 Manuel Trenzado, Cultura de masas y cambio polític o: El ci ne españ ol de la Transición , C entro de
Investig acione s Socio lógicas, S iglo XX I, Mad rid, 1999 , p. 9.
681 Antoine de Baecque, “Formes cinematogr aphiques de l´histoi re”, 1895. Revue de l’association
français e de rec herche sur l’histoire du cin éma , n° 51 m ayo 2007, p. 2 0. http://1895.revues.org/ 1312#text
Consult ado por últi ma vez el 24 de febrero de 2014 . Traduc ción personal.
682 Arl ette Farge, “Le cinéma est la langue maternel le du XXe siècle”, Cahiers du cinéma , n° s pécial « Le
siècle du cinéma », noviembre 2000, pp. 40 - 43.
259
conllevan adem ás una reflexi ón sobre el peso de esa histori a en el presente. La
reflexión se ex tiende así al rol d el p asad o e n las s ocieda des actu ale s, a la veracidad
de la memoria, a los mecanismos por los que ésta se reproduce, a los peligr os de su
instru m enta lizac ión . Los film s rec ogid os en este capítu lo per tene ce n a este grup o que
nos lleva m ás allá, enlazando así con los integr antes del Capítulo 2 . Tomando como
punto de partida y de llegada dos películ as de Fernando Fernán - Gómez, Mambr ú se
fue a la guerra (1986) y El mar y el tie mpo (1989), estas páginas proponen un viaje
indivi dual y colecti vo en pos de un tiempo que no se puede o no se quiere dejar
pasar 683 .
2. EL PASADO Y LA MEMORIA: TIPOLOGÍAS DE ANÁLISIS
Cator ce son l as películas recogidas en este capítulo. Se han dividi do en dos
grandes bloques para su análisis. Por un lado, El sur, Mambrú se fue a la guerra, Tata
mía , Los para ís os perd i dos, Hay que deshacer la casa, Felicidades Tovarich, Así
como habían sido y La noche más l arga fo rm an el prim er bloqu e. En él se incluy en
aquellas obras que refl exionan sobre el lugar del pasado en el presente, sobre qué
hacer con aquellos recuerdos que condicionan el día a día e impiden seguir hacia
adelante. Por otro lado, Belteneb ros, Me hace falta un bigote, Si te dicen que caí,
Español ito que vienes al mundo, El mar y el tiempo y El viaj e a ninguna part e integran
el segundo bloque. En él, se cuestiona la f iabilid ad de un os recu erd os en los que lo s
rostros se confu nden y los lím ites entre p resen te y pas ado s e diluye n. Tam bién se
trata en este bloq ue có mo la ficción pue de a ctua r de m edia dora para afron tar un
pasado demasiado dol oroso, demasiado tri ste o demasiado anodino.
2.1. EL PASADO QUE SE RESISTE A PASAR
En est e bloq ue de anál isi s hemos incl uido aq uell as pel ícul as en l as que, de una
maner a u otr a, el pasa do se resi st e a pasar . Comenzamos el análi sis con una pelíc ula
altamente significat iva, Mambrú se fue a la guerra (Fernando Fernán Góm ez, 1986).
El fil m posibil ita un inter esant e juego entre tre s m omentos his tóri cos: la lar ga dictadu ra
franq uista , el año de la mu erte de Fra nco (cu and o s e d esa rrolla la a cción fílm ica) y
1986, cuando la película llegó a l as pantal las. El fi lm cuent a la histori a de Em ili ano,
683 Uti lizand o la expresi ón recogida por Ismae l Saz en su artí culo “Franquis mo, el pasado que aún no
puede pasar”, Pasajes, nº 11, 2003, pp. 50 - 59 y por el artículo de Francisco Espinosa “De saturaciones y
olvidos. Reflexiones en t orno a un pasado que no puede pasar”, Hi spania Nova, nº 7 (2007).
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uno de esos “topos” que, tras la G uerra Civil , vivie ron e scon did os dur ante a ños 684 . El
mie do a las repr esa li as de lo s venced ore s en la guerr a los habí a manten ido ocul t os,
en contacto tan sólo con los parientes más próximos. Desaparecidos, muertos para el
mundo , su reg res o a la vid a conl l evó la vue lt a de un pas ado que la dic tad ura habí a
intent ado silenci ar, cuando no dir ectamente obli terar. Su vuelta conll eva la pregunt a de
cómo ese pasado ha de ser asu mi do en l as nuev as ci rc uns tan cia s pol ít ic as.
El fi lm se abre con una ser ie de plano s encadenado s que convier te la di ctadur a
franq uista en un a e lipsis. En ellos , só lo ve m os lo s p ies d e E m iliano, pas ean do ab urrido
de punta a punta de su escondite subterráneo. Som os testigos de cómo sus zapatos
cambian, a la par que cambia también el ritmo de sus paso s, ralentizado por la vejez.
Los pasos se intercalan con imágenes de niñas saltando a la comba en la calle,
cantando Mambr ú s e f ue a la gue rr a . La ropa de las niñas evoluciona, como lo hace la
propia calle; cuarenta años son mucho t iempo.
La películ a comienza propiamente el 20 de noviembre de 1975 cuando tras la
muer te de Franc o esta ll a la al egr ía en una casa . La ale grí a se ac ent úa con el
descubrimient o de que el cabeza de fam ilia, a l que su hija y nietos dab an por muerto
en la guerra, está vivo y escondido en un lugar de la casa. Esta alegría se combina,
sin embargo, con una prevención: por un lado, la del propio anciano, que no se cree
que el dictador haya muerto de verdad, si no que más bien juzga el anuncio como una
mani obr a par a cazar a gente como él; por ot ro la do el yerno pide co nte nci ón en la
alegrí a, tiene m iedo de lo que puede venir después y ve más prudente esperar y
actuar con cautela. Todo se com plica cuando, antes de comunicar al ayuntamiento “la
resurrecci ón”, les hablan de la posibil idad de cobrar una pensión de viudedad con los
atrasos. El interés económ ico prevalecerá frente a la razón y el sentimient o, en un
crudo triunfo de los valores m ateriali s tas dentro de la sociedad española fruto del
desarroll ismo. Primero, la famili a empezará a com prar electrodomésti cos que ll evaban
tiem po de sea nd o, com o un a lava do ra; pron to la av aricia h ará a pa rición en esce na y la
telev isión en co lor con m an do a distanc ia, la aspirad ora , la tostado ra, etc. se
converti rán en nuevas e imperiosas “necesidades” que postergarán indefi nidamente la
conversión de Emiliano en ciudadano de pleno derecho 685 .
Dada su ubic ación temporal a parti r de la muerte de Franco – lím ite c ron ológ ico
de nuestro análisi s fílmico de la dictadura - , la lectu ra cin em atog ráfic a no resu lta
684 El libro d e Jesús Tor bado y Manuel Leguineche sobre los topos r ecoge numerosos t estimonios de
estos exil iados interi ores; Los topos, Arcos Ver gara, Bar celona, 1977.
685 La crítica en Diri gido por condensará estas ideas al decir que la pe lícula va “descubriendo las miserias
de la condición humana a la luz de la fiebre consumist a de una sociedad deseosa de olvidar y nada
propicia a desenterrar el pasado”, Carlos F. Heredero, “El aliento moral de unas imágenes anacrónicas.
Mambrú se fue a la guer ra”, Dir igido por , nº 136, mayo 1986.
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demasiado si gnifi cativa. Sin em bargo, algunos rasgos de la dictadura sí están
fuerte me nte pre sentes y bien m erecen nuestra atención. Así, el alcalde es el típico
prohombre local que ejerce su poder arbitr ariamente. El joven cura representa los
sectores críticos de la Iglesia católica, llegando incluso a e nfre ntars e a la auto rida d
civil. El alcalde nos sirv e también para descubrir la represi ón económica llevada a
cabo por la dictadura. Este es uno de los ámbito s menos co noci do s de la violencia
insti tucional aunque tuvo enorme repercusión para numerosos sectores de la
población. Los bienes de los ven cidos muertos o encarcelados fueron expropiados en
represali a por su vinculación con el bando republicano 686 . E sto o cur re e n Mambr ú se
fue a la gu erra con la antigua casa del pueblo, propiedad de Emiliano, que el alcalde
no sólo quitará a la famili a de éste, si no que aprovechará para su beneficio personal al
convertirl a en cine de gesti ón privada.
Por otra parte, l a ni eta del topo y el nieto del alcald e ser vir án par a introduc ir
dos importantes cuestiones, am bas característi cas de estos años. La primera, la
s exualidad reprimida y l os di stint os patr ones morales aceptabl es par a hombres y
muj ere s. La rel aci ón ent re la ni eta de Emil ia no y el niet o del alc al de es bu en ej empl o
de ello. Ante unas relaciones ínti mas no totalmente consumadas, la chica es
considerada co mo una perdi da por “habe rse dejad o”, mient r as que él e s vis to como
poco hombre por no haber consum ado. Esta relación, que provoca rechazo en ambas
fam ilias a c aus a d e sus d ifere ncia s id eoló gica s, s irve tamb ién para introdu cir la
segunda cuestión a desarrol lar: e l c onflic to gen era cion al, crista liza do en tor no a la
consideración del estatus del pasado. La joven pareja, totalmente desp oliti zada, siente
la guerra como algo ajeno, que no quieren que gobierne sus vidas. “Yo no tengo que
ver nada con tu guer ra abu elo” , le dirá el chico al al calde, cuando ést e se niega a darle
los pa pele s pa ra qu e pue da n cas ars e. “¡Va ya mier da de gue rra!” o “¡¿Q ué te nem os
686 Véase Franc isco Moreno “La repres ión económica ”, en S antos Juliá ( coord.) Víct imas de la guerra ci vil,
Temas de hoy, Madrid, 1999; o M ichael Richards, A Time of Silen ce : Civil War and the Cultur e of
Repressi on in Franco's Spain, 1936 - 1945 , Cam bridge Univers ity Press, Ca mbrid ge, 1998 . T amb ién
resulta una i nteresante reflexión al respecto el artículo de Eduardo Montagut Contreras “El franquismo
contra la propiedad privada”, para el blog de El País “La memo ria h istórica como proye cto social y
cultural”. C onsultado por últi ma vez el 23 de mayo de 2013 htt p://lacomunidad. elpais.com/memoria -
historic a/2011/2/14/el - franquismo - con tra - propiedad - pri vada . En los últimos año s han destaca do iniciativa s
locale s /regiona les e n torn o a este te ma, como el proye cto d e inv estigac ión « La a ctuació n de l Tribu nal d e
Responsabi lidad es Políticas en Aragón», financiad o por el Programa Amarga Memoria del Gobierno de
Aragón, dirigido por el profes or Julián C asanova, coordi nado por la profesora Ángela C enarro e integrado
por los investigadores Estefanía Langarita, Nacho Moreno Medina e Irene M urillo (Departamento de
Histor ia Moderna, Contemporán ea y de América de la Univer sidad de Zar agoza); o co mo las ini ciati vas en
Anda lucía recogid as en este artículo de Á ngel Mun árriz para Público “La rapiña franquista queda al
descubierto t ras 70 años”, 11 de octubre de 2010. Consultado por última vez el 24 de febrer o de 2014.
http:// www.publico.es/espana/340824/ la - rapina- franq uista - queda - al - descubierto - tras - 70 - anos
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que ver nosotros con sus peleas?! ” son otras de las exclamaciones de la joven pareja
ante l a incómoda si tuación.
La ubicación en este capítulo de una pelí cula ambientada en noviembre de
1975 viene dada por dos razones. En primer lugar, este film pone en evidencia un
debate existente en la sociedad española, debate que se concreta en la cuestión de
qué hacer con el pasado. La provocación viene dada porque, en este caso, es la
fam ilia de iz quie rdas la qu e, en luga r de re ivind icar e l pasa do , q uie re se guir
ocultándol o, cegada por el progreso material que toma forma de pequeños
electr odomésticos. Tal vez el film puede verse así como una sáti ra de ese PS OE que
a la altur a de 1986 se mostraba marcado por un “yuppismo presentis ta
socialdemócrata” 687 .
Por ot ro l ado, e n segundo lugar , Emil iano sólo d esea sal ir de su es condit e y se r
recorda do. S in em ba rgo, m uch os d e su s am igos y vecinos ya han mue rto, su familia
se niega a declararlo oficialmente, su herm ana no se cree que siga con vida y el
alcalde, que lo conoció en la juventud, se niega a reconocerlo por miedo a su
venganza. Em iliano no existe si no se mantiene e l nexo entr e el anciano actual y el
joven que hacía de tamboril ero para el ejérci to republ icano. La secuencia en la que
recorre las c alles con su tamb or, recitando lo que solía de cir cuand o trabajab a de
manc ebo de bot ic a enc ier ra al mismo ti empo una fuer za y una impot e nci a enormes.
Emili ano se encontrar á con el pueblo vacío, la gente oculta tras las vent anas en sus
casas, o ignorándolo por completo; como únic a respuesta obtendrá algún grit o
pidiéndol e silencio. En cierto m odo, nos encontramos ante una de esas “escenas
e sencia” que consiguen condensar en unos segundos la signifi cación de toda una
películ a 688 . En e sta e sce na s e con jug an a certa da me nte la oscu rida d de la no che , la
férrea volunta d del protago nista y su in de fens ión con la o bstin ació n de aquellos q ue
prefi eren fi ngir no ver, no conocer, no recordar .
En el plano de la lect ura hist óric a del film, y como apunt ábamos poco antes,
result a interesante destacar cóm o parece que la sociedad que esta película pretende
denunciar no es tanto la de 1975 como la de 1985, cuando Mamb rú se fu e a la gue rr a
ve la luz. El PSO E se encuentra al final de su primera legislatura y poco ha hecho
institu cion alm en te para hon rar la m em oria d e aque llos que, en lo s años treinta ,
687 Mar i Paz Bal ibre a, En la ti erra bal día. Manuel Vázquez Montal bán y l a izquier da española en la
postmodernidad , El Viejo Topo, 1999, Madr id , p. 163.
688 Hemos denominado “escena - esencia” a esas escenas y secuenci as que consiguen condensar gran
parte de l a signifi cación últi ma de una película, representándola y sintetizándol a de manera signi ficativa.
269
De hecho, Borau no era el primero en incluir en el reparto de una de sus
películ as a grandes nombres del pasado. En las últi mas dos décadas la recuperación
de actores fuertemente vinculados con la industri a cinematográfi ca franquist a había
sido puesta en práctica por directores que apostaban por un cine diferent e. Ése es el
caso de Carlos Saura con Alfredo Mayo ( La caza , 19 65) y Jo sé Lu is Lóp ez V ázq uez
( Peppermi nt frappé , 1 967 ; El jardín de las delici as , 197 0; La prima Angélica , 197 3) o
de Juan Antonio Bardem con Alfredo Landa ( El puente , 1976 ). El pr oce so de
resignificac ión era posib le gracia s al fuerte pode r simb ólico de l cine p ero, so bre tod o,
al proceso previo de “ vam pirizaci ón ” que algunos actores habían sufrido por parte de
sus personajes habi tuales 704 . Así Alfredo May o se convi rtió en los cuarent a en el héroe
y galán español por excelencia (ll egando a inter pretar al alter ego del general Franco
en Raza , 1 942 ); mie ntras que Jo sé Lu is Lóp ez Vá zq uez y A lfredo Land a
represe ntaba n a los españoles med ios, pícaros y reprimidos sexualm e nte que se
volvían locos por las suecas. Sus papeles en los films de Borau, S aura o Bardem ,
todo s ello s cin eas tas p rog resis tas, te ndr ían c laras co nno tacion es extra fílmica s;
sugerentes interpretaciones de sus papeles anteriores, evoluciones irreverentes de
éstas e, incluso, una cierta crítica velada al contexto en que se desarrollar on esas
vampirizaciones.
Pero si algui en puede presumir de subvert ir el sign ifi cado de símbolos
franq uista s y de reco difica r ele me nto s cla ve de la cu ltura pop ular dur ante la d ictadura
ése es Basili o Martín Patino, director de la siguient e obra a analizar. Creador de las
polémicas C anciones para después de una guer ra (1971) 705 , Querid ísi mos Verdugo s
(1973) y Caudi llo (1975 ), Pa tino se sum a al carro de la re flexión sobre el lug ar qu e el
pasado ha de ocupar en el presente con Los paraísos perdidos ( 1985) y Madr i d
(1986) 706 .
Los paraísos perdidos habl a del exilio y del desarraigo, de cómo la pérdida del
sentimiento de pertenencia afecta a unos personajes descentrados y, en cierto modo,
perdidos. La protagoni sta es la hij a de un escritor y de una artista que dejaron España
tras la g ue rra. M uerto el padre y encontrándose la m adre gravemente enferma en la
ciudad de la que huyeron, la hija vuelve a esa casa que nunca pudo sentir com o
propia para int entar poner orden en el archivo famil iar, en el edif icio y en su propia
704 Como explica para el caso de Alfredo Landa y las comedias del destape Emilio C. García Fernández
en El cine español contemporáneo, Centro de Inves tigaci ones Lite rarias Españolas e Hispa noamerican as,
CILEH, Barcelon a, 1992.
705 Aunque no estrenada hasta 1976 debido a graves problemas con la censura (que quisieron incluso
hacer desaparecer físicamente todas las copias del film). Para más infor mación, véase capítul o 5.
706 Mad ri d queda fuera de esta investigación al centrarse e n la m emoria de la G uerra Civil y no del
franquis mo.
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