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Abstract
El presente Proyecto Fin de Máster trata sobre el trabajo de las mujeres cristianas bajomedievales en la Corona de Aragón. El estudio está centrado, principalmente, en fuentes bibliográficas, aunque también se han utilizado fuentes primarias editadas, literarias e iconográficas. Con este estudio pretendo demostrar que las mujeres tuvieron un papel activo en los oficios profesionales de la Baja Edad Media y que contribuyeron a la economía familiar. Las encontramos trabajando en el ámbito rural y en el urbano, realizando labores artesanales, comerciales y domésticas, además de ejercer justicia y practicando la prostitución. Rodríguez Alcalá, Alba; García Herrero, María del Carmen
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Trabajo El trabajo de las mujeres cristianas bajomedievales en la Corona de Aragón. Trabajo Fin de Máster El trabajo de las mujeres cristianas bajomedievales en la Corona de Aragón. Alba Rodríguez Alcalá María del Carmen García Herrero Facultad de Filosofía y Letras 2012 Máster El trabajo de las mujeres cristianas bajomedievales en la Corona de Aragón.
1 ÍNDICE Resumen. 2 Introducción y estado de la cuestión. 3 1. La Corona de Aragón en los siglos bajomedievales: contexto histórico. 7 2. La formación de las mujeres. 12 2.1.Tratados de educación para las mujeres. 12 2.2.La formación de las mujeres: el hogar como lugar de enseñanza. 16 2.3.La formación en los oficios. 23 2.4.Sor Isabel de Villena. 25 3. El trabajo femenino en el mundo agrario. 27 3.1.Gestoras y administradoras de grandes propiedades. 27 3.2.La labor de las mujeres en las actividades agropecuarias. 34 4. El trabajo femenino. 38 4.1.El trabajo de las mujeres en el mundo artesanal. 38 4.2.Mujeres y comercio. 61 4.3.La participación femenina en el servicio doméstico. 72 5. Las mujeres y el universo de las leyes. 80 5.1.Procuradoras. 80 5.2.Árbitras. 81 6. Al fin y al cabo es un trabajo: las prostitutas. 88 6.1.La prostitución oficial y la clandestina. 88 6.2.La vida en el burdel. 92 6.3.La vestimenta de las prostitutas según las ordenanzas municipales. 97 7. Conclusiones finales. 101 Bibliografía. 112 Anexos. 120
2 RESUMEN El presente Proyecto Fin de Máster trata sobre el trabajo de las mujeres cristianas bajomedievales en la Corona de Aragón. El estudio está centrado, principalmente, en fuentes bibliográficas, aunque también se han utilizado fuentes primarias editadas, literarias e iconográficas. Con este estudio pretendo demostrar que las mujeres tuvieron un papel activo en los oficios profesionales de la Baja Edad Media y que contribuyeron a la economía familiar. Las encontramos trabajando en el ámbito rural y en el urbano, realizando labores artesanales, comerciales y domésticas, además de ejercer justicia y practicando la prostitución. Palabras clave: Trabajo, mujeres, Corona de Aragón, Baja Edad Media. Abstract This project is about the work of the Christian women in the Crown of Aragon in the Low Middle Ages. The study is centred, principally, on bibliographical sources, though also there have been in use primary published, literary and iconographic sources. With this project I try to demonstrate that the women had an active paper in the professional trades of the Low Middle Ages, and they contributed to the familiar economy. They were employed at the rural area and the urban one, and they realized handcrafted, commercial and domestic labours, beside exercising justice and practising the prostitution. Keywords: Work, women, Crown of Aragon, Low Middle Ages.
3 INTRODUCCIÓN Y ESTADO DE LA CUESTIÓN El presente Proyecto de Fin de Máster trata sobre el trabajo de las mujeres cristianas bajomedievales en los territorios de la Corona de Aragón. La historia de las mujeres es un tema abierto que se encuentra en construcción, y este trabajo constituye una pequeña aportación al mismo, ya que con él se pretenden aumentar los conocimientos que se tienen sobre el papel activo que tuvieron las mujeres en las diversas labores, ya fuesen remuneradas para contribuir a la subsistencia de sus familias o dentro del propio hogar. Como veremos a lo largo del presente estudio, las mujeres realizaron trabajos diversos tanto en el ámbito rural como en el urbano, lo que ocasiona una cuestión fundamental que aún está por resolver: ¿Las mujeres recibieron una formación teórica y práctica que les permitió realizar diversos trabajos, ya fuesen artesanales, comerciales, administrativos o, incluso, aquéllos relacionados con las leyes? Parece ser que la respuesta a esta pregunta es afirmativa, pero debemos aclarar que todavía falta un estudio de fuentes primarias que nos ayude a verificar esta hipótesis. Para conocer la historiografía de la historia de las mujeres en la Edad Media resulta interesante leer el artículo de Francisco Fuster García, «La historia de las mujeres en la historiografía española: propuestas metodológicas desde la Historia medieval» 1 . Teresa Vinyoles i Vidal fue la pionera en los estudios sobre las mujeres en la Edad Media en España, a los que se dedicó desde 1969, y ella ya planteó algunas cuestiones acerca de la educación de las mujeres en su tesis de licenciatura Les barcelonines a les darreries de l’Edat Mitjana (1370-1410), publicada en 1976, que sigue siendo una de las obras fundamentales de consulta. Dicho libro abrió el camino de la investigación de la historia de las mujeres, por lo que en la actualidad contamos con abundantes estudios realizados por numerosas historiadoras e historiadores que nos permiten ir conociendo poco a poco la vida cotidiana de la otra parte de la humanidad, olvidada hasta entonces. Teresa Vinyoles fue la impulsora en 1982 de la creación del Equip Broida, el primer grupo de investigación sobre la situación de las mujeres medievales creado en España. En una primera etapa, este equipo dedicó sus investigaciones a la historia social y económica de las mujeres en la Baja Edad Media hispana. Su trabajo consistió en el vaciado de protocolos notariales, especialmente dotes y testamentos, intentando hacer visibles a las mujeres. 1 FUSTER GARCÍA, 2009: 247-273.
4 Aparte de la obra de Teresa Vinyoles i Vidal, para la elaboración del presente trabajo ha sido imprescindible la temprana y pionera tesis doctoral de María del Carmen García Herrero, Las mujeres en Zaragoza en el siglo XV, publicada en 1990, ya que ha supuesto el inicio del guión del presente proyecto. García Herrero se ha ocupado sobre todo de la historia de las mujeres en el ámbito aragonés durante la Baja Edad Media. En España, uno de los primeros intentos de formular una metodología en el análisis histórico sobre las mujeres lo ofreció en su día Cristina Segura Graíño, quien creó la Asociación Cultural Al-Mudayna, a través de la cual se organizaron multitud de seminarios sobre la historia de las mujeres. Una de las obras de más relevancia es la que coordinaron en el año 1988 la nombrada Cristina Segura junto con Ángela Muñoz, El trabajo de las mujeres en la Edad Media hispana, en la que se recogen varios artículos de diversos historiadores e historiadoras y que ha constituido una obra clave para la elaboración del presente Proyecto. En el año 1984 se celebró el coloquio hispano-francés La condición de la mujer en la Edad Media, organizado a iniciativa de Georges Duby y de la Casa de Velázquez. La forma de escribir la historia de las mujeres empleada por Duby y sus seguidores se interesa por el imaginario y el sistema de representaciones, dando como resultado una historia de las mujeres muy próxima a las mentalidades. Otra obra de referencia es la editada por Isabel Morant en cuatro volúmenes, Historia de las mujeres en España y América Latina, siendo el primer libro el que nos interesa para este trabajo, ya que comprende desde la Prehistoria hasta la Edad Media. Además, hemos consultado un número abundante de artículos centrados en el tema del trabajo de las mujeres en los diversos territorios de la Corona de Aragón, con el objetivo de cohesionar ideas diversas y elaborar un estudio general. Por lo tanto, este proyecto está basado principalmente en fuentes bibliográficas, si bien es cierto que también hemos utilizado algunas fuentes primarias editadas. En cuanto a estas últimas, podemos decir que para estudiar el trabajo femenino en el mundo agrario es imprescindible recurrir a fuentes literarias de la época medieval y, sobre todo, a las fuentes iconográficas, ya que permiten rellenar el vacío de información que no hallamos en los textos, por lo que este Proyecto de Fin de Máster tiene un carácter interdisciplinar. En las tesis de Teresa Vinyoles y María del Carmen García Herrero encontramos numerosa documentación de archivo editada que resulta muy útil para la elaboración de este trabajo. Nos ofrecen documentos sobre reglamentaciones municipales dirigidas a las prostitutas, contratos serviciales, contratos de aprendizajes,
5 licencias reales a mujeres para que ejerzan la medicina libremente, protocolos en los que se demuestra su labor como procuradoras de sus maridos, arbitrajes realizados por mujeres y muchos más en los que se da constancia del trabajo de éstas en la artesanía, el comercio y en el servicio doméstico. Otras fuentes interesantes para abordar el estudio de la educación de las mujeres son los tratados de carácter moralista, que nos muestran el estereotipo de la mujer ideal. Asimismo, contamos con el libro de María Isabel Falcón Pérez, Ordenanzas y otros documentos complementarios relativos a las Corporaciones de oficio en el reino de Aragón en la Edad Media, donde se ofrece la transcripción de múltiples documentos en los que las mujeres tienen presencia activa en algunas cofradías de oficios. Entre las motivaciones que me han llevado a elaborar este trabajo se encuentra el interés por conocer el papel de la mujer en el pasado histórico, el cual ha sido marginado por la historiografía tradicional y, como hemos visto, se está recuperando actualmente. Por lo tanto, uno de los objetivos que me planteo es “visibilizar” el trabajo de las mujeres bajomedievales en los diversos ámbitos, tanto en el mundo urbano como en el rural, porque parece ser que ha quedado olvidado. Asimismo, el Proyecto Fin de Máster pretenderá ser una unificación y recopilación de ideas y saberes realizados por diversos historiadores e historiadoras que han tratado dicho tema en los territorios de la Corona de Aragón. Sería una aportación novedosa porque hasta la fecha no se ha realizado ninguna investigación que englobe todos los territorios de la Corona de Aragón. Asimismo, no se trata de un estudio sobre mujeres excepcionales, sino que se pretende reconstruir un pasado olvidado, el de las mujeres “normales y corrientes”, de cualquier condición social, que tuvieron un papel fundamental en el trabajo familiar o independiente. La estructura que se va a seguir en el presente trabajo es la siguiente: primero ofreceremos una breve explicación del contexto histórico de la Corona de Aragón en los siglos bajomedievales. En segundo lugar, explicaremos qué tipo de formación recibieron las mujeres de todos los estamentos sociales, tanto teórica como práctica. El tercer capítulo trata sobre el trabajo de las mujeres en el mundo agrario, donde explicaremos algunos casos de grandes gestoras y administradoras de grandes propiedades, además de abordar el papel de las mujeres en las labores agropecuarias. El cuarto capítulo versa sobre el trabajo femenino independiente, dividido en tres apartados, a saber: el trabajo artesanal, donde incluiremos los sectores de la alimentación, el textil y la indumentaria, la construcción, el artístico y la práctica
6 médica, junto con los oficios relacionados con la muerte; el mundo comercial, donde trataremos a las tenderas, las buhoneras, las tasadoras y las grandes mercaderas; y el trabajo femenino en el servicio doméstico, que incluye a las nodrizas, las claveras, las criadas y las mozas. En el quinto capítulo trataremos el papel de las mujeres en el universo de las leyes, ya que ellas ejercieron una gran labor como procuradoras y árbitras. El sexto capítulo está dedicado a conocer la vida de las prostitutas en la Corona de Aragón, pues no debemos olvidar que, al fin y al cabo, ellas también realizaban un trabajo. Por último, elaboraremos unas conclusiones generales de todo el trabajo, en las que también se plantearán otras posibilidades de estudio, ya que, como hemos apuntado anteriormente, la historia de las mujeres es un tema que se está reconstruyendo en la actualidad.
7 1. LA CORONA DE ARAGÓN EN LOS SIGLOS BAJOMEDIEVALES: CONTEXTO HISTÓRICO. Los límites cronológicos y geográficos que hemos decidido estudiar en este Proyecto de Fin de Máster son los siglos bajomedievales y los territorios de la Corona de Aragón. Por ello, creemos conveniente esbozar de forma breve los principales sucesos acaecidos en esa época, con el fin de contextualizar y comprender mejor nuestro tema de estudio: el trabajo de las mujeres. A finales del siglo XIII la sociedad occidental culminó un largo período de crecimiento. A partir de ese momento, y durante varias generaciones, comenzó una época de crisis y transformaciones en busca de una nueva estabilidad, y la ciudad se convirtió en el centro de referencia. En esta época los monarcas de la Corona de Aragón llevaron a cabo la expansión por el Mediterráneo con el fin de obtener el predominio comercial en la zona occidental y abrir nuevas rutas hacia Oriente. El Mediterráneo era a finales del siglo XIII uno de los espacios más agitados de Occidente. Jaime II (1291- 1327) 2 realizó la conquista de Cerdeña, ocupada ya comercialmente por los catalanes, lo que tuvo como consecuencia una larga guerra comercial entre Aragón y Génova. La expansión mediterránea de Jaime II se completó en 1315 con sus terceras nupcias con María de Lusiñán, que supuso su aproximación a la dinastía de Chipre y Jerusalén, lo que propició la creación de los ducados de Atenas y Neopatria 3 . Además de estos problemas externos, Jaime II tuvo que pacificar el reino de Aragón tras la sublevación de algunos nobles contra la monarquía durante el reinado de sus antecesores, que había dado lugar a la llamada Guerra de la Unión. Jaime II tuvo que sofocar un nuevo intento de los unionistas en 1301 4 . El reinado de Alfonso IV (1327-1336) supuso para el conjunto de la Corona de Aragón el anuncio de la gran crisis que iba a provocar multitud de transformaciones. Continuaron las hostilidades con Génova por la isla de Cerdeña: las naves genovesas bloquearon los puertos sardos y sicilianos e impidieron el transporte de trigo procedente de ambas islas a Barcelona, lo que dio lugar a lo primer mal any, con alteraciones en las ciudades costeras por el aumento de los precios de los cereales. Esta fue la herencia que recibió Pedro IV el Ceremonioso (1336-1387), a lo que se añadió un nuevo 2 Los años se corresponden al reinado. 3 SESMA MUÑOZ, 2000: 108. 4 IRADIEL, MORETA, y SARASA, 1989: 590-600.
8 levantamiento de los unionistas y la sucesión de una guerra civil entre 1347 y 1348, de la que resultó victorioso el monarca. Paralelamente al levantamiento de la Unión tuvo lugar la Peste Negra, que se inició en Mallorca en febrero de 1348 y se extendió por toda la Corona, causando un descenso demográfico y la disminución de la producción agrícola. Según Esteban Sarasa, a partir de 1350 se puede considerar la existencia de un periodo inflacionista hasta 1380 con apariencia de prosperidad económica, aumentándose los salarios y los precios en relación directa con el desastre demográfico y con la carencia de una producción agraria estable. La quiebra de la banca y las dificultades mediterráneas anunciaron la depresión que se arrastró hasta 1420, momento inicial de una recuperación ascendente hasta 1433 5 . Su hijo Juan I (1387-1396) recibió una herencia envenenada plagada de problemas internos y de fuertes crisis económicas y demográficas causadas tanto por la Peste Negra como por los conflictos bélicos. Todo ello a pesar de que el siglo XIV había sido un período de prosperidad económica, sobre todo gracias al auge del comercio, que conllevó el establecimiento de consulados, la apertura de nuevas rutas y la constitución de nuevas compañías, con Barcelona como la ciudad mercantil principal 6 . Tras la muerte de Juan I sin descendencia masculina y con la situación interna en la Corona de Aragón muy complicada, su hermano Martín I (1396-1410) fue el sucesor al trono. Los agudos problemas internos en que se hallaban inmersos los estados peninsulares de la Corona se acrecentaron a partir de 1402 por las luchas habidas entre diversos bandos. Según Sesma Muñoz, Martín I tuvo que hacer frente a dos problemas graves: las dificultades de la Hacienda real provocadas por la carencia de un sistema fiscal propio, que impedía el fortalecimiento de la monarquía, y el lastre económico y político ocasionado por la expansión mediterránea, que sólo a costa de un desgaste enorme de la dinastía y de las finanzas municipales mantenía la presencia y un cierto control en Sicilia y Cerdeña. Ninguno de los dos problemas pudieron ser atajados convenientemente por Martín I. El 25 de julio de1409 murió Martín el Joven sin descendencia legítima, legando a su padre el reino de Sicilia y los ducados de Atenas y Neopatria. Viudo Martín I de María de Luna desde 1406, sus consejeros le sugirieron un nuevo matrimonio para asegurar su descendencia, pero su enlace con Margarita de Prades no consiguió aquel objetivo. Pocos meses después, el 31 de mayo de 1410, 5 Ídem.: 612-624. 6 SESMA MUÑOZ, 2000: 130.
15 2.1.1. El aprendizaje de la lectura y la escritura. La ideología dominante afirmaba que la mujer era inferior al hombre, por lo que no era capaz de discernir ni razonar como él: apareció la literatura misógina y la querella sobre las mujeres. El complejo debate sobre la formación de la mujer puede sintetizarse en la toma de dos posturas: por una parte, la de aquellos que sostenían que era preferible la mujer en blanco, es decir, iletrada, puesto que permitía al marido el modelado de la misma según su propio criterio; por otra, los que recomendaban cierta instrucción de la mujer. La lectura no sólo capacitaba a la mujer para aconsejar a su marido y para educar mejor a sus hijos, sino que también hacía posible una mayor intimidad, permitiendo que los asuntos del matrimonio no fueran ventilados al poder prescindir de terceras personas. Una mujer instruida podía ser una socia leal, una directora competente en ausencia del marido y una garantía de continuidad del negocio familiar en el caso de que fallecieran los varones 22 . Las reticencias eclesiásticas al estudio y el saber de las mujeres se disipaban cuando se trataba de reinas, miembros de la familia real y de todas aquellas que podían tener acceso al poder 23 . Entre los partidarios de que la mujer supiera leer estaba Francesc Eiximenis. Él consideraba que si la mujer sabía leer estaría más dispuesta a la plegaria, esquivaría la ociosidad y se podía informar de la vida virtuosa. Asimismo, leyendo sería más apta para hablar, pensar, razonar y aconsejar al marido, a los niños y a otras personas. Fueron las mujeres de los estamentos privilegiados, tanto las nobles más o menos vinculadas a la corte real como las burguesas, las que necesariamente a finales del siglo XIV tuvieron acceso a la cultura escrita: enviaban y recibían cartas, llevaban la contabilidad, hacían presupuestos, dejaban y recibían dinero en comanda, intervenían en los asuntos del marido, invertían sus bienes parafernales, administraban la hacienda en caso de viudez o llevaban ellas mismas los negocios. Todo esto presupone un conocimiento de la lectura y de los números, de la escritura y de las operaciones aritméticas. No sabemos muy bien de qué manera accedieron estas mujeres a la instrucción, ya que los contratos de preceptores y los testamentos hacen alusión únicamente a la educación de los varones. Ante la evidencia de que había mujeres que 22 GARCÍA HERRERO, 1990, vol. I: 121-122. 23 BECEIRO PITA, 1999: 63.
16 sabían letras se puede creer que los preceptores presentes en muchas casas de la burguesía daban ciertas nociones generales a las niñas de la casa 24 . 2.2. La formación de las mujeres: el hogar como lugar de enseñanza. Conocemos muy poco de la transmisión cultural que existía en la intimidad de los hogares. La instrucción de las niñas era tarea de las mujeres de la casa, sobre todo de la madre, que les enseñaba toda la sabiduría transmitida de generación en generación y perfeccionada por la práctica diaria. Desgraciadamente este aprendizaje familiar, que en realidad era la base de todos los conocimientos, no ha dejado rastros escritos. El hogar era la escuela de las niñas, ya fuese el suyo propio o el del amo, ya que a veces las muchachas de los estamentos populares se socializaban en casa de sus maestras, que además del oficio las introducían en las faenas domésticas y les transmitían otros conocimientos. La mayoría de las niñas aprendían de sus madres a encender y mantener el fuego, a amasar el pan, a cocinar, a lavar, a hilar y a coser, entre otras muchas tareas. También se transferían en el hogar costumbres, tanto religiosas como profanas, el conocimiento del propio cuerpo, ciertas prácticas médicas y técnicas diversas: manufactura de jabones y lejías, cosméticos, perfumes, conservas. Las madres, y también las nodrizas y las maestras, enseñaban a las niñas a rezar, y les explicaban supersticiones y ritos ancestrales. La madre se convertía en educadora y cómplice de la hija, y a menudo se establecían relaciones muy especiales entre ellas ya que la mayoría de las niñas medievales no recibían más educación ni instrucción que la que les daba su madre y lo que oían en los sermones cuando iban a la iglesia. La correspondencia mantenida entre la noble dama Estefanía de Requesens y su madre, Hipólita, nos permite tener una idea de la sabiduría transmitida oralmente de madres a hijas. Estefanía, una mujer culta que ocupó un lugar relevante en la corte de Carlos I, debía todo el saber a su madre, una mujer medieval de la nobleza que transfirió a su hija los conocimientos de las mujeres medievales pasados de generación en generación 25 . 24 BATLLE I GALLART y VINYOLES I VIDAL, 2008: 183-188. 25 Ídem.: 193-197.
17 2.2.1. La educación de las niñas nobles. Según Isabel Beceiro, las fuentes procedentes de la monarquía y de la nobleza dejan traslucir una serie de cualidades que debían tener las damas nobles, a saber: la sabiduría, la mediación y la pacificación, la misericordia y la caridad, y la castidad, evitando así la ociosidad 26 . Según García Herrero, las mujeres de la nobleza recibían una educación encaminada a hacerles conscientes de su situación privilegiada y de los deberes que ésta conllevaba. La educación de las niñas de la nobleza urbana se iniciaba junto a sus nodrizas y dentro del círculo doméstico presidido por la madre. Aprendían una sólida formación religiosa de carácter normativo que se traducía en una serie de obligaciones hacia la Iglesia y los necesitados. Se les enseñaban buenos modales y todas aquellas actitudes y comportamientos acordes con su condición: bordado, música, arreglo personal, formación del buen gusto. Todas ellas constituían piezas claves para contraer un matrimonio que resultase ventajoso y honorable para su familia y para ellas mismas. La lectura formaba parte de la educación, sobre todo el manejo de las Sagradas Escrituras que permitían el modelado del espíritu y la emulación de ejemplos edificantes. La escritura era más difícil de aprender que la lectura, por lo que muchas mujeres nobles sabían leer pero no escribir, o escribían con muchas dificultades y con una caligrafía irregular, como por ejemplo Elfa de Luna, cuyo testamento está escrito con una caligrafía precisa, probablemente correspondiente al notario Miguel de Mazas. Llegado el momento de nombrar a su heredero universal, la letra cambia radicalmente y aparecen unos caracteres trazados con dificultad, pertenecientes a la propia Elfa de Luna. Es muy probable que la mayor parte de las niñas pertenecientes a las grandes familias fueran educadas dentro del propio hogar, bien por su madre, bien contratándose para ese menester preceptores/as y maestros/as. El maestro o maestra particular era un personaje clave en el proceso educativo, pues no sólo regulaba los aprendizajes intelectuales, sino que también dirigía todos los aspectos de la vida de los niños y las niñas. En la carta que Ramón de Torrellas envió a su mujer, Violant de Heredia, se anota que el patriarca daba las normas horarias a sus discípulos y se encargaba de la disciplina, contratando a un maestro para educar a sus hijos: 26 BECEIRO PITA, 1999: 44-48.
18 «[…] Decit al maestro que a Ramonico no lo faga levantar de mañana, que basta que se levante al sol sallient. Que aya cura dellos, que aprengan e non pierdan el tiempo […]» 27 . Cuando las niñas eran criadas en el seno de la propia familia, su madre ocupaba un papel preeminente en su formación y es muy posible que también incidieran en la misma los religiosos y capellanes vinculados a la casa. Una segunda forma de acceder a la educación la proporcionaba el envío de las niñas a otras casas nobles más encumbradas para que fueran educadas allí. Un ejemplo es el caso de la joven Galaciana Cerdán, hija bastarda y legitimada de don Pedro Cerdán señor de Sobradiel y ciudadano de Zaragoza. En 1449 Galaciana donó a doña Inés de Lanuza una casa solariega en Sobradiel por todos los placeres y favores que le hizo y por haberla criado como una hija 28 . La reina de Aragón, María de Castilla, esposa de Alfonso V el Magnánimo, mostró un gran interés hacia la educación de las mujeres de su entorno, ocupándose de que recibieran instrucción algunas jóvenes que estaban a su servicio. La reina encargó a Isabel Escribà, a quien podemos definir como maestra, la educación de una niña de manera que aprendiese tanto a bordar y a obrar, como letras y buenas costumbres. Un testimonio excepcional sobre la educación de las niñas lo ofrece el testamento escrito en 1507 de Estefanía Carròs, hija del virrey de Cerdeña. Esta dama, que permaneció soltera, se dedicó durante más de veinte años a la crianza de las hijas de caballeros, burgueses y funcionarios reales, y estaba convencida de que debía educar a sus pupilas para que tuvieran una libertad responsable 29 . Un ejemplo bastante ilustrativo que muestra la inteligencia y formación de una mujer es el de la enigmática Isabel Suaris, una dama cultivada de mediados del siglo XV, que no ha sido identificada con seguridad, pero que debía vivir en Valencia. Según Rafael Narbona, parece ser que ella acogía una tertulia poético-literaria en su domicilio, cuyos asiduos eran conciudadanos y forasteros, todos ellos admiradores suyos, que le expresaban su amor platónico y loaban sus encantos. Según Narbona, no sería difícil identificar a Isabel Suaris con Isabel Suau, hija de la noble Violant de Monsoriu y de Pere Suau menor, ciudadano de Valencia, influyente patricio cuyo apellido estuvo incluido en la más selecta oligarquía que rigió los destinos de la ciudad de Valencia durante más de cien años. La datación de la tertulia en torno a 1460 permitiría 27 GARCÍA HERRERO, 1990, vol. II: 128-129. Apéndice documental: 29. 28 GARCÍA HERRERO, 1990, vol. I: 110-115. 29 VINYOLES I VIDAL, 2005, vol. 1: 491.
19 identificar a Isabel Suau como pariente próxima de Manuel Suau, primer todopoderoso racional de Valencia entre 1435 y 1456 y, con ello, dotar de sentido no solo a su ilustre ascendencia sino también a la adquisición de inusuales cualidades eruditas y literarias con las que era reconocida en los poemas 30 . 2.2.2. La educación de las niñas de la burguesía. Generalmente las mujeres que se preocupaban porque los niños se instruyesen pertenecían al grupo urbano minoritario que apreciaba la cultura y que había tenido ya acceso a la misma. Eran, sobre todo, las hijas y esposas de mercaderes y banqueros, de individuos dedicados a todas las actividades relacionadas con el Derecho y con la Medicina. En muchos casos la propia experiencia familiar y personal les hizo ver que la cultura era una baza importante para acceder al poder y mantenerse en él. La familia se preocupaba por procurar a sus descendientes los resortes precisos para que se ubicasen en un buen lugar dentro de la sociedad urbana, y la cultura se presentaba como un mecanismo más para el ascenso en el caso de los varones. Sin embargo, una óptima colocación social de las mujeres dependía de su matrimonio, y el elemento más importante para maridar correctamente era una dote sustanciosa. El interés por la educación de la mujer fue aumentando a medida que se desarrollaron las actividades no agrarias y se fue asentando la nueva estructura familiar con su base en el matrimonio. De este modo, la mujer comenzó a participar activamente en el funcionamiento adecuado de la familia asumiendo dos tareas de importancia capital: la administración y la formación de los hijos e hijas. La mayor parte de los aprendizajes fueron fruto de la infancia y de la adolescencia. La prueba fehaciente de la capacidad y formación de las mujeres de la alta burguesía viene dada por la constante aparición de las mismas como procuradoras. Estas personeras o representantes legales solían ser esposas de mercaderes, de hombres relacionados con las leyes, o de escuderos y caballeros que habitaban en la ciudad. Las hijas de los ciudadanos poderosos fueron educadas de una manera que no debía diferir sustancialmente de la empleada con las doncellas de la nobleza. Estas niñas, al igual que las nobles, tuvieron una formación religiosa encaminada a proclamar 30 NARBONA VIZCAÍNO, 28, (2010): 135-138. El autor aclara que “si no se ha producido una lectura o una transcripción incorrecta del apellido latinizado (de Suau, Suavis, y por error Suaris) la transformación podría deberse a una mutación consciente, impuesta por la moda humanista, muy extendida entre los escritores del momento. Esta circunstancia daría sentido a los elogios y juegos de palabra con los que fue tildada la dama, ya que el sentido del apellido original (suau, suave) facilitaba la alusión a sentidos corporales, virtudes y posibilidades amorosas”.
20 su grandeza mediante la caridad pública, las limosnas, el mecenazgo artístico y la fundación de capellanías, y aprendieron buenos modales y a ser auténticas señoras, como en el caso de María de Villanueva, que leía, tocaba la vihuela, bordaba y jugaba al ajedrez. Puede que las futuras damas de la alta burguesía recibieran lecciones junto a sus hermanos de los maestros particulares contratados para enseñar a los varones. Asimismo, también es probable que se educaran en conventos o junto a un maestro o maestra propia. Por último, según García Herrero, debemos constatar la existencia en Zaragoza de escuelas públicas en los barrios. Además, sabemos con certeza que en Aragón existieron maestras de niños, pero ignoramos cuál era su grado de formación y la manera en que lo habían adquirido, ya que, en principio, las mujeres no tenían acceso a los estudios superiores en el siglo XV 31 . 2.2.3. La educación de las mujeres del común. Lo normal era que las gentes del común no supieran leer ni escribir. Infancia y adolescencia debían invertirse en el aprendizaje de cosas útiles, que sirvieran para la supervivencia en el futuro inmediato, y la seguridad venía de la mano de un oficio provechoso. En circunstancias normales, la regla de actuación de las familias de clase media de Zaragoza venía marcada por la permanencia de los hijos en el hogar durante toda la infancia junto a la madre. Los varones, después de haber concluido la etapa infantil, comenzaron el aprendizaje del oficio paterno, o fueron enviados a casas ajenas como sirvientes y aprendices, como veremos a continuación. Con respecto a las niñas había dos grandes y primeras posibilidades: que la familia contase con suficientes bienes para proporcionarles una dote, o que fuese la propia muchacha la que tuviese que reunir su aportación económica a la futura sociedad conyugal, por lo que era colocada como sirvienta en una casa. La niña estaba con su madre, que se encargaba de transmitirle las enseñanzas y consejos, por lo que las dos principales tareas de la madre eran formar a la pequeña para que llegase a ser una buena ama de casa y vigilar de cerca su honra. La joven debía ser dependiente de su madre, nunca permanecería ociosa, tenía que ser humilde y discreta, además de dócil, religiosa y obediente. Debía aprender todas las tareas del hogar: cocer pan, limpiar las aves, cerner la harina, cocinar, lavar, hacer las camas, hilar, tejer, bordar y cortar vestidos, remendar calzas, y otras muchas más. De este modo, las etapas de la infancia y la adolescencia se invertían en la preparación de la futura esposa como ama 31 Ídem.: 118-126.
21 de casa. Se esperaba que la esposa supiera ajustarse a los bienes que le entregaba el marido, distribuyéndolos con rectitud. Además del papel de administradora del ama de casa, fueron muchas las mujeres del común de la ciudad que contribuyeron activamente en los negocios familiares o sostuvieron los suyos propios. Estas mujeres necesitaron conocer las diferentes monedas que circulaban por la ciudad, el valor de los distintos productos y la base económica que les sirviese para echar sus cuentas. El aprendizaje de los cálculos y, sobre todo, del valor del dinero no fue un lujo, sino una inmediata necesidad para todos los moradores de la ciudad. Desde muy pequeña, la niña comenzaba a acompañar a su madre al mercado y fue aprendiendo el alcance de los términos costoso y barato, y fijándose en las distintas monedas 32 . 2.2.4. Un caso paradigmático: La “Cofradía de Nuestra Señora de la Crianza”, escuela fundada por Elisabet Cifre. Elisabet Cifre nació en 1467 en Palma de Mallorca y era la menor de cinco hermanos, tres muchachas y dos muchachos, uno de los cuales fue monje franciscano. Desde pequeña Elisabet se interesó por la vida espiritual y por las letras. Tal era su anhelo de aprender a leer que sus padres le pusieron un maestro. Parece ser que fue una mujer dotada de una gran inteligencia y que ella misma se abrió paso al camino del conocimiento. Su interés por la instrucción y la cultura la condujo, años más tarde, a la dirección de una escuela para niñas, que pervivió hasta mediados del siglo XX. Por lo que respecta a la vida espiritual, comenzó muy pronto, a la edad de ocho años y ella misma decidió renunciar al matrimonio y mantenerse en celibato. Optó por una vinculación espiritual con Dios al margen del claustro y de cualquier otra forma de regulación eclesiástica, por lo que inició el camino de la espiritualidad beguina. Su vida de intensa espiritualidad estuvo caracterizada por ayunos, penitencias y actos de devoción, pero, muy especialmente por visiones y revelaciones divinas. La caridad constituía uno de los elementos clave de la espiritualidad de Elisabet Cifre, ya que la entendía como amor a Dios y estimación al prójimo. Por eso dedicaba una parte de su tiempo a los más desvalidos. Su elevada espiritualidad le otorgó una autoridad que era reconocida por los diferentes estamentos de la sociedad que le rodeaba. Tanto los jurados de la ciudad de Palma como las personas particulares se dirigían a ella para pedirle consejos o para resolver asuntos de carácter público o privado. Tal era su 32 Ídem.: 128-133.
22 reputación, que a menudo muchas mujeres se le acercaron para pedirle instrucción. La documentación encontrada hasta el momento parece indicar que Elisabet Cifre fundó una escuela para niñas situada en el centro de Palma, conocida con el nombre de La Casa de la Crianza, título con el que se recuerda la instrucción que María, la Madre de Dios, recibió en el Templo de Salomón. Se fundó en 1510 con el objetivo de que se criasen doncellas, hijas de personas de cualidad, que fuesen enseñadas en el Santo Amor y temor de Dios, y buenas costumbres. El canónigo Genovart asumió un papel fundamental en esta fundación, ya que donó la casa donde se instalaría la escuela. El 11 de febrero de 1518 el obispo de Mallorca aprobó oficialmente el centro, que recibió el nombre oficial de “Cofradía de Nuestra señora de la Crianza”, así como los estatutos por los que se rigió. También aprobó la construcción de una capilla para que las muchachas internas pudiesen recibir los sacramentos. Los estatutos fundacionales preveían las prácticas espirituales que debían seguir las residentes de la casa y su régimen de gobierno y de administración. La casa debía ser regida por una madre rectora. Asimismo, los estatutos consignaban los requisitos que se debían cumplir para ser alumna de la Crianza, a saber: podían entrar niñas desde los cuatro hasta los diez años y permanecer hasta los trece. La primera reforma de los estatutos la hizo la misma Elisabet Cifre, en enero de 1539, en la que se ampliaban las facultades de la madre rectora, que asumía la capacidad de decisión respecto a las admisiones así como diversas competencias que afectaban al régimen interno del colegio. Elisabet Cifre fue directora de la Casa de la Crianza entre 1510 y 1542, y consiguió que la institución gozase de un gran prestigio, ya que poco después de su fundación vivían ya cien muchachas en el centro. Poco antes de morir y en la misma acta notarial en la que solicitaba la modificación de los estatutos, Elisabet hizo donación de todos sus bienes, presentes y futuros, a la Cofradía de la Crianza, y pedía que fuesen los jurados de la ciudad los encargados de designar a la persona que debía dirigir el centro después de su muerte, producida en mayo de 1542. Elisabet fue enterrada en la capilla de san Bernardo de la catedral de Palma. Tras su muerte, el obispo, el virrey y los jurados de Mallorca escribieron a Roma para promover la canonización de Elisabet Cifre. El papa Pablo III dio permiso para que fuese enterrada en la catedral, pero no consintió la beatificación. La potencia de la figura de Elisabet Cifre y la estimación y autoridad de la que gozó quedaron reflejadas en un hecho: su memoria perduró durante
23 el paso de los siglos hasta llegar hasta el siglo XX, concretamente hasta 1931, a través de la fiesta que se celebraba el 3 de mayo en honor al “Santo Cristo de Elisabet Cifre” 33 . 2.3. La formación en los oficios. Si consideramos el aprendizaje de un oficio como un aspecto de la educación, encontramos una gran diferencia entre las oportunidades ofrecidas a los niños y a las niñas de las clases populares. Por los contratos que se han conservado sabemos que mientras la inmensa mayoría de los niños urbanos del pueblo menudo tenían acceso al aprendizaje de un oficio, casi todas las niñas eran puestas como sirvientas, faena muy mal pagada. De manera muy excepcional, algunas veces la niña colocada como sirvienta en casa de un ciudadano recibía una cierta instrucción basada en las buenas costumbres y las faenas domésticas. El aprendizaje se hacía normalmente en casa de una profesional, las niñas podían estar a régimen completo, viviendo en casa de la maestra, donde además de aprender el oficio eran alimentadas y vestidas y ayudaban en la casa realizando las faenas del hogar; también podían estar a régimen abierto. En el primer caso eran colocadas a través de un contrato cuando tenían entre ocho y doce años y salían hacia los dieciocho años, con una pequeña cantidad de dinero como ayuda dotal. Este tipo de contratos se hacían especialmente a niñas huérfanas o venidas de zonas rurales. Por lo que respecta a las muchachas que iban a aprender un oficio durante el día, durante algunos años, a casa de una profesional y volvían a dormir a su casa, tenemos menos información, ya que se hacía sin contrato. Los oficios que aprendían eran generalmente relacionados con la industria del vestir 34 . Sin duda alguna, uno de los oficios que tenía tras de sí una cuidadosa formación tanto de hombres como de mujeres fue el de mercader y mercadera. Según Betsabé Caunedo, ante la carencia de escuelas que formasen a los hombres de negocios, éstos reclamaron una instrucción eficaz y rápida que les facilitase el dominio del mercado y que les proporcionase un conjunto de destrezas y habilidades que pusiese en sus manos y en el de sus firmas comerciales los medios necesarios para la buena marcha de los negocios. Y de esa necesidad surgió una enseñanza específica que supo combinar teoría y práctica. En cuanto a la formación teórica, la lectura junto con la escritura y el cálculo eran las enseñanzas básicas y los primeros imperativos sociales a los que los jóvenes 33 BOTINAS I MONTERO, CABALEIRO I MANZANEDO y DURAN I VINYETA, 2002. Concretamente el capítulo dedicado a Elisabet Cifre: 95-107. 34 BATLLE I GALLART y VINYOLES I VIDAL, 2008: 179-183.
24 debían someterse; es decir, eran la primera fase de cualquier aprendizaje. Las cartas fueron el instrumento ideal en el momento de plantearse el negocio sedentario del comercio y de generalizarse la representación por medio de factores. La distancia entre el mercader principal y éstos generó una necesidad informativa que se satisfizo con el empleo de cartas o epístolas. Las cartas mercantiles, reguladoras de intercambios y transacciones laborales y comerciales, también dieron forma a sentimientos y emociones, y explicaron comportamientos, utilizando un lenguaje cotidiano y sencillo. Este hecho se aprecia en la relación existente entre Caterina Llull y su hermana y procuradora Joana Llull, como veremos más adelante. En cuanto a los libros de cuentas eran la síntesis de la gestión económica de la firma, y con el paso del tiempo los mercaderes comenzaron a registrar e introducir en ellos acontecimientos de su vida privada y doméstica. También fue muy importante la instrucción en el cálculo, sobre todo para que los futuros mercaderes y mercaderas estuvieran capacitados para evitar el fraude. En este campo tuvo importancia la influencia árabe, siendo su mayor contribución en el campo de la aritmética la introducción a gran escala del sistema numeral indio. Cuando los jóvenes se habían familiarizado con este nuevo método, se les iniciaba en la mecánica operativa de las diferentes operaciones fundamentales: suma, resta, multiplicación, división, repartos proporcionales, regla de tres y resolución de problemas relacionados con su oficio. La primera formación práctica se recibía en el seno de la propia familia, es decir, en casa, donde se iban adquiriendo unas reglas de buena conducta, unas pautas de comportamiento, hábitos, costumbres, valores propios de la familia y del grupo que siempre serían útiles a los mercaderes, ya que el éxito comercial dependía en gran parte de la sanción social y la práctica comercial exigía la aprobación del otro, es decir, la buena reputación. Una de las enseñanzas prácticas presente en casi todos los manuales de mercadería era saber determinar la calidad de los productos, para lo que se ofrecían diversos consejos. Tras el acercamiento al negocio familiar se iniciaba a los futuros mercaderes en la gestión ferial, donde ponían en práctica los conocimientos de contabilidad aprendidos. Como última fase de aprendizaje, los jóvenes ejercían la función de factor (agente activo que intervenía en las actividades comerciales de la ciudad que se le asignaba) del principal de la compañía, bajo la vigilancia del mismo. Así adquiría la experiencia y la habilidad necesaria para realizar con éxito una gestión de mayor envergadura. El ejercicio de la factoría en diferentes plazas completaba el proceso de formación de los mercaderes.
31 Jofré de Castro supuso que quisieran matar a Violante para quedarse con todos sus bienes. Para ello contrataron a un criado, Trepiana, por 1.500 florines para que le diese hierbas a su señora para matarla. Tras varios intentos fallidos, el criado decidió apuñalarla, pero no se atrevió. Los Castro decidieron capturar a Violante, pactando con el hermano de ésta, Pedro de Torrellas, al que ofrecieron sesenta hombres para realizar el apresamiento. Acusaron a Violante de querer envenenar a su hija, de ser mala persona (no llevar una vida digna y apropiada a su condición) y de falta de diligencia en la administración de los bienes de su hija Isabel que le habían sido confiados, cuantificando incluso su malversación en 40.000 sueldos. Para esta tercera acusación, Violante presentó todas sus cuentas desde que había muerto el marido, dejando constancia de su inteligencia para gestionar su patrimonio 46 . Violante de Torrellas y su hija Isabel pertenecían a la élite patricia de Zaragoza, eran dueñas de algunos señoríos en el somontano de Huesca, y buscaban apoyo para defenderse de sus parientes y enemigos, los Cerdán, y deseaban obtener protección sobre sus bienes, por ello la necesidad de casar bien a la pequeña Isabel. En las capitulaciones matrimoniales entre Isabel Martínez de Moriello y Jofré de Castro, firmadas en 1437, quedaron bien claras las aportaciones materiales de cada uno de los contrayentes, así como su régimen de posesión. Como bienes propios en el momento de consumación del matrimonio Isabel aportaba los castillos de Azanuy, Calasanz y Alíns. Violante donaría a Isabel en ayuda del matrimonio los derechos que tenía sobre castillos, villas, posesiones, casas, heredades y otros bienes, a saber: Puibolea, Lierta, el valle de Belsué, la Ribera de Fiscal, el despoblado de Molino de Lizana, casas y bienes en Zaragoza. Jofré de Castro y sus familiares se comprometieron a no poner impedimentos a la viuda y a permitirle recibir los frutos y rentas de sus lugares, regirlos y administrarlos, compromiso que no se respetó 47 . Según Iranzo, el secuestro de Violante pudo tener lugar en el invierno de 1440- 1441. Se deduce que este episodio de violencia tuvo como objetivo romper las restricciones que la norma foral sobre la viudedad imponía al acceso a los bienes sobre los que se albergaban expectativas más o menos concretas de disfrute. Jofré de Castro únicamente entraría en posesión del grueso de los señoríos cuando falleciera Violante. La paciencia de los nobles se gastó, por lo que concibieron la traición, primero en el ámbito doméstico y luego planearon la emboscada y el secuestro. El memorial rebate 46 IRANZO MUÑÍO, XIV-XV, vol. I, (1999): 788-792. 47 Ídem.: 793-797.
32 las acusaciones a Violante, pero sus argumentos no pudieron contrarrestar la vengativa determinación de Felipe de Castro. Aunque se le permitió retornar a su lugar de Puibolea y de momento salvó la vida, todo su mundo dio un vuelco: desposaron a su hija, le obligaron a firmar la dejación de todos sus derechos forales y a renunciar a emprender cualquier acción legal contra sus captores 48 . María del Carmen García Herrero añade que el objetivo de los Castro se cumplió con creces, ya que Violante de Torrellas renunció a su viudedad foral y se empobreció hasta el punto de que, si las cosas seguían así, se vería obligada a recurrir a la beneficencia. Asimismo, la autora señala que las falsas acusaciones no se sostenían, pues la dueña quería a su hija, estaba dispuesta a que las veinticinco personas que convivían con ella dieran testimonio de su castidad, pues jamás había roto la viudez con vida deshonesta, por lo que no se le podía aplicar el fuero que preveía la pérdida del usufructo vidual por tener amigo 49 . Además, como ya hemos mencionado anteriormente, doña Violante mostró sus libros de contabilidad, con lo que abortó el ardid de intentar privarle de la viudedad foral apelando a su mala gestión del patrimonio o a no haber emitido los documentos y albaranes correspondientes. Al contrario, tras examinar sus cuentas se quedaron maravillados de cómo había podido administrar tan ajustadamente los recursos familiares. Por lo tanto, con la señora viva y todas las leyes en contra, los Castro llevaron a cabo su extorsión y coacción para que renunciara a sus derechos forales 50 . 3.1.3. María de Funes, señora de Almuniente. Doña María de Funes era la viuda de don Pedro de Alagón, señor de Almuniente, y en 1441 sufrió un ataque feudal perpetrado por su suegro don Artal de Alagón, señor de Pina. Don Pedro de Alagón fue uno de los hijos del segundo matrimonio de don Artal VIII de Alagón, séptimo señor de Sástago, contraído con doña Benedicta de Arborea. Doña María de Funes era hija de don Juan de Funes, consejero y vicecanciller del rey Alfonso V, a quien había comprado los lugares de Quinto, Gelsa, Velilla, Matamala y Alfoque en 1431. Poco después de fallecer don Pedro, el belicoso mosén Arnaldo de Sellán, al frente de una compañía armada, llevó a cabo la invasión y el 48 Ídem.: 798-800. 49 Se trata del fuero “De iure Dotium” del año 1247. Publicado en Fueros, observancias y actos de Corte del Reino de Aragón. Edición facsimilar de la de Pascual Savall y Dronda y Santiago Penén y Debesa, Zaragoza, 1991, vol. I: 231. 50 GARCÍA HERRERO, 2011: 316-319.
33 ataque al castillo de Almuniente, por orden de don Artal de Alagón. La finalidad del ataque era provocar miedo en doña María de Funes para que renunciase a su viudedad foral. La señora abandonó el castillo y se refugió en casa de sus padres, en Zaragoza, desde donde reclamó justicia antes de acudir al arbitraje de la reina 51 . Según María del Carmen García Herrero, desde el 15 de noviembre de 1441, en el que las partes enfrentadas depositaron sus litigios en manos de la reina María, aceptada conjuntamente como única “árbitra, arbitradora y amigable componedora”, hasta el 1 de octubre de 1442, transcurrió un año en que los adversarios protestaron y presionaron continuamente. En el laudo arbitral se especificaron ciertos bienes que habían sido arrebatados a doña María de Funes y que debían ser devueltos. Por lo tanto, a partir de finales del año 1441 el conflicto entre ambas partes se centró en la devolución de dichos bienes saqueados, de los que se dejó constancia escrita en tres ocasiones. El 31 de enero de 1442 la reina demandó que fuera la propia María de Funes la que explicitara los bienes que se habían llevado y su valor, siempre bajo juramento. La señora insistía en la calidad, belleza y buen estado de conservación de lo que se le había arrebatado. Calificativos que elevaban el precio de los productos saqueados, todos ellos de diversa índole: cereales, cuatro yeguas, paños, ropas de cama y de mesa, trajes y complementos, joyas de oro y objetos de plata, coral y ámbar, cosméticos, armamento y utensilios de cocina, entre otros. Todos estos bienes se tasaron en 3.500 florines de oro que don Artal debía devolver o reponer a su nuera. Asimismo, don Artal tenía que reintegrar a doña María documentos importantes y títulos de propiedad que también le habían sido sustraídos: ventas de censales, préstamos, donaciones, contratos de compraventa e incluso algún testamento. Sin embargo, las presiones que don Artal y sus hombres ejercieron sobre doña María de Funes y sobre la reina se pueden deducir por los sucesivos descensos que fue sufriendo la compensación inicialmente establecida. Los 3.500 florines de oro disminuyeron hasta convertirse en 1.200 florines constatados en la sentencia del 1 de octubre de 1442 52 . Doña María de Funes fue consciente en todo momento de su vulnerabilidad y así se lo hizo saber a la reina. Ella temía que sus parientes políticos la obligaran a renunciar a su derecho de viudedad, por lo que la soberana trató de evitar este hecho. Sin embargo, en 1444, dos años después de los arbitrajes de la reina, doña María de Funes había renunciado a su derecho de viudedad y el 16 de agosto vendió la totalidad de sus 51 Ídem.: 306-309. 52 Ídem.: 310-312.
34 bienes a Alfonso de la Torre, bachiller en artes del príncipe Carlos de Navarra, por una suma total de 12.000 florines de oro de Aragón 53 . Como podemos observar, los bienes que gestionaba y administraba doña María de Funes eran de lo más variados. 3.2. La labor de las mujeres en las actividades agropecuarias. Para conocer la historia del trabajo femenino en el mundo agrario debemos recurrir a las fuentes iconográficas y los registros artísticos, ya que las fuentes escritas no nos cuentan los trabajos obvios que harían las mujeres en este ámbito por esa misma razón, porque se trataba de labores en las que indiscutiblemente participaba el género femenino. De esta forma, la iconografía nos muestra lo que los textos no dicen. Asimismo, también resultan de especial interés para conocer la vida cotidiana de las mujeres relacionadas con el mundo agrario los textos literarios de la época, sobre todo, la poesía lírica pastoril. Como historiadora que apoya la interdisciplinariedad, considero el uso de estas fuentes imprescindibles para elaborar el presente trabajo, si bien es cierto que debemos analizarlas cautelosamente, ya que muchas veces no nos muestran la realidad tal y como era, y tienden a enseñar una imagen idealizada. 3.2.1. Pastoras. Según García Herrero en su estudio sobre las actividades laborales de las mujeres en Teruel, se registran aldeanas trabajando con sus maridos en el pastoreo. En 1420 el escudero García Martínez de Marcilla, señor de la baronía de Escriche desde 1418, otorgaba a medias, a uso y costumbre de buenos mediaderos, veintitrés ovejas de su ganadería a Pascual Domínguez y Juana Pérez, cónyuges vecinos de Rubiales. Ambos pastores se hallaban presentes y juntos pactaban las condiciones: cuidarían el ganado durante cinco años y partirían con el propietario cada año la lana y el queso. Al final del tiempo establecido se repartirían la cabaña. Juana renunciaba a la ley de senadoconsulto veleyano. Se trataba de una disposición de Derecho romano decretada bajo Claudio que impedía a la mujer, casada o no, interceder por otro, es decir, la imposibilitaba para obligarse, fuera para garantizar la deuda de otro o para ocupar el lugar del deudor. A pesar de ser lo más usual, los matrimonios de pastores no sólo se afanaron en el cuidado y cría del ganado lanar, sino también del equino 54 . La iconografía medieval nos ofrece un gran repertorio de mujeres cuidando a los animales domésticos 55 . 53 Ídem.: 312-314. 54 GARCÍA HERRERO, XIX, (2006): 192-193. 55 GARCÍA HERRERO, 2008: 30.
35 Por último, según Ana del Campo, a la ganadería se dedicaban muchas mujeres, pero resulta difícil encontrar en las fuentes referencias a grandes propietarias de ganado. Destaca el caso de María Ferrer, quien en 1385 entregó a trehudo a Domingo de Garasa una mínima parte de su rebaño caprino durante cuatro años, a razón de sesenta sueldos anuales. Asimismo, esta historiadora ha documentado a una tratante de lana, María Gualit, que había heredado de su padre un lanar, es decir, un almacén en el que se guardaba la lana a la espera de ser vendida 56 . 3.2.2. Destajeros y destajeras. Existía la posibilidad de que un matrimonio se contratase para trabajar en el sector primario por cuenta ajena. Este era el caso de los destajeros y destajeras. Su remuneración se resolvía parte en dinero y parte en especie, y se comprometían a “fazer lavores, a regar o fer regar las heredades de la dita almunia, a collir los fruytos de los árboles, etc.”. Ana del Campo ha documentado a algunos matrimonios dedicados a este menester: Oria Mirallas y su marido Sancho Domíngez se contrataron con doña Martina Pérez de Buysán, viuda del caballero Juan Jiménez de Huesca. Además de las tareas agrícolas, también realizarían labores de custodia, por lo que se entregaba a la pareja una casa de la propiedad en la que pudieran vivir. La mujer destajera, aparte de colaborar en el laboreo agrícola con su marido, podía ocuparse en exclusiva de la comercialización de las cosechas. A esto se comprometieron Gracia Pradiella y Miguel Bango, destajeros contratados por Isabel Pérez Just. Gracia prometió a su patrona: «[…] con vuestro asno aducir los ditos fruytos e los vender en la dita ciudat e responder vos del precio que de aquellos saldrán de los quales fruytos bien e proveytosament vos end responder»57. Pero no sólo los matrimonios se contrataban como destajeros, sino éstos podían hacerlo en compañía de otros familiares, como los hermanos y hermanas. Por ejemplo, el 12 de junio de 1427, en Zaragoza, Antón Marqués, Miguel Marco y la esposa del segundo y hermana del primero, María Marqués, se firmaron con don Martín Trabero, jurista y ciudadano, para trabajar en una almunia propiedad de Trabero por un período de tres años que comenzaría a correr desde el uno de enero de 1428. Las condiciones del contrato eran las siguientes: en primer lugar, don Martín Trabero dejó a los destajeros toda la tierra blanca de la almunia para que la trabajasen, libre de alfardas y otras cargas impositivas, además de prestarles todo lo preciso para que sembraran la tierra. En 56 DEL CAMPO GUTIÉRREZ, XVIII, (2004): 269-270. 57 Ídem.: 269.
36 segundo lugar, los destajeros tenían que cultivar y limpiar los huertos y todos los árboles de la propiedad, excepto las viñas. De los frutos recogidos el jurista se llevaría una parte para aprovisionar su casa, siendo el resto para los trabajadores. Asimismo, los trabajadores deberían ocuparse de alimentar las aves del propietario y de recoger los huevos que produjesen, quedándose ellos con un tercio de los mismos 58 . En 1422 el matrimonio de destajeros formado por Bartolomé Talón y María Salvador firmó un contrato con el escudero Juan Tirado y su esposa, Elvira Vicient. Éstos últimos entregaron a la pareja de labradores doce cahíces de tierra cultivable que poseían en Alfajarín durante un período de ocho años. También se comprometían a darles unas casas pequeñas en el pueblo para que habitasen en ellas. Todos los gastos que acarrease la tierra y todos los beneficios que produjese se repartirían a medias entre los dos matrimonios 59 . 3.2.3. Otras actividades. Según Ana del Campo, hay constancia de que una gran cantidad de mujeres explotaban la tierra en el período medieval. La trabajaban con sus propias manos o bien contrataban a alguien que lo hiciera por ellas; algunas eran propietarias, otras sólo disfrutaban de un censo enfitéutico o treudo y ayudaban a mejorar la dieta familiar con sus cosechas o bien las comercializaban en busca de algún beneficio. Recibían preferentemente dos tipos de propiedad: olivares y viñedos. En el caso del olivar, la propiedad necesitaba ser trabajada en tres momentos del año: el primero a principios de año, en los que se procedía al arado; el segundo en primavera, cuando se realizaba la poda; el último en otoño, que correspondía a la recolección de las olivas. En el caso de los viñedos, el invierno estaba ocupado por dos actividades: la poda, por un lado, y la cava o la labor de acrosillar, por otro, que consistía en la realización de unos surcos entre las hileras de vides para facilitar que penetrase la humedad hasta la raíz de la planta; a fines de la primavera se tapaban los surcos, produciéndose la bina. Llegado el momento de la vendimia la mujer tomaría parte activamente en el trabajo 60 . Según García Herrero, las mujeres actuaban a lo largo de todo el proceso en la producción del vino, desde la posesión o arriendo, cuidado de las viñas y vendimia, hasta la preparación y elaboración de los caldos. Las mujeres que elaboraron vino junto 58 GARCÍA HERRERO, 1990, vol. II: 132-133. Apéndice documental: 34. 59 Ídem.: 14. 60 DEL CAMPO GUTIÉRREZ, XVIII, (2004): 266-268.
37 a sus familiares o trabajaron en este menester en casa de sus amos pudieron emprender o continuar solas el negocio vitivinícola contratando la mano de obra que precisaran para llevarlo a término 61 . Un ejemplo iconográfico del trabajo femenino en la vendimia lo encontramos en el capitel del siglo XV que apea la arquería izquierda y la central en el retablo de la capilla de los Corporales de Daroca. En una de sus caras aparece una mujer que trabaja en plena recogida de la uva. Según María Luz Rodrigo Estevan, ratificando lo que los documentos recogen, el escultor representa a la mujer afanada en la tarea vitícola más importante y representativa y describe su quehacer con todo lujo de detalles: un vestido largo, un pañuelo en el cabello y un cómodo calzado protegen a la vendimiadora de posibles daños y arañazos al moverse entre cepas y sarmientos; a pesar de que el capitel ha perdido los antebrazos de la figura, se adivina que uno de ellos sujeta por el asa el cesto de mimbre lleno de uva mientras en la otra mano pudiera llevar un racimo recién cortado 62 . Hombres y mujeres se atarearon juntos en las labores agropecuarias durante siglos, pero no resulta fácil documentar su trabajo. Frecuentemente los pactos que ligaron a los amos y amas con sus trabajadores y trabajadoras se cerraron mediante compromisos de palabra, por lo que no han dejado huella escrita. De ahí que debamos recurrir a las fuentes iconográficas para intentar dilucidar las labores que realizaron las mujeres y hombres medievales en el ámbito agrario. Todas estas labores agropecuarias que realizaban las mujeres estaban encuadradas dentro de la economía familiar, normalmente destinada a la propia subsistencia. Obviamente no se dedicaban a una labor en exclusiva, sino que todas estas mujeres alternaban los diversos trabajos que hemos visto con otros, como el hilado, el cultivo de hortalizas y el cuidado de los hijos e hijas. Todo ello con el objetivo de tener una vida mejor, en la que las penurias no estuvieran presentes. 61 GARCÍA HERRERO, XIX, (2006): 191. 62 RODRIGO ESTEVAN, 2008: 289-290. Anexo. Ilustración 3.
38 4. EL TRABAJO FEMENINO. 4.1. EL TRABAJO DE LAS MUJERES EN EL MUNDO ARTESANAL. 4.1.1. El sector de la alimentación. Tras la consulta de diversas fuentes de carácter bibliográfico sobre varios territorios de la Corona de Aragón, podemos afirmar que la panadería fue uno de los sectores en los que las mujeres bajomedievales tuvieron una mayor participación. María del Carmen García Herrero afirmaba para la Zaragoza del siglo XV que aunque las mujeres contribuyeron activamente en el desarrollo de multitud de oficios, era “en la panadería donde encontramos mejor documentada su labor” 63 . Del mismo modo, Teresa Vinyoles i Vidal documentó la presencia abundante de panaderas y pasteleras en la Barcelona bajomedieval. Normalmente se trataba de la mujer del hornero y de algunas asalariadas, que trabajaban en los hornos ayudando en las faenas de amasar, ahornar y vender el pan. Según Vinyoles, las ordenanzas reconocieron esta labor auxiliar de las mujeres, de manera que eran las únicas esposas de menestrales que tenían parte en las ganancias del marido 64 . No debemos olvidar que el pan era uno de los alimentos básicos de la dieta bajomedieval, por lo que las autoridades municipales se preocuparon, y mucho, por el control de su producción. Para ello, los jurados de la ciudad de Zaragoza establecieron diversas normas sobre el peso y la calidad del pan que se podía vender en la ciudad, sobre los derechos y deberes de las personas que lo fabricaban y comercializaban, y prestaron una cuidada atención a la concesión de panaderías. En la Zaragoza bajomedieval existían dos tipos de pan, el común y el franco, siendo éste último de menor peso y de mayor calidad. Las licencias para fabricar y vender pan franco fueron causa de múltiples problemas en los que hubo mujeres implicadas. Zaragoza contaba con cuatro panaderías de pan franco, dos de ellas de concesión real y otras dos municipal. Huelga decir que la fabricación y venta de este tipo de pan generaba beneficios sustanciosos que fueron el origen de los problemas entre aquellas personas que aseguraban tener derecho a la panificación 65 . El ejemplo más claro fue el pleito que mantuvieron ante los jurados de Zaragoza Isabel Rupi y García de Santander en el año 1458 por la utilización de una de las dos 63 GARCÍA HERRERO, 1990, vol. II: 27. 64 VINYOLES I VIDAL, 1985: 159. 65 GARCÍA HERRERO, 1990, vol. II: 27-28.
39 panaderías de concesión regia. El proceso se inició en diciembre de 1457, cuando el escudero Sancho Navarro, actuando como procurador de su esposa Isabel Rupi, se presentó en las Casas del Puente para defender el derecho de su mujer a fabricar y vender pan franco. Argumentó que los privilegios reales de su mujer eran más antiguos que los de García de Santander. La otra parte litigante estaba formada por el notario Miguel Dolz, procurador de García de Santander, encargado de explotar la panadería en ausencia de su representado. Tras varias semanas sin pronunciarse, finalmente los jurados decidieron que sólo podrían elaborar pan franco las dos personas que tuvieran las concesiones más antiguas, siendo una de ellas Isabel Rupi, pero, según García Herrero, el asunto no debió resolverse y continuaron los problemas. El interés de este proceso radica en que avala la participación femenina en todo lo relacionado con el oficio de la panadería 66 . En cuanto a las dos panaderías de pan franco con licencia municipal debemos decir que plantearon menos problemas. En 1434 una de las licencias pertenecía al matrimonio formado por Pedro del Royo y Oria López Nicolás, que vendieron su derecho al escudero Juan de Cantavieja. Seis años después, dicho escudero era el mayordomo del gremio de panaderos de Zaragoza, y se encargó de realizar la presentación de María de Villanueva, esposa de Ochoa de Durango, ante los jurados para que la admitieran en el ejercicio de la panadería. Este ejemplo nos permite documentar la capacidad de la mujer en Zaragoza para formar parte del gremio de panaderos, no sólo como heredera y usufructuaria del marido, sino por sí misma 67 . Según Ana del Campo Gutiérrez, muchas eran las personas que se dedicaban al oficio de la panadería en la Zaragoza medieval, como por ejemplo, Miguel de Manta y su mujer María Burgase, que eran ni más ni menos que los paniceros del arzobispo de Zaragoza. De ellos se conserva un albarán en el que recibían veintiséis cahíces de trigo de manos del baile de la casa del arzobispo “pora dar pan cozido de aquellos a las compannyas del dito Sennyor”. El matrimonio entró a trabajar para el arzobispo el 21 de febrero de 1381 y probablemente el contrato sólo tuviese una duración de un año, pues no volvemos a encontrar noticias de su labor desde mediados del mes de febrero de 1382. Poco después debió de morir Miguel de Manta, pues en 1385 encontramos a María Burgase casada en segundas nupcias con el maestro panadero Michel Cosí, de posible origen francés. Con motivo de la inminente boda de María Cosí, hija de Michel, 66 Ídem.: 28-30. 67 Ídem.: 31.
40 con otro panadero llamado Juan Rigant, se acordó que Michel y éste último formasen compannya durante cuatro años, en la que sus mujeres tomaron parte activamente. De esta forma, todos ellos se comprometieron a compartir gastos y ganancias. El oficio de panadero no siempre implicaba un contacto directo con la materia prima. De hecho, se conocen algunos casos de panaderas que nunca se mancharon las manos de harina, ya que sólo realizaban una mera labor de coordinación 68 . Por lo tanto, podemos afirmar que las mujeres tomaron parte en todos los pasos del proceso de panificación, por lo que encontramos a mujeres especializadas en amasar el pan, llamadas en la documentación amasaderas; cerneras, que se encargaban de separar el salvado de la harina pasándolo por un cedazo 69 ; empanaderas, aquéllas que se dedicaban a la preparación de empanadas. Asimismo, contamos con centenares de albaranes emitidos por panaderas que habían recibido de los ejecutores testamentarios el dinero que a ellas debían por la compra de pan para las obladas. Así, en 1405 Martina Pérez de Odina, mujer de Felip Ropic, panadera vecina de Zaragoza, recibió de don Alfonso Cavero doce sueldos jaqueses por el abastecimiento del pan para las obladas de la novena realizada por el alma de doña Galaciana Gil Tarín 70 . En conclusión, la presencia masiva de horneras y panaderas es una constante en todas las regiones peninsulares que han sido analizadas hasta la fecha. Una muestra de esta asiduidad nos la ofrece un testimonio iconográfico en el códice del Vidal Mayor, en el que se representó a una panadera en la miniatura que ilustra las salvedades que han de guardar los oficiales que se disponen a pesar los panes 71 . 68 DEL CAMPO GUTIÉRREZ, 18, (2004): 270-271. 69 SESMA MUÑOZ y LÍBANO, 1982: 147. Cedazo: Criba compuesta de un aro y una tela que sirve para separar las partes sutiles de las gruesas de algunas cosas, como la harina, el suero, etc. 70 GARCÍA HERRERO, 1990, vol. II: 32-33. Los aspectos religiosos relacionados con la muerte se verán más adelante. 71 GARCÍA HERRERO, 2009: 160. Véase Anexo, Ilustración 4.
47 Esta mujer tenía su puesto de venta junto a la Puerta Cinegia, la principal ubicada al sur de la ciudad, donde se situaban muchos otros puestos de productos no alimenticios. También encontramos en 1346 a Catalina de Aso vendiendo rejolas (ladrillos de barro cocido) para las obras en la catedral. Otras mujeres como Jaima Pérez de Cosida y María de Huerto eran telleras, es decir, fabricaban tejas, mientras que María Ortín vendía yeso para la obra de las escuelas de la ciudad de Zaragoza que se acometieron en 1397 93 . María del Carmen García Herrero ha estudiado a las mujeres que trabajaron en el sector de la construcción en la ciudad de Teruel, siendo una prueba de ello la espléndida techumbre de la catedral de esta ciudad, donde aparecen tres mujeres que se afanan en los quehaceres constructivos: una acarrea materiales, otra parece amasar, la tercera iza lo preciso (contenido en un capazo) mediante una polea (aunque también cabe la posibilidad de que se trate de la misma mujer realizando tres tareas diferentes) 94 . Moras y cristianas, percibiendo idénticos jornales, trabajaron en las obras del alcázar y de los aljibes de Teruel a finales del siglo XIV. Abrahem Bellido, el maestro de los aljibes, alquiló su labor día tras día, y las registró en el libro de cuentas. Las cristianas solían ser jóvenes colocadas como sirvientas en casa ajena y fueron identificadas por la relación de dependencia con su amo o ama; las moras, a su vez, fueron llamadas por nombre y filiación paterna o por su alias 95 . También el maestro Bellido, como hicieron otros tantos constructores, acudió a diferentes mujeres para que le suministraran los materiales e instrumental idóneo para proseguir las obras emprendidas. En las mencionadas tareas del alcázar y los aljibes al menos tres turolenses, doña Mari Ximeno, Pascuala de Vallacroch y Mari Ximénez, le vendieron herramientas. En diferente registro, pero sin abandonar el mundo de la construcción, se documenta la acción femenina en la promoción y recuperación de inmuebles. En 1389, el vicario y canónigos de Santa María reducían el censo anual de 24 sueldos que abonaba doña María Pérez de Albarracín por unas casas en la Plaza, dejándolo en 18 sueldos a cambio de que atendiera a la reparación del edificio que se hallaba en estado ruinoso por su antigüedad. Poco después el cardenal Pedro de Luna (futuro Benedicto XIII) concedía al clero de Santa María el permiso para utilizar en las obras de restauración de la fábrica de la iglesia, 100 florines del legado que María 93 Ídem.: 278-279. Véase ORCÁSTEGUI GROS, 1988: 195-196. 94 Véase Anexo, Ilustración 8. 95 GARCÍA HERRERO, 19, (2006): 181-182.
48 Cecilia había instituido para los pobres. Se trataba de doña María Cecilia de Escriche, una viuda poderosa cuyo mecenazgo artístico en Teruel fue notable 96 . También hubo mujeres que trabajaron en las atarazanas de Ciutat de Mallorca 97 , y en la catedral de Gerona 98 . En este último caso, las mujeres aparecen documentadas en los libros de cuentas de la iglesia de San Feliu y de la catedral de Santa María. Allí, las mujeres retiraron los escombros y llevaron las piedras, colocándolos en otra parte, lo que, según Sandrine Victor, refuta el argumento tradicional de la debilidad física de las mujeres que explicaba su supuesta ausencia en los trabajos de construcción. Además, se encargaron de transportar el agua para realizar el mortero, tarea que también elaboraban ellas y que requería de una cierta especialización. Por lo tanto, en Gerona las mujeres realizaron muchas actividades relacionadas con la construcción, al igual que en otros lugares de la Corona de Aragón 99 . 4.1.4. El sector artístico. Poco sabemos sobre las mujeres bajomedievales que se dedicaron al arte de una forma profesional, ya que hasta una fecha reciente la gran mayoría de los estudiosos y estudiosas no se habían preocupado por indagar este asunto. Afortunadamente, contamos con algunos ejemplos significativos de mujeres que hicieron arte y que mostraron un gran interés en perpetuar sus obras mediante su firma. Uno de los ejemplos más significativos que encontramos en la Corona de Aragón es el de la pintora Violant de Algaraví, figura investigada por María del Carmen García Herrero y Juan José Morales Gómez. Violant de Algaraví fue una de las pintoras que trabajaron en Aragón durante la Baja Edad Media, una de las mujeres que integraron la cadena de creadoras reconocidas por sus coetáneos y coetáneas que se expresaron a través de la pintura desde la Antigüedad. Formó parte de una tradición que en lo que toca al período medieval hoy tiene en Ende el primer nombre propio, lo que no significa que con anterioridad no se dedicaran a esta manifestación artística otras mujeres cuyos nombres no han pervivido o no han sido documentados hasta la fecha. Ende, que firmó llamándose a sí misma pintora y ayudante de Dios, compuso junto con Senior y Emeterio el equipo que llevó a cabo el bellísimo libro conocido como Beato de 96 Ídem.: 182-183. 97 ORTEGA VILLOSLADA, 17, (2004): 468. 98 VICTOR, 40/2, (2010): 59-72. 99 Ídem.: 65-69.
49 Gerona 100 . En el terreno de la iluminación medieval otras mujeres dejaron su impronta y su nombre, como por ejemplo, Angélica, coetánea de Violant de Algaraví, que escribió y minió corales para la Catedral de Tarragona. Hubo grandes miniadoras y también artistas que destacaron en la pintura parietal, como Teresa Díez, que en torno a los años veinte y treinta del siglo XIV realizó murales al fresco para diferentes fábricas zamoranas 101 . Uno de los problemas que presenta el estudio de la figura de Violant de Algaraví es que su producción, si ha pervivido, permanece en el anonimato o quizás expuesta en alguna colección o pinacoteca atribuida al “maestro” de tal o cual sitio. Sin embargo la documentación conservada permite que nos aproximemos a aspectos interesantes de su historia familiar y personal. Violant de Algaraví descendía de un linaje de ciudadanos de Calatayud ennoblecido: sus padres fueron Miguel de Algaraví, escudero, habitante de Calatayud, y Violant de Chalez. Miguel de Algaraví debió fallecer a finales de 1450: el 5 de octubre de dicho año dictaba su testamento ante el notario bilbilitano Jaime García de Santa María y en marzo de 1451 Violant de Chalez figuraba ya como viuda. Al morir, Algaraví dejaba cinco hijos menores de edad (entre ellos Violantica) para los que fueron designados tutores y curadores la madre de los niños, el escudero bilbilitano García Muñoz de Pamplona y Johan de Chalez, prior de Santa María de los Corporales de Daroca. El de Pamplona desaparecería pronto de escena por razones desconocidas, mientras que Johan de Chalez renunciaría a la tutoría en enero de 1458, por su vejez y enfermedad. Su lugar fue ocupado por García de Chalez, escudero, habitante de Daroca y alcaide de Purujosa, y Lope de Huete, cirujano, ciudadano de Daroca 102 . El control de la tutela y curatela por la familia materna parece ser la causa de que Violant de Algaraví fuera entregada ese mismo año en matrimonio a un ciudadano de Daroca: Andrés López Beltrán, un rico mercader de origen converso y viudo. Para ayuda de esta unión Violant recibió de sus tutores y curadores joyas, vestidos y 4.000 sueldos de su herencia paterna, a lo que se sumaron 2.000 sueldos más firmados por su marido como crex o incremento 103 , una cantidad respetable y acorde con su posición. 100 Otras creadoras medievales que trabajaron en la Cataluña medieval en el arte del bordado en VALERA RODRÍGUEZ y VINYOLES VIDAL, 2008. Cd-Rom Duoda. 101 GARCÍA HERRERO y MORALES GÓMEZ, 14-15, (1999): 653-655. 102 Ídem.: 656-658. 103 El novio se comprometía a pagar esta donación que solía ser la mitad de la dote. Esta cantidad se añadía a la dote y parece que su origen se encuentra en las costumbres germánicas, donde era un premio a la virginidad de la novia. Sin embargo, parece ser que se identifica más con la donación propter nupcias romana. Véase VINYOLES I VIDAL, 1976: 87-88.
50 Este matrimonio no duró mucho tiempo ni tuvo descendencia, al menos que le sobreviviese. Violant contrajo un nuevo matrimonio con García Pérez de Orera, notario y ciudadano de Calatayud 104 . Una de las fuentes documentales que nos permite conocer la vida íntima de nuestra pintora es su propio testamento. El análisis de este texto nos presenta a una mujer joven, que todavía tenía vivos a su madre y a sus nodrizos o padres de leche. Una mujer que detentaba diversas propiedades inmuebles y un nutrido guardarropa, del que dispuso para recompensar sus afectos y saldar sus deudas. Fue una mujer que detentó signos de cultura y elevado status tan evidentes como la posesión de un libro de Horas de Santa María y los servicios de un dómine particular para la educación de su hijo. Violant fue una mujer cultivada como lo fueron algunos de sus antecesores, a la que le preocupaba la continuidad de la formación de su hijo, cuyo aprendizaje incluía las letras latinas. Sabemos fehacientemente que ella escribía (“los quales le devo et estan escripto de mano de mi, dita Violant, en su libro”) y por ende, leía; que estaba perfectamente al tanto de la contabilidad de su casa, para cuyo funcionamiento dictó precisas instrucciones, y que se manejaba hábilmente a la hora de tratar con la compleja documentación contractual de la época 105 . No cabe duda de que Violant pintó tapices y cortinas como actividad remunerada, pero es más que probable que también realizara tablas y otros objetos, y en este sentido debemos reparar en tres expresivos regalos post mortem: la pintora donó a Anthon Brun “la ymagen del Jhesus”, y a su tía, la mujer de Algaraví, unos cojines pintados nuevos y “un retavlo de la ymagen de la Virgen Maria”. Eligió la capilla de Santo Tomás de Aquino de la parroquia de San Pedro Mártir como lugar de enterramiento y marco de celebración de su novena y eventuales aniversarios, a la que donó 300 sueldos para la realización de un retablo bajo la invocación del titular. En la última voluntad, la pintura aparece de nuevo en otra cláusula en la que se puede oír la voz de la artista diciendo: “Ordeno et mando que sian dados et pagados a una moça que tome en tiempos pasados diziocho solidos dineros, et que no le conten la cortina en ellos que tenia a pintar, con los quales se tenga por contenta de lo que le devia de su soldada”. Según García Herrero y Morales Gómez, la omisión del sujeto de la frase “que tenia a pintar” abre la puerta a diversas interpretaciones. Si el sujeto no dicho fuese la primera persona, Violant estaría realizando una cortina para su antigua moza con la intención de regalársela, de manera 104 GARCÍA HERRERO y MORALES GÓMEZ, 14-15, (1999): 656-660. 105 Ídem.: 660-662.
51 que sus ejecutores no deberían cobrar a la muchacha el trabajo realizado por la pintora. Pero cabe otra explicación más sugerente: si el sujeto inexistente fuese la tercera persona, el fragmento textual nos llevaría a la obligación de los ejecutores testamentarios de pagar a la antigua moza lo que se le adeudaba del salario íntegramente, sin tener en cuenta el precio de la cortina que la moza estaba pintando. Esta segunda hipótesis nos permite pensar que Violant había formado a una muchacha que ya había alcanzado el suficiente dominio de este arte como para resolver encargos por su cuenta. Por lo tanto, debemos pensar que las pintoras tuvieron discípulos y discípulas y existió una tradición de mujeres dedicadas a este arte que transmitieron su saber formando a otras mujeres 106 . En cuanto a la formación profesional de Violant de Algaraví y de otras mujeres artistas, debemos recurrir a las ordenanzas del oficio. Por ejemplo, en los capítulos de la cofradía de San Lucas de pintores de Palma de Mallorca del año 1486, se explica que se dictaban ordenanzas “per quant l'art de pintors en la present Ciutat de Mallorca ve en molt augment, e de cascun die los artificis de aquell multippliquen...”, de manera que los pintores quisieron reunirse como otros artes y oficios y establecer pruebas para que aquéllos que no se examinasen o que no aprobasen no pudieran ejercer el oficio. En estos capítulos se contemplaron tres exámenes diferentes, uno para quien quisiera ser “mestre de retaules”, otro para quien desease hacerse “mestre de cortines” y un tercero para quien aspirase a ser “cortiner de brots”. El uso del genérico “pintors” abre las puertas a la presencia femenina en este arte en dicho lugar y tiempo. La palabra persona, vinculada a quienes pintan, se hace presente también en las primeras ordenanzas conocidas de pintores aragoneses, las de Zaragoza de 1502, dictadas “por proveher a los abusos, danyos e deservicios grandes que a nuestro señor Dios en la presente ciudat et barrios de aquella se an seguido et cometido et de cada dia se siguen et cometen por usar cada huna persona que quiere del arte et officio de la pintura sin examen alguno...”. La división del grupo de pintoras y pintores por las sucesivas ordenanzas jerarquizó paulatinamente el oficio, de manera que los pintores de retablos constituyeron la cúspide del arte, seguidos por los pintores de cortinas y finalmente por los doradores. Quienes doraban no podían pintar cortinas ni retablos, y quienes trabajaban en la pintura de tapices, no podían pintar sobre tabla, cobrando por este trabajo 107 . 106 Ídem.: 663-664. 107 Ídem.: 664-668.
52 Dentro del sector artístico debemos incluir a las trovadoras, que fueron las poetisas del amor cortés. Según María-Milagros Rivera, estas mujeres vivieron y escribieron en Provenza y en Cataluña, en los siglos XII y XIII. Escribían en su lengua materna, pertenecían a la nobleza feudal y eran las señoras de una corte noble grande o pequeña. Formaron parte de una tradición femenina de canciones, de poemas y de espiritualidad amorosa que se había dado anteriormente en Al-Ándalus, se dio coetáneamente entre las beguinas y se daría después en las tertulias literarias humanistas y renacentistas de los siglos XV y XVI. Las poesías de las trovadoras trataban siempre el asunto delicado de la relación amorosa viva, con su pasión, su felicidad, sus conflictos y sus problemas concretos. Las trovadoras civilizaron la relación entre mujeres y hombres, dirigiendo las cortes de amor, apoyando e inspirando a poetas, a juglares y juglaresas, y también escribiendo ellas mismas una poesía exquisita. Por último, debemos apuntar que la cultura trovadoresca fue perseguida a través de la cruzada contra los y las albigenses, a principios del siglo XIII 108 . Como hemos podido ver a través del ejemplo de Violant de Algaraví, las mujeres fueron protagonistas del arte bajomedieval. Aunque en este proyecto solamente hemos abordado el ejemplo de la pintura y, de forma breve hemos apuntado el ejemplo de las trovadoras, éstos nos pueden servir para adentrarnos en otras formas artísticas, como la escultura, la arquitectura y la música. Posiblemente existieron mujeres que trabajaron en todas estas ramas artísticas pero que, desgraciadamente, sus obras no han salido a la luz, ya sea porque no se han conservado, porque no las firmaron o porque los y las especialistas en esta materia los atribuyeron a la escuela de un maestro, por lo que las obras pueden estar ocultas. Debemos recordar el ejemplo de Luisa Roldán, una escultora del siglo XVII, cuya labor fue reconocida por la sociedad de la época, llegando a realizar trabajos en la Corte. 4.1.5. La práctica médica y los oficios relacionados con la muerte. La enfermedad y la muerte son dos aspectos de la vida en los que las mujeres han tenido siempre funciones relevantes, desde el cuidado de los enfermos hasta el amortajamiento tienen cabida múltiples labores en las que tradicionalmente, en la cultura occidental, las mujeres han prestado su servicio. Bernat Metge, como hijo de boticario, sabía bien a qué tipo de clientela surtía su padre de hierbas, de especias y de medicamentos compuestos, por lo que en su obra Lo somni reconoció las cualidades que 108 RIVERA, 2005: 758-761.
53 tenían las mujeres como cuidadoras de las personas enfermas. Sin embargo, durante la Baja Edad Media la imagen y la consideración social de la sanadora empeoró notablemente, en un proceso gradual de degradación que coincidió con el desarrollo de las instituciones patriarcales en la organización del ejercicio de la Medicina 109 . a) Médicas, hospitaleras y enfermeras. Según María del Carmen García Herrero, en los siglos anteriores a la Baja Edad Media hubo mujeres musulmanas y judías que practicaron la Medicina en la Corona de Aragón, y también existieron médicas cristianas que, pese a no haber acudido a los Estudios Generales, ejercieron ese oficio con licencia real 110 . Teresa Vinyoles nos ofrece documentación sobre diversas licencias que concedió el rey Juan I a varias mujeres de Barcelona. Dio autorización a Francesca, viuda de Berenguer Ça Torre, marinero, para que pudiese administrar medicamentos a cualquier enfermo, y la misma licencia concedió a Blanca, esposa de Bernat de Bages, ciudadano de Barcelona, y a la valenciana Ramona Deuloféu. Estas licencias las concedió haciendo constar la importancia de la experiencia médica de estas mujeres y a instancia de testimonios que acreditaban sus destrezas. De esta forma, se puede deducir que tanto entre el pueblo común como entre la nobleza estaba plenamente admitido que las mujeres se dedicasen al ejercicio de la Medicina. Como ya hemos visto para diversos casos, las fuentes iconográficas nos han dejado estampas de mujeres al lado de la cama de los enfermos, asistiéndoles 111 . Los estudios realizados sobre los hospitales medievales han demostrado que las mujeres se dedicaron a los cuidados de los dolientes y que fueron auténticas enfermeras. García Herrero ha documentado a varias mujeres que ejercieron este oficio en la Zaragoza bajomedieval. En la donación post mortem de doña María Gil de la Sardera aparece Juana Falconero, servidora de los pobres de Jesucristo del Hospital de Santa María, quien reconoce que los ejecutores testamentarios le habían proporcionado dinero para comprar lienzos con los que amortajar a diferentes personas fallecidas en el hospital. Además del Hospital de Santa María, otras instituciones se beneficiaron de la generosidad de doña María Gil, y así lo reconocieron Antón de Perusa, hospitalero del Hospital de la Seo, y Toda del Bayo, enfermera que se dedicaba a amortajar a los 109 CABRÉ, 2005: 637-642. 110 GARCÍA HERRERO, 1990, vol. II: 43. 111 VINYOLES I VIDAL, 1976: 45-48.
54 difuntos pobres. Como podemos ver, Juana y Toda formaron parte de un grupo de mujeres que prestaron sus servicios en los hospitales de las ciudades. Además de estas trabajadoras que asistían en las instituciones, hubo mujeres que se ocuparon del cuidado de los enfermos en sus hogares 112 . Ana del Campo Gutiérrez añade que las hospitaleras solían ser contratadas para que, además de cuidar de los enfermos, atendiesen también el hospital, por lo que limpiaban, lavaban las sábanas de las camas, cocinaban y daban de comer a los enfermos e, incluso, amortajaban a quien moría si era necesario 113 . Del Campo Gutiérrez documentó en la Zaragoza de finales del siglo XIV el caso de la enfermedad de doña Francisca de Monpaón, que tuvo a una mujer a su lado que se encargó de cuidarla y que adelantó el dinero necesario para la manutención y las medicinas de la enferma, María de Tena. Asimismo, sabemos que ella fue la encargada de llamar al médico para que visitase a doña Francisca, por lo que estamos ante un caso de asistencia domiciliaria. María de Tena cuidó de la enferma proporcionándole los alimentos recomendados por el médico, así como preparándole y administrándole las medicinas que necesitaba para sanar. En los últimos momentos de vida de la enferma, María de Tena encargó que se comprase una entuerta, un tipo de vela consistente en un pabilo muy largo al que se le añade un poco de cera. El resultado vendría a ser una especie de hilo grueso o cordón encerado que se enrollaba formando una rueda o una madeja. Esta vela se colocaba en la habitación en la que se encontraba encamado el enfermo junto con alguna imagen religiosa. De este modo se vendría a crear un pequeño altar efímero cuya vela se encendería cuando llegasen los clérigos para administrar los últimos sacramentos 114 . Dentro de este apartado debemos mencionar una de las técnicas más utilizadas a la hora de cuidar de los enfermos y de sanarlos. Se trata de lo que García Herrero denominó “curar con palabras” 115 , una técnica que preocupó a las autoridades religiosas porque fue percibida, junto con otros métodos curativos, como un desafío al control de la Iglesia del ritual sagrado y de las devociones y prácticas religiosas. La confianza depositada en la capacidad sanadora o protectora de la palabra sagrada queda mostrada por el uso generalizado de la oración, la romería o la advocación religiosa para afrontar 112 GARCÍA HERRERO, 1990, vol. II: 41-42. 113 DEL CAMPO GUTIÉRREZ, 18, (2004): 282. 114 DEL CAMPO GUTIÉRREZ, 17, (2003-2004): 186-192. 115 GARCÍA HERRERO, 2005. Concretamente el artículo realizado junto a TORREBLANCA GASPAR, “Curar con palabras”: 387-406.
55 diferentes situaciones que comprometían la salud, muy especialmente el embarazo y el parto. Había mujeres sanadoras que combinaban hierbas medicinales y palabras, lo que ocasionó los recelos de la Iglesia y, por tanto, la formación de una débil frontera con los aspectos mágicos. Un ejemplo de ello es el de Gueraula de Codines, curandera que fue llamada a testificar en la corte del obispo de Barcelona en varias ocasiones (en 1303, 1327 y 1330), y que fue acusada de practicar la medicina y de utilizar ensalmos para realizar sus curaciones. Gueraula explicó cómo ella basaba su diagnóstico en el análisis del pulso y del color de las orinas, métodos habituales de la medicina hipocráticogalena, y confesó que había aprendido estas artes en Vilafranca de un médico musulmán llamado Bofim 116 . García Herrero comenta que unas de las plegarias más utilizadas por las personas sanadoras fueron la del Evangelio de San Juan y la de San Cebrián. Por lo tanto, encontramos dos vías tradicionales para la recuperación de la salud que coexistían pacífica y complementariamente: la que se basaba en el uso de hierbas, pócimas y ungüentos naturales; y la facilitada por el conocimiento de fórmulas y palabras mágicas que actuaban sobre los males 117 . b) Matronas y parteras. Durante el siglo XV las mujeres fueron apartadas paulatinamente de su labor como médicas, ciñéndose cada vez más su práctica a la Ginecología y Obstetricia. Por lo tanto, durante la época medieval, en la mayoría de los casos, el comienzo de la vida se encontraba inmerso en un mundo femenino. En la Baja Edad Media aumentó el número de obras encaminadas a la formación profesional de las comadronas, siendo muy importante el tratado recopilado por el escritor valenciano Manuel Dies de Calatayud, cuyo título es Flos de medicines o receptes del tresor beutat, obra que se ocupaba fundamentalmente de cosmética y de belleza, pero en la que también se abordaron aspectos relacionados con la concepción, el parto y el postparto. No debemos olvidar, como ya hemos reiterado en el presente proyecto en numerosas ocasiones, que la iconografía nos proporciona numerosa información sobre los partos y el trabajo de las matronas. Son frecuentes las representaciones pictóricas que muestran escenas de parto o de postparto. Un ejemplo lo encontramos en la escena de postparto de Santa Ana y fajamiento de la Virgen realizada por Pedro García de 116 CABRÉ, 2005: 643-644. 117 GARCÍA HERRERO, 2005: 388-391.
56 Benabarre 118 . En el centro de la escena aparece la parturienta sentada en la cama, apoyada en varias almohadas, preparada para ingerir los alimentos después de haber dado a luz. Un grupo de cinco mujeres se dedican a diversos menesteres, estando en un primer plano la partera principal, que suele ser la mujer de mayor prestigio y experiencia, por lo que asume las tareas más delicadas y las mayores responsabilidades. Aparece representada con la cabeza cubierta y en esta imagen aparece realizando la delicada tarea del fajado de la niña, con la finalidad de conseguir el correcto desarrollo del bebé, según los tratados médicos de la época. Durante mucho tiempo se ha repetido que las mujeres que atendían en los partos a madres e hijos/as no tenían organizada su formación y, desde luego, la mayoría no recibieron enseñanzas en los Estudios Generales puesto que su aprendizaje se produjo al margen de la Academia. Pero eso no implica que no estuviesen preparadas, pues su acopio de saberes y de práctica siguió los cauces habituales de cualquier otro trabajo artesanal cualificado. Estas mujeres aprendían paulatinamente mediante la observación, la reiteración y la adquisición de responsabilidades cada vez mayores hasta lograr ser experta. Los tratadistas médicos de la época consideraban que las parteras debían reunir unas especiales condiciones físicas, psíquicas y morales que les permitiesen desarrollar su oficio con éxito. De esta forma, se consideraban imprescindibles tres cualidades, a saber: la experiencia, el ingenio y las buenas costumbres 119 . García Herrero documentó en su tesis doctoral dos cartas públicas de parto y un testimonio que resultan ser unos documentos excepcionales para conocer el desarrollo de los alumbramientos bajomedievales. Se trata de la carta de parto de Juana de Torrellas, el documento testimonial sobre el estado de los genitales de Perico Martín cuando fue dado a luz por su difunta madre, Elvira de Esparza, y la carta del difícil parto de Isabel de la Caballería 120 . Estos documentos configuran un conjunto de particular interés para el desciframiento vivo del trabajo de las parteras y también para apreciar la labor de una profesional cualificada que gozó de reconocida autoridad en la Obstetricia del siglo XV, Catalina de Cutanda, la madrina Salinas, pues fue la comadrona principal en las tres ocasiones. En las cartas de parto de Juana de Torrellas (12 de marzo de 1487) y de 118 Véase Anexo, Ilustración 9. 119 GARCÍA HERRERO, 2005: 25-31. Concretamente el capítulo “Administrar del parto y recibir la criatura”: 21-46. 120 GARCÍA HERRERO, 1990, vol. II: Apéndice documental: 102 (p. 288), 106 (pp. 291-292) y 108 (pp. 293-295), respectivamente.
63 4.2.2 Las tasadoras. Merry E. Wiesner define a las tasadoras alemanas como aquellas mujeres que «evalúan el monto de los enseres domésticos después de una muerte, o cuando va a levantarse una casa y con frecuencia ejercen como agentes de ventas para dichos enseres. Otras mujeres comercian con ropa y utensilios usados, quizá ejerciendo también como prestamistas» 135 . Cristina Pérez Galán ha documentado a mujeres tasadoras en la ciudad de Huesca en la segunda mitad del siglo XV. Según la autora, el perfil de las tasadoras oscenses que se puede trazar tras consultar los fondos notariales es el de un grupo de reputadas mujeres, a las que en ocasiones se denomina dueñas, es decir, que eran de condición y/o edad avanzada, y que actuaban en parejas o en grupo. En alguno de estos casos, aparecen con su propio nombre y en otros, como «mujeres de» algunos ciudadanos ilustres. Las mujeres oscenses de finales del XV conocían el valor de las cosas pequeñas y cotidianas y eran reconocidas por el resto de habitantes de la ciudad como profesionales de la tasación. Esta actividad les reportaba un prestigio social innegable, puesto que era a ellas a quienes se debía acudir en casos complejos o que necesitasen ser resueltos de forma justa. Algunas de estas dueñas tasadoras fueron Sancha Sandusón, Johana de Rasal, Catalina Sunyer y Johana «la de Sesa», pero se documentaron muchas más. Todas ellas eran mujeres respetables, reconocidas profesionales que estaban perfectamente capacitadas para determinar el precio de los objetos de uso habitual, grandes y pequeños. Estas dueñas actuaban siempre en compañía de otras mujeres o de otros varones, en una suerte de arbitraje gracias al cual cualquier oscense, vecino o habitante de presente en la ciudad, obtenía un justo juicio sobre la valía de sus pertenencias. Según Pérez Galán, es la primera ocasión en que podemos demostrar documentalmente que las mujeres no sólo participaban en la venta e intercambio de “cosas pequeñas”, como hacían las corredoras o regatonas, y que no sólo estaban al corriente de las fluctuaciones mercantiles, los precios y los negocios al por menor, sino que también eran consideradas, en ocasiones, como personas con autoridad a la hora de establecer o determinar el precio correcto de algunas materias. Las tasadoras oscenses eran mujeres que contaban con un prestigio reconocido de forma pública y que poseían la capacidad de evaluar bienes y conferirles su valor justo, 135 WIESNER, 1990: 178.
64 además de, por ejemplo, determinar cuál era el arreo apropiado para una novia según su condición social 136 . La existencia constatada de mujeres tasadoras en Huesca en la Baja Edad Media y en la ciudad de Nuremberg en la Edad Moderna puede llevar a pensar que quizás en otras ciudades también hubo mujeres que se dedicaron a la tasación de bienes, por lo que sería interesante indagar sobre este asunto, ya que podría aportar luz a la historia del trabajo de las mujeres. 4.2.3 Las grandes mercaderas. A) La participación de las mujeres en las compañías mercantiles. Según Betsabé Caunedo, la compañía mercantil era una asociación voluntaria de mercaderes, más o menos duradera, que creaban un fondo patrimonial común para colaborar en la explotación de diferentes negocios. Se establecía con ánimo de obtener un beneficio individual, participando en el reparto de las ganancias que se obtuviesen. Aunque estas compañías solían generarse a partir de lazos familiares de consanguineidad, pronto se ampliaron con miembros ajenos a la familia. El nombre de la sociedad solía coincidir con el de varios socios o con el del principal o fundador de la misma. En el acta de constitución de la sociedad mercantil se plasmaba el nombre de cada socio, el capital que aportaba cada uno, la duración prevista de la sociedad y el inicio de las operaciones y las condiciones propias de funcionamiento. Entre los derechos de los socios, el más importante era el de la información y el acceso a los libros de la compañía. También tenían la posibilidad de retirar parte de los beneficios antes del término de la sociedad, siempre que tuvieran una justificación. Las compañías se disolvían de diversas maneras, siendo la más común el cumplimiento del plazo acordado en el acta de constitución. Pero también podían disolverse por la pérdida del capital social, la quiebra de la sociedad o la quiebra o muerte del principal. Concluido el plazo previsto se procedía a la liquidación, pudiéndose efectuar los pagos en dinero o especie 137 . Según María Asenjo, la participación de la mujer en el trabajo era una circunstancia corriente. Dentro del medio familiar, la mujer desarrollaba un trabajo que 136 PÉREZ GALÁN, 2012: (en prensa). Agradezco a su autora que me haya permitido la consulta de su texto que está en prensa. 137 CAUNEDO DEL POTRO, 3, (1993): 39-54.
65 en ocasiones llegó a ser altamente cualificado. Sabemos que la mujer casada trabajaba frecuentemente en el oficio de su marido o en la hacienda familiar, como hemos ido viendo a lo largo del presente proyecto. Algunas mujeres llegaron a alcanzar en el desarrollo de su trabajo artesano y mercantil una formación y una experiencia tales que se las reconocía capacitadas para ser veedoras, según se recogía en las ordenanzas de Worcester. De todo esto cabe suponer que, con el tiempo, en los distintos oficios, se irían marcando restricciones que evitarían la contratación de mano de obra femenina, que, sin duda, hacía la competencia a los hombres de igual o inferior preparación. Los distintos oficios promulgaron ordenanzas, limitando la contratación de mujeres y restringiéndolas a las hijas o esposas de los afiliados. El mundo del comercio, peor documentado, no permite seguir de cerca la situación de las mujeres en el trabajo y en la actividad mercantil. No obstante, queda suficientemente probada su actividad en este campo. Dentro de las actividades mercantiles a larga distancia, las compañías comerciales constituían formas peculiares de organización de mercaderes, con un claro fin profesional. Se caracterizaban por gozar de una gran estabilidad que daba solvencia a los negocios abordados y les permitía establecer contratos a largo plazo. Les caracterizaba también la estructura capitalista de sus empresas y la extrema diversidad de los negocios que emprendían. Los beneficios se repartían en proporción a los capitales aportados, como ya se ha mencionado anteriormente. En algunas ocasiones la compañía podría recibir depósitos de dinero de particulares, que se beneficiarían de su organización para efectuar pagos en otras ciudades. Las ventajas que ofrecían estas compañías a efectos de negocios eran tres: la mayor división del capital; la consiguiente cesión de participaciones a los miembros de la familia; y la posibilidad de invertir el capital en múltiples y variadas empresas mercantiles u otros negocios. La participación de las mujeres en estas compañías comerciales parece clara y evidente según la documentación, y todo ello requería una formación y educación de la mujer. Los conocimientos necesarios los habrían adquirido en sus hogares, ayudando a sus esposos o padres en asuntos de contabilidad y de correspondencia. Asimismo, las mujeres viudas de los mercaderes aparecen actuando con plena capacidad jurídica y se desenvuelven con normalidad en el mundo de los
66 negocios de largo alcance, como veremos en los dos casos escogidos para este trabajo 138 . Nuria Coll Julià ha documentado la existencia de una compañía drapera formada en 1458 por dos mujeres, las hijas de Bernat Ça-Rocha, Caterina y Eufrasina, y en la que su madre intervendría por su condición de usufructuaria de su difunto marido. La sede social se estableció en la tienda de su padre y la administración fue confiada al draper Jaume Gironella senior. El 9 de octubre de 1458 eran firmados los estatutos de la sociedad, con una validez de ocho años y un capital de 8.200 libras: 6.000 aportadas mitad y mitad por las hijas de Bernat y 2.200 por el gerente. Éste tenía facultades para importar de Flandes e Inglaterra y enviar mercancías y cambios o recibirlos de cualquier parte, y cobraría una cuarta parte de las ganancias 139 . María Isabel Falcón publicó un documento fechado el 17 de mayo de 1360 en el que se constituyeron dos compañías mercantiles, una entre dos vecinos de Zaragoza y otra entre sus respectivas esposas, por un período de tres años 140 . B) Angelina de Colonia: una germana en la Corona de Aragón. a) Actividad económica y mercantil. La bibliografía que he manejado no permite hacer una reconstrucción de la vida de esta mujer interesante, aunque podremos esbozar algunos datos relacionados con su actividad mercantil. A mediados del siglo XV, madona Angelina de Colunya (Colonia) realizó algunas transacciones comerciales en Aragón. José Ángel Sesma ha señalado que es muy probable que Angelina tuviera relación con el grupo de mercaderes alemanes que desarrollaron una actividad mercantil en Barcelona y en los espacios portuarios e interiores de la Corona de Aragón. Resulta significativo que el protagonismo de esta mercadera en la documentación coincide con el cese de Juan de Colonia, un reputado hombre de negocios del ámbito barcelonés desde 1420 hasta la década de los cuarenta del siglo XV. Esto ha llevado a varios investigadores a plantear 138 ASENJO GONZÁLEZ, 1988: 225-233. 139 COLL JULIÀ, IX, (Barcelona, 1981): 43. 140 FALCÓN PÉREZ, 1997: 99-100. Apéndice documental: 78. Se trataba de don Tomas de Gerues y de Johan Palmer, quienes aportaron 108 florines de oro cada uno para la formación de la compañía, con el acuerdo de repartirse los beneficios a partes iguales. Al mismo tiempo, sus mujeres, María Ballestera y Johanna Guillen, respectivamente, constituyeron otra compañía aportando 43 libras jaquesas la primera y 28 libras y media la segunda.
67 la hipótesis de que Juan de Colonia fue el marido de Angelina, quien al enviudar, se hizo cargo de los negocios del difunto 141 . Entre 1445 y 1450 los principales puestos aduaneros del reino de Aragón registraron las operaciones mercantiles de madona Angelina, cuyos tráficos comerciales siguieron la doble dirección de importar productos para el mercado interior y también de exportar hacia el mercado litoral. Según Sesma Muñoz, estamos ante un modelo de comerciante que actuaba de enlace entre los mercados de los grandes centros urbanos de la costa y los mercados distribuidores del interior. Queda constancia en los documentos aduaneros de Huesca de que esta mujer de negocios se trasladó desde Barcelona hasta dicha ciudad en noviembre de 1449 y en junio de 1450 para participar en las respectivas ferias de la urbe. A la feria de noviembre entró por la taula de Tamarite, conduciendo una expedición voluminosa, declarando mercancías con un valor de 791 libras jaquesas. En la de junio de 1450 declaró sus mercancías en la taula de Monzón, alcanzando 452 libras jaquesas. La inversión que presentó en total para las dos ferias representaba un capital superior a las 1.500 libras 142 . De los productos que llegaron a Huesca en sus caravanas destacaban las telas continentales, sobre todo de la actual Alemania, y el algodón calabrés. También traficó con especias, siendo las más significativas la pimienta, el jengibre y los piñones. En tercer lugar, también comerció con objetos de uso cotidiano: piezas de armamento, espejos, cuencos, agujas para sujetar mantos, cien docenas de cuerdas de laúd y barajas de cartas. Asimismo le interesó el comercio de productos básicos sin manufacturar, como se demuestra en el conflicto que la enfrentó en Tortosa con otra viuda, doña Magdalena Caramau de Barcelona, por 1.500 arrobas de lana que ésta le compró en 1454 143 . En el artículo de María Teresa Sauco Álvarez y Susana Lozano Gracia se reproduce el protesto y la réplica de Pedro Servent, factor de Magdalena Caramau, contra Pascual de Tous, factor de Angelina de Colonia por el incumplimiento de acuerdos referentes a la compra de las dichas 1.500 arrobas de lana 144 . 141 SESMA MUÑOZ, 2005: 30. Véase también GARCÍA HERRERO, 2009: 164. 142 SESMA MUÑOZ, 2005: 31. 143 GARCÍA HERRERO, 2009: 165. 144 SAUCO ÁLVAREZ y LOZANO GRACIA, 2005: 1262-1266.
68 C) Caterina Llull i Sabastida: una catalana en Sicilia. a) Datos biográficos. Caterina Llull i Sabastida fue una mujer catalana que vivió entre Sicilia y Barcelona en la segunda mitad del siglo XV, y que, tras la muerte de su marido, Joan Sabastida (importante noble-mercader), se convirtió en la gestora de los bienes de su familia y de los negocios locales e internacionales. Caterina era hija de Joan, caballero y armer maior del rey, y de Isabel de Gualbes i Pastor, ciudadanos de Barcelona. Tuvo varios hermanos: Romeu Joan, consejero de Barcelona y lugarteniente del virrey de Calabria entre 1483 y 1484, Pere, Franç, Joana, esposa de Pere Llull i Tàrrega. Vivía en el barrio de la Ribera, el lugar de las principales actividades económicas de la ciudad condal en el siglo XV. Hacia 1460 se casó con el mercader y funcionario del reino Joan Sabastida, y poco después se trasladó a Siracusa, siguiendo al marido que había recibido por segunda vez el cargo de la presidencia de la Cámara de la Reina en Sicilia. De este matrimonio nacieron cuatro hijos: Joan Hostalrich, que llegó a ser gobernador de los condados de Rosellón y Cerdaña y se casó con Joana Muntbuyris; Joana Bastida, que se casó en 1478 con el embajador del rey Guillem de Santcliment; Eleonor, esposa de Dies de Requesens; y Cecilia, esposa de Bernat Hug de Rocabertí 145 . Hasta la muerte de su marido en 1471, Caterina sólo se preocupó de llevar a cabo las tareas que le correspondían con su familia: la administración y organización de la casa, la educación de los hijos, la gestión de los siervos domésticos, las prácticas religiosas y el mantenimiento de una red de relaciones con los otros miembros de la colonia catalana de Siracusa y de otros lugares. A la muerte de su esposo, Caterina se convirtió en la protagonista de las actividades y administradora de los bienes de su difunto marido. Ella se encargó de organizar el regreso a Barcelona de toda la familia, donde volvió a vivir entre 1482 y 1483, pero siguió gestionando los bienes que poseía en Sicilia 146 . 145 Véase el árbol genealógico elaborado a partir de estos datos en el Anexo 10. 146 COLESANTI, 2008: 49-54.
69 b) Actividad económica y mercantil. Según Gemma Colesanti, tras el análisis del primer libro maestro de Caterina se puede llegar a la conclusión de que sus actividades económicas se desarrollaron en un 80% en Sicilia. Su marido, Joan Sabastida, tenía una sociedad mercantil fundada en 1454 con su primer suegro, Torralba, Francesco de Junyent y Bernard Dalgas, con un plazo cuatrienal, con intereses en Sicilia, en el Adriático, en Libia y el Levante. También participó en otras compañías con diversos mercaderes catalanes, entre los cuales estaban Francí Carbò, Luis Llull, Bartolomé Sanxo, Gaspar Maymó y Nicola La Matina. Probablemente la muerte de Sabastida significó la disolución de la compañía, y Caterina recibió un beneficio de 600 onzas en nombre de la herencia. El comercio exterior: Aunque todo indica que la mayor parte de los negocios de Caterina se centraron en la isla de Sicilia, también han llegado noticias de sus transacciones a nivel internacional. Una prueba de ello es el gran negocio que realizó Caterina, la venta de 2.000 salmas de trigo al mercader veneciano Stefano Valeri, habitante de Siracusa. Caterina se centró en la venta de cereales y en el comercio de esclavos, mientras que importaba paños de Mallorca. Asimismo, otra operación cerrada por Caterina fue la recaudación de una partida de azúcar, vendida por medio de una sociedad con Francí Carbò en Génova 147 . En cuanto al comercio de esclavos, Caterina participó en las expediciones a las costas libias para comprarlos y luego revenderlos en algunas ciudades de Sicilia. El comercio interior: Caterina tuvo un papel muy importante en el comercio siciliano, ya que su posición social le permitió acaparar y revender las producciones locales y las mercancías que le llegaban al puerto de Siracusa desde el interior de la isla. Nuestra mercadera disponía de unas viñas situadas cerca de Siracusa y en el territorio de Brucoli, lo que le permitía comerciar con vino y mosto de su propia cosecha. Asimismo, las ventas de todo el trigo adquirido en Sicilia no confluían sólo en las operaciones efectuadas a nivel internacional, sino que una parte de la mercancía se vendía a otros mercaderes sicilianos en Brucoli, al gobierno municipal de Siracusa y en la posada del castillo de Brucoli, la cual era gestionada por la propia Caterina. Pero la mercancía más vendida por nuestra mercadera en la isla de Sicilia fueron los paños. Además de los paños colorados de Mallorca y de los paños de lino procedentes de Nápoles, Calabria y Egipto, los paños comunes fueron el producto que más revendió en el año 1472. Los 147 Ídem.: 75-83.
70 compradores de estos paños fueron judíos y catalanes que vivían en Siracusa. Otros productos que revendió Caterina fueron lana, piel, cuero, rollos de estaños, vinos y esclavos 148 . La relación económica entre Caterina y Joana Llull: Caterina se alineó con los operadores económicos presentes en el Mediterráneo, que fueron los verdaderos protagonistas de una época de diversificación de los negocios. Joana Llull, la hermana de Caterina, tuvo un papel relevante en Barcelona en calidad de agente o procuradora suya. Caterina y Joana se intercambiaban las cotizaciones y los cambios de moneda en las respectivas ciudades e intentaban evaluar lo que les convenía en cada momento. La relación epistolar entre las dos hermanas se desarrolló entre Barcelona y Sicilia, y en las cartas se comunicaron todo tipo de información comercial y también muchas noticias sobre el patrimonio familiar. Había anotaciones sobre los productos que continuamente se intercambiaban entre las dos ramas de la familia. Desde Barcelona, Joana enviaba perfumes, vestidos y calzados a la moda para los sobrinos; a Caterina le pedía que enviase alguna de las mercancías que ella exportaba a Cataluña, algodón y jóvenes esclavas para servir en la casa de la familia: «Senyora, per tenir segur portador, tramet a·n Estalrich dos parell de borsagruis de sumacle que usey molt así per aquesta jent jova, e huny sunt d’argent e negre brodat, e huny punyalet petit de la forma que s’usey, e tres estogis a vostres filles, hun per quescuna […]Estat dit que aquí hauran arribades esclaves turques. Deman-vos de gràcia que si són per a servir, al juy vostre vos prech façiau jo n’haga alguna que fos jova, e de açò us prech molt. Axí mateix, vos prech me trametau dos o tres peçis de cotó que sia bo» 149 . La estrecha relación existente entre las dos hermanas quedó plasmada en el testamento de Caterina (23 de mayo de 1495), en el que Joana fue nombrada albacea, junto al hijo mayor de Caterina, Joan Hostalrich. En conclusión, podemos decir que Caterina centró los negocios familiares, tras la muerte de su marido, en el comercio en el interior de la isla de Sicilia. Esto no quiere decir que abandonase el comercio a gran escala, pues la vemos encabezando algunas transacciones comerciales por el Mediterráneo, especialmente la ruta Sicilia-Mallorca- Barcelona y viceversa. Los principales productos con los que comerciaba fueron los cereales, los paños de Mallorca y los esclavos procedentes de las costas libias. En cuanto a la relación con su hermana Joana podemos decir que es intensa y constante. A 148 Ídem.: 84-88. 149 Ídem.: 68.
71 través de los intercambios epistolares podemos analizar los negocios que realizaron juntas, las capacidades de ambas para gestionarlos, lo que nos pone sobre aviso de su formación mercantil, y también podemos saber algunos acontecimientos de sus vidas privadas.
72 4.3. LA PARTICIPACIÓN FEMENINA EN EL SERVICIO DOMÉSTICO. La sociedad patriarcal establecía que las mujeres debían estar recluidas en sus casas, atendiendo a las tareas domésticas, aquellas que estaban relacionadas con el abastecimiento de la casa y con el trabajo que las mujeres llevaban a cabo en el negocio familiar. En principio estas obligaciones no eran retribuidas ni tenían reconocimiento social; pero cuando una persona ajena a la familia se encargaba de realizar dichas tareas, éstas se convertían en trabajos que recibían remuneración 150 . 4.3.1 Nodrizas. En la Edad Media, los médicos y los moralistas consideraban que la madre era la persona idónea para amamantar a sus hijos e hijas. Los argumentos esgrimidos desde la Antigüedad a favor de la lactancia materna se avalaban en razones de índole fisiológica y moral, y estuvieron vigentes durante la Baja Edad Media. Sin embargo, existieron una serie de factores que llevaron a recurrir a la lactancia mercenaria, como, por ejemplo, el fallecimiento de la madre en el parto o la incapacidad de amamantar a la criatura. María del Carmen García Herrero afirmaba que el comportamiento habitual de los grupos que podían asumir los gastos fue la contratación de una nodriza 151 . Ante la insistencia de los matrimonios de un estatus más privilegiado de contratar a nodrizas que criasen y amamantasen a sus retoños, los moralistas bajomedievales, contrarios a la lactancia mercenaria, se vieron obligados a elaborar una imagen del ama de cría ideal. Respecto a las condiciones físicas de la perfecta nodriza, debía ser una mujer adulta, cuya edad oscilase entre los 25 y 35 años, de color blanco rosado, moderadamente gruesa, con un pecho amplio y unas mamas fuertes, y debía gozar de buena salud. En cuanto a sus cualidades morales, la nodriza debía ser discreta, prudente, honesta y sin inclinaciones lujuriosas 152 . En la Zaragoza bajomedieval lo habitual era que la firma se realizase entre la nodriza, a veces acompañada por su marido, y los padres o tutores de la criatura. Ana Del Campo Gutiérrez estableció dos tipos de contratos de lactancia mercenaria, a saber: aquellos en los que se daba una lactancia mercenaria con hijos propios; y aquellos con hijos ajenos. Los primeros se producían cuando una mujer había tenido un hijo ilegítimo con un hombre sin estar casada, por lo que las autoridades obligaban al padre a pasar 150 SEGURA GRAÍÑO, 2005: 518-519. 151 GARCÍA HERRERO, 1990, vol. I: 71-74. 152 Ídem.: 74-76.
79 finalizar su contrato, ya que, como ya hemos apuntado con anterioridad, solía corresponder con la dote matrimonial 168 . 168 Ídem.: 107.
80 5. LAS MUJERES Y EL UNIVERSO DE LAS LEYES. 5.1 Procuradoras. En la Corona de Aragón, era muy frecuente que el marido fuese el procurador de su mujer, pero también fue habitual que las mujeres fuesen las procuradoras o representantes legales de sus maridos, pues las leyes les permitían ser “personeras” 169 . Según el diccionario María Moliner, “procurar” deriva del latín procurare, de curare, de cura o cuidado. Para el Diccionario de la Real Academia Española, “procurador”, en su segunda acepción, es la persona que en virtud de poder o facultad de otra ejecuta algo en su nombre. En la tercera acepción recoge esta definición: “En las comunidades, persona por cuya mano corren las dependencias económicas de la casa, o negocios y diligencias de su provincia”. Por lo tanto, un procurador sería aquella persona que representaba a otra en cualquier tipo de negocio. El personero medieval actuaba en virtud de la delegación que en él hacía de sus problemas la comunidad, que le elegía para que le defendiera, por lo que obraba en nombre de la misma para defenderla del bien público. El personero era el representante del pueblo común, elegido directamente por él para un mandato de uno o dos años de duración, en cada uno de los municipios con personalidad jurídica propia. Su función consistía en defender los intereses de la comunidad ciudadana, especialmente, contra los posibles o reales abusos de las oligarquías que protagonizaron a menudo, en función de sus intereses, claros ataques a fueros, leyes, usos o justicia 170 . En la Zaragoza bajomedieval encontramos a Violant de Heredia, mujer de Ramón de Torrellas, como procuradora de su marido mientras éste está ausente de la ciudad. Ramón se encontraba en Maella atendiendo unos negocios y le envió una carta en 1424 a su mujer en la que le dio unas directrices para actuar en la administración de las transacciones, además de preocuparse por la salud y educación de sus hijos e hijas. En dicha carta se demuestra la capacidad de Violant de Heredia para conceder procuraciones en nombre de su marido: «Item, yes menester que vos paguedes o atorguedes en poder de Gavin o de Salvador una procuración para Johan de Bonafe, en la qual de licencia mia, la qual agora atorgo le dedes poder de recebir quallesquiere quantias que la ciudat de Calatayut sia tenida dar de mi, e de atorgar en nombre vuestro, si necesario será, apocha o apochas no contrastant qualquiere dreyto que vos y podiesedes haver […] Yo he 169 GARCÍA HERRERO, 2005: 365, nota 23. 170 RODRÍGUEZ MOLINA, 17, (2001): 1337-1339.
81 scripto al dito Johan de Bonafe que los dineros que tiene mios que vos los envie, los que vos enviara recebitlos e si ne quera albarán, de lo que recibiedes atorgartle […]» 171 . Como ya hemos visto en el capítulo dedicado a las mujeres y el comercio, la gran mercadera Caterina Llull i Sabastida contó con una procuradora muy especial, su hermana Joana Llull. Joana fue la representante de Caterina en todos los negocios mercantiles que emprendió en la ciudad de Barcelona, y era su principal informadora en materia de asuntos de comercio: se intercambiaban las cotizaciones y los cambios de moneda en las respectivas ciudades e intentaban evaluar lo que les convenía en cada momento 172 . En 1403, Ana Jiménez de Moriello afirmaba haber realizado un cobro como procuradora de su marido, el escudero Martin de Sames: «Eadem die, que yo, Ayna Ximenez de Moriello, muller de Martin de Sames, scudero, habitant en Çaragoça, asi como procuradriz qui so del dito marido mio, segunt parece por carta de procuración, feyta en la dita ciudat a dotze días del mes de noviembre, anno a Nativitate Domini Mº quadringentesimo secundo por Lop d’Asso, habitant en la ciudat de Çaragoça, e por //fol. 25v.// auctoridat del Senyor Rey por todo el Regno de Aragon […]» 173 . Como podemos deducir de este fragmento, las mujeres podían ser las procuradoras o representantes legales de sus maridos u otros parientes siempre que hubieran recibido una carta de procuración, realizada ante notario y con la autoridad del rey. Atendiendo al fragmento reproducido de la carta de Ramón de Torrellas, podemos añadir que dicha carta de procuración era imprescindible, ya se tratase de hombres o de mujeres. 5.2 Árbitras. La justicia privada por arbitraje gozó de enorme extensión en el reino de Aragón durante los siglos XIV y XV. Actualmente se carecen de estudios sobre esta forma habitual de resolver conflictos. A modo de aclaración, me gustaría resaltar que este apartado dedicado a las mujeres que participaron en los arbitrajes está basado, íntegramente, en el artículo de María del Carmen García Herrero, recopilado en su libro Del nacer y el vivir. El motivo de esta aclaración es sencillo, no quiero agobiar a los 171 GARCÍA HERRERO, 1990, vol. II: 128-129. Apéndice documental: 29. 172 COLESANTI, 2008: 68. Véase el capítulo 4 del presente proyecto, “El trabajo femenino”, concretamente el apartado 4.2. “Mujeres y comercio”. 173 GARCÍA HERRERO, 1990, vol. II: 115. Apéndice documental: 6.
82 lectores con numerosas notas a pie de página que harían referencia a un mismo artículo, al mismo tiempo que deseo evitar el plagio 174 . En dicho artículo, García Herrero afirmaba que en el Aragón bajomedieval habían existido mujeres sabias, letradas y con una autoridad y un buen criterio reconocido, valorado y respetado por la sociedad, lo que les permitió ser elegidas como “árbitras, arbitradoras y amigables componedoras”, tal y como se las denominaba en la documentación bajomedieval aragonesa. Parece ser que el árbitro/a era la persona que tenía la facultad de juzgar utilizando las reglas del derecho, mientras que el arbitrador/a o amigable componedor/a no observaba las normas judiciales, sino que juzgaba conforme a los dictados de su conciencia 175 . Parece ser que en la Baja Edad Media coexistieron dos grandes vías para resolver los conflictos entre dos partes litigantes: la proporcionada por las jurisdicciones ordinarias competentes y la ofrecida por la justicia privada. No se trataba de dos vías enfrentadas, sino más bien que se simultaneaban. En el ámbito de la justicia privada estaría ubicada la fórmula del arbitraje, en el que las partes enfrentadas, de común acuerdo, confiaban la resolución de sus diferencias a uno o más árbitros/as, a quienes dotaban para la ocasión de un poder extraordinario. Los árbitros y árbitras, a diferencia de los jueces ordinarios, no disponían de capacidad de coerción, de manera que para paliar este inconveniente quienes recurrían a ellos debían comprometerse a respetar las resoluciones contenidas en la sentencia arbitral mediante su juramento y la pérdida de dinero o de determinados bienes prefijados. En el compromiso se incluía la garantía de las partes para respetar el contrato y también las condiciones impuestas a los árbitros/as como límites de su poder. Por otra parte, solía fijar el plazo para la emisión de la sentencia, entendiéndose que después de esa fecha expiraría la competencia arbitral concedida. No obstante, se contemplaba la posibilidad de prórrogas en aquellos casos que tuvieran una difícil solución. Uno de los problemas que encontramos a la hora de analizar los compromisos bajomedievales es que en muchas ocasiones no se refleja el asunto concreto sobre el que iban a reunir pruebas y juzgar los árbitros/as, de manera que la única manera de conocer la cuestión de la pugna era la lectura de la sentencia arbitral, en los casos en que esta se haya conservado. El pronunciamiento de la misma marcaba, al mismo tiempo, el 174 GARCÍA HERRERO, 2005. Concretamente el capítulo “Árbitras, arbitradoras y amigables componedoras en la Baja Edad Media aragonesa”: 353-383. 175 Ídem.: 364.
83 momento más elaborado del proceso arbitral y el final del poder de los árbitros/as, quienes incluían en la misma el salario, normalmente en dinero, que debía recibir el notario que había levantado el acta, y también lo que debían percibir ellos mismos por las molestias y trabajos que les había causado la búsqueda de una solución justa, cuya remuneración solía ser en especie. Un ejemplo lo encontramos en el arbitraje de doña Leonor Ruiz (árbitra a la que analizaremos más adelante), viuda de don Pedro Martínez de Santángel, quien dictó una sentencia en Calatayud en 1446 en la que fijó para ella misma como pago a su labor un par de perdices 176 . El éxito del arbitraje parece enraizar en diversos motivos. Por un lado, los contrarios deseaban la paz y la concordia y tenían la esperanza de resolver sus diferencias con eficacia y justicia evitando procesos largos y costosos. Por otro lado, en algunas sentencias arbitrales se aclara que el motivo por el que se había recurrido a esta fórmula de justicia privada era que los asuntos en conflicto se encontraban paralizados o ralentizados en los tribunales ordinarios. Asimismo, otra de las claves del éxito del arbitraje radicaba en la extraordinaria capacidad de adaptación y en la flexibilidad de este procedimiento, que permitía salvar obstáculos de muy diversa índole, como el generado cuando una de las partes enfrentadas era eclesiástica y la otra laica. En estos casos, y dado que cada litigante contaba con tribunales diferentes a los que acudir, las controversias podían eternizarse. Además, la amplia aceptación del arbitraje se debía a que los querellantes podían establecer las reglas del juego, siempre que imperase el sentido común 177 . Con respecto a la designación de árbitros y/o árbitras, podía procederse a un nombramiento conjunto, cuando las partes acordaban y designaban juntas a una o varias personas. En estos casos los árbitros/as no aparecían como representantes personales de cada una de las partes, por lo que se puede hablar de una disposición muy favorable a la resolución del conflicto. En el caso que enfrenta a finales del siglo XV al caballero turolense Pedro Navarro con su hermana Isabel Navarro y con su cuñado, Juan de la Mata, las partes comprometieron sus pleitos al poder de Pedro Marcilla, infanzón y jurista de Teruel, y de Violante Martínez de Marcilla, mujer de Pedro Navarro, y ninguno de ellos aparecía como representante personal 178 . 176 Ídem.: 357-359. 177 Ídem.: 360-362. 178 GARCÍA HERRERO, 19, (2006): 198.
84 Distinto criterio se baraja cuando cada parte nombraba a sus propios árbitros/as y los imponía a la parte contraria, porque entonces se trataba de nombramientos separados, lo que podía ser un indicador de que el conflicto tardaría en resolverse. Por último, puede considerarse una fórmula mixta, una solución intermedia en la que cada una de las partes escogía un número determinado de árbitros/as y luego ambas partes concordes nombraban a uno conjunto. La función de este árbitro elegido comúnmente consistía en lograr que los árbitros de las partes alcanzasen una sentencia unánime o bien dar su voz para formar una mayoría, por lo que su poder era mayor 179 . En principio, las condiciones que se requerían para alcanzar la capacidad arbitral eran ser mayor de edad, varón y libre. Tanto el derecho romano como el canónico habían impedido a las mujeres ser árbitras, pero la prohibición no tuvo carácter absoluto. Guillaume Durand en su obra Speculum Judiciale (1547), precisaba que una mujer podía intervenir en un arbitraje si poseía la potestas judicandi, si la costumbre local autorizaba su intervención y si ocupaba un rango social elevado. En el Aragón de principios del siglo XVI, Miguel del Molino advertía, al ocuparse de arbitrajes y compromisos, “como en Aragon la sentencia arbitral no se reduze ad arbitrio de buen varon”, fórmula que solía aparecer en las sentencias arbitrales pronunciadas por mujeres. Un ejemplo de ello lo encontramos en el compromiso de arbitraje en el que intervino la noble doña Sancha de Guzmán, en donde las partes aseguraban que se someterían a la sentencia “e renunciaron las ditas partes e cada una dellas, por la dita razón, a arbitrio de buen varon e a todo beneficio de apellacion e a su proprio juge ordinario e local e al juicio de aquel” 180 . Según García Herrero, en la actualidad conocemos los nombres de doce mujeres que actuaron como árbitras a finales de la Edad Media aragonesa. Todas las árbitras, sin excepción, gozaron de autoridad y prestigio, fueron mujeres influyentes y, en algunos casos, muy poderosas. De las doce, seis eran casadas y seis viudas en el momento de emitir su sentencia. Actuaron en asuntos económicos relacionados con matrimonios y dotes, con testamentos y herencias, con deudas e incluso con enfrentamientos de bandos. A continuación vamos a esbozar, de forma breve, el trabajo de estas doce mujeres 181 . 179 GARCIA HERRERO, 2005: 366. 180 Ídem.: 367-368. 181 Ídem.: 368-382.
85 En Calatayud, doña Leonor Ruiz, viuda de don Pedro Martínez de Santángel, fue árbitra arbitradora en 1445 y 1446. La primera de las veces junto a Ferrán López de Villanova en un asunto que desconocemos, pero que afectó a dos importantes mercaderes bilbilitanos. La segunda vez arbitró en solitario sobre los problemas que podían derivar de unos pactos matrimoniales. Leonor Ruiz era una mujer mayor perteneciente a la burguesía bilbilitana, que era capaz de establecer con conocimiento y justicia la aportación que el padre debía entregar a su hija como ayuda para su casamiento, el modelo matrimonial al que debía adherirse la pareja (matrimonio por palabras de presente seguido de la solemnización de la boda en la faz de la Iglesia) y también la forma concreta en la que debían redactarse las capitulaciones matrimoniales 182 . En enero de 1448 encontramos arbitrando a doña María Jiménez de Liñán, viuda del Justicia de Aragón don Martín Díez de Aux, residente en Daroca. Allí fue requerida para mediar en un litigio que enfrentaba a un vecino de Romanos, Cristóbal de Álava, y a otro de San Martín del Río llamado Miguel Górriz. Transcurridos tres meses, doña María era solicitada de nuevo para mediar en otro asunto, esta vez como miembro de una triada arbitral compuesta por mosén Juan Álvarez de Chález 183 , prior de Santa María de los Corporales de Daroca, por el mercader y ciudadano Miguel Falcón y por ella misma. En ese mismo año también encontramos a Sancha de Guzmán, mencionada anteriormente, quien formó parte de una triada arbitral, junto con su esposo don Jaime de Luna, señor de Illueca y con el Justicia de Aragón Ferrer de Lanuza. Todos ellos arbitraron en un enfrentamiento sostenido por importantes personajes de la época, por una parte el castellán de Amposta, fray Pedro Ramón Zacosta, y por la otra fray Álvaro de Luna, ambos caballeros hospitalarios. En 1471 encontramos a dos árbitras juntas, a Galaciana Cerdán, mujer de Galacián Sesé, caballero de Calatayud, y a Inés de Manresa, esposa del escudero bilbilitano Antón de Sayas. Ambas se pronunciaron sobre una cuestión económica que enfrentaba a dos ramas sobre una cuestión económica que enfrentaba a dos ramas de una misma familia. Según García Herrero, este es el único caso que hoy conocemos en 182 Para saber más sobre los modelos matrimoniales existentes en la Baja Edad Media zaragozana véase GARCÍA HERRERO, 1990, vol. I: 151-281. 183 Posiblemente se trata de uno de los tutores de la pintora Violant de Algaraví, designado por la madre de ésta, Violant de Chález. Véase GARCÍA HERRERO y MORALES GÓMEZ, 14-15, (1999): 658.
86 el que aparecen dos árbitras trabajando juntas en la resolución de un conflicto, pues lo habitual era que las mujeres arbitrasen en solitario o acompañadas por varones 184 . En 1472, doña Calatayuba de Centellas, esposa del virrey de Sicilia, don Lope Jiménez de Urrea, actuaba como árbitra en Épila en la querella surgida en el seno de una familia judía por causa de unos acuerdos matrimoniales, en concreto por el importe de la dote que la viuda Cer Gaddax debía entregar a su yerno, rabí Acach Cediello, que había casado con su hija, Sol Albo. En 1482, en Zaragoza, la noble doña Teresa de Entenza y de Cerdán y de Gurrea, era requerida junto a un eclesiástico y a un escudero para mediar en el conflicto que había enfrentado a dos de sus hijos: Juan e Isabel Díez de Aux, a raíz de una de las condiciones establecidas en unos capítulos matrimoniales firmados en 1479. Mosén Juan de Coloma, señor de la baronía de Alfajarín, reclamaba a su cuñado mosén Juan Díez de Aux, señor de Alfocea, 22.500 sueldos jaqueses que aún no había recibido del total de 30.000 sueldos que Juan Díez se había comprometido a entregar a su hermana, Isabel Díez de Aux, en ayuda de su matrimonio con Coloma. Los árbitros y la árbitra condenaban a Juan Díez a pagar la cantidad que debía. En un lugar sensiblemente más bajo de la escala social también se resolvían los problemas mediante la fórmula del arbitraje. Así, en 1479, Violante Manent, viuda del ciudadano de Zaragoza don Juan Soriano, fue elegida árbitra para resolver las cuestiones que oponían al dorador Juan de Casanueva y a su cuñada, la doncella Juana de Villacampa. Juan de Casanueva había estado casado con Ana de Villacampa, que había fallecido dejando testamento en el que establecía un legado de 1.000 sueldos jaqueses para su hermana, “los quales el dito su marido no fuese tenido dar aquellos fins pasados dos anyos, et seyendo la dita Johana en matrimonyo collocada”. De las dos condiciones establecidas, el plazo temporal ya había cumplido, y Juana solicitaba a su cuñado que le diera la dote, pues contemplaba la posibilidad de casarse. Doña Violante supo acercar las posturas de las partes dando la razón a Juana, pero sentenciando que Casanueva no debía entregarle el dinero hasta que no hubiesen transcurrido veinte meses y medio desde la firma del matrimonio. En Épila, en abril de 1497, doña Catalina de Urrea y de Híjar, viuda de don Lope Jiménez de Urrea, condesa de Aranda, era requerida por su propio hijo, don Miguel 184 GARCIA HERRERO, 2005: 380.
87 Jiménez de Urrea y por los familiares del difunto Antón de las Cellas, para mediar en las diferencias que tenían entre ellos por causa de la herencia del fallecido. Otra árbitra, que ya hemos mencionado anteriormente, fue Violante Martínez de Marcilla, quien, junto al jurista Pedro Marcilla, medió entre las disputas de su propio marido, Pedro Navarro, y su cuñada Isabel Navarro con su esposo Juan de la Mata, por la herencia del padre de Pedro e Isabel. La sentencia arbitral fue muy minuciosa. En 1490, los árbitros arbitradores y amigables componedores Juan Crespo y Pedro Velart, canónigos de Santa María la Mayor de Zaragoza, y doña Beatriz Díez, alias Castellón, mujer del jurista zaragozano Luis de Castellón, obligaban y mandaban que su sentencia arbitral fuese ordenada según consejo de letrados para seguridad de los litigantes, a saber: doña Dianira de Luna y Lanuza, señora de la baronía de Illueca, y los moros del lugar de Brea. La última árbitra de la que nos habla García Herrero es Angelina de Luna, quien, junto con Pedro de Luna, buscó la solución más idónea y justa posible para acercar las posturas y los intereses políticos y económicos que enfrentaban a dos bandos en 1482. El abad de Montearagón, don Blasco de Rebolledo, y el señor de la villa de Pina y de los lugares de Alcubierre y de Monegrillo, don Blasco de Alagón, habían protagonizado un episodio de la guerra feudal que asolaba el Reino a finales de la Edad Media. Los árbitros pedían el cese de las hostilidades declarando la paz final por ciento un años y sometiendo a la salvaguarda de esa paz a ambos señores y a sus respectivos partidarios. En la sentencia, los árbitros se asignaron por su trabajo unos pares de guantes y fijaron la cantidad que se debía abonar al notario y a los dos abogados que se habían encargado de ordenar su sentencia. La mayoría de estos casos nos permiten afirmar que las árbitras arbitradoras y amigables componedoras fueron mujeres con autoridad, que gozaron de crédito por ellas mismas e informadas, por lo que eran mujeres de confianza y a las que se consultaba porque su buen criterio y su calidad de pensamiento constituían un punto de referencia. Este reconocimiento social ya lo hemos visto en el caso de las tasadoras de Huesca, que fueron mujeres cuya reputación les sirvió para ganarse la confianza de los vecinos de la ciudad, quienes las eligieron como árbitras para resolver sus conflictos 185 . 185 PÉREZ GALÁN, 2012 (en prensa).
88 6. AL FIN Y AL CABO ES UN TRABAJO: LAS PROSTITUTAS. 6.1 La prostitución oficial y la clandestina. La práctica de la prostitución necesitaba una cierta densidad demográfica, por lo que se puede decir que formaba parte de la cultura urbana, aunque también existió en el mundo rural. Aquí se daba una prostitución más o menos organizada en torno a hostales o tabernas cercanas a los núcleos más poblados, así como una prostitución relacionada con los caminos de peregrinaje o con las rutas de viajeros, sobre todo en las épocas de grandes ferias 186 . Era tal su importancia que las monarquías y concejos municipales pretendieron controlarla, a través de la implantación de burdeles públicos, siendo el burdel de Valencia el primero, concedido a la ciudad por el rey Jaime II de Aragón a principios del siglo XIV, mientras que en el reino de Castilla, los primeros burdeles de los que se tienen noticias datan del último tercio del siglo XV, por lo que se establecieron bajo el reinado de los Reyes Católicos 187 . La institucionalización de la prostitución por parte de las autoridades públicas supuso la aparición de la llamada prostitución clandestina o ilegal. 6.1.1 La prostitución oficial. La prostitución oficial era aquella que estaba controlada por las autoridades o concejos municipales y que estaba permitida por la monarquía. El motivo principal que argumentaban los municipios para la implantación de burdeles era su preocupación de que la inmoralidad atentase contra las buenas costumbres de los ciudadanos. De esta manera, con este control se pretendía proteger a las doncellas honradas y a las mujeres casadas de la mala influencia de rufianes y alcahuetas. Pero, en realidad, parece ser que el verdadero motivo era que los burdeles reportaban grandes beneficios al erario público. Por lo tanto, al ser este el verdadero motivo del establecimiento de mancebías públicas, es comprensible el afán por prohibir la prostitución fuera de estos lugares, ya que la prostitución clandestina repercutía negativamente en los beneficios 188 . La institucionalización de la prostitución se llevó a cabo, como se ha señalado, a través del establecimiento de burdeles públicos, construidos con dinero público y arrendados a una abadesa o a hostaleros, ambos encargados de reclutar a las prostitutas 189 Pero quienes 186 RANGEL LÓPEZ, XXXII, (Murcia, 2008): 120. 187 LACARRA, 1990: 24. 188 Ídem.: 24-27. 189 ROSSIAUD, 1986: 12.
95 En Ciutat (Palma de Mallorca) la creación del burdel público se produjo en la etapa de reorganización social de finales del siglo XV, con el afianzamiento que supuso el reinado de Fernando II, después de los desastres de la guerra civil acaecida entre 1462 y 1472. Sin embargo, en 1414 ya podemos apreciar el antecedente claro a los Capítulos de 1479; el honorable mossén Pelay Unis, gobernador, autorizó la publicación de las ordenanzas por parte de los jurados sobre el gobierno de la ciudad y del burdel. Las ordenanzas determinaron que toda prostituta debía replegarse en el plazo de un mes dentro del burdel, que desde ese momento pertenecía a la autoridad real. Parece ser que esta política de concentración no se consiguió fácilmente, y la orden se repitió en 1420 y 1430, cuando el gobernador Juan Aymerich dio un plazo dos días para que las prostitutas, amigos y alcahuetes se incorporasen al lugar señalado. Asimismo, se establecieron diversos castigos a quienes incumpliesen la orden 212 . Les Ordinacions per la Instauració Custodia i Conservació del bordell de 1479 trataban sobre la ubicación física del burdel, su funcionamiento interno y la legislación sobre las prostitutas y sobre los hostaleros. El nuevo burdel se ubicó en el mismo lugar que el anterior, que había sido destruido tras la guerra civil de 1462-1472. En cuanto a su funcionamiento interno, los propietarios particulares de las casas, los hostaleros, escogerían a los oficiales que debían encargarse de diversos trabajos dentro del burdel, como cerrar las puertas y notificar las infracciones a los jurados. El burdel real debía ofrecer una serie de condiciones que hiciesen más “agradable” la estancia de las prostitutas, por lo que los hostaleros fueron los encargados de su mantenimiento. A diferencia que en otros lugares, parece ser que en Mallorca no hubo ninguna figura femenina regentando el burdel 213 . En conclusión, es difícil encontrar información sobre la vida cotidiana en el burdel en la documentación bajomedieval. Se puede decir que en la Corona de Aragón los burdeles estaban gestionados por los hostaleros y hostaleras, quienes estaban obligados a velar por el mantenimiento de los edificios que formaban parte del burdel. Asimismo, también debían cuidar la seguridad y el orden, tanto de sus prostitutas como de los clientes. Estos gerentes obtuvieron muchos beneficios económicos con el burdel porque, además de servir comida y bebida a la clientela, recibían de parte de las prostitutas un pago por el alquiler de las habitaciones, si bien es cierto que ellos se encargaban de reportarles indumentaria, alimentación y protección. En cuanto al 212 PUIG VALLS y TUSET ZAMORA, 1986: 278-279. 213 Ídem.: 279-280.
96 espacio físico en el que se encontraban los burdeles municipales de la Corona de Aragón, parece claro que todos ellos se encontraban extramuros, para alejar el desorden y la inmoralidad de las calles del centro. 6.2.2 Posibles vías de acceso a la prostitución y origen geográfico de las prostitutas. En la documentación bajomedieval es difícil encontrar datos sobre las vías de acceso a la prostitución, pero se pueden deducir a través del conocimiento de la sociedad medieval. En su mayor parte las prostitutas eran de origen humilde o procedían de un mundo marginal, por lo que comerciar con su cuerpo era el único modo de subsistir. En una situación límite podían encontrarse las jóvenes que habían perdido el padre o el marido, sus mayores protectores. Muchas de las prostitutas se iniciaban en esta actividad inmediatamente después de haber huido de sus amos o maridos por los malos tratos que recibían. Todas estas mujeres escaparon para poner fin a los abusos a los que eran sometidas porque creyeron que así encontrarían mayor libertad. Sin embargo, muchas de ellas fueron dominadas y maltratadas por los rufianes o por los hostaleros que se lucraban de su actividad 214 . Asimismo, solían ser muchachas de pueblos que llegaron a la ciudad en busca de trabajo y que a raíz de algún hecho escabroso (violaciones) acabaron en la prostitución. Por lo tanto, se puede deducir que la vida de las mozas del burdel no resultaba fácil, ya que aparecen en los documentos notariales pidiendo préstamos, muchas veces a sus propios hostaleros, o involucradas en asuntos turbios de los bajos fondos urbanos 215 . Además, las pragmáticas disponían que se castigase con azotes a los padres que donasen, vendiesen o librasen a sus hijas, a uno o varios hombres, con el fin de fornicar; o a los casados que consintieran que sus mujeres fueran adúlteras 216 . En cuanto a la salida de las mujeres de la prostitución se puede decir que las posibilidades de reintegrarse en la sociedad eran muy escasas. Sin embargo, la miseria espiritual de estas mujeres provocaba la compasión de las gentes de la ciudad. De esta forma, la aplicación de los principios de la caridad cristiana dio lugar a la creación de algunas instituciones dirigidas por los munícipes con el objetivo de apartar a las mujeres públicas del pecado. Con esta finalidad se creó en 1345 la Casa de las Arrepentidas de 214 RANGEL LÓPEZ, XXXII, (Murcia, 2008): 121-122. 215 GARCÍA HERRERO, 12, (1989): 310-314. 216 GRAULLERA SANZ, 1, (1990): 208.
97 Valencia, por iniciativa de doña Soriana, una monja franciscana. La primera condición necesaria para ingresar voluntariamente en esta institución era el arrepentimiento. Las prostitutas que se refugiaban aquí debían comprometerse a permanecer en completa reclusión durante un año; transcurrido este período obtenían el permiso para salir. La integración social de las mujeres públicas se completaba si llegaban al matrimonio. Para ello, los gastos de la dote corrían a cargo del Consell, con la condición de que la unión fuera legalmente formalizada y no volvieran a ejercer su antigua profesión 217 . Por lo tanto, se puede concluir que la carrera de prostituta era corta, porque en la juventud y en la belleza radicaba la mayor parte del atractivo de estas mujeres para conseguir clientes 218 . Las hembras públicas legales, las que trabajaban en las habitaciones del burdel de la ciudad, eran en su mayoría extranjeras, mientras que entre las mujeres secretas abundaban las de la ciudad y el Reino. En el caso de Zaragoza, García Herrero afirma que dentro del negocio legal, la mayoría de las rameras eran de procedencia navarra, valenciana y castellana 219 . En el caso del burdel de Valencia, la mitad de las prostitutas que trabajaban en él procedían de la Corona de Castilla, mientras que había muy pocas procedentes de los otros territorios de la Corona de Aragón. Esto se debía a que las muchachas podían ser conocidas en la ciudad, por lo que se avergonzaban de su oficio. De esta manera, es lógico pensar que las prostitutas con un origen geográfico cercano a la ciudad de Valencia practicaron la prostitución clandestina 220 . 6.3 La vestimenta de las prostitutas según las ordenanzas municipales. A pesar de que la sociedad aceptó la institucionalización de la prostitución en la Baja Edad Media, moralmente era considerado un oficio deshonesto, necesario para evitar males mayores, pero pecaminoso. Por ello, las autoridades municipales trataron de marginar a las prostitutas mediante la promulgación de estatutos y ordenanzas en las que se las obligaba a vestir de forma diferente a las mujeres honestas. De esta forma podían ser reconocidas a primera vista sin perjudicar a las muchachas inocentes y buenas 221 . 217 PERIS, 1, (1990): 196-198. 218 RANGEL LÓPEZ, XXXII, (Murcia, 2008): 129. 219 GARCÍA HERRERO, 12, (1989): 310. 220 PERIS, 1, (1990): 191. 221 GARCÍA HERRERO, 12, (1989): 307.
98 En el imaginario medieval, tanto las prostitutas como las doncellas aparecían normalmente luciendo largas melenas. Pero esto no creaba confusión porque las jóvenes honestas llevaban sus cabellos peinados con cuidado (anudados, trenzados), mientras que las hembras públicas abusaban de sus propias cabelleras, que exhibían sueltas y desordenadas. Por este motivo, las ordenanzas municipales se centraron en la indumentaria, más que en el peinado. Dichas ordenanzas se reiteraron en las ciudades medievales europeas: Florencia, Siena, Leipzig, Berna, Viena, Augsburgo, París, Londres, Zaragoza, Sevilla, Valencia, entre otras. En el decreto florentino de 1388 se pedía que las prostitutas llevasen una campana «para que el símbolo de su vergüenza les entre por uno y otro oído» 222 . La misión de diversificar a las mujeres por sus atuendos no fue nada fácil. Estas medidas que suponían la pérdida de ropa resultaban muy duras, porque la indumentaria era un bien muy apreciado y escaso. En el caso de las prostitutas del burdel los vestidos y accesorios eran su único patrimonio, a lo que hay que sumar su papel como herramientas del oficio. Las mujeres públicas debían mostrarse apetecibles y hermosas, pero dentro de un orden, ya que no convenía a la sociedad que las mujeres pobres viesen pasar por su lado a meretrices engalanadas, adornadas con lujos, porque podía ocasionar la caída de estas pobres en el oficio 223 . En Zaragoza, a finales del siglo XIV y en el siglo XV, las autoridades municipales intentaron que las mujeres que cohabitaban con hombres sin mediar legítimo vínculo matrimonial fueran distinguidas de las casadas por su atuendo. Pero estas mancebas no tenían la misma categoría que las hembras públicas porque ellas estaban emparejadas con un solo hombre, normalmente soltero. De esta manera, en un pregón de 1431 se ordenaba a estas “otras mulleres” que vistieran como las prostitutas: «Item, han statuido e ordenado que las otras mulleres, que no son putas publicas ni se dan publicament por dineros, mas son concubinas o amigadas de qualesquiere personas, de qualquier stado, ley o condición sian, anden e vayan e sian doquier que vayan fuera de casa desabrigadas e sin abrigadura. E en la iglesia, ni en algunos otros lugares, no se puedan asentar ni star collocadas entre las buenas» 224 . En este pregón se clasificaba a las mujeres en tres bloques: las mujeres buenas, las prostitutas y las “otras mulleres” (mancebas). Los pregones que hacen referencia a la 222 Citado verbátim en GARCÍA HERRERO, 2005: 328. 223 Ídem.: 327-331. 224 Fragmento publicado en GARCÍA HERRERO, 12, (1989): 305. AMZ, Cridas de 1432. fol. 9r.- 9v.
99 vestimenta de las mujeres se reiteraron a lo largo del siglo XV, lo que nos indica que no se cumplían las ordenanzas. El 5 de marzo de 1440 se promulgó un estatuto hecho por los jurados, capítulo y consejo de la ciudad de Zaragoza en el que prohibían a todas las mujeres, honestas y malas, andar por las calles de la ciudad con papaffigos que les cubrían la cara. De esta forma, no ocultaban su identidad y podían ser reconocidas de un simple vistazo. Sólo el Jueves y el Viernes Santo se podía utilizar estas prendas. El castigo que se impuso fue la una multa de veinte sueldos, y en caso de que no se pudiera pagar, cinco días en la cárcel 225 . En enero de 1478, las autoridades zaragozanas ordenaron que las mujeres decentes evitasen la deshonestidad en sus vestimentas con el fin de que no fuesen confundidas con las prostitutas: «[…]que muller alguna de la dita ciudat o habitant en aquella de qualquiere stado o condición sea, no sea osada de levar siquiere traer, almadraquetes, coxinetes, maranetes, siquiere cercillos vultarment dichos, en la gonelas o faldillas que levaran encima o debaxo de aquellas […] no sea osada de levar, siquiere traer manto, ropa o gonela de diversos colores o bipartidos, meytadadas, ni de diversidat de panyos […] Item, porque es cosa condecent que las personas desonestas sean conocidas por el habito desonesto e inpertinent […] que las mulleres publicas del bordel sean tenidas de levar las vestiduras siquiere sean ropas, gonelas o faldillas de dos colores o con maranetes, siquiere cerçillos» 226 . Por lo tanto, se puede decir que las prostitutas podían llevar prendas de dos colores porque de esta manera eran fácilmente identificables. En la ciudad de Daroca también había un burdel. Las autoridades municipales de la ciudad mostraron una gran preocupación por identificar a las prostitutas mediante su indumentaria. De esta forma, el 17 de abril de 1407 el concejo de Daroca ordenó un estatuto regulando la vestimenta de las mujeres deshonestas. Aquí se denuncia el empeño de las prostitutas en vestirse igual que las mujeres buenas, en un intento de equipararse a ellas. Asimismo, se denuncia el peligro que suponía para las mujeres honestas ver cómo las prostitutas llevaban ropas lujosas, porque la envidia de dicha riqueza podía ocasionar la caída en la prostitución de las mujeres buenas. Para evitar este mal mayor, el concejo de Daroca estableció cómo debían vestir las prostitutas: 225 Documento publicado en FALCÓN PÉREZ, 1978: 277. AMZ, Actos Comunes de 1440, fol. 42v. 226 Documento publicado en GARCÍA HERRERO, 1990, vol. II: 250-251. AMZ, Cridas de 1478, fol. 6v.-8v.
100 «[…]non cubra velos, tocas de oro ni tocas vistadas, e vaya con socaxos blancos e lieve los vestidos planos sines de freses, cintas, canyones e sines de otro guarniment alguno, et lieve los vestidos redondos et non con toda, et lieve la capa o abrigadura en la cabeça» 227 . También en la ciudad de Valencia se marcó corporal y visualmente a las prostitutas. Los prohombres implantaron una estética de la mala mujer, en busca de diferenciarlas del resto. El Consejo valenciano, el 12 de marzo de 1383, estableció que: «… alguna hembra pecadora pública no goce en presumir andar por la Ciudad, abrigada con manto, mantilla o algún otro abrigo, sino solamente con una toalla a manera de abrigo, ni tampoco goce o presumesca andar por la Ciudad sin dicha toalla. Así mismo, que ninguna hembra goce o presumesca vestir o portar alguna vestidura orlada, armiño con perlas, ni seda» 228 . En caso de incumplimiento, estas mujeres eran penalizadas con una multa de sesenta sueldos, y en el caso de que no pudiesen pagar, debían estar en prisión hasta que pagasen. Algunos signos y formas de ocupar la vestimenta variaron de ciudad en ciudad. En Sevilla, contrario al caso de Valencia, a las hembras mundanales se les prohibía salir de los locales de venta de cereales (alhóndigas) sin tapar sus cabezas con una mantilla, y al mismo tiempo a las mujeres honradas se les impedía utilizar dicha indumentaria. Vetar la suntuosidad es también una medida encaminada a que las mujeres decentes no envidiasen la suerte de quienes comerciaban con su cuerpo. Como ya se ha comentado anteriormente, en marzo de 1440, la autoridad privó a todas las mujeres, buenas y malas, del uso de papaffigos de lino que cubrieran sus caras y de mantos que tapasen sus rostros. Las prostitutas estaban obligadas a salir descubiertas a la calle 229 . A modo de conclusión, se puede decir que las autoridades municipales de la mayoría de las ciudades peninsulares ordenaron a las trabajadoras del burdel ir destapadas, es decir, sin mantos ni mantones ni cualquier ropa de abrigo, para diferenciarlas de las mujeres honestas. Asimismo, dichas ordenanzas eran incumplidas, como lo demuestra la reiteración de las órdenes con el paso de los años. 227 Documento publicado en RODRIGO ESTEVAN, 1999: 650. AMD, Libro de Estatutos, 21v- 22r. 228 FIGUEROA TORO, Extra 2, 2, (2010): 154. 229 Ídem.: 154-155.
101 7. CONCLUSIONES FINALES. La elaboración del presente proyecto Fin de Máster de carácter bibliográfico me ha sugerido muchas conclusiones interesantes que voy a esbozar siguiendo el orden de los capítulos. En el segundo capítulo dedicado a la formación de las mujeres hemos visto que en la Edad Media la educación ofrecida a las niñas era diferente a la de los niños, porque se consideraba que el destino de ambos, o su papel en la vida, era distinto. Por lo tanto, podemos decir que las niñas recibían una educación práctica orientada hacia el matrimonio, se las preparaba para que fueran buenas esposas. Asimismo, es obvio que hubo diferencias en la educación de las mujeres según su condición social, ya que el papel para el que habían nacido era distinto. En la Edad Media hubo moralistas que se preocuparon por la educación que debían recibir todas las mujeres. En la Corona de Aragón fueron muy aclamados los tratados de Francesc Eiximenis, Bernat Metge y don Álvaro de Luna. En todos ellos se concedía especial importancia a la educación moral y religiosa de las mujeres, y establecieron una lista de cualidades que debía tener una mujer para ser perfecta, a saber: pureza, castidad, humildad, sabiduría, capacidad mediadora y caridad. Asimismo, se recomendaba el aprendizaje de labores domésticas de todo tipo con el objetivo de evitar la ociosidad entre las mujeres. Sin embargo, no debemos olvidar que durante la Edad Media se produjo un intenso debate sobre la intelectualidad de las mujeres, por lo que hubo numerosos tratadistas que defendieron a la mujer letrada, ya que así estaba capacitada para asesorar a su marido, ayudarle en sus negocios y educar mejor a sus hijos e hijas; mientras hubo moralistas contrarios a que la mujer aprendiera letras. Probablemente podemos afirmar que todas aquellas mujeres que tuvieron la oportunidad de acceder a la cultura escrita la aprovecharon. Un ejemplo de ello es la tertulia literario-poética de la dama Isabel Suaris, o la maestra particular de niñas Estefania Carròs. Por lo tanto, podemos afirmar que la educación de las niñas estuvo a cargo de sus respectivas madres y que el hogar fue el lugar principal donde adquirieron los diversos conocimientos, transmitidos de generación en generación, y que solían ser labores domésticas y costumbres y creencias. Sin embargo, no debemos olvidar que también existieron otras formas de acceso a la educación: la casa de los amos o las escuelas. Aunque tenemos pocos datos que prueben la existencia de escuelas para niñas,
102 conocemos un caso particular, el de la “Casa de la Crianza” de Palma de Mallorca, fundada por Elisabet Cifre. Esto nos hace pensar que quizás existieron escuelas para niñas en otras ciudades de la Corona de Aragón, pero no lo podemos demostrar hasta que no se encuentre documentación al respecto. Además, debemos considerar el aprendizaje de un oficio como un aspecto de la educación, y aquí también se aprecian grandes diferencias entre niños y niñas. En los numerosos contratos de aprendizaje conservados, la mayoría de las veces hacen referencia a varones, a los que se les enseña un oficio y letras. Mientras tanto, en el caso de los contratos de servicio de las niñas, no se especifica en ningún momento la enseñanza de las letras, salvo en contadas ocasiones. Por lo tanto, debemos suponer que las mujeres aprendieron los diversos oficios dentro del taller familiar, es decir, tuvieron como maestros a sus padres, hermanos y, en muchas ocasiones, a sus maridos. En el caso de las mercaderas es posible que aprendieran a leer y, con menor frecuencia, a escribir dentro de su familia, sobre todo si se trataba de mujeres pertenecientes a la burguesía, mientras que el resto de conocimientos más específicos sobre el arte de la mercadería lo debieron aprender de sus maridos. Por último, hemos querido culminar este capítulo con la gran figura de sor Isabel de Villena, cuya buena y sabia administración del convento de la Trinidad de Valencia y su labor escrituraria le hicieron ganarse la confianza de los ciudadanos, convirtiéndola en el oráculo de la ciudad de Valencia. De esta forma, queda demostrado que la sociedad medieval no entendía de diferencias de género, las gentes simplemente sabían reconocer la labor de todas las personas, ya fuesen hombres o mujeres. El tercer capítulo trataba sobre el trabajo femenino en el mundo agrario, donde las mujeres tuvieron una participación activa muy importante, independientemente del estamento social al que perteneciesen. De este modo, hemos constatado la función de las mujeres en la gestión y administración de las grandes propiedades rurales. Debemos decir que los tres casos estudiados en este trabajo responden a un mismo perfil: se trataba de mujeres viudas de la aristocracia que se hicieron cargo de la economía familiar tras la desaparición de su marido. Asimismo, en dos casos (doña Violante de Torrellas y doña María de Funes) hemos podido ver cómo estas viudas sufrieron la violencia de sus parientes políticos, quienes hicieron todo lo posible por conseguir que renunciasen al derecho de viudedad, para así quedarse con todos sus bienes. Aunque en el este capítulo nos hemos centrado en tres mujeres, es conveniente aclarar que hubo muchas más, todas ellas capacitadas y educadas para llevar a cabo una gestión del
103 patrimonio inteligente, aunque no debemos olvidar que también debieron existir mujeres que no supieron llevar a cabo esta tarea o que fracasaron en el intento. De esta forma, Carme Batlle documentó a las mujeres de la familia Grony de Barcelona, y María del Carmen García Herrero también nos habla de doña Brianda de Luna. Podemos llegar a la conclusión de que todas estas mujeres se preocuparon por defender sus derechos; y de sus libros de contabilidad se deducen un abanico de actividades que hacían de los hogares de su tiempo espacios casi autosuficientes, como la organización de la cocina o el hilado para fabricar sus propias prendas de vestir. En cuanto al trabajo de las mujeres en las diversas actividades agropecuarias podemos concluir que éste fue muy importante para la economía familiar porque aportaba variadas materias primas que se destinaron al autoconsumo o, en el mejor de los casos, a su comercialización. De esta forma apreciamos que las mujeres compaginaron las actividades del campo con los cuidados del hogar y de los hijos e hijas, colaborando en todo momento con los hombres. Las fuentes escritas no nos relatan estos acontecimientos debido a su obviedad, por lo que debemos recurrir a otro tipo de fuentes, principalmente las iconográficas, para poder realizar una visión de la vida cotidiana de estos hombres y mujeres. De esta manera, podemos conseguir elaborar un estudio interdisciplinar que aporte nuevas ideas y realidades sobre la cotidianeidad en la Baja Edad Media. Por lo tanto, podemos afirmar que las mujeres bajomedievales trabajaron en casi todos los campos y sectores con el objetivo de garantizar un futuro bueno a su familia, en una época donde las crisis de todo tipo (políticas, económicas, religiosas y sociales) estaban a la orden del día. El capítulo cuarto trataba sobre el trabajo femenino no agrario, y en él hemos podido constatar una multitud de oficios que fueron realizados por las mujeres bajomedievales. Como hemos visto, en el mundo artesanal la mano de obra femenina fue numerosa en los diversos sectores. De este modo, en el sector alimentario el trabajo mejor documentado es el de las panaderas, en todos sus ámbitos, ya fuesen fabricando el pan, vendiéndolo o ambas cosas a la vez. Al tratarse de un alimento básico en la dieta de toda la población, independientemente de su condición social, los panaderos y las panaderas estuvieron sometidos a un control exhaustivo por parte de las autoridades competentes, llegando a ser indispensable el hecho de poseer una licencia que avalase la panificación. Asimismo, podemos afirmar que las mujeres participaron en todos los pasos del proceso de panificación, siendo abundantes las referencias documentales sobre las amasaderas, las cerneras o las empanaderas.
104 Dentro del sector textil es bien conocido que todas las mujeres de cualquier estatus social sabían hilar y coser, porque era uno de los saberes que se transmitían de generación en generación, muy recomendado por los tratadistas de la época. Una de las fuentes que resultan fundamentales a la hora de estudiar los oficios relacionados con la industria textil son los contratos de aprendizajes, en los que las niñas aprendían el oficio de costurera en casa de una maestra a cambio de ayudarla en las labores del hogar y, por supuesto, del taller. A pesar del trabajo constante de las mujeres en este sector, su presencia en los estatutos de las corporaciones de oficios fue prácticamente nula, exceptuando las de los tejedores de algodón y de lino, la de coraleros y la de merceros. Asimismo, tras echar un vistazo a los estatutos de muchos de las cofradías barcelonesas medievales podemos deducir que la mujer jamás ocupó ningún cargo en las mismas y que, salvo alguna excepción, no llegaba a la maestría, pues normalmente no tenía acceso a los exámenes y a veces le estaba vedado ejercer la profesión. En definitiva, en los momentos de expansión económica se admite mejor la presencia femenina y la mujer puede alcanzar cotas más altas de profesionalización, mientras que en los momentos de crisis debió pasar a un plano muy secundario. Por último, debemos afirmar que existió una profesión, no constituida en oficio, que fue únicamente femenina: las costureras. Hemos podido comprobar que las mujeres realizaron diversos trabajos en el sector de la construcción, desde el acarreo de materiales hasta el suministro de los mismos a los maestros de obras. Estas mujeres percibieron el mismo salario que los mozos, a excepción de la amasadora, cuya soldada era mayor debido a que su trabajo requería de una cierta especialización. Para documentar a las mujeres constructoras resultan fundamentales los libros de cuentas de los merinos y los libros de fábrica, pues en ellos se registran numerosas actividades detalladas. En cuanto a la presencia de las mujeres en el sector artístico es un tema que se está construyendo actualmente para todas las épocas de la Historia. Los estudios dedicados a este menester están demostrando la existencia de mujeres artistas, que hasta ahora no habían sido documentadas o, incluso, no habían sido “visibilizadas”. El ejemplo que hemos analizado en este proyecto, el de la pintora Violant de Algaraví, nos pone sobre la pista de que hubo mujeres dedicadas al arte de una forma profesional, es decir, que recibieron dinero por su trabajo. Por fortuna, los avances historiográficos en
111 deducir que solían ser jóvenes procedentes del mundo rural que llegaban a las ciudades a buscar trabajo y, al no conocer a nadie, caían en los brazos de los rufianes y los alcahuetes. Asimismo, las mujeres que habían sido violadas solían acabar en esta profesión porque les era muy difícil encontrar marido al haber perdido su honra. En cuanto a la salida del oficio y su reinserción en la sociedad, la documentación nos habla de los amancebamientos, que eran la unión de dos solteros que vivían juntos en pareja, pero sin ser matrimonio. Muchas veces, estos amancebamientos permitían a las prostitutas salir del burdel y, con el tiempo, podían encontrar un marido. Respecto al origen geográfico de las mujeres públicas se puede concluir que las trabajadoras del burdel solían ser de procedencia extranjera. Al no ser de la ciudad, no eran conocidas y no se avergonzaban de su oficio. Por el contrario, es lógico pensar que las prostitutas clandestinas sí que serían de la propia ciudad, o de lugares cercanos a la misma, y por eso intentaba esconder su oficio. Aunque la sociedad aceptó el establecimiento de burdeles públicos, la prostitución se seguía viendo como un oficio inmoral. Por este motivo, las autoridades municipales trataron de proteger a las mujeres honestas de que fueran confundidas con las prostitutas. Para ello, a lo largo de los siglos XIV y XV se multiplicaron las ordenanzas y estatutos que obligaban a las prostitutas a llevar una vestimenta diferente a la de las mujeres honestas. Sin embargo, la reiteración de dichas ordenanzas hace pensar que no se cumplieron. En la mayoría de las ciudades peninsulares se llevó a cabo el intento de que las prostitutas no llevaran trajes de abrigo, para diferenciarlas de las mujeres buenas. Asimismo, se puso mucho interés en la austeridad de los trajes de las rameras para evitar que las jóvenes honestas envidiaran esos lujos y cayesen en el mundo marginal de la prostitución.
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