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Abstract
El presente trabajo analiza la gran estatuaria en piedra del ámbito castreño, conocida tradicionalmente bajo la denominación genérica de “guerreiros”: la única manifestación escultórica en el ámbito indoeuropeo de este tipo en la Península Ibérica, junto a los verracos. Argota Recaj, María; Sopeña, Gabriel
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Trabajo Fin de Máster La gran estatuaria en piedra del ámbito castreño: los llamados “guerreiros” Autor/es María Argota Recaj Director/es Gabriel Sopeña Genzor Facultad de Filosofía y Letras Año 2012 0.
1 Resumen El presente trabajo analiza la gran estatuaria en piedra del ámbito castreño, conocida tradicionalmente baj o la denominación genérica de “guerreiros”: la única manifestación escultórica de este tipo en la Península Ibérica, junto a los verracos. La propuesta que se somete a examen constituye un intento de categorización y comprensión de esta faceta plástica del ámbito castreño del Noroeste peninsular, de relevantes connotaciones en términos de identidad y cultura para los pueblos indígenas que la acuñaron. A tal efecto, el objetivo del presente Trabajo de Fin de Máster consiste en el análisis catalográfico pormenorizado de cada una de las esculturas que conforman, actualmente, la gran estatuaria en piedra del citado territorio, aportando un estado de la cuestión acerca de su posible significación en el contexto sociocultural en que se desarrollaron. Con ello, en suma, se ha pretendido satisfacer el objetivo de realizar un análisis, lo más exhaustivo posible, de las piezas que forman la gran estatuaria en piedra del ámbito castreño -incluyendo dentro de este grupo las esculturas más orientales, es decir, las halladas en el actual territorio asturiano perteneciente a la antigua Gallaecia-, tarea que quedaba pendiente en la historia de las investigaciones; y dejar planteado un estado de la cuestión, con las vigentes propuestas y los problemas suscitados. Abstract This Master’s Thesis analyzes the stone statues of the ámbito castreño, which are generally known under the generic name guerreiros. Together with the verracos, they are the only examples of this type of sculptures to be found in the Iberian Peninsula. The research proposal examined here intends to organize and understand this plastic aspect of the ámbito castreño of the Northeast of the Iberian Peninsula, which has very relevant connotations in terms of the identity and culture of the indigenous peoples responsible for it. In order to achieve this goal, this Master’s Thesis develops a detailed catalographic analysis of each of the sculptures which are currently considered to be part of the set of stone statues of the aforementioned territory. Likewise, it includes an analysis of the current state of the research about their possible meanings within the sociocultural context in which they were sculpted. In short, it attempts to fulfill the goal of making an analysis, which is meant to be as comprehensive as possible, of all the aforementioned sculptures. These include the ones that were found in Astuarias, in the lands that used to be part of ancient territory of Gallaecia, an aspect which had not been considered in previous research on this topic. Finally, this thesis describes the new state of the academic research on this topic, including the current research proposals and the issues that were brought up in the course of this research. .
2 Índice Introducción ...................................................................................................................... 3 Estado de la cuestión .................................................................................................... 4 Metodología ................................................................................................................ 12 Elección del modelo de ficha ........................................................................... 13 Casco o tocado (campo número 6) .................................................................. 16 Vestido (túnica) o pertrecho (coraza) .............................................................. 17 Mapa ................................................................................................................ 18 Los términos “cultura castreña” y “guerreiro” ........................................................... 19 “Cultura castreña” ............................................................................................ 20 “Guerreiros” ..................................................................................................... 22 1. Descripción Formal de los Guerreiros .................................................................... 25 La decoración en los guerreros ........................................................................ 28 La epigrafía en los guerreros ........................................................................... 29 Guerrero de São Paio de Meixedo (Meixedo, Viana do Castelo) .................... 30 Guerrero de Santa Comba (Refojos de Basto, Cabeceiras de Basto) .............. 32 Guerrero de São Julião (Couiciero,Vila Verde) ............................................... 34 Guerrero de Santa Comba (Refojos de Basto, Cabeceiras de Basto) .............. 35 2. Interpretación y significado de los guerreros ......................................................... 36 3. Fichas Catalográficas .............................................................................................. 42 Catálogo de piezas .................................................................................................. 42 Piezas desaparecidas ............................................................................................... 58 Apéndice de Fichas Catalográficas: La escultura castreña en Asturias................ 103 Mapa .............................................................................................................. 107 4. Conclusiones .......................................................................................................... 108 5. Bibliografía ........................................................................................................... 111
3 1. INTRODUCCIÓN En diciembre de 2011, el profesor Gabriel Sopeña nos dio a conocer a un grupo de alumnos -en sus clases acerca de “Contacto cultural y transformación social en el Occidente mediterráneo”, asignatura del presente másterunas manifestaciones artísticas de raigambre céltica halladas en el territorio que los romanos denominaron Gallaecia, que el eminente historiador y epigrafista alemán Emil Hübner publicó para la ciencia en 1861 en su libro Statuen galläkischer Krieger in Portugal und Galicien. Aquel hecho marcó un antes y un después para quien redacta estas líneas: lo que en principio fue abordado como un tema para una presentación de fin de curso ha acabado convirtiéndose en un trabajo mayor sobre las piezas que se denominan, en términos comúnmente aceptados, “guerr eiros”. Iniciar un estudio sobre este tópico histórico y arqueológico no parecía una tarea fácil: suponía todo un reto intentar reflexionar, de modo solvente y original, sobre un tema por el que han transitado y transitan investigadores de gran talla, a los que se aludirá más adelante; pero además lo era porque únicamente han llegado hasta nuestros días poco más de una treintena de piezas para realizar una aproximación a la naturaleza de la cuestión que fundamenta el presente trabajo, lo que ha generado toda suerte de debates al respecto. En este sentido, la presente investigación constituye un intento de categorización y comprensión de esta faceta plástica del ámbito castreño del Noroeste peninsular, de relevantes connotaciones en términos de identidad y cultura para los pueblos indígenas que la acuñaron. A tal efecto, el objetivo del estudio consiste en el análisis catalográfico pormenorizado de cada una de las esculturas que conforman, actualmente, la gran estatuaria en piedra del citado territorio, aportando un estado de la cuestión acerca de su posible significación en el contexto sociocultural en que se desarrollaron.
4 Estado de la cuestión La gran estatuaria en piedra del Noroeste de la Península Ibérica se encuadra dentro del complejo sociocultural que, de manera didáctica en manuales y textos especializados por igual, ha dado en llamarse “ámbito castreño”, así designado por ser el castro la forma de hábitat más común del mismo. Antes de pasar a exponer algunas de las principales obras relacionadas concretamente con los “guerreiros”, estimo conveniente hacer un mínimo repaso de los trabajos recientes más importantes a nivel general, para contextualizar adecuadamente las piezas que forman parte de este grupo. Una publicación especialmente destacada en la historia de las investigaciones es la de Francisco Calo Lourido, A cultura castrexa (CALO LOURIDO, 1993), donde estudia -de forma brevelos hitos más significativos de una parte de esta área ámbito, concretamente, la correspondiente al sur de Galicia y norte de Portugal, zona en la que sitúa lo que denomina “Cultura Castrexa”. También es interesante consultar su artículo “El icono guerrero galaico en su entorno cultural” (IDEM, 2003), en el cual brinda su propuesta particular sobre la cronología de este ámbito e hipotetiza, en pocas líneas, cómo sería un castro en la época de esplendor del mismo. Una línea de pensamiento alternativa está representada por las figuras de Felipe Arias Vilas y Ángel Villa Valdés, autores del artículo “El poblamiento romano en el territorio de los galaicos lucenses” (ARIAS VILAS y VILLA VALDÉS, 2003), en donde insisten en la idea de una Gallaecia en la que coexistieron diversas formas de poblamiento en función del área geográfica; y ofrecen un panorama de la evolución del hábitat, desde la Edad del Hierro hasta la Antigüedad Tardía. Desde el punto de vista arqueológico, la visión aportada por Manuel Grande Rodríguez en su obra “Los castros de la Gallaecia interior: arqueología, poblamiento y sociedad” (GRANDE RODRÍGUEZ, 2008) analiza el medio físico en el cual se desarrolló esta forma de poblamiento en la parte oriental de lo que los romanos conocían como Gallaecia, para después compararlo con otras zonas del mismo territorio. Este investigador es coautor, junto a Montserrat Delgado Borrajo, del artículo “La Gallaecia antigua: diversidad, paisaje rural, estructura social y población” (DELGADO BORRAJO y GRANDE RODRÍGUEZ, 2009) en el que, sin abandonar la rigurosa perspectiva
5 arqueológica, definen las nuevas tendencias de la investigación, que apuntan hacia la diversidad del territorio, frente al modelo unitario, tanto antes como después de la llegada de Roma. Los distintos trabajos de Gerardo Pereira Menaut son esenciales para entender la estructura social de las gentes que vivían en el Noroeste peninsular. De ellos, aquí se han manejado fundamentalmente tres: “Los castella y las comunidades de Gallaecia” (PEREIRA MENAUT, 1983), “La formación histórica de los pueblos del Norte de Hispania: el caso de Gallaecia como paradigma” (IDEM, 1984) y “Aproximación crítica al estudio de etnogénesis: la experiencia de Callaecia” (IDEM, 1992). En todos los casos se atiende al fenómeno de los castella, una singular forma de indicación de la origo propia de las gentes del Noroeste que aparece en numerosas inscripciones. La misma cuestión fue tratada también por María Cruz González Rodríguez y Juan Santos Yanguas en dos monografías capitales: Las estructuras sociales indígenas del norte de la Península Ibérica (GONZÁLEZ RODRÍGUEZ y SANTOS YANGUAS, 1993) y “Las estructuras sociales indígenas entre los pueblos del Norte” (GONZÁLEZ RODRÍGUEZ 1998), donde tratan de definir, desde una perspectiva mixta –arqueológica, epigráfica y antropológicalas principales formas sociales presentes entre los habitantes del Noroeste peninsular. El mismo tema fue estudiado por Pedro López Barja en su artículo, “El censo provincial, los populi y los castella de Gallaecia” (LÓPEZ BARJA, 1999). El problema de la integración de Gallaecia en el mundo romano ha sido extensamente tratado y constituye, hoy en día, un vigente tema de discusión, por igual en artículos y libros que en actas de congresos. Importante en la renovación en la óptica de los estudios ha sido la obra de Antonio Rodríguez Colmenero, quien en “La integración de Gallaecia en los dominios romanos: fases de su conquista” (RODRÍGUEZ COLMENERO, 1996) explicaba cómo este territorio se fue incorporando paulatinamente al ámbito romano -desde la célebre expedición de Décimo Junio Bruto (en 137 a. C.), en la que atravesó el río Limia -descrita por Estrabón, III, 3, 1 y III, 3, 4; Apiano Sobre Iberia, 71-72; Tito Livio, períocas 55 y 56, Orosio Historias contra los paganos, V, 5, 12 8- hasta las guerras cántabras; y en “Integración administrativa del noroeste peninsular en las estructuras romanas” (IDEM, 1996), expuso pormenorizadamente cómo Roma articuló el nuevo territorio conquistado para incluirlo dentro de su órbita.
6 Algunas de las aportaciones más recientes sobre el ámbito castreño aparecen recogidas en el artículo de David González Álvarez, “De la cultura castreña al mosaico castreño: una aproximación en términos sociales a la variabilidad de las formas de poblamiento de las comunidades castreñas del noroeste peninsular y orla cantábrica” (GONZÁLEZ ÁLVAREZ, 2010), en el que verifica una razonada crítica al modelo tradicional monolítico propuesto para esta área y argumenta a favor de las perspectivas que apuntan hacia la diversidad. Para lo referente a las investigaciones sobre la zona asturiana –asunto del que habré de ocuparme con detalle en su apartado específico-, es de interesante consulta el artículo de Carmen Fernández Ochoa, “Los castros y el inicio de la romanización en Asturias. Historiografía y debate” (FERNÁNDEZ OCHOA, 2006), en el que hace un repaso a las investigaciones realizadas sobre los castros asturianos desde los años 80 hasta la actualidad y, además, trata el tema de la romanización en este territorio aportando al debate su propia opinión. Por su parte, Narciso Santos Yanguas ha desarrollado una amplia labor de investigación acerca de este territorio, desde diversas perspectivas, siendo sus trabajos más recientes –para el tenor que nos ocupa en este estudio de final de máster- Asturias, los astures y la cultura castreña (SANTOS YANGUAS, 2006), Ejército romano, administración y vida civil en territorio de los astures (IDEM, 2006), y Asturias, los astures y la administración romana durante el Alto Imperio (IDEM, 2009). Junto a los anteriormente citados, para obtener un conocimiento más completo sobre el “ámbito castreño” en general, es preciso contrastar otros trabajos, también recientes, que contribuyen a una visión más amplia y compensada. Entre ellos cabría destacar el de Armando Coelho Ferreira da Silva, “Los pueblos lusitano – galaicos” (COELHO FERREIRA DA SILVA, 2004), donde, de manera sucinta, repasa los rasgos más característicos de las gentes que habitaban el Noroeste peninsular. En la misma línea estarían las publicaciones fundamentales de Alfredo González Ruibal, Galaicos. Poder y comunidad en el Noroeste de la Península Ibérica (GONZÁLEZ RUIBAL, 2006-2007) y Los pueblos del noroeste (IDEM, 2008), en las que realiza un estudio sobre la evolución del “ámbito castreño” desde el Bronce Final hasta la llegada de Roma basado, principalmente, en los datos arqueológicos y ofreciendo una revisión profunda de los materiales arqueológicos, incluyendo las formas de vida, los motores impulsores del cambio social y aportando una enriquecedora discusión sobre los modelos teóricos que
7 permiten comprender estos procesos. Por su parte, Francisco Javier González García coordinó el volumen colectivo Los pueblos de la Galicia Céltica, de gran alcance conceptual, que incluye historiografía, arqueología, estructuras socio-políticas, religión y, finalmente, la herencia de este mundo en la vida social y simbólica actual (GONZÁLEZ GARCÍA, F.J., 2007). La lengua es un aspecto igualmente esencial, en especial, a la hora de interpretar determinados textos vinculados a la estatuaria. De manera general, resulta fundamental el trabajo de Blanca Prósper, Lenguas y religiones prerromanas del occidente de la Península Ibérica (PRÓSPER, 2002). El asunto, específicamente, fue tratado por Francisco Villar en “La lengua de los celtas y otros pueblos indoeuropeos de la Península Ibérica”, (VILLAR, 2004), artículo en el que, pese a tratar el tema de una forma general, hace una mención a las particularidades de este ámbito. En el áspecto epigráfico, resultan especialmente relevantes los trabajos de Pereira Menaut Corpus de Inscricións Romanas de Galicia (CIRG, 1991-1994) y Rosa Brañas Abad (BRAÑAS ABAD, 2004). En relación con ello, un último punto a destacar es el de la religión. En ocasiones, como se verá, a las piezas que forman parte de la gran estatuaria se les ha atribuido una función religiosa. Este rasgo ha sido tratado profusamente, pero merece la pena recordar el clásico estudio de José María Blázquez La religión celta en Hispania (BLÁZQUEZ, 2004, reed.), superado por los ensayos generales de Francisco Marco Simón (MARCO SIMÓN, 1993) y Juan Carlos Olivares Pedreño (OLIVARES PEDREÑO, 2002: especialmente pp. 157-160) y los específicos de Blanca García Fernández Albalat Guerra y religión en la Gallaecia y Lusitania antiguas (GARCÍA FERNÁNDEZ-ALBALAT, B., 1990), de Rosa Brañas, Deuses, heroes e lugares sagrados na cultura Castrexa (BRAÑAS ABAD, 2000) y de Marco V. García Quintela, Mitología y Mitos de la Hispania Prerromana III (GARCÍA QUINTELA, M.V., 1999) y de éste y Santos Estévez Santuarios de la Galicia Céltica (GARCÍA QUINTELA, M.V. y SANTOS ESTÉVEZ, M., 2007). Además de los estudios contemporáneos, no hay que dejar de lado las primeras investigaciones, realizadas en el siglo XIX, pues pueden ilustrar algunos detalles que hoy día son inaprehensibles, al haber desaparecido algunas piezas. En este grupo cabe destacar a tres importantes figuras de la arqueología: Hübner, Martins Sarmento y Leite de Vasconcellos.
8 Dentro de las primeras publicaciones, descolla la figura del eminente historiador Emil Hübner quien descubrió estas piezas para la arqueología en su “Statuen galläkischer Krieger in Portugal und Galicien” (HÜBNER, 1861: 185 – 195), donde dio a conocer seis esculturas 1 . Poco tiempo después, el autor germano recogió en el Corpus Inscriptionum Latinarum las inscripciones en lengua latina labradas en dos de las estatuas (1869) 2 . Fue especialmente el segundo trabajo el que dio inicio a un debate todavía no resuelto: la lectura e interpretación de los epígrafes. Continuando con el grupo de trabajos iniciales es importante el de Francisco Martins Sarmento, “A propósito das estátuas galaicas” (MARTINS SARMENTO, 1879), en el que circunscribió estas piezas a la época antigua, al compararlas con la descripción que Estrabón hace de los lusitanos en el libro III, 3, 6 de su Geografía, llegando a la conclusión de que los atributos que estas exhiben son muy similares a los detallados por el geógrafo. Varios trabajos pioneros de referencia fueron los realizados por José Leite de Vasconcellos. De ellos es obligado resaltar el tercer volumen de su obra Religiões da Lusitania (LEITE DE VASCONCELLOS, 1913), donde atribuyó a estas piezas una función sepulcral relacionada con las tumbas de los guerreros indígenas. Incluso fue más allá, pues ofreció un criterio de datación simple pero, después, tenido en cuenta por diversos autores: distinguió como anteriores a la época romana las estatuas sin inscripción y como, plenamente, romanas, las que portaban epígrafes. Así mismo, el erudito luso es autor de un amplio número de artículos referidos a este tema en la revista Ô Arqueólogo Português, en los cuales trató aspectos muy diversos, que iban desde el exhaustivo análisis de piezas concretas hasta temas más generales como la relación de las esculturas y el “ámbito castreño”, pasando por su funcionalidad. Desde un punto de vista orgánico, uno de los primeros estudios de alcance sobre este ámbito se lo debemos a Pedro Bosch – Gimpera que, en su libro Los celtas y la civilización céltica en la Península Ibérica (BOSCH – GIMPERA, 1921), definió este territorio al que, inicialmente, denominó “Cult ura de los castros portugueses”. Toda esta área se localizaba a lo largo de la fachada atlántica peninsular –en sentido amplio- y se 1 Se trata de las dos piezas procedentes de Outeiro de Lesanho, la de Saõ Paio de Meixeido y las dos, actualmente desaparecidas, de Rubiás y Vilar de Barrio. 2 CIL II 2462; CIL II 2519.
15 5. Lugar de conservación actual 6. Casco o tocado: véanse las observaciones anotadas más abajo. 7. Barba 8. Torques 9. Tipo de torques: define la tipología del campo anterior siempre que sea posible. 10. Brazaletes 11. Tipo de brazaletes: explicación del apartado anterior siempre que pueda identificarse. 12. Vestido (túnica) o pertrecho (coraza): véanse las observaciones anotadas más abajo. 13. Decoración: especifica el motivo decorativo del campo anterior. 14. Caetra: indica si la pieza porta escudo o no. 15. Decoración II: define el tipo decorativo del campo previo. 16. Cinturón 17. Decoración III: hace referencia al campo anterior. 18. Inscripción 19. Texto: recoge las diferentes lecturas de los epígrafes hechas desde el descubrimiento de la pieza hasta la actualidad. 20. Arma 21. Posición 22. Tipo: se trata de una descripción del arma que porta la pieza, siempre que esta ser pueda identificar. 23. Calzado 24. Breve descripción de la pieza: es una reseña en pocas líneas que recoge los datos más significativos de cada escultura. 25. Fotografía delantera 26. Fotografía trasera 27. Bibliografía: recoge las publicaciones consultadas para cada ficha.
16 Con este modelo, en suma, se ha pretendido satisfacer el objetivo de realizar un análisis catalográfico, lo más exhaustivo posible, de las piezas que forman la gran estatuaria en piedra del ámbito castreño -incluyendo dentro de este grupo las esculturas más orientales, es decir, las halladas en el actual territorio asturiano perteneciente a la antigua Gallaecia-, tarea que quedaba pendiente, como ya ha sido comentado, en la historia de las investigaciones. Cabe realizar, por último, algunas breves observaciones preliminares acerca de dos elementos iconográficos, especialmente controvertidos. Concretamente: Casco o tocado (campo número 6) Este apartado es uno de los más complejos incluidos en las fichas, y ello a causa de los debates que el tema ha suscitado desde el siglo XIX. El campo, en sí, hace referencia al cubrimiento que presentan las piezas de Capeludos, Ralle, Río, Sanfins, Santa Comba, Vilarelhos. Debe reiterarse que uno de los principales escollos que presenta el estudio de estas estatuas es su estado de conservación que, en ocasiones, hace imposible apreciar con claridad los atributos representados. Debido a este hecho, los muchos autores que han tratado el asunto, divergen a la hora de identificar si una determinada escultura pudo tener la cabeza cubierta y, en caso afirmativo, qué clase de objeto portaba. A este respecto, una de las propuestas sugiere que en seis de las piezas pueden intuirse restos de distintas partes de un casco. Quienes defienden esta tesis (ALMEIDA, 1980: 249; CALO LOURIDO, 2003: 8, 15, 16, 21, 24, 26; SCHATTNER, 2004: 30), consideran que en la parte trasera de algunas piezas puede verse claramente la protección del cuello, es decir, la cubrenuca, mientras que en los laterales se disponen las carrilleras 3 . Por otro lado, estos investigadores entienden que, en dos de esas seis piezas 4 , se conserva el casco prácticamente completo con la excepción del vértice. Frente a esta hipótesis, estudiosos como Quesada (2003: 98, 99) proponen que sólo en una de las esculturas –la de Sanfinses posible vislumbrar claramente un casco. En los demás casos, debido al pésimo estado de los documentos, lo consideran extremadamente dudoso y se inclinan a pensar que puede ser una representación de la 3 Ralle, Río, Vilarelhos. 4 Capeludos, Sanfins.
17 barba. La estatua en cuesti ón porta un casco del tipo “Buggenum”, evolución de época cesariana de un modelo céltico: el reproducido posee un reborde y unas carrilleras bien definidas y tuvo, además, un remate de botón hoy perdido. Siguiendo con esta cuestión, entienden que la otra pieza para la que propuso un casco –Capeludosllevaría más bien un tocado. Tal opinión se basa en el hecho de que no hay paralelos tipológicos similares si hablamos del primer caso, pero sí los hay si lo hacemos del segundo. Tocados cónicos o representaciones de estos no se han hallado en la Península Ibérica, pero sí en Centroeuropa: el llamado “P ríncipe de Hochdorf” -enterrado en el túmulo del mismo nombre (Baden – Würtemberg, Alemania)-, portaba en su cabeza una de estas piezas hecha en corteza de abedul; y, por otro lado, la estatua que corona la sepultura de Hirschlanden (Baden – Würtemberg, Alemania) está tocada con un sombrero de estas características. Teniendo en cuenta estos precedentes y su parecido con el que lleva la pieza, Fernando Quesada defiende esta propuesta frente a la anterior (2003: 98, 99). Dado que el debate sobre esta cuestión sigue perfectamente abierto, se ha decidido incluir ambas opciones en las fichas, abriendo así la posibilidad de que pueda tratarse de uno u otro caso. Vestido (túnica) o pertrecho (coraza) Este apartado es, al igual que el anterior, motivo de frecuentes controversias desde hace varias décadas. En las fichas, el campo en cuestión, hace referencia a la pieza, en ocasiones decorada, que cubre el torso y la parte alta de las piernas de buen número de las esculturas. En el caso previo, la conservación de las estatuas impide afirmar con rotundidad cuándo una pieza lleva la cabeza cubierta y cuándo no; sin embargo en este caso, si bien se puede distinguir claramente que las esculturas están vestidas, el problema surge a la hora de interpretar qué clase de vestimenta portan. Se han planteado dos hipótesis de identificación. Algunos autores (CALO LOURIDO, 1994: 96. 295 – 299. 468. 512. 669; 2003: 6 – 32. 33 – 40) sostienen que las piezas llevan una coraza con cuello en forma de “V” y basan su defensa en la presencia de una línea en la espalda, que recorre la columna vertebral y que sólo se vería si la estatua llevase una protección de estas características. Dicha coraza reflejaría, en metal
18 o cuero, la anatomía de la espalda y sería una especie de coselete hecho de un material acolchado. Quienes defienden la propuesta contraria (QUESADA, 2003: 100; SCHATTNER, 2004: 30, 31) entienden que la supuesta coraza no guarda paralelos conocidos con respecto a piezas similares y consideran, más bien, que las esculturas llevan una túnica de tela. Se trataría de una prenda de manga corta con escote en “V ”, ricamente decorada en algunos casos, que quedaría ceñida por un cinturón y llegaría hasta la parte alta de las piernas. Estos investigadores tienen en cuenta varios puntos para defender su argumento. En primer lugar, y como ya se señalado previamente, la prenda en cuestión tiene un escote en “V” que deja al descubierto el cuello. Cualquier tipo de coraza busca la protección de esa zona al tratarse de una de las partes más vulnerables del cuerpo y, si atendemos a otras representaciones de estas piezas, el reborde superior redondeado que evita las heridas de garganta y cuello, tendría que aparecer resaltado. En segundo término, en ninguna de las estatuas mejor conservadas aparecen marcados los límites de la coraza, la cual tendría que hacerse visible al menos en la parte de la axila y los hombros así como en la cintura. Con respecto a esto último, no hay que olvidar que las esculturas llevan cinturón, cosa que no se compadece demasiado con la exhibición de una coraza. Por todo ello, los defensores de esta hipótesis consideran que las esculturas llevan una simple túnica, ceñida por un cinturón ancho, del cual pueden encontrarse representaciones similares en otras áreas de la Península Ibérica. Además, entienden que es lo único que concuerda con las descripciones aportadas por los geógrafos de la Antigüedad. En las fichas quedan reflejadas ambas opciones, dejando abiertas las dos posibilidades a la espera de una resolución del debate, habiéndose optado en este trabajo de Fin de Máster por habilitar ad hoc términos neutros –“vestido” y “pertrecho”-, como solución de compromiso, en espera de una definición en trabajo posterior de doctorado. Mapa Además de las fichas, el estudio presente se acompaña de un mapa del Noroeste de la Península Ibérica, en el que aparecen todos los hallazgos de la gran estatuaria en piedra del ámbito castreño (piezas desaparecidas y esculturas asturianas incluidas). El
19 área reflejada se corresponde con la provincia que los romanos denominaron Gallaecia, la cual se extendería en la actualidad por Galicia, norte de Portugal, oeste de Asturias y oeste de León. El mapa tiene como base el realizado por Fernando Quesada Sanz (QUESADA, 2003: 106), en el que se muestra la dispersión geográfica de estas piezas, de los verracos y de las cabezas exentas. A partir de este modelo se ha desarrollado uno propio en el que únicamente se encuentran las esculturas que forman parte de esta gran estatuaria en piedra. Se ha escogido un mapa físico del territorio, puesto que en este tipo de planos no se reflejan las demarcaciones administrativas actuales que pueden distorsionar la información e inducir a algún tipo de error. Presenta la ventaja de que aparecen los ríos, a lo largo de cuyas cuencas han sido hallados muchos de los testimonios, así como las cordilleras montañosas. Todas las esculturas se presentan con el número asignado en las fichas. Las piezas desaparecidas, que por razones antes explicadas no se incluyen entre los registros, se marcan de un modo especial mediante la denominación “D1”, “D2”, “D3” y “D4”. Además se incluye, con color azul, la única escultura que, por su tipología, ha sido excluida del catálogo de Calo Lourido. El mapa se complementa con una pequeña leyenda que da razón del código de colores utilizado, así como de una rosa de los vientos para indicar la posición del norte. Los términos “cultura castreña” y “guerreiro” El ámbito de estudio que nos ocupa está profundamente marcado por dos conceptos que surgieron al calor de las investigaciones de finales del siglo XIX y principios del XX: “cultura castr eña ” y “guerreiro”. Pese a la evolución de los trabajos, todavía hoy siguen teniendo un peso más que considerable, tanto que son mayoría los historiadores que los emplean en numerosas ocasiones. No obstante, los grandes avances producidos en las últimas décadas dentro de esta materia están motivando un cambio de perspectiva que permite plantear abiertamente si tales denominaciones son o no adecuadas.
20 A grandes rasgos, el término “cultura castreña” se emplea para designar la forma de poblamiento presente en el área del Noroeste desde antes de la llegada de los romanos hasta los siglos I – II d. C., mientras que “guerreiro” es el nombre que se dio a las esculturas que forman parte de un conjunto, relativamente fácil de identificar por sus rasgos, y que está estrechamente vinculado a esta zona. “Cultura castreña” Como ya se ha comenta do con anterioridad, la denominación “cultura castreña” deriva del término “Cultura de los castros portugueses” aparecido en Los celtas y la civilización céltica en la Península Ibérica, obra de Pedro Bosch – Gimpera que vio a luz en 1921. En ella, el maestro catalán aplicaba dicho nombre a toda la fachada atlántica, la cual, además, dividió en dos áreas: norte y sur. El segundo grupo pronto cayó en el olvido, mientras que el primero sobrevivió bajo diversas formas: “Cultura castreña”, “Cultura castreja”, “Cultura castrexa” o “Castro – kultur”. El propio nombre lo toma del castro, que es el tipo de hábitat más común en esta parte del territorio peninsular, hecho que durante décadas fue avalado por las investigaciones y las excavaciones arqueológicas y que al mismo tiempo –visto el asuntro con perspectiva suficientecontribuyó a dar una visión un tanto simplificada del conjunto sociocultural al que se alude. Algunos hechos ideológicos fundamentales deben ser tenidos en cuenta cuando se aborda cualquier investigación alusiva a este territorio (y, en general, a cualquier ámbito peninsular): los omnipresentes regionalismos y nacionalismos. Los primeros tienen a su favor el que las distintas comunidades autónomas actuales impulsen estudios históricos; pero en su contra su carácter conscientemente restrictivo. Los segundos ahondan todavía más en este último aspecto y, en ocasiones, exceden los límites científicos de la historia -por razones políticascontribuyendo a ofrecer una visión sesgada sobre la que no parece procedente abundar aquí (con detalle, PEIRÓ MARTÍN, 1998). Desde hace un buen número de años, determinados autores (CALO LOURIDO, 1993; 1994; 2003) han defendido el uso del término “cultura castrexa” para denominar un área concreta dentro del Noroeste que se corresponde con el sur de Galicia y el norte de Portugal, zona que concentra buena parte de los asentamientos y las manifestaciones artísticas. El porqué de dicho uso lo encontramos en las siguientes palabras de Francisco
21 Calo Lourido: […] Pero chegados a este punto cómpre facer unha matización. Para que o título funcione é imprescindíbel conservar, independientemente da lingua que se escriba ou se fale, a grafía e o son galego, tendo en conta que moitas outras zonas de España tamén hai poboados chamados castros, de aí que se fale de “cultura castreña”; a nosa é distinta e, sen necesidade de engadir a verba Noroeste, abonda cun sinxelo “X” para diferenciala. […]” (CALO LOURIDO, 1993: 14). Este investigador entiende que en otras zonas de la Península Ibérica hay poblados que se denominan castros, pero los que se encuentran en el área antes citada son completamente distintos y por ello, independientemente de la lengua, hay que conservar la grafía gallega para poder establecer la diferencia entre unos y otros. Esta circunstancia ha contribuido, aún más si cabe, a dificultar y enmarañar –desde diversas ópticaslos estudios sobre este ámbito. Se use “cultura castreña” o “cultura castrexa” (si es que se prefiere matizar el área), ambos casos parecen dar a entender que nos encontramos ante un todo monolítico desde sus inicios hasta su final, es decir, ante un ámbito que se ha mantenido inalterable y aislado a lo largo de su existencia, evolucionando de forma propia e independiente con respecto al resto del espacio peninsular. Esta es la visión –esencialistaque la bibliografía tradicional ha mantenido desde el comienzo de los estudios hasta la actualidad; pero, en los últimos años, el desarrollo y matización de los trabajos históricos, antropológicos, epigráficos, arqueológicos, etc., y el cada vez mejor conocimiento del territorio, están dando lugar a un cambio muy significativo que empieza a hacerse patente en las investigaciones más recientes. Algunas de las últimas publicaciones entregadas (PÉREZ LOSADA, 2002; ARIAS VILAS y VILLA VALDÉS, 2003: 277 – 287; XUSTO RODRÍGUEZ, 2000) evidencian con plena contundencia y desde diversas vertientes que lo que los romanos llamaron Gallaecia fue un ámbito sumamente diverso, marcado por la propia complejidad geográfica que presenta el área. Ésta variedad influyó decisivamente en la forma de vida, dando lugar a una palmaria heterogeneidad dentro de los propios asentamientos: en función del área y la época histórica, es posible distinguir varios tipos dentro de los propios castros; y además, con la llegada de Roma, surgen nuevos asentamientos que hasta hace algún tiempo fueron, salvando excepciones, ignorados por la esencialista historiografía tradicional, pues se entendía prejuiciadamente que el castro era el único hábitat en este territorio.
22 Como se ha comentado previamente, durante décadas se consideró que la “cultura castreña” se desarrolló de forma propia y sin ningún tipo de relación con el resto de la Península. De nuevo, los estudios en estos últimos años están demostrando que sí existían contactos más que evidentes entre las dos áreas, los cuales se intensificarán conforme los romanos avancen hacia el Noroeste. Los trabajos más actuales nos presentan una sociedad articulada en comunidades que, a su vez, se organizan en torno a pequeños poblados; que es autosuficiente en cuanto a los recursos que le proporcionaba el medio; pero que competía de forma directa con sus vecinos más próximos por conseguir los bienes que no podían encontrar en su propio terreno, hecho que explicaría la existencia de determinados tipos de asentamiento con variada tipología (ARIAS VILAS y VILLA VALDÉS, 2003: 285). Esta diversidad, unida al hecho de que nos encontramos ante un modo de vida que se fue transformando a lo largo del tiempo, nos lleva a concluir que más que hablar de “cultura castreña” o “cultura castrexa”, sería más correcto utilizar la denominación “ámbito castreño” porque éste es distinto en función de la zona y época a tratar; porque no se centra en un único territorio dentro de todo el gran marco del Noroeste peninsular; y porque, aunque el castro es la forma predominante de asentamiento, existen otros modelos vinculados a éste que aflorarán, especialmente, con la llegada de Roma a esta parte de Iberia. “Guerreiros” Conocidas algunas desde hace siglos y la mayor parte desde el siglo XIX, el conjunto de piezas que forman la gran estatuaria en piedra del ámbito castreño reciben tradicionalmente el nombre de “guerreiros” al cual, en función del lugar del que provenga el estudio, se le añade la etiqueta “galaico – lusitanos” o “lusitano – galaicos”. La razón es evidente y es que, a primera vista, lo que estas esculturas representan, son hombres armados. Es habitual que en las publicaciones se les designe manteniendo la grafía gallega, no sólo porque en portugués se use la misma palabra, sino también porque un alto porcentaje de los estudios proceden de estos territorios. Únicamente cambiará la expresión que sigue a ese término dependiendo de si es Galicia o Portugal el lugar de origen de los trabajos.
23 En las primeras investigaciones realizadas en las últimas décadas del siglo XIX y proncipios del XX –por parte de López Cuevillas, Bouza Brey o, en el ámbito luso, Serpa Pinro o Cardozo, por ejemploya se les da esta denominación, que se ha mantenido hasta nuestros días. Sin embargo, y aunque portan armas para el combate, podría decirse que no estamos ante guerreros al uso. Un análisis exhaustivo de sus atributos nos muestra, tal como señalan algunos autores (QUESADA, 2003: 87 – 112; SANTOS CANCELAS, 2012), que carecen de dos elementos significativos y básicos para la guerra real: la lanza o jabalina y la coraza. Ambas son armas básicas dentro de la infantería ligera, hasta el punto de considerarse esenciales a la hora de entablar batalla. Por ello, su ausencia se hace especialmente llamativa: es difícil pensar que los artífices que esculpieron estas piezas no tuvieran conocimiento preciso de lo que representaban pues, como bien ha demostrado Fernando Quesada Sanz (QUESADA, 2003: 87, 88), la minuciosidad y el detalle que presentan algunos de los objetos son indicativos de que sí sabían cómo se empleaban. Es entonces cuando surge la pregunta de por qué en estas estatuas no se han labrado estos elementos en ningún caso. La razón parece ser de índole material y, una vez más, es el autor anterior quien aporta una hipótesis plausible: “[…] Las esculturas galaicas parten de un soporte, el granito, inadecuado para una labra fina y detallada […]” (QUESADA, 2003: 87). El granito, material muy común en el Noroeste, es un tipo de piedra muy difícil de trabajar y, si bien los escultores se afanaron en representar algunos detalles, no disponían de una formación técnica suficiente como para esculpir ciertas partes del armamento. La carencia de la lanza sería, por tanto, técnica: esta clase de arma es más alta que el cuerpo humano y para poder incorporarla, se tendría que practicar un orificio en la piedra, ensartar un mástil de madera y colocar una punta metálica, cosas que pueden resultar extraordinariamente trabajosas, incluso para artesanos expertos, con esta clase de piedra. La inexistencia de coraza es algo más difícil de explicar. Autores como Francisco Calo Lourido (CALO LOURIDO, 1993: 139; 1994; 2003: 6 – 37) defienden la presencia de la misma, argumentando que las líneas verticales que recorren el pecho y la espalda de muchas piezas son el reflejo de este elemento. Por el contrario, la mayoría entiende que esas mismas trazas representan una túnica de tela. La opción propuesta por
24 estos investigadores parece ser una hipótesis verosímil por varias razones: en primer lugar, en las esculturas que conservan el torso se puede observar una pieza con un pronunciado escote en “ V” que deja al descubierto cuello y garganta. Cualquier tipo de coraza busca, esencialmente, la protección de esa parte tan vulnerable del cuerpo. En segundo lugar, las representaciones de esta clase de pertrecho suelen mostrar un reborde superior resaltado y redondeado que protege las zonas ya citadas. Además, en ninguna de las estatuas mejor conservadas se ven los límites de la coraza cuando, al menos, tendrían que hacerse visibles en las axilas, los hombros y la cintura. Por último, la presencia de un cinturón se explica mucho mejor si las piezas llevan una túnica de tela y no coraza, porque no tiene sentido portar este atributo para sujetar algo rígido. Todo ello hace que una mayoría muy significativa de estudiosos considere actualmente que estas esculturas llevan una prenda de tela (QUESADA, 2003: 100; SCHATTNER, 2004: 30, 31; SANTOS CANCELAS, 2012). Ahora bien, aceptando esta referencia, se plantea la cuestión derivada, cual es la de por qué los “guerreiros” no llevan coraza: nos encontramos ante la peculiaridad de estar ante figuras que exhiben un armamento defensivo, pero que van vestidas con una túnica. Se debe tener en cuenta que, fuese cual fuese la función de estas esculturas (asunto que se tratará en un apartado posterior), éstas debían tener un significado absolutamente comprensible para el público. Por ello, acaso personificarían guerreros aunque la representación plástica de su armamento no fuese exactamente coincidente con la realidad. Como señala Quesada, “[…] La ausencia de las lanzas, explicada ya por una combinación de dificultad técnica y falta de necesidad desde un punto de vista simbólico, hace que el guerrero galaico no esté presto para el combate […]” (QUESADA, 2003: 105). Por este hecho, hablar de “guerreiros” o “guerreros” acaso no resulte lo más correcto; no obstante, aclarado el hecho, dado que la apariencia es la de un hombre armado y que esta es la denominación tradicional –en manuales y obras especializadas por igual-, de ahora en adelante se hará uso de este término en este trabajo de Fin de Máster para referirse a la gran estatuaria en piedra del ámbito castreño.
31 dividía en dos áreas epigráficas distintas (frontal y derecha lateral) y propuso leerlas por separado. En su opinión, son dos textos diferentes con una cronología distinta: el frontal corresponde a la primera mitad del siglo I d. C., y el lateral a época flavia (MARTINS y COELHO FERREIRA DA SILVA, 1984: 40 – 43). Su lectura introduce variaciones sustanciales: Clodame / Corocaudi / f(ilio) Se[stio?] L(ucius) · Sesti- / us · L(ucii) · l(ibertus?) · Coroc- / udius / contu(bernalis?) / frater Una propuesta que incorpora una interesante innovación es la de Antonio Rodríguez Colmenero quien, además de proponer una lectura que se distancia de las anteriores, ve en la parte frontal del texto una nueva línea (RODRÍGUEZ COLMENERO, 2002): L(ucius) · Sesti- / us L(ucii) · l(ibertus) · Coroc- /audius (et) Clodame Corocaudi / · filia · Serdeo Gl- / ano · Ucci · f(ilio) · p(osuerunt) contube(rnalis) / frater et · Tubine(n)s(es) f(aciendum) c(uraverunt), La lectura más reciente, así como una de las más aceptadas, es la realizada por Armando Redentor que entiende que nos encontramos ante un epígrafe único con distintas áreas de grabación, las cuales han sido citadas anteriormente. Basa su hipótesis en el hecho de que la escritura de la parte lateral izquierda se hace dependiendo de la frontal (REDENTOR, 2008: 199). Si la propuesta del autor anterior supuso un cambio destacado, la que hace este investigador marca una nueva inflexión en la historia de las investigaciones: P(ublio) · Clodameọ / Corocaudi / f(ilio) · Seaụeo[n]i L(ucius) · Sest- / ịus · L(ucii) · l(ibertus) · Coroc- / ạudius / contụ(bernalis) / frater ẹṭ Tụbẹṇe(n)s(es) · f(aciendum) · c(urauerunt) Redentor ofrece una lectura secuencial dividida en tres partes: la primera, se localiza en el escudo y parte de la vestimenta y es la que presenta al individuo al que se homenajea, ya que su nombre aparece en dativo. La fórmula presenta una estructura latina de tria nomina con praenomen, nomen y cognomen, así como la filiación, de
32 origen claramente indígena en todos los casos. La segunda, se distribuye sobre parte de la túnica y la pierna derecha y muestra a uno de los dedicantes del epígrafe, un liberto con un cognomen similar al de quien recibe la inscripción. Para finalizar, la tercera se encuentra en la pierna izquierda y en ella aparece el otro dedicante, en este caso, un colectivo poblacional. Es la sección que más problemas de lectura ha causado por su desgaste. Siguiendo el esquema previo, el texto nos presenta a un individuo llamado Publio Clodameo Corocaudi así como a quienes se lo dedican, Lucius Sestius Corocaudius y los Tubenenses. Armando Redentor considera que las dos cualidades que presenta el liberto (frater et contubernalis) se remiten a un momento anterior al de esa condición jurídica: como se observa, el cognomen de ambos es el mismo, lo que para él indicaría una relación de parentesco directa. Propone una situación de libertad por parte de ambos que cambiaría por un acontecimiento determinado, que bien podría encuadrarse en un contexto bélico en el que parte de los vencidos son reducidon a servidumbre; y para ello se basa en el hecho de que el liberto se autodenomine contubernalis, es decir, camarada en el sentido guerrero. Aunque no puede afirmarlo rotundamente por la falta de datos, se aventura a teorizar que, tras haber obtenido la libertad, Lucius Sestius Corocaudius regresó a su comunidad de origen y, junto a sus habitantes, decidió erigir una estatua a modo de homenaje para su hermano, que podría haber tenido un papel relevante en la conquista de esta zona y haber obtenido la ciudadanía romana por ello (REDENTOR, 2009: 230 – 231). Guerrero de Santa Comba (Refojos de Basto, Cabeceiras de Basto) Una inscripción de características similares, aunque de menor extensión, es la que aparece en la estatua de Santa Comba, hallada a principios de los años 80 en las inmediaciones del castro del mismo nombre con el que, previsiblemente, estaría relacionada. En este caso, el texto se dispone en “V” en la mi tad inferior de la caetra, quedando su primera línea interrumpida por el umbo de esta. A diferencia del epígrafe anterior, el buen estado de conservación de la pieza ofrece mejores condiciones de
33 lectura. Fue Carlos Alberto Ferreira de Almeida quien realizó la primera propuesta (FERREIRA DE ALMEIDA, 1981: 115): Ârtifices / Calubrigens- / es et Abianis / f(aciendum) · c(urauerunt) Los trabajos posteriores a éste ofrecen lecturas similares con una única variación que afecta a la tercera línea, donde la erosión y la fragmentación del borde de la caetra dificultan en parte la interpretación del texto. En este sentido, el estudio llevado a cabo por Antonio Rodríguez Colmenero plantea un nuevo cambio basándose en el estudio de los trazos (RODRÍGUEZ COLMENERO, 2002): Ârtifices / Calubrigens- / es et Abiậnẹṇ(ses) / f(aciendum) · c(urauerunt) El epígrafe presenta exclusivamente a los dedicantes de la escultura, que aparecen bajo la denominación de artifices, término que en época imperial era empleado para calificar a quien dominaba un oficio. Seguidamente, aparecen los nombres de estos, Calubrigenses et Abianenses, que remiten a dos topónimos. El primero ha sido objeto de numerosas investigaciones ya que, en una inscripción de La Rúa de Valdeorras (Orense, Galicia) 7 , se documenta una Calubriga en el territorio de los Gigurri, alejado de la zona de aparición del guerrero. Este hecho ha llevado a pensar a autores como Antonio Rodríguez Colmenero que podríamos estar ante artistas itinerantes (RODRÍGUEZ COLMENERO, 2002: 270 – 272); pero Armando Redentor se inclina a pensar que el topónimo hace referencia a un lugar del mismo nombre situado cerca del territorio del hallazgo (REDENTOR, 2008: 206). La segunda denominación, Abianenses, remite al término Abianum que, para el primero de los investigadores, podría localizarse en un área geográfica cercana a falta de un topónimo que así lo confirme (RODRÍGUEZ COLMENERO, 2002: 272). Para Armando Redentor, estaríamos ante dos grupos de procedencia distinta pero cercana geográficamente y de idéntica categoría, que toman la decisión de realizar una escultura en honor de un personaje concreto, de una condición social y económica 7 Hispania Epigraphica on line (HEpOL) 8421 L(ucio) Pompeio L(uci) f(ilio) / Pom(ptina) Reburro Fabro / Gigurro Calubrigen(si) / probato in coh(orte) VIII pr(aetoria) / beneficiario tribuni / tesserario in |(centuria) / optioni in |(centuria) / signifero in |(centuria) / fisci curatori / cornic(ulario) trib(uni) / evoc(ato) Aug(usti) / L(ucius) Flavius Flaccinus / h(eres) ex t(estamento)
34 diferenciada, y que, tal vez pudiesen guardar algún tipo de relación con el homenajeado o con el lugar en el que este vivía (REDENTOR, 2009: 232). Guerrero de São Julião (Couiciero,Vila Verde) El epígrafe de São Julião, presenta un texto muy sencillo de tres líneas, localizado en la caetra (cuyo umbo separa la primera y la segunda línea), y muestra una estructura onomástica con nombres claramente indígenas (REDENTOR, 2008: 206): M alceino Douilonis f(ilio El primero de los dos nombres, según indica Armando Redentor, es de uso exclusivo en el ámbito lusitano (REDENTOR, 2008: 209), solo registrado en una inscripción más hallada en Celorico da Beira (Guarda, Portugal) 8 . El segundo es un antropónimo que se distribuye bajo diversas formas en el área lusitano – galaica, con extensiones hacia la zona de los astures 9 . Guerrero de Rubiás (Bande, Orense) De esta escultura se tienen noticias ya en el siglo XVII pero, desgraciadamente, la parte que conservaba el epígrafe, está desaparecida. Cerca de donde se halló, se encontró en 1935 una cabeza que, autores como Francisco Calo Lourido, han puesto en relación con la parte perdida (CALO LOURIDO, 1994: 409 – 414). No obstante, y ante la falta de la misma, no se puede precisar mucho más. La inscripción es sencilla, se desarrolla en dos líneas que muestran una estructura onomástica con un nombre indígena en dativo, y pudo ser recogida por Emil Hübner antes de perderse (CIL II 2519): ADRONO / VEROTI · F 8 HEpOL 21441[ - - - - - -] / [- - - - - -] / [- - - [M]alceini / [sac]rum / [M]unidi 9 HEpOL 19004 Tanginus / Dovilonis f(ilius) / Cauriens(is) / an(norum) XXX h(ic) / s(itus) e(st) s(it) t(ibi) t(erra) l(evis) / Alticus / Caenonis / [f(ilius) (...) - HEpOL 20189 D(i)bu(s) (Dea)bus • Pinione(n s ibus Maur us • Dovil/onis lib(ertus • v(otu m s(olvit)
35 Armando Redentor considera que la lectura del primer nombre debe ser corregida por razones epigráficas y onomásticas, haciendo la siguiente propuesta (REDENTOR, 2008: 209; 2009: 229): [L]adrono / Veroti f(ilio) Este autor cree que debe ser así porque no hay pruebas epigráficas ni lingüísticas de la presencia de Adronus en todo el Noroeste peninsular, mientras que Ladronus es un antropónimo registrado en el espacio bracarense en otros epígrafes 10 . Guerrero de Santa Comba (Refojos de Basto, Cabeceiras de Basto) La segunda de las dos piezas halladas en Santa Comba es conocida desde hace varios siglos: probablemente fue encontrada en el mismo lugar que la otra estatua y presenta un epígrafe que, pese a ser de época moderna, se recoge aquí por formar parte de la escultura. Esta fue retocada en dos ocasiones: la primera, en 1612, año en que se añade la inscripción; la segunda, en 1892, cuando se le colocó la cabeza que lleva ahora, se le dio aspecto militar y se pintó de diversos colores. Hace unos años, volvió a ser repintada con los colores del equipo de fútbol local. El texto, localizado en el pecho y el escudo y con abreviaturas, es el siguiente (CALO LOURIDO, 2003: 24): PONTE / DE S MIGUEL / DE REFOYOS / DE BASTO / 1612 Se limita a hacer mención del puente cercano al lugar en el que se colocó la estatua, una plaza situada a escasos metros del mismo. El traslado convirtió a este icono en la personificación de las tierras de Basto, asociándolo desde entonces con una vieja leyenda local de tiempos de la Reconquista. 10 HEpOL 6615 Made/quis(enses) / statu/erunt / Ladro/no · Ca/mali · f(ilio) / Antonio / a(nimo) · l(ibentes) · mo/[numentum?] / - - - - - -?
36 2. INTERPRETACIÓN Y SIGNIFICADO DE LOS GUERREROS La cuestión del significado y función de los guerreros es un asunto que ha sido vivamente debatido desde que se iniciaron los primeros estudios en la segunda mitad del siglo XIX. Como ya se ha mencionado anteriormente, Emil Hübner hizo constar en 1861 que algunas de las piezas presentaban restos epigráficos (HÜBNER, 1861: 185 – 195). Esa primera observación acerca de las inscripciones fue la desencadenante de una intensa discusión acerca de la posible función de las esculturas. Desde entonces, la investigación se fue acrecentando y la controversia científica se hizo más aguda a partir de los años 80, cuando las excavaciones realizadas en diversos castros sacaron a la luz nuevos ejemplos. Por otro lado, el descubrimiento in situ del guerrero de Sanfins, uno de los mejor conservados, produjo un avance muy significativo en los estudios, al proporcionar una base concreta para la interpretación de estas piezas. Pese a los numerosos progresos hechos en este campo, tras aproximadamente 140 años de análisis, hay cuestiones que hoy día no han encontrado todavía una respuesta definitiva y que, fundamentalmente, se centran en la datación y la función, que está estrechamente ligada al contexto local en el que fueron erigidas las estatuas. Los únicos puntos de unanimidad entre los historiadores son que las piezas presentan una constancia tipológica –lo que permite reconocerlas con facilidad- y también que deben ser incluidas dentro del “ámbito castreño” . Es obligado reconocer el importante papel que la epigrafía ha tenido a la hora de intentar aportar respuestas a la pregunta de la función y el significado de estas piezas. Los textos conocidos hasta el momento son pocos, pero de considerable peso, pues han permitido dar un paso más en el conocimiento de estos iconos. La primera hipótesis sobre la funcionalidad de las esculturas parten, como se ha señalado, de Hübner quien, a partir del análisis de las inscripciones de São Paio de Meixedo y Rubiás, únicas conocidas en aquel momento, determinó que eran estatuas funerarias (HÜBNER, 1861: 185 – 195). Siguiendo esta teoría, José Leite de Vasconcellos consideró su colocación sobre las sepulturas de los guerreros, llegando a argumentar que la falta de pies en algunas de las piezas se debería a este hecho (LEITE DE VASCONCELLOS, 1902: 23 – 26). Corresponde a Félix Alves Pereira una de las aportaciones que ha pervivido con más vigor: la de los guerreros como representaciones de héroes divinizados de los respectivos castros a los que se asocian las estatuas (ALVES
37 PEREIRA, 1908: 202 – 244). A raíz de su trabajo, comenzaron a surgir teorías derivadas de ésta: una de las que más arraigo tuvo es la que considera estas esculturas como imágenes de jefes convertidos en héroes, tanto en el sentido de figura mitificada (FERREIRA DE ALMEIDA, 1981: 115 – 116), como en el de tutelares de los poblados (COELHO FERREIRA DA SILVA, 1981: 83 – 94). He aquí, por lo tanto, las dos hipótesis más importantes que surgieron al calor de las investigaciones desde el siglo XIX hasta el último cuarto del XX; no obstante, en las últimas décadas, los avances producidos en los estudios de este ámbito han llevado al nacimiento de nuevas hipótesis, cada vez mejor argumentadas y con métodos de análisis más adecuados e integrales. Una de ellas parte del estudio realizado por Fernando Quesada Sanz: a través del análisis de las armas en estas esculturas, el autor determina que la panoplia de los guerreros no resulta funcional porque carecen de algunas piezas sencillamente indispensables para el combate, como la lanza o la coraza. La ausencia de estas indica que el guerrero no está preparado para la batalla. En este sentido, el contenido simbólico prima sobre el funcional: se trata de guerreros idealizados. En palabras de este investigador, “[…] las estatuas de guerreros llamados “galaicos” actuaron como “espejos” pétreos […]” (QUESADA, 2003: 107). Para él, estos iconos reflejarían, de forma idealizada, a unas élites que podían reconocer en ellos ciertos valores aristocráticos y, al mismo tiempo, servirían para que aquellos que no formaban parte de este grupo, pudiesen reconocer a sus líderes. La intención de representar las armas no sería la de reproducir una panoplia completa, sino más bien, expresar la ideología básica de los grupos del poder (QUESADA, 2003: 87 – 112). Gracias al análisis de la epigrafía, hace algunos años surgió una otra propuesta que, en la actualidad, es bien acogida por una buena parte de los investigadores. La aparición de las esculturas de Santa Comba y S o uli o en los primeros momentos de los 80, fue decisiva para el surgimiento de esta teoría: como se ha explicado previamente, tres de las inscripciones -São Paio de Meixedo, São Julião y Santa Combaidentifican a un personaje concreto, ya sea dando solo su nombre –caso de Rubiás y São Julião- o aportando algo más de información sobre los dedicantes, como sucede en Santa Comba y São Paio. Por medio de esas dedicatorias, sabemos que los individuos
38 nombrados son de origen autóctono, aunque la onomástica revele una importante influencia romana. La hipótesis más aceptada hoy día deriva de los trabajos de Armando Redentor, quien considera que estaríamos ante las representaciones de individuos notables de las comunidades indígenas que, por razones acerca de las cuales sólo se puede teorizar, son homenajeados por las gentes de su propio lugar de origen o por las de colectivos poblaciones con los que guardan una estrecha relación. En consecuencia, es adecuado pensar que cada escultura no representa un modelo, sino que su objetivo principal sería recrear, desde el punto de vista plástico, a un personaje concreto a través de su retrato que, en ocasiones, queda también perpetuado mediante la epigrafía (REDENTOR, 2008: 195 – 214; 2009: 227 – 246). Por último, Alberto Santos Cancelas ha brindado una propuesta recentísima, acuñada desde una rica óptica multidisciplinar: para él, estos iconos se entenderían como guerreros, aunque la representación plástica no fuese coincidente de modo exacto con la realidad. Considera que la función principal de estas esculturas es apotropaica: al ser consideradas elementos protectores o defensivos, ratifican el papel del guerrero ante la propia sociedad que las contempla. En ellas recaería la tarea de defender a la comunidad, instituyéndose como garantes de la paz tanto en forma de escultura, como de la realidad a la que remite la imagen. De este modo se legitima el antiguo ideal del combatiente y todo lo que este conlleva de una forma positiva, lo cual es, en última instancia, un autoconsumo ideológico en sentido sociopolítico: la guerra no es negativa si se utiliza para la defensa de la comunidad por parte de los individuos que llevan a cabo estas actividades (SANTOS CANCELAS, 2012). Si el asunto de la función de los guerreros es problemático, no lo es menos el de su cronología; y es que, acerca de ella, tampoco se ha conseguido alcanzar la unanimidad. Hay posturas muy diferentes, derivadas de criterios de datación muy distintos, que suscitan continuos debates entre sí: habría que destacar dos posturas contradictorias y una tercera, intermedia, que ha gozado recientemente de una buena acogida entre la comunidad científica. En primer lugar, habría que destacar la datación en época prerromana (o postura “indigenista” : esta es la posición defendida por autores como Alfredo González Ruibal, quien considera que todas las esculturas se realizaron en un momento anterior a la
39 llegada de Roma al noroeste. Muchas de las piezas se han hallado fuera de contexto, pero en caso de encontrarse haberse encontrado in situ, para este autor, el hecho de que el lugar muestre trazas de una fuerte presencia romana, no resulta determinante de que las esculturas pertenezcan al mismo periodo. Además, opina que no se distinguen influencias romanas claras en estos trabajos y que los epígrafes latinos que aparecen en cuatro de ellas son de época tardía. Por otro lado, entiende que no hay ninguna semejanza entre los guerreros y las formas típicas de la escultura romana. Este historiador, en definitiva, se inclina a proponer una cronología que va del siglo II al I a. C., concluyendo que el fin de esta manifestación artística se produciría a raíz de la conquista romana de esta región como parte de un cambio en las identidades (GONZÁLEZ RUIBAL, 2008: 113 – 166). La segunda postura, contraria a la anterior, es la que propone una cronología de época plenamente romana para los guerreros; y en ella, encontraríamos a investigadores como Francisco Calo Lourido. En este caso, la datación que plantea abarca la primera mitad del siglo I d. C. -considerando la existencia de alguna pieza de época flavia- y se basa en los cambios derivados del proceso de conquista romano, así como en las importantes consecuencias que desencadenó entre las sociedades del Noroeste peninsular: en este momento se asiste al reforzamiento de las murallas castreñas, al nacimiento de un buen número de nuevos poblados y a un aumento del nivel de vida que queda testimoniado por la aparición de materiales de importación, por el embellecimiento de las casas y por la presencia de inscripciones. Este estudioso entiende que Roma veía más sencillo potenciar una serie de manifestaciones nativas para poder ir ejerciendo su control sobre estas gentes de forma sistemática: para él, es fácil pensar que algunos personajes pudieron colaborar con los romanos y que, a modo de agradecimiento, ellos les devolvieron el gesto en forma de una representación escultórica. Por último, afirma que los “guerreiros” fueron erigidos porque Roma así lo permitió y que, por eso, no resulta extraño que a fines del siglo I d. C., con la concesión del derecho latino a las provincias hispanas, estas esculturas dejen de tener sentido y se busquen nuevas formas para señalar la origo (CALO LOURIDO, 1993: 137 – 141). La tercera de las dataciones en liza muestra una posición intermedia, pues situaría este tipo de estatuaria entre finales del siglo II a. C. y el I d. C. Entre sus representantes se hallan Thomas Schattner y Fernando Quesada. Basándose en una serie
40 de criterios estilísticos generales -en el caso de aquél- y en la autopsia de las armas - en el de éste-, ambos autores observan una evolución de las esculturas que abarcaría desde las producciones más arcaicas a fines del siglo II a. C. hasta las que reciben la influencia directa de Roma, ya en el I d. C. En efecto, a partir de un detallado análisis de las 32 esculturas, Schattner observa que algunas de ellas presentan lo que él interpreta como un intento de imitación del contrapposto típco del canon clásico de Roma; pero, al mismo tiempo, ve que esa característica no es universal en el Noroeste. Ello le lleva a pensar que los “guerreiros” más estáticos son anteriores y que se produce un tránsito perceptible sólo por pequeños rasgos, claramente influenciado por la plástica romana. De los datos de su análisis determina que, aquellas piezas que presentan los rasgos más arcaicos habría que datarlas hacia el siglo II a. C. tardío, mientras que las más evolucionadas serían del siglo I d. C. (SCHATTNER, 2004: 9 – 67). Por su parte, Fernando Quesada propone una datación muy pareja a la anterior. A través de la representación de determinadas armas, apunta que las esculturas más antiguas serían de mediados del siglo II a. C., mientras que, por la inclusión de otras, las más modernas habría que situarlas en torno a la primera mitad del siglo I d. C. (QUESADA, 2003: 108). De las tres hipótesis de datación, la más aceptada todavía –como se comprueba en la mayoría de manuales sobre la protohistoria peninsulares la segunda, aunque la tercera está ganando cada vez más adeptos. Durante décadas, los estudios se han inclinado por la socorrida opción del siglo I d. C., ya que la conquista romana trae consigo una serie de cambios e influencias entre las que se encontrarían, muy sustantivamente, el hábito epigráfico y el escultórico. No obstante, a partir de los estudios de los dos últimos investigadores nombrados, se está empezando a transitar por la vía de una investigación seria –pero todavía incipienteacerca de la evolución de esta estatuaria. Una última cuestión que se ha venido tratando en las los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI es la del posible parentesco de estas esculturas con las de la Edad del Hierro de Europa Central, como la de Hirschlanden (Stuttgart, Alemania), descubierta en 1962, o la de Glauberg (Hesse, Alemania), hallada en 1987. Hasta la década de los 60 sólo era conocida una estatua de características similares a esas: la de Capestrano (L’Aquila, Italia , encontrada en 1937, por lo que se pensaba que se trataba de un tipo de estatuaria insólita. Pero la aparición de las otras dos llevó a pensar que era
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100 Piezas desaparecidas Como ya se ha señalado en la metodología, las fichas catalográficas sólo recogen aquellas estatuas que han llegado hasta nuestros días. El conjunto de piezas quedaría completo con las descripciones de las esculturas que, aunque conocidas gracias a la literatura arqueológica, en la actualidad se hallan desaparecidas. Si estas no se incluyen en las fichas es por la falta de datos acerca de las mismas, que impide una elaboración completa de los registros. El número total de guerreros desaparecidos es cuatro y aparecen reflejados en el mapa con la letra “D” seguida de la numeración correspondiente del 1 al 4, y marcados en color rojo. Seguidamente, se procederá a describir cada una de las piezas a partir de las informaciones recogidas por diferentes autores a lo largo del tiempo. Además, se incluye una pieza considerada excluida por no presentar ninguno de los atributos característicos de la gran estatuaria del ámbito castreño. No obstante, se introduce en este apartado por haber sido dada a conocer por su descubridor como una escultura perteneciente a este grupo. - D1: BRITELO. Parroquia de São Martinho de Britelo, Ponte da Barca (Viana do Castelo) Es más que probable la existencia de una escultura cuyo origen se puede localizar en el castro de Britelo aunque ningún arqueólogo, ni tan siquiera el que la dio a conocer, llegase a verla. Este describió la pieza a partir de las informaciones aportadas por los vecinos del lugar: parece ser que se trataba de una estatua sin cabeza, sin manos ni pies, y con un escudo a la altura del pecho que, según la tradición local, era capaz de anunciar sol o lluvia. Fue precisamente esta superstición la que llevó al párroco de la localidad a destruirla. Luiz Figueiredo da Guerra, conocedor de las piezas de Meixedo, Lezenho y Fafe, no tiene dudas a la hora de incluirla en el mismo grupo que estas, cosa que deja clara en su publicación A estatua callaica de Viana (GUERRA, 1882: 3).
101 - D2: MIDÕES. Monte da Saia, parroquia de Barcelos (Braga) La literatura arqueológica menciona la presencia de una estatua procedente de este lugar. Todos los autores que se refieren a ella, coinciden en que se encuentra en paradero desconocido. Carlos Brochado de Almeida en el tercer volumen de su tesis titulada Povoamento romano do litoral minhoto entre o Cávado e o Minho (vol. III). Inventario arqueológico do Concelho de Barcelos (BROCHADO DE ALMEIDA, 1997: 254), localiza su origen en el monte da Saia, en el cual hay un castro. - D3: RUBIÁS. Parroquia de Cadós, Bande (Orense) Esta escultura se conoce desde el siglo XVII y se incluye dentro del grupo de guerreros porque en las descripciones se dice de ella que portaba un escudo con umbo central, en cuya mitad inferior se disponía un epígrafe en lengua latina. Emil Hübner llegó a conocerla y recogió la inscripción en el segundo volumen del Corpus Inscriptionum Latinarum (CIL II 2462). La literatura de las primeras décadas del siglo XX pone en relación esta pieza con la cabeza hallada en 1935 en lo alto de una fuente de la localidad de Rubiás, procedente con gran seguridad del castro homónimo. No obstante, y dado que la escultura está desaparecida, es imposible comprobarlo. - D4: VILAR DE BARRIO. Parroquias de Bóveda y Padreda, Vilar de Barrio (Orense) La mitad inferior de una estatua de guerrero fue hallada en un lugar limítrofe entre estas dos parroquias, ambas con castros. De la pieza sólo disponemos de los datos aportados por Emil Hübner en 1861 (HÜBNER, 1861: 186), y que fueron transcritos por Manuel Antonio Martínez Murguía en el segundo tomo de su Historia de Galicia (MURGUÍA, 1906: 625). A partir de ellos se pudo conocer que el descubrimiento tuvo lugar en 1837 y que fue referido a la Real Academia de la Historia, donde se conserva un dibujo de la estatua del cual sólo tenemos referencias.
102 Gracias a esa prueba gráfica, hoy perdida, sabemos que carecía de pies y que poseía un escudo a la altura del pecho, cosa llevo a sus descubridores a incluirla dentro del grupo de la gran estatuaria. - PIEZA EXCLUIDA: BORREIROS. Parroquia de San Martinho de Borreiros, Gondomar (Pontevedra) Una pequeña escultura, hallada como material de relleno en la bodega de una casa localizada en la parte baja de lo que parece un castro, fue dada a conocer por Salvador Fernández de la Cigoña Fraga como un guerrero en su artículo Un guerrero galaico en la parroquia de Borreiros (Gondomar), el segundo hallado en la provincia de Pontevedra. Breves notas sobre los guerreros galaicos y sus orígenes (FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA FRAGA, 1993: 179 – 183). Se trata de una figura en alto relieve, muy mutilada pero conservada lo suficiente como para ver que no tiene ninguno de los atributos que caracterizan a la gran estatuaria.
103 Apéndice de Fichas Catalográficas: La escultura castreña en Asturias Además del grupo de piezas recogido en el apartado anterior, existen algunos otros ejemplos de estatuaria en piedra en el ámbito castreño. Su reducido número y sus peculiares características morfológicas las alejan considerablemente de las estatuas que se denominan “guerreiros”, razón por la cual su estudio no ha sido consumado de un a manera decidida y concreta, limitándose su conocimiento a escasos artículos –bien meras noticias, bien intentando integrarlas en el contexto de la escultura noroccidental peninsular- y a referencias aisladas en obras de tipo general. Los trabajos más destacados –que nutren la historiografía posterior, casi sin aportes de mayor relievefueron llevados a cabo en la década de los años 80 por diversos autores. Entre ellos, cabría señalar a Narciso Santos Yanguas y María del Pilar Montero Honorato (SANTOS YANGUAS y MONTERO HONORATO, 1984) y a Carmen Fernández Ochoa (FERNÁNDEZ OCHOA, 1982; 1983), cuyos estudios aparecían recogidos en el Boletín del Instituto de Estudios Asturianos (BIDEA) y, recogidos después en publicaciones generalistas posteriores (SANTOS YANGUAS, 2006; FERNÁNDEZ OCHOA, 2006). Junto a estos, las investigaciones más recientes en este campo son las de Ángel Villa Valdés que se ha ocupado de distintos aspectos de los castros asturianos (VILLA VALDÉS, 2006). No obstante, desde los primeros análisis de los 80, no han salido a la luz otras publicaciones especializadas, ni –por supuestocatálogos comprensivos de ningún tipo. Sólo contamos con esporádicas alusiones, aparecidas dentro de artículos cuyo tema es la Asturias prerromana –o de su conquista e impacto de la romanización, en general-, sin centrarse en absoluto en este punto concreto (CARROCERA FERNÁNDEZ, 2003; FERNÁNDEZ OCHOA y VILLA VALDÉS, 2004; VILLA VALDÉS, 2007). Hasta tal punto que la consideración de estos documentos dentro del elenco general de la escultura norteña se aproxima a un flatus vocis y, en todo caso es, indiscutiblemente, una asignatura pendiente en la investigación paleohispanística española. Al hilo de lo anterior y a la hora de anotar –siquiera en un apéndicela cuestión de estas esculturas astures, no está de más reseñar que tradicionalmente la Edad del Hierro de la zona cantábrica occidental ha sido siempre analizada como un reflejo o trasunto de la cultura castreña galaica; y, en términos globales, como un modelo
104 “imperfecto” o degenerado de aquélla. Interpretaciones alternativas a esta vieja visión modelo han sido las que han pretendido crear culturas castreñas asociadas a los territorios definidos por Roma o –en el extremo- a comunidades administrativas actuales. Carlos Marín Suárez, muy recientemente, ha criticado con sólidos argumentos estos intentos artificiosos, proponiendo los “grupos arqueológicos” y las regiones geográficas naturales bien definidas como los ámbitos de estudio más asépticos y adecuados; y –en concreto para el Hierro final y la fase romana de los castroscomo la mejor manera de cotejar el corpus de información de la materialidad castreña con el de las fuentes escritas (MARÍN SUÁREZ, 2011). Lo cierto es que, por esta razón, esta estatuaria plantea una serie de problemas graves e irresolutos: las autoridades antes citadas –y otros autores, que se limitan a incidir en el hecho, sin otro pormenorplantean la posibilidad de que en la actual Asturias existiese una escultura castreña; y que ésta fuese acaso equiparable a la conocida en todo el Noroeste. En este apéndice sólo se consignan estos vestigios, que investigadores como Santos Yanguas o como Villa Valdés consideran directamente parangonables con los “guerreiros: “[…] Sin embargo, el hecho de que hasta nuestros días se conozcan escasas representaciones de este arte en Asturias, si exceptuamos ciertas cabezas humanas, algunas de ellas de datación insegura, no significa necesariamente que no existieran, sobre todo si tenemos presente que contamos con pruebas indirectas de dicha presencia, como las proporcionadas por los restos humanos de clara tradición indígena, entre los que destacan la estela de Molleda, el rostro en relieve de la de Castiello de Dóriga y la figura, igualmente en relieve, de la de Los Cobos […]” (SANTOS YANGUAS y MONTERO HONORATO, 1984: 1026). A continuación, aporto las descripciones, acompañadas de la foto correspondiente, de las tres únicas esculturas conocidas.
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