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Abstract

El siguiente trabajo pretende llevar a cabo una reflexión sobre la feminidad y la problemática que la rodea. Vivimos en una sociedad que se divide por géneros, descubrimos el nuestro desde la infancia encontrándonos con una realidad aparentemente incuestionable. Ser “mujer” es, de este modo, una certeza que se nos presenta como dada. Sin embargo, será necesario precisar en qué consiste exactamente ser una “mujer”, pues no parece hacer referencia únicamente a un cuerpo con determinados órganos, sino que ha supuesto a lo largo de la historia una situación peyorativa para todas aquellas personas del sexo femenino. Simone de Beauvoir escribe una obra dedicada a la mujer, preguntándose en ella sobre las razones exactas de la opresión y poniendo de manifiesto cómo nada tiene que ver la idea de mujer construida por la sociedad con el cuerpo femenino, poniéndola en entredicho y cuestionándola radicalmente. Camino que Wittig continuará para llegar más lejos, criticando incluso la naturalidad del sexo. De este modo, veremos cómo ambas autoras ofrecen una reflexión muy interesante sobre la idea de “mujer” que la sociedad perpetúa, analizando las consecuencias que tiene sobre las mujeres y buscando el modo de destruirla definitivamente. Moreno Navalpotro, Beatriz; Burgos Díaz, Elvira

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ÍNDICE Introducción ………………………………………………………………………………………. 3 El mito de ser mujer ………………………………………………………………………………. 5 La condena de ser mujer ………………………………………………………………………… 15 La destrucción de “la mujer” …………………………………………………………………….. 24 Conclusión ……………………………………………………………………………………….. 30 Bibliografía …………………………………………………………………………………….... 32 3 INTRODUCCIÓN El presente trabajo pretende ser una comparación entre el pensamiento de Beauvoir y Wittig, autoras ambas de gran importancia para el feminismo occidental, con el objeto de llevar a cabo una reflexión sobre el significado de “lo femenino” y de la categoría “mujer”. La situación de opresión en la que las mujeres se han visto envueltas desde tiempos remotos llevará a las dos pensadoras a cuestionarse qué significa exactamente ser una mujer. El pensamiento de Beauvoir y Wittig se constituye como un intento de ofrecer una respuesta, poniendo en tela de juicio la idea de feminidad que la sociedad ha impuesto y manifestando la acuciante necesidad de cuestionarla. El trabajo está estructurado en tres apartados en los que se pone en relación sus reflexiones y argumentos sobre esta inquietante pregunta: ¿qué es una mujer? El primer apartado responde al modo en que ambas autoras plantean el problema, poniendo de manifiesto que ser una mujer no consiste únicamente en nacer con un cuerpo determinado, tal y como defienden la mayoría de los discursos, ya que una mujer es ante todo un ser humano, y como tal ha de comprenderse en relación con la sociedad; no puede existir una idea de “mujer” anterior al contexto social. Desde este punto de partida construirán ambas su discurso pero no abordarán el problema de la misma forma. Beauvoir establece una clara distinción entre sexo y género, entendiendo por género aquello que una persona de un sexo determinado llega a ser. Para Beauvoir el punto clave de la cuestión radicaría en el proceso mediante el que una persona de sexo femenino se descubre convertida en un ser inferior a través de un género que le es impuesto. Por su parte, Wittig disolverá la distinción sexo-género vislumbrando la sombra de la opresión en la misma categoría de sexo que es construida con el fin de esclavizar a un grupo de personas identificadas como “mujeres”. En el segundo apartado nos preguntamos sobre las implicaciones que la idea de “mujer”, contra la que las dos autoras se posicionan, ha tenido sobre aquellas personas que han caído bajo el yugo del “ser mujer”, siendo construidas como tales. Este constructo lleva consigo la terrible consecuencia de relegar a las mujeres al lugar de lo otro, impidiendo que éstas desarrollen una existencia propia, independiente de la de los hombres, constituyéndose como sujetos. 4 Las diferencias existentes entre las posiciones de ambas autoras volverán a surgir en este apartado, dado que el diferente enfoque que presentan su pensamientos les llevará a situar el origen de la opresión en puntos distintos; desarrollando, en consecuencia, planteamientos ligeramente diferentes a la hora de abordar las distintas manifestaciones de la opresión. Cuestiones como el matrimonio o la maternidad serán entendidas de un modo más radical en el pensamiento de Wittig. Ésta, al centrar el problema en la misma división sexual entenderá la heterosexualidad como el principal soporte del mito de “la mujer”, mientras que, para Beauvoir, el problema no va a centrarse tanto en la sexualidad como en el papel que la sociedad impone a las mujeres a través del género, concediendo poca importancia a sus preferencias sexuales. Tal diferencia resulta crucial a la hora de comparar sus posiciones en el tercer apartado, destinado a analizar la solución que propone cada una de ellas para acabar con el mito que mantiene a las mujeres en su posición de alteridad absoluta. Nuevamente el objetivo es común, ya que se trata de un problema reconocido por ambas al que es necesario intentar dar solución. Las estrategias y las propuestas van a ser distintas, a pesar de que ambas posturas exigen un cambio de gran repercusión que afecte a todos los ámbitos de la sociedad. La solución de Wittig estará estrechamente relacionada con la sexualidad y culminará con la necesidad de abolir las categorías de sexo, mientras que Beauvoir optará por una modificación radical del género femenino cuya raíz se encuentra en la educación. De este modo, puede contemplarse cómo Beauvoir abre una impactante pregunta en la que Wittig profundizará. La reflexión acerca de qué significa ser una “mujer” romperá con toda explicación que pretenda defender una idea de feminidad eterna; idea que no será sólo una construcción social sino que, además, resultará absolutamente dañina para aquellas personas a las que oprime, coartándolas e impidiéndoles buscar un camino que termine, de una vez por todas, con la asfixia de esa forma de existencia que implica el mito de “la mujer”. 5 EL MITO DE SER MUJER Desde que venimos al mundo nos vamos descubriendo paulatinamente en el seno de la sociedad a la que la vida nos ha destinado. Desde esos primeros instantes en los que comenzamos a comprendernos, a observarnos en relación con los demás, existe en nosotros y en nosotras, para un gran número de personas si bien no es así para todas, una certeza que se nos presenta como innegable, nos identificamos como hombre o mujer. Pero tal diferenciación no es inofensiva o irrelevante sino que ha tenido y tiene en la sociedad occidental graves consecuencias para aquellas personas que, desde que tienen uso de conciencia, se han descubierto mujeres como una realidad incuestionable. Tan arraigada se encuentra en nosotros y nosotras tal distinción que todavía hoy no puede dejar de resultar sorprendente la afirmación con la que Simone de Beauvoir nos iluminó desde su gran obra teórica El segundo sexo. En el capítulo dedicado a la infancia de la mujer, Beauvoir escribió: “no se nace mujer, se llega a serlo”1. Años más tarde, la pensadora francesa Monique Wittig daría un golpe de efecto, un giro magistral a dicha afirmación ya en sí misma subversiva en su artículo “No se nace mujer”, tal giro no es nada que escape al título mismo del ensayo dado que éste no comienza por casualidad igual que la sentencia de Beauvoir sino que posee la total intención de eliminar deliberadamente la segunda parte. No, no se nace “mujer” pero tampoco se debe llegar jamás a serlo. Encontramos así un punto de partida interesante atendiendo al pensamiento de las dos autoras puesto que ambas rompen bruscamente con la certeza que nos había sido dada desde la infancia, la ponen en cuestión radicalmente, se atreven a negarla. Ambas coinciden en afirmar que no se es mujer desde el nacimiento, lo que lleva necesariamente a preguntarse en qué consiste exactamente ser una mujer, qué implicaciones tiene esta suerte de etiqueta, hacia dónde conduce a las personas que caen bajo ella sin ser consultadas desde que nacen. En primer lugar podría señalarse que tanto Beauvoir como Wittig hablan de “ser mujer” como si se refiriesen a un mito, una invención del ser humano que no deja de participar de lo imaginario, aunando así sus posturas en un punto crucial a la hora de enfrentarse al problema; coinciden a su vez al sostener que tal mito ha sido creado y perpetuado por los hombres, ellos son los inventores de una historia de la que las mujeres han sido las desafortunadas actrices secundarias, aquel 1 Beauvoir, S., El segundo sexo, Cátedra, Madrid, 2011, pág. 371 6 accesorio tan infravalorado como imprescindible mediante el cual los hombres se han mantenido protagonistas indiscutibles, se han apropiado del mundo . Esta fábula, esta historia de pesadilla que las mujeres hemos interiorizado con fuerza por habernos sido inculcada desde la infancia pretende justificarse en la naturaleza, garantizándonos un destino invariable contra el que Beauvoir se postula en la primera parte de su obra. Así afirma contundentemente, como una daga contra los cimientos del mito que Wittig recuperará más adelante en su ensayo “No se nace mujer”, que: “ningún destino biológico, psíquico, económico, define la imagen que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; el conjunto de la civilización elabora este producto intermedio entre el macho y el castrado que se suele calificar de femenino”2. No es casual que Wittig recoja precisamente ese fragmento de la obra de Beauvoir en su principal obra teórica. Considero que se trata de una elección efectuada cuidadosamente que puede resultar muy relevante pues pone de manifiesto cómo las dos autoras consideran que “el mito de la mujer” es algo creado y no aceptarán explicación alguna que pretenda perpetuarlo eternamente, presentándolo como necesario. Sin embargo, pueden observarse diferencias entre sus posiciones que conviene analizar, comenzando por detenernos en el punto de partida desde el que cada una afronta el problema. Beauvoir partirá de una posición existencialista, influenciada por el pensamiento de filósofos como Hegel, Sartre o Merleau Ponty; proponiendo, sin embargo, una perspectiva propia en la que basar su análisis de la situación de la mujer. La autora concibe al ser humano como sujeto libre que se proyecta hacia el futuro, comprendiendo que todo individuo desde que nace siente la necesidad ontológica de afirmarse como sujeto, considerará así un “mal absoluto”3 el hecho de caer en la inmanencia perdiendo la libertad. Este modo de entender el sujeto implica la tendencia ontológica a trascender al otro provocando un enfrentamiento seguro con las otras conciencias; Beauvoir abandona a Hegel en el momento que busca la reciprocidad en esa lucha, que defiende cómo ésta deberá llevarse a cabo en pie de igualdad, tratándose de un encuentro frente a frente entre dos sujetos libres que finalmente se reconocen el uno al otro. ¿Qué ocurre en el caso de la mujer? 2 Ibíd., pág. 64 3 Ibíd., pág. 63 7 Beauvoir va a entender que ésta ha sido encerrada en una situación en la que no puede cumplir con la condición esencial de todo ser humano, no consigue afirmarse como sujeto quedando relegada a la inmanencia. No se da entre hombre y mujer un combate de igual a igual sino que se comprende a la mujer como la alteridad que no se afirma, que se perpetúa en su otredad. Situándola así en una posición extraña, jugando el papel de mediadora entre el hombre y la naturaleza, como ser semejante al hombre e inferior al mismo tiempo. Judit Butler afirma que la mujer es considerada el cuerpo, irremediablemente atada a la naturaleza, mientras que el hombre se cree liberado por completo de su corporalidad, así sostiene: Según Beauvoir las mujeres son el “Otro” en la medida en que son definidas por una perspectiva masculina que intenta salvaguardar su propio estatus desincardinado identificando a las mujeres generalmente con la esfera corpórea. La desincardinación masculina sólo es posible a condición de que las mujeres ocupen sus cuerpos en tanto que sus identidades esenciales y esclavizadoras.4 Pero ni las mujeres se agotan en su cuerpo ni los hombres pueden jamás existir más allá de él y por ello Beauvoir ofrece una concepción de sujeto que existe su propio cuerpo, todo sujeto es sujeto encarnado independientemente de su sexo y tan grave es el error de considerar a la mujer simplemente cuerpo como pensar en el hombre en tanto que sujeto que se desprende de su corporalidad. Se daría así una suerte de equilibrio entre hombres y mujeres convirtiéndose ambos en sujetos equivalentes que podrían reconocerse unos a otros como iguales. Sin embargo, Beauvoir advierte cómo la situación de la mujer continúa privándole de su libertad. Una mujer, que es en principio un ser humano indistinto de los demás, no encuentra el camino para afirmarse como sujeto porque se descubre en un mundo que ya desde la infancia le asigna un papel de objeto. Así lo pone de manifiesto Beauvoir en la introducción de su gran obra: Ahora bien, lo que define de forma singular la situación de la mujer es que, siendo como todo ser humano una libertad autónoma, se descubre y se elige en un mundo en el que los hombres le imponen que se asuma como la Alteridad; se pretende petrificarla como objeto, condenarla a la inmanencia, ya que su trascendencia será permanentemente trascendida por otra conciencia esencial y 4 Butler, J., “Variaciones sobre sexo y género. Beauvoir, Wittig y Foucault”, en Benhabib, S y Cornella, D, Teoría feminista y teoría crítica, Ediciones Alfons el Magnánim, Valencia, 1990, pág. 199 8 soberana. El drama de la mujer es este conflicto entre la reivindicación fundamental de todo sujeto que siempre se afirma como esencial y las exigencias de una situación que la convierte en inesencial5. Las mujeres siempre han sido extranjeras en un mundo dirigido por los hombres, criaturas extrañas a las que se ha identificado como objetos desde tiempos inmemoriales manteniéndolas en ese lugar de desventaja que ha conformado su situación, pero Beauvoir nos libera del drama esencialista con su pensamiento puesto que toda situación puede cambiar, es móvil, mutable. La autora nos envuelve así en una atmósfera de esperanza y libertad. No existen ataduras eternas, no debemos creer en un destino ya dado desde el instante de nuestro nacimiento que nos encierre inexorablemente en la opresión. Wittig seguirá el hilo del razonamiento de Beauvoir posicionándose radicalmente en contra de cualquier aproximación a un “eterno femenino”, adoptará una postura materialista desde la cual concebirá el mito de la mujer como una realidad política que puede y debe combatirse. De este modo lo pondrá de manifiesto: Un análisis feminista materialista muestra que lo que nosotras consideramos causa y origen de la opresión, es solamente la “marca” que el opresor impone sobre los oprimidos: el “mito de la mujer”, con sus manifestaciones y efectos materiales en las conciencias y en los cuerpos apropiados de las mujeres. La marca no preexiste a la opresión6. Wittig defiende así de un modo seguro y tajante que es la misma dominación, adoptando la forma del “mito de la mujer”, la que crea y da forma a sus víctimas, lo que Wittig entiende por “las mujeres” es el resultado directo de ese mito, y toda su propuesta feminista se centra en la necesidad de estas últimas de tomar conciencia de clase con el fin de abolir precisamente su clase, de suprimir definitivamente la distinción que se impone socialmente desde el nacimiento entre “hombres” y “mujeres”. ¿Por qué se efectúa una escisión entre esas dos categorías concretas? La justificación bajo la cual se cobija tal distinción pasa por naturalizar la heterosexualidad, ofreciéndola como una relación natural necesaria y, por lo tanto, estableciéndola como la norma. En palabras de Wittig: La categoría de sexo es la categoría que establece como “natural” la relación que está en la base de la sociedad (heterosexual), y a través de ella la mitad de la población -las mujereses 5 Beauvoir, S., El segundo sexo, op.cit., pág. 63 6 Wittig, M., “No se nace mujer”, en Wittig, M., El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Egales, Madrid, 2006, pág. 34 9 “heterosexualizada” (la fabricación de las mujeres es similar a la fabricación de los eunucos, y a la crianza de esclavos y de animales) y sometida a una economía heterosexual7. Las categorías de sexo que Wittig sitúa como herramientas de opresión se construyen sobre la relación heterosexual, conformando los cuerpos y las mentes, adentrándose en las mujeres hasta llevarlas a ser lo que son, “mujeres” como producto, “mujeres” exactamente como conviene a las constantes del mito, añadiendo como elemento final tornar este producto que llaman “ser mujer” como necesario y definitivo, atándolo a la tiranía del deseo heterosexual. Pero si se trata de un dato incuestionable, si una mujer se define principalmente por un cuerpo al que la naturaleza conduce a relacionarse sexualmente con los hombres, ¿qué ocurre con la homosexualidad?, ¿cómo puede concebirse una mujer lesbiana si nos encerramos en lo que se nos ofrece como natural? Wittig concluirá con una sorprendente afirmación que constituirá una de las claves de su postura feminista: “las lesbianas no son mujeres”8. Es en tal declaración donde Wittig nos ofrece la prueba de que tanto género como sexo no son más que una marca creada para subyugar a seres humanos encerrándoles en una posición que exige el cumplimiento total de determinadas características supuestamente naturales, aspectos que la lesbiana destruye de forma violenta sencillamente con su existencia. De este modo podemos observar que las dos autoras se enfrentan al “mito” por sendas distintas: Beauvoir considera que venimos al mundo con un sexo determinado que deriva en la asunción de un género, que implica a su vez toda una serie de características, funciones, particularidades que nos son impuestas y conducen finalmente a la mujer a ocupar el lugar de lo “otro”; y puede decirse que Wittig avanza un paso más al pretender romper con la categoría de sexo, al afirmar que existen seres humanos que son un ejemplo vivo de que es posible escapar, salirse de la norma que divide al ser humano en dos formas de ser, sentir y existir claramente marcadas. La diferencia entre sus posiciones se observa de forma clara reflexionando sobre la biología. La anatomía humana parece ser el punto principal de referencia tomado para ejecutar la escisión 7 Wittig, M., “El pensamiento heterosexual”, en Wittig, M, El pensamiento heterosexual y otros ensayos, op.cit., pág. 26 8 Ibíd., pág. 57 16 deben ser visibles. (…) Las mujeres son muy visibles como seres sexuales, pero como seres sociales son totalmente invisibles16. Las historias de héroes, de grandes aventuras y conquistas no las protagonizan mujeres, a ellas por el contrario les está reservada una infinidad de costumbres, de discursos que les mostrarán paso por paso que su lugar es muy distinto; se les inculcará desde la niñez un destino que implicará concebir su vida siempre en torno al sexo opuesto y a su relación con él. Esta situación da lugar a graves consecuencias, tales como la concepción del matrimonio y la maternidad en tanto que obligación social para la mujer. Parece relevante, por lo tanto, detenerse a analizar las reflexiones de ambas autoras acerca de su papel como esposa y madre. Se presupone a la mujer atada “por naturaleza” a la reproducción de la especie asignándole las tareas y funciones adecuadas para ello tal como Wittig pone de manifiesto: “la categoría de sexo es el producto de la sociedad heterosexual que impone a las mujeres la obligación absoluta de reproducir “la especie”, es decir, reproducir la sociedad heterosexual”17. Le corresponde tanto el trabajo doméstico como el cuidado de los hijos y de las hijas, funciones que la anulan y la supeditan a una eterna dependencia, como si se tratase de una niña perpetua a la que se le enseña que no debe desear ser mayor de edad, indicándole con palabras amables que su camino se encuentra inexorablemente trazado. Además del carácter coercitivo que de por sí tienen los mecanismos sociales que conducen a la mujer a creer que carece de opciones, Beauvoir nos mostrará hasta qué punto el trabajo doméstico en sí mismo constituye para la mujer un impedimento a la hora de avanzar y llegar a ser sujeto: “el ama de casa se desgasta corriendo sin moverse de su sitio; no hace nada; simplemente perpetúa el presente; no tiene la impresión de conquistar un bien positivo, sino de luchar indefinidamente contra el mal”18. Desde su punto de vista, el trabajo doméstico es una tarea tediosa, repetitiva y ante todo improductiva; se trata de llenar un vacío que reaparece constantemente, es una labor que sólo resulta significativa si está ausente y, por lo tanto, no se trata de una actividad con la que la mujer pueda realizarse, supone una cárcel para aquella que no trabaja fuera de casa y un sobreesfuerzo 16 Wittig, M., “La categoría de sexo”, en Wittig, M., El pensamiento heterosexual y otros ensayos, op.cit., págs. 27-28 17 Ibíd., pág. 26 18 Beauvoir, S., El segundo sexo, op.cit., pág. 579 17 para la que sí lo hace. Wittig afirmará que se trata de un trabajo que al disfrazarse de deber natural es apropiado y absorbido por los hombres: La reproducción consiste esencialmente en este trabajo, esta producción realizada por las mujeres, que permite a los hombres apropiarse de todo el trabajo de las mujeres. Hay que incluir aquí la apropiación del trabajo que está asociado “por naturaleza” a la reproducción: criar a los hijos, las tareas domésticas19. Puede decirse que ambas posiciones coinciden en destacar hasta qué punto el trabajo doméstico ha sido y es devaluado y despreciado presuponiéndose que siempre será realizado y que son las mujeres las que deben hacerlo, incluso si su trabajo continúa fuera del hogar. El matrimonio aparece así como una institución opresiva en el pensamiento de ambas. Sin embargo, Beauvoir atisba una luz de esperanza que Wittig no parece apreciar, ella comprende el matrimonio como una institución que, aunque oprime en mayor medida a la mujer, tampoco satisface al hombre, sosteniendo que un cambio radical de la situación de la mujer podría renovarlo y liberarlo de su malignidad. Así afirma: “nadie pretende negar las tragedias y las mezquindades conyugales, pero los conflictos entre los esposos vienen de la mala voluntad de los individuos, no de la institución”20. De modo que la institución podría mantenerse buscando la solución de la mano de una modificación fundamental en la situación de la mujer que la haga libre: “para que entre los esposos haya lealtad y amistad, la condición indispensable es que ambos sean libres uno respecto al otro y concretamente iguales”21. En cambio, si atendemos al pensamiento de Wittig la mera existencia de una institución como el matrimonio perpetúa necesariamente la heterosexualidad, reforzada por la división entre los sexos. Wittig jamás concebiría la unión del matrimonio heterosexual como sana puesto que se basa en las categorías que considera necesario suprimir. 19 Wittig, M., “La categoría de sexo”, en Wittig, M., El pensamiento heterosexual y otros ensayos, op.cit., pág. 26 20 Beauvoir, S., El segundo sexo, op.cit., págs. 612-613 21 Ibíd., pág. 612 18 Del mismo modo va a enfrentarse a la maternidad, entendiéndola como un modo de control, una parte más de la estrategia política que en último término es la heterosexualidad; ser madre es presentado como la actividad femenina por excelencia. El hecho de que Wittig relacione fervientemente la maternidad con el mito de la mujer se muestra en Borrador para un diccionario de las amantes, en el que el papel de madre aparece como característica definitoria de “la mujer” tal como la entiende el mito: Desde que las madres provocaron el estallido de la armonía en el jardín terrestre, no quisieron ya llamarse amazonas. Se hicieron llamar mujeres, para designar su función específica, aquellas-queengendran-antes-que-nada. Las madres no otorgaron esta denominación de mujer a las amazonas más que al lado de una palabra descriptiva, para diferenciarlas de aquello que consideraban verdaderamente una mujer. Las llamaban mujeres-guerreras, mujeres-amantes, mujeres-cazadoras, mujeres errantes. Entre las amazonas no había mujeres identificadas como mujeres, es decir, como función, o sea, como madres22. De este fragmento puede deducirse que para escapar del mito que nos apresa y oprime es necesario cuestionar radicalmente la maternidad como instinto, como función principal mediante la cual es posible definir a las mujeres. Wittig cuestiona radicalmente el modo en el que es construida y utilizada para oprimir, convirtiéndola en una renuncia a la vida misma, en una atadura asfixiante que una vez más encierra a la mujer en un rol de heterosexualidad obligatoria. En este aspecto vuelve a tener mucho en común con Beauvoir quien también rompe radicalmente con la creencia en una suerte de instinto maternal; nuevamente la autora recalca que resulta necesario atender a la situación de la mujer en su conjunto, así afirma: “todos estos ejemplos bastan para mostrar que no existe el “instinto” maternal: la palabra no se aplica en modo alguno a la especie humana. La actitud de la madre está definida por el conjunto de su situación y por la forma en la que la asume”23. Suele considerarse la maternidad como el acto final con el que la mujer se realiza en su feminidad, suponiendo que una especie de fuerza natural incita a todas y cada una de las mujeres a perderse en un deseo arrollador de dar a luz. Beauvoir nos ofrece diferentes ejemplos de mujeres 22 Wittig, M., Borrador para un diccionario de las amantes, Lumen, Barcelona, 1984, pág.150 23 Beauvoir, S., El segundo sexo, op.cit., pág. 664 19 que, lejos de desear un embarazo, son apresadas en él por una prohibición del aborto tan injusta como asesina. Así narra en su novela Cuando predomina lo espiritual el caso de una estudiante que queda embarazada y expresa claramente que detesta al padre y no quiere casarse con él ni engendrar ese hijo, buscando ayuda en una profesora a la que considera liberal, quien se escandaliza por el embarazo de una mujer soltera y muestra horror ante la sola mención del aborto. Tampoco es cierto que la mujer posea un don natural para criar a los hijos e hijas, suponiendo entre ellos un vínculo casi mágico e inexplicable que la llevará a saber exactamente qué pasos seguir sin cometer error alguno en la relación que le une a sus pequeños. No hace falta ahondar mucho en cuentos infantiles y demás producciones imaginarias para comprobar que todo comportamiento moralmente reprochable cae sobre la figura de “la madrastra”, envolviendo a la madre biológica en una especie de resplandor angelical. Beauvoir destaca la existencia de numerosos conflictos entre madres e hijos fruto en gran medida de una situación que las aprisiona en su rol de madre, que les exige mediante la educación y los discursos creer que su mayor anhelo en la vida debe ser casarse y dedicarse a su descendencia. De este modo nuestras dos pensadoras unirán la fuerza de su pensamiento de nuevo en la denuncia de una maternidad que funciona como instrumento de control, disfrazada por prejuicios sociales que pretenden encontrar sus raíces en una supuesta naturaleza que no existe por sí sola, que resulta incomprensible separada de la sociedad. Tanto Wittig como Beauvoir reivindican la necesidad de una maternidad completamente opcional, para lo cual es necesario un cambio social fuerte que no solo garantice libertad en torno a la decisión de ser madre, legalizando tanto el aborto como la inseminación artificial, sino que libere a las mujeres de la presión que pesa sobre ellas cuando desde la infancia se les enseña su supuestamente natural función de reproductoras. A pesar de que ambas autoras están de acuerdo en su crítica a la maternidad tal como la concibe el mito, la diferencia de sus enfoques vuelve a surgir; si atendemos a la postura de Wittig observaremos un toque más radical, pues ve en ella la exigencia más cruel del sistema heterosexual que nos oprime, teñida de una renuncia y dedicación que la autora calificará de esclavitud. Por su parte, Beauvoir vuelve a mostrar cierta fe en un cambio social que permita a la mujer llegar a ser un sujeto equivalente a un hombre sosteniendo la posibilidad de ser madre, sin que ésta suponga un lastre o un impedimento para su realización como individuo. 20 De este modo se puede entrever una bifurcación en sus caminos, ambas entienden “ser mujer” como un mito cuyas consecuencias se reflejan en el acto de relegar a la mujer al lugar de lo otro, conformando su identidad y la concepción de ella misma hasta tal punto que jamás han llevado a cabo una verdadera revolución. La diferencia de sus posiciones se encuentra en el enfoque desde el que cada una se enfrenta al problema, la pretensión de Wittig de suprimir la categoría de sexo se dirige fervientemente contra la heterosexualidad como sistema político situándola como centro de la opresión. Sin embargo, Beauvoir no considera que el foco del problema se encuentre en tal relación así como su pensamiento tampoco apunta a la supresión de la división sexual. Mientras que Wittig no concibe más salida que suprimir la categoría de sexo, tal como sostiene Elvira Burgos: Wittig no propone ni conceptualizar de otro modo, sin abandonarla, la categoría mujer ni diseñar una relación diferente entre mujeres y hombres. Ambas posibilidades quedan claramente excluidas porque ninguna permite la acción transformadora. Las palabras mujer y hombre no remiten, se conciban como se conciban, a una situación anterior a la opresión; esos términos mismos oprimen, son creados para oprimir24. Esta distancia que las separa se manifestará con fuerza atendiendo al modo en el que ambas comprenden la figura de la lesbiana. No deja de ser significativo el hecho de que Beauvoir dedique un capítulo de la segunda parte de su obra a la lesbiana, denota que para ella es relevante llevar a cabo una reflexión en torno a la homosexualidad femenina, analizándola a su vez en relación con la situación de la mujer. Beauvoir libera el lesbianismo de explicaciones biológicas así como de la postura psicoanalítica que entiende a la lesbiana como un fallo en la evolución de la mujer. La autora va a defender a ultranza que la sexualidad corresponde a una libre elección del sujeto, un modo de elegirse frente a la existencia. De este modo, afirma: “la homosexualidad no es ni una perversión deliberada ni una maldición fatal. Es una actitud elegida en situación, es decir, a un tiempo motivada y libremente adoptada”25. Esta declaración constituye sin duda una mirada favorable ante el lesbianismo, pero no llega a ser una vía de salvación, de ruptura con el mito. Beauvoir, como también hará Wittig, considera un error atribuir todo comportamiento que denote actividad al género masculino, posicionándose una 24 Burgos, E., “La lesbiana como punto de vista subversivo: Beauvoir y Wittig” (en prensa), proporcionado por la autora, pág. 6 25 Beauvoir, S., El segundo sexo, op.cit., pág. 537 21 vez más radicalmente en contra del significado que la sociedad ha atribuido a la “feminidad”, de este modo el hecho de que una mujer sea activa no quiere decir que desee ser un hombre sino que rechaza su condición de mutilada. No se trata de que las mujeres inexorablemente deben llegar a ser femeninas y por tanto sumisas, pasivas, madres y esposas infinitamente pacientes y siempre dispuestas; aquello que llaman “feminidad” no es más que un límite que se erige para impedir a la mujer llegar a ser sujeto, puesto que toda conducta o actitud relacionada con afirmarse queda vinculada automáticamente con lo masculino. Es normal, por lo tanto, que la mujer se rebele. Tal como Beauvoir sostiene lo extraño no es que la mujer reaccione negativamente ante las condiciones que la “feminidad” le exige, “no se trata de saber por qué las rechaza; el problema es más bien entender por qué las acepta”26. Sin embargo, el camino tomado para rebelarse contra la pasividad y sumisión que se exige a la mujer no es inseparable de la homosexualidad femenina, por el contrario, existen tanto mujeres lesbianas que toman roles pasivos como heterosexuales que desafían todo prejuicio tomando una actitud agresiva y valerosa. Así Beauvoir sostiene que: “el hombre se siente más molesto ante una heterosexual activa y autónoma que ante una homosexual no agresiva; la primera cuestiona las prerrogativas masculinas; los amores sáficos están lejos de contrariar la forma tradicional de división de sexos”27. Beauvoir no llega a separar de forma clara la mujer heterosexual de la lesbiana, para ella ambas sufren el mito y asumen su situación de diversas maneras, la actitud de rechazo a la “feminidad” así como la de aceptación ante ésta pueden ser tomadas por cualquier mujer independientemente de su sexualidad, es posible observar reacciones semejantes en ambas. Wittig romperá radicalmente con esta postura abriendo la puerta a otra línea de pensamiento centrada en el lesbianismo como principal estrategia de lucha, pues para ella la lesbiana es una reacción contra el mito porque con su mera existencia ya escapa a él; la lesbiana no puede encerrarse en las categorías de sexo, no es una mujer pero tampoco un hombre. ¿Qué quiere decir exactamente que la lesbiana no es una mujer? Significa sencillamente que no obedece a las exigencias del mito, consecuencia que se deriva directamente de la vinculación que existe según Wittig entre la opresión y la heterosexualidad. 26 Ibíd., pág. 523 27 Ibíd., pág. 520 22 Así Wittig sostendrá: Además, la lesbiana es el único concepto que conozco que está mas allá de las categorías de sexo (mujer y hombre), pues el sujeto designado (lesbiana) no es una mujer ni económicamente, ni políticamente, ni ideológicamente. Lo que constituye a una mujer es una relación social específica con un hombre, una relación que hemos llamado servidumbre, una relación que implica obligaciones personales y físicas y también económicas (…), una relación de la cual las lesbianas escapan cuando rechazan volverse o seguir siendo heterosexuales28. La posición de Beauvoir no defiende en absoluto esta idea, pues no explicita ni mucho menos que la lesbiana escape a la opresión por el hecho de renunciar a la heterosexualidad, ni tampoco considera que ésta constituya impedimento alguno para buscar una solución; únicamente debe transformarse la situación para que hombres y mujeres se miren como iguales. Es cierto que defiende la relación sexual entre dos mujeres como un universo de paz y armonía, el único recodo donde dos personas pueden amarse sin tensiones, completamente sincronizadas jugando al mismo tiempo el papel de sujeto y objeto. En palabras de Beauvoir: Entre mujeres el amor es contemplación; las caricias no están tan destinadas a apropiarse de la alteridad como a recrearse lentamente a través de ella; una vez abolida la separación, no hay ni lucha, ni victoria, ni derrota; en una reciprocidad exacta cada una es al mismo tiempo sujeto y objeto, soberana y esclava; la dualidad es complicidad29. Sin embargo, en otros fragmentos del mismo capítulo defenderá una posible reciprocidad en las relaciones heterosexuales, Beauvoir dirá que “hay que observar no obstante que las mujeres más decididas, más dominadoras, no dudan demasiado en enfrentarse con el varón: la mujer llamada “viril” suele ser una heterosexual clara”30. De este modo se puede observar cómo Beauvoir se detiene mucho antes de considerar el lesbianismo una práctica social que combata el mito de la mujer, tal como va a proponer Wittig; la sexualidad en su pensamiento no jugará un papel demasiado relevante ni para plantear el problema ni como posible resolución, tal como afirma Elvira Burgos “no hay duda: el lesbianismo no es 28 Wittig, M., “No se nace mujer”, en Wittig, M, El pensamiento heterosexual y otros ensayos, op.cit., pág. 43 29 Beauvoir, S., El segundo sexo, op.cit., pág. 530 30 Ibíd., pág. 524 23 índice sin más para Beauvoir de libertad, de un proyecto de vida donde quede quebrada la fatal dependencia de las mujeres con respecto a los hombres”31. Para Wittig la lesbiana es mucho más que una mujer que mantiene relaciones homosexuales, es el primer paso del camino que conducirá no solo a las mujeres sino a la humanidad entera a una atmósfera de libertad, a una sociedad en la que no exista categoría alguna que pueda oprimir ni limitar, la lesbiana puede conducir hacia un mundo donde nacer con un cuerpo determinado no marque por necesidad un destino inevitable, no constituya una sarta de órdenes sobre cómo vivir. Así, las dos autoras identifican “ser mujer” como mito distanciándose en algunos aspectos relevantes a la hora de analizarlo y enfrentarlo; coincidiendo sin embargo en la necesidad de destruirlo y liberar por fin a la mujer de la situación que la oprime. ¿Qué caminos propone cada una de ellas para combatir la situación de la mujer? Procede ahora analizar las soluciones que defienden ambas. 31 Burgos, E., “El escándalo de lo humano: lesbianas y mujeres”, (en prensa), proporcionado por la autora, pág. 13 24 LA DESTRUCCIÓN DE “LA MUJER” A la hora de enfrentarse al mito, tanto Beauvoir como Wittig consideran necesario llevar a cabo una transformación que afecte a la sociedad en su conjunto. Dicho cambio radical no puede producirse reivindicando el poder de “lo femenino”, pues adoptar una postura de esa índole nos encerraría en el mito para siempre, tratándose a su entender de una trampa en la que muchas feministas han caído presas. Wittig lanza críticas explícitas hacia tales estrategias reivindicando la necesidad de tomar otro camino que haga explotar por completo todo el sistema que oprime y limita a las mujeres. De este modo la pensadora, recuperando a Beauvoir, nos advertirá: Simone de Beauvoir subrayó precisamente la falsa conciencia que consiste en seleccionar de entre las características del mito (que las mujeres son diferentes de los hombres) aquellas que parecen agradables y utilizarlas para definir a las mujeres. Utilizar eso de que “es maravilloso ser mujer”, supone asumir, para definir a las mujeres, los mejores rasgos (¿mejores respecto a quién?) que la opresión nos ha asignado, y supone no cuestionar radicalmente las categorías “hombre” y “mujer”, que son categorías políticas (y no datos naturales)32. Por su parte, Beauvoir señala en diversas ocasiones cómo cambiando la situación de la mujer se perderán ciertos rasgos de esa construcción que podían resultar encantadores. Asimismo recalca hasta qué punto resulta indispensable que “el encanto femenino”33 se desvanezcan para una liberación tanto de las mujeres como de los hombres, puesto que Beauvoir comprende las relaciones entre ambos sexos, tal y como han sido tejidas por el mito, condenadas al enfrentamiento. Y entiende que únicamente podrá desaparecer la belicosidad existente entre ellos y ellas apostando por un cambio radical que suprima por completo la “feminidad”, de este modo “la disputa durará mientras los hombres y las mujeres no se reconozcan como semejantes, es decir, mientras se perpetúe la feminidad como tal”34. Las mujeres no deben aferrarse a supuestas ventajas derivadas de su condición, tanto Wittig como Beauvoir no concebirán una igualdad basada en la diferencia. Es necesario que el lugar del sujeto deje de estar ocupado por lo masculino, que las mujeres desaparezcan en tanto que criaturas 32 Wittig, M., “No se nace mujer”, en Wittig, M, El pensamiento heterosexual y otros ensayos, op.cit., pág. 36 33 Beauvoir, S., El segundo sexo, op.cit. pág. 900 34 Ibíd., pág. 890 25 construidas y creadas como inferiores; y dar este paso lleva necesariamente consigo en opinión de ambas romper con “lo femenino” que ha conducido a la subyugación de la mujer. ¿Qué camino ha de tomarse para lograr la liberación?, ¿qué estrategias son válidas? En este punto las posiciones de Beauvoir y Wittig se alejarán de nuevo. En primer lugar, es importante recordar que Wittig entiende a las mujeres como clase; su estrategia se basa en tomar conciencia de que no somos un “grupo natural” y en que debemos luchar por la abolición de nuestra clase para así lograr una verdadera liberación. Tal idea le permite asimilar la categoría “sexo” a otras como “raza” abogando por su inexistencia natural así como por la necesidad inminente de su desaparición. Por el contrario, Beauvoir dejará claro, una vez más, que la situación de la mujer es distinta debido a que la división de los sexos es un hecho natural: “el vínculo que la une a sus opresores no se puede comparar a ningún otro. La división de los sexos es un hecho biológico, no un momento de la historia humana”35. A lo largo de El segundo sexo se esfuerza en mostrar cómo la división de sexos ha sido entendida por la sociedad de un modo esclavizante para aproximadamente la mitad de los seres humanos, perpetuando la situación del género femenino, encarcelando a la mujer, en el lugar del otro absoluto. Asimismo la autora pone de manifiesto cómo en muchos casos las mujeres sufren cuando comprenden que les espera un destino donde no pueden desarrollarse en tanto que sujetos, resignándose a padecer la situación a la que han sido condenadas. Beauvoir considera urgente romper con esta situación. El mundo entero va a tener que cambiar para que hombres y mujeres cohabiten reconociéndose unos a otros, en una relación recíproca de hermandad. El lugar del sujeto que persigue Beauvoir, desde su perspectiva existencialista, debe ser ocupado por cualquier ser humano independientemente de su sexo o de su cuerpo y para ello todo lo que implica el mito de “ser mujer” tiene que desvanecerse. ¿Cómo lograrlo?, ¿de qué forma llevar a cabo la transformación? Beauvoir reconocerá una gran importancia a la progresiva emancipación económica de las mujeres, pero no la considerará suficiente; es necesaria una mutación más profunda que se dirija contra las costumbres y prejuicios sociales que llevan manteniéndose inmutables durante generaciones. De este modo propone: La mujer no se define por sus hormonas, ni por instintos misteriosos, sino por la forma en que percibe, a través de las conciencias ajenas, su cuerpo y su relación con el mundo; el abismo que separa 35 Ibíd., pág. 54 32 BIBLIOGRAFÍA Beauvoir, S., El segundo sexo, Cátedra, Madrid, 2011. Beauvoir, S., Cuando predomina lo espiritual, Edhasa, Barcelona, 1985. Burgos, E., “El escándalo de lo humano: lesbianas y mujeres”, (en prensa), proporcionado por la autora. Burgos, E., “La lesbiana como punto de vista subversivo: Beauvoir y Wittig” (en prensa), proporcionado por la autora. Burgos, E., “¿Qué es una mujer?: Beauvoir, Wittig y Butler”, en San Martín, J. y Domingo Moratalla, T. [Eds.], Perspectivas sobre la vida humana: cuerpo, mente, género y persona, Biblioteca Nueva, Madrid, 2011. Butler, J., “Variaciones sobre sexo y género. Beauvoir, Wittig y Foucault”, en Benhabib, S y Cornella, D, Teoría feminista y teoría crítica, Ediciones Alfons el Magnánim, Valencia, 1990, págs. 193-211. Carro, S., Tras las huellas de El segundo sexo en el pensamiento feminista contemporáneo, KRK, Oviedo, 2002. López Pardina, Mª T., Simone de Beauvoir: una filósofa del siglo XX, Servicio de publicaciones de la universidad de Cádiz, Cádiz, 1998. Wittig, M. y Zeig, S., Borrador para un diccionario de las amantes, Lumen, Barcelona, 1981. Wittig, M., El cuerpo lesbiano, PreTextos, Valencia, 1977. Wittig, M., El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Egales, Madrid, 2006. Wittig, M., Las guerrilleras, Seis Barral, Barcelona, 1971.