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Abstract

La rebelión aragonesa de 1591, identificada desde el siglo XIX bajo la expresión "alteraciones de Aragón", ha recibido bastante atención historiográfica. Sin embargo, quedan muchas preguntas sin responder sobre su naturaleza, composición social, extensión geográfica y raíces ideológicas. Para tratar de resolver algunos de estos interrogantes se ha revisado críticamente la literatura sobre el asunto y se han rastreado los archivos en busca de información inédita. Los seis capítulos resultantes componen dos bloques diferenciados. El primero (capítulos I y II) pretende dotar de un marco teórico a la rebelión de 1591 y acomete el estudio del tratamiento dispensado por la historiografía. El segundo (capítulos III, IV, V y VI) contextualiza el conflicto en la última década del siglo XVI, propone una periodización del levantamiento, estudia la extracción social de sus protagonistas y evalúa sus consecuencias a partir de una descripción minuciosa de la represión ordenada por Felipe II. Gascón Pérez, Jesús; Colás Latorre, Gregorio

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2011 15 Jesús Gascón Pérez La rebelión aragonesa de 1591 Departamento Director/es Historia Moderna y Contemporánea Colás Latorre, Gregorio Director/es Tesis Doctoral Autor Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA Departamento Director/es Jesús Gascón Pérez LA REBELIÓN ARAGONESA DE 1591 Director/es Historia Moderna y Contemporánea Colás Latorre, Gregorio Tesis Doctoral Autor 2000 Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA Departamento Director/es Director/es Tesis Doctoral Autor Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA LA R EBELIÓN ARAGONESA DE 1591 J ESÚS G ASCÓN P ÉREZ TESIS DOCTORAL U N I V E R S I D A D D E Z A R A G O Z A F A C U L T A D D E F I L O S O F Í A Y L E T R A S D EPARTAMENTO DE H ISTORIA M ODERNA Y C ONTEMPORÁNEA L a R e bel i ón A r agones a de 1591 Tesis Doctoral presentada por el Ldo. D. Jesús Gascón Pérez Bajo la dirección del Dr. D. Gregorio Colás Latorre Profesor Titular del Depto. de Historia Moderna y Contemporánea Tomos I y II Zaragoza, 2000 D. Legal: Z-3505-2001 I.S.B.N.: 84-95480-46-8 V Índice. TOMO PRIMERO. Introducción, 1 Siglas y acrónimos utilizados ................................................................................. 33 Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios ......................... 37 1. La revolución, un tema de estudio apasionante y complejo ..................... 39 1.1. Los fenómenos revolucionarios en la literatura política anterior a la Ilustración ...................................................................................... 41 1.2. Los análisis de los fenómenos revolucionarios a partir de 1789: dificultades metodológicas y conceptuales ....................... 48 2. Modelos y teorías propuestos para el análisis de los fenómenos revolucionarios ........................................................................... 66 2.1. Los análisis de la revolución en el siglo XIX .................................... 68 2.2. Las «historias naturales» de la revolución ....................................... 74 2.3. Las teorías generales de la violencia política .................................. 77 2.4. Las teorías estructurales de la revolución ........................................ 93 3. La contribución de los historiadores al estudio de los fenómenos revolucionarios ........................................................................... 108 3.1 La «historia social» y la revolución .................................................. 109 3.2. Algunas consideraciones sobre el análisis de los fenómenos revolucionarios preindustriales ...................................... 119 Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión ................................................................................................... 135 1. Relaciones y crónicas coetáneas de los acontecimientos ......................... 137 1.1. Las primeras informaciones ................................................................ 138 1.2. Las Relaciones de Antonio Pérez ....................................................... 147 1.3. La opinión de viajeros, eruditos y curioso ........................................ 161 1.4. La propaganda antiaragonesa de los cronistas «extranjeros» ...... 175 1.5. La apología del reino de Aragón y sus instituciones ....................... 208 2. Las interpretaciones liberales de las Alteraciones de Aragón ................. 263 2.1. El vacío historiográfico del siglo XVIII y la «corriente protoliberal» .......................................................................................... 265 2.2. La busca de raíces por los liberales ................................................... 277 2.3. La historiografía progresista y las «libertades de Aragón» ........... 285 2.4. El estudio clásico del Marqués de Pidal, reflejo del paradigma historiográfico conservador ............................................ 294 2.5. El Sexenio Democrático y los epígonos del Marqués de Pidal ...... 302 VI 2.6. Las Alteraciones , vistas por los regionalistas aragoneses .............. 314 3. El recuerdo de las Alteraciones y los últimos estudios sobre la Rebelión ...................................................................................................... 327 3.1. El tratamiento de las Alteraciones de Aragón en la historiografía de posguerra .......................................................................................... 328 3.2. Antonio Pérez y Aragón, a la luz del estudio de Gregorio Marañón ................................................................................................. 486 3.3. El fervor autonomista de los años 70 y la vindicación de lo aragonés ............................................................................................... 498 3.4. Los últimos debates sobre la naturaleza del conflicto y la aportación de las investigaciones recientes ............................. 352 4. La opinión de los hispanistas extranjeros ................................................... 363 Capítulo III. El contexto de la rebelión aragonesa ............................................. 387 1. La Monarquía de Felipe II en el contexto internacional del siglo XVI ... 389 1.1. Consecuencias internas de la política exterior de la Corona ......... 399 2. Aragón en el siglo XVI ................................................................................... 423 2.1. Rasgos demográficos y económicos ................................................... 424 2.2. La estructura social .............................................................................. 438 2.3. La organización política ...................................................................... 453 3. Los prolegómenos de la rebelión (1585-1590) ........................................... 478 3.1. El largo pleito de Teruel y Albarracín con la Monarquía .............. 479 3.2. La rebelión del Condado de Ribagorza ............................................. 486 3.3. La Guerra entre montañeses y moriscos ............................................ 498 3.4. El Pleito del virrey extranjero ............................................................. 501 3.5. Las resistencias a la aplicación del Privilegio de veinte ................ 505 3.6. Aragón, «un teatro de casos trágicos» .............................................. 524 Capítulo IV. De la defensa de Antonio Pérez a la resistencia contra Felipe II ........................................................................................................... 533 1. La periodización de la rebelión aragonesa ................................................. 535 2. La fase procesal (de abril de 1590 a mayo de 1591) .................................. 539 2.1. Antonio Pérez y la oposición política aragonesa ............................. 541 2.2. El motín contra la Inquisición ............................................................ 570 3. La fase coactiva (de mayo a septiembre de 1591) ...................................... 589 3.1. Antonio Pérez, el «vulgo ciego» y los «caballeros de la libertad» 590 3.2. El motín contra las autoridades regnícolas y la Inquisición .......... 626 4. La fase radical (de septiembre a octubre de 1591) .................................... 640 5. La fase militar (noviembre de 1591) ............................................................ 679 5.1. La preparación de la campaña militar .............................................. 681 5.2. La Jornada de los señores Justicia de Aragón y Diputado .............. 723 5.3. La Junta de Épila y el final de la resistencia institucional .............. 742 VII TOMO SEGUNDO Capítulo V. La Justicia, «armada de rigor y espanto» ....................................... 759 1. La ocupación militar y el comienzo de la represión .................................. 763 1.1. El retorno a la «normalidad» institucional ....................................... 761 1.2. La misión del Marqués de Lombay .................................................... 785 1.3. El final de la disimulación y el comienzo de los castigos ejemplares .............................................................................................. 804 1.4. La actividad represiva del Gobernador de Aragón ......................... 823 1.5. El Perdón General y la ira del Rey ..................................................... 836 2. La respuesta del reino ante la represión ..................................................... 844 2.1. Misiones diplomáticas y peticiones de clemencia ............................ 845 2.2. La convivencia con el ejército de Don Alonso de Vargas ............... 860 2.3. El fracaso de la Jornada de los bearneses y sus repercusiones para Aragón .......................................................................................... 884 2.4. El «reparo» forzoso de las instituciones regnícolas .......................... 908 3. Los «desastrados fines» de la rebelión ........................................................ 935 3.1. La persecución de los culpados .......................................................... 938 3.2. La actuación del comisario Lanz y la represión inquisitorial ........ 950 3.3. Castigos, mercedes y modificaciones forales: el contexto histórico de las Cortes de Tarazona ................................................. 978 3.4. El final de la represión ........................................................................ 1017 Capítulo VI. Una alternativa a la interpretación «aristocrática» de 1591 ..... 1033 1. «Apasionados» y «calumniados». La sociedad aragonesa ante la rebelión ................................................................................................. 1035 2. El «entorno aragonés» de Antonio Pérez .................................................... 1043 3. La oposición política aragonesa .................................................................. 1065 3.1. Los Duques de Villahermosa y su vinculación con el partido ebolista ................................................................................................... 1071 3.2. El Conde de Aranda y su entorno ......................................................... 1120 3.3. Otra «gente perdida, ciega y desbarriada» ........................................ 1189 4. «Los que defendían el puesto de Su Majestad» .......................................... 1275 Conclusiones ............................................................................................................ 1341 Fuentes y Bibliografía ............................................................................................. 1347 Introducción. «El libro que doy á luz parecerá á primera vista cosa escusada [sic]. En efecto, son muchos los que han escrito sobre este argumento [...]. Sin embargo, creo que el libro que publico ha de contener cosas muy nuevas, y esta es la causa que me decide á darle á la estampa» 1 . Aunque ha transcurrido aproximadamente un siglo y medio desde que el Marqués de Pidal escribiese tales palabras en el prólogo de su Historia de las alteraciones de Aragon , su extrapolación al caso presente puede resultar útil para ilustrar las intenciones que animan este trabajo de investigación. Al fin y al cabo, lo que aquí se llama «rebelión aragonesa de 1591» no es un tema, ni mucho menos, desconocido para la historiografía. Como ya pude comprobar al elaborar mi Memoria de Licenciatura 2 , son muchas las páginas que se han dedicado a este conflicto, que desde la segunda mitad del siglo XIX se ha venido denominando de forma casi unánime Alteraciones de Aragón . Dado que dicho término ha permanecido vigente hasta nuestros días, el lector comprenderá enseguida que proponer un cambio de nomenclatura conlleva un sutil distanciamiento —aunque no una ruptura absoluta— con respecto a la historiografía precedente. En este sentido, tras casi ciento cincuenta años desde la publicación de la monografía de Pidal y más de cincuenta desde la aparición del Antonio Pérez de Gregorio Marañón 3 , que pueden ser consideradas dos de las obras clásicas sobre el tema, no parece aventurado pensar que las preocupaciones e intereses de los historiadores han variado de forma notable por mucho que la metodología utilizada en una y otra época presente alguna semejanza 4 . 1 P IDAL , Pedro José, Marqués de Pidal, Historia de las alteraciones de Aragón en el reinado de Felipe II , Madrid, 1862-1863, t. I, p. V. 2 G ASCÓN P ÉREZ , Jesús, La rebelión aragonesa de 1591. Revisión historiográfica y nuevas fuentes , Memoria de Licenciatura, Universidad de Zaragoza, 1994. 3 M ARAÑÓN , Gregorio, Antonio Pérez (El hombre, el drama, la época) , Madrid, 1948, 2ª ed., 2 vols. 4 Una síntesis de los cambios experimentados en el modo de entender la historiografía a lo largo del siglo XX puede verse en I GGERS , Georg G., La ciencia histórica en el siglo XX , Barcelona, 1995. Jesús Gascón Pérez Introducción. 8 secretario habrá reconocido enseguida la semejanza entre sus quejas y el texto reproducido aquí. Por otro lado, tanto el Marqués como el resto de historiadores han aceptado como buenas las noticias ofrecidas por los cronistas coetáneos sin caer en la cuenta de que esta versión distorsiona la realidad de lo ocurrido al sobrevalorar el papel de Antonio Pérez como promotor del movimiento. De este modo, el comportamiento de los aragoneses se ha visto siempre a través del tamiz de su relación con el fugitivo, hasta el extremo de considerar que el móvil exclusivo de quienes tomaron parte en la sublevación fue su proximidad a él, bien por razones de afinidad personal e incluso de parentesco, o bien porque éste se hubiese ganado su voluntad mediante generosas sumas de dinero y la promesa de futuras recompensas. Dentro de este reducido marco causal no ha habido nunca lugar para la situación interna de Aragón durante la Edad Moderna, y la evolución política, social y económica del reino se ha despachado siempre mediante la repetición de generalizaciones tópicas y recurrentes, fruto de encendidos debates políticos antes que de investigaciones históricas rigurosas. Este hecho, inevitable en la pluma de los políticos-historiadores del siglo XIX, no ha experimentado cambio alguno en el transcurso de los últimos tiempos a pesar de que desde 1982 el modernismo aragonés cuenta con una obra fundamental, el Aragón en el siglo XVI de los profesores Colás Latorre y Salas Auséns 22 . En sus páginas se refleja, a la luz de una copiosa documentación, el complejo panorama social y político de los cien años anteriores a las Alteraciones . Sin embargo, aunque ambos autores abrieron el camino a una revisión del conflicto al hacer notar que «de forma consciente hemos eludido el análisis de los sucesos acaecidos en Zaragoza y el Reino los años 1591 y 1592 [...], y no porque creamos innecesaria una profunda revisión en el estudio de los mismos, sino porque concebida nuestra obra como un proceso continuo, lo 22 C OLÁS L ATORRE , Gregorio y S ALAS A USÉNS , José Antonio, Aragón en el siglo XVI , Zaragoza, 1982. Jesús Gascón Pérez Introducción. 9 acaecido en Aragón y su capital tras la llegada de Antonio Pérez, objeto de una copiosa historiografía, era la culminación lógica y, casi nos atreveríamos a afirmar, inevitable de aquel siglo» 23 , aún no se ha realizado ningún intento de relacionar 1591 con su entorno espacial y temporal. Ni siquiera se ha tratado de comprobar, a partir de los datos ofrecidos en la citada obra, si los participantes en el levantamiento habían tomado parte con anterioridad en otros episodios de violencia social o política. En el fondo, la desconexión entre la investigación sobre el contexto histórico y el episodio concreto que aquí nos atañe se debe a que todavía se conoce de modo meramente superficial los respectivos objetos de estudio. Por paradójico que pueda parecer, en ambos casos se ha llegado poco más allá del establecimiento de la sucesión cronológica de los acontecimientos, y la falta de investigaciones recientes sobre asuntos como las Alteraciones de Teruel y Albarracín , la Guerra entre montañeses y moriscos y e l Pleito del virrey extranjero , por citar sólo algunos ejemplos, hace imposible conocer las razones últimas que animaron a sus promotores, de cuya filiación social y política apenas se tienen datos. A este respecto, resulta especialmente llamativa la falta de investigaciones sobre los años inmediatamente anteriores a 1591, y en particular sobre el desarrollo y consecuencias de las Cortes de Monzón de 1585 24 . Y por lo que se refiere al estallido de las Alteraciones , tampoco sus protagonistas han merecido estudio prosopográfico alguno. Pese a ello, sigue manteniéndose la idea de que todo se debió a una serie de caballeros e infanzones subordinados a 23 Ibidem , p. 632. 24 Al margen de las crónicas coetáneas, tan sólo merece destacarse la aproximación a estas Cortes llevada a cabo recientemente por G IL P UJOL , Xavier, «‹A noticia de todos›: Las Cortes Generales de la Corona de Aragón de 1585 a través de fuentes externas», en B ELENGUER C EBRIÁ , Ernest, coord., Felipe II y el Mediterráneo , Madrid, 1999, vol. IV, pp. 213-230. De todos modos, como bien advierte el autor, la naturaleza de las fuentes manejadas en la elaboración del trabajo, que él mismo denomina «extraparlamentaria», no es la más apropiada para profundizar en la vida interna de las mismas, por lo cual «no se trata, pues, de reconstruir el desarrollo de las sesiones ni tampoco de analizar su labor legislativa». Antes bien, «lo que aquí se pretende es atender a noticias que circularon a propósito de aquella reunión» ( ibidem , pp. 214-215). Jesús Gascón Pérez Introducción. 10 Antonio Pérez que fueron capaces de movilizar a un grupo indefinido de personas englobado bajo términos genéricos como «vulgo», «multitud» o «pueblo». Pero nadie se ha preocupado de poner «caras en la multitud», por utilizar la expresión acuñada por George Rudé 25 . Ni siquiera existen estudios que desvelen la personalidad de quienes pertenecían a los estamentos privilegiados, entre los que es posible identificar a buen número de nobles sin título, caballeros y clérigos, amén de otras personas cuyo rango social sugiere la posibilidad de que hayan dejado un rastro documental relativamente fácil de seguir por el investigador. A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre el conflicto aragonés, todavía no existe un estudio que cumpla el objetivo planteado hace algunas fechas por el historiador portugués Antonio Manuel Hespanha, en cuya opinión «el estudio de toda conjura ‹revolucionaria› exige un detallado análisis por estratos, capaz de individualizar los diversos planos de insatisfacción y sus correlativas estrategias de resistencia» 26 . Con estos antecedentes, tampoco resulta extraña la absoluta inexistencia de trabajos acerca del pensamiento político aragonés, que sólo ha merecido alguna referencia tangencial en escritos de Xavier Gil Pujol y Gregorio Colás Latorre 27 . De este modo es imposible conocer si quienes se involucraron en la resistencia contra las tropas de Felipe II lo hicieron en virtud de motivaciones particulares o si, en realidad, en Aragón existía un movimiento organizado de oposición a la política de los Habsburgo. Aun así, resulta un lugar común insistir en el carácter reaccionario del levantamiento, que en ocasiones llega a 25 R UDÉ , George, La multitud en la Historia , Madrid, 1971, p. 201. 26 H ESPANHA , Antonio Manuel, «Revueltas y revoluciones», en La gracia del Derecho , Madrid, 1993, p. 318. 27 C OLÁS L ATORRE , Gregorio, «Bartolomé Leonardo...», op. cit. , pp. 34-46, G IL P UJOL , Xavier, «Aragonese Constitutionalism and Habsburg Rule: The Varying Meanings of Liberty», en K AGAN , Richard L. y P ARKER , Geoffrey, eds., Spain, Europe and the Atlantic World. Essays in Honour of John H. Elliott , Cambridge, 1995, pp. 160-187 y, de nuevo, C OLÁS L ATORRE , Gregorio, «Felipe II y el constitucionalismo aragonés», Manuscrits , 1998, nº 16, pp. 131-153. Más recientemente, yo mismo he realizado una aportación al tema, con el artículo «Los fundamentos del constitucionalismo aragonés. Una aproximación», Manuscrits , 1999, nº 17, pp. 253-275. Jesús Gascón Pérez Introducción. 11 contraponerse con la orientación progresista de las Comunidades castellanas. Incluso, Gregorio Marañón consideró 1591 como «el primer intento de separatismo en España» 28 . Detrás de semejante aseveración no es difícil encontrar un más que evidente compromiso político en defensa de la unidad nacional, actitud que, como se ha indicado, también compartía el Marqués de Pidal. Por otro lado, conviene destacar que esta interpretación de las Alteraciones aragonesas ha sido bien acogida por aquellos autores del siglo XX cuyo discurso presenta a las monarquías absolutas forjadas a lo largo de la Edad Moderna como un motor de progreso social, idea que ha sido descrita de forma precisa por el historiador italiano Rosario Villari: «Una tesis muy difundida atribuye la mayor parte d e los frecuentes intentos de rebelión y de los movimientos revolucionarios que precedieron a la Revolución francesa a la tensión entre la nobleza y los monarcas absolutos o, en términos más generales, a la resistencia retardataria y retrógrada de diferentes grupos sociales contra el Estado. Las monarquías habrían desempeñado las tareas de la reforma social, política e institucional necesaria para afirmar un nuevo sistema económico, realizando desde lo alto una suerte de ‹revolución› centralizadora e igualitaria» 29 . En este sentido, el caso aragonés es asimilado a otros ejemplos de desintegración territorial sin que en el fondo de tal consideración exista un análisis riguroso del pensamiento pactista vigente en aquel momento y del ordenamiento foral al que sustentaba. La opinión más extendida sobre el régimen político del reino y su soporte ideológico continúa postulando que éste no era sino una burda coartada para justificar la primacía social de una nobleza feudal que, en abierto desafío a la soberanía del monarca, ejercía un dominio absoluto y despótico sobre sus vasallos amparándose en unos fueros que tan sólo a ella beneficiaban. Sin entrar en otro tipo de consideraciones, esta interpretación olvida que, junto al derecho de vida y muerte reconocido a los señores, la 28 M ARAÑÓN , Gregorio, «Apostilla a ‹Averígüelo Vargas›», Boletín de la Sociedad Española de Excursiones , 1946, t. L, pp. 103-104. El autor reiteró la idea poco tiempo después, en su Antonio Pérez... , op. cit. , t. I, p. 168. 29 V ILLARI , Rosario, Rebeldes y reformadores del siglo XVI al XVII , Barcelona, 1981, p. 9. Jesús Gascón Pérez Introducción. 12 foralidad aragonesa contemplaba una serie de garantías procesales que muchos juristas del siglo XX no han vacilado en calificar de «modernas» y a las que podía acogerse un elevado porcentaje de la población. En consecuencia, la naturaleza del ordenamiento foral del reino y de la ideología que le sirvió de sustento es mucho más compleja de lo que se cree y precisa, por ello, de un análisis en profundidad. La misma reflexión cabría hacer al respecto de la extensión geográfica del conflicto. Siguiendo los discursos de los cronistas coetáneos, el Marqués de Pidal expresó su opinión de que el movimiento no tuvo repercusión alguna fuera de Zaragoza y que el conjunto del reino permaneció, cuando menos, indiferente a la convocatoria de Justicia y diputados a resistir a las tropas de Don Alonso de Vargas. Incluso, en algunos casos se rechazó de modo explícito el recurso a las armas. Profundizando en esta tesis, el doctor Marañón hizo notar, ya en 1947, que la «revuelta por los Fueros» que estalló en 1591 «se llama ‹de Aragón› y debiera denominarse, con mayor propiedad, zaragozana» 30 , idea que, como ya se ha dicho, en nuestros días han suscrito los profesores Jarque Martínez y Salas Auséns. A la hora de valorar el acierto de esta apreciación conviene tener presentes dos factores. Por un lado, el marcado tono apologético de las obras del siglo XVII, derivado de su interés en relativizar el alcance social y geográfico de lo ocurrido y que lleva a negar la existencia de focos de tensión fuera de la capital del reino. Por otro, la existencia de indicios que permiten presumir que tras la aparente indiferencia de las universidades aragonesas es posible hallar un panorama complejo, que sólo la consulta de nueva documentación ayudará a esclarecer. De hecho, ya el Marqués de Pidal constató la entusiasta respuesta de algunas localidades a la llamada del Justicia 31 , lo cual, sin embargo, no le hizo 30 M ARAÑÓN , Gregorio, Antonio Pérez... , op. cit. , t. II, pp. 485. 31 P IDAL , Pedro José, Historia de las alteraciones... , op. cit. , t. II, pp. 252-253. Jesús Gascón Pérez Introducción. 13 variar su juicio de conjunto. Y lo mismo cabe decir del episodio de resistencia a los ministros reales que tuvo por escenario el monasterio de San Pedro Mártir de Calatayud, asunto al que todos los autores dedican algunas páginas sin reflexionar sobre su importancia y limitándose a reiterar la evidencia de su conexión con la presencia de Antonio Pérez en la localidad. Por último, la información ofrecida en fechas recientes por el profesor Gil Pujol 32 invita a pensar que en la decisión final de los distintos concejos pudieron pesar el grado de identificación de las elites locales con el pensamiento pactista puesto en cuestión, los lazos familiares o clientelares con otros protagonistas, posibles enfrentamientos de ámbito municipal o comarcal e incluso condiciones geoestratégicas, como la cercanía de las tropas reales o la distancia con respecto a la capital 33 . Sea cual fuere la actitud adoptada por los respectivos municipios, todo parece apuntar que tras ella se encerró una complejidad mucho mayor que la reconocida por los estudios aquí mencionados. Por supuesto, aquilatar el alcance geográfico del movimiento de oposición no implica negar la evidencia de que en Zaragoza se desarrollaron los acontecimientos más destacados, empezando por los motines de mayo y septiembre y concluyendo por las principales manifestaciones del rigor de la justicia regia. Pero esto parece poco menos que inevitable, dado el peso que la ciudad tenía en el conjunto de Aragón por su condición de centro político y económico del reino. En resumidas cuentas, en ella se concentraban los tribunales de ámbito regional, entre los que se incluía la Corte del Justicia, lo cual hacía que, de modo natural, todos los grandes procesos hubiesen de resolverse en Zaragoza. Además, aquí se hallaba la sede de la Diputación, 32 G IL P UJOL , Xavier, «La comunidad local ante la entrada y despliegue del ejército del rey: toma de decisiones en una disyuntiva de fidelidades (Ágreda, Tarazona, Borja, Barbastro, Jaca)», Cuadernos de Estudios Borjanos , 1991, vol. XXV-XXVI, pp. 63-108. 33 La importancia de algunos de estos factores en la resolución del conflicto ya fue expuesta en mi trabajo «1591: El intento de formación de un ejército aragonés contra Felipe II», en III Congreso Internacional de Historia Militar , Zaragoza, 1997, pp. 359-369. Jesús Gascón Pérez Introducción. 14 institución que representaba al reino y que en 1591 tuvo un protagonismo innegable, al igual que había ocurrido en todos los conflictos políticos de la centuria. Por otra parte, quienes más han insistido en hablar de «alteraciones de Zaragoza» y en negar la participación del resto del reino 34 han subrayado al mismo tiempo que el municipio, entendido como institución, no tuvo parte alguna en lo sucedido 35 . De ahí que resulte incorrecto afirmar, como se ha hecho en un reciente artículo, que «hoy la historiografía aragonesa, más que hablar de alteraciones de Aragón, prefiere hablar de alteraciones de Zaragoza, dado que esta ciudad fue la única que se sublevó entre mayo y septiembre de 1591» 36 . Semejante aseveración, fruto quizá de una lectura precipitada del trabajo de los profesores Jarque Martínez y Salas Auséns, atribuye a la expresión «alteraciones de Zaragoza» un matiz causal que se aleja bastante de las intenciones expuestas por estos autores en la introducción de su obra 37 . Ahora bien, en cualquier caso, es preciso advertir que, aun cuando se pretendiera dotar a dicha expresión con tal matiz causal —al modo de la forma «rebelión de los catalanes» empleada por el hispanista británico John H. Elliott, por ejemplo—, conviene tener presentes los argumentos expuestos en el párrafo anterior y reflexionar sobre qué topónimo (Aragón o Zaragoza) refleja mejor la extensión y la autoría del movimiento. Naturalmente, es preciso aclarar que hablar de «rebelión aragonesa», o «de los aragoneses», no supone afirmar que toda la población del reino tomó parte en el conflicto. En este sentido cabría aplicar a 1591 la reflexión hecha por el historiador británico Christopher Hill a propósito del significado de la expresión 34 Así lo hacen, por ejemplo, J ARQUE M ARTÍNEZ , Encarna y S ALAS A USÉNS , José Antonio, Las alteraciones... , op. cit. , pp. 11 y 163. 35 J ARQUE M ARTÍNEZ , Encarna y S ALAS A USÉNS , José Antonio, «Entre la fidelidad al Rey y el acatamiento de la legalidad foral: Zaragoza en 1591», en F ERNÁNDEZ A LBALADEJO , Pablo, coord., Monarquía, Imperio y pueblos en la España Moderna. Actas de la IV Reunión Científica de la Asociación Española de Historia Moderna , Alicante, 1997, t. I, p. 479. 36 B ELENGUER C EBRIÁ , Ernest, «¿Teoría o praxis de la conflictividad político-social en la monarquía de Felipe II?», Chronica Nova , 1998, nº 25, pp. 69-70. 37 J ARQUE M ARTÍNEZ , Encarna y S ALAS A USÉNS , José Antonio, Las alteraciones... , op. cit. , p. 11. Jesús Gascón Pérez Introducción. 15 «revolución burguesa», que, a su entender, «is an unfortunate phrase if it suggests a revolution willed by the bourgeoisie, as ‹the Puritan Revolution› suggests a revolution made by Puritans to achieve Puritan ends. Perhaps a better analogy is the scientific revolution, to which contributions were made by many who were most ‹unscientific› by the standards of the science which emerged from the revolution. Boyle and Newton took alchemy seriously, Locke and Newton were millenarians» 38 . Desde este punto de vista, el presente trabajo no trata de reivindicar la existencia de un movimiento de ámbito nacional —o regional, según se mire—, ni mucho menos tratar de equiparar lo ocurrido en Aragón con los casos inglés, francés o norteamericano, que sin duda presentan diferencias notables con respecto al levantamiento aragonés. Ahora bien, es preciso valorar en su justa medida el alcance de la crisis registrada en 1591, pues, a tenor de la documentación conocida hasta la fecha, en ella tomaron parte miembros de todos los estamentos, aunque es cierto que lo hicieron a título personal y en virtud de motivaciones dispares, que conviene estudiar con detenimiento. A este respecto resulta at ractiva la opinión, manifestada en fechas recientes, que vincula causalmente el conflicto de 1591 con las dificultades económicas que, de forma generalizada, afectaban a Europa en los últimos años del siglo XVI. En el caso que nos ocupa, se ha sugerido que «el deterioro económico que venía padeciéndose probablemente estuvo en la base de la participación en los sucesos zaragozanos de un pueblo presto a movilizarse, siempre que un actor social respetable le diera cabida en escena, aunque sólo 38 «Es una expresión desafortunada si sugiere una revolución querida por la burguesía, del mismo modo que ‹la Revolución Puritana› sugiere una revolución hecha por puritanos para conseguir objetivos puritanos. Quizás una analogía mejor sea la revolución científica, a la que contribuyeron muchos que eran muy ‹acientíficos› según el paradigma científico que resultó de la revolución. Boyle y Newton se tomaron la alquimia en serio, y Locke y Newton fueron milenaristas» (H ILL , Christopher, «A Bourgeois Revolution?», en P OCOCK , J. G. A., ed., Three British Revolutions , Princeton, New Jersey, 1980, p. 131). El subrayado es obra del propio Christopher Hill. Jesús Gascón Pérez Introducción. 16 fuera para poner la fuerza de la muchedumbre al servicio de su estrategia» 39 . Por supuesto, corroborar esta hipótesis exige la realización de una investigación en profundidad. Pero, aun antes de emprenderla, conviene ser consciente de las limitaciones de sus resultados, algo que ya advirtió Helmut G. Koenigsberger al señalar que «the evidence for the motivation of political action provided by the statistical analysis of the economic fortunes of different social groups therefore is suggestive but not conclusive. It is not sufficient in itself to explain the causes and results of political actions and affiliations. But it does help to build up the complex pattern of the social and political development of early modern Europe, and it helps to demonstrate the powerful elements of instability within this society» 40 . Además, el factor económico tampoco explica las matizaciones e incluso la variación de los objetivos planteados en el transcurso de los acontecimientos. Por ello resulta necesario analizar con detenimiento la entrada y salida de protagonistas y determinar tanto sus móviles como los medios que utilizaron para alcanzar sus objetivos. Sólo de esta forma será posible aprehender la verdadera complejidad de un episodio que los historiadores siguen viendo como un todo a pesar de que, como han advertido en sendos trabajos Gregorio Colás Latorre y Pilar Sánchez López, es posible distinguir varias fases en su desarrollo 41 . Por último, al hilo de la evolución interna del conflicto, es necesario valorar la conveniencia de seguir usando la voz «alteraciones» para designarlo, práctica que, como queda dicho, resulta habitual desde la publicación de la obra 39 J ARQUE M ARTÍNEZ , Encarna y S ALAS A USÉNS , José Antonio, Las alteraciones... , op. cit. , p. 89. 40 «Por lo tanto, la evidencia para la motivación de la acción política provista por el análisis estadístico de las fortunas económicas de diferentes grupos sociales es sugestiva pero no concluyente. No es suficiente en sí misma para explicar las causas y resultados de las acciones y relaciones políticas. Pero ayuda a elaborar el complejo modelo del desarrollo social y político de la Europa moderna y ayuda a mostrar los poderosos elementos de inestabilidad que encierra esta sociedad» (K OENIGSBERGER , Helmut G., «Introduction: State and Societies in Early Modern Europe (Fifteenth to Seventeenth Centuries)», en Estates and Revolutions , Ithaca-London, 1971, p. 9). 41 Las propuestas de ambos autores pueden verse en C OLÁS L ATORRE , Gregorio, «Las ‹revoluciones›...», op. cit. , pp. 118-119 y S ÁNCHEZ L ÓPEZ , Pilar, «Después de las alteraciones aragonesas. Aspectos de la represión inquisitorial de la revuelta de 1591», Ivs Fvgit , 1996-1997, vol. 5-6, pp. 309-310. Jesús Gascón Pérez Introducción. 17 de Pidal en 1862. Aun reconociendo que su uso permite dotar de personalidad propia al episodio de la misma manera que lo hacen los términos «comunidades» y «germanías» aplicados a los casos de Castilla y Valencia, respectivamente, son pocos los argumentos que pueden aportarse para defender su validez en la actualidad. Desde el punto de vista histórico, «alteraciones» es una de las muchas palabras que durante la Edad Moderna servían para referirse a las crisis, en especial cuando atentaban contra el orden social. La que afectó a Aragón fue calificada indistintamente con los términos más variados, de manera que, junto al mencionado, en los escritos contemporáneos es posible hallar otros como «revoluciones», «turbaciones», «tumultos», «sediciones», «inquietudes», «alborotos», «movimientos» y algunos mucho más genéricos, como «sucesos» e, incluso, «cosas». Tan sólo la condición de «rebelión» fue rechazada de modo explícito por los apologistas aragoneses, que denunciaron la inapropiada utilización de tal vocablo por diversos autores extranjeros. Sin embargo, el mero recuerdo de los acontecimientos narrados por los cronistas permite constatar que, de hecho, 1591 fue un conflicto político durante el cual se desafió abierta y repetidamente la autoridad de Felipe II. Por un lado, a través de los desacatos contra los ministros reales, que llegaron al extremo de causar la muerte a uno de sus emisarios, el Marqués de Almenara. Por otro, al asaltar la Cárcel de manifestados , dependiente de la Corte del Justicia de Aragón, tribunal que ejercía su jurisdicción en nombre del rey. Finalmente, mediante la declaración de resistencia al ejército enviado para pacificar el reino, hecho que tuvo como corolario la convocatoria de tropas y el nombramiento de oficiales, facultades reservadas de modo exclusivo a la Corona. A la vista de tal proceder, y por muchas protestas de fidelidad que recojan las fuentes, no debe extrañar la reacción de la Monarquía, que encausó a los involucrados en esos actos «por rebeldes, traydores e infieles a Nos y a nuestra Corona Real» 42 . 42 Así lo ordenó Felipe II en una provisión para los miembros de la Cancillería de Aragón, Burgos, 15 de Jesús Gascón Pérez Introducción. 24 opinión general —reflejada en el desprecio casi absoluto de estos fondos como fuente para el estudio del tema que nos ocupa—, depósitos zaragozanos como los Archivos Municipal, de la Diputación, Histórico Provincial, de Protocolos Notariales y Capitular de la Seo, así como las Bibliotecas Universitaria y del Seminario de San Carlos, a los que cabe unir el Archivo Municipal de Huesca, custodian acervos documentales cuya revisión ha proporcionado datos de interés a pesar de que, en ocasiones, diversos avatares históricos hayan mermado su contenido de forma irreparable. Finalmente, aunque no he tenido ocasión de acceder personalmente a otros centros, la gentileza de distintas personas me ha permitido manejar algunos papeles procedentes de la British Library de Londres, de la Sección de Nobleza del Archivo Histórico Nacional, sita en Toledo, del Archivo de la Corona de Aragón, del Archivo Diocesano de Tarazona, de la Casa de Ganaderos de Zaragoza y de la Hispanic Society of America de Nueva York. De la identidad de mis benefactores daré cumplida cuenta en el capítulo de agradecimientos y, por supuesto, en aquellos lugares de mi trabajo en los que hago uso del material que han puesto a mi disposición. Por lo que respecta a la estructura del texto, consta de seis capítulos. El primero pretende dotar de un marco teórico al análisis de 1591, para lo cual se pasa revista a las diversas teorías propuestas para el estudio de «la revolución» y se incide en su repercusión en la investigación de los conflictos que tuvieron como marco cronológico la Edad Moderna. En último término se trata de comprobar que, a pesar de las opiniones encontradas al respecto, lo ocurrido en Aragón tiene muchas similitudes con otros levantamientos de la época, incluida su paradójica —al menos en apariencia— reivindicación de un novus ordo sæculorum cuya consecución fue identificada por los promotores del movimiento con la necesidad de retornar a una pretérita Edad de Oro presidida por el pacto entre el monarca y el reino. El tratamiento dispensado por la historiografía a los «sucesos» de 1591 es el objeto del capítulo segundo, que constituye el resultado Jesús Gascón Pérez Introducción. 25 de un esfuerzo continuado de recogida de información. Una parte de este material fue publicado en 1995 en forma de repertorio bibliográfico gracias a los auspicios del profesor Ángel San Vicente Pino 53 , si bien desde entonces el conjunto se ha visto enriquecido de forma notable y ha sido reestructurado a la vez que se ha mejorado su redacción. Por ello he creído oportuno incluirlo en el cuerpo de la Tesis Doctoral, en la confianza de que el carácter inédito de la mayor parte de su contenido y la posibilidad de ofrecer elementos de juicio que ayuden a valorar en su justa medida la importancia del conflicto que aquí nos ocupa son factores que contribuyen a justificar de modo suficiente esta decisión. Precisamente el análisis de lo ocurrido en 1591 constituye la clave que sustenta los cuatro capítulos restantes. En el primero de ellos —tercero en el plan general de la obra— se analiza el contexto en que se produjo el levantamiento, prestando atención a la situación internacional del momento y a las circunstancias por las que atravesaba la Monarquía Española, y haciendo especial hincapié en el estado en que se encontraba Aragón en los años inmediatamente anteriores al estallido de la rebelión. Dejando a un lado las vagas referencias a enfrentamientos seculares entre la corte y sus súbditos aragoneses, entre 1585 y 1590 es posible encontrar los «precipitantes» —haciendo uso del término propuesto, entre otros, por el historiador inglés Lawrence Stone— de la crisis subsiguiente, en el análisis de la cual se detiene el capítulo cuarto introduciendo dos aportaciones novedosas. En primer lugar, se desestiman las peripecias de Antonio Pérez antes de su llegada a Aragón, puesto que de poco sirven para explicar las razones que llevaron a los habitantes de este territorio a actuar como lo hicieron. En consecuencia, aunque no se niega el papel jugado por el ex secretario en el estallido del conflicto, se adopta una perspectiva aragonesa —que no aragonesista—, que aspira a conocer cómo se vivieron aquellos 53 G ASCÓN P ÉREZ , Jesús, Bibliografía crítica para el estudio de la rebelión aragonesa de 1591 , Zaragoza, 1995. Jesús Gascón Pérez Introducción. 26 acontecimientos en el interior del reino. En segundo lugar, la conciencia de la complejidad que encierra el episodio ha aconsejado distinguir varias fases en el desarrollo del mismo en lugar de tomarlo, como se viene haciendo habitualmente, como un todo. Para realizar esta división se han considerado tres variables cualitativas: la condición social de los protagonistas, los objetivos perseguidos por éstos y los medios empleados para conseguirlos. De este modo se ha establecido una periodización que consta de cuatro fases — procesal , coactiva , radical y militar —, cuyos rasgos se exponen con detenimiento en el cuerpo del trabajo. El capítulo quinto es el dedicado a la represión ordenada por Felipe II, para cuyo análisis también se ha adoptado una perspectiva aragonesa. No en vano, son bastantes las páginas que se han escrito sobre las intenciones que animaron las decisiones dictadas desde la corte, pero muy pocas las destinadas a comprender cómo fueron entendidas éstas por los aragoneses y qué reacciones produjeron. En este sentido, los capítulos cuarto y quinto sirven de pórtico al sexto, donde se afronta el análisis interno del conflicto atendiendo a la extracción social de sus protagonistas más destacados. A la vista de los resultados obtenidos, es preciso subrayar que, en conjunto, la información reunida hasta la fecha permite perfilar la imagen de una «rebelión aragonesa» mucho más compleja que las «alteraciones de Aragón» estudiadas a la luz de la interpretación «aristocrática» propuesta por el Marqués de Pidal. Y, por supuesto, también su importancia en la época fue mucho mayor de lo que habitualmente se viene reconociendo, en especial si se tiene en cuenta la proyección internacional de un conflicto que despertó el interés de un buen número de autores allende nuestras fronteras y que incluso llegó a atraer la atención de algunos gobernantes europeos en la esperanza de que sus consecuencias influyesen en la suerte de sus respectivos enfrentamientos con la Monarquía de Felipe II. Jesús Gascón Pérez Introducción. 27 Naturalmente, el desarrollo de esta investigación hubiese resultado imposible de no haber mediado el apoyo de un nutrido grupo de personas e instituciones a quienes deseo dedicar unas líneas que dejen patente mi más sincero y profundo agradecimiento. En primer lugar, al Director del trabajo, el doctor Gregorio Colás Latorre, cuyo saber y paciencia se han conjugado de forma sorprendente para conducir mis pasos con mano firme a la vez que respetuosa con mi forma de pensar. A continuación debo mostrar mi gratitud al Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, y en especial a los profesores del Área de Historia Moderna que han tenido siempre palabras de aliento para mí y me han ayudado a resolver las muchas dudas y problemas a los que me he tenido que enfrentar durante la investigación. Junto a ellos, también otros profesores de la Universidad de Zaragoza han tenido la amabilidad de atender mis llamadas de auxilio sobre distintos asuntos que escapaban a mi conocimiento. Por ello creo de justicia citar aquí a los doctores Ángel San Vicente Pino, Ignacio Peiró Martín y José Antonio Ferrer Benimeli. Mención aparte merecen, por la facilidad con que me franquearon el umbral de su amistad y su sabiduría, los profesores Ricardo García Cárcel, de la Universidad Autónoma de Barcelona, Xavier Gil Pujol y Fernando Sánchez Marcos, de la Universidad de Barcelona, Teófanes Egido López, de la Universidad de Valladolid, Alfredo Floristán Imízcoz, de la Universidad de Alcalá, Luis R. Corteguera, de la University of Kansas, Lía Schwartz, del Dartmouth College de Hannover (New Hampshire), y Paloma Bravo-Blondeau, de la Université de Lille III. En cuanto a las instituciones, inicialmente debo mostrar mi reconocimiento a la Diputación General de Aragón, pues no en vano el presente proyecto de Tesis Doctoral se inició en 1992 gracias a la concesión de una Beca Predoctoral de Investigación (BHS 85/92) por el extinto Consejo Aragonés de Investigación (CONAI), la cual, tras tres años de disfrute, fue renovada por un Jesús Gascón Pérez Introducción. 28 cuarto y último por sus sucesores del Consejo Superior de Investigación y Desarrollo (CONSI+D). También ha contribuido a la buena marcha del proyecto la Caja de Ahorros de la Inmaculada de Aragón, que ha financiado varias estancias de investigación en Simancas y en Madrid mediante la concesión de tres ayudas (CH 27/93, CH 22/94 y CH 42/94) con cargo al Proyecto Europa de Estancias de Investigación. Y en el mismo sentido he podido beneficiarme de mi pertenencia, hasta octubre de 1996, al equipo investigador del proyecto titulado Los señoríos aragoneses en el contexto del régimen señorial en España (siglos XV-XIX) , dirigido por el doctor Gregorio Colás Latorre y financiado por la Dirección General de Investigación Científica y Técnica (DGICYT) del Ministerio de Educación y Ciencia, con número de referencia PB 94-0551. En otro orden de cosas, el Centro de Documentación Bibliográfica Aragonesa de la Diputación General de Aragón y la Institución Fernando el Católico de la Diputación Provincial de Zaragoza se han convertido en generosos mecenas de mis balbuceos como historiador al editar de forma conjunta mi Bibliografía crítica para el estudio de la rebelión aragonesa de 1591 . Por supuesto, todo investigador sabe que su labor resultaría de imposible realización sin contar con la colaboración del personal facultativo de los distintos Archivos y Bibliotecas cuyos fondos consulta. Este caso no es una excepción, ni mucho menos, y resultaría inexcusable omitir unas palabras de reconocimiento para todas aquellas personas que me han ayudado en la localización, consulta y transcripción de los documentos, libros y artículos sobre los que se sustenta esta Tesis. Aunque debo mucho a todos ellos, querría recordar particulamente a Don José Luis Rodríguez de Diego, que puso a mi disposición su probada competencia y su gran conocimiento del material reunido en el Archivo General de Simancas que ahora dirige —y que todavía sigue acogiendo con paternal interés cuantas consultas someto a su juicio—, y a Don Gregorio de Andrés, bibliotecario del Instituto de Valencia de Don Juan, cuya avanzada edad no le Jesús Gascón Pérez Introducción. 29 impidió atender todos mis requerimientos. En la persona de estos dos excelentes profesionales deseo resumir mi afecto hacia todos cuantos me han tendido su mano en el laberíntico mundo de los depósitos documentales y bibliográficos para ayudarme a extraer de todos los que he visitado la mayor cantidad posible de información. Finalmente, es preciso subrayar que todo el esfuerzo invertido hubiera resultado baldío de no haber contado con el cariño y comprensión de mis padres, Tomás y Ángeles, y de mi hermano, Tomás. Aunque sus nombres no se citen en el cuerpo del trabajo, su peso dentro de éste es mucho mayor de lo que imaginan. Y lo mismo debo decir al respecto de aquellos amigos que, vinculados o no al ámbito académico, me han facilitado información sobre aspectos que escapaban a mi conocimiento o los medios materiales para conseguirla. Soy consciente de que me resultaría imposible enumerar todas las deudas contraídas a lo largo de casi ocho años de trabajo. Pero no querría dejar de expresar mi agradecimiento a Julio Gil Dolz, Agustín Carreras Zalama, Enrique Vallespín Domínguez, Pablo Desportes Bielsa, Daniel Gracia Armisén, Diego Navarro Bonilla, David Ramos Amigot, Miquel Pérez Latre y Carlos Serrano Lacarra. Sin la generosidad de todas estas personas —y de otras cuyos nombres debo omitir por falta de espacio, pero a las que quiero expresar mi reconocimiento de forma colectiva— hubiera sido imposible la realización de este estudio. En último término, conviene hacer algunas advertencias sobre los criterios seguidos a la hora de transcribir pasajes procedentes de fuentes manuscritas e impresas. Como norma general, se ha respetado la grafía original siempre que no lleve a equívocos al lector ni impida la comprensión de su contenido. No obstante, para facilitar esta tarea se ha considerado necesario actualizar mínimamente la ortografía y la puntuación, tratando de no desvirtuar el sentido de lo escrito. Para ello se han suprimido los grafemas ss y rr cuando aparecen a principio de palabra y se ha sustituido la u por la v cuando aquélla representa en el texto original el fonema /v/ , y viceversa. Además, en la medida de lo posible, Jesús Gascón Pérez Introducción. 30 las fórmulas de tratamiento se han reducido a abreviaturas cuyo significado se recoge en la tabla correspondiente. Cuando un texto no se reproduce en su totalidad, la parte omitida se sustituye por el signo [...]. Y en caso de que la redacción original precise de algún añadido que facilite su comprensión, éste se incluye entre corchetes. En aquellas ocasiones en que el respeto a la literalidad de la cita suponga una contravención de los usos lingüísticos actuales, la expresión original va seguida de la forma [sic]. También se ha procedido a la puntuación de los textos, a fin de facilitar su lectura, aunque sin alterar básicamente su disposición original. En ningún caso se ha acentuado ninguna transcripción de textos manuscritos y, del mismo modo, se ha respetado la acentuación y la ortografía de los textos impresos con anterioridad al siglo XX, aunque en ocasiones no coincidan con las normas vigentes en la actualidad. Finalmente, pensando en facilitar la comprensión de todas las citas, se han traducido aquellos pasajes procedentes de obras en idioma extranjero. Ni qué decir tiene que todos los errores que puedan encontrarse en la versión castellana de dichos fragmentos son sólo imputables a la impericia del autor de estas líneas, convertido en improvisado traductor. Zaragoza, 24 de septiembre de 2000 Jesús Gascón Pérez Introducción. 3 1 SIGLAS Y ACRÓNIMOS UTILIZADOS. Fondos Documentales. ACA: Archivo de la Corona de Aragón (Barcelona). ACG: Archivo de la Casa de Ganaderos (Zaragoza). ADT: Archivo Diocesano (Tarazona, Zaragoza). ADZ: Archivo de la Diputación Provincial (Zaragoza). AGS: Archivo General de Simancas (Simancas, Valladolid). AHN: Archivo Histórico Nacional (Madrid). AHP: Archivo Histórico Provincial (Zaragoza). AMH: Archivo Municipal (Huesca). AMB: Archivo Municipal (Borja, Zaragoza). AMZ: Archivo Municipal (Zaragoza). APN: Archivo Histórico de Protocolos Notariales (Zaragoza). ASZ: Archivo Capitular de la Seo (Zaragoza). BCST: Biblioteca del Colegio Santo Tomás de los PP. Escolapios (Zaragoza). BFZ: Biblioteca Francisco de Zabálburu (Madrid). BN: Biblioteca Nacional (Madrid). BP: Biblioteca de Palacio (Palacio Real, Madrid). BUZ: Biblioteca Universitaria (Zaragoza). HSA: Hispanic Society of America (Nueva York, Estados Unidos). IVDJ: Instituto de Valencia de Don Juan (Madrid). RAH: Real Academia de la Historia (Madrid). SSC: Biblioteca del Seminario de San Carlos (Zaragoza). Fórmulas de tratamiento. N.S.: Nuestro Señor. R.P.M.Fr.: Reverendo Padre Maestro Fray. Jesús Gascón Pérez Introducción. 3 2 S.A.: Su Alteza. S.E.: Su Excelencia. S.M.: Su Majestad. S.S.: Su Santidad. S.s.: Su Señoría. V.A.: Vuestra Alteza. V.E.: Vuestra Excelencia. V.M.: Vuestra Majestad. V.m.: Vuestra merced. VV.mm.: Vuestras mercedes. V.P.: Vuestra Paternidad. V.S.: Vuestra Señoría. VV.SS.: Vuestras Señorías. V.S.I.: Vuestra Señoría Ilustrísima. CAPÍTULO I EL HISTORIADOR ANTE LOS FENÓMENOS REVOLUCIONARIOS Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 40 Lo mismo cabe decir de algunos pasajes contenidos en otros escritos de teoría política aparecidos a lo largo de la Edad Moderna, como Los seis libros de la república (1576), de Jean Bodin, y Monarchia di Spagna (1624), de Tommaso Campanella. Incluso se publicaron algunos estudios monográficos sobre las distintas formas de alteración social y política, como Of Seditions and Troubles (1625), de Francis Bacon, Considérations sur les coups d'état (1639), de Gabriel Naudé, A Discourse: Wherein is examined what is particularly Lawfull during the Confusions and Revolutions of Government (1648), de Anthony Ascham, e Histoire des Révolutions (1686), editada por Antonio Varillas 15 . En conjunto, estos trabajos ilustran el interés de la época por un fenómeno, el revolucionario, que, como apunta Rosario Villari para el siglo XVII, era estudiado a partir de la consideración de que su estallido estaba vinculado a la participación directa de la aristocracia, único grupo social capaz de «ejercer una función de dirección y de organización política y de aprovechar políticamente las situaciones de crisis y de inestabilidad» 16 . A título de ejemplo, cabe citar aquí el pasaje donde Mateo López Bravo afirma que el pueblo, «como el mar, no se mueve con viento propio, sino con ajeno. Y sabes que nada emprende no habiendo cabezas principales que le acaudillen» 17 . Ahora bien, según sugiere el propio profesor Villari en otro lugar, ya algunos contemporáneos fueron conscientes de la insuficiencia de esta explicación, como se puso de manifiesto en su interés por 15 Las dos últimas obras, de las que no he podido consultar ejemplar alguno, son mencionadas por M ERRIMAN , Roger B., Six Contemporaneous... , op. cit. , p. 108, y M ACEK , Joseph, La revolución husita , Madrid, 1975, p. 287. 16 V ILLARI , Rosario, «Historiadores norteamericanos y rebeldes europeos», en Rebeldes y reformadores... , op. cit. , p. 53. 17 L ÓPEZ B RAVO , Mateo, Del Rey y de la razón de gobernar , citado por M ARAVALL , José Antonio, Poder, honor y élites , Madrid, 1989, 3ª ed., p. 268. Al respecto de la extensión de esta opinión sobre el vulgo, puede verse el trabajo de H ILL , Christopher, «The Many-Headed Monster in Late Tudor and Early Stuart Political Thinking», en C ARTER , Charles H., ed., From the Renaissance to the Counter-Reformation. Essays in Honour of Garrett Mattingly , London, 1966, pp. 296-324. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 41 los episodios de violencia registrados en otros territorios, que dio lugar a la traducción de abundantes obras extranjeras 18 . En cualquier caso, el sentir de la época se refleja en la advertencia de Francis Bacon de que el mayor peligro de alteraciones se producía cuando la «clase superior» se sumaba a la protesta iniciada por los pobres 19 . Recogiendo sus palabras, puede resumirse que, a juicio de estos escritores, «la materia de las sediciones es de dos clases: mucha pobreza y mucho descontento». Por ello la conclusión de Bacon es rotunda: la mejor forma de impedir los estallidos de violencia colectiva es tratar de «suprimir su materia; porque si hay combustible preparado, es difícil decir cuándo saltará la chispa que lo inflame» 20 . En estrecha sintonía con esta opinión, algunos años antes Antonio Pérez —personaje del que se hablará a menudo en este trabajo y que llegó a disfrutar de la amistad del filósofo y político inglés— había recomendado al rey francés Enrique IV en varias de sus Maximas politicas que recurriese a la prevención antes que al castigo como medio de evitar las rebeliones, para lo cual le instaba a no exagerar las cargas fiscales y a no hacerse odioso a sus súbditos, observación esta última que quizá recuerde de forma velada el caso aragonés 21 . En definitiva, el objetivo último de este tipo de sugerencias no era otro que garantizar el mantenimiento del orden establecido, pues, como se indica en otro tratado de la época, «ello es cierto que las sediciones y rebueltas son como dize Aristoteles, la muerte y 18 V ILLARI , Rosario, «Revueltas y consciencia revolucionaria en el siglo XVII», en Rebeldes y reformadores... , op. cit. , p. 26. 19 B ACON , Francis, «De las sediciones y disturbios», en Ensayos , Buenos Aires, 1961, p. 75. 20 Ibidem , p. 71. Tanto Bacon como Jean Bodin se refirieron con detenimiento a las causas de las revoluciones e incluso elaboraron listas de los motivos más frecuentes de conflicto. Sendas enumeraciones pueden verse ibidem , p. 73 y en B ODIN , Jean, Los seis libros de la república , Madrid, 1985, p. 210. 21 P ÉREZ , Antonio, Maximas politicas , AGS, Biblioteca, ms. 3013, s.f. Agradezco la consulta de este manuscrito a Isabel Aguirre Landa, miembro del Cuerpo Facultativo de Archiveros destinado en Simancas. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 42 sepultura del estado y de la orden: puesto que donde la fuerça y violencia ha lugar, la ley y la razon se encogen» 22 . De todos modos, hasta cierto punto tiene razón Peter Clark cuando afirma que, para la literatura política de los siglos XVI y XVII, «crisis was in some ways a self-regulating phenomenon with its own technical correcting mechanisms» 23 . Por ello, quizá no deba extrañar que algunos autores de aquella época considerasen la rebelión contra el poder establecido como uno de esos «mecanismos correctores». Fruto de este pensamiento fue la aparición de diversas formulaciones de la teoría de la resistencia contra el tirano, que en conjunto supusieron un intento de cambiar la actitud general hacia la rebelión a pesar de su rechazo explícito del término. Aunque el tema no es original de la Edad Moderna, puesto que el filósofo Pedro Abelardo (1079-1142) ya había advertido durante el Medievo de las diferencias entre la resistencia a la tiranía y al justo poder recibido de Dios por el monarca 24 , el citado Villari fecha el ápice de su éxito entre 1579 y 1679 y justifica la elección de estas cotas cronológicas recordando que en el primer año se publicó la obra Vindiciæ contra tyrannos firmada por Junius Stephanus Brutus y en el segundo, el Behemoth de Thomas Hobbes. Otros títulos sobre el mismo asunto fueron la Apología , de Guillermo de Orange (1581), el Miroir des Rebelles , de Daniel Druin (1592), la anónima Satyre Ménipée (1594) y el De Rege et Regis Institutione , de Juan de Mariana (1599). A ellos cabe añadir el Second Treatise of Government , cuyo autor, John Locke, aseguró que «rebellion would dissolve the political contract between society and governors, only to leave intact the prior social contract which had 22 C AMOS , Marco Antonio de, Microcosmia, y Govierno Universal del hombre christiano , Madrid, 1595, parte 1ª, diálogo 5º, p. 48. 23 «La crisis era de algún modo un fenómeno de autorregulación, con sus propios mecanismos técnicos de corrección» (C LARK , Peter, «Introduction», en The European Crisis of 1590s , London, 1985, p. 18). 24 Así lo recuerda L EWY , Guenter, Constitutionalism and Statecraft during the Golden Age of Spain , Genève, 1960, p. 67. Sobre las teorías de la resistencia y el tiranicidio, ver los estudios, ya clásicos, de S ABINE , George, Historia de la teoría política , México, 1982, pp. 278-294 y S KINNER , Quentin, Los fundamentos del pensamiento político moderno. II. La Reforma , México, 1986, pp. 195-291. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 43 established a stable society and made possible the second, political agreement». En opinión de A. Lloyd Moote, las ideas de Locke hicieron que la rebelión se convirtiera en algo respetable y, por lo tanto, que la revolución fuera posible 25 . Al fin y al cabo, como indica Rosario Villari, «en lugar del odio y el oprobio, crecían el asenso y la incitación; cabía concebir la rebelión, ya no necesariamente sinónimo de injusticia, abuso, anarquía y sacrilegio, como un acto liberador» 26 . El éxito de estas formulaciones, no obstante, fue muy limitado antes del siglo XVIII y, por supuesto, su aplicación práctica casi siempre resultó un fracaso, como se echará de ver al analizar el caso aragonés. 1.2. Los análisis de los fenómenos revolucionarios a partir de 1789: dificultades metodológicas y conceptuales. De lo dicho hasta aquí se colige la importancia concedida a las crisis sociales y políticas en todas las épocas históricas, incrementada, si cabe, a lo largo de la Edad Moderna. Sin embargo, como apunta Pérez Zagorin, no fue hasta los siglos XIX y XX cuando la revolución se convirtió en una de las preocupaciones centrales de la historiografía y en objeto de análisis de buen número de científicos sociales 27 . Ello se debió a la repercusión que tuvo en todos los ámbitos la Revolución Francesa de 1789, convertida, desde entonces hasta nuestros días, en paradigma de lo que se entendía que debía ser un fenómeno revolucionario «moderno». En palabras de Trygve R. Tholfsen, «the French Revolution was a novel and unprecedented event, and is often characterized as the first ‹modern› revolution, the prototype of the revolutionary phenomenon that 25 «La rebelión disolvería el contrato político entre la sociedad y los gobernantes sólo para dejar intacto el contrato social anterior, que había establecido una sociedad estable y hecho posible el segundo, el acuerdo político». Tanto la cita como la opinión proceden del artículo de M OOTE , A. Lloyd, «The Preconditions of Revolution in Early Modern Europe. Did They Really Exist?», Canadian Journal of History , 1972, vol. VII, nº 3, p. 233. 26 V ILLARI , Rosario, «El rebelde», en El hombre barroco , Madrid, 1992, p. 160. 27 Z AGORIN , Pérez, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 24. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 44 has been so prominent in world history ever since» 28 . A ello hay que unir, como apunta Isaac Kramnick, que la Revolución Francesa dio lugar, como reacción, al nacimiento de la Sociología, disciplina que a partir de entonces ha compartido con la Historia un interés común por los episodios revolucionarios y que ha dado lugar a una notable cantidad de trabajos teóricos sobre el asunto. Buena prueba del peso alcanzado por la nueva ciencia es que, en gran medida, la interpretación contemporánea sobre la revolución gira en torno a conceptos sociológicos 29 . Finalmente, como subrayan diversos autores, debe tenerse en cuenta la poderosa influencia ejercida por las revoluciones en la transformación del mundo moderno, iniciada precisamente a fines del siglo XVIII y continuada a lo largo de los últimos doscientos años. Como se ha escrito en nuestros días, «cada vez que hizo su entrada en la escena de la política una de las revoluciones del siglo XX, fue vista a través de imágenes tomadas de la Revolución Francesa, comprendida mediante conceptos acuñados por sus espectadores y entendida como una necesidad histórica» 30 . Así pues, una vez más, «this influence became powerful with the French Revolution, which both by its actual character and by the mythologies it inspired, opened an era of profound change in human affairs» 31 . Como se puede apreciar, esta última consideración remite de nuevo a la concepción de la Revolución Francesa como un episodio radicalmente innovador y que constituyó el punto de partida de un nuevo concepto de revolución, entendida como transformación fundamental, que bien poco tenía que ver con la idea vigente hasta entonces. Así lo reflejaron diversos autores contemporáneos de 28 «La revolución francesa fue un acontecimiento original y sin precedentes, y a menudo ha sido caracterizada como la primera revolución ‹moderna›, el prototipo del fenómeno revolucionario que tan prominente ha sido en la historia del mundo desde entonces» (T HOLFSEN , Trygve R., Ideology and Revolution in Modern Europe , New York, 1984, p. 28). 29 Así lo señala K RAMNICK , Isaac, «Reflections on Revolution...», op. cit. , p. 45. 30 A RENDT , Hannah, Sobre la revolución , op. cit. , p. 57. 31 «Esta influencia llegó a ser poderosa con la Revolución Francesa, que debido a su carácter real y a las mitologías que inspiró, abrió una era de cambios profundos en las relaciones humanas» ( Z AGORIN , Pérez, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 24). Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 45 los sucesos, como el Vizconde de Chateaubriand, al escribir en 1797 que «la revolución es un rompimiento histórico, la línea de la cresta que divide los tiempos —los pensamientos, las costumbres, los particularismos, las leyes, hasta los mismos idiomas— en un antes que está completamente y antagonísticamente opuesto a un después , y ello de modo aparentemente irreconciliable» 32 . Algunos años más tarde, el historiador Alexis de Tocqueville subrayaba con mayor énfasis si cabe la voluntad de los revolucionarios de establecer una cesura que les permitiese distinguirse de sus predecesores y distanciarse con respecto a su propio pasado: «En 1789 los franceses llevaron a cabo el mayor esfuerzo que jamás haya realizado pueblo alguno con el fin de cortar en dos, por así decirlo, su propio destino, y de separar por medio de un abismo lo que habían sido hasta entonces de lo que querían ser en adelante. Con esta finalidad, adoptaron todo género de precauciones, para no incorporar nada del pasado a lo que había de ser su nueva condición, y se impusieron toda clase de esfuerzos para moldearse de otra manera que sus padres; no descuidaron nada para hacerse totalmente irreconocibles» 33 . Muchos de los estudios realizados desde entonces han tendido a reiterar la misma línea argumental, resaltando, como hace el citado Tholfsen, que «the novel feature of the Revolution of 1789 —and of revolutions since then— has been the impulse to transform the existing political and social structure so as to create a new and better order of things, based on universally valid principles. This cluster of traits sets the French Revolution apart from earlier insurrections, rebellions, revolts, uprisings, and changes of government that had been described as revolutions: the revolutionaries themselves made this claim at the time» 34 . 32 Así se expresaba el autor francés en su Essai historique, politique et moral sur les révolutions , apud G INER , Salvador, «La revolución», en M ARSAL , Juan Francisco y O LTRA , Benjamín, dirs., Nuestra sociedad. Introducción a la Sociología , Barcelona, 1983, p. 342. 33 T OCQUEVILLE , Alexis de, El antiguo régimen y la revolución , Madrid, 1969, p. 13. La edición original apareció en 1856. 34 «El rasgo original de la revolución de 1789 —y de las revoluciones a partir de entonces— ha sido el impulso para transformar la estructura política y social existente a fin de crear un orden de cosas nuevo y mejor, basado en principios universalmente válidos. Este conjunto de rasgos aleja la revolución francesa de otras insurrecciones, rebeliones, revueltas, levantamientos y cambios de gobierno anteriores que han Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 46 Esta imagen de excepcionalidad fue creada por la historiografía liberal y asumida y reforzada por la escuela marxista 35 . De hecho, como ha recordado John Dunn, los primeros valedores de esta interpretación fueron Benjamin Constant y la Baronesa de Staël, a comienzos del siglo XIX. Años más tarde la idea fue formulada in extenso por François Guizot y adoptada por el joven Karl Marx, que, al igual que otros autores coetáneos, «saw this as an aspect of the historical progress of human societies: the painful readjustment of a society's political and social institutions to the requirements of its expanding economic capacities. In this conception, revolution was essentialy endogenous to a particular society; and whatever its human costs whilst it lasted, it was also essentialy progressive» 36 . Semejante concepción pervive aún en la actualidad y ha tenido, al menos, dos efectos perjudiciales para el estudio de los fenómenos revolucionarios: por un lado, se ha tratado de hacer teoría sobre ellos a partir de la consideración de la Revolución Francesa como único modelo posible, al cual debían, por tanto, ceñirse todos los estallidos de violencia posteriores —y aun los anteriores—; por otro, tal y como puede apreciarse en la segunda parte de la cita del profesor Tholfsen, se ha despreciado todo episodio cronológicamente anterior a 1789 por considerar que no cumplía con los requisitos necesarios para equipararse a las revoluciones de cuño moderno. Ni siquiera un conflicto de tanta trascendencia como la Revolución Inglesa de mediados del siglo XVII ha escapado ileso de esta tendencia minusvaloradora, como se echa de ver en la apreciación de sido descritos como revoluciones: los mismos revolucionarios llamaron la atención sobre ello en su momento» ( T HOLFSEN , Trygve R., Ideology and Revolution... , op. cit. , p. 28). 35 Así lo hace notar Z AGORIN , Pérez, «Prolegomena to the comparative history of revolution in early modern Europe», Comparative Studies on Society and History , 1976, vol. XVIII, nº 2, p. 163. Una versión revisada de este artículo, bajo el título «El concepto de revolución y la historia comparada de las revoluciones en la Europa Moderna», puede verse en el capítulo primero de la obra del mismo autor, Revueltas y revoluciones en la Edad Moderna , Madrid, 1985-1986, vol. I, pp. 15-43. 36 «Vieron esto como un aspecto del progreso histórico de las sociedades humanas: el doloroso reajuste de las instituciones políticas y sociales de una sociedad a las exigencias de sus posibilidades económicas en expansión. En esta concepción, la revolución era esencialmente endógena en una sociedad particular; y fuera cual fuese el coste humano durante su desarrollo, era también esencialmente progresivo» (D UNN , John, Modern revolutions , op. cit. , p. XXI). Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 47 Lawrence Stone sobre su carácter prematuro, que achaca a la falta de un soporte material o ideológico sólido 37 . Tan sólo en ocasiones se ha tratado de matizar el contraste ent re el antes y el después de 1789. Así, por ejemplo, Walter Laqueur afirma que «la concepción moderna de la revolución como una transformación fundamental se remonta al siglo XVIII, aunque no es absolutamente correcto sostener que la idea de un comienzo radicalmente nuevo fuera extraña por completo al mundo antiguo». Sin embargo, el mismo autor aclara a continuación que «hasta finales del siglo XVIII, los defensores de las sociedades utópicas no eran, con algunas notables excepciones, revolucionarios. Y los revolucionarios no eran utópicos. De ordinario, los revolucionarios luchaban contra los monarcas absolutos o los tiranos en nombre de un orden natural que aquellos habían violado» 38 . Por lo tanto, en la actualidad parece existir un amplio consenso a la hora de distinguir, tomando como punto de partida las intenciones explícitas de sus promotores, entre revoluciones «de Antiguo Régimen» y revoluciones «modernas». En este sentido, resulta interesante comprobar que esta idea fue sugerida en 1923 por el filósofo madrileño José Ortega y Gasset al afirmar que «la Edad Media procede por correcciones al régimen. Nuestra era, en cambio, ha procedido por revoluciones ; es decir, que en lugar de adaptar el régimen a la realidad social, se ha propuesto adaptar ésta a un ideal esquema» 39 . Aunque seguramente no tuvo contacto alguno con la obra de Ortega, algunos años más tarde un autor anglosajón, Arthur Hatto, se expresó en términos semejantes al subrayar que «whereas the makers of the earlier revolutions had lagged behind 37 S TONE , Lawrence, «The Results of the English Revolutions of the Seventeenth Century», en P OCOCK , J. G. A., ed., Three British Revolutions , Princeton, New Jersey, 1980, p. 62. 38 L AQUEUR , Walter, «Revolución», en Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales , Madrid, 1976, vol. 9, p. 342. 39 O RTEGA Y G ASSET , José, «El ocaso de las revoluciones», en Obras completas , Madrid, 1950, 2ª ed., t. III, p. 218. Originalmente, el ensayo se publicó como apéndice de El tema de nuestro tiempo , Madrid, 1923. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 48 events in their thoughts, up-to-date revolutionaries seemed to be one, if not three or four, steps ahead of events» 40 . Y, por su parte, en fechas recientes el profesor Pérez Zagorin ha incidido en el asunto resumiendo la naturaleza del cambio operado en el concepto de revolución a raíz de 1789: «Accordingly, what is noticeably absent from the meaning of revolution , even at the end of the seventeenth century, is any connection with innovation and the inauguration of a new order. For the purposes of this discussion, let it suffice to say that after 1789, revolution vastly enlarged its reference. The upheaval in France infused the term with a new potency and made it a call to action, a shibboleth, a mystique. Marxism in due course reinforced this significance» 41 . Así pues, la Revolución Francesa ha sido interpretada durante los dos últimos siglos como una barrera infranqueable: a un lado, los conflictos «antiguos», de rasgos difusos y carácter reaccionario; al otro, las revoluciones «modernas», cortadas por el patrón de la francesa y de ideología progresista. Nada que ver entre uno y otro grupo de crisis, a no ser el evidente recurso a la violencia por parte de sus respectivos promotores. O, como ha observado John Dunn, su rechazo del régimen político preexistente, pues no en vano «even if revolutions must now be recognized as divided irrevocably into the relatively blind and reflex rebellion of the masses and the relatively open-eyed and rationalist reach for power by a revolutionary elite, there remains one rationalist link between the two: the nature of the existing regime. There can be no revolutions, however abortive, except where the previous regime, whether by its 40 «Mientras que el pensamiento de los autores de las revoluciones más tempranas ha ido por detrás de los acontecimientos, los revolucionarios modernos parecen haber estado un paso, si no tres o cuatro, por delante de ellos» (H ATTO , Arthur, «Revolution: An Enquiry into the Usefulness of an Historical Term», Mind , 1949, vol. LVIII, nº 232, p. 507). 41 «Por consiguiente, lo que está ausente de forma clara del significado de revolución , incluso a fines del siglo XVII, es toda conexión con la innovación y la inauguración de un nuevo orden. Por lo que respecta a esta discusión, basta con decir que, tras 1789, revolución amplió notablemente su sentido. El levantamiento en Francia infundió al término una nueva fuerza y lo convirtió en una llamada a la acción, un santo y seña, un arcano. El marxismo, andando el tiempo, reforzó esta significación» ( Z AGORIN , Pérez, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 26). Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 49 weakness or by its viciousness, has lost the right to rule» 42 . A este respecto conviene advertir que el gran interés de los historiadores marxistas de la extinta República Democrática Alemana por subrayar el carácter revolucionario de la Guerra de los campesinos alemanes de comienzos del siglo XVI, siguiendo para ello las tesis de Friedrich Engels y elaborando un discurso teórico cuyas líneas generales se hallan resumidas en el siguiente pasaje, tan sólo ha contribuido a desplazar, retrotrayéndola en el tiempo, la cesura entre ambas categorías: «For the East Germans, the Peasant's War marks the high point of the ‹early bourgeois revolution› in Germany, a revolution which came at the end of a mounting crisis in feudal society (1470-1525) and which began the capitalist struggle to throw off the bonds of ‹feudalism›. Since the Protestant Reformation challenged the power of the ‹feudal› papal church and since Lutheran ideas spread most quickly in the towns, it has been easy to assert that religious reform was simply the form which bourgeois class struggle took. Unfortunately, the burghers of the German Reformation were not fully ‹mature› in terms of power and class consciousness, and therefore failed to seize the opportunity for alliance with the rebellious peasantry in a full-scale assault against feudalism. For this reason East German Scholars refer to the Reformation and to the Peasant's War together as an early (and therefore imperfect) bourgeois revolution» 43 . Un buen ejemplo de esta interpretación lo hallamos en las palabras de Gerhard Brendler, a cuyo juicio «los movimientos de la Reforma y de la revolución burguesa temprana eran conservadores tanto por su hábito ideológico 42 «Incluso si ahora se debe admitir que las revoluciones se dividen de modo irrevocable entre la relativamente ciega y refleja rebelión de masas y la relativamente consciente y racional conquista del poder por una elite revolucionaria, queda un lazo racional entre ambas categorías: la naturaleza del régimen existente. No puede haber revoluciones, ni siquiera abortadas, excepto donde el régimen anterior, a causa de su debilidad o su perversidad, ha perdido el derecho de mandar» (D UNN , John, Modern revolutions , op. cit. , p. 246). 43 «Para los alemanes orientales, la Guerra de los Campesinos marca el punto máximo de la ‹revolución burguesa temprana› en Alemania, una revolución que tuvo lugar al final de una crisis estructural en la sociedad feudal (1470-1525) y que comenzó la lucha capitalista para deshacerse de los lazos del ‹feudalismo›. Puesto que la Reforma Protestante desafió al poder de la iglesia papal ‹feudal›, y puesto que las ideas se extendieron con mayor rapidez en las ciudades, ha sido fácil afirmar que la reforma religiosa fue simplemente la forma que adoptó la lucha de clases burguesa. Desgraciadamente, los burgueses de la Reforma Alemana no estaban completamente ‹maduros› en términos de consciencia de poder y de clase, y por lo tanto no lograron aprovechar la oportunidad de aliarse con el campesinado rebelde en un asalto a gran escala contra el feudalismo. Por esta razón, los estudiosos germanorientales se refieren a la Reforma y a la Guerra de los Campesinos, en conjunto, como una revolución burguesa temprana (y por tanto imperfecta)» ( M IDELFORT , H. C. Erik, «The Revolution of 1525? Recent Studies of the Peasants' War», Central European History , 1978, vol. 11, pp. 190-191). Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 56 posiblemente la primera en Europa occidental en la expresión de principios como la representación y soberanía nacionales, y no de una manera vaga e imperfecta, sino con toda claridad y rigor, con una coherencia y una lógica impecables» 64 . No resulta extraño, a tenor de lo dicho, que hallar una definición universal del concepto «revolución» haya sido una tarea imposible de realizar hasta la fecha. Los riesgos de esta empresa ya fueron previstos por el filósofo marxista alemán Karl Kautsky, que en 1902 advirtió que «there are few concepts over which there has been so much contention as that of revolution [...]. Few things are so ambiguous» 65 . Desde entonces el panorama no ha cambiado demasiado, pues como indica, entre otros, A. S. Cohan, «el principal problema con que nos enfrentamos se refiere a qué es la revolución. Esta pregunta, aparentemente sencilla, presenta una complejidad extraordinaria cuando se ofrece una serie de definiciones» 66 . Por su parte, Salvador Giner insiste en la misma idea y subraya la paradoja de que «el uso constante de la palabra ‹revolución› y la presteza con que todos parecen comprender su significado harían suponer que no entraña grandes dificultades de claridad conceptual. Pero ello no es así pues, debido a las pasiones, emociones, lealtades y hostilidades que suscita, la revolución es un concepto complicado y a menudo ambiguo» 67 . En este sentido conviene apuntar que hasta la fecha diversos autores han llamado la atención sobre los obstáculos que han impedido llegar a una fórmula aceptada de modo más o menos generalizado. Así, el citado Cohan explica que una primera dificultad es la existencia de dos tipos de definiciones: unas, de carácter exclusivista, que tan 64 P ÉREZ , Joseph, La revolución de las Comunidades de Castilla , Madrid, 1981, 4ª ed., p. 558. 65 «Hay pocos conceptos sobre los que haya habido tantas contiendas como sobre el de revolución [...]. Pocas cosas son tan ambiguas» ( apud K RAMNICK , Isaac, «Reflections on Revolution...», op. cit. , p. 26). 66 C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 13. El mismo Cohan, sin embargo, no se resiste a ofrecer su propia definición ( ibidem , pp. 55-56), al igual que han venido haciendo otros autores, como K RAMNICK , Isaac, «Reflections on Revolution...», op. cit. , p. 34, L AQUEUR , Walter, «Revolución», op. cit. , p. 338, A YA , Rod, «Reconsideración...», op. cit. , p. 11, D UNN , John, Modern revolutions , op. cit. , p. XVI y C ALVERT , Peter, «Revolution: The Politics of Violence», Political Studies , 1967, vol. XV, nº 1, p. 1. 67 G INER , Salvador, «La revolución», op. cit. , p. 338. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 57 sólo atienden a las «grandes revoluciones» cuyas graves consecuencias han afectado a una o varias sociedades determinadas; y otras, más extensas, que amplían el concepto incluyendo todas las adquisiciones extralegales del poder, sean violentas o no 68 . A este problema hay que añadir un segundo, el hecho de que «esos aspectos de la revolución a los que muchos estudiosos tienden a asociar el fenómeno revolucionario son muy difíciles de sopesar» 69 . Y un tercer aspecto a considerar es que, como dice Eric J. Hobsbawm, el estudio científico de las revoluciones no supone un estudio desapasionado del tema, desde el momento en que éstas «están envueltas —y deben estarlo— por un halo de esperanza y desilusión, de amor, odio y temor, de sus propios mitos y de los de la contrapropaganda» 70 . En el mismo sentido se ha manifestado John Dunn, quien apostilla que «the value-free study of revolutions is a logical impossibility for those who live in the real world» 71 y critica que, en consecuencia, «revolution is in part a teleological concept and many twentieth-century revolutions and an increasing number of twentieth-century revolutionary enterprises have been organized under the banner of a philosophy of history in which the future plays the star part» 72 . Por su parte, el profesor Zagorin dedica su atención al análisis de estos mitos y denuncia, en primer lugar, una concepción carismática de la revolución, que restringe la aplicación del término a aquellos acontecimientos grandes, monumentales o, según sus palabras, «totales»; a continuación, una 68 C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , pp. 26-27. En la primera categoría incluye los estudios de Brinton, Pettee, Neumann, Lenin, Mao o Castro; en la segunda, los de Johnson, Rummel, Tanter y Davies. 69 Ibidem , p. 25. 70 H OBSBAWM , Eric J., «Hannah Arendt...», op. cit. , p. 283. Sobre los tópicos que rodean el concepto de revolución, resultan de gran interés las reflexiones de Z AGORIN , Pérez, «Prolegomena...», op. cit. 71 «El estudio sin prejuicios de las revoluciones es una imposibilidad lógica para aquéllos que viven en el mundo real» (D UNN , John, Modern revolutions , op. cit. , p. 2). 72 «La revolución es en parte un concepto teleológico, y muchas revoluciones del siglo XX y un número creciente de empresas revolucionarias de la misma centuria han sido organizadas bajo la bandera de una filosofía de la historia donde el futuro ocupa el papel estelar» ( ibidem , p. 227). Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 58 acusada tendencia a identificar lo progresista y lo revolucionario, que da lugar a la idea de contrarrevolución; finalmente, la consideración de todo cambio a gran escala como una revolución 73 . Sin duda, la pervivencia de este halo en torno a episodios como las Revoluciones Francesa, Rusa o China son el máximo inconveniente a la hora de analizar el fenómeno de un modo científico. En ello han tenido mucho que ver dos factores de raíz ideológica. En primer lugar, como indica el propio Zagorin, el hecho de que «the legacy of 1789, of the nineteenth century, and of 1917 caused revolution to be seen as the redemptive act destined to liberate oppressed nations, classes, and all mankind» 74 . En segundo lugar, el influjo de la concepción marxista, que entiende la revolución como una reorganización de la sociedad a partir de la lucha de clases. De hecho, a juicio de autores como Gerhard Brendler, «el ciclo de la revolución burguesa, en unión con cambios evolutivos, impone la formación social capitalista en su totalidad. Esta es su función histórica. Es un proceso de alcance universal» 75 . En este sentido, dado que el concepto de clase social no alcanza su plenitud hasta la Edad Contemporánea 76 , la escuela marxista ha tenido que adaptar su discurso para permitir la inclusión de los principales conflictos de la Edad Moderna, en los que se perciben los primeros enfrentamientos entre el feudalismo tardío y el capitalismo inicial protagonizados por la burguesía mercantil y manufacturera. Surgió así la idea del «ciclo de la revolución burguesa temprana», considerado como «una parte del ciclo reformador, aquel capítulo de 73 Z AGORIN , Pérez, «Prolegomena...», op. cit. , pp. 156-159. 74 «El legado de 1789, del siglo XIX y de 1917 ha hecho que la revolución sea vista como el acto redentor destinado a liberar a las naciones, a las clases y a toda la humanidad oprimidas» ( ibidem , p. 153). 75 B RENDLER , Gerhard, «Sobre la problemática...», op. cit. , p. 158. 76 A este respecto, ver la opinión de R UTENBURG , Viktor, «Révoltes ou révolutions en Europe aux XIVe- XVe siècles?», Annales , 1972, año 27, nº 3, p. 682. En una obra posterior, el autor afirmó expresamente que, aunque pudieron tener influencia en los acontecimientos ulteriores, «las insurrecciones del preproletariado no eran revoluciones» (R UTENBURG , Viktor, Movimientos populares en Italia , Madrid, 1983, p. 104). Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 59 las luchas de clases reformadoras que tiene lugar bajo las condiciones de la incipiente era capitalista europea» 77 . Con arreglo a esta formulación, los autores marxistas analizan los fenómenos revolucionarios de la Edad Moderna y concluyen que «provisionalmente parece adecuado limitar el concepto de ‹revolución burguesa› o ‹ciclo de la revolución burguesa temprana› a la Reforma y la guerra de los campesinos en Alemania y a la revolución de los Países Bajos, ya que en estos casos puede considerarse demostrada la relación con los elementos del capitalismo. Por principio, sin embargo, no debería cuestionarse de antemano la ampliación a otros fenómenos del concepto de ‹revolución burguesa temprana›» 78 . En conexión con esta advertencia, hay que mencionar los estudios de Joseph Macek, que no duda en hablar de Revolución Husita para referirse al período de la historia checa comprendido entre 1419 y 1437 79 . Pese a todo, en la obra de Gerhard Brendler se afirma que tan sólo en los Países Bajos se produjo el triunfo de la revolución burguesa 80 y, a la vista de los pobres resultados de estas primeras revoluciones, se recuerda que «el ciclo reformador burgués temprano es la fase inicial y la forma precoz de ese proceso. Esta forma precoz tiene sus peculiaridades respecto de las revoluciones burguesas maduras» 81 . Por lo tanto, se subraya la evolución experimentada por el propio concepto a lo largo de los siglos, como se echa de ver en el siguiente pasaje: «Las revoluciones burguesas se han formado como tipo específico de movimiento histórico en las luchas de clases ocurridas durante la transición del feudalismo al capitalismo. Alternándose con cambios evolutivos en la base y la superestructura de la sociedad, contribuyeron a imponer el modo de producción capitalista, a quebrar la fuerza política de los señores feudales y a erigir el dominio de la clase capitalista. De este modo, el propio fenómeno ‹revolución burguesa› ha recorrido un proceso de desarrollo y maduración desde las formas tempranas, aún 77 B RENDLER , Gerhard, «Sobre la problemática...», op. cit. , p. 155. 78 Ibidem , p. 156. 79 M ACEK , Joseph, La revolución husita , op. cit. , pp. 165-166. 80 B RENDLER , Gerhard, «Sobre la problemática...», op. cit. , p. 157. 81 Ibidem , p. 158. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 60 embrionarias y apenas distinguibles de las luchas de clases medievales, hasta sus configuraciones maduras en Inglaterra y Francia, que han formado históricamente el concepto» 82 . Así pues, la Revolución Francesa sigue siendo presentada como precursora y modelo de los subsiguientes enfrentamientos entre la burguesía y las clases feudales. Tan sólo la Revolución Rusa ha alcanzado una consideración similar, lo que ha llevado a escribir que «models of revolution have been drawm predominantly from certain episodes of French and Russian history, with their emphases on vanguard groups, pervasive ideologies, and polarized societies. Extracted without modification from their contexts, these features have been built into the very definition of revolution» 83 . Pero no es éste el único ejemplo de lo que Rod Aya ha calificado como «desfase entre las teorías generales y las revoluciones específicas» 84 . Quizá el gran error de los teóricos de la revolución ha consistido en formular sus tesis en el vacío, sin tener en cuenta la realidad histórica, hecho que en los últimos años ha llevado a diversos autores a trabajar para dotar a sus postulados de una base empírica suficiente. De todos modos, antes de pasar revista a las principales aportaciones de los estudios sobre los levantamientos populares es preciso dedicar algunas páginas a presentar los resultados —realmente desiguales— de quienes a lo largo de los siglos XIX y XX han dedicado sus esfuerzos a elaborar reflexiones teóricas sobre la revolución. 82 Ibidem , p. 124. 83 «Los modelos de revolución han sido diseñados predominantemente a partir de ciertos episodios de la historia francesa y rusa, poniendo énfasis en los grupos de vanguardia, las ideologías dominantes y las sociedades polarizadas. Extraídos sin modificación de sus contextos, estos rasgos han sido convertidos en la propia definición de revolución» (H ERMASSI , Elbaki, «Toward a comparative study of revolutions», Comparative Studies in society and History , 1976, vol. XVIII, p. 211). 84 A YA , Rod, «Reconsideración...», op. cit. , p. 3. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 61 2. Modelos y teorías propuestos para el análisis de los fenómenos revolucionarios. «Es curioso que, desde Aristótel es, quien definió por primera vez ‹los auténticos orígenes y fuentes de la revolución›, los teóricos posteriores hayan suscitado sobre la naturaleza de tales acontecimientos muchos más interrogantes de los que podrían aclarar. Es más significativo todavía que los teóricos que estudiaron el fenómeno revolucionario hayan discrepado al definir las revoluciones, sin llegar a conclusiones universalmente válidas acerca de por qué se producen» 85 . Así de rotundo se muestra el profesor Cohan al enjuiciar los logros de la extensa producción teórica surgida en torno al estudio de las revoluciones: no sólo no ha ayudado a dar respuesta a los problemas planteados, sino que ha generado todavía más dudas. De hecho, las últimas páginas de su trabajo contienen un duro juicio sobre la calidad de las formulaciones elaboradas, que considera meras generalizaciones derivadas de casos particulares y, por ello, inconsistentes y fútiles. En definitiva, «si exceptuamos la tradición marxista, las teorías tienen tendencia a dejar al lector con la impresión decepcionante de que quizá todo el ejercicio que supuso leer y examinar tales teorías no mereció el esfuerzo realizado» 86 . Otros autores, en fechas recientes, han llamado la atención sobre el mismo asunto, manifestando, como Rod Aya, que «la teoría incompetente no puede aumentar el entendimiento de la historia. Y, por desgracia, las teorías de la revolución y la violencia colectiva de las que disponemos, y, en particular, las construidas por los principales científicos sociales americanos para explicar los disturbios mundiales de los años sesenta, son tremendamente defectuosas» 87 . En último término, autores como los citados consideran que las limitaciones de las teorías de la revolución elaboradas por los sociólogos son debidas fundamentalmente a la falta de atención concedida a las condiciones particulares en que se desarrolló cada episodio revolucionario, por lo 85 C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 9. 86 Ibidem , pp. 293-294. 87 A YA , Rod, «Reconsideración...», op. cit. , pp. 4-5. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 62 cual han recordado que «unless one takes into account the temporal and spatial conditions of revolutions, one runs the risk of theorizing in a void» 88 . De todos modos, las críticas acumuladas en los últimos años no impiden que todos los analistas concluyan abogando por la utilidad de la teoría social y que incluso algunos muestren su convencimiento de que los historiadores han de contribuir a mejorarla 89 . Así, en sintonía con esta propuesta, parece interesante acercarse al proceloso caudal de tinta generado por tales formulaciones, si bien, dada la imposibilidad de abarcar la inmensa bibliografía sobre el particular, he creído preferible seguir lo expuesto en diversas síntesis elaboradas en los últimos años. No se trata, pues, de una visión directa de lo escrito, lo que incrementa de forma considerable el riesgo de caer en la simplificación excesiva de teorías en ocasiones muy complejas. Sin embargo, posiblemente sea el mejor modo de llevar a cabo una aproximación a un elenco bibliográfico cuya gran extensión desborda sin remedio los límites de este capítulo y aun las capacidades de quien lo suscribe. Por otra parte, de entre las varias clasificaciones propuestas, he optado por seguir la de Jack A. Goldstone para las teorías del siglo XX 90 , por considerar que su combinación de los criterios cronológico y temático hace de ella un instrumento útil y porque, si bien de manera indirecta, otros estudiosos han asumido su validez al referirse en fechas recientes a la existencia de una «cuarta generación» de escritos que se suma a las tres analizadas por dicho autor 91 . Tan sólo es preciso, a fin de completar la perspectiva que ofrecen sus trabajos, incluir un apartado que trate someramente las principales teorías 88 «A no ser que se tomen en consideración las condiciones temporales y espaciales de las revoluciones, se corre el riesgo de teorizar en el vacío». Así se expresa H ERMASSI , Elbaki, «Toward a comparative study...», op. cit. , p. 219. En parecidos términos se pronuncia G OLDSTONE , Jack A., Revolution and rebellion in the Early Modern World , Berkeley-Los Angeles, 1991, p. 23. 89 Tal es la opinión, entre otros, de Z AGORIN , Pérez, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 52. 90 G OLDSTONE , Jack A., ed., Revolutions , op. cit. , p. 2. 91 F ORAN , John, «Theories of Revolution...», op. cit. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 63 elaboradas antes del siglo XX, y en concreto las ideas sobre la revolución expresadas por el filósofo alemán Karl Marx. 2.1. Los análisis de la revolución en el siglo XIX. Ya se ha hecho hincapié en que el fenómeno revolucionario ha despertado un vivo interés entre escritores de todas las épocas históricas. Incluso, se ha hecho alguna breve referencia al pensamiento de algunos autores de la Edad Moderna sobre el particular. Pero son muchas las teorías que Michael Freeman denomina «clásicas» 92 , y su análisis no es el objeto del presente estudio. Por esta razón, aquí tan sólo se va a hacer mención de los escritos de Karl Marx, dado que han alcanzado un gran predicamento a pesar de que en las últimas décadas, como ya advirtió Walter Laqueur hace algún tiempo, diversos factores han contribuido a disminuir su aceptación: «El papel histórico de la teoría marxista de la revolución ha sido enorme. Con su énfasis en los factores sociales y económicos, ayudó a situar en una perspectiva más amplia a una serie de acontecimientos que con anterioridad habían sido interpretados, casi exclusivamente, desde un ángulo político. Ha sido también más útil que las interpretaciones ‹estáticas› como guía para las situaciones revolucionarias. No obstante, al cerrarse la época que la produjo, esta doctrina ha ido perdiendo gradualmente su relevancia, tanto en los países comunistas como en los occidentales. En los primeros, porque hubieron de enfrentarse en la situación posrevolucionaria a una serie de problemas que no podían ser previstos en el siglo XIX. En los segundos, porque no existía virtualmente ninguna probabilidad de que apareciera una situación revolucionaria. En el tiers monde sigue teniendo relevancia como doctrina de la revolución industrial, si bien las características nacionales o locales revisten cada día mayor importancia» 93 . Por supuesto, los acontecimientos vividos en los años finales de la década de 1980 han coadyuvado de manera notable a incrementar el desinterés por las 92 Bajo tal término engloba dicho autor todo lo escrito sobre la revolución antes del siglo XX, sin distinguir entre los trabajos, por ejemplo, de Platón, Aristóteles, Tocqueville o Marx (F REEMAN , Michael, «Theories of Revolution», op. cit. , p.). 93 L AQUEUR , Walter, «Revolución», op. cit. , p. 343. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 64 tesis marxistas, pues, como apunta John Dunn, «the history of twentieth-century revolution, in many ways a great history, is still a commentary on the falsity of the Marxism which has inspired so much of it in the same sense as the history of mediaeval Europe is a commentary on the falsity of Christianity» 94 . En este sentido tiene razón Georg G. Iggers cuando indica que «con el derrumbamiento de los regímenes del socialismo real, los cuales se consideraban a sí mismos como encarnaciones de ideas marxistas o marxistas-leninistas, se plantea, por supuesto, la cuestión de si el marxismo ha perdido su relevancia no sólo como sistema social, sino también como método científico» 95 . De todos modos, según indica el mismo autor, «la aportación que el marxismo ha hecho a la moderna ciencia histórica no debe ser subestimada». Y, por supuesto, cualquier repaso de las teorías de la revolución quedaría incompleto si dejara al margen el pensamiento elaborado por el intelectual alemán, que no en vano ha inspirado numerosas revoluciones del siglo actual y, como ha recordado Rosario Villari, ha contribuido a enriquecer de modo considerable el bagaje intelectual de historiadores y científicos sociales: «Algunos grandes puntos de referencia de la teoría marxista se han convertido en patrimonio común de un amplio sector de la historiografía y no exclusivamente de una corriente. Siempre que no se empleen de manera apriorística y dogmática, los conceptos de formación social y de estructura productiva, de desequilibrios entre desarrollo de las fuerzas productivas y sistema institucional, de ‹época de revolución social›, de lucha de clases, tienen un valor insustituible como instrumentos de comprensión también de los comienzos de la edad moderna» 96 . A la hora de analizar las ideas de Karl Marx sobre la revolución, en primer lugar hay que advertir que, aunque se le ha considerado «el teórico más 94 «La historia de la revolución en el siglo XX, que en muchos aspectos es una gran historia, es también una ilustración de la falsedad del marxismo que ha inspirado buena parte de ella, en el mismo sentido que la historia de la Europa medieval es una ilustración de la falsedad del cristianismo» ( D UNN , John, Modern revolutions , op. cit. , p. 20). 95 I GGERS , Georg G., La ciencia histórica... , op. cit. , p. 72. 96 V ILLARI , Rosario, «Historiadores norteamericanos...», op. cit. , p. 60. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 65 importante de todas las revoluciones» 97 , no se puede decir que compusiese un corpus doctrinal sobre la cuestión. En realidad, el problema central para estudiar su pensamiento al respecto es, en palabras de A. S. Cohan, que «tenemos que escudriñar en diferentes obras escritas por Marx, separando al Marx propagandista del Marx ideólogo, para determinar por qué y cómo pensó que ocurriría la revolución» 98 . Entre estas obras ocupa un lugar principal el Manifiesto Comunista (1848), escrito en colaboración con Friedrich Engels, que a juicio del profesor Goldstone puede considerarse el ensayo más influyente jamás escrito sobre la revolución 99 . Por otro lado, no deben olvidarse las dificultades que plantea el estudio del marxismo a causa de la amplitud del grupo de autores que puede ser englobado bajo dicho paradigma y de las divergencias entre ellos en puntos concretos del modelo básico 100 . De todos modos, el profesor Cohan explica de forma sintética que «el modelo marxista de revolución es relativamente simple, al tratarse de un modelo unicausal más que multicausal», si bien aclara inmediatamente que se trata de una causa de tanta amplitud como «la peculiar ordenación de la sociedad», que da lugar a la existencia de dos clases antagónicas: una, explotadora y gobernante; la otra, explotada y gobernada. Tal circunstancia provoca la alienación de la clase explotada, que, cuando adquiere conciencia de clase, protagoniza la revolución contra la clase explotadora, único medio de desalojarla de su posición dominante y de instaurar el siguiente modo de producción 101 . En definitiva, el resultado del proceso revolucionario debía ser, para Marx, precisamente «un cambio en el modo de producción, con el consiguiente cambio en todos los elementos subordinados del complejo 97 A RENDT , Hannah, Sobre la revolución , op. cit. , p. 63. 98 C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 82. 99 G OLDSTONE , Jack A., ed., Revolutions , op. cit. , p. 21. 100 No se va a hacer hincapié en este punto, salvo para recordar que A. S. Cohan dedica sendos capítulos al pensamiento de Lenin y Mao sobre la revolución. En su obra hallará el lector referencias bibliográficas al respecto del pensamiento marxista de esos y otros autores, lo mismo que en S CHIEDER , Theodor, «Revolución», en Marxismo y Democracia. Política , Madrid, 1975, t. 7, pp. 51-75. 101 C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 85. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 72 esta primera generación, a pesar del tono descriptivo de los escritos, ha merecido valoraciones positivas por considerar que proporcionó una estimable guía para entender el proceso de las revoluciones. De hecho, el mismo Stone manifestó que «what can be said in defence of the protagonists, however, is that it is in part because of their pioneer efforts and blunders that a more sophisticated view of the causes of revolution is beginning to emerge» 123 . De todos modos, también es habitual advertir que dejan muchas preguntas sin responder, especialmente las referidas a las causas que provocan los conflictos, a las fuentes de oposición al Antiguo Régimen y a las razones de sus resultados 124 . No en vano, como ha hecho notar John Dunn, «revolutions are not merely natural phenomena like floods or droughts or hurricanes or freak harvests, as all events in the natural order are. They are both the product of, and constituted by, human action» 125 . En este sentido, las denominadas «historias naturales» de la revolución apenas realizan aportaciones de interés para la comprensión del fenómeno. 2.3. Las teorías generales de la violencia política. Las décadas de 1950 y 1960 conocieron la emergencia de nuevas naciones y notables cambios políticos ligados a la conversión de muchas sociedades tradicionales en «estados modernos». Estos cambios fueron acompañados de revoluciones, golpes de estado, motines y guerras civiles, fenómenos todos ellos 123 «Lo que puede decirse en defensa de los protagonistas, de todos modos, es que gracias en parte a sus esfuerzos pioneros y a sus errores garrafales está comenzando a emerger una visión más sofisticada de las causas de la revolución» (S TONE , Lawrence, Social Change... , op. cit. , p. XXV). 124 G OLDSTONE , Jack A., ed., Revolutions , op. cit. , p. 4 y F ORAN , John, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 2. 125 «Las revoluciones no son meramente fenómenos naturales como las inundaciones, las sequías, los huracanes o las malas cosechas, como lo son todos los acontecimientos del mundo natural. Son al mismo tiempo el producto de la acción humana y están constituidas por ésta» (D UNN , John, Modern revolutions , op. cit. , p. 231). Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 73 caracterizados por el recurso a la violencia y por multiplicarse de forma notable por entonces. A ello cabe añadir que la sociedad estadounidense sufrió en la década de 1960 alteraciones importantes que movieron a buen número de sociólogos y científicos políticos a interesarse por el estudio de las causas que motivaban el estallido de conflictos y a tratar de elaborar teorías que explicaran el fenómeno y ayudaran a prevenirlo. Igualmente, la aparición de nuevas ideas en la estrategia de los revolucionarios y los acontecimientos vividos por la sociedad occidental en 1968 fueron factores que motivaron una revitalización del interés por las revoluciones y provocaron una nueva avalancha de escritos sobre el particular, que han sido clasificados en tres grandes apartados en función de la tradición teórica de la que proceden. El primer grupo está constituido por los análisis psicológicos de la revolución . Sus autores consideran que las raíces de la revolución se hallan en el estado mental de las masas 126 , que sufren un sentimiento de frustración o privación a consecuencia de una variada gama de situaciones, como pueden ser los efectos a largo plazo de la modernización y la urbanización, los cambios económicos a corto plazo y el bloqueo sistemático de las oportunidades de determinados grupos étnicos o económicos 127 . Quizá la tesis más conocida sea la de James C. Davies, quien, partiendo de datos económicos, sugiere que la revolución acontece cuando al escenario presentado por Tocqueville (la revolución de la riqueza) sucede el dibujado por Marx (la revolución de la miseria): en definitiva, la causa del estallido es la frustración de unas 126 Aunque no he encontrado noticias que liguen los estudios psicológicos de la revolución con el pensamiento de José Ortega y Gasset, resulta interesante constatar que ya en 1923 el filósofo español afirmó que «la raíz del fenómeno revolucionario ha de buscarse en una determinada afección de la inteligencia [...]. No se origina, pues, en la opresión de los inferiores por los de arriba, ni en el advenimiento de una supuesta sensibilidad para más exquisita justicia [...], ni siquiera de que nuevas clases sociales cobren pujanza suficiente para arrebatar el poder a las fuerzas tradicionales. De estas cosas, a lo sumo, son algunas hechos concomitantes del espíritu revolucionario, y en vez de ser su causa, son también su consecuencia» ( O RTEGA Y G ASSET , José, «El ocaso de las revoluciones», op. cit. , p. 225). 127 G OLDSTONE , Jack A., «Theories of revolution...», op. cit. , pp. 427-428. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 74 expectativas económicas, representada en la curva en J 128 . El profesor Davies considera que «revolutions are products of a sudden widening of the gap between expectation and gratification when it is perceived, correctly or incorrectly, that the governing regime is either responsible for or incapable of dealing with this intolerable situation» 129 . Por lo tanto, como se le ha reprochado en alguna ocasión, el autor niega el protagonismo revolucionario de las capas sociales más desfavorecidas en beneficio de los grupos más acomodados, que son los que, a su entender, experimentan la frustración de sus expectativas 130 . No es ésta la mayor crítica planteada al discurso de Davies, puesto que algunos autores lo consideran incompleto desde el momento en que no determina cuál es el nivel no soportable entre las satisfacciones esperadas y las reales 131 y no especifica quiénes son los frustrados ni qué conexión hay entre el punto de frustración y el movimiento de la gente hacia la revolución 132 . Además, diversos teóricos marxistas han advertido que su teoría «tampoco es apropiada para aprehender la multiplicidad del acontecimiento revolucionario de la época moderna, ya que intenta una explicación lineal de un fenómeno extremadamente complejo» 133 . Con todo, no han faltado los elogios a la curva en J como instrumento útil para explicar los estallidos revolucionarios 134 , hasta el punto de que Lawrence Stone la juzgó aplicable no sólo a las satisfacciones puramente económicas, sino también a las políticas y sociales 135 . 128 K RAMNICK , Isaac, «Reflections on Revolution...», op. cit. , p. 41. Hay que aclarar que la curva en J e s denominada así porque representa una alza sostenida, seguida por una brusca caída. Si colocamos el eje de abscisas en posición vertical, dejando sobre él el eje de ordenadas, podremos comprobar que la gráfica resultante, en efecto, tiene forma de letra jota. 129 «Las revoluciones son productos de una súbita ampliación de la distancia entre expectativas y gratificación cuando se percibe, de forma correcta o no, que el régimen gobernante es responsable o incapaz de hacer frente a tan intolerable situación» ( ibidem , p. 44). 130 C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 276. 131 Ibidem , pp. 280-281. 132 K RAMNICK , Isaac, «Reflections on Revolution...», op. cit. , p. 45. 133 K OSSOK , Manfred, «Historia comparativa de las revoluciones de la época moderna. Problemas metodológicos y empíricos de la investigación», en Las revoluciones burguesas , op. cit. , p. 45. 134 Ver, por ejemplo, los pasajes que le dedican C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 281 y K RAMNICK , Isaac, «Reflections on Revolution...», op. cit. , p. 45. 135 S TONE , Lawrence, «Theories of Revolution», op. cit. , p. 172. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 75 El origen de los datos manejados por Davies llevó a Isaac Kramnick a clasificar su teoría dentro de un grupo de explicaciones económicas de la revolución, aunque aclarando que en 1969 fue elaborada de nuevo introduciendo tintes psicológicos 136 . Junto a ella, Kramnick incluye el intento de Raymond Tanter y Manus Midlarsky de construir una teoría de la revolución partiendo del estudio original de Davies 137 —de hecho, ambas elaboraciones se apoyan en datos económicos por no haber podido encontrar otro tipo de datos en los que sustentarse 138 — y el trabajo de Mancur Olson, que resalta la importancia del crecimiento económico como factor desestabilizador que provoca la dislocación social de algunos grupos: nuevos ricos y nuevos pobres proveerán los líderes potenciales y las masas revolucionarias que les sigan 139 . Hay que recordar igualmente la Teoría de los factores psicológicos en la violencia civil , elaborada por Ted Robert Gurr, para quien la frustración y la resultante agresividad son características de los participantes en la lucha civil. Esta formulación general es aplicada por el autor en su Teoría de la privación relativa , que recuerda los postulados de James C. Davies, cuyas curvas en J utiliza. Sin embargo, se desinteresa por el origen de la insatisfacción y no explica por qué los actores violentos se dirigen contra el gobierno y no contra otros objetivos 140 . A. S. Cohan apunta que estos postulados tuvieron aceptación a raíz de los disturbios ocurridos en Estados Unidos a mediados y fines de 1960, y por haber sido probados mediante diversas técnicas empíricas 141 . Ahora bien, pocos años después, Michael Freeman se mostró especialmente crítico al considerar que 136 K RAMNICK , Isaac, «Reflections on Revolution...», op. cit. , p. 42. 137 T ANTER , Raymond y M IDLARSKY , Manus, «A Theory of Revolution», Journal of Conflict Resolution , 1967, vol. XI, nº 3, pp. 264-280. 138 K RAMNICK , Isaac, «Reflections on Revolution...», op. cit. , p. 43. Entre los problemas que Cohan apunta respecto a las teorías de Davies, Tanter y Midlarsky, se halla precisamente la necesidad de datos adicionales para explicar las reacciones y conductas individuales (C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 279). 139 K RAMNICK , Isaac, «Reflections on Revolution...», op. cit. , p. 45. 140 Ibidem , pp. 55-56. 141 C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 281. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 76 el trabajo del profesor Gurr presentaba problemas desde su título, que parece ofrecer la promesa de una teoría de la rebelión, expectativa que se ve defraudada 142 . En cuanto al contenido de su obra, el autor considera hasta cincuenta y una variables explicatorias de carácter primario, secundario y terciario para calibrar la magnitud del conflicto, y propone otra serie de variables que incrementan la probabilidad de cada una de las formas de violencia política: tumulto, conspiración y guerra interna 143 . Las críticas de Freeman y Cohan coinciden en resaltar lo discutible de los índices y del enfoque metodológico empleados por Gurr, así como lo inadecuado de los indicadores globales para deducir pautas de conducta individual. Con todo, el propio Freeman concluye que, en su momento, fue la obra más sistemática y comprehensiva en su campo 144 , juicio que no comparte Rod Aya, quien llega a manifestar que la Teoría de la privación relativa «se muerde la cola y cae en la tautología» 145 , a la vez que hace notar que el propio Gurr acabó abandonando tal concepto y sustituyéndolo por el de tensión, que, no obstante, tampoco ha podido explicar el paso a un movimiento colectivo de ajuste 146 . También es preciso recordar los trabajos publicados por Ivo K. y Rosalind L. Feierabend, conjuntamente con Betty A. Nesvold 147 , quienes, en lugar de hablar de privación relativa , utilizan la hipótesis de la frustración-agresión, la 142 F REEMAN , Michael, «Theories of Revolution», op. cit. , p. 349. Parecida crítica puede observarse en C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 284. 143 Freeman rebate como poco consistentes las bases de esta tipología ( F REEMAN , Michael, «Theories of Revolution», op. cit. , pp. 351-352), mientras que Cohan aclara que Gurr recoge los trabajos de Rummel y Tanter para elaborar su tipología de la lucha civil (C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 284). 144 F REEMAN , Michael, «Theories of Revolution», op. cit. , pp. 350 y 354-355. Por ello el autor concluye afirmando que, a la altura de 1972, todavía no existía un tratamiento teórico convincente de la revolución. A estas críticas de Freeman hay que añadir las de C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 290. Por su parte, Pérez Zagorin, que resalta el interés del trabajo de Gurr, destaca la existencia de dos defectos principales: la dificultad de determinar el alcance y la intensidad de la privación relativa, y la gran distancia entre el descontento y la revolución (Z AGORIN , Pérez, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 43). 145 A YA , Rod, «Reconsideración...», op. cit. , p. 41. También Freeman llama la atención sobre el carácter tautológico del modelo (F REEMAN , Michael, «Theories of Revolution», op. cit. , p. 355). 146 A YA , Rod, «Reconsideración...», op. cit. , p. 42. 147 F EIERABEND , Ivo K., F EIERABEND , Rosalind L. y N ESVOLD , Betty A., «The Comparative Study of Revolution and Violence», Comparative Politics , 1973, vol. 5, nº 3, pp. 393-424. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 77 cual, elevada al plano comunitario, les lleva a hablar de «frustración sistemática», un concepto que caracterizan a partir de tres rasgos: impide alcanzar y mantener objetivos, aspiraciones y valores sociales, es sufrida por miembros de conjuntos sociales y de sistemas sociales complejos y se produce dentro de las estructuras y procesos de los sistemas sociales 148 . Rod Aya lanza una crítica feroz contra sus tesis, pues, tras hacer notar que «echan vino estadístico y computerizado en una vieja botella teórica: el cambio social rápido engendra una amplia frustración que conduce a la violencia» 149 , concluye que «en resumen, el impresionante despliegue de fuegos artificiales estadísticos llevado a cabo por los Feierabend deja tras de sí una densa estela de humo cuantitativo que cubre la descuidada cualidad de sus explicaciones teóricas» 150 . Otros autores analizan la psicología de los individuos revolucionarios, tratando de explicar las raíces socio-culturales o psico-sexuales de su personalidad 151 . La razón de ser de estos estudios estriba en que «la conducta revolucionaria, según este enfoque, no se produce fortuitamente. El individuo proclive a tal conducta, y que llega al liderazgo en el movimiento revolucionario, no adquiere plena e improvisadamente el sentido de la injusticia del mundo al tropezar por primera vez con la miseria y el hambre. Al contrario, la visión de semejante infortunio despierta en él una propensión o disposición que ya existía. Sin esta propensión, el líder puede contemplar los males del mundo con cierta o ninguna inquietud, pero es improbable que se convierta en revolucionario» 152 . A. S. Cohan critica la futilidad de las pruebas presentadas, así como el olvido de la situación en que se desarrolla una personalidad revolucionaria 153 , lo que le 148 C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 289. 149 A YA , Rod, «Reconsideración...», op. cit. , p. 34. 150 Ibidem , p. 39. 151 Entre los primeros, Kramnick cita a Kurt Riezer, Eric Hoffer, Thorsten Veblen y Daniel Lerner. Entre los segundos, a Harold Lasswell, E.V. Wolfenstein, Robert Lifton y Erik Erikson. 152 C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 252. 153 Ibidem , pp. 262-264. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 78 permite concluir que, a pesar de lo mucho que han escrito, los psicólogos de la revolución no van más allá de sugerir «que cuanto más frustrados se sienten los individuos, más violenta será, probablemente, su respuesta, pero siguen sin poder determinar el ‹punto límite› y por qué este ‹punto límite› varía de una sociedad a otra» 154 . Y en el mismo sentido, Lawrence Stone opina que «the main objection to this theory is that it fails to explain why these particular attitudes become common only in certain classes and age groups at certain times and in certain places. This failure strongly suggests that the cause of this state of mind lies not in the personal maladjustment of the individuals or their parents, but in the social conditions that created that maladjustment» 155 . En resumen, el balance de las aportaciones fruto de los análisis psicológicos de la revolución plantea más preguntas que respuestas. Al fin y al cabo, como explica Isaac Kramnick, «such theories of revolution run the risk of making the opposite mistake to that of the sociological analysts. If the latter placed too much stress on studying the inexorable workings of the system to the oversight of the personal and the unique, then psychological studies attribute much too much significance to single individuals in the moving and shaping of history. They are guilty of what Robert Jay Lifton calls the ‹solipsistic tendency› of seeing great historical events as produced by no more than one individual's psychopathology» 156 . En el mismo sentido se han manifestado otros autores, por 154 Ibidem , p. 291. 155 «La principal objeción a esta teoría es que no acierta a explicar por qué estas actitudes particulares llegan a ser comunes sólo en algunos casos y grupos de edad, en ciertos momentos y en determinados lugares. Este fracaso sugiere con claridad que la causa de dicho estado mental recae no en el desajuste personal de los individuos o de sus padres, sino en las condiciones sociales que crearon ese desajuste» (S TONE , Lawrence, «Theories of Revolution», op. cit. , p. 169). 156 «Tales teorías de la revolución corren el riesgo de cometer el error contrario al de los analistas sociológicos. Si éstos hacían demasiado hincapié en estudiar el funcionamiento inexorable del sistema hasta el punto de menospreciar lo personal y único, los estudios psicológicos conceden mucha más importancia a los individuos en el movimiento y conformación de la historia. Son culpables de lo que Robert Jay Lifton llama la ‹tendencia solipsística› de ver los grandes acontecimientos históricos como producidos únicamente por la psicopatología de un individuo» (K RAMNICK , Isaac, «Reflections on Revolution...», op. cit. , p. 61). Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 79 entender que «estos intentos han llevado, en muchos casos, a conceder un relieve excesivo a las motivaciones irracionales, e incluso a los rasgos patológicos de los fundadores y líderes, así como de los seguidores», descuidando, por contra, las «condiciones situacionales» en las que surgen los movimientos y despreciando la posibilidad de que se registrasen reacciones racionales ante condiciones económicas o sociales que se consideraban intolerables 157 . El segundo grupo de trabajos que se va a considerar aquí está formado por los análisis sociológicos de la revolución , cuyas propuestas surgen a partir de la teoría sociológica estructural-funcionalista de Talcott Parsons y su escuela, y en el que se incluyen autores como Johnson, Smelser, Jessop, Hart, Tiryakian y Hagopian. A juicio de estos investigadores, la sociedad es un todo armonioso y funcionalmente coherente, en el que todos los elementos sociales tienen una función y donde todas las funciones sociales son indispensables para la vida del individuo 158 . No obstante, el sistema puede ser llevado a una situación de desequilibrio o disfunción por causas que afecten a la relación entre la demanda y los recursos. En consecuencia, por utilizar las palabras de Rod Aya, estos escritores sostienen que «la protesta popular y la violencia colectiva no son negociaciones políticas por otros medios, sino amenazadores indicios de que la vida civilizada de un ‹sistema social› puede terminar muy pronto» 159 . La razón última de tan apocalíptico juicio reside en que la tradición sociológica no marxista «rechaza la noción de que el conflicto es la característica esencial de todas las sociedades. Al contrario, esta tradición optaría más bien por la concepción de que las sociedades civiles son esencialmente consensuales por 157 H EBERLE , Rudolf, «Tipos y funciones de los movimientos sociales», en Enciclopedia de las Ciencias Sociales , Madrid, 1976, t. 7, p. 265. 158 M ARSAL , Juan Francisco, «Sociología y sociedad», en — y O LTRA , Benjamín, dirs., Nuestra sociedad... , op. cit. , p. 16. Líneas atrás, el autor interpreta la aparición del funcionalismo de Parsons «como una compensación teórica a la gran crisis del sistema capitalista americano que se inicia en 1929» ( ibidem , p. 15). 159 A YA , Rod, «Reconsideración...», op. cit. , p. 47. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 80 naturaleza y de que los elementos de tales sociedades constituyen ‹sistemas compartidos de fe, sentimiento y valores, y criterios culturales uniformes de valoración técnica, estética y moral›» 160 . En definitiva, la revolución supondría una enfermedad social que puede ser detenida o prevenida, pero no curada 161 . Entre las distintas fuentes de disfunción consideradas se encuentran el desigual impacto de la tecnología y la modernización, cambios exógenos en los valores, cambios en la distribución del poder o, simplemente, cambios desincronizados en los distintos subsistemas que componen el sistema principal 162 . Partiendo de esta base, Neil J. Smelser elabora una tipología del comportamiento colectivo en la que distingue cinco casos: el movimiento orientado por valores, el movimiento orientado por normas, el estallido hostil, la locura (o moda) y el pánico. A juicio de Isaac Kramnick, el mayor éxito de este autor consiste, precisamente, en haber diferenciado la revolución de otras manifestaciones del comportamiento colectivo, como el pánico, la alteración, la reivindicación religiosa, los estallidos hostiles, los movimientos de reforma social y los movimientos nacionalistas 163 . A pesar de todo, el profesor Freeman subraya que no queda claro a cuál de los cinco grupos pertenecen las revoluciones, puesto que Smelser afirma que se incluyen en el primero, pero no todas. De hecho, llega a indicar que la revolución puede tomar la forma de un estallido hostil (golpe que busca un cambio de gobierno), de un movimiento orientado por normas (reformista) o de un levantamiento orientado por valores (radical). Incluso el propio concepto de revolución parece quedar mal definido a pesar de que su fórmula incluye como ingredientes la tensión estructural, la responsabilidad gubernamental, la intransigencia y la debilidad. Freeman concluye que los conceptos elaborados por Smelser son demasiado vagos y sus 160 C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 168. 161 C ALVERT , Peter, «Revolution...», op. cit. , p. 2. 162 G OLDSTONE , Jack A., «Theories of revolution...», op. cit. , pp. 163 K RAMNICK , Isaac, «Reflections on Revolution...», op. cit. , p. 47. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 81 condiciones de aplicación demasiado inciertas, lo que hace que, a pesar de su meditada elaboración, su libro resulte decepcionante 164 . La teoría sociológica funcionalista se halla también en el fondo de las ideas de Chalmers Johnson sobre la revolución, concepto que considera necesario analizar en el contexto de los sistemas sociales en que ocurre. De ahí que estudie primero el funcionamiento de los mismos, en el que interviene como factor determinante la sincronización entre los valores y el marco 165 . Johnson piensa que las revoluciones son producidas por sistemas sociales disfuncionales 166 y distingue cuatro fuentes de desequilibrio: fuentes exógenas de cambio de valores, fuentes endógenas de cambio de valores, fuentes exógenas de cambio de marco y fuentes endógenas de cambio de marco 167 . Si la elite reconoce la existencia de una situación de disfunción múltiple, puede tomar dos opciones: adaptar las presiones al cambio, suavizando las tensiones sociales, o resistir al cambio utilizando una fuerza cada vez mayor para mantener su posición. En todo caso, cuando se produce el desequilibrio y se sobrepasa la capacidad de los cambios homeostáticos para regular el problema, la sociedad se polariza en torno a ideologías opuestas y surgen dos factores que constituyen causas necesarias de una revolución: una deflación de poder (provocada por el recurso constante a la fuerza) y una pérdida de autoridad. La causa final, o suficiente, son los aceleradores, factores a menudo ligados a la fortuna, que privan a las elites de sus armas de control o hacen creer a los revolucionarios que pueden adueñarse de ellas. En concreto, tres son los aceleradores que Johnson identifica: la subversión de las fuerzas armadas, la creencia de parte de los revolucionarios en la 164 F REEMAN , Michael, «Theories of Revolution», op. cit. , p. 344. 165 El profesor Freeman considera este concepto aún más vago que el de «tensión estructural» elaborado por Smelser ( ibidem , p. 346). 166 Cohan aclara que esa disfunción obedece a la escasez general de bienes estimables o estimados, y que los conflictos se producen debido a la competencia por alcanzarlos (C OHAN , A. S., Introducción... , op. cit. , p. 171). 167 K RAMNICK , Isaac, «Reflections on Revolution...», op. cit. , p. 49. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 88 que en la segunda este cambio afecta a una variable crítica. Si esta segunda fase alcanza un grado suficiente, se produce una «situación potencialmente revolucionaria». En este punto, una gran variedad de hechos que normalmente son incidentales puede precipitar la revolución. No obstante, todos los autores creen que una acción rápida de la elite puede impedir su estallido 189 . Según indica el profesor Goldstone, las críticas vertidas contra estas teorías han procedido de dos maneras: bien descubriendo sus debilidades, o bien señalando puntos olvidados que ponen de manifiesto su carácter incompleto. Por su parte, el autor incide en la extrema vaguedad de los tipos de hechos que pueden ser causas iniciales, en la difícil observación de la variable crítica en la práctica, en la imposibilidad casi absoluta de especificar el nivel que presagia una situación potencialmente revolucionaria, en la obstinación, en contra de la realidad histórica, en considerar la acción de las clases dirigentes como un factor clave en el estallido (o no) de las revoluciones, y en el fracaso de su intento de explicar la variedad de resultados de las diferentes revoluciones 190 . 2.4. Las teorías estructurales de la revolución. Todos los autores consultados coinciden en subrayar el carácter innovador de los trabajos de Barrington Moore Jr. y Eric Wolf 191 y su condición de antecedentes directos de las teorías estructurales que se van a analizar a continuación. En concreto, el profesor Moore se centró en las relaciones entre los estados monárquicos, las noblezas terratenientes y los impulsos comerciales en la agricultura, factores cuya combinación dio lugar a tres resultados distintos: 189 Así se resumen los rasgos de estas teorías sociológicas en G OLDSTONE , Jack A., «Theories of revolution...», op. cit. , pp. 429-430. 190 Ibidem , pp. 430-434. 191 M OORE , Barrington, Jr., Social Origins of Dictatorship and Democracy: Lord and Peasant in the Making of the Modern World , Boston, 1966 y W OLF , Eric, Peasant Wars of the Twentieth Century , New York, 1969. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 89 rebeliones campesinas en China y Rusia, ascenso del fascismo en Japón y Alemania y guerras civiles revolucionarias en Inglaterra, Francia y Estados Unidos, que desembocaron en el establecimiento de regímenes democráticos 192 . A juicio de Pérez Zagorin, el discurso de Moore «must be regarded as a significant synthesis in the comparative treatment of revolution. It is also notable for its avoidance of excessive abstraction and its firm sense of historical reality. An approach of this kind, linking the comparative and theoretical dimensions of inquiry with the historical, is one of the most likely to lead to a better understanding of the nature and effects of revolution in large-scale processes of social change» 193 . Con respecto al segundo autor, cuyo objeto de estudio fueron las principales revoluciones sociales del siglo XX hasta la década de 1960, hay que apuntar que señaló la importancia de la presión exterior en los casos de los conflictos ruso y chino, y que subrayó como factor clave el impacto que produjo la comercialización de la agricultura cuando el capitalismo, unido al crecimiento demográfico, disolvió la organización social, política y económica consuetudinaria. Se produjeron así una crisis de legitimación de los estados y las elites y una reacción de los campesinos medianamente acomodados, que se rebelaron y llegaron a aliarse con grupos urbanos desafectos 194 . En síntesis, John Foran considera que la importancia del trabajo de Moore y Wolf reside en cinco aportaciones. Por un lado, pasan al nivel macrosociológico, comparando casos nacionales cuyas variables incluyen las 192 Sendas síntesis de los estudios de Moore pueden verse en C ASANOVA , Julián, La historia social y los historiadores , Barcelona, 1991, pp. 143-147 y en F ORAN , John, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 2. 193 «Debe ser tenido en cuenta como una síntesis significativa en el tratamiento comparativo de la revolución. También es notable porque evita la excesiva abstracción y por su firme sentido de la realidad histórica. Una aproximación de este tipo, que une las dimensiones comparativa y teórica de la investigación con la histórica, es una de las que más fácilmente ha de llevar a una mejor comprensión de la naturaleza y efectos de la revolución en los procesos de cambio social a gran escala» (Z AGORIN , Pérez, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 41). 194 Tanto la exposición de las líneas maestras del estudio del profesor Wolf como la valoración de la importancia de su obra y la de Barrington Moore se realizan a partir del estudio de F ORAN , John, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 2. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 90 relaciones de clase, el estado, la economía internacional y la extensión del capitalismo en el campo. Por otro, evitan el estructuralismo puro y reconocen los factores contingentes en los casos que analizan. En tercer lugar, prestan alguna —si no máxima— atención a la cultura como causa interviniente en la rebelión. Además, a pesar de los títulos de sus libros, analizan el papel de las fuerzas sociales urbanas lo mismo que el de las campesinas. Por último, ambos son sensibles a la variedad histórica de sus casos y se resisten a generalizar sus hallazgos como modelos formales. Ahora bien, pese a esta última circunstancia, las posibilidades apuntadas por sus obras, unidas a la debilidad de las teorías de la «segunda generación» y al desarrollo de algunos puntos de análisis no explotados, dieron pie a la construcción de nuevos discursos sobre la revolución antes de 1975, fecha indicada por Goldstone como inicio de esta «tercera generación» de teóricos. De hecho, los trabajos de Moore y Wolf, además de otros estudios sobre temas específicos, pusieron los cimientos para una nueva reflexión teórica basada en cinco puntos de análisis: el carácter variable de las metas y estructuras de los estados, la sistemática intrusión de las presiones internacionales (políticas y económicas) en la organización doméstica de las sociedades, la estructura de las comunidades campesinas, la coherencia o debilidad de las fuerzas armadas y las variables que afectan al comportamiento de la elite 195 . Sin duda son los trabajos de Theda Skocpol los que más eco han tenido entre los estudiosos de la revolución, pues en ellos esta autora ha revisado las tesis de su maestro, el citado Barrington Moore, afirmando que «the central feature of every true revolution was the transformation of a state. To explain a revolution was above all to explain the genesis and outcome of a peculiarly 195 G OLDSTONE , Jack A., «Theories of revolution...», op. cit. , pp. 434-437. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 91 dramatic vicissitude in the history of state power» 196 . De esta forma, Skocpol resalta la importancia, en el estallido de las revoluciones, de una determinada estructura agraria y de la elite (como precondiciones ) y de las presiones internacionales (como catalizador), y considera que las revoluciones se producen en las que denomina «sociedades agrarias-burocráticas». Así, sugiere que aquéllas tuvieron lugar en Francia, Rusia y China, pero no en Prusia, Japón e Inglaterra, por las diferencias estructurales entre ambos grupos de países y por la distinta presión internacional a que tuvieron que hacer frente. Y, además, explica los diferentes resultados alcanzados por las revoluciones en China, Rusia y Francia en razón de los recursos políticos y económicos de los contendientes revolucionarios, así como de las presiones internacionales 197 . A pesar del enorme éxito alcanzado, estas teorías no han sido inmunes a las críticas, circunstancia que se ha visto favorecida por el tono exagerado de la autora, que pretendía con ello subrayar la originalidad de sus propuestas 198 . Así, se ha destacado que su explicación causal de las diferentes revoluciones no es uniforme, que concede poca importancia a las revueltas urbanas en la revolución social y que su tratamiento de la expansión del capitalismo y su papel en la revolución es inusual, puesto que no lo considera un factor desestabilizador interno, sino sólo desde una perspectiva internacional. A pesar de ello, diversos autores han valorado positivamente la propuesta del método comparativo para evitar la utilización de abstracciones dudosas y para poder ir más allá de una relación de datos y acontecimientos 199 , aunque criticando el hecho de que se recurra a explicar las revoluciones sociales atendiendo exclusivamente a factores 196 «El rasgo central de toda revolución verdadera era la transformación de un estado. Explicar una revolución era sobre todo explicar la génesis y resultados de una peripecia peculiarmente dramática de la historia del poder del estado» ( D UNN , John, Modern revolutions , op. cit. , p. XX). 197 S KOCPOL , Theda, States and Social Revolutions , New York, 1979. Un resumen crítico de sus tesis, en C ASANOVA R UIZ , Julián, «Revoluciones sin revolucionarios: Theda Skocpol y su análisis histórico comparativo», Zona Abierta , 1986-1987, nº 41-42, pp. 81-101. 198 Esta crítica es formulada por F ORAN , John, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 4. 199 Entre ellos, C ASANOVA R UIZ , Julián, «Revoluciones sin revolucionarios...», op. cit. , p. 84. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 92 estructurales y sin tener en cuenta los elementos subjetivos y voluntaristas de la revolución 200 . En definitiva, como ha recordado Julián Casanova Ruiz, la autora olvida que «entre las condiciones estructurales y los efectos sociales existe siempre —como una parte importante de la historia— un vínculo mediador, la conciencia y la acción humanas» 201 . Con todo, resulta habitual reconocer, como ha hecho John Dunn, que los puntos que han dado mayor fuerza y profundidad a su teoría son la combinación del énfasis marxista en la historia de las relaciones de clase y la organización productiva, por un lado, y su enfoque realista del predicamento doméstico e internacional del poder del estado, por otro 202 . Aunque sea de forma sucinta, es preciso mencionar aquí los trabajos de otros autores vinculados al paradigma estructuralista. Entre ellos se encuentra Jeffrey Paige, quien, aun sin pretender una teoría sobre las revoluciones, ha elaborado un estudio de la conexión entre la estructura de la relación campesino- propietario y los tipos de conflicto rural registrados, que ha sido valorado como un análisis original y detallado de las formas por las que la estructura agraria afecta a las posiblidades de revolución 203 . Por otro lado, Ellen Kay Trimberger ha tratado de elaborar una teoría de la revolución a partir del análisis de cuatro casos —Attaturk, Meiji, Nasser y Velasco— de reformas y modernización emprendidas tras el derribo por militares de los regímenes políticos vigentes. En sus conclusiones, la autora afirma que estas revoluciones desde arriba se producen cuando los estados con un gobierno centralizado y burocrático, y con una estructura de la elite que incluye la separación de los oficiales estatales de las clases propietarias y mercantiles, se ven enfrentados a presiones internacionales. 200 A este respecto, ver la reseña de la obra de la profesora Skocpol realizada por H IMMELSTEIN , Jerome y K IMMEL , Michael, «States and Revolutions: The Implications and Limits of Skocpol's Structural Model», American Journal of Sociology , 1981, vol. 86, nº 5, pp. 1145-1154. 201 C ASANOVA R UIZ , Julián, «Revoluciones sin revolucionarios...», op. cit. , p. 97. 202 D UNN , John, Modern revolutions , op. cit. , p. XX. 203 G OLDSTONE , Jack A., «Theories of revolution...», op. cit. , p. 438. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 93 Un tercer autor es S. N. Eisenstadt, quien sostiene que algunas características de la estructura del estado y de la elite deben actuar como precondiciones de una situación revolucionaria y, además, añade una contribución original: el papel de las orientaciones culturales en la génesis de las revoluciones. El interés despertado por su aportación ha sido tal que ha llevado a algún autor a lamentar que Eisenstadt no haya aplicado su sugerente esquema a un caso de «gran revolución» en profundidad 204 . En último término, John Foran incluye en este grupo al ya mencionado Charles Tilly, dado que, a su parecer, propone un estructuralismo político opuesto al económico y a pesar de que no investiga las causas de la revolución, sino que trata de colegir la dinámica del proceso revolucionario una vez desencadenado 205 . Otros autores, no obstante, consideran que Tilly representa una perspectiva socio-estructural del estudio de las revoluciones, si bien coinciden con Foran en que las obras generadas por esta corriente «generally focused on a few cases and presented extended narratives and analyses. Their goal was not to provide a universally applicable theory of revolutions or of political violence; instead they explicitly sought to understand how different episodes of political violence varied and how historical context mattered to the causes and outcomes of state breakdown» 206 . De la comparación entre los estu dios de la segunda y tercera generaciones, el profesor Goldstone resalta las siguientes ventajas de éstos respecto a aquéllos 207 : no tienen dificultad en explicar la relativa escasez de revoluciones, pueden medir más fácilmente las condiciones estructurales que consideran, 204 Ibidem , p. 447. 205 F ORAN , John, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 3. Como recordará el lector, ya se ha hablado de Charles Tilly páginas atrás, entre los autores de análisis políticos de la revolución. 206 «Generalmente se centraban en unos pocos casos y presentaban narraciones y análisis extensos. Su meta no era proveer una teoría universalmente aplicable de las revoluciones o de la violencia política; antes bien, trataban explícitamente de comprender cómo variaron los diferentes episodios de violencia política y cómo el contexto histórico afectó a las causas y resultados de la crisis del estado» (G OLDSTONE , Jack A., Revolution and rebellion... , op. cit. , p. 18). 207 G OLDSTONE , Jack A., «Theories of revolution...», op. cit. , pp. 448-450. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 94 simplifican notablemente el problema del momento de las revoluciones, eliminan la ceguera o intransigencia de la elite como factor desencadenante de las crisis y, finalmente, incluyen en sus análisis el estudio de los varios resultados de las revoluciones. Junto a estas ventajas, el mismo autor indica, no obstante, una serie de puntos que quedan por resolver y que ofrecen fructíferas áreas de investigación 208 . Al fin y al cabo, estas teorías no aclaran cuándo una transformación social es una revolución; la serie de casos analizados es muy limitada 209 ; además, los estudios sobre el impacto de la estructura agraria en la participación de los campesinos en la revolución han producido resultados contradictorios; en cuarto lugar, no explican los caracteres comunes del desarrollo de las revoluciones; y, por último, olvidan los datos demográficos. Haciendo un balance global de las aportaciones realizadas, el autor concluye que «additional work is clearly needed to develop classifications or typologies of social and political transformations that can be widely accepted as a basis for research. Without further clarification of the defining characteristics of revolutions, the third-generation analyses of revolution will be difficult to apply to, and test against, varied instances of social change» 210 . Además de Goldstone, otros autores han expuesto sus objeciones al respecto de las teorías estructurales. Entre ellos se encuentra Jeff Goodwin 211 , que resalta la existencia de dos temas recurrentes en los estudios sociológicos recientes sobre la revolución: por un lado, un decidido abandono de los intentos 208 Ibidem , pp. 450-453. 209 A pesar de ello, el mismo Goldstone resalta que en el siglo XX la Revolución Francesa ya no monopoliza las discusiones sobre la revolución, sino que los estudiosos toman en consideración todas la revoluciones acaecidas a lo largo de la centuria (G OLDSTONE , Jack A., ed., Revolutions , op. cit. , p. 37). 210 «Claramente se necesita un trabajo adicional para desarrollar clasificaciones o tipologías de las transformaciones sociales y políticas que puedan ser aceptadas de modo general como base para la investigación. Sin una aclaración complementaria de las característicias que definen a las revoluciones, los análisis de la revolución de la tercera generación serán difíciles de aplicar a, y comprobar con, ejemplos variados de cambio social» (G OLDSTONE , Jack A., «Theories of revolution...», op. cit. , p. 450). 211 G OODWIN , Jeff, «Toward a new sociology of revolutions», Theory and Society , 1994, vol. 23, nº 6, pp. 731-732. En el mismo volumen se incluye un interesante conjunto de intervenciones que constituyen uno de los debates más recientes dentro del ámbito de la Sociología sobre el concepto de revolución. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 95 de formular una teoría general de la revolución o, incluso, de la violencia colectiva, que da paso a explicaciones eclécticas y mejor sustentadas histórica y teóricamente de las revoluciones particulares o de tipos de revoluciones; por otro, un notable énfasis en la autonomía y potencial de los estados y del sistema internacional de estados, además de la cultura, previamente considerados por marxistas y liberales como mero reflejo del poder de clase o de la sociedad civil 212 . A juicio del profesor Goodwin, ambas tendencias son progresistas y liberadoras 213 , y hacen de esos trabajos las mejores obras recientes sobre el tema, tanto por la solidez de su base histórica como por su coherencia teórica 214 . No obstante, opina que recuperan el estado y la cultura de forma «reificada» y concluye afirmando que «these studies, in other words, often neglect and even obscure the crucial implications of cultural systems for state practices and of state practices, in turn, for social relations and collective action» 215 . De ahí su interés por analizar la importancia de los contextos política y culturalmente constituidos. De hecho, en la década de 1980 las investigaciones han tendido a analizar qué tipos de estado resultan más vulnerables a las revoluciones, como se echa de ver, por ejemplo, en las obras de Robert Dix, Timothy Wickham-Crowley y los citados Goldstone, Goodwin y Skocpol. No obstante, no ha sido ésta la única línea de trabajo seguida durante estas fechas, pues otros autores han examinado las declaraciones de legitimación de los estados y la dimensión externa de las crisis revolucionarias y de sus resultados 216 . Entre estos últimos hay que citar a Walter L. Goldfrank, que propone una explicación estructural de la revolución 212 Como apunta el autor, en este segundo aspecto ha ejercido notable influencia el trabajo de Skocpol. 213 G OODWIN , Jeff, «Toward a new sociology...», op. cit. , p. 732. 214 Ibidem , p. 757. 215 «Estos estudios, en otras palabras, a menudo olvidan e incluso oscurecen las cruciales implicaciones de los sistemas culturales para las prácticas de estado y de las prácticas de estado, a su vez, para las relaciones sociales y la acción colectiva» ( ibidem , pp. 741). 216 F ORAN , John, «Theories of Revolution...», op. cit. , pp. 4-6. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 96 mexicana a partir de cuatro condiciones necesarias y suficientes: un contexto mundial tolerante o permisivo, una grave crisis política que paraliza la capacidad administrativa y coercitiva del estado, una rebelión campesina extensa y los movimientos políticos de una elite disidente 217 . Goldfrank explica que las tres primeras condiciones interactúan entre sí, dando lugar a una situación revolucionaria, mientras que la cuarta, dada la existencia casi automática de contendientes diversos, surge para efectuar transformaciones políticas y sociales después de mostrar la propia superioridad militar 218 . Además, tanto en los años ochenta como en los inicios de la última década del siglo se ha despertado un gran interés por algunos temas descuidados por la «tercera generación», y en especial por el estudio de los agentes revolucionarios, asunto recuperado por Theodor Shanin y que ha sido objeto de buen número de trabajos en los últimos tiempos 219 . El resultado de todos estos esfuerzos ha llevado a John Foran a esbozar los rasgos distintivos de una «cuarta generación» de investigadores cuyas obras sugieren una aproximación más sintética al fenómeno revolucionario, ya que combinan las aportaciones más sólidas de las teorías estructurales con algunas preocupaciones manifestadas por sus críticos 220 . El autor analiza detenidamente el contenido de alguno de estos títulos, entre los que se halla el trabajo del tantas veces citado Jack Goldstone, que estudia las crisis estatales y elabora un modelo coyuntural de revolución que comprende factores económicos, políticos e ideológicos. Como ya advirtió el propio Goldstone en un trabajo anterior, «first of all, revolutions did not occur randomly throughout history [...]. Revolutions occur only where there is a combination of state weakness, elite conflicts, and popular uprisings. As Wolf and I have noted, 217 G OLDFRANK , Walter L., «Theories of Revolution and Revolution Without Theory: The Case of Mexico», Theory and Society , 1979, vol. 7, nº 1-2, pp. 135-165. 218 Ibidem , p. 160. 219 F ORAN , John, «Theories of Revolution...», op. cit. , pp. 6-10. 220 Ibidem , pp. 10-17. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 97 in this volume, rapid population growth in the context of traditional societies can simultaneously give rise to all three factors» 221 . En consecuencia, elabora un modelo que él mismo denomina «demográfico-estructural», según el cual las condiciones que posibilitan una crisis estatal son altos niveles de tensión y conflicto en varios niveles de la sociedad —el estado, las elites y el populacho—, lo que denomina «ecuación PSI». Para explicar el alto nivel alcanzado por esta ecuación en 1550-1660 y en 1770-1850, propone su teoría de la interacción entre demografía e instituciones 222 , aunque al final de su obra insiste en que «this is not a one-cause model: population growth alone leads to no determinate end. It is the interaction of population growth with particular social, political and economic institutions that produces crises» 223 . Por último, resulta interesante la introducción de casos no desarrollados en la Europa Occidental entre los considerados como objeto del análisis comparado y el énfasis puesto por el autor en las similitudes entre las crisis políticas orientales y occidentales 224 . A pesar de las críticas dirigidas contra esta obra desde distintos ámbitos, es preciso convenir con John Foran en que «is a storehouse of bold conjectures for fourth-generation theorists to disprove or substantiate» 225 . En definitiva, como ha recordado el propio Foran, las nuevas propuestas teóricas coinciden en la elaboración de modelos coyunturales que incluyen factores económicos, políticos y culturales a fin de explicar con mayor flexibilidad la dinámica de las coaliciones y la lógica de los resultados. En este 221 «En primer lugar, las revoluciones no ocurren por azar a lo largo de la historia [...]. Las revoluciones ocurren sólo donde se produce una combinación de debilidad estatal, conflictos de elites y alzamientos populares. Como hemos apuntado Wolf y yo en este volumen, el crecimiento demográfico rápido en el contexto de sociedades tradicionales puede dar lugar a los tres factores simultáneamente» (G OLDSTONE , Jack A., ed., Revolutions , op. cit. , p. 315). 222 G OLDSTONE , Jack A., Revolution and rebellion... , op. cit. , pp. 469-470. 223 «Éste no es un modelo monocausal: el crecimiento demográfico por sí solo no conduce a un final determinado. Es la interacción del crecimiento demográfico con las instituciones sociales, políticas y económicas particulares lo que produce las crisis» ( ibidem , p. 468). 224 Ibidem , p. 449. 225 «Es una mina de atrevidas conjeturas que los teóricos de la cuarta generación deben refutar o comprobar» (F ORAN , John, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 16). Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 104 colectiva. Fruto de estos esfuerzos, entre los que descuellan los de la llamada «historiografía marxista británica», ha sido un mejor conocimiento de los movimientos de masas, en especial por lo que respecta a su composición, sus objetivos y los medios empleados para conseguirlos. En conjunto, su labor ha permitido una reconsideración de dichos conflictos —circunstancia que ha corrido parejas con la relativización de la Revolución Francesa como modelo universal de revolución—, a la vez que una revalorización del papel de las masas populares revolucionarias, cuyo comportamiento había sido visto desde la Antigüedad a través del prisma de lo irracional. La introducción de métodos de investigación acordes con las nuevas inquietudes de los historiadores, y en especial con la concepción de la historia como ciencia social, ha permitido elaborar nuevas tesis al respecto, cuya riqueza resulta difícil reseñar en estas breves líneas. De todos modos, conviene mencionar al menos algunas de las principales aportaciones realizadas al estudio de los movimientos populares de la era preindustrial en las últimas décadas, siquiera de aquéllas cuya influencia el lector podrá percibir en distintas partes de este trabajo. 3.1. La «historia social» y la revolución. A comienzos de la década de 1980, el historiador alemán Manfred Kossok hizo notar que la revolución había sido el tema principal de debate en el XIV Congreso Internacional de Ciencias Históricas celebrado en la ciudad norteamericana de San Francisco y que el asunto, a tenor del incesante aluvión de publicaciones al respecto, se había convertido en una moda internacional 243 . Este juicio tiene precedentes, puesto que ya a la altura de 1972 A. Lloyd Moote había manifestado que, para entonces, se había alcanzado una visión de los 243 K OSSOK , Manfred, «Historia comparativa...», op. cit. , p. 12. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 105 levantamientos de la Edad Moderna más extensa de lo que cualquier erudito podría haber previsto, y exponía tres causas que explicaban tal circunstancia: por un lado, los análisis de especialistas sobre revueltas modernas concretas; por otro, los extensos ensayos interpretativos de Helmut G. Koenigsberger; en último término, las propuestas para organizar los estudios sobre la revolución hechas por Robert Forster y Jack P. Greene y por los científicos sociales 244 . Pocos meses después, otro autor anglosajón, Pérez Zagorin, indicaba que, desde aproximadamente 1960, un buen número de historiadores había comenzado a interesarse por la revolución como problema teórico, lo cual le permitía considerar que, tras un decenio de aportaciones científicas, «revolution is one of the focal subjects of social-science history». En este sentido, dada la centralidad de la concepción de la historia como ciencia social en el pensamiento del profesor Zagorin, conviene recordar aquí sus rasgos característicos, tal y como los expuso el mismo autor algunas líneas más adelante: «Social-science history is not characterized primarily by the use of quantitative techniques; it is mainly characterized by a certain manner of formulating problems, by its effort at empirical rigor, by its use of theories, models, and ideal types, by its interest in comparative and interdisciplinary studies, and by the orientation of its research toward the understanding of whole societies. In history, as in other fields, most of the current efforts to gain a clearer understanding of revolution proceed from or are influenced by this approach» 245 . 244 M OOTE , A. Lloyd, «The Preconditions...», op. cit. , p. 230. 245 «La revolución es uno de los temas focales de la historia-ciencia social [...] La historia-ciencia social no se caracteriza fundamentalmente por el uso de técnicas cuantitativas; se caracteriza sobre todo por cierta manera de formular problemas, por su esfuerzo de rigor empírico, por su uso de teorías, modelos y tipos ideales, por su interés por los estudios comparativos e interdisciplinares y por la orientación de su investigación hacia la comprensión de sociedades totales. En la historia, como en otros campos, la mayoría de los actuales esfuerzos por obtener un conocimiento más claro de la revolución proceden de, o están influidos por, esta aproximación» (Z AGORIN , Pérez, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 35). Al respecto de las relaciones entre historiadores y sociólogos, resultan útiles los estudios de J ULIÁ , Santos, Historia social. Sociología histórica , Madrid, 1989 y C ASANOVA , Julián, La historia social... , op. cit. , así como las obras clásicas de B RAUDEL , Fernand, La Historia y las Ciencias Sociales , Madrid, 1995, 9ª reimpr. y B URKE , Peter, Sociología e Historia , Madrid, 1987. Una síntesis de las principales corrientes historiográficas del siglo XX puede verse en I GGERS , Georg G., La ciencia histórica... , op. cit. En cuanto a la opinión de los sociólogos, resulta interesante el juicio de Peter Worsley, a cuyo entender «la historia mejor es, en realidad, sociológica; es decir, sociología del pasado» (W ORSLEY , Peter, «La sociología como disciplina», op. cit. , p. 39). Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 106 Para ilustrar la naturaleza de este nuevo paradigma historiográfico, amén de sus consecuencias para el conocimiento de la revolución, el citado historiador se refería a varias líneas de investigación abiertas en torno a 1960. En primer lugar, a los estudios acerca de lo que denomina «poblaciones revolucionarias», basados en el análisis sistemático de las elites y las masas mediante la comparación de los datos obtenidos sobre sus miembros particulares. Zagorin considera de gran interés los resultados obtenidos, por entender que «from such work it is possible to gain a much fuller and more precise knowledge than we have ever had before of recruitment, of opposition to revolution, of leadership, of popular activism, and even of individual mentalities» 246 . Entre los casos que menciona se encuentran la obra de Albert Soboul sobre los sans culottes parisinos y los trabajos de George Rudé sobre la multitud y su comportamiento durante la Revolución Francesa y otros movimientos sociales, así como los estudios detallados sobre las elites revolucionarias debidos a Douglas Brunton, D. H. Pennington y varios científicos políticos 247 . A ellos cabría unir la nómina de autores recogida por el citado Rudé en el prefacio de La multitud en la Historia , redactado por las mismas fechas que el artículo de Zagorin y donde se mencionan otras obras aparecidas en la década de los sesenta, como los estudios de Thompson sobre la formación de la clase obrera inglesa, de Peacock sobre la sublevación de 1816 en East Anglia, de Pinkney sobre la revolución francesa de 1830, de Tilly sobre los movimientos preindustriales en la Francia de fines del XIX y de Hobsbawm sobre los bandidos y la rebelión de los trabajadores rurales en 1830. En resumen, «la década del 60 ha presenciado, tanto en Europa como en Estados Unidos, una abundante cosecha de nuevos libros y artículos acerca de los 246 «A partir de tal trabajo es posible obtener un conocimiento mucho más completo y preciso de lo que nunca se ha tenido antes acerca del reclutamiento, la oposición a la revolución, el liderazgo, el activismo popular e incluso las mentalidades individuales» (Z AGORIN , Pérez, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 35). 247 Ibidem , pp. 35-36. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 107 movimientos populares, la historia de la clase obrera y la mano de obra, las rebeliones y revoluciones, muchos de los cuales han ayudado a esclarecer las actividades y manifestaciones de la multitud en la Historia. El estudio de la protesta y la revolución se ha transformado, en realidad, casi en un tema de moda en los cursos universitarios de historia y ciencias sociales y ocupa un gran espacio en los catálogos de los editores» 248 . De todos estos estudios, quizá los más influyentes hayan sido los del propio George Rudé, a quien se ha llegado a considerar como «uno de los mejores representantes de esa generación de historiadores marxistas británicos y posiblemente el más brillante estudioso de la protesta popular en Europa» 249 . Una segunda vía de aproximación al tema ha sido la historia comparada de la revolución, cuyo ejemplo más conocido es la teoría de Robert R. Palmer que considera la Revolución Francesa como el acontecimiento central de una ola de revoluciones interrelacionadas que se extendió entre 1760 y 1800 por América del Norte y Europa Occidental. Los argumentos esgrimidos por este autor tuvieron repercusión en la historiografía francesa, y particularmente en Jacques Godechot, quien mostró su convencimiento de que «‹la Revolución francesa› no podía ser considerada como un fenómeno particular, aislado, nacional, sino que constituía el episodio, sin duda el más importante, de una gran revolución que agitó a todo el Occidente —y que incluso alcanzó en su desbordamiento al mundo oriental— durante tres cuartos de siglo, desde 1770 a 1850» 250 . Semejantes propuestas tuvieron un eco inmediato, pues, como recuerda el profesor Zagorin, «most of the discussion provoked by Palmer's book has centered on the question of whether there really was an eighteenth-century 248 R UDÉ , George, La multitud en la Historia , op. cit. , p. 8. 249 C ASANOVA , Julián, La historia social... , op. cit. , p. 98. 250 G ODECHOT , Jacques, Las revoluciones (1770-1799) , Barcelona, 1977, 3ª ed., p. V. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 108 revolution on the West» 251 . En este sentido, conviene apuntar que todavía en fechas recientes ambos investigadores han sido criticados ya que «no contemplan otras partes también ‹atlánticas›, quizá porque la barrera cronológica que se imponen —1799, como si el cambio de siglo fuera a variar sus presupuestos— les impida extender sus tesis idealistas en [sic] Hispanoamérica o, tan sólo una década después, a España y Portugal» 252 . Además, otros analistas han hecho notar que el contenido de la obra de Palmer apenas aporta nada a la discusión teórica sobre la revolución, circunstancia de la que debió de ser consciente el propio autor, pues llegó a componer un ensayo con generalizaciones al respecto, «which is equally cursory and vague in regard to theoretical issues» 253 . Desde entonces hasta nuestros días, se han registrado diversos intentos de utilizar el método comparativo, especialmente en Estados Unidos, tendencia que ha llevado a manifestar que «la metodología sociológica influye en el primer intento norteamericano de definir en términos generales la naturaleza y las características de la revolución de los comienzos de la edad moderna, y ese intento tiende a elaborar una tipología fundada en la comparación» 254 . Ahora bien, los resultados obtenidos por esta corriente distan mucho de ser satisfactorios, debido fundamentalmente a errores en la aplicación del método comparativo. De hecho, ya en 1981, Manfred Kossok rechazó por equivocada la idea de que éste consistía en poner en relación un conflicto con una revolución determinada 255 , fuera ésta la francesa —lo que resultaba la práctica más 251 «La mayor parte de las discusiones provocadas por el libro de Palmer se han centrado en la cuestión de si realmente hubo una revolución del siglo XVIII en el Oeste» ( Z AGORIN , Pérez, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 36). 252 C HUST , Manuel, «Insurgencia y revolución en Hispanoamérica. Sin castillos hubo Bastillas», Historia Social , 1994, nº 20, p. 80. 253 «El cual es igualmente superficial y vago con respecto a problemas teóricos» (Z AGORIN , Pérez, «Theories of Revolution...», op. cit. , pp. 36-37). 254 V ILLARI , Rosario, «Historiadores norteamericanos...», op. cit. , p. 45. De ahí que, no sin fundamento, el profesor Moote apunte que la tipología propuesta por Forster y Greene se asemeja mucho a la elaborada por el sociólogo G. Pettee, al que ya se ha citado páginas atrás (M OOTE , A. Lloyd, «The Preconditions...», op. cit. , pp. 211-212). 255 K OSSOK , Manfred, «Historia comparativa...», op. cit. , p. 25. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 109 habitual—, la inglesa o la norteamericana —entendida a su vez como fruto de la «atlantización» de la de 1789—. En la comisión de estos y otros errores ha tenido mucho que ver la propia actitud de historiadores y sociólogos, pues, como se ha observado, «thus social theorists simply plucked elements of complex historical narratives and used them illustratively, often out of context, in building and testing their theories. In turn, historians simply plucked elements of these theories and used the terms to couch their descriptions of particular crises. With a few outstanding exceptions (B. Moore 1966; Wolf 1969), careful comparisons of how political crises had developed in various historical settings, and how they were similar or different, were not undertaken» 256 . En este caso, la utilización inapropiada del utillaje científico procedente de otras disciplinas ha podido verse favorecida por los riesgos que siempre conlleva adentrarse en territorio ajeno, máxime teniendo en cuenta la distinta naturaleza de los métodos histórico y sociológico. Así lo ha advertido, por ejemplo, Julián Casanova Ruiz, quien, además, ha dejado entrever la mayor riqueza del primer tipo de análisis al entender que «frente al enfoque hipotético-deductivo habitualmente utilizado en la sociología [...], el método histórico-comparativo propone el examen en profundidad de una serie de casos a través de la confrontación entre causas y efectos de esas situaciones revolucionarias similares. Se amplía el campo de estudio y, al mismo tiempo, pueden comprenderse mejor las características específicas de cada revolución» 257 . A pesar de estas consideraciones, el éxito de los distintos estudios comparados debe considerarse relativo, lo cual ha llevado al historiador italiano Rosario Villari a 256 «Así pues, los teóricos sociales simplemente han tomado elementos de los relatos históricos complejos y los han usado a modo de ejemplo, a menudo fuera de contexto, para construir y comprobar sus teorías. A su vez, los historiadores se han limitado a tomar elementos de estas teorías y han usado los términos para expresar sus descripciones de crisis particulares. Con unas pocas excepciones sobresalientes [...], no se han acometido comparaciones ciudadosas del modo en que las crisis políticas se han desarrollado en distintos contextos históricos y de su grado de semejanza o diferencia» ( G OLDSTONE , Jack A., Revolution and rebellion... , op. cit. , p. 18). 257 C ASANOVA R UIZ , Julián, «Revoluciones sin revolucionarios...», op. cit. , p. 81. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 110 prescindir de ellos a la hora de valorar la aportación de la historiografía al conocimiento de los movimientos sociales de la Edad Moderna: «Si prescindimos de los instintos de generalización, los especialistas en las revueltas de comienzos de la edad moderna han logrado resultados muy importantes. Han contribuido a superar un prolongado período de escaso interés por la historia de esa época y, al menos parcialmente, se han liberado a sí mismos tanto del esquematismo como de la falta de atención a los modelos ‹teóricos›. Es probable que los especialistas en períodos más recientes deban tener en cuenta estos resultados, y especialmente considerar de manera nueva la relación entre la Revolución francesa y los conflictos sociales de los dos siglos precedentes (incluidas las revueltas)» 258 . Mayor interés teórico, en opinión de Pérez Zagorin, encierra el conjunto de reflexiones surgidas a raíz del análisis de las revoluciones de los siglos XVI y XVII y de los intentos de demostrar la existencia de una «crisis del siglo XVII», tras las cuales el autor aprecia unas divergencias que, a su modo de ver, «have led to some of the liveliest controversies in contemporary historiography» 259 . Aunque no se va a entrar aquí en el contenido de las posturas enfrentadas al respecto de la existencia o no de una «revolución general» en el siglo XVII, parece posible convenir con el profesor Villari en que «a lo largo del camino de la discusión y el análisis, la idea de general revolution ha perdido vigor e importancia, pero el contenido sustancial de la tesis de Trevor-Roper en cierto modo se ha fortalecido y ha sido objeto de elaboración ulterior» 260 . Certifican este juicio las sucesivas contribuciones de historiadores como Hobsbawm, Elliott, Stone, Hexter, Tawney, Mousnier, Zagorin, Schöffer, Poli_ensky, Steensgaard, Lublinskaya, Goubert y el propio Villari 261 , cuyos argumentos han resultado hasta 258 V ILLARI , Rosario, «Historiadores norteamericanos...», op. cit. , p. 60. 259 «Han conducido a algunas de las controversias más animadas en la historiografía contemporánea» (Z AGORIN , Pérez, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 37). 260 V ILLARI , Rosario, «Historiadores norteamericanos...», op. cit. , p. 48. 261 Las principales aportaciones al debate sobre la crisis del siglo XVII pueden encontrarse en el volumen coordinado por A STON , Trevor, comp., Crisis en Europa. 1560-1660 , Madrid, 1983. El análisis de las posturas de Eric Hobsbawm y Hugh Trevor-Roper fue utilizado por V ILLARI , Rosario, «Historiadores norteamericanos...», op. cit. , pp. 42-60 para exponer la contribución de los estudiosos al problema de la Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 111 tal punto fructíferos que han dado pie a proponer, tomando como base sus estudios, modelos para explicar las revoluciones de la Edad Moderna. Entre estos intentos, Zagorin cita la teoría de la oposición entre la corte y el campo —que él mismo adoptó como marco para sus investigaciones sobre Inglaterra— y la teoría del conflicto entre un estado absolutista, belicoso y desequilibrado, y la sociedad civil 262 . Finalmente es preciso aludir, siquiera de pasada, a la disputa entre Boris Porshnev y Roland Mousnier a propósito de los levantamientos populares del siglo XVII 263 . Aunque sin decantarse por ninguno de ambos autores, Zagorin destaca la labor metodológica desarrollada por el historiador francés, que, a partir de la elaboración de un cuestionario detallado para guiar su investigación, ha realizado una serie de estudios comparativos sobre las rebeliones en Francia desde fines de la Edad Media hasta la Revolución Francesa, cuyos resultados le han llevado a subrayar la importancia del liderazgo aristocrático en las revueltas ocurridas en las sociedades del Antiguo Régimen 264 . El último grupo de escritos aludido por Pérez Zagorin incluye los estudios de varios historiadores, antropólogos y sociólogos entre los que se encuentran Eric Hobsbawm y Norman Cohn, que han recurrido al método comparativo para analizar el milenarismo 265 . Fundamentalmente, los dos autores citados han tratado de explicar la relación del fenómeno con los movimientos revolucionarios modernos, si bien sus investigaciones les han llevado a conclusiones divergentes. Así, mientras que para Hobsbawm los movimientos milenaristas son «a revolutionary expression of deprived and oppressed groups who have not yet revolución. El contenido de otras intervenciones al respecto mereció la atención de R ABB , Theodore K., The Struggle for Stability... , op. cit. , pp. 17-28, cuya obra constituye una nueva aportación a la discusión. 262 Z AGORIN , Pérez, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 37. 263 Las líneas principales de este debate pueden seguirse a través de las obras de P ORSHNEV , Boris, Los levantamientos populares en Francia en el siglo XVII , Madrid, 1978, que fue publicada en ruso en 1948 y conoció varias ediciones en alemán y francés, y M OUSNIER , Roland, Furores campesinos , Madrid, 1976, editada en francés en 1967. Las limitaciones de la discusión han sido señaladas por V ILLARI , Rosario, «Historiadores norteamericanos...», op. cit. , pp. 33-34. 264 Z AGORIN , Pérez, «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 37. 265 Ibidem , pp. 37-39. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 112 attained political consciousness and who lack the means of political organization» 266 , Cohn entiende el milenarismo «as a factor injected by a small number of fanatical enthusiasts into a much larger popular movement with realistic aims» 267 . A este respecto, el profesor Zagorin toma partido por la segunda propuesta y considera la importancia del componente milenarista, por ejemplo, en el pensamiento leninista y maoísta. A su modo de ver, «millenarianism can therefore be considered not only as defining one particular species of rebellion, but also as a possible component in some secular types of revolution as well» 268 . Así pues, de lo dicho se desprende la existencia de un renovado interés por los conflictos desarrollados a lo largo de la Edad Moderna, que, sobre todo desde la década de 1960, han sido objeto de buen número de estudios a la luz de nuevos presupuestos metodológicos. Incluso se han sugerido nuevas interpretaciones sobre la naturaleza de dichos movimientos, circunstancia que ya puso de manifiesto José Antonio Maravall cuando escribió, quizá de un modo excesivamente optimista, que «muchos historiadores no dudan en aplicar hoy el moderno concepto de ‹revolución› a los trastornos que se están dando en Europa, desde el siglo XVI, en que tantas de las alteraciones señaladas comienzan su proceso» 269 . En este sentido, las reflexiones de Helmut G. Koenigsberger o del propio Maravall, unidas a las investigaciones de autores como Josef Macek, Boris Porshnev, Roland Mousnier, Antonio Domínguez Ortiz o John H. Elliott, han parecido difuminar la mencionada cesura entre los movimientos anteriores y 266 «Una expresión revolucionaria de los grupos empobrecidos y oprimidos que todavía no han alcanzado la conciencia política y que carecen de medios de organización política». 267 «Como un factor inculcado por un pequeño número de entusiastas fanáticos en un movimiento popular mucho más extenso y con objetivos realistas». Tanto esta opinión como la recogida en la nota anterior fueron expresadas por Pérez Zagorin ibidem , p. 38. 268 «El milenarismo puede ser considerado por lo tanto no sólo como definidor de una especie particular de rebelión, sino también como un posible componente en algunos tipos seculares de revolución» ( ibidem , p. 39). 269 M ARAVALL , José Antonio, La Cultura del Barroco , Barcelona, 1975, p. 70. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 113 posteriores a 1789. Ahora bien, como ha indicado Rosario Villari, esta tendencia no debe entenderse como un cambio radical de los parámetros que rigen la opinión general sobre el asunto. Antes al contrario, conviene tener presente que «aun cuando en la actualidad los historiadores, sensibles a las sugerencias metodológicas de la etnología y la antropología cultural, sean más cautelosos y menos desacreditadores de las actitudes y modos de expresión ‹atrasados›, el esquema de revolución que se conformó después de 1789 sigue obstaculizando la comprensión de los movimientos revolucionarios del siglo XVII» 270 . Un buen ejemplo de la vigencia de esta concepción lo constituye la obra de Eric Hobsbawm, que insiste en considerar la historia de los movimientos sociales dividida en dos partes bien distintas. Por un lado, los movimientos de la Antigüedad y la Edad Media —rebeliones de esclavos, herejías y sectas sociales, sublevaciones campesinas, etc.—, episodios aislados entre sí y que en ocasiones pervivieron durante la Edad Moderna como meras reliquias del pasado. Por otro, los movimientos sociales «modernos» —entre los que destacan los levantamientos obreros y socialistas—, constatables desde fines del siglo XVIII, aunque en su desarrollo es posible distinguir una fase «primitiva» a partir de la cual evolucionaron hacia formas más «modernas» 271 . A pesar de tan radical distinción, conviene subrayar que Hobsbawm reconoce la importancia de las formas primitivas de rebeldía en los siglos XIX y XX y analiza las razones que llevaron a historiadores de otras generaciones a menospreciar su alcance y atribuirles un carácter meramente marginal 272 . De todos modos, como se verá en las páginas que siguen, aun teniendo en cuenta la actitud de este historiador y reconociendo la existencia de inevitables matices en los discursos de otros 270 V ILLARI , Rosario, «Revueltas y consciencia revolucionaria...», op. cit. , pp. 33-34. Por supuesto, resulta ocioso advertir que este juicio puede hacerse extensivo sin dificultad a los conflictos sociales que tuvieron como marco cronológico el siglo XVI. 271 H OBSBAWM , Eric J., Rebeldes primitivos , Barcelona, 1974, 2ª ed., pp. 9-10. 272 Ibidem , p. 11. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 120 En sintonía con esta opinión, el profesor Rosario Villari ha advertido que «es preciso distinguir con nitidez, no sólo en la edad moderna sino también en la contemporánea, entre las protestas inmediatas, subalternas y fácilmente instrumentables por cualquier grupo político, entre la falsa unidad de ciertos movimientos rebeldes y los movimientos vinculados con un proceso de desarrollo y con la emergencia de nuevas fuerzas dirigentes». En cualquier caso, tras reconocer la complejidad que encierra todo fenómeno revolucionario, el autor subraya que «es difícil encontrar movimientos de estratos subalternos que no estén de alguna manera ensamblados con élites y grupos políticamente conscientes; y a mediados del siglo XVI la iniciativa y la consciencia política ya no eran exclusivas de los grupos aristocráticos» 284 . A este respecto, el análisis de lo ocurrido en Aragón en 1591 permitirá ilustrar el importante papel que algunos miembros destacados de los estratos sociales humildes llegaron a tener en la conducción de un movimiento de oposición política. Pero además, como ha recordado el profesor Hobsbawm, conviene ser consciente de que los episodios de violencia protagonizados por las masas en cualquier época constituyen algo más que meros motines de subsistencia. En el fondo, «el hecho de que la muchedumbre sea un fenómeno prepolítico no significa que no hubiese en ella ideas implícitas o explícitas acerca de la política» 285 . Siguiendo el parecer de este historiador británico, ta mbién es preciso revisar la tesis que sostiene el carácter reaccionario de los levantamientos anteriores a 1789. Aunque parece más que evidente la necesidad de distinguir seria para el orden establecido. Así fueron las revueltas de los campesinos alemanes en el primer tercio del siglo XVI, que culminaron en el aterradoramente comunista y polígamo ‹reino de Dios› de los anabaptistas de Münster [...]. Así fueron también las dictaduras populares organizadas por los gremios en Gante y Brujas en 1578 [...], y los regímenes revolucionarios de Nápoles y Palermo de 1647 [...], y la ormée de Burdeos en 1652» (K OENIGSBERGER , Helmut G., «Introduction: State and Societies...», op. cit. , p. 3). 284 V ILLARI , Rosario, Rebeldes y reformadores... , op. cit. , p. 9. 285 H OBSBAWM , Eric J., Rebeldes primitivos , op. cit. , p. 169. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 121 entre movimientos sociales reformistas y revolucionarios 286 , nada indica que exista una fecha que obligue a delimitar cronológicamente la naturaleza de unos u otros, por mucho que distintos autores continúen insistiendo en que «in their efforts to type political upheavals, social scientists have sensed the existence of this premodern mentality and consequently of an ideological dividing line between premodern revolt and modern revolution» 287 . Y, por supuesto, tampoco resulta posible identificar los movimientos de masas como inevitablemente reaccionarios, a pesar de que en contadas ocasiones generaron proyectos destinados a transformar en profundidad el orden social existente. Así lo entendió, entre otros, el citado Eric Hobsbawm, quien sostuvo que normalmente «la turba es reformista, en cuanto pocas veces concibió, si es que jamás lo hizo, la edificación de un nuevo tipo de sociedad». Ahora bien, a pesar de esta innegable evidencia, la muchedumbre «era perfectamente capaz de movilizarse detrás de jefes que sí eran revolucionarios, aunque no se percatase del todo de las implicaciones de ese su carácter revolucionario» 288 . De hecho, autores como George Rudé han advertido que, a pesar del interés de los estudios sociológicos sobre la multitud, éstos han contribuido a crear una serie de estereotipos que conviene superar 289 . Y quizá uno de los más arraigados es el que presenta a las masas —sobre todo, a aquéllas que protagonizaron episodios de resistencia contra la autoridad durante el Antiguo Régimen— como un factor social regresivo, opuesto a las innovaciones auspiciadas por los gobernantes, y en especial a las medidas de reforzamiento del poder real impulsadas por los regímenes absolutistas. En este sentido, tiene razón el historiador Richard van 286 Esta sugerencia fue hecha ya en 1965 por el historiador francés Roland Mousnier, como recuerda M ARAVALL , José Antonio, Las Comunidades de Castilla , op. cit. , p. 77. 287 «En sus esfuerzos por catalogar las sublevaciones políticas, los científicos sociales han percibido la existencia de esta mentalidad premoderna y, consecuentemente, de una cesura ideológica entre la revuelta premoderna y la revolución moderna» ( M OOTE , A. Lloyd, «The Preconditions...», op. cit. , p. 210). 288 H OBSBAWM , Eric J., Rebeldes primitivos , op. cit. , p. 18. 289 R UDÉ , George, La multitud en la Historia , op. cit. , pp. 17-18, donde en concreto se censuran los estereotipos elaborados por el sociólogo francés Lebon. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 122 Dülmen cuando puntualiza que «clasificar los levantamientos populares como movimientos antimodernos es tan injusto con los intereses de los rebeldes como juzgar la calidad de un programa político por el éxito o fracaso de dicho programa. Precisamente esto querría decir que la vía absolutista era vista como la única y verdadera vía para la transformación del poderío feudal» 290 . En los últimos años, son varios los autores que se han negado a dar por buena la interpretación apriorística de los movimientos preindustriales como movimientos reaccionarios. Algunos han hecho notar que «en el período que estamos analizando, las reivindicaciones y las exigencias de cambio tienden a inscribirse en fórmulas de retorno al pasado y de defensa de la tradición. En el lenguaje político del siglo XVII, palabras como ‹novedad› o ‹innovación› tienen un significado generalmente negativo, y el ‹cambio de estado› se puede invocar solamente a condición de que se formule como un retorno al origen, a un modo de ser originario y más justo que se ha ido corrompiendo y deformando gradualmente» 291 . De hecho, «except for the millennarians [...], the leaders of political movements in this period rarely argued that they wanted to set up a new and better order of things. Rather, they usually claimed that they were returning to an old and better order which the existing powers had perverted» 292 . Ahora bien, como indica Rosario Villari, «aunque la sociedad esté dominada ‹por la idea no de progreso sino de un retorno a una edad de oro que existió en el pasado›, no es de excluir que dentro del marco de la invocación al pasado haya contenidos innovadores y de reforma» 293 . No en vano, en distintos lugares se ha 290 D ÜLMEN , Richard van, Los inicios de la Europa moderna (1550-1648) , Madrid, 1984, pp. 343-344. Una opinión similar, aunque emitida desde postulados marxistas, puede verse en K OSSOK , Manfred, «Historia comparativa...», op. cit. , p. 78. 291 Ambas citas proceden de V ILLARI , Rosario, «Revueltas y consciencia revolucionaria...», op. cit. , p. 34. 292 «Excepto los milenaristas [...], los líderes de los movimientos políticos de este período rara vez sostuvieron que querían establecer un orden de cosas nuevo y mejor. Antes bien, usualmente pretendieron que estaban volviendo a un orden antiguo y mejor, que los poderes existentes habían pervertido» (K OENIGSBERGER , Helmut G., «Introduction: State and Societies...», op. cit. , pp. 16-17). 293 Ambas citas proceden de V ILLARI , Rosario, «Revueltas y consciencia revolucionaria...», op. cit. , p. 34. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 123 puesto de manifiesto que la reivindicación de un pasado ideal puede encerrar un potencial revolucionario similar a las invocaciones a la ley divina, dada su radical diferencia con el orden social y político en que aquélla se produce 294 . Quizá por ello, la adopción de este tipo de discurso reportó buenos resultados a los movilizadores de la opinión política a lo largo de toda la Edad Moderna, circunstancia que mereció la atención del hispanista británico John Elliott en el siguiente pasaje: «Una revuelta organizada por estamentos, que se justificaban a sí mismos mediante la utilización de argumentos contractuales convencionales basados en precedentes históricos, tenía naturalmente un aire marchito, anacrónico, en las circunstancias de los siglos XVI y XVII. Con todo, como sugería la revuelta de los Países Bajos, la apariencia medieval que los rebeldes escogieron podía, a veces, desorientar. Si el argumento central de la idea de contrato continuaba en vigor, era porque seguía siendo el arma más eficaz contra el poder de la Corona; y si la resistencia continuaba organizándose a través de los estamentos, era porque seguían siendo los organismos obvios y más evidentes de la oposición» 295 . En cualquier caso, catalogar los movimientos sociales en función de su ideología resulta una empresa tanto más difícil cuanto más largo y complejo es el conflicto en cuestión. Así parece entenderlo, por ejemplo, Rod Aya, a cuyo parecer «la definición de la revolución en función de la intención subjetiva es un punto muerto. Sin negar la importancia decisiva de las ideologías y de los programas públicos en las situaciones revolucionarias, la cuestión reside en que la génesis y el curso de las revoluciones no puede definirse (y mucho menos explicarse) por las intenciones conscientes de un contendiente. Las revoluciones comienzan normalmente con el esfuerzo de una restauración conservadora, y concluyen con resultados que apenas habían sido pretendidos o previstos por los principales intervinientes en ellas» 296 . De hecho, diversos estudios han hecho 294 A este respecto, ver la opinión del historiador alemán Volker Press, recogida en M IDELFORT , H. C. Erik, «The Revolution of 1525?...», op. cit. , p. 197. 295 E LLIOTT , John H., La rebelión de los catalanes , Madrid, 1982, 2ª ed., p. 485. 296 A YA , Rod, «Reconsideración...», op. cit. , p. 19. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 124 hincapié en que, a lo largo de una crisis, la cultura, el estado y la acción revolucionaria interactúan de forma incesante y continúan haciéndolo conforme los protagonistas (sean éstos revolucionarios o no) perciben los resultados de la lucha 297 . A tenor de tan contrastada evidencia, no parece haber dificultad alguna en aplicar de modo general la opinión vertida por Christopher Hill al respecto del caso inglés, según la cual «the outcome of the Revolution was something which none of the activists had willed. Once the old constraints had broken down, or been broken, the shape of the new order was determined in the long run by the needs of a society in which large numbers of unideological men minded their own business» 298 . En último término, establecer una distinción ideológica entre conflictos «antiguos» y «modernos» resulta tan arbitrario como aceptar que, por principio, todas las revoluciones responden a un afán de progreso, tesis que recientemente ha rechazado el profesor Goldstone, quien a la vez propone una explicación alternativa de las crisis políticas: «In regard to the causes of revolutions, I heartily oppose the notion that revolutions were the necessary and desirable results of progressive forces confronting ‹blockages› to progress that must be overcome. Instead I have argued that state crisis resulted from mismatches between the capacities of institutions and the demands made on them. In the great revolutions of the early modern era, such mismatches arose from cyclic ecological crises. In our day, revolutions and state crises stem primarily from policies that create such mismatches, though still, in part, from ecological pressures» 299 . 297 T ILLY , Charles, «In search of revolution», Theory and Society , 1994, vol. 23, nº 6, p. 802. 298 «El resultado de la revolución era algo que ninguno de los activistas había querido. Una vez que las viejas fuerzas habían sido derrocadas o estaban siendo vencidas, la forma del nuevo orden era determinada a la larga por las necesidades de una sociedad en la que buen número de hombres sin ideología cuidaban de sus propios negocios (H ILL , Christopher, «A Bourgeois Revolution?», op. cit. , pp. 111-112). 299 «Con respecto a las causas de las revoluciones, me opongo enérgicamente a la idea de que las revoluciones eran el resultado necesario y deseable del enfrentamiento de las fuerzas progresistas con las ‹resistencias› al progreso que deben ser vencidas. En su lugar, he argumentado que las crisis estatales se producían a causa de desajustes entre la capacidad de las instituciones y las demandas que recaen sobre ellas. En las grandes revoluciones de la edad moderna, esos desajustes surgían de crisis ecológicas cíclicas. En nuestros días, las revoluciones y las crisis estatales provienen fundamentalmente de políticas que crean esos desajustes, aunque todavía, en parte, obedecen a presiones ecológicas» ( G OLDSTONE , Jack A., Revolution and rebellion... , op. cit. , p. 477). Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 125 Como se ha escrito páginas atrás, Charles Tilly ha subrayado en distintos lugares que algunas de las últimas interpretaciones de la revolución tienden a considerar que «la gente común plantea exigencias colectivas cuando tiene intereses comunes, una organización compartida, recursos disponibles y una cierta seguridad frente a la represión, al tiempo que percibe una oportunidad o una amenaza para sus intereses comunes» 300 y que, para lograr sus fines, las masas recurren a formas de acción aprendidas, aceptadas, a veces planeadas y repetidas por los participantes, lo que convierte sus protestas en fenómenos muy alejados de los estallidos de violencia y los motines aludidos por las autoridades y por los psicólogos de la multitud 301 . El análisis de esta actividad de protesta debe seguir, por tanto, cauces distintos a los propuestos por las grandes formulaciones teóricas sobre la revolución, tal y como hizo notar Walter L. Goldfrank al asegurar que «in short, without reviewing the stratification sub- group by sub-group, it appears that the social psychology of discontent is less fruitful a path than the structure of interests and opportunities among variably organized groups» 302 . En este sentido, conviene recordar las críticas dirigidas, por ejemplo, contra el modelo marxista, que, al decir de algún autor, «ha tenido más éxito al explicar procesos de gran alcance que al analizar la dinámica específica de las sociedades de la Edad Moderna» 303 . Al enfrentarse con esta evidencia, la respuesta habitual consiste en negar la existencia de revoluciones con anterioridad a 1789. Sin embargo, en contra de esta opinión, Pérez Zagorin se muestra especialmente crítico y advierte que «the conclusion to be drawn, 300 T ILLY , Charles, Las revoluciones europeas... , op. cit. , pp. 58-59. 301 T ILLY , Charles, «Social Movements and National Politics», en B RIGHT , Charles y H ARDING , Susan, eds., Statemaking and Social Movements , op. cit. , pp. 306-307. 302 «En resumen, sin revisar la estratificación subgrupo a subgrupo, parece que la psicología social del descontento es un camino menos fructífero que la estructura de intereses y oportunidades entre grupos organizados de forma variable» (G OLDFRANK , Walter L., «Theories of Revolution...», op. cit. , p. 144). 303 S MIT , J. W., «La Revolución en los Países Bajos», en F ORSTER , Robert y G REENE , Jack P., eds., Revoluciones y rebeliones... , op. cit. , p. 34. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 126 however, is not that there were no revolutions in pre-industrial society but that Marx's theory of revolution is inadequate to deal with them in its own terms» 304 . A la vista de las investigaciones más recientes sobre los movimientos sociales de la Edad Moderna, cabe aplicar el juicio emitido por el profesor Zagorin al conjunto de las teorías generales sobre la revolución, del mismo modo que es preciso abandonar, por inexacta, la idea casi instintiva que, según denuncia Rod Aya, nos hace pensar «en las ‹verdaderas› revoluciones como grandes insurrecciones populares que transforman la sociedad de forma drástica y definitiva, que generan nuevas ordenaciones e instituciones de poder, y que dan lugar a ideologías igualitarias o de cualquier otro tipo radical. A buen seguro, son muy pocas las que han seguido este camino» 305 . Esta circunstancia debería llevar a los científicos sociales a modificar sus puntos de vista sobre la naturaleza y alcance de los fenómenos revolucionarios, incluyendo, por supuesto, una revisión en profundidad de las tesis que sirven de base a la tantas veces citada cesura entre conflictos «antiguos» y «modernos». Una propuesta sugerente al respecto puede hallarse en el volumen colectivo que recientemente han editado los profesores McAdam, McCarthy y Zald, cuyo análisis, por supuesto, escapa a los límites de este capítulo, pero que ofrece reflexiones como la siguiente: «Las revoluciones se suelen asociar, por definición, con grandes transformaciones del sistema; los movimientos de reforma, no. Dicho de otra forma, la diferencia no parece deberse a divergencias en la estructura interna de los movimientos, sino, más bien, a la fuerza o debilidad relativas de los sistemas contra los que protestan. Atendiendo a su estructura interna, la mayoría de los movimientos revolucionarios y de reforma amplia parecen muy similares. Cubren una amplia banda de objetivos 304 «La conclusión que debe extraerse, sin embargo, no es que no existieron revoluciones en la sociedad preindustrial, sino que la teoría de Marx sobre la revolución es inadecuada para ocuparse de ellas sin alterar su naturaleza» (Z AGORIN , Pérez, «Prolegomena...», op. cit. , p. 161). Pocos años después, otro autor anglosajón, el profesor Pocock, reiteró la misma idea al presentar un conjunto de estudios sobre las rebeliones inglesas y norteamericana. A su modo de ver, todas los colaboraciones reunidas, a excepción de la del marxista británico Christopher Hill, representaban la creencia generalizada entre los historiadores sobre la dificultad que entrañaba interpretar las sociedades preindustriales en términos de lucha de clases ( P OCOCK , J. G. A., «Introduction», en Three British Revolutions , op. cit. , p. 5). 305 A YA , Rod, «Reconsideración...», op. cit. , p. 15. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 127 y utilizan una mezcla de estrategias institucionalizadas y no institucionalizadas para lograr sus fines» 306 . Aunque el autor de este pasaje realiza su observación a partir de conflictos registrados durante la Edad Contemporánea, no parece excesivamente difícil extrapolarla a la etapa preindustrial. Al fin y al cabo, como hizo notar Manfred Kossok desde su óptica marxista, «incluso la revolución burguesa más radical, del tipo de 1793, no estaba en condiciones de hacer tabula rasa con las relaciones sociales anteriores. La revolución como ruptura , en el sentido de la inflexión hacia una etapa de desarrollo nueva y cualitativamente superior, contiene al mismo tiempo elementos más o menos marcados de continuidad , ya que se encuentra en la historia, es decir en el pasado, presente y futuro del ‹terreno› en el que surge» 307 . Desde este punto de vista, poco importa a los estudiosos actuales que un movimiento deba considerarse, en atención a su ideología, progresista o reaccionario. Así lo entendió ya el profesor Koenigsberger, quien no dudó en subrayar que «to Philip II it was quite immaterial whether his opponents in the Netherlands were conservatives, seeking to resurrect the medieval autonomies of the provinces, or whether they were forward-looking champions of political liberty. What mattered to him, and he said it time and again, was that they rebelled against his lawful authority» 308 . Por supuesto, esto no significa que deba renunciarse al análisis de las raíces ideológicas de los movimientos sociales. Antes al contrario, esta línea de investigación puede proporcionar fructíferos resultados, incluso en el caso de los 306 M C A DAM , Doug, «Orígenes terminológicos, problemas actuales, futuras líneas de investigación», en —, M C C ARTHY , John D. y Z ALD , Mayer N., eds., Movimientos sociales: perspectivas comparadas , Madrid, 1999, pp. 58-59. 307 K OSSOK , Manfred, «Historia comparativa...», op. cit. , p. 97. Los pasajes en cursiva, en el texto original. 308 «A Felipe II le resultaba bastante indiferente si sus oponentes en los Países Bajos eran conservadores que trataban de resucitar las autonomías medievales de las provincias, o si eran adelantados campeones de la libertad política. Lo que le importaba, y lo dijo en reiteradas ocasiones, era que se rebelaban contra su autoridad legítima» (K OENIGSBERGER , Helmut G., «Introduction: State and Societies...», op. cit. , p. 17). Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 128 conflictos preindustriales. Pero su realización debe acometerse desde un punto de vista crítico, considerando el marco histórico en que se produjeron las formulaciones que sirvieron a los sublevados para sustentar su protesta y, al mismo tiempo, la posible evolución ideológica de los protagonistas. En último término, resulta improcedente atribuir el calificativo de reaccionario al conjunto de los levantamientos preindustriales, habida cuenta de que, como ha indicado el profesor Zagorin, «far more revolutions have failed than succeeded, and even when revolutionaries have gained power, they have rarely retained it for long or built durable regimes» 309 . Entre las distintas consecuencias derivadas de este hecho, conviene subrayar que ha dado pie a la elaboración y difusión de una perspectiva muy sesgada de dichos episodios, asunto sobre el que llamó la atención, en su estudio sobre las revoluciones científicas, Thomas S. Kuhn: «Las revoluciones concluyen con una victoria total de uno de los dos campos rivales. ¿Dirá alguna vez ese grupo que el resultado de su victoria ha sido algo inferior al progreso? Eso sería tanto como admitir que estaban equivocados y que sus oponentes estaban en lo cierto. Para ello, al menos, el resultado de la revolución debe ser el progreso y se encuentran en una magnífica posición para asegurarse de que los miembros futuros de su comunidad verán la historia pasada de la misma forma» 310 . Naturalmente, esta consideración no debe llevar al extremo contrario, esto es, a considerar que todo movimiento social es revolucionario, aunque es preciso reconocer que resulta tentador aprovechar la sugerencia hecha algunos años atrás por el profesor Koenigsberger, quien entendió que «for the historians it therefore seems legitimate to characterize as revolutions all those movements which succeeded, at least for a period of time, in overthrowing the existing political 309 «Han fracasado muchas más revoluciones de las que han triunfado e, incluso cuando los revolucionarios han conquistado el poder, rara vez lo han retenido durante mucho tiempo o han construido regímenes duraderos» ( Z AGORIN , Pérez, «Prolegomena...», op. cit. , p. 165). 310 K UHN , Thomas S., La estructura de las revoluciones científicas , Madrid, 1982, 8ª reimpr., p. 257. Jesús Gascón Pérez Capítulo I. El historiador ante los fenómenos revolucionarios. 129 authority and of significantly changing the structure of the state» 311 . Sin embargo, no parece que, con arreglo a este criterio, quepa aplicar el término «revolución» al caso que aquí nos ocupa, intención que, como ya se ha advertido, queda además muy lejana de los propósitos que animan este trabajo. De todos modos, resulta interesante comprobar que la interpretación de las Alteraciones de Aragón que goza de más popularidad en nuestros días adolece de muchos de los defectos que se han mencionado en las páginas precedentes. Falta por saber si la naturaleza y el origen del conflicto aragonés permiten compararlo con los levantamientos coetáneos o si, por el contrario, constituyó un episodio único por sus características. Ni qué decir tiene que esta empresa será acometida en los capítulos centrales de este trabajo. Pero antes es preciso dejar constancia de las impresiones que historiadores y literatos nos han dejado de aquellos sucesos a lo largo de los más de cuatro siglos transcurridos desde entonces. 311 «Por lo tanto, a los historiadores les parece legítimo caracterizar como revoluciones todos aquellos movimientos que consiguieron, siquiera por un lapso de tiempo, derribar la autoridad política existente y cambiar de modo significativo la estructura del estado» (K OENIGSBERGER , Helmut G., «Introduction: State and Societies...», op. cit. , p. 18). Por contra, según el mismo autor, aquellos movimientos que no pudieron cumplir tales objetivos pueden ser caracterizados como «movimientos revolucionarios». Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 136 clérigos y ministros del Santo Oficio, que completaba las que recogían los nombres de los caballeros y labradores que entendía involucrados en la rebelión 9 . También es un lugar común en estas relaciones el elogio del recto proceder y el valor demostrado por el Marqués de Almenara en la apurada situación en que el vulgo le colocó 10 , e igualmente se destaca el papel del Arzobispo de Zaragoza y del Obispo-Virrey, quienes convencieron a los Inquisidores de que restituyesen a los presos a la Cárcel de manifestados , así como la notable energía desplegada por el propio Virrey a fin de llevar adelante la entrega de Pérez y Mayorini al Santo Oficio 11 . De las autoridades del reino, se encarece la lealtad manifestada por el Justicia en todas sus actuaciones 12 , mientras que se critica con dureza a los Diputados y a los Jurados de Zaragoza por su inhibición durante el desarrollo de los acontecimientos y por su intento de disimularla mediante reiterados ofrecimientos de colaborar con el Monarca y acudir a su servicio. De hecho, los Inquisidores apuntaron que tales ofrecimientos habían llegado cuando Diputados y Jurados «pudieron entender que estaban fuera de esta Aljafería los dichos Antonio Perez y Juan Francisco Mayorin» 13 . Y, por su parte, el Arzobispo subrayó que «los jurados, despues de todo quieto, se me inviaron á ofrecer» y lamentó que los Diputados, a su petición para que pregonasen por el reino la foralidad de la entrega, «respondieron con consultas y dilaciones de manera que no se hizo» 14 . Con todo, fue el Conde de Belchite quien más desconfiado se mostró al respecto de las intenciones de quienes, manifestando su deseo de servir al Rey, llenaban de buenas palabras los oídos del 9 Ibidem , t. XII, pp. 534-543. En el grupo de clérigos y ministros del Santo Oficio, el Inquisidor cita, entre otros, al Prior de la Seo, a tres Canónigos de su Capítulo (Torrellas, Mandura y López), y al Deán de Teruel, Diputado por el brazo eclesiástico ( ibidem , t. XII, pp. 541-542). 10 Sobre el recto proceder del Marqués habla el padre Labata en su carta ( ibidem , t. XII, p. 268). 11 El propio Virrey representó a Chinchón sus diligencias y las de los Diputados tras la fuga de Pérez el 24 de septiembre ( ibidem , t. XII, p. 425). 12 Por ejemplo, los Inquisidores resaltan que, tras el 24 de mayo, destinó una guardia de arcabuceros a la Cárcel de manifestados a fin de garantizar la seguridad de los presos ( ibidem , t. XII, p. 186). 13 Ibidem , t. XII, p. 184. 14 Ibidem , t. XII, p. 173. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 137 Virrey y del Consejo de Aragón; de hecho, expuso sus temores ante la decisión de reunir gente del reino para entregar a Pérez al Santo Oficio, por considerar que «sabe Dios si la cosa llegara á rompimiento, qué intento tenia cada uno de los que tenian gente, ó lo que hicieran» 15 . Para resolver la crisis, se propusieron alternativas que iban desde la rápida restitución de los presos y la administración de un castigo ejemplar hasta la apertura de informaciones por el Santo Oficio contra los culpados. Ambas medidas fueron propuestas por el Arzobispo de Zaragoza por entender que, «como la desvergüenza ha llegado á donde nunca, así mesmo crecerá si no se castiga» 16 . Pero, sin duda, la idea más extendida entre este grupo de autores es la de la intervención militar, explícitamente sugerida por Lancemán de Sola, en cuya opinión «este suceso ha dado manifiesta demostracion que ya no hay que aguardar sino que el Rey N.S. con su mano poderosa, pues la tiene ahora en la raya, se entre por este reino y castigue esta con las demas» 17 , y por el Conde de Belchite, que advertía al de Chinchón: «Mire V.S. que ya no es tiempo de consideraciones sino de las mas firmes» 18 . También el dominico Labata compartía tal parecer y expresaba su temor de «que si luego no se acude con mano poderosa y castigo apresurado, que ha de ser como lo de Flándes, que cuando querrán enviar el remedio no será á tiempo sin derramar sangre de inocentes, y agora lo ternia con el castigo de los nocentes» 19 . Pero, sin duda, quien más contundente se mostró fue el Conde de Morata, que el 26 de 15 La carta del Conde de Belchite, dirigida al de Chinchón, puede verse ibidem , t. XII, pp. 348-349. La prevención de Belchite era compartida por Morata, quien tres días antes había representado ante el mismo interlocutor que «el conde de Sástago y yo tenemos las vidas en gran peligro, porque los demas Condes están sin él» («Carta del conde de Morata al conde de Chinchón», Zaragoza, 21 de agosto de 1591, reproducida ibidem , t. XV, pp. 499-500). 16 Ibidem , t. XII, p. 174. A su vez, el jurista Chález se mostró algo más cauto al advertir que la restitución se había de realizar «de manera que no pase por la imaginacion traello á Castilla, porque con solo indicio sin remedio se perderia el reino» ( ibidem , t. XII, p. 347). 17 Ibidem , t. XII, p. 405. 18 Ibidem , t. XII, p. 348. 19 Ibidem , t. XII, p. 269. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 138 septiembre manifestaba a Chinchón su pesar porque no había atendido su ruego de enviar un contingente armado que asegurase el éxito de la restitución de Pérez al Santo Oficio, y el 16 de noviembre rogaba encarecidamente a Felipe II que ordenase a Don Alonso de Vargas la aplicación de medidas punitivas, por entender «que todos entienden lo merecen, y no será cosa nueva en este reino quebrar los Reyes fueros, pues otros muchos con menos ocasion que esta lo han hecho como puede V.M. mandarlo ver en los Anales de Zurita» 20 . Con las tropas ya dentro del reino, también el inquisidor Molina de Medrano aconsejó hacer uso de tan seguro amparo para proceder con mano dura y restablecer el respeto debido a la Inquisición 21 . Los partidarios de medidas concilia doras también reconocieron la foralidad de la entrega de los presos a la Inquisición, si bien pusieron especial cuidado en hacer notar que el secreto y las prisas con que se ejecutó dicha orden fueron causa de que el pueblo llegara a considerarla contrafuero 22 . En concreto, Don Francisco de Aragón afirma que «hubo descuido que no se declaró por sentencia de los Lugartenientes públicamente la provisión que dieron para entregar la persona de Antonio Pérez á los Inquisidores, de donde el pueblo, inadvertido y confuso, creyó que había sido sacarle sin orden y contraviniendo á los fueros, y así ha sucedido el alboroto, que se ha pensado perder este lugar» 23 . Del mismo modo, reconoce la influencia ejercida sobre la población por Pérez, a quien define como «el mayor ministro, y que más sabe de esta negociación de conmover pueblos», sirviéndose para tal fin de algunos caballeros particulares 24 . 20 Ibidem , t. XII, pp. 426-427 y 510, respectivamente. 21 Tal propuesta aparece en su «Informe» ( ibidem , t. XII, pp. 536-539). 22 En esta apreciación coinciden los Diputados, cuyo memorial a Felipe II puede verse en G URREA Y A RAGÓN , Francisco de, Comentarios... , op. cit. , p. 82, y el propio Don Francisco de Aragón, en su carta a Don Juan de Cardona ( ibidem , p. 53). Incluso Villahermosa y Aranda se mostraron convencidos de la foralidad de la entrega ( ibidem , p. 138). 23 Así se manifiesta en una de sus cartas a Don Cristóbal de Moura ( ibidem , p. 51). En parecidos términos se expresaron los Diputados al considerar que «sin duda se hubieran evitado los inconvenientes que se siguieron, si se caminara por el estilo ordinario» ( ibidem , p. 83). 24 Este juicio aparece en otra carta del Conde de Luna a Don Cristóbal de Moura ( ibidem , p. 95). Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 139 Esta afirmación permitió a Don Francisco advertir que una causa «particular y de pocos ruines» podría dar lugar a un castigo general que afectara a todo el reino, sus fueros y gobierno 25 ; a tal efecto, tanto él como los Diputados llamaron la atención de sus respectivos interlocutores respecto a la fidelidad de Aragón a lo largo de su historia y argumentaron que, si el pueblo se sublevó, lo hizo en defensa de unos fueros que creían violentados 26 . En este sentido, fueron los Diputados quienes más críticos se mostraron, ya que aludieron a comportamientos del anterior Virrey, el Conde de Sástago, de Don Juan de Gurrea, Gobernador del reino durante varias décadas, y del mismo Marqués de Almenara, enviado por Felipe II a Aragón para resolver el Pleito del virrey extranjero 27 . Con respecto a este último, los Diputados se quejaron ante todo de que había hecho «muchas provisiones tan absolutas y desaforadas que jamás se ha visto, ni se sabe que los Serenísimos Reyes predecesores de V.M., ni V.M. mismo, haya dado tales poderes á ningún Virrey de Aragón, cuanto más al Marqués, que no lo era» 28 . También el futuro Conde de Luna censuró otros procederes contraforales , entre ellos el del inquisidor Molina de Medrano 29 , llegando al extremo de expresar al jurista Juan Campi su deseo de que sacasen de Aragón «este Molina ó 25 El Conde de Luna hace partícipe de dicho temor a Don Juan Campi, Regente del Consejo de Aragón ( ibidem , p. 391). En parecidos términos se expresó en sendas cartas al mismo Campi ( ibidem , p. 392) y a Don Cristóbal de Moura ( ibidem , p. 98). También Bartolomé de Argensola criticó el afán de agravar las cosas y hacer generales las culpas particulares, en sus notas a la obra de C ABRERA DE C ÓRDOBA , Luis, «Las alteraciones de Aragón, y su quietud con el castigo de algunos sediciosos, y Cortes que celebró el Rey Católico con los aragoneses», en Historia de Felipe II, Rey de España , Madrid, 1877, t. III, p. 573, nota 1. 26 Así lo explican los Diputados en su memorial (G URREA Y A RAGÓN , Francisco de, Comentarios... , op. cit. , p. 85). 27 Ibidem , pp. 83-84. Por su parte, en carta remitida desde Fréscano a Don Cristóbal de Moura, Don Francisco de Aragón encadena el conflicto de Ribagorza, la Guerra entre montañeses y moriscos , la disputa por el Privilegio de veinte y los excesos de la Inquisición como fuentes de alteración del reino ( ibidem , p. 386), y en otra a Felipe II recuerda la opresión a la justicia y los impedimentos a su aplicación puestos por algunos ministros reales, que considera desconocidos para el Monarca ( ibidem , p. 211). 28 Ibidem , p. 84. 29 Así lo hizo en su carta a Don Juan de Cardona ( ibidem , p. 53). Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 140 este Moledor» 30 . Y parecido sentimiento albergó al respecto del Marqués de Almenara porque, con su intento de apartar de sus negocios a todos los nobles titulados «por salir con todo lo que él llevaba entre manos», logró que éstos abandonasen la negociación y ésta quedase en manos de gente baja y vil 31 . Por otro lado, a la hora de ofrecer posibles soluciones, todos estos autores descartaron la intervención de tropas reales, por considerar que «para castigar á los culpados, modos habrá menos escandalosos que éste» 32 , y abogaron por actuar con prudencia, tanto a la hora de restituir a Pérez al Santo Oficio como en lo referente a ordenar un castigo. En concreto, Don Francisco propuso al cortesano Don Cristóbal de Moura la formación de un consejo extraordinario de capa y espada que llevase a efecto la restitución, y más adelante propugnó, en dos cartas al propio Moura, que Aragón fuese visitado por Felipe II o por alguna persona de autoridad 33 . A juicio del aristócrata aragonés, en caso de considerarse necesaria la presencia de tropas, bien podría formarse un ejército con soldados aportados por nobles, universidades y comunidades , que no levantaría oposición alguna y cumpliría con el objetivo previsto 34 . Incluso el propio Virrey hizo ver al Conde de Chinchón la inconveniencia de la entrada de tropas, dados los efectos que podría desencadenar 35 . Para llegar a la proposición de soluciones tan dispares, ambas posturas partieron de un análisis bastante semejante de lo ocurrido. En ambos casos se localizaba el conflicto en la ciudad de Zaragoza y se destacaba la tranquilidad y sosiego reinantes en el resto de Aragón, al tiempo que se resaltaba la 30 Ibidem , p. 389. Por otro lado, en su carta a Don Cristóbal de Moura desde Fréscano, el Conde de Luna incluye entre los ministros que se han excedido a Molina, a Micer Labata y a un tal Antonio Cabezas ( ibidem , p. 387). 31 Ibidem , p. 389. 32 Ibidem , p. 151. En su protesta ante Don Francisco de Aragón, Villahermosa y Aranda apelaron a su intervención para evitar la entrada de las tropas en el reino. 33 Ibidem , pp. 97, 98 y 385-388. 34 La referencia a este extremo, ibidem , p. 98. 35 En su carta de 28 de septiembre ( C odoin , op. cit. , t. XII, pp. 428-429). Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 141 participación del vulgo, siempre como ente indiferenciado e impersonal, manipulado por algunos particulares cuyo único objetivo era la defensa de Antonio Pérez. Ahora bien, a partir de este análisis, que circunscribía causal y espacialmente la crisis, los partidarios de medios rigurosos insistieron en que el apoyo de la población a Pérez, enemigo declarado del Rey, conllevaba la necesidad de un castigo ejemplar que sirviera para reponer el orden, la autoridad real y el respeto al Santo Oficio. Mientras, la idea de que todo se reducía al levantamiento de unos cuantos caballeros en favor del antiguo Secretario del Consejo de Estado permitió a los sostenedores de la línea conciliadora exculpar por completo al reino y postular la aplicación de medidas que no afectasen ni a su legislación ni a su gobierno. Estos dos planteamientos encontraron continuación en las obras que se ocuparon del asunto a lo largo del siglo XVII. Así, la postura ejemplarizante tuvo su correlato en una serie de obras donde se justificaba el castigo de quienes habían delinquido amparando al fugitivo, se defendía la foralidad de la entrada de las tropas reales y se elogiaba la magnanimidad de Felipe II en lo tocante a la represión y a la reforma de las leyes aragonesas. A esta opinión se trató de oponer un discurso apologético, promovido por las autoridades regnícolas y entroncado con la que he llamado línea conciliadora , en el que se exculpaba al conjunto del reino, se relativizaba el alcance de la sublevación y se calificaba de exageradas la intervención militar y la represión subsiguiente. Eso sí, siempre procurando mantener al margen de todo a la persona del Rey, cuya magnanimidad y clemencia nadie puso jamás en duda. 1.2. Las Relaciones de Antonio Pérez. Si los personajes citados en las líneas precedentes se hallaron próximos al conflicto aragonés, ninguno de ellos vio su suerte tan estrechamente ligada a la Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 142 marcha del mismo como Antonio Pérez, pues, no en vano, la causa precipitante de la rebelión fue el intento de la Inquisición de trasladar al ex secretario y al genovés Juan Francisco Mayorini desde la Cárcel de manifestados a l o s calabozos del Santo Oficio, situados en el Palacio de la Aljafería, extramuros de Zaragoza. En este sentido, bien puede afirmarse que ningún protagonista de aquellos sucesos podría haber proporcionado un testimonio más directo que el contenido en sus escritos. Además, dado que quizá ningún autor coetáneo logró una difusión tan inmediata y extensa de sus obras, lo cierto es que contribuyó a que circulase por toda Europa, y en fecha relativamente temprana, su versión de lo ocurrido en Aragón. De hecho, la obra más conocida de Pérez, las Relaciones , constituye una edición corregida y aumentada de Un pedaço de Historia de lo suçedido en Caragoça de Aragon, à 24. de Setiembre del Año de 1591 , publicada en Pau a fines de dicho año 36 , y fue editada por primera vez en Londres, tres años más tarde, bajo el título Pedaços de Historia, ô Relaçiones , gracias al mecenazgo del Conde de Essex y atribuyendo su autoría a los hermanos Rafael y Azarías Peregrino 37 . El hispanista Gustav Ungerer afirma que la obra conoció una traducción flamenca (1596) y otra inglesa, que no se publicó, además de una versión italiana (1607) y otra inglesa anónima (1715) 38 , por lo cual no resulta 36 P ÉREZ , Antonio, Un pedaço de Historia de lo suçedido en Caragoça de Aragon, à 24. de Setiembre del Año de 1591. Iten un sumario del discurso de las aventuras de Antonio Perez, desde el prinçipio de su primera prision, hasta su salida de los Reynos del Rey Catholico. Año de 1591 , Pau, 1591. El doctor Marañón recuerda que el 9 de diciembre Antonio Pérez remitió un ejemplar de la obra al pretendiente al trono francés, Enrique de Borbón, por lo que conjetura que los dos panfletos que la componen «habían sido redactados en la cárcel de Zaragoza y en los días que estuvo escondido en casa de Don Martín de Lanuza y enviados clandestinamente al Bearn». Además, a través de diversos testimonios de la época, constata que la impresión corrió a cargo de la princesa Catalina de Borbón y que el espía navarro Sebastián de Arbizu consiguió hacerse con un ejemplar y remitirlo a Madrid de forma inmediata ( M ARAÑ ÓN , Gregorio, Antonio Pérez... , op. cit. , t. II, pp. 625-626). Por su parte, Miguel Donlope declaró ante el Santo Oficio que el ex secretario «hizo imprimir en Pau más de mil cuerpos, que los ha dividido por todas las provincias del mundo». Entre los que lo recibieron en España, cita a «ciertos amigos secretos suyos», en Madrid, y al Virrey de Navarra, «Don Martín de Córdoba, el amigo del dicho Antonio Pérez» («Declaración de Miguel Donlope en el proceso de la Inquisición de Zaragoza», citada ibidem , t. II, pp. 820-822). 37 U NGERER , Gustav, Anglo-Spanish Relations in Tudor Literature , New York, 1972, pp. 86-89. 38 Ibidem , pp. 91-95 y U NGERER , Gustav, «Bibliographical Notes on the Works of Antonio Pérez», Cuadernos de Historia Jerónimo Zurita , 1963-65, nº 16-18, pp. 249-251. El doctor Marañón afirmó poseer un ejemplar de la «rarísima versión» flamenca, impresa en Gravenhage en 1596 y encabezada por Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 143 aventurado pensar que el conocimiento que muchos europeos tuvieron de la sublevación aragonesa estuvo tamizado por las noticias ofrecidas por el fugitivo ex secretario 39 . Caracterizados por su tono marcadamente autojustificativo, los escritos de Pérez le permitieron dar cuenta de las persecuciones de que fue objeto, así como de las consecuencias arrostradas por el reino que asumió la defensa de su persona 40 , subrayando, como prueba irrefutable de la justicia de su causa, la unanimidad mostrada por la población en tal empresa. A su entender, el acuerdo de los zaragozanos fue total el 24 de mayo, cuando, «temiendo que el marqués de Almenara le quería arrebatar y meter en Castilla, todos, mayores y menores, la ciudad toda se alteró y conmovió en un punto. Y se puso en arma, y por todos fue demandado por apellido general, y restituido por los mismos inquisidores, y entregado por mano de todos, a su primera prisión. Dícese así porque desde el Virrey, señores, nobles, caballeros, eclesiásticos, hasta el menor de todos, todos convinieron en esta acción» 41 . Como no podía ser menos, tras las alabanzas y expresiones de agradecimiento con que recompensa a quienes le ayudaron se adivina sin dificultad el intento de identificar su propia causa y la defensa del ordenamiento foral aragonés. Son muchos los pasajes donde se evidencia con claridad este intento, pero quizá uno de los más ilustrativos sea aquél donde unos versos latinos cuya traducción castellana incluye en el apéndice documental (M ARAÑÓN , Gregorio, Antonio Pérez... , op. cit. , t. II, p. 647, nota 12). Los versos introductorios, ibidem , t. II, pp. 850-851. 39 Sobre el interés generado por la rebelión en Europa, ver G IL P UJOL , Xavier, «Ecos de una revuelta...», op. cit. , pp. 295-331 y, de forma menos específica, algunas de las reseñas recogidas en mi trabajo Bibliografía crítica... , op. cit. , pp. 17-53. 40 Al referirse a la desgracia compartida por Pérez y el reino, el autor considera que «viniendo al Reino de Aragón y a los muchos lastimados de todos estados, sexos, edades en tantas maneras, en las personas, en las honras, en las vidas, en las haciendas, en el destrozo y ruina de castillos, de edificios, de familias, del Reino entero, en el mismo estado que Antonio Pérez se halla, se hallan los aragoneses todos, y todos en estado de agraviados» ( P ÉREZ , Antonio, Relaciones y Cartas. Introducción, notas y edición de Alfredo Alvar Ezquerra , Madrid, 1986, t. I, p. 205). La idea de que «los de Aragon se tienen por ofendidos» aparece de nuevo en P ÉREZ , Antonio, L'Art de Gouverner , Paris, 1867, p. 71. No obstante su título, el editor del tratado atribuye su autoría a Baltasar Álamos de Barrientos ( G UARDIA , José Miguel, «Introduction», ibidem , p. XXXI). 41 P ÉREZ , Antonio, Relaciones y Cartas... , op. cit. , t. I, p. 163. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 144 afirma que, viendo «que no podia ser sacada por ningun camino la persona de Antonio Pérez de Aragon: y que alli hay Fueros y leyes, que (aunque se han turbado, como todos los elementos y la naturaleza, para su perdiçion) era muy difficultoso acabarle juridicamente en la Carcel de la Manifestaçion, inventò el demonio, y sus ministros una coniuracion, para poderle llevar à la Inquisicion» 42 . Según Antonio Pérez, la conciencia de esta amenaza común fue la razón que movió a los aragoneses a ampararle de forma unánime, impidiendo primero su prisión en Calatayud y haciendo imposible después su entrega al Santo Oficio el 24 de mayo 43 . Sin embargo, pronto los notables y autoridades procuraron congraciarse con el Rey y sus ministros y decidieron restituir a los fugados a la Inquisición el 24 de septiembre. Pérez aprovecha la narración del segundo intento frustrado de trasladarlo al Palacio de la Aljafería para subrayar que el inquebrantable apoyo popular fue el factor decisivo que le dio la libertad, y que el prestigio y la autoridad de los promotores de su entrega quedaron en entredicho a raíz de su fracaso. Para reforzar esta segunda idea, el autor describe complacido los avatares de las autoridades y de quienes les acompañaban durante aquel día, mostrándose especialmente mordaz con el Gobernador de Aragón, Don Ramón Cerdán de Escatrón, a cuyo mando se confiaron las tropas reunidas para la entrega de los presos el 24 de septiembre. En dicha jornada, «él salió con el día tan en orden de guerra y batalla, que no quedó armadura ni arreo de tal que no le llevase en su persona». A tono con la impedimenta que lucía, «iba y venía corriendo y discurriendo por todas las calles, amenazando a unos y a otros, y haciendo disparar acá y acullá para amedrentar la gente. A un niño, sobrino de un 42 P ÉREZ , Antonio, Un Pedaço... , op. cit. , p. 65. Este pasaje sufrió algunas modificaciones cuando fue incluido en las Relaciones . Sin lugar a dudas, la más destacada es la que se observa en la frase que concluye afirmando que «era muy dificultoso acabarle secretamente en la cárcel de la Manifestación» (P ÉREZ , Antonio, Relaciones y Cartas... , op. cit. , t. I, p. 161). Me he permitido resaltar en cursiva el cambio realizado. 43 Según Pérez, la identificación de la población aragonesa con su causa comenzó ya en Calatayud, donde «hasta los sacerdotes y estudiantes, muchos con sus pistoletes debajo de los manteos», se opusieron al primer intento de prenderle y trasladarle a Castilla ( ibidem , t. I., p. 152). Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 145 jurado, mandó tirar el gobernador un arcabuzazo, porque voceaba con otros y le dieron con una pelota por las sienes y quedó allí muerto. Además de esto hirió él mismo a algunos otros» 44 . A pesar de tantas prevenciones, Don Ramón pasó notables apuros hasta que logró ponerse a salvo de las iras del pueblo, y Pérez relata con minuciosidad las peripecias del desdichado Gobernador, deteniéndose en el momento en que «salió por una caballeriza de detrás entre unos puercos que le valieron, porque buscándole no le echaron de ver entre ellos» 45 . En cuanto a los nobles y autoridades en gene ral, el ex secretario incide en aquellos actos que, por tener como objeto primordial la salvación de la propia vida, no concordaban con su elevada posición social, especialmente en lo que se refería a la práctica de tareas consideradas viles o al reconocimiento de su dependencia respecto a personas de condición inferior. Así, nos cuenta cómo rompieron tabiques con sus propias manos, huyeron corriendo por tejados y chimeneas, hubieron de recurrir a comprar su salvación con dinero, solicitaron el amparo de lacayos, labradores y otros participantes en los motines, sufrieron humillaciones a manos de miembros del pueblo y, sobre todo, «para salvarse no hubo ninguno, desde el mayor hasta el menor, de los que no traían la espada en la mano descubiertamente por la libertad y que no gritase ¡viva la libertad!: aunque diferentemente que en el primer 24 que en aquélla todos lo gritaron con sentimiento común» 46 . Tampoco los fallecidos en tan trágico día se libraron de los denuestos del autor, especialmente si, a su juicio, habían tenido parte en su procesamiento. Así, afirma que, según se decía, el ex diputado Juan Luis Moreno había reconocido en el momento de morir: «Justamente muero, porque las cosas que yo he hecho contra Antonio Pérez no se podían forjar sino en el infierno». También se refiere a Pedro Jerónimo de Bardaxí, ciudadano de Zaragoza, a quien 44 Ibidem , t. I, p. 225. 45 Ibidem , t. I. p. 231. 46 Ibidem , t. I, p. 231. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 248 La amargura del autor es patente cuando escribe que «soy tratado como un bastardo que no alcança nada de la herencia de su padre, estando yo llamado a toda esta por mi propio nombre» 458 . Por su parte, Gilabert, que era Señor de Albelda, se queja de que los derribos de casas fuertes y castillos decretados por Felipe II como castigo por la sublevación de 1591 afectaron tan sólo a las fortalezas «que tenian los cavalleros que havian ayudado al Conde de Ribagorza en la rebelion de sus vasallos, y assi derribaron el castillo de Albelda y el de Penilla, que era de Rodrigo de Mur, el de Benavarre y la casa de Pardinella en Pla, sin tocar otro alguno» 459 . Dejando a un lado los casos particulares, Luna establece un llamativo paralelismo entre el rigor de Felipe II para con sus súbditos aragoneses y el trato dispensado por Carlos I a los comuneros castellanos, que llegaron al extremo de asaltar el castillo de Segovia y proveer el Obispado de Palencia. En palabras del propio Conde, «nunca a esto llegaron los desacatos en Aragon, aunque fueron mas castigados» 460 . El Conde de Luna se muestra especialmente duro al referirse a «lo que se hizo en las Cortes de Tarazona, presos y puestos en sumo rigor los padres, hijos y hermanos y todos los que allí asistían, y á más de eso, repartido un ejército por todo el Reyno, de doce á catorce mil hombres, y tantos huídos y foragidos, y los que pudieron asistir tan rendidos por las prisiones de sus deudos y amigos, y otros tan interesados y pretendientes, y á más de esto tanta negociación y mercedes como en ella se hicieron» 461 . El autor, que mostró su disconformidad 458 G URREA Y A RAGÓN , Francisco de, Borrador... , op. cit. , t. III, f. 276v. 459 G ILABERT , Francisco de, Respuesta... , op. cit. , f. 18v. 460 G URREA Y A RAGÓN , Francisco de, Borrador... , op. cit. , t. I, f. 47v. 461 G URREA Y A RAGÓN , Francisco de, Comentarios... , op. cit. , pp. 118-119. También Gilabert expone abiertamente que las Cortes se reunieron «estando el exercito en el reyno que no daba lugar a que fuesen libres quales deben ser» (G ILABERT , Francisco de, Respuesta... , op. cit. , f. 18). De entre los demás cronistas, sólo Lupercio de Argensola se hace eco de la opinión de terceros sobre la falta de libertad de las Cortes, pero sin pronunciarse al respecto (L EONARDO DE A RGENSOLA , Lupercio, Informacion... , op. cit. , p. 190). Bavia recoge lo dicho por Argensola, y expone que «las leyes que en estas Cortes se hizieron fueron muchas. No tanta la libertad (segun ellos dezian) porque el exercito se estava en Zaragoça, y el sonido de las caxas en los oydos de los que assistian a las Cortes» (B AVIA , Luis de, Quarta parte de la Historia pontifical... , op. cit. , p. 68). Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 249 dejando de acudir a Tarazona 462 , censura a los ministros reales, empezando por el Conde de Chinchón, de quien dice que «lo avia todo atropellado de manera que perpetuo todos los fueros que quiso con ofrecer mercedes y perdones» 463 . Sin embargo, también dirige su pluma contra «el rendimiento con que los aragoneses que habian asistido a aquellas cortes, llenos de passiones y yntereses, se arrojaban y rendian al conde de Chinchon, que hera una confusion no creyble» 464 . Entre los intereses particulares que denuncia, se encuentran las pretensiones de «el que avia presidido como Justicia de Aragon a los greuges y manifatura de los negocios de Cortes, que avia manejado en su asistencia en Madrid y tenia promesa de la regencia del Consejo Supremo» 465 . Las modificaciones introducidas en los fueros merecieron la enérgica reprobación de Luna, que manifiesta que «assy perdimos aquy en estos fueros todo el ser de nuestras leyes y bien» 466 . Al denunciar los excesos cometidos para lograr que las Cortes aceptasen los cambios propuestos por los áulicos del Rey, Don Francisco parece optar por remedar el estilo de Antonio Pérez y afirma que la gravedad de lo sucedido causó la muerte del fiscal Jerónimo Pérez de Nueros, «pareçiendole mal el aprovecharse de la ocasion, y asi de puro sentimiento y pesar de ver el exceso destas cosas murio, y otros muchos que bibamente sintieron los travajos del reyno murieron pasmados y sin enfermedad» 467 . Las dificultades halladas por los apologistas a la hora de hilvanar sus discursos fueron considerables. Como recuerda el profesor Colás Latorre al 462 En su Borrador explica que «porque este era el lenguaje que yo veia que corria, aviendome llamado que fuese a las cortes con carta de llamamyento, no quise asistir a ellas» (G URREA Y A RAGÓN , Francisco de, Borrador... , op. cit. , t. III, f. 47v). Su ausencia puede constatarse en las distintas ceremonias reseñadas en el registro de las Cortes, donde Don Francisco no es mencionado entre los asistentes aunque sí entre los nobles convocados para acudir a Tarazona ( Processo original de las Cortes generales celebradas a los Aragoneses por la Sacra Catholica Real Magestad del Rey don Phelippe nuestro señor en la çiudad de Taraçona el año M.D.L.XXXXII , AHN, Estado, l. 1013, ff. 3-4). 463 G URREA Y A RAGÓN , Francisco de, Borrador... , op. cit. , t. III, f. 56v. 464 Ibidem , t. III, ff. 50-50v. 465 Ibidem , t. III, f. 49. Aunque no indica el nombre, es clara la referencia a Martín Batista de Lanuza. 466 Ibidem , t. III, f. 82. 467 Ibidem , t. III, ff. 49v-50. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 250 referirse a las Alteraciones populares del menor de los hermanos Argensola, «estaba la censura real e inquisitorial, el temor a la reacción de las familias que habían tenido algún miembro implicado, para bien o para mal, en los conflictos y la misión imposible de hacer compatibles la fidelidad de Aragón con la invasión de fines de 1591 y los trascendentales retoques de los fueros en las Cortes de 1592, la ocupación militar y la represión con la magnanimidad de Felipe II. Y sobre esta compleja realidad, la dificultad de aunar dos opiniones antagónicas. Lo que para unos fue defensa legítima de los fueros, para otros (los extranjeros) era una rebelión» 468 . Los mismos autores fueron conscientes de los límites a los que debían ajustarse sus constantes protestas de veracidad. En este sentido es ilustrativo el pasaje donde el canónigo Blasco de Lanuza explica que «muchas verdades deben callarse y muchas de las que se diçen deçirse de tal manera que sin ofensa de nadie resulten en gran provecho del mundo» 469 . Y no resulta menos aleccionadora la forma en que el Conde de Luna fija los límites de su discurso, al afirmar que «en algunas cosas las materias son tan ondas y secretas que, por guardar el decoro, sera menester no las apurar todas» 470 . La línea argumental de estos trabajos, por tanto, se desliza bordeando la frontera entre varias ideas contradictorias. Se trataba de presentar a un reino inquebrantablemente fiel a su Monarca, pero ello no debía suponer la difusión de una imagen tiránica de Felipe II, responsable último de la represión militar e inquisitorial así como de las modificaciones introducidas en las Cortes de 1592. Igualmente se debía admitir la justicia que amparaba al Rey a la hora de pretender el castigo de los sublevados, sin que ello derivara en la aceptación de la culpa generalizada del 468 C OLÁS L ATORRE , Gregorio, «Bartolomé Leonardo de Argensola...», op. cit. , p. 14. No es ésta la primera voz que recuerda las dificultades de la empresa que se encomendó a Argensola, pues el hispanista Otis Green ya hizo notar que se le había ordenado «dedicarse a lo imposible, es decir, a componer una historia de la lucha entre la política centralizadorra de Madrid y la fuerista del Reino» (G REEN , Otis H., «Bartolomé Leonardo de Argensola...», op. cit. , p. 69). 469 El pasaje procede de un memorial dirigido a los Diputados, Jaca, 23 de junio de 1615 (RAH, ms. 9/548, f. 157v). 470 G URREA Y A RAGÓN , Francisco de, Borrador... , op. cit. , t. I, f. 119. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 251 reino. Había, en fin, que subrayar la pervivencia sin cambios del ordenamiento foral aragonés, aun reconociendo la introducción de sensibles modificaciones en los fueros. La articulación de todas estas ideas en un discurso coherente supuso una ardua tarea para los cronistas, que inevitablemente incurrieron en contradicciones. Tres de ellas resultan especialmente llamativas: por un lado, el intento de conjugar la fidelidad inquebrantable del reino con los elogios dedicados a Felipe II porque «nunca tomò las armas sino conforme a razon, y justicia forçado ê e [sic] irritado a ellas» 471 ; por otro, la incongruencia que supone, tras referirse a la participación del «vulgo alborotado y ciego» en los motines de 1591, aclarar que «el mayor cuerpo de él era de labradores y pelaires, que hai gran número desta gente en esta ciudad, y no son como en otras de España rústicos, sino mui pláticos, valientes y atrevidos, y sobre todo mui celosos de las leyes» 472 ; por citar un último ejemplo, no deja de parecer contradictorio que, a pesar de insistir en la clemencia y magnanimidad de Felipe II, se diga que el perdón promulgado por el Soberano fue mal acogido en el reino dado el escaso número de implicados en la rebelión (lo que hacía ofensivo el título de perdón general, que parecía referirse a todo el reino) y las irregularidades que lo caracterizaron. Entre ellas, el exagerado número de exceptuados de la gracia real, la presencia entre ellos de personas fallecidas o de probada inocencia y, por fin, los errores en la identificación de algunos individuos 473 . Aparentemente, el esfuerzo de los apologistas no se vio compensado por el éxito. La mayor parte de los escritos no alcanzaron jamás la imprenta, comenzando por los debidos a la pluma de los cronistas oficiales del reino. Y de 471 B LASCO DE L ANUZA , Vicencio, Ultimo tomo... , op. cit. , p. 222. 472 L EONARDO DE A RGENSOLA , Lupercio, Informacion... , op. cit. , p. 90. 473 B LASCO DE L ANUZA , Vicencio, Ultimo tomo... , op. cit. , p. 271. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 252 aquéllos que se publicaron, sólo la Historia Apologetica de Gonzalo de Céspedes se ocupó monográficamente del conflicto aragonés. El resto incluyó su interpretación del asunto dentro de trabajos más extensos, dedicados a exaltar las tradiciones locales y regionales 474 . No hay que olvidar que el siglo XVII fue la época dorada de la corografía, cuya finalidad era, al decir de Richard Kagan, «defender, glorificar, celebrar: las obras corográficas no eran historias strictu sensu , sino alabanzas, obras patrióticas hechas para señalar, a través de la geografía y la historia las excelencias y las características únicas de cada lugar» 475 . Precisamente por ello, este género ofrecía el marco ideal para incluir en sus páginas las vindicaciones propugnadas por los cronistas. Aunque, evidentemente, en la elección de esta forma de presentar sus ideas también tuvieron mucho que ver las especiales circunstancias políticas e ideológicas vividas en Aragón tras la rebelión de 1591, que propiciaron la práctica de una rigurosa censura por parte de las mismas autoridades aragonesas. Los expurgos y enmiendas, el secuestro e incluso la destrucción de manuscritos son pruebas palpables de los impedimentos hallados por los cronistas en los años posteriores al conflicto 476 . Como lamentó el cronista Uztarroz al referirse a la suerte de los escritos de Costa y Martel, «fue tan poca su ventura que perecieron sus escritos 474 En este género cabe incluir los trabajos de M URILLO , Diego, Fundacion Milagrosa... , op. cit. , B LASCO DE L ANUZA , Vicencio, Ultimo tomo... , op. cit. , D IEGO DE A INSA Y DE I RIARTE , Francisco, Fundacion, Escelencias, Grandezas, y Cosas Memorables de la Antiquissima Ciudad de Huesca , Huesca, 1619, C ARRILLO , Martín, Anales... , op. cit. , M ARTÍNEZ DEL V ILLAR , Miguel, Tratado del patronado... , op. cit. y L ÓPEZ , Luis, Tropheos y antiguedades... , op. cit. Aunque con distinto planteamiento, cumplieron una función similar las obras de B AVIA , Luis de, Quarta parte de la Historia pontifical... , op. cit. , G UADALAJARA Y X AVIER , Marcos de, Quarta parte de la Historia pontifical... , op. cit. y F ARIA Y S OUSA , Manuel de, El Gran Justicia de Aragon... , op. cit. 475 K AGAN , Richard, «La corografía en la Castilla moderna. Género, Historia, Nación», Stvdia Historica. Historia Moderna , 1995, vol. XIII, p. 55. 476 A este aspecto se han referido, entre otros autores, P ELLICER Y S AFORCADA , Juan Antonio, Ensayo... , op. cit. , pp. 25-26, G REEN , Otis H., «Bartolomé Leonardo de Argensola...», op. cit. , p. 18, O RCÁSTEGUI G ROS , Carmen y R EDONDO V EINTEMILLAS , Guillermo, «Introducción», en M UÑOZ Y M ANZANO , Cipriano, Los cronistas... , op. cit. , pp. 41-42, J ARQUE M ARTÍNEZ , Encarna, Juan de Lanuza: Justicia de Aragón , Zaragoza, 1991, pp. 34-35, G IL P UJOL , Xavier, «Lupercio Leonardo de Argensola...», op. cit. , p. XXI y J ARQUE M ARTÍNEZ , Encarna, «Cronistas y literatos», en Historia de Aragón , Zaragoza, 1991, pp. 328-329. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 253 donde avian de tener mas seguridad, y donde otros la tienen» 477 . Sobre las causas de la destrucción de sus Anales , el propio Uztarroz añadió que «no se publicaron sus fatigas porque huvo algunos que solicitaron impedir la estampa y lo consiguieron; que las verdades lastiman» 478 , opinión que hizo suya Diego José Dormer, sucesor de Uztarroz en el oficio de cronista, al afirmar que, «interessando personas poderosas en ellos, huvo autoridad para que se sacasen los escritos del Archivo, quedando solo en los registros la memoria del dolor de esta perdida» 479 . Las dificultades expuestas produjeron dos efectos importantes por lo que a la historiografía aragonesa del siglo XVII se refiere. Por un lado, la difusión de los trabajos sobre 1591 quedó en muchos casos restringida a vías indirectas, entre las que cabe destacar la circulación de copias manuscritas. Este medio permitió, por ejemplo, a Lupercio de Argensola eludir la censura de Micer Torralba y mantener «la gloria que se trabaxó en aquel trabaxo», por lo cual un nieto del cronista recomendó a Juan Francisco Andrés de Uztarroz que imitase su ejemplo 480 . Fruto de la labor de aquellos copistas son los distintos ejemplares manuscritos que hoy conocemos de la Informacion de Lupercio de Argensola 481 y de las Alteraciones populares de su hermano Bartolomé 482 , así como las 477 Memorial de Juan Francisco Andrés de Uztarroz a Felipe IV, sin fecha, (RAH, ms. 9/548, f. 327v). 478 A NDRÉS DE U ZTARROZ , Juan Francisco, «A la memoria de Geronimo Martel Chronista del Reyno de Aragon», en M ARTEL , Jerónimo, Forma de celebrar Cortes en Aragón , Zaragoza, 1641, s.f. 479 Memorial presentado por Diego José Dormer en junio de 1688 solicitando a los Diputados ser relevado de su oficio (RAH, ms. 9/548, f. 419) . 480 Así lo explica Miguel Leonardo de Argensola a Juan Francisco Andrés de Uztarroz en carta fechada en 1652 y reproducida en A RCO , Ricardo del, La erudición española en el siglo XVII y el cronista de Aragón Andrés de Uztarroz , Madrid, 1950, p. 788. 481 Sendos manuscritos de la Informacion pueden consultarse en SSC, ms. B-34, BN, mss. 1766 y 10383, BP, ms. II/814 y AMZ, ms. 48. Conviene advertir que todos ellos presentan variantes entre sí, comenzando por el título que los encabeza. 482 Como recuerda el profesor Colás Latorre, en la actualidad se conocen tres manuscritos de las Alteraciones populares , que se hallan en BN, mss. 10710 y 12985 y en BCST, Archivo, ms. D-22 ( C OLÁS L ATORRE , Gregorio, «Bartolomé Leonardo de Argensola...», op. cit. , pp. 17-20). Hasta la fecha no es posible asegurar si otra obra de Argensola titulada Defensa del Reyno de Aragon contra algunos auctores que han escrito tiene alguna relación con los volúmenes mencionados. Según D ELGADO , Feliciano, «Un nuevo manuscrito de Bartolomé Leonardo de Argensola», Archivo de Filología Aragonesa , 1979, vol. XXIV-XXV, pp. 275-283, que es quien menciona su existencia, este manuscrito procede de los papeles del Duque de Lerma y fue hallado en una librería de antiguo de Córdoba. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 254 distintas versiones de la obra del Conde de Luna, que sin lugar a dudas es la que más ha sufrido la arbitrariedad de eruditos y copistas 483 . Junto a las copias, otro medio permitió la difusión de los textos manuscritos, si bien de forma mucho más fragmentaria: su utilización ocasional por distintos autores, por lo general ansiosos de reforzar sus juicios personales con citas procedentes de otras fuentes. Así fueron conocidos algunos pasajes del apenas divulgado Appendix d e Martínez del Villar, citados por el padre Murillo y por Blasco de Lanuza 484 , y también diversos fragmentos de los trabajos de Pascual de Mandura, Don Francisco de Gilabert y Jerónimo Basilio de Avengochea, todos ellos recogidos en la narración del mismo Blasco de Lanuza 485 . El segundo efecto que debe tenerse en cuenta consiste en que, como apuntan los profesores Orcástegui y Redondo, los cronistas de la segunda mitad del siglo XVII experimentaron «una especie de horror a la historia hodierna que mantuvo toda la producción referente a la historia inmediata del Reino en los archivos sin llegar a publicarse» 486 . Los Anales publicados por la Diputación no abarcaron más allá del reinado de Carlos I 487 , a pesar de que todavía en 1628 483 Quienes han manejado la obra, han llegado a modificar sensiblemente su título general e incluso su contenido. Así, una parte del Borrador del Seminario de San Carlos fue copiada por el cronista Juan Francisco Andrés de Uztarroz en 1651, dando lugar al ms. 2340 de la Biblioteca Nacional, que lleva por título Comentarios de las cosas de Aragón y que fue el manuscrito que utilizó el Duque de Villahermosa para la edición de la obra en 1888. A éstos hay que añadir sendos volúmenes, localizados en AMZ, ms. 50, BN, ms. 22667 y RAH, ms. 9/5238, que responden al título genérico de Compendio Historial , si bien con distintas variantes. Por su parte, la Respuesta de Don Francisco de Gilabert, que forma parte del Borrador de San Carlos y fue incluida en la edición de la obra de G URREA Y A RAGÓN , Francisco de, Comentarios... , op. cit. , pp. 475-508, también puede consultarse en un manuscrito exento en RAH, ms. 9/4907. Del cotejo de todos estos materiales se deduce que aún hoy falta por sacar a la luz la mayor parte de los fondos recopilados en su día por Don Francisco de Aragón para la elaboración de sus Comentarios . Buena prueba de ello es la existencia de un inédito Tratado practicable de la enseñanza de un buen Príncipe , obra del noble aragonés, en el Archivo de los Duques de Alba, noticia que recientemente ha ofrecido B OUZA Á LVAREZ , Fernando, «Servidumbres de la soberana grandeza. Criticar al rey en la corte de Felipe II», en A LVAR E ZQUERRA , Alfredo, coord., Imágenes históricas de Felipe II , Madrid, 2000, p. 169. Agradezco al autor que me haya facilitado una separata de su trabajo. 484 M URILLO , Diego, Fundacion Milagrosa... , op. cit. , p. 139 y B LASCO DE L ANUZA , Vicencio, Ultimo tomo... , op. cit. , p. 382, entre otras. 485 Ibidem , pp. 558-559, 238 y 275, respectivamente. 486 O RCÁSTEGUI G ROS , Carmen y R EDONDO V EINTEMILLAS , Guillermo, «Introducción»..., op. cit. , p. 42. 487 L EONARDO DE A RGENSOLA , Bartolomé, Primera parte de los Anales de Aragon que prosigue los del Secretario Geronimo Çurita, desde el año MDXVI del Nacimiento de Nuestro Redentor , Zaragoza, 1630, A NDRÉS DE U ZTARROZ , Juan Francisco, Segunda parte de los Anales de la Corona y Reyno de Aragon, Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 255 Bartolomé de Argensola confiaba en poder «seguir la Relacion de aquellos sucesos siquiera por ocurrir a los injuriosos escritos de Antonio de Herrera, que siempre nos fue mal afecto» 488 . La situación no varió en nada durante la segunda mitad de la centuria, puesto que en 1652 Uztarroz fue requerido por el Fiscal del Consejo de Aragón, Miguel Pérez de Nueros, para que borrase de una de sus obras algunas palabras laudatorias de la elocuencia del cronista Juan Costa. La respuesta ante tal requerimiento refleja la amargura del autor, consciente de hallarse en la misma tesitura que su antecesor de fines del siglo XVI: «Sesenta años ha que pasaron los sucesos de 1591, y pareze que se puede escrivir dellos, pues ya pasó el enoxo que los ocasionó. Y al fin, señor, no dexa de afligirme mucho que tengan libertad los escritores estrangeros y españoles de escrivir muchas mentiras, y que yo no pueda dezir una verdad y defender mi Patria y mis historiadores, sino que se diga que se borre» 489 . No fue Uztarroz el único cronista que mostró su interés por historiar el conflicto de 1591. También Francisco Diego de Sayas, en 1653, recordó que «ay también obras imperfectas (por no acabadas) que piden necessariamente la prosecucion hasta el fin, para lograr el que tuvo este Illustrissimo Reyno mandandolas escrivir. Tal es el tratado de los sucessos del año 1591 (cuya primera parte ordeno a la costumbre de aquel ingeniazo con suma perfeccion y elegancia el doctor Bartholome Leonardo de Argensola); y aunque su grandeza siendo sus reyes doña Juana, y don Carlos, que prosigue los del Doctor Bartholome Leonardo de Argensola [...]. Desde el Año MDXXI hasta el XXVIII , Zaragoza, 1663, D IEGO DE S AYAS R ABANERA Y O RTUBIA , Francisco, Anales de Aragon desde el año de MDXX del nacimiento de nuestro Redemptor hasta el de MDXXV , Zaragoza, 1666, D ORMER , Diego José, Anales de Aragón desde el año MDXXV del nacimiento de nuestro redemptor hasta el de MDXL , [Zaragoza], 1697 y P ANZANO I BÁÑEZ DE A OIZ , José Lupercio, Anales de Aragon desde el año mil quinientos y quarenta del nacimiento de nuestro redentor, hasta el año mil quinientos cinquenta y ocho, en que muriò el Maximo Fortissimo Emperador Carlos V , Zaragoza, 1705. 488 Así lo comunicó a Fray Jerónimo de San José en carta fechada en Zaragoza el 31 de octubre de 1628, reproducida por P ELLICER Y S AFORCADA , Juan Antonio, Ensayo... , op. cit. , p. 100 y, posteriormente, por G REEN , Otis H., «Bartolomé Leonardo de Argensola...», op. cit. , p. 72. 489 Carta de Juan Francisco Andrés de Uztarroz al regente Miguel Marta, 18 de septiembre de 1652 (A RCO , Ricardo del, La erudición española... , op. cit. , pp. 786-787). Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 256 se ofreze inimitable, provoca nuestro celo a la vanidad de proseguirlo» 490 . Sin embargo, a pesar de coincidir con Uztarroz en que «muchos historiadores refieren los sucesos que en Aragon acontecieron por su causa, pero aun deseamos quien los escriba como passaron» 491 , ninguno de los cronistas que accedieron al cargo tras la muerte de Argensola se atrevió a embarcarse en tan ingrata empresa. 490 Memorial de Francisco Diego de Sayas a los Diputados, 6 de septiembre de 1653 (RAH, ms. 9/548, ff. 341-341v). El memorial impreso aparece ibidem , ff. 351-352. 491 A NDRÉS DE U ZTARROZ , Juan Francisco, Borrador de la Biblioteca de los Escritores del Reyno de Aragon , BN, ms. 9391, f. 67. Uztarroz hizo tal apostilla en las líneas que dedicó a Antonio Pérez, por cuya causa se produjo el conflicto entre el Reino y la Monarquía. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 257 2. Las interpretaciones liberales de las Alteraciones de Aragón . «El hecho es que la políticomanía, que en este siglo lo invade todo, ha venido á lograr lo que el tradicionalismo y el espíritu nobiliario hicieron en el siglo XVII, pues así como entonces el deseo de acreditar mayor antigüedad, y con ella nobleza más acendrada, movía las plumas de los genealogistas para buscar remotos orígenes [...], del mismo modo hoy día los políticos, al meterse por el campo de la Historia, quieren hacer servir á ésta para fines de partido, aun á costa de la verdad y la imparcialidad, torciéndola si no viene á su derecho» 492 . Aplicadas al tema que aquí nos ocupa, las palabras del erudito bilbilitano Vicente de la Fuente podrían hacernos pensar que la literatura del siglo XIX estuvo repleta de referencias interesadas al conflicto de 1591. Ello fue así, y en buena medida resulta posible extrapolar tal fenómeno a las dos últimas décadas de la centuria precedente, en las que algunos estudiosos han identificado una «corriente protoliberal», de rasgos todavía poco definidos, que mostró su interés por el caso aragonés aunque sin llegar a analizarlo en profundidad. Ahora bien, en contraste con esta relativa abundancia de menciones al asunto en el último tramo del XVIII, cualquier observador puede percibir el escaso interés que 1591 despertó durante el resto de la centuria, a pesar de que ésta comenzó con la abolición de los fueros del reino de Aragón como consecuencia directa de la Guerra de Sucesión ganada por Felipe V. La derrota del bando austracista, corroborada mediante los Tratados de Utrecht (1713) y Rastadt (1714), hizo que en Cataluña se generase una corriente de escritos nostálgicos del régimen político perdido, cuyo rastro puede seguirse durante los años veinte y treinta del siglo 493 . Sin embargo, aunque desde nuestra perspectiva quizá pudieran esperarse efectos similares en Aragón, por ahora no hay noticia de que se compusiesen obras vindicativas de su pasado histórico, y tan sólo en algunas recopilaciones y 492 F UENTE , Vicente de la, Estudios críticos sobre la Historia y el Derecho de Aragón , Madrid, 1886, t. I, pp. 18-19. 493 A LABRÚS I I GLESIAS , Rosa María, «Pensamiento político y opinión en Cataluña en el siglo XVIII», Historia Social , 1996, nº 24, p. 92. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 264 militante del siglo XX redescubre a los comuneros, convierte en mártires a sus jefes y enarbola la bandera de su nombre para luchar contra el absolutismo» 507 . Por el momento tan sólo he hallado dos menciones aisladas al conflicto aragonés, ya en la segunda mitad de la centuria. Por un lado, el erudito Juan Antonio Pellicer, al resumir las vidas de los hermanos Argensola, recuerda su participación en aquellos acontecimientos, que interpreta como el intento de «una gavilla de gente inquieta» de liberar a Antonio Pérez, a lo que se opuso el resto de ciudadanos, en especial los más calificados del reino 508 . Parece que Pellicer da como buena la interpretación apologética elaborada en las primeras décadas del siglo anterior, sobre todo teniendo en cuenta que, páginas más adelante, el mismo autor se hace eco de las palabras empleadas por Lupercio de Argensola y recuerda que «mientras tanto padecia mucho detrimento la fidelidad de los Aragoneses en la pluma de algunos Escritores asi naturales, como estrangeros, que por diferentes respetos los traian en opiniones» 509 . Por otro lado, merecen reseñarse las consideraciones hechas por el anónimo autor de un Discurso histórico de lo acaecido en el alboroto de Madrid, ocurrido el domingo de Ramos 23 de Marzo de 1766 , donde, utilizando términos similares a los empleados por el cronista francés Pierre Matthieu, se dice que «la mayor acción que se cuenta de la prudencia del señor Rey Don Felipe Segundo fue la de haber sujetado a los Aragoneses». Valiéndose de su discreción y prudencia, el Monarca respondió a las amenazas de sus súbditos con cartas donde hacía gala de su amor al reino y aseguraba que las tropas que estaba reuniendo tenían como objetivo pasar a Francia. Cuando éstas estuvieron listas, ordenó su entrada en Aragón y decretó la ejecución del Justicia, «con lo que quedó todo Aragón sujeto a sola la voluntad de sus Reyes». De igual modo, se propone a 507 P ÉREZ , Joseph, La revolución... , op. cit. , p. 3. 508 P ELLICER Y S AFORCADA , Juan Antonio, Ensayo... , op. cit. , p. 6. 509 Ibidem , p. 99. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 265 Carlos III que siga el ejemplo de Felipe II, actuando con absoluta cautela para sosegar los ánimos de los inquietos y después pacificar el reino administrando los correspondientes castigos 510 . Hay que esperar a los últimos años de la centuria para encontrar más referencias al conflicto aragonés, citado junto a las Comunidades castellanas en los escritos que componen lo que Juan Ignacio Gutiérrez Nieto ha denominado «corriente protoliberal». Dicha corriente tiene un antecedente en la obra de Juan Amor de Soria 511 , «magnífico testimonio de una interpretación pactista del pasado político español y, por lo mismo, en el que Villalar juegue un papel relevante» 512 . Sin embargo, no fue hasta 1780 cuando comenzó a tomar cuerpo la tradición liberal, gracias a la divulgación de las obras de Montesquieu, Locke y Rousseau, a la preocupación por el estudio de las instituciones políticas castellanas y aragonesas, al gran empuje dado a la publicación de fuentes y a la consideración de la libertad civil como fuente de todo bien 513 . Finalmente, «la Revolución de 1789 dará un fuerte empujón al protoliberalismo español. A pesar de las medidas tomadas por el régimen para impedir la difusión de las ideas revolucionarias, en folletos, pasquines y hojas volanderas clandestinas se prodigarán las nuevas ideas y las nuevas valoraciones de nuestro pasado español. Pronto los nombres de Sorolla, Padilla y Lanuza se harían populares y serían fuente de inspiración de las intentonas revolucionarias» 514 . De esta forma, no resulta raro encontrar, en los últimos años del siglo XVIII, escritos donde se elogia la antigua constitución aragonesa y, en ocasiones, se recuerda la ejecución 510 «Discurso histórico de lo acaecido en el alboroto de Madrid, ocurrido el domingo de Ramos 23 de Marzo de 1766», en M ACÍAS D ELGADO , Jacinta, ed., El motín de Esquilache a la luz de los documentos , Madrid, 1988, pp. 43-83. La referencia al conflicto aragonés, en p. 51. Agradezco al profesor Gregorio Colás Latorre que me facilitase la noticia de la existencia de este texto. 511 A MOR DE S ORIA , Juan, Enfermedad crónica y peligrosa de los reinos de España e Indias , Viena, 1741. A este autor ha dedicado algunas páginas recientemente L LUCH , Ernest, Las Españas vencidas del siglo XVIII , Barcelona, 1999, pp. 83-88. 512 G UTIÉRREZ N IETO , Juan Ignacio, Las comunidades... , op. cit. , p. 49. 513 Tales factores son señalados por el profesor Gutiérrez Nieto ibidem , p. 51. 514 Ibidem , p. 53. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 266 de Don Juan de Lanuza. El tema «aparece con notable frecuencia en la literatura política contemporánea hasta la Guerra de la Independencia, y en escritores a los que suele considerarse como ideológicamente opuestos» 515 . Entre esos escritores se encuentra Eugenio de Palafox y Portocarrero, Conde de Teba y más tarde Conde del Montijo, quien en su Discurso sobre la autoridad de los ricos hombres sobre el Rey «echaba de menos la época en que el poder del rey se encontraba limitado por el de la alta nobleza, y criticaba duramente a los reyes, que habían venido reduciendo el papel de la aristocracia para afirmar cada vez más su propio absolutismo» 516 . Como apunta el hispanista francés Claude Morange, la exaltación de la antigua constitución española por el futuro Conde del Montijo se produjo en un momento en que la meteórica ascensión de Manuel de Godoy y la impopularidad del gobierno habían originado el descontento de la alta aristocracia, por lo que tenía una significación «claramente reaccionaria, y podría relacionarse con la existencia de un partido aristocrático de oposición a Godoy» 517 . Conviene completar esta opinión con la del profesor Rafael Olaechea Albistur, a cuyo entender la oposición canalizada en torno al llamado partido aragonés , vinculado a la figura del Conde de Aranda, no puede considerarse, sin embargo, fruto de un estrecho provincianismo, «debido a la pluralidad y al eclecticismo mental de los componentes de dicho ‹partido›, integrado por gentes ilustradas de todas las clases y estamentos sociales. Las miras patrióticas del ‹partido aragonés›, y su mentalidad, rebasaban lo puramente regional, y se extendían a toda España, a su forma de gobierno (que pretendían fuera ‹monárquico-estamental›, y no ‹monárquico-absolutista›), y a la 515 M ORANGE , Claude, «El conde del Montijo: apuntes para su biografía y reflexiones en torno al protagonismo del ‹partido› aristocrático en la crisis del Antiguo Régimen», en Siete calas en la crisis del Antiguo Régmien español y un panfleto clandestino de 1800 , Alicante, 1990, p. 56. 516 Ibidem , pp. 55-56. La obra de este noble lleva por título Discurso sobre la autoridad de los ricos hombres sobre el Rey y cómo la fueron perdiendo hasta llegar al punto de opresión en que se hallan hoy , y fue publicada en 1794. 517 M ORANGE , Claude, «El conde del Montijo...», op. cit. , p. 57. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 267 administración político-económico-social-cultural de todo el país» 518 . Aun aceptando la amplitud de miras del movimiento, parece tener razón el profesor Morange al considerar que dicho partido aristocrático , o aragonés , estuvo «definido como reunión de miembros de la alta nobleza que luchan por moderar el absolutismo monárquico, mediante la vuelta a una forma de Estado anterior, en la que ellos desempeñaban un papel político más relevante. En este sentido, el ‹partido› fernandino que organizó la caída de Godoy aparece como la prolongación natural del ‹partido aragonés›, hipótesis que, evidentemente, necesitaría un examen más minucioso de los hechos para ser confirmada» 519 . También desde presupuestos alejados de la óptica aristocrática se dirigieron elogios a la antigua constitución aragonesa, recordando el origen electivo de la Monarquía y la moderación del poder real por medio de las leyes, prácticas harto diferentes de las observadas en Castilla. Las Cortes, entendidas como «el mejor modelo de un gobierno justamente contrapesado» 520 , el Juramento de los aragoneses 521 y, sobre todo, el Justicia 522 , fueron las piezas fundamentales donde se apoyó un sistema político tan eficaz que León de 518 O LAECHEA A LBISTUR , Rafael, El Conde de Aranda... , op. cit. , p. 56. 519 M ORANGE , Claude, «El conde del Montijo...», op. cit. , p. 84. Sobre la participación del partido aragonés en las luchas políticas de la segunda mitad del siglo XVIII, ver también O LAECHEA A LBISTUR , Rafael y G ÓMEZ Z ORRAQUINO , José Ignacio, «El ‹partido aragonés› y la política ilustrada en España», en P ÉREZ S ARRIÓN , Guillermo y R EDONDO V EINTEMILLAS , Guillermo, dirs., Los tiempos dorados. Estudios sobre Ramón Pignatelli y la Ilustración , Teruel, 1996, pp. 191-223. 520 M ARCHENA , José, «Improvisación de un español, admitido por aclamación y con unanimidad, en el Club de los Amigos de la Constitución de Bayona (1792)», en Pan y toros y otros papeles sediciosos de fines del siglo XVIII. Recogidos y presentados por Antonio Elorza , Madrid, 1971, p. 41. Siguiendo la misma argumentación, seis años después el padre Santander exageraba las facultades de la asamblea, atribuyéndole incluso la de garantizar los derechos del hombre y de la pública libertad (S UÁREZ DE S ANTANDER , Miguel, «Carta de un religioso español, amante de su patria, a otro religioso amigo suyo sobre la constitución del reino y abuso del poder», en Pan y toros... , op. cit. , pp. 106-107). Años más tarde, el periódico sevillano La Linterna Mágica afirmaba que «en Aragón era monárquica la forma del gobierno, pero tan temperada por los derechos de la Nación, que a ella sola junta en sus Cortes o Estados Generales pertenecía reglar y moderar el ejercicio de la soberanía y de los reyes» («Memorias históricas y políticas sobre la antigua constitución y gobierno de España», La Linterna Mágica , 1809, nº 5, p. 56, apud M ORANGE , Claude, «El conde del Montijo...», op. cit. , p. 57). 521 El padre Santander considera que se trata de una invención original de los aragoneses, que se reservaron la posibilidad de deponer al rey y elegir otro en caso de que no respetase sus fueros (S UÁREZ DE S ANTANDER , Miguel, «Carta de un religioso...», op. cit. , p. 108). 522 El mismo padre Santander caracteriza el oficio de Justicia como juez supremo, protector del pueblo y centinela del príncipe, que sólo responde ante los Estados Generales que le eligen ( ibidem , pp. 107-108). Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 268 Arroyal, en sus Cartas económico-políticas , no dudó en sostener que «no es mi ánimo decir que la constitución aragonesa no tiene defectos harto considerables; pero no temeré asegurar que ninguna de cuantas conocemos es tan buena en la calidad de monárquica, y que tiene la gloria de no haber producido un rey tirano ni permitido el uso de algún poder que no esté arreglado por las leyes. Las Cortes y el Justicia mayor conservaron su entereza hasta el tiempo de Felipe II y fueron los antemurales de la tiranía» 523 . A pesar de que el mismo Arroyal no se olvida de los aspectos negativos de esa constitución, subrayando que «en ella tuvo muy poca intervención el común de la sociedad, y más se cuidó de conservar los privilegios de los ricoshombres que los derechos de los pueblos» 524 , lo cierto es que estos autores comparten una visión de la misma que puede calificarse de «democrática», pues, como indica el citado Morange, se empeñaron en «demostrar que la constitución aragonesa respetaba ‹los derechos imprescriptibles del hombre en sociedad›, expresión que, evidentemente, intenta hermanar el nuevo vocabulario político y una supuesta tradición medieval española de índole liberal» 525 . Las críticas contra el despotismo de Felipe II, que andando el tiempo se convirtieron en lugar común de la literatura liberal, ocupan varias páginas de la obra de Arroyal, que en la primera de sus Cartas llega a la conclusión de que «más destruyeron a España los dos brillantes reinados de Carlos V y Felipe II, que los oscuros de Juan II y Carlos II» 526 . Como forma de ilustrar el pensamiento 523 A RROYAL , León de, Cartas económico-políticas (con la segunda parte inédita). Edición, prólogo y notas de José Caso González , Oviedo, 1971, 2ª parte, Carta primera (1792), p. 170. 524 Ibidem , p. 178. 525 M ORANGE , Claude, «El conde del Montijo...», op. cit. , p. 57. La cita procede de S UÁREZ DE S ANTANDER , Miguel, «Carta de un religioso...», op. cit. , p. 108. 526 A RROYAL , León de, Cartas económico-políticas... , op. cit. , Carta primera, p. 10. El autor se extiende en la enumeración de las prácticas de Felipe II en Flandes, las inteligencias desarrolladas en Francia, la compra de voluntades en Roma, la expulsión de los moriscos de Granada, la conquista de Portugal y, finalmente, el allanamiento de Aragón, como puede verse ibidem , Carta segunda (1787), pp. 35-40. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 269 del autor al respecto, se reproduce íntegramente el pasaje donde sintetiza lo ocurrido en 1591 y, a la vez, presenta un sombrío retrato de Felipe II: «El crítico lance del secretario Antonio Pérez, bien famoso por sus raras circunstancias, conmovió a los aragoneses en defensa de su más apreciable fuero de la manifestación ante el Justicia , fuero, a la verdad, digno de estamparse en láminas de oro, para eterna memoria de la sabiduría de los primitivos fundadores de aquel reino. Al mismo tiempo esta resistencia irritó al Rey, como contraria a su sistema de absoluto poder; manejó el asunto con política; afectó blandura, y habiendo conseguido con este arte introducir veinte mil hombres en Zaragoza, cortando la cabeza a su Justicia mayor y haciendo algunos otros escarmientos, no hubo hombre que se atreviese a resistir: por eso decían los que le tenían bien conocido, que su risa y su cuchillo estaban juntos» 527 . Pablo Fernández Albaladejo h a hecho notar que la interpretación de Villalar como el «último suspiro de la libertad castellana» 528 llevó a considerar que el triunfo de Carlos I facilitó en lo sucesivo la práctica del absolutismo monárquico y tuvo como consecuencia natural el enfrentamiento entre Felipe II y Aragón, que concluyó con el desmantelamiento foral de este reino. De este modo quedaban asociadas las Comunidades castellanas y las Alteraciones —por utilizar el término acuñado en 1862 por el Marqués de Pidal— aragonesas en la literatura de corte liberal y romántico, entendiendo que ambos conflictos no eran sino episodios de la lucha entre el despotismo y la libertad y que la victoria de la Monarquía en 1521 y en 1591 había supuesto el comienzo de la decadencia de la nación, sometida a los designios de los Austria. Así lo expresó el poeta Manuel José Quintana, poniendo estas palabras en boca de Carlos I en su oda El panteón del Escorial : «[...] ¿Por qué culpar a las estrellas de esa mengua cruel? ¿Por qué te olvidas de tu ambición fanática y sedienta, que de prudencia el nombre sacrosanto 527 Ibidem , p. 38. 528 Esta expresión es empleada por F ERNÁNDEZ A LBALADEJO , Pablo, «León de Arroyal: del ‹sistema de rentas› a la ‹buena constitución›», en Fragmentos de Monarquía... , op. cit. , p. 474. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 270 a usurpar se atrevió? Yo los desastres de España comencé y el triste llanto cuando, expirando en Villalar Padilla, morir vio en él su libertad Castilla. Tú los seguiste, y con su fiel Lanuza cayó Aragón gimiendo. Así arrollados los nobles fueros, las sagradas leyes que eran del pueblo fuerza y energía, ¿quién, insensato, imaginar podría que en sí abrigando corazón de esclavo, señor gran tiempo el Español sería? ¿Qué importaba después con la victoria dorar la esclavitud? Esos trofeos comprados fueron ya con sangre y luto de la despedazada monarquía. Mírala entre ellos maldecirme a gritos» 529 . La idea que subraya la continuidad entre los sucesos de 1521 y 1591 encontró fácil acomodo en los escritos de inspiración liberal de comienzos del siglo XIX y, después de 1833, se convirtió en tema recurrente en el discurso político-histórico de los autores de ideología progresista. Quizá el mejor ejemplo sea el pasaje donde Modesto Lafuente, sintetizando el contenido de los versos citados, afirma que «las libertades que Cárlos extinguió en Villalar con Padilla acabó de ahogarlas Felipe en Aragon con Lanuza» 530 . A la vista de la reiteración con que las distintas obras de la época insisten en este punto, parece posible concluir, como hizo el profesor Gutiérrez Nieto, que, tras la difusión de las poesías de Quintana, «las alteraciones de Aragón quedaban así vinculadas con Villalar. Fijado estaba ya un aspecto importante de los que llegarían a formar parte de la concepción liberal de nuestra historia» 531 . 2.2. La busca de raíces por los liberales. 529 Q UINTANA , Manuel José, «El panteón del Escorial», en Poesías completas , Madrid, 1969, p. 292, versos 257-276. El pasaje ya fue reproducido por el Marqués de Pidal, tomándolo como ejemplo del grave error cometido por muchos autores modernos al considerar «que Felipe II habia sido el destructor de los fueros de Aragon» ( P IDAL C ARNEADO , Pedro José, Historia de las alteraciones... , op. cit. , t. III, p. 151). 530 L AFUENTE , Modesto, Historia general de España, desde los tiempos primitivos hasta nuestros días , Madrid, 1850, t. I, p. 151. 531 G UTIÉRREZ N IETO , Juan Ignacio, Las comunidades... , op. cit. , p. 52. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 271 Aunque ya se han anticipado algunas de las constantes del pensamiento liberal, todavía hay que añadir una razón más para explicar el interés mostrado por traer a la memoria los fueros medievales y llamar la atención sobre la desastrada suerte de quienes protagonizaron los conflictos de 1521 y 1591. Este factor se halla íntimamente relacionado con la Guerra de la Independencia, pues, como recuerda Claude Morange, «ensalzar la antigua constitución española podía ser una manera de buscar un origen genuinamente español a las reformas políticas, y contestar con ello a la acusación de extranjerismo esgrimida por los conservadores» 532 . No debe olvidarse que 1808 es la fecha en que se publican las Poesías patrióticas de Quintana, colección de piezas que exaltan la lucha contra el invasor francés y llevan a cabo la fusión de liberalismo y patriotismo, como puede verse en las odas A Juan de Padilla y la ya citada El Panteón del Escorial . Y tampoco hay que menospreciar el papel de los sitios de Zaragoza como factor reforzador de dicha fusión por la vía de la revitalización del pasado constitucional aragonés, ahora enfrentado a la tiranía del invasor francés 533 . Un buen ejemplo de este impulso lo constituye la publicación de la Informacion d e Lupercio de Argensola a raíz del asedio de la capital aragonesa en 1808. En sus primeras páginas, el anónimo editor de la obra afirma en tono elogioso que «al mismo leal y valeroso reino de Aragon se debe ahora en gran parte la libertad de publicar la relacion de los ruidosos sucesos ocurridos en él para testimonio eterno de su inmarcesible fidelidad, y para instruccion general del público español» 534 . A partir de entonces, ambos sentimientos, patriótico y liberal, junto con el elogio de la constitución medieval y la crítica a la Casa de Austria, se convirtieron en 532 M ORANGE , Claude, «El conde del Montijo...», op. cit. , p. 57. 533 A ello se refiere M AINER , José Carlos, «El Romanticismo en Aragón», en E GIDO M ARTÍNEZ , Aurora, coord., La literatura en Aragón... , op. cit. , p. 133. 534 «El editor», en L EONARDO DE A RGENSOLA , Lupercio, Informacion... , op. cit. , s.f. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 272 elementos definidores de la nueva interpretación de los conflictos del siglo XVI, hasta el punto de que «en las Cortes de Cádiz se hará tópico aludir a las comunidades como el fin de la libertad en Castilla, de la misma forma que el ajusticiamiento de Lanuza lo sería en Aragón» 535 . Precisamente en el marco de las Cortes gaditanas, el Semanario Patriótico ofreció a sus lectores una interpretación de la historia de España durante la Edad Moderna que iba más allá de los acontecimientos de 1591, vinculando éstos con la Revolución Catalana de 1640-1652: «Felipe 2º con las fuerzas de Castilla destruyó los fueros de Aragon; asi como Felipe 4º con las fuerzas de Castilla y de Aragon hizo despues la guerra a las libertades catalanas» 536 . En conjunto, la nueva interpretación del levantamiento comunero y, por extensión, de los grandes conflictos de la Edad Moderna española, constituyó un formidable instrumento ideológico que, como indica el hispanista francés Joseph Pérez, formó parte del arsenal utilizado durante las luchas políticas decimonónicas: «L'interprétation libérale des Comunidades a donc été forgée pendant la guerre d'Indépendance comme un instrument de combat idéologique, à la fois contre le despotisme et contre la domination étrangère. Mise au point par des poètes, des hommes politiques qui figurent souvent aussi, comme Martínez de la Rosa, au nombre des meilleurs écrivains de leur temps, elle s'impose par sa valeur symbolique, sa puissance de choc sur les imaginations. Bien loin d'être au départ une hypothèse d'historien, elle fait partie, il importe de le répéter, de l'arsenal intellectuel du libéralisme espagnol dans la première moitié du XIX e siècle» 537 . 535 G UTIÉRREZ N IETO , Juan Ignacio, Las comunidades... , op. cit. , p. 57. Los tres temas básicos de la interpretación liberal de las Comunidades son enunciados por P ÉREZ , Joseph, «Pour une nouvelle interprétation...», op. cit. , pp. 239-245. La opinión del historiador francés fue recogida años después por D URÁN , Eulalia, «La guerra de las Germanías...», Randa , op. cit. , p. 39. 536 «Concluye el artículo sobre el proyecto de Constitucion», Semanario Patriótico , 12 de septiembre de 1811, t. V, nº LXXV, p. 181. 537 «La interpretación liberal de las Comunidades ha sido forjada, pues, durante la Guerra de la Independencia como un instrumento de combate ideológico, a la vez contra el despotismo y contra la dominación extranjera. Puesta a punto por poetas, políticos que figuran también a menudo, como Martínez de la Rosa, entre los mejores escritores de su tiempo, se impuso por su valor simbólico, por su capacidad de impacto sobre las imaginaciones. Bien lejos de ser al principio una hipótesis de historiador, forma parte, es preciso repetirlo, del arsenal intelectual del liberalismo español de la primera mitad del siglo XIX» ( P ÉREZ , Joseph, «Pour une nouvelle interprétation...», op. cit. , p. 244). Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 273 C oncluida la guerra contra Napoleón, la lucha política entre liberales y absolutistas se convirtió en el marco ideal para hacer uso de la nueva construcción. Y el Trienio Liberal (1820-1823) supuso, utilizando el término acuñado por Juan Ignacio Gutiérrez Nieto, «el ápice de la mitificación comunera» 538 . Coincidiendo con el tercer centenario de las Comunidades , en 1821 se celebraron distintos actos oficiales en memoria de sus protagonistas, entre los cuales destacan la colocación de una placa en el Congreso de los Diputados, la inauguración de estatuas y la dedicatoria de calles. Incluso, por orden de Juan Martín, el Empecinado , los restos de los ejecutados en Villalar fueron trasladados a Zamora. Y, según se indica en un Diálogo entre dos caballeros comuneros , el 14 de abril de dicho año las Cortes declararon a Padilla, Bravo y Maldonado «beneméritos de la Patria» 539 . Estos fastos y honores afectaron también a los protagonistas del movimiento de 1591, pues se declaró «beneméritos de la Patria en grado heróico a los tres patriotas aragoneses Juan de Lanuza, Diego de Heredia y Juan de Luna», y se dispuso que sus nombres figuraran en el salón de sesiones de las Cortes con la siguiente inscripción: «Juan de Lanuza, Diego de Heredia, Juan de Luna, defensores de las libertades de Aragón» 540 . A comienzos del mismo año, además, se había formado una nueva sociedad patriótica, la Confederación de Comuneros Españoles , «llamándose quienes la componían Hijos de Padilla, nombre de un héroe castellano poco conocido hasta entónces, é injustamente tratado en la historia, que pasó á adquirir celebridad, sin comprenderse mucho su carácter ó sus hechos por quiénes se 538 G UTIÉRREZ N IETO , Juan Ignacio, Las comunidades... , op. cit. , p. 62. 539 M IÑANO , Sebastián de, «Diálogo entre dos caballeros comuneros, con ocasión de haber visto publicados casi todos sus secretos», en Sátiras y panfletos del Trienio Constitucional (1820-1823) , Madrid, 1994, pp. 463-468. El diálogo está fechado a 27 de abril de 1822. 540 La profesora Jarque Martínez, al hacerse eco de esta noticia, indica que las disposiciones relativas a los nobles aragoneses se encuentran en un documento firmado por Fernando VII ( J ARQUE M ARTÍNEZ , Encarna, Juan de Lanuza... , op. cit. , p. 12). Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 280 tradicional, con la novedad de tratar de dotarla de un soporte documental que satisficiera las exigencias científicas del paradigma historiográfico positivista entonces en auge. Liberalismo, patriotismo y crítica a la Casa de Austria, encarnada en las figuras de Carlos I y Felipe II, seguían siendo las directrices a seguir, como queda de manifiesto en la obra más significativa de esta corriente, la Historia General de España de Modesto Lafuente 566 , cuyo trabajo —que continuaron Juan Valera, Andrés Borrego y Antonio Pirala— «servirá de punto de partida de un aluvión de Historias de España», entre las que destacan las de Patxot y Ferrer (1857-1859), Cavanilles (1860) y Aldama (1860-1866), elaboradas desde supuestos ideológicos liberales, y la de Gebhardt (1861), compuesta bajo el influjo de Jaime Balmes 567 . El interés por recopilar fuentes documentales, perceptible desde el segundo tercio del siglo XIX, afectó de modo directo a los escritos sobre 1591. Como prueba de esta nueva sensibilidad merece destacarse el agradecimiento mostrado por José Morales Santisteban al cronista aragonés Jerónimo de Blancas «por haber reunido materiales suficientes para poderse formar una idea, sino [sic] completa, bastante exacta del mecanismo interior de aquel reino, y para juzgarlo con acierto» 568 . Igualmente, Salvador Bermúdez de Castro, preocupado por alcanzar un punto medio entre la apología y la acusación apasionada contra Felipe II, propugnó la necesidad de analizar documentos e incluyó un extenso apéndice documental al final de su obra sobre Antonio Pérez 569 . Y años más 566 L AFUENTE , Modesto, Historia general de España, desde los tiempos primitivos hasta nuestros días , Madrid, 1850-1859, 30 vols. Acerca del papel de esta obra en la forja del pensamiento nacionalista español, ver el artículo de J OVER Z AMORA , José María, «Caracteres del nacionalismo español, 1854- 1874», Zona Abierta , 1984, nº 31, pp. 1-22 y el trabajo de P EIRÓ M ARTÍN , Ignacio, «Valores patrióticos y conocimiento científico: la construcción histórica de España», en F ORCADELL Á LVAREZ , Carlos, ed., Nacionalismo e Historia , Zaragoza, 1998, pp. 29-51. 567 G ARCÍA C ÁRCEL , Ricardo, La Leyenda Negra , Madrid, 1992, p. 172. 568 M ORALES S ANTISTEBAN , José, «De la organización política del reino de Aragón», Revista de Madrid , 1839, t. I, p. 417. 569 B ERMÚDEZ DE C ASTRO , Salvador, Antonio Pérez, Secretario de Estado del Rey Felipe II. Estudios históricos , Madrid, 1841, p. 19. El apéndice documental, ibidem , pp. 353-409. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 281 tarde, en su discurso de ingreso en la Academia de la Historia, Salustiano de Olózaga propuso ofrecer al pueblo español «todos los materiales que su historia necesita» y «completar la grande obra de publicación ordenada de todos los documentos históricos que hasta ahora no han podido ser conocidos» 570 . Francisco Martínez de la Rosa, en su contestación al nuevo académico, fue más lejos aún. Tras hacer hincapié en la importancia de la publicación de los documentos reunidos por la Academia, añade: «Mas al propio tiempo es necesario, si no se quiere dar márgen á gravísimos inconvenientes, considerar los hechos pasados con relacion á su tiempo y á sus circunstancias, y no cometer una especie de anacronismo juzgándolos con nuestras preocupaciones» 571 . Sin duda se trata de una gran innovación con respecto al paradigma historiográfico vigente en los primeros años del siglo, e influyó de manera directa en la consideración del tema que nos ocupa. Pero, a pesar de todo, las preocupaciones políticas de los autores continuaron marcando de forma inevitable sus escritos. Así lo reconoció el hispanista francés Jean Sarrailh, quien, al analizar la labor historiográfica del último autor mencionado, constató que «il semble, en effet, que malgré son souci louable et incessant d'atteindre à l'exactitude, Martínez [de la Rosa] se soit laissé dominer par la politique: emprise redoutable et dont il est difficile de se libérer pleinement» 572 . Como afirmó, de forma muy gráfica, uno de los biógrafos de 570 O LÓZAGA , Salustiano de, «Caída de la Constitucion aragonesa. Discurso leido en sesion pública de la Real Academia de la Historia el 9 de Enero de 1853», en Estudios sobre elocuencia, política, jurisprudencia, historia y moral , Madrid, 1864, p. 90. 571 M ARTÍNEZ DE LA R OSA , Francisco, «Contestación al anterior discurso [se refiere al de Olózaga] por el Sr. D. —» en Discursos leídos en las sesiones públicas que para dar posesión de plazas de número ha celebrado desde 1852 la Real Academia de la Historia, Madrid, 1858, pp. 146-147. El hispanista Jean Sarrailh, en su estudio sobre Martínez de la Rosa, dedica un capítulo a la producción historiográfica del político granadino. Allí, tras destacar la cantidad de material bibliográfico y documental que manejó, especialmente de procedencia francesa, concluye que de historiador verdadero, De la Rosa tuvo también la preocupación de criticar, de confrontar las fuentes utilizadas, a fin de alcanzar la verdad ( S ARRAILH , Jean, Un homme d'État Espagnol: Martínez de la Rosa (1787-1862) , Bordeaux et Paris, 1930, p. 372). 572 «Parece, en efecto, que a pesar de su loable e incesante preocupación por alcanzar la exactitud, Martínez [de la Rosa] se ha dejado dominar por la política: influencia temible y de la que es difícil liberarse plenamente» ( ibidem , p. 358). Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 282 Modesto Lafuente, éste «fue político; de otro modo no habría sido hombre de su tiempo» 573 . El anacronismo denunciado por Martínez de la Rosa no era otro que buscar en la Edad Media los principios democráticos vigentes en el siglo XIX 574 . Superarlo supuso moderar en cierta medida el tono de los encendidos elogios dirigidos a la constitución aragonesa, que en algunos casos dejó de ser el modelo de legislación ideal que se pretendía años atrás 575 . Con todo, siguió siendo habitual afirmar que «Aragon ha sido la única sociedad europea que, en medio del caos de la edad media, supo darse una constitucion que sirviese de barrera al despotismo de los reyes, y de freno á los extravíos de la libertad» 576 , y elogiar al reino «que supo hermanar como ninguno otro ha sabido, ni en los tiempos antiguos ni en los modernos, el poder de sus monarcas, los privilegios de sus nobles y los derechos de sus ciudadanos» 577 . Del mismo modo, pervive la imagen de la decadencia de España bajo la Casa de Austria, embarcada en una serie de 573 T OBAJAS L ÓPEZ , Marcelino, Vida y obra de don Modesto Lafuente , Tesis doctoral, Universidad Complutense, 1974, p. 29. 574 Tal idea está presente ya en los escritos de José Morales Santisteban, quien, tras denunciar el carácter aristocrático de los fueros aragoneses, lamenta las invenciones del cronista Blancas porque con ellas «ha descaminado á muchos escritores modernos que han creido encontrar en él las mismas ideas de progreso y de independencia que fermentan en la Europa moderna» (M ORALES S ANTISTEBAN , José, «De la organización política...», op. cit. , p. 418). 575 El mismo Morales Santisteban rechaza la tradición política medieval y propone tomar como modelo a otras naciones cultas ( M ORALES S ANTISTEBAN , José, «De las tradiciones políticas del pueblo español en este siglo», Correo Nacional , 30 de mayo de 1840, nº 863, p. 3). No obstante, años más tarde el autor sostuvo que «si Aragon al reunirse á Castilla hubiera podido absorberla é imponerle sus instituciones, España entera habria presentado ántes y con mas perfeccion que Inglaterra el dechado de una monarquía templada por el elemento aristocrático y por el elemento popular, tan distantes de una oligarquía opresora como de una desorganizadora demagogia» (M ORALES S ANTISTEBAN , José, Estudios históricos sobre el reino de Aragón , Madrid, 1851, p. 4). Por su parte, Martínez de la Rosa hace notar que, a la altura del siglo XVI, «si aún subsistia en pie el antiguo edificio de la Constitucion aragonesa, estaban tan minados sus cimientos, que era harto difícil no viniese a tierra» (M ARTÍNEZ DE LA R OSA , Francisco, «Contestación...», op. cit. , p. 147). 576 M ORALES S ANTISTEBAN , José, Estudios históricos... , op. cit. , p. 3. 577 O LÓZAGA , Salustiano de, «Caída de la Constitucion...», op. cit. , p. 86. En parecidos términos se manifiesta Morales Santisteban al respecto de las virtudes de la constitución aragonesa, diciendo que «la nobleza tenía en ella asegurados sus privilegios, y el pueblo la independencia y la libertad de que gozaba. Todas las clases cifraban la seguridad de estos bienes en la conservacion de sus fueros» (M ORALES S ANTISTEBAN , José, «De la organización política...», op. cit. , p. 416). Otros autores resaltan la antigüedad del ordenamiento foral remitiéndose a la leyenda de Sobrarbe (B ERMÚDEZ DE C ASTRO , Salvador, Antonio Pérez... , op. cit. , p. 160 y ss.). Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 283 contiendas internacionales que sobrepasaban sus posibilidades y contradecían las «bases naturales» de la política de la Monarquía española: «la posicion aislada del territorio, las escasas fronteras, y esas fáciles de defender, ningun motivo perenne de desavenencia con otras naciones» 578 . En definitiva, el siguiente pasaje ofrece una síntesis perfecta del pensamiento progresista sobre las funestas consecuencias que la empresa imperial tuvo para España: «Hemos visto crecer aquel Imperio, bajo las alas protectoras d el águila de Carlos I, y regido por el duro cetro de Felipe II; pero aspirando ambos monarcas á darle desmesurada grandeza, á la par que destruian los fueros y libertades de la nacion, y se consumían en vanas empresas su vigor y sus fuerzas, fué decayendo con celeridad suma, que anunciaba, en un plazo mas ó menos cercano, su aniquilamiento y su ruina. Bajo el Augústulo de aquella régia estirpe, no parece sino que á la par del desdichado Príncipe iba á expirar la monarquía» 579 . Algún autor, como el mencionado Morales Santisteban, retrotrae las causas de la decadencia al reinado de los Reyes Católicos y afirma que éstos «estinguieron en ambas coronas el amor á las antiguas instituciones. Asi fué que cuando intentaron los comuneros resucitarlas, ayudados con el odio general á los flamencos, sucumbieron miserablemente en su empresa, y que cuando el Justicia instigado por los diputados del reino reunió un ejército, y un ejército de aragoneses, para sostener sus fueros, se desbandó antes de ver al enemigo. Solo quedó pues en España un simulacro de Cortes que gradualmente se iba desvaneciendo» 580 . Sin embargo, hay coincidencia en afirmar que Felipe II tuvo un papel destacado en el declive, dados «su aficion á un poder sin límites, y su celo religioso, intolerante y perseguidor» 581 . Estas cualidades llevaron a Modesto 578 M ARTÍNEZ DE LA R OSA , Francisco, Bosquejo histórico de la política de España, en tiempos de la dinastía austríaca. Discurso leido en sesion pública en la Real Academia de la Historia, el dia 22 de abril de 1855, por el Excmo. Sr. D. — , [Madrid, 1865], pp. 10-11. 579 Ibidem , p. 65. 580 M ORALES S ANTISTEBAN , José, «De las tradiciones políticas...», op. cit. , p. 3. 581 M ARTÍNEZ DE LA R OSA , Francisco, Bosquejo histórico... , op. cit. , p. 20. Modesto Lafuente se expresa en términos muy parecidos al definirlo como «ávido de poder y enemigo de toda ligadura que sujetara y Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 284 Lafuente a afirmar que «si no hubiera hallado la Inquisicion, la hubiera inventado él: pero se le habia anticipado en mas de medio siglo. La halló establecida y la hizo su brazo derecho, mas nunca consintió en que se erigiese en cabeza. Gustábale servirse de los inquisidores, pero dominándolos» 582 . En consecuencia, puesto que «las libertades de Aragon y las ideas de Felipe II en materia de soberanía eran incompatibles», el Monarca aprovechó la fuga de Antonio Pérez a Aragón y «obrando ab irato, primero contra los hombres y después contra las instituciones, envió primeramente al suplicio al Justicia Mayor, y á los gefes [sic] de los insurrectos, y mató después los fueros aragoneses» 583 . Las subsiguientes Cortes de Tarazona, convocadas por el Rey «para dar asiento á la completa pacificacion de Aragon y revisar la legislacion foral» 584 , pusieron punto final al episodio, que Lafuente resume en los siguientes términos: «Las libertades aragonesas quedaban ahogadas en la sangre de los cadalsos, como setenta años antes lo habian quedado las libertades castellanas. El hijo consumó la obra del padre. Las armas de Castilla ayudaron á matar los fueros de Aragon, como en expiacion de haber abandonado á las comunidades castellanas las armas aragonesas» 585 . Los autores de filiación progresista, lo mismo que sus antecesores liberales, consideraron que el conflicto de 1591 quedaba suficientemente explicado a partir de sus juicios acerca de la naturaleza de las «libertades» aragonesas y del carácter despótico de Felipe II. Tan sólo se añade, como restringiera el principio de autoridad» ( L AFUENTE , Modesto, Historia general de España... , op. cit. , t. XIV, p. 356). 582 Ibidem , t. I, p. 152. 583 Ibidem , t. XIV, p. 356. También Martínez de la Rosa destaca que, a pesar del arraigo de las libertades de Aragón, «ni aun asi pudieron preservarse del rigor de Felipe II, que aprovechó diestramente una ocasion favorable, para quebrantar el vigor de los fueros y minar sus cimientos» (M ARTÍNEZ DE LA R OSA , Francisco, Bosquejo histórico... , op. cit. , p. 19). En parecidos términos se pronuncia Antonio Alcalá Galiano al referirse a la ejecución de Lanuza, «en cuya muerte fueron quebrantadas las leyes de Aragon, las que rigen á todas las naciones civilizadas, y los preceptos de la justicia absoluta» ( A LCALÁ G ALIANO , Antonio, Historia de España... , op. cit. , t. V, p. 82). 584 B ERMÚDEZ DE C ASTRO , Salvador, Antonio Pérez... , op. cit. , p. 242. 585 L AFUENTE , Modesto, Historia general de España... , op. cit. , t. XIV, p. 386. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 285 precipitante de los acontecimientos, la fuga de Antonio Pérez, cuya caída se explica a partir del triángulo amoroso formado por el propio ex secretario, la Princesa de Éboli y Felipe II 586 . Apenas se presta atención al estudio de las condiciones que pudieran haber favorecido la sublevación del Aragón de los últimos años del siglo XVI. Simplemente se recuerdan la estrecha amistad que unía a Pérez con algunos próceres aragoneses 587 , la propensión de la población «á proteger y auxiliar á todo el que se acogia á la salvaguarda de sus fueros como á una egida contra la arbitrariedad ó las iras del poder real» 588 y el desairado papel jugado por la nobleza del reino, más preocupada por conseguir mercedes de mano del Rey que por defender sus fueros 589 . Pero en ningún momento se analizó el contexto político y social del reino, lo que hubiera permitido dar una explicación no sujeta a los planteamientos ideológicos del momento. Por ello, a pesar de denunciar el anacronismo de ver el pasado con los ojos del presente, hubo autores que no lograron comprender por qué fue tan fácil la victoria del Soberano sobre sus súbditos. En busca de una respuesta, hubo quien se limitó a constatar que «cuando, despreciada la autoridad del rey, se presentó el ejército en las puertas de Zaragoza, no se supo ni templarse ni resistirle» 590 . Otros expresaron su sorpresa al comprobar que «la insurreccion de Aragon, si tal nombre merece, nació muerta», e hicieron notar que «no acertamos á concebir cómo aquella ciudad solo pudo reunir un corto número de gente allegadiza, de tan escasos bríos, que se desbandó al primer amago, sin llegar á medir las armas. Ni siquiera se peleó por los fueros de Aragon lo que se habia peleado en Villalar por las libertades de Castilla» 591 . Por último, algunos denunciaron la obra de 586 B ERMÚDEZ DE C ASTRO , Salvador, Antonio Pérez... , op. cit. , p. 28. 587 Bermúdez de Castro recuerda que Pérez mantenía estrecha amistad con el Duque de Villahermosa, el Conde de Aranda y Don Juan de Lanuza, padre del Justicia ejecutado ( ibidem , pp. 115-123). 588 L AFUENTE , Modesto, Historia general de España... , op. cit. , t. XIV, p. 355. 589 O LÓZAGA , Salustiano de, «Caída de la Constitucion...», op. cit. , pp. 75-76. 590 B ERMÚDEZ DE C ASTRO , Salvador, Antonio Pérez... , op. cit. , p. 17. 591 M ARTÍNEZ DE LA R OSA , Francisco, «Contestación...», op. cit. , pp. 150 y 152. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 286 Jerónimo de Blancas «como un juego de ingenio, como un panegírico ostentoso y exagerado de un difunto», y encontraron en el fracaso de la resistencia a las tropas castellanas el argumento para probar lo artificial del sentimiento foralista aragonés 592 . En definitiva, la escasa resistencia ofrecida a Felipe II llevó a Antonio Alcalá Galiano a afirmar de modo contundente que «con poca razon se ha comparado esta breve guerra á la de las comunidades; viéndose claro que nada hubo comun á una y otra, sino el sustentarse en ambas doctrinas contrarias a la ilimitada extension de la autoridad real; pero la resistencia de los aragoneses a Felipe [II] no pasó de ser un alboroto pasajero que puso en poco peligro el poder ó el lustre de la corona» 593 . Según recuerda el hispanista Ralph E. Giesey, el Juramento de los aragoneses, los Fueros de Sobrarbe y el Privilegio de la Unión formaron, a lo largo del siglo XIX, un trinomio que sintetizaba las condiciones de la limitación del poder real por los aragoneses y que fue referencia obligada para los polemistas de la centuria 594 . En torno a 1850 se localiza la primera disputa, protagonizada por el Conde de Quinto, José Morales Santisteban y Antonio Cánovas del Castillo, que tuvo como fundamento la naturaleza y la forma del Juramento de los aragoneses 595 . Tomando como base su intervención en la Academia de la Historia, Quinto redactó en 1848 un tratado donde se proponía «luchar de frente contra una creencia, por mas que errónea, bastante generalizada 592 M ORALES S ANTISTEBAN , José, «De la organización política...», op. cit. , p. 419. 593 A LCALÁ G ALIANO , Antonio, Historia de España... , op. cit. , t. V, p. 82. 594 G IESEY , Ralph E., If not, not. The Oath of the Aragonese and the Legendary Laws of Sobrarbe , Princeton, New Jersey, 1968, p. 10. 595 He aquí las principales obras de esta polémica: M ORALES S ANTISTEBAN , José, «De la organización política...», op. cit. , —, «De las tradiciones políticas...», op. cit. , Q UINTO Y C ORTÉS , Francisco Javier de, Conde de Quinto, Del derecho de suceder las hembras á la corona de Aragon , Madrid, 1840, —, Del juramento político de los antiguos Reyes de Aragón , Madrid, 1848, C ÁNOVAS DEL C ASTILLO , Antonio, «Breves consideraciones acerca del juramento político de los antiguos reyes de Aragon, escritas con ocasion del libro que dió á luz con este título don Javier de Quinto», en Estudios literarios , Madrid, 1868, t. II, pp. 477-520, M ORALES S ANTISTEBAN , José, Estudios históricos... , op. cit. y Q UINTO Y C ORTÉS , Francisco Javier de, Conde de Quinto, Respuesta que á don José Morales Santisteban, autor de un folleto intitulado Estudios históricos sobre el reino de Aragon, se apresura a dar D. — , Madrid, 1851. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 287 entre propios y estraños» 596 , que llevaba a admitir como buena una fórmula del Juramento postulada, entre otros, por François Hotman y Antonio Pérez. Sometidas a dura crítica las tesis de ambos autores, el estudio propugna la existencia real de dicho Juramento, fruto del origen electivo de la Monarquía aragonesa, si bien apostillando que «era por aquellos tiempos tan comun y tan sencillo, que ninguno de nuestros antiguos coronistas lo considera como extraordinario, ni hace jamás de él una mencion particular que revele las desusadas dotes con que ha parecido ataviado en algunos libros de autores sobradamente modernos para que su simple asercion merezca mas fé que la de graves y contemporáneos escritores» 597 . Poco tiempo después, Antonio Cánovas, que elogió la erudición mostrada por Quinto en su obra, suscribió la opinión de éste acerca del carácter apócrifo de la fórmula del Juramento citada por Hotman y Pérez. No obstante, realizó un análisis crítico de su discurso, que le llevó a censurarlo por su oscuridad, por contener citas incompletas y manipuladas que le llevaban a conclusiones erróneas, y porque no afirmaba nada en concreto 598 . Más aceradas aún fueron las críticas que la obra del Conde recibió de José Morales Santisteban, cuyos Estudios históricos sirvieron para reafirmar su visión «aristocrática» del pasado constitucional aragonés, ya reflejada en sendos artículos publicados una década antes en la Revista de Madrid y en el Correo Nacional . La Respuesta de Quinto fue contundente, por considerar que Morales «llevaba por principal objeto desacreditar la antigua civilizacion española» y que «en medio de tal desvanecimiento, las cosas aragonesas merecieron privilegiada ojeriza al escritor, 596 Q UINTO Y C ORTÉS , Francisco Javier de, Del juramento político... , op. cit. , p. 10. El discurso, pronunciado el 2 de octubre de 1846, fue debidamente ampliado por el autor con todas las pruebas precisas para fundamentar su opinión. 597 Ibidem , p. 12. 598 C ÁNOVAS DEL C ASTILLO , Antonio, «Breves consideraciones...», op. cit. , pp. 477-484. El artículo fue publicado originalmente en 1849. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 288 al punto de consagrarles cuasi tanto espacio como á las demas de la Península juntas» 599 . Así, tras censurarle por transcribir citas y documentos interpretándolos incorrectamente o forjándolos a su libre albedrío 600 , el Conde apostilló que «por consecuencia de la corta penetracion crítica de los reparos en que insiste, tiene la desgracia de que hasta las autoridades que en su favor invoca, se conviertan asi que se las analiza y estudia, en otros tantos testimonios en favor de las opiniones y juicios que en el año de 1840 no menos que en el dia nos juzgamos en el caso y en el deber de sustentar» 601 . En último término, hizo una llamada a su rival para disputar con él cualquier punto oscuro de su exposición, advirtiéndole que, de persistir en su mala fe, entendería que no perseguía fin científico alguno y no se dignaría tomar la pluma para responderle 602 . Al parecer, la polémica no tuvo continuación. En todo caso, las críticas hechas por Quinto no impidieron que la visión progresista de los fueros siguiera siendo la predominante hasta la década de 1860, momento en que apareció, para rebatirla, la Historia de las alteraciones de Aragon del primer Marqués de Pidal. 2.4. El estudio clásico del Marqués de Pidal, reflejo del paradigma historiográfico conservador. La Historia de las alteraciones de Aragon de Pedro José Pidal, primer Marqués de Pidal, constituye, sin lugar a dudas, el estudio clásico sobre el conflicto de 1591, hasta tal extremo que a partir de su publicación se ha hecho habitual la utilización del término Alteraciones para identificarlo 603 . Buena 599 Q UINTO Y C ORTÉS , Francisco Javier de, Respuesta... , op. cit. , pp. 5-6. 600 Ibidem , p. 75. 601 Ibidem , p. 113. 602 Ibidem , pp. 197-198. 603 Conviene advertir, no obstante, que entre los contemporáneos del conflicto aragonés el término «alteraciones» fue uno de los muchos empleados para designarlo y que, en concreto, éste llegó a figurar en el título de algunas obras, como las de Cabrera de Córdoba y Bartolomé de Argensola citadas con anterioridad. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 289 prueba del éxito alcanzado en su época fue la traducción de la obra al francés a los pocos años de su aparición 604 . No obstante, ya antes de ser traducida era conocida en el país vecino, como lo muestra la carta dirigida al autor por el historiador François Guizot, en la que, entre otras cosas, subraya que «en vuestra narración habéis sabido unir la alta imparcialidad del historiador con el interés vivo y simpático del patriota» 605 . Al elogiar dichas cualidades en el trabajo de Pidal, Guizot descubre dos rasgos característicos de la obra, a la vez que denotativos del pensamiento historiográfico del autor, quien, en el prólogo que encabeza su estudio, confiesa que «por lo demas he procurado con el mayor esmero pintar al natural la época, de que hablo, no ataviarla con adornos postizos ni disfrazarla. Es decir, he procurado principalmente ser imparcial; ni hé escrito con espíritu castellano, ni con espíritu aragonés» 606 . Para ello Pidal se sirvió de gran cantidad de materiales editados y fuentes manuscritas, a los que tuvo acceso bien por puro azar —como él mismo reconoce—, bien gracias a eruditos como Pascual de Gayangos o Emilio Lafuente Alcántara, o bien a través de su propia labor de investigación. A su entender, el amplio elenco documental sobre el que se sustentaba la obra, que ha hecho de ella fuente de referencia inexcusable para cuantos hasta ahora han dedicado su atención a las Alteraciones , debía garantizar el rigor e imparcialidad de los juicios emitidos 607 . Así lo han reconocido recientemente los profesores Jarque Martínez y Salas Auséns, al señalar que «se ha seguido bebiendo en este trabajo, que es en realidad una fuente para cualquier estudioso que se adentre en ellas [las Alteraciones ]». Sin embargo, en su opinión, ello no ha impedido la 604 Philippe II, Antonio Perez et le Royaume d'Aragon, par M. le Marqués de Pidal , Paris, 1867. He tomado este dato de P ALAU Y D ULCET , Antonio, Manual... , op. cit. , t. XIII, p. 217. 605 La carta, fechada a 23 de mayo de 1865, es reproducida en Estudios literarios de D. Pedro José Pidal primer marqués de Pidal , Madrid, 1890, t. I, p. XXXII, nota 1. 606 P IDAL , Pedro José, Historia de las alteraciones... , op. cit. , t. I, p. XIX. 607 El autor da cuenta de sus fuentes ibidem , t. I, pp. VI-X. Igualmente, los tres volúmenes que componen la obra se cierran con sendos apéndices donde se reproducen abundantes documentos. Para un análisis detenido del estudio de Pidal, ver mi trabajo «El I marqués de Pidal...», op. cit. , pp. 287-304. Jesús Gascón Pérez Capítulo II. Cuatro siglos de historiografía: de las Alteraciones a la Rebelión 296 recurriendo a la metodología adecuada, iniciar el camino hacia las respuestas buscadas. 2.5. El Sexenio Democrático y los epígonos del Marqués de Pidal. La aparición de la Historia de las alteraciones provocó reacciones críticas, como la citada más arriba, que elogiaba la parte narrativa pero rechazaba, por errónea, la parte doctrinal del trabajo de Pidal. Las mismas razones movieron al político y jurista aragonés Manuel Lasala, miembro destacado del partido progresista , a censurar la obra. Lasala, que juzgó a Pidal como un «gran asegurador de trufas, y de comentos» 633 , criticó especialmente el tratamiento que dispensó a las Cortes de 1592 y sus desmedidos elogios a un Felipe II siempre respetuoso con los fueros del reino. Por ello, concluye el autor aragonés, «cuando con semejantes inepcias se tropieza (cosa muy comun en las Alteraciones del señor Marques) es preciso convenir, en que la pasion política traspone de tal modo su inteligencia que, trocando las reglas de la dialéctica, da en órden inverso á sus premisas, las consecuencias y apreciaciones que espone» 634 . Dejando a un lado las extremos as apreciaciones de Lasala, cabe destacar que la labor de Pidal mereció abundantes elogios, incluso entre quienes no compartían sus ideas. Prueba de ello es el testimonio del citado Cayetano Manrique, cuyo tono se percibe también en otros escritores coetáneos. Así, algunos años después, el historiador catalán Antonio de Bofarull manifestó que «como ordenado conjunto de noticias, [su obra] es digna de la mayor atencion», a pesar del deplorable intento del autor de buscar excusas que justificasen la actitud de Felipe II contra las libertades aragonesas 635 . Igualmente merece 633 L ASALA , Manuel, Las Córtes de Tarazona en 1592 , Zaragoza, 1867, p. 10. 634 Ibidem , p. 21. 635 B OFARULL Y B ROCÁ , Antonio de, Historia crítica (civil y eclesiástica) de Cataluña , Barcelona, 1878, t. VII, p. 205. [Document text truncated for crawler view.]