Full text
2012
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David Vila Viñas
El gobierno de la infancia: análisis
socio-jurídico del control y de las
políticas de infancia
contemporáneas
Departamento
Director/es
Derecho Penal, Filosofía del Derecho e
Historia del Derecho
Calvo García, Manuel
Director/es
Tesis Doctoral
Autor
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
Departamento
Director/es
David Vila Viñas
EL GOBIERNO DE LA INFANCIA: ANÁLISIS SOCIO-
JURÍDICO DEL CONTROL Y DE LAS POLÍTICAS DE
INFANCIA CONTEMPORÁNEAS
Director/es
Derecho Penal, Filosofía del Derecho e Historia del Derecho
Calvo García, Manuel
Tesis Doctoral
Autor
2012
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
Departamento
Director/es
Director/es
Tesis Doctoral
Autor
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
El gobier no de la i nfancia.
Análisis socio -jurídico de l control y
de las políticas de infancia
contemporáneas
Tesis para la obt ención del grado de Doctor
Programa de Do ctorado “Sociolo gía Jurídica e
Instituci ones Políticas”
Director: Manu el Calvo García
Autor: David Vi la Viñas
Tomo I
Zaragoza 2012
David Vila Vi ñ as. El gobierno de la infancia
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David Vila Vi ñ as. El gobierno de la infancia
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Índice
Introducción ........................................................................................... 9
1. Gobernabilidad e infancia: w e lfare y control penal .................................................. 10
2. Planteamientos teóricos y metodología .................................................................... 17
3. Un largo recorrido teórico y de intervención ............................................................ 24
Parte I. La goberna bilidad, marco de análisis socio -jurídico .............. 29
Capítulo 1. Michel Foucault. Noci ones f undam entales para la
articulación de un m arco de análisis s ocio - jurídico ............................. 31
1. Tres diagramas de la orga nización foucaultiana del poder: soberanía,
disciplinas, gobier no ..................................................................................................... 31
1.1. El poder soberano: elementos, límites, desplazamientos y persistencias ...... 33
1.2. La s sociedades disciplinarias y la normalización .......................................... 40
1.3. La formación de un marco de gobierno ......................................................... 44
1.3.1. Elementos de la gobernabilidad……………………………………..….4 5
1.3.2. Gobernabilidad liberal y surgimiento de la biopolítica ……………….. 57
1.4. Funcionamiento re combinado de los tre s dia gramas: las tecnologías,
los discursos, y los dispositivos ................................ ............................................ 72
2. Una perspectiva jurídica del pensamiento foucaultiano ........................................... 76
Capítulo 2. El g obierno de la incerti dum bre: seguridad , control y
riesgo .................................................................................................... 91
1. La formación de una actividad de g estión de la incertidumbre ................................ 94
1.1. De la “sociedad del riesgo” a la cuestión de la seguridad ............................. 95
1.2. Formación de dispositivos de previsión durante la modernidad.................. 101
2. Peligrosidad y norma lidad: la defensa social frente a los enemigos internos ......... 106
2.1. Configuración de los sujetos y de las poblaciones peligrosas ..................... 107
2.2. Tecnologías de inte rvención sobre las poblaciones peligrosas .................... 110
3. Algunas tendencias contemporáneas en el go bier no de la incertidum bre a
través del riesg o ................................................................ .......................................... 120
4
Capítulo 3. El gobierno de ‘lo social’. Apertura de un á m bito de
gestión de la incertidum bre ................................ ............................... 131
1. Genea logía de la especificación de ‘lo social’ ........................................................ 131
1.1. Tendencia individua liz ante: pode r pastoral ................................................. 132
1.2. Tendencia totalizante: razón de Estado, actividad de policía y
biopolítica ........................................................................................................... 135
2. La cuestión social: pro blematización de la inc erti dumbre en la modernidad ........ 140
3. Surgimiento y gubermentalización de 'lo social' .................................................... 148
3.1. La configuración de un gobierno de lo social en el liberalismo .................. 149
3.2. La evolución del gobierno de lo social hacia el welfare .............................. 158
3.2.1. Previsión, provisión y asistencia en la economía del welfare ………... 159
3.2.2. La formación de un "derecho socializado" ..…… …………………… 169
Capítulo 4. Control penal. Formación , tendencias e i m plicaciones
de las estrategias d e gestión del delito .............................................. 177
1. Configuración de un ámbito de control penal moderno ......................................... 178
2. Tendencias contemporánea s en el control penal .................................................... 199
2.1. Una racionalidad penal neolibera l: quiebr a d el pena l – welfare , control
de la excedencia y gobierno re flexivo ................................................................ 200
2.2. El empuje de las r acionalidade s neo -conservadoras en las estrate g ia s
contemporáneas de control penal: excepcionalismo y de fe nsa so cial ................ 221
2.3. La r eg ulación del riesgo en l a s estr ateg ias de control penal: enfoque
actuarial y crítica del gobierno del riesgo ........................................................... 236
Capítulo 5. E l go bierno a través de los m od os de subjetivación ...... 257
1. Un último pliegue e n e l tra bajo de Michel Foucault .............................................. 257
1.1. La cuestión del sujeto, la ética y la subjetivación ................................ ........ 257
1.2. Relevancia en la f ormación de la gobernabilidad moderna ......................... 263
1.2.1. Antecedentes: La configuración de un espacio de interve nción
sobre el sujeto como medio de g obierno……………………………… ……. 263
1.2.2. Formación de la c uestión en la gobernabilidad contemporánea …… … 272
2. I mportancia de un a producción funcional de subjetividad en las estrategias de
gobier no contemporáneas ........................................................................................... 278
2.1. Un nuevo escenario de g obi erno a través del sujeto .................................... 278
2.2. Algunas estrategias contemporá neas de sujeción ........................................ 291
2.2.1. I ntervenciones expertas sobre la conducta y la salud mental …….…...289
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
5
2.2.2. Otras estra te g ias d e inte rvención……………………………… …….. .306
2.3. Formulaciones alternativas de las estrategias de sujeción ........................... 312
Parte II. Un nuev o escenario de gobern abilidad social .................... 317
Capítulo 6. Transfor maciones generales en el marco de gobierno
social .................................................................................................. 319
1. I nstituciones, derecho y políticas públicas en el gobierno social ........................... 320
1.1. La consideración del Estado en el enf oqu e de g obierno .............................. 320
1.1.1. Cambios recientes…………………………………………………..…3 21
1.1.2. Ambivalencias en la disposición refle xiva del Estado………… ……. .334
1.2. Derecho y políticas públicas y sociales ................................ ....................... 336
1.2.1. Situación en el marco de gobierno……………… …….……………...3 40
1.2.2. Políticas sociales……………………………………………..………..34 6
1.2.3. Otros efectos de gobierno y control de las políti c as sociales………. ...353
2. Cambios y crisis en la gobernabilidad social welfarista ......................................... 358
2.2. El ascenso del neoliberalismo ...................................................................... 364
2.3. Una nueva economía políti c a y su impacto sobre el w e lfare ....................... 370
2.4. Transformaciones en el empleo y las pol íticas socia les: crisis del
empleo como medio genera lizado de integración .............................................. 378
2.4.1. Nuevas condiciones de empleo…………………………………. ……37 8
2.4.2. El workfare como régimen de regulac ión d e riesgos en la
gobernabilidad soc ial co ntempor ánea………………………………………. 384
2.5. Tr ansformaciones en las estrategias de gobierno social a tr avé s de l
sujeto ................................................................................................................... 395
2.5.1. El sujeto del gobierno social post- welfarista……………..…………...39 5
2.5.2. Nuevas estrategias sociales de subje tivación…………… …….…… ...401
2.6. Transformaciones en los saberes y prácticas internas del g obierno
social ................................ ................................................................................... 404
2.6.1. "Nue va g estión pú blica "…………………………………….………...40 4
2.6.2. Managerialización y estr ateg ias de gobierno a distancia………..…… 4 10
Capítulo 7. E l go bierno de la familia y de la infancia. ..................... 423
1. I nfancia. Caracterizaciones para el gobierno ................................ .......................... 424
1.1. La infancia durante el Anti g uo Ré g imen y su modernizac ión .................... 425
1.2. Una carac terización presente de la infancia ................................................. 431
2. La familia y su importancia en el gobierno de la infancia ...................................... 443
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riesg o, por ejemplo, los instrumentos y r a ciona lidade s de valoración de los riesgos,
como cuestiones de saber , destinadas a aislar y transformar determinada s
incertidumbres so c iales en materias c a lculables y , por tanto, sus ceptibles de en ca je en
una deter mi na da gubermentalidad, asimismo basada sobre el cálculo de l as c onductas
de los individuos, los g r upos y las poblaciones (M. Dea n, 2003: 177 -9; Ewald, 1991) y
orientada hacia e l mante nimiento de la se guridad.
Acerca d e estos temas, se ha tenido en cu e nta un segun do ‘conjunto do ctrinal’,
relativo al marco de gobierno del fordismo y d e Estado de bienestar ( welfare ), así como
a su evolución, en general y en nuestro contexto, desde los 1970s. Algunas de estas
investigac iones se inscri be n en el marco post -foucaultiano y se diri g en a mostrar los
procesos históricos de delimitación de ‘lo soc ial’ como un plano de gobierno
diferenciado respecto a l os campos tradicionales de la economía y la polí tica . También
como un ámbito en el q ue se sustancian muchos de los pro ce sos qu e ligan la bu ena
marcha del mercado, e s decir, la s eg uridad d e la economía , y las s ituaciones de
previsión de los riesg os sociales (Gordon, 1991 : 31), capaces de ci e rta intervención
sobre el plano económico a fin de f ortalecer el circuito general de su asegu ramiento.
A partir de la s egunda mitad del X I X, t al enfoq ue se estructuró en dos niveles.
Por una parte, a través de una combinac ión de disposit ivos de previsión abstracta que
partían de la relación salarial y se destinaban a protegerla de ciertos riesg o s, con
extenuante aprovechamiento de las vías de provisión familiar femenina. Por otra parte,
se estructuró mediante ciertos mecanismos de asistencia sobre las situaciones de
vulnerabilidad y desvi ación ajena s a la relación salarial , aunque estas pr otecciones
siempre fue r an más limitadas y en peores condiciones. Tal esquema a lcanz ó su cumbre
en e l rég imen for dista – welfarista poste rior a la II Gu e rra Mundial, por su capacidad de
atención funcional sobre las nece sidades estratégicas de crecimiento – acumulación y de
seguridad. En cualquier ca so, como es bien sabido, estas cuestiones están sujetas ho y a
una fuerte crisis de gobernabilidad. Por supuest o, estas perspectivas ta mbién se han
ocupado de tales tende n cias de crisis en el welfare , a través del a nálisi s de determinada s
políticas públicas.
Con este e nfoque, se r e alizó también una revalora ción de los agentes que
operaba n en este plano. Por una p arte , se reconocía la relevancia de agentes ex tra -
estatales en el funcionamiento del welfare pero ta mbién una cantidad creciente de estos
trabajos reconocía la necesidad de considerar al Estado en los procesos actuales. En el
presente, estas dos tendencias de análisis se han ex tendido, al seña lar un ‘v a ciamiento’ y
debilitamiento del Estado, a favor d e otras u nidades supra-estatales, pero también
regionales y loc ales, y de a g ent e s privados y comuni tar ios ( Jessop, 2004: 65). Pero
también existen enfoques que muestran una recuperación de c iertos rasgos de sobe ra nía
y un a centralidad alta de los instrumentos estatales en las estrategias de gobierno
contemporáneas. Esto se une a un a alta dificulta d de constituir y est abilizar planos de
gobier no eficaces, tanto en la intervención sobre la realidad d e gobierno como en su
misma considerac ión, al margen del Estado-nación.
La c onsideración de esta dimensión más “formalizada” del welfare ha motivado,
y a al mar g en de los governmentality studies , el análisis de las políticas sociales, en el
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
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sentido amplio de las destinada s a regular las materias específicas del welfare , pero
también sus dimensiones institucionales, técnicas y políticas (Erskine, 1998) . Éste ha
sido un objeto de interés, no solo para los enf oques foucaultianos, sino también para los
regulac ionistas e institucionalistas, como el de Jessop (1999c: 26), que han subrayado la
relevancia de estas cu e sti ones organizativas del welfare en la seguridad general. C omo
es obvio, a este presupuesto le siguen muchas discusiones acerca de cuáles son los
efec tos finales de las políti c as sociales ( B aldwin, 1990: 10, entre muchas), s obre todo en
el interior de un marco teórico que parte de no c ion es amplias de l ‘control social’ y que
conecta estas políticas s ociale s en ámbitos mu y espec íficos con polí tica s públicas más
ge nerales.
En las últimas dé cadas, estos tra bajos se ha n orientado hacia el a nálisis de las
dificultades que encuentra e sta g obe rna bilidad we lfa rista desde final es de los 1970s. En
ge neral, h an descrito largos procesos de declive, derivados d e las dificultade s para
mantener el circuito welfarista – fordista d e ‘ cre cimient o – creación de empleo –
ampliación de las previsiones sociales’ y de responder eficazmente a los retos
planteados por otras racionalidades polí tica s, que finalmente han desplazado muchos
rasgos de gobierno social hacia nuevas composi ciones. La virtud de m ucha s de estas
investigac iones es que no se centran solo en l a retracción del Estado respecto a la
previsión de ciertas incertidumbres sociales, si no que delimitan una acción positiva,
destinada a la producc ión de las condiciones de gobernabilidad post -industrial.
A su vez, otros estudios ha n contrapuesto est e declive al ascenso de otro
conjunto de opcion es gubernativas y, en definitiva, de un sentido común de gobierno ,
agrupados b a jo la noció n de ‘neoliberalismo’. Insistimos en esta a g rupación porque
tampoco pued e delimitarse taxativamente su co ntenido (Rose, 2006: 97), si bien su
campo de pro y ección es amplio, ya que aporta una nueva forma de con figur ar y regular
todos los aspectos de la vida social . En general, esta li ter atur a ha destacado qu e ,
respec to al modelo ante rior , el neoliberalismo promueve un cambio decisivo en, al
menos, dos órdenes de cuestiones: primero, el asegura miento activo de un ‘marco’
funcional al m ercado y, segundo, la p roduc ción de una sociedad fun c ional a esta
racionalidad de g obi erno. Este enfoque se ha conc retado también en el análisis de
múltiples innovaciones, procedentes de esta racionalidad y relativas a la orientación de
la política económica, a la organización de la producción y a la centralidad de los
procesos d e financiariza c ión , así como a los cambios que esto requiere y a la vez
produce en la sociedad. Otras investig a ciones se han centrado en los desplazamientos
referidos a las lógicas de valora ción de riesgos y en los dispositivos de previsión, así
como en la organiz a ción postfordista del tr a bajo y de sus c ondiciones (Boltanski, 2002)
y e n una retracción de la ‘socieda d salarial’ (Castel, 1997, 2004). Por supuesto, también
se registran desplazamientos en las políti c as asistenciales, que se debilitan en sus
dimensiones más abstractas y univers a les pa ra p asar a hibridarse con las políticas de
activación labor a l y a c entrarse en d e terminados grupos d e riesgo (Cast e l, 19 92: 32-5;
Navarro, 2006: 270-2).
El tercer conjunto de investigaciones que debe considerarse se refier e a l a
situación de la infancia y la familia. Algunos de estas investiga ciones (Donzelot, 1998 ;
14
Bell, 1993, 1996; Ashen de n, 1996) pueden ins c ribirse con claridad en el desarrollo de
los enfoques foucaultianos. Sin e mbargo, el grueso de las refe rencias más específicas ha
considerado la posic ión de la familia y la infancia desde otras perspectivas.
En un plano familiar, desde los 1980s, han proliferado las investi ga ciones
destinadas a ex pone r y analizar las profundas transformaciones en la configuración y
funcionamiento de l as formaciones familiares . Esto se ha conocido como una
postmodernización de la vida familiar y como un progresivo r ec onocimien to jurídico y
político
1
, más o menos co mprensivo seg ún el contexto, de la pluralidad de formaciones
familiares y de sus fu nciones. En ciertos casos (Finch, 1989; Finch y Masson, 1993;
Masson, 2008; L u ckoc k , 2008), estos e studios se dedicaron a ana lizar la provisi ón
interna de las familias, mientras que otros (J . Le wis, 2005, 2006a, 2006b, 2011; Watson,
2000; Daly, 2003) se orientaron a determinar los regímenes de articulación de esta
producción dentro de los regímenes de gobierno fordistas – welfaristas y , más adelante,
de los postfordistas – workfaristas
2
.
Estos estudios mostra ban también la relevancia que t enía la familia en el
gobier no de la infancia, por e jemplo, en cua nto a la delimitación de los contornos de
estas instituciones, de la posición jurídi c a y social que s e si g ue de las relaciones d e
parentalidad y de las propias prácticas f amiliares. De hecho, análisis gene alógicos
habían mostrado la convencionalidad y l a dific ultad de consolidar un ámbito para la
vida familiar, que pudiera servir como espacio de realización personal pero también,
como medio de g obie rno frente a los distintos problema s sociales qu e se d e riva ban de la
industrialización, como el ase g uramiento de la reproducc ión soci al (Dalla Costa 2009
[1977]). A su vez, debía servir de medio de integración de las nuevas generaciones
dentro de los esquemas precedentes de relaciones sociales (Donzelot, 1998, entre
muchas).
Evidentemente estos est udios sobre políticas fa miliare s tenían variaciones muy
significa tivas. Por una parte, respecto al contexto de los Estados sociales sureuropeos,
mostraban la ma y o r dependencia de sus sociedades respecto a l a provis ión fam iliar,
dada la debilidad del apoy o a la infancia desd e la s inst ituciones públicas
3
. A la vez, se
exponían otros contextos instit uc ionales en que el gobierno de la infancia contaba con
una provisión pública, e incluso empresarial, mayor.
Por otra parte, los actuales procesos de transformación social sobre la familia
también han sido objeto de estas investi ga ciones. Sin que el fordismo pudiera asimilarse
con una total homo geneidad en l as formaciones famili a res (Smart, 2003, 2004, 2009b,
entre otras), sí se h a n identificado notables cambios. Algunos son cambios cuantitativos ,
referidos a los rasgos que definían la vida fa miliar, como el número de hijos, la
1
Vid. los trab a j os de Maclean (199 4, 2009), Eekelaar (1 9 84, 1992 , 1 994, 1997, 20 0 6 ) , ente
otros/as autores/a s a f ines. Con este obj eto, q u izá las i n ve stigacione s más afines a los plantea m ientos de
los go vernmentality studies sean las de Smart (2003 , 2004, 2009 a, 2 009b; y con Shipman, 2004) o las d e
Brannen (1999 ) y McKee (2009).
2
Algunos d e estos trab ajos tuvieron ad emás una fuerte consider ación d e los estrato s infantiles
(Ridge y Millar, 2011, 2009; Ridge, 2011)
3
Los trabajos de Flaquer (2006, 2005, 2004a y b) o Navarro y Reynolds (200 9 ) han delimitado
este régi m e n familiarista, mie n tras que la situació n de la infancia q u e se deriva de ello p u ed e verse en
Rodríguez Pascua l (2007), Almeda (2 002) o Picontó (2011 , 200 9 )
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
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composición de los hogares o la estabilidad de las uniones . Por otro lado, se identifican
cambios más cu a litativos, relativos a la posición de la familia en los r eg ímen e s de
previsión de riesgos, a la individualización de las tray ectori as y a la plura liz ac ión de las
composiciones familiares. Estos cambios diero n lugar a los citados análisis de
postmodernización de la vida fa miliar e incluso de de s-familiarización de la vida social
contemporánea, si bien, desde los enfoques referidos, se han matiz ado mucho estos
argumentos.
Por otra parte, esta literatura identificaba, en el contex to de pluralización de las
fo rmaciones familiares, determinadas situacion e s de especial vulnerabilid a d. Esto, que
lógica mente se li g aba a un riesgo respecto a los procesos de socialización de la infancia,
era objeto de políticas sociales especiales.
En particular, la literatura ha si do profusa en cuanto a las situaciones derivadas
de la ruptura familiar y de las f a milias con una sola persona a c a rgo, aunque también ha
atendido a las situaciones de pobreza que viven las familias, y, en particular, la infancia
dentro de ellas, así c omo a las crecientes dificultades de crianza . En estas políticas de
gobier no de la infancia a través de la familia ce ntradas en ciertos grupos v ulnera bles s e
ha identifica do un c ambio notable, desde los 1990s, con el desplieg u e de unas políti c as
sociales workfaris tas . Estas políticas se han destinado a fortalecer la empleabilidad de
las personas adultas a cargo de las familias mediante una singular combinación de
políticas fiscales, a y udas a la crianza para reduci r los costes de la activación laboral y
políticas de empleo.
Por su parte, en el plano relativo a la infancia, desde los 1990s en los Es tados
nórdicos y sobre todo en los 2000s a escala interna cional, se desarrollaron una serie de
investigac iones, encuadradas en los llamados c hildhood studies (‘estudios de infa ncia’).
Estos trabajos reconoc ieron la especificidad de la infancia, tanto desde una perspectiva
sociológica y más estructural, en una sociedad estratificada po r edades y donde la
condición infantil tiene un fuerte e fecto discr iminante (Qvortrup, 2009, 2007; Olk,
2009; Alanen, 2009, 2007, entre otros/as), como desde el reconocimiento de la agencia
y c a pacidades productiv a s, culturales y emocionales de los/ a s men ores (Honig, 2009;
James, 2009). Se trata de un giro significativo y a qu e, hasta el mome nto, se habían
considerado d estinatar ios pasivos de las políticas públicas o del tratamiento de sus
familias.
Ya antes, cierta historio g r a fía (Ariés, 1987; Tucker, 1994, ent re otras) había
identificado la evolución de la infan c ia a t ra vé s de distintos per iodos hist ór icos, de
manera que se hacía visible la convencionalidad de la ‘ca tegoría infancia’ en cada época
y sus lí ne as d e transformación en el p re sente. Sobre esta base, los childhood studies
mostraban la v a riedad de ‘infancias’ a qu e respondía hoy est a categoría, en función de
las principales divi siones sociales y las funciones sociales de cada una de ellas en l a
reproducción del ré g imen for dista – welfarista, así c omo en sus transformac iones
actuales.
Otras muchas investi gaciones se han ocupado de los cambios que están
afec tando a la infancia. Éstos son visi bles en ámbitos de estudio relevantes para nu e stra
investigac ión, como las pr ácticas d e trabajo social y las políticas so c iales relacionadas
16
con el tratamiento de la infancia en sit ua ciones de riesgo (Pa rton, 1996, 2008), los
objetivos y técnicas operativas en el ámbito educ ativo (Ball, 2006; W a lkerdine, 2000;
Tadeu, 2000; e incluso, en España: Larrosa, 1995; Varela, 2002 y con Álvarez -Ur ía,
1991c) o en e l ámbito del control social formal.
Como se indicó al inicio, en el ámbito del control formal d e la infan c ia, h emos
hallado un espac io de cruce mu y fé rtil entre nuestros int e reses in icia les y las
perspec tivas post-foucaultianas. En los análisis g enera les, algunas investigaciones han
tomado esta orientación de manera explícita (Rose, 2000, entre otras) . A partir de aquí,
conforme s e concentran en el an á lisis de los s istemas de respons a bilidad y control
formal de menore s, éstas abandon an ciertos rasgos, digamos, ‘anti - criminológicos’ de
las investigacio nes foucaultianas o de la propia ‘criminología crítica’ ( B aratta, 1984;
Bergalli, 2003), para centrarse en los mecanismos que son operativos en sus contextos,
en su crítica especializada y en sus posibilidade s de mejora. En particul a r, el contexto
ang losajón, sob re todo el inglés y ga lés (Goldso n, 2006, 2010 y 2011; Muncie, 2002,
2007, entre muchas), ha mostrado innovaciones muy relevantes en estos dispositivos de
control formal de la infancia. Éstas s e refieren a nuevos objetivos de control, pero
también a formas de dis eño e implementación de estas políticas , bajo el epígrafe de la
‘nueva gestión pública ’ . A este respecto, el contexto españo l también ha v ivido cambios
notables en la últim a d éc ada, en torno a l a ap robación de la LORPM 5/2000 y sus
sucesivas modificaciones, que han sido objeto de una abundante literatura socio-jurídica
(Fdz. Molina, 2008; Bernuz, 2005, entre otras).
Los análisis específicos respecto a este ámbito del control formal de la infancia
resultaban también muy útiles a esta investigación, y a que permitían concretar aquí
cuestiones a nalizadas con carácter general. Ello lo hace posi ble un ámbito delimitado
con bastante autonomía (aunque los vínculos con otros órdenes de g obierno son siempre
decisivos) y homo g enei da d, sobre todo si se mi de en compa ra ción con el resto d e
políticas de infa ncia, mu y fragmentadas y estructuradas en niveles de difícil
homologac ión. Además, la confluencia entre las investigaciones específicas y las que
adoptaban un enfoque post-foucaultiano más general, permití a d eter mi na r la
especificidad de este plano de control formal de la infancia, primero ge nealógicamente
en su separación del control for mal de adultos y de otras formas de control de la
desviación infantil y juvenil, y de spués, en e l presente.
Por supuesto, en este ámbito también tienen reflejo desplazamientos que la
literatura había señalado para otros campos, como la managerialización de las agencias
y las formas de or g aniz ación, así como otros movimientos derivados de l as exigencias
de los objetivos de la g obernabilidad post - welfarista: creac ión de nuevas agencias,
redistribución de las responsabilidades en el control hacia los destinatarios, la
comunidad y el sector privado o socialización de las estrategias de control formal, tanto
por su inclusión en espacios extra-penales como por su rea rticulación con estrategias de
gobier no social.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
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2. Plantea m iento s teóricos y metodología
En definitiva, se ha partido de una se rie de herramientas teóricas y
metodológica s con las que realizar una a prox imación a las políticas de infa ncia capaz de
aportar resultados novedosos en estas mate rias.
El gobierno d e la infancia se va a abordar a través de un doble movimiento de
análisis. P or una parte se centrará e n la alta especificidad del g obie rno de la infa ncia en
los distint os contextos espaciales e inst itucionale s . Por otra, en sus dimensiones más
ge nerales, que son, en definitiva, el mar c o de posibilidad de lo que ocurre en cada
ámbito (Jessop, 2011: 65-8) y l a vía para que no permanezcan aislados y puedan dotar
de sentido al tratamiento científico.
Ya se apuntó que est a tar e a se re a li zaría d esde un ma rc o t eórico post -
foucaultiano, pero conviene aclarar cuál es el sentido y las distancias co n que éste se
distingue de las propuestas foucaultianas. En pri mer lugar, conviene aclarar qué pe rf il
de su obra va a vertebrar este marco, p a ra de finir después en qué sentido se va a
considerar. A este respecto, se h a n seleccionado los trabajos finales de la ‘ se g und a
época ’ , que tienen su muestra más tí pica en los c ursos de 1977 -8 y 1978-9 en e l Collège
de France , titulados respectivamente , ‘Seguridad, territorio, población’ y ‘Nacimiento
de la biopolítica’ (Foucault, 2008, 2007). Los tr abajos ba jo esta orientación, más allá d e
los cursos citados, si guen centrados en las relaciones de poder, como corresponde a la
ge neralidad de los trabajos de esta e tapa. Sin embargo también existe el propósito de
buscar, a partir de la definición de las condiciones de emergencia, ex pansión y
funcionamiento de á mbi tos conc retos del saber y del ejerci cio del poder (como la
prisión, la clínica, la sex ua lidad, etc.), sus posibil idade s de estructuración y de
ge neralización d e ntro d e ámbitos fundamentales para las estrategias de ejercicio del
poder en nuestras socied ade s . Por ejemplo, esto ocurre a través de la economía política,
las cienc ias de la administración y del Est ado o la formación de las racionalidades
liberales y neoliberal e s. Este movimiento pe rmitió la delimitación de la
gubermentalidad , que es el marco principal de desarrollo post -foucaultiano. Por una
parte, la guberme ntalida d se re fiere a los saberes producidos con objeto de gobierno , es
decir, con obj eto de configurar las posibilidades de acción de los otros . En e sta
actividad de gobierno o de gobernabilidad
4
, se podrá n analizar dist intos regímene s de
práctica s estructurados. En particular, cuando di chos análisis se refieren al presente, se
observa que esta actividad de gobier no se configuró, d entro del liberalismo, como un
saber y una actividad ligada a l a economía políti ca y a unos dispositivos de se g uridad
que combinaban las técnicas pastorales, el dispositivo diplomático-militar y las ciencias
de policía (F oucault, 1999e).
Sin e mbargo, d e ntro de e ste marco teórico de la gobernabilidad, no se produce la
ge neralización d e un a s ola racionalid ad polí tica que pasara a organizar los distintos
ámbitos de gobierno. E n la práctica y aunque partamos de estas reglas generales de
funcionamiento, siempre existe relación, con sus hibridaciones y co nf lictos, entre
4
G ouve r ne o gouvern ement , en Foucault (2008 : 93-4).
18
distintas ra cionalidades políticas. Es decir, ex isten en cada época distintas posibilidades
de disposición, objetivos y técnicas en la acti vidad de gobierno y , por tanto, la
posibilidad de config ur a r el ámbito de gobierno e intervenirlo de sde distintas
gobernabilidade s.
A partir d e este enfoq ue , se analizarán distintos regímenes generales en el
ejercicio del poder, que definen modelos de organización y de ejercicio hegemónicos
para determinadas épocas y en re lación con ciertos campos d e actividad. En particular,
el diagrama de la gober nabilidad se pondrá en contraste con el que organiz ó antes las
llamadas sociedades de soberanía y d espués las sociedades disciplinarias . Por
supuesto, es este marco de gobierno el que más nos interesa (Foucault, 1999e: 194 -5),
en su doble sentido (Gordon, 1991) de int e rvención estratégicamente estructurada sobre
las posibilidades y condi ciones de la acción de los otros, por una parte, y de reflex ión
sobre la propia activida d de gobierno ( gubermentalidad ). Esta actividad de gobierno
incluye el c itado pensamiento sobre l a materia, pero también una pluralidad de medios,
objetivos, procedimientos, aparatos, prácticas, etc. forj ados en el proceso de
gubermentalización, con cierta centralidad del Estado (Rose, 1996c: 42), consolidado
como un ámbito prevalente de ‘ problematización ’ política en esta é po ca
5
.
La constatación de esta variabilidad en l as perspectivas de gobierno obli g a a l a
investigac ión a recorrer distintos campos del tratamiento de la infancia, d esde aquellos
que tienen impacto en la configuración de las co ndiciones generales de gobierno a los
más específicos. Tambié n dentro de éstos, es importante precisar en cada ámbito la
influencia d e las distintas racionalidades de gobierno en liz a , qué técnicas se
corre sponden a cada una, qué li mitac iones encuentran, cómo mejorar sus resultados, etc.
Algo qu e también c arac teriza a este e nfoque post - foucaultiano de la
gobernabilidad es su tratamiento desnatura li zante de los distintos elementos que e stán
en la base de los discurs os y las estr ateg ias de gobierno. Al contrario, es ta perspectiva
muestra la contingencia de esas confi g uraciones de los objetos de gobier no y las
dificultades analíticas que supone tomar como pu nto de partida a esos obj etos, agentes
y , en d e finitiva, mar c os de gobierno. L o qu e se propone es delimitar los procesos
históricos y políticos de delimitación de esos objetos a fin de mostrar las condiciones y
los presupuestos en referencia a los que se establ ec en las estrategias de gobierno, tanto
en un plano general como en uno ce ñido a la infancia.
Esta premisa invita a una mirada genealógica sobre los el e mentos que ho y
conforman los distintos escenarios de gobierno. En la p rá ctic a , esto llevará a la
consideración de los pr oc esos históricos de fo rma ción de esos elementos, con e l
objetivo de poder contrastar su situación presente con otras situaciones históricas que
también estuvieron mu y asentadas y se tuvieron por “naturales”
6
. Por tant o, el sentido
5
Aunque las perspec tivas po s t-foucau ltianas de gobierno han mantenido aquí no tables
discusiones sobr e el rol, más o menos d escentrado, del Estad o, sí co in ciden en un rec onocimiento más
amplio, m ultidireccio n al y het erogéneo de los agentes que c abe considerar en su i n ter ior.
6
Subra y a m o s que lo relevante para la inv estigación, al m o do foucaultia n o, no es el momento en
que se i n ician estos cambios, en que aparecen, p or ejemplo, los n u evo s enunciados, sino el mome n to e n
que tales ca m b ios empiezan a ser obj eto de regularización, es decir, cuan d o se m odi f ican, co n efectos m á s
generales, los regí m enes de enun ciac ión (Dele u ze , 1990: 159 -61).
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
19
de las referencias históricas en esta investigación se toma siempre por su re lación c on el
presente, como un ‘diagnósti c o del presente’ (Sauquillo, 2001b: 17), a partir de lo que
permite decir de éste
7
. P or lo demás, el o bjetivo es enfatizar las tendencias
contemporáneas de cambio social, aclarar sus condiciones de posibilidad (Valver de,
2006: 9) y analizar el funciona miento actual de los ámbitos de gobierno tratados, por
encima d e su pro g ram a o de sus condiciones de emergencia histórica
8
. Por ejemplo, el
ámbito de la reforma d e la infancia ( vid. infra cap. 9) constitu y e un bu en campo d e
expresión de estas dinám ica s , ya que se refleja la manera ambivalente y di acrónica con
que se realiz a n las innovaciones gubernativas y se abren los marcos de posibi lidad de
sus transformaciones, frente a otras visi one s centra d as en una t ensión entre las
tendencias históricas hu manizadora s y l as punitivas en el gobierno de la infancia
desviada.
Al mostrar la contingencia de los objetos de gobierno, de los proce sos hist óricos
en que se han formado, de los discursos que los agruparon y de las estrategias que
proponen un det e rminado tratamiento de estos asuntos, se observa un vínculo mu y
notable entre la man era en que se c onfiguran estos a suntos y los modos que se proponen
para su gestión. Existe así un vínculo entre la delimi tac ión de los problemas de gobierno
y las soluciones que se proponen a tales asuntos. F ouc ault (2002b: 107) y a proponía este
“ estudio de (los modos de) problematización” , ya que la actividad de gobierno no es
solo una gestión de asuntos y de objetos pre -existentes, sino que es precisamente la
actividad de configuración y disposición de es os elementos. En de finitiva, es una
actividad de probl e matización que adelanta las soluciones de gobierno (Rose, 1992:
10).
Este enfoque desplaza los análisis desde las políticas públicas y los anticipa
hacia las c arac terizaciones que han elabo ra do lo s distint os saberes de gobierno. S i las
cuestiones de saber y de verdad se sitúan como un foco analítico principal, conviene
aclarar la sin g ular caracterización que tienen en el ma rc o foucaultiano y post -
foucaultiano, sobre todo en cuanto a su h ibridación con las relaciones de poder. A
diferencia de las conce pciones repr esiv as o ne g ati va s del pode r, se t rata de u n poder que
interesa sobre todo por sus efectos productivos, por las relaciones que es capaz de
establecer, los sujetos c uy a c onstitución puede i nc itar, etc. Ello, sin perjuicio de que
estas relaciones adquieran, tanto en su activación normalizada, como a partir de ciertos
márgenes de tolera ncia, un carácter restrictivo del abanico de posibles.
Sin embarg o, esta consi dera ción de las relac iones de poder no es aislada y ,
quizá, la dimensión que más interesa a esta investigación es su articul ación con las
7
Co m o indica Deleuze (200 6a: 154 ), “la histo ria, según Foucault, nos cerca y nos delimita, no
dice lo q u e somos sino aquello de lo q u e diferi m os, no esta blece nuestra identid ad sino que la disipa en
favor de eso otro que somo s”. En Ca s tel (1997: 14 ) esta perspec tiv a g e nealógica se expone como
“volverse hacia el pasado con un interroga n te que es ho y en d ía el nuestro”. Vid. también Ve yn e (2 009:
16 -9).
8
Po r supuesto, también existe n enfoques críticos con este tr atamiento genealógico , por eje m plo ,
por par te de Haber m as, relati vos al car ácter hermenéutico de este tratamiento (Hab ermas, 19 89: 291 -2,
331 - 3) y a un cierto ‘presentis m o ’ (J anicaud, 1 990: 283). Ver ta m b ién las crít icas de Garland (19 85)
respecto a las referencia s que se usan e n el á m bito d el contro l penal, en la órbita de ‘Vigilar y ca s tigar ’
(Foucault, 1978 ).
20
cuestiones de c onocimiento o de verdad. Por e jemplo, buena parte de la l iteratura post -
foucaultiana se ha organ izado en torno a la noción d e saber-poder y, en definitiva, al
estudio de los regímenes de verdad que se organizan en los distintos campos de
gobier no, en el entendid o de que, lejos de cualquier idealismo, se encuentran en una
conexión estrecha con las cuestiones de gobierno más prácticas ( F oucault, 2007: 37) .
Así, el objetivo es delimitar las condiciones de producción de verdad sobre la infancia,
en función de los distintos grupos y sujetos y en relac ión con cada ámbito institucional.
La relevancia que esto tiene p ara las relaciones de poder pro ce de de la
funcionalidad entre ambas dimensiones, que sustitu y e a la tra diciona l relación de
exclusión. Por un lado, las innovaciones y ampliaciones del conocimiento en
determinado ámbito no suprimen, en éste, las relaciones de poder, sino que más bien
desactivan una s, abren la posibilidad de otras, est ablecen espacios nuevos de relac ión y,
por tanto también, de i nfluencia. Por otro lado, tampoco la producción posible de
conocimiento, de e nunciados verdaderos, vi e ne determinada po r una situació n general y
exterior respecto a las relaciones de pode r, sino que más bien está condicionada (pero
también posibilit a da) en cada campo y siempre de manera específica conforme a las
reglas de veridicción q ue ri g en y se modi fic an en dicho ámbito. Por ejemplo , el
reproc he form a l a los infractores menores d e edad está condicionado po r las relaciones
ge nerales de poder, hasta el punto de que no cabe hablar de uno sin ref e rencia a las
otras, pero no es posible e ntender cuestiones específicas de este ámbito ( por ejemplo,
cómo se d eter minan y se ejecutan las sanciones), sin atender a las reglas específica s de
producción de verdad en esos ámbitos: cuándo se define la responsabilidad, qué índice
de riesgo se considera para individualiz a r la intervención sancionadora, etc.
Así pues, las cuestiones de saber son decisivas en todas las escalas de análisis ,
no solo por sus efectos d e refuerzo sobre la legitimidad de ciertas relaciones de pod e r,
sino como medio de formación de los asuntos de gobierno, de sus agentes, instit uciones,
espacios, objetos, técnicas, etc. Por tanto, no se trata de d eter minar la verdad o el
acierto, y de ahí la legitimidad, de las dinámicas que se van analizar, sino sus
condiciones de fo rmac ió n y , por ende, sus posibilidades de evolución , que finalmente
afec tarán también a las posibi lida des de producc ió n de esos discur sos verídicos.
Por ello, un objeto r e currente de esta investi g ación y d e otros tr a bajos de los
govermentality studies son las ‘prá cticas discursivas’. De he c ho, la noción de ‘prác ticas
d iscursivas’, e n cont ra ste con la de ‘discursos’ , s e elige para subra y ar el aleja miento de
una posi c ión que Fouca ult (1999j: 47 -51) denunciaba como ‘elisión de l a realidad del
discurso’ y una ‘sobe r anía del si g n ifica nte’ en la f ilosofía, re lativa a una su pre sión de la
distancia que media entre el pensamiento y el habla . Por tanto, se usa para enfatizar sus
efec tos sobre el exterior de quien dice y del propio enunciado
9
.
Es evidente que este senti do prác tico de los discursos insta a un a sue rte d e
‘batalla por el discurso ’, esto es, al intento de e stablecer un a serie de est ra te g ias y de
9
Como se ñ ala Mo rey (1987: 1 4), “producir el sentido es h oy la tarea (…). T am b ién eso tienen
en co m ún Foucault y Deleuze , y tal vez sea lo f undamental, el presupuesto d e que el discursos debe ser
una máq u ina q u e pr oduzca efectos de se ntido, con sus verdades específicas, q u e se traduzcan e n
acontecimiento s al entrar en c onexión co n el exterior”.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
21
tecnolog ías de incitación, de tratamiento y de orientación de tales prácticas discursivas.
Y que ello exige a nálisis de esas técnicas, en su r elac ión con el gobierno de la infancia .
Por supuesto, tal análisis no implica solo la consi dera ción de las reglas int erna s de e sos
discursos, sino sobre todo la de sus condiciones “exteriores” de producción. Un aspecto
del complejo saber-poder se refiere precisamente al modo d ifere n cial y
estratégicamente orientado con que los enunc iados se articulan, o se inhiben, en torno a
determinados nodos de poder (Deleuze, 1987: 43-4).
Por tanto, todas estas cuestiones de saber, en la medida en que delimitan el
propio marc o de gobierno y l a posibilid ad de sus racionalizaciones e int e r venc iones, se
sitúan como un foc o principal de la inv estig ación. Y esto tiene sentido, tanto para un
ámbito general de gobierno, como para los distintos á mbitos de gobierno de la infancia,
que están muy lejos de ser simples escenarios dados.
Por otro lado y aunque se ha indicado qu e no existe una sola racionalidad
política que dirija todos los ámbitos de la vida social, la evolución de los regímenes de
ejercicio d el poder ha estado muy m arcada por la hegemonía de al g unas r a c ionalidades
de gobierno. En p a rticular, el desarrollo del liberalismo y , de man era m ás reciente, del
neoliberalismo. La gubermentalización del ejercicio del poder está marcada por el
desarrollo conexo del lib era li smo como rac ionalidad política dentro de cuyos esquemas
se generaliza este proces o. Desde esta perspectiva, el liberalismo se consi dera un ethos
de la acción de gobierno (B urchell, 1996: 21; B arry, 1996: 8), qu e la re stri nge respecto
a cier tos asuntos, la alienta en otros y coadyuva a la delimitación de todos ellos . Ahora
bien, con frecuencia, es te efecto sobre la acción de gobierno se rea liza de manera
integrada junto con ot ras racionalidades políti c as (M. D e an, 2003: 52) , como las del
Estado del bienestar, de soberanía o las racionalidades conservadoras.
Aquí se a dvierte que, como se indicó, el marco teórico pr esentado no busc a tanto
la fidelidad e stricta a la obra foucaultiana, como un ejercicio de tra ducción y vol cado
hacia el pre s ente en ámbitos y disciplinas alejadas, en principio, de las foucaultianas.
Con este fin, el estudio de las ‘racionalidades políti c as’
10
, como el liberalismo y el
neoliberalismo ( v id. inf ra cap. 6), puede ser un buen medio, siempr e que éste se
encuadre bien. Por un lado, conviene subrayar q ue no ex iste una total homogeneidad
dentro del liberalismo, ni de sus actualizaciones, como racionalidad de gobierno, ni
tampoco una definitiva sust ituc ión de “racionalidades anteriores” . M á s bien, las
articulaciones entre distintos c ompl e jos tecnológ ico s – discur sivos se producen de
manera sin g ular en c a da ámbito . Esto conlleva habituales contradicciones e
integraciones forzadas, que exposiciones muy gen e rales sobre las estrateg ias de
gobier no no son ca paces de precisar (Valverde, 19 96: 358). Por tanto, resulta preferible
transitar de sde un a co mpre nsión de la tot a li da d de una d eter mi na da ‘r acion a li da d
10
La noción de ‘racio n alid ad’ es siempre po lémica. En Rose ( 1996b: 4 2) , opera como la
“formulación y j ustificación de un esq uem a idea l para rep resentar la realid ad, analizarl a y rec tif icar la”.
Así, implicaría unos pr incipios rector es d el p ens amie n to y acción de gobierno ( R ose, 1 992: 7); y una
concepción p articular de los obj etos, sujetos y técnicas de in ter v ención (sea n los súbdito s, la infancia, las
empresas o la reinserció n so cial) y en cua n to a un “idioma” co mún, co m o un lengu aje compartido,
técnicas intelectuales, cód ig o s que van más allá de su funció n retórica, convirtiendo la realidad en
comprensible, dec ible y p r acticable con eficacia; e s decir , una di m en sión episté m ica o un ‘estilo d e
razonar’ (Rose, 19 96b: 42).
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
29
Parte I. La go bernabilidad: un
marco de análisis s ocio- jurídico
Dav id Vila Vi ñ as. E l g o b ier n o d e la in f a n cia
31
Capítulo 1. Nociones fundamentales para la
articulación de un marco de análisis socio -jurídico a partir
de Michel Foucault
Desde la introdu cc ión, hemos incidido en e l interés que la perspectiva
foucaultiana y sus desarrollos tienen par a r e alizar un análisis del gobierno actual d e la
infancia. Sin embargo, es preciso detenernos en las posibil idade s ex plica ti va s de
algunos d e sus concepto s y a rgumentos más sin g ulares. A este respecto y como s e ha
indicado, el objetivo de e sta primera parte e s analizar la relevancia que las herramientas
foucaultiana s pueden tener para el análisis socio - jurídico de las políticas de infancia.
En particular, a lo largo de este capítulo, desa rrollaremos dos cuestiones. Po r una
parte, los tres diag ramas genera les c on que F ouc ault describió la for ma predominante de
organización del poder en diferentes épocas. Es to es, el dia g ram a de soberanía , que
describe la estructuración de las relaciones de p ode r durante el Antiguo R é gimen; el
diagrama de las sociedades disciplinari as y de algunos de sus componentes
fundamentales; y por último y con ma y or extensión, el dia gr ama de l a go be rnabilidad .
La intención es que esto nos permita d elimitar mejor el funcionamiento c ombina do de
dispositivos, instituciones, tecnologías y discursos propios de los tres diagramas de
organización de las relac iones de poder ho y , en el marco de las so ciedade s de control .
La segunda cue stión que trataremos en este c apítulo se referirá a las discusiones
contemporáneas relativas a l interés del marco fouc a ultiano para el pe nsamiento jurídico,
toda vez que el trab a jo analítico de l a segunda parte de la inv estig ación se pro y e c tará
sobre objetos y campos jurídicos o que se tomará n desde una perspectiva que incide en
esta dimensión jurídica.
1. Tres d iagramas de la organización fo ucaultiana d el poder:
soberanía, discip linas, gobierno
En la int roducción, indicamos la utilidad que l a última etapa del trabajo de
Michel Foucault tenía para nuestro objeto de investigac ión. Desde la perspectiva de la
organización sistémica de las relaciones de pod er, el curso de 1978, impartido en el
Collège de Franc e , “Seguridad, territorio, población”, ha situado en este p lano general
distintos regímene s de práctic as, históricos y si ng ular e s, qu e se habían analizado en
etapas anteriores. En este contex to, las formas políticas actuales en Occi de nte podrían
reconstruirse a través de una transición por tres modelos
1
, o diag ramas de f ue rzas, en el
1
E n este se n tid o, Bo u r dieu (2002: 76 -9) aporta un a n o ción de m odelo que p u ed e ser ú til tambié n
desde nuestro enfoque: “Se puede designar por modelo a cualquier sistema de relaciones entre
prop ieda des seleccionadas, ab stractas y simplificadas, construido consciente m e nte co n f ines de
descripció n , de explicación o previsión y , por ello, plenam en te m a n ej able”. Por s upuesto, lo s modelos
coinciden a vece s solo superficialme n te co n la s relac iones que p retenden cont ener p ero la puesta en
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
32
sentido deleuziano
2
: “Se da, en efecto, un triáng ulo: soberanía-disciplina-gestión
gubernamenta l cu y a meta principal es la población y cuyos mecanismos esenciales son
los dispositivos de seguridad” ( F oucault, 1999e: 194). Por tanto, en primer lugar, la
formación de un Estado de just icia , correspondiente con un modelo d e poder territorial
y feudal, donde la técnica principal sería la le y , escrita o consuetudinaria, según un
juego de litig ios y de obediencias o revueltas agrupadas de manera bina ria . En segundo
lugar, un modelo de Estado administrativo, “nacido en el XV y XV I en una
territorialidad de tipo fronterizo y y a no feudal” (Foucault, 1999e: 194) y
corre spondiente a una sociedad d e re g lamentos y disciplinas. Y en tercer lugar, un
Estado de gobier no, qu e no está definido por su territorialidad sino por su población.
Aquí, el saber instrumental destac ado es la economía política y sus téc nicas principa les,
los disposit ivo s de seguridad, que aluden a una combinación del desarrollo del
pastorado cristiano, de las técnicas diplomático – militares y de la policí a.
Dado que, para cuestiones concre tas, estos diagramas no se presentan de mane r a
pura ni operan como principios incontestados en la organizac ión y gestión de lo real,
por nuestra parte, vamos a incidir en su utilidad expli c ativa para la comp re nsión de las
distintas racionali dade s políti c as que serán eficaces en nuestro ámbito de estudio. Esta
noción de racionali dad ha sido común en la recepción de las in ve sti g a c iones
foucaultiana s en el campo de la sociología jurídica. Rose la entiende como la
“formulac ión y justificación de un esquema ideal para representar la realidad, analizarla
y re c ti fic arla” (Rose, 1996b: 42). En este sentido, una racionalidad polí tica implica un
carácter moral, en cuanto a unos principios rectores del pensamiento y acción de
gobier no (Rose, 1992: 7); un carácter epistemológico o “estilo de ra zonar” (Rose,
1996b: 42), en cu anto a una concepción particular de los objetos, sujetos y técnicas de
intervención (se a n los súbditos, la infancia, las empresas o la reinserció n social) y en
cuant o a un “ idioma” común, como un leng u a je compartido, técni c as i ntelec tuales,
códigos que v a n más allá de su función retórica convirtiendo la realidad e n
comprensible, decible y practicable con eficacia
3
. Como vere mos a continuación, la
necesidad de esta mediación para el an á li sis no impli c a una arbitrariedad en la
consideración de una s y otras racionalidades políticas.
relación d e los pr in cip ios que caracterizan puede tener un alto valor explicati v o y ser útil par a trazar
regularidades sig n ificativas.
2
Dele u ze (198 7: 61 - 3 ), en una lectura muy útil d el conjunto de la obra foucaultiana, y no solo de
los trabaj os m á s d ifundidos, delimita la utilidad d e su n o ción d e diagrama: “El diag rama ya no es el
archivo, auditivo o visual; es el m apa, la carto grafía, co extensiva a todo el ca m po social. Es u n a máquina
abstracta. Se d ef ine por funci ones y materias i nformales, ignora cualquier distinción de for m a e n tre u n
contenido y una expresió n , en tre una formación discursiva y una for m ación no disc u rsiva. Una máquina
casi muda y cie g a, aun q ue ha g a v er y haga hablar (…). Es la expo sición de las relacio n es de fu er za s que
constituyen el p oder (…). El diagra m a o la máquina ab stracta es el mapa de las r elacio nes d e fuerza s ,
mapa de densidad, d e intensidad , que pro cede por uniones p rim aria s no loca lizables, y que e n cad a
instante pasa por cualquier punto, o ‘más bien en toda relac ión de un punto a otr o’ ”.
3
Co m o veremos ya par a una racionalidad de gobierno ava n zada, tam b ién he m os recurrido de
manera habitual a los distintos niveles de análisis que pr opone Mitchel l Dean (2003) respecto al telos , al
ethos y a la tech né de gob ier no; y q u e e n cierto modo son análogos a o tras or g a nizaciones del d iscurso
como la que hace Rose, siquiera par a un ám b ito menos situado .
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
33
A su vez, también es im porta nte aclarar desde el inicio que la presentación
sucesiva de estos diagramas no implica ninguna sucesión cronoló g i ca y sustitutiva de
las distint a s racionalidades de problematiz a ción y gestión del presente. Al contrario,
veremos en los siguientes aparta dos que lo interesante son las combinac iones conc retas
que se establecen, a v e ces de forma funcion al, a veces de form a visiblemente
contradictoria; casi siem pr e de form a cumulativa
4
. Ello obliga a cartografiar, en cada
campo, la forma en que se concretan las dist intas fuerzas, sus posiciones y sus efectos
sobre las prácticas. La materialidad de las relaciones de poder de be vincularse con los
procesos de racionalización (F oucault, 1988: 229), pero no e xiste en la historia una línea
apriorística de lo rac ional que sirva de mar c o pa ra enjuiciar esa evolución ni para
deducir d e ella las racionalidades y t ec nologías concretas que or g anizarán toda una
época
5
. Más bien en e l otro e xtremo, las relaciones de poder y las tecnologías se
organizan y se concretan en cada contexto. Sin perjuicio de la conve niencia de
entresacar líneas generales (con este fin se confi g ur a n diagramas ), to das las
racionalidades y tec nologías son específicas.
Dadas l as alusiones constantes que s e harán a lo largo del trabajo a estas
distintas racionalidades, a sus re laciones y elementos, conviene exponer aquí, siquiera
de forma sucinta, sus principales carac ter íst icas, lí ne as de conflicto y confluencia.
Además y aunque ésta no sea, como indicamos, una investigación estrictamente
destinada al análisis del conjunto de la obra foucaultiana, aprovecharemos la aparición
de nociones c entra les en su pensamiento para tr atar de aclarar su sentido en el int e rior
de tal entramado y , sobre todo, respecto a nuestros objetivos de trabajo.
1.1. El poder sobe rano: elem en t os, lím it es, desplazam ientos y
persistencia s
Fouca ult parte principalmente del tomismo como referencia de l pensamiento
político soberano. Se establece ahí una escisión entre el g obierno y el soberano, p ero
también una circular ida d constante entre el fortalec imiento del Estado y el del
soberano
6
. Por otra parte, la consolidación del poder soberano impli c a, c omo veremos
4
En este sentido , aclara Deleuze (19 8 7 : 76): “Una “época” no p rexis te a los e nunciados que la
expresan, n i a la s vi sibilidades que la o cupan. Esos so n lo s do s aspectos esen c iales: p or un lado , cada
estrato, ca da form ació n histórica i m plica una distribución d e lo visible y de lo enunciable que se pro duce
en ella; por otro, d e un estrato a otro exis te variación de la di stribución, puesto que la visibilidad cambia
de modo y los enu n ciados cambian de régimen”.
5
Puede verse Fo u ca u lt (1 991d: 45 - 6 ) p ara p recisar su noció n d e tecnologías, que, no obstante,
analizaremos en es te m is m o c apítulo.
6
Según Foucault (199 9e: 185), “ lo que car acteriza el fin de la soberanía, ese bien co m ún, ese
bien general, no es finalmente nada distinto de la sumisión a bsoluta. (…) el f i n de la sob eranía es circular:
remite al ejercicio m is m o d e la s oberanía (…). [ A los sober an o s] no se les h a confe r ido autoridad
soberana más que par a que se sirv an de ella para pro curar y mantener la utilidad pública ”. Sin embargo,
en la concreción del co n teni do del “bien co m ún” o la “salvació n de todo s ” se ve cómo re gresa a las
características co nstitutivas del p rincipio de so beranía: ha y salvació n y bie n co m ún cuando tod os
obed ecen las leyes, hacen bien s us cargos y trab ajos, su compo rtam ie n to es m oral, etc.
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
34
en el capítulo tercero, la “estatización” del pastorado. El rey debía, no sol o re inar, sino
también gobe rnar, esto es, ocuparse de todas aquellas a ctividades cotidianas, mucha s de
ellas materiales, que constituían el objeto, antes ex tra-estatal, del pastorado. En la
lectura foucaultiana d e S a nto Tomás, se vincula la ac tividad del re y a la p ropia de Dios
con los hombres, a l a del padre con su famili a y a la del pa stor con su reba ño (Foucault,
2008: 225-6).
Sin embarg o, Foucault (2008: 227 -9) sitúa en los siglos XVI y XV II un a
progresiva ruptura del par Dios-soberano
7
. Los avances científicos de este período
(1580-1650) p ermiten p e nsar que la tar e a divi na no es aquella cercana e int e ns a de l
pastorado, sino la definic ión de las le y es abstractas y generales que rigen el mundo. L a
actividad del soberano empieza a ser por tanto otra, más relacionada con el nuevo objeto
de las cosas o asuntos públicos. Ello forma parte de la crisis en toda la economía de
ejercicio del poder soberano.
En este punto, no pod emos eludir una explicación de la noción foucaultiana de
poder, siquiera parcial. En Foucault, el “poder” no se considera tanto como fuerza o
potencia, sino como “relaciones d e pod er” y ello e s porque el poder no se conceptúa
como una sustancia sino como el vector de s e ntido de una acción que busca influir sobre
la realidad, se a sobre sí mismo, sea sobr e las c osas especificadas o sea sobre otras
personas
8
.
Por tanto, conviene concretar siempre en unas rel a ciones de poder que, a s u vez,
se describen como móviles, desiguales y multidireccionales en su funcio namiento a lo
larg o de todo el campo social
9
. Para nuestro obje to, lo int e resante es que esta noción
contrasta con la de un po de r que se posee y s e usa como un bien, sea de m anera natural
o deriva da de una posición a rbitraria de dominio tra dicional, c arismático o económico y
también de otras concepciones del poder que, si bien resaltan su cará cter relacional y
estratégico, lo a bordan desde una perspectiva más consensualista, fija y restrictiva
10
.
A su vez, las cuestiones en torno al poder son un buen campo pa ra constatar la
complejidad de las relaciones del marco foucaultiano con el marxismo, tema común
que, sin embargo, no pretende mos más que introducir aquí.
A este respecto, c onviene dist ing uir las relaciones c on el método y la filosofía de
Marx de las qu e tien e con los enfoques reconocidos en esa tradi c ión y más
contemporáne os al tr a b ajo de Foucault, respecto a los que se sí ag udizan las
7
A este respecto, Valverde (20 0 7 : 169) matiza que “no h a y una teoría foucaultiana de la
soberanía. Hay solo registro de situacio nes en que las prácticas d e ‘soberanía’ em er gen co m o armas útiles
en la superficie de un an tagoni sm o concreto ”.
8
Esta noción, ce ntral e n el pensamiento foucaultiano, es , sin e m b argo, móvil e n función d el
prob lem a que aborda. P a ra la noció n m á s conocida, corresp ondiente co n la llamada segunda épo ca, véase
entre muchas refere n cias Fo ucault (197 8; 1988: 235 - 7 ). En lo s trab ajos de la última época , la noció n de
poder a d quiere tam b ién una dimensión re f lexiva y ética a través de disti n to s as untos y tecnolo g ías d el yo.
9
Indica Foucault (19 84: 66), “son los pedestales móviles de las relacio n es de fuerzas los q u e si n
cesar inducen, p or su desigualdad, estad os de poder”.
10
Entre otr as referencias, éste es un sentido que ac oge Serrano ( 1 9 88: 42) en su co m par ación de
la noción de poder con el pen sa m ie n to l uhm anniano, do n d e se advierte co m o éste toma el po der como un
“medio de comunicación si m bólica mente generalizado ” que, al igual que el d in er o o la verdad, se
entiende como “una forma principal d e or ganizar las condic iones dadas y las posibilidades mismas de la
acción de lo s actores sociale s , dentro d e un cam p o específico de relaciones”.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
35
disensiones. Esto se aprecia sobre todo en rela c ión a las lectura s más extendidas y
simplificadas (o condicionadas por la ortodox ia de los Estados socialistas) del
marxismo
11
y respe c to a s us enfoques hibridados con el psicoanálisis (Balibar, 1990:
50-2; Foucault, 1984). Y a en una relación centrada en Marx , también resul ta oportuno
contraponer la escasez de r e ferencias expresas a sus trabajos
12
, a una presencia bast a nte
perce ptible en el ethos filosófico, en ciertos objetos de investigación y cuestiones de
método (por ejemplo, la desnaturalización de las relaciones sociales o de producción
más “e videntes”, Foucault, 1981) que resulta mu y visible, hasta el punto de que muchos
autores (J essop, 2007; Bidet, 2006, 2009 entre otros) han destac ado la presenc ia de
Marx, como referente d ialóg ico y pr e supuesto t eór ico, en los trabaj os f ouc aultianos,
sobre todo durante su últim a época, en la que el interés se centra en las condiciones de
posibilidad de la actividad de gobierno y acumulación en el marco de distintas
formaciones capitalistas (Jessop, 2011: 60 - 1); o, visto de otro modo, en l as formas d e
agregación y condensación de diferentes regímenes de ejercicio del pode r, a través de
sus prácticas, así como sus mecanismos de producción y reproducción (Hunt, 2004:
603-5).
La c ompatibilidad resulta también muy clara respecto a l carácter estratégico del
poder y a la disi metría c on que gobernantes y gobernados están dispuestos, aunque no
de mane ra necesaria, en el diagra mas de las relaciones de fuerzas, por ejemplo a travé s
del uso compar ti do de la noción, cercana a la gramsciana, de “hege monía”
13
. Ello no
implica que no ex i stan diferencias notables, como veremos en este mismo capítulo
respec to a la concepción del Estado, pero sí resulta útil considerar las afinidades de
estos dos marcos filosófi c os respecto al mate ria li smo, así como a un ci erto hist or icismo
y nominalismo compartidos (Balibar, 1990: 63-5).
Como hemos indicado, esta influencia se hace patente en la orientación del
estudio foucaultiano d e la gobernabilidad. Au nque en este mismo capítulo nos
referiremos con extensión a este nuevo c ampo de investi g ación, las continuidades que
pueden establecerse entre ambos p roye ctos proliferan en la medid a en que Foucault
(2008, 2007) se centra e n el estudio de la economía política y en l as condiciones de
supervivencia y mutación del capitalismo en cont e xtos post-disciplinarios (Bidet, 2006:
16); aunque el análisis foucaultiano prefiera orientarse al funcionamiento y a las
11
E jem p lo de ello es la noción de ideología, que, por un a p art e, Fo u ca u lt rechaza e n cuanto a sus
usos co etáneos, p róximos a l o falso, lo enga ñoso o lo ilus orio. Pero que, por otra par te, co m o entiende
Balibar (1990: 56- 7) , s i se toma co m o referencia la noción de Mar x en “ La ideo logía a lemana ” , está muy
presente en el m éto do foucaultiano y en la impor tan cia del par pod er -saber , en cu anto que las prácticas de
poder im plican y requieren n or m as de verd ad.
12
Puede verse, co m o excepció n por su carácter expr eso, la conferencia “ Nietz sche, Freud, Marx”
(Foucault, 1981) , si bien e l e nf oque d e este trab ajo se inscrib e plenam ente en la conocida co m o pri m era
época de la obra foucaultiana, cuyo enfoque de i nvestigación resp ecto a las c u estiones de la verdad se ve
desplazado p o r relabor aciones po steriores. En tod o caso, es significativa d e u n a tr adición llamada
“filosofía de la s ospe ch a”, que v incularía a estos a utores
13
Vid. Balibar (1990: 61 -2). Él mismo ha precisad o que hay diferencia s en la co m p rensión de la
contradicció n entre las fuerzas q u e, en el caso d e Marx, f o rm a n to da una “lógica de la contradicción”, q u e
implica la interior ización d e los sujetos y las clases de e s as relaciones de co n tr adicción , hasta el p unto d e
su irreconciliabilidad en las relaciones de pr oducción
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
36
condiciones de sustentación del gobierno de las poblaciones y de la vida en distintas
épocas
14
.
Amén de estas compar a ciones, el giro en el tr atamiento foucaultiano del pode r
resulta decisivo. Se fac ilit a así una transición en el objeto de estudio desde el interés
exclusivo por la “ubicación” del poder o de los a g entes que lo “d e tentan”, hacia el
“cómo” de su ejercicio concreto
15
. Así, avanzar hacia una analítica del poder consistirá
en avanzar “hacia la de finición del dominio específico que forman las relaciones de
poder y la determinación de los instrumentos que permiten ana lizarlo” ( F o ucault, 1984:
100). Esto son, las prácticas de poder (inclu idas las “microprác ti c as”) como las
tecnolog ías que permiten activar las relaciones de poder. En este sentido, el método
foucaultiano, como hemos podido comprobar con el dia g r a ma, no es reacio a qu e se
hagan ciertas g en e ralizaciones en los mod os de ejercicio d el poder (modo de extracción,
modo de disciplinamiento, modo de sujeción, modo de subjetivación, etc.), a condición
de entender que ninguno funciona de manera aislada y que siempre requiere de otras
relaciones para producir efectos.
Esta noción de poder en Foucault ha sido objeto de numerosas críticas, q ue nos
obligan a pr ec isar más su sentido. Un primer conjunto señala una cierta reificación y
absolutización de la noción de poder que, en el contexto de una filosofía sin asideros
(Malpas, 2001: 134), se situaría sin embargo com o un trascendente del que pr ocederían
todas las explicaciones (Sauquillo, 2001b: 50; Janicaud, 1990) o, c omo escribe
Haberma s (1989: 304 - 5), una no ción “trascendental -historicista de una historiografía
planteada en tér minos de crítica a la razón”, que así estarían sometidas a otras re g las de
validez, y a que tal noción operaría un tanto al margen de las condiciones históricas y de
las particularida des de ejercicio para los diferentes ámbitos de análisis.
En este s entido, es evid e nte que la noción de p ode r r esulta tan central como
polémica en el pensamiento foucaultiano, a la luz de las peticiones de aclaración en
entrevistas y los refinamientos en la metodología de los sucesivas conferencias y c ursos
públicos; a la vez que mantiene sus características de singularidad, apertura, movilidad,
relacionalidad e inmanencia a las r e laciones de cada contexto históric o y de cad a
espacio social. Desde nuestra perspectiva, las dificultade s más releva ntes no proceden
de su trascendencia y s u sustanciación o absoluti zac ión, sino más bien del riesgo d e
autorreferencialidad que impone su puesta en jue g o en un espacio sin tras c endentes que
animen y estructuren estas relaciones de pod er (en definitiva, estas prácticas), per o
también que constituyan su marco referenc ia para una valoración en cualquier plano.
En tal sentido, conviene notar que l a ef e ctivida d es, en ausencia de cualquier
condición de necesidad, la razón de se r d e tales relaciones de pode r. No se trata de una s
relaciones n a turales ni necesarias, sino voli tivas y estratégicas. Esto implica, no tanto
14
De hecho, muchos a u tores c ontemporáneos e stán aprovec han do la relac ión tupid a (no exenta
de disensos) entre los dos enfoques para hacer funci onar nociones foucaultianas, co m o las d e
“biopolítica” ( vid. infra cap. 1 ) y “subjetivación” ( vid infr a cap. 5) en análisis d e i n spirac ión m ar x ista
(Hardt, 2005: 43 -62; 2004; L az zarato, 200 6: 15). Desde una perspectiva di stinta, ta m bién han abordado la
compatibilidad d el pensamiento de Marx y Fo ucau lt auto res dedicados a la renovació n d el marxismo,
como Marsden (1 999), P a ollucci (20 0 3 ) y Ni gro (2008).
15
Deleuze (1987: 5 2) incide en esta tensión: “el poder es local puesto q ue nunca es global, pero
no es local o localizado puesto que es d ifu so”.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
37
que pued a n analizarse solo en fun c ión de a quién interesan, ya que ha y que considerar
qué int e reses son susceptibles de especifica ción y de articulación relacional
16
, sino que
su establecimiento y persistencia es inmanente, es decir, no pued e explicarse más que a
partir de las volunt a des y posibilidades en que los distintos sujetos las articulan. Hay
relaciones d e poder estratég ic as por todas partes, pero no hay un sujeto único ni menos
un telos trascende nte q ue las pue da dotar de un sentido pr edeterminado y del que
deducirse (Foucault, 2003: 35 -6) . El sentido se pr oduc e en el mismo pro ceso de acción,
que genera los efectos y los significados (Hardt, 2005: 389 -90). A su ve z, las le y endas
de las carto g ra fía s que pueden trazarse en relación a campos concretos, y que sirven
para a nalizarlos y r e co rrerlos, son siempre coetáneas a las propias fuerzas que las
config uran.
El otro conjunto de críticas se refieren, m á s que al concepto del poder, a las
consecue ncias a que parece conducir tal concepción de las relaciones de poder: u n
mundo saturado por las relaciones de poder do nde es imposible alcanzar o producir
práctica s exentas de sus efe ctos. S in embargo, aceptar tal sobrepeso de las relaciones de
poder solo es posible a partir de conc epciones que no son foucaultianas, si se atiende a
su insistencia en separar las relaciones de poder de las relaciones de dominación. Éstas
serían un caso mucho más específico de aquéllas, donde las relaciones de po der se han
fijado de tal modo que s iempre se privilegian un os itinerarios de ejercicio y d e efectos
del poder de sde un(os ) sujeto(s) sobre otro(s). En las sit ua ciones de dominación, ha y ,
desde luego, relaciones de pode r y el e jercicio de éstas deviene a ve ces en aquéllas, pero
no deben identificarse. Tampoco puede atribuirse a Foucault una consideración
exclusivamente negativa o restrictiva del poder y a que, c omo veremos a p ropósito de las
relaciones disciplinarias, estas relaciones deben considerarse más p or sus efectos
productivos que por los represivos.
Por otra parte, una crític a análoga acerca d e l ca r ác ter cerrado de las r elaciones
de poder es coherente con una difi cultad que m anife stó el propio Foucault (1984) y
buena parte de la crítica (Deleuze, 2006 a: 135 y ss; Nealon, 2008: 4) per o que la obra
foucaultiana d escarta al abr ir numeros a s vías de esca pe. La más notoria es el giro hacia
los modos de subjetivación que se considera característico de su última época y qu e
tratare mos de m ane r a m ás detallada d urante el capítulo quinto. Esta visión también se
explica por el hecho de q ue lec turas más comple jas de estas relaciones de pode r solo se
hay an h e cho posible, d e manera ge ne ra lizada, de manera r e ciente, a través de la
publicación de sus curso s completos en el Collège de Franc e ( F oucault, 2003, 2005,
2007, 2008). En tales trabajos, por una parte, la articulación del pod er dentro de los
dispositivos de se guridad se ha c e más c ompl e ja, en el mar c o de la g ob e rnabilidad, de lo
que suponían las relaciones interindividuales en que muchos podían ver encerradas las
16
P odemos precisar e sta idea en una d e la numerosa s reca pitulaciones y recti f icacio n es que
Foucault (20 03: 37) hace de su método, en p articular al inicio d e los cursos en el Collège d e France : “no
se trata de que la burg u esía considerara q u e había q ue excluir la loc u r a o reprimir la sexualidad infa n til,
sino que, a p artir de cierto momento y p or razones que hay que estudiar, los m ecani sm o s de exclusión d e
la locura y los mecanismos de vigilancia de la sexualidad infantil aportaro n cierta ganancia económica, y
demostraron cierta utilidad política y, como resultado, fuero n na tu r almente colonizados y sostenido s p o r
mecanismos glob ales y , finalmente, por todo el sistema del Estado”.
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
44
1.3. La form ación de un m arco de gobierno
En los límites políticos y té c nicos de l as disc iplinas, podemos come nzar a
describir el campo de problematicidad para l a configuración de otra economía de las
relaciones de poder que denominamos “gobierno” o “gobernabilidad”
29
, en alusión al
sentido amplio del término que se desarrolló a pa rtir del XVI , como un modo espec ífico
de a c ción, que asumía sin embargo un alcance y un ámbito objetivo muy amplios:
“Gobernar (…) es estructurar el posible c ampo de a cción de los otros” (Foucault,
1988b: 239). Colin Gordon (1991) ha se ñalado que e l estudio fouca ult iano del gobierno,
bastante amplio, suele concretarse en dos planos: las referencias a esa act ividad lata de
guiar e influir sobre el campo de acción de los otros, y de uno. P ero también, en u n
sentido más estricto y aj ustado a esta ex posición, se refiere a toda la reflex ión sobre la
actividad de g obie rno (los medios, objetivos, procedimientos, apa ratos, prácticas, etc.)
emprendida desde el si glo XVI y que tiene un ámbito central en el creciente espacio
político del Estado (Rose, 1996c: 42).
Si bien ésta es un a línea de trabajo m enos conoc ida que la époc a central de la
obra de Foucault, ha sido una perspectiva muy influ y ente en las ciencias políticas y de
la administración, donde el sentido suele desplazarse
30
, y también, aunque con un
alcance más minoritario, en enf oques como el qu e desarrollamos aquí (V alverde , 2006:
5).
A este respecto, los tér minos de nuestros an álisis pueden ser mu y ampli os: los
modos de gobier no pueden ser an a lizados, en primer lugar, en té rminos de sus
racionalidades políticas, los campos de discurso c ambiantes dentro de los que se
conceptualiza el ejercicio del poder, la justi fic ación mora l para determinadas formas de
su ejercicio por pa rte de distintas autoridades; las nociones, for mas, objetos y límites de
las políticas y también la distribución de los asuntos seculares, familiares, militares y
espirituales (Rose, 1992 ). El inter é s sobre tales objetos de análisis pro voc a c ríticas
frec uentes acerca de estos estudios, relativas a la excesiva atención p restada a las
perspec tivas y dis c ursos de gobier no y a la correlativa elusión de las dificulta des de
implementación y de l as perspe ctiva s de los suj etos gobernados y sus po sibilidades de
agencia.
Sin embar go, desde lo s governme ntal ity studies se en tiend e que, en tal
perspec tiva, exist e un peso notable de los regímenes de prá c ticas de g obie rno, entre los
que se encuentran los discursos, en su sentido más amplio y prá c ti c o, pero también de
29
En los textos de Foucault, la noción de “gobierno” (“ gouverne ” o “ gouve r nement” en 2008 :
93 -4) d esig na esta actividad de manera más ge neral (t am b ién co mo noció n op u est a a la si m ple
administración de las cosas: Foucault, 200 8: 6 1). En referencia a la racionalidad propia de ese gobierno
suele hablar se de “gu b ermentalidad” o de “gober n ab ilidad” (“ gou vernement ” en Fo u cault, 200 8: 117 o
162 -3 en referencia a la racionalidad propia del Estad o moderno) , aunque , en o tras t raducciones, es
común el e m pleo d el término, cr eem os que di stinto, de “gober n anza”.
30
Con este se n tid o, es corriente el uso del término “ go vernance ”, en inglés, o “gobernanza” en
castellano. En estos casos suele referirse a proyecto s d e reo rg anización política y administrativa alejado s
de la p erspectiva foucaulti ana. Vid. Ciccarelli (200 8: 307 -8). Po r nuestra p arte, a nalizaremos e stos
enfoques a lo largo de la segunda p arte y a pr opósito de la m od ernización de distinto s á m b itos de
intervención.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
45
las tecnologías de gobierno, como el complejo de pro g ram a s variables, cálculos,
técnicas, ap a ratos, documentos y procedimientos a través de los cuales la s autoridades
tratan de hacer efectivas sus am biciones gubernamentales. En el decir de Rose et al.
(2006: 99), “la orientación de los trabajos sobre guberme ntalidad, no es por tanto la
tipificación idea l, sino u na carto g rafía empírica de las racionalidad es de gobierno y sus
técnicas” .
1.3.1. Elementos de la gobernabilidad
En un esfuerzo de síntes is, pueden a g ruparse los tres elementos principale s que
designa la noción de gobernabilidad. En pri mer lugar, designa al entramado d e
instituciones, procesos, reflexiones, cálculos y tác tica s que permiten el ejercicio de una
forma específica, pero mu y compleja, de poder que tiene como su objetivo a la
población, como su principal forma d e conocimiento, la economía polític a y como su
técnica esencial, el ap a rato de se g u ridad. En se g undo lugar, desi g na la tende ncia que
lleva a la p re v alenc ia en Occidente de esta forma de ejercicio del poder frente a otras,
como resultado de la combinación de unos aparatos de gobierno espe c íficos y un
complejo de saberes. Y por último, designa al proceso y sus efectos a tra vés del que el
Estado de la justicia de l a Edad Media s e va trans for mando en un Estado administrativo
durante los siglos XV y XV I y convirtié ndose gradualmente en un Estado
“g ubermentalizado” ( F o ucault, 1999e: 194-5). Aunque ésta es la des cripc ión del
proceso de gube rm entalización que ma y or recorrido ha tenido entre las c it a s de la
literatura (Sa a r, 2011: 3 4-40), en esta primera p a rte del trabajo, pre fe ri mos hacer un
repaso heterogéneo de los elementos de este marco de gobierno, a fin de que la
inclusión de las últimas aportaciones de la ob ra de Foucault maxim ice s u utili da d para
nuestro objeto de estudio.
El Estado es uno de los elementos que tiene una consideración más sin gular en
el marco de este pensamiento de gobierno. En nuestras sociedades, la s prácticas d e
ejercicio de esta racionalidad política, principalmente e n sus modos más f or malizados y
organizados, se cent ra ro n en torno a la figura central del Estado. Por ell o, e n nuestro
contexto, el problema d el g obie rno no pu e de abordarse al margen del Estado, así como
en buena medida el tr abajo de gubermentalización de las relaciones de poder fu e
también una actividad de “estatización”, en cuanto a ciertos procesos de consolidación
del Estado como un a mbiente de problematización política prevalente. Sin embargo y
por otra parte, el enfoque fou c aultiano sobre el gobierno ha sost e nid o un énfasis
diferencial en el d e scen tra mi e nto del papel d el Estado en la a c tividad de gobierno,
mucho más amplia, multidireccional y heterogénea en sus agentes.
Así pues, la cuestión del g obierno, en la forma en que viene configurá ndose esta
razón política específica, al menos desde el si g lo XVI, de be considerarse en e l contexto
de una doble dinámica o tendencia. Una ti e nde a la totalización de las relaciones d e
poder en torno al Estado, mi e ntras que la otra tendencia apu nta hacia la
individualización, hacia la constitución y consolidación de individuos como sujetos,
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
46
convertidos en el objeto básico de los asuntos de g obierno. Esta tendencia hacia la
individualización se singulariza en el llamado “poder pastoral” ( v id. inf ra cap. 3). El
interés de esta doble presentación consiste en “most ra r cómo este pastorado vino a
asociarse con su polo op ue sto, el Estado” (Foucault, 1991c: 98).
Si bien Fouc ault tuvo motivos para no formula r de manera e xpresa una teoría del
Estado, conviene exponer, al menos, al g unas post uras o precauciones para un abordaje
correcto de este plano, sin perjuicio de que más adelante detallemos al g u nos de esto s
procesos o, sobre todo en el capítulo sexto, tratemos de actual izarlos. Desde luego, no
podemos desc ribir unas e structura s, elementos y funciones de l Estado por sí mi smas, en
su na turaleza, como un universal político de l que poder deducir su p osición o las
políticas de infancia. Al contrario, p a rtimos de qu e el Est ado “ no e s un uni ve rsal, no es
en sí mi smo una fuente autónoma de poder”, si no el efecto, móvil, de las continuas
estatizaciones de un haz de relaciones de pod er (Foucault, 2007: 96) . Por eso, lo
abordaremos sobre la base de las prácticas que s e producen a pa rtir del Estado o, por
ejemplo, a p artir del modo en que las instituc iones del Estado s e oponen a otras
categor ías como “la sociedad civil” y se hace funcionar esa oposición.
Aquí nos encontramos con la dificultad de una cultura políti c a centrada en el
poder soberano, lo qu e provoca una sobre -valoración del Estado, se a como aglutinador
de todas las estrate g ias, prácticas y saberes políticos o como objeto de oposición, en su
protag onismo de los ho rr ores totalitarios. Foucault (2007: 219 - 24) encuadra en las
visiones de “fobia al Estado” a un conjunto nutrido de análisis contemporáneos con
argumentos bastant e estables sobre la esencia y función del Estado. A saber, qu e el
Estado tiene una tendencia intrínseca a l crecimiento tot a li zador que le lleva ría a abarca r
de forma progresiva todo su exterior, hasta la sociedad civil en último término; así como
que existe un parentesco y un a fuerte continuidad entre las dist intas formas estatales,
que liga al Estado administrativo, al benefactor y al totalitario como las r a mas de un
mismo tronco. Foucault crítica qu e la técnica de estos discursos permite análisis cada
vez más intercambiables entre los dist intos elementos del Estado, donde se dilu y e la
especificidad del análisis. Y destaca qu e a lgunas formas de Estado, como l as del Estado
providencia o el Estado del bienestar , son mu y dist intas, en su orig en, sus capas y
funcionamiento, r e specto a otras formas del Estado tot a litario, a men udo totaliz a do
menos por un a exaltación interna que por la captura por parte de una gobe rnabilidad
exterior, como la de un partido o un grupo soc ial dado. A su vez, otra li ter atura, d e
inspiración marxista, aproxima su consideración del Estado a un número limitado de
funciones como reflejo e instancia de reproducción de las relaciones de prod ucción
capitalistas
31
.
Desde una persp e ctiva más acorde con este trabajo, se prefiere conceptuar al
Estado como “una forma espec ífi ca en que se c odificó discursivame nte el problema del
gobier no, una forma de separar una ‘esfera política, con c a racterísticas particulares de
31
Vid. Foucault (200 7: 26). C onviene reconocer ta m bié n q u e este enfoqu e del Estado no es por
completo aj eno a los de un realismo post -marxista (Sa uquillo, 200 9) o al d e alg u nos funcionali stas d e
izquierdas, co m o el abordaj e de Offe (1994b : 72-6); si bien preferi m os, por su riqueza, seguir trabajando
desde el marco fo u ca ultiano.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
47
derec ho, d e otras ‘esferas no - política s’ que deben relacionarse, y una m anera en que
determinada s tecnolo g ías de gobierno se dotan de una durabilidad inst itucio nal tempor al
y contienen un cierto tipo de relaciones con las otras” (Rose, 199 2: 5). Ésta resulta una
perspec tiva más acorde con el int e rés de Foucault por el Estado
32
. Dado que la analítica
foucaultiana del poder comienza desde abajo, de sde la inmanencia de las mi croprácticas
y las tecnologías d el poder ac tivas en relaciones conc ret as, es lógico el rechazo a
cualquier función tras c endente y universal del Est ado. Sin embargo, esa misma ana lí tica
no se detiene en la descripción de una miríada de relaciones reales pero a bsolutamente
dispersas e inconex as, sino que reconoce l a importanci a de determinadas tecnolog ías y
su capacidad de difusi ón, integrándose así en regular idad es institucionales y en
estrategias d e dominio más amplias y establ e s. La analítica foucaultiana de las
relaciones de poder se interesa por, “primero, cómo diversas re lacion e s de poder pa s an a
ser colonizadas y articuladas en mecanismos má s generales qu e sostiene n formas d e
dominación más amplias y , segundo, cómo éstas se ligan a formas y sentidos
específicos de produ c ción de saber” (Jessop, 2007: 36), hasta llega r a es pecificar un
escenario político con sus objetos de gobierno, sus dist inta s gubermentalidades en
conflicto, e tc. En este sentido, la concepción foucaultiana del Estado no s e pr oduce solo
en su vertiente nega tiva, como lo que no es, sino que se enuncia como campo de acción
estratégica de cisivo en la formación y consolidación del c apita lismo y d e la bur g u esía
durante la modernidad (Jessop, 2007: 38).
Es cierto, no obstante, q ue el trabajo genealógic o sobre el Estado no está en la
obra fouc a ultiana al niv el de relevancia y conflictualidad que tiene el relativo a las
series d e poder – saber que sust e ntan la ma y o ría de l as instituciones mo derna s y que,
por encima de una disc usión sobre el Estado y la sociedad mismas, durante mucho
tiempo, el pro y ecto foucaultiano se centró en la investigación de ciertas prácticas
“menores” destinadas al g obierno de las poblaciones que se produc ían de ntro de l Estado
(pero también más allá, Rose, 1992) en orden a describir el fortalecimiento de un ‘arte
de gobierno’, mucho más que d e una teoría del Estado (Valverde, 2007: 160 -1); por
mucho que, como ex pus imos (Foucault, 2008), aquél llevara aparejado u n aumento de
las discusiones sobre la propia teorí a del Estado y algunos de sus el ementos centrales
como la sobera nía, el terr itorio, etc.
Desde luego, la consideración del Estado tiene una fuerte dimensión negativa en
Fouca ult, que lleva a un alejamiento ini c ial de los análisis. Para Hunt (2004: 607), esta
consideración negativa o exclu y ente del Estado cobra sentido en su cont raposició n con
la “obsesión” que éste suponía para el marx ismo coetáne o del que pretende
diferenciarse Foucault. Más ade l ante, en cambio, su influencia en los análisis de Jessop
(2008: 58-9) son bien compatibl e s con dos giros post -mar x istas en el tr a tamiento del
Es tado que se operaron en los 1960s y 1970s, en cuanto a la nueva centralidad de la
función como herramienta de a nálisis respec to a las instituciones y prácticas estatales y
32
En particular de los cursos d ictados en el Collèg e de France a partir de la segunda mitad de los
años 1 970s; espec ialm ente Foucault (2 003; 200 7 y 2 008). T om a m o s apo y o también e n las
sistematizacio n es al resp ecto d e J ess op (2007: 3 4 ; 2008) ; Valverd e ( 2007); McKee ( 2 009 : 475, 48 1) y
Melossi (2 006). Adem á s, é s ta es una c uestión que la liter atura ha ligado al abo rdaje del pensamiento
jurídico en Foucault, del que po drem o s ocuparnos al final del presente capítulo.
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
48
en cuanto al pro gr esivo abandono d e los “apa ra tos del Estado ” como una unidad
políti ca, en favor de nociones más dinámicas co mo la “ selectividad estr uc tural” o sus
“capacidades estratégicas” rel a tivas a políticas e instituciones más concretas, sin
perjuicio de sus dimensiones sistémicas
33
. Por ello, puede identificarse ta mbién una
notable re consideración analítica de l Estado y del dere cho conforme sus investigaciones
se orientan hacia e l gobi e rno d e los otros y la ll amada “biopolít ica ”, como veremos a
continuación (Frost, 2010: 566), que, para al g un os (Prozorov, 2007: 82), lleva a que la
so beranía no se abandon e como una d e las condiciones de posi bilidad del orden y del
gobier no.
En cua lqui e r caso, con objeto de precisar una c arac terización positiva del Estado
en los análisis siguiente s, más que refe r enc ias directas a Foucault, result a útil su
influencia sobre los trabajos de Jessop (2007: 39), donde el Estado constituye un ce ntro
fundamental de c odifi cación e instit uc ionalización de líne as ge nerales o dominantes. Un
centro desde lueg o estratégica y tecnoló g icamente orienta do ha cia el manteni miento del
orden y la consolidación de los procesos de acumulación capitalistas, pero también un
centro r e lativamente abierto, e n tanto dinámico y conflictivo
34
. Esta influen cia está mu y
presente en el “enfoque estratégico - relacional” con que J e ssop (2008: 151-3) busca
analizar el Estado como una “relación social”, muy ligada a sus posibilidades reales de
acción y , por tanto, con un carácter dinámico y adaptativo que, en nin g ún caso absorbe
toda la esfera política; y que, sin tener un vínculo necesario con e l capitalismo, sí se
institu y e en uno de los principales agentes de establecimiento de sus códigos e intereses
(Jessop, 2008: 1-8).
Mejor delimitado el plano estatal en nuestro e squema , conviene an a lizar el
proceso de consolidación del Estado como un elemento de la transición hacia el
predominio de la g ob ernabilidad en el ejercicio del poder. En comparación con el
diagrama del poder sob e rano, las formas jurídicas limitativas del Antiguo R ég im e n
(Foucault, 2007: 26 - 9), trascendentes o exterior e s a la propia evolu ción del Estado,
entraron en conflicto con su nuevo papel y sus necesidades crecientes de condensación
de fuerzas y relac ion es sociales.
Como notamos, el pro c e so de g ub erme ntaliz ac ión no e s un c ontra -estatal. Más
bien al contrario, los primeros desarrollos de este proce so se dirigen a la especificación
33
No obstante y en una mirada más general, Mitc hell Dea n (200 7: 50 -2) ha denun c iado la falta
de teo rización sob re las noci ones d e Estado y soberanía en el presente. De un lad o, critica q u e ciertas
teorizaciones extie n d en la i m portancia trad icional d e las analogías, las metáforas y las p oéticas sob re
estas cue stion es p ara fortalec er o movilizar una deter minadas línea de acció n co lectiva. Respecto al
ámbito an glosajón, m á s prosai co, destaca la ca n tid ad de paradigmas sobre la nueva s ituació n d el Estado y
el gobierno que ha n ap arecido desde los 19 70s, per o , en general, critica a es tos enfoques q u e no han
distinguido bien el carác ter de intención, de estrategia o de p roy ecto que han tenido muchos de estos
parad igm as, a fin de poder diferenciarlo s en virt u d de su verdad era eficacia o ar raig o. En s egundo l ugar,
crítica la fa lta d e atención respecto al or den inter n acional, cuestión que limita los a nálisis sobre la
soberanía y el Estad o al marco d el Estado – nación en su formulación histórica de la modernidad europea .
34
Co m o espacio p roductivo, el Estado p ermite aco m eter pro cesos tendencial m e nte estable s de
acumulación y distribución d esigu al d e la riqueza. Esta funcionalidad in m anente del Es tado lo co n vierte
en centro de los co nflictos, p ero también en “uno de lo s espacios pr ivilegiados para inventar n u evas
d inámicas de po der constituyente por parte de las clases y lo s g rupo s estructural m en te dominados” (P rieto
del Ca m po, 2 008).
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
49
y al fortalecimiento de la razón de Estado. No e n vano, respec to a e s ta incipiente
racionalidad, el Estado era el principio d e inteligibilidad y a la vez el objeto de un arte
de gobierno: todo lo que p odía ser pensado políticamente comenzó a constituirse como
un elemento del Estado ( Foucault, 2008: 272). Así, el salto c ualitativo, en esta época, no
fue la invención de grande s inst ituciones y aparatos que, como tales, venían
funcionando tiempo ha, sino su constitución como el patrón y el marco de
inteligibilidad de esos aparatos e instituciones p re xist e ntes y su c a pacidad de operar
respec to a ellas, resp e cto a las p rác ti cas que se producían en su interior y a través de
ellas, como un objetivo: “gobernar r acionalmente porque ha y un Estado y para que lo
hay a” (Foucault, 2008: 273).
En cualquier caso, conviene matizar este giro epistémico en algún punt o. En
primer lugar, este espac i o para la r a cionalidad de gobier no a partir y a través del Estado,
no se configura en abstracto, sino como resultado de l as pr á cticas y conflictos de los
gobernantes y también d e los gobernados (M. D e an, 2003: 16). En segundo lug a r, no
existe, desde el inicio, una extensión del Estado a todos los ámbitos sociales qu e
funcione como una totali zación (aunque esto se rá, como veremos, una ten sión clara en
la emergencia de la biopolítica), sino, más bien, como una conexión de las
problemáticas, de los objetos, de las te c nologías con el plano estatal (Rose, 2006: 87).
En tal sentido, enseguida veremos, a propósito de la formación del campo de lo social y
su g obie rno, que un a de las dinámic a s más interesa ntes del proceso de
gubermentalización se s itúa en el intercalamiento de la producción d e tecnolo g ías y
máquinas sociales por parte de los g obernados y las re ten ciones o desplazamiento en los
funcionamientos por parte de los agentes de gobi e rno, que en muchas ocasiones tienen
la forma de un a estatización de disposit ivos que eran, en principio, a jenos (Jessop,
2007: 39; 1999d: 140-1).
Por otra p arte , ello tampoco equivale a afirmar l a hegemonía indiscutida de un
modelo liberal ni neoliberal de Estado mínimo o de Estado árbitro. La s investig a ciones
foucaultiana s (2003), y de otros autor e s desde perspectivas afines (Valverde, 2007:
165), han mos tra do el carácter tremendamente dificultoso, conflictivo y a menudo
violento de la tarea de gobernar a los vivos. En este sentido de inspira ción nietzscheana,
lo sorprendente, lo que requiere explicación y esfuerzo es la paz y la interacción social
espontánea y p roduc tiva que caracteriza las representaciones del Estad o liberal. Solo a
través de un idealismo arraigado puede describirse la realidad social sin atender a la
importancia de todos l os aparatos tecnológicos y las estrategias de intervención
condensada s en un Estado que adquiere fuertes inclinaciones interventoras
35
.
A su ve z, y a indicamos q ue, desde la perspectiva foucaultiana, esta relación debe
analizarse en el inte rior de re g ímenes de prácticas concretos y , des de ahí, debe n
establecerse también l as reg ularidad e s úti les. Así y aunque r esulte complejo, se trata de
pensar un proceso de gubermentalización que pasa por el Estado p e ro qu e va más allá
35
Como in d ica Sauquillo (2 001a: 269), “ el criterio hermenéu tico de la historia política de
Foucault consiste en desvelar bajo la raci onalidad fundamental y per m ane nte de la historia y del derecho
– de su establecimiento pacífico de la justicia y de las institucio n es – el pasado de las luchas y de las
derro tas reales”.
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
50
(Valver de, 2006: 5) y supone, respec to a éste, un constante desc entramiento y re -
config uración.
Antes de continuar con el proceso de gubermentalización del e jercicio d el poder,
resulta imprescindible a c larar el concepto d e saber y de tecnologías de saber en el
pensamiento fouc aultiano y su imbricación con los desplazamientos en este plano del
poder. Es notorio que el estudio de la verdad, de sus condiciones de formación y de
funcionamiento, ha recorrido la obr a de Foucault de un modo que ha ría inoportuno
hacer aquí una lectura ex ha ustiva y sistemáti ca de este asunto. S in embargo, sí
pretendemos abordar tres cue sti one s presentes en esa obra por su relevanc ia para
nuestra empresa. En primer lugar, introducir el esquema de la trian g ul ación entre las
tres dim e nsiones de los sucesivos despliegues f ouc aultianos: el saber, el poder y el
sujeto. En segundo lugar, qué desplazamiento se realiza respecto a las cuestiones de
saber desde un e studio centrado en la verda d, a u n estudio centra do en los re gímenes de
veridicción. Y en tercer lugar, d e sde qu é ethos filosófico – político se realiza esta
comprensión particular de la cuestión del conocimiento y la verdad.
El giro foucaultiano a este respecto podría focalizarse en un a parti c ular
introducción de las cuestiones de poder en el campo del conocimiento: “Quizás haya
que renunciar también a toda una tradición que deja im a ginar que no puede exist ir un
saber sino allí donde se hallan suspendidas las r elac iones de pode r, y que el saber no
puede desarrollarse sino al margen de sus conminaciones, de sus ex ig en cias y de sus
intereses.” (Foucault, 1978: 34). Frente a este topos , recurrente en n uestra cultura
filosófica, Foucault proponía una articulación productiva entre las cuestiones de saber y
las cuestiones de poder, relación que se pretendía subra y ar en la noción de s aber –
poder. Si, entre ambas, existe un guión, es prec i samente porque no hay una identidad
total entre los dos extremos de l término (Keenan, 2010: 493 -4), pero sí u na articulación
especial.
Éste ha sido un asunto presente desde los inicios de la filosofía foucaulti a na
36
,
donde se asentó una sospecha sobre la neutr a li dad de los discursos y d e los asuntos de
conocimiento (Foucault, 1981). En particular, pronto se sometieron a análisis las
condiciones de formación y producción de los discursos, sobre todo en determinados
ámbitos (al pr incipio, condiciones de exclusión, c omo en la locura), donde se advertía la
existencia de una lu cha bastante poco “pura” po r la verdad
37
. Hasta el punto de que en
las obras de la segunda etapa, como Vigilar y castigar o el primer volumen de la
36
Entre aq u ellas destacamos, aunque exis ten diferencias notab les entr e ellas, “Las palabras y las
cosas” (Foucault, 1974) y “La arqueolo g ía del saber” (Foucault, 199 1a).
37
Con referencia s a Artaud, Bataille y Nietz sche, Fouca u lt (1 999j: 23 ) describe sus “sospec has”
iniciales en es te ca m po: “Pienso (…) de q ué manera l as prác ticas eco nómicas, codificadas co m o
precep tos o r ecetas, eventual m ente co m o moral, han pr eten dido desde el siglo XVI fundarse,
racionalizarse y justificarse sob re un a teor ía d e las riquezas y de la producción; pienso además en có m o
un conjunto tan prescr iptivo co m o el siste m a penal ha buscado sus cimientos o su justificació n, prim ero
naturalmente, e n una teor ía del d erecho, después, a p artir del siglo XI X, en un sab er sociológico,
psicológico, médico, p s iquiátrico : como si la palabr a m isma de la ley no p u die se esta r autorizada en
nuestras sociedades más que por el discurso de la verd ad”. En este mismo trab ajo, ver tam b ién Fouca u lt
(1999j : 14-5).
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
51
“Historia de la sexualidad”, existe un intento explícito de componer una “historia
política de la verdad” (Foucault, 1984: 43).
Otros marcos de análisis, como vim os a propó sito del marxismo, y a habían
considerado las jerarquías y el carácter produ c ti vo de estas interacciones entre el sa ber y
el poder, pero aquí se desplazan de manera notable el eje y los efectos de e s a
consideración. Como bu ena parte d el estilo foucaultiano, esta re lación tiene un carácter
paradójico, donde el saber no funciona como un resultado superestructural de unas
relaciones d e poder qu e se sustancian en otra parte
38
, pero sí está condicionado por
relaciones de poder extra-discursivas. En la otra dirección, l as cu e sti ones de saber
tampoco pueden determinar la realidad de las relaciones de poder, si bi e n son cuestiones
decisivas para el despliegue de éstas (Ve y ne, 2009 : 35). No existe, por tanto, relación de
exterioridad ni de deter minación de una respecto a la otra (Foucault, 1984: 70 -1).
Tal enfoque lleva a que se hay a consolidado la visi ón de un rechazo foucaultiano
de la ideología y en favor de los discursos , como prácticas superficiales in tere santes en
sí mismas por sus efectos productivos. Sin embargo, Hunt (2004: 605 - 6) sostiene que no
existe una necesaria incompatibi lidad, en cuanto que la cue stión principal de la teoría
marxiana de la ideolo g ía no es un dualismo entre lo verd a dero y lo aparente, s ino “ los
modos en que una determinada articulaci ón o interpelación a la posición del sujeto
opera de m anera sistemática para re for z a r y r e p roducir las rel a ciones de domi na ción
social ” y , en este sentido, podría complementar los objetivos de investigac ión que
Fouca ult pretende abordar a través del discurso.
En cualquier caso, la singularidad de esta articulación entre saber – poder –
sujeto a conseja hacer algunas aclaraciones. En cuant o a la ausencia de
sobredeter minación e n esta serie (sobre todo en referencia al saber – poder ), en
cualquiera d e las dire cciones, De leuze (1987: 104) aclaraba que no se dic e , por e jemplo,
“ que las ciencias humanas proceden de la prisión, sino que suponen el dia g r a ma de las
fuerzas del que también la prisión depende. Y a la inversa, las relaciones de fuerzas
seguirán siendo transit ivas, inestables, evanescentes, ca si virtual e s, en cua l quier caso no
conocidas, si no se efectuase n en las relaciones formadas o estratificadas que componen
sabere s”. Esto implica que las técnica s de saber no solo se dirigen a consolidar la
descripción de un mundo favorable a un as determi na das estra tegias de gobierno, sino
que son parte de la activi da d de gobierno, en la medida en que configuran los objetos y
el ámbito discursivo en que ese gobier no es p osible (Rose, 1999: xxii). Todo ello
contrasta con una crítica común aquí, referida al efecto de sobre-det erminación que el
poder tendría sobre un saber al qu e arrastraría ( Habe rmas, 1989: 322-3); crítica que es
más probable de sde visiones estratégicas del poder, como la foucaultiana.
38
Foucault (2 003: 37) establece con clar idad la m ultidireccio n alid ad de una implicació n que es
mutua: “Es mucho m en o s y , m e p arece, mucho más. So n i n str umentos e fectivos de for m ació n y d e
acumulación d el saber, métodos d e ob servación, técnicas de registro, pr ocedim ie ntos de investigación y
búsqueda, aparatos de verificación. Es dec ir, que el poder, c uando se ejer ce en sus m eca n is m os finos, n o
puede hacerlo sin la for m ació n, sin la or g an ización y la p uesta en circulació n de un sab er o, mejor, de
aparato s de saber que no son aco m paña mientos o edificio s ideológicos” (Foucault, 20 03: 37). Vid.
también Barr y (1 996: 123 y ss) y Dreyfus (19 88: 221).
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
52
Existe además otro conjunto de críticas que señalarían el peli g ro d e una
eliminación de toda posibilidad de verdad a favor de una “voluntad de saber”, esto es,
de cuestiones de poder; cuestiones, además, ex teriores a estos criterios de crítica de la
verdad (Habermas, 1989: 297). Como veremos, el problema de la efectiva validación o,
al menos, ac e ptación prá c tica de un determinado régimen de v erda d no es una cuestión
menor, pero e n cualquier caso, l a propuesta fouc a ultiana no a lcanza, sobre todo e n su
agenda final de problem as, hasta el extremo de un irracionalismo que impida formular
conocimiento científico válido o registrar hecho s hist ór icos, sino que e l programa se
dirige más bien a analiza r ( probl e matiz ar , en terminología fouca ultiana) las condiciones
de producción de un “discurso verídico” tenido por natural y d e sus consecuencias
(Rose, 1999: x v, xxii). Desde el otro extremo, sería también imposible reducir toda
presenc ia de las relaciones de poder a un juego de saber
39
.
Por otro lado y a pes ar de estas tensiones, el entramado de relaciones del saber
resulta muy útil en tres planos explicativos. En primer lugar, tiene un efec to
desmitificador respecto a la vinculación ilustrada entre la evolución de los saberes, l a s
ciencias y las técnicas y su efec to emancipatorio sobre el ser humano, relatado como
transición desde una época de ignorancia, quimeras, prejuicios y supersticiones hacia la
adquisición de unas ciencias lumínicas y liberadoras. Al contrario, Foucau lt (2003: 155)
describe “un inmenso y múl tiple combate, no entre conocimiento e i g norancia, sino de
los saberes unos contra otros – de los saberes qu e se oponen entre sí por su morfología
distintiva, por sus poseedores que son mutuamente enemigos y por sus efe c tos de poder
intrínsecos- .”.
En segundo lu g ar y en la medida en que las relaciones saber – pode r se ana li zan,
no solo re specto a las re laciones interindividuales de las formaciones disciplinarias
(Foucault, 1978; 1984; entre otras), sino también de la formación de las ciencias y
sabere s sobre el ser humano, en la esc a la de la especie y la pobl ac ión, se avanza de
manera notable en la descripción de un nuevo marco de saber, la gubermentalidad, y
también de ejercicio de l poder, que es el marco de gobierno que nos ocupa aquí
40
.
En tercer lugar y a partir del últ imo giro foucaultiano, operado tras el p rimer
volumen de la “Historia de la sexualidad”, las cuestiones de saber y verdad empiezan a
articularse , no solo con el poder, sino también con el sujeto, en tanto inst a ncia de
problematización y conflicto, que lo de splazan respecto a la inmutabilidad de un sujeto
cog noscente y de un actor abstractos (Deleuze, 2006a: 135 y ss).
En esta dirección se sitúan los análisis de los efectos que el conocimiento ajeno
y el conocimiento de sí t iene n sobre el sujeto
41
. Aquí lo que observamos e s cómo a la
39
Vid. Foucault (1 990a; 2 001). En tal sentid o, Deleuze ( 1987: 111) indica, “L as relacion es d e
saber no tendrían nada que i n tegrar si no existiese n las relaciones d iferenciales de po der. No obstante, el
poder , sin esta s formalizacion es de sab er no es casi nada: “ni ve ni habla (…) pero pr ecis amente porque ni
habla ni ve, hace ver y h ablar” .
40
Puede verse esto en Foucault (2 0 0 9: 1 50 -1 en tre otras) para algunas características relevante s
de las r elaciones in iciales e n tre saber y poder a propósito d e l p apel de la verdad y del conoci m iento en el
ejer cicio de las pr im eras con f i gu r aciones del po der soberano.
41
Vid. Foucault (200 5 ); tam bi én, el capítulo quinto. A lo largo de la segunda parte, vere m o s
cómo se relacionan estas c uestiones e n el gobier n o de la in fancia. Po r ejemplo, cómo el desarrollo de un
saber sob re la infancia e s funda m e n tal para la i ndividuación difere ncial de cada niño/ a d en tro d e las
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
53
capa de una “pragmática del discurso”, en cuanto al “ análisis de aquello que, en la
situación real de quien h abla, afecta y modifica e l valor real d e l enunciado” (Foucault,
2009: 83), que es típica de la primera etapa d e l a obra foucaultiana, se s uperpone una
“dramática del discurso”, como un “análisis de los hechos discursivos que muestran de
qué manera e l acontecimiento mismo de la enunciac ión puede afectar al ser del
enunciador” ( F ouc a ult, 2009: 84). Una de l as consecuencias más interesantes de estos
desarrollos e s que muestra n cómo las relaciones entre el c onocimiento y la
subjetivación no se limitan a un campo pri vado o en todo caso escindi do de la vida
política en sentido fuerte , que sería el de la especificación y trans for mació n del sujeto,
sino que se produce n en un espacio de articulación del saber – poder – sujeto que
resulta re levante para la formac ión de un arte de gobier no al nivel máxim o de la
población (Foucault, 2009: 171-2, 195).
La segunda gra n cuestión que que rr íamos trata r respecto al saber atañe a la
propia noción de v e rdad en el pens amiento foucaultiano y al desplazamiento que se
produce ahí desde una noción universal d e v erda d, y por tanto de conocimiento
verdadero y válido, hacia la noción de “r eg ím e nes de verdad” o del de cir veraz, que
pretende subra y ar el c a rá cter inmanente de estos discursos de verdad re specto a la
realidad a que se refieren, a la que afectan y sob re la qu e se formulan nuevos
enunciados con pretensión de verdad. En las conceptuaciones más extensas, que
corre sponden a las últ im as ediciones de sus cursos en el Coll è ge de Fra nce , Foucault
(2007: 53) indi c a: “El rég imen de ve ridicc ió n, en efecto, no es una le y determinada de
la verdad, [ sino] el conjunto de las reglas que permiten, con respecto a un discu rso
dado, establecer c uáles son los enunc iados que podrán caracter izarse e n él como
verdaderos o falsos”. La trans ición hacia el “ré gimen de verdad” marca una cuestión
algo distint a a la de la verdad sim ple, por cuanto, en aquél, ésta no se considera en
abstracto, sino a través de las posibilidades de producción y las pos ibilidades de
efec tuación de tal verdad en un determinado ámbito, reg imentado, de lo real
42
.
Esto supone un cambio en el método de investigación de los discursos desde la
actividad destinada a mostrar la veracidad ( y por tanto la legitimidad) o la falsedad ( y
por tanto la ilegitimidad) de determinados discursos o técnica s hacia nuevos objetivos
relativos a las condiciones de su formación y e volución. O también, r e lativos al análisis
de las normas qu e permiten prescribir conductas de manera le g ít ima en v irtud de esos
discursos, a partir de o relativos a las modific aciones que hacen posibles en los sujetos y
que, a su vez, afectan a esos discursos verídicos
43
.
categorías de gobierno d ef inidas y ello tiene relación, entre otras cuestiones, co n el desa r rollo
normalizado de s u perso n alidad y de una ca pacidad de auto -co n tr ol, que es una de las cla ves del gobierno
contemporáneo d e infan cia.
42
Foucault (199 9 j: 37 -8) aprovech aba el ej em plo de Mendel, cuyos d escu b rimientos sobre
genética quedar on desplazados en su tiempo, par a apoyar esa idea: “Siempre puede decirse la verdad en el
espacio de una exterioridad salvaje; pero no se está en la v er dad más que o bedeciendo a las reglas de una
“policía” disc u r siva que se debe rea ctiv ar en cada uno de sus discursos”.
43
A e s te respecto , la lectura d e Deleuze (20 06a: 1 87) es interesante en cuanto a lo q u e po dría
deno m inarse un a “voluntad de saber ” en la v er dad, donde indica que la c uesti ó n s ería “ ¿c uál es la
‘voluntad’ de verdad p resu puesta por un discurso ‘verdader o’, un a v oluntad que ese dis cu rso no puede
sino ocultar? En otras palab ras, la verdad no presupone un m éto do capaz de descubrirla, sino
proced im ientos y pro cesos, fo rm a s de quererla. T enem o s sie m pre las verdad es que nos merecemos, en
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
60
comprensión integrada y “natur al” de la seguridad que, si se quiere, es más amplia y
compleja que la que suele de finirse dentro de l ám bito de las polít icas de seguridad
48
. En
cualquier caso, cuando se alude a una naturaliza ción del gobierno, o de la economía
política c omo saber de g o bierno, no se trata del de scubrimiento de una natura leza
superior y anterior al gobierno; es decir, de un de r ec ho n atural que hay que respetar para
que todo funcione, sino d e una naturaleza interior y propia del g obierno, declinada en la
superficie misma donde se ejerce dich a a cción y cu y a contravención re dundará en
efec tos materiales negativos (Foucault, 2007: 33 y ss).
Por tanto, la cuestión que se perfila a continuación es cómo se estabili za esta
seguridad, en cuanto despliegue funcional de la ec onomí a p olítica liberal. A este
respec to, d esde un a perspectiva foucaultiana, not a mos dos grandes estrategias. Una d e
carácter positi vo, que introduciremos de manera i nmediata, relativa a la pr oducc ión de
libertad, tanto en una esfera económica como pol ítica . Y ot ra, de c arác ter negativo, en
cuanto que centrada sobr e la de limitación de de terminados riesg os capaces de provoc ar
una c risis del mercado y de la se g uridad, así como sobre su evitación o prevención ( vid.
infra caps. 2-4).
Conviene aclarar que este laissez-faire no impli c a una reducción, en ex tensión o
intensidad, de la activi dad de g obierno, respecto a los diagramas de soberanía o
disciplinarios. Como vimos, más que excepcionalización, naturalización del gobierno:
menos reglamentar los proc esos soci ales, q ue manejar los como realidades naturales
dadas, dentro del contex t o de unas reglas d e juego determinada s (Foucault, 2008: 334 -
5) y a través de dispositivos de seguridad en el gobierno d e l medio (Goodie, 2001).
Nuevo campo, por tanto, de los el ementos de la g o berna bil idad que inclu y e el pr ivilegio
de la prá c tica económica , un manejo liberal de la población, el de re cho y el respeto de
las libertades en la economí a y los procesos social es y el pro gre sivo es cor amiento de las
funciones de policía a funciones re strictivas o represivas
49
.
En este contexto, se formula la estrategia citada en cuanto a la p roduc ción de
libertad. En el liberalis mo, las cuestiones del control son, sobre todo, cuestiones de
libertad, no como derecho o como un va lor exterior a conser var, si no com o un objetivo
de la produc ción en los s istemas liberales. La libe rta d es fundamental para garantizar la
buena marcha, espontánea, de los procesos económicos y sociales. Ello es lo que
proporciona prosperidad al Estado y contento so c ial (Gordon, 1991: 19 ). Es decir, la
libertad adquiere la dimensión de seguro del Estado (Foucault, 2008: 336): “L a
inscripción de la li be rt ad no solo como de recho de los individuos legítimamente
opuestos al poder, a las usurpaciones, a los abusos del soberano o del gobiern o, sino
[de] la liberta d convertida en un elemento indispensable para la gubermentalidad
misma. Ahora, solo se puede gobernar bien a c ondición de respetar efectivamente la
48
La intensificació n d e esta circularid ad de gob ierno entre buena march a d el mercado y
seguridad lleva a hablar de una p rogresiva trans ición hacia l as “sociedades d e control” (Deleuze, 200 6b) o
“sociedades de s eguridad”, que es el término más común e n la obr a f oucaultiana.
49
Vid. Foucau lt ( 2008: 336). En un sentido algo distinto, Harcourt (2008a: 44-9, 58-9; 2 011)
propone hacer una lect ura de la co n tr aposición f o u ca ultiana entre la sobre -regulación del Estado policía y
la no-inter ven ción fisiocrática como un co ntraste de carácter retó rico, al notar q u e estos principios en la
práctica fisiocrática eran más d is cursivos que prácticos.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
61
libertad o una serie de libertades. No respetar la libertad es no solo cometer abuso s de
derec ho con respecto a la ley, sino sobre todo no saber gobernar como es debido. L a
integración de l a s li be rtades y los límites propios a ellas dentro de la práctica
gubernamenta l es ahora un imperativo” . Ello es coherente con una concepción moderna
de la gobernabilidad, en la que si “gobernar (… ) es estructurar el posible campo de
acción de los otros ” y el pode r “oper a sobr e el campo de posibilidad o se inscribe en el
comportamiento de los sujetos” (Foucault, 1988: 238 -9), la ex istenc ia de u n sujeto libre
y de un campo relativamente abierto de posibil idade s de acción son condiciones
necesarias para e l gobierno.
Como es lógico, la actividad de gobierno resulta más compleja que la
producción de libertad e n todos los órdenes, por controlada que, como vere mos, pueda
conceptuarse esta producción. A tal respecto, y a vimos, al inicio del cap ítulo, que ha
sido habitual oponer a este análisis fouca ult iano de la gobe rnabilidad la existencia de
sendos espacios de persistencia d e poder sobe ra no , y aun de ex c epciona lidad, respecto a
los principios liberales del Estado de d erecho, con oscilaciones en la p reponde rancia
que se c oncediera al polo liberal o a sus antag oni smos, digamos, absolutistas ( vid. infra
cap. 4). En relación a es te debate, entendemos q ue resulta int eresante la aportación de
Valverde (1996: 359 y ss) en cuanto al análisis de una racionalidad de gobierno
moderna en que se articulan regímenes de prácti c as liberales con otros anti -liberales o
despóticos, en una relación que es tensa pero n o inestable, en la medida en que el
mantenimiento de esos ámbi tos de g obie rno de spótico para aquellos/as qu e transitoria o
definitivamente no son capaces de auto -gobernarse r esulta imprescindible para el
funcionamiento del li b eralismo (Valverde, 1996: 363). En el contex to de esta
investigac ión, estos campos anti - liberales o despóticos en el int e rior de la
gobernabilidad liberal s on mu y relevantes en la medida en que la infancia se ha
config urado como uno de esos campos “exteriores” a la razón, a la libertad y a la
autonomía y por tanto susce ptibles de gobiernos de diferenciado carácter despótico.
Aparte de estas matizaciones, es notorio que el sentido que la noción de li be rtad
tiene en el pensamiento foucaultiano sobre el gobierno resulta mu y particular, de modo
que convie ne alguna a claración. Existe un g iro característico en esta comprensión de la
libertad, que se conceptualiza a partir de una suerte de tensión. De una parte, se resalta
la relevancia de la produ c ción de libertad en las estrate g ias de g obierno (Foucault, 20 02;
Rose, 2007: 10, 65, 96-7) y no solo para el desenvolvimiento del m ercado y l a
participación de los distintos agentes, sino también para la formación de unos sujetos
libres y razonables qu e constitu y an la base de un gobier no de los otros que se nutre de l
auto-g obierno o del gobierno de sí. Sin embarg o, e n la misma vertiente en que la
libertad desempeña u n papel clave para la dimensión ética y la sujeción
contemporáneas, r e sulta decisiva pa ra todo gesto de liberación y d e resistencia al poder,
donde la li berta d es la base de una ética de sí que puede devenir estética de sí en cuanto
a producc ión y transform ac ión del sí mismo ( vid. infra cap. 5).
Por nuestra parte, es evidente que no es posible entender el sentido de la fil osofía
foucaultiana al margen de esta tensión entre gobierno – sujeción y li berac ión que se
sustancia a propósito de la noción d e libertad. Sin embargo, desde una perspectiva
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
62
crítica, r esulta difícil aceptar sin más esta vinculación tan estrecha e ntre la libertad y l a
actividad de gobierno. Con referencia al funcionalismo, más que al pro pio Foucault,
ésta es la extrañeza que ex pone Adorno (1992: 216) respecto a una noción de libertad
que puede describir las conductas de los individuos en determinadas situaciones pero
que es más determinism o (reacción, previsión, control, continuidad) q ue libertad, al
diluir las dimensiones de voluntad y espont a neidad que la componen. De sde este
enfoque, el domi nio del principio de individuac ión en el liberalismo es p recisamente el
que impide que la libertad aba rque más a llá del individuo y se agote en la protección
ante limitaciones de la individualidad, sin ate nder a la inserción constitutiva del
individuo en la colec ti vidad (Adorno, 1992: 219). A continuación, veremos que existen
numerosos puntos de co ntacto entr e las visi one s func ionalistas y las foucaultiana s que
instan a aclarar esta r elación.
En cualquier c aso, ant e s de seguir, no r esulta oportuno olvi da r que esta
conceptuación foucaultiana de la libertad es n ominalista, histórica e inmanente al
interior de la racionalización gubernativa, donde opera como un medio de gobierno. De
ello se derivan las dificultades aludidas, pero también abre la posibilidad a concepciones
alternativas ligada s a otr as e conomías de gobierno, como muestra la crítica de Prozor ov
(2007) a esta vinculació n foucaultiana entre el ré g imen políti c o liberal y la producción
de li be rtad, así como el giro ético del propio Foucault en los últimos años , donde trata
de desbordar cualquier cierre funcion alista respecto a est a noción dentro d e un
determinado régimen de gobierno o, en último término, los esfuerzos recientes de
filósofos post-foucaultianos (Esposito, 2009: 99-102, 103-8) por incidir en estas
posibilidades de la libertad.
Antes de abordar la dimensión política de esta goberna bili dad liberal, creemos
que un buen ejemplo de su despliegue práctico es el tratamiento que se hiz o de la
escase z de grano. La escasez, peligro fund amental para los Estados du rante los sig los
XVII y XVIII , no equivale al fenómeno del hambre, sino que e s más b ien un estado de
penuria que tiene la cual idad de reproducirse y p erpe tua rse , un estado de crisis en que
las condiciones para su solución se complican las unas a las otra s (Fouc au lt, 2008: 41).
Por tanto, el gobierno de la escasez es el g obierno de una mal a situación m aterial más o
menos aleatoria e imprevisible, pero también es el gobierno de la c risis social que
ge nera.
Desde un diagrama pre-moderno de ejercicio del poder, la crisis se gestiona a
través de un c ompendio de técnicas jurídicas y disciplinarias que articulan un sis tema de
coacciones: restricciones a los precios, al comercio exterior, obligación de se mbrar
grano arrancando otros cultivos, etc. Frente a estas políticas, que consiguen revertir los
fenómenos de escasez pero a un coste alto y sobre todo aumentativo de la frecuencia de
nuevas crisis, el tratamiento que se hace d e sde una r a cionalidad g ubernativa –
fisiocrática es mu y dist into (Foucault, 2008: 48 -53). En primer lu g a r, la escasez pasa a
considerarse un fenómeno natural, un acontecimien to que, en sí, no es ni un bien ni un
mal. Por tanto, la cuestión no se atiende desde su evitación en el mercado (precios,
abastecimiento, dist ribución, etc.) , sino en la producción misma: hay qu e gestionar la
producción de grano, c a u sa sub y acente, y no ta nto la escase z . De ahí un desplazamiento
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
63
desde las intervenciones coactivas y dir ec tas sobre el mercado d e l grano, a las
intervenciones sobr e los procesos aso c iados a la producción, que l a condicionan y que
acaban provocando l a escasez y condicionando s u a lca nce. En este sentido, se hará un
análisis económico del medio, de todos los factores qu e influ y en en la producción d e
grano y se int e rvend rá sobre ellos. El principal resultado de este método de gobierno a
través de disposit ivos de seg u ridad es que la escasez desaparece como fenómeno
productor de crisis y se institucionaliza como parte de un período económico normal.
Podrá haber c a restías más o menos intensas, pero la cuestión desaparece como
fenómeno crítico, al ser un fe nómeno cuyas dimensiones y alcan ce están “controlados”.
Incluso sus consecuencias más negativas, podrán acotarse a grupos de población
determinados y re sult ar, en términos generales, f uncionales.
En resumen, frente al “problema” formalizado de la escasez y d e la crisi s, la
opción disciplinaria e ra centrípeta: tr ataba de ce rr ar un espacio sometido a dominio,
regulándolo al detalle y prescribiendo de forma constante lo que debía ocurrir en él.
Frente a éstas, la nueva r a cionalidad oponía disposit ivos de seguridad que operaban d e
manera centrífuga: inte gr an todos los elementos en juego dentro de un análisis mucho
más amplio. Determinan cierto grado de tolerancia dentro de los cuales es
imprescindible dejar hacer a los elementos en juego (Foucault, 2008: 56 -9).
Este caso muestra tambi é n el m odo en que la economía política opera como
saber de gobierno y se formula como régimen de veridicción . L o que este régimen
propone no es una verdad universal d e modo que el soberano, al obrar contra su letr a,
desobedezca un a le y na tura l o los precios que s e fijen en el mercado sean “falsos”
(Foucault, 2007: 35 - 6), sino unas reglas cu y a contrave nción supone un error d e
gobier no d e ntro de su propio marco de inteligibilidad (en este caso, un perjuicio de los
objetivos de la producción), cu y os efectos pueden pr oducir problemas de seguridad,
tales como sediciones.
A su vez, a partir d e éste y otros ejemplos foucaultianos, podemos o bser var
también cómo se ha ido especificando el objeto de gobierno de la población y cómo ha
ido modi fic ándose su tratamiento. El tratamiento soberano y discip lina rio de la
población tenía base sobre la imposición de la voluntad del gobernante a través de
instrumentos binarios como la prohibición – castig o o de reglamentaciones
disciplinarias. Frente a estas técnicas, los fisiócratas, en un a racionalidad que se
entiende iniciadora de l a gobernabilidad (Foucault, 2008: 81 y ss), desarrollan un
tratamiento más “natural” de l a población, que ti ene dos características p rinc ipales. En
primer lugar, considera a la población más a llá de los ind ividuos que la componen y que
pueden ser objeto de la acción del soberano; más bien la tom a como un elemento de la
naturaleza, sometido a múl tiples variables y e n constante cambio (Foucault, 2008: 56 -
7).
Respecto a los regímenes ant erior es, cuyas técnicas enfrentaban a sus
destinatarios a la tesitura e x trema de la obediencia o la revuelta, a gobernabilidad
postulará, sin embargo, una intervención hasta l os límites de lo posible, con eficacia y
centrada en aquella s v ariables que afectan y definen a la pobla ción (la moneda, las
importaciones – ex portac iones, etc.) . De est e modo, a través de las técnicas de g obierno,
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
64
puede actuarse sobre las condiciones matrices d e las relaciones estratégicas entre los
individuos y g rupos, se a fijando relaciones de dominación, sea estableciendo relac iones
más o menos simétricas y móviles (La zzarato, 2000: 3).
Con ello, nos aproximamos a la vertiente, no solo económica, sino también
política de la p roducción de libertad en la gobernabilidad li be ral. En esta dirección, s e
orientan aquellas propuestas que describen el proceso de ex pansión del capitalismo
económico y e l li be ralismo políti c o como un proceso de liberalización de las relaciones
sociales, en cuanto a la necesaria disolución de ciertos lazos de dependencia como
condición para la proletariz ac ión de las masas campesinas (Rose, 2007: 66 -72; Castel,
1997: 156 - 8). Estas prop uestas seña lan, para distintos contextos históricos, la necesidad
de mantener un r ég imen de gobierno capaz de adaptarse, fomentar y m a ntener, en unos
márge nes determinados, ciertas dinámicas sociale s, dig amos con precaución, “libres” o
“espontáneas” como con dición de sostenimiento de la p ropia producción y se g urid a d
internas . A lo largo del trabajo, veremos como este “marco de problematicidad” que
articula las necesidades de la produ c ción, las exigencias de gobierno y los lí mites de
tolerancia de estas din á micas sociales s e configura de m ane ra histórica en cada
escenario de gobierno, sin cuy a consideración prec isa no es posible entende r los
problemas sociales que permanecen inscritos en ese diagrama.
Desde una perspectiva foucaultiana, mu cha s d e las innovaciones políticas de l a
gobernabilidad liberal p ue den analizarse po r su funcionamiento como dispositivos de
seguridad, destinados a fomentar, funcionalizar y mantener dentro d e parámetros de
seguridad estas dinámicas sociales. Como he mos i ndicado, se e stablec e un vínculo entre
la seg u ridad y buena m archa del mercado y la seguridad general del sistema, e n que,
como se presenta respec to al ordoliberalismo alemán (Foucault, 2007: 106-10), ni el
liberalismo ni el mercado se oponen al Estado o a la soberanía, sino que constitu y en
condiciones de cisivas de su “construcción” y estabilidad por la que “la economía es
fundadora de derecho público”.
Durante sus cursos en e l Collége de France , Foucault (2008: 332 - 6) se re fir ió a
algunos disposit ivos de seguridad, tales como la naturalidad del gobierno como nuevo
marco de integración de la razón de Estado y la actividad de policía; la justificación
teleológica del gobierno en la población; la especificación del nuevo objeto políti c o de
la “sociedad civil”, las nuevas formas de interve nción li be rales a partir d e dispo sitivos
de seguridad y el papel c onstitutivo de la libertad para estas tecnologías de ejercicio del
poder. En este esqu e ma y en general, los dispositivos de seguridad operan como
mecanismos inmanentes de actualización de la ra cionalidad liberal, a través de un
funcionamiento pa radójico, por el qu e, como señala Opitz (2011: 98 - 9) , “justifican la
necesidad de la interv ención a causa de la amenaza permanente sobre los proc esos en
los que no deben intervenir. A la par, las interven c iones solo pretenden ha c er posible y
plausible la ausenc ia de i nter vención”
50
.
50
A este r especto, pod em o s ver numero s os trab ajos que han explo rado las tec nologías de
gobierno desde perspectiva s más o menos explícitame n te foucaultianas, co m o la incor poración de los
dispositivos d e producción cultural y d e consenso social a los contenidos del control social ( Melossi,
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
65
De manera más recient e, esta dim e nsión política, digamos más ge neral, de la
producción de libertad para el gobierno se ha puesto en relac ión con la configuración y
promoción de sujetos autónomos (Rose, 2006: 9 0 - 1) , vist a la citada serie “posibil idad
del gobierno de sí – eficacia del gobier no de los otros”
51
.
En particular, y como vere mos dura nte la seg unda parte del trabajo, la
emerge ncia de una racionalidad de gobierno neolibera l desde la se g unda mitad del sig lo
XX ha intensificado todas estas tendencias. La racionalidad del mercado se convierte
tanto en el principio de i ntelig ibili da d de los comportamientos de los gobernados, como
en el principio crítico respecto a las intervenc iones gube rnamentales (Foucault, 2007:
280). Esto presenta un escenario, también de máx ima autonomización de los sujetos,
donde se reconfiguran los problemas de seg uridad y control.
Tampoco re sult a extraño que esta visi ón del poder-saber y el marco a nalítico de
sus relaciones ha y an ll e vado a cierta literatura a realizar una aproximación de la
perspec tiva foucaultiana a la del funcionalismo. Trat aremos de aclarar es ta cuestión a
partir de sus puntos de contacto y sus fuertes divergencias, no solo por un interés
escolástico, sino por su relevancia para conc re tar el ethos y el tel os de ambas
perspec tivas y presentar a sí una línea de conflicto muy relevante en el presente.
Respecto a las similitudes entre ambos enfoques
52
, se ha destacado una cierta
concepción del poder y su presencia generaliz a da en las relaciones sociales. Esto es
visible sobre todo en el caso de Luhmann, en cuanto a su visión relac ional del poder y
también a la rel e vanci a de la organización sistémica en el condicionamiento de los
comportamientos posible s, lo que implica una noción de libertad convencional,
socializada o confi g urada socia lmente dentro d el marco de unas re laciones más o menos
estables de pod e r. Como indi c a Calvo (1992: 97 - 8), “para Luhmann, en l a s sociedades
complejas, el poder no es sino la posibilidad que tienen deter mi na dos sujetos de diseñar
el haz de elecciones posi bles de otros suj etos”, esto es, determinar conca t enac iones de
efec tos basadas sobre estrategias preconstituidas
53
.
2006 : 5 - 8 ); también tod as las tecnolo g ía s d e rep resentación política, mayorías y estab lecimiento d e un
poder co n stituido en las democracia s liberales ( Sau q u ill o, 2004 a ); equilibrio y descent ralización d e
poder es (Hardt, 2005 : 181 -5); eq u ilibrios entre el favor ecimiento d e la liber tad para los pr ocesos
econó m icos y sociales y r estricción para lo s po líti cos ( M. Dean, 20 03: 1 08 -9). Sin e m b argo, la s
posibilidad es de estos disp ositivos so n muy a m p lias y resulta necesario pr ecisarlos e n su co ntex to , co m o
tratare m os de hacer de m aner a m á s ge n eral en esta primera parte y en relació n co n la infancia a lo largo
de la segunda.
51
Vid. infra cap . 5 . En un a síntesis singular, M . Dean (200 3: 1 23 y ss) entien de que la se guridad
depende, de un lado, de la capacidad de los su j etos in dividu ales de actuar racional m ente co n for m e a u n as
reglas d e cálculo coherentes con s u i n terés y co n el funciona m ie nto del mercado (por ejemplo respecto a
asuntos co m o el matri m o n io o la fa m ilia) ; pero tam bié n , por o tra parte, de la capac ida d del gob ierno de
emplear las in s tituciones y el lenguaje u nificantes de la soberanía, sobr e todo a través de los m ecan ismos
de representación formal, para abarcar en ellos una buena parte de la he terogeneidad social; es decir de la
posibilidad d e gober n ar al sujeto de interés tam bié n a p artir de nociones propias de la soberanía, a partir
por tanto d e lo que ese su jeto de interés conserva de sujeto de derecho.
52
En Ser rano ( 1988: 40 -1, 55 - 61) puede verse un análisis del pensamiento luh m an n iano sobre el
poder y el d erecho que lo aproxima a las co n s ideraciones fouca u ltia nas.
53
Co m o m uestra de la oportunidad de la discusión, nota m o s la proximidad d e esta visión a la
definición más suci n ta q u e Fo u ca u lt ( 1988 b: 2 3 9) da de la actividad d e gobierno: “Gob ernar ( …) es
estructurar el p osible campo de acción de lo s otros”.
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
66
Puede describirse otro punto de contacto respec to a la cuestión del orden social y
su aseguramiento, en cu a nto que el funcionalismo, en primer lugar Ta lcott Parsons,
condiciona esta sit ua ció n de orden, menos a la fuerza, que a la aceptación de su
legitimidad, aunque aquella siga teniendo una función mu y relevant e sobre todo
respec to a la int eg r ac ión de las desvia c iones, como un medio de “simbolizar la
efec tividad del poder” (Calvo, 2001: 106 -7). En este sentido, apar e cen también
analogías de método, por cuanto que el aná li sis suele ca recer de un a dimensión
normativa (al menos, explícita) acerca de las cuestiones de poder, libertad, orden o
relaciones sociales y , en c ambio, incidir en la dimens ión “empírica” de sus condiciones
de funcionamiento
54
.
En cuanto a las explicaciones del orden so cial, una ramificación muy relevante
de esta analogía se obs erva r e specto a las r elaciones (de sujeción, de libertad, de
resistencia, etc.) del individuo con l a norma. En particular, para ambas visiones, es
decisivo el proceso de “interiorización” de la no rma , por la qu e ésta deja de ser una
regla de conduc ta exterior que se impone y pasa a incorporarse, como volu ntaria, como
espontánea , a las disposiciones con que s e condu c e el individuo, a su carácter, etc.
55
.
Desde una perspectiva crítica, los sins a bores de esta transición son notab les, ya que el
proceso de soci alización del individuo se ha conve rtido en un proceso d e traslación y
activación de la s coacciones desde su interior ( vid. infra c ap. 5).
Adorno (1992: 276) también identifica los efectos de poder y d e sujeción que
tienen las e xplicaciones funcionalistas del ord en y de las dinámic as s oc iales, en la
medida en que “ el concepto de func ión hace posible que “ el sujeto se vue lva a prescribir
por sí mismo aquello a lo que la sociedad le cond ena” . Así, e n el funcionalismo, a l igua l
que en el mar c o foucaultiano, las cadenas de ca usalidad que habían permitido describir
el funcionamiento soci al ven disueltas su e fic acia en favor de una constelación de
factores de explicación. Ésta es la posi c ión que, en el funcionalismo, oc upa e l “sistema”
y su capacidad pa ra i nvolucra r a los individuos en procesos d e so c ialización e
integración
56
. En problema es que esos proc e sos dev iene n totales y la noción de libertad
y aun de individuo se max im iza para disolverse en la integr ación y estabilid a d del orden
social (Calvo, 1992: 99-100).
En cualquie r caso y desde nuestra pe rspectiva, una vez a dvertidos los puntos de
contacto y así ciertos lími tes en el pensamiento foucaultiano, conviene precisar las
notables diferencias entre ambos enf oques. En primer lugar, respecto a la posición de
las re sistencias y , en definitiva, de las posibilidades de los elementos que divergen d e la
“segunda natural eza” co nfig ur a da por los p roc es os de integración o las relaciones de
poder estructuradas a escala sistémica. En tal sent ido, resulta muy claro, en Foucault, el
54
P or ejemplo, Hab ermas (19 89: 324) formulaba e sta cr ítica al método foucaultia no y a s u
noción de p oder: “un concep to [el de poder] utiliza b le en términos descrip tiv o s y sirv e a un an álisis
empírico de tecnologías de poder, que por su lado meto dológico en casi nada se distingue de un a
sociología del s aber, d e orien tación histórica, que procediera en tér m inos fun cionalista s”.
55
Vid. Calvo (2 001: 98-9), en tre otros/as.
56
Adorno (1992: 265) describía así la transició n : “el lema so cial es la integració n, la
interdependencia universal de todos lo s factores deja atrás c om o antic u ad a la causalidad. En una sociedad
m onolítica es inútil buscar q u é pued e ser causa. La única caus a es la sociedad misma. Es co m o si la
causalidad se hubiese r etraído a la totalid ad y se hu bie s e hecho inapr ensible en medio de su si stem a”.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
67
papel constitutivo que tiene la resistencia en las relaciones de pode r y e n la articulación
de los dispositivos de seguridad, frente a la visió n funcionalista, donde la actividad de
gobier no se dilu y e hast a su abstracción respecto a sus agentes y s e perfecciona en la
dirección de un orden h omeostático e interiorizado, perfecc ionado con cada cambio
social.
Ello conduce a una segunda línea de diferenciación: el ethos de tal aná li si s de las
relaciones de poder y de l orden social. Del mi smo modo que indica Bidet (2006: 25),
Fouca ult, “e nunciando la verdad del liberalismo, no propone que el liberalis mo sea la
verdad” . Es cierto que éste constituy e t a mbién el objeto de atención de las críticas al
“relativismo” nietzscheano y al nominalismo metodológico en Fouc ault (H ab erma s,
1989), pero creemos evidente que sus investi g aciones contienen una apuesta por la
dignidad humana f re nte a distintas formas de dominación, que no se agota en una
exposición de las condiciones del funcionami e nto socia l, sino que apela a la
imaginación de otras posibles ( vid. supra introducción). C omo bien indica J anica ud
(1990: 288-9) respecto a la c rítica habermasiana, los universales trasce nde ntes no se
sustitu y en por una pura y arbitraria volunt a d de po de r.
De vuelta al hilo princip a l de este capítulo, hemo s advertido, en algunos puntos
de la explicación anterio r, cómo l a gobernabil idad liberal se d esarrollaba en un m arc o
que era el de la propia vida de la población, lo que nos invita a aclarar algunas
cuestiones e n torno a la noción de biopolítica, que e s fundamental para la
gobernabilidad moderna y común durante el resto del tra bajo. En general, la citada
gubermentalización se centra, desde el siglo XIX, sobre todo en elementos o aspectos de
la vida humana, que se de limita c omo un objeto político , más que como objeto natural ,
sobre el que emergen fo rma s específicas de ejercicio d el poder ( L emke, 2 011: 165 -9).
En Foucault, la noción de biopol ítica adquiere sentido en su con tra ste con el
funcionamiento anterior del poder soberano, don de su derecho de vida o muerte sobre
los súbditos es efectivamente absoluto pero ex ter ior a la vida, que es lo que se extrae, lo
que se somete a peligro o lo que se deja fu era . Se t rata de un trá nsito, no sustitutivo sino
cumulativo, desde el dej a r vivi r y hacer morir, hasta el hacer vivir y dejar morir , que
caracter iza la biopol ítica (Foucault, 2003: 20 5-7). En consec u enc ia y en la medida en
que el poder se va configurando como un pod e r que se ejerce sobre la vida y a partir de
la vida, ésta s e convierte en la r a z ón y en el límite de las posibilidades d e ejercicio del
poder. Si bien, conviene entender que no se trata de una apuesta normativa por la vida
en todo caso, sino de la introducción de una razón o una verdad de g obierno a l nivel de
la vida que permita maximizarla, no de cualquier modo y en todos los ca sos, sino en la
disposición coherente con esa razón de gobierno.
También en contraste co n las tecnologías disciplinarias típicas, que operan a su
vez como una suerte de c ondición de desarrollo de la biopolí tica , est as tec nologías sobre
la vida especifican su objeto en otro nivel y oper an con nuevos el ementos: más que al
cuerpo, se orientan de cididamente hacia la vida y al ser humano como ser viviente; y
frente a la individualización disciplinaria de la multiplicidad humana , operan sobre el
conjunto de los procesos vitales poblacionales. Así lo indicaba Foucault (2003: 208):
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
68
“La nueva tecnología introducida está d estinada a la multiplicidad de los hombres, pero
no en cuanto se resumen en cuerpos sino en la medida en que forma, al contrario, una
masa global, afectada p or procesos d e conjunto que son propi os de la vida, como el
nacimiento, la muer te, la producción, la enfermedad, etcétera.”. Por tanto, en relación
con la anatomía polí tica de las disciplinas individualiz a ntes sobre el cuerpo, se trata
aquí de toda una “biopolítica” de la especie humana
57
.
Tr einta años después de su proposición a finales de los 1970s (Foucault, 1984;
2003), cabe discutir la pertinencia de estas categorías analíticas en un presente
neoliberal, cuando se ha señalado
58
que la noción de biopolítica parece más compatible
con regímenes de planificación que con los (neo)liberales y s e ha advertido la relativa
autonomía de muchos asunt os en que la vida constituía el centro polí ti co (problemas
demográfic os, de supe rvivencia ecológica, etc.) respecto a la racionalidad liberal de
gobier no y sus inflex iones.
En cambio, otros sectores de la li ter atura han analiz ado la utilidad de la noción
en las investi g acion e s post -fouc aultianas sobre el gobierno de los/as vi vos/as. Entre
ellos, Rabinow y Rose (2003: 3) id e nti fic an lí neas útiles d e desarrol lo respecto a la
propuesta inicial, que, por otra pa rte, y a t ra tab a de abarcar distintos niveles en la última
obra foucaultiana
59
. En este sentido, la noción p e rmitiría delimitar el campo de un decir
veraz sobre la vida, no solo en el estricto campo de la d isciplina biológica, sino, en
sentido amplio, dentro d e otras ciencias y saberes como la d emografía, la economía, la
salud pública, las ciencias de la conducta, etc. Y, de ahí, se haría posible configurar
distintos reg ím e nes de pr ác ti c as sobre las condici ones de vida y prescribir normas sobre
las materias que delimitan estos sabere s expertos de la vida
60
.
Ya antes e n Foucault, tanto la noc ión de rebaño dentro del pastorado, como la de
población da ban ide a de una tendenc i a a considerar, a efe c tos de ejercici o del poder, “la
vida como especie” ( L e mm, 2010: 366 -70), en un doble movi miento de categorización
57
No faltan d ef inicio n es e xplícitas del concepto. Por e jemplo, puede verse Foucault ( 1984 : 173):
“Habría que hablar de “bio - po lítica” para d esig nar lo q u e hace entrar a la vida y sus m ecanismos en el
dominio de lo s cálculos explí citos y convier te al po der -sab er en un agente de tr an sfor m a ción de la vida
humana (…) el hombre moderno es un an im a l en cu y a política está puesta en e n tredicho su vida de ser
viviente”. Ta m bié n, Fou cault (1999b : 2 0 9 ): “ La for ma en q ue a partir del siglo XVIII, se h an tratado de
racionalizar los problemas que planteaban a la práctica guber n a m e ntal fenómenos propios de un conjunto
de seres vivos constit u idos co m o pob lación: salud, h i gien e, natalidad, lo ngevidad, razas, etc.” y Foucault
(2008: 1 3 ): “el conjunto de mecanismos po r medio de los cuales aq u ello que, en la especie huma n a,
constituye sus rasgos bioló g i cos fundame ntales, podr á ser par te d e una po líti ca, u n a e strategia po líti ca,
una e strategia gen eral del p oder”. Fin alme n te convie n e atender a las referencias en Foucault (2003: 205 -
25) p a ra u na explicación intro ductoria muy provechosa.
58
Vid. Gar cía de la Huerta (2010 : 178-9), entre ot ro s.
59
En este sentido, Fo u ca ult (200 3: 214): “ Tene m os, p or lo tanto, dos series: la serie cuerp o -
organismo - d is ciplina -instituciones; y la ser ie població n-procesos biológicos-meca n is m os regularizadores -
Estado. Un co n j un to o rgánico institu cional: la orga n o disciplina de la institución, por decir lo así, y, por
otro lado, un co n j un to biológico estatal: la biorregulación p or el Estado”. A unque advierte de que no debe
enfatizarse de m as iado esta oposición d is ciplinas – gober n abilidad, ya q u e las tec nologías disciplinaria s
siempre tuvieron un a di m e n si ón sis témica más allá de las instit u cio n es donde se alo jaron en inicio.
60
Desde u n a persp ectiva más t ecnológica, las téc nicas de go bierno que se for m ulan desde este
enfoque miran so bre todo a la vida, la “im itan”, en el sentid o de que b u scan en ella su sentido y de que
tienden a confluir con sus d inámicas prop ias (que ta m bién modulan) co m o co n d ición de mayor eficac ia
(Muhle, 2010 : 404-5).
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
69
– diferenciación d e poblaciones y d e individualiz ac ión de los sujetos en su interior.
Respecto a este proceso, la noción de biopolítica permite subra y ar esta elevación del
plano de gobier no desd e el individuo al nivel de las poblaciones, qu e es típico del
proceso moderno de gubermentalización.
Por tanto, lo más interesante es que esto delimita una s estrat eg ias de
intervención sobre l a ex istenc ia colectiva, co mo población, que se articulan de la
manera expuesta sobre las pobla c iones te rr itorializadas y dadas p e ro que también
contribuy e a la configuración de nue vas colec ti vidades biosociales, a través de vectores
de género, etnicidad, relig ión, culturales, etc. (Rabinow, 2003: 4); por lo que tiene pleno
sentido para el análisis de las políticas de delimitación y gestión de ciertas ca tegorías d e
infancia ( vid. infra caps. 7-9). Esto se une a su impacto en los modos de subjetivación,
que prec isaremos durante el capítulo qui nto.
En general, nuestro interés en la biopolítica, dentro de un régimen
gubermentalizado de ejercicio del poder, reside en que permite enfatiz ar el carácter
inmanente del telos y de la a c ti vidad de gobierno contemporáneos: más que valores
trascendentes, es la maximización func ional de la vida la que se constit uy e en condición
de la seg uridad sistémica. Como se desprende de los análisis de J. B utler, esto denota la
dimensión social y polí tica , mucho más que biológica, de esta cuestión
61
, toda vez qu e
lo releva nte no son las condiciones sustanciale s y aisladas d e la vid a , sino e l desarrollo
concre to y contex tualizado de una s condiciones de vida, cu y a seguridad, p or e jemplo, s e
sostiene sobre la e xposición a la incertidumbre de otras vidas (Butler, 2010: 38-41, 54).
Con toda claridad desde la segunda mi tad del siglo XX, la a ctividad de gobierno
pasa por la problematización c omo cue stiones sociales, o la politización en este sentido,
del despliegue y l a s vici situdes de la vida. Esto corresponde a una tr ansición general
hacia su subsunción re al bajo el ré g imen d e produ c ción y re produ cc ión del ca pitalismo,
de la que señalaremos epít omes tan claros como la centralidad de la noción de “capital
humano”, en el capítulo sexto. Sin embargo, tal evolución re sulta aún más evidente si se
analizan las estrategias de g obierno de la infancia, cuya exposición a la incertidumbre es
mayor y respecto a quienes gobernar consiste en instituir dispositivo s y políticas
sociales que aseguren su crianza y conduzcan su s vidas, en lo que se refiere tanto a la
evolución de sus cuerpos como a su integración social
62
.
61
Aquí no solo existe un desplaza m ie nto político o social del asu nto de la vida, sino también u n
cierto vaciamiento d e su sen tido esencial. La noción de bio política en Foucault, co m o p olítica de la
pobla ció n está m uc h o menos “cargada” de sentido q u e el q ue acompaña hab itualmente a la de vida . Para
Fassin (201 0: 2 3-5), ello entronca co n la i n fl u e ncia d e Nietzsc h e y su de s confianza, no solo d e los
significantes, sino también de los significados, con pr ef e rencia por los o b j etos superficiales sob re el
sentido profundo de las cosas.
62
Co m o indica Butler (20 10: 43) en la dob le dimensión p olítica y ética de la cuestión, “ nuestras
obligaciones son tale s, precisa m ente, para co n las co n diciones q u e hacen posible la vida , no p ara con la
‘vida en sí ’ ; mejo r dicho, nuestras o bligaciones surge n de la idea de que no puede haber una vida
sostenida sin e sas condiciones sostenedor as y de q u e esas condiciones son, a la vez, una responsabilidad
política nuestra y la materia de nuestras decisiones ética s más arduas”. Otro s autores (Fassi n , 20 10: 28)
han distin g uido e n tre una “vid a misma”, al u s iva a la base bioló g ica de la vida, y una “vida en sí”, má s
susceptible de trata m iento político en la co nf iguració n de “regímenes de vida”, p or ejemplo , a través d e
las política sociales o las políticas de crianza de la infancia.
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
76
estos diagramas en diferentes ámbitos políticos o de gobierno, lo que nos permitirá
finalmente dar un a razón más compleja de las políticas actuales de gobierno de la
infancia a lo lar g o de la segunda parte.
2. Una perspectiva jurídica del pensamiento foucaultiano
Como expusimos, desde los años 1990s, la repercusión del pe nsamie nto de
Michel Foucault en el ámbito jurídico ha sido notable. Sin embargo y si bien esta
literatura muestra la utilidad de su lectura desde este ámbito, su discur so acerca d e l
derec ho no ha tenido la misma consideración. P or supuesto y pese a la ambición del
título, no pretendemos en este breve apartado analizar la relevancia de las
investigac iones fou c aultianas para el ámbito juríd ico. Quisiéramos, en cambi o, realizar
una apr oximación general a este asunto que, en fechas mu y recientes, ha adquirido una
notoriedad ex tensa en el campo de las investigaciones socio-jurídicas, a la par que
remitir a los capítulos posteriores la declinación de esta relevancia respec to a distint os
campos de la rea lidad polít ica y su re g ulación.
En el estudio del im pa ct o foucaultiano sobre el derecho, el trab a jo de Hunt y
Wickham (1994) sentó una caracterización influ y ent e, que incidía en la idea de una
doble negación o “ex pulsión” del derecho en Foucault
75
. Esta visi ón, basada sobre la
segunda épo c a del tr aba jo foucaultiano, centrada en el poder, se suste ntaría en dos giros
analíticos. Foucault apostaría por la relevancia, en la modernidad, de otr os modos de
regulac ión y formalización de las relaciones d e poder, en p a rticular a f avor de unas
disciplinas y una biopolítica extra-jurídicas
76
. Y ell o derivado de una fuerte vinculación
entre el derecho, identif ica do sobre todo con l a ley y su ejecución y con el modelo
austiniano de reglas y sa nciones (Tadros, 2010: 1 49), y el modo típico de ejercicio del
poder durante el periodo de hegemonía del poder sobe ra no, l o que in troduciría un
homólogo decaimiento durante el presente (Golder, 2009: 55 -6). Además, esta fuerte
identificación d el de re c ho con l a soberanía obs cur ecería la v erdadera a mbig üedad y
complejidad de estos pr ocesos, en los que también se parecían nexos e ntre l a s formas de
75
Por otra parte, el mismo Hunt (20 04: 608) reconoce que esa falta de inter és d irecto por la
norma “no disminu y e el valor de la contribución foucaultia n a a n u estra co m pre ns ión de los mecanismos
m oder nos de regulación”; d e lo que son muestra lo s trabajos de autores/as post -foucaultianos/as a que
aludiremos a contin u ac ión.
76
E n esta línea, Walby (20 07: 554 -6) h a señalado el caráct er excesivo d e tal d icotom ía soberanía
– ley / disciplina – nor m a. Hu n t y Wickham (1994 : 60) indican que, en esta fase, el estudio se centra en
exceso en el monopolio del Estado sob re la producción jurídica, sin ate nder de forma suficie n te a la
influencia de agentes privados o extra-estatales en esta p rodu cc ión: por ejemplo, a la disp er sión del poder
real, las for m as de auto rregu lac ión populares, co n suetudinarias, el co nflicto entre las d istintas
jurisdicciones en co mpetencia eclesiástica, co m ercia l, etc. Esta opción dej aría de atender asimismo al
carácter nada pac íf ico de la co dificación y progresiva ce ntralización del der ech o en el Estad o. Por nu estra
parte, creemos que la pr esencia de estos elementos extra -estatales en la p roducción de n or m as e s rica a lo
largo de la obra de Foucault, t anto si se atiende al carácter minoritario y sectario con que se desarrollaron
las discipli n as, como a la for mación de los saber es expertos o de las ciencias de la conducta. Sí es cierto,
en ca m b io, que el modo en que estas nor m a s llegaron a for m alizarse j urídicamente per m anece b astante
desatendido.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
77
innovación y r esistenc ia en la mode rnidad y las formas jurídicas, d e mod o que no cabe
reducir todas las expresiones jurídicas a una r epetición del esquema absolutista de la
soberanía (Hunt, 1994: 53, 64).
En cierto sentido, ésta es la lectura que hace Serrano (1987: 82, 143-8), al
explicar esta posición “marg in al” de lo jurídico en Foucault a p artir de su limitada
capacidad para compr e nder de forma adecu a da el funcionamiento y ejercicio del poder,
tanto por su dependencia vertical respecto al po der sober a no, como por sus ras g os de
ge neralidad y abstracción (de la norma y del suj e to de derec ho), que se contraponen al
plano de la mi crofísica del poder
77
. Así y si s e atie nde solo a esta segunda etapa de la
obra foucaultiana, pued e resultar ex a cto el señalamiento de Habermas (1989: 347)
acerca de la falta de consideración, dentro d e los análisis hist ór icos de Foucault, como
los de Vigilar y castigar , de las transfo rma ciones del Estado y su pr oducción norma ti va
desde el Antiguo Régimen hasta el moderno Estado de derecho.
Aunque no entendemos que lo más relevante del pensamiento foucaultiano
respec to al de re cho sea esta a ctitud concreta de “expulsión” o falta de re c onocimiento
en el ejercicio contemporáneo del poder y , por tanto, en el funcionami ento social, sí se
reconocen numerosos méritos en los tra bajos de Hunt y Wickham sobre el pensamiento
foucaultiano y no pocos argumentos en éste para que tal visión se haya consolidado. En
cualquier caso, precisamos que el a lejamiento no se produc e respect o al derecho, sino a
ciertas c uestiones de método que acompañaban a su entendimiento más ex t endido.
Por una parte, Foucault ha atendido, aunque no de manera central, a ciertas
cuestiones re lativas a la formación del Estado moderno, como la justificación,
funcionamiento y límites de la soberanía, que tuvieron también una dimensión
jurídica
78
, toda vez que el derecho monárquico, co mo leng uaje y forma del discurso de
soberanía, fue un e lemento c lave de auto -c omprensión de la monarquía (Foucault, 2003:
31-2; Hunt, 1994: 44).
Ahora bien, esto siempre se hizo a partir de ciertas prec auciones de método. En
primer lugar, fre nte a la concepc ión liberal del derecho, dado que esto suponía una
consideración “pre - moderna” del ejercicio del pod er
79
. Por supuesto, aquí sí se advierte,
77
P uede verse una per spectiva si m ilar pero actualizad a en relación con fenó m e n o s s ocio -
jurídico s recientes en San Mar tín Segura (2010: 2 3 - 7).
78
“El discur s o y la técnica del d erec ho tu vieron la función esencial de disolver, dentro del poder,
la existencia de la dominación, red u cir la o en m ascar arla para poner de manif iesto, en s u l u gar, do s cosas:
por una parte, los derechos legíti m o s de la soberanía y, por la otra, la obligación le gal de la obediencia.”
(Foucault, 2 003: 31). P o r otra p arte, indicaba (Foucault, 1984: 62): “El derecho no fue si m ple m ente un
ar m a manejada hábil m e nte por los monarcas; fue el m odo de manifestación y la for m a de aceptab ilidad
del sistema m o n ár quico. A pa rtir de la Edad Media, en la s so ciedades o ccidentales el ejer cicio del poder
se formula siempre en el derecho”.
79
Como Fo u ca ult (19 84: 6 3-4) indica: “En el fondo, a pesar de las diferencia s de época s y de
objetivos, la representación de l poder h a per m a necido acechada por la monarq u ía. En el p en samiento y en
el análisis político , aún no se ha guilloti n ado al r ey . De al lí la i m po rtan cia q u e tod avía se o torga en la
teoría del pod er al pr o b lem a d el der echo y de la vio len cia, de la ley y la ilegalidad, de la v olun tad y de la
libertad, y s obre todo del Estado y la sober an ía (incluso si ésta es interrogad a en un ser co lectivo y no más
en la p ersona del so berano). Pensar el po der a partir d e estos problemas equivale a p en sarlo s a partir d e
una forma histórica muy part icular de nuestras sociedad es: la m o narquía jurídica. M uy particular, y a
pesar de todo transitoria. Pues si mucha s de sus for mas subsistiero n y a ún s ubsisten, no vísim os
mecanismos de poder la penetrar on poco a poco y son probab lem ente irreducibles a la r e presentación del
derecho.”
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
78
en ocasiones, un a identi ficac ión demasiado estrecha entre derecho y l ey , cuando la
crítica se diri g e al exceso de visi bilidad de la ley y a su efec to de oscurecimiento sobre
otras formas de ejercicio del poder, como las disciplinarias (Tadros, 2 010: 149 - 52;
Hunt, 1994: 49) y otra s formalizaciones jurídicas, como las instituciones modernas
(Burchell, 1991: 131). Buena parte del campo de análisis abierto por el concepto de
disciplina se funda sobre el reconocimiento de un modo de ejercicio del po der en cierto
sentido “infra - jurídico”
80
o, en todo caso, alejado de la cúspide de los sistema s
normativos y tanto más eficaz en cuanto que m enos visi ble como un haz de relaciones
de poder: como indica el mismo Fouc ault (2003: 33) “captar e l poder po r e l la do de l
extremo cada ve z menos jurídic o de su ejercicio”
81
.
Así pues, esto p ermite delimitar dos líneas de análisis. De un lado, la
introducción de un a s nue va s tecnolo g ías de ejercicio de l poder en un nivel capilar
82
y su
expresión jurídica. Y, de otro, el p roce so de gubermentalización del derecho, como
tecnolog ía de intervención sobre la poblac ión en el contexto del liber alismo y del
neoliberalismo, lo que facilita el abordaje de pol íticas sociales y criminal es durante el
resto de la investigac ión.
A este r espec to, apa rece la seg unda precaución, que se toma respecto a las
abstracciones que implica la concentración exclusiva sobre un modo de ejercicio del
poder siempre general o de marco, tal como el que suele acompañar a la teoría liberal
del Estado y la constituci ón (F ou ca ult, 2009: 171- 2). Esto se advierte con c lar idad en las
exposiciones sobre la f ormac ión de una gubermentalidad moderna. En tal contexto,
sobre todo a partir del si g lo XVIII, la posición del derecho, entendido de esta manera
restring ida, no d esa parece, sino qu e se invie rte : “En realidad, el d ere cho y las
instituciones judiciales que habían sido int rínse cas al desarrollo del poder real se
convierten ahora, en cierto modo, tanto en exteriores como exorbitantes con respecto al
ejercicio d e un gob ierno según la razón de Estado” (Foucault, 2007: 25). De hecho, los
opositores a esta línea de desarrollo del Estado (tanto la reacción nobiliaria a la
80
“Histórica m ente, el proceso p or el cual la burguesía ha llegado a ser en el curso d el s iglo
XVIII la clase política m ente dominante s e ha p u esto a c u bie rto tras de la instalació n d e u n m arco jurídico
explícito, codificado, for m a lmente igualitar io, y a tra v és de la organización de un régi m en de tipo
parlamentario y representativ o. P ero el desarro llo y la ge neralización de lo s dispositivos disciplinarios
han co n stituido la o tra vertien te, oscura, de estos proce s os. Bajo la forma ju rídica general q u e gara ntizaba
un sistema d e derechos en p rin cipio igualitarios había , subyacentes, esos mecanis m o s menudos,
cotidianos y físicos, to dos es os siste m as de microp oder esencialmente inigualitario s y disimétrico s que
constituyen la s disciplinas . Y si, de una manera for mal, el régimen representat iv o per m it e q u e directa o
indirectamente, con o sin enlace s , la voluntad d e todos forme la in sta ncia funda m e n tal d e la so beranía, las
disciplinas dan, en la base, garantía de la sumisión de las fuer zas y de los cuerpos. Las d is cip lin as reales y
corpo r ales han con stituido el subsuelo de las libertades for males y jurídicas. (Foucault, 19 78: 224 - 5 )”.
81
También en Foucault ( 1990b: 108) puede verse: “Los que go biernan la s ociedad y a no son l os
códigos sino la p erpetua dist in ción e ntre lo nor m al y lo anor m al, la per petua empres a de r esti tuir e l
sistema de la nor m al idad”.
82
P ara apreciar esto en su dim ensió n m á s obj etiv a, vid . Foucault (1978 ; 1990e, entre otras). Si se
quiere atender a las tecnología s con mayor ca pacid ad de sujeción, vid. Foucault ( 1984; 1988b; 2 005, entre
otras). En este sentido, conviene reconocer q u e el desarrollo de las tecnologías del yo, aut o - disciplinarias,
etc. se produce co n una gran participac ión d el d erecho (Hunt, 199 4: 6 8 ), en lo que co nstituye una de las
vías m ás claras de innovación jurídica en la actualidad; alg o que se hace m uy e vidente en tod a la
estrategia de prod u cción de auto - do m inio y responsabilida d de sí respecto a la inf anc ia desviada ( vid.
infra cap . 9).
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
79
concentración de poder real primero, como los interese s de la burguesí a frente a la
monarquía absoluta después) usaron estas for mas jurídicas como dispositivos de
resistencia ( F oucault, 2003). A su vez, los p ropios teóricos del Estado estaban
desplegando las definiciones de la razón de Est ado como un mecanismo discursivo
jurídico – político que exce día al derecho.
En este contexto ana lítico, re it e r amos, el des arr o llo de un arte de g obier no, de
una gubermentalidad principalmente basada sobre la economía polí tica fisiocrática y
liberal toma la concepción jurídica del pod e r soberano como un punto de c ontra ste p a ra
su formación. Si esta economía políti c a pasa a funcionar como un régimen d e
veridicción política, como un código de gobierno, lo hace con características diferentes.
En primer lugar, las normas de autolimitación y fomento qu e impone esta economía
política, constituida en saber de gobierno, operan sobre todo por la vía de hecho y,
aunque al g un as de estas reglas puedan transponerse como normas jurídicas, su
infracción no afectará t anto a la legitimidad d el gobierno, como a su habilidad y
capacidad. Como vim os, será la utilidad de un conveniente se g uimiento de estas reglas
limitativas la que actuará como la ra z ón fund a mental de su respeto: “la cuestión
económica siempre v a a plantearse e n el interior del campo de la práctica
gubernamenta l y en función de su s efectos, no en función de lo que pod ría fundarla en
términos de derecho” (Foucault, 2007: 32, 26 y ss).
En segundo lugar, la distinción entre el agenda / non agenda no se dirige como
prohibición ni prescripci ón a los g obern a dos, sin o al gobierno, en la dif erenciación de
los aspectos de la vida que podían ser regulados e intervenidos y los que debían
permanecer inviolables (Foucault, 2007: 28). A su vez , la especifica ción d e los dere chos
en este ámbito de intangibilidad (de propieda d, de subsistencia, de trabajo) no se
produce a partir de la pr e-existencia natural de un ámbito privado ( vid. infra cap. 7),
sino por una razón de economí a de gobierno, que ex c luye de su acción ci ertos ámbitos
cuy o des a rrollo “espontáneo” resulta funcional al pro y ecto g eneral d el gobierno
(Foucault, 2007: 39).
Para la filosofía de l derecho c ontemporánea, r esultaría mu y oportuno r ec orrer de
vuelta este c a mino y conceptuar de manera explícita la dimensión ju rídica , el impacto
sobre nue stra concepción del derecho, de estos re g ímen es de v e ridicción que, decisivos
para la actividad de gobierno, permanecen al mar g en de lo jurídico. En pa rte ésta sería
una tarea más o menos manifiesta de las teorizaciones acerca del derecho regulativo, en
la medida en que ha podido incorporar al pensami e nto jurídico aspectos que, sin formar
parte de l a norma, constitu y en sus condiciones de posibilidad y de ejercici o. Éste es el
sentido eminentemente jurídi c o que entendemos tienen muchos de los análisis de esta
investigac ión, pese a que se rea li cen en ca mpos en principio alejados o “exteriores” a
los tradicionales en esta disciplina; conscientes, además, de que tal es cu estiones viven
hoy un c ierto proceso de for malización en su interior, del que podría hablarse, en
sentido lato, como una “juridización”.
En cualquier caso, si adoptamos el derec ho regulativo como el horizonte de
proy ección, en el ámbito jurídico, del pensamiento foucaultiano, vemos relativizarse
bastante aqu e ll a idea ini cial de desconsideración hacia el derecho, que p or otra parte
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
80
nunca desap a reció del c ontenido de sus cur sos (Foucault, 2008, 2003; Valverde, 2010) .
La cuestión es, po r tanto , definir mejor la posi ción de lo jurídico en este pensamiento.
Para Tadros (2010: 156), e sta noción ti e ne tres niveles en el autor fra ncés: uno referido
al derecho en un sentido objetivo y común, que puede formalizarse en últim o tér mi no de
distintas maneras; otro, re ferido a las re la ciones de poder que atraviesan el de recho en el
sentido anterior y que están, con éste, en una relación de interdependencia; y ,
finalmente, “lo jurídico” c omo un código inmanente que se justifica a sí mi smo y e xiste
en virtud de su e fic a c ia. Éste sería el nivel más originalmente foucaultiano y que centró
el brillante aná lisis de Ewald (1990a, entre otros) respecto a la normativid ad
disciplinaria.
Por nuestra p arte , entendemos que aquí resulta de c isi vo considerar la relevancia
del poder, cu y o funcionamiento desborda al derecho. Dado que, en Foucault, estas
nociones jurídicas no tienen por sí una exist e nc ia como universales, la pos ición del
derec ho depende de su relevancia para la actualización de dispositivos y pr ác ti c as
concre tas: las prácticas, pastora les, las disciplinas, las ciencias de la conducta, etc. En
parte, éste es el enfoque de Rose y Valverde (1998: 547 -51) cuando espec ifica n cuatro
campos de g obi erno, en sentido foucaultiano, donde la reg ulación jurídica se articula de
manera f ruc tífera con las estrategias de int e rven c ión: la sujeción – subjetivac ión, en
cuanto a la producción de estatus diferenciados para ciertos cole c tivos, como la
infancia; la normalización, que es un campo típico de las estrategias r e gul a ti va s; la
especialización, en cua nto a la c onfigurac ión de espacios g obernables a partir de
regulac iones específicas de esos espa c ios, con frecuenc ia infra-l ega les y plurales en los
agentes de gobierno y ad ministrac iones a qu e implican; y las autorizaciones, en cuanto a
todas las cuestiones d e la producción, garantía y re g ulación de ciertas formas de
ascende ncia y cap a cida d de conducción de otros otorgada a ciertos s ujetos o
instituciones, desde los expertos modernos a las f ormas contemporáneas d e conducción
o gobier no a distancia.
Si se adopta esta perspec ti va prác tica, la funcionalidad principal del dere cho
proviene d e su capacidad de articulación entre los diferent es planos y t ec nologías de
gobier no. Esto es lo que Tadr os (2010: 172-3) quiere señalar cuando compara las
funciones del derecho con el dispositivo de sexualidad en el primer volumen de Historia
de la sexualidad , en cuanto a su capacidad para funcionalizar, en el interior de
determinada s estrategias de g obierno, tecnolo g ías a distintos niveles, como las
disciplinas, las políticas más abstractas sobre la vida o las nuev as técnicas d e
gobernabilidad. Podremos aclarar bastante el contenido de esta articulación si
precisamos la relación entre el de recho y las distintas tecnologías y las fun ciones e n que
puede concre tarse esta utilidad general de recombinación.
La emergencia de las disciplinas o de un e nfoque biopolítico pa ra el gobierno no
implican la exclusión de la norm a jurídica a f avor de una suerte de norma de conducta
para- jurídica. Si tom a mos precisamente las disciplinas como supuesto tipo de relación
del derecho con las p ráctica s d e gobierno, no tare mos que existe una relación de
interdepende ncia (Golder, 2009: 59 - 60; Rose, 1998), alejada del anterior prejuicio. Por
una parte, el de recho, una u otra fo rmalización jurídica de estas relaciones de poder, es
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
81
relevante para su efi c aci a y su legitimidad, esto es, para su suerte. A la vez que, solo la
activación de una cierta red de micropodere s, es capaz de sostener un determinado
marco jurídico. Éste es el sentido en que Montag (2006: 20 -1) conceptúa la eficacia de
las disciplinas como co ndición de posibil idad d e l sur g imiento de un Estado y de un
derec ho liberal . De ma ne ra ex pr esa lo h abía señalado Foucault (2003: 40): “en las
sociedades modernas, a partir del siglo XIX y h a sta nuestros días, tene mos, por una
parte, una le g isl a ción, un discurso y una or ganizac ión de l derecho público articulados
en torno al principio de la soberanía del cu e rpo so c ial y la delegac ión que cada uno hace
de su sobera nía al Estado, y , al mismo tiempo, una apre tada c uadrícula de coe rciones
disciplinarias que asegura, de hecho, la cohesión de ese mismo cuerpo social. Ahora
bien, esta cuadrícula no puede transcribirse en ningún caso en ese derecho, que es, sin
embargo, su acompañamiento necesario. Un derecho de la soberanía y una mecánica de
la disciplina: entre estos dos límites, creo, se juega el eje rcicio del poder”.
Con este c aso concreto, observa mos cómo el contenido de tal relac i ón de
interdepende ncia supon e un ens a mbl a je sin g ular que s e distancia tanto de la visión
autopoiética del derecho (Valverde, 2006: 8), como de una visión superestructural o
derivada respecto al po der; sobre tod o porque, desde nu estra p e rspectiva y cómo
veremos a continuac ión, el derec ho opera con unas funciones, como rég imen de
veridicción, de riva das del pa rticular p ar fouc au ltiano de saber-poder , que no son
reducibles a las de una narratividad ni un aparato ideológicos (Montag, 2006: 20-1).
De vue lta a la especificación de las funciones que e l derec ho puede desempeñar
como tecnolo g ía de articulación, podemos indicar varia s. En p rimer lu gar, es habitual
señalar un a función le g i timante y por tanto de r e forzamient o de las prá c ti c as que se
formalizan jurídicamente, a lgo que resulta más clar o respecto a las pr ácticas
emerge ntes.
En segundo lu ga r, nos r e sulta muy inte re sant e l a ex istencia de un conjunto de
funciones de articulación de carácter orgánico, e n cuanto a l ajuste de las di stintas capas,
tecnolog ías y discu rsos de g obie rno e n los dispo sitivos. A e ste respecto, son muy
relevantes los trabajos de Ewald (1990a; 1990b), de fuerte inspiración fouca ult iana ,
siempre que pro y ectemos hacia el pres e nte algunos de sus p ostulados r elativos a las
sociedades disciplinarias. Ewa ld (1990a : 139) i ndica: “Indudablemente la norma se
relaciona con el pod er, pero se c a racteriza menos por el uso d e la fuerza o la violencia
que por una lógica implícita que permite al poder meditar sobre sus propias estrategias y
definir con más claridad sus obje tos”. A la noción técnica de “norm a” como reg la, como
pauta de rectitud, se va n incorporando durante el siglo XIX matices de “valorización”.
De este modo, distingue tres ámbitos donde la noción de norma tiene un sentido
notable en nuestras socie da des. El primero corresponde al ámbito de las d isciplinas en
Fouca ult. En l a sociedad discipl inar ia, la norma permitiría a las disciplinas pasar de un
conjunto de técnicas de encierro a unas dimensione s de eficacia may ores; o dicho de
otro modo: “[la norma] funcionaría como la matriz que permite transformar las
restricciones negativas de lo jurídico en los contr oles más positivos de la normalización
y a y ud ar a producir la generalización de la discipl ina ” (Ewald, 1990 a : 141). La s normas
actúan como moneda de ca mbio e n las sociedades disciplinarias poniendo en relación
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
82
las partes más técnicas d e la economía políti c a y la producción con los nuevos saberes
sobre la conducta que se estaban formando. Ésta es l a función que Bergalli (2001: 59)
destaca del d e recho co mo or g aniz a ción social: operar como hilo conductor capaz de
extender y diversificar las disciplinas desde el interior de la fábrica hacia otros campos
de la o rga nización social. De un lado, es imposi ble pensar el proce so de multipli c ación
y complejización de las disciplinas (por ejemplo, de la vigilancia) y los sab e res
modernos (por ejemplo, de la contabilidad y l a estadística) sin aludir a la dimensión
jurídica de estos proceso s de inst ituc ionalizació n: a la legalización de la prisión o del
asilo, de sus profesiones científicas y juríd ica s anejas, de sus te cnolog ías de
intervención, etc . (Hunt, 1994: 46-7).
El se g undo ámbito de sentido de la norma sería, sin embargo, un ámbito tan solo
local en el desarrollo inicial de las sociedades disciplinarias. Las limitaciones de este
alcance se superan en los sistemas de previsión abstractos, como los de las compañías
asegura doras o de seguridad social. En las tecnolog ías d e seguro, la noción de “riesgo”
cumple una función an á loga a la de la norma respecto a las disciplinas: como hemos
visto, permite una objetivación de determinados eventos relacionados con la población
que son a partir de ahí su sceptibles de generalización, de previsión y de g e stión (Ewald,
1990a: 142; vid. infra cap. 2).
Y por último, la actividad normativa adquiere sentido en un ámbito de
estandarización
83
. L a nor mac ión, con este sentido de estandarización, no es tanto una
actividad industrial como una actividad sobre el lenguaje ( composición de vocabularios
y códigos comunes), en la elaboración de herramientas comunicativas de uso más
eficiente y recorrido más amplio. Y, por supuesto, en tal sentido, no s e trata solo de una
actividad té c nica, dado que la no rma ción aquí no solo produce un estánda r de medida,
sino también un jui c io ace rca de l a medida: “la normaliz ac ión no produce objetos, sino
procesos que conducirán a un consenso ge neral concerniente a la elección de normas y
estándares” (Ewald, 1990a: 148) y , en tal dimensión, re sulta un proceso auto-consciente
y teleológico; y, en absoluto, natural o neutral.
La s técnicas disciplinarias operan con el objetivo de que los sujetos interioric en
estos estándares de puntualidad, respeto, movimiento y conductas varias, de modo que
su comportamiento ti enda a adecuarse a ellos. A su vez, estos estándares de conducta
constituye n el marco de referencia hacia el que corregir los comportamientos desviados,
manteniendo así la c onformidad y la seguridad
84
. Por otra parte , esta actividad de
estandarización implica una cierta homo g en e ización que debe entenderse en el interior
de la racionalidad jurídica pe ro no identificarse en exclusiva con una sola técnica
83
Aquí se centra en la simplifi cación, es decir, en la reducci ón del número de obj etos posibles,
eliminando los superfluos y redu n dantes; e n la u n ificació n , es dec ir, en el establecimiento de
características comunes entre los objeto s d e modo que sean compatibles e interca m b ia bles; y en la
especificación, es decir, en la elaborac ión de nue v o s obj etos a partir de lo s m o delos estándares (E w ald,
1990 a: 150).
84
Por ej em plo , en la vigilancia , la nor ma aporta también el criterio e n virtud del cual se vigila:
qué signos se co nsideran co m porta miento desviado, etc. “es a tr av é s d e la repetición de las exige n cias
normativas co m o se constr uye lo ‘ normal ’ y así la discip lin a intervie n e en el aseg uramiento de la
normalización a través de la interiorizació n de un patr ón de normas deter m inad o a p artir de la vida diaria
y asegurado m edian te la vigilancia” (Hunt, 19 94: 50).
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
83
regulativa, y a que p rog resivamente se diversifican las tecnologías de regulación
(normas, contratos, inst rumentos que regulan más el p roce so de validación que el
contenido, como pa rámetros, estándares, crit erios, etc.) (Hunt, 1994: 67). Esta
normalización es im pr escindible para mantener l as tec nologías de poder dentro de un
control y de una man ejabilidad que es la condición misma de su eficacia última. De ahí,
que exista un constante cruce entre los terrenos de la materialidad tecnológica y su
expresión jurídica, por una parte, y los espacios tradicionalmente ocupados por el
derec ho, en unos procesos que, en oca siones, se han descrito como “colonización” del
derec ho por otros saberes ex pe rtos, como orientación del derecho hacia los procesos
sociales ( vid. infra ca p. 3) y , en muchas ocas iones, bajo el epí g rafe de “derecho
regulativo” ( vid. infra cap. 6).
Se delimita, así, una función de articulación de diversos planos y técnicas de
gobier no, n o solo en cuanto a la legitimidad de su ejercicio, sino de su posibilidad
técnica y epistémica. Por ejemplo, T adr os (2010: 173) aludía a esta función respecto a
la consolidación del sistema penal c arcelario, don de el derecho tiene un papel relevante
en la articulación funcional y discursiva de las di stintas tecnologías, como la detención
policial, la dogmática penal y la regulación procesal con la regulación del régimen
disciplinario. La relevancia de estas funciones se hace más patente conform e se examina
el proceso y las dificultades de funcionalización de tecnologías y racionalidades
emerge ntes: las disciplinas sobre el campo de l poder soberano (Foucault, 2003: 40 y ss),
pero también los dispo sitivos abstractos d e r eg ulación biopolítica sobre un archipiéla g o
de relaciones disciplinarias de alcance más bie n inter -individual (Rose, 1996c), las
nuevas tecnolo g ías de g obierno a distanc ia sobre e l escenario de gobierno social
welfa rista, etc. Se trat a , en definitiva, de un a c ompleja actividad de “traducción” o de
reajuste, que Rose y Mi ller (1992: 9) atribuían a una pluralidad de agentes, que va desde
los progra m as polí ticos, desde los centros de cálculo y d e mando a los grupos e
in dividuos locales. En último término, sin ellas y sin este plano de articulación entre lo
abstracto y lo concreto, no pueden componerse con l a suficiente estabilidad las
múltiples y delicadas redes que conectan a los individuos , grupos y organiz a ciones a la s
aspiraciones de los g obernantes en las actuales sociedades (Rose, 1992: 3).
En tercer lugar, existe una función productiva de lo jurídi c o en esta articulación.
En el campo del conocimiento, en que nos detendremos a continuación, es visible su
implicación en e l fomento y form a lización tanto d e los saberes de gobierno como de las
ciencias de la conducta. No solo en el efecto más evidente de reconocimiento de
disciplinas académicas o coleg ios pro fe sionale s, sino en el empuje a la propia
determinac ión d e los distintos objetos y campos de gobier no (Golder , 2009: 61, 66). Por
continuar con el ejemplo de las disciplinas, la consolidación de un derecho penal como
materia jurídica en el X IX es decisiva pa ra la estabilidad de las nociones clave de un
sistema de responsabilidad, como la configuración de la delincuencia o de un rég imen
de sanciones; s olo que, en el marco foucaultiano, los modos institucionalizados de
producción jurídica son unos entre una mul tiplicidad de modos de regulación
conectados (Walby, 200 7: 551). Ésta sería un a función cercana a la que subra y a ba
Ewald (1990a), en cuanto a e standarización y homogeneización epistémica de un ca mpo
Cap. 1. No ciones f unda m ental es para un marco de análisis s ocio -jurídico
84
de lo real con el fin de su gobierno. Por otra parte, esta función productiv a no se agota
ahí, ya que el derecho pue de canalizar en determinados momentos un plus en las
relaciones de pode r a favor de la emer g encia o la consolidac ión de determinado
objeto
85
.
Desde nuestra p erspectiva, uno de los ras g os destacados del pensa mie nto
foucaultiano, en este ám bito, es su utilidad explicativa respecto a los cambios sociales.
En tal sentido, resulta elocuente el enfoque de Canguilhem (1971), por otra parte, uno
de los filósofos de influe nc ia más explícita en Foucault. C a n g uilhem distinguiría, en la
vida, una tendencia a la homeostasis de una tendencia a l a auto -superación de las formas
establecidas, productora de continuos desajustes en las nociones establecidas sobre la
vida y , por tanto, creativa de no rma tividad a través de su integración en las formas de
“vida normal”. S e trata de una idea c e rcana a l valor normativizante que Foucault
reconoce a la tras g r e sión (Patton, 2010). Y es análoga a l a manera en que Foucault
analiza la inscripción de deter mi na dos fenóm e nos sociales, como la esc a se z, la viruela o
la expansión de las ciudades, en el p e nsamiento y en los modos de ha c er gubermentales,
a partir de la abstracción que se realiza a través de los disposi tivos de seg uridad
86
.
Golder y Fitzpatrick (2009: 71) también han advertido, en tales nociones
jurídicas, una doble condición entre su carácter definido y su carácter s ensible a los
cambios, entendiendo por cambio no tanto un modificarse naturalizado de las
circunstanc ias sociales como el resultado de la acción de los sujetos implicados en las
relaciones de pod e r: “[el] derecho, en un a g enciamiento constitutivo a través d e esa
misma resistencia y t ra sgresión, se ex tiende a sí mi smo de una manera ilimit a da en un
intento de abarcar y responder a aquello que lo interpela más allá de su contenido
definido”. De la tensión entre esta doble cond ición, se sigue una ca racterización
paradójica d el derecho (Golder, 2009: 79-82), por otra parte, h abitual en Foucault, por
la que el derecho no puede s er reducido totalmente a sus funciones fijas y de
determinac ión – plus de poder qu e h emos vist o, a ri esgo de perder su sensibilidad,
capacidad de adaptac ión y franqueamiento de los límites dados
87
.
Hasta este punto, hemos visto cómo las lect ura s más apreciables d e las
posibilidades analíticas del derec ho en el pens a miento foucaultiano subraya n esta
dimensión, digamos, de articulación or g ánica ent re los distintos planos y t ecnologías de
gobier no. Incluso cuando la mirada se centra sobre las posibil idade s produc ti va s del
85
Vid. Golder (2009: 69). De n uevo, esta función resulta clar a si s e p ien sa en una di m e n s ión más
relacional y contextualizad a (P atton, 2010: 470) y , co m o i ndicamos, a partir d e su prod u ctividad respecto
a la aper tu r a de nuevos campos de saber y gobierno (Tadro s, 2010: 166 -7). Esto se ob s erva bien, po r
ejemplo, respecto a los cuatro nuevos ca m po s d e art iculación entre la s prácticas de gob iern o
contemporáneas y las formas jurídic as en Rose y Val v erde ( 1998), que introdujimos antes.
86
P u ede verse una caracterizac ión de este car ácter prod u ctivo de la d esv iació n de sde un marco
de análisis biopo líti co en M u hle (20 1 0: 417 y ss).
87
Amén de que ‘lo jurídico ’ aparece como un m edio de cons olidación d e cambios q u e se han
operado, en principio, e n s us m ár g enes. Al resp ecto del p roceso d e incitació n y objetivación de la
sexualidad, y sus e f ectos sobre el su j eto d u rante el siglo XIX, Foucault ( 1984: 133) s eñalaba: “Así el
derecho estaría a salvo, inclusive en la nueva mecánica del poder. P u es tal es la paradoja de esta sociedad
que inventó desde el siglo X VIII tantas tec nologías de p oder extrañas al derec h o : teme sus efectos y
proliferaciones y trata d e recodificarlas e n las formas del derecho”.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
85
derec ho, lo ha c e incidiendo en el l a do del pod er, en cuanto al plus d e p oder (eficacia,
le g itimidad, alcance, etc.), a partir de determinados reconocimientos y fo rmalizaciones
jurídicas. Partiendo del interés y calidad de estas visiones, por nuestra parte, pr e ferimos
incidir en la dimensión más epistémica de esta funcionalidad de articulación, inclinados
hacia el estilo ana lítico de Ewald, donde conceptuaríamos al derecho c omo un “ré gimen
de veridicc ión”
88
.
En la obra fouca ultiana , existen dos se ntidos con respecto a la noción de
regímenes de ve ridic ción aplica da al derecho. La primera y más ex p líc ita es la que
aparece en las conferencias brasileñas agrupadas bajo el título de La ve rdad y las
formas jurídicas (Foucault, 1980), donde la expresión tiene un sentido bastante directo
en los medios de obtención y validación de un discurso que pretende ser verdadero en
un ámbito jud icial, sobre todo en la Ép oca Antigua y la Edad Media. Es decir, se trataría
de conjuntos te c nológicos destinados a delimi tar las posibilidades del d ec ir v e raz en
contextos formalizados de disenso.
Sin embarg o, para nuestro in teré s resulta más útil una concepción del régimen de
veridicción aplicada al derecho inscrita en los tra ba jos de la última época, relativos al
arte de gobierno, y por t a nto a la formación de u na verdad d e gobierno, así como a l a s
relaciones entre la verda d y la polí tica , por ejemplo e n los cursos sobre e l “g obi erno de
sí y de los otros” (Foucault , 2003, 2008, 2007, 2009). En este sentido, no ocultamos la
influencia d e Ew ald, qu e y a apuntamos en su señalamiento de la espec ificidad de las
funciones de la norm a, a partir del d esa rrollo de las disciplinas, respecto a anteriores
instrumentos de re gulación.: normas que operan en un plano de fac ticidad y a través de
un trabajo pre vio de obje tivac ión
89
.
En segundo lugar, y frente al instrumento clásico de la soberan ía, la ley y su
carácter absoluto, normas que son r e lativas. No se derivan, reflejándolo, d e un principio
universal exterior, sino que se especifican en función de los objetivos vigentes en el
campo donde operan. Esto no implica que las normas sean efímera s, sino que están
vinculadas al entorno en que se despliegan. Además, las normas no exist e n solas y por
sí, sino que adquieren sentido social en su refe ren c ia y relac ión con otras normas de las
que depende: “si ex iste una norma, todo el espa c io en que apar ece s e convierte en un
espacio normativo” (Ewald, 1990a: 153), que es el orden normativo que caracteriza las
sociedades modernas.
Así, la tercera característica diferencial de l as normas se refiere al modo en que
objetivan el espacio normativo que regulan. La ley , en su forma soberana, define en su
exterior un campo de lo prohibido. Las normas establecen, sin embargo, una tensión
entre lo norma l y lo anormal donde lo a normal no resulta ex terior a lo nor mal, sino que
se produce en su interi or y en términos de in clusión. Según Foucault (2008), las
disciplinas clásicas actúan de forma inclusiva p ero estableciendo un corte bipolar entr e
la posición de normalidad y la d e anormalidad, donde el tr aba jo disciplinario consiste
precisame nte en homoge ne iz ar a todos los cuerpos en esa situación de conformidad con
88
Vid. también, en esta dir ección, Walb y (20 07: 558 -9).
89
No rm ar no es so lo dar reglas, sino obj etiv ar su ca m p o de validez y eficacia (E w ald, 199 0a:
156) .
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
92
sociológica comprensiva de estos diferentes plan os de análisis
1
. Desde las perspectivas
más objetivas, los riesgos se de finirían como “sucesos o peligros reales e n relación con
los que podemos hacer a proximaciones objetivas sin resultar confundidos por factores
subjetivos o sociales” (Zinn, 2008: 4 -5), pero pronto se habrían inco rporado aquellos
elementos subjetivos y s ociales que son decisivos para cualquier cálculo y decisiones
relacionada con su gestión que, como indicaba C. Hood (2006: 19), implicaría nociones
más amplias de “interf erencia gubernamenta l en l os procesos sociales o de merca do con
el fin de controlar consec uencias potencialmente adversa s”. Con Garland (2003b: 74 -7),
veremos que ma y or relevancia que los aumentos en los riesgos más o menos reales y
calculados, tienen sus modos de gestión, tanto concre tas como en su relación con el
resto de cuestiones de gobierno.
Tales definiciones, no obstante, son coherentes con las conceptuaciones más
aceptadas, como la de Beck (2006), que describe nuestras sociedades como sociedades
del riesgo, caracterizadas por al g unos rasgos co munes. En primer lu g ar, su impacto
ge neralizado sobr e todo el cuerpo so c ial
2
y su cotidianeidad, ligado a la s tendencias
globalizadora s propias de la evolución del proceso de modernización –
industrialización, como una suerte de complejo de efectos negativos o problemas
asociados a los efectos m á s v isibles de est a expansión
3
. Si bien es cierto que esta visi ón,
que hace abstra c ción de todas las desigualdades sociales y particularidades de este
proceso (Beck, 2006: 45 y ss), se ha vist o matizada después a través de una ma y or
especificidad.
En se gundo lugar, d estac a la gradua lidad de esta categoría de ries g o y un a
tendencia a su indi vidualización o a la responsabilización individual a nte su
advenimiento. Otros autores, como B auman (2007a: 11), también destacan que los
cambios sociales que componen la ll amada “modernidad lí quida” se estructuran de
forma que deben ser so portados por los propios sujetos impli c ados, definidos como
“elec tores li br es” que d ebe n soportar así “las c onsec uenci a s de sus elecciones”. Sin
embargo, des c ribe un a fo rma de afrontar los riesgos en que no se va lora tanto la estrict a
“confor midad” con las normas o los principios, como la “flexibilidad”, en cuanto a
1
En este sen tido, Garland (2003: 5 0 - 61) realiza una caracterización gen era l de la cuestión de
riesgo bastante abierta, que marca ciertas distancias respec to a las de Beck y Giddens, y en la que destaca
su relació n de inter v ención y cálculo so bre la incertid um br e, su carácter interactivo y social, así co mo la
relevancia de la act ividad técnica y corpo rativa de los expertos en la ge s tión del ries g o .
2
Como indica Beck (2 006: 42), “el smog es democrático”.
3
De hecho, este ca m bio en la modernidad tardía se conceptúa co m o u n cruce entre esa nueva
lógica en la di stribución d e r iesg os y los pro fu ndos pr ocesos de individualizació n, muy ligados a la
evolución r ef le xiva que ca racteriza a la modernidad (2 006: 1 99). Para pro f undizar sobre los ca m bios y
retos que esta evolución plantea a las relac iones e n tr e la práctica política y el saber ci entífico – técnico en
cuanto a sus necesidades de co n trol de los riesgos, ver U. Beck (2 0 0 6: 23 7 y ss). “En la m odernidad
avanzada, la pro ducción social de riqueza está sistem ática mente ac ompañada po r la produ cción social de
riesgos. Conforme a el lo, lo s p roblemas y conflictos relacio nados co n la distribución en una sociedad de
escasez se su m an a los pr oblemas y conflictos q u e surgen d e la p roducción, definición y distribución de
los riesgos pr oducidos técnico – científicam ente” (B eck, 199 2: 19 ). T am bié n es cierto que Beck (200 6:
25) han tendido a ab rir pr ocesos d e conflicti v id ad e n la valor ación y la prod u cción – distribución de estos
riesgos: “En la modernidad avanzada, la prod u cción social de riqueza va aco m pa ñ ada siste m á ticam ente
por la producción social de riesg o s. P or tanto, los problemas y conflictos de reparto d e l a socied ad de la
carencia son su s tituidos por los pr oblem as y conflictos que su r gen de la p roducción, d ef i nición y reparto
de los riesgos pr oducidos de manera científico – técnica”.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
93
capacidad d e ad a ptación a estas nuevas condiciones sociales (Castel, 2004: 92). A su
vez, es obvio que e stas perspectivas que aquí ag rupamos por razones prácticas no tienen
una completa homogeneidad y que el desarrol lo de sus dist intos aspectos ha sido
desigua l o con elusiones teórica s (Prieto, 2003: 29) o contex tuale s para un á mbito
sureuropeo (Reca sens, 2 003, 2007) .
En cualquier caso, par a la li ter atura post-fou c aultiana, la cuestión es algo
distinta. De una parte, h a descartado la ex istenc ia del riesgo como una realidad, para
afirmarlo como un saber , como una forma de or de nar y de transformar las cuestiones
referidas a la incertidum bre social en cuestiones calculables y, por tanto, susceptibles de
encaje en una d e terminada gube rmentalidad, basada asimism o sobre el cálculo de las
conductas de los individuos, los grupos y las poblac iones (M. De an, 2003: 177 -9;
Ewald, 1991). Ello es cohere nte con el g iro fouca ultiano, concentrado en la descripción
de las condiciones de validación de los saberes y l a s prácticas de gobierno, que,
respec to al li be ralismo, revela una tendencia general a la situa c ión de la economía
política liberal y d el funcionamiento de su mercado como criterios prioritarios de
verificación y cálculo de las dinámicas que pueden pone rlos en riesgo; así como
también son fuentes del contenido materia l de la noción de “seguridad”.
De este modo, una ra cionalización en función de las nociones de riesgo favorece
la gestión desde una perspectiva de gobierno, a la v e z que el régimen d e esa
racionalización (las nociones de riesgo) está producido durante el proc eso de
gubermentalización y ge stión concre ta de la incertidumbre; lo que no im plica que todo
provenga de una misma racionalidad monolítica e n evolución. Esta manera particula r e n
que determinadas sociedades (o algunos grup os) c olocan un cierto aspecto de la
realidad, e n muchas ocasiones pre x istente, en la primera línea de sus asuntos políticos o
éticos, de modo un tanto inédito, es lo que F ou cault (1987 : 13) denomina
“problematización” y lo que sitúa como una actividad decisiva del pensamiento y
después en la acc ión de gobier no.
En tal sentido, Ewald (1991: 199) indicaba: “como podría haber dicho Kant, la
categor ía de riesgo es una categoría del entendimiento; no puede ser dada por la
sensibilidad o la int uición. Como tecnología de riesg o, los seguros son sobre todo un
esquema d e racionalidad, una manera de d e scomponer, cambiar, ordenar ciertos
elementos de la realidad”. Desde est a perspectiva, un estudio crítico y genealógico del
riesg o debería investi g ar qué tecnología moral y política constitu y e su contexto, qué
modos de cálculo, qué regímenes de prácticas o qué programas polí ticos y polí tica s
sociales lo desarrollan y qué técnicas se inspiran en él. De nuevo, lo interesa nte, desde
esta analítica de l gobierno, no es el riesgo en sí, sino las formas de conocimiento que lo
hacen pensable, calcula ble, comunicable, etc. (M. Dean, 2003: 178).
Así, estos en foque s s e a lejarían de l a caracterización heg emónica en razón de un
doble exceso. En primer lugar, ex c eso de generali da d en el marco de la “sociedad del
riesg o” por l a que esta propuesta interesante de caracterización po sitiva de la s
sociedades postindustrial e s se deriva de una evolución de la modernidad en términos
demasiado amplios y comprensivos (M. De a n, 2003: 179) que sub ray an una li ne alidad
histórica (O’Malley , 2004b: 2), en detrimento de las distintas co nf iguraciones
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
94
epistémicas, paradojas y c ontra dic ciones políticas que componen el proceso de
modernización y del hete rogé neo estable cimiento de disposit ivos de pr evisión y gestión
de la incertidumbre en función de c ateg orías similares para distintos contextos
históricos, como ver e mos a continuación. Por eje mplo, en la lectura de es tos enfoques,
Hunt (2003: 186-7) señala la indife re nci a ción con que se tratan los “grandes riesgos” y
los pe queños o los “riesgos de vida cotidiana”, cuando en los concretos re gímenes de
práctica s, el trat amiento de unos y otros conviene que sea bien dist into; y de hecho, lo
es, destacando, como veremos en este capítulo, la persistencia de determinada s
regulac iones morales en la g estión de los asuntos de menor peso, con la idea del riesgo
en que se pon e a uno, y sobre todo a los otros, como título de la intervención (Hunt,
2003: 167).
En segundo lu gar, exceso sustanc ial de la noción de riesgo, que a barca todas las
esferas de la vida y respe c to a la que es preferible una noción que subra y e la entidad de
un determinado riesgo s obre un determinado conjunto de práctica s situado (M. Dean,
2003: 182). Ello sería m ás cohe rente con el marco de las sociedades de co ntrol descrito
y las funciones que desempeñan en su interior los discursos como tecnologías prácticas
en el capítulo anterior. P or otra parte y como v e remos al señalar algunos efectos del
funcionamiento de los esquemas más aceptados d e la “sociedad del ries g o ” , una visión
más gubermentalizada de este complejo de seguridad – incertidumbre – riesgo
permitiría superar ciertos límites de eficacia e n las políti c as públicas que se articula n en
función de aquellas per spectivas
4
.
Por nuestra parte, si proponemos una versión de la “sociedad del riesgo” en
clave foucaultiana de tecnolo g ías de saber y regímenes de veri dicción, es porque
entendemos que ello pu e de aclarar la confi g ura ción de la seguridad en las actuales
gobernabilidade s (neo)liberales. Como vimos en e l capítulo anter ior, en estas
gubermentalidade s no ex is te una pura oposición entre seguridad y libertad (L emke,
2010: 258-9), sino una circulación por la q ue la producción de libertad, bajo
determinada s condiciones de form a lización y control de sus riesgos, es condición de la
seguridad, en tanto que sostenida sobre la “buena mar cha de los mer cados”; a la vez q ue
ésta resulta imprescindible para una reproduc c ión sostenida de la infan c ia (Gros, 2010:
287) y , en g eneral, de las “fuerzas productivas”.
1. La f orm a ción de una actividad de gestió n de la
incertidu m bre
Introducida la cuestión, este capítulo se orienta al análisis de la configuración del
amplio problema de la s e guridad c omo asunto central de la a c tividad de gobierno, así
como de algunos pares modernos de problematización – solución y l a pr efig u ración de
4
Po r e jemplo, O’Malle y (2004a: 2 93 y ss) do n de rea liza una oposición e n tr e las prácticas de un
gobierno en que prevalecen las institucio n es y técnicas disciplinaria s y uno, como el presente, en que
prevalecen las que está n b asadas sob re las cuestiones de riesgo; aunq u e lo hace so bre todo con una
orientación penal.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
95
ciertas tendencias contemporáneas que se desarr ollarán durante el resto del tra bajo. Para
ello, es necesario realizar aquí una bifu rcac ión en el planteamiento de la cuestión de la
seguridad. Por un lado, abordaremos, en el segundo epígrafe y en el capítulo cuarto, los
problemas relativos a la criminalidad, en cuanto a la delimitación de ciertas categorías
de “ene migos internos” y “clases peligrosa s”, así como su gestión hasta el presente. Por
otro lado, abordare mos cuestiones relativas a una noción más material o social de la
seguridad. Ello tendrá espacio a lo lar g o del pr e s ente epígrafe, c entrá ndo nos en ciertos
aspectos d e su confi g uración general, y d e l si g uie nte capítulo, respecto a l a formación y
desplieg ue de una gobernabilidad social.
1.1. De la “ so ci edad del r i e sgo” a la cuest ión de la seg u ri dad
Más allá de la r e lativa novedad d e estos par a digmas, la previsión ante la
incertidumbre, y por tanto, la predicción, han sido tareas fundamentales del gobierno. El
Estado, como agente principal del proceso de gubermentalización, con cu y a evolución
se ha li g ado de manera intensa, ha bía ido c onstituy endo y después asumiendo entre sus
atribuciones y justificaciones, una serie de objeto s políticos que , mucho m á s allá de los
objetos tradicionales de intervención del sobera no, aludían a la vida misma y a las
necesidades con a lguna p re senci a en la población.
En el capítulo anterior, vimos que la intensa incorporac ión de nuevos objetos y
asuntos a las actividades de gobierno era, en cier to sentido, el marco de emergencia de
una biopolítica, donde la ac ción y r e flex ión de gobierno, a no identificar d e for ma plena
con la acción y reflexión del Estado, tiende a abarc a r, no solo las necesidades más
básicas e inmediatas, si no un conjunto cada v ez más ex tenso y más profundo de
manifestaciones de la vida humana. Éste se co nstituy e, durante el si g l o X I X, en el
contexto de re-configuración del problema de la seguridad, ligado ant e s a l mercado de
manera más directa. Nuevo marco de la seg uridad material, que ya no puede disociars e
por completo ni del pr oblema de la se g urid ad ante el delito ni del p roble ma de la
seguridad interna d el mercado. En este sentido, entendemos que es útil la pe rspectiva de
estudio de las políticas sociales y criminales de infancia como políticas de intervención
a partir y a nte estos riesgos.
Para ello, conviene anal izar la formación de est a actividad de gobierno de la
incertidumbre durante la modernidad. En una genealogía sucinta de estas cuestiones,
tomaremos algunos procesos que reflejan bi e n cómo se especificaron distintas
manifestaciones de la cuestión de la incertidumbre a partir de las primeras
racionalidades gubernativas, cu y o proceso más ge neral se describió en el capítulo
anterior; a fin de alcanzar una nociones de riesgo más útiles a nuestro enfoque. En este
sentido, durante l a modernidad, el primer camp o de desarrollo de los d ispositivos de
gobier no de la incertidu mbre ha sido el de la regulación de la responsabilidad civil.
La cuestión surgió li g ada a los sucesos accidentales, a los imprevistos y a l a
regulac ión d e la asunción de los riesgos y las responsabilidades en estos casos (Ewald,
1986: 47-85). Los sucesos que aparecieron, f ruto del proceso de indus trialización de l a
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
96
economía, durante l a últ ima mi tad del X I X, g u a rdaban diferencias importantes respecto
a las eventualidades que podían pr oducirse, y s e cubrían y a, durante la era comercial y
mercantilista. Estos accidentes industriales podían afectar a te rc e ros, sea a asalar iados o
a clientes, que no tenían una pa rticipación econó mic a en aquello que ocurría. En últim o
término, suponían una constante distorsión de las relaciones p roduc tivas, y a que el
asalariado apenas tenía medios para prob a r la responsabilidad de l empresario (que,
además, reglamentaba el trabajo) y c uando lo hacía, las indemnizaciones podían afectar
a la estabilidad de la empresa (Donzelot, 2007: 95). En general, estos accidentes y sus
efec tos podían re lacionarse casi siempre con una cierta responsabilidad, co n una falta de
diligencia o de atención, pero mu cha s veces la entidad de es a falta era mí nima en el
complejo discurrir de los procesos produ ctivos. Y, además, de bía h a bilitarse un sistema
eficaz, que reconociera la fr e c uente inca pacidad económica de los implicados pa r a
atender a aque lla responsabilidad.
Por otra parte, la razón de Estado en esta época consistía precisam ente en la
habilitación de sistemas que permitieran la maximiz a ción de las fuerzas interiores, a la
vez que eliminaran o minimizaran el impacto de interacciones perjudiciales como éstas.
Por tanto, el ce ntro del problema se refería a una suer te de responsa bilidad sin culpa, u
objetiva, como des arr oll ó la do g mática civil
5
. El perjuicio se d esliga así de la culpa, de
la acción reprochable y , hasta cierto punto, de la indese abilidad absoluta, dado que se
acepta qu e en las exigencias ge ne ra les de la producción industrial se produzcan estos
perjuicios ( O’Malle y , 2004b: 35 -8) . Por tanto, el objetivo es edificar un sistema que
minimice los riesgos y repare los da ños causados. En caso de que l a reparación pase por
la indemniz a ción, la tendenc ia s erá a considerarla e xenta de cont e nido moral,
caracter ización por tanto distinta a la de la sanción.
5
La reg u lació n española de la responsabilidad civil ha vivido un proceso análo go. Efectiva m ente
el d erecho romano no recon ocía un concepto genérico de culpa, sino q u e la diligenci a exigible ve n ía
determinada por cada tipo de contrato (Lacruz, 20 07: 1 64 -9). En la regulación tras la codificación
española, ta nto la modalid ad de responsabilidad contra ctual co mo la extraco ntractual t ienen su
fundamento e n un princ ipio general de nen inem laedere y en una ide a d e respo n sabilida d po r la que, si
alguien causa un d añ o, debe resarcirlo. En e l caso francés, la solución del códi g o napo leónico fue
establecer el estándar de la dilige n cia p ropia de un buen padr e de familia. En r elación co n este e s tándar
general p ara to das las ob lig acio n es, la tendencia del derec h o privado ha sido la d e ajustar la
responsabilidad a la naturalez a y circunstancias del co n trato , como por ej emplo el caso d el art. 1.1 04 Cc.
Dentro de esta tendencia se ha llegado a especificar un ti po de respo n sabilidad exig ib le incluso en los
casos en q u e no existe u n a c ulpabilidad d irecta en el even to d añoso. Mediando relació n contractual, el
Código Civil regula v ar ios supuestos en q ue ha y respo n sabilidad incluso en supuestos de caso fortuito, es
decir en ausencia de culpa, cuando se en tiende que el deudor ha in currid o en un cierto ilícito con carácter
previo a la producció n del resultado dañoso. En la responsa bilidad extracontractual, la e volución h a sido
similar. En los sistema s jurídi cos pri m itivos la respo nsab ilidad p en al y la civil p ermanecían con fu ndidas.
Incluso en s u s “ Institucione s”, J u stiniano d en o m ina los ilícit os civiles co m o “cuasidelitos” (Lacruz, 2 005:
427 -8). E llo da cuen ta d e la visión cerca n a a la de la respo nsabilidad penal co n la que tradici onalm e nte se
han tratado estos caso s de respo n sabilidad civil. Sin e m ba rg o, al tie m po d e la cod if icac ión fra n ce sa, la
responsabilidad civil se s u p editaba ya tan solo a la culpa levísi m a y en la regulació n del Cód ig o Civil
español (arts. 1 902 y ss), la exige ncia de c u lp a o neglige n cia llega i ncluso a desapar ecer en al g unos
supuestos ( L ac ru z, 20 05: 429). E n la actua lidad, una tende ncia lle va al e stablecimiento de siste m as de
responsabilidad “ o bjetiva” o “por r iesg o ” en determinados á m b itos de la actividad, p r incipal m ente en los
casos e n que el s u j eto que provoca esa ac tividad e ven t ualmente le siv a aunque inocente obtiene con ello
un beneficio esp ecial. Como veremos, el ca m po p enal tam bién está s u jeto a estas ten de n cias.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
97
En este sentido, recogemos algunas aportaciones decisivas sobre este pr oc eso.
En primer lugar, Defert (1991: 213 -4) describe el proceso de formación de una
responsabilidad patrimonial objetiva en el contex to fra n cés. Conforme a su descripción,
el resultado al que se llega , durante el siglo XIX, s e rá a la c onsi de r ac ión de dos sistemas
de responsabilidad diferenciados: uno de enunciación penal, basado en la falta y la
culpa, y otro m ás objetivo, en atención a l as reglas del seguro y la práctica merc antil e
industrial. En cuanto al s e gundo sis tema , las tecnologías d e seguro y esto s sistemas de
responsabilidad modernos terminan abarcando a toda la sociedad, al margen del
comportamiento de los dos sujetos impli c ados en la r elac ión civil. Por ejemplo, un
sistema de seguros unificado, qu e obtiene una parte de las apo rta ci ones de los
empleados y otr a parte de la producción, se co nfig ur a como un coste d e producción,
susceptible de repercusión final sobre los consumidores; de modo que tod a la socie dad,
abarcada así por este sist e ma, constituye la verdadera aseguradora última
6
.
A su vez y en segundo lugar, Ewald (1991: 197) muestra cómo el riesg o
comienza a categorizarse como un capital en el i nterior de la actividad de los seguros:
“No que los seguros se a n en sí una combinación, sino algo que, con base sobre la
tecnolog ía del riesgo, hace posible un ámbito de combinaciones de se g uro c onfiguradas
para ad a ptarse a sus funciones asignadas y a sus efectos – utilidades previstos.
Considerado como un a tecnología, el se g u ro es un arte d e combinar varios elementos de
la rea li da d económica y social conforme a un conjunto de reg l as específicas”. Esto
implica que no exist e una única razón o tecnología del riesgo, sino que és ta solo puede
concre tarse a tr a vés de formas diferenciadas en func ión del contexto histórico, del
imaginar io político y de seguros de cada moment o, que es lo que pe rmite especificar los
usos y nec e sidades posib les de esas tecnolo g ías . Desde este enfoque, el “ se guro puede
definirse como una tecnología del rie sgo. De hecho, e l término riesgo (…) no tiene otro
significa do p reciso que como una categoría de e sta tec nología. Ries g o es u n neolog ismo
de seguro” (Ewald, 1991: 198).
Esta visión resulta muy interesante po rque contrasta con las formulac i ones
abstractas d e riesgo que son más habituales en el enfoque de la “sociedad del riesgo”,
que hemos analiz a do arriba. Paradójicamente la opción de con c eptuar el par riesgo –
seguro como una tecnología abstra c ta of re ce una noción práctica por com pleto conc r eta
de riesgo, en cuanto que noc ión susceptible de y que aun exige cont extualización,
economización, hist oriza ción, etc. dentro de u n proceso de producción transversal,
como el de s eg uros, y de una pluralidad de p roce sos productivos y vitales que se
asegura n. Remarca Ewald (1991: 199), “en e l lenguaje cotidiano, el término “riesgo” se
entiende como sinónimo de peligro, par a algún evento des g raciado que p uede ocurrirle
a al g uien (…). En seguros, el término no designa ni a un e vento ni a un tipo general de
acontec imiento (los desa for tunados) que ocurren en realidad, sino a un modo e specífico
de tratar ciertos eventos susceptibles de ocurrir a un grupo de individuos”.
6
O’Malle y (20 04b: 49 - 52) introduce el ej em plo más conte mporáneo del “derecho del consu m o ”
en esta línea de extensión d e los regímenes de responsab ilidad y d is trib u ció n d e r iesgos ligados al
desarrollo de las relaciones de prod u cc ión.
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
98
También ésta aparece como una bue na línea de contraste con los enfoques más
conocidos de la “sociedad del rie sgo”. Mi e ntras que allí, el riesgo parece la fr ontera de l
saber y d e las posibilidades de g obie rno, aquí, es su inicio. Como se observa, desde una
perspec tiva foucaultiana, la re la ción de la actividad de gobierno con la de riesg os no es
la de un a actividad ex ter ior, reactiva o incluso preventiva, re sp ecto a aqu é llos, ni mucho
menos la de una disposición pasiva frente a la e volución activa de l a mo dernida d, que
sería la fuente de p roducción de esos riesgos. En este sentido, Ewald mu e stra cómo el
riesg o resulta especificado por los aseguradores entre sus clientes empresarios y cómo
ello supone la mutación de un c onjunt o de ideas y percepciones metafísicas, catalizada a
través de las técnicas de seguros. La actividad de los aseg u ra dores no es, p or tanto, una
actividad pasiva respecto a los riesgos, registrándolos y compensándolos, sino ac tiva; es
decir, los aseguradores especifican, calculan y definen nuevos ries g os en espacios donde
antes no existían. Dotan finalmente de un nuevo tipo de existencia a determinados
eventos no ocur ridos (E wa ld, 1991: 200), pero que tienen una probabilidad abstra cta de
producirse
7
.
Actividades, por tanto, creativas; de forma directa, respecto a estas tecnolo gías
de seguros pero también, de manera indirecta, en relación con los efectos que esta
actividad de conocimiento – reg ul ación, de saber – poder, tiene sobre el sentido común
de la responsabilidad y sobre la dispo sición y organización de todo el plano soci al que ,
como ha indicado Defert (1991), se dispone como la aseg uradora última de los riesgos
especificados en estos procesos a través de una racionalización que los integra como
costes en las re laciones de producción. En el ca pítulo siguiente, ana li zaremos este
proceso de formación del plano social, en que de sempeñan un papel relevante las
tecnolog ías de seguros sociales (O’Malle y , 2004b: 38 -42).
Esto relativiza la existenc ia de una gran distancia epistémica y gubernativa e ntre
los riesgos presentes y l as posibili da des de previsión y aseguramiento de esos riesgos,
que, para los enfoques dominantes sobre riesgos, sería un a caracter ística diferencial de
nuestras sociedades. L a visión de Ewald contrasta con esta id e a, toda v ez que vincula
las nociones de riesgos y seg u ros más con la oportunidad, la probabilidad y el azar, que
con una noc ión de peli gr o. Es decir, comprende la tensión riesgo – seg uro más como
una forma de pensar y actuar la r e alidad que co mo una entidad en sí. De este modo, la
emerge ncia o el descenso de los riesgos no se debe a un tipo de org anización social que
los produce como consecuencia de su despliegue, sino a las variaciones en las
racionalidades de cálculo que los expresan y qu e condicionan las posibilidades tanto de
aquel desarrollo socia l como de estos dispo sitivos de previsión
8
. Por ello, entiende qu e
7
Puede verse la productividad de esta actividad , e n cuanto a la f or m ac ión diferencia da d e
categorías poblacionales y perfiles en los capítu los 3 y 4 , de m a n era más general, y 8 y 9, de f o rma más
centrada en la i n fancia. T ambién, desde una p erspectiva p róxima sobr e esta acti vidad y el der echo, vid.
San Martín Se g ura (2010 : 21).
8
Insistimos e n que aq u í se está analiza n do la d im ens ión guberna tiv a de ciertos espacios de
incertidumbre que se formalizan en el interior de una r acionalidad de gobier n o en la forma, h eter ogénea y
abierta, de riesgos. Como es evidente, los espacio s de incertidu m b re que n o se abordan desde esta
perspectiva, no por ello se ac laran, sino que, más bien al contrario , el hecho de qu e no lleg uen a
formalizarse co m o ries g o s, co m o asuntos d e gobierno en e ste sentido , eq u iva le a su per man encia en un
estado de in certidumbre, si se quiere, puro.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
99
no se trata tanto de que hay a riesgos que no puedan ser calculados por una racionalidad
de seguro, esto e s, que excedan esa r a cionalidad de tal modo que no puedan ser inscritos
en ella. Sino que la c uestión parte más bien de la conside ración de que son e sas
racionalidades de se g u ros las que realizan las especificaciones y cálculos de esos
riesg os en a quellos eventos que antes pasaban desapercibidos o que se tenían por
imposibles de racionaliz a r. Aqu ellos eventos u o bjetos que, en sentido gubernativo y a
nuestra p ercepc ión, no existían. Para nosot ros, esto no im plica que n o ex ista una
dificultad cierta en formalizar o racionalizar ciertos malestares, inconvenientes o
sufrimientos del presente. De hecho el desarrollo de una gobernabilidad alternativa del
presente p asa ría por la identificación de l as condiciones de p roduc ción de estos
malestares, por su problematiz a ción; pero éste es un terre no político que incluye,
aunque desborda, las dificultades técnicas a que alude esa idea de la aparición de nuevos
riesg os que no pueden re g ularse o prevenirse. Aunque el propio Ewald (2002) ha
señalado de manera más reciente, como veremos al final de este capítulo, un cambio en
las formas pre domi na ntes de gestión y racionalización de estos asuntos, el peso de su
argumentac ión no se sitúa, por tanto, en la existencia d e un déficit d e saber o d e
capacidad técnica, o al menos no sólo, sino más bien sobre las orientaciones epistémico
– políticas que permiten especificar e intervenir sobre unos riesgos o sobre otros.
Todo ello viene vinculado a una noción d e riesgo que, en Ewald (1991: 201 - 4),
resulta mu y distinta y que está marcada por tres características. En primer lugar, el
riesg o es calculable. Est a característ ica principal lo diferencia de otros fenómenos que
resultan absolutamente aleatorios y constitu y e la condición de posib ilidad de su
intervención gubernativa. En se g undo lu g ar, el riesgo es colectivo, y a qu e , aunque los
eventos lesivos teng an una fuerte afectación sobr e determinados individuos, la noción
de riesgo siempre se refiere a una población. En su afectación indi vidual, sería
imposible calcular d e m anera suficiente sus regularidades y p roba bil idades, de modo
que permanecería inac cesible a la intervención (Ewald, 1991: 202-3). Ésta es una
cuestión fundamental para notar el impacto gubernativo de las nociones de riesgo en
tanto que comienza a perfilarse la vía por la que permite hacer pasar a las intervenciones
desde la máx ima abstrac ción de los gra ndes disposit ivos de previsión ante contingencias
sociales, hasta la máxima individuación de c ada expediente personal.
En la misma línea que ejemplifican los se g uros, Ewald (1991: 203 -4) nota que la
labor de estos agentes es precisamente consti tuir esa poblac ión de referencia,
estableciendo las dif e rentes divisiones y ran g os de ex posición al riesgo. Así, por una
parte, los dispositivos de previsión y aseguramiento funcionan siempre a partir de una
socialización de los ri esg os. Mientr a s que por otra, exist e una a c tividad constante de
individuación a partir de la que no todos los sujetos o grupos ti e nen asigna dos los
mismos niveles de riesgo, sino que estos se determinan en casa c a so. Lo interesante es
que este nivel de ries g o particular no se deduce de una regla exterior absoluta, sino de
una norma inmane nte, relativa y dinámica, estable c ida a partir de su consta nte puesta en
referenc ia con el conjun to de la población. Ahí pude notarse l a diferencia respecto a
otras mutualidades o conjuntos de protección (la fami lia, los sin dica tos, las
hermandades reli g iosas, etc.) en cu a nto que esta s tecnologías d e ries g os no implican
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
100
unas normas de conducta sust a ntivas, sino que tratan de maxim izar la socialización de
los riesgos con el ma y or grado posi ble de libe rta d e indeter minación de la conducta
individual; de donde se deduce también su grado de ajuste a la rac ionalida d liberal de la
época (O’Malley , 2004b: 29 - 34).
La tercera característica señala que el riesgo funciona como un capital. Dado
que, con frecuencia, el daño sufrido no puede ser compensado ni reparad o en sentido
estricto, estos dispositivos de as eg uramiento ofrec en la garantía d e un a compensación
financiera, que e s de otro orden respecto a aquello que re sult a indemniz a ble. Se pr oduce
así una du a lización del evento, qu e queda descompuesto entr e un daño, irreparable
como tal, y una pérdida i ndemnizable previa valoración patrimonial (Ewald, 1991: 204).
En la descripción que hace Defert (1991: 212) del crecimiento de las t e cnologías de
seguro, a través de la c orrelación de fuerzas entre las compañías ase gura doras, las
mutualidades obreras y los sistemas de previsión estatales, aporta, en esta dirección,
algunas características básicas de estas tecnolo g ías de seguro privadas en su crecimiento
durante el siglo XIX
9
. Implica una concepción de la población como una masa
homogénea, m ás a par tir de métodos estadísticos que de form a s e mpírica s de
solidaridad como la fami lia, el barrio, etc. Por otra pa rte , se trata de un método
financier o b a sado, no di rectamente en la especula ción con la muerte y la vida, pero sí
con el alargamiento médico de la vida que comienza a producirse. También se trata de
la primera ra c ionalización económica de lo que después se denominará “capital
humano”, donde al principio, el sujeto de este capita l humano es el propiet ario de renta,
más que el de la fuerza d e trabajo. Asimismo supone una nueva vía d e concentración de
capital. Y la especificación de un conjunto de re glas de cuantificación y s upervisión de
la conducta huma na.
Como se observa, éste e s otro punto de cruce ent re las cuestiones de saber y de
formación d e un régimen capitalista (Garland, 2 003b: 72 -3). De hecho, al igual que
apuntamos durante el capítulo primero a partir de la lectura del libera li smo en F oucault,
por Colin Gordon (1991), la vinculación entre éste y cierta producc ión de incertidumbre
(o de rie sgo en sus de c li na ciones más controladas) y , por tanto, de ape rt ura social, es
uno de los rasgos diferenciales de la gobernabilidad liberal – capitalista en c omparación
por e jemplo con ot ras goberna bilidad formalizadas de maner a coe tán e a c omo las
socialistas, que apostaban por una re ducción de la incertidumbre y la apertura social en
beneficio de la planificación centralizada, sobr e todo de carácter estatal. En el capítulo
sexto, veremos que esto se intensifica hasta el extremo en la centralidad que el riesg o
tiene para la gobernabilidad neoliberal y, en general, en un capitalismo de tenden c ia
financiera.
Desde luego, esta caracter ización no implica la exist enc ia de una única
racionalidad de cálculo. Evidentemente no se trata de desvelar la mano, antes oculta, de
las empresas asegurad or as como las grandes instancias de regulación de la
incertidumbre moderna, sino de aproximarnos a una de scripción de l ri esg o a partir de su
funcionamiento concreto en el interior de un régimen de prácticas relevante, que además
9
Vid. Susín (20 00: 1 66-78) para algunas ca racterísticas diferenciales respecto a la for m ac ión de
estos pri m eros d is positivos d e previsión en el caso español.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
101
tiene una conex ión visible con otros pro ce sos rel e vantes, como el de esta nda riz a ción y
normación disciplinaria ( Ewa ld, 1990a). P re sentado así uno de los supu estos típicos de
regulac ión de la incertid umbre dentro del liberalism o, que nos ha permitido dar una
visión contex tuali z a da y a lternativa del funciona miento de la noción de riesgo, podemos
analizar cómo estos procesos de gubermentalización se desarrollaron en relación con
otros espacios de incertidumbre.
1.2. Form ació n de dispositiv os de pre visión dura n t e la m o der n i d a d
Para aproximarnos hacia la formación y tratamiento del problema
contemporáne o d e la seguridad, recorremos ahora la formación de al g unos dispositivos
de previsión de la incertidumbre durante la s primera s etapa s de l pr oceso de
gubermentalización, c entrá ndonos más en la dim ensión g ub erna ti va de estos procesos
que, como lo acabamos de hacer, e n la concepción diferencial que implican respecto a la
noción de riesgo.
Podemos notar un bu en ejemplo re sp ecto al pr opio proceso de formación de los
grandes sistemas de seguros, privados y públicos. Ahí vimos cómo, du rante el X IX, el
riesg o se constitu y ó en un principio omnímodo y enciclop é dico de objetivación de la
experiencia posible y no sólo de los azares de la vida privada o de la vida social,
asimismo vinculada a una evolución de los saberes estadísticos y de las nociones
humanas sobre el determi nismo social y la probabilidad. En esta creación de nuevos
planos de gobierno, resul tó de cisiva la estadística. L a ir rupc ión de la probabilidad abre ,
así, un espacio para las oportunidades de elección que erosiona el determinismo social
(Hacking, 1991: 183).
Por otra parte, este d esplazamiento hacia los mecanismos de previsión social
basados sobre l a estadíst ica debe situarse en el contex to de la modernidad industrial,
donde se h an diluido las protecciones familiares y del comunitarismo rur a l. Éste es el
contexto de surgimiento de los dispo si ti vos de aseguramiento, e n forma de
mutualidades obreras o de empr e sas aseguradoras. En cualquier caso, todas ellas
requieren trabar conocimi e nto de las regularidades de producción de los eventos
dañosos para poder asegurar fre nte a ellos, lo que supone una fuerte demanda de
conocimiento estadístico (Hackin g , 1991: 191). Así, estas práctica s estadísticas se
ejercen siempre de forma muy pragmática, co mo un inicio de solución ante estos
problemas de seguridad acuciantes; lo que descar ta la compañía de una re fle x ión sobre
su metodología comp arable con la inmens a cantidad de datos que comienzan a
registrarse . En estos momentos, se tra ta, más bien, de un savoir de l contar .
Desde esta pe rspe ctiva, las tecnologías de seguros se consideran com o una
verdadera tecnología política destinada a co nc iliar los principio s de máx ima
individualidad y responsabilidad individual con los de máxima solidaridad,
distribuyendo socialmen te el coste económico de los riesgos (Ewald, 1991: 201 -4).
Como vere mos, al fina l, también para las tecnologías de riesgo empleadas en el
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
108
En segundo lugar y en l a medida en que este discurso es adoptado por el poder
político constituido, esta dinámica se va a orientar hacia la constitución de una raza
verdadera, la que produce la norma, f re nte a disti ntas sub-razas que se desvían de ella y
amenazan la sociedad misma. Como contra parte de este proceso de de sviación u
objetivación exclu y ente de determinadas c ategorías sociales, existe un pro ce so de nueva
síntesis del sujeto de sob eranía dur a nte el XIX a través de la dialéctica en la filosofía y
de la producción burgue sa de la historia (Foucault, 2003: 203).
Por último, la articulación de aparatos, dispositivos y discursos racistas p e rmite
definir este campo de defensa social introduciendo c ortes en el interior de la sociedad
que desfasan a determinados grupos poblacionales del tot a l del cuerpo social con un
efec to funcional. Ello merece v aria s considerac iones introductorias. L a más clara es que
introduce unos dispositivos de sober a nía en el interior de la guberment a li da d, como
veremos a propósito de las tec nologías de interve nción frente a estos enemigos internos,
y de la cuestión de la defensa soc ial, como reformulación particular de la seguridad
21
.
La otra es que resulta posible ve r, en los mo vimi entos de esta división social, la
config uración de un continuo discursivo y técnico que vincula a l as dist intas categorías
de sub - razas entre sí, con la idea de que ex ist en unos individuos sub -c ivi lizados o
incapaces de autonomía (Valverde, 1996); situación que no e quivale a una forma como
otra c ualquier de “ e star en sociedad”, sino a una mora lm e nte c ulpable por sus perjuicios
sobre las fuerzas del conjunto de la población y , ade más, susceptible de reversión
(Hunt, 2003: 182-3).
A la par, queríamos no tar la importancia de otr o conjunto decisivo de procesos
que, mu y intrincado co n el anterior, fun ciona sin embargo en un pla no, digamos,
inferior a la tra dición d e soberanía, o menos visible. Se trata de la cuestión, más
disciplinaria, de la nor malizac ión, como gran actividad moderna de o bjetivac ión de
poblaciones y de sujeci ón de sus integrantes, c on alto im pa cto en el gobierno de la
infancia. Éste es un pl ano en que puede decli na rse, desde una p erspec tiva más
disciplinaria, individualizante y tendente a l a biopolítica, la actividad de especificación
de determina dos enemi gos inter nos.
Durante el siglo X I X, se especificaron dos conjuntos de enemigos in ternos
(Foucault, 1990a: 83 - 6): los delincuentes y los anormales. Ello no significa qu e, en su
proceso de gubermentalización, la razón de Estado y sus sabe re s asocia dos no
identificara n otros problemas, otros factore s de desperdicio y perversión de sus fuerzas,
pero sí, que de distintos modos casi todos ellos se recondujeran, de cara al interior del
Estado, hacia es a s dos grandes categorías de des viados. Ambas son designaciones d e
ge nealogía disciplinaria que, con carácter binario, sitúan a los indi viduos a uno u otro
lado de la norma que constituyen ( vid. supra cap. 1).
Fouca ult (2001: 57 y ss ) parte de algunas fo rmulaciones del problema de la
normalidad que son previas a la consolidación de este asunto durante el X I X: el
21
Esto puede verse, por ejemplo también, e n la emergencia de enfoques y técnicas e ugenésicas
en EE.UU frente a lo s inmigr antes y con ob jetivos de defensa social, co m o lo s m o vimientos de higiene
mental (Rose, 20 07: 130-1).
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
109
monstruo humano, el indi viduo a corregir y el niño masturbador. Sin entrar en ellas,
interesan varias cosas de estas categorías. La primera e s la posibilidad de categor izar
sujetos a partir de su conflicto con las reg las de la normalidad, de modo que tal
categor ización ti e nde a la naturalización, en alg un os casos de forma total. Y, también, la
de dotar es a constitución de un cierto nivel t écnic o-c ientífico, que sirve d e plataforma
de apoyo para las intervenciones (F oucault, 1990a: 86).
Entre estas fi g uras, en principio desconectadas, se irán componiendo figuras
mixtas que servirán para un progresivo entretejim iento de una red de saber – poder
susceptible de c omunicar, durante el siglo X I X, rasgos particulares d e cada categoría,
antes aislada, ha c ia una categoría mucho más amplia y emergente como la de los
anormales (Foucault, 2001: 62). Desde este punto, se observa con claridad la
hibridación entre las actividade s de racionalización y las de intervención para la
formación de un marco de defe nsa frente a estas clases peligrosas: “L a construcción de
una teor ía general de la ‘degenerac ión’, la c ual va a servir de cuadro teóri co [ dura nte un
periodo] (…) a l mismo tiempo que de just ifica ción social y mora l a todas las técnicas de
identificación, clasificación e intervención sob re l os anormales”. Y “[l] a reorganización
de un red institucional compleja que, en los límites de la medicina y d e la justi c ia, sirva
a la vez de estructura de ‘a y uda’ para los anormales y de instrumento de ‘defensa’ de la
sociedad” (Foucault, 1999a: 90). C ue stión que ya nos aproxima a las estrateg ias d e
control penal que abordaremos dura nte el capítulo c uarto y a las formas d e con notación
moral que subsisten re spec to a estas clas e s p elig ros as / grupos de riesg o en sus
tecnolog ías contemporán e as (Hunt, 2003).
Sobre este sustr a to, se asentará l a categorización de los “ano rma les”, como una
config uración más a llá de la psicopatología y que, sobre todo, se dif e rencia de la estricta
infracción penal, es decir, que tiene una naturaleza supra-l eg al. Para describir el
contexto de su formación, ha y que remitirse a lo s discursos rac ist a s de d e fensa social
que se han señalado y que, durante la se g unda mitad de l XIX, comenzaron a adquirir un
marcado carácter biopolí tico, recodificándose en clave médico – biol óg ica, e n contraste
con la otra lí nea de ca tegorización d e enemi g os internos, en clav e hist ór ico – política
(Foucault, 2003: 74). Se sitúa aquí, por tanto, una suerte de inflexión del discurso de
razas, que había permitido quebrar la unid a d de soberanía dur a nte el XV II , pero qu e,
desde finales del XI X, se orienta hacia un objetivo unificador precis a mente en contra de
esas divisiones de raza o de clase, a travé s de nuevas t e cnolo g í as médico –
normalizadoras, que convierten al extraño y a la heterogeneidad en peli g r o biológico y
social (Foucault, 2003: 76).
La segunda categoría de enemigos internos qu e nos interesa es la d e los
delincuentes . Si bien durante el capítulo cuarto se describirá con m á s detalle la
evolución de estas relaciones de poder -saber en e l ámbito penal, conviene considerarla
en esta genealogía más genera l de la especificación del problema de la desviación y de
las tareas d e rivadas de su ge sti ón, como un e lemento centra l de los a sunt os de se g uridad
interna y de defe nsa soci a l a que se dedica este epígrafe.
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
110
2.2. Tecno logías de intervenc ión sobre las pob laciones pe ligrosa s
Como indicábamos, las intervenc iones que se articulan a partir d e est a
racionalización moderna de la defensa so cial entroncaban con las pr opias de la
soberanía, en cuanto s e trataba d e intervenciones interruptivas o negativas, de
extracción de la vida o de exposi c ión a la muerte, con objetivos de s egreg a ción y
exclusión de esos enemigos internos. Si bien, de manera progresiva, estas
intervenciones pudie ron adquirir una dimensión más colectiva, y funcionar así en
contextos de g obierno más modernos, que les pe rmitiera incidir al nivel gubernativo de
la población a partir de una nueva articulación de la soberanía con el r a cismo, tomado
en el sentido expuesto: “L a raza, el ra cismo, son la condición que hace ace ptable dar
muerte en una sociedad normalizada. (…) si el poder de normalización quiere ejercer el
viejo dere cho sob era no de matar, es preciso que pase por el racismo” (Foucault, 2003:
220); considerando qu e el derecho de mue rte implica, más bien, un ma y or grado d e
exposición a la muerte, a sus riesg os, e tc.
22
.
Sin embargo, es obvio que estas t ecnologías no result aron t an e fic aces en un
contexto biopolítico, donde la ec onomí a de las relaciones de poder se había desplazado.
Aquí, notaremos estas insuficiencias p ara dos tip os de problemas de se g u rida d, que nos
permitirán ver algunos de los puntos de ineficacia y por tanto de d e splazamiento de
estas tecnologías en el p re sente, sob re todo de cara a la caracterización d e la situación
de / en riesgo de ciertos menores en las nuevas políti c as de infanc ia ( v id. infra ca p. 8).
En primer lugar, encontramos la cuestión de los sujetos inimput a bles desde una
perspec tiva pen a l. P or una parte, era cl a ra la vinculación entre estos sujetos y la
insegur idad. Sin emba rgo, la r eg ulación moderna de la re sponsabili da d penal en e l
código p e nal francés de 1810 incorporaba un a reg la de e xcl usión entre locura y
responsabilidad, que impedía seguir con estos sujetos una intervención segrega tiva y
reformadora, de modo que el derecho penal i lustrado no ofrecía un inst rume nto
adecuado de intervenc ión sobre estos individuos inimput a bles, prec isamen te en virtud
de las características de su peligrosidad. Este blo que o es, po r una part e , el contexto en
que se despliega la compleja relación entr e las ciencias médicas, de la conducta y la
regulac ión pe nal pe ro también, en lo que más in tere sa aquí, la cond ición de emergencia
de una línea de pro gre siva objetivac ión de la responsabilidad en el plano penal. En esta
línea, podemos sit ua r el desarrollo de las, llamadas de forma significativa, “medidas de
seguridad”, que pe rmitían atender objetivos de defensa soc ial superponiéndose al
sistema de r esponsabilidad penal general. De manera expresa, est a pena sin
responsabilidad no se c onfigura como sanción, sino como medida de defe nsa social .
La otra cuestión, vincula da a la anterior, e s la dificultad de detección de estos
sujetos inimputables, reconfigurados como peli g rosos. El problema no era menor, tod a
vez que la teoría de la de g eneración, que ri g ió est a cuestión durante la primera mitad del
XIX, caracterizaba las enfermedades penales con una evolución polimorfa y compleja,
22
En un p eriodo p revio a la for m ació n moderna d e ‘lo so cial’ ( vid. infra cap. 3 ), Castel ( 1997:
104 -5) ha mostrado las justificacione s de ord en y d ef ensa s ocial que se formulaban para la g estió n
represiva del v agabundeo, com o clase p eligrosa en las ciudad es del XIX.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
111
por la que podían presentar síntomas distintos en sus diferentes estadios de desarrollo,
de tal modo que estos individuos podían exteriorizar síntomas indiciarios de esas
enfermedade s en mu chos comportamientos anteriores y en las más pequeñas
infracciones o delitos (Foucault, 1990c: 250 y s s). Frente a este en foque, poco podía
hacer un der e cho penal liberal necesariamente reactivo, cu y a intervención se difería al
acaecimiento de unos de lit os que aquellos débiles sig nos permití a n pr eve r.
Desde una perspectiva más amplia, conviene notar cómo ésta es una
problematización guber na ti va mu y interesante porque permite v er cómo un modo
particular de problematización, cómo este “bloqueo”, se constituy e en el motor de toda
una actividad optimista de g obierno destinada a superarlo o a desplazar la conflictividad
y los efectos internos d e l asunto. Siguiendo con e ste ca so, qu e realmente e s ya materia
del capítulo cua rto, esta particular configuración produjo una reforzamiento de ambos
extremos y un aum ento de las con e xiones entre l a desviación criminal y l a desviación
mental. Aumento de la profundidad y ex tensión de las indagaciones pe ric iales post -
delictuales a los motivos del delito y a to da s las circunstancias del infractor
(personalida d, biografía, ambiente, e tc.) qu e puedan relacionarse con aquél (Foucault,
1990b: 111); pe ro también, de la presencia de estas indagaciones periciales en los
distintos tipos de delitos, incluso en los menos graves (F oucault, 1990c).
Esto es parte del contexto de surgimiento de un nuevo ethos de gobierno
respec to al problema de la segur idad ante el delito, como es el de la prevenc ión o el
preventivo, que y a habí amos observa do respecto a las cuestiones de seguridad más
material o económico-social. Así, el análisis de este ethos preventivo, en todos sus
ámbitos, es una cuestión fundamenta l para comp render la disposición de l a s políticas de
infancia en el presente, como veremos durante los últimos capítulos. La cuestión,
mucho más limi tada , que nos interesa señ a lar aquí es la lí ne a de d esplazamiento que
este ethos dibuja respecto a la responsabilidad penal inicialmente trazada por el
reformismo penal liberal. Se trata de una fuente de movili da d y tr ansformación de la
responsabilidad al margen de las instituciones penales, que a su vez ha n ido crec iendo y
desarrolla ndo nuevas reglas de responsabilidad, c uy os efectos han alca nzado al sistema
penal, pe ro también a cualquier entramado d e normaliz ac ión. En la medida en que estos
desarrollos no proceden solo del d erecho penal y no ti e n en como s u único punto de
apoy o el hecho delictivo (sino que abarc an tambi én a la personalidad o al sujeto, a sus
estilos de vida, etc.), amplí a n también su capacidad de ex tensión y obli g an a descentrar
nuestra atención desde una estricta racionalidad penal a una racionalidad de gobierno.
En este contexto, la noción de peligrosidad c onstitu y e un buen ejemplo de la
hibridación entre la objetivación de determinados sujetos y poblacion e s como pe ligrosas
y las estrategias de intervención implementadas, que señalábamos al principio. C omo
indica Foucault (1978: 97), “la noción de peligrosidad significa qu e el individuo debe
ser considerado por la socieda d al nivel de sus virtualidades y no de sus actos”.
De una parte, es fundamental atender a la part icula ridad de los dis cur sos de
determinac ión y caracteriz a ción de esta peligrosidad. Como analizaremos con ma y or
detenimiento durante el último capítulo, se tr ata de inscribir un a p luralidad de
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
112
comportamientos y circunstancias, desde las d elictivas a las más cotidianas, en el
régimen de inteligibilidad de la conduct a . Los instrumentos de rarefacción del discurso
para esta r a cionalización son múltiples y comprenden, en síntesis, una tensión entre la
necesidad d e tecnificar y enrarecer tales discursos para permitirles funcionar d entro de
distintos sistemas expertos y, por otra parte, la necesidad de que estas rarefacciones sean
lo bastante homogéneas como para dotar a tales discursos de una capacidad de
circulac ión alta, que les permite, a su vez, influir sobre la configuración de un sentido
común a cerca de esta materia, de la responsabilidad, la previsión y control de los
comportamientos futuros, etc. De este modo, se observa también cómo la manera de
intervenir sobr e determinado problema de seguridad está mu y li ga da a la dificult ad para
constituir un saber que aísle esos objetos y los caracterice de manera útil.
Sobre esta no ción de p elig rosidad, de extracción disciplinaria, Castel (1991) ha
analizado una evolución de la formulación d e peli g rosidad que la aproxima a la noción
de ries g o. Castel h ac e depender esta evolución de la superación de ciertas limitaciones
de los métodos clínicos de pre dicción de la peligrosidad. L os métodos clínicos de
predicción, de forma destacada la psiquiatría, se li mitaba n a la detección del peligro,
co mo una ca racterística i nmanente a la persona enferma , en cuanto a su capacidad para
realizar acciones violen tas y antisocial e s. Sin embargo, aunque la peligrosida d se
afirmaba como una característica del sujeto, ésta s ólo podía confir ma rse a posteriori , lo
que no obstaba p a ra que, como vimos, conviniera mucho dete c tarla y tratarla antes de
que hubiera de sen ca d enado sus e fectos perjudici a les. En este c ontex to de di ficultad, que
se suma a l descrito arrib a, la labor de distintos sistemas expertos consistía en im putar
esta peligrosidad y a signarle un grado, según l a ma y or o menor relación entre los
síntomas presentes y el hecho por v e nir (Castel, 1991: 283). En una segunda fase, se
acometía un tr atamiento derivado de la pe ligrosidad dia g nosticada, lo qu e para Castel
señala una marca clara de hibridación entre estas tecnologías de especificación de las
categor ías y sujetos pe ligrosos y las formas de int e rv enc ión se g r eg ativas o
neutralizadoras (Castel, 1991: 284); en la traslación entre la formación de categorías
poblacionales (objetivación) y la máxim a indi viduac ión de sus componentes (suje ción),
que rec orrerá toda la investi g ación.
Este esquema ofrece un sinfín de dificultades polít ica s. Por una p arte , no puede
afrontar se con facilidad el coste de un encierro masi vo de poblaciones. Por otra, la
peligrosida d ha mostrado una tendencia a l a polivalencia patológica, desde la
monomanía homicida ini cial a for mas menos unívocas de locura sin delirio, entre otra s,
en una serie de movimientos que siempr e perjudican la certe za d e su determinación. Y,
desde luego, estos dispositivos no han podido dar una solución integral y técnica ment e
eficaz dentro de su propia matriz discursiva a una franja pobla c ional creciente de
individuos, demasiado lúcidos para el encierro asilar, dema siado irresponsables para la
prisión pero también demasiado peligrosos par a la libertad (Castel, 1991: 284).
Esto dibuja un mapa poblado de objeciones respecto a los métodos clínicos,
tanto relativas a la validez y eficacia de sus técn ica s de cono cimiento (arbitrariedad d e
los expertos, influenc ia de prejuicios, distorsión del contexto soci al sobre las
valoraciones, etc.) como relativas a sus efectos s ociales (probl e mas de etiquetamiento,
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
113
de reproducción de las desigualdades sociales, de inflación en los d i ag nósticos de
peligrosida d, etc.)
23
. De hecho, tales objeciones componen el co ntexto de
desplazamiento de la n oción de peligrosidad y sus prácticas de tratamiento hac ia
fórmulas cerca nas a las de riesgo, de las que Castel (1991: 284 -7) de staca tres líneas.
En primer lu gar, un a ma y or conex ión entre la peli g rosidad y determinadas
condiciones de vida desde la segunda mitad del X I X, sobre todo a través d e los sabe r es
higienistas y estadísticos. Esto prefigura un esquema basa do sobre el riesgo objetivo en
tanto que la frecuencia de la enfermedad mental se medía por la correlación estadística
entre distintos fe nómeno s. Y configuraba una práctica que y a no buscaba su ce ntro en el
encierro asilar, sino en un sistema de vigila ncia centrado en determinadas capas de
población.
La se g und a línea de desplazamiento es la emer gencia de las técnica s eu ge nésicas
a inicios del siglo XX, a l organizar su intervenci ón menos en el sujeto en sí que en l a
carga genética que transmite (Castel, 1991: 285) y que llevaron también a un aumento
de la vi g ilancia preve nti va de estos operadores médicos y so ciale s dur a nte el siglo X X,
así como a un inc re ment o de su participación como asesore s de planificaciones políticas
y decisiones administrativas, en una posi c ión mucho más gubermentalizada .
En cualquier caso, tercer desplazamiento, el fundamental para Castel (1991 :
287) ha sido el del proceso de autonomización de l riesg o respecto a la peligrosidad. El
riesg o dejó así de s e r una cara c terística intrínseca a un determinado objetivo o grupo y
pasó a conformar se como el resultado de un a det e rminada combinación d e factore s, que
permitían describir el evento dañoso como más o menos proba ble.
Esto ti e ne consecuencias en varios planos. En la práctica prevent iva, la
intervención no se activ a a partir de un con flicto presente y obs e rvable, sino que se
deduce de una prob abilidad abstracta co n caráct e r previo, al modo en que hemos visto
en Ewa ld (1991). Así, este esquema inaug ura un modelo de vigilancia bas ado sobre una
“predicción sistemática” (por ejem plo de l a planificación de las visitas sociales y la s
inspecciones), en la qu e esos factores abstractos de riesgo y los r esultados de su
combinación desplazan la anterior centralidad de la relación direc ta, continuada e
interindividual entre el o perador y el cliente; que, por otra parte , están en la ba se de las
relaciones y tecnologías disciplinarias, incluso en los mecanismos más subl imados e
impersonales como los edificios panópticos, que no desaparecen por completo (Castel,
1991: 288). Este sistema de vigilancia se destina a describir las condiciones objetivas de
emerge ncia del peligro y a identific a r, con referencia a ella s, a los individuos con un
índice alto de riesgo
24
. Por supuesto, ello dibuja un nuevo escenario de hipe r-
racionalismo, de posibilidad para nuevas utopías higienistas y ciertos “aspectos
iatrogénicos de la prevención” (Castel, 1991: 289) , que podremos desgranar al notar las
deficienc ias de las técnicas actuariales de pr edicción durante el ca pítulo c uarto y
noveno.
23
Ber g alli (19 8 3: 159 -81) señala algunas p erspectivas críticas d esde una socio log ía de la
desviación.
24
Ésta no e s u n a te n d en cia exclusi v a de las p olíticas soci ales y cri m inales d e i nfan cia . Vid .
Calvo (2007 ) para un a exposic ión de este desplaza m ie n to para el á m bito d e la violencia de género.
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
114
Otra consecuencia d esta cada para Castel (1991 : 290) es la “separación del
diagnóstico y el tratamiento, y la transformación de las funciones de protección en la
actividad de los ex pertos” . El ré g imen de intervención episódica o de intervención más
continuada, como el psicoa nális is, o más amplia, con equipos médico – sociale s, etc., no
ha desapercibo pero sí que ha perdido su exclusividad. En una cantidad creciente de
situaciones, la actividad de evaluación de estos expertos funciona, más bien, como una
actividad de etiquetamiento de determinados indi viduos o grupos par a c onstitui rlos en
un “perf il” que integrar después en un a “carrera” o “historial”, con todas las
transiciones, desde lo colectivo a lo indi vidual y desde lo abstracto a lo c oncreto, qu e
permiten estas tecnolo g ías “de caso”. Además, i ncluir a estos sujetos en una actividad
de protección no impli c a siempre una inserc ión en esos sistemas continuados, sino que
se abren otros itinerarios sociales y administrativos
25
. Así, que quienes diagnostican
son, con ma y or f re cu encia, distintos a quienes después asi g nan y desarrollan el
tratamiento, lo que des cribe una forma mucho más automatiz a da y “ managerial ” de
intervención (Castel, 1991: 291; M. Dean, 2003: 189 -90 sobre las técnicas más
reciente s).
En el capítulo cua rto y en la se g und a parte, señalaremos cómo esta noción de
peligrosida d, devenida riesgo ho y , se ha orientado hacia la caracteriz a ción de ciertas
poblaciones como grupos de riesgo. Estas pobla ciones se coloc a n en el centro de unas
políticas de seguridad ( Maur utto, 2006: 449-50), diseñadas en la intersección entre los
enfoques neo liberales del riesgo y los neo-conserv a dores.
Aparte d e est a evolución, más general y gubernativa, de la peli g rosidad haci a
nociones de ries g o, que marca una nuev a prev a lencia respecto a la ge s tión de esta
vertiente de la s egur idad, también ha y que considera r la línea de evolución y
persistencia de ciertos mecanismos disciplinarios y de sobe ra nía qu e tienen algunos
puntos de oposición con el diagrama qu e hemos definido hasta a hora. En buena medi d a,
introdujimos esta cue sti ón al trat ar d e l conflicto entre la gobernabilidad liberal y la
emerge ncia de perspectivas biopolíticas particulares, de tendencia totalitaria. Se
produce, así, una recombinación de las t e cnolo g ía s de defensa social que no consi ste en
el puro retorno al principio sober ano de mue rte , sino que es una cla ra e levación de la
política a l nivel de la vida, de las ra zas, de la población, etc. dond e la mue rte se conecta
a la protección de cier ta idea de la vida (M. Dean, 2003: 140). Es de cir, s e inaugura así
una ec onomía de la defensa social por la que, para mantener y m aximizar la vida (la
salud, la higiene, el bienestar y el vi g or de una población) es necesario eliminar o
neutralizar a los ele mentos peligrosos, internos y externos.
25
Puede verse un ejemplo de diagn ó stico y tratamiento de la peligrosidad respec to a los sujetos
con DSP D ( “ dang erous and severe p ers onality disorder ”) en las prop u estas realizad as en Reino Unido
desde 1999 (Seddon, 2008: 304 -6). La iniciativa proponía mayores posibilid ades de detenció n
indeterminada de estos sujeto s y de ap oy o a lo s program as y p lazas d e alta seg ur idad en hospitales y
prisiones, s iempre que se esta bleciera la existencia d e ese p roblema de personalidad y su co n exión con un
riesgo d e daño grave a los dem á s. Co m o muestra del tratam iento inoc u izad or d e estas poblacio nes,
Seddon muestra q u e, r especto a las estimaciones iniciales que se rea liza ron, sobre 2 .100 - 2.4 0 0 ca s os,
solo 300-600 se encontraban en la co m unidad, mientras que el r esto se e ncontraban (ya) inter n o s en
prisiones u hospitale s.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
115
En la medida en que el liberalismo se había orie ntado hacia una gestión de la
población y había incorporado rasgos de ese enfoque despótico y biopolítico que h emos
señalado, la r a cionalidad resultaba propiciatoria para muchos r egíme nes de prácticas
que no re sultan, en absolut o, liberales, en tanto que no contienen nin g ún p rinc ipio
intrínseco de c rítica y autolimitación de la práctica de gobierno y que ac entúan y
combinan, de forma muy distinta a la goberna bil idad libe ral, los elementos compartidos
con la soberanía y la b iopolítica. Frente a esta contradicción, cierta literatura post -
foucaultiana ha descrito re gímenes concretos de rec ombinación entre las distintas
racionalidades en con flicto a pa rtir de l as que e lementos propios de racionalidade s
autoritarias forman parte de esta economía li beral, como un elemento desplegado y
fomentado dentro de su propia racionalidad (M. Dean, 2003: 147). Éste es por ejemplo,
el caso que hemos visto de la especificación, dentro de una racionalidad de defensa
social, de determinadas clases peligrosas y e strategias de intervención.
Una de las nociones don de la persistencia de estas tecnologías es ma y or, a la vez
que ocupa una posición central ho y en la previsión de la incertidumbre, es la de l a
“defe nsa social”, entendida como la necesidad de neutralizar los peligros en el plano
interno, principalmente a tr avé s de la eliminación o n e utralización de las clases
peligrosas, de los inc orregibles, de los delincue ntes multi -re incidentes, e tc. L a
reducc ión de un con c epto de seguridad y su s polí tica s como el que expusimos arriba a
estas cuestiones de defensa social es uno de los peligros más claros de la crisis que
atraviesa n las polí tica s de seguridad en el presente; de modo que cabe una distinción
analítica ba stante útil entre las políticas de seguridad y las de defensa social.
Una perspectiva próxima a ésta es la d el excepcionalismo como estrat eg ia d e
defensa socia l. En principio, el excepcionalismo opera ho y dentro de los dispositivos de
seguridad y con un carácter transitorio, dado que supone distintas interrupciones de los
flujos sociales y un mal balanc e económico en el ejercicio del pode r. Sin embargo, la
presenc ia creciente de estrategias de gobierno diferenciado está aportando ejemplos de
políticas sociales y criminales especialment e dirigidas a det e rminados grupos sociales o
a situac iones en que se h a n normalizado o se han hecho estables est as inter ve nciones de
carácter excepcional. A tal integración de lo ex c epcional en la normalidad de gobierno
como estrategia estable de defensa s ocial se le denomina excepcionalismo ( v id. supra
cap. 1; Agamben, 2010).
Esta caracterización exc e pcionalista de dete rminados grupos se an a liza desde
esas perspectivas como una “vuelta de las clases peligrosas”, que, durante el siglo XI X,
corre spondían a l as clases trabajadoras (Castel, 2004: 68 -74). La reacción
gubernamenta l, consistente en movilizar dotaciones de seguridad frente a estos grupos,
constituía, para el auto r, una visión simplificada del problema trans ve rsal de la
insegur idad social y proporcionaba una sensació n generalizada de estar haciendo algo,
sin llega r a resolver las cuestiones más básica s y complicadas de esta inseguridad. Esta
reacción gubernativa en c aja c on el giro hacia la reflexividad, que veremos e n la
gobernabilidad contemporáne a, al encontrar una de sus principales funcion a li da des en el
reforzamiento d e la posi c ión de los agentes de gobierno implicados. Por otra pa rte , la
actualidad de est as estrategias también vu e lve visible la vieja existencia de nociones
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
116
morales en la caracteri zación de las clases peligrosas o, con un enfoque más
contemporáne o, de los grupos de riesgos, que no han de sap arec ido pese a la abstracción
con que han tendido a configurarse los ras g os asociados a esta peligrosidad – riesgo
(Hunt, 2003; Lemke, 2010: 368-9).
Por nuestra p arte , entendemos que estas visi one s de defensa social han
incorporado algunos m e canismos de las caracterizaciones más difu ndidas de la
“sociedad d el ries g o ” y que, por ello, resulta útil una crítica conjunta. En general, estas
visiones actuale s de defensa social p arte n d e una comprensión b astante poco
gubermentalizada del riesg o, donde se considera un mal que debe evitarse en todo caso,
identificarse en ca da sujeto y tratarse mediante medidas de prevención especial, en un a
perspec tiva que es más d e peligros pre -moder nos que de r ies g os.
Para tratar de ordenar l as c ríticas más comunes, hare mos alusión a ellas desde
sus objeciones más técnicas, hasta las que implican un cuestionamiento más profundo.
Respecto a las primera s, se ha notado cómo estas racionalidades excepcionalistas tiene n
una re lación productiva con determinadas ca r acterizaciones y percepciones de los
riesg os de se g uridad. Dado su ca rácter abie rto y las c ondiciones favorables a su
difusión, estos re g ímenes de percepción emergenc ialista ti e nen bastante i mpacto sobre
el sentido común de la seguridad, donde dibuja n una tendencia expansiva de difícil
limitación, como indica n muchos enfoques desde el interior de esta caracterización de la
“sociedad del riesgo” (Beck, 2006: 86 -7).
La misma noción de riesgo, en su comprensión más común, tampoco promueve
la interrupción de este ciclo de expansión de las medidas excepcionalistas, toda vez que
existe una caracter ización de suma cero entre las nociones de ries g o y se g urida d
(L uhmann, 1993). A con se cuencia de este vínculo, el concepto de riesgo opera como un
“concepto reflexivo”, al que le repercute cualquier vicisitud que pueda atravesar al
concepto de seguridad. Por tanto, las situacion es o co y unturas que se d esig nen como
inseguras se consi de rarán re pletas de rie sgos y tratarán de gestionarse conforme a e se
esquema. Con la dificult a d de que este esquema de interacc iones puede r e producirse ad
infinitum , y a que un análisis de esas situaciones confor me a c riter ios de riesg os
conducirá a la mayor visibil idad de éstos y a una correlativa dismi nución de la
seguridad en e l campo
26
. Como indica Esposito (2009: 114), en términos b iopolítico s,
“la idea de que la inm unidad, necesaria para proteger nuestra vida, llevada más allá de
cierto umbra l, termina p or negar la vida misma”. Opitz (2011: 97 -9, 106-7) se re fi ere a
esto, desde una p e rspectiva también foucaultiana donde liberalismo y soberanismo se
articulan, como la “aporía de la seguridad”, en cuanto que, e n determinados estadios de
sus discursos y “ a c tos de securización” (por ejemplo en los contextos de precaución que
veremos), el mantenimiento del orden y la norma lidad se condiciona a un a quiebra del
derec ho y la g obernabilidad liberal.
26
Caste l (200 4: 13 - 4) señala, “La sensación d e inseguridad no es exacta m e nte prop orcional a los
peligros reales que amenazan a un a población. Es m ás bien el efecto de un d esfase e n tr e una e xpectativa
socialmente construida de p rotecciones y las capacidades efectivas de una sociedad dada para ponerlas en
funcionamiento. L a inse g urid ad, en suma, es e n buena medida el rever s o de la m ed alla de una sociedad de
seguridad”.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
117
De ahí, se derivan también dist intos rasgos de las dinámicas de valoración de
riesg os que alimentan esta circularidad
27
, en la dir ección de una continua expansión de
los ámbitos de la vida rac ionalizados conforme a estos esquemas de riesgo: su auto -
referenc ialidad
28
, así como la relativa invisibili zac ión de los falsos po sitivos en
comparación con los falsos negativos, donde resulta clamoroso, a la luz del daño
producido, el déficit de intervención (Castel, 1991: 283). Por el c ontra rio, la auto -
referenc ialidad contribuye aquí a qu e los fals os positi vos no desemboquen en un
abandono de estas valoraciones, en la medida en que el err or da motivos para el tra bajo
de perfeccionamiento de los sistemas de valora ción (M. Dean, 2003: 190).
En cierto sentido, estas dificultades aluden a diná mica s que son genera les en las
“tecnologías de saber”. Aparte de los conflictos de poder que se suscitan en relación con
la influenc ia que acumul a n los expertos (Rose, 19 94), es frecuente su adap tac ión táctica
hacia aquellos objetos cuya medición resulta más sencilla, tanto por sus propias
característica s como por la organización de las agencias y el habitus
29
de los operadores
protag onistas de estos procesos (Harcourt, 2007: 92 -5) . Ello hace que muchas de las
valoraciones de ries g os se aparten d e los fa ctor e s más dec isivos para centrarse e n los d e
tratamiento más funcional, lo que resulta disconf orme con los objetivos de prevención
que debían orientar estas valoraciones e interve nciones. En este sentido, aparte de la
inflación, nos parecen interesantes las carencias para la predicción de las variabl es qu e
se apartan d e la racionalidad hegemónica de estos cálculos, que afe c ta a la ambición y
profundidad con que se pueden especificar obje tivos para estas políticas de seguridad.
Ahora bien, desde nuest ra perspectiva, lo que s e denomina normaliz a ción de l
riesg o, en cuanto a una mayor exposición a situaciones de riesgo, se trata, sin duda, de
un debilitamiento de los sis tema s de previsión y gestión de la incertidumbre, que se
27
Luhmann (199 3) señala cómo esta circularidad le ha lle v ad o a in troducir una distinció n entre
los riesgos “reales” y los “s ubjetivos”, generados po r la propia dinámica de valorac ión y gestión . Tal
distinción no puede operar en nue stra perspectiva p ero muestra parte del prob lem a de in f lació n e n la
identificación de riesgo s.
28
A este respecto, Gidden s ( 1999: 46) indica que “ co n el advenimie n to de la m od ernidad, la
reflexión toma un car ácter di fer en te. Es i ntroducida en la misma base d el s iste m a de repr oducción de tal
manera que pensamiento y acción son constanteme n te refractad os el uno sobr e el o t ro (…). La reflexión
de la vida social moderna consiste en el hecho de q u e las prácticas sociales son exa m inadas
constantemente y re f o rm adas a la l uz de nueva i nf o rmación sobr e esas mis m as p rácticas, que de esa
manera altera n su ca rácter co ns tituye n te”. A l mismo respe cto, Luhmann (1 993: 19 - 2 5) ha criticad o las
concepciones y explicacione s en exceso individuales de los f enó menos de r iesgo y se g uri dad por su falta
de eficacia y de base cie n tí fica suficiente, al no considera r sobre todo los pr ocesos de co n strucción y
comunicación social de lo s riesgos. Al co ntrario, una p erspectiva socio lógica en el tra tamien to de las
cuestiones d e riesgo per m ite poner el ac ento en lo s sujetos q ue deciden los a suntos de ries go y el co n texto
espacial y te m po ral de q u e lo s dotan. A esto se a ñ ad e el i m pac to sobr e la s u b jetividad de las ma y ores
dificultades generales p ara la llamada valor ación de los riesg os.
29
Bourdieu ha considerad o el h abitus como un “siste m a de dispo s iciones que [los age ntes] han
adquirido a través d e la interi orización d e un tipo deter m i nado de co n d iciones sociales y econó m ica s y
que encue n tra e n una tra y ector ia definida e n el inter ior del campo consider ado una oca s ión más o m e n os
favorable de ac tualizarse”. Est as disposiciones, e s decir, estad os, actitudes, capacid ades, son un “ p roducto
social” derivado de la estructura social y a la vez, un “productor social” estru ctura nte de nueva s práctica s
sociales. Dado que el funciona m ie nto d el hab itus s e describe con las analogías de un “capital genético” o
de una “subjetividad so cializada”, su co n formación se cr u z a con los p roblem as a que p retenden ate n der
las tecnolo g ías de sujec ión foucaultianas y que abo rdaremos sob re todo durante el capítulo quinto. Vid.
García Inda (2001 : 24- 6) para ciertas repercusiones del concep to de “ hab itus ” de Pierre Bourdieu s obre el
campo j u r ídico.
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
124
Por otra parte y en el contexto de este mismo enfoque, se advierte cómo la
concepción del Estado h a cambiado desde la sit ua ción del welfare , de mo do que éste ya
no es el oasis d e racionalidad en medio d e la disfuncionalidad d e l m erc ado
35
. Sin
embargo, los saberes expertos han prol iferado en el interior del mercado al calor de su
competitividad, desde el ímpetu del marketing a los sistemas de seguridad privada,
pasando por los entrenadores pe rsona les. En est e ámbito privado, se han desarrollado
sistemas expertos autónomos para un a pr evisión y gestión de los riesgos tan capaces
como los dispositivos estatales. Por tanto, como constataremos en la segunda parte del
trabajo, se h a produ c ido un declive respecto al papel de los sistemas expertos integrados
en la gobernabilidad estatal durante el welfare , pe ro ello no obsta pa ra que estos u otros
expertos conserven una considera ble capacidad de “ promoción” o de visi bilización de
riesg os en determinados contextos (Hunt, 2003: 169 -70). También concretaremos, allí,
la a fección de éste y otro s giros de la gobernabilidad neoliberal respecto a reg ímenes de
responsabilidad concretos en distintos ámbitos, pero interesa subr ay ar que aquí esta
perspec tiva d el nuevo p rudenc ial ismo , en contr a ste con las estrategias de previsión
welfaristas, está pr e sente en buena parte de la literatura contemporánea sobre políticas
sociales (Rose, 2000: 327-8; H. Dean, 2006: 103).
Este movimiento de responsabilización de los sujetos pasivos de los riesgos, al
centrar la explicación de las dinámicas de riesgo en los compo rtamientos de aquellos
grupos más afectados p or ellos, ti e nde a orientar las políticas hacia la modificación
directa de los comportami e ntos de esos grupos identificados como causa del problema
social
36
. El gobierno de los riesgos se aproxima así a la racion alidad del mercado; esto
es, a una distribución competitiva de los riesgos que premie los aciertos y casti g ue los
fallos, favoreciendo d e este modo una eficiencia pro g resiva en los com porta mientos.
Esta visión justifica rá la mayor comp etenc ia de los sistem as de previsión social
privados en ámbitos como la salud, la seguridad o las contingencias tanto de la edad
como de los tipos de interés y demu estra unos efectos productivos análogos a los que la
responsabilización y la sujeción tenían en el liberalismo (G a rland, 2003b: 65-8).
Sobre todo en lo que respecta a los ries g os cotidianos, en la contraposición que
vimos al inicio del capítu lo, Hunt (2003: 165) realiza una lectura de este desplaz amie nto
que está menos en clave neoliberal de mercantilización que en clave neo- c onservadora
de morali zación . Estos riesg os cotidianos no están, así, reg ulados por regímenes de
práctica s técnicos y expertos, tanto como por normas, jurídicas y m ora les, menos
sofisticadas, más direct as y sobre todo con m ayor capacidad de suje c i ón y de auto -
responsabilización (H unt, 2003: 176). Como veremos en el capítulo sig uiente respecto a
35
Para Donzelot (1991: 1 75), e l cam bio en la organización d el welfare se explica a p artir de los
cambios e n las funciones de e stos dispositivos de p revisión durante la modernidad tardía. En pri m er lugar
y respecto a la relació n moderna entre solid aridad y soberanía co m o criterios rectores de la posició n del
Estado respec to a la sociedad en el welfare . Desde esta perspectiva, el Estado tiene ah ora m a y ore s
dificultades para ar ticu lar los dispositivos de solidarid ad orgánica necesarios para su intervención s obre la
sociedad y por otr a parte, este Estado o cu p a u na propo rción creciente de la soberanía efecti v a q u e se
había reservado a la sociedad.
36
Hartle y Dea n (2006: 104 -5) hace notar la vía abier ta p or otras políticas sociales e n que se ha
sido cap az de vincular los pro blem a s sociale s a diná m icas y proce s os de una di m e ns ión más estructural
que el pro pio com po rtam iento de los afectados.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
125
otros regímenes de reg ulación socia l (Donzelot, 1998), esto se inscribe en una tradición
moderna de interiorización de la obediencia o aseguramiento de la e ficac ia de las
normas de conducta a través de la vinculación d e esos contenidos normativos con el
propio deseo, inte ré s o bienestar de los sujetos g o berna dos: del “prohibida la entrada” a l
“por su seguridad, no entrar” (Hunt, 2003: 180).
Se advier te así que l a genera li zac ión de una capacidad de auto -gobierno resulta,
en este nuevo enfoque p rudenc ialist a , un componente funda mental del mantenimiento
de la se g urid ad. Al r especto de las polí tica s de previsión, esto dibuja una transición muy
clara desde la re g ul ac ión por soli da ridad, se g ún la notable fórmula de los dispositivos
de previsión welfaristas, como los seguros sociales, por los que se combina la
maximización del interés individual c on la maximización de la socialización del interés;
hacia una auto-regulación y auto-previsión (Rose , 2007: 158), qu e se combinaría, en su
caso, con el principio d e precaución y donde siempre exist e un objeti vo último de
conducción de los otros o de promoción de ciertas conductas, c omo el auto -
asegura miento, la búsqueda activa de ingresos complementarios o de la seguridad en el
trabajo (Baker, 2002: 42).
Otro ras g o de este nu evo prudencialismo respecto al ries g o es tant o una
dispersión o pluralización de los factores d e riesgo – pelig rosida d, como la
consideración de una ma y or capacidad de los i ndividuos para gestionar por sí estos
riesg os. Esta complejida d, propia de las sociedades de control, impide una división
dicotómica entre los indi viduos, los grupos y las ac tividades que no comporta n riesgo y
las que son peligrosas, obli g ando, más bien, al establecimiento de un tejido de
management del ries g o a lo largo de toda la p oblac ión. Sin embargo, no conviene
pensar que esto disuelve por completo las categorías sociales de la gobernabilidad
welfarista – disciplinaria, por ejemplo d e las clase s peligrosa s, sino que tiene más bien
un efec to de nueva distribución de las categorías y divisiones sociales.
Para O’Malle y y Rose (1996a), en este nuevo d iscur so del riesgo, la división
más eficaz es la que se hac e entre los ciudadanos activo s (“ active citizen ” ), capaces de
controlar sus propios riesgos, y l as poblacion e s en riesgo ( “ targeted populations” ), que
requieren intervenc ión exterior para poder regular sus riesgos. La división no es
totalmente e stanca, sino fluida, de modo que ambas categorías pu ede n comunicarse. Sin
embargo, entendemos, como podrá constatarse respecto a determinados grupos de
menores, que los polos de esta división ocup a n una posición de referencia que h ace
bastante invariable el jui cio de tutelaje o autonomía vertid o sobre ellos. En cualquier
caso, también advertimos que esta concepción fluida o móvil de la peligrosidad por la
que casi ning ún ciudadano resulta ex e nto por co mpl e to de constituir un peligro para los
demás o para sí y de requerir intervención, supone a si mismo una proliferación de las
caracter izaciones de riesg o que pue de re sult ar un sust ra to plausible del clima
“ inmunitario ” que describen con frecuencia las p erspe ctivas de la sociedad del riesgo
37
( vid. supra cap. 1).
37
Vid. supra ca p. 1. En el capít ulo quinto, veremos cómo emer g e, en las sociedades de control,
un individuo prudente y cap az de ca lcu lar y controlar s u s prop ios riesgos (O’Malley, 1996: 197 -8, 200 -1).
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
126
Por otra parte, esta c omplejidad y fl uidez propia de las socieda des de con trol ha
consolidado una visión abierta de la incertidum bre , en la que la producción de los
riesg os es casi siempre multi fa ctorial, de modo que las intervenciones de previsión
deben tene r siempre un a articulación complej a en varios planos, como v ere mos en los
siguientes c apítulos, al tratar algunos disposit ivos de previsión concretos para la
infancia.
Con atención a otros aspec tos, algunas/os autoras/es (Ashenden, 1996; M. De an,
2003: 172-6) han inscrito las prácticas co ntemporáne as d e gobierno del riesgo en un
marco de “gobierno reflexivo”. Esta noción se refiere a un desplazamiento de los
dominios y objetivos del gobierno desd e la regulación de los procesos económicos y
sociales exteriores, com o medio de provisión y man tenimiento de la seguridad, al
asegura miento de los mecanismos de regulación de esos pro ce sos exteriores en sí
mismos. Un modo de atender este nuevo objetiv o es a segurar qu e los mecanismos de
regulac ión tengan una f or ma coherente con los objetivos últimos de gobierno y que
promuevan una conduct a , individual e institucional, que sea asimismo armónica con
esos objetivos. Es decir, que sean c a paces de vi ncular una r egulac ión d e la conducta
funcional con la estandarización de todos los mecanismos de regulación del riesgo,
dispersos, locales y especializados, de modo que sea posible un gobierno de toda es a
multiplicidad con el esta blecimiento de unidade s efic a ce s pero más o menos estable s, es
decir, gobernables, e nt re los sistemas de merca do, de servicios y de ex pertos.
Visto esto, convendría poder distinguir los objetivos refe ridos a la propia
estabilidad de los ag entes e instituciones de gobierno de los “exteriores” o referidos a
los objetos de gobier no. Por ejemplo, al evaluar las a g encias de prot ec ción de la
infancia, Munro (2010: 1145) distingue los “rie sgos socia les” (en este caso, de maltrato
y d esa mparo de los/ a s niños/as) de los “ rie s g os instit uc ionales”, en cuanto a la
posibilidades de que operadores y agencias se vean criticadas y p e rjudicadas por malas
valoraciones de riesgos, ausencia de actuaciones o intervenciones excesivas. Ello
permite observar en qué oca siones, las e strategias de las ag enci a s se dirig e n más a evitar
los riesg os inst itucionales, por ejemplo derivados de la ausencia de intervención en un
caso que resulta con lesiones graves pa ra el/la menor, que los sociales o exteriores, por
ejemplo derivados de situaciones de neg li g encia menos graves pero mucho más
numerosas.
La se g uridad dependerá, por tanto, de la capacidad de consolidar esa plur alidad
de unidades de gobierno con carác te r estable, de asegurar su eficacia respecto a los
objetivos propuestos y de estable c er asimism o unas relaciones fiables en el continuo
que va desde los órganos superiore s (a tr avé s de las tecnologías de gobierno qu e
señalaremos) hasta sus usuarios, a trav é s del éxito de las tecnologías de agencia; lo que
permitirá sedimentar una a utoridad respecto a los g obernados.
De hecho y aunque no puede considerarse qu e la seguridad interna de los
propios espacios d e gobierno se a un objetivo po r completo nuevo (Gordon, 1991: 28),
lo interesante de esta propuesta es qu e entiende que tales desplazamientos se diri ge n
menos a promov er un c a mbio del escenario de gobierno que a contenerlo (M. De a n,
2003: 179). A este respecto, la deci sión fundamental del gobierno si gue siendo qu é
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
127
incertidumbres se formal izan c omo riesg os y son destino de recursos para su re ducción
y compensación y qué o tra s incertidumbres se decretan int a ngibles, de modo que los
grupos a que afecten se encuentre n más e xpuestos a la intemperie y , en definiti va , vean
definidos sus reg ímen es de vida con menos posibilidades de viabili da d y bienestar ( v id.
supra cap. 1; Fassin, 201 0: 38 -41). Por ejemplo y como veremos en el capítulo sexto, la
ge stión de la crisis ha mostrado bien, en el pinchazo tout court de la burbuja, la
diferencia entre qu é riesgos se protegen dentr o de los sistemas financieros, com o
posiciones de crédito e instituciones que “no se d e jan caer” (Fumagalli, 2009: 111 -6) y
qué otras incertidumbres se dejan al albur de la coyuntura
38
.
A lo largo de la investigación, haremos distintas referencias a este tópi c o, en la
medida en qu e el dec a im iento contemporáneo de la ra c ionalidad welfarista ha
subrayado la dime nsión de gobernabilidad a uto -refe r enc ial ( vid. infra cap s. 5, 6 y 9). En
el á mbi to más acotado de las polí tica s de se guridad, este devenir re fle xivo re sult a
visible respecto a la gestión de los malestares sociales relacionados con la seguridad
(Pitch, 2009: 29-30) y su funcionalización dentro del ámbito todavía m ás estrec ho de la
seguridad ciudadana, como veremos durante los capítulos cuarto y o ctavo. También,
respec to al notable énfasis puesto en la efic a c ia en estas tecnologías de seguridad
ciudadana , con desconsideración d e la efi c iencia (Berga lli, 2001: 70 -1). P e ro, sobre
todo, respecto la una tra nsición desde políticas de seguridad amplias y relativamente
transformadoras, hacia políticas a plaz o más corto, con efectos comunicativos o de
producción de confianza, etc.
39
.
En otro nivel, conviene destacar que los desplazamientos para un rég imen de
práctica s de gobierno, en este caso de la seguridad, no se produ c en solo en el plano de
su orientación, sino también a partir de distintas innovaciones técnica s
interconec tadas
40
, de las que queríamos señalar algunas que r ea parecerán durante la
investigac ión. En tal sentido, M. Dean (2003: 167 - 70) expone dos conjuntos de
tecnolog ías, correspondientes a una gobernabilidad reflex iva, que tomamos aquí por su
funcionalidad respecto a la gestión de l a incerti dumbre en las s ociedades de control.
Éstas son las “tecnologías de agencia” y las “tecnologías de rendi miento o de
resultados”. En su influ y ente libro, Powe r (1999: 8 -11) también ha subra y ado la
38
T am bién e n este plano de la regulación de riesgos, un ejemplo de la organización refle x iva de
su gobierno p u ed e verse en el análisis q ue hace H unt (2003: 16 5) de la sobr e -regulación de ciertos riesgos
de la vida co tidian a, con sus efectos d e moralización y suj eción en una escala amplia, en contraste con
otros grandes esp acios de incertidumbre del pr esen t e q u e per m anecen desregulad os y sin las
consideraciones po líti cas y ec onómicas que pod rían llev ar a su control.
39
Como indica el pro pio Recasens (200 7: 17 ) , “si no e x iste u n a política co ncreta d e seguridad
establecida y ejecutada por quien tiene ta l respo nsabilidad, las i nstan cias operativa s como la po licía u
otros actores no dejan po r ello d e ac tu ar , s ino que con su quehacer perfilan, de m anera asilvestrad a pero
no p or ello m eno s cierta, formas, m od elos y ele mentos co ns titutivos de lo que podríamos denominar una
pseudo política. Ésta contien e o incor pora alg u nos ele mentos i n cluso estratégicos, que a nivel m uy
primario se constit uy en en apar ien cias subsidiarias d e una inexistente a uténtica política”.
40
Com o indica Deleuze (2006b: 284 ), para contrastar las s ociedades disciplinarias co n l as de
control: “El control se ejerce a co rto p lazo y mediante una rotación rápid a, aunque también de for m a
continua e ilimitada, mientras que la disciplina te n ía una lar ga durac ión, infinita y disco n tinua.”.
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
128
inserción de estas tecnologías de control int erno o de auditoría , en senti do amplio,
dentro de los mu y difer e ntes marcos de governance , donde contarían con funciones
relevantes en la formac ió n de un saber reconoc ido como válido y útil para l a reg ulación
eficaz de estos sectores de actividad, muchas ve ce s encargados de ge stio na r di ferentes
riesg os sociales, así co mo pa ra el fortalecimiento de la confianza ciudadana en la
capacidad y transparencia de e stos mecanismos ( vid. infra cap. 6).
La s te c nologí as de agencia se dirigen a aumenta r la ca pacidad de vincul ación e
intercambio de los individuos y grupos. M. De an alude a l a ex istenc ia de dos grandes
tipos de estas tecnologías. De una parte, las que permiten hablar de un “nuevo
contractualismo” a parti r de la proliferación de un tipo de acuerdos e n todos los
órdenes: desd e las Admi nistraciones que financia n los servicios públicos a las entidades
privadas que los prestan, acuerdos en el int e rior de las empresas y l a s escuelas, p a ra la
búsqueda de empleo, etc. Ello supone la re-legitimación d e las d inámicas de
contractualizac ión, con las posibi lidade s y problemas que han prese ntado
históricamente estas tecnologías. La literatura p ost-foucaultiana r ec onoce muchas de
estas tendencias en los regímenes de prácticas de regulación d e las dinámicas
económicas y sociales q ue devinieron hegemónicas en el ámbito a nglosajón desde los
1980s (Rose, 1990: 14-8; Gilbert, 2009: 389 ).
Un tipo que M. Dean dis tingue d e ntro de estas “tecnologías de agencia” s on las
tecnologías de ciudadanía , que buscan la ap a rición y la re pr e sentación de la voluntad d e
los usuarios y consumidores como medio para incluir esas necesidades y deseos en sus
programas y , de este m odo, hacerlos p a rtícipes ( vid. infra cap. 5). Eje mplos de ello
pueden verse en las estrategias de d esa r rollo comunitario, en los estudios de impacto
ambiental o social, en los procesos de pa rticipación, en las campañas de salud pública y
en la expansión de un tipo de g obe rna bilidad diferencial o “gobierno de la diferencia” y
de línea de modernización de las ag encias de gobier no denominada “ new public
management ” (Cla rke , 2 005; v id. infra cap. 6). Algunas de las característi c as de estas
tecnolog ías muestran su utilidad analítica en el citado contexto del “nuevo
prudencialismo”. En principio estas tecnologías se orientan a grupos def inidos por su
situación de rie sgo (“ targeted ”) con el objetivo de incrementar su capacidad de auto -
ge stión de esos ries g os. A partir de su estudio de las políti c as sociales de empleo,
observa que aunque en o casiones ello se hace con un cierto carácter promocional o de
empoderamie nto, t ales té c nicas se sitúan como un “punto de paso obligatorio”, en torno
al que se o rg aniz a n técnicas de normalización (terapias, ejercicios de potenciación de
habilidades y competencias, etc.) (M. De an, 2003; Cruikshank, 1996).
Por su parte, el papel más signi fica ti vo de las te cnologías de rendimi e nto en la
nueva gestión de los riesgos provi ene de su impacto sobre los sis tema s de ex pe rtos,
bastante im pe rmeables e n la forma e n que se potenciar on durante e l welfare , y la
subsunción de e sos dominios materiales ex pe rtos en unos nuevos reg ímenes formale s de
cálculo, funcional e s a los regímenes de prácticas contemporáneos: por ejemplo,
haciendo comparables y optimiz a bles las tecnologías de agencia, controlando sus
resultados, etc. (Rose, 1 992). Al intervenir sobr e estas formas de inst ituc ionalidad y
organización bastante generalizadas durante la expansión del Estado del bienestar, estas
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
129
tecnolog ías han dibuj a do un rápido ascenso en ámbitos en principio alejados de las
políticas de se guridad, como las ag enci a s de poli cía (Ericson en Valverde, 1994;
Ericson, 2007), o en distintos ámbitos del gobierno social
41
. La rápida expansión de
tales tecnolo g ías se ex plica de mane ra más productiva, al igual qu e indi c ábamos p a ra
los discursos sobre ries gos, si se considera la v ag ued ad y amplitud de s us definición
menos como una dificul tad metodológica qu e como una característica decisiva en el
desplieg ue concreto de estos discur sos (Power, 1999: xviii, 6 -7).
En su funcionamiento combinado, estas nuevas tecnologías hacen eficaces
algu nas estr a tegias que pueden encuadrarse en un marco de “ g obie rno a distan c ia”
(Rose, 1990, 1992). Por ejemplo, el desplie g ue de esas tecnolo g ías neo -contractuales
permite e l establec im iento de numerosos centros de auto -control del riesg o, cu y a
dispersión y multiplicidad im pre scindibles pueden mantenerse, sin emba rg o, dentro d e
parámetro s gobernables, a través de las tecnologías de rendimientos, q ue subsumen
estos centros locales en una racionalidad centralizada y supe rior , por ejemplo, a través
de sus decisiones sobre el c ontrol presupuestario, las reglas de a dminist ra ción, las
técnicas de auditoría y e va luación, etc.
42
. Como se ha mostrado de sde los 1990s para
esta tende ncia a la reorganiz a ción de l a a ctividad de gobierno, más que de establecer
reglas de conduct a , se t rata de mejorar el ensamblaje y articulación de las distintas
agencias y operadores, en un trabajo en red, a pa rtir de la producción int erna de auto -
vigilancia (Harcourt, 2008a: 25), confianza y autoridad, dado el destino o los proyec tos
comunes, a la vez que ello sirve a l carácter e spe cífico de cada actividad (Rose, 1990: 9 -
11). Así, re sult a evidente que, en este cont e xto de gobierno a distancia y ma y or auto -
regulac ión, las funcione s del derecho en la r egulac ión de estos riesgos se desplazan
desde una regulación e xterior a partir de reglas sustantivas, hacia una regulación más
adjetiva, sobre todo centrada en los marcos y t écnicas que permiten el funcionamiento
de esas práctica s d e auto-gobierno y de g obierno a distanc ia
43
.
Hasta aq uí, hemos anali zado cómo se ha formado la noción de riesgo en el
proceso moderno de gubermentalización de l as relaciones de poder, de mo do que estas
nociones contextualizadas de ri esg o y de estrategias para su gobierno se han podido
contrastar con las más difundidas hoy d e la “sociedad del riesgo”. Así, al introducir la
cuestión de la seguridad, tanto en sus primeras formulac iones modernas como en sus
evoluciones contemporá ne as, estamos en condiciones de abordar, en los dos siguientes
41
Vid. Parton (1 9 9 6: 111 -2). Ro s e y Val verde (200 6: 93) dan cuen ta del desarrollo de cier tos
enfoques ce ntrados en e sta e mergencia de tec nologías de agencia, re ndimientos y gob ierno a distancia,
que sob re todo ponen atenció n en el método y r ealidad del funciona mien to d etallado de las agencias y
comportamiento de los operador es, co m o la science and tech nological stud ies y la ac tor networking
theory , que tie nen una vía de conexión co n los p lanteamiento s foucaultianos a par tir de a lgunos auto res
como Bruno Lato u r (20 07 ).
42
Esto respo n de a ca m b ios e n todo s lo s órdenes de la pr oducción y d e la subj etiv ació n :
fortalecimiento d e la ca teg o ría d el sujeto d e derechos a través de los derechos subjetivos, de lo s
consumidores y u suarios, etc.
43
Puede ampliarse esta c uestión en Er icson (2007 : 17 -9) o en Febbr ajo (2009 : 6 9 -70), que to m a
como referencia, par a aproximaciones y crítica s, la per spectiva luhmanniana.
Cap. 2. E l g obierno d e la incer tidumbre: seguridad , control y riesgo
130
capítulos, la formalización y gobierno de esta cuestión de la segur idad y sus riesgos en
los ámbitos sociales y penales, r espectivamente.
Dav id Vila Vi ñ as. E l g o b ier n o d e la in f a n cia
131
Capítulo 3 . El gobierno de ‘lo social’. Apertura de un
ámbito de gestión de la incertidumbre
En este capítulo seguiremos uno de los itinerarios que int rodujimos en el
capítulo anterior; en pa rticula r, el r elativo a las cu e stiones de seg uridad, in c ertidumbre y
riesg o, qu e, en la modernidad, se sustanc ia sobre todo en un plano social. P or supuesto,
esta cuestión social no está aislada, sino que, al contrario, siempre s e ha visto limitada
por o interc onectada con la cue sti ón criminal , de modo que los gra ndes peligros para la
seguridad constituida ha n oscilado a menudo entre los dos campos. Tampoco este plano
social, tal c omo lo conocemos ho y , ha sido siem pr e un espacio claro de g obierno. De
hecho, a la luz de su actual crisis, que abordaremos sobre todo en la segunda p arte , se
iluminan muchas de sus condiciones d e form ac i ón y m antenimiento. Esto es lo que
tratare mos, aquí, de manera general, a fin de que nuestro particular presente pueda
encontrar un término de comparación y , si se pu ede, también de inteligibilidad.
En primer lugar, expondremos algunos antecedent e s pre -moder nos del ámbito de
‘lo social’, que, además, merecier on un espacio privilegiado en la úl tima etapa de la
obra de Foucault, en que se concentran los curso s y conferencias sobre la cuestión del
gobier no de los otros a través del pastorado, por una parte, y la ev olución de la
gubermentalidad de ntro de l Estado moderno, por otra.
En segundo lu g ar, analizaremos cómo se configuró de manera pro gre siva, y al
ritmo en que devenía hegemónica una organización liberal de la economía y d e las
relaciones so ciales, un haz de asuntos de gobier no referidos a la subsi stenc ia material
pero también a la seguridad y al orden públi c o, más conocido como la cuestión social .
En el planteamiento foucaultiano, ex iste un gran interés, que después han desarrollado
otras investi ga ciones, po r las condiciones y procesos de configuración de este plano
social, lo que implica un tra tamiento de des-ontologización de tales objetos y ámbitos
de análisis que otros planteamientos consider an dados (M. Dean, 2010c: 680).
Y, en tercer lugar, ex pondr emos cuál fue el mar c o de gobierno de ‘lo social’,
dentro del que se inscribió y s e trató esta cuestión social. Todo ello, en el contexto de
hegemonía de una gobernabilidad liberal durante la segunda mitad del XIX, pero
también en el de una gobernabilidad welfarista que funcionó hasta el último cuarto del
siglo XX.
1. Genealogía de l a especificación de ‘ lo social ’
Tras la lectur a ge n era l del proceso de gubermentaliz a ción realizada en los
capítulos anteriores, resulta notorio que el ámbito de la sociedad y su correlativo plano
de gobierno social son delimi tac iones de la actividad moderna de gobierno. S in
embargo, Foucault, en su transición hacia e l e studio de la gubermentalidad dedicó
notables esfu e rzos a elaborar una genealogía d e este ámbito, que pasa por su conexión
Cap. 3. E l g obierno d e ‘ lo social’
132
con ciertos ras g os epist émicos y te cnológ i cos o rganizados en épocas anterio res a la
consolidación del diagrama moderno de gobernabilidad
1
. Para resa ltar su dimensión
organizativa de lo real, agruparemos estos rasgos en dos tendencias de racionalización
que, como vimos, están presentes, combinada s y enf re ntad as, en los regímenes
modernos de gobierno social: una tendencia individualiz a dora y o tra tendencia
totalizadora.
1.1. Tendenc i a i ndividualizante: p o d er pastoral
Los cambios en las distintas dimensiones de ejercicio del poder que p uede n
agruparse bajo la rúbrica del poder pastoral han sido mu y relevantes para el desarrollo
de los procesos d e indi viduac ión propios de la modernidad, en el interior de un marco
estatal
2
. Tal poder pastoral alude a un régimen d e ejercicio del poder (Foucault, 2008:
119-218; 1991b: 99 - 110), que, ent re otras cuestiones, toma como referencia la actividad
del pastor en la gestión de su rebaño. L a introducción del pastorado resulta
particularme nte útil en el análisis de una cuestión bastante oscurecida en e l liberalismo
y qu e, sin embargo, es funda mental, como la relac ión entre los gobernantes y los
gobernados e n el “arte de gobierno” ( Bidet, 2006 ).
Para el obj eto de esta pa rte , la particularidad del régimen pastoral interesa sobre
todo por dos razones. En primer lu g ar, por e s tar referido a una pobl ac ión y a las
dinámicas vita les, consustanc iales a tal población, más que a los elementos contextuales
de un medio. Es decir, interesa que el objeto del poder pastoral se a lo humano, en
contraposición con otras líneas de ra cionaliz a ción, como alg unas que hemos v isto, de
carácter más medioambiental: “El pastor ejerce e l poder sobre un rebaño más que sobre
una ti e rra” (Foucault, 2008: 165). En s eg undo lug ar, interesa su vocac ión y e fecto
individualizante. P or estas ra z one s, el pa storado o c upa un espacio relevante d e bisa g ra o
puesta en relación entre procesos so c iales, exteriores y alejados en un principio, que
confluy en como distintas “entradas” du rante la m odernida d: las reformas relig iosas, las
revueltas campesinas y l a nueva posición de la ciudad, el estatuto de las mujeres, etc.
(Foucault, 2008: 216-8).
Vamos a precisar más algunas características de esta relación del p astorado con
‘lo humano’. En p rimer lugar, dentro de su contexto de funcionamiento durante la
hegemonía del cristianis mo en Europa, destaca su relación con tres e lementos: con la
1
Por supuesto, se han propuesto genealogías de ‘lo social’ que subrayan procesos distintos a
aquellos sobre los que pone más atención Foucault. Por e je m p lo, vid . Wickham (2 008: 924 - 6 ), acerca de
la relevancia del period o entre 1550 y 170 0 par a la formación del ámbito de lo so cial y d e lo s saber es
expertos de la prim er a sociología.
2
Fouca ult (2 001: 16 3 y ss) p rofundiza so bre el p roceso de desarrollo del pod e r pastor al en el
interior del Estado durante el sig lo XVI a p artir del reforza miento prác tico d e la base cri stian a del Estado
tras el Concilio d e Trento. Por otra p arte, aun q ue aquí prest aremos ate nción privilegiada a la genealo gía
foucaultiana de lo social, existen much o s o tros elementos e n la conducción de los otros y la direcció n de
la vida pública, la ciudad o la comunidad, co n ca rácter pr ev io a la consolidación de la m od ernidad estatal,
que se han a n alizado en al gunos trabajos de, por ejemplo, M. Dean ( 2003: 79 -81), Elias, Veyne o P.
Brown.
David Vila Vi ñ as. El g obierno de la infancia
133
salvación, con la le y y c on la verdad. En el “pastorado”, el objetivo de la salvación es
un objetivo individual, pero un objetivo que se comunic a con el de la salvac ión de la
comunidad entera a pa rtir de la compleja relaci ón de responsabilidad entre el pastor y su
rebaño
3
: obligación de s alvar a la comunidad ente ra , pero también de salv ar a todos y
cada uno de sus miembros, a través de una “economía de los méritos y l os deméritos”
del conjunto de la comunidad y de cad a indi viduo
4
. Desde luego, éste es un objetivo
muy claro que de t ermina el ethos de la “c onducción” de l rebaño, lejos del jueg o político
de la Antigüedad clásica (F ouc ault, 2009; Gordon, 1991: 8) y también de la refle xividad
que se irá asentando durante el liberalismo.
Respecto a la relación con la ley y el ejercicio del poder, en el pastora do
cristiano prima una regla de obediencia, que es mu y distinta a la clásica
5
. La dirección
cristiana de la conducta se rige por un sistema d e obediencia pura, qu e es una rela ción
de carácter personal con el pastor, en una lí ne a de obediencia, continua, graduada y
ascende nte que va del director de conducta ha sta la voluntad divina. Relación de
obediencia que desborda y por tanto no s e satisfa c e solo con el cumplimiento de la le y ,
sino que implica todo un régimen de vida en dependencia. Así Foucault (2008: 173 -5)
alude a “ la obe diencia como tipo de conducta unit aria , altamente v a lorad a y que tien e lo
esencial d e su ra z ón de s er en sí misma”
6
. Esta teoría pur a de la obediencia se li ga a la
importancia de la providenc ia para la conducción cristiana, que, por una parte, se opone
al humanismo y al virtuosis mo que regirá después en la razón de Estado (Sauquillo,
2002: 725-6, 732) pero que, por otra, mant endrá cierto funcion a miento como principio
de discriminación de los pobres “meritorios” respecto a los pobres “r e be ldes” (Castel,
1997: 46-50). En cua lquier caso, lo relevante a quí es que esto im plic a la apertura
progresiva d e un campo para la ob e diencia y la conducción de los otros que se
encuentra aleja do del campo habitual del poder político.
En último término y respecto a la re lación con la ve rdad, ex isten dos novedades
en la enseñanza pastoral de la verdad. En primer lugar, la enseñanza se traslada desde el
conocimiento de unos pr incipios g enerales hacia una actividad de dir ec ció n c otidiana y
minuciosa de l a condu cta. En s egundo lu g ar, el pastor no se limita a mo stra r o dar a
conocer esa verda d, sino a conducir a las ovejas hacia ella (Foucault, 2008: 180).
Esto aparte, nuestro s e gundo foco de interés se refiere a los efec tos
individualizantes del pastorado. En este sentido , conviene notar que la relación del
pastor con su rebaño no es la de un especialista ex ter no, sino que es co nstitu y ente de
3
En Foucault (20 08: 165 -72) p u ede verse una a m pliac ión d e los principios rectores de es te h az
de relacio n es e n tr e la responsabilidad del pastor / rebaño y la salvació n in d ividual / comunid ad.
4
C astel (1997: 46-50) subraya la importancia que e sta econo m ía de la salvación tiene de ntro d e
la gestión cristiana de la pob reza, donde la caridad y ocupación de los pobres (legíti m os, esto es,
“inválidos” o que han renunciado al mundo) es tanto un título de salvació n de los rico s com o un
mecanismo de estabilización del o rden social existente.
5
Foucault ( 2005, 1991b: 1 16) observa cómo, en los discurso s griegos de gobierno, la obediencia
al goberna n te se fundaba en una con sideración racio n al e in strumental para la consecución de un bien, sea
la curac ión del médico o la pro tección del jefe m ili tar. Lo qu e hace q u e los sujeto s libres solo m o difiquen
su cond u cta p or la le y o por la persuasió n a través de la r etórica de otras per s onas, como el orad or, el
médico o el pedagogo.
6
Puede am pliarse el contenid o d e esta relació n de dependencia a propósito de la “ renuncia al
y o”, co m o campo de prác ticas privilegiado (Foucault, 1 991d: 86 -94) .
Cap. 3. E l g obierno d e ‘ lo social’
140
como vim os, en el capítulo primero, respecto al ex c eso poli c ia l – reglamentista ante el
problema de la escasez del grano y en f a vor de “una regulación hecha a partir y en
función de l curso mismo de las cosas” (Foucault, 2008: 327). De ahí, que g ran parte del
pensamiento económico y político ilustrado problematice est e complejo policial –
pastoral no como una fuente de fortalecimiento y equilibrio de las fuerzas int e rnas del
Estado, sino como una pluralidad de obstáculos a esta moviliz a ción: de la fuerza de
trabajo, de los intercambios económicos, de l as instituciones socia les imprescindibles en
el capitalismo (Castel, 1997: 88 - 9), etc. por otra parte tampoco tan eficaces respecto a
sus objetivos programados (Castel, 1997: 103).
Antes de ini c iar la exposición sobre el funcionamiento de este g obi erno social en
la modernidad, conve ndría aclarar dos razones d e la relevancia de esta confluencia entre
las tendenc ias individualizantes del pastorado y las totalizantes de la razón de Estado y
la teoría de la policía. E n primer lugar, no resulta difícil apreciar en esta s tecnolog ías,
sobre todo en las vinculadas al Estado, el intento de aporta r un plus de vida y de fuerzas
funcionales o fuerzas productivas, que se rá , con nuevos planteamientos sobre la
seguridad y el riesgo mediantes, un vector estra tég ico esencial de los disposi ti vos de
previsión modernos.
Sin embarg o y en s eg undo lugar, pa ra nu e stro e nfoque , r e sulta mu y importante
reca lcar que la formac ión de un plano de lo social no solo va a ser fundamental pa ra la
articulación de las tenencias “totalizantes”, en la primera acep ción foucaultiana de las
biopolíticas ( vid. supra cap. 1), sino que va a ser esencial par a la posibilidad de los
grandes procesos de individuación moder nos, efecto y condición de la formación de ‘lo
social’. A este re specto, las técnicas de policía son rel evantes para esta relación de sde e l
gobier no crecientemente estatiz a do con los sujeto s individuados (F ouc a ult, 1988a: 152 -
62), pero también los discursos y t é cnicas p astorales que configuran buena parte d e la
trama de esas relaciones: int e gración y normali zación de los individuos, producción de
los regímenes de ve rdad modernos sobre ellos, etc. Por último, es ta paradójica
necesidad de los individuos para la formación de ‘lo social’ implica que aquélla no es
una labor c oncluida de una vez y para siempre, sin o que nuevas for maciones socia les
requieren y conlleva n nu evas for ma ciones individuale s
18
.
2. La cuestión social: problematiza ción de la incertidu m bre
en la modernidad
Analizaremos aquí e l proceso de for ma c ión de la cuestión social , co mo un
espacio de cisivo de incertidumbre y de gobierno en la modernidad. En su sentido
estricto, esta noción se refiere a los asuntos de gobierno relacionados con las
condiciones de vid a urbanas de l a s clases trabajadoras dur a nte el X I X y el impa c to
18
Profu ndizar em os sobre estas transfor m acio n e s del sujeto de gob ierno, en un plano gen er al, en
el ca pítu lo quin to ; con vistas a su actualizació n dentro de una g obernab ilidad social post -welfarista ( y aún
más allá), e n el capít u lo sexto; y resp ecto a las tran sf o rmaciones e n el sujeto infantil, a lo largo d e l
séptimo.
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