Full text
2013
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Guillermo Tomás Faci
La organización del territorio y las
dinámicas sociales en Ribagorza
durante la gran expansión
medieval (1000-1300)
Departamento
Director/es
Historia Medieval, Ciencias y Técnicas
Historiográficas y Estudios Árabes e
Islámicos
Laliena Corbera, Carlos
Director/es
Tesis Doctoral
Autor
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
Departamento
Director/es
Guillermo Tomás Faci
LA ORGANIZACIÓN DEL TERRITORIO Y LAS
DINÁMICAS SOCIALES EN RIBAGORZA DURANTE
LA GRAN EXPANSIÓN MEDIEVAL (1000-1300)
Director/es
Historia Medieval, Ciencias y Técnicas Historiográficas y Estudios Árabes
e Islámicos
Laliena Corbera, Carlos
Tesis Doctoral
Autor
2013
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
Departamento
Director/es
Director/es
Tesis Doctoral
Autor
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
L A ORGANIZ ACIÓN DE L TER RITO RIO
Y LAS DINÁMICAS SOCI ALES EN R IBAGORZ A
DURANTE LA GRAN EX PANSI ÓN MEDIEVAL
(1000-1300)
P RIMER V OLUMEN
Guillermo T OMÁS F ACI
Tesis doctora l dirigida po r
Carlos L ALIENA C ORBE RA
Universidad d e Zarago za
Departamento de Historia Mediev al
Zaragoza, 2 012
1
R ESUMEN DE LA T ESIS D OCTORAL
La presente Tesis D octora l es un estudio de hist oria regional relativo a Ribagorz a,
comarca del Pirineo arago nés limítrofe co n Cataluña y Francia , entre el año 100 0 y la creació n
del condado homónimo en 1322 . En él, se analiz an las estructuras socioeconómicas, la
organización territoria l, la evolución política y las dinámicas s ociales durante un pe ríodo
marcado por la formació n del sistema feudal y por un intens o crecimiento demográfico y
productivo. El trabajo se funda menta e n una documentación escrita abunda nte, tanto
eclesiástica com o estata l, que cubre toda la etapa , y que hace de R ibagorza un te rritorio idó neo
para un estudio de esta clase; esta información se h a contrastado c on la pro veniente de la
arqueología del paisaje y de prospeccione s puntua les. La tesis se estructura en tres bloques
cronológicos: en e l pr imero , se trata la etapa altomedie val pa ra def inir el punto de partida de las
transformacione s posteriores; el segund o analiza la formación, la ple nitud y l os ra sgos del
feudalismo pirena ico; y el tercero afronta los gra ndes ca mbios que precedier on a la crisis
bajomedieval. Y, entre las numerosas cuestio nes hi stóricas tra nsversales abor dada s, se ha
prestado especial atenció n a las formas del dominio señorial sobre la pobla ción rura l; al papel
del Est ado y de las c omunida des campesin as en la organización territorial y s ocial; y a la s d os
grandes tra nsiciones de la época, una en torno al año 10 00 que llevó a la cristaliza ción del
feudalismo, y otra, alreded or de 1300, q ue supuso el comienzo de la deriva hacia forma s
sociales protocapita listas.
R ÉSUMÉ DE LA T HÈSE DE D OCTORAT
Cette thèse est une étude d‟ histoire ré gionale s ur Riba gorza, la région des Pyr énées
aragonaises bordant la Cata logne et la Fra nce, entre l‟an 100 0 et la créa tion du comté du mêm e
nom en 132 2. Dans ses p ages , on analyse les structures soc io-écono miques, l ‟ organisa tion
territoriale, la évolut ion politique et les dynam iques s ocia les durant une péri ode marquée par la
formation du système féodal et par une intense croissance démographi que et productive . Le
travail est ba sé sur une documentat ion écrite a bondante, surtout ec clésiasti que et monarchique ,
qui cou vre toute la période , ce qui rend Ribagorza un territoire approprié pour une étude de ce
genre ; ce tte i nformation a été comparée à celle qui vient de l ‟ arc héologie du paysa ge et d e
prospections ponctuel les. L a thèse est div isée en trois blocs c hronologi ques: dans le premier, on
étudie la période haut- méd iévale po ur éta blir le poi nt de d épart de s tra nsformati ons
ultériéures; la sec onde section ana lyse la formati on, la plénitude et les caractéristi ques de la
féodalité p yrénée nne; et la troisième tra ite des gra nds chan gements qui ont pr éc édé la crise de
la fin du Moyen  ge. Pa rmi les nombreu ses que stions histori ques abordées, on a accord é une
attention particu lière a ux f ormes de c ontrôle féoda l s ur la popu lation rura le; au rôle de l'Etat e t
les collectivités rura les da ns l‟ organisatio n territoriale et sociale; et à toutes les deux grandes
transitions de l ‟ époque, la première a utour de l ‟ an 10 00 qui a conduit à la crista llisation de la
féodalité, et la seconde autour de 130 0, qui a marqué le déb ut d e la dér ive vers des formes
sociales proto-ca pitalistes .
3
ÍNDICE
R ESUMEN / R ÉSU MÉ p. 1
I NDICE p. 3
I NTRODUCCIÓN
(p. 13)
0. 1. Presenta ción p. 15
0. 2 Introduc ción a los pr oblemas p . 17
0. 2. 1. Aprox imación a l a historiogr afía del c ampo medieval p. 17
0. 2. 2. Objetivo s del trab ajo p. 19
0. 2. 3. Estad o d e la cuestión: historiografía de la Ribagor za
medieval p. 21
0. 3. Las fuentes de i nformación p. 25
0. 3. 1. La docume ntació n escrita p. 25
El archivo de San Vicent e de Roda.- p. 25. El archivo d e San Victorián
de Sob rarbe.- p. 26. Ot ros archivos eclesiásticos.- p. 27. El archivo de
la Corona de Aragón.- p. 28. Los archivos nobiliarios.- p. 28. Los
archivos municipales.- p. 2 9. Balance de la documen tación.- p. 30.
0. 3. 2. El reg istro materi al p. 31
0. 4. La geografía y el po blamiento de R ibagor za p. 33
0. 4. 1. La geogra fía física p. 34
La orografía.- p. 35. El c lima y la veg etación.- p. 36.
0. 4. 2. La geogra fía hum ana p. 38
El poblamien to.- p. 38. Los paisajes ag rarios.- p. 41. p. 41
0. 4. 3. La divis ión territo rial del tra bajo p. 42
4
P RIMERA PARTE :
P OBLAMIENTO Y SOCIEDAD
ANTES DEL AÑO 1000
(p. 45)
C APÍTU LO 1: L OS INICIOS DE LA EXP ANSIÓN MEDIEVAL p. 49
1. 1. El peso de los prece dentes p. 49
1. 2. La expan sión agrari a altomedie val p. 55
Las evidencias de la expansión altomedieva l en Ribagorza.- p. 57. La
creación de nuevas superficies agrícolas.- p. 61. La cre ación de nuevos
núcleos de po blación.- p. 63 .
1. 3. Del crecimie nto a la estratificac ión social p. 67
Los actores de l a expa nsi ón.- p. 68. El control de l as áreas yermas.- p.
69. La estrat ificación socia l.- p. 71.
C APÍTU LO 2: L AS ESTRUCTURAS DE POBLAMIENTO p. 73
2. 1. El hábitat agr upado de la Alta Rib agorza p. 74
2. 1. 1. La term inología de l poblamiento agrupado : la villa p. 74
2. 1. 2. Distribu ción geog ráfica de las aldeas p. 76
2. 1. 3. Caracter ísticas de los hábitats agr upados p. 79
La agrupación del poblamie nto.- p. 79 . Densidad y emplazamien tos de
las aldeas.- p. 81. El término de la villa.- p. 84 . La aldea como unidad
jurídica.- p. 88. La villa como marco de actuación de una comunidad
campesina.- p. 91 .
2. 1. 4. De la vi lla altome dieval a la ald ea posterio r p. 92
2. 2. El hábitat dispe rso e n la Ribagorza Med ia p. 94
2. 2. 1. Las fuente s de i nformación p. 95
Característica s de la docum entación: l a dotación de iglesias. - p. 95. La
utilidad de la toponimi a documental y actual.- p. 96.
2. 2. 2. Caracter ísticas de l hábitat disper so p. 98
El área de predominio.- p. 98. La densidad del hábitat y los rasgos de
sus emplaza mientos.- p. 100. Las caract erísticas de las explotaciones
dispersas.- p. 106.
2. 3. Los marcos t erritor iales supr alocales p. 109
2. 3. 1. La de cadencia de los “val les” o “pago s” de l Alto Pirineo p. 109
Terminolog ía y t oponimia .- p. 111. Las funciones de los valles en la
articulación del territori o.- p. 113. Orí gen y amortización de estos
distritos.- p. 114. E l caso de Ribagorza: de valle a conda do.- p. 115.
2. 3. 2. El au ge de los dist ritos castrale s en la Rib ago rza Media p. 117
11
La interlocuc ión con las otras inst ancias de l poder.- p. 621. La
delegación de competencias en los concejos.- p. 624. La organización
interna de la c omunidad.- p . 626.
9. 2. 3. El reparto d el pod er de ntro de la comu nida d p. 628
Los componentes de l os gobiernos municipales.- p. 628. Las f ricciones
internas.- p. 631.
9. 2. 4. La coo rdinació n de los co ncejos de R ibagor za p. 634
La aparición de una organización informal.- p. 635. Los objetivos y los
logros.- p. 638. La consol idación de un a concienc ia comarcal.- p. 641.
9. 3. La resisten cia de la c lase dominada p. 643
9. 3. 1. Los rasgos d e las r esistencias campesina s p. 644
Los argumentos campesin os ante la presión señorial.- p. 644. Las
herramientas legales de la resistencia.- p. 648. La rebeld ía al margen
de la legalida d.- p. 652.
9. 3. 2. Los e jes de la resis tencia campes ina p. 656
Las reacciones frente al crecimiento de la fiscalidad estatal. - p. 656. El
enfrentam iento con los feudatarios.- p. 660.
9. 3. 3. Las cons ecuencias de la mobi lizació n campesina p. 665
C ONCLUSI ONES DE LA TE RCERA PARTE p. 667
CONCL USIÓN GENER AL
(p. 671)
APÉNDICES
(p. 681)
A PÉNDICE DOCUMENTA L p. 681
T ABLAS p. 825
B IBLIOGRAFÍA Y ABREVI ATURAS p. 859
INTRODUC CIÓN
15
0. 1. P RESENTACIÓ N
Este trabajo es la conclusión de la labor realizada entre lo s años 2008 y 201 2, con
el fin último de alcanzar el títu lo de Doctor por la Un iversidad de Z aragoz a.
Para explicar su gestaci ón, debemos remontar nos al ya lejano verano de 2007,
cuando, recién licenciado, planteé al profesor Carlos Laliena la posibilidad d e
continuar mis estudios con una tesis doctoral baj o su dirección, propuest a q ue tuvo la
amabilidad de aceptar. Ambos convenimos q ue un análisis regional sobre la Ribagorza
medieval era la temática óptima del proyecto, debido a su in terés científic o, así como a
mi estrecho vínculo y buen conocimie nto de esa zona del Pirineo ar agonés . En
diciembre de 2007, el G obierno de A ragó n m e concedió una beca de Formación del
Personal In vestigador (ref. B071-08) para un períod o de cuatro años, lo q ue me
permitió iniciar el inme diatamente trabajo, integr ado en el Departame nto de Historia
Medieval de la Univers idad de Z aragoza.
En el trans curso de los primeros dos años (2008 y 2009), rea licé el curso de
doctorado Vida y Cultura en la Edad Media , que culminé exitosam ente en septiembre de
2009, con la defensa de los tr abajos “La renta feu dal en Ribagorza (1200 - 1322)” y “Libro
de Rentas y Feudos de Ribagor za en 1322”. Al mismo tiempo, desarr ollé el grueso de la
búsqueda de documentación, que me llevó a los archivos de Lérida, Barcelona,
Valencia, Madrid, Sevi lla, Poblet, Zaragoza, Huesca, Barbastro, Graus y Roda de
Isábena. Dura nte 2010, hize una estan cia de tres meses en la University of Oxford bajo
la tutela de Chris Wickham, y realicé, con las autor izaciones pertinentes, una campaña
de prosp ecciones ar queológicas en los términos municipales de Graus y Capella. En el
último año tuve la ocasión – particularm ente gratificante – de impartir algunas clases al
alumnado de la Licen ciatur a de H istoria, y progresé en la redacció n d e este volumen,
labor que finalmente me ocu pó varios meses más de lo previsto.
No todo ha sido sencillo. En ocasiones, la búsqueda de documentos se detuvo
ante las puer tas de archivos cerrados a cal y canto, de igual for ma que la s
prospeccion es lo hiciero n an te vallas electrif icadas y gritos de lugareños desconfiados.
El caudal de informaci ón reunido e s inmenso, por lo que era relativamente fácil
extraviar datos en él , e incluso perderse uno mismo. El volumen bibliográfico
disponible para las amplias temáticas tratadas ha llegado a resultar descomunal,
16
inabordable, lo que me llevó, primero, al desánimo, y, después, a aceptar mis
limitacio nes y ser muy selectivo. El Suzuki Vitara familiar ha padeci do at rocidade s sin
cuento, en nombre de la ciencia. Y, a nivel personal, también ha habido mom entos par a
la inquietud. P ero, a pesar de todo, el balance que hago de esta etapa, en el momento
de cerrarla, es positivo en todos los niveles , y, de hecho, la complejida d de algunos
retos planteados n o h ace más que incrementar mi satis facción por poder verlos
superado s.
Para cerrar esta present ación, q uiero expresar mi gratitud hacia numer osas
personas que me han brindado su apoy o en el c amino que me ha lle vado hasta aquí.
En primer lugar, debo agr adecer a mi familia el apoyo y la paciencia mostrada
durante estos años. Hago extensivo ese agradecimie nto a todos mis amigos, del
colegio, de Benasque, de Nogará, de T oulouse o de donde quiera q ue sean , y, en
particular, a todos los que conocí durante la carrer a, a quienes les ha tocado vivir y
sufrir el desar rollo de este trabajo co n e special cercanía. Quiero recono cer la ayuda
profesional prestada por diversas personas en el transcurso de la tesis, caso de los
responsables de los archivos en los q ue he trabajado, como las archiveras de la catedral
de Lérida o los párrocos de Roda, o tambié n de Julián Ortega, que me asesoró en
materia arqueológ ica, o de Maite Moret, co n la d ocumentación rom ance.
Igualmente, h e de mostrar mi gratitud hacia los miembros del Departamento de
Historia Medieval, en particular a Germán Navarr o, Concepció n Villanueva, Juan
Utrilla, Mª Carmen García o Án gel Sesma, que me han brindado sus conocimiento s y
apoyo siempre que los he precisado. Por su puesto, agradezco sinceramente el
compañerismo de los investigado res q ue han pasado por el despacho de becarios,
Mario Lafue nte, David Pardillos, Sergio Martínez, Virgi nia Méndiz, María Arbiol,
Santiago Simón, David An drés, Francisco Vicente, Cristina Pérez o Sandra de la Torre.
Y, para terminar, quiero mostrar un particu lar reconoc imiento a m i director, Carlos
Laliena, q ue, armado de enormes dosis de paciencia, ha conservado la con fianza en mí
durante todo este tiempo, ha orientado mi rumb o por un cami no que n o siempre fue
fácil de e ncontrar, y, en de finitiva, ha he cho posi ble este trabajo.
17
0. 2. I NTROD UCCIÓN A LOS PROBLEMAS
0. 2. 1. Aprox imación a l a historiog rafía del ca mpo mediev al
La presente tesis doctoral es un estudio sobre historia rural de la Edad Media,
por lo que com enzaré contextualizá ndolo den tro de una sen cil la secuencia
historiográ f ic a sobre es a materia, relativa tant o al conjunto del Occid ente cristia no
como a ámbitos m ás cerc anos, pe ninsular y arago nés.
El punto de partida del análisis científico de las sociedades rurales del Medievo
se puede situar en los trabajos de dos investiga dores franceses: por una parte, Marc
Bloch definió en 1931 los rasgos distintivos del sistema feudal
1
; y, por la otra, George
Duby estableció en 1962 un paradigma general sobre la evolución de los campos
europ eos, a partir de sus observaciones e n el Mâcon nais y otras regiones
centroeurop eas
2
. A sí, durante la segunda mitad del sig lo XX, el estu dio del mu ndo
rural se h a convertido en uno de los aspectos en que la historiografía medieval ha
experimentado mayores avances, f rente a la escasa atención que se le había prestado
hasta ento nces
3
.
La influe ncia del materialismo h istórico es pate nte en la mayor parte de los
trabajos que se desarr ollaron h asta los años 80, de manera que cuestiones sociale s,
como las formas de dominación y explotación de las c lases domina ntes ( aristocraci a
laica e instituciones eclesiásticas) sobre los cam pesinos, o las luchas y rebeliones q ue
opusiero n a ambos grup os, ocupar on una posició n central
4
. Entre otros au tores, de staca
el f rancés Guy Bo is , cuya gran aportación fue demostrar el papel central que tuvieron
los pequeños productor es en la economía medieval, frente a unos grandes dominios
señoriales que, hasta ent onces, había n merec ido u na atención prefer ente
5
.
Desde 1970, creció la preocupación por las formas ocupación y organización del
espacio rural, en tanto que indicio de las estructuras y transformaciones sociales, un
cambio en el que fue esencial la tesis de Pierre Toubert sobre el i ncastellamento italiano,
punto de arran que de la atención que los historiadores prestan al poblamiento y al
paisaje
6
. En consecuenci a, el binomio territorio- poder ha protag onizado numerosas
aportaciones recientes a la historia del mundo rural en la Edad Media . En el caso
español, Jose Ángel García de Cortaza r acuñó el concepto de “organización social del
1
B LOCH , Les caractères origin aux ; I DEM , La société féodale .
2
D UBY , Economía rural .
3
Una breve descr ipción de la historiogra fía del mund o rur al medieval en I nglaterr a, Francia y
España, en: D YER y S CHOFIELD , “Estudios re cientes” ; C URSENTE , “ Tendencias re cientes”; G ARCÍ A
DE C ORTÁ ZAR y M ARTÍNEZ , “Los estudios sobre historia rural”.
4
W ICKHAM , “Memories of Underdev elopment”.
5
B OIS , Cr ise du féod alisme .
6
T OUBERT , Les structures du Latium .
18
espacio” para sintetiza r esta idea, que se ha aplicado a numeroso s trabajos
peninsulares
7
.
Estas perspectivas se han enriqueci do posteriormente gracias a los aportes de
diversas disciplina s. La antropología y la sociolo gía facilitaron la profun dización en el
estudio “microhistórico” de las comunidades campesinas, las f amilias e incluso los
individuos concreto s, siendo la monografía de Emmanuel Le Roy sobre la aldea
pirenaica de Montaillou un temprano expone nt e; de f orma parecida, otros trabajos h an
abordado toda clase de cuestiones, como la religiosidad, las estructuras familiares, la
percepción de las renta s, la concienci a política
8
, etc. Por otra parte, los progresos
metodológicos de la arqueo logía, incluy en do la incorporación de nuevas técnicas de
datación y an álisis, h an ocasionado un gran aumento de la cantidad y calidad de la
informació n que proporc iona el reg istro materi al
9
.
Entre otras cuestiones en las q ue se h a avanzado durante los últimos años,
destaca el período altomedieval, es decir, la trans ición de la An tigü edad al feudalismo.
Frente a las ideas “revolucionaria s” de Guy Bois o Pierre Bonnassie, que proponían la
existencia de una ráp ida mutación en tor no al año 1000 e n base a cas os regionales,
como el de Cataluña, se h an desarrollado nuevos enfoques – en buena medida
cimentados en la arqueo logí a y el examen de espacios locales – que subrayan el carácter
gradual de los cambios, y muestran la existencia de fases intermedias muy singulares,
como la q ue se caracter izaría por el “modo de producción campesi no”, según la
propu esta de Chris Wick ham
10
.
Por otra parte, se ha progresado considerablem ente en la comprensión de los
mercados medievales y de las transformac iones sociales que acompañaron a su
formació n. Así, se ha compr obado que, desde el siglo XIII, la economí a de la mayor
parte de Europa se vio inmersa en un proceso de comercializació n y monetarizació n,
de manera q ue la prod ucción, tanto de las pe queñas célu las familiar es como de las
grandes reservas señoriales, se orie ntó h acia la consecu ción del máximo ben eficio
monetario
11
. La aparición de un mercado integrado del cereal y de otros bienes de
primera necesidad, y las fluctuaciones cíclicas o especulativas tenían lugar en éste,
ofrecen nuevas vías para interpretar la crisis del siglo XIV al mar gen de las
explicaciones m altusia nas
12
.
Por último, la percepción general del cam pesinado feudal también h a
cambiado. Por una parte, la h istoria tradicion al prestó escaso interés a la mayo ría social
constituida por pequeños cultivadores, mientra s que, por la otra, bastantes autores
materialistas consideraron que se trataba de u n grupo al ienado y dóc il, incapaz de
hacer frente a una presión señ orial arbitraria y brutal más all á de arrebatos puntuale s
7
G ARCÍA DE C ORTÁ ZAR , La sociedad rural .
8
L E R OY , Montaillou .
9
G ILCHRIST y R EYNOL DS , “Introduction”.
10
B OIS , La revolución del año mil ; B ONNASSIE , Cataluña ; W IC KHAM , Una historia nueva .
11
B RITNELL , Th e commercialisa tion . Esta s temá ticas ha n sid o abord adas colectivamen te en A ragón
en un volu men colectivo de reciente publicación: S ESMA y L ALI ENA , Crecimiento ec onómico .
12
B OURIN Y OTR OS , “Les campagnes de la Méditerr anée”.
19
de ira, condenados al fracaso. Frente a eso, el anál isis del funcionamie nto interno de las
comunidades rurales y las clases subordinadas, apoyado n orma lmente en los útile s
conceptuales de antropólog os y sociólogos, evidencia unas relacio nes mucho más
complejas, marcadas tanto por la búsqueda del consenso como por las resistencias,
cuando éste no se alca nzaba.
El estudio de marcos regionales es el tipo de trabajos que h a aportado mayores
avances en la h istoriogr afía de las sociedades rur ales medievales durante la última
media centuria, ya que permiten comprobar in situ la vali dez de los modelos generales
en relación con el poblamiento, la economía o la distribución del poder , lo que les ha
valido el calificativo de “historia total” . Así, George Duby, Guy Bois, Pierre Bonnassie ,
Pierre Toubert, Chris Wickham o Moniqu e Bourin, entre otros importantes
medievalistas a escala conti nental, recurrieron al an álisis de t erritorios concretos como
base de sus interpretaci ones y teorías
13
. Esta clase de trabajos tuvo una considerable
difusión en la Península Ibérica en los años 80 y 90, y creó una sólida base empírica
para el estudio de las áreas rurales españolas, gracias a los estudios de P ascual
Martínez Sope na sobre la Tierra de Campos, Barrios sobre Ávila, de Mercedes Borrer o
sobre el Alfaraje o de J u an José Larrea sobre Navarr a, tal como evidenc ió en la clásica
síntesis de Gar cía de Cor tázar, de l año 198 8
14
.
En Aragó n, ú nicamente se han real izado dos monografías regionales: la tesis
doctoral de Carlos Laliena sobre el Bajo Ara gón , y el mucho menos ambicioso trabajo
de Elena Piedrafita sobre las Ci nco Villas
15
. Esta escasez de aprox imaciones a l
funcionam iento de las sociedades campesi nas de la mayor parte del territorio
constituye una di ficulta d insalvable para ava nzar en la comprensión d e la sociedad
aragonesa de la Edad Media. El presen te estudio pretende contribuir a llenar, en la
medida de mis posibilid ades, este va cío historiog ráfico.
0. 2. 2. Obje tivos del trabajo
El trabajo analiza Ribago rza du rante la etapa de gestación y expansión del
sistema feudal. Más concretamente, el estudio comienza en torno al siglo X, momento
en q ue la información es crita empieza a ser abundante y se detectan claros síntomas de
auge agrario y demogr áfico; su conclusión se ha situado en 1322, añ o en que este
territorio f ue entregad o a un infante aragoné s – iniciando dos centurias y media de
historia como condado autónomo – , q ue coinci de aprox imadamente con el fin al del
13
D UBY , La soci été a ux XI e et XII e siècles ; B OIS , Crise d u fé odalisme ; B ONNASSIE , Cataluña ; T O UBERT ,
Les structures du Lat ium ; W ICKHAM , The mountains and th e ci ty .
14
M ARTÍNEZ , La Tierra de Campos ; B ARRIOS , Estructuras ag rarias ; B O RRERO , El mundo rura l
sevillano ; L ARREA , La Navarre ; G ARCÍ A DE C ORTÁZAR , La s ociedad rural .
15
L ALIENA , Sistema social ; P IEDRAFITA , Las Cinco Vil las . U na síntes is de los pri ncipale s prob le mas
historiográficos que sigu e planteando el Piri neo aragonés, en L ALIENA , “Problemas
historiográficos”.
20
crecimiento y el inicio de las dificul tades bajomedievales. Respecto a los límites
geográficos, se ha tomado como base la porme norizada f ro ntera que se estableció en la
donación de 1322, q ue respetó, a grandes rasgos, la extensión q ue el corónimo
“Ribagorza” tenía h asta entonces , aunque, como luego se explicará, n o se ha prestado
la misma atenció n a todo este esp acio.
El objetivo del tr abajo es presentar una v isión general de las estr uctu ras y
dinámicas sociales en este territorio y período, tratando de encajarlas y cotejarlas con
las evoluciones que estaban teniendo lugar paralelament e en el resto de Aragón o en el
conjunto del Occide nte cristiano. Cabe advertir que se ha optado por un estudio
predomina ntemente descriptivo y muy unido a las realidades empíricas , es decir, lo s
enfoques teóri cos y m etod ológicos o la comparación sistemática con otras regiones ,
aunque est én presentes, no constituyen el núcleo del trabajo ni se cuentan entre sus
principales prete nsio nes.
La tesis se ha estructur ado en tres grandes apartados de carácter cronológico,
cada uno de los cuales consta, a su vez, de tres capítulos temáticos. La primera parte
estudia la Ribagorza altom edieval, y busca describir el punto de partida de las
posteriores transforma ciones. En la segu nda se aborda la f ormació n y plen itud del
feudalismo, que arranca con la consolidació n del Estado aragonés a finales del siglo XI,
el comienzo de la conquista cristiana y la aparición de una aristocracia sólida y estable.
Y la tercera trata los grandes cambios sociales, políticos y económicos q ue empezaron
en la primera mitad del siglo XIII y concluyeron en los prolegómentos de la crisis del
siglo XIV.
Entre las numerosas pr oblemáticas que se aborda n, se presta particu lar atención
a cuatro temas transversales, q ue coinciden con cuestiones ampliament e estudiadas y
debatidas en l a historiog raf ía medieval de los ú ltimo s tiempos.
En primer lugar, se tr atan l as dos grandes transiciones de la época: el
surgimiento del sistema feudal en torno al ca mbio del mi lenio, y los in icios de l a
mutación que introdujo el capitalismo en las relaciones socioeconómicas. A sí, se puede
testar sobre el terreno la utilidad de diferentes patrones evoluti vos propuestos, como la
tesis “mutacionista” de Guy Bois o Pierre Bonn assie , el “sistema de producción
campesino” de Chri s Wic kham, la comercializació n de Richard Bri tnell o las
interpretaciones maltusi anas y material istas de la crisis del siglo XIV
16
.
Segundo, se describen con detalle las estructuras de dominio señorial, tanto
aristocrático co mo relig ioso, con el objeti vo de definir los rasgos distintivos del
feudalismo ribagorzano . En este se ntido, se presta especial atención a las peculiares
formas de control servi l atest iguadas en la ma yor parte del Pirineo, basadas en el
sometimiento individual izado de las células dom ésticas
17
. También se intenta calcular
el importe global de las rentas y estimar su impacto sobre las economí as campesinas ,
con el objetivo de valorar la intensidad de l dominio, y, sobre todo, detectar sus
oscilaciones dia crónicas, diatópicas y diastrát icas.
16
B OIS , La revolución ; W ICKHAM , Una nueva historia ; B RI TNELL , The commercialisation .
17
T O , “Le mas ca talan”; C URSENTE , Des maisons et des ho mmes .
27
Otros archiv os eclesiástico s
El monasterio de Alaón padeció con intensidad los conflictos bélicos de los
siglos XVII y XVIII, que dispersó buena parte de su archivo, de modo que, tras la
desamortizac ión, sólo l legaron al Archivo Histór ico Nacional 2 dip lomas y un
cuaderno moderno con algunas copias. Un lote de 43 pergaminos y bastantes papeles
acabó en el Pueyo de Barbastro y, tras la Guerra Civil, pasó a Montserrat; en el A rch ivo
de la Catedral de Lérida y la Real Academia de la H istoria se co nser van algu nas
transcripcione s y resu menes de otros texto s perdidos. Sin embargo, los 327
documentos del cartular io escrito en tor no a 1200 – referidos, en su mayor parte, a la
etapa anterior a la refu ndación del cenobio, en 1070 – compensan con creces ese pobre
panorama, y h acen de Alaón un caso excepcio nal a escala pirenaica. En total , se han
reunido 403 textos a nteri ores a 1322.
Aún peor f ue l a suerte del archivo de Lavaix, pues sólo se conserva un
pergamino en el A rch ivo Histórico Naciona l y los resúmenes de otros 17 en unos
papeles del Archivo de la Catedral de Lérida. De nuevo, nuestra informa ción procede
exclusivame nte del cartulario, del que no tenemos más que una copia del siglo XVIII,
que consta de 116 documentos cuyas fechas van desde 840 hasta 1240. En tot al, 133
escrituras.
Los fondos de la pequeña encomienda hospitalaria de Siscar, aldea pró xima a
Benabarre, pasaron, desp ués de la Desamortizac ión, a la sección del G ran Priorato de
Cataluña del Archivo de la Corona de Aragón, donde se conservan mezc lados con los
del centro pallarés de Su sterris, de modo q ue, entre ambos, suman 425 pergaminos y
medio centenar de legajos de papeles. La amplit ud del fondo y su carácter p eriférico
respecto al terr itorio analizado en este trabajo me ha impedido examinarlo en
profundidad, de manera que únicame nte he empleado 15 documentos que van desde
1150 h asta 1322, en los que no incluyo las decenas de actas relativas a los peque ños
pueblos de Ente nza y Siscar. En otras palabras, este archivo permane ce, en su mayor
parte, por explorar .
Los monasterios que tenían su cen tro fuera de Ribagorza, pero que disponían
de posesiones en la comarca, han sido anali zados exclusivame nte mediante las
ediciones d isponibles, que, por lo ge neral, sólo alcanza n los sig los XI y XII. C abe
empezar por el inmenso fondo de Sant Pere de Àger, que consta de 660 documentos
hasta 1200, de los que he util izado 71 actas relativas a sus domi nios e n el extremo
suroriental de Ribagorz a. De los cabildos de Urgell y Santa María de Solsona, que
influían en el mismo esp acio geográfico, he tomado 10 y 15 documentos ,
respectivame nte. Sant S adur ní de Tavèrnoles, que tenía derec hos sob re la vil la de
Lascuarre, ha aportado 19 textos q ue van desde 102 3 hasta 1300. Y respecto a las
institucio nes eclesiástica s del resto de Aragón, se h an utilizado 4 docu mentos de la
catedral de Huesca, 3 de San Juan de l a Peña, y ot ros 3 del Temp le de Mon zón.
En total, se han maneja do unos 1.7 00 documentos ribagorza nos anteriores a
1322 relativos a l as grandes ins tituciones e clesiás ticas.
28
El Archivo de la Corona de Aragón
Bajo este epígrafe incl uyo únicame nte las d os secciones q ue responde n
propiamente al nombre del ce ntro, es dec ir, a quellas q ue f uero n gen eradas por la
monarquía aragonesa en el ejercicio de sus funciones, más concretame nte las de Real
Cancillería y Ma estre Ra cional.
La principal serie emple ada son los registros de la Real Cancillería, esto es, los
volúmenes donde se copiaban todos los documentos que expedía el rey de Aragón,
que se conserva práct icamente íntegra desde mediados del siglo XIII. Para ello, se han
vaciado sistemáticamen te unos 240 registros, la mayoría de los anteriores a 1322, para
extraer todas las noticias referida s a Ribago rza; el hecho de que estén todos
digitalizados y se puedan con sultar en el portal PARES del Ministerio de Cultura ha
facilitado inme nsamente la labor. Como resultado , se han elaborado fi chas de 1.620
documentos, a los que se pueden sumar un par de centenares más – de algunas series
especiales y muy repetitivas – de los que ú nicamente se han tomado los datos
significativos , sin preparar su resumen. Hay que apuntar que este inmenso volumen
informativo desaparece completame nte más allá de 1322, cuando Ribagor za se entregó
al infante Pedro como s eñorío autónomo ; dur ante las do s centur ias qu e perdur ó el
condado, a partir de ese año, apenas hay docum entos relativos a este territor io en los
archivos reales, lo que h a resultado esencial a la hora de elegir e sa fecha com o
conclusión de l trabajo.
La siguiente serie en imp ortancia son los pergaminos, de los que se h an
aprovechado 90; alguno s de los más imp ortantes se compilaron ha cia 1192 en un
cartulario, llamado Liber Feudor um Maior, del que se han usado 25 textos. La secció n
de “c artas reales diplomáticas” es, en realidad, una serie facticia que a grupa tanto las
misivas origina les que re cibía o enviaba el rey, co mo un variopinto co njun to de papeles
y volúmenes desclasi ficado s, en su mayor parte del reinado de Jaime II; en total, se han
utilizado 26 piezas. P or último, existe una larga serie de procesos judiciales
desarrollados ante tribunales reales a partir de la última década del sigl o XIII, y 13 de
ellos afecta n directa o i ndirectame nte a Rib agorz a.
De la sección de Maestre Racional n o se han obten ido más que unas pocas
noticias, debido a la que los tomos más interesan tes no están digitalizado s, no existen
índices que faciliten su consulta, ni ha sido posible invertir el tiempo preciso para
consultar todos los volú menes.
Por lo tanto, l a documen tación de la monarquía asciende, en su con junto, a un
mínimo de 1.750 documentos, adem ás de libros de cuentas, proceso s judiciales y
bastantes actas que no se ha n incorpor a do a los listado s.
Los archivos nob iliari os
Frente a la riqueza de la documentació n eclesiást ica y regia, apenas se conocen
archivos nobiliarios con documentación de la época an alizada, y, ademá s, los escasos
29
fondos existentes suele n estar muy dispersos, descritos con poca precisión o incluso se r
difícilmente accesibles. E n conju nto, no propor cionan más que 41 textos.
En primer lugar, se deben mencionar los fondos catalanes del Archivo Ducal de
Medinaceli, que se custodia ro n en la casa de Pilatos de Sevilla hasta su traslado a
Toledo, donde se hallan precintados a c ausa de un contencioso judicial sobre su
propiedad, de manera que sólo se pueden consultar mediante los microfil ms existentes
en el monasterio de Poblet. Entre otros linajes, se con serva abunda nte documentación
de los Vilamu r, famil ia pallaresa con importa ntes intereses en Betesa y Grustán, de la
que se han aprovechado 13 textos datados entre 1199 y 1294. También han sido útiles 3
escrituras de la sección sobre los condes del Pallars Sobirá, y 2 de la de los señores de
Castro. Aunque desborde los límites cronológico s de este estudio, cabe destacar q ue el
fondo de P rades, donde se conservan los registros de los condes de Ribagorza entre los
años 1342 a 135 6, similar es a los que produ cía la mo narquía.
En el Archivo de la Co rona de Aragón se depositó hace algunas décadas la
documentac ión de la casa de Sástago, en la que desembocó el linaje ribagor zano de los
Espés; la documentac ión bajomedieval sobre és tos es bastante abundante, pero sólo
hay 2 documentos anter iores a 132 2. Cabe advertir q ue, entre los fondo s ducales de
Medinaceli, también se guarda un capbreu de la baronía de Espés de finales del siglo
XV , lo que se expli ca por la relación familiar e ntre esta fam ilia y los Cas tro.
El Archivo de los Baro nes de Valdeo livos, en Fonz, guarda el fondo de la
carlanía de Aguilar, que, aunque sólo tiene un documento de la cronolo gía analizada,
aporta informació n esencial para comprender el funcionam iento de esta cl ase de
señorío. Además, el foncense J oaquí n Moner y Siscar, e n su Historia d e Rivagorza de
1880, presentó un breve resumen de 27 actas de su archivo familiar – el linaje de los
Siscar – , de las que 9 eran anteriores a 1322; desconozco el paradero de este f ondil lo,
aunque bien pudo ser de struido en la Guerra Civi l.
En el Archivo del Reino de Valencia está bue na p arte de los fondos de A lfonso,
conde de Ribagor za y du que de Gandía, y su hijo, que gober naron entre 1368 y 1420.
Entre otros muc hos materiales, se guarda un volumen con un pleito de finales del siglo
XIV en torno a la jurisdicción condal sobre la baronía de Castro, donde se copian 8
doc umentos de la época estudiada. Por último, e n el A rchivo Histórico Provincial de
Zaragoza se han localiza do otros 4 textos sobre los Castro, dentro de la extensa sección
sobre la casa de Híjar.
Los archivo s municipale s
Los fondos de los ayuntamientos de R ibagorza conservamos poca
documentac ión antigua, debido al ciclo de conflictos bélicos acaecidos en las últimas
centurias, así como al expolio reciente de las piezas valiosas supervivie ntes. En
cualquier caso, las 55 esc rituras que se h an emple ado sup onen un corpus municipal más
que considerab le en esta s fechas tempr anas.
30
Únicamente disponemos de restos de los archivo s de tres concejos: en Grau s se
custodian 7 privilegios, en factura original o copia medieval, que van de 1069 y 1322,
mientras que, de Benas que y Capella, queda n los resumenes de lo que existía en el
siglo XVIII, 40 docu mentos en el pr imer pueblo y 67 en el segundo, de los que 9 y 6,
respectivame nte, eran anteriores a 1322. No incluyo aquí el fondo de Isábena, ya que
no está claro si procede del arch ivo del cabildo de Roda, o si, por el contrario, algunos
pergaminos ve nían del conce jo.
Mención aparte merece el Libro de Rentas y Feudos de 1322, pues allí se
transcribieron íntegros los documentos que pr esentaro n los procur ador es de cada
pueblo para justificar sus derechos, lo que apor ta un excepcional panorama de los
archivos concejiles de ese momento. Así, se inclu yeron, en total, 40 privilegios relativos
a trece localidades difer entes. De ellos, 9 eran de Arén, 7 de Monta ñana, 6 de Benasque,
4 de Benabarre y 3 de Fals; y, además, Casta nesa, San Esteban del Mall y Viacamp
aportaron 2 cada uno, mientras q ue Capella, Cornudella, Castigaleu y Calvera dieron
solamente 1.
Balance de la doc umentació n
En los anteriores apartad os he prestado especial atención a la cuantificació n del
número de do cumentos pr ocedentes de cada fondo archivístico con el objetivo de
terminar con una estimación global de las fuen tes escritas sobre las q ue se basa este
trabajo, en la que se reflejen las inmensas oscilaciones en la cantidad y origen de los
textos en los diferentes períodos. P ara ello, se ha determinado cuántas actas de cada
clase existen en horquillas cronológicas de 75 años, y los resultados se presenta n en
una tabla. Cabe advertir de que las cifras no son exactas, pues hay docume ntos q ue se
repiten, otros tienen escasa relac ión con Ribago rza, algunos adju ntan muchos texto s
anteriores que no se han contabilizado, etc., pero lo s números globales sí que so n
indicativos de l volum en de escritos ma nejado s:
…950
950 -1025
1025 -1100
1100 -1175
1175 -1250
1250 -1322
T OTAL
Iglesia
162
310
314
297
376
227
1.68 6
Monarquía
1
54
24
18
1.67 0
1.76 6
Nobleza
1
13
27
41
Concejos
3
2
10
40
55
T OTAL
162
311
3 72
323
417
1.97 4
3.54 8
De estos datos se desprende, en primer lugar, q ue la documentación se
distribuye desigualment e a lo largo del tiempo, de f orma que el 56% corresponde a los
úlitimos sete nta y cinco años estudiado s. Esto se debe, casi exclusivamente, a la
aparición de los registros de la Real Cancillerí a, ya que el número de textos
procedentes de los archivos de la Iglesia perma nece bastante estable desde 950 hasta
31
1250, y decae considerablemente después de la última fecha. En cualquier caso, se de be
destacar que el número de documentos es muy elevado, y que no existe ninguna etapa
de total vacío informativ o, lo q ue hace de Ribagor za un ámbito idóneo par a un estudio
como el planteado .
0. 3. 2. El reg istro mater ial
El registro material presenta ta nto ventajas como inconvenie ntes frente a la
escritura, que han sido estu diadas por diversos autor es desde un enfo que
metodológico
45
. Entre las primeras, destaca que su informació n no h a sido
intencionadam ente manipu lada, y se refiere a ámbitos de la sociedad igno rados por los
documentos. Y, entre sus puntos negativos, cabe apuntar la gran dificultad o en orme
costo económico que acarrea conseguir dataciones precisas, de modo que, ante la
limitació n de mis recursos, ha resultado imposible establecer una se cuencia evolutiv a
basándome exclusivam ente en fuentes arqueo logicas. En consecuencia, los dat os
materiales se h an analizado siempre a la luz y como compleme nto de las
interpretaciones fund amentadas e n la docu menta ción.
Las vías de estudio del registro material son muy variadas. En este trabajo se
han utilizado cuatro clases de informaciones, que se det allan en los siguiente párra fos,
a saber, los paisajes rústicos, los parcelarios urb anos, las edificacio nes en altura, y la
pros pección arqueológi ca ex tensiva.
En primer lugar, se han observado los paisaje s rurales ribagorzanos desde
diversas perspectivas, como son los rasgos y distribución de los parcelario agrarios, la
reserva de espac ios para pastos o aprove cham ientos f oresta les, las vías de
comunicació n, o el emplazamie nto de los lugares de hábitat, tratando de desarrollar un
análisis regres ivo que ayudase a determinar el proceso de construcción del mismo .
Desde un punto de vista metodológico y teór ico , h an sido útiles los estudios
paisajísticos de otras r egiones europ eas, y en par ticular la landscap e histor y inglesa, con
una trayectoria bastante sólida
46
.
Entre las principales herr amientas de trabajo utilizadas cabe citar dos series
cartográficas: por una parte, los mapas turísticos de escala 1: 40.000 de la editor ial
PRAMES, que tienen la virtud de incorporar un gran n úmero de topónimos; y, por la
otra, todas las h ojas de Ribagorza del Instituto Geográfico Nacional en escala 1: 2 5. 000 ,
que aportan una precisi ón topográfi ca muy superior. Además, han sido esenciales las
ortofotografías disp onibles en el Servicio de Información Territorial de Aragón
45
Z ADORA -R IO , “Le village des historiens” ; F RANCOVICH , Villa to villag e .
46
La bibliograf ía inglesa sob re esta cuestión es muy extensa, por lo qu e m e limita ré a d estacar
el traba jo Lewis y otr os, Village, hamlet and field, d onde se incluye n las pri ncipales o bras
anteriores. E stos tra bajos han tenido u n ciert o eco en la historiografía peninsula r, del que son
un ejemplo los tra bajos de Jordi Bolòs, co m o B OLÒS , E ls origens .
32
(SITAR), tanto las más recientes como, muy especialmente, las del “Vuelo Americano”
de 1956, q ue permiten analizar el territorio antes de q ue el impacto de la mec anización
agraria, el éxodo rural y la burbuja inmobil iaria lo alterasen completamen te
47
. Además,
tanto en este portal como en el Sistema de Informac ión Geográ fica de Parcelas
Agrícolas (SIGPAC) y la Ofic ina Virtual del Catastro se pueden consultar los
parcelarios agrí colas act uales con un co nsiderabl e grado de detalle
48
.
Aunque no se tr ate propiamente del r egistro material, sino del “nivel
metafórico” de la organizació n del espacio, siguiendo la expresión de José Ángel
García de Cortázar, la toponimia ha te nido un papel esencial en el análisis del paisaj e ,
pues ha permitido hallar los emplazamienos concretos de los lugares me ncionados en
la documentación es crita me dieval. Gracias a ella, se han localizado un gra n número de
hábitats desaparecido s, determina do los espacio s que se destinaban a cada cultivo o
traza do – siemp re con un cierto margen de duda – las lín eas limítrofes en tre los
territorios locales. Las p eculiares evolucio n es fo néticas que han sufrido los dialectos
ribagorzanos desde la Alta Edad Media hasta nuestros días obligan a atender algunas
transforma ciones que hacen irreconocibles algunos nombres; por ejemplo , es usual que
la “ll” intervocálica ha ya pasado a “s”, mientras que la s “s” en esa posición ha
desaparecido, de manera q ue, por ejemplo, Villar se ha convertido en “ V isá”, y Bositale
en “ B uida l” . Como fuentes de información, se han u tilizado los citados mapas d e
PRAMES, la Oficina Virtu al del Catastro y, sobre todo, los vein ticuatro volúmenes
publicados de la colecci ón Toponi mia de Ribagorza , i mpul sados por la Universitat de
Lleida.
Los catastros urbanos también han sido analizad os con bastante detalle a través
de los servidores geográficos citados anteriorm ente, ya que a pe nas existen planos
anteriores. Gracias a ello, se han determi na do las dime nsiones y los rasgos
morfológicos de las zo nas de hábitat, lo que ha permitido estable cer una ser ie de
“tipologías” poblacio nales característi cas que se distribuían por espacios coherentes, de
manera q ue, aunque este método no permita determinar la crono logía de un pueblo
concreto, cuando se trabaja en una escala más amplia sí que permite in tuir algunas
ideas generales so bre las fechas y circu nstancias d e su formació n.
También se h an estudiado las edificac iones conservadas, que son, en su
inmensa mayoría, iglesias y castillos de los siglos XI y XII. Sus rasgos arquitectónicos y
decorativos aportan elementos que facilitan una datación relativa respecto a obras de
las que conocemos la fec ha precisa en que se leva ntaron ; por lo general, sólo es posible
estab lecer amplias horq uillas cronológi cas y, de hecho, las propu estas más concretas
que abundan en la b ibliografía suelen tener u n fu ndame nto débil . Puesto que e l
número de con stru ccion es medievales es muy elevado y, en muchas oc asiones, son
47
Gob ierno de Aragón. Servicio de Información Territorial de Arag ón [en línea] [fecha de consulta :
noviembre de 2012 ]. Disponible en < http: //sitar.ara gon.es>
48
Gobiern o de E spaña. Servi cio de I nformación Geográf ica de P arcelas Agríco la s [en lí nea ] [fec ha de
consulta: n oviembre de 2 01 2]. Disponible e n: h ttp:// sigpac.mapa .es/fega/visor > Gobier no de
España. Oficina Virtual del Catastro [ en línea] [fecha de consulta: noviembre de 2 012] . Di sponible
en: < http://sed ecatastro.g ob.es>
33
difícilmente accesibles, se ha recurrido a los repertor ios disponibl es: entre otros
trabajos, se puede n destacar, por su exhaustividad y su espléndido aco mpañamiento
gráfico, el tomo XVI de la enciclopedia Cataluny a Romànica , y la página web Románico
Aragonés
49
. Todos los planos de ed ificios que han servido como herramient a de trabajo
o se han inclu ido en e sta tesis han sido tomados d e la bi bliografía.
Por último, se han utilizado f uentes arqueológic as, tanto de segu nda como de
primera mano: por una parte, se han consultado los resultados de las escasas
excavaciones o prospecciones desarrollada s y pu blicadas en Ribagorza; por la otra, se
ha reali zado alguna pequeña a ctuación en el tr anscurso de esta inves tigación, co n
objetivos mu y concretos.
Así, durante el verano de 2010, desarrollé una breve campaña de prospecció n
arqueológica en los a ntigu os territorios locales de Güel, Fantova y Capella (actuales
términos municipa les de Capella y Graus), q ue contó con la autorización del Gobierno
de Aragón (expediente 236/2010)
50
. La amplitud de la superficie, la li mit ación de los
recursos humanos y el tipo de dudas que se pretendían resolver, me llevaron a li mitar
el trabajo a la explora ción sup erficial de una treinte na de emplaz amientos que se
preveían interesantes, de los q ue la mitad ofrecier on resultados positivos, incluyendo
ocho asentamie ntos rura les altomedievales inéditos, que han completado y matizado
los datos documentales sobr e el poblamiento de esa zona. A demás, se han explorado –
sin tomar materiales – otros yacimientos, inéditos o no, en Campo, Morillo de Liena,
Calvera, Ballabr iga o Señiu, para determinar el tipo de estructu ras y materiales
existentes, así como trata r de aprox imarme a su cronología.
0. 4. L A GEOG RAFÍA Y EL POBLAMIENTO DE R IBAGORZA
Ribagorza es una comarca situada en el extrem o nororie ntal de A ragón,
lindan te con Francia y Cataluña, cuyos límites n o se corresponde n con los de una
región natural, sino q ue tien en un carácter exclusivame nte humano. A lo largo de
último milenio, ese nombre ha servido para desig nar a un territorio oscilante e
impreciso; así, el actual consejo comarcal incluye municipios que no eran ribagorzano s
en el siglo XIII, y deja fuera otros que sí q ue se con sideraron como tales hasta época
reciente. En consecuenc ia, se decidió que el ámbit o espacial de la in vestig ación fuese el
que abarcaba n las fronte ras del co ndado de Riba gorza creado e n 1322.
Este espacio está compuesto por los 34 mu nicipios de la comarc a actual (2.46 0
km 2 ), más los de Olvena, Estada, Estadilla, Fonz, La A lmunia de San J uan, Azanuy,
Peralta de Calasa nz, Baells, Camporrells, Baldellou y la pedanía de Artasona ( 439 km 2 ),
lo q ue asciende a un total de 2.899 km 2 , el 6,07 % de A ragón. Por proponer algunas
49
Antonio G ARCÍA O MEDES . Románico A ragoné s [en lí nea] [fecha d e con sulta: noviembre d e
2012]. Disponible en < www.roma nicoaragones.co m>
50
T OMÁS , Prospecciones arque ológicas .
34
comparacio nes, la superficie de Ribagorza es la mitad de la provincia de Gerona, y en
torno a un 50% más grande que Guipúzcoa o Vizcaya. En 2011, su población era de
17.115 h abitantes, lo que supone una de nsidad de 5‟9 hab/km 2 (frente a los 125 de
Gerona, 300 de Gipú zcoa o 520 de Vizcaya); ahora bien, en 1900 eran más de 40.000
habitantes.
En este apartado se hace una descripción de la geografía física y h uma na del
territorio estudiado, para lo que se h a utilizado, como base, el libro La vie rura le dans le
Haut Aragon O riental , del francés Max Daumas, donde se abordan monográficamente
estas cuestio nes.
0. 4. 1. La geog rafía fís ica
Ribagorza ocupa un segmento de la vertiente meridional del Pirineo que abarca
desde la propia di visoria de aguas – y f rontera con Francia – hasta las últimas
estribaciones que marcan el límite con la Depresión del Ebro. Su plano tie ne una forma
próxima un rectángulo orientado en el sentido de los meridianos, cuyos lados mayores
tienen unos 85 km de longitud, mien tras que los menores r ondan lo s 35 km.
M APA 1. Situa ción de Ribagorza dentro del Piri neo (sombrea da en el ce ntro del ma pa) .
35
La orografía
Si se analiza este territorio de norte a sur, se descubren difere ntes un idades
geográficas que, a modo de escalones, desce nden paulatinamente desde los macizos de
más de 3.000 metros hasta los escasos 300 del ext remo meridional
51
. Sin embargo, si la
descripción de realiz a de oeste a est e, encontramos tres suces ivas cuencas
hidrográficas, paralelas y muy parecidas, correspondie ntes a los ríos Ésera, Isábena y
Noguer a Ribagorzana, entre las que se intercalan valles de menor entidad, como los de
los ríos Sosa, Cajigar o Baliera. En los siguie ntes párrafos se sigue la primer a opción, de
norte a sur, ya q ue es l a que mej or muestra la enorme diversidad de ambientes q ue
existen dentro de Ribag orza. Más concretam ente, se han distinguido cuatro grandes
espacios, de los que, siguiendo las divisiones de los geógrafos, el primero forma parte
del “Pirineo”, el segundo y tercero del “Prepiri neo” y el cuarto de la Depresión del
Ebro.
El primer área geográfica (unos 1.300km 2 ) ocupa el tercio septentrio nal de
Ribagorza, y se sitúa al norte de las “sierras in teriores ” , una gran alinea ción de
montañas de caliza o conglomerado que incluye n las montañas de Cotiella (2.912m),
Turbón ( 2.492m) y Sis (1.791m), y las sierras m ás meridonales de Ferre ra (1.827m),
Campanué (1.550m) o Galirón (1.430m ). En el extremo septentrional, se elevan los
enormes macizos de granito de Maladeta (3.404m), Llardana (3.375m) y Perdiguero
(3.220m), los m ás altos d el Pir ineo.
Entre esas grandes mo ntañas, se abren varios valles de alta mo ntaña en
dirección norte-sur, así como alguna pequeñas depresiones transver sales. En primer
lugar, las cab eceras de los ríos Ésera, Baliera y Noguera Ribagorzana alcanzan el
corazón granítico de la cordillera; en el extremo meridional de todos ellos, se extiende
una depresión que va desde Castejón de Sos hasta P ont de Suert, qu e in cluye el
altiplano de Las Paúles, donde nace el Isábena. Esos ríos, para seguir su descenso hacia
el sur, h an horadado enorme s gargantas a través de las sierr as interiores, como la de
Ventamillo en el Ésera, Obarra en el Isábena y Les Escales en el Noguer a. Intercalados
con esas cadenas mont añosas, aparecen valles menores que se alinean – como las
sierras – de oeste a este, c omo Seira, Bar dají, Lierp , Betesa o Terr aza.
El segundo espacio (unos 750km 2 ) comienza inmediatament e al su r de las
sierras interiores, y se caracteriza por la persistencia del flysch , esto es, los sedimentos
arcillosos que cubría n la región antes de que las fuerzas tectónicas del Terciario
levantase n el Pirineo. Los estratos más resistentes han dado lugar a al tiplanos con
alturas que oscilan entre los 700 y 1.000 metro, como lo s q ue ocupan cabecera del río
Cajigar o las aldeas de Aguilar o Caballera; en ellos se han excavado amplios valles
gracias al Ésera, Isábena y Nogu era, q ue fluye n a una altitud de 500 a 7 00 me tros.
Entre las mesetas y las riberas, se extienden enormes glacis erosivos, surcados de un
laberinto de barrancos y sierras, que suponen la mayor parte de este área. El extremo
meridional está formado por un levanta miento de los conglomerado s del Ol igoceno
que da lugar a las sierras de Grustán (1.173m), Castillo de Laguarres (1.150m) y – tras
51
D AUMAS , La vie rurale , pp. 23 -80.
36
girar haci a el sureste – Montsec (1.329m). Justo al nor te de ellas, se abre una gran
depresión transversa l desde Graus hasta Puente de Montañana; el río Isábena, f orzado
por esas alineaciones montañosas, f luye por la llanura h acia el oeste, hasta desembocar
en el Ésera.
El tercer espacio es muy similar al anterior (unos 750km 2 ) . Al sur de las ci tadas
sierras de co nglomer ado, reaparecen las are niscas y los glacis, q ue descienden
suavemente hasta una nueva depresión que surca la comarca de oeste a este, desde
Secastilla hasta Tolva (el “sinclinal de Benabarre” , según los geólogos), q ue se estrecha
progresivamente hasta desaparecer, an tes de alcanzar el curso del Nogue ra
Ribagorzana . Su límite meridional son las “sierras exteriores”, alineació n de relieve s
calizos que establecen una nítida separación con la Depresión del Ebro. En Ribagorza,
este accidente sigue una dirección noroest e- sur oeste: empieza por las sierras de
Ubiergo (788m) y Carrodilla (1.109m), y continú a al este por Mont Valls (862m), San
Quílez (1.082m) o Coscollar (702m), aunque se desdo bla en varios puntos, dando lugar
a un macizo bast ante an cho.
La cuarta y última zona se corresp onde con el somontano o piedemonte
pirenaico, un espacio que geológica y orográfica mente forma ya parte de la Depresión
del Ebro. Sólo unos 100 km 2 del extremo suroccid ental del territorio ana lizado se sitúan
en este espacio, es de cir, una porción mínima, po r lo que se le prestar á escasa atención
en este trabajo.
El clima y la veg etación
Desde el punto de vista bioclimático, Ribagorza se sitúa en la transición entre el
Pirineo A tlántico, con máximos pluviométrico s invernales y os cilaciones térmi cas
suaves, y el Pirineo Mediterr áneo, donde las may ores lluvias se produ cen en verano y
las temperaturas más cálidas, de manera que su clima se distingue de otra s zonas de la
cordillera por una influencia continental más acusada, que se ref leja en me nore s
precipitaciones y mayor es oscila ciones térmicas.
Dentro de estos rasgos compartidos, las oscil aciones de n orte a sur son
enormes. Para comprob arlo, basta señ alar que en los valles norteños de Ribagorza se
superan los 1.000 mm de pr ecipitación anual y las temper aturas medias son inferior es a
10ºC, mientras que en el extremo meridional apenas se superan los 400 mm de ll uvia,
no se baja de los 14ºC y, además, las oscilac iones interanuales son mucho más
acusadas. Esta opos ició n fue sintetizada por Max Daumas en dos líneas, paralelas y
próximas, que dividen la comarca: una marca el límite meridional de las pr aderas para
produ cir f orraje sin irrigación, y la segu nda el extremo septentrional de la olivera.
Ambas coinc iden aprox imadame nte co n el límite en tre la primera y segu nda de las
zonas orográficas apuntadas más arriba; así, la zona q ue queda al norte se corresponde
con el Pirineo, y la que q ueda al sur , con el Prepirineo.
El P repiri neo se integra en un ecosistema plena mente mediterráneo. El calor y,
sobre todo, la sequía de los meses estivales impiden el desarrollo – salvo en zonas
elevadas y humbr ías – de bosques cadu cifolios, de manera qu e predomin an las esp ecies
43
La Baja Ribagorza. De acuerdo con lo dicho en el anterior párrafo, esta terc era
zona se define con f acilidad , pues corresponde con la zona del P rep irineo ribagorzano
sobre la que exi stió un con trol andalusí más o menos estable, q ue con cluyó con la
conquista cr istiana, dura nte la segunda m itad del siglo XI.
El Piedemonte de Ribagorza. En esta última área in cuyo las zonas situadas al
sur de las Sierr as Exterior es y dentro de la Depr esión del Ebro que quedar on dentro del
condado de Ribagorza creado en 1322, y, por lo tanto, coincide con la cuarta región
orográfica descrita más arriba . He optado por la expresión “P iedemo nte”,
completame nte ajena al territorio, para evitar confusiones con otras palabras con
significado parecido ( “Som ontano” o “Litera”) q ue podrían llevar a la confusión con
otros terr itorios próx imos que reciben e sa denomi nación.
Hay que aclarar q ue no todos los espacios recibe n la misma atenció n en el
trabajo: las condiciones geográficas y ambientales determi nan que el P iedemonte
presente rasgos y u nas problemáticas basta nte dif erentes al resto de Ribagor za, por lo
que sólo le prestaré u na atención secundar ia, en las ocasiones en q ue ofrece ejemplos
significativos coincident es con lo que sucedí a en el resto del co ndado.
Además, en el mapa 4 se ha señalado con rayas una amplia zona de la Baja
Ribagorza de unos 300 km 2 , en el extremo suroriental del condado, q ue se distingue
por el hecho de que no fue ganada al Islam por la monar quía arago nesa o los
aristócratas ribagor zano s, sino que su conquist a fue obra del conde d e Urgell y los
nobles de este espacio oriental. Lejos de tratarse de un fenómeno epidérmico e
irrelevante, sus consecuencias fueron nítidas durante todo el período investigado , y
llegaron al siglo XV: el poder soberano, los linajes señoriales y las instituciones
eclesiásticas que influyer on allí f ueron muy dis ti ntos, como también lo son las fuentes
de informació n disponi bles. De nuevo, aunqu e no se h a excluido to talmente esta
región, n o se ha analiza do con la misma profundidad, y , cuando se h aga, se aludirá
constanteme nte a sus esp ecif icidades.
44
M APA 4. División geo gráfica de Ribag orza que se ut iliza a lo largo de todo el
trabajo.
PRIMERA
PAR TE
POBLAMIENTO Y SOCIEDAD
ANTES DEL AÑO 1000
47
En la primera parte de este trabajo se analiza la sociedad y el territorio de
Ribagorza durante el per íodo inmediatame nte anterior a la cristalizació n del sistem a
feudal. Más concretamente, la c ronología tratad a comienza en el siglo IX, de cuando
datan l os escritos más antiguos procedente s de los cartularios o archivos de l os
monasterios de A laón, Lavaix u Obarra, y termina en las grandes transfor maciones de
la segunda mitad del siglo X I, que dieron pas o a una nueva etapa h istórica. Est a
periodización no excluye el análisis de l a esc asa informac ión dispo nible para las
centurias anterior es, con el objetivo de compre nder cuál era el punto de partida, ni
tampoco el recurso a dat os bastante posteriores, que permiten suplir nuestras carencias
mediante el método r egresivo o comprobar a lgunas cont inuidades relev antes.
Desde el punto de vista geográfico, la atención se h a centrado exclusivamente
en las regiones que he denominado A lta y Media Ribagorza ( ver mapa 4), o, dicho de
otro modo, úni camente se abordan las sociedades cristianas q ue se desenvolvieron al
margen de l a forma ción estatal anda lusí, cuanto m enos, desde la etap a califal. En
consecuencia, sí que se tratan l os espa cios que sufrieron el h ostigamiento del pode r
musulmán en forma de ra zzias o de etapas breves bajo su control, pero dejo fuera la
Baja Ribagorza y el Piedemonte, que se in tegraro n establemente en el Est ado islámico,
por mucho q ue una parte c onsiderable de su población siguiese profesando la fe
católica. Estos territorios meridio nales sólo se analizarán en profundidad desde el
momento en que fueron conquistados por los reyes de Aragón o los condes de U rgell,
en el transcurso de la segunda mitad del siglo XI, es deci r, a partir de la s egunda parte
del trabajo.
Esta primera sección, la más breve de l as tres q ue componen el conjunto del
trabajo, se h a d ispuesto en tres capí tulos. El pr imero se centra en l os rasgos, los
mecanismos y l as c onsec uencias del crecimiento económico y demográfico del f inal de
la Alta Edad Media. En el segundo se analiza l a organización del espacio , en la que se
incluye el hábitat, los paisajes agrarios y las divisio nes territor iales. Y, f inalmente, el
tercero aborda l as estructuras q ue regían y articulaban la sociedad ribagorzana, desde
las familias campesi nas, en la escala doméstica, hasta la autoridad de los co ndes, a
nivel comarcal.
49
1
LOS
INICIOS
DE
LA
EXPANSIÓN
MEDIEVAL
1.
1.
E
L PESO DE LOS PRECEDENTES
.
No cabe duda de q ue l as sociedades que se dieron a conocer en la
documentación crist iana de los siglos IX y X no eran la primera ocupac ión humana
estable en el Pirineo central. Pese a esta evidencia, la información que tenemos sobre
aquellas poblaciones es esc asa y las interp retaciones q ue han el aborado los
historiadores a partir de la misma son muy diver sas. P or ello, empezaré sintetizando
algunas de las ideas c omú nmente admitidas o cuestiones debatidas más interesantes
sobre esta etapa prev ia
55
.
En primer lugar, a la hora de describir las soci edades cristianas peninsu lares
anteriores al feudalismo , se h an planteado pro pu estas diversas que oscilan e ntre la
puesta en v alor del sustrato indígena hasta la afirm ación de q ue la romanizació n había
sido muy intensa inclus o en las regiones montañosas. Esta d iscusión ha ten ido una
particular relevancia en el c uadrante noroccide ntal de la Península (entre el Cantábrico
y el Duero)
56
, pero sólo ha alc anzado de refilón al Pi rineo central y oriental. Pese a ello,
las ideas c ontinuistas con el mundo p rerroma no subyace en la atribución de unos
orígenes “remotos” a algunas comunidades de vall e, o en el uso y abuso de los
estudios onomásticos que muestran los vestigios de una primitiva lengua euskérica
55
Como se de staca e n G
ARCÍA D E
C
ORTÁZAR
, “M ovimientos de p oblació n” (e sp. pp . 1 05- 106), los
autores que valora n las con tinuidades suele n argume n tar su posición con más o menos f ortuna,
mientras que la opi nión d e a quellos que las mi nimizan no suele exhibirse más que mediante la
omisión d e los preced entes anteriores a 711 . Al fin y al cabo, la tesis albornociana de la
despoblaci ón de l va lle del Duero permite j ustificar un presun to “borró n y cue nta nueva ” e n la
sociedad y poblamient o d e much os espacios septe ntrionales a raí z de la conquista islámica. No
se puede tampoco obviar la trascendencia de la s divisiones vigen tes en las instituciones
acad émicas entre el mu ndo a ntiguo y medieva l tamb ién i ncremen ta la a preciac ión del trá nsito
entre los mis mos co mo el fi n de un m odelo s ocial y el c omienz o de otr o muy d iferente.
56
El problema del i ndige nismo de las bases sociales de la recon quista y su rela ción c on los
orígenes del feuda lism o hispá nico, ge neró un intens o debate e ntre S
ÁNCHEZ
A
LBORNOZ
, En
torno a lo s o rígenes d el f eudali smo , y B
ARBERO
y
V
IGIL
, La formac ión del feud alismo . A m bas ide as ha n
sido pos terior mente discutida s, ampliadas y ma tizada s por a utores, como M
ARTÍN
V
ISO
,
Poblamiento y estruct uras soc iales .
50
que habría recubierto l a totalidad de la cor dillera
57
, del mismo modo que las
propu estas “romanistas” se intuye n en muc hos de los que observa n una densísima red
de fundos, villas y esp aci os agrarios ce nturiados
58
.
Respecto al papel que tuvieron estas poblacion es anti guas en la configuración
de las sociedades al tomed ievales, las respuestas referidas al ámbito pirenaico está n
determinadas po r el recurso casi exclusivo a las fuentes documentales en la
construcción del discurs o h istórico, de lo que deriva el escaso peso otor gado a las
realidades que escapan a la escritura (antes de l año 800, prácticamen te todo). Sin
embargo, el único ámbito próximo en q ue la ar queología medieval ha alcanzado un
intenso desarrollo, esto es, en el P aís Vasco y, sobr e todo, en la Llanada A lavesa, se
están dejando en evidencia la relevancia los siglos a cab allo entre la Antigü edad Tardía
y la Alta Edad Media par a comprender que la s situaciones que se atestiguan al final de l
primer milenio eran el resultado de una larga y compleja sec uencia de
transformacio nes sobre el paisa je rural de época clásica
59
.
Y, en c uanto al modo c omo tuvieron lugar todas aq uellas transformacio nes, se
pueden contraponer d os grandes per spectivas: por un lado, los estu dios de Pier re
Bonnassie e n C atalu ña y de su dis cípulo Juan José Larrea en Navar ra se integra n
dentro de la perspectiva “mutacio nista”, la cual h ace hincapié en las continuidades e n
la artic ulació n del poder desde el periodo antigu o h asta el brusco ascenso aristocrático
del siglo XI
60
; y, desde otra perspectiva, Carlos Laliena o P hilippe Sénac (ent re otros)
proponen una evolución gradual vi nculada al progresivo c recim iento agrario,
manifestando una cierta resignación ante la escasez de información anterior al añ o
1000, y sugiriendo, como posible elemento desencadenador de los cambios, la llegada
de un importante contingente de mozárabes huyendo de las zonas islamizadas
61
.
Frente a esta s ideas, la arqueología vasc a está poniendo el acento en las evoluciones
endógenas de los grupos campesinos l ocale s frente a las mutacio nes o l as
inmigraciones
62
.
Una v ez presentado este brevísimo pan orama general, es necesario aportar y
analizar los escasos datos de que disponemos para conocer Ribagorza y las comarcas
57
B
ONNASSIE
, Cat aluña , pp. 24- 27: “ estas poblaciones, c uyo asen tamie nto se p ierde en la noche
de los tiemp os, p ermaneci eron sorpre ndentemente e stables y fieles a sus tradiciones”. M
ARTÍ
,
“Terr itoria de tr ansició”, pp. 63 -64: “amb la conquesta car olíngia assistim, f inalment, a la
progressiva desi ntegració d’aquel l pecul iar àmbi t pirinenc [ …]. A ra, el s efecte s de la
romanitza ció es deixar an s entir a rreu entre e ls ind ígenes que, des de la vora de l Me diterra ni
fins a l’extrem occide ntal del Pirineu cen tral, demostren haver perdut l´ús de la llengua basc a
als docume nts del se gle IX” .
58
B
OLÒS
, “ El hábitat pir ena ico”, pp. 1 5-1 9; R
AMÍREZ
, “ Configuració n”, p. 60; P
AVÓN
,
“Poblamie nto y ver tebració n”, p p. 80 -88.
59
A modo de peque ña sínte sis s obre el c aso de Ála va, re sulta interesa nte: Q
UIRÓS
, “La génesis
del pa isaje” (e sp. pp. 7 6-77 ).
60
B
ONNASSIE
, Cataluña ; L
ARR EA
, La Na varre , pp. 2 13-27 9.
61
L
ALIENA
, “El pr oceso d e feudaliza ción”, p. 2 01; I
DEM
, “La formac ión”, pp. 75 -79. Respecto al
papel desmpeñado por los mozá rabes en la c reación de la s bases sociales de la conquista
cristiana: G
ARCÍA DE
C
ORTÁZAR
, “Movimientos de población”, pp. 1 07-127; B
ARR IOS
,
“Toponomás tica e historia” .
62
Q
UIRÓS
, “La génesis d el paisaje” ; A
ZKÁRATE
y S
OLÁUN
, “Na cimiento y tra nsforma ción”.
51
colindantes dur ante las épocas antigua y visigoda. Estas evidenc ias se pueden clasificar
en tres categorí as: arqueo lógicas, toponímica s y do cumentales.
A día de hoy no se ha construido un registro arqueológico q ue cubra el período
tardoantiguo y altomed ieval en Ribagorza. La ciudad romana de Labitolosa, en las
proximidades de La Puebla de Castro, fue aba ndonada en el siglo II de acu erdo con la
información publicada por el equipo que la excava, dirigido por Mª Ángeles Magallón,
lo cual contrasta con su pervivencia administrat iva, como se indicará despu és; ahora
bien, se de be destac ar que la datació n de al gunos niveles atribuidos a la época q ue
media entre el mundo clásico y el islámico está mal definida
63
. Aparte, se conocen
algunos hallazgos ai slad os, como un nivel t ardo rromano detectado en el yacimiento
prehistórico de Els Trocs , en l as proximidades de San Feliu de Verí, dado a conocer en
2010 por la prensa
64
. Las intervenciones desarr olladas en yacimientos pirenaicos
próximos permiten suplir parcial mente estas carencias, al menos hasta que no se
dispongan de datos relat ivos a l a misma comarca. El más próximo e interesante es El s
Altimiris, en una escarpada coli na sobre la ribera c atalana del Noguera Ribagorzana ,
que está siendo excavado por Marta Sanc ho, donde se ha localizado un h ábitat de
varias casas dotado de una pequeña iglesia, en tre cuyos materiales cerámicos se
cuentan algunas i mporta ciones norteafricanas del siglo VI
65
. A lgo más alejado se sitúa
El Roc d’En clar, en l a entrada del valle de Andorra, en el cual hab ía un conjunto
dedicado a la producción vitivinícola en tre los siglos IV y VI, q ue se tran sformó al fin a l
de la época visigoda en un recinto fortificad o dotado de una igl esia, y, en las
proximidades de este emplazamiento, se docu menta un asentamie nto del siglo VI bajo
el pueblo actual de Sant Julià de Lòria, entr e los que no parece haber interrupció n;
estos hallazgos muestran claramente la continuid ad en el poblamiento de un valle de la
alta montaña pirenaica desde la Antigüedad Tardí a
66
. Los estudios paleoambie ntales
realizados en los últim os años en varios punt os de la cordillera, y en particular el
análisis palinológi co de las turberas, coinciden en mostrar que, tras una época romana
de estancamiento o retroceso de l os in dicios antrópicos en l a alta mo ntaña, en torno al
siglos VI se inicia un cambio de tendencia, con el incremento de las actividades
agropecuar ias que anuncia el más acusado auge de las cen turias finales del mi lenio, lo
cual apunta, de nuevo, a que bastantes de esto s cambios habían come nzado varias
centurias atrás
67
.
Diversos autores han pr evenido de los riesgos que acarrea la toponimia para el
historiador, u na reticencia que se explica, en buena medida, por la necesidad de
63
Los resultados de la s sucesivas campa ñas han sid o tratad os en las revistas Arqueología
Aragonesa y S alduie (a mod o de síntesis, se p uede cit ar : M
AGALLÓ N
y S
ILLIÈRES
, “Labitulosa” ).
Por otra p arte, re cientemente se ha publicado una monografí a dedica da específica mente a la
ocupación med ieval: A
SENSIO
y M
AGALL ÓN
, La fortaleza del Calvario .
64
Reda cción. La cuev a d e El s T rocs de Bisaurri pudo ser un enclave de ca rácter rit ual pa ra los
pobladores del N eolítico en la p enínsula Ib érica [en línea ]. Crónica de Aragón, diario digital
independie nte, 201 0 [fecha de cons ulta: diciembre de 20 10]. Disponible en
<http://ww w.cro nicadea ragon.es /wordpr ess/?p=14 45 4>.
65
S
ANCHO
, “Aldea s tardoa ntiguas”.
66
L
LOVERA
, El Roc d’Enclar ; F
ORTÓ
i V
IDAL
, “En los orígens” .
67
G
ALOP
, “La cr oissance”; R
ENDU
, La mo ntagne d ’Enveig , pp. 3 62-377.
52
superar el abrumador predomini o de esta fuente de información en los trabajos sobre
poblamiento hasta mediados del siglo XX
68
. No obstante, creo que esta prudencia no
debe llevar a desecharla completamente , puesto que sí q ue puede aportar algunos
elementos d e j uicio susceptibles de s er interpretados y utili zados en el discurs o
histórico. Este es el caso de l a familia de topónimos mayores terminados en – ue /- ui ,
que se repite profusam ente en Ribagorza y P allars y, c on menos frecuencia, desde
Urgell hasta Jaca
69
. Tal como puso en evi denc ia el alemán Gerhard Rohlfs –dentro de
una persp ectiva c laram ente etnicista– estos nombres están const ruidos sobre
antropónimos romanos, de manera que un Veran us dio lugar a Beranuy, un Renanus a
Renanué, un Petrus a P edr uy, etc.; en realidad, no se trata más que la versión local de la
enorme variedad de topó nimos derivados de nombres de persona latinos , como son los
sufijados en – ena ( Leciñena < Licinianus ), – ano / – án / – à ( Pompién > Pom peyanus ,
Sabiñán > Sabinianus , Lluçà > Lucianus ), – ain (Paternain > Paternus ) o – ac (Martillac >
Martilius ). Por ejemplo, en la misma comarca se localizan Montanuy y Montañana,
provenientes de Montan us (igual que los numero sos pueblos llamados Montag nac q u e
existen en el sur de Fr ancia)
70
. El corpus antropo nímico sobre el que se apli có este sufijo
muestra unos pocos nombres paleohispánicos, pero ante todo evidencia el predominio
de los de origen latino y galo; respecto a la cronología del uso de este conjunto
onomástico, se afirmar, cuanto menos, q ue es anter ior a los primeros texto s cristianos
del sigl o IX. Esta información muestra que, sigu iendo la expresión de José Ángel
García de Cortazar, este segmento del Pirineo estaba “metafóricame nte” organizado
por indivi duos romanizado s que, posiblemente, ej ercían algún tipo de domin io sobre
modestos territorios locales a los q ue daban sus nombres
71
. Por lo tan to, la toponimia
reincide en la i dea de que había un a ocupación más o menos intensa y, sobre todo,
permite establecer un elemento de continuidad entre los asentamien tos an tiguos y los
hábitats altomedieva les que man tenían a quellos nombres.
Finalmente, disponemos de algunas fuentes esc ritas de época vi sigoda que, si
bien son escasas, su sim ple existencia resulta un caso excepcional en el mundo
pirenaico. En primer lugar, se deben citar las emisiones mon etarias que llevaban las
leyendas Volotania (Boltaña), Cestavi ( Gistau) o Lab eclosa (Labitolosa ), acuñadas en los
tres casos por los monarc as visi godos de Toledo dur ante el tránsito del siglo VI al VII
72
;
cuanto menos, resulta llamativo que tres de las s eis cecas godas con ocid as dentro del
actual territorio aragonés se situasen en la parte superior de la cuenca del Cinca. Por
otra parte, los textos procedentes del antiguo cenobio de San Martín de Asán (que más
adelante se dedicó a san Vict orián, uno de sus primer os abades) se cuentan entre los
pocos actos de la prácti ca conservados en el reino v isigodo y conviert en al Pirineo
central en un escenario privilegiado; se conocen dos donaciones, así com o la al us ión a
algunos otros documentos, que debieron de formar parte de una compilación hoy
68
Z
ADORA
-R
IO
, “Archéologie et toponym ie”.
69
R
OHLFS
, “Le suff ixe”.
70
K
AJANTO
, The Latin Cognom ina .
71
G
ARCÍA DE
C
ORTÁ ZAR
, “Organización del espac io”, p. 1 6 y 3 6-40.
72
P
LIEGO
, La mo neda visigo da ; P
LIEGO
y C
ORREA
, “A portación al estud io”, pp. 502 -503.
59
monasterios de Pallars y Ribagorza han generado una larga discusión, más vinculada a
la legitimidad de los otorgantes como represe ntantes de la cosa pública para realizar
ese acto, que con el prop io c ontenido de los mismos; pese a ello, a día de hoy sigue sin
haber unanimidad a favor o en contra de su autenticidad. Los do s privilegios
otorgados a San ta María de Alaón en la prim era mitad del siglo IX, que suele n
aceptarse como vál idos, conf irman al abad todos sus bi enes y aquello que de her emo
traere pot uer int
92
. Por el contrario, los q ue Fredelón había dado a Santa María de Lavaix
son considerados fal sos, pero su g ran anti güedad permite utilizarlos para analizar este
período
93
. En ellos se incluyen cl áusula s más amplias para conceder al abad la
propiedad sobr e las tierras ro turadas:
[…] aprisiones e orum que inf ra comitatui nostro consistit que ipse abba jam superius
nominatus et ipsa cong regacio de squalido l aborare contraxerunt et quicquid deinceps
aucmentare potuer int […]
[…] quod squa lidum locum fiscum extirpare aut condirigere i pse abba vel illa
congregacione vel alii qui advenien di sunt potuerint, liberum arbitrium con cedimus
[…]
94
En cualquier caso, la falsedad de algunos de esto s textos únicamente pod ría cuestionar
la legitimidad de las rotu raciones (lo cual sería como emitir un juicio de valor), pero no
altera la idea central que se ex trae de ellos: los monasterios ribagorz anos estaban
impulsando la exte nsión sus propiedades agrícolas a costa del yermo, y para asegurar
sus nuevos bienes precisaban de su confirmación de la autoridad pública, q ue era en
última instancia la que tenía la potestad sobre las tierras vac antes. El esfuerzo para
obtener estos diplomas (bien del conde, bien de un falsificador) y para custod iarlos e n
los c artularios de ambos cen obios muestra que ésta era una de las c uestiones que más
preocupaba a la s instituciones monásticas altomedieva les, hecho q ue sólo se
comprende de ntro de un contexto d e compete ncia por las nuevas super ficies agrarias.
Aparte de estas c once siones conda les, son numerosas las al usiones explíci tas a
parcelas roturadas durante los siglos IX y X
95
. Los textos se refieren a el las con palabras
como aprisione , ruptura , presalia o scalidum , a lo que añaden expresiones com o presum vel
ad prendendum o con questum vel ad conquir endum para design ar ambiguamente al
conjunto de tierras cultivadas o cultivables que formaban parte de una transfere ncia.
Analizando el caso catalán, algunos autor es re marcan las di ferencias jurídicas entre
algunos de estos voc ablos, pero lo c ierto es que en Ribagorza se usaron
indistintame nte, y con la misma pretensión que la man ifestada en los documentos
monásticos del an terior párrafo: proporcionar el derecho de propiedad sobre las tierr as
92
CA, docs. 5 y 6.
93
CC( II), docs. 4 0 (ca. 8 48) , 172 ( 958) y 1 97 (9 66); CL, falsos de L avaix III, IV y V . L a falsed ad de
buena parte de los privilegios d e Lava ix, argumentada en cr iterios ese ncialmente polític os (la
ilegitimidad de l os c ondes pa ra re aliza r tales a ctos) se topa co n u na dificul tad difícil d e res olver,
y es que no pare ce que se p ueda a legar nin gún inter és pa trimonial e n los b iene s a los que se
alude, situados e n los val le s del Ésera e Isábena. E sta cuesti ón e s breve mente a naliza da en
A
BADAL
, Els com tats , t. 1, pp. 60- 63.
94
CC(II) , doc. 4 0; CL, falso de La vaix IV.
95
G
IRALT
y S
ALRA CH
, Història Agrària , pp. 17- 18.
60
roturad as sobre el yerm o público ( por ejemplo en Aulet en 851: quem abui pr isione vel
robtura de patre meo in terra regis )
96
. Este tipo de alusiones permiten establecer una
sencilla estimac ión del ritmo de aparición de nuevos terrazgos y de su cronología:
puesto que es habitual que en las transm isiones de propiedades se señale cómo s e
accedió a la propiedad de la misma (herencia, compr a o roturación), se ha podido
elaborar una tabla en la q ue se describe n los orígenes alegados por los poseedores de
los bi enes en los textos de Alaón, Lavai x y Obarra en difere ntes horquillas
cronológicas, co n los sigu ientes resultados:
800-900 900-950 950-1000 1000-1075
Herencia
40 ( 55%) 26 ( 45%) 40 ( 27%) 17 ( 19%)
Compra o
donación
8 (1 1%) 8 (14 %) 29 ( 20%) 19 ( 21%)
Roturación
10 ( 14%) 10 ( 18%) 7 (5 %) 2 (2 %)
No se indica
15 ( 20%) 13 ( 23%) 67 ( 48%) 53 ( 58%)
Número de casos 73 (100%) 57 (100%) 143 (100%) 91 (100%)
Obviamente, el reducido tamaño de la muestra reduce la significac ión de los
porcentajes, pero la c oherencia de su evolución cronológica me h a llevado a
mantenerlos. L as cifras señ ala n que la roturación siempre fue un procedimiento
minoritario para justificar el acceso a la propiedad, y que, a partir de mitad del si glo X,
su porcentaje habría sido mínimo. Ahora bien, si se acepta que h asta 950 en torno al
16% de l as parcelas culti vadas habían si do escaliadas por su propietario o, a lo sumo,
por sus padres (para ello sería preciso con siderar q ue el mercado de tierras es
representativo del conjunto de terrazgos , lo cual es dudoso), estaríamos h ablando de
un ritmo de crecimie nto mínimo del 8% en cada generación (esto es, cada ve inte o
veinticinco añ os) dura nte un intervalo de si glo y medio, un periodo que bastaría para
prácticamente duplicar la superficie agraria. Sin duda, las anteriores cifras pueden ser
sometidas a una revisi ón : bien alza, puesto much as de las tierras de l as que no se dice
el orige n podr ían provenir de roturaciones, bien a la ba ja, pues este a uge debió de
alternarse con fases de estancamiento o retroceso que rebajaron los resultado s. En todo
caso, los datos muestran que existía una nítida tendencia a la expansió n de las áreas
cultivadas en este seg mento del Pirineo.
De la tab la a nterior ta mbién se deduce que, conforme transcurrió el t iempo,
disminuyó la preocupac ión o la necesidad de especificar el origen de las posesiones:
más al lá del añ o 1000 son ampliamente mayorita rias las ocasiones en que n o se hace.
Este fen ómeno tiene dos posibles explicacio nes: por un lado, que el creciente control de
monasterios, condes o s eñores sobre las tierras yermas redujo las p osibilidades de
96
CA, doc. 29 . Sobre las diferencias jurídica s: U
DINA
, “La aprisió”.
61
transformar las parce las escaliadas en propiedad; por el otro, q ue hubiese un freno real
en la conquista agraria, au nque esa idea resulta d ifícil de creer en fec has tan tempranas.
La creación de nu evas superficies agrícolas
A la hora de analizar la expansió n altomedieval, es importan te atender a la
relación existen te entre las nuevas superficies agrarias y la creación de lugares de
hábitat, ya que, por lo general, la estructura del poblamiento estaba subo rdinada a los
recursos económicos, y no a la in versa. La racionalidad de los campesinos les l levaba a
situar sus vivie ndas cerca de los lugares d onde trab ajaban, de m anera que el
alejamiento entre ambos elementos tendía a responder a impulsos externo s ( señoriales,
bélicos, comunitarios, etc.), los c uales posibleme nte fueron más débiles en el período
altomedieval que en épocas a nteriores o posterior es.
En un estudio que se f undame nta en el registro escrito, el análisis de las áreas
productivas presenta una dific ultad metodológica añadida frente al de los lugares de
hábitat: la ubicació n de los topónimo s altomed ievales sobre el mapa a ctual es harto
complicada por las continuas transformacio nes a las q ue se ha visto sometida la
microtoponimia, frente a la estabilidad de los macrotop ónimos, de forma que en la
mayoría de ocasiones no sabemos las zonas en que realizaron las aludidas rupturas o
squalios . A dem ás, a las dataciones relativas q ue puede proporcionar el an álisis de los
terrazgos actuales (es decir, la disti nción de las fases anteriore s y post eriores en su
creación) no se les pue de propo rcionar fechas absolutas, puesto que no tenemos
elementos de ref ere ncia cl aros; al f in y al cabo, nuestro desconocim iento de las áreas
explotadas en época romana o visigoda implica q ue carez camos de un punto de
partida nítido. Ahora bien, puesto que existía una estrecha relación entre las áreas
cultivadas y los n úcleos h abitados, se pued e recurr ir al mejor documentad o
surgimiento de muchos de estos últimos para situ ar en su en torno algunas de las zonas
roturad as durante estas c enturias altomed ievales.
La documentación tem prana de Alaón proporciona un posibl e ejemplo del
contraste e ntre áreas q ue estaban en cultivo desde an tes del siglo IX, y aquellas se
roturar on a lo l argo de esa centuria. Una pequeña l lanura de 60 h a q ue se abre en los
escarpes del río Noguera aguas debaj o de Sopeira se corresponde con el an tiguo
asentamiento de Olb, detalladamente analizado por Manuel Riu en un ar tículo, el cual
era calificado de villa en la novena centuria, tenía una basílica dedicada a San Vicente y
estaba compuesto por u n abigarrado c onjunto de peq ueñas parcela s; el lugar fue el
objeto de una quincena de ven tas entre 845 y 8 69 de pequeños propietarios al abad
alaonés, y en casi todas se indica q ue la poseían por herencia de sus padres; todos estos
elementos hacen pensar en un origen antiguo, seguramente anterior a la conquista
islámica
97
. En el monte de Sobrecastell, un par de kilómetros a l SW de Olb, estaban los
asentamientos de Freixanet y Forno Vetere , a los que se refieren siete text os del siglo IX;
cinco de ellos aluden a parcelas recien temente roturadas, por lo q ue resu lta evidente
97
CA, docs. 10 , 11, 13 , 14, 15, 16, 17, 20, 21, 2 2, 26, 28, 3 1 y 49 . Esta parte del patr imonio de Alaó n
ha sido analiz ada por R
IU
, “El monasterio de Santa Ma ría d e Alaón” y B
OLÒS
, Els origens , p. 301 .
62
que esta accidentada zona del interfluvio se estaba poniendo en cultivo en esas
fechas
98
. P or lo tanto, se puede plantear que las zonas agrarias antiguas se centraban en
las zonas más llanas y ribereñas, mientras q ue la A lta Edad Media se caracterizó por la
conquista de las laderas y los al tiplanos, lo cual, por otra parte, encaja con las
preferencias de la agricu ltura durante la Antigüedad. En los siguientes párrafos se
puede observar que, efectivame nte, e stas últimas zon as concentran casi todos lo s
indicios de creació n de n uevas zonas agrí colas o hábitats du rante este per ío do.
Los textos legi slativos y los documentos altomedievales relativos a la puesta en
cultivo de espacios yermo s ofrecen u na perspectiva muy li mitada de la cuestión, ya
que ésta únicamente se refleja en tanto q ue vía de acceso a la plena propie dad sobre l as
parcelas roturadas (aspecto de gran releva ncia, como se ha visto), pero no atienden a la
variedad de fac tores q u e intervenían en estas iniciativas. De acuerdo con un estudio
basado en el campo francés, con las tecnologías de aq uella época eran necesarios un
mínimo de 70 días de tra bajo para poner en cultivo una hectárea de tierra yerma, a lo
que cabe añadir, en el c aso de la plantación de vides o árboles, varios años antes de que
generase su primera cosecha
99
. A demás, este proceso requería el man ejo de abundantes
herramientas y técnicas complejas para destruir l a vegetació n y raíces, realizar un
labrado en profundidad (acompañado del necesario despedregado), y construir, si era
preciso, los aterrazamie ntos que proporcio naban la pendiente idónea a l os terrenos.
Todo esto implicaba una gran invers ión de mano de obra, que di fícilm ente podrí an
alcanzar indi vidualment e unas fam ilias campes inas al límite de su subsiste ncia: la
expansión de l as superficies agrarias hubo de ser habitualmente el resultado de
iniciativas concienzuda mente meditadas, desarr olladas por unos rústicos que tenían
una ci erta la posibilidad de i nvertir su trabajo en una labor que tenía rendimie ntos a
corto plazo, y tal vez colaborativas. Si, c omo se ha propuesto más arriba, n os guiamo s
por l os terrazgos q ue r odean a los hábitats surgido s previsib lemente en la época
estudiada, se puede distinguir en el parcelario actual dos tipos de resultado de estas
roturaciones.
En el entorno inmediato de las aldeas que, como s e explicará despu és, surgieron
en los siglos IX y X bajo el impulso del monasterio de Obarra o de l os con des
ribagorzanos (Brallá ns, Visali bóns, Reper ós, etc.), se observan unos parcelarios muy
característicos, f orma ndo áreas compactas de c ampos bastan te amplios, cercados por
gruesos muros ( que sob re el paisaje actual suelen coincidir con l as vistosas hileras de
chopos negros que ro dean a prados de siega), unas delimitac iones que parecen guardar
más relación co n las progresivas par ticiones o un iones con las par celas ve cinas, que con
las c urvas de nivel, ya que, por lo general, no sir ven para abancalar las pendie ntes; esta
clase de campos contrast a vivamente con los grandes aterrazamientos q ue se extienden
por las zonas periféricas y menos aptas en estas mismas aldeas, que sin duda surgieron
en fases posteriores. El segundo tipo de zonas cultivadas atribuib les a la Alta Edad
Media son las modest as superficies abancala das que acompañaba n las pequeñas
explotaciones dispersas que abundaban por los interfluvios prepirenaicos, a modo de
98
CA, docs. 38 , 42, 45 , 56, 57, 60 y 84 .
99
S
IGAUT
, L’agriculture et le feu , p. 1 67.
63
pequeños islotes cultivados q ue rara vez sobrep asan la decena de hectáreas, rodeadas
de áreas de monte bajo y carrascas
100
. A tribuir cada elemento de ambos tipos de
espacios agrarios a un momento concreto es imposible, pero el plan eam iento general,
del que se deriva la n otable diferencia en l os resultados, se debe remontar a su puesta
en explotación, lo cual ca be atribuir a la exp ansión altomed ieval.
La interpretación de estas dos formas de organización del espacio agríc ola se
puede hac er en términos ambientales y sociales. El condicionante topogr áfico explica,
en parte, l a tendencia en las áreas prepiren aicas a generar reduci dos terrazgos
encajados e n los p equeños relieves que allí predo minan, mi entras que los factores
climáticos y edafológico s repercuten en el elev ado riesgo de erosión que se cuenta
entre la s causas del i nte nso abancalamie nto de todas las superficies, incluidas aq uellas
que parecen formar el núcleo de las explotaciones más anti guas. En el alto Pirineo, por
el contrario, l as pendie ntes que rodean a l os grandes valles, generalment e dotadas de
un potente humus como con secuenc ia de l a elevada pluviometría, permitieron formar
las amplias y frecuentemente empinadas superf icies cultivadas que se han descrito. Por
lo que respecta a los factores soci ales, se debe reiterar que las diferencias se remontan a
la propia creación de los terrazgos: las pequeñas agrupacione s de terrazas que
abastecían a las explota ciones f amiliare s eran, más bien, el resu ltado de inici ativas
individuales, mientras q ue las extensas parcelas y amplias áreas agrícolas que se abrí an
en torno a las aldeas que estaban surgiendo deb ían de suponer un esf uer zo roturador
inalcanzable para l as fam ilias q ue ac tuaban en solitario, por l o que parece razonable
pensar en ac ciones coord inadas, b ien mediante la cooperación de los propios
campesinos, b ien por ser dirigidas desde las eli tes. La oposición entre un paisaje
agrario más “individualista” frente a otro más “c ooperativo” –valgan esta s expresiones
abstractas para conceptu alizar unas realidades tan diversas como de mal definir–, una
idea bastante habitual en los estudios sobre el paisaje inglés, va a ser una idea
constantemente repe tida en este trabajo
101
.
La creación de nu evos núcl eos de población
Al tiempo que se c onfig uraban las superficies agrarias, sea por la expansión o
por la modificación de las áreas c ultivadas previas, se creó una red de lugares de
hábitat vi nculados a ellas. Las circu nstancias de l a aparic ión de estos asentamientos
resultan mal conocidas, aunque, como se ha dicho, existen diversos elementos de j uici o
de los q ue carecemos al hablar de los campos. A este respecto, resulta especialmente
interesante el recurso a los topónimos mayores, pues, gracias a ellos, se pueden ubicar
con escaso margen de error b uena parte de los lugares de habitación de aq uel periodo;
además, el estudio etimológico de estos mismos n ombres ofrecer una información útil
relativa, previsiblemente , al momento en q ue cristalizó el lugar habitad o, ya que la
100
A m odo de nota metod ológica, se debe a punta r que esta s estruc turas agra rias se obser van
nítidamente en lo s plan os y fot ografía s antigua s ( por e jemplo, en el vuel o amer i cano de 19 56 ),
pero la meca nizació n po sterior de los ca mpos o la progresi ón de la ve getaci ón en las z onas
abandonad as las ha hecho desa pare cer.
101
L
EWIS Y OTROS
, Village, Hamlet and Field , pp. 2 02- 204.
64
inmensa mayoría de apelativos de las a ldeas n o h an variado desde sus primeras
apariciones e n los siglos IX -XI hasta la actualid ad.
La toponimia mayor permite analizar el prim er caso l ocal que quiero obs ervar.
En una orla de una decena de kilómetros en torno al monasterio de Obarra, en tre los
valles de Beranuy y de Lierp, s e atestiguan varios ej emplos de una característica
formación toponímica a partir de nombres de p ersona, q ue consiste ese ncialmente e n la
palabra “villa” seguida de un antropónimo en caso genitivo, los cuales han sufrido una
evolución l ingüística bastante dispar. Similares fen ómenos se atestiguan en otros
ámbitos peninsulares, como l a Meseta Norte o Cataluña
102
. En la siguie nte tabla se
señalan todos ellos, tanto en su forma m edieva l como en su estado actual:
Topónimo me die val Topónimo ac tual
Villa Asneri Visanar ( despob.)
Villa Bradilani s Bralláns
Villa Caroli Villacarli
Villa Elle boni Visalibóns
Villa Alderic i Visaldric ( despob.)
Villa Paterni ni Padar nín
Villa Arreconi s Visarricó ns (despob.)
Basta mirar los índices onomásti cos de cualquier colección documental de la zona para
comprobar que esos antropó nimos coinciden con l os h abituales durante los siglos IX y
X (muy diferentes de los atestiguados, según se señaló antes, en los topónimos en – ue /-
ui , o también de los q ue se impusiero n en la reducción del stock onomástico del siglo
XI), así que cabe situar la creación o, cuanto menos, la estabilización de estos hábitats
durante este período. Todos van asociados a sup erficies agrarias de un as decenas de
hectáreas que responde n al primero de los dos ti pos que se han descrito en el anterior
apartado.
Cabe plantear dos cuestiones respecto a este f enómeno. En primer lugar , por
qué las a ldeas con esta clase de nombre se concentran en un área geográfica tan
concreta ( en el resto de Ribagorza o en comarca s vecinas son ciertament e inusuales);
probableme nte, la respuesta no es ajena al hecho de que –como se exp licará más
adelante– la zona fue el cen tro del poder tanto de los con des como del monasterio de
Obarra, de modo que l a in tervención de ciertos pode res en la creación de estos n úcleos
habitados habría f avorecido una cierta h omogeneidad en sus formas de denominación .
La segunda pregunta es cuál fue el papel que los indivi duos a los que aluden esos
nombres tuvieron en la creación de l as aldeas; la respuesta segurame nte podría venir
102
Por ejemp lo: M
ARTÍNEZ
S
OPENA
, La T ierra de Camp os , pp. 96- 100; B
ARRIOS
, “T oponomástica e
historia”.
65
dada, bien porque era el colonizador q ue inició el asentamiento sobre el yermo, bie n
porque era un hombre destacado al frente del grup o campesino que esta ba roturando
las ti erras de la zona. Este fenóme no toponímico permite i ntuir la cronología del
surgimiento de una serie de al deas altopirenai cas, y sugiere que muchos de los hábitats
con rasgos análogos que se atestiguan en el resto de valles de la comarca desde el siglo
XI se configuraro n en fechas próximas, aún cuando ten gan denominaciones muy
diferentes.
Los documentos de
Obarra unidos al pais aje
actual permiten u n
interesante estudio de caso
de la con strucción del
paisaje humano en una
pequeña área del mismo
valle. A comienzos del
siglo X existía en el entor no
de Torr elarribera el castro
Poga Circuso q ue debía de
ubicarse en alguno de los
cerros q ue se elevan al NW
de la localidad, del q ue no
tenemos más que una
alusión en 941; en ese año,
la condesa de Ribagor za
compró unas tierras
recientemente rotura das
por un laico en la suave
ladera que se alza sobre la
confluencia d e los
barrancos de Villacarl i y
Lavat: la glera q ue rodea a
estos cursos fluvia les
explica que se diese a la
aldea que surgió el nombre
de Rio Petruso , esto es, el
lugar actual de Reperó s, en
el extremo superior de este
espacio cultivado de una treintena de hectáreas
103
. Sobre un rellano de la mis ma ladera
(a 500 metros de distancia y 150 metros más de altitud), y seguramente en un momento
algo más tardío, se abrió otra zon a de cultivos y una segunda al dea q ue, por llamarse
“Villar”, cabe pensar q ue en origen era un núcle o secundario que, en la primera mi tad
103
DO, doc. 2 1.
M
APA
6. La formación del h ábitat a ltomedieval e n el
entorno de Torrelarr ibera.
66
del siglo XI, ya estaba consolidado como aldea
104
. Esta estructura tuvo aún algunas
modificaciones: e n los siglos XII o XIII sur gió en medio del área agrícola un tercer lugar
llamado Illa To rre (Torrelarr ibera), mientras que, a lo largo de diversa s fases medieval es
y modernas, las terraza s fueron copando los espacios de mon te que rodeaban a las
superficies cultivadas en origen
105
. En definitiva, la expansión agraria a lo largo de los
siglos IX-XI y la modificación de las estructur as previas, de las q ue n o conocemos más
que la pr esencia del citado castro , marcaron la construcción del armazón del
poblamiento poster ior.
Además de aldeas como las anteriores, dur ante esta época apareció un buen
número de asentamientos de menor entidad, por lo gen eral formados por una vivie nda
y una reducida área cultivada, que encajaba del segundo tipo de superficies c ultivadas
descritas en el anterior apartado. Los ejemplos son abundant es, y se c oncentran en las
sierras e interfluvios de la Ribagorza Media. A hora bien, el h echo de que lo s topónimos
de estas casas dispersas sean men os duraderos que los de l as aldeas impone que el
estudio de la crea ción de estos lugares sea m ás comp lejo.
Como se señaló previam ente, la creación de muchos de estos pequeños hábitats
diseminados por las serranías prepiren aicas se debe atribuir a iniciativas individuales
llevadas a cabo por campesinos colonizador es, aunque seguramente muc hos contaban
con el respaldo de algú n p oderoso. Por po ner un caso, en tor no a 1015 dos matrimonios
permutar on con Obarra todos sus bien es en la aldea de Visarricóns ( Villa Reconis ) , una
de las aldeas del valle de Beranuy descritas más arriba, por propiedades en el térmi no
Fantova, loca lidad en d onde, e n 1202, segu ía e xistiendo una casam de Villa Racons
dependiente de Obarra: se puede pen sar, por el lo, que unos emigrantes de la Alta
Ribagorza crearo n u na masía en la zona prepirenaica a la q ue dieron el n ombre de su
lugar de procedencia
106
. Otras explotaciones dispersas como las ll amadas Villa Kalvaria ,
en el m ismo término de Fantova, o Muntanuy , en el de Monesma, podrían tener un
origen similar e n las aldeas de C alvera y Mont anuy, resp ectivamente
107
.
La aparición de algunas explotaciones familiares estuvo asociada a la
construcción de iglesuelas rurales, q ue algu nas veces eran c élulas monásticas
dependientes de un cenobio de mayor entidad y otras pertenecían a laicos; el h echo de
que muchas de ellas fuesen creadas por el imp ulso de monas terios o, al menos,
acabasen subordinada s a alguno de ellos, i mplica q ue sean los as entamie ntos dispersos
mejor documentados. En otro capítulo de esta primera parte se profundizará en la
importancia simbólica y económ ica de estos templos para consolidar la posición de
prestigio de las familias q ue los poseía n. El texto más representativo para esta c uestió n
tiene problemas de autenticidad (una copia del Quinientos con una fecha absurda),
pero tiene a su favor que agrupa elementos que se detectan en otros docu mentos de la
época, por l o q ue se puede afirmar que se bas aba en un original: en tor no a 1020, una
familia de Foradada de Toscar, en el l ímite con Sobrarbe, que disponía de un cierto
104
CDO, docs. 1 35, 13 6 y 137 .
105
CDO, doc. 1 89 .
106
CDO, doc. 3 1; CDSV, d oc. 27 8.
107
DO, doc. 3 6; C DO, docs. 16 8 y 1 81 ; ACA, RC, reg. 162 , f. 216v.
67
ascendiente sobre sus vecinos gracia s a su co laboración con Sa ncho III el Mayor
durante la conquista de la región, mandó construir y consagrar una iglesuela dedicada
a Santa Cecilia en lo alto de una colina donde tambié n tenía su casa; de este modo se
consolidó un peque ño hábitat disperso e n altura que constaba de reside ncia y capilla
108
.
Existen otros casos documentados como los orator ios de Santa María de Iscles o Sant
Pere de Lastanosa, de los q ue el primero fue restaurado en 979 y el segundo
consagrado en 988, que eran el centro de sen das explotaciones dispersas
109
; en otras
ocasiones no hay constancia docume ntal anterior a 1050, pero sus c aracterísticas
permiten supon erles unos or ígenes similares.
Desde el segundo tercio del siglo XI, los gra ndes monasterios, los aristó cratas y
la monarquía asumieron un rol más activo en l a organiz ación del poblamie nto, en
particular en las zonas próximas a la frontera islámica. Por ejemplo, la ocupación de
Lascuarre por Sanch o III en torno a 1030 fue acompañada de la promoción del núcleo
que rodeaba al castillo, baj o el i mpulso del cen obio de Sant Sadurní de Tavèrnoles, y
durante las siguientes tres décadas los monarcas aragoneses entregaro n plazas como
La A vella na, La Millera o Sagarras –en la misma zona prep irenaica– a diferentes
notables l aicos para qu e éstos fomentasen la formació n de pequeños caserí os
compactos
110
. Estos fenómenos marcan un cambio de etapa de ntro de la prolongada
expansión de la econom ía y el poblamiento, por lo q ue serán retomados con mayo r
amplitud más ade lante.
1.
3.
D
EL CRECIMIENTO A LA ESTRATIFICACIÓN SOCIAL
Tal como se h a expuesto más arriba, la importancia que bue na parte de l os
historiadores otorga a la expansión agraria altomedieval radica en su estrecha
vinculación con las transformaciones sociales q ue condujeron al sistema feudal
111
. En el
anterior apartado se h a tratado de mostrar q ue en las últimas dos c enturi as del primer
milenio produjo un fuerte crecimiento, en el transcurso del cual se definieron a lguna s
de l as líneas maestras de la organizaci ón del territorio posterior; por ot ra parte, resulta
innegable q ue otra ca rac terística de esa época fue el incremento de l a estratificació n de
la sociedad. Ahora bi en, aunq ue esté claro q ue esos dos fenómenos avanzaban en
paralelo, n o resulta n ada fácil hilvanarlos dentro de unas dinámicas evolutivas
comunes; conseguir esto es el objetivo de este apar tado.
108
Apéndice , doc. 2 .
109
CA, doc. 170; CC(II) , doc. 279.
110
T odos e stos eje mplos será n convenie ntemente desa rrollad os e n la siguie nte part e de la tesis,
y allí se a portará n las conve nientes r eferencia s archivíst icas.
111
B
OIS
, La revolución (en este traba jo se encaja el creci miento en un e sq uema ruptu rista que, a
día d e hoy, está cla rament e superad o); G
ARCÍA DE
C
ORTÁZAR
, La sociedad rural , pp. 36 -46. En el
caso a ragonés, se ha desta cado la importancia de los escalios co mo ele mento que conecta el
crecimiento con la estratifica ción socia l (e ntre otros: L
ALIENA
, “La articulación d el e spacio
aragonés”, p. 1 23) .
68
Los actores de la expansión
La fuerza humana que i mpulsó el crecimiento durante to do el periodo fue,
como no podía ser de otra manera, la de los c ampesinos, movidos por el deseo de
aumentar su producción para mejorar su nivel de vida, y por la nec esidad de ampliar
sus tierras para h acer frente al crecimiento d emográfico (se puede adelantar, al
respecto, que una estructuras familiares marcadas por la división de las herencias entr e
los hijos generaban una necesidad estructu ral de n uevas superficies agrar ias). Dicho lo
cual, cabe añadir un matiz: dependie ndo de la época, la actuación de est os pequeños
productor es estuvo más o menos c ontrolada y encuadrada por los gru pos soci ales
dominantes (e lite laic a, eclesiásticos, c onde s). Sintetiza ndo el sentido de l as
evoluciones, se pasó progresivamen te desde una cierta autonomía y espontaneidad
campesina en l a conquist a de los yermos, hacia una creciente intervención señorial que
reorientó el crecimiento h acia la sati sfacció n de sus intereses; y, mientras la
consecuencia lógica de la primera forma de expansió n era e l pre dominio de l
campesinado alodial sobre zonas recienteme nte roturadas, los ava nces hacia la
segunda implicaban que el avance sobre el yer mo fuese un factor q ue favorecía la
generalización de la dep endencia de los cult ivadore s.
Los monasterios son los agentes sociales dominantes q ue mejor conocemos. El
constante caudal de donaci ones que c onsiguier on de manos de notables locales o
pequeños campesinos con fines piadosos, unido a la política de adquisición de
parcelas, permitió a los abades de Al aón, Obarra o Lavaix benef iciarse indirectamente
de la expansión agrícola. Además, tanto Alaón como Obarra impulsaron la fundación
de pequeñas células agrarias monásticas e n áreas meridionales, que se convirtieron en
núcleos donde se i nstalaban pobl adores proveni entes de otras zo nas, y desd e los que se
realizaban nuevas roturacione s. Este era el caso de Esvu , una minús cula unidad
cenobítica en la orilla del Éser a que perte necí a a Obarra, que se nutrió de tierras
donadas, adquiridas o es caliadas por los rústicos que lo ocupaban en el siglo X, y en el
siglo XI se había convertido en una pequeña com unidad rural dependient e, germen del
actual barrio de San Quílez, en el término de San ta Liestra
112
. Otro ejemplo de
población monástica, sensiblemente distinto del anterior, es la aldea de Raluy: el abad
obarrés consiguió reunir el dominio completo sobre la misma tras su destru cción en
una razzia , después de lo cual los habitantes q ue regresaron o acudieron para poner en
cultivo la s tierras abandonadas se convirtieron en vasa llos de l monaste rio
113
. Ahora
bien, hay que advertir esta cl ase intervenciones directas en la creació n de poblaci ones o
la instalació n de ca mpe sinos f ueron infrecuente s h asta un momento av anzado de la
undécima centu ria, cuan do se configuró el grueso de los domi nios monásti cos
114
.
112
DO, doc s. 7, 8, 1 8 y 37; CDO, d oc. 1 85 . Se puede cita r también e l ca so de la célula d e San
Julián, c read a p or el mon asterio d e L ava ix en las proximidade s de la a ldea de S entís con e l
objetivo e xplícit o de poner e n cultivo la z ona, que dio lugar a la actua l localida d de Les Iglésies,
ya en tierr as palla resas ( CC[II], doc 3 9, año 848 ).
113
CDO, docs. 8 , 9, 10 , 11 y 13.
114
A l respecto es interesa nte observa r que el m onaster io mejor docu mentado –y co n un os te xtos
menos so spechoso s de manipulaci ón–, esto e s, Sa nta M aría d e Ala ón, muestra que lo habitual
fue absorber los asenta mi entos que iban surgie ndo con la re población cuan do ya esta ban
75
El significado del térmi no ha sufrido drásticos c ambios desde la Anti gü edad
hasta la actualidad, b astante cambia n tes según e l área geográfica. En época cl ásica, las
villae equivalían a grandes explotaciones rurales en manos de propietario s del más alto
rango social, las cu ales s olían divididirse e ntre la pars urbana , zo na palaciega que acogí a
al dueño cuando las visitaba, y la pars r ustica , que comprendía el alojam iento de l os
domésticos y servidores e instalaciones productiv as y de almacenaje; sin embargo, este
sentido empezó a fragmentarse en los sigl os V y VI, al tiempo que, en extensas parte s
del Imperio, esas grande s mansiones aristocrátic as se a bandonar on y sus propiedades
se disgregaron
125
. Así, la palabra in ició un progresivo deslizamiento hacia ser un
indicador de un tipo de hábi tat, en lugar de estar directamente vinculado a un gran
dominio
126
. En los siglos al tomedievales se atestigu a todavía una gran indefinición,
pues se c alificaban como vi llas rea lidades materiales y soci ales muy diversas: una gran
propiedad señorial, generalmente en curso de f ragmentación en unidades men ores; un
espacio con múltiples l ugares de hábitat qu e tenían algú n tipo de identidad
compartida, bien por el recuerdo su antigua un idad, bien por la existencia de una
iglesia u otra instalación comun
127
; o, lo más habi tu al, un núcleo habitado agru pado, es
decir, una aldea
128
. Finalmente, en el siglo X III los j uristas esta blecieron una
jerarquizació n de los hábitats en tres grandes categorías: al dea o lugar, villa y ciudad,
otorgando el signif icado que villa ha mantenido hasta la actualidad en la Península
Ibérica.
Esta evolución se observ a en fechas tempra nas dentro del territorio analizado.
La palabra ya se atestigua en la docu mentació n visigoda del monaster io de San Martín
de A sán, e n el si glo VI, donde se c ita la v illa Banast o (actual localidad de Banastón,
cerca de Aínsa), la cual, de acuerdo c on la breve descripción formularia que se h ace de
ella, era un asentam i ento de categoría superior a los fundi , compuesto por diversa s
unidades familiares, lo q ue lo acerca a la idea de agrupación rural, aunque seguía
siendo una unidad de explotación
129
. En los textos más antiguos del monasterio de
Alaón, correspond i entes a la no ven a centur i a, la villa aparece o casionalme n te como u n a
explotación de aspecto u nitario, o, por lo menos, lo era el dominio que se ejercía sobre
las mismas, una cl ara reminiscencia de los períodos precedentes
130
; sin embargo, en el
125
C
HAVARRIA
, El final d e las villae, pp. 153 -156 ; H
EINZELMAN N
, “ Villa d'a près les oeuvres... ”;
D
EVROEY
, Puissants et mis érable s , pp. 5 26- 530.
126
El proceso d e tr ansfor mación desde una villa- explotac ión hacia una villa -aldea e s de scrito en
G
ARCÍA DE
C
ORTÁ ZAR
, La sociedad rural , pp . 17 -27 .
127
B
OURIN
, Villages m édiéva les , I, pp. 6 2-6 3; D
URAN
, Les pay sages , p p. 7 9-9 5. En el caso
languedoc iando, la transforma ción se detecta , entre otras ma neras, p or el ca mbio p rogresivo d e
la e xpresión i n v illa p or in i psa villa . El ca so galleg o ha recibido pa rticular atenc ión ; por ejemp lo,
destaca e l tra bajo d e P
ALLARÉS
y P
ORTELA
, “ La v illa, p or d entro” , d onde se c ombina el u so de
las fuentes e scritas c on el d el pa isaje actua l.
128
T
O
, “Habita t disper sé”, pp. 122- 128; S
ÉNAC
, La frontière , pp. 312-3 19 y 33 4-335 (en este caso se
vincula la a grupaci ón d el hábita t a ltoarago nés y la adopció n del térm ino villa pa ra designar lo
en el siglo XI, co mo c onsecuencia del progres o señ oria lizador) ; L
ARREA
, La Navarre , pp. 3 23-32 6;
G
ARCÍA DE
C
ORTÁ ZAR
, Organización social , pp. 60- 71.
129
F
ORTACÍN
, “La donación” ( villam Banasto, in T er rantonen si territor io con stitutam , cum c olonicis,
tributariis s eu servi s, vel om ni jure suo ).
130
CA, doc. 9, 19 o 39.
76
siglo siguiente, la eq uipar ación de la v illa a un hábitat alde ano era un hecho
ampliamente domin ante en todo el condado, y, de hecho, en las pocas ocasiones en que
el vocablo se usaba con otro sentido solían ser antiguos topónimos fosilizados en el
paisaje q ue servían para ubicar parcelas cultivadas
131
. En total, el análisis exhaustivo la
documentación ribagorz an a e ntre los añ os 900 y 1075 h a perm itido documentar un
total de cuarenta y tr es lugar es que recibían e se calificativo, de los q ue se puede
estimar que treinta y cinco eran pequeñas agrupacione s rurales, c uatro eran c ampos
cultivados y otros cuatro plantean dudas sobre si eran aldeas o simples explotaciones
familiares
132
.
Más brevemente, hay que señalar que la palabra villar también se usó
esporádicame nte para design ar pe queñas agr upaciones c ampesinas en Ribagorza,
aunque, tal como se explicará despu és, se empleaba con más frecuencia para c alificar
las células familiares dispersas. En general, el término se reservó a asentam ientos de
menor entidad que las villas : en el caso de Reperós y Villar ya se in dicó q ue el segundo
núcleo h abía surgido c omo una segmentación del primero que, en el siglo XI, estaba
consolidada como aldea autónoma
133
. El mismo o rígen ten ía el villar que se cita e n
Ballabriga en 1043- 1045, aunque e n este posible hábitat no cristalizó y, en esa fecha, ya
no era más que un topónimo fosilizado que, de h echo, se ha mante nido hasta n uestros
días en la partida de “El Visá”
134
; muchos otros “villares” o “visares” que menudean en
la nomenclatura de las tierras rústicas en toda la comarca podrían responder a
fenómenos similares, una hipótesis que se refuerza por el hech o de que, a veces, estén
asociados aterrazamie n tos aban donadas , como en El Visá de Las Paúls
135
. La idea de
inferioridad del villa r respecto a la villa se evidencia tambié n en el caso de Raluy: esta
aldea era denomi nada villa e n los textos de los siglos X y XI, con excepción de los
redactados después de que el lugar fuese devastado y abandonado en la razzia isl ámica
en 1006, en los cual es era relegado a la catego ría d e vi llare Lloroi o de i psu vi llare ermo
136
.
2. 1. 2. Distribución geográfica de las a ldeas.
La distribució n geog ráfica d el poblamie nto ald eano dentro de Ribagor za se
puede determinar de dos maneras disti n tas. Por una parte, se h a visto que palabra villa
ofrece un indicio bastante fi able de la existencia de esta cl ase de h ábitats, por lo que
cartografiar las ocasiones en que utiliza l a palabr a permite establecer una delimitación
bastante fiable. Esta lab or se ve simplificada por el hecho de q ue treinta y uno de eso s
131
Por e jempl o, una do nación de Obarra de 9 26 se ha bla de una t erra [ …] in vil la Lorroi, in loco
ubi dicitur villa Domnoli ( DO , doc. 6).
132
Estos datos se deta llan en l a ta bla 1 del apéndice.
133
E n e l va lle de Ba rdají también existió un “Villar” que se consolid ó co mo a ldea e ntre los siglos
XI y XIII ( CDSV, d ocs. 19 6 y 2 62) .
134
CDO, doc. 2 1; V
ÁZQUEZ
, Municipio d e Veracruz , p. 31 .
135
Situado e n UTM 31, 301400/470 8300 .
136
CDO, doc. 9 .
77
lugares s e pueden relacionar directamente con localidades actuales o despoblados
conocidos ( bajomed ievales o modernos), mientras q ue l os restantes se pueden ubica r
gracias a la informac ión aportada por los textos en que apare c en. Por otra parte, el
análisis del conjunto de los in dicios documen tal es de la época permite identificar
bastantes otros asen tami en tos q ue, con independencia de q ue recibiesen el apelativo
villa o no, prese n tan rasgos q ue permite n definirlos como al deas; n o detallar é aquí esos
datos, ya que se i rán desgrana ndo en las siguientes páginas. La suma de toda esa
información ha p ermitido elabor ar el mapa 7.
M
APA
7. Distribució n de las v illas y de otra s formas de p oblamient o aldea no en
Ribagorz a, según la s fuente s escritas e ntre 90 0 y 1 075.
78
El primer aspecto del plano resultante sobre el que hay que llamar la atención
es el elevado número de aldeas que se concentran en torno a los monasterios de Obarra
y Alaón, o en la zona del valle de Benas que q ue estaba en la órbita de San Vicente de
Roda, lo cual se debe obviamente a que se trata de las áreas mejor iluminadas por el
registro escrito. De hecho, l a cantidad de información dispon ible sobre estas zonas y la
recurrencia de las menci on es permite augurar que los l ugares atestiguado s suponían la
mayor parte de los núcleos habitados allí en este periodo; de ahí que esos espac i os
mejor co noci dos se vay an a tomar como r eferencia para analizar la densidad o la
distribución del hábitat dentro de los valles. Fuera de estos reducido s territorios,
disminuye bastante el número de apariciones : en uno s casos se debe a la falta de
documentación, mientra s que en otras se debía a la esc asez de asentamientos aldean os;
en los si guie ntes párrafos explico c on más detalle lo q ue sucedía en cada una de esas
áreas.
Por una parte, dentro de la Alta Ribagorza existen varios valles en donde c asi
no se conocen asentamientos de ningún tipo (los valles de Barrabé s, San Pedro o
Bardají), lo cual se expl i ca por la pérdid a de los archivos ec lesiásticos q ue podría n
haber aportado más información sobre aq uellos, como los de San Pedro de Taberna o
San Andrés de Barrabés. Lo ci erto es que los es casos indicios conservados muestran
unas f ormas de ocupación similares a las zonas mejor documentadas, una idea que se
refuerza por el hech o de que el poblamiento posterior tampoco presentase all í nin gu na
particularidad rese ñ able.
Sin embargo, el panora ma c ambia basta n te confor me se avan za hacia el sur, es
decir, en la Ribagorza M edia. La escas ez de núcle os agrupados en los términos de Rod a
de I sábena, Montañana, San Esteban del Mall o Güel no se puede atribuir a la ausencia
de fuentes, ya q ue e n esas localidades son relativame nte abunda ntes y perm iten
conocer una red de dece n as de asentamientos; por ello, l a explicación radica en q ue las
formas de poblamien to eran sensiblemente disti n tas, por lo q ue solían ser designadas
con palabras específicas, como collum , podium o villa r , todo lo cual se describirá en el
siguiente apartado. De hecho, algunas de las pocas aglomeracione s que aparecen allí
presentan un as características alejadas de l as alde as de l os altos valles, y q ue adelantan
fenómenos posterior es, como pasaba en el c aserí o que se f ormó en torno al castillo de
Lascuarre desde 1030, tras ser ganado al Islam , c laro preceden te de los posteriores
burgos castrales
137
.
Por lo tanto, se puede afirmar que en el año 1000 ya existía una línea imp recisa
que, a grandes trazos, coincidía con los cordales montañosos que separan el P irineo del
Prepirineo, es dec i r, comenzab a desde el oeste por las sierras de C ampanué y de
Esdolomada y después avanzaba por las estribaciones meridonales del macizo de Sis,
hasta alcanzar el Nog uera Ribagorzana a la altura de Sopeira, la cual señalaba
aproximadam ente el límite meridional del t erritorio en donde predo minaba el
poblamiento agrupado en forma de aldeas. Cabe advertir que esta difu sa divis oria
orográfica y social que en el presente trabajo se utiliza para separar los espacios que he
137
CDT, doc. 50.
79
denominado Alta y Media Ribagorza, siguió siendo una barrera perceptible durante el
resto de la Edad Media, y aún más allá, pues aú n se intuye su presencia en el trabajo de
Max Daumas sobr e la co marca a mediado s del si glo XX
138
.
2. 1. 3. Característi cas de los háb itats agrupados
La descripción de la villa o aldea al tomedieval se va a desarro llar a partir de las
varias decenas de asentamientos docum entados. P ara el análisis de estos hábitats se
partido de dos fuentes complementarias: por una parte, l a información que ofrecen los
propios documentos, que, en algunos casos, es lo bastante rica para mostrar la
morfología del espac i o residenc ial o de su ento rno agrí c ola; por otra, el hecho de
conocer la ubicació n de la mayoría de los poblados permite analizar su emplazamiento
o algunos rasgos de su organización, lo cual, sie mpre que se h aga con el método y la
prudencia debidos, puede aportar numerosas evidencias adicionales
139
. De esta
manera, se puede abordar el estudio desde un conju n to de perspectivas
complementarias q ue ofrecer án una i magen f iable de la organización del espacio del
norte de Ribagorza al filo de l año mil.
La agrupación del poblamie nto
El rasgo que definía el tipo de poblamiento que se está describiendo f rente a
otros modelos de asentamiento es q ue se trata de un emplazamiento donde v arias
familias fijaban su residencia. Es decir, se cual sea su tamaño, la villa ribagorzana se
identifica por su facies agru pada, lo cual justific a q ue en este trabajo también se esté
utilizando las palabras “aldea” o “al deano” para referirnos a ella. Los textos lo
muestran de div ersas maneras.
Los “rollos” de Benasq ue y Ballabriga, el cartu lario de una destacada s eñora
que vivió a c omienzos del siglo XI, aporta el c orpus textual más amplio de la época,
referido en buena medida a las dos localidad es q ue les dan nombre. Dentro del
centenar de actas que l os componen, aparecen varias transacciones de casas y casales
que, en la mayoría de casos, se situaban expresam ente dentro de una de esas unidades
aldeanas, unas veces mediante expresio n es c omo i n fundus de villa o in media villa , y
otras con la simple omisión de un topónimo diferente de la propia denom i nación de la
localidad (por el c ontra rio, cuando las mismas actas tratan de algún bien agrícola,
siempre indicar un topónimo específico para ubicarlo de ntro del términ o aldeano
138
D
AUMAS
, La vie rural e , pp. 156 -157.
139
A títul o c ompara tivo, s e pueden aludir otr os trab ajos basado s en pa recidos crite rios
terminológic os sobr e otras á rea s pirenaica s, como la Cerd aña (B
ERTHE
, “Le village et la
maison”) o e l conda do d e Ara gón (S
ÉNAC
, La frontière , pp . 31 3-3 14). Ver también: P
ALLARÉS
y
P
ORTELA
, “La villa por dentro”.
80
correspondie nte)
140
; además, la s expresiones o topónimos que se usaban para localizar
geográficamente muchas parcelas de ambas locali dades, como subtu s villa , s upe r villa o
prope ipsa villa , muestran n ítidame nte que aquellos espacios agrícolas se organizaban
metafóricamente a partir de un espacio nuclear y residencial, que recibía el nombre de
villa
141
.
En Calvera, cerca del monasterio de Obarra, se vendió e n 1002 u n edificio
residencial complejo (una casa con sus dependencias), cuyas af rontacio nes se
describían del sigu ien te modo:
[…] facio charta de medio chasalicio chum sua superposi ta et uno orreo [...] de oriente
chasale Soniario, de occiden te orto de i psa ereditate, de alia l atus strata puplicha, de alia
latus chasale de f iliis Bened icti .
Es decir, limitaba por dos de sus l aterales con otras construcciones similares, por otra
con u n a calle y por la última con un h uerto, lo cual ge nera l a impresión de que en est e
pueblo las casas se yuxtaponían unas c on otras, al terna das con vías públicas y espacios
abiertos para algunas actividades productivas, lo c ual muestra expl ícitamente la
densificación de la s c asas den tro de esos n úcleos a ldean os
142
.
El n úmero de uni dades famil iares que al bergaba cada al dea es difícil de
determinar a la luz de la documentación. Los lugares que mejor conocemos –Benasque,
Ballabriga o Calvera– debían de contar con no menos de una veintena de casas, a decir
de la variedad de an trop ónimos c oetáneo s que aparecen, y en el primer ca so debían ser
bastantes más; en el pe c uliar caso de Erdao se enumeran todos los miembro s de la
vicinitate , que sumaba n dieci ocho individuos varones c on sus respecti vas familias
143
.
Entre los fondos de San Vicente de Roda, se conserva una nómina de los propietarios
de parcelas en Caste j ón de Sos que debí an pagar su s diezmos a dicha igles i a, datable e n
la segunda mi tad del siglo XI; l a importancia del viñedo de este pueb lo h ace q ue no
sólo se menc ione la mayor parte de su vecindari o, sino también a veintena de lugares
de su entorno, lo cual permite establecer un mí nimo de unidades domésti c as en todos
ellos. La interpretación de los datos es confu sa, pues a veces aparecen varios
individuos como dueños de una misma tierra, y no se puede determinar si pertenecí an
a la misma familia o simplemente eran copropietarios. En cualquier c aso, los datos son
muy significativos: se citan once individuos de Chía y A rasán, n ueve de San Martín de
Verí, ocho de Abella, c inco de Sesué y Bisaurri, cuatro en Espés Alto y Gabás, o tres en
Eresué, Rins y Espé s Bajo, unas cifras q ue, además, eran sensiblem ente i nferiores al
número de casas, pues cabe suponer que l a mayoría de s us habitantes (sobre todo los
de las aldeas más alejadas) carecían de bienes en Castejón
144
; en definitiva, esos datos
me llevan a plantear que l a mayoría de esas al dea s agrupar ía en torno a una docena de
familias campesinas (tal vez fuesen bastantes más en Chía, y algunos menos en Gabás),
140
CDO, doc. 9 6 y 1 09 .
141
CDO, doc. 1 10 (Ca stejón de S os), 11 6 (Cerler ) y 91 ( Ballabriga).
142
CDO, doc. 1 y 10 3.
143
CDO, doc. 2 9.
144
DR, doc. 1 13 ( se resumen s us da tos en la tabla 6).
81
una cifra modesta, pero que basta para confirmar el carácter concentrado del hábitat de
este espacio.
Densidad y emp l azamiento s de las aldeas
Como se ha indicado más arriba, para analizar los patrones de distribució n de
esta clase de hábitats en la escala subcomar c ales (es decir, den tro de cada val le), se ha n
tomado aquellos esp aci os en los que tenemos una documentació n abundante, que
permite conocer en profundidad la red de al deas; más concretamente, se h a escogido el
valle de Beranuy, esto es, el área de influencia del monasterio de Obarra. Los dato s
generales se exp resan en el siguie n te mapa:
En los algo menos de 100 km
2
de este segmento de la cuenca del Isábe na con sus
valles laterales, se distribuían diec iséis villas , cator ce de las cuales pueden situarse con
precisión al haberse mantenido habitadas hasta época recien te, mientras que Vill a
Singalli y Billa Exechari desaparecieron en fec h a muy temprana (seguramente antes del
siglo X) y no han dejado n ingún rastro toponímico, aún cuando se pu eden ubicar
aproximadam ente graci as a los textos
145
. Esto supone en torno a 7 km
2
de superficie
media por cada una de ellas, pero éste dato resu l ta a todas luces equívoco : cerca de l a
145
DO, doc. 1 9 ( Antoni o Ubie to iden tifica la villa co n Señ iu, cr eo que errónea mente); CDO, d oc.
132 y 152.
M
APA
8.
El poblamiento e n el va lle de B eranuy (o d e Riba gorza) entre los si glos X y XIII.
82
mitad del territorio estaba ocupado por montañas herbosas y ac cidentadas, inhábiles
para las labores agríco la , y que, al menos d esde 1200, estaba e n manos de las
localidades más potentes (Calvera, Beranuy, Ball abriga … ), de modo que la mayoría de
las aldeas dispo ndrían de espacios produ ctivos más redu cidos (2-3 km
2
). Algo más
representativo de la dis tribución del poblamiento es el h echo de que se situasen a
ambos lados del río Isábena, en intervalos que oscilan en torno a los dos kilómetros,
unas distancias q ue se explican, por u na parte, por el c ondiciona n te orográfico
(descrito a continuació n ), y por la otra, p or que la tendencia a la agrupació n del hábitat,
generaba necesar iamente esp acios intercalares r elativame nte amplios.
Las aldeas se instalaban preferentemente en las laderas del valle, generalmente
en lugares bastante elev ados sobre el curso fl uvial principal, buscando la embocadura
de las peque ñ as abertu ras laterales por l as qu e fluían pe q ueños tor rentes hacia el
Isábena. Este emplazamie nto era óptimo desde la perspectiva del control tanto de las
superficies agrícolas como de los recursos silv ícolas y ganaderos, ya que cada vill a
combinaba el acceso a los primeros, gracias a los terrazgos que se hall aban entre el
núcleo y la parte inferior del valle ( cuya puest a en c ultivo, como se ha indicado al
hablar de las roturaciones, debió de ser la causa de la f ijación de estos hábitats), y a los
segundos, con la montaña que se el evaba a sus espaldas; normalmente, los términos
locales no se exte ndían por la orilla opuesta del río. En este sentido, es significativo que
los dos aludidos lugares desapare cidos tempranamente, Villa Singalli y Billa Exechar i , se
situaban en co ntradicción con este esquema, ya que se situarían apro ximadamente
dentro de los espacios cultivables que tenían Raluy, Ballabriga y Calvera en la parte
inferior del valle, cerca del Isábena.
La orientación hacia el sur es c laramente dominante tanto en las propias villas
como en las laderas agrícolas sobre las que se emplazaban, pudiendo optar por SW o
SE según el lado del valle en que se hallen; tan sólo Beranuy se salta la regla, a l mirar
claramente hacia el E, a causa de su encaj onam iento entre los riscos de la sierra de Sis y
el curso flucial. P or lo que se refiere a la altura de l os núcleos habitados, ésta oscila
entre los 900 metros de Villac arli y los 1.300 de Raluy; a este respecto, se debe apuntar
que los 1.500 metros a los q ue s e hal lan Cerler, Castanesa o Arcas, l os tres lugares de
mayor elevación de Ribagor za, i ndican un aparente umbral de habitabilidad q ue se ha
mantenido estable du ran te el último mile n io.
Por último, la morfología in terna de estos as ent amientos no se puede d educir
de la documentación más allá de los l imitados datos aportados en el an terior apartado,
que muestran el carácter denso y agrupado de los c aseríos. Sólo el análisis regresivo de
los núcleos habitados atestiguados en época altomedieval, sea a partir de su
configuració n actual o la q ue ofrecen los catastros o fotografías aéreas más antiguos, de
mediados del si glo XX, podría aportar al go de información, aunque sin duda se trata
de una metodología muy arriesgad a para este período tan temprano. P or ello, haré
únicamente u n par de rasgos mu y generale s que sí que podrían r emontarse a los
orígenes de las aldeas: en primer lugar, ninguna de ellas presenta evidencia algu na de
planificación (parcelas homogéneas, calles rectilíneas, etc.), sino que se desarrollaro n
como una yuxtaposició n desordenada de casas campesinas; y segu ndo, no parece q ue
83
existiesen elementos to pográficos o monumentales que actuasen como puntos de
fijación del hábitat: el único castillo conserva do, el de Calvera (doc umentado en
1162)
146
n o es más que una casa fuerte integrada en el caserío, mientras q ue las iglesia s
románicas suele n ocupar una posición periférica
147
.
146
CDO, doc. 1 54 .
147
Sobre los oríge nes de este t ipo de a ldea s inorgánicas: B
AUDREU
, “Tipologia de l vila tge”.
M
APA
9. La a ldea y término de Ca lvera, dentro del valle de Bera nuy. Propuesta d e evoluci ón
agraria y esquema d e su ur banismo.
84
Calvera muestra bastante bien los rasgos que se acaban de describir, tal como se
ha expresado en el mapa 9
148
. La aldea se creó en algún momento de la Alta Edad
Media como resultado de una roturació n en los bosques de carrascas que rodeaban la
sierra de Sis, de donde tomó el nombre (una “c alvera” es una claridad en un espaci o
forestal). Más concretamente, se empezó a poner en cultivo una l adera bastante suave
orientada directamente hacia el sur, que contaba con un centenar de hectáreas
escalonadas entre los 1.050 y los 1.300 metros de altitud, y que limitaba por ab ajo con el
barranco de Castrocid (afluente del Isábe n a), por arriba c on una línea de escarpes, y en
sus laterales con zonas de mayor pendiente. El poblado se emplazó en el extremo
superior del área agrícola, aprovecha ndo un escalón rocoso de una docena de metros ,
que generaba una minúscula plan icie encima del mismo. El crecimiento de l
asentamiento h izo q ue las casas se desparrama ran pronto por los pies del cortado
(lugar donde se construyó la parroquia de San An drés antes del añ o 10 00) , al tiempo
que las labor es agrícolas se extendieron en todas las direcciones, comenzando los
grandes aterrazamientos que ocupan las l aderas más empin adas del pe q ueño va lle,
dando lugar a unos terrazgos que se pueden estimar en más de 2 km
2
, a los que se
sumaban amplias superficies de pastos y bos ques en los lugare s más eleva dos.
El término de la vi l la .
Frente a lo que se observa en otras regiones en época altomedieval , l a palabr a
villa ribagor zana no tenía un valor predomi n antemente territoria l, sino que, como s e ha
explicado, se refi ere a los puntos de f ijación del hábitat. Ahora bien, ésto no es óbic e
para que, habitualmente, cada uno de estos asentamientos tuviese vinculado un
espacio débilme nte definido en el q ue se l ocaliz aban los recursos produ ctivos de sus
habitantes. Algunas donacio nes a in stitucio nes eclesiásticas de aldeas íntegras
presentan cláusulas que, si bien provienen de los formularios n otariales al uso en l a
época, il ustra n bien la asociación de estas poblacio nes a un amplio conjun to de bienes
agrícolas, ganaderos y forestales que se distribu ían en su entorno inmediato, c omo en
los siguientes fragmentos referidos a V isarricón s y Ber anuy, respectivame nte
149
:
[...] quantum abuimus [...] i n i psa villa: in casas, in casales, i n ortis, in cannamares, i n
arboribus, in molinis, in pratis, in pasc uis, in monte, in valle [...]
150
[...] facio vobis h anc cartam de ho c suprasc ripto [se refi ere a las v illas de B eran uy,
Bisaúrri y Pardinella] cum terminos et fines, rivis vel fontes, silvis atque garricibus,
petras moviles ve l inmoviles, cu ltum vel incultu m, amena vel pr atis [...]
151
148
Contamo s con los siguie nt es docu mentos sobre Ca lve ra: DO, doc s. 4 , 15 , 34, 35, 42 , 43 y 56;
CDO, doc. 1 , 4, 103 y 1 04.
149
S obre los f ormu larios no tariale s que se empleaba n pa ra describir e stos biene s r esulta e sencial
el traba jo de Z
IMMERMANN
, Écrire et lire (esp. t. 1, pp. 175 -284) .
150
CDO, doc. 1 6 ( 1010) .
151
DRI, doc. 9 3 (1 059).
91
La villa como marco de actuación de una comunid ad campesin a
Hasta aquí me he in tentado acercar a e stas ald eas altomedieva l es com o una
realidad territorial y como una unidad dominial. A continuac i ón voy a abordar su
componente social, pu esto que, a n te todo, se t rataba de u n colectivo h umano que
compartía el lugar de residencia. Ahora bien, si las ev idencias docu mentales son
siempre esc asas, aún lo son más en éstos aspectos ( al f in y al cabo, las alusiones a las
villas no solían te ner más objet ivo que exhibir el dominio que se e jercía sobre ellas).
La i dea dominante dur an te largo t iempo entre los h istoriador es, condensada
por Rober t Fossier en su obra Enfance de l ’Europe , h a sido que, para que un grupo
campesino c ristalizase como c omunidad, era necesaria la pre senci a de c iertos
elementos de atracción y agregación, c omo e l castillo y la parro quia, o de un a
identidad l egal propia
168
. La alternativa a esta idea, en b uena medida proveniente del
campo de los arqueólogos, ha considerado la agr upación del hábitat como un i ndicio
suficiente para afirmar la existencia de una colectividad, con todo lo q ue ello
conlleva
169
. P ese a que este trabajo se fundamenta casi exclusivamente en testi monios
escritos, creo q ue hay bastantes in dicadores tanto en Ribagorza como, en general, en el
Pirineo ce n tral, para postular po r la hipótesis arqueológica como opción más
plausible
170
.
La cooperación de los vecinos se evidencia de diversas maneras: en los indicios
de l a gestión colectiva de las áreas comunes dentro del término aldeano, en la creación
de terrazgos especializados, en la distribuc i ón de las propiedades famili ares en varios
de estos emplazam iento s para diversificar la producción y minim izar los riesgos
meteorológicos, etc.; estos fenómenos, que se trata rán con más detenimiento cuando se
describan las estructuras agrarias, h acen pensar que los espacios y cal enda rios agrarios
eran, al menos en parte, planificados colectivame nte. Además, la vec indad de l as
residencias debía de o bligarles, necesariament e, a activar otros mecanismos de
coordinación en la gestión de a spectos tan obvios como el aprovisionamie n to de agua,
el cuidado de l a salubridad o el manten imie nto de las áreas de paso. Por otra parte, los
rollos de Benas que y Ballabriga muestra n const antemente l a cohesión interna de sus
habitantes, pese a q ue las comunidades no aparezcan interviniendo c olectivame nte
más q ue para revalidar algu nas trans ferencias de bienes; por ejemplo, la mayoría de las
actas de Benas que y la totalidad de l as de Ballabriga re cogían acciones suced idas
dentro de la propia localidad, a lo q ue se sumaba que los testigos se reclu taban en el
vecindario. Esta s cuestiones se de sarrollarán en el sigu iente capítulo.
Las alusiones explícitas al colectivo q ue confor maban todos los h abitantes de
una son escasas, y aún lo son más las ocasiones en q ue aquel es un agente activo en los
actos contenidos por los textos. La ocasión en q ue esto se hac e con más precisión es la
donación de dos i glesia s que los vecinos de Erdao junto a un se nior hicieron a Santa
168
F
OSSIER
, La infancia , pp. 1 91-19 7.
169
Z
ADORA
, “Le village” ; F
RANCOVI CH
y H
ODGES
, Villa to villa ge , pp. 1 1-30 .
170
E s i nteresa nte l o que se a p unta en W
ICKH AM
, Community a nd client ele , pp. 1 92- 197, una vis ión
comparativa sobre la fuerz a de las comunidade s local es en d iferentes á mbitos eu ropeos.
92
María de Obarra en 1018; por ejemplo, en la firma se c omprueba clarame nte el carácter
colectivo de los otorg antes
171
:
Signum Galindon is, filio Qui nton i, et conjux mea Balla, simul cum cuncta nostra
vicinitate, tam majores quam minores, tam viri q ua m femine, tam pu eri quam puelle,
unanimiter et un a voluntat e.
Respecto a esta localidad, el hech o de que sea una de las aldeas más meridiona les de
Ribagorza y, po r ello, más próximas a la f rontera islámica, pudo favorecer que se
organizase en fechas par ticularmente tempranas. La consagració n de la iglesia de
Visalibóns tambié n fue pr omovida por “todo s los hombres” ( omne s homines ) de l a
aldea: ellos mismos son l os otorgantes del ac ta de c onsagración y dotación, un hecho
que el escribano reflejó mediante un curioso anacoluto q ue muestra la personifica ción
del colectivo: e go, illos b onos homines de Villa Lupon s
172
. Con menos precisión, se alude
también a la comunidad en una donación de Ballabriga que está testificada por cuatro
individuos, a l o q ue se sumaron alii vicini multi , lo q ue debe reflejar algún acto del
vecindario para refrendar la tra nsferencia
173
. Otro documento, l a creación de Santa
Cecilia de Foradada alude a una viña situada in convento omnium vicinorum qui e rant
tunc in Foratata , recur riendo a una palabra ( convento ) empleada también en otras áreas
peninsulares en este peri odo para expresar la misma idea de colectivo, aunque el hecho
de q ue s ea un texto manipulado posteriorment e obliga a ser prud ente con sus usos
léxicos
174
.
En defi nitiva, la aldea ya era un marco de actuación comunitaria y c oop erativa
de los campesinos q ue la habitaban, a pesar de q ue la comunidad de vec inos en sí
misma todavía estuviese lejos de tener un sentido j urídico e institucional. El desarrollo
de la parro quia y el castillo hubieron de favorec er este proceso, pero esto no significa
que las soli daridades en la vi lla fuesen el pro ducto de una imposición desde arriba,
puesto que hay aspectos de esta conv ivencia que son inherentes al hábitat agrupado, y
que escapan comp letamente al registro escri to.
2. 1. 4. De la vi lla altomed ieval a la aldea po sterior
Tras la descripción del esta clase aglomeraciones campesinas altomedieva l es, se
va a terminar observa n do brevemente cuál fue más f recue ntemente su posterior
trayectoria, que resulta de interés tanto para comprender el hábitat rural de l as
171
CDO, doc. 2 9.
172
CDO, d oc. 1 38. Ca be advertir que el resto del contenido del te xto hace pensar que, con la
expresión bonos h omines , el escriba no se refer ía a los cabez as de familia.
173
CDO, d oc. 97. La a probaci ón c olectiva de actos que a fectab an a la c omunidad s e manifies ta
en esta mi sma época las c oma rcas má s occide ntales de l Pirine o ara gonés a través de las “ aliala s”
o “lifara s”, e studiada s en L
ALIENA
, “ Sicut ritum est ” .
174
Apéndice , doc. 2 .
93
centurias siguientes, como para cualquier análisis regresivo de los pais ajes de la A lta
Ribagorza. Par a ello, se han tomado los valles de Beranuy y B enasque com o guía.
En primer lugar, la excelente documentació n del valle de Beranuy ha permitido
describir con bastante precisión el poblamie n to de los siglos X y XI, como se h izo más
arriba y se sintetizó en el mapa 8. Si se compara n dichos resultado s c on el panorama
que se detecta más adelante ( se puede tomar como referencia los textos bajomed ievales
de Obarra, l os fogajes aragonés de 1381 y 1495, o incluso la situación de mediados del
siglo XX), se comprueba q ue predomina l a continuidad en los lugares de hábitat; de
hecho, las escasas excepciones están más asociadas c on las crisis de finales del
Medioevo que c on cualquier otro acontecimiento posterior al año 1000. De las q uince
aldeas atestiguadas en el cambio de mile nio, por una parte, desapareciero n Fornóns y
Visarricóns dura nte los siglos XIV o XV, y, por la otra, aparecieron otras cuatro: San
Aventín y Magarrofas, que posiblemente tenían un origen s imilar a las anteriores a
pesar de que n o se atestigü en antes de 1100, mie ntras q ue Torrelarriber a, Farrerías y
Fontiellas sur gieron ex novo en tor n o al si glo X III como barrios dependientes de los
pueblos más antiguos, con el objetivo de aprovechar las modestas llanuras ribereñas.
No cabe duda de que l as tran sformacion es h abían sido considerables y que las aldeas
del siglo XIII tendían poco de ver con las que las precedieron; sin embarg o, creo que se
debe retener la idea de que en el añ o 1000 el armazón del hábita t del valle estab a
prácticamente co nfigura do.
Si atendemos al caso de Ben asque, descubr imos unos r esultados muy par ecidos:
el rollo de Benasque y los diezmos de Castejón ilumina una red de veintidó s al deas en
el si glo XI, frente a las veinticinco que h a habido desde el siglo XIV hasta nuestros días;
también es signi ficativo que n o s e documente n ingún despoblado durante el último
milenio. De nuevo, cabe apuntar q ue la temprana f ijación de los puntos del h ábitat no
supuso en ningún modo el punto final en la evol ución del paisaje: Castejón de Sos era
el n úcleo rector del sur del valle en el siglo XI, en 1300 estaba semiaban dona do y en
1500 había recuperado sus funciones; caserío de El Run se desplazó varios cientos de
metros, desde la erm ita de Gracia hasta su ac tual posición; cerca de Sos, Sesué, Eriste o
Villanova se encuentran temp l os romá nicos aislados que deben de ser el último
vestigio de barriadas de s aparecidas; etc. En cualquier caso, se puede afir mar q ue los
principales e lementos que configuraba n el hábitat estaban e n el siglo XI, y que
posteriormente se produjeron cambios en los mismos al ritmo que lo hi zo el poder, la
economía o la socied ad.
Por lo tanto, se constata una relativa estabilidad en el poblamiento de la Alta
Ribagorza a partir del año 1000, i gual que s uced ió en otras comarcas del Pirineo. P or
ejemplo, P ierre Bonnassie lo observa en el con dado de U rgell a partir de las parroquias
citadas en la consagración de la catedral homónima en 839 (este autor ignora que esa
lista era una in terpolación del siglo X, aunque eso no altera ninguna de sus
conclusiones)
175
, mientras que Jordi Bolòs hace lo propio en el Pallars Sobir á, Roland
175
B
ONNASSIE
, Cataluña m il años , pp. 27- 30; B
ARAUT
, “La data ”.
94
Viader en Andorra, o Juan José Larrea en Navarr a
176
. Entre otras posibles explicaciones
de este fenómeno, cabe destacar la existencia de grandes c ondi cionantes orográficos en
esos valles de alta m on taña, que restringía n los posibles espacios habitados y
cultivados, obli gaba n a que los primeros n o invadiesen lo segundos (generalme n te
escasos) e imponían unos límites al crecimiento muy ac usados; además, con el tiemp o
se desarrollaron algunos mecan ismos sociales que favorecieron la perduración física y
moral de las células campesinas.
Para terminar, cabe añad i r que esta clase de al dea s que agruparon a l a mayoría
de la población del Pirin eo durante más de un milenio tenían unos rasgos morfológicos
comunes, q ue ya han sido enunciados más arriba
177
: planos inorgá n icos, fal ta de
planificación, ausencia de elementos q ue fijasen l a població n, etc. Este hecho ha
animado a al gu nos historiadores a definir una categor ía de hábitat rural que reune esas
características, a la que se han otorgado denominaciones como “village à maisons” o
“poble obert”, cuyos elementos distintivos se explica n tanto por sus orígenes c omo una
simple agregación de casas, como por su evolución posterior, basada en las peculiares
estructuras famil iares pirenai cas
178
.
2.
2.
E
L HÁBITAT DISPERSO EN LA
R
IBAGORZA
M
EDIA
Al sur de las zonas de alta montaña en donde predomi naba el hábitat
congregado en forma de pequeñas aldeas, y al norte del territori o con trolado
establemente por Al-Ándalus, se extendía, de este a oeste, una franja de tierras en
donde el poblami ento campesino se caract erizaba por la di spersión, q ue se
corresponde co n lo que e n este trabajo se d enomi na Ribagorza Media .
Antes de comenzar, se debe apuntar que, durante mucho tiempo, h a existido u n
tópico en tre los historiado res, según el cual esta man era de organizar del territorio
rural se percibía como un síntom a de arcaismo o subdesarr ollo propio de las áreas
periféricas y marginales, mientras que la agrupac i ón de las famil ias era valorada como
un in dudab le paso adela n te en el progreso de cualquier sociedad. Frente a esa v isión,
otros estudios más recie ntes h an puesto en evide n cia q ue el h ábitat disgregado ha sido
importante e incluso hegemónico en numeros as regiones euro peas, sin q ue exista
indicio alguno de que eso sea la consecuencia o el desencadenante de nin gún atraso
176
V
IADER
, L'And orre , pp. 29- 36; B
OLÓS
, “Châtea u et église”, p. 10 4; L
ARREA
, “Orígenes de l
poblamient o”, p . 20 4.
177
La f alta d e regularid ad co mo cara cterística e s ig nora da, por ejemp lo, en e l más exha ustivo
estudio de la m orfología del hábita t aragonés (B
ETRÁN
, La forma ), f rente a lo que pasa, por
ejemplo, e n el bien e studia do ca so inglés (R
OBERTS
, The making ).
178
C
URSENTE
, “ Le village pyrénéen”; B
ERTHE
y C
URSENT E
, “ Grille de de scription”. En B
OLÒS
, E ls
origens , pp. 170- 171 , se si ntetizan alguna s de estas car acterí sticas morfológica s. Otros casos
locales sobre el Pirineo c atalá n: R
OIG
y R
OIG
, “Formes de Po blame nt”; A
DELL
y R
IU
, “Formes
d’urbanis me”.
95
estructural
179
. En este sentido, se deben destacar los grandes avances que se h an
producido en el conocimiento de l as masí as catalanas, la forma de hábitat dominante
en un extenso espacio de la Cataluña septe n trional, del cual Ribagorza no supone más
que una prolo ngación hacia pon i ente
180
.
2. 2. 1. Las fuentes de información.
Características de la documentación: l a dotación de i glesias.
Algunas de la s área s de la Ribagorza Media en donde preponder aba la
dispersión del hábitat cuentan con una documentación escrita relativam ente rica, q ue
tiene dos procedencias muy distintas. P or una parte, las colecciones diplomáticas de
Alaón, Obarra o Lavaix ofrecen unos pocos textos referidos a sus propiedade s en estas
zonas (por ejemplo, el monasterio de Obarra controlaba un buen número de unidade s
campesinas en el términ o de Fantova); sin embargo, la información es escasa, ya q ue
sus dominios se concentr a ban en los valles septentrionales, salvando quizás el caso de
Alaón, que estaba a medio camino entre ambas áreas. Por la otra, un buen n úmero de
actas de consagración y dotación de iglesias ta mbién recabaron en eso s archivos, a
pesar de tener un origen completame nte distinto
181
.
El in terés de la segunda clase de textos radica en que solían venir acompañadas
de largas series de pequ eñas dona ciones de bi en es inmuebles ( en su mayorí a rústicos)
con la finalidad de dotar la iglesia y sus presbíteros con los recursos necesarios para su
mantenimiento. Se conocen dieciséis de estas actas datadas entre los años 957 y 1138
(compiladas en la tabla 2) , pero de varias de ellas no con servamo s e l original, sin o
traslados diecioc h escos, y, desafortunad amente, lo s eruditos de aquel t iempo omitieron
casi siempre la copia de la parte que más nos interesa, ya que, desde su perspectiva, se
consideraba u n fragmento ta n largo como carente c arente de valor h istóric o (así sucede
con las de Campo, Serraduy o San t Pere de Lastanosa). Cabe apuntar que las últimas
actas tiene n una cronologí a demasiado avanzad a para este capítu lo, p or lo q ue sus
datos se tomarán con pr udenci a, especialmen te en las ocasio n es en que difieran con las
más tempranas.
Se puede al egar que esta distinción entre los sistemas de hábi tat de l a Alta y l a
Media Ribagorza podrí a ser una deformación, generada por el empleo de estas
tipologías documentales tan diferentes, pero creo q ue es más plausible el razonamiento
inverso, es decir, considerar q ue la disparidad de estos registros escritos era una
consecuencia de las diferencias en el poblamiento y en las estructur as sociales. A l fin y
179
Sobre la t oma e n co nside ración de la importa ncia del hábita t di sperso en las soc iedad es
medievales occide ntales, es interesa nte el v olumen co lec tivo: C
URSENTE
, L’habitat disp ersé .
180
Una v isión gener al y re ciente sobre los mases y su i ma gen tópica e n: L
LUCH
, “De nuev o sobre
los mansos” .
181
La mejor complilació n de esta clase de documento s s e concentra en Pallars y U rgell: B
ARAUT
,
Les actes d e consagracio ns .
96
al cabo, las extensas enu meracion es de do nantes q ue siguen a las consagraciones de las
iglesias meridionales son comprensibles al provenir de un c ampesinado desperdigado
por el territorio, de modo que precisaba de un acto deliberado para vincularse al centro
religioso de n ueva creación al que q uisiese acudir para recibir los sacramentos o asis tir
a las celebrac iones litúrgicas. Por el contrario, en l os valles septentrionales del c ondado
la as ociación a una parr oquia ( aunque sea aún al go temprano para hablar con
propiedad de templos de esta c ategoría) dependía esen cialme nte de la residencia física
en una aldea, motivo por el que en las dotac iones no intervenía n normalmente más que
sus promo tores.
La utilidad de la to ponimia doc umental y actual.
A diferencia de lo que sucede en el área septen trional, e n este segundo espacio
no hay elementos léxicos extendidos q ue faciliten la identificación de una determinada
forma de h ábitat, una heterogeneidad que supone, en sí mi sma, un rasgo definitorio;
de hecho, h asta finales del siglo XI no se generalizó el término c aputmansum para
calificar de modo genérico a cada una de estas explotaciones familiares dispersas. En
consecuencia, esos asentamientos recibían una gran variedad de calificativos, como
villar , casam , coll um , podium , guar diam … y eso cuando lo hacían, ya que, en la mayor
parte de las ocasio n es, l os topónimos estaban desprovistos de cual quiera de esos
sustantivos categori zadores, un hecho que increme nta las dificultad es del análisis.
La primera mención del topónimo c on el que se designa un h ábitat plantea un
problema metodológico crucial: ¿es suficiente indicio para ac eptar que en ese momento
ya era un asentamiento estable? La antroponimi a n o ayuda a resolver esta dif icultad,
ya que los individuos y las familias no empezaron a ser identificados con el nombre de
su explotación dispersa an tes del año 1100. Por poner un caso, en el térm ino de Güel,
en el curso inferior del río Isábena, se puede documentar ininterrum pidamente la
existencia de dos masías, llamadas de Balasanz y Trespueyo desde el siglo XIII hasta
nuestros días; a media dos del siglo XII esos nombres ya s e atestig uan en los
antropónimos Arnal de Balasanz y Ramon Miro de Tra spuyo en el c ampesin a do del l ugar,
lo q ue permite af irmar que recibían el apelativo de las casas donde vivían; por último,
si nos remo ntamos a 996, f echa en que se consagr ó Santa María de Güel, los topónimos
no se utilizaron más que para situar algunos de los bien es q ue se donaron a la
parroquia, como era un cañamar in Balasanc o una tierra in Traspugo
182
. Aunque es
evidente que sólo ten emos la seguridad de que esos hábitats existían desde la
duodécima centuria, parece razonable aceptar en el siglo X ya existía un asentamient o
que daba nombre a las modestas superfi cies agrícolas de su entorno. En resumen, el
historiador ha de partir de un panorama repleto de indicios confusos para tratar de
extraer u nas mínimas cer tezas.
Uno de los términos más habituales para los hábitats altomedievales d e esta
zona es v illar , que, a pesar de tratarse de un derivado sufijado de vill a , no suele
confundirse con ésta. La distinción entre las reali dades materiales que había tras ambas
182
CC(II) , doc. 3 16; a péndice, doc. 2 6.
97
palabras es simi lar a la que se ha señalado en Cataluña
183
. El vi llar siempre tenía una
categoría inferior a la villa , y además su inestabilidad a largo plazo era
considerableme nte superior, como se desprende del hecho de q ue la m ayoría de l os
villares do cumentados en la Alta Edad Media desapareciese n y se perdiesen en los
escritos más al lá del siglo XII (a dif erencia de las v illas ). En numerosas ocasiones, se
indica su perte nencia a un individuo mediante fórmulas como ipsum villar e de Enechone ,
con la que el esc ribano parece estar expresando una relación de propiedad en vigen cia
y n o un topónimo; ade más, si consideramos que ese lugar, c omo muchos otros con
denominaciones parecidas, eran pequeñas explotaciones aisladas, se p uede deducir
que Enechone (o el nombre que f uese) correspondía al ca beza de familia
184
. A hora bien,
entre los siglos XII y XIII la palabra perd ió completamente su antiguo valor semántico
como un tipo asentami ento caracterí stico, y que dó fosilizada en la de nominación de
algunas explotaciones dispersas o, con más frecuencia, en la de un buen n úmero de
espacios agrícolas en los q ue, presumibleme n te, se ubic aban antiguos h ábitats de esta
categoría.
La pala bra collum (de donde provienen las f orma s romances “coll” y “cuello”)
también se empleaba con fre cuencia para deno minar los hábitats de esta zo na; e n
realidad, el término se puede aplicar a qualquier pequeña elevación del terreno, pero,
por metonimia, su uso s e tendió a restringir a los asentamientos que se hallaban en tal
posición durante la Alta Edad Media
185
. En una úni ca ocasi ón se utilizan los términos
collum y villa para el mismo asen tamiento, esto es, la masía de Sonali, cerca del actual
pueblo de Cajigar; el uso del segu ndo término podría ser una reminiscenc ia de su
antiguo valor semánt i co como ex plotaci ón unitaria, o tal vez la consecuencia de que er a
un hábitat de may or envergad ura
186
.
Los documentos son parcos al expresar la realidad material de estos “cuellos”,
pero parece que, al igual que los villares , se trataban de hábitats de modestas
dimensiones, aunq ue el collum se distinguía de aquellos por la ubicación en altura. Se
debe hacer notar que, pese a q ue el número de ejemplos en el q ue n os movemos es
limitado, se observa una men or i nestabilidad q ue en el caso del vill ar , ya que bastantes
de estos “cuellos” altom edievales han perdur ado hasta nuestros días como
explotaciones f amiliares dispersas que, a veces, incluso mantienen l a propia palabra en
su topónimo; por ej emplo, las masías de Cusumata y Cusilari, ambas en Güel, deriva n
etimológicamen te del Collum de Mata y el Collo de Lal , respectivam ente; dentro del
término de Fantova, l as Cusigüerto y Colloliva d e Fantova lo h acían de Collo de Orto y
Collo de Oliva ; y en Monesm a se conserva la casa de Calachoa, que provie ne de Collo de
Agosa , h aciendo referencia a un topónimo atest i guado en el siglo X (ve r el mapa 5).
183
M
ARTÍ
, “Del f undus a la parrochia”; P
ITZ
, “Villar e”.
184
DR, d oc. 15 . Co mo se ha visto, a lgun os top ónim os de villas estaba n igua lmen te formad os
sobre antropó nimo s, pero en este ca so solía n ser for mas fosiliz ada s tie mpo atr ás que se han
perpetua do hasta la actua lida d.
185
S e debe a dvertir que el tér mino sigu ió empleán dose ocasional mente para designar al
accidente to pográfico, de n o te ndrí a sentido recurr ir a la distribuci ón actua l d el t opónimo para
analiza r el poblamien to me dieval.
186
DR, doc. 6 .
98
Igual que pasaba co n el vocablo villar , el co llum estaba f recuenteme nte vinculado a
individuos concretos mediante expresio nes como ipso Collo de Gifred Bonus o Coll o de
Duraldes , a los que c abe suponer su pr incipales ocupantes
187
.
Otros términos, como podium , guardiam o turrem y sus f ormas derivadas, fueron
igualmente comunes pa ra designar a los hábita ts dispersos de este espacio y solían
tener el mismo matiz que coll um respecto a su ubicación en lugares elevados; también
en estos casos es h abit ual que estuviesen acomp añados de nombres propios como
síntoma de la apropiació n del espacio por parte de determinados ind ividuos. Por
ejemplo, en Güel aparece ill a Guardia de Bajone y Pujo Valdane en 996, y en el si glo XII
emergen en los textos unas masías de Pujo Comtor y Guardio la , en San Esteban del Mall
estaba illo Po jo (donde había una chasa y un or re um ) y el Pojo Saturnini , en Mon taña na
illa Torre de Rich a rd , y en Fa ntova illo Pojo de Vil larciello
188
; la lista de testimonios se
podría conti nuar con un buen número de casos.
En definitiva, al sur del área dominada por l as aldeas, se extendía un amplio
territorio cuyo poblami ento carecía de unos patrones h omogé neos de o cupación d el
espacio, de manera que c oexistían f ormas de h ábitat muy diversas, igual que lo era l a
terminología q ue se utilizaba para designar l as. La única característi ca qu e se puede
aplicar a toda la regió n es la dispersión de los asentamientos campesinos.
2. 2. 2. Característi cas del hábitat d isperso.
El área de predo m inio
Las menciones en l a documentación medieval a las anteriores palabras se h an
plasmado en el mapa 10, lo cual, unido a l resto de in formación escrita y al an álisis de
los paisajes actuales, permiten definir aproximad amente el espacio geográfico que se
caracterizaba durante la Alta Ed ad Media p or el h ábitat disperso. Como límite
septentrional aparece n, de nuevo, las barreras monta ñosas q ue separa n la Alta y la
Media Ribagorza, a l norte de las cuales la poblaci ón estaba mayoritar iamente agrup ada
en forma aldeas.
Más conc retam ente, este tipo de poblamiento se verif ica, en primer lugar, en
todo el valle medio del río Isáb ena, agua s abajo de Serraduy , un espacio iluminado por
las consagraciones de cinco templos, datadas alred edor del año 100 0, las cuales of recen
datos completo s y simila res sobre Güel, Roda o San Esteba n del Mall; aqu í se observa,
mejor que en cualquier otro lugar, el contraste con el mundo aldea no que había en el
valle de Beranuy, inmediatame nte al norte. En el extenso término castral de Fantova se
atestigua un panorama muy parecido, como muestran unas pocas ac tas de Obarra de
los siglos X y XI y, sobre todo, la dotación de la parroquia de Santa Cecilia, de 1103.
187
CC(II) , doc. 3 16 (996 ); CPRA, doc. 2 7 (ca. 1100).
188
CC(II) , doc. 3 16; DR, doc. 6 y 1 45; CPRA, d oc. 27 ; DO, doc. 25 .
99
Casi no tenemos docu mentos para los e spacios emp lazados al oe st e y al n orte de
Fantova, aunque al guno s datos posteriores permiten sospechar que en los altiplanos
que rodean el curso del Ésera en los distritos de Panillo, Perarrúa o Santa Liestr a
preponderaba la disp ersión, mientras que en las estribac iones de la sier ra de
Esdolomada se incrementaba la agregación en for ma de aldeas como Erda o, A venozas
o la propia Esdolom ada, si bien intercaladas con explotaciones aisladas. A levante del
río Isábena el hábitat presentaba una total disgregación en las llanuras elevadas de
Monesma o Castigaleu, o en los distritos más accidentados de Montañana o Viacamp;
sin embargo, conforme se asciende hacia la sier ra de Sis, las masías comienzaba n a
intercalarse con modest as agrupaciones de cas as , como sucedía en l os términos de
Cornudella o Arén.
Este espacio manifiesta un relieve algo menos abrupto que en los val les más
septentrionales, con estribaciones montañosas que apenas rebasan los 1.500 metros de
altura, y unas alturas medias sensiblemente inferiores. El paisaje presenta dos caras
muy distintas: por un l ado, una intrincada red de f ormaciones erosivas, con pequeño s
pequeños valles y sierras que dejaban unas superficies escasas para los cultivos de una
cierta extensión, y que imponían q ue el espacio agrícola estuviese compartimentado en
M
APA
10. Distribució n de los hábitats que eran ca lifica dos co mo “cuell os” o
“villas”, o tenía d ichas pala bras en e l topónimo, e ntre l os ss. X y XII.
100
unidades reducidas; por el otro, estaban los altiplanos q ue rodean el río Ésera o la
extensa planicie de l a cab ecera del río Cajigar, en donde sí que existí an grandes
terrazgos compactos. En consecuenci a, el co ndicionante geográf ico (sobre todo, l a
segmentació n de las zonas cultivables) h ubo d e favorecer el desar rollo del hábita t
disperso, pero no fue el único factor determinante para ello, ya que de otr o modo no se
explicaría que ese tipo de poblamien to también se diese en el segundo de los paisajes
que han descrito e n este párrafo
189
.
Por otra parte, los textos i nmediatamente posteriores a la c onquista cristiana de
la Baja Ribago rza mues tran que el poblamient o disperso, parecido al que se está
describiendo aquí, se prolongaba h acia el sur por términos c omo Lascuar re, Laguarres,
Capella, Via ca mp, Tolva o Benabarre. Como es sabi do, carecemos prácticamente de
documentación latina alt omedieval relativa a esta zona meridional, puesto que, en este
periodo, la reg ión se situaba ba jo el d omin io de los husun anda lusíes. A título de
hipótesis, se puede plantear que al gu nos d e aquel l os pe queños asentam ientos
campesinos n o se c rearo n tras la conquista arag onesa, sino q ue ya estaban habitados
previamente. En con secuencia, l a principal diferencia con l o que sucedía en la
Ribagorza Media era q ue, en lugar de integrarse en las nacie ntes estructuras
territoriales y políticas cristianas, lo hi cieron inicialmente en las del ámbito islámico.
Para apoyar e sta idea s e pueden aportar var ios escritos q ue muestra n in dicios de
continuidad de la población autóctona en dos circunstancias históricas muy distin tas :
en primer l ugar, sabemos que en la Baj a Ribagorza permanecía una población
mozárabe abundante , como atestigua un conocid o pleito en tre los vecinos cristianos de
Aguilaniu y l os de J useu de 987, relativo a un po zo de sal, o una donación de 1086 por
la q ue el obiso Julián de Zaragoza entregó a la di ócesis de Roda n umeros as iglesias que
le pertenecían, como eran l as de Estada, Estadilla, Canalís, Calasanz o Aguilaniu
190
. En
un segundo momento , n umerosos de sus descendientes, arabizado s o no, se
reintegraron en el mu ndo cristiano tras la conqui sta cristiana de la región en el siglo XI,
de lo q ue dan f e v arios textos, como uno referido al castill o de Lumbierres, al sur de
Graus, según el cual parte de sus habitantes se pasaron al bando cristian o al comienzo
de las hostilidades, lo que les permitió conse guir algunas franquicias de Sanch o
Ramírez en 1079
191
.
La densidad de l hábitat y lo s rasgos de sus e m plazamie nt os
La densidad de los asentamiento s altomedievale s es difícil de definir, desde el
momento en que la ma yoría de los in dividuos mencionados en las dotaciones de
iglesias carecen de indicaciones que permitan asociarlos con un hábitat concreto, a
diferencia de los textos septentrionales en los que l a mayoría de los individuos se
189
Al respec to, ca be i ndicar que el estud io d e Ma x Da umas ofrece una v isión e xc lusivamente
geográfica del hábita t dispe rso (D
AUMAS
, La vie ru rale , pp. 1 58-15 9).
190
CC(II) , doc. 2 70; a péndice, doc. 8 .
191
CDSR, d oc. 55. Por otra pa rte, una inscr ipción a ctual mente muy d eteriorad a en la iglesia de
San Romá n de Ca stro d e ja constancia de la exi stenci a d e un A ndreas d iaconu s e n el añ o 100 2
(I
GLESIAS
, Arte Religioso , v ol. I.1, p. 186).
107
con unas trazas construc ti vas más propias de los si glos XII o XIII
199
. A ún cuando eran
abundantes, p arece segu ro que sólo una pequeña parte de los asentamien tos en tenían
uno, de f orma q ue su presencia se debe considerar un indicio de jerarquización entre
ellos. Además, muestr an la autonomía de esas unidades domést icas frente a
estructuras organizat ivas eclesiásticas más amplias, particular mente las grandes
parroquias al tomed ievales. Es probable que la pr esencia de esos t emp los tuviese varias
implicaciones sociales para los ocupantes de las células campesinas: permitirí a evitar la
progresiva imposición de los diezmos canónicos, al permitir que fuese cobrado por un
presbítero de la f amilia, de modo parecido a l o que pasaba en las abadies gascon as, lo
que darí a lugar a algunos conflictos que se pro longaron hasta el siglo XIII; también
suponía una c ierta emancipación frente a las elites q ue dominaban las gra ndes iglesia s
locales; y además, se pudo traducir en el mantenimie nto de las n ecrópo lis junto a los
lugares de hábitat, tal c omo sucedía en buena parte de Eur opa an tes del año 1000,
aunque sólo l a arqueo logía podría confirmar o desmenti r esta h ipótesis
200
. La
consolidación de las parr oquias, sobre todo en la segunda mitad del si glo XI, supus o
necesariame nte el comienzo de la pérdida de funciones de estos pe queños orator ios.
El anterior párrafo per mi te aportar un primer matiz a la imagen de una
sociedad plana, dominada por células campesi n as alodiales largamente autónomas ,
que sin duda es demasiado esquemática, e igno ra cualquier atisbo de su misión o
desigualdad so cial. Esa percepción podría tener un fondo de realidad, ya que el grado
de estratifi cació n social era in ferior en esa época q ue en las venideras, particularmente
en este territorio fronterizo , pero no cabe duda de que el registro la inc rem entaba: las
propias dotaciones de iglesias no aportan más q ue l istados d e individ uos, sin hacer
ninguna alusión a las rel aciones que existí a n entr e ellos.
Los indicios de jerarquías se limitan a la alusión de unos algunos asentamientos
que ten ían mayor imp ortancia que el otros, lo que obliga a admitir que existía n
vínculos de dependencia entre ell os y, sobre todo, en tre las personas q ue h abitaban en
cada uno de ellos. Los pe queños oratorios rústicos que acompañaban a algunas masías
son un primer indicio de la prepo n derancia social de unas el ites locales; es razonabl e
pensar q ue estas casas n otables tuviesen un cierto ascendiente sobre otras cél ulas
cercanas que carecían de ese el emento. En tre los bi enes con q ue se dotó San Vicente de
Roda en su segunda consagr ación, alrededor de 1030, aparece una estructu ra domini a l
bastante más compleja:
ipsum palacidum cum ecc lesia Sancti Marcialis et ipsum alodium quod ad ips um
palacium pertine t
201
199
En e ste se ntid o, es in teresa nte el caso de la er mita de Sa n Sa turnino d e Sa n Esteb an del Mall :
el ha giot opónimo se menciona e n la con sagrac ión d e la iglesia pa rroquial de San Esteban, a
finales del siglo X, l o que hace pensar q ue ya exist ía un sencillo ora torio (D R, doc. 6 ). Sin
embargo, la lipsano teca muestra que f ue con sagrad a en 1124 (B
OIX
, Ribagorça a l’Alta Edat
Mitjana , t. 2 , p. 305); las menguad as ruinas actuales de l edificio muestran un te m plo con rasgos
populares, si milares a cual quiera d e los ci tados.
200
Z
ADORA
, “The making”.
201
DR, doc. 1 8.
108
Los palacios rurales altomedievales en el centro de domini os señoriales o públicos, y
servían para c once ntrar l os excedentes que provenían de su entorno
202
. Más
concretamente, aquel lugar correspondía con la actual ermi ta de San Marcial de
Carrasquer, emplazada sobre una colina que dominaba una zona agrícola en la q ue se
atestiguan varios asentamientos dispersos en los siglos X y XI, den tro del término de
Roda de Isábena; seguramente se trata ba de una gran caso na rural desde la que se
ejercía un laxo control sobre l as más modestas masías que había en su entorno, que se
expresarí a en la entrega de al gunas rentas o en la asistencia a los actos litú rgicos q ue
allí se organizaban. En 1010 se cita otro Palaço en las proximidades de La Puebla de
Fantova, vinculado a un a i glesia dedicada a San Cugat, identificable con la casa q ue
aún h oy recibe el nombre de “P alacio”
203
. Las pequeñas dimensiones y l a reducida área
de infl uenc i a de estos ejemplos ribagorzanos h acen pensar q ue estaban en manos de
algunos n otables locale s, tal vez a cambio de protección, todo ello dentro de la
informalidad que caract erizaba todas l as relaciones sociales en la época; en c ualquier
caso, esta idea resulta más verosímil q ue su atribución a un potente f isco estatal emira l
o carolingicio, como se ha su gerido recientemente
204
.
Un último indi cio del desarrollo de la estrati ficación del poblam iento es la
aparición de u n a incipi en te jerarquía m ili tar e n términos como Fa n tova, donde se
menciona un castrum per teneciente al miles Isarno en 947, q ue no tiene por qué ser el
antecedente del castillo del siglo XI, si no cualquiera de las células domésticas
importantes situadas en alguna elevació n ; en 100 2 se citan otros dos milites en el mismo
lugar. Ahora bien, n o parece que antes del prime r tercio del siglo XI se configurase una
aristocracia estable al frente de una sólida red castral: la aparición de esos elementos
marcará el punto de inflexión en el desarrollo de l as jerarquí as sociales y territoriales
que condujo, más ad elante, hacia el feudal ismo
205
.
En resumen, detrás de la aparien cia igualitaria de los asentamientos disperso s,
se vislumbran algunos indicios de estratifica ción, como la prese ncia de algunos
edificios emblemáticos (pequeños templos o palacios) o de individuos que sobresalían
entre los vecinos ( milites ). Ahora bi en, estas dife rencias no deben h acer olvi dar ni la
ausencia de una elite du radera, capaz de contr ol ar y modificar la org anización del
espacio, antes del siglo XI, n i tampoco que l as largas enumeraciones de campesinos de
Güel o San Esteban del Mall expresa n q ue un rasgo distintivo del hábitat disperso de
este período era que estaba ocupado por una población rural relativame n te autónoma
y con unas desigua ldades internas inferior es a las que se observar ían más adelante.
202
G
ARCÍA DE
C
ORTÁ ZAR
y P
EÑA
, “El palat ium ”.
203
CDO, doc. 1 2 y 2 2.
204
Pierre Bonnassie o Ramón M artí, han def end ido que l os pala cios que ab undan en la
documenta ción ca talana de la época era n vestigi os de los gra ndes do minios f isca les visi godos
(B
ONNASSIE
, Cataluña , p p. 58-6 0) o incluso emira les (M
ARTÍ
, “Palaus o a lmúnies”).
205
S e debe a dvertir que los textos d e Oba rra re lativos a Fa ntova pla ntean nume rosas d udas
respecto a su au tentic idad; el hecho de que de vario s de e llos se co nserven cop ias de l sigl o XII
permite supo ner que, cua nto men os, de ser fa lsos, muestran una realida d cr onológica mente
próxima a la época a la que se atr ibuye (es e l caso de DO, d oc. 25 ; CDO, doc. 2 y 22) .
109
2.
3.
L
OS MARCOS TERRITORI ALES SUPRALOCALES
Una vez descritas las estructur as de h ábitat, se van a an alizar los ámbitos
subcomarcales en los que éstas se encuadraban, cuyas func iones se pueden dividir en
tres grandes tipos: por una parte, eran referentes geográ f icos que f acilitaban la
localización de cualquie r bien; por otr a , servía n como marcos p ara la soci abilidad
campesina; y, por último, eran espacios en los que oper aban los grupos sociales
dominantes. Respecto a los dos últimos pu ntos, el hecho de q ue tan to las el ites
dirigentes como las comunidades rurales padeciesen de una cierta debilidad
organizativa en este perí do explica, en buena medida, que las unidades supralocales
fuesen bastante débiles dur ante la Alta Edad Media; a esto se suma ba que, como señala
Chris Wickham, los laxos poderes públicos q ue predominaban en a quella época tenían
unas necesidades de co ncreción territori al escasas, frente a las que exigía la ap ropiación
privada del espa cio prop i a del sistema feudal
206
.
El análisis de estas realid ades permite observar dos procesos h istóricos de l arg a
duración, que se cruzaron en las últimas centurias del primer milenio: primero,
decayeron los grandes distritos, como los “pag os” o los “valles”, q ue, al menos en
parte, procedían de la A ntigüedad Tardía; y segundo, se desarrollar on nuevas
divisiones espa c iales, c omo el “castro”, q ue se integraban en los procesos de
“espacialización ” o “enceldamie n to” y que reflejaban, en última instancia, los avance s
hacia l a f eudalizac i ón de Ribagorza
207
. El resultado fue q ue, desde finales del siglo XI,
el territorio rural analizado quedó organizado en términos al deanos, en unas zon as, y
en términos castr ales, en otr as.
2. 3. 1. La decadenc i a de los “va lles” o “pagos” d el Alt o Pir ineo
Los escritos de l os siglo s IX y X mencionan con frecuencia un tipo de distrito
que englobaba a un buen número de aldeas o, más i nfrecuenteme nte, algunas células
domésticas dispersas. La mayoría de l as alusiones no buscaban más que l ocaliza r
geográficamente l os térm inos aldeanos u otros lugares en los q ue se en contraban las
posesiones, mediante exp resiones como in valle Sos itana, quod est in situ Castilgone , es
decir, en la villa de Castejón, dentro del valle de Sos
208
; por otra parte, en unas pocas
ocasiones estos ter ritorio s servían de marco para las acciones de alg unos agentes
sociales, como eran l os oficiales públicos, las iglesias parro quiales o incl uso los
vecindarios c ampesino s, lo que demuestr a que tambié n poseía n un sentido
administrativo. Cabe apuntar que las dos anteriores facetas de esos distritos tendían a
confundirse y superpo nerse, ya q ue los marcos geográficos estaba n frecu en temente en
206
W
ICKHAM
, “A che ser ve… ? ”.
207
F
OSSIER
, Enfance d e l’Europe , pp. 1 90-191.
208
CDO, doc. 2 5.
110
la b ase de los distritos administrativos, sobre todo en zonas de a lta mon ta ñ a, donde los
condicionantes or ográficos eran notables.
La distribución geográ f ica de esta clase de divisiones t erritoriales c oincide, a
grandes rasgos, con el área donde predominaba el hábitat agrupado en aldeas, es decir,
el sec tor septentrional de Ribagorza; a continuación describo los pri ncipales “pagos” y
“valles” que existían en la región. Sigu iendo el curso del Ésera de norte a sur, existían
los de Benasque, Sos (el entorno de Castejó n de Sos), San Pedro (actual municipio de
Seira), Bardají, Navarri o Rolespe (los dos topónimos desig nan la misma zona en
diferentes momentos), y Terraza, de los q ue cuatro se atestiguan en época altomedieva l
y otros dos lo hi cieron ya en el si glo XIII; prolo ngando hacia l evante del último espacio
citado, existía el valle de Nocellas, conocido desde 1023. El sector superior de l a cuenc a
del Isábena no recibía un nombre esp ecífico, aunque las aldeas se agru paron desde, por
lo menos, el siglo XIII bajo el apelativo de “Las Paúles” que, en principio, no designaba
M
APA
15
. Valles y pagos do cumentad os en Ribagorza entre los siglos IX y XIII.
111
a ninguna de ellas
209
; más aba jo, estaba el valle de Beranuy o Ribagorza, el de Lierp,
ocupando un pequeño afluente q ue provenía del Turbón, y, en una única ocasi ón, se
cita el de Roda. Por último, en el sector más elevado del Noguera Ribago rzana se
encontraban l os valles de Barrabés y Señiu ( este último i ncluía l o que h oy se den omina
“valle de Castanesa”), mientras que al sur aparecían otros de menores dimensiones,
como C irés, Betesa y So perún; los distritos de Arén y Orrit no sólo eran los más
meridionales, sino que presentaban varias pecu li aridades q ue l os ale jaban del resto,
como se verá más adelan te. Todos estos datos se h an sintetizado en el mapa 15, y en la
tabla 3 del apé n dice.
Terminología y top o nimia
La palabra “valle”, q ue hace re ferencia i nequív ocamente a una circu nstancia
orográfica, es la más comúnmente usada para calificar estos espacios; de h echo, todas
las demarcacio n es mencionad as en el anterior párrafo f ueron llamadas “valle” en
alguna ocasió n . Por lo que respecta a sus significados sociales, este vocablo es el más
inexpresivo de los posibl es, pero coexistía con otros que aportaban un sentido social o
administrativo.
El término “pago” ( pagus ) se empleaba para nombrar los distritos rur ales
durante la época romana y, con similar valor, se man tuvo durante la Alta Edad Media
en todo el P irineo oriental, a unque rara vez lo hizo más allá del año 1000 ; dentro de la
comarca estudiada o su entorno, sabemos q ue se aplicó al propio topónimo Ribagorza,
a P allars, a Suer t, a Orrit, a Arén o a Gistau
210
. Su v alor semántico era muy parecido al
de “valle”, aunque añadía un cierto matiz político . En consecuencia, se pu ede afi rmar
que, en esa época, ambas palabras se utiliza ban prácticame nte como si nónimos,
aunque existen algunos matices. La principal diferencia es que “pago” se emplea en
ocasiones como sinónimo de comitatus o “condado” (cosa que nunca sucede con
“valle”), de manera que en alguna ocasión se utiliza pago Ripacurc ense o pago Paliares
para aludir al territorio que controlab an sus resp ecti vos con des; dicho de otra manera,
el “pago” tenía un sentido a medio camino entre “valle” y “condado”, pero estas dos
últimas palabras, c iertamente, nunca se co n fundía n
211
.
Las palabras “castro”, “suburbio” y “apéndice” ( cast rum , subu rbium y
apendicium , respec tivamente) designa n, por lo general, a los distritos dependientes de
209
CDO, doc. 3 6.
210
Sobre los pagos: S
CHNEIDER
, “Du pagus aux finages castraux ”; C
ATAFAU
, “Le v ocabulaire du
territoire”. Alg unas a lusi ones temprana s en Riba gorza: CA, doc. 14 4 (97 1): pa uo Orritense ; CD O,
doc. 4 5 ( 976): pao Ripach orcense ; CA, doc. 2 05 (9 87-995): p ago Cornutella ; CL, d oc. 9 (1 016-103 5):
pau Sov ertense ; C C(I), pp. 168 -169 (ca. s. XI): pa go Rib agurcensi s at que G estabien sis (document o
falso atribuido a 839) . Un ma pa que contiene casi todos e llos, junto a sus equiva le nte c atala nes,
en B
OLÒS
, Els origens , p. 69 .
211
S ino, no se e xplicaría que el lugar de Erda o figura se dentro del “pa go” de Ribagorza , y el
monasterio de Alaón de ntro del de Pallars, puest o que ambos lugares están alejados de los
valles origi narios d e los resp ectivos co ndados. Se debe adve rtir que sí que hay oca siones en que
se aplica n las pa labra s “condado” y “va lle” al mismo e spacio, a unque en eso s casos se referí an
espacios de extensió n muy dif erente, c omo se ver á clar amente más a dela nte.
112
un asentamiento central, que podía ser tan to una al dea (tratándose, en ese caso, de un
término aldeano), como, c on más frecuencia, una fortaleza ( un término castral). Antes
del año 1000 era habitual que estos vocablos designasen, entre otras cosas, a realidade s
similares a los “valles” o “pagos”, e introduc ían el matiz de ser unos territorios
jerarquizados desde algún cen tro castral. Esto con cuerda con el hecho de que la
mayoría de los valles contasen con alguna posici ón fortif icada que, a vec es, incluso les
daba nombre, un asu nto en el que se profundizará después. Hay q ue añadir que,
excepcionalme n te, villa se empleó para designar esas mismas realidades, debido a un
fenómeno de metonim ia (l a parte por el todo)
212
. La enorme diversidad de palabras
resultante genera no poca c onfusión en el vocabulario, y se manifiesta, por ej emplo, en
que l os términos depend i entes de Orrit o Arén recibiesen antes del cambio de milenio
todas la opcione s l éxicas que se h an aludido, aún cuando lo más h abitual era “valle” y
“pago”
213
.
Esta dispersió n terminológica fue prá c ticamente anulada en el transcurso del
siglo XI: los espacios supralocales q ue se están an alizando pasaron a ser designados
exclusivamente mediante la palabra “valle”. E l ti po de compartime n tación q ue se
impuso claramente en l a Alta Ribagorza fueron los terr itorios aldeano s, usalmente
llamados t erritorium o terminum , que en raros cas os fueron calificados com o castra , por
analogía con lo que su c edí a en tierras más meridi onal es.
En lo q ue se refiere a la top onimia, el nombre de los “valles” es un in dicio de la
existencia de los citados asen tamie ntos centrales y, por ello, muestr an q ue,
efectivamente, estas unidade s territoriales iban más más allá de lo meramente
geográfico. El valle de Bardají, en la cuenca medi a del Ésera, proporciona un magnífico
caso: la etimología de este nombre es vallem de Axeno * > bar d’Axen * > Bardaxí n, lo q ue
permite ponerlo en relación con el castillo de “Sin” que domina su parte c entral, que
proviene de Axeno* > Xino > Sin
214
; es decir, el valle tomó el nombre de la importante
fortaleza q ue ha sido e xcavada recientemente por Jav ier García Cal vo, el cual h a
identificado un edi ficio de los siglos IX y X
215
. El origen del nombre Barrabés es
parecido ( Vallis Arraven si s ), aunque en este c aso descon ocemos el pap el que ejercía
Arravo * o A rro, actualmente una casa aislada cerca de Montanuy. Igual que en éstos,
212
CA, doc. 37 : una terra in vill a Orritense, in loco u bi dicitur Colupandum .
213
L as posibles c ombinaci ones de e stas palabr as, combina das con otras que se r efiere n a simples
términos a ldea nos, son numerosís imas; he a quí una muestra d e e llas to mada s d e los textos de
Alaón: CA, doc. 1 24 (ca . 955 ): in c astro Aring o ; doc. 130 (964) : in ap endicio Supetrunio ; d oc. 136
(96 7): infra fines d e ca stro Aiscle; doc. 1 60 (9 74): prope a dpendic io de k astro Arinio ; d oc. 16 4 (977):
in t ermino ca strum Curnutell a ; doc. 195 (991 ): infra t errit orio que vocet ur castello O rri tense ; doc. 21 9
(98 7-996): in a penditio villa Subpet rungo ; d oc. 22 2 (c a. 1000) : in castro Montan ui ; do c. 22 6 (1016 ): in
territorio d e castro Vel lasia ; et c.
214
L a relación d el nombre d el va lle de Ba rda jí con dicho castillo a penas se apr ecia a partir de los
topónimos actuales (no se hace, por e jemplo, e n S
ELFA
,
Municipio de Campo , p. 29 ), pero es
indiscutible: en el sigl o XIII a pare ce tanto la formas castri Xi no como valle X ino , de d onde
derivan r espectivamente ca stell de S in y Bard axín (c astellanizado co mo Bard ají) (apé ndice, doc.
75) .
215
Ver la entrad a “Campo. Castell de Sin” del mis mo arqueólog o dentr o de V. V.A.A ., Catalunya
Romànica , p . 51 9. S e d ebe lamentar, sin embar go, que, más a llá de este brevísim o informe, no se
haya publica do nada sobre los resu ltados de e ste yaci miento ex cepciona l.
113
otros vall es próximos eran designados en l a Alta Edad Media por el n ombre de ciertos
asentamientos sin gulares situados en altura, que no solían correspond er con las
principales aldeas: posiblemente, los valles de Sos y de Señiu tomaban el nombre de
sendas posiciones de alt ura, sobre las actuales localidades homó ni mas, desd e las que se
controlaba l a mayor parte de ambos distritos, algo q ue posibleme n te también sucedía
en el “pago” de R ibagorza.
Las funciones de los valles en la a rticulación del t erritorio
Los testimonios sobre l as f unciones sociales que se desempeñaban en el marco
de estos espacios son escasos. Los h e agrupado en tres categorías: primer o, su papel
como distritos administrativos, segundo como distritos eclesi ásticos, y tercero com o
distritos castrales
216
.
En primer l ugar, el uso administrativo se atestigu a en el texto más antigu o del
cartulario de A laón. Se trata de la in munidad que otorgó el conde Bigo de Toulouse al
presbítero Crisogono y a la incipiente comunid ad monástica agrup ada en torno a él,
alrededor del año 810, la c ual tenía como destina tarios a omnes fideles nostri qui in pago
Orritense comanent
217
. Cambiando de escenario y avanzando en el tiempo , el valle de
Sos era el ámbito en que intervenía n los oficiales condales q ue se docum entan en la
zona: el j uez Sancho y el baile Buenhijo
218
. Esto es, se puede prop oner que, cuanto
menos desde la perspectiva de l os gestores del Imperio Carolingio o de los condes de
Ribagorza, estas demarcacione s fueron u na unidad ú ti l para la gestió n de la comarca.
Por otra parte, estas unidades espaciales eran también el marco de la acción de
diversas organizaciones eclesiásticas. De la temprana f echa de 835 se conserva una l ista
de las parrochiae gestiona das por el obispo de Urgell, y en varias de ellas se observa que
se trataba de una unidad territorial asimila ble a los valles: Cardosetanam (vall de
Cardós), Anabiensem (vall d’Anèu), Terbiensem (vall de Tírvia), Gestabiensem (v al de
Gistau) o Ripacorcen sem (el aludido valle de Ribagor za)
219
. En el mismo sentido apunta
que exista una notable correspondencia entre los valles y los cen obios importantes:
Santa María de Lavaix se situaba en el pagus de Suer t, San Justo de Urmella en la valle
Sositana , San Andrés en Barrabés, Santa Marí a de Obarra en Ribagorza, San Pedro de
Taberna en el valle h omónimo, o Alaón en el pagus de Orrit. Dejando aparte los
grandes monasterios, la creación de algunas iglesias rurales tam b ién tenía como
objetivo la atención a las necesidades espirituales y litúrgicas de alguno de estos
216
En C astilla se ha ate stigu ado la pre sencia de marcos territ orios que en globaba n a varias
localidade s ( Julio Escal ona denomina a esta estructura “supra localidad ”), e n ocasiones
relacionados co n asentam ientos ca strales emblemá ticos de origen prerroma no (E
SCALONA
,
“Ma pping sca le changes”; M
ARTÍN
V
ISO
, “Centra l places” ; ver también apostilla al último en
L
ALIENA
, “L as transformaciones”, pp. 246 -24 8). Ramón Martí también dedi ca un a mplio
territorio a estos t erritoria e n el Piri neo ce ntral y orie ntal, aunque ta mpoco ofre ce una prop uesta
clara sobre las funciones sociale s que dese mpeña ban ( en al gún m omento lo a socia a un
substrato social indíge na y euskérico e n el Piri neo) (M
ARTÍ
, “ Territoria en trans ició” ).
217
CA, doc. 1.
218
CDO, docs. 1 5, 2 5, 26, 74 y 75; S
ERRANO
, Noticias y documentos , p. 502 .
219
DCC, pp. 26 8-269 .
114
territorios: el caso más evidente es Santa María de Campo , consagrada en 959 para
hacerse cargo de Bardají como distrito parroquia l, c osa que también pudo suceder en el
templo de Sant Pere d els Molins respecto a l valle de Betesa
220
.
Por último, la v inculación de ba stantes de estos valles a primitivas f ortaleza s
hace evide n te que tuvie ron, en cierta medida, el carácter de términos castrales. Las
funciones sociales q ue se podían desempeñar desde estas construcciones dependen
más de los esquemas explicativos que se sigan, que de la consistencia de los i ndicios.
Esencialmente, se ha propu esto, siempre en base a razonamie n tos dif íciles de
confirmar, que se tratab an de castillos públicos, privados o c olectivo s, es decir, q ue
estaban al servicio del poder Estatal, las fuerzas señoriales o l as propias comunidades
campesinas. El deca n tamiento por una de estas opciones exig iría nuevos elementos de
juicio que, hoy por hoy, sólo es capaz de aport ar la arqueologí a: el Roc d’Enclar de
Andorra es único ejempl o explorado en profundidad en la cordillera, mientras q ue en
Ribagorza sólo contamo s con l as excavac iones prácticamente inéditas del castiello de
Sin, en Bardají, y con algu n os restos superfic iales en Señiu, Espluga, Nasp ún o el Tossal
de P egá ( Bonansa)
221
. De ellos se puede decir que el escaso porte de los restos visibles
(atribuible tanto a las pequeñas dimens iones como al hecho de ser elevadas en
materiales pereceder os) y, en la mayoría de c asos, sus enrisc ados y elevados
emplazamientos (hasta 1.750m e n Pegá), hace n difícil su interpretac ión como sede
estable de señores locale s. Más bien, me inclino a creer que en origen f u eron refugios
campesinos o pu ntos de v igilancia esta blecidos p or el poder estatal.
En cualquier caso, estos poderes que intervenían en escal as territoriales
superiores a la estrictamente local serán analizados con más detenimiento en el
siguiente capítu lo.
Orígen y amortizac ión de estos di stritos
Para aproximarse a los orígenes de estas divi siones territoriales es interesante
cotejar lo aquí explicado con l a informació n sobre los dis tritos de época visigoda en el
Pirineo central q ue ofrecen los docume ntos del monasterio de San Martín de Asán
222
.
Las diferentes explotaciones rurales que se donaron a este cenobio se ubicaban en
distritos amplios den omi n ados territoria , como eran Labitolosa, Boltaña o Barbastro; es
significativo comprobar q ue varios de ellos se corr esponden con valles o pagos de los
siglos posteriores: el locum Gestavi (que acuñó moneda en la sexta c enturia) se
220
DO, doc. 3 9; C A, d oc. 185.
221
El ejemplo me jor c onocid o es el del valle de A ndorra y la f ortaleza de l Roc d ’Enclar y su
iglesia de S ant V icenç, en l a que se ha d ocume ntado una ocupació n c onsta nte des de el siglos IV
y XIII que ha s ido c omplet amente excav ado. La inter venció n ha sid o p ublicada en L
LOVERA Y
OTROS
, El Roc d’Enclar . La principal conclu sión que se puede obtener es que el esc arpa do peñón
fue, d esde ép oca vi sigoda , el lugar se convirt ió e n cen tro ecles iástico del valle, y que e n torn o a
la iglesia surgió u na a ldea en el sigl o VIII (ta l vez en r ela ción con la desme mbrac ión d e l Estado
godo); en torn o al siglo IX se ref orzó su ca rácter def ensivo, se mant uvo el templ o y d esapa reció
el lugar hab itado, por l o qu e c abe suponer que se convirtió en u n verd adero c entro d e poder .
222
F
ORTACÍN
, “ La donación”. Un estudio b asta nte exha ustiv o a partir de los mis mos: A
RIÑO
y
C
RUZ
, “Poblamiento y orga nización”.
115
corresponde con la parrochia Gestabiensis del sig lo IX, y más adelante con el valle de
Gistau; el terr itorio Anav i tano del si glo VI reaparece como val le Anaviense en el IX y
perdur a hasta hoy como vall d’Anèu, en el Pallars; el gentilicio o r retano de época
romana o el territoro Orritense visigodo se pro long ó en el pago, valle o castr o de Orrit
223
.
Aunque la continuidad nominal de algunos de e sos distritos no t iene por qué implicar
la permanencia de sus funciones sociales, el h echo en sí ya tien e una clara relevan cia, y
permite afirmar que la organización territorial del Alto Pi rineo alto medieval era
heredera en par te de la del period o tardoantigu o.
Con indepe n dencia de cuál fuese el origen y l a naturaleza de los valles
altomedievales, el siglo XI supuso la conclusión de un largo periodo en el transcurso
del cual fuero n amortiz ados
224
. La consol idación del térm ino aldeano como mar co
territorial esencial de las sociedades rurales pirenaicas, tanto en el dominio señorial y
religioso como en las a ctividades c omunitaria s, hubo de vaciar estas entidades
supralocales de sus posibles f unciones. Tan sólo las mantuvieron aquellos valles q ue se
transformaro n en términos aldeanos y señoriales polinucleares, lo cual s ól o sucedió en
los de menor extensión, como eran Lierp, Betesa o San Pedro, que en adelante fueron
designados indistintamente como “valle” o “castro”. En muchos otr os casos, los
antiguos valles subsis tieron como in dica ciones meramente geogr áficas ( Sos) o
simplemente desapar ecie ron (Ribagorza, Su ert).
El caso de Ribag orza: de valle a cond ado
Antes de acabar c on e ste apartado, cabe detenerse en el pecul iar caso del
territorio llamado Riba gorza, cuya relevancia es grande, tanto por su interés para
comprender los orígen es del corónimo, com o por ejemplif icar bastantes de las
problemáticas aquí expuestas. Ribagorza se menciona por primera vez en 835, entre las
parroquias c uya admini straci ón fue encomendada al obispo de Urgell, pero hasta
comienzos del siglo X no aparece en la documentación autóctona
225
. Las menci ones a
Ribagorza durante los dos primeros tercios del siglo X se refieren exclu sivamente al
“valle” o “pago” en el que se ubic aba el monasterio de Santa María de Obarra, es decir,
la cue n ca media del río Isábe na. La etimología del topónimo es ri pa curtia , es decir,
“roca partida”, un topónimo que bien podría derivar de la escarpada pe ña bífida en la
que debía de ubicarse el chastro Ripacurza al que aluden algunos docume ntos de
comienzos del siglo XI, l o que permite pensar que el castillo pudo dar n ombre al
valle
226
. En todo caso, se trataba de un dis trito dotado de gran c oherencia orográfica,
223
DCC, t. 1, pp. 168- 169 (ca. s. XI); CC(II), doc. 1 08 (908 ); B
OIX
, “El marc històric”, p. 25 .
224
E n otros ámbit os tamb ién se indica la deca dencia progresiva de estos marcos dur ante los
siglos IX-X: en M
ARTÍ
, “ Territoria en tran sició” se habl a d e la “definitiva anihila ció dels ter ritoria
anteriors” a pa rtir de la conquista carolingia ; en E
SCALONA
, “Mapp ing scale c hange” , se observa
la división de l os viejos territorios en pequeños términos aldeanos en torno al cambio del
milenio.
225
DCC, pp. 28 2-285 .
226
CDO, doc. 5 (la autenticida d de este texto, no ob stante, es dud osa).
116
con u n a forta leza y un monasterio como elementos centralizador es y , en definitiva,
similar a cual quiera de los valles descritos has ta aquí.
F
OTOGRAFÍAS
1
Y
2. Posible emplaz amiento de l c hastro Ripac urza , visto de sde el SE (los á bisdes
de la igle sia monástica d e Santa M aría de Oba rra se observa n e n pr imer p lano) y desde el S W
(foto tomad a e n las proxim idad es de Ba llabriga) , resp ectivamente. E n su peque ña y e scarpa da
cumbre se ha n localiz ado a lgun os fragmen tos cerám icos d e ap ariencia altomediev al.
Su sin gularidad derivó de ser el ámbito de actuación primitivo de la f amilia
aristocrática que logró la hegemonía en la región y se h izo con el título condal. En el
último tercio del siglo X empezó a menci onarse el com itatum Ripacurcens em como una
entidad diferenciada y más extensa que el valle originario, un a distinción conceptual
que se ilustra perfecta men te en un texto de 1007 que si tuaba la aldea de Raluy in
comitatum Ripacurcens i , in valle Ripacorza . La idea “política” del condado aca bó
anulando el primitivo sentido restringido del topónimo Ribagorza: la exp resión vall e
Ripacorcense se docume nta por última vez e n 1019
227
.
En torno a 1020, la comarca se in tegró en la monarquí a pamplonesa primer o, y
en la aragonesa más adelante; desde aquel momento, el término Ribag orza adq uirió
una clara definición ter ritorial para distinguir este territorio en el co njunto de los
dominios reales: el Mayor señalaba en algunos textos que reinaba de finibus Ripacorza
usque i n Astorika , mientr as que en otros enumeraba sus territorios: i n Pampilonia et in
Aragone, in Suprarbi et in Ribacorza, in Castellam aut etiam in cunc tam Guasconia m ; en
definitiva, se había convertido en uno de los c ompone ntes geográfico s y políticos
esenciales del marco p irenaico, algo que no es taba tan claro mientras duró el (presu nto)
condado independiente. Se volverá sobre v arias de estas cuestiones cuando se h able
del poder de los co n des ribagor zanos
228
.
227
CD O, doc. 34 . La expr esión pago Ripacurc ense , p or su parte , apar ece por últi ma ocasión e n
101 8 (CDO, doc. 30), aunque en esa ocasión tenía un se ntido po lític o (se refe ría a la loca lidad de
Erda o); según se i ndicó má s arriba , e l térm ino pa gus adquiri ó u nos c ontornos semá nticos
variab les entre va lle y co ndado.
228
CDCH, doc. 15 (10 35); CSJP, doc. 5 8 ( 1033).
123
M
APA
16. Distribució n de l os bienes co n que se d otar on las ig lesias de G üel, Roda y Sa n E steban
del M all en compa ració n c on los posteri ores térmi nos ca strales; se i ndican igual mente la s zo nas
que fuero n objeto de friccio nes limítrofe s a f ines del s iglo XI.
125
3
LAS ESTRU CTURA S SOCIA LES
3.
1.
L
AS EXPLOTACIONES CAMPESINAS
.
3. 1. 1. La propiedad c ampesin a y la pequeña e xplot ación.
Tal como afirma Guy Bois, la unidad d omésti ca fue la base económi c a de l
feudalismo, de modo q ue la di námica experimen tada por l as explotaciones f amiliares
debe situarse en el centr o de cualquier análisis de la soci edad rural medieval
243
. Si nos
remontamos a la época i nmediatame n te anterior a la c ristalizació n de l a formació n
social feudal, algunos trabajos, como el de Pierr e Bonnassie sobre Cataluña, han
mostrado que e l predo minio de las cé lulas domésticas fre n te al gra n dominio era
entonces especialmente acusado, de forma q ue se h a l legado a sugerir la existencia de
un numeroso campesina do alodial y relativame nte autónomo en Occidente
244
. Ambas
proposiciones generales s on, en b ue na medida, extrapolables al caso de Ribagorza: en
la documenta c ión anterior al año 1000 pred ominan a b rumador amente las pequeña s
transferencias de parcelas agrícolas de unos rústicos q ue controlaba n sus propios
medios de producción de tal modo q ue, si atendemos a las expresio nes jurídicas de los
escritos, s e puede calificar de propiedad
245
(aunque las f órmulas notariales muestran
una si tuación “de derecho” que n o tiene por qué coincidir plen amente con l a realidad
práctica)
246
. A hora bi en, cabe advertir q ue la mayoría de estos b ienes fueron adquiridos
por cen tros eclesiásticos o destacados señ ores, lo que n os informa de que, desde fechas
muy tempranas, había una incesante corriente que c onducía hacia la concentración de
la riqueza y la expr opiaci ón del campesi n ado.
243
B
OIS
, Crise , pp. 35 2-3 54.
244
G
ARCÍA DE
C
ORTÁZAR
, La sociedad rural , pp. 32 -34 ; B
ONNASI E
, Cataluña , pp. 90 -10 1; L
ARREA
, La
Navarre , pp. 31 2-322 ; W
ICK HAM
, Una h istoria nueva , pp. 73 5-83 6.
245
L
ALIENA
, “Na varr a y la Corona de Ara gón”, pp. 269-27 1. S e alude específicamente al
predominio de la peq ueña explotació n campesi na en Ribagorza en: CC(I) , pp. 65- 73; G
ALTIER
,
Ribagorza , p. 1 26 .
246
Z
IMMERMANN
, Lire et écrire , t. 1 , pp. 258-260.
126
La legislación visigoda contenía algu nos preceptos sobre las vías de acc eso a la
propiedad de bien es rústicos, como l a posesión incontestada durante treinta años, cuya
aplicación está ampli amente atestiguada en Cataluña
247
. A unque en Ribagorza no
tenemos alusiones explícitas a estas normas, la documentación sí que expresa
homogéneamen te que el plen o dominio sobre l os bienes se podía j ustifi car al egand o
tres circunstancias contempladas por dic ho código legal, esto es, la herencia, la c ompra
o la roturación. La primera de ellas, la herencia ( hereditas ), es c on diferencia la que se
menciona de mo do más r eiterativo en los te xtos, m ediante expr esiones com o:
[…] advenit m ihi de parent i bus nostris o m ihi advenit de alode parentu m meorum [ …]
248
En consecue n cia, se entiende que la idea de plena propiedad esta ba estrechame nte
ligada a l a transmisión hereditaria, un hecho que se evi dencia, e n tre otras cosas, en
elque los términos alode y hereditas se emple asen con similar valor semántico para
expresar e l mismo tipo de do minio persona l sobre bie nes concretos.
Las propiedades rústicas solían estar bien delimit adas espacialme nte, ya que se
señalaban las confrontac iones de cada una de ellas y, desde el siglo X, era usual decir
que estaban circumd a ta et terminata , aunque no faltan, espe cialmente en las zonas
recientemente rotur adas, al gunas indicacio nes más ambiguas que manifiestan un a
cierta ambigüedad ( ipsa t erra prope terra de filios Ausongi )
249
. La dimensiones de l as
parcelas se expresab an ocasionalmente a través de la cantid ad de simiente con que
podían ser sembradas (por ejemplo: est estimacionis sementis una mo diata )
250
; a partir de
mediados del sigl o XI di sminuyó hasta casi desapar ecer cualq uier tipo de alusiones al
tamaño, de lo cual se desprende q ue la elevada definici ón espacial de las piezas h izo
que fuese i n necesario c oncretar l a extensión. Además, para llevar a ca b o la s
transmisiones de tierras se convenía en dinero el precio que éstas ten ían, lo cual se
debe entender como una estimación del valor mediante una unidad de cuenta que, en
realidad, se materializa ba en otra clase de productos, ya q ue la circulación de moned a
era escasa y, en todo caso, no debía de alca n zar a la masa de pe queños propietarios.
La escritura se utilizaba para demostrar y garantizar la posesión de l a tie rra, lo
cual, unido a la existenci a de un activo mercad o fundiario, explica el gran número de
actas relativas a pequeñas trans f erencias de parcelas entre rústicos que se han
preservado en Ribagorza o, muy especialmente, en algunas comarcas del interior de
Cataluña
251
. Los dos “rollos” de San cha de Ben asqu e, a los que aludiré constantemente,
reunían un c entenar de documentos (compras, permutas, donaciones, confirma ciones,
juicios…) q ue demo straban el control de un exten so patrimonio familiar
252
; esta especie
247
B
ONNASSIE
, Catalunya , pp. 87-89; S
ALRA C H
, “È poca p refeud al”, p. 26; Bowman, S hifting
Landmar ks, pp. 3 3-5 5.
248
CA, doc. 160 y CDO, doc. 103 .
249
Z
IMMERMANN
, Lire et éc rire , t. 1 , pp. 22 6-236 . A lgunos e jemplos concr etos e n: C A, doc. 56 o
DO, doc. 5 0.
250
CA, doc. 59 .
251
B
ONNASSIE
, Cataluña , p . 11-17 y 87-89 .
252
Una intr oducci ón a es tas p iezas excepciona les pr ecede a su publicación dentro de los
documento s d e Oba rra (a pesa r de que la relaci ón qu e tuvo Sancha c on este cen obio es, cua nto
menos, dud osa): CD O, pp. XV-XXV.
127
de cartulario l aico s e hubo de redactar en torno a 1050, al ti empo que dicha señ ora hizo
el testamento copiado en el reverso de los pergaminos. Respecto a la importancia de la
escritura, c abe destacar dos textos de este repertor io excepcional: en primer lugar, se
incorporó el acto de la com pra de una parcela que h abía hecho la misma persona que,
años después, vendió ese a Sanc ha, lo cual hace pensar que, al tiempo q ue se hi zo l a
transferencia, se h abía entregado el título de propiedad del an terior dueño
253
. El
segundo texto i nteresante es el juicio q ue mantuvieron l a citada señora y s u marido,
por una parte, y un campesin o de Castejón de Sos, por la otra, acerca del arriendo de
una vi ña; en el transcur so del pleito, los primer os pudieron mostrar el texto de la
compra mientras, mientras que el segundo, que afirmaba tener la parcela gracias a un
contrato ad plantandum , n o pudo demostr ar sus derechos por escrito, por lo q ue la
sentencia obligó a éste último a renunciar a ese bien
254
. En otras palabras, la escritura se
convirtió en gar ante de la p ropiedad privada.
Las pequeñas explo t aciones c ampesinas
Como se ha dich o, la mayoría de los documentos anteriores a mediado s del
siglo XI se refiere n a la enajenación de pequeñas parcelas agrarias como ti erras, viñas o
prados, de las q ue frecuenteme n te se especifica que eran tenidas per alode o ad propria m
hereditatem
255
. En un reducido número de ocasio nes lo que se tran sf iere se calificó
propiamente como alode o hereditas , c on l o cual se h acía referencia, en la mayoría de las
ocasiones, al predio entero de una f amilia campesina. E n total, se han localizado
veintiocho actas de este tipo, que se han consider ado una muestra l o sufic ienteme nte
representativa para extraer de e lla u na i magen global de est as célul as productivas
(véase tabla 5).
La explotación c ampesina alodial estaba conf ormada por un con junto
heterogéneo de bienes in muebles ( vivienda, construcciones auxil iares, parcelas
agrícolas, etc.) q ue estab an cohesionados exclusivamente por el hecho de con formar el
asiento y el medio de vida de una f amilia; en otras palabras, no existían restricciones a
la i ncorporación de nuevas tierr a s o a la e najenación de otras, lo cual permitía la
constante adaptació n de los patrimonios familiares a las cambiantes necesidades
campesinas y, adem ás , con stituí a l a principal r azón de la existencia de un activo
mercado fundiario durante los sigl os X y XI, sobre todo entre los propios campesinos.
Esto explica que fuese hab itual que l os bienes enajenados por los peq ueños
propietarios alodiales limitase n , por uno o varios de sus l ados, con su pro pia hereditas ,
ya que eso implica que se estaba desgajando una porción del núcleo de su explotación,
como sucedía en B al labri ga en 1044 co n una casa que con frontaba así:
253
CDO, doc. 26 . En otros ar chivos monást icos se co nservan e jemp los menores d e
compilacio nes de esta tip ología; por ejemplo en San Victorián se co nserva el d e Eldebuan y
Quixilo, fami lia que debía d e estar asentada en e l e nt orno de Aínsa (AHN, San Victorián, car p.
760 , nº 6, ca . 1024, publicado en CDSV).
254
CDO, doc. 8 2.
255
Por ejemp lo: DO, d oc. 44 .
128
[…] de occidente m ipsa hereditatem, per fundus et per chaput de ipsa he reditatem [ … ]
256
Además, el mero hecho de que se recurriese a los aludidos términos genéricos sobre la
propiedad ( alode o h e reditas ) para denominar a estas explotaciones, y no exi stiese
todavía un vocab l o es pecífico para el conjunto or gánico que conformaba una
explotación campesi n a (como sucedió mediante la palabra caputmansum desde 1100),
muestra igualmente q ue estas c élulas eran un conglomerado de posesion es creado por
el uso práctico que hacía de las mismas una familia campesina en un momento
concreto. De este modo, el “alodio” o “h eredad” al tomedieval era una unidad f luida e
inestable, que podía cambiar al ritmo que lo hacían las exigencias coyunturales de sus
ocupantes, o con f orme se sucedían las trans misiones generacionales.
Los campesinos que pos eían una de estas explota ci ones, por ello, tenían la plena
potestad de ven derla, de donarla o de permutarla, conjunta o f ragme ntadamente, así
como de dividirla para repartir las partes resultantes entre los h erederos. Ahora b ien,
la enajenación de todos l os medios productivos y del lugar de residen cia de una famili a
sólo tenía lugar en circunstancias excepcion ales: en muc has ocasiones la transferencia
de un alodio a un laico o institución eclesiástica era la expresión escrita de una entrad a
en dependencia, c omo se evidencia en algún caso en que se ci ta la renta que se debería
pagar en adelante por mante n er el usufructo
257
. En otros casos, la venta o donació n era
consecuencia de la extinción del núcleo familiar: por ejemplo, en 1010 una vi ud a
entregaba su patrimonio al monasterio de Obarra, y este último lo dio a lgunos años
después a otra fam il ia, por lo que no cabe dud a de que los i niciales prop ietarios
dejaron realmen te de ha bitarlo y cultivarlo
258
.
Los campesinos podrían trabaj ar explotacio nes ajenas a cambio de algún tipo d e
renta, pero h asta una fecha b astante avanzada no se atestigua que, en las transferencias
de estas explotaciones entre los componentes de las el ites, se incluyese a sus habitantes
(o, l o q ue era más indicativo, se señalase la enajenació n de las personas en l ugar de
hacer mención al predio que ocupaban); la primer a ocasi ón fue la donación condal de
un hombre en Sa n Esteb a n del Mall en 1010-1012:
[…] unum homine i n kastro Sancto Stephano nomine Ramione et uxor ejus Facchilo cum
filiis et filiab us eorum et cuncta projenia que de eis egress ura est usque in seculum […]
cum omnia que nunc hab ent vel augmentare potuerint ips i et filii eorum us q ue in
perpetuum peremn i ter servituros […]
Este cambio marcó el comienzo de la mutación de las células campesinas desde la
maleabilidad de los “alodios” hacia la estabilid ad y rigidez de los cabomasos como
256
C DO, d oc. 126. Ejemplos similares se localizen en otras diez oca siones en el r ollo de
Ballabr iga, ca torce en la d o tación de S an Es teban d el Ma ll y ci nco e n la de Sa nta Ma ría d e Güel
(CDO, docs. 9 2, 97, 99, 100, 121, 12 3, 126, 128 y 131 ; DR, doc. 6 ; CC( II), d oc. 312).
257
Por e jemplo: D O, doc. 53 (ca . 98 8); apénd ice, doc. 1; D R, doc. 6 . Generalme nte e sta renta es la
decima, una ca rga que tenía un ca rácter c laramen te eclesiástico pero que, en e sta época, er a
todavía la p rincipa l r enta que gr avaba las tenencia s; en e stos text os se u tiliza un for mulari o
similar a cualqu iera d e las otra s transfer encia s de a lodios (por eje mplo: omni d ecima de alod io
nostro [ …] quod no bis advenit de p arentum meorum )
258
CDO, d oc. 1 6 y 3 4; ex isten otros a ctos si milares r ealiza d os a tít ulo indi vidual por mujeres que
podrían tener similar explic ación
129
estructras de dominio y servidumbre de la población rural, como refleja en fechas
excepcionalme n te tempr anas el anterior fragm ento de San Este ban del Mall; hasta
finales del s iglo XI no se generalizaron las actas de este tipo, ni tampoc o los hechos
sociales que éstas expr esan, por lo que las proble máticas que esto implica se ver án en el
siguiente capítu lo.
En definitiva, el “alodio” o “heredad” era la célula bási ca de agrupación y
encuadramiento de la población y de explotación de l os recursos, tanto en las zonas en
las q ue el h ábitat se agrupaba en pequeñas ald eas como don de la población vivía
dispersa. Sus ocupantes solían ser f amilias n ucle ares que, en la mayoría de los casos,
eran, al mismo tiempo, las poseedoras de los bienes que lo constituían; el alodio podría
ser también explotado en régimen de tene n cia, de man era que quienes vivían e n él
entregaban una renta al pr opietario, una circunstancia que pr obablemente era
minoritaria en l a fec ha en que comienza este estu dio, pero que no dejó de crecer a lo
largo de este perí odo.
3. 1. 2. Las estruc t uras familiar es.
Los problemas relacio nados con l a naturaleza de las explotacion es c ampesinas ,
especialmente en lo que se refiere a su di visibilid ad, están estrechame nte ligados a las
formas de transmisión hereditaria, y éstas, a su vez, a las estructuras familiares a las
que se dedica este apartado
259
. A la hora de abordar esta cuestión, se deben tener
presentes tres dificultades metodológic as: en primer lugar, se debe evitar que la
influencia mental que las estructuras c aracterísti cas de la sociedad pirenaica posterior
ejercen en historiador (l a c asa, l a primogenitura, etc.) lleven al anacronismo, tratando,
al mismo tiempo, de que se perciba que todas estas circunstancias h istóricas se deben
hilvanar en torno a unas problemáticas comu nes de larga duración. Un a segu nda
dificultad radica en la necesidad de distingu i r los datos referentes a las clases
dominantes frente a los de los rústicos (aún cuando los límites entre esos grupos sean
difusos), ya que, de lo contrario, se corre el riesgo de atribuir los rasgos de los primeros
a la mayoría de la sociedad rural. La tercera se refiere a la práctica ausenci a de
testamentos altomediev ales en Ribagorza, pues los cartularios monásticos n o
conservaron más q ue algunos actos concretos por los q ue l os albaceas les entregaban
los bie nes que alguien h abía leg ado
260
; la documentac ión catala n a perm ite superar
parcialmente este proble ma
261
.
259
La riqueza d e la documentaci ón cata lana hac e especia lmente interesante : B
ONNASSIE
,
Cataluña , p p. 1 07 -11 9. Otras obras que se han consu ltado sobre las es tructuras familiare s de esta
época: T
OUBERT
, Europa en su primer crecimi ento , pp. 290 -301; L
ALIE NA
, “Na varra y la C orona d e
Aragón”, pp. 256 -257; D
EVROE Y
, Puissants et mi sérable s , pp . 37 7-406 ; T
O
, Família i h ereu , pp. 7 3-
171 ; L
ARREA
, La Navarre , pp . 3 19-322; W
ICKHAM
, Una nueva histo ria , pp. 7 81 -792.
260
Ejemplos d e este tip o de textos son: CA , docs. 1 28, 138, 14 7, 161, 16 8, 194 y 212.
261
E n C ataluña se han c onserva do decenas de testamentos a ltomediev ales, que f ueron el objet o
de una co mpilaci ón (U
DINA
, La successió ) . A pa rtir de este corpus se han desar rollad o vari os
130
Una vía para con ocer las estructuras de parentesco es el análisis de los
individuos que otorgan o reciben los actos de que dan f e los escritos; puesto que son
enajenaciones de bienes i nmuebles, nos inform an de quién o quiénes ostentaban la
titularidad de los mismos en el seno de c ada familia, lo q ue nos habla indirectamente
de la estructura domé stica. Para ello se h an observado los otorgantes de tres conjuntos
de ventas o donaciones referentes a otros tanto espacios distintos de Ribagorza: el rollo
de Benasque (58 textos) y los documentos del monasterio de Obarra an teriore s a 1050
(49 textos), ambos en l a A lta Ribagorza, y las donaciones de la dotación de San ta María
de Güel (69 otorgantes) , en la Ribagorza Media; obv iamente, quedan fuera de esas
cifras los escasos escri tos de dif erente tipo logía, o todos aquellos q ue fueron
concedidos por abades, condes o mo narcas. Los d atos obtenidos son los si guientes:
Obarra Güe l Benasq ue
matrimoni o 13 ( 27%) 16 ( 23%) 6 (1 0%)
varón sólo 18 ( 37%) 37 ( 54%) 28 ( 48%)
mujer sóla 5 (1 0%) 5 ( 7%) 18 ( 31%)
otra agru pación 8 (1 6%) 5 ( 7%) 5 (9 %)
presbítero 5 (1 0%) 6 ( 9%) 1 (2 %)
Estos resultados se c orresponden con una sociedad comp uesta
mayoritariame n te por familias nucleares, de forma que, en los escritos, era n
generalmente represe n tadas por los varones (el grupo más numeroso, con diferencia),
y de modo a lgo más inusual por las mujeres o p or la pareja c ompleta
262
. Las ocasi ones
en que lo h ace una mujer sola s e deben probable men te a que son viudas a l frente de la
explotación
263
; si n embargo, el rollo de Benasq ue muestra una proporción de mujeres
solas mucho más elevada que en Güel u Obarra ( y sobrepasa con mucho el número de
viudas q ue parece razon abl e ac eptar en un a c om unidad de estas dimensi ones), lo que
se puede explicar en virtu d de que, en los actos ante las in stitucio nes eclesiásticas, con
un fuerte componente de exhi bició n social, las f amilias tendían a intervenir como una
unidad personificada p or aq uel que se conside raba su principal comp onente (o con
frecuencia por l a pareja), mientras que, en la s transaccio n es estrictamente privadas y
más cotidianas de los rollos, era más c omún l a actuación individual de l a mujer, no
trabajos, entre los cuales destaca n los de Lluis To sob re e l hereu , a l os que se hará continua
alusión en este traba jo
(T
O
, “Señorío y fa milia”).
262
Estos da tos coinciden pr áctica mente con l os catala nes ( B
ONNASSIE
, La Cataluña , p. 111),
aunque e n e se caso e l corp us era mucho más ampli o, a unque no se establecí a n ingún tipo d e
diferencia en funció n a la procedencia .
263
Por ejemp lo: CDO, docs. 1 6 y 115 .
131
sólo en tanto que viuda si no también como propietaria de una parte del patrimoni o
familiar.
Abilio Barbero y Marcelo Vigil emp l earon un documento ribagorzano referente
a Erdao en que aparecen varios varones con su s parentelas ( cum o mni sua parentela )
para justificar la existencia de grupos familiares amplios no sólo en l a comarca
estudiada, sino en todo el norte peninsular; sin embargo, a la l uz tanto de los datos q ue
se están exponiendo aquí, como de un a interpretación del mismo texto más a justada a
lo q ue se observa en el resto del territorio, parece evidente q ue estas “parentelas” no
eran más que una varia nte terminológica término para designar a las familias nucleares
que, en Erdao como en toda Ribagorza, er an la la estructur a de parentesco
dominante
264
.
La categoría que se ha denominado “otra agrupación” estaba form ada
principalmente p or hermanos que otor gan ju ntos cartas de enaje n ación de tierr as y, por
ello, cabe suponer que disfrutaban colectivament e de su propiedad, un hech o que n os
orienta h acia la cuestión de las herencias. Es el caso q ue presenta un documento de
1017 por el que tres hermanos, Bradila, Daco y Matrona, vendiero n al abad de Obarra
una explotación que habí an heredado de su madre en Raluy, de lo que se deduce q ue
ese bien h abía pasado a las manos de los hijos y la hija tras la muerte de la señora, sin
que eso supusiese una partición física
265
; en o tras ocasiones se recur re a expresiones
como nostras porciones [...] quod adveni t nos de parentibus nostris , que expresan
igualmente la divisi ón entre los vástagos del propietario
266
. El repar to de los
patrimonios entre los her ederos, aún cuando no siempre sup onía su fragmentación real
(en los anteriores ejemplos se observa este fenómeno, precisamente, por el hecho de
que los herma nos c op ropietarios interviniero n conjuntamente) redundaba en el
incremento de la inestabilidad y del carácter ef ímero q ue muestra n los fundos y los
grupos familiares en la alta Edad Med ia.
La necesidad de manten er la estab ilidad de la célu la adecuada para pro ducir los
alimentos necesarios para una familia entraba en contradicción con l a flu idez que se
derivaba del igualitarismo entre los h ermanos que definía el siste ma hereditario. E l
recurso exclusivo al fraccionamiento de las explotaciones para alb ergar los excedentes
en una sociedad en fuert e auge demográfico h abrí a desembocado en una atomizació n
de los patrimonios camp esi nos y, en consecuenci a, en el debilitamiento de las unidades
domésticas; este esquema se h a propu esto en tre las razones q ue explican el progresivo
264
B
ARBERO
y V
IGIL
, La formación , p. 36 1 (se r efiere a CDO d oc. 29 ). El gra n número d e
individuos menciona dos obligar ía a pensar e n u na de mografía muy elevada si f uese cierto que
cada uno repr ese ntaba a u n co lectiv o amp lio, en una localida d que, d e sde que tenem os dat os
fiscales, no sobrep asó la vei ntena de fuegos (FMR, p. 4 7; S
ERRA NO
, “Sobrecullida de Ribagorz a”,
pp. 36 4-36 5). La mención de a lgunas pare ntelas en cabezada s por d os individ uos se p odrí a
explicar como la consec uencia de la d ivisión d e a ntiguos a lodios co munes, pero n o pa recen un
argumento cla ro pa ra pr oponer la exis tencia de u nas e structura s f amilia res que n o se a testigua n
en ningún otro d ocume nto de la zona. Respect o a l os grupo s fami liares a mplio s, ve r T
OUBERT
,
Europa en s u primer c recimient o , p. 293.
265
CDO, doc. 2 4.
266
CDO, doc. 1 03 .
132
sometimiento de la may oría de l os rústicos a los señores laicos o eclesiásticos durante
los sigl os X y XI, y, de h echo, en bastantes ocasiones fue j ustamente eso lo que debió de
ocurrir (también en Ribagor z a). Sin embarg o, se pueden rastrear varios procedimientos
orientados a ralentizar esta continua divisió n: primero, la al udida copropiedad de los
hermanos muestra que, si bien todos ellos recibían parte de la herencia, era h abitua l
que siguies en conviviendo despu és de el lo y, de ese modo, ma ntuviesen unida la
explotación, elevase n la edad del matrimon io y, a raíz de esto, se re dujese el n úmero de
descendientes (ver supra ). Segundo, se conocen a lgunos ejemplos de hermanos que
fueron excluidos de los repartos: algunas ventas e ntre los m ismos se pueden
interpretar como una compensación económica de aquel q ue mantenía l a propiedad
para el que quedaba fuera, al go similar a l o q ue sucedía con las mujeres q ue reciben
anticipadame nte la compensación bajo la forma de la dote, en el momento del
matrimonio
267
. Y tercero, la disponi bilidad de tie rras cu ltivadas vaca n tes o y ermos
abría la puerta a que, a pesar del reparto del patrimonio, todos h erma nos tuviesen un
predio suficiente. El “modo de producció n cam pesin o” propu esto por Chris Wickham
precisaba de mecanismos q ue mantuviese n la demog rafía en unos niveles moderados
que garantizase n la viabilidad de las explotac iones familiares
268
; los procedimientos
descritos en este párrafo encajan perfectame nte en esta lógica, aunque quepa matiza r
que en este periodo ya estaban en marc ha algu nas de las grietas q ue iban a acabar c on
ella, como era el control señorial de buena par te de las vías de acceso a las ti erras
vacantes necesari as para crear nuevas u nidades prod uctivas.
Los sistemas de denominación de las personas al uso en este periodo muestran
desde otra perspectiva esta misma realidad familiar; la cuestión h a sido el objeto de
encuestas sistemáticas en buena parte del Occidente cristiano en las últimas do s
décadas, entre los cuales l os ámbi tos navarro-a ragonés y catalán han merecido una
atención específica, e incluso exi ste un par de trabajos sobre la Ribagor za
269
. Las
conclusiones son basta nte similares, aunque, si atendemos a las particularidade s
regionales, l o que sucede en Ribagorza está especialmente vinculado a Cataluña. H ast a
los comienzos de l siglo XI pr edominaron los nombres con u n único compo nen te, lo que
exigía un stock antropo nímico muy amplio para garantizar la identificació n de los
individuos; el h echo de q ue la identidad personal estuviese desvinculad a de l os lazos
familiares concuerda con la flexibilidad de las estructu ras familiares ante la s
transmisiones generacionales, un rasgo que parece aplicable a todos l os grup os
sociales. Durante este periodo inicial las filiaciones no son numero sas, ya que la
variedad de antropónimo s solía evi tar las c onfus i ones; y es si gnificat ivo que aquellas
que apar ecen se r efieren tanto al padre ( Miru Garsia ) como a la madr e ( Miro, filli
267
Por e jempl o: CDO, doc. 8 (1 007): eg o Breldes cum filiis meis mittim us [ …] nost ro alod e [ … ] sin e
hunc (sic) cham po quod donavi ad Heloneta, m ea filia .
268
W
ICKHAM
, Una historia nue va , pp. 758 -763.
269
L a refer encia obligada en esta cuesti ón es Z
IMMERMANN
, “La révolution” (publica da
inicialmente e n 199 0); a este traba jo c abe a ñadir otra s a portacione s a los ca sos ita liano ( Toubert,
Europa en su primer c recimie nto , pp . 32 1-3 33), c atalán ( T
O
, “A ntroponimia”), pallar és (M
ARTÍNEZ
,
“La a ntroponimia”) o ara gon és ( L
ALIENA
, “Los sistemas”). El caso especí fico d e Ribagorza ha
sido estudia do en B
OIX
, “Antroponí mia”, y L
ÓPEZ
, Antropo nimia (debo agra dece r a Fernando
López que me haya pe rmiti do consulta r este tra bajo, que fue su tesis de lice nciatur a).
139
refiere a las i nnovacio n es tecnológi cas, el h echo más destacado en Ribag orza, igual q ue
sucedió en buena parte de Occi dente, fue l a aparición de los molinos hidráulicos, que
permitió una reducción del trabajo que se invertí a en la transformación del grano en
una sustancia pani ficable, apta para el consumo h umano; las alusione s más an tiguas a
su presencia son las de Lavaix en 955, San Esteb an del Mall en 973, valle de Betesa en
987, Benasque antes de 1018, pero es probable que en esa f echa ya existiesen estos
ingenios en la may oría d e l ocalidades rib agorzanas
289
.
La v iña, por su parte, era un cultivo con un compo nente cultural todavía más
acusado, en cierta medida vinculado con el empl eo del vino en el ritual eucarí stico, un
hecho que ex plica que durante la Alta Edad Media se extendiese por zonas poco
adecuadas: su abundancia en l os altos valles de Benasque o Castanesa desde
comienzos del sig lo XI es el botón de muestr a (ta mpoco hay que olvidar que el “óptimo
climático” altomedieval hubo de facilitar esta clase de plan tacio nes de altura)
290
. El
proceso de trabajo reque ría una f uerte inversión de tiempo en la época de la vendimia,
y ciertas instalacio nes esp ecíficas p ara la transfor mación de l a uva, como eran l os
trujales que solía n s ituarse cerca de los mismos campos de cultivo (por ejemplo en
Iscles: vinea cum ipso torculare ), que solían estar en manos de los propios campesinos
291
.
El vino result ante era un producto con d iversas ventajas: i gual que el cereal, era
almacenable y rico en energí a, a lo q ue se añadía el c arácter aséptico que le confería el
alcohol.
Entre las otras parcelas, la más numerosa son los huertos de prod ucción
diversificada des tinada al consumo do méstico; las leguminosas y algunos á rboles como
manzanos, cerezos y n ogales, q ue aparecen en los textos, debían de ser sólo algunas de
las especies que h abían en los mismos. Le siguen en f recue ncia los c añama res, que sólo
se podía cultivar en sitios templados con agua abundante, y se orientaba a la
producción tanto de textiles como de apar ejos domésticos. Por último, los escasos
prados de siega q ue apar ec en han de a n alizarse d entro de las actividades ganaderas.
La composición las explotaciones mu estra que se orientab an al
autoabastecimie n to de las familias, puesto que, por l o general, cada uno con staba de
parcelas ded icadas a los diferentes cu ltivos; esto no sólo se deduce de las citadas
fórmulas notariales q ue los describen, si no que se comprueba en los que son detallado s
al venderse: en Soperún, por ejemplo, h abía uno c ompuesto por un camp o, tres tierras,
una viña y un huerto, mientras q ue otro de Montañana tenía tres tierras y tres viñas
292
,
ambos de finales de l si glo X .
La diversificación productiva se combinaba con la especializació n de los
terrazgos para dar lugar a propiedades c ampesinas bastante dispersas, de f orma que
las piezas de cada cultiv o pertenecientes a las diferentes unidad es domésticas tendía n a
289
CA d oc. 18 5; CDO, docs. 2 6 y 2 8; DR, d oc. 6; CC, doc. 166.
290
H
ORDEN
and P
URCELL
, The Corrupting Sea , p p. 21 3-2 20.
291
CA doc. 136; un caso similar se atestigua en la dotación de Sa nta Marí a d e Güel en 996
(CC[II] , doc. 3 16 ). Este hec ho se con oce i gualment e de sde una pe rspecti va a rqueológica:
P
ALACIOS
y R
ODRÍGUEZ
, “Un ejemp lo de exp lotación”.
292
CA d ocs. 19 0 y 208 .
140
agrupar se dentro del término de una aldea o – en menor medida– de un castro; los
ejemplos de Ballabriga y Güe l, l ugares de hábitat con gregado y disperso
respectivamente, permit en comprobarlo. En la villa de Ballabr iga l as parcelas de cereal
y vi d se distribuí an en diferentes zonas: las viñas en torno a San Cleme nte, una zona
aterrazada un kilómetro al sur de la local idad, mientras que las tierras estaban más
cercanas a l as viviendas , en las amplias y s uave s laderas del pequeño valle en que
estaba el caserío. En Güel las parcelas dedicadas a cada producto estaban bastante má s
repartidas por todas las áreas del término (tal c om o se podía esperar en una zona en
que la población vivía dispersa), pero las planta ciones de cereal estaban bastante más
diseminadas por los terrazgos que las viñas, q ue tendían a agruparse en unas zona s
concretas
293
. Con estos datos, se puede proponer que los cereales se aprox i maban más a
las viviendas –y por ello reflejan la dispersión de é stas– y que, para ciertos cu ltivos más
especializados c omo eran los viñedos, que existían algunos terrazgos especializados en
los lugares más apto s, cuya propiedad se repartía en tre labrador es que vivían a varios
kilómetros a la r edonda
294
.
Un caso más acusado de especializació n productiva se descubre en el valle de
Benasque. Más arriba se vio que, según el rollo de esta locali dad, la propo rción de
viñas y tierras en este terr itorio es similar a la de otras zonas de Ribagorza, pero, si
estos datos se desglosa n por localidades, se evidencia que l os tipos de parcelas se
repartían mu y disigualmente:
ti erras viñas prados
Benasq ue 32 3 -
Cerler 2 4 - 4
Caste jón d e Sos - 19 -
Es bastante obvia la concentrac i ón de los cultivos vitícolas en l a mitad mer idional del
valle, mientras q ue todos los prados vin culados con la ganaderí a se si tuaban en Cerler,
la localidad de mayor elevac ión. Un segundo documento completa este panorama: el
registro de las decim as de Castejón de Sos enumera todas l as propiedades agrícolas que
293
E l a nálisis de la situa ción de las parce las respecto a los microtop ónimos en la d otación de
Santa M aría de Güel (9 96) muestra l o sig uiente: e n e l ca so de la s tie rras, ni ngún ma crotopón imo
reune más del 7 % de las parcelas, mientra s que, por lo que se ref iere a las viñas, un solo lugar
( sub Lena ) r eune el 2 5% de ella s. L os d atos de o tras par celas como caña mares o huert os so n
demasiad o peq ueños para que se es tablez can porcent ajes a partir de ellos (au nque en el ca so de
los ca ñamar es e s indicat iv o que l os d os únic os me ncionado s e stén e n Ba lasanz , e l m ismo siti o
donde se co ncentr ó este cul tivo durante el rest o de la Eda d Me dia).
294
Una interp retación s imilar debía de tener la a lusión e n 91 8 a un v ingero de castro Bellasie (CA ,
doc. 10 1), a unque, por la s ca rac terísticas mixtas de es ta z ona y lo s pro blemas se mántic os de la
palabr a castrum , se puede interpreta r como e l v iñero ta nto de la a ldea d e Betesa c omo del valle
homónimo.
141
debían pagar el diezmo de sus cosech as en el término de esta aldea en tor no a 1068
295
.
Dos elementos se deben retener de este texto: primer o, en tre las 159 parc elas descritas,
el 77% son viñas, el 19% tierras y el 4% caña mares; segundo, sólo el 15% de los 77
propietarios eran de Castejón, mientras que el resto pr oceden de una veinte na d e
poblaciones emplazadas en un radio de una q uin cena de kilómetros. La in terpretación
de estos datos parece bastante se ncilla: la amplia llanura de Castejón era el viñ edo del
valle de Sos y el alto Isáben a ( ciertament e, es la ll anura amplia con un c lima
relativamente pr opicio para la vid), p ero eso no se tradujo en una marcad a
especialización de la eco n omía de sus propios ve c inos, sino en que un buen número de
familias de las otras a ldeas se hicieron a l lí con un terre no, presumiblemente p ara
satisfacer sus pro pias ne cesidades.
La distribució n geográfi ca de las parcelas tanto en el ámbito l ocal como en el
subcomarcal, obser vada en los dos párrafos anteriores, tenía varias razone s: en primer
lugar, los incesante s repar tos hereditar ios y la s dotes ap ortaban biene s excéntri c os
respecto a las explotaciones; además, la oferta existente en el mercado f undiario o en
las superficies rotu rables imponía ceñ irse en algunos espacio s; por último, se trataba de
una estrategia de gestión de los riesgos para minimizar las posibilidad es de q ue un
accidente meteorológi c o (una granizada, una sequ ía, etc.) destruyese la totalidad de la
producción
296
.
Los anteriores ejemplos muestran que la aspiración al autoaba stec imie nto de
productos agrícolas, basada en un a racionalidad económica propia de c ampesinos
autónomos, precisaba de una cuidadosa organizació n del territor io que permitiese a
cada f amilia acceder a los dif erentes recursos que precisaba dentro de una compleja
estructura agraria. Este sistema, lejos de ocasi onar el aislamiento de las unidades
domésticas, tenía el efec to opuesto, ya q ue la exig encia una c ontinua cooper ación entre
los cultivadores e n ámbitos territoriales de ex tensión variable (a l dea, valle, castro)
hubo de dar lugar a me canismos de coope ración estables en tre sus vecinos.
Las actividades gan a deras
Las ac tividades ganader as pasan prácticamente desapercibidas en el en orme
caudal de pequeñas transaccio n es c onservad as. Sin embargo, aquellas son más
evidentes en las fórmulas escritas para describ i r las villas , en las que se acostumbra a
mencionar las áreas de pasto (c on palabras como prati , pascui , mo nte s , etc.), así como en
las transacciones de células f amil iares q ue especifican que su posesión daba acceso a
una “porción” de ese tipo de bienes comunes. Es decir, el menor peso q ue tenía de la
propiedad privada explica q ue esta parte de la economía campesina n o esté tan bien
manifestada en las fuentes.
En un reducido númer o de ocas iones, aparecen algunos bienes pri vados
asociados a la alime n tación del ganado. Así, los prados se orienta ban al pastor eo de los
295
DR, doc. 1 13; T
ERRADO Y OTROS
, “Las Décima s”.
296
H
ORDEN
y P
URCELL
, The Corrupting Sea , p p. 17 8-1 82 y 278-282.
142
animales y a la extracción de forraje para alimentarlos durante la temporada invernal ;
posiblemente, e n casi todos los lugares de hábitat existía uno reservado a l os animales
de ti ro
297
, como tal vez sucedía en el que se docum enta en Balla briga. En el valle de
Benasque, como hemos señalado, se concentran en Cerler, l o que hace pensar más en
algún tipo de ciclo trashumante de corto alcance q ue en las propias necesidades de la
aldea. En relación c on esto, el término “prado” aparecí a con asi duidad en l a topo nimia
de l as áreas dedicadas al cereal, lo q ue hace pensar que, en una época anterior a la que
se está estudiando aquí, el peso de l a ganaderí a fue superior: una terra [...] i n loco hubi
dicitur ad Pr atum Majo re ( Villar), huna terra [...] i n locho ubi dicitur ad illo Pr ato
(Ballabriga), terra ad ipsu Pratu d e Ritubo (Cerler )
298
.
También se a lude a algunas propiedades que muestran la privatización de
ciertas zonas del mo nte para el uso exclusivo de los rebaños de un in dividuo o
colectivo. Cerca del núcleo de Raluy e n 1007 había una closa (espacio cercado para
custodiar un rebaño), y una década después en Ballabriga se vendía una cerchosa , esto
es, un área b oscosa de encinas que seguramente s irviese ta nto para el
aprovisionamie n to de leña como para el pasturaje probablemente de cerdos
299
. Más al
sur aparece la palabra “dehesa” en la toponimia del si glo X en San Esteban del Mall y
Güel, apuntando a super ficies ac otadas d e mayor tamaño que las anteriores,
seguramente de aprovechamiento comunitario
300
. Fin alme n te, existe una única y
temprana alusión a una esti vella poseída por Ramón II de Pallars cerca de Castanesa, en
torno a 1025; la práctica irrelevancia de las zon as pastos veraniegos de alta montaña se
observa, además, en que los escritos monásticos relativos a las mismas se han probado
falsos, y en un corpu s tan amplio como el rollo de Benasque, las alusiones a la
ganadería so n escasas e indirecta s
301
.
Otra vía útil para conocer las actividades ganader as son l as frecuentes ve ntas de
tierras a cambio de an imales. Esto sucede en och o de los cien textos de l os rollos de
Benasque y B allabriga: de ellos, en tres se e ntregó como precio un buey, en otra un
caballo, en tres más una vaca y en la última un pequeño hato de vigi nti obellas et suos
angelos ; dejando aparte las dos primeras, las vacas y las ovejas –con toda la gama de
productos lácteos, cárnicos y textiles que se pueden extraer de ellas– debían de ser las
especies más c omunes, además de otras como gallinas y cerdos que no figuran en
ningún texto antes de que, a fi nales del siglo XI, comencemos a tener listas de los pago s
en especie que los rústicos debí an hacer a su s señores.
En resumen, la ganade ría ten ía un cierto peso específico en l as ec onomí as
campesinas, favorecida seguramente por la abundancia de áreas incultas q ue podían
297
A este respecto, se d ocume nta en e ste per iodo un únic o ferr enal en Roda de Isábe na ( DO d oc.
55) .
298
C DO doc. 8 6, 8 8 y 137 . Este posible i ncreme nto del pe so relativ o de la a gricultura durante los
siglos I X y X se ha a te stiguado en otros ámbito s, como Á lava (A
ZKÁRATE Y
S
OLÁUN
,
“Nacimient o y transf ormac ión”, p. 426 ).
299
CDO, doc. 8 y 95 .
300
DR, doc. 6 ; CC(II ), doc. 316.
301
PACB( I), d oc. 52 . La estive lla se s ituaba en las pr oxi mida des de las b ordas de Lla piero, en la
montaña situad a f rente al n úcleo habita d o actual d e Foncha nina.
143
emplearse como pastos. Este hech o se puede aplicar a todo el territorio, ya que l as
escasas alusiones a animales o a las instalaciones precisas para su mantenimiento se
distribuyen por Ribago rza de una manera más o menos unif orme. La principal
característica de los siglos X y XI frente a la época posterior radica en el peso limitado
que tenían los rebaños trashumantes, q ue requerí an tanto la especializ ación de las
zonas de pastos estivales de al ta montaña como la existencia de áreas de invernación
que los complementasen. H abitualm ente, se daban algunos desplazamiento s
estacionales de corta distan cia en los que poblaciones como Cerler y Castan esa ,
efectivamente, tendrían una cierta relevancia
302
. Excepcionalmente, existie ron ciclos
más a mplios, como el que conectaba los domi n ios urgeleses de l mo n asterio de Sa nt
Sadurní de T avèrnoles con la cuenca inferior del Isábena, según da a conocer u n
salvoconducto de 10 22 que renovaba un texto a nterior otorgado por Almanzor
303
.
Por últi mo, la explotación de otros recursos n aturales, como los cinegé ticos,
forestales o piscícolas, es aún men os conocida por ausencia de información. Las
perspectivas generales del Occidente altomedie val tienden a señalar q ue, durante esta
época, la importancia de esta clase de productos f ue superior qu e en épocas
precedentes, lo cual redundó en una mayor diver sidad en la dieta. La gran extensión
de las áreas improducti vas ( al menos, desde la perspectiva de la agricultura o l a
ganadería), como corresponde a un área montañosa en una fase de presión
demográfica moderad a, daría l ugar a u nos recursos particularmente ricos, aunque,
cabe insistir, no se pueden aportar evidencias sobre su peso en la s economías
campesinas.
3.
2.
L
A SOCIEDAD LOCAL
:
LA ACCIÓN COLECTIVA Y EL L IDERAZGO INDIVIDUAL
.
Por encima del ni vel d oméstico o familiar, existían otras estructuras sociales
que te nían un alcance local ( entiéndase por “local” aquellas formas de organizació n
que h abía en la escala de aldeas, val les, castros, etc.) . Esos espacios eran el marco de
actuación colectiva d e l as comu nidades campes i nas en ciertos aspecto s, y, además, era n
el ámbito en que se desenvolvía n las elites laicas o eclesiásticas de Ribagor za antes de
la cristalización del feudalismo en el siglo XI. La relevancia de este n ivel de la
organización social es una clara manifestació n de q ue las soci edade s pirenaic as
disfrutaron de un cierto marg en de la autonomía, una ci rcunsta n cia que en ningú n c aso
debe confundir se con igu alitarismo o libertad.
En el título del apartado se pre sentan las dos cuestiones que se van a desarrollar
separadamente (la “acción colectiva” y el “liderazg o individual”); ahora bien, estas dos
302
C abe indicar a l respecto que no pa rece que atestig üe en Riba gorza un fenóm eno como el
propuesto e n L
ARREA
, “Moines et p ay sans”, en do nde se vi ncula el hábitat de los alto s valle s
pirenaicos a una repoblació n tardí a vinculad a con las e xplotac iones ga nade ras.
303
DSST, doc. 4 8.
144
vías alternativas en el funcionamiento de u na comu nidad local son menos antagónicas
de lo que cabría pensar en un primer momento, con l o q ue, más que una de ellas en
puridad, se suelen constatar diversas fórmulas intermedias dentro de un amplio
espectro. Así pues, pese a que se h a optado por esta estructura argumenta l por razones
de claridad en la exposición, se debe tener prese nte que, especialmente en un periodo
como l a Alt a Edad Medi a en q ue l a movilidad social era bastante acusada , la acción de
la comunidad ge neraba liderazgos, y estos pre cisab an de l consenso de aq uella para
mantenerse.
3. 2. 1. Las func iones de la comunidad.
En anterior capítulo se comprobó que las difer entes unidades territoriales en
que se in tegraban l as explotacio n es familiares (ya sean l as aldeas o valles en la zona
septentrional, o los castra en la meridional) adq uirieron un ci erto sentid o, entre otras
cosas, como ámbitos de sociabilidad e in terven ción colectiva de la población rural; aq uí
se pretende profu n dizar en los diferentes aspectos de l a vida so c ial que fueron
ejercidas colectivame n te, a través de esto s vínculos horizo ntales
304
.
La f orma de acción c olectiva que con más f recu encia se h a atestiguado es
aquella que tiene relación con la construcción y dotación de las iglesias ru rales. De
acuerdo con las actas fundacionales que se han preservado, se puede observar q ue esta
intervención podía producirse de dos maneras bas tante difere ntes. Primero, existen
algunos pocos casos en que l a comunidad rural es la principal promotora, como sucede
en Visalibo ns en 1060, en que el texto fue otorga do por o mnes homines de Vil la Luponis ;
esto sucede con mucha mayor frecuencia en l as consagracion es más numerosa s
relativas al Pallars y Urgell
305
. Y, en segundo lugar, lo más común en Ribagorza es que
aparezca un presbíter o o notable laico al frente de la iniciativa, y q ue el resto de la
población rural participe tanto en el acto ritual ( se suele señalar la presencia del
devotissimu m pupul um ) como, de un modo más activo, en la dotación de la misma a
través de una larga serie de do naciones
306
. Estas dos maneras a l ternativas de a ctuar
señalan una cierta diferencia en las comunidad es rurales organizadas gracias a las
304
La bibliografí a sobre la comunidad de alde a altomedieval se ha in crementa do
considera blemente e n lo s últi mos t iempos; si n áni mo de ser exha ustivo en la biblio grafía , me
limitaré a señala r las obras generales o metodol ógic as que he consulta do sobr e la cuestión:
G
ÉNICOT
, Comunidad es rura les , esp. pp. 21- 42; W
ICKHAM
, Community and c lientel e , esp. pp. 192 -
209 ; I
DEM
, “La c ristalización”; B
ONNASSIE
, “L es comm unatués r ura les“, pp . 79 -93 ; S
ÁNCHEZ
, “E l
poder”; A
USTIN
, “Archéologie de com munauté” .
305
CDO, doc. 138 ; el a mplio conjunto de consagraci ones de templos en e l alto Pirine o ca talán ha
sido publica do en B
ARAUT
, Les actes .
306
Cabe recorda r los aludidos ejempl os de Güel, S an Este ban d el Ma ll, Montañana o Fa ntova, en
todos l os c uales que partic iparon va rias dec enas de familias campesina s del entorno de los
nuevos templ os (ver tabla 2).
145
iniciativas de las elites, frente a las q ue lo estaban gracias a la cooper ación de los
vecinos.
Por lo que se refiere a la gestión de estas instituciones eclesiásticas locales, la
autonomía y c ontrol comunal que muchas de parroquiales mantuvier on en las
siguientes centurias lleva a pe nsar que las comunidades que se s ignifi caron e n s u
creación mantuviero n un cierto dominio sobre ellas. No obstante, lo más usual es que
los documentos se limitasen a hablar de los pre sbíteros locales que los regían o q ue
habían impulsado su creaci ón, de modo que tan sólo podemos i ntuir q ue los vecinos
ejercían algún tipo de control sobre e llos
307
. Sólo se atestigua e n u n a ocasión q ue l a
comunidad reclamase el poder sobre una i glesia frente a cierto agente externo, más
concretamente en el pleito que enfrentó a los ho mines de Castanesa con el monasterio de
Alaón a causa del templo de San Martí n: el conde Ramón de Pallars Jussá poseía medio
templo, logró la otra mitad por permuta con un presbítero, y l o donó íntegro –con
diezmos y propiedad es– al abad de Alaón en 1024, pero los vecinos del lugar no
aceptaron l a nuev a potestad al reivi ndicar como pro pia una de las mitades, lo que
generó un juicio e n 103 9, en que el conde confirmó al cenobio la propiedad de San
Martín
308
. A hora bien, n o parece aventurado sospec har que, si l a sentencia hubiese sido
en sentido opuesto, no se hubiese copiado en el cartulario, así q ue se plantea la duda
de dónde radica la excepcionalidad de este ejemplo: ¿en la gestión comunal del templo,
o j ustame nte e n su pérdida frente a un monasterio? La única re spuesta posible
desborda totalmente la cronología de este capítu l o: enf rentamie ntos si mi lares fueron
sostenidos por las comu nidades locales del Pi rin eo durante todo el Antiguo Régimen,
un indicio de que las circunstanci as que ll evaro n al juicio de Castanesa debían de ser
habituales
309
.
Los s istemas de trabajo también re q uerían l a cooperación en tre los peq ueños
productor es. La existencia de terrazgos especializados cuya propiedad se repar tía entre
numerosas familias de bía de reu nir a éstas durante las faenas estacionales y tal vez
también les obligaba a coordinar sus esfuerzos para minimizar la inversión de trabajo .
El origen de esos espacio s agrarios también incita a considerar q ue proceden de un act o
colectivo consciente, sea una “in tervenc ión” en el mercado de parcelas para que se
pudiesen repartir entre las familias, sea su p uesta en cultiv o grac ias a la acción
comunal y una posterio r lotificación del resultado. La segunda opc ión se pued e
rastrear en algunos casos tardíos: en torno a 1080 los homines de Gudul y l os homines de
Rota habían puesto en cultivo una zona distante del c entro de sus respectivos términos,
y en 1124 los vi cinos de Calvera acordaron con Obar ra crear un viñedo sobre tierras del
307
Por ejemplo, se observa qu e en la s a ctuacione s del pre sbítero que poseía la pe queña aldea de
Lacer a intervenían en ca lida d de testigos o i ncluso otorgante s los otros mi embros de la
comunidad (CL, doc. 3 y 27).
308
CA, docs. 23 2, 235, 236 y 245 .
309
Sobre el ca so de Castanes a: CA, docs. 232, 235, 236 y 24 5. Acerca del control que siguier on
ejerciendo muchas c omun idades rura les sobre las iglesias locales, y especial mente sobre la
elección de los presbíteros , es intere sante B
RUNET
, “ É glises et c ommu nautés”, en d onde se
recoge ad emás ba stante bib liografía sobre la c uestión.
146
monasterio
310
. La moliend a del cereal en ingenios hidráulicos tambié n pudo h acerse en
lugares comunes, pero lo cierto es que, desde que se empiezan a documentar, este ti po
de instalaciones aparecen en mano s privadas.
Otra faceta importante era la gestión las áre as productivas de prop iedad
comunal, como los pastos o los bosques. A unqu e las evidencias textual es son parcas ,
confirman la existencia de esta clase de atribuciones de la comunidad: las
transferencias de exp lotaciones campesinas solían incluir cláusulas q ue garantizaban
que su posesión daba acceso los bienes de este tipo que se situaban dentro del término
de la villa correspondien te. Ahora bien, si se recuer da que estos términos eran dif uso s
e i nformales , se debe concluir que aún no existían más que s encillos mecanismos para
controlar posibles abusos o ch oques de intereses entre l os vecinos
311
. A llí donde
predominaba l a dispers ión del poblamiento, ni siquiera esto fue preciso y se detecta
hasta bastante más adelante, algo que se debe vincular a la relació n de cada
asentamiento con las áreas productivas: las superficies i ncultas destinadas a usos
pecuarios o silvícolas se hallaban en el entorno inmediato de cada unida d campesina.
Como se indicó antes, e n el área meridio n al se men cionan desde el siglo X al gunas
dehesas, una evidencia de la utilización colectiva de áreas de monte que, a su vez, es
un síntoma de la apropiación individual de estos recursos econ ómicos; esta tendencia
se muestra en la alusión a zonas de vetit um (una variante o mala l ectura de vetatum o
vedado), dentro de un pleito que enfrentó a los hombres de Roda y Güel en torno a
1080:
[...] est l audatum q uod habeant simul Rota et Gudu l pascere et li gna colligere, preter hoc
quod malum non f aciant nec quod vetitum fuerit non invadant [...]
312
Los aprovechamientos comunes del monte fuer on posiblemente más tardí os en las
áreas de hábitat disperso , pero la anterior cláusula muestra que su su rgimien to fue más
conflictivo. Nada similar se observa donde domin aba la al dea hasta que se iniciaron las
luchas por el control de los pastos destinados a los ganados trash uma ntes, en l os siglos
XII y XIII.
Por último, la manifestación más explícita de los progresos de una comunidad
consciente de sí misma es l a interlocución colectiva, sea an te otras entidades
campesinas similares, sea an te l os individuos o grupos dominantes. La primera
circunstancia se atestigua en las dos ocasiones en q ue aparecen c omunidad es litigando
entre sí, una entre los vecinos de San Esteban del Mall y de Serradu y, y otr a en tre los
de Roda y de Güel, en ambos casos a causa del límite de sus respectivos términos.
Ambos textos fueron escritos en las últimas décadas del siglo XI, esto es, en l as
postrimerí as del período aquí an alizado. La negociació n entre los vecindarios y las
310
CDO, d oc. 151 . Esta opera ción se p uede vincular con el aludid o vi ñero d el castr o de Be tesa
que se me ncionó má s arrib a.
311
Meca nismos de este tipo, con finalidad es j udiciales , se observan en la resolución de un
conflicto e ntre d os veci nos de Balla briga a causa d e cier to de lito: un grupo q ue ca be califica r
como los “buenos ho mbres ” del lugar convenci ó a l acusa do para que compe nsas e al agraviad o
(CDO, doc. 125 ).
312
DR, doc. 8 8.
147
clases d irigentes se alude di rectamente en u nas pocas ocasiones, mientras que en
bastantes otras s e puede deducir a partir del contexto. El caso más temprano lo
propor ciona el relato de i bn I dhari sobre la razzia que Muhamad al-Tawi l lanzó sobre
Pallars en 9 09: sintiénd ose amenazados, los h ombres de Rod a enviaro n un emisario
para negociar su rendición pacíf ica, aunque finalmente ésta no fue aceptada y el
caudillo árabe destr uyó el c astro rotense
313
. En las fuentes cristia nas, las comu nidades
figuran tanto en el aludido j uicio e n que los vecinos de Casta n esa defe ndieron su s
derechos sobre la iglesia, como en otro de f echas próx imas, aunque sólo lo con ozcamo s
por un resumen hecho en torno a 12 00, entre los habitantes de tres pequeñas villas del
valle de Lierp (Visaldric, Visarán y Cercur án) y los herederos del señor local
314
. Men os
evidente resulta la intervención comunal en l os pr ivilegios q ue otorgó Sancho Ramíre z
a los habitantes de Graus, Benasq ue o San Esteban del Mall , del último tercio del siglo
XI, pero el hecho de q ue estuviesen preferentemente orientado s a limitar el poder de
los incipientes señores locales sobre los ha bitantes , hace pensar que era iniciativa de los
últimos
315
. Todos estos datos muestran que el colectivo podía y sab ía inter venir para
proteger un interés común, pero no es menos cierto que sólo lo hizo en casos muy
puntuales q ue, además, se concentran en la fase final del periodo investigado, lo cual
poner de ma nifiesto q ue la c omunidad estaba lentame nte incrementando sus
atribuciones, au n que sie mpre dentro del marco informal en el que s e movía.
En uno de los juicios que relatan los textos al ud idos en el anterior párrafo se
prevé la interve n ción negociadora de dos hombres de c ada localidad en el c aso de que
surgiesen nuevas di scordias entre las partes:
Si quis amplius rixa au discordia inter eos advenerit, si cut duos homines de Sadarrue et
duos de Sancto S tefano dixeri[n] t, sic maneant jug iter.
316
Delegaciones como ésta, o como la de los hombres de Roda en 909, eran
necesariame nte h abituales si , tal como se acaba de decir, l os colectivos rurales
negociaban ocas ionalme nte con agentes exter nos. Ahora bien, la elección algunos
vecinos en calidad de representantes no debe conf undirse con la existencia de
instituciones aldeanas estables, puesto que el cometido de éstos se circunscribía a unas
circunstancias muy co ncretas.
Las diferencias entre l as formas de a sociación y socialización de la po b lación
rural propias de la época a ltomedieval y aquella s otras más institucionalizadas que se
documentan desde el si gl o XIII en Ribagorza, como en otras áreas regionales, son
enormes, pero tampoco faltan l os aspectos comunes. A mbas realidades encajan, de
313
CC(I) , p. 123 .
314
C
ASTILLON
, “ Documentos de Lagua rres”, p. 3 13 ( he corregido va ri os errores de la e dición): et
aliam cartam contencionis d e Villa Alt erici et d e Cercura n et de Villa Asneri cum fili is d e Serve Dei .
Otro ejemplo algo más te mprano y má s explícito es el que enfrent ó a l os hombres de Salàs
(localidad depe ndiente de Lavaix, ya de ntro d el terri t orio de Pallars) c on el aba d d e Sa nt Gení s
acerc a de la propiedad de los alodios que estos cultivab an.
315
CDSV, d oc. 60 (en e sa edición se debe leer Grad us en lu gar de Sirag ) ; CDSR, d oc. 95 .
316
DR, doc. 2 7.
148
hecho, en una concepción ampli a de l a “comunidad rural” medieval, como la que
propone Chris Wickham en un es tudio sobre la plana de Luc ca:
The term describe structured a nd explicit col l ective associations, based on units o f rural
settlement, which norma lly have leaders [ ...] but not yet necessarily f ormally
characterized re presenta t ives, and which cert ainly will have a collect ive consciousnes s
and some control over their own affairs, but not necessarily yet a specific te rminology
(commune or un i versitas) or a cle arly defined inst i tutional framew ork .
317
Frente a la idea de n umer osos h istoriador es que consideran que es difícil h ablar de
“comunidad aldeana” cu ando ésta carecía de una clara proyec c ión institucional (es
decir, justo aquello que mejor se registra en la escritura), creo que los documentos
aportan abundantes argu mentos para reconocer su existencia y funcionalidad desde la
Alta Edad Media. Para ter minar, cabe recordar que el investi gado r debe ser muy
cauteloso ante el riesgo de caer en dos trampas metodológicas de carácter opuesto: lo
primero, atrib uir a estas tempranas orga n izaciones colecti vas los rasgos que
caracterizaro n a sus sucesor as dos o tres centurias después, y lo segundo, minimizar
cualquier mejora tempra n a que después desapareció, por considerar que la autonomía
comunal siempre avanzó d e un modo “progr esivo”
318
.
3. 2. 2. Las elites den tro d e la comunidad loca l .
La mayoría de las s íntesi s sobre el Occide n te medieval coincide n en señalar que
las sociedades rurales de los siglos X y XI estaba n lejos de ser igualitaria s en términos
de riqueza de sus miembros, y que dentro de el las se estaban incrementando
claramente las desigual dades
319
. Desde mi punto de vista, se debe prestar especial
atención a las repercusio nes de este avance endógeno en la estratifi cación social, puest o
que allí radica la clave de l posterior sur gimiento d el sistema feudal.
Los historiador es han tratad o de explicar de maneras muy diferentes este
fenómeno, depe n diendo , por un a parte, de las tendencias interp retativas, l os
planteamientos generale s previos o las ideas preconcebidas, y, por la otra, de l os
espacios regionales o c as os concretos sobre los q ue se fundamentan sus obser vaciones.
Aunque no pretendo hacer una síntesis de la hi storiogra f ía so bre los orígenes de l
feudalismo, sí q ue es preciso plantear algunas de las principales propue stas existentes
al respecto, como p aso previo a deca ntarse por u n a de ellas.
Hay dos grandes aspectos en los que divergen las diferentes visiones sobre las
transformacio n es sociales que condujeron al sistema feudal: por una parte, el punto de
partida, y, por la otra, la velocidad de los cambios. Dependiendo del primero de esos
317
W
ICKHAM
, Community and clientele , p. 6 .
318
Al re specto e s intere sante la visión de la c omunidad alto medieva l en L
ARREA
, “La Na varr e”,
pp. 21 1, y la objeción que se le hace e n L
ALIENA
, “Aragón y Navar ra”, nota 23 .
319
G
ARCÍA DE
C
ORTÁ ZAR
, La sociedad rural , pp . 27 -36 .
251
donaciones reales a los gr an des mo nasterios (esencialme n te Sa n Victo rián y R oda)
constituyer on el grueso de sus dominios, ya fuesen unidades domésti c as dispersas
(g enera lmente denomin adas excusat os , por estar li bres de servicios al re y ) o di stritos
castrales enteros. Como resultado, en el siglo XII , el abad de San Victoriá n y el prior de
San V icente eran, con segur idad, los mayores propietarios de tierras y señores de
vasallos en Ribagor za, y de ellos dependía el posterior trasl ado a sus respectivas
clientelas de los in gresos q ue ese domi n io les prop orcionaba.
La trascende n cia de lo s cambios producidos durante las décadas finales del
siglo XI y las primeras del siguiente se comprueba igualmente en el hecho de que, tra s
la última gran serie de donaciones reales, en el breve gobierno de Ramiro II, la red de
monasterios y sus dominios habían adquirido los rasgos esenciales que mantuviero n
durante el resto del período medieval. En ese momento, el crecie nte a lej amiento de
estos centros frente a las nuevas fuentes de poder y riqueza ocasionó el cierre de la s
principales vías del crecimiento patrimo n ial, de modo que, en las posteriores décadas,
las autoridades religiosas hubieron de conce ntrar sus esf uerzos en la consolidació n y
estabilización de ese enor me con junto de propiedade s y señoríos. En ese contexto, la
segunda mitad del siglo XII es una f ase de crisis generalizada en los antigu os cenobios,
ante el hostigamie n to continuo que ej ercía n diversos aristócratas, generalment e
miembros de las clientel as de los propio s monjes que trataban de construirse pequeños
señoríos mediante la apropiación o usurpación de bienes. Esta situació n obligó a los
reyes Alfonso II y P edro II a interve nir a favor de San Victor ián y, en meno r medida, de
Roda, unos monasterios q ue seguían, en ci erto m odo, muy unidos a los orígenes de la
monarquía aragonesa. Además, durante esta épo ca se produ jo el auge de las Órdenes
Militares: dentro de Ribagorza, en torno a 1155 tuvo lugar la fundación de una
pequeña encom ien da de la Orden del Hospital en la localid ad de Siscar , muy cerca de
Benabarre, que, pese a recibir abundan tes donaciones en su primer a centuria d e
existencia, n o alcanzó la importancia que tenían los anteriores centros: apenas q uedab a
espacio social par a nuev as instituciones ecles iásticas.
Entre la auton omía y la dependenc ia
Una vez realizada esta introd ucción a la historia de l as grandes institucione s
eclesiásticas, voy a analizar cuál era su papel en la articulación del poder en el contexto
de los siglos XI y XII, a través del an álisis de las relacio nes que mante nían con las otra s
tres grandes fuerzas soci ales de la época, tanto laicas (aristocracia y mona rquía) como
eclesiásticas (obispado). Puesto q ue estas cuestiones han sido ampliamente abordadas
en otros estudios regionales, evitaré profundizar en aspectos teórico s para centrarm e
en casos concretos que muestran los rasgos específicos q ue esos vínculos entre los
grupos d ominantes te nían en Ribagorza.
En primer lugar voy a analizar la pecu li ar r elación que mantuviero n los
monarcas aragon eses con los grandes monasterios. Como ha mostrado Carlos Laliena,
durante el reinado de Sancho III el Mayor se produjo una import ante reform a
monástica que afectó a un selecto grupo de sedes monásticas como San J uan de la Peña
252
o Leire y q ue, en el extre mo oriental de los dom inios pamploneses, tuvo su exponente
en San Victorián de Asán, aunque las noticias sobre los primeros momentos de su
transformació n son pocas e indirect as. Durante todo el siglo XI, estos centro s
benedictinos protegidos por la monarquía se convirtieron en auténtic as “sedes reales”
a donde los soberanos acudían con ci erta asiduidad para participar en actos litúrgicos,
en prese ncia de los ar istócratas y grandes cargo s eclesiásticos , que tenían como
finalidad última el p rop orcionarles el prestigio y legitimidad que necesitaban para
consolidar su h egemo nía 709 . Las enormes campañas de falsificació n y manip ulación de
los diplomas asanienses dificultan conocer estas circunstan cias, aunque, por ejemplo,
se pueden dar p or buenas la s siguiente s noticias:
[…] quando dedit Deus castro Munniones ad christianos, veni ad oracionem ad Sa nctum
Victorianu m in mense a ugusto […. ] (1079)
[…] secundo anno post constructu m monaster ium Montis Aragon i s, capto Montesone ,
veni ad oracione m ad Sanct um Victorianum de Sup ra rb […] 710 (1090 )
Otro texto in dica que, en 1098, Pedro I acudió al priorado de San Pedro de Taberna
(dependiente d e San Vi ctorián) para cumplir u na donación que había prometido si ,
como sucedió, vencía en la batalla de Alcora z 711 . La vin culació n de los reyes aragoneses
con San Vicente de Roda es algo más tardía (se inicia tras su restauración como sede
episcopal en 1068) y, sobre todo en sus primeros decenios de existe ncia, tuvo más
relación con la presencia de los obispos que con la propia comunidad de can ónigos .
Esto muestra que la alianza entre los monarcas y los grandes monaster ios beneficiaba a
ambas partes y creaba obligaciones recípr ocas : los soberanos protegían y
promocionab an a los mo njes con todo tipo de donaciones y privilegios, y los religiosos
asumían un papel destacado dentro de la estr ategia p olítica para asentar el poder
estatal en Sobrar be y Rib agorza.
El patronazgo real sobre estos grandes mo n asterios pirenaicos se ma ntuvo
durante toda la Ed ad Media, ex presándose en las continuas confirmaciones de los
antiguos privilegios (fue sen auténticos o no) , en algunas in terven ci ones para defender
la autonomía de los mo njes frente a los señores e i n cluso en un cierto apeg o simbólico a
los lugares donde presuntame nte reposaba n los restos de algunos de sus an cestros. Por
ejemplo, en la protecció n que otorgó A lfonso II a Roda e n 1170 reme moraba a sus
ancestros para j ustificar su acto piadoso:
[…] venimus ad Rotam, que est propria nostra dominicatur a, quam f ecit et consti tuit
dominus rex Sancius et Petrus rex atqu e Adefonsus re x et Ranimirus rex, filii ejus, et
dominus Rai m undus, co mes Barchinonens i s, pater no ster, quibus si t requies […] 712
De todos modos, resulta indudable que, a lo largo del siglo XII y especialme n te
durante su segunda mitad, decayó el interés de la monarqu ía por estos centros, lo qu e
se explica sin duda por la disminució n de su utilidad para aglutinar a las fuerzas
709 L ALIENA , “Aragón y Navarr a”, pp. 461 -463.
710 CDSV, docs, 7 2, 73 y 80.
711 CDSV, doc. 9 6.
712 DPR, doc. 1.
253
sociales del reino. La consecue nci a más evidente fue la ralentizació n o pa ralización del
crecimiento de los dominios monást icos por la escasez de donacione s reales posteriore s
a Ramiro II.
La relación de los mo nasterios con los nobles fue más comple j a y durader a,
pues, como se señaló más arriba, monj es y señores no sólo compartí an buena parte de
sus fuentes de poder y rentas, sino que solían proceder de l as misma s familias. L a
principal idea que se debe retener es que, a l mismo tiempo q ue tenía lug ar el proceso
de concentración del poder espiritual en unos pocos polos monástico s , y del poder
laico en torno al monarca y grandes magnates, el capital simbólico que las elites locale s
acumulaba n a través d e pequeñas iglesias comenzó a ser atraído por la s grandes sedes
mon acales. En consecue nci a, los señores ribagorzanos tend ieron a inte grarse en la
clientela de algu n o de e stos cenobios, sea de un modo informal, sea a través de las
societates que se atestiguan e n la segu n da mitad del siglo XII en San Victorián, San
Vicente de R oda o la encom ien da del H ospital de Santa María de S iscar 713 .
Aparte de las ventajas espirituales y simbólicas, este lazo con los monjes
propor ci onaba a los linajes aristocrático s diversas posibilidades que compensaban la
donación piadosa. En primer lug ar, muchos segundones o personas de av anzada edad
de las grandes familias entraban en las comunidade s de religiosos, una maniobra que
permitía situar a un miembro del linaje dentro de una de las institucio nes más ricas y
poderosas de la zona. Además, muchos señores podían construir grande s patrimonios
en torno a estos cenobios: muchos bienes donados eran retenidos por los antiguos
propietarios a cambio de un acto de reconocimiento o algún pago, a l tiempo que
podían ser recompensados con otras concesio nes benefic iarias de porciones d el
dominio o con cargos de gobierno dentro de los señ oríos monásticos . Un buen ejemplo
emerge de la relación en tre el priorato de Obarra y el señor P oncio de Calvera: el área
de influencia de este peq ueño noble se correspon de exac tamente con las p osesion es de
los monjes, repartidas entre el término de Fantova y el valle de Beran uy 714 . P or otra
parte, la in tegración en la clien telas de un monasterio solía permitir el acceso a
importantes redes n obil iarias o, incluso, al soberano o a su esfera más cercana. Por
último, también debe interpretar se dentro de una estrategia para consoli dar el linaje:
l os enterramie ntos dentro del recinto ecles iástico, las inscripcio nes necr ológicas que
decoraban los mu ros de varios claustros o la conmemoración anual de individuos
fallecidos que habían sido in cluido s en los necrologios eran a ctos que reavivab an la
memoria de los ancestros comunes, reforzaban una idea atemporal de la familia e
incrementaban su prestigio gracias a la asociaci ón a un lugar sagrado. Por poner un
ejemplo ilustrativo, hasta el sigl o XVIII existió en el claustro de A laón una inscripció n
que decía lo s iguiente:
Ermengaudus et Ermesens, uxor ejus hunc porticum fecerunt facere, et hic notatum
locus sepultura e e orum 715 .
713 C ASTILLÓN , “La Fraternidad”.
714 CDO, docs. 154 , 15 8, 159 y 160.
715 S ANTIAGO , La Epigrafía latina , p. 2 93.
254
Es decir, una familia noble, iden tificab le con los castellanes de Arén , financió las obras
de l porche del mo nasteri o, donde se hiciero n e nterrar . Por otra parte, si nos fijamos en
los beneficios q ue mon j es y canónigos obtenía n a través del patrocinio aristocrático, se
debe de stacar, en primer lugar, que el grueso del capital humano de los monasterios
procedía de estas familias nobiliarias, lo q ue relati viza la oposició n entre ambos grupos
sociales. Además, conse guían protección por parte de un colectivo con el que lo s
monjes competí an por diversas fuentes de riqueza, y que podía amenazarles
seriamente e n ca so de conflicto. Por último, los señores también ap ortaban a lo s
monasterios prestigio, un constante goteo de donaciones pías y unos colaboradore s
imprescindib les para imp oner su autor idad sobre la población campes ina .
Aunque pueda parecer contradictorio, los graves conflictos q ue enfre n taron a la
aristocracia laica con los grandes monaster ios dur an te los siglos XII y XIII se entienden
en el contexto de la alianza entre ambas partes. Las fuentes monásticas suelen
interpretar estos problemas como meras usurpaciones de bienes comet idas por una
nobleza ávida de las riq uezas y privilegios de la Iglesia, pero un rápido an álisis de l
nombre de los señores que fueron acusados de actu ar de ese modo basta para
desmentir esa idea, y a que eran protagonizado s por los ali ados y protectores de los
monjes. Los dominios ribagorzanos de San Victor ián propor ci onan un buen número de
ejemplos de esta situaci ón: los castellanes de Graus y el abad s obrarbés mantuviero n
continuos e n frentamie ntos entre 11 26 y 1322, consistentes por lo general en que los
primeros rompían unil ateralmente el lazo de dependencia que les ataba al segundo, lo
cual desembocaba en una renegociación de las condiciones de su mutuo acuerdo 716 . D e
modo parecido, el citado Poncio de Calvera fue un pequeño noble de finales del siglo
XII integrado en la clientela de Obarra, lo q ue le dio acceso al usufructo de parte de su
dominio, pero, en 1184, fue obli gado por Alfonso II a devolver al prior ciertos biene s
que h abía usurpado a los monjes, tras lo cual la alianza volvió a sellarse en similares
términos que anteriormente. La tende ncia de estos nobles a perpe tuarse en los
dominios que gestionab an en nombre del monasterio, ya fuese debido a una concesió n
beneficiaria de tipo feud al, o como un embargo p ara recuper ar un dinero prestado a los
monjes, amenazó conti nuamente la integridad de esos grandes patrimonios de la
Iglesia, pero tendió a resolver se mediante acuerd os que renova ban una alianza que era ,
al fin y al ca bo, esencia l para u nos y otros.
Por último, la relación entre monasterios y autoridad episcopal estuvo marcada
por la aspiración de los monjes a mante ner una amplia autonomía f rente a la
jurisdicción de los obisp os, una cuestión que surgió al mismo ritmo que se f u e
asentando la potestad de estos últimos. La impor tancia del asunto hizo q ue fuera un
motivo recurr ente en las f alsifica ci ones e interpolaciones de fina les de l siglo XII, de
modo que los textos datados en fechas anterior es deben ser tratados con prude ncia.
San Victorián ofrece el caso más completo de lucha por la inmuni dad: en 1072
Alejandro II conced ió una bula que le li beraba de la sujección episcopal en términos
bastante am bi guos, un p rivilegio que se concretó, dos décadas despues, en una
concesión de Ramó n Dalmacio en que se detal lan las competencias qu e se estaban
716 CDSV, docs. 155, 157, 210 y 219 ; CDG, docs. 58 , 60, 61, 72, 76, 77 y 78.
255
disputandose los abades y los obisp os: la capacidad de los j ueces episcopales de
intervenir en los domi nios monásticos; la libre disposición del crism a para diversos
actos litúrgicos, como la consagración de iglesias o el ordenamie nto de religiosos ; y, lo
más importan te, la pleni tud de derechos sobre las iglesias parroquia les y los diezmos
que de ell as se obtenían 717 . Los pleitos se prolongaron hasta 1200 y terminaron, poco
después, con la consolid ación de dos tipos de j urisdicciones monásticas: por un lado ,
los monasterios exentos como San Victorián y Sant Sadurni de Tavèrnoles, los cuales ,
según las palabras de la confirmación papal al primero en 1219, nulli esset nisi ecclesie
Romane subjectum 718 ; por el otro, cenobios en q ue los oficiales episcopales mantuviero n
una cierta tu tela, como lo s de Santa María de A laón y San Vice n te de Roda 719 .
El priorato de San V icente de Roda
Los orígenes de San Vicente de Roda como monasterio autónomo se cifran en la
emigración de los obispos respecto a la iglesia que les sirvió de sede entre los siglos X y
XII. La generosa dotación del cabildo por el obispo Ramón Dalmacio en 1092 marca el
primer hito en ese proceso, puesto que, desde ese momento, las economías episcopal y
capitular quedaron efe cti vamente separadas en sendas mensas , aunque, h asta el
asentamiento de la sede en Lérida en 1147, la presenc ia y control episcopal siguieron
siendo bastante inte n sos. Desde est a última fecha, se sucediero n los acu erdos (1187,
1196, 1202, 1209) para repartirse las rentas y derechos en la primitiva diócesis, lo q ue
tuvo como resultado que el priorado rotense retuviese el dominio y buena parte de la
jurisdicción espiritual en esa zona. En consecu en cia, el área de influencia de San
Vicente in cluía Ribagorz a, la franja oriental de Sobr arbe y las zonas más próximas de
los somontanos pirenaicos (Esplús o Montarr uebo), mientras que sus posesiones en
valle del E bro, incluyendo algunos bienes e n Zaragoza, H uesca y Tudela, pasaro n a
manos del obispo 720 . A hora bien, el priorato siempre es tuvo baj o la dependen cia y
protección nomin ales del prelado ilerden se, lej os de la inmunidad de los monjes de San
Victorián.
Por lo q ue se refiere a su orga nización interna, desd e 1090 quedaro n
configurado s los principales rasgos . El cargo de “ prior ” de Roda comenzó a aparecer
en torno a 1070, al tiemp o que lo hicieron los de San Andrés de Barrabés o San Martín
de Caballera, y ga n ó protagonismo como cabeza visible del cabildo con forme se
alejaban los obispos, par a acabar asumiendo unas comp etencias similares a las de l
abad o el deán en otras congregacio n es 721 . Antes de concluir el siglo XI, se documenta n ,
junto al prior las princi pales dignidades que se mantuvieron en t oda la historia de l
cabildo, como el limosnero, el sacristán, el camarero, el cellero o el enferme ro, cada un a
de las cuales contaba con unas rentas propias y debía contribuir con cierta can tidad
717 CDSV, docs. 6 1, 81 y 89.
718 CDSV, doc. 3 06.
719 ACL, PR, perg. 1.
720 DR, docs. 290 , 31 1 y 336; ACL, FR, perg. 12 40.
721 DR, docs. 72, 8 7 u 8 8.
256
anual a la comunidad 722 . Otros oficios q ue se atestiguan en es e período inicial, como el
prior de Caballera o los arcedianos, desaparecier on pronto o fueron desplazados a la
nueva sede ep isc opal en Lérida.
Entre 1068 y 1140, tuvo lugar la gra n expansió n de dominio de San Vicent e, que
significó q ue pasó de ser un propietario humilde en comparación con cualquiera de los
monasterios de origen antiguo (Obarra, Alaón, Lavaix), a dispone r del mayor
patrimonio de Ribagorz a durante el resto de la Edad Media. A grandes rasgos, estaba
compuesto por algunos grandes seño ríos (gener almente términos castrales enteros ),
varias explotaciones de menor en tidad (almuni as o pequeñas aldeas) y un elevado
número de parcelas de tierra, es decir, combinaba el componente j urisdic cional con el
territorial como sucedía en los dominio s a ristocráticos. El primer tipo de bienes estaba
encabezado por la vil la de Roda con su amplio distrito, cedida por Sancho Ramír ez en
1068 e incluida en la dotación de los canónig os en 1092, a los derec h os de cuya
castellanía el obispo de Lérida renunció en 1202 723 ; a ello se sumaron entre f inales del
XI y comienzos del sigui en te siglo Besians , Tronced o, Fonz y el valle de Barrabés, todos
por donativo real. P or diferentes vías (en general, donaciones reales o compras a
laicos), el cabildo adquirió también vario s peque ños dominios o quadras dispersos por
toda Ribagorza, como eran la Torre del Rey o Sagarras, en las proximidades de
Benabarre, Ca n alís y Ciu rán, en la cue nca baja del Ésera, o Montoliu,
722 DR, doc. 76.
723 DR, docs. 25, 7 2 y 336.
F OTOGRAFÍA 5. Restos d el pa lacio prioral de Roda , actua lmente
cementerio. Se amp lía arr iba a la izquier da el e s cudo del
cabildo, con la fec ha de 1471.
257
M APA 22 . Patrimonio del ca bildo de Sa n Vicente de Ro da.
258
Avellana y Sala en el entorno de Roda. Por último, disponía de varias decenas de
explotaciones familiares o parcelas de tierra y viña, q ue tendía n a agruparse en torno a
Roda y los términos colinda ntes; el exte n so cap b reu q ue se copió en el cartulario en
torno a 1200 ofrece una imagen bastante ajustada tanto del gr an n úmero de pequeños
bienes de este tipo como de la abundancia y diversidad de las rentas que se extraían de
ellas 724 .
Al extenso dominio se sumaban los abunda ntes derechos ecles iásticos que los
monarcas aragoneses y los titulares de la diócesis dieron a la iglesia r otense: en un
primer momento ( 1068), Sancho Ramírez otorgó el diezmo parroquial de todas las
posesiones del cab ildo, mientras que los difere ntes obispos otorgaron al priorado la
parte del diezmo que les correspondía sobre la mayoría de los templos ribagorzanos,
que solía ser el cuarto. En otras iglesias, como l as de los términos de Roda, Santa
Liestra, Besiáns o Campo, disponía de la totalidad de los derechos eclesiásticos ,
incluyendo el nombra miento de sus respectivos rectores. Aparte de ello, Sancho
Ramír ez asign ó a San Vicente el diezmo de todas las rentas que ingresaban los
monarcas en Ribagorza, pero bien porque su impor te era muy li mitado, bien porque
nunca se llegó a cobrar íntegramente, en 120 1 fue permutado por una modestísim a
renta sobre los ganados de San Esteban del Ma ll 725 .
La franquicia de San Vicente de Roda frente a los monarcas fue confirmada en
un privilegio q ue Sancho Ramírez dio en 1085 al cabildo por iniciativa del obispo
Ramón Dalma ci o, en el que se estable cía lo siguiente:
[…] ut homine s de honore Sancti Vincenci i de Rota […] non faciant servicium nec
censum nec pectum ulli homin i nisi Deo et Sancto Vi ncencio et canonicis ibi servientibus
[…] 726
Esta concesión fue reiterada y ampliada, en diciembre de 11 70, por Alfonso II, q ue
señ aló, entre otras cosas, que los ganados y h ombr es rotenses pod ían transitar libres de
impuestos por los dominios del rey de Aragón 727 . Por el contrario, los canónigos n unca
estuvieron exentos de la autoridad episcopal, como, por otra parte, era previsible en un
cabildo catedrali ci o, aunque en la práctica disf ru taba de una amplia inde pendencia en
la gestión de sus dominios, q ue se refle j a en las escasas interve n ciones del obispos o
sus oficiales de sde finales del sig lo XII en los asuntos de S an Vice n te.
El monasterio d e San Victo ri án de Sobra rbe
Dejando al margen sus orígenes visigodos, la importancia de San Victor ián de
Asán deriva del impu lso que recibió por los monarcas aragoneses durante el siglo XI 728 .
La asociación con el poder real se intuye en la mención a su refu n dación por Sach o III
724 DR, docs. 428, 429 y 430.
725 LRF, pp. 77 -7 9; CDPII, doc. 312 .
726 DR, doc. 61.
727 DPR, doc. 1 .
728 Como referencia general de la historia de es te m onast erio, se pueden t omar: D URÁN , “El
monasterio de Sa n Victoriá n”; M ARTÍN , “Colección diplomática” .
259
de Pamplona en 1026, p erduró dur ante los breves y oscur os años del reinado de
Gonzalo, h ijo del anterior, y se in tensificó en época de Ramiro I y su hijo Sanc ho
Ramír ez, de tal modo que el papel de sus antecesores quedó enso mbrecido. Por
iniciativa de e ste último y de l legado pontificio Hugo Cá n dido, e l papa Alejando II
concedió en 1071 una bula que situaba el mon asterio baj o la protecció n de la Santa
Sede, confirmaba la reg la bened ictina y garantizaba tanto su au tonomía como sus
propiedade s, un texto que fue la base de las insistentes reclamaciones posteriores de
plena inmu nidad. En el mismo documento se confirmó a Grima ldo co mo abad, un
religioso de origen extr apeninsular, q ue rigió el monasterio duran te cerca de dos
décadas 729 .
La posición del monas terio an te reyes y obispos fue el motivo de varias
disputas. Por lo que se refiere a las competen cias de los monarcas, es interesante un
texto de Sanch o Ramír ez de 1079, refundi do tardíame nte en un apócrifo, que señalaba
lo siguiente:
Mando et stabilisco quod illos hom ines de toto honore Sancti Victoriani non vadant
unquam ad ullam fabricam, neq ue ad ulla azofra, et non pergant ad ulla annutua et non
donent homicidios neque fornicidios neque incendios, neque ullos pleitos nequ e calonias
ullas donent ad me vel ad successores meos neque ad ullum merinum vel potestatem, nisi
Deum et ad Sanctu m Victorianum, et mando ut non donent leztam ne que ullam
caloniam vel pleitum in i llos mercat os de mea terra 730 .
Es decir, se eximió a los vasallos del monaster io de realizar servicios (las huestes o la
construcción de castillos ) o pagar rentas al rey (multas j ud iciales o lezdas), de modo
que, en adelante, sólo el abad podrí a exigir tales cosas. Cláusulas parecidas se
729 CDSV, doc. 6 1.
730 CDSV, doc. 7 2.
F OTOGRAFÍA 6 . Imagen actua l del monaster io de San Victorián.
260
interpolaro n en varias donacio n es de Ramiro I y Sancho Ramírez falsificadas en los
siglos XII o XIII, mostra n do la co n stante preocupación por limitar la po testad de la
Corona.
La exención fre nte al pod er episcopal fue más difícil de conseguir. La bula d e
Alejandro II fue desarrollada y confirmad a por el prelado rotense Ramó n Dalmacio en
un privilegio del año 1091. Por otra parte, una concesión de Sancho Ramír ez a ese
mismo obispo s eñ alaba e l siguiente parale li smo 731 :
[…] sit placitum t ale inter monasterium Sancti Victoriani et episcopum rotensem q ua le
scriptum est inter mon as terium S ancti Johani s de Penn a et episcopum jacensem […] 732
En otras palabras, las relacione s entre el principal monasterio y la sede episcopal en el
sector orient al y occide ntal del rei n o se a justarí an a la misma regulación, lo cu al ,
además, muestra, de n uevo, que San Victorián tenía unas funciones similares a las de
San Juan de la Peña. La autonomía se mantuvo hasta 1197, momento en que el papa
Celestino III ordenó la sumisión de San Victorián al obispo leridano Gombaldo de Erill ,
lo q ue dio lugar a un grave pleito, en cuyo transcurso debieron de redactarse vario s
documentos apócrifos que distorsiona n nuestra perspectiva. Finalme n te, una n uev a
bula de Inocencio III, en 1216, anuló la anterior y con firmó definitivamen t e la
inmunidad asa n iense 733 .
Durante la segunda mit ad del siglo XI los reyes aragoneses entregaron a San
Victorián un inme nso patrimonio en Ribagor za y Sobrarbe, aunque los graves
problemas de autentici dad de los textos de es te p eríodo impiden conocer bien los
ritmos y circu n stancias de este proceso. Como se in dicó más arri ba, a mediados de
siglo le fueron anexionado s los antiguos monast erios de Santa María de Obarra, Sa n
Pedro de Taberna y San Justo de Urmella con sus respectivos patrim oni os , que se
convirtieron en priorato s dependientes. A esto se sumó la donaci ón del castillo de
Graus con su exte nso término en 1083, amén de otras plazas menores como Chía, Senz,
Exep, Torre de Ésera o Torr es del Obispo. En consecu encia, gracias a la ayuda regia, se
había construido, antes del año 1100, un dominio que se extendía por buena parte de l a
cuenca del Ésera y el segmento superior del valle del Isáben a, y que, a gra ndes rasgos,
mantuvo sus contornos in alterados h asta finales del siglo XIII. Entre todas esas
posesiones, la más de stacada era la v illa de Grau s, que, gracias a su estr atégica posi ción
y a la instalació n de num erosos poblador es, ya era a fi n ales de la duod écima centuria la
principal pobla ción y centro comer ci al de Ribago rza.
731 CDSV, doc. 8 1.
732 DR, doc. 77.
733 CDSV, doc. 3 06; ACL, FL, Llibre V ert , ff. 72v -73v.
267
excepcionales como Santa María de Güel o San Esteban del Mall . La principal idea q ue
se debe retener es q ue los siglos XI y XII e stán marcados por la transición gradua l
desde el modelo altomedieval de iglesias rurale s, hacia el concepto de parroquia que
dominó e n el Oc cidente cristiano hasta la des aparición del An tiguo Régim en , un a
evolución que, lejos de ser completa y definitiva, dio lugar a algunas combinacio n es
entre lo viejo y lo nuevo que dan una cierta singularidad a la organizac ión eclesiás tica
de Ribagorza y, e n general, del mu n do pirenaico.
La gestación y l os rasg os de la red parroqui al
A lo largo del siglo XI se gestó en Ribagorza la par roquia “clásica ”, como f ruto
de la evolución endógena de las estructuras eclesiásti cas locales, y del impacto de las
nuevas concepcio n es q ue llegaban desde Roma en forma de legados papales u obispos
reformados. De acuerdo con J ean Gaudemet, esta forma de encuadramie nto religios o
del pueblo cristiano qu e se generalizó por todo el Occidente latino durante las
primeras centurias del segundo milenio se puede definir a partir de cinco elementos :
un tem plo com o centro de las activid ades l itúrgicas; un párroco n om brado por l a
autoridad episcopal o quien la ejerciese en su lugar; un territorio bien delimitado; una
comunidad de creyentes a los que se dispensan los sacramentos; y el pago obligatorio
del diezmo por parte de esos mismos feligreses 747 . Para comenzar el análisis, se puede
partir de la situación de las iglesuelas rurales altomedievales analizada s en el anterio r
capítulo, ya q ue el peso de estos precedentes fue muy diferente según la zona del
condado (grande en l a Alta o Media Ribagor za, y li mitado en las áreas meridionales,
ganadas al Islam), y eso impone unas marcadas divergencias regionales, q ue alejan la
red parr oquial de la hom ogeneidad a la que teóric amente se aspiraba .
Se puede comenzar afirmando que los usos de la palabra parroch ia no son un
indicador válido para observar las transformac iones. Abandonado temp ranamente su
sentido como sinónimo de diócesis, a finales del siglo X y comienzos del siguiente se
usaba ocasionalme n te par a designar a los derec hos de ci males de u na alde a, aun que
estos fuesen cobrados por los condes u otros laicos. Más adelante, el término empieza a
usarse con su semántica general: en los privileg ios otor gados por Sancho Ramír ez a
San Vicente de Roda se alu de a la decim am parroc hianarum ecclesiarum (1068) o al jus
parrochitanaru m ecclesiarum (1081), mientras q ue el privilegio que el o bi spo Ramó n
Dalmacio concedió a San Victorián en 1091 cita las mismas ecclesias parrochitanas 748 . Sin
embargo, el vocablo apenas vuelve a aparecer hasta que, en algunos juicios de finales
del siglo XIII, fue n ecesario profundizar en los derechos asociados a las diferentes
clases de iglesias. Por lo tanto, la palabra ecclesia se ap li có a todo tipo de templos, y sólo
ocasionalme n te aparecían otra s de nominacione s como oratorium o capella que permite n
acotar su categor ía.
747 G AUDEMET , Le gouvernem ent de l’Ég lise , p. 2 24. Lo tomo d e L ÓPEZ A LSINA , “La reforma
eclesiástica”, p. 423 , y G ARCÍA DE C ORTÁZAR , “La organización socioeclesiol ógica”, p. 19.
748 DR, docs. 25 y 5 3, CDSV, doc. 81.
268
El hecho de q ue sólo las f uentes reales y episcopales tuviesen claro el sentido de
la idea y palabra “parroquia” hace pensar q ue ésta se estaba tratando de implantar
desde las altas esferas. En el mismo sentido apu n tan las respuestas que un cardena l
romano escribió al obisp o P oncio de Roda en torno a 1100 , en las cuales se incidía en
algunos de los cambios q ue se pretendían imponer a los estratos in feriores del clero: la
sumisión a los obispos, el alejamie n to de sus modos de vida respecto a los de los laicos,
la luch a contra la simonía ( esto es, el dominio de la s iglesias por personas que no eran
religiosas), la implantaci ón del celibato, etc. 749
Una de las principales c onsecue n cias de l as refor mas fue que la consagra ción de
los cl érigos rurales pasó a ser controlada por los obispos locales o, excep cionalmente,
por abades como el de San Victorián, lo q ue redundó en una formación doctrinal más
profunda, que aumentaba la brecha en tre los cur as y sus vecinos. El alejamiento de la
elite sacerdotal f rente a l resto de la población avanzó en paralelo al monopolio de los
sacramentos y, especialmente, de la gestión del más all á, es decir, del mundo de los
difuntos. Arqueólogos e hi storiadores coinciden en señ alar que la conce ntración de las
inhumacio nes en torno a ciertos templos es un f enómeno tardío y estrech amente
asociado a la parroquial ización 750 . Como botón de muestra de lo q ue eso significaba, se
puede señalar q ue, alrededor de 1180, el obispo de Lérida obligó a los h abitantes de
Cepillo, u na aldea de las prox imidades del Pueyo de Marguillén, a e legir en tre l as
parroquias de San M art ín de Capella y San Román de Castro para ser sepultados y
entregar las rentas asociadas con ese a cto, a pesar de q ue ambos estaban a varios
kilómetros de distancia, y de q ue en su propia localidad existía la ecclesia m de Cepil 751 .
Los cementerios, por ello, son la evidencia más palpable del control que algunas
iglesias y los sacerdotes que los servían adquirier on desde los siglos XI y XII en la cura
animarum , lo que relegó a una parte importante de las cap illas antiguas a fu nciones
secundarias.
La jerarquía entre las iglesias rurales se ref leja igu almente en la desigualda d
entre los cl érigo s encargado s de servirlas. Hasta mediados del siglo XI, a todos ellos se
les solía designar con el ambiguo término presbiter , pero desde ese momento
comenzaro n a utilizarse otros términos para calificar a los curas que había al frente de
cada parroquia, el más habitual de los cuales fue, entre 1050 y 1250, ab bas o abad, antes
de que, en el siglo XIII, re ctor emp eza se a extenderse. La primera palabra, “abad”, fue
tomada de l ambiente monástico a la que de bían de estar más acos tumbrados los
religiosos de la comarca , y añade un ci erto matiz de tutela sobre una comu nidad de
clérigos, cosa q ue sucedía en numerosas parroquias . San Esteban del Mall propor ci ona
un buen ejemplo: la igl esia, levantada junto al castillo, fue consagrada en tre 971 y 973 y
dominaba una extensa zona del inter fluvio Isábe na – Noguera Ribagorzana en donde
749 BPT, ms. 26 , ff. 200 r-201v.
750 Z ADORA -R IO , “The making of Churchyard s”; L AUWERS , La Mémoire des ancêtres .
751 ACL , FR, pe rg. 1 210 (muy mal conservad o): ipsi vero hom ines de Cepil h abeant sepul turam ubi se
visserint sepeliri, in Ca stro vel in Capella . El despoblado s e corresponde con la er mita de la Virgen
de Cepillo que e ncuentra en la des embocad ura de dos barrancos, entre el Pueyo de Ma rguillén
y la Puebla del Mont.
269
previamente existían varios oratorios; la in titulac ión de un docu mento de 1186 muestra
cómo había e volucionad o esa situación:
[…] ego Be rnardus, Dei gracia abbas S ancti Steph ani, unac um consi lio, volunta te et
asensu cleric i D eo et Sanct o Ste phano pronominat i m, Arnaldus, presbiter de Peg er ola, et
Arnaldus, presb i ter de I lla Ripa, e t Raimundu s, presbiter d e Valle Magn a, et alii […] 752
Es decir, el templo princ ipal de la localidad abso rb ió al resto de iglesuelas y presbíteros
de la zona, dando lugar a una pequeña comu nidad de clérigos encabez ada por un abad
o rector, q ue contaba con varios presbíteros ( o racioneros) al cargo de los pequeños
oratorios. En Lascuarre existían, h acia 1040, las iglesias de Sancta Maria et Sancti Petri et
Sancti Martini cum a liis sibi subjectis , mientras que en 1232 esta red se había jerarquizad o
del siguiente modo: Sancte Marie de Alasquare cum om nibu s sufragane is sui s, videlic et
ecclesia Sancte Marie de Avelana et ecclesia Sancti Petri de Mora cu m omnibus aliis 753 . Una
similar estr atificación se comprueba en Fantova, Serradu y o el valle de Ba rdají.
El an álisis arquitectónico y documental de la s iglesias que han llegado hasta
nuestros días sirve para distinguir los templos parr oquiales frente a los de in ferior
categoría, así como situar el mome nto álgido de la campaña co n stru ctiva de los
primeros entre 1100 y 1150. En la Alta Ribagorza se conservan numerosas igl esias a la s
que, por sus característic as decorativas (esencialme nte los f ris os de arquillos y lesenas
decorando la f achada semicircular del ábs ide) algunos historiadores del arte ha n
denominado “lombardis tas” , unos edificios q ue disponían de una superficie interior
suficiente para acoger actos litúrgicos que reunían al con junto de la población de cada
aldea, es decir, que habían sido concebidos como parroquias. Si tomamos únic amente
los edificios actuales que presentan esos rasgos artísticos, se puede distinguir una red
bastante densa: en torno al valle de Bardají aparecen las de S enz, Viu, Santa Muera o
San Saturnino, mientras que en el de Benasque se pueden citar Conques, Eriste, Sahún,
Villanova, Sesué, Eresué y El Run. Si tratamos de en lazar esta realidad material con la
documentac ión, las actas de consagrac ión de El Run (110 3), Viu de Ll abata ( 1108),
Santa Maria y Sant Climent de Taüll (1123), Senz (1130) , Cornudella ( 1138) y Villarrué
(1143) 754 , todas ellas encajables e n esta corriente “lombardista”, son una muestra
reducida pero – en mi opinión – representativa para af irmar que esta serie de iglesias
románicas data del primer tercio del siglo XII, período en el que se perfiló y
monumenta lizó la red parroquial en forma de edificios estables y con ciertas
pretensiones estéticas, una cronología que no desentona con el resto de evidencias
documentale s.
La creación de estos edificios parroquiales se distancia en varios punto s del
modo en q ue se f undab an las iglesias anteriores , los cuales refuerza n la impresión de
que se estaba asentando un mayor control desde la cúpula ecl esiást ic a. Por una parte,
las ceremo nias multitudi n arias en q ue dece nas de fieles r ealizaba n modestas ofer ciones
752 DR, docs. 4, 6 y 289.
753 DT, docs. 59 y 237 .
754 ICEC, doc. 278, 296, 321, 330, 336 y 344.
270
a la nueva iglesia, como sucedió en Güel, San Esteban del Mall o Betesa , se hicieron
más infrecuentes y distinguidas (en templos como Merli o Cornu della buena parte de
los participantes eran aristócratas), mientras q ue en la mayoría de las ocasiones no se
realizó más que una mod esta acta de la intervención del obispo. Sin embargo, el
principal cambio se obse rva en los promotor es de estas fundaciones: mientr as que en el
siglo X o principios del siguiente solía n s er ju eces, seniores , i n dividu os pr ivados o
comunidades aldeanas enteras quie nes empre ndían estas obras, mie ntras condes y
obispos se limitaban a legitimar con su presencia el resultado, en los templos q ue
completaron la malla parroquial en la etapa posterior los obispos fueron los principale s
impulsores. En la Baja Ri bagorza muchas iglesias castrales f ueron patrocinadas por lo s
grandes aristócrat as conquistadores, siguiendo, en una reducida esca la, el modelo que
habían in iciado Arnau Mir de Tost en Sant P ere de Àger o los con des de Urgell en
Santa María de Solson a, pero incluso en esos casos era preciso obte n er el placet
M APA 25 . La estética “lo mbarda” en la red parr oquial de Ribagorza.
271
episcopal, como sucedió en 1105, fecha e n que el obispo Ramón consagró la pa rroquia
de Aler, adosada al castillo de los señores homó nimos que, previsibleme nte, la habían
erigido.
F OTOGRAFÍAS 8, 9 , 10 , 11 , 12 Y 13 . Detalles propios d e l a estética “ lombarda”
que define las ig lesias rib agorzanas del 108 0 -1150. De izda. a dcha. y de
arriba a abajo: Villarrué, Senz , Terraz a, Conques, Turb iné y Alaón.
272
La formación de distrito s bien definidos es otro síntoma del surgimie n to de la
parroquia clásica, aunqu e, en la mayo ría de los c asos, no lo conocemos tanto por las
referencias directas como por las indirectas, ya que, a difere nci a de los término s
castrales (objeto de numerosos pleitos especialmente dura nte el sig lo XIII), la precis ió n
territorial de los espacio s dependientes de est as iglesias apenas generó documentación
medieval. P ertenecer a un distrito parr oquial implicaba acud ir al tem plo
correspondie n te para asi stir a los actos litúrgicos o para recibir allí los sacramentos, y,
ante todo, suponía entregarle los diezmos y el rest o de las rentas eclesiásticas. La
configuració n de estos espacios f ue un proceso largo que, en la mayoría de lo s casos,
tuvo como resultado unos limite s similares a los castrales o aldeanos; en algunas
ocasiones la integració n en un término parroqui al tení a lugar a través de una iglesia
sufragánea que actuaba de intermediaria, co mo con la de Santo Tomás de Torr e de
Ésera respecto a Graus en torno a 1090: Sancho Aznar, señor de Torre de Ésera, entregó
los diezmos de esta local idad a San Victorián (en tanto q ue prop ietarios de la par roquia
de Graus), a con dició n de q ue los sacerdotes gra usinos se encargasen de los oficios en
Santo Tomás:
[…] in tali convenienc i a ut sa cerdotes de Gradus veniant nobis can tare in nostra ecle sia
que est in illa Turre d e Terre ros t res die s in ebdomana et omnibus diebus festis e t
dominicis, et, si nos jam suprano m inati ibi fuerimus vel quisnam de genere nostro cui
hereditas ipsa Turris exi t , venian t nobis cler ici missam cantare cotidie […] 755
Las zonas en que el mapa resultante muestra mayor fragmentación f uero n aquellas en
que las grandes instituciones ecles iásticas tenían abundantes propied ades pero n o
controlaban la parroqu ia, una situación que solía desembocar en conflictos de
competencias: puesto q u e el término parroquial fijaba la igl esia que se beneficiaba de
los diezmos, los monjes o canónigos de los monasterios introdujero n (o in terpolaro n)
numerosas cláusu las en su s documentos para retener los diezm os de sus p ropiedades y
dependientes, excluyénd olos del ámbito de recaudación de la iglesia local, por lo cua l
se produ jeron varios enfrentamie ntos y pleitos. Un buen ejemplo lo aporta el pleito q ue
enfrentó a la parroquia de Santa Ceci li a de Fantova con el monaster io de Obarra en
1198: Fortún, capellán de la primera iglesia, exigió q ue los diezmos de una viña,
emplazada dentro del distrito parr oquial, beneficiase n al primer templo, pero los
monjes reivi ndicaron q u e, puesto q ue la parcela era suya, esa renta les pertenecía, un
extremo que se consolid ó después d e la mediació n de los jueces 756 .
Los diezmos son, posibl emente, el princ ipal rasgo de la parroquia clásica, tanto
por su relevanci a econó mica como por el salto cualitativo y cuantitativo que supone
frente a la tónica habitual antes del cambio de milenio. S u anális is e n mayor
profundidad (sobre todo en su faceta económ ic a) se reserva para el apartado dedicado
a las diferentes formas de extracción de rentas, mientras que aq uí me cen traré en la
estrecha asociación entre la red parroquial y la generalización de su cobro. Como se
vio, esta renta – en su sentido eclesiástico – se intr odujo en los condados orientales del
Pirineo en época carolingia, pero beneficiaba a los laicos que dominaban las iglesuela s
755 CDSV, doc. 9 7.
756 CDO, docs. 161 y 177 .
273
locales y sólo gravaban a algunos campesin os en ci ertas parcelas; los condes y los
obispos solían legitimar q ue sus súbditos lo ingresasen, pero en ningún modo eso
significaba que, anterior men te, ellos mismos lo recaudasen de modo gen eralizado. La
transforma ción llegó en la segunda mitad del siglo XI , con la explícita asociación del
diezmo a las iglesias par roquiales; un privileg io de Sancho Ramírez a San Vicente de
Roda en 1081 señalaba que decimas et primi cias […] ad jus parrochitana rum ecclesiarum
[…] pertin ebant , o en un juicio de 1134 se declara ba q ue la ecclesia Sancti Clementis [de
Perarrúa] omnibus parrochian i bus suis habeat suas dezimas ; es decir, el diezmo pertenecía
a la s iglesias locales, y para acceder a ese sustancioso ingreso era pre ciso tener la
propi edad o ciertos der echos sobre ellas 757 . En esas décadas se hicieron comu n es
expresiones como la que contiene la donación de la iglesia de Santa María de Campo a
los canónigos r otenses e n 1093 :
[…] ecclesiam Sancte Ma rie de Campo cum decimis et primiciis et oblacionibu s at qu e
defuncionibus, cu m omnibus que hodie havet vel in an tea adquisierit [ …]
Cláusulas parecidas figuran en la mayorí a de transferencias de iglesi as desde este
momento, lo q ue muestr a la definitiva vinculac ión de ese conjunto de rentas con las
parroquias rurales, y, además, marcaba una clara diferencia frente a las iglesuelas que
carecían de tales derecho s, a las que se aludía con palabras simi lares a las explotacione s
rurales, como la ecclesia m Sancte Marie de Pedru i cum omnibus ad illam pertinentibus , que
dependía de los can ónig os de Roda 758 .
Entre 1070 y 1100 s e prod u jo una renu ncia generalizada a los diezmos
eclesiásticos que disfrutaban, h asta ese momento, los diversos estratos de la elite: en
unas ocasiones se hacía mediante la dotació n de las iglesias locales (por ej emplo ,
Berenguer Gombaldo entregó a la parr oquia de Visalibons las decimas et primicias de
omnia nostra sennoria de Poyo Ret undo ), en otras mediante la cesión de los minúsculos
oratorios familiares con sus derechos, y en no pocos casos las familias q u e disfrutaban
de una francheda (bien no pagaban diezmo, bien lo retenían para los clérigos de la
familia) , renunciaro n a ella, y entregar on sus diezmos como a cto piadoso a aque l
centro eclesiástico al q ue se querían asociar. Especialme nte interesante es lo que sucede
en Alaón, cuyo cartulario contiene nueve a ctos del último tipo, todos en el breve lapso
que discurre entre 1054 y 1088 759 . Lógicamente, esto reforzó la f ragme n taci ón del mapa
decimal, ya que, en muchos de estos casos, no se lucraba la parroquia más próxima,
sino monasterio s como Alaón, Sa n Victorián o San Vice nte de Roda.
Jaume Oli ver, en su trabajo sobre los diezmos, afirma que la aristocracia
ribagorzana sufrió una grave pérdida de ingresos por estos cambios, pero existen dos
hechos que, en mi opinión, permite n descartar esa posibilidad: en primer lugar, el
diezmo se duplicó durante este periodo gracias a la aparición de la nove n a, una carga
esencialme nte señorial de la que se hablará más adel ante . A demá s, los laicos
757 DR, doc. 53; PACB(II), doc. 678.
758 DR, doc. 72.
759 CA, docs. 2 55, 256, 261 , 262, 264, 265, 271 y 278.
274
dispusieron de diversas vías para retener una cierta tutela sobre las iglesias rurales,
como era ha bitual en bue n a parte del ámbito pirenaico 760 .
El funciona miento de las p arroquias: entre la auton omía y el control externo
En este apartado se va n a tratar tres cuestiones importantes referida s a la
organización interna de los templos parroquiales y a su articulación con las estructuras
de poder: la primera intenta respo n der a la preg unta de quién era el due ñ o en última
instancia de estas iglesias; la segunda, a la de quién se encargaba de su mante n imiento
y gestión habitual; y la tercera, a cuál era su importancia en la economí a y organización
de la comun idad rural.
A pesar de que la aspiración a la “libertad de la Iglesia” que acompañ ó a las
reformas de la s egunda mitad del siglo XI supuso un golpe contra la posesión de los
templos locales por los poderes laicos o por presbíteros autónomos, lo cierto es que las
iglesias siguieron siendo , en ocasio n es, bienes tenidos en prop iedad y tra nsferibles. De
hecho, el surgimiento de la parroquia, que permitía a su rector acced er al enorme
caudal de diezmos y al dominio simbólico que derivaba d el monop olio de la relació n
de los campesinos con lo sagrado, no hizo más que incrementar el interés que los
diferentes agentes socia les ten ían en poseerla s. Por ello, se arbitrar on diversas fórmula s
para compatib il izar esas aspiraciones con los cá nones eclesiásticos .
Hasta mediados del siglo XI, la mayorí a de las iglesias rurales dependían d e
algún laico o de la autoridad condal, que distrib uía los incipientes derechos decimales
con bastante li bertad. En la s últimas décadas del sig lo XI se produjo la c esión de
bastantes de esas igles ias por parte de los monarcas aragoneses a las grandes
institucio nes monást ic as (Santa María de Santa Liestra, San Juan de Besians, San
Bartolomé de Calasanz o Santa María de Campo, por poner algunos caso s
documentados ), al tiemp o que muchos laicos hacían otro tanto con sus oratorios o con
los diezmos que cobraba n. Esta evolución había culminado al f ilo de 1100, puesto q ue,
a partir de e se momen to, los obispos fueron quien es otorgar on la mayor ía de los
documentos ref eridos al dominio so bre las parroq uias o sus diezmos.
Estos camb ios estaba n bastante asentados a mediados del siglo XII, y sus
resultados se puede n sintetizar explicando las tres situaciones más habituales que se
daban en esa fecha . Un númer o reducido de iglesias (como las cin co citada s más arriba)
eran propiedad alodial de alguna gran instituci ón monástica, lo q ue en algunos casos
las apartaba comple tamente de la autoridad de los obispos. La mayor parte de los
templos de pendía, por el co ntrario, de la j uris dicción del obispo (o de l abad que
ejerciese sus funciones, e n las zonas de inmunida d monástica ), lo cual le daba acceso a
un cuarto de los diezmos (amén de otras rentas menores ) y a l no mbra miento de los
clérigos. P or último, un cierto número de iglesias era gestionado de un modo mucho
más autónomo, genera lmente bajo el dominio de algún lai co, situació n en q ue se
ha ll aban bastantes ermit as o capil las ( por ejemplo, en 1195 la iglesia de Santa María de
760 O LIVER , “Senyors captura ts?”; C URSENTE , “Les abbadies ou abbayes”, pp. 30 1 -305 .
275
Calvera era la propiedad de dos n obles locales), así como unas pocas iglesia s
parroquiales; en esta última categoría se pueden citar los casos bien docume ntados de
San Pedro de Beranuy, S anta María de Villacarli (hasta que Tod a de Cartarlenás con los
Benavent la donaro n a San Vicente de Roda en 1161), San Martín de Perarrúa o San
Martín de Benasque, aunque los derecho s de patronato debían de estar bastant e
extendidos tanto en la Alta y Media Ribagorza, como vestigio de las anti guas iglesias
propias, como en la Baja Ribagorza, debido a la concesión episcopa l a los nobles q ue
habían protag onizado la conquista 761 .
Este panorama se complica bastante e n la escala local. E n bastantes aldeas,
existían dos o más núcle os de poder con volunta d de intervenir en el plano eclesiástico ,
lo cual condujo a la du plicac ión de las parroqu ias. Así, en el valle de Benas q ue, esta
situación se daba en varias aldeas: en Chía coexistía la iglesia de San Martín,
dependiente de San Victorián, y la de San Vicent e, que perteneció al obispo de Lérida
hasta 1321; una situación semejante se daba en Bisaú rri entre San Pedro y San Cristóba l
hasta que, en 1295 , los monjes asanienses reunieron todos los derechos eclesiástico s
sobre el lugar 762 . E n la cabecera del valle, el contra ste se producía en tre la colegiata de
Santa María, depe ndiente del arcediano de Benasque (dignidad que, como se señ aló,
estaba asentada en Lérid a) y San Martín, controla da por los castella nes de la villa . En el
extremo opuesto de Ribagorza, se conoce un pleito debido precisame nte al contraste
entre Santa María de Tolva, propiedad de San Vicente de Roda, y San Justo de Fals ,
iglesia castral manejada por los señores del lugar 763 . Además, en muchas localidades se
establecía una sutil diferencia entre la iglesia parroquial y la abadía, como sucede en
Aguilaniu, en do n de se menciona la ecclesi am Sancti Mart ini de Aquilanido cum su a
abacia ; la abadía, instituci ón característica de la organizació n eclesiástica en buena parte
del Pirineo, q ue solía f uncionar al modo de una pequeña congregació n , lo que relega la
lucha por el dominio de la parroquia al seno de una institución, prácticame nte opac a
para nosotros 764 .
La conq uista cristiana de f inales del siglo XI dio lugar a algunas fórmulas de
dominio aristocráti co sobre las parroquias que se funda ban dentro de sus señoríos u
honores, una práctica que fue legitimada por l os monarcas y los obispos con el objetivo
de animar la interve n ción nobiliaria en las emp resas bélicas contra el Islam . E sto se
761 A péndice, doc. 92 ; CDO, d oc. 1 60; DR, d oc. 246 ; C ANELLAS , “ Notas dipl omática s”. En este
sentido, se deb e apun ta r que es probable que numero sas igle sias estuviese n exen tas incluso de l
cuarto episc opal: en unas cue ntas elaborad as en tor no a 13 00 con los in gresos que o btenía el
cambrero de R oda de las ig lesias del arcedia nato de Ti erra ntona (que incluía la mayor parte del
valle del Ésera) se observa que sólo pagaba n el cua rto las mismas i glesias de la s que tenemo s
algún testimonio del domi nio que S an Vicen te o el obisp o ejercía sobre ellas (S anta Liestra,
Perarrúa, Aguilar, Tronced o, Pani llo, etc.), mientras q ue aquel l as de las que n o t enemos d atos o
tenemos consta ncia d e su i nmunidad no entregaba n más que una cant idad simbólica q ue nunca
superaba los cinc o sueldos anuales.
762 AHN, Sa n Victorián, carp. 774, nº 14.
763 DR, doc. 249 .
764 DR, doc. 72 . En C URSENTE , “Les abbadi es ou abba yes” se alude tanto al cas o gas cón c omo al
navarro. Respecto a la et a pa moderna, resu lta ese ncial la obra de B RUNET , Les p rêtres des
montagnes .
276
observa, por ej emplo, en el hecho de que, en esos años, apareció una falsa bula d e
Urbano II que otorgab a a los monar cas aragoneses la potest ad par a repartir los
diezmos en las áreas ganadas al Islam, que no fue rech azada por la cúpula
eclesiástica 765 . Además, el obispo de Roda autorizó explícitame nte esta práctica en un
acuerdo con los magnates Berenguer Gombaldo de Benavent y P edro Gauzberto de
Azanuy, un pacto que fue tomado como modelo por los prelados urgeleses, como reza
el siguiente texto:
Haec est notic ia qualiter Petrus Raimund i , paliarensis co mes, dimisit et guirp i v it,
spontanea voluntate, omnes ecclesias quae in comitatu suo sunt cu nctasqu e decimas
alodii earundem ecclesiarum quae juris urgellitanae sedis esse videntur, sub tale tenore et
convenienc ia ut ita habeat et possideat praedict ae sedis ecclesia sicut melius rotensis seu
barbastrensi s ecclesia videt ur habere in honore Beren garii Gonba l li ac Petri Gauzperti,
exceptis illis ecc l esiis qu as proprias o mnino barbastren sis praefata s edes retin et sibi 766 .
Es decir, los grandes señores q ue conquistaron la regió n se hici eron con las iglesias y
sus diezmos, aunque los obispos mantuviero n una cierta tutela sobre las mismas. E ste
fuerte control señorial tendió a dismi nuir una vez pas ado el contexto bélic o que lo
causó. Ahora bi en, muchos linajes aristocráti cos mantuviero n el patronazgo sobre esa s
iglesias: por ejemplo, el “abad” de S an Román de Castr o, que p oseía un inmens o
dominio fundiario y controlaba las parr oquias de varios pueblos próx imos (Ubiergo,
Bolturina, Artasona, Olvena, Secastilla o P uy de Cinca), estuvo durante toda la Edad
Media bajo la autoridad de los señores de Castro 767 . En este mismo sentido apunta el
hecho de que las obligac ion es de estas parroquia s con los obispos fuesen all í bastante
reducidas, segú n la docu mentación bajomed ieval 768 .
Como se ha apuntado más arriba, en el control de la red parroquial entraban en
juego dos cuestiones básicas en la articulación del poder eclesiástico, no sólo dentro de
la comunidad rural sino en el ámbito comarcal: el acceso a los in gresos eclesiásticos
(diezmos, primicias, etc .) y la elección de los clérigos que las gobernaba n, aspectos en
los que me centraré a co ntinuación.
Los diezmos y las pr imicias, q ue conforma ban el grueso de las rentas
eclesiásticas, eran recaudad as en especie sobre la producción campesina, lo que ex igía
una logística comp leja: la red de parroquias y clérigos era impres ci ndible par a
generalizar su cobro a toda la población rural. El produ cto de estas punciones sobre los
campesinos er a general mente cereal y vino, que se almace naba en las cupas y los
gr aneros emplazados junto a los edificios religiosos, como ocurre en la parroquia de
Serradu y, de la que se dice en 1135 q ue el sac ri sta Sancti Vincenc i dividat cum abbatt e
illarum ecclesi ar u m illos gr aner os 769 , y otro tan to se pu ede decir de G üel, Fantova, Chía o
765 CDCH, doc. 63 .
766 MH, doc. 3 33.
767 AHPZ, Híjar, 5- 77.
768 Apéndice, tabla 11 . A CL, FL, Contadurí a, Ll ibres de Ta xes, caja 2 (décima de 1318, subsidio
de 13 39, etc.).
769 T OMÁS , “Cinco documento s”, p. 3 24.
283
recuperar la potestad de elegir el rector 792 . Cabe apuntar que, en las zonas ocupadas
por los cristian os durante las últimas décadas del si glo XI, la situación era distinta, ya
que r eyes y aristócratas, ampar ándose en el d erecho de conquista, re t uvieron u n a
potestad superior, como debía de suceder en Santa María de Benabarre, San Román de
Castro o San J usto de Fal s.
792 A CA, RC, re g. 10 1, ff. 141v y 20 4v; reg. 102, f . 1 70r; reg. 104, f . 1v; reg. 1 17, f. 187r - 187v; reg.
122, f. 176r; reg. 153, f . 218r; reg. 155, f. 61v.
M APA 26 . Ermitas medievales de los términos parro quiales de Fa ntova y
Güel.
F OTOGRAFÍAS 17 Y
18 . Ermita de San
Clemente de
Tobeña, en el
término de
Fantova.
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