Full text
2013
136
María José Galé Moyano
Cuerpos singulares: Una
lectura desde el
pensamiento de Judith
Butler
Departamento
Director/es
Filosofía
Burgos Díaz, Elvira
Director/es
Tesis Doctoral
Autor
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
Departamento
Director/es
María José Galé Moyano
CUERPOS SINGULARES: UNA
LECTURA DESDE EL PENSAMIENTO
DE JUDITH BUTLER
Director/es
Filosofía
Burgos Díaz, Elvira
Tesis Doctoral
Autor
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
Departamento
Director/es
Director/es
Tesis Doctoral
Autor
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
CUERPOS SINGULARES
Una l ectura desd e el pe nsam iento de Ju dith Butle r
AUTORA: MARÍA JOSÉ GALÉ MOYANO
DIRECTORA: ELVIRA BURGOS DÍAZ
TESIS DOCTORAL
DEPARTAMENTO DE FILOSOFÍA
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
2013
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ÍNDICE:
INTRODUCCIÓN ………………………………………………………………… p. 9
I. DEVENIR UN CUERPO EN EL PENSAMIENTO OCCIDENTAL: UNA
APROXIMACIÓN
Devenir un cuerpo…………………………………………………………………... p. 19
El pensamiento clásico y la matriz dicotómica de interpretación de la realidad…..... p. 23
Inscripción de la confesión en el cuerpo y surgimiento de las modernas disciplinas.. p. 32
Acerca del modelo anatómico……………………………………………………….. p. 43
El exterior constitutivo del modelo anatómico: la teratología………………………. p. 49
De lo extenso………………………………………………………………………… p. 64
La metáfora nietzscheana del cuerpo………………………………………………... p. 78
Avant-garde…………………………………………………………………………. p. 87
El cuerpo, lugar central del discurso político……………………………………….. p. 100
II. LA VULNERABILIDAD CONSTITUTIVA DE LA CATEGORIZACIÓN
SEXUAL: UN ENSAYO PARA OTRAS SEXUALIDADES
Devenir un cuerpo sexuado………………………………………………………….. p. 117
Gestión de los placeres: una revisión y una propuesta………………………………. p. 122
La revisión (del catálogo de trastornos propuestos por el DSM IV-R)……………… p. 122
- Trastornos sexuales……………………….……………………………….. p. 126
- Parafilias……………………………………………………….………….. p. 132
- Trastornos de la identidad sexual………………………………………… p. 136
La(s) propuesta(s)……………………………………………………………………. p. 142
4
- Autoerotismo……………………………………………………… ……... p. 142
- Una crítica a la normativización sexual………………………………….... p. 150
- Continentes sumergidos……………………………..…………………….. p. 167
Categorización sexual……………………………………………………………….. p. 188
El modelo de sexo único…………………………………………………………….. p. 190
La complejidad de la asignación sexual: proposiciones incorregibles……………… p. 199
III. CATEGORÍAS PROVISIONALES, CUERPOS FRONTERIZOS: LA ZONA
GRIS
No se nace mujer… O el tortuoso proceso de no alcanzar a serlo……………………p. 213
Cuerpos fronterizos………………………………………………………………….. p. 239
Queer as queer ………………………………………………………………………. p. 243
La zona gris…………………………………..……………………………………… p. 249
IV. CUERPOS SINGULARES
Mujeres barbudas……………………………………………………………………. p. 263
Primeras crónicas y representaciones…………………………………………….. p. 265
- Venus Barbuda.
- Hatshepsut Maatkara Jenemetamón.
- Crónica De Nuremberg.
- Crónica De Lycosthenes.
- Libro De Mandeville.
- Suiza Barbuda.
Santas Barbadas…………………………………………………………………... p. 271
5
- Santa Wilgeforte, Wilgefortis, Librada, Liberata.
- Paula De Ávila.
Margarita de Austria, Duquesa de Parma..……………..……………………….. p. 276
Margret Halseber..………………………………………………………………... p. 277
Helena Antonia..………………………………………………………………….. p. 278
Madame Anne Baudesson..………………………...…………………………….. p. 284
Antonietta (Tonetta o Tognina) Gonsalvus / Gonzalez / Gonzales……………… p. 285
Brígida Del Río: La Barbuda de Peñaranda..……………………………………. p. 291
La dueña Dolorida………...……………………………………………………… p. 297
Barbara Urslerin / Uslerin / Ulserin..…………………………………………….. p. 304
Magdalena Ventura..……………………………………………………………… p. 311
Rosina Margarita Mullerin..……………………………………………………… p. 315
Madame Lefort / Marie-Madeleine Lefort..…………………………….……….. p. 318
Marie Rosalie Souchot..………………………………………………………….. p. 324
Mademoiselle J. B., Josephine Boisdechenne, Fortune Clofullia, Madame Ghio.. p. 325
Madame X..………………………………………………………………………. p. 338
Madame M. C..…………………………………………………………………… p. 341
Madame Taylor..…………………………………………………………………. p. 343
Julia Pastrana..……………………………………………………………………. p. 345
Mlle Valhem..…………………………………………………………………….. p. 356
Mme. D..………………………………………………………………………….. p. 358
6
Mme Lestienne..………………………………………………………………….. p. 359
Sarah Danton..…………………………………………………………….. ……... p. 362
Madame Devere / Madame Devere Krepps..…………………………………….. p. 364
Fanny Kubaba..…………………………………………………………………… p. 367
Madame Augeard y Madame Boitard..…………………………………………… p. 369
Madame Squires..………………………………………………………………… p. 371
Mrs. Viola M….…………………………………………………………………. p. 373
Miss Leo Hernández..…………………………………………………………….. p. 376
Mathilde Van De Cauter..………………………………………………………… p. 378
Julianne Sleebus / Madame Sleebus / Frau Sleebus ..…………………………..... p. 380
Madame X (mujer barbuda y colosa)..…………………………….……………... p. 382
Maria Nekrasov / Maria Jackolevna Bartschew..……………………………….... p. 383
Rossa Delina / Madame Delina Rose..………………………………………….... p. 386
Mademoiselle Zana..…………………………………………………………….. p. 389
Madame Y..………………………………………………………………………. p. 390
Louise G..…………………………………………………………………………. p. 392
Berthe Akaira..……………………………………………………………………. p. 394
Mme K..…………………………………………………………………………... p. 396
Annie Jones..……………………………………………………………………… p. 398
Madame Meyer / Meyers..………………………………………………………... p. 411
Amanda King..……………………………………………………………………. p. 415
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alcanza plenamente a serlo. La contundente afirmación de Simone de Beauvoir, cuya
productividad dentro de las propuestas feministas continúa aportando significados, es
retomada en un sentido distinto y nos sirve para cuestionar meditadamente un modelo
de género, una categoría que se impone al modo de un mandato y que no respondería a
un arquetipo anterior, que pueda darse de manera efectiva, sino que se configurará en
función de la propia actuación de género en el mismo momento en que, a través de su
performatividad, se constituye. Los individuos tratarán de performar su género en una
actuación que busca la ausencia de fisuras, de duda, pero que inevitablemente siempre
se da con fallos. Rastrearemos esa expresión, casi gramaticalizada, en los textos de
Monique Wittig y de Judith Butler, desvelando la imposibilidad de asignar de forma
definitiva y coherente una noción de género a una de sexo. Desvelando, en definitiva,
unos desajustes que no evidencian sino el hecho de que nos movemos de forma
constante en una suerte de zona gris, intermedia; y la idea de que para intentar paliar en
la medida de lo posible las sospechas, las dudas, es necesario un trabajo intenso, una
reiteración recurrente de la norma de género, puesto que nunca se alcanza de manera
definitiva, completa. La puesta en escena del género se vigila de tal modo que las
fisuras en el mismo son atendidas desde el contexto como formas de desestabilización
de la propia norma que es necesario paliar en orden a mantener la distinción entre lo
“natural”, lo “normal” y aquello que se sitúa en el margen y es necesario contener,
controlar, relegar a una posición de precariedad vital.
El lugar intermedio entre los géneros, la posibilidad de habitar esos espacios en que
la norma no es cumplida en la medida que se consideraría dentro de unos límites de
inteligibilidad, la frontera en el sentido otorgado por Gloria Anzaldúa, adquiere las
nociones de lo híbrido, de lo múltiple. Atendiendo a determinadas formas de vida, esa
demarcación territorial que queda entre los géneros se torna difusa, una suerte de zona
gris de inefabilidad que suspende la interpretación, la seguridad. En esa zona gris nos
situamos para aproximarnos a las corporalidades singulares que constituyen nuestro
foco de atención. Nos posicionamos en una noción de lo queer como queer , es decir,
como categoría no definitiva, convulsa, que deviene, consciente del permanente fallo en
su propia performatividad; no habitable al modo en que se permanece en “lo que es”, el
lugar, sino de la manera en que se habita la vida en un sentido nietzscheano, inasible.
Un exceso.
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La última parte consiste en una indagación en la figura de las “mujeres barbudas” al
modo en que se constituiría un género distinto. Ello, por un lado, tratando de proponer
una categoría provisional más, no situada con claridad en la norma de género y que
vulnera a esta. Y al mismo tiempo, una vez planteada la categoría, evidenciando una
imposibilidad a la hora de abarcar en su totalidad a aquellas mujeres que la conforman y
la dotan de sentido. Se tratará de individualizar en una multitud de configuraciones
vitales que desdibujan de algún modo la posibilidad de acotar con claridad ese término,
subrayando su provisionalidad estratégica.
Las distintas biografías que se acogen en el presente trabajo, y que no suponen sino
un mínimo elenco, pretenden dar valor a esas vidas, narrarlas con el fin de otorgarles la
importancia con que cualquier vida debería contar. Y a su vez, se recogen historias
breves, rescatadas de pequeños fragmentos conservados, que hablan de personas que
persisten en la vida, manifestando con su aparición la confrontación de la norma,
haciendo de ello en muchos casos un modo de vivir independiente, distinto. Todo ello,
con la idea de no construir un armazón teórico sino a partir de los propios individuos,
cuya presencia ya produce una vacilación, un extrañamiento, una suspensión de las
expectativas que se ciernen sobre ellos. La exigencia de releer, el proceso en que ese
cuerpo de ellas epata a quien mira, trae consigo una rearticulación de las nociones de
sexo, género y sexualidad que fuerza al discurso hegemónico a imponerse de nuevo, a
revisar su productividad. Al convulsionar la norma de género, producen norma de
manera creativa, otorgan algunos elementos para dotar de una vida capaz de “persistir”
y “prosperar”, en términos butlerianos, a muchos otros individuos. La fuerza de su
imagen, de su presencia en contextos públicos, produce teoría y tiene un efecto sobre la
vida, sobre la susceptibilidad de la vida de las corporalidades cuya singularidad trata de
ser paliada, aniquilada, reorientada. La pretensión que nos guía al respecto no consiste
en una suerte de coleccionismo de lo bizarro, de placer perverso, de mirada cientificista,
sino una constatación de la intensidad con que sus vidas se imponen ante los discursos
normativos.
El proceso no ha resultado en absoluto sencillo. Las ideas, las imágenes, vídeos,
performances , textos literarios, de las distintas autoras y autores que han ensamblado el
armazón de todo el trabajo de concepción tanto de un yo indisolublemente inserto en el
propio cauce de investigación en que se ve envuelto, como de las distintas
corporalidades que articulan este discurso desde ámbitos muy diversos, aparecen de
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forma fragmentaria dispersos en la bibliografía y en la red. Se han considerado
aportaciones desde la filosofía, la literatura y el arte, tratando de atender a un espacio de
representación que va más allá de lo canónico y que se configura de forma muy
compleja dando lugar a muchos de los significados, y también de los significantes, que
conforman los procesos de comunicación, de pensamiento, de creación, en los contextos
en los que se desenvuelven los sujetos. Ha sido indispensable una labor de selección de
imágenes y textos que se encontraban en estado de evidente deterioro o que procedían
de fuentes cuya dificultad de rastreo ha supuesto una constante. La recopilación de
materiales y la ordenación cronológica han supuesto una ardua tarea y, en ocasiones,
nos ha resultado necesario recurrir a distintos recursos en orden a fechar, persiguiendo
más el trazado de una línea de sentido que permitiese articular todo el conjunto, que la
precisión. La diversidad de lenguas en que aparecen los distintos materiales obtenidos
se ha considerado, del mismo modo, una fuente de riqueza. Se ha llevado a cabo una
traducción personal de todos ellos que, desde nuestra interpretación, va más allá de que
lo que atañe exclusivamente a la lengua, constituyendo un modo de lectura particular
que valora la pluralidad en todos los ámbitos, también el lingüístico.
No se trataría, por tanto, de ofrecer alguna certeza, alguna seguridad, de señalar datos
cuya fiabilidad pueda ser contrastada; sino más bien de un otorgar reconocimiento a las
vidas en una suerte de palimpsesto de corporalidades que se inscriben y reescriben unas
sobre otras. De arrojar alguna luz sobre cómo el canon anatómico dibuja los cuerpos en
su proceso de devenir y cómo otras lecturas, otras aproximaciones, podrían ser capaces
de vulnerar la norma, de abrir nuevas fisuras en lo hegemónico que no se circunscriben
exclusivamente al ámbito del estudio, de lo teórico, sino que se conforman al modo de
posibilidades de vida.
Al fin, se propone un proceso de pensamiento que trata de establecer una compleja
matriz de lectura en torno al sujeto que escribe y que podríamos sintetizar con un verso
de Chantal Maillard:
Yo soy el infinito proyecto de mí misma 1 .
Se podría entender el trabajo como una búsqueda, un work in progress a través del
cual reflexionar sobre cómo los modos de aproximación al cuerpo, los discursos que se
1 Ch an tal M ail lar d, Ló gic a b or ro sa , M ig ue l G óm ez E dic ion es , M ál ag a, 2 00 5, p. 35 .
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despliegan sobre él con una pretensión de objetividad, suponen de algún modo una
configuración de ese cuerpo, de todas las corporalidades en general. Y por otra parte, se
trata de indagar en la posibilidad de fractura, de quiebra de lo normativo y en la
potencialidad de que nuevas descripciones, nuevos acercamientos y otras articulaciones
discursivas puedan flexibilizar las normas que se ciernen sobre los sujetos de tal forma
que se tienda a ampliar y diluir, hacer difusas, las fronteras entre las identidades que se
consideran “normales” y por tanto insertas en aquello que se puede comprender como lo
vivible y esas otras relegadas a los márgenes que constituyen una oportunidad, en
definitiva, para revisar lo restrictivo de las normas que permiten nuestras vidas.
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I
DEVENIR UN CUERPO EN EL PENSAMIENTO OCCIDENTAL:
UNA APROXIMACIÓN
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Devenir un cuerpo
A la hora de enfrentarnos a una aproximación a determinadas manifestaciones de lo
corporal, tal y como han sido entendidas en el contexto de la cultura occidental, es
fundamental que, como punto de partida, tratemos de establecer, de acotar, la noción de
lo que significará aquello a lo que denominamos cuerpo.
Es necesario tener en cuenta al cuerpo como una entidad que, si bien ocupa un lugar
prioritario en la cuestión de la identidad y de la formación del sujeto, ha sido relegada a
un lugar secundario en el pensamiento occidental con respecto fundamentalmente al
alma, bien denominada de este modo o bien como aquello que lo “sustenta” y que
subyace al mismo –llámese la mente, lo racional, lo inmaterial, lo divino–. Esta
“inferioridad” con respecto al alma ha estado relacionada probablemente con su
condición de materialidad evidente, de perceptibilidad, de corruptibilidad –que no
permite un planteamiento de supervivencia más allá del aquí y el ahora– y ha supuesto,
en cierto modo, que se haya prescindido de una reflexión profunda acerca del mismo
más allá de una idea de control, de sometimiento a los dictados de lo racional. Para ello,
para subyugarlo a la posibilidad de ser aprehendido, junto con el resto de
manifestaciones de la realidad tangible, ha sido necesario fijarlo de manera estática en
los cánones de lo que debe ser un cuerpo. Es decir, el cuerpo, aquella parte de la
realidad que pretendemos se nos muestra de la manera más evidente e inequívoca
posible, encuentra una vacilación al ser definido, pues es necesario recurrir a su
componente material, físico, pero también a cuestiones ajenas al ámbito de lo
objetivable. Nos movemos pues en el terreno de lo difícilmente clasificable, de la vida
que trasciende la frontera de los conceptos que buscan abarcarla, que será necesario
domeñar en orden a poder manejarla.
Así, como primer acercamiento, traeremos a colación la característica del devenir. Es
decir tendremos en cuenta un cuerpo, no como algo dado de antemano por la naturaleza
ni como la materia sobre la que se inscribe lo cultural como un ámbito separado, sino
como aquello que evoluciona junto con el individuo y se conforma de acuerdo con la
identidad que le es asignada de forma predeterminada. Así, como señala Elvira Burgos
en su artículo “Historia de una arriesgada aventura” retomando la cita de Simone de
Beauvoir a propósito del concepto mujer –“No se nace mujer”– y aplicándola al tema
del cuerpo,
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El cuerpo no nace. (…) Más bien se deviene un cuerpo en un proceso indefinido,
indeterminado, sin un origen exhaustivamente discernible y sin una clara y
definitiva conclusión dentro del espacio temporal que narra la vida 2 .
Esta idea nos lleva a la interpretación de una materialidad cuyo establecimiento en
unos límites precisos, más allá de las descripciones que se hagan de la misma, será
especialmente difícil. Y en función de esa dificultad, característica constitutiva del
cuerpo, requerirá de una serie de “esfuerzos” para lograr una apariencia ilusoria de
univocidad.
El cuerpo se ha considerado un a priori incuestionable en función de las
descripciones que desde un punto de vista científico, empírico, se han llevado a cabo.
Ha sido planteado como lo previo a la participación social y también como el caparazón
externo al que subyace una psique, o un alma. Ha sido observado como la materia sobre
la que aplicar los distintos discursos de la Biología o de la Medicina. También desde
todos estos lugares ha sido cuestionado y reinterpretado una y otra vez. En cualquier
caso no sería el propósito de una aproximación de estas características el retomar las
descripciones para realizar un planteamiento nuevamente descriptivo que abordara otros
puntos de vista distintos. Más bien se trataría de desestabilizar la noción con que nos
acercamos a los cuerpos tratando de encontrar en ellos una verdad última, una seguridad
sobre la que fundar nuestro discurso.
Pero qué es aquello a lo que nos referimos cuando hablamos del cuerpo. Qué cuerpos
son capaces de ser inteligidos por el resto de personas, interpretados como tales, frente a
los que deben ser “reparados”, “modificados”, para devenir verdaderos cuerpos. Cuáles
son aquellos susceptibles de vivir frente a aquellos que deben ser ignorados, excluidos,
aislados, por hacer patente la inestabilidad de todos los demás. Y a través de qué
proceso se ha comprendido que los discursos acerca del poder se han ido insertando en
esa materialidad, aquella que entendemos nos pertenece de forma más íntima e
incuestionable.
2 Elv ira B ur go s Dí az, “H isto ria de u na arri esg ad a av en tur a” e n L ’E spi ll , n º 31 , pri ma ve ra 2 00 9, p. 112 .
Au nq ue e l artí cul o pu bli cad o en l a rev ist a está esc rito en va len cia no , pre sen tam o s una ver sió n en
cas tel lan o a po rta da po r l a p rop ia au tor a. El tex to ap are cid o e n la r ev ista se ría :
Un co s no na ix. (… ) M és av iat s ’es de vé un c os en u n p ro cés ind ef ini t, in de ter mi nat , se nse un o rig en
exh au sti vam e nt di sce rn ible i sen se un a cl ara i defi nit iva con clu sió din s de l’es pai tem po ral q ue n arr a la
vid a.
La ve rsi ón qu e c ita mo s e s d e l a p ro pia au to ra.
21
En el Diccionario de la Real Academia Española , la primera entrada en que se
define el cuerpo es: «Aquello que tiene una extensión limitada, perceptible por los
sentidos» pero, a continuación, hay otra entrada, la cuarta, que lo señala como: «Talle y
disposición personal» 3 . En el Diccionario de uso del español de María Moliner,
aparecen las entradas: «Cualquier porción de materia», «Materia completa de un
animal» o «Figura de una persona considerada desde el punto de vista de su belleza» 4 .
Esto sitúa de alguna manera el concepto cuerpo en la encrucijada entre aquello que es
perceptible de forma evidente y lo que es susceptible de ser interpretado. A pesar de que
la apreciación de los intentos de definición pueda parecer algo alejada del tema que nos
ocupa, es curioso advertir cómo, la propia definición participa, en alguna medida, de la
indeterminación. Es interesante este pequeño ejercicio de deconstrucción, desde el
punto de vista terminológico tomado en su apreciación más reciente y que trata de
revelar una tensión interna, puesto que permite observar cómo, en ocasiones, la
necesidad de delimitar con precisión un concepto trae consigo la manifestación de su
ambigüedad, de su ambivalencia constitutiva y, de este modo, hace patente la necesidad
de que la entidad “real” a que corresponde ese término, el significante que correlaciona
con ese significado, trate de fijarse de modo reiterativo, buscando a su vez adquirir una
certeza de sí.
Es difícil, incluso desde lo conceptual, desde el ámbito de lo lingüístico, establecer
qué sea aquello que comprendemos como un cuerpo.
Sería necesario, en cualquier caso, proceder estableciendo un punto de partida que se
remonte más atrás, ir a un momento anterior para tratar de comprender ese devenir de
los cuerpos, atendiendo por tanto a una evolución de los mismos en el tiempo, buscando
las huellas que han ido dejando los planteamientos acerca de dichos cuerpos en distintos
momentos que pueden tratar de identificarse como hitos concretos –en orden a facilitar
su exposición– pero que se desenvuelven paulatinamente a lo largo de períodos
indefinidos.
Judith Butler, en su obra Cuerpos que importan aborda esta cuestión del siguiente
modo «Quiero preguntarme cómo y por qué la “materialidad” ha llegado a ser un signo
3 Dic ci ona ri o de la R ea l Ac ad em ia E sp añ ol a , e di ció n di git al: w w w .ra e.e s. E n ad el ant e, a l o l arg o d e
nue str o t rab aj o, tod as las co ns ult as al d ic cio na rio se ha rán e n e sta m ism a ver sió n.
4 M arí a M o lin er, D icc ion ar io de uso d el esp añ ol , M ad rid , G re do s, 19 98, p. 83 5.
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de irreductibilidad» 5 . En este enunciado hace referencia a la materialidad del sexo, pero
esta es una alusión aplicable a la materialidad entendida desde un punto de vista general
y, por tanto, sirve a nuestro propósito de interrogarnos acerca de cómo el cuerpo en
general –y en adelante la variable del sexo en particular– vienen a convertirse en algo
también incuestionable. Hay una evidencia de la materialidad por su condición de ser
perceptible a través de los sentidos que lleva a interpretarla como irreductible, como
aquello que no ha sido construido sino dado de antemano, como lo natural dado a priori
de lo cultural. Pero los planteamientos acerca de la materialidad no pueden pasar por
alto la imposibilidad de entender dicha materialidad en un “afuera” de lo cultural. Esto
no implicaría un cuestionamiento de su carácter de realidad, sino una conciencia de que
todo aquello que es interpretable –y por lo tanto toda la realidad que ha sido abarcada
desde el pensamiento griego hasta la contemporaneidad– lo es desde unos parámetros
concretos de pensamiento y, por tanto, de algún modo, en su supuesta esencia, está
atravesado por ellos. El cuerpo no es una realidad ajena a esta cuestión.
En lo que a la corporalidad se refiere, en toda su extensión, y atravesada por el
sistema dual del sexo y el género, podemos observar cómo en toda la corriente de
pensamiento que intenta cuestionar y delimitar el lugar de los elementos del universo,
su procedencia o su sentido, se produce su inserción como un elemento más en la
interpretación occidental de la realidad que, desde la antigüedad, trata de ser inteligida a
partir de un sistema binario.
En el Diccionario de filosofía de Ferrater Mora se señala cómo en el pasado, cuando
se ha tomado en consideración el cuerpo humano, «la noción de cuerpo ha sido
considerada en relación con la de alma» 6 . La cultura occidental, desde el pensamiento
clásico ha tratado de identificar el cuerpo y el alma como entidades diferenciadas,
dotando para ello a sus explicaciones de diversos argumentos, pero atribuyendo una
superioridad a la segunda frente al primero.
5 J ud ith Butl er, Cuer po s que imp ort an . Sobr e los límit es ma te ria les y disc ur siv os d el “s exo ” , Barc elo na ,
Pai do s, 2 00 2, p. 54 .
6 Fe rra ter M or a, Dic ci ona ri o d e f ilo sof ía, M ad rid , G re do s, 197 9, p. 69 9.
29
concibe a ambos como imbricados, inseparables, podríamos leer en el libro III, capítulo
IV lo siguiente,
Así pues, el denominado intelecto del alma (…) no es en acto ninguno de los
entes antes de inteligir. De ahí que sería igualmente ilógico que estuviera
mezclado con el cuerpo: y es que en tal caso poseería alguna cualidad, sería frío
o caliente y tendría un órgano como lo tiene la facultad sensitiva; pero no lo
tiene realmente. Por lo tanto, dicen bien los que dicen que el alma es el lugar de
las formas, si exceptuamos que no lo es toda ella, sino sólo la intelectiva y que
no es las formas en acto, sino en potencia 23 .
En Aristóteles encontramos pues una indisolubilidad de alma y cuerpo, «están en lo
cierto cuantos opinan que el alma ni se da sin un cuerpo ni es en sí misma un cuerpo»,
así, en una alusión que para Tomás Calvo Martínez hace referencia a los pitagóricos 24 ,
dice,
No como nuestros predecesores que la endosaban en un cuerpo sin preocuparse
de matizar en absoluto en qué cuerpo y de qué cualidad, a pesar de que ninguna
observación muestra que cualquier cosa al azar pueda recibir al azar cualquier
cosa 25 .
El punto de vista de Aristóteles, en cualquier caso, es, en la lectura de Richard
Sorabji, «something sui generis » 26 , ello unido a la gran complejidad que revestiría el
tema del alma. Esta visión particular guardaría relación, entre otras cuestiones, con una
idea del alma como un conjunto de capacidades,
This capacities are not a mere conglomeration, but are related to each other in
intímate ways, so as to form a unity. The lowest capacity (nutrition) can exist
without the higher ones, bu not vice-versa 27 .
De este modo, el alma se configura como algo complejo, una unidad formada por la
interacción entre capacidades, que no podríamos interpretar de un modo totalmente
abstracto. Las capacidades estarían imbricadas como partes, no separadas entre sí, de un
todo. Así, para Sorabji,
23 Ari stó tele s, Ac er ca del a lm a , o p. c it., p . 231 ( III , 4, 4 29 a, 24 -29 ). En n ot a al pie, el trad uc tor , Tom ás
Ca lvo M ar tín ez, se ña la q ue la al usi ón de A rist óte les en e ste fra gm en to ha ce re fer enc ia al pla ton is mo .
24 Pu es to qu e la d ist inc ión en tre e l cue rp o y el a lma ya an te s qu e en P lat ón l a en con tra m os e n los
pita gó ric os .
25 A ri stó tel es, A cer ca de l a lm a , op . cit., p. 17 4- 175 (II , 2 , 4 14 a, 2 3- 25 ).
26 R ic ha rd So rab ji, “B od y and so ul in A rist otl e”, P hi los op hy , 4 9, 1 97 4, p. 64 .
27 Ibíd., p. 6 4. Repr od uzc o el fr ag me nto e n m i prop ia tradu cci ón : Estas ca pa cid ad es no s on un m er o
con gl om era do , si no que es tán ínt im am en te r ela cio na das en tr e s í fo rm an do un a un id ad. La cap ac ida d m ás
baj a ( nu tric ión ) p ue de ex ist ir s in las m ás alt as, pe ro no vic e-v er sa .
30
The interpretation is also confirmed by Aristotle’s claim that the relation of soul
to body is parallel to that of sight to the eye 28 .
En este sentido quizá se podría entender que se da una «biological conception of the
soul» 29 , en el sentido de que el término alma podría ser aplicado tanto a funciones como
la nutrición como a otras como el pensamiento, «the word ‘soul’ (anima) had been
applied to the principle of nutrition as well as to the principle of consciousness
(cogitatio)» 30 . Y por lo tanto no podríamos establecer una radical separación entre
aquello que pertenece al alma como entidad abstracta y lo que pertenece al cuerpo.
Llegado este punto, si bien parece haber predominado una perspectiva dualista que
establece cierta continuidad entre la idea platónica y la aristotélica del dualismo alma-
cuerpo, también cabe una reinterpretación como la aportada por Butler –y como aquella
que muy brevemente apuntábamos en Sorabji– cuya particular lectura traza una nueva
línea de aproximación a la idea del cuerpo que recorrerá la tradición occidental dotando
de un sentido singular los términos sobre los que se ha instituido el pensamiento. Será la
aproximación que hace Butler la que nos parece más productiva a la hora de trazar un
recorrido que trate de abordar de un modo distinto la problemática acerca del cuerpo, de
tal forma que podamos entender las entidades cuerpo-alma no desde un punto de vista
dualista sino como algo que se configura en un mismo proceso, constituyendo una sola
unidad.
Con este brevísimo repaso de ciertas ideas de Platón y Aristóteles a partir de las
cuales se puede deducir, en el curso del desarrollo de la cultura occidental, una dualidad
constitutiva del ser humano, tratamos de atender a algunos de los textos sobre los que se
fundamentará la reflexión filosófica y que constituyen la tradición del pensamiento
moderno y contemporáneo. Esto supone que las ideas que sobre lo material se han
transmitido –o precisamente la escasa presencia de discursos que traten de rastrear el
carácter no apriorístico de esa materia– han situado en un lugar concreto al cuerpo
dentro de las distintas posibilidades de estudio. Así, tenemos hasta el momento un
cuerpo que deducimos como supeditado a lo racional y gobernado por el alma, sobre el
que es necesario ejercer un tipo de sujeción que restrinja la problemática que tiende a
28 R ic ha rd So rab ji, “B od y and so ul in A rist otl e”, P hi los op hy , p . 65 . Q u e e n m i tra duc ci ón ser ía:
La in ter pre ta ció n es, d e est e mo do , c on fir ma da po r la af irm ac ión d e Ar ist óte les d e qu e l a rel aci ón d e alm a
y c ue rpo es pa ra lela a la de la vis ta con e l o jo.
29 I bíd ., p. 65 .
30 I bíd ., p. 65 .
31
generar, y que, por otra parte, constituye un elemento prescindible al que es preciso
trascender. Es necesario por tanto, desde esta óptica, alcanzar un más allá de lo
corporal, de lo perteneciente al ámbito de lo inamovible y dado de antemano, en orden a
la búsqueda de la Verdad.
Pero existe una dificultad a la hora de delimitar las nociones de la realidad que
guarda relación con la variabilidad intrínseca de los distintos elementos que la
constituyen. El conjunto de manifestaciones corporales en que se despliega lo humano
presenta una enorme variación y por ello es complicado fijarlo con la precisión que
requiera el discurso de la racionalidad. Serán necesarios esfuerzos desde distintos
ámbitos de saber para lograr construir “el cuerpo original”, aquel que, más allá de
resultar un compendio de los cuerpos, pueda ser establecido como el cuerpo canónico
del ser humano. Desde las interpretaciones de tradición clásica y más concretamente de
Platón y Aristóteles, se comienza a trazar la línea de sentido en que se cimentarán las
bases de la comprensión del cuerpo hasta el presente y sobre esta guía se articulará el
sentido del cuerpo, lo que significa y cómo se inserta o elude de forma coherente en los
discursos de distintas disciplinas.
32
Inscripción de la confesión en el cuerpo y surgimiento de las modernas
disciplinas
Un importante elemento a tener en cuenta será el del hito, señalado por Michel
Foucault, que supone el establecimiento de la confesión como intermediaria en la
relación con el yo y como generadora de la realidad de la carne, de la conversión del
cuerpo en la carne que, en adelante, será interpretada como carne susceptible de cometer
pecado. Analizaremos esta primera cuestión teniendo en cuenta cómo un procedimiento
discursivo logra inmiscuirse en la relación del individuo consigo mismo de tal modo
que permita una mediación en la misma de la tercera persona del confesor. Habrá que
incidir, en cualquier caso, para aclarar esta cuestión, en la crítica que Judith Butler hace
al planteamiento de Foucault de la posibilidad de inscripción sobre el cuerpo.
Un segundo ámbito a considerar, relacionado con el anterior, será la aplicación sobre
ese cuerpo, atravesado por la posibilidad de la confesión, del discurso de las disciplinas
modernas que pasan a convertirlo en su objeto de estudio y que, a través de ese mismo
estudio, lo construyen en su materialidad más evidente. Esta construcción supondrá un
feedback que a su vez permitirá el surgimiento de estas disciplinas y que podríamos
analizar, como caso paradigmático, en el desarrollo de la Anatomía. El auge de los
estudios anatómicos dará lugar de forma paulatina, y a través de la investigación sobre
el cuerpo humano real situado en la mesa de disección, a la construcción del modelo
anatómico del ser humano como cuerpo general susceptible de pertenecer a cualquier
individuo considerado “normal”.
Atendiendo a la primera cuestión, se podría señalar que el mismo proceso de
“materialización” que planteaba Judith Butler aludiendo al concepto schema , guardaría
relación, según su interpretación, con la alusión que hace Michel Foucault en el capítulo
final del primer volumen de la Historia de la sexualidad acerca de la necesidad de hacer
«una “historia de los cuerpos” y de la manera en que se invadió lo que tienen de más
material y viviente» 31 .
Para hacer su historia de los cuerpos, Foucault se remonta a la antigüedad, tratando
de atender a cómo, a través de qué mecanismos y sobre qué aspectos se desarrolla el
“trabajo” sobre el cuerpo. Se trataría de una indagación en los primeros textos que
31 M ic he l F ou ca ult , H ist ori a d e la s ex ua lid ad , M a dri d, S ig lo XX I, 19 98 , v ol. I, p. 18 4.
33
plantean la necesidad de desarrollar un trabajo sobre el cuerpo, para llegar desde esos
fundamentos a la disciplina exigida desde la preceptiva del Cristianismo. En su
búsqueda trataría de identificar medios de relación con el propio cuerpo que permitan
explicar cómo los mecanismos de poder se insertan en la posibilidad de devenir un
sujeto. Alude así por ejemplo a la dieta o al régimen de los placeres, en un proceso por
el cual el alma trata de domeñar al cuerpo, pero en un proceso también a través del cual
el alma debe regularse a sí misma, puesto que solo de este modo logrará infundir en el
cuerpo un régimen de austeridad que no permita sobrepasar las propias fuerzas. Señala
Foucault que,
Es el cuerpo en cierto modo el que da su ley al cuerpo. Y sin embargo el alma
tiene su papel que desempeñar (…): pues es ella la que corre sin cesar el riesgo
de arrastrar al cuerpo más allá de su mecánica propia y de sus necesidades
elementales; es ella la que incita a escoger momentos que no son apropiados, a
actuar en circunstancias sospechosas, a contraponerse a las disposiciones
naturales. Si los humanos necesitan un régimen que tenga en cuenta, con tanta
minucia, todos los elementos de la fisiología, la razón es que tienden sin cesar a
apartarse de ella por el efecto de sus imaginaciones, de sus pasiones y de sus
amores 32 .
Se produce un pequeño viraje interpretativo puesto que, a pesar de que la necesidad
de control sobre el cuerpo se justifica en función de que este sea entendido como una
entidad tendente a lo problemático, a lo incorrecto; se pasa en este momento a
comprender el alma como aquella que es capaz de arrastrar ese cuerpo más allá de sus
límites. De este modo las almas, con la mediación del dominio del cuerpo, se
someterían a sí mismas. El régimen, el control fisiológico es, en definitiva, un control
de las pasiones, los deseos, las pulsiones del alma. El dominio del cuerpo produce al
mismo tiempo un gobierno sobre la imaginación. Sobre el cuerpo material por tanto se
insertan los mecanismos de un poder que, más allá de representar una forma de
dominación para Foucault, pretende instaurar un tipo de relación de cada persona
consigo misma, tratando de identificar las disposiciones del alma y de acomodarlas a un
régimen debido. Y, derivado de ello, llevar al cuerpo a actuar en función de
determinadas constricciones. Se inicia así una nueva relación del yo consigo mismo que
hace correr paralelamente una serie de “códigos de comportamiento” con unas ciertas
“formas de subjetivación” que evolucionan hacia una encarnación –una materialización
32 I bíd ., vo l. I II, p. 126 .
34
en la carne– de la moral. Esta materialización va «del pensamiento clásico a la
constitución de la doctrina y de la pastoral cristiana de la carne» 33 .
En Occidente, el discurso del Cristianismo permite un asentamiento del dualismo
platónico de cuerpo y alma, unido a la valoración de un posible mundo inaccesible y
superior que no es alcanzable sino tras la muerte. Este planteamiento supone de nuevo
una confirmación del cuerpo como lugar peligroso sobre el que será necesario
desarrollar un trabajo de sometimiento férreo en función de la preceptiva que constituye
el alejamiento de determinadas “faltas” consideradas pecaminosas. En este contexto, un
punto de inflexión fundamental para Foucault en la constitución de los cuerpos sería
aquel en que la confesión se instituye como mecanismo de análisis individual. Para él se
produce una
culpabilización del cuerpo por la carne que es al mismo tiempo una posibilidad
de discurso e investigación analítica del cuerpo, esta asignación, a la vez, de la
culpa en el cuerpo y de la posibilidad de objetivar ese cuerpo como carne, todo
esto, es correlativo de lo que podemos llamar un nuevo procedimiento de
examen 34 .
Este nuevo procedimiento de examen atraviesa el cuerpo con una serie de discursos
enunciados por la persona que confiesa sus pecados pero con la figura del confesor
interpuesta entre esa persona y su relato. La confesión implica una conversión del
cuerpo en la carne del pecado y con ella la inserción del propio discurso mediatizado
por la noción de lo maligno y lo inadecuado en la narración personal acerca del yo. El
método de la confesión, como forma de articular en un tipo de discurso coherente las
historias del yo, incita una proliferación de discursos que van dando lugar, de forma
paulatina, al surgimiento de una matriz de interpretación del propio cuerpo y de aquello
que subyace al mismo como entidad separada, el alma. La confesión «es una actividad
en donde mediante el habla el yo se constituye a sí mismo » 35 , y esta constitución es
propiciada, atendida y reconducida por una tercera persona que dirige el proceso. Todo
ello propicia que, en esa nueva relación de la persona consigo misma planteada por
Foucault, se introduzca una figura que en este caso es la del confesor, pero que sufrirá
33 I bíd ., vo l. I I, p . 3 2.
34 M ich el Fo uc au lt, L os an or ma le s. C urs o de l C ol lèg e de F ra nce ( 19 74 - 1975) , M ad rid , E d icio ne s AK A L,
2001, p. 184.
35 Elv ira B u rgo s, Q ué c uen ta c om o un a vid a, la p re gu nta p or la l ibe rta d en J ud ith B utl er , M ad rid ,
An ton io M ac had o Lib ro s, 20 08, p. 28 9.
35
un desplazamiento hacia distintas figuras como la de la clase médica, la de quien dirige
una terapia, etc.
Con todo ello encontramos una evolución que determina por una parte la
configuración de una materia a la que bien una forma o bien un alma infunden vida.
Esta materia corruptible y perceptible a través de los sentidos es atravesada por los
discursos acerca del dominio que debe ejercerse, desde el yo, hacia lo corporal por una
parte en orden a mantener un estado “saludable” asociado a un cierto estilo de vida y
por otro a evitar la tendencia de la carne a corromper al alma y la del alma a desatar a
través del cuerpo sus propias pasiones. Estos mecanismos van configurando un cierto
tipo de relación con el yo en cuya evolución encontramos el hito evidente que supone la
instauración de la confesión como forma de mediación entre el alma y el cuerpo
regulada por la escucha de una tercera persona que orienta la narración.
El tema de la confesión es abordado en profundidad por Foucault, llegando a un
momento determinado en el cual se produciría una somatización, una manifestación
corporal de la puesta en discurso del pecado. Y, con ello, al momento de confluencia
entre la Religión y la Medicina a través del cuerpo de la persona poseída. Para aludir al
fenómeno de la posesión utiliza el concepto “teatro somático”. Es interesante el
concepto porque aúna de algún modo lo relativo a la puesta en escena – que en adelante
será traída a colación para hablar del término performatividad– y la alusión a lo
somático, a lo material, lo corpóreo. En este tipo de fenómenos de la posesión
encontramos cómo el cuerpo de la poseída sufre una serie de consecuencias de carácter
físico y constituye el lugar de un campo de batalla entre lo demoníaco y lo eclesiástico,
pero, fundamentalmente entre el propio cuerpo y la matriz de interpretación que sobre él
se ha establecido,
La carne convulsiva es el cuerpo atravesado por el derecho de examen, el cuerpo
sometido a la obligación de la confesión exhaustiva y el cuerpo erizado contra
ese derecho y esa obligación 36 .
Este cuerpo convulso se sitúa en la coyuntura entre Medicina e Iglesia, «el estudio de
la convulsión, como forma paroxística de la acción del sistema nervioso, va a ser la
primera gran forma de neuropatología» 37 . En la convulsión, en esa resistencia del cuerpo
a la obligación de la confesión se engarzaría el discurso de una y otra al actuar sobre el
36 M ic he l F ou ca ult , L os an orm a les , o p cit., p. 19 5.
37 I bíd ., p. 205 .
36
cuerpo. Las modernas disciplinas, fundamentalmente Psiquiatría y Psicología, en el
momento en que surgen, retomarán la técnica ya desarrollada por el ejercicio de
confesión de los individuos para aplicarla a la construcción de su propio corpus teórico.
Será necesaria una proliferación de los discursos que permita recoger la variabilidad de
los sujetos y establecer la frontera de lo anormal frente a lo normal, pero volveremos
sobre ello más adelante. En general, y no solo en el caso de la posesión aunque esta
pueda servir como ejemplo, para Foucault, «los mecanismos de poder se articulan
directamente en el cuerpo» 38 .
Las cuestiones hasta el momento planteadas requieren de una apreciación, en
cualquier caso, relacionada con la interpretación que hace Judith Butler de la noción de
la articulación “sobre el cuerpo”, pues, desde su punto de vista, podría plantearse en la
concepción de Foucault la reminiscencia de una alusión a un cuerpo previo sobre el cual
operarían los distintos discursos y que sería independiente de los mismos. Queda esto
reflejado en la presente cita de Elvira Burgos:
Aquí reside el problema, en la concepción del cuerpo como «superficie»
preparada para ser «inscrita», en su acercamiento a la dinámica de la
construcción cultural según el modelo de la «inscripción», porque el proceso de
inscripción remite a un poder externo al cuerpo a pesar de que ello es lo que
Foucault quiere evitar 39 .
Butler deduciría de la interpretación de algunos de los pasajes, sobre todo del primer
volumen de la Historia de la sexualidad , de Foucault un cuerpo sometido a procesos
culturales de inscripción como realidad preexistente y capaz de resistirse a esos
procesos. Cabría la sospecha, desde esta perspectiva, de la comprensión del cuerpo
como un a priori fuera de la cultura en la que se desarrolla, como una especie de “tabula
rasa” sobre la que se inscribieran los mecanismos de poder. Butler no cuestiona la
capacidad de existencia del cuerpo más allá de lo cultural, pero si bien el cuerpo en sí
mismo puede constituir una realidad al margen de los procesos que le dan
inteligibilidad, no habría un “afuera” del ámbito de lo discursivo a la hora de interpretar
la realidad. No se da la posibilidad de hacer una interpretación del cuerpo fuera de
aquellos procesos que nos lo hacen comprensible, inteligible y, por tanto, no cabe el
planteamiento de lo que el cuerpo es fuera del ámbito de su configuración. Si tenemos
en cuenta de nuevo la apreciación acerca de Aristóteles, el schema se da
38 M ic he l F ou ca ult , H ist ori a d e la s ex ua lid ad , vol. I, o p. cit., p. 18 4.
39 E lv ira B urg os , Q ué cu en ta co mo un a vid a, la pre gu nt a p or la lib ert ad en Ju di th Bu tler , op . c it., p. 10 4.
37
simultáneamente a la materia y ambos constituyen una sola entidad, así, solo desde su
configuración como realidad inteligible es que podemos comprender el cuerpo.
Retomando a Foucault, en su proceso de análisis histórico, en su genealogía de la
sexualidad, encuentra él cómo los cuerpos, atravesados por el discurso –aunque, como
hemos señalado, no anteriores al mismo–, pasan a constituir el objeto de estudio de las
disciplinas modernas: Biología, Medicina, Psicología, Psiquiatría. En cualquier caso,
una vez trazada la línea discursiva foucaultiana, recorrida en la Historia de la
sexualidad , para la cuestión que nos ocupa; se trataría de ahondar en la complejidad de
un asunto cuyas ramificaciones se despliegan en un haz de sentidos y cuyas
implicaciones en el ámbito de la subjetividad humana no son evidentes ni claras. Judith
Butler en el capítulo "Foucault da cuenta de sí", que se configuraría como una suerte de
epílogo, de reflexión final del texto Dar cuenta de sí mismo , aborda el tema de la
confesión en un Foucault más tardío, y más concretamente en aquel inserto en la escena
de interpelación de una entrevista que da lugar al artículo "How much does it cost for
reason to tell the truth?" 40 . En este momento, el autor va más allá de sus conclusiones
previas y hasta incluso, en palabras de Butler, se “desdice” de una concepción de la
confesión en que «la censuraba como una extracción de la verdad sexual por la fuerza,
una práctica al servicio de un poder regulador que produce a un sujeto obligado a decir
la verdad sobre su deseo» 41 .
Este mecanismo, el procedimiento de indagar en el yo, no podría interpretarse como
una escena coercitiva exclusivamente, la relación con el confesor sería uno más de los
escenarios de interpelación –con ciertas particularidades en este caso– en los que se
produciría la emergencia de la subjetividad. Así pues, si bien podemos afirmar que la
confesión, regulada a través de una figura autorizada, mediadora, supondría un
momento de particular fecundidad a la hora de recoger, de ordenar discursos, de
producir saberes y de parcelar ámbitos de subjetividad determinando qué significa lo
normal frente a lo que no se identifica como tal, lo saludable frente a lo enfermo... (y
por tanto también de clasificación en función de los cánones); la producción verbal del
40 E l c ap ítu lo fina l d e D a r c ue nta de s í m ism o de Judi th Butl er r ev isa la pe rsp ec tiv a f ou ca ul tia na acer ca
del t em a de la c onf es ión en e l tex to “ H ow mu ch d oe s it c ost f or r ea son to te ll th e tr uth ?” , e n Sy lv ère
Lo trin ge r, e d., F ou cau lt Live (In ter vie w s, 1 96 1- 19 84 ), N ue va Y ork : S em io tex t(e ), 1 98 9, pp. 2 33 -2 56 . E n
est e ar tícu lo la v isió n q ue da e l pr op io F ou ca ult a l re sp ect o su po ne una pr ofu nd iza ci ón e n la s id ea s
apo rta da s p or él en H isto ri a d e l a s exu al ida d , d otá nd ola s d e u na m ay or co mp lej ida d.
41 Ju di th B ut ler, Da r cu en ta d e sí mis m o. V iol en cia étic a y res pon sa bil ida d , M ad rid , Am o rro rtu , 20 09 , p.
154
38
sujeto en este ámbito no presupone una «presunta verdad interna» 42 cuyo correlato se
corresponde con el discurso. La confesión, el hecho de dar cuenta de sí, produce
performativamente al sujeto que enuncia y esa enunciación tiene lugar en presencia de
alguien que interpela. El yo que participa de ese acto, a través de su manifestación
«disuelve su interioridad y la reconstituye en su externalidad» 43 . Así, como señala
Butler,
del sujeto que se confiesa se requiere cierta producción performativa de sí dentro
de las convenciones públicas establecidas, y esa producción constituye la meta
misma de la confesión 44 .
El yo es sustituido por una expresión en la que el otro participa de forma constitutiva .
Es muy interesante el planteamiento que Butler hace al respecto, puesto que por un lado
esa interpelación y ese dar cuenta de sí supondría la posibilidad de decirse y por lo tanto
de «entregarse a un modo público de apariencia» 45 , es decir, de transformarse en alguien
inteligible en el contexto social, pero a un tiempo contendría la posibilidad de quebrar
esos modos de inteligibilidad, de abrirlos,
No estoy obligada a adoptar formas concretas de formación del sujeto ni a seguir
convenciones establecidas para relacionarme conmigo misma, pero sí estoy
atada a la socialidad de cualquiera de esas posibles relaciones. Es probable que
ponga en riesgo la inteligibilidad y desafíe la convención, pero en ese caso actúo
dentro de un horizonte histórico-social o influyo sobre él con la intención de
fracturarlo o transformarlo. Sin embargo, me convierto en ese yo sólo a través de
un movimiento ex-tático, que me lleva fuera de mí misma para trasladarme a una
esfera en la cual quedo despojada de mí y constituida al mismo tiempo como
sujeto” 46 .
Esta aproximación al discurso de sí, a esta for ma peculiar de configuración constante
del individuo, habría de contar con dos apreciaciones básicas de cualquier modo. Por un
lado nos encontraríamos con el hecho de que la posibilidad discursiva encuentra una
limitación en el ámbito de lo pronunciable y por otro, y muy relacionado con lo anterior,
que hay zonas de opacidad en la posibilidad de decirse de todo sujeto. Subrayaríamos,
de este modo, la idea de que las personas nacen en un mundo atravesado por normas
que no le pertenecen y en las que ha de emerger, de devenir a lo largo de toda su vida y
en los primeros momentos de la misma las interpelaciones, los vínculos, las relaciones,
42 I bíd ., p. 154 .
43 I bíd ., p. 155 .
44 I bíd ., p. 155 .
45 I bíd ., p. 156 .
46 I bíd ., p. 157 .
45
teatro anatómico de Leiden, inaugurado en torno a 1586, ciudad donde residieron
Descartes (que se traslada allí en 1632) o Spinoza, en cuya descripción, María Teresa
Aguilar García, señala
Es una estructura de madera desmontable con gradas para doscientas personas,
de estructura cónica y con inscripciones en las bandas que portan los numerosos
esqueletos colgantes, donde puede leerse: “Hemos nacido para morir”, “Somos
polvo y sombra” o “Conócete a ti mismo” 58 .
El motivo por el cual resulta interesante la cita del presente fragmento guardaría
relación con la interpretación foucaultiana acerca de la configuración de la subjetividad
a través de una serie de procedimientos, de tecnologías. Su interés reside en la alusión al
precepto délfico que aparece al final y que podría relacionarse con la evolución
planteada por Foucault en su texto Tecnologías del yo desde la propuesta clásica del
cuidado de sí – epimelesthai sautou – , al tantas veces enunciado conocimiento de sí –
gnothi sauton –.
ha habido una inversión entre la jerarquía de los dos principios de la Antigüedad,
«Preocúpate de ti mismo» y «Conócete a ti mismo». En la cultura grecorromana
el conocimiento de sí se presentaba como la consecuencia de la preocupación
por sí. En el mundo moderno, el conocimiento de sí constituye el principio
fundamental 59 .
En este sentido, se profundiza en la idea del paso de una preceptiva general de
cuidado, como aquella a la que aludíamos al inicio del presente epígrafe, a una
necesidad de conocimiento acerca de un cuerpo sobre el que se fundamentará el
discurso de la medicina moderna (y del resto de disciplinas). Este proceso abarcaría, de
algún modo, la inserción del cuerpo como materia de conocimiento de sí. A pesar de
que Foucault se centra más bien en desvelar aquellos procesos a partir de los cuales se
propone una inversión de la preceptiva que alcanza un momento particularmente
reseñable en la inserción de la confesión en el conocimiento del yo (aspecto que hemos
tratado con anterioridad en relación a la conversión del cuerpo en la carne susceptible
de cometer pecado), puede verse un hilo conductor en esa presentación del cadáver que
alude a la preceptiva del conocimiento de uno mismo. La anatomía incide de manera
58 M ar ía T ere sa A g uila r G arc ía, Cu erp o y t ex to e n la c ult ur a oc cid en tal , M ad rid , De ve nir el ot ro, 201 1, p .
68. En el pres en te fra gm en to desc rip tiv o el la alu de al tex to de Sad w ay, J., T he em bla zo ned Bo dy;
dis sec tio n a nd th e hu ma n b od y i n t he Re na iss an ce cu ltu re, R ou let dg e, N . Y. , 19 95 , p . 7 2.
59 M ic he l F ou ca ult , T ecn ol og ías de l y o, Ba rc elo na , P aid ós, 19 90 , p . 5 5.
46
específica en la sistematización de ese conocimiento y en la profundización en el mismo
más allá de las fronteras de lo observable a simple vista.
Así pues, retomando el tema de esta generalización del cuerpo anatómico, con una
mirada de pretensión puramente objetiva se atenderá a la verdad del cuerpo presentado
en sí mismo y es con la anatomía de Vesalio con la que se intensificará esta idea. Tras
las descripciones realizadas hasta el momento, cargadas de las preconcepciones
galénicas interpretadas como erróneas, el cuerpo de la Anatomía se produce desde un
discurso científico y de la forma indudable que permite la indagación directa sobre el
mismo . Las representaciones en anfiteatros públicos «proclamaban la convicción de que
el cuerpo abierto era la fuente y piedra de toque del conocimiento anatómico» 60 .
Uno de los aspectos sobre los cuales es necesario llamar la atención en esta nueva
anatomía es que permite aplicar el concepto de la verificación 61 . En un primer momento
es clara esta idea puesto que, la mirada al interior, no tiene como consecuencia una
confrontación de las tesis galénicas sino que supone, por el contrario, el dotar esas tesis
del peso de la comprobación en la realidad, pero también se puede ver una idea de
confirmación a partir de Vesalio. Esta nueva forma de verificación parte también de una
serie de ideas preconcebidas en torno a la realidad en sí del cuerpo, al hecho de
considerarlo un a priori sobre el que fijarse para descartar determinadas teorías o hacer
que otras permanezcan. En el estudio anatómico continúa dándose una confirmación
incluso cuando la mirada del erudito se inmiscuye directamente entre las vísceras y
participa del proceso de disección, hay una predisposición hacia el cuerpo, esto es, una
serie de preconcepciones que son inherentes al proceso de reflexión acerca del mismo.
En este sentido, durante las sesiones en las cuales se diseccionan los cadáveres para
identificar sus distintas partes, un aspecto fundamental es el trabajo que consiste en que
quede fijada la imagen de lo que «es» un cuerpo humano. Este trabajo deja una multitud
de formas de representación que cambian según las tendencias artísticas de la época –en
un momento determinado se presenta al ser humano como un organismo todavía vivo y
60 Tho ma s Laq ueu r, La c on stru cc ión d el s exo . Cue rpo y g én ero desd e los grie gos h as ta Fre ud , M ad rid ,
Cá ted ra, 19 94 , p p. 13 5- 136.
61 E n es te sen tid o res ult a i nte res an te dir igir n ues tra m ira da so br e e l s ent ido y la et im olo gía d el tér mi no
aut op sia . E n el D ic cio na rio d e la Re al A ca dem ia E sp añ ola , se ña la su p roc ed en cia d el gr ieg o α ὐ το ψί α qu e
sig nif ica ría “ ac ció n de v er p or l os p rop io s ojo s” y que com p ort a de a lgú n m od o la id ea d e có mo e se v er, a
trav és no d e o tro s o jos , n o d e l a i nte rpr eta ció n de a lgu ien q ue med ia e nt re la ve rda d y el y o sino de un os
ojo s pr op ios , do ta ría d e la po sib ilid ad de com p rob ar lo q ue h ay y, p or tan to , te ne r ac ces o a la v erd ad con
la i nm ed iat ez y l a c ert eza q ue pe rm ite la pro pia m ira da .
47
con las vísceras visibles o los músculos sin recubrir en alguna parte del cuerpo, o bien
se superponen los dibujos de las vísceras a modelos de estatuas clásicas que «prestan su
dignidad (…) al mitigar la violencia de la disección» 62 – (Un ejemplo de ello lo
encontramos en el Anexo I en la Figura 6). De aquí podemos interpretar que la
representación pictórica no es en absoluto imparcial, sino que responde a cuestiones
ajenas a las relativas exclusivamente a la investigación. La mirada de quien plasmará
esa realidad selecciona una forma de representación, un punto de vista, está impregnada
de una tendencia artística concreta. Esa persona que ilustra a través del dibujo participa
de las propias disecciones como un espectador más en muchas ocasiones. Un ejemplo
en el que, en plena sesión de disección vemos aparecer al ilustrador en primer plano, de
espaldas ante la escena del cadáver, sería el del frontispicio de la obra De re anatomica
de Realdo Colombo, de 1559 (Ver Figura 5, Anexo I). Estas representaciones pictóricas,
basadas en la observación suponen la inserción de la estructura del cuerpo humano en el
discurso de lo canónico e implican además el inicio de un estándar sobre el que se
desarrollará la representación pictórica anatómica posterior. De este modo, darán lugar a
ese modelo de plasmación de la realidad tal y como es al natural. El cuerpo humano se
constituirá como un lugar establecido a partir de esa multitud de observaciones –ya
indicada–, que representará a cada uno de los seres considerados normales y, por ende,
al ser humano.
Parece destacable, por lo que tiene de curioso, –retomando la publicación de la
anatomía de Vesalio–, el hecho de que entre aquellos de sus contemporáneos que
valoraron su éxito se encontrase el cirujano Ambroise Paré, que, como se señala en el
primer volumen de Historia del cuerpo,
lo utilizó en la sección de anatomía de su obra clásica de cirugía publicada en
1564. Paré hizo traducir partes de De humani corporis fabrica al francés, para
los cirujanos que eran incapaces de leer el latín 63 .
Ambroise Paré será quien publique, con posterioridad, una de las más conocidas
teratologías, Des monstres et prodiges, en 1573. De esta forma no es de extrañar que un
discurso que pretende generalizar un tipo de anatomía concreta para centrar en ella los
más variados estudios, requiera casi simultáneamente de un establecimiento de los
62 T ho m as Laq ue ur, L a c on str ucc ió n d el sex o. Cue rpo y gé ne ro des de los grie go s h as ta F re ud , op . c it., p.
138.
63 A la in Corb in , et . a l. ( dir .) Hist ori a d el cu erp o , op . c it. , v ol. 1, p. 33 2. La ob ra de P aré a l a q ue se ha ce
ref ere nc ia e n la n ot a e s: Di x l ivr es de ch iru rgi e a ve c l es ins tru me nts n éce ssa ir es á ic el le, P ar ís, 15 64 .
48
límites, de los márgenes en los cuales se encontrarán todas aquellas manifestaciones,
aquellos cuerpos que no correspondan con el “sujeto anatómico” que determina el
canon. La situación de estos cuerpos en un lugar “marginal”, en los márgenes del
cuerpo universal, contribuirán a su vez a reforzar la idea de un canon, dotando de mayor
precisión los límites en los que este es acotado.
En este sentido, por una parte se trataría de determinar en qué consiste aquello que se
considera un cuerpo y que además es el cuerpo verdadero desde un punto de vista físico,
el cuerpo que debería tener toda aquella persona que se interpreta bajo la categoría de lo
humano, el cuerpo anatómico que representa el lugar canónico sobre el que se
fundamentarán las disciplinas académicas que aborden en alguna medida la cuestión
acerca del individuo, que tomen a este como objeto de estudio. Y por otra, al mismo
tiempo que se pretende hacer una “descripción objetiva” del mismo, se trataría de
establecer los límites en que se inserta dicho cuerpo, las fronteras a partir de las cuales
comenzará a considerarse que se ha producido el error, la tara, la mutación definitiva
que lleva de la normalidad a lo monstruoso. Es evidente cómo el ámbito de lo icónico
jugará en la representación “exacta” de lo corporal, y de aquello que constituye el
ámbito de la normalidad frente a lo anómalo, un papel fundamental hasta el punto de
que la propia representación guía, a través de los textos canónicos, la mirada de las
personas que se asoman al interior de aquello que se puede percibir a simple vista.
49
El exterior constitutivo del modelo anatómico: la teratología
El proceso de configuración de lo humano, de la corporalidad, se desarrolla, como
hemos venido subrayando, a través de un entramado conceptual que se va tejiendo
desde los inicios del planteamiento acerca de lo que significa ser un individuo, desde las
primeras formulaciones sobre el ser. Nuestro estudio nos lleva a identificar en cualquier
caso un punto de inflexión en ese momento clave en el que las posibilidades “técnicas”,
“científicas”, dotan de un interés especial a los estudios anatómicos. Es el momento en
que la materia, como fuente excepcional de verdad, permitirá instituir el canon de lo
corporal y este quedará fijado, a través de lo icónico, con la fuerza que otorga ser
naturaleza, ser lo normal.
A lo largo de todo ese paradójico proceso de determinación de aquello que
consideramos que es la naturaleza –y que tratamos de delimitar con exactitud frente a
todo aquello que surge, que tiene vida, que está dotado de existencia, pero que al
parecer no puede calificarse como natural– y, más concretamente, de aquello que se
juzga un cuerpo humano normativo, encontramos no solo la pretendida “descripción”
desarrollada desde los modelos anatómicos sino también el establecimiento de los
márgenes de la normalidad. Esto supone una doble vía de conformación que actúa de
manera positiva, constructiva, señalando qué cuerpos son susceptibles de ser incluidos
en el ámbito de lo normativo, de la salud, de lo que debe ser y, simultáneamente, de
manera negativa delimitando fronteras de exclusión en función de criterios como la
enfermedad, la discapacidad, la monstruosidad. El desarrollo, por tanto, es doble, por
una parte se propone, qué cuerpos son aquellos que cumplen con el canon y, por otra, se
delimita un orden de aquellos otros que pasarán a la categoría de lo anormal, término
utilizado casi eufemísticamente si atendemos al abanico conceptual que se despliega
para denominar cada una de las manifestaciones corporales humanas que tienen lugar.
Siempre pues configurando la realidad a través de la inserción de lo múltiple en una
matriz dicotómica en orden a la clasificación. Una vez fijados esos dos polos de la
variable normalidad-anormalidad, el siguiente paso consistirá en asignar
manifestaciones concretas a cada una de ellas a través de la recopilación de toda una
tradición pseudomítica de mirabilia, «como las Historias Prodigiosas de Pierre
Boaistuau, Claude Tesserant, San Pablo, San Agustín, el profeta Esdras, y de los sabios
50
antiguos, a saber, de Hipócrates, Galeno, Empédocles, Aristóteles, Plinio, Lycosthenes
y otros» 64 .
El panorama que presentamos es complejo, puesto que desde el siglo XVI se va
produciendo todo un armazón conceptual entretejiendo la influencia de por una parte la
inserción de la técnica de la confesión en la interpretación del cuerpo entendido como
carne susceptible de cometer pecado, por otra la delimitación de los cánones de la
anatomía humana y de aquellos límites corporales que permiten hablar todavía de lo
“normal”, y por último, simultáneamente, de la descripción lo más pormenorizada
posible de todo el elenco de corporalidades situadas en los márgenes de esa normalidad
que permiten un afianzamiento de esta. Pese a que, relacionado con el progreso
comprendido desde un punto de vista cientificista y con las interpretaciones acerca de lo
social, el punto de confluencia entre lo normal y lo diferente ha ido moldeándose, ha
sufrido alguna modificación, la dualidad no se ha diluido, continúa manteniendo sus
límites, aunque difusos, asentados sobre la dicotomía.
Pero, si atendemos a la pregunta sobre el ser, sobre el estatus de lo ontológico, –
fundamental en el discurso filosófico– y la retomamos, en un sentido clásico, para
iniciar la cuestión que nos ocupa, es decir, para acotar qué es un monstruo, qué es
aquello que podemos comprender como lo prodigioso, com o lo maravilloso (en el
ámbito de las múltiples posibilidades de expresión de lo corporal en el ser humano),
encontraremos una preocupación por determinar aquello que pueda ser estimado como
lo monstruoso en el terreno de lo natural. Y ya los intentos de dilucidar este tema, a lo
largo de las distintas épocas, permiten alguna intuición en torno a una intencionalidad
taxonómica que trae aparejada una redistribución de lo real que atiende a criterios
morales. La determinación de lo natural, por tanto, en el momento crucial en que se
gesta la idea de qué es la naturaleza, no es ajena a las cuestiones relativas a lo moral y a
lo largo de ese hilo de sentido es posible rastrear lo que en el presente se entiende
también como lo real, lo científico y lo “normal”.
Como punto de partida, no ya para lograr responder a la pregunta sobre qué es lo
monstruoso sino más bien para esbozar un panorama de los distintos conatos de
aproximación a la materia, tomaremos las primeras líneas del texto de Ambroise Paré,
Monstruos y prodigios , en el que se establece una primera “definición” que, si bien no
64 A m br ois e P ar é, Mo ns tru os y p ro dig io s , M adr id, Si rue la , 19 87 , p . 2 1.
51
podemos calificar de clarificadora, sí es productiva a nuestro propósito de acotar qué se
ha venido considerando el ámbito de lo natural y de cuestionar esa propuesta. Paré
señala que
Los monstruos son cosas que aparecen fuera del curso de la Naturaleza (y que,
en la mayoría de los casos, constituyen signos de alguna desgracia que ha de
ocurrir) como una criatura que nace con un solo brazo, otra que tenga dos
cabezas y otros miembros al margen de lo ordinario. Prodigios son cosas que
acontecen totalmente contra la Naturaleza, como una mujer que dé a luz una
serpiente o un perro, o cualquier otra cosa totalmente opuesta a la Naturaleza 65 .
No es, en cualquier caso, Paré el primer autor que se dedica a recopilar en una
tentativa teratológica todo ese compendio de seres maravillosos y desconocidos en un
texto, pero es especialmente interesante su aportación puesto que, como apuntábamos
en el apartado anterior, él mismo es el autor de una obra de anatomía publicada en París
en 1564, Dix livres de chirurgie avec les instruments nécessaires á icelle . En menos de
una década el autor que ha contribuido a configurar el canon anatómico haciendo
traducir al francés fragmentos de De humani corporis fabrica , como ayuda para los
cirujanos que no sean capaces de leer el latín, ha desarrollado un “manual” en que se
trata de explicar la causa de que se den toda una serie de manifestaciones de lo humano
y lo animal que no se corresponden con el canon que previamente ha contribuido a fijar.
Las representaciones de lo no monstruoso van quedando precisadas y es necesario
concretar con cierta claridad cuáles son sus límites. Inserta además en la descripción de
lo prodigioso encontramos toda una serie de cuestiones en torno al establecimiento de
los modos de comportamiento al respecto de todas estas corporalidades 66 que, si bien no
65 Ibíd ., p. 21.
66 Com o mues tra d e la co m ple jid ad d e la cu es tió n, de cómo es n ec esa rio reart icu lar e l discu rs o de
inte rp ret aci ón en tor no a lo hu m an o a l en fre nta rn os con la s s ing ula rid ad es que c ita n a uto re s co m o P aré y
otr os, cita re mo s la “C art a se xta ”, d el con ju nto de C ar tas er udi ta s y c uri os as e n q ue p or la m ay or pa rte se
con tin úa e l d esi gn io del The atr o c rit ico u niv er sal , im p ug nan do , o re du cie nd o a d ud osa s vari as op in ion es
com u nes , en la cua l su auto r, Be ni to Ge ron im o Fey jo ó arg um en ta ace rc a de la nec esi dad o n o de b au tiza r
a un niñ o con cr eto que na ció con alg un os m ie m bro s dup lic ad os y sob re s i, de ber ía ser cons ide ra do e ste
com o un so lo s er hu m an o o co m o do s, pu es to q ue ento nc es c ab ría la pos ib ilid ad de de sa rro lla r un dob le
bau tis mo q ue , e n e ste ca so co nc re to se rea liz ó s in me di aci ó n de re fle xió n alg un a a nte la p os ibil ida d de
que el neon ato mur ies e sin rec ib ir los sac ra me nto s, tal y com o se señ ala en el enca be zad o de d ic ha ca rta
«R esp ue sta a la c on su lta s ob re e l Inf an te m un str uo so d e d os c ab eza s, d os c ue llo s, q uat ro m an os , cu ya
div isi ón po r ca da lad o empe za ba desde el co do , re pre se nta nd o to do el res to exter ior , no m as que lo s
mie m bro s corre sp on die nte s à un i nd ivid uo s olo , que salió à lu z en M e din a - Sid on ia el d ía 29 d e Febr ero
del añ o 17 36 . Y p or co ns ide rar se arr ies ga do el pa rto , l ue go q ue sa có un p ie fu era d el cla ust ro m ate rno , s in
esp era r m as , se l e ad m inis tró el B au tis mo en aqu el mie m bro » (9 4) . A sí, c om o e l pr op io a uto r se ña la a l
inic io de su diser tac ión epist ola r, la con sul ta con sta de dos par tes , una filo só fic a y otra teo lóg ica , l a
pri me ra con si stir ía en de term in ar si el inf ant e e ra un so lo ind iv idu o o b ien si el «m on str uo bi cip ite », co mo
es n om br ado , co ns ta d e do s in div id uos . H ay p or t ant o to da u na rea rtic ul aci ón n ec esa ria de l dis cu rso sob re
lo hu ma no , e n e ste c aso y a c on tex tu aliz a da te mp or alm en te en el si glo X V III, so br e l as ma ni fes tac ion es d e
52
son nuevas, puesto que aparecen ejemplificadas desde la época medieval, sí adquieren,
en su descripción y explicación, desde ese momento una exhaustividad cientificista que
hasta entonces no era tal. A este respecto citaremos a Foucault, en la recopilación Los
anormales , que en una clase dictada en enero de 1975 indicaba cómo la figura del
monstruo «no solo es violación de las leyes de la sociedad, sino también de las leyes de
la naturaleza» 67 y, al respecto subrayaba la implicación que tiene su aparición sobre la
ley jurídica, sobre la norma que se cierne en torno al cuerpo humano, así, en el
momento en que se produce la violación de la ley, esta no solo suscita la respuesta de
esa ley sino «la violencia, la voluntad lisa y llana de supresión, o bien los cuidados
médicos o la piedad» 68 .
Si hasta el siglo XVI la pretensión de las compilaciones de fenómenos, de los
mirabilia , era dar cuenta de la grandeza de lo divino en cuanto a la posible variedad de
manifestaciones de los seres creados 69 , a partir de entonces de lo que se trata es de
encontrar algún tipo de explicación que, a pesar de seguir inmersa en una idea
trascendente relacionada con el poder divino, lleva implícita la impronta de lo
taxonómico. Señala de nuevo Foucault cómo,
Paradójicamente, el monstruo –pese a la posición límite que ocupa, aunque sea a
la vez lo imposible y lo prohibido- es un principio de inteligibilidad. Y no
obstante, ese principio de inteligibilidad es un principio verdaderamente
tautológico, porque la propiedad del monstruo consiste precisamente en
afirmarse como tal, explicar en sí mismo todas las desviaciones que pueden
derivar de él, pero ser en sí mismo ininteligible. Por consiguiente, lo que vamos
a encontrar en el fondo de los análisis de la anomalía es la inteligibilidad
tautológica, el principio de explicación que no remite más que a sí mismo 70 .
No concentraremos por tanto el esfuerzo en recopilar los textos que han representado
a los “monstruos” a lo largo del tiempo, baste para ejemplificar la nómina de autores
que con anterioridad aparecían citados en el fragmento del inicio de la obra del cirujano
la m o nst ruo si dad q ue ha n v en id o s ien do de sc rita s desde la et ap a m ed iev al y, co n más e xh au stiv id ad ,
des de la se gun da m ita d d el sig lo XV I y, fun da me nt alm en te, en el si glo X VI I.
67 M ic he l F ou ca u lt, L os an or ma les , op. c it., p. 57.
68 I bíd ., p. 58.
69 P ar a U m ber to Ec o, « A gu stí n nos de cía q ue los m ons tru os er an bel los po r s er cri atu ras de D ios » ( p.
114 ), así surg en lo s que él d en om in a “ b est iar io s m or al iza do s ” , e l p rim e ro de l os cu ale s es e l Fisi ólo go ,
sob re est e m od el o s e es cr ibir án «l a m ay or parte de b est iari os , la pid ari os, he rb ario s y , e n g en era l, m u ch as
«en ci clo pe dia s» (… ) de sd e la N atu ra lez a de la s cos as d e Rá ba no M au ro ( sig los V III -I X) c om o po r
eje mp lo el Es pe jo de l m un do d e H o nor io de A utu n, L a n at ura le za de la s c osa s de A le jan dro N ec ka m, L as
pro pi eda de s de las co sa s de Ba rto lom é A ng éli co, el Es pe jo na tu ral de V ice nt d e Be au vai s, ha sta el
Tré so r y el Te sor ett o de B ru net to La tin i» (p . 1 16 ), [la s ne gri tas y cu rs iva s apa re cen e n el or igi nal ]. En
Umb erto E co, H isto ri a d e l a f eal da d , Ba rc elo na , L um en , 2 00 7.
70 I bíd ., p. 58 - 59.
53
francés –véase, Boaistuau, Tesserant, San Pablo, San Agustín, Plinio, Lycosthenes y
tantos otros–, sino que trataremos de ahondar en lo posible en ese punto de inflexión
que constituye simultáneamente la representación de lo humano normativo y la de
aquellas manifestaciones cuyo estatus queda por dirimir y que pertenecen, en cualquier
caso, al ecléctico ámbito de lo monstruoso. Nos interesan todas aquellas disquisiciones
que buscan acotar, dar una explicación sobre ese campo, configurarlo, de tal modo que
puedan dar lugar a ese aspecto que Foucault enunciará como una de las marcas del
monstruo humano en el siglo XIX, la «incorregibilidad rectificable y cada vez mejor
cercada por ciertos aparatos de rectificación» 71 y, en definitiva, a todas las
interpretaciones relacionadas con lo relativo a la genética desde finales del siglo XX.
Pero si, pese a todo, nos preguntamos acerca de qué pueda ser un individuo cuyas
características, en algún momento fueron descritas como monstruosas, no encontramos
ninguna claridad, sino más bien la imposibilidad de acotar. Voltaire, en su Diccionario
filosófico , ya en el siglo XIX, señala cómo «Es más difícil de lo que se piensa, el definir
los monstruos» 72 . Y a continuación, basándose en la cuestión del cuerpo, de la
apariencia y, en definitiva de las distintas representaciones que una y otra vez se han
venido dando a lo largo de la historia, indica cómo hay monstruos que llama “por
defecto”, otros “por exceso” de órganos y una tercera especie de aquellos que presentan
algunos órganos similares a los de animales. Pero, reservará el término “monstruos” no
para alguna de estas tres categorías ya propuestas sino para «los animales cuyas
deformidades nos causan horror» 73 , y el tema del horror, representado en la cuestión de
lo corporal, trasciende aquello que se ha venido apreciando como el ámbito de lo
biológico, de lo genético y hace pasar dicha problemática por el tamiz de lo cultural. La
lectura y la conformación simultáneas –tanto si atendemos a un empleo cotidiano del
término, como desde el discurso científico– de la monstruosidad, no han perdido ese
componente emocional, moral, que nada tiene que ver, al parecer, con la pretensión de
objetividad de las modernas disciplinas. Si avanzamos en el tiempo y acudimos a la
definición de la Real Academia Española, encontramos por un lado y de nuevo la
cuestión de aquello que es ajeno al orden regular y por otro el ámbito del horror, puesto
que se alude a la cuestión de la fealdad o a categorías como la de la crueldad y
perversidad.
71 I bíd ., p. 61.
72 V o ltai re, D icc ion ar io filo só fic o , Nu ev a Y o rk, Im pr en ta d e C. S. Va n Wi ne le, 18 25 , T om o 8 , p . 1 09 .
73 I bíd ., p. 109 .
54
La distribución de los márgenes de la normalidad, la representación de estos
márgenes, de los individuos que son situados en ese contexto, no está, por tanto, exenta
de un componente cultural, del mismo modo que no lo está la configuración encarnada
del cuerpo canónico, de aquel cuerpo que sí se encontraría dentro de los límites del
«orden regular de la naturaleza» 74 .
En cualquier caso, la obra de Paré se situaría en el punto de inflexión, en un
momento de transición hacia un discurso que tiende a ser comprendido como más
científico. Paré todavía apunta como causas de la aparición de ciertas singularidades
corporales cuestiones como la ira divina provocada por la concepción tras mantener
relaciones sexuales contranatura,
Es seguro que en la mayoría de los casos estas criaturas monstruosas y
prodigiosas son fruto de la voluntad de Dios, que permite que padres y madres
produzcan semejantes abominaciones por el desorden en que incurren al copular
como animales; a ello los guía su concupiscencia, sin que respeten el tiempo o
las normas dictadas por Dios y la Naturaleza, como está escrito en el profeta
Esdras: las mujeres manchadas de sangre menstrual engendrarán monstruos 75 .
Sin embargo, se producirá una evolución en torno a esta problemática y como señala
Armand Marie Leroi, en su libro Mutantes ,
A principios del siglo XVII, la teratología –literalmente, la «ciencia de los
monstruos»– comienza a abandonar el mundo de los libros de prodigios
medievales. Cuando la Monstrorum historia de Aldrovandi se publicó
póstumamente en 1642, su mezcla de lo verosímil (gente peluda, gigantes,
enanos y gemelos unidos) y lo fantástico (historias de cíclopes, sátiros y
esciapodos sacadas de Plinio) ya estaba anticuada 76 .
Para Leroi, en Paré ya encontramos una novedad, y es «que las causas de deformidad
hay que buscarlas en la naturaleza» 77 , y así permite rastrear las causas más próximas en
acontecimientos que, más o menos demostrables, indagan una explicación más racional
(a pesar de que la ira de Dios, por ejemplo está presente en algunas explicaciones,
muchas de las monstruosidades que presenta están relacionadas con causas rastreables:
el exceso o la carencia de semen, determinadas posturas indecentes, matrices estrechas,
pueden estar en el origen de la deformidad). La pretensión de avanzar en el ámbito de lo
74 D ic cio na rio d e l a R e al Ac ad em ia Es pañ ol a: w ww .ra e. es. To m ad o d e la en trad a “m on str uo ”, de l a rtíc ulo
enm e nda do d e la v igé sim a ter cer a e dic ió n.
75 A m br ois e P ar é, Mo ns tru os y p ro dig io s , op . cit., p. 23 .
76 A rm an d M ari e L ero i, M uta nte s , Ba rc elo na , A na gra m a, 2 00 7, p. 23 .
77 I bid ., p. 23.
61
especie humana no puede permanecer indiferente ante sus monstruos» 96 . Y es cierto que
no permanece indiferente ante las figuraciones de lo monstruoso, de aquello que
supone, retomando las palabras de Courtaine, «una interrupción del discurso (…) una
suspensión temblorosa de la mirada y el lenguaje, una cosa irrepresentable» 97 , no es algo
que deja de modo alguno impasible sino que, tras ese momento de sorpresa, requiere de
la ordenación, de la categorización, de poder ser insertado en una categoría a la que
durante mucho tiempo ha pertenecido la enfermedad, la locura, la malformación. Hacia
la mitad del siglo XX, el trabajo de Diane Arbus, quien fotografió a un gran número de
personas pertenecientes a distintos shows o cuyas características físicas se incluyeron
dentro de la categoría de lo monstruoso, constituirá una fuente de documentación
reveladora. En muchos de los personajes retratados por ella no encontramos tanto algo
identificable como “anómalo” o fuera de lo habitual sino un extrañamiento de lo
cotidiano, de tal modo que la representación de distintos individuos cuyas
características en principio pudiésemos reconocer como “normales”, hace que resulten
extraños, ajenos, en cierta forma “monstruosos”, en función de la mirada que la artista
proyecta sobre ellos 98 .
El paso del siglo XX al XXI supondrá la inserción de la genética en las distintas
explicaciones, una hábil disección de cada uno de los monstruos hasta indagar en lo más
profundo, hasta dar la respuesta última a cada mutación. El cuerpo compuesto de una
información previa que le dotará de todo su significado será susceptible de ser
establecido a priori en su configuración futura. La postura de la genética en textos como
Mutantes, de Jean Marie Leroi, nos habla no tanto de una acotación de lo humano, de un
establecimiento de los límites de la forma humana, sino de un espectro de la misma. De
un continuo en el que cada cuerpo situado en un lugar concreto forma parte de esa
continuidad de la mutación. Desde la perspectiva de este autor, «Las mutaciones
96 Juan V ic en te Alia ga, “ Lo s perfi les d el mon str uo ”, en Mo nst ru os, fa nta sm as y a lien íg en as. P oé tica s de
la re pr ese nt aci ón en l a ci be rso cie da d , Ca tál og o d e ex po sic ión , 10 de no vie mb re , 20 04 – 9 de ene ro de
200 5. Fu nd ac ión T ele fó nic a, Ma dr id, p. 31 .
97 Je an -Ja cq ue s C our ta ine , “E l cu er po inh um an o” , en Ala in Co rbi n, e t. al . (d ir.) H ist or ia d el c uer po , o p.
cit., vol. 1, p . 367.
98 A lg un os ejem pl os de s us f ot ogr af ías pu ede n v er se en e l A nex o II, F igu ras 8 y 9. E n el c as o c on cre to de
las g em ela s fo tog raf iad as e n 19 67 n o en con tr am os u na r ep res ent ac ión c orp or al di stin ta o a lgo q ue s e ale je
del cano n de lo norm a l, per o la dis po sic ión de la im ag en, la luz, dan lu gar a una atm ó sfe ra in qu ieta nt e.
No o cu rre l o mis mo en el ejem p lo en qu e pod em os o bs erv ar a u n ho mb re de e xtr ao rdi nar ia es t atu ra j unt o
a s us f am ilia res , c uy a re pre se nta ció n, e n c ier to m od o, pe rm ite cu es tio nar c uál de l as pe rs ona s qu e
apa re cen es m ás ex tra ña pa ra qui en es con te mp lan .
62
deconstruyen el cuerpo» 99 y, aunque desde su punto de vista lo que permiten es
averiguar una suerte de “gramática” de lo corporal, también desmontan la posibilidad de
lo canónico en alguna medida. Para Juan Vicente Aliaga «los conceptos de monstruo y
de monstruosidad no son sino una fabricación humana, demasiado humana por muy
fantástica e irreal que pudiera parecer» 100 . Nos atreveremos a agregar la obviedad de que
también lo bello y lo normativo son humanos, demasiado humanos, que no hay nada de
natural en ellos interpretados frente al resto de cuerpos; y, al mismo tiempo, que
distintas conformaciones de la belleza canónica, que suspenden también de alguna
forma el discurso, cabrían dentro de ese gran polimorfismo de lo monstruoso en alguna
medida.
Se ha tratado, a partir de un discurso científico que pretende recopilar y recoger los
datos de una naturaleza ordenada, organizada según una serie de categorías claramente
establecidas, de organizar el cuerpo monstruoso, de establecer cuáles son sus líneas de
significado, sus anómalos ejes de emergencia. En palabras de Daston y Park, en su
epílogo a Wonders and the Order of Nature , «Even the museum wonders are regular
irregularities (…) and all are scrupulously explained» 101 , la disposición de la
presentación de esos márgenes trata de ser igualmente ordenada, catalogada, explicada,
del mismo modo que sucede con el núcleo de la categoría de lo normal.
Los cuerpos no normativos cuestionan en definitiva el concepto de naturaleza a partir
de las figuras de lo monstruoso, de la reivindicación del exterior constitutivo de lo
anatómico considerado como canon. Así, Para Donna Haraway la naturaleza,
es un topos , un lugar, en el sentido de un lugar retórico o un tópico a tener en
cuenta en temas comunes; la naturaleza es, estrictamente, un lugar común (…).
La naturaleza es también un trópos , un tropo. Es figura, construcción, artefacto,
movimiento, desplazamiento (…) no puede preexistir a su construcción. Esta
construcción se articula sobre un determinado movimiento, un tropos o «giro».
Fieles a los griegos, en tanto que trópos , la naturaleza tiene que ver con cambiar.
Mediante tropos, recurrimos a la naturaleza como si fuera la tierra, la materia
prima, geotrópica, fisiotrópica 102 .
99 A rm an d M ari e L ero i, M uta nte s. De la va rie da d g en étic a y e l c uer po hu m ano , o p. cit. , p . 3 0 .
100 Jua n V ice nt e A lia ga, “L os p er file s d el m on st ruo ”, e n M o ns tru os , fan ta sm as y al ien íge na s , op . cit ., p .
32.
101 E n m i pro pi a tra du cci ón , «In clu so l as m ar avi lla s de l os m us eos son irre gu lar ida de s reg ul are s (… ) y
tod as son escr up ulo sam e nte ex pli cad as », en L orr a ine D ast on an d K at har ine P ark , W o nd ers an d t he Or de r
of N a tur e, 115 0 - 1750 , N ew Y o rk, Zo ne B oo ks, 19 98 , p . 3 67 .
102 D on na Har aw ay , “La s pro m esa s de los mon st ruo s: Un a po líti ca re ge ner ad ora para otro s
ina pro pi ado s/ ble s”, P olí tic a y so cie da d , 30 , M a dri d, 1 99 9 pp . 1 22 -12 3.
63
Añadiríamos, al hilo de lo propuesto por una autora de formación híbrida procedente
del ámbito de lo científico, que también recurrimos a la naturaleza como si fuese el
cuerpo o al cuerpo como si fuese la naturaleza, como si fuese un lugar estático y
predeterminado no construido a partir de los distintos discursos sobre lo humano o lo
natural. La anatomía de los monstruos, su circunscripción en el orden de lo social
desmantela siempre, en alguna medida, esa posibilidad de organizar la realidad de
manera clara y distinta, desarticula el modelo anatómico en el mismo movimiento en
que contribuye a su configuración, cuestiona lo material y lo humano en su sentido más
profundo. En definitiva, hace resquebrajar los límites del cuerpo verdadero, canónico,
frente al cuerpo reparable, insertando el cuerpo humano en el continuo de una
monstruosidad constitutiva.
64
De lo extenso
Casi paralelamente a la consolidación de los primeros manuales de anatomía, en la
primera mitad del siglo XVII, se va gestando, en cuanto al pensamiento filosófico, una
confianza en el racionalismo que podríamos analizar muy ampliamente pero que
centraremos, con el deseo de dotar de una breve ejemplificación, en la figura de
Descartes y más concretamente en las ideas centrales desarrolladas en el texto
Meditaciones metafísicas . En cuanto al contexto temporal nos encontramos, si
sintetizamos en función de lo considerado más pertinente para el propósito de nuestro
somero repaso, en un momento de confluencia de varias cuestiones, por un lado la
universalización de una anatomía para describir al cuerpo a partir de los cánones de lo
que se considera adecuado y por otro, aunque estrechamente imbricado en el devenir de
una nueva interpretación de lo humano, la consideración de la omnipotencia de la razón
humana y una valoración de la misma que presupone la certeza de la existencia
exclusivamente de aquello que logra ser atravesado por el filtro de la razón, que se
fundamenta en el armazón de lo racional. Esto último requiere de una nueva fijación de
los límites entre lo que es considerado perteneciente al ámbito de la razón y lo que
pertenece al ámbito de lo material y, de nuevo, exige de una explicación de las
características inherentes a cada uno de ellos que permitan diferenciarlos. Encontramos
aquí la determinación de los dos tipos de materia del planteamiento cartesiano.
René Descartes, –continuando con la temática que constituye nuestro objeto de
atención– propuso la influyente distinción «entre la substancia o «cosa» extensa, res
extensa , y la sustancia o «cosa» pensante, res cogitans. El cuerpo es substancia
extensa» 103 y a la hora de atender al mismo, a partir de la propuesta cartesiana, el texto
al que se alude con mayor frecuencia es la obra Meditaciones metafísicas. En esta obra,
según el propio autor señala, tratará de establecer «algo firme y permanente en las
ciencias» 104 buscando una certeza sobre la que poder fundamentar las demás y su trabajo
consistirá en aplicar una duda metódica, desde los cimientos, a todo aquello que hasta el
momento ha creído cierto. Al inicio de su proceso de razonamiento Descartes establece
una parte de elementos de la realidad a los cuales aplica la noción de “verdaderos”,
puesto que incluso en los momentos en los cuales nuestros sentidos elaboran imágenes
falsas, requieren de la combinación de dichos elementos para dar lugar a estas. Entre
103 Fe rra ter M ora , Dic ci ona ri o d e f ilo sof ía, o p. c it. , p . 69 1.
104 Re né D esc art es, M ed ita cio ne s m et afí sic as y o tro s t ex tos , Ma dr id, Gr ed os, 19 87 , p . 1 5.
65
dichos elementos parecen estar «la naturaleza corpórea en general y su extensión, y la
figura de las cosas extensas» 105 . En cualquier caso, determinado a no caer en certezas
apriorísticas, toma la decisión de partir de un entramado ideado sobre la base de la
inexistencia de todo lo que hasta el momento ha constituido una certeza para él. Con
ello, su objetivo será ir desechando todo lo que no pueda plantearse como una verdad
innegable y segura y, de este modo, llegar a un punto de seguridad acerca de algo que le
permita apoyar sobre él todo su razonamiento posterior –equiparable al punto de apoyo
de Arquímedes–. En este ejercicio de recelo sistemático de todo aquello que le rodea,
incluida su propia existencia, de sospecha acerca de la realidad, y, más concretamente
en su segunda meditación, dice:
cuerpo, figura, extensión, movimiento, lugar, no son sino quimeras de mi
espíritu. ¿Qué podré, entonces, tener por verdadero? Acaso esto solo: que nada
cierto hay en el mundo (…). ¿Soy tan dependiente del cuerpo y de los sentidos
que, sin ellos, no puedo ser? 106 .
Así, en ese proceso de cuestionamiento acerca de su propia entidad, se plantea la
pregunta «qué soy yo» y trata de remitir a aquello que hubiese respondido de manera
espontánea antes de iniciar su proceso de razonamiento. En el intento de subvertir la
certeza de sí, alude a su propia materialidad,
Me fijaba, primero, en que yo tenía un rostro, manos, brazos, y toda esa máquina
de huesos y carne, tal y como aparece en un cadáver, a la que designaba con el
nombre de cuerpo (…). En lo tocante al cuerpo, no dudaba en absoluto de su
naturaleza, pues pensaba conocerla muy distintamente, y, de querer explicarla
según las nociones que entonces tenía, la hubiera descrito así: entiendo por
cuerpo todo aquello que puede estar delimitado por una figura, estar situado en
un lugar y llenar un espacio de suerte que todo otro cuerpo quede excluido 107 .
Hay varios elementos reseñables en este fragmento. Por una parte podríamos aludir a
la certidumbre que se percibe en el hecho de poder ver de manera objetiva el cuerpo,
manifestada en la referencia al cadáver. Esta idea, que aquí solo constituye una
referencia para ejemplificar, podríamos relacionarla de algún modo con las cuestiones
relativas a la Anatomía en un contexto temporal concreto y, por tanto, con el análisis
que anteriormente hemos planteado. Por otra parte, se puede señalar como importante,
la circunscripción del cuerpo al lugar, es decir, el establecimiento de sus límites que
conlleva la idea de unidad y también de algo perceptible distintamente. De nuevo
105 Ibí d., p. 18 .
106 Ibí d., pp . 2 3- 24.
107 Ibí d., p. 25 .
66
encontramos un planteamiento de perceptibilidad de lo corporal que conlleva su
interpretación como lo que es mensurable, lo que ocupa un lugar concreto, lo material,
lo que tiene extensión. Para aludir a esta circunstancia toma –como Aristóteles– el
ejemplo de la cera que al acercarse al fuego pierde todas las características que
permitían percibirla a través de los sentidos (su textura, su aroma, etc.) transformándose
en una sustancia líquida con propiedades totalmente distintas, pero que conserva el
rasgo de lo material, de ocupar una extensión concreta. De este modo alude a cómo es
necesario deshacerse de las nociones que se tenían del cuerpo y que eran «intuitivas»,
puesto que de ningún modo suponen algo que sea posible afirmar con absoluta certeza.
Lo único que permanecerá será la extensión.
En la cuestión acerca del cuerpo en Occidente, Descartes ha sido un hito
fundamental, sin embargo, una parte de la corriente interpretativa desarrollada en torno
a sus planteamientos se ha centrado en gran medida en la separación radical entre los
dos tipos de materia y en la idea de que el alma sería superior al cuerpo en la
conformación del ser humano. Es necesario en cualquier caso tener en cuenta que
existen distintas perspectivas a la hora de abordar la obra de Descartes. En el texto
Escenarios de la corporeidad , de Duch y Mèlich, encontramos un planteamiento como
el siguiente,
Descartes, con su separación del cuerpo ( res extensa ) y del alma ( res cogitans ),
es el iniciador en Occidente de una doble vía de carácter dualista (…) que, en la
Modernidad, se irá afirmando y asentando de manera creciente: por un lado, el
cuerpo inicia su historia como la suma de diversas partes sin interioridad, y por
otro, la mente se concibe como interioridad sin ningún tipo de relación u
oposición con la realidad mundana. El filósofo francés, por mediación de su
cogito , separó la inteligencia del hombre de la carne. A sus ojos, el cuerpo sólo
era el envoltorio mecánico de la presencia humana en el mundo, que podría ser
sustituido y manipulado sin que la «esencia» del hombre experimentase
perturbaciones significativas 108 .
Pero a pesar de que los textos de Descartes han propiciado al parecer una serie de
interpretaciones que supon en la exclusión del cuerpo, de lo orgánico, frente a una
primacía absoluta del alma, de lo racional, creemos relevante, en primer lugar, destacar
la posición crítica de Hannah Arendt al respecto cuya contundencia radica en un
cuestionamiento tanto de las propias categorías de pensamiento que el autor utiliza
como de la posibilidad de pensar al yo desde un punto de vista solipsista. Tras atender a
108 Ll uis D uch y Jo an –C ar les M èli ch, E sce na rio s d e la c or po rei da d , M ad rid , T rot ta, 20 05 , p p. 136 - 137.
67
esta perspectiva crítica de una interpretación dualista frecuente al aludir a la idea de los
distintos tipos de materia destacaremos la lectura desarrollada por Vicente Sanfélix
Vidarte en su artículo “El ego y el cuerpo. El dilema de Descartes” 109 cuya aportación
nos parece significativa en cuanto a la línea que venimos trazando desde el inicio y que
trata de rastrear una nueva posibilidad de consideración de lo corporal.
Puede resultar interesante así, como punto de partida, mencionar ciertas cuestiones
reseñadas por Hannah Arendt y Martin Heidegger como crítica a los postulados
cartesianos. Y para ello estableceremos una serie de líneas de argumentación que
permiten discutir algunas nociones apuntadas en las Meditaciones metafísicas del
filósofo francés.
Cabría mencionar la importancia de la propia complejidad a la hora de proponer
ciertas cuestiones al respecto de la ontología, valorar la complejidad como algo
constitutivo de esta preocupación. Así, a pesar de que, entendida como lugar central del
discurso acerca de lo metafísico, se ha situado la pregunta por lo humano, su
imprecisión, la dificultad para situar la discusión en torno a la misma, lleva a la
reflexión en torno a la vida y sobre el estatus de lo humano a un momento álgido en
torno a la complejidad. Quizás es en el momento presente cuando lo polifacético de esta
cuestión ha alcanzado cotas más altas. Y ello es llamativo, puesto que Heidegger ya
propone esta problematicidad en su texto Kant y el problema de la metafísica, publicado
por primera vez en alemán en 1929. Desde aquí, en una deducción muy rápida, se
intuye una tendencia a situar lo complejo en torno a dicha interrogación, si no como
elemento clave, sí como aspecto que permite comprender mejor alguna de sus
implicaciones. Los distintos planteamientos desarrollados acerca de este tema con el
paso del tiempo, quizá contribuyen no tanto a dotar de una mayor claridad este asunto
sino más bien a una incidencia en su indeterminación. Así, tal vez esa imposibilidad de
señalar límites claros, que supone un lugar importante en la temática manejada, en la
indagación sobre el significado de lo humano, más allá de dilucidar si hoy tiene una
importancia central en las propuestas de la metafísica, podría hacernos comprender su
dificultad como algo especialmente fecundo.
109 Vic en te S anf éli x V ida rte , “E l eg o y el c uer po . El dile m a de De sca rte s” , en Arr eg ui, Jorg e V . y Gar cía
Go nz ále z, J ua n A ., eds ., Sig nif ica do s c orp or ale s, Co nt ras tes , C ol ecc ió n M o no gra fía 11 , 2 00 6, p p . 14 7-
164.
68
Uno de los hilos de sentido de la crítica de Arendt y también de Heidegger a la
propuesta cartesiana sería la que hace referencia a la indeterminación de los parámetros
en que fundamenta este su reflexión, es decir, a la dificultad del filósofo francés para
“determinar” lo supuestamente “determinado” a priori. En este sentido, las ideas sobre
lo humano vendrían planteadas por los hilos de sentido procedentes de la filosofía
griega y de la antropología antiguo-cristiana. Pero, como señala Hannah Arendt,
encontramos un comienzo de la filosofía moderna con el de ómnibus dubitandum est
cartesiano. En sus propias palabras, «En el pensamiento y la filosofía modernos, la duda
ocupa la misma posición central que durante siglos ocupó el thaumazein griego, la
extrañeza de que todo sea como es» 110 , y esta duda, configurada como universal que
Descartes transforma en un sistema articulado, podría establecerse sobre la base de las
que Arendt propone como dos pesadillas recurrentes en el tiempo del filósofo:
Por un lado aquella pesadilla que duda «de la realidad del mundo y de la vida
humana» 111 . Descartes aborda esta cuestión, pero sin atender a un concepto de mundo.
El mundo del que él duda así como el ser acerca del cual se interroga, no son definidos,
ni hay siquiera en torno a ellos un intento de acercamiento, su coseidad no es aclarada,
se parte de una indeterminación de lo material para tratar de aludir a aquello que
supuestamente lo trasciende. Para Heidegger, «Descartes (…) deja enteramente sin
dilucidar el sum , aún cuando este haya sido tan originariamente establecido como el
cogito » 112 y, de este modo, «sólo cuando este haya sido determinado podrá
comprenderse el modo de ser de las cogitaciones » 113 . Esto presupone, en alguna medida,
la necesidad de un encadenamiento de consideraciones acerca del establecimiento de los
términos que entran en juego en los planteamientos cartesianos y por tanto, su
aportación a la ontología será analizada en cuanto a la apreciación de las sustancias
propuestas como constituyentes de aquello que se ha considerado que es el yo pensante.
Un punto de partida, en cualquier caso, para el análisis de las formulaciones cartesianas,
es el expuesto en Ser y tiempo, «Lo que resulta sorprendente, y en esto estriba su
fundamental deficiencia, es que la “vida” misma, en cuanto modo de ser, no se
convierte en problema ontológico» 114 . Así pues, si es lícito, partiremos de la idea de
ausencia de la pregunta por el ser del Dasein y por el mundo y ello, dicha ausencia,
110 Ha nn ah A ren dt, La condición humana, Bar ce lon a, Pa idó s, 20 08 , p. 30 1.
111 Ibí d., p. 30 4.
112 M art in H e ide gg er, Se r y ti em po , M a dri d, T ro tta , 2 00 6, p . 7 1.
113 Ibí d., p. 71 .
114 Ibí d., p. 72 .
69
marcará la reflexión sobre la interrogación por el ser en Descartes. Heidegger alude a
cómo Descartes prescribe al mundo su ser “verdadero”, basándose en la descripción de
una serie de características que él selecciona entre otras, como podría ser la
permanencia, la extensión. El cuestionamiento de lo humano y de la realidad del mundo
en que eso humano aparece, engendrado por la pesadilla que Arendt nos hace entrever,
por tanto, queda atravesado de esa falta, de esa ausencia de reflexión.
En segundo lugar nos encontramos con la pesadilla referente a «la general condición
humana tal como fue revelada por los nuevos descubrimientos y a la imposibilidad por
parte del hombre de confiar en sus sentidos y su razón» 115 . La pérdida es la de la certeza.
Se inserta en el proceso de razonamiento la duda acerca de lo engañoso de las
percepciones, de lo aportado desde lo sensorial, la dificultad de distinguir entre sueño y
vigilia. Pero «también las cogitaciones permanecen ontológicamente indeterminadas o
se las considera (…) como algo “dado”, cuyo “ser” está fuera de todo
cuestionamiento» 116 . En torno al tema de las cogitaciones , Arendt señala cómo «El
cogito ergo sum es una falacia porque, como señaló Nietzsche, del cogito solo se puede
inferir la existencia de cogitationes ; el cogito es sujeto de la misma duda que el sum » 117 .
Así pues, la misma sospecha que cabe tender sobre lo posiblemente engañoso de lo que
se recibe a través de los sentidos, es necesario hacerla extensiva a aquello invisible que
permite percibirlo.
De todo ello podemos entresacar cómo aquellos mecanismos que permitirán
fundamentar la reflexión, los «fundamentos ontológicos» 118 , serán establecidos
partiendo de una concepción previa de lo que significa el ser, que, en las
consideraciones más actuales es diferente y está caracterizada, de algún modo, por una
desconfianza en lo apriorístico, en lo fijado de forma clara y distinta. Y, por lo tanto, ya
el punto de partida de las propuestas cartesianas queda debilitado, la determinación de
los dos tipos de materia, res extensa y res cogitans se edifica sobre una decisión que
dota de entidad a los elementos que, a continuación, se articularán para dar lugar a lo
humano. No hay una dilucidación pues de los conceptos a partir de los cuales se tratará
de averiguar qué es lo indubitable de esa coyuntura del ser en el mundo.
115 Ha nn ah A ren dt, La condición humana , op. cit., p . 3 04 .
116 M art in H e ide gg er, Se r y ti em po , op. cit., p . 7 4.
117 Ha nn ah A ren dt, L a v ida d el e sp íri tu, B arc elo na , P aid ós , 2 01 0, p . 7 3.
118 M art in H e ide gg er, Se r y ti em po , op. cit., p . 7 5.
70
Todo este entramado teórico cartesiano se edificará además sobre la posibilidad de
que el yo pueda encontrarse aislado, separado del mundo. Una separación esta, no que
deje el mundo circundante suspendido durante los momentos de reflexión, sino una
radical distinción entre el yo y el mundo que permite entender al ser humano como
entidad aislada. El solipsismo será entendido por Arendt como «la falacia filosófica más
persistente y quizá, la más perniciosa de todas» 119 , ello ya con anterioridad a Descartes,
pero en los planteamientos del filósofo francés alcanza una consistencia importante. El
ser cartesiano, ese compendio ficticio de res extensa y res cogitans , tiene la posibilidad
de retirarse del mundo, de tal forma que puede buscar una certeza, alejándose de toda
experiencia sensible. Se puede establecer una distinción entre lo material y lo pensante
de tal modo que sea la materia pensante la que por sí sola y apartada de todo, dé cuenta
con veracidad de la realidad sobre la que ella piensa. Pero, como señala Arendt, «La res
cogitans cartesiana, esa criatura ficticia, sin cuerpo, sin sentidos y completamente
desamparada, no podría saber que existe algo como la realidad, ni sospechar la posible
distinción entre lo real y lo irreal, entre el mundo común de la vigilia y el no-mundo
privado de los sueños» 120 . Esta introspección cartesiana, en cualquier caso resultaría
ingeniosa como Arendt apunta, por dos motivos: inserta la realidad en el pensamiento,
la hace pasar a través de la corriente del pensamiento y establece la mente como lugar
de referencia de todo el conocimiento. A pesar de todo, aunque todo lo real pueda pasar
a través del pensamiento, aunque este pueda aprehender los elementos de esa realidad,
«la condición de realidad de los mismos es la única propiedad que se mantiene con
terquedad fuera de su alcance» 121 . Se pretende dar cuenta de todo lo que rodea a ese yo a
través de la posibilidad de pensarlo, pero a través de dicha actividad, lo único que se
puede afirmar es que justamente estamos pensando, no podemos dar cuenta y mucho
menos con absoluta certeza, de cómo es la realidad del mundo. Como señala Arendt, «el
yo pensante, con independencia de lo que consiga, nunca será capaz de alcanzar la
realidad como tal, ni de convencerse de que algo existe, o de que la vida, la vida
humana, es algo más que un sueño» 122 , no se pueden establecer certezas, ni una verdad,
un en sí de la realidad partiendo de la idea del yo pienso.
119 Ha nn ah A ren dt, L a v ida d el e sp íri tu, op. cit., p . 71.
120 Ibí d., p. 73 .
121 Ibí d., p. 73 .
122 Ibí d., p. 21 8.
77
percepción de los cuerpos como algo claro y distinto, dependerá de que puedan
establecerse en ellos aspectos que permanezcan inamovibles a lo largo del tiempo y por
tanto de que se establezcan sus límites en cuanto a lo material. Todo esto, unido a la
trascendencia que logra la representación fijada en el canon de los cuerpos en general a
través del modelo anatómico conlleva una forma de comprensión de la corporalidad que
ha permanecido hasta nuestros días y que ha sido tomada como punto de partida –
aunque en gran medida criticada y cuestionada– del pensamiento desde distintos
ámbitos.
78
La metáfora nietzscheana del cuerpo
Una de las críticas más contundentes que se han planteado hacia las bases del
racionalismo occidental heredero del dualismo platónico ha sido la desarrollada por
Friedrich Nietzsche. Su pensamiento plasmado a través de un estilo cuya peculiar
factura se caracteriza por lo fragmentario, por la incompletud, por una particular
resistencia –visceral la denomina Enrique Lynch– a la sistematización y una
indecibilidad definitoria; convulsiona, desestabiliza todas las nociones que hasta el
momento habían sido objeto de reflexión desde la Filosofía, haciendo «crujir el andamio
lógico» 146 .
La forma nietzscheana de hacer filosofía, su planteamiento, suponen una
reinterpretación del mundo que trata no ya de articular una explicación, un entramado
discursivo que permita clarificar, comprender, sino de hacer una aproximación, –que ya
se podría considerar deconstructiva pese a lo intempestivo– que pone en tela de juicio la
tarea del pensamiento occidental desde el periodo clásico. Son fundamentales, en
relación al tema que nos ocupa, varias cuestiones que pueden ser extraídas de su obra y
que podrían ser aplicadas a la consideración del cuerpo en un intento de desmontar su
estatus de realidad, entre ellas podríamos citar la inefabilidad del mundo sobre el cual
aplicamos las redes del lenguaje, el propio lenguaje que evidencia la imposibilidad
constitutiva de acercarse a la complejidad que pretende describir , la crítica al
pensamiento dualista que postula la existencia de una realidad intangible, subyacente a
lo que podemos percibir a través de los sentidos, una “cosa en sí” frente a lo perceptible
y un acercamiento distinto a lo susceptible de ser percibido, sentido, vivido, que valora
lo que deviene, lo que muta, lo sensible.
En un ejercicio de abducción (este es el término que propone Lynch para acercarse a
la lectura de los fragmentos nietzscheanos), en un tratar de inferir de alguna parte del
conjunto de textos que configuran el quehacer del filósofo alemán, una posible lectura,
es necesario atender a la cuestión del lenguaje. El lenguaje para Nietzsche es un
instrumento fundamental puesto que «no hay más mundo que aquel que podemos
representar mediante palabras» 147 . El mundo, la vida, aquello que consideramos como
vida, la vida humana, quedaría indisociablemente ligada al lenguaje, todo aquello que
146 En riq ue Ly nc h, D ion iso d orm id o s ob re un tig re , M a dr id, De sti no , 1 993 , p . 6 4.
147 Ibí d., p. 20 2.
79
podemos llegar a conocer estará atravesado por este. El sujeto, el ser, la consciencia, el
alma, todas las nociones derivadas de la ontología y la epistemología estarán
configuradas lingüísticamente y no habrá un más allá de lo lingüístico que nos sea
accesible de forma inmediata, no mediada por esa posibilidad, recurriríamos por tanto a
la metáfora nietzscheana que describe «el lenguaje como una red que atrapa a quien
pretende operar con ella al mismo tiempo que hace creer al hablante que avanza en su
apropiación de lo real con la proyección de representaciones ilusorias» 148 .
Es este lenguaje el instrumento que media, el que utilizamos, el único que tenemos al
tratar de interpretar nuestra propia vida, aquel con el que el ser humano se describe a sí
mismo y trata de articular un conocimiento acerca del mundo y acerca del yo y también
aquel con el que pretende una aproximación a la esencia , a lo en sí de lo que le rodea y
que, sin embargo, no es capaz de trascender la superficie de las cosas. Y este lenguaje,
susceptible de ser problematizado, es, por tanto, el elemento con el que contamos para
construir la identidad.
En el capítulo que describe la retórica antigua, de sus Escritos sobre retórica, alude
Nietzsche, vinculando la cuestión de la retórica y el lenguaje, al carácter trópico del
signo. Ese lenguaje, problemático, que el ser humano utiliza como algo natural está
configurado a partir de signos que son tropos. La aproximación a la retórica desvela, de
algún modo, cómo no solo el empleo retórico del lenguaje consiste en un artificio , sino
que cualquier uso posible del mismo lo es,
la retórica es un perfeccionamiento de los artificios presentes ya en el lenguaje.
No hay ninguna «naturalidad» no retórica del lenguaje a la que se pueda apelar:
el lenguaje mismo es el resultado de artes puramente retóricas. El poder de
descubrir y hacer valer para cada cosa lo que actúa e impresiona, esa fuerza que
Aristóteles llama «retórica», es al mismo tiempo la esencia del lenguaje: este, lo
mismo que la retórica, tiene una relación mínima con lo verdadero, con la
esencia de las cosas 149 .
Si todas las palabras son tropos, si todas son artificios retóricos, ninguna palabra
puede considerar que se vincula a la verdad de aquello que nombra, ninguna puede
pretender ser una designación propia, todas las designaciones de la realidad serán
impropias y, de este modo, toda posibilidad de acercarnos a la realidad será retórica,
será una forma más de disuadir, de persuadir, nuestras palabras, nuestra posibilidad de
148 Ibi d., p. 14 7.
149 Fr ied ric h N ie tzs ch e, Es cri tos so br e r etó ric a, M ad rid , T ro tta, 20 00 , p . 9 1.
80
producir conocimiento no permite instruir o clarificar y mucho menos elevarse sobre la
realidad. Más aún, para Nietzsche, cuya postura requiere una revisión de la
epistemología y, unida a ella, de la ontología,
todo el enorme caudal de esquemas que empleamos para conocer el mundo y
saber acerca de nosotros mismos, para reconocernos en tanto que especie (…) no
nos elevan, como presupone la tradición del racionalismo europeo, sobre la
sabiduría vulgar, sobre la visión popular del mundo, sino que más bien nos
inscriben en una siempre renovada versión de la ramplonería 150 .
La posibilidad de conocer, autoerigida como forma más sublime de acercamiento a la
realidad simplemente consiste en una ilusión que puede resultar tan banal, tan vulgar,
como pueda ser cualquier otra.
Con esta tradición –y con la capacidad humana de producir forma, de acotar los
límites de la realidad en el concepto, de la voluntad de encontrar la forma en una
naturaleza donde esta no puede hallarse– se ha planteado a lo largo del tiempo la
posibilidad de existencia del ser y su entidad, la forma en que está constituido y,
paralelamente, se ha configurado a ese ser que se pretendía describir, a través de
metáforas, metonimias… Se ha reafirmado una vez tras otra una idea del sujeto que no
ha tratado de ir más allá, de conocer, sino más bien de perfeccionar el sistema
descriptivo con que se lo acota, en un constante disimulo, se ha creado al sujeto del
mismo modo que se ha creado el resto de las cosas,
Somos nosotros quienes hemos creado «la cosa», la «cosa misma», el sujeto, el
predicado, el hacer, el objeto, la sustancia, la forma, después de haber sido
adoctrinados durante muchísimo tiempo a igualar, vulgarizar y simplificar al
máximo.
El mundo parece lógico porque antes lo hemos logicizado 151 .
El sujeto pues, para Nietzsche, sería una ficción constituida a partir de la
enunciación, de la posibilidad de decir yo, una creencia en la persistencia que subyace a
los cambios y que forma parte de una “suerte de fetichismo de la subjetividad” 152
150 En riq ue Ly nc h, D ion iso d orm id o s ob re un ti gre , op. c it., p. 299 .
151 Ibí d., p. 28 3.
152 E nr iqu e Lyn ch , p. 317. El auto r rem ite a l Cre pú sc ulo de l os í do los , al apart ad o “El pro ble m a de
Só cra tes ”, cuan do Nietz sch e seña la cóm o «pen et ram os en u n fetic hi sm o grose ro cuan do adqu irim o s
con sc ien cia de l os pre su pue sto s b ási co s de la m eta fís ica de l len gu aj e, d ich o co n c lar ida d: d e la r azó n . Ese
feti ch ism o se v e e n t od as part es agen te s y ac cio ne s: cree qu e l a v ol unt ad es la cau sa en g en era l; c re e e n e l
«yo », cre e q ue el y o e s u n se r, q ue el y o e s u na sus tan ci a, y pr oy ect a so br e to da s la s c osa s la cr een ci a en
la s us tan cia -y o» , e n F rie dri ch N ietz sc he, C re pú scu lo de lo s íd ol os, M ad rid , A li anz a, 19 89 , p . 48 .
81
practicado por nuestra cultura que no consiste sino en una más de las ilusiones de la
misma. Y del mismo modo en que ese sujeto es construido lo es el cuerpo, supuesto
sustento material de esa subjetividad. Así pues, una aproximación al cuerpo desde esta
perspectiva no podría dejar de entender su configuración metafórica y de recuperar la
idea de que el lenguaje no es capaz de aprehender el devenir, de que se inmoviliza, se
trazan límites precisos a la realidad para hacerla asible, manejable.
Trataremos pues de situar al cuerpo –prescindiendo de la interpretación dicotómica
heredera de la tradición, prescindiendo obviamente del alma y de todo sustrato
metafísico– en el lugar de lo perceptible como única posibilidad a la que tenemos
acceso, como entidad inasible para las «momias conceptuales» 153 establecidas por los
filósofos puesto que en él podemos encontrar la característica del devenir.
En su obra Así habló Zaratustra , concretamente en el capítulo titulado «De los
despreciadores del cuerpo» señala cómo,
«Cuerpo soy yo y alma» -así habla el niño. ¿Y por qué no hablar como los
niños?
Pero el despierto, el sapiente, dice: cuerpo soy yo íntegramente, y ninguna otra
cosa; y alma es sólo una palabra para designar algo en el cuerpo 154 .
De esta forma se puede apreciar cómo, a la hora de hacer una interpretación de esa
reiterada dualidad del cuerpo y del alma y en general a lo largo de todo su entramado de
pensamiento, Nietzsche propone una crítica a la intelección de la realidad de forma
dicotómica que distingue entre el mundo de la apariencia y el mundo verdadero,
instaurada ya desde el pensamiento platónico, reforzada por el cristianismo y
replanteada desde el racionalismo cartesiano, cuando menos en lo referente a la
interpretación más hegemónica del mismo. Desde una forma de intelección dualista, el
cuerpo, como hemos visto, se situaría en el ámbito de lo meramente aparente que
engaña a los sentidos, en el contexto de aquello que es necesario trascender para
alcanzar el verdadero ser. El cuerpo ha quedado atravesado por el discurso de la verdad,
haciéndose necesario plantear qué pueda ser lo que realmente constituye el ser, un ser
que no puede establecerse sobre aquello que cambia, que progresa, sino sobre lo
inmutable.
153 Fr ied ric h N ie tzs ch e, Cr ep úsc ulo d e l os ído los , op . cit., p. 45.
154 Fr ied ric h N ie tzs ch e, As í h abl ó Z ar atu s tra , M ad rid , A li anz a, 20 08 , p . 64 .
82
Ya desde el inicio del capítulo “La «razón» en la filosofía” de su texto Crepúsculo de
los ídolos, a la hora de caracterizar a “los filósofos” alude a «su odio a la noción misma
de devenir» 155 . Para Nietzsche, sin embargo, el ámbito de lo que no deviene es
completamente inasequible a nuestro pensamiento puesto que todo lo que se presenta a
nuestros sentidos, aquello de lo que podemos tener alguna evidencia y, por tanto, lo que
denominamos la realidad, deviene. Señala Nietzsche cómo, desde el pensamiento
occidental, se ha planteado que «Lo que no es deviene ; lo que deviene no es …» 156 . El
cuerpo deviene y por lo tanto no es, es apartado de la Filosofía tradicional y
necesariamente recuperado por un discurso que trata de romper con la dualidad. En
“Historia de un error”, formando parte del fragmento “Cómo el «mundo verdadero»
acabó convirtiéndose en una fábula”, y ya en el último apartado dice, « al eliminar el
mundo verdadero hemos eliminado también el aparente » 157 . Esa ruptura del binarismo
comporta no solo un terminar con la idea de un mundo verdadero ajeno al que se nos
presenta de manera sensible, sino una nueva forma de mirar ese mundo, el mundo de la
apariencia que, para Nietzsche, será también un efecto del discurso y no una
manifestación de la cosa, «no hay experiencia que esté libre de devenir lenguaje» 158 . No
se trata por tanto de invertir el dualismo platónico en una reivindicación del denostado
ámbito de la apariencia, sino más bien de desintegrar el entramado que configura la
realidad y también el cuerpo, no con el fin teleológico de acceder a un más allá, a un
cuerpo último, sino con la idea de que todo lo que podamos aprehender de esa realidad
o ese cuerpo será a través del lenguaje y efecto del lenguaje. Se produce una crítica de
las condiciones del pensar, “ningún pensamiento es concebible fuera de las
posibilidades de la enunciación” 159 .
La única realidad a la que podamos tener acceso no será aquella que trascienda lo
sensible tal y como ha venido siendo propuesto desde posicionamientos de carácter más
hegemónico, sino que a lo único que tenemos acceso es a lo apariencial, «Apariencia»
es ante todo una palabra; pero también es «la verdadera y única realidad de las cosas»:
en la medida en que el mundo nos viene dado en palabras» 160 :
155 Fr ied ric h N ie tzs ch e, Cr ep úsc ulo d e l os ído los , op . cit., p. 45.
156 Ibí d, p. 45 .
157 Ibí d, p. 52 .
158 En riq ue Ly nc h, D ion iso d orm id o s ob re un tig re , op. c it., p. 258 .
159 Ibí d., p. 27 7.
160 Ibí d., p. 28 5.
83
Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío se encuentra un
soberano poderoso, un sabio desconocido –llámase sí-mismo. En tu cuerpo
habita, es tu cuerpo.
Hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría 161 .
No encontramos, como hemos señalado, una revalorización del cuerpo por encima de
ninguna otra instancia, ni una recuperación del cuerpo en un sentido tradicional,
Nietzsche apunta no solo a la imposibilidad de ir más allá del cuerpo, de tratar encontrar
un en sí, sino además al hecho de que el mismo cuerpo es un efecto, una metáfora de la
que hemos olvidado que lo es. Hay en Nietzsche una gran crítica a la eliminación del
cuerpo del discurso filosófico, derivada esta de su pertenencia al ámbito de lo sensible,
de lo engañoso, de lo que induce a error y, en cierto modo, de la dificultad de hacerlo
pasar por el filtro de la verdad.
¡Y, sobre todo, fuera el cuerpo , esa lamentable idée fixe [idea fija] de los
sentidos!, ¡sujeto a todos los errores de la lógica que existen, refutado, incluso
imposible, aun cuando es lo bastante insolente para comportarse como si fuera
real!... 162 .
Podríamos plantear cómo, en la configuración del cuerpo, del cuerpo metáfora, del
cuerpo concepto, palabra, y del mismo modo que sucede con el origen de la función
subjetiva, se produciría lo que Nietzsche llama «el error de lo Mismo», él señala cómo
«Yo soy yo, es decir, soy consciente de mí mismo porque previamente creo que persisto
(y así me reconozco) por encima de los cambios» 163 , para él «el prejuicio del yo está
impreso, fijado en la función gramatical correspondiente» 164 . Me atrevería a señalar que
una creencia similar, en la posibilidad de que exista un cuerpo verdadero subyacente a
los cambios, tiende a fijar dicho cuerpo en la metáfora, en el tropo que entendemos
como cuerpo. Al fijar el cuerpo requerimos de una simplificación, de una categorización
que nos permita “hacer referencia”. Esto es, debemos fragmentar la realidad referencial,
hacerla permanecer estática en el concepto para poder abarcarla a través del mismo e
iniciar el proceso de comunicación. Para Nietzsche,
toda palabra se convierte de manera inmediata en concepto cuando deja de
servirle a la vivencia originaria, única y por completo individualizada, gracias a
la cual se generó, por ejemplo, como recuerdo, y tiene que pasar a adaptarse a
innumerables vivencias más o menos similares, esto es, hablando con rigor,
161 Fr ied ric h N ie tzs ch e, As í h abl ó Z ar atu st ra , op. cit., p . 65.
162 Fr ied ric h N ie tzs ch e, Cr ep úsc ulo d e l os ído los , op . cit., p. 46.
163 En riq ue Ly nc h, D ion iso d orm id o s ob re un tig re , op. c it . , 3 21 .
164 Ibí d.. , 3 22 .
84
nunca idénticas; es decir, tiene que valer al mismo tiempo para casos claramente
diferentes 165 .
La generalización, la reducción a lo idéntico de lo disímil, la inserción de lo múltiple
en los límites más o menos claros del concepto, conlleva una sustitución que «borra el
rastro de sus pisadas» 166 , el cambio, el devenir permanente, el flujo que constituye la
vida humana es fijado a través de nombres que son arbitrariamente asignados a los
distintos elementos de la realidad. Los nombres se superponen a la desbordante
variabilidad de manifestaciones individuales: «la hoja es causa de las hojas» 167 , y es
sobre este entramado de entidades fijas, uniformes, sobre la que se aplicará el criterio de
verdad y mentira, el denominado por Nietzsche pathos en que consiste el criterio de
verdad.
se inventa una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y la
legislación del lenguaje proporciona también las primeras leyes de la verdad:
pues aquí aparece por primera vez el contraste entre verdad y mentira 168 .
El criterio de verdad es ilusorio pero en virtud del olvido de ese carácter es como se
sustenta sobre lo fosilizado en el lenguaje, sobre los conceptos cuyo carácter de
creación artística es olvidado del mismo modo. Así se confunde la metáfora con la cosa
misma y sobre el criterio de verdad se sustenta una consideración moral acerca del bien
y del mal. Será este criterio de verdad convencional el que sitúe al cuerpo en el lugar de
lo engañoso, de lo que escapa al control y lleva a confusión. Y será la configuración de
un cuerpo verdadero asociado a la percepción moral de lo bueno, la que permita la
posibilidad de plantear cuáles son los verdaderos cuerpos y qué otros serán cuerpos
anómalos, enfermos.
La crítica por tanto podríamos hacerla extensiva de la configuración del concepto a
la configuración del cuerpo universal como un solo proceso, como un mismo
mecanismo creativo, puesto que en definitiva nos moveríamos dentro de un entramado
discursivo. La ilusión creativa, por otra parte, no dará al cuerpo el carácter de
conclusión de un proceso, de efecto de una creación artística, sino que por el contrario,
pretenderá que el cuerpo es un a priori de la fuerza que lo lleva a emerger como
concepto, por tanto, el estatus que se aplicará a ese cuerpo universal no será el de la
165 Frie dri ch Nie tzs ch e, S obr e ve rd ad y me nti ra e n el se nt ido ext ram o ral en Frie dr ich Nie tzs ch e, O br as
com p leta s, vo l 1 , M ad rid , T ec no s, 20 11, p. 61 2 .
166 En riq ue Ly nc h, D ion iso d orm id o s ob re un tig re , op. c it., p. 21.
167 Fr ied ric h N ie tzs ch e, So bre ve rd ad y me nti ra en el sen tid o ext ram o ral , op . cit., pp. 6 12- 613.
168 Ibí d., pá gin a 61 0.
85
consecuencia discursiva de la unificación de lo múltiple de los cuerpos, sino que se le
hará ocupar un lugar anterior a la existencia de ellos, se pretenderá que el cuerpo
verdadero, el cuerpo real sustenta el concepto. Es importante esta cuestión porque de
alguna forma, esta construcción progresiva del cuerpo universal permite, al mismo
tiempo, su inmovilización, la falta de flexibilización de la entidad que reconocemos
como cuerpo pero, además, supondrá la necesidad de los cuerpos individuales de
acercarse reiteradamente a esa manifestación, necesidad cuya consecución siempre
conllevará una falta, una imposibilidad.
Paulatinamente, y como hemos venido señalando al respecto de los distintos tropos,
esa metáfora del cuerpo será comprendida como la cosa verdadera, así se produce el
olvido de su carácter metafórico y el concepto pasa a sustituir a la realidad inmediata en
su amplitud de manifestaciones individuales. Es necesario olvidar que hubo un
momento de creación y que lo creado no corresponde a la realidad que se presenta en su
multiplicidad a nuestros sentidos,
gracias solamente a que el ser humano se olvida de sí mismo en cuanto sujeto y,
en particular, en cuanto sujeto artísticamente creador , vive con cierta calma,
seguridad y coherencia; si pudiera salir, aunque sólo fuese un instante, fuera de
los muros de la cárcel de esa creencia, se acabaría enseguida su
“autoconciencia 169 .
La inmersión de los cuerpos en el cuerpo requiere de una operación de «conducta
estética», de un «extrapolar alusivo» o un «traducir balbuciente» 170 , puesto que no hay
una verdad en el cuerpo enunciado ni en el cuerpo desde un punto de vista empírico ,
sino exclusivamente la posibilidad de crear y recrear una y otra vez, de forma artística,
creadora, las metáforas en torno al cuerpo y, por tanto, el propio cuerpo.
En definitiva, toda la labor crítica nietzscheana nos acercará a una interpretación
crítica del cuerpo tal y como ha sido entendido hasta ese momento y como se continuó
concibiendo desde los planteamientos más hegemónicos con posterioridad al trabajo de
Nietzsche, desmontando la posibilidad de aplicar al cuerpo la noción de lo verdadero en
sentido tradicional y cuestionando esa suerte de artificio que lo fija como estático;
retornando, por tanto, a él su carácter de creación –podría decirse artística– y, al mismo
169 Ibí d., p. 61 5.
170 Ib íd ., p. 1 4. Nie tzs ch e trans mi te esa cap ac ida d crea do ra y e sa imp os ibi lid ad de com pl etu d, de abar ca r
de ma ne ra abs ol uta lo qu e d es ea no mb ra r a tra vé s d e la e nun ci aci ón de su s p ro pia s m et áfo ra s.
86
tiempo, dotándolo de la posibilidad de la continua recreación. Elvira Burgos, aludiendo
a las huellas de Nietzsche en el pensamiento butleriano, explica con precisión cómo,
La labor crítica nietzscheana se sustenta en el cuestionamiento del valor del
origen, en la desnaturalización de nociones como bien y verdad, en llamar la
atención sobre la importancia de realizar la historia crítica genealógica de los
conceptos, de las creencias, de los pensamientos, de los comportamientos y
acciones, mostrando su carácter «humano demasiado humano», su carácter
contingente y provisional, su carácter modificable y transformable 171 .
En cualquier caso de ningún modo ha de entenderse la de Nietzsche como una
propuesta como tal, cuando menos de forma clara, quizá pueda ser leída
fragmentariamente como una invitación al recuerdo , a desarrollar la capacidad artística
que permite el lenguaje y a la reflexión en torno a la última idea de la interpretación de
Lynch al respecto de la teoría del lenguaje nietzscheana, «no procede, pues,
preguntarnos qué podemos referir sino qué queremos hacer con nuestras palabras» 172 .
Desde esta posición, desde el lugar y la óptica donde nos sitúa Nietzsche, desde donde
nos hace mirar, queda resaltada y privilegiada la posibidad de rehacer, deshacer,
reconfigurar el cuerpo, la metáfora de nuestro cuerpo.
171 Elv ira Bur go s, Q ué cue nta co mo una vid a, la pr eg unt a po r la libe rta d en Ju dith Bu tle r , op . cit ., pp .
157 -15 8.
172 En riq ue Ly nc h, D ion iso d orm id o s ob re un tig re , op. c it., p. 336 .
93
de su indumentaria, de sus producciones artísticas y literarias –que también en su caso
son vitales– y de la vivencia de su sexualidad.
La identidad de Cahun es lo que está en juego en toda esa mascarada que la
configura. Encontramos una constante reinvención de su yo así como una revisión
metafórica de su cuerpo. Cahun propone una metamorfosis de su propio yo a través de
la reelaboración de su cuerpo como elemento principal de la creación de su vida como
obra de arte.
Las metáforas de Claude Cahun, nacida en Nantes el 25 de octubre de 1894, y las de
su hermanastra y compañera sentimental, Suzanne Malherbe –que vivió y trabajó con
Cahun a lo largo de toda su vida desde que el padre de esta c ontrajera matrimonio en
segundas nupcias con la madre de Suzanne– configuran referentes reales, se “encarnan”
en su identidad, pasan a constituir una parte de su cuerpo. Su cuerpo se transfigura en
una multiplicidad de referentes, todos ellos reales, todos ellos formando parte de Claude
Cahun y, al mismo tiempo, de un «desenmascaramiento» de la naturaleza que le ha sido
asignada y cuya configuración se despliega a lo largo de todo su proceso vital, a través
de lo que ella denomina en un texto poético, «el Carnaval perpetuo». En este carnaval
que desarrolla en su vida y en su proceso de creación artística, indivisibles una y otro,
imposibles de separar, su identidad se ve reconfigurada una y otra vez. Señala Juan
Vicente Aliaga cómo,
Los distintos personajes que interpretó en el teatro no venían sino a refrendar un
potencial metamorfoseador de la identidad en mutación que Cahun cultivó desde
la adolescencia y que puso a prueba mediante el uso de disfraces y atavíos
varios 189 .
Ambas hermanas desarrollan toda una serie de “representaciones” en las que se
diluyen las fronteras que constituyen los ejes de la identidad humana, la masculinidad y
la feminidad se ven confundidas. Para Juan Vicente Aliaga, Suzanne «se dejó tentar por
la mezcla de identidades provisionales» 190 , pero también Claude se deja tentar por esa
provisionalidad y el espacio artístico en común desarrollado por las dos deja entrever
esta posibilidad.
189 Cl aud e Ca hu n, Cla ud e Ca hu n , op . cit., p. 20.
190 Ibí d., p. 14 .
94
Como ejemplo de su producción tomaremos algunas imágenes, en la primera,
realizada en 1928 y titulada, como tantas otras, Autoportrait 191 , aparece, en blanco y
negro, Claude Cahun con la cabeza afeitada, de perfil. Se puede ver la parte superior de
su cuerpo hasta la mitad de la espalda con una camiseta de tirantes oscura, en contraste
con la blancura del cuerpo. En ella, su cráneo aparece desde una perspectiva que obliga
a apreciar la deformación, la barbilla prolongada hacia delante, la nariz aguileña y un
rostro de expresión seria, dura. La persona representada, cuyo género es confuso, no es
fácilmente decidible, no mira a la cámara directamente, sino de soslayo y con cierta
expresión despectiva. En esta fotografía no solo encontramos una dificultad para asociar
a Cahun a lo que desde un punto de vista hegemónico se ha considerado una Mujer, sino
que más allá encontramos un desafío a nuestra mirada, a nuestro intento de
objetualización y de inmovilización de lo que debe ser en función de un canon estético.
En la segunda imagen, de 1927, también titulada Autoportrait 192 , Cahun aparece
sentada, en una actitud que pudiera ser considerada femenina pero haciendo el papel de
levantadora de pesas, un papel estereotípicamente masculino. En ella, en blanco y negro
también, encontramos una cierta ambigüedad, con una postura sugerente que contrasta
por un lado con las falsas pesas que sostiene sobre su regazo y con los pezones
remarcados en negro sobre una camiseta sobre la que apenas se distingue la frase: “I
AM IN TRAINING, DON’T KISS ME”. Esta ambigüedad de elementos, la mirada de
nuevo, mirando de soslayo, insinuante y al mismo tiempo desafiante en alguna medida.
De esa forma, fundamentalmente en sus fotografías, a través de su trabajo de
reconstrucción constante de su “puesta en escena”, de su yo, se configurará como un
objeto y como un sujeto a uno y otro lado de la cámara, en un juego de identificaciones
con distintos aspectos de sí misma, sin dejarse nunca atrapar por el estereotipo de
aquello que debe ser una Mujer con mayúsculas. Este estereotipo se confunde. Su
hermanastra y compañera y ella misma pasan a mirar alternativamente a través del
objetivo de la cámara, transformando a la otra o a sí mismas en objeto y sujeto de deseo,
en objeto y sujeto artístico (otros ejemplos de su obra visual pueden verse en el Anexo
III en las Figuras 3, 4 y 5).
191 Ibí d., p. 92 , ( Ve r A ne xo II Fi g.1 ).
192 Ibí d., p. 10 7, (V er An ex o I I, F ig . 2 ).
95
Su cuerpo, los cuerpos de ambas, son estructuras complejas, sus identidades, la
característica de encarnar sujetos concretos, históricos, está anclada en esa «materia
viva, cuya materialidad está codificada y representada en el lenguaje» 193 , sus imágenes
contienen una codificación propia que pone de manifiesto cómo su cuerpo, como señala
Braidotti, «excede la representación» 194 . Alude esta autora a cómo para ella
La identidad es un juego de aspectos múltiples, fracturados, del sí mismo; es
“relacional”, por cuanto requiere un vínculo con el “otro”; es retrospectiva, por
cuanto se fija en virtud de la memoria y los recuerdos, en un proceso
genealógico. Por último, la identidad está hecha de sucesivas identificaciones, es
decir, de imágenes inconscientes, internalizadas que escapan al control
racional 195 .
Entenderemos pues la metáfora corporal de ambas artistas como una forma creativa
de abordar la cuestión del cuerpo que evidencia, una y otra vez, la imposibilidad de
hallar el referente primigenio detrás de la multitud de personajes que aparecen en sus
fotografías y, de este modo, plantearemos la posibilidad de que el referente real sea ese
cuerpo que deviene a lo largo de su proceso vital y que incluso llega a entrar en
conflicto con el contexto concreto dentro del que se desarrolla. Es curioso cómo la
consideración diletante de su personalidad y lo excéntrico de su arte son llamativos
incluso en el marco de la vanguardia, llegando a resultar conflictivos sus planteamientos
para artistas pertenecientes a esta misma corriente. El trabajo de Cahun constituye un
caso especial que va más allá de un cuestionamiento de lo social y de lo artístico, su
propuesta se articula de tal modo que, no tiene por objeto solamente el epatar, un
cuestionar lo establecido y la moral más convencional, sino que consiste en desmantelar
su propio yo en una serie de reiteradas intervenciones artísticas sobre sí misma. Su
identidad se verá cuestionada en un juego desarrollado por ella misma en interacción
con Suzanne, representando ambas, a través de su mutación reiterada, seres reales que
desmantelan, en el mismo movimiento en que los configuran provisionalmente,
distintos modelos de género. Su cámara documenta cada uno de los momentos en los
que ellas como sujetos individuales, desdoblan en un juego de multiplicidades, el canon
que ha pretendido serles asignado.
193 Ro si B rai do tti, “L a di fer en cia sex ua l co m o pr oy ec to p olí tico nó m ade ”, Su jeto s n óm ad es .
Co rpo ri zac ión y di fer enc ia sexu al en la teor ía fem ini sta con tem p orá ne a, Bu en os A ire s, P aid os , 20 00 , p.
195.
194 Ibí d., p. 19 5.
195 Ibí d., p. 19 5.
96
En cualquier caso, y como señalábamos al inicio, su obra, su cuerpo, su vida,
exceden la interpretación y, hasta incluso podríamos decir que la capacidad de
representación, tienen una entidad propia a la q ue solo podemos hacer intentos de
aproximación lingüísticos, al mismo tiempo que dejarnos seducir por las propias
imágenes.
Sucede algo parecido con su escritura. En la serie Héroïnes , que se ha planteado
como perteneciente al género de la biografía de ficción como señala François Lepelier –
del que se puede encontrar el ejemplo del propio tío de ella, Marcel Schwob en Vidas
imaginarias –. En el texto se proponen toda una serie de personajes femeninos “tipo” a
través de los cuales se trata de aludir a una serie de características en absoluto
convencionales: la «hermana incestuosa», «la sufragista», en una constante
metamorfosis. En el fragmento titulado «El que no es un héroe», se hace referencia al
Hombre con mayúscula,
En el barullo de los cuerpos supliciados, de los brazos extendidos, torcidos y de
las manos suplicantes; en el barullo de los miembros, de las piernas en las que
rampa un espasmo; cerca de las cabezas inertes, de los ojos apagados, de los
párpados pesados; en el barullo de las bocas desecadas, la confusión de las
lenguas y los gemidos, en pie, el Hombre ha pasado, la frente pura, el paso
sereno, en pie, negro, atento, entre la extensión –los estertores y la marejada– de
los cuerpos desnudos que se abrazan 196 .
Ese Hombre con mayúscula, universal, pasa junto a los cuerpos amontonados del
mismo modo en que el concepto se superpone a la multitud de manifestaciones
concretas que lo dotan de significado, de la masa informe que constituye la multitud de
cuerpos, de la extensión. Ese Hombre –no en un sentido genérico sino aludiendo a su
sexo– llega a la fiesta donde los cuerpos se abrazan, llega «tan adiestrado por el alma
que por instinto ha adoptado la única obediencia» y «la armonía, la nobleza y la
sencillez terribles para nosotros 197 que no podemos pretender tenerlas». El sujeto poético
siente el malestar que introduce el Hombre en el contexto de los cuerpos, el que supone
la necesidad de alcanzar ese ideal y la idea de la revisión de la confusión por la
necesidad de tender hacia el mismo y la imposibilidad de realizar ese acercamiento por
una imposibilidad marcada por lo jerárquico.
196 Cl aud e Ca hu n, Cla ud e Ca hu n , op . cit., p. 173 .
197 E n la tr ad ucc ió n al ca ste llan o a pa rec e e n m as cul ino , e n el ori gin al e n f ran cé s se ría «p ou r no us » q ue no
ser ía m a scu lin o n i f em en ino .
97
En otro de sus textos, alude a esa necesidad del disfraz, del carnaval que más allá de
una mera representación constituye su identidad, cuyo elemento teatral es imposible de
hacer desaparecer porque forma parte del yo que lo ha ideado y que lo ha puesto en
escena,
Lo recuerdo, era Carnaval. Me había pasado horas disfrazando mi alma. Las
máscaras eran tan perfectas que cuando llegan a encontrarse en la gran plaza de
mi conciencia, no se reconocían. Tentado 198 por su fealdad cómica, probaba los
peores instintos; adoptaba, criaba dentro de mí a jóvenes monstruos. Pero los
afeites que había utilizado parecían indelebles. Frotaba tanto para limpiarme que
me arrancaba la piel. Y mi alma, con un rostro desollado, en vivo, ya no tenía
forma humana 199 .
En esta serie de textos, que suponen la aportación literaria de Claude Cahun,
podemos reiterar de nuevo la idea de cómo aquellos elementos que podrían parecer
circunstanciales, efímeros, en realidad suponen una revisión de su identidad y un
replanteamiento de la entidad cerrada, acabada, plenamente constituida, que parecía ser
el propio cuerpo. Los afeites que ha utilizado ya no le son ajenos, están insertos en su
metamorfosis, pasan a constituir una parte de sí misma y, de este modo, su identidad, su
cuerpo integran la característica de devenir, devienen en un proceso continuado, no
permiten la acotación clara. Su proceso de reflexión es una más de las aportaciones a la
idea del devenir de lo físico. Dentro de sí, el sujeto poético ha insertado, ha criado lo
que denomina “monstruos”, ha incorporado elementos que no le pertenecían y así señala
que ya no tenía forma humana. Esta configuración de lo humano de Claude Cahun es
uno más de los elementos artísticos con los que trabajar y sobre los que reflexionar y, de
alguna manera, ella amplía las fronteras de lo humano y de lo corporal que pasa por no
configurarse como algo estático y fácilmente conceptualizable.
Al desvelar lo que “esconde” cada una de las máscaras de la artista no se encuentra
una verdad escondida, no es ese su propósito, sino que lo que logra es más bien
desvelar, de algún modo, que no hay nada detrás, que no hay manera de arrancar la
máscara del yo puesto que esa misma máscara es el yo, una más de tantas otras que lo
conforman, que lo van configurando a lo largo de su proceso vital. El proceso de
constitución de su subjetividad es, como señala Teresa de Lauretis, «continuo, y su final
198 D el mis m o m o do qu e su ced e en la cit a a nt eri or, en la tr ad ucc ió n a l c as tell an o a pa rec e en m asc uli no , e n
el or igi na l en f ran cé s ser ía « ten té» , ta mb ién ma sc ulin o a p es ar d e qu e C ahu n e n es te es cr ito h ab la en
pri me ra per so na.
199 Cl aud e Ca hu n, Cla ud e Ca hu n , op . cit., p. 187 .
98
inalcanzable o diariamente nuevo (…) la subjetividad es una construcción sin término,
no un punto de partida o de llegada fijo desde donde uno interactúa con el mundo» 200 .
Sería interesante la referencia al texto titulado Retrato y que constituye una suerte de
prosopografía de sí misma, de la imagen que podemos ver en cualquiera de sus
fotografías,
Unos senos superfluos; dientes irregulares, ineficaces; los ojos y el cabello del
tono más banal; unas manos bastante finas, pero torcidas, deformadas. La cabeza
oval del esclavo; la frente demasiado alta… o demasiado baja; una nariz bastante
bien lograda en su género, un género horrible; la boca demasiado sensual: eso
puede gustar mientras se tiene hambre, pero en cuanto se ha comido, asquea; la
barbilla apenas bastante prominente; y por todo el cuerpo unos músculos apenas
esbozados. ¡Victoriosa!... a veces victoriosa sobre los más atroces genes, una
habilidad tardía corrige una sombra, un gesto imprudente – y la belleza renace 201 .
Resulta curiosa la descripción, pero fundamentalmente, esa idea de victoria sobre los
genes, la idea del trabajo sobre un material que podría ser interpretado como totalmente
previo a la formación del yo y que sin embargo se atreve a desmantelar a través de su
capacidad de resignificar su cuerpo, de metamorfosearlo y de replantearlo bajo la óptica
de la belleza, de la capacidad de creación artística.
El trabajo de Cahun es una sucesión de documentos de la experiencia concreta, que
encuentran una potencia mayor si atendemos a cómo esa noción de experiencia ha
tenido un significado particular para autoras como Joan Scott. La vida de Claude Cahun,
recogida en sus textos e imágenes contribuye a desvelar la existencia de ciertos
elementos que nos configuran, poniendo de manifiesto la cuestión acerca de cómo
«Visibilizar la experiencia de un grupo diferente saca a la luz la existencia de
mecanismos represivos» 202 , para Joan Scott «No son los individuos los que tienen
experiencia, sino que son los sujetos los que se constituyen a través de la
experiencia» 203 , en cualquier caso, su cuestionamiento, su crítica de la idea de
experiencia implica, en todo caso, una valoración de la misma en lo que hace referencia
a «los procesos de configuración de la identidad» 204 , insistiendo en la política de la
construcción de esa experiencia. Haciendo referencia a la tarea de quienes investigan en
cuestiones históricas propone la visibilización de la «asignación de posiciones de
200 Te res a d e La ure tis , A lic ia ya no . F em in ism o, se mi ótic a y c ine , Ma dr id, Cá ted ra , 1 99 2, p. 2 53 .
201 Cl aud e Ca hu n, Cla ud e Ca hu n , op . cit., p. 19 3.
202 Jo an Sc ott , “L a ex per ien ci a c om o p ru eb a”, F em in ism os lit era ri os , M ad rid , A rc oli bro s, 19 99 , p . 8 6.
203 I bíd., p. 8 6.
204 Ibí d., p. 11 2.
99
sujeto» 205 , la experiencia para Scott es algo «siempre político» 206 . En este sentido la
experiencia vital y artística de Cahun, documentada a través de sus trabajos constituye
un elemento fundamental para atender a la configuración de un yo complejo y múltiple,
difícil de asir.
Dé cl ar er le C a rn av al p er pé tu el 207 .
Cl au de C ah u n.
205 Ibí d., p. 10 5.
206 Ibí d., p. 11 2.
207 C om o al inici o de l text o, el frag me nt o per ten ec e al te xto “Bé bé Inca ssa bl e” (“ Be bé irro mp ibl e”) y su
trad uc ció n ser ía:
De cla rar el Ca rn av al p er pet uo
Cla ud e C ah un , C la ud e C ah un , op c it., p. 183 .
100
El cuerpo, lugar central del discurso político
Desde mediados del siglo XX, y más concretamente en las décadas de los 60 y 70, el
cuerpo pasa a ocupar un lugar central en el discurso político, y ello cobra un matiz más
significativo si atendemos a la encrucijada que se produce en aquel que
denominaríamos “espacio de la representación”. Este espacio se configura como un
lugar político donde confluyen e interactúan todo un conjunto de identidades y, a su
vez, se propone como un dominio en que se sostiene una visión del mundo, una forma
de presentarse los individuos que exige una normatividad. Pero, en cualquier caso, la
reflexión acerca del mismo permite apoyar la idea de que esa normatividad, la
representación de la identidad y el sistema de interacciones, de actuación, se pueden
alterar, modificar. Hélène Cixous, en su ensayo acerca de la escritura, La risa de la
medusa, en los años 70 ya alude a esta cuestión,
Todo el mundo sabe que existe un lugar que no está obligado económica y
políticamente a todas las bajezas y a todos los compromisos. Que no está
obligado a reproducir el sistema. Y es la escritura. Y si hay un otra parte que
puede escapar a la repetición infernal está por allí, donde se escribe, donde se
sueña, donde se inventan los nuevos mundos 208 .
Hace referencia esta autora a la idea de un ámbito de la representación en el que
encontraríamos la posibilidad de reconfigurar la realidad. En ese lugar se instituyen y
reiteran de algún modo, y si atendemos en concreto a la temática que nos ocupa, las
corporalidades que representarían aquello que debe ser, lo normativo y aquello que está
fuera de los cauces de lo ordinario, lo que está en los márgenes. Tendría, por tanto, un
componente constructivo de lo humano que interactúa a través de distintas formas en
dicho contexto y, a un tiempo, se daría en él la posibilidad de intervenir para modificar
esa idea de lo hegemónico. Ampliaremos la noción de Cixous, por su especial
productividad, a una esfera que integre todo tipo de representación y no solo la escritura
si atendemos en particular a las nuevas configuraciones artísticas y a los medios de
comunicación.
Así, estableceríamos un punto de inflexión en este momento especialmente fecundo
que abarcaría desde la segunda mitad del siglo XX y cuyas posibilidades de
intervención alcanzan al siglo XXI, sustentando unas vivencias sobre otras anteriores y
ampliando las posibilidades técnicas, de modo que la idea de cuerpo se va tornando
208 Hé lèn e Ci xou s, La ri sa de la me du sa . E ns ayo s s ob re la esc rit ur a , M ad rid , A nt hro po s, 19 95 , p . 26 .
101
cada vez más compleja y deviene hasta una concepción de la corporalidad que pretende
un paulatino alejamiento de la noción platónica. Nos situaremos en aquel lugar donde se
entrecruzan dos discursos decisivos en el pensamiento contemporáneo, el del feminismo
y el del arte 209 , y especialmente, en la incorporación del propio cuerpo –valga la
redundancia– del o la artista en la obra de arte. En este sentido, es decisiva la práctica de
la performance . Y esta idea de inserción del cuerpo en el arte da comienzo al artículo
de Juan Vicente Aliaga publicado en la revista Exitbook en 2006 y titulado “La
elocuencia política del cuerpo. Bibliografía sobre Performance”. En él, este autor
señala,
Desde el comienzo de los tiempos, el cuerpo humano ha desempeñado un papel
fundamental en la Historia del A rte. Pero en el siempre particular y subjetivo
devenir de nuestra fisicidad, el siglo XX supuso un cambio definitivo tras el que
nada volvería a ser igual; nuestro cuerpo, tras diversas conquistas previas,
pasaba de ser el objeto de la representación a convertirse en presencia viva y
soporte de la creación 210 .
Enlazaríamos la posibilidad del cuerpo como soporte físico de la creación y la
retroalimentación que supone el proceso creativo y de puesta en escena como
generadores de experiencias vividas –por parte de ese cuerpo que actúa y por parte de
las personas que participan, que interactúan en un espectáculo que deberá concebirse de
otro modo en adelante– con la idea de recuperación de lo corporal, como elemento
político, que propone el pensamiento feminista de esta época 211 . Esa importancia de la
indagación en lo vivencial a través del cuerpo queda puesta de relieve especialmente en
los grupos de autoconciencia que se desarrollan dentro del movimiento feminista y un
documento que deja constancia de ello sería el volumen compendiado a partir de los
encuentros del Colectivo de mujeres de Boston, Nuestros cuerpos, nuestras vidas . En
este libro, publicado por primera vez en 1972 y orientado al autoconocimiento, a la
comprensión de distintas vivencias y a la búsqueda de nuevas experiencias; se
209 Aun qu e la n oc ión de lo a rtís tic o q ue da rá restri ng ida a la p er for ma nc e y a l a r epr ese nt aci ón de lo
cor pó reo de f or ma plá sti ca, n os pa rec e in ter esa nte res eñ ar c óm o se h a tra ba ja do s ob re e l cu erp o, d e f orm a
cad a ve z m ás c om pl eja y de u n m od o qu e re ún e má s va ria ble s en la re pre se nta ció n en ge ner al : e l cin e, la
pue sta en esc en a de lo mu sic al, los tatu aje s y las int erv en cio ne s sob re el cu erp o qu e pre ten de n su
mo dif ica ci ón, la in ser ció n d e la t ecn ol og ía e n un in ten to de am pl iac ión de la s p os ibi lid ade s f ísi cas .
210 Ju an V ice nte A lia ga , “ La e loc ue nc ia po líti ca de l c ue rpo : bib lio gra fía s ob re Pe rfo rm an ce” , e n E xit bo ok ,
Nú me ro 5 , I nvi ern o 20 06 . E l pre se nte f rag me nt o está t om ad o de u na v ers ión o nl ine d e la pág in a we b:
http :// pe rfo rm an cel og ia.b lo gsp ot .co m/ 20 07 /05 /la -e lo cue nc ia -po ltic a- de l-c uer po -ju an .ht ml [en cur siv a en
el o rig in al] .
211 N o olv ide m os qu e un a ide a dec isi va en este ámb ito sería aqu ella de qu e “lo pers ona l es po líti co ” , la
viv en cia de lo íntim o , de la pro pia cor po ral ida d, y la pos ib ilid ad de in ter ven ir so br e tod o e llo s upo ne una
acc ión d e c ará cte r p ol ític o.
102
despliegan toda una serie de temáticas que se desarrollan casi a modo de work in
progress , cuestión especialmente interesante por ser un trabajo de grupo en el que se
incluyen paulatinamente problemáticas distintas y un conjunto de propuestas en torno a
la sexualidad, a la salud, a la imagen. Y todo ello desarrollado en torno al cuerpo, y no a
un cuerpo general, objetivo, normativo, sino a “nuestros” cuerpos. Ese intercambio, y el
análisis que va generando, se inserta en una idea acerca de la posibilidad del cambio y
de incidir sobre la vida,
Al mismo tiempo, abrimos la posibilidad de construir un movimiento de cambio
social para diversos tipos de mujeres. Al trabajar juntas para llevar a cabo un
cambio significativo en las actitudes y las condiciones que nos constriñen, nos
sentimos orgullosas y más capaces de tomar las riendas de nuestras propias
vidas 212 .
Se considera necesario, imprescindible, retomar la idea de la corporalidad asignada a
cada una de esas mujeres que forman el colectivo y reflexionar acerca de ella,
reivindicar su valor y actuar, de ese modo, sobre la propia vivencia. Rescatamos dos
versos, casi conclusión, del final del capítulo dedicado a la imagen corporal de un
poema de Daisy Zamora,
Cuerpo vivo, eslabón que asegura
la cadena infinita de cuerpos sucesivos 213 .
Atenderíamos, por tanto, a un entrecruzamiento del arte y el feminismo que resultaría
especialmente productivo y que enlaza directamente con los discursos contemporáneos
sobre el cuerpo y la intervención sobre el mismo.
Lo vivencial tiene pues una fuerza característica como forma de intervención
política, relacionada a su vez con la modificación que la experiencia vital conlleva sobre
la subjetividad. El tema de la autoficción, presente en el ámbito creativo desde hace
mucho tiempo pero de especial relevancia en la contemporaneidad, supone para el
mundo del arte y del feminismo una cuestión substancial que guarda relación con la
performatividad. La hibridación entre la exhibición artística y lo vivencial ocupa un
lugar destacado. Aquello que se pretende mostrar a través de la propia actuación de una
forma más o menos provocadora, se convierte en una experiencia que modifica la
percepción del yo y la identidad. De este modo, la fuerza de esta técnica (digámoslo así)
212 T h e B ost on W om en ’s H ea lth Bo ok C olle ct ive , N ue str os c ue rp os, nu est ras vid as , B ar ce lon a, P la za &
Jan és , 20 00 , p . 104.
213 Ibí d., p. 10 5.
109
hiperbolización de lo abyecto encontramos un lugar de ruptura. Como señala Uta
Grosenick, en su obra, el cuerpo de las mujeres
No es visto como un lugar donde encontrar una identidad definida, sino como
una construcción inestable y cambiable, siempre en peligro de convertirse en un
escenario de horror y fragmentación. El cuerpo de la mujer se convierte en un
agente traumático que constantemente pervierte el orden de lo visible: fluidos
corporales que ya no se pueden clasificar fácilmente, sexos que ya no se pueden
definir sin ambigüedades, híbridos formados a partir del hombre y la bestia 228 .
En definitiva se trataría de ahondar en una revisión de lo corporal inserta en una
vivencia del mismo, de tal forma que los ejes de configuración de lo humano que se
desenvuelven a lo largo del proceso vital de este queden alterados, cuestionados, de tal
modo que se desvincule el proceso de la idea de lo natural y se desvelen los
mecanismos que conforman y ordenan nuestros cuerpos.
En todo este proceso cabría insertar la idea del cíborg, ampliamente propuesta desde
distintos ámbitos. Sea este comprendido como un elemento desarrollado
tecnológicamente o bien como metáfora, como prótesis conceptual aplicable sobre el
conjunto de las corporalidades en la actualidad, como «recurso imaginativo sugerente
de acoplamientos muy fructíferos» 229 , la idea de hibridación entre la técnica y la
biología ha abierto todo un campo de investigación y reflexión. Desde que Donna
Haraway escribiese su “Manifiesto para cyborgs”, texto integrado en su libro Ciencia,
cyborgs y mujeres , de 1991 (cuya traducción al castellano se hizo en 1995), el término
ha logrado articular toda una serie de manifestaciones que implican la posibilidad de
hacer una crítica de la naturalidad en todos los cuerpos comprendidos como humanos.
Nos interesa de forma especial su aportación, puesto que, como el propio subtítulo de su
libro indica, supone una “reinvención de la naturaleza”; desvincula el significante
“natural” del significado que hasta ahora se le había otorgado mayoritariamente,
rearticulando la idea de lo corporal. Haraway dice, «Un cyborg es un organismo
cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y
también de ficción» 230 . Los cíborg desestabilizan los límites entre las categorías,
Las máquinas de este fin de siglo han convertido en algo ambiguo la diferencia
entre lo natural y lo artificial, entre el cuerpo y la mente, entre el desarrollo
228 Ibí d., p. 49 3.
229 Do nn a H a raw ay , Cien cia , cybo rg s y m uje re s. La rein ven ció n de la n at ura le za , Mad rid , Cáte dr a, 199 5,
p. 2 54 .
230 Ibí d., p. 25 4.
110
personal y el planeado desde el exterior y otras muchas distinciones que solían
aplicarse a los organismos y a las máquinas 231 .
Los cíborg, en palabras de Haraway, son «literalmente monstruos» 232 , en un sentido
amplio, desestructurando siempre la noción de lo “natural”, de lo “normal”. Remiten
por tanto a la posibilidad de “perfeccionamiento” de lo corporal, es decir, a la idea de
una naturaleza imperfecta, incompleta, y a un mismo tiempo suponen un «ataque contra
la identidad occidental, contra lo que hacía que se reconociera como igual a sí misma
durante siglos» 233 . Esta desestabilización del canon occidental se concentra también en
la ruptura del sistema de dualidades, naturaleza-cultura, hombre-mujer, situándose en un
estratégico lugar fronterizo difícilmente identificable y que puede idearse de distintas
formas, dando lugar a distintas metáforas,
el mito de mi cyborg trata de fronteras transgredidas, de fusiones poderosas y de
posibilidades peligrosas que gentes progresistas pueden explorar como parte de
un necesario trabajo político 234 .
Ese mito, configurado discursivamente, se sitúa como lugar de ruptura de ese mismo
discurso, proponiendo una noción de lo fronterizo que es móvil y permeable,
identificable con dificultad. Por tanto su productividad, su capacidad para suponer una
herramienta crítica contundente es amplia y a un mismo tiempo es inasible, no se deja
atrapar en una noción estable o estática, la potencialidad del cíborg para cuestionar los
cuerpos y las nociones que establecen fronteras dentro de las categorías que los hacen
emerger como humanos es impredecible,
La frontera entre mito y herramienta, entre instrumento y concepto, entre
sistemas históricos de relaciones sociales y anatomías históricas de cuerpos
posibles, incluyendo a los objetos del conocimiento, es permeable. Más aún,
mito y herramienta se constituyen mutuamente 235 .
Así, utilizaríamos ese mito/herramienta de forma estratégica, de tal modo que
permita no tanto realizar una crítica de lo real sino para configurar un modo de análisis
desarticulado, complejo,
231 Ibí d., p. 25 8.
232 Ibí d., p. 62 .
233 T ere sa A g uil ar G arc ía, On to log ía c ybo rg . El c uer po en la nue va s o cie da d te cn oló gic a , B a rce lon a,
Ge dis a, 20 08, p. 16 .
234 Do nn a H a raw ay , C ie nc ia, cy bo rgs y mu jer es . L a r ein ve nci ón de la na tu ral eza , o p. cit., p. 2 62.
235 Ibí d., p. 28 0.
111
La imaginería del cyborg puede sugerir una salida del laberinto de dualismos en
el que hemos explicado nuestros cuerpos y nuestras herramientas a nosotras
mismas. No se trata del sueño de un lenguaje común, sino de una poderosa e
infiel heteroglosia (…). Significa al mismo tiempo construir y destruir máquinas,
identidades, categorías, relaciones, historias del espacio 236 .
Esta figura nos confronta con la necesidad de replantear la forma en que
comprendemos el mundo y lo humano, de cuestionar la idea de naturaleza. Pero la
característica que da al cí borg de Haraway un componente especialmente productivo y
significativo sería que la hibridación no implica que lo mecánico o lo tecnológico sea un
elemento constitutivo de dicho organismo. En otros usos del concepto se da por sentada
esa parte técnica pero la interpretación que da lugar al manifiesto supone una noción
más amplia. De ese modo se transforma en una metáfora que remite a lo discursivo y a
lo provisional, a la imposibilidad de fijar un momento de constitución plena del ser
humano, de completud. Las corporalidades cíborg nos sitúan en un continuo en el que
las manifestaciones son múltiples y difíciles de categorizar.
Para finalizar, dentro de un trabajo que lejos de pretender compendiar de forma
exhaustiva las aproximaciones al ámbito de lo corporal que se han dado a lo largo de la
historia del pensamiento occidental (lo que sería claramente imposible), más bien
trataría de rastrear determinados hitos especialmente significativos desde los cuales
trazar nuevos hilos de sentido que puedan permitir una comprensión distinta del cuerpo;
atenderíamos a la propuesta butleriana de una nueva concepción de la ontología basada
en una noción contemporánea de sujeto y de corporalidad. Para Judith Butler la
precariedad de la vida es constitutiva de lo humano, la vulnerabilidad física, que es
distribuida entre los seres de forma desigual por las instituciones y los estados, sería un
elemento a tener en cuenta a la hora de plantear reivindicaciones, así,
Si queremos ampliar las reivindicaciones sociales y políticas respecto a los
derechos a la protección, la persistencia y la prosperidad, antes tenemos que
apoyarnos en una nueva ontología corporal que implique repensar la
precariedad, la vulnerabilidad, la dañabilidad, la interdependencia, la exposición,
la persistencia corporal, el deseo, el trabajo y las reivindicaciones respecto al
lenguaje y a la pertenencia social 237 .
No tendría sentido de este modo, para una noción de cuerpo no estable, inacabado,
en permanente devenir, cuya precariedad e interdependencia se prolongan a lo largo de
236 Ibí d., p. 31 1.
237 Ju dith B ut ler, M ar co s d e g ue rra , l as vid as llo ra da s , Ba rc elo na , P aid ós , 2 01 0, p. 1 5.
112
todo el ciclo vital, establecer una ontología en abstracto, que atendiese a esta cuerpo
entidad desde lo teórico sin atender a las distintas manifestaciones concretas de la
corporalidad y a su desarrollo en los contextos sociales en que se configuran. No existe
una ontología fuera de la «organización e interpretación políticas» 238 .
El «ser» del cuerpo al que se refiere esta ontología es un ser que siempre está
entregado a otros: a normas, a organizaciones sociales y políticas que se han
desarrollado históricamente con el fin de maximizar la precariedad para unos y
de minimizarla para otros. No es posible definir primero la ontología del cuerpo
y referirnos después a las significaciones sociales que asume el cuerpo. Antes
bien, ser un cuerpo es estar expuesto a un modelado y a una forma de carácter
social, y eso es lo que hace que la ontología del cuerpo sea una ontología
social 239 .
No es posible que los cuerpos vivan, que “persistan” y que “prosperen” en términos
butlerianos, si no es en interdependencia con todas aquellas personas que configuran sus
contextos de emergencia, sean estas conocidas o no. La precariedad, que es un elemento
constitutivo de lo que es lo humano, no debe asignarse de manera diferenciada en
función de criterios de género, raza, cultura, procedencia, y ello para esta autora
constituye el punto de partida de su propuesta ontológica y de las actuaciones en
materia política.
Y del mismo modo, esa vulnerabilidad sería intrínseca también a la posibilidad de
desarrollar una ontología, cualquier aportación desde el pensamiento será contextual e
«históricamente contingente» 240 . Debemos tener presente cómo a la aproximación que
hagamos a la noción de lo corporal subyacerá también la consideración acerca de la
vida, de lo humano y de lo que supone ser un sujeto, estaremos proponiendo siempre un
marco de interpretación que insertaremos en las concepciones acerca de quién puede
vivir, de cuáles de las vidas, también en términos butlerianos, tienen derecho a ser
lloradas y cuáles no. Y por tanto será siempre de alguna manera provisional y
contingente.
Hemos tratado, en definitiva, de trazar un camino para una ontología desde los
márgenes del pensamiento hegemónico, rastreando las lecturas distintas de autoras y
autores que han querido buscar nuevas posibilidades para la vida. Y así, encontramos en
sus reflexiones una ontología del ser que actúa desde antes de su nacimiento, del
238 Ibí d., p. 15 .
239 Ibí d., p. 15 .
240 Ibí d., p. 15 .
113
nacimiento de un cuerpo concreto, como una red de significaciones que irán dando
lugar a lo que entenderemos por un sujeto, a lo que percibiremos como un cuerpo
humano. Un cuerpo que no será una entidad abstracta ni dada de antemano como se ha
pretendido, en muchos casos, desde el discurso filosófico al aludir al sujeto, ni estará
limitado y configurado de manera absoluta, clara y distinta, sino que será
constitutivamente provisional, siempre precario y afectable por aquel contexto en que
deviene a lo largo de toda su vida. Esta constitutiva interdependencia hace que nuestras
propias vidas dependan de una minimización de la vulnerabilidad de cualquier persona,
puesto que en definitiva forma parte de nuestra identidad de manera corporal, está
inserta, de algún modo en nuestro propio devenir.
Solo sobre una concepción del cuerpo que atienda a estas nociones, comprendiendo
que se da siempre un exceso, no aprehensible desde lo discursivo, de lo corporal
podremos ensayar un posible marco de interpretación de determinados cuerpos
singulares cuyas posibilidades de vida, cuyas condiciones de «precaridad» 241
dependerán en gran medida de lo que consideremos por un lado que constituye esa vida,
qué es una vida, y de que vulneremos, que indaguemos las formas de cuestionar, de
quebrar, las propias fronteras de lo normativo en toda su amplitud.
241 E mp le am os e l n eo lo gis mo q ue u til iza B u tler e n M a rco s de g ue rra , la s vid as ll ora da s, a l alu di r a la
dis trib uc ión di fer en cia l de la pre ca rie dad ca na liz ad a a travé s d e la s in sti tuc io nes , d e la vi ole nc ia d e
Est ad o. E n n ota del tra duc to r se a tie nd e a la dis tin ció n e ntr e el t érm in o « pre ca rity », que ha brí an t rad uc ido
por pr ec ari dad y el co nce pt o « pr eca rio us nes s» , tr ad uci do co mo p rec ari ed ad.
114
115
II
LA VULNERABILIDAD CONSTITUTIVA DE LA CATEGORIZACIÓN
SEXUAL: UN ENSAYO PARA OTRAS SEXUALIDADES
116
117
Devenir un cuerpo sexuado
Sobre la articulación de una ontología desde los márgenes del pensamiento
hegemónico que tratábamos de apuntar en el capítulo anterior, es donde sustentaremos
nuestra aproximación al cuerpo destacando los ejes de sentido de su configuración,
aquellos que abarcarían las nociones de sexo, género y sexualidad, como elementos
especialmente complejos que permiten el surgimiento del sujeto en el contexto en que
se desenvuelve, su posibilidad de ser leído como individuo en el núcleo de relaciones
humanas en que nace y en que se desarrolla a lo largo de toda la vida.
De este modo no debemos perder de vista en ningún momento la noción central del
devenir como hilo que guiará nuestra aproximación a un eje de emergencia de lo
humano en el que se ven imbricadas de manera intensa estas categorías de sexo, género
y sexualidad. Ello de tal forma que se partirá, desde una perspectiva normativa, de la
necesidad de hacer una asignación clara del sexo, basada únicamente en la observación
de los caracteres sexuales, para sustentar sobre ella toda una serie de significados de
género que habrán de concordar con dicha asignación; y del mismo modo se propondrán
–y casi prescribirán– una serie de comportamientos sexuales considerados naturales o
apropiados si tenemos en cuenta el sexo y género asignados. Todo este proceso no se da
en un momento y queda configurado de forma definitiva sino que se reproduce una y
otra vez a lo largo de la vida, y así cada individuo deberá dejar claras todas las
categorías a las que pertenece sin lugar a dudas, ante la interpelación que supone la
mirada de quienes le rodean. La asignación y la consecuente reiteración constante
permitirán insertar a cada individuo en uno u otro de los compartimentos estancos que
constituyen el binomio sexo-género.
Se organiza pues la realidad de la manera dual que ha caracterizado desde sus
orígenes al conocimiento en Occidente, estableciéndose una separación en dos que
podríamos retomar ya desde el pensamiento clásico, más concretamente remitiéndonos
a la tabla de los pitagóricos, desde los principios enumerados en la serie de los opuestos
que Aristóteles nombra en el Libro A de la Metafísica , que diferencia de manera
primera y dual al Macho y a la Hembra, junto con otros elementos estructurados en dos
columnas:
Límite Ilimitado
Impar Par
118
Unidad Pluralidad
Derecho Izquierdo
Macho Hembra
En reposo En movimiento
Recto Curvo
Luz Oscuridad
Bueno Malo
Cuadrado Rectángulo 242
En la tabla observamos un intento de ordenar los elementos de la realidad
estructurándolos de forma dual; en la columna izquierda, junto a la noción de “límite”,
de, “derecho”, “recto”, de “luz” o de “bueno”, encontramos el término “macho”, en la
parte de la derecha, junto a “izquierdo”, “ilimitado”, “curvo”, “oscuridad” o “malo”
encontraríamos el término “hembra”. Las implicaciones de esta forma de orden
originaria, inaugural, guardan relación con la idea de que la clasificación de la realidad
en el pensamiento occidental, que encuentra en la figura de Aristóteles un pilar
fundamental, se articula de forma binaria, estableciendo para cada uno de los elementos
que la constituyen, la posibilidad de un contrario que a un tiempo, determinándose
como su opuesto, permita su configuración. Y a la vez, se distribuyen, como podemos
comprobar al ver cómo se adjudican los términos “bueno” y “malo”, de una forma que
no podríamos entender en ningún caso como neutra, sino permitiendo que se pueda
producir una jerarquización de los mismos, sobreentendiendo una superioridad de uno
sobre otro.
Nuestra propuesta partirá de una variable extremadamente compleja que abarcará
distintos tipos de categorías y nociones intrincadas de tal forma que suponen un trabajo
conjunto. Trataremos de atender a cómo, aquellas que se entienden como entidades
perfectamente diferenciables, sexo, género y sexualidad; se van articulando desde el
primer momento trazando una línea normativa en el devenir de cada uno de los sujetos.
Es decir, nos centraremos en cómo, en el proceso de sujeción –entendido el término de
la misma forma dual en que lo comprende Foucault, como proceso en que se deviene un
sujeto y a un tiempo como término que, de algún modo, remite a lo sujetado 243 –, estas
variables, que consiguen ser apreciadas como elementos separados, independientes uno
de otro, se imbrican dando lugar a una sola posibilidad de existencia que las haga
242 Ar ist óte les , M e tafí sic a, M ad rid , G red os , 1 99 4, p. 90.
243 Ello s in ente nd er en ningú n caso a l indiv idu o com o algo prev io a e se proc es o de s uje ció n, c om o
sup er fic ie s ob re la cua l im p rim ir alg ún tip o de cat eg orí a, s in o c on fig urá nd os e t odo a un tie m po , en u n
sol o d ev en ir. La ca teg orí a s erí a u n e je de em er ge nc ia, n o a lgo a jen o q ue se su pe rp one so br e e l c ue rpo .
125
modo de expresar, contar, narrar, desde el deseo y los pensamientos a las distintas
experiencias de intercambio sexual.
Y, de forma llamativa, se va a desplazar el punto importante del examen en
confesión, así «lo que va a estar en el centro mismo del interrogatorio sobre el sexto
mandamiento ya no es el aspecto relacional sino el cuerpo mismo del penitente» 254 . Si
antes del Concilio de Trento, entre los siglos XII y XIV se solicitaba del penitente, bien
a través del interrogatorio o bien recogiendo su habla espontánea «las faltas contra
cierta cantidad de normas sexuales» 255 , ahora se atiende como lugar privilegiado al
cuerpo. Para Foucault, el pecado ahora tiene su origen en el cuerpo mismo y no tanto en
la interacción, con un nuevo examen que supone un «recorrido voluptuoso del cuerpo,
una especie de anatomía de la voluptuosidad» 256 . Se trataría pues, como en los propios
manuales de anatomía, de diseccionar el cuerpo, sus placeres, el tacto, la vista, el oído,
en orden a desarrollar a continuación una contención, tratando de regular el discurso; el
deseo y la corporalidad que ostenta ese deseo y debe ser modelada de forma correcta. Y
este catálogo, con ciertas modificaciones impuestas por el paso del tiempo y las
aportaciones de la medicina, la psicología y la psiquiatría, será el que encontremos en
los orígenes de los nuevos manuales de interpretación.
Dejando a un lado el tema de la confesión una vez apuntado el paralelismo entre
procedimientos y entre manuales, partiremos, como proponíamos al inicio de esta
segunda parte, del sintético –de nuevo– elenco propuesto por el DSM IV-TR en concreto
para ir ampliando y diversificando paulatinamente con las aportaciones que desde la
confluencia del arte, la filosofía y la práctica política, se pueden recoger.
Este texto orientado al diagnóstico establece, en su apartado referido a los
“Trastornos sexuales y de la identidad sexual”, tres subapartados: los trastornos
sexuales, las parafilias y los trastornos de la identidad sexual. Cada uno de ellos
254 Ibí d., p. 17 4.
255 Ibí d., p. 17 2- 17 3. Re señ am os al gu na s d e e sas fa lta s r eco gi das po r F ou ca ult :
Fo rni cac ión : a cto e ntr e p ers on as no ca sad as .
Ad ult eri o: act o e ntr e p er son as ca sad as o un a s olte ra y o tra ca sad a.
Est up ro: ac to co n u na vi rge n q ue lo co ns ien te sin ca sa rse de sp ués .
Ra pto : s ecu es tro co n “ of en sa car na l”.
Mo lic ie: ca ric ias qu e n o co ndu ce n a “ act o s ex ual le gít imo ”.
So dom ía : “ co nsu m aci ón se xu al e n un va so no na tur al” .
Inc est o: “c ono ce r a un a pa rie nte po r c on san gu in ida d o a fin ida d, ha sta el cu arto g rad o” .
Be stia lis mo : “ ac to com e tido c on un an im al” .
256 Ibí d., p. 17 4.
126
contiene una serie de posibilidades concretas de manifestación que, al parecer, muestran
una gran coincidencia con el manual médico CIE-10 257 , exceptuando que este último
establecería una duración en algunos casos distinta o bien, una denominación diferente.
Pese a que pueda configurarse casi como un listado, trataremos de enumerar las
distintas opciones propuestas, cada una de ellas bien catalogada de forma numérica y
acotada en parámetros precisos de temporalidad y síntomas. De este modo, si bien
puede resultar algo denso, permite percibir con cierto extrañamiento una clasificación
que resulta en cierto modo absurda –en una atenta lectura– al tratar de abordar una
buena parte del ámbito de las relaciones interpersonales en lo que a lo corporal se
refiere.
- Trastornos sexuales
Se caracterizarían «por una alteración de los procesos propios del ciclo de respuesta
sexual o por dolor asociado con la realización del acto sexual» 258 y aparecen en un
crescendo que sigue la línea de toda relación sexual apropiada (y que va desde el deseo,
la fantasía o la ideación, a la posibilidad de consecución de un orgasmo, eliminando de
la ecuación la posibilidad del dolor y todo ello dentro de unos parámetros identificados
como canónicos), dividida esta en las siguientes fases:
1. Deseo
2. Excitación
3. Orgasmo
4. Resolución
El manual, por otro lado, explica más o menos claramente en qué consiste cada uno
de ellos, con referencias como «sensación subjetiva de placer sexual (…) acompañada
de cambios fisiológicos» 259 o «punto culminante del placer sexual, con la eliminación de
la tensión sexual y la contracción rítmica de los músculos del perineo y de los órganos
reproductores. En el hombre existe la sensación de inevitabilidad eyaculatoria, que va
257 C IE 1 0 , a cr ón imo d e la C las ifi cac ió n In te rna cio na l d e E nf erm ed ad es e n s u d éc im a ed ic ión ,
cor res po nd ien te a las sig la s ICD en ing lé s, Int ern ati on al Sta tis tica l Cla ssi fic ati on o f Dis ea ses a nd Rela te d
He alt h P ro ble ms . P ar a cad a uno d e los p unt os qu e rec og em os en e l D S M IV T R, h ay un a cod ifi cac ió n
que re m ite al crit eri o e qu iva len te qu e c or res po nd ería a l C IE 10 .
258 D S M IV- TR , Ma nu al dia gn óst ico y estad ís tico de los tras tor no s men tal es (te xto r ev isa do ), B a rce lon a,
Ma ss on, 20 05 , p . 6 00 .
259 Ibí d., p. 60 0.
127
seguida de la emisión de semen» 260 . Al parecer no resulta difícil describir qué etapas
debe tener toda relación sexual y cómo deben darse, pero llama la atención la alusión a
los órganos reproductores, no haciendo referencia a órganos sexuales cuando menos, si
es que puede delimitarse el placer sexual exclusivamente a la genitalidad y, pudiendo
entenderse a partir de esta formulación que órganos como el clítoris no presentarían una
disminución de la tensión.
Dentro de los trastornos sexuales encontraríamos las siguientes posibilidades:
Trastornos del deseo sexual: podrían estar relacionados o bien con un deseo sexual
“hipoactivo” o bien con un trastorno por “aversión al sexo”. Es decir, el punto de
partida se establece en la ausencia de deseo sexual. Si bien es cierto que siempre el
criterio ha de estar mediado por el hecho de que se produzca un malestar o ciertas
dificultades a la hora de establecer vínculos o relaciones con otras personas, también se
señala cómo «El juicio de deficiencia o ausencia debe ser efectuado por el clínico,
teniendo en cuenta factores que, como la edad, el sexo y el contexto de la vida del
individuo, afectan a la actividad sexual» 261 . Por otra parte se tratará de establecer
además si la disminución o ausencia de deseo se ha dado a lo largo de toda la vida o si,
por el contrario, se ha adquirido en el momento presente, si se da de forma generalizada
o en determinadas situaciones y, por último, si se debe a factores psicológicos o bien a
lo que en el manual se denominan “factores combinados”. Esta última acotación se
mantendrá a la hora de analizar cualquiera de los trastornos que vienen reflejados en el
texto. Así pues, es necesario que se produzca el deseo pero no cualquier deseo. Dentro
del ámbito difuso y complejo de lo que se desea es necesario acotar espacios, personas,
lugares, modos, no desear algo inapropiado pero tampoco dejar de desear; es necesario
fantasear, que se idee y se ponga en marcha el deseo hacia otras personas, pero también
lo es que esté bien orientado, guiado y sea el correcto.
Trastornos de la excitación sexual: que incluirían un trastorno de la excitación en la
mujer y, para el caso del varón, un trastorno de la erección. En cuanto a la mujer,
citamos textualmente, implicaría «Incapacidad, persistente o recurrente, para obtener o
mantener la respuesta de lubricación propia de la fase de excitación, hasta la
260 Ibí d., p. 60 0.
261 Ibí d., p. 60 5.
128
terminación de la actividad sexual» 262 . El índice pues para valorar la respuesta de
excitación sexual en este caso sería exclusivamente la lubricación, ello por tanto
implicaría a priori, una conducta sexual de penetración. Además, como síntoma
asociado encontramos, para el caso de ellas, el hecho de que podría producir
«alteraciones de las relaciones sexuales y matrimoniales» 263 .
Por otra parte, en cuanto al hombre, tenemos una «Incapacidad, persistente o
recurrente, para obtener o mantener una erección apropiada hasta el final de la actividad
sexual» 264 . Es decir, la excitación sexual en este caso consiste en la posibilidad de
mantener una erección “apropiada” y, con ello, se marcaría la corrección o no de una
respuesta sexual saludable que no implique un trastorno. No se atendería al hecho de
que se tenga la capacidad o no de eyacular además de dar placer y obtenerlo de una
pareja sexual, sino que es necesario que la erección tenga una consistencia concreta y
permanente hasta que la interacción finalice, lo cual solo puede significar que se tenga
la capacidad de desarrollar penetración. También en este caso encontramos el pertinente
síntoma asociado, pero un poco más desarrollado, puesto que puede «afectar las
relaciones matrimoniales o sexuales y ser la causa de matrimonios no consumados y de
infidelidad» 265 . Consideremos pues que en el caso de las mujeres no es necesario acotar
el hecho de que si no pueden desarrollar la excitación adecuada no se producirá la
consecuente infidelidad o bien que podrá producirse pero, en cualquier caso, no es
pertinente reseñarla.
Si atendemos a la siguiente fase, sería la del orgasmo. Puesto que toda relación
sexual apropiada tiene que partir de un deseo correcto, debe contar con periodos de
estimulación sexual cuyo tiempo y características sean los apropiados y deben traer
consigo una posibilidad de obtener y proporcionar placer conducente en cualquier caso
a tener una culminación orgásmica. De ahí que, como en otras ocasiones, se subdivida
en dos ámbitos claramente diferenciados el trastorno orgásmico en el varón y el de la
mujer. En el caso de la mujer se nos señala lo siguiente:
Ausencia o retraso persistente o recurrente del orgasmo tras una fase de
excitación sexual normal. Las mujeres muestran una amplia variabilidad en el
tipo o intensidad de la estimulación que desencadena el orgasmo. El diagnóstico
262 Ibí d., p. 61 0.
263 Ibí d., p. 60 9.
264 Ibí d., p. 61 3.
265 Ibí d., p. 61 1.
129
de trastorno orgásmico femenino debe efectuarse cuando la opinión médica
considera que la capacidad orgásmica de una mujer es inferior a la que
correspondería por edad, experiencia sexual y estimulación sexual recibida 266 .
Pese a la amplia variabilidad que se concede al cuerpo de las mujeres para esta
cuestión, será la clase médica la que determine si, en cualquier caso, dentro del rango
que se concede a la “normalidad”, la respuesta de cada una se sitúa en la temporalidad
correcta y adecuada. Obviamente la edad y la experiencia juegan un papel importante
que no es explicitado en orden a dar a la persona que evalúa un mayor conocimiento
acerca de en qué consisten estos dos criterios. Se deja pues al arbitrio de quien evalúa la
decisión acerca de si con más edad se pueden ampliar o disminuir los tiempos
necesarios para alcanzar un orgasmo o bien si con mayor experiencia se convierte en
algo más fácil y por tanto el trastorno es de mayor peso o menor.
Para el hombre ocurre más o menos lo mismo, consistiría en
Ausencia o retraso persistente o recurrente del orgasmo, tras una fase de
excitación sexual normal, en el transcurso de una relación sexual que el clínico,
teniendo en cuenta la edad del individuo, considera adecuada en cuanto a tipo de
estimulación, intensidad y duración 267 .
Es decir, el trastorno para mujeres y hombres es prácticamente el mismo pero deben
diferenciarse entre sí por una salvedad y es que los cuerpos de los hombres, al parecer,
no presentan variación ni en el tipo de estimulación ni en la intensidad de la misma a la
hora de desencadenarse el orgasmo. En función de estas apreciaciones casi podríamos
hablar de cuerpos de mujeres en su “amplia variabilidad”, su inestabilidad, su
oscuridad; y de “el hombre” en su unicidad independientemente de que pueda presentar
o no conductas desviadas.
Llama la atención tanto en lo que afecta a unas como a otros el dato que hace
referencia a una “fase de excitación sexual normal” que se produce en una relación
sexual cuyas características se consideran adecuadas. Falta una explicación apropiada y
orientada a que la persona que evalúa pueda comprender lo que significa esta
terminología y de nuevo queda la interpretación de esta cuestión sometida a la voluntad
de apreciación de quien examina. En cualquier caso, se justificaría que no se obtuviese
el orgasmo en cualquier otro tipo de relación no “apropiada” o “correcta” y, por tanto,
266 Ibí d., p. 61 5.
267 Ibí d., p. 61 8.
130
eso no supondría una problemática para aquellas personas que decidan embarcarse en la
“anormalidad” a la hora de desarrollar sus encuentros sexuales.
Por último, para terminar con los trastornos relacionados con el orgasmo
encontramos la “eyaculación precoz”, definida como,
Eyaculación persistente o recurrente en respuesta a una estimulación sexual
mínima antes, durante o poco tiempo después de la penetración, y antes de que
la persona lo desee. El clínico debe tener en cuenta factores que influyen en la
duración de la fase de excitación, como son la edad, la novedad de la pareja o la
situación y la frecuencia de la actividad sexual 268 .
No solo las características propias de los encuentros serán, de todos modos, acotados;
también los tiempos son considerados importantes y deben ser determinados en función
de un criterio de adecuación. Por otro lado, el hecho de que la penetración se desarrolle
con el pene orgánico de al menos alguno de los miembros de la pareja, o del conjunto
de personas que tratan de vincularse sexualmente, parece ser un criterio determinante a
la hora de mantener una relación sexual satisfactoria entre individuos. Cuestiones que,
obviamente, serán rearticuladas, como todas las anteriores, desde un punto de vista no
normativo.
Trastornos sexuales por dolor: se señalan dos, diferenciados para hombres y mujeres,
por un lado la dispauremia y por otro el vaginismo. La primera es definida como «Dolor
genital recurrente o persistente asociado a la relación sexual, tanto en hombres como en
mujeres» 269 . En el caso del vaginismo remitiríamos a «Aparición persistente o recurrente
de espasmos involuntarios de la musculatura del tercio externo de la vagina, que
interfiere el coito» 270 , si atendemos al término coito tal y como es definido en el
diccionario de la Real Academia Española, como la «cópula sexual» 271 y a la facultad de
copular como al hecho de «unirse o juntarse sexualmente» 272 , no encontramos en la
consideración de este tipo de trastorno una imposibilidad para realizar el coito
exceptuando cuando consiste en la penetración, es decir, es posible mantener relaciones
sexuales que no requieran penetración sin que se deba necesariamente presentar el
dolor. Esto significaría que cuando en este caso se hace referencia al coito, sin
especificar a qué tipo nos estamos refiriendo, la persona que evalúa debe entenderlo
268 I bíd ., p . 6 20 .
269 Ibí d., p. 62 3.
270 Ibí d., p. 62 5.
271 D ic cio na rio d e l a R ea l A ca de mia E sp añ ola , ver sió n o nl ine w ww .r ae. es
272 D ic cio na rio d e l a R ea l A ca de mia E sp añ ola , ver sió n o nl ine w ww .r ae. es
131
como fundamentalmente una relación en la que se produce la penetración de una
vagina.
Otras disfunciones sexuales: sería el último episodio del apartado que hace referencia
a los trastornos de carácter sexual y constituye un grupo relativamente abierto en el que
se contemplan aquellas que pueden derivar de cuestiones médicas múltiples, del
consumo de sustancias codificadas en un listado concreto 273 o bien se hablaría de
“Trastorno sexual no especificado”. En concreto el apartado final podría suponer una
suerte de categoría difusa en donde sería posible insertar una multitud de posibilidades
que, relacionadas con la sexualidad, no serían capaces de explicarse a partir de los
criterios enunciados por las anteriores. De este modo, en un continuo amplio de
comportamientos, se podría catalogar como trastorno cualquier situación que produjese
«malestar acusado o dificultades de relación interpersonal» 274 y que no se explicase
mejor por aparecer junto a otro trastorno, exceptuando otro que también sea de carácter
sexual. En el ámbito de la sexualidad y los placeres podríamos entender que muy pocas
personas quedasen en algún momento de sus vidas, excluidas de alguna de las
características ya enunciadas, bien de manera persistente o bien de manera más
espontánea, habida cuenta de que una moral sexual más o menos permisiva o una cierta
flexibilización de la norma las permita desarrollarse e interactuar de un modo más o
menos vivible.
Señalaríamos, por último, en este apartado una cuestión que nos parece relevante
enunciar a pesar de que sea más o menos evidente y sería cómo el planteamiento de una
corrección en torno a aquello en lo que debe consistir una relación sexual “normal”
sería un factor decisivo en lo referente a que se produzca un malestar vital tan
importante que lleve a un individuo a buscar un diagnóstico acerca de una situación
anómala. La expectativa que supone una guía sobre los tiempos, sobre la necesidad de
alcanzar un orgasmo adecuado, la erección, la lubricación, el deseo, la fantasía, la
ausencia de dolor, la vivencia de un placer acotado a unas partes del cuerpo y no otras,
273 La s s ust an cia s r ese ña das se ría n:
F1 0.8 A lco ho l [2 91 .8 ]
F1 5.8 A nfe ta min a (o sus tan ci as de ac ció n s im ila r) [ 29 2.8 9]
F1 4.8 C oca ín a [ 292 .8 9]
F1 1.8 O piá ce os [29 2. 89 ]
F1 3.8 Se da nte s, hip nó tic os o a ns iol ític os [2 92 .89 ]
F1 9.8 O tra s s ust anc ia s (o d esc on oc ida s) [29 2. 89]
DS M IV - TR , op. c it., p. 633 .
274 Ibí d., p. 60 6.
132
supondrá una necesidad de habituación que no siempre es posible cumplir. Ello
redundará en una insatisfacción situada en algún punto de un continuo que, en muchas
ocasiones, será susceptible de ser considerada anómala y requerirá de una aproximación
evaluadora.
- Parafilias
Las parafilias serían consideradas como «la presencia de repetidas e intensas
fantasías sexuales de tipo excitatorio, de impulsos o de comportamientos sexuales que
por lo general engloban: 1) objetos no humanos; 2) el sufrimiento o la humillación de
uno mismo o de la pareja, o 3) niños u otras personas que no consienten, y que se
presentan durante un período de al menos 6 meses» 275 .
En este apartado llama la atención la diversidad de comportamientos o deseos que se
incluye en esta categoría que, por otro lado, al no estar delimitada sino en un conjunto
difuso de fantasías, impulsos o comportamientos, parecerían establecer un mismo nivel
de “perversión” para cada una de ellas, sin gradación aparente o, cuando menos, con
una gradación difícilmente aprehensible. Así, las reseñadas en el DSM IV-TR serían:
exhibicionismo, fetichismo, frotteurismo, pedofilia, masoquismo sexual, sadismo
sexual, fetichismo transvestista, voyeurismo. De todas formas sí se hacen las siguientes
apreciaciones y distinciones diagnósticas ya en la introducción:
Para algunos individuos, las fantasías o los estímulos de tipo parafílico son
obligatorios para obtener excitación y se incluyen invariablemente en la
actividad sexual. En otros casos las preferencias de tipo parafílico se presentan
solo episódicamente (p. ej. durante períodos de estrés), mientras que otras veces
el individuo es capaz de funcionar sexualmente sin fantasías ni estímulos de este
tipo. En el paso de la pedofilia, el voyeurismo, el exhibicionismo y el
frotteurismo, el diagnóstico se efectúa si el individuo ha satisfecho estas
necesidades o si las necesidades o fantasías sexuales producen malestar acusado
o dificultades interpersonales. En cuanto al sadismo sexual, el diagnóstico se
efectúa si el individuo ha satisfecho estas necesidades con una persona que no
consiente o si las necesidades, las fantasías sexuales o las conductas producen
malestar acusado o dificultades interpersonales. Para las parafilias restantes, el
diagnóstico se efectúa si el comportamiento, los impulsos sexuales o las
fantasías provocan malestar clínico significativo o deterioro social, laboral o de
otras áreas importantes de la actividad del individuo 276 .
275 Ibí d., p. 64 3.
276 Ibí d., p. 64 3.
133
Todos estos trastornos incluyen «fantasías sexuales recurrentes y altamente
excitantes, impulsos sexuales o comportamientos» 277 , es decir, como señalábamos, no es
totalmente necesario que se produzca una acción concreta para que esta adopte la
consideración de trastorno, puesto que en el nivel de la fantasía, del deseo, ya son
susceptibles de constituir estos impulsos, todos ellos, una perversión, algo ajeno a lo
que puede ser considerado “normal”, cuando menos si al producirse provocan un
deterioro social, personal o laboral. Solo en dos casos, el del “masoquismo sexual” y el
del “sadismo sexual”, se habla de trastorno cuando implican actos que el manual
caracteriza como “reales, no simulados”, tanto al tratarse, como en el primero, de ser
«humillado, pegado, atado o cualquier otra forma de sufrimiento» 278 , como al aludir, en
el caso del segundo, a aquellas situaciones en que el «sufrimiento psicológico o físico
(incluyendo la humillación) de la víctima es sexualmente excitante» 279 . Una vez más,
como hemos visto en anteriores ocasiones, la necesidad de realizar un diagnóstico se ve
impelida por la situación de un individuo en cuestión que acarrea un «malestar
clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la
actividad del individuo» 280 . Es decir, una fantasía sexual, un impulso, o el desarrollo de
un acto sexual por sí mismo, sin necesidad de aplicar sobre él la matriz de la
convención, tiene la fuerza de deteriorar la vida de alguien hasta el punto de considerar
que, en cualquier caso, necesita ayuda para dejar de desear lo que desea. No
destacaremos todas las parafilias pero atenderemos a algunas cuestiones que llaman de
nuevo nuestra atención. En primer lugar el tema del fetichismo, que se subdivide en dos
tipos, por una parte uno de carácter general y, por otra, el denominado “fetichismo
transvestista”. El que se entiende de forma más amplia consistiría en una inclinación
hacia «objetos no animados» 281 , como podría ser, según se ejemplifica, la ropa interior
femenina. Pero además, en el tercer criterio diagnóstico, se señala lo siguiente: «Los
fetiches no deben ser únicamente artículos de vestir femeninos como los utilizados para
transvestirse (fetichismo transvestista) o aparatos diseñados con el propósito de
estimular los genitales (p. ej., vibrador)» 282 . Es decir, por una parte la ropa que
constituye un fetiche y que se utiliza para travestirse, en principio, es femenina, por
277 Ibí d., p. 63 7.
278 Ibí d., p. 64 1.
279 Ibí d., p. 64 2.
280 Ibí d., p. 63 8.
281 Ibí d., p. 63 8.
282 Ibí d., p. 63 8.
134
otra, los aparatos diseñados para estimular genitalmente no son los únicos fetiches
posibles, pero sí son considerados dentro del ámbito de lo fetichista.
Podemos hacer dos reflexiones al respecto. Una de ellas relativa a lo que después se
denominará, como hemos señalado, “fetichismo transvestista” y que supone «el acto de
transvestirse [sic] en un varón heterosexual», no en una mujer, para la mujer no se
considera dicha posibilidad 283 . Esta condición viene con una anotación que indica la
necesidad de hacer la especificación acerca de si se da también «disforia sexual» 284 , es
decir, «si el individuo presenta malestar persistente con su papel o identidad
sexuales» 285 . Es llamativo el hecho de que se formule como una disyuntiva, sentirse mal
o con el papel que se representa o con la identidad, puesto que la consideración que se
hace parecería incluir por un lado lo relativo al malestar con la propia genitalidad pero
también, por otro, con una serie de comportamientos de género supuestamente
asociados de forma natural a la posibilidad de presentar uno caracteres sexuales
primarios relativos a uno u otro sexo.
La segunda reflexión estará relacionada con los objetos que pueden utilizarse para
estimular los genitales y que, en algunas circunstancias, caben en la consideración de
fetiches. Estos objetos pueden constituir una parte importante de lo que se considerará
como sexo solitario, masturbación, onanismo, que, si bien no ha sido considerada en el
manual como un trastorno, durante mucho tiempo ha constituido un tabú importante
desde el punto de vista de la moral. Así, y sobre ello volveremos más adelante al aludir
a la posibilidad de obtener placer de forma autónoma, este será uno de los puntos de
análisis que ya queda de algún modo puesto de manifiesto en la clasificación a la que
atendemos.
Para finalizar, llama la atención dentro de este contexto de parafilias la ausencia de
algunas de ellas como la necrofilia, la zoofilia o más bien el bestialismo, y algunas otras
que no aparecen y, sin embargo, encontrar asociada al voyeurismo o al exhibicionismo,
la pedofilia. En esta última llama especialmente la atención una de las acotaciones que
283 E n las muj ere s el ma nu al no con sid era esta pos ibi lida d, es dec ir, lo que se con sid era ría “no norm a l”
ser ía el tra tar de rep res en ta r el gén ero fem en ino , no el trata r de ace rc ars e al ma scu lin o. Ya hem o s hec ho
una bre ve ref ere nc ia a la cu es tió n de l tra ve sti sm o de mu je r a ho m bre en el pr im er c ap ítul o su br ay and o la
ide a de q ue po líti cam en te p od ría arti cu lar se co m o un a fo rm a d e ob ten er m ayo r po de r. E n es e ca so s e
ent en der ía c om o de sad ap tad a a qu ell a c ond uc ta cuya p er for ma tiv id ad t ien de a u na pé rdi da de cierta s
ven ta jas en lo so cia l.
284 Ibí d., p. 64 4.
285 Ibí d., p. 64 4.
141
último revisaremos distintas aportaciones que, en la confluencia del ámbito de lo
artístico con la acción política, en un lugar híbrido, fronterizo, entre distintos parámetros
que acotan de forma fluida la cuestión de la erótica –el placer y el dolor, lo bello y lo
monstruoso, lo que produce atracción y lo que produce repulsión– suponen formas de
actuación que cuestionan límites, se instalan en las fisuras de lo canónico en torno a las
prácticas sexuales.
142
La(s) propuesta(s):
Autoerotismo
Nos parece relevante proseguir un relato en torno a la sexualidad no normativa con
aquella parte de la misma que ha sido o bien condenada o bien relegada a un segundo
término por una gran parte del estudio en este ámbito. Y, por tanto, atenderemos al tema
del sexo solitario situándolo en la coyuntura entre dos cuestiones clave en el desarrollo
de las tecnologías de la sexualidad humana, a saber: el desarrollo de una sexualidad
mediatizada por el discurso de la salud tanto mental como física, es decir, aquella en la
que se inmiscuyen los discursos de la Medicina, la Psiquiatría y la Psicología; y un
cambio en las ideas pedagógicas que acarrea una inserción de la sexualidad en las
consideraciones en torno al desarrollo infantil, con una normativización que requerirá
de la vigilancia de los comportamientos desde la más tierna edad, fundamentalmente en
el seno de la familia.
Si seguimos a Foucault a la hora de desarrollar este análisis, nos encontramos con la
idea de que desde el siglo XVIII se van gestando «cuatro grandes conjuntos estratégicos
que despliegan a propósito del sexo dispositivos específicos de saber y poder» 299 .
Aunque no pueden entenderse como prototipos claramente establecidos ya desde su
surgimiento, se van articulando como modelos clave de la preocupación por la
sexualidad y en todos ellos, sintetizados en cuatro figuras concretas «la mujer histérica,
el niño masturbador, la pareja maltusiana, el adulto perverso» 300 , encontramos
reminiscencias o alusiones claras al control del sexo solitario. En el caso de la mujer
histérica, por el modo de tratamiento de la dolencia consistente en la masturbación, por
parte del médico en cuestión, de aquellas mujeres que presentaban crisis. Si atendemos
al niño masturbador, la alusión es obvia, pero pondríamos el acento sobre el hecho de
que su configuración permite establecer como necesaria la vigilancia estricta de las
conductas autoeróticas en la infancia desde el contexto familiar, tratando de atender al
origen de una fuente de perversión que podría dar lugar en el futuro a problemas de
salud mental tales que diesen como resultado individuos perversos, susceptibles de ser
investigados desde el ámbito de lo psiquiátrico. Por último, la pareja malthusiana se
299 M ich el Fo uca ul t, H is tor ia de la se xua lid ad . L a vol un tad de sa be r , op . c it., p. 12 7.
300 Ibí d., p. 12 8.
143
vería inmersa en un ejercicio de «socialización de las conductas procreadoras» 301 que
comprendería este tipo de prácticas autónomas como una pérdida de energía puesto que
no trae consigo la posibilidad de la descendencia; en palabras de Foucault, aludiendo al
control de lo que significa un acto sexual,
El acto sexual no inquieta porque dé realce al mal sino porque perturba y
amenaza la relación del individuo consigo mismo y su constitución como sujeto
moral: trae consigo, si no se le mide y distribuye como se debe, el
desencadenamiento de las fuerzas involuntarias, el debilitamiento de la energía y
la muerte sin descendencia honorable 302 .
Ello supone, por tanto, la necesidad de atender a este posicionamiento privilegiado
en la codificación de la sexualidad normativa que se iniciaría con la difusión del
término en los manuales médicos a principios del siglo XVIII. Así, no es sino en 1712
cuando se comienza a plantear l a cuestión con la publicación de un breve tratado
titulado Onania; o, El atroz pecado de la autopolución y sus terribles consecuencias,
indagado en ambos SEXOS, con consejos espirituales y físicos para aquellos que se han
dañado con esta abominable práctica. Y una provechosa admonición a la juventud de
la nación de ambos SEXOS... Hasta entonces, si bien se había dedicado ya alguna
“pluma experta” a cuestiones como el adulterio, la sodomía, el incesto o la zoofilia, no
se había dado todavía una reflexión acerca de la actividad de la masturbación.
Thomas W. Laqueur, en su texto titulado Sexo solitario , aborda un conato de historia
de cómo el discurso de la moral se articula con una especial contundencia en torno a
una práctica cuya intimidad puede ser máxima y que podría suponer una gestión
autónoma del placer que se constituiría como algo a regular en orden a la necesidad de
configurar un canon normativo en las interacciones sexuales. Para este autor, la
masturbación
Es esa parte de la vida sexual humana en la que el placer potencialmente
ilimitado encuentra su censura social, donde el hábito y la promesa de una
“última vez” luchan contra los dictados de la conciencia y la sensatez; donde la
fantasía silencia –aunque sea por un momento– el principio de realidad y donde
el yo autónomo escapa del páramo erótico del aquí y ahora hacia un mundo
lujurioso que él mismo ha creado, y queda suspendido entre la abyección y la
satisfacción 303 .
301 Ibí d., p. 12 7.
302 Ibí d., p. 12 9.
303 Th om as W . L aq ue ur, S exo so lit ari o , Bu en os A ires , F on do de C ult ura E co nóm ic a, 20 07 , p . 15 .
144
El sexo solitario será uno más de los ámbitos, aunque especialmente significativo,
donde se inmiscuye la compleja elaboración discursiva que tiende a la regulación y
producción de la sexualidad en el momento en que esta se gesta de forma más intensa.
Situándose, como señalábamos, en la encrucijada del surgimiento de las modernas
disciplinas y un nuevo estatus de lo educativo. C omo señala Laqueur, se atiende a «una
transformación ética de considerable magnitud y de enorme poder en la que las
enfermedades masturbatorias no fueron sino una sola de sus probables
manifestaciones» 304 . Se produce la configuración de una suerte de «ética de la carne» 305
cuyas fronteras quedarán establecidas paulatinamente y con ella la masturbación pasará
de considerarse meramente el pecado bíblico de Onán a interpretarse como algo a tener
en cuenta prestando particular atención, siendo recogidas aportaciones al respecto en las
principales obras enciclopédicas, del momento, la Cyclopaedia de Ephraim Chambers o
el Universal Lexicon de Johann Heinrich Zedler.
Desde aquí atenderemos a cómo se produce una imbricación entre lo pedagógico y la
regulación de la sexualidad desde la infancia que quedaría anecdóticamente
ejemplificada en el envío a Jean Jacques Rousseau –autor de Emilio , texto que
constituye un hito fundamental en la moderna consideración de la educación en la
infancia–, el 8 de julio de 1762, de un ejemplar del tratado de Samuel Auguste David
Tissot, L’Onanisme; ou Dissertation physique sur les malades produits par la
masturbation . Y ello se hará mucho más explícito en la aparición de una figura
destacada por Foucault que, de hecho, se situará, desde su punto de vista, en la base de
la constitución del “dominio de la anomalía” en el siglo XIX: “el niño masturbador”.
Esta figura del niño masturbador se precisará dentro de un régimen disciplinario de los
placeres y, esa actividad secreta y generalizada, no se asociará tanto a un peligro moral
como a la enfermedad en general,
Cuando se les prohíbe masturbarse, no se amenaza a los niños con una vida
adulta perdida de desenfreno y vicio, sino con una vida adulta completamente
baldada por las enfermedades. (…) no se trata tanto de una moralización como
de una somatización, una patologización 306 .
304 Ibí d., p. 20 .
305 Ibí d., p. 19 .
306 M ich el Fo uca ul t, L os an or m ale s, op . ci t., p. 21 7.
145
Así, la masturbación se situará como causa «de todas las enfermedades posibles» 307 ,
se articulará como lugar común a la hora de dotar de una explicación a determinados
estados de enfermedad, situando en el cuerpo de quien enferma la responsabilidad de la
enfermedad en función de las acciones que ha llevado a cabo, a la falta primigenia
cometida,
los médicos de la época recurrieron a y suscitaron (...) una suerte de verdadero
delirio hipocondríaco mediante el cual procuraban conseguir que los enfermos
mismos asociaran todos los síntomas que experimentaban a esa falta primera y
fundamental que sería la masturbación 308 .
Una falta fundamental cuyo alcance podía extenderse a lo largo de toda la vida y
cuyas consecuencias serían totalmente imprevisibles para cualquiera que decidiese
cometerla,
La masturbación, por la obra misma y la propia conminación de los médicos, se
está instalando como una especie de etiología difusa, general, polimorfa, que
permite relacionar con ella, es decir, con cierta prohibición sexual, todo el
campo de lo patológico, y esto hasta la muerte. Podríamos encontrar
confirmaciones claras de ello en el hecho de que, en esa literatura, hallamos
constantemente la idea, por ejemplo, de que la masturbación es tal que no tiene
sintomatología propia, pero cualquier enfermedad puede derivar de ella.
También se advierte la idea de que el tiempo en que ejerce su efecto es
absolutamente aleatorio 309 .
Se produce, por tanto, una inserción del discurso médico en el cuerpo y en la
sexualidad infantil que vendrá a dar como resultado toda una serie de prácticas,
legitimadas y a un tiempo aberrantes, de “tratamiento” de cuya aplicación podemos
encontrar multitud de ejemplos, uno de los cuales aparece como cita introductoria al
artículo “Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad”.
En él, Gayle Rubin llama la atención sobre la necesidad de abordar la cuestión de la
sexualidad desde una perspectiva distinta y que atienda a las formas hegemónicas de
poder que se entrelazan con las prácticas que se interpretan como “naturales” y la
primera alusión hace referencia al ámbito específico de la masturbación y
concretamente en las niñas,
Al pedírsele consejo, el doctor J. Guerin afirmó que, después de haber fracasado
con todos los demás tratamientos, había conseguido curar a las adolescentes
307 Ibí d., p. 21 9.
308 Ibí d., p. 22 0.
309 Ibí d., p. 22 2.
146
afectadas por el vicio del onanismo, quemándoles el clítoris con un hierro
caliente… Aplico el punto caliente tres veces en cada uno de los labios mayores
y otra en el clítoris… Tras la primera operación, de cuarenta a cincuenta veces
en un día, el número de espasmos voluptuosos se reducía a tres o cuatro…
Creemos, pues, que en casos similares a los que ustedes estudian, no debe
dudarse en recurrir al hierro caliente, y en una etapa temprana, para combatir el
onanismo clitoridiano y vaginal en las adolescentes 310 .
El hecho de que se desarrolle toda una red de discursos, conocimientos, tratamientos,
terapias, que se investigue en torno a esta cuestión, da cierta cuenta de la importancia de
que se dota a la misma en un determinado momento. De nuevo Gayle Rubin, en relación
al tema señala cómo
Para proteger a los jóvenes de un despertar “prematuro”, los padres ataban a sus
hijos por la noche para que no se tocaran; los médicos extirpaban el clítoris de
las niñas que se dedicaban al onanismo 311 .
Es llamativo aquí cómo la actividad médica se imbrica con la necesidad de que,
desde un punto de vista pedagógico, se intervenga en el desarrollo de ciertas costumbres
desde la infancia. Así, paralelamente a la medicalización, se dota a la familia de una
autoridad especial al respecto de la atención a las normas morales. Ella pasará a
constituir el lugar primero de vigilancia, la garante de que esa falta no se produzca, «La
familia misma se convirtió en un agente de medicalización de la sexualidad en su propio
espacio» 312 . Se hace pasar a la sexualidad por el filtro de la medicina desde los primeros
momentos y se deja a la institución familiar la responsabilidad de vigilar de manera
intensiva y continuada el cuerpo de las criaturas y sus comportamientos autoeróticos.
De nuevo para Foucault, «la instancia de la familia medicalizada funciona como
principio de normalización. (…) va a poder poner de manifiesto lo normal y lo anormal
en el orden de lo sexual. La familia va a ser el principio de determinación de la
sexualidad, y también el principio de enderezamiento de lo anormal» 313 . Será pues ella
(cuando menos, en principio, la familia burguesa 314 ), la garante de localizar entre sus
310 Ga yle R ub in , “ Re fle xi on and o sob re el s ex o: not as par a u na t eo ría rad ica l d e la sexu ali dad ”, C aro l S.
Va nc e, P la ce r y pe lig ro, ex plo ra nd o l a s exu al ida d fem en ina , M ad rid , R ev olu ci ón, 19 89 , p . 1 13 .
311 Ibí d., p. 11 5.
312 M ich el Fo uca ul t, L os an or m ale s, op . ci t., p.2 35 .
313 Ibí d., p. 23 6.
314 La arti cul aci ón de la fam ili a pro let ari a se pro du cir ía a tra vé s de otr os m edi os , dirig ié ndo se no tan to a
la ma stu rba ci ón sin o «c on tra la unió n lib re, c on tra el con cub in ato , con tra la fluid ez extr a o para fa mil iar »,
en M ich el Fo uca ul t, L os an or ma le s, op. ci t., p.2 46 - 247.
La s rela cio ne s fam il iare s se v an a esta ble ce r en or den a log rar l a ma yo r cla rid ad en cua nd o a lo sex ua l se
ref ier e. E n c ua lqu ie r ca so se pro du ce un a n orm a tivi za ció n d e lo s c on tac tos fam il iar es y un a v igi lan cia de
tod os aq ue llo s c om po rta m ien tos s usc ep tib les d e c on ten er al gú n elem en to que p ue da se r cons ide rad o
147
filas al anormal, al desviado, velando de forma constante en una suerte de panóptico –en
que se va a pretender transformar el hogar en cierto modo–, el dormitorio de las
criaturas, su ropa, las sábanas, acechando el cambio de estado de ánimo, una supuesta
pérdida de energía. Será la encargada de articular el discurso médico y el personal,
dotando al primero de una posibilidad importante de “decir” al respecto de la salud y
haciendo pertenecer al mismo la corporalidad de su descendencia.
Y, a un tiempo, en cuanto al individuo, y relacionado ello con la inserción del
discurso freudiano en este devenir, la masturbación, en la infancia, se encontraría en un
momento intermedio dentro del proceso de configuración de lo humano a lo largo de
distintas etapas; desde sus orígenes como ser «perverso polimorfo omnívoramente
orientado a la búsqueda de placer» 315 hasta su transformación en una persona cuyo
proceso de maduración requiere de un dejar atrás estas etapas en la medida de lo posible
para lograr un desarrollo psíquico saludable. Esta orientación hacia el placer, en la línea
temporal que transcurre hacia la edad adulta, habrá de ir situándose en los parámetros de
lo socialmente aceptable, del cumplimiento de unos roles “civilizados”.
La masturbación, su prohibición, su control, la regulación que permite su inclusión
en lo pedagógico, por tanto, no es un elemento separado de una configuración
generalizada de aquello que se considerará una sexualidad adecuada, sino uno más de
los elementos sobre los que se construirá la misma. Para Beatriz Preciado, en su obra
Testo yonqui ,
Si fue necesario patologizar la masturbación, hacer de la homosexualidad y del
fetichismo «implantaciones perversas» (Foucault), excluir el trabajo sexual del
ámbito laboral haciendo de la puta un sujeto antisocial y elevando al ama de casa
a la categoría de ciudadana de interés público, fue primero y, sobre todo, para
conseguir un doble proceso de producción de la subjetividad moderna. Por una
parte, exteriorizar la sexualidad, transformarla en objeto, en especie, en
identidad y en valor (condición sin la que esta no podría ser objeto de
representación, intercambio y publicación); y por otra parte, y de forma
contradictoria, un proceso que llevaría a hacer de esta exterioridad sexual una
«interioridad» inalienable, una verdad individual e intransferible que pertenece
únicamente al individuo en tanto que propiedad privada. Dicho de otro modo, se
trataba de hacer de la sexualidad, como exterioridad pública producida por un
sex ua l e n un s ent ido h eg em ón ico . T o do ello se a rtic ula rá ad em ás e n e l e ng ran aj e d e psiq uia tría y fa m ilia
rela ci ona do co n el tab ú d el inc es to.
315 Th om as W . L aq ue ur, S exo so lit ari o , o p. cit., p. 45 1.
148
conjunto de dispositivos de representación y de mecanismos políticos el nec plus
ultra de la verdad privada e individual 316 .
Lo que está cambiando no es exactamente la práctica de la sexualidad. A través de
los procesos de normalización/anormalización, de transformar en perverso todo aquello
que no responde al canon heteronormativo tendente a la reproducción, más bien
asistimos al proceso de gestación de una tecnología de lo humano, de la
normativización de lo humano. Y este proceso se desarrolla en un feedback constante
desde la externalización de la sexualidad a la consideración de esta como verdad última
del yo. Se codifica todo aquello que se debe hacer visible para no dejar lugar a dudas
sobre esa verdad del yo constituida a partir de una sexualidad que se desenvuelve dentro
de los límites de lo “normal”. El deber ser de una persona pasa por el filtro de la
actividad sexual en última instancia.
La búsqueda de un placer íntimo y solitario y la transgresión de las fronteras de lo
genital en el ámbito de los placeres solitarios serán reivindicadas desde
aproximadamente los años sesenta y fundamentalmente por grupos de mujeres
feministas, cuando se atienda a la masturbación como una parte fundamental de la
sexualidad humana y se considere «una práctica al servicio de la libertad, la autonomía
y la rebelión contra el statu quo» 317 . El autoerotismo se inserta como una fisura en el
centro mismo de una sexualidad entendida como normal o hegemónica, arrebatándole
algunas de las características que le confieren ese poder. En primer lugar está orientada
a un placer que puede ser entendido de forma individual, no necesariamente establecido
en función de los parámetros de la normalidad, si de un ejercicio de masturbación
participa el dolor, la repulsión, la vergüenza, como elementos componentes de lo erótico
no pertenece al discurso la posibilidad de inmiscuirse en ellos. No es, en este mismo
sentido, reproductiva, permitiendo desvincular dos nociones que son totalmente
distintas y que, sin embargo, se articulan de forma férrea en las aproximaciones a la
sexualidad que desde el pensamiento occidental se vienen desarrollando. No aporta
necesariamente una interacción con otros seres humanos, por lo tanto no se ve
implicada en algún tipo de vínculos interpersonales o en la confrontación de otras
corporalidades u otras genitalidades. Permite quebrantar, desde el ámbito de la fantasía,
algunas de las normas que son impuestas desde lo canónico para un encuentro sexual
316 Be atr iz Pre cia do , T es to yo nq ui , M ad rid , E spa sa , 2 00 8, p. 2 12 .
317 Th om as W . L aq ue ur, S exo so lit ari o , o p. cit., p. 91 .
149
“normal”. Permite la exploración del propio cuerpo, incidiendo sobre el conocimiento
que se tiene acerca de cómo darle placer y por tanto en los deseos y acciones
desarrollados en interacción. Permite la utilización de imágenes, objetos, aparatos,
fetiches, no requiere de un lugar o un momento específicos. Pero fundamentalmente, y
ello enlaza con el siguiente apartado que proponemos, no es heterosexual. En ese
sentido, se inserta también en una matriz de ordenación de la sexualidad humana que
sería la entendida como natural, no marcada, mayoritaria, saludable.
En definitiva, no se puede regular con facilidad, escapa siempre de algún modo a la
norma que trató de relegarla a la enfermedad y también a aquella que, considerándola
una parte más de la sexualidad, la entiende circunscrita a determinadas situaciones
como por ejemplo al hecho de no poder mantener otro tipo de relaciones sexuales que,
en principio, serían preferibles o a determinadas etapas del desarrollo como la pubertad.
150
Una crítica a la normativización sexual
Una premisa, establecida como punto de partida y no tanto de forma axiomática, a la
hora de enfrentarnos a la propuesta de un acercamiento crítico a la normativización
sexual, sería la de desarticular a la sexualidad de la idea de naturaleza. Es decir
podríamos, como posicionamiento estratégico interpretativo, atender a ella no como
algo previo a lo social y a lo institucional sino como algo configurado a partir de todo el
entramado de normas en que devenimos sujetos desde antes de nuestro nacimiento y a
lo largo de toda la vida. Así, parafraseando el paralelismo establecido por Gayle Rubin
en su texto “El tráfico de mujeres: notas sobre la “economía política” del sexo” 318 con la
necesidad de la nutrición, entenderemos las manifestaciones sexuales como algo tan
amplio, diverso y determinado culturalmente como las distintas variantes culinarias que
pueden darse 319 . Para el pensamiento científico que desarrolla el estudio de la sexualidad
y establece categorías sexuales normales y perversas; como señala Rubin, «la
sexualidad no tiene historia ni determinantes sociales significativos» 320 . Al iniciar, por
tanto, nuestra aportación entenderemos que los deseos «se constituyen en el curso de
prácticas sociales históricamente determinadas» 321 y que la sexualidad no está
constitutivamente ligada a lo corporal como se comprendería desde una aproximación
biologicista. Cuerpos y deseos son configurados y clasificados de manera permanente
en sus encuentros sociales,
El cuerpo, el cerebro, los genitales y el lenguaje son todos necesarios p ara la
sexualidad humana, pero no determinan ni sus contenidos, ni las formas
concretas de experimentarlo, ni sus formas institucionales. Más aún, nunca
encontramos al cuerpo separado de las mediaciones que le imponen los
significados culturales (…).
Es imposible pensar con claridad sobre la política de las razas o de los géneros,
mientras los consideremos como entidades biológicas y no como construcciones
sociales. De igual modo, la sexualidad es impermeable al análisis político,
mientras se la conciba como un fenómeno biológico o como un aspecto de la
psicología del individuo. La sexualidad es tan producto humano como lo son las
dietas, los medios de transporte, los sistemas de etiqueta, las formas de trabajo,
318 G a yle Ru bi n, “ El t ráf ico de mu jer es : no tas sob re la “ eco no m ía p olí tica ” d el s ex o”, en M a rta La ma s, El
gén er o: la con st ruc ció n cul tur al de la dif ere nc ia sex ua l , M éx ic o, PU EG , 199 6, p. 44 .
319 C o mp ren de re mo s qu e l a ne ce sid ad de alim en ta rse no ma rca ría en nin gú n ca so el ti po de alim e nto qu e
se in gie re, q ue se rá di sti nto e n fu nci ón d e las d isti nta s con fi gu rac ion es c ultu ra les , e l par ale lis mo
est abl eci do por Ru bin con sis tirí a en co mp ren de r que pue de ha be r un im pu lso sexu al pe ro las form as en
que lo s d es eo s s on satis fe ch os está n m ar ca das po r los c on tex tos , p or los si ste ma s s oc ial es y po líti cos e n
los qu e v en im os al mu nd o.
320 Ga yle R ub in , “ Re fle xi on and o sob re el s ex o: not as par a u na t eo ría rad ica l d e la sexu ali dad ”, C aro l S.
Va nc e, P la ce r y pe lig ro, ex plo ra nd o l a s exu al id ad fe me nin a , M ad rid , R ev olu ci ón, 19 89 , p . 1 30 .
321 Ibí d., p. 13 1.
253
manifestaciones literarias, cinematográficas y artísticas donde encontramos la figura de
la “mujer barbuda” centrándonos, en la contemporaneidad, en la figura de la artista
estadounidense Jennifer Miller.
Partiremos pues de la idea de que las mujeres barbudas siempre se constituyen al
modo de una “otra”, en cualquier contexto expresan una peculiaridad, un motivo de
convulsión. Si utilizamos las palabras que Gloria Anzaldúa selecciona para referirse a
las personas intersexuales podemos aplicar su reflexión a la mirada sobre alguien que,
en cualquier circunstancia, manifiesta de forma muy evidente que el género no puede
dividirse en dos compartimentos estancos claramente determinados,
There was a muchacha who lived near my house. La gente del pueblo talked
about her being una de las otras , “of the Others.” They said that for six months
she was a woman who had a vagina that bled once a month, and thatfor the other
six months she was a man, had a penis and she peed standing up. They called her
half and half, mita’ y mita’ , neither one nor the other but a strange doubling, a
deviation of nature that horrified, a work of nature inverted. But there is a magic
aspect in abnormality and so-called deformity. Maimed, mad, and sexually
different people were believed to possess supernatural powers by primal
cultures’ magico-religious thinking. For them, abnormality was the price a
person had to pay for her or his inborn extraordinary gift.
There is something compelling about being both male and female, about having
an entry into both worlds. Contrary to some psychiatric tenets, half and halfs are
not suffering from a confusion of sexual identity, or even from a confusion of
gender. What we are suffering from is an absolute despot duality that says we
are able to be only one or the other. It claims that human nature is limited and
cannot evolve into something better. But I, like other queer people, am two in
one body, both male and female. I am the embodiment of the hieros gamos: the
coming together of opposite qualities within 594 .
594 G lo ria A nza ld úa, Bo rd erl an d / L a F ro nte ra . Th e N ew M es tiza , o p. cit ., p. 41 . E n m i pr op ia t rad uc ció n:
Ha bía un a m uc ha ch a qu e v iv ía c erc a d e m i ca sa. La ge nte de l pu eb lo dec ía que ell a e ra u na de las otr as ,
“de l as O tra s”. D ec ían q ue d ura nt e s eis m es es e ra un a mu je r, qu e t en ía un a va gin a y qu e san gr aba u na v ez
al m es , y du ra nte lo s o tro s s eis m ese s e lla era u n h om br e, ten ía u n pen e y o rin ab a d e p ie. La ll am ab an
mit ad y mitad , mit a’ y mi ta’ , ni lo uno ni lo otro sino una ext rañ a du pli cid ad , una de svi ac ión de la
nat ura lez a qu e h orr ori zab a, u n tr aba jo i nv ert ido de la nat ura lez a. P ero hay un a sp ect o m ág ico e n la
ano rm al ida d y en la lla ma da de for mi da d. E l p en sa mi ent o m ág ico -rel igi oso de la s c ult ura s p ri mi tiv as
con sid er ab a que las per son as muti lad as , loca s, y aqu el las con ca rac ter ísti cas sexu al es dif er ent es po seí an
pod er es sobr ena tu rale s. Para e sta s, la an orm a lida d era e l precio q ue u na pe rso na d eb ía paga r p or es e
ext rao rd ina rio re ga lo i nn ato .
Ha y a lgo ev id ent e a cer ca de l se r m as cu lin o y fe me nin o a u n m ism o tie mp o, ac erc a d e te ne r e ntr ad a en
am bo s mun dos . Con tra dic ien do algun as doc tri nas psiqu iát ric as, los mitad y m it ad no sufr en de u na
con fu sió n de su ide nti dad sex ual , o de un a co nfu ns ión de gé ne ro. Lo q ue está n suf rie nd o es de una
abs olu ta me nte de sp óti ca d ua lid ad qu e d ice qu e so lo po de mo s te ne r un o u ot ro. El lo e vid en cia qu e l a
nat ura lez a hu ma na está l im itad a y no pued e ev olu ci ona r a alg o me jor . Per o yo, del mi sm o mo do que o tra
gen te q ue er s oy d os en u n s olo cue rp o, a mb os m as cu lin o y f em en ino . So y la i nc orp or aci ón d el h ier os
gamos : la un ió n e n u na so la de la s c ual ida de s o pu est as.
254
El elemento que podemos subrayar en este fragmento sería aquel que hace referencia
a cómo es la despótica dualidad la que impone el sufrimiento y no tanto las
características físicas concretas que presenta un individuo. Las corporalidades
singulares ponen de manifiesto que ese binarismo impuesto sobre los cuerpos no
consiste en una relación descriptiva neutra y aparentemente inofensiva de aquellos
elementos en los que pueda consistir una configuración corporal concreta, sino que es
una efectiva herramienta de clasificación, modificación, remodelación de lo humano
que se impone, con la violencia que sea precisa, sobre todos y cada uno de los cuerpos.
Como señala Cheryl Chase,
La insistencia en dos sexos claramente discernibles tiene desastrosas
consecuencias personales para los muchos individuos que llegan al mundo con
una anatomía sexual que no puede ser fácilmente identificada como de varón o
de mujer 595 .
En realidad, podríamos entender que tiene desastrosas consecuencias en sí, puesto
que la diferencia sexual se impone de forma obligatoria como régimen de ordenación de
los individuos. El proceso de devenir vital tiene como uno de los ejes de emergencia,
para cualquier ser humano, el desarrollo de una conformidad con las expectativas
contextuales que no vulnere los cánones o que si lo hace, no traspase una línea que haga
que cualquiera pueda exigir esa conformidad a través de una conducta violenta
individual o de la violencia institucional. Las instituciones fuerzan a la coherencia con
el canon y, como señalábamos con anterioridad, cualquier individuo en un momento
determinado –y por el simple hecho de participar de una sociedad– puede arrogarse la
autoridad de identificar, juzgar, valorar, aquellos elementos que salen fuera de la norma
y desarrollar una serie de comportamientos encaminados a su corrección. Pero en
definitiva, lo que podemos vislumbrar con cierta claridad es cómo para ciertas personas
que no logran insertarse en la norma, que performan sus géneros bajo las nociones de la
mezcla, del cruce, que se niegan a sufrir una mutilación o una violación desde la
infancia, que se resisten a someterse a un adiestramiento en lo hegemónico, ello puede
tener no ya solo consecuencias desastrosas, sino que puede suponer, además, la
posibilidad o no de continuar teniendo una vida, entendido esto en un sentido literal.
La Real Aca de mi a Esp año la defin e la hiero ga mia com o: En algu nas mito log ías , unió n sexu al entre
div ini da des . E n Di cci on ari o d e l a Re al Ac ade m ia Esp añ ol a, ve rsió n on lin e: w w w .rae .e s
595 Ch er yl Ch ase , “ H erm af ro dit as con a cti tud : c art og raf ian do la em er ge nc ia d el ac tiv ism o po líti co
inte rs exu al ”, e n G ru po de T rab ajo Q ue er (eds. ), El eje de l m al es he ter ose xu al. Fi gu rac io nes ,
mo vim ie nto s y p rá ctic as fe min is tas qu ee r , M ad rid , T raf ica nte s d e sue ño s, 200 5, p. 87 .
255
Todo ello porque, como señala Elvira Burgos Díaz,
La identidad de género es, por tanto, prescriptiva, normativa, no es el resultado
de una simple y mera descripción. Esas normas de género prescriben la
coherencia y estabilidad de la identidad de género; producen lo femenino y lo
masculino en oposición y designan la heterosexualidad del deseo, al tiempo que
construyen la idea de sexo verdadero. Estas prácticas reguladoras del género
rechazan a la vez la existencia de identidades donde no hay correspondencia
entre el sexo, el género y el deseo. Las identidades incoherentes aparecen
señaladas como fallos del proceso de desarrollo 596 .
Pero al mismo tiempo en que dichas identidades son consideradas como fallos, en
que el contexto exige una identificación menos confusa y pide una coherencia entre las
variables para que se dote al individuo de una inteligibilidad; esta misma dificultad para
ser leídas de una forma supuestamente coherente y con claridad otorga a su aparición en
el ámbito de lo público una fuerza, una productividad especial. Según la perspectiva de
Judith Butler, subrayada por Elvira Burgos,
el que se den esas identidades indica la posibilidad de que las normas de género
sean desordenadas, subvertidas, trastocadas, y desde dentro de ese marco mismo
de inteligibilidad del género, el cual puede ser así abierto en nuevas
orientaciones de género 597 .
Se trataría por tanto de un desorden de la norma de género desde el propio género,
una apertura, un forzar la posibilidad de ser inteligido que diese cabida a un mayor
despliegue de propuestas identitarias. Consistiría en un «quebrar desde dentro las
directrices dictadas por la metafísica de la presencia desmantelando su valor de
verdad» 598 . Y de este modo, y avanzando un paso más allá, si la identidad normativa «se
constituye performativamente por las mismas «expresiones» que según se dice, son sus
resultados» 599 , ello nos llevaría a deducir que otras configuraciones menos “coherentes”
podrían constituir del mismo modo una alteración de la norma y una nueva posibilidad
de performar, menos restrictiva.
Todo ello guardaría relación con la teoría de la performatividad de Butler, dando
cuenta de la concepción y la configuración de lo humano a lo largo de un proceso que
no trae consigo la consecución de ninguna soberanía sino más bien, como señalábamos
596 E lv ira Bu rgo s D ía z, Q ué cu ent a c om o u na vid a. L a p reg un ta p or la li be rta d en Ju dit h B utl er , op . ci t.,
p. 1 47 .
597 Ibí d., p. 14 7.
598 Ibí d., p. 14 9.
599 Ibí d., p. 15 0. To mo la ci ta del te xto d e E lv ira Bu rg os en lu gar de re m itir me al de Ju dit h B u tler , El
gén er o en disp uta , p. 58, ya que en este prime ro hay una pequ eñ a mod if ica ció n con respe ct o a l a
trad uc ció n al cas tel lan o.
256
una precariedad constitutiva y un estar siempre en algún lugar dentro de un devenir que
es continuo. Una idea fundamental en la teoría de la performatividad de Butler sería que
no hay un original que se pueda comprender como previo al género. La constitución del
género se basa en una repetición que toma como modelo otras repeticiones, todas ellas
con fisuras. En el caso de ciertas repeticiones subversivas, lo que se logra es «revelar
que no hay identidad de género original» 600 y, relacionado con este hecho, a través de
ellas «se efectúa un desmantelamiento de la relación entre original y copia» 601 .
Atendiendo de nuevo a las palabras de Cheryl Chase y tratando de profundizar en la
noción de hibridación, de no separación entre las categorías, ella señala cómo,
Nosotras ponemos en cuestión la asumida relación entre géneros y cuerpos y
demostramos cómo algunos cuerpos no encajan fácilmente en las dicotomías
varón/mujer. Nosotras encarnamos visceralmente la verdad de la afirmación de
Judith Butler de que el «sexo», el concepto que logra la materialización y
naturalización de las diferencias culturalmente construidas y atravesadas de
poder, ha sido de hecho «género todo el tiempo» 602 .
El de la autora es un discurso de gran fuerza, encarnado visceralmente, del mismo
modo en que identifica que están encarnadas las palabras de Butler en su cuerpo. Y
resulta especialmente relevante esta cuestión que enlazaríamos con aquello que ella
misma nos dice con anterioridad en ese mismo texto, cuando hace referencia a un
«investir mi vida» 603 , a un dotar a su propia vida de un sentido que ella denomina de
autenticidad y a un camino a recorrer que, tal y como subraya, supone un arduo proceso
de empoderamiento desde el sufrimiento,
he visto esta experiencia de desplazamiento desde el dolor hacia el
empoderamiento personal descrita por otros activistas intersexuales y
transexuales 604 .
Es a través de este proceso de empoderamiento como logra dotar de una
inteligibilidad necesaria a su existencia, de un modo que no requiera de la aquiescencia,
sino de un núcleo de apoyo, para considerar su posibilidad de vida. Para Mari Luz
Esteban, como señala al final de su libro Antropologías del cuerpo , «todo
600 Ibí d., p. 15 1.
601 Ibí d., p. 15 3.
602 Ch er yl Ch ase , “ H erm af ro dit as con a cti tud : c ar tog raf ian do la em e rge nc ia de l ac tiv ism o po lít ico
inte rs exu al ”, e n G ru po de T rab ajo Q ue er (eds. ), El eje de l m al es he ter ose xu al. Fi gu rac io nes ,
mo vim ie nto s y p rá cti ca s fem in ist as q ue er , o p. c it., p . 10 5. Ell a to ma los térm in os bu tler ian os de J u di th
Bu tle r, E l g én er o e n d isp ut a .
603 Ibí d., p. 95 .
604 Ibí d., p. 95 .
257
«empoderamiento» social implica un «empoderamiento» corporal» 605 . En el caso de
Cheryl Chase, nos atreveríamos a señalar que ello incluye el desarrollo de un marco
conceptual complejo como elemento que se nos revela elemental para poder decirse,
para poder insertar la propia vida, el proceso personal de devenir encarnado, en un lugar
donde las posibilidades de vida no estén mutiladas desde el inicio: «No tenía un marco
conceptual para desarrollar una autoconciencia más positiva» 606 . De esta forma
comprendemos que la articulación del marco, que forma parte como ya antes
apuntábamos con Butler, del propio cuerpo, de la lectura del mismo en el contexto en
que nace y se encuentra inserto, es un paso que tiene la potencialidad de abrir, de
expandir, todas las posibilidades de vida y no solo las de ciertas personas, aunque en ese
caso sea un aspecto prioritario.
Del mismo modo, al referirnos a esa noción de lo trans que apuntábamos al inicio,
hemos de comprender que el desplazamiento en el continuo de género, la movilidad, la
posibilidad de que el género que no nos es asignado desde el inicio sea performado o
sea parodiado, es indicativa de que es posible cuestionar, abrir, desmantelar esa noción
tal y como la conocemos, o más bien, tal y como nos es impuesta de manera
hegemónica. Para Elvira Burgos,
Los géneros, son consecuencias complejas de unos procesos imitativos
contingentes que no se hallan sustentados en la existencia de un modelo original.
Es la acción imitativa la que provoca el efecto de la noción de original 607 .
De este modo, en el proceso de desarrollo de un taller drag king , o cuando se
propone una imitación paródica del género, no hace sino ponerse de manifiesto que la
noción que tenemos de lo que significa lo original al respecto del género se construye
precisamente en el momento de la imitación y a ello no tiene por qué subyacer una
configuración corporal concreta. Se trataría más bien de performar de forma apropiada.
Así, «Parodia y drag , al mostrar cómo la constitución del sujeto es inestable y
vulnerable, son tácticas de resistencia a la creencia en certezas ontológicas y
605 Mari Lu z Esteb an, A ntr op olo gí a d el cu erp o. G én ero , i tin era rio s c or po ral es , id en tid ad y cam bio ,
Ba rce lon a, Ed ici on s B el late rra , 2 00 4, p. 25 0.
606 Ch er yl Ch ase , “ H erm af ro dit as con a cti tud : c ar tog raf ian do la e me rge nc ia de l a ctiv ism o po lít ico
inte rs exu al ”, e n G ru po de T rab ajo Q ue er (eds. ), El eje de l m al es he ter ose xu al. Fi gu rac io nes ,
mo vim ie nto s y p rác tic as fem in ist as qu eer , o p. cit., p. 93 .
607 E lv ira Bu rgo s D ía z, Q ué cu ent a c om o u na vid a. L a p reg un ta por la l ibe rta d e n Ju di th B utl er , op . ci t.,
p. 1 97 .
258
epistemológicas» 608 y, en cualquier caso, permiten, con la exhibición de un género más
o menos canónico, vulnerar la matriz en la que se insertan los distintos cuerpos,
abriendo sus límites y difuminándolos. De este modo podemos comprender que la
performatividad de género de las mujeres barbudas tiene el mismo carácter de
“original” que la de cualquier otra persona, independientemente de lo canónica que
pueda mostrarse su exposición particular de género en el ámbito de lo social.
Judith Halberstam en su texto, Masculinidad femenina , traza una línea en que la
masculinidad tal y como se entiende en la actualidad no necesariamente ha de depender
de la producción de un prototipo previo que sea masculino, sino que, desde su punto de
vista y de hecho, presupone un modelo construido sobre la exclusión de aquella
masculinidad performada por personas no comprendidas socialmente como hombres.
Así, atiende a cómo,
Si los modelos de la masculinidad que utilizamos hoy en día para vincular la
masculinidad a los hombres ya dependían de una producción previa de
masculinidad elaborada tanto por mujeres como por hombres, entonces debemos
dar cuenta de cómo esta masculinidad femenina ha sido omitida y excluida
deliberadamente de las teorías contemporáneas de la masculinidad 609 .
Halberstam no se centra en las mujeres barbudas y además establece con mayor o
menor intensidad una distinción entre aquellos ejemplos que presentaban algún tipo de
inconformismo sexual y aquellos en que solo se producía un rechazo a someterse a los
dictados de una feminidad canónica pero que mantenían relaciones heterosexuales.
Como venimos apuntando, no es nuestra intención señalar distinciones en las
agrupaciones de colectivos pero sí, subrayar, con la autora, que «la variación de género
se mide con el cuerpo» 610 y que justamente esa medida de la masculinidad queda
alterada con la corporalidad de muchas de estas mujeres cuya feminidad supone una
quiebra del estándar prototípico 611 . Es decir, el modelo de masculinidad no remite a un
original previo, ni siquiera a un modelo anterior canónico, sino que está sustentado
sobre una multitud de manifestaciones cuyo origen se recorta, se perfila, se elige, para
dar lugar a un producto que pueda comprenderse como arquetipo original.
608 Ibí d., p. 12 5.
609 Ju dith H al ber sta m, M as cu lin ida d f em en ina , M ad rid , E ga les , 2 00 8, p. 68 .
610 Ibí d., p. 82 .
611 Ba ste reco rd ar, co mo reite ra rem os con ma yo r pro fu ndi da d má s adel an te, có mo Clé me nti ne D el a it
log ró una au to riz aci ón mi nis ter ial pa ra v es tir d e h om b re e n u n mo me nto e n q ue dic ha co nd uct a e sta ba
pen ad a e n mu jer es, po r p er ten ec er a l C lu b c icl ist a d e T ha on L es Vo sg es y p os eer un a b ar ba .
259
Si retomamos la figura de la drag king al atender a lo trans y a la llamada de atención
sobre lo normativo y a un tiempo artificial del género, la autora señala cómo, «es la
exposición de la teatralidad de la masculinidad lo que constituye el centro de su
actuación» 612 . Lo masculino y lo femenino se configuran como expresiones teatralizadas
de forma constante y la parodia que la drag king desarrolla pone de manifiesto este
hecho, es decir, que cualquiera de las expresiones que podamos comprender como de
hombre o de mujer serán interpretaciones no menos “naturales” que otras que impliquen
una duda, una vacilación en la certeza del género. Para ella,
el desafío de la performance drag king es mostrar el artificio de la masculinidad
dominante; esto se logra, a menudo, poniendo de relieve los trucos y los
elementos del sexismo en que se basa la masculinidad de los hombres 613 .
De nuevo no constituye nuestro propósito, en este trabajo, recoger de forma
exhaustiva las distintas formas de cuestionamiento de los cánones del género sino más
bien entender a estas como un amplio espectro cuya puesta de manifiesto indica que no
se puede defender, sino a través de la imposición férrea y violenta, una continuidad
clara entre sexo y género y tampoco un modelo canónico de performatividad de los
géneros puesto que ninguna de sus manifestaciones remite a un posible original previo y
cada una de ellas puede constituir a su vez el modelo que se establezca como punto de
partida, siempre con fisuras, de una multitud de posibilidades.
Si comprendemos unas nociones de sexualidad, sexo, género no binarias –que no han
de presentar una correspondencia concreta entre ellas o una supuesta coherencia–, que
se encuentran siempre en algún momento de su devenir y que, en cualquier caso,
albergan las características de lo híbrido, la mezcla, lo trans y lo provisional –
independientemente de lo prolongado de dicha provisionalidad– el proceso de
“encarnación” de las singularidades que constituyen el complejo, variado y heterogéneo
grupo de las “mujeres barbudas” puede arrojar alguna luz sobre cómo sus diversas
configuraciones corporales acarrean una performatividad de género distinta, alterada y
cómo su mera presencia en el devenir histórico, sus vidas, constituyen una “táctica de
resistencia” a la norma. Y al mismo tiempo podemos compreder que transformándose
en el original, vulnerando el original, situándose en el lugar del centro y forzando esa
situación de lo nuclear, permiten desarrollarse al modo de tal original, hegemonizarse
612 Ibí d., p. 25 8.
613 Ibí d., p. 29 3.
260
para constituirse en el lugar de apoyo de aquellas corporalidades que requieren de una
inteligibilidad distinta. Por ello, en el siguiente capítulo, trataremos de rastrearlas y de
situarlas en el lugar protagonista de nuestro discurso en orden a trazar ese panorama que
señalábamos al comienzo del presente apartado.
261
IV
CUERPOS SINGULARES
262
269
Como último ejemplo ofreceremos el retrato de una dama con barba inmortalizada
por el pintor suizo Niklaus Manuel, apodado Deutsch, nacido en Berna en 1484. El
cuadro está conservado al parecer en el Museo de Arte de Basilea ( Kunstmuseum
Basel ). La mujer, que aparece acompañada de otra, muestra una prominente barba así
como un acentuado embarazo. Jean Nohain y François Caradec comentan cómo «La
Suissese à barbe, grande et forte, et certainement enceinte, tenait à la main quenouille et
fuseau» 626 . Entendemos que con esta descripción, no solo su embarazo sino su aparente
dedicación a labores destinadas a las mujeres podrían dar prueba definitiva de su
verdadera identidad de mujer a pesar de tener una barba 627 .
626 J ean No ha in, F ran ço is C ara de c, L a vi e ex em pla ire de la f em m e á ba rbe , C lém en tin e D ela it 18 65 -1 93 9,
op. c it., p . 4 9. E n mi trad uc ció n: La sui za bar bu da , g ran de y f ue rte , y c ier tam en te e mb ara za da , t ien e en la
ma no un hu so y un bo lil lo.
627 Im ag en tom a da de : ht tp: //2 5.m ed ia .tum b lr.c om /tu m blr _m 33 f7 iR bx4 1r pp l6y o1 _5 00 .jp g
270
Entre estas primeras representaciones lo que podemos destacar es una asociación
entre la barba y el poder desde el primer momento –de tal modo que la divinidad se
encuentra presente en la representación barbada de la faraona egipcia–, y a continuación
de un modo que con el paso del tiempo va integrando el extrañamiento, una sorpresa de
lo monstruoso, lo maravilloso asociado a las nuevas experiencias de viaje, de
descubrimiento de un mundo hasta el momento desconocido y un deseo de dejar
constancia, a través de lo artístico, de esa fascinación. También en el ámbito de lo
religioso encontramos referentes que se podrían integrar en nuestro recorrido.
271
Santas barbadas:
En Venus barbuda y el eslabón perdido , Pilar Pedraza recoge una serie de ejemplos
de mujeres santas que aparecen representadas con abundante vello. Entre ellas
encontramos a María Magdalena ya que, como la autora señala,
en la Edad Media nació una leyenda según la cual, durante su penitencia en
Marsella tras la Ascensión de Cristo y la dispersión de los Apóstoles, su cuerpo
desnudo se cubrió de vello como el de los santos anacoretas del desierto 628 .
Hasta la Contrarreforma católica, las representaciones que podemos encontrar de ella
la hacen aparecer con todo el cuerpo lleno de vello, generándose alguna confusión con
María Egipcíaca, cuya leyenda la sitúa retirada en el desierto, «Se la representó con
largos cabellos blancos cubriendo su cuerpo oscuro, requemado por el sol, o envuelta en
carrizos o pieles, siempre con un aspecto añoso e hirsuto» 629 .
Pero en cualquier caso, para ambas santas las referencias son en general a todo el
cuerpo y no tanto a la barba. Hay un caso excepcional en el que sí encontramos la barba,
es el de la santa Wilgefortis o Librada en el caso español, «aceptada en el Martirologio
Romano en 1583 y descanonizada en 1969» 630 . Se han dado muchos nombres a la
misma, en el texto Female crucifix: images of St. Wilgefortis Since the Middle Ages , Ilse
E. Friesen, enuncia algunos de ellos en un capítulo introductorio,
Since the Middle Ages this crucified saint has been known by various names,
including Wilgefortis (possibly derived from virgo fortis , or alternatively hilge
vratz , or holy face), as well as Uncumber, Ontcommer, Kümmernis and
Liberata. All of these names suggest the ability of this “strong virgin” to liberate
those in bondage and grief (Kummer). The popular culto of this misterious saint
at one point nearly rivalled that of the Virgin Mary, but ever since the
Reformation, and particularly since the Enlightenment, her veneration has been
criticized and discourage by the Catholic Church. In parts of Central Europe, her
votive paintings were deliberately destroyed, wall paintings which portrayed her
were whitewashed and statues and oil paintings came to confined to church
attics or storage rooms or were simply left to deteriorate in monastery vaults.
Images of this bearded female saint, who was typically depicted being crucified
upon a cross, were frequently dismissed by the official Church as a grotesque
and bizarre aberration of the veneration of the crucified Christ 631 .
628 Pil ar Pe dra za , V en us ba rb uda y el esl ab ón pe rd ido , op . cit., p. 24.
629 Ibí d., p. 25 .
630 Ibí d., p. 28 .
631 Ils e E. Fr ies en , The fem ale cruc ifix : Im ag es of St . Wil gef or tis Si nce the M idd le Ag es , W ilf red Lau rie r
Un ive rsi ty P re ss, W at erl oo , 2 00 1, p . 1 . E n m i pr op ia t rad uc ció n: D es de la E da d M e dia e sta s an ta
cru cif ica da ha s ido co no cid a p or v ar ios nom b res , in clu ye nd o W ilg ef ort is (d er iva do pos ib lem en te d e vir go
272
La historia de esta santa es la de una muchacha de origen portugués cuyo padre
pretendía casarla con el rey de Sicilia. Ella rogó que le creciese barba para librarse de su
destino y su padre, ante su obstinada negativa, la mandó crucificar. Para Pilar Pedraza
esta figura es «más tardía, apócrifa y falsa» 632 , pero el caso es que persisten
representaciones de crucifixión en las que aparece con una imagen muy similar a la de
Cristo pero con ropas de mujer. Ejemplos de ello son la que encontramos en la Capilla
de Santa Loreto de Praga, en la República Checa, que reproducimos a continuación 633 ,
for tis o d e hil ge v rat z o ca ra sa gra da ) así c om o U ncu m be r, On tc om me r, K üm m ern is y L ibe rat a. To do s
est os nomb res s ugi er en la ha bi lida d de es ta “virg en fuerte ” de lib er ar a a qu ell os que s e encue ntr an
esc lav iza do s y af ligi do s (K um me r). El cu lto p opu la r de es ta m iste rio sa sant a lleg ó a ri val iza r con el de la
Vir ge n M a ría , p ero d esd e la R e for ma , y p arti cu lar me nte d esd e l a I lu str aci ón , s u v en era ció n fue c riti cad a y
des ale nt ada po r l a I gle sia C ató lic a. E n alg un as pa rte s d e E ur op a C en tra l su s pin tur as vot iva s f ue ron
del ibe rad am en te d est rui da s, las pin tur as mu ral es qu e la r etr aba ba n fue ron e nc ala da s y la s esta tu as y ó le os
fue ro n con fin ad os a lo s átic os d e las ig les ias o a cu ar tos tr ast ero s o sim pl em en te ab and on ad as a su
det eri oro en la s c rip tas d e lo s m o na ste rio s.
La s imá ge ne s de es ta sa nta bar bud a, típic am en te re pre se nta da sien do cruc ifi cad a so bre una cru z, fu e
fre cue nt em en te rech az ad a por la I gle sia o fic ia l c om o una a be rra ció n grot esc a y b iza rra d e la v en era ció n
del C rist o c ru cif ica do .
632 Pil ar Pe dra za , V en us ba rb uda y el esl ab ón pe rd ido , op , cit., p. 28.
633 Im ag en to m ada d e: h ttp ://w w w. abs ol utp rag a. com /w p -c on ten t/u pl oad s/ 201 0/ 12 /S an -Lu ca s-o -S an ta-
Wi lge fo rtis .jp g
273
En la iglesia de Wissant, al norte de Francia, podemos encontrar otra imagen popular
de la santa barbada, crucificada también y vestida con ropas que no dejan lugar a dudas
de su identidad de mujer:
Un último ejemplo dentro de este conjunto sería el de santa Paula de Ávila, cuya
figura aparece referenciada en algunos textos del Siglo de Oro y que participa de una
historia similar a la anterior. No haremos sino una brevísima alusión a la misma, que
aparece recogida por Luciano López Gutiérrez en Portentos y prodigios del siglo de
oro ,
274
Asimismo, tal vez relacionada con la existencia de los andróginos está la
creencia de que en los distintos períodos históricos se han dado extrañas
transformaciones de sexo. Evidentemente, se creía que tal conversión podía
realizarse voluntariamente por intercesión divina, como le ocurrió a santa Paula
de Ávila, según nos recuerda Nieremberg que, como era constantemente acosada
por un desaprensivo caballero, pidió a Dios que la deformase, e inmediatamente
mutó en ser barbado, historia que parece una recreación del mito ovidiano de
Cinis, ninfa que, como no quería casarse y había sido violada por Neptuno, pidió
al dios marino que, en pago del ultraje que había recibido, la transformase en un
hombre para no sufrir nunca más semejante deshonra, solicitud que le fue
concedida por el dios del tridente 634 .
Esta historia, recogida por María Cátedra a partir de varios textos de los siglos XVI y
XVII, el de Cianca en 1595, el de el Padre Ariz en 1607 y el de Fernández de Valencia
en 1676, sería reconstruida por ella del siguiente modo:
La historia es así: una doncella labradora de la aldea de Cardeñosa, a dos leguas
de la ciudad, llamada Paula, acudía con frecuencia a la ciudad a rezar a la ermita
de San Segundo. La doncella que “assi como era hermosa en el Alma, tambien
lo era en el cuerpo” era literalmente acosada por un “cauallero” (Cianca), que
“con demasiada y torpe afición pretendía gozarla desvelandose para hablarla a
solas” y que la requiere “con palabras lascibas y amorosas. A las quales la
santa Virgen respondió varonilmente despreciando todas sus blanduras y
promesas” (Ariz). El caballero en todo caso intentó ganar su voluntad con todo
tipo de “promessas y halagos” y al no tener éxito “violentamente el onor desta
santa virgen quería quitar” (Cianca). La doncella “viniendo de ordinario de su
aldea a la ciudad” (Cianca), un día en su camino a la ermita de San Segundo
para realizar sus devociones, reconoce y es reconocida en la lejanía por el
inoportuno caballero quien en su caballo la persigue. La joven apretando el paso
entra en la ermita de San Lorenzo, “en el campo” y allí, (…) pide a Dios “le
diesse alguna fealdad en el rostro” y consigue en un instante una prodigiosa
barba “tan espessa y tan compuesta como si fuera vrón” (Cianca) con la que
despista y burla al caballero. Cuando este entra “ciego y desatinado” en el
recinto de la ermita, encuentra “sentada en vna piedra, de tal manera que
mostraua ser hombre” (Cianca) a la barbuda doncella, quien a la pregunta del
caballero, contesta que nadie más que su persona había estado allí 635 .
Pondremos el acento en esta posibilidad de transformación que caracteriza a ambas
santas y que viene determinada por la negativa a someterse a lo que se espera de ellas
como mujeres por parte de las figuras masculinas que las rodean. El único modo que
encuentran para situarse en un lugar de no subordinación es el de “afear” su cuerpo, que
en este caso supone exactamente arrebatar uno de los símbolos de la masculinidad
634 Lu cia no L óp ez Gu tié rre z, Po rte nto s y p rod ig ios de l s igl o d e o ro , M adr id, N ow tilu s, 20 12 , p . 8 6.
635 M a ría Cá te dra , “E n tre la G ra n y la Peq ue ña Tr ad ició n: Sa nta B arb ad a e n la ciu da d” , L uis Dí az G.
Via na ; Ma tild e Fe rná nd ez G ó m ez (ed s. ), En tre la pala br a y el text o: pr ob lem as en la inte rp ret ac ión de
fue nte s o ra les e scr ita s , M ad rid , C SIC , 19 97, p. 43 - 44.
275
canónica, en una metáfora que supondría un alcanzar el mismo estatus de quienes se
sitúan en una posición jerárquicamente superior a la suya. Y ello tiene como clave el
elemento concreto de la barba que, en cuanto a lo que en la actualidad podría
interpretarse como género, supone en sí la transgresión de la norma y su ubicación en
un lugar distinto, en un lugar de hombres, a pesar de que se deba, a continuación, sufrir
un castigo por la insurrección y por la transgresión cometida.
276
Margarita de Austria, Duquesa de Parma
Es reseñada en el listado ofrecido por Jean Nohain y François Caradec en la biografía
anteriormente citada. La introducción que hacen atiende a cómo en el siglo XVI, las
barbas de mujeres imponen respeto y a continuación plantean lo que sigue: «Marguerite
d’Autriche, duchesse de Parme (1522-1586), gouverna les Pays-Bas avec toute
l’autorité que lui conféraient ses poils au menton» 636 . Hay una referencia sobre
Pinacoteca Patológica donde se incluyen interpretaciones acerca de distintos cuadros y
personajes históricos que presentan aspectos concretos relacionados con anomalías
físicas, entre ellas proponen a la princesa, aludiendo a que podría presentar, aunque con
dudas, un síndrome denominado “de Albright”, caracterizado por una « pubertad
precoz, talla corta, bocio, exoftalmos hipertiroideo, tumor tiroideo y muerte
temprana» 637 . En el artículo del The New Yorker , titulado “Profiles. Lady Olga”, al que
nos remitiremos en adelante para analizar la figura de Olga Roderick, aparece una breve
referencia que dice así: «Margaret of Parma, Regent of the Netherlands from 1559 to
1567, had a “coarse, bushy beard”. She was proud of it, believing it gave her a regal
appearance, and she required court physician to mix tonics for it» 638 . Incluimos su figura
aunque no hemos obtenido imágenes u otros datos relacionados con esta caracterísca
física, exceptuando el grabado que aportan como ejemplo. Lo adjuntamos como
curiosidad,
636 J ean No ha in, F ran ço is C ara de c, L a vi e ex em pla ire de la f em m e á ba rbe , Cl ém en tin e De la it 18 65 - 1939 ,
op. cit., p. 5 4.
637 htt p:/ /w ww .c on gan at .or g/1 0c on gre so /D esc an so/ Pin ac ote ca /Pi na cot ec a.a sp
638 Rob er t M itc he ll, “Pro fi les . L ad y O lg a” , T he N ew Y or ker , A u gu st, 03, 1940 , p . 2 4. E n m i tradu cc ión :
Ma rg ari ta d e Pa rm a, reg en te de los P aís es ba jos d esd e 1 55 9 a 1 56 7, tuv o una “ tos ca y pob l ad a b ar ba ”.
Est ab a org ul los a de ella, crey en do que le oto rg aba un as pe cto rea l, y req ue ría a los m éd ico s de la cor te
par a q ue m ezc la ran tó nic os pa ra ell a.
277
Margret Halseber
Aparece en una pintura titulada Retrato de Margret Halseber de Basilea , “La dama
con las dos barbas” . Hay diversas informaciones al respecto del pintor, Nohain y
Caradec atribuyen la obra a Antonio Moor, nacido en Utrecht en 1512 y fallecido en
Amberes en 1568 639 , aunque en la página web denominada “wikigallery” se concede su
autoría a Willem Adriaensz Key, nacido en Breda en 1515 y fallecido en Amberes en
1568 640 . No dilucidaremos en torno a esta cuestión, aunque podemos situar el retrato en
la primera mitad del siglo XVI, junto con el resto de ejemplos que proponíamos con
anterioridad.
639 J ean No ha in, F ran ço is C ara de c, L a vi e ex em pla ire de la f em m e á ba rbe , Cl ém en tin e De la it 18 65 - 1939 ,
op. cit., p. 5 3.
640 htt p:/ /w ww .w ik iga lle ry. org /w ik i/pa in tin g_3 92 02 7/ Wi lle m -A dr iae ns z-K e y/A -P or tra it- Of -M a rgr et -
Ha lse be r- Of -B as el, -% 27 Th e-L ad y- W ith -Th e- Tw o- Be ard s% 2 7
278
Helena Antonia
En este primer retrato anónimo de 1595 procedente de Graz, titulado: Portret Heleny
Antonii Galeckha z Liège ( Retrato de Helena Antonia Galecka de Lieja ) y conservado
en el Museo Nacional Bávaro 641 , vemos a una joven y apenas barbuda Helena.
Retratos más tardíos permiten observar una larga barba, que con el tiempo y las
imágenes llega a prolongarse hasta casi la cintura. El siguiente retrato, también anónimo
y procedente de Silesia, se titula Retrato de una barbuda Helena Antonia de Lieja , es
conservado en el Museo Nacional de Breslavia y está fechado con posterioridad a 1631.
641 Im ag en tom a da de : ht tp: //w w w.b ay er isc hes - nat ion alm u seu m .de /pr es se/ kun st kam m er /ind ex .h tm
285
Antonietta (Tognina o Tonetta) Gonsalvus / Antonia González
Una figura que aparece en todos los registros bibliográficos que abordan la cuestión
de la pilosidad es la de Petrus Gonzales (también conocido como Pedro González o
Petrus Gonsalvus), un hombre de las Islas Canarias cuyo rostro y cuerpo estaban
completamente cubiertos de vello. Según es señalado por Jean Bodeson, fue llevado a
París por orden de Enrique II de Francia, pasando a pertenecer a la corte. En 1573
obtuvo un permiso para contraer matrimonio con una joven francesa con la que, al cabo
de un tiempo, llegó a tener al menos un hijo y tres hijas, entre las cuales se encontraba
Antonia, cuya fecha de nacimiento podemos situar en torno a 1581. Ella ha sido el
miembro más conocido de entre la descendencia de Petrus, quizá debido al retrato
conservado y expuesto en el castillo de Blois, cuya ejecución se atribuye a Lavinia
Fontana en torno a 1593 653 , en el que podemos observar a Antonietta sosteniendo un
documento escrito entre sus manos 654 . A pesar de que generalmente fue representada así
como exhibida en compañía del resto de su familia, en esta pintura podemos atender a
sus peculiares características que, si bien no la sitúan en el grupo en concreto de lo que
podríamos considerar “mujeres barbudas”, sí transforman su imagen en algo inquietante
que cuestiona el canon de lo que consideraríamos “lo normal”. Ofrecemos a
continuación una descripción de la pintura:
Uno de los retratos más hermosos es el de la niña Tonetta, Antonietta Gonsalvus ,
obra de la pintora boloñesa Lavinia Fontana (1552-1614). En él, el refinamiento
pomposo del atuendo cortesano, lejos de resultar disonante, armoniza con el
espeso y bien cuidado vello rubio que cubre el lindo rostro de la muchacha. Es
una obra cuyo fuerte sabor manierista se debe a la utilización preciosista y
653 Ha y algu nas d isc re pan ci as en cuan to a la f ec ha, a pa rec ien do d ife ren te s d at os en fun ció n de la f uen te
con su lta da. No es n ue str o pr op ós ito e l di luc id ar e ste apa rta do aqu í p ero señ al are mo s a lgu na s de ell as. En
alg un os d oc um en to s co m o la re pro du cc ió n q ue se ha ce en el cat álo go de la exp os ici ón de sar rol lad a e n e l
año 2004, El salva je e ur ope o , se fech a la pintu ra e n el año 1 58 3, a un qu e si situa m os el nac im ien to de l a
niñ a e n to rn o a 1 58 1 o in clu so con po st erio rid ad , d ebe m os f ec har , co m o se ña la P ila r P e dr az a en V enu s
bar bu da y el es lab ón pe rd ido , en 15 93 . L a prim era da ta ció n l a e nc on tra mo s e n Roge r B ar tra y Pilar
Ped ra za, El salv aj e eur op eo , Cen tro de Cu ltu ra Co nt em po rán ea de Ba rce lon a, B arc elo na , 200 2, pp . 122 -
123 , la se gu nd a re fe ren cia en Pi lar Ped raz a , V en us b ar bu da y e l es lab ón pe rdi do , o p. c it. , p . 3 5. E s c ier to
que J ean B o des on , h ac e refer en cia a l h ec ho de que Tog nin a pue da ser la m ay or d e l as hija s d e la f am ilia
Go nz ale s, sit ua nd o su n aci mi ent o en t orn o a 1 575 . N o po de mo s ob ten er a cla rac ión al re s pe cto , au nq ue
cab e l a p os ibi lid ad de q ue no to da s l as imág en es qu e s e p re ten de re pre se nta n a e sta ni ña sean la s d e e lla ,
alg un as pod ría n atri bu irse a la figu ra de sus h erm a nas posi ble me nte men ore s. Est a últim a r efe ren ci a, en
Jea n Bo de so n, T he T wo Hea de d Bo y an d O the r M edi ca l Ma rve ls , New Yo rk , Co rne ll U niv ers ity Pre ss,
2004., p. 10.
654 To ma da de h ttp ://w w w. cha te aud eb loi s.f r/? Pre se nta tio n - du -m us ee -d es- Be au x& lan g= fr
286
ultracivilizada de los rasgos del salvajismo. De Tonetta sabemos que venía de
una familia de origen canario tocada por la hipertricosis 655 .
Así pues, a pesar de que no podemos asegurar que en todas las imágenes sea
Antonietta quien aparece representada, sí es cierto que su nombre ha sido el más
destacado de los que han permanecido en los documentos que hemos podido consultar.
Jean Bodeson alude a ella del siguiente modo, haciendo un recorrido por las distintas
imágenes que se conservan:
Another remarkable memorial of the Gonzales family is an engraving of the
Medusa-like head of a hairy young girl, by the artist and engraver Giacomo
Franco. The caption states that this the portrait of Tognina, the young daughter
of the hairy man from the Canary Islands. Her brother, who was just as hairy as
herself, was given as a present to Signor Farnesi, a wealthy nobleman. Tognina
herself resided at the ducal court of Parma 656 .
655 Ro ge r B ar tra y P ila r P ed ra za, E l s alv aje eu ro pe o , op . cit., p. 13 1.
656 Jean Bode son , The Two H e ade d Boy a nd Othe r Medi ca l Marv els , op. cit., p. 1 0. En mi prop ia
trad uc ció n: O tro rec ue rdo d es tac ab le de l a fam il ia Go nz ale s es u n gr aba do d e la c abe za s im ila r a l a de
Me du sa d e un a jov en n iñ a pe lud a, p or el a rtis ta y g rab ad or G iac om o F ran co . La l eye nd a s eña la q ue e se es
el re tra to de To gn ina , la jo ve n hi ja d el ho m bre vel lud o d e las Isla s Ca na ria s. S u he rm an o, q ue e ra pe lu do
com o ell a, fue re ga lad o a l S eñ or Fa rne se , u n r ico no bl e. T o gni na re sid ió en la cor te du cal de Pa rm a.
287
Aunque no hay ninguna certeza al respecto, por la descripción, el texto podría hacer
referencia a la imagen que sigue 657 :
Del mismo modo, podemos encontrarla representada, así como sucede con el resto de
miembros de la familia, como ilustración en la edición de 1642 de la Monstrorum
Historia de Ulises Aldrovandi 658 .
657 To ma m os las im ág en es de E dga r d B er illo n, “L es F em m es à b arb e: E tud e p sy ch olo gi qu e e t
soc iol og iqu e” , Re vu e de L’H yp no tis me et de la Ps ich ol og ie P hys iol og iqu e , 19 ann ée, nº 2, aoû t 19 04 , p.
44.
658 Ibí d., pp . 4 2- 43 .
288
Jean Bodeson recoge información de este mismo texto de Aldrovandi dando cuenta
de alguno de los datos biográficos que, al respecto de Tognina, se ofrecen en él:
A note in Ulysses Aldrovandi’s Historia Monstrorum revealed that Tognina later
married during her stay at Farnesi’s court in Parma, and that she lived there for
many years and had several children of her own, at least some of whom were as
hairy as herself 659 .
Por último encontramos este retrato conservado en el Kunsthistorisches Museum de
Viena, entre la colección del Castillo de Ambras. Encontramos la imagen en una postal
titulada en inglés Madleine the daughter of Petrus Gonsalvus the "Hairy Man" 660 . Es
curiosa la referencia al nombre de la niña, que podría tratarse de una hermana de
Tognina o bien de ella misma, en cualquier caso la pintura es anónima y está datada en
1580. Adjuntamos la imagen a continuación:
659 Jean Bode son , The Two H e ade d Boy a nd Othe r Medi ca l Marv els , op. cit., p. 1 0. En mi prop ia
trad uc ció n: U n a no ta en la H is tor ia M on str or um de U ly sse s A ldr ov and i, re ve la qu e T og nin a co ntr ajo
ma trim o nio d ur ant e su e sta nci a en la c or te de lo s Fa rn ese e n Pa rm a, y q ue vi vió a llí d ura nt e mu ch os añ os ,
dan do a luz a va rio s h ijo s d e l os cu ale s a lg un os era n t an ve llu do s c om o e lla .
660 http s: //sh op .kh m .at /en /pr od uct s/p ro duc t -de tai ls/ ?sh op [sh ow It em ]=1 00 00 00 00 02 73 00 - 0043 -
0&cHash=0882db63638ba019862f2ac8190ebf2c
289
En el mismo museo encontraríamos la siguiente imagen de autoría desconocida y
titulada en alemán: Die Tochter des "rauch Mann aus München" 661 :
Antonietta Gonsalvus, tal y como hemos venido observando desde el inicio de este
apartado, no pertenecería exactamente a la categoría de mujeres barbudas si
interpretamos esta en un sentido estricto. Ahora bien, su corporalidad, especialmente
singular, sí nos confronta, de un modo similar al que vemos con otros cuerpos
singulares, con la dificultad a la hora de establecer categorías férreas que permitan
clasificar lo humano dentro de parámetros claramente delimitados. Como sucederá en el
caso que presentaremos a continuación, el de Barbara Urslerin, el vello sitúa a estas
mujeres fuera del ámbito de lo definido sin dudas como lo humano. Y ello, afecta sus
vidas en un sentido cuya dirección no seríamos capaces de anticipar. Podremos observar
cómo, con el paso del tiempo, la fascinación que lleva a estas personas a “pertenecer”,
en un sentido de posesión, a distintas cortes europeas o al ámbito del espectáculo, se va
661 Im ag en tom a da de : ht tp: //b ild dat en ban k. kh m.a t/v iew A rte fa ct? id= 43 99
290
transformando en una atención médica que busca desvelar aquellas que considera
causas últimas de la mutación genética que hace que un cuerpo alcance una determinada
configuración. Es, por tanto, una curiosidad que se va metamorfoseando a lo largo del
tiempo, una atracción cuyos términos cambian. Y ello es lo que podemos percibir como
línea que traza la atención a estos individuos.
291
Brígida del Río, “La barbuda de Peñaranda”.
La imagen de esta mujer barbuda del siglo XVI hace referencia a un cuadro de 1590
del pintor toledano Juan Sánchez Cotán que se exhibe en el Museo del Prado 662 ,
662 htt p:/ /w ww .m us eo de lpr ado .e s/im a gen /a lta_ re sol uc ion /P0 32 22 .jp g
292
En el retrato podemos observar cómo en la parte superior izquierda se presenta a
Brígida del Río a la edad de cincuenta años. Aunque no hay muchas noticias de esta
mujer barbuda, aparece en la nómina que José Moreno Villa propone en su e studio
titulado Locos, enanos, negros y niños palaciegos: gente de placer que tuvieron los
Austrias en la Corte española desde 1563 a 1700 . Allí solo se da cuenta de la fecha de
ejecución de la pintura, que señalábamos con anterioridad, y del nombre de ella,
calificándola a continuación como «Fenómeno» 663 . Más adelante ofrece algún otro dato
en una relación de acontecimientos biográficos que propone para cada uno de los
personajes que recoge en su libro y es entonces cuando encontramos la breve referencia
que transcribimos a continuación,
Se llamaba Brígida del Río y se exhibía en Madrid el año citado (Justi). En los
papeles de Palacio no se registra su nombre más que al citar su retrato en un
Inventario de El Pardo de los años 1614 y 1617. ( Oficios , leg. 26) 664 .
A pesar de que no se ofrecen muchos más datos y de que el texto está dirigido a
ofrecer ejemplos en general de todas aquellas personas cuya singularidad supuso que
fuesen “coleccionadas” en la corte de los Austrias. Como señala el autor, «se trata de
disponer al lector para recibir el primer Catálogo de todos los hombres de placer » 665 . Es
factible suponer que Brígida, debido a su peculiaridad física, así como en función de
que fuese retratada, se encontrase entre esos “personajes” trabajando en el servicio
doméstico, tal y como imponía el gusto de la época.
Pilar Pedraza se hace eco de la fama de Brígida «Se la menciona en El donado
hablador y en otras fuentes documentales de la época» 666 y recoge en otras fuentes datos
como que «En Valencia, cobró doce reales por dejarse ver» 667 . Aparece nombrada en un
entremés de Agustín Moreto, en concreto en El entremés de la bota de 1663, en el que
uno de los personajes, disfrazado de mujer se ve inmerso en el siguiente diálogo:
663 José Mor eno Villa, Loco s, enan os , negro s y n iño s palac ieg os : gente de place r que tuvier on l os
Au str ias en la C ort e e spa ño la de sd e 1 56 3 a 17 00 , La C asa d e E sp añ a e n M é xic o, M éxi co , 19 39 , p . 4 6.
664 Ibí d., p. 75 .
665 Ibí d., p. 15 .
666 P ila r Ped ra za, Ve nu s bar bu da y el es lab ón per did o, op. ci t., p. 33. H ac e ref er enc ia e n no ta al pie a la
nov el a e scr ita po r Jer óni mo d e A lc alá e n 1 62 4, «t ení a e l r os tro co mo e l d e M a ría d e P eñ ara nd a, la
bar bu da », en G e rón im o de A lc alá Y á ñez y Riv er a, E l don ad o ha bl ad or: v ida y a ve ntu ra s de A lon so ,
mo zo de m uch os am o s , Ma dr id, Im pr ent a d e Ru iz, 18 04 , p p. 71 -7 2.
667 A lf on so E m ilio Pé rez Sá nc hez , M o nst ruo s, e na no s y b ufo ne s en la cor te d e lo s A ust ria s, A mig os de l
Mu se o del P rad o, M ad rid , 19 86 , p . 6 8 (c itad o po r Sh err y Ve las co e n “M ar im ac hos , hom b run as , b ar bu das :
Th e M a scu lin e W o m an in Ce rv ant es” , Bu lle tin of th e C er va nte s S oc iet y o f A m eri ca , vo l. 2 0, nº 1, 20 00 , p .
74 ).
293
Botín: Es que yo soy arrojada.
Castellano: Muy varonil parecéis.
Botín: Tanto que me nacen barbas.
Castellano: ¿Barbas? ¿Qué decís, señora?
Botín: Yo deciendo de la casa
de la Barbuda, vía recta
Castellano: Noble sangre. 668 .
En nota al pie el autor, que utiliza la alusión como elemento que permite la
comicidad dentro de una obra concebida con ese fin, amplía la información: «La
Barbuda de Peñaranda, Brígida del Río, fue mujere célebre de la época por sus barbas.
Fue a la corte en 1590 y Sánchez Cotán pintó su retrato que hoy conservamos» 669 .
También se hace referencia a este retrato en los Emblemas morales de Sebastián de
Covarrubias, en concreto en el Emblema 64 de la Centuria II, cuya reproducción
adjuntamos e intentamos transcribir en las páginas que siguen:
668 Ag us tín M or eto , “ La bo ta” , e n Ma ría L uis a L ob ato , Lo as , e ntr em es es y bai les de A gu stín M or eto ,
Ka sse l, R e ich en ber ge r, 2 00 3, vo l. I I, p . 6 86 .
669 Ibí d, p. 68 6.
294
301
Astrulugia y Astronomia y otras ciencias , alude a esta cuestión al explicar, como señala
en nota junto al texto, «por que no tienen barua las mugeres ni los niños» 686 :
Como ya le dixe atrás / el hombre es muy mas caliente
que la muger y por ser / caliente su complexión
también por los genitivos / tiene aquellos agujeros
de las maxillas abiertos / y la muger por ser fría
y humeda tiene aquellos / agujeros muy cerrados
y por aquesto no puede / aqueste humo salir
y assí no pueden cresçer / estos pelos: y esta propia
razón es la de los niños / que tienen los agujeros
de las maxillas cerrados por razón de la humedad 687 .
Se atiende pues a la barba como elemento que, en función de los humores que
pertenecen a uno u otro sexo presupone la distinción entre ambos. Con esta idea cabría
la posibilidad de afirmar que un cuerpo cuya genitalidad fuese en la actualidad
determinada como de varón o de mujer, podría ser considerado en función de este
criterio del vello facial, como masculino. Hay, por tanto, una cuestión que subyace a
todo este entramado y que es apuntada por Sanz Hermida en su texto y sería el temor a
la metamorfosis de la mujer en hombre. Aludiendo a un fragmento de Juan Huarte de
San Juan en el que se atiende a la esterilidad o fecundidad de las mujeres 688 señala lo
que sigue: «Realmente lo que Huarte de San Juan está planteando es la posible
mutación de mujeres en hombres a través de la calidez de los genitivos, siendo la barba
el resultado de tal acción» 689 , metamorfosis esta que no sería infrecuente en la historia
literaria.
Sanz Hermida continúa su estudio atendiendo a los indicios que demuestran que la
dueña Dolorida es en realidad un criado de los duques disfrazado de mujer y que
Cervantes juega con este elemento, dando idea con ello «de la gran complejidad que
encierran todos y cada uno de los relatos que configuran esta magna obra» 690 . Es decir,
lejos de constituir una problemática meramente burlesca o jocosa se torna en cierta
686 A lo ns o de Fu en tes , Su m ma de P hi los op hia en la q ua l ass i m ism o s e tr act a de As tru lug ia y As tro no mi a
y o tra s c ien cia s , Se vi lla, Ju an Le ón , 1 54 7, fol io LX X XV I.
687 I bíd ., p. fol io LX X XV I.
688 El fra gm en to se ría el qu e s igu e:
Y po r la m esm a ra zó n qu e la m uje r y su s mie m bro s ge nit ale s fue se n tem pl ad os, e ra im po sib le p od er
con ce bir , ni me no s ser m uje r, po rqu e, s i l a sim ie nte de que se for mó al prin cip io f ue se te mp lad a, s ali era n
los m iem b ros a fue ra y qu ed ara h ech a va rón ; y c on e sto c rec ier a la bar ba y no l e v in ier a l a reg la, an te s
fue ra el má s p erf ec to var ón qu e nat ura lez a pud o ha cer .
En Ju an Hu ar te de Sa n J ua n, Ex am en de in ge nio s p ar a l as cie nc ias , Ma dr id, Cá te dra , 1 98 9, p. 6 11 .
689 S an z H er mi da, Jac ob o, “ A spe ct os f isio ló gic os de l a d ueñ a D ol ori da : La me tam o rfo sis de la m uj er e n
hom b re” , A ct as del II I C olo qu io In ter nac io na l d e la A so cia ció n d e Ce rva nt ista s , o p. ci t., p. 4 67 .
690 Ibí d., p. 47 2.
302
recreación de una problemática que podemos encontrar en otros textos como El jardín
de flores curiosas de Antonio de Torquemada 691 o El libro de buen amor de Juan Ruiz,
Arcipreste de Hita 692 entre otros ejemplos.
Así pues, no se puede abordar el estudio de las mujeres en la obra cervantina sin
atender, como señala Sherry Velasco en “ Marimachos, hombrunas, barbudas: The
Masculine Woman in Cervantes”, a la « mujer varonil » 693 . La propia Dulcinea del
Toboso es descrita por Sancho en los siguientes términos:
Bien la conozco –dijo Sancho–, y sé decir que tira tan bien una barra como el
más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa,
hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a
cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! 694 .
Velasco, atendiendo también a la teoría de los humores enunciada por Huarte,
analiza las figuras femeninas de la obra, cuyo aspecto es más bien hombruno,
atendiendo a la misma problemática que antes señalábamos:
Given that gender transgression was believed to cause physical alterations of sex
assignment, others insisted that women’s beards were the result of unpoliced
gender border crossings and therefore it was men’s responsibility to control
women and prevent them from acquiring a beard, the visual sign of strength and
power 695 .
En definitiva, y retomando el artículo de Sanz Hermida, queremos recuperar una
última reflexión suya que sería cómo,
Evidentemente, tras estas mutaciones se escondía un problema sexual de
homosexualidad, ya que una mujer, tenida como tal, al cambiar de sexo podía
crear situaciones límites, sobre todo si esto ocurría, como de hecho algunos
documentaban, estando casada. Además esta homosexualidad queda abierta de
691 E l au tor h ab la de « do s m ug ere s de q uie n di ze Y po cra te s qu e se hi zie ro n va ron es ». E n An to nio d e
To rqu em ad a, Ja rdí n d e flor es cu rio sa s, Am b ere s, Jua n Co rde rio , 1 57 5, p. 11 7.
692 En tre lo s c on sej os qu e s e a po rta n p ara e nco nt rar un a m uje r a pr opi ad a, e l a rci pre ste se ña la lo sig uie nt e:
Gu ár[ da ]te qu e n on se a b el los a n in ba rbu da :
¡a t al me dia p eca da el hu erc o la s ag ud a!
En Ju an Ru iz , E l li bro d e b ue n a mo r, M ad rid , T au rus , p .24 5.
693 Sh er ry V ela sco , “ M a rim ac ho s, ho mb ru na s, ba rb uda s: The Ma scu lin e W om an in Cer va nte s” , op. cit. ,
p. 6 9.
694 M igu el de Ce rv ant es, D on Q uij ote de L a M a nc ha, o p. cit. , p . 2 83.
695 Sh er ry V ela sc o, “ Ma rim a ch os, hom br un as , bar bu da s: T he Ma sc ulin e W om a n in C erv an tes ”, o p. cit. ,
p. 73. En m i prop ia tra du cc ión : D a da esta t ra nsg re sió n d e géne ro la ca us a se cr eía q ue er a una alter aci ón
físi ca de la asig na ció n sex ua l, otr os ins ist ían que la s barb as de mu jer eran resul tad o de un atra ve sar
des co ntr ola do d e l as fro nt era s de gé ne ro y má s a ún , q ue e ra un a res po nsa bil ida d de lo s hom bres e l
con tro la rlas y pr eve ni rlas d e a dq uir ir u na ba rb a, e l s ign o vis ual de la fu erz a y e l p od er.
303
por sí cuando la mujer posee barba, quedando rota con ello la marca definitoria
de sexos, tan necesaria para evitar cualquier confusión 696 .
Deberemos convenir, por tanto, que ya en este momento la idea se aparece como uno
más de los elementos que confunden el orden que paulatinamente se va persiguiendo en
la aproximación a lo humano y que la cuestión es compleja. Aparecen determinadas
referencias en la literatura acerca del tema, pero si algo va quedando en alguna medida
perfilado es que es necesario relegar estos ejemplos de mujeres barbudas al ámbito de lo
monstruoso por una parte y, por otra, que la barba, asociada siempre a lo masculino, se
vincula a una serie de significados que pueden ser interpretados como elementos
jerárquicos desde el punto de vista de la estructuración social y que pueden suponer
para el individuo el alcance de un determinado estatus.
696 S an z H er mi da, Jac ob o, “ A spe ct os f isio ló gic os de l a d ueñ a D ol ori da : La me tam o rfo sis de la m uj er e n
hom b re” , A ct as del II I C olo qu io In ter nac io na l d e la A so ci ac ión de C erv an tis tas , op. c it., p. 468 .
304
Barbara Urslerin / Urselin / Ulserin
Aparece nombrada de distintos modos en los textos que se pueden obtener acerca de
ella: Barbara Urslerin, Van Beck, Ursler, Urselin. Pilar Pedraza en Venus barbuda y el
eslabon perdido alude a ella como Augusta, «conocida como Barbara Urselin como
alusión a su pelaje de oso» 697 .
Kathryn A. Hoffmann, en un artículo titulado “Of Monkey Girls and a Hog-Faced
Gentlewoman: Marvel in Fairy Tales, Fairgrounds, and Cabinets of Curiosities”, da
cuenta de la mezcla de elementos literarios, médicos, zoológicos, museísticos que
configura el siglo XVII. Encuentra relacionados los temas literarios, en concreto el que
hace referencia a una heroína de cuento de hadas de Madame d’Aulnoy (1650-1705),
«Babiole» 698 , transformada en mono a causa de hechizo muy poco después de nacer; y
los casos de mujeres con ciertos rasgos físicos que fueron exhibidas en su momento y
que presentaban rasgos cercanos a la protagonista de esta historia, como la hija de
Petrus Gonsalvus o Gonzales, sobre cuya figura nos detendremos en adelante o la
propia Barbara. En cuanto a esta última, Hoffmann alude a cómo fue “descubierta” por
Elie Brackenhoffer, que escribió en su libro de viajes sobre «her long beard, her
moustache, and the silky blond hair that covered her body» 699 , es decir, sobre su larga
barba, su bigote y el sedoso vello rubio que cubría su cuerpo. La cita, tomada del
francés, y traducida al inglés por la autora, dice así:
A Blois, j’ai vu une femme d’environ vingt-quatre ans qui avait une longue
barbe blonde avec deux fortes moustaches. Des oreilles lui sortaient deux fortes
moustaches ou boucles, qui lui pendaient jusque sur le cou. Ses cheveux étaient
blonds et fins coome de la soie. Ses bras et son dos étaient aussi couverts d’une
épaisse Poison longue comme le doigt. C’est une vraie femme, et non une
hermaphrodite, une Allemande des environs d’Augsbourg, dont les parents
n’étaient nullement vellus, mais elle est née ainsi velue. Et déjà quand elle avait
quatre ou cinq ans, on la promenait dans le pays pour gagner de l’argent. Elle
était alors vêtue de damas noir et jouant d’un instrument 700 .
697 Pil ar Pe dra za , V en us ba rb uda y el esl ab ón pe rd ido , op . cit., p. 39.
698 K at hry n A . Ho ff ma nn , “O f M on ke y G irls and a H og -F ace d G en tle wo ma n: M a rve l in F ai ry T ale s,
Fai rgr ou nd s, a nd C ab ine ts of Cu rio sit ies ”, M ar vel s & T ale s , 20 05 , 1 9, 1, p. 6 9.
699 Ibí d., p. 72 .
700 Eli e Brac ke nh of fer , Voy age e n Fra nc e, 164 0- 16 44 , P ar is, B erg er -L ev rau lt, 192 5, p . 1 86 . En mi pro pia
trad uc ció n: En B lois , v i a u na m uje r d e u no s ve in ticu at ros añ os qu e te nía un a l arg a b arb a r ub ia c on un
big ote p rom in en te. D os la rgo s tira bu zon es d el big ote s e e xte nd ían d esd e su s o rej as ha sta su c ue llo. S u
pel o e ra ru bio y f ino co m o la sed a. Su s bra zo s y e spa ld a e sta ba n c ub ier tos ta m bié n por u n a bu nd an te
cre cim ie nto , ta n l arg o c om o un de do . E s u na verd ade ra mu je r y n o u n h erm a fro dit a, u na al em an a d e la s
inm ed iac io nes d e A ug sb ur go cuyo s p ad res n o e ran v ell ud os, a pesar de q ue ell a y a nació v ellu da . Y
305
En el trabajo de François Caradec y Jean Nohain aparece nombrada como «Barbara,
la musicienne» 701 , es decir, Barbara, la música. El primer nombre de esta mujer, como
ya señalaba Pilar Pedraza, fue Augusta. Proponen como fecha de nacimiento el día 28
de febrero del año 1633 en Augsburgo (aunque en otros textos, como Venus barbuda y
el eslabón perdido , se propone la fecha de 1629, en la localidad de Kempen). En el
trabajo se la presenta del siguiente modo:
Ce surnom lui avait été donné par des parents malicieux lorsque, quelques
années aprés sa naissance, ils avaient constaté la croissance prodigieuse de son
systeme pileux 702 .
Encontramos su nombre entre un listado de célebres mujeres barbudas citado por
Dominique Frémy 703 . Fue objeto, como se señala en el trabajo de Nohain y Caradec, de
numerosos estudios médicos, lo cual fue facilitado por los múltiples desplazamientos
que desarrolló a lo largo de su vida, siendo anunciada como una de las más populares
mujeres barbudas de su tiempo. Fue exhibida por toda Europa durante treinta años,
apareciendo referenciada en el diario de John Evelyn –como de nuevo señala
Hoffmann–, que había tenido la oportunidad de observarla cuando era una niña, y que la
describe de manera similar. Así, aunque se hace referencia al hecho de que participa del
cua nd o so lo te nía cuat ro añ os de ed ad fue lle va da alred ed or del pa ís pa ra g ana r din er o. Er a ve stid a co n
dam a sco ne gr o y to ca ba un in str um en to.
701 J ean No ha in, F ran ço is C ara de c, L a vi e ex em pla ire de la f em m e á ba rbe , Cl ém en tin e De la it 18 65 - 1939 ,
op. cit., p. 5 5.
702 Ibí d., p. 55 .
703 Do m ini que F rém y , Q ui d? , P ari s, R . L af on t, 1 98 4, p. 14 16 .
306
mundo del espectáculo desde su infancia, tras su matrimonio con Michael Vanbeck o
van Beck, este «continuó exhibiéndola» 704 . De hecho Jean Bodeson hace hincapié en la
posibilidad de que su matrimonio estuviese movido por una cuestión fundamentalmente
económica, y, tomando como referencia la información que aporta James Caufield en
sus Portraits, Memoirs and Characters of Remarkable Persons , comenta, acerca del
momento en que Barbara fue por primera vez a Londres, en 1655, a la edad de veintidós
años,
A man named Vanbeck (or van Beck) had married “this frightful creature” only
to make money by putting her on show (…). In 1660, Barbara toured France.
When they came to Beauvais, her husband, the German Johann Michael van
Beck, applied to the local bailiff for permission to exhibit a strange prodigy of
nature, a woman with a hairy, bearded face and moustachio. He did not mention
that this monstrous woman was actually his wife, but instead pointed out that
she had already received much attention from the curious in Paris and other
French cities (…). The local police were pleased to allow van Beck to show his
hairy wife for money and to advertise her by striking a tambourine in the
marketplace if he promised that the exhibition was a decent one and that it was
closed down in a good time in the afternoon 705 .
Tanto en el texto de Bodeson como en el de Nohain y Caradec podemos encontrar
una síntesis de esa trayectoria paralela de exhibición en distintas ciudades y de revisión
científica y médica constante ya que, como señala el primero «she had the honor of
being mentioned in almost every chronicle of medical rarities of the time» 706 , citaremos
el segundo trabajo escrito en francés,
Thomas Bartholonius l’examina à Copenhague en 1639, puis à Bruxelles.
(Barbara avait six ans; son corps et son visage étaient déjà entièrement couverts
de poils.) En 1647, c’est au tour de Hiéronimus Welsch, à Rome, puis l’année
suivante à Milan. (Barbara a quatorze ans.) En 1653, elle est à Bâle. En 1655, à
Nuremberg, elle est examinée par Georgius Segerus; il adresse à l’Académie de
Nuremberg, qui la publie Dans ses Miscelanea curiosa, une observation
intitulée: De muliere hirsuta et barbata. Barbara était alors mariée depuis un an
704 Pil ar Pe dra za , V en us ba rb uda y el es lab ón pe rd ido , op . cit., p. 39.
705 Jea n Bod eso n, Th e Two H ea de d Boy a nd Othe r Med ica l Marv el s , op. cit. , pp. 3- 4. E n mi prop ia
trad uc ció n: U n hom b re lla ma do V an bec k (o va n B ec k) se c asó c on “e sta e spa nt osa c riat ura ” sol o par a
hac er d ine ro e xh ibi énd ol a (…) . En 166 0, B ar bar a giró p or F ra nci a. Cu and o lleg ó a B e auv oi s, su mar ido ,
el ale m án Jo ha nn M ic ha el va n Be ck , sol ici tó un p er mis o al a lgu ac il loc al pa ra e xhi bir u n ex tra ño p rod ig io
de la n atu ral eza , un a mu jer c on b arb a y la ca ra p elu da y c on b igo te. N o m en cio nó que e sa m on str uo sa
mu jer e ra r ea lme nt e su e sp osa , pe ro e n su lug ar h izo hin ca pié en q ue e lla h ab ía r eci bid o y a un a gr an
ate nci ón d e pa rte d e los c ur ios os de Par ís y de otr as ci uda de s fra nc esa s (… ). La p ol icía loc al es tuv o
enc an tad a en per mi tir a V an Be ck e xh ib ir a su p el ud a mu je r por din ero y tam b ién d e q ue la anu nc ias e
toc an do un peq ueñ o tam b or en e l me rca do , si prom e tía qu e iba a s er un espe ctá cu lo de ce nte y q ue esta ría
cer rad o a u na ho ra pru de nte .
706 Ibíd ., p . 2 . E n m i p ro pia tr adu cc ión : E lla tu vo el hon or de se r m en cio na da en c asi to das la s c rón ica s d e
rar eza s m éd ic as de la épo ca .
307
et n’avait pas encore d’enfant; il est vrai que le nommé Michael Vanbeck l’avait
uniquement épousée pour pouvoir plus facilement la trimbaler de foire en foire...
En 1656, Pierre Schumacher la retrouve á Leyde, et fait part de ses observations
à Thomas Bartholonius, qui avait été le premier à l’examiner en 1639. Puis elle
vient à Paris, en Hollande, à Londres, où Gaywood exécute son portrait en
1658. 707 .
Cuando se habla en primer lugar del retrato pintado por Gaywood en el libro
posiblemente se hace referencia a la imagen que adjuntamos en las siguientes líneas, en
la cual aparece de pie, con un vestido y el rostro cubierto de vello, así como dos largas
guedejas de pelo largo a modo de patillas 708 :
El retrato dibujado por Isaac Brunn 709 aparece también a continuación, en él
podemos observar a Barbara tocando un instrumento musical, un clavicémbalo, en
1653, es decir, a la edad de veinte años y con el rostro cubierto de vello además de una
707 J ean No ha in, F ran ço is C ara de c, L a vi e ex em pla ire de la f em m e á ba rbe , Cl ém en tin e De la it 18 65 -1 93 9,
op. cit ., p . 5 5. E n mi pr opi a tr ad uc ció n: Thom a s B art ho lon ius la ex am ina e n C o pen ha gu e e n 1 63 9,
des pu és en Bru sel as (Ba rb ara te ní a seis año s y su c ue rpo y su r ost ro ya apa rec en c ubi ert os de pelo .) En
164 7 par tic ipa de l to ur de Hi éro nim u s W el sch , e n R om a , de sp ués , a l añ o s igu ie nte en M ilá n. ( Ba rb ara
tien e cat orc e año s). En 1653 está en Basil ea . En 165 5, en Nu rem b erg , es exam in ad a por Geor giu s
Seg er us, la d irig e a la A ca de mi a d e N ure m ber g, q ue pu bli ca e n s u Mis cel an ea cur ios a , un a ob se rva ci ón
titu lad a: D e mu lie re hir su ta et ba rba ta . Ba rba ra ya l lev a un añ o cas ad a y t od aví a n o ha t en ido n in gún
hij o, es ciert o qu e el lla ma do Mi cha el V an bec k so lam e nte la ha de sp osa do par a pod er la lle va r de fe ria en
fer ia…
En 16 56 , P ie rre Sc hu ma ch er encu en tra d e n ue vo en L eid en , y h ace p art e d e sus o bs erv ac ion es a Tho ma s
Ba rth olo niu s, q ue habí a sido el prim er o en exa mi na rla e n 193 9. Desp ué s ella v ie ne a Parí s, a Hola nd a, a
Lo nd res , d ond e Ga yw oo d eje cu ta s u r etr ato en 1 65 8.
708 T om am os l a im age n de E dg ar d Be rill on , “ L es Fe m me s à ba rbe : Etu de p sy cho lo giq ue e t soc iol og iqu e” ,
Re vue de L ’H yp no tism e e t de la Ps ich ol og ie P hys io log iqu e , 19 a nn ée, nº 3, sep tem br e 19 04 , p. 6 8. E n su
est udi o él la re co ge de la G ale ría d e a rte d e B as ile a, aunq ue p od em os en co ntr ar esta m ism a ima gen c uy a
pro ce den ci a J ea n B od es on si túa en u n a rtí cul o d el Dr . E ck er en el A rc hiv fü r a nt rho po log ie , d e 1 87 9.
709 Tom am o s l a i ma ge n de: h ttp :// ww w .np gp rin ts. com /i ma ge /43 26 98 /un kn ow n - art ist- w illia m -ri cha rd son -
bar ba ra- urs eli n
308
larga barba, «como una joven esbelta, bien vestida, con una mano apoyada en el
taburete de un órgano» 710 . En este retrato no se observa el pie de página que, sin
embargo, sí aparece en el recogido por Jean Bodeson en su trabajo The Two Headed
Boy and Other Medical Marvels : «The text told that her father and mother were
Balthasar and Anna Ursler from Augsburg, and that she was hairy all over with
beautiful Bellow curls growing from the face, and large curls growing from each ear» 711 .
Se hace hincapié, de manera reiterada en las distintas aportaciones, en su afición a la
música reflejada en la capacidad de tocar un instrumento con el que, como hemos
observado, se la representa. Más aún, el capítulo dedicado por Bodeson a su persona se
710 Pil ar Pe dra za , V en us ba rb uda y el esl ab ón pe rd ido , op . cit., p. 40.
711 J ean B o des on , T he T w o H e ad ed B oy a nd O th er M ed ica l M ar ve ls , o p. c it., p . 3 . E n m i p rop ia
trad uc ció n: El tex to di ce que su pad re y su ma dre eran Ba ltha sa r y An na Urs ler d e Au gsb ur go , y que ella
era “ pe lud a po r to das p ar tes c on b on ito s riz os ru bi os c rec ien do d es de la c ar a y lar go s riz os c rec ien do
des de ca da or eja ”.
309
titula “The Hairy Maid at the Harpsichord” 712 , en clara alusión a su pilosidad por un
lado y a su habilidad musical por otro. También llama especialmente la atención, en los
distintos registros acerca de Barbara, la peculiaridad que supone que fuese
completamente rubia, tanto su barba como su pelo y todo el resto del vello que cubría su
rostro,
Barbara était musicienne: c’est ce que prouve le portrait desiné par Isaac Brunn
à Augsbourg en 1653. Cette charmante enfant était una vraie blonde: blonds ses
poils, blonde sa barbe, blondes les longues tresses qui jaillissaient de la conque
de ses oreilles velues, blondes sa taroupe et ses vibrisses 713
Se desconocen los datos acerca de su muerte, pero sí se sabe que alcanzó los treinta y
cinco años, es decir, en 1668 todavía se tienen datos de su existencia. Como indica el
texto,
James Caulfield, Dans un livre publié bien plus tard, note qu’elle fit à cette date
la connaissance de John Bulfinch, qui eut «la satisfaction de se convaincre
qu’elle était bien réellement une femme» — ce dont jusqu’alors personne n’avait
douté 714 .
Después de esta fecha no se tienen más referencias sobre ella, no se tiene tampoco el
dato de que muriese, aunque no se vuelve a dar noticia acerca de su persona. Como
señala Bodeson, «The last thing we know about Barbara Urslerin is that in 1668, she
was seen in London by the Dane Holger Jacobsen, who left a description of her in
Thomas Bartholin’s Acta Medica et Philosophica Hafnensis » 715 . Jacobsen propone la
hipótesis de que Barbara fuese un híbrido entre animal y humano, en esta ocasión entre
un simio y una mujer, derivado ello de sus estudios en un jardín danés de un gorila
llamado Mammonett que observaba ciertas conductas lascivas con mujeres. Aparece
relatado en el texto de Bodeson, atendiendo una vez más a la degradación a la que desde
el pensamiento científico se pretende someter la figura de Barbara, encontrándonos de
nuevo con la paradoja que supone la representación de ella como una dama cuyo
712 J ean B o des on , T he T w o H e ad ed B oy a nd O th er M ed ica l M ar vel s , o p. c it., p . 1 . E n m i p ro pia
trad uc ció n: “L a dam a pe lud a y e l c lav ico rd io” .
713 J ean No ha in, F ran ço is C ara de c, L a vi e ex em pla ire de la f em m e á ba rbe , Cl ém en tin e De la it 18 65 -1 93 9,
op. cit ., p . 5 5. E n mi pro pi a tr ad ucc ió n: B ar ba ra era m ús ica : e s lo qu e p ru eb a el re tra to d ib uja do po r Is aa c
Bru n en Au gs bu rgo e n 16 53 . Es ta en ca nta do ra n iña e ra u na v erd ad era rub ia: r ub ios s us p elo s, ru bi a su
bar ba , rubi as la s larg as t ren za s que surg en de las c ue ncas de sus orej as ve llu da s, rub io s su [ta rou pe ] y los
pel illo s d e s u n ari z. ( La pa lab ra “taro up e” no ap are ce en el d icc io nar io, as í qu e p re sup on em os qu e p ue da
hab er un er ror co n la p al abr a: “to up et” q ue se tra du cirí a p or tu pé) .
714 Ib íd. , p p. 5 5-5 6. E n mi pr op ia tra du cc ión : L o u ltim o qu e sab em o s s ob re Ba rb ara U rs leri n es qu e en
166 8 fue vista en L on dr es por el da né s H o lge r J ac obs en , q ue d io u na d esc rip ció n de e lla en e l Acta
Me dic a et P h ilos op hic a Ha fne sis d e T h om as Ba rth oli n.
715 Jea n Bo de son , T he T wo H ea ded B oy an d Ot her M ed ica l M a rve ls , op. cit., p. 4 .
310
refinamiento se hace explícito en las distintas imágenes y descripciones y a un tiempo la
descripción de la monstruosidad y la cosificación de su corporalidad a través de la
exhibición y del sometimiento a la observación y los discursos de la medicina, la
antropología, la zoología.
Samuel Pepys relató haberla visto en 1668, pero la descripción que ofrece de la
artista hace pensar que tuvo la oportunidad de ver a una mujer con unas características
físicas un tanto similares y con un nombre parecido. Es posible que haga referencia a
una mujer danesa llamada Ursula Dyan, «About forty years old, her voice like a little
girl’s, with a beard as much as any man I ever saw, as black almost, a grizzly» 716 . No
parece, como señala Hoffmann, hacer referencia este fragmento a la idea que en el resto
de imágenes y textos nos hemos hecho de Barbara. Según la opinión de la autora, no
sería extraño que otras mujeres con características físicas cercanas adoptaran para sus
exhibiciones nombres que sonasen del mismo modo que el de Úrsula, ya que estarían
cercanos a la palabra “ursu”, la raíz latina de oso.
En definitiva no tenemos muchos más datos acerca de ella y, como podemos
observar, tanto en su caso como en otros, su historia, su nombre, sus apariciones
públicas, no pueden atenderse de una manera clara, sino que más bien se configuran al
modo en que se configuró la monstruosidad en el momento en que se constituye, como
señalábamos en el primer capítulo, en exterior constitutivo de lo considerado lo
“normal”, es decir, en una suerte de panorama difuso, de miscelánea. Debido a que
hacemos referencia a mujeres, en su gran mayoría del contexto francés o anglosajón, la
identificación se hace todavía más complicada, debido a los cambios de nombre que se
llevan a cabo con las uniones matrimoniales que, en algunos casos, se dan en más de
una ocasión. Todo ello, desde nuestra perspectiva, no resultaría tanto en una pérdida de
capacidad objetiva en nuestro acercamiento sino, más bien, en un intento de visión
panorámica de lo confuso, de lo difícilmente accesible que resulta atender a otras
corporalidades si no es con la intencionalidad catalogadora del discurso médico. Y
además, de cómo podemos trazar esa línea de opacidad, tal como venimos haciendo,
desde el siglo XV hasta la contemporaneidad cuando se trata de atender a esta cuestión.
716 Ka th ryn H of fm an n, “O f Mo nk ey G irl s a nd a H og -F ac ed Ge nt lew om an : Ma rve l in Fai ry Ta les ,
Fai rgr ou nd s, and Cab in ets o f C u rio siti es” , op. cit., p. 73. En m i prop ia tr adu cc ión : Sob re cuar en ta año s,
su vo z com o la d e las ni ña s p eq ue ña s, con t ant a bar ba co m o no he v isto n un ca e n u n ho mb re , c asi ta n
neg ra co mo la de u n g ri zzly .
317
que será desvelado por el discurso médico, aunque sea necesario esperar a la muerte del
sujeto. Un fin de parte de la investigación médica comienza a ser el sacar a la luz ese
elemento, por recóndito que parezca, que nos permita identificar con claridad, situar en
un lugar que no produzca confusión y, en definitiva, establecer la variable de sexo como
algo anterior a los elementos que configuran el género. Para lograrlo la intervención
médica se torna imprescindible en la persecución de la “verdad”,
Enfin, une intervention médico-légale peut également déterminer le sexe réel
d’une personne dont le visage était orné de barbe. Des cas de cet ordre ont été
observés chez des sujets mis en état d’arrestation. La même verification a été
faite, au point de vue médico-légal, chez une femme à barbe, suicidée par
pendaison dont le corps fut transporté à la Morgue de Fribourg, à fin
d’autopsie 734 .
Atendemos pues a un caso de la segunda mitad del siglo XVIII en el que se trata por
primera vez, en una mujer barbuda, de determinar el sexo verdadero, subrayando la
importancia de ese proceso de verificación que trata de ir más allá de lo que a primera
vista se puede vislumbrar, en un ejercicio de pretendida objetividad.
Podemos intuir por tanto cómo el cuerpo va siendo sometido a un proceso de
indagación en una verdad última que subyace a lo que vemos de él. Una identidad que
no consiste en su configuración física o psicológica, sino en ese mínimo dato que nos
otorgará una cierta calma por eliminar la posibilidad de confusión, en definitiva, el sexo
verdadero .
734 Ib íd., p. 133. En mi pro pi a trad uc ció n: En fin, un a inte rve nc ión méd ico - leg al pu ede igua lm en te
det erm in ar el sexo rea l de un a pe rso na aun qu e el ros tro esté cub ier to de bar ba. Los caso s de este orde n
han si do ob se rva do s e n s uje to s so m eti dos a un es tad o d e a rre sto . L a m is ma v eri fic aci ón ha sid o hec ha ,
des de un pun to de v is ta m éd ico -l ega l, s ob re u na mu je r ba rbu da , qu e s e su ic idó po r ah or cam ie nto , c uyo
cue rp o f ue tra ns por tad o a la M or gu e d e F ri bur go , a fin d e r eal iza rle la au top sia .
318
Madame Lefort, Marie-Madeleine Lefort
Según la información aportada por Edgard Berillon, nació en 1799 y murió en 1864,
a la edad de 65 años. Nos encontramos con una biografía atravesada por distintos
estudios médicos que podrían recordar al conjunto de los desarrollados en torno a Pierre
Rivière un poco más adelante en la misma época y recogidos por Michel Foucault. Si en
aquel caso se trataba de rastrear la anomalía última que llevó al parricida del siglo XIX
a degollar a su madre, su hermana y su hermano, en este se trataría de atender a la
certificación del sexo de Madame Lefort. Encontraríamos un recorrido similar en
Herculine Barbin, cuya historia, recogida también por el filósofo francés nos llevaría a
interpretar, con él, que se está produciendo un punto de inflexión en el que ya no se
centra la mirada solo en la fascinación sino que esta se combina con la indagación, con
la posibilidad de encontrar en algún lugar aquello que aclarará lo que de turbio puedan
contener ciertas corporalidades 735 .
Como señala Berillon, es a los dieciséis años, es decir, en 1815, cuando por primera
vez se examina a Marie-Madeleine, en concreto el día 16 de febrero, siendo presentada
a la Sociedad de la Facultad de Medicina de París, como señala nuestro autor «dans le
but d’obtenir un certificat attestant la réalité de son sexe» 736 , es decir, con el fin de
obtener un certificado atestando la realidad de su sexo. Observamos por tanto un
objetivo claro en la intervención de los doctores, el de clarificar y atestiguar una
realidad, de dar fe de la misma con su discurso de autoridad. Transcribiremos a
continuación los extractos que recoge Berillon ya que nos parece de interés dar cuenta
de la información destacada por los doctores que realizaron el estudio así como por el
erudito de inicios del siglo XX que subraya lo que le resulta más reseñable,
Marie-Madeleine Lefort était alors âgée de seize ans; sa taille était de un mètre
cinquante centimètres. Le milieu de cette hauteur tombait au-dessus de
l’éminence pubienne. Le tronc, mesuré du sommet de la tête au périnée, avait
quatre-vingt-dix centimètres de hauteur. Les membres inférieur, mesurés par le
côté interne, se trouvaient réduits à 64 centimètres. Le bassin est court, large de
735 Al udo a la c ues tió n de la c or por ali da d fun da me nta lm en te, au nq ue pu di era in ter pr eta rse qu e los
est udi os de Char co t y otros erudi tos de su épo ca al res pec to de Pierr e Riv ièr e se con cen tra ría n en
cue sti on es qu e ho y den om in ar íam os psíq uic as exclu si vam e nte , ya qu e tam bié n pa ra el ca so de la
del inc ue nc ia e l di scu rs o m éd ico se co nce nt ró e n l a b úsq ue da de alg ún ele m ent o c orp or al q ue die se cu ent a
de la s an om al ías del c om po rta m ien to. En con tra m os u n po co má s ad ela nte en e l tie mp o, e n la seg un da
mit ad de l s igl o X IX l os es tud io s d e l m éd ico y cr im inó log o ital ian o, de f ina les d el siglo X IX y pr inc ip ios
del X X, Ce sa re Lo mb ro so a e ste re spe cto .
736 Ed gar d B e rill on, “L es F em me s à b arb e: Etu de ps yc ho log iqu e et s oc iolo gi qu e”, R ev ue de
L’H yp no tis me et de la P sic ho log ie Ph ysi olo gi que , 19 an né e, nº 5, no vem b re 19 04, p . 1 34 .
319
ving-sept centimètres, d’un des tubercules extérieurs, de l’iléum à l’autre, il a
d’avant en arrière, vingt centimètres mesurés à l’extérieur avec un compas
recourbé. Mesuré en travers, entre la crête de l’iléum et le trochanter, il a trente
centimètres. L’arcade des pubis angulaire a sept centimètres d’écartement à la
partie inférieure. Le col est gréle, le larynx et la voix sont comme ceux d’un
adolescent. Les mamelles sont développées, d’un volume moyen, surmontées
d’un mamelon érectile, dont l’aureole, d’une couleur brune, est garnie de
quelques poils. La lèvre supérieure, le menton et la région parotidienne sont
couverts d’une barbe brune naissante. Les membres inférieurs sont couverts de
poils longs, nombreux, brunes et rudes. Les cuisses sont arrondies, les genoux
inclinés en dedans, les pieds petits. La peau de la partie supérieure, antérieure et
externe des cuisses, présente des éraillements du derme, semblables à ceux que
présente la peau de l’abdomen et des mamelles des femmes qui ont des enfants.
L’anus est bordé de poils abondants 737 .
La descripción que permite determinar su sexo verdadero consiste en principio en
una serie de mediciones y constataciones acerca de cómo es su voz, su piel, sus formas.
En principio, el hecho de que sus muslos sean redondeados o la forma de sus rodillas no
servirían para certificar esa veracidad. Los doctores encargados de llevar a cabo tan
minuciosa observación fueron Chaussier, Petit-Radel y Béclard, de los cuales el último
se encargó de redactar el informe cuyo fragmento es rescatado por el hecho de hacer
referencia fundamentalmente a la parte genital. Al parecer Béclard también alude a que,
en el caso de esta dama, la regla apareció a la edad de ocho años concluyendo, en
definitiva, que la persona a la que están atendiendo se trata de una mujer sin lugar a
dudas. A pesar de todo, y aunque ya se puede observar en la ilustración 738 presentada
por Berillon un pronunciado bigote, todavía a esta edad no encontramos plenamente
desarrollada la barba que en adelante la caracterizará:
737 L a r efe ren ci a ap or tad a po r B eri llo n la tom a d el De xiè me bu llet in d e la Fa cu lté de m éd ec ine de Pa ris
181 5. L a re co ge mo s de E dg ar d B eril lon , “L es F em m es à b ar be: E tu de p sy cho lo giq ue e t so cio log iq ue ”,
Re vue de L’ Hy pn oti sm e et de la Psic ho log ie Phy sio lo giq ue , 19 an né e, nº 5, nov em br e 19 04, p. 134 . En
mi pr op ia tra du cc ión : Ma rie -M a de lei ne L efo rt tie ne a ho ra la ed ad d e die ci séi s a ño s. Su t all a es de u n
me tro cincu en ta cen tím etr os . El centr o de esta altura cae just o enci ma de la e m ine nc ia del pub is . El
tr on co, me did o d es de l a p arte su pe rio r de la c ab eza ha sta el p eri ne o tie ne no ve nta cen tím e tro s de alt ura .
Lo s m ie mb ros in fe rio res , m ed ido s p or el lad o int ern o, se en cue nt ran re du cid os a 6 4 cen tím et ros . L a pel vis
es cor ta, de ve inti sie te cen tím et ros d e anc ho , d e uno de los tubé rcu lo s exte rio res , de un ilion al o tro , ella
tien e po r de lan te y p or d etr ás, v ein te ce nt ím etro s m ed ido s de sde e l ex ter ior c on u n co mp ás c ur vo. M e did o
a t rav és , d es de la c res ta ilia ca y e l trocá nt er , t ien e trein ta cen tím et ros . L a arc ada d e l p ub is ang ula r tiene
sie te ce nt íme tro s d e se pa rac ión en la pa rte inf eri or. El c uel lo e s de lga do , la lari ng e y la vo z so n co m o la s
de un a do les cen te . L os p ec ho s e stá n de sar rol lad o s, de u n vo lum en m e dio , c or on ado s d e uno s pe zo nes
eré cti les cuy as au reo las , d e u n c olo r m or eno es tán cu bie rta s d e al gu no s pe lo s. El l ab io s up eri or, el
me ntó n y la r eg ión pa rot íde a e stá n c ubi ert as d e u na na cie nte ba rb a os cu ra . L os mi em br os i nfe rio re s
est án cub ier tos d e p elo s larg os, n um ero so s, oscu ro s y á sp ero s. Los m us los so n redo nd ead os , l as rod illa s
inc lin ada s y h ac ia ad ent ro, lo s p ie s p eq ue ños . L a pie l d e la pa rte su pe rio r, a nt eri or y e xt ern a de los m us los
pre sen ta ras guñ os de la de rm is s im ila res a aq ue llo s qu e p res en ta la pie l de l ab do me n y de l os p ec ho s de
las mu je res qu e han t eni do hi jos . E l a no es tá b or de ado d e a bu nd ant e v ell o.
738 Ibí d., p. 13 3.
320
Si continuamos con el relato de Berillon, la certificación del sexo femenino que logra
con su exposición en la Sociedad de Medicina le acarrea la posibilidad de obtener algún
lucro, «Bientôt on la vit sous la conduite d’un habile impresario, parcourir les villes de
l’Europe» 739 . A continuación el autor adjunta un dibujo 740 en que se la puede observar en
1818 a la edad de diecinueve años, en el momento en que era exhibida en Londres, en
Spring Gardens, con un tocado y un vestido de gran elegancia y de estilo imperio tal y
como son definidos por el autor.
Las exhibiciones granjearán a Madame Lefort una honesta fortuna, que le permite
retirarse a París y vivir de la renta que le aporta. Es subrayado por Berillon el asombro
739 Ib íd. , p . 13 5. En m i pr op ia tra du cci ón : P ro nto e n la vi da , b ajo l a dir ecc ió n de un h áb il em pr esa rio ,
rec orr ió las ci uda de s d e E u rop a.
740 Ibí d., p. 13 5.
321
que causa su aparición en público, a tal punto que toma la decisión de vestir de hombre
según se nos informa en su texto en una nota al pie que acompaña al fragmento que a
continuación citamos. El autor rescata una anécdota que aparece relatada por el diario
político y literario Le Constitutionel el 26 de enero de 1845:
M me Lefort est citée à la huitième chambre de police correctionnelle pour
déposer dans une affaire de vol. L’huissier appelle M me Lefort: aussitôt on voit
arriver un personnage avec une barbe et des favoris qui auraient fait envie aux
sapeurs de la garde. –Mais, Monsieur, lui dit l’officier public, c’est M me Lefort
qui est appelée en ce moment. –Je le sais, répliqua ce prétendu Monsier, c’est
pour cela que je me présente; je suis M me Lefort. (Grand ébahissement dans
l’auditoire et parmi les magistrats; l’audience est suspendue pendant quelques
instants) 741 .
Resulta especialmente interesante la alusión al momento de confusión por parte del
funcionario público y también a cómo la audiencia queda suspendida durante unos
instantes, ya que es ese el efecto al que atendemos al confrontarnos con determinadas
corporalidades. En el contexto espectacular la expectativa contextualiza lo que
miramos, nos previene; es cuando sale de este ámbito cuando produce una quiebra que
resulta desestabilizadora del orden. Altera los parámetros de nuestras convicciones
situándonos en otras posibilidades que cuestionan aquellas categorías que se nos
aparecían como certezas incuestionables.
En 1864 cae enferma y solicita su admisión en el hospital Hôtel-Dieu de París,
actualmente el más antiguo de la ciudad. En un dibujo del año 1864, recogido por
Berillon y perteneciente a la etapa en que se encuentra interna allí, se la puede ver con
una notable calvicie y sentada en una silla sobre un lienzo de tela, todo ello situado
encima de una tarima. La barba aparece bastante crecida y espesa. Al parecer, según un
alumno del hospital, M. Da Corogna, «elle avait continué à étre régulierement réglée
jusqu’à l’áge de quarante-huit ans» 742 ,
741 Ibíd. , p . 1 36. En m i p ro pia tr ad uc ció n: M me L efo rt es ci tad a a la oc tav a c om is arí a d e p oli cía
cor rec cio na l p ara de cla rar en un asu nt o d e ro bo . T an pro nt o c om o e l al gu aci l lla m a a M me Le fo rt v e
apa re cer a un pe rso na je c on un a ba rb a y p ati lla s qu e h ab ía si do env ia do p or los za pad or es d e la gu ard ia . –
Per o Se ño r, le dic e el of fic ial p úb lic o, es M me Le fo rt qu ien e s llam a da en e ste m o me nto . – Yo l e d ig o,
rep lic a e l p ret en did o S eñ or , e fec tiv am en te deje q ue me pres en te, yo so y M me L efo rt . (G ra n e stu pe fac ci ón
en el aud ito rio y en tre lo s m ag ist ra do s; l a a ud ien cia es su sp en did a d ur an te u no s i ns tan tes ).
742 I bíd ., p. 136 . En mi p rop ia tr adu cc ión : el la co nti nu ó ten ie ndo reg ul arm en te la reg la ha sta la ed ad de
cua re nta y och o añ os.
322
A su muerte por neumonía se realiza una autopsia en el hospital, alguno de cuyos
aspectos quedan recogidos en el libro Thérapeutique des maladies chirurgicales des
enfants , de Holmes, publicado en 1870. En él recoge Berillon la siguiente descripción:
Le sujet présente un certain embonpoint, exagéré par un oedème généralisé. La
tête est assez chauve, la face est cyanosée, les yeux saillants. La barbe est grise
et très développée; elle atteint, de chaque côté du menton, une longueur de 35
centimètres. A ne considérer que la tête, on aurait certaiment cru avoir affaire à
un homme. Le thorax est fortement développé; la partie antérieure de la poitrine
est couverte de poil nombreux et grisonnants, comme ceux du visage. Les
mamelles présentent un volume assez considérable et sont pendantes comme
celles d’une vieille femme. Le ventre est assez volumineux et présente quelques
éraillures. Les membres supérieurs, garnis de poils nombreux, sont également
courts, les pieds sont très petits 743 .
743 Ib íd. , p . 1 37 . En m i p ro pia tr ad uc ció n: El su je to pre se nta u na ci ert a c orp ul enc ia , e xag er ad a p or u n
ede m a gen er ali zad o. L a ca be za es b as tan te ca lv a, la c ara e stá a zu lad a, lo s oj os sa lto ne s. La bar ba e s gri s y
mu y des arr oll ad a; sur ge d e cad a lad o del men tón con un a lon git ud d e 35 centí me tro s. De no con sid er ar
má s qu e l a ca be za po drí am os cre er c ier tam e nte qu e se tra ta d e u n h om br e. E l tó ra x es tá f ue rte me nte
des arr oll ad o; la p ar te a nt eri or del pe ch o e stá cu bi ert a d e p elo s n um e ros os y e nc an eci do s, c om o los d el
ros tro . L as m a ma s pre se nta n un v ol um en b ast an te co ns ide rab le y s on co lgan tes c om o la s de u na m uje r
vie ja. E l v ien tre e s ta mb ién vo lum in os o y p res en ta ra sg uñ os. L o s mi em br os s upe rio re s, cu bi ert os d e pe lo s
num e ros os so n i gua lm en te cor tos , l os pie s s on m uy pe qu eño s.
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