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El jazz a finales de la Segunda República española: el Hot Club de Barcelona (1935-1936)

Iglesias, Iván

Abstract

Producción Científica

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El jazz a finales de la Segunda República española: el Hot Club de Barcelona (1935-1936) Este artículo estudia los inicios del Hot Club de Barcelona, fundado en abril de 1935, como mediador activo tanto en la consolidación del jazz en España como en los procesos de modernización del país durante el último bienio de la Segunda República. A través del análisis de sus revistas oficiales Música viva y Jazz magazine, así como de otra prensa musical y de periódicos generalistas, se presta especial atención a los ideales estéticos del Hot Club, sus actividades musicales y sus relaciones con otras asociaciones coetáneas. Palabras clave: Hot Club de Barcelona, España, Segunda República, Música viva, Jazz magazine. Jazza Espainiako Bigarren Errepublikaren amaieran: Bartzelonako Hot Club (1935-1936) Artikulu honek Bartzelonako Hot Clubaren hastapenak aztertzen ditu, 1935eko apirilean sortua, Bigarren Errepublikaren azken biurtekoan bitarteko aktibo izan baitzen Espainian jazza sendotzeko eta herrialdearen modernizazio prozesuan. Música viva eta Jazz magazine aldizkari ofizialak eta bestelako musika-prentsa eta egunkari jeneralistak aztertuz, arreta berezia eskaintzen zaie Hot Clubaren ideal estetikoei, bertako musikajarduerei eta beste elkarte garaikideekin harremanei. Gako-hitzak: Bartzelonako Hot Club, Espainia, Bigarren Errepublika, Música viva, Jazz magazine. Jazz at the end of the Second Spanish Republic: The Hot Club of Barcelona (1935-1936) This paper explores the beginnings of the Hot Club of Barcelona, founded in April 1935, as an active mediator both in the consolidation of jazz in Spain and in the processes of modernisation of this country during the last biennium of the Second Republic. Through the analysis of its official publications, Música Viva and Jazz magazine, as well as other musical press and generalist newspapers, special attention will be paid to the aesthetic ideals of the Hot Club, its musical activities and its relations with other contemporary national and foreign associations. Keywords: Hot Club of Barcelona, Spain, Second Republic, Música viva, Jazz magazine. El jazz a finales de la Segunda República española: el Hot Club de Barcelona (1935-1936) Iván Iglesias (Universidad de Valladolid) [email protected] BIBLID [2605-2490 (2020), 3; 11-34] Iván Iglesias Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 12 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 Introducción En las historias generales del jazz, los Hot Clubs son poco más que una nota a pie de página. Cuando se tratan, suelen analizarse únicamente como el medio desde el que coleccionistas y críticos defendieron el jazz como arte desde los años treinta del sigloXX. En efecto, el discurso de estas asociaciones fue esencial para la configuración de un canon jazzístico anticomercial y esotérico, piedra angular de la apreciación del jazz hasta la actualidad (Gennari, 2006, p.65). Sin embargo, los críticos no fueron los únicos agentes importantes de los Hot Clubs, cuya influencia excedió la de sus revistas y no puede reducirse a lo discursivo. En cada una de estas asociaciones se creó una red, a la vez internacional pero dependiente de la escena local, que integró a coleccionistas, críticos, compositores, músicos, aficionados, discográficas, editoriales, emisoras de radio y compañías cinematográficas. Por tanto, los Hot Clubs deben entenderse como instituciones cruciales para la configuración de un “mundo del jazz” específico (Lopes, 2004), pero también como entramados de personas, discursos, espacios, medios, sonidos, tecnologías y objetos diversos cuya agencia no se limitó a lo musical. En la actualidad, la única asociación de jazz anterior a la Segunda Guerra Mundial que cuenta con bibliografía específica es el influyente Hot Club de France (Tournès, 1999; Jackson, 2003; Legrand, 2009). Este artículo analiza la etapa inicial de una de las primeras asociaciones de jazz creadas en Europa, el Hot Club de Barcelona, desde su fundación en abril de 1935 hasta su colectivización en julio de 1936 a causa de la guerra civil española. Su objetivo principal es mostrar, por un lado, la heterogeneidad de los colectivos e ideas que se desarrollaron en el seno de la asociación y, por otro, el papel mediador del jazz en varios procesos modernizadores que tuvieron lugar en España durante el último bienio de la Segunda República. Para ello se centra en los protagonistas y los discursos de las revistas del Hot Club en relación con otras publicaciones de su tiempo, así como en el papel de la organización en el fomento de partituras, discos, películas y conciertos de jazz. El Hot Club de Barcelona: fundación, filiales y revistas En la España de los años veinte, el jazz despertó sumo interés entre los artistas y escritores de vanguardia, que lo convirtieron en un referente habitual de sus ensayos, poemas y novelas (Jiménez Millán, 2000; Patrick, 2008; Davidson, 2009; Bellver, 2010; Goialde Palacios, 2011; Bardavío e Iglesias, 2012; Guijarro, 2013). Por otra parte, el fox-trot, el one-step, el shimmy y el charlestón tuvieron éxito tanto en las editoriales musicales como en los sellos discográficos, y aparecieron cada vez más El jazz a finales de la Segunda República española: el Hot Club de Barcelona (1935-1936) Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 13 frecuentemente en el teatro lírico, los salones de baile y el cabaret (García Martínez, 1996; Alonso González, 2009; García, 2012, pp.22-28; Faulín, 2015, pp.126-181). Sin embargo, durante la Segunda República se desarrolló en España una mayor preocupación por la función social de los espectáculos. Las autoridades republicanas partieron de la idea de la difusión de la cultura como remedio a los males de España y numerosos intelectuales de la vanguardia adoptaron posturas militantes que, tanto desde la derecha como desde la izquierda, compartieron un estímulo del entusiasmo patriótico y la promoción de una identidad nacional proyectada desde el arte (Holguín, 2003). La cultura de masas, sobre todo aquella más vinculada a lo extranjero y a lo frívolo, fue considerada por unos y otros poco apta para su proyecto. Todo ello implicó que muchas ideas estéticas de la vanguardia desaparecieran en beneficio de posturas más comprometidas políticamente. Con esta pérdida de apoyo de los intelectuales, el jazz vio limitada su presencia en las polémicas musicales y estéticas en los años treinta. En todo caso, se trató de una pérdida de prestigio y visibilidad, no de presencia: durante la Segunda República, el jazz se imbricó plenamente con la cultura de masas y se equiparó a la música popular moderna, una identificación que predominará hasta finales de los años cuarenta. A mediados de la década se había naturalizado como entretenimiento y parte integrante de otros espectáculos. Estos vínculos entre el jazz y lo masivo explican que algunos de los principales intelectuales y críticos de la época, como Adolfo Salazar, siguieran considerándolo “artículo de consumo y de distracción, no objeto de arte”, muy alejado de “la música propiamente dicha” (Salazar, 1934, p.4). Este descrédito motivó la reacción de algunos seguidores que, a través de diversas iniciativas, intentaron diferenciar y preservar un jazz “artístico” y “auténtico”. En este sentido cabe destacar la labor de los Hot Clubs, cuyas actividades fueron un foco de educación informal y de construcción de un canon jazzístico definido. El primero se creó en Barcelona en abril de 1935, tomando como referencia el de París fundado tres años antes. En su número de marzo de 1935, la revista Música Viva ya proclamaba su intervención activa en los trabajos preparatorios para un “Barcelona Jazz Club” que permitiría crear una discoteca, organizar sesiones de cine y conciertos de jazz para evadirse “de la insulsez y el amaneramiento reinantes”, celebrar concursos entre orquestas, mantener un intercambio con clubes similares en el extranjero y contar con un local donde se pudieran reunir músicos y aficionados (p.5). Al mes siguiente, según un anuncio a toda página en el número de abril de la misma revista, la proyectada asociación había adquirido ya su denominación definitiva y se había constituido oficialmente (p.3). El Hot Club de Barcelona inauguró sus actividades el 11 de mayo de 1935, con el empresario Pere Casadevall y el percusionista y compositor Juan Durán Alemany como presidente y vicepresidente, respectivamente. Un mes después contaba ya Iván Iglesias Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 14 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 con casi 250 socios (Crónica, 1935) y en mayo de 1936 con 472 (Noticiario, 1936). Hasta la sublevación militar de 1936, se fundaron otras asociaciones en pequeñas localidades catalanas como Manresa, Granollers, Terrassa, Rubí, Badalona, Sabadell, Vilafranca del Penedès, Figueres, Vic, Mataró y Calella, que funcionaron como “filiales” del Hot Club de Barcelona. Este, a su vez, sirvió como modelo para el de Valencia, constituido en la primavera de 1936, y el de Madrid, que a pesar de los intentos de músicos y aficionados como Alberto Urech, Emilio de León, Sigfredo Ribera o Juan Valcárcel no llegó a constituirse oficialmente antes de la guerra civil (Valcárcel, 1936, p.12). Aunque el Hot Club de Barcelona se integró en noviembre de 1935 en la efímera International Federation of Hot Clubs1, su modelo fue siempre el club parisino, y no sus homólogos estadounidenses. Desde su fundación, el Hot Club de Barcelona tuvo una función proselitista y educativa. Sus actividades y publicaciones fueron medios de difusión del género y de configuración de un canon definido. Los entonces considerados eruditos barceloneses del jazz, Pere Casadevall, Fausto Ruiz, Baltasar Samper y Antonio Tendes, presentaron audiciones semanales de jazz tanto en la sede del club como a través de la radio, valiéndose de sus nutridas discotecas particulares. A este respecto, desde un principio destacaron Tendes, que en 1933 había escrito ya una serie de artículos sobre jazz en el Diari de Tarragona (García Martínez, 1996, pp.78-79), y Casadevall, quien más tarde también será fundamental en la historia del Hot Club durante el franquismo y en 1960 presumía de tener doce mil discos (Del Arco, 1960). El propio Club permitía a sus socios conseguir grabaciones editadas por el Yale Hot Club y el Hot Club de France. Desde un principio, el Hot Club contó con revista oficial: primero fue Música Viva y más tarde Jazz Magazine. Ambas fueron cuidadas publicaciones mensuales o bimensuales, según la época, que incluyeron noticias, crónicas, artículos, reportajes y entrevistas, así como crítica de conciertos y discos, glosarios musicales, tratados de análisis e instrumentación por fascículos, e incluso suplementos con obras compuestas por los socios. Música Viva vio la luz en noviembre de 1934 y fue la primera revista específica sobre jazz publicada en España, además de una de las pioneras en el mundo: solo la habían precedido la francesa La revue du jazz, publicada entre 1929 y 1930 (Tournès, 1999, pp.34-36), la belga Music, que en 1931 fue convertida en una revista exclusivamente jazzística (Heyman, 2015), la neerlandesa De 1. La International Federation of Hot Clubs se fundó en 1935 y tuvo el Yale Hot Club como centro de operaciones. Su presidente fue el francés Hugues Panassié y su secretario general Marshall Stearns, un joven profesor de literatura inglesa de la Universidad de Yale y presidente del United Hot Clubs of America (Stowe, 1996, p.81). Agrupó a asociaciones de jazz de Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Polonia, Dinamarca, España y Bélgica (Lopes, 2004, p.163). El jazz a finales de la Segunda República española: el Hot Club de Barcelona (1935-1936) Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 15 Jazzwereld, también desde 1931 (Van de Leur, 2012), y la estadounidense Down Beat, cuyo primer número databa de julio de 1934 (Alkyer y McDonough, 1995)2. Desde su inicio, Música Viva estuvo ligada al colectivo que luego, en abril de 1935, constituiría oficialmente el Hot Club de Barcelona. Sus directores fueron Ernesto Guasch, Juan Aragonés y, ya cuando fue órgano oficial del Club, el pianista y prolífico compositor Nicolás Surís Palomé. Jazz Magazine, que desde un principio fue órgano oficial del Club, surgió de la unión de Música Viva y el órgano del Sindicato Musical de Cataluña, Mundo Musical, y se publicó entre agosto de 1935 y junio de 1936. En Jazz Magazine colaboraron periodistas, compositores, músicos y aficionados, a quienes se sumaron artículos y traducciones de las principales firmas del Hot Club de France, Hugues Panassié, Charles Delaunay y Jacques Bureau. La revista también incluyó más esporádicamente artículos de otros autores publicados en las revistas francesas Jazz-Tango, Jazz Hot y Radio Magazine, así como de la argentina Síncopa y Ritmo. El entusiasmo y la militancia con los que se defendían en Música Viva y Jazz Magazine las orquestas españolas de baile contrastaba con la completa marginación de las manifestaciones populares urbanas en las principales revistas musicales de la época, como Ritmo en Madrid o la Revista Musical Catalana en Barcelona. La plural “autenticidad” del jazz Los ideales estéticos del Hot Club quedaron plasmados tanto en Música Viva como en Jazz Magazine, que desde sus editoriales se presentaron como defensoras “de la música de jazz auténtica” (Casadevall, 1936). La improvisación fue valorada positivamente, pero en ningún caso tomada como una característica necesaria del jazz “verdadero”. En cambio, sí se consideraba que ningún músico de jazz podía eludir el swing o desplazamiento tácito y sistemático de los acentos regulares del compás (Casadevall, 1935, p.1; Samper, 1935, p.5; Tendes, 1935, p.16). Aquí es evidente la influencia del Hot Club de France, y en particular de los primeros escritos de su presidente, Hugues Panassié, que en un principio tuvo una visión similar sobre el jazz “verdadero”. De hecho, en el segundo número de Música Viva se había publicado la traducción de algunos fragmentos que Panassié había dedicado al swing en su influyente libro Le Jazz Hot. En ellos, el musicógrafo francés señalaba que: 2. En su libro Jazz and Culture in a Global Age, Stuart Nicholson proporciona un listado en el que data de manera imprecisa el inicio de varias publicaciones, sitúa Music en Francia y mezcla revistas específicas con otras que durante años se ocuparon solo parcialmente del jazz, como la propia Music, Melody Maker o Jazz-Tango (Nicholson, 2014, p.185). Iván Iglesias Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 16 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 El swing es un elemento esencial de la música de jazz que no es dable encontrar en ninguna otra música y el que más contribuye, por consiguiente, a prestarle su particular carácter. Cuando se intenta definir o explicar el swing, se choca con dificultades insuperables. Hasta el presente, nadie ha acertado a encontrar una definición precisa. [...] El swing es, no obstante, objetivo, puesto que el juicio se formula casi invariablemente sobre su presencia, su ausencia o su grado de intensidad. Para dar de él una idea vaga, puede decirse que es una especie de balanceo en el ritmo y en la melodía, que comprende siempre un gran dinamismo. [...] En cierto modo, toda la música de baile, y en general la música de ritmo continuo, tiene swing, es decir, da una impresión de balanceo regular. Pero no hay más que una pequeña relación con la música de jazz, donde el swing no solamente aparece en el ritmo, sino en la melodía, mientras que en los valses o los tangos no se observa otra cosa que un balanceo rítmico. [...] Con el fin de intentar dar algunas precisiones, distinguiremos dos condiciones igualmente necesarias para la existencia del swing. Hace falta, por un lado, que el ejecutante toque con swing, pero para que esto sea posible precisa, por otro lado, que la música propuesta sea de una naturaleza tal que permita una ejecución swing. Por consiguiente, hay el swing en la ejecución y el swing en la misma naturaleza de la música. [...] El swing es, además, un don. Se lleva en sí o se carece de él. Tocar así no se aprende. [...] Los músicos que tocan con swing son incapaces de explicar a los demás cómo proceden para llegar a este resultado. Eso es que, en realidad, no hay un procedimiento uniforme. [...] Cuando creemos haber dado una definición del swing, estudiando las características de la ejecución de un artista, nos damos cuenta, al oír a otro tocar con swing ayudado de medios diametralmente opuestos, que hemos equivocado el camino (Panassié, 1935)3. La cita, aunque extensa, merece la pena por su influencia en las definiciones del swing que podrán leerse luego en Jazz Magazine, y también porque a menudo se ofrece una visión sesgada de esas páginas en la bibliografía en inglés sobre Panassié. En sus libros sobre el jazz en la Francia de entreguerras, Jeffrey Jackson y Jeremy Lane señalan que el crítico francés concibió el swing en Le jazz hot como algo no intrínseco a la melodía, sino dependiente de la forma en que se interpreta (Jackson, 2003, p.174; Lane, 2014, pp.95 y 105). Sin embargo, como puede verse tanto en el libro original como en la traducción de Música viva, Panassié atribuyó inicialmente el swing no solo a la ejecución, sino también a la partitura. Esta idea es relevante porque, en el seno del Hot Club de Barcelona, la autenticidad del jazz concilió en todo momento composición e interpretación: aunque en última instancia se atribuyó al músico, este dependía en buena medida de la partitura, lo que 3. Estos fragmentos proceden de las páginas 29-34 del libro Le Jazz Hot (1934). El jazz a finales de la Segunda República española: el Hot Club de Barcelona (1935-1936) Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 17 explica que numerosos debates de Jazz Magazine se centraran en la originalidad de los compositores españoles. En marzo de 1936, Juan Valcárcel, antiguo batería de la orquesta Los Vagabundos, se convirtió en el corresponsal de Jazz Magazine en Madrid tras el fallecimiento del joven Emilio de León. Aquel mismo mes publicó un artículo en las páginas de la revista POM, órgano de la Asociación General de Profesores de Orquesta y Música de Madrid, en las que tomaba como referencia a Panassié y todavía consideraba que el swing era “un don innato, pero susceptible de ser desarrollado hasta un cierto grado” y que resultaba “indispensable también que la música posea ese carácter en estado latente” (Valcárcel, 1936, p.13)4. La influencia de los primeros escritos de Panassié también fue clara a la hora de definir el jazz en términos tanto interpretativos como raciales. Al igual que el musicógrafo francés en sus artículos y libros de la primera mitad de los años treinta (Tournès, 1999, pp.35-40), los citados Casadevall, Ruiz, Samper y Tendes defendieron en sus abundantes conferencias y artículos la autenticidad tanto del straight, interpretado tal como está en la partitura y más dependiente de la invención melódica del compositor, y el hot, basado en el uso creativo del ritmo, el sonido y las variaciones melódicas por parte del ejecutante5. De hecho, la crítica española especializada contaba entonces sin excepciones a Irving Berlin, George Gershwin, Jerome Kern, Cole Porter, Harry Warren, Nacio Herb Brown y Hoagy Carmichael, fundamentalmente recordados hoy por sus canciones para el teatro y el cine, entre los mejores compositores del género. Tanto el Hot Club de Barcelona como la prensa generalista presentaron en 1936 los estrenos de películas con música de estos autores como una oportunidad de disfrutar de “arte” y de “verdadera música hot” (El jazz en el cinema, 1936). Entre los intérpretes, cantantes y bailarines como Dick Powell, Fred Astaire y Ginger Rogers fueron habitualmente vinculados al jazz “auténtico”. Ahora bien, más allá de estos puntos en común, quienes participaron en las revistas del Hot Club mostraron algunas discrepancias en torno a qué expresiones debían incluirse en tal autenticidad. De hecho, en Jazz Magazine se revelan claramente dos posturas diferentes, aunque no enfrentadas: la de críticos y aficionados, por un lado, y la de los compositores y músicos, por otro. Los primeros señalaron que el “auténtico” jazz no estaba racialmente determinado, pero también dejaron clara la procedencia afroamericana del género y su predilección por los intérpretes negros. Es más, a menudo construyeron el jazz como un reflejo de la psicología 4. La sección de jazz de Valcárcel se había iniciado tímidamente en POM en noviembre de 1935 y fue adquiriendo cada vez más importancia hasta la desaparición de la revista, con el inicio de la guerra civil. 5. Además de estar presente en Francia y España, el debate entre hot y straight se produjo también entonces en Portugal (Cravinho, 2016, p.95). Iván Iglesias Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 18 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 afroamericana, una proyección creativa de su “pureza” y “sinceridad”, como había hecho años antes Robert Goffin en su célebre Aux frontières du jazz (1932). En 1935, Juan Aragonés defendía en Música Viva que la creatividad negra, “una revolución llena de trascendencia”, iba unida a su infantilismo: Todo el mundo nace con pasta de genio. Todos los niños ofrécennos rasgos característicos. Pero sucede que esta fuerza se para. Y uno a los diez años, otro a los quince, entran en una fase de reposo, donde se adormecen estas facultades. El niño se hace... hombre. Sólo el genio verdadero sigue siendo un niño toda la vida. [...] Y, ¿qué son los negros, sino lo que sus conocedores han dicho y repetido de tiempo inmemorial?: unos niños grandes. Todo, todo, en el arte de ellos ofrece esta sinceridad inconfundible, esta pureza de expresión que tanto estimamos en el verdadero arte popular, que es también un arte de niños grandes. Los extremos se tocan. Al lado del arte clásico, hijo del razonamiento, de la previsión, o— por usar el término freudiano— de la censura que elimina las inspiraciones fracasadas, bien debemos admitir el arte popular, el romanticismo, el infantilismo, el arte negro; formas sinceras, formas netas, formas puras, que no sólo no necesitan ese control, sino que sería para ellas un verdadero estorbo. Son como los árboles, que no necesitan, para tener bellas formas, las manos del escultor modelador de barro. [...] [Los negros] son no menos niños por su espíritu puro y simple, por la sinceridad de su arte tan expresivo, tan lleno de emoción (Aragonés, 1935). Aquel mismo mes, también José Olivella destacó a propósito de un cortometraje de los Blue Rhythm Boys estrenado en Barcelona “la curiosa psicología de esta raza supersticiosa, infantil y extrañamente religiosa” (Olivella, 1935)6. Por ello, se mostraron contrarios al jazz sinfónico de Paul Whiteman y Jack Hylton, pero también a Harry Fleming, que en 1936 se encontraba actuando en el cabaret Casablanca de Madrid. A los tres les reprochaban su comercialismo y falta de naturalidad. En una serie de conferencias en el Ateneu Polytechnicum de Barcelona, el compositor y folklorista Baltasar Samper compartía esta visión esencialista de la cultura negra y recuperaba algunas ideas de la vanguardia sobre el jazz como emblema de modernidad y dinamismo. Su defensa de la música negra como revolución rítmica y somática se asemejaba particularmente a la ofrecida años antes por el crítico Sebastià Gasch, si bien este último había tomado precisamente a Hylton como referente (Davidson, 2009, pp.69-103). Además de explicar lúcidamente las formas y recursos más frecuentes en el jazz, Samper señalaba la incomprensión que había 6. Alfredo Papo y Joaquim Romaguera i Ramió señalan que “José Olivella” era un seudónimo de Antonio Tendes (Papo, 1985, p.33; Romaguera i Ramió, 2002, vol. 2, p.122), pero en Jazz Magazine se menciona en varias ocasiones como persona física y “newcomer a nuestro círculo musical”. El jazz a finales de la Segunda República española: el Hot Club de Barcelona (1935-1936) Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 19 sufrido este género, relegado durante una década a lo inadmisible como ruido o dislocación corporal, pero ahora asumido como desafío y renovación musical: La irrupción en Europa de las singulares agrupaciones de músicos negros provocó un general sentimiento de estupor. La revelación del jazz fue una cosa desconcertante que muchos se resistían a tomar en serio. Empezaron las discusiones apasionadas y los críticos, naturalmente, dividiéronse. El optimismo prevaleció al fin, y los entusiastas se extasiaron ante el primitivismo atribuido al jazz, que fue contrapuesto victoriosamente a las fatigadas armonías ultrarrefinadas de la música impresionista, a las extremadas especulaciones contrapuntísticas, a la progresiva, insaciable y alarmante complicación orquestal. Se proclamó un nuevo y luminoso imperio del ritmo. El ritmo puro, elemento primero de la música, iba a recobrar su prestigio indiscutible y, paradójicamente, se convertiría en precioso agente renovador. Todos los comentarios, claro, se referían a aquel jazz apocalíptico que, entre espasmos y convulsiones epilépticas, tronaba, bramaba, crepitaba y aullaba con furia diabólica, librados los ejecutantes que lo formaban a un delirio desesperado, como unos poseídos que celebrasen con agitación trepidante la más monstruosa consagración del ruido organizado [...] Actualmente, el jazz explosivo y catastrófico ya no causa impresión a nadie. [...] En las ejecuciones de los músicos negros se insinúa toda una gama de sentimientos matizados de imponderables que los músicos de otras razas no aciertan a suscitar con la eficacia que aquéllos encuentran fácilmente. [...] Sea esto consecuencia de una innata timidez que no deja manifestar los sentimientos, digamos, en su estado puro, o sea fruto de un escepticismo un poco cínico — ¡han sufrido tanto, los negros!—, lo cierto es que en sus expresiones hay siempre una gran fuerza de carácter específico que se impone imperiosamente, capaz de cautivar a los que lleguen a sentirla sin prejuicios (Samper, 1935, pp.5 y 19). No obstante, estas opiniones son solo una parte de las posturas estéticas que se prodigaron en el seno del Hot Club. Tanto Música Viva como Jazz Magazine también contaron con la colaboración regular de algunos de los principales músicos de Barcelona, principalmente a través de entrevistas7. Por otra parte, los artículos sobre técnicas de composición, orquestación e interpretación, así como los abundantes anuncios de instrumentos musicales, mutuas y sastrerías para orquestas, revelan que los músicos debían constituir un porcentaje de lectores nada desdeñable. En sus opiniones, los músicos se mostraron bastante menos esencialistas que los críticos y musicógrafos. En el número de junio-julio de 1935, la dirección 7. La mayor parte de las entrevistas las realizaron Emilio de León, Sigfredo Ribera y, sobre todo, Alberto Hernández Solé (bajo el seudónimo “H. Trebla”). Iván Iglesias Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 26 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 y de la orquesta Los Vagabundos. Esta última era entonces una de las principales orquestas españolas, identificada recurrentemente en las entrevistas de Jazz Magazine como predilecta de los músicos barceloneses. Aunque su actuación fue muy aplaudida, el crítico del diario La Publicitat señaló que: Si tuviéramos que oponerles algún reparo, sería únicamente por haber incluido en el programa la pieza titulada Ebony Rhapsody, de la que creemos es autor Duke Ellington. Hemos de desear que nuestros músicos tengan en buen gusto de rechazar estas profanaciones que nada puede excusar (La prensa y el primer festival, 1936). Como es sabido, Ebony Rhapsody, compuesta por Sam Coslow y Arthur Johnston, pero grabada y convertida en célebre por Ellington, utiliza como tema principal una de las melodías de la Rapsodia Húngara número 2 de Franz Liszt. Este es uno de los primeros testimonios españoles de la polémica sobre la adaptación de obras clásicas al jazz, que más tarde constituirá una de las obsesiones de los musicógrafos del primer franquismo y se saldará en agosto de 1942 con la prohibición de este tipo de hibridaciones por parte del Sindicato Nacional del Espectáculo (Martínez del Fresno, 2001, p.75). En el local del Hot Club no solo podía escucharse jazz. Un buen ejemplo fue la actuación que ofrecieron el pianista Antonio Matas y el saxofonista Francisco Casanovas, el 22 de agosto de 1935. Casanovas había residido varios años en el extranjero, particularmente en Francia, en la India y en Estados Unidos, y entonces era uno de los saxofonistas más virtuosos y reputados de Europa (Asensio Segarra, 2012, pp.212-220). El programa estuvo integrado por obras clásicas como el famoso y complicado Concierto en mi menor para saxofón alto y piano, Op.102 (1925), de Jascha Gurewich, pero también por piezas de Frank Trumbauer o Rudy Wiedoeft. Casanovas añadió al repertorio una composición suya dedicada al Hot Club y titulada Rippo Fox. Por las mismas fechas tuvo lugar el concierto en el Hot Club de la orquesta Clarence Nemir, de Austin (Texas), una joven agrupación blanca que aquel verano estaba actuando en el Casino San Sebastián de Barcelona (Casadevall, 1935). Uno de los músicos de la orquesta que participó en aquel concierto, el saxofonista Gene Hall, aprendió durante aquella estancia en España sus primeras lecciones como arreglista (Cogswell, 1993). En 1947, Hall desarrollaría y presidiría el primer programa universitario específico sobre jazz en Estados Unidos, todavía denominado “dance band”: el de la North Texas University en Denton (Prouty, 2012, p.53). El Segundo Festival del Hot Club, que también proyectó el largometraje La alegre divorciada y varios cortometrajes estadounidenses, tuvo lugar en octubre de 1935 El jazz a finales de la Segunda República española: el Hot Club de Barcelona (1935-1936) Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 27 y sirvió como presentación de la Orquesta del Hot Club, dirigida por Antonio Matas. La agrupación estaba integrada por trece músicos seleccionados entre las mejores agrupaciones de jazz de Barcelona: al saxofón alto estaban Rodrigo Roy, de Demon’s Jazz, y José Domínguez, de Matas Band; al tenor, Sebastián Albalat, de Napoleon’s Band, y Salvador Durán, de Los Miuras de Sobré; a la trompeta, José Masó, de Los 16 Artistas Reunidos, José Ribalta, de Demon’s Jazz, y Magín Munill, de Napoleon’s Band; al trombón, Fernando Carriedo, de Matas Band, y Francisco Gabarró, de Los Miuras de Sobré; en la sección rítmica figuraban Antonio Matas, pianista y líder de la Matas Band, Antonio Rusell, contrabajista de Casanovas Orchestra, Steve Erikson, guitarrista de Demon’s Jazz, y José Bellés, batería de Napoleon’s Band (Papo, 1985, p.30; Pujol Baulenas, 2005, p.44). Varios de estos músicos desarrollaron exitosas trayectorias después de la guerra civil, olvidadas hasta muy recientemente. Entre los que emigraron cabe destacar al trombonista Francisco Gabarró (1914-1990), violonchelista de formación y alumno de Pau Casals. Tras el inicio de la guerra civil española se marchó con la Casanovas Orchestra primero a Francia y luego a la India, donde permaneció durante más de una década. A finales de los años cuarenta se afincó en el Reino Unido, donde llevó a cabo una frenética actividad como violonchelista. Fue miembro del Ariel Quartet y de la London Symphony Orchestra, y actuó como solista con la National Philharmonic Orchestra. Por otra parte, se convirtió en uno de los principales violonchelistas de estudio de Londres en los años sesenta. Cabe destacar su participación en el único álbum de estudio que Frank Sinatra grabó fuera de Estados Unidos, Sinatra Sings Great Songs from Great Britain (1962), en la banda sonora de las primeras películas de James Bond y en dos célebres canciones de The Beatles: fue chelista en el cuarteto de cuerda de “Yesterday” (Help!, 1965) y en la orquesta de “A Day in the Life” (Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, 1967)8. La big band del Hot Club volvió a actuar en los eventos más importantes organizados por la asociación antes de la guerra civil: los conciertos conjuntos ofrecidos por el saxofonista, trompetista y líder de orquesta Benny Carter y el Quintette du Hot Club de France (liderado por el guitarrista Django Reinhardt y el violinista Stéphane Grappelli) el 29 de enero, en el cine Coliseum, y el 31 de enero, en el Palau de la Música. Los conciertos llevaban meses preparándose. En el número de Jazz Magazine de septiembre-octubre de 1935, Charles Delaunay ya confiaba en 8. Simon Berrill está a punto de publicar una biografía de Gabarró en la editorial Arpegio, titulada Francisco Gabarró (1914-1990): Un músico entre dos mundos. Agradezco encarecidamente a Miquel Bernadó y al propio Berrill la información sobre Gabarró. Iván Iglesias Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 28 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 que “pronto tendrán ocasión de oír al quinteto en carne y hueso si, como todo hace presumir, los Hot Club de Barcelona y París encuentran una fórmula de acuerdo para la organización de conciertos en España” (Delaunay, 1935). El día de año nuevo de 1936, el Hot Club abandonó su local “caluroso, pequeño, y mal acondicionado” de Cortes, número 719, e inauguró su nueva y elegante sede social en el Passeig de Gràcia, número 35. Para celebrarlo, sus responsables organizaron su tercer festival e hicieron un último esfuerzo por llevar a Barcelona a los músicos de jazz más importantes que se encontraban entonces en Francia. Benny Carter había llegado a París en junio de 1935 y a principios del año siguiente había ofrecido allí tres conciertos con el grupo de Reinhardt y Grappelli. Aquel mismo enero de 1936 se firmó un contrato para los que iban a ser los dos primeros conciertos del Quintette du Hot Club fuera de Francia, a razón de 3.500 francos por actuación (Delaunay, 1981, p. 229). El pianista afroestadounidense Garnet Clark, cuya presencia fue publicitada en un principio, finalmente no acudió a Barcelona (Papo, 1985, p.32). Nicolás Surís Palomé describió con orgullo la espectacular acogida de las actuaciones: El aspecto de los locales durante los conciertos era magnífico. Un auditorio devoto, entusiasta, caldeó la atmósfera con sus atronadoras ovaciones, después de escuchar las interpretaciones con un silencio impresionante, que para sí quisieran los más empingorotados conciertos clásicos (Surís Palomé, 1936). Dado el éxito de los dos primeros conciertos, un empresario local organizó por su cuenta un tercer concierto el 2 de febrero, en el Teatro Olympia. Sin embargo, el público que acudió no fue tan numeroso como se esperaba y el empresario desapareció con las exiguas ganancias, sin pagar a Benny Carter ni al Quintette du Hot Club de France (Papo, 1985, p.32). Este incidente es el origen de un mito según el cual los músicos nunca recibieron el dinero de sus conciertos en Barcelona y volvieron a París “without so much as a brass farthing in their pockets, [...] only a miserable Catalonian sausage to chew on between the five of them!” (Delaunay, 1981, p.83). Conviene matizar esta leyenda, elaborada literariamente por Charles Delaunay en su biografía de Django Reinhardt y luego asumida por Ludovic Tournès, Michael Dregni y Anne Legrand (Tournès, 1999, p.49; Dregni, 2006, p.112; Legrand, 2009, p.87). El Hot Club pagó a los músicos lo acordado en el contrato: 3000 francos por adelantado antes de que los músicos llegaran a Barcelona, y otros 4000 una vez terminadas las dos actuaciones. De hecho, según Papo, el resultado deficitario de ambas sesiones generaría tensiones luego en el seno de la asociación. El concierto del Teatro Olympia, en el que Stéphane Grappelli se negó a actuar, no estaba previsto inicialmente ni fue organizado por el Hot Club (Papo, 1985, p.32). Sí está claro El jazz a finales de la Segunda República española: el Hot Club de Barcelona (1935-1936) Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 29 que las actuaciones generaron una agria polémica entre la mayoría de los críticos de Barcelona, que los celebraron como una prueba de la modernidad de la ciudad, así como de la inexorabilidad del arte moderno, y algunos tradicionalistas: Que los negros americanos o los negros oceánicos se entusiasmen con esta clase de música primaria, que no es otra cosa que una especie de excitante fisiológico con su ritmo trepidante y con sus síncopas constantemente repetidas, nos parece una cosa del todo natural, pero que nosotros, los blancos de Occidente, que hemos pasado por toda una civilización en la cual sobresalen, entre otros, los nombres de Beethoven, Bach, Mozart, este último sobre todo, Schubert, Schumann, etc., tengamos que sentirnos negros y que algún músico admita seriamente todo esto y haga su apología, nos parece del todo indecoroso y hasta vergonzoso. […] Opinamos y pensamos que todo esto, en el fondo, es una suerte de epidemia que, tarde o temprano, ha de desaparecer. Ya va desapareciendo en muchos sitios. Nosotros creemos cumplir un deber diciendo que el jazz es indigno del todo de nuestra civilización; que no tenemos necesidad alguna de retroceder hasta este primitivismo salvaje, y que debemos reaccionar fuertemente a favor de lo nuestro, que hemos conquistado a fuerza de largos años de estudio, de trabajo y de cultura espiritual (Llongueras, 1936; citado en Surís Palomé, 1936, pp.1-2). En las páginas de Jazz Magazine se transcribieron las críticas positivas de los conciertos y esta del compositor y pedagogo Joan Llongueras para La Veu de Catalunya, que Nicolás Surís Palomé calificó como “una réplica pintoresca a las opiniones generalmente entusiastas vertidas por los demás críticos” sobre aquellas excepcionales actuaciones. Sin embargo, la de Llongueras no fue la única diatriba contra los conciertos del Hot Club. Ni siquiera fue la más significativa. Notablemente dolido porque el jazz hubiera hecho acto de presencia en el Palau de la Música Catalana, templo de la música “seria” en Barcelona, Frederic Lliurat escribió en la Revista Musical Catalana: Entre els músics, són molts els que pensen que el jazz és un art infantívol. I creuen, els susdits músics, que es tracta, en veritat, d’un moviment que hom podria qualificar de marxa enrera (moviment semblant, en el fons, a certes manifestacions—també infantívoles—de les altres arts belles, i lligat, de faisó íntima, amb tots els relaxaments—indumentària, manera de viure, de tractar-se actualment els homes, etc.—que sorgeixen avui, insistentment, naturalment, al nostre entorn). Altres afirmen, en canvi, que el jazz ha de donar una vida nova a l’art dels sons dels nostres dies. I molts grans músics empren, en efecte, els sorolls i els ritmes i les sincopes del jazz. Nosaltres creiem (ho direm amb franquesa) que es tracta, en realitat, d’una passa, d’un viciet, d’una moda passatgera. Admirem, certament, la traça de certs executants; contemplem, encuriosits, la trepidació Iván Iglesias Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 30 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 insistent, poc variada, dels músics (que es mouen, sovint, com si fossin víctimes d’un atac epilèptic o com si volguessin imitar, modestament, la mímica innocent del bons simis); gustem, en fi, el caràcter de les síncopes (que ja no ens sobten, a causa de l’abús que hom fa d’un truc ja un xic gastat, rebregat). Trobem, amb tot, que el jazz és un art ben palesament primitiu, i ben digne dels homes senzills que el practiquen. Però ens sentim ja massa civilitzats, massa saturats, tanmateix, d’art j a fet, ja ben constituït, per admetre el jazz seriosament. Afegirem el següent: que entre les provatures, filles del ritme o trepidació insistent de la música dels negres, que havem sentit o que havem llegit; entre els assaigs de certs músics, per tal d’incorporar a la música l’art que podríem dir-ne negre, no coneixem cap obra veritablement transcendental. Tot fa l’efecte de simples boutades, eixides, ultra de l’art negre, del sentir dels nostres temps. Dels nostres temps que es caracteritzen, ai las, per la manca de grans ideals, i per una cada dia més marcada afició als entreteniments i a les impulsions generalment frèvoles... o algun cop grolleres. Car l’home tendeix avui, es diria, a tomar-se impulsiu. I la impulsió s’imposa, per damunt de la reflexió. [...] L’artista culte ha d’ésser curiós i ha de servir-se, si l i plau, de totes les troballes, de totes les manifestacions interessants de l’art dels sons (ritmes, tonalitats, caients melòdics, coloracions). Arreu hom pot trobar un procediment nou, una suggestió. Però d’aquí a engrescar-se, per exemple, sistemàticament, amb el jazz hi ha una bella distància! Formulades les nostres observacions, farem constar que l’Orquestra de l’Hot-Club de Barcelona i el Quintet de l’Hot-Club de França practiquen amb traça el ritme insistent del jazz. Aplaudim també les entremaliadures de Bennie Carter en servir-se del saxofó i d’altres instruments. Però tot ens sembla, tanmateix, un art inferior, no encara propi d’una sala de concerts. D’una sala de concerts on sentim cançons nostrades i on escoltem música de Bach, de Mozart, dc Becthoven, de Brahms, de Strauss, de Debussy (Lliurat, 1936). Los reparos de Lliurat fueron menos vehementes y toscos que los de Llongueras, pero no menos ácidos, y a buen seguro más dolorosos para los miembros del Hot Club. La reflexividad y el prestigio de Lliurat, que había sido alumno de Felipe Pedrell y Enrique Granados, así como fundador de la propia Revista Musical Catalana, disuadieron presumiblemente a los redactores de Jazz Magazine de reproducir su dictamen en la revista. Lo que resultaba evidente era que, a pesar de todo, el jazz seguía teniendo sus detractores, cuando no enemigos, entre los más eminentes musicógrafos de la Segunda República. Y ello vuelve más meritoria, si cabe, la labor de quienes integraron el Hot Club. El jazz a finales de la Segunda República española: el Hot Club de Barcelona (1935-1936) Jazz-hitz, 03 (2020), pp. 11-34 ISSN 2605-2490, e-ISSN 2605-2555 31 Conclusión Los medios y redes iniciales del Hot Club de Barcelona revelan un discurso sobre el jazz particularmente plural en lo que respecta a cuestiones artísticas, raciales, de autenticidad y de género, una escena musical que desafía dicotomías simplificadoras como local-global, popular-culto o profesional-amateur, y la importancia del jazz como mediador activo en la transformación de la industria discográfica y editorial, la radio y el cine en la España de la Segunda República. La primavera de 1936 dibujaba un horizonte alentador para el Hot Club, con medio millar de socios, una excelente orquesta, vínculos sólidos con otros clubes europeos y varias actividades de prestigio a sus espaldas. La sublevación militar de julio de 1936 y la guerra civil asestaron un duro golpe a muchos de aquellos aficionados al jazz. El Hot Club no desapareció durante el conflicto, pero sus actividades estuvieron marcadas por la revolución social que los sindicatos llevaron a cabo en Barcelona y tuvieron un carácter sustancialmente diferente a las de preguerra. El local del “Hot Club Catalá”, como se denominó en la prensa y los programas, fue colectivizado y sus recursos fueron empleados en un proyecto social cuyo objetivo fue abrir los privilegios de la élite al pueblo. Cuando Barcelona fue conquistada por los sublevados, en febrero de 1939, los enemigos del jazz vieron su oportunidad de imponer su criterio, amparados por el nuevo régimen fascista, ultracatólico y tradicionalista del general Franco (Iglesias, 2017). Referencias Alkyer, F. y McDonough, J. (Eds.). (1995). Down Beat: 60 Years of Jazz. Milwakee: Hal Leonard. Alonso González, C. (2009). “Mujeres de fuego”: ritmos “negros”, transgresión y modernidad en el teatro lírico de la Edad de Plata. Cuadernos de Música Iberoamericana, 18, 135-166. 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