scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Polisario. Traducido por Javier Martínez Romera.

Harding, Jeremy

Full text

Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 7 - Año 2005 Jeremy HARDING, Polisario Traducido por Javier Martínez Romera Universidad de Valladolid Debido a la relación histórica que el Sahara Occidental ha mantenido con España durante más de un siglo y a la forma en que se llevó a cabo el abandono del territorio, el conflicto en el antiguo Sahara Español ocupa un lugar destacado en la prensa y publicaciones españolas, como reflejo de la proyección social que dicho problema posee. Pero, si bien son abundantes las referencias españolas, no lo son tanto en lengua inglesa. Por ello, nos ha parecido de interés llevar a cabo la traducción de un relato de viajes que describe la situación del conflicto durante los años ochenta, antes de la proclamación de la tregua. El texto plantea tres líneas argumentales bien definidas: una introducción que acerca al lector en lengua inglesa al conflicto, sus fases y su geoestrategia; un relato de viajes de las experiencias del autor y, por último, recoge una serie de vivencias personales de la vida matrimonial del autor que configuran una serie de pausas dentro de la acción principal del relato. Jeremy Harding, además de escritor, periodista y editor de la London Review of Books ha sido un viajero incansable por las áreas en conflicto en el mundo (el Sahara, Kosovo...) durante los últimos años. Sus experiencias han sido recogidas en varios trabajos, entre los que podríamos destacar el ensayo The Mercenary Business. Executive Outcomes en Review of African Political Economy (marzo 1997. Pág. 87-97), el libro Small Wars, Small Mercies. Journeys in Africa &s Disputed Nations (Viking 1994, reeditado por Penguin en 1995) o una de sus últimas publicaciones, el libro The Uninvited. Refugees at the Rich Man &s Gate (Penguin 2000), una reflexión sobre la emigración y su historia, que incluye el relato de sus viajes junto a emigrantes en Marruecos, España, Italia, Kosovo y Albania. - 1 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 7 - Año 2005 1 La primera vez que busqué el muro no pude encontrarlo. Había oído compararlo con la Gran Muralla China y daba por supuesto que sería capaz de verlo desde 50 millas 1 o quizá más. Había imaginado que tendría búnkeres de hormigón a lo largo de toda su longitud, que abarca casi 600 millas a través del desierto del Sahara. Se decía que la mayor parte del muro se estaba construyendo continuamente, por lo que nadie sabía cuál sería su longitud final. La idea era inconcebible: un muro construido para proteger el territorio del Sahara Occidental que Marruecos había ocupado desde 1975. Se trataba de una ocurrencia del rey de Marruecos, Hassan, ¿qué mejor modo de mantener alejada a la guerrilla polisaria? Era la Muralla de Adriano del norte de África con 120.000 soldados acampados en ella. Me había imaginado cómo emergería del desierto, pero la realidad fue bastante diferente. Durante un día y dos noches, nos dirigimos desde Argelia hacia el sudeste a través del desierto. Cerca de la frontera del Sahara Occidental, nos encontramos con el comandante local del Frente Polisario, que nos escoltó durante el resto del trayecto hasta un puesto de observación situado a unas tres millas de la línea marroquí de defensa. Habíamos llegado a lo que el Polisario llamaba sector de Smara,2 debido a que al otro lado de esta parte del muro se encontraba la ciudad ocupada de Smara. Seguimos a nuestro guía hacia las colinas de grava que nos protegían del despliegue de sistemas de detección enterrados a lo largo del muro -sensores de tierra, radares e intensificadores de imágenes infrarrojas- y, desde lo alto de un promontorio, escudriñamos cuidadosamente a través de un pequeño montón de rocas. Al principio, me costó varios minutos divisar algo a través de los prismáticos; cuando lo conseguí, solamente vi una banda fina, delgada y pálida. La base, un amplio círculo de tierra de un tono más suave que el resto del muro, estaba situada en la cima de una elevación y sobresalía como el caparazón de una tortuga.3 Los soldados marroquíes aparecieron dos veces; eran como puntos negros en medio del calor. Las presentes notas no pretenden ser ni un análisis exhaustivo ni una explicación detallada de la traducción realizada. Únicamente tratan de comentar brevemente algunos de los principales problemas con que nos hemos encontrado a la hora de llevarla a cabo. A modo de comentario general, y antes de entrar en detalles, sí cabe señalar que, al pertenecer el texto original a un género similar al periodístico, presentaba frecuentes omisiones de elementos gramaticales como conectores y verbos. Al traducir el texto al castellano se ha procurado explicitar los verbos y unir las frases, tratando así de conseguir una sintaxis más aceptable, sin perder de vista las características propias de la tipología textual española correspondiente a la inglesa. Entremos, sin más preámbulos, en el comentario de las notas, según la numeración que aparece en el texto traducido: 1 A lo largo de toda la traducción, se ha optado por no pasar a kilómetros las medidas que aparecen en yardas o millas o las extensiones en acres. Hemos procedido así ya que, si se tradujesen, se perdería en parte la exactitud de las medidas originales. 2 Hemos utilizado siempre la forma española para todos los nombres geográficos árabes; algo fácil de hacer en este caso ya que el Sahara Occidental fue territorio español durante casi un siglo y casi todos los montes, ríos, oasis y ciudades tienen un equivalente acuñado en nuestra lengua. 3 En este caso, hemos optado por adaptar la comparación que aparece en el texto original. La traducción literal de la misma sería algo así: “como el abdomen de una araña”, comparación que resulta poco expresiva en castellano. - 2 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 7 - Año 2005 Estuvimos allí, mirando, durante una hora. El muro comenzaba a impresionarme, pero el letargo en el que estaba sumido y la inactividad a lo largo de toda su extensión eran exasperantes. Al día siguiente, el Polisario hizo subir dos morteros con sus dotaciones hasta las colinas de grava y su martilleo fue lo que, finalmente, despertó al muro de su inercia. Se produjo entonces un corto pero intenso intercambio de fuego en el que los guerrilleros utilizaron proyectiles de 120 milímetros. Los primeros cayeron muy cerca de la base y los restantes alcanzaron su objetivo uno tras otro, como un goteo de muerte que cae desde el cielo.4 Los disparos marroquíes, afortunadamente, explotaron lejos de las posiciones polisarias ya que, al encontrarnos a sólo una milla del muro, estábamos demasiado cerca para que los artilleros diesen con una trayectoria precisa que pasase por encima de las empinadas colinas de grava y luego descendiese hasta los morteros de la guerrilla. Pese a ello, las unidades del muro respondieron con una extravagancia febril. El aire se llenó con un trueno plomizo y permaneció así hasta hacer pensar que se produciría un desgarrador estrépito final, pero entonces el fuego cesó abruptamente. Esperé dos o tres minutos antes de descender tambaleándome por la parte trasera de la ladera de grava hacia los Land Rover. Algunos de los guerrilleros habían comenzado a gritar para que nos diésemos más prisa. Sus voces eran rudas, pero siempre dejaban entrever una gran y divertida excitación. Nurudin,5 el guía que nos había acompañado desde la frontera argelina, nos esperaba mientras yo tropezaba con la grava. La necesidad de que nos apresuráramos era claramente apreciable bajo su máscara de cortesía. Estaba asustado. Sin duda, los marroquíes enviarían un avión para buscar nuestros Land Rover. No sucedió y el sector de Smara permaneció tranquilo durante el resto del día. Una hora y media más tarde, acampamos con los guerrilleros en el cauce seco de un río. El té que había preparado uno de los hombres olía muy bien mientras lo trasvasaba una y otra vez entre un juego de vasos casi rotos y una tetera de esmalte situada en un lecho de carbón sobre la arena. Los guerrilleros disfrutaban de su té, siempre dando los tres tragos rituales: el primero, decían, debía ser dulce, como el amor; el segundo amargo, como la vida y el tercero suave, como la muerte. 2 Hasta 1975, el Sahara Occidental había sido una colonia española sobre la que pesaban dos reclamaciones históricas de los países vecinos: Marruecos y Mauritania. El rey Hassan y los nacionalistas marroquíes consideraban el Sahara como parte integrante de un hipotético “Gran Marruecos”, un imperio que también incluiría territorios de Argelia, la mayor parte de Malí y la propia Mauritania. Hassan también deseaba el control de los depósitos de fosfatos, descubiertos en la década de los sesenta y estimados en 10.000 millones de toneladas. Los motivos de Mauritania eran simples, quería protegerse del expansionismo marroquí. 4 Al igual que en el caso anterior, hemos adaptado ligeramente la comparación al introducir la palabra “cielo” en lugar de emplear la expresión “techo” o “viga” que resultaría de la traducción literal del original. Hemos actuado así al creer que se transmitía mejor el sentido y se ganaba en expresividad. 5En la transcripción de nombres propios árabes nos remitimos a lo expuesto a este respecto en el Libro de estilo de El País en su edición de 1998 (pág. 114-116). En concreto, hemos simplificado todas las consonantes dobles y el diptongo “ou” se ha reducido siempre a “u”. - 3 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 7 - Año 2005 También concurría una tercera reclamación, la de la población del propio Sahara Occidental que, a finales de los años cincuenta, se había revelado contra España y había sufrido una feroz represión. El Frente Polisario se formó en 1973 tomando su nombre del Frente Popular para la Liberación de Saguia el Hamra y Río de Oro, las dos provincias que formaban lo que se conocía como Sahara Español. Mientras España preparaba la descolonización, las reclamaciones de Marruecos se hicieron más agresivas. Hassan sabía que, mientras Franco agonizaba, los españoles estarían demasiado preocupados como para ocuparse de su colonia en el desierto. Las Naciones Unidas ya estaban presionando sobre el caso polisario cuando el Tribunal Internacional de la Haya dictaminó que no había ninguna base legal que sostuviese las reclamaciones de Marruecos. El tribunal hizo públicas sus conclusiones en octubre de 1975. La respuesta de Hassan no se hizo esperar; su Marcha Verde movilizó a 350.000 marroquíes que cruzaron la frontera con escolta militar y penetraron en el territorio en una operación de apoyo popular a la anexión perfectamente orquestada. Las tropas marroquíes ya habían llegado previamente. La Marcha Verde obligó a España a ceder. Ocho días después, el Gobierno español firmó los Acuerdos de Madrid con Marruecos y Mauritania por los que les cedía su colonia. La transferencia se completó en febrero de 1976 y la partición formal tuvo lugar dos meses más tarde. Los habitantes de lo que ahora empezaba a conocerse como Sahara Occidental fueron simplemente transferidos de una forma de dominación colonial a otra. Una riada de refugiados que huían de la ocupación marroquí comenzó a atravesar las fronteras de Argelia y Mauritania. La aviación marroquí utilizó bombas de fragmentación y napalm para acelerar el éxodo. La guerra había comenzado en serio. El Polisario proclamó el nacimiento de su propio estado independiente, la República Árabe Saharaui Democrática que, apoyada por Argelia y Libia, comenzó a hostigar a los dos ejércitos de ocupación. En 1979, Mauritania estaba tan debilitada por el ejército guerrillero polisario que renunció a su reclamación y reconoció la legitimidad del movimiento. Hassan, por el contrario, tuvo más suerte al recibir apoyo de Francia, Estados Unidos y Arabia Saudí. Aun así, Hassan no iba a ganar un partido fuera de casa contra el Polisario. Sus consejeros defendieron entonces un cambio de estrategia. Si la guerrilla no podía ser contenida, tendría que ser excluida. La primera sección del enorme terraplén diseñado para mantener al Polisario fuera de las ciudades y minas de fosfatos del Sahara Occidental se comenzó en 1980 y fue terminada al año siguiente. Consistía en un escudo defensivo al sudeste de la ciudad de Smara que, en unos pocos meses, se extendió hasta los depósitos de fosfatos de Boukra y, en 1982, más hacia el sudeste, hasta Bojador. En 1986 se habían completado cinco grandes secciones y el muro sobrepasaba las 600 millas de longitud. El Polisario no podía detener su construcción, pero aquel día en el sector Smara, los guerrilleros me aseguraron que podían cruzarlo o abrir brechas en él siempre que quisiesen. Mostré mi escepticismo y Nurudin me preguntó si lo tomaba por tonto. El muro no era propiamente un muro. Consistía en dos parapetos de arena y grava de entre tres y cuatro metros de altura situados uno tras otro y separados por una pequeña pista donde la artillería móvil y los transportes de tropas blindados podían desplegarse. Aproximadamente cada veinte millas se situaba una base y, entre las bases, una serie de puntos de alarma con unos cuarenta hombres cada uno. Al otro lado del muro, se encontraban bases más grandes con una cantidad aún - 4 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 7 - Año 2005 mayor de tropas. Se decía que el radar y los sofisticados equipos de vigilancia estaban emplazados en el propio muro, con sus sensores de tierra delante de él. En algunas secciones se podían encontrar alambradas de espino y un sembrado aleatorio de minas terrestres de plástico. Nurudin, que hablaba varias lenguas europeas, utilizaba a menudo la palabra francesa pourriture para presentar sus opiniones más críticas acerca del muro. “Si lo dejásemos tranquilo”, solía decir, “si nunca nos acercásemos a él, se desmoronaría. Está hecho de desierto y volverá al desierto. Cada hora que pasa va desapareciendo”. Sugerí que la palabra en inglés sería decay (descomposición), pero Nurudin afirmó que prefería la francesa. Un factor fundamental de esta pourriture era el coste. Transportar comida y agua para los soldados del muro a lo largo de enormes distancias, reparar los radares estropeados o averiados por las tormentas de arena, construir nuevas secciones y mantener otras era algo muy costoso. En 1983, la Agencia Norteamericana de Armamento y Desarme estimó que la ocupación del Sahara Occidental costaba a Marruecos más de tres millones de dólares diarios. En 1985, la deuda externa de Marruecos alcanzaba los 130.000 millones de dólares. Para el reino y, sobre todo, para el propio trono, el muro era una locura. Por otra parte, el Polisario sabía que éste no podría durar para siempre. Pese a todo, el muro había obligado a la guerrilla a adoptar una postura convencional. Su aspecto descuidado y la pereza para despertar de su letargo eran engañosos. El muro era parte activa en el establecimiento de los términos del conflicto; había mantenido al Polisario fuera de los territorios más útiles y había reducido el valor de sus mayores activos como fuerza de lucha: la velocidad, el coraje y el conocimiento del terreno. El gran éxito del muro, bastante llamativo en mi opinión, era imponer su presencia hasta tal punto que nunca dejabas de verlo ni llegaba a desaparecer. Había impuesto sobre el desierto su propio orden al transformar vastas y homogéneas extensiones pedregosas en una misteriosa red de explanadas y senderos, algunos muy iluminados, y, por lo tanto, peligrosos, y otros oscuros y, aparentemente, seguros. Incluso oculto tras los riscos del sector de Smara, uno se sentía vulnerable. 3 Más tarde, en Londres, revisando mis fotografías, todavía sentía esa molesta sensación de vulnerabilidad. El conflicto era mucho más que una guerra de desgaste, como el Polisario la había presentado siempre; el muro la había convertido también en una guerra de observación. El muro esperaba y vigilaba al Polisario, el Polisario vigilaba el muro. No sabía cuál de los dos escrutinios resultaría vencedor, pero era obvio que las guerrillas tenían que ver sin ser vistas, para el Polisario la invisibilidad era primordial. Otra cosa que había aprendido era que Marruecos, como otros muchos estados en similares circunstancias, se sentía obligado a negar la existencia de la guerra. Tras mi regreso, tuvo lugar en Oxford un congreso sobre el Sahara Occidental. Viajamos en coche hasta allí mi esposa, otros dos periodistas y un joven arquitecto alemán que había llegado a nuestra casa la víspera de mi viaje al norte de África y iba a quedarse una temporada. Mi esposa iba a darle una vuelta por Oxford. - 5 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 7 - Año 2005 Era frecuente que la Embajada de Marruecos enviara a alguien a este tipo de actos. Aquel fin de semana había varios marroquíes, incluido Belal, una especie de periodista y consumado relaciones públicas adscrito a la embajada. Después de una ponencia en la que se hablaba de la situación militar del territorio, Belal se levantó. Dijo que no le era posible comprender tantas referencias a una guerra en el Sahara Occidental. ¿De qué iba aquello? Es verdad que había habido algunos problemas esporádicos con un puñado de mercenarios argelinos de mala fama hacia algunos años, pero todo aquello había sido solucionado. ¿Es qué no hay suficientes miserias en este triste mundo para inventar más? La gran fortificación edificada por Marruecos había rodeado el territorio y ya no quedaban más mercenarios para luchar. La audiencia respondió con una risa de asombro que llenó la sala. Belal permaneció de pie con una expresión burlona, inclinando la cabeza hacia ambos lados mientras su cabello hirsuto rozaba el cuello de su chaqueta de cuero. Luego, se sentó refunfuñando para sí. Me había unido a las risas pero un oscuro sentimiento de derrota se apoderó de mí tan pronto como Belal volvió a sentarse. Afuera estaba oscureciendo y, en la ventana de la sala de conferencias, había comenzado a perfilarse una noche de marzo, oscura y reconfortante. La mayor parte de lo que sabía acerca del muro procedía de recortes de prensa, estadísticas, reportajes de radio y televisión e información procedente de la guerrilla, pero después de las palabras de Belal comencé a pensar en él de forma diferente. En casa, el problema del alemán continuaba. Mi esposa se había enamorado de él. Pasé horas leyendo acerca del muro, ordenando mis notas y, noche tras noche, estudiando minuciosamente mis fotografías en la mesa de la cocina. También averigüé el valor del marco alemán en las noticias financieras del Servicio Internacional, esperando que esto pudiera proporcionarme alguna pista acerca de la supervivencia de mi matrimonio. Rondaba los 188 pfennings por dólar. El alemán, un hombre atento de bigote rubio, defendía claramente su terreno. Durante su estancia, recibió por correo paquetes de dulces y bombones que le enviaba su madre. Siempre eran demasiado grandes para el buzón, una característica que los hacía, de algún modo, insoportables. Al devorar estos horribles productos de confitería bien entrada la noche, debería haber sido capaz de aceptar la desmoralizadora abundancia de la vida del alemán -sus ascensos y cambios de sección, su madre ejemplar, su novia en Alemania que le telefoneaba todos los días y ahora, para colmo, esta bendición de la fortuna que había encontrado en Londres. Mi estoico asalto a los bombones no cambió nada. Me gustaba una fotografía en particular. Mostraba una columna de humo elevándose sobre una base alcanzada por un proyectil de la guerrilla y, aun siendo pobre y poco informativa, evocaba un interés por el muro más fuerte que cualquiera que hubiese podido sentir con Nurudin y los demás. El último envío de dulces desde Alemania llegó a Londres en abril. Me comí rápidamente la mayoría de ellos, pero ya no tenía importancia; mi esposa se había decidido a afrontar un futuro diferente. Mientras tanto, yo estaba impaciente por volver con el Polisario. - 6 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 7 - Año 2005 4 Cuando regresé, a finales de 1987, los campos de refugiados de Argelia se habían transformado en el año y medio que llevaba sin verlos para adquirir durante ese tiempo un aire de mayor estabilidad. Ya habían transcurrido doce años desde la anexión de Marruecos y los que habían sobrevivido al éxodo se habían establecido al sudeste de Argelia, cerca de la frontera, alrededor de Tinduf. A ellos se les fueron uniendo gradualmente otros refugiados, principalmente procedentes de Mauritania. Los argelinos afirmaban que había 165.000 personas en cuatro asentamientos que, en una década, se habían convertido en lugares ordenados con instalaciones educativas y sanitarias rudimentarias, varios acres de huerta de regadío y una administración social rigurosamente organizada. Se podía contemplar estos campos, estas clínicas y escuelas de ladrillos de adobe y las tiendas andrajosas de los asentamientos sin sentir la desesperación que normalmente acompaña a la visión de personas desplazadas. Pese a ello, los campos estaban pésimamente equipados y su ubicación, en una de las peores zonas del Sahara formada por grava marrón, arena fina y con muy poca vegetación, era un desastre. Las largas tormentas de arena producían conjuntivitis en los niños y problemas respiratorios en los ancianos, que aún soportaban peor las temperaturas bajo cero del invierno. Los saharauis más viejos nunca volverían a ver su tierra. Pasé cuatro días en los campos. El tercer día me encontré con otros periodistas que esperaban para visitar el frente. Tendría que viajar con Moulud, que trabajaba para la Agencia de Prensa Argelina, y con Nelson, un joven y escéptico escritor de Nueva York. La estrategia para su artículo era simple, conseguir que le disparasen, por cortesía del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. ”Es la única manera”, explicaba Nelson, “de hacer que el lector norteamericano se interese”. Moulud, que entendía el inglés, simplemente apartó su alargado rostro sin afeitar y se puso a contemplar el desierto. El Polisario afirmaba que podía hacer que los periodistas cruzasen el muro con impunidad. Cada uno de nosotros esperaba poder confirmar esta afirmación. Moulud tenía algo más de treinta años. Hablaba poco, comía poco y apenas fumaba. Llevaba unos descoloridos pantalones grises que se agitaban sobre sus rodillas huesudas y una camiseta que le caía recta desde los hombros. Moulud escribía mostrando su disconformidad con lo que le rodeaba. Era bohemio, disidente antiislámico, hosco y voluble. También era una persona susceptible, a la que la visión de una bella mujer en los campos, donde no se solía llevar el chador, lo ponía en trance. La noche anterior a nuestra partida hacia el frente, hubo baile y canciones cerca de una de las tiendas. Una joven refugiada, a la que Moulud doblaba la edad, estaba en el suelo, moviéndose lentamente con los ojos puestos en sus manos extendidas, mientras las mujeres, colocadas en pie a su alrededor en forma de media luna, tocaban palmas y cantaban. Su belleza era perfecta, tanto que era imposible mirarla sin experimentar una oscura sensación de pesar que iba tomando forma según avanzaba la danza. Me recosté y cerré los ojos. De pronto, los músicos aumentaron sus redobles y se produjo una oleada de aplausos y risas estruendosas. Me incorporé y vi a Moulud bailando frente a la chica. Al principio, sus gestos eran apenas apreciables a través de sus ropas anchas e inmóviles; - 7 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 7 - Año 2005 luego, empezó a moverse alrededor de ella como si fuera una tela ondulante.6 Los hombres saharauis del grupo dejaron de dar palmas y contemplaron con interés a aquel ágil extraño que rodeaba a la chica mientras ella entornaba sus párpados y movía el vientre. Uno de los combatientes, sentado junto a mí, se inclinó hacia un anciano y respondió a lo que éste le preguntó. Le oí explicar que Moulud era argelino y vi como el anciano, con aire de malestar, negaba con la cabeza. Moulud se quitó su turbante y lo agitó rápidamente por encima de la cabeza de la joven, dejándolo caer hasta sus caderas y empezó a atraerla hacia él. Una sonrisa provocativa apareció en su cara. Tres mujeres saharauis emergieron de entre la multitud y comenzaron a bailar, seguidas por un grupo de hombres. La tensión se había roto y la audiencia, cortés hasta el final, se sintió visiblemente aliviada. A la mañana siguiente, malhumorado y abstraído, Moulud iba en cabeza a la guerra de liberación del Polisario. 5 El sector de Farsia se encontraba al nordeste del Sahara Occidental, a unas cuatro horas en coche del campo de refugiados. Era otra gran meseta pedregosa que se extendía hasta donde alcanzaba la vista; era un paisaje extraordinario, como una oscura pista de patinaje sobre hielo que hubiese comenzado a resquebrajarse. Un viento seco abrasaba nuestros rostros. Los Land Rover del Polisario no tenían parabrisas, ya que las superficies reflectantes son delatoras en el desierto. En el vehículo viajaban tres saharauis con nosotros: un conductor, un cocinero y Bashir, un alto funcionario al que ya conocía del año anterior y que actuaba como guía. Bashir asumía su responsabilidad con paciencia, buen humor y una gravitas que le distinguía de sus camaradas del Polisario, cuyo izquierdismo era una mezcla de dos tendencias: una austeridad de nómadas -el espíritu de una colectividad que atraviesa momentos difíciles- y un internacionalismo ágil y sin remilgos que les llevaba a disfrutar una selecta caja de puros de la Habana, obsequio de una delegación latinoamericana, a citar al Herald Tribune o a preguntar a los europeos por qué las cosas habían dejado de funcionar entre Mick y Bianca Jagger. Algo del antiguo rastro hippy que se extendía desde Tánger hasta el Sahara Occidental -o Sahara Español como se llamaba entoncesdebía de haberse contagiado a los jóvenes intelectuales exiliados en Marruecos o en la antigua capital colonial española, ya que su revolución exhalaba un claro aroma de los años sesenta. Bashir, tradicionalista por temperamento, no compartía casi nada de este estilo radical. La revolución era una enorme y desconocida morada en la que él se había encontrado a sí mismo. Al principio, su prudencia le había impedido investigar todos sus recovecos, sin embargo, un tiempo después, había comenzado a explorarla habitación por habitación, objeto a objeto, hasta que se había convencido a sí mismo de que no estaba soñando. Aun así, una parte de él nunca estaba tranquila en aquella morada. Era esto lo que lo convertía en un diplomático tan capaz. Al inicio de nuestra ruta por los oscuros pedregales, fuimos escoltados por varios vehículos orugas que, a medida que proseguíamos el viaje, nos fueron abandonando. Marchamos en una 6 Para traducir el sentido del verbo inglés “fly” se ha realizado una pequeña expansión para poder expresar en castellano la belleza que encierra la imagen del texto original. - 8 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 7 - Año 2005 dirección fija hacia el sudoeste durante un tiempo y, después, nos dirigimos en línea recta hacia el oeste. No se produjo ningún cambio en el paisaje, únicamente el aire parecía menos áspero. Sabía que al noroeste de nuestra posición se encontraban los depósitos de fosfatos, además de otros minerales diseminados por el territorio: hierro, níquel, cromo, manganeso y, posiblemente, uranio. Nos desplazábamos a toda velocidad sobre una enorme cámara acorazada, como los niños de Zurich montados en sus monopatines sobre la Bahnhofstrasse. Antes del mediodía, hicimos nuestra primera parada para comer y tomar el té. El calor se acumulaba muy por encima del suelo y, una hora después, se levantó un fuerte viento que produjo pequeños diablos de polvo que realizaban piruetas a lo largo de las rocas de pizarra y después desaparecían. “Así bailas”, dijo Bashir a Moulud mientras señalaba una de las figuras, provocando risas generalizadas. Al igual que Moulud, los diablos de polvo eran inestables, y también peligrosos porque podían atraer el fuego marroquí. El polvo significaba movimiento y el movimiento significaba vehículos de la guerrilla. Nelson preguntó si los marroquíes disparaban a menudo sobre los diablos de polvo. “Bastante a menudo”, respondió Bashir. El desierto era un gran embaucador y no había duda acerca de qué lado pensaban los guerrilleros que estaba. Moulud se tumbó y se cubrió el rostro con el turbante. “Marroquíes”, dijo resoplando, como si esta palabra resumiese toda la estupidez existente en el mundo. Cuando continuamos, sentimos que el aire que soplaba por encima del capó del Land Rover era más frío y la luz no tan plena. Había estado soñando despierto hasta que Bashir me tocó en el codo y dirigió mi atención hacia el muro, una banda de un amarillo más suave que el resto del paisaje, que se levantaba a unas siete millas hacia el norte. Poseía las dos cualidades que había percibido en las fotografías mientras devoraba los bombones del alemán: autoafirmación y capacidad de amenaza. “Estamos completamente expuestos”, dijo Nelson en tono jovial. Era un sentimiento extraño. Con Nurudin y los demás el año anterior no había visto el muro hasta que subimos al punto de observación. Ahora, se presentaba a sí mismo como una simple y extraña imperfección sobre la piel de un desierto que, un momento antes, parecía gozar de perfecta salud. Nelson descansaba con una mano apoyada en el salpicadero y esperaba a tener algo que decir. El muro simplemente estaba ahí. Viajamos durante unos pocos minutos siguiendo el perfil mortal de la fortificación en dirección norte. La consistencia del terreno había cambiado, la piedra era más gruesa y el suelo plano comenzaba a hincharse y a dilatarse a través de una neblina entrecortada y cálida. Moulud no parecía impresionado por los terraplenes. El cocinero, por el contrario, cogió su fusil y se lo puso sobre las piernas. El muro desapareció de nuestra vista según nos fuimos deslizando suavemente detrás de una pendiente que, aunque suave, nos proporcionaba una protección adecuada. Los tres saharauis del Land Rover se pusieron en seguida a charlar animadamente a través de los turbantes que les ocultaban la boca y la nariz. Veía perfectamente el perfil del conductor y, por las arrugas del extremo de su ojo derecho, podría afirmar que estaba sonriendo. Nos unimos a un segundo Land Rover antes de detenernos para pasar la noche. Uno de sus ocupantes, Mohamed Kori, era maestro en el arte del té y, de ahora en adelante, él presidiría el - 9 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 7 - Año 2005 Era un descorazonador sonido animal que llegaba hasta un extremo insoportable y después cesaba, para comenzar de nuevo unos segundos más tarde mucho más alto. Los dos guerrilleros se pusieron en cuclillas y se quedaron rígidos. En la oscuridad, podía distinguir las piernas de Moulud, que golpeaban silenciosamente en la arena. Parecía un ataque de asma que amenazaba con alertar a los marroquíes. En ese momento, Moulud comenzó a gemir de nuevo. Bashir y Mohamed Kori se arrastraron hacia abajo para atenderle. Moulud luchaba por controlar el ataque; el sonido se transformó primero en un jadeo, luego en una respiración entrecortada para, finalmente, volver a ser un jadeo. Cuando llegaron a donde estaba Moulud, ambos se pusieron en cuclillas, uno con las manos sobre su frente y el otro envolviéndole con sus brazos por el pecho. Pusieron un turbante sobre su cara y uno de ellos le golpeó con fuerza en la espalda mientras el otro le susurraba algo al oído. Se produjo un sonido seco y sofocado y, entonces, Moulud comenzó a respirar regularmente de nuevo. Esbozó con dificultad una pequeña risita insolente y se giró hacia un lado. Bashir y Mohamed Kori se deslizaron hacia la cabeza de la fila tumbados sobre sus estómagos. Diez minutos más tarde, Bashir se arrastró de nuevo hacia abajo. “Escuchad con atención”, susurró, “y oiréis voces marroquíes provenientes de la base”. ¿Dónde está la base?, pregunté. “A ciento cincuenta metros”, respondió señalando hacia el oeste. Podía ver un contorno, quizá era el perímetro de la base. Era más seguro estar cerca de una base que de un punto de alarma, ya que los perímetros eran grandes y, sin duda, estaban escasamente vigilados. Escuche atentamente. Podía oír algo pero no sabía exactamente qué. “No puedo oírlos”, exclamé y Bashir se fue a ver qué hacía Moulud. Quince minutos más tarde, escalamos el muro. Nos acercamos reptando cuidadosamente por la arena durante unos pocos cientos de yardas y entonces apareció, tomándonos por sorpresa de nuevo. Al igual que un niño en un jardín oscuro, que se asusta al ver una sábana en la cuerda de tender, sentí que mi corazón latía a toda velocidad. Pálido, arrugado y suspendido en la oscuridad, el muro incluso parecía ropa blanca puesta a secar. Poco después, ya estaba sobre el primer parapeto y caminaba con cautela entre una serie de tanques de los que me sorprendió lo viejos que eran. Cuando Nelson y Moulud saltaron el primer parapeto, nosotros escalamos lentamente el segundo. Ya estabamos en el Sahara Occidental Ocupado. Nos sentamos allí, en la rígida quietud del desierto. Entonces, incomprensiblemente, oímos piedras que caían rodando hasta la base del muro. Bashir se acercó hacia mí y, mascullando, me dijo al oído: “la pourriture”. Descendimos del segundo parapeto y sacó del bolsillo un pedazo de tela verde. Se arrodilló, recogió un puñado de tierra, lo envolvió en la tela y me lo tendió. Era para el delegado polisario en Londres. “Con los saludos de Bashir Ahmed”, susurró. - 16 -