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Ambrose G. BIERCE, Chickamauga

Santos Vila, Sonia

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Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 Ambrose G. BIERCE, Chickamauga Traducido por Sonia Santos Vila Universidad de Valladolid Una tarde soleada de otoño un niño se alejaba de su pobre hogar situado en un pequeño campo y se adentraba en un bosque sin ser visto. Estaba feliz ante un nuevo significado de la libertad de control, feliz con la oportunidad de exploración y aventura. Y es que el espíritu de este niño, en los cuerpos de sus antepasados, había sido entrenado durante miles de años para hazañas memorables de descubrimiento y conquista, para victorias en batallas cuyos momentos críticos eran siglos, cuyos campos de vencedores eran ciudades de piedra labrada. Desde la cuna de su estirpe había conquistado el paso por dos continentes y, atravesando un gran mar, había penetrado en un tercero para nacer a la guerra y al dominio como herencia. El niño era un chico de unos seis años de edad, hijo de un humilde plantador. En su juventud el padre había sido soldado, había luchado contra salvajes desnudos y había seguido la bandera de su país hasta la capital de una raza civilizada en el lejano Sur. El fuego guerrero sobrevivía en la vida pacífica de un plantador: una vez encendido nunca se extingue. Este hombre adoraba los libros y las pinturas militares y el muchacho entendía lo suficiente como para hacerse una espada de madera, a pesar de que ni el ojo de su padre hubiera sabido para qué era. Llevaba el arma con valor, como hijo de una estirpe heroica, y, deteniéndose de vez en cuando en el espacio soleado del bosque adoptaba, con un poquito de exageración, las posturas de agresión y defensa que los grabados le habían enseñado. La facilidad con la que vencía a invisibles enemigos que intentaban detener su avance le había convertido en un imprudente y, así, cometió el bastante común error militar de llevar la persecución hasta un extremo peligroso: se encontraba en la margen de un arroyo ancho pero poco profundo, cuyas aguas rápidas impedían su avance directo contra el enemigo volador que había cruzado con una facilidad ilógica. Pero no se debía estorbar al intrépido vencedor. El espíritu de la raza que había atravesado el gran mar ardía inconquistable en aquel pequeño pecho y no sería rechazado. Al encontrar un lugar donde yacían algunos cantos rodados en el lecho del arroyo a un paso o un salto de distancia, se abrió paso y cayó de nuevo sobre la retaguardia de su imaginario enemigo sometiéndolo con su espada. Ahora que la batalla había sido ganada, la prudencia requería que se retirara a su base de operaciones. ¡Ay! como muchos poderosos conquistadores, y como uno, el más poderoso, él no podía reprimir el deseo de guerra, ni aprender que el Destino tentado abandonará a la estrella más alta. - 1 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 Avanzando desde la orilla del arroyo de repente se encontró de cara a un enemigo nuevo y más formidable: ¡por el sendero que seguía un conejo se sentó rígido, con las orejas erguidas y las patas suspendidas! Con un grito de alarma el niño se volvió y huyó, no sabía en qué dirección, llamando con lamentos inarticulados a su madre, llorando, tropezando, con su delicada piel rasgada por las zarzas, con su corazoncito latiendo violentamente de terror, sin respiración, ciego de lágrimas, ¡perdido en el bosque! Después, durante más de una hora, vagó equivocadamente a través de la enmarañada maleza, hasta que por fin, vencido por la fatiga, se tumbó en una estrechez entre dos rocas, a pocas yardas del arroyo, y sosteniendo aún su espada de juguete, ya no arma sino compañera, se durmió sollozando. Los pájaros del bosque trinaban alegremente por encima de su cabeza. Las ardillas, moviendo su cola valiente, corrían por la corteza de los árboles inconscientes de la compasión que despertaba el niño, y en algún lugar en la distancia se percibía un trueno extraño y sordo, como si las perdices estuvieran festejando la victoria de la naturaleza sobre el hijo de sus dominadores inmemoriales. Mientras, en la pequeña plantación, donde blancos y negros inspeccionaban alarmados y sin descanso los campos y setos, el corazón de una madre se partía por el niño perdido. Las horas pasaron, y entonces el joven durmiente se levantó. El frío nocturno se dejaba sentir en su cuerpo y el miedo a la oscuridad en su corazón. Pero había descansado y ya no lloraba. Debido a un instinto ciego que le impulsaba a la acción, avanzó a través de la maleza envolvente y llegó a un terreno más abierto: a su derecha el riachuelo, a la izquierda una suave cuesta sembrada de pocos árboles; dominando todo, la tenebrosidad amenazante del crepúsculo. Una neblina ligera y fantasmal se levantó a lo largo del agua. Le asustaba y le repelía: en lugar de volver a cruzar en la dirección de donde había venido, dio media vuelta y penetró en la oscuridad del espeso bosque. De repente vio ante él un extraño objeto en movimiento que tomó por algún animal grande –un perro, un cerdo: no podía decir qué, quizás era un oso. Había visto pinturas de osos, no conocía nada en contra de ellos y había deseado vagamente encontrar alguno. Sin embargo algo en la forma o en el movimiento de este objeto –algo en la dificultad con la que se aproximaba– le decía que no era un oso, y la curiosidad se convirtió en miedo. Permaneció inmóvil y, mientras la cosa se acercaba despacio, el niño se hacía cada vez más valiente pues pensaba que al menos no tenía aquellas largas y amenazantes orejas del conejo. Posiblemente su mente impresionable era semiconsciente de algo familiar en el torpe modo de andar del objeto, arrastrando los pies. Antes de que se hubiera acercado lo suficiente como para resolver sus dudas, el pequeño vio que la cosa era seguida por otras cosas. A derecha e izquierda había muchas más; todo el espacio abierto que le rodeaba estaba lleno de ellas, todas se movían en dirección al arroyo. Eran hombres. Reptaban sobre sus manos y rodillas. Unos usaban sólo las manos, arrastrando las piernas. Otros usaban solamente las rodillas, mientras que los brazos colgaban a ambos lados sin utilidad. Luchaban por ponerse en pie, pero caían postrados en el intento. No hacían nada de manera natural, y nada igual, salvo únicamente avanzar torpemente en la misma dirección. Individualmente, en parejas y en pequeños grupos, marchaban a través de la oscuridad, algunos deteniéndose de vez en cuando mientras que otros los adelantaban arrastrándose despacio para luego reanudar su movimiento. Venían por docenas y por cientos; se extendían a cada lado tan lejos como uno podía ver en la cada vez más cerrada noche. Tras ellos el negro bosque no se acababa nunca. Incluso el terreno parecía moverse hacia el riachuelo. A veces uno que se había parado ya no proseguía, y yacía inmóvil. Estaba muerto. Algunos al detenerse realizaban extraños gestos con las manos, levantaban sus brazos y los bajaban de nuevo, se agarraban la cabeza; elevaban las palmas hacia arriba como en ocasiones son vistos los hombres rezando en público. - 2 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 El niño no se percataba de todo esto; era lo que hubiera apreciado un observador adulto. Él sólo comprendía que eran hombres, y que, sin embargo, gateaban como bebés. Siendo hombres, no eran terribles, aunque vestían de forma poco común. Se movía entre ellos libremente, yendo de uno a otro y mirando a los rostros con curiosidad infantil. Todas las caras eran singularmente blancas y muchas estaban rayadas y con gotas rojas. Algo en ello –algo también, quizás, en sus ademanes y movimientos grotescos– le recordaban al payaso pintado que había visto el último verano en el circo, y se reía mientras los miraba. Sin embargo estos hombres mutilados y sangrantes continuaban arrastrándose despreocupados, al igual que el muchacho, del dramático contraste entre la carcajada y su horrible gravedad. Para el niño era un espectáculo agradable. Había visto a los negros de su padre reptar sobre las manos y las rodillas para su deleite –también había montado sobre ellos, “haciendo creer” que eran sus caballos. Se acercó entonces por detrás a una de estas figuras que se arrastraban y con un movimiento ágil se montó a horcajadas. El hombre se hundió sobre su pecho, se volvió a incorporar, arrojó al niño furiosamente contra el suelo, como habría hecho un potro salvaje, y le dejó ver su cara a la cual le faltaba la mandíbula inferior -desde los dientes superiores hasta la garganta había una gran brecha roja bordeada por jirones colgantes de carne y astillas de hueso. La prominencia antinatural de la nariz, la ausencia de barbilla, la mirada feroz, daban a este hombre la apariencia de un gran pájaro de presa con la garganta y el pecho de color carmesí por la sangre de su víctima. El hombre se puso de rodillas, el niño de pie. El hombre sacudió el puño hacia el chico; éste, muerto ya de miedo, corrió hacia un árbol cercano, se subió a la parte opuesta y tomó una perspectiva más seria de la situación. Y así la torpe multitud se arrastraba lenta y dolorosamente en medio de una horrible pantomima –bajó la cuesta como un enjambre de grandes escarabajos negros, sin producir ningún sonido en su marcha– en profundo y absoluto silencio. En lugar de hacerse más oscuro, el paisaje encantado comenzó a iluminarse. A través de la zona arbórea más allá del arroyo brillaba una extraña luz roja, contra la cual los troncos y las ramas de los árboles constituían encajes negros. Se proyectaba sobre las figuras reptantes causando sombras monstruosas que caricaturizaban sus movimientos en la hierba iluminada. Caía sobre los rostros, impregnando su blancura de un tinte rojizo, acentuando las manchas que convertían a tantos de ellos en monstruos. Brillaba sobre los botones y los trocitos metálicos de las vestimentas. Instintivamente el niño se giró hacia el creciente resplandor y bajó la pendiente con sus horribles compañeros; en unos momentos había adelantado a la mayor parte de la muchedumbre –considerando sus ventajas no era una proeza. Se situó a la cabeza, sosteniendo su espada de madera todavía en la mano, y solemnemente dirigió la marcha ajustando su paso al del resto y volviéndose de vez en cuando como si para comprobar que sus soldados no se rezagaban. Seguramente jamás ningún caudillo tuvo antes tales partidarios. Dispersados por el suelo que se estrechaba ahora poco a poco por la invasión de esta terrible marcha hacia el agua, había ciertos artículos para los que la mente del dirigente no encontraba asociaciones significativas: de vez en cuando una manta, enrollada fuertemente a lo largo, doblada y los extremos atados con una cuerda; una pesada mochila aquí, y allí un rifle roto –en resumen, cosas que se encuentran en la retaguardia de las tropas que se retiran, el “rastro” de hombres que huyen de sus cazadores. Por todas partes cerca del riachuelo, que aquí tenía una margen de tierra baja, el terreno se había convertido en barro tras las pisadas de hombres y caballos. Un observador de mejor experiencia en el uso de sus ojos se habría percatado de que estas huellas apuntaban a ambas direcciones; la tierra había sido pisada dos veces –en avance y en retirada. Unas pocas horas antes, estos hombres desesperados y destrozados, con sus camaradas más afortunados y ahora distantes, - 3 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 habían penetrado en el bosque por millares. Los sucesivos batallones, rompiéndose en una multitud y alineándose de nuevo, habían pasado por delante del niño rodeándolo –casi lo habían pisado mientras dormía. El susurro y el murmullo de la marcha no le habían despertado. Aproximadamente a un tiro de piedra de donde él se acostó, habían luchado en una batalla; sin embargo el chico no había oído ni el estruendo de los mosquetes, ni la descarga del cañón, ni “el trueno de los capitanes y el griterío”. Él había dormido durante todo esto, agarrando su espadita de madera quizás con más fuerza en una muestra de simpatía inconsciente con su entorno marcial, pero tan despreocupado de la grandiosidad de la lucha como los caídos que habían muerto en pos de la gloria. El fuego, más allá de la zona arbórea en la ribera opuesta del arroyo, reflejado en la tierra desde el baldaquín de su propio humo, cubría todo el paisaje. Transformaba la sinuosa línea de neblina en vapor de oro. El agua relucía con gotitas rojas, y rojas eran también muchas de las piedras que sobresalían por encima de la superficie. Pero eso era sangre; los heridos más leves las habían manchado al cruzar. El niño también cruzaba por ellas con paso apremiante; se dirigía hacia el fuego. Mientras permanecía en la orilla opuesta se volvió para mirar a los compañeros de su marcha. El avance llegaba al riachuelo. Los más fuertes se habían arrastrado ya hasta el borde y hundían sus rostros en la corriente. Tres o cuatro que yacían inmóviles parecían no tener cabeza. Ante esto los ojos del muchacho se abrieron maravillados; incluso su entendimiento hospitalario no podía aceptar un fenómeno que implicase tal vitalidad como esa. Después de saciar su sed estos hombres no habían tenido fuerza para retirarse del agua, ni para sacar su cabeza de ella. Se habían ahogado. Detrás de estos los espacios abiertos del bosque mostraban al caudillo tantas figuras informes de su horrible mando como al principio; pero no tantos se movían. El niño agitó su gorra para darles aliento y sonriendo señalaba con su arma en la dirección de la luz guiadora –una columna de fuego para este extraño éxodo. Seguro de la fidelidad de sus soldados, entró en el recinto del bosque, lo atravesó con facilidad por la iluminación roja, saltó una valla, corrió por un campo, girándose de vez en cuando para coquetear con su sensible sombra, y así se acercó a las ruinas en llamas de una vivienda. ¡La desolación reinaba por todas partes! En toda la amplia luminosidad no se veía ningún ser vivo. El niño no se preocupaba por eso; el espectáculo le agradaba, y bailaba con alegría imitando a las llamas ondulantes. Corría por todas partes, recogiendo combustible, pero los objetos que encontraba eran demasiado pesados para lanzarlos desde la distancia a la que el calor limitaba su aproximación. Desesperado arrojó su espada –una rendición a las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había acabado. Al cambiar de posición su mirada se detuvo en algunas dependencias que poseían una apariencia singularmente familiar, como si hubiera soñado con ellas. Se quedó examinándolas asombrado, cuando de repente toda la plantación, con el bosque que la cercaba, parecían dar vueltas sobre un eje. Su pequeño mundo dio un cambio de ciento ochenta grados; las agujas de su brújula se trastocaron. ¡Reconoció la casa en llamas como su propio hogar! Durante un momento permaneció estupefacto por el poder de la revelación, después corrió dando tropiezos, realizando un semigiro en torno a la ruina. Allí, visible en la luz de la conflagración, se encontraba el cuerpo muerto de una mujer –el blanco rostro mirando hacia arriba, las manos inutilizadas y agarradas a la hierba, la ropa desarreglada, y el pelo largo y oscuro enredado y lleno de sangre coagulada. La mayor parte de la frente estaba arrancada, y por el agujero - 4 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 dentado sobresalía el cerebro, inundando la sien, una masa gris espumosa coronada con racimos de burbujas de color carmesí –el trabajo de un proyectil. El niño movía sus manitas, realizando gestos violentos y vacilantes. Dio una serie de gritos inarticulados e indescriptibles –algo a medias entre el chillido de un mono y el glugluteo de un pavo– un sonido sobrecogedor, mecánico, atroz, el lenguaje de un demonio. El chico era sordomudo. Después permaneció inmóvil, con labios temblorosos, observando la destrucción. - 5 -