scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Pensamiento ilustrado y ciencia traducida

Villoria Prieto, Javier

Abstract

En este estudio se presenta una visión global de Antonio José Navarro como sacerdote, como científico y como traductor. Fue un distinguido cura ilustrado, representativo del siglo XVIII español. Sin embargo, dedicó sus mayores esfuerzos a la ciencia y estudio de la naturaleza, a ejemplo de la escuela naturalista francesa. Como naturalista preocupado por lograr el bienestar de sus conciudadanos se sirvió de la ciencia para conseguir este empeño. La traducción fue la herramienta para culminarlo. Utilizó la traducción de formas diferentes: como formación e información y como base metodológica de trabajo para sus hallazgos. No obstante, éste no fue para Navarro un mero trasvase de ideas y textos. Tuvo la habilidad de enriquecerlos con sus observaciones personales de la naturaleza.

Full text

Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 PENSAMIENTO ILUSTRADO Y CIENCIA TRADUCIDA Javier VILLORIA Universidad de Granada I Para cuantos trabajamos en Historia de la Traducción, el período de la Ilustración española ofrece un campo de investigación muy amplio y rico. El XVIII fue un siglo en el que abundaron personalidades originales, de gran valor científico y cultural, y también grandes traductores.1 Junto a este elenco de personajes conocidos y reconocidos existen otros muchos de los que apenas se ha hablado. Quizá haya que buscar las causas de esta situación en su trayectoria personal (vida sencilla y recoleta, alejada de los centros de poder e influencia), en la carencia de documentación y en la dificultad de conocimiento y acceso a archivos particulares o de las pequeñas localidades en que vivieron, de los que se desconoce casi todo. Ejemplo significativo de ello es el caso del abad de Baza, Antonio José Navarro, un brillante cura ilustrado que escribió mucho, pero apenas publicó nada. Y, como suele suceder en tales circunstancias, al final de sus días sus manuscritos (tratados y cartas científicas, apuntes de investigación, memorias, dibujos y planos sobre botánica, mineralogía, zoología, arqueología, astronomía y política económica) fueron robados, extraviados, mal vendidos y, los más afortunados, acabaron en manos privadas2 que los guardaron celosamente en sus bibliotecas. En este estudio pretendemos ofrecer una visión global e integradora de Antonio José Navarro como sacerdote, como científico y como traductor. 1 Francisco Lafarga aborda una serie de cuestiones de carácter general sobre la traducción en el siglo XVIII (causas, ideas, modalidades, géneros, temática, traductores, etc.) en su artículo “Hacia una historia de la traducción en España (1750-1830)”, en Francisco Lafarga (ed.) (1999), La traducción en España (1750-1830). Lengua. Literatura. Cultura. Lleida: Universidad de Lleida. 2 Simón de Rojas Clemente, contemporáneo y amigo de Navarro, en su obra Historia Natural del Reino de Granada, vol. I, pp. 52-54, detalla el paradero de alguno de los manuscritos: la sobrina y colaboradora del abad, Juana Martínez Serna, se quedó con algunos documentos. Otro tanto hizo Francisco Centeno, Magistral de la Colegiata de Baza y amigo de Navarro. El abogado Mariano Cossío guardó los manuscritos referentes a Baza. También logró conservar alguno Julián Sánchez Morales, abogado y socio de los Amigos del País. En la capital de España, había documentos depositados en la Real Academia de la Historia y en el Real Jardín Botánico. Floridablanca tenía alguna obra manuscrita de Navarro, lo mismo que Antonio de Ugina. - 1 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 II Antonio José Navarro nació el 18 de octubre de 1739 en Lubrín, una pequeña localidad de la diócesis almeriense.3 Sus padres eran de humilde condición. Así lo hace constar con orgullo el propio abad en sus escritos: “yo era niño y pobre”.4 De familia de clérigos y con pocos recursos, se le orientó hacia los estudios del sacerdocio donde podía hacer carrera. Salió de Lubrín con destino al Colegio de San Fulgencio, en Murcia, en el que cursaría estudios de arte y Sagradas Escrituras. De aquí, pasó a las universidades de Alcalá y Orihuela. En noviembre de 1761, y con 22 años recién cumplidos, obtuvo los títulos de licenciado, doctor y maestro en Sagrada Escritura. Ese mismo año el obispo de Almería le nombró catedrático de Teología Moral para la vicaría de Vera. Sólo dos años más tarde, es ordenado sacerdote y se le confía la parroquia de un pequeño pueblo, Olula del Río. El siguiente paso será la parroquia de la Encarnación de Vélez Rubio, lugar en el que empezó a sobresalir y darse a conocer como distinguido ilustrado, buen sacerdote y notable orador.5 A pesar de su compromiso como hombre ilustrado que buscaba la modernización del país, no quiso que esta actividad interfiriera lo más mínimo con sus obligaciones pastorales. Se volcará en la defensa de su nueva feligresía de Vélez Rubio. Preocupado por los enfermos y los pobres, fundó en 1775 la Real Hermandad de Caridad para sostenimiento y gobierno del Hospital Real de esta villa que prestaba asistencia y ayuda a los enfermos sin recursos. Un año más tarde, Navarro creó la Sociedad Económica de Amigos del País de Vera.6 En 1776 viajó a Baza para opositar a la canongía vacante de Lectoral de la Iglesia Colegial. El 22 de julio de 1777, el rey Carlos III le nombró Canónigo Lectoral de Baza. En estos años en que se vivía en España los momentos más brillantes de la ilustración, Navarro, a instancias del Corregidor de la villa, redactó las bases para la creación de una Sociedad Económica de Amigos del País para Baza. Sociedad que impulsaría la educación, la agricultura, la industria y el comercio en toda la zona. En los primeros años de su Lectorado en Baza, el Consejo de la Inquisición, con sede en Granada, le nombró Comisario y Calificador del Santo Oficio para la villa y su zona de influencia. Este nombramiento le supuso un desahogo importante ya que sabía por propia experiencia que la introducción de la ciencia moderna en España dependía en buena manera de la actitud de esta institución. Se necesitaba que relajara un tanto el concepto de que Inquisición y nueva ciencia eran términos contrapuestos e irreconciliables. Sin embargo, ésa no era la opinión del abad. Navarro estaba con Francis Bacon cuando afirmaba que la poca ciencia hace a 3 La documentación que se ha utilizado para hacer este breve recorrido por la biografía del cura Navarro procede, en su mayor parte, de la Oración fúnebre del doctor D. Antonio Josef Navarro y López, Abad de la Santa Iglesia de Baza, que en las solemnes exequias celebradas el día 28 de junio de este año de 1797 en la Iglesia del convento de San Francisco, de esta villa de Vélez Rubio, con asistencia de un numeroso y lucido concurso, dijo el Rdo. P. Fr. Juan Josef Martínez Tercero, Colegial de la Inmaculada Concepción, ex Lector de Filosofía, y Predicador primero del referido convento (Archivo del Jardín Botánico de Madrid (Ms); de las Cartas o Paseos de 1789 de Antonio José Navarro, y de la obra de Antonio Guillén Gómez, Ilustración y reformismo en la obra de Antonio José Navarro (Almería: Instituto de Estudios Almerienses, 1997). 4Carta de A. J. Navarro a Pedro Franco Dávila. Vélez Rubio, 28 de agosto de 1776. 5 Sus dotes oratorias e intelectuales fueron reconocidas en cuantos lugares acudía a predicar (Baza, Vélez, Murcia, Orihuela, Cartagena, Granada, etc.). También en la corte donde, con relativa frecuencia, se requería su presencia. Era conocido como el Tulio o el Demóstenes español por su oratoria fluida, su estilo elegante y la estructura sólida y ordenada de sus pensamientos. Godoy lo colocaba a la altura de los más relevantes predicadores de su tiempo. 6 Inicialmente constituyeron la Económica de Vera 27 vecinos, con Navarro a la cabeza: Trece clérigos, tres militares, tres médicos, tres funcionarios, tres hacendados y dos profesores de Botánica. - 2 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 los hombres descreídos, mientras que la mucha los conduce a Dios. En más de una ocasión se vio precisado a hacer expresa declaración de fe antes de tratar en sus escritos ciertas teorías científicas. Teorías que consideraba debían ir parejas con la religión y la ortodoxia. A pesar de ello, guardaba en su biblioteca numerosos libros expresamente prohibidos por la Inquisición, que utilizaba de continuo, en especial obras de filósofos franceses o traducidas al francés.7 Por lo que hemos podido documentar, el Consejo de la Inquisición de Granada era extremadamente duro en sus juicios e intervenciones.8 A principios de septiembre de 1786, Navarro es ascendido a la dignidad de Tesorero de la Colegial. Este nuevo reconocimiento significó para él más tiempo libre que dedicaría a su ocupación favorita: los viajes de estudio y la investigación científica e histórica. Dos años llevaba de Tesorero de Baza, cuando llegó la noticia del fallecimiento del rey Carlos III. A raíz de esta defunción el cura Navarro preparó uno de sus más enardecidos sermones, Oración fúnebre del Señor D. Carlos III, Rey de España y de las Indias, que en las exequias celebradas el día 14 de Febrero de este año de 1789 en la Santa Iglesia de la Ciudad de Baza por su muy noble e ilustre Ayuntamiento, con asistencia de su Ilustrísimo Cabildo, dixo el Doctor D. Antonio Joseph Navarro, Canónigo, Dignidad de Tesorero de ella. Sermón que se imprimió en Madrid el año 1789 en las prensas de Antonio Espinosa. En él presenta una elevada visión de la España del siglo XVIII. Para el Tesorero de Baza, la desaparición del rey Carlos llevaba consigo la pérdida de numerosos e importantes proyectos reformistas. A mediados de mayo de 1790, fallece el entonces abad de la Colegial, Damián Espinosa de los Monteros. El Cabildo elige para el cargo al canónigo Navarro. En 1797, se rumoreaba la posible promoción del abad a ocupar los obispados de Barcelona y Almería. Y es que el episcopado era una de las metas que aún le quedaban por alcanzar. La Academia de la Historia le había otorgado el título de académico correspondiente, así como el Instituto de París. Era socio honorario de las Sociedades Económicas de Amigos del País de Vera, Granada y Baza. La corte conocía su gran valía y le era favorable. Martínez Tercero en su Oración Fúnebre manifiesta que “El Supremo Senado encargado de consultar a su Majestad los beneméritos a las dignidades y empleos, reputó digno al señor Navarro de las primeras dignidades de la Iglesia, y en efecto se propuso ya para el obispado de Barcelona”.9 Palenque Ayén afirma que, cuando falleció, su nombre sonaba para el obispado de Almería. Pero a esas alturas, el cura Navarro tenía ya los días contados. Una muerte inesperada truncó sus expectativas. Era la mañana del 12 de mayo de 1797. Contaba con 57 años. 7 Tal era el caso de L’Esai de l’homme de Alexander Pope, obra traducida del inglés al francés por Millot. Se imprimió en Amsterdam en 1767. En 1776 aparece en Granada vertida al castellano. Al año siguiente fue condenada por su tribunal de la Inquisición, como “tremendamente peligrosa” y por tanto “se debe prohibir con el mayor rigor aun para los que tengan licencia de leer libros prohibidos” (AHN, Inquisición, leg. 3721, nº 224). O la versión española de la obra de Guyton de Morceau Tratado sobre la educación pública (Memoire sur l’éducation publique), traducida por José Antonio Porcel, que había estado en el punto de mira de la Inquisición desde 1768. El 17 de marzo de 1776 la Inquisición granadina emite un edicto condenatorio: “Se prohíbe in totum” (AHN, Inquisición, leg. 3735, nº 156 y 239). 8 Sólo un ejemplo: Poco tiempo después de la caida de Floridablanca el 2 de marzo de 1792, su protegido, el matemático Benito Bails, fue encerrado en las cárceles de la Inquisición de Granada, desde las que envía un memorial al rey Carlos IV quejándose de la injusticia que con él se estaba cometiendo. Comenta al monarca que su gran culpa era “haber escrito el único Curso Completo de Matemáticas que hay en España, y el que estaba trabajando al tiempo de su desgracia, de Arquitectura Hidráulica, singular también en su especie y en parte publicado ya” (AHN, Inquisición, leg. 3127). 9Oración Fúnebre, f. 7. - 3 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 Fue enterrado en el Coro de la Colegial de Baza. Las honras fúnebres se le tributaron el 28 de junio en el convento de los Franciscanos de Vélez Rubio. Los elogios al cura Navarro fueron unánimes. Martínez Tercero se hizo eco de ellos en su Oración Fúnebre.10 El abad fue un hombre inteligente, humano, benéfico y gran trabajador. Se dedicó en cuerpo y alma al bien público. No dudó en poner a disposición de los demás su tiempo, sus saberes, sus hallazgos e incluso sus escasos ingresos.11 Era una persona que trataba a grandes y humildes por igual, con afabilidad y sencillez.12 En la Carta VI el propio Navarro trazó un diseño festivo de su personalidad cuando dice: ¡Este clérigo envuelto en su casaca provincial, hundido en una calesa asaz derrotada, tirada de un caballo más lánguido y escurrido que Rocinante, traqueado, lleno de polvo, cabalgados para acá para allá sobre sus narices unos precisos anteojos, y quizá con más puntos en las medias que los que se le saltaron en las verdes a don Quijote, fue recibido de consejeros, canónigos, caballeros, damas y dueñas que se apresuraban a saludarle, diciendo todos: “Bien sea venida la flor y la nata de los canónigos andantes”. Es verdad que no derramaron sobre mí aguas olorosas, pero llegó a mis narices el perfume de los guisados prevenidos para una merienda opípara que arrastraban a mi estómago hambriento tanto como a Sancho las ollas de Camacho el Rico.13 En fin, fue un hombre ilustrado que supo sintonizar plenamente con el tiempo que le tocó vivir. Los historiadores Paula y Jorge Demerson afirmaron de él: “Don Antonio Navarro, sacerdote culto, representativo del siglo XVIII español por su don de observación, su afición a las ciencias y a los experimentos, fue en el campo intelectual uno de los elementos más dinámicos del cuerpo patriótico de Vera”.14 III El abad Navarro fue uno de los ilustrados más activos que tuvo el entonces llamado reino de Granada. Cuantos le conocieron y trataron fueron unánimes en los elogios a sus muchos saberes y al alto valor de sus logros científicos. El botánico Simón de Rojas Clemente escribió: “Don Antonio 10 “El cura Navarro fue un verdadero sabio, tan útil para la patria (...) por su admirable discreción, por su alta penetración, por la superioridad de sus talentos, por su buen gusto, e incesante aplicación al estudio de las ciencias, y sus vastos conocimientos que le hicieron de tan varias maneras provechoso a sus prójimos: admiremos al fin aquel conjunto de modestia, de dulzura, de humanidad, de beneficencia que le hacían tan amable a cuantos tuvieron el honor de conocerlo” (Ibídem, f.3). 11 “Nunca estuvo dominado de aquel odioso egoísmo que reduce todos los bienes a la esfera de la propia utilidad. No tuvo otra codicia que aquella que es laudable en los literatos: una exquisita biblioteca y un estimable Gabinete de preciosidades de la naturaleza y el Arte, era todo su tesoro. Y ni siquiera guardaba estas para sí, sino que pronto las convertía en patrimonio público. Llevado de su amor al bien público estaba convencido de que “jamás un sacerdote desempeña mejor su carácter que cuando sacrifica sus talentos y sus tareas a la utilidad común” (Oración Fúnebre, f.6). 12 “Nuestro benéfico abad era igualmente humano y benigno sin afectación, afable y dulce sin afeminación, modesto y humilde sin bajeza y abatimiento. Era admirable en medio de los sabios, grandes y poderosos de la tierra. Yo mismo le vi resistir a las instancias de los editores de la Colección de Sermones Españoles que le pedían los suyos como dignos de este honor y para que el público gozara de sus primores” (Ibídem, f.5). 13 Carta VI. 14 Paula y Jorge Demerson (1984), “La Sociedad Patriótica de Vera y su jurisdicción (1775-1808)”, publicado en el Anuario de Historia Contemporánea, nº 11, Universidad de Granada, p.68. - 4 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 era un astrónomo profundo, buen botánico (uno de los primeros naturalistas españoles) y mineralogista, doctísimo anticuario y excelente literato”.15 Para otros fue el primer biólogo español. Hoy día resulta difícil y aventurado formular un juicio de valor sobre la contribución del cura Navarro a los avances de la ciencia moderna. El problema radica en que la mayor parte de sus escritos se han perdido o no hay posibilidad de acceso a ellos. No obstante, intentaremos presentar una síntesis de su actividad científica y sus aportaciones a la ciencia en siglo XVIII. Para ello analizaremos los escasos manuscritos existentes, así como las referencias que a su obra hacen sus contemporáneos. Desde niño fue un apasionado de la naturaleza. En la Carta IV16 refiere cómo desde una edad muy temprana se entretenía en contacto con la naturaleza y cómo nunca caminaba sin observar cuanto ésta ofrecía a sus ojos. Durante sus estudios universitarios en Alcalá, prosiguió cultivando su secreta vocación naturalista y cuando podía salía al campo para observar y estudiar la naturaleza. Navarro fue siempre un autodidacta, tuvo que formarse a sí mismo sin más ayuda que sus luces y su espíritu inquieto y observador. En la Oración Fúnebre, Martínez Tercero se hacía eco de ello y ponía en su boca esta sentida queja: “He leído cuanto cayó en mis manos, sin orden; sin maestro he aprendido la lengua francesa, italiana, algo de la inglesa, algo de dibujo, me trabajo cámaras obscuras, globos y otras cosas según mi fantasía, sin tener quien me corrija, porque vivo en un país bárbaro, sin crítica, sin gustos”.17 Las influencias extranjeras debieron empezar muy temprano a atraer al joven presbítero, bien en el idioma original (obras francesas e italianas) o bien traducidas al francés. Al hacerse cargo de la parroquia de la Encarnación de Vélez Rubio, hizo ostensible entre amigos, feligreses y párrocos de los pueblos vecinos sus aficiones naturalistas. Recorrió una y otra vez las tierras y entornos de la feligresía herborizando, recogiendo muestras mineralógicas, excavando en antiguos yacimientos arqueológicos, haciendo diseños y mapas de los contornos de las sierras. Anotaba hasta el más insignificante dato geográfico o la más mínima expresión de la naturaleza. Fueron los párrocos vecinos, quienes le pidieron hiciera estudios detallados de las características geográficas de la comarca. A cambio, les solicitaba que le recogieran plantas y minerales para su gabinete de estudio. Cuantos le conocieron y trataron hablan de los muchos saberes del abad. No obstante el tiempo dedicado al estudio de la naturaleza, jamás descuidó sus obligaciones pastorales. Escribiría a Franco Dávila en 1784: “Debo decirle que mi precisión a la residencia de mi Iglesia me priva de hacer los viajes que quisiera, en los pequeños que hago siempre viajo como naturalista: a todos encargo me recojan cuanto encuentren curioso”.18 El ejemplo y las inquietudes de Navarro fueron creando escuela y consolidando en su entorno un pequeño núcleo ilustrado, interesado en el buen gusto19 y los avances científicos. A él se sumaron, en primer lugar, los parientes y amigos. Con posterioridad, se unieron a su círculo de estudio e investigación algunos personajes destacados de la villa velezana y de los alrededores. 15 Simón de Rojas Clemente, ob. cit., vol. I, p.69 16 Cartas o Paseos de 1789, carta IV. 17 Oración Fúnebre, f. 5. 18 Carta de A. J. Navarro a Pedro Franco Dávila. Vélez Rubio, 10 de marzo de 1784. 19 Por buen gusto se entendía el pensamiento y las ideas ilustradas. En 1782, Juan Sempere y Guarinos, abogado de los Reales Consejos, editó en Madrid, en la imprenta de Antonio Sancha, una obra con el título: Reflexiones sobre el Buen Gusto en las Ciencias y las Artes. Traducción libre de las que escribió en italiano Luis Antonio Muratori con un discurso sobre el gusto actual de los españoles en la literatura. Con las licencias necesarias. Madrid. Año 1782. El texto italiano de Antonio Muratori llevaba por título: Delle riflessioni sopra il buon gusto nelle scienze e nell’Arti. - 5 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 Entre ellos hay que citar a su sobrina Juana Martínez Serna20, al maestrescuela Álvarez Gutiérrez, a los dos Centenos (dignidades de la Colegial de Baza) y a Ignacio Ordejón, administrador del Marqués de Villafranca. Y es que como doña Juana confesó en cierta ocasión a Rojas Clemente: “Este hombre (el abad Navarro) hacía naturalistas a cuantos le rodeaban o tenían relación con él. No dejaba vivir a nadie porque le colectaran, y saltaba como un niño, cuando daba con alguna producción que aún no poseía”21. La casa de Navarro pronto se convertiría en un centro intelectual. Así lo confirma el franciscano Martínez Tercero: El lugar de su residencia era como una escuela pública en donde siempre se aprendía, o como un centro luminoso de donde salían continuamente brillantes rayos que ilustraban a los que le rodeaban y a quienes tenían el honor de tratarle de palabra, o por escrito. Se insinuaba a los jóvenes con prontitud y franqueza, y a los hombres de letras para rectificar sus ideas, ya inspirándole el buen gusto de las ciencias, ya indicándoles los buenos libros, y el mérito que tenían para que por ellos se instruyesen.22 Contaba con un buen gabinete experimental, excelentes colecciones de historia natural, botánica y antigüedades. Y, sobre todo, disponía de una buena y selecta biblioteca.23 En su mayor parte estaba formada por obras originales en francés, o sus versiones españolas, de los más importantes botánicos y naturalistas europeos del momento. No es, pues, de extrañar que sus muchas lecturas sobre estos temas, le convirtieran en toda una autoridad y referencia en botánica e historia natural del levante granadino. Entre los años 1761 y 1763, Navarro descubrió los yacimientos de amianto de Lubrín. Pensando lo que esto podía significar para una zona tan pobre como la suya, emprendió una febril actividad para intentar divulgar su descubrimiento entre sus amigos y las personalidades científicas de su tiempo. Viajó a Madrid donde presentó unas muestras al P. Flórez, a Manuel Mendicho, a Antonio Ponz, a Jaime de Abreu y a miembros del Consejo de Castilla, entre los que se contaba Floridablanca, para que lo hicieran llegar a oídos del rey. Carlos III apoyó el hallazgo de Navarro. En agosto de 1775, inició una larga correspondencia epistolar con Pedro Franco Dávila,24 recién nombrado director del Real Gabinete de Historia Natural de Madrid. Navarro acababa de terminar su Compendio de la historia de los animales y quería ofrecerle un ejemplar del trabajo, a la 20 Juana Martínez Serna, la docta sobrina de Navarro, como era conocida por sus amigos, estaba casada con un sobrino del abad, Bonifacio José Fernández Navarro. De ella decían que colectaba con inteligencia producciones naturales para el abad. En mayo de 1805 conoció a Rojas Clemente en Vélez Rubio. Desde ese momento se convirtió en el corresponsal del gran botánico, quien parece valorar altamente los dictados de esta señora, en las cuestiones que debió plantearle a lo largo de los años. En 1816 vuelve a requerir los servicios de doña Juana, cuando Clemente y Lagasca preparan su monumental Ceres Española. Doña Juana dominaba el francés y se dice que había traducido el último tomo del Gil Blas de Santillana, de A. R. Lesage.Versión que debió circular manuscrita por la comarca velezana. 21 Simón de Rojas Clemente, ob. cit, vo.l, p.61. 22 Oración Fúnebre, f. 6. 23 No menos importante era la biblioteca de su compañero y amigo, el Maestrescuela Álvarez Gutiérrez, que llegó a contar con más de 7.000 volúmenes. Confiesa éste en su obra Historia de mis libros (Granada, 1804) que gastó once mil reales en comprar libros del cura Navarro cuando se celebró la subasta pública de sus pertenencias. 24 Franco Dávila nació en Guayaquil en 1713. Estudió en París, donde residió durante muchos años, relacionándose con lo más selecto de la ilustración francesa e internacional. Disponía de una extraordinaria colección de producciones naturales que, con el tiempo, cederá al Gobierno español. Esta colección sería el origen del Real Gabinete de Historia Natural de Madrid que abrió sus puertas por vez primera el 4 de noviembre de 1776. En contrapartida el Gobierno le nombró director de dicho gabinete. - 6 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 vez que presentarle muestras de los amiantos de Lubrín, de los mármoles, topacios, micas y metales de Vélez Rubio, del cristal de roca y los granates de la sierra de Níjar o del Cabo de Gata, así como los mármoles de Macael. Fueron diez años de correspondencia en los que Navarro escribió diecisiete cartas.25 La lectura de estas cartas permiten valorar la personalidad científica del abad. Son ensayos documentados de Botánica e Historia Natural, en los que cita a los más importantes naturalistas europeos del momento, a la vez que comenta sus obras y hallazgos. Franco Dávila le agradeció su dedicación naturalista, a la vez que proporcionó información e instrucciones para futuras líneas de investigación. También le ofreció material bibliográfico para el desarrollo de sus trabajos científicos. En una visita a la corte en 1784, y en casa de Robles Vives, tuvo la oportunidad de conocer al conde de Floridablanca quien, sabedor de la afición naturalista de Navarro, le encargó una obra que versara sobre la Historia Natural del sureste. Se sabe que el abad se puso de inmediato a trabajar en el proyecto.26 La obra llevaba por título Historia Natural de parte del reino de Granada y del de Murcia. Navarro acabó la obra en torno a 1790 y envió el manuscrito a Floridablanca.27 De 1781 a 1785, y dadas sus inquietudes en pro de la causa pública, colaboró con la comisión de los Caminos de Levante, en la que ejercerá las funciones de director de los mismos para el partido de Baza. A finales de 1784, Navarro empieza a enviar los primeros cargamentos de producciones naturalistas y de antigüedades al Real Gabinete de Historia Natural de Madrid. Vistos los informes favorables del P. Enrique Flórez sobre los amiantos de Lubrín, Franco Dávila propone a Floridablanca la creación de una fábrica para industrializarlo en Baza, similar a las ya puestas en funcionamiento en Rusia. Y, por supuesto, el director de esta fábrica no podría ser otro que Antonio Navarro. En agosto de 1789, inicia la redacción de sus célebres Cartas o Paseos de 1789.28 Con ellas quiere sumarse a la moda literaria en boga en aquellos momentos: libros y cartas científicas que difundían noticias de viajes y expediciones a los lugares más variados e insospechados del planeta. En España se contaba con las narraciones de Antonio Ponz29 Jorge Juan y Antonio de Ulloa,30 Bowles31 y otros muchos. Navarro conocía, además, las de los extranjeros Forster, Cook, Saussure, Pennant y Volney. Su vocación viajera y las ganas de dar a conocer unas tierras desconocidas y olvidadas para el gran público le llevó a redactarlas, en las que, bajo el hilo conductor de observaciones naturalistas, compendia sus conocimientos humanísticos y científicos, y sus muchas lecturas de los avances naturalistas europeos del momento. Con ellas pretende instruir, a la vez que 25 Las cartas originales se conservan en el Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid. 26 En julio de 1785 adelanta a Franco Dávila el esquema del trabajo: “El tomo primero trata de la historia natural del cielo y el aire, el segundo de la geografía física, del enlace del mar y la tierra, luego el del hombre, los cuadrúpedos, etc., etc., hasta acabar en los fósiles” (Carta de A. J. Navarro a Pedro Franco Dávila. Baza, 23 de julio de 1785). 27 Así lo certifican sus allegados en una carta de 1805: “Entregó, me dicen, una obra suya de Historia Natural al conde de Floridablanca que debe tenerla en su poder y cuya caída estorbó su publicación”. 28 Cartas o Paseos de 1789 es una obra manuscrita. Consta de 314 páginas en 4º. Son 12 cartas o paseos literarios repletos de erudición. La carta 7 quedó inconclusa en su origen. Parece una obra no definitiva, con abundantes tachaduras y correcciones. No lleva título y le faltan los dibujos que realizó Navarro para ser incluidos en el texto. Hoy se hallan en el Archivo Municipal de Lorca. 29 Antonio Ponz (1792), Viage de España, 18 tomos. Madrid: Viuda de Joaquín Ibarra. 30 Jorge Juan y Antonio de Ulloa (1748), Relación histórica del viaje a la America Meridional hecho de Orden de su Majestad para medir algunos grados de Meridiano terrestre, y venir por ellos al conocimiento de la verdadera figura y magnitud de la Tierra, con otras varias observaciones astronónicas y físicas. Madrid: Antonio Marín. 31 Guillermo Bowles (1789), Introducción a la Historia Natural, y a la Geografía Física de España. Madrid: Imprenta Real. 3ª Ed. - 7 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 divulgar unos conocimientos y unos lugares. Complementa su relato con dibujos realizados por él mismo, que hoy se han perdido. Si la caída de Floridablanca dio al traste con la publicación de su Historia Natural de parte del reino de Granada y del de Murcia, las Cartas o Paseos sí aparecieron impresas, pero no con su nombre, ni con el título que él había dejado. Se trata de un plagio literario descarado. El canónigo de Guadix, Juan Bautista Cassasola, publicó en 1855 una obra con el título Ensayo histórico sobre la antigüedad, honores y privilegios de la muy noble y leal ciudad de Baza y pueblos de su abadía, por D. Juan Bautista Cassasola. El libro se imprimió en la ciudad de Guadix, en la imprenta del editor Pedro Flores. Un examen en paralelo de ambas obras pone de manifiesto que el canónigo de Guadix se apropió de las Cartas de Navarro y copió cuanto quiso, borró su nombre y colocó el suyo en la portada. Navarro creó la Sociedad Económica de Amigos del País de Vera y de Baza. En estos foros presentó sus investigaciones. En Vera leyó una memoria detallada de los amiantos de Lubrín,32 presentó las investigaciones de campo sobre los recursos mineralógicos de su parroquia,33 el Discurso sobre el lince, los estudios de investigación sobre Urci y Chirivel,34 sus Elementos de Física o Método simplificado para la enseñanza de la Física, el Sermón del Patriotismo cristiano, su Memoria de las Célebres Fiestas de Vélez Rubio de 1769,35 el Plan de una Historia de la Ciudad y Jurisdicción de Vera y pueblos vecinos, un Informe geográfico-descriptivo sobre las tierras de la vicaría de los Vélez, con un mapa de la comarca.36 En Baza presentó la memoria Sobre el carbón de piedra y su uso, etc. En este tiempo, la Real Academia de la Historia trabaja en la confección del Gran Diccionario Histórico y Geográfico de España, Navarro envió a la Academia dos artículos que llevaban por título Baza y Hoya de Baza.37 Al enviarlos al secretario de la Institución, Isidoro Bosarte, le comunica que está trabajando en la obra Geografía, Historia Natural y Antigüedades de una parte del reino de Granada y del de Murcia, obra que probablemente dejara inconclusa. La Real Academia de la Historia respondió a su colaboración con el nombramiento de Académico Correspondiente,38 lo mismo que hizo el Instituto de París.39 Simón de Rojas Clemente, que trabajó incansablemente por reunir los escritos de Navarro para enviarlos a la imprenta y de esta forma conseguir que fueran conocidos, realizó una valoración de los manuscritos a los que tuvo acceso, principalmente de los de botánica que eran los que a él más le interesaban. Y escribió: “así creo se podrían reducir a un pequeño volumen todas las especies 32 Discurso físico sobre la formación y los criaderos de este mixto, su incombustibilidad, los distintos estados en que se encontraba este fósil, los modos de hilarlo y los resultados de sus ensayos. 33 Memoria leída en la fecha y lugar sobre Mineralogía del terreno de la comprensión de esta sociedad. Año de 1787. 34 Paula y Jorge Demerson citan estos dos trabajos de investigación en su artículo “La Sociedad Patriótica de Vera y su jurisdicción (1775-1808)”, publicado en el Anuario de Historia Contemporánea, nº 11, Universidad de Granada, 1984, pp. 68 y ss. 35 Memoria de las célebres fiestas que hizo la Villa de Vélez Rubio en la translación del Santísimo Sacramento a la nueva Iglesia parroquial construida a expensas del Exmo. Señor Marqués de Villafranca y los Vélez, el año de 1769. Escrita por el Dr. D. Antonio José Navarro, cura de dicha Iglesia parroquial. Año de 1770. 36 Estos Apuntes geográficos sobre Vélez Rubio y su vicaría los remitiría más tarde, el 2 de julio de 1774, al geógrafo Tomás López. Formaban el envío un plano de la comarca y cuatro folios manuscritos. 37 El Ms original llevaba por título Sobre la ciudad de Baza, por D. Antonio José Navarro. Forma un cuaderno de 21 folios en 4º. Apareció publicado con el título de La ciudad y el territorio de Baza en el Boletín de la Real Academia de la Historia, año 1917 (I), tomo LXX, pp. 268-286. 38 Memorias de la Real Academia de la Historia, Tomo I, Madrid, 1796, p. CXLIV. 39 Así consta en la Oración Fúnebre, f.5. - 8 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 buenas que trae en ellos aunque son bastantes, y se reducen casi todos a antigüedades, historia principalmente natural y economía política, astronomía, etc.”40 IV El binomio ciencia-traducción se dio en Navarro a través de tres vías distintas, aunque convergentes: como información y formación científica, como base metodológica de trabajo para sus hallazgos y como ejercicio de traducción. Lo que hace que la traducción tenga en Navarro unas características muy especiales. Si para Olavide o Moratín la traducción tenía un objetivo principalmente didáctico: la enseñanza e información públicas, representar en el teatro modelos de virtudes sociales y buenas costumbres,41 o para Feijóo y otros científicos, la transmisión de los avances de la ciencia moderna, para Navarro era un ejercicio de información y aprendizaje personal. Las Cartas a Franco Dávila y, sobre todo, Cartas o Paseos de 1789 son una magnífica muestra de las fuentes filosófico-científicas en las que Navarro aprendió la ciencia moderna y que más tarde conformarían su pensamiento científico. Fuentes que hacen referencia a los más importantes autores y las mejoras obras del mundo intelectual europeo de aquel momento que, por supuesto, eran en su mayor parte francesas, vertidas al francés o traducidas del francés al castellano. En Cartas o Paseos de 1789 se citan los autores, las obras, las principales investigaciones y se parafrasean, glosan o copian los textos que él vierte directamente del francés al castellano. Aprendió el francés y el italiano con el único fin de poder tener acceso directo al mundo de las ciencias mediante obras escritas en esos idiomas. La cultura del cura Navarro, como la de la mayoría de sus compañeros de generación, fue francesa. A través del francés se puso en contacto con autores y obras de origen sueco, inglés, alemán y suizo. Sólo un reducido grupo de científicos españoles influyó en la formación científica del abad de Baza.42 Tampoco hay que olvidar que, por educación y estudios, contaba con una sólida preparación clásica. A ella se deben sus muchas referencias a Marcial, Pomponio Mela, Plinio el Joven, Ptolomeo, Columela o Vitrubio, entre otros, que vertía directamente del latín. Sorprende, para ser canónigo de una Colegial, la ingente información puntera con la que contaba y las obras que utilizaba para estar al día en los avances científicos. Obras que fueron 40 Simón de Rojas Clemente, ob. cit., vol. I, p.81. 41 En el Archivo Histórico Nacional se conserva un escrito de Pablo de Olavide a Tomás Sebastián y Latre en el que puede leerse: “Yo pienso que lo que necesita la nación son tragedias que la conmuevan, y la instruyan, comedias que la diviertan y corrijan. El designio de dar a la nación un teatro ilustrado y corregido es, en mi modo de pensar, uno de los más importantes y útiles, porque en mi concepto nada forma tanto las costumbres de un pueblo, nada ameniza más a la nobleza y a la plebe, nada inspira tanta dulzura, urbanidad y amor a la honradez como las frecuentes lecciones que se dan al público en el teatro. Pienso, pues, que el que diere a España tragedias y comedias que, oyéndose con gusto, pudieran producir aquellos y otros efectos, le haría acaso el mayor servicio (A.H.N., Inquisición, 3512). 42 Citamos a Jorge Juan y Antonio de Ulloa (Relación histórica de la expedición de 1748), a Guillermo Bowles (Introducción a la Historia Natural y a la Geografía Física de España, Madrid, 1775), a J. A. Ponz (Viaje de España, Madrid: Viuda de Joaquín Ibarra, 1772-1794), al padre Enrique Flórez (España Sagrada. Teatro Geográfico-Histórico de la Iglesia de España, Madrid 1747), al padre José Torrubia (Aparato para la Historia Natural de España, Madrid, 1754), a Antonio Franco García y Vicente Rodríguez García (“Proyecto de Jardines Botánicos para aclimatar plantas americanas en Andalucía: 1780-1800”), a José Quer (Flora española o la Historia de las plantas que se crían en España, Madrid, 1762) y a Casimiro Gómez Ortega y Antonio Palau y Verdera (Curso Elemental de Botánica dispuesto para la enseñanza del Real Jardín Botánico de Madrid, Madrid, 1785). - 9 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 personal aportando descripciones y observaciones clínicas personales sobre las enfermedades que describían. V Resumiendo: El cura ilustrado Antonio José Navarro no tradujo en su totalidad libro alguno de los autores franceses o vertidos al francés que utilizó en sus muchas lecturas. Este trabajo lo dejó para personas más preparadas que él y especialistas en la materia. Para Navarro la traducción era un vehículo de información científica. Y a esa tarea de difusión de la ciencia se entregó. Primero, utilizó la versión de estas obras como información y formación personal para ponerse al día en la ciencia moderna. Fue ésta una época en la vida del cura Navarro en la que comenzaba a abrirse al mundo del saber, a tomar posiciones en los umbrales de la nueva ciencia y necesitaba toda la información posible. Después, utilizó la traducción como base metodológica para sus descubrimientos. Era un aprendiz confeso que trabajaba en campo ajeno y precisaba traducir y contrastar los fundamentos científicos de los naturalistas y botánicos franceses y europeos como base de los pasos que él iba dando en la ciencia y en sus investigaciones. Y así lo hizo. Por fin, no se quedó sólo en eso, quiso difundir la ciencia que aprendía, trasvasando al castellano todo aquello que le parecía más importante y útil para sus lectores. Empezó por extractar tratados completos, como fue la obra de Buffon o Tissot, para seguir con la copia y traducción de extensos párrafos de las obras de naturalistas franceses. De estas copias están plagados sus tratados y obras científicas. La novedad que aporta Navarro es que no se quedó en mero trasvasador de las ideas y textos de los demás, sino que supo adornarlas con sus propias observaciones de la naturaleza y animales que describía. Descripciones que dan un color y una inmediatez nueva a la narración y la hacen más próxima a sus lectores al hablar de lugares y seres del entorno en que éstos vivían. En fin, cumplió el objetivo que se había marcado: difundir la ciencia, haciendo el mejor uso posible de lo que los demás habían escrito y él experimentado. BIBLIOGRAFÍA ABELLÁN, José Luis (1981), Historia crítica del pensamiento español. Madrid: Espasa Calpe. AGUILAR PIÑAL, Francisco (1989), Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII. Madrid. ALCÁZAR MOLINA, Cayetano (1934), Los hombres del despotismo ilustrado en España. El conde de Floridablanca. Murcia: Universidad de Murcia. ANES, Gonzalo (1976), Economía e ilustración en la España del siglo XVIII. Barcelona. - 16 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 CALATAYUD ARINERO, Ma Ángeles (1988), Pedro Franco Dávila y el Real Gabinete de Historia Natural. Madrid: CSIC. CASTELLANO, J. L. (1984), Luces y reformismo. Las Sociedades Económicas de Amigos del País del reino de Granada en el siglo XVIII. Granada. CHECA BELTRÁN, José (1999), “Mínguez de San Fernando y su traducción de la Encyclopédie méthodique”, en Francisco Lafarga (ed.), La traducción en España (1750-1830). Lengua. Literatura. Cultura. Lleida: Universidad de Lleida. DEFOURNEAUX, Marcelin (1973), Inquisición y censura de libros en la España del siglo XVIII. Madrid. DEMERSON, P. y J. (1984), “La Sociedad Patriótica de Vera y su jurisdicción (1775-1808)”, en Anuario de Historia Contemporánea, Granada, nº.11, pp. 5-98. EGIDO, Teófanes (1971), Opinión pública y oposición al poder en la España del siglo XVIII (1713-1759). Valladolid. GARCÍA CAMARERO, E. (1970), La polémica de la ciencia española. Madrid. GARCÍA HURTADO, M. R. (1999), “La traducción en España, (1750-1808: cuantificación y lenguas en contacto”, en Francisco Lafarga (ed.), La traducción en España (1750-1830). Lengua. Literatura. Cultura. Lleida: Universidad de Lleida. GÓMEZ MOLLEDA, Mª D. (1987), Los reformadores de la España Contemporánea. Madrid. GÓMEZ DE ENTERRÍA, Josefa (1999), “Las traducciones del francés, cauce para la llegada a España de la ciencia ilustrada. Los neologismos en los textos de botánica”, en Francisco Lafarga (ed.), La traducción en España (1750-1830). Lengua. Literatura. Cultura. Lleida: Universidad de Lleida. GUILLÉN GÓMEZ, Antonio (1997), Ilustración y reformismo en la obra de Antonio José Navarro, cura de Vélez Rubio y abad de Baza (1739-1797). Almería: Instituto de Estudios Almerienses. HERR, Richard (1964), España y la revolución del siglo XVIII. Madrid: Aguilar. KAILUWEIT, Rolf (1998), “Lengua y política en el siglo XVIII. El español frente al francés”, en Claudio García Turza, Fabián González Bachiller y Javier Mangado Martínez (eds.), Actas del IV Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española. Logroño: Universidad de la Rioja. LAFARGA, Francisco (1999), “Hacia una historia de la traducción en España (1750-1830)”, en Francisco Lafarga (ed.), La traducción en España (1750-1830). Lengua. Literatura. Cultura. Lleida: Universidad de Lleida. - 17 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 4 - Año 2002 LAFUENTE, A. et al. (1994), “Literatura científica moderna”, en Aguilar Piñal, Historia literaria del siglo XVIII. Madrid: Trotta. LAFUENTE, A. y J. L. Peset (1988), “Las actividades e instituciones científicas en la España ilustrada”, en M. Sellés, J. L. Peset y A. Lafuente (eds.), Carlos III y la ciencia de la Ilustración. Madrid: Alianza. LÓPEZ PIÑERO, José María (1969), La introducción de la ciencia moderna en España. Barcelona. NAVARRO, Antonio José (1773), Compendio de la historia de los animales (Ms). Archivo del Real Jadín Botánico de Madrid. NAVARRO, Antonio José (1789), Oración fúnebre del Señor Carlos III. Madrid: Imprenta de Antonio Espinosa. NAVARRO, Antonio José (1789), Cartas o Paseos de 1789 (Ms). Archivo Municipal de Lorca. RAMÍREZ GÓMEZ, Carmen (1999), “De juicios y advertencias de traductores españoles de letras francesas del siglo XVIII: Feijó, Lista, Marchena, Maury, Moratín”, en Francisco Lafarga (ed.), La traducción en España (1750-1830). Lengua. Literatura. Cultura. Lleida: Universidad de Lleida. SAMPERE Y GUARINOS, Juan (1785), Ensayo de una Biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III. Madrid: Imprenta Real. SÁNCHEZ BLANCO, Francisco (1999), La mentalidad ilustrada. Madrid: Taurus. SANS FERRÁN, J. M. (1984), La industria española en el siglo XVIII. Barcelona. SARRAILH, Jean (1985), La España Ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII. Madrid: F.C.E. SELLÉS, M., PESET, J.L., y LAFUENTE, A. (1988), Carlos III y la ciencia de la Ilustración. Madrid. URZAINQUI, Inmaculada (1991), “Hacia una tipología de la traducción en el siglo XVIII: Los horizontes del traductor”, en Traducción y adaptación cultural: España-Francia. Oviedo: Universidad de Oviedo. VERNET, Juan (1975), Historia de la ciencia española. Madrid. - 18 -