Hermes, el dios que envejece. Un ejemplo: La Ilíada
Abstract
El autor, a través del caso concreto de las traducciones de la Ilíada al castellano, muestra cómo las traducciones 'envejecen' y necesitan ser reemplazadas, periódicamente, por otras nuevas. Pero también advierte que, paradójicamente, las nuevas traducciones persiguen cierto aire de antigüedad. Así, frente al involuntario 'envejecimiento' de aquéllas, encontramos el voluntario de éstas. Aquí es donde el autor trata de desarrollar el concepto de 'envejecimiento' e intenta delimitar los ámbitos de ambos tipos de 'envejecimiento'. El título, mediante una metáfora, apunta a dicha paradoja. Secundariamente, queda actualizado el elenco de las traducciones de la Ilíada al castellano
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Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 HERMES, EL DIOS QUE ENVEJECE. UN EJEMPLO: LA ILÍADA* Óscar MARTÍNEZ GARCÍA Universidad Complutense Cualquiera de las múltiples funciones y atributos del dios Hermes podría configurar todo un juego de metáforas aplicables al ejercicio de la traducción. Como protector de los viajeros, como dios de la fecundidad que multiplica los rebaños, como el astuto, ambiguo y versátil (polýtropos) dios que tan bien inspira a los oradores en la asamblea y que tan convenientemente dicta las palabras que le permitirán a la joven desposada acercarse a su esposo (epithalamíthēs; función también espacial que consiste en que la novia pueda atravesar la distancia entre la casa paterna y la del marido). Hermes es el guardián de las puertas de las casas (propylaios) y dios de sus goznes (strophaîos), pues es fundamentalmente un dios que asegura el tránsito de un lugar a otro (diáktoros). Como trazador de caminos no puede dejar de ser el dios de los viajeros y los comerciantes, ni por esto último dejar de ser el de los ladrones. En efecto, su ambigüedad le permite ser el patrón de enemigos naturales; y es que todo él está rodeado de incertidumbre: hérmaion es como llaman los griegos al hallazgo inesperado y al golpe de fortuna, algo fortuito que en ocasiones no se sabe si es del todo bueno. Es el viajero impenitente que se pertrecha con una serie de atributos que le permiten ejercer su función de heraldo y dominar la comunicación y la palabra (hermēneús se llama al intérprete, al que tasa, al que estima el pretium de los objetos, ya que no en vano es el dios de todo lo que se pone en circulación, ya sean bienes, ya palabras). Pero también es el dios que miente y perjura ante Zeus e introduce las palabras falaces en el pecho de Pandora. Y si su labor es fundamental para el que quiera entender vocablos extranjeros, no menor es su capacidad para mantenerlos inescrutables y opacos, herméticos, en definitiva. Pero la circunstancia que queremos destacar es la siguiente: se trata del único dios que envejece. Primero el dios que apenas nacido se escapa de la cuna y asombra con sus habilidades a su hermano Apolo; el Hermes del grupo coroplástico de Veyes. Luego el joven que toma las riendas del carro con el que Príamo, el viejo rey de Troya, franqueará las puertas del campamento enemigo y que propiciará la escena en la que según algún estudioso queda establecida buena parte de la historia de la afectividad en Occidente1. Finalmente, el barbudo señor de la magia de la época del paganismo helenístico tardío, el insondable Hermes trimegisto. Y ésta es la circunstancia, creo yo, que más acerca al dios si no al arte de la traducción, sí al destino funesto de su fruto, y por ello la tomo como pretexto para dejar aquí unos cuantos apuntes acerca de la fortuna de las diversas versiones de la Ilíada en castellano. No se pretende, por tanto, un repaso exhaustivo de todas y cada una de ellas (que por desgracia no son tantas)2; tan sólo aspiramos a rastrear la huella del tiempo en * Este trabajo integra un proyecto de investigación que lleva por nombre Las traducciones de Homero al castellano (s.XIX y XX) y las nuevas teorías traductológicas, proyecto que se lleva a cabo gracias al Programa de Formación de Personal Investigador de la Universidad Complutense. 1 Cf. Ilíada XXIV 317 ss. El estudioso es George Steiner. - 1 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 algunas de ellas, o siquiera, a ofrecer noción de la existencia de algunas a las que Hermes, en su condición de conductor de almas (psychopompós), se ha encargado de guiar hasta el olvido. JOSÉ S. LASSO DE LA VEGA dejó dicho que la vida del original se renueva en la traducción (...) el original es eternamente joven en tanto que eternamente retoñe. Su palabra madura en la palabra de la traducción, entre todos los dolores y los gozos del parto, y así desde que quiebra su alba hasta el fin del mundo. La traducción, en cambio, envejece y se corrompe, traspone siempre y se esfuma con el tiempo. Se enrancia y se nos aja. Condicionada por la época, por el día, por la hora, la traducción ayer óptima, nos parece hoy aviejada, archiaveriada. Son obras de ocasión o de momento. De ahí la necesidad de volver a traducir, periódicamente, los originales valiosos3. Por eso apenas queda rastro de la traducción de la Ilíada que tiene el honor de ser la primera completa en castellano que conocemos4, la de Juan de Lebrija Cano (ya contábamos con una traducción parcial de ca. 1446-1452 a cargo de un traductor anónimo que se basó en la versión latina de Pier Candido Decembrio)5. Esta traducción en endecasílabos castellanos no del todo pulidos deja ver un dominio más que aceptable del texto griego (aunque parece haber seguido una versión latina en determinados pasajes) y la impresión de los estudiosos que la han examinado con más detalle es satisfactoria6. Veamos sus veintinueve primeros versos, que se corresponden con los diecinueve primeros del original: Canta divina Musa la ira grave de Achilles a Pelida que a los griegos dió dolores immensos i al Infierno muchas i fuertes ánimas de héroes que echó a los perros i aves en pedazos. Fué el decreto de Júpiter cumplido desde el principio que divisos fueron el Rey Atrida i el divino Achiles. Qual de los Dioses pues metió en contienda a estos dos? El hijo de Latona y de Júpiter que indignado aqueste del Rey en el exército ha movido enfermedad tan mala y pestilente que los pueblos de aqueste perecían, porque el Atrida a Chrises sacerdote 2 Para un estudio de las traducciones de Homero en España se puede ver la introducción de D. Luis Segalá y Estalella a la traducción de las Obras completas de Homero, Barcelona, 1927, pp. XLII-LXIX. Asimismo, cf. Homero en España de Julio Pallí Bonet, Barcelona, 1953 y “Versiones castellanas de la Ilíada” de Daniel Ruiz Bueno, Helmántica, 1955, 19, pp. 81-110, reproducido también dentro de la introducción a su propia traducción: La Ilíada, Madrid, 1956, vol. I, pp. 124-146 (José Francisco Ruiz Casanova recoge las noticias de los anteriores autores en lo que se refiere a los traductores de la Ilíada en el siglo XVIII y XIX en Aproximación a una historia de la traducción en España, Madrid, 2000, p. 359 y pp. 432-6). El problema es que obviamente no contemplan la producción posterior a la fecha de sus estudios, si bien, de alguna manera, aquí vamos a dejar consignadas las traducciones que han seguido a las que dichos estudiosos reseñaron en su momento. 3 Cf. “La traducción de las lenguas clásicas como problema”, en Actas del III Congreso Español de Estudios Clásicos I, Madrid, 1968, pp. 89-140; recogido también en Experiencia de los clásicos, Madrid, 1971, pp. 83-136, concretamente p. 128-9. 4 Inédita en la Biblioteca de Palacio. Sin fecha. 5 Conservada en el MS Add. 21245 de la British Library, nos la encontramos perfectamente estudiada y editada en La traducción en Italia y España durante el Siglo XV; la “Ilíada en romance” y su contexto cultural, Salamanca, 1997, de Guillermo Serés. 6 Cf. nota 2. - 2 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 deshonró quando vino a los navíos de los Griegos a rescatar su hija, llevando muchos i copiosos dones, en sus manos teniendo la corona de Apollo flechador de largo trecho con el ceptro de oro y juntamente a todos los Achivos supplicava principalmente a los Atridas que eran dos Príncipes Illustres de los pueblos: A vos o Atridas i demás Achivos bien guarnecidos de armas den los Dioses que habitan en las casas celestiales que a la ciudad de Príamo deis saco y que volváis a casa en salvamento. (Il. I 1-19)7 Nada que reprochar en estos primeros versos, si acaso la especificación de ‘divina Musa’ donde sólo dice ‘diosa’, que por lo menos no se convierte en la ‘heliconia diosa’ de Luis Carlos Viada y Lluch8. O la errónea interpretación de ‘la corona de Apolo... con el ceptro de oro’ en lugar de ‘las ínfulas’ sobre el cetro de oro. Pero lo que antes salta a la vista del lector de hoy es el empleo de los nombres latinos de los dioses que, por otra parte, no nos debe extrañar si, como hemos indicado, tenía no muy lejos una traducción latina. El empleo de esos nombres en lugar de los griegos, en ésta y otras traducciones, ha llegado desde entonces hasta ediciones y reediciones de los 7 Texto griego de la edición de D.B. Monro-T.W. Allen, Homeri opera, I-II Iliadis, Oxford, 3ª ed.,1920. 8 Barcelonés, miembro de la Real Academia de Buenas Letras, que tradujo en versos libres (con dos hemistiquios de siete y diez sílabas respectivamente) varios fragmentos de la Ilíada, basándose en la versión en prosa de Luis Segalá y Estalella. - 3 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 años sesenta del siglo XX9. En efecto, este hecho parece apoyarse en la suerte de inercia traductora que suponía el haber partido primero de las traducciones latinas de los humanistas italianos (o en su defecto, de haber puesto los ojos en las recreaciones francesas de la guerra de Troya que se remontaban a aquéllos, como el Roman de Troie y que penetraron, por ejemplo en nuestro Libro de Alexandre) y de las versiones francesas después, donde dicha inercia estaba todavía más arraigada. Sólo cuando Leconte de Lisle con su L’Iliade, de 1866, decide poner fin a ese hecho, empezamos a ver en España los correspondientes griegos10. Es ésta la arruga más visible de una vieja traducción, tan marcada como las de la ortografía, el léxico e incluso la gramática que podemos contemplar en apenas una treintena de versos. Hoy día es impensable que nadie inicie su traducción con los nombres de ‘Júpiter’, ‘Plutón’ y ‘Latona’ en primera fila, porque la lectura quedaría perturbada de entonces en adelante. Pero hubo un tiempo en que esas traducciones con nombres de dioses latinos fueron vigorosas; la abuela de Proust, por poner un ejemplo muy ilustrativo, recelaba de una Odisea (la de Leconte de Lisle concretamente) cuyo héroe no se llamara Ulises ni su diosa protectora Minerva11. Luis Segalá supo ver que el mantenimiento de los nombres latinos de los dioses en sus traducciones de la Ilíada y de la Odisea, de 1908 y 1910 respectivamente, constituiría un claro óbice para la fortuna de su versión y por ello los sustituyó por los griegos en su nueva edición de 1927. Quién sabe si, de no haber hecho ese oportuno cambio, sus versiones habrían seguido teniendo la pujanza que aún tienen. Pero acerca de esta traducción, hablaremos más adelante. Nada queda, tampoco, de la primera traducción completa que se imprimió en España, la denostada de Ignacio García Malo, de 1788, en endecasílabos libres salvo los dos últimos de cada estrofa. De ella Marcelino Menéndez y Pelayo decía lo siguiente: “Como obra poética, el Homero de García Malo (estimable a veces por la fidelidad) es infelicísimo, arrastrado y prosaico. Apenas puede soportarse su lectura. Pruébelo el lector y se convencerá por sí mismo. El intérprete llevaba en su nombre la sentencia” (o nomen omen, como he podido leer en alguna moderna introducción a la enésima reedición de la de Segalá al referirse a la de García Malo). Daniel Ruiz Bueno le llega incluso a privar de la alabanza que D. Marcelino tributó a su fidelidad al texto griego: “El lector helenista, si tiene humor para ello, puede hacer la comparación con el original”12. El propio García Malo reconoce en su prólogo que en más de una ocasión tiene que variar la expresión del texto para acomodarla a la rima. Es en ese dístico pareado de final de estrofa donde mayormente se esfuma la 9 Cf. la traducción de J. B. Bergua de 1939, que mantiene los nombres latinos de los dioses en su reedición de 1965, así como la Vicente López Soto, de 1969. Las alegaciones de que los nombres latinos resultaban más comunes que los griegos cuando se habla de mitología se me antojan obsoletas ya para esos años. 10 A propósito de esta pequeña cuestión, presentamos una comunicación titulada “La transfiguración de los nombres de dioses y héroes a través de las traducciones de Homero al castellano” dentro del X Congreso Español de Estudios Clásicos (21-24 de Septiembre de 1999), cuyas actas están en prensa. 11 Cf. En busca del tiempo perdido, Vol. IV, esto es, Sodoma y Gomorra. André Lefevere y Susan Bassnett, de cuya “Introduction: Proust’s Grandmother and the Thousand and One Nights: The ‘Cultural Turn’ in Translation Studies” en Translation, History and Culture, André Lefevere y Susan Bassnett (ed.), London-N.Y., 1990, recibimos la noticia, cifran el sentimiento de la abuela de Proust en los siguientes términos: “Yet Proust’s grandmother clearly distinguishes between what are, to her, ‘good’ and ‘bad’ translations. It should be noted, however, that ‘good’ and ‘bad’ have, for her, no bearing whatsoever on the actual ‘quality’ of the translations, since that is precisely a feature of translation she is utterly unable to judge. Rather, Proust’s grandmother likes the translations she has grown up with. ‘The’ Odyssey for her is a translation in which the hero is still called by his Latinized name: Ulysses, and in which the goddess Athena is likewise still called Minerva. Other Odysseys or rather, other texts deemed to represent Homer’s Odyssey, simply will not do, they are impostors as are translations of The Thousand and One Nights that change the very names of the protagonists. Proust’s grandmother, therefore, does not really like or dislike a translation; rather, she trusts or distrusts a translator. The translator whose work she is familiar with is, to her, a ‘faithful’ translator”. 12 Cf. Daniel Ruiz Bueno, op. cit., p. 83. - 4 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 fidelidad. En efecto nada hay más nocivo para una traducción de la Ilíada que la recreación de una rima que no existe en el original, ya que no sólo garantiza prácticamente alguna clase de violencia léxica por unidad de verso, sino que además, tomando la obra en su conjunto, empareja versos que en el original son claramente independientes el uno del otro, cambiándose así el movimiento del poema13. Asimismo, humildemente reconoce haber ofrecido una versión “lánguida y fría en comparación con el original”. Tanto Julio Pallí como Daniel Ruiz Bueno coinciden a la hora de escoger un ejemplo que ponga de manifiesto la incapacidad de García Malo “para infundir algún aliento poético a pasajes impresionantes del original”; se trata del momento en el que Aquiles recibe la noticia de la muerte de Patroclo: ‘¡Ay hijo belicoso de Peléo! ¡Qué nueva vengo a darte tan funesta! ¡Ojalá que anunciarla no debiese! Patroclo ya no existe: ahora combaten por llevar su cadáver unos y otros, pues yace de sus armas despojado con las que Héctor terrible está adornado’. Dixo así; y de dolor oscura nube de Aquiles el espíritu rodea. Toma con sus dos manos la ceniza todavía abrasando, la derrama encima su cabeza, y desfigura las graciosas facciones de su rostro, y la negra ceniza hace un ultraje a su divina túnica. Al momento se tiende en tierra cuanto largo era, ocupando extendido un grande espacio, y las manos poniendo en sus cabellos los divide y arranca fieramente. (Il.XVIII 18-27) Sea como sea, esta Ilíada tuvo el privilegio de una segunda edición en 1827, y quizá hubiera tenido más si cuatro años más tarde, en 1831, no hubiera venido a sustituirla la de José Mamerto Gómez de Hermosilla (¿también nomen omen?), puntilloso preceptista, cuya versión, sin embargo, 13 Cf. Matthew Arnold, “On Translating Homer”, en Essays Literary and Critical, Londres, 1861. Recogido como “Sobre las traducciones de Homero” en Teorías de la traducción. Antología de textos, de Dámaso López García (ed.), Cuenca, 1996, pp. 203-79, concretamente p. 212. - 5 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 mereció el favorable juicio de D. Marcelino y una alta alabanza por parte de Juan Valera para quien la de Hermosilla “supera a la traducción inglesa de Pope y a todas las francesas, y sólo cede a la alemana de Voss y a la italiana de Monti”14. De esta versión podemos decir que a pesar de que se hicieron nuevas ediciones en los años 1862, 1877, 1879, 1888, 1899, 1905, 1906, 1908 y 1913, no debió de contar, en un principio, con el favor del común si tenemos en cuenta estas palabras de D. Marcelino: “creo y he sostenido siempre, contra la opinión vulgar, que la traducción de Hermosilla tiene cosas apreciables y que en general es fiel y exacta”, o mejor, “es común opinión entre nosotros que la traducción de Hermosilla es mala, aunque nadie se ha tomado la molestia de probarlo”15. A este testimonio sumemos el que Juan Valera nos ofrece al exponer las causas del rechazo a los clásicos: “Otros hay que se lo explican todo dejando a salvo al autor y echando la culpa al traductor desgraciado. Busca, por ejemplo, una persona elegante y de mundo, que oye decir que la Ilíada es un trabajo prodigioso, una traducción castellana de la Ilíada: le dan la de Hermosilla; empieza a leerla, se harta a las seis o siete páginas, y acude, para desenojarse, a una novela de Daudet o de Belot, que le parece mil veces más agradable”. Daniel Ruiz Bueno se alinea con la opinión vulgar: “Para quien conozca directamente a Homero, la traducción del preceptista decimonónico es insoportable; para quien no la conozca, apenas si logrará por ella barruntar nada de su poesía (...) Lo mejor que, a mi ver, tiene el Homero hermosillesco es lo castizo de su lenguaje, como de quien se nutriera en la lectura de nuestros mejores clásicos”16. Ofrezcamos, en fin, un pasaje de la de Hermosilla: Hay dos grandes toneles a la entrada del palacio de Júpiter, y dentro de ellos están los dones que su mano alternativamente distribuye: uno es de males, y de bienes otro. Aquel mortal a quien mezclados diere males y bienes Jove, en desventuras a veces cae; pero muchas otras vive en prosperidad. El infelice a quien sólo desgracias haya dado, objeto de la burla y el ludibrio es para siempre; y a do quier que vaya la desdicha le sigue y por la tierra errante vaga, de los altos dioses aborrecido y de los hombres todos. 14 La de Pope sigue siendo editada como la joya de las traducciones inglesas. Hoy se anuncia en las librerías no como The Iliad of Homer, sino como Pope’s Iliad. Esta obra se ha integrado de forma orgánica en la literatura inglesa y constituye “después del de Milton, el eminente poema épico inglés” según palabras de G. Steiner (cf. Presencias reales, trad. esp. Barcelona, 1998, p. 28). Quizá a Valera le llegaban los ecos del “es un poema muy bonito, pero no debe atribuirse a Homero” de Bentley, o del “Pope ha fracasado al traducirlo” de Matthew Arnold. 15 Cf. “Hermosilla y su Ilíada”; nota de Menéndez Pelayo, recogida al menos en el tercer volumen de la edición de 1905 de la traducción de Hermosilla, que es la que manejo. En dicha nota también se repasan otras traducciones. 16 Cf. Daniel Ruiz Bueno, op. cit., p. 85. - 6 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 (Il.XXIV 527-533) Unos versos más arriba nos había aparecido el preceptista, proponiendo una variatio donde sólo hay repetición: “y sus albos cabellos y su barba/ encanecida respetando dijo...” por “compadeciendo su cana cabeza y su cano mentón”; o empleando un “ah, monarca infeliz, que tantos males” donde sólo aparece ‘infeliz’ para rellenar el metro (nada más antihomérico, ya que en él ni la mínima partícula da la sensación de ser ociosa). ¿Porqué ‘triste’ en lugar de ‘frío’ en “ninguna utilidad del triste llanto/ el hombre saca...”? ‘Te duele’, ‘te acuerda’, ‘me concede’, donde nosotros decimos ‘duélete’, ‘acuérdate’, ‘concédeme’. En ocasiones parece que su propósito no sea otro que el de mutilar a Homero; ya avisaba en el prólogo: “está hecha con la más escrupulosa fidelidad, sin haberme tomado otra licencia que la de suprimir los epítetos de pura fórmula o notoriamente ociosos, y añadir algunos que me han parecido necesarios. En lo demás no he omitido un solo pensamiento del autor ni le he prestado ninguno mío, y he dejado los suyos en el mismo orden en que se hallan colocados: he conservado igual número de cláusulas cuando alguna de ellas no resultaba demasiado larga; no he variado las formas oratorias, sino tres o cuatro veces en que la interrogación o exclamación era más enérgica que la simple afirmación; y hasta en la construcción gramatical de las frases he seguido la sintaxis griega, siempre que lo ha permitido el genio de la lengua castellana. Y que así sea, lo reconocerá el que se tome la molestia de comparar mi traducción con el texto”17. Pues bien, ésta es la Ilíada que dominó la pasada centuria y la primera década de ésta, hasta que apareció la de Segalá y dejó de editarse18. La de Segalá es más moderna y muchísimo más exacta desde el punto de vista filológico. Data de 1908, pero fue mejorada en una nueva edición en 1927. Es la primera en prosa, y de ella se podría decir que es la Ilíada española por antonomasia. De sobra son conocidas las alabanzas que por carta dirigió D. Marcelino al gran traductor: “el más digno tributo que la ciencia de nuestros helenistas ha pagado a la primera epopeya del mundo”. Su prosa rica y sobria la hace mantenerse todavía joven. Sólo ciertos giros verbales ya en desuso y ciertos destellos modernistas sobre esa prosa a veces árida (‘blonda cabellera’, ‘el celerípede divino Aquileo’, ‘veleras naves’, ‘líquidos caminos’,...) delatan su edad. Desde mi punto de vista, sólo la de José Manuel Pabón podría 17 Al efecto resulta esclarecedor el estudio de Pilar Hualde Pascual que lleva por título “Valoración de las traducciones de Homero en los siglos XIX y XX en España e Iberoamérica: de Hermosilla a Leconte de Lisle” pp. 369-377, en Mª Consuelo Álvarez MoránRosa Mª Iglesias Montiel (eds.) Actas del Congreso Internacional Contemporaneidad de los Clásicos. La tradición greco-latina ante el siglo XXI (La Habana, 1 a 5 de Diciembre de 1998), Murcia, 1999. Allí leemos, a propósito de la incongruencia que supone clamar por una traducción fiel en la teoría pero desmintiendo tales presupuestos en la práctica, que lo que Hermosilla denomina ‘traducción fiel’ “no es otra cosa que ‘traducción directa’ de la lengua griega, frente a las versiones traducidas de otras lenguas, especialmente del francés”, p. 370. 18 No obstante, la Antología de la literatura griega (ss.VIII a.C.-IV d.C.), de A. Guzmán Guerra y C. García Gual (eds.), Madrid, 1995, escoge la versión de Hermosilla para ilustrar el “encuentro entre Príamo y Aquiles” (Il.XXIV 477-570), pp. 69-73. - 7 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 haberla hecho sombra, en exactitud y riqueza de matices, si no se hubiese limitado a unos pocos fragmentos19. Quisiera enfrentar sendas traducciones, y para ello escojo parte del memorable pasaje de la despedida de Andrómaca y Héctor (Il.VI 390-496). Primero Segalá: Hija suya era, pues, la esposa de Héctor, de broncínea armadura, que entonces le salió al camino. Acompañábale una sirvienta llevando en brazos al tierno infante, al Hectórida amado, parecido a una hermosa estrella, a quien su padre llamaba Escamandrio y los demás Astianacte, porque sólo por Héctor se salvaba Ilión. Vio el héroe al niño y sonrió silenciosamente. Andrómaca, llorosa, se detuvo a su lado, y asiéndole de la mano le dijo: ‘¡Desgraciado! Tu valor te perderá. No te apiadas del tierno infante ni de mí, infortunada, que pronto seré tu viuda; pues los aqueos te acometerán todos a una y acabarán contigo. Preferible sería que, al perderte, la tierra me tragara, porque si mueres no habrá consuelo para mí, sino pesares; que ya no tengo padre ni venerable madre’. (Il. VI 398-413) Ahora Pabón: A su hija tenía por esposa Héctor, el del casco de bronce. Salióle ella al paso: venía a su lado una doncella que llevaba en su regazo al tierno niño, infante todavía, al dulce Hectórida, semejante a un hermoso lucero. Héctor solía llamarle Escamandrio; los demás Astianacte, porque sólo Héctor guardaba la ciudad. Sonrió él mirando al niño en silencio; Andrómaca estaba a su lado derramando lágrimas, cogióse a su brazo y habló diciéndole así: ‘¡Desdichado!, tu propio coraje te ha de perder. No tienes compasión de tu hijo, ternezuelo, ni de mí, infortunada, que pronto seré tu viuda; no tardarán en darte muerte los aqueos cayendo en masa sobre ti; y a mí, para hallarme sin tu compañía, más me valdría estar bajo tierra, que no habrá alegría cuando tú cumplas tu destino: sólo dolores. Faltóme el padre y la madre, su esposa (...)’ Entre una y otra tenemos cinco, de las cuales al menos tres, y por utilizar el mismo eufemismo con que se anuncia una de ellas, han sido cotejadas con las más modernas traducciones europeas. Son las de Germán Gómez de la Mata (1915)20, Manuel Vallvé (1919) y Monserrat Casamada 19 Cf. José Manuel Pabón, Homero, Barcelona, 1947. - 8 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 (1944)21. Por su parte, la de J.B.Bergua, absolutamente prosificada y aligerada de todo lo que en el original es idiosincrásico –fórmulas y epítetos– (Homero mutilado), parece seguir puntualmente en algunos pasajes a Segalá. En realidad, la sensación que deja es la de que Bergua arregla o acomoda la de Segalá a sus propios criterios para convertir la obra en una novela. El traductor (acaso del francés, acaso adaptador) no debe de ser helenista, si no no hablaría, por dos veces, de ‘los dos hijos del Atrida’, sino de ‘los dos Atridas’ en los veinte primeros versos. Su traducción fue bien acogida, sus reimpresiones muchas, y, un detalle más de su éxito, fue base de alguna traducción posterior: por azar encuentro que ¡Ay, desdichada de mí! ¡muerto yace el mejor de mis amigos, el único consuelo que tenía en medio de mis desventuras! Vivo te dejé al partir de la tienda y difunto te encuentro al volver, oh príncipe valeroso (...) tú me prometías para consolarme, hacer que Aquiles se desposase conmigo en la fértil Ptía; allí, decías en medio de su pueblo, celebraremos vuestro himeneo con la magnificencia y pompa que a un héroe corresponde. Pero has muerto, y ya toda mí vida tendré que llorarte, oh varón generoso y afable. (Il.XIX 287-290, 295-300) es servilmente reproducido en la traducción de Emiliano Aguado, que dice así: ¡Ay, desdichada de mí! ¡muerto yace el más noble de mis amigos, el único consuelo que yo tenía en medio de mis desventuras! Vivo te dejé al marcharme de la tienda y difunto te encuentro al regresar ahora a ella, ¡oh príncipe valeroso! (...) tú me consolabas diciéndome hacer que Aquiles se casaría conmigo en la fecunda Ptía; ‘allí -me asegurabasen medio de su pueblo, celebraremos vuestro himeneo con la algazara y la pompa que corresponde a un héroe’. Pero has muerto, y ya toda mí vida tendré que llorarte, oh varón generoso y entrañable. Es difícil coincidir tanto a la hora de inventar lo que Homero no dice. Precisamente también es Aguado (José María Aguado) el apellido del quinto traductor del que nos tocaba hablar. Si hasta ahora hemos visto traducciones envejecidas y otras que se resisten a envejecer, tenemos en la de Aguado, de 1935, una que nace con voluntad de vieja: 20 Versión española de la traducida por Leconte de Lisle. Famosa por la horrísona transcripción de los nombres de los personajes: Here, Edes, acaienos, argienos, danaenos,... Popular en su tiempo, aún la encuentro reeditada (cf. Edimat Libros, Madrid, 1999), sin mención del traductor y con las transcripciones corregidas (salvo, ya en la segunda línea, el delator ‘Edes’, i.e. ‘Hades’). 21 Aunque anuncia que ha tenido presente la traducción de P. Mazon (París, 1937), silencia lo muy cerca que ha tenido la de Segalá. Hay ahora una nueva edición, La Ilíada, Editorial Iberia, Barcelona, 2000. - 9 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 pujante palabra’. Y abro la del mejicano Rubén Bonifaz Nuño36, para enterarme de que ‘a Héctor plugo el salvo discurso’. La frontera que hay entre lo que damos en llamar ‘envejecimiento’ frente a ‘vejez’ en las traducciones es ciertamente difusa; tan difusa como que la propia noción de envejecimiento literalmente puede evocar las dos circunstancias de las que hablamos. ¿Una Ilíada castellana ‘envejecida’ es inequívocamente distinguible de una ‘vieja’? Quiero pensar que sí. Sobre todo cuando éstas son presentadas, en los ropajes de versos isosilábicos, a un lector que ha vivido la renovación del léxico poético español (sobre todo desde Machado, y máxime ahora, en un contexto en el que predomina la palabra de José Hierro). Del mismo modo que un lector de la segunda década de este siglo podía diferenciar la traducción de Segalá de la retórica y clasicista versión de Hermosilla. Por otra parte, actualmente se opta por la traducción en prosa, excepción hecha de las traducciones de López Eire y la de Agustín García Calvo, de la que hablaremos después. Pero no una prosa continua como la de Segalá o el Padre Ruiz, sino una prosa dispuesta de modo que cada línea se corresponda con un verso del original. La gran ventaja de este sistema, aparte de las facilidades que ofrece a la hora de confrontar la traducción con el original, consiste en que se ponen de manifiesto recursos tales como parataxis, encabalgamientos de sentido37, o expresión formular (el rasgo más característico de la epopeya arcaica; a este efecto, veo clara la influencia que los estudios de Milman Parry han ejercido en la labor de los traductores, sobre todo desde que en 1971 aparecieron recogidos sus trabajos en un solo volumen38; sus estudios han ayudado a la intelección de la composición homérica y ello ha incidido directamente en el proceder de los traductores). Es el caso de la de Emilio Crespo y las de José García Blanco y Luis M.Macía Aparicio, y la de Rubén Bonifaz Nuño, que suman, además, el propósito de dotar de ritmo a cada línea de la traducción. Comenzábamos diciendo que el original se renovaba en sus traducciones, inmoladas para que el texto ‘verdadero’ perdure, pero, como hemos visto, el traductor no sólo vivifica el original del que traduce sino que además revitaliza, de paso, su propia lengua. Hay palabras que habían quedado enterradas como monedas en la playa para siempre, lejos del alcance del traductor que las necesita pero no las recuerda y que al no encontrarlas se conforma con otras de menos valor a no ser que un azar remoto desentierre aquella que buscaba al hojear las páginas de un diccionario. Pero hay traductores, tal vez más que escritores, que, en pos de ese extrañamiento que se consigue merced al buscado ‘envejecimiento’, se encargan de mantenerlas bien visibles haciendo ese doble servicio: revivir el original y revivir la propia lengua. Agustín García Calvo, al que antes anunciábamos, en su traducción de 1995 (en verso, contra corriente), se comporta como un verdadero rescatador y creador de palabras: habla de ‘ampo’, que sería una blancura resplandeciente, ‘íngrimo’ sinónimo de solitario, los ‘deliquios’ no son sino desfallecimientos y la ‘murria’ es una especie de cargazón de cabeza que hace andar cabizbajo y melancólico a quien la padece. ‘Nocherniegos’, ‘cancillas’, ‘huras’ y muchísimos otros son términos que obligan a frecuentar el diccionario. Otras veces emplea palabras que no aparecen en el DRAE. Su significado puede ser nítido, por ejemplo: ‘hembriloco’, dicho del seductor Paris, ‘risonda’ o ‘milrisueña’, dicho de Afrodita, ‘ciemboyada’, que es la traducción literal de ‘hecatombe’. Pero otras veces son tan misteriosas como bellas: el mar es ‘nuncaricanso’; el sueño, ‘sinsóndigo’. En ocasiones sucede que no encontramos el verbo o el 36 Edición bilingüe en dos volúmenes. Cf. Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana (UNAM), México D.F., 1997. 37 Esto es, cuando el final de verso coincide con el final de una frase y, sin embargo, la frase se ve prolongada merced a un epíteto o un participio. 38 Cf. M. Parry, The Making of Homeric Verse. The Collected Papers of M. Parry edited by Adam Parry, Oxford, 1971. - 16 -
Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 3 - Año 2001 sustantivo que buscamos pero sí otra clase de palabra con la misma raíz: no tenemos ‘fremir’ pero sí ‘fremito’ que es bramido, y no tenemos ‘jamierda’ pero sí ‘jamerdar’ que es limpiar el vientre de las reses. Según él mismo, se trata de arcaísmos o formas marginales del castellano, y persigue con ellas una sensación de extrañamiento con la que sintamos la distancia que debieron sentir los que podían leer pero ya no escuchar al poeta Homero (¿no eran éstas, al fin y al cabo, las intenciones de la vieja versión de José María Aguado?). No obstante, la batería de palabras más llamativa es la formada mediante compuestos; usa una palabra donde otros traductores emplean tres o más, así, él dice naves ‘rumbiligeras’ o ‘rumbivalinas’ en vez de ‘de rápido curso’, el ‘milardido’ Odiseo en lugar de Odiseo ‘de muchas astucias’; o un barco ‘marcaminero’. Quizá no en tanta cantidad como García Calvo, pero sí en una gran medida, todos los traductores de la Ilíada, desde el primero hasta el último que hemos nombrado (también los que no hemos nombrado por ser parca, de cantidad y no de calidad, su contribución al respecto; Leopoldo Lugones, por ejemplo), han contribuido a recordarnos nuestra lengua: las palabras del anterior traductor las recibía el siguiente de modo que la traducción más vieja nunca muriese del todo. Una traducción de la Ilíada debe mejorar más cuanto más presente se tengan las pretéritas. Y es que en ningún momento se ha pretendido aquí una damnatio memoriae de las viejas traducciones, muchas de ellas, monumentos, i.e., dignas de recuerdo. Éste sí que era el propósito: recordarlas, y a la vez contestar a quien pudiera preguntarse por qué otra vez Homero (valga también Sófocles o Eurípides o Esquilo). Ésta podría ser una respuesta posible: porque Hermes es el único dios que envejece, y así lo quiso porque, al menos en la Ilíada, más recuerda el que más ha vivido; y a nadie se le escapa el vínculo que hay entre la traducción y el recuerdo. D. José Sánchez Lasso de la Vega lo dijo mejor: La urgencia vital de la traducción le viene de que el hombre, dicho platónicamente, tiene más o tanta necesidad de recordar -recordar es traer de nuevo al corazónque de aprender. - 17 -