Notas sobre la antroponimia hispánica medieval
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NOTAS SOBRE LA ANTROPONIMIA HISPÁNICA MEDIEVAL Pascual Martínez Sopeña Universidad de Valladolid El uso de la antroponimia no es extraño a los medievalistas españo les desde hace mucho tiempo. Baste recordar la importancia que M. Gómez Moreno le concedió para tratar de la emigración mozárabe al norte cristiano en los siglos IX y x, o de qué forma ha servido para iluminar los contornos del amplio e influyente número de francos que se instalaron en las tierras hispánicas entre los años finales del siglo XI y los comienzos del xm, como ya apreciara dom Luciano Serrano a pro pósito de Burgos'. En ambos casos, la irrupción de una onomástica ex traña a los usos habituales ha ayudado a precisar el alcance de ciertos procesos migratorios de la época medieval. Estas mismas cuestiones bajo nuevos enfoques, y otras distintas, están presentes en algunas de las mejores monografías editadas en los últimos veinte años; las posibilida des de la antroponimia han sido utilizadas con éxito, por ejemplo, para ofrecer un expresivo cuadro de la población de las ciudades de León u Oviedo y de sus actividades económicas2. Con independencia de estos puntos de vista, en los que queda mucho por explotar, podemos pregun tarnos si es posible el uso de la antroponimia en otros campos. Adelan taré que la respuesta me parece positiva. Pero antes de señalar algunos de sus aspectos, resulta conveniente hacer una estimación de lo que son nuestros conocimientos en este terreno, cuyas referencias bibliográficas se incluyen al final de esta colaboración. 1 M. GÓMEZ Moreno, Iglesias mozárabes. Arle español de los siglos IX al xi, Madrid 1919, 2 vols.; L. SERRANO, El obispado de Burgos y Castilla primitiva desde el siglo V al Xlll, Madrid 193S-36, 3 vols. 2 C ESTEPA DIEZ, Estructura social de la ciudad de León (siglos XI-XIll). León 1977; i. I. Rmz DE LA PENA Solar, El comercio ovetense en la Edad Media. 1: De la *civitas» epis copal a la ciudad mercado, Oviedo 1990.
190 PASCUAL MARTÍNEZ SOPEÑA Aunque el tomo I de la Enciclopedia Lingüística Hispánica es prin cipalmente conocido entre los historiadores de nuestra Edad Media por las ideas que don Ramón Menéndez Pidal vertió en su introducción, las densas páginas que constituyen el cuerpo del volumen resultan de mu cho interés para el caso. Sus dos partes afrontan el análisis de los ante cedentes de las lenguas hispánicas y el estudio de la onomástica, y den tro de ésta, la división tradicional entre antroponimia y toponimia esta blece un balance de los nombres personales y de los nombres de lugar. Los artículos relativos a la antroponimia fueron redactados por Ma nuel Palomar Lapesa, Joseph M. Piel y Miguel D0I9. Estos dos últimos autores, encargados de los estudios sobre la antroponimia latina y la germánica, no dejaron de destacar lo problemático de su trabajo, insis tiendo en que la carencia de un corpus de los nombres hispanos medie vales -con la relativa excepción de Portugal—, había sido un pesado las tre para llevarlo a buen puerto. En otra de las facetas de la antroponi mia —el estudio de los apellidos—, ambos coincidían de nuevo al afir mar que, si bien J. Godoy Alcántara había desbrozado el camino en la segunda mitad del siglo xix, la falta de continuadores de su meritoria tarea constituía el dato más relevante del panorama casi un siglo des pués. Como es natural, estas apreciaciones generales no están exentas de matices. Además de los diversos estudiosos franceses y alemanes de la antroponimia germánica y latina que se citan en ambos artículos como puntos de referencia básicos para el estudio de la antroponimia peninsu lar, una lista mínima de obras de uso en ese momento no puede pres cindir de otro pionero, J. Balan Jovany, ni de los artículos consagrados al tema por P. Aebischer y en particular el propio J. M. Piel, ni tampo co debería hacerlo respecto a los trabajos elaborados por A. C. Floriano, M. Alvar, L. Michelena, G. Diez Melcon y F. de B. Molí, estos últimos publicados en los años inmediatamente anteriores a la Enciclopedia. Pero no es menos cierto que la importancia de tales aportaciones no hace ol vidar el sentido de ciertas dificultades señaladas por M. D0I9 o J. Piel, entre las que la falta de un acceso cómodo a las fuentes y de una meto dología adecuada ocupan los lugares más significativos. Desde este umbral de los 60, los progresos en el terreno de la antro ponimia se han ido produciendo lentamente, aunque parece asistirse a una notable aceleración en los últimos años. En conjunto, dos aspectos de diferente naturaleza merecen ser destacados. Por un lado, que se ha hecho avances llamativos en la publicación de repertorios onomásticos; todavía parciales —pues se han basado en criterios de orígenes lingüís ticos o se presentan en un marco regional—, no cabe duda de su valor para paliar uno de los grandes problemas evocados anteriormente. Por
NOTAS SOBRE LA ANTROPONIMIA HISPÁNICA MEDIEVAL 191 otro, que la reflexión sobre el uso de la antroponimia como instrumento de investigación, así como la necesidad de reunir esfuerzos excesivamen te dispersos, han propiciado una dinámica de discusiones sobre los mé todos y de planes de trabajo colectivos en los últimos años a escala eu ropea, más allá del marco que proporcionaban las tradicionales y útiles reuniones y revistas de onomástica. Estos hechos han tenido su repercu sión en la investigación española, ahora más relacionada con el exterior y mejor organizada internamente a través de diversas fórmulas, cuyos primeros resultados son evidentes. Entre los repertorios ocupa un sitio de preferencia el ofrecido por J. M. Piel y D. Kremer sobre los nombres hispano-germánicos, donde se culminaron trabajos anteriores al mismo tiempo que se abrían nuevas perspectivas. Pero la antroponimia de origen germánico no ha sido el único ámbito elegido; por ejemplo, se viene asistiendo a una profundización en el terreno de la hispano-arábiga, como muestran los trabajos elaborados por E. Teres y por V. Aguilar y F. Rodríguez. Desde el otro punto de vista, la definición previa de un espacio como marco de estu dio —y por tanto, la pretensión de recoger los nombres de diverso ori gen que se documentan en un área geográfica e histórica—, es patente en la obra de E. Rivas Quintas sobre Galicia. El nuevo interés por la investigación antroponímica y la preocupa ción por cómo articular una tarea eficaz se han desarrollado en distintas escalas. En Cataluña sobresalen las actividades de la Societat d'Onomastica, constituida formalmente desde 1980 y animada por el vigoroso trabajo de E. Moreu-Rey hasta su fallecimiento. En general, y desde mediados o finales de los años 80, la atención de los investigadores de la antroponimia hispánica se ha fijado en dos grandes iniciativas. De un lado, el proyecto PATROM (Patronymica Románica), donde participan mayoritariamente filólogos; las actas de su primer coloquio aparecie ron en 1990 bajo el cuidado de D. Kremer. De otro, el proyecto GREHAM (Groupe de Recherches sur l'Histoire de l'Anthoponymie Médiévale), constituido principalmente por historiadores y coordinado por M. Bourin; la influencia de sus trabajos en torno a la «génesis medieval de la antroponimia moderna» se hace explícita en los estudios publicados sobre diversas regiones hispanas por R. Durand, M. Zimmerman, J. A. García de Cortázar, S. Suárez Beltrán y L. Martínez i Teixidó3. 3 Casi todos estos trabajos se reproducirán, junto a otros inéditos debidos a E. Pórtela y M. C. Pallares, M. González y F. J. Pérez. M. Durany y C. Rodríguez. R. Durand, J. I. Ruiz de la Peña, P. Martínez, J. Montenegro, J. A. García de Cortázar, C. Diez y E. Peña, M. A. Líbano, C. Laliena, y Ll. To, en un volumen ya en prensa, que lleva por tftulo Antroponimia
192 PASCUAL MARTÍNEZ SOPEÑA Particularmente, los trabajos citados en último lugar sugieren una serie de reflexiones. Cada uno de ellos ha representado para su autor la recogida sistemática de miles de nombres dentro de fondos diplomáticos determinados —lo que no excluye una visible vocación regional—, y de amplias cronologías. En todos se aprecia una metodología común a la hora de establecer los elementos que componen las denominaciones per sonales: desde el nombre de pila propiamente dicho a los patronímicos y nombres de lugar, de oficio o los apodos que pueden precisarlo, o las designaciones y títulos que eventualmente lo complementan ... Y, por lo demás, en ninguno se pierde de vista la perspectiva de asociar el análi sis concreto a algunos grandes problemas que suscita el uso de la antro ponimia medieval, como el progresivo abandono de los nombres de un solo elemento por fórmulas de mayor complejidad, o la visible cristiani zación de la onomástica personal con el paso del tiempo4. Cuando se compara la exposición de resultados queda en evidencia un panorama rico y complejo. El uso mayoritario de antropónimos do bles en Navarra y la Rioja, datable en el siglo X, es muy anterior al que se aprecia en Cataluña, Asturias o Portugal, donde el fenómeno se im pone a mediados del siglo XI e incluso más tarde. Entonces aparecerá generalizado el uso de los nomina paterna como segundo elemento, da tos vivos que cambian con cada generación, que todavía no se han con vertido en apellidos. Por su parte, el siglo xn aprecia una larga serie de matices, entre los cuales destaca la fidelidad al nomen paternum de los territorios centro-occidentales frente a su relativa postergación en Cata luña, un hecho que se produce en beneficio de los nomina loci. Si de las formas antroponímicas pasamos a los nombres de pila, en cualquiera de estas regiones se aprecia un stock de nombres mucho más extenso en el siglo X que más tarde, el cual se alimenta principalmente —pero en proporciones desiguales para cada zona—, de nombres de origen la tino y germánico, salvo entre el Pirineo occidental y el Ebro medio, donde predomina un cortejo de nombres vascos y latinos. Su evolución posterior también resulta diversa: el predominio de ciertos nombres cris- y Sociedad. Sistemas de identificación hispano-cristianos en los siglos IX a xn¡. Este es el resultado mayor de un proyecto de analizar la antroponimia desde Finisterre a Creus desarro llado durante los cuatro últimos años. Ha contado con apoyos financieros parciales desde el año 1991 al 1994, dentro de los Programas de Acciones Integradas Hispano-Francesas y de la DGICYT. 4 Sin excluir cuestiones metodológicas de tanto calado como la posible discordancia en tre la expresión oral de los nombres y la escrita, el significado de las denominaciones alter nativas (X qui vocatur Y, X cognomento Y), o la medida en que influye el tipo de participa ción en un acta (como actor principal, parte secundaria, confírmame...) sobre el modo más o menos preciso de ser designado. Todo lo cual aconseja anotar muy estrictamente las coorde nadas diplomáticas de cada referencia.
NOTAS SOBRE LA ANTROPONIMIA HISPÁNICA MEDIEVAL 193 tianos al oeste desde el siglo XII, el mantenimiento de los nombres tra dicionales desde el Pirineo occidental al Ebro, la hegemonía de algu nos nombres germánicos en Cataluña ... En principio, esta serie de características asocian la evolución de los nombres con la configuración de distintas áreas culturales en el correr de los siglos x al XII. Un espacio catalán, otro navarro-riojano, un ter cero en las regiones del noroeste hispánico. Pero averiguar la extensión de cada uno de estos espacios y las previsibles áreas de transición, la existencia de otros, así como la evolución de todos, demandan nuevos trabajos. Un análisis comparativo de las realidades ultrapirenaicas forma parte de esta labor; por ejemplo, los estudios recientes sobre Gascuña y Languedoc ponen de relieve similitudes de comportamiento con el área navarro-riojana y catalana respectivamente5, pero sobre esta circunstan cia planean preguntas como desde cuándo o hasta cuándo. La Cataluña de los siglos IX y X ya había conocido una profunda germanización de la antroponimia, que no se ha dudado en asociar a la reivindicación del pasado visigodo; no es de este fondo onomástico de donde parecen ex traerse los nombres germánicos más frecuentes del XI que, estos sí, son también los característicos del Languedoc (Bernardus, Raimundus, Guillelmus, entre otros). Las formas antroponímicas de dos elementos a base de nomina paterna son tan frecuentes y se documentan con semejante antigüedad tanto en Gascuña como en Navarra y la Rioja, y ambos es pacios comparten un buen número de nombres dominantes, como Fortunius, Sancius o García; sin embargo, aquellas se rarifican en Gascuña a fines del siglo XI mientras mantienen su importancia al sur de los Pi rineos. Pero los trazos antes definidos no dan cuenta del conjunto de situa ciones evocadas por los distintos autores. Si el panorama esbozado co rresponde a los varones de estado laico, la antroponimia de las muje res o de los clérigos parece seguir otras reglas, caracterizadas por una más tardía y no tan generalizada difusión de nombres de dos elementos. En todo caso, también aquí convendría subrayar la relativa diversidad de comportamientos que a escala de las mujeres se observa en las zonas del Pallars y de Asturias, muestra muy posible de fenómenos más am plios; en la primera, una variada serie de fuentes sigue nutriendo en el siglo XII una antroponimia simple en sus formas pero llena de sutilezas, mientras la segunda contempla tanto la extensión de los nomina paterna 5 B. Cúrsente, «Elude sur l'évolution des formes anthroponymiques dans les cartulaires du chapilre mélropolilain de Sainte Mane d'Auch (Xle.-Xllle. siécles)», M. BOURIN. «Les formes anthroponymiques et leur évolution d'apres les données du canulaire du chapitre cathédral d'Agde (Xe. siécle-1250)», ambos en Cénese Médiévale de l'Anthroponymie Moderne, Tours 1989. pp. 143-178 y 179-217.
194 PASCUAL MARTÍNEZ SOPEÑA como el rotundo triunfo de María como nombre más frecuente. Por lo que hace a los clérigos, sigue siendo materia de discusión la frecuencia con que adquirían un nuevo nombre al acceder a esta condición, o in cluso si su destino para el sacerdocio venfa marcado por la imposición de un nombre caracterizado desde el bautismo. Un problema de particular interés es el modo en que los usos antro ponímicos son reveladores de formas de conciencia familiar llenas de repercusiones6. Por el momento, la atención parece centrada en los gru pos dominantes de la sociedad. El caso de la aristocracia del Pallars, estudiado en detalle, permite constatar que la elección de nombres en el seno de cada grupo familiar no se hacía arbitrariamente, y que los cam bios de las formas antroponímicas sirven para precisar una evolución desde las estructuras cognaticias a la noción de linajes, lo que implica profundas modifícaciones en las costumbres de transmisión patrimonial. La multiplicación de nomina loci en el siglo XII sería, desde este punto de vista, la manifestación más expresiva. Una situación bien distinta pre senta en los mismos momentos la aristocracia de Galicia, como ha podi do ejemplificarse a través del conde Pedro Froilaz y su parentela; en este grupo, lo que se destaca más claramemte es la profunda coherencia que guardan las formas antroponímicas a base de nomina paterna con el reparto de bienes entre los vastagos y la inmadurez del concepto de linaje7. A título de hipótesis, es posible plantear que los distintos com portamientos antroponímicos detectados a escala de otras regiones estén asociados a factores del mismo tipo, que en todo caso conviene analizar profundamente. Más allá de la aristocracia, el seguimiento de unas u otras normas por el conjunto de la población, ¿traduce situaciones se mejantes o es indicador de fenómenos de mimesis formal? En todo caso, valdría la pena establecer cómo y cuándo se distribuyen las formas de designación entre los diversos grupos sociales. La influencia del medio donde los nombres son usados —una pe queña aldea, un núcleo relativamente populoso—, también debe calibrar- 6 En términos generales, véase el volumen Famille et párente dans l'Occident Medieval. Acles du colloque de París (6-8 juin 1974), pres. de G. Duby y J. Le Goff, Roma 1977, y entre las colaboraciones incluidas la de K. F. WERNER, «Liens de párente et noms de personne. Un probleme historique et méthodologique», pp. 13-18 y 2S-34. 7 M. C. PALLARES y E. PÓRTELA, Aristocracia y sistema de parentesco en la Galicia de los siglos centrales de la Edad Media. El grupo de los Traba: Hispania, n." 185 (1993), pp. 823-840. Para adquirir una perspectiva del problema más dilatada en el tiempo, véanse los trabajos de los mismos autores Elementos para el análisis de la aristocracia alto-medieval en Galicia: parentesco y patrimonio: Stvdia Histórica, H.' Medieval, vol. V (1987). pp. 17- 32; «Algunos problemas relativos a la evolución de las estructuras familiares en la nobleza medieval gallega», en Parentesco, familia y matrimonio en la historia de Galicia (J. C. Ber mejo Barrera, coord.), Santiago 1988, pp. 2S-38.
NOTAS SOBRE LA ANTROPONIMIA HISPÁNICA MEDIEVAL 195 se; algunos elementos para reflexionar son la necesidad de utilizar re cursos más variados cuando se pretende identificar a cada uno de los habitantes de tal villa o ciudad, las formas de sociabilidad que se tradu cen en calificativos particulares, o la persistencia de ciertas tradiciones. En este sentido convendría estudiar los criterios de economía onomásti ca que se ponen de relieve en las raras y expresivas listas de miembros de cualquier comunidad de este período 8, del mismo modo que ya se ha señado cómo los apodos aparecen vinculados a los ambientes urba nos de Asturias', o que en el entorno rural de Coimbra se manifieste una larga tendencia al mantenimiento de nombres germánicos que son progresivamente abandonados por los habitantes de la ciudad. Este conjunto de estudios abarca una extensa fase de la antroponimia hispana, desde el siglo ix y x hasta los albores del siglo xm. Apar te de la necesidad de ampliar la encuesta a todo el territorio peninsular, parece necesario preguntarse por los antecedentes de la antroponimia medieval y por la evolución que siguió desde el XIII en adelante. En relación con aquella cuestión, puede resultar muy útil el contraste de la antroponimia extraída de los diplomas altomedievales con los testimo nios epigráficos antiguos en el marco de una región, o con los trabajos de prosopografía del periodo visigodo —además del abundante material proporcionado por las pizarras visigodas 10. La antroponimia bajomedieval —aparte de rápidas síntesis, como la contenida en el trabajo de D. Roigé, o algunos de los estudios de E. Moreu-Rey—, encierra una problemática que todavía no ha sido desvelada y cuyo interés indican trabajos puntuales como los de C. Cuadrada e I. Beceiro; en ellos se revela una mezcla de tradición e innovación en el uso de los nombres. 8 Dos ejemplos son la pesquisa de los vecinos del barrio de San Martín de León (1097; J. M. RUIZ ASENCIO, Colección documental del Archivo de la Catedral de León (775-1230), León 1990, tomo IV, n.° 1294), y la lista de tenedores de solares de Santo Domingo de la Calzada (s/f., ca. 1200; ed. C. López de Silanes y E. Sainz Ripa, Colección Diplomática Calceatense. Archivo Catedral, 1125-1397, Logroño 1985, n° 8). 9 A propósito de la Barcelona de fines del siglo XI —y utilizando otra lista parcial del vecindario—, P. Bonnassie había señalado algo parecido (La Catalogne du milieu du xe. á la fin du Xle siécle. Croissance et mutation d'une société, Toulouse 1975-76, tomo II, p. 853). 10 L. A. GARCÍA Moreno, Pmsopografía del reino visigodo de Toledo, Salamanca 1974; G. Kampers, Personengeschichtliche Studien zum Westgotenreich in Spanien, Münster 1979; I. VeláZQUEZ SORIANO, Las pizarras visigodas. Edición crítica y estudio. Murcia 1989, espec. pp. 465-510 y 740-752; J. M. RUIZ ASENCIO, «Nuevos hallazgos de documentos visigó ticos en pizarras»; Archivos Leoneses, n.°* 93-94 (1993), pp. 9-42.
196 PASCUAL MARTÍNEZ SOPEÑA Desde un punto de vista diferente, en ffn, la antroponimia debe ser aso ciada con otras de las herramientas del historiador. Entre ellas la herál dica ", con la que comparte el carácter de sistema de signos. Pero tam poco caben dudas sobre los beneficios que se pueden extraer de la apli cación de los resultados de la antroponimia histórica al análisis de cier tos filones de la toponimia que, como sucede en extensas regiones del Valle del Duero, se caracterizan por la presencia de nombres personales en su composición. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS AEBISCHER, P., Essai sur Vonomastique calillarte du IX au XII siécle: Anuari de l'Oficina Románica de Lingüistica i Literatura, I, 1928, pp. 1-76. Aguilar Sebastián, V, y F. Rodríguez Mediano, «Antroponimia de origen árabe en la documentación leonesa (siglos vni-xill)», en El reino de León en la Alta Edad Media, t. VI, León 1994. pp. 497-633. ALVAR, M., El dialecto aragonés, Madrid 19S3 BALAR! JOVANY. J.. Orígenes históricos de Cataluña, Barcelona 1899 (2." ed., San Cugat del Valles 1964. 2 tomos; spec, II, pp.565-601. BECEIRO Pita, I., «La fascination pour la 'matiére de Bretagne' dans la noblesse castillane du Moyen Age tardif», en 1491. La Bretagne, terre d'Europe, Brest-Quimper 1992, 325- 334. Cuadrada i Majó, C, Un estudi deis noms i cognoms medievals al Maresme: Fulls del Museu Arxiu de Santa Mana, n.° 27 (1987). pp. 33-44. DIEZ MELCON; G., Apellidos castellano-leoneses (siglos IX-XIll. ambos inclusive). Granada 1957. DOLC, M., «Antroponimia Latina», en ELH, I, pp. 389-419. DURAND, R., «Données anthroponymiques du Livro Preto de la Cathédrale de Coimbre». en CMAM, 1, pp.219-232 Enciclopedia Lingüística Hispánica (dir. M. Alvar, A. Badfa, R. de Balbín, y L. F. Lindley Cintra), Madrid 1960, tomo I (= ELH) FLORIANO. A. C. Diplomática española del periodo astur (718-910), Oviedo 1949-51. 2 to mos, spec. I, pp. 353-451, y II, pp. 417-536. FLORIANO. A. C, El Libro Registro de Corias, Oviedo 1950. 2 tomos, spec. I, pp.267-370. y II, pp. 13-312. García de Cortázar. J. A., «Antroponimia en Navarra y Rioja en los siglos x a xu», en Estudios de Historia Medieval en homenaje a Luis Suárez Fernández, Valladolid 1991, pp. 175-191. Cénese Médiévale de l'Anthroponymie Moderne. Eludes d'Anthmponymie Médiévale. I et II Rencontres. Azay-le-Ferron 1986-87, Tours 1989 (2* ed., Tours 1990) (=CMAM, /). Cénese Médiévale de l'Anthroponymie Moderne. Eludes d'Anhroponymie Médiévale. 111 et IV Rencontres. Azay-le-Ferron 1989-90, ed. M. Bourin y P. Chareille, Tours 1992, tomo II, 2 vols. GODOY ALCÁNTARA. J., Ensayo histórico, etimológico, filológico sobre los apellidos caste llanos, Madrid 1871 (ed. facsímil, Barcelona 1975). 11 Lo pone de relieve el enfoque de las cuestiones tratadas por F. MenÉndez Pidal de NAVASCUÉS, Los emblemas heráldicos. Una interpretación histórica, Madrid 1993.
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