La Cueva de la Revilla, un enterramiento colectivo del Bronce Protocogotas en la Sierra de Atapuerca (Burgos)
Abstract
La riqueza arqueológica de la Sierra de Atapuerca se ve corroborada por la excavación de una pequeña cueva que fue utilizada como panteón colectivo durante el Bronce Medio Protocogotas. Su estudio sirve de punto de partida para valorar el ritual funerario cavernícola de la Edad del Bronce en el reborde nororiental de la submeseta Norte así como para plantear la existencia de diferentes fórmulas de enterramiento vinculadas a distintos espacios geográficos.
Full text
LA CUEVA DE LA REVILLA, UN ENTERRAMIENTO COLECTIVO DEL BRONCE PROTOCOGOTAS EN LA SIERRA DE ATAPUERCA (BURGOS) FRANCISCO JAVIER ABARQUERO MORAS* ÁNGEL LUIS PALOMINO LÁZARO** MARÍA JOSÉ NEGREDO GARCÍA** Resumen: La riqueza arqueológica de la Sierra de Atapuerca se ve corroborada por la excavación de una pequeña cueva que fue utilizada como panteón colectivo durante el Bronce Medio Protocogotas. Su estudio sirve de punto de partida para valorar el ritual funerario cavernícola de la Edad del Bronce en el reborde nororiental de la submeseta Norte así como para plantear la existencia de diferentes fórmulas de enterramiento vinculadas a distintos espacios geográficos. Palabras clave: Bronce Medio, Protocogotas, cueva, enterramiento colectivo, ritual funerario Abstract: The excavation in a small cave, which was used as collective pantheon during the middle Bronze Age proto-Cogotas, corroborates the Sierra de Atapuerca’s archaelogical richness. Its study serves as initiation into Bronze cavemen’s funerary rituals in the Submeseta Norte (Castilian plateau’s) north-eastern border as well as to introduce the different burial customs depending on the geographical area. Keywords: Middle Bronze Age, Protocogotas, cave, collective tombs, funerary ritual. * Arqueólogo Técnico del Museo de Palencia ** Aratikos Arqueólogos BSAA arqueología, LXXI, 2005, pp. 89-136
90 F.J. ABARQUERO MORAS - A.L. PALOMINO LÁZARO - Mª J. NEGREDO GARCÍA 1.- Introducción Abundantes y de notable interés son ya los testimonios arqueológicos ofrecidos por los numerosos yacimientos que se esconden en torno a la burgalesa Sierra de Atapuerca, y no sólo aquellos que, año tras año y con esperada expectación, nos desvelan los insondables misterios de los más antiguos pobladores de Europa y nos ayudan a comprender las primeras actitudes sociales del hombre paleolítico, sino también esos otros que, con una menor proyección mediática, nos acercan a momentos más próximos dentro de la prehistoria, aunque no por ello menos interesantes, como se empeñan en demostrar los restos aparecidos en Cueva Mayor, la cueva del Mirador o el túmulo megalítico de El Turrumbero de la Cañada. El hallazgo de una pequeña cavidad rupestre de indudable carácter funerario que podemos adscribir cronológica y culturalmente a la Edad del Bronce, viene a corroborar esta última idea y a ampliar, cualitativa y cuantitativamente, los datos sobre un periodo que, a la a luz de los datos, hemos de empezar a considerar como uno de los más esplendorosos de los vividos en el entorno de Atapuerca. El descubrimiento de la cámara subterránea, como en tantas otras ocasiones, se produjo gracias a una actuación fortuita, mientras se procedía a la excavación de un sótano o bodega en el interior del patio de una vivienda ubicada dentro del casco urbano de Atapuerca1. La intervención arqueológica de este recinto rupestre ha sido efectuada en dos fases. La primera campaña (año 1999) tuvo como fin la limpieza y excavación del espacio afectado por las obras, así como la apertura de un sondeo estratigráfico de comprobación en la base del suelo de la proyectada bodega. Por su parte, en la segunda fase (año 2000), basándonos en los resultados obtenidos previamente, se procedió al vaciado de todo el paquete de sedimentos arqueológicamente fértiles2. 1La perforación del suelo se vio facilitada por la aparición de una oquedad natural de la que únicamente había que extraer el sedimento arcilloso que la colmataba. Iniciados los trabajos, y cuando estos habían supuesto ya la parcial eliminación del relleno, se produjo el hallazgo de los restos humanos y cerámicos que llevaron al propietario a alertar al Servicio Territorial de Cultura de la Junta de Castilla y León en Burgos. Aprovechamos esas páginas para mostrar nuestro agradecimiento a D. Luis Arce Blanco, dueño de la mencionada vivienda, y a su sobrino Ignacio Picón Arce, por su colaboración y ayuda durante el proceso de excavación de la cavidad. 2Ambas campañas fueron llevadas a cabo por la empresa Aratikos Arqueólogos S.L., bajo la dirección de A. L. Palomino Lázaro y la asistencia técnica de F. J. Abarquero Moras. En las tareas de excavación y documentación participaron, así mismo, los arqueólogos Carlos Tabernero Galán y Óscar González Díez. Los dibujos del material arqueológico son obra de Luis Pascual Repiso.
LACUEVA DE LAREVILLA, UN ENTERRAMIENTO COLECTIVO DEL BRONCE 91 2.- Aspectos físicos, geológicos y geográficos La Sierra de Atapuerca se enclava en el reborde noreste de la cuenca del Duero, unos 15 km al este de la ciudad de Burgos. Estructuralmente forma parte de las estribaciones septentrionales del Sistema Ibérico y se encuentra al pie de la Sierra de la Demanda y separada de ésta por el valle del Arlanzón, dentro de un espacio dominado por los páramos y las campiñas características de la cuenca sedimentaria. La variedad ecológica que ofrecen las diferentes unidades geográficas de su entorno y su inclusión en el Corredor de La Bureba, una de las tradicionales líneas de comunicación entre los valles del Ebro y del Duero, serán dos de los factores a tener en cuenta en el desarrollo y evolución de su poblamiento. Gracias a los recientes estudios geológicos, derivados de los trabajos efectuados en los yacimientos pleistocenos cercanos, conocemos bastante bien la evolución geológica del área (Zazo et alii, 1983 y Bermúdez et alii, 1999). En líneas generales, la Sierra de Atapuerca es un anticlinal tumbado que conforma un relieve residual alargado con forma arqueada en la que litológicamente predominan las calizas, dolomías y calcoarenitas del Cretácico Superior (Secundario)3. Del Terciario restan materiales depositados horizontalmente sobre las capas inclinadas del anticlinal, entre los que se pueden diferenciar los conglomerados calizos y las arcillas rojas oligocenas. Por ultimo, durante el Cuaternario se produjo una importante actividad erosiva protagonizada por el río Arlanzón y sus afluentes, así como por los fenómenos kársticos y periglaciares. Las formas de relieve originadas son las superficies y replanos estructurales y los escarpes que conforman el actual paisaje de mesas y resaltes en graderío destacados sobre las llanuras aluviales. La cueva de La Revilla se emplaza en las proximidades de la vega del Río Vena, un espacio abierto, con disponibilidad hídrica y de suelos fértiles, ventajas que hacen del mismo un lugar de recurrente ocupación humana durante la Prehistoria4(Figs. 1 y 2). Se halla excavada en las calizas del Mioceno Medio que forman parte de la línea inferior de las superficies estructurales y escarpes que caen hacia el NE desde la Sierra de Atapuerca, en los restos de lo que fue la cuenca sedimentaria terciaria erosionada al descender el nivel del río Vena 3Únicamente en algunas zonas elevadas tectónicamente se produce el afloramiento de las capas más antiguas del Cretácico Inferior. 4Así lo demuestra la existencia, muy cerca del pueblo, hacia el este y el noreste, de hasta cuatro monumentos megalíticos, exponentes de la ocupación del territorio a finales del Neolítico.
92 F.J. ABARQUERO MORAS - A.L. PALOMINO LÁZARO - Mª J. NEGREDO GARCÍA (Bermúdez et alii, 1992). Se encuentra ligeramente destacada sobre la llanura aluvial del cauce fluvial, en un espacio que se abre hacia el NE y está formado por materiales aluviales del Holoceno y por suelos hidromorfos recientemente desecados (Zazo et alii, 1983). El proceso de formación de esta gruta presenta diferencias respecto al estudiado en la zona de la Sierra. Dada su litología (calizas del Mioceno Medio), el momento inicial del proceso erosivo tiene que ser posterior al de los yacimientos de Cueva Mayor y Trinchera, localizados en materiales mesozoicos, debiéndose desarrollar el régimen freático con posterioridad al final de la sedimentación que continuará hasta el Mioceno Superior en sectores vecinos. La altura a la que se encuentra la cueva (c. 960 metros) se correspondería con la terraza del Arlanzón de +40 metros sobre el actual cauce, adscribible al Pleistoceno Medio (Zazo et alii, 1983), fase que comienza hace 700.000 años. A partir de este momento se podría verificar la fase vadosa y el inicio de la colmatación, continuando con posibles fases de reactivación durante el Cuaternario y completándose en el Holoceno. Como quiera que nuestra cueva se encuentra en la cuenca del Vena, los datos del descenso de nivel de base del Arlanzón sólo sirven de referencia, pudiendo variar en algunos momentos, aunque siempre se mostrarían superiores al tratarse de un afluente, por lo que el inicio del proceso de colmatación sería en todo caso posterior, nunca anterior, al Pleistoceno Medio. A pesar de haber dado por concluidos los trabajos de excavación arqueológica en la cueva de La Revilla no podemos hacer una descripción detallada de sus contornos físicos, puesto que nuestra intervención llegaba en un momento en el que parte de su perímetro había sido trasformado por la construcción de una escalera de acceso que perfora el techo y enmascara la pared este. Pese a ello, creemos poder decir que nos encontramos en el interior de una pequeña cámara de tendencia ovalada, con paredes y cubierta cóncavas en las que se modelan caprichosas oquedades y que a veces aparecen desgajadas en bloques. La longitud máxima de norte a sur alcanza 520 cm, mostrando una anchura similar de este a oeste (aunque hemos de tener en cuenta que se halla cortada en su flanco oriental por el muro de ladrillos y la puerta de acceso actual). Por lo que se refiere a su desarrollo vertical, observamos grandes desniveles; por un lado zonas en las que el techo desciende de manera más o menos brusca y por otro lugares en los que aquel se eleva formando pequeñas simas. En cualquier caso, la altura máxima detectada, en el fondo de la pared occidental, es de 240 cm por encima de la base actual, lo que añadido a los 210 cm de profundidad extrema alcanzados en el Sondeo 1, suman un total de 450 cm de altura máxima de la cavidad tras su formación y antes de iniciarse el proceso de colmatación (Figs. 3, 4 y 5).
LACUEVA DE LAREVILLA, UN ENTERRAMIENTO COLECTIVO DEL BRONCE 93 Fig. 1. Localización de Atapuerca dentro de la Provincia de Burgos
94 F.J. ABARQUERO MORAS - A.L. PALOMINO LÁZARO - Mª J. NEGREDO GARCÍA Fig. 2. Localización de la Cueva del Barrio de la Revilla en el M.T.N. escala 1:25.000 (201-III, Atapuerca).
LACUEVA DE LAREVILLA, UN ENTERRAMIENTO COLECTIVO DEL BRONCE 95 Sin embargo, en los momentos en los que la gruta se convierte en lugar funerario, la sedimentación se encuentra ya muy avanzada, habiéndose convertido aquella en una cámara de escasa alzada en la que la diferencia entre techo y suelo no pasaba, salvo en escasos sectores, de un metro. Otras características que definían la cueva en estos momentos eran el marcado buzamiento de los sedimentos de norte a sur y de oeste a este, lo que implicaba un suelo inclinado, así como la existencia, en el fondo de la cueva, de una cámara elevada de difícil acceso. La entrada original debió situarse hacia el este, es decir, tras el muro de ladrillo y las escaleras de cemento, o, incluso, en esta misma dirección hacia el techo. Sin embargo, la reciente reforma de este espacio para facilitar el descenso a la bodega impide una correcta caracterización de la misma. 3.- La intervención arqueológica y la estratigrafía5 La primera de las circunstancias referidas a los sedimentos que rellenan la cueva de La Revilla es que los mismos alcanzan en muchos puntos su techo, un rasgo que únicamente está ausente en la zona central y más elevada. Como norma general, estos niveles tienen un origen sedimentario y se desarrollan unos encima de otros de forma sucesiva, con un marcado buzamiento NO/SE. Sin embargo, la realidad se muestra más compeja, puesto que, como es habitual en los depósitos del interior de cavidades, éstos se han visto afectados por toda una serie de procesos post y sindeposicionales que han provocado la remoción, la alteración y el corte de los diferentes estratos dificultando la lectura diacrónica de su deposición. Dentro de estos fenómenos agresivos se pueden distinguir tres tipos dependiendo de cual sea su origen, animal, geológico o antrópico. En el primer caso nos encontramos con evidencias inequívocas de bioturbación, es decir, de huellas de la actividad de animales de vida subterránea, cuyas madrigueras conectan diferentes niveles geológicos y arqueológicos permitiendo entonces la filtración de materiales de unos a otros. En segundo lugar se registran las alteraciones físicas ocasionadas por el desprendimiento, lateral y vertical, de bloques de caliza (espeleotemas), algunos de considerables dimensiones, desde las paredes y el techo. Estos desplomes provocan con su impacto el aplastamiento de las superficies y de los restos allí 5 Como hemos dicho, la intervención arqueológica se llevó a acabo en dos fases en las que, no obstante, se siguió una misma metodología. La superficie de la cueva fue incluida en el centro de una cuadrícula, con unidades de excavación de 1 por 1 m, utilizando para ello un eje de coordenadas alfanuméricas que permitiera un correcto registro de los hallazgos, el cual se hizo a través del método de Unidades Estratigráficas adaptado a las necesidades y a las peculiaridades de la cavidad.
96 F.J. ABARQUERO MORAS - A.L. PALOMINO LÁZARO - Mª J. NEGREDO GARCÍA Fig. 3. Plano de excavación 1
LACUEVA DE LAREVILLA, UN ENTERRAMIENTO COLECTIVO DEL BRONCE 97 Fig. 4. Plano de excavación 2
104 F.J. ABARQUERO MORAS - A.L. PALOMINO LÁZARO - Mª J. NEGREDO GARCÍA Fig. 8. Detalle del “nido de cráneos” localizado bajo el alero rocoso de la pared. La estratigrafía de la cueva por debajo de estos estratos se conoce gracias a la apertura en la primera de las campañas de un sondeo localizado en el lateral sur de la sala (Figs. 5 y 7). Al igual que en las capas previas, los reconocidos en este espacio muestran un pronunciado buzamiento norte-sur que llega a salvar desniveles de hasta 90 cm. En este corte hemos diferenciado hasta cinco niveles superpuestos. El primero de ellos no es sino la continuación del último de los definidos en el sedimento extraído con anterioridad (U.E. 6), que alcanza aquí una profundidad de –70 cm y que se encuentra continuamente interrumpido por grandes bloques de caliza. El segundo (U.E. 7), posiblemente originado por una arroyada de origen natural, tiene unos 20 cm de potencia y está formado por dos capas de arcilla de color marrón entre las que discurre otra de gravas calizas mezcladas con arcilla de color amarillento. En el mismo, y sólo en el extremo sur del sondeo, se han recuperado unos pocos huesos de fauna que deben haber llegado hasta aquí filtrados por alguno de los huecos que se forman
LACUEVA DE LAREVILLA, UN ENTERRAMIENTO COLECTIVO DEL BRONCE 105 entre las piedras desprendidas y la pared de la cueva. Por debajo discurre una nueva arroyada (U.E. 8), con una potencia de unos 25 cm, formada por calizas, descompuestas o en grandes bloques, y completamente estéril desde el punto de vista arqueológico. A un nivel inferior se desarrolla otra capa de similar génesis e igualmente yerma (U.E. 9), en este caso con una potencia máxima de 40 cm y una composición a base de arcillas muy limpias y sueltas. Por último, sobre el suelo original de la cueva se dispone un potente estrato (U.E. 10), de hasta 180 cm de desarrollo, formado por calizas descompuestas y grandes bloques, y originado por los desprendimientos de las paredes y del techo transformados en detrito descompuesto. En líneas generales, y como podemos comprobar, en la cueva no existe más actuación antrópica que la derivada de su uso como lugar de enterramiento colectivo. El resto de los niveles tiene un origen natural y, en la mayoría de los casos (salvo la U.E. 2), anterior a la constatación de dicha actividad. 4. Características del Depósito Funerario Como características generales, y haciendo balance de lo expuesto hasta este momento, podemos decir que el osario de la cueva de la Revilla no conserva individuos completos in situ, es decir, deposiciones primarias claras, y que la gran mayoría de los restos humanos tiende a localizarse en el flanco occidental y suroccidental de la sala. El carácter alterado del osario, habitual en este tipo de contextos, parece ser debido a dos razones de raíz independiente. La primera de ellas se encuentra en el carácter colectivo y diacrónico de la cueva como lugar de enterramiento, puesto que la misma parece haber funcionado como un panteón recurrentemente utilizado por uno o varios grupos que visitan la cueva de forma intermitente a lo largo de varias generaciones. Son precisamente estas prácticas las que pueden haber propiciado remociones accidentales o, incluso, intencionales, éstas últimas bien con el propósito de despejar el reducido espacio para dar cabida a las nuevas deposiciones funerarias, bien a fin de preservar los restos más visibles y que se habían desperdigado por el suelo. Esta última hipótesis es, por otra parte, la que planteamos para dar explicación al “nido de cráneos” identificado en el conjunto 4K2 (CO/4K2), el cual parece responder a una actitud deliberada de los encargados de realizar la ceremonia, que se completaría con la recogida de los despojos de las inhumaciones previas y su deposición en la pequeña cámara protegida por el saledizo de la roca. Se entiende así, por lo demás, la ausencia de mandíbulas inferiores en los tres cráneos completos, ya que aquellas se despren-
den con facilidad una vez que se inicia el proceso de descomposición, así como que en el mismo nicho encontremos restos óseos de cierta envergadura y bien conservados, como un omóplato humano y parte del cráneo de un cáprido. La misma explicación damos a los conjuntos CO/6K y CO/6K2, donde los huesos, una selección de las partes más resistentes del esqueleto, se recogen en el interior de una hornacina natural, a una elevada cota y detrás de una visera del techo que convierte el lugar en uno de los más recónditos y escondidos de la cavidad. La segunda razón a tener en cuenta para entender el desorden del osario está en otro de los rasgos que definen el ritual funerario, consistente, al parecer, en la simple deposición de los cadáveres sobre el suelo de la cueva, que aquí, a juzgar por la presencia de varios cantos de cuarcita, pudiera verse acompañada por un somero sellado a base de estas piedras, destinado más a sujetar un rudimentario sudario que a “enterrar” el cuerpo. Tal circunstancia permite que el difunto quede expuesto a toda una serie de procesos postdeposicionales que se muestran en este caso mucho más agresivos que si aquel se encontrara cobijado por una tumba. El primero de ellos es, sin duda, el aprovechamiento por parte de animales carroñeros, carniceros o roedores, como queda demostrado por las huellas observadas en los huesos así como por la propia presencia de estas especies (ver apéndice), los cuales se colarían en la cavidad y desarticularían los cuerpos a su antojo. En segundo lugar, los ya mencionados desprendimientos de las paredes y del techo provocarían, al impactar sobre los esqueletos en descomposición, su desconexión y dispersión. Esta labor, por último, pudo ser completada por posibles arroyadas que, aunque sólo fuera de forma ocasional, se filtraran en la cavidad desde la superficie. Todas estas circunstancias, en definitiva, hacen realmente excepcional la aparición de restos funerarios in situ en el interior de una cueva sepulcral y, por lo menos en el caso que nos ocupa, explican el relativo esparcimiento de los restos humanos. A pesar de la evidente alteración de la colección osteológica, el estudio que sobre su concentración hemos efectuado revela claramente cómo el espacio sepulcral no se extendía a la totalidad de la superficie hábil de la cueva, sino que se restringía al flanco suroeste y oeste de la misma, junto a la pared y más o menos protegido por la propia curva con la que se inicia el techo, por algunos salientes naturales de la roca y por los bloques desgajados. En efecto, pese a existir espacios vacíos dentro de la cámara, el grueso de los restos esqueléticos, más o menos apilados, se encuentra en este sector, por lo que hemos de entender que es aquí, en los confines de la pequeña sala, donde debían depositarse los cadáveres, perpetuándose esta costumbre, que quizás fuera un precepto ritual, a lo largo de todo el periodo en el que se utilizó como panteón. 106 F.J. ABARQUERO MORAS - A.L. PALOMINO LÁZARO - Mª J. NEGREDO GARCÍA
LACUEVA DE LAREVILLA, UN ENTERRAMIENTO COLECTIVO DEL BRONCE 107 5. Los Materiales Arqueológicos Como ocurre en gran parte de los yacimientos arqueológicos investigados, es la producción alfarera el elemento que más y mejores posibilidades de análisis ofrece, puesto que de su estudio, además de cuestiones relacionadas con su funcionalidad, podemos extraer valoraciones tipológicas que nos ayuden a establecer una acertada adscripción cronocultural del contexto. En la muestra cerámica estudiada se incluyen todos los hallazgos de las dos fases de excavación y los ejemplares extraídos de la cueva con anterioridad al inicio de la misma, puesto que, en general, todos los fragmentos muestran unas características técnicas y morfológicas homogéneas y, por lo tanto, susceptibles de pertenecer a un mismo entramado cultural; y ello pese a que, muy probablemente, los distintos fragmentos no llegaran a la cueva producto de un acontecimiento único y puntual, sino que, muy al contrario, lo hicieran gracias a repetidas visitas a la misma repartidas a lo largo de varios años e, incluso, de varias generaciones. Antes de ensayar un estudio estadístico de la alcallería de La Revilla, hemos de advertir que nos enfrentamos a una colección reducida y considerablemente fragmentada; aspectos que, sin lugar a duda, van a servir de obstáculo a la hora de establecer las pautas tipológicas por las que se rige. El número total de ejemplares es de 5067, de los que hemos seleccionado una muestra de 111 (el 21,9%) por proporcionar algún tipo de información formal o decorativa. La fragmentación, agravada además por la dispersión de las piezas, no impide que, en ciertos casos, se hayan podido identificar algunos recipientes quebrados in situ; lo que ha permitido, por un lado, un mayor éxito en su recomposición y en la identificación de su morfología, y por otro, la posibilidad de indagar en las relaciones que estos vasos tienen con la deposición de los cadáveres y, por lo tanto, con el ritual funerario. Se trata de productos elaborados a mano, con pastas semidecantadas o finas, en las que, por lo común y salvando algunos ejemplares puntuales, los desgrasantes, sean éstos minerales (silíceos), orgánicos o de cerámica machacada (chamota), no muestran un calibre muy grueso. En la cocción predominan las atmósferas irregulares (58 % de los seleccionados), aunque dentro de éstas más de la mitad (el 63,3 %) muestran una tendencia reductora en su pasta. En segundo lugar destacan los fragmentos en los que se distingue una homogénea cocción 7No tenemos en cuenta en esta cifra 136 pequeñas esquirlas o escamas cerámicas, muchas de ellas desprendidas de piezas más grandes durante el proceso de recogida o de limpieza.
108 F.J. ABARQUERO MORAS - A.L. PALOMINO LÁZARO - Mª J. NEGREDO GARCÍA reductora (29,2% de la muestra), mientras que los ambientes puramente oxidantes sólo alcanzan el 1,76 %, una cifra meramente testimonial. El alto grado de alternancia en la cochura de las piezas influye sobremanera en la variedad de los tonos que ofrecen las distintas superficies, puesto que, pese a mostrar el alma completamente oscura, aquellas puede ofrecer una coloración mas clara (marrón o beige) producto de fenómenos de postcocción oxidante. El tratamiento exterior más frecuente es un alisado muy fino (65,9% de las piezas inventariadas), mientras que otros acabados, como el bruñido o el engobe, son menos habituales (14,4 % y 3.6 % respectivamente). Los ejemplares sin tratamiento o con superficie tosca comparecen también en escaso número (12,75 %). La reconstrucción formal del repertorio cerámico de La Revilla se ve entorpecida por la escasez de fragmentos que ofrecen algún indicio en esta dirección. Pese a ello, y atendiendo a los datos disponibles, podemos decir que entre las formas reconocidas destacan las ollas u ollitas de perfil en S (Fig. 10: 1-3 y 5), casi siempre identificadas a partir de bordes abiertos o de marcada tendencia exvasada (14 ejemplares). En la misma proporción comparecen las tazas o fuentes carenadas (otras 14 piezas), delatadas en su mayoría por la presencia de galbos carenados (Fig. 9: 1; y Fig. 10: 6-7 y 10). También contamos con un buen número de cuencos (10 ejemplares), entre los que hay que llamar la atención sobre un ejemplar (Fig. 9: 2) de tendencia entrante que muestra muy cerca del borde una pronunciada carena, lo que provoca una especie de acanaladura en lo alto del vaso. A menudo, estos tipos muestran paredes de tendencia rectilínea y profunda, aunque también los hay más abiertos, con un perfil de casquete esférico, o más cerrados, con un perfil superior a la media esfera (Fig. 9: 3-5). Por último, hay que hacer mención de una pieza casi completa, descrita como un cuenco de perfil en S, fondo cóncavo y pequeñas dimensiones, que podría entrar también a formar parte del grupo de las ollitas. En cuanto a la delineación de los labios, éstos suelen ser planos o redondeados y, menos frecuentemente, biselados hacia el interior, horizontales, con rebaba, engrosados o apuntados (Fig. 10). Otros elementos formales presentes en la muestra son diez fragmentos de fondos planos (Fig. 10: 14), dos fondos cóncavos y varios elementos de suspensión: mamelones simples o dobles sobre el borde de las piezas, orejetas, un botón aplicado también sobre el borde, una perforación y una pequeña asa de cinta (Fig. 10: 9, 12 y 13). El número de ejemplares que soportan algún tipo de ornamento (entre los cuales no incluimos los elementos plásticos de suspensión), es sólo de 20, una cifra quizás muy escasa para ensayar un estudio estadístico. Sin embargo, y teniendo en cuenta el carácter cerrado de la colección, creemos necesario un aná-
lisis comparado al que poder recurrir a la hora de caracterizar la cultura material del grupo que protagoniza los enterramientos de la cueva. El aderezo más frecuente, de escaso valor estilístico por otra parte, lo suponen las ungulaciones y las impresiones de punzón (de extremo recto o triangular) sobre los labios de algunas ollas, motivo que ha sido documentado en nueve ocasiones. Similares trazos los encontramos también sobre la pared exterior de algunos recipientes, alegrando las carenas o los cordones, o repartidos por toda la superficie (Fig. 11: 1-6 y 9). Mas escasos, aunque muy significativos, resultan los motivos incisos, caso de una línea horizontal paralela al borde y con huellas de esgrafiado bajo la misma y, sobre todo, de un galbo que muestra sobre la carena una línea de fino zig-zag de trazo homogéneo (Fig. 11: 7). Por último, en cuanto a las decoraciones se refiere, hemos documentado un ejemplo de lo que cabe denominar pseudoexcisión (Fig. 11: 8), pese a que su aspecto se aleje de los ejemplares campaniformes que permitieron la definición de esta técnica. El diseño consiste en la impresión, con una espátula de punta ancha, de trazos ligeramente inclinados que desplazan y levantan parte de la pasta, creando así un juego de contrastes entre la zona rehundida y la elevada. Si dificultoso se nos presentaba el análisis de los restos de alfarería al mostrarse aquellos escasos y muy fragmentados, más complicado resulta el estudio de los objetos de cultura material fabricados en hueso y piedra, cuyo número ha de considerarse anecdótico. Por esta razón, baste su mención como testimonio de su presencia. En el primer caso únicamente contamos con el extremo distal de un punzón de hueso pulido de sección pseudotriangular que fue localizado en el conjunto óseo de la U.E. 4, precisamente uno de los más descontextualizados (Fig. 11: 11). En cuanto a los artefactos de sílex, sólo se han rescatado una lasca de descortezado procedente de la U.E. 6 y un buril diedro desviado, montado sobre un soporte laminar, de color blanco y con retoque denticulado, semiabrup- to y directo sobre el lateral izquierdo extraído de la U.E. 5 (Fig. 11: 10). 5. Valoración Cultural del Yacimiento El Marco Cronológico y Cultural Creemos no equivocarnos al pretender para la utilización funeraria de la cueva del Barrio de La Revilla de Atapuerca un ambiente cultural propio del Bronce Medio y de la fase Protocogotas, primer estadio de evolución del gran complejo cultural de Cogotas I. A falta de cualquier análisis radiocarbónico, el LACUEVA DE LAREVILLA, UN ENTERRAMIENTO COLECTIVO DEL BRONCE 109
110 F.J. ABARQUERO MORAS - A.L. PALOMINO LÁZARO - Mª J. NEGREDO GARCÍA Fig. 9. Cerámica lisa de la Cueva de La Revilla: 1. cazuela carenada; 2-5. cuencos.
LACUEVA DE LAREVILLA, UN ENTERRAMIENTO COLECTIVO DEL BRONCE 111 Fig. 10 Cerámica lisa de la Cueva de La Revilla: 1, 2, 3 y 5: ollitas de borde exvasado; 4 y 8: bordes exvasados; 6, 7 y 10: vasos carenados; 9: asa de orejeta; 11: borde vuelto horizontal, 12: asa de cinta; 13: mamelón; 14: fondo plano.
112 F.J. ABARQUERO MORAS - A.L. PALOMINO LÁZARO - Mª J. NEGREDO GARCÍA Fig. 11: 1-9: cerámica decorada de la cueva de La Revilla (1-6 y 9: decoración plástica, incisa e impresa; 7: zig-zag inciso; 8: pseudoexcisión); 10: buril de sílex; 11: extremo de punzón de hueso.
único argumento que podemos esgrimir para afirmar esta teoría se deriva del análisis tipológico de los escasos fragmentos cerámicos recuperados en el interior de la cavidad. Si recordamos, cuando acometimos su estudio nos encontramos con productos cocidos a mano, de pastas bien decantadas y con acabados de buena calidad, con tratamientos bruñidos y, sobre todo, alisados. Los perfiles identificados eran las cazuelas o fuentes carenadas, con inflexión media o alta, de suave quiebro la mayoría de las veces, y el cuerpo superior cóncavo; los cuencos, ya sean profundos o de tendencia hemisférica; y las ollitas con el borde ligeramente abierto o exvasado. En cuanto a las decoraciones, pese a su escasez, contábamos con algunos motivos impresos sobre el labio y las paredes de varios recipientes, y, sobre todo, con la presencia de una carena en la que se dibuja una serie de zig-zag inciso. Tipología formal y costumbres decorativas, entre estas últimas incluso la sobriedad en las realizaciones, que, en definitiva, definen con bastante fidelidad el mundo de Protocogotas. Muchos son los paralelos con los que podríamos avalar la pertenencia de estas producciones a este horizonte, una tarea que, en esta ocasión, podría resultar más agotadora y tediosa que rentable y eficaz. No sirva esta circunstancia, sin embargo, para excusarnos de aportar algunos conjuntos alfareros, documentados sobre todo en estaciones del centro y oriente de la cuenca del Duero, en los que comparecen especies cerámicas de muy similar raigambre. Este es el caso de los recuperados en los enclaves prehistóricos del desfiladero de Pancorbo (Abásolo y Ruiz Vélez, 1980: fig. 3 y 4.13) y del Abrigo de Río Losa A (Nolte, 1971: 361, fig. p. 132), ambos en el norte de la provincia de Burgos, donde encontramos baquetones en resalte, carenas y labios sobre bordes exvasados marcados con impresiones digitounguladas, así como fuentes carenadas con el cuerpo superior muy desarrollado. La misma tipología de vasos carenados, ollas de borde exvasado y cuencos, se repite en otros puntos de la geografía protocogotas de Burgos, caso de la cueva de San García (Delibes, 1988: fig. 10.1), el castro de Yecla en Santo Domingo de Silos (Ibidem: fig. 16.9), el Cerro de La Horra (Palomino, Negredo y Abarquero, 1999: figs. 7 y 8) o Las Empedradas de Fuentecén (Palomino y Rodríguez, 1994). También en otros puntos del valle del Duero hallamos interesantes paralelos para las cerámicas de la Cueva de La Revilla, tanto en el provincia de Valladolid -en lugares como el Castro de La Plaza de Cogeces del Monte (Delibes y Fernández, 1981), El Castillo de Rábano (Delibes, Rodríguez y Santonja, 1991: fig. 2), o algunos hallazgos efectuados por Palol (1965: 120, n º 1) en la propia capital-, como en la de Soria -Los Tolmos de Caracena (Jimeno, 1984) y la Cueva del Asno, esta última utilizada igualmente como lugar funerario durante este período (Eiroa, 1979: pp. 95 y 96; Delibes, Romero y Abarquero, 2000)-. LACUEVA DE LAREVILLA, UN ENTERRAMIENTO COLECTIVO DEL BRONCE 113
como ocurre también en nuestra cueva, agrupados bajo un saledizo de la roca. Junto a ellos se recuperó un cuenco fragmentado con decoración incisa de estilo Protocogotas, lo que nos sitúa cronológica y, hasta cierto punto, culturalmente, en un ambiente similar al de la cavidad burgalesa. La cueva de Pinillos, como la de La Revilla, tuvo un uso exclusivamente funerario, mientras que el asentamiento habitacional de este período se encuentra frente a la misma, al otro lado del río, dentro de la cavidad de Peña Miel Superior, donde también comparecen las cerámicas de influencia meseteña. Por último, aguas abajo del río Iregua, en la localidad de Nestares, encontramos una nueva cavidad rupestre conocida con el nombre de San Bartolomé (Rodanés et alii, 1994), la cual presenta una cámara interior utilizada como lugar colectivo de enterramiento en la que se han exhumado al menos 12 individuos, y una zona de hábitat en la entrada donde comparecen las cerámicas de la fase plena de Cogotas I. Estos ejemplos parecen demostrar cómo el uso de cuevas sepulcrales durante el Bronce Medio y Final en La Rioja parece ser una pauta bastante arraigada. Y esto ocurre no sólo en el sector más cercano a Burgos, sino también en las comarcas más orientales de la provincia, en torno al cauce del río Alhama, donde se localiza la Cueva de Los Lagos, una gruta sepulcral posiblemente relacionada con el vecino poblado de la Peña del Recuenco, en la que alguno de los individuos localizados se conservaba incluso en posición primaria (Casado y Hernández Vera, 1979) y donde los ajuares cerámicos se relacionan también con Cogotas I. Por otra parte, se conocen en la cuenca del Duero, aunque más alejados, otros ejemplos de enterramientos colectivos en el interior de cavernas que se pueden vincular con alguna de las fases de Cogotas I. Este es el caso de la Cueva del Asno (Los Rábanos, Soria) y Cueva Tino (Mave, Palencia) (Esparza, 1990: 111- 112; Alcalde y Rincón, 1979; Eiroa, 1979). Por lo tanto, parece que el ritual funerario de carácter colectivo en cueva tiene, en el mundo de Cogotas I, unos espacios geográficos muy definidos. Éstos se circunscriben, como no puede ser de otra manera, a los territorios periféricos de los rebordes montañosos donde son posibles estas formaciones y, particularmente, al reborde nororiental de la Meseta delimitado por la Cordillera Cantábrica y por el Sistema Ibérico. Las manifestaciones no se interrumpen con los mencionados accidentes geográficos, puesto que las cuevas sepulcrales son un fenómeno muy arraigado en el País Vasco, y, como hemos visto, se repiten en La Rioja, donde además se muestran asociadas al proceso de difusión de la cerámica meseteña. La conducta funeraria es, por otra parte, previa al inicio de Cogotas I y se mantiene por 120 F.J. ABARQUERO MORAS - A.L. PALOMINO LÁZARO - Mª J. NEGREDO GARCÍA
LACUEVA DE LAREVILLA, UN ENTERRAMIENTO COLECTIVO DEL BRONCE 121 encima de los cambios estructurales que conlleva, quizás porque, como hemos visto, aquella cultura no incluye una normativa rígida en este aspecto. De la misma manera que en la parte occidental de la Meseta persiste, con cierta intensidad a juzgar por los testimonios salmantinos y zamoranos (Delibes, 1978; Esparza, 1990), el hábito de utilizar los dólmenes como lugares de enterramien- to, es posible que en el sector oriental se perpetuara la de servirse de las cuevas como depósito funerario, jugando estas últimas, a decir de Delibes (1978: 238), el mismo papel de panteón colectivo que las tumbas dolménicas. Con los datos aquí expuestos, podemos atrevernos a plantear que la constatación del ritual funerario cavernícola en Cogotas I empieza a no ser despreciable ni anecdótica, razón por la que esa dualidad funeraria de la que han hablado los especialistas (Delibes et alli, 1995a: 59-61; Fabián, 1992: 118-121) quizás habría que empezar a traducirla en una triple vertiente en la que, además de la continuidad en los enterramientos colectivos dolménicos y la constatación de tumbas individuales efectuadas en fosa u hoyo, haya que tener en cuenta también los sepelios colectivos en cueva. Esta realidad podría tener, por otra parte, una plasmación geográfica, según la cual cada una de estas manifestaciones funerarias se vincularía a una región concreta dentro de la Meseta Superior. La primera de las modalidades descrita tendría especial arraigo en las campiñas suroccidentales de la cuenca sedimentaria del Duero; la segunda pauta surgiría y se afianzaría en las tierras del centro de la región8, mientras que el último de los procedimientos se dejaría sentir por los rebordes septentrional y oriental de la misma. La existencia de los enterramientos colectivos en el interior de los dólmenes se viene interpretando de forma tradicional como la prueba del mantenimien- to de una sociedad segmentaria en la que el peso social recaía sobre el grupo o linaje, mientras que en la aparición de las tumbas individuales en fosa se ha querido ver el tránsito a una sociedad estratificada, donde fuera el propio individuo el portador del prestigio (Delibes et alii, 1995 a: 59-61). Los enterramientos en cueva, dado su carácter colectivo y acumulativo, estarían más cerca del primero de los significados que del segundo. Al igual que aquellos se valida la posición del cadáver al depositarlo sobre los restos de sus antepasados, y por las mismas circunstancias los mismos lugares se utilizan sucesivamente por varias generaciones. Sin embargo, existen en los enterramientos cavernícolas otros rasgos que los alejan del concepto funerario representado por los monumentos megalíticos. No tienen, por ejemplo, el marcado carácter monumental del que, de manera invariable, 8 La constatación enterramientos en fosa en la comarca de los Oteros (León) podría llevarnos a ampliar el espacio geográfico de esta modalidad hasta el sector NO de la cuenca del Duero.
122 F.J. ABARQUERO MORAS - A.L. PALOMINO LÁZARO - Mª J. NEGREDO GARCÍA hacen gala aquellos, ni tampoco suponen un contundente ejemplo de transformación del paisaje. Más bien al contrario, son partícipes de una estrategia de ocultación de la muerte que parece gozó de cierto éxito durante la Edad del Bronce en los territorios del norte de la Península y del todo contraria al concepto de ostentación ejercido por los enterramientos dolménicos. Este encubrimiento se acentúa aún más cuando comprobamos, como en el caso de nuestra cavidad, que en muchas ocasiones los individuos se depositan en lo más profundo de las galerías o, en su defecto, pegados a la pared, protegidos por algún saliente de la roca, en un claro intento por “esconder” los despojos de los difuntos. Todas estas diferencias nos hablan a las claras de un significado especial de los enterramientos en cueva y nos obligarán en un futuro, cuando se amplíen los datos disponibles, a formular hipótesis en las que esta manifestación funeraria sea tenida en cuenta como una variante más y no como un ejemplo excepcional en el mundo de Cogotas I. Las mismas características que separan los enterramientos colectivos en cueva de Cogotas I de los dolménicos, son precisamente las que los acercan a los sepelios en fosa simple, con uno o varios individuos, del centro de la cuenca del Duero. Tales rasgos, que podrían demostrar la existencia de algunos convencionalismos más o menos difundidos entre las comunidades de Cogotas I, se manifiestan en hechos como encontrar los cadáveres muy frecuentemente “arrinconados” contra las paredes, tanto de los hoyos excavados en el suelo, caso de Carrelasvegas en Palencia, La Dehesa en Alcalá de Henares o Jarabes de los Oteros en Léon, como de las cámaras rupestres usadas como panteón funerario, caso de la cueva ahora investigada y también de la de El Tragaluz en La Rioja. Esta estrategia, que se vincula con la mencionada ocultación de la muerte, es llevada al extremo en algunas fosas, donde vemos acondicionar una pequeña covacha en su fondo, pero también en el interior de las grutas, donde se utilizan como osario las pequeñas cámaras o recovecos que forma la roca en la pared, protegidas por aleros o viseras. Por último, y para concluir esta aproximación a los enterramientos colectivos en cueva de Cogotas I, hemos de centrarnos en el análisis de los ajuares y en su interpretación. Los objetos que acompañan a los difuntos de esta cultura no están sujetos a una rígida norma ni tienen, por lo general, un valor intrínseco destacado. Cierto que contamos con algunos enterramientos en hoyo en los que se han recogido objetos de prestigio (puntas de lanza, prismas de cuarzo, una fíbula de codo...); sin embargo, la mayoría de aquellos se acompaña de unos pocos fragmentos de cerámica, en contadas ocasiones recipientes enteros, así como de algunos objetos desgastados de hueso y sílex, es decir, elementos todos ellos amortizados en vida y no fabricados ex professo para la ocasión.
LACUEVA DE LAREVILLA, UN ENTERRAMIENTO COLECTIVO DEL BRONCE 123 Pese a todo, parece probable que algunos vasos cerámicos formaran parte bien del propio ajuar funerario, depositados como ofrendas junto a los cadáveres, bien de la ceremonia fúnebre, sirviendo entonces como contenedores de alimentos, bebidas o substancias imprescindibles en el ritual y abandonados en el mismo lugar tras su utilización. En este sentido, hemos de recordar la explicación dada por Armendáriz (1990:157) para la recurrente fragmentación de la cerámica en las cuevas sepulcrales del País Vasco, considerando la posibilidad de que únicamente se depositaran fragmentos de los recipientes a nivel simbólico. Esta misma idea se recoge también en el trabajo de Esparza (1990: 128), quien nos recuerda un posible ceremonial relacionado con la rotura de vasos y el esparcimiento de los trozos. Sea cual fuere el papel jugado por los productos alfareros en las exequias de los difuntos, no se nos escapa un detalle que creemos no es producto del azar. Nos referimos al hecho de que la mayoría de los ejemplares reconocidos, y sobre todo las piezas más completas, son lisos, es decir, sin decoración. Por este motivo nos vemos legitimados aquí para repetir el argumento (Abarquero, 1997: 83) de que la cerámica decorada de Cogotas I no tiene un significado funerario y de que son las vasijas lisas las que, en su caso, juegan el papel de ajuares, tal y como demuestran las tumbas de Terrazas del Manzanares y de Getafe. Gracias a este particular se explicaría la tibieza que revelan las cerámicas decoradas de la cueva de La Revilla, entre las que apenas contamos con un pequeño fragmento ornado con uno de los motivos que contribuyen a perfilar un estilo decorativo concreto en la fase de Protocogotas 9. En cuanto a la presencia de animales o porciones de animales en el osario, nos enfrentamos a la tarea de diferenciar aquellas especies que se introdujeron por su pie en la cueva antes de su sellado y que, por alguna circunstancia, perdieron allí su vida, de aquellas otras que fueron aportadas por los protagonistas del ritual funerario. Ante la secular remoción de los restos, la tarea propuesta resulta bastante ardua, ya que no existen conjuntos articulados claros, ni asociaciones precisas entre los restos de fauna y los conjuntos óseos humanos. Pese a ello, la presencia de especies domésticas de gran talla y de costumbres en ningún momento subterráneas, caso de algunos huesos y cuernos de bóvidos o cráneos de cabra, nos hace pensar que aquellas, ya sean individuos completos, ya sean 9Sobre este particular hay que reconocer, sin embargo, que en algunas de las cuevas sepulcrales de La Rioja (Cueva de los Lagos y El Tragaluz.), donde se encuentran cerámicas de tipología cogoteña, sí están presentes los ejemplares decorados. Tal circunstancia ha sido explicada (Abarquero, 2005 : 129) como el resultado de una transformación en el significado inicial de estas producciones cuando se instalan en grupos culturales ajenos a Cogotas I.
124 F.J. ABARQUERO MORAS - A.L. PALOMINO LÁZARO - Mª J. NEGREDO GARCÍA porciones más o menos generosas, fueron depositadas de manera intencional junto a los cadáveres. Esta práctica, por otra parte, no es inusual en las tumbas de Cogotas I, como demuestran los ejemplos de San Román de Hornija, donde se encontró un conejo completo situado junto a la cabeza de uno de los inhumados, y de Perales del Río, lugar en el que una tumba infantil se acompañaba de un cánido. En las ofrendas de piezas de caza o de animales domésticos habituales en la dieta de los vivos se quiere ver, por lo general, un concepto hasta cierto punto humano del más allá, repetido en multitud de culturas a lo largo de la historia, según el cual se considera que el fallecido necesita alimentos para soportar el tránsito a su nueva condición, y esto cuando no se trata de auténticas ofrendas dedicadas más a las divinidades tectónicas que parece deben acogerlos. Por otra parte, la presencia de perros en las tumbas humanas, o en sepelios individuales cercanos como ocurre en otros yacimientos, se puede interpretar como una muestra de fidelidad o, al menos, como prueba de la importancia que estos animales, que no se destinan a la alimentación, adquieren dentro de las comunidades humanas, quizás por su creciente papel de colaboración en las tareas pastoriles. Como resumen de lo expuesto no podemos sustraernos a la necesidad de admitir que en Cogotas I, y a lo largo de todo su desarrollo, existe un ritual funerario cavernícola de tipo colectivo; que éste no se manifiesta de forma general en toda su geografía, sino que, por el contrario, se vincula a la margen nororiental de la Meseta y a su zona de contacto en esta misma dirección; que no se trata de una práctica novedosa, puesto que contamos con precedentes desde el Neolítico, y que, por último, pese a compartir rasgos comunes con el restos de los comportamientos ante la muerte del grupo, probablemente responde a una concepción distinta del vínculo entre la sociedad y el Más Allá. Bibliografía ABARQUERO MORAS, F. J. (1997): “El significado de la cerámica decorada de Cogotas I”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, LXIII: 71-96. ABARQUERO MORAS, F. J. (2005): Cogotas I. La difusión de un tipo cerámico durante la Edad de Bronce. Arqueología en Castilla y León, Monografías, 4. ABÁSOLO ÁLVAREZ, J. A. y RUIZ VÉLEZ, I. (1980): “Los Castros de Pancorbo, Burgos”, Kobie, 10, Tomo II: 501-514.
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128 F.J. ABARQUERO MORAS - A.L. PALOMINO LÁZARO - Mª J. NEGREDO GARCÍA APÉNDICE I CONSIDERACIONES PRELIMINARES SOBRE LOS RESTOS HUMANOS DE LA CUEVA DE LA REVILLA (ATAPUERCA, BURGOS). JAVIER VELASCO VÁZQUEZ Y TERESA DELGADO DARIAS Resulta un hecho del todo reconocido que las valoraciones bioantropológicas constituyen un criterio fundamental para proceder a una estimación general de un espacio arqueológico como el aquí considerado y, lo que es más importante, para elaborar una propuesta explicativa sobre su dimensión histórica. La determinación de aspectos tan diversos como el grado de representación de evidencias esqueléticas, su estado de conservación, el número de individuos depositados, la estructura demográfica de los fallecidos, etc., constituyen vectores básicos sobre los que reconstruir los gestos culturales que dieron origen a un depósito como el de la Cueva de la Revilla; a los que hemos de sumar, además, los procesos antrópicos o naturales que desde entonces pudieron afectarles. Pero es más, el análisis de los restos humanos puede proporcionar, igualmente, un elevado número de datos en torno a diversas cuestiones que, de un modo u otro, condicionaron la cotidianeidad de estas poblaciones. Este tipo de exámenes permitirá acceder a variables tan diversas como la combinación de los alimentos consumidos, el tipo de actividades físicas desarrolladas, las patologías sufridas, etc. Es decir, un conjunto de aspectos que nos introducen directamente en los modos de vida de este grupo poblacional y que, a la par, pueden proporcionarnos algunas claves sobre el uso sepulcral de este emplazamiento. El primer aspecto, de cara a estimar la potencialidad informativa de estos materiales esqueléticos, es la valoración del grado de conservación y representación de las evidencias óseas consideradas. Así, puede señalarse que los componentes óseos estudiados muestran un óptimo grado de preservación, pese a los índices de fragmentación que muestran algunas de las piezas. Esta circunstancia es especialmente evidente en el caso de los cráneos y en un porcentaje significativo de los huesos largos. Por el contrario, los huesos cortos (especialmente carpos, tarsos y componentes vertebrales) muestran un grado de fractura sensiblemente menor, tan sólo habiéndose visto afectados por algunas alteraciones de origen animal a las que haremos mención posteriormente. Las porciones esqueléticas en las que se observa un mayor grado de deterioro son aquellas en las que domina el tejido esponjoso sobre el cortical, lo que resulta muy evidente en las epífisis de algunos de los principales huesos largos. Sin embargo, los elementos que muestran unos índices más elevados de fractura son las costillas, las escápulas, pelvis y, como ya indicamos, los cráneos. Se trata precisamente de los repertorios óseos que, como norma, cuentan con una estructura y conformación anatómica que les hace más susceptibles a verse afectados por alteraciones postdeposicionales.
LACUEVA DE LAREVILLA, UN ENTERRAMIENTO COLECTIVO DEL BRONCE 129 A pesar de la fragmentación observable en una buena parte de la serie ósea recuperada en la Cueva de la Revilla, el grado de representación esquelética es bastante completo. En otros términos, no se observan subrepresentaciones anatómicas de ningún tipo, pudiéndose estimar entonces que, pese a la falta de conexiones anatómicas estrictas atestiguada por la intervención arqueológica, la serie osteológica valorada constituye un reflejo fidedigno de los cuerpos introducidos en el interior de esta cavidad en el momen- to de la práctica fúnebre. Es muy probable por ello, y como también indicaremos luego, que si bien los gestos sepulcrales pudieron haber implicado la creación de depósitos secundarios10 (H. Duday et al., 1992), buena parte de los componentes esqueléticos, si no todos, permanecieron en el interior del recinto mortuorio. En el mismo sentido, y teniendo en cuenta este aspecto, parece poco probable el traslado al interior de esta cavidad de huesos humanos procedentes de otros espacios cementeriales más o menos próximos, ya que no se observan las selecciones anatómicas que suelen ser consustanciales a tal proceder. Esta circunstancia resulta muy evidente teniendo en cuenta el fuerte grado de correlación existente entre los repertorios esqueléticos recuperados y e número mínimo documentado por los análisis bioantropológicos. Así, el Número Mínimo de Individuos (N.M.I.) constituye, como señalábamos, una herramienta imprescindible para abordar el estudio de un conjunto de esta naturaleza. Éste proporcionará, además, datos iniciales de orden paleodemográfico y poblacional, contribuyendo a la interpretación del material óseo, del conjunto arqueológico, y de su dinámica de funcionamiento. La determinación del número mínimo de individuos se basará en el mayor número de elementos óseos que correspondan a un tipo de hueso, teniendo en cuenta la lateralidad y aquellas otras características que puedan indicar que los tipos descritos pertenecen a individuos diferentes (grado de madurez, tamaño, variaciones no métricas, color, textura, estado de conservación y representación, etc.). Siguiendo tales procedimientos, el número mínimo de individuos documentados en este conjunto de restos de la Revilla es de al menos once individuos, seis de ellos adultos11 y los cinco restantes correspondientes a sujetos no adultos. La estimación de los grupos de edad representados proporciona, a la vez, nuevos criterios sobre los que estimar este repertorio poblacional. De este modo, todos los adultos, tanto los de sexo masculino como los femeninos, fallecieron antes de la madurez, es decir, antes de haber culminado la quinta década de vida, situándose la mayor mortandad entre los veinte y los cuarenta. En lo que respecta a los no adultos, los criterios de determinación de edad propician un mayor grado de precisión en lo que a este aspecto se refiere. Así, de los cinco documentados, uno de ellos falleció antes de cumplir el primer mes (neonato), otro entre los 4-5 años (infantil I), dos entre los 7 y los 8 (infantil II), mientras que el último de los considerados habría muerto entre los 12 y los 15 años (adolescente). Se trata, por tanto, de un conjunto humano heterogéneo que, por ello y pese a lo reducido de la muestra, constituiría fiel reflejo de un grupo de limitada entidad poblacional y con un comportamiento demográfico propio de sociedades preindustriales. Así tendríamos que algo 10 Para, por ejemplo, habilitar espacio en los que proceder a la deposición de nuevos cadáveres. 11 El número mínimo de individuos adultos ha sido proporcionado por diversos elementos anatómicos simultáneamente, lo que puede dar cuenta de la fidelidad del valor propuesto.
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