Un artista español en El Salvador, Joaquín Vaquero Palacios (1900-1998)
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34 Quiroga nº 17, enero-junio 2020, ...-... · ISSN 2254-7037 Resumen El artículo se centra en la relación que el arquitecto y pintor español mantuvo con El Salvador. Sus estancias en el país, debidas a su matrimonio con la salvadoreña Rosa Turcios (sobrina de Rubén Darío), le inspiraron pinturas de arquitectura, paisajes, selvas, volcanes y tipos humanos; una insólita aportación al arte iberoamericano. Participó en múltiples aspectos culturales del país, proyectó una nueva catedral para su capital y aun preparó una monografía sobre sus iglesias virreinales. Palabras clave El Salvador, Joaquín Vaquero, Paisajes hispanoamericanos, Pintura, Siglo XX. Francisco Egaña Casariego Universidad de Valladolid. Departamento de Historia del Arte. Facultad de Ciencias Sociales, Jurídicas y de la Comunicación. Segovia. España. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Oviedo (1993), Francisco Egaña Casariego ha sido becario de posgrado en la Universidad de Bochum (Alemania) donde ha cursados estudios de museología y teoría del paisaje. Es Profesor titular (PTUN) en el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid y autor de numerosos artículos y libros sobre arte moderno y contemporáneo, entre otros de la monografía Vaquero¸ editada por la Editorial Trea (Gijón, 2008). UN ARTISTA ESPAÑOL EN EL SALVADOR, JOAQUÍN VAQUERO PALACIOS (1900-98) A SPANISH ARTIST IN EL SALVADOR: JOAQUIN VAQUERO PALACIOS (1900-98) Fecha de recepción: 24/VII/2019 Fecha de revisión: 08/VIII/2019 Fecha de aceptación: 24/III/2020 Fecha de publicación: 30/VI/2020 Abstract The article focuses on the relationship this Spanish architect and painter kept with El Salvador. His stays there, due to his marriage to the Salvadoran Rosa Turcios —poet Rubén Darío’s niece—, inspired him to paint architectural motifs, towns, volcanoes and human types. His was an unusual look at Ibero-American art. Involved in all cultural aspects of that country, he projected a new cathedral for San Salvador. He even penned a book on Salvadoran colonial churches, unstudied before then. Key words 20th Century, El Salvador, Joaquín Vaquero, Latinamerican landscapes, Painting. ISSN 2254-7037 Javier Mosteiro Universidad Politécnica de Madrid. Departamento de Ideación Gráfica Arquitectónica. Madrid. España. Javier Mosteiro es arquitecto, catedrático de la Escuela Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid. En ésta ha sido subdirector de Doctorado, Postgrado e Investigación y actualmente dirige el Máster Universitario en Conservación y restauración del patrimonio arquitectónico. Ha impartido docencia en otras universidades españolas y extranjeras. Es autor de numerosas publicaciones, nacionales e internacionales, sobre arquitectura contemporánea en España. DOI: http://dx.doi.org/10.30827/quiroga.v0i17.0003
35 Quiroga nº 17, enero-junio 2020, 34-48 · ISSN 2254-7037 Francisco Egaña casariEgo / JaViEr MosTEiro La vida del arquitecto y pintor español Joaquín Vaquero Palacios (Oviedo, 1900- Madrid, 1998) estuvo marcada por viajes y cambios de residencia que propiciaron etapas bien definidas en su obra. Su carácter abierto a nuevas realidades le llevó por tierras de Europa y de gran parte del continente americano. El Salvador, sobre todo, constituyó en él una referencia básica1. Aunque Nueva York fue el escenario de sus primeros éxitos como pintor, el puente con Hispanoamérica se tendió por su matrimonio con la salvadoreña Rosa Turcios. A través de ella Vaquero conoció y se entusiasmó con el mundo americano; y llegó a ser el pintor de aquellos tipos y paisajes, de sus selvas y volcanes, cubriendo con ello un vacío temático en la pintura contemporánea. La propia Rosa destacó ese vínculo con Iberoamérica: “Impulsado por su enorme inquietud, a la búsqueda de emociones estéticas, el pintor español Joaquín Vaquero ha cruzado el Atlántico, tejiendo con sus diversas rutas sucesivas […] una verdadera red espiritual que enlaza a España con el continente americano”2. UN ARTISTA ESPAÑOL EN EL SALVADOR, JOAQUÍN VAQUERO PALACIOS (1900-98) 1. ENCUENTRO CON ROSA TURCIOS Y CON AMÉRICA (1926-28) ¿Quién era esa mujer que determinó la aventura artística de Vaquero? Rosa Turcios Darío (San Salvador, 1895-Madrid, 1987) pertenecía a una acomodada familia salvadoreña, significada en el ambiente cultural centroamericano3. Vaquero la conoció en Madrid, en el verano de 1926. Él estaba a punto de iniciar su último curso en la Escuela de Arquitectura, en la que era compañero de dos nombres que muy pronto destacarían en el ámbito arquitectónico y que, los dos, tendrían que ver con los inicios de su episodio americano: José Manuel Aizpúrua y Luis Moya. Ella, que estudiaba Filosofía en la Sorbona, pasaba ese verano sus vacaciones en España junto a su hermana Margot y al esposo de ésta, el escritor salvadoreño Alberto Guerra Trigueros4. El encuentro entre ambos jóvenes se produjo, precisamente, por medio de Aizpúrua; y desde el momento en que Vaquero fue presentado a ella, tuvo el convencimiento —como recordaría muchas décadas después— de que su vida quedaría unida a la de aquella joven cen-
UN ARTISTA ESPAÑOL EN EL SALVADOR, JOAQUÍN VAQUERO PALACIOS (1900-98) 36 Quiroga nº 17, enero-junio 2020, 34-48 · ISSN 2254-7037 Francisco Egaña casariEgo / JaViEr MosTEiro troamericana5. Dos años más tarde contrajeron matrimonio en San Salvador. Nada más concluir la carrera, Vaquero viajó a París (septiembre, 1927). Allí le esperaba Rosa; y allí procuró encontrar galerías de arte en que exponer e iniciar su andadura de pintor. Fue bien recibido en la Knoedler de place Vendôme, donde tuvo ocasión de mostrar sus cuadros al director de la sucursal neoyorquina de esa firma. Éste, atraído por la frescura de los paisajes, le invitó a exponerlos en su sala de Nueva York para enero del año siguiente. Vaquero aprovechó la oportunidad y, tras preparar el envío de noventa cuadros, embarcó en El Havre rumbo a América (diciembre, 1927). Le acompañaban su ya prometida Rosa y los Guerra Trigueros (éstos, de regreso tras un largo recorrido por Europa). Este viaje a América fue también el primer vínculo de Vaquero con El Salvador, donde había programado contraer matrimonio con Rosa. La exposición en Knoedler tuvo éxito; y su director, Henshel, animó a Vaquero para que mostrara su obra en The Veerhoff Galleries de Washington. En Nueva York, sorprendido por la metrópoli, realizó dibujos y pinturas de los rascacielos envueltos en humos y nieblas; un paisaje dominado por los grises y los negros que, tras la pintura luminosa de sus años de estudiante, constituía un registro nuevo para él. Camino de El Salvador hizo escala en Jamaica, donde pudo estudiar y pintar los suburbios de la capital y sus gentes. Desde Guatemala viajó en tren hasta El Salvador, quedando impresionado por el paisaje dominado por volcanes, lagos y selvas. Atraído por la luz y el color del trópico, pintó entonces sus primeros cuadros de temática salvadoreña. Tras la boda (agosto, 1928), la pareja viajó por Panamá, Colombia, las Antillas y Cuba; y Vaquero continuó desentrañando esos paisajes y ambientes con su cada vez más expresiva pintura. 2. UN PROYECTO PANAMERICANO: FARO DE COLÓN EN SANTO DOMINGO (1928-31) De nuevo en Estados Unidos (septiembre, 1928), para recoger la exposición de Washington, Vaquero tuvo noticia de la convocatoria de la Unión Panamericana para el concurso del Faro a la memoria de Cristóbal Colón en Santo Domingo6; y pensó en Moya, su —ya citado— amigo, para presentarse juntos7. Fig. 1. Joaquín Vaquero y Luis Moya. Perspectiva del anteproyecto para el Faro de Colón. 1929. Archivo Vaquero. Segovia.
UN ARTISTA ESPAÑOL EN EL SALVADOR, JOAQUÍN VAQUERO PALACIOS (1900-98) 37 Quiroga nº 17, enero-junio 2020, 34-48 · ISSN 2254-7037 Francisco Egaña casariEgo / JaViEr MosTEiro Según las bases del concurso, que buscaban para el monumento un simbolismo panamericanista de fácil lectura y que tuviese presentes las tres civilizaciones americanas —indígena, colonial y moderna—, Vaquero y Moya fundieron en su diseño las formas del rascacielos neoyorquino con las de la pirámide escalonada maya8. El hecho de que, de las diez propuestas finalistas en la primera fase (abril, 1929), fuera la suya la única de habla española tuvo resonancia internacional9. La magnitud del programa, unido al interés de ambos arquitectos por estudiar los modernos sistemas de construcción y las ruinas precolombinas, les animó a realizar un viaje por grandes ciudades de Estados Unidos y México10. Con una ayuda del gobierno español, se embarcaron rumbo a La Habana (agosto, 1930). Pasaron de allí a los Estados Unidos, donde recorrieron ciudades de la Costa Este, analizando rascacielos, aeropuertos, faros y puentes. En México descubrieron el arte precolombino, cuyo repertorio formal pensaban incorporar a la pirámiderascacielos que proyectaban. Las primeras ruinas que estudiaron, causando en ellos honda impresión, fueron las de Teotihuacán11. Desde Veracruz continuaron viaje a la península de Yucatán. Se detuvieron en las ruinas de Chichén Itzá y Uxmal, tomando datos y realizando un gran número de fotografías y dibujos para su aplicación al proyecto del Faro; y continuando viaje por Guatemala llegaron a El Salvador (octubre, 1930). Para la vuelta habían previsto visitar Santo Domingo y estudiar in situ el emplazamiento del Faro; pero, por sobrevenidas contrariedades, tuvieron que permanecer en San Salvador casi dos meses. Emplearon ese tiempo en pintar y dibujar la sorprendente realidad a que se abrían. Vaquero recorrió ciudad y alrededores plasmando con su peculiar estilo postimpresionista las iglesias coloniales y los arrabales (Iglesia de Mexicanos, Palmeras de Ilopango, El ojo del agua). Con estos cuadros, y algunos paisajes urbanos de Nueva York y de las ruinas mexicanas pintados en el viaje, inauguró a finales de noviembre una exposición12. Descartada la visita a Santo Domingo, volvieron a Madrid (diciembre, 1930) para trabajar en el proyecto. El fallo definitivo del concurso, quedando su propuesta clasificada en tercer lugar, se celebró en Río de Janeiro (septiembre, 1931)13; y esa estancia en la ciudad carioca posibilitó que Vaquero realizara expresivas pinturas de sus playas y de las barriadas de favelas (Praia Vermelha, Río Comprimido). 3. LA “EXPOSICIÓN FLOTANTE” HACIA AMÉRICA (1941) Tras el acontecimiento del Faro de Colón, Vaquero se estableció en su ciudad natal y se incorporó al estudio de arquitectura de su cuñado Francisco Casariego Terrero. Por lo que toca a su quehacer de pintor, se reveló entonces en qué medida la experiencia neoyorkina había sido el catalizador de un cambio radical en su obra. Acentuó los tonos oscuros y buscó temáticas como los paisajes de la cuenca minera asturiana o la carga del carbón en los puertos: esa “Asturias negra” que le condujo a extremar el estudio de las formas, su definición y razón constructiva. Tras la Guerra Civil, reanudó su aproximación a América; esta vez, como director de una particular y accidentada exposición flotante a instalar en el transatlántico Cabo de Hornos: una muestra —patrocinada por el gobierno español— de pinturas y esculturas de artistas contemporáneos y de artesanía de todas las provincias de España. El barco zarpó en Bilbao (abril, 1941) rumbo a Argentina; pero el hecho de que estuviera saturado de pasajeros, en su mayor parte refugiados que huían de la guerra europea, impidió que la exposición se pudiera
UN ARTISTA ESPAÑOL EN EL SALVADOR, JOAQUÍN VAQUERO PALACIOS (1900-98) 38 realizar durante la travesía, teniendo que posponerse hasta el arribo a Buenos Aires. Allí, con el título de “Exposición flotante a bordo del Cabo de Hornos”, quedó montada en el salón de té y en las amplias galerías del buque. En periplo de regreso, el barco realizó escalas en Montevideo y Río de Janeiro, donde también pudo contemplarse la exposición. Vuelto a España, Vaquero estableció su domicilio-estudio en Madrid; y retomó entonces su pintura de temática castellana, iniciada durante sus años de estudiante de Arquitectura. En estos paisajes adquirieron especial protagonismo los pueblos de adobe, semiderruidos y mimetizados con el entorno. 4. REENCUENTRO CON EL SALVADOR (1944-45) Una nueva estancia en El Salvador, esta vez de medio año (1944-45), permitió a Vaquero redescubrir el paisaje centroamericano en su asombrosa complejidad. Si en sus primeras —más breves— visitas (1928 y 1930) fueron los alrededores de la ciudad los temas principales de su pintura, en esta ocasión los motivos resultaron más variados. Sus constantes desplazamientos por el interior del país favorecieron su apertura a las múltiples caras del contexto salvadoreño. Observó y pintó sus paisajes, sus tipos humanos característicos, sus iglesias del período virreinal; y, tras el paréntesis de tintes sombríos que la década anterior registró en su obra, el reencuentro con El Salvador supuso la vuelta a la luz y al color, así como la evolución hacia una cada vez más intensa síntesis. Frecuentaba los mercados —plenos de colores, sonidos, aromas— para tomar apuntes que luego, con dibujo esquemático y amplias manchas de color, desarrollaba en el estudio14. Entre otros motivos, es claro el modo en que se sintió atraído por la imagen de la mujer: desde las vendedoras de iguanas (que pintó envueltas en túnicas fucsias o verdes y revestidas de un raro, inveterado hieratismo) hasta las lavanderas indias bañándose en los ríos y lagunas o tendiendo sus blanquísimas sábanas en las orillas: un mundo desconocido y silente que redujo a siluetas ocres y manchas azul turquesa y verde esmeralda. Pintó las selvas de verdes intensos. Su curiosidad le llevó no sólo a representar sus gigantescas palmeras y ceibas, sus imponentes conacastes o amates, sino a dibujar con paciencia de botánico algunas de sus exóticas plantas (como refleja su Estudio de un quequisque). Este aspecto no deja de sorprender en un pintor como Vaquero, que sentía predilección por los parajes descarnados y que declararía en más de una ocasión que, para él, la belleza de un paisaje está en razón inversa al número de árboles que hay en él15. De hecho, tuvo ocasión también de detenerse en esos lugares desarbolados; e hizo notar que “no todo es exuberante en América tropical” y que “al lado mismo de las junglas impresionantes está el páramo de terrenos bañados por el sol”16. En esta estética de la desolación, que constituyó una de sus principales señas como pintor, Fig. 2. Vaquero pintando en su estudio de San Salvador. 1944. Archivo Vaquero. Segovia. Francisco Egaña casariEgo / JaViEr MosTEiro Quiroga nº 17, enero-junio 2020, 34-48 · ISSN 2254-7037
UN ARTISTA ESPAÑOL EN EL SALVADOR, JOAQUÍN VAQUERO PALACIOS (1900-98) 39 introdujo entonces los parajes desérticos, montes rocosos, cráteres y volcanes. La accidentada orografía de El Salvador supuso para él una constante incitación a la pintura. En especial, los volcanes: sintió hacia ellos una atracción que le llevó a ascender a sus cumbres o a sobrevolarlos en numerosas ocasiones, para contemplar desde las alturas sus bocas amenazantes y sus entornos arrasados. “Para pintar los cráteres de algunos de ellos —declaró en una entrevista—, para mejor aprehender la emoción de su infierno en ebullición, he volado en avión (…) sobre el Izalco, e inmediatamente después del vuelo he tratado de reproducir sobre el lienzo la impresión del volcán en erupción”17. Con todo, más característicos en su pintura son los volcanes apagados, sin humos o emanaciones que puedan restar fuerza a sus conos impresionantes y desnudos de vegetación. El primer volcán que representó, como fondo de una composición, fue el Izalco; y a éste siguieron pronto otros muchos, como los de Quetzaltepeque, San Miguel, Santa Ana o San Vicente, todos en El Salvador. Ligada a esta temática volcánica es la serie de cuadros que representan selvas abrasadas por la lava, en las que los árboles, mutilados y calcinados, evocan fisonomías humanas (éstos marcan el inicio de una tendencia surrealista en su obra, que culminaría en sus paisajes antropomorfos de la década siguiente)18. En esta estancia, Vaquero inició el estudio de las iglesias históricas de El Salvador: un capítulo del arte virreinal no abarcado hasta entonces y que adquiría un extraordinario interés —y oportunidad— al hallarse muchos de estos templos en precario estado de conservación y amenazados por los frecuentes terremotos. Recorrió el país para conocer esos viejos templos, dibujarlos y analizar sus estructuras19. Esta tarea supuso un esfuerzo lleno de dificultades derivadas de las malas comunicaciones, llegando a adquirir tintes de aventura: carreteras anegadas por las crecidas de los ríos, caminos engullidos por la Fig. 3. Joaquín Vaquero Palacios. Metapán. Óleo sobre lienzo. 1944. Archivo Vaquero. Segovia. Fig. 4. Joaquín Vaquero Palacios. Muerte. Óleo sobre lienzo. 1944. Archivo Vaquero. Segovia. Francisco Egaña casariEgo / JaViEr MosTEiro Quiroga nº 17, enero-junio 2020, 34-48 · ISSN 2254-7037
UN ARTISTA ESPAÑOL EN EL SALVADOR, JOAQUÍN VAQUERO PALACIOS (1900-98) 40 vegetación selvática, pernoctaciones en poblados de chozas. En su texto dejó constancia —con su característico sentido del humor— de algunas de estas vivencias, así como de los insólitos paisajes sobre los que se levantaron estas construcciones del virreinato de Nueva España; y, naturalmente, no dejó de realizar pinturas de estas iglesias encaladas, destacándose vigorosamente sobre el verdor oscuro de la selva y rodeadas de montañas y volcanes. Por otra parte, su conocimiento de los poblados y de las costumbres de sus habitantes le llevó a realizar un estudio sobre la vivienda popular en Centroamérica, el rancho20; y, en numerosas ocasiones, a dejar testimonio de ello en su pintura21. Tras su residencia en El Salvador, se trasladó a Copán (Honduras), Quiriguá (Guatemala) y Yucatán (México) para estudiar y pintar las ruinas mayas. Este mundo precolombino marcó un interés recurrente en la obra de Vaquero, y le inspiró centenares de cuadros, dibujos y muy diferentes estudios. 5. EN MADRID, AUSENCIA Y PRESENCIA DE EL SALVADOR (1945-48) Ya en Madrid y nombrado cónsul de la República de El Salvador en esta ciudad (abril, 1945), Vaquero desarrolló una intensa labor de difusión cultural vinculada al país de su esposa. Su domicilio-estudio se convirtió en lugar de encuentro Fig. 5. Interior de la iglesia de Panchimalco. 1945. Archivo Vaquero. Segovia. Fig. 6. Joaquín Vaquero Palacios. El baño. Óleo sobre lienzo. 1945. Archivo Vaquero. Segovia. Francisco Egaña casariEgo / JaViEr MosTEiro Quiroga nº 17, enero-junio 2020, 34-48 · ISSN 2254-7037
UN ARTISTA ESPAÑOL EN EL SALVADOR, JOAQUÍN VAQUERO PALACIOS (1900-98) 41 de artistas, escritores y poetas salvadoreños e hispanoamericanos. Fue dando a conocer en España las pinturas realizadas en su último viaje a El Salvador. Algunas de ellas fueron mostradas en la apertura de la Sala Greco de Madrid (febrero, 1946). Unos días antes de la inauguración, Eugenio d´Ors dedicó su columna del Arriba a uno de esos cuadros, El baño25; donde éste interpretaba los contornos de las figuras oscuras de las bañistas como “la ácida sensualidad intelectual de la visión de un vaso antiguo”26. También de su última estancia en El Salvador fueron buena parte de los cuadros que expuso en las Galerías Argos de Barcelona (noviembre, 1946); entre ellos, Iglesia de Panchimalco y Palmeras de Ilopango, que habían ilustrado el libro del historiador Rodolfo Barón Castro sobre la población de El Salvador27. Con motivo de los actos conmemorativos del cuarto centenario de la concesión del título de ciudad a San Salvador, mostró un conjunto de obras de tema salvadoreño en el Instituto Gonzalo Fernández de Córdoba, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. La exposición “Tipos y paisajes de El Salvador” (inaugurada con una conferencia del Director General de Bellas Artes, marqués de Lozoya)28 mostraba poblados indígenas, cráteres, figuras y retratos, tipos humanos de fisonomía captada a través de escuetos trazos29. Algunos de estos apuntes —como el de la portada del díptico editado— estaban realizados a tinta china y pincel, técnica que había desarrollado lúcidamente en la serie de dibujos que realizó en 1930 para ilustrar el célebre New York de Paul Morand. Con este procedimiento, Vaquero dejó constancia de su habilidad para sugerir volumen y espacio y captar los efectos de la luz filtrada a través de bosques y selvas mediante tintas planas. Para el cuarto centenario de la muerte de Hernán Cortés participó en la Exposición Hispanoamericana de Santander (agosto, 1947), donde además de temas alusivos a la figura del conquistador se mostraban otros aspectos hispanoamericanos a través de libros, grabados, pinturas y esculturas. Junto a las obras de Vaquero, casi todas de su último viaje a El Salvador, destacaban los bustos de conquistadores de Pérez Comendador y los lienzos y dibujos de Vázquez Díaz. Rosa Turcios recalcaba por entonces, en un artículo en Mundo Hispánico (1948), el vínculo de su esposo con el paisaje americano30. Y ese mismo año Vaquero, como conocedor de la arquitectura popular centroamericana, recibía el encargo de los decorados para la película La manigua sin Dios, ambientada en la época de la Fig. 7. Joaquín Vaquero Palacios. Mecapalero. Dibujo al carbón sobre papel. 1945. Archivo Vaquero Segovia. Francisco Egaña casariEgo / JaViEr MosTEiro Quiroga nº 17, enero-junio 2020, 34-48 · ISSN 2254-7037
UN ARTISTA ESPAÑOL EN EL SALVADOR, JOAQUÍN VAQUERO PALACIOS (1900-98) 42 conquista y evangelización del Nuevo Mundo31; como bocetos realizó una serie de expresivos dibujos —a tinta china y pincel— de iglesias virreinales, de poblados y de la barraca de la misión. 6. SÍNTESIS EN ITALIA (1950-60) Cuatro años después de su regreso a Madrid, Vaquero fue nombrado subdirector de la Academia de España en Roma y reanudó su andadura Fig. 8. Luis Moya y Joaquín Vaquero. Fachada principal (sur) y fachada lateral (oeste) del Concurso de anteproyectos para la reconstrucción de la Santa Iglesia Catedral Metropolitana de San Salvador. 1953. Archivo Vaquero. Segovia. Francisco Egaña casariEgo / JaViEr MosTEiro Quiroga nº 17, enero-junio 2020, 34-48 · ISSN 2254-7037