Matrona aut docta puella: ¿Dos universos irreconciliables?
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MATRONA AUT DOCTA PUELLAt ¿DOS UNIVERSOS IRRECONCILIABLES? Cristina DE LA ROSA CUBO Universidad de Valladolid 1. LA MATRONA Matrona era el nombre que, desde el punto de vista social, recibía la mujer casada, sinónimo de persona adulta y respetable, de mujer honrada1. Reflejaba la consi deración en que se tenía a la mujer por el hecho de que hubiese contraído matrimonio. Las noticias que poseemos sobre la matrona romana a través de textos litera rios, jurídicos, epigráficos y monumentos figurativos2 son escasas y fragmentarias e incluso, a veces, contradictorias. Por estas fuentes sabemos que las matronas roma nas son mujeres libres, casadas legalmente y depositarlas de una función primor dial para el estado romano: traer al mundo nuevos ciudadanos y transmitirles todo el conjunto de normas morales y sociales propias del mos maiorum. Hablar de “matrona romana” plantea distintos problemas metodológicos, los mismos que encontramos al hablar de “mujer romana” en general3: 1 GELL., 18, 6, 8. 2 P. Grimal, “La mujer en Roma y en la civilización romana”, Historia mundial de la mujer, Bar celona, 1973, pp. 336-338. 3 La condición femenina antigua no se puede circunscribir a un único esquema interpretativo. Los textos literarios se ocupan sobretodo de “individualidades notables” y silenciarán a todas las demás mujeres. Además, el mundo femenino pasa por el tamiz de la opinión masculina. Los textos jurídicos nos presentan también casos concretos típicos, pero en esos casos aparecen representadas todas las capas de la sociedad. Los epigráficos pueden aportar datos insignificantes de una persona concreta, pero su repetición permite realizar trabajos donde la estadística ofrece datos generales en
268 Matrona aut Docta Puella: ¿dos universos irreconciliables? En primer lugar habría que tener en cuenta la época en la que vivió, ya que su condición evolucionó en gran manera desde la Epoca Arcaica hasta la Imperial. Si hablamos de matrona romana podemos estar englobando muy diversas condicio nes y situaciones femeninas dependiendo de muchos factores aunque es cierto que con el paso de los siglos se mantienen unas características inmutables de lo que leromanos consideran una perfecta matrona romana, y, como veremos, entre las v tudes que la adornaban, a menudo no tenían cabida sus dotes intelectuales o - exquisita formación cultural. En Roma la representación femenina está condicionada por unos estereot - pos que se mantienen a través de los siglos y que relegan a la mujer a un pap-_. exclusivamente doméstico y reproductivo. La imagen de la mujer pasa siempn un filtro masculino ya que la literatura romana es masculina4. Estas fuentes litera rias masculinas realizan claramente una división del trabajo basada en el genecomo podemos ver en el libro XII de la obra de Columela De Agricultura: “La naturaleza conformó a la mujer para el cuidado atento de la casa y al fu para las actividades desarrolladas fuera, en el exterior. Y así la divinidad asi. hombre la misión de soportar los calores y los fríos, las caminatas y las fatigas, de paz y de la guerra, es decir, los trabajos del campo y del servicio militar, mientra- a la mujer, a la que no hizo apta para todas estas funciones le confió el cuidado de trabajos domésticos”. Estas palabras de Columela son aceptadas sin problemas por la mental:, romana: la división de los papeles masculinos y femeninos viene dada por la pr, z naturaleza, un cambio supondría la alteración del orden natural. Por lo tanto, los escritores romanos describen a una mujer ideal espt-- madre íntegra dedicada a su casa y familia5, y resguardada del contacto con e: - ños pues de ella depende que la descendencia de su familia sea legítima. una zona del imperio determinada o en una época concreta. Los monumentos figurativos coi i turas, relieves, mosaicos, monumentos funerarios, etc., son documentos valiosos en los que enmos retratos de mujeres en distintos momentos de su vida. Y, por último, es importante i quién maneja estas fuentes, pues según sean filólogos, historiadores, arqueólogos o filósofos oí una interpretación diferente y, a veces, mediatizada por las diversas corrientes del pensamiei toriográfico a las que pertenecen. Sería necesario realizar una labor interdisciplinar en la qu< ellos aportasen los campos de conocimiento de los que son especialistas. Cf. C. Chaparro “La mujer en Roma, la trama de la discriminación” en Ideas. Contemporaneidad de los mitos , Madrid, Ed. Clásicas, 2002, pp. 69-84. 4 En siete siglos de literatura romana sabemos de doce escritoras de las que se nos coi unas pocas páginas, algunas de dudosa autenticidad, mientras que existe noticia de centen escritores masculinos. Cf. A. López, No sólo hilaron lana: escritoras romanas en prosa y verso. 1994. 5 Si en Grecia la familia había desempeñado un papel básico, en el mundo romano e familiar llegará a su plena consolidación. Engels dijo que con la familia romana se llega a lí perfección del sistema familiar patriarcal monógamo. Un romano está vinculado a su fart
-juna de la Rosa Cubo 269 Este modelo ideal perdura invariable en el curso de los siglos. El espacio femenino se reduce al interior de la casa, mientras que el masculino, como hemos ’.sto en palabras de Columela, se desarrolla en el exterior. Por lo tanto, familia romana y mujer son términos indisolublemente unidos ya que las tres etapas fun damentales de la vida femenina se desarrollan en este espacio familiar. En la pri mera etapa la mujer es educada para el matrimonio en casa de su padre. Sometida a la autoridad paterna vivirá en la domus familiar hasta que llegue el momento de convertirse en una matrona romana, es decir en una mujer casada. Comenzará una nueva etapa donde el matrimonio legalmente constituido o connubium le abrirá las puertas a una nueva vida. Una vida mucho más libre que en el anterior período pero, como hemos dicho antes, con unos límites espaciales establecidos, los de su propio hogar. En la tercera etapa, actuará como educadora de sus propias hijos, inculcando los valores tradicionales que han alentado su propia existencia. “Pues antaño los hijos nacidos de madre honrada no se criaban en el cuartucho de una nodriza alquilada, sino en el regazo y en el seno de su propia madre, y ésta tenía como principal motivo de orgullo velar por la casa y ser una esclava para los hijos”6. Desde los primeros tiempos, la matrona romana constituye siempre un modelo de austeridad de costumbres, de fidelidad y de laboriosidad: trabajaba en casa hilando y tejiendo con sus esclavas, administrando la casa y criando y educando a sus hijos. Las lápidas funerarias nos muestran a veces todo un compendio de lo que eran y, sobre todo, debían ser, las buenas matronas. Así se aprecia en la siguiente: “Extranjero: breve es mi discurso. Detente y lee. Este es el sepulcro no bello de una mujer bella, a la que sus padres llamaron Claudia. Amó a su marido con todo su corazón; trajo al mundo dos hijos; dejó uno vivo, al otro lo depositó bajo tierra. De conversación amable pero honesta en el andar. Cuidó de su casa e hiló la lana. He concluido. Puedes irte7”. lazos indisolubles durante toda su vida, son lazos afectivos pero también lazos legales y sociales. Dejar la familia suponía colocarse fuera de toda organización social y de cualquier derecho, era incluso per der los dioses familiares y renunciar al culto privado. La familia también constituye la célula básica del sistema esclavista romano, en su cúspide está el pater familias, el único propietario con plenas facultades. Sobre estas reflexiones, ver el capítulo dedicado a la familia romana de A. Prieto, M. Marín, Religión e ideología en el Imperio romano, Akal, Madrid, 1979, pp. 61-68. 6 TAC. Dial. 28. 7 Hospes quod deico paullum est, asta ac pellege. Heic est sepulcrum hau pulcrum pulcrai feminae.
U n solo nombre femenino aparece en la inscripción y refuerza la idea de que su vida transcurrirá en el ámbito familiar ya que una mujer no necesitaba los tria nomina que distinguían a un hombre romano pues las mujeres están excluidas de la vida pública. Vemos que esta mujer se llama Claudia, Claudia es el nombre de la gens a la que pertenece, y lo llevarían todas las mujeres de su familia8. Claudia fue. según su epitafio, una mujer bella física y espiritualmente, fiel a su marido, trajo hijos al mundo, fue honesta y se dedicó al cuidado de la casa: el hilado es el sím bolo de la matrona dedicada a su hogar, de hecho, el huso y la rueca son los símbo los que lleva la joven recién desposada a su nueva casa. Esta matrona aparee representando los valores tradicionales femeninos, como la modestia, el amor p - el marido y los hijos y la dedicación a las labores domésticas. Nada se nos dice < - cambio de sus virtudes relacionadas con su cultura, y es que matrona docta9 es ui expresión que no se encuentra en la literatura romana y mucho menos en 1 - monumentos funerarios. Las fuentes literarias y las alabanzas fúnebres nos desci 270 Matrona aut Docta Puella: ¿dos universos irreconciliabl - Nomen parentes nominarunt Claudiam. Suom mareitum corde deilexit sovo. Gnatos dúos creavit: horunc alterum in térra linquit, alium sub térra locat. Sermone lepido, tum autem incessu commodo. Domum servavit, lanam fecit. Dixi. Abei [CIL 6. 15346]. Este bello epitafio ha servido como punto de partida a numerosos estudios sobre la carácter': ción de la mujer ideal en Roma. Así lo encontramos en Chaparro, C., op. cit., p. 80, en A. Poctr “Hilar, parir y llorar: los elogia de Claudia, Helvia, Prima y Eucaris”, Studia Graecoiatina Carmen S. - millón in memoriam dicata, Granada, 1988, pp. 349-361. Pero el estudio más extenso se puede ene - trar en el excelente trabajo de F. Cenerini, La donna romana. Modelli e realtct, II mulino, B 2002, pp. 11-18. 8 A nivel privado se distinguía de los demás miembros femeninos con nombres per reservados al uso doméstico basados generalmente en el orden cronológico del nacimiento: Secunda, Tertia, Maior, Minor, etc. Cf. F. Cenerini, Op.cit., p. 1. 9 Sobre el tema de la educación de la mujer romana, hasta hace muy poco, sólo cont: con manuales sobre la educación en Roma sin apartados específicos dedicados a la educaciói nina como: S. F. Bonner, Education in Ancient Rome, London, Methuen, 1977. A. M. Reggiar cazione e scuola, Roma, Quasar, 1990. H. I. Marrou, Historia de la educación en la Antigüedad, 1' Akal. 1971. J. Guillén, Urbs Roma, vida y costumbres de los romanos, Salamanca, Sígueme, 1* ■ ■ aparición de la obra de T. I. Hemelrijk, E. A., Matrona docta. Educated vuomen in the román él Cornelia to Julia Domna, Routlegde, London, 1999 supone un paso de gigante en el estudio aspecto olvidado por los manuales al uso. La obra cuenta con un cuidado aparato de fuenti revisión seria y rigurosa de mujeres romanas educadas pertenecientes a una clase social e Aunque en España desde 1994 teníamos la valiente obra de A. López, No sólo hilaron lana, es romanas en prosa y en verso, Madrid revisada por A. I. Martín Ferreira, en su interesante “Mujeres en la literatura romana” en: E. Moral Padrones, A. de la Villa Lallana (coord.), L alma de la literatura, Valladolid, Centro Buendía, Universidad de Valladolid, 2000. Por último, destacar dos excelentes trabajos de los que me reconozco deudora pues he utilizado sus sug enfoques de un tema que, cuando menos, es complejo y se puede analizar desde muchos pin vista. Son los de R. Cid, “La educación de la niña romana: de puella a matrona docta” y R. Somalo, “La mujer romana y los ideales de la Humanóos” en V. Alfaro Bech, R. Francia - (coord.), Bien Enseñada: la formación femenina en Roma y el occidente romanizado, Málaga, Ui
Cristina de la Rosa Cubo 271 ben una mujer paradigma y modelo de una sociedad. El ideal femenino se resume en expresiones como: “casta fuit, domum servavit, lanam fecit”10, una mujer dedi cada a los suyos y relegada al espacio doméstico. Virtudes femeninas inmortaliza das en inscripciones sepulcrales que se han mantenido inmutables en toda la historia de Roma. Aparentemente estos valores tradicionales van a condicionar su educación, limitándola a un conjunto de habilidades y saberes prácticos necesarios para la atención de la familia11. Pero resulta que, aunque la cultura femenina no sea obje tivo prioritario en Roma, una matrona culturalmente preparada, colabora activa mente en la educación de sus hijos. Precisamente el término “educación” surge dentro del hogar romano, un niño bene educatus era el que sabía comportarse, gra cias a las buenas reglas de conducta que había recibido en su hogar12. Y hasta los 7 años, edad en la que empezaban la educación primaria, tanto niños como niñas permanecían al cuidado de las mujeres de la casa: la madre (matrona) y la nodriza (nutrix, educatrix), ayudadas por otros esclavos de confianza. Si Q uintiliano13 insiste que las nodrizas deben hablar correctamente y poseer cierto grado de cul tura porque los niños aprenderán todo lo que salga por sus bocas, imaginamos que una madre educada tendría una influencia indiscutible en la instrucción de sus hijos. Ella va a tener en sus manos el papel de engendrar y educar buenos ciudada nos, transmitiendo los valores del mos maiorum, las reglas inmutables de los ante pasados sobre las que se asienta la sociedad romana. A partir de los 7 años el niño comenzaba las siguientes etapas de su instrucción: la primaria, centrada en el aprendizaje de la lectura, escritura y cálculo, la secundaria que se ocupaba de la gramática y de la interpretación de los poetas y la superior que tenía como base el estudio de la retórica y de los textos en prosa14. En este momento la madre pasa a un segundo plano en la educación de sus hijos y es el padre quien se ocupa de bus car un preceptor adecuado y efectuar un seguimiento de su formación. Es cierto que en el Diálogo sobre la oratoria atribuido a Tácito, uno de los interlocutores lla mado Mésala alaba el papel esencial que ciertas mujeres llevaron a cabo en la edu cación de sus hijos tutelando su instrucción, empujándoles al estudio de las artes dad de Málaga, 2001. Todas estas obras aportan un excelente revisión bibliográfica que puede utili zarse como punto de partida para iniciar un estudio de estas características. 10 Cf. M. Otero Vidal, M., “Casta fuit, lanam fecit” en Verdejo Sánchez, M.D., La condición de la mujer a través de los textos latinos, Málaga, Diputación Provincial, 1992, pp. 125. 11 Cf. R. Francia Somalo, art. cit., p. 51. Ver también P. Flores Santamaría, “Las jóvenes roma nas, una educación para el matrimonio” en E. Garrido (ed.), La mujer en el Mundo mediterráneo anti guo, Madrid, Feminae, 1986. 12 Cf A.M. Aldama Roy, “Los autores cristianos ante la educación de los jóvenes”, en A. Alberte y C. Macías (eds.), Actas del Congreso Cristianismo y Tradición latina, Madrid, 2001, pp. 335-343. 13 QUINT. inst., 1,4. 14 Cf. M. Molina Sánchez, “El maestro en Roma”, en J.M. García González, A. Pociña Pérez (eds.), En Grecia y Roma: las gentes y sus cosas, Granada, 2003, pp. 215-234.
272 Matrona aut Docta Puella: ¿dos universos irreconciliables? liberales y guiándolos hacia la clase de carrera para la que parecían mejor dota dos15. Son Cornelia, madre de los Gracos, Aurelia, madre de Julio César y Atia, madre de Octaviano, las tres ejercieron una fuerte influencia sobre sus estudios en una edad en la que eran los padres quienes se solían encargar de la educación de sus hijos16. Sin embargo las tres vivieron una situación especial: al quedar viudas tuvieron que asumir el papel que tradicionalmente ejercía el padre. De las tres, es Cornelia la que pasó a la posteridad como modelo de matrona, de viuda fiel a la memoria del marido muerto que dedica su vida a la educación de sus hijos. Cornelia no sólo es el caso mas antiguo de mujer educada, sino que tam bién es considerada como un modelo de mujer de clase alta para las generaciones siguientes. A partir de la República fue idealizada como modelo de las virtudes tra dicionales romanas. Cornelia, del s. II a.C., modelo paradigmático de virtudes femeninas, hija de Publio Cornelio Escipión Africano y mujer de T. Sempronio Graco, madre de 12 hijos de los cuales sólo dos llegaron a adultos: Tiberio y Cayo Graco, los famosos tribunos de la plebe. Cornelia parece haber hablado en griego con fluidez, eligiendo profesores griegos para sus hijos y supervisando ella misma su educación. Además, la pureza de su dicción y su buen estilo al escribir en latín también eran conocidos. Pero es en su papel de viuda educadora de sus hijos cuando sus facultades intelectuales se hicieron mas notables. La idealización de Cornelia y el papel que jugo su educación en ella, influyo en el reconocimiento de la necesidad de una educación para las mujeres de clase alta en tiempos posterio res, y en su honor fue erigida una estatua de bronce17. Y no es la única, también Tácito nos cuenta que la madre de Agrícola influyó decisivamente en el futuro de su hijo18 y que destacó por sus costumbres honestas. Hay otros casos de matronas educadas como Helvia, madre de una numerosa prole en un momento en el que Roma limitaba la natalidad, tributó obediencia al marido, quien no le permitió estudiar a pesar de estar dotada para ello. En el retrato que Séneca hizo de su propia madre, aparece una mujer adornada de todas las virtudes de una perfecta matrona: “Educada en una familia patriarcal y severa, no te desvió la imitación de los peores, cosa peligrosa aun para las personas honestas. Nunca te avergonzaste de tu fecundidad, como si fuera una afrenta para la edad. Nunca, al estilo de 15 TAC. Dial. 28. 16 Sobre estas tres matronas Cf. Cid, R. “La educación de la niña romana: de puella a matrona docta", op. cit. 17 E. A. Hemelrijk, Op. cit. 18 Agrie. 4. Mater lidia Procilla fuit, raras castitatis. In huius sinuindulgentiaque educatus per omnem honestarum artium cultum pueritiam adulescentiamque transegit... Memoria teneo solitum ipsum narrare se prima in inventa studium philosophiae acrius, ultra quam concessum Romano ac senatori, hausisse, ni prudentia matris incensum ac flagrantem animum coercuisset.
aquellas que buscan toda la alabanza en las formas, disimulaste tus embarazos como si fueran una carga inconveniente, ni ahogaste en tus entrañas la conce bida esperanza de los hijos. No manchaste tu cara con colores y seducciones”19. Séneca anima Helvia a continuar con los estudios pues este tipo de ocupa ron actuará como terapia que curará su tristeza: “Te oriento hacia donde deben refugiarse los que escapan de la fortuna: el estu dio, El curará tus herida y te arrancará toda la tristeza”20. Helvia estudió ciertas disciplinas y estaba capacitada para ello y si no profun dizó en su conocimiento fue por la prohibición expresa del padre, temeroso de que, ■ana vez conseguida la cultura, la utilizase non ad sapientiam sino ad luxuriam. “Ojala mi padre, sin duda el mejor de los hombres, menos aferrado a la costumbre de los antepasados, hubiera querido que te instruyeras a fondo en los preceptos de la sabiduría mejor que iniciarte solo (...). Por culpa de las que usan la cultura no por alcanzar la sabiduría, sino que se instruyen por lujo, no dejó que te entregases al estudio”21. ’ -¿riña de la Rosa Cubo 273 2. LA DOCTA PÜELLA A fines de la República y principios de la Edad Imperial este modelo ideal convive con la realidad femenina documentada en las fuentes literarias, epigráfi cas y arqueológicas. En esta época los modos de vida habían cambiado y contrasta ban fuertemente con la vida sencilla del pasado22. Aparecen incluso inscripciones 19 SEN, dial., 12, 16, 3-4. Helvia es un ejemplo de mujer que acepta llevar a término todos sus embarazos pese al riesgo que eso comportaba. El temor a morir durante el parto, llevó a muchas mujeres de esta época a evitar quedarse embarazada con métodos poco eficaces y con peligrosas pociones abortivas a base de eléboro y artemisa. Conocemos la práctica del aborto en el mundo romano gracias a dos tipos de fuentes: los tratados literarios y médicos y, por otro lado, los textos jurí dicos que condenaban a las personas que administraban pociones abortivas en el caso de que la paciente muriera. Asimismo, las familias se deshacían de los hijos nacidos no deseados mediante el infanticidio, o la exposición. Cf. Duby, Historia de las mujeres, op.cit. pp. 354-355. 20 SEN, dial. 12, 17,3. 21 SEN, dial. 12, 17A. 22 Según Rosa Cid, art. cit. p. 44. La conversión del estado romano en un Imperio no modificó la situación educativa de la mujer ya que los valores propios de la sociedad patriarcal siguen siendo defendidos no sólo por el pater familias sino por la matrona, que sigue transmitiendo estos valores a sus descendientes. R. Francia Somalo, va aún más lejos y explica, siguiendo a Eva Cantarella, que se somete a esa subordinación movida por la obtención de una recompensa: el honor y la fama de su familia. Primaría entonces en la matrona la conciencia de clase y de familia sobre la de género. Art. cit., pp. 56-57.
274 Matrona aut Docta Puella: ¿dos universos irreconciliables? funerarias que alaban el talento intelectual de las mujeres al lado de sus virtudes morales tradicionales23. El hábito de la lectura24 en época imperial deja de ser una actividad excepcional y se convierte en una ocupación más cotidiana como mues tran imágenes de mujeres leyendo en la pintura pompeyana y en los sarcófagos que aparecen precisamente en esta época. Los autores romanos piensan en las mujeres como destinatarias de sus obras. Ovidio dedica a las mujeres el tercer libro del Ars amatoria25, y escribe para ellas su tratado de cosmética Medicamina faciei sobre los preparados y las artes del maquillaje femenino. Ovidio intenta demostrar que no esta corrompiendo matronae respetables con su obra26, mientras que Marcial intenta que estas no lean sus indecentes versos27. , Frente a esta situación, encontramos en los historiadores romanos como Salustio y Tácito la añoranza de los tiempos remotos, el recuerdo de los valore' perdidos28 29. Esta visión de la Historia sigue basando sus ideales en los principios romanos tradicionales y acentuaban los valores domésticos. Salustio nos muestra una mujer de elevado rango, esposa de un cónsul que participó en la Conjuración de Catilina y es considerada como ejemplo paradigmá tico de corrupción moral de la aristocracia del último siglo de la República. Su atrt vimiento casi masculino, su extravagancia y su promiscuidad eran contrastadas con la excelencia de su nacimiento, matrimonio, hijos, belleza, educación e intelecto y que Sempronia en su dominio perfecto de la lengua, llegó a componer versos: “Conocedora de la literatura griega y latina, sabía cantar, danzar con más soltura de lo que necesita un mujer honrada y otras muchas artes que son instrumento de la lujuria (...) Pero su espíritu era distinguido: podía escribir versos, promover chanzas, servirse de un lenguaje llano, tierno o provocante Esta combinación de cualidades de clase alta con valores morales depravados es un tema recurrente en la literatura romana30. Salustio ataca con saña a es:-, mujer en su obra histórica. Pero los improperios, especialmente sexuales, erar comunes en la retórica y la literatura romanas y podían ser dirigidos tanto a 23 CIL VI 9693 Euphrosine es llamada docta, pia, casta, pudica, proba, CIL VI 33898 ■ 7783) otra Euphrosine que murió a los 20 años fue docta novem musís y philosopha. 24 G. Cavallo “Entre el volumen y el codex. La lectura en el mundo romano”, en G. Cavalli Chartier (dir.), Historiado la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 1997, pp. 115-116. 25 II, 745-746 y III, 45-48. 26 OVID.A.A. 1.31-4. 27 MART.Ep. 63, 3.86 y 11.16.9-10 28 SALL. Iug. 85, 38., Tác. Agr. 31, 20-25. 29 SALL. Cat. 25. 30 De hecho, las mismas características adornan a Catilina, ambos son descritos como no educados, la vida se portó generosamente con ellos, pero emplearon esas cualidades en hacer el s
Cristina de la Rosa Cubo 275 hombres como a las mujeres, normalmente adversarios políticos. Sin embargo, como la castidad era una de las virtudes centrales de la matrona romana, este tipo de criticas eran mas devastadoras para la reputación de una mujer que para la de un hombre. El retrato de Sempronia hecho por Salustio, hace que nos recuerde a las cortesanas de clase baja o a la puella docta de la poesía amorosa. Y es que, contrastando con las opiniones de los hombres conservadores de clase alta y con la enseñanza moral de los filósofos, aparecen las ideas inusuales de los poetas elegiacos romanos. La admiración de los poetas por la docta paella31, una mujer liberada y culta, tiene parte de la culpa de este cambio de papeles y de su original actitud hacia las mujeres. A los ojos del poeta su belleza física y, sobre todo, sus logros intelectuales, estaban por encima de su nacimiento y su riqueza y compensaban su supuesta carencia de virtudes tradicionales. Es docta puella Sulpicia32, la única escritora romana de la que nos ha llegado su obra dentro del Corpus Tibullianum, sus cinco composiciones elegiacas tienen la misma categoría de la elegía amorosa masculina cultivada por Tibulo. Mediante sus poemas, logra el amor de Cerinto de igual forma que los poetas elegiacos cauti vaban a la persona amada con sus versos: “Por fin llegó el amor: haberlo por pudor ocultado y a nadie haberlo descubierto sea mi gloria mayor. Vencida Citerea por mis Camenas a él me lo trajo y en mi regazo lo puso”33. Sulpicia es una joven de buena estirpe que desafía las habladurías de los de su clase y las preocupaciones de su familia pues el mundo de la elegía está lleno de mujeres de reputación censurable: (...) preocupados están por nosotros quienes sienten pesar sobre todo por si cedo a un lecho cualquiera34. Y aún así, no duda en proclamarse docta puella en sus poemas: “Juno Natal, acepta sagrados montones de incienso que te ofrece hoy con tierna mano una sabia doncella”. 31 Sobre docta puella: S.L. James, Leamed girls and inale persuasión: Gender and Readig in Román Lave Elegy, BerKeley, Los Angeles, London: University California Press, 2003, pp. 212-223. T. Habineck, The politics of latín literature. Writing, Identity and Empire in Ancient Rome. Princeton, Princeton University Press, 1998. S. Laigneau, La femme et l’amour chez Catulle et les elegiaques augusteens, Collection Latomus, Bruxelles, Latomus, 1999. 32 Estos poemas están incluidos al final del Corpus Tibullianum bajo la firma de Sulpicia: IV 7, IV 12; IV 3, iV 5, IV 6). Seguimos la edición y traducción de A. Alvar, Poesía de amor en Roma. Catulo, Tibulo, Lígdamo, Sulpicia, Propercio, Akal, Madrid, 1993. 33 TIB. IV, 7,1-4. 34 TIB. IV, 10, 5-6.