Paisajes activos: imágenes del medio rural de la Europa meridional
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Producción Científica
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PUBLICACIÓN DEL instituto universitario de urbanística de la universidad de valladolid 82022 DOSSIER ciudades PAISAJES ACTIVOS: IMÁGENES DEL MEDIO RURAL DE LA EUROPA MERIDIONAL Miguel Fernández Maroto Mario Paris -Coordinadores-
PAISAJES ACTIVOS: IMÁGENES DEL MEDIO RURAL DE LA EUROPA MERIDIONAL
PAISAJES ACTIVOS: IMÁGENES DEL MEDIO RURAL DE LA EUROPA MERIDIONAL / Miguel Fernández-Maroto & Mario Paris (coord.) – Valladolid : Instituto Universitario de Urbanística, 2022 250 p. ; 17x24 cm .- (Dossier Ciudades ; 8) ISBN: 978-84-09-46467-8 DL VA 752-2022 1. Paisaje. 2. Medio rural. 3. Europa meridional. I. Fernández-Maroto, Miguel (coord.). II. Paris, Mario (coord.). III. Instituto Universitario de Urbanística, ed. IV. Serie DOSSIER ciudades 8
PAISAJES ACTIVOS: IMÁGENES DEL MEDIO RURAL DE LA EUROPA MERIDIONAL
Coordinadores Miguel Fernández Maroto Mario Paris Autores de los capítulos Mario Paris & Miguel Fernández Maroto; Juan Luis de las Rivas Sanz; Ignacio González-Varas Ibáñez; Olivier Chadoin; Javier Pérez Gil; Arsenio Dacosta & José Delgado Álvarez; Rui Braz Afonso; Gregorio Vázquez Justel; Luis Vicente Elías Pastor; Fulvio Adobati; José Ángel Sánchez Fabián & Karmah Salman Monte; Carlos Nárdiz Ortiz; Christos Tourkolias & Anastasia Tasopoulou & Ioanna Giannouli; María A. Castrillo Romón & José Luis Lalana Soto & Víctor Pérez Eguíluz; Nuno Bigotte Santos; Sofia Cardoso & Edgar Seabra Revisión de textos Miguel Fernández Maroto Maquetación y cubierta Miguel Fernández Maroto Imagen de cubierta Interpretación del paisaje del municipio de Paredes de Nava, Palencia (Gonzalo Basulto & Lucía de Blas, 2019) ISBN 978-84-09-46467-8 Depósito Legal VA 752-2022 Edita Instituto Universitario de Urbanística de la Universidad de Valladolid Este libro, editado por el Instituto Universitario de Urbanística de la Universidad de Valladolid, se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional. Reconocimiento (Attribution): en cualquier explotación de la obra autorizada por la licencia hará falta reconocer la autoría. No comercial (Non commercial): la explotación de la obra queda limitada a usos no comerciales. Esta publicación se inscribe en las actividades del Proyecto de Investigación “El Paisaje Urbano Histórico como recurso de planificación en los conjuntos históricos menores de la España interior (PUH-RePlan)”, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (MCIU), la Agencia Estatal de Investigación (AEI) y al Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER) dentro del Plan Estatal de Investigación Científica y Técnica y de Innovación 2017-2020 (ref. PGC2018-097135-B-I00).
ÍNDICE MARCOS 1. PAISAjES ACtIvOS: uN CAMBIO DE PARADIgMA NECESARIO PARA CONStRuIR ESCENARIOS DE OPORtuNIDAD ...........................................11 Mario Paris & Miguel Fernández-Maroto 2. paisajes activos: ¿una europa sin campesinos? ............................. 25 Juan Luis de las Rivas Sanz MIRADAS PAISAJES HISTÓRICOS I Coordinador: Laurent Coudroy de Lille 3. EL PAtRIMONIO CuLtuRAL EN EL MEDIO RuRAL: CONCEPtOS, PROBLEMAS y ENCRuCIjADAS .................................................................. 45 Ignacio González-Varas Ibáñez 4. Fin Du viLLaGe ou concurrence metropoLitaine ? ENSEIgNEMENtS MEtHODOLOgIQuES DE LA tRAjECtOIRE D’uNE PEtItE vILLE FRANCAISE ............................................................................ 77 Olivier Chadoin PAISAJES ETNOGRÁFICOS I Coordinador: Javier Pérez Gil 5. EL PAISAjE uRBANO HIStÓRICO y LA CONSERvACIÓN DE LA ARQuItECtuRA vERNÁCuLA EN LOS CONjuNtOS HIStÓRICOS y EtNOLÓgICOS ............................................................................................93 Javier Pérez Gil 6. PAISAjES vACIADOS: DESAFÍOS DE LA ARQuItECtuRA vERNÁCuLA DESDE LA COMARCA DE ALIStE ............................................................... 107 Arsenio Dacosta & José Delgado Álvarez 7. MODO DE vIDA E PAISAgEM. O CASO DOS CENtROS MENORES ........... 119 Rui Braz Afonso PAISAJES PRODUCTIVOS I Coordinador: Gregorio Vázquez Justel 8. PAISAjES PRODuCtIvOS y EStRAtEgIAS DE REvALORIZACIÓN ............. 129 Gregorio Vázquez Justel 9. EL PAISAjE DEL vIÑEDO ........................................................................... 141 Luis Vicente Elías Pastor 10. IL PAESAggIO vItAtO DELLA FRANCIACORtA: uN PROgEttO DI vOCAZIONE tERRItORIALE ...................................................................... 153 Fulvio Adobati
PAISAJES DE LA TIERRA Y LA ENERGÍA I Coordinador: Luis Santos y Ganges 11. PAISAjE gEOLÓgICO y CuLtuRAL EN EL gEOPARQuE uNESCO LAS LORAS ................................................................................................ 165 José Ángel Sánchez Fabián & Karmah Salman Monte 12. LOS PAISAjES DE LA ENERgÍA .................................................................. 175 Carlos Nárdiz Ortiz 13. ENERgy LANDSCAPES IN RuRAL gREECE: tHE INtEgRAtED SuStAINABLE ENERgy PLAN OF KARDItSA ............................................. 203 Christos Tourkolias & Anastasia Tasopoulou & Ioanna Giannouli PERSPECtIvAS 14. EL MEDIO RuRAL DE CAStILLA y LEÓN DESDE OtRO ÁNguLO: “tERRItORIOS ACtIvOS” ......................................................................... 219 María A. Castrillo Romón & José Luis Lalana Soto & Víctor Pérez Eguíluz 15. tENDêNCIAS DEMOgRÁFICAS E SEuS EFEItOS SOBRE A PAISAgEM: O PROBLEMA DA DESERtIFICAçãO POPuLACIONAL, FOCANDO O CASO DO NORtE DE PORtugAL. POLÍtICAS DO PASSADO E DESAFIOS PARA O FutuRO ................................................................................................. 233 Nuno Bigotte Santos 16. OS “LAçOS INvISÍvEIS” COMO EStÍMuLO DE vALORIZAçãO DA DIMENSãO LOCAL .................................................................................... 241 Sofia Cardoso & Edgar Seabra
MARCOS
16 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional Hacer visible lo invisible: dar estructura a un debate innovador sobre los espacios rurales dinámicos Este libro se ha planteado desde el desafío de dar protagonismo propio a espacios que todos vivimos, percibimos, atravesamos y habitamos a diario, pero viéndolos solo como fondo para nuestras actividades cotidianas, renunciando a considerarlos como ambientes importantes per se. En consecuencia, solicitamos a los autores de los capítulos que componen el libro que partieses de su posición específica dentro de este debate, definiendo de una forma sólida y detallada su propio punto de vista sobre el espacio y sobre las posibilidades y los límites que apreciaban desde dicha posición específica. Por ello, lo que se reúne aquí va más allá de las actas de aquel seminario: se trata de un volumen para el que las distintas presentaciones han sido reelaboradas, y en el que no se recorre de una forma estéril el esquema de las mesas del seminario. En el tiempo transcurrido desde su celebración, cada texto ha sido trabajado por y discutido con los autores y, por ello, el producto aquí presentado es una serie de textos originales, a veces muy diferentes a lo que se presentó en febrero de 2022 en Valladolid, y que se interrelacionan con los demás. Por un lado, ha emergido la influencia mutua entre los autores, ya que aquel momento de debate fue una oportunidad útil y fértil para seguir avanzando en sus investigaciones. Por otro lado, a lo largo de estos meses transcurridos desde la celebración del seminario, junto al trabajo de coordinación del proceso editorial, hemos tenido que dar una estructura al libro capaz de transmitir la complejidad y la riqueza de las contribuciones que hemos tenido la suerte de recolectar. Es decir, revisando los textos y comparándolos entre ellos, hemos tenido que pensar en cómo dar un orden a este material sin perder la pluralidad de identidades y puntos de vista que nos proporcionaban. En este sentido, y sin menoscabar la diversidad de puntos de vista, que no se pueden reconducir simplemente a unos pocos elementos de convergencia, hemos querido dar centralidad al tema del debate para que el lector pueda apreciarlo en las tres secciones en las que está organizado el libro. La primera sección, que se titula “Marcos”, recoge este texto y el de Juan Luis de las Rivas Sanz, en los que se destaca el enfoque que se ha dado a la investigación, al papel que creemos que tienen —o pueden tener— los paisajes activos en el territorio europeo, y cuáles son los riesgos y los potenciales en juego. En particular, se destaca cómo la mirada hacia el territorio rural y de la baja densidad sigue estancada en una forma “miope” de ver este espacio, que obvia la red de relaciones y la variedad de las actividades existentes históricamente, asumiendo una actitud simplista y
17 1. paisajes activos: un cambio de paradigma necesario para construir escenarios de oportunidad poco atenta a las oportunidades latentes, lo que impide apreciar los espacios rurales dinámicos como paisajes activos y las practicas que se desarrollan en ellos como iniciativas activadoras. La segunda sección, bajo el título “Miradas”, reúne los textos de diferentes autores que relatan sus experiencias y percepción referidas a tipologías distintas de paisajes “activos” —o “activables”— y nos proporcionan ideas sobre cómo estos procesos se hacen posibles. No es solo una recopilación de casos de estudio, sino que cada autor enfoca el tema destacando cuáles son las dificultades que conllevan estos procesos, y qué factores —recursos, actores, marcos legales, etc.— han facilitado o limitado su acción. A través de estos relatos sobre cómo se actúa y las dificultades de moverse en los paisajes históricos, en los etnográficos, en los productivos y en aquellos de la tierra y de la energía, podemos extraer pistas para trabajar y, al mismo tiempo, nos damos cuenta de que hay temas transversales que marcan el territorio europeo, y que hay un gran espacio de oportunidad para las actuaciones que resuelven problemas con efectividad y que abordan el tema de una forma realista. Así, si la primera sección pone en evidencia que hay que superar el paradigma actual que se basa en un relato simplista y en descripciones negativas del territorio rural, los textos de esta segunda sección demuestran que hay una gran complejidad de situaciones y de posibles intervenciones que permiten defender escenarios de oportunidad para los paisajes activos. Finalmente, la última sección, titulada “Perspectivas”, ofrece tres textos en los que se muestran diferentes vías para desarrollar futuras acciones que superen los límites de los procesos actuales. En ellos se destaca la necesidad de superar una praxis todavía enquistada en retóricas buenistas, políticas compensatorias o subsidiarias y en “buenas prácticas” poco escalables y adaptables, que se configuran como experiencias singulares más que como casos-piloto. Superar una visión del paisaje de la baja densidad estereotipada, negativa y miope En un estudio reciente, Catherine Dezio (2020: 209) señala que, a lo largo del siglo XX, “los territorios rurales han sufrido una reestructuración económica en muchos países del mundo, con consecuencias devastadoras sobre los recursos ecológicos y culturales y sobre su capacidad para proporcionar servicios ecosistémicos”. La consecuencia es que el espacio rural se ha transformado bajo la presión de la intensificación de la producción agrícola y por el abandono de espacios de cultivo donde la aplicación de la agricultura industrial e intensiva no era rentable. Los efectos territoriales más evidentes de estos fenómenos son la despoblación, la emigración, la progresiva pérdida de variedad social y productiva y el abandono de tierras.
18 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional Otros procesos, menos evidentes, tienen más que ver con transformaciones que afectaran la sociedad en su conjunto y no solo en el espacio rural, en un tiempo largo, y se refieren a la capacidad de producir o transformar productos agrícolas, capturar CO2, proporcionar agua y otras materias primas, etc. En esta misma perspectiva, Rey Benayas et al. (2007) han identificado cinco problemas principales relacionados con el abandono de los territorios rurales: la simplificación de la estructura de la vegetación y la imagen del paisaje, la erosión del suelo y a la desertificación, la reducción de los recursos hídricos, la pérdida de biodiversidad por especies invasoras y la pérdida de conciencia del valor patrimonial. Otro impacto problemático a medio-largo plazo de estos procesos es el progresivo empeoramiento de la percepción del espacio rural por parte de la sociedad urbana y, por extensión, en los ambientes académicos. Es decir, el espacio rural, marcado por una baja densidad de población y una baja intensidad de actividades en comparación con la ciudad, sufre, desde la segunda revolución industrial, una visión negativa y estereotipada. Este estereotipo se fundamenta en un enfoque que simplifica el territorio rural y lo reduce a mero espacio de cultivo habitado por una pequeña población, lo que no permite entender la complejidad de las relaciones, de las formas de vivir y moverse en estos espacios, y que se olvida igualmente de la variedad de actividades, de las formas de explotar y cuidar del territorio que existían históricamente y que hoy se han perdido o son muy marginales, y de su potencial económico a lo largo de la historia. Asimismo, esta visión estereotipada deriva de las formas dramáticamente estandarizadas que se usan hoy para describir estos territorios. Se trata a menudo de datos estadísticos y espaciales recolectados y distribuidos con una visión y escalas institucionales —el municipio, la provincia, la región— que no consideran las escalas relevantes del mundo rural —la cuenca, el valle, la plataforma de producción, el corredor, etc.— y que no permiten destacar diferencias y singularidades en estos espacios, aplastando las heterogeneidades en una única perspectiva que pasa bajo la definición del “campo”. A ello se añade que dentro de las disciplinas del urbanismo y del planeamiento existe aún una limitada disponibilidad al análisis de estos sistemas y, a menudo, las interpretaciones se desarrollan a través de clichés repetitivos, en los que se utilizan partes para explicar conjuntos. Un ejemplo son los estudios sobre áreas de montaña en los que se representa el sistema sin considerar los espacios de piedemonte, o en los que los espacios de cultivo solo se atienden en función de la rentabilidad de las especies y de las variedades que se implantan hoy en día, sin considerar el papel y el valor de los cultivos históricos.
19 1. paisajes activos: un cambio de paradigma necesario para construir escenarios de oportunidad Este estereotipo nos proporciona una imagen en la que el espacio rural es un ambiente que se cree conocido y controlado, que hay que aprovechar al máximo con una actitud “extractiva”, de tal forma que, una vez sacado todo lo valioso, o se encuentra otra forma de explotación (fracking, plantas solares, parques eólicos, etc.) o, si no, se puede abandonar. Esta visión simplista se fundamenta en una perspectiva urbanita radicalmente negativa, donde no se registra —o se ignora— el potencial de variedad, interés y oportunidades del campo porque no se reconoce como valor. Al mismo tiempo, este enfoque no permite desarrollar proyectos que, a partir de los caracteres únicos y peculiares —aunque no evidentes— del espacio rural, puedan usarlos para dar una perspectiva alternativa al territorio. Las visiones estereotipadas aplastan las diferencias y llevan a propuestas que para poder funcionar suelen trabajar con las modas y las tendencias de un momento determinado. Por ello, el campo se convierte en el espacio de cultivo de variedades y especies que el mercado necesita para complacer a un público en concreto y que puede que no sirvan dentro de unos años. Al mismo tiempo, el monte se convierte en espacio de localización para pistas de esquiar, rutas de senderismo, etc., lo que refuerza la visión del campo y el monte como una especie de “jardín” o “parque de atracciones” para la ciudad, sin intención de comprender cuáles son las necesidades y el verdadero potencial de cada lugar, o cuáles podrían ser las aspiraciones y las prioridades de sus habitantes. Por ello, en este libro se intenta desarrollar un enfoque que facilite un cambio de paradigma. Este cambio se fundamenta en la capacidad de reconocer y transmitir la complejidad que existe en los territorios rurales, en la línea propuesta por organismos como la OCDE (2006, 2016) de cara a la búsqueda de nuevas formas de desarrollo rural, en las que el espacio del campo tiene valor y tiene que describirse y trasmitirse como elemento valioso, aunque este en desuso o abandonado. Es decir, aunque hoy no haya formas de explotación rentable, el espacio rural tiene valor y hay que pensar en propuestas que sepan garantizar su conservación activa y hacer que sus potenciales ambientales, económicos, productivos y culturales sean los factores activadores de un desarrollo endógeno y duradero. Hacia un cambio de paradigma necesario y urgente Se ha dicho que es necesario un esfuerzo para conocer, entender y explicar el campo de una forma cada vez más integrada, original y convencedora. Este esfuerzo de reconceptualización es la única oportunidad para desarrollar proyectos sólidos, sostenibles y adaptados a las condiciones locales. De esta
20 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional forma, el espacio rural se convierte en un “territorio de proyecto” (Conti & Salone, 2012) donde desarrollar acciones efectivas enmarcadas entre procesos de gobernanza eficaz (Corrado, 2020). Para ello, hay que superar la idea que la baja densidad de habitantes conlleva siempre una baja intensidad de usos y relaciones —ya sean sociales, productivas, culturales— y que todo el campo sufra de la misma atonía. Las experiencias recolectadas en este libro, así como la percepción general después de la crisis pandémica es que un nuevo paradigma para los espacios rurales es posible. Para ello, es necesario pensar en formas creativas y originales de activación, donde se pueda apoyar una transición multifuncional (Holmes, 2006; McCarthy, 2005). Para ello, hay que abordar desde una perspectiva proyectual una idea que defendía Aldo Bonomi (2021) en un artículo dedicado a las oportunidades después de la covid-19. Para este sociólogo italiano, la pandemia ha acelerado un proceso de cambio en el que los valores de la sociedad global de los servicios se ponen en duda, y donde las diferencias vuelven a tener un papel relevante. En esta fase, hay cuatro elementos que caracterizan la vida cotidiana que tienen cada vez más valor: la salud, la naturaleza, la calidad del habitar y el conocimiento. Ellos influyen en nuestra experiencia diaria y según la forma en la que se configuran y relacionan mutuamente, definen la calidad de las formas de habitar un espacio y su nivel de servicios. Es decir, que hoy en día ya no evaluamos los espacios solo en relación con la posibilidad que nos ofrecen de consumir productos y tener accesos a servicios de calidad, sino que entre los valores que consideramos como sociedad se han añadido otros aspectos, y privilegiamos los lugares que nos permiten cuidarnos, tener un mejor acceso a la naturaleza, entrar en contacto con una comunidad local viva y consolidada, y trabajar a través de las redes de una forma más flexible. La integración de estos valores post-pandemicos en el sistema consolidado enriquece el interés por ámbitos y espacios que hasta hoy parecían olvidados —como algunos espacios rurales—, y hoy en día adquieren un nuevo papel en la geografía de los lugares deseables. Es interesante que los cuatros valores destacados por Bonomi han adquirido centralidad a lo largo de los últimos años, pero no dependen directamente de la pandemia. Es decir, que gracias a esta fase se ha acelerado un proceso de revaluación que ya se estaba desarrollando con una velocidad más limitada. Por ello, antes de 2020 ya se podían destacar procesos protagonizados por “neorrurales” o familias que volvían al campo, ya sea por razones económicas o de imposibilidad a quedarse en la ciudad. Lo que se determina ahora es un proceso que se une a los anteriores y, al mismo tiempo, involucra nuevas actitudes, más volcadas a temas sociales y que ven el retorno a los espacios de la baja densidad como una oportunidad. Estas dependen del hecho de que en los espacios rurales más dinámicos —los paisajes activos— las cuatro fuerzas existen y actúan de una forma conjunta y hacen que estas áreas se
21 1. paisajes activos: un cambio de paradigma necesario para construir escenarios de oportunidad vuelvan hábitats atractivos, por lo menos para una parte de la población urbana que hasta ahora los tenía olvidados o los ignoraba. Se manifiestan formas de nuevo arraigo y participación social dentro de estos espacios, donde se destaca el papel de la comunidad local como referente y actor en muchas acciones o, por lo menos, en procesos de reivindicación y ciudadanía activa, que no existían hasta hace poco. No son muchos estos espacios, pero cada vez son más. Y no son muchos estos nuevos habitantes, pero cada vez son más. Se vuelve al campo porque se tiene la percepción de que allí algo puede suceder, y estos nuevos habitantes eligen su espacio de acción porque ven que su contribución personal puede ser valiosa. Se trata de procesos de dinamización mutuos que son favorables cuando se fundamentan en la multifuncionalidad y en la reticularidad. Es decir, que los paisajes activos son los espacios rurales que pasan de tener un papel exclusivo para la producción agrícola a adquirir una mezcla de usos compleja y superpuesta. Como señalan Frank y Hibbard (2019: 68), “la multifuncionalidad no implica el abandono de la agricultura y la extracción de recursos naturales, sino una condición en la que los paisajes rurales y sus comunidades cumplen simultáneamente funciones de producción, consumo y protección”. La realidad que se encuentra en las contribuciones que componen este volumen es la misma; de hecho, se muestran en muchos casos experiencias que surgieron como motores para la reactivación de los espacios rurales. En ellos, la reconversión rural ligada a la producción está asociada al reconocimiento de muchos valores ambientales y socioeconómicos de estos espacios y donde se desarrollan acciones catalizadoras para distintas actividades, lo que genera oportunidades de trabajo para la población local y atractivo para turistas y visitantes (Dezio & Paris, en prensa). En el cambio de paradigma que defendemos en este texto, creemos que todo ello se puede hacer si se trabaja con realismo y creatividad, ya que estamos en una fase histórica y económica diferente, en la que las cosas pueden evolucionar. Hasta hoy se ha perdido mucho tiempo y no es posible recuperarlo. A pesar de ello, creemos que es necesario hacer cosas en el campo, trabajando con los actores y las comunidades locales (stakeholders). Junto a ellos, hay que involucrar los proveedores de inversiones y recursos (stockholders) y proporcionar alternativas a una forma de habitar la baja densidad que hasta hoy no ha funcionado, para construir escenarios de oportunidad para los paisajes activos o activables.
22 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional Referencias bibliográficas Bonomi, Aldo (2021). “La ripartenza di Milano che tiene conto dei margini”, Il sole 24 ore, 5 de mayo de 2021. Disponible en: https://www.ilsole24ore. com/art/la-ripartenza-milano-che-tiene-conto-margini-AE9AaiF (fecha de referencia: 05/11/2022). Braudel, Fernand (1967). Les structures du quotidien: le possible et l’impossible. París: A. Colin. Casti, Emanuela; Adobati, Fulvio & Negri, Ilia (2021). Mapping the epidemic: a systemic geography of covid-19 in Italy. Ámsterdam: Elsevier. Conti, Sergio & Salone, Carlo (2012). “Territori di progetto nella programmazione regionale”, en Bonora, Paola -ed.- Visioni e politiche del territorio. Per una nuova alleanza tra urbano e rurale, pp. 68-83. Quaderni del Territorio. Corrado, Federica (2020). “Riannodare i fili tra città e montagna”, Il Mulino, nº6, pp. 963-969. De las Rivas Sanz, Juan Luis (2006). “El paisaje como regla: el perfil ecológico de la planificación espacial”, en Castrillo Romón, María & González- Aragón Castellanos, Jorge -coords.- Planificación territorial y urbana: investigaciones recientes en México y España, pp. 11-36. Valladolid: Universidad de Valladolid, Instituto Universitario de Urbanística, y Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, División de Ciencias y Artes para el Diseño. De las Rivas Sanz, Juan Luis (2022). Paisajes menores. Patrimonio territorial y medio rural: una trayectoria investigadora. Valladolid: Instituto Universitario de Urbanística de la Universidad de Valladolid. Handle: https://uvadoc.uva.es/handle/10324/54938 De las Rivas Sanz, Juan Luis; Castrillo-Romón, María A., Fernández-Maroto, Miguel & Jiménez-Jiménez, Marina (2022). “Morfología de los paisajes tradicionales en la España interior: potencialidad de lo rural construido para un futuro más sostenible”, Ciudad y Territorio Estudios Territoriales, vol. LIV, nºMonográfico 2022, pp. 179-204. DOI: https:// doi.org/10.37230/CyTET.2022.M22.8 Dezio, Catherine (2020). “Restart from resources. Rural heritage as Antifragile Territorial Capital”, Valori e Valutazioni, nº24, pp. 209-217. Dezio, Catherine & Paris, Mario (2022). “Designing Food Landscape in the 15- Min Post-covid City. Imagining a New Scenario for Low-Density Spaces in Metropolitan Areas”, en Calabrò, Francesco; Della Spina, Lucia & Piñeira
23 1. paisajes activos: un cambio de paradigma necesario para construir escenarios de oportunidad Mantiñán, María José -eds.-, New Metropolitan Perspectives. Post COVID Dynamics: Green and Digital Transition, between Metropolitan and Return to Villages Perspectives. Springer Cham. Dezio, Catherine & Paris, Mario (en prensa). “Three case studies of landscape design project of marginal contexts. An antifragile opportunity for integrated food governance in a post covid perspective”, Cities. Ferlinghetti, Renato (2019). “Paesaggi minimi: tra riconciliazione ecologica e salvaguardia dell’armatura territoriale”, en Casti, Emanuela -ed.- La geografia a Bergamo. Nuove sfide per l’analisi territoriale e il mapping. Roma: A. Gei. Forman, Richard T. T. (1995). Land mosaics: The ecology of landscapes and regions. Cambridge: Cambridge University Press. Frank, Kathryn I. & Hibbard, Michael (2019). “Production, consumption, and protection. The multifunctional transition in rural planning”, en Scott, Mark; Gallent, Nick & Gkartzios, Menelaos -ed.- The Routledge Companion to Rural Planning, pp. 469-484. Nueva York-Londres: Routledge. Graham, Steve & Marvin, Simon (2001). Splintering Urbanism. Networked Infractructures, Technoloical Moblilities and the Urban condition. Londres: Routledge. Holmes, John (2006). “Impulses towards a multifunctional transition in rural Australia: Gaps in the research agenda”, Journal of Rural Studies, vol. 22, nº2, pp. 142-160. DOI: https://doi.org/10.1016/j.jrurstud.2005.08.006 McCarthy, James (2005). “Scale, Sovereignty, and Strategy in Environmental Governance”, Anti-pode, vol. 37, nº4, pp. 731-753. DOI: https://doi. org/10.1111/j.0066-4812.2005.00523.x OCDE (2006). The New Rural Paradigm: Policies and Governance. París: OECD Publishing. DOI: https://doi.org/10.1787/9789264023918-en OCDE (2016). A New Rural Development Paradigm for the 21st Century: A Toolkit for Developing Countries. París: OECD Publishing. DOI: https:// doi.org/10.1787/9789264252271-en Rey Benayas, José María; Martins, Ana; Nicolau, José María & Schulz, Jennifer J. (2007). “Abandonment of agricultural land: an overview of drivers and consequences”, CABI Reviews: Perspectives in Agriculture, Veterinary Science, Nutrition and Natural Resources, nº57, pp. 1-14.
24 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional Shannon, Kelly (2006). “From theory to resistance: landscape urbanism in Europe”, en Waldheim, Charles -coord.- The landscape urbanism reader, pp. 141-161. Nueva York: Princeton Architectural Press. Walker, Richard (1994). Edgy cities, technoblurbs and simulcrumbs: Depthless utopias and dystopias on the sub-urban Fringe. Los Ángeles: University of California.
Al final de su vida, en 1985, Fernand Braudel participó en los encuentros del Centro de Chateauvallon, accesibles en Una lección de Historia (Braudel, 1994). Allí, entre diferentes controversias, el gran historiador recuerda una idea que ya había expresado en otras ocasiones y que también recogerá en L’identité de la France: espace et histoire (Braudel, 1986): “une Europe sans paysans, cela ne s’est jamais vu!”. Más allá del riesgo que, como indicaba el propio Braudel, significaba el desmantelamiento de las culturas tradicionales, lo verdaderamente nuevo es una Europa sin campesinos. Pero hoy, al decir esto, ¿a qué nos referimos? Figura 1. Villacreces, despoblado de Tierra de Campos, en el municipio de Santervás (Valladolid). Fuente: Juan Luis de las Rivas 2. paisajes activos: ¿una europa sin campesinos? Juan Luis de las Rivas Sanz Universidad de Valladolid (Instituto Universitario de Urbanística) ORCID: http://orcid.org/0000-0002-1235-1292 [email protected]
32 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional como fuente de valores. Se configura así un entorno intelectual que observa la ciudad como origen del mal y contempla el campo, tan cerca de la Naturaleza, como raíz del bien, real o potencial. Raymond Williams en El Campo y la Ciudad (Williams, 1973) reaccionaba para señalar las ambigüedades de este relato en un análisis que trasciende la cultura literaria inglesa, a partir del Renacimiento, en la que se concentra. Para Williams, el contraste entre un campo idealizado y la ciudad decadente es un síntoma de la crisis de la experiencia moderna. Un contraste que enfatiza el oportunamente mal traducido título de la famosa novela de Thomas Hardy, Lejos del mundanal ruido (Far from the Madding Crowd, 1874). Mundanal debería ser frenético o enloquecedor (madding), y ruido debería ser muchedumbre (crowd)5, lejos de la masa enloquecida. Hardy compartía la idealización de la vida campesina, a la vez atractiva y trágica, con autores tan conocidos como Dickens, Conan Doyle o Austen, que proyectaron en lo rural un ideario de vida auténtica. Visión urbano-romántica del universo campesino que Williams piensa desviada, en cuanto ofrece una mirada del campo “sin dolor”, de lo rural “siempre en domingo”. Pero esta idealización permanece. Así, en la historia del urbanismo contemporáneo ha habido una constante voluntad de resolver la dualidad campo-ciudad alejándose de una ciudad hiperdensa y congestionada. Ello ya estaba presente en el pionero lema de Cerdá, “rurizad lo urbano: urbanizad lo rural”, que se incluía como epígrafe en la portada su Teoría General de la Urbanización (Cerdà, 1867), o en el binomio ciudad-campo de Howard, nuevo imán de la Ciudad Jardín destinado a sustituir a los tradicionales de 5 Entre los males de la ciudad sobresale la congestión, la densidad insana. Más allá del higienismo inicial, el urbanista que buscaba sol, aire y paisaje, agua y verdor, lo encontró en el campo. Elocuente fue el temprano texto Nothing Gained by Overcrowding: How the Garden City Type of Development May Benefit Both Owner and Occupier, de Raymond Unwin (1912). “Crowded”, “overcrowded”, son atributos negativos de lo urbano que, como es obvio, en el campo se disuelven. Figura 5. Lo rural en la pintura del Renacimiento: “Madonna del Prato”, Giovanni Bellini, 1500; “La cosecha”, Pieter Brueghel el Viejo, 1565.
33 2. paisajes activos: ¿una europa sin campesinos? la ciudad o del campo aislados (Howard, 1902). Con una mirada incisiva, Patrick Geddes describía en The Valley Section (1909) la unidad territorial que realiza el trabajo, con los oficios en los que interaccionan campo (agricultor, pastor, leñador…) y ciudad (panadero, carnicero, carpintero…) en un mundo unificado. Mientras tanto, lo urbano se expande, el éxodo rural se consolida, la urbanización emerge sobre los campos de cultivo como la última cosecha, y lo rural se confunde, poco a poco, en las narrativas de la etnografía y del paisaje cultural. Porque lo urbano ha invadido lo rural en la medida en que ha invadido sus formas de vida. No existe una sociedad rural ajena a lo que lo urbano significa en la práctica. Todo ello con contradicciones. Lo vemos en una figura relevante de la arquitectura como Frank Lloyd Wright. Su crítica permanente a la ciudad vivía en contradicción permanente con los beneficios que el arquitecto obtenía de ciudad misma. Más allá de sus convicciones comunitarias en torno al buen usoniano, y también a pesar de su admiración, Wright habitaba un espacio muy lejano de la cabaña de Henry David Thoreau. Tan lejano como la Sweet Promised Land, el mundo rural soñado de un vasco de Idaho (Laxalt, 2000). La nostalgia de lo rural se mezcla hoy con las ilusiones que rodean a la naturaleza. Pero, más allá del interés por revalorizar su dimensión antropológica o de intensificar el estudio etnográfico, lo rural conserva una ventaja: su condición de espacio. Lo rural es lugar y paisaje, un amplio espacio que pertenece a un habitar resistente y, a la vez, parece necesitar ser re-inventado. Insisto, es la espacialidad propia de lo rural, su condición tanto de paisaje real como de paisaje potencial, la que garantiza su atractivo. ¿paisajes activos? Lo rural versus lo agrario Luis Santos Ganges, en pleno debate sobre el medio rural más frágil, hizo una observación que sigue exigiendo reflexión: no deberíamos confundir lo rural con lo agrario. Lo que parece evidente no lo es. Visitando, un fin de semana de hace apenas hace unos meses, la comarca de los Montes Torozos, territorio cercano a Valladolid, verifiqué el contraste entre un campo y un monte perfectamente mantenidos, un paisaje productivo bien conservado, y unos pueblos casi vacíos, con gran cantidad de edificaciones abandonadas. Lo agrario funciona, a veces mantenido por unos pobladores que quizás viven en la ciudad, el territorio está vivo en cuanto espacio productivo y, sin embargo, los pueblos no tanto. La población ocupada vinculada a actividades de agricultura, ganadería, silvicultura y pesca es en Castilla y León de unas 65.145 personas (Encuesta de población activa del 4º trimestre de 2021), que se corresponden con el
34 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional 6,6% del total, mientras que en España es el 4,2% en el mismo periodo6. Este porcentaje mayor matiza el perfil de la economía regional. Sin embargo, estamos hablando de un grupo reducido de población: el 70,7% trabaja en el sector servicios, el 16% en la industria y el 6,7% en la construcción. La realidad es que el sector primario es hoy un sector dinámico, con problemas estructurales en algunos de sus sistemas, pero en el que hay innovación y capacidad. En contraste, como fuente de empleo es limitado. En los pequeños municipios, en particular en las cabeceras de comarca, el trabajo en el sector servicios es mucho más relevante, en gran medida sostenido por el empleo público. Por ello son los servicios privados, la industria y también la construcción los que caracterizan su dinamismo. En este sentido, entre los riesgos a los que lo rural está hoy sometido está la hegemonía de enfoques asociados al patrimonio cultural. Siendo imprescindible, el trabajo del historiador, del antropólogo y del etnógrafo no conduce, como resultado mágico, ni a la conservación ni a la “recuperación” de lo perdido. Es verdad que pensar la cultura rural como lo que está “a punto de desaparecer” ha beneficiado tanto su estudio como la toma de conciencia general sobre su valor. Sin discutir esto, la variable patrimonial, por sí sola, no puede reconducir lo rural ni afectar con relevancia la tendencia demográfica. La experiencia de cuarenta años de trabajo dirigido desde las Comunidades Autónomas (el Estatuto de Autonomía de Castilla y León es de 1983) habría de ser elocuente en ello. ¿Lo rural debe ser conservado o reactivado? Es la pregunta que se hacía el urbanista Alberto Magnaghi, 6 Insistiré en no confundir lo rural con lo agrario, hoy muy dependiente de políticas concretas, entre las que destaca la PAC. El número de beneficiaros del pago básico de la PAC de Castilla y León en 2019 es del 10,2% del total de España (unos 67.510), aunque la región concentró casi el 23% del total del número de derechos. Sin embargo, por importe de derechos definitivos de pago básico, Andalucía concentró en 2019 el 30,68% del total, seguido de Castilla y León con el 17,85%, que se corresponden con una transferencia de unos 506 millones de euros. Figura 6. Castilla y León, dos caras de una moneda: porcentaje por municipio de superficies forestales y de dehesas, y de superficie de cultivos. Fuente: IUU_Lab (Juan Luis de las Rivas y Enrique Rodrigo), 2020.
35 2. paisajes activos: ¿una europa sin campesinos? preocupado por una conservación del medio rural que es destructiva cuando ignora a sus actores (Magnaghi, 2000). Cuando hablamos de paisajes activos no nos referimos a los tiempos de la geología. Es el ser humano el que, activa o pasivamente, activa el territorio. Magnaghi lleva años defendiendo que el desarrollo local, fundado en un proyecto propio dotado de autonomía; es un proyecto estratégico en Europa (Magnaghi, 1990). Debería orientarse a la “transformación ecológica de los asentamientos” pero sería un error confundir la historia con su interpretación evolutiva. Siguiendo a Carta, Magnaghi destaca que la estructura que identifica un lugar cambia como cambia la propia civilización. Reconocer las invariantes del paisaje no conduce a interpretaciones unívocas o deterministas. La simbiosis entre el ser humano y su entorno es un complejo cambiante de procesos y resultados (Magnaghi, 2005; Carta, 1999). En el otro extremo está la visión puramente extractiva del medio rural, presente en gran parte de la economía agraria o minera, que hoy se está evidenciando en la eclosión de proyectos de energía solar fotovoltaica, tras la invasión ya consumada de los parques eólicos. En el medio rural se “cosecha” viento, sol, agua, etc. desde intereses que poco tienen que ver con su entorno inmediato, con proyectos promovidos muchas veces sin reglas claras y sin beneficiar el desarrollo de los municipios en los que se instalan, más allá de algún aumento de ingresos fiscales. Figura 7. Localización de proyectos de energía solar alrededor de la población de Herrera de Pisuerga en Palencia. Aunque no todos se desarrollen, el impacto es inmenso e imprevisible. Fuente: PLANZ, 2020.
36 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional Un medio rural interpretado como “reserva” de valores va a someterse, sin remedio, a los intereses urbanos. Una lógica puramente extractiva, dirigida desde los grandes centros de poder, esquilma el territorio a medio plazo. Las visiones patrimonialista y extractiva solo pueden ser corregidas en su convivencia con un proyecto local fuerte y viable que facilite una administración responsable de los recursos del territorio en colaboración con sus pobladores. Un punto de estabilidad es el propio territorio, al que se accede en cuanto paisaje. Ello necesita la confluencia de una interpretación dinámica de la propia identidad local, del arraigo en la singularidad ecológica del medio, comprendido como biorregión (Magnaghi, 2014) o hábitat. Desde una perspectiva colaborativa parece viable la promoción de una administración responsable de los recursos locales, entendidos como bienes comunes para avanzar en una inteligencia correcta de la multifuncionalidad que caracteriza al territorio (Mata & Ferrer-Jiménez, 2021). El resultado es pensar en el medio rural como en un ecosistema local innovador. El contexto lo favorece en la medida que ya está favoreciendo una redefinición profunda de lo rural y, en consecuencia, un reajuste de su potencial. Lo rural se renueva en el contraste con una globalización desarraigada y homogeneizadora (Horlings & Marsden, 2014), reaccionando selectivamente contra su interpretación idílica, gracias a las ventajas que el propio medio rural puede ofrecer (Shucksmith, 2018). Pero también por su capacidad para configurar un hábitat más resiliente (Adam-Hernández & Harteisen, 2019), reinterpretando los entornos construidos tradicionales. Para ello es también necesaria una adaptación de la planificación espacial en el medio rural a las nuevas condiciones, como ya está teniendo lugar en otros países, tanto en el plano conceptual como en el práctico (Scott, Gallent & Gkartzios, 2019). Como arquitectos, que pensamos en el habitar desde la perspectiva espacial, sabemos que vivimos en una coyuntura que no va a dejar de ser incierta y variable, la habitual en una sociedad diversa, dinámica y plural. Tampoco sabemos anticipar en qué medida lo que ya existe es imprescindible para un proyecto local útil, para una nueva ruralidad. Pero hay algunas dimensiones de este proyecto local que pueden interesar: • Su dimensión paisajística, entendiendo el paisaje como cultura y recurso capaz de dotarlo de estabilidad territorial, tanto en sus condiciones intrínsecas, geográficas, como por sus potencialidades de mejora. • Su dimensión ecosistémica, en un contexto de adaptación y resiliencia frente al cambio climático, superando la simple re-naturalización con una lectura integrada del metabolismo urbano-rural donde la planificación espacial sea útil.
37 2. paisajes activos: ¿una europa sin campesinos? • Su dimensión colaborativa, en un territorio capaz de administrar con responsabilidad los bienes comunes. • Su dimensión innovadora en cuanto arquitectura, capaz de revitalizar la Baukultur tradicional y de detectar las potencialidades tipológicas y programáticas de lo local como hábitat de futuro. Lo rural futuro no debería pensarse como hábitat subsidiario de lo urbano, sino profundamente imbricado. Si pensamos en una mayor simbiosis entre lo artificial y lo natural, es el territorio en su conjunto lo que está en juego. Lo rural y lo urbano como ecosistema en una transición que va a depender del ajuste de las relaciones escalares que van de lo local al territorio, y de las acciones que articulen el hábitat privado y el comunitario, tanto del barrio a la ciudad como del pueblo a la comarca7, con un modelo de gobernanza donde lo administrativo no sea una traba permanente. referencias bibliográficas Adam-Hernández, Alistair & Harteisen, Ulrich (2019). “A Proposed Framework for Rural Resilience. How can peripheral village communities in Europe shape change?”, AGER, vol. 28, pp. 7-42. DOI: https://doi.org/10.4422/ ager.2019.05 Braudel, Fernand (1986). L’identité de la France: espace et histoire. París: Arthaud. Braudel, Fernand (1994). Una lección de Historia. Barcelona: Mondadori. Brenner, Neil -ed.- (2013). Implosions/Explosions. Towards a study of planetary urbanization. Berlin: Jovis. Burdett, Ricky (2010). The Endless City. Londres: Phaidon. Carta, Maurizio (1999). L’armatura culturale del Territorio. Il patrimonio culturale come matrice di identità e strumento per lo sviluppo. Milán: Franco Angeli. Cerdà, Ildefonso (1867). Teoría general de la urbanización y aplicación de sus principios y doctrinas a la reforma y ensanche de Barcelona (Tomo I). Madrid: Imprenta Española. 7 En la investigación reciente y, en general, en nuestra experiencia de trabajo en ordenación del territorio, sobresale un resultado conclusivo claro: sólo desde su dimensión comarcal lo rural alcanza la escala y el relieve que facilita la acción a medio-largo plazo. Los municipios menores aislados de la España interior, más allá de circunstancias excepcionales, carecen de la capacidad de actuación mínima necesaria para cualquier transformación relevante.
38 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional Collantes, Fernando & Pinilla, Vicente (2019). ¿Lugares que no importan? La despoblación de la España rural desde 1900 hasta el presente. Zaragoza: Prensas de la Universidad de Zaragoza. Corbin, Alain (1993). El territorio del vacío. Occidente y la invención de la playa (1750-1840). Barcelona: Mondadori. Del Molino, Sergio (2016). La España vacía. Viaje por un país que nunca fue. Madrid: Turner. Guiu Aguilar, Víctor (2019). Lo rural ha muerto, viva lo rural: Otro puñetero libro sobre la despoblación. Teruel: Dobleuve Comunicación. Hernández, Abel (2022). Historias de la Alcarama. Logroño: Pepitas de la Calabaza (Ed. original: 2008). Horlings, Lummina G. & Marsden, Terry K. (2014). “Exploring the ‘New Rural Paradigm’ in Europe: Eco-economic strategies as a counterforce to the global competitiveness agenda”, European Urban and Regional Studies, vol. 21, nº 1, pp. 4-20. DOI: https://doi.org/10.1177/0969776412441934 Howard, Ebenezer (1902). Garden Cities of To-morrow. Londres: Swann Sonnenschein & Co. Indovina, Francesco (2003). “La metropolizzazione del territorio. Nuove gerarchie territorial”, Economia e Società Regionale, vol. 21, nº 3/4, pp. 46-85. Laxalt, Robert (2000). Dulce tierra prometida. San Sebastián: Editorial Ttarttalo (Ed. original: 1957). Lefebvre, Henri (1970). La Révolution urbaine. París: Gallimard. Magnaghi, Alberto (1990). Il territorio dell’abitare. Lo sviluppo locale come alternativa strategica. Milán: Franco Angelli. Magnaghi, Alberto -ed.- (2000). Il Progetto locale. Turín: Bollati Bolinghieri. Magnaghi, Alberto (2005). The Urban Village: A Charter for Democracy and Local Self-Sustainable Development. Londres: Zed Books. Magnaghi, Alberto (2014). La biorégion urbaine: petit traité sur le territoire bien commun. París: Eterotopia. Mata Olmo, Rafael & Ferrer-Jiménez, Daniel (2021). “La protección, gestión y mejora del paisaje en España. Estudio comparado”, Ciudad y Territorio Estudios Territoriales, vol. LIII, nº207, pp. 189-214. DOI: https://doi. org/10.37230/CyTET.2021.207.12
39 2. paisajes activos: ¿una europa sin campesinos? Scott, Mark; Gallent, Nick & Gkartzios, Menelaos -ed.- (2019). The Routledge Companion to Rural Planning. Nueva York-Londres: Routledge. DOI: https://doi.org/10.4324/9781315102375 Sevilla-Buitrago, Alvaro (2013). “Urbs in rure: historical enclosure and the extended urbanization of the countryside”, en Brenner, Neil -ed.-, Implosions/Explosions. Towards a study of planetary urbanization, pp. 236-259. Berlin: Jovis. Shucksmith, Mark (2018). “Re-imagining the rural: from rural idyll to good countryside”, Journal of Rural Studies, vol. 59, pp. 163-172. DOI: https:// doi.org/10.1016/j.jrurstud.2016.07.019 Soja, Edward W. (2016). “Regional urbanization and the end of the metropolis era”, en Nel·lo, Oriol & Mele, Renata -ed.-, Cities in the 21st Century, pp. 41-56. Nueva York: Routledge. Terán, Manuel de (1968). Geografía regional de España. Barcelona: Ariel. White, Morton & White, Lucia (1962). The Intellectual Versus the City: from Thomas Jefferson to Frank Lloyd Wright. Cambridge: Harvard University Press. Williams, Raymond (1973). The Country and the City. Londres: Chatto, Windus & Spokesman.
MIRADAS
48 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional señalar, aunque sea a través de una evidente generalización, cómo este patrimonio era sostenido y mantenido activo, económica y funcionalmente, por los estamentos señalados, la nobleza y el clero, y también por las propias poblaciones locales, bien fueran estas villas o aldeas. Tanto los unos como las otras articularon medios propios y específicos para el mantenimiento de este patrimonio (incluso cuando, como sabemos, aún no existiera este concepto como tal) y lo hacían empujados por motivaciones diversas, como la utilidad práctica —económico-funcional o lúdica— de este patrimonio, el mantenimiento de ritos, costumbres o tradiciones populares o bien llevados por el prestigio y la celebridad que aportaban la transmisión o el acrecentamiento del legado recibido en herencia a través del linaje (Figura 2). la escisión entre patrimonio rural y patrimonio urbano La quiebra del mundo preindustrial y el fin de la sociedad estamental provocaron la escisión entre el patrimonio rural y el patrimonio urbano, pues fue a partir de entonces cuando se hizo evidente la fractura entre la sociedad rural y la sociedad urbana. Si nos situamos de nuevo en el ámbito restringido de las investigaciones artísticas, es entonces cuando los historiadores del arte, de modo consciente o inconsciente, pero en cualquier caso de manera muy significativa, diferenciaron entre estos dos ámbitos y comenzaron a hablar, como antes apuntábamos, de un “arte rural” y un “arte urbano”. La caída del Antiguo Régimen supuso, entre otras muchas cosas, el tránsito hacia una sociedad de carácter liberal y de vocación urbana. Es cierto que, en algunas zonas de Europa, como es el caso de las regiones meridionales, la debilidad de las revoluciones liberales llevó a que el Antiguo Régimen fuera más resistente y a que se mantuvieran con mayor ahínco determinados aspectos del pasado a través de pactos entre fuerzas sociales. En cualquier caso, el medio rural fue cada vez más arrinconado, en primer lugar, física y demográficamente, Figura 2. Piero di Cosimo. Construcción de un palacio (1515-1520). Fuente: Ringling Museum of Art, Sarasola.
49 3. el patrimonio cultural en el medio rural: conceptos, problemas y encrucijadas pues las potencialidades económicas situaron al comercio y a la industria en torno a los núcleos urbanos que crecieron exponencialmente, pero también, y lo que quizás es más importante, esta transformación de la cultura y de las mentalidades tendió a relegar al mundo rural fuera del progreso y el campo comenzó a ser visto cada vez con más frecuencia como un lastre o un residuo de otros tiempos. En sintonía con este proceso y de modo paralelo y a la vez entrecruzado, emergía el concepto de patrimonio cultural que, como es sabido, es asimismo un producto de la contemporaneidad. Y este concepto nuevo se difundía y desarrollaba en la doble esfera del patrimonio culto y la cultura popular. La misma burguesía romántica que definió al patrimonio nacional y lo identificó condensado en aquellas “excelsas” creaciones artísticas y monumentales, también se interesó en recopilar las manifestaciones de las culturas populares relacionadas con la tradición oral, las costumbres y ritos, danzas y músicas, los relatos y leyendas populares que pervivían en un mundo rural cada vez más acosado por la industrialización y marcado por la acentuación de las fracturas entre pasado y presente, entre lo tradicional y lo moderno, entre lo local y lo universal, entre un mundo rural y un mundo urbano, en definitiva. El patrimonio rural popular surgía así del dominio e imposición de la cultura urbana y se reconocía como producto de una cultura, unas costumbres, unos modos de vida que estaban siendo abandonados, olvidados y en trance de extinción. También entonces, y como proceso derivado de esta escisión, se pusieron en crisis los sistemas de conservación, mantenimiento y transmisión de este patrimonio que hemos apuntado más arriba. En este contexto del tránsito de una sociedad rural a otra urbana, sí que se han estudiado con cierta profundidad y alcance los efectos que las desamortizaciones tuvieron para el patrimonio religioso. Numerosos estudios regionales, locales o monográficos han documentado y evaluado con detenimiento el impacto que este proceso acarreó a numerosos bienes culturales. La ruptura de los procesos tradicionales de mantenimiento y transmisión de este patrimonio, como consecuencia de la mengua de las rentas eclesiásticas y de la caída del régimen señorial, sabemos que produjo el abandono y ruina de numerosos monasterios y conventos desamortizados, así como también, más tarde, de algunos palacios y residencias señoriales situadas en núcleos rurales y de las explotaciones agrarias con ellos relacionadas. Este impacto fue especialmente acusado en inmuebles que resultaron emplazados en el ámbito rural. Estos dejaron de ser centros de control de la producción agraria y ganadera y la vieja aristocracia o la nueva burguesía suplantó a los monjes, pero pocas veces se ocupó de la conservación de los antiguos conventos desamortizados, muchos de los cuales languidecieron o se arruinaron (Figura 3). Los edificios desamortizados y situados en el medio urbano también fueron abandonados por muchas de sus comunidades y asimismo experimentaron
50 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional procesos de abandono o de reutilización inadecuada; pero hay que decir que estos pasaron a revalorizarse más rápidamente, en primer lugar, por su naturaleza crematística de inmuebles situados en los cascos históricos y, simultáneamente, por sus valores culturales, tal y como reclamaban las comisiones de monumentos y la naciente administración cultural. A pesar de las importantes consecuencias que este proceso desamortizador revistió para el futuro del patrimonio cultural situado en las áreas rurales, no hay que perder de vista que hemos de considerarlo, sin embargo, como un rasgo más del desmantelamiento de las estructuras tradicionales que rigieron durante siglos el mundo rural. No es casual que, en medio de este trascendental proceso histórico, surgiera la disciplina de la conservación del patrimonio cultural que, como vemos, tuvo que hacer frente de modo simultáneo a dos grandes amenazas: por una parte, a la amenaza del abandono y la ruina del patrimonio cultural situado en el medio rural y, por otro lado, a los peligros de la especulación del patrimonio ubicado en los núcleos urbanos en constante transformación y crecimiento. El patrimonio rural, un patrimonio visto desde la mirada urbana La consideración del patrimonio cultural en el medio rural ha arrastrado siempre el peso de una visión realizada, por lo general, desde el medio urbano. Esta cultura de dominio de lo urbano se ha apoderado durante mucho tiempo de la representación de lo rural. El medio rural ha sido visto con frecuencia como un reducto de atraso y fracaso. Pero hay que decir que, en otras tantas ocasiones, el universo rural también se ha representado a Figura 3. Ruinas del monasterio cisterciense de Santa María de Óvila, Trillo, Guadalajara, (1931), parcialmente trasladado a la abadía de New Clarivaux, San Francisco, tras su venta a William Randolph Hearst
51 3. el patrimonio cultural en el medio rural: conceptos, problemas y encrucijadas través de la imagen nostálgica y evocadora de un mundo incontaminado, generando así una estampa idealizada y paternalista, lo que no ha sido menos peligroso por la visión distorsionada que conlleva. En medio de esta disyuntiva, podemos preguntarnos sobre cómo se ha atendido al patrimonio cultural del medio rural dentro de este contexto de predominio urbano. Y si a esta amplia pregunta quisiéramos otorgar una respuesta igualmente genérica, quizá deberíamos decir que los medios de conservación de este patrimonio cultural ubicado en el medio rural habitualmente se han proporcionado desde el ámbito urbano, en una clara supeditación del mundo rural respecto a la cultura urbana de la conservación. Las oficinas técnicas han formalizado los proyectos de conservación y/o restauración de los bienes culturales situados en el medio rural casi siempre con los mismos métodos e instrumentos que si se tratara de un bien cultural ubicado en el medio urbano (Figura 4). Incluso las empresas adjudicatarias por lo general se han desplazado desde las ciudades y, una vez realizado el trabajo, la empresa y sus operarios desaparecen. Es evidente que este modelo “asistencial” de tratar el patrimonio rural desde el mundo urbano tiene unas limitaciones. A pesar de la importancia de las actuaciones llevadas a cabo, casi todas ellas financiadas y promovidas por las administraciones públicas, hay que decir que, con estos métodos y procedimientos, generalmente solo se llega a paliar el deterioro físico inmediato del patrimonio cultural. Pero no se atajan las raíces estructurales de este deterioro, puesto que no se ha creado una infraestructura de mantenimiento especialmente pensada para las áreas y núcleos rurales que tenga en cuenta la dispersión y fragilidad de las estructuras demográficas y sociales del medio rural. Ni tampoco, desde luego, se ha fomentado una cultura de la conservación propia y específica para el medio rural que cuente con las particularidades de este patrimonio y con las singularidades de su medio social, cultural y económico. También han sido escasas, al menos hasta tiempos recientes, las estimaciones acerca de las posibilidades de reutilización de este patrimonio situado en el medio rural o planteamientos para la búsqueda eficaz de alianzas locales y/o comarcales que, bien estructuradas, logren implicar activamente a las comunidades con su patrimonio. Quizás la más importante reflexión que debiéramos realizar sería aquella que se oriente a poner en evidencia que el patrimonio cultural rural debe ser considerado, evaluado y atendido dentro de las estructuras, retos y posibilidades que presenta el mundo rural actual; o, dicho de otro modo, este desafío podría condensarse en la necesidad de invertir la mirada del mundo rural, esto es, en tratar de no observar al mundo rural desde fuera, sino más bien intentar verlo, por el contrario, desde dentro del propio universo rural y su sistema de valores.
52 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional El medio rural en el ámbito occidental: ¿existe el patrimonio rural? Pero no cabe duda de que el medio rural ha cambiado radicalmente. Si bien es cierto que el medio rural tradicional está todavía presente en áreas geográficas muy extensas del planeta, especialmente en América Latina, Asia o África, hay que señalar que en el mundo occidental hace tiempo que este medio se ha transformado en profundidad y hoy muchas veces no están claros los límites entre lo urbano y lo rural. Ello es debido, en primer lugar, a la expansión del modo de vida urbano que ha invadido el ámbito rural; pero también, desde luego, a otro cúmulo de factores, entre los que podríamos mencionar, por ejemplo, la restructuración del sector primario, la proliferación de modelos de hábitat de baja densidad, la descentralización y la separación de funciones y relaciones, la aparición de nuevas formas de gobernanza local que fortalecen las relaciones entre el lugar y la comunidad, la emergencia de centros de estudios locales y comarcales, el afán de búsqueda de la naturaleza por parte de la ciudad o incluso la voluntad de reencuentro con el lugar y la revalorización de las culturas locales y de los paisajes singulares y auténticos por numerosos estratos de la población. Si nos adentramos en los ámbitos de la sociología y la geografía comprobaremos cómo, en efecto, cada Figura 4. Restauración de la iglesia de San Salvador de Cantamuda, Palencia (2010). Fuente: Junta de Castilla y León.
53 3. el patrimonio cultural en el medio rural: conceptos, problemas y encrucijadas vez resultan más difuminados los límites entre la sociedad urbana y la rural y más bien se habla de un continuum entre ambas, como han señalado algunos autores desde hace tiempo (Sorokin & Zimmerman, 1929; Ceña Delgado, 1992); incluso se han señalado nuevos escenarios físicos y territoriales derivados del proceso de “contraurbanización” que, por ejemplo, han sido definidos con precisión a partir de la plasmación y caracterización de seis espacios que muestran cómo de difusas y complejas son hoy las fronteras de demarcación entre los límites urbanos y rurales; estos seis escenarios, una vez sistematizados, son los siguientes (Cardoso & Fritschy, 2012): 1) el espacio propiamente urbano caracterizado por un uso intensivo del suelo para edificaciones e infraestructuras de transporte; 2) el espacio periurbano presente como espacio discontinuo que puede presentar suelo destinado a actividades agrícolas y con una débil presencia de servicios y equipamientos; 3) los espacios rururbanos compuestos de un estrato semiurbano con vocación industrial y de servicios descentralizados; 4) el espacio semi-rural urbanizado; 5) las áreas rurales con marcada influencia urbana; y 6) las zonas rurales marginales con predominio de la actividad agrícola y, más allá, las zonas de reserva forestal. Pero sobre estos espacios bien definidos y caracterizados se extiende el manto las situaciones espaciales de carácter aún más impreciso o indefinido que son resultado de la implantación de la llamada “ciudad difusa” o “metaciudad”, producto de esa urbanización que se expande por el territorio y que surge como acumulación e hibridación de fragmentos urbanos y de antiguos espacios rurales que dan paso a una nueva situación caracterizada por la presencia de “espacios urbanos fluidos, constantemente cambiantes y fluctuantes”; esto es, “frente a la discontinuidad de antes, surge la continuidad magmática de hoy” (Esteban Penelas, 2005: 151) (Figura 5). Un caso extremo pero muy significativo sería Los Ángeles, una ciudad o más bien una “heterópolis”, según Jenks, constituida por acumulaciones, continuidades y discontinuidades en las que la diferenciación urbano-rural pierde totalmente su sentido, tanto conceptual como operativo. La relación rural-urbano deja de verse de este modo como oposición o incluso como subordinación del mundo rural respecto al urbano y, como vemos, entra en una cadena causal de interdependencias. La diferencia entre ambos universos antes reposaba en el concepto y manejo de la tierra. Pero el propio campo se ha mecanizado y las labores agrícolas y ganaderas adquieren cada vez más la forma de factorías o grandes explotaciones, con las polémicas entre las que se ven envueltas las llamadas “macrogranjas”. En consecuencia, los modos de vida también han variado en las áreas rurales. Las infraestructuras de comunicación se han desarrollado también en estos ámbitos y los núcleos de población rurales también se conectan entre sí y entran en situación de interdependencia, de manera que se desvanece el concepto tradicional de aldea y los pueblos desarrollan un modo de vida cada
54 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional vez más semejante al de las urbanizaciones de las áreas metropolitanas de las grandes ciudades debido a esta incontenible expansión de las formas de vida urbanas. Hoy, como vemos, se borran las diferencias campo-ciudad y existe un vacío, a veces una herida o una ruptura. La confrontación ya no es tanto entre mundo urbano y mundo rural, sino más bien entre mundo urbanizado y mundo natural. Y al mismo tiempo, de todo ello precisamente surgen nuevas situaciones que indican la apertura de nuevos horizontes para el campo. Por un lado, se ha producido un proceso de desagrarización del mundo rural a la vez que se han reestructurado los procesos productivos en la agricultura, como acabamos de señalar; y, por otra parte, los desarrollos en el campo de las telecomunicaciones —con la tele-asistencia, la difusión de los medios de comunicación de masas o el recreo lúdico a distancia— han transformado el tradicional “aislamiento” rural, a la vez que se advierte un desplazamiento hacia las áreas rurales de nuevos contingentes de población, especialmente de jóvenes o de migrantes procedentes de otros ámbitos espaciales y culturales, que acuden al campo en busca de un proyecto de vida alternativo. Frente al proceso expansivo e invasivo de la vida urbana que, como decimos, tiende a difuminar la dicotomía campo-ciudad, en estas nuevas dinámicas sociales quizá se trata de ofrecer alguna resistencia antiexpansiva, anticonsumista, antindividualista, etc. que se opone no tanto a la ciudad como a las consecuencias sociales de su expansión a escala metropolitana. Este Figura 5. Sprawl. Desarrollo suburbano en Milton, Ontario. Fuente: Licencia Creative Commons.
55 3. el patrimonio cultural en el medio rural: conceptos, problemas y encrucijadas fenómeno conecta en cierto modo con aquel otro movimiento de los años setenta y ochenta que reocupó pequeñas aldeas o pueblos abandonados, las llamadas “ecoaldeas”, cuya recuperación se entrelazó con criterios éticos y de compromiso medioambiental sustentados en la “permacultura”, sistema sostenible que buscaba la integración armónica entre la vivienda y el paisaje, con ahorro de materiales y reducción de desechos. Tanquián de Sober de Patón en Lugo o Lugar de Xestas en Porto do Son en La Coruña fueron dos ecoaldeas pioneras en este proceso de recuperación iniciado en los años setenta entre las casi dos mil aldeas abandonadas de Galicia. Otra de las experiencias más conocidas fue asimismo la ecoaldea de Matavenero, que fue repoblada por miembros del movimiento Arco Iris en 1989 sobre los pueblos arruinados de Matavenero y Poinuevo, aldeas situadas en un remoto valle del Bierzo a mil metros de altitud. La recuperación de Matavenero se hizo primero en tiendas de campaña y luego en “tipis”, para pasar a acometerse posteriormente la rehabilitación de las viviendas rurales, todo ello dentro de un sistema de autogestión, agricultura ecológica, aprovechamiento de recursos y filosofía de respeto a la naturaleza, como relata la película-documental realizada por Pablo Alonso González que fue presentada en 2012 (Figura 6). Figura 6. Cartel de la película-documental “Matavenero. El pueblo Arco Iris”, de Pablo Alonso González (2012).
56 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional Con estos precedentes, hoy observamos cómo el ámbito rural sigue siendo escenario de hibridaciones o de situaciones “neorrurales” que dan lugar a nuevas formas políticas y de relación. Así se viene señalando en algunas reflexiones realizadas en la última década (Bruno, 2014; Clementi, 2012; Nogué, 2016; Camarero Riojo, 2019, por ejemplo). El medio rural se convierte en un espacio fluido afectado por trayectorias multidireccionales, pues si bien es cierto que determinados contingentes de población marchan, otros, por el contrario, llegan, bien como retornados y jubilados, bien emigrantes en busca de nuevas oportunidades, bien como turistas ocasionales, bien como pobladores neorrurales, etc. (Pérez & Gurría, 2010). Algún autor ha señalado que estos cambios han dado lugar a que la categoría de “lo rural” invierta su tradicional condición peyorativa o decadente y que hoy se vincule en ocasiones con valores emergentes que comienzan a ser apreciados (valores simbólico-patrimoniales, medioambientales, identitarios o de sociabilidad) (González Fernández, 2006). En este nuevo contexto, el patrimonio cultural rural asumiría una importancia crucial como elemento de cohesión e identidad. Ante estas nuevas situaciones podría ser oportuno preguntarse, como de hecho lo hacemos en el enunciado de este epígrafe, si es posible seguir hablando de un patrimonio rural o bien este, el patrimonio, es único y no es susceptible de recibir epítetos que discriminen entre un patrimonio rural y otro urbano. Hay que decir que, por una parte, el considerable incremento y expansión de tipos y formas de patrimonio ha llevado a una considerable ampliación en escala física de los dominios del patrimonio de modo que, como es sabido, hemos pasado de los monumentos y ciudades al paisaje y al territorio “patrimonializado”; esto es, se asiste a un tránsito de los objetos singulares a los sistemas patrimoniales complejos, con el consiguiente incremento en paralelo de las dificultades de gestión de sistemas territoriales amplios, complejos y variados (González-Varas, 2018). Estas dificultades afectan de lleno al medio rural, sobre todo si transitamos de la escala del patrimonio cultural de núcleos aislados a su consideración en su inserción en sistemas territoriales más amplios. Al mismo tiempo, también es interesante constatar que, en el campo del patrimonio, se asiste asimismo a un desplazamiento del interés desde el “objeto” hacia el “sujeto”: la discusión se centra hoy no tanto o no solo en el conjunto de bienes, materiales e inmateriales, que integran el patrimonio cultural y observamos cómo el debate se desarrolla más bien en torno a cómo los ciudadanos o las comunidades reconocen este patrimonio, lo valoran, lo aprecian y lo integran en sus modos de vida. Las instituciones implicadas con la conservación del patrimonio cultural cada vez están más interesadas en el desarrollo de acciones de reconocimiento, valoración y activación de este patrimonio en el seno de las comunidades. Como he afirmado recientemente, “ya no solo
57 3. el patrimonio cultural en el medio rural: conceptos, problemas y encrucijadas interesan las acciones directas o indirectas llevadas a cabo por los técnicos del patrimonio cultural para la conservación del objeto material o inmaterial, el bien cultural, sino que también la preocupación se viene centrando asimismo en los grupos, comunidades o individuos que crean, mantienen, transmiten o transforman el patrimonio cultural” (González-Varas, 2021a: 13). Con esta pequeña digresión tratamos de contestar a la pregunta que nos formulamos: pensamos que existe un patrimonio rural si identificamos y seguimos identificando y reconociendo una sociedad rural. Y esta, desde nuestro punto de vista, sigue estando presente y activa; pero, como acabamos de ver, la sociedad rural, o más bien las sociedades rurales, se nos presentan hoy en día en medio de unas dinámicas variadas y complejas; esto es, las sociedades rurales actuales pierden la unicidad tradicional de antaño y se hacen más diversas como resultado de estas nuevas relaciones económicas y sociales entre los territorios, lo que hace que la posible definición del patrimonio rural también haya de ser, en consecuencia, más compleja. Además, como indicara hace años con clarividencia José Fariña Tojo (1996: 353), “la posibilidad de mantener en un futuro lo que en la actualidad se entiende como mundo rural, pasa necesariamente por la permanencia del medio natural”. Podríamos añadir también que el mantenimiento de ese mundo rural asimismo depende de la perduración del “medio patrimonial”, del que, como se viene insistiendo en estas últimas décadas, también forma parte fundamental ese medio natural que, en realidad, es una dimensión inescindible del mismo, al identificarse y fusionarse las dos realidades del patrimonio cultural y el patrimonio natural. Y de todo este proceso también se puede extraer otra conclusión para el patrimonio cultural del medio rural: pensamos que no es factible una conservación o mantenimiento adecuados de este patrimonio sin tener en cuenta la situación actual y las expectativas de estas comunidades rurales (bien sean tradicionales, declinantes, emergentes o neorrurales), de manera que será preciso llegar a una superación del enfoque disyuntivo rural-urbano si realmente queremos llegar a desarrollar nuevas políticas rurales o patrimoniales más amplias e integrales El medio rural en las actuales encrucijadas del patrimonio cultural El patrimonio en el medio rural debe participar de los temas críticos que afectan a este ámbito de la cultura del patrimonio, como pueden ser, entre otros, los vínculos entre cultura y desarrollo, la sostenibilidad y la rentabilidad en la conservación del legado patrimonial, las oportunidades, pero también los problemas, del turismo sobre el patrimonio cultural en el medio rural, las tensiones entre memoria y patrimonio en un medio que pierde sus referentes identitarios tradicionales, pero recibe otros, la crisis de los modelos de gestión centralistas y paternalistas y las disyuntivas en la participación ciudadana en la planificación del patrimonio, que busca dar
64 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional Figura 11. Casa-Palacio de las Torres, Tembleque, años treinta. Figura 12. Evolución de la población en Tembleque entre 1900 y 2010. Fuente: Autor, sobre datos del Instituto Nacional de Estadística. Año 1900 1910 1920 1930 1940 1950 1960 Población 3.666 3.653 3.617 3.897 3.626 3.833 3.412 Año 1970 1981 1991 2000 2010 2020 Población 2.676 2.202 2.141 2.099 2.390 1.966
65 3. el patrimonio cultural en el medio rural: conceptos, problemas y encrucijadas En el actual contexto de crisis económica, el consistorio, a pesar del reconocimiento de los valores de este edificio, no ha acometido obras de restauración de este monumento desde que se hizo propietario del mismo, pues tampoco había encontrado un uso adecuado para el mismo de acuerdo con su carácter monumental ni contaba con respaldo financiero para acometer la restauración del edificio. Hubo el intento de concesión a una cadena multinacional hotelera, con la elaboración de un proyecto de rehabilitación en 2009 que no llegó a consolidarse. La oportunidad ha surgido en junio de 2021 a partir de la concesión de 3,2 millones de euros del Gobierno de España para la conversión del palacio en una hospedería de 32 habitaciones: esta ayuda ha sido posible por la inserción de Tembleque dentro del Plan Nacional Turístico Xacobeo 21-22, en su consideración de punto estratégico situado en el Camino de Levante que atraviesa La Mancha, de manera que ha podido optar a los fondos europeos “Next Generation” (Figura 14). La apertura del municipio hacia el turismo permitirá, con la rehabilitación de este edificio, ampliar el equipamiento turístico de un municipio que recibe en torno a 16.000 visitantes al año, de los cuales el 25% son internacionales1. Vemos cómo el palacio de las Dos Torres se inserta en estas nuevas expectativas abiertas a municipios eminentemente rurales que diversifican sus bases económicas, se abren al sector de servicios y revalorizan su patrimonio cultural. 1 Fuente: Miguel de las Heras, concejal de Cultura, ABC Pueblos de Toledo, 3 de julio de 2021. Figura 13. Tembleque. Comparativa sobre la serie cartográfica MTN50: primera edición de 1871, y actualidad. Fuente: Instituto Geográfico Nacional.
66 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional El Palacio del infante don Luis en Boadilla del Monte: patrimonio cultural en el medio rural transformado en área metropolitana El Palacio de Boadilla del Monte fue mandado construir por el infante don Luis de Borbón, hijo varón menor de Felipe V e Isabel de Farnesio. El infante compró en 1761 el condado de Chinchón a su hermano don Felipe de Borbón, que se había convertido en duque de Parma, y logró agrupar un dominio que comprendía un vasto territorio extendido, además de la propia localidad de Chinchón, por otras diecinueve villas. Ese mismo año también adquirió a la marquesa de Mirabal el señorío de Boadilla del Monte, que incluía el llamado Palacio de las Dos Torres, que fue la construcción sobre la que se asentó el nuevo edificio palacial construido por el infante Luis de Borbón a partir de un proyecto encargado en 1762 al arquitecto Ventura Rodríguez (González- Varas, 2022) (Figura 15). El palacio de Boadilla fue proyectado con la vocación de configurar no solo la cabeza de un señorío, sino que podemos decir que también se asemeja en algunos rasgos a un Real Sitio, pues el edificio palacial se vincula con una pequeña población y con el vecino convento carmelita de la Encarnación, está dotado de una plaza y una fuente que lo anteceden y asimismo se relaciona con una extensa superficie de jardines y de monte que completan el conjunto (Figura 16). Figura 14. Ubicación de Tembleque dentro de las rutas del Camino de Santiago, ruta del Este (azul) y ruta del Sureste (rosa). Fuente: Instituto Geográfico Nacional.
67 3. el patrimonio cultural en el medio rural: conceptos, problemas y encrucijadas El palacio se situó, como vemos, en un magnífico entorno rural que permitía al infante el ejercicio de la caza, práctica a la que era, como su hermano el rey Carlos III, muy aficionado, además de ejercer desde este edificio el control y administración del señorío y desarrollar nuevas formas de cultivos y ganadería, de acuerdo con un talante ilustrado preocupado por el fomento de las actividades productivas. Este entorno natural y demográfico, así como su régimen de propiedad privado, se mantuvieron estables durante dos centurias, hasta bien traspasada la mitad del siglo XX. Los datos Figura 15. Palacio del infante don Luis de Borbón en Boadilla del Monte. Vista de las huertas, jardines y palacio. Fuente: Fotografía del autor. Figura 16. Localización del Palacio del infante don Luis de Borbón en Boadilla del Monte. Fuente: Elaboración propia sobre Instituto Geográfico Nacional.
68 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional demográficos son también muy elocuentes en este caso. La población de Boadilla del Monte llegó al siglo XX estabilizada en torno a los 750 habitantes. Se trataba de un pueblo de pequeñas dimensiones dedicado a la agricultura y la ganadería, como testimonian las fotografías aéreas tomadas en los años veinte (Figura 17). Este carácter rural, patente tanto en los ámbitos demográficos y económicos como en su espacio físico, se mantuvo, como decimos, hasta la década de los sesenta del siglo XX. Durante este período, el palacio aún se mantuvo en manos de los descendientes del infante don Luis, pero durante la guerra fue expropiado y utilizado como cuartel y hospital de sangre, y si bien pudo sortear los bombardeos de la vecina batalla de Brunete, un incendio fortuito provocó considerables daños en los jardines. Tras ser utilizado por el Auxilio Social y posteriormente abandonado, el palacio fue devuelto en 1973 a su propietario, don Carlos Oswaldo Rúspoli y Morenés, quien en esos años vendió el palacio al Ayuntamiento de Boadilla del Monte. La aparición por esas fechas de urbanizaciones en los alrededores, que se implantan sobre el entorno natural boscoso y las antiguas tierras de labor, inició el drástico proceso de transformación territorial de esta zona, si bien hay que decir que Figura 17. Vista aérea del Palacio del infante don Luis de Borbón y de la población de Boadilla del Monte (años 20).
69 3. el patrimonio cultural en el medio rural: conceptos, problemas y encrucijadas estas urbanizaciones surgieron al principio como segundas viviendas en su mayoría (urbanizaciones de Montepríncipe, Parque Boadilla y Las Lomas), de manera que no se registró un crecimiento exponencial de la población en estos momentos. Este crecimiento vertiginoso se produce en las últimas tres décadas, cuando la población de Boadilla pasa de 15.984 habitantes en 1991 a 56.734 en 2020, esto es, un espectacular aumento de 40.750 habitantes en términos absolutos (Figura 18). Se trata, como es sabido, de un fenómeno a gran escala que deriva de la expansión metropolitana de Madrid, con el surgimiento de la constelación de urbanizaciones y tejidos urbanos ubicados tanto en torno a pequeños núcleos rurales históricos, que pierden sus límites definidos y sus formas urbanas precisas, como en el antiguo medio rural y agrícola que pasa a ser ocupado por urbanizaciones. Esta expansión metropolitana es producto del crecimiento suburbano que afecta a zonas antaño rurales, con el consiguiente consumo de suelo, y que provoca una creciente fragmentación del territorio y un aumento espectacular de la red viaria, como puede constatarse en los mapas que aquí reproducimos, pues esta expansión suburbana y difusa se apoya en las infraestructuras de transporte, al depender totalmente del automóvil. La ocupación de antiguas áreas de cultivo por urbanizaciones ha transformado el significado del entorno y ha alterado radicalmente las relaciones con el lugar. Estas zonas metropolitanas, únicas o interconectadas, discontinuas o magmáticas, han pasado de surgir y desarrollarse en torno a pequeños núcleos estructuradores del área a ocupar una extensión territorial difusa y sin límites claros. Es un crecimiento de carácter policéntrico que, como decimos, gravita en torno a esos antiguos núcleos rurales (Boadilla del Monte, Majadahonda, Las Rozas, Pozuelo de Alarcón, Villaviciosa de Odón), pero que crece y se desarrolla sin una identidad definida más allá de la que otorgan estas pequeñas poblaciones. Pero se ha perdido su comprensión como conjunto y como núcleos rurales individuales y hoy nos limitamos a transitar entre sus distintos fragmentos a través de las vías rápidas de comunicación. Los hitos monumentales y los centros históricos de estos núcleos antaño sumidos en el mundo rural pasan a resultar engullidos dentro de estas regiones metropolitanas que absorben a los antiguos núcleos históricos y sus áreas rurales dependientes en su expansión multidireccional y magmática. Figura 18. Evolución de la población en Boadilla del Monte entre 1900 y 2020. Fuente: Autor, sobre datos del Instituto Nacional de Estadística. Año 1900 1910 1920 1930 1940 1950 1960 Población 778 659 660 627 608 905 1.110 Año 1970 1981 1991 2000 2010 2020 Población 1.838 6.061 15.984 20.686 44.709 56.734
70 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional Precisamente en medio de esta dispersión, los hitos monumentales y los lugares históricos han pasado a asumir un importante papel. Podemos decir que son cruciales para la estructuración física, espacial y simbólica en cuanto el patrimonio otorga cierto grado de cohesión a estos tejidos que, al mismo tiempo que crecen y se expanden, se han vuelto heterogéneos social y funcionalmente (González-Varas, 2015). Esta brusca transformación desde el ámbito rural al universo metropolitano difumina las tradicionales relaciones ciudad-campo y ciudad-periferia y, al mismo tiempo, somete su articulación a la dependencia de la red de transportes y comunicaciones. Los significativos mapas que pautan esta evolución nos permiten constatar cómo el territorio antaño rural durante las últimas décadas ha quedado atrapado y entretejido por esta densa malla de infraestructuras de transporte (Figura 19). Como antes apuntábamos, en el inicio de este proceso, en el año 1974, se producía la declaración del palacio de Boadilla del Monte, sus jardines y parte Figura 19. Boadilla del Monte y su territorio. Comparativa sobre la serie cartográfica MTN50: primera edición de 1871, años 60 y actualidad. Fuente: Instituto Geográfico Nacional.
71 3. el patrimonio cultural en el medio rural: conceptos, problemas y encrucijadas del monte circundante como “conjunto histórico”. Esta figura de protección jurídica ha permitido conservar parte de las raíces históricas del lugar que, en medio de las urbanizaciones y entre los límites oclusivos señalados por las carreteras y autovías, aún permite disfrutar de parte de los antiguos espacios naturales protegidos y vinculados con el conjunto del palacio, como son los antiguos montes de las Encinas y de Boadilla (Figura 20). Pero no cabe duda de que, ante esta expansión de la red metropolitana que engulle y transforma el medio rural, el patrimonio cultural que ha perdurado transmuta necesariamente sus significados. Ha dejado de ser un patrimonio situado en un ámbito y una sociedad rurales o señoriales, pero, con su presencia, puede seguir desempeñando un papel fundamental como signo y símbolo de identidad para la creación de nuevos vínculos sociales o incluso como sustrato para la adaptación de “otras” memorias e identidades, pues aunque se pierdan los vínculos vitales con la cultura tradicional —mantenida como Figura 20. Boadilla del Monte y su territorio. Mapa topográfico e imagen satélite. Fuente: Instituto Geográfico Nacional.
72 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional “imagen” en sus trazados y en sus monumentos históricos— surgen nuevas identidades que se entrecruzan y yuxtaponen a la cultura global o globalizada (González-Varas, 2015: 213). A modo de conclusión Estos dos casos, los palacios dieciochescos de Tembleque y Boadilla del Monte, nos han situado ante dos realidades muy distintas. Por un lado, hemos visto cómo Tembleque es un núcleo rural ubicado en la extensa llanura de La Mancha, espacio en el que tradicionalmente ha tenido un papel destacado el sector primario, pero que es complementado últimamente por el sector servicios. En este entorno se han conservado rasgos marcadamente rurales en la economía, la sociedad y la organización territorial. Un bien cultural como el palacio de las Dos Torres mantiene aún una relación armónica y orgánica con el conjunto histórico en el que se ubica y con su marco territorial, entorno rural que perdura y que complementa su significado histórico y cultural. El monumento es un referente de identidad para la población que reconoce y estima su valor. Pero la conservación y mantenimiento de este monumento, hoy de titularidad pública y una vez disueltas las estructuras sociales tradicionales desde hace tiempo, ha sido dificultosa y, después de unos usos poco afortunados, el edificio ha pasado por un prolongado periodo de abandono. La recuperación de este bien cultural, deseada por la comunidad, parece resolverse en nuestros días a través de la inserción de la localidad en una red cultural de carácter transregional (incluso transnacional), el Camino de Santiago, y se prevé la conversión del edificio en establecimiento hotelero, reutilización que permitirá su mantenimiento y la inserción de este bien cultural en esa diversificación económica de un núcleo rural tradicional que comienza a complementar su tradicional vocación agrícola o ganadera por el turismo y los servicios derivados del patrimonio y las actividades al aire libre. La estabilización demográfica de la población, el mantenimiento de su estructura urbana y la búsqueda del mantenimiento y revitalización de su patrimonio se inscribe en un proceso conjunto de conservación y desarrollo a través del reconocimiento del valor de su patrimonio natural, cultural y paisajístico por parte de la comunidad local. El caso de Boadilla del Monte es muy distinto. El palacio del infante don Luis estructuraba en su origen un área rural en torno a una pequeña población. Esta localidad se ha visto sometida en las últimas décadas a un radical un proceso de transformación producto de la expansión metropolitana de Madrid que alcanza igualmente a otros núcleos de antiguo carácter rural, lo que nos ha permitido hablar de una expansión policéntrica y difusa a la vez. El crecimiento de los antiguos pueblos, acompañado de la proliferación de urbanizaciones de baja densidad y de la expansión de la red de infraestructuras de comunicación son todos ellos rasgos bien conocidos
73 3. el patrimonio cultural en el medio rural: conceptos, problemas y encrucijadas que han transformado inevitablemente el medio rural. En medio de esta malla expansiva y magmática el patrimonio cultural persiste como referente que estructura y dota de significado al lugar, como vemos claramente a través del ejemplo del palacio, jardines y bosque de Boadilla del Monte declarados “conjunto histórico”. En estos nuevos ámbitos metropolitanos caracterizados por la movilidad y el constante devenir, fenómeno que es apoyado por los flujos de información, la velocidad y el anonimato, el patrimonio cultural pasa a ejercer de nuevo un papel primordial, pero ahora para otorgar sentido y significado a estos nuevos espacios ante la irremediable pérdida de su condición rural. El reconocimiento de la presencia de patrimonio histórico en áreas metropolitanas que han surgido a expensas de antiguos espacios rurales se sumerge en el actual proceso que he denominado en otro lugar de “expansión patrimonializadora”, pues desborda las tradicionales áreas centrales o rurales hasta incluir, en una red patrimonial interconectada, sus paisajes circundantes y los pequeños núcleos ahora ya integrados en sus territorios de influencia. Por eso, la cuestión patrimonial requiere ser tratada como un tema relacionado con el resto de las cuestiones estratégicas — sociales, económicas, territoriales y culturales en sentido amplio— que afectan a las áreas rurales y a la transformación de estas en áreas metropolitanas. Referencias bibliográficas Camarero Rioja, Luis A. -coord.- (2019). “Especial monográfico: patrimonio cultural y territorios de la despoblación”, Revista PH, nº98. DOI: https:// doi.org/10.33349/2019.98 Cardoso, María Mercedes & Fritschy, Blanca Argentina (2012). “Revisión de la definición de espacio rururbano y sus criterios de delimitación”, Contribuciones Científicas GÆA, vol. 24, pp. 27-39. Disponible en: https:// gaea.org.ar/contribuciones/CONTRIBUCIONES_2012/4.GAEA%20 CONTRIBUCIONES_2012_CARDOSO.pdf (acceso: 01/09/2022). Ceña Delgado, Felisa (1992). “Transformaciones del mundo rural y políticas agrarias”, Revista de estudios Agro-sociales, vol. 162), pp. 11-36. Disponible en: https://www.mapa.gob.es/ministerio/pags/Biblioteca/ Revistas/pdf_reas%2Fr162_01.pdf (acceso: 01/09/2022). Clementi, Luciana Vanesa (2012). “Del nostálgico recuerdo al creciente entusiasmo por lo rural. Indicios de la revalorización y retorno a los espacios rurales”, GeoGraphos: Revista Digital para Estudiantes de Geografía y Ciencias Sociales, vol, 3, pp. 1-25. Disponible en: https:// rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/23803/1/Retorno_Rural.pdf (acceso: 01/09/2022).
80 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional dévitalisation des centres-bourgs alors qu’y subsistent des formes d’activités économiques et de vie sociale peu visibles qui ont récemment fait l’objet de travaux attestant en creux de leur complexité et rapport singulier aux dynamiques métropolitaines (Renahy, 2010 ; Mischi, 2013 ; Mischi & Renahy, 2008 ; Dibie, 2006, 2008 ; Le Goff, 2012). C’est dans cette perspective que se situe notre travail : participer à une meilleure connaissance des processus de fonctionnement économique et social des territoires ruraux et périmétropolitains. Les territoires éloignés des métropoles sont en réalité bien souvent compris par le sens commun comme les professionnels de la ville seulement comme des lieux de tourisme dont l’emploi est dépendant des villes et donc de l’usage de l’automobile. L’action urbaine y semble le plus souvent réduite aux questions d’environnement, de tourisme et de paysage. Pourtant, nombre de ces territoires subissent de nouvelles formes d’urbanisation et de développement économique qui gagnerait à être mieux analysées. Ces zones se caractérisent clairement aujourd’hui tant du point de vue de leur fonctionnement spatial et rapport à la ville que du point de vue de leur peuplement. On sait par ailleurs que s’y concentrent plus qu’ailleurs les employés, ouvriers et diplômés de l’enseignement technique (Mischi et al., 2013 ; Todd & Lebras, 2013), que des activités industrielles s’y concentrent et y cohabitent avec un tissu de petites entreprises dans lesquelles subsistent des formes de paternalisme et de patronage. Aussi le périurbain est-il « la seule zone où le groupe ouvrier n’a pas vu ses effectifs diminuer. Alors que la France métropolitaine concentre plus de 76 % de ses cadres en ville, plus on s’éloigne des « pôles urbains », plus la part des classes populaires augmente : la part des ouvriers et employés parmi les actifs est de 55 % dans l’espace urbain, de 58 % dans le périurbain, et de 61 % dans l’espace à dominante rurale », notent Julian Mischi et Nicolas Renahy (2008 : 14). Ces espaces « périphériques » subissent de profonds changements avec des transitions démographiques fortes qui se traduisent par exemple par des luttes de pouvoir local importantes. Le territoire français ne peut donc être envisagé à partir d’une simple opposition entre un monde rural prétendument abandonné et menacé de désertification, et des métropoles, présentées comme des solutions inéluctables à la croissance économique. Les analyses récentes du développement économique des territoires semblent infirmer cette représentation et montrent que le modèle territorial qui a réussi durant ces 15 dernières années de crise, sur le plan d’un développement à la fois économique, social et démographique, est celui d’un territoire faiblement métropolisé, peu exposé à la mondialisation et qui, souvent, capte plus de richesses qu’il n’en crée (Davezies, 2012).
81 4. Fin du village ou concurrence métropolitaine ? Comprendre en sociologue La compréhension sociologique des rapports entre espaces et sociétés passe donc par l’analyse des rapports de force, positions et oppositions, qui se jouent sur, et à partir des lieux. L’espace est alors compris comme un élément de la construction des groupes sociaux, comme un enjeu de leur cohésion et identité. L’espace apparaît en ce sens comme une ressource autour de laquelle les groupes sociaux se livrent des jeux de concurrence et d’appropriation. C’est dans ces jeux sociaux que se trouve pour le sociologue la première clef de compréhension des évolutions urbaines et territoriales. À cet égard, l’approche des territoires qu’opère la sociologie ne peut être simplement synchronique, ni se réduire à la restitution des usages. Restituer les dynamiques sociales qui travaillent les lieux c’est nécessairement s’interroger sur les dimensions socio-historiques. Ainsi, par exemple l’analyse de la constitution d’un espace périphérique à la centralité principale du territoire étudié ici ne peut être comprise sans saisir le basculement des usages sociaux de l’espace et des modes de consommation qui s’amorce à la fin des années 60. De même, la définition des groupes sociaux ne peut être posée a priori, les mêmes appartenances sociales selon les catégories de l’INSEE, n’ont pas le même statut ni la même position au niveau local selon leur ancienneté de résidence par exemple. S’agissant d’aborder les logiques sociales à l’œuvre dans ces petits territoires le chercheur ne peut se satisfaire de définitions préalables. Il doit comprendre ce que telle ou telle position sociale, lieu de résidence, signifie par rapport à un « ordre social local » qu’il doit reconstituer. Le travail de Norbert Elias et John l. Scotson sur la petite communauté de Winston Parva est un exemple devenu classique de cette façon de faire. Il montre l’importance de ne pas seulement saisir les usages (ce que font les individus), d’adopter un regard socio-historique, mais aussi est surtout d’être à l’affut des représentations des individus, des mots qu’ils utilisent pour décrire leur environnement, des rumeurs, des commérages. Bref, considérer que ce que disent les agents n’est pas le réel directement mais le symptôme de l’expérience d’une réalité que le sociologue doit reconstituer. Ainsi, par exemple, lorsque les résidents les plus anciens de la localité ici analysée distinguent parmi les travailleurs de la vigne issus de l’immigration ceux qui sont « travailleurs » et les autres, il s’agit de saisir ce que signifie cette distinction par rapport à un ordre social local historiquement construit. L’observation montre que ces oppositions s’enracinent aussi dans des différences de trajectoires et de propriétés sociales et que dans ces jeux et rapports de force que se produisent les options et décisions d’aménagement et actions sur le territoire. Le choix monographique est toutefois pour le sociologue un choix singulier. Le piège tendu par ce type d’approche réside en premier lieu dans
82 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional l’illusion de l’autonomie, dans la tentation de voir dans la collectivité étudiée un isolat du monde social. Or, comme l’a montré Patrick Champagne (1975), il n’est pas en sciences sociales d’objet spatialement délimité, à l’exception notable peut-être des « institutions totales » que sont les asiles, prisons ou casernes. Le village n’est pas un microcosme clos, ses membres se déplacent, il entretient des relations avec les localités voisines… Autrement dit, le sociologue ne peut délimiter son objet a priori à partir de supposées limites communales ou même intercommunales, pas plus qu’il ne peut d’ailleurs préjuger des contours ou de l’homogénéité d’un groupe social (la classe sur le papier, le groupe juridique ou statistique, ne sont pas le « groupe réel »). Mon principe donc a été de ne pas délimiter l’objet au départ, et donc d’éviter tout essentialisme pour, dès lors, considérer que ce sont les individus et les relations qu’ils entretiennent, de collaboration et/ou de concurrence, qui dessinent un espace, qui finalement est plus un espace social qu’un espace physique. Ainsi, par exemple, c’est la compréhension de la division socio-spatiale du territoire étudié, au-delà des limites communales, qui conduit à montrer comment deux groupes aux caractéristiques distinctes s’opposent à propos de l’avenir du territoire. Ces considérations m’ont conduit par ailleurs à discuter, sur la base d’une approche locale, les catégories actuellement en usage par la géographie. Le fait de « descendre » à l’échelle de la localité amène à observer que les classements à partir des termes « périurbain », « rural », et plus encore le très discuté « France périphérique », ne permettent pas d’approcher et de restituer l’expérience réelle de ces lieux. Plus encore, ils nourrissent des représentations et analyses spontanées qui ont pour origine une incapacité quasi-épistémologique à saisir la part d’autonomie et de spécificité de ces territoires finalement toujours regardés à partir d’un référentiel urbain, si ce n’est de ce que nous pourrions appeler une forme « d’urbanocentrisme ». Enfin, s’agissant de la méthode, j’ai combiné plusieurs approches. D’abord, bien sûr la compréhension des dynamiques socio-démographiques et économiques à partir des données existantes d’une part, le recueil et l’analyse de la presse locale et des documents collectés sur le terrain, que j’ai combinés à une enquête de type ethnographique (Beaud & Weber, 2003). L’entrée sur le terrain dans le cas de ces petites localités engage souvent à être présenté par quelqu’un. C’est ce que j’ai fait, avec deux personnes habitant sur place, puis ensuite j’ai tenté de reconstituer les réseaux et groupes d’interconnaissance locaux. À côté de cela, des entretiens et rencontres plus « institutionnelles » avec des élus, commerçants, responsables associatifs ont pu aussi être menés. La difficulté principale de ce type de démarche consiste à ne pas se laisser enfermer dans la proximité à un groupe qui serait génératrice de méfiance par rapport à un autre. Cela d’autant que l’information de la présence d’un
83 4. Fin du village ou concurrence métropolitaine ? sociologue dans une petite localité de moins de 2 500 habitants circule vite. Ce qui peut cependant se révéler être un atout car certains habitants tiennent absolument à livrer leurs points de vue… En sus de ces méthodes j’ai également privilégié l’observation du territoire, en faisant même des balades-entretiens avec quelques habitants. Le parti-pris de restitution de cette enquête, et donc de rédaction, a été celui de la description. Il ne s’agit pas d’expliquer pourquoi le territoire est ainsi mais de comprendre comment il fonctionne, quelles sont les dynamiques sociales qui le traversent et le travaillent. Il se dégage au final de cette démarche trois dimensions : d’abord un retour nécessaire sur des éléments forts de stratégie d’enquête et de choix de méthodes pour observer ce type de territoire, ensuite un retour critique sur les notions et concepts en circulation à propos et sur ces périphéries, enfin une interrogation sur ce que j’ai nommé des « trajectoires territoriales », c’est-à-dire la façon dont sur des lieux s’imposent ou non des choix de développement, des projets, contraints à la fois par l’histoire, la morphologie spatiale, mais aussi les représentations. Lesquelles représentations sont, parfois largement nourries par des conceptions dominantes des systèmes territoriaux aujourd’hui largement diffusées et passées au « sens commun ». Les contraintes qui pèsent sur ces territoires et sur les options quant à leur développement ne sont pas seulement subies, externes, mais aussi internes, liées à leur histoire et aux jeux et enjeux sociaux locaux qui les animent. C’est en effet bien l’observation locale qui permet de saisir que les lieux que j’ai ethnographiés ne sont pas seulement pris dans des logiques globales qui les dépassent mais que ces dynamiques sont aussi retraduites et contraintes dans les jeux sociaux locaux. L’un des premiers enseignements de cette stratégie de recherche conduit à pointer la difficulté à construire de façon générale une catégorisation de ces territoires. Les catégories géographiques dominantes privilégient une compréhension en termes de « systèmes territoriaux ». Ainsi, par exemple, les « aires urbaines » propose un regard sur les communes construit depuis l’appartenance à des « grands pôles » porteurs de développement en passant par des communes de couronne, puis s’éloignant jusqu’à des communes « isolées, hors influence ». Une telle analyse cartographique, et la nomenclature qu’elle propose, portent donc en elle la définition d’un « système territorial » et son fonctionnement. Définition d’un système qui, par ailleurs, suppose un choix d’échelle d’observation et de raisonnement. Il semble que deux raisons principales expliquent cette focalisation sur des visions macro-territoriales et/ou à grande échelle.
84 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional La première, est liée aux mécanismes de la production du savoir dans la recherche urbaine contemporaine. Il faudrait ici une enquête supplémentaire sur les mécanismes de financement et les réseaux de la production intellectuelle contemporaine sur la ville pour saisir le déséquilibre de production entre les territoires. En effet, le déséquilibre certain de connaissance du périphérique au profit des métropoles n’est sans doute pas sans rapport avec la concentration des moyens de financement et des compétences intellectuelles dans les territoires métropolitains. Si l’on conjugue cela à une tendance de fond à l’encouragement d’une recherche financée et en partenariat avec les territoires1, il est certain que la connaissance des territoires éloignées ne peut compter sur la mobilisation des moyens de la recherche. C’est en ce sens qu’à propos des petites et moyennes villes ou des territoires périphériques, il est légitime de parler d’un « angle mort » de la recherche urbaine. La seconde, est liée à la volonté de lire spatialement les grandes transformations sociales de l’époque. L’état de la production des connaissances montre en effet une production dominée par une pensée géographique en termes de « territoire » qui voudrait traduire en cartes les dynamiques globales de la société française. Ainsi, la fameuse thèse de la « ville à trois vitesses » (Donzelot, 2004, 2009), qui propose une lecture de la société française transcrite en mouvements dans l’espace (« gentrification », « relégation » et « périurbanisation »), est sans doute une des racines communes de ces travaux qui cherchent à spatialiser des dynamiques sociales à l’échelle du territoire national, comme le font par exemple Jacques Levy et Michel Lussault (2014) ou Christophe Guilluy (2014). Les deux premiers expliquent ainsi d’une part, qu’il est possible de mesurer l’urbanité et qu’elle est un outil de classement des territoires, d’autre part, que : « (…) les zones périurbaines sont-elles-mêmes hiérarchisées géographiquement en couronnes concentriques : les plus riches se localisent préférentiellement au plus près des limites des agglomérations : c’est l’anneau des seigneurs – tandis que les moins aisés s’écartent davantage. Enfin, la situation de l’hypourbain (les zones à faibles densités des périphéries externes aux aires urbaines) et de l’infra-urbain (les zones les plus éloignées des villes) est significativement différente. Dans ces deux cas, on rencontre des personnes à faibles ou très faibles revenus ne pratiquant qu’épisodiquement 1 On peut citer pour exemple de ces rapprochements encouragés qui consistent à développer une recherche par projet en liens avec les acteurs professionnels des territoires les fameux programmes POPSU (plateforme d’observation des projets et stratégies urbaines) développés entre 2003 et 2015. Il s’agit pour ce de « mettre en dialogue l’expertise des acteurs locaux et les savoirs des milieux de la recherche pour mieux comprendre les enjeux et les évolutions de l’espace urbanisé. Trois programmes ont été lancés : deux programmes de recherche, co-construits avec de grandes agglomérations françaises (POPSU 1 et POPSU 2), et un programme d’échanges sur des projets d’aménagement développés dans des villes françaises et européennes (POPSU Europe) » (cf. http://www.popsu.archi.fr/). Ce programme a été en particulier développé avec et pour les grands projets urbains et territoires des grandes métropoles françaises et maintenant européennes.
85 4. Fin du village ou concurrence métropolitaine ? les villes et qui profitent du coût modéré du foncier pour faire des économies sur leur budget logement. S’agissant de l’infra-urbain, s’ajoute une moindre accessibilité aux biens publics tels que la santé, l’éducation ou la culture. Fautil dès lors considérer la périphérisation, et en particulier la périurbanisation, comme l’expression typique de l’individualisme, comme cela a parfois été avancé ? » (Guilluy, 2014 : 3). Autrement dit, les uns mesurent des écarts et divisions sociales à grande échelle avec des cartes de « gradients d’urbanité » et voudraient proposer des « géotypes », les autres opposent une « France des métropoles » à une « France périphérique » Au fond, en cherchant à classer les territoires à grande échelle, ils sont conduits à faire des espaces les plus denses et les plus dotés les espaces les plus légitimes (Ripoll & Rivière, 2007). Par conséquences, les espaces périphériques deviennent des espaces par soustraction des richesses des espaces denses et centraux des métropoles. La recherche urbaine est là face au même dilemme que le sociologue face aux classes populaires oscillant entre misérabilisme et populisme ou légitimisme et relativisme (Grignon & Passeron, 1989). La question celle de l’échelle de l’observation : à regarder « d’en haut », la part d’autonomie et les spécificités des territoires dominés ne sont pas visibles et à regarder de « trop près », le risque est d’exagérer l’autonomie et la spécificité et de voir dans ces territoires une nécessité faite vertu, quitte à ne pas voir leur situation de domination et à exagérer, voire esthétiser, leur autonomie. Une attitude est possible pour éviter ces écueils. Elle consiste à regarder ces territoires de près, sans catégories de classement a priori, à commencer par les décrire, et à chercher à saisir et les zones d’autonomie des territoires et ce que leur situation doit à leur position dominée. Il s’agit donc bien de chercher à saisir ces lieux comme à la fois singuliers et dépendants d’un système territorial, entre autonomie et dépendance. En effet, le plus souvent, tout se passe comme si les territoires éloignés des centres étaient saisis comme des reliquats de la modernisation et de l’urbanisation généralisée, ou des lieux passés qui appellent des regards nostalgiques, ou comme des territoires en déclin, oubliés, en crise mobilisant alors la sociologie électorale et politique (Mischi & Renahy, 2008 ; Laferté, 2004)2. Bref, les approches oscillent entre une version « misérabiliste » d’une « France périphérique », territoire appauvri des oubliés ou une version « nostalgique », celle de la « fin du village », lieux des liens communautaires perdus et gagnés par l’individualisme contemporain. Les ethnographies proposées par Pascal Dibie (2006) ou Jacques Le Goff (2012) n’échappent 2 On doit à ces auteurs, entre autres, d’avoir pointé la nécessité d’un renouveau de l’étude des espaces dits ruraux qui ne sont ni irréductiblement différents de l’urbain, dilués dans l’urbain généralisé, mais qui accueille aujourd’hui une majorité d’ouvriers et employés et dont la sociologie électorale est un enjeu.
86 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional pas à cette vision du « village perdu ». Le premier explique par exemple dès l’introduction de son enquête : « Nous sommes monté dans le train à grande vitesse de la modernité sans trop nous en apercevoir et, lorsque nous regardons par la fenêtre, le paysage défile si vite que nous n’arrivons plus ni à le lire ni à le retenir (…), mais plus qu’une disparition, c’est un télescopage qui s’est produit, c’est une échelle du monde qui a bougé. L’espace, notre espace villageois ne correspond plus avec le temps pour lequel il avait été bâti ». Jacques Le Goff (2012) décrit clairement le choc entre un individualisme urbain et des usages anciens plus communautaires. Mieux encore, son terrain d’analyse, est une mise en scène, un simulacre, qui dissimule la « fin d’un monde3». « Le tassement des maisons et la grande proximité des habitants ont contribué autrefois à créer un fort sentiment d’appartenance collective ; aujourd’hui, la méconnaissance des uns et des autres s’est développée (…) Cadenet m’est apparu comme un village bariolé mêlant vestiges du passé et marques du présent, et où des catégories sociales coexistent dans un même espace culturellement décomposé4 » explique-t-il (Le Goff, 2012 : 538). Ces visions opposées ne traversent pas seulement la production intellectuelle. Elles sont présentes dans les entretiens : chacun et chacune raconte encore, ses histoires de gemmage et de solidarité entre habitants, Sainte- Foy, territoire que j’ai analysé, vit douloureusement la fin de sa notoriété et notabilité commerçante et attribue sa chute au repli périphérique. La difficulté essentielle de l’approche par monographie sur le type de territoire est donc bien de se défaire des pièges tendus par ces représentations largement diffusées pour, à l’inverse, les interroger. Pour une micro-analyse territoriale En ce sens, l’un des premiers enseignements de ce travail consiste à pointer la nécessité des « jeux d’échelle » qui permettent de dépasser les lectures globales, au risque d’un glissement urbanocentré. Les nombreux travaux ethnographiques sur, par exemple, les dynamiques de gentrification montrent, contre une lecture globale voire marxienne, qui voudrait voir dans la gentrification les effets d’un déploiement du capital, comment il s’agit également de jeux sociaux qui se jouent à une autre échelle, celle de la distinction, et engagent des choix individuels (Collet, 2015). De même les travaux sur les banlieues pavillonnaires (Cartier et al., 2008), réalisés à l’échelle du quartier d’un petite commune, ont montré que l’usage de la notion de classe moyenne est insuffisant pour rendre compte des dynamiques 3 Titre d’un long chapitre (Le Goff, 2012 : 159-260), qui dépeint la chute à partir de la fin des années 1960 avec l’arrivée de l’automobile, de la télévision…, lequel et suivi d’un chapitre au titre sans équivoque : « le nouveau monde » (Le Goff, 2012 : 261-382). 4 C’est moi qui souligne.
87 4. Fin du village ou concurrence métropolitaine ? qui travaillent un petit territoire périurbain et qu’il faut considérer également la question générationnelle et celle de l’ancienneté d’installation. Ce faisant, les auteurs montrent qu’il n’y a pas d’opposition a priori entre « quartier de promotion » et « quartier de relégation », que la catégorisation spatiale est insuffisante sans la compréhension des trajectoires sociales de ceux qui l’investissent. Les travaux (Charmes, Launay & Vermeersch, 2013) comparant un quartier en gentrification du 9eme arrondissement de Paris et la commune périurbaine aisée de Chateaufort montrent de façon claire que le périurbain n’est pas une version dégradée de l’urbain accueillant des trajectoires de repli et surtout, qu’il n’y a pas un périurbain, mais des périurbains. Les travaux permettant d’attester de l’intérêt de l’approche monographique, à l’échelle d’un cas, ne manquent donc pas. On peut encore citer, pour finir, les travaux d’Anne Lambert (2015) qui, par une approche ethnographique des lotissements, en montre toute la complexité et l’hétérogénéité. L’auteur en conclue d’ailleurs que son enquête « invite à multiplier les approches comparatives de monographies » et explique : « (…) en sociologie urbaine plus que dans d’autres champs de recherche, les évolutions à l’œuvre au niveau national s’incarnent et se déclinent différemment selon les contextes locaux, l’histoire des communes, de leurs élus, de leur bassin d’emploi (…) surtout, elles contribuent à nuancer l’image des pavillonnaires conservateurs et permettent de saisir les évolutions sociales là où elles sont à la fois les plus tenaces et les plus imperceptibles : sur la scène du quotidien » (Lambert, 2015 : 277-278). Reste, une fois de plus, que les travaux qui « descendent » à cette échelle d’observation sont bien plus nombreux dès lors qu’il s’agit d’approcher des objets tels que la gentrification des quartiers des centres-villes ou la question périurbaine. Mais revenons à la question de l’échelle. Traditionnellement, l’approche par monographie se donne pour objectif la vérification locale d’hypothèses et de résultats généraux. On l’a dit, ce n’est l’angle choisi. Comme l’a théorisé la « micro-analyse historique », j’ai considéré que l’approche localisée par discipline permettait de montrer les variations du local qui le plus souvent sont écrasées par la volonté de saisir dans les cas la juste illustration de phénomènes observés au niveau global. A l’inverse, les monographies proposées montrent, à territoires équivalents, une expression diverse de ce même phénomène qu’est l’éloignement périphérique des métropoles. Comme l’exprime Jacques Revel dans l’introduction à « Jeux d’échelles » : « (…) chaque acteur historique participe, de façon proche ou lointaine, à des processus –et donc s’inscrit dans des contextes–de dimensions et de niveaux variables, du plan local au plus global (…). Ce que l’expérience d’un individu, d’un groupe, d’un espace permet de saisir, c’est une modulation
88 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional particulière de l’histoire globale. Particulière et originale car ce que le point de vue micro-historique offre à l’observation, ce n’est pas une version atténuée, ou partielle, ou mutilée de réalités macro-sociales : c’en est une version différente. » (Borzeix, 2007) Autrement dit, la connaissance de l’expérience et du fonctionnement d’un territoire peut être mieux saisie et reconstituée par une compréhension de son histoire locale, par la compréhension des tensions, négociations et compétitions qui le travaillent. Au fond, il en est de même des territoires que de l’expérience des individus : elle ne peut être réduite à des propriétés sociales, à une position dans un système, pour être complète il faut aussi comprendre l’itinéraire des individus. Autrement dit, il s’agit de croiser le structurel (les contraintes d’un système) et le biographique (les choix à l’échelle de l’itinéraire de l’individu). Il en est de même des lieux. Ils sont certes contraints par un système territorial (rapport au centre de décision, éloignement géographique, desserte plus ou moins développée…), mais ils possèdent également une trajectoire et une situation singulière qui se jouent au niveau micro. Ainsi, par exemple, la catégorisation d’un cas comme commune rurale déclassée, comme rebus périphérique de l’espace métropolitain, n’apporte qu’une compréhension partielle et ne permet pas de voir, par exemple, que cette situation est vécue et perçue par des groupes sociaux différents et fait même l’objet de tensions locales à propos des modèles de territoire, lesquels sont sans doute aussi déterminants dans les choix de développement présents et futurs. Références bibliographiques Beaud, Stéphane & Weber, Florence (2003). Guide de l’enquête de terrain. Paris : La Découverte. Borzeix, Anni (2007). « Jeux d’´échelles », Le Libellio d’Aegis, vol. 3, nº2, pp.25-28. Disponible à : http://lelibellio.com/jeux-dechelle/ (accédé : 01/09/2022). Cartier, Marie ; Coutant, Isabelle ; Masclet, Olivier & Siblot, Yasmine (2008). La France des « petits moyens ». Enquête sur la banlieue pavillonnaire. Paris : La Découverte. Champagne, Patrick (1975). « La restructuration de l’espace villageois », Actes de la recherche en sciences sociales, nº3, pp. 43-67. Charmes, Éric ; Launay, Lydie & Vermeersch, Stéphanie (2013). « Le périurbain, France du repli ? », La Vie des idées. Disponible à : http://
89 4. Fin du village ou concurrence métropolitaine ? www.laviedesidees.fr/Le-periurbain-France-du-repli.html (accédé : 01/09/2022). Collet, Anaïs (2015). Rester bourgeois. Les quartiers populaires, nouveaux chantiers de la distinction. Paris : La Découverte. Davezies, Laurent (2012). La crise qui vient. Les nouvelles fractures territoriales. Paris : Seuil. Dibie, Pascal (2006). Le village métamorphosé, révolution dans la France profonde. Paris : Plon. Dibie, Pascal (2008). Le village retrouvé, essai d’ethnologie de l’intérieur. La Tour-d’Aigues : Éditions de l’Aube. Donzelot, Jacques (2004). « La ville à trois vitesses : gentrification, relégation, périurbanisation », Esprit, nº3-4. Donzelot, Jacques (2009). La ville à trois vitesses. Paris : Éditions de la Villette. Grignon, Claude & Passeron, Jean-Claude (1989). Le savant et le populaire, misérabilisme et populisme en sociologie et en littérature. Paris : Seuil. Guilluy, Christophe (2013). La France périphérique. Paris : Flammarion. Guilluy, Christophe (2014). Fractures françaises. Paris : Flammarion. Laferté, Gilles (2014). « Des études rurales à l’analyse des espaces sociaux localisés », Sociologie, vol.5, nº4, pp. 423-439. Disponible à : https:// www.cairn.info/revue-sociologie-2014-4-page-423.htm (accédé : 01/09/2022). Lambert, Anne (2015). « Tous propriétaires ! ». L’envers du décor pavillonnaire. Paris : Seuil. Le Goff, Jacques (2012). La fin du village, une histoire française. Paris : Gallimard. Lévy, Jacques & Lussault, Michel (2014). « Périphérisation de l’urbain », EspacesTemps.net. Disponible à : http://www.espacestemps.net/ articles/peripherisation-de-lurbain/ (accédé : 01/09/2022). Magri, Susanna (2009). « Le pavillon stigmatisé. Grands ensembles et maisons individuelles dans la sociologie des années 1950 à 1970 », L’année sociologique, vol. 58, nº1, pp. 171-202. Disponible à : https://www. cairn.info/revue-l-annee-sociologique-2008-1-page-171.htm (accédé : 01/09/2022). Mischi, Julian & Renahy, Nicolas (2008). « Pour une sociologie politique des mondes ruraux », Politix, nº83, pp. 9-21.
96 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional (ICOMOS, 1999). Efectivamente, es cierto que en los últimos tiempos “se han alterado radicalmente las pautas de regeneración de estos modelos” (Benito, 2003: 726), pero eso no significa que la arquitectura vernácula desaparezca. Lo que está en peligro de extinción es la arquitectura vernácula histórica pues, efectivamente, su tiempo histórico ya está extinguido. Pero esas comunidades no han pasado a ser entes abstractos y aculturales. En realidad, siguen plasmando su cultura en —y a través de— la arquitectura (vernácula actual). Arquitectura vernácula: escala de conjunto y vulnerabilidad Una de las grandes virtudes de la arquitectura vernácula —tanto de la histórica como de la actual— es su capacidad de constituir conjuntos o de servir de aglutinante para los mismos. Carlos Flores (1973: 64) llegó a afirmar que, así como la arquitectura culta podría decirse que es una arquitectura de obras singulares, la popular es “una arquitectura fundamentalmente de conjuntos”. Esta capacidad es consecuencia de la pequeña escala de sus construcciones y de la uniformidad de su aspecto (fruto de una comunidad socialmente homogénea o con similares programas arquitectónicos, estética y medios), uniformidad sin embargo no exenta de variedad. Como advertía Torres Balbás (1934: 156), “cada cual edificaba atendiendo principalmente a sus necesidades y a sus gustos personales, con los materiales del país, no resultando nunca dos casas completamente iguales: todas tenían su personalidad, su alma”. Y ese resultado, además, puede verse exaltado cuando el conjunto se asienta sobre topografías accidentadas (Figura 1). Como tales conjuntos y en términos patrimoniales, podríamos distinguir entre los denominados conjuntos históricos y los conjuntos etnológicos. Como dije antes para la arquitectura, personalmente no comparto esta clasificación, por entender que existe una única realidad en términos culturales y, además, más compleja e integral de lo que sus adjetivaciones dejan entrever. No obstante, me referiré a ellos por estar recogidos en la legislación y su utilidad para diferenciar dos grados distintos de participación de la arquitectura vernácula2. Esa identificación de los conjuntos históricos y etnológicos arranca de la acepción “histórica” otorgada el pasado siglo a los núcleos habitados y que justificaba la creación de “una especie de reserva para conservar una forma de sociedad condenada a desaparecer” (Pérez Eguíluz, 2021: 46), 2 Tal diferenciación, no obstante, sigue enmarañada en muchos casos. Así, en la actual comunidad autónoma de Castilla y León, mientras que la localidad de La Alberca figura como “conjunto histórico” en virtud de su temprana y pintoresca declaración en 1940 (previa a la creación de la propia comunidad autónoma), el barrio de bodegas de Baltanás aparece como “conjunto etnológico” (2015), según la Ley 12/2002, de 11 de julio, de Patrimonio Cultural de Castilla y León.
97 5. el paisaje urbano histórico y la conservación de la arquitectura vernácula... interpretación más tarde superada por el concepto historial de “patrimonio urbano” de Giovannoni. En su Vecchie città ed edilizia nuova Giovannoni (1931: 211-219) reivindicó las arquitecturas menores —entre las que estaban las vernáculas— como generadoras del ambiente de las mayores o monumentales, estableciéndose una solidaridad inextricable entre ambas. Decía que el aspecto típico de las villas o pueblos y su valor artístico e histórico esencial residía a menudo en la expresión colectiva ofrecida por el plan topográfico, por las disposiciones de los edificios y la vida arquitectónica que se expresa en las obras menores. En 1972, UNESCO consolidó internacionalmente el concepto de conjunto al identificarlo como una de las tres categorías del Patrimonio Cultural y sucesivos documentos como la Recomendación de Nairobi (1976) acomodaron definitivamente el papel de la arquitectura vernácula al puntualizar la expresión “conjunto histórico o tradicional”. Hasta llegar a enfoques más recientes, como el de la Recomendación sobre el Paisaje Urbano Histórico, que “trasciende la noción de ‘conjunto’ o ‘centro histórico’ para abarcar el contexto urbano general y su entorno geográfico” (UNESCO, 2011: 8). Esta noción respondería mejor al concepto integrado de patrimonio y arquitectura que defendía a la hora de conceptualizar la vernácula. Figura 1. Trabazos (Cabrera Baja, León, España). Caserío adaptado y mimetizado con el medio. Fuente: fotografía del autor.
98 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional Sin embargo, incluso cuando se trata de conjuntos, la arquitectura vernácula es sumamente vulnerable. Esa vulnerabilidad parte de su deficiente conceptualización, o de su conceptualización en términos con difícil encaje en los paradigmas actuales. El desorden epistemológico se hace evidente en el mismo momento en el que nos aproximamos a los textos normativos. En un contexto legislativo como el español es frecuente encontrarse con nociones y categorías diferentes para referirse a un mismo tipo de bienes (patrimonio etnológico, etnográfico, popular, tradicional…). Además, su concepto de tradición suele asociarse a costumbres tradicionales o formas de vida “del pasado”3, lo que viene a significar la exclusión del vernáculo actual con materiales industriales. Esta negación tácita se convierte en expresa en los instrumentos urbanísticos y de protección, regidos por inventarios y criterios formalistas y acríticos. Sobrevuelan entonces unos planteamientos generalizadores y extraculturales a los que tampoco son ajenos las recomendaciones patrimoniales específicas. En el caso de los denominados conjuntos históricos o de las localidades con presencia importante de monumentos históricos la tónica habitual consiste en relegar el valor de lo vernáculo (Figura 2). La atención institucional recibida por sus bienes suele ser inversamente proporcional a la presencia y número de monumentos en esa localidad. Y es entonces, como afirma Juan Agudo Torrico (2007), cuando el patrimonio etnológico se convierte, más que en un patrimonio “modesto”, en un patrimonio “molesto”. Esas construcciones a menudo desaparecen ante la incuria institucional o son sustituidas por representaciones más acordes a los modelos formales establecidos. Y tal tendencia se acentúa, por supuesto, cuando hablamos de las expresiones menos ortodoxas del vernáculo actual. 3 Ley 12/2002, de 11 de julio, de Patrimonio Cultural de Castilla y León, art. 62. Figura 2. Conjunto palacial (izquierda) y casas populares (derecha) en el barrio de San Pelayo de Grajal de Campos (León, España). Frente a la conservación de los elementos monumentales, se aprecia el abandono y desaparición de las obras humildes, sin las cuales no puede entenderse el propio sistema de este conjunto histórico. Fuente: fotografías del autor.
99 5. el paisaje urbano histórico y la conservación de la arquitectura vernácula... En los conjuntos etnológicos la situación no es mejor. Es más, paradójicamente su vulnerabilidad puede ser mayor si su conservación se lleva a cabo por medio de criterios formales y tipológicos inspirados en el vernáculo histórico; en la última versión del vernáculo histórico. Se impide entonces la continuidad de la tradición como proceso dinámico y con frecuencia se desatienden sus valores inmateriales. La deficiente conceptualización de la arquitectura vernácula deviene, pues, en la disfuncionalidad de las herramientas supuestamente destinadas a su salvaguardia. Se genera así un estado de indefensión que favorece su fosilización —concepto contrario al de “tradición”—, escenografía —negación de la utilitas arquitectónica— y pérdida de autenticidad, ya que los atributos dejan de transportar significados o valores (Figura 3). Conservación. Hacia un vernáculo más inclusivo y cultural Como cuestión cultural, el ámbito primero de la metodología de intervención de la arquitectura vernácula es intelectual. La teoría debe preceder siempre a la práctica, porque no se pueden salvaguardar unos valores que previamente no se han identificado. Cuando no es así, nos Figura 3. La Alberca (Salamanca, España). El mantenimiento de la imagen del vernáculo histórico corre el peligro de reducir la autenticidad al pintoresquismo. Fuente: fotografía del autor.
100 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional encontramos con un panorama confuso; en ocasiones contradictorio para el vernáculo histórico y siempre hostil para el actual con materiales industriales. Por una parte, aunque la arquitectura vernácula a menudo es identificada en términos monumentales, paradójicamente se acostumbra a tratarla con relativa flexibilidad hacia la conservación matérica (Pérez Gil, 2020). Así, la Carta del Patrimonio vernáculo construido (ICOMOS, 1999: 3-4) aconseja restaurar con sistemas tradicionales de construcción, promoviéndose los oficios, materiales y técnicas de cada lugar. Por otra parte, dicha carta indica igualmente que la sustitución de partes o elementos por otros de uso contemporáneo debe llevarse a cabo “mediante la introducción de técnicas y materiales que mantengan un equilibrio de expresión, apariencia, textura y forma con la estructura original”. Nos encontramos entonces, pues, ante una política de intervención apriorística, generalista y estrictamente formalista que no solo ignora los valores específicos de cada bien particular, sino que supone de facto la negación de las expresiones de la cultura vernácula con materiales industriales, es decir, con los medios habituales y genuinos de buena parte de nuestras sociedades occidentales desde el siglo pasado (Figura 4). Figura 4. Arenillas de Villadiego (Burgos, España). Construcción popular con diferentes aparejos. Distintos materiales (preindustriales e industriales); misma idea arquitectónica, mismo procedimiento constructivo, similares planteamientos culturales. Fuente: fotografía del autor.
101 5. el paisaje urbano histórico y la conservación de la arquitectura vernácula... Pienso que habría que valorar los diferentes modos de intervención en función de cada bien y, de partida, según el tipo al que pertenezca: arquitectura vernácula histórica o actual. Así, los bienes pertenecientes a periodos culturalmente ya extinguidos deberían tratarse como bienes históricos. Se debería favorecer la conservación de esos atributos materiales por medio de una horquilla de intervenciones que iría desde la conservación matérica (probablemente aconsejable para materiales duros o ciertas expresiones personales o decorativas) hasta las labores de mantenimiento con materiales y técnicas tradicionales. Este último procedimiento, que es el más generalizado, resulta —efectivamente— muy adecuado por residir precisamente en los medios uno de los principales valores de esas obras. Y, además, por la condición efímera de algunos materiales, que precisan renovaciones periódicas. En el caso de la arquitectura vernácula actual, la intervención debería oscilar sin embargo entre el mantenimiento tradicional —con independencia del tipo de materiales, también los industriales— y la flexibilidad necesaria para dejar espacio a lo que Caniggia & Maffei (1995: 24-25) llamaron “conciencia espontánea”. Aunque eso no significa en ningún caso que se deba renunciar a cualquier tipo de control. En absoluto. Al igual que en nuestras sociedades democráticas, de las que emana nuestra visión patrimonial, debemos proveernos de unos marcos que garanticen el desarrollo sin menoscabar la salvaguardia de los valores precedentes. De partida, debería mantenerse el plano original de las edificaciones —poco propensas, por otra parte, a transmutarse— y su relación con los espacios públicos. En contextos como el de la despoblada España de interior, los vacíos generados por los abandonos y ruinas deberían tratarse de alguna manera a fin de mantener la continuidad construida de las parcelas por medio de cierres o reintegraciones. Se conseguiría así dignificar unas ausencias que además de pérdida de integridad del tejido urbano son un recordatorio cotidiano de desánimo y desidia (Figura 5). Asimismo, en términos generales, el carácter del conjunto debería respetarse limitando las alturas, volúmenes y características de las técnicas y materiales, tal y como habitualmente hacen los distintos instrumentos urbanísticos y de protección. Ahora bien, sin impedir taxativamente —como igualmente hacen— las novedades ni aquellas intervenciones que, por sus soluciones o medios, no sigan las pautas formales del vernáculo histórico. Aquí, esos instrumentos tendrían que superar los criterios formalistas para incorporar análisis críticos con una visión netamente cultural y antropológica. Dar libertad a la arquitectura vernácula significa más bien no anquilosar la tradición, seguir permitiendo la expresión cultural de las comunidades y no descartar las nuevas expresiones de lo local. Solo así podrá evitarse la
102 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional flagrante contradicción entre la creciente importancia otorgada al patrimonio cultural inmaterial y al derecho de las comunidades a decidir sobre su propia cultura, y la imposibilidad fáctica de ver esta última desarrollarse autónomamente (Pérez Gil, 2022). Solo los individuos de la propia comunidad pueden desarrollar esa “conciencia espontánea”, porque son ellos los únicos capaces de plasmar su cultura en la arquitectura. Y, en función de esa libertad y del sentido dinámico de la tradición como proceso, no debiera negárseles el empleo de medios modernos si son ya parte de su propia realidad cultural. El reto, así en la arquitectura como en los conjuntos, está en establecer esos límites aceptables de cambio. Gustavo Giovannoni (1931: 12-15) se refirió a ellos cuando proponía seguir manteniendo vivos los centros históricos, en contra de los partidarios de museificar el tejido antiguo, “aislado de la vida contemporánea y embalsamado con fines históricos, estéticos y turísticos”. Hoy ese mismo peligro sigue activo para los conjuntos de la arquitectura vernácula. Los últimos documentos internacionales, como los Principios de La Valeta (ICOMOS, 2011) apuntan cada vez más a la participación activa y a los “valores inmateriales, como la continuidad en el tiempo y la identidad”, siempre con la vocación de “salvaguardar los valores de las poblaciones históricas y de sus entornos territoriales, así como su integración en la Figura 5. Solar vacío intervenido por los artistas Cveto Marsiĉ y Paula Merino en Grajal de Campos (León, España). Fuente: fotografía del autor.
103 5. el paisaje urbano histórico y la conservación de la arquitectura vernácula... vida social, cultural y económica propia de nuestro tiempo” (Figura 6). Nos encontramos así en una nueva etapa de conservación de los centros históricos, holística e incluyente, que ha dejado atrás los modelos culturalistas y socioeconómicos (González-Varas Ibáñez, 2016: 21-62). Y en esta nueva etapa, a la que nos aproxima la noción de paisaje urbano histórico (ICOMOS 2011: 2), debe asumirse —con responsabilidad pero sin prejuicios— la naturaleza dinámica de los conjuntos históricos y etnológicos4. 4 En diciembre de 2020 elevé al Anteproyecto de Ley de Patrimonio Cultural de la comunidad autónoma de Castilla y León varias enmiendas relativas al reconocimiento e intervención sobre la arquitectura vernácula. Entre ellas, “que sean reconocidas de manera explícita dentro del patrimonio etnológico las manifestaciones de la cultura vernácula actual, manifestaciones que pueden materializarse por medio de materiales y medios preindustriales o industriales, propios de la contemporaneidad”. Figura 6: Rubielos de Mora (Teruel, España), dimensión social del espacio público. El paisaje urbano no se entendería sin la participación de la comunidad que lo modela, conforma y vive. Fuente: fotografía del autor.
104 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional Referencias bibliográficas Agudo Torrico, Juan (2007). “Arquitectura tradicional. Mercado y discursos identitarios”, en Aranda Bernal, Ana María; Ollero Lobato, Francisco; Quiles García, Fernando & Rodríguez-Varo Roales, Rafael -eds.-, Arquitectura vernácula en el mundo ibérico. Actas del congreso internacional sobre arquitectura vernácula, pp. 37-52. Universidad Pablo de Olavide. Handle: http://hdl.handle.net/10433/6250 Benito, Félix (2003). La arquitectura tradicional de Castilla y León (tomo I). Valladolid: Junta de Castilla y León. Caniggia, Gianfranco & Maffei, Gian Luigi (1995). Tipología de la edificación. Estructura del espacio antrópico. Madrid: Celeste. Fathy, Hassan (2021). Arquitectura para los pobres. Un experimento en el Egipto rural. Madrid: Ediciones Asimétricas. Flores, Carlos (1973). Arquitectura popular española (tomo I). Madrid: Aguilar. Giovannoni, Gustavo (1931). Vecchie città ed edilizia nuova (Edición de Françoise Choay, 1998: L’urbanisme face aux villes anciennes. París: Éditions du Seuil). González-Varas Ibáñez, Ignacio (2016). Ciudad, paisaje y territorio. Conceptos, métodos y experiencias. Madrid: Munilla-Lería. González-Varas, Ignacio (2021). “Buenas prácticas: concepto, sentido y aplicación para la valoración y gestión de sistemas patrimoniales complejos”, Revista PH, nº104, pp. 28-57. DOI: https://doi.org/10.33349/2021.104.5009 ICOMOS (1999). Carta del Patrimonio vernáculo construido. México. Disponible en: https://www.icomos.org/images/DOCUMENTS/Charters/ vernacular_sp.pdf (acceso: 21/03/2015). ICOMOS (2011). Principios de La Valeta para la salvaguardia y gestión de las poblaciones y áreas urbanas. La Valeta. Disponible en: http://www. icomos.org/charters/CIVVIH%20Principios%20de%20La%20Valeta.pdf (acceso: 02/02/2017). Lalana Soto, José Luis (2011). “El Paisaje Urbano Histórico: modas, paradigmas y olvidos”, Ciudades, nº14, pp. 15-38. DOI: https://doi.org/10.24197/ ciudades.14.2011.15-38 Lalana Soto, José Luis & Pérez Gil, Javier (2018). “El concepto de paisaje urbano histórico como herramienta de aproximación al patrimonio urbano”, en Campos Sánchez-Bordona, María Dolores & Pérez Gil, Javier -coords.-, El
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112 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional calidad, caracteriza la construcción popular de buena parte de Aliste y, de hecho, es uno de sus principales recursos mineros en explotación. En este último caso, se han dado cambios tecnológicos y de proceso en la extracción y producción (aunque la técnica del laminado sigue siendo esencialmente la misma que antaño), y también en el destino del material (generalmente pequeñas losas para cubiertas) orientado en su mayor parte a la exportación. Hoy es impensable en Aliste confeccionar un muro de carga con mampostería de pizarra, rematar un alero con lanchas de este material y, mucho menos, utilizar monolitos de esquisto para sostener una balconada. Para ejecutar todo ello se recurre a ladrillos, prefabricados metálicos, plásticos o de vidrio, u hormigón reforzado. En los trabajos de cantería y de madera asistimos a ejecuciones con materiales y técnicas industriales (semiprefrabricados, tratamientos químicos e impermeabilizados). Más allá de la estética o del uso de materiales locales, la cuestión tiene dos dimensiones culturales que agravan la pervivencia de la arquitectura vernácula: la pérdida de conocimientos tradicionales y la desaparición del artesanado local. En este sentido, la recopilación etnográfica, los estudios comparados o la arqueología contribuyen a documentar un conocimiento que se está perdiendo. Además, cabe identificar una dimensión pragmática que afecta a cualquier proyecto de conservación: si no se conocen estas técnicas ¿cómo podrán ejecutarse las restauraciones futuras? Esto tiene otra dimensión adicional que retroalimenta el declive descrito: la artesanía local es un factor determinante para el impulso socioeconómico de la comarca. Desafíos conceptuales Además del contexto y las limitaciones materiales, cabe identificar otros desafíos que denominamos conceptuales porque apelan a las prácticas sociales y, sobre todo, a las políticas —pragmáticas o de identificación— en la comarca de Aliste. Uno de ellos es el conocimiento superficial de este patrimonio en su dimensión construida e inmaterial. Aunque hay alguna aproximación al fenómeno (Dacosta, 2010), el inventariado actualizado de la arquitectura vernácula se ha comenzado en 2021. El promotor de este proyecto es una asociación no formalizada —“Plataforma en Defensa de la Arquitectura Tradicional de Aliste”3— nacida en agosto de 2020. Ante la omisión de esta arquitectura en los catálogos de protección urbanística, este grupo ha promovido un trabajo de levantamiento más significativo que sistemático4. 3 https://www.facebook.com/defensaarquitecturaaliste/ (acceso: 01/09/2022). 4 A finales de 2021 se ha terminado la primera fase en la zona oriental de la comarca, con 300 elementos y conjuntos inventariados (Strato, 2021).
113 6. paisajes vaciados: desafíos de la arquitectura vernácula desde la comarca de aliste Esto supone un paso necesario para la conservación de los bienes y la pérdida progresiva de informantes. A estos trabajos deberán sumarse otros de archivo y etnográficos, particularmente sobre técnicas y vocabulario. Este conocimiento será clave para abordar proyectos de conservación y otros problemas que ahora esbozaremos. Uno de ellos lo identificamos en las tensiones que provoca la patrimonialización de la arquitectura vernácula. A todos los agentes implicados (instituciones, tejido productivo y ciudadanía en general) les aqueja el mal del voluntarismo. Las buenas intenciones —en planes, inversiones y proyectos— no siempre suman voluntades y optimizan esfuerzos. Otro factor negativo reside en la dependencia y jerarquización de las instituciones en los planes de conservación del patrimonio. A pesar del espíritu y la letra del marco referencial español —la Ley 16/1985, del Patrimonio Histórico Español—, está profundamente arraigada la idea de que la conservación del patrimonio es una función gubernativa y que exige una alta especialización. La responsabilidad de todo ello recae en el gobierno regional que, a pesar de verse desbordado, también disfruta políticamente del monopolio sobre las decisiones técnicas y financieras en la conservación del patrimonio. Estas políticas han ido evolucionando y ahora incluyen el “patrimonio Figura 4. Actividad teatral junto a una corrala de Tozalfreno, en Riofrío de Aliste. Fuente: Fotografía de A. Dacosta.
114 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional etnológico”; el problema es que, en su definición, la arquitectura vernácula queda categorizada bajo aquel patrimonio que, por monumentalidad, estilo y antigüedad, se identifica como culturalmente relevante. En consecuencia, la arquitectura vernácula —que es común, no es monumental, no se ajusta a un estilo y parece ahistórica (Flores, 2008)— queda relegada en la toma de decisiones y en el reparto de fondos para la conservación. Cierto es que al calor de algunas demandas locales, fondos específicos y modas en el campo de la conservación, autoridades y técnicos han tomado conciencia sobre el “patrimonio etnológico” y, particularmente sobre el “inmaterial”. Esta nueva perspectiva, inspirada por la UNESCO, ha llegado tras tímidos ensayos previos de conservación de la arquitectura vernácula focalizados en aquello que se consideraba original y distintivo, y priorizando la idea de conjunto (Benito, 1998; Sáinz Guerra, 2012). El nuevo acento puesto sobre el “patrimonio inmaterial” deriva de una definición más inclusiva y transversal del acervo cultural. De ahí que la UNESCO insista en que la promoción del patrimonio debe ser una tarea que emane más de las comunidades que de las instituciones. Así se extiende la idea de paisaje cultural, exitosa en el caso del Alto Douro Vinateiro (Martínez Arnáiz, Baraja Rodríguez & Molinero Hernando, 2019). Un trasfondo similar promovió la inclusión de los conocimientos y técnicas del arte de construir muros en piedra seca en la Lista del Patrimonio Mundial en 2018, aunque no afectó a Castilla y León (Dacosta & Sánchez Sánchez, 2020). No obstante, al convertirse en objeto de deseo político, la aludida lista ha perdido su efecto transformador. Este fenómeno tiene que ver más con la organización y valores de nuestra sociedad que con el alcance intrínsecamente evaluable del patrimonio, en nuestro caso la arquitectura vernácula. En una sociedad donde prima el utilitarismo y el valor de mercado, el patrimonio se ha convertido en un objeto y servicio para el consumo. Se ha extendido la idea de que el patrimonio debe ofrecer experiencias culturales significativas, y estas, en los términos expresados, solo las puede materializar un agente identificado con la rentabilidad: el turista (Jiménez de Madariaga & Seño Asencio, 2019). Mal que nos pese, las políticas de conservación del patrimonio en España, en cualquier escala gubernativa, están supeditadas a esta identificación entre patrimonio y turismo. El problema es que esta subsidiariedad implica una desvalorización del sentido cultural que tiene o puede tener el patrimonio. Esta subsidiariedad provoca, paradójicamente, una despatrimonialización del acervo cultural y un desanclaje de las poblaciones con su conservación (Pereiro, 2020). En una escala local todo esto alimenta la confusión de la ciudadanía y las autoridades locales. Si el turismo en la comarca de Aliste no es significativo
115 6. paisajes vaciados: desafíos de la arquitectura vernácula desde la comarca de aliste ¿qué sentido tiene invertir en la conservación de la arquitectura vernácula? Cierto es que muchos ayuntamientos tratan de conservar más por intuición y oportunidad que por planificación y necesidad. En muchas ocasiones entran en juego localismos que valoran lo propio en términos de “singularidad”, “autenticidad” o “antigüedad”, aunque lo percibido no siempre se ajuste a la evidencia (Esparza et al., 2007). En Aliste, hay ejemplos de ello en manifestaciones como la indumentaria y música tradicionales, fiestas religiosas como la Semana Santa u otras profanas como las mascaradas de invierno. En nuestra opinión, los desafíos identificados para la arquitectura vernácula son comunes en la concepción y pragmática de este otro patrimonio rural. Algunas propuestas desde la intuición y la acción Sin ánimo de ser exhaustivos, ofreceremos algunas propuestas encaminadas no tanto a revertir los desafíos expuestos como la lógica que los alimenta. La primera propuesta apunta a la aludida concepción y pragmática de la arquitectura vernácula, que debe someterse a la reflexión y toma de decisiones colectivas. La transparencia en estos procesos no solo es debida cuando se implican en ella recursos públicos, sean estos financieros o patrimoniales, sino que fomentaría la corresponsabilidad ciudadana en la conservación del patrimonio. En segundo lugar, debe evitarse poner esta al servicio del potencial desarrollo de una inconcreta oferta turística. En este sentido, no se trata de evitar el cambio o la resignificación cultural del patrimonio rural, por cuanto el cambio es antropológicamente consustancial a la acción social; nuestra reflexión apunta a que la búsqueda de nuevos usos y significados de la arquitectura vernácula debe partir de los actores que realmente habitan el territorio. Finalmente, la conservación del patrimonio rural debe sujetarse a un principio de integridad paisajística y cultural que no puede olvidar la gestión endógena del territorio. Más allá de lo identitario, la conservación del patrimonio solo tendrá sentido si se asume que el patrimonio —y la cultura en general— puede ser un motor de desarrollo social y económico en la escala local. Referencias bibliográficas Barrio Aliste, José Manuel del (2009). Desarrollo y desigualdad territorial en Zamora en los inicios del siglo XXI. Zamora: Diputación Provincial de Zamora e Instituto de Estudios Zamoranos “Florián de Ocampo”.
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118 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional
Desde tempos remotos que no eixo Trancoso – Guarda – Covilhã – Fundão e no eixo Figueira de Castelo Rodrigo/Almeida – Guarda – Celorico da Beira – Seia se assistiu à fixação de população. Desde povos CeltIberos até à romanização da península que esta fixação se consolidou, tirando partido de uma envolvente geomorfológica favorável ao povoamento. As bordaduras montanhosas aconchegando as largas depressões por onde se espraiam o Zêzere e o Mondego numa mansidão favorável às culturas, domadas que foram as suas cheias fertilizantes, lançam nos vales uma abundância de águas das serranias que o Homem vem aproveitando, para irrigar culturas, o que mais tarde veio a ser fator determinante na localização de engenhos. Atravessada a zona pela Via Consular Mérida-Braga e por outras de menor importância geoestratégica, como as que bordejam as faldas da Serra a meia encosta, que ligam os campos mineiros do Porto do Tejo a Valhelhas por Alpedrinha, Alcongosta, Covilhã e Sarzedo, e de Famalicão da Serra ao litoral por Ponte de Palhez, Fagilde ou Bobadela, são as Vias Vicinais, por onde passaram legiões e novas ideias, que muito contribuíram para a abertura ao exterior e que estimularam um desenvolvimento das condições de acumulação, de que algumas presenças são hoje evidentes, e que deixaram marcas edificadas, como é exemplo significativo Centum Cellas. No período de consolidação do povoamento estabeleceu-se uma rede de pequenos centros,em geral localizados em outeiros, que em articulação com as Villas das terras baixas, desempenharam um papel determinante na definição das estruturas territoriais. Ao elemento organizativo romano sobrepôs-se então a cultura árabe que introduziu novas técnicas de exploração dos recursos, aproveitando as boas condições que o território oferecia. Estabeleceu.se uma cultura rural assente nos produtos tradicionais da terra, do azeite ao vinho, das frutas aos cereais. Com o aperfeiçoamento das técnicas trazidas pela cultura árabe, a fertilidade natural destas terras permitiu e estimulou o aparecimento de florescentes aglomerados urbanos 7. Modo de vida e paisageM. o caso dos centros Menores Rui Braz Afonso Universidade do Porto (Centro de Estudos de Arquitectura e Urbanismo-FAUP) ORCID: http://orcid.org/0000-0002-0312-9729 [email protected]
120 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional que definiram a estrutura territorial ainda hoje identificável e deixando memórias toponímicas evidentes. Esta cultura foi-se consolidando ao longo do tempo e como é hoje aceite, foram as dioceses na gestão dos territórios paroquiais que garantiram a transição da organização territorial que restou das diversas ocupações para tempo de consolidação social e económica dos territórios raianos, como pôs em evidência Fernand Braudel. A linha fronteiriça Idanha/Guarda e a linha Ciudad Rodrigo/Coria/Plasencia assentes na gestão territorial a partir das respetivas dioceses, foram fortificadas seja do ponto de vista militar seja como territórios em que a acumulação de valores se tornava progressivamente mais estruturada e forte, seja como centros difusores de Cultura. Com o desenvolvimento das relações de produção foram-se instalando centros produtores de bens e serviços de apoio às pessoas, consolidando alguns aglomerados como centros de atracção populacional, com as suas feiras e mercados, formando uma rede de fixação humana, que manteve o território em exploração, numa forte relação com a paisagem produtiva. Paisagem produtiva As condições de vida passam então a depender fortemente das condições de exploração das oportunidades que a paisagem oferece, aumentando a sua apropriação para novas culturas, capazes de serem mais produtivas e assim contribuírem para a melhoria da produtividade do trabalho no campo. Assim também se desenvolvem novas técnicas produtivas na agricultura, que melhoram as espécies e as tornam mais domesticadas para o uso humano. As formas de ocupação humana estabeleceram fortes laços com a paisagem fortalecendo a relação entre exploração e benefício. A vida organizou-se em torno de processos e técnicas produtivas, que permitiam obter os produtos que a terra possibilitava, criando um sistema de relações de interacção e dependência. O modo de vida “rural” assumia assim um papel importante na sociedade, e foi-se sedimentando como parte da herança cultural que permitia transmitir os sabres ligados aos modos de uso e de produção dos instrumentos e dos alimentos, às técnicas construtivas e de cultivação, ao uso e à gestão das energias, aos modos de agir e de viver. O que se pretende afirmar é a importância de pôr em relação a pluralidade das emergências do território como elementos de um todo moldado no tempo, com as características únicas que definem a cultura de um lugar, e da sua relação com a paisagem produtiva de que usufrui esse lugar e que é a chave da sustentação e da resistência da “vida rural”.
121 7. modo de vida e paisagem. o caso dos centros menores Uma construção rural que seja destinada à actividade agrícola, pode ser interpretada ao mesmo tempo como valor construído, como forma tradicional de ocupação do território, elemento formal adequado a um contexto ambiental, mas também como expressão das condições locais da produção agrícola, constituindo-se como forma de interacção entre os diversos domínios de interrelação com a paisagem. A paisagem representa uma dimensão fundamental no reconhecimento dos valores que exprimem a cultura de uma comunidade, com os quais se identifica, e onde cada elemento é assumido como parte de um processo de interacção que permite que seja percebido como único, resultado de condições específicas, e do qual emergem os valores que permitem a resistência à sua transformação. O que persiste é sempre o que se regenera, como diz G. Bachelard: a condição de persistência verifica-se através do reconhecimento dos “laços” que ligam o horizonte perceptivo do indivíduo à imagem que aquele processo de interacção lhe consegue transmitir, e às condições de vida ligadas aos produtos da terra e à identificação visual e anímica com a paisagem. Quando se intensificam as formas de exploração da terra, quando se desenvolvem mecanismos de consumo de massa, quando as “liberalizações” dos regimes ditatoriais da Ibéria, Espanha em 1959 com Franco e os governos “Opus Dei”, e em Portugal com Marcelo Caetano em 1969, apelam a que “há um novo mundo por explorar” e exaltam a “aspiração de modernidade, o mundo rural passa de moda, e as condições de distribuição do rendimento alteram-se profundamente, beneficiando as áreas urbanas em detrimento das áreas rurais, mesmo aqueles centros que se constituíam como entrepostos comerciais , decaem na sua atractividade. A alteração relativa do custo dos factores de produção, a intensidade de capital na exploração da terra e uma procura muito orientada para “novidades”, fazem com que o campo e a sua tradicional organização de vida e a relação com a paisagem produtiva, sofram um forte desafio que, em quase todos os seus lugares não pode ser respondido, provocando o desânimo e tantas vezes o abandono, para o qual concorreu como motivo, o abandono das administrações na dotação de serviços, da educação à saúde. Modo de vida A profunda alteração dos valores sociais e económicos dominantes, a decrescente dotação de serviços, a quebra de rendimento provocada pela dificuldade de competir nas produções agrícolas com as explorações de capital intensivas, e a progressiva perda do sentido de comunidade, acabam por provocar um abandono dos pequenos centros urbanos, que constituíam
La dimensión compleja de los valores culturales en los paisajes agrarios El paisaje agrario ha llegado a ser lo que hoy observamos después de siglos de prácticas consuetudinarias, acción humana sobre el medio que debemos en primer lugar conocer y entender en su evolución para poder explicar ese territorio en la actualidad. Así como los actuales paisajes de viñedo solamente se pueden comprender si se conoce el proceso modificador que generó el ataque de la filoxera a finales del siglo XIX, otros muchos de los paisajes agrarios se construyen a partir de la intervención administrativa como la implantación de infraestructuras de regadío o la aplicación de la concentración parcelaria. Para comprender el paisaje agrario y poder definir correctamente los diferentes paisajes reseñables como culturales en esta dimensión del sector primario, los análisis conjuntos en el espacio y el tiempo serán dos fundamentos imprescindibles. Hay que entender cómo un paisaje explica muchos aspectos de la evolución de la cultura tradicional en la que está inmerso, y ahí, el concepto de “arqueología sincrónica”1, como técnica que permite explicarnos hoy elementos evolutivos de la actividad agraria a través de la observación de determinados paisajes seleccionados, resulta una herramienta clave para analizar la cultura rural. Es preciso también reconocer en su amplia variedad sus heterogeneidades y especificidades, considerando además que en muchos de estos paisajes es verificable la existencia de diferentes manifestaciones de biodiversidad, comprendiendo entre ellas desde el modo de vida de sus habitantes y las 1 Este concepto se utiliza aquí en relación con algunos paisajes que poseen un carácter regresivo, donde podemos hablar de paisaje agrario como recuerdo o vestigio, incluso de “cultivos museográficos” por su vinculación con el pasado más que con el presente. Ejemplos próximos podrían ser los espacios cercados de Sayago, o los cultivos en bancales en tantos lugares en Castilla y León —Arribes, Cinco Villas…—, que ya no poseen la función para la que fueron creados e incluso están siendo sustituidos por medio de técnicas de concentración parcelaria enfocadas para aumentar su rentabilidad, rompiendo con las razones complejas que los originaron y su integración en esa sociedad rural que los manifestaba. 8. PAISAJES PRODUCTIVOS Y ESTRATEGIAS DE REVALORIZACIÓN Gregorio Vázquez Justel Arquitecto urbanista [email protected]
130 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional singularidades de su cultura material, hasta las manifestaciones simbólicas como las que se repiten cada año en las fiestas patronales, o los repertorios gastronómicos ligados a los productos locales y a la vida de sus gentes2. El paisaje agrario no es una tierra labrada, es un “conjunto de saberes y conocimientos”3 que parten de los sistemas de matrimonio, la herencia, la repartición de la tierra, la interacción entre la agricultura, la ganadería y los aprovechamientos forestales regulados por normas locales, las estructuras de propiedad y el espacio en que se desarrollan, la autoridad, las relaciones de vecindad y parentesco, además de todos los gestos, ritos, acciones, técnicas y prácticas encaminadas a conseguir una interacción en la producción, mantenida por símbolos y protecciones sagradas vinculadas a santuarios o espacios sagrados dentro de un calendario anual complejo y particular de cada territorio. 2 Estamos ante espacios de producción cargados de valores antropológicos que se deberán desentrañar mediante el estudio y la investigación. Esta reclamada perspectiva antropológica nos permitirá integrar lo material en la naturaleza y en esta lo inmaterial; las prácticas gestuales, los símbolos y las referencias orales nos darán una visión holística y permitirán conocer los paisajes complejos, no solo mediante la observación participante, utilizando explicaciones de los actores-autores de esos paisajes, sino también a través de lecturas diversas de testimonios y textos, catastros históricos, libros de viajes, prensa y otras fuentes de información. 3 Siguiendo con esta cita de Luis Vicente Elías, “ese conjunto de saberes es el que ha generado un patrimonio natural y cultural observable en la trasformación del paisaje, un importante conjunto arquitectónico relacionado con las propias actividades agrarias: eras, pajares, fuentes, lavaderos, pozos, corrales, palomares, bodegas, molinos, cercados, hórreos y un largo listado que varía de una comarca a otra. Y por último un preciado patrimonio inmaterial que ronda lo oral, lo simbólico, y todos los aspectos que han configurado ese conjunto en vías de transformación que se llama la tradición.” Figura 1. Cultivos en bancales en los Arribes del Duero (Fermoselle). Fuente: Andrea Rodera.
131 8. paisajes productivos y estrategias de revalorización En algunos tipos y categorías de paisajes agrarios, espacios de cultivos tradicionales evolucionados, con valores culturales y patrimoniales caracterizadores y reconocibles, se están generando dinámicas de recuperación activa, con estrategias territoriales de interés ejemplar para la revitalización del medio rural y sus producciones. Así, en los paisajes vitícolas, con casos y componentes tan ricos y diversos como su extensa geografía mundial, encontramos fenómenos como la identificación, reacuñación y potenciación del concepto del pago, que muestran vías y mecanismos para trabajar en la preservación y recuperación de los paisajes productivos agrarios. La riqueza y singularidades de los paisajes del viñedo Focalizando la reflexión sobre los paisajes del viñedo, procede empezar destacando sintéticamente las principales particularidades de esta categoría de paisajes agrarios: a) Antropización fuerte y activa, objeto de un trabajo importante, continuado y legible en el territorio. La actividad como constituyente fundamental es un rasgo muy evidente que comparte con otros paisajes agrarios vivos, puntuado por la longevidad de sus estructuras —muchas arcaicas— y formas de cultivo. El viñedo conforma así un paisaje netamente “dinámico” y cambiante, evolucionado pese al origen inmemorial —en algunos lugares—, que se presta muy bien a la conceptuación como paisaje cultural. Estos paisajes evolutivos requieren lecturas diacrónicas, ya que no podemos entender la realidad actual sin comprender los procesos históricos y prácticas —algunas ancestrales— que los han generado y modificado. b) Construcción cíclica, de acusada “estacionalidad” en sus variaciones. Un rasgo muy específico, diferenciador respecto a otros paisajes agrarios, es la apreciable variación formal, con fuertes implicaciones estéticas y perceptivas, durante las estaciones y los procesos de explotación relacionados. Toda la cultura vitivinícola está marcada por los ciclos estacionales, con sus factores de influencia climáticos, biológicos, incluso astrales —antroposofía, biodinámica…— y míticos, de lo que participan los paisajes por los cambios tanto del medio físico como de sus percepciones. Este componente temporal periódico, que sustancia una parte relevante de los atributos formales y estéticos de estos paisajes, así como de aquellos funcionales —los trabajos y los días— y simbólicos —rituales—, cobra importancia muy destacada como caracterizador y para su concepción como recurso cultural (turismo).
132 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional c) Paisajes adjetivados —prestigiados— por el producto resultante, el vino, tras un amplio proceso industrial/comercial. El vino, producto a la vez de complejas resonancias socioculturales e implicaciones económicas, aparece como indeleble resultado que califica los viñedos y se asocia a sus paisajes. Pocos productos “naturales” son capaces de generar una tan rica gama de respuestas emocionales y sensibles, y pocos tienen tan profuso complejo de adherencias culturales fundadas en una larga historia y variados componentes geográficos. Es notoria la fuerte simbiosis e interesada vinculación comercial entre vinos y paisajes, con interacciones y resonancias mutuas (beberse el paisaje, viñedos junto al mar, ribeiras y riberas, bancales de esfuerzo, montañas labradas, laderas graníticas o colinas calcáreas, viñas centenarias… conceptos y expresiones al uso impulsadas por el marketing), en los que se alían la geografía y sus componentes con la historia, las técnicas y trabajos con la cultura —el mundo vinculado a lo vitivinícola, tradiciones, rituales, construcciones…—, y la economía sobrevolando todos los procesos. Incluso con derivadas territoriales marcadamente políticas, como en Rioja hoy. d) Anclaje fuerte al lugar —región, comarca, pago— de productos y productores. La importancia del terroir, conjunción de factores y componentes — clima, suelo, técnicas, orientación, plantación…—, en su máxima expresión denotativa. Si Rioja, Priorato, Douro o Ribera del Duero, Jura, Champagne, Figura 2. Conjunto de las bodegas de Atauta en Soria. Fuente: Andrea Rodera.
133 8. paisajes productivos y estrategias de revalorización Borgoña, Burdeos, Langhe, Madeira o Tokaj, por acudir a etiquetas mundialmente resonantes, suponen asociaciones inseparables entre territorios y vinos —salvando escalas, debates administrativos y fuertes particularidades—, la tendencia a la focalización microlocal —zonas y subzonas, fincas y pagos (chateaux, clos, domaines…)—, no entremos aquí en estas debatidas taxonomías y acuñaciones históricas y administrativas, refuerza notoriamente esta ligazón. Los vinos de pago o, la otra cara, los pagos vitivinícolas —acuñación legal operante en nuestro país—, resultan enclaves de gran potencialidad en esta línea de conectar territorio y producto, movilizados por el pujante motor de una línea de turismo con más apropiada adjetivación de sostenible. Dinámicas, modas y publicidad comercial, que de Europa salta al Nuevo Mundo, homogeneizadores paradójicamente pese a legislaciones y culturas diversas, pero fundados en una realidad insoslayable, la búsqueda de diferenciación y particularidad de los productos en relación a los espacios cultivados, elementos de identidad singular que más allá de obvios intereses económicos —productores, bodegueros, turismo…— resultan un notable factor de oportunidad para la (re)valorización de paisajes y lugares con viñedo. Figura 3. Viñedos tradicionales del Bierzo en Corullón. Fuente: Andrea Rodera.
134 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional Caminos para la revalorización y apreciación de los paisajes del viñedo Apuntemos aquí alguna propuesta orientadora intentando dar respuesta a una cuestión o desiderátum básico que puede formularse así: ¿Cómo destacar —exaltar— la singularidad, las particularidades de cada paisaje? Para ello hay que considerar aspectos que apelen a los diversos componentes y factores constitutivos de estos paisajes vitivinícolas, con su geografía y su historia: esencialmente, especificidades del medio — fisiográficas y ambientales—, del cultivo y del proceso, y del producto. a) Conocer en profundidad las diferencias y especificidades de los valores como paisajes —culturales—. Estudiar, investigar, inventariar/catalogar, proteger/regular… sin dejar de apelar en este marco a la necesaria planificación, suponen acciones y pautas en una secuencia de tareas y herramientas enfocadas a ampliar el conocimiento de lugares y paisajes, fundamento para la actuación y la gestión posterior4. El efectivo reconocimiento de su condición de espacios o bienes culturales empieza ahí. b) Legitimar culturalmente —condición patrimonial—, mediante reconocimiento de agentes principales: productores/cultivadores/ consumidores… además, por descontado, de los expertos, críticos, estudiosos y gestores. En la intensa vinculación referida entre lugares y productos, o entre paisajes vitícolas y vinos, el refuerzo del valor cultural que se adhiere es parejo a la identificación como bienes —o recursos— patrimoniales, algo que requiere estudio, fundamentación y concienciación5. Esta construcción de identidad solo es genuinamente válida si fermenta y participa activamente 4 La literatura disciplinar sobre paisajes culturales agrícolas y paisajes del viñedo en particular, va siendo ya nutrida, también en nuestro país. Además de los imprescindibles Atlas del cultivo tradicional del viñedo y de sus paisajes singulares (Ministerio de Cultura, 2016) y El Paisaje del viñedo: una mirada desde la antropología (Ministerio de Cultura, 2011), de Luis Vicente Elías, tenemos los tres tomos de Paisajes Patrimoniales de España (Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, Ministerio para la Transición Ecológica y UAM ediciones, 2018), de Fernando Molinero et al., y un Plan Nacional de Paisajes Culturales, en gestación, que transcribe y procesa la amplia literatura de cartas, estrategias, convenios y recomendaciones de organismos internacionales (UNESCO, Comisión europea…). 5 Como bien nos recuerda Luis Vicente Elías, a partir de un cierto momento, instituciones como UNESCO comienzan a valorar espacios agrarios como elementos singulares: arrozales, viñedos, campos de agave o cafetales, y como por ensalmo aparecen ciertos paisajes de viñedo o cultivos en bancales como territorios de valor universal. Sin demasiada motivación ni explicación hemos pasado del abandono o la desafección social y cultural por los espacios de producción agraria a darles la misma categoría patrimonial que un bien monumental, retablo flamenco o catedral gótica. Hay frecuentemente una intensa labor de difusión y vinculación social pendiente en estas prácticas.
135 8. paisajes productivos y estrategias de revalorización en los colectivos, grupos o individuos que participan en los procesos de construcción —mantenimiento—, explotación y reconocimiento —disfrute—, esto es, de apropiación legítima de los valores culturales. Encontramos ejemplos elocuentes analizando casos extremos, del éxito de Priorat frente al Campo de Borja o La Mancha, zonas todas con cultivo secular de viñedos. En esta interacción biunívoca del vino al terruño e inversa, también surgen contaminaciones o propuestas oportunistas —en Rioja se habla ya de vinos de municipio, confundiendo los valores y especificidades del terroir con las delimitaciones administrativas o políticas—. c) Extender atributos y valores (también económicos) al terruño, procurando la implicación de todos los agentes intervinientes —incluyendo a las Administraciones—. Para lograr un refuerzo de las atribuciones de valor cultural entre paisajes, prácticas y productos del viñedo, es preciso fomentar no solo los aspectos culturales, sino también aquellos económicos, que inciden extensivamente y de manera rotunda en todos los agentes y procesos6. Propietarios, cultivadores, cooperativas, bodegas, enólogos y distribuidores, consumidores de vinos y de experiencias —enoturismo— participan en una cadena de actividades económicas que tiene extensas derivadas e implicaciones, pero todos aportan o participan de la creación de valor. Volumen de producción, precios de botella, estructura parcelaria y propiedad, dificultad de cultivo, acceso a mercados de rango supralocal, publicidad e internacionalización, revaluación crítica… son algunos factores, de todos conocidos, que intervienen en la construcción de “marca” o componentes de imagen, en las que no conviene disociar el terruño de la botella. Aprovechar la extraordinaria pujanza económica de la actividad vitícola y su trascendencia sociocultural —gastronomía, imagen e identidad local…—, para atraer miradas e inversiones al terreno de origen es una estrategia tan legítima como oportuna. 6 Resulta primordial incluir a los habitantes de estos territorios, ponderando el carácter integrador de las sociedades tradicionales, entendiendo el medio rural como un todo global que parte de la casa, los edificios complementarios, las eras, bodegas y huertos familiares, los espacios productivos privados y los comunales hasta llegar al bosque y los pastizales, y en ese todo integral es imprescindible la participación directa de las poblaciones en los procesos de identificación patrimonial, al definir, inventariar y proteger. Además, hemos de entender que en las actividades agrarias tradicionales la producción está vinculada con otras manifestaciones y tareas como la artesanía o los oficios complementarios y todo ello está regulado por muchas leyes no escritas que son constitutivas al proceso laboral. Si pensamos en bodegas, linares, colmenares, molinos, tejeras, canteras, carboneras, recolecciones de todo tipo de frutas, verduras, setas... vemos que todo está interrelacionado. Si además sumamos todos los aspectos inmateriales que en el paisaje agrario son rastreables, la toponimia, la tradición oral, las leyendas o la meteorología popular, los límites reales y simbólicos, veremos muy incrementada la riqueza patrimonial de cada paisaje. Lo que se propugna, en definitiva, es una defensa de los valores sistémicos del medio rural, hoy en franca decadencia y lanzados a su pérdida y desaparición.
136 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional La preocupación arqueológica creciente detectable en el mundo de los cultivos —la recuperación de varietales perdidos o en extinción…— avanza en paralelo con el interés por reconstruir —documentar, restaurar, rehabilitar…— elementos materiales —chozos, lagares, casetas, cercados, aperos…— e inmateriales —ritos, celebraciones…—, ambas inscritas en una búsqueda de valores e identidades patrimoniales, suficientemente provistas de legitimidad y autenticidad, y que son impulsadas, sin duda, por las estrategias del turismo. Los productos del terroir, los pagos vitivinícolas y similares —unidades territoriales en las que cabe hablar de microclima y otras singularidades conjuntas en un enclave espacial acotado y reconocible—, en tanto figuras que favorecen y potencian la íntima conexión entre lugar y productos de excelencia, además de objetivos señalados de un turismo especial — enoturismo7, donde “el elemento paisaje se convierte en eje vertebrador de la experiencia”8—, están contribuyendo a este objetivo. d) Operar en toda la cadena de agentes y procesos, exigencia para la Administración: planificación de bienes culturales para una intervención. A partir de la idea anterior resulta imprescindible considerar que cualquier acción, o política que aspire a los objetivos antes citados, debe abordarse con una perspectiva integral, coordinando las actuaciones y funcionamiento de todas las piezas de la cadena, y tratando de concitar a todos los agentes. En esta lógica panorámica e integradora surge la demanda de compromisos para la Administración, o en realidad Administraciones, como garantes de control y capacidad reguladora sobre todo el marco. Si compartimos realmente que el valor patrimonial que estos paisajes agrícolas poseen es el conjunto de saberes, técnicas y acciones que han modificado el territorio con el fin de obtener un medio de vida implicado en ese espacio y por lo tanto su conservación depende de que los habitantes de ese territorio deseen la continuidad de esas formas de vida9, la complejidad 7 Sobre paisajes agrarios y turismo sostenible ha ido surgiendo también en España una incipiente producción de estudios y documentos, entre los que merece citarse la Carta de Baeza sobre el patrimonio agrario (2013), que apuesta por la protección y recuperación de los paisajes agrarios, atendiendo a sus valores agronómicos culturales y a los agentes productores en primer lugar, llamando a la preservación de la biodiversidad y las potenciales aportaciones al medio rural, entre las que introduce la aspiración del turismo sostenible. Sobre turismo de paisajes la literatura sectorial es amplísima, aunque en general tan acrítica como escasamente científica. 8 Generadoras de beneficios de carácter inmaterial derivados del disfrute de ecosistemas, paisajes o lugares, lo que en dudosa terminología UNESCO se conocen como SEC —Servicios Ecosistémicos Culturales—. 9 La despoblación es un hecho demostrativo de que esas formas de vivir no satisfacían a unos pobladores que optaron por el éxodo rural, lo que significa que la conservación y protección pueden no contar con el beneplácito de los habitantes, que mayoritariamente han optado por un cambio radical en sus formas de vida.
137 8. paisajes productivos y estrategias de revalorización del objetivo para cualquier política de protección activa y no invasiva, eficiente y respetuosa con la variedad de agentes e intereses en juego, resulta sustantiva, nunca desdeñable. En esta deseable implicación, inscrita en la visión de tutela responsable y comprensiva, se cimentará la exigencia apuntada hacia la planificación, reivindicación permanente para la política de intervención y custodia de los bienes culturales, que mira a una lógica ordenación de los procesos, garantizando tanto la protección de los bienes y valores patrimoniales como la racionalización de las acciones e inversiones, públicas y privadas, en un frágil y complejo sistema de equilibrios10, técnicos, socioeconómicos y políticos. La doble condición territorial y sectorial —cultural, patrimonial y económica— de los paisajes vitivinícolas, permite plantear una política de planificación territorial mediante instrumentos de enfoque y perspectiva también dual, útiles y específicos para las particularidades del objeto a ordenar, trascendiendo los ámbitos y competencias, indudablemente válidos, de los planes y normas de ámbito local —planificación general—. La necesidad de la planificación territorial y sectorial en relación con los paisajes culturales se suscita como una demanda acuciante ante las 10 El factor “intervencionista” de la administración, que tantas veces trata de imponer a los habitantes del medio rural condiciones y normas poco ajustadas a sus modelos tradicionales, como sucede en el ejemplo de la declaración de algunos territorios como Parques Naturales y la prohibición de determinadas prácticas de explotación —agrícolas, silvícolas, ganaderas, reducción de la caza y la pesca, recolección de frutos y setas…—, debe moderarse procurando una especial sensibilidad hacia los consensos. A través de la participación social en los procesos y en la definición de las propuestas de protección de estos paisajes, se puede avanzar en las actuaciones bajo la perspectiva de patrimonio cultural en los espacios del sector primario. Figura 4. Excepcional paisaje vitivinícola en La Rioja. Fuente: Andrea Rodera.
144 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional El viejo adagio castellano, “que no hay mal que por bien no venga”, se puede aplicar en este caso, aunque no sabemos si la destrucción de miles de hectáreas de viñedo y la transformación de la España agraria de comienzos del siglo XX ha sido una pérdida o una bendición para el medio rural. Lo que sí es observable son los barrios de bodegas en los campos cerealísticos burgaleses o palentinos, que nos remiten a un pasado de vino y no de pan. Podríamos decir que el vino y el pan debieran estar unidos como en la mesa, sin llegar a las situaciones de monocultivo que estamos observando en muchas comarcas vitícolas españolas. A partir de la perniciosa plaga, la viña se especializa y adquiere una nueva imagen, se pone a la “moda francesa”. En todas las comarcas vitícolas estudiadas el cultivo de la viña anterior a la filoxera se realizaba a mano (Elías Pastor, 2016). La razón de la utilización de la azada en el cultivo estaba en que las viñas no se encontraban en línea, como nos lo describe el Catastro del Marqués de la Ensenada en sus respuestas en el pueblo abulense de Cuevas del Valle: “Por causa de ser el terreno deste termino sumamente quebrado aspero y peñascoso que no permite se huse para su cultura de arado, y la que se da es a brazo de hombres nunca se han usado de otra medida que reguladas las tierras por peonadas y siendo cada una lo que hordinariamente en un día trabaja un peon para el cultivo de sus plantios, por no sembrarse granos algunos.” Las referencias a las plantaciones a manta, es decir, no alineadas, son constantes hasta después de la filoxera, cuando aparece el cultivo alineado y con la anchura suficiente para el paso de la caballería con el atalaje correspondiente, como hemos citado. Todavía a finales de 1970, en la provincia de Ávila, encontramos estas tipologías de plantación, que nos remiten a tiempos pasados, pero que las podemos observar hoy en día en las laderas del Alto Alberche o en las localidades de las Cinco Villas abulenses. Las plantaciones “sin orden” eran las habituales en el pasado, en razón a las formas de replantación de las plantas perdidas mediante el “acodo”, que rompía en muchas ocasiones el alineamiento de las plantas. El viejo refrán de “ser peor que un arado en una viña” mucho tiene que decir de la forma de cultivo que generaba un paisaje particular. A esto hemos de añadir la medida de los marcos de plantación, con densidades mucho mayores que las actuales y con las variedades de la época. Ese viñedo que vieron nuestros antepasados hasta la llegada de las nuevas plantaciones lo podemos encontrar todavía en algunas zonas aterrazadas de
145 9. el paisaje del viñedo Figura 2. San Esteban del Valle (Ávila). La recuperación de las comarcas vitivinícolas a través de los vinos de calidad. Fuente: Luis Vicente Elías Pastor.
146 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional las Cinco Villas abulenses, en reducidos viñedos riojanos, algunos majuelos de los Arribes y pocos espacios más. No obstante, muchos bodegueros presumen de viñas prefiloxéricas, que tienen marcos de plantación exagerados y casi se les ve el engarce del injerto en la base de su tronco. La edad del viñedo es difícil de determinar, y hoy además hay que disponer de viñas viejas para obtener altas puntuaciones por parte de expertos que clasifican y dan valor a los vinos. La conclusión sobre este primer cambio radical en el paisaje del viñedo es que la forma de trabajar va a modificar absolutamente el paisaje del viñedo, y nos muestra además cómo una plaga ha cambiado la fisonomía territorial de un continente. Años después, las caballerías realizaban las labores de la viña y los marcos de plantación fueron ampliándose hasta poder dar paso a los tractores y más tarde a todos los aperos que hoy se precisan para la moderna viticultura. El cambio ha surgido del trabajo, pero a la vez se han modificado los espacios de plantación; analícese por ejemplo el caso de Rueda o la superficie de más de 60.000 ha de viña en La Rioja, y en el mismo tiempo, la pérdida de viñas de comarcas andaluzas o manchegas. La aparición de una nueva formación, la espaldera, ha llenado de alambres nuestros campos y una nueva imagen llega al territorio. En La Rioja, hasta 1980, la formación alta o en espaldera estaba prohibida por el Consejo Regulador de su Denominación de Origen. Y a la vez, las nuevas variedades, o, mejor dicho, las variedades de moda, van ocupando los espacios vitícolas. El ejemplo de la verdejo es elocuente, así como la ampliación de la superficie del tempranillo en La Rioja, a la vez que se van poniendo de moda otras variedades en otros territorios vinícolas Formación Superficie Marco Real 5.581 ha Tresbolillo 3.124 ha En línea 90 ha Pie Alto 6 ha Sin orden 482 ha Total 9.285 ha Figura 3. Formación de las plantaciones de viñedo en la provincia de Ávila a finales de los años setenta. Fuente: Catastro Vitícola y Vinícola de la Provincia de Ávila. Instituto Nacional de Denominaciones de origen, Ministerio de Agricultura, 1982.
147 9. el paisaje del viñedo como la garnacha de Borja o la godello en Valdeorras, pero luego hablaremos del cliente y su opinión sobre estos temas. Esta evolución laboral del paisaje agrario del viñedo ha ocurrido hasta nuestros días, pero en la actualidad aparece un nuevo fenómeno relacionado con el producto. Nos referimos a la polarización de la calidad de los vinos que, de forma muy simple, nos lleva a vinos de calidad aceptable a precios muy bajos, surgidos de un tipo de viñedo, y a otros de calidad muy superior obtenidos de otra tipología de viñas, lo que nos va a generar dos tipos de paisajes en los que el cliente, es decir, las personas que consumimos los vinos, vamos a decidir hacia qué tipo de forma de cultivo nos vamos a dirigir, y todo esto teniendo como base el precio de la botella al final del proceso. Partimos de una visita al supermercado donde encontraremos vinos de Rioja de la categoría crianza, es decir, de tres años de envejecimiento, a menos de tres euros la botella, con todos sus requisitos de etiquetaje oficial. A la vez, si nos dejamos aconsejar en una vinoteca sobre “los nuevos criadores de Rioja”, con vinos muy especiales, pero de la misma clasificación temporal, tendremos que abonar por encima de los 25 euros para conseguir el fruto de esas “estrellas”. Figura 4. Espaldera de Tanat: nuevo paisaje de viñedo, adecuado a la mecanización. Fuente: Luis Vicente Elías Pastor.
148 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional Esos dos vinos pertenecen a dos paisajes de viñedo diferentes, dentro de una misma Denominación de Origen, y por eso debemos hacer una predicción de cara a los territorios de cultivo del futuro, que constituirán el nuevo paisaje. Las grandes compañías bodegueras de España, que todos debemos tener en mente, pagan unos reducidos precios por la uva que procede de territorios de grandes superficies de plantación en monocultivo, completamente mecanizados y con todas las infraestructuras necesarias para obtener las mayores cantidades de uva a un precio muy reducido. En esos cultivos habrá grandes marcos de plantación, con regadío incorporado, protección contra las heladas, cubrimientos antigranizo, es decir, unas infraestructuras que garanticen la cantidad de la cosecha aportando además todos los agroquímicos necesarios para el éxito cuantitativo. Esta tipología de cultivo precisará de infraestructuras de todas clases, incluido el denostado concepto de la concentración parcelaria, que modificará radicalmente el mosaico de los cultivos. En muchos casos, los viñedos son de las mismas compañías que poco a poco van adquiriéndolos a los particulares y subcontratan su cultivo, generando una competencia con los productores individuales que hace que el precio de la uva se vaya reduciendo año a año. Esta tipología de producción origina un paisaje particular que podemos observar en todas las grandes denominaciones de origen de España, y que está generando una tipología de cultivo que poco tiene que ver con aquel pretencioso cultivo de la vid que vinculaba a los productores al territorio y asentaba población. En la actualidad, la masa laboral es foránea y el trabajo se sustituye por vendimiadoras mecánicas y demás artilugios que facilitan el cultivo. Nos encontraremos, en breve espacio de tiempo, con un territorio lleno de viñedos y vacío de personas, como ocurre en algunos lugares. Hemos de decir que el producto final es correcto, su calidad es aceptable y recibe todos los parabienes de las denominaciones de origen correspondientes, ya que esas grandes compañías juegan un importante papel dentro de esas instituciones. El cliente está satisfecho, puede comprar un vino aceptable de las mejores zonas de producción y seguirá adquiriendo este tipo de producto. No tenemos muy claro si esta opción productiva que se va generando en muchas zonas va a deteriorar la imagen de la propia denominación de origen, ya que la calidad poco a poco va siendo sustituida por la cantidad y por la imagen, que cada vez tiene más importancia en el proceso.
149 9. el paisaje del viñedo A la vez, encontramos en toda la España vinícola otros productores que buscan una diferente tendencia. Nos referimos, en muchos casos, a jóvenes pequeños productores que han apostado por otra forma de elaboración, es decir, han decidido mantener el paisaje del viñedo tradicional. Esta apuesta por la calidad se basa en un viñedo de pequeñas superficies, en muchos casos con variedades locales minoritarias, en algunas ocasiones con plantaciones a manta o cultivadas con caballerías o medios manuales, tratando de recuperar viñedos perdidos en territorios más altos. Generalmente serán viñedos en vaso, que ha sido la formación tradicional en nuestro país. La mayor parte de estos productores realizan sus cultivos con prácticas ecológicas e incluso biodinámicas, utilizando exclusivamente los frutos que ellos producen y no generando especulación con los precios de la uva. En algunos casos no se emplean otros medios mecánicos que la tracción animal de caballerías o de vacunos, como en el Bierzo leonés. Podemos decir que los pequeños viñedos de esta tipología se están buscando e incluso hay zonas donde se ha disparado el precio de estas viñas, como el caso del Alto Alberche, La Rioja o El Bierzo, donde se valoran extraordinariamente las viñas viejas y de variedades minoritarias, como albillo, garnacha blanca, o carrasquín, que se buscan como preciados tesoros. Esta tipología de actividad agraria está relacionada con esa filosofía de la “calidad de paisajes genera calidad de productos”, y que reflejan que los mejores vinos se hacen en los mejores paisajes. El cliente, por su parte, que es el que ha fomentado el crecimiento de este tipo de vinos, apuesta por esta forma de cultivo que poco tiene que ver con la expresada anteriormente. Como resumen, podemos decir que el viñedo del futuro estará segmentado en dos tipologías muy diferentes, una relacionada con el viñedo tradicional y con los valores vinculados a las elaboraciones con escasa intervención. Y, por otra parte, una gran superficie de viñedos que podemos clasificar de “industriales”, que van a ser de las variedades que el cliente exija y con el precio mínimo que pueda pagar por lo que los costes serán también lo más bajos posibles. Entre los dos tipos de paisajes de viñedo que se van a ir configurando poco a poco, va a surgir un nuevo elemento que viene de antaño pero que se ha incrementado: nos referimos a los impactos. La consideración sobre el impacto siempre tiene matices muy subjetivos, ya que no tenemos la misma percepción de un castillo sobre el altozano del viñedo que la de una torre de alta tensión entre las cepas. En la mayor parte de los casos comparamos el espacio agrícola con el espacio natural y
150 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional pretendemos que no existan alteraciones en lo agrario como está prohibido que se produzcan en los espacios naturales. No obstante, podemos hacer una división de este tipo de alteraciones en el paisaje agrario, partiendo de las modificaciones que se producen por la propia actividad agraria, como es la realización de aterrazamientos, el aplanamiento de superficies o la división de parcelas. Encontramos impactos de carácter mixto que tienen su base en la propia actividad agraria y que se generan por la mejora de la misma y el incremento de la producción. Es el caso de la realización de regadíos, las infraestructuras de comunicación, la concentración parcelaria, las construcciones complementarias agrarias o las casetas de aperos. Y, por último, existe un conjunto de alteraciones de carácter exógeno que nada tienen que ver con la actividad agraria pero que se implantan en su espacio y hasta tienen designaciones agrarias como los “huertos solares”, las conducciones eléctricas, las infraestructuras de todo tipo que se instalan en el espacio agrario. Este lugar en el que entran y tienen cabida todo tipo de cachivaches de variado pelaje es el espacio agrario, que lo mismo que el mundo rural ha perdido su calificativo. El espacio agrario, además de dedicarse a la agricultura, sirve para contener todo tipo de artilugios con muy distinto empleo, incluido el de ser urbanizable. El llamado “suelo no urbanizable”, de hecho, ha servido para todo lo que no ha interesado instalar en el espacio urbano. En el paisaje del viñedo la situación es similar, pese a que haya Comunidades Autónomas que lo califiquen como Bien de Interés Cultural, como es el caso de País Vasco y La Rioja. Y nunca hemos entendido por qué esa especial protección no se atribuye a los bellos campos de patatas de la llanada alavesa, o a las plantaciones de remolacha próximas a los viñedos de Ribera del Duero. Si consideramos el paisaje agrario como un valor en sí mismo, independientemente de los productos que genera, podemos analizarlo a través de la metodología global de un estudio antropológico. De esta forma hemos investigado el paisaje del viñedo con una técnica del análisis “por capas”, estudiando todos los aspectos, tanto físicos como culturales, que genera un cultivo agrario. Pero hemos de ser sinceros y decir que el cultivo del viñedo posee un plus que no tiene cualquier otro cultivo de nuestra panoplia agraria, aunque el paisaje del olivo se va acercando en este listado patrimonial. El viñedo posee unas connotaciones que se las transmite el fruto que genera. El vino busca paisajes idílicos, indaga sobre variedades extrañas,
151 9. el paisaje del viñedo localiza viñedos perdidos en las alturas y encuentra elaboradores de viñas centenarias, y esto no ocurre con las alcachofas de Almoradí. Y nos preguntamos si es por esto por lo que la UNESCO ha declarado espacios de cultivo de la vid como Patrimonio Mundial, cosa que no ocurre con las berenjenas valencianas o los maíces asturianos. Y al hilo de esta declaración eurocentrista, que no considera más que viñedos europeos en esta escogida lista, y particularmente franceses, nos volvemos a preguntar en las conclusiones de este trabajo, ¿por qué ningún paisaje de viñedo español posee ese ansiado marchamo? Y las respuestas pueden surgir de la pluma del investigador, diciendo como primera que el productor español no considera la tierra en la que se cultivan las viñas como un territorio especial, sino como un espacio productivo más dentro de su listado catastral. Los autores del paisaje no valoran su espacio laboral. Podríamos poner como ejemplo a Francia, donde existen colectivos de viticultores que protegen sus espacios de plantación, y donde el propio gobierno, desde hace años, ha incentivado el mantenimiento de esos territorios que considera de excepción a través del “Groupe National des Paysages Viticoles”, dependiente del Institut Technique de la Vigne et du Vin. En segunda instancia, la mayor parte del viñedo no posee ninguna singularidad (valor universal excepcional), ya que repite modelos paisajísticos casi ofrecidos por los prospectos de los tractores viñeros que trabajan entre sus cepas. Y, en tercer lugar, la Administración que debiera ser garante de la calidad de esos paisajes ha ido permitiendo la instalación de infraestructuras hidráulicas en los ríos gallegos, la colocación de torres de alta tensión entre las cepas de la Rioja Alta, o que el AVE atraviese los viñedos de las denominaciones de origen de Rueda o de Toro. Y eso con un cultivo que es uno de los más reglamentados de la actividad agraria, con sistemas de clasificación que les otorgan marcas, como “viñedos singulares”, “viñedos centenarios” o “viñedos históricos”. Podemos pensar lo que puede ocurrir, por lo tanto, en otras actividades agrarias sin valoración patrimonial. En este momento, varios viticultores de diferentes zonas de España se están asociando ante el incremento de los impactos que están sufriendo los viñedos. La Asociación “Paisajes y Viñedos” surge como defensa ante los impactos, y se ha tenido que constituir ante las amenazas que las instalaciones de infraestructuras ciernen sobre las viñas, incluso en regiones en las que el viñedo posee la categoría de Bien de Interés Cultural.
152 paisajes activos: imágenes del medio rural de la europa meridional El paisaje del viñedo ha evolucionado escasamente hasta finales del siglo XIX en nuestro país, pero en los últimos años la transformación está siendo exagerada y los impactos exógenos ajenos a la propia actividad van a arruinar las pocas expectativas que teníamos de poseer un paisaje digno y acorde con los valores que, se presumen, debiera tener el medio rural. No pretendemos reducir el valor del paisaje agrario a los paisajes vitícolas, creemos que cualquier espacio de producción agrícola merece la mayor protección posible, aunque el viñedo tenga una serie de referencias ajenas a sus frutos que le hacen poseer alguna valoración diferente, e incluso galardonada por organismos internacionales. Cabe recordar que otros espacios de producción agrícola como el café, el arroz o el agave están dentro de los paisajes culturales de UNESCO a nivel mundial. Referencias bibliográficas Alonso de Herrera, Gabriel (1981). Agricultura general. Madrid: Ministerio de Agricultura y Pesca (Edición facsímil, original de 1620). Egea Fernández, José María & Egea Sánchez, José María (2020). Guía del paisaje cultural. Tierra de íberos (Murcia). Una perspectiva agroecológica. Sociedad Española de Agricultura Ecológica. Elías Pastor, Luis Vicente (2011). El paisaje del viñedo. Una mirada desde la Antropología. Madrid: Ministerio de Cultura. Elías Pastor, Luis Vicente (2016). Atlas del cultivo tradicional del viñedo y de sus paisajes singulares. Madrid: Ministerio de Cultura. Mir, Raúl M. (1917). Consejos de Columela a los viticultores de hoy. Barcelona: Imprenta Bayer Hnos. UNESCO (1972). Conferencia General del 16 de febrero de 1972.
Introduzione Nell’immaginario collettivo il termine Franciacorta rappresenta un territorio, e un paesaggio, fortemente caratterizzato dalla coltura vitivinicola; il Franciacorta “bollicine” prodotto in questa DOCG ha rappresentato e rappresenta il veicolo di promozione e diffusione di un brand di successo internazionale. Un elemento di interesse nello studio del caso Franciacorta è riconoscibile nel progetto di sviluppo della coltura e della cultura vitivinicola, processo che ha avuto inizio in tempi relativamente recenti (a partire dagli anni cinquanta del XX secolo). Un processo che ha conferito alla Franciacorta (nell’immaginario collettivo) una “vocazione territoriale”, esito di una traiettoria progettuale che ha visto concorrere interessi degli imprenditori vitivinicoli con quelli degli operatori della filiera agroalimentare e del turismo, con una solida condivisione da parte delle istituzioni territoriali locali. 10. Il paesaggIo vItato della FrancIacorta: un progetto dI vocazIone terrItorIale Fulvio Adobati Università degli Studi di Bergamo ORCID: https://orcid.org/0000-0001-6909-3661 [email protected] Figura 1. Immagine tratta da filmato promozionale dell’Associazione del Comuni ‘Terra della Franciacorta’.