Sujetos malvados en el periodismo y la literatura española del siglo XXI. Un análisis retórico de su construcción discursiva
Abstract
Departamento de Literatura Española y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada
Full text
PROGRAMA D E DOC TORADO EN E SPAÑ OL: LITERATUR A,
LINGÜÍSTI CA Y COM UNICACIÓN
TESIS DOCTORAL:
Sujetos malvados en el periodismo y la
literatura española del siglo XXI. Un análisis
retórico de su construcción discursiva
Presentada por Víctor Gutiérr ez-San z para optar al
grado de
Doctor por la Uni versidad de Vallad olid
Dirigida por:
José David Pujant e Sánchez
Alfonso Martín Ji ménez
3
0. Introducción_____________________________________________________
13
0.1. Hipótesi s y objetivos______________________________________
16
0.2. Planteamiento de la tesis___________________________________
17
0. Introduction _____________________________________________________
23
0.1. Hypothesis and aims______________________________________
26
0.2. Thesis approach_________________________________________
27
Bloque A: marco teórico
1. El discurso como constructor de realidades sociales: la Retórica Constructivista___________
33
1.1. La Retórica Construct ivista: una corriente teórico-metodológica para
el estudio de las construcciones sociodiscursivas____________________
34
1.1.1. El resurgimiento de los est udios retóricos en la segunda mitad
del siglo XX__________________________________________
37
1.1.1.1. Lausberg y el Grupo µ: un ejemplo de la
revitalización de los estudios retóricos desde una
perspectiva tradicional____________________________
39
1.1.1.2. La crítica al sermo ornatus_____________________
40
1.1.1.2.1. Kenneth Burke, la retórica como
herramienta de cooperación___________________
40
1.1.1.2.2. Perelman y Olbrechts-Tyteca: la retórica, la
argumentación y los espa cios de conse nso social____
42
1.1.1.3. Los estudios retóricos en España durante la
segunda mitad del s. XX ___________________________
43
1.1.1.3.1. El intento de elaboración de una nueva
retórica general de García Berrio_______________
43
1.1.1.3.2. Tomás Albaladejo: de la teoría del texto a la
Retórica Cultural___________________________
44
1.1.1.3.3. La «redención» de la elocutio realizada por
David Pujante: el primer paso en la elaboración de
una teoría constructivista con base retórica ________
45
1.1.2. Una aproximación pragmático-discursiva al
«constructivismo»_____________________________________
47
1.1.2.1. ¿Qué es el «constructivismo»?________________
47
4
1.1.2.2. Breve repaso por la tradición intelectual que aborda
la construcción discursiva de la realidad_______________
48
1.1.3. El paso lógico: la unión de la Nueva Retórica y el
Constructivismo de base discursiva________________________
51
1.2. La propuesta de análisis de esta tesis: el uso de la Retóri ca
Constructivista para est udiar las construcciones sociales periodísticas y
literarias__________________________________________________
52
1.2.1. El periodismo y la narrativa literaria: construcciones
narrativas de realidades sociales___________________________
52
1.2.2. Las construcciones de realidades sociales mediante la
narración____________________________________________
58
1.3. Conclusiones al apartado 1_________________________________
61
2. La construcción discursiva del mal en la modernidad occidental____________________
63
2.1. El terremoto de Lisboa de 1755, Auschwitz y los atentados del 11-S: el
porqué de la selección de estos tres hitos históricos para el estudio de las
construcciones retóricas del mal en la m odernidad occidental___________
64
2.2. El discurso polémico sobre el mal surgido tras el terremoto de Lisboa
de 1755: el optimismo relativista de Leibniz y Pope, las respuestas de
Voltaire y Rousseau, y el p ragmatismo ilustrado de Kant ______________
67
2.2.1. El optimismo relativista sobre el mal de Leibniz y Pope: una
propuesta a superar tras el te rremoto_______________________
69
2.2.2. La necesidad de r espuestas: las propuestas de Voltaire y
Rousseau____________________________________________
72
2.2.3. Kant y el «ideal de progreso»_________________________
75
2.2.4 . La respuesta española al terremoto de Lisboa____________
77
2.2.4.1. Francisco Mariano Nipho y su interpretación
religiosa sobre el terremoto de Lisboa________________
78
2.2.4.2. El padre Feijoo: un intento de explicación científica
del terremoto desde la religión______________________
80
2.2.5. Conclusiones al apartado 2.2. : la separación entre el «m ales
morales» y «males naturales»_____________________________
83
2.3. Los discursos sobre el mal antes de Auschwitz: del «positivismo»
científico a Nietzsche________________________________________
85
5
2.3.1. ¿La ruptura del ideal del progreso? El intento positivista de
explicar el mal durante los siglos XVIII y XIX en Europa________
87
2.3.2 Más allá del positivismo: Nietzsche y Freud______________
89
2.3.3. Los discursos sobre el mal ante s de Auschwitz (y la Guerra
Civil) en España______________________________________
93
2.3.3.1. El siglo XIX en España: Jaime Bal mes y el
Krausismo_____________________________________
93
2.3.3.2. El cambio de si glo en España: Unamuno y la lucha
entre razón y fe_________________________________
100
2.3.4. Conclusiones al apartado 2.3.________________________
102
2.4. De l sile ncio a la irracionalidad como respu esta: el fracaso de las
teodiceas seculares tras Auschwitz_______________________________
103
2.4.1. Auschwitz, la ruptura discursiva total__________________
105
2.4.1.1. El silencio o la transformación del discurso después
de Auschwitz: el mal como un problema
metadiscursivo_________________________________
105
2.4.1.1.1. El silencio como respuesta_____________
106
2.4.1.1.2. La transformación del discurso: la
propuesta de Theodor Adorno_________________
107
2.4.2. Hannah Arendt y los nuevos discursos constructores del mal :
la imposibilidad de seguir con una racionalidad clásica__________
111
2.4.3. Los discursos de la memoria: testigos y testimonios________
116
2.4.4. Los discursos sobre el mal durante el sig lo XX en España: el
cerrojo de la dictadura y la apertura de la Transición____________
118
2.4.4.1. El «problema del mal » durante el régimen franquista :
el maniqueísmo de los v encedores y la propuesta filosófico-
religiosa de Xavier Zubiri__________________________
119
2.4.4.2. La Transición como punto de inflexión:
aperturismo y regeneración del discurso Español________
124
2.4.5. Conclusiones al apartado 2.4.________________________
129
2.5. Los atentados del 11 de septiembre de 2001: el discurso del miedo____
130
2.5.1 Brevísima contextualización del suceso_________________
132
2.5.1.1. Relat o del 11-S según el informe de The National
Commission on Terrorist Attacks Upon the United States_______
132
6
2.5.1.2. Indicios de un ca mbio discursivo tras el 11-S_____
134
2.5.2. El uso del mal tras los atentados del 11-S________________
136
2.5.2.1. Las reflexiones de Susan Neiman: ¿se desarrolló un
nuevo discurso sobre el mal tras el 11 - S? _______________
137
2.5.2.2. Las reflexiones de Bernstein : la banalización del
término mal____________________________________
140
2.5.2.3. El te rrorismo visto por Occidente como una
categoría moral: la deconstrucción del discurso sobre
terrorismo (Braudillard y Srecko Horvat)______________
144
2.5.3. Características de lo s discursos mediáticos tras el 11 -S______
148
2.5.3.1. Discurso bélico___________________________
149
2.5.3.2. Discursos basados en la construcción de alteridades
149
2.5.3.3. Discursos creados mediante unos patrones
simbólicos y narrativos___________________________
150
2.5.3.4. El discurso de las emociones: la apelación al miedo_
151
2.5.4. Conclusiones al apartado 2.5 .3._ ______________________
154
2.5.5. España ante el terrorismo internacional: el contexto histó rico
de esta investigación___________________________________
156
2.5.5.1. La respuesta española al 11-S: del terrorismo
doméstico etarra al terrorismo internacional (Cumbre de las
Azores, 11-M, pacto antiyihadista y Atentados de
Barcelona)_____________________________________
156
2.5.5.2. El contexto histórico-social de nuestra
investigación___________________________________
162
2.6. La construcción discursiv a del mal en la modernidad occidental______
164
2.6.1. Resumen del estudio diacrónico: breve análisi s contrastivo d e
las diferentes construcciones retóricas del mal a lo largo de la
historia moderna de Occidente___________________________
166
3. Una apr oximación teórica a la construcción retórica de los sujetos malvados____________
171
3.1. Introducción: el análisis de los personajes como constr ucciones
retórico-argumentativas______________________________________
171
3.2. Las diferentes corrientes teóricas y estudios sobre el personaje_______
174
3.2.1. Teorías realistas sobre el personaje literario_____________ _
176
3.2.1.1. La crítica psicoanalítica de los personajes________
176
7
3.2.1.2. La crítica impresionista_____________________
179
3.2.2. Teorías no realistas sobre el personaje literario___________
185
3.2.2.1. Teorías funcionalistas sobre los personajes literarios
186
3.2.2.2. Teorías textuales: los personajes como conjunto de
rasgos textuales_________________________________
194
3.2.3. Teorías contemporáneas sobre el personaje literario_______
200
3.2.3.1. El personaje como un «individuo no -real»: la
propuesta de Margolin con base en la Teoría de los mundos
posibles_______________________________________
200
3.2.3.2. El personaje como objeto semiótico: una
aportación d e Umberto Eco ________________________
202
3.2.3.3. La Poética Cognitiva aplicada al estudio de
personajes_____________________________________
204
3.2.3.4. Hacia un modelo integrador para el estudio del
personaje: «PEFiC model»_________________________
206
3.2.4. Nue stra propuesta: los personajes y las personas como
construcciones retórico-argumentativas en el periodismo y la
literatura____________________________________________
209
3.2.4.1. La imposible diferenciación, a nivel epistemológico,
de personas y personajes__________________________
209
3.2.4.2. Identidades discursivas_____________________
212
3.2.4.3. Conclusiones al apartado 3.2. : los personajes como
construcciones retórico-argumentativas modelador as de
una interpretación discursiva del mundo______________
213
3.3. Los personajes malvados y los discursos del mal __________________
215
3.3.1. La ide ntificación de los «sujetos maléficos» en el relato_____
215
3.3.1.1. Las personas malvadas: una aproximación filosófica
217
3.3.1.2. La identificación y análisis de los personajes
malvados en la Teoría de la Literatura_________________
220
3.3.2. Conclusiones al apartado 3. 3. : los sujetos maléficos como
construcciones retóricas del mal ___________________________
224
8
Bloque B: Marco metodológico y justificación del corpus textual utilizado
para el análisis
4. Delimitación justificativa del corpus______________________________________
229
4.1 El porqué de la utilización de textos literarios y periodísticos______
230
4.2. Los criterios para la selección del corpus_____________________
232
4.2.1. Criterio temporal y espacial________________________
232
4.2.2. Criterio temático________________________________
233
4.2.3. Criterio de impacto social__________________________
236
4.2.4. Criterios secundarios para la selección del corpus
periodístico_________________________________________
237
4.3. El corpus_____________________________________________
239
5. Metodología de análisis____________________________________________
251
5.1. Primera fase: selección de los sujetos maléficos_________________
251
5.1.1. La caracterización de los personajes__________________
252
5.1.1.1. La caracterización descende nte______________
255
5.1.1.2. La caracterización ascende nte_______________
256
5.1.2. La caracterización de los sujetos maléficos: una aplicación
práctica_____________________________________________
258
5.2. Segunda fase: descripción detallada de los elementos que caracterizan
al personaje________________________________________________
260
5.3. Tercera fase: análisis de la constr ucción retórica que construye al
personaje como un sujeto malvado______________________________
263
5.3.1. Análisis de la composición mediante el estudi o de las tramas
narrativas dominantes: una aplicación práctica de la poética de
Northrop Frye________________________________________
266
5.3.1.1. Frye y las cuatro «tramas genéricas»____________
268
5.3.1.2. La respuesta de Frye a las críticas y nuestra
propuesta analítica_______________________________
278
5.3.2. Análisis de los tropos______________________________
281
5.3.2.1. ¿Qué es un tropo?_________________________
282
5.3.2.2. La teoría de los tropos de Hayden White_________
285
5.3.2.3. Metáfora________________________________
287
5.3.2.4. Metonimia_______________________________
288
5.3.2.5. Sinécdoque______________________________
290
15
abarca grandes parcelas de conocimiento com o la teologí a, la filosofía, la literatura, la
antropología, etc.
Por esta razón, siguiendo los consejos de Eco, esta tesis no pretende ofrecer un
estudio histórico sobre el problema del mal , ya que dicha empresa faraónica está destinada a
mentes excepcionales y con una vasta trayectoria i ntelectual; en los últimos años tenemos
reveladores ejemplos como los de Rüdiger Safranski (2014), Bernard Sichère (1996) o Sus an
Neiman (2012), entre ot ros. Tampoco realizamos una propue sta sistematizadora de tan
compleja realidad social, porque para ello se requiere la genialidad de autores como Nietzsche
(1982, 199 4) , Hegel (2006) o Kant ( 1969) . En cambio, en esta investigación , nos hemos
ceñido al estudio de una ventana, que diría Eco, a través de la cual podemos observar el mundo
que nos rodea.
Así pues, en las siguientes líneas no se persigue dir imir si tal persona o personaje es
un ente malvado, ni comprender p or qué obró de t al manera. Tampoco indagamos en el
origen del mal . El objetivo principal de esta tesis, mucho más abarcable en una investigación
de estas características, es analizar cómo se ha construido discursivamente a diferentes
personificaciones del mal en el peri odismo y la literatura española durante la última década.
El estudio de la construcción retórico-argumentativa de dichos sujetos maléficos intenta
responder a la misma cuestión que el grabado de Goya nos sugiere: ¿qué monstruos crea
nuestra sociedad y cómo lo hace?
16
0.1. H IPÓTESIS Y OBJETIVOS
La tesis se estructura a partir de tres premisas argumentativas:
a. Los discursos son constructores de realidades sociales.
b. El mal es una realidad social construida discursivamente, válida para un lugar y un
momento determinados.
c. Los sujetos maléficos son manifestaciones concretas de construcciones discursivas
del mal en un tiempo y un espacio determinados.
Estas hipót esis, que se justifican convenientemente en los tres pri meros capí tulos,
son la base teórica de la presente investigación.
En primer lugar, se toman los postulados de la Retórica Constructivista, que
considera que la interpretación que hacemos los humanos del mundo es esencialmente
discursiva (Pujante Sánchez, 2016, p. 38, 2018, pp. 24 - 25) . Se colige de esta afirmación que
el acceso cognitivo a determinadas realidades sociales, como el mal , es fruto de
construcciones retórico-discursivas válidas para un lugar y un momento determinados.
Asumidas estas aseveraciones, surge un problema: ¿cómo se puede analiza r la
construcción retórico-discursiv a que predomina en la sociedad sin la, indispensable,
perspectiva histórica? La solución a este conflicto la encontramos en el estudio de los «sujeto s
maléficos», ya que estos s on manifestaciones concretas del mal en un determinado contexto
social.
Queda, así, configurado el bloque teórico de la inve stigación que posibilita el acceso
al apartado práctico. En este, mediante el análisis retórico de un corpus textual conformado
por textos periodísticos y literarios, se aíslan algunos sujetos maléficos construidos
discursivamente en España entre el 2007 y el 2017, con el objetivo estudiar las estrategias
retóricas (tramas narrativas, tropos y lugares comunes argumentales) predo minantes en su
construcción discursiva. Esta es la meta principal de nuestra invest igación, de la que derivan
otras cuestiones sobre las que también se reflexiona, cono las siguientes :
a. ¿Qué semejanzas existen entre las construcciones retórico-discursivas de sujetos
maléficos en textos literarios y en textos periodísticos contemporáneos?
b. ¿Qué elementos discursivos permite n al lector identificar a un sujeto como
malvado?
c. ¿Son los patrones retórico-discursivos mediante los que se const ruye a los sujet os
maléficos mecanismos de persuasión social?
17
0.2. P LANTEAMIENTO DE LA TESIS
Con el fin de alcanzar estos objetivos, la tesis se articula en tres bloques. El primero se dedica
a la justificación del marco teórico que avala las hipótesis de partida. El segundo se centra en
la argumentación de la selección del corpus y, también, en él, se expone la estrategia
metodológica que se sigue en el análisis de los te xtos. Por último, en el apartado práctico, se
presentan los resultados del estudio y se reflejan, en estas páginas, los diferentes pasos que
se han dado para alcanzar los objetivos propuestos.
a) Bloque A: marco teórico
Las peculiaridades de esta investigación impiden realizar un «estado de la cuestión»
tradicional, es decir, una exposición sistemática de todas las aportaciones teóricas previas
sobre el tema. El llamado «problema del mal » ha sido un constante objeto de refl exión y la
ingente cantidad de textos relevantes susceptibles de análisis hace fútil cualquier
aproximación historicista a la cuestión. Por esta razón, se opta por abordar este apartado
desde una perspectiva diferente. Dado que las hipó tesis de partida de este estudio son que el
mal es una construcción retórico-discursiva y que los sujetos maléficos son m anifestaciones
concretas de dichas construcciones, este bloque teórico se plantea como una justificación
argumentada de las premisas que avalan dichas conjeturas.
El primer capítulo, por tanto, se dedica al papel del discurso como constructor de
realidades sociales. Para ello, se toman los recientes estudios publicados en el marco de la
Retórica Constructivista (Pujante Sánchez, 2016, 2017, 2018) , una disciplina heredera del
resurgimiento académico del arte de la oratoria durante la segunda mitad del siglo XX, y de
una corriente de pensamiento, contraria a la filosofía aristotélico -cartesiana, que considera
que los seres humanos se relacionan y construyen su entendimiento de la realidad , en el
tiempo y el espacio, mediante discursos.
Hecho esto, se pasa a demostrar, en el segundo capítulo, que el mal es, efectivamente,
una realidad social exclusivamente váli da para un l ugar y un momento concretos. Con esta
intención se plantea un repaso por aquellos discursos que, durante la modernidad, han
construido el mal , para así demostrar que est os han sido cam biantes. El texto, en este punto,
se articula en torno a tres acontecimientos históricos que marcaron un antes y un después en
las construcciones discursivas sobre el mal en el pensamiento occidental: el terremoto de
Lisboa de 1755, el holocausto perpet rado por los nazis, y los atentados del 11 de septiembre
18
de 2001 contra los Estados Unidos. El primero de estos hitos supuso la distinción discursiva
entre «males naturales» y «males morales». El segundo, la ruptura con el «ideal de progreso»
y la reflexión sobre la p ropia representatividad del mal . Y el tercero, mucho más reci ente,
parece ser la causa del auge de una serie de construcciones discursivas sobre la maldad que
apelan principalmente a las emociones del auditorio .
Por último, en el capí tulo final del bloque teórico, se aborda t ambién el papel que
tienen los sujetos maléficos en la construcción retórico -argumentativa del mal . El objetivo
que se pretende alcanzar en este apartado es explicar por qué se considera que este tipo de
personajes o personas son manifestaciones discursivas concretas del mal , lo que abre una
puerta de acceso a la reflexión sobre una realidad social tan compleja e indeterminada cuando
se carece de perspectiva histórica, como es nuestro caso.
b) Bloque B: marco metodológico y justificación del corpus textual utilizado para el análisis
Establecidas y argumentadas dichas proposiciones preliminar es en el bloque teórico, se inicia
el «Bloque B» exponiendo las dos columnas maestras a pa rtir de las cuales se articul a el
an álisis retórico. En primer lugar , se detallan y justifican convenientemente los criterios
utilizados pa ra la configuración del corpus discursivo-textual. Y, en segundo lugar, se explica
en prof undidad la metodología que se aplica en el estudio de la construcción retórica de l os
sujetos maléficos en la muestra seleccionada .
De esta maner a, el «Bloque B» de esta investigación se compone de dos grandes
apartados. En el primero («Delimitación justificativa del corpus»), se define el proceso
seguido para la conformación del corpus de estudio a partir de tres criterios: a) criter io
temporal y espacial (los textos seleccionados deben haber sido publicados en España dura nte
el periodo comprendido entre 2007 y 2017 ); b) criterio temático (los discursos deben estar
centrados en construcciones retórico -sociales en conflicto); y c) criterios de impacto social
(los discursos deben ser relevantes socialmente).
Una vez d elimitado el campo de estudio , se aborda el segundo apartado de este
bloque, dedicado a la explicación pormenorizada de la «Metodología de análisis» utilizada en
la investigación. Esta propuesta m etodológica se ha estructurado en tres fases, de t al forma
que sea posible abordar un estudio tan complejo y heterogéneo de manera sistémica :
1) La primera fase de la metodología de análisis está relacionada directamente con la
selección del corpus. Aunque su delimitación mediante los criterios antes expuestos nos ha
permitido enf rentarnos a una muestra textual abarcable en una investigación como esta, lo
19
cierto es que aún es necesario selecc ionar, de entre todos los sujetos que a parecen en esos
textos, aquellos construidos como entes maléficos. Este es el primer paso de la propuesta
metodológica de análisis retórico -discursivo, necesario para la justificación de los sujetos
maléficos escogidos para el análisis .
Para conseguir este objetivo, se hace uso de la propuesta teórica de Schneider (2001) ,
quien describe el p roceso de construcción de los personajes en la mente de los lectores
mediante do s operaciones cognitivas: 1) una caracterización de tipo descendente (sería
aquella en la que el lector identifica, en primer lugar , una categoría en la que inscribir al
personaje y luego, con la lectura, amplía su conocimiento sobre el mi smo); y 2) una
caracterización ascendente en la que el lector edifica al personaje mentalmente mediant e la
acumulación de rasgos presentes el texto.
La selección de los sujetos maléficos q ue confi guran el corpus de estudio se realiza
atendiendo a estos dos modelos de caracterización de los personajes. De esta manera, se
pretende escoger suje tos potencialmente «malvados», ora porqu e pertenecen a una cat egoría
identificada comúnmente como malvada (por ejemplo, «terroristas»), ora porque alguno de
los rasgos de dicho personaje son reconocidos s ocialmente en un contexto determinado
como malvados (por ejemplo, «matar a un niño inocente»).
2) Seleccionados los personajes, se aborda la segunda fase de l a metodología creada
para el a nálisis retórico-discursivo del cor pus. Esta se centra en la identificación de los rasgos
que aparecen en el texto y que constituyen las piezas mediante las que se construye a los
personajes. De esta for ma, se obtiene una muestra discursivo-textual bien delimitada en la
que centrarnos a la hora de realizar el análisis retórico propiamente dicho.
3) Por último, identificados a los sujetos malvados y aislados los rasgos discursivos
que los construyen en los textos, se iniciará la tercera fase metodológica, en la cual se efectúa
un análisis de dichas con strucciones retórico -discursivas a partir de tres variables: a) la s
tramas narrativas dominantes (estructuras narr ativas compartidas con un valor
argumentativo); b) los tropos preponderantes (mecanismos cognitivos de consenso social
capaces de construir conocimiento) y, por último, c) los lugares comunes argumentativos
más utilizados en las construcción retórica de dichos personajes como sujetos maléficos.
b) Bloque C : a ná lisis del corpus textual
Toda la exposición anterior lleva, finalmente, al aparta do dedicado al análisis. Est e se
compone de tres capítulos . En el primero, dedicado a la construcción retórico -discursiva de
20
los terrori stas etarras, se aborda una realidad s ocial de enorme impacto en España durante
un periodo en el que se produjeron cambios notables. El cese definitivo de la activi dad
armada, anunciado por ETA el 20 de octubre de 2011 , conllevó una variación radical del
contexto dis cursivo sobre el terrorismo. Tras medio sig lo de violencia en el País Vasco, se
abrió un periodo de paz duradera que posibilitaba que se dieran nuevas construcciones
retóricas capaces de armonizar dos perspectivas sociales en conflicto. El capítulo analiza l a
construcción retórico-discursiva de dos personajes, uno proveniente de la muestra literaria y
otro, de la periodística: el primero de ellos es Joxe Mari, un etarra que aparece en Patria, de
Fernando Aramburu; el segundo es Xabier López Peña, ex dirigente de ETA que puso fin al
periodo de negociaciones entre el Gobierno español y la organización terrorista en el 2006.
La temática del sig uiente capítulo es el terrorismo internacional yihadista. El apartado
se centra en las construcciones discursivas de do s acontecimientos tr anscendentales en la
historia reciente de España: el juicio durante 2007 sobre los atentados de Madrid del 11 de
marzo de 2004 , y los atentados de Cataluña de 2017 en Barcelona y C ambrils. Ambos suceso s
motivan un análisis centrado en la construcción retórica de los terroristas que se dio en la
literatura, a partir del estudio de la novela La vida antes de marzo , de Gutiérrez Aragón, y en el
periodismo, mediante el examen de las interpretaciones discursivas que se dier on en la prensa
de los diferentes sujetos implicados en los atentados .
Por último, el te rcer capítulo de este apartado aborda la construcción retórica que se
realizó de políticos corruptos durante una época indudablemente marcada por la crisis
económica y el surgimiento de movimientos ciu dadanos, como el 15- M, que cuestionaron
las estructuras de poder hegemónicas. Concretamente, el apartado s e centra en las
construcciones retórico-discursivas que se hicieron de Dominique Strauss -Kahn en la prensa
española y en la novela de Juan Francisco Ferré, Karnaval .
La caída en desgracia del entonces presidente del Fondo Monetario Intern acional,
tras ser arrestado por un presunto intento de violación a una camarera de hotel en Nueva
York, fue paralela al nacimiento en España del movimiento de «los indignados», en mayo de
2011, por lo que se considera que su caracterización puede servir como ejemplo
paradigmático de los cambios discursivos que se estaban dando en España. Estos capítulos
dedicados al análisis se complementan con dos entrevistas realizadas a Juan Francisco Ferré
y a Manuel Gutiérrez Aragón, autores de dos de las novelas que componen el corpus
1
.
1
Se ha tratado de contactar en repetidas ocasiones con Fernando Aramburu, autor de Patria , para
poder entrevistarle, p ero ha sido imposible ll egar a él.
21
El análisis realizado en estos tres capítulos permite, finalmente, res olver los
interrogantes planteados en nuestra investigación, así como estudiar las estrategias retóricas
predominantes (tramas narrativas, tropos y lugares comunes argumentales) empleadas en la
construcción retórico-discursiva de los sujetos maléficos en España, durante el periodo
comprendido entre 2007 y 201 7.
23
0. I NTRODU CTION
The Prado Museum treasures an engraving by Francisco de Goya whose reproduction on
this page is the most accurate introduction that can be made to this thesis. It is ent itled ' The
Sleep of Reason Produces Monsters ' and therein a man is observed asleep on a desk, where it
would appear he had been working. Crushed behind his back, the monsters flail. Mainl y
formless beings that lurk from the shadows and emerge, as the title indicates, when reason
sleeps.
Image 1: Digital reproductio n provided by Google Art Project
24
In a hast y inte rpretation of the work, it could be deduced that this Goya engraving is
an enlightened allegation in favour of rational thought. However, this disquisition cannot
overlook its interest, since the author, in truth, do es not face both realities, moreover he
weaves them through his strokes forming a much more complex entirety. Goya's painting
shows that in the human being the two worlds co -exist, it could be said, night and day, and
that both are a fundamental part of the subject who rests on his desk.
In this thesis, we follow the example of Goya and, although in a much more awkward
manner, aiming to draw the monsters that lurk in our contemporary society when reason
sleeps or, simply, when it is not enough to int erpret certain social realities. Rational thinking
is often insufficient, so much so that the human being returns, again and again, to access
doors leading to much more primary knowledge, such as, for example, poetic thought.
Evil is one of those social realities impossible to approach exclusively through reason.
On account of this, in our study we use the tools offered by rhetorical analysis to analyse
those discursive constructions that use poetic language to shape it (such a s literature and
journalism). At this point, there is the obligation to make a series of assessments in order
that these lines are not misleading.
We are aware that the dr afting of a doctoral thesis on evil may seem, at present, an
intellectual chi mera and there will be no shortfall in reason to those who think in this manner .
Ever since people have had written consciousness (and certainly similarly beforehan d)
human beings have faced multiple demons, with changing faces, crea ted by religions,
philosophy or art to answer an eternal question: why does evil exist in the world? (Becker,
1980; Neiman, 2012; Pía Lara, 2001; Russell, 2014; Safranski, 2014; Sichère, 1996) . For this
reason, it must be pointed out that this question, denominated in the philosophi cal and
religious tradition as "the problem of evil ", is not the focus of this research piece.
As Umberto Eco explained in 'How to write a thesis’ (2001), an essential work in the
beginnings of every researcher, so that an academic work can aspire to provide a modicu m
of ori ginality to contemporary thought is necessary to focus on a minuscule section of reality.
Consequently, before trying to create a thesis on a "castle", in Eco's opinion, the researcher
should "simply" approach the study of one of the windows of said castle.
The problem of evil is far from being a negligible section of social reality, rather, it is
an immense intellectual palace , since it is a transvers al concept that encompasses major areas
of knowledge such as theolog y, philosophy, literature, anthropology, etc. For this reason,
following the advice of Eco, this thesis does not intend to offer a historical study on the issue
of evil , since this pharaonic company is intended for exceptional minds and with a vast
31
B LOQUE A: M ARCO T EÓR ICO
32
33
1. E L DISCU RSO COMO
CONSTRUCTOR DE REA LIDADES SOCIALE S :
LA R ETÓRICA C ONST RUCTIVISTA
Como ya se ha apuntado en la introducción, en esta investigación se parte de la premisa de
que el mal es una realidad social construida discursivamente, válida para un lugar y un
momento concretos. Esta afir mación, base ontológica y epistemológica de la tesis, permite
estudiar a los sujetos maléficos
2
como manifestaciones retóricas específicas del mal en un
contexto determinado (en este caso concreto, España durante el periodo comprendido entre
2007 y 2017). De esta manera, se puede abord ar desde una perspectiva eminentemente
práctica (y no solo intelectual, teórica o abstracta) una realidad social que se constituye en el
discurso interpretativo del mundo (político, cultural, filosófico, científico, artístico, etc.).
Ahora bien, antes de comenzar con el análisis retórico del corpus textual
seleccionado, se debe n precisar algunas de las premisas implícitas en la afirma ción con la que
se co menzaba esta página. Si se considera que el mal es una realidad social construida
discursivamente, en primer lugar, el estudio que aquí se ofr ece tendrá que profundizar ,
mediante un marco teórico que aval e dicha hipótesis, en la posibilidad de estudiar los
discursos como constructores de realidades sociales. P ara ello, se partirá de los trabajos
ofrecidos recientemente por la Retórica Constructivista (Pujante Sánchez, 2016, 2017, 2018;
Pujante Sánchez & Morales-López, 2013; VV.AA., 2017) .
2
Utilizamos esta denominación para referirnos tanto a personajes ficcionales como a personas. La
argumentación y jus tificación de esta decisión se encuentra en el apartado 3 del bloqu e teórico.
34
1.1. L A R ETÓRICA C ONSTRUCTIVI STA : UNA C ORRIENTE TEÓRICO - METODOLÓGICA
PARA EL ESTUDIO DE LAS CONSTRUCCIONES SOCIODIS CURSIVAS
3
En el marco de esta investigación (en la que se parte de la premisa de que el mal es una
construcción discursiva) la disciplina que m ás convenientemente se adapta teórica y
metodológicamente a la propuesta de estudio es la Retórica Constructivista (Pujante Sánchez,
2016, 2017, 2018; VV.AA., 2017) . Esta corriente de estudios retóricos
4
ofrece al investigador
una serie de poderosas herramientas para el análisis de las construcciones sociodiscursivas
con las que se construye el conocimiento con que se modela el mundo que habitado .
La Retórica Constructivista parte de la idea de que la interpretación humana del
mundo es esencialmente discursiva (Pujante Sánchez, 2016, p. 38, 2018, pp. 24- 25) . Es decir,
considera que cada persona construye discursos, para entende r y entenderse en el mundo,
que la ubican interpretativamente en un espacio y tiempo. Esos dis cursos, una ve z
elaborados, se ponen en común socialmente, con lo que se hace posible la conv ivencia . Así
pues, se llega a la conclusión de que las construcciones discursivas que se realizan en el d ía
a día son actos comunicativos constructores de re alidades sociales y mediadores de la vida
en sociedad. Explica David Pujante:
El proceso de persuasión lo es, siempre, para con otros; pero primero para con nosotros mismos
(autoaplicación del mecanismo re tórico). Consiste en una lucha seria por entender los hechos del
mundo en el que estamos inserto s y por situarnos coherentemente en ese mundo a través de un
discurso (2018, p. 25) .
Dicho esto, conviene pararse brevemente a definir qué se entiende en esta
investigación por «discurso», ya que las aproximaciones teóricas han sido muy diversas a lo
largo del siglo XX. En las sig uientes páginas, s e utilizará el término «discurso» para referi rse
a todo acto comunicativo que construya una interpretación de la realidad social . Para
3
La elaboración de esta tesis se sitúa dentro del proyecto de investigación «Retórica constructivista:
discursos de la identidad» (financiado por el Ministerio de Industria y Competitividad y Fondos Feder), en el
que se enmarca el contrato predo ctoral que he disfrutado durante los últimos cuatro años. En este periodo
formativo he publica do distint os artículos en los que ya trab ajo con dicho marco teó rico y de los que b ebe est e
apartado de la tesis. Estos son «Retórica de los discursos digitales. Una propuesta metodológica para el análisis
de los discursos en Twit ter» (2016) , «El terrori smo de los “lobos solitarios” en la literatura y la prensa españo la
(2010-2015). Un análisis retóri co-argumentativo de s u constr ucción discursi va» (2018) , «Zombis e inmigrantes.
Análisis de un marco retórico común en el periodi smo y la literatura e spañola: un estudio de caso» (2017c) ,
«Francisco Umbral ante el 23-F: la trama narrativa cómica como elemento aglut inador en el relato de la
Transición española» (2017a) y el trabajo fin de máster «Sujetos de l mal en el discurso periodístico y literario»
(2015).
4
Esta disciplina se ha desarrollado durante los últimos años a partir del trabaj o realizado por el grupo
de investigació n «Retórica Constructivista: discursos de la identidad», liderado por José David Pujante Sánchez,
catedrático de l a Teoría de la Literatura y Literatu ra Comparada de la Univ ersidad de Valladolid.
35
empezar, un discurso puede ser tant o la intervención de un político que explica en el
Parlamento por qué es necesario privatizar la sanidad, como el lema de una pancarta que p ide
defender la sanidad pública. También ser án tratados como discursos, por ejemplo , el relato
que pueda hacer un niño de su día en la esc uela o una tesis doctoral que trate de argumentar
que nuestra realidad es esencialmente discursiva.
Se establec e así que el «discurso» será l a unidad analítica fundamental que se utilizará
para el análisis retórico en la investigación. Ahor a bien, dado que el corpus de estudio
configurado está conform ado íntegramente por textos escritos, se debe dirimir antes de nada
si existe una homología con otra unidad de análisis fundamental en la lingüística del sig lo
XX: el «texto». Es decir, ¿«texto» y «discurso» son sinónimos?
Tradicionalmente s e han distinguido «discurso» y «texto» por su carácter oral o
escrito. Esta diferenciación, a juicio de la experta en Estudios del Discurso, Juli eta Haidar,
«no encuentra ningún soporte teórico, sino histórico» (2006, p. 73). Así, por ejemplo,
diferentes corrientes analíticas han hecho uso de estas categorí as de análisis de distinta for ma.
Por ejemplo, «en la Escuela Fr ancesa, el discurso se articula al proceso de producción-
circulación-recepción y el texto solo es el producto; en la Lingüístic a Textual, al cont rario, el
texto es la categoría importante, el marco estr uctural y el discurso es el pro ducto» (Haidar,
2006, p. 73).
Visto así, el uso que se hace en la investigación del término discurso se encuentra más
cerca de la definición propuesta por la Escuela Francesa, ya que aquí se emplea para hacer
referencia al acto comunicativo, mientras que el término «texto» puede ser utilizado para
referirse al resultado de la operación elocutiva. Ahora bien, en la m ayoría de los casos se
utilizará indistintamente uno u otro término, porque, a la postre, el acceso a la construcción
retórica será textual y, po r lo tanto, es el texto la manifestación concreta del discurso que se
estudiará en esta tesis.
Si se atiende a esta definición del discurso com o todo acto comunicativo constructor
y mediador de las realidades sociales, la Retórica Constructivista se revela como una disciplina
académica de enorme utilidad, tanto práctica como teórica, ya que posibilita una reflexión
social compleja sobre los mecanismos discursivos que articulan la vida diaria (como, por
ejemplo, el concepto del mal , cuyo estudio es el objetivo pri ncipal de esta investigación). E n
palabras de David Pujante:
La retórica constructivista se propone y necesita ante todo reivindicar la tercera operación retórica
como básica para la construcción del discurso (que es la construc ción del sentido de una causa), y
encuentra la mecánica tropológica y figurativa como la interpretadora de las relaciones entre los
elementos del mundo al que se refiere el discurso, tal y como es capaz de h allar y establecer dichas
36
relaciones el sujeto que realiza el discurso. De donde el discurso será la interpreta ción del mundo
desde y por el s ujeto que lo construy e (2018, p. 15).
Dicho esto, conviene recuperar brevemente la corriente de reflexión histórica de la
que es heredera esta disciplina , porque si bien se trata de una a portación precursora de una
nueva percepción de los estudios retóricos, lo cierto es que la Retórica Cons tructivista existe
gracias una larga tradición intelectual que ha posibilitado su desarrollo . A fin de cuentas,
aunque se constituye un tratamiento novedoso de lo s estudios con base retórica, la Ret órica
Constructivista bebe de una tradición de siglos de antigüedad que nació con los sofi stas y
que se mantuvo en un segundo plano, sometida p or el pensamiento aristotélico -cartesiano,
hasta recuperarse a finales del XIX en el c ampo de la filosofía (gracias a la obra de Friedrich
Nietzsche) y luego en la segunda mitad del siglo XX entre las disciplinas académicas centradas
en el estudio de los discur sos gracias al resurgimiento de los estudios retóricos que se produjo
durante la segunda mitad de la centuria .
De manera paralela a esta rehabilitación de la R etórica durante la segunda mitad del
siglo X X, se promovió un desarrollo de la doctrina filosófica conocida como
«constructivismo». Est e será el segundo eje de la exposición que, a cont inuación, se det allará
y que permitirá finalizar esta primera sección teórica con el desarrollo de una posible
aplicación práctica de la Retórica Constructivista al análisis de narrativas literarias y
periodísticas constructoras de realidades sociales en conflicto, como pue de ser el mal .
37
1. 1.1. El resurgimiento de los estudios retóricos en la segunda mitad del siglo XX
El desarrollo de una civilización mediática e hiperconectada durante el siglo XX y el siglo
XXI (en la que, por poner un ejemplo relacionado con la investigación, es posible retrasmitir
en directo y a todo el mundo unos atentados como los de las Torres Gemelas) ha potenciado
en las últimas décadas la Retórica, una disciplina fundamental para comprender y producir
construcciones discursivas sociales. La antigua ág ora griega, en la que se fundamentaba
aquella democracia incip iente, se h a hecho i nmensa con el nacimiento tanto de los medios
de comunicación de masas tradicionales como de los nuevos espacios de comunicación social
digital . Como consecuencia, ha resurgido de nuevo la Retórica, ya que se ha puesto de
manifiesto que es una disciplina fu ndamental para facilitar la convivencia en la nueva «plaza
pública», ahora digital.
Tras siglos en los que el poder de la palabra en los espacios públicos había estado
restringido a unas élites, durante el siglo XX y, sobre todo el XXI, se ha producido u na
aparente democratización del discurso público. Ahora, es relativamente sencillo que cualquier
ciudadano posea perfiles en espacio s digitales, con los que puede producir y emitir
construcciones discursiv as. Ahora bi en, tampoco se debe pensar que esta sit uación es
utópica, porque la multiplicidad de voces ha generado un exceso de información. Además,
aunque es ci erto que en estos momento cualquier sujeto puede tener una voz propia, los
«altavoces» para que esta se escuche siguen perteneciendo a gr andes corporaciones
mediáticas (González Bedoya, 2009, p. 10) .
Con todo, es innegable que en las últimas décadas se ha producido una apertura del
debate en los espacios públicos. El relato único de la realidad ha sido puesto en entredicho,
ya que es p osible que existan muy diversas construcciones discursiv as sobre un mismo
acontecimiento o conflicto. Como consec uencia de esta dispari dad de relatos, se han
popularizado términos como «pos verdad», lo cual, es un refl ejo de la autoconsciencia social
de que, en la actualidad, pueden coexistir diferentes construcciones retóricas de una realidad
social. Esta percepción hasta ahora parecía imposible por la sencilla razón de que existía un
discurso único e impuesto. La sociedad ha evolucionado, por lo tanto, hacia una nueva
«civilización mediática» ( civilisation médiale ), en palabras de Kibédi Varga (2000, p. 1) , que
sustituye a una «civilización escrita» que a su vez sucedió a una «civilización oral».
Pues bien, en este contexto de resurgimiento del debate político en el que se
confrontan en todo el mundo diferentes versio nes sobre múltiples acontecimientos, la
Retórica se ha vuelto a revelar como una herramienta indispensable para comprender,
38
analizar y regular estas constr ucciones sociale s. En este sentido, resulta profundamente
alentadora la definición de la Retórica que hace K enneth Burke, quien la define como un
mecanismo de cooperación entre seres humanos:
For rhetoric as suc h is not rooted in any past condition of human society. It is rooted in a essential
function of language itself, a function that is wholly realistic, and is continually born anew; the use of
language as a symbolic means of inducing cooperation in beings that by nature responds to symbols
(1969, p. 43).
Se aleja esta definición, por tanto, de l a visión más extendida (muchas veces negativa)
que concibe la Retórica como una disciplina destinada exclusivamente a la manipulación
mediante el discurso. Así pues, la Nueva Retórica desarrollada durante la segunda mitad del
siglo XX supuso una important e revitalización de los estudios retóricos desde su perspectiva
sofística. Es decir, como una disciplina destinada a la consecución de consensos sociales, algo
que, en la actualidad, parece fundamental para el desarrollo de sociedades qu e no perpetúen
los conflictos.
La Retórica Construct ivista puede enmarcarse dentro de esta corriente revitalizadora
de los estudios retóricos. Sin embargo, no debe pensarse que fue una línea de estudio
homogénea la que ha per mitido llegar hasta aquí, ya que hubo muchos y muy diversos
intentos de actualización de los postulados retóricos, que Pujante Sánchez resume en tres
etapas. Es precisamente la última etapa la que ha dado lugar a la Retórica Constructivista,
como se explica en el siguiente fragmento:
Hoy po demos hablar de t res momentos evol utivos en los pl anteamientos retóricos a lo largo del siglo
pasado, que fue el siglo de su recuperación. La retórica ha pasado, a lo largo del siglo XX, de ser
(primera etapa) un mero venero de explic aciones estilísticas para el bien escribir y el bien decir (la
herencia milenaria de su entendimiento como inventario de tropos y figuras retóricas, con b ase en el
concepto de sermo ornatus ; (Pujante Sánchez, 1999, p. 159 y siguientes)) a constituirse nuevamen te
(segunda etapa) en el poderoso mecanismo de construcció n del discurso social que ya fue en sus
comienzos históricos (Albaladejo Mayordomo, 1989, pp. 43-57; Pujante Sánchez, 2003, pp. 75 - 79) , y
a apo yar, en consecuencia , una bu ena práctica del discurso ciudadano, a la vez que un buen a nálisis de
los argumentos ideológicos que lo constituyen (Pujante Sánchez, 1998; Pujante Sánchez & Morales -
López, 1998). Pero más recientemente todavía (y esta sería la tercera etapa, que en est e trabajo
formulamos, denominamos y definimos), la retórica ha revelado, con la recuperación de sus originarios
planteamientos ontológicos y epistemológic os, que se encuentra en paralelo identificativo con el
pensamiento que, durante el siglo XX, se ha de sarrollado sobre el lenguaje (filosofía del lenguaje,
lingüística, pragmática) y sobre la te oría del lenguaje poético -literario (e scuelas formalistas y
neoformalistas). Muestra con ello que la construcción retórico-discursiva no es una pura técni ca de
hacer discursos de persuasión social (entendida dicha técnica como algo ajeno a la construcción del
significado); sino que, muy por el contrario, en la construcción discursiva está la clave de la
interpretación del mundo y de nuestra relación con ese mundo en e l que vivimos. El proceso de
construcción discursivo-retóri ca y su culminación, por tanto, nos permi te tomar conciencia de
nuestras vivencias, personales y sociales. Y esa toma de conciencia es la visión de la realidad del sujeto,
realidad que se construye en el discurso. A esta tercera etapa la lla mamos retórica constructivista
(Pujante Sánchez, 2018, p. 13).
A continuación se examinan, de forma más detallada, estas tres etapas en los estudios
retóricos durante el siglo XX y XXI.
39
1. 1.1.1. Lausberg y el Grupo µ: un ejemplo de la revitalización de los estudios retóric o s
desde una perspectiva tradicional
Para entender el pape l tanto del filólogo Heinrich Lausberg com o del Grupo µ en la histori a
de la Retórica hay que remontarse a la época en que el Imperio sustituyó a la República en la
antigua Roma. Puede parecer un exce sivo salto temporal, per o lo cierto es que fue en ese
momento en el que se cimentó una manera de enten der la retórica que luego se ha perpetuado
durante siglos hasta inspirar, por eje mplo, el tratado de estos intelectuales durante la segunda
mitad del siglo XX.
La caída de la República y, consecuentemente, el debi litamiento de la democracia
desencadenaron una nue va forma de entender los est udios retóricos. Al hilo de la definic ión
realizada por Quintiliano de la Retórica durante el Imperio ( vir bonus dicendi peritus ) (2004, libro
XII, cap. I, I), David Pujante explica lo siguiente:
Su definición es la quintaesencia del sentido primero del oficio retórico, tal y como se había ido
fraguando a lo largo de todo el tratado: la idea de que la destreza oratoria solo tiene sentido como
arma para mejorar la sociedad y para conocer mejor las situaciones de injusticia. Es útil si es bien
utilizada. Cuando Quintiliano escribe su tratado (95 d. de C.) ya es un anacronismo, porque, desde la
muerte de Cicerón, en el sigl o anterior, Roma estaba gobernada por la dictadura (…). La retórica no
tenía el sentido político que pretende darle Quintiliano, porque Roma vivía ya en un clima en el que
la libertad expresiva, impres cindible para el ejercicio retóri co, era un bien escaso (2003, p. 57).
La Retórica pasó a estudiarse entonces como un mero sistema de ornamentación de
los discursos. Es decir, se trataba de una herramienta estilística cen trada casi en exclusiva en
la operación retórica de la elocutio , que se estudiaba como una herramienta de elaboración de
discursos «bellos». Así, explica Pujante, la retórica pasa a ser entendida como un mero
inventario de tropos y figuras. De esta manera se entiende la Retórica en la mayoría de los
tratados del medievo, herederos de esta tradición. La utilidad social de la disciplina había si do
anulada por lo que, poco a poco, con la entrada en la modernidad, los estudios retóricos
decaen completamente hasta ser meramente residuales durante gran parte del siglo XIX.
En este contexto es en el que debe enmarcarse la publicación del Manual d e retórica
literaria (1966) de Heinrich Lausberg y la Retórica general (1987) del Grupo µ. Ambos tratado s
fueron importante hitos para el resurgimiento de los estudios r etóricos en la segunda mi tad
de siglo XX, pese a que fu eron herederos del entend imiento de la retórica como básicamente
una enumeración terminológica de tropos y figuras.
Por un lado, el libro de Lausberg, Manual de Retórica Literaria , pub licado originalmente
en alemán en 1960 con el título Handbuch der Literarischen Rhetorik , es un exhaustivo
compendio enciclopédico de fig uras, tropos y términos retóricos. En él, realiza el académico
40
una recuperación del enorme saber contenido en los tratados de retórica clásica y los
sistematiza de tal forma que se ha convertido en una induda ble obra de referencia para
cualquier estudioso de la retórica. Con todo, la aproximación que se hace en dicho tratado
(aunque supuso un ímprobo trabajo que impulsó el estudio de la Retórica en el siglo XX) no
deja de ser enciclopédica, con lo que, de una manera u otra , se sigue incidiendo en la visión
de la Retórica como una mera enumeración de tropos y figuras.
Algo similar ocurrió con el libr o publicado diez años después (en 1970 la versión
original) escrito por el grupo de i nvestigadores del discurso belgas conocido como Grupo µ
titulado Retórica General (1987). En esta obra, que pretendía ser revolucionaria al realizar una
reinterpretación de los estudios retóricos tradicionales sobre la b ase de las nuevas corrientes
teórico-literarias y lingüísticas, volvió a caer en el mismo paradigma de estudio de la elocutio
como sermo ornatus , es decir, como un ejercicio estilístico de adorno. Así, la obra realiza una
interesante a ctualización terminológica de la retórica clásica, pero repite los patrones de
comprensión del proceso retórico como un mecanismo embellecedor del discurso.
1. 1.1.2. La crítica al
sermo ornatus
Esta concepción de la Retórica como una mera enumera ción de tropos y figuras de la que
son herederas tanto las o bras de Laus berg como la s del Grupo µ, durante la segunda mitad
del siglo XX, quedó desfasada gracias a la labor de intelec tuales que, en un contexto como el
que antes se ha descrito (un mundo hiperconectado y glo balizado), volvieron su mirada a la
tradición sofística recuperando el papel del discurso como un acto comunicativo mediador.
En este punto , se han seleccionado a tres autores fundamentales de entre todos los
que establecieron las bases para los nuevos estudios de Retórica. Tal y como indicaba Pujante
Sánchez, ellos son los protagonistas de la segunda etapa de resurgimiento de los estudios
retóricos durante el siglo XX, que finalmente termi naría por dar lugar a una tercera etapa, en
la que enmarcar novedosas corrientes como la Retórica Constructivista (Pujante Sánchez,
2018), la Retórica Cognitiva (Browse, 2018) o la Retórica Cultural (Albaladejo Mayordomo,
2005) .
1. 1.1.2.1. Kenneth Burke, la retórica como herramien ta de cooperación
Kenneth Burke es uno de los intelectuales más destacados dentro de la llamada Nueva
Retórica, que se desarrolló durante la segunda mitad del siglo XX. Su propuesta teórica
47
1.1. 2. Una aproximación pragmático-discursiva al «constructivismo»
Tras el estudio del contexto de resurgimiento de los estudio s retóricos, se abordará el
desarrollo de la corriente filosófica de nominada «construct ivismo», cuyas r aíces se remontan
a siglos de antigüedad.
1.1. 2.1. ¿Qué es el «constructivismo»?
El «constructivismo» es una corriente fil osófica que parte de la premisa de que aquel lo
llamado «realidad» es un conjunto de construcciones creadas por el sujeto a partir de unos
datos observados. Esta afirmación surg e de la constatación de que existe una imposibilidad
de desligar lo observado del observador. Es decir, ante cualquier relación en el tiempo y en el
espacio, el indiv iduo ordena, inter preta y crea discursos insertos en un contexto s ocial
(ideologías) e individual (recorrido vital). Es por ello por lo que la presunción de objetividad
sobre cualquier acto comunicativo se convierte en una quimera, ya que este siempre estará
mediado, en mayor o menor medida, por un sujeto.
Dicho esto, resulta fundamental reconocer la diferencia existente entre el
«relativismo» y el «constructivismo». Mi entras que la primera corriente filosófica enfatiza la
imposibilidad de acceder a conocimientos absolutos, la segunda se centra p rincipalmente en
los mecanismos de constr ucción del conocimiento (ya sea cons iderado ab soluto o no). En
otras palabras, el «relativismo» tendría una perspectiva más ontológica , puesto que se centra
en dirimir la esencia de lo que consideramos «verdad», mientras que el constructivismo es
una corriente de reflexión mucho más pragmática, ya que se focaliza en el estudio del acceso
al conocimiento (epistemología).
La propuesta teórica de esta tesis es heredera del concepto de « construcción social »
propuesto en la obra clásica de Berger y Luckmann, La construcción social de la realidad (2001).
Esta obra, hoy ya supera da por otros estudios más completos como el de J onathan Potter
(1998), estableció los puntales para el desarrollo de una perspectiva constructiv ista de las
ciencias sociales que perdura hasta hoy .
La obra de Potter, La representación de la realidad, Discurso, retó rica y construcción social
(1998) , da un paso más en este camino al oponerse a lo que él considera una errónea
preponderancia del cognitivismo. Este problema, en palabras de Potter,
plantea la adopción de una perspectiva cognitiva es que las representacione s se separan de las prácticas
en las que se utilizan y empiezan a concebirse como entidades estáticas que las personas acarrean
consigo. En otras palabras, la perspectiva cognitiva aparta la atención de lo que se hace con las
48
representaciones y las descripciones en los contextos en los que se producen, impidiendo la
exploración analítica de sus propiedades reflexivas e in dicativas (1998, p. 137).
Considerando la valía de las aportaciones de prestigiosos cognitivistas, como por
ejemplo los chilenos Francisco J. Varela y Hu mberto Maturana (Maturana, 2009; Maturana
& Varela, 2003; Varela, 1990) , dejamos ese espacio para que aqu ellos que tengan la capacidad
y las herramientas (b iólogos, médicos, etc.) reflexionen sobre los procesos mentales que
articulan el conocimiento, mientras qu e esta investigación se centrará en la perspectiva social
de la construcción del conocimiento, la cual es eminentemente discursiva. Por esta razón, la
propuesta de Potter se ad ecúa mejor a este estudio, ya que él se centra en los procesos de
interacción mediante los que se construyen realidades sociales (Potter, 1998, p. 140).
Así pues, la visión del «constructivismo» aquí recogida es fundamentalmente social y,
por consiguiente, retórica. Se hace necesario, por lo tanto, recuperar una línea muchas veces
olvidada de la Rhetorica recepta , que parte de la tradición sofística, que vive un repunte con el
pensamiento humanística (especialmente en la figura de Vico) y que se consolida con el
«renacimiento nietzscheano» (Pujante Sánchez, 2018, p. 17). Explica David Pujante:
El planteamien to hoy conocido como “constructivismo radical”, que consiste en manifestar y explicar
cómo se inventan (se construyen) las realidades científicas, sociales e individuales, dejando en
evidencia la supuesta objetividad del conocimiento adquirido, es en realidad la última fa se de un
planteamiento viejo. Podemos rastrear los orígenes del constructivismo ya en la Antigüedad, en
presocráticos como Jenófanes (Diels, 1903, pp. 56- 57) y Alcmeón (Diels, 1903, p. 103), en Pirrón y
en general los e scépticos; y muy especial mente en el pens amiento sofista (el origen de la retórica) que
luego inspi rará a los hum anistas italianos de los siglos XIV y XV, y más adelante a Gi ambattista Vi co:
una línea histórica que vamos a procurar trazar firmemente en este capítulo hasta llegar a la actualidad,
precisamente al que proponemos como últi mo estadio del actual pensamiento retó rico, la que
denominamos retórica cons tructivista (2018, p. 3)
1.1. 2.2. Breve repaso por la tradición intelectual que aborda la construcción discursiva
de la realidad
Según señala David Pujante, existe una tradición intelectual de siglos de antigüedad que
entronca con los postulados de la Retórica Constructivista:
La línea que va de los antiguos sofistas a los humanistas italianos, y que reencontramos en Vico en el
siglo de la ra zón, siempre ha tenido claro que la palabra ilumina el mundo. Pero el racionali smo dio
peso al concepto, frente a la metáfora, en un mundo de discursos de verdades absolutas y
supuestamente objetivas: logro del cientificismo moderno y posición gustosa de la Europa ilustrada
(2018, p. 17).
Durante siglos, esta corriente de pensamiento había quedado en un segundo plano
como consecuencia de la hegemonía de los modelos aristotélicos-cartesianos. Los sofistas
(muchas veces caricaturizados en los libros de filosofía ) «perdieron» la batalla intelectual
49
contra los fil ósofos y, de esta m anera, quedó postergada a un segundo plano l a interpretación
de la Retórica como mecanismo de i nteracción y consenso
5
. A f in de cuentas, si se partía de
la hipótesis de que existía un grado de conocimiento absoluto (recordemos el mito de la
caverna platónico), dejaba de tener sentido una disciplina que asumiera la subjetividad
inherente a las interpretaciones humanas. Afirma David Pujante:
La diferencia básica entre los sofistas y filósof os se encuentra en la distinta amplitud que conceden al
término verdad . Para los sofistas no hay más verdad que la de un tiempo y un espacio, surgida de l
campo de la relaciones humanas, mientras que los filósofos se empeñan en el establecim iento de
verdades absolutas y, por tanto, permanen tes e imperecederas (Pujante Sánc hez, 2003, p. 42).
Con los anteojos que ofrece esta investigación, la afirmación de Protágoras, tantas
veces repetida, sin llegarse a comprender plenamente, adquiere una nueva significación. Si
«el hombre es la medida d e todas l as cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no
son en cuanto que no son», es porque el acceso al conocimiento está siempre mediado por
un sujeto.
La imposición de las doctrinas del denominado grupo de los filósofos en la Antigua
Grecia (Platón y Aristóteles), la caída posterior de las pri mitivas democracias (en favor de
sistemas articuladores de verdades únicas, como el Imperio) y el crecimiento y desarrollo de
las llamadas religiones de libro (judaísmo, cristianismo e islam ) abocaron a esta corriente de
pensamiento al ostracismo. No obstante, existen periodos y s ujetos excepcionales, como es
el caso del humanista Giambattista Vico, quien rehabilitó el papel de la «palabra» como
creadora de significado. Explica Erne sto Grassi en el libro Vi co y el humanismo: Ensayos sobre
Vico, Heidegger y la retórica : «La tradición humanista se opone a la metafísica tradicional y, por
tanto, a la derivación racional de lo que existe» (Grassi, 1999, p. 97).
Según señala el filósofo italiano, autor de Ciencia Nueva, publicada en 1744, la palabra
poética (m etafór ica) se sitúa en el origen del saber
6
(Vico, 1995, párr. 375). Se opone, así ,
tanto a la concepc ión de la retórica como sermo ornatus , que antes hemos visto, como a la idea
de que solo mediante los discursos lógico -racionales se puede acceder a un conocimiento
verdadero. De hecho, Vico antecedió, en muchos sentidos, corrientes teóricas del siglo XX
y XXI al alegar que el lenguaje poético (tropológico) es creador de conoci miento y no una
mera versión ornamentada.
Un siglo después de la publicación d e Ciencia N ueva nació Nietzsche, uno de los
llamados por Paul Ricoeur «filósofos de la sospecha» (junto a Mar x y Freud), los cuales
5
Para profundizar en la importancia del pensamiento de los sofistas en la Historia de la Retórica se
recomienda consultar el Manual de Retórica de David Pujante ( 2003, pp. 36-49).
6
Este planteam iento ha sido desarrolla do con profundidad en el apartado dedicado a la tropología
enmarcado en la «Meto dología» de esta investi gación.
50
terminaron por desm itificar los sistemas de pensamiento impuestos durante los siglos
pasados (2004, p. 32) . De entre los tres, Nietzsche fue quien mostró un mayor interés por
los mecanismos de acceso al conocimiento, precediendo al «constructivismo social» al
afirmar que la «verdad» no es más que «una designación de las cosas uniformemente válida y
obligatoria»:
En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los
demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, p ero, puesto
que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en so ciedad y gregariamente,
precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con éste, procur a que, al m enos, desaparezca de su mun do
el más grande bellum omnium contra omnes . Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer
paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad. En este mismo momento se fija
lo que a partir de entonces ha de ser “verdad”, es decir, se ha inventado una designación de las cosas
uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las
primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verda d y mentira
(Nietzsche, 1994, p. 20).
El pensamiento log océntrico, que se impuso en la filosofía occidental como
consecuencia de la prevalencia de los tratados fil osóficos y del rechazo d el pensamiento
sofístico en la antigua Grecia, queda puesto en entredicho en la obra de Nietzsche. Para el
alemán,
La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y
no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje. Éste se limita a designar las relaciones de las
cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces (Nietzsche,
1994, p. 22).
Por ell o, el lenguaje vuelve a situarse en el centro de los estudios sobre el acceso al
conocimiento dando lugar a lo que en el siglo XX se ha denominado «el giro lingüístico»
(Chillón, 1998; Ibáñez Gracia, 2006). Un importante cambio de paradigma con el que se
recupera la tradición relegada de sofistas y humanistas, y en la que se fundamentan las bases
intelectuales de la Retórica Constructivista. Explica Albert Chillón sobre la importancia del
cambio de paradigma intelectual:
Si para la tradición dominante el lenguaje se concibe como un instrumento — ciertamente complejo,
pero herramienta y vehículo al cabo — que pe rmite expresar el pensamiento previa y autónomamente
formado en la me nte, la tradición relegada considera que pensamiento y lenguaje , conocimiento y expresión
s on esencialme nte una y la misma cosa (Chillón, 19 98: 68-69).
El llamado «giro lingüísti co» ha supuest o un cambio ontológico en todas las áreas del
saber. Lejos de ser una cuestión concerniente exclusivamente a las Humanidades, su alcance
abarca todas las ramas del conocimiento, ya que obliga a replantear có mo se accede al mismo.
51
1. 1.3. El paso lógico: la unión de la Nueva Retórica y el C onstructivismo de base
discursiva
Siguiendo a David Pujante y visto el desarrollo que han tenido los estudios retóricos durant e
la segunda mitad del sig lo XX así como el cambi o de paradigma intelectual que supuso el
«giro lingüístico» y el avance de las doctrinas c onstructivistas, resultaba inevitable la
confluencia de ambas corrientes de pensamiento en l o que se ha denominado «Retórica
Constructivista» (Pujante Sánchez, 2016, p. 37). El primer paso para dicha concurr encia, tal
y como ya se ha adelantado, se produjo como consecue ncia de la revitalización de las
estrategias elocutivas del discurso. Estas dejaron de percibirse como mecanismos estilísticos
u ornamentales y pasaron a ser estudiados como complejos procesos cog noscitivos de
creación de conocimiento. Subraya Pujante Sánchez al respecto:
As far as rhetor ic is concerned, by centering in terest once again on the elocutive aspect (wi th elocu tio
understood now as a process of linguistic cognition, which makes our experiences conscious and
constructs their meaning), we fi nally make rhetoric more similar to disciplines with constructivist
principles; which in turn have a strong foundation in original rhetorical thought (that of homo rhetoricus ),
as they are based on an inevit able subjectivism (Pujant e Sánchez, 2016, p. 3 7).
Se conjugaron de esta manera todos los elementos que hasta entonces habían estado
latentes en la tradición a cadémica occidental. Por un lado, los estudios retóricos, cuyos
tratados clási cos estudiados y desarrollados durante siglos ofrecían un complejo aparataj e
para el anális is de los discursos (entendidos estos como todo acto comunicativo creador de
realidades sociales). Por otro lado, una herencia fil osófica que se alejaba de las verdades
absolutas y q ue ponía al ser humano como la medida de todas las cosas , ya que partía de la idea
de que cualquier representación de la realidad era inevitablemente subjetiva. Lógicam ente, si
se considera que la interpretación humana del mundo es esencialmente discursiva, la Retórica
se revela como una disciplina fundamental para el análisis y para la construcción de dichas
realidades sociales.
En esta tesis, tal y como ha quedado suficientemente explicitado, se parte de la
premisa de que el mal ( concepto funda mental en la política, el ar te, el derecho, etc.) es una de
esas realidades sociales constr u id as discursivamente, por lo que, indudablemente, la Retórica
Constructivista es la disciplina que ofrece el marco teórico-metodológico más pertinente para
abordar este estudio.
52
1. 2. L A PROPUESTA DE ANÁLIS IS DE ESTA TESIS : EL USO DE LA R ETÓRICA
C ONSTRUCTIVISTA PARA ANALIZ AR CONSTR UCCIONES SOCIALES PERIODÍSTIC AS Y
LITERARIAS
Si consideramos que «discurso» es todo acto comunicativo constructor de realidades sociales,
el campo de estudio que se abre para la Ret órica Constructivista se vuelve inmenso. Si el ser
humano entiende discursivamente su relación con el mundo, cualquier elemento de la vida
cotidiana de un individuo es susceptible de ser investigado desde el para digma teórico-
metodológico que ofrece esta disciplina. No obstante, dad o que la R etórica surg ió
esencialmente como una herramienta de conciliación social (búsque da de espacios de
consenso mediante discurs os persuasivos), su efectividad se incrementa si se aplica al estudio
de la construcción de realidades sociales (es decir , aquellas que son compartidas por un
colectivo en un lugar y un momento concreto). Por esta razón, se ha optado por ce ntrar esta
tesis en el análisis de la construcción de una re alidad social concreta, el mal ) en espacios de
reflexión colectiva, como son el periodismo y la literatura .
1. 2.1. El period ismo y la narrativa literaria: construcciones narrat ivas de realidades
sociales
La configuración de un corpus de estudio en el que textos p eriodísticos y textos narr ativos
literarios conforman parte de un mismo todo puede conllevar ciertas críticas. Esto se debe a
dos razones: por un lado, existe una reticencia a asumir que una narración literaria también
puede ser estudiada centrándose en su función persuasiva (en tanto en cua nto también es
constructora de realidades sociales); y, por otro lado, en una época en la que la manipulación
de muchos medios de comunicación es evidente, suele resultar muy agresivo afirmar que
cualquier pretensión de «objetividad» en un texto periodístico es una quimera.
Las dif erencias establecidas muchas veces entre el periodismo y la literatura
7
son de
tipo ontológico y tienen sus raíces en la tradición filosófica aristotélico- cartesiana. Si, como
afirman los autores que se encuadran dentro de esta corriente, se c onsidera que es posible el
acceso a las verdades absolutas, parece lógico exigir la verdad a los periodistas que nos
informan día a día. La literatura, por su parte, en el mejor de los casos se convertirá en una
recreación verosímil de la realidad, por lo que, lógicamente en la república i deal que pergeñó
7
Si se quiere profundizar en esta tradicional dicotomía desde otro punto de vista, recomendamos la
lectura del artículo «La narrativa periodística o la retórica de la realidad construida» de María Jesús Casals Ca rro
(2001).
53
Platón no tenían lugar (2009), puesto que pervertían el a cceso al conocimiento verdadero
porque con su arte realizaban una doble mímesis (es decir, una doble recre ación de la
realidad, la suya como seres humanos, y la intrínseca a su arte).
Esta corriente filosófica ha sido la dominante durante siglos y, aún hoy, se sigue
manteniendo esa diferenciación ilusor ia entre el periodismo (que re lata los hechos
acontecidos) y la literatura (que se centra en los posibles a través de la construcción de
ficciones). Sin embargo, si se recupera la crítica a estos sistemas de pensamiento
logocéntricos y asumimos las premisas del constructivismo, podemos concluir que dichas
diferencias no tie nen razón de ser. Lo explica el lúcido filósofo de la historia Hayden White:
Una presentación narrativa es siempre un relato figurativo, una alegoría. Dejar este elemento figurativo
fuera de consideración en el análisis de una narrativa es pasar por alto no sólo su aspecto de alegoría
sino también la realización en el lenguaje por la cual la cr ónica se transforma en una narrativa. Y es
sólo un prejuicio moderno con tra la alegoría o, lo que es lo mismo, un prejui cio científico en favor del
literalismo lo que oscurece este hecho a muchos modernos analistas de la narrativa histórica. En
cualquier caso, la doble convicción de que la verdad debe representarse en enunciados de hecho
literales y que la explicación debe adecuarse al modelo científico o a su contrapartida de sentido
común, ha llevado a la mayoría de los analistas a ignorar el aspecto específicamente literario de la
narrativa hi stórica y con ello toda ve rdad que pudiera transmitir en términos figurativos (Wh ite, 1992 ,
p. 66).
White realiza esta reflexión sobre el discurso histórico, pero también podría ser tenida
en cuenta para analizar otro tipo de relatos como, por ejemplo, el periodístico . Aunque se
haya tratado de objetivizar esta prof esión, lo cierto es que un t rabajador de la información
siempre se va a enfrentar a una determinada realidad social desde una serie de limitacio nes
inherentes a su condición (cognitivas, contextuales, culturales, etc.). La verdad, por lo tanto,
no es más que una convención social. Subrayaba al respecto Friedrich Nietzsche:
¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metoni mias,
antropomorfismos, en resumi das cuentas, una suma de relac iones humanas que han sido realzadas,
extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo
considera firmes, ca nónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las qu e se ha olvidado que lo
son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su
troquelado y no son aho ra ya consideradas como monedas, sino como metal (Nietzsche, 1994, p. 25).
Es decir, el periodista, obviamente, es un ser humano y su relaci ón con los hecho s
estará limitada sensorial, cognitiva y culturalmente. En este s entido, resulta revelador estudiar
el proceso periodístico en la relación con las llamadas operaciones retóricas ( inventio , dispositio ,
elocutio , memori a y actio ). De esta manera, se podrá ver que los pasos que realiza un periodista
para la elaboración de una noticia no son tan diferentes de los que puede efectuar un escr itor
para la creación de un relato literario . Puede verse un resumen de esta apreciación en la
siguiente tabla:
54
Operaciones
retóricas
Proceso periodístico
Proceso de creación
literaria
Operaciones
textuales
Inventio
Documentación
Documentación
Dispositio
Estructuración de la
pieza periodística
(pirámide invertida ,
etc.).
Estructuración de la
obra (diferenciación
del tiempo del relato y
el tiempo de la
historia).
Elocutio
Plasmación textual.
Plasmación textual.
Operaciones
escénicas
Memoria
Memoria , propia de los
medios audiovisuales.
Salvo excepciones,
como la represent ación
de una obra dramática
como una lectura en
público, no se dan
operaciones escénicas
en el acto
comunicativo literario .
Actio
Actio , propia de los
medios audiovisuales.
Tabla 1: Relación entre las operaciones retóricas y el proceso de creación periodístico y lit erario
Se observa, pues, que so n fácilmente identificables, tanto en el proceso periodístic o
como en el de creación de una obra literaria, las llamadas operac iones retóricas. Esta
investigación se centrará, concretamente, en las semejanzas existentes en las tres primeras,
inventio, dispositio y elocutio (las llamadas operaciones textuales).
La inventio , la primera de l as operaciones retóricas, es el proceso por el que el orador
(constructor del mensaje) bus ca y encuentra aquellas cosas verdaderas o verosímiles qu e
hagan probable la causa (Pujante Sánchez, 2003, p. 79). Se trat a de un paso necesario para la
elaboración de cualquier discurso, ya que durante este momento se produce una reflexión
mediante la cual se escogen los elementos discursivos que conformarán el discurso. Durante
el ejercicio profesional periodístico, en esta etapa de elaboración de la pieza inf ormativa, se
suelen consultar diversas fuentes (pe rsonales, bibliográficas, inform es … ) (Grijelmo, 2008, p.
588 y siguientes; Martínez Albertos, 2007, pp. 58 - 72) y, de manera más o menos incon sciente,
se comienza a elab orar el enfoque que se le dará al t exto en cuestión. Po r su parte, el escritor
también desarrollará en est a etapa una labor de documentación. Est a puede ser una
55
investigación rigurosa sobre un acontecimiento determinado (como, por ejemplo, para una
novela histórica) o, simplemente, la experiencia propia del autor (el proceso de creación
literaria es muy flexible).
La dispositio , segunda de las operaciones retóricas, es el mecanismo por el que se
ordenan los elementos discursivos , tem áticos y fo rmales (Albaladejo Mayordomo, 1989, p.
117; Pujante Sánchez, 2003, p. 184). En el ámbito de la periodística, se ha dado una enorme
importancia a este mome nto de elab oración del discurso. Son muchas las estructuras que se
proponen para ar ticular el mensaje, cuya elección depende, gener almente, de si se trata de un
texto meram ente informa tivo, interpretativo o de opinión (Martínez Albertos, 2007, p. 287
y siguientes) . En cuanto a l a narrativa literaria, han sido también variadas «las modernas
reflexiones sobre las estructuras narrativas, que vuelven inevitablemente la vista a las
aportaciones retóricas respec to a la disposición de re s (organización de temas) y verba
(estructuras narrativas)» (Pujante Sánchez, 2003, p. 185).
La última de las operaciones textuales q ue recogen los tratados clásicos de retórica es
la llamada elocutio . En esta operación cristaliza todo el proceso retór ico previo en
construcciones retórico-retóricas discursivas. Bien es cierto que hay autores y periodistas que
afirman que la novela o la pieza periodística surge sobre la marcha, lo que podría traducirse
en una ausencia de las dos operac iones anteriores. No obsta nte, se debe tener en cuenta que
esta división del proceso retórico en operaciones tiene una fin alidad esencialmente didáctica.
Los tres mecanismos se entremezclan (el proceso creativo, sea cual sea, tiende a ser disruptivo
con cualquier tipo de esquema), sin que esto implique una negación de la propuesta teóric a
(García Berrio, 1984, p. 26; Pujante Sánchez, 2012).
Cualquier suj eto que realice un discurso recibe un a serie de estímulos o inputs con
información externa (documentación) o interna (mem oria e imaginación) ( inventio ) que
ordena de una manera determinada ( dispositio ) y expresa con palabras ( elocutio ). Así pues,
pensar que es posible que un periodista emita una información objetiva es imposible, ya que,
aunque esta carezca de intención valorativa, lo cierto es que los propios límites de la persona,
la disposición en la que se establece el orden de la noticia y las expresio nes utilizadas
condicionan subjetivamente el resultad o final. No se quiere decir con esto que no sea exig ible
en demo cracia que los periodistas sean honestos en su trabajo (es decir, que no mientan o
manipulen el relato conscientemente en su beneficio); ah ora bien, también h ay que advertir
que sería conveniente quitarse la venda de la llamada objetividad promoviendo así sociedades
más críticas y conscientes .
56
En conclusión, tanto el periodista como el escritor, en sus respectivas labor es
profesionales, construyen discursos sobre realidades sociales siguiendo, en esencia, un
proceso retórico que pod ría divid irse en tres operaciones textuales: inventio , dispositio y elocutio .
¿Esto quiere decir que Peri odismo y Literatura son una misma cosa? La respuesta a est a
pregunta es compleja. A un nivel ontológico, resolver esta duda (de planteamiento recurrente
durante las últimas décadas) queda fuera de los objetivos de esta tesis. En cambio, a un nivel
epistemológico, es decir, de acceso al conocimiento, existen más semejanzas que diferencias
con una aparente salvedad: el pacto i mplícito que se genera con la ficción entre lector y autor
en la literatura .
Uno de los estudios recientes más relevante s sobre este tema es Liter atura y ficción. La
ruptura d e la lógica ficcional , escrito por el catedrático de la Uni versidad de Valladolid, Alfonso
Martín Jiménez (2015). Esta obra de referencia recorre las más importantes teorías de la
ficción para matizar convenientemente la idea que se ha ex tendido durante las últimas
décadas de que la literat ura es ficción. Por eso, propone una reinterpretación de este
fenómeno comunicativo para
mostrar que los autores literar ios y los receptores no siempre adquieren un carácter fictivo ; que no
todos los tipos de enunciadores ni todos los tipos de enunciados literarios son siempre ficcionales, y
que existen enunciadores y enunciados no ficcionales, sin que por eso dejen de tener un carácter
literario. La distinción entre unos casos y otros resulta imprescindible para entender la complejidad y
las posibilidades de realización de l sistema literario, y ha de relacionarse, forzosamente, con la teoría
de los géneros literarios (Martín Jiménez, 2015, p. 104).
Y, teniendo en cuenta la perspectiva qu e proporciona el modelo textual de los
géneros literarios que elabora (Martín Jiménez, 2015, p. 56), añade que «no solo es
conveniente, sino necesario, reservar el término “ficcionalidad” para explicar la naturaleza de
una parte determinada de los tipos de textos lit erarios, y que puede hab er literatura sin
ficción» (Martín Jiménez, 2015, p. 104).
Hecha esta pri mera apre ciación, se puede descartar ya la idea preconcebida de que
todo texto literario será siempre ficcional, mientras que los periodísticos, no . Entonces ,
¿dónde radicaría pues la literariedad , es decir, esa característica que hace qu e un texto sea
literario? Pues bien, Alfonso Martín Jiménez responde a dicha cuestión atendiendo al ámbito
pragmático:
En este sentido, ya hemos advertido que la narración no es exclusiva del ámbito literario, ya que existen
narraciones factual es que no son consideradas literarias (como las cara cterísticas de lo s relatos
históricos o las que emplea mos constantemente en nuestr a vida cotidiana para poner al corriente a los
demás de nuestras ex perienci as), e incluso narraciones ficcionales que tampoco son tenidas por
literarias, co mo las puramente humorísticas (chistes, an écdotas…); el gén ero lírico, por su parte, tiene
manifestaciones afines en formas que no han sido creadas con una finalidad propiamente literaria,
como los himnos de carácter religioso, deportivo o patriótico, o los dedicados a ensalzar el valor de
algunas instituciones; y el dr ama tiene su equivalente no literario en representaciones ficcionales
63
2. L A CONSTRUCCIÓN DISC URSIVA DEL MAL
EN LA MODERNID AD OCCIDENTAL
En l as siguientes páginas se pretende ofrecer una justificación del punto de partida de esta
investigación, es decir, que el mal es una realidad social construida discursivamente váli da
solo para un momento y un lugar concretos. Si esta premisa es cierta, a lo largo de la historia
dichas construcciones retóri ca deberían haber variado. Pues bien, eso es lo que se tratará de
comprobar en el siguiente apartado mediante el estudio diacrónico de discursos producidos
en la historia moderna occidental constructores del mal como una realidad social .
Con dicho repaso a los dis cursos del mal , se pretende justificar las columnas maestras
de esta inves tigación sobre las que se sostendrá posteriormente el análisis práctico. Estos
pilares son:
a) Que el mal es una realidad social construida discursivamente.
b) Que las construcciones discursivas del mal son válidas solo para un lugar y un
momento d eterminado y que, por lo tanto, existe un proceso de construcción retórica
constante en las diferentes sociedades.
La estructura argumenta l que se seguirá será la siguiente: se realizará un breve repaso
cronológico de las diferentes construcciones retóricas que se han dado sobre el mal en la
historia moderna en Occidente (entre el 1755 y 2001, aproximadamente)
14
. Una vez realizado
este recorrido que se sitúa en los albores de nuestro tiempo la investigación se centrará en el
marco temporal del corpus de estudio que se trabajará en esta investigación (es decir, en la
última década). En este punto, el estudio será si ncrónico y con él se pr etende apuntar
brevemente las diferentes construcciones retóricas del mal que coexisten en la actualidad.
En resumen y sin perder ni la perspectiva ni el objetivo final de esta investigación, en
este apartado se demues tra que a lo largo de la h istoria se han ido sucediendo múltiples
construcciones retóricas hegemónicas sobre el mal y que, en la actualidad, coexisten múltiples
discursos interpretativos del mal que, por supuesto, condicionan, a su vez, las construcciones
retóricas de los sujetos maléficos.
14
La muestra textual selecciona da se articula en torno a tres momentos históricos en los que, por
diferentes razones, se produjeron cambios en el paradigma retórico en torno al mal : el terremoto de Lisboa de
1755, el genocidio nazi, qu e se ejemplificará c on Auschwitz, y el atentado co ntra los Estados Unidos del 11 de
septiembre de 200 1.
64
2.1. E L TERREMOTO DE L ISBOA DE 1755, A USCHWITZ Y LOS ATENT ADOS DEL 11 - S: EL
PO RQUÉ DE LA SELECCIÓN DE ESTOS TRES HITOS HISTÓRICOS PARA EL E STUDIO DE LAS
CONSTRUCCIONES RETÓ RICAS DEL
MAL
EN LA MODERNI DAD OCCIDE NTAL
Como se ha adelantado, en e ste apartado se parte de la premisa de que el mal es una realidad
social construida discursi vamente y que dicha construcción es válida solo para un momento
y un lugar determinados. Por lo tanto, pese a que ex iste cierta propensión a considerar q ue
los sistemas morales (que permiten diferenciar lo que es «bueno» de lo que es «malo») son y
han sido más o menos estables (herencia tangible de la ideología de las «religiones de libro»),
la realidad es que lo que hoy se considera en esen cia malvado, el día de mañana puede ser
asumido socialmente como algo positivo o normal. En palabras de Alex ánder Hincapié, el
mal no puede ser interpretado como,
un dato esencial, por lo tanto, posible de entenderse estableciendo historias de larga duración que
pudiesen remontarnos hasta su origen. Al contrario, el mal tiene unas coordenadas que lo sitúan
históricamente y q ue nos permiten pensar con el telón de fondo de determina dos hechos de la historia
(Hincapié Garci a, 2014, p . 160).
Siguiendo este pensamiento, la intenci ón en las líneas siguientes es an alizar cómo se
han ido modificando los discursos sobre el mal en la modernidad occidental, pero, antes de
nada, es necesario realizar una serie de matizaciones para que no se produzca ningún
equívoco:
a) No se va a ofrecer un estudio histórico-desc riptivo sobre el «problema del mal » en
el pensamiento moderno occidental.
b) Tampoco se realizará un análisis discursivo sobre «el problema del mal » ni sobre el
contexto sociocultural en el que se desarrollaron dichos discursos.
c) El objetivo será describir y analizar cómo las diferentes const rucciones discursivas
en torno al mal han mutado constantemente, por lo que han creado nuevas concepciones (o
interpretaciones) de la realidad social del momento.
Resumiendo, en las siguientes líneas no se pretende reunir un acer vo enciclopédico sobre
lo s diferentes discursos creados en torno al problema del mal (análisis filosófico-historicista),
ni tampoco se analizan los discursos sobre el mal como el reflejo de un sistema ideológico-
cultural (anál isis del discurso
15
), sino que la propuesta que se realiza es más integradora, dado
que se sustenta en la idea de que las realidades sociales se construyen mediante propuestas
15
La dicotomía f ondo- fo rma en la qu e s e basan muchas de las propuestas metodológic as del A nálisis
del Discurso s e revela en este caso inservible, ya que, como se ha ex plicado en el primer capítulo, dicha división
es, cuando menos, a rtificiosa.
65
retóri co -discursivas (capítulo 1). Consecuentemente, se ha tratado de ofrecer al lector un
análisis diacrónico de los discu rsos que construyeron la realidad social del mal desde la
perspectiva interdisciplinar e integradora que nos ofrece la Retórica. De esta m anera, se
pretende demostrar lo siguiente :
a) Determinados acontecimientos hi stóricos pueden ser los detonantes de un a
fractura en el pensamiento dominante por la que se fil tren nuevas construcciones discursivas
de una realidad social como el mal .
b) En cada época y lugar se construye un discurso (impuest o o consensuado)
interpretativo del mal , que se constituye medi ante diferentes tipos de prácticas re tórico-
discursivas como, por ejemplo, el discurso literario o el mediático-periodístico, entre otros.
Si con las siguientes páginas se consigue superar este rubicón argumental, se habrán
sentado las premisas teóricas para la investigación, es decir, para el estudio de los discursos
constructores de personajes malvados creados en España entre 2007 y 2017.
Para realizar este estudio sobre los cambios que se han producido a lo largo del
tiempo en las construcciones discursivas del mal , y con el objetivo de demostrar que esta es
una realidad social cambiante y solo válida para un momento y un l ugar determinado, se ha
estructurado la investigación en torno a un a serie de acontecimientos que estuvieron
coligados a la creación de nuevas realidades discursivas.
Explica Russel R. Dynes en un artículo sobre el discurso filosófico que se generó en
torno al terremoto de Lisboa de 1755: «Disaster are usually identified as having occurred at
a particular time and place, but they also o ccur at a particular time in human history and
within a specific social and cultural cont ext» (Dynes, 2000, p. 97) . Esta interesante acotación
obliga a repensar los desastres (naturales o morales) no solo como meros acontecimientos
históricos, sino como complejos procesos soci oculturales const ruidos discursivamente.
Concretamente, en la etapa estudiada, las construcciones retóricas del mal han estado ligadas,
intrínsecamente, a la interpretación for zosa de algunas realidades sociales que en
determinados momentos rompieron con las estructuras di scursivas dominantes y qu e
obligaron a su reconstrucción.
Ahora cabría plantear l as siguientes preguntas: ¿qué acontecimientos históricos
ocasionaron dichos cambios en las percepciones sociales? ¿Qué hitos fueron capaces de
derribar las estructuras discursivas dominante s que construían el mal ? Si nos centramos en el
pensamiento moderno occidental, Su san Neiman (2012, pp. 25-39) propone tres sucesos
66
claves para comprender la evolución discursiva (interpretativa-constructiva) del mal que
nosotros hemos tomado como referencia.
En primer lugar , se estudian los acontecimientos d iscursivos en torno al terremoto
de Lis boa de 1755 . Desde su punto d e vista, esta catást rofe natural generó la necesidad d e
un nuevo discurso que diferenció claramente entre «mal moral» y «mal natural», lo cual
supuso un primer paso en la superación del discurso cristiano que unía ambas percepciones
del mal mediante el concepto del pecado (apartado 2.2).
El segundo gran evento histórico que implicó una reconstrucción discursiva del mal ,
según Neiman, fue Auschwitz. Como señala Adorno, dicho neodiscurso sobre el mal no fue
tan inmediato como el que se gene ró tras el terremoto de Lisboa, ya que , si algo caracterizó
a la intelectualidad en los años de posteriores al holo causto, fue el silencio; esto es, la
incapacidad retórica de dar una explicación al genocidio nazi. Con todo, ese silencio y las
explicaciones que luego vinieron (no se puede olvidar la repercusión que tuvo la pro puesta
de Hannah Arendt sobre la «banalidad del mal») también forman parte d e un nuevo discurso
constructor de la realidad social del mal surgido ante la nece sidad interpretativa de una
sociedad que debía enfrentarse a sus demonios (apartados 2.3 y 2.4).
El tercer evento histórico que hemos seleccionado, aunque Neiman duda sobre su
repercusión real en el discurso social sobre el mal (quizá porque aún le quedaba demasiado
cerca en el tiempo, ya que ocurri ó mientras trabajaba en su lib ro), ha sido el atentado a las
Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. En este caso, l a respuesta fue inmediata y
global. La nueva sociedad mediática se enfrentaba a acuciantes retos discursivos, ya qu e el
ataque requería una nueva construcción interpretativa capaz de abordar el nuevo orden
mundial que se creó tras d ichos atentados basado, seguramente, en el miedo (apartado 2.5)
16
.
Obviamente, se podrían haber seleccionado y estudiado otros acontecimientos de
gran importancia como la caída del Muro de Berlín, Chernóbil, la Cri sis de los Misiles o la
creación de Organización de Naciones Unidas, por poner solo algunos ejemplos del siglo
XX . Sin embargo, ninguno de estos acontecimientos ha estado ligado de maner a tan clara a
la construcción discursiva de nuevas interpretaciones de l mal como los escogidos aquí .
16
Así pues, mediante el estudio de los discursos que se produjeron tras esto s tres acont ecimientos
históricos, pretendemos demostrar que el mal es una realidad social construida discursiva mente, y que dichas
construcciones retóricas han variado notablemente a lo largo de la historia. A est e respecto, conviene señalar
que somos conscientes de que establecer cualquier tipo de delimitación temporal no es más que un intento de
sistematización abocado inevitablemente al error. Ahora bien, también es cierto que, en determinados
supuestos, es u na las pocas formas viables d e estructurar una ingente canti dad de información.
67
2.2. E L DISCURSO POLÉMICO SOBRE EL
MAL
SURGIDO TRAS EL TERREM OTO DE L ISBOA
DE 1755: EL OPTIMISMO RELATIV ISTA DE L EIBNIZ Y P OPE , LAS RESPUESTAS DE
V OLTAIRE Y R OUSS EAU , Y EL PRAGMATISMO ILU STRADO DE K ANT
El terremoto de Lisboa de 1755 conmocionó a toda Europa. La magnitud de la desgracia es
difícilmente comparable con ningún acontecimiento reciente, tanto por las consecuencias
(víctimas y daños mat eriales) como por la mane ra en que se produjo. De forma muy sucinta,
exponemos la concatenación de desdichas con el objeto de hacer ver al lector contemporáneo
el profundo impacto que este desastre produjo. Primero acaeció el seísmo que c ausó el caos
en la ciudad portuguesa; como consecuencia de este temblor, se produjo un terrible incend io,
al cual siguió un tsunami que arrasó el puerto, donde muchas personas se refugiaban de las
llamas. Por último, una serie de réplicas derribó las maltrechas estructuras de los pocos
templos que quedaban en pie, en los que se agrupaban los fieles que pedían clemencia al
cielo.
No existe en la actualidad consenso sobre el balance final de víctimas mortales, pero
esto no debe restar importancia a la magnitud d e la catástrofe. Como indica Chester, los
expertos barajan cifras que se mueven en una horquilla entre los 10.000 y 100.000 fallecidos
(2001, p. 370). Pero, incluso si se toma la menor de las estimaciones, la cifra no es en absol uto
despreciable, por lo que no es de extra ñar que las crónicas sobre la tragedia se leyeran en toda
Europa provocando un estupor generalizado.
El te rremoto de Lisboa de 1755, que puede ser considerado como el primer desa stre
moderno de la historia (Dynes, 2000) o, incluso, como el primer acontecimiento mediático
de la Modernidad (Espejo Cala, 2005; Quenet, 2005), tuvo importantes secuelas en
prácticamente toda Europa en for ma de temblor intelectual (Neiman, 2012, p. 3) . Así explica
Álvarez Muñ oz la importancia del acontecimiento en el desarrollo del pensamiento europeo:
Habida cuenta de las innumerables interpretaciones — ideológicas, políticas, religiosas, científicas,
literarias, sociológicas, filosóficas o teológi cas — asociadas al aciago terremoto de Lisboa, no es
exagerado afirmar qu e el acontecimiento ma rcó la historia del pensami ento europeo (2005, p. 188).
En relación con el tema que nos ocupa, el seísmo de 1755 supuso un c ambio de
paradigma en el discurso hegemónico interpretativo del mal . Hasta esa fecha habían primado
los discursos religiosos (con distintas variantes: San Agustín, Santo Tomás y Leibniz, entre
otros); sin embargo, tras esta tragedia, se comenzó a erosionar dicha construcción discursiva
como consecuencia de las críticas de Voltaire y Rousseau, quienes intentaron realizar un a
interpretación del mal ajena al discurso religioso. Hasta ese m omento el ser humano se había
cuestionado por qué Dios permitía q ue exis tiera el mal en la Tierra. Tras el terremoto de
68
Lisboa y las aportaciones de los intelectuales antes citados, la pregunta pasó a ser cómo el
hombre podía hacer frente al mal . El seísmo de 1755 supuso un punto de inflexión. Or iginó
una revelación de una realidad diferente que hizo necesaria una nueva construcción
discursiva sobre el mal (Dynes, 2000, p. 98) .
69
2.2.1. El optimismo rela tivista sobre el
mal
de Leibniz y Pope: una propuesta a
superar tras el terremoto
Durante los s iglos en los que la cosmov isión cristiana se impuso discursivamente, la principal
pregunta que trataron de responder los teólogos fue aquella que parecía hacer inviable l a
existencia de un Dios omnipotente, todopoderoso y bondadoso con la existencia paralela del
mal (arbitrario, la mayoría de las veces). Una de las primeras respuestas a dicha pregunta fue
la que enunció San Agustín, Padre de la Iglesia, durante los siglos IV y V.
La concepción agustiniana se basaba en la ide a de que el proble ma del mal no debí a
tratar de explicarse como la negación (o la falsedad) de algunas de las máximas antes
expuestas sobre Dios. Es decir, para San Agustín no cabía ningún tipo de duda respecto que
Dios era todopoderoso, omnipote nte y bondadoso, por lo que el problema no residía en Él,
sino en la propia idiosincrasia del ser humano. San Agustín vuelve sobre el mito adánico del
pecado original para expl icar el origen del mal en la Tierr a. La cuestión, como explica Paul
Ricoeur, es importantísima porque d e esta manera puso el foco (el origen y, por tanto , la
culpa) en el ser humano:
San Agustín mantiene la totalidad del mal pero se enfrenta a la visión du alista tomando el pensamiento
platónico como base. Para ello, parte de la idea de que el mal es insustancial y cambia también la
pregunta: “¿De dónde viene el mal?” por “¿De dónde viene que hagamos el mal?”. Para San Agustín
todo el mal es pecado (Rico eur, 2006, pp. 37- 38) .
De esta maner a, se constr uyó un discurso interpretativo en el que el mal er a una
realidad insondable que s urgía como consecuencia de un pecado (individual o colectivo)
(Gómez Caffarena, 2004, p. 44). Se trata, pues, de una construcción retórico-discursiva del
mal fundamentada en argumentos lógicos. Asimis mo, no hay que olvidar que la visión de San
Agustín surge también como réplica a otra construcción discursiva previa sobre el mal de
carácter dualista, la de los gnósticos, que concebía un orden cosmológ ico en el que las fuerzas
del Bien batallaban en una lucha constante contra las del mal . Con el pensamiento
agustiniano, esta construcción discursiva queda superada porque «el mal ya no es un ser, es
un suceso superado de manera absoluta por la luz de Dios» (Sichère, 1996, p. 116).
Si se toma como guía la construcción discursiva de San Agustín, resulta relativamente
fácil justificar «la injusticia en el rep arto del mal ». Las catástrofes naturales (pandemias,
terremotos, inundaciones, etc.) er an explicadas como la consecuencia d e un suceso, de un
pecado previo, que podía ser obra de la perversión en la moral de un grupo concreto o,
simplemente, la respuesta a un pecado mucho ante rior que se podrí a remontar incluso a la
traumática salida del Edén. Así pues, mediante el siempre conflictivo concepto del pecado,
70
se produce una fusión entre el « mal moral» y el « mal físico o natural» que no fue superada
hasta el siglo XVIII tras el terremoto de Lisboa.
Tiempo después, aunque la visión agustiniana sobre el mal seguía teniendo presencia
en la amplia mayoría del mundo cristiano, se produjo una renovación discursiva de la mano
de Santo Tomás de Aquino. Para este teólogo, la existencia del mal se justifica como la
ausencia de Dios . Ambas cosmovisiones rel igiosas fueron útiles mientras la Iglesia Católica
ostentó un p oder suficiente para implantar coercitivamente su dogma. Ahora bien, durante
el siglo XVIII la razón ilustrada se fue imponiendo poco a poco al discurso religi oso, lo que
llevó a un autor como Leibniz a escri bir su Ensayos de Teodicea , que hoy día se nos presenta
como un bel lo intento de aunar ambas realidades explicando la existencia de Dios (y, por
consiguiente, del mal ) mediante el uso de la lógica ilustrada. La sociedad había cambiado y
era necesario un nuevo discurso sobre el mal que pudiera ser útil en el nuevo orden social.
La propuesta de Leibniz, como considera Romerales Espinosa en el prólogo de la
edición bilingüe en español de los Ensayos de Teodicea , no llegó a ser la construcción discursiv a
dominante durante la primera mitad del siglo XVIII, ya que , aunque cosechó mucho éxito
entre los teólogos (católicos y protestantes), no se consolidó de manera clara entre las élites
intelectuales y filosóficas de la época (2015, pp. 37- 38) . Aun así, supuso un primer paso para
la superación de un discurso explicativo sobre el mal enraizado exclusivamente en un relato
religioso en torno al pecado.
La corri ente filosófi ca que propuso Leibniz, denominada «op timismo», parte de la
base de que existe un orden en el universo por el cual todos los acontecimientos y seres
tienen razón de ser dentro del plan último de Dios, que es insondable para el ser humano:
Acaso en el fondo todos los hombres sean igualmente malvados y, en consecuencia, no estén en
condiciones de distinguirs e de ellos mismos por sus buenas o menos malas cualidad es humanas. Pero
no son malos de una manera parecida, pu es hay una diferencia individual origi naria en tre l as almas, tal
y como lo muestra la a rmonía prestableci da. Los unos son más o menos inducidos hacia un
determinado bien o hacia un determinado mal, o hacia su contrario, y todo según sus disposiciones
naturales. Pero al provocar el plan ge neral del universo (que Dios ha elegido por razo nes superiores)
que los hombres se encuentren en diferentes circunstanci as, los que se encuentren en las más
favorables a su naturaleza se convertirán más fácilmente en los menos malos, los más virtuosos, los
más felices, pero siempre con la ayuda de las i mpresiones de la gracia interna que Dios les adjunta
(Leibniz, 2015, p. 339 ).
Los planteamientos de Leibniz son mucho más complejos que esa breve máxima con
la que se pretende resu mir su propuesta filosófica («Vivimos en el mejor de los mundos
posibles»). Para Leibniz, todos los males son relativos porque acaecen para hacer del univ erso
un lugar mejor dentro de un plan divino que desconocemos porque, he aquí la cuadratur a
del círculo, Dios así lo ha querido para conseguir que este sea el mejo r de los mundos
posibles.
71
Leibniz tuvo seguidores como Alexan der Pope quien, en su Essay on man , explicaba
el optimismo de esta manera:
Thro’ worlds unnumber’d tho ’ the God be known,
‘Tis ours to trace him only in our own.
He, who thro’ vast im mesity can pierce,
See worlds on worlds compo se one universe,
Observe how system into system runs,
What other planets circle other suns,
What vary’d bei ng people ev’ry star,
May tell why Heav’n has ma de us as we are.
But of this frame the be arings, and the ties,
The strong connectio ns, nice dependencie s,
Gradations just, has thy pervading soul
Look’d thro’? o r can a part contain the whole? (Pope , 1973, p. 505).
El problema surge, como se ha explicado con a nterioridad, cuando en 1755 el
terremoto de Lisboa sa cude las consciencias de la intelectualidad europea. La lógica
argumental h asta entonces esgrimida deja de ser válida. El «optimismo» filosófico de Leibniz
y Pope pasa a ser una propuesta disc ursiva caduca incapaz d e dar respuesta a la compleja
pregunta que el temblor volvía a revelar: «¿Cómo Dios permitía semejante tragedia?». Según
explica Evaristo Álvarez, fueron varios los religiosos que trataron de res ponder a es ta
pregunta siguiendo la tradición retórico-discursiva agustiniana o de Santo Tomás, es decir,
mediante la búsqueda del origen del desastre en algún tipo de pecado colectivo , estableciendo
así un argum ento lógico de causa-consecuencia (muchos hablaron de la perversión moral de
Lisboa). Con todo, el castigo divino seguía pareciendo demasiado severo:
La gran pregunta que se h acía todo el mundo, incluidos teólogos y filósofos, era si el desastre reflejaba
o no la voluntad de Dios. Tal vez algunos perdieran secretamente la fe, pero si hubo un concepto
realmente cuestionado y malparado en el siniestro, ese fue el de «teo dicea», término acuñado por
Leibniz (Álvarez Muñoz, 2005, p. 188).
Ni la explicación que trataba de construir un relato de los acontecimientos mediante
la idea de un pecado original, ni la interpretación discursiva de Leibniz que decía que vivimos
en el mejor d e los mundos posibles y que, por lo tanto, el terremoto era obra de Dios dentro
de un plan universal, fueron suficientes para hacer frente a la nueva realidad social que se
había revelado ante la intelectualidad europea. Voltaire fue quien lanzó la primera piedra.
72
2.2.2. La necesidad de respuestas: las propuestas de Voltaire y Rousseau
La respuesta de Voltaire ante el terremoto de Lisboa no tardó en llegar. En 1756 publicó su
Poème sur le désastre de Lisbonne, en el que realizaba una crítica feroz al optimismo de Leibniz y
Pope:
Cette chaîne des co rps, des esprits, et des mondes .
O rêves des savants ! ô chimères profondes!
Dieu tient en m ain la chaîne, et n’est poin t enchaîné;
Par son choix bienfaisan t tout est déterminé:
Il est libre, il est juste, il n’ est point implacable .
Pourquoi donc souffrons-nous sous un maître équitabl e? (Voltaire, 1756).
En este escri to, Voltaire considera que «los hombres no son más que unas criaturas
débiles e ignorantes, abocadas al sufrimiento y a la muerte, y que desconocen su origen, su
propósito, su destino» (Peñalta Catalán, 2009, p. 200) . La propuest a discursiv a del fr ancés,
de amplia circulación en la época, creó una de las primeras grietas en el optimismo mediante
una crítica completamente pesimista del mundo. Años después (entremedias nos
encontramos con la respuesta de Rousseau de la que hablaremos a continuación), Voltaire
publicó una crítica mucho más pulida en forma novela. Cándido o el optimismo es una ficción
construida desde una superlativa ironía mediante la cual el escritor trata de hacer ver que el
optimismo defendido por Leibniz y sus seguidores era una estulticia. En esta construcción
retórico-discursiva mediante la sátira y la ironía se ridiculizan l os argumentos lógic os hasta
entonces esgrimidos realizando una reductio ad absu rdum El propio Leibniz es caricaturizado
mediante el personaje de Pangloss, tutor de Cándido, protagonista de la historia . Este
maestro, adscrito a la doctrina del optimismo, trata de mantener su postura filosófica pese a
la concatenación de desgracias que sufre:
– ¡Bueno mi qu erido Pangloss, le dijo Cán dido, cuando os han ahorcado, disecado, molido a golpes, y
habéis remado en galeras, ¿habéis seguido pensando que todo iba lo mejor posible? – Sigo fiel a mi
primer sentir, contestó Pangloss; puesto que al fin soy filósofo: no me conviene desdecirme. Leibniz
no pue de equivocarse y, po r otra parte, la armonía preestablecida es, con lo pleno y la ma teria sutil, lo
más bello (Voltaire, 198 5, p. 162).
Voltaire ridiculiza de esta manera la corriente filosófica del tout est bien , pero sin
aportar nada más que la resignac ión como respuesta ante la nueva realidad. Esto lo podem os
ver plasmado al final de la novela, cuando Cándido termina en una granjita a orillas del
Porpóntide j unto a Pangloss, Martín, Cacambo y Cunegunda, entre otros, todos ellos
supervivientes de mil desg racias. El colofón de la obra es este diálogo entre el filósofo
optimista, Pangloss, y su aprendiz, Cándido:
79
Este relato de los hechos, providencialista o sobrenatural, se basaba en la
construcción discursiva de una relación causa-efecto (pe cado-catástrofe) que interesaba a los
sectores más conservadores de las jerarquías eclesiást icas. A fin de cuentas, si el terremoto
era un castigo divino por los pecados cometidos por la humanidad, la única manera de evitar
otra desgracia semejante era la piedad cristiana. Esta interpretación es de herencia agustiniana
y se fundamenta en la unión de los «males morales» y de los «males naturales» mediante el
concepto del pecado.
Se dan, pues, en España dos corrientes interpretativas del terremoto, que aparecen
reflejadas de manera paradójica en el texto de Nipho. En su obra Explicacion physica, y moral
de las causas… , resulta muy interesante observar cómo se desarrollan de manera paralela los
dos discursos, aunque, como se verá , el que prima finalmente es el religioso. Así, gran parte
del texto se compone de un ensayo naturalista, en el que trata, mediante la aplicación de las
teorías de la época, de comprender el orig en de los terremotos, pero toda esta propuesta
cientificista está marcada por el discurso providencialista mediante el cual se propone una
explicación sobrenatural al ori gen del terremoto. Por ejemplo, en un momento concreto
Nipho afirma:
Las causas morales de los terremotos se han de buscar para acertar con ellas en dos principios: esto
es, en Dios, y en nosotros; en Dios, como que procura con estos espantosos rumores traernos a la
memoria la severidad de su justicia; y en nosotros, respecto al c úmulo de nuestros vicios, con que le
precisamos a que pon ga en obra los esfuerzos de su venganza (1755, p. 36)
En este ensayo, Nipho propone claramente una interpretación sobrenatural
(religiosa) del terremoto, muy al ejada de las posturas ilustradas que se desarrollaban de
manera paralela en Europa. Su construcción discursiva, pese a que se cubre de una capa de
cientificismo, termina por mantener l as estructuras discursivas hasta entonces dominantes,
de herencia agustiniana, que unían mediante el concepto de p ecado los «males naturales» y
los «males morales»:
Que el intento de Dios con los terremotos sea destruir el imperio del pecado, se ded uce manifiesto de
los muchos que ha experimentado el mundo; pero de donde más se infiere esta verdad, es de haber
sido más terribles, y frecuentes desde qu e vino a la tierra nuestra re dención (Nipho, 1755, p. 37).
Por lo tanto, Francisco Mariano Nipho reproduce en su tex to la visión castiza y
conservadora que trasmitían los predicadores en sus sermones. En opinión de Espejo Cala,
«Nipho se alinea sin dejar lugar a dudas con (...) la interpretación ortodoxa del fenómeno,
como ha demostrado perfectamente, refiriéndose ahora a España, pero sin que en esto
nuestro país pueda considerarse excepcional» (2005, p. 159) .
80
Ahora bien, tampoco se puede obviar que la mayor parte de Explicacion physica, y moral
de las causas… se compone, en realidad, de un discurso naturalista, muy inf luenciado por la
tendencia científica (empírico y racionalista) que se dio en el continente durante el siglo
XVIII. Es to revela las enor mes paradojas que se dieron en España, consecuencia de este
choque de mentalidades.
Y esta es quizás una de la s características propias de la polémica discursiva española
tras el terremoto: la mediatización que en la misma tuvo la Igl esia Católica. Francisco
Sánchez-Blanco, en su ensayo La mentalidad ilustrada (1999), reflexiona sobre esta paradoja y
recoge algunas otras muestras de este debate. Por ejemplo, cita a fr ay Miguel San José, obispo
de Guadix, quien consideraba que el terremoto era causado por los pecados de los hombres
(carece de sentido , por tanto, buscar explicaciones racionales u otras posibles soluciones).
Por otro lado, pone el ejemplo del fraile Francisco Javier González quien, pese a ser religioso,
pensaba que había que separar el orden físico y el orden moral para la interpretación de
fenómenos como el terremot o de Lisboa (Sánchez-Blanco, 1999, pp. 252-253). Con to do , la
figura más representativa del gr upo de religiosos in telectuales españoles fue l a de Benito
Jerónimo Feijoo.
2.2.4.2. El padre Feijoo: un intento de explicación científica del terremoto desde la
religión
El orensano Benito Jerónimo Feijoo, autor de obras como Teatro crítico universal y Cartas
eruditas y curiosas , es un buen ejemplo de cómo la ilustración en el siglo XVIII español estuvo
condicionada, en gran medida, por la construcción retórico-discursiva de base católica. P ara
situar su pensamiento res pecto a la polémica suscitada tras el terremoto de Lisboa de 1755 ,
se resumen, a con tinuación, brevemente las pos turas defendidas predominantemente en
España durante esta discusión.
Por un lado, encontramos una serie de voces reaccionarias y conservadoras que
consideraban que el terremoto era un castigo divino, es decir, una consecuenc ia de lo s
pecados cometidos por la humanidad ( en este grupo hemos situado, por ejemplo, a Nipho) .
En el lado opuesto, se ubica n aquellos que sostenían que las causas del terremoto debían
hallarse en la naturaleza, sin que esto implicara un menosprecio al poder divino. La mayoría
de los intelectuales que se enmarcan en esta te ndencia interpretativa defiende la premisa de
que, si bien las catástrofes naturales podían formar parte de un plan divino, esto no impedía
que el ser humano (filósofos, científicos, etc.) tratara de comprender las causas físicas de la
81
tragedia para así minimizar los daños. Dicho «grupo» compartía la premisa argumentativa del
«optimismo» fil osófico de Leibniz, ya que trataba de armonizar el discurso religioso con el
racionalismo ilustrado.
A su vez, dentro de este segundo colectivo de pensadores, existen diferencias «entre
los que se amparaban en las viejas teorías heredadas de los clásicos y quienes aspiraban a
revisarlas proporcionando una adecuada interpretación científica del fenómeno» (Alberola
Romá, 2005, p. 40). Feijoo, relig ioso ilustrado, se enmarcaba concretamente en un punto
intermedio entre aquellos que recurrían a las teorías aristotélicas, como único argumento de
autoridad válido, y los que consideraban que la respuesta a esta pregunta solo se podía
conseguir mediante la aplicación del estudio empírica y la observación (Hurtado Simó, 2015,
p. 118).
En la actualidad, la construcción discursiv a científica que propone Feijoo en sus
cartas resulta, cuando menos, ingenua; no tanto su estrategia re tórica y argumentativa. P or
ejemplo, en la «Carta XIV. Crítica de la disertación en que un filósofo extranjero designó la
causa de los terremotos, recurriendo al mismo p rincipio, en que anterior mente le había
constituido el autor» que aparece recog ida en el Tomo Quinto de sus Cartas eruditas y curiosas,
Feijoo incide repetidamente en su teoría de que la «la virtud eléctrica es la causa d e los
terremotos» (Feijoo, 1770, p. 260). En la actualidad, dicha tesis ha sido completamente
refutada por la sismología contemporánea, por lo que está fuera de lugar explicar por qué
erró en su interpretación del fenómeno.
Sin embargo, en lo que concierne a esta investigación, no resulta para nada trivial
observar cómo este religioso ilustrado español optó por constr uir un discurso «cientificista»
mediante el cual trataba de interpretar el seísmo lisboeta. Dada su condición de religioso
cristiano, le era imposible adoptar un discurso completamente secular; no obstante, en todo
momento mantuvo un espíritu ilustrado (racionalista y natu ralista, entre otras cosas) qu e
había llevado a Voltaire y a Rousseau a replantearse las construcciones discursivas
hegemónicas. ¿Cómo solucionó el orensano dichas contradicciones?
Feijoo optó por mantener, aunque fuera de manera inconsciente, la propuesta d e
«optimismo» filosófico, si bien argumentada pretendidamente en el cientificismo. Por
ejemplo, en el Tomo Quinto de sus Cartas eruditas y curiosas , en la «Carta XXV. Al Sr. Joseph
Díaz de Guitian residente en la ciudad de Cádiz» afirma:
El g ran Newton, por h aber observado algunas nuevas irregularida des en el movimiento de los Astros,
llegó a decir que consideraba necesario, que el Autor de la Naturaleza, antes de mucho tiempo volviese
a aplicar la mano a la obra para reintegrar cuerpos celestes en la e xistencia, atracción y método
primitivo de sus movimientos. Es verdad, que en las Obras de Newton no hallé tal observación,
aunque algunos se la atribuyen (…) . Posible es que el Globo Terráqueo haya nuevas irregularidades
82
análogas a las de los cuerpos cele stes, que pidas asimismo nueva aplicación de la mano del Artífice
para la conservación del Orbe (Feijoo, 1770, p. 360).
Es decir, Feijoo consideraba que era posible que existieran ciertas «ir regularidades»
en la Tierra que provocan los terremotos, por lo que pensaba que Dios debería actuar para
la «conse rvación del Orbe» en un momento dado. De esta manera, el padre Feijoo se alejaba
claramente, con su interpretación, del punto de vista providencialista, pero se mantenía
dentro de la cosmovisión cristiana.
Para Feijoo es cierto que no se deben buscar los orígenes de una catástrofe natura l
en el castigo divino, pero, en su planteamiento, el ser humano tampoc o puede vivir dando la
espalda a Dios, porque esto le llevaría a un estad o permanente de congoja (Glendinning,
1966, p. 364; Hurtado Simó, 2015 , p. 119) . En su «Carta XXIX», realizó una interesante
comparación entre los terremotos y otras desgracias inevitables como la muerte súbita:
El único, no por evitar la muerte repentina, sino para no vivir oprimido del susto de ella, es la cuidadosa
diligencia en guardar la Ley de Dios, y frecuentar los Sacramentos; y haciéndolo así, arrojar
intrépidamente el corazón a venga lo que viniere: quiero decir, esperar con una generosa cristiana
resignación cua nto quiera dispones nues tro soberano dueño (Feijoo, 1770, p. 3 90).
Por consiguiente, se puede afirmar que Feijoo se separó del discurso providencialista,
que cargaba toda la culpa de la tragedia en los pecados d e los hombres. A pesar de su fuerte
mentalidad ilustrada, no llegó, sin embargo, a construir una inte rpretación secular del
terremoto, ni tampoco una división clara entre los «males nat urales» y los «males morales».
83
2.2.5. Conclu siones tras el análisis de los discu rsos producidos tras el terremoto de
Lisboa de 1755: la separación entre el «males morales» y «males naturales»
El terremoto de Lis boa de 1755 supuso un enorme cambio en el discurso europeo sobre el
mal porque la magnitud de la tragedia obligó a que se construyera una nueva interpretación
que derivo en lo siguiente:
a) Supuso la superación de la utilización del discurso religioso -providencialista (San
Agustín o Santo Tomás , entre otros) o religioso -racionalista (Leibniz y Pope) como la ú nica
propuesta discursiva capaz de responder de manera más o menos acertada al problema del
mal en el mundo.
b) Permitió que se estableciera una clara diferencia entre el « mal moral» y el « mal
natural», concept os que habían estado fuerte mente ligados en la tradición cristiana mediante
el concepto del «pecado».
En definitiva, autores como Voltaire, Rousseau o Kant, a través de la polémica y el
debate sobre el pensamiento pautado, consiguieron reformular el marco discursivo
dominante mediante la formulación de una pregunta que siglos después, con Auschwitz,
atormentaría a la sociedad: ¿cómo pu ede enfrentarse el ser humano al « mal »? D e esta manera,
se superó el debate de las teodiceas de base religiosa, que trataban de aunar la existencia de
un Dios, todopoderoso y omnipotente, con la presencia del mal en nuestro día a día; es decir,
se produjo un cambio en la causa retórica.
Por ende, se observa, desde el punto de vista de la construcción retórica, un gran
cambio ent re la propuesta que hace Leibniz en su Teodicea y el discurso filosófico de Voltaire
o Rousseau. Mientras que Leibniz había tratado de racionalizar el discurso sobre el mal ,
mediante una construcción discursiva logicista (es decir, basada mayormente en silogismos
lógicos); Voltaire y Rous seau optaron por un re lato interpretativo mucho más racio nal,
irónico y crítico (véase el magnífico ejemplo ya comentado de la novela Cándido o el optimismo ).
La construcción discursiva escolástico-religiosa se secularizó mediante una
argumentación de tipo mucho más cienti ficista; es decir, basada en argumentos con una
supuesta fundamentación científica aplicada, por ej emplo, a la interpretación de los seísmos
como un d esastre natural y no como un castigo divino . El inmenso y rápido desarrollo que
tuvieron las ciencias dur ante el siglo XVIII influyó notablemente en las construcciones
discursivas sobre el mal , mediante una serie de argumentaciones basadas en la observación
de la naturaleza (individual y social) del ser humano.
84
En España, en cambio, tardó más en llegar la secularización del discurso sobre el mal .
El contexto sociocultural del país y la fuerte presencia en posiciones de poder de la Iglesia
Católica impidió, en gran medida, que se desarrollara una polémica como la europea con las
repercusiones que antes comentábamos. Ahora bien, esto no significa que en el país no se
produjeran movimientos intelectuales. Explica Sánchez-Blanco al respecto:
desde el púlpito se defendí a la posición “teísta”, según la cual Dios interviene voluntarística y
casualmente en los fenómenos naturales. Los periódicos, en cambio, representaban, en la terminología
del siglo, el pen samiento “deísta”, para el cual el universo tiene su s propias leyes eternas debidas a una
Inteligencia Suprem a, que no necesita corregirse a sí misma en cada momen to. En conexión con estas
dos posturas filosóficas se tematiza la presencia de l mal físico. El teísta no le da muchas vueltas al
asunto y afirma que el mal entra en el mundo por el pecado, imaginándose un orden natural anterior
al pecado totalmente distinto al actual (…). El deísta no comulga con esa visión ingenua de una
naturaleza paradisiaca. Concib e las catástrofes como algo inh erente al orden del universo con
independencia del cual quier factor moral (1999, p. 26 9)
Es decir, en España tam bién se generó una construcción discursiva ilustrada,
influenciada por las modas científicas europeas encarnada, de manera ejemplar, por el padre
Feijoo. No obstante, este intento de discurso cientificista (empírico) en España, aunque trató
de hallar el origen del terremoto mediante la ob servación de la naturaleza, no consiguió
separarse com pletamente de la cosm ovisión cristia na hasta entonces hegemónica. Es más, la
interpretación de Feijoo se sitúa más cerca del optimismo de Leibniz que de las pioneras
ideas de Rousseau, porque, aunque «concibe las catástrofes como algo inhe rente al orden del
universo con independencia del cualquier factor moral» (Sánchez-Blanco, 1999, p. 269), lo
cierto es que, al final, parte de la premisa de que todo forma parte de un plan divino.
85
2.3. L OS DISCURSOS SOBRE E L
MAL
ANTES DE A USCHWITZ : DEL « POSI TIVISMO »
CIENTÍFICO A N IE TZSCHE
El terremoto de Lis boa supuso una rápida re acción discursiva por par te de los más
importantes intelectuales del momento ante la imposibili dad de mantener el siste ma
discursivo teológico-racionalista hasta entonces hegemónico. Una de las consecuencias del
terremoto de Lisboa fue la secularización del discurso interpretativo del mal . De esta manera,
la problemática del mal se circunscribió al ser humano, con lo que se estableció una clara
diferenciación entre los «males mo rales» y los «males natur ales» (terremotos, sequías,
pandemias, etc.). Gracias a dicho cambio discursivo, estos últimos dejaron de explicarse
como castigos divinos (Neiman, 2012, pp. 306-307). Es decir, cesaron las interpretaciones de
fenómenos naturales, como por ejemplo las inundaciones o sequías, como castigos divinos
consecuencia de algún tipo de pecado (individual o colectivo) y se centró el problema del mal
en el ser humano, produciéndose así un cambio en la causa retórica.
Por lo tanto, la construcción retórico -discursiva del mal hasta entonces vigente
caducó y se hizo necesario la construcción de nuevas «teodiceas», aunque, esta vez, de tipo
secular
18
(ya no se podía seguir interpretando los males que afectaban a los personas como
realidades en el marco de lo religioso o sobrenatural).
En esta investigación, se han agrupado estas nuevas construcciones discursivas de
manera sintética en dos gr upos: metafísicas y positivistas-utilitaristas . En el primer grupo se
catalogan las propuestas filosóficas de autores como Nietzsche; mientras que en el segundo,
se encuentran aquellos intentos de hacer una interp retación con base científica del «problema
del mal» (e n este grupo est arían autores como Adam Smith o Jeremy Bentham). Todos ellos
18
Ambos términos («teodicea» y «secular») parecen conformar un oxímoron, sin embargo, son
perfectamente compatibles. Numerosos autores han tratado de salvar la aparente contradicción denominando
a estos nuevos discursos de diferentes maneras: por ejemplo, Salvador Giner ha introducido recientemente el
concepto «soci odicea» (Giner, 2014) y Ernest Becker, décadas atrás, la interesantí si ma idea de las
«antropodiceas» (Becker, 1980).
Afirma Becker que las «antropodiceas» surgen en el siglo XIX porque se hizo insostenible, por
diferentes causas, una explicación ra cional-religiosa a todos los males que el hombre debía hacer frente . Por
esta razón, se dejaron de lado las explicaciones de los «males naturales» o divinos, que no tenían explicación
lógica aparente, y las teodiceas pasaron a centrarse en crear discursos limit ados a los males que tenían remedio
humano (los que aquí hemos denominado «males morales»), es decir, se idearon «antropodiceas» (Becker, 1980,
p. 43). Ahora bien, nos vemos obligados a hacer una acla ración a es ta concep tualización: que una «teo dicea» es
aquel discurso racional que trata de explicar la experiencia que el ser h umano tiene del mal , por lo que
consideramos que es más correcto afirmar que tras el terremoto de Lisboa de 1755 se desarrollaron nuevas
«teodiceas s eculares», de las cuales al gunas podrían ser deno minadas «antropo diceas». En otr as palabras, tras el
seísmo lisboeta aparecieron, como ya hemos visto, nuevos discursos sobre el «mal» que no tenían una base
argumentativa religiosa (teo diceas seculares). Algunos de estos discursos se centraron en la comprensión del
ser humano como punto de p artida para la interpretación del «mal» (antropodiceas).
86
(con propuestas notablemente diferentes) son los artífices del cambio en l a construcción
discursiva del mal que se dio en Europa.
El problema es que dicho ejercicio intelectual finalmente chocó contra los muros de
Auschwitz, ya que, tras aquella tragedia, se desveló que todos los esfuerzos discursivos
previos eran incapaces de dar respuestas (es decir, de construir discursos de aceptación
mayoritaria) al porqué de lo ocurrido. En nuestra opinión, s olo Nietzsche y Freud
vislumbraron, en la complejidad del hombre moderno , la encrucijada a la que tendría que
hacer frente la sociedad en el futuro: ¿qué ocurre cuando la soci edad construye una moral
que posibilita un régi men como el nazi?, ¿qué re sponsabilidad tiene el ser humano como
ciudadano integrado en un sistema social que permitió el asesinato masivo de inocent es?
Tras analizar brevemente estos discursos europeos sobre el mal , se estudia el contexto
español. En este país, durante el sig lo XIX y comienzo del XX, la Iglesia Católica aún
mantenía un enorme poder en todos los ámbitos, por lo que la secularización de las teodiceas
resultó aquí mucho más difícil. Dicha peculiaridad sociocultural tuvo importantes
repercusiones en las construcciones retóricas que se dieron sobre el problema del mal . Prueba
de ello es que intelectuales como Jaime Balmes, la escuela krausista o Miguel de Unamuno
se vieron obligados en sus obras a hacer una mediación consta nte entre las modernas
construcciones discursivas provenientes de Europa y la tradición cristiana del país.
87
2.3.1. ¿La ruptura del ideal del progreso? El intento positivista de explicar el
mal
durante los siglos XVIII y XIX en Europa
Tras el terremoto de Lisboa, las preguntas dejaron de referirse a por qué Dios había creado
un mundo donde sus fieles debían convivir con el mal , y los intelectuales de la época
empezaron a preguntarse por las razones que llevaban a un indiv iduo a ser perverso o
malvado. Se debe entender que este ca mbio discursiv o se desarrolló en un contexto histórico-
social en el que las ciencias experimentales, el método científico y el positivismo se
convirtieron en las bases del pensamiento hegemónico.
Por esta razón, las reflexiones que abordaban el «problema del mal » pasaron de
constituirse mediante discursos interp retativos de base arg umentativo religiosa (sobre todo
fundamentada en la lógica), a otros secularizados pretendidamente positivistas (basado en la
probatoria extrínseca) . Dent ro de esta tendencia de secularización de los discursos
interpretativos, se estudió el mal desde dos perspectivas: una social (utilitarista) y otra natural.
El sig lo XIX fue, por tanto, en muchos sentidos, un intento constante de crear una
moral de base científica. Es decir, se trató de ins tituir una «ciencia del b ien y el mal » que
permitiera describir, mediante el método científico
19
, el origen del mal para así eliminarlo, en
la medida de lo posible. Pero, como demuestra la historia, estos intentos fueron pueriles, ya
que en la mayoría de los casos solo se consiguió crear una moral utilitarista en la que la «culpa»
dejó de ser religiosa y pasó a ser social. La obra del inglés Jeremy Bentham es un buen ejemplo
de esta postura. En sus escritos, proyectó una idea completamente pragmática de la moral.
A su juicio, esta debía construirse sobre los motivos que la utilidad reconocía:
Antes de elevar el edificio de la verdad moral, es indispensable desembarazar el suelo de un vasto
montón de escombros , que estorba los progresos d el arquitecto moral. Mo tivos diferentes de lo s que
la utilidad reconoce , fine s enemigos de los que la misma propone han sido y son todav ía la base de los
trabajos de los moralist as que de propia autor idad se han constituido tales (B entham, 1836, p. 33).
Para Bentham, la moral y, por consiguiente, la diferenciación del bien y el mal debía
estar regida por su utilidad social determinada por su fin último: la felicidad común . El prog reso
social, por lo tan to, estaba dir ectamente relacionado con el sistema moral dominante, el cual,
en opinión de Bentham, debía garantizar la mejor de las sociedades posibles (Becker, 1980 ,
pp. 67- 69)
20
. En efec to, entre los siglos XVIII y XIX se fue consolidando la unión ent re una
19
Por imitación con las ciencias experimentales que se desarrol laban enormemente en esta época, se
solía realizar una argumentación mediante pruebas extratécnicas y pruebas de hecho. De esta manera, se
pretendía «obje tivizar» las construcciones retór ico-discursivas sobre el mal .
20
Observamos, por tanto, que las construcciones retórico-discursivas sobre el mal , aunque han variado
la causa retórica con respecto a las anteriores teodiceas, siguen manteniendo las estrategias retóricas utilizadas
88
idea de «progreso» (como un movimiento lineal hacia delante en el que participaban todos
los saberes humanos) y la «moral» (una pauta de comportamiento social que l o hacía posible).
Consiguientemente, las teodiceas fueron com pletamente sec ularizadas, ya que, como explica
Becker, la idea de progreso sustituyó de manera coherente a la de la Providencia:
En cierto sentido los franceses se vieron obligados a inventar la i dea de progreso activo: habían eliminado
el conc epto de Dios como un agente providencial, solícito, activo, en el m undo, no podía haber nadie
que deseara que el mundo permaneciera tal c ual es (Becker, 1980, p. 55).
Dichas constr ucciones discursivas basadas en un ideal de progreso fueron
dinamitadas después de Auschwitz. A fin de c uentas, la mecanización del horror perpetrado
por los nazis solo fue posibl e gracias al desarrollo industrial, institucional, cultural y científico de
Alemania
21
.
hasta entonces: discursos basados en argumentaciones lógicas (por ejemplo, enlaces de causa-consecuencia)
con una probatoria prin cipalmente extratécnica.
21
No obstante, en opinión de Susan Neiman, esta no deja de ser una interpretación simplista de la
realidad. En su opinión, las propuestas utópic as de Saint-Simon y Fourier ya habían sido puestas en tela de
juicio mucho antes de Auschwi tz, por lo que, según ella, podemos afirmar que el ideal de progreso había sido
criticado y superado mucho antes de 1945:
Para 1794, cuando más tarde, cualquier fe que se conservara respecto al Progreso como algo inevitable
se encontraba bajo la metralla; en la Práctica porque eran los días del Terror, y en la teoría ante el
poderoso argumento de Kant, de que el progreso era, en el mejor de los casos, un ideal. A finales del
siglo XVIII, la capacidad de esperanza de la humanidad era todo lo que había quedado como testigo
de la existencia del prog reso moral (Neiman, 201 2, pp. 329-330).
Estamos de acuer do con Neiman, es más, considera mos que ambas a rgumentaciones (la que nosotros
defendemos y la de Susan Neiman) son compatibles. A finales del siglo XIX, pocos sostenían que el progreso
era inevitabl e y se cuestionaba abiertamente que todos los avances científicos e industriales debieran implicar una
evolución social a mejor. Por ejemplo, ¿había sido positivo socialmente el incremento masiv o de población en
las ciudades industriales? ¿Vivían mejor los trabajadores de las factorías que sus padres agricultores?
Resumiendo, ¿el desarroll o implicaba necesaria mente un progreso?
El progreso, con Kant, se había convertido en un ideal. Décadas después, dicho ideal pasó a ser «un
apéndice político del nuevo parlamentaris mo liberal» (Becker, 1980, p. 104). Con el incipi ente avance de las
democracias europeas, el ideal de progreso dejó de ser un concepto netamente filosófico (relacionado
directamente con el sistema positivista) y pasó a convertirse en un lugar común de la política que servía para
justificar cualquier me dida que tomaran los nuevos parlamentos. De esta manera, los sis temas parla mentaristas
se apoderaron del «ideal de progreso» y lo ubicaron como el fin último del sistema político. El utilitarismo moral
de base positivista que se desarrolló en el siglo XIX permi tió que la idea de progreso se convirtiera en la brújula
de los incipientes sis temas parlamentarios. Est e ideal (esta aspiración) ilumin ó la actividad polí tica de la época.
Las consecuencias de esta mutación del «ideal de progreso» en un «ideal democrático», como bien
señala Becker, llevó finalmente a q ue «el hombre nuevo se convirtió en un juguete pasivo en manos del destino,
que confiaba su futuro en el Parlamento y también a Dios» (B ecker, 1980, p. 105). Es decir, si antes e ran las
religiones las que ostentaban el poder de determinar qué era lo que estaba bien y qué, mal; con el nuevo
parlamentarismo y los sistemas morales utilitaristas, dicha potestad también recayó en las instituciones políticas.
No en vano, ellas eran las encargadas de regular la convivencia social en aras de alcanzar el mejor de los mundos
posibles (el ideal del prog reso científico se había conv ertido definitivamente e n un ideal de progreso político ).
Partiendo de este punto, se puede establecer una relación histórica consecutiva en tre: 1) la creencia en
una Providencia que regulada el destino de los pueblos (un ejemplo sería el Dios cris tiano); 2) la creencia en el
«ideal del bien común» (nacido durante la Ilustración), 3) el «ideal de progreso» (fruto de l contexto sociocult ural
positivista del siglo XIX) y 4) el «ideal democrático», que aboga por el bien de las mayorías (construcción
discursiva paralela al desarrollo de las democracias liberales de los siglo XIX y XX). Esta mutación del «ideal
de progreso» en un «ideal democrático» supuso un enorme cambio en las construcciones discursivas morales,
95
ser humano utilice el pensamiento racional para comprender el funcionamiento del mundo
que le rodea, esto no debe borrar el h echo de que la mano de Dios se encu entra en la base
de todo.
Este es uno de los puntos en los que más incidió Balmes en sus obras. Para él, el
problema del acceso al conocimiento radica en la compr ensión de la «certeza». Es decir, para
el catalán, la verdad
23
(realidad) se relaciona con las impresiones del individuo por medio de
la «certeza». Esta era incuestionable, por lo que el filósofo dedicó muchos esfuerzos a intentar
explicarla.
Balmes encontró esta rel ación de certeza entre l a realidad y el sujeto en las leyes
morales y las leyes físicas: ambas, desde su punto de vista, pertenecientes al orden natural e
independientes del ser humano. Para este filósofo, cuerpo y alma eran una dualidad separada,
de tal forma que la parte material se regía por las leyes de la física, mientras que la inmaterial
lo hacía por las leyes morales. Así lo explica en su Ética :
Esta regla no depende del arbitrio de los hombres; las acciones no son morales o inmorales porque
se haya establecido así por un convenio, sino por su íntima naturaleza, ¿podrían los hombres haber
hecho que la pieda d filial, fuese un vicio y el p arricidio una acción virtuosa; que el agradecimiento
fuese malo y la ingratitud buena; que fuera vituperable la lealtad y laudable la perfidia; que la
templanza mereci ese castigo y la embria guez, fuera digna de p remio? Es evidente que no ; las ideas de
bi en y de mal convienen naturalmente a ciertas acciones; nada puede contra eso la voluntad del
hombre. Quien afirme que la diferencia entre el bien y el mal es arbitraria, contradice a la razón, al
grito de la conc iencia, al sentido co mún, a los senti mientos más profundos d el corazón, a la voz de la
humanidad, manifiesta en la experiencia de cada día y en la historia de todos los tiempos y países
(Balmes, 1849).
Este planteamiento retoma el punto de partida que tratábamos en la anterior sección:
¿cómo es posible que existan unas leyes morales naturales ideadas por Dios, y que , a su vez,
haya personas que se alejen de ellas p ara cometer actos malvados? Es más, ¿por qué muchos
de los que sig uen fielmente los preceptos cristia nos sufren calamidades? La respuesta de
Balmes se puede encontrar en su obra Cartas a un escéptico en materia de religión , donde dice lo
siguiente:
El mal existe, e s cierto; pero la Provi dencia existe también, n o es menos cierto; en apariencia son dos
cosas que no pueden existir juntas; pero, supuesto que tú sabes ciertamente que existen, esta apariencia
de contradicción no te basta para negar esa existencia; lo que de bes hacer, pues, es buscar el modo
con q ue p ueda desaparecer esta contradicción, y, en caso de que no te sea pos ible, considerar que esta
imposibilidad nace de l a debilidad de tus al cances (Balmes, 1999, Carta II ) .
23
Como consecuencia de dicho plantea miento, Jaime Bal mes reconoce un a distinción entre una serie
de ve rdades real es (de orden concreto y prácti co) y otras verdades ideales (de orden abstrac to). Los crit erios de
verdad en los que se basaban estas son tres: a) consciencia o sentido íntimo, b) evid encia y c) senti do común o
instinto intelectual.
96
Es decir, para Balmes la r esponsabilidad de hallar solución a la supuesta contradicción
que nace de la coexistencia de un Dios todopodero so y bondadoso con la presencia d el mal
recae en el in dividuo. Quien no sea capaz de comprender dicha compatibilidad debe asumir
que la aparent e contradicción nac e de la debilidad de sus alcances. Por esta razón, el hombre
debe comportarse rectamente, para dejarle a Dios «sus incomprensibles arcanos» (Balmes,
199 9, Carta II) .
Así pues, pese a que en otros pun tos de su filosofía Balmes es profundamente
innovador y origin al , en lo que respecta a su discurso sobre el mal , su postura es claramente
conservadora porque termina por recurrir al providencialismo y al pecado adámico como
origen de todos los males (Balmes, 1999, Carta II).
En resumen, Jaime Balme s trata de construir una doctrina filosó fica capaz de
armonizar el empirismo de orden científico europeo con la escolástica de fuerte raigambr e
española. Para ello, asume que tanto el conocimiento adquirido por la experiencia religiosa
como el que se alcanza fruto de la experiencia científica son necesarios para alcanzar la
verdad, es decir, la comprensión de la realidad.
No obstante, a la hora explicar el origen y la justificación del mal en la tierra deja de
lado cualquier tipo de aproximación empirista y retoma ideas ya mencionadas como el pecado
adámico o el prov idencialismo. Balmes sigue la tradición de las construcciones retórico -
discursivas basadas en la argumentación lógica. Para él, Dios ha creado una serie de leyes
morales y físicas a las que el entendimiento del ser humano puede acceder , permitiéndole
llevar una vida recta pese a los sufrimientos. Porque, «Sin las penas y los premios de la otra
vida, ¿dónde está la justic ia?, ¿dónde la Providencia?, ¿dónde el estímulo para la virtud, y el
freno para el vicio?» (B almes, 1999, Carta III).
b) La doctrina moral del krausismo
La segunda corriente que tuvo una importantísima repercusión en el contexto sociocultural
español de la segunda mitad del XIX y comienzos d el XX fue el krausismo. Sin lugar a dudas,
el me jor ejemplo de la trascendencia que tuvo dicha escuela filosófica en la historia española
lo podemos encontrar en la Institución Libre de Enseñanza de Francisco Giner de l os Ríos.
Pero ¿por qué tuvo tanta importancia el krausismo en España cuando en e l resto de Europa
fue una propuesta filosófica menor?
La razón de su implantación en la península, frente a otras corrientes como el
hegelianismo, se debe a que este pensamiento fil osófico armonizaba de manera mucho más
97
fácil con la cosmovisión española de la época, prof undamente condicionado por el
catolicismo. Por eso, el triunfo de esta escuela no es fruto de una casualidad, sino una
respuesta coherente con una serie de construcciones retóricas -discursivas de poder, asumidas
en España, que, gracias a ciertos int electuales, habían conseguido resistir en un segundo
plano. Por lo tanto, el krausismo permitió que en E spaña se diera una importante renovaci ón
discursiva y fue la llave que abrió las puertas a la modernidad europea (Jongh-Rossel, 1986) .
El introductor del krausismo en España fue Julián Sanz del Río. Este filósofo español
accedió a la obra de Karl Christian Friedrich Krause gracias a un viaje que hizo por Europa
durante la primera mitad del siglo XIX. A su vuelta a España en 1844 , se dedicó a la
traducción, estudio y difusión del pensamiento del alemán, haciéndolo suyo y convirtiéndose
en uno de los mayores exponentes del pensamiento krausista en el mundo (López Morillas,
1956, p. 25) .
Una de las aportaciones más importantes que hizo la fil osofía krausista a la
cosmovisión española, a través de Sanz del Río, fue la idea de que era posible armonizar el
poder de la «razón» científica con la «fe» religiosa dentro de un marco discursiv o moderno.
Para el krausismo, la «razón» huma na es una herramienta que posibilita el acceso al
conocimiento de la obra de Dios. De hecho, Del Río defiende que «razón» y «fe» no son
elementos contradictorios, sino qu e el primero es complementario del segundo, ya que, a
través de la ra zón, el hom bre tiene acc eso a la obra de Dios (López Morillas, 1956, pp. 35-
36) . De esta manera, se consigue, al igual que ocurr ía con Balmes, una especie de mediación
intelectual discursiva entre el cientificismo europeo y el discurso religioso esp añol.
Esta armonización de los dos discursos (uno de tipo religioso, más reaccionario, y
otro progresista) tuvo importantes consecuencias en el desarrollo sociopolítico del país. Por
ejemplo, según el ideal krausista, dado que la razón se perfila como una herramienta de acceso
al conocimiento (y, por ende, a Dios), la educación del individuo y el progreso como sociedad
se convierten en la mejor manera de acercarse a los mandatos d e la divi nidad. Por ello , los
krausistas promovieron en España multitud de medidas políticas que retomaron, en cierto
modo, los ideales interrumpidos de la Ilustración, porque consideraban que la construcción
de una sociedad más educada y versa da en el uso de la razón comportaría, a la postre, un
acercamiento a la obra de Dios
24
.
24
Este planteamiento es una reformulación a la española del «mito del progreso» que se instauró en
Europa durante el siglo XIX de manera paralela a la Revolución Industrial y al desarrollo imparable de la ciencia.
Para ampliar sobre este tema véase el capítulo IV, titulado «Hacia un mundo mejor», de l libro de López Morillas
(1956, pp. 67- 84)
98
En este sentido, resulta m uy interesante para este análisis la obra de Krause titulada
Ideal de la humanidad para la vida, que tradujo y comentó Sanz del Río. En ella, se hace una
exposición discursiva-interpretativa en la que se considera que el individuo (y por
consiguiente, la humanidad
25
) debe pasar por tres etapas evolutivas en su pensamient o: en
primer lugar , está la etapa de la infan cia o indiferenciación (en l a que el ser humano no se
distingue de la naturaleza, es decir, del entorno); en segundo lugar, describe la etapa de la
juventud u oposición (en la que el ser humano, por oposición, trata de independ izarse d el
entorno); y, por último, se llegará a la tercera etapa que es la de la madurez o armonía (cuando
el ser human o finalmente toma conciencia de que también él, en su individualidad, es parte
de un único Dios). En esta última es en la que hay situar el siguiente fr agmento perteneciente
a Krause:
Todos los prejuicios que retardan hoy una nueva alianza de la humanidad con Dios, desaparecerán
en la edad plena y armónica. Entonces será cla ro para los hombres, que límite y oposición dicen sólo
diferencia subordinada entre seres que en una esfera superior se reúnen; pero no dicen división ni
aislamiento de los seres finitos entre sí y con Dios; que toda naturaleza finita es en su límite y género
semejante a Dios y digna de Dios; pero a Dios, como el Ser Supremo, es desemejante, que a ningún
ser, por excelente y superior que sea, ni al espíritu, ni a la naturaleza, ni a la humanidad es debida
adoración, sino a Dios solo. Entonces se reconocerá que lo limitado no es lo malo ni lo privado de
Dios, sino que todo ser limitado y también el h ombre es bueno en Dios y está llamado en la historia
a elevarse a Dios de grado en grado y a ser salvado por la bondad divina, y que mientras es fiel a esta
voz, esto es, mientras es moralmente bueno, es digno de Dios y de participar de los órdenes superiores
de la vida (Krause, 1999 ).
De estas pa labras se deduce que Krause planteaba una construcción retórica
dialéctica muy similar a la que se dio en el resto de Europa. Según los planteamientos del
krausismo, expuestos y adaptados por Sanz del Río en España, mediante el uso de la «razón»
como una herramienta capaz de hacer prog resar a la humanidad, el ser humano se podrí a
acercar a Dios y alcanzar así esa etapa de madurez y armonía en la que reine el Bien. Un
ejemplo de dicha armonía lo podemos encontrar en un escrito de Francis co Giner de los
Ríos, otro importante teórico del krausismo:
La vista alcanzada de la verdad (la certeza de poseer conocimiento real y exacto, en cuanto es posible
para el ser finito) no de struye la adhesión de la Fe, ni su necesidad. Pues la Fe penetra en profundidades
que, ora son inaccesibles en aquel punto al conocimiento finito, ora lo han de ser siempre. «El
conocimiento de que alguien merece nuestra confianza, no destruye ciertamente esta confianza, sino
que la confirma», ha dicho Krause. El conocimiento de lo cognoscible en Dios (sus totales y eternas
esencias, accesibles a la Ciencia especulativa), mediante lo cual creemos todo aquello que en él es
incognoscible por la vía de la especulación (las determinaciones y manifestaciones individuales de su
vida), nos eleva sobre la Fe ciega a la Fe ilustrada y con vista (…) . La Fe religiosa, como una
iluminación y p lenitud del ser racional finito p or Dios, es para él una luz que aclara la oscuridad de su
25
Ob servamos en este planteam iento l a mism a construcción retórica que se dio en el resto de Europa
en la que, me diante una serie de si nécdoques y m etáforas, se crea un relato interpretativ o que se basa en que la
idea fuerza de que la evolución de la humanidad es similar al proceso de madure z de un ser humano. Al final,
se habla de la humani dad como «organismo vivo» qu e aprende y progresa gracias a la experiencia.
99
conciencia limitada. Y, en este re specto, es luz la Fe religiosa aun para la Ciencia misma, como ésta a
su vez lo es para ella (Gin er de los Ríos, 1999, sec. XI y XIV).
Sin embargo, la realidad histórica española del sig lo XIX provocó un nuevo r etroceso
dentro de la mentalidad liberal progresista. El krausismo, que había alcanzado su cénit de
difusión durante el Sexenio Revolucionario (1868 -1874), fue apartado de los espacios de
decisión y p oder durante la Restauración Canovista. El cambio ideológico que se dio en
España terminó por apartar de sus cátedras a pensadores krausistas como Nicolás Salmerón
o Giner de los Ríos en la llamada «segunda cuestión universitaria».
Giner de los Ríos, uno de los krausistas más destacados de la época , llegó a ser
encarcelado por defender dichos planteamientos político- filosóficos, con lo que fue apartado
del sistema universitario instituc ionalizado. Por esta razón, junto con otros profesores
krausistas como Salmerón o Azcárate, en marzo de 1876 creó la Institución Libre de
Enseñanza, de inspiración krausopositivista (Jiménez García, 1986, p. 112) . Fr uto de estos
avatares, la mayor aportación de Giner de los Ríos al discurso español fue de carácter
práctico.
Desde su punto de vista, el «estado final de armonía y madurez», que descri bía la
filosofía krausista, no solo debía darse en el individuo como sujeto, sino también en la
persona dentr o de su contexto sociocultural. Siguiendo este pensamiento, centró gran parte
de sus esfuerzos en la pedagogía y en el desarrollo de la Institución Libre de Enseñanza
(Jiménez García, 1986, p. 149). Explica al respecto en uno de sus escritos filosóficos:
Luchar con tantos elementos como la ceguera o la maldad oponen a toda noble empresa, soportar la
enemiga, el insulto, la calumnia, la ingratitud, la persecución en todas sus formas, estrellarse contra la
terquedad que cierra los ojos a la nueva luz, y se ofende de ella, aun discretamente te mplada, es harto
menos grave todavía que sentir desesperados cómo resbalan uno a uno en la indiferencia de las
petrificadas muchedumbr es nuestros más vigorosos y bien calcula dos esfuerzos: muchedum bres, por
cierto, en que se apiñan a la par con las clases menos educadas, y quizá con mayor inercia que ellas,
las que de cultas blasonan y llevan en mal hora el gobierno de la sociedad (Giner de los Ríos, 1999,
sec. IV).
Para Giner de los Ríos, en contra de la gran empresa que promovía el krausismo,
había «elementos como la ceguera o la maldad» que se oponían . La «ceguera» para él reside
en la indiferencia de las «clases menos educadas»; la maldad, en cambio, se encuentra en
aquellos que, teniendo capacidad de obrar bien (clases cultas), «blasonan y llevan en mal hora
el gobierno de la sociedad». Contra esta ceguera o maldad, Giner propone una solución: la
educación del individuo li bre. Así pues, con el krausismo se produjo un complejo cambio de
la causa retórica de las construcciones ret órico-discursivas del mal , las cua les se ce ntraron en
el ser humano. Un cambio difícil en España, donde la hegemonía del discurso seguía
perteneciendo fundamentalmente a la Iglesia Católica.
100
2.3.3.2. El cambio de siglo en España: Unamuno y la lucha entre razón y fe
Miguel de Unamuno es un nuevo ejemplo de la relación conflictiva que se dio en España
entre «razón» y «fe». Su p ensamiento y sus obras, de repercusión internacional, retoman este
conflicto que, como ya hemos visto, protagonizó todo el siglo XIX. Pero Unamuno no repite
las mismas soluciones, es decir, él no trata, como sus predecesores, de positivizar o
racionalizar el sentido religioso, sino que, a través de una metafísica del individuo (como
sujeto social), procura aunar «idealismo» y «positivis mo» (Suances Mar cos, 2006, p. 225) .
Dicha inter pretación, a demás, adqu iere un carácter social, ya que Unamuno «tuvo la
peculiaridad de identificar su propia lucha interior entre razón y fe con el duelo entre las dos
Españas» (2006, p. 221) . Por esta razón, la importante filósofa María Zambrano afirma en
una obra que escribió sobre el pensamient o unamuniano: «No existe para Unamuno,
contraposición ni tragedia entre individuo y sociedad» (Zambrano, 2003, p. 103).
Para Miguel de Unamuno, en el ser humano ( y, consecuentemente, en la sociedad)
cohabitan do s fuerzas que se contraponen en una lucha agónica: por un lado , está la «razón» ,
de donde deriva la ciencia; y , por otro lado, la «fe», que otorga la sabiduría. De entre sus
obras, quizás la que mejo r reflej a este pensamiento sea su novela San Manuel Bueno, mártir
(2002). En ella se describe con precisión la confrontación entre estas dos fuerzas (antagónicas
pero inseparables) que constituyen al individuo. Por ejemplo, el personaje de Manuel, el
párroco, aunque duda sob re la existencia de Dios, desea «creer» ( ahí radica la fe unamuniana).
A su vez, el bilbaíno también describe en esta novela la oposición de las dos Españas
de la que antes hablábamos. Por un lado, describe al personaje llamado Lázaro, más cercano
a las ideas republicanas y socialistas; por otro, perfila a Ángela, su hermana y narradora, de
personalidad mucho más conservadora. Esta y aque l funcionan en la narración como
sinécdoques (que subrayan la argumentación mediante ejemplos) de la oposi ción social que
se vivía en E spaña entre los partidarios de unos ideales más liberales y prog resistas, y aquellos
que seguían manteniendo la fe católica como su único faro.
Pues bien, para Unamuno dicha disconformidad («razón» y «fe») se daba tanto en l o
social como en el individuo. Podemos encontrar un buen ejemplo de este planteamiento
filosófico en una conversación protagonizada precisamente por estos dos personajes, de la
que se deduce la posible conciliación que propone Unamuno en su pensamiento encarnado
en el párroco Manuel:
— ¡Y tan posible, herm ana, y tan posible! Y cuando yo le decía: «¿Pero es usted, usted, el
sacerdote, el qu e me aconseja que finja?», él, ba lbuciente: « ¿Fingir?, ¡fingir no! , ¡eso no es fingir ! Toma
agua bendita, que dijo alguien, y acabarás creyendo». Y como yo, mirán dole a los ojos, le dijese: «¿Y
101
usted celebrando misa ha acabado por creer?», él bajó la mirada al lago y se le llenaron los ojos de
lágrimas. Y así es como l e arranqué su secreto.
(…)
— Entonces — prosiguió mi hermano — comprendí sus móviles, y con esto comp rendí su
santidad; porque es un santo, hermana, todo un santo. No trataba al emprender ganarme para su santa
causa — porque es una causa s anta, santísim a — , arrogarse un t riunfo, sino que lo hacía por la paz, por
la felicidad, por la ilusión si quieres, de los que le están encomendados; comprendí que si les engaña
así — si es que esto es engaño — no es por medrar (Una muno, 2002, pp. 34-35 ).
Para el escritor, como se puede ver su novela San Manuel Bueno y Mártir , la «fe» no es
la capacida d de creer en lo que no existe, sino la aptitud de crear lo que no exi ste. La «fe», en
el sentido unamuniano del término, es la herramienta con la que construir un mundo mejor,
porque, como señala Zambrano, «en la fe hay algo de conocimiento» (2003, p. 89). Dicho
planteamiento, desde nuestro punto de vista, es un interesante punto de unión entre la
cosmovisión cristiana española y el «nihilismo» nietzscheano », sin que esto implique una
influencia directa, sino más bien el desarrollo de planteamientos paralelos con múlt iples
diferencias
26
. Unamuno no se opone al uso de la «razón», sino al predominio de una razón
logocéntri ca «porque es el logos lo que Unamuno parece no admitir, es la razón trascendente
y verdadera» (Zambrano, 2003, p. 89).
26
Hay que mencionar en este punto el artículo, titulado «Unamuno y Nietzsche: una oposición
insuperable», en el que Caroline Gillis afirma: «los conceptos de trascendencia e inmanencia no sólo sitúan a
Nietzsche y Unamuno en dos medios ambientes diferentes, sino que impregnan toda su obra. En efecto, aunque
no falten las temáticas comunes, el proyecto global respectiv o de ambos pensa dores – restitución integral de la
experiencia a la inmanencia para uno y u topismo cristiano pa ra el otro – influye en el sentido de las palabras de
modo radicalment e diferente» (Gillis, 2008, p. 57).
102
2.3.4. Conclusiones al apartado 2.3.
Como hemos visto, tras el terremoto de Lisboa , se produjo una secularización de la s
teodiceas en Europa. Dios ya no era el centro del debate, sino que el ser humano y la sociedad
se convirtieron en el foco de las preocupaciones de los int electuales que abordaban el
conflictivo problem a del mal . De esta manera, se desarrolló una corriente moral-utilitarista
que, influenciada por el pensamiento positivista científico de la época, trató de construir
sistemas morales según la utilidad social que estos pudieran tener. Es decir, una explicación
metafísica del mal no era tan importante como una división pragmática entre el bien y el mal
que facilitara el progreso social. Este utilitarismo moral se relaciona directamente con el
desarrollo del parlamentarismo moderno y s e vio fuertemente cuestionado con la tragedi a de
Auschwitz.
Por otro lado, en E uropa también se desarrollaron teodiceas seculares metafísicas y
naturalistas. Los autores más importantes en este sentido fueron Nietzsche y Freud, quie nes
plantearon en sus obras gran parte de los problemas a los que se tendría que enfrentar la
sociedad en el siglo XX. Señalábamos en el apartado dedicado a su pensamiento que, pese a
las enorme s diferencias que había entre sus discursos, los dos autores llegaron a una
conclusión parecida en lo que se refiere al problema del mal y la moral. Nietzsche afirmó que
el mal era un a creación h umana, que s e había insta urado derivada de los sistemas filosóficos
logocéntricos, y que la moral era una construcción discursiva social mediante la que se
regulaba el comportamiento del individuo en sociedad. Por su parte, Fr eud aseguró que los
«sistemas morales» eran fruto de sociedades infantilizadas que trataban de imponer un orden
a un mundo confuso y, muchas veces, irracional.
El pensamiento nietzscheano y el fr eudiano, que se encuentran en la base argumental
de esta tesis, tardaron mucho en llegar a España. En este país , la fortísima presencia d e la
Iglesia Católica en las estructuras de poder impuso una cosmovisión cristiana que se oponía,
en muchos sentidos, a los intentos europeos de secularización de las teodiceas. Por esta
razón, en cuanto al «problema del mal » se refiere, en España, durante el siglo XIX y principios
del XX , se puede vislumbrar una constante discursiva que trataba de armoniza r el
pensamiento racionalista-positivista proveniente de Europa con las cre encias religiosas
instauradas durante siglos en nuestro país. Dicho «choque de trenes» ha origin ado singulares
figuras en el pensamiento espa ñol que aquí se ha eje mplificado con el pensamiento de Jaime
Balmes, la escuela krausista (Sanz del Río y Giner de los Ríos) y Miguel de Unamuno.
103
2.4. D EL SILENCIO A LA IRRACIONALIDAD COMO RES PUESTA : EL FRACAS O DE LA S
TEODICEAS SECULARES TRAS A USCHWI TZ
27
El holocausto judío perpetrado por los nazis fue un punto de inflexión que hizo neces aria
una reconstrucción discursivo-retórica del discurso hegemónico sobre el mal en el siglo XX.
La lógica basada en si logismos, hasta entonces utilizada en los discursos relacionados con el
«problema del mal », quedó invalidada como consecuencia de la magnitud del genocidio. Ya
no era posible seguir con la justificaciones o interpretaciones que consideraban que el mal era
algo coligado al ser humano y que, por lo tanto, pod ía ser erradicable , al igual que un tumor :
esta vez la herida había sido demasiado grande. Las sociedades dem ocráticas occidentales se
dieron cuenta de que no existían referente s y la propia interpretación racional de los
acontecimientos parecía un insulto a las víctimas. Si la historia es el espejo en el que
observamos nuestras cicatrices, tras Auschwitz e ste reflejo estaba tan desfigurado que la s ola
percepción del mismo aterrorizaba y enmudecía a quien lo observaba. La shoah era
incomparable, por lo que el discurso debía ser reconstruido, como explica Günter Grass:
lo monstruoso, re ferido al nombre de Auschwitz, ha seguido siendo inconcebible precisament e porque
no es comparable, porque no puede justificarse históricamente con nada, porque no es asequibl e a
ninguna confesi ón de culpa y se ha convertido así en un punto de ruptu ra, de forma que result a lógico
fechar la historia de la humanidad y nuestro concepto de la existencia humana con acontecimientos
ocurridos antes y despu és de Auschwitz (Grass, 2010 , pp. 13- 14) .
Conviene señalar, sin embargo, que al igual que hay quienes consider an que
Auschwitz f ue un cataclismo en la moral del pensamiento moderno, también ha habido
muchos intelectuales que han tratado de const ruir un relato en torno a la shoah para
enmarcarlo como un capítulo más dentro de una «Historia de la perversid ad humana».
Dejando de lado los discursos minoritarios propios de los fanatismos de extrema derecha
que han tratado de negar el genocidio judío, se desarrollaron, du rante las últimas décadas del
siglo XX , dos corrientes discursivas que, en cierto modo, también han tratado de negar de
dos maneras la idea defendida aquí, es decir, que la II Guerra Mundial fue un punto de
inflexión en los discursos sobre el mal . De estas dos corrientes discursivas, una es la que ha
tratado de equiparar el Holocausto con otros genocidios ulteriores y posteriores; y la otra,
aquella que ha pretendido situar el genocidio como un hecho más en la h istoria. Susan
Neiman lo explica así:
27
Hay que entender en esta investigación el término «Auschwitz» como una sinécdoque en la que se
toma la parte por el todo , que sería el Holocausto, porque consideramos que es necesario remarcar la «singularidad
del acontecimie nto en su crudeza inaccesibl e» (Mate, 2003, p. 162; Peñ alver Gómez, 2000, p. 122).
104
Antes de hacer un esfuerzo para dilucidar el postulado de que Auschwitz representa nuevas formas
de l mal, es important e mencionar dos formas ordinarias de r echazarlo. Una implica considerar que los
nazis no son peores que otros criminales de guerra; la otra los supone singularmente diabólicos. Las
dos son maneras de aminorar la importancia de Auschwitz haciéndolo encajar en alguno de los
recursos conceptuales t radicionales para entendérsel as con el mal (Neiman, 2 012, p. 323).
Este tipo de relatos interpretativos de los acon tecimientos tratan de equiparar
Auschwitz con otras realidades histórico-sociales de tal for ma que sea posible establecer un
marco histórico común. Nosotros nos encontramos bastante alejados de esta postura, entr e
otras razones, porque muchos de estos estudios, de carácter positivista, tratan de cuantificar
la desgracia me diante un estudio de las muertes y los daños, pero caen en el error de elidir la
complejidad discursiva que se dio tras el Holocausto.
No se pretende aquí entrar en dicho debate, tampoco se aspira a realizar un repaso
histórico-filosófico de las diferentes interpretaciones que se hicieron del Holocausto;
únicamente, se señala que, de una manera u otra, la tragedia indecible conmocionó de tal
manera la realidad social europea que se hicieron necesarios nuevos discursos interpretativos
del mal . Susan Neiman, de manera clarificadora , explica los motivos de esta ruptura
discursiva:
En un sentido amplio, una teodicea es cualquier forma de dar significado al mal que nos ayude a
afrontar la desesperación. Las teodiceas colo can a los males en estructuras que nos permiten ir por el
mundo. Idealm ente, deberían reconciliamos con los m ales del pasa do, al tie mpo que ori entarnos para
evitar los del futuro. Levinas declaró que después de Auschwitz la primera de estas tareas no podía ser
lealmente sostenida. De esa manera dio expre sión filosófica a una idea que muchos compa rten: las
formas del mal surgidas en el siglo xx presentan exigencias que la conciencia moderna no puede
afrontar (Neiman, 2012, p. 306).
A continuación, se explica, siquiera escuetamente, la polémica metadiscursiva que se
produjo tras el Holocausto a través de dos figur as fundamentales en el desarrollo intelectual
del siglo XX: T. W. Ad orno y H. Arendt. Con ello , se describen los cambios discursivos que
se dieron en la construcción sociodiscursiva del mal . Tras este repaso, la investigación se
ocupa del caso español, donde, como conse cuencia del cerrojazo intelectual impuesto por la
dictadura franquista, se mantuvo una línea interpretativa del problema del mal muy alejada
de las tendencias europeas.
111
2.4.2. Hannah Arendt y los nuevos discursos constructores del mal: la imposibilidad
de seguir con una racionalidad clásica
Como ya se ha visto en los apartados anteriores, durante siglos los discursos que abordaron
el «problema del mal » trataron de establecer una interpretación lógica del mismo. Las
teodiceas en sus diferentes versiones, religiosas o seculares, construyeron discurs os
interpretativos racionalistas para que el ser humano, en su tiempo y espacio concreto, pudiera
coexistir con el mal . Pero, ¿cómo podría ser capaz el ser humano de convivir con la memoria
de la sinr azón de Auschwitz? Hannah Arendt no re spondió a esta cuestión con el silencio.
Ella analizó el funcionamiento del régimen nazi y llegó a la conclusión de que la shoah se
constituye en la Historia como un « mal radical», es decir, de imposible racionalización.
En su obra Los orígenes del totalitarismo , Arendt toma el concepto kantiano de « mal
radical» y le aporta un nuevo significado con el objeto de dar respuesta a la nueva realidad
que se vislumbraba tras Auschwitz (Jerónimo Botero & Leal Granobles, 2013, p. 113) . Para
Kant, el «mal radical» es fruto de aquellas acciones perversas que nacen de la voluntad de un
individuo de romper con un imperativo categórico. Es decir, el «mal radical» nace de una
intención de hacer el mal . Arendt, en cambio, cuando habla del « mal radical» rompe con la
lógica discursiva tradicional (Formosa, 2007 , p. 720). Para ella, Auschwitz nos demuestra q ue
la explicación al mal no puede basar se en una supuesta intención del sujeto, porque los
totalitarismos convirtieron a los hombres en individuos «superfluos»:
Es inh erente a toda nuestra tradición filosófica el que no pod amos con cebir un «mal radical» , y ello es
cierto tanto para la teología cr istiana, que concibió incluso para el mismo Demonio un origen celestial,
como para Kant, el único filósofo que, en término que acuñó para este fin, debió haber sospechado
al menos la existencia de e ste mal, aunque inmediatamente lo racionalizó en el concepto de una «mala
voluntad pervertida», que podía ser explicada por motivos comprensibles. Por eso no tenemos nada
en qué basarnos para comprender un fenómeno que, sin embargo, nos enfrenta con su abrumadora
realidad y destruye todas las normas que conocemos. Hay sólo algo que parece discernible: podemos
decir que el mal radical ha emergido en relación con un sistema en el que todos los hombre s se han
tornado igualmente sup erfluos (Arendt, 1974).
Hannah Arendt considera que el « mal radical» surge en los regímenes totalitarios, los
cuales guían sus acciones mediante un lema o eslogan: «Todo es posibl e». En esto se
diferencian de los reg ímenes autoritarios (tiranías, despotismos, etc.), cuyo lema, en opinión
de Arendt, es «Todo está permitido». Parece un cambio intrascendent e en el lenguaje, una
apreciación superflua que nada aporta y, sin embargo, con esta distinción la filósofa alem ana
es capaz de arrojar un poco de luz en la oscuridad del nazismo.
Los regímenes autoritarios, por ejemplo, son capaces de utilizar la fuerza con el fin
de imponer su ideología o su sistema moral; los totalitarismos, en cambio, dinamitan dicho
112
sistema moral de tal forma que todo, incluso la deshumanización de millares de personas, es
posible . Lo más interesante es que esta incapacidad de creer en lo «monstruoso», esta ausencia
completa de discurso interpretativo s obre lo que ocurría, es una de las fo rtalezas de los
totalitarismos:
La razón por la que los regímenes totalitarios pueden llegar tan lejos en la realización de un mundo
ficticio y trastornado es la de que el mundo exterior no totalitario, que siempre comprende una gran
parte de la población del mismo país no totalitario, incurre también en el error de confundir sus deseos
con realidades y elude la realidad frente a la auténtica locura de la misma manera que las masas la
eluden frente al mundo normal. Esta repugnancia del sentido comú n a creer en lo m onstruoso se ve
constantemente reforzada por el mismo gobernante totalitario, que se asegura de que jamás se
publiquen est adísticas fidedignas, hechos y cifras controlables , de manera tal que sólo haya informes
subjetivos, incomprobable s e infiables respecto de los lu gares de los muertos vivos (Arendt, 1974) .
Consiguientemente, se puede decir que el terror que impusieron los totalitarismos del
siglo XX trasciende a la comprensión humana. Nadie pudo anticipar un sistema políti co en
el que «Todo era posible»; no hubo d iscurso capaz de construir un relat o lógico de lo que
sucedió porque, entre otras cosas, no existía ninguna lógica en el relato. Esta ruptura total
con los discursos pasados en torno al mal es lo que hace que Auschwitz s e erija como un
hito, terrible, en los discursos sobre el mal , y que tras esta tragedia se hiciera necesaria un a
reconstrucción intelectual.
Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo , describe el proceso de
deshumanización total en tres f ases. Explicarlas brevemente puede ayudar a comprender
mejor por qué afirmamos qu e, tras la experiencia del Holocausto , el discurso se ha cía
imposible. Para Arendt, l a primera fase de implantación de un régimen totalitario era la
anulación de la persona j urídica (Arendt, 1974, p. 543). Esta consistía básicamente en la
suspensión de derechos (individuales y colectivos), por lo que el ciudadano se encontraba
completamente expuesto al arbitrio de las autoridades. La segunda etapa consistía en la
aniquilación de la persona moral (Arendt, 1974, p. 548). Se suspendía en esta fase la capacidad
de los individuos de realizar un «juicio moral» de los acontecimientos porque las propias
condiciones de vida se lo impedían. Y, por último, la etapa final consistió en matar la
humanidad del sujeto (Arendt, 1974, p. 549). A las víctimas de los campos de concentración
se les negó su propia condición de persona mediante la destrucción de la espontaneidad:
Si consideram os seria mente las aspiraciones totalitarias y nos negamos a ser engaña dos po r la
afirmación del sentido común según la cual son utópicas e irrealizables, resulta que la sociedad de los
moribundos establecida en los campos es la única forma de sociedad en la que es posible dominar
enteramente al hombre. Los que aspiran a la dom inación total deben liquidar toda espontaneidad, tal
como la simple existencia que l a individualidad siempre engendrará, y perseguirla hasta en sus formas
más particulares, sin importarles cuán apolíticas e inocuas puedan parecer. El perro de Pávlov,
espécimen humano reducido a sus reaccion es más element ales, el haz de reacciones que pu ede ser
siempre liquidado y sustitui do por otro haz de reacciones que se comporten exactamente de la misma
113
manera, es el ciudadano « modelo» de un Estado tot alitario, y semejante ciudadano sólo
imperfectament e puede ser producido fu era de los campos (Arendt, 1974, p. 553 ).
Y es este te rror total impu esto por los totalitarismos, el que demuestra que «todo es
posible» y el que, a su vez, rompe con la tradición discursiva como consecuencia de la
presencia imborrable en l a memoria d el « mal radical» que se vivi ó en Auschwitz. Se demostró
así que, en una sociedad donde los individuos son superfluos, la voluntad intencional de
pervertir un imperativo categórico, que diría Kant, no es un elemento imprescindible para
que se produzca una acción malvada. Dicha intención, asegur a Arendt, implicaría que existe
una lógica subyacente a la acción malvada, que estaría anidada en el sujeto o en el contexto
de la acción. Y, según la filósofa alem ana, dicha lógica implicaría una racionalización del mal ,
lo que después de Auschwitz en muchos casos se demostró imposible.
El mal fue una constante temática en la obra de Hannah Arendt. Una década después
de publicar el libro Los orígenes del totalitarismo , en 1961, la filósofa alemana se trasladó a
Jerusalén para cubrir para The New Yorker el juicio al nazi Adolf Eichmann. El proceso judicial
contra este alto cargo d e las SS nazis encargado entre otras cosas del transporte de lo s
deportados y relacionado directamente con la llamada solución final , provocó en Hannah
Arendt una serie de reflexiones que primero se publicaron en forma de artículos en Estados
Unidos, y que poco después se convirtieron en un libro titulado Eichmann en Je rsusalén. Un
estudio sobre la banalidad del mal , que fue seguido de una agr ia polémica que incluso hoy
permanece.
El problema que plantea este ensayo y que, por otro lado, consolidó el cambio de
paradigma discursivo en la interpretación del mal en la segunda mitad del siglo XX, fue la
pregunta: ¿Eichmann fue una mala persona o un si mple burócrata que cumplió con su deber?
Aquel juicio concluyó con una sentencia a pena de muerte porque el tribunal isr aelí dio por
probado que Eichmann había cometido crímenes contra la humanidad. Sin embargo, como
bien señala Arendt en su obra, el juicio filosófico y mora l en torno a él n o fue ni mucho
menos tan unánime y claro.
La alemana describe al nazi como un «ciudadano fiel cumplidor de las leyes» y se debe
señalar que las ó rdenes de Hitler en la Alemania del III Reich tenían fuerza de ley (Arendt,
2003, p. 42). Según se defendió el acusado, él en ningún momento albergó ningún odio contra
los judíos, es más, se vanagloriaba de haber tenido un buen trato con el los. Tampoco
consideraba que él hubiera sido el responsable de la muerte de miles de deportados por el
régimen nazi. Desde su p unto de vista, lo único que había hecho era obrar con diligencia
dentro del aparato burocrático del III Reich y que, por lo tan to, si había que acusar a alguien
era a los que emitían las órdenes y no a los que las cumplían.
114
Dicha postura incomodó enormemente a los espectadores que sig uieron durante
semanas este juicio, que fue retrasmitido internacionalmente. Eichmann no se presentaba
ante sus ojos como un sádico, como un pervertido o como un desquiciado (Formosa, 2007,
p. 721). Más bien, era todo lo contrario, era completamente normal. Reflexiona Arendt so bre
esta faceta del nazi:
Eichmann no era un Yago ni era un Macbeth, y nada pudo estar más lejos de sus intenciones que
«resultar un villano», al decir de Ricardo III. Eichmann carecía de motivos, salvo aquellos demostrados
por su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso. Y, en sí misma, tal diligencia no era
criminal (Arendt, 2003, p. 415).
Para Hannah Arendt, el problema que se planteaba con el juicio de Eichmann era de
una enorme complejidad. Si entendemos que la Moral es una construcción sociodiscursiva,
valida (y validada) en un momento y un lugar concreto, se pod ía juzgar a Eichmann con los
parámetros de un siste ma moral que no era el dominante cuando ejecutó las acciones por las
que le acusaban. Es decir, si el nazi cumplió las órdenes recibidas de manera eficiente y
atendiendo en todo momento a las normas dominantes, ¿se le puede catalogar como una
persona malvada? Lo que nos llevaría a una última y compleja pregunta: ¿hay una serie de
acciones que pueden ser catalogadas como malvadas independientemente de la moral
dominante o el juicio a Eichmann se estaba haciendo de ma nera retroactiva amparados por
el sistema ideológi co de los vencedores en el conflicto bélico? En definitiva, ¿era Eichmann
un «villano» en un sentido tradicional? La respuesta que da la autora es que no, ya que
Eichmann carece de toda intención de obrar m aléficamente, lo que supuso un problema de
interpretación para el tribunal israelí:
Entre los grandes problemas planteados en el proceso de Eichmann, tenía principal importancia el
planteado por la premisa, común a todos los modernos ordenamientos jurídicos, de que para la
comisión de un delito es imprescindible el ánimo de causar daño. La jurisprudencia de los países
civilizados quizá de ninguna otra no ta se haya enorgulle cido tanto como de l a consistente e n tener en
cuenta el llamado factor subjetivo. Cuando dicho ánimo no concurre, cuando, por las razones que sea,
incluso las de la locura moral, el sujet o activo no puede distinguir debidamente entre el bien y el mal,
consideramos que no puede haber delito (Arendt, 2003, p . 402) .
En el caso de Eichmann, si se toman como válidas las declaraciones del acusado, no
hubo en ningún momento una intenci onalidad de hacer el mal. Lo que le llevó a cometer
estos «crímenes contra la humanidad» fue su eficiente actuación en las labores que les
encomendaron los miembros del régimen nazi. Se pregunta Arendt en el siguiente fragmento:
¿Es posible ha cer el m al, los pecados de omisi ón y también los de comisión , cuando faltan no ya sólo
los «motivos r eprensibles» (co mo los denomi na la ley), sino t ambién cualquier ot ro tipo de motivo, el
más mínimo destello de interés o volición? La maldad, comoquiera que la definamos, «este estar
resuelto a ser un villano», ¿no es una condición necesaria para hacer el mal? Nues tra facultad de juzgar,
de distinguir lo bueno y lo malo, lo bello de lo feo, ¿depende de nuestra facultad de pensar? (2007, p.
162) .
115
Esto puede llevar a concluir que, realmente, Eichmann actuó bien si lo juzgamos de
acuerdo con los parámetros morales domina ntes en ese momento, es decir, los
correspondientes al totalitarismo nazi. ¿Existi ó, pues, una banalización del mal ? ¿Este
planteamiento exculparía al acusado? ¿Es posible juzgar a un criminal de manera retroactiva?
Las críticas a Arendt por la publicación de este libr o fueron feroces
30
. La acusaron de hacer
un alegato por la inocencia de Eichmann. Ahora bien, esto es completamente falso, más aún ,
ella, durante el relato de los acontecimientos, condena sin tapujos al nazi. No obstante, esto
no impidió que también criticara el proc eso judicial por pecar de simplista y por no atreverse
a llegar a la raíz del confli cto. En otra obra posterior, Responsabilidad y juicio , Arendt desarrolla
mejor sus a rgumentos sobre la responsabilidad de Eichmann y adopta una postura
intermedia:
Aunque el procedimiento judicial o la cuestión de la responsabilidad persona l bajo una dictadura no
autorizan el desvío de responsabilidades del hombre al sistema, el sistema tampoco puede dejarse al
margen de toda consi deración. Aparece en forma de circuns tancia, tanto desde el punto de vista legal
como desde el moral… (Arendt, 2007, p. 61).
Así pues, Hannah Arendt creó en torno al caso concreto de Eichmann uno de los
discursos reflexivos sobre el mal más influyentes de las últimas décadas: el de la banalidad del
mal . Bajo esta conceptualización, subyace gran parte de los males sociales de la
posmodernidad: ausencia de juicio crítico, superficialidad informativa, la masa frente al
individuo o la eficiencia burocrática. Hannah Arendt explica en Los orígenes del totalitarismo que
el mal radical de Auschwitz demuestra que la lógica discursiva seguida hasta ese moment o
para explicar el mal ha perdido validez. Una década después, en Eichmann en Jerusalén , la
filósofa alemana reflexiona sobre cómo se ejecutaba el terror y desvela, para sorpresa de
muchos, que la «solución final» fue llevada a cabo muchas veces por personas completamente
normales (Formosa, 2007, p. 717). Ambos conceptos ( mal radical y mal banal) no son ni mu cho
menos contradictorios, sino más bien las dos caras de una misma moneda (Formosa, 2007;
Jerónimo Botero & Leal Granobles, 2013).
30
La crítica más sonada fue la de Gershom Scholem, qu ien en intercambio epistolar reprende a
Hannah Arendt (Bernstein , 2000).
116
2.4.3. Los discursos de la memoria: testigos y testimonios
Llegados a este punto, es importante señalar otro de los fenómenos discursiv os más
característicos de entre los que se dieron en las construcciones discursivo -retóricas post-
Auschwitz en torno a la problemática del mal . En este apartado, hemos hablado ya de los
«discursos del sil encio» y la filosofía de Adorno y de los conceptos de « mal radical» y « mal
banal» defendidos por Hannah Arendt. Pues bien, a estos discursos hay que sumarles o tra
modalidad de relato que, aunque haya tenido relativamente menos repercusión filosófi ca,
supone, desde nuestro punto de vista, una muestra más del cambio paradigmático de las
modalidades discursivas expuestas hasta ahora. Nos referimos a los testimonios de las
víctimas.
Autores como Primo Levi, Imre Kertész o Jean Améry (Fernández López, 2006, p.
5) han sido durante mucho tiempo los únicos capaces de enfrentarse al silencio de Auschwitz.
Si al resto de sus coetáneos se les hacía imposib le crear un relato comprensible porque
carecían de referencias previas, ellos se sobreponía n a aquella necesidad desde la memoria de
su propio sufrimiento.
Contra el olvido se yergue la voz del testigo. Él sabe lo que los demás olvidan (…). La mirada de l
testigo ve y desvela lo que el ojo humano del ciudadano contemporáneo no sospecha. El testigo
recuerda un lug ar, una historia , pero ¿cuál es el luga r epistemológico del testigo? (Mate, 2003, p. 167).
Responder a la pregunta que plantea Reyes Mate en su libro Memoria de Auschwitz:
actualidad mor al y poli tica es algo que trasciende a este estudio. Sin embargo, sí que nos podemos
parar a pensar un momento en una serie de aspectos discursivos característicos de los relatos
testimoniales. Expli ca Mate que el te stigo «recuerda un lugar, una historia», es decir, su relato
se compone de «elementos concretos» que provienen de su experiencia. Por esta razón,
aunque muchas veces el debate en torno a los testimonios se ha centrado en torno a su
veracidad y a su exactitud, nosotros conside ramos más importante remarcar el cambio en las
estrategias retóricas que supusieron sus aportaciones discursivas.
Con ellos, con los testigos, el relato en torno a la problemática del mal en Auschwit z
se concretiza. Lo importante de su testimonio es el hecho, el lugar, el objeto, el nombre de
aquel deport ado al que deshumaniza ron los nazis (R. Forster, 2013). Primo Levi, antifascista
italiano que estuvo preso en uno de los campos de concentración nazi (Monowice), es quizás
el aut or más importante dentro de este grupo de los «te stigos». En su obra Se questo è un uomo
escribe:
117
Ormai Natale è vicino. Alberto ed io camminia mo spalla contra spalla nella lunga schiera gri gia, curvi
in avanti per resistere meglio al vento. È notte e nevica; non è facile mantenersi in piedi, ancora piú
difficile mantenere il passo e l’allineamiento: ogni tanto qualcuno davanti a noi incespica e rotola nel
fango n ero, bisogna stare atten ti a evi tarlo e a r iprendere il nostro po sto nella filla (Levi, 2000, p. 141).
Este solo es un ejemplo, pero de una importancia capital. Levi en este breve
fragmento narra la cotidianidad de la tragedia, el frío cuando se acerca la Navidad, la
importancia de mantenerse en la fil a esquivando a los que tropiez an, etc. Es solo una escena,
pero muestra una modalidad narrativa que influyó completamente en los discursos
posteriores en torno a la shoah . Tanto, que incluso este capítulo se ha visto condicionado por
su ejemplo. Prueba de ello es que en todo momento, salvo cu ando una redundancia nos
obligaba, hemos optado por la denominación de Auschwitz para referirnos al Holocausto
judío.
Somos conscientes de que hubo muchos más campos de concentración y más
víctimas (no solo judíos); sin embargo, consideramos que era necesario huir de las
generalizaciones y centrarnos en el ejemplo, porque una sola víctima en un campo de
concentración nazi podría haber justificado este estudio. Lo importante no es saber cuántas
personas murieron, sino cómo lo hicieron y si somos capace s de explicarlo. Levi, y los
discursos testimoniales, construyeron un relato interpretativo de los suce sos centrado en los
individuos, dando nombre a las vícti mas. Esta fu e una respuesta al discu rso nazi, que l es
había borrado su identidad.
118
2.4.4. Los discursos sobre el
mal
durante el siglo XX en España: el cerrojo de la
dictadura y la apertura de la Transición
Los ecos de la polémica que se dio en Europa en torno a los discursos sobre Auschwitz
llegaron a España distorsionados y mu y dismin uidos. La dictadura fr anquista, que se instauró
en el país tras la Guerra Civil (1936-1939), y que se exte ndió hasta finales de la década de los
70 del siglo XX
31
, impuso mediante el uso de la violencia, la represión y, por supuesto, la
censura ideológica, un contexto discursivo completamente artificial y sesgado donde fue
imposible el desarrollo libre del debate intelectua l.
La dictadura franquista instaurada en España implantó la cosmovisión ideológica
«nacionalcatólica» que, según Jordi Muñoz Mendoza, fue la versión dominante del
nacionalismo del régimen, que en esencia podemos definir «como la identificación de la
nación con la relig ión y la Igl esia católica» (2012, p. 35) . Si bien es cierto que, desde la llamada
Falange intelectual, durante los primeros años de la dictadura hubo un recelo hacia las élites
católicas, también desde estas posturas críticas se fue consciente en todo momento de la
tradición cristiana propia del contexto español. Explica Pedro Laín Entralgo, en un texto de
enorme imp ortancia para el ideario falang ista, titulado Los valores morales del na cionalsindicalismo :
La situación histórica y los postulados del Estado totalitario, como forma política presente, so n
también sobradamente conocidos, así como la idea “oficial” que del hombre tiene el Movimiento, su
modo de entenderle como “po rtador de valo res eternos”. De la conjunción de e stos tres ingredientes:
social español (nuestra realidad en el orden religioso), histórico europeo (el Estado totalitario como
necesidad de este tiempo) y antropológico (concepción del hombre como ser libre y port ador de
valores eternos) debió brotar en la mente de José Antonio la fórmula escrita atinente a nuestra actual
reflexión: “ Nuestro Movimi ento incorpora el sentido católico — de gloriosa tradición y predominan te
en Espa ña — a la reconstrucción nacional. La Iglesia y el Estado concordarán sus facultades
respectivas, sin que se a dmita intromisión o ac tividad alguna que menoscab e la dignidad del Estado o
la integridad, na cional” (Laín Entralgo, 1941, pp. 85- 86) .
En consecuencia, ante la imposición de un estado totalitario de moral cat ólica, la
polémica discursiva que se dio en el resto de Europa quedó silenciada en España por la
ideología franquista, que impuso mediante la violencia un tipo d e discurso ún ico y norm ativo
que, en el caso que nosotros estudiamos (la construcción discursiva del mal ), se caracterizó
por sustentarse en una base argumental religiosa y maniquea. Como ejemplo de la influencia
de este contexto sociocultural en el pensamiento español, se ha seleccionado a tres autores,
muy diferentes entre sí, que desarrollaron parte de su obra durante el régimen dictatorial de
Francisco Franco: Xavi er Zubiri, representante de un discurso metafísico -religioso sobre el
mal , Pedro Laín Entralgo, intelec tual «arrepentido» que describió con precisión el
31
El 6 de diciembre de 1978 se votó en referéndum la actual Constitución Española. El d ictador
Francisco Franco había muerto tres años antes, el 20 de noviembre de 1975.
119
maniqueísmo discursivo impuesto por el régimen franquista, y José Luis López Aranguren,
representante de los discursos de base ética. De n uevo conviene señalar que el pensamiento
de estos autores podría ser la base de decenas de tesis. Por esta razón, en las páginas que
siguen se describe únicamente la aproximación discursiva que hicieron dichas fig uras al
discurso del mal en España.
2.4.4.1. El «problema del
mal
» durante el régimen franquista
32
: el maniqueísmo de los
vencedores y la propuesta filosófico-religiosa de Xavier Zubiri
La imposición de un discurso «nacionalca tólico» único hizo que el problema del mal se
abordara en España durante la dictadura franquista desde esa doble perspectiva. Por un lado,
se hicieron discursos de inspiración «nacional», en los que todo lo que fuera contrario al
«bando nacional» se veía como una representación del mal en la tierra (propuesta
maniqueísta); por otro lado, se continuó la tradición religiosa española que trataba de explicar
el «problema del mal » desde la religión con una serie de discursos enmarcados en la
construcción retórico-discursiva católica.
a) El discurso maniqueísta: de la dicotomía vencedores /vencidos a buenos/malos
En un interesante libro titulado Descargo de conciencia (1976), Pedro Laín Entralgo (1908-2001)
realiza una n arración testimonial (memorialística) y autocrítica sobre su participación como
figura relevante de la intel ectualidad durante el régimen franquista, desde su llegada a Madrid
en los años 30 hasta su dimisión como rector de la Universidad C omplutense de Madr id en
1956 (en relación con los llamados «sucesos del 56»). Aunque el núcleo de la obra son esas
tres décadas, el libro además cuent a con una introducción en la que narra sus primeros años
de vida, y un epílogo que le lleva hasta el momento de su escritura (1975). La obra se publicó
32
No solo se dieron estas dos corrientes discursivas durante el franquismo, aunque fueron las más
relevantes socialmente. Dicho esto, convendría también mencionar la asimilación que hizo el régimen franquista
de dos autores: Miguel de Unamuno y Ortega y Gasset. Antonio Martín Puerta, en un libro titulado Orteg a y
Unamuno en la España de Franc o. El d ebate intelectual du rante los años cuarenta y cin cuenta (20 09) , explica con precisión
los movimientos de p ensamiento que s e dieron durante aquellos años. El proceso de recuperación del
pensamiento previo a la Guerra Civil en España fue complej o y lento. La apertura fue protagoniza da po r el
grupo de falangistas del Escorial y tuvo como oposición principal el posiciona miento reaccionario y conservador
de las élites re ligiosas (casi siempre ligadas al Opus Dei) (Martín Puerta, 2009). Sintetiza al respecto Martín
Puerta: «Fue fin almente una confrontación entre c atólicos acerca de un modo de entender la aproximación a la
cultura. Para el grupo hostil a la apertura, la línea a seguir no podría ser otra que el apego a la segura tradición
del tomismo, o bien a autores como Menén dez Pelayo o Maeztu. Para el grupo aperturista se trataba de asimila r,
dentro de lo ortodoxamente posible, un pensamiento generado fuera del mundo del catolicismo» (2009, p. 279).
12 0
en abril de 1976 (el dictador había muerto el 20 de noviembre del año anterior) y marcó un
hito dentro de la recon strucción del relato histórico que se realizó durante la Transición de
los años de dictadura franquista.
Esta obra está muy relacionada con la corriente discursiva (explicada en el apartado
2.4.3) , que se dio en el resto de Europa y que se caracterizó por ser una propuesta
interpretativa basada en una literatura testimonial o memorialista sobre los sucesos
traumáticos. Ahora bien, el caso de Pedro Laín Entralgo y su Descargo de conciencia resulta
peculiar por distintas razones.
La primera característica que se debe señalar es que Pedro Laín Entralgo se ubica en
el bando de los «vencedores»
33
(y, por tanto, de los victimarios; aunque es cierto que él se
muestra arrepentido, de ahí el título). Por consiguiente, como señala Manuela Sánch ez
García, en este caso particular, «el testimonio se conjuga con la intención confesional,
poniéndose aquel al servicio de esta» (2015, p. 353). Por esta razón, aunque existe una
re lación interesante con otros textos testimoniale s producidos ante situaciones traumáticas
(muy importantes, como hemos visto, durante el siglo XX) , en este caso prima la confesión
frente al testimonio:
Al igual que en el espacio judicial, en las obras auto biográficas hay que distinguir entre testimonio y
confesión, de manera que el valor testimonial de algunas autobiografías, por ejemplo las de Dionisio
Ridruejo o Laín Entralgo, no es el mismo que el de otros autores, pues aquellos fueron parte de los
hechos que relatan y, por tanto, sus obras tendrán un sentido más confesional que testimonial. Descargo
de conciencia pertenecería, por tanto, a la tradición confesional iniciada por San Agustín y continuada
por Rousseau (Sánchez Ga rcía, 2015, p. 355).
A su vez, también se debe destacar la estructura interna y los recursos retórico -
narrativos que se utilizan en Descargo de conciencia . En este texto, cada capítulo es seguido de
un apartado denominado epicrisis , en el que el autor se desdobla en tres personajes que
dialogan entre sí y que son diferentes construcciones de su ethos discursivo, como se puede
apreciar en el siguiente fragmento:
En todo hombre que con cierta exigencia r ecuerda su propio pasado hay tres personajes que dialogan
tácitamente entre sí: el que antaño factualmente hizo lo que hizo, el que, por dentro de eso que hizo,
él entonces pensaba y quería ser, y el que, desde el superio r nivel biográfic o en que tiene lugar esa
faena memorativa, a sí mismo se está mirando y juzgando (…). El actor de una vieja pieza teatral, el
satisfecho o insatisfecho autor de ella y el juez, que ahora, desde su ya declinante madurez, severa o
indulgentemente comprende y sentencia al actor, al autor y a la obra misma (Laín Entralgo, 1976, p.
104) .
33
No podemos olv idar que, como acabamos de ver, Pedro Laín Entralgo fue un importante m iembro
de Falange . Prueba de ello es que en 1941 publicó el libro Los valores morales del nacionalsindicalismo , en el que
defiende y justifica, entre otras cosas, la Guerra Civil como una «tremenda guerra de salvación nacional» (Laín
Entralgo, 1941, p. 84) , aunque después, en 1976, afirmara, en Descargo de conciencia, que en los recovecos de su
moral solo pudo, entonc es, «aceptar la guerra civ il como un mal inevitable» (Laín Entralgo, 1976, p. 184).
127
En España, aunque con el retraso que i mpuso la dictadura franquista, también se dio
un ejemplo de «discurso testimonial». Jor ge Semprún en 2003, en el marco de las
«Conferencias Aranguren», impartió tres ponencias agrupadas bajo el título de «Memoria del
mal »
36
. Lo relevante es que Semprún fue uno de esos tantos españoles que pasaron por los
campos de concentración nazis. C oncretamente, fue encarcela do en Buchenwa ld (cerca de
Weimar), donde se confinó a un amplio número de presos políticos colaboracionistas con
los movimientos de resistencia antifascista, como fue el caso de Semprún .
El ciclo de conferencias que impartió este escritor y político español se desarrolló
durante tres días: el primero de ellos impartió la clase magistral titulada «Kant y la mochi la
del maquis»; el segundo dio una interesante charla que tituló «El mal radical y las letrinas de
Buchenwald»; y, por último, concluyó con la ponencia «Literatura y memoria del mal: de
Sartre a Paul Ricoeur». Aunque la te mática es diferente, las tres conferencias tienen como eje
vertebrador la propia experiencia de Jorge Semprún, tanto de su paso por el campo de
concentración como d e su experienci a vital como superviviente e intelectual europeo del
siglo XX.
Se puede afirmar que este ciclo im partido por Semprún reintegra (al menos,
parcialmente) a la intelectualidad española en el discurso sobre el «problema del mal » que se
había desarrollado en Europa y que había sido silenciado por la dictadura franquista. Prueba
de ello es que, en la construcción retórica interpretativa de la realidad del siglo XX que hace
Semprún, se advierte un a adhesión intelectual a l a corriente discursiva que abogó por la
literatura testimonial como base (materia prima, podríamos decir) para el relato de dicha
tragedia. Explica al respecto:
Yo creo que no hay te stimonio verdadero en el sentido de la verdad absoluta. Hay una serie de
testimonios relativos, fechados, condicionados por la experien cia de cada uno, y que esos testimonios
pueden servir para los historiador es, sirven, han servido ya, para los sociólogos, también para los
cineastas (…). Así que no se puede despachar a los testigos de esa forma, porque eso lo explica muy
bien filosóficamente Ricoeur, sin memoria no podría haber historia. Y la memoria está en la de los
testigos (Semprún, 2011 , p. 410).
Es decir, el intelectual español se opone a los rel atos únicos (y unívocos) sobre lo
ocurrido y aboga por la construcción de una memoria basada en el relato de los te stigos, esto
es , en la experiencia personal y subjetiva de los supervivientes. En este sentido, resulta
interesante observar cómo el propio Semprún asume que la memoria de lo ocurrido, basada
en la experiencia vivida, debe servir para construir sociedades capaces de «encauzar o refr enar
la inagotable capacidad maléfica de l a libertad» (Semprún, 2011, p. 380) . En otras p alabras ,
36
La revista Isegoria publicó la s conferencias inte gras en el núme ro 44 del primer semest re de 2011.
128
frente a la interpretación que trataba de culpar a los sistemas sociales modernos,
excesivamente burocrati zados, como la posible génesis de dicho «mal radi cal», Semprún
defiende la «razón democrática» como posible antídoto ant e dichos totalitarismos:
La sociedad en cambio, la ley y la norma, la voluntad buena del otro, la razón democrática, la violencia
jurídica, es lo que puede contener, encauza r o refrenar la inagotable capacidad maléfica de la liberta d,
consustancial del ser humano. Pero el descubrimiento por l a razón de esta vie ja verdad, que ya estaba
en los libros, en algunos libros — y que constituye para mí lo esencial de la experiencia de los campos
de concentración, más que el horror en sí, casi incomunicable además — no fue algo meramente
teórico, no fue sólo un ejercicio espiritual, fue una experiencia auténtica, o sea, una vivencia. Aunque
paradójicamente, al menos en apariencia, fuese la ex periencia de la muerte, la vivencia de la muerte
(Semprún, 2011, p. 38 0).
No es de extrañar, pues, que en este ciclo de conferencias el nombre de Hannah
Arendt solo aparezca aso ciado a su obra Los orígenes del totalitari smo (1974) , y que no se haga
mención alguna al « mal banal». Esto no quiere decir que Semprún no sea consciente del
enorme pro blema que s e dio en Eu ropa en torno a la culpabilidad y la responsabil idad
colectiva. Semprún no participa en el debate de ideas, sino que, para significar su parecer,
opta por l a narración de una interesante anécdota que protagonizó un teniente
estadounidense en el campo de concentración de Buchenwa ld:
Este teniente organizó la visita de Buchenwald para la población civil de Weimar, población civil quiere
decir: mujeres, adolescentes, viejos, ningún hombre de edad militar estaba presente, la guerra todavía
no había terminado, f altaba poco para el a rmisticio del 8 de m ayo. Él es el q ue maneja la visita y el que
va mostrando a las mujeres y a los jóvenes y a los niños de Weimar lo que es Buchenwald, y esa visita
(en la que me impre sionó la claridad y nitidez del discurso en un alemán perfecto del teniente
americano) termina en el crematorio de Buchenwald, donde ya no funciona el crematorio, no ha vuelto
a funcionar; tampoco durante la época del ca mpo staliniano funcionó el crematorio, era un símbolo
demasiado fuerte para que se pusiera en marcha de nuevo el crematorio. Los muertos de ese campo
se en terraron en fosas comunes, de las que hablé hace un rato. Y en el crematorio, de repente ante los
montones de cadáveres que no habían sido todavía incinerados, dos o tres mujeres entraron a llorar y
a gritar y a decir: ¡N o sabíamos, no somos culpables, no nos hemos enterado! Y entonces el teniente
americano, muy tranquilamente, muy lentam ente, muy pedagógicamente, explicó que no lo sabían, sin
duda, porque no habían querido saber, no habían visto porque no querían ver. ¿Los trenes? ¿No los
han visto los trenes que llegaban de Buchenwald y que cruzaban la estación de Weimar? ¿No han visto
a los obreros, a los deportados trabajar en las fábricas alemanas de armam entos? No querían ver, Uds .
no son subjetivamen te culpables, pero son responsables de todo esto (S emprún, 2011, p. 39 6).
La construcción discursiva de Semprún supone la constatación de que en el siglo XXI
en España se volvieron a abrir puentes con el pensamiento europeo resitua ndo el discurso
español en la contemporaneidad. Es cierto que Semprún escribió la mayor parte de sus obras
en francés y que su aportación al contexto sociodiscursivo español fue durante muchos años
desde la clandestinidad del PCE, pero su nombramiento como Ministro de Cultura en el
gobierno de Felipe González entre el 1988 y 1991 le situaron como una de las personas más
relevantes dentro de la incipiente democracia española. En lo que aquí interesa, sus
aportaciones resultan significativas para eje mplificar el profundo cambio de paradigma
discursivo en torno al problema del mal .
129
2.4.5. Conclusiones al apartado 2.4.
Escribió Nietzsche: «Las grandes épocas de nuestra vida son aquellas en qu e nos armam os
de valor y rebaut izamos el mal que hay en nosotros llamándolo nuestro mejor bien»
(Nietzsche, 1982). Tras Auschwitz, esto parecía imposible, por lo que se h izo necesario un
cambio completo de par adigma. Los discursos positivistas que trataban de explicar el m al
desde una per spectiva científica (y, por lo tanto, racionalizable) se enfrentaron , con la shoah,
a una realidad que no podían explicar.
Tres son los tipos de disc urso que aquí se han analizado: a) la escuela del silencio (y
sus semejanzas y diferencias con el pensamiento de Adorno); b) la propuesta de Hann ah
Arendt y su «mal radical» y su «mal banal»; c) y, por último, el relato de los testigos como
Primo Levi. Aunque existen prof undas diferencias entre todas estas corrientes p ost-
Auschwitz, también existen importantes semejanzas. En pri mer lugar, se desarrolló un nuevo
objeto de reflexión. Explica Peñalver Gómez:
el novum de Auschwitz como “objeto” de pensamiento filosófico habría si do entonces su fue rza
prescriptiva para el que el pensamiento filosófico aborde, sistemáticamente, el mal radical en la relación
social (Peñalver Gómez, 2000, p. 125).
En segundo lugar, se hizo más patente que nunca la reflexión en torno a los propios
límites del di scurso a la hora de abordar la probl emática del mal . Si antes del terremoto de
Lisboa la cuestión era saber cómo Dios permitía que el ser humano sufr iera; si durante el
siglo XIX la pregunta era qué es lo que lleva al ser humano a obra r con malicia, tras
Auschwitz, cambió el paradigma discursivo y el gr an interrogante fue saber cómo podía el
ser humano, a través del discurso, abordar el problema del mal .
Sin embargo, en el caso español, como consecuencia de la dictadura franquista, se ha
observado un aislamiento, cuando no un retroceso en los discursos durante gran parte del
siglo. Así, se ha visto cómo se desarrolló una construcción social de la realidad de un
moralismo maniqueo en el que los «malos» siempre e ran los otros; o, también, se ha analizado
el pensamiento de Xabier Zubiri, quien propuso una teodicea metafísico -religiosa para
explicar el «problema del mal ». Solo a partir de l a Transición y con el aperturismo de las
décadas de los 70 y 80, España pudo ir reincorporándose a los debates intelectuales
contemporáneos mediante un proceso de reflexión, autocrítica y memoria.
130
2.5. L OS ATENTADOS DEL 11 DE SEPTIEMBRE DE 2001: EL DIS CURSO DEL MIEDO
El atentado contra las Torres Gemelas de Nu eva York del 11 de septiembre de 2001 (1 1 -S)
es el tercero de los grandes acontecimientos históricos que tomamos en esta tesis para
ejemplificar los cambios discursivos más relevantes acaecidos durante los últimos sig los en
la construcción social del mal . Ahora bien, la cercanía histórica de este hito (en el momento
de escritura de esta tesis han pasado poco más de 16 años) nos oblig a a realizar una serie de
matizaciones con respecto a los apartados anterio res, para dejar clara la relación q ue
establecemos entre este acontecimiento y los otros dos (terremoto de Lis boa y Auschwitz)
dentro de la sucesión diacrónica que estamos realizando.
En los apartados anteriores de esta tesis, dedicados a los discursos surgidos tras el
terremoto d e Lisboa y tras Auschwitz, se disponía, como analistas, de una perspectiva
histórica. Es decir, el paso del tiempo nos ha permitido seleccionar una serie de discursos
canónicos (Voltaire, Rousseau, Kant, Nietzsche, Adorno, Arendt…) que décadas después se
han revelado como las construcciones sociodiscursivas hegemónicas o, al menos, como las
que han sido capaces de cuestionar el relato dominante en t orno al mal .
Sin embargo, el est udio de los discursos poste riores al 11-S es mucho más complejo,
ya que no se trata de una «página cerrada», sino que nos encontramos ante un relato en pleno
«proceso de redacción». Dicho de otra manera, mientras que durante el estudio d e los
discursos y relatos sobre el seísmo lisboeta o el holocausto judío el paso del tiempo ha
actuado como un tamiz q ue nos ha permitido separar el gr ano de la paja , según el impacto
que tuvieron las diferentes construcciones, con los discursos interpretativos del 11 de
septiembre nos es mucho más difícil hacer esta criba por dos razones. Por un lado, es obvio
que se tratan de construcciones discursivas aún en debate; por otro lado, la globalización
digital y la democratización en la producción de contenido han incrementado
exponencialmente la cantidad de participantes en dichos debates.
Por esta razón, poco a poco el corpus de análisis virará desde los textos canónicos de
la fil osofía hacia aquellos estudios que se centran más en los procesos de producción y
recepción de los discursos
37
. Porque ante la ausencia de referente s ampliame nte reconoc idos
que con su discurso sobre el mal hayan conseguido cierto consenso socia l, lo que nos queda
como estudiosos del discurso son las prácticas cotidianas en torno a esta realidad social. Es
37
Por ejemplo, en este apartado se toman dos textos de enorme interés que analizan
pormenorizadamente los relatos producidos tras el 11- S: El abuso del mal , de Richard Bernstein y El discurso de
terrorismo , de S. Horvat . También se reflexiona sobre otros textos que po drían ser catalogados más p ropiamente
como «filo sóficos», como el ya citado El mal en el pensamiento moderno , de N eiman, o las aportaciones del español
Santiago Alba Rico.
131
decir, cómo se responde a preguntas tan complejas como las sig uientes: ¿Cómo se habla del
mal ? ¿Ha existido un cambio social en los discursos sobre el mal tras el 11-S? ¿Son los
atentados a las Torres Gemelas una nueva representación del mal ? ¿Es comparable,
discursivamente, el 11-S a Auschwitz o al terremoto de Lisboa?
Son muchas y diversas las cuestiones que pretendemos responder en este capítulo.
Para ello, partimos de l as diferentes propuestas discursivas (y analíticas) de autores de
relevancia internacional, como Bernstein, Susan Neiman, Moïsi y Horvat, así como de
diversos académicos que han trabajado recientemente en los discursos surgidos tras el 11- S.
132
2.5.1 Brevísima contextualización del suceso
38
Los atentados en Estados Uni dos del 11 de septiembre de 2001 son el tercer hito histórico
que hemos seleccionado para analizar los cambios discursivos que se han pro ducido en torno
a la concepción social del mal . Al igual que en los casos anteriores, a con tinuación no se
pretende realizar un análisis «cuantitativo» de la tragedia. No podemos (ni queremos) decir
que este atentado ha sido el acontecimiento más trági co de las úl timas décadas, ni siquiera nos
sentimos capacitados para afirmar que ha sido el más relevante históricamente (si hiciéramos
esto, muchos nos podrí an acusar de asumir una perspectiva excesivamente sesgada por el
pensamiento occidental).
Ahora bien, dicho esto, sí que consideramos que el 11-S ha supuesto, aparentemente,
un cambio importante en los di scursos sociales que abordan el mal . Nosotros,
particularmente, estamos de acuerdo con las tesis de autores como Bernstein (2006) o
Neiman (2012), quienes consideran que tras los ataques se produjo un cambio retórico que
debe ser analizado. Para entender mejor por qué fue así, conviene realizar una brevísima
aproximación contextual.
2.5.1.1. Relato del 11 -S según el informe de
The National Commiss ion on Terrorist
Attacks Upon the United States
El atentado contra las Torres Gemelas fue perpetra do por un gr upo de terroristas de Al
Qaeda mediante el secuestro de cuatro aviones comerciales. Dos de ellos, el vuelo 11 de
American Airlines y el vuelo 175 de United Airline, fueron estrel lados intencionalmente por
los terroristas de manera consecutiva contra las llamadas Torres Gemelas del World Tr ade
Center neoyorquino. Estos altísimos rascacielos situados en el centro del mundo financiero
occidental n o pudieron resistir el choque de las do s aeronaves. El pri mero de los Boeing 767
colisionó contra la Torr e Norte la mañana del 11 de septiembre a las 8.41 (hora local de
Nueva York). La densa humareda proveniente de uno de los edificios más altos del skyline
neoyorquino hizo que toda la cobertura mediática estuviera pendi ente d e lo que o curría en
Manhattan cuando, un cuarto de hora después, ante la mirada atónita del mundo entero que
38
Como suele ocurrir en la contemporaneidad, existen múltiples versiones, muchas de ellas
contradictorias, sobr e los su cesos. Por esta razón, pa ra hacer e sta breve contextualización, s e ha to mado como
punto de partida la versión oficial que public ó The National Commission on Terrorist Attacks Upon the United States
en 2004 en su informe final (National Commission on Terrori st Attacks Upon the Unite d States, 2004) .
133
seguía los acontecimientos en sus televisores, el vuelo 175 de United Airlines se estrelló
contra la Torre Sur en una emisión televisada en directo y globalmente.
Solo media hora después el presidente George W. Bush realizó una pri mera
valoración de lo ocurrido para señalar que existí an indicios de que aquello había sido un
ataque terrorista orquestado por una organización internacional. Tan solo unos minutos
después, a las 9.39 de la mañana, el terc ero de los aviones secuestrado, el vuelo 77 de
American, col isionó con tra el Pentágono, el edificio central del Departamento de Defensa
de los Estados Unidos . Veinte minu tos después de este ataque, el mundo entero pudo ver
cómo se derrumbaba la Torre Sur en directo.
De manera paralela, se tuvo noticia de la existencia de un cuarto avión secuestrado.
El vuelo 93 de United Airlines que había despegado a las 8.41 del Aeropuerto Internacional
de Newark dirección San Fr ancisco co n 44 pers onas a bordo, y que también había sido
raptado, se estrelló en mitad del campo en Shanksville, Pensilvania. Los rehenes del avión se
habían rebelado contra sus captores para impedir que la aeronave colisionara contra algunos
de los objetivos estratégicos de los terroristas.
Estados Unidos y, por consiguiente, el mundo entero estaba alerta cuando,
finalmente, a las 10.28 de la mañana de Nueva Yor k, se derrumbó la segunda de las Torres
Gemelas. E n total, los hechos se s ucedieron en 102 minutos (National Commission on
Terrorist Attacks Upon the United States, 2004, p. 285). Poco más de una hora y media que
marcó un antes y un después en la historia de los Es tados Unidos y que, como se verá a
continuación, condicionó completamente la geopolítica de los úl timos años . La memoria
estadounidense quedó desde entonces completamente marcada por este hecho , como lo
demuestra la incidencia que se hizo en l os informes posteriores (cuantitativos) para remarcar
la completa y trágica excepcionalidad de lo vivido:
On September 11, the nation suffered th e largest loss of life — 2,973 — on its soil as a result of hostile
attack in its history. The FDNY suffered 343 fatalities — the largest loss of life of any emergency
response agency in history. The PAPD suffered 37 fatalities — the largest loss of life of any police force
in history. The NYPD suffered 23 fatalities — the second largest loss of life of any police forcé in
history, exceeded only by the number of PAPD officers lost the same day
39
(National Commission
on Terrorist Attacks Upon th e United States , 2004, p. 311).
Pero en esta investigación no se va a abordar el suceso a partir de las cifras, sino que
solo se centrará en los discursos posteriores a los ataques que construyeron socialmente dich a
realidad.
39
Estas cifras de víctima s varían si se contabilizan a los terroristas fallecidos y a los desaparecidos.
134
2.5.1.2. Indicios de un cambio discursivo tras el 11-S
¿Por qué se afirma en esta tesis que el 11 -S pudo suponer un cambio en el paradigma en los
discursos referidos al mal ? Se ha encontrado la respuesta en las reflexiones de diferente s
académicos (filósofos y politólogos, espec ialmente), quienes consideran que el 11 - S supuso
un punto de inflexión, no tanto por las aterradoras cifr as de víctimas de los atentados, sino
por la significación del mismo. Los terroristas atacaron al país más poderoso de las
economías capitalistas y, además, atentaron cont ra dos de los símbolos de ese poder: por un
lado, el World Trade Center (cuya traducci ón literal al castellano puede ser «Centro Mundi al del
Comercio»); y, por otro lado, contra el Pentágono (centro de mand o de uno de los ejércitos
más poderos os del mundo). Además, estos ataques se produjeron utilizando elementos de
nuestra cotidianidad contemporánea como armas (avion es comercia les), y fueron
retrasmitidos en directo a todo el mundo.
Como consecuencia de este contexto, el relato sobre el 11 -S tuvo una enorme
amplificación y, en cierto modo, ha condicionado profundamente la geopolítica mundial. Los
atentados no se explicaron solo como actos terrorista s contra los Estados Unidos. En los
discursos po steriores se construyó dicha realidad social como algo más complejo: se creó un
discurso que trataba de alegar que aquel ataque no había sido simplemente contr a una nació n
concreta (Estados Unidos), sino que había sido una agresión directa a una forma de entender
el mundo de manera democrática .
Pongamos un ejemplo de este modelo de discurso sobre los acontecimientos. El 21
de septiembre, diez días después de los atentados, el presidente de los Estados Uni dos,
George W. Bush, se dirigió en el Capitolio al Congreso y al S enado de su país y afirmó lo
siguiente:
Americans are asking, why do they hate us? They hate what we see right here in this chamber - a
democratically elected government. Their leaders are self -appointed. They hate o ur freedoms - our
freedom of religion, our freedom of speech, our freedom to vote and assemble and dis agree with each
other. Th ey wa nt to overthrow existing govern ments in many Muslim countries, such a s Egy pt, Saudi
Arabia, and Jordan. They want to drive Israel out of the Middle East. They want to dr ive Christians
and Jews out of vast regions of Asia and Africa. These terrorists kill not merely to end lives, but to
disrupt and end a way of life. With every atro city, they hop e that America grows fearful, retreating
from the wo rld and forsaking our friends. They stand against us, be cause we stand in their way (Bush,
2001b) .
Este extracto del discurso del expresidente estadounidense sirve perfectamente para
ejemplificar esa posición trascendental que otorgaron a los ataques del 11 -S. Como, por
ejemplo, cuando Bush construye discursivamente una justificación de los actos terr oristas y
explica lo si guiente: «Estos terroristas no matan solo para extinguir vidas, sino para
135
interrumpir y poner fin a una manera de vivi r». M ediante su interpretación de los hechos, l a
Casa Blanca ejerció de amplificador de los mismos al remarcar su carácter simbólico.
Por esta razó n resulta complejo saber el alcance tangible que tuvieron estos ataques
en las constr ucciones sociodiscursivas del siglo XXI en torno al mal . No podemos neg ar, si
echamos la vista atrás, que ha habido otros sucesos de enorme relevancia histó rica que aquí
no analizaremos (la caída del M ur o de Berlín, Chernóbil, etc.), pero consideramos que
ninguno de ellos fue seguido por construcciones discursivas tan ligada s a la idea del mal
contemporáneo como el 11-S. En efecto, t ras los atentados, como se puede observar en el
discurso a la nación que dio el entonces presidente de los Estados Unidos George W. Bush,
el mal volvió a estar en el centro del debate m ediático y, por end e, social:
America was targeted for attack because we're the brightest beacon for freedom and opportunity in
the world. And no one will keep that light from shining. Today, our nation saw evil — the very worst
of human nature — and we responded with the best of America. With the daring of our re scue
workers, with the caring for strangers and neighbors who came to give blood and help in any way they
could (Bush, 20 01a).
La cuestión, como señaló el filósofo Richard J. Bernste in en su libro El abuso del mal,
es saber a qu é se estaba refir iendo Bush cuando utilizó el sustantivo «evil» ( mal ) en el discurso
a la nación posterior a los atentados del 11 de septiembre (2006, p. 13) . ¿Es el mismo
concepto de mal que el expuesto en el apartado anterior? ¿Se referí a a este tipo de mal
irracional e incomprensible al que se enfrentó el ser humano tras el horror de Auschwit z?
Bernstein, Susan Neiman, Delillo y S. Hovart, entre otros muchos, han reflexionado sobre
estas cuestiones, como se verá a continuación.
136
2.5.2. El uso del
mal
tras los atentados del 11-S
Como ya se ha señalado previamente, en este apartado se toman como punto de partida las
propuestas reflexivas de Richard J. Bernstein y de Susan Neiman por varias razones. Por un
lado, por supuesto, por la relevancia de sus escritos filosófi cos sobre el problema del mal en
la historia de la filosofía; por otro, por una cuestión contextual que es sumamente interesante:
ambos filósofos estadounidenses estaban trabajando sobre el problema discursivo del mal
cuando ocur rieron los atentados del 11 de septiembre, lo que les llevó a replantearse, aunque
de forma diferente, ciertas construcciones sociodiscursivas.
Por ejemplo, Susan Neiman explica lo siguiente en e l prefacio de su obra El mal en el
pensamiento moderno. Una historia no convencional de la filosofía :
La interrogante se me planteó con particular intensidad a medida que, a mediados de septiembre de
2001, fui abriendo uno tras otro una serie de breves, tajantes correos. Amigos y colegas que sabían
que yo estaba terminando un libro sobre este tema me escribían para preguntarme: ¿es ot ro terremoto
de Lisboa, o no? N o menos atónita y sobrecogida que cualquier otro honesto mortal en aquel
momento, yo lamentaba cuanto hubiese hecho para que alguien pudiera suponer que contaba con
respuestas que otros no tenían. Si Hegel estuviera en lo cierto al suponer que la sabiduría de la filosofía
llega con la comprensión retrospectiva, la lechuza de Minerva debería tomarse más tiempo antes de
alzar el v uelo. Sin embargo, pronto resultó claro que el 11 de septiembre era sin duda un hito histórico
que modificaría nuestras consideraciones sobre el proble ma del mal (Neiman , 2012, p. 13).
Es decir, mientras estaba dedicada a pulir un libro de una enorme magnitud, en el
que abordaba la evolución del pensamiento moderno a través de dos hitos históricos
fundamentales (el terremoto de Lisboa y Auschwitz), acaeció el atentado del 11 de septiembre
que, según ella, era «un hito histórico que modificaría nuestras consideraciones sobre el
propio mal» (Neiman, 2012, p. 13) y que, como vere mos a contin uación, condicionó su obra.
Por otro lado, el también estadounidense Richard J. Bernstein vivió una situación
parecida. Como cuenta en el prefacio de su ensayo El abuso del mal , el 31 de agosto terminó
el manuscrito de su libro El mal radical , y once días después tuvo lugar el ataque terrorista
«más dramático de la histori a» (Bernstein, 2006, p. 9). Indica el filósofo: «Ya nadie duda de
que el mundo cam bió en ese día infame, en el que (literalmente) de la noche a la maña na nos
bombardearon con imágenes y discursos sobre el mal» (Bernstein, 2006, p. 9).
Bernstein, al igual que Susan Neiman, se planteó revisar su libro tras el 11 de
septiembre, pero a diferencia de ella, él optó por dejar su obra El mal radical tal cual y abordar
el conflicto que se abría tras los atentados terroristas en otro ensayo, que será el que nosotros
tomemos como punto d e partida. Así pues, podemos deducir que, de una manera u otra,
143
la Guerra Fría, porque esta fue una «guerra de principios» que no admit ía matices (Bernstein,
2006, pp. 84- 85) .
Al igual que en la Guerra Fría, el discurso posterior al 11 -S también se puede
enmarcar dentro de ese p rimer tipo de «mental idades» que abogan por una serie de certezas
morales. Esta modalidad de construcción sociodiscursiva, por supuesto, ha condiciona do
posteriormente la política y, por consiguiente, la vida diaria de millones de personas, pero
con una serie de matices que, según Bernstein, diferencia esta construcción interpretativa de
la realidad de la que se desarrolló durante el conflicto entre la Unión Soviética y los Estados
Unidos:
Desde el 11 de septiembre, vivimos en una era así. Más allá de los peligros reales que de bemos
enfrentar, existe un sentido ge neralizado de vulnerabilidad ante un enemigo que es difícil de
comprender y de ubicar. La “Guerra contra el Terror” es distinta de cualquier otra guerra en la historia
moderna. No es una guerra contra un estado soberano , ni una guerra civil, ni siquiera una guerra de
guerrillas. Luchamos contra un enemigo amorfo y ambiguo. Tampoco es claro cómo pelear esta
guerra, o qu e debe ent enderse por “victoria”. Siempre resulta perturbado r y amenazant e que nu estras
categorías convencionales para otorgar sentido al mundo se desmoronen , y no sabemos cómo
desarrollar herramientas nuev as y más apropiadas para comprender lo que su cede. El discurso
irreflexivo sobre el mal y la demonización de nuestros enemigos tam poco ayudan. Por el cont rario,
enmascaran cuestiones complejas, obstaculizan la inv estigación y reprimen el debate públi co s obre las
respuestas apropiadas a una situación fluida y desconcertante. 204-205.
Y aquí es d onde reside u na nueva característica del discurso surg ido tras el 11- S: la
apelación al miedo y el terror derivados de la inexistencia de un enemigo definido. De esta
manera, se cierra la peligrosa ec uación retórica que se dio tras los atentados: en primer lugar,
se calificaron aquellos ataques como actos malvad os; e n segundo lugar, se aceptaron ciert os
presupuestos de la moral hegemónica como certezas morales (y, por consiguiente,
incuestionables si eras un «buen» ciudadano); y, por último, se negó la posibilidad de negociar
con un enemigo ambiguo (sin for ma) que personificaba el mal . El problema, como explica
Bernstein, es que
Hablar de esta manera, hablar acerca de “los malvados”, “los sirvientes del mal”, “e l eje del mal”,
como Bush hace con frecuencia, puede resultar muy exitoso para manipular los temores y las
an siedades de la gente, pe ro bloquea la posibilidad de una deliberación y diplomacia serias ( Bernstein,
2006, p. 142).
144
2.5.2.3. El terrorismo visto por Occidente como una cat egoría moral: la
deconstrucción del discurso sobre terrorismo (Braudillard y Srecko Horvat )
El discurso posterior a los atentados del 11 de septiembre estuvo profundamente
condicionado por la carga simbólica de los ataques. El filósofo francés Jean Baudrillard, en
un interesante artículo publicado en el periódico Le Monde el 3 de noviembre de 2001, titulado
«L'esprit du terrorisme», explica:
Il est d'ailleurs vraisemblable que les terroristes (pas plus que les experts !) n'avaient prévu
l'effondrement des Twin Towers, q ui fut, bien plus que le Pentagone, le cho c symbolique le pl us fort.
L'effondrement symbolique de tout un système s'est fait par une complicité impré visible, comme si,
en s'effondrant d'elles-mêmes, en se suicidan t, les tours étaient entrées dans le jeu pour parachever
l'événement.
Dans un sens, c'est le système entier qui, par sa f ragilité interne, prête main-forte à l'action initiale.
Plus le système se concentre mondiale ment, ne constituant à l a limit e qu'un seul réseau, plu s il devient
vulnérable en u n seul point (déjà un s eul petit hacker philippin avait r éussi, du fond de son o rdinateur
portable, à lan cer le vir us I love you, qui avait fait l e tour du monde en dévastant des réseaux entiers).
Ici, ce sont dix-huit kamikazes qui, grâce à l'arme absolue de la mort, multipliée par l'efficience
technologique, déclen chent un processus catas trophique global (Ba udrillard, 2001).
Desde su punto de vista, el desmoronamiento de las Torres Gemelas se revela como
un «choc symbolique» (choque simbólico) de enorme trascendencia. El derrumbe de estos
edificios supuso un ejemplo de cómo era posible desmoronar el sistema capitalista q ue
representab an los Estados Uni dos. Los atentados, ciertamente, habían sido capaces de
demostrar q ue la superpotencia, en definitiva, podrí a ser fr ágil. Y esto, para Braudillard,
ocasionó un discurso grandilocuente, aunque, contradictorio:
Tous les discours et le s commentaires t rahissent un e gigantesque abréaction à l'év énement même et à
la fascination qu'il exerce. La condamnation morale, l'union sacrée contre le terrorisme sont à la
mesure de la jubilation prodigieuse de voir détruire cette superpuissance mondiale, mi eux, de la voir
en quelque sorte se détruire elle-même, se suicider en beauté. Car c'est elle qui, de par son
insupportable puissance, a fomenté toute cette viol ence infuse de par le monde, et donc cette
imagination terroriste (sans le savoir) qui nous habit e tous (Baudrillard, 2001).
Y es este punto que ap unta Braudillard el que causó en su momento una enorme
polémica. ¿Generaron los atentados contra los Estados Unidos algún tipo de fascinación
entre el público que veía las escenas repetidas una y otra vez en sus casas a través de la
televisión? ¿La condena moral que se hizo a los ataques se desarrolló de manera paralela junto
a una especie de regocijo mundial po r ver caer a una superpotencia qu e había ejercido su
dominio geopolítico durante el último siglo? Estas preguntas son de imposible respuesta,
pero, como analistas del discurso, resulta sumamente interesante ver cómo a la propuesta
interpretativa hegemónica de los Estados Unidos, moralizante y maniquea, se respondió con
matices desde Europa .
145
Quizás lo más interesante de este art ículo sea la postura q ue toma Baudrillard al
interpretar los actos terroristas como la secuela del ejercicio del poder que había comet ido
Norteamérica en el resto del mundo:
Quand la situation est ainsi monopolisée par la puissance mondiale, quand on a affaire à cette
formidable condensation de toutes les fonctions par la machinerie technocratique et la pensée unique,
quelle autre voie y a-t-il qu'un transfert terroriste de situation ? C'est le système lui -même qui a créé
les conditions o bjectives de cette rétorsion b rutale (Baudrillard, 2001).
Como dice el francés, es el sistema mismo el que ha creado las condiciones necesarias
para que se produzca esta brutal respuesta. Esta r eflexión de Baudrillard fue respondida
críticamente por varios intelectua les, porque, desde su punto de vista , cambiaba la culpa de
lado y, ade más, abría la posibilidad de que existiera un discurso interpretativo de los
acontecimientos que justificara el ataque. Srecko Horvat, en su libro El discurso del t errorismo ,
recoge la po lémica (2017, pp. 98- 99). Al discurso del filósofo francés respondió Richard
Wolin tachando de inmorales estos ju icios y categori zándolos con iro nía como discursos d e
«sofisticados posmodernos».
Bernstein, en su ensayo El abuso del mal , ya advertía sobre esta dicotomía y la describió
de manera certera con su llamado «choque de mentalidades» (Bernstein, 2006 ). Tras el 11- S
se desarrollaron principalmente dos discursos: por un lado, el moralizante maniqueo qu e
protagonizó la administración Bush, el cual consideraba que los ataques eran actos
puramente malvados, sin posible justificación, que debían ser combatidos, ya que toda la
sociedad estaba en peligro; por otro lado, un discurso más crítico con el pape l de Occidente,
que trata de comprender las causas generativas del terrorismo en el orden ec onómico y de
injusticia global. Para ellos no se trata de un divi sión entre buenos y mal os, sino de una
cuestión de causa-consecuencia, es decir, de significación. Uno de los mejor es ejemplos de
esta postura puede ser Baudrillard, quien afirma:
Le terrorisme est immoral. L'événement du World Trade Center, ce défi symbo lique, est immoral, et
il répond à une mondialisation qui est elle- même immorale (…) Dans l'univers traditionnel , il y avait
encore une balance du Bien et du mal , selon une relation dialecti que qui assurait vaille que vaille la
tension et l'équilibre de l'univers moral - un peu comme dans la guerre froide le face -à-face des deux
puissances assurait l'équilibre de la terreur. On cherche après coup à lui imposer n'importe quel sens,
à lui trouver n'importe quelle interprétation . Mais il n'y en a pas, et c'est la radicalité du spectacle, la
brutalité du spectacle qui seule est originale et irréductible. Le spectacle du terrorisme impose le
terrorisme du spectacle. Et contre cette fasci nation immorale (même si elle déclenche une réaction
morale universelle) l'ordre poli tique ne peut ri en (Baudrillard, 2001).
Este artículo de Baudrillard, aunque acertado en muchas cosas, pecó de precipitado
(aunque en su momento fuese necesario), porque lo publicó un mes después de los atentados
a las Torres Gemelas. Result a interesante destacar la frase «Contra el espectáculo del
146
terrorismo se impone el terrorismo del espectáculo», porque es una sentencia premonitoria
de lo que se daría después.
Años después, el filósofo Srecko Horvat retomó las posturas de Baudrillard y las situó
en un contexto contemporáneo muy cambiante. Cuando el francés escribió su texto, Euro pa
aún no había sufrido de manera directa los ataques del terr orismo internacional. El 11-M de
2004 en Madrid, los atentados del 7 de julio de 2 005 en Londres , la sucesión de atentados en
Francia, Bélgica, etc., han hecho que la m irada distante que se tenía desde Europa pase a se r
completamente activa (el viejo continente también está siendo a tacado). E l terrori smo, como
bien seña laba Baudrillard en su artículo, es como un virus que está por todas partes
(Baudrillard, 2001). Ahora bien, lo que quizás no log ró anteceder en dicha reflexión el francés
fue que esta construcción discursiva del terrorismo como un mal vírico iría asociado a una
construcción retórica similar a la de los « mal es naturales»: Europa, Estados Unidos y cualqui er
otra gran superpotencia pueden sufr ir inundac iones, terremotos, sequías y, según estas
construcciones discursivas, también terrorismo.
Esta relación entre el terrorismo y los males naturales, apuntada ya por Susan
Neiman, tiene, en opinión de Srecho Horvat, importantes consecuencias:
La peculiar comparación del 11 de septiembre como una catástrofe natural y la puesta en práctica de
este sentido a través de medios y películas como World Trade Center está al servicio de la política exterior
e interior estadounidenses. Solo cuando se establece qué es ese mal absoluto, se crea de «modo natural»
una alternativa, ya que el propio mal , claro está, no puede existir por sí mismo sin el bien (Horvat,
2017 , pp. 100-101).
El problema es que, cuan do esto se produce, cuando se asimila el terrorismo como
un mal natural, se hace imposible una justificación como la que proponía Baudrillard. Al igual
que no se puede justificar un terremoto, tampoco se puede ju stificar un acto terrorista, ni
buscarle una interpretación posible : «El mayor problema de la “naturificación” del terrorismo
es que intro duce el discurso del mal . Todo acto terr orista es per cibido a partir de entonces
como pura emanación del mal trascendente, eterno, y la reacción contra dicho mal nunca es
un examen político» (Horvat, 2017, p. 70). Los terroristas, por consiguiente, se convierten en
personajes malvados, e n unos sujetos dif ícilmente identificables que habitan entre los
«buenos ciudadanos». De ahí nacen e l miedo y, por supuesto, la justificación de un tipo de
política exterior e interior.
A juicio de Horvat, esto es lo que hace necesaria una reflexión constante que
«justifique» el te rrorismo, porque de esta manera se puede señalar la hipocresía de un estado
normalizador y moralizante (Horvat, 2017, p. 254). En esta tesis, nos planteamos si esto es
147
posible mediante el análisis de las construcciones discursivas de los personajes malvados en
la contemporaneidad.
148
2.5.3. Características de los discursos mediáticos tras el 11-S
Tras analizar las refle xiones de Neiman, Bernstein y Baudrillard y confirmar que después del
11 de septiembre de 20 01 se creó un nuevo paradigma discursivo en torno al mal , a
continuación se va a centrar el estudio en el análisis realizado por académicos sobre los
discursos mediáticos (es decir, que aparecieron en los medios d e comunicación). Se pueden
observar cuatro características (estrategias discursivas) relevantes dentro de la heterogeneidad
presente en las construcciones interpretativas en torno al mal tras el 11 - S.
En primer lugar, son interpretaciones construidas mayoritariamente en un marco
bélico. Frente a la habitual construcción discursiva que trataba el terrorismo como un
problema int erno de cada estado (por ejemplo, ETA o el IRA en Europ a), cuya posible
solución recaía sobre jueces y cuerpo s policiales, tras los ataques del 2001 se produjo un
cambio en los discursos interpretativos que definieron los atentados como una declaración
de guerra internacional (Montgomery, 2005). El proble ma, y esta es la segunda característica,
es que dicha guerra no se libraba contra un «enemigo tradicional» (estado, guerrilla, etc.), sino
que se acometía contra un rival informe y de difíci l definición (Merskin, 2004). Todo este
complejo discurso hegemónico se produjo en un contexto histórico en el que, gr acias al
acceso barato y sencillo a internet, s e había creado una sociedad hiperconectada en tiempo
real, lo que ampliaba exponencialmente la audiencia y, como consecuencia, condicionaba el
tipo de construcción discursiva.
Ante un auditorio tan amplio y heterogéneo, se crearon discursos basados en
patrones, simbólicos y narrativos (Anker, 2005), universales (la ficción también se ha
globalizado y democratizado en las últimas décadas gracias a la televisión y el cine), lo que,
por supuesto, ha estado ligado a una apelación constante a las emociones (tercera y cuarta
característica). Concretamente, se pueden establecer dos emociones dominantes que,
supuestamente, diferenciarían a los dos bloques enfrentados: el miedo de Occidente (Bourke,
2014; Moïsi, 2009, 2017) y el odio de los países del Sur (Ziegler, 2017) .
Estas características discursiv as, junto con la tendencia, ya anali zada anteriormente,
de construir el terrorismo como un «mal natural», ha generado un tipo de discurso
preponderantemente emocional (todo el mundo es susceptible de sufr ir un ataque) y
maniqueo (si no hay justificación posible, solo cabe la interpretación de la realidad como u n
enfrentamiento entre el bien y el mal ).
149
2.5.3.1. Discurso bélico
En los discursos posteriores al 11 -S todas las características señaladas están conectadas, sin
embargo, si hay una que condicionó al resto fue, si n lugar a dud as, la decisión tom ada por el
gabinete de George W. Bush de asumir los atentados como una declaración de guerra.
Aunque en la actualidad esta decisión parece intrascendente, en su momento no resultó tan
claro. Como explica Montgomery, el término «guerra», al principio, se utilizó d e manera
vacilante y tor pe. Aunque después, en el momento en el que pasó a ser la columna central a
partir de la cual articular los discursos, se produjo una reorganización au tomática de los
campos discursivos:
For, although war became very quickly the decisive term for articulating a public response to events,
it was used tentatively at first, uncertainly and awkwardly. Fundamentally it was an unstable term –
heteroglossic and equivocal in character. Indeed, as it passed to an d from between different discu rsive
contexts, its use was contested and variously inflected before its implications began to harde n. Once,
however, war bec ame established as the central term of description, it re -organized the discursive
fields through which response s to th e dest ruction of the twin towers could be shaped and led them in
a fateful direction (Montgo mery, 2005, p. 149 ) .
Desde el punto de vista de este académico, el término «guerr a» se popularizó dentro
de la esfera pública como consecuencia de la amplifi cación discursiva (por el carácter
simbólico de los ataques) y de la dificultad de interpretar un acontecimiento de estas
características. El marco bélico se terminó imponien do como un espacio compartido de fá cil
comprensión pero sin matices.
Esta decisión discursiva, según Montgomery, tuvo importantes consecuencias.
Quizás la más importante fue la creación de una dualidad: nosotros vs. ellos; atacantes vs.
atacados; Occidente contra Oriente; en defin itiva, el Bien contra el mal . «My impression —
dice Montgomery — is that the binary oppositions after 9/11 became established on the b ack
of the turn to war, though clearly there is an intimate relatio n between the two discursive
movements» (Montgomery, 2005, p. 152) .
2.5.3.2. Discursos basados en la construcción de alteridades
En el discurso que pronunció Bush en una sesión conjunta del Congreso de los Estados
Unidos el 20 de septiembre afirmó: «Every nation, in every region, now has a decision to
make. Either you are with us, or you are with the terrorists» (Bush, 2001b) . Con nosotros o
con ellos. Se estaba construyendo una alteridad que condicionaría la política exteri or
estadounidense durante una década (Coe, Domke, Graham, John, & Pickard, 2004, p. 234) .
150
Sin lugar a dudas, este di scurso binario favorecía un valor estratégico dentro de un modelo
político condicionado profundamente por los medios de comunicación de masas:
The strategic value of a binary discourse is rooted, in part, in its ideal fit for a U.S. political culture
dominated by mass media. This is so for several reasons. First, binary oppositions inherently suggest
competition between two forces — exactly the s ort of conflict that makes for a good news story (see
Patterson, 1994 ; Price & Tewksbury, 1997). Second, binaries are stylistically pleasing and therefore
supply media outlets with the pithy sound bites that they desire. Third, binary concepts almost without
exception have moral power, which gives them both a resonance with the mass public and a sustaining
news value (Coe et al., 2004, p. 237).
El problema que se dio tras la generación de este discurso bélico y binario es que el
enemigo no estaba muy bien definido. Los enunc iadores de aquel relato eran los
representantes de las fuerzas del Bien, pero se hacía mucho más c ompleja la personificación
de las fuerzas del mal . Osama Bin Laden era la punta de lanza, pero los discursos muchas
veces no se centraron en él, sino en una serie de estereotipos:
In this case, al — though some of the characteristi cs playe d a stronger role than others did
(stereotyping and de individualiz ation, identification with evil, and zerosum thinking), i t is clear that
the carefully chosen, mostly scriptedwords in President Bush’s speech were grounded in powerful
connections to universal notions of enmity. In particular, historical as well as current popular culture
portrayals of people of Arab/Middle Eastern descent were coupled with a rhetoric that was able to
draw upon collective consciousness to revivify, reinforce, and ratify the Arab as terrorist stereotype.
(Merskin, 2004, p. 172)
Ante un enemigo de difícil identificación representante del mal , los relatos
construyeron una serie de héroes muy recon ocibles mediante una trama narrativa
melodramática, que condicionaba la respuesta que había que dar a dichos ataques.
2.5.3.3. Discursos creados mediante unos patrones simbólicos y narrativos
La creación de alteridades en un marco de conflicto lleva a un tipo de na rración
melodramática. Es decir, un tipo de narración maniquea en la cua l los representantes del bien
terminan po r sobreponerse a todas aquellas dif icultades que se les plantean, alcanzando,
después de cierto sufrimiento, un final feliz y justo. Elisabeth Anker, en un artículo titulado
«Villains, Victims and Heroes: Melodrama, Media, and September 11», analiza este patr ón
narrativo caracterizado por tres etapas: producción del daño, patetismo y, finalmente,
retribución moral.
The U.S.’s initial response to the terrorist attack was a nationwide empathic victim ization, a collectively
experienced pain in response to unjustified suffering perpetrated by an evil villain. Political leaders
declared that the country was attacked because of its virtue; the ideals that define America, those of
freedom and democracy, were precisely wh at the “evil - do ers” aimed to des troy through their violence
(Anker, 2005, p . 22).
151
El relato interpretativo de los acontecimientos presentó a la ciudadanía
estadounidense como un pueblo herido injustamente por ser el mejor representante del Bien
y de valores morales como la lib ertad y la democracia (fuera queda cualquier tipo de
cuestionamiento a la política exterior de este país). Se crea, pues, una narración moral en
torno a la acción de un villano que, a su vez, por oposición, crea una imagen ident itaria de la
sociedad estadounidense:
The villain is a s hifting category populated most often by a foreign invader or a domestic subversive
seemingly inte nt on destroying either American ideals or American territory, who becomes
personified, demonized, and codified as the embodiment of pure evil. Conferring the location of moral
power on the victim, this narrative imbues the i dea of country with moral valor by portraying America
as a unified body able to overcome a situation of victimhood with a successful assault on evil. Through
the figure of the villain that aims to destroy America, melodrama frames a narrative that requires
reparation for suffering endured; it demands heroic action in order to challenge any villainous attack
on the country. The villain thus becomes the catalyst for state action, and hence for what it means to
be Americ an, for, withou t a villain, there is no victim and thus no hero or h eroic f eat (Anke r, 2005, p.
26) .
Ante un ataque de este tip o, las narraciones melodr amáticas contienen una redención
heroica a la lesión cometida por el vill ano hos til. De esta forma, se justificaron las acciones
políticas llevadas a cabo después de est os ataques por los Estados Unidos. La trama
melodramática permitió a la administración de Bush asumir el papel de víctimas (algo que ,
como se ha visto, sometería a discusión Baudril lard) y, por consiguiente, la posible
redistribución moral mediante un acto heroico. Dichas narraciones me lodramáticas apelan a
las emociones, lo que nos lleva a la cuarta característica de los discursos mediáticos tras el
11 - S.
2.5.3.4. El discurso de las emociones: la apelación al miedo
Dominique Moï si, politólogo y catedrático de Geopolítica del Collège d’Europe, en algunas
de sus últimas publicaciones, como por ejemplo The geopolitics of emotion (2009) o Geopolítica de
las series o el triunfo global del miedo (2017), propone un interesante análisis basado en la idea de
que, en la contemporaneidad geopolítica, las emociones marcan pautas de comportamiento
globales. Su razonamiento se fundamenta en una doble convicción:
First: one cannot fully understand the world in which we live without trying to integrate and understan
its emotions. And second: emotions are like cholesterol, both good and bad. The problem is to find
the right balance between them (…) Fear against hope, hope against humiliation, humili ation leading
to sheer irrationality and even, sometimes, to violence – one cannot comprehend the world in which
we live without examini ng the emotions that h elp to shape it (Moïsi, 2009, pp . 6- 7) .
Según su análisis, la geopolítica, que para Moïsi es el análisis estratégico de
información geográfica, p olítica o cultural q ue nos permite comprender mejor los conflictos
152
internacionales (Moïsi, 2017, p. 49), ha estado condicionada en las últimas décadas por
«emociones colectivas», como consecuencia de la hiperconectividad i nformativa que ha
generado un ritmo comunicativo muy rápido y unas audiencias masivas y heterogéneas a las
que muchas veces solo se puede llegar mediante la apelación a emociones universales: «¿Por
qué entrar en el detalle de un argumentario complejo, cuando es posible impactar, mediante
una fórmula de choque, en el imagi nario de aquellos a quienes se quiere convencer o
seducir?», considera Moïsi (2017, p. 13).
Esta apelación y construcción de emociones globales ha tenido, lógicamente, un
fuerte impacto en los dis cursos socioculturales sobre el mal . E n unas de sus intervenciones
públicas, George W. Bush señaló: «Al Qaeda es al terror lo que la mafia al crimen» (Bush,
2001b). En esta breve sentencia, el presidente de los Estados Unidos define a Al Qaeda com o
la mejor representación del terror , pero no la única posible. Por consiguiente, el enemigo que
planteaba en su relato era intangible, hablamos de una «guerra contra el terror». Esa contienda
bélica contra un enemigo sin rostro justificó tanto la política exterior (con intervenciones
militares en Afganistán e Irak) como l a política interior (con la llamada «Ley Patriótica»). Una
ley que, según un informe de Am nistía Internacional, socavaba cie rtos derechos ciudada nos,
es decir, afectaba directamente a la vida cotidiana de los individuos mediante una ap elación
al miedo que producían unos personajes malvados sin rostro (salvo raras excepciones).
Pues bien, Dominique Moïsi explica este profundo cambio producido en la política
internacional y nac ional de los Estados Unidos de América como conse cuencia de un fuerte
choque emocional: «El 11 de septiembre de 2001 supuso un gir o emocional, si no estratégico,
en la historia reciente de los Estado Unidos. En el plano de las em ociones, hay un antes y un
después del “nine eleven”» (Moïsi, 201 7, p. 33) . Y e sta, en efecto, es una de las características
de las construcciones sociodiscursivas posteriores al 11 -S. Tras los atentados, la
hiperpotencia capitalista se sintió vulnerable, y esto condicionó la relación discursiva de los
ciudadanos norteamericanos con el mundo:
De un día para otro, confrontado al hiperterrorismo, la hiperp otencia des cubrió su vulnerabilidad. Es
cierto que había habido ataques contra los inter eses estadounidense s antes del 11 del 11 de septiembre
de 2001, en el continente africano y en Orient e Próximo, incluso en el propio país, con el conato de
atentados frustrados contra las torres de Wall Street en 1993. Pero esta vez, contrariamente a lo que
ocurrió en Pearl Harbor en 1941, se apuntó con éxito al corazón mismo de los Estados Unidos. La
política internacional se introducía con fuerza y brut alidad, y de un modo espectacular, en la vida diaria
de los estadounidenses (Moïsi, 2017, pp. 33-34 ).
El ensayo de Moïsi titulado Geopolíti ca de las series resulta especialmente interesante
porque reflexiona sobre el poder de las emociones en la geopolítica mundial contemporánea
mediante el análisis de series de televisión de consumo masivo en su mayoría
255
Text-understanding always combines top- down processing, in which the reader’s pre -stored
knowledge structures are directly activated to incorporate new items of information, and bottom up -
processing, in which bits of textual information are kep t in working memory separately and integrated
into an overall represen tation at a later point in time (Schneider, 2001, p . 611).
Como ya hemos visto y repetido en diferentes apartados de esta tesis, las
construcciones discursivas de realidades sociales s on válidas para un momento y un lugar
determinados, lo que se relaciona con esta enunciación de Schneider. A fin de cuentas, la
comunicación humana está protagonizada por personas limitadas cognitivamente por un
abanico dive rso de conocimientos (configurado por su educación, experiencias, etc.): «pre -
stored knowledge structures are directly activated to incorporate new items of information»
(Schneider, 2001, p. 611). Así pues, au nque los textos sean fijos, no lo son los lectores, lo s
cuales pueden modificar sus modelos mentales con la información textual.
Estas dinámicas que se dan en la interpretación de los textos (ascendentes y
descendentes) tienen, en opinión de Schneider, una gran importancia en la construcción de
los personajes. Desde su punto d e vista , «all direct or indirect sources of characterizing
information can lead to the integration of new aspects into the model or to the modification
of existing ones» (Schneider, 2001, p. 611) . Es evidente que la información mediante la que
se caracteriza a un pers onaje puede modificar (o crear) modelos mentales, así como ser
interpretada en función de unos modelos preestablecidos en la mente del lector.
5.1.1.1. La caracterización descendente
En cuanto a los procesos de caracterización descendente, Schneider explica en su texto que
en cada grupo social se producen espacios de consenso sobre el comportamiento humano,
lo que lleva a agr upar a los sujetos mediante una serie de «estereotipos social es». Estas
premisas acordadas en un contexto determinado pueden ser ent endidas como «teorías
implícitas de la personalidad», las cuales se activan en los procesos de categorización y
atribución descendentes (Schneider, 2001, p. 612) . Así pues, subraya Schneider, estas
construcciones discursivas interpretativas de la realidad condicionan a los le ctores que «can
apply personality theories to the understanding of literary characters if they find that a
character’ s traits agree with those of their social knowledge structures» (2001, p. 612).
Lo más sugestivo para nuestra investigación es la armonización que propone
Schneider entre el «conocimiento literario» y las «teorías implícitas de la personalidad», de tal
forma que rompe con la barrera que establecían otros autores, como veíamos ant eriormente
en Margolin, ent re la construcción de personajes en te xtos literarios y no literarios. Desde su
punto de vista:
256
Literary knowledge is another important source for character-reception, beca use readers learn to form
genre expectations both from their contact with books and in a formal literary education that is part
of the overall socialization process. Of course, literary and social knowl edge can be intertwined,
because in each period of literary history novels either reflect socially accepted structures of knowledge
or respond to them critically . Readers who receive a training in literary an alysis will acquire additional
schemata that influen ce th eir understanding of texts. It has be en pointed out by both literary theor ists
and empirical researchers that differences in the education of audiences make for different re adings
(Schneider, 200 1, p. 6 12) .
Por consiguiente, para Schneider, el conocimiento literario y el social no pueden
aislarse, ya que uno y ot ro se influyen respectivamente. En nuestra opinión, esta es una
propuesta muy acertada, porque la experienc ia literaria const ruye discursivamente realidades
sociales en la mente del lector que se adscriben a una construcción interpretativa más
compleja del mundo que nos rodea. Por esta razón, a la hora de aislar a los personajes
malvados en una caracterización descendente, tene mos en cuenta tan to los tipos sociales
como los modelos literarios, dado que ambos sirven como premisas culturales para la
categorización de los individuos.
5.1.1.2. La caracterización ascendente
La caracterización ascendente (o personificación) e s, según Schneider, tan importante como
la descendente. Este tipo de caracterización se produce «whenever the reader does not
categorize a c haracter, i.e., when he or she is not able or w illing to apply stored structures of
knowledge for ad hoc impression formation» (Schneider, 2001, p. 624) . Por lo tanto, a
diferencia de los procesos de caracterización descendente (categorización), la cual parte de
unas premisas o estructuras mentales para interpretar los personajes, la caracteriza ción
ascendente se da cuando los personajes son construidos mediante una serie de rasg os
particulares difícilmente delimitables dentro de un solo tipo social o literario.
La proposición de Schneider es sumamente práctica para esta investigación, dado que
nos ofrece una herramienta para la identificación de los sujet os maléficos que cumple con la
mayoría de las premisas teóricas que hemos expuesto en el bloque anterior . Resume el
académico en su artículo:
Mental models of literary characters are complex in that the y gather information about a character
from many sources; they are flexible in that individual aspects can be shifted into representational
focus; and they are dynamic in that they are su ccessively refined — elaborated, modified or revised —
in the reading process. Moreover, among character models, we may distinguish between two different
types, the personaliz ed and the categorize d (Schneider, 2001, p. 626) .
Al igual que Schneider, creemos que los procesos de «caracterizac ión» son,
básicamente, dos: la caract erización ascendente (personificación), en la que el lector
257
construye al personaje mediante la adhesión de rasgos (información); y la caracterización
descendente (categorización), en la que el lector parte de una estructura (literaria o social)
predefinida que ofrece un conjunto de rasgos pr eestablecidos que se asocian con el personaje
en cuestión. Dicho esto, ¿cómo podemos aplicar esta propuesta a nuestro estudio?
258
5.1.2. La caracterización de los sujetos maléficos: una aplicación práctica
Una vez establecido el punto de partida para la selección de los personajes, estudiemos cómo
aplicamos estas teorías de forma práctica en nuestra investigación . Para ello, retomamos el
capítulo tercero de esta tesis, en el que concluimos que tradicionalmente se habían
identificado como sujetos malvados a aquellos individuos que merecían una condena moral.
Asimismo, matizamos entonces que, dado que tanto el relato periodístico como el
literario son actos persuasivos, era posible deducir que los personajes malvados eran aquellos
construidos retóricamente como merecedores de una «condena moral» (es decir, nos aleja mos de
cualquier visión única y normativa de la moral como un código fijo). Consecuentemente,
identificamos a los sujetos maléficos en los relatos por la existencia de una condena moral
(explícita o implícita) en la construcción discursiva del personaje.
Para que se comprenda mejor, se expone un ejemplo hipotético. Imaginemos que,
como investi gadores, nos encontramos ante un corpus textual que construye discursivamente
al personaje Z. Este sujeto es caracterizado porque roba a los bancos , mediante una inteligente
estrategia de pillaje , para construir un bloque de viviendas sociales . Ahora, suponga n que tenemos
una serie de textos que constr uyen al personaje X. Est e personaje es caracte rizado porque es
el dueño d e una vivienda ilegal , que ha constr uido con el dinero q ue ha amasado cometiendo
una estafa continuada, la cual alquila a personas sin recursos, que no tienen otra opción, y
estas se ven obligadas a vivir en unos apartamentos que no han pasado las inspecciones
pertinentes sin ningún tipo de contrato legal que las proteja.
Ambos personajes, X y Z, podrían ser el mismo. No obstante, solo escogeríamos a
X como sujeto de análisis, porque en la caracterización de est e personaje existe una condena
(se aprovecha de los desfavorecidos, obtiene beneficios de una estafa, se ubica al margen de
la ley). Com o decíamos, X y Z pueden ser un mismo personaje (d ebate ontológico), pero
solo nos fijamos en su construcción retórica (debate epistemológ ico) y en su percepción
social.
A su vez, conviene matizar que el hecho de que lo escojamos para su estudio no
implica consecutivamente que este personaje sea const ruido discursivamente como un
individuo «malvado». Este análisis es poste rior, ya que, tras su identificación, es el momento
de realizar un estudio más profundo para saber si dicha condena es «moral» y, por
consiguiente, si es susceptible de ser la base de la c onstrucción de un sujeto maléfico.
Además, como hemos estudiado pormenorizadamente, la car acterización puede,
según Schneider (2001), seguir dos direcciones: puede ser ascendente o descendente. Esta
259
distinción permite ahora precisar mucho mejor la selección de los personajes que se analizan ,
ya que se parte de que la construcción del personaje sobre la base de una «condena moral»
puede darse por un proceso de «categorización» o de «personificación».
Así, por ejemplo, se po dría decir de un person aje A que « es un Robin Hood
moderno»; mientras que de otro personaje B se podría afirmar que es un «pícaro sin
escrúpulos que se a provecha de los pobres». En a mbos casos, nos encontramos con un
proceso de caracterización descende nte, es decir, que adscribe al personaje a una categorí a
inicialmente para luego desc ribirle. Pues bien, la categorización del personaje B conlleva una
condena, por lo que sería un sujeto susceptible de análisis en nuest ra investigación, mientras
que A no entraría en el corpus. En el caso de que tuviéramos una caracterización ascendente,
nuestro prerrequisito para seleccionar a un personaje sería que a lguno de sus rasgos
conllevara, explícita o implícitamente, una condena moral.
En conclusión, cuando la categoría a la que se adscribe un personaje en su
caracterización o uno de los rasg os que lo construyen implique la construcción retórica del
personaje sobre la base de una condena moral, se selecciona a dicho personaje como un
posible sujeto maléfico para, de esta manera, analizar su construcción retórica.
260
5.2. S EGUNDA FASE : D ES CRIPCIÓN DETA LLADA DE LOS ELEMENTOS QUE
CARACTERIZAN AL PE RSONAJE
Después de configurar un subcorpus y de seleccionar al personaje objeto de análisis, es
preciso aislar y señalar los fragmentos textuales con los que se construye discursivamente .
Para ello, se agrupan los «rasgos» que, dispersos por el discurso, configuran al sujeto maléfico.
Se entiende aquí «rasgo»
77
a partir de la definición de Chatman, es decir, como cualquier
información adscrita a un individuo de forma relativamente duradera y que permite
diferenciarlo de otros (Chatman, 1990, p. 130). Explica el autor de Historia y discurso :
Con fines narrativos, entonces, se puede decir que un rasgo es un adjetivo narrativo sacado del lenguaje
ordinario que califica una cualidad personal de un personaje, cuando persiste durante parte o toda la
historia (su «ámbito») (…). El ad jetivo verbal real, por supuesto , no tiene por qué aparecer (y en las
narraciones modernistas no lo hace). Pero sea inferido o no, es inmanente a la estructura profunda del
texto (Chatman, 1990 , pp. 133- 134) .
No hay que olvidar que el procedimiento retórico de atribución de «rasg os» a un
personaje se denomina «car acterización», por lo que su estudio se presenta como una pieza
clave en nuestra tesis. Son muchas y muy diversas la investigaciones sobre la «caracterizació n
de los personajes». A quí hemos expuesto algunas de las más recientes, com o la de Schneider
(2001) y la de Margolin (1986). Y aunque todas ellas proponen diferentes aproximaciones
teóricas o metodológicas al personaje, parece existir un consenso más o menos generalizado
en torno a las tipos de «fuentes», «afirmaciones» o «estados» (por utilizar solo algunos de los
términos utilizados) a par tir de las cuales el lector construye al personaje. Es decir, todos
estos autores repite n de u na manera u otra que existen las mismas maneras de atribuir rasgos
a un personaje. Reflexiona al respecto Fotis Jannidis:
There are at least three sources of such information: (a) textually expli cit ascription of properties to a
character; (b) inferences that can be drawn from textual cues (e.g. “she smiled nervously”); (c)
inferences based on information which is not associated with the character by the text itself but
through reference to histori cally and culturally variable real-wo rld conventions (e.g. the appearance o f
77
A esta definici ón de «rasgo», Chatman añ ade una matización pertinente al establecer una diferencia
con lo que él denomina «hábitos». Explica el teórico: «La distinción entre “r asgo” y “hábito” es muy útil para
la teoría de la narrativa, así como la caracterización del rasgo como un gran sistema de hábitos
interdependientes. Las narraciones quizás no examinen los hábitos minuciosamente, pero req uieren del público
la capacidad de reconocer ciertos hábitos como sintomáticos de un rasgo: si un personaje está continuamente
lavándose las m anos, fregando suelos que están limpios, quitando motas de polvo de los muebles, el público se
ve obligado a inter pretar el rasgo como “obsesivo”. La relativa persistencia de un rasgo es fundamental. Los
lectores no realizan análisis estadísticos sino que sus datos son empíricos. Y la observación de que los rasgos
generalmente se superpon en es igualmente significa tiva, al menos para las narraciones clásicas. Contribuye a
esa sensación de coherencia verosímil de los personajes que es la piedra angular de la ficción, por lo menos de
tipo clásico. La observación de que “actos”, e incluso “hábitos” pueden ser incoherentes con un rasgo y que
dentro de una personalidad determinada puede haber rasgos contrapuestos es totalmente fundamental para la
teoría moderna del p ersonaje» (Chatman, 1990, p. 131 ).
261
a room re veals something about the person living there or the weather expresses the feelings of the
protagonist) (Janni dis, 2013, párr. 22) .
Para este autor son tres la s fuentes mediante las que se puede adscribir información
a un personaje: a) descripciones explíc itas en el texto (por ejemplo, «El personajes X es alto
y muy inteligente»); b) descripciones inf eridas del texto («El personaje X se dio con un a
lámpara que colgaba del techo, distraído como estaba resolviendo la ecuación más compl eja
que nadie había planteado»); y c) inf ormación que no tiene que ver con el personaje, pero
que culturalmente nos ayuda enmarcarlo («En el suelo de la habi tación se amontonan libro s
y un cenicero repleto de colillas»).
Como se explica en el apartado anterior, Uri Margolin propone una exposición un
tanto diferente al describir tres fuentes básicas de información en la caracterización de los
personajes, aunque, en cierto modo, vuelve sobre la misma clasificación que acabamos de
ver. En primer lugar , Margolin describe las «afirmaciones sobre elementos miméticos
dinámicos sobre los personajes» (como actos de habla, acciones, etc.); en segundo lugar , las
«afirmaciones sobre elementos miméticos fijos» (por ejemplo, descripción del físico, etc.); y,
por último, aborda la inf ormación propiamente textual (de tipo más formal)
78
(Margolin,
1986, p. 206).
Ot ra visión particular sobre la caracterización, que se aparta del enfoque más
extendido, es la de James Garvey, quien diferencia entre «atributos no estructurales» y
«atributos estructurales». Los últimos serían aquellos que se dan en la estructura profunda
narrativa, independientemente de los aspectos particulares de la narración, mientras que los
primeros serían los atributos específicos de cada personaje en cada caso concreto (Garvey,
1978, p. 69). Esta matización de Garvey es relevante, porque recuerda que existen rasgos que
se infieren por la existencia de unos patrones narrativos, y que no tienen por qué est ar
expuestos (ni explícitamente ni implícitamente) en el texto, sino que dependen del contexto
socio-cultural del lector.
Ahora bien, esta distinción también se infiere implícitamente de la diferenciación
expuesta por Schneider entre categorización ascendente y descendente (2001). Como se ha
explicado, la caracterización descendente (o categorización) es aquella en l a que el lector
inscribe a un personaje en una categoría pr eestablecida culturalmente con una serie de rasgos
generalizados. Lo más habitual es con siderar que dichas categorías son sociales (terroristas,
78
Como ya explicamos, nos parece desacertada esta división, ya que no es pos ible establecer una
división entre forma y contenido en los procesos de construcción de los personajes. Así, se puede dar una
metáfora en la descripción de un rasgo físico o, quizás, una hipérbole en la narración de una acción de un
personaje, las cuales n o solo mod ifican el contenido, sino que tam bién construyen sentido. Por lo tanto, a
nuestro parecer, no es posibl e establecer dicha frontera.
262
asesinos, dictadores, etc.). No obstante, también proponemos la existencia de patrones
narrativos a partir de los cuales se puede hacer una categorización descendente (el villano, el
héroe, etc.) y de arquetipos.
Tras esta última aclaración, podemos explicitar nuestra propia esquematización d e
una tipología de los rasgos que construyen discursiv amente a los personajes basada, en gra n
medida, en las teorías hasta ahora expuestas. Los diferentes tipos de rasgos que se dan en la
construcción de los personajes y que aislaremos en una segunda fase de la investigación son
los siguientes:
1. Rasgos atribuidos directamente al personaje en el texto:
1.1. Rasgos dinámicos: habla, acciones, interacciones, etc.
1.2. Rasgos estáticos: rasgos físicos, conduct uales, de la personalidad, etc.
2. Rasgos atribuidos indirectamente al personaje en el texto:
2.1. Rasgos atribuidos indirectamente por otros personajes.
2.2. Rasgos atribuidos indirectamente por el espacio.
2.3. Rasgos atribuidos indirectamente por el tiempo.
3. Rasgos atribuidos al personaje por su adscripción a unos patrones narrativos y
sociales.
263
5.3. T ERCERA FASE : A NÁLISIS DE LA CONSTR UCCIÓN RE TÓRICA QUE CONSTR UYE AL
PERSONAJE COMO U N SUJETO MALVADO
Llegados a este punto, 1) ya hemos decidido los parámetros p or los que nos regimos para
escoger a lo s «sujetos maléficos» que pretendemos analizar y 2) hemos concretado su
caracterización discursiv a mediante la selección d e rasgos que lo construyen, por lo que ya
podemos comenzar con el análisis retórico de l os personajes malvados con una base teórica
y metodológica fundamentada en la Retórica Constructivista. Co mo son muchas las vari ables
que podrían analizarse partiendo de esta disciplina, a continuación explicamos cuáles son los
focos de atención de esta investigación.
Nuestro análisis retórico se centra b ásicamente en el estudio de la tercera operación
retórica (la elocutio ) de las construcciones discursivas aisladas, sin que esto imp lique que
dejemos de lado las otras dos operaciones retóricas textuales precedentes ( inventio y dispositio ).
Esta elección metodológica nace, en primer lugar, de nuestras limitaciones como
investigadores (no podemos acceder al proceso de e laboración retórica, solo al resultado del
mismo); en segundo lugar , es fr uto de la certeza de que las tradi cionales fronteras entre la s
operaciones retóricas obedecen a un interés didáctico y que, en la práctica diaria discursiva,
se difuminan; y, en tercer lugar , porque consideramos que dichas operaciones ( inventio y
dispositio ) cristalizan en la elocutio (Pujante Sánchez, 2012). Explica Pujante Sánchez:
Todo lo que compone la inventio y la dispositio se manifiesta elocutivamente; y el nivel elocutivo es el
único nivel material, aquello con lo que contamos para hacer nuestro análisis o para manifestar nuestra
interpretación de un asunto social determinado (pues solo en estructuras discursivas se manifiesta el
entendimiento humano del mundo) (Pujante S ánchez, 2018, pp. 19- 20) .
La elocutio , la tercera de las operaciones retóricas textuales
79
, suele ir precedida en los
tratados teóricos por la inventio y la dispositio , y durante siglos se redujo a un mero ejercicio de
adorno y maquillaje del texto discursivo. Sin embargo, como señala Pujante Sánchez, se
deben apartar estos prejuicios cuando se aborde su complejidad analítica, ya que
su función no respondería ( en la tradición antigua retórica, previa al moment o reduccionist a referi do)
a un simple revestimiento con material lingüístico de lo concebido por medio de las dos operaciones
previas ( inventio y dispositio ), sino al acto que vuelve eficaz todas las previas potenc ialidades. Todo lo
anterior (la invención y la disposición), dice Quintiliano, es similar a la espada encerrada en su vaina;
elocucionar es hacer que la potencialidad de la espada, en este caso la del discurso, se haga acto (Pujante
Sánchez, 2012, p. 177).
79
Las operaciones textuales son aquellas destinadas a construir el texto discursivo ( inventio , dispositio ,
elocutio ), frente a las operaciones cuya finalida d es la consecución de la p ráctica oratoria ( memoria y actio ).
264
García Berrio, en su artículo «Retórica como ciencia de la expresividad (presupuestos
para una retórica general)», ya había señalado la necesidad de replantearse la tradicional
«identificación de res con inventio y de verba con eloc utio » (García Berrio, 1984, p. 26), y para
ello proponía profundizar en el ámbito de la macroestructura, en la semiología-narr atológica
o argumentativa y en psicología cognitiva (García Berrio, 1984, p. 26).
En esa línea trabajó años después Tomás Albaladejo, quien definió la elocutio como
«la operació n retórica por la que se obtiene una construcción lingüística que manifiesta la
construcción macroestructural correspondiente al nivel de la dispositio » (Albaladejo
Mayordomo, 1989 , p. 117). Y añade: «La elocutio es, pues, la verbalización de la est ructura
semántico-intensional del discurso, con la finalidad de hacerla comprensible por el receptor»
(Albaladejo Mayordomo, 1989, p. 117).
El paso que se ha d ado recientemente, gracias a las propuestas de académicos que
han trabajado en el desarrollo de la disciplina de la Retórica Constructivista (Pujante Sánchez,
2016, 2018), es el de repla ntear la tradicional dicotomía « res-verba » hasta el punto de
cuestionarla a nivel epistemológico en la const rucción discursiva de determinadas realidades
sociales (como por ejemplo, el mal ). A la luz de estas ideas, hay que estudiar el discurso
retórico en un contexto comunicativo determinado (hecho retórico) como una construcción
social creadora de significado.
Por lo tanto, cuando aquí afirmamos que realizamos un análisis de la elocu tio , hay que
señalar que no va a ser una mera enumeración de tropos y figuras como aderezos del texto
( sermo ornatus ). Los tropos y las figuras retóricas (y todos los elementos que conforman un
discurso) no son meros transmisores de información, sino que también son constructores de
significado, porque, como señala David Pujan te, «decimos lo que decimos porque lo decimos como
lo decimos » (2003, p. 191) .
Con estas premisas, nos enfrentamos al estudio d e la elocutio de las constru cciones
discursivas de los sujetos maléficos seleccionados. Pero otra vez son muchas las variables
que se pueden estudiar dentro de la elocutio retórica, y, por supuesto, son numerosísimas las
propuestas teóricas y metodológicas que abordan cada una de estas . Por ejemplo, podríamos
decidirnos por hacer un análisis de los tropos utilizados en estos corpus, o más
concretamente de las metáforas que aparecen, y la sola lectura de la literatura académica
dedicada al estudio de las metáforas supondría un tiempo y una dedicación propia de una
nueva tesis d octoral. Por esta razón, surge de nuevo el imperativo de la delimitación de los
objetivos.
271
5) Fase quinta o comedia románt ico-arcádica: en esta fase la idealización es total, ya
que el final de la trama se desdibuja en función del juico del público. Par a Fyre, «nos
adentramos en un mundo que es todavía más romántico, menos utópico y más arcádico,
menos festivo y más pensativo, en donde el final cómico menos tiene que ver con el modo
en que se desenlaza la trama que con las perspectiva del público» (Frye, 1991, p. 243) .
6) Fase sexta o comedia del colapso: en este fase, señala Fr ye, «las unidades sociales
de la comedia se vuelven pequeñas y esotéricas o h asta se limitan a un solo individuo» (1 991,
p. 245). Con esta fase muere la comedia, que queda reducida a u na sombra de lo que fue, al
ceder a la luz total del idealismo que representan los mythoi del verano o romances.
b) La trama narrativa romántica
En Anatomía de la crítica , F rye desarrol la la idea de q ue la trama narrativa romántica o « myt hoi
de verano» es, en esencia, idealista:
El romance es e l que más se acerca al sueño en que s e cumplen los deseos y, por tal razón, desempeña
una función social curiosamente paradójica. En todas las épocas, la clase social o intelectual
predominante tiende a proyectar sus id eales e n alguna forma de romance, en que los héroes virtuosos
y las bellas hero ínas representa n estos ideales y los villanos las amenazas a su ascendiente (Frye, 1991,
p. 245).
Esta trama narrativa genérica es el reflejo de una idealización, una proyección deseada
del mundo (sociedad), por lo que «por grande que haya sido el cambio ocurrido en la
sociedad, volverá a asomar el romance, tan hambriento como sie mpre, buscando alimentarse
de nuevas esperanzas y deseos» (Frye, 1991, p. 246). Existe, pues, de manera paralela a la
comedia, como la construcción narrativa de una realidad deseada o añorada.
Para Fr ye, el elemento esencial del romance es «la aventura, lo cual significa que el
romance es, por naturaleza, una forma de secuencia y procesión, razón por la cual lo
reconocemos más bien en la ficción que en el drama» (1991, p. 246) . El hecho de que el
elemento esencial del ro mance sea la « aventura» lleva a Fr ye a explicar la forma de la trama
narrativa romántica de la siguiente forma:
La forma cabal de romance es, a todas luces, la búsqueda lograda y esta forma tan consumada tiene
tres et apas fundamentales: la etapa del viaje peligroso y de las aventuras menores preliminares; el
combate decisivo, por lo común una especie de batalla en la que o bien el héroe o su enemigo o ambos,
deben morir; y la exalta ción del héroe (Frye, 1991, p. 246 ).
Esto es, para Frye el romance se construye en un a evolución en tres fases progresivas
(el viaje, la batalla y la exaltación), que avanzan por la dualidad existente entre el héroe y un
enemigo. A diferencia de lo que se produce en la tra ma narr ativa cómica, donde el antagonista
272
es un oposit or absurdo que se enfrenta al cambio, en el drama el enemigo es contrario al
héroe (no a su aventura). «El enemigo se asocia con el invierno, la oscuridad, la confusión, la
esterilidad, la vida moribunda y la vejez», dice Frye (1991, p. 247); mientras que el héroe es
todo lo contrario: «primavera, el alba, el orden, la fecun didad, el vigor y la juventud» (Frye,
1991, p. 247) .
En un ejemplo práctico explica Frye:
La forma central del romance de búsqueda es el tema de la matanza del dragón que se ejemplifica en
las historias de San Jorge y Perseo (…). Un país gobernado por un viejo indefenso es asolado por u n
monstruo marino, al que uno tras otro se le ofrecen jóvenes para ser devorados, hasta que la suerte
recae en la hija del rey: en este punto llega el héroe, mata al dragón, se casa con la hija y sucede en el
trono (Frye, 1991 , p. 249) .
Al igual que en la comedia, el romance parte de una dialéctica, entre héroe y enemigo,
por lo que «la sutileza y la complejidad no han de ser objeto de predilección. Los personajes
tienden a estar en favor de la búsqueda o en contra de ella» (Frye, 1991, p. 257). Así pues,
podemos observar muchos parámetros compartidos con la comedia, pero también muchas
diferencias esenciales con esta trama narrativa. Es to se debe a que, como ex plicamos en el
apartado anterior, Frye considera que cada trama genérica tiene seis fases, cada una de las
cuales se relaciona con la anterior y con la posterior. E n el caso del romance serían las
siguientes:
1) La primera fase o el mito del nacimiento del héroe: en este caso, nos encontramos
con que el héroe del relato es un bebé o un niño muy pequeño que encarna la posibilidad de
la consecución de un ideal. Este tipo de relat o, señala Frye, se ha estudiado minuciosamente
en los estudios morfológicos sobre narrativas folclóricas (1991, pp. 260-262) .
2) La segunda fase o de juventud del héroe: en esta fase, el papel de héroe es
encarnado por una persona joven o adolescente. S ubraya Frye que en estos relatos se da, a
menudo, «un mundo de leyes mágicas o apetecibles» y que se centra en un héroe juvenil
«arquetipo de la inocencia erótica» (1991, p. 263).
3) La tercera fase o romance de la búsqueda: este es para Fr ye el mode lo más puro
de romance. Su esencia reside en el concepto de aventura en una progresión en tres etapas:
viaje, combate y exaltación.
4) La cuarta fase o romance cómico: aquí hay que situar los romances que se
relacionan directamente con la comedia. Por tanto, esta etapa se corresponde también con la
cuarta de las tramas narr ativas cómicas; sin embargo, en el caso del romance «el te ma central
de esta fase es el de mantener la integridad del mundo inocente contra los ataques de la
experiencia. Así pues, adopt a a menudo la forma de una alegoría moral» (F rye, 1991, p. 264) .
273
5) La quinta fase: este modelo tiene mucha relación con el segundo. En él, también
hay un idilio contemplativo, pero en este caso se narra desde la experiencia. El misterio y la
inocencia se desvanecen (Frye, 1991, pp. 265- 266).
6) La sexta fase o del penseroso : es la misma que en la comedia, pero con un enfoque
diferente. Dice Frye: «en la comedia muestra cómo la sociedad cómica estalla en pequeñas
unidades o individuos; en el romance señala el final de un movimiento que va de la aventura
activa a la contemplativa» (1991, p. 266) .
c) La trama narrativa trágica
Si la trama narrativa cómica se asociaba con la primavera y el romance con el verano, el
siguiente paso es analizar los mythoi de otoño, es decir, la tragedia. «En el romance — dice
Frye — los personajes siguen siendo, en gran parte, personajes del sueño; en la sátira tienden
a ser caricaturas; en la comedia se tuercen sus acciones para adaptarlas a las exigencias del
desenlace fel iz» (1991, p. 271) . Por esta razón, a tra vés de la tragedia entra «el sentido de la
base natural auténtica del hombre» en la literatura (Frye, 1991, p. 271) .
Al igual que en el romance, la tragedia gir a en torno a un héroe. Ahora bien, en este
caso se trata de un personaje cuya grandeza empequeñece al público, pero que a su vez es
superado en el relato por otro elemento (Frye, 1991, p. 272). Así, «el héroe trágico se
encuentra típicamente en lo alto de la r ueda de la fo rtuna, a mitad de camino entre la sociedad
humana en el suelo y algo de mayor grandeza en el cielo» (Frye, 1991, p. 273) .
La tragedia, generalmente, se ha explicado mediante dos estructuras, que, a juicio de
Frye, son reductoras, pero no incorr ectas (ni contradictorias) (1991, p. 275). La primera de
ellas es la que considera que la tragedia revela la existencia de un destino externo, que guía al
héroe trágico de manera inevitable hacia su final (Frye, 1991, p. 275). Como explica Frye, «la
reducción fatalista de la tragedia conf unde la condición trágica con el proceso trágico: el
destino en la tragedia normalmente llega a ser externo al héroe solo después de que se ha
puesto en marcha el proceso trágico» (1991, p. 276) .
La segunda de las estructuras interpretativas de las trama narrativa trágica es la que
se basa en el entendimiento de que «el acto que desencadena el proceso trágico ha de ser
primordialmente una violación de la ley moral, sea humana o divina», con lo que esta tiene
una relación directa con el concepto de pecado (Frye, 1991, p. 276). De cualquier forma, el
héroe trágico está abocado al mismo desenlace fatal:
274
El poeta trágico sabe que su hér oe se va a encontrar con una s ituación trágica, pero ejerce todo su
poder para no dar la impresión de haber manipulado esta situación para sus propios fines. Nos
presenta a su héroe como Dios presenta a Adán a los ángeles. Si el héroe no ha tenido competencia
para no ceder, el modo es puramente irónico; si no ha tenido libertad para caer, el mod o es puramente
romántico (Frye, 1991 , p. 278) .
Por lo tanto, podemos deducir que las fases de la tragedia se mueven de lo romántico
a lo irónico. Veamos, pues, cuáles son las seis que propone Frye:
1) Primera fase: el héroe « recibe la mayor dignidad posible en contraste con el resto
de personajes» (Frye, 1991, p. 288). Es decir, nos encontramos ante un héroe claramente
idealizado y, por consiguiente, cercano a los relatos románticos.
2) Segunda fase o la tragedi a de la inocencia: al igual que ocurre con la segunda fase
del romance, nos encontramos con unos protagonistas genuinamente jóven es. Pero en este
caso, la trama no se resuelve con la batalla y la posterior exaltación, sino que son «la tragedia
de una vida juvenil truncada, como en las historias de Ifgenia y de la hija de Jefte, de Ro meo
y Julieta», etc. (Frye, 1991, p. 289) .
3) Tercera fase: según Frye, «es la que corresponde con el tema central de la búsqueda
en el rom ance, es la tragedia en la que el énfasis recae con fuerza en el éxito o la consumación
de la hazaña» (1991, p. 290). El problema con este tipo de relat os es que se produce una
paradoja, ya que existe u na victoria dentro de la tragedia. Por esta razón, muchas veces se
expresa «mediante una doble perspectiva en la acción» (Frye, 1991, p. 290), de tal forma que
el héroe será percibido simultáneamente como victorioso y trágico.
4) Cuarta fase: el héroe trágico cae como consecuencia de su personalidad (por su
hybris ) (Frye, 1991, p. 291).
5) Quinta fase o tragedia irónica: en este tipo de relatos el héroe poco a poco se va
haciendo má s terrenal (más mundano). Según e xplica Fr ye: «en la quinta fase el elemento
irónico va en aumento, disminuye el heroico y los personajes parecen más distantes y dentro
de una perspectiva más reducida» (1991, p. 291). En este caso, debido a la perspectiva irónica,
se sitúa a los personajes con un grado de libertad menor que el del público.
6) Sexta fase o tragedia del horror: las tragedias que se caracterizan por constr uir un
mundo de «choque y horror» (Frye, 1991, p. 292). Este tipo de escenas chocantes no son
exclusivas de esta fase de la tragedia, pero «en estas tragedias el héroe se encuentra en un
paroxismo o humillación demasiado grande como para obtener el pri vilegio de una postura
heroica» (Frye, 1991, p. 292) . Por consiguiente, hemos pasado del héroe trágico
completamente idealizado de la primera fase, a uno humillado y sin posibilidad de ser
exaltado.
275
d) La trama narrativa irónica o satírica
El siguiente paso, con el cual cierra el c írculo, es de los mythoi de invierno, es decir, de las
tramas narrativas irónicas o satíricas. Estos son «los patrones míticos de la experiencia», «los
intentos de dar forma a las ambigüedades y complejidades veleidosas de la existencia no
idealizada» (Frye, 1991, p. 293). Así pues, al igual que la comedia y la tragedia son polos
opuestos, la ironía y la sátira son, en esencia, una parodia del romance y de su idealización:
En calidad de estructur a, el pri ncipio central del mito iróni co se deja abordar mejor como pa rodia del
romance: la aplicación de las formas míticas románticas a un conte nido más realista que a ellas se
ajusta de modo insospechado. Nadie en el romance, protesta Don Quijote, jamás pregun ta quién paga
el alojamiento al héro e (Frye, 1991, p. 294) .
En cuanto a la diferenciación entre ironía y sátira, conside ra Frye que la «sátira es una
ironía militante» (Frye, 1991 , p. 294). Con ella se exponen una serie de normas morales, a
partir de las cuales se establece lo absurdo. Esto nos lleva al siguiente punt o:
Dos cosas, pues, son esenciales a la sátira; una es el ingenio o humor basado en la fant asía o en un
sentido de lo grotesco o de lo absurdo; la otra es un objeto de atacar. El ataque sin humor, o
reprobación pura, cons tituye uno de los lími tes de la sátira (Frye, 1991, p. 295 ) .
Para la presente investigación, centrada en una análisis retórico de las tramas como
elementos argumentativos, lo más relevant e de la explicac ión de Frye es su interpretación de
que el humor «se basa en la conven ción» (Frye, 1991 , p. 296). Se produce, por lo tanto,
mediante la oposición de las acciones a una serie de valores asumidos por el público, por lo
que de él se puede deducir muchas veces un trasunto moral. Así, diciendo sin decir, señalando
lo grotesco sin mostrar lo normal, se describen muchas veces una serie de valor es morales,
éticos o sociales que, aunque no son definidos, resultan necesarios como punto de partida
sobre los que ironizar y satirizar.
Llegamos al final del círculo propuesto por Frye, que se cierra con las seis fases de la
trama narrativa irónica-satírica que une, por un extremo, la tragedia y por otro, la comedia:
1) Primera fase o sátira de la norma inferior: en ella se «da por sentado un mundo
que abunda en anomalías, injusticias, locuras y crímenes, y que con todo es permanente, no
desplazable» (Frye, 1991, p. 297). Se c orresponde, por tanto, esta fase con la comedia irónica
en la que la sociedad humorística vence.
2) Segunda fase o comedia de evasión: el héroe huye «rumbo a una sociedad con la
que puede congeniar más, sin transfor mar la suya p ropia» (Frye, 1991, p. 301). En este blo que
podríamos englobar a la picaresca como contrapartida satírica (Frye, 1991, p. 301) .
276
3) Tercera fase o sátira de la norma superior: a diferencia de lo que ocurre c on la fase
anterior, en la que «se hace una defensa de lo pragmático contra lo dogmático» (Frye, 1991,
p. 308). En esta tercera fase se renuncia incluso al sentido comú n ordinario (Frye, 1991, p.
308). Esto se debe, según Frye, a que «el satírico no puede explorar todas las posibili dades
de su forma sin ver lo que va a ocu rrir si él pone en tela de juic io dichos supuestos. Esta es
la razón por la cual tan a menudo él somete la vi da ordinaria a un cambio de perspectiva
lógico» (1991, p. 309).
4) C uarta fase o el giro hacia la iro nía de la tragedia: se «contempla la tragedia desde
abajo» (Frye, 1991, p. 312). La trama trágica humaniza a sus personajes y «reduce al mínimo
el sentido de inevitabilidad ritual en la tragedia, ofrece explicaciones sociales y psicológicas a
la tragedia», de tal for ma que la tragedia humana pueda considerarse superflua (Frye, 1991,
p. 312) .
5) Quinta fa se o fatalista de la tragedia: «el énfasis pr incipal recae sobre el cicl o
natural, el giro uniforme e ininterrumpido de la rueda del destino o de la fortuna» (Frye, 1991,
pp. 312-313). Vemos pues cómo, poco a poco, la ironía se va desvaneciendo en este tipo de
relatos, aunq ue se mantiene por ser «menos moral y de u n interés más generalizado y
metafísico» (Frye, 1991, p. 313) .
6) Sexta fase, afirma Frye, «presenta la vida humana en términos de servidumbre, en
gran parte, sin mitigación» (Frye, 1991, p. 313). Considera este teórico de la literatura que
esta fase, en la actualidad, podrí a ejemplificarse con la novela 1984 de George Or well, una
parodia trágica de las tiranías del mundo globalizado (Frye, 1991, p. 313) .
Con la intención de ofrecer una perspectiva general se ha elaborado la sig uiente tabla ,
en la que se esquematiza el pensamiento de Frye, a la que sig ue un gráfico de las diferentes
etapas de la trama narrativa señaladas por este autor:
Comedia
Romance
Tragedia
Ironía o sátira
Característica
estructural
Proceso de
transformación
(de una sociedad
absurda a otra
deseada).
Relato de una
aventura en
tres fases: viaje,
batalla y
exaltación del
héroe.
Relato de una
caída a
consecuencia
del destino o de
una trasgresión
moral.
Parodia del
romance
mediante el
ataque y el
humor.
277
Característica
diferenciadora
Final armónico e
integrador.
Idealización.
Héroe trágico
de construcción
compleja.
No
idealización.
Tabla 5: Resumen de las trama s narrativas de Frye.
Gráfico 3: Las diferentes e tapas en cada trama narrati va según Frye (elaboración pro pia).
278
5.3.1.2. La respuesta de Frye a las críticas y nuestra propues ta analítica
Aunque en s u momento Anatomía de la crítica fue un hito en la Teoría de la Literatura del s iglo
XX, lo cierto es que po co después fue rechazada, al menos, parcialmente por la crítica
posmoderna que, entre otras razones, se oponía a cualquier poética con una intención
taxonómica t otalizadora. Fr ye, sin embargo, siguió desarrollando y matizando su propuesta
en obras posteriores (quizás hoy menos conocidas), pero que ampliaron notoriamente su
pensamiento. Algunas de las más importantes fueron El gra n código (1988) y Poderosas palabras
(1996) .
Glen Robert Gill explica que Poderosas palabras es, al margen de otras virtudes, una
interesante respuesta a la crítica posm oderna del a rquetipo (2018, p. 403) . En cierto modo ,
esta interpretación del libro de Frye es acertada. Ahora bien, Frye también critica la id ea
académica de que su poética es, en esencia, una muestra de la crítica arquetípica. Dice Frye :
Cada sociedad humana posee una mitología heredada, transmitida y diversificada por la literatura. La
mitología comp arada es un tema fascinan te, pero su es tructura se agota rápidamente cuando s e limita
a la configuración de patrones. Se da por supuesto que necesita cimentarse en la psicología y la
antropología; se da mucho menos por supuesto qu e su princip al y más importante parentes co sea con
la literatura (y la crítica de la literatura), que es la encarnación de una mitología en un contexto histórico
determinado. Por el contrario, la crí tica literaria que se desgaja de la mitología cortando sus propias
raíces culturales e históricas, se torna estéril con mayor rapidez. Existe cierta crítica que se conforma
con la desintegración analítica de textos como un fin en sí mismo; otra, estudia la literatura como un
fenómeno histórico o ideológico, y las obras como documentos que ilustran un fenómeno exterior a
la literatura. Sólo que, de este modo, dejamos de lado el principio estructural central según el cual la
literatura deriva del mito , el pri ncipio que da a la literatu ra su poder de comunicación a lo largo de los
siglos y de todos los cambios ideológicos. Tales principios estructurales están ciertamente
condicionados por factores sociales e históricos y, sin trascenderlos, conserv an una contin uidad de
forma que apunta hacia una iden tidad del organismo literario, distinta de todas sus adaptaciones al
entorno social (1996 , párr. 15-16).
Interesa especialmente esta visión, ya que se asimila con la interpret ación de las
tramas narrativas genéricas como espacios de consenso social (heredados, trasmitidos y
diversificados por la literatura) que aqu í se expone. Las construcciones discursivas se traman
como comedias, tragedias, romances o sátiras (en diferente gr ado), lo que permite que se
configuren interpretaciones sociales mediante una serie de parámetros narr ativos
compartidos que, aunque no sean explicitados, participan en el sentido final del discurso.
Por lo tanto, no abordamos los arquetipos como estructuras narrativas trascendentes,
casi genómicas, sino como estructuras narrativas sociales compartidas que residen en la
mente de los lectores y que pueden condicionar la interpretación del texto. No se trata de
vislumbrar las raíces de estas tramas genéricas, sino de observar cómo estas estructuras
narrativas se comparten socialmente, l o que las convierte, en definitiva, en predisposiciones
interpretativas narrativas (espacios de entendimiento común).
279
Una aplicación práctica de esta propuesta metodológica la encontr amos en
Metahistoria , de Hayden White (2014). En esta obra, este fil ósofo propone una poética en la
que aborda l a Historia como una construcción narrativa. Dice, al respec to de la construcción
del relato histórico, que el historiador ordena los hechos de la crónica en u na jerarquía d e
significación asignando las dif erentes funciones como elementos del relato d e modo que
revela la coherencia formal de todo un conjunto de acontecimientos (White, 2014, p. 18) .
Pues bien, si el relato histórico es una construcción narrativa y, como hemos visto,
existen una serie de tramas genéricas comunes aceptadas socialmente, se puede deducir que
también los relatos históricos se articulan en torno a estas concepcione s narrativas. Esto es
lo que White denomina la «explicación por la trama» (2014, p. 18):
Da el “significado” de un relato mediante la identificación del tipo de relato que se ha narrado. Si en
el curso de la narración de su relato el historiador le da la estructura de trama de una tragedia lo ha
“explicado” de una manera; si lo ha estructurado como comedia, lo ha “explicado” de otra. El tramado
es la manera en que una secuencia de sucesos organizada en un re lato se revela de manera gradual
como un relato de cierto tipo particular (2014 , párr. 18).
Por lo tanto, White muestra cómo estas tramas narr ativas genéricas estructuran el
relato histórico otorgándole un sentido. Este proceso retórico, como ha señalado después
David Pujante, es común a otros actos de comunicación social, como el periodismo, los
discursos políticos, etc. (Pujante Sánchez, 2017) , Ello permite cerrar el círculo de nuestr a
propuesta metodológica y est ablecer un puente entre las construcciones retóricas, literarias y
periodísticas que conforman nuestro corpus. Como dice White, la narrativa es un universal
humano transcultural y, por consiguiente, añadimos nosotros, un mecan ismo retórico capaz
de construir complejas realidades sociales:
Esto su giere que, lejos de s er un código entre muchos de los que pu ede utiliz ar una cultura para dotar
de significación su experiencia, la narrativa es un m etacódigo, un universal humano sobre cuya base
pueden trasmitirse mensajes transculturales acerca de la natu raleza de una realidad común (White,
1992, p. 17).
Figura 4: Esquema del protoco lo metodológico utiliz ado en esta tesis.
• Datos
• Documentos
• Experiencias
Acontecimientos
• Nivel manifiesto:
explicación por la
trama
Proceso retórico-
constructivo • Relato de una
serie de
acontecimientos.
Discurso (construc to
de una realidad
social)
280
La propuesta de White subraya la transformación discursiva que se produce cuando
en el relato histórico se pasa del acon tecimiento al hecho (acontec imiento significado). Esto es lo
que el filósofo de la historia denomina «tramar» e, influido por el pensamiento de Fr ye, White
también considera que existen cuatro «tramas» maestras en el pensamiento o ccidental a partir
de las cuales se puede dar esta «tran sformación» discursiv a de los acontecimientos a los
hechos.
Este paso del hecho al acontecimiento (hecho s ignificado) mediante la trama es,
como indica David Pujante Sánchez, un procedimiento discursi vo (2017, p. 85). Y, por
consiguiente, al igual que realiza en su artículo «I am and I am not Charlie. The discursive
conflict surrounding the attack on Charlie Hebdo» (Pujante Sánchez, 2017), aquí se propone
un análisis retórico de esta configuración narrativa de la realidad:
I adopt a straightforward approach proposed by White for dealing with history texts, yet which, due
to its rhetorical nature, proveequally valid for understanding the process of constructing modern-day
social discourse. I refer to the basic practice of turning events (the factual or informative dimension)
into facts (perceived as meaningful events) within a plot or interpretative narration of what has
happened. Endowing a series of facts with a plot-like nature is an essentially discursive operation
(Pujante Sánchez, 2017, pp. 84- 85) .
287
5.3.2.3. Metáfora
La metáfora es el principal tropo retórico. Se trata de una sus titución de un elemento X p or
un elemento Y, y este ocupa un lugar que le es ajeno. Al hacerlo, modifica y amplia el sentido
de la expresión discursiv a. Volviendo al ejemplo ci tado, al sustituir «dientes» por «perlas» en
la expresión «las perlas de tu boca», las «perlas» ocupan un lugar que les es aje no (el de
dientes), y, d e esta maner a, amplía el sig nificado de la expresió n «los dientes de tu boca » ,
porque resalta una serie de atributos (blancura, belleza, valía, etc.). Por consiguiente, como
explica Quintiliano, el traslado en la metáfora posee una fuerza significativa:
Por la metáfora se traslada una voz de su significado propio a otro donde o falta el propio, o el
trasladado tiene más fuerza. Esto lo hacemos, o porque la necesidad nos mue ve a ello, o porque
queremos significar más o con más decencia, como dije. Y cuando nada de esto tenga la tras lación,
será impropia (2004 , libro VIII, cap. VI, I).
La perspectiva más extendida en los estudios sobre las metáforas es la que trata este
dispositivo retórico a un nivel sintáctico. Por ejemplo, Albaladejo Mayordomo define la
metáfora como «un metasema de supresión -adición que consiste en la sustitución de un
elemento léxico por otro con el que tiene uno o varios semas en común» (1989, p. 149). No
obstante, también es posible estudiar la metáfora en niveles más amplios (como el discursivo)
si se amplía su defi nición. Por esta razón, partimos aquí de la genérica definición que hace
Burke de metáfora: «Metaphor is a device for seeing something in terms of something else»
(1941, párr. 421) . Estos tres autores aquí mencionados son solo una pequeña muestra de la
ingente cantidad de aproximaciones que existen a este tropo
85
.
85
La bibliografía en torno a la metáfora es muy abundante en la actualidad. David Pujante en su Manual de
retórica lleva a cabo un práctico repaso a la teoría sobre la metáfora del siglo XX (Pujante Sánchez, 2003, pp.
206 - 217) . Entre los múltiples y varia dos estudios que menciona, podemos destacar especialmente la
aproximación desde el cognitivismo de Lakoff y Johnson (2009) o la imprescindible obra de Paul Ricoeur
Metáfora viva (2001 ) .
El primero de estos, tit ulado Metáforas de la vid a cotidiana , parte de la premisa de que el ser humano, en
su día a día, realiza continuos procesos de metaforización al sustituir mediante el len guaje cuestiones abstractas
por experiencia corporizadas que condicionan nuestro entendimiento de la realidad. Dicen los au tores de esta
obra: «Nuestros conceptos estruct uran lo que percibimos, có mo nos movemos en el mundo , la manera en que
nos rela cionamos con otras personas. Así que nuestro sistema conceptual desempeña un papel central en la
definición de nuestras realidad es cotidianas. Si estamos en lo cierto al sugerir que nuestro sistema conceptual
es en gran medida metafórico, la manera e n que pensamos, lo que experimentamos y lo que hacemos cada día
también es en gran medida cosa de metáforas» (Lakoff & Johnson, 2009, p. 39). A partir de esta premisa, se
propone un interesante es tudio tipológico de las metá foras y su funcionamiento en el día a día.
Anterior a este libro, pero también de una imp ortancia capital en la teoría de la metáfora, es la obra de
Ricoeur Metáfora viva . En ella, aunque sigue defendiendo «la independencia del discurso filosófico en relación
con las proposiciones de sentido» (algo de lo que nos desmarcamos al obviar el abordaje ontológico de la
construcción de la realidad para centrarnos en el acceso a la misma desde un punto de vista epistemológico),
Ricoeur propone una reint erpretación de la metáfora como « el proceso retórico por el que el discurso libera el
poder que tienen ciertas ficciones de redescribir la realidad» (Ricoeur, 2001, p. 13). Una perspectiva que, sin
lugar a dudas, guarda mu chas similitudes con la propu esta que aquí hacemos.
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