El linaje maldito de Alfonso X. Conflictos en torno a la legitimidad regia en Castilla (c. 1275-1390)
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ISSN 2254-6901 | Vínculos de Historia, núm. 1 (2012) | Págs: 147-163 147 El linaje maldito de Alfonso X. Conflictos en torno a la legitimidad regia en Castilla (c. 1275-1390) the Cursed Lineage of Alfonso X. Conflicts around royal legitimacy in Castile (c. 1275-1390) Fernando Arias Guillén Centro de Ciencias Humanas y Sociales, CSIC University of Saint Andrews Fecha de recepción: 26.11.2011 Fecha de aceptación: 14.02.2012 RESUMEN La controvertida sucesión de Alfonso X puso en duda la legitimidad de sus descendientes, quienes vieron su posición cuestionada. Los conflictos en torno a la misma se prolongaron durante mucho tiempo, hasta el punto de que, en 1386, Juan I justificó sus derechos al trono a través de su parentesco con los infantes de la Cerda, al considerar que habían sido injustamente desposeídos de la corona un siglo antes. Un recorrido por los acontecimientos acaecidos en este período permitirá analizar con detenimiento la complejidad de la legitimidad regia, al detallar qué elementos la constituían, cómo se podía crear o destruir y su valor como arma política. PALABRAS CLAVE: Castilla, Siglos XIII-XIV, Poder Regio, Legitimidad, Sucesión ABStRACt Alfonso X´s controversial succession called into question the legitimacy of his offspring, whose position was constantly challenged. The conflict over this issue lasted a long time: in 1386, Juan I defended his right to the throne through his kinship with the Infantes de la Cerda, considering they had been unfairly deprived of the Crown a century earlier. An analysis through this period´s events will lead to a deeper knowledge of the complex topic of Royal Legitimacy. The elements used to build it, how it could be arised or destroyed or its value as a political weapon are some of the aspects that will be discussed. KEY WoRDS: Castile, XIIIth-XIVth Centuries, Royal Power, Legitimacy, Succession
148 | Vínculos de Historia, núm. 1 (2012) introducción En 1386, Juan de Gante, duque de Lancaster y tío de Ricardo II de Inglaterra, aspiraba a ocupar el trono castellano en razón de su matrimonio con Constanza, hija del depuesto y asesinado Pedro I1. Frente a esta amenaza, Juan I defendió sus derechos afirmando que él procedía del linaje de los de la Cerda, por su madre la reina doña Juana, que era nieta de don Alfonso de la Cerda, e visnieta del infante don Ferrando de la Cerda, que con derecho avía de heredar los regnos de Castilla, porque fue fijo legítimo primogénito del rey don Alfonso2. Este alegato suponía un cambio radical en el discurso de los Trastámara, ya que implicaba el rechazo de todos los reyes que habían sucedido a Alfonso X, lo que también afectaba a Alfonso XI, del que procedían los derechos dinásticos que había heredado Enrique II. La legitimidad, por tanto, descendía de la línea materna, al presentarse Juan I, a través de su madre, Juana Manuel, como sucesor directo de los infantes de la Cerda, que habían sido injustamente apartados del trono. En esta construcción ideológica, don Juan Manuel desempeñaba un papel clave, al servir también de eslabón en la continuidad dinástica con Fernando III (véase árbol genealógico al final)3. Dos años después, el Tratado de Bayona puso fin al conflicto, al acordarse el matrimonio entre el futuro Enrique III con Catalina de Lancaster, hija del pretendiente inglés. Sin embargo, esta disputa volvió a poner de actualidad, más de un siglo después, los enfrentamientos sucesorios que caracterizaron el reinado del rey Sabio y revelaba, de manera patente, los problemas de legitimidad que tuvieron que afrontar sus sucesores: el linaje maldito de Alfonso X. El problema sucesorio de Alfonso X (1275-1284) En 1275, Fernando de la Cerda, hijo mayor de Alfonso X, murió en Ciudad Real cuando se dirigía a la Frontera para enfrentarse a los benimerines, quienes habían cruzado el Estrecho. La Crónica de Alfonso X detalla cómo, desde ese momento, se planteó el conflicto sucesorio que su fallecimiento acarreaba. Mientras que Juan Núñez de Lara se comprometió ante el agonizante Fernando a criar a su hijo, Alfonso, y defender sus derechos al trono como sucesor del rey Sabio, el otro gran magnate del reino, Lope Díaz de Haro, se vinculó al infante Sancho, para que fuera este quien heredase la corona4. 1 Este artículo ha sido posible gracias al proyecto de investigación, financiado por el MEC, Los espacios del poder regio, ca. 1050-1385. Procesos políticos y representaciones. Subproyecto 2: Espacios y lugares del rey, cuya referencia es HAR2010-21725-C03-03, y a la Ayuda a la Movilidad Posdoctoral concedida por el Ministerio de Educación y Ciencia (número de referencia 2010-0038). 2 C. Rosell (ed.), Crónicas de los reyes de Castilla: desde Don Alfonso el Sabio, hasta los Católicos Don Fernando y Doña Isabel. Crónica de Juan I, Madrid, Atlas, 1953, vol. II, p. 112. En adelante se citará como Crónica de Juan I. 3 El importante papel ideológico que desempeñó don Juan Manuel en la dinastía Trastámara fue analizado en F. Gómez Redondo, “Don Juan Manuel, Trastámara”, Cahiers de Linguistique et de Civilisation Hispaniques Medievales, 25 (2002), pp. 163-181. Véase también C. Valdaliso Casanova, “La obra cronística de Pedro de Ayala y la sucesión monárquica en la Corona de Castilla”, Edad Media, 12 (2011), pp. 194-211. 4 También le recomendó que comenzara a firmar sus cartas como “fijo mayor heredero” M. González Jiménez (ed.), Crónica de Alfonso X, Murcia, Real Academia Alfonso X el Sabio, 1998, pp. 184-186. En adelante, se citará como Crónica de Alfonso X. En un diploma de noviembre de 1276, el infante ya firma de ese modo J. F. O´Callaghan, El rey Sabio: el reinado de Alfonso X de Castilla, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1999, p. 287. EL LINAJE MALDITO DE ALFONSO X. CONFLICTOS EN TORNO...
Vínculos de Historia, núm. 1 (2012) | 149 El derecho tradicional castellano favorecía la posición de este último: desde la muerte de Sancho II (1072), los hermanos menores habían heredado el reino en caso de fallecimiento del primogénito. Sin embargo, las Partidas reconocían a los hijos los derechos del padre difunto (Segunda Partida, Título XXV, Ley II). El apoyo de la mayoría de la nobleza y de los concejos a Sancho provocó que Alfonso X fallase en su favor y lo reconociese como su legítimo sucesor. Esta decisión no estuvo exenta de polémica y provocó la desafección de Juan Núñez de Lara, quien se convirtió en vasallo de Felipe III, y la enemistad del propio monarca francés, pues rompía el acuerdo nupcial de 12695. Sin embargo, la relación entre el monarca y su hijo se fue deteriorando en los años siguientes, produciéndose varios enfrentamientos entre ellos por diversos motivos, singularmente el destino de Alfonso de la Cerda, que se hallaba en poder del rey aragonés, Pedro III, tras haber intentado huir de Castilla con su madre y abuela. En 1282, Sancho envió mensajes por todo el reino para [tomar] boz contra el rey su padre por ellos e pedir merçet que los non matase nin los despechase nin los desaforase como avía fecho fasta estonçe. El infante recabó el apoyo de varios ricos hombres, en especial el clan de los Haro, y se erigió en defensor de la tierra frente a las injusticias cometidas por Alfonso X. En respuesta al levantamiento, el 9 de noviembre de 1282, el Sabio maldijo y desheredó públicamente a Sancho, aunque la Crónica de Alfonso X ocultó este hecho6. Aunque el dominio de Alfonso X quedó circunscrito a Sevilla, la contundente oposición papal, que puso en entredicho todos los territorios controlados por el infante, y las disensiones que se produjeron en su bando provocaron que Sancho buscase una avenencia con su padre para restituirle en el trono a cambio de que le nombrara heredero de nuevo. No obstante, y a pesar de la tendenciosa visión de la Crónica, que ocultó el testamento e incluso afirmó que el Sabio había perdonado a su hijo, el monarca murió en 1284 sin haber revocado su decisión7. Durante el conflicto que sostuvo Alfonso X contra Sancho apareció una leyenda sobre el monarca, a quien se acusaba de haber afirmado que si él hubiera estado presente cuando se creó el mundo, se habrían mejorado muchas cosas que se hicieron indebidamente. Al proferir tal blasfemia, fue condenado a morir solo y desheredado en vida. La anécdota, que nació con el sentido de criticar la soberbia regia, tuvo una enorme fortuna literaria, y fue reproducida en los años siguientes pero con un sentido diferente. En una de las nuevas versiones, elaborada durante en el enfrentamiento entre Pedro I y el futuro Enrique II, la blasfemia quedaba minimizada frente al levantamiento de Sancho y la maldición no se proyectaba al rey Sabio, de quien se presentaba una visión positiva, sino a sus descendientes. Por estos pecados, el reino sufriría enormemente hasta la cuarta generación (Pedro I), cuando vendría de Oriente quien restablecería el orden (Enrique II). De esta manera, dicha maldición, que afectaba al linaje de Alfonso X, se encabalgaba con la que él mismo había proferido contra su hijo8. 5 Crónica de Alfonso X, pp. 190-191 y nota 283 y M. González Jiménez, “La sucesión al trono de Castilla: 1275-1304”, Anales de la Universidad de Alicante. Historia Medieval, 11 (1997), p. 202. Con el matrimonio de Fernando de la Cerda con su hija Blanca, Felipe III renunciaba a su reclamación al trono castellano, que sostenía al alegar que Blanca de Castilla, madre de Luis IX, era mayor que Berenguela y tuvo que ser ella quien heredase el reino G. Martin, “Alphonse maudit son fils”, Atalaya, 5 (1994), p. 171. 6 Crónica de Alfonso X, pp. 221y 229 y nota 355. 7 Ibid., pp. 238 y 241 y nota 378. A partir de unas misivas enviadas por la cancillería real a Roma, P. Linehan plantea que pudo negociarse la reconciliación, pero que no llegaría a completarse P. Linehan, Spain, 1157- 1300. A partible Inheritance, Oxford, Blackwell, 2008, p. 203. 8 L. Funes, “La blasfemia del rey Sabio: itinerario narrativo de una leyenda”, Incipit, 13 (1993), pp. 54-57 y 14, (1994), pp. 70, 77 y 83-84. De manera similar, durante los primeros Trastámara también se crearía una FernanDo ariaS Guillén
150 | Vínculos de Historia, núm. 1 (2012) La maldición (o maldiciones) que pesaba sobre Sancho IV cuando comienza su reinado aparece como el pecado original que va a condicionar al monarca y a sus sucesores durante un siglo, poniendo en duda su legitimidad. Sancho iV y la búsqueda de un nuevo modelo regio (1284-1295) El controvertido acceso de Sancho IV al trono provocó que el monarca buscara nuevas fuentes de legitimación para asentar su poder. En primer lugar, decidió coronarse en Toledo, con toda la pompa posible, para manifestar que había heredado los reinos con derecho9. Hacía más de un siglo desde la última vez que un rey de Castilla (Alfonso VII) había participado en una ceremonia similar, por lo que resulta evidente el interés de afianzar su cuestionada posición. Su política propagandística no se limitó a dicho acto, sino que intentó crear una nueva imagen regia, asentada en una visión clerical y religiosa en la que el monarca actuaba como puente entre Dios y el mundo. Este pensamiento quedó claramente expuesto en la obra que encargó realizar una vez concluida la inestabilidad que caracterizó los primeros años de su reinado: los Castigos y documentos del rey don Sancho10. Se trata de un texto apologético, escrito entre 1292 y 1293, que buscaba justificar su matrimonio con María de Molina, ilícito a ojos de la Iglesia, y, sobre todo, la legitimidad de sus derechos sucesorios: E nos, el rey don Sancho, que fezimos este libro, heredamos los regnos que auie nuestro padre el rey don Alfonso por que el infante don Ferrnando era mayor que nos, seyendo el casado e auiendo fijos, murio grand tiempo ante que el rey nuestro padre finase. Ca si el un dia visquiera mas que nuestro padre, non ouieramos nos ningund derecho en el regno. Mas ordenamiento fue de Dios que fuese asi11 En relación con esta imagen, no resulta sorprendente que Sancho IV también fuese el único monarca castellano al que se le reconociesen poderes curativos. El debate sobre la taumaturgia de los reyes de Castilla es longevo y conocido. Algunos autores, especialmente J. M. Nieto Soria, consideran que el origen divino de la monarquía era un rasgo fundamental en el discurso ideológico de la Corona castellana, al igual que sus homólogas europeas. Dentro de esta imagen sacra, existía una creencia popular en su capacidad taumatúrgica, como demuestra una célebre anécdota recogida en las Cantigas de Santa María12. Por profecía similar, según la cuál Merlín vaticinó que la maldición de Alfonso X contra su hijo se haría efectiva en la cuarta generación G. Martin, “Alphonse maudit son fils”…, p. 176. 9 P. Linehan, History and the historians of Medieval Spain, N. York, Oxford University Press, 1993, pp. 446- 447. 10 Un análisis sobre la motivación y contexto de creación de la obra se puede encontrar en la introducción de H. Ó. Bizarri (ed.), Castigos del rey don Sancho IV, Frankfurt, Vervuet, 2001 y en F. Gómez Redondo, Historia de la prosa medieval castellana. I La creación del discurso político: el entramado cortesano, Madrid, Cátedra, 1998, pp. 920 ss. 11 H. Ó. Bizarri (ed.), Castigos del rey don Sancho IV…, Capítulo XV. 12 Según una de las Cantigas de Santa María, una mujer llevó a su hija ante el rey, confiando en que este pudiera curarla de la enfermedad que tenía en la garganta (escrófulas). Alfonso X afirmó que era una necedad pensar que los reyes tenían capacidades sanadoras: lo que tenía que hacer era llevar a su hija ante la Virgen, quien la curó W. Mettmann (ed.), Cantigas de Santa María, Madrid, Castalia, 1986-1989, vol. III, Cántiga 321. Pese a las palabras del rey Sabio, J. M. Nieto considera que este también concebía la capacidad milagrosa de su figura, no a través de sus manos, sino como intercesor y representante de la divinidad J. M. Nieto EL LINAJE MALDITO DE ALFONSO X. CONFLICTOS EN TORNO...
Vínculos de Historia, núm. 1 (2012) | 151 el contrario, T. Ruiz, P. Linehan o A. Rucquoi sostienen que la función militar del rey era su principal fuente de legitimidad, por lo que la monarquía siempre buscó proyectar una imagen eminentemente marcial13. Si no se tiene en cuenta el caso reflejado en las Cantigas, el cual no atestigua la existencia de la taumaturgia, más bien al contrario, el único ejemplo conocido se le atribuía a Sancho IV, quien fue capaz de realizar un exorcismo y expulsar un demonio del cuerpo de un hombre, según refería Álvaro Pelayo en su Speculum regum14. P. Linehan incide en la necesidad del Bravo de legitimarse para que se le confirieran esos poderes, algo insólito en la tradición castellana15. Tras las Cortes de Haro (1288), la conquista de Tarifa (1292) y su heroica defensa dos años más tarde, la Crónica de Sancho IV presentaba una situación estable en el reino, destacando que el único inconveniente que afrontaba el monarca era la nueva rebelión de Juan Núñez de Lara, quien se había marchado a Francia16. No obstante, en 1295, el rey enfermó de gravedad y falleció. Su deceso dejaba el trono a un niño de nueve años y provocaba un nuevo conflicto sucesorio. En el Libro de las Armas, escrito 40 años más tarde y en pleno enfrentamiento con Alfonso XI, don Juan Manuel ofreció una versión menos edulcorada que la crónica real, al afirmar que, en su lecho de muerte, el Bravo reconoció las causas de su mal: non es muerte de dolençia mas es muerte que me dan mios pecados et señaladamente por la maldición que me dieron mio padre por los muchos merecimientos que les yo mereçi17. El reino al borde de la escisión: la época de Fernando iV (1295-1312) Entre 1295 y 1301, el poder real en Castilla afrontó una situación crítica. Además de tener que afrontar un período de minoridad hasta que el monarca alcanzase la edad suficiente para reinar de manera efectiva, la legitimidad de Fernando IV resultaba dudosa. El matrimonio de Sancho IV con su tía-prima María de Molina era rechazado por la Iglesia, Soria, “Origen divino, espíritu laico y poder real en la Castilla del siglo XIII”, Anuario de Estudios Medievales, 27 (1997), pp. 43-102. Sobre el origen divino del poder regio en Castilla véase también J. M. Nieto Soria, Fundamentos ideológicos del poder real en Castilla (siglos XIII-XVI), Madrid, Eudema, 1988. 13 T. Ruiz, “Une royauté sans sacré: la monarchie castillane du Bas Moyen Âge”, Annales E. S. C., 39 (1984), pp. 429-453, P. Linehan, “Frontier kingship. Castile 1250-1350”, en La royauté sacrée dans le monde chrétien. Colloque de Royaumont, mars 1989, París, École des hautes études en sciences sociales, 1992, pp. 71-79 y A. Rucquoi, A, “De los reyes que no son taumaturgos: los fundamentos de la realeza en España”, Relaciones. Estudios de historia y sociedad, vol. XIII, nº 51 (1992), pp. 55-100. 14 M. Pinto de Meneses (ed.), Spelho dos reis, Lisboa, Instituto de Alta Cultura, 1955-1963, dos vols. 15 P. Linehan, “Frontier kingship…”, p. 87. F. Tang considera que el ejemplo respondía al deseo del autor de no menoscabar la posición de los reyes castellanos frente a los franceses, de ahí que se limitara a poner un ejemplo de práctica taumatúrgica que sí estaba avalada por la Iglesia F. Tang, “El “Rex Fidelissimus”: rivalidad hispano-francesa en la Castilla de Alfonso XI (1312-1350)”, Studia historica. Historia medieval, 20-21 (2002-2003), pp. 202-203. 16 C. Rosell (ed.), Crónicas de los reyes de Castilla: desde Don Alfonso el Sabio, hasta los Católicos Don Fernando y Doña Isabel. Crónica de Sancho IV, Madrid, Atlas, 1953, vol. I, pp. 85-86. En adelante se citará como Crónica de Sancho IV. En el tratado de Bayona de 1290, Felipe IV había renunciado a sus posibles derechos al trono y se había ratificado el acuerdo de Lyon de 1288, en el que se compensaba económicamente a Blanca de Francia J. M. Nieto Soria, Sancho IV: 1284-1295, Palencia, La Olmedilla, 1994, p. 104. 17 J. M. Blecua Teijeiro (ed.), Don Juan Manuel. Obras completas, Madrid, Gredos, 1981, vol. I, pp. 137-138. Cuestión analizada en F. Gómez Redondo, “Don Juan Manuel, Trastámara”..., p. 171. FernanDo ariaS Guillén
152 | Vínculos de Historia, núm. 1 (2012) que lo calificó de “incestas nupcias”18, lo que ponía en entredicho la posición del jovencísimo rey, por lo que la reclamación al trono de Alfonso de la Cerda volvió a aparecer en escena con un nuevo ímpetu. María de Molina consiguió que varios ricos hombres reconocieran a Fernando IV como legítimo heredero, pero se tuvo que enfrentar a una alianza compuesta por Alfonso de la Cerda, que se había proclamado rey de Castilla en Sahagún; el infante Juan, tío del monarca, que había hecho lo propio en León; y Jaime II de Aragón, que se anexionó el reino de Murcia19. A pesar de ello, la reina consiguió sostener la causa de su hijo y en 1300 consiguió reintegrar al infante Juan a su bando, quien renunció sus derechos sobre León y recibió una serie de posesiones a cambio de su reclamación sobre Vizcaya. En noviembre del año siguiente, Fernando IV recibió las cartas de legitimación de Roma, lo que supuso un espaldarazo definitivo a su posición, pues fincaba el Rey señor é rey de todos los reinos de Castilla é de Leon é sin ninguna mala voz20. Para que la sentencia de la Crónica fuese completamente cierta tuvieron que pasar tres años, cuando Alfonso de la Cerda cesó en su lucha por el trono a cambio de propiedades que valían unos 400.000 maravedíes21. Aunque la parte del septentrional del reino de Murcia quedó definitivamente en manos del monarca aragonés, la Corona castellana fue capaz de mantener su integridad territorial. A partir de ese momento, la legitimidad de Fernando IV dejó de ser puesta en cuestión, pero el poder regio no gozaría de un período de estabilidad muy duradero. En 1312, el monarca falleció de manera súbita, dejando en el trono a su hijo Alfonso, con apenas un año de edad. La consolidación de la legitimidad regia: la época de Alfonso Xi (1312-1350) La minoridad de Alfonso XI fue un período convulso, caracterizado por los constantes enfrentamientos entre los tutores del rey, y en el que, durante la etapa final (1319-1325), se asistió a la práctica descomposición de la autoridad de la Corona. Sin embargo, desde que el joven monarca empezó a gobernar de manera efectiva, se produjo un paulatino proceso de fortalecimiento del poder regio caracterizado por la exitosa integración de la nobleza en su bando. A partir de 1337, se puede afirmar que la monarquía castellana había conseguido asentar su posición preeminente en el reino de manera casi incontestada, dando por terminada la época de conflictividad que arrancó en 127222. La legitimidad de Alfonso XI, si bien nunca resultó tan cuestionada como la de sus antecesores, se consolidó definitivamente a partir de su ascenso al trono. En 1330, Alfonso 18 J. M. Nieto Soria, Sancho IV…, pp. 21-24 y 47-48. 19 C. Rosell (ed.), Crónicas de los reyes de Castilla: desde Don Alfonso el Sabio, hasta los Católicos Don Fernando y Doña Isabel. Crónica de Fernando IV, Madrid, Atlas, 1953, vol. I, pp. 95-102. En adelante, se citará como Crónica de Fernando IV. Según el reparto que habían decidido, el Infante Juan reinaría en León, Galicia y Sevilla, Alfonso de la Cerda en Castilla, Toledo, Córdoba y Jaén, quedando Murcia para el monarca aragonés M. González Jiménez, “La sucesión al trono de Castilla…”, p. 211. 20 Crónica de Fernando IV, vol. I, pp. 117-119. Fernando IV fue aceptado como rey por el Papa, Bonifacio VIII, aunque la Iglesia nunca reconoció el matrimonio de María de Molina P. Linehan, History and the historians…, p. 447. 21 Crónica de Fernando IV, vol. I, p. 136. 22 C. Estepa Díez, “The Strengthening of Royal Power in Castile under Alfonso XI”, en Building Legitimacy. Political Discourses and Forms of Legitimation in Medieval Societies, Leiden-Boston, Brill, 2004, p. 179. Véase también F. Arias Guillén, Entre el fortalecimiento del poder regio y la Reconquista. La política militar castellana durante el reinado de Alfonso XI (1312-1350), (Tesis Doctoral inédita), Universidad de Castilla-La Mancha, 2010. EL LINAJE MALDITO DE ALFONSO X. CONFLICTOS EN TORNO...
Vínculos de Historia, núm. 1 (2012) | 153 de la Cerda se sometía, de una vez por todas, a la autoridad regia. La Crónica de Alfonso XI enfatizaba la importancia de este acto, al recordar los males que había padecido la tierra por este conflicto y que este personaje fue el mayor contrario que los Reyes su avuelo et su padre ovieron en sus vidas23. La legitimidad regia recibió un nuevo impulso con la fastuosa ceremonia de coronación de 1332. El monarca se dirigió, en primer lugar, a Santiago, donde fue investido caballero por el propio apóstol, y luego fue a Burgos, lugar en el que, días después, se produjo la coronación en sí, oficiada por el arzobispo de Santiago, Juan de Limia24. El acto estuvo cargado de simbolismo, desde el detalle de que Alfonso de la Cerda fuera quien le pusiera una de las espuelas (signo inequívoco del triunfo del Onceno sobre el antiguo pretendiente), hasta el hecho, nada casual, de que el propio monarca tomase la corona y se la impusiera a sí mismo. El mensaje que se pretendía enviar resultaba inequívoco: el poder regio, tras varias décadas cuestionado, había vuelto25. Además de estos acontecimientos, Alfonso XI ordenó elaborar un proyecto historiográfico de enorme ambición que sirviera para consagrar su figura. Para ello, encargó a Fernán Sánchez de Valladolid que continuase el relato cronístico de los reyes castellanos, interrumpido tras la muerte de Fernando III, ya que la Estoria de España del Sabio tenía una estructura e intencionalidad distinta. De ese modo, el cronista vallisoletano escribió la Crónica de Alfonso X, la Crónica de Sancho IV, la Crónica de Fernando IV y la Crónica de Alfonso XI. El propósito del monarca consistía en erigir el soporte ideológico adecuado que sirviera de preámbulo a su propio reinado, para así mostrarse como “el colofón de un linaje ya memorable”. En dicho discurso, se proyectó una imagen idealizada de Sancho IV, ya que su papel resultaba crucial para la legitimación dinástica del Onceno26. La figura de Sancho despunta en el crítico año de 1275. Mientras que Alfonso X se hallaba fuera del reino, en su último intento de proclamarse emperador, los benimerines cruzaron el Estrecho. Cuando el desastre militar parecía inevitable, tras las muertes en combate de Nuño González de Lara y el arzobispo de Toledo y el fallecimiento de Fernando de la Cerda, la resoluta intervención del infante consiguió salvar la situación. A su retorno, el Sabio era plenamente consciente de que había sido Sancho quien había amparado al reino en tal difícil trance27. 23 C. Rosell (ed.), Crónicas de los reyes de Castilla: desde Don Alfonso el Sabio, hasta los Católicos Don Fernando y Doña Isabel. Crónica de Alfonso XI, Madrid, Atlas, 1953, vol. I, p. 228. En adelante, se citará como Crónica de Alfonso XI. P. Martínez, recalca el contraste entre un hombre acabado y la condescendencia y actitud benévola de un rey seguro de sí mismo y cómo Fernán Sánchez de Valladolid, cronista regio, omitió el origen de la disputa, pues no podía conceder ningún argumento que pudiera socavar la legitimidad de Alfonso XI, P. Martínez, “La historia como vehículo político: la figura real en la Crónica de Alfonso XI”, Espacio, tiempo y forma. Serie III, 13 (2000), p. 227. 24 Crónica de Alfonso XI, vol. I, pp. 233-235. 25 P. Linehan considera que también la próxima llegada de un heredero y el deseo de acrecentar su prestigio externo con la creación de la Orden de la Banda instigaron al monarca a realizar esta ceremonia. Además, señala que, al contrario de lo que afirmaron C. Sánchez Albornoz, S. de Moxó y P. Ramos, la coronación no siguió el rito escurialense. P. Linehan, “Ideología y liturgia en el reinado de Alfonso XI de Castilla”, en Génesis medieval del Estado Moderno: Castilla y Navarra (1252-1370), Valladolid, Ámbito, 1987, pp. 230-231. Sobre la coronación véase también P. Ramos Vicent, P., Reafirmación del poder monárquico en Castilla: la coronación de Alfonso XI, Madrid, Universidad Autónoma, Departamento de Historia Medieval, 1983. 26 F. Gómez Redondo, Historia de la prosa medieval castellana..., pp. 971 y 977. La expresión fue acuñada en P. Martínez, “La historia como vehículo político…”, p. 229. 27 E commo quiera que ante lo amaua commo a su fijo, pero dende adelante óuole mejor voluntat e amólo e preçiólo mucho Crónica de Alfonso X, p. 189. FernanDo ariaS Guillén
154 | Vínculos de Historia, núm. 1 (2012) Desde su nombramiento oficial como heredero, la Crónica mostraba a Sancho haciendo las labores propias de un monarca, como ir por la tierra faziendo justicia28. Su prefiguración futura como rey tenía incluso un sentido providencialista, hasta el punto de que le llego a decir a su padre: Sennor. No me fezistes vos, mas fízome Dios et fizo mucho por me fazer, ca mató a vn hermano que era mayor que yo e era vuestro heredero destos regnos si él biuiera más que vos. [E] non lo mató por al sy non porque lo heredase yo después de vuestros días29. En el espinoso asunto de la rebelión, la Crónica buscó exculpar a Sancho en todo momento. Por un lado, se ensalzaba su nobleza, al recalcar que se negaba a ser llamado rey mientras su padre siguiera vivo. Además, no solo obviaba la maldición y desheredamiento pronunciado por Alfonso X, sino que se afirmaba que, en su lecho de muerte, el Sabio había perdonado a su hijo, al justificar su levantamiento como un pecado de juventud (mançebía)30. Como no podía ser de otro modo, el cronista también justificó el polémico matrimonio de Sancho IV con María de Molina y, por tanto, la legitimidad de su padre, Fernando IV. El texto señala cómo el Bravo, a pesar de no recibir dispensación papal, no desistió de su empeño, al alegar que de enlaces así surgieron grandes reyes que ensancharon sus dominios contra los enemigos de la fe y fueron provechosos para Castilla31. La propia María de Molina, figura fundamental del bando regio durante todo este período, era descrita de manera sumamente positiva, defendiendo la herencia que por derecho le correspondía a su hijo y negándose a renunciar a ninguna parte del reino ya que Dios y la justicia estaban de su lado32. De ese modo, el reinado de Alfonso XI supuso un hito fundamental para el poder regio, al producirse un impulso decisivo en el asentamiento de su autoridad y afianzar los derechos dinásticos del monarca y de sus cuestionados antecesores. Sin embargo, Pedro I fracasaría estrepitosamente al subir al trono, desencadenándose un nuevo conflicto en torno a la legitimidad regia. La deposición de Pedro i y el advenimiento de los trastámara (1350-1388) Pedro I fue incapaz de mantener el equilibrio con la nobleza que caracterizó el reinado de su padre y, en los momentos de disensión, optó por la eliminación física de sus enemigos en lugar de abogar por una política conciliatoria que le permitiera reintegrarlos en su bando. La situación llegó al extremo de provocar una guerra en la que el Cruel fue derrotado y asesinado por Enrique de Trastámara, quien se convirtió en el nuevo rey y recuperó el consenso tras la etapa autoritaria que había caracterizado el gobierno de su hermanastro33. 28 Ibid., p. 205. 29 Ibid., p. 219. 30 Ibid., p. 233 y 241. 31 Crónica de Sancho IV, vol. I, p. 73. 32 Crónica de Fernando IV, vol. I, pp. 101-102. Sobre la importancia de la reina y el “molinismo” véase F. Gómez Redondo, Historia de la prosa medieval castellana... 33 C. Estepa Díez, “The Strengthening of Royal Power…”, pp. 212-213 y “La monarquía castellana en los siglos XIII-XIV. Algunas consideraciones”, Edad Media. Revista de Historia, 8 (2007), p. 80 y F. Foronda, “S´emparer du roi. Un rituel d´intégration politique dans la Castille trastamare”, en Coups d´État à la fin du Moyen Âge? Aux fondements du pouvoir politique en Europe occidentale. Colloque international (25-27 novembre 2002), Madrid, Casa de Velázquez, 2005, p. 215. EL LINAJE MALDITO DE ALFONSO X. CONFLICTOS EN TORNO...
Vínculos de Historia, núm. 1 (2012) | 155 La deposición y muerte de un monarca medieval suponía un acontecimiento excepcional que necesitaba una profusa justificación, por lo que la figura de Pedro I debía ser completamente deslegitimada para que resultara aceptable su derrocamiento y eliminación física. Por otra parte, Enrique II tuvo que crear su propia legitimidad para poder acceder al trono, ya que, en un principio, su condición de hijo natural de Alfonso XI no le daba ningún derecho desde el punto de vista hereditario. En 1350, la grave enfermedad del monarca, aún joven y sin descendencia, hizo que en la corte castellana se plantease quién debería ser su sucesor en caso de que muriese, si el infante Fernando de Aragón, sobrino del Onceno, o Juan Núñez de Lara, hijo de Fernando de la Cerda. Resulta significativo que, en ningún momento, se consideró entonces que Enrique pudiera ser un candidato factible34. C. Estepa analizó el desarrollo de ambos procesos a través de la obra cronística del canciller Ayala, quien elaboró una narración de los acontecimientos que justificase la caída de Pedro I y su sustitución por Enrique II. En el incidente de Toro (1354), el principal objetivo de la crítica no era aún el rey, sino sus validos. Tras este suceso, el monarca desató un baño de sangre movido por sus ansias de venganza (saña) que le hizo perder su legitimidad, al convertirse en un tirano. La propaganda trastamarista acusaba a Pedro I de haber matado, desastrado y hecho pecheros a los fijosdalgo, calificándolo de enemigo de Dios y la Iglesia y protector de judíos y moros, como se especificaba en la carta que Enrique escribió en 1366 al concejo de Covarrubias35. En 1360, el candidato a sustituir a Pedro I aún era Fernando de Aragón. Sin embargo, Enrique ya coqueteaba con la idea de convertirse en monarca, de ahí el enfrentamiento con el infante por encabezar el ejército invasor que planeaba entrar en Castilla. Aunque la deposición del Cruel, en pleno contexto de guerra con Aragón, no resultaría tan difícil de justificar, ganar la legitimidad necesaria para postularse como rey sería un proceso más largo. En 1363, tras la muerte de Fernando, los acuerdos de Enrique con Pedro IV revelan que ya se empezaba a contemplar que el Trastámara se convirtiera en monarca. La entrada de Enrique II en Burgos, en 1366, supondría un hito decisivo para consagrar su legitimidad. Pedro I abandonó la localidad para huir a Sevilla, por lo que el concejo le pidió que los liberase del pleito y homenaje que con él tenían, a lo que accedió. A continuación, el municipio envió emisarios al pretendiente para que fuese a la ciudad y así jurase sus privilegios y le tomaran como monarca. El reconocimiento de Burgos resultaría fundamental, al ser cabeza de Castilla y cámara del rey. La ceremonia de coronación en las Huelgas y los reconocimientos de Toledo y Sevilla, las otras grandes ciudades del reino, sirvieron para afianzar su posición y las Cortes de Burgos de 1366-1367 supondrían el aldabonazo definitivo, al ser aceptado como monarca por los estamentos del reino y su hijo Juan como heredero. Pedro I, auxiliado por el Príncipe Negro, invadió el reino y consiguió recuperar temporalmente el poder, pero, en 1369, fue asesinado por su hermanastro en Montiel. Dos años más tarde, los últimos focos petristas del reino, en Galicia y Andalucía, se sometieron al Trastámara. Es decir, la legitimidad de uno y otro monarca no se resolvió de manera definitiva hasta la derrota y muerte del Cruel36. 34 G. Orduña (ed.), Crónica del rey don Pedro y del rey don Enrique, su hermano, hijos del rey don Alfonso Onceno, Buenos Aires, Seminario de Edición y Crítica textual. Incipit, 1994, cap. 9. En adelante se citará como Crónica del rey don Pedro y del rey don Enrique. 35 C. Estepa Díez, “Rebelión y rey legítimo en las luchas entre Pedro I y Enrique II”, Lucha política. Condena y legitimación en la España medieval. Cahiers de Linguistique et de Civilisation hispaniques medievales. Annexe 16, Lyon, ENS, 2004, pp. 43-61 36 Ibid., pp. 50-57. FernanDo ariaS Guillén
162 | Vínculos de Historia, núm. 1 (2012) propio monarca y su relación con la elite del reino se consideraban los elementos realmente primordiales, por lo que ya no había nada que temer. Esta situación también se observa en las rebeliones que sufrieron Alfonso X y Pedro I. Los elementos dinásticos o incluso providencialistas estaban presentes, como el mito de que el Cruel en verdad era hijo del judío Pero Gil o la leyenda de la maldición que pendía sobre el rey Sabio74. Sin embargo, cobraban una mayor importancia las cuestiones referidas a su relación con el resto de la sociedad del reino. El levantamiento contra Alfonso X le acusaba de maltratar a los fijosdalgo, a los que había matado, desaforado y obligado a pagar impuestos75. Exactamente los mismos argumentos fueron utilizados por Enrique II, en su misiva al concejo de Covarrubias, para justificar la deposición de Pedro I en 136676. Se puede también trazar un evidente paralelismo con la caída y muerte de Eduardo II de Inglaterra, en 1327, pues, entre otros elementos, se le achacó su incapacidad de gobernar y el haber asesinado, encarcelado, exiliado y desheredado a los grandes del reino77. De este modo, considero que los problemas que tuvo que sortear el poder regio en este siglo estuvieron provocados por los conflictos nobiliarios que caracterizaron el período, no por una quiebra de su legitimidad. La legitimidad regia era tan sumamente variable, dúctil y manipulable que constituía un arma política de importancia, pero no puede considerarse la causa última que provocara estas luchas. La ausencia de unos criterios dinásticos fijos permitía abrir las posibilidades de sucesión en determinados momentos y, cuando este elemento no se sostenía, siempre existía la posibilidad de apelar a la capacitación o la actuación del monarca para cuestionar o defender su legitimidad. La conflictividad comenzó en el reinado de Alfonso X, pero quizás habría que situar su inicio no en 1275, cuando murió el infante Fernando, sino en 1272, cuando la nobleza del reino se levantó contra el monarca. Aunque algunos actores cambiaron de bando, muchos de los elementos de dicha revuelta se repitieron en el levantamiento de Sancho. De esa manera, la llegada al trono del Bravo incluso se puede interpretar como un triunfo de la facción anti-Lara, encabezada por los Haro78. Alfonso XI recompondría la situación al conseguir integrar a toda la nobleza de su lado, pero el autoritario gobierno de Pedro I volvería a romper el consenso y provocaría un nuevo enfrentamiento79. En este contexto de enfrentamiento nobiliario es en el que se debe insertar la cuestión de la legitimidad regia, no como el desencadenante de los acontecimientos sino como un recurso que los distintos bandos podían utilizar para socavar la posición del enemigo o afianzar la propia. La legitimidad regia no resultaba una cuestión baladí, como prueba la proliferación de ceremonias de coronación que hubo en este período, lo que contrastaba con la excepcionalidad de este ritual en la tradición castellana anterior. Sin embargo, en última instancia tendría un valor relativo, siempre dentro de unos límites, ya que estaría sujeta a múltiples variaciones y manipulaciones en función del contexto. Una prueba fehaciente de ello es el argumento con el que Juan I defendía sus derechos frente al pretendiente inglés. Su alegato basado en la línea materna de su linaje no solo suponía una completa innovación respecto a la tradición anterior, sino que, además, era falso, pues él no era nieto de Alfonso de la Cerda, sino de su hermano menor, Fernando. 74 L. Funes, “La blasfemia del rey Sabio…”, pp. 70 y 93. 75 Crónica de Alfonso X, pp. 221. 76 C. Estepa Díez, “Rebelión y rey legítimo…”, p. 56. 77 S. Phillips, Edward II, New Haven y Londres, Yale University Press, 2010, p. 19. 78 Véase J. Escalone Monge, “Los nobles contra su rey. Argumentos y motivaciones de la insubordinación nobiliaria de 1272-1273”, Cahiers de Linguistique et de Civilisation Hispaniques Medievales, 25 (2002), p. 139 y C. Estepa Díez, Las behetrías castellanas, Valladolid, Junta de Castilla y León, 2003, cap. 8. 79 C. Estepa Díez “The Strengthening of Royal Power…”, pp. 212-213. EL LINAJE MALDITO DE ALFONSO X. CONFLICTOS EN TORNO...
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