Placear, voz de la cetrería moderna
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INSTITUCIÓN «FERNANDO EL CATÓLICO» (C. S. I. C.) DE LA EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE ZARAGOZA Z A R A G O Z A IN MEMORIAM MANUELALVAR (1923-2001) LIX-LX 2002-2004 I Rosa M.ª Castañer y José M.ª Enguita (eds.)
Toda la correspondencia, peticiones de envío e intercambio, deben dirigirse a la Institución «Fernando el Católico». Palacio Provincial, Plaza de España, 2. 50071 ZARAGOZA (España) I.S.S.N.: 0210-5624 IMPRESO EN ESPAÑA-UNIÓN EUROPEA Cometa, S. A. — Ctra. Castellón, Km. 3,400 — Zaragoza Depósito Legal: Z. 480-1958 FICHA CATALOGRÁFICA Publicación núm. 2.589 de la Institución «Fernando el Católico» (Excma. Diputación de Zaragoza) Plaza de España, 2 50071 ZARAGOZA Tff.: [34] 976 28 88 78/79 - Fax: [34] 976 28 88 69 E-mail: [email protected] http://ifc.dpz.es ARCHIVO de Filología Aragonesa / Institución «Fernando el Católico» .- V. 1 (1945)- .- Zaragoza: Institución «Fernando el Católico», 1945- .- 24 cm. ISSN 0210-5624 I. Institución «Fernando el Católico», ed. 80 (460.22)
Placear, voz de la cetrería moderna JOSÉ MANUEL FRADEJAS RUEDA Universidad de Valladolid La cetrería es una técnica venatoria en la que se utilizan aves de presa diurnas —halcones, azores y gavilanes— entrenadas para capturar otras aves e incluso algunos, pequeños, mamíferos —conejos y liebres—. Esta modalidad de caza, nacida en las estepas asiáticas en torno al mar de Aral en una fecha indeterminada, debió de llegar a Europa con las invasiones godas, pues los primeros datos, de índole iconográfica, se localizan en los mosaicos de una villa grecorromana de Argos, ciudad del Peloponeso que fue saqueada por Alarico a finales del siglo IV, y que se han fechados como del siglo V(Åkerstrom- Hougen 1974). De ese mismo siglo son las menciones a los azores y su domesticación en los escritos de dos personajes galorromanos que vivieron en la zona dominada por los visigodos. Se trata de Paulino de Pella que, en su Eucharisticos (c. 459), al contar sus recuerdos juveniles rememora que entre sus deseos juveniles además de poseer un caballo bien enjaezado, un perro veloz, estaba el de tener un speciosus accipiter. El otro personaje es Sidonio Apolinar (431-87 d. C.), obispo de Plaisance, en cuya correspondencia hay dos cartas que mencionan la cetrería. En la primera, dirigida a su cuñado Ecdicio, le recuerda que en Clermont fue el lugar en el que comenzó a «omitto quod hic primum tibi pila, pyrgus, accipiter, canis, equus, arcus ludo fuer» (III, 3, 2: 85). En la segunda habla de un tal Vectio que era el mejor «in equis, canibus, accipitribus instituendis, spectandis circunferendis nulli secundus» (IV, 9, 2: 131). Esta modalidad cinegética, si hacemos caso de las fuentes árabes —al-Gitrif (Viré y Moller 2001: 65) e ibn Manglî (Viré 1984: 162)— debió de llegar a España de la mano de los visigodos, aunque entre su documentación y legislación no hay ninguna indicación. Tuvo su AFA-LIX-LX 423
época dorada a lo largo de la Edad Media, en el amplio período comprendido entre los siglos Xy XV, y, aunque siguió practicándose en los siglos posteriores, fue decayendo y perdiendo el favor de los grandes señores debido al advenimiento y mejora constante de las armas de fuego, hasta el punto que en 1748 el rey Fernando VI suprimió de los oficios de su casa los del Gremio de la Real Volatería. Desde una temprana fecha esta actividad contó con una rica literatura técnica que en el caso del mundo hispánico se inicia en el siglo XIII con una serie de traducciones del latín, con la serie de origen normando-siciliano conformada por los textos de veterinaria aviar Dancus Rex y Guillelmus Falconarius (Tilander 1966) y la versión castellena de Gerardus Falconarius y la Practica avium pseudo-hipocrática (Maler 1957; Fradejas Rueda 2004: 29n.45), así como otra del Medicaminum avium y que se conoce como el Libro de los azores (Fradejas Rueda 1985: 87-105; 1998: 21-22). Estos cuatro libros de cetrería se encuentran reunidos en el manuscrito V.II.19 de El Escorial junto con un quinto texto, el Libro de los animales que cazan, que es la versión castellana directa del Kitab al-ˆyawar i h, que fue concluida el 9 de abril de 1250 (Fradejas Rueda 1987)1. Posteriormente surgen las obras originales en romance: las de Juan Manuel (Fradejas Rueda 2001) y Pero López de Ayala (Cummins 1986) y continúan a lo largo del siglo XV con el Libro de las aves que cazan de Juan de Sahagún (Rico Martín 1997) para llegar a su declive a lo largo del siglo XVI con tres magníficas obras: el Libro de acetrería y montería de Juan Vallés (Fradejas Rueda 1994), el Libro de cetrería de caza de azor de Fadrique de Zúñiga y Sotomayor (1565) y el Libro de cetrería de Luis Zapata (Terrón Albarrán 1976). Este deporte venatorio contaba con un riquísimo léxico que comprendía términos ornitológicos, veterinarios, médicos, farmacológicos, topográficos y específicos del arte de muy variado origen. Algunos términos se tomaron del árabe como (alcándara, sacre, baharí, alfaneque…), otros del francés (gentil, lanero), otros del latín normando (traína, trainar) y otros muchos, la gran mayoría, son términos patrimoniales del español (sainete, señuelo, saín…) que han ido adquiriendo significados y usos especiales dentro del complejo mundo de la cetrería. Gran parte de este léxico se perdió totalmente, salvo para los dic- JOSÉ MANUEL FRADEJAS RUEDA 424 AFA-LIX-LX 1. Para esta edición no se utilizó el texto del manuscrito escurialense sino de otra copia, ligeramente anterior, que se conserva en la Biblioteca Nacional de España (Madrid), ms. Res. 270.
cionarios y algunos eruditos2, hasta que en los años 50 el gran divulgador de la naturaleza, Félix Rodríguez de la Fuente, reavivó la llama de la cetrería y despertó de su largo letargo esta actividad venatoria que había estado restringida a reyes y nobles debido a los elevadísimos costes que el mantenimiento de un equipo adecuado requería. Según José Antonio Valverde (1984), Rodríguez de la Fuente se inició en la práctica cetrera en 1953, cuando trampearon un halcón en el castillo de Fuensaldaña y lo empezaron a entrenar de acuerdo con el capítulo titulado «Fauconnerie et aoutourserie [sic]» del libro La Chasse moderne, del que no da más detalles. En estos inicios, el vocabulario específicamente cetrero de Rodríguez de la Fuente era erróneo y procedía de malas traducciones de los términos franceses, como se desprende de la lectura de su primer artículo (Rodríguez de la Fuente 1954) ya que usa la voz trahilla [sic] en vez de lonja y cimbel por señuelo. Antes de proseguir se impone una somera descripción de la lon- ja y del señuelo. La lonja (en lo antiguo longa) es una correa de cuero de hasta metro y medio, terminada en un botón o nudo que se une a las pihuelas3por medio de un tornillo4y que sirve para asegurar el ave en su posadero y en la mano del cetrero, aunque también se podía introducir a través de las anillas5que pendían de los extremos de las pihuelas sin necesidad del tornillo (Fradejas Rueda 2002: 77), ya que este solo es necesario cuando el halcón está atado a la alcándara o a las perchas6. El señuelo es un armadijo de cuero con forma de pájaro, emplumado y encarnado que sirve para atraer el ave de cetrería. De él sale una larga cuerda para voltearlo y hacerlo girar en torno al cetrero y PLACEAR, VOZ DE LA CETRERÍA MODERNA AFA-LIX-LX 425 2. Por ejemplo, es curioso que la primera recopilación de los términos tradicionales aparezcan en el vocabulario multilingüe con el que Harting (1891: 233-239) concluía su bibliografía cetrera. 3. Pihuelas: son dos tiras de cuero, de perro o de gato, y en último caso de venado, que se fijan a cada uno de los tarsos (zancos) del pájaro. Una vez que se le ponían no se le quitaban nunca salvo para renovarlas (Fradejas Rueda 2002: 67). 4. Tornillo: es un un doble anillo giratorio que impide que el pájaro acabe estrangulado por la lon- ja al dar vueltas sobre sí mismos. Se podían fabricar de hierro, bronce, plata o cualquier metal. Este tornillo es el elemento de unión entre las pihuelas y la lonja (Fradejas Rueda 2002: 77). 5. Anillas: pequeños aros metálicos que pendían del extremo de las pihuelas cuyo cometido podía ser dúplice: por una parte permitía enhebrar la lonja a las pihuelas y por otro podía servir para facilitar la identificación del propietario que grabaría su escudo en ellas (Fradejas Rueda 2002: 68). 6. Alcándara o percha: la alcándara y la percha son el mismo utensilio para los cetreros medievales. Se trata de una vara larga situada generalmente a la altura de los ojos de una persona adulta en la que se depositaban y dejaban descansar los pájaros de cetrería, aunque también servía para colgar la ropa (Fradejas Rueda 2002: 84): «alcándaras vazías sin pielles e sin mantos / e sin falcones e sin adtores mudados (Mío Cid, vv. 4-5).
poderlo lanzar al aire para que el pájaro lo persiga. Es un elemento básico en el entramiento de las aves de cetrería. El tamaño depende del ave a la que se haya de señolear (Fradejas Rueda 2002: 80). Los términos franceses para lonja y señuelo son longe y leurre respectivamente7. En los años en que se escribe este primer artículo, los diccionarios al uso no recogían la terminología cetrera, de modo que ofrecen traducciones no especializadas y así longe es ‘ronzal, correa’mientras que leurre es ‘cimbel’. Por medio de una simple regla de tres se hizo equivaler longe a traílla pues si los perros se sujetan con una traílla, y la longe sirve para sujetar los halcones, por lo tan- to el término castellano tenía que ser traílla; asimismo, si el leurre sirve para atraer a los halcones y en la caza se usan cimbeles para atraer las aves silvestres, por lo tanto cimbel es la palabra adecuada para designar el señuelo8. Años más tarde, cuando se publicó la versión modernizada del Libro de la caza de las aves de Pero López de Ayala (Fradejas Lebrero 1959), empezó a utilizar el léxico apropiado y tradicional de la cetrería medieval y dejó de usar cimbel y traílla para referirse al señuelo y la lonja9. Sin embargo, en los escritos sobre cetrería de Rodríguez de la Fuente aparece un término, según él, de raigambre medieval, pero que he sido incapaz de localizar y, por lo tanto, documentar en ningún texto de cetrería medieval a los que pudo tener acceso, es decir, ni en el Libro de la caza de don Juan Manuel ni en el Libro de la caza de las aves de Pero López de Ayala ni tampoco en el Libro de las aves de caza de Juan de Sahagún. Se trata de la voz placeo. Según Rodríguez de la Fuente (1965: 189), «a la segunda fase del amansamiento se le llama placeo porque, antiguamente, se desarrollaba en las plazas», y en el glosario que añade a su obra dice que es «llevar el azor a las plazas, al bullicio, para que se amanse» (ibíd.: JOSÉ MANUEL FRADEJAS RUEDA 426 AFA-LIX-LX 7. Chenu y des Murs (1862: 166-167) los definen en los siguientes términos: «Leurre […]. Planchette recouverte sur ses deux côtés par les ailes et le manteau d’un pigeon pour rappeler les oiseaux»; «Longe.– Lanière en cuir, longue des près d’un mètre, et qui sert à attacher les oiseaux à la perche ou à la cage»; mientras que Beaufrère (2004: 233 y 238) las define como «simulacre de proie qui sert à rappeler le faucon» y «lanière a cuir, ou cordelette, d’une mètre cinquante environ, terminée en une extrémité par un bouton» respectivamente. 8. El Vocabulario español de la caza (1950: 247) no recoge lonja y el señuelo lo define como «Cimbel. Se aplica a todo cuanto se emplea para atraer la caza, lo que sirve de cebo». 9. Valverde (1984: 74) dice con claridad que «en el vocabulario de Felisón aparecieron extraños términos medievales, como niego, afeitar, o zahareño, clara muestra de que había conseguido el libro de López de Ayala o de don Juan Manuel».
275)10. Desde entonces los cetreros usan este término y en los libros de cetrería publicados en los últimos años aparece siempre el sustantivo placeo que definen como el «proceso de doma y amansamiento de las rapaces que tradicionalmente se desarrollaba en las plazas para acostumbrarlas al bullicio de las mismas» (López Sánchez 1997: 205) o como la «acción de amansar un ave de cetrería en un lugar concurrido; bar, café, plaza pública, etc.» (Ceballos Aranda 2002: 265). No discutiré la sutil diferencia que hay entre la formulación de Rodríguez de la Fuente y la de sus seguidores —aquel lo utiliza solo para los azores mientras que López Sánchez y Ceballos Aranda para cualquier ave de cetrería; para aquel era la segunda fase del amansamiento, para estos dos, según parece, es una fase única—, pues no es mi objetivo, sino el origen de esta palabra. Revisados todos los diccionarios por medio del Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española, he comprobado que no aparece el sustantivo placeo, pero sí el verbo placear, palabra que aparece en el Diccionario de autoridades y en el que se define como ‘publicar o hacer manifiesta alguna cosa’, lo que se mantiene como único significado hasta octava edición de 1837 del Diccionario académico; en la novena, de 1843, aparece una segunda acepción: ‘destinar algunos géneros comestibles a la venta por menor en el mercado’. En la decimotercera edición, de 1899, se invierte el orden de las acepciones y se marca la segunda acepción ‘publicar’ como «antigua». Así se ha mantenido hasta nuestros días salvo porque en la edición de 1925 se retira la marca «antiguo». PLACEAR, VOZ DE LA CETRERÍA MODERNA AFA-LIX-LX 427 10. La primera fase la designan desvelo, y consiste en mantener desvelado al pájaro durante varias noches, para así quebrantar su voluntad. De ello hablan con cierta demora Juan Manuel: «Otrosí les deven tirar el sueño en guisa que non duerman quanto ellos quisieren, et señaladamente fasta que sea çerca de medianoche non les deven dexar dormir en ninguna manera, nin de ora de matines adelante; mas quanto de la medianoche fasta ora de matines dévenlos dexar dormir en la mano del omne o en vara o en ropa o en piedra que esté cerca del falconero, en guisa que cada que despertare el falconero traya las manos al falcón por los pies et por el cuerpo et lo despierte, porque entienda que está en poder del omne, et deve sienpre tener lumbre sin humo ant’ él, porque entienda el falcón que non está en yermo nin en su poder» (Fradejas Rueda 2001: 147); asimismo López de Ayala: «E la primera vez que le ovieres de tirar el capirote, con que vino de Flandes, o le ovieres de descoser los ojos, si lo tomaron aquí çahareño e los traía cosidos, faz que sea de noche a la candela e estonçe se asegurará más, e ponle el capirote que él ha de traer dende adelante, e fazlo velar la noche toda e el día, e non caya de la mano en esos veinte días e noches o más, segund que vieres que se asegura; non le fagas menos, como quier que el velar toda la noche non has porque lo fazer tan afincadamente como los primeros diez días» (Cummins 1986: 84-85); López de Ayala incluso añade una pequeña nota sobre las provisiones del halconero: «E el que lo velare toda la noche tenga la candela delante, e non se olvide el vino al falconero e a los que lo ayudaren» (Cummins 1986: 85).
En el amplísimo corpus que constituye el CORDE, y que se consulta a través de la red (www.rae.es), he localizado varios casos de placear11. En casi todos ellos conviene la acepción que primero tomó la Real Academia (‘publicar o hacer manifiesta alguna cosa’): … Desto trata la segunda parte del Evangelio: Attendite ne justitiam vestram faciatis coram hominibus ut videamini ab eis. Ni la limosna pregonada, ni placeada la oración, sino oculta cuanto en nosotros fuese, no buscando el aplauso y estimación de los hombres, sino agradar á Dios. Mas porque el Señor suele despreciar los becerros que se ponen sobre su altar, que son las oraciones y alabanzas divinas, como dijo Oseas: Reddemus vitulos labiorum nostrorum (Alonso de Cabrera, De las consideraciones sobre todos los evangelios de la Cuaresma, 1598). y … Pues éste tan manso descuidóse un poco á ser pecador, é hízose tan cruel, que mató al más leal vasallo y de los mejores soldados que tenía. ¿Qué más? Inverecundum ad turpia: «Desvergonzado para las torpezas». No es tanto mal pecar con encogimiento y recato; pero placear el pecado, como los de Sodoma; hacer gala de la deshonestidad, como Absalón, que en unos miradores á vista de todo el pueblo entró á deshonrar las mujeres de su propio padre (Alonso de Cabrera, De las consideraciones sobre todos los evangelios de la Cuaresma, 1598). … Así para la redempción, envía á Cristo, que es Moisés, la mano de Dios con la vara de la potestad, y á San Juan que sea lengua que le dé á conocer. Cristo que obre la salud; San Juan que dé noticia de su salud. Así, Juan signum fecit nullum, sed vox clamantis in deserto. Cristo las manos, las maravillas; por eso responde con obras. Muéstranos con esto la obligación que tiene el cristiano de placear su fe con obras. No os aseguréis con decir creo en Dios, ámole sobre todas cosas. A la prueba, mirad las obras (Alonso de Cabrera, De las consideraciones sobre todos los evangelios del Adviento, 1598). Le sigue en abundancia de ejemplos Baltasar de Gracián con seis casos en El discreto12: … Gran defecto es ser un hombre para nada, pero también lo es ser para todo, o quererlo ser. Hay sujetos que sus muchas prendas los hacen ser buscados de todos. No hay negocio, aunque sea repugnante a su instituto y genio, que no se remita o a su dirección o a su manejo; todos se JOSÉ MANUEL FRADEJAS RUEDA 428 AFA-LIX-LX 11. La forma de interrogar a la base de datos ha sido por medio de placeo, placear, placea*. Con la última aparecieron 21 ocurrencias que corresponden a formas conjugadas del verbo latino PLACEARE, por lo tanto inútiles para mi argumentación. La gran mayoría de estas ocurrencias aparecen en citas dentro de textos españoles, como es el caso de Baltasar Gracián (El discreto o Agudeza y arte de ingenios) o de Benito J. Feijóo (Teatro crítico universal), sermones, confirmaciones documentales, etc. 12. Solo entresaco tres de ellos.
pronostican la felicidad de cuanto ponen éstos mano, y, aunque no sean entremetidos de sí, su misma excelencia los descubre, y la conveniencia ajena los busca y los placea, de suerte que en ellos su mucha opinión obra lo que en otros su mucho entretenimiento. Pero esto es ya azar, si no defecto, y una como sobra de valor, pues vienen a rozarse y aun perder por mucho ganar. ¡Oh, gran cordura la de un buen medio! Pero ¿quién supo o pudo contenerse y caminar con esta seguridad? … No escapan los que mucho lucen de envidiados o de odiados, que a más lucimiento, más emulación. Tropiezan todos en el ladrillo que sobresale a los demás, de modo que no es aquélla eminencia, sino tropiezo; así en muchos el querer campear no viene a ser realce, sino tope. Es delicado el decoro, y aun de vidrio, por lo quebradizo, y si muy placeado se expone a más encuentros, mejor se conserva en su retiro, aunque sea en el heno de su humildad. Quieren algunos ser siempre los gallos de la publicidad, y cantan tanto, que enfadan; bastaría una voz o un par, para consejo o desvelo, que lo demás es cantar mal y porfiar. … ¡Qué bien que viene esto, oh, loco y desvanecido pájaro, con la embajada que te traemos de parte de todo el alígero senado! ¡En verdad que cuando la oigas, que amaines la plumajería y que reformes la soberbia! «Sabe que están muy ofendidas todas las aves de esta tu insufrible hinchazón, que así llaman a esa gran balumba de plumas, y con mucho fundamento, porque es una odiosísima singularidad querer tú solo, entre todas las aves, desplegar esa vanísima rueda, cosa que ninguna otra presume, pudiendo tantas tan bien, si no mejor que tú, pues ni la Garza tremola sus airones, ni el Avestruz placea sus plumajes, ni la misma Fénix vulgariza sus zafiros y esmeraldas, que no las llamo ya plumas. Mándante, pues, e inapelablemente ordenan, que de hoy más no te singularices, y esto es mirar por tu mismo decoro, pues si tuvieras más cabeza y menos rueda, repararas en que, cuando más quieres placear la hermosura de tus plumas, entonces descubres la mayor de tus fealdades, que tales son tus extremos». Siempre fue vulgar la ostentación, nace del desvanecimiento. Ejemplos a los que puede añadirse otro extraído de la segunda parte de El criticón: … Daban en rostro las demás naciones a la española el no haberse hallado una pluma latina que con satisfación la ilustrasse. Respondía que los españoles más atendían a manejar la espada que la pluma, a obrar las hazañas que a placearlas, y que aquello de tanto cacarearlas más parecía de gallinas. No le valió, antes la arguyeron de poco política y muy bárbara, poniéndola por exemplo los romanos, que en todo florecieron, y un César cabal pluma y espada rige. En ninguno de los casos recopilados en el CORDE aparece la segunda acepción. En cambio, en dos testimonios, surge una tercera PLACEAR, VOZ DE LA CETRERÍA MODERNA AFA-LIX-LX 429