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Vocabularios hispano-asiáticos: traducción y contacto intercultural

García Medall Villanueva, Joaquín Amadeo

Abstract

374 p.

Full text

VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL VERTERE MONOGRÁFICOS DE LA REVISTA HERMENEUS Núm. 11 - 2009 JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL VERTERE MONOGRÁFICOS DE LA REVISTA HERM ¯ ENEUS NÚMERO 11 - 2009 © H E R M ¯ E N E U S. Revista de investigación de traducción e interpretación VERTERE. Monográficos de la Revista Herm¯ eneus DISBABELIA. Colección Herm¯ eneus de traducciones ignotas Facultad de Traducción e Interpretación Campus Universitario Duques de Soria, s/n 42004 Soria (España/Spain) Tel: + 34 975 129 174 Fax: + 34 975 129 101 Correo-e: [email protected] Dirección de Internet: http://www.uva.es/hermeneus/ SUSCRIPCIÓN, PEDIDOS y DISTRIBUCIÓN: Pórtico Librerías, S.A. P.O.Box 503 50081 Zaragoza (España) Tel: +34-976-557039/350303/357007 Fax: +34-976-353226 (España) E-mail: [email protected] EDITA: Excma. 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Valor intrínseco de la lingüística hispano-filipina ................................................. 259 CONCLUSIONES ................................................................................................................................................... 267 Anexo I: Primeros préstamos hispánicos en tagalo ................................................................... 269 Anexo II: Molina frente a Gilberti (letras A, B y C) ............................................................... 277 Anexo III: Molina frente a Urbano (letras A, B y C) ............................................................. 287 Anexo IV: Algunos prólogos de la lexicografía hispano-filipina .................................. 296 BIBLIOGRAFÍA Fuentes primarias ...................................................................................................................................................... 349 Fuentes secundarias ................................................................................................................................................. 352 VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 14 PRÓLOGO Este año se celebra el V centenario de la muerte de Andrés de Urdaneta, vasco y español universal, monje y marino, quien por orden de Felipe II guiaría la expedición de Miguel López de Legazpi a Filipinas, llegando a Cebú el 28 de Abril de 1565. Después de unos meses de descanso, Fr. Urdaneta emprendía su viaje de vuelta a México, descubriendo el tornaviaje Filipinas- México-Filipinas, que anteriores expediciones no consiguieron alcanzar y de ahí su fracaso. Sería este el tornaviaje que por 250 años (1565-1815) haría famoso el “Galeón de Acapulco o Galeón de Manila”. El trayecto Manila-Aca- pulco-Manila comunicaría, desde entonces, Oriente con Occidente. Desde Manila llevaría sedas y porcelanas de la China; clavo, canela, jengibre, pimienta, nuez moscada…provenientes de Ceilán, las Molucas, Java. Productos muy estimados en Europa; y de México, llevaría la patata, el maíz… el situado y las barcadas de religiosos-misioneros con destino a Filipinas, China y Japón. Después de varios años de penuria e incertidumbre acerca de su permanencia en Filipinas, Legazpi y sus compañeros, debido a la falta de provisiones en Cebú, y acosados por los portugueses, abandonan esta isla y se trasladan a la de Panay en 1569. En mayo de 1571, después de haber recibido de México instrucciones de permanecer en las Islas, Legazpi, acompañado de unos 200 españoles, se traslada a Manila (isla de Luzón), donde establece un lugar permanente de residencia. Los expedicionarios, y especialmente los agustinos que acompañaron a Legazpi, pronto se dieron cuenta de que el panorama lingüístico de las islas era un verdadero mosaico de lenguas y dialectos. Esta multiplicidad de lenguas hacía la labor misionera difícil en los primeros años de la evangelización de Filipinas. Razones prácticas, pues, obligaron a los religiosos agustinos y demás religiosos de otras Órdenes que les siguieron, a abordar desde un principio el estudio de las lenguas nativas. El Arte [Gramática] y Vocabulario [Diccionario] eran medios necesarios para que el misionero pudiera aprender más fácilmente las lenguas nativas, y así conseguir comunicar el mensaje a sus oyentes. Aquellos religiosos que dominaron alguna de las varias lenguas en el diario contacto con los nativos y ayudados por ellos, comenzaron a escribir gramáticas y diccionarios que más tarde serían usados por las nuevas barcadas de 15 misioneros que arribaban a las islas. Razones prácticas, también, para un mejor apostolado y evangelización, fue la decisión llevada a cabo por el Arzobispo de Manila y Gobernador General, en virtud de un decreto real de 27 de Abril de 1594, de proceder a la división territorial entre las varias Órdenes religiosas. Esta división hacía más fácil la tarea evangelizadora en dos, tres o cuatro de las lenguas principales. Las gramáticas y diccionarios –exceptuando las del tagalo y del bisaya, este último con sus variantes según las islas–, nos indican las provincias o regiones de la acción misionera-apostólica de los Agustinos, Franciscanos, Jesuitas, Dominicos y Agustinos Recoletos. La lengua tagala fue la más estudiada de Filipinas. Esto se debe a que todas las Órdenes religiosas misionaron o tenían casas en territorio donde se hablaba esta lengua. El P. José Astudillo escribe en la censura al Arte del agustino, P. Tomás Ortiz (1731), que los religiosos se habían aficionado tanto al estudio de las lenguas Filipinas que “apenas habrá otra lengua para cuya perfecta inteligencia se hayan compuesto tantas Artes en menos de 200 años que ha se introdujo la Religión Católica en estas Islas. En la lengua Bisaya salieron varios; en la Pampanga, Ilocos, Bicol y Cagayan no faltan; pero en esta tagala son ya con demasía”. Que existían con demasía se colige de lo que Noceda y Sanlúcar escriben en el prólogo de su Vocabulario Tagalo (1754), que “se hallan en esta lengua [tagala] tantos Artes, que ella sola escede en el número (siendo tan corta su estensión) al número de artes, que habrá para las lenguas vivas y muertas de toda Europa. Treinta y siete he leído…”. No hay duda de que la producción lexicográfica de los religiosos españoles en Filipinas fue, sin duda alguna, superior, en proporción, a la lingüística misionera de Hispanoamérica. Algunas de estas obras manuscritas e impresas, como es el caso del Arte Pampango del P. Coronel publicado en 1617, según Benavente y otros, lamentablemente, no han perdurado debido al clima de las Islas Filipinas y la pobre calidad del papel usado. Sobre estas Artes y Bocabularios escritos por los misioneros españoles de la varias lenguas filipinas en los siglos XVII y XVIII, principalmente, trata este estudio y análisis del profesor D. Joaquín Garcia-Medall, sin olvidar las lenguas de las islas Marianas, las Carolinas y la lengua japonesa. Así como la historiografía hispano-amerindia se ha estudiado bastante a fondo, no así la hispano-filipina. Con todo, desde hace unos años a esta parte, el interés de la historiografía filipina y oriental, está cambiando, como se puede VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 16 apreciar por la bibliografía que el autor nos presenta al final de su trabajo. La importancia que algunos autores han dado al estudio historiográfico moderno de la lenguas hispano-filipinas, les ha llevado a publicar en España en forma facsimilar algún vocabulario y algún arte, así como en Filipinas, impresos en su traducción inglesa moderna, como el Vocabulario y el Arte del P. Diego Bergaño y el del P. Francisco Coronel, sobre la lengua pampanga. En el presente trabajo, el autor, de una manera minuciosa y detallada, divide y estudia la lexicografía hispano-filipina en tres períodos o etapas. El periodo clásico (1613-1765); el segundo período o de la decadencia (1770- 1840), y el tercero o el del resurgimiento frustrado (1840-1914). García-Medall estudia, entre otras cuestiones, la organización lexicográfica y gramatical de las principales lenguas filipinas; la adaptación hispano-filipina según los vocabularios bilingües y otras fuentes históricas; la competencia y evolución en la lexicografía bilingüe hispano-filipina del siglo XVII o el vocabulario japonés-por- tugués (1603-1604) y su traducción española (1630). Un capítulo especial y de gran interés para conocer y apreciar la cultura del pueblo filipino a la llegada de los españoles, es el dedicado a la fraseología del insulto e ironía en los primeros vocabularios del tagalo y del bisaya. En este capítulo se puede apreciar bien, cómo los autores de los vocabularios no se limitaron a la simple equiparación del vocablo español con la lengua nativa que estudiaban, sino que recogieron la fraseología de insultos e imprecaciones, gestos del ultraje, juramentos e ironías, el ámbito de lo deshonesto, etc. La obra termina con un capítulo dedicado a los prólogos de la lexicografía hispano-filipina, transcribiendo unos 15 de ellos. Usando sus estudios precedentes así como los trabajos de otros autores de los últimos años, el profesor D. Joaquín García-Medall, nos presenta una obra minuciosa, detallada y completa acerca de la filología hispano-filipina. Obra imprescindible para cuantos deseen adentrarse en el estudio de la misma y de algunas lenguas orientales. Un trabajo bien logrado, por el que felicitamos a su autor. Policarpo Hernández Valladolid JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 17 18 CAPÍTULO I INTRODUCCIÓN(1) 1.1. Objeto de estudio Este libro tiene por objeto analizar parte del proceder de los lingüistas misioneros españoles en el Pacífico y, en especial, en las islas Filipinas, durante el periodo comprendido entre 1613 y 1914, es decir, durante más de tres siglos de descripción gramatical y lexicográfica, pero centrándose, en particular, el el siglo XVII y en la labor lexicográfica. Las lenguas consideradas, en diverso grado de importancia, son el tagalo, el bisaya, el pampango, el ilocano, el bicol, el pangasinán y el ibanag, si bien las más tratadas y mejor estudiadas en esta exposición serán el tagalo y el bisaya, así como, parcialmente, el ilocano, y el periodo más investigado el del siglo XVII y, en menor grado, el XVIII. Se estudian tanto las incorporaciones a las lenguas antedichas de unidades léxicas hispánicas como las primeras descripciones gramaticales y lexicográficas del tagalo y el bisaya. Pero también nos interesamos sobremanera por las informaciones pragmáticas relevantes en relación con diversos actos de habla e intervenciones discursivas, como los insultos, los juramentos de autoconmiseración, las ironías, la fraseología particular de las lenguas filipinas y el tratamien- to según los pronombres personales en las artes y vocabularios de diversas lenguas. La investigación tiene por objeto averiguar si las descripciones hispánicas reflejan el impacto del contacto lingüístico y cultural y si de ellas pueden extraerse enseñanzas provechosas sobre la gramática de las lenguas filipinas actuales y el desarrollo de su pragmática histórica. La perspectiva no es meramente comparativa, que también, sino que pretende averiguar de qué modo la interrelación entre culturas tan alejadas (y no solo desde la perspectiva geográfica) afectó al proceder gramatical y lexicográfico de los misioneros españoles. El análisis sería insuficiente si no se interpretara, en el plano paralelo, cómo las lenguas filipinas principales se vieron impactadas y modificadas internamente a través del contacto mismo. La interpretación de contactos antiguos, ya sea desde la perspectiva gramatical (descripción del código), como desde la cultural (descripción del ethos cultural), está sometida, a nuestro entender, a los mismos problemas que el contacto directo de los 19 (1) Para la elaboración de este trabajo el autor se ha beneficiado de la concesión del proyecto de investigación que lleva por título: Análisis y publicación de obras lingüísticas hispano-filipinas , referencia VA041A08, patrocinado por la Junta de Castilla y León y que tiene una duración de tres años (2008-2010). antropólogos, según defiende Geertz (2000): la tentación del exotismo y la tentación del etnocentrismo. Los gramáticos misioneros de las etapas que aquí analizamos, convencidos de la verdad revelada y anclados en el pilar de la fe, suelen ser, en nuestra opinión, más esclavos del etnocentrismo que no del exotismo. Dicho de otra manera, hasta el siglo XIX los misioneros actúan sobre la realidad cultural con la intención clara de modificar muchos de sus aspectos, sobre todo los relativos al comportamiento social desviante de los indios, a los que denominan “paganismos”. La descripción no es casual, pues así se equipara la labor evangelizadora de los pueblos descreídos en pleno siglo XVII con la de los primeros cristianos en la Roma de hace casi 2000 años. En este contexto, los misioneros no suelen simplemente admirarse con los comportamientos “exóticos” de los evangelizables, sino que van directamente a cambiar lo que consideran lo fundamental en su constitución humana, esto es, sus creencias. Desde la perspectiva moderna, los misioneros de los siglos XVI y XVII no pecaban de exotismo romántico, sino de un etnocentrismo de índole religioso-cultural que hacía a veces más difícil la transmisión de información y la comunicación entre pueblos tan alejados. Las artes y gramáticas eran tan solo instrumentos tecnológicos de codificación (exogramatización), que habilitaban a los misioneros en la tarea de conseguir competencia comunicativa específica para la transmisión de la Palabra de Dios y de las nuevas relaciones de poder. En realidad, son medios para la capacitación en la traducción inversa (del español al tagalo o al bisaya, o al ilocano, etc.) y, desde esta perspectiva, no son sino muestras de una lingüística aplicada hispánica efectiva que ya se había ensayado durante el siglo XVI en el mundo mesoamericano (que es su modelo directo más seguro) y en el incaico. 1.2. Metodología A la selección de los ejemplos de artes y vocabularios de un total de más de 40 obras diversas (artes, vocabularios y crónicas históricas, cf. Bibliografía final), se le aplica una clasificación organizativa como la que refleja este guión. En último término, las informaciones relevantes se comparan con algunas de las descripciones actuales de ciertas lenguas filipinas con el fin de discriminar el alcance de los errores gramaticales en que incurrieron los misioneros lingüistas o sus aciertos en relación con algunas descripciones modernas sobre las mismas lenguas o similares. Igualmente, la sistematización de las informaciones lexicográficas bilingües nos ofrece un campo privilegiado para la observación del cambio semántico y de la evolución de las técnicas lexicográficas aplicadas. En último término, desde nuestra perspectiva, lo derivado de dicha comparación sistemática se ha de entender como una contribución a la historiografía lingüística hispánica en el Pacífico pero también como un banco de datos sistematizable en torno a la evolución de las principales lenguas descritas por los misioneros. VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 20 1.3. Organización por capítulos En el capítulo II se resume lo que sabemos, de modo abreviado, acerca de la organización gramatical y lexicográfica de este período fecundo de la historiografía lingüística misionera en Asia. Se analizan primero las artes, algunas de ellas impresas desde 1610, otras aún manuscritas. El análisis es mixto entre la categorización nebrisense y la importancia del análisis morfológico para la configuración de los paradigmas. Se incide en la falta de instrumentos teóricos esenciales para el análisis moderno de tales lenguas, como el concepto de “frase nominal pura”, de “focalización”, de “orden argumental”, que no aparecerían en la lingüística moderna, al menos desde la nomenclatura metalingüística, hasta la obra de los autores del Círculo Lingüístico de Praga. No obstante, también incidimos en la perspicacia notoria de gramáticos como San José (1610) o como Méntrida (1637) para el tagalo y el bisaya, respectivamente, al tratar fenómenos como los del plural inclusivo y exclusivo y al percibir la naturalidad de cierto orden argumental frente a la innaturalidad de otros, lo cual prefigura el concepto funcional de “orden marcado” frente a “orden no marcado”. En lo relativo a la lexicografía, insistimos en el carácter morfológico de las selecciones como entradas, en la asimetría entre ambas partes de los vocabularios, y en su carácter complejo en relación con los primeros vocabularios para el náhuatl de Alonso de Molina (1555 y 1571), que es su más claro antecedente en las Américas, tal vez a través de obras intermedias. Se concluye viendo qué es lo que se puede investigar en el futuro, dada la amplitud cronológica del proyecto, la vastedad de las artes y vocabularios aún inéditos o impresos pero no analizados y la gran cantidad de cuestiones lingüística y traductológicas (teóricas y prácticas) que plantea el extenso corpus lexicográfico hispano-filipino. El capítulo III está dedicado, en su integridad, a analizar el proceso de adaptación de los primeros préstamos hispánicos del tagalo aparecidos en el Vocabulario de lengua tagala. La parte castellana puesta primero, de Pedro de San Buena Ventura (1613). La importancia de este vocabulario radica en que los préstamos se ven adaptados al sistema fonológico del tagalo porque los impresores eran nativos de dicha nación. También se intenta describir la morfología, la semántica y la pragmática del préstamo hispánico, en especial en lo relativo a los verbos que representan actos de habla, con independencia de que la mayoría de dichos préstamos ya no estén vigentes en la lengua tagala actual. A nuestro modo de ver, del análisis de los préstamos hispánicos en tagalo y de su adaptación se pueden extraer importantes conclusiones sobre el contacto intercultural entre los hispanos y los austronésicos de las Filipinas en la Época Moderna. El capítulo IV se centra en la descripción de la exogramatización en artes y en vocabularios. Coteja lo descrito en la primera arte del tagalo, la obra de San José JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 21 (1610) con lo que se infiere de la descripción gramatical de la primera obra lexicográfica sobre el tagalo, el Vocabulario de lengua tagala. El romance castellano pues- to primero, de Fr. Pedro de San Buena Ventura (1613). La distancia es considerable en cuanto al refinamiento de la teoría gramatical que subyace, pero el Vocabulario da informaciones más detalladas sobre el paradigma de algunas categorías de palabras apenas tratadas en el Arte, como los adverbios y las conjunciones. Se examina detenidamente el proceder descriptivo de los misioneros españoles en las Filipinas en el siglo XVII por lo que respecta a cuatro aspectos fundamentales de sus gramáticas, que difieren notablemente de lo que se da en las lenguas indoeuropeas de las que parten los misioneros. Se trata de comprobar que la descripción de San José (1610) para el tagalo y la de San Buena Ventura (1613) para esta misma lengua difieren notablemente en lo que concierne a la distinción entre activas y pasivas. Se trata de una categorización indoeuropea totalmente inadecuada para las lenguas filipinas. Al menos, San José restringió las formas de la que consideraba activa a dos morfemas y de la pasiva a tres morfemas, mientras que San Buena Ventura previó la existencia (errada) de nada menos que de diez activas y de once pasivas. La causa última de esta confusión radica en que no distinguieron la oposición entre la partícula focalizadora ang y la no focalizadora ng, lo cual les impidió observar que su aplicación a cualquier argumento oracional derivaba en un cambio morfológico en el verbo. De otro modo, cualquier argumento puede focalizarse, pero no distinguieron el morfema que lo permite de aquel que no focaliza, lo que les llevó a refugiarse en el único tipo de focalización argumental de las lenguas indoeuropeas que conocían, la activa frente a la pasiva. Por otro lado, los primeros gramáticos hispanos en Filipinas se percataron de que no existía el equivalente del verbo copulativo latino en tagalo, pero seguían viéndolo lexicógrafos como San Buena Ventura (1613), a la manera de la criptogramática, en cualquier frase nominal de estas lenguas, probablemente por la importancia teológica del sum, es, fui en la teología católica. También hablamos aquí de que San José (1610) apenas trató la categoría del adverbio, mientras que la descripción lexicográfica de San Buena Ventura (1613) no solo la trató, sino que reflejó una enorme cantidad de adverbios en su vocabulario con una extensa ilustración sintáctica, lo cual permite concluir con casi total certeza que el paradigma moderno de conjunciones del tagalo no es un calco desde el sistema hispánico de conjunciones, A partir de los adverbios o circunstanciales del tagalo se había constituido todo un paradigma de conjunciones en esta lengua austronésica. Sin embargo, solo podemos acercarnos a su funcionamiento gramatical a partir de los datos aportados por San Buena Ventura para el tagalo, que no a través del análisis de la primera arte que vio la luz de la imprenta sobre esta lengua. Denominamos pro-concesivas, pro-adversativas, pro tempo-condicionales y pro-causales a las diversas conjunciones tagalas de acuerdo con lo que hoy se clasifica como concesi- VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 22 vas, adversativas, tempo-condicionales y causales (Schachter y Otanes 1972). De ahí la nómina de conjunciones (denominadas meramente “adverbios” o “duo dic.” o “tres dic.”) que San Buena Ventura consigna en su Vocabulario. Hacemos ver también en este capítulo que San José (1610) intuyó con notable perspicacia el valor de las formas no marcadas en la organización argumental que emplearía Greenberg en su tipología del orden de los argumentos en 1966 (más de 350 años más tarde). Sin embargo, no fue capaz de verbalizar dicho fenómeno de focalización ligado al orden de los argumentos del tagalo. San Buena Ventura (1613) tampoco fue capaz de ello, pero la enorme casuística que aportaron sus impresores tagalos al fenómeno, nos permite, al día de hoy, deducir el funcionamiento gramatical del esta lengua cuando se trataba de ejemplificar a partir de un nombre, una oración completa, según el orden VSO. El capítulo V está dedicado a la descripción de parte del Voacabulario japonésespañol publicado en las Filipinas en 1630. Se incide aquí en la muy posible influencia que la lexicografía luso-nipona pudo tener en la lexicografía hispano-filipina del siglo XVII y posteriores. El capítulo VI, precisamente, se encarga de analizar algunas de las características más destacadas del Vocabulario de lengua bisaya, hiligueyna y haraya de la isla de Panay y Sugbu y para las demas islas, de Alonso de Méntrida (1637). Hasta este punto de la monografía que el lector tiene en sus manos, la descripción se centra en ciertos aspectos gramaticales relativos a la codificación lexicográfica desde la prespectiva gramatical y a la política de préstamos. Los capítulos siguientes tienen una relación directa con la codificación gramatical en relación con el uso real de la lengua descrita en sus situaciones de uso, esto es, adopta una perspectiva mucho más propragmática o vinculada con la pragmática intercultural. De este modo, en el capítulo VII examinamos las modificaciones de la deixis social de acuerdo con el contacto intercultural así como la transformación de las fórmulas de tratamiento. También se describen los procesos de intento de destabuización de la mención del nombre propio por parte de los progenitores, así como el proceder misionero en relación con los “paganismos” de tagalos y bisayas, el etnocentrismo derivado de ciertas definiciones de vocabulario y algunos casos de malentendidos culturales. En el capítulo VIII se analiza, en la misma línea, la competencia establecida entre diversas órdenes religiosas a la hora de organizar la información lexicográfica, gramatical e incluso etnográfica que formaba parte de los vocabularios hispano-fili- pinos. En el capítulo IX tratamos de describir el comportamiento verbal relativo al proceder insultante en lenguas como el tagalo y el bisaya durante el siglo XVII, JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 23 No obstante, en nuestra opinión, el lingüista actual que mejor conoce la historiografía lingüística de las lenguas filipinas en su conjunto es Emilio Ridruejo. Su artículo “Las primeras descripciones gramaticales de las lenguas filipinas (s. XVII)” (2001) es, sin duda, el mejor estudio panorámico publicado hasta la fecha sobre la organización, estructura, modelos y problemas de esta tradición historiográfica hispánica, tan desconocida. Al enumerar las características generales de este objeto de estudio en las líneas que siguen, no hacemos más que reproducir, de manera simplificada, su exposición. Advierte Ridruejo (1999; 2001; 2003) que es posible hallar indicios técnicos sobre la influencia de las gramáticas hispano-mexicanas en la elaboración de las artes de las lenguas filipinas. A tales indicios, que podrían ampliarse en futuras investigaciones, hay que añadir otros de carácter histórico: los gramáticos españoles pasaban necesariamente por Nueva España para embarcarse en el galeón de Manila (también conocido como la Nao de la China) y, en ocasiones, llegaban incluso a describir algunas lenguas mexicanas en sus largas estadías. En una investigación posterior, el profesor Ridruejo (2004) estudia las artes dedicadas a la lengua pampanga, una de las cuatro grandes lenguas que merecen la mayor atención de los religiosos en el primer periodo, junto con el tagalo, el bisaya y el ilocano. En otro trabajo aún inédito (Ridruejo, en prensa), este autor investiga cómo los gramáticos religiosos estudian las partículas que ligan los sintagmas nominales en diversas lenguas filipinas. Por otra parte, los religiosos no se limitaban a llevar a cabo una descripción categorial y declinativa de estos idiomas. Estaban muy preocupados con la sistematización de las formas de tratamiento, con parte de lo que hoy denominaríamos “pragmática” de la cortesía, según ha descrito García-Medall (en prensa), así como con los modos habituales de la descortesía o el insulto (García-Medall 2003). También eran sensibles a los hábitos retóricos de algunos pueblos así como a su fraseología común y a sus manifestaciones irónicas (García-Medall 2006). En esto, parecen adelantarse notablemente incluso a los gramáticos y lexicógrafos de muchas lenguas amerindias de similar periodo descriptivo. Algunas de estas informaciones aparecían tanto en las artes como, más minuciosamente, en los vocabularios. Las características generales de la mayor parte de estas obras primeras de la historiografía hispano-filipina se pueden resumir del modo siguiente, de acuerdo con el análisis de Ridruejo (2001; 2003; en prensa): a) Intentan aplicar el molde categorial greco-latino, a través de la obra para el latín de Elio Antonio de Nebrija (Institutiones Latinae) a la estructura de lenguas aglutinantes y focalizadores del tronco malayo-polinésico (San José 1610; Méntrida 1617; López 1627, etc.). VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 30 b) Suelen ser, estas artes o gramáticas, mucho más refinadas que las obras lexicográficas de las lenguas que describen, pero no pueden evitar aportar mucha información lexicográfica añadida (de ahí las “reglas” que se añaden al “arte”). c) Los gramáticos hispánicos en las Filipinas eran plenamente conscientes de la esencial unidad tipológica de las lenguas que tratan, razón por la cual se apoyan (en ocasiones de un modo casi milimétrico), en las obras previas de otros religiosos relativos a la misma o a diversa lengua del archipiélago; los primeros gramáticos, a su vez, se basaban en las descripciones de los “primeros padres” que estudiaron las lenguas desde, al menos, 1578 o 1580 hasta el primer decenio del siglo XVII, cuya obra no nos ha llegado por ser solo manuscrita (Juan de Plasencia, Martín de Rada, Francisco de Santa Inés, el padre Chirino, Juan de Oliver o Juan de Quiñones, entre otros). d) Los cinco principales gramáticos de las lenguas filipinas, tanto por su carácter innovador como por su capacidad analítica contrastiva, fueron, tal vez, el P. Francisco de San José (1610) y el P. Totanes (1745) para el tagalo, el P. Méntrida (1618[1818]) para el bisaya, el P. Francisco López (1627) para el ilocano y el P. Benavente (1699) para el pampango. e) Muchas de sus descripciones gramaticales recorren, con pocas modificaciones, toda la historiografía hispano-filipina, hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX, y en relación con la mayoría de las lenguas descritas del archipiélago. Se trata, por consiguiente, de toda una tradición descriptiva que se mantiene vigente a lo largo de tres siglos. Por lo que hace a sus características técnicas más sobresalientes, que es lo que interesa realmente a la historia de las ideas lingüísticas y a la historiografía en general, Ridruejo (2001: 534-549) establece las siguientes: a) La nomenclatura gramatical latina se hereda en gran medida para la exogramatización, si bien también se emplean nuevos “etiquetados” gramaticales (la “energía reverencial” que observa Benavente (1699) para los “artículos de los nombres propios” del pampango o los verbos del facere facere (los causativos), por ejemplo, que utiliza el P. Francisco de San José (1610) para el tagalo, y otros muchos frailes a su sombra). b) A pesar de la diversa extensión de las partes que componen las distintas artes, todas ellas se suelen presentar en dos apartados, el del Arte y el de las Reglas (o Syntaxis) El Arte sigue las partes del discurso de la gramática latina; las Reglas engloban muchas de las aplicaciones morfológicas del verbo, en especial las formas pasivas, pero también hay apartados relativos, por ejemplo, a los numerales, los frecuentativos o los diminutivos. JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 31 c) Si bien las lenguas filipinas carecen de verbo copulativo por hacer un uso extensivo de las frases nominales puras (tag. daralang ang tavo, lit. “valiente, el hombre”, esto es “el hombre es valiente”), todas las artes se encargan de especificar cuáles son las correspondencias en dichas lenguas de las estructuras romances correspondientes con ser, con haber o con tener (posiblemente a causa de la importancia teológica y gramatical del sum, es, fui). El resultado es que, como afirma Ridruejo (2001) y había advertido Hernández Sacristán (1997: 54), los gramáticos misioneros emplean el latín como tertium comparationis de carácter funcional para describir la índole de las categorías de las lenguas filipinas. d) Cuando no existe una correspondencia funcional entre las categorías latinas y las de la lengua filipina, se sigue empleando la taxonomía clásica, a pesar de ser notoriamente inadecuada, en muchas ocasiones. Es lo que sucede con la declinación del nombre (que no existe en lenguas filipinas), con los “artículos de los nombres propios”, (que, en realidad, se aplican tan solo a los antropónimos y a algunos nombres comunes de consanguinidad) o con el pronombre comitativo, que, en realidad, remite a un plural asociativo (“él y los de su casta, familia, tribu o clan”). e) El análisis morfológico parte de la determinación de la raíz a partir de la eliminación de diversos elementos morfológicos que son llamados “preposiciones”, “partículas” o “artículos”, según autores diversos; se trata entonces de determinar su posición en torno a tal raíz. Tales denominaciones parecen aplicarse indistintamente. La dificultad radica en que tales adiciones morfológicas, sin ser flexivas, pueden tener carácter gramatical complejo en las lenguas filipinas. Se dedican entonces a establecer modelos de combinación de las partículas con las diversas raíces, modelos que no siempre son adecuados a causa del diverso valor gramatical de los morfemas que se adicionan en relación con los descriptores latinos que se usan para justificarlos funcionalmente. El problema, tal como indica Ridruejo (2001: 543-544) es que “existen [en las lenguas filipinas] categorías no identificables con las de la gramática latina y cuya naturaleza no se puede establecer solo a partir de las equivalencias textuales”. De hecho, por ejemplo, la oposición aspectual entre perfectivo e imperfectivo en las lenguas filipinas, se describen en los términos temporales de la conjugación latina y romance. Las lenguas filipinas (tanto en el s. XVII como hoy mismo), establecen su morfología verbal, por lo general, en torno a las oposiciones fundamentales realis-irrea- lis y perfectivo-imperfectivo, es decir, una oposición modal y otra aspectual. Pero, además, son capaces de topicalizar cualquiera de sus argumentos oracionales mediante prefijos especiales (Schachter 1987[2000]). En tagalo, por ejemplo, la oposición, hoy en día, se establece entre ng (argumento no focalizado), frente a ang (argumento focalizado). De acuerdo con el papel semántico del argumento que se VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 32 topicalice (sujeto, objeto directo, objeto indirecto, objeto circunstancial local, objeto benefactivo, etc.), la morfología verbal admite unos u otros afijos (que pueden ser prefijos, infijos, sufijos, circumfijos o interfijos). Para describir estos hechos (relación entre significado léxico del verbo y papeles semánticos y focalizados de los argumentos), los religiosos describen distintos tipos de formas pasivas (con los prefijos i- o in-, por ejemplo) y los vinculan a los tipos de verbos que admiten una u otra “pasiva”. El resultado es un listado de verbos (que se pretenden vinculados formal y semánticamente) que admiten uno u otro tipo de pasivas en una lengua dada (Méntrida 1618[1818: 60 y ss.]; Claver 1637, etc.). Tales listado se recuerdan por procedimientos mnemotécnicos que se hacen muy populares entre los sacerdotes españoles (rimas en latín, por ejemplo), para facilitar el aprendizaje. Para concluir, acaba Ridruejo (2001: 549-550) considerando que las obras hispano-filipinas del siglo XVII son serios intentos de gramatización que no desmerecen en absoluto la comparación con las gramáticas contemporáneas de las lenguas vulgares europeas. Por supuesto, no son comparables con las descripciones modernas de Bloomfield (1917), ni, en especial, con la de Schachter y Otanes (1972), de Schachter (1987[2000] o de Himmelmann (2005) para el tagalo, de Spitz (2001) para el hiligayno o de Rubino (2000) para el ilocano, por ejemplo, pero no dejan de ser un intento muy valioso de conjugar la tradición gramatical greco-latina con unas realidades lingüísticas que requieren esfuerzos descriptivos particulares. Lo más sorprendente es que dicha tradición no ejerza influencia alguna ni en España ni en Europa, pero conozca continuación y éxito en su propio ámbito hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX. Nos hallamos con una tradición historiográfica local plenamente hispánica con una duración de más de tres siglos (1601-1914). A lo anterior cabe añadir que, al contrario que la obra historiográfica española en las Américas, la que se llevó a cabo en las Filipinas no ha merecido apenas atención por parte de los investigadores. La producción de análisis lingüístico sobre estas obras, hasta fines del siglo XX, ha sido casi inexistente Por el contrario, la atención que se presta al dia de hoy a la gramatización de lenguas amerindias como el náhuatl, el quechua o el guaraní (entre otras muchas), no para de acrecentarse. Es notorio, sin embargo, que entre las tres, no lleguen a representar, demográficamente, más que la tercera parte de los hablantes de una lengua filipina como el tagalo. La diferencia de trato tal vez pueda resumirse en los siguientes motivos: a) la independencia filipina no partió de los criollos hispánicos; b) la invasión norteamericana supuso una cesura que alimentó el nacionalismo filipino; JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 33 c) los propios autores misioneros y sus descendientes acabaron aceptando que era ilógica una imposición lingüística hispánica sin poder político y que resultaba más lógico impartir sus lecciones en inglés o en tagalo; d) el español, nunca fue una lengua general conocida del pueblo llano, como al día de hoy no lo es el inglés a pesar de su carácter de lengua oficial, sino elitista y minoritaria o meramente dialectal y localizada; e) los misioneros habían cumplido su misión primordial, que era evangelizadora, que aún continúa al día de hoy, y dejaron de mirar los logros descriptivos de sus antecesores como algo de importancia. De hecho, los que actualmente se ocupan de estudiarlos no suelen ser los miembros de las órdenes religiosas activas en las Filipinas, o fuera de ellas, sino lingüistas profesionales que se concentran en la historia de las ideas lingüísticas o en la planificación lingüística estandarizada. Para nosotros, lo anterior sirve de justificación para el estudio detenido de todas estas obras de la historiografía lingüística hispánica. Ni que decir tiene que cabe hacer estudios basados en una sola lengua a lo largo de sus descripciones (artes y gramáticas) en un periodo prolongado, con el fin de observar la identificación o la divergencia entre autores diversos, como ha hecho Ridruejo (2004) respecto a las artes de la lengua pampanga. Pero también es posible la investigación sobre un fenómeno gramatical compartido en diversas lenguas, como ha hecho García-Medall (2007) respecto a los “artículos de los nombres propios” (honoríficos) en dieciocho artes de diversas lenguas filipinas. Con todo, el trabajo de comparación sistemática de las artes y gramáticas hispano-filipinas ha de deparar todavía muchas sorpresas porque, prácticamente, acaba de comenzar. De hecho, muchas de estas artes nunca pasaron de ser obras manuscritas conocidas tan solo por algunos de los lectores a quienes iban dirigidas, esto es, a los religiosos de las diversas órdenes establecidas en las Filipinas desde mediados del siglo XVI. 2.3.- Vocabularios, calepinos y diccionarios Sin duda, uno de los capítulos más brillantes y olvidados de la historiografía lingüística hispánica es el que se relaciona con la lexicografía bilingüe en tierras asiáticas y, en particular, en las islas Filipinas. Ni siquiera sus vacilantes comienzos fueron plenamente españoles, puesto que hubo de ser un italiano, Antonio de Pigafetta, quien, en 1521, al poco de presenciar la muerte del portugués Magallanes, escribiera un pequeño glosario (aunque él lo denomine vocabolario), en el que se muestran las correspondencias entre unos 150 términos italianos más los nombres de los diez primeros números con sus correlatos cebuanos (dialecto de la lengua bisaya o visaya de la isla de Cebú o Sugbú) (de Riquer 1999: 50). Muchos de tales términos allí des- VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 34 critos siguen vigentes en las lenguas bisayas o visayas (más del 80%). Otros muchos expedicionarios siguieron los pasos de Pigafetta, según indica Martinell Gifre (2005: 199-205), pero sus recopilaciones, antes que vocabularios, han de considerarse breves glosarios de correspondencias y no serán tratados aquí (a lo que sabemos, el Dr. Rodríguez-Ponga está analizando uno de tales glosarios de mediados del siglo XVI que tiene por objeto a la lengua chamorra, pero poca noticia más podemos aportar al respecto). Además, aparte de este breve inicio, hasta comienzos del siglo XVII no parece que se imprima ningún vocabulario de una lengua filipina, como es el de fray Pedro de San Buena Ventura, Vocabulario de la lengua tagala. El romance castellano puesto primero (1613) o, al menos, ese es el primero que nos ha llegado. El siguiente monumento lexicográfico bilingüe impreso del que tenemos noticia es la obra de Alonso de Méntrida (1637) impreso póstumamente por el P. Claver, también agustino, el Vocabulario de lengua bisaya, hiligueyna y haraya de la isla de Panay y Sugbu y para las demas islas. Se elaboraron obras lexicográficas manuscritas de estas y aun de otras lenguas filipinas durante el siglo XVI que, lamentablemente, no han perdurado o lo han hecho pasando inadvertidos. Indica Newell (1991: 45), sin aducir pruebas, que se redactaron no menos de 600 vocabularios y diccionarios de lenguas filipinas durante la presencia española, de los cuales se llegaron a publicar 400. Sueiro (2003: 171), más realista, enumera (entre los localizables y los desaparecidos), un total de 108 repertorios lexicográficos para el período comprendido entre 1580-1610 y el siglo XIX, relativos a una treintena de lenguas diversas. Reconoce Quilis (1997: 63-78) la existencia de 48 vocabularios de doce lenguas distintas (bagobo, batán, bicol, bisayo-cebuano, ibanag, ilocano, maguindanao, pampango, panayano, pangasinán, tagalo y tirura). Remitiéndonos a la obra de Sueiro (2003: 88-138) y a nuestras propias pesquisas, reseñamos tan solo algunas obras localizables manuscritas o publicadas en Filipinas (y sus ediciones) para el periodo 1613-1914 (y que remiten a un total de dieciséis lenguas diversas): a) tagalo: San Buena Ventura (1613; 1994); Ortiz (ms., 1770[1727) Noceda (1754; 1832; 1860); de los Santos (1794; 1835); Serrano (1854; 1858; 1872); Fernández (1883; 1887; 1890; 1910); Serrano Laktaw (1889; 1914; 1965); Anónimo (tagaloinglés) (1898); (de Diego (ms., s.f., s. XIX); b) bisaya: Méntrida (1637; 1841; 2004); Sánchez (1711); Martín (1842); de la Encarnación (1851;1866; 1885); Gayacao (panayano) (1875; 1879); Sánchez de la Rosa (1886; 1895; 1914); Lozano (1892); Aparicio (ms., 1909, 2 vols.); c) ilocano: Vivar (ms. ca. 1770); López (1792); Carro (1849; 1888); de la Encarnación (1851-1852); Vivó y Juderías (1873); Gayacao (1896); anónimo (ms.,s. XIX); Zarsa (ms., s.f. S. XIX); JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 35 d) japonés: anónimo (1630); e) pampango: Bergaño (1732; 1860); f) bicol: de Lisboa (1754; 1865); Perfecto (1896); g) ibanag: Bugarín (1765; 1854); Velinchón (1854); anónimo (1867); anónimo (ms., s.f., s. XIX); h) pangasinán: Fernández Coscaya (1865); Macaraeg (1898; 1904); anónimo (ms., s.f., s. XIX); i) batán: anónimo (1884); Franco de Paula (1896); anónimo (ms., s.f., s. XVIII o s. XIX); j) bagobo: Gisbert (1892); k) maguindanao: Juanmartí (1892); l) tiruray: Benassar (1893); m) isinay: Mendiola (ms., s.f., s. XIX); n) calamiano: de la Virgen de Monserrate (1789; 1895); o) chamorro: Ibáñez del Carmen (1865); p) kanako: anónimo (1892). Fuente: Sueiro (2003) y consultas propias Algunas de las lenguas descritas no son habladas en las Filipinas. No obstante, las obras lexicográficas correspondientes aparecen en imprentas religiosas de las diversas órdenes en este archipiélago. Es el caso del japonés (1630), del calamiano (1789; 1895) o del chamorro (1865). En el caso del vocabulario japón-español de 1630, nos hallamos ante un vocabulario que es resultado de la traducción al español de una obra anónima y conjunta elaborada por los jesuitas portugueses publicado en Nagasaki en 1603 y 1604 (Vocabulario japam-portugues). Algunas de las lenguas pertenecían, como es evidente, a otros archipiélagos, como la japonesa (1630), la chamorra (1865) de las islas Carolinas (1888) (lengua yap) y la calamiana (1789; 1895). Es una prueba más de que las Filipinas sirvieron como base permanente de expansión de la evangelización para los religiosos españoles hasta finales del siglo XIX. Autores como Hoyos Hoyos (2007) y Winkler (2007) han comenzado a investigar las descripciones hispánicas misioneras de la lengua yap de Las Carolinas (1888) y de la lengua mariana o chamorra (Sanvitores 1668). Por lo que se deduce de sus descripciones, desde luego los misioneros seguían el proceder imperante en las Filipinas para las lenguas austronésicas del archipiélago. VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 36 En cualquier caso, la producción lexicográfica de los religiosos españoles en Filipinas parece incluso proporcionalmente superior a la de la lingüística misionera hispánica en América, al menos desde el punto de vista cuantitativo, puesto que el periodo histórico comprendido es menor. No obstante, hasta 1994 no se reimprimió en España (Valencia) un facsímil de un vocabulario de esta naturaleza, el de Pedro de San Buena Ventura (1613[1994]) para el tagalo, obra de extraordinario valor e interés lexicográfico (Sánchez Fuertes 1994: 16) que es objeto de descripción a lo largo de las páginas que siguen. En 2004 se ha reimpreso el segundo, el de Alonso de Méntrida (1637[2003]) para el bisaya, por parte de quien suscribe. Por supuesto, las lenguas que más obras lexicográficas merecieron (tanto originales como mediante reediciones modificadas), son el tagalo, el bisaya, el pampango y el ilocano, lo cual se aviene con el número y calidad de artes y gramáticas escritas durante tres siglos sobre estas mismas lenguas. Es notable, sin embargo, cómo en el siglo XIX se produce un extraordinario interés por la descripción lexicográfica de lenguas hasta entonces ignoradas, como el bagobo, el maguindanao, el tiruray, el batán, el isinay, etc. Se trata, en su mayoría, de lenguas habladas en las islas más reacias a la evangelización católica en su conjunto, y, en especial, la gran isla sureña de Mindanao. Esta isla conocía ya una islamización notoria desde mucho antes de la llegada de los españoles al archipiélago (siglos XII-XIV). Lo que sabemos, en realidad, del contenido de muchas de estas obras es escaso. De hecho, ni siquiera existe consenso sobre algo tan básico como el número de obras y de lenguas descritas. Acero Durántez (2003: 190) apunta que hay localizadas, al día de hoy, más de un centenar de gramáticas y vocabularios en doce lenguas indígenas, que son, según esta autora, el bagolo (sic), el bicol, el bisaya, el cebuano, el ibanag, el ilocano, el maquindanao (sic), el pampango, el panayano, el pangasinán, el tagalo y el tirura. La heteronimia glotonímica (Revert y Gallardo 2001) y la fragmentación dialectal suele jugar malas pasadas: es probable, por ejemplo, que el bisaya, el cebuano, el panayano y aun el leytano, el hiligayno, el haray o waray-waray y el boholano no remitan más que a una sola lengua de las islas centrales del archipiélago, denominada genéricamente bisaya o visaya (o grupo de lenguas bisayas) (Ridruejo 2001: 532, Nota 3). Por otra parte, no hemos hallado mención alguna a la lengua “bagolo” ni de la “maquindanao”, lo cual no significa que no existan, por supuesto. Tal vez se refiera la autora a la lengua “bagobo” y a la “maguindanao”, que sí son filipinas. Además, la lengua tirura también es llamada por los religiosos del s. XIX “tiruray”. Acero Durántez (2003: 190) menciona, aparte de las dos obras del siglo XVII antedichas, otras del XVIII y aun del XIX, como el Vocabulario de la lengua tagala de Domingo de los Santos (1703; 1774; 1835), que Sueiro no ha localizado en su pri- JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 37 mera impresión, y nosotros tampoco, aunque sí en la segunda (1774), el Bocabulario de pampango en romance y diccionario de romance en pampango (1732) de Diego Bergaño y el Vocabulario de la lengua bicol (1754) de Marcos de Lisboa. La nómina podría alargarse sin dificultad con solo examinar con atención los fondos de las bibliotecas españolas. Por ejemplo, podríamos añadir, para el siglo XVIII, el ejemplar manuscrito del Vocabulario tagalo-español del P. Thomás Ortiz (ms. 1726), cuya copia se guarda en la Archivo General del Real Colegio de los PP. Agustinos Filipinos de Valladolid (España) y que data de 1770, así como el Calepino Ylocano del P. Vivar (ms., ca. 1797). Se trata de otras obras monumentales que jamás fueron impresas. Creemos que lo mismo es predicable para el siglo XIX e incluso hasta los comienzos del siglo XX, según se ve de la esquema previo. Ni que decir tiene que los expertos en lexicografía hispánica bilingüe nunca han examinado con detenimiento estas obras, salvo las dos primeras del siglo XVII, y con muchas limitaciones. Tenemos noticia de que se está investigando, no obstante, el Calepino ylocano o vocabulario de yloco en romance, del agustino P. Vivar (ms., ca. 1797), que tiene la peculiaridad de incorporar una copiosa nómina de refranes, sentencias y dichos españoles traducidos a la lengua iloca, ilocana o samtoy (tal vez añadidos entre los siglos XVIII y XIX), expediente, por lo que sabemos, que puede decir mucho de la fraseología y la paremiología hispánica de la época, pero de escasa, si no nula, incidencia pedagógica para unos sacerdotes cuya misión era dominar el ilocano. Es fácil imaginar la extraordinaria cara de extrañeza de los hablantes de ilocano si, en un sermón, les llegan a traducir a su lengua, por ejemplo, no por mucho madrugar amanece más temprano. Este manuscrito, como tantos otros, nunca se llegó a editar. Si bien se ha destacado el papel de los traductores en la elaboración de la lexicografía bilingüe, lo habitual, entre los especialistas en romanística, es centrarse en la labor propiamente europea. Es lo que sucede en la obra de Van Hoff (1991; 1996- 1997), donde se repasa con mucho detalle la producción lexicográfica europea desde la Edad Media hasta el siglo XX, pero donde no hay cabida para las obras lexicográficas bilingües europeas sobre lenguas naturales de América, África y Asia. De entre estas tres tradiciones, con todo, la más obliterada en los estudios occidentales es la hispano-asiática, que ha recibido, de largo, una menor atención. 2.3.1. Características de la lexicografía hispano-filipina Cuatro son, a nuestro entender, las características más sobresalientes de la lexicografía hispano-filipina que hemos podido examinar en la Biblioteca del Estudio Teológico del Real Colegio de los PP. Agustinos Filipinos de Valladolid, en el Archivo Ibero-Oriental de los PP. Franciscanos de Madrid, en la Biblioteca Nacional de VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 38 Madrid y en el Archivo de los PP. Dominicos de Ávila (González Riviriego 1993; 2006; 2006a). Nada hemos podido examinar de lo conservado en Filipinas, cuyo acceso, por otra parte se nos antoja muy difícil): (a) la primera de ellas es la relativa al origen de sus modelos lexicográficos (b) la segunda se refiere a la microestructura de las entradas léxicas (c) la tercera atañe a la macroestructura asimétrica de la mayor parte de los vocabularios hispano-filipinos (d) la última, tiene que ver con la periodización interna a la que podemos someterla (siempre tentativa), de acuerdo con la calidad de sus aportaciones o “adecuación lexicográfica”. 2.3.2. Origen de los modelos lexicográficos Respecto al primero de estos puntos, algún autor (García-Medall 2004) cree haber probado que el modelo de selección léxica hispánica de las obras clásicas de dichos vocabularios no fue, de manera directa, alguna obra lexicográfica de Elio Antonio de Nebrija, sino el primer vocabulario bilingüe publicado en América para la lengua náhuatl o mexicana (Alonso de Molina 1555). Lo anterior es válido, al menos, para la mayor parte de los vocabularios del siglo XVII y del XVIII que nos han llegado. Es, también, una conclusión lógica, puesto que, como hemos visto en el epígrafe de las artes y gramáticas, muchos de los frailes españoles de las Filipinas habían residido por fuerza a veces durante años en Nueva España o bien, en todo caso, se veían obligados a atravesar tierras mexicanas para embarcar en el galeón de Manila. Además, esta hipótesis casa con los indicios de exogramatización vinculada que defiende Ridruejo (2001). No obstante, la incidencia de Nebrija es clara, aunque vehiculado a través de Molina, y lo más probable es que el modelo directo de San Buena Ventura para el tagalo y de Méntrida para el bisaya ya fuera un vocabulario mesoamericano de 1605, el del P. Urbano, o uno posterior del periodo comprendido entre 1605 y 1613. 2.3.3. Microestuctura de las entradas léxicas Por lo que respecta al segundo de los puntos, de carácter más técnico, cabe decir que la novedad más relevante que muestran los vocabularios bilingües de estas lenguas filipinas es que, según creemos, las palabras han sido sometidas, por vez primera en la lexicografía hispánica (y, tal vez en toda la lingüística misionera), a un análisis similar al de los constituyentes inmediatos de la lingüística estructural americana del siglo XX: cada entrada en lengua filipina en realidad se corresponde con una unidad indescomponible, siendo el caso que, en último término, hemos de hablar de un morfema ya léxico, ya gramatical. Y esto con independencia de que dicha unidad tenga entidad léxica en la lengua en cuestión o no la tenga, esto es, constituya un mor- JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 39 filipina? No. Aún en 1909 y ya bajo dominio norteamericano de las islas, el agustino P. Aparicio culminó en Valladolid (España) su versión manuscrita del Diccionario general bisaya-español (que se conserva en ese estado, con una extensión de más de 1300 folios en cada uno de sus dos enormes volúmenes). Por vez primera, el prólogo de esta magna obra inédita incluye una crítica de la labor lexicográfica de los vocabularios anteriores del bisaya, crítica que se organiza entrada a entrada en aquellas más equivocadas en opinión del agustino Aparicio. No es este el último jalón lexicográfico hispano-filipino. En 1910 y 1914 Pedro Serrano Laktaw acabó de redactar e imprimió el último diccionario hispano-filipino (tagalo) en Manila (Filipinas) de que tenemos noticia. Si la recopilación léxica euro-filipina empezaba con un glosario de 150 palabras italianas en bisaya recogidas el año de 1521 y publicadas en Europa en 1536, por arte del cronista italiano Pigafetta, testigo privilegiado de la primera vuelta al mundo, lo cierto es que acaba, para la lingüística hispánica, casi cuatrocientos años después, en la segunda década del siglo XX. Hoy en día, sabemos de la preparación de un diccionario bilingüe tagalo-español y español-tagalo por parte de los colaboradores de la Agencia Española de Cooperación Internacional, a través de la Dirección de Diccionarios Bilingües, dirigida por la Dra. Victoria Escandell con la colaboración de la Dra. Celia Casado. Si se publica en breve, y desde 1914, la lexicografía bilingüe hispano-filipina habrá estado en estado de suspensión menos de un siglo. Un periodo de la lexicografía bilingüe hispánica que hemos tratado de sistematizar a pesar de que nuestros conocimientos sean mucho menores que nuestras lagunas. De hecho, la mayor parte de lo afirmado con anterioridad puede no responder a la realidad si observamos las obras con mayor detalle: tan escaso es aún lo que sabemos sobre este apasionante periodo. Para solventar esta situación, es menester que los investigadores se afanen en varios campos de estudio, a nuestro entender. Tal vez los más importantes sean los siguientes: a) la adaptación traductora de los referentes específicos del catolicismo y de la cultura europea a las lenguas filipinas; b) la política de préstamos hispánicos a las lenguas filipinas (incluidos los americanismos); c) la evolución descriptiva del léxico reseñado y la eliminación de arcaísmos culturales y su sustitución; d) el análisis contrastivo de los “prólogos” de los vocabularios hispano-filipinos, tanto desde la perspectiva comparada con los vocabularios hispano-americanos como desde la comparación sistemática e interna entre obras hispano-filipinas, resultado de una tradición propia; e) la selección de términos sensibles en las culturas malayo-polinésicas de las Filipinas manifestadas a través de los vocabularios hispánicos. Todo lo anterior puede llevarse a cabo tanto desde la diacronía de una misma tradición lingüística (por ejemplo, los vocabularios y diccionarios de una lengua como el tagalo, o el bisaya, o el pampango o el ilocano a lo largo de todo el periodo VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 46 historiográfico), como teniendo en consideración las influencias transversales entre tradiciones lexicográficas distintas (esto es, la competencia lexicográfica que se daba entre autores y órdenes diversas, por ejemplo, entre agustinos y franciscanos). Lo dicho tanto para las artes y gramáticas como para los vocabularios y diccionarios parece coherente con el fin de abordar el estudio de la historiografía lingüística hispano-filipina en lo relativo a la lexicografía. A todo lo cual cabría añadir otro resultado traductor, en gran medida, de dichas artes y vocabularios: las obras devotas traducidas a estas lenguas y que comienzan, en su periplo impreso, nada menos que en 1583 con la anónima Doctrina Christiana aparecida en Manila (Wolf 1947). En las páginas que siguen nos proponemos echar algo de luz sobre un periodo de la exogramatización hispánica en el mundo que resulta sobresaliente o que, al menos, se halla en el mismo nivel de importancia lingüística que la obra de los españoles en la descripción de las lenguas del Nuevo Mundo. El proceso de aprendizaje misionero de las lenguas asiáticas y filipinas, en particular, comenzaba por el dominio de las artes o gramáticas y por la consulta sistemática de los vocabularios. Los capítulos que siguen tratan, especialmente, de estas últimas obras y, en particular, de las primeras obras lexicográficas que se imprimieron. JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 47 48 CAPÍTULO III PRIMEROS PRÉSTAMOS HISPÁNICOS EN TAGALO 3.1. Introducción La incorporación de préstamos en una lengua en proceso de exogramatización es interesante para la teoría y para la historiografía lingüística. También es naturalmente relevante para la traductología, puesto que la incorporación de préstamos puede entenderse como una retraducción que afecta desde el léxico, en algún grado, al sistema fonológico, sintáctico, semántico y pragmático de la lengua receptora. Algunos autores consideran que la introducción de préstamos puede considerarse, de hecho, un tipo de traducción “radical” (Hernández Sacristán 1999). Por lo que respecta a la codificación gramatical de las lenguas filipinas por parte de los religiosos españoles en los primeros tiempos de la evangelización, este ha sido un aspecto muy poco estudiado. El primer vocabulario impreso de una lengua filipina que nos ha llegado es, a este respecto, una fuente notable de información sobre la codificación del léxico foráneo. Y lo es porque los impresores (Thomas Pinpin y Domingo Loag), primerizos en estas habilidades, eran también hablantes de tagalo como lengua materna y manifestaban en su labor de imprenta las variantes formales que sufrían con seguridad los términos hispánicos al incorporarse a su lengua natural. Debe tenerse en consideración que, en adelante, los préstamos aparecen en las obras lexicográficas sin las modificaciones fonológicas que hacen los hablantes de las diversas lenguas (Méntrida 1637[2004]), para el bisaya, por ejemplo), o, simplemente, se expurgan muchas veces de los repertorios lexicográficos que se van elaborando o publicando por considerarse demasiado prolijos y consabidos (Domingo de los Santos 1703, para el tagalo). Es interesante constatar que la primera obra impresa en Filipinas, que conozcamos, la anónima Doctrina Christiana de 1593 (Wolf 1947), incorpora los hispanismos con su forma habitual en español y en latín, sin proceso ninguno de adaptación. La incorporación de préstamos y de calcos hispánicos era tarea dirigida por los religiosos, pero su variación formal, semántica e incluso pragmática iba más allá, muchas veces, de sus pretensiones primeras, tal como ha demostrado Rafael (1983[2001]) respecto a la expresión tagala utang na loob o deuda de corazón, obligación, o vínculo de la fe (según los religiosos), así como al término tagalo hiya, que vale por palabra de honor y, tras la intervención religiosa, por vergüenza (ante los pecados cometidos, por ejemplo). 49 En este trabajo intentamos describir los procesos de incorporación tal y como se manifiestan en la primera codificación lexicográfica del tagalo y no solo en lo que atañe a sus variaciones fonéticas, sino en lo relativo a su “normalización” morfológica y sintáctica y a sus consecuencias semánticas y pragmáticas. Tal estudio, sin embargo, no sería fiable si no se sistematizara la información metalingüística aportada por el Vocabulario. Esta obra fue concebida a partir de un Arte de la lengua tagala escrito por el franciscano Juan de Oliver a finales del siglo XVI, sin duda uno de los “primeros padres” que codificaron el tagalo. Pero dicha obra nunca fue impresa y se da por desaparecida. La obra manuscrita de Juan de Oliver debió ser consultada y mejorada probablemente por fray Joseph Blancas de San José en su Arte y Reglas de la Lengua Tagala de 1610, el primer arte impreso que nos ha llegado, pero también fue empleada por Pedro de San Buena Ventura, según él mismo indica repetidas veces, en la elaboración del Vocabulario de la lengua tagala. El romance castellano puesto primero, de 1613. La obra del P. San José de 1610, con ser un monumento a la capacidad lingüística de los españoles en Filipinas, resulta mucho menos interesante que la obra de San Buena Ventura por lo que respecta a la incorporación de los préstamos hispánicos: los hispanismos del Arte no manifiestan modificaciones formales reseñables por no estar adaptados. En términos modernos, de acuerdo con Weinrich (1966) los hispanismos del P. San José, como los de la Doctrina Christiana (1593) están plenamente “asimilados” o “integrados” y suelen constituir phonological citations, mientras que los de San Buena Ventura (1613), simplemente, aún manifiestan el proceso de adaptación de los préstamos a la lengua tagala en las primeras etapas del contac- to. Es menester indicar que, en el ámbito misionero hispanoamericano, es muy frecuente que los estudios sobre los vocabularios se centren en el análisis de la incorporación de préstamos de las lenguas amerindias al español (Schrage 2003: 241-247), pero en el ámbito asiático el interés debería centrarse, dialécticamente, en la incorporación de préstamos hispánicos en las lenguas asiáticas principales, puesto que han sido estas, y no el español, las que han mantenido su idiosincrasia al tiempo que se han visto modificadas por el contacto con la cultura europea exógena. Comenzaremos el estudio por la descripción de los fenómenos fonológicos y morfonológicos que se manifiestan a partir de los préstamos hispánicos (confusión de órdenes vocálicos, simplificación de diptongos, cambios consonánticos, reduplicaciones silábicas y de bases). Continuamos con el reanálisis morfológico y con la reorganización sintáctica, de acuerdo con la asignación a los préstamos de formas activas y pasivas y de formas causativo-permisivas (o de facere facere). Seguimos la exposición con la reorganización semántica a través del préstamo (préstamo aislado, especializado y sus dominios de introducción). Finalizaremos con el estudio de la pragmática del préstamo en lo concerniente a las fórmulas de tratamiento y a los actos de habla. VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 50 3.2. Fonología y morfonología del préstamo 3.2.1. Confusión de órdenes vocálicos De acuerdo con Schachter (1987[2000:937]), al que sigue Quilis (2001: 5 y ss.), el sistema vocálico del tagalo del siglo XVII constaba de una serie de tres vocales, donde [e]y [o] eran alófonos en posición no complementaria de /i/ y de /u/, respectivamente. El sistema vocálico, como el del árabe clásico, por ejemplo, era trifonemático, puesto que se añadía la vocal central /a/. Los préstamos hispánicos muestran a las claras estas vacilaciones alofónicas del orden anterior y del posterior. Algunos de los muchos ejemplos del Vocabulario de San Buena Ventura manifiestan una realización variable de ambos órdenes en relación con la incorporación de los préstamos hispánicos, como se puede ver en los siguientes ejemplos: (a) orden anterior: intrimis (“entremes”); binda (“atar con benda algo”); tubig bindita (“agua bendita”); istaca (“estaca”); binasiras (“vinajera”); batia/batea (“batea”); colis/coles (“coles”); papil/papel (“papel”); galila/galela (“galeras en que rreman los pescadores”); pibri (“pebre”); bintosa (“bentosa”); compision/compesal (“confesion, confesar”); tisa (“teja”); litor (“letor”); litra (“letra”); manrispuesta (“en respuesta”); mantica (“manteca”); mariniro (“marinero”); midias (“medias”); mimoria (“decorar de memoria”); tininti (“teniente”); ritablo (“retablo”); sinioldia (“obispo”, de “señoría”); sintinsia (“sentençia”); tintiro (“tintero”); liguas (“legua de camino”), etc. Existe en el Vocabulario de San Buena Ventura (1613) un caso de especial importancia, según creemos. Véanse con detalle estas dos entradas: Parte Primera (español-tagalo): Absoluer) Bindision (pc). M. al penitente en la confesión, binibindisionan. I.P. ser el penitente absuelto, dili aco binindisionan ang Padre, no me absoluio el Padre. (SBV 1613: 10). Parte segunda (tagalo-español): Bindiçion. Pc.) Bendeçir. (SBV 1613: 632) Es decir, que podemos hallarnos ante un par mínimo que podría ser la primera manifestación de un temprana refonologización de la alomorfía tagala originaria entre las vocales /e/ e /i/, de acuerdo con la siguiente oposición de significado: a) bendiçion (“bendeçir en la missa o en otro lugar algo o a alguien“); b) bindision (“absolver al penitente en la confesion”). Este último ejemplo es importante, puesto que puede constituir la primera manifestación histórica de que tenemos noticia de la temprana fonologización de la JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 51 alofonía tagala originaria entre los sonidos [e] e [i] (Quilis 2001: 5). Como puede observarse, los religiosos, como San Buena Ventura, pudieron favorecer la aparición de una oposición vocálica alofónica que se daba en tagalo, pero también pudieron describir, simplemente, un fenómeno distintivo cuya autoría correspondía solo a los hablantes tagalos, como Domingo Loag y Tomás Pinpin en contacto diario y directo con los españoles. (b) orden posterior: cabayung/cabayo (“caballo”); dimunio/demonio (“demonio”); asocal/asucal (“açucar”); coros/cruz (“cruz”); cotsada (“cuchara”); colanto (“culantro de Castilla”); conyas/cunyas (“cuñas”); asol (“açul”); comolga/comulga (“comulgar”); lichogas/lechugas (“lechugas”); casoya (“casullas”); plocodarol (“procurador”); polpito (“pulpito”); ponto (“punto”); ponyal (“puñal”); polgatorio (“pulgatorio”); caboche/cabuche (“sacabuche”); dimonio/dimunio (“demonio”) etc. Al contrario de lo que sucedía en el orden anterior entre bendiçion y bindision, no hemos hallado en este orden posterior caso alguno en el que se manifieste la temprana reorganización fonológica entre las realizaciones [o] y [u]. Como puede observarse por los ejemplos previos, la vacilación se daba tanto entre las vocales tónicas como entre las átonas. En realidad, [e] y [o] eran, antes del contacto, alófonos en distribución no complementaria, de /i/ y de /u/, respectivamente (Quilis 2001: 5, nota 7; Schachter 1987[2000]). La realización era, no obstante, bastante variable, de modo que pueden encontrarse a lo largo del Vocabulario algunos de estos ejemplos en su realización plenamente hispánica y, tal como indicaba Weinrich (1966: 12), también muchos préstamos introducidos en tagalo desde el español en forma de phonological citations. Es de notar que los préstamos adaptados son mayoritarios en el Vocabulario de Buena Ventura (1613), mientras que las phonological citations son lo único que podemos encontrarnos, casi siempre, en el resto de la lexicografía hispano-filipina de los siglos XVII al XIX (esto es lo que sucede, por ejemplo, mayoritariamente en Méntrida (1637[2004]) para el bisaya o en Vivar (ms., ca. 1765) para el ilocano. En el peor de los casos (para nuestros intereses), se extraen casi por completo los hispanismos de los repertorios léxicos por considerarlos excesivamente numerosos y escasamente informativos, como sucede en la segunda edición de la obra de Domingo de los Santos (1793[1703]), el Vocabulario de la lengua tagala. En las descripciones actuales del tagalo, no obstante, no deja de reseñarse que el subsistema vocálico de esta lengua consta, al día de hoy, de cinco fonemas vocálicos, que son los mismos que los del español (Schachter y Otanes 1972; Schachter 1987[2000: 937]; Himmelmann 2005), a los que cabría añadir los mismos con el rasgo de duración. Los que aporta, por ejemplo, Quilis (2001: 5) del tagalo moderno VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 52 no dejan duda alguna de la reestructuración fonemática que ha conocido esta lengua, precisamente, según creemos, a partir del contacto con la lengua románica hispánica. Reestructuración que se ha extendido, como era previsible, a unidades léxicas que constituyen oposición con independencia de su origen malayo, chino, sánscrito o hispánico: benta “venta”/binta “canoa”; mesa “mesa/misa “misa”; balot “envuelto”/balut “huevo de pato empollado”; botas “botas”/butas “agujero”; borador “volador” (cometa)/burador “borrador”, etc. 3.2.2. Simplificación y asimilación de diptongos De acuerdo con Schachter (1987[2000: 938]), el tagalo moderno tiene al modelo CVC como el más común para la construcción de la sílaba, tanto en posición final como no final, mientras que el modelo CV (:) suele aparecer tan solo en posición no final. Los diptongos son escasos en comparación con el español. El resultado es o bien la simplificación vocálica de los mismos en los préstamos, o bien la transformación de alguno de sus elementos. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la presión de modelos de diptongación foráneos acabará imponiéndose en muchos de los términos modernos del tagalo bien a partir del español, bien a partir del inglés, lengua esta, como es sabido, con un alto número y variedad de diptongos. En el Vocabulario de San Buena Ventura (1613), naturalmente, hallamos soluciones de ambos tipos, las foráneas simplificadas o transformadas y las foráneas admitidas: /ai/ > /ai/: bayniya (“vaynilla”); /au/ > /au/ audiençia (“audiençia”); /ei/ > /i/: asitunas/aseyte (“açeytunas de Castilla” y “açeyte”); /wa/ > /o/ o/we/ o /Ø/: coresma (“cuaresma”); coventas (“cuentas de rosario”); pasco (“pascua”); /we/> /o/ o/wi/ o/we/ o/wo/: salauiles/salyviles (“çaraguelles”); escuela/iscovyla (“escuela”); irbabuyna (“yerva buena “); lavolta (“guerta”); casola (“caçuela”); binyolos (“buñuelos”); nosis (“nueçes”); irbabuyna (“yerna buena”); naueta (“naueta”); pluecos (“fluecos”) /ja/ > /ja/: graçia (“graçia”); diablo (“diablo”); comirya (“tablado para representar comedias”); bisylia (“vijilia”); midias (“medias”); christiano (“christiano”); siriales (“zirial de la iglesia”); /je/ > /i/ o/je/: consirto (“conçierto de pleyto”); pista/piesta (“fiesta que se guarda fuera del domingo o la fiesta del patron”); piminta/paminta (“pimienta”); impierno (“infierno”); audiençia (“audiençia); /jo/ > /o/ o /jo/: pitison (“petiçion”); procesion (“proçesion”); saladio (“salario”); silisio (“ziliçio”). JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 53 Como puede comprobarse, un diptongo que se ve respetado en todas sus posiciones (átona y tónica), es /ja/ en esta época primera del contacto. La respuesta fonológica a este fenómeno parece evidente: preexistía en tagalo. Lo mismo ocurre con la semivocal en el diptongo /ai/ y en diptongo hispánico /au/. Por otro lado, la semiconsonante /j/ aparece extendida como parte del diptongo que sustituye a los sonidos palatales del español, de los que carece el tagalo. De hecho es la realización semiconsonántica que aparece sistemáticamente en sustitución de las consonantes nasal palatal /n/ y líquida palatal /λ/ del español, como se puede comprobar en los ejemplos siguientes: panio (“paño); binyolos (“buñuelos”); cabayo (“caballo”); conyas (“cuña”); castanyas (“castañas”); donseya (“donçella”); galiyos (“grillos”); casoya (“casullas”); sinioldia (“obispo”, de “señoria”); siboyas (“çebolla”); boliyos “randas” o “bolillos”); ponyal (“puñal”); siya (“silla”); camayon (“camellones o caballones”); capiya (“vanco de iglesia”); calatiyo (“cuartillo”). Indica Quilis (2001: 6) que la secuencia filipina derivada de hispanismos [nj] se realiza (en tagalo y cebuano actuales) como [n] o como [n] palatalizada: banyo > [báno] o [bánjo]. También la secuencia del español [ni], si seguida de vocal, se ve arrastrada a menudo a [n] en la realización habitual de esas lenguas en la actualidad: pulmonía > [pulmoná]; matrimonio > [matrimóno]. No obstante, lo anterior ya atañe a la fonología de los préstamos de la serie consonante en el tagalo actual, tras más de tres siglos de contacto con el español. 3.2.3. Modificaciones consonánticas Una posible reconstrucción de los dos sistemas fonológicos consonánticos en contacto en el siglo XVII, el del español y el del tagalo, es la siguiente (Quilis 2001: 5; Schachter 1987 [2000: 937-938); Baklanova (2004): Español: /p/ /t/ /t∫ / /k/; /b/ /d/ /g/; /m/ /n/ /ñ/; /f/ /s/ /j/ /∫ /; /l/ /λ/; /r/; /rr/; /’/(acen- to). Tagalo: /p/ /t/ /k/; /b/ /d/ /g/ /?/; /m/ /n/ /ŋ/; /s/ /h/; /l/; (r); /’/ (acento). Las consonantes españolas que tienen correlatos semejantes en tagalo, ya desde los primeros préstamos hispánicos de San Buena Ventura (1613), y que aparecen sin modificación relevante en los préstamos hispánicos, son los siguientes: a) las oclusivas sordas /p/ /t/ /k/ b) las oclusivas sonoras /b/ /d/ /g/ (solo como oclusivas); c) las nasales /m/ /n/ VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 54 ˆ ˆ ˆ ˆˆ ˆ d) la sibilante /s/ Por el contrario, el tagalo carecía a comienzos del siglo XVII de los fonemas hispánicos /j/, /t∫ /, /∫ /, /λ/, /rr/, /f/ y /n/. A lo largo del Vocabulario se reproducen realizaciones concretas de cada uno de estos fonemas hispánicos en su adaptación al tagalo del siglo XVII. Quilis (2001: 6) indica que el fonema hispánico /j/ se adapta al tagalo y al cebuano (modernos) con una realización más abierta que la española: hierro > tag. [jéro]; ayuda > ceb. [ajúda]. Algunos de los ejemplos del Vocabulario en los que sería posible rastrear esta realización de /j/ son los siguientes: ayunal (“ayunar”); binyolos (“buñuelos”); papaya (“papaya”), etc. La realización del fonema /t∫ / del español resulta ser de lo más variado: (a) puede aparecer en el vocabulario representado gráficamente como <s>, en cuyo caso tenemos los ejemplos siguientes: biscoso (“bizcocho”), sirimias (“chirimía”); mansa (“mancha”); mansaro (“manchado”); (b) también puede aparecer transcrito como <ts>, en ejemplos como cotsada (“cuchara”); (c) por último, puede aparecer de acuerdo con la convención del dígrafo hispánico <ch>, como en lichogas/lechugas (“lechugas”) o cochon (“colchon de lana de Castilla”). Como se ve, las realizaciones pudieron ser de lo más variado, aunque Quilis (2001: 7) afirma que, en tagalo y cebuano modernos el fonema africado sordo español /t∫ / tan solo se realiza mediante la secuencia consonántica [ts], precisamente, como en el ejemplo que hemos reseñado anteriormente de <cotsada> (“cuchara”). En el ilocano actual, según indica Rubino (1998; 2000: XXV), lengua también hablada en la isla norteña de Luzón y de sistema fonológico bastante similar al del tagalo, no se dan sonidos africados que constituyan realizaciones de fonemas autónomos en voces patrimoniales, si bien ocurren en ciertos entornos fonológicos o en préstamos de lenguas extranjeras. Este autor indica que, precisamente, la africada alveo-palatal /t∫ / se representa en ilocano moderno mediante el dígrafo <ts>, como en el hispanismo de origen náhuatl <tsokoláte>. Por lo que hace a la consonante velar sorda del español moderno /χ/, Quilis afirma que, al día de hoy, se realiza según las zonas dialectales hispánicas como [χ] o como [h]. En tagalo no hay realizaciones de /χ/, pero sí como [h], que es la realización del fonema tagalo [h] (habla Quilis del tagalo moderno), por ejemplo en tag. /hablá/, que antigua y modernamente valen por “denunciar a alguien ante la autoridad”). No podemos rastrear dicha realización en los casos del Vocabulario, pero sí la realización derivada del fonema hispánico medieval /∫ /, que siempre se resuelve como /s/. Los ejemplos son numerosos y muy interesantes, según se observan en la secuencia siguiente: cosin (“almohada, que vsan ya estas en el iglesia”); cason (“cajon”); botisa (“boti- ja de Castilla”); ansiles (“angeles”) (también, angeles); binasiras (“vinajera”); pri- JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 55 ˆ Mex-Sp: zaquisamé ‘loft, upper floor’ > Tag *sakisamé > kisamé ‘ceiling’ (sa might be taken as the Tagalog preposition sa ‘in, on’) (Baklanova 2006: 9). Con todo, dicho reanálisis y posterior eliminación no aparece en otros entornos léxicos del Vocabulario de San Buena Ventura (1613), como en saliro (“salero”), sasildote (“saçerdote”) o sanctos (“sancto”). En el primero de los ejemplos, cabe interpretar un reanálisis de sacomo la partícula locativa y benefactiva tagala “en”, “sobre” y –liro como la base léxica hipotética. En los otros dos ejemplos, de notable importancia referencial para los religiosos, es posible que se diera una presión insistente para no eliminar la primera parte del cuerpo léxico de las palabras respectivas. No deja de ser notable que las funciones de sa en tagalo moderno sean objeto, en muchos entornos, de una redundancia funcional con la preposición hispánica para, según se deduce de los numerosos ejemplos aportados por Schachter y Otanes (1972) y por Schachter (1987[2000: 941]), al menos en los argumentos benefactivos: tag. para sa babae ‘a la mujer, para la mujer’. Otro caso de reanálisis morfológico interesante del material léxico hispánico es el que da como resultado el sustantivo tagalo limos /limós/, que vale por “limosna”. Aparece con harta frecuencia a lo largo del Vocabulario del siglo XVII. Baklanova (2006) interpreta acertadamente que se trata de evitar la confusión con la partícula o “ligatura” nang/na/-ng, (en tag. mod. /naŋ/), que suele aparecer en la constitución de los sintagmas nominales tagalos. No hemos hallado, sin embargo, más que este ejemplo en el amplio corpus de préstamos hispánicos del Vocabulario (cf. Anexo I). También Quilis (2001: 7), para el tagalo moderno, reseña un ejemplo de eliminación del segmento silábico del español –naque podría interpretarse como otro caso de reanálisis con idéntico fundamento al de limos (/limós/). Es el siguiente: labasa > (“la navaja”). En el Vocabulario de la lengua tagala de San Buena Ventura, por el contrario, el segmento silábico inicial de esta misma unidad léxica aparece intacto: nabasa > (“navaja”). 3.3.5. Incorporación y creación de compuestos Uno de los episodios morfológicos más interesantes, según puede examinarse en el Anejxo I, es el que guarda relación con la incorporación de préstamos hispánicos en los que interviene más de una unidad léxica, y que permite reseñar una amplia variedad de manifestaciones formales, según describimos, en parte, a continuación. 2.3.5.1. Compuesto hispánicos completos Entre la incorporación de préstamos hispánicos con carácter morfológico de compuestos en tagalo caben destacar un gran número de sintagmas nominales. Los VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 62 que hemos recopilado a partir del Vocabulario de San Buena Ventura, clasificados de acuerdo con su asociación semántica general, son los siguientes: a.- de carácter dogmático: Spiritu Sancto (“Espíritu Sancto”), Sancto Evangelio (“Sancto Evangelio”); istrimaunsiyon/istrimaonsion (“estremaunçion”); b.- de índole jerárquica: Sanctopapa (“Sancto Papa”), Padre Provinçial (“Padre Provinçial”), Pare Prior (“Padre Prior”); Siniol Alsobispo (“Señor Arçobispo”), Siniol Obispo (“Señor Obispo”); c.- de naturaleza doméstica: irbabuyna (“yerbabuena”); bistin cristan (“rropas de sacristia”). Como se observa, se acogen aquí expresiones que constituyen SSNN o bien palabras compuestas en español como formas unitarias complejas en tagalo, sin intervención de la gramática. Se puede dar el caso excepcional de una unidad léxica española reduplicada, tan común entre muchas bases tagalas, como es el caso de la formula de tratamiento dondon (“don que ponen a los prinçipales”), o el nombre común albaalbahan (“albillas de la iglesia”), que debe interpretarse como un calco traducido del sufijo hispánico -illa según la reglas pluralizantes de la reduplicación léxica del tagalo. 3.3.5.2. Compuestos y SSNN híbridos No obstante, también se forman, y no son escasos, compuestos híbridos, a caballo entre la morfología y la sintaxis de los SSNN. En ellos, uno de los lexemas es tagalo y el otro hispánico, o bien ambos son hispánicos pero configuran SSNN mediante ligaturas tagalas. Se ligan mediante partículas, también llamadas “ligaturas” en la tradición descriptiva hispano-filipina (cf. Ridruejo, en prensa), o por mera continuidad. También se puede dar el caso de que ambos sean hispánicos y estén ligados o no por morfología, como en el epígrafe anterior. Los más relevantes, que pueden llegar a configurar auténticas series léxicas, tal vez sean los siguientes: candela sa altar (“candela del altar”); palia sa altar (“palya del altar”); sacramento sa altar (“sacramento del altar”); batang cantores (“muchachos cantores”); iueves arao (“el iueves”, lit.: jueves día); asucal bato (“açucar piedra”),; panday cuentas (“ofiçial de cuentas”); cuentas na cala (“rosario de cuentas de tortuga”); patos cahuy (“zuecos de los religiosos franciscos”); patos na nahuy (“choclos con dos correas no mas”); JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 63 suplinang tinic (“zurriaga de los deçeplinantes”); tubig bindita (“agua bendita”); paring pagmimisa (“saçerdote”, lit.: “el padre para/de la misa”). En ocasiones, se crean series léxicas paralelas, como en torno al hispanismo capitán. Es el caso de la serie siguiente: capitan basal (“governador”); capitan paliyo (“ofiçial de palillos”); capitan babuy (“mayoral de puercos”). También se produce este fenómeno en torno a babayi (“mujer”), según se observa en la siguiente serie: castilang babayi (“española ordinaria”), que se opone al simple tag. senyora (“española, si es principal”); cabayong babayi (“yegua, caballo hembra”). Algo similar se da en torno al hispanismo baca, como en estos ejemplos: mapagpatay nang baca (“que mata bacas, carniçero”); magtitimbang nang baca (“que pesa bacas”). 2.3.5.3. Creación de palabras desde SSPP hispánicos Los casos de incorporación léxica más notables desde la gramática del español la proporcionan, con todo, ejemplos de sintagmas prepositivos en esta lengua románica que se convierten en verbos simples en tagalo, de naturaleza pragmática muy marcada (son, por lo general, actos de habla de petición), o bien en sustantivos de referentes muy prosaicos y cotidianos que parten de expresiones de solidaridad. Del primero de los casos sobresalen los verbos tolomolde o polomolde (“pedir por amor de alguien”) y polomolderios, polamoldirios (“mendigar por amor de Dios”). Como ejemplo del segundo de los casos nos encontramos con el nombre común del tagalo paralosdos (“migas”). 2.3.6. Desmotivación de la morfología derivativa sufijal del español Muchos de los préstamos hispánicos del tagalo se incorporan, como es previsible en una comunidad lingüística ignorante de la lengua de contacto, con absoluta indiferencia hacia los procesos derivativos de las palabras hispánicas. Este fenómeno es muy notorio en lo relativo a la sufijación diminutiva, si bien no es exclusivo de él. Véanse los siguientes ejemplos (algunos de los cuales ya estaban desmotivados o lexicalizados en español o nunca gozaron de tal motivación): paliyo (“palillo”), lariyo (“ladrillo”), casitas (“cajeta”), galagantiya (“gargantilla”), castañitas (“castañetas”), campania (“campanilla”), bayniya (“baynilla”), VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 64 naueta (“naueta”), botisa (“botija”), boliyos (“randas”), capiya (“banco de iglesia”), calatiyo (“cuartillo”), casola (“caçuela”). Los correlatos no diminutivos prestados en tagalo, cuando se dan, reafirman esta desmotivación morfológica, puesto que, por ejemplo palo vale por “golpear a alguien contra su voluntad”, castanya vale por “castaña” y boto vale por “boto de elecçion”. Es decir, pierden su relación etimológica u homonímica también en los préstamos. Lo mismo sucede con la mayoría de la formas participiales ya lexicalizadas en español, como las siguientes: panara (“empanada”), salara (“ensalada”), granara (“granada, fruta”), colara (“colada”), tablaro (“cadahalso”), candaro (“candado”), mansaro (“manchado”), criaro (“criado”) o astiraro (“desterrado, penitençiado”). De todas ellas, la única susceptible de propiciar un análisis aproximado de la sufijación participial es mansaro, que conoce en el tagalo de esta época su forma sustantiva prestada mansa (“mancha”), pero es este un caso casi aislado. Igual fenómeno parece suceder en los ejemplos siguientes de sufijación derivativa del español: sugadol (“jugador”), silbiro (“servidor, criado”) palticqira (“faltiquera”, sic), cason (“cajon”), santol (“santor”), capote (“capote”), coldo (“cordon de S. F[rancis]co.”), mariniro (“marinero”), plumasing (“plumaje”). El único sufijo que, hipotéticamente, pudiera haber sido reinterpretado en términos de morfología derivativa agentiva en tagalo a comienzos del siglo XVII es el resultante de la siguiente y muy nutrida serie: ispensa (“despensa”)/ispensero, gispinsiro (“despensero”), canrela (“candela”)/canrelero (“candelero”), cosina (“coçina”)/cosinero (“coçinero”), poltero (“portero de convento”)/polterohan (“porteria de convento”). No obstante, no aparece este sufijo agentivo –ero/-a aplicado a ninguna unidad léxica propiamente tagala si no es en colaboración con palabras hispánicas, de modo que dudamos que el préstamo morfológico tuviera posibilidades de integrarse en esta lengua en este punto concreto e inicial del contacto. 3.3.7. Adaptación morfológica a la gramática del tagalo Por lo que hace a los nombres incorporados, es notoria la tendencia a hacer intervenir la partícula sufijal del tagalo (-an/-han) algunos lexemas del español. Dicho sufijo conoce dos alomorfos en tagalo, que son -han y –an y tiene un claro valor locativo y estatizante si aplicados a nombres. Puede verse lo anterior con claridad en ejemplos como los que siguen: lamisahan/lamesahan “mesa, en la mesa, sobre la mesa”, benditahan “[pila de] agua bendita”, polterohan/portirohan “portería”, damahan “tablero de ajedrez, donde juegas a damas”, postahan “lo que se apuesta de cada parte”, camotihan “el lugar do los camotes estan sembrados”, escuelahan “escuela”, JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 65 pinagcocomesariohan “iurisdiçion de comisario de visita”, pinagpoprovinsiyalan “iurisdiçion de provinçial”; pinagpaparian “iurisdiçion de ministro cura o benefiçiado”, pagoondasan “tumulo para las onrras de los difunctos”; pinaapelohan (“el tribunal para do se apela”); tisaan (“el tejar”). Estas últimas adaptaciones morfológicas implican una integración o naturalización de los primeros préstamos desde uno de los componentes de la gramática del tagalo, como es el morfológico derivativo, pero también manifiestan que los padres descriptores conocían, sin duda, el carácter espacial y locativo de los sufijos que se aplicaban a los préstamos. De hecho, obsérvese el modo en que San Buena Ventura describe la entrada hispánica “lugar”, en donde aparecen hispanismos adaptados al tagalo (sa pagcocompilmasalan) al lado de adaptaciones semánticas de índole religiosa y seglar (sa pagbibinyagan): Lugar) Pag) dose haçe algo, con, an o han, post. a la raiz, vt sapagbibinyagan, en el lugar do baptiça doon sa panGanGaralan, en el pulpito, sapagcocompilmasalan, en el lugardo confiesan (San Buena Ventura 1613: 394). Lugar) An) do esta algo pos puesto a la raiz, diyan sanalagian nang paamo, ay do tienes los pies, satinitirican nang cahuy, do esta incado el palo, sacqinoconan nag bigas, el lugar dedo se tomo el arroz limpio, asinan, el lugardo esta la sal, borboran, hocoman, lugar del juzgado.&c. (San Buena Ventura 1613: 394). El origen de albaalbahan resulta, a nuestro entender, especialmente interesante a la luz de la descripción morfológica y semántica que proporciona San Buena Ventura sobre un tipo de reduplicación léxica del tagalo: Diminutiuo) Han) pospuesta y duplicada toda la raiz. l. an, vt, tavotavohan, hombreçillo, no cossa biva sino de paja o madera, batabataan, muchachito de palo, babuybabuyan, cochinito, ynotese q[ue] no es cosa biua como algunos piensan, yansi p[ar]a llamar auno hombreçillo no diremos tavotavohanca, que seriallamarle hombre de palo y de paja, sino gagaunti cang tavo, eres un hombreçillo (San Buena Ventura 1613: 255). En definitiva, se aplica la regla morfológica del sufijo –han, junto con la reduplicación de la raíz, para crear sustantivos inanimados a veces, a partir de sustantivos animados prototípicos, como tavo “hombre”, frente a tavotavohan, “hombrecillo de madera o paja”. Se puede afirmar, sin dudarlo, que los lexicógrafos describieron bastante bien la morfología nominal y adjetiva del tagalo, morfología de relativamente escasas reglas y notable transparencia morfotáctica, como se ve en el ejemplo precedente, en el que se aplica con coherencia la regla diminutiva para crear objetos inanimados a partir de un sustantivo hispánico, pero erraron por completo en la descripción de la morfología verbal, especialmente los primeros lexicógrafos, como San Buena Ventura, según veremos más adelante en la enumeración de las activas, las pasivas y las formas causativas o del facere facere de la lengua tagala. VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 66 3.4. Semántica y pragmática del préstamo Tal vez lo más relevante en cuanto a la cualidad de los préstamos hispánicos en el primer tagalo del contacto, sean las unidades léxicas relativas a los actos de habla de naturaleza acusatoria, pero también compromisiva, petitoria y apostante. Hemos consignado un buen número de estas unidades, como las siguientes (añadimos sus series léxicas vinculadas, aparecidas a lo largo del Vocabulario de San Buena Ventura que aparecen, en ocasiones de modo repetido, en el Anexo I): 1.- Serie léxica de la denuncia pública: habla (“acusar quejandose de otro”; “pleyto”); palahabla (“acusador”); apelo (“apelar de vn tribunal a otro”); nagaapelo (“apelar”); ypinagaapelo (“ser apelado”); 2.- Serie léxica del juego y las apuestas: posta (“apostar sobre porfia”); nagpoposta (“apostar algo”); pinopostahan (“lo sobre que apuestan”); napopostahan (“el que quedo vençido apostando”); postahan (“lo que se pone de cada parte”); 3.- Serie léxica de los actos de habla ceremoniales compromisivos bendiçion (“bendeçir en la missa o en otro lugar algo”); casal (“casar el ministro en la iglesia”); compesion (“confesion”); indulsinçia (“induljençia o jubileo”); compilma (“confirmaçion”); pagcompilma (“confirmaçion”); pilma (“firmar carta o otra cosa de su nombre”); polomolderios (“pedir por amor de Dios”); sintinsia (“sentençia”); unsiyon (“unçion”); istrimaunsiyon/istrimaonsion (“estremaunçion”); Desde luego, los padres que codificaron el tagalo en cuanto al léxico, introdujeron una notable cantidad de actos de habla que pueden ser considerados específicos de las lenguas europeas en relación con los sacramentos católicos. En estos casos, la política de préstamos tuvo que ver, según creemos, con la necesidad de preservar el valor semántico-religioso de dichos sacramentos incorporando su etiqueta formal en español al léxico ritual de la lengua filipina. Algunos de dichos verbos, en su ver- JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 67 tiente tagala, debían preexistir, lógicamente, como es el caso de casal (“casar el ministro en la iglesia”), que se manifestaba en tagalo mediante el verbo asuaua y todos sus derivados, tal como indica el mismo San Buena Ventura al oponer el hispanismo al término patrimonial tagalo: Casar) Casal (pc) C[astellano] el ministro e[n] la Iglesia […] (San Buena Ventura 1613[1994]: 150) Casarse) Asava (pp) dos o mas […] (San Buena Ventura 1613[1994]: 150) Pero al emplear ambos términos en su repertorio, San Buena Ventura explicitaba y vehiculaba un diverso carácter social y antropológico para el mismo acto de habla, como es previsible. En el caso de asaua no existía el protagonismo religioso del ministro. Sin su intervención, se suponía que la ceremonia acabaría resultando inválida. Por el contrario, mediante el ampleo del hispanismo casal, donde se garantizaba la presencia y la formulación ritual cristiana, se aseguraban los tagalos una ceremonia acorde con las exigencias formales, semánticas y culturales de los misioneros. De hecho, como se verá en el capítulo dedicado a las adaptaciones hispanofilipinas, tal vez la necesidad de introducir el préstamo hispánico casal se debiera a la amenaza de un sistema social en el que el concubinato era perfectamente aceptado, hasta el punto de que los religiosos negaban el bautismo a todas aquellas las que no fueran “la primera mujer” (al parecer, no se actuaba de igual manera entre los hombres, aunque tuvieran concubinas). En definitiva, la auctoritas de los tagalos se veía socavada desde el instante mismo en que los nuevos actos de habla de indudable relevancia social recaían en un nuevo sujeto foráneo, de manera que la existencia de tales dobletes, de alguna manera, tenían la consecuencia de a) redefinir su contenido a la luz de concepciones del mundo diferentes; b) ampliar el sentido del término patrimonial hasta el punto de hacerlo coincidir con el prestado; c) poner en boca de los religiosos, de modo exclusivo, lo que siempre había estado en la capacidad de los tagalos; d) institucionalizar, en definitiva, una nueva realidad ritual. Sin embargo, también es cierto que introdujeron préstamos para actos de habla de algún modo novedosos que, sin duda, modificaron la organización léxica de los preexistentes en tagalo. Por ejemplo, es indudable que el tagalo incorporaba unidades léxicas propias para el acto de habla relativo a la “acusación” (sombong, bala, balicotcot). Las nuevas realidades institucionales bajo el dominio político hispánico hicieron aconsejable la introducción de un verbo más especializado en cuanto a sus receptores funcionales, el verbo habla (“acusar”) (ante las autoridades pertinentes, habría que añadir, esto es, en la audiencia, ante el sacerdote, etc.). De hecho, tal verbo vio rebajado, probablemente el valor incriminatorio original de verbos como sombong, bala y balicotcot para pasar a significar, meramente “quejarse”. Se trata, por tanto, de la incorporación de un acto de habla muy específico que, sin duda, modifi- VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 68 có las relaciones pragmáticas del acto genérico del “acusar” en una lengua como el tagalo. No hay duda de que un acto de habla como “acusar” ante los demás o las autoridades de la comunidad prehispánica tenía vigencia antes de la llegada de los españoles, e incluso después, pero lo relevante es que el préstamo hispánico “habla” vino a especializarse para denotar acciones específicas más restringidas (“queja que se hace ante las instancias y autoridades judiciales o religiosas hispánicas”. Se trata de algo similar o mejor, paralelo, a lo que sucedía, por ejemplo, en el polaco bajo el régimen comunista entre el genérico “pedir”, el oficial “solicitar” y el específico “podanie” (“solicitar un favor a las autoridades sin que estas tengan necesidad legal alguna de concederlo”), según muestra Wierzbicka (1985 y 1986) y recoge Hernández Sacristán (1999). No es este un caso único de restructuración de realidades preexistentes. Según es previsible, algo parecido debió suceder con la implantación de juegos específicos de los europeos, como los naipes, y con los actos de habla compromisivos correlativos, como las apuestas. Los juegos de reto y las apuestas eran realidades prehispánicas entre los filipinos, como entre los demás pueblos asiáticos del Extremo Oriente. Y lo mismo sería predicable de los actos de habla petitorios de la mendicidad. Resulta de todo punto inaceptable que actos de habla similares (aunque no idénticos), no preexistieran en la sociedad tagala, bisaya o ilocana antes de la llegada de los españoles: la introducción de estos préstamos específicos debió suponer una reorganización particular de los actos de habla en los ámbitos de los juegos de azar (que halló una especialización en las apuestas de los naipes), y en la mendicidad (que pasó a manifestarse, al menos formalmente, de acuerdo con los parámetros religiosos europeos del siglo XVII). El último de los casos que remiten a la reorganización pragmática del tagalo, según muestran los hispanismos del Vocabulario de San Buena Ventura (1613), tiene una relación directa con el empleo de los evidenciales. Las lenguas filipinas emplean diversos procedimientos para manifestar que el hablante no ha sido testigo direc- to de lo acontecido o de lo dicho. Los que recoge esta obra lexicográfica son los siguientes: Diçe) A) en nombres propios, vt, ani. I. P. N. diçe Christo. S. N. ani Diego, Diego lo diçe, y junta anombres sustantiuos, vt, anang Dios, Dios lo diçe, anang manGa tauo, los indios lo diçen, tambien se junta apronombres, vt, anila, ellos lo diçen, aniya, el lo diçe, aco aniyo ang gagava, di yolo hare, anino? quien lo diçe? anila, ellos lo diçen, juntase a genitiuos siempre (SBV 1613: 253). Diçe) Dao (pc) adver. l. cono, vt, ayao dao, dice q[ue] no quiero, oo cono, diçe quesi, ano rao? q[ue] diçe? (SBV 1613: 253). JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 69 Diçen) Cono (pc) todo el bulgo, vt maysacqit cono, diçen que esta en fermo, paritiro cono, diçen que vendra, navala cono cagaby, diçen que anoche se solto (SBV 1613: 253). Diçen) Dao (pc) el comun, tagaBilolodao, ang nagnacao, los de Bilolo diçen que lo hurtaron, na sa Dohatdao, alla diçen que esta en Dohat, oo dao, diçen que si (SBV 1613: 253). Diçen) Disin (pc) T. habampasin disin, diçen que le quieren açotar, oo disin, diçen que si, siya disin ang natay, el diçen que lo mato, nalonor disin, sa ilog, diçen q[ue] sea hogo en el rio (SBV 1613: 253). Dizque) Conorao (pp) nagpapaconorao. 5.ac. diçir dizque, ypinagcoconorao 2. P. hechar todas las cosas por dizque, dati ca[n]g nagpapaconorao, ya es en ti viejo el deçir dizque, duo dic: cono rao (SBV 1613: 258). Dizque) Conovari (pp) vt conovari, ay, ypagbibili.y.bago dile, dizque lo queria vender y ya no quiere, conovari.y.ybibigay bago biro lamang, dizq[ue] lo daria dijo y fue burla, duo dic: cono, vari (SBV 1613: 258). Como puede observarse, el tagalo del XVII empleaba mecanismos morfológicos, como el prefijo aante nombres de referente humano (propios y comunes), así como diversos clíticos, dao/rao, cono, y compuestos de los anteriores y de otros, conorao, conovari, para expresar el discurso indirecto. Esta multiplicidad de procedimientos hace que el autor los denomine, en ocasiones “adverbios” y que otras veces no los llame de ningún modo. Mediante dichas partículas y palabras el tagalo manifestaba que el hablante no había sido testigo directo de lo acontecido, sino que lo que narraba le había sido relatado indirectamente, de otras fuentes, o bien que era de conocimiento común, aunque lo desconociera el receptor. Lo interesante es la introducción de un hispanismo, disin, que se suma a la nómina de evidenciales en esta lengua. La adaptación del préstamo no supone en sí un trastueque absoluto del sistema evidencial de la lengua austronésica, sino la ampliación formal del paradigma de evidenciales a partir de un proceder exógeno. Otro aspecto no menos importante es el derivado, en parte, por el contacto mismo en lo relativo a la sustitución progresiva de los sistemas escriturarios silábicos de algunas lenguas filipinas. De acuerdo con el análisis de Santos (1996), algunos misioneros no solo consignaron dichos sistemas (en ocasiones, como para el bisaya, los lexicógrafos los seguían recogiendo y explicando en pleno siglo XX), sino que se interesaron por adquirir las habilidades necesarias para su empleo y propusieron ciertas modificaciones para su mejor adecuación a la estructura silábica de las lenguas filipinas (el baybayin, por ejemplo, podía reproducir una estructura silábica del tipo V y CV, pero no CVC, que tenían las lenguas filipinas ni, por supuesto, una hispánica del tipo CCV, de la que carecían). Es menester recordar que el primer VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 70 libro impreso en tagalo es una Dochtrina cristiana de 1593 en donde se reproducen, tanto en baybayin como en alfabeto latino, algunas oraciones fundamentales del cristanismo, como el Padre Nuestro, entre otras varias. Es prematuro suponer que los religiosos se dieran a la destrucción sistemática de los libros antiguos, entre otras cosas, porque no debían ser comunes en absoluto. Las causas de la decadencia y sustitución final de los silabarios filipinos, que parecen provenir de Java, las explica Santos (1996) de un modo sistemático y, según nuestra opinión, muy razonable: The inability of the ancient scripts to record the new sounds introduced bay Spaniards, the rapid acquisition of literacy in the Latin script with its concomitant social and material benefits, and the disruption of traditional family activities were the main culprits for the loss of the Tagalog script. Any burning of documents than may have transpired had very little to do with it. El primer padre descriptor del ilocano aplicó un sistema de signos diacríticos para conseguir reproducir en el silabario que reproducía esta lengua del norte de Luzón las estructuras del tipo CVC. Lo hizo el P. Francisco López en época tan temprana como 1620 o 1621 (hay dudas sobre la fecha real de impresión). Por consiguiente, al menos al principio, los misioneros no pretendieron que murieran los silabarios locales, sino hacerse valer de ellos con vistas a la evangelización. Los textos que escribieron los misioneros en estos sistemas escriturarios iban dirigidos específicamente a los posibles lectores filipinos, puesto que se trataba de textos doctrinales, mientras que las artes y los vocabularios tenían como objetivo ampliar la competencia comunicativa de los propios misioneros para facilitar la evangelización a través de la mediación lingüística. En definitiva, emplearon ambos sistemas escriturarios de acuerdo con la naturaleza de sus receptores potenciales. El interés que mostraron los gramáticos y lexicógrafos misioneros por las escrituras autóctonas es muy notable incluso en épocas tardías. De hecho, el P. Aparicio, agustino, aún en 1909, reproduce en el Prólogo a su monumental e inédito Diccionario español-bisaya y bisaya-español, el silabario empleado por los bisayas del centro del archipiélago. De acuerdo con la interpretación de Santos arriba consignada, la inclusión masiva de hispanismos, a causa de la aparición de nuevas oposiciones fonológicas y de estructuras silábicas impropias de las lenguas filipinas, hicieron de los antiguos silabarios instrumentos demasiado imprecisos de representación fonológica de sus propias lenguas. Un factor más que favoreció, a la larga, la sustitución por el alfabeto latino. No es este, sin embargo, el único caso de sustitución de sistemas escriturarios en el sudeste asiático. Algo similar, si bien con un sistema ideográfico de origen sínico, le ocurrió al vietnamita a partir del siglo XVII, precisamente, a causa de la intervención misionera jesuítica. En definitiva, los primeros préstamos hispánicos del tagalo muestran una auténtica voluntad misionera en influir, si bien a veces de modo heterogéneo, en el con- JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 71 e) quinta pasiva de facere facere (5.P.ff.): pinagpag-(R), como en pinagpaglilibis (“ser hecho abajar cuesta”), de libis (“cuesta abajo”): Ø f) sexta pasiva de facere facere (6.P.ff.): Ø g) séptima pasiva de facere facere (7.P.ff.): pina-(R), como en pinalilinao (“dexar que abonançe”), de linao (“el tiempo o la mar despues de tempestad”); h) octava pasiva de facere facere (8.P.ff.): Ø i) novena pasiva de facere facere (9.P.ff.): Ø j) décima pasiva de facere facere (10.P.ff.): Ø A pesar de que Joan de Oliver debió prever la existencia de nada menos que diez pasivas del facere facere en el tagalo del siglo XVI, solo hemos podido hallar formas reseñadas por San Buena Ventura (1613) para la segunda, la quinta y la séptima pasivas. Hay que comentar, sin embargo, que esta distribución de activas y pasivas es un auténtico disparate gramatical y, por supuesto, pedagógico. El mismo San José, en su obra modélica de 1610, solo reconocía dos formas activas para el facere facere (mag- y nag-) y una para la pasiva (pa-). No obstante, advertía de la existencia de un facere facere que se podría llamar “doblado: pues es el facere facere del facere facere” (Quilis 1997: 55), del que no nos proporciona más información. Al día de hoy, los gramáticos no hablarían de voces, sino de papeles temáticos para la compleja morfología del verbo tagalo (Schachter y Otanes 1972; Schachter 1987[2000]; Himmelmann (2005). Desde luego, todos ellos, con la instrumentación teórica del siglo XX y de lo que va del XXI, han renunciado tanto a la atribución morfemática entre activas y pasivas de San José (1610) y de San Buena Ventura (1613), cuanto a la descripción que proponen uno y otro. Por lo que respecta a la codificación de la morfología nominal, Ioan de Oliuer (s. XVI), con bastante probabilidad, y San Buena Ventura (1613) siguen esta clasificación de los denominados “verbales” o “nombres verbales”, que se corresponden con recategorizaciones hacia N/Adj. Provienen, en efecto, por lo general, de verbos, pero también de otras categorías (N y Adj), o mejor aún de bases o “rayces” indiferenciadas en origen en cuanto a la categoría. San José (1610[1997: 44]), sin embargo, habla de verbales en un sentido restringido, como “los nombres que significan la acción del verbo, como la lección, la adoración, o el leer, el comer, el andar, el dormir…se forman con la particula pag y la raíz, pagsulat “escribir”. Por el contrario, el concepto de “nombre verbal” para San Buena Ventura abarca muchos tipos diversos de creación de nombres en tagalo a partir de procesos morfológicos distintos. Veamos algunas de estas formas según localización en el Vocabulario de San Buena Ventura: a) verbal 1: man-(R), como en manholola (“adivino de lo por venir”), de hola (“adivinar lo que está por venir”); VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 78 b) verbal 2: mapa-, como en mapanampal (“abofeteador”), de tampal (“abofete- ar”); c) verbal 3: mapag-, como en mapaglubus (“el que bebe hasta acaballo”), de lubus (“la bebida de la taça o jarro”); d) verbal 4: ma-_-hin/ma-_in, como en marauahin (“risueño”), de taua (“risa”), y mahinayangin (“aflijido por lo que no le toca”), de hinayang (“aflicçion y tristeça de coraçon”); e) verbal 5: ma-_-in, como magalitin (“enojadiço”), de galit (“enojarse”); f) verbal 6: taga-, como en tagacaon (“alcaguete”), de cagon (“alcaguetear”); g) verbal 7: tagapag-, como tagapagdaras (“ofiçial de açuelas”, de daras (“açuela”); h) verbal 8: -an, como sombongan (“que a todos acusa”), de sombong (“acusarte alguno de tus pecados”); bibigan (“chismoso”), de bibig (“boca”); libacan (“mofador”), de libac (“mofar”); i) verbal 9: -in/-hin, como baybayin (“el abc”), de baybay (“deletrear”), paosin (“ronco siempre”), de paos (“ronco”); j) verbal 10: mag-(R), como en maglalangis (“açeytero que vende açeyte de cocos”), de langis (“açeyte de cocos”), magcacarayom (“que haçe agujas o las vende”), de carayom (“aguja”), maglalaco (“mercader de rropa sola”), de laco (“mercaduria”). La cuestión es ver qué tipo de “verbales” son los empleados para la introducción de préstamos hispánicos nominales y adjetivos en la morfología del tagalo. Si bien San Buena Ventura, en su Prólogo de 1613 no aporta mucha información a este respecto, tenemos lo que indica el P. Domingo de los Santos, autor del segundo Vocabulario de la lengua tagala (1703; reimpresión de 1794). Dice este lexicógrafo, en la nota séptima de su prólogo, lo siguiente: “LO SEPTIMO Nota, que de proposito no he puesto los nombres Españoles que suplen por los que no tienen los Naturales por no alargar el Vocabulario. Todos los quales, se conjugan por la segunda Especie en activa, y por la primera en Passiva, si la tuvieren. Y advierte, que suelen syncopar nuestros Nombres, de zapatos dizen. Patos. Magpatos ca. 2. activa. Ponte zapatos. Y tambien dize, hazerlos. Patosin mo ang patos mo. 1. P. Ponte mis zapatos” (Fr. Domingo de los Santos, Al lector, 1794[1703], reimpresión). Por esta decisión técnica de Fr. Domingo de los Santos, no podemos comparar el grado de coincidencia, de divergencia ni de transformación en el tratamiento de los primeros préstamos hispánicos en dos de los tres primeros vocabularios impresos de JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 79 la lengua tagala (1613 y 1703), si bien tenemos ciertas informaciones adicionales sobre su incorporación morfológica adaptada al tagalo. La impronta léxica hispánica en lenguas filipinas como el tagalo (Wolff 2001; Baklanova 2006) fue de gran calado desde la primera labor religiosa de exogramatización. No solo produjo una reestructuración de los sistemas vocálicos y, en menor medida, de los consonánticos en diversas lenguas filipinas (tagalo, bisaya, ilocano, etc.), según hemos examinado en el Capítulo III de esta monografía, sino también algunas modificaciones morfológicas relevantes que, con el paso de los siglos, se acrecentaron en forma de préstamos con consecuencias sintácticas (Schachter y Otanes 1972; Wolff 2001). Respecto a la semántica, es indudable que supuso la implantación de un mundo objetual de uso cotidiano desconocido entre los tagalos, así como la entrada de ciertos verbos que manifestaban actos de habla específicos antes inexistentes según los parámetros europeos. A pesar de la deficiente descripción gramatical que puede subyacer en una obra lexicográfica como la de San Buena Ventura (1613) (tagalo), la de Méntrida (1637) (bisaya) o la de Domingo de los Santos (1703[1793]) (tagalo), no hay duda de que el impacto léxico del español y de lo hispánico en lenguas filipinas como el tagalo o el bisaya implicó un notable reordenamiento de las realidades culturales de dichos pueblos a través de la modificación simultánea de muchos de sus mecanismos lingüísticos, en especial, en muchos de sus actos de habla y en las manifestaciones ceremoniales compromisivas. En lo relativo al sistema escriturario del baybayin y su sustitución por el alfabeto latino, Santos (1996) considera que los religiosos se interesaron por implantarlo al comienzo mediante la publicación de obras devotas, como la Dochtrina cristiana (1593), pero pronto se impuso una representación occidental de los textos por las notables mejoras técnicas que suponía, el prestigio cultural de los conquistadores y el escaso empleo que los propios filipinos hacían de sus sistemas escriturarios antes de la llegada de los españoles. 4.3.- Categorización del tagalo Según ha demostrado Himmelmann (2001) para el tagalo y Ridruejo (2004) para el pampango, las lenguas filipinas no aceptan con facilidad una descripción de categorías gramaticales o partes de la oración a la manera de las lenguas indoeuropeas. Más bien lo relevante en dichas lenguas es la oposición entre morfemas léxicos y morfemas gramaticales. Sin embargo, las primeras descripciones (artes y vocabularios) del tagalo no pudieron sustraerse a una clasificación categorial y morfológica basada en las partes de la oración del latín. Lo anterior era imprescindible en una tradición descriptiva como la europea de los siglos XVI y XVII (Fonseca 2006; Buescu 1983). VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 80 En este estudio se analizan las descripciones que San Buena Ventura introdujo en su Vocabulario en lo relativo a los morfemas gramaticales propios de lo que él consideró las categorías “nombre”, “adjetivo”, “adverbio” y “conjunción” de la lengua tagala. El autor, según las palabras de su prólogo, se basó en un arte perdido de Juan de Oliver del siglo XVI y en el Arte de la lengua tagala de Francisco de San José (1610). San Buena Ventura empleó la denominación de “verbal” para la “cosa que sale de verbo” (distinguió hasta diez tipos morfológicos distintos de “verbales”), consideró “preposiciones” y “posposiciones” a ciertas “partículas” y describió los sintagmas nominales del tagalo (ya fueran formados mediante “ligaturas” o sin ellas), como complejos constituidos por “dos o tres dicciones”. No obstante, el problema fundamental del lexicógrafo, no fue la localización y segmentación de las “partículas” (que incluían morfemas libres, ligados y clíticos), sino su descripción lexicográfica y gramatical, puesto que a una misma partícula le podían corresponder muchas entradas independientes en el vocabulario, de acuerdo con sus diversas funciones gramaticales. Este problema, desde luego, no era exclusivo de la categorización de lenguas “exóticas”, según demuestra Auroux (1992[2001], pero se exacerba con un sintaxis tan flexible como la del tagalo y otras lenguas filipinas. San Buena Ventura, en estas condiciones, no podía respetar lo que en la tradición lexicográfica europea se denomina “congruencia definitoria”, esto es, la correspondencia categorial entre lo definido y la definición, de modo que, en ocasiones, colocaba en la entrada española el término metalingüístico que le atribuía funcionalmente a una partícula. Por ejemplo, en la entrada Compararatiuos) Lalo..., y en la entrada Acto [...]de qualquier cosa) Pag...; o en la entrada Cosa) Ma) particula de adjetiuos...La consecuencia de este proceder, como no podía ser menos, es una notable vacilación en la adscripción categorial de la base respecto a la palabra derivada. Esta última suele describirse en términos de procesos morfológicos sobre la base, como “sale de X” y, en un menor medida, como “nombre”, “adjetivo” o “adver[bio]“, por ejemplo. Pero en estos últimos casos se refiere, necesariamente, al producto morfológico, y no ya a su origen. Con el fin de evitar este callejón sin salida, Méntrida y los padres agustinos posteriores habían de construir sus vocabularios al modo inverso, esto es, dieron importancia a las bases (ya fueran estas palabras simples, complejas, temas o raíces), como objeto de descripción, y se propusieron dar cuenta así de sus posibilidades construccionales. 4.4.- Partis orationis: conjunciones y adverbios La morfología fue entendida durante un largo periodo de la reflexión gramatical europea, como la disciplina que tenía por objeto el estudio de las clases de palabras, partis orationis o categorías gramaticales. Veamos cómo se describen las par- JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 81 tis orationis del tagalo en la obra de San Buena Ventura (1613). Respecto a los términos metalingüísticos “adjetiuo”, “nombre”, “adverbio” y “conjunción”: de los cuatro, solo existe entrada metalingüística en el Vocabulario de SBV para el primero, “adjetivo”. No hay entrada específica para “nombre (apelatibo)“, sino solo para “nombre propio”. Para “adverbio”, tampoco la hay. La categoría “conjunçion”, cuando aparece, lo hace en relación a unas pocas “conjunciones copulativas”. Sin embargo, sí hay continuas referencias en la descripción de las unidades léxicas. La “conjunción” como término metalingüístico, solo parece para referirse a las “copulativas”, a una disyuntiva (cun “o” (p. ) y a la “partícula” nang (p. 605). Véase el siguiente ejemplo ilustrativo: O) Cun) conjuncion de partes, vt, cun ycao at cun sino ang pararoon? Si iras tu o quien, cun padoroo[n] ca cun sino. Iden, si Pedro cun si Juan, Pedro o Iuan, ycao, cun siya, tu, o el. (SBV 448) Indica Ridruejo (2004: 186) que, debido a la estructura de lenguas filipinas como el pampango, “las “partículas” no solo han de ser tratadas en los vocabularios, sino también en las artes...” (se refiere este investigador a la descripción que Coronel (1621) hace de esta lengua filipina, el pampango). Añade este autor (Ridruejo 2004: 187) que, en el caso de la descripción de Coronel: “[...] como el autor no dispone de un marco de categorías gramaticales que le permitan establecer paradigmas con las diferentes partículas y tampoco consigue construirlo, en todos los capítulos a ellas dedicadas, la descripción es más lexicográfica que gramatical” (Ridruejo 2004:187). Lo que ocurre en el vocabulario de San Buena Ventura para el tagalo (1613) es que, muchas veces, la descripción es más gramatical que lexicográfica, desde el momento en que trata de la categoría del adverbio, cosa no hecha por Francisco de San José, por ejemplo, e incluso, aunque muy brevemente, la de la conjunción, si esta es copulativa. No obstante, la mayoría de las conjunciones que aparecen en el vocabulario son tratadas como “adverbios”, lo cual, al menos, es un avance respecto a la descripción de Francisco de San José (1610), quien dice que va a tratarlas y luego tan solo consigna cuatro de ellas en la descripción del verbo. No obstante esta discrepancia, ambos autores vienen a reconocer, en la práctica, las mismas categorías gramaticales básicas para el tagalo (nombres, adjetivos, verbos, adverbios, pronombres, conjunciones), pero San José añade preposiciones y partículas. Es bastante probable que la descripción categorial primera fuera considerada muy incompleta en cuanto a ciertas partis orationis y que la labor lexicográfica de San Buena Ventura (1613) pudiera ser la base para una descripción categorial posterior más detallada en diversas lenguas filipinas. De hecho, Coronel (1621), Méntrida (1618[1818]) y López (1627), para el pampango, el bisaya y el ilocano, respectiva- VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 82 mente, tratan del adverbio en epígrafe específico de un modo mucho más detallado y elaborado que San José. El mismo P. Francisco López (1627) para el ilocano, dedica capítulos específicos de su Arte de la lengua iloca, a la descripción de adverbios y conjunciones. Hay que tener en consideración, por ejemplo, que, según demuestra Dietrich (2000: 37-38), las primeras descripciones del quechua y del guaraní eran más fieles a las partes de la oración de las gramáticas clásicas. Se distinguían, en estas lenguas amerindias, las categorías del nombre, del pronombre, de la posposición (en lugar de preposición), del verbo, del adverbio, de la conjunción y de la interjección (Domingo de Santo Thomas (1560) para el quechua; Aragona (1620) y Ruiz de Montoya (1640) para el guaraní). Pero San José (1610) simplifica notablemente este esquema, puesto que desaparece la posposición/preposición como categoría gramatical, el adverbio apenas está tratado y carece de epígrafe (solo menciona cuatro en un apartado dedicado al verbo, y se trata de adverbios “oracionales”) y solo trata la conjunción copulativa como categoría propia del tagalo. De hecho, grosso modo, podemos encontrar una estructuración categorial para la primera descripción conocida del tagalo en el P. San José (1610[Quilis 1997]) del siguiente tenor: a) Nombre: a.1. apelativo; a.2. propio; b) Pronombre: de persona; demostrativos c) Adjetivo: b.1. simple; b.2. compuesto; d) Preposición: c.1. de apelativo; c.2. de propio; e) Verbo: d.1. sustantivos; d.2.activos; d.3. pasivos; d.4. de facere facere f) Adverbio (sin tratamiento independiente del verbo) g) Conjunciones (solo copulativas at/-t, ligatura -ng y partícula focalizadora nang) Por el contrario, la descripción lexicográfica de San Buena Ventura (1613), aunque no incorpora a las partículas (preposiciones/posposiciones) como categoría autónoma, si bien las denomina genéricamente, a veces, “partículas”, da cuenta de gran cantidad de “adverbios”, en cuyo seno incluye gran cantidad de conjunciones (que podemos reconocer hoy como adversativas, concesivas, temporales, causales, etc.), e incluso clasifica como tales (“conjunçion copulativa”), a un reducido grupo de conjunciones del tagalo del siglo XVII, a una conjunción disyuntiva (“conjunçion de partes”) y hasta la marca funcional o “ligatura” nang. Por otro lado, el esquema categorial de San Buena Ventura (1613), de modo esquemático, sería grosso modo el siguiente: JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 83 a) Nombre b) Adjetivo c) Pronombre: personales, demostrativos d) Preposición o “partícula” e) Verbo: imperativo, activa, pasiva, de facere facere f) Adverbio: de tiempo; de lugar; de comparación; derivados de adjetivos, de deseo (O)Nava, 448) Ojala) Nava (451), de admiración (O) bapa (448), de dudar (Pareçe) Anacqi (465); “duo dic.”, “tres dic.”, etc. g) Conjunción: solo conjunciones copulativas y disyuntivas Lo anterior es exactamente lo mismo que hizo Ruiz de Montoya (1993[1640]) para el guaraní. Pero, al contrario de lo que ocurría en el guaraní del siglo XVII, una lengua esencialmente paratáctica, que solo ha desarrollado una nómina de conjunciones por su contacto prolongado con el español y según el modelo hispánico (García-Medall 2002), en tagalo sí que podría ser necesario hablar de conjunciones desde un primer momento. Schachter y Otanes (1972), por ejemplo, no dudan en hablar de “conjunctions” para el tagalo moderno (las hay, al menos, según estos autores, temporal-condicionales, concesivas, adversativas y causales). Según creemos, de acuerdo con los datos de San Buena Ventura (1613), es posible reconstruir en gran medida la categoría de lo que hoy denominaríamos “conjunción” en el tagalo del siglo XVII, en el seno de la oración compleja, esto es, de una lengua esencialmente hipotáctica, al menos, en lo que respecta a su cotejo con el español del siglo XVII. Esto mismo, sin embargo, es imposible de hacer solo con las informaciones de San José (1610). Veamos una pequeña sinopsis de los “adverbios” que pudieron funcionar como conjunciones en el tagalo del s. XVII (al menos, causales, temporales, adversativas y concesivas) y que aparecen consignadas y ejemplificadas en el tagalo del siglo XVII por San Buena Ventura (1613) en su obra lexicográfica (señalamos con Ø la ausencia de clasificación categorial manifestada por el autor): 1.- Pro-concesivas: bicsa (“aunque”) (adv.); cahimat (“aunque”) (adv.); cahinyamat (“aunque”) (adv.); bista (“aunque”) (adv.); man (“aunque”) (Ø); diman (“aunque no”) (adv.); mayapat (“aunque”) (adv.); bagaman (“aunque”) (adv.); sucdan (“aunque”) (adv.); ayaocaman (“aunque”) (“tres dic: ayao, ca, man”); bagaman (“puestocaso”) (0). 2.- Pro-adversativas: subali (“empero”) (adv.); nGnit (“empero”) (adv.); datapova (“empero”) (adv.); datapava (“empero”) (adv.); darapova (“empero”, “pero”) (adv.); dapova (“empero”) (adv.); bagcus (“masantes”) (adver); bacqit (“noobstante”) (adver). 3.- Pro-temporal-condicionales: samantala (“entanto”, “entretantoque”, “mientrasque”, “mientras que”) (adver.); samantalang di (“mientras queno”) (duo dic); sacaling (“mientras que”) (Ø); sacaling di (“entretantoque no”, “mientras queno”) VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 84 (“duo dic: sacaling, di”); caalamalam (“envunpunto”) (adver); caracaraca (“envnpunto”) (adver); caginsaginta (“envnpunto”) (adver); capagdaca (“envnpunto”) (adver); capagcaraca (“envnpunto”) (adver); cagiat (“envnpunto”) (adver); capagcovan (“luego”) (adver); bago (“luego”) (adver); diyata (“luego”) (Ø); valan bahala (“luego”) (duo dic); toving (“mientras”) (Ø); toving di (“mientras queno”) (duo dic); hangan (“mientras que”) (adver). 4.- Pro-causales: caya (“poreso”) (adver); haman (“pues que”) (adver); yaman (“pues que”) (adver); hayang (“pues que”) (adver); hayamang (“pues que”) (duo dic); yayang (adver); hamanGan (“pues que”) (Ø); Las causales suelen ser tratadas como adverbios, salvo si se interpretan como compuestos “duo dic”, como en el caso de hamayang. Las conjunciones del grupo 1, las concesivas, simples o complejas, afirmativas o negadas, como bicsa, cahimat, cahinyamat, bista, man, mayapat, bagaman, sucdan, diman (“aunque no”) son descritas (si lo son), como “adver” y excepcionalmente, como “tres dic[tiones]“ (ayaocaman). (SBV 1613: 94)]. La concesiva bagaman no es descrita ni como (adver) ni como “duo dic[tiones]“, a pesar de su constitución compleja: baga, man. Hay algunas conjunciones temporales anteriores, del grupo 2, que no se clasifican como “adverbios” (toving, sacaling). Tampoco las negadas (toving di, samantalang di, sacaling di), que son descritas como “duo dic”, mientras que otras no negadas sí son clasificadas como tales (samantala, hangan), aunque alguna de ellas pudiera tal vez, etimológicamente, considerarse como “duo dic”, como sa + mantala (“conjuro”, “ensalmo”: en el conjuro, durante el ensalmo, esto es, “mientras”). Cada uno de estos adverbios, o de “duo dic” o “tres dic”, aparecen ejemplificados configurando oraciones que debemos considerar complejas. En ocasiones, se trata de oraciones con cláusulas nominales puras por la ausencia de núcleo predicativo (frases no flexivas). Es, tal vez, relevante, que el corpus oracional que aporta San Buena Ventura (1613) casi siempre responda a la estructura [NEXO (cláusula)+partícula topicalizadora (ay/y)+(cláusula)]. Véanse algunos ejemplos relativos, tan solo, a la expresión de la concesividad en tagalo, según describe San Buena Ventura: Concesivas en San Buena Ventura (1613): Aunque) Bicsa (pp) adver) bicsa, t, matanda, y, valanbait, aunq[ue] viejo es un tonto, bicsa, t, bata, y, matapang din, aunq[ue] es muchacho es balie[n]te, bicsa, t, munti.y.magaling, aunq[ue] es poco es bueno 8SBV 1613: 94) Aunque) Cahimat (pc) adver) cahimat acoy morahin mo, ybabaval codin saiyo ang gavamong masama, aunque me afrente te ede[...]dar lo mal hecho, ytelo e de deçir (SBV 1613: 94). JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 85 Aunque) Cahimat (pc) adver) vt. cahimat ycao, ay, mag linGir saacqin nang casalanan mo mapagliling dan mopa ang Dios? Aun que me en cubras tus peccados podras los en cubrir a Dios? (SBV 1613: 94). Aunque) Cahinyamat (pc) adver) cahinyamat camoy natotova nGayon, balang arao namay camoy magtatanGis, aunque ahora os alegrais, algun dia llorareis (SBV 1613: 94). Aunque) Bista (pp) adver) bistat ducha, y, banal din, aun que es pobre, es justo y sancto, bista t.tauo. y. Dios din naman, aun que es hombre es Dios tambien. I. S. N. (SBV 1613: 94). Aunque) Man) dungmating man aco.y.dile paaco dinaralao, aunq[ue] e venido no an venido auerme, diman cqita pinalo, magtandacadin at magdatna, aun q[ue] no te açote, ten quenta y guardate (SBV 1613: 94). Aunque) Mayapat (pp) adver) vt. mayapat ycao. ay nag mamabanal mapag darayaan mo pa ang Dios? Aun q[ue] tu te finjas justo, engañaras a Dios? (SBV 1613: 94). Aunque) Bagaman (pp) adver) vt. bagaman ycao, ay, banal, aanhin nang Dios ang cabalanan mo? Dile ycao din ang nacqicqinabang? aun q[ue] tu seas justo, q[ue] se le da a .D. dello no es prouecho tuyo? (SBV 1613: 94). Aunque) Sucdan (pp) adver) vt. sucdang mamatayaanhin co, aun q[ue] se muera que se me daa mi. (SBV 1613: 94). Aunqueno) Diman (pc) adver) mag ayunal ca.t.d[i]caman cumaeng maghapun dile ca mamatay, ayuna q[ue] aunque no comas en vn dia no te moriras, di man parito, y, anhin) aunq[ue] no venga q[ue] importa (SBV 1613: 94). Aunque) Ayaocaman (pc) tres dic) ayao, ca, man, totoloy cadin coon ayao caman, aunq[ue] te pese as de llegar alla, aayao caman padorron din aco, aunque te pese e de ir alla (SBV 1613: 94). Se puede deducir de lo anterior que la información metalingüística de las obras lexicográficas (en este caso de la hispano-filipina), puede ser más acertada o completa que las informaciones escuetas de las artes, y que incluso, pueden superarla en algún punto concreto de la descripción gramatical: por ejemplo, en la categorización de ciertas clases de palabras descuidadas en las artes. Clases de palabras que intervienen decisivamente en la construcción de la oración compleja. Dicho de otro modo, la sintaxis implícita aparece bajo el ropaje de la categorización clásica. Mientras el Arte y Reglas de San José (1610) intenta describir un número escaso de esquemas sintácticos que siempre responden a la oración simple (frases sin verbo finito o frases nominales puras, frases activas, frases pasivas, etc.), el Vocabulario de San Buena Ventura consigna decenas de oraciones complejas en las que intervienen “adverbios”, que son, muchas veces, en realidad, conjunciones (o “pro-conjunciones”) de la oración compleja. VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 86 4.5.- Criterios descriptivos No obstante, hay que tener en consideración que los criterios descriptivos de los vocabularios suelen ser mixtos en mayor medida que los criterios descriptivos de las artes que les son contemporáneas. Por ejemplo, San Buena Ventura (1613) trata de una gran cantidad de unidades léxicas que podrían describirse, desde la nomenclatura moderna, como “adverbios” del tagalo (ya formas autónomas, ya formas ligadas y clíticos), pero no les asigna categorización ninguna. Dicho de otro modo, no los “bautiza” con el metalenguaje grecolatino heredado. Por el contrario, califica como “adverbios” gran cantidad de elementos léxicos que, desde nuestra perspectiva, deberían considerarse “conjunciones”, es decir, los bautiza, pero de modo inesperado desde una perspectiva categorial moderna. No obstante, si dichos “adverbios” (en realidad, conjunciones de la oración compleja) son analizables en dos unidades léxicas autónomas o más, entonces no los clasifica categorialmente, sino morfológicamente, como duo dic[tiones] o como tres dic[tiones] sin hacer mención alguna de las ligaturas que, en ocasiones, pueden formar parte de su estructura. Habría que preguntarse las razones por las cuales la categoría “adverbio” se confunde a menudo con la de la “conjunción” en la lingüística misionera hispánica. Veamos brevemente cuál es el tratamiento que daba Nebrija a la categoría conjunción del latín y del español, de acuerdo con las palabras de Dedenbach-Salazar Sáez (1997: 296): “En cuanto a la conjunción, Nebrija, en su gramática castellana (igual que en su gramática latina), la define como una de las partes de la oración, “la cual aiunta y ordena alguna sentencia”. En la gramática castellana distingue cinco clases de conjunciones: la copulativa, la disyuntiva, la causal, la conclusiva y la continuativa (Quilis, en Nebrija [1492] 1981: 38-39, Nebrija [1492] 1981: 199), mientras que para el latín había establecido las clases de conjunciones siguientes: copulativa, continuativa, subcontinuativa, adyuntiva, aprobativa, disyuntiva, subdisyuntiva, electiva, adversativa, “abnegativa”, colectiva (o racional o ilativa), dubitativa y completiva (Nebrija[1492]1981), con lo cual muestra que no se trata de una clase cerrada, sino que hay variedad según la lengua” (Dedenbach-Salazar Sáenz, 1997: 296). Habría que preguntarse por qué no hay “conjunción” en Francisco de San José (1610) ni, en gran medida, en Pedro de San Buena Ventura (1613) para el tagalo, si Nebrija, por ejemplo, hacía una clasificación tan copiosa de conjunciones tanto en latín como en español. La respuesta parece ser clara: se trata de un paradigma abier- to en cada lengua, de acuerdo con la clasificación divergente misma del maestro sevillano entre el latín y el español, lo que justifica el diverso número de miembros que JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 87 En esta dialéctica entre la regla gramatical y la ilustración real de una lengua ajena interviene en el vocabulario un proceder muy alejado de la teoría traductológica de su época. San Jerónimo existe (Sueiro Justel 2000a; 2000b), en efecto, como modelo teórico traductológico para los misioneros, pero entre la teoría de la traducción y la necesidad de aprendizaje de una lengua como el tagalo, el bisaya, el pampango, el ilocano y tantas otras se abre un abismo que intenta ser cubierto mediante cualquier proceder metalingüístico. De hecho, San Buena Ventura, por ejemplo, actúa no como un teórico de la traducción, sino como un artesano de los códigos: trabaja con materiales simbólicos a manera de pequeñas piezas que deben encajar entre sí. Más que como un conocimiento solo abstracto, San Buena Ventura debe concebir lo relativo a las lenguas y su dominio como una techné. Y es sabido que una techné tiene mucho de rutinario y solo algo de creativo. Es notorio que, en la teoría moderna sobre la traducción, cada vez más se esté dando importancia a lo que realmente la tiene: el papel mismo del traductor en los procesos en que se implica, antes que en el texto que ha de traducir, el código del texto origen u otras circunstancias. En definitiva, lo relevante de un traductor (y de un lexicógrafo) no es sino su capacidad de resolver problemas con la utilización de códigos diversos en su idiosincrasia. Como indica Robinson (1991: 259), “translators feel their way to the “right” T[arget]L[anguage] words and phrases in a complex two-way dialogue with the writer of the S[ource]L[anguage] text and the reader of the T[ext]L[anguage] text”. Desde luego, para que los aprendices llegaran a dominar dicha techné específica cualquier expediente lexicográfico parecía legítimo. Incluso las traducciones y, en su seno, algunas de las más inadecuadas. Veamos algunos ejemplos. 4.7.- Artículos, confusiones funcionales y su traducción San Buena Ventura (1613) cometió la equivocación de confundir dos partículas de argumento nominal muy distintas en tagalo, el artículo ng de argumento no focalizado y la partícula ang de argumento focalizado. Confundir, en este caso, se refiere a interpretar un carácter indistinto, para los misioneros, de ambos morfemas. De hecho, solo percibieron la existencia del segundo, ang, y eliminaron así una oposición informativa esencial en la sintaxis del tagalo. Como San José (1610), el lexicógrafo fue incapaz de observar que la aplicación de ang a cualquiera de los argumentos de la oración cambiaba, obligatoriamente, la morfología verbal, en una especie de concondancia de argumentos. En consecuencia, en el vocabulario de San Buena Ventura (1613), cuando aparece la forma ang, es interpretada, desde la polisemia, de muchas maneras: a) como un adverbio en español (antes que); b) como una preposición (con); c) como una conjunción temporal (cuando); d) como una preposición de modificador (de); e) o como una conjunción copulativa (y). La forma ang VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 94 (ng, en realidad), también se considera en el Vocabulario como el artículo determinado del español (el, la, los, las) e incluso como el nominalizador lo. Las causas de esta confusión (la falta de reconocimiento formal), tal vez haya que buscarlas en el sistema fonológico del español, donde combinaciones consonánticas como ng son del todo extrañas. Es posible que, para su representación, los españoles añadieran una aprotética que reinstauraba parcialmente la estructura silábica que tenían interiorizada ante una combinación consonántica insólita en su propio sistema, pero este proceder supuso, de hecho, la confusión entre dos marcas funcionales muy distintas del tagalo, ng y ang y una pérdida importante de calidad en la descripción de la lengua austronésica. 4.8.- La descripción lexicográfica del prefijo tagalo ma- El caso del prefijo maes, a nuestro entender, el más relevante en el tratamien- to de los morfemas gramaticales descritos por San Buena Ventura. Merece nada menos que veintidós entradas distintas en el Vocabulario (parte español-tagalo). Desde luego, también hay otros morfemas ligados a bases consideradas “nombres” y “adjetivos” que merecen varias entradas, como es el caso de ca- y de maca-, (que tienen ocho entradas cada uno de ellos), de pa-, (que tiene siete), de na-, (que tiene seis), o de ga-, (que conoce cinco) y de sa-, (que tiene cuatro entradas). Y esto solo en lo relativo a las “partículas” afectas a las unidades léxicas que San Buena Ventura considera “nombres” y “adjetivos”. He aquí una breve lista que creemos representativa del proceder descriptivo del lexicógrafo misionero respecto a este prefijo, tan productivo y ubicuo, del tagalo. En ella aparecen los ejemplos más representativos del proceder lexicográfico primero de San Buena Ventura (1613). Se atribuye a este prefijo una enorme cantidad de valores gramaticales y traductológicos en su comparación con el español. De hecho, hay, para el lexicógrafo, nada menos que un maadjetival, uno existencial y posesivo, uno comparativo, uno pragmático de advertencia y posibilidad y uno distributivo (tan solo reseñamos algunos de los casos consignados por el autor a lo largo de la obra lexicográfica): a) Prefijo maadjetival: Adjetivo) Ma) antepuesta a nombres sustantivos. Vt. sacqit, dolor, masacqit, cosa que duele mucho, damdam, madamdam, cosa de dolor, dicqit, maricqit, cosa hermosa, & sic de alijs (SBV 1613: 25). Afable) Ma) antepuesta por adjetiuo en algunas metaforas, vt, maalam na loob, malamlam na loob, maamong loob, mabayanar na loob, mabarig na loob, ho[m]bre afable, manso, y q[ue] todos le ama[n] (SBV 1613: 27). JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 95 Cosa) Ma) particula de adjetibos, porque esta palabra cosa casi siempre se haçe por el adjetiuo, vt. maganda, cosa hermosa y linda, maricqit, cosa gracio[sa], madaval, cosa mala (SBV 1613: 196). a) Prefijo maexistencial y posesivo Aver, Ma) algo en alguna parte. vt, matubig, aver mucho agua en camino.&c. macuyitib. l. cuyitibing bahay. l. cuyicuyitib ang bahay na ito, muchas hormingas chicas ay e[n] esta casa. V. Tener. (SBV 1613: 96). Tener) Ma) antepuesta aqualquier raiz, vt maginto ca, tienes mucho oro, mapalaydin, tiene mucho arroz, magava aco, tengo q[ue] haçer, maabala siya, tiene ocupaçion, macati, tener bubas (SBV 1613: 571). Tenerlo) Ma) por esto o por aquello interponiendo, vn, in, minamagaling co, tengo lo por bueno, malayoin mo, tenlo por lejos, minasamaco, tubelo por malo, mamataatin co, tenerlo por alto (SBV 1613: 572). Lugar) Ma) o parte do ay abundançia de algo. Vi. Mucho) manamuc dito, lugar d[e] mosquito[s] es este (SBV 1613: 394). Mucho) Ma) aver abundançia de algo, vt, malimatic ang daan, muchas sanguijuelas tiene el camino, matinic, muchas espinas, mapalay, mucho arroz, mabato, muchas piedras. &c. (SBV 1613: 435). Raçonable) Ma) particula de, ad) duplicando la raiz, vt, magaling galing, raçonable .l. maigiigi, mataastaas, raçonable de alto, maicleicle, raçonable de corto. Vi. Mediano). (SBV 1613: 509). Rico) Ma) particvla que ante puesta a cosas de haçienda haçe aun hombre rico en ellas, vt. maginto, rico de oro, mapalay, rico de arroz, masalapi, rico d[e] tostones, mabaca, rico de bacas. Vi. Tener (SBV 1613: 532). c) Prefijo macomparativo Comparatiuos) Ma) vt. alin ang magaling nang Santol nang nangca? Qual es mejor el santor o la nangca? magaling ang nangca sa santol, mas buena es la nangca que el santor (SBV 1613: 175). d) Prefijo macopulativo Eres) Ma) segundo modo de haçer a.ss.mapagca din, diligente eres, particula de ad) malacas ca sa ona, y, nGayo, y, hungmina ca, fuiste de fuerças antes y ya eres flojo. V. Es) (SBV 1613: 297). Es) Ma) modo de haçer.ss.Vi. Eres) mabayt siya sacapova mabayt, es demas entendimiento que otro su ygual, maalam naloob siya, es manso de coraçon.l. es de buena condiçion (SBV 1613: 297). e) Prefijo mapragmático (de advertencia y posibilidad) Mira) Ma) avisando, vt. ma ycao, ay, pag hampasin, miranote açoten, mari mo marating ang banta mo, mira que no saldras con lo que traças, madi mo tapi iyan, mira q[ue] no sera esa tu manta (SBV 1613: 424). VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 96 Guardate) Ma) desto o de aquello, vt. maavayang ca, guardate no te riñan, masorsorang ca, guardate note dismientan, y p[ar]a haçer plu[ral] con mapag, vt. mapagpatay camo doon, guardad no os maten alla, mapagpalo camo, guardad no os aporreen, mapagmora camo, guarda noos afrenten (SBV 1613: 337). Poder) Ma) haçer algo y con negatiua no poder, madadala mo iyan? Podras lleuar esto? Marimo yariin nGayon, mira que nolo podras cabar oy, yadi matatangso, nose puede desencajar (SBV 1613: 487). Podraser) Ma) se haga tal o tal cosa, vt. maavayang ca, podraser te riñan, madi ca maavayan, podra ser q[ue] no te riñan, mahahampas ca, madi ca mahampas, podraser yno q[ue]te açoten. Vi. Guardate) (SBV 1613: 487). Puedeser) Ma) que t[a]l o tal, vt mahanap ca.l. macaycao, ay, hanapin, puede ser quete busquen (SBV 1613: 501). f) Prefijo madistributivo Vno) Ma) vt.mamisos, vn peso acada vno, manalapi, avn toston, maGahati, aun real de ados.l.mamtating, manalop, auna ganta, manGalatiyo, aun cuartillo. Vi. Acada) (SBV 1613: 604). Acada) Ma) mudandoles letras de las rayces que se llegaren como la .P.B.en .m. la .s.t.d. en .n. las cinco letras vocales, y la .c.h. en .g. gangosa, vt, calatiyo, man- Galatiyo, acada vn quartillo, cahati, manGahati, acada dos reales, pesos, mamisos, a cada vn peso, binting, maminting, a cada dos se da vno ciento, esto se en tiende en numeros y monedas no mas yno en verbos (SBV 1613: 13). Tras analizar las entradas del Vocabulario de San Buena Ventura, en el caso de las descripciones del prefijo ma-, observamos que se emplean, al menos, criterios de cuatro tipos, a nuestro entender, para la descripción del valor funcional, que son los siguientes: a) criterios gramaticales o metalingüísticos (“adjetivo”, “comparatiuo”); b) criterios semánticos (“raçonable”, “aver”, “mucho” “tener”); c) criterios de configuración de series léxicas (“afable”, “pescador”); d) criterios pragmáticos (“poder”, “podraser”, “puedeser”, “tenerlo por esto o por aquello”). e) criterios traductológicos (“ser”) El primero de los criterios (el gramatical), entronca con la categorización de las gramáticas clásicas: toda base léxica modificada por mase convierte en adjetivo. Es decir, nos hallaríamos ante un prefijo recategorizador o transcategorizador (X-Adj). El segundo (el criterio semántico), en nuestra opinión, es un expediente de correspondencias léxicas impuesto por la búsqueda de similitudes semánticas (algo así como la búsqueda de un tertium comparationis, tan caro a la lingüística contrastiva moderna). JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 97 El tercero, (mnemotécnico) guiado también por la primacía del aprendizaje de una L2, se basa en la elaboración de series léxicas emparentadas en una sola entrada para su mejor memorización; tiene, por tanto, carácter recordatorio y, en último término, pedagógico. El penúltimo criterio (el pragmático), que describe a los evidenciales o modales con ma-, es un modo de clasificar información pragmática sobre la postura del sujeto de la enunciación respecto a lo dicho y, en particular, sobre la posibilidad y sobre la advertencia. El último (el traductológico) es, en realidad, el que subyace a todas las descripciones, pero que se observa con transparencia en el caso de las oraciones copulativas: se basa en la posible traducción al tagalo de las oraciones copulativas de las lenguas románicas, que hallan una correspondencia de frase nominal en tagalo en donde interviene el prefijo ma-. Si esta interpretación es adecuada, el criterio de multiplicar las entradas para la descripción de mava más allá, probablemente, que las descripciones que sobre tal morfema se hicieron anteriormente en el Arte de la lengua tagala de Francisco de San José (1997[1610]). Este autor describe el funcionamiento de made un modo muy detallado, ligado a la categoría nombre adjetivo y muy concentrado en hallar sus valores semánticos y morfológicos, pero no se le ocurre vincular macon la posesión, la distribución, la existencia o la afabilidad, por ejemplo, como hace San Buena Ventura. En ocasiones, no obstante, las descripciones lexicográficas de los morfemas ligados como mason notoriamente desviantes de lo apuntado en las artes (y también de lo descrito en las gramáticas modernas, todo hay que decirlo). Un ejemplo de lo anterior es la interpretación de la estructura [[ma-B]+B]= ADJ. en el Vocabulario de lengva tagala. El romance castellano pvesto primero, de San Buena Ventura (1613), donde no existe consenso entre el franciscano y el dominico que le precedió (y que atinó mucho más en la descripción semántica de esta regla de formación). A este respecto, solo hay que comparar las palabras del Arte y Reglas de la Lengua Tagala de Francisco de San José (1610) con las del Vocabulario de San Buena Ventura (1613): VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 98 Medio) Ma) particula de adjetiuos antepuesta ala raiz duplicada toda. Vi. Raçonable) vt. maganda ganda, medio hermosa no mucho, maalam alam, medio afable, matanda tanda, medio viejo, marunung dunong, mediano sabio, saue yno mucho, mataas taas, mediano no muy alto. (San Buena Ventura 1613[1994]: 411) EMPERO para dezir de alguna cosa que aunque no es verdaderamente tal, esto o lo otro, pero que se va allegando mucho a ello, y en cosas se parece a aq[ue]llo, se dize con, ma, y la rayz reduplicada. Mabagyobagyo na ytong hanGin: es muy recio q[ue] aunque no es bagyo, se parece mucho. Mabugnot bugnot ytong tavong yto, que le falta poco para sello, porq[ue] se parece al bugnot en algunas costumbres. Magalit galit na yaong panGunGnusap, ya queria casi casi ser enojo, mayraprap na &c. Y si de tres silabas o mas: macapacapangpanGan, que se quiere parecer PangpanGo, matagatagalog. Empero nacacapaca-pangpanGan, natatagatagalog que lo es verdadero sino de todos. 4. costados […] (Francisco de San José 1610[1997: 14-15]) En definitiva, San Buena Ventura (1613) interpreta en su Vocabulario un macuantificador medio de la escala o mitigador, lo que San José (1610) considera una aproximación in fieri, siendo más fiel, probablemente, al sentido último de la regla en tagalo, que ha sido descrita mediante una matriz semántica por Himmelmann (2005), como “become X”, es decir, como un proceso morfológico que permite y vehicula el cambio de estado del referente. Desde luego, sería la mixtura de todos estos intereses lo que resulta censurable desde el punto de vista de la lexicografía moderna. A veces, es posible describir la entrada como: a) la categoría resultante (“adjetivo”); b) la semántica aproximada de toda la aplicación de ma- (“afable”); o c) la posible traducción aproximada de todo el constructo (“puedeserque”). La heterogeneidad de las entradas españolas no permite analizar el procedimiento para el consultor del vocabulario, que se guía por dudas particulares, lo cual no significa que este, el procedimiento, no exista en absoluto. En último término, no es esperable una adecuación clasificatoria basada en un solo criterio, sino en varios, y de muy distinta naturaleza, de modo que puede darse el caso de que varios criterios compitan sobre una misma forma o que, por el contrario, uno de ellos se imponga sobre las demás en una descripción concreta. La primera razón de esta situación, a lo que parece, se debe a que, en esta primera etapa descriptiva, la casuística de las obras lexicográficas ha de ser muy extensa por definición, lo que obliga a emplear todo tipo de trasvases traductores para lograr una comprensión funcional de las unidades. La segunda razón es que la distancia tipológica también es muy grande (entre las lenguas austronésicas y las indoeuropeas como el español). Entre dichos trasvases traductores los hay propiamente metalingüísticos, como el sustantivo “adjetivo”, pero también claramente asociativos (cuando se establecen relaciones paradigmáticas entre diversos adjetivos), notoriamente prácticos, como cuando se relaciona a ciertos adjetivos con macon verbos copulativos, existenciales y posesivos del español que aparecen conjugados), y evidentemente pragmáticos, cuando se traduce el mapor una expresión de posibilidad en esta lengua románica (una perífrasis como “puedeser”, o un valor como el de “advertencia”, por ejemplo). Ninguno de los criterios, salvo el de la traducción pura y dura, sería al día de hoy, probablemente, eliminado de una descripción integral de los valores de ma- en tagalo, pero lo importante es que, en su heterogeneidad, van más allá “funcionalmente” de lo que se advierte en las descripciones contemporáneas de las artes para dicha lengua. JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 99 Tal vez el caso más llamativo en todo el corpus lexicográfico aportado por San Buena Ventura es el relativo a la entrada Mos (español), que, en su excepcionalidad, nos enseña, sin embargo, hasta qué punto era capaz de llegar el lexicógrafo español para que los compatriotas aprendices reconocieran la distancia estructural entre el tagalo y el español: Mos) Atin (pp) genit.I. del pro: tayo, ante pon[ese]: atin tolonGan, ayudemos le.I.natin. 2.genit: post po: sintahin natin ang Dios, amemos a .D. Vi. Nuestro) I.amin, vt. aming gauin ito, hagamosesto, alaalahin namin, pensemos lo.I.ta, ayvanta, dejemoslo.I. canita, canitangybao[n], e[n]terramosle (SBV 1613: 433). El descriptor, en forma de entrada de diccionario, entre un conjunto enorme de entradas con autonomía léxica del español, es el morfema flexivo del español -mos, de primera persona del plural. Hay aquí una mezcla de descriptores metalingüísticos, con descriptores léxicos y descriptores que son morfemas españoles ligados de la flexión, cuando considera que existe un cierto paralelo estructural que puede ser explicado mediante segmentación del verbo español. Lo que ocurre es que el correlato se trata, en tagalo, de un clítico de persona, mientras que en español es un morfema flexivo de persona. Lo que de verdad interesa a San Buena Ventura es manifestar el valor pragmático de incitación conjunta, manifestado en español por las formas plurales (1º persona) y con verbo en subjuntivo (imperativo de 1º persona del plural), y no se le ocurre otra cosa que segmentar el morfema flexivo del español -mos para llevar adelante la descripción, hasta el punto de constituir con él una entrada autónoma del diccionario. En definitiva, todo vale en el proceder lexicográfico para echar luz sobre la diferencia gramatical. No obstante, es este un caso aislado en el proceder de San Buena Ventura (1613) a lo largo de su obra: lo habitual es que respete la tradición lexicográfica hispánica y europea y mantenga como entradas independientes a las palabras autónomas del español, y no a sus morfemas flexivos segmentados. Otra cosa es la valoración que suponga hacer este tipo de descripción atomizada y heterogénea en relación con el aprendizaje de la lengua, que era el objetivo último de las obras lexicográficas. Diversos gramáticos españoles en las Filipinas, como Alonso de Méntrida (2004[1637]), mostrarán con hechos su evidente desacuerdo: partirán de las bases del bisaya para construir palabras de morfología compleja en las definiciones, lo cual, sin duda, tiene sus ventajas para una lengua filipina donde lo más pertinente parece que sea distinguir entre morfemas léxicos y morfemas gramaticales o donde, en último término, resulta tan laborioso crear categorías “morfo-léxi- cas” a partir del comportamiento sintáctico de las unidades léxicas complejas. VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 100 4.9.- Las marcas duo dic, tres dic en el Vocabulario de San Buena Ventura (1613) Una marca muy interesante en el Vocabulario de San Buena Ventura es la que suele aparecer, a lo largo de las definiciones de las entradas, para especificar el carácter complejo de los sintagmas o de las palabras complejas (nominales, adjetivales o verbales). Se utilizan dos denominaciones: a) duo dic, que vale por “dos dicciones” o, en términos modernos, dos unidades léxicas con valor semántico autónomo; y b) tres dic, que vale por tres dicciones o unidades (léxicas más gramaticales) con valor semántico particular. Lo curioso de esta clasificación es que no tiene en consideración la aparición muy habitual de las denominadas “ligaturas”, que no son consideradas “dicciones” en ningún momento, es decir, que no son entendidas como una parte de la oración como lo eran las preposiciones ni las conjunciones. Dicho de otro modo, lo que interesa al Vocabulario de San Buena Ventura es el reconocimiento de las unidades léxicas que constituyen el sintagma o la palabra compleja, pero no la descripción y el reconocimiento concretos de las unidades funcionales que permiten constituir dicho sintagma como una unidad compleja. Lo cual no significa que no se reconozca su existencia, puesto que al describir las unidades léxicas en la parte tagalo-español, el autor segmenta a la perfección la “rayz” hasta el límite en el que debería aparecer la ligatura. Lo anterior es consecuente con el interés especial que los vocabularios han de prestar a la información léxica de las lenguas. Al contrario de lo que describen los gramáticos de las lenguas filipinas, se deja de lado el problema de la adscripción gramatical de las “ligaturas” para centrarse en la unidad sintagma a través de sus morfemas léxicos principales. Tenemos que hablar aquí de interés por una morfología del sintagma. ¿Qué tipo de unidades aparecen bajo la marca duo dic? Desde luego, las bases o “raíces” de lo que San Buena Ventura considera las categorías nombres, adjetivos y verbos del tagalo, que son los más habituales. En el caso de que aparezcan verbos estos suelen ser seguidos de nombres. En realidad, lo que reproducen estos duo dic es, ni más ni menos, que una estructura sintáctica de alta frecuencia para el lexicógrafo en la lengua de descripción, y por ese motivo, susceptible de aparecer como una unidad compleja en el diccionario. Es lo que ocurre con las formas complejas como bigay tova (lit.: “dar alegría”, que vale por “complacer o contentar a otro”) (SBV 185a), o con bigay logor (lit.: dar gusto o alegría”, que vale por contentar con obras o palabras”) (SBV185b), pero también con calag panGao (lit.: “desatar cepo” o “soltar cárcel”), que vale por “carcelaje” o pago para conseguir la libertad de un preso por la justicia. Es probable que un análisis moderno incidiera en el hecho de que muchas de estas estructuras habrían de JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 101 describirse, en virtud de su fijación y frecuencia, como “colocaciones”. En general, duo dic y tres dic remiten a las siguientes estructuras del tagalo: a) sintagmas nominales, verbales y adjetivos, con ligatura o sin ella (como las anteriores); b) locuciones conjuntivas complejas (formadas por dos o más unidades léxicas autónomas); c) adverbios complejos, formados por dos o más unidades léxicas autónomas; d) sistema numeral complejo, formado por dos o más unidades léxicas más una “ligatura” o “preposición” (ca-). Hay que tener en consideración que, si la postura de San Buena Ventura no resulta del todo adecuada cuando deja de denominar “adverbios” a las locuciones adverbiales compuestas con duo dic o con tres dic, es plenamente coherente cuando señala como duo dic o tres dic los sintagmas numerales del tagalo que están ligados mediante el prefijo ca-. Por el contrario, para el tagalo actual, los gramáticos descriptivos no vendrían a considerar sintagmas con ligatura a dichas estructuras (Schachter y Otanes, 1972), esto es, primarían el criterio semántico (de la numeración o de la constitución de una serie vinculada morfológica y semánticamente), sobre el sintáctico. En realidad, mediante este expediente, San Buena Ventura puede dar cuenta, formalmente, de la estructura del sintagma nominal del tagalo, tanto del no cuantificado como del cuantificado o numérico. Las primeras descripciones del tagalo, tanto por lo que hace a la primera arte (1610) como al primer vocabulario (1613) no podían emplear conceptos de la lingüística contemporánea para discernir esta diferencia tipológica esencial entre las lenguas indoeuropeas y las malayo-polinésicas o austronésicas. Es notable que otros valores del Vocabulario de San Buena Ventura, como su magnífica información enciclopédica, antropológica e incluso pragmática (como la relativa a las formas de tratamiento vigentes a comienzos del siglo XVII), hicieran de esta obra la única fuente lexicográfica impresa conocida por nosotros para el aprendizaje del tagalo hasta la publicación del Vocabulario de la lengua tagala de Domingo de los Santos (1703) y, medio siglo después, del de Juan de Noceda (1754). Siendo como era un Vocabulario muy imperfecto desde la perspectiva gramatical, y no solo por los aspectos que hemos tratado de describir, incluso en relación con la primera arte publicada sobre esta lengua, siguió, no obstante, empleándose durante, al menos, casi un siglo tras su aparición. VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 102 4.10.- Sintaxis implícita y focalización argumental El tagalo moderno, como otras lenguas filipinas, dispone, en general, de un orden oracional no marcado del tipo verbo-sujeto-objetos (VSO). A partir del núcleo verbal, no obstante, el orden de los argumentos oracionales puede ser bastante libre entre sujeto y objetos. Además, según describe Schachter (1987[2000]), para el tagalo moderno, se da la circunstancia de que cualquier argumento puede focalizarse si este es el interés del hablante. La focalización se lleva a cabo mediante la anteposición al núcleo argumental elegido de una partícula específica, que en tagalo actual es la partícula ang. Si el argumento no está focalizado (solo se puede focalizar un argumento por oración), entonces suele presentar la partícula ng antepuesta. La partícula ang, según Himmelmann (2001: 834), es un artículo de uso específico-indefinido (specific-indefinite use) que puede emplearse sin que sea necesario que el hablante asuma que el referente sea identificable por el oyente. Veamos algunas de las oraciones no marcadas (VSO) pero focalizadas en alguno de sus argumentos del tagalo moderno proporcionadas por Schachter (1987[2000: 941]) (la traducción al español, a veces forzada para una mejor comprensión de las funciones, es nuestra): Mag-aalis ang tindero ng bigas sa sako para sa babae (El tendero quitará algo de arroz del saco para la mujer) Aalis-in ng tindero ang bigas sa sako para sa babae (Un/el tendero quitará algo de arroz del saco para la mujer) Aalis-an ng tindero ng bigas ang sako para sa babae (Un/el tendero quitará algo de arroz del saco para la mujer) Ipag-aalis ng tindero ng bigas sa sako ang babae (Un/el tendero quitará algo de arroz del saco para la mujer) Por lo visto, la focalización de un argumento exige ciertos afijos verbales, en una especie de concordancia extensa que afecta decisivamente a la morfología verbal. Schachter (1997[2000]), por ejemplo, los denomina “Trigger-marking Affixes” y reconoce, para el tagalo moderno, una nómina de papeles temáticos asociados a dichas marcas, como los de ACTOR, PACIENTE, DIRECCIÓN, BENEFICIARIO e INSTRUMENTO (aunque haya otros, como LOCATIVO, RAZÓN y REFERENTE). Pues bien, ni San José (1610) ni San Buena Ventura (1613) pudieron identificar con claridad la distinta naturaleza de ng y de ang ante los argumentos oracionales del tagalo, lo cual tuvo, como es imaginable, consecuencias notables en la descripción de esta lengua austronésica (y de otras del mismo tipo del archipiélago filipino y de algunas islas del Pacífico). De hecho, ambos autores solo reconocieron la existencia JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 103 110 CAPÍTULO V EL VOCABULARIO JAPONÉS-PORTUGUÉS (1603-1604) Y SU TRADUCCIÓN (1630) 5.1.-La extraordinaria lexicografía luso-nipona e hispano-nipona De acuerdo con Debergh (1982: 36-37), el vocabulario japonés-portugués de 1603 y su Suplemento de 1604 es una obra colectiva anónima de largo alcance donde se especifican muchas informaciones dialectales de la zona de Cami (Kami, la región de la capital, Kioto) y de la zona de Ximo (o Shimo). El vocabulario original de 1603 consta de 26000 entradas más las 6800 entradas del Suplemento (1604), que debe considerarse su complemento natural. En total, se trata de un vocabulario de unas 32800 entradas, que solo refleja las correspondencias japonés-portugués, pero no las portugués-japonés. Hay que tener en cuenta que obras casi contemporáneas elaboradas por otras órdenes religiosas en las Filipinas por la misma época, como el Vocabulario de lengua tagala. El romance castellano puesto primero (1613), del franciscano Pedro de San Buena Ventura, editado en Manila, no pasaban de las 16000 entradas, esto es, tenían menos de la mitad de la extensión. Algo parecido puede decirse, por ejemplo, del Vocabulario de lengua visaya, hiligueyna y haraya de la isla de Panay y Sugbú y para las demás islas, elaborado por el agustino Alonso de Méntrida (1637[2004]). Desde luego, la obra publicada en Japón por los jesuitas portugueses tiene mucho más del doble de extensión que los vocabularios hispano-amerindios impresos durante los siglos XVI y el XVII en Nueva España, como el primero de Alonso de Molina (1555) para el náhuatl o el de Maturino Gilberti (1559) para el tarasco o pur’épecha. Se trata, pues, posiblemente, del vocabulario impreso hispano-asiático más extenso que jamás se haya publicado en época histórica. Tal vez sea el más voluminoso de todos los vocabularios bilingües de la lingüística misionera de la época clásica. Hay que tener en cuenta, por otro lado, que es un vocabulario que tan solo contempla la correspondencia japonés-portugués, pero no la correspondencia portugués-japonés, al contrario que los vocabularios contemporáneos hispano-americanos e hispano-filipinos. Estos últimos siempre incluían un glosario, como mínimo, de unas cien páginas con la correspondencia complementaria (en Filipinas), cuando no partes mucho más desarrolladas y equiparables (en Nueva España, en el Virreinato del Perú). Si buscamos los antecedentes más cercanos de este Vocabulario japão- 111 portugues, tal vez el más importante sea otra obra magna de la lexicografía misionera en tierras asiáticas, debida también a la pericia de los jesuitas portugueses y los hermanos japoneses, el anónimo Dictionarivm Latino Lvsitanicvm, Ex Ambrosii Calepini volumine depromptum..., publicado en Amakusa en 1595, obra trilingüe de la que debieron aprovecharse muchos de los materiales relativos al japonés y al portugués para componer la obra que nos ocupa de 1603 y 1604. Lo anterior queda declarado, además, en el mismo prólogo del Vocabulario de 1603-1604 al que nos referimos en estas páginas: [...] ja ha annos auia algûs Vovabularios, & Artes de mão de que se ajudãuao os que de nouo aprendião, & principalmente hû Dictionario da lingoa Latina impresso com a declaração em Portugues, & em Iapão, de que se ajudarão muito assi os de Europa pera aprender a lingoa de Iapão, como os mesmos Iapões Irmãos, & Dôjicos pera aprender a Latina; [...] alguns dos que melhor sabião a lingoa de Iapão, com a ajuda tambem de alguns naturaes entendidos nella nos aplicamos com diligencia por alguns annos a examinar, acrecentar, & aperfeiçoar este Vocabulario... (Anónimo, 1603; Prologo). De acuerdo con Maruyama (2004: 145-146), este vocabulario trilingüe que fue empleado como modelo contiene cerca de 30000 entradas. A su vez, su modelo fue una de las ediciones del plurilingüe Calepino publicadas en Europa entre 1570 y 1587 y su organización parte de la entrada latina a la que sigue la correspondencia portuguesa, luego la japonesa y vuelta a empezar en cada una de las acepciones de la entrada latina. Es seguro que se emplearon las informaciones de esta magna obra trilingüe para completar el Vocabulario japão-portugués de 1603 y 1604, según se afirma en el Prólogo pero, en esta ocasión, lo hicieron partiendo únicamente de la entrada japonesa, y no de la portuguesa. Además, muchas de las palabras que aparecen en cada entrada del Vocabulario japão-portugues de 1603 y 1604 tienen informaciones suplementarias que hacen de esta obra algo excepcional. Debergh (1982) y Maruyama (2004) especifican las siguientes (aunque no sean todas las presentes): P (poesia), S (escritura), Bup (buppo, o budismo), B (baixa, o vulgar), las marcas palaura de molheres, palaura de meninos, etc. El vocabulario búdico sobrepasa, para Debergh, las 150 entradas, pero, probablemente sean muchas más, entre las entradas directas y las referencias ocultas. Muchas de las unidades léxicas han sido extraídas, directamente, de fuentes escritas de la cultura nipona del siglo XVI, algunas de ellas referidas explícitamente, pero también de obras religiosas escritas por los jesuitas con la ayuda de informantes católicos japoneses. Además, el vocabulario se nutre de textos escritos a la manera china (o kanbun) y de textos poéticos a la manera japonesa (o waka). Muchas de las fuentes de las oraciones ejemplificadoras están especificadas en cuanto a las fuentes impresas. El mismo Debergh localiza no menos de 100 ejemplos de la edición del VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 112 Taiheiki de Nagasaki (de entre 1598 y 1604), 80 ejemplos del Heike (1592), 70 ejemplos del Mai no hon, 55 ejemplos de diferentes textos y relatos, 30 ejemplos del Kinkushu (1593), 11 ejemplos de los Hosshinshu del budismo, etc. En definitiva, la tarea lexicográfica de los jesuitas portugueses fue ímproba porque tuvieron que realizar un gran número de catas de textos clásicos y contemporáneos de la literatura japonesa, así como innúmeras preguntas a informantes japoneses con los que convivían. Como es perceptible, el Vocabulario japão-portugues de 1603-1604 tiene una enorme extensión, para los repertorios de la época, porque sus fuentes habían de responder tanto a la tradición oral cuanto a una extraordinaria tradición textual desarrollada en Japón durante milenios. La mayor parte de las lenguas descritas por los religiosos en América no contaban con tradición escrituraria, lo que limitaba notablemente la elaboración de repertorios muy complejos. Respecto a Asia, la tradición escrituraria del baybayin en las Filipinas, por ejemplo, no parece comparable en ningún sentido a la riqueza textual de la cultura japonesa, y no sabemos, al día de hoy, si los textos prehispánicos en baybayin (que debieron ser relativamente escasos), fueron empleados en estas islas como material incorporable en los vocabularios, aunque lo más probable, dada la ausencia casi total de referencias al contenido de los textos antiguos, es que los misioneros españoles no hicieran esta labor, al menos sistemáticamente. La razón última de tal diferenciación radica, a nuestro entender, en que los textos en baybayin tan solo se elaboraban para la comunicación epistolar y las composiciones poéticas (Santos 1996), pero es improbable que se tratara de un sistema de creación de textos masivos, como ocurría en Japón desde tiempo inmemorial. Estas escuetas noticias nos muestran, sin lugar a dudas, que el Vocabulario japão-portugues es una obra de extraordinaria importancia en la historiografía lingüística misionera jesuítica y general, donde la información extraída de la comunicación directa de los informantes (probablemente de japoneses católicos, hombres y mujeres, o en trance de conversión al catolicismo), se veía completada con el vaciado oracional de muchas obras literarias del siglo XVI o anteriores, obras pertenecientes a la tradición literaria nipona (que se remonta, al menos, al siglo VIII d.C., o creadas ex profeso por los jesuitas en romanji con finalidades evangelizadoras. Algunos autores, como Debergh (1982), consideran que la labor de traducción al español de esta magna obra colectiva de la lexicografía en Extremo Oriente, de 1630, corrió a cargo del Padre Esquivel (O.P.), dominico, de origen vizcaíno, fallecido en 1639, según indican Aduarte y Ferrero (1640[1962]) y recoge Sueiro Justel (2003: 91). Otros autores solo hacen constar que la obra traducida también ha de ser considerada colectiva, puesto que carece de autoría concreta, como es el caso de Maruyama (2004). JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 113 Pero algo realmente sorprendente en la historia de la lexicografía misionera es que un vocabulario de estas características llegara a traducirse a otra lengua europea en época tan temprana como 1630. Que sepamos, el anónimo Vocabvlario de Japon declarado primero en Portugves...y agora en castellano no ha sido reimpreso jamás desde su publicación en Manila en 1630. Lamentablemente, tampoco ha recibido ninguna atención sistemática en su cotejo con el original. Aquí tan solo compararemos una pequeña parte del Vocabvlario japão-portugues (1603-1604) con el Vocabvulario japon-español (1630) la correspondiente a las letras A, B y C y el contenido correspondiente al suplemento de estas tres letras. Además, y corriendo grandes riesgos, analizaremos otras partes del Vocabulario japon-español impreso en Manila en 1630 para intentar llegar a ciertas conclusiones sobre su importancia en la conformación de muchos estereotipos hispánicos (y occidentales), que perviven al día de hoy, sobre la cultura y el pueblo del Japón. Sin duda, le excepcionalidad de esta traducción lexicográfica hay que buscarla en los tormentosos acontecimientos que se cernían sobre los católicos en Japón: en 1614 comenzó una persecución implacable sobre ellos, que iba a producir varios mártires de diversas órdenes (sobre todo, dominicos y jesuitas), y en 1633, tan solo tres años después de la publicación de la traducción española en Manila, se iba a prohibir definitivamente que los japoneses abrazaran el culto católico. Durante este lapso, los jesuitas portugueses buscaron el apoyo de los religiosos españoles de las Filipinas con la idea de que recogieran, en el futuro, el testigo de la evangelización del Japón. Analizaremos en las páginas siguientes la presencia de algunos lusismos en los textos ocultos japoneses del Vocabulario, de japonesismos en el portugués y español del original y su traducción, el tratamiento que sobre algunos honoríficos proporcionaron estos vocabularios descriptivos (en particular la supleción verbal en el registro de respeto del no sujeto frente a sus correlatos en el registro neutro y el léxico del parentesco familiar), así como las modificaciones léxicas que los religiosos españoles impusieron en la traducción al español del original portugués, con la introducción de ciertos sinismos y de malayismos de las lenguas filipinas. Por último, analizaremos con brevedad el examen que hace el Vocabulario de los morfemas funcionales más comunes del japonés en su estructura argumental (tematizador, sujeto, determinación, objeto directo y objeto indirecto). VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 114 5.2.-Contrastes entre el original y su traducción: una cata De la comparación sistemática entre ambas obras en lo relativo a las tres primeras letras, A, B y C, y al contenido del Supplemento de 1604, podemos deducir, esquemáticamente, y a falta de estudios más profundos y exhaustivos, lo siguiente: a) La obra japonés-español de 1630 incluye toda la información, aglutinada, tanto del Vocabvlario japão-portugues de 1603 como de su Supplemento, publicado de 1604. Por tanto consta, al menos, de 32800 entradas completas. Decimos que al menos porque en lo relativo a las tres primeras letras del Vocabulario japón-español de 1630 hemos advertido la añadidura de otras entradas. No estamos en condiciones de calcular el número de entradas añadidas a la edición completa de 1603-1604, pero lo cierto es que la obra traducida ha sido aumentada a partir de materiales que solo pueden haber aportado los jesuitas y dominicos expulsados del Japón y arribados a Filipinas, con los que colaboraron dominicos españoles para la confección de la traducción. No obstante, lo normal es encontrar una muy notable similitud entre la información del primer vocabulario y la del traducido, con ciertas añadiduras esporádicas tanto respecto al número de acepciones de una entrada como en lo relativo a la adición de entradas novedosas. Obsérvense con detenimiento esta entrada en sus dos versiones, probablemente una de las más extensas de ambas obras: Auaxe, auasuru, auaxeta. Ajuntar h[u]a cousa com outra // Teuo auasuru. Aleuantar as maôs juntas // Sanyôuo auasuru. Fazer contas// Fiôguio ausauru. Concertar se & concordar com outro acerca do modo de fazer alguma cousa// Cocoro, l. cocorazaxiuo auasuru. Concordar entre si, ou vnir se.// Chicarauo auasuru. Aiudar se hus aos outros. //Feôxiuo auasuru. Cantar ou descantar juntamente & com côpaço// Gacuqiuo auasuru. Descantar com instrumentos musicos. //Cusuriuo auasuru. Aiuntar os materiaes, & fazer delles mezinha.// Camisoriuo auasuru. Afiar as naualhas.// Xubi, l. fazu uo auasuru. Concordar o principio, & fim, ou comprir a premessa.// Niuatoriuo auasuru. Fazer peleiar os galos.// Toquio auasuru. Responder com grita ao exercito, ou outra gente que primeiro gritou.// Vomoteuo auasuru. Estar virado hu pera outro cô rosto.// Meto meuo auasuru. Fixar os olhos hum no outro.// Coyeuo auasuru. Gritar juntamente.// Yariuo auasuru. Enrastar as lanças hum com outro.// Item. Auasuru. Cotejar hua cousa com outra.// Vguysuuo auasusu. Cotejar o cantar de hum roxinol cô outro.// Yomiauasuru. Cotejar lendo. (Anónimo 1603, 15v.). Auaxe, auasuru, auaxeta. Iuntar alguna cosa con otra. // Teuo Auasuru. Leuantar las manos jûtas. // Sanyôuo auasuru. Hazer cuentas. // Fiôhuio auasuru. Concertarse, y concordar con otro acerca del modo de hazer alguna cosa.// Cocoro, l, cocorozaxiuo auasuru. Concordar entre si, o vnirse.// Chicarauo auasuru. Aiudarse vnos a otros.// Feôxiuo auasuru. Cantar, o discantar juntamente, y con compas. // Gacuqiuo auasuru. Discantar cô instrumentos musicos. // Cususiuo auasuru. Iûtar los materiales, y hazer de ellos medicinas. // Camisori uo auasuru. // Afilar JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 115 las nauajas. // Xubi, l, fazuuo auasuru. Concordar el principio y el fin, o cumplir la promesa. // Niuatoriuo auasuru. Hazer pelear los gallos. // Toqiuo auasuru. Responder con grita al exercito, o aotra gente que grito primero. // Vomoteuo auasuru. Estar buelto el rostro vno para otro. // Metomeuo auasuru. Fixar los ojos vno en otro. // Coyeuo auasuru. Gritar juntamente. // Yariuo auasuru. Enristrar las lanças vno contra otro. // Item, Auasuru. Cotejar vna cosa cô otra. // Vguysuuo auasuru. Cotejar o cantar de vn Ruyseñor con otro.// Yomiauasuru. Cotejar leyendo// Tacauo toriauasuru. Largar el gauilan, o paxaro (Anónimo 1630). b) La obra japonés-español de 1630, por tanto, incluye ciertas informaciones lexicográficas en forma de entradas que no se publicaron ni en 1603 ni en 1604. La información añadida, sin embargo, es aquí notablemente literaria y aristocrática: se describe nada menos que el arte de la cetrería, lo cual no estaba al alcance del pueblo llano en aquella época en Japón, como no lo estaba en España ni en Portugal. La fuente, posiblemente, fuera un texto japonés que hablara de los hábitos corteses de los nobles que rodeaban al Emperador o a él mismo. Caben dos conjeturas al respecto. La primera defendería la idea de que se trata de informaciones desechadas para su publicación en 1603 y 1604 pero recuperadas para la traducción española de 1630. La segunda consideraría que se trata de informaciones proporcionadas por los jesuitas y dominicos portugueses expulsados a los dominicos españoles de las Filipinas y que fueron recopiladas durante los últimos años de presencia jesuita en el Japón (desde 1604 hasta 1627, aproximadamente), sin que diera tiempo, sin embargo, a incluirlas en una nueva edición mejorada del original, que nunca vio la luz. Es muy posible que jamás sepamos con certeza si estas dos circunstancias se dieron conjuntamente, ni en qué grado, o solo alguna de ellas, ni cuál fue la que se dio y cuál no. No obstante, la hipótesis más verosímil parece la segunda. No solo porque la primera no se apoya en ninguna información contemporánea que conozcamos, sino porque los religiosos, con seguridad, siguieron recopilando información léxica hasta el momento de la expulsión, como era habitual en el proceder codificador misionero de las órdenes religiosas en el siglo XVII. Su modo de elaborar vocabularios, como el de la lexicografía bilingüe y monolingüe actual, era y es acumulativo en gran medida. c) La mayor parte de los japonesismos insertos como léxico oculto o como entrada autónoma en las obras de 1603 y 1604 para el portugués se mantienen como tales en la traducción española de 1630, esto es, se incorporan (por vez primera, según creemos, en la historia de esta lengua románica), como japonesismos del español. Algunos de los ejemplos que podemos aducir, de los más recurrentes en el Vocabvlario de 1630, son los siguientes: cha, catana, bonzo, tatami, bio[m]bo, fotoque (dioses familiares), dairi, cubo (capitán de la milicia), xo[n]guachi (estación anual), sacana (comida de carne o pescado) chanoyu, quimones (kimonos), etc. VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 116 Como puede observarse a primera vista, la mayoría de tales japonesismos del español (muchos de los cuales tienen una vigencia notable en nuestros días en todo el ámbito hispánico) son préstamos vehiculados desde la codificación lexicográfica de los jesuitas portugueses a través de la traducción de esta magna obra al español. Otros, por el contrario, solo han perdurado allí donde se tradujo ese monumento de la lexicografía misionera. Es el caso del sustantivo cha, que, con independencia de su origen persa o chino, parece entrar en Filipinas (y en el español de Filipinas, según el DRAE (2001: 511, 21ª ed., letras a/g) a partir del japonés de este Vocabulario traducido. Otros japonesismos, como fune “embarcación”, también se adaptan al portugués mediante la asignación del género femenino (a fune), lo cual pasa al español, que, además, reconoce la extrañeza de un sustantivo acabado en -ey vuelve a establece la concordancia formal, dando como resultado naturalizado la funea. Véanse estos ejemplos con detalle: Cayesute, tçuru. Botar fuera como agua de bomba. &c. Funeno acauo cumi ague c[a]ye sutçuru. Monog. Dando à bomba botauâo fora toda a immundicia. & agoa da Fune (1603: 46a). Cayesute, tçuru. Echar fuera como agua de la bomba, &c. Funeno acuo cumi ague caye sutçuru. Monog. Dando a la bomba echauan fuera toda la suziedad, y agua de la funea (1630: 78a). Sin embargo, tal adaptación morfológica, y otras semejantes que se podrían encontrar a lo largo del Vocabulario original y del traducido al español, no parecen suficientes para constituir niponismos del español de Filipinas ni del español general. d) Algunos japonesismos son tratados o descritos también mediante sus equivalentes malayo-polinésicos o chinos, si bien, en ocasiones, desconocemos la lengua exacta de procedencia, como tibor o tiborcillo (por jap. buyon o cántara), lo cual no es de extrañar, porque los religiosos españoles en 1630, ya habían incorporado un contingente notable de términos de las lenguas austronésicas y de los sangleyes de allí (chinos) relativos, sobre todo, a aspectos de la cultura material de tagalos, ilocanos, bisayas o pampangos, entre otros diversos pueblos del archipiélago que intentaban evangelizar. Además, esta retraducción léxica parecía obligada: los lectores de semejante compendio iban a ser los religiosos españoles establecidos ya en las Filipinas, que habían de tomar el testigo de una futura evangelización del Japón ante la rebelión anticatólica que estaba teniendo lugar por parte del Edo Bakufu que había impuesto el Tokugawa Ieyasu. e) En la traducción de la parte portuguesa del Vocabvlario al español son muy frecuentes los lusismos, como era previsible, a causa de la cercanía tipológica y genética entre ambas lenguas románicas peninsulares. Los lusismos suelen aparecer JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 117 seguidos de su versión española mediante una disyunción o, si bien esto no sucede siempre. He aquí algunos ejemplos de lusismos frecuentes en el Vocabulario: feición “modo, aspecto, manera”, todavía “sin embargo”, engañador o embaydor, agujero o buraco, juera “zaranda, cedazo” (port. joeira), prieto “negro” (port. preto), viento leste (viento del este), etc. Una búsqueda sistemática de los lusismos del Vocabulario de 1630 depararía muchas informaciones relevantes sobre el contraste léxico entre estas dos lenguas románicas en el primer tercio del siglo XVII. La frecuencia de tales lusismos puede tener una causa añadida: es muy probable que los frailes jesuitas portugueses estuvieran representados en la labor misma de la traducción o participaran directamente en la misma. De hecho, algunas de las añadiduras informativas que hallamos en el Vocabulario traducido de 1630 (japón-español) solo parecen entenderse como resultado de la intervención directa de religiosos portugueses que incorporan al texto español parte de sus experiencias personales vividas en Japón y no recogidas en el Vocabulario japão-portugues de 1603 y 1604. Veamos, como ejemplo, el siguiente: Caxij. Hûa fruita do mato como bolotas, ou landeas pequenas (1603:45a). Caxij. Vna fruta del monte como bellotas pequeñas, amargosas que dan garraspera (1630: 77a). Ciertamente, si la añadidura “amargosas que dan garraspera” aparece en la traducción española de 1630 pero no en el original portugués de 1603-1604, tenemos que concluir que alguno de los autores participantes en la traducción tenía la experiencia de haber probado ese fruto del bosque en la campiña japonesa. Así lo debió hacer notar a sus colegas dominicos de las Filipinas, que no dudaron en incorporar la información. A no ser que no demos ningún crédito a los autores del Vocabulario, lo cual, a la vista de su maravillosa complejidad y riqueza, carece de sentido. Con añadidura tan personal, además, se evitaba la incomodidad de traducir al español un término portugués, landeas, que no tenía ni tiene un correlato léxico claro en español, puesto que el correspondiente etimológico del port. landea, el español landre o landrecilla, portaba un significado escatológico muy desagradable. Se entendía landre en el español clásico, como tumefección inflamatoria, del tamaño de una bellota, de un ganglio linfático, generalmente del cuello, las axilas o las ingles. También se hacía referencia nada menos que a la peste bubónica con este nombre. Fernando de Rojas podía poner en boca de la misma Celestina la maldición “mala landre te coma o te mate”, dirigiéndose al criado Pármeno a fines del siglo XV. Hay que concluir que los autores de la traducción conocían bien tanto el japonés como el portugués y el español para llegar a soluciones tan correctas y eufemísticas. f) Algunas de las entradas del original y de la traducción española de 1630 son muy interesantes por la relevancia que la historia léxica les ha deparado en nuestras VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 118 lenguas. Me refiero, por ejemplo, a la siguiente: auosamurai (presente ya en el suplemento de 1604), cuya forma (simplificada) permanecerá como japonesismo del portugués y del español (y de otras muchas lenguas europeas), hasta nuestros días: Auosamurai. Hûa sorte de homens honrados que serven aos Cungues (1604: 334a) Auosamurai. Vna suerte de hombres honrados q[ue] siruen a los Cungues (1630: 25). De acuerdo con Inoue (1987[1979]), el nombre común para los caballeros de la época (comienzos del siglo XVI) en japonés, sin embargo, era el de bushi. Su código de conducta estaba representado mediante el bushido. No obstante, las lenguas europeas (con el portugués y el español a la cabeza), consagrarán el empleo del término samurai, derivado de aquel auosamurai, que permanecerá en las lenguas europeas occidentales hasta nuestros días. g) Ciertos lusismos que se introdujeron en el japonés desde el siglo XVI también están representados tanto en el original de 1603 y 1604 cuanto en la traducción al español de 1630. Los lusismos reconocidos por los especialistas en la historia de la lengua japonesa desde 1549 (con la llegada de San Francisco Javier) hasta la expulsión de los jesuitas, como afirma Kyoko Inoue (1987[1979]: 250) son centenares, algunos de los cuales, son los siguientes: kirishitan “cristiano”, konhisan “confesión”, garasa “gracia”, orasho “oración”, bateren “padre”, botan “botón”, karuta “naipes”, koppu “copa”, rasha “saya” (desde port. raxa), shabon “jabón” o totan “zinc” (desde port. totanaga). Solo hemos podido localizar en las tres primeras letras de la obra de 1603 y 1604 los siguientes lusismos en japonés: aiuno “ayuno” (p. 9) y christianon “cristiano” (p. 9), pero sin duda su número, ya a comienzos del siglo XVII, debía ser mucho mayor. Al parecer, hubo un cambio en la política de traducción de los conceptos cristianos hacia mediados del siglo XVI, posiblemente debido a la mano del P. Rodrigues, que instauró los términos portugueses del catolicismo en detrimento de las primeras traducciones que hicieron los religiosos. En la traducción al español de 1630 se mantienen los lusismos introducidos en japonés entre el léxico oculto de las entradas, de modo que podemos rastrearlos sin demasiada dificultad. En general, pues, la política de traducción textual del Vocabvlario por parte de los españoles dominicos en Filipinas fue muy respetuosa con la extraordinaria labor de los jesuitas en el Japón, con quienes, seguramente, colaboraron. Hay que tener en cuenta que el reino de Portugal y el de Castilla formaron parte del Imperio de la Corona de España desde 1580 hasta 1640. Es menester añadir, sin embargo, que, como era de esperar, muchos de los lusismos eclesiásticos de los siglos XVI y XVII acabaron por desaparecer del léxico japonés durante el largo periodo de aislamiento que siguió a la prohibición del catolicismo en Japón (desde 1633 hasta mediados del siglo XIX). JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 119 Vocabulario japon-español (1630), es bastante ajeno a la tradición lexicográfica española que parte de Elio Antonio de Nebrija (1495?), sigue con Alonso de Molina (1555 y 1571), Maturino Gilberti (1559) o Alonso Urbano (1605) en Nuevo México, entre otros lexicógrafos misioneros españoles y llega a las Filipinas, donde San Buena Ventura (1613), por ejemplo, sigue empleando el orden descriptivo españoltagalo y tagalo-español en su obra lexicográfica. Es de notar, sin embargo, que autores posteriores de las Filipinas como Alonso de Méntrida (1637) emplean ya el orden del Vocabvlario japão-portugues también reflejado en el Vocabvlario japon-español en 1630, para su obra dedicada a la codificación lexicográfica de la lengua bisaya, añadiendo, no obstante, como hizo Alonso de Molina para el náhuatl en 1555, un glosario español-lengua autóctona (en este caso, el bisaya), cosa que no sucedía en el Vocabulario japão-portugues que nos ocupa. Lo mismo habrá de suceder en la tradición lexicográfica agustiniana (y de otras órdenes) con varias lenguas filipinas, como el iloco o ilocano, por parte del Padre Francisco López (ms. 1621) y del Padre Vivar (ms. 1797), del Padre Sánchez (1711) para la misma lengua bisaya, del padre Bergaño (1729) para la lengua pampanga y del Padre Ortiz (ms., 1726) para el propio tagalo, entre otros varios. Esta organización, seguramente derivada del Vocabulario japão-portugues de 1603 y 1604, tuvo una repercusión secular en la descripción de las lenguas filipinas, puesto que se puede rastrear nada menos que hasta 1909, fecha en la que se elabora el penúltimo diccionario bisaya-español a cargo del P. Aparicio y de otros padres, obra manuscrita que nunca vio la imprenta (depositada en el Real Colegio de los PP. Agustinos-Filipinos de Valladolid, España) y que también sigue el orden iniciado para el japonés, esto es, lengua asiática-español. Nuestra opinión es que el conocimiento del original portugués de 1603 y 1604 y de su alta calidad lexicográfica, así como los problemas definitorios que planteaba el, por otro lado magnífico Vocabulario de la lengua tagala. El romance castellano puesto primero, de Pedro de San Buena Ventura de 1613, hicieron que Alonso de Méntrida y los demás padres de distintas órdenes se plantearan otro tipo de organización de la macroestructura del vocabulario: había de partir de la lengua objeto de descripción para continuar con la parte español-lengua objeto de descripción. A eso debió sin duda contribuir el Vocabulario japon-español de 1630, que era una traducción española un tanto modificada (y posiblemente algo aumentada y mejorada) del Vocabulario japão-portugues de 1603 y de su Suplemento de 1604. De este modo, la influencia que la obra de los jesuitas portugueses ejercieron en el modelo técnico de la información lexicográfica fue de largo alcance al afectar a los religiosos españoles presentes en las islas Filipinas, y a un buen número de las lenguas que describieron en dicho archipiélago desde 1630 hasta 1909, pocos años VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 126 después de la ocupación norteamericana del archipiélago. Como mínimo, los idiomas filipinos descritos bajo el modelo de la obra portuguesa de los que tenemos noticia (y que puede ser ampliada), tal vez a través de su traducción española, fueron el bisaya, el pampango, el bicol, el pangasinán e incluso, posiblemente, el tiruray y el maguindanao en fecha tan tardía como 1892 y 1894, respectivamente. De algún modo, pues, la obra jesuítica del Japón sirvió de puente entre la lexicografía plurilingüe europea del Calepino (siglo XVI), en sus distintas versiones, y la lexicografía hispánica nebrisense bilingüe (latín y español) mejorada en la Nueva España (náhuatl-español, mechoacano-español, otomí-español, etc.). No deja de ser sorprendente la peripecia de los modelos: cómo dos líneas de organización del material léxico se influyeron entre sí procediendo del Viejo Mundo y hallaron su crisol en el extremo de Asia a través de la traducción de una obra lexicográfica tan extraordinaria como la que nos ocupa. Lo anterior, pertinente en cuanto a la macroestructura del orden de exposición, no significa, sin embargo, que sean vocabularios similares en cuanto a la microestructura. De hecho, son obras distintas en lo relativo a la configuración de las entradas seleccionadas. Tanto el japonés como las lenguas malayo-polinésicas de Filipinas eran y son lenguas aglutinantes. La lenguas aglutinantes se caracterizan por el hecho de que las “raíces” o bases léxicas permiten la aplicación de un notable número de afijos, superior, en todo caso, al que suelen permitir las lenguas flexivas como el español, el portugués o el latín (en tipología lingüística suele denominarse “índice de afijación”). La tipología funcional afirmaría que las lenguas como el japonés y el tagalo, por ejemplo, tienen un “mayor índice de afijación” que las lenguas flexivas, como el latín o el italiano. El Vocabulario de 1603-1604 para el japonés organiza, no obstante, las entradas partiendo del concepto tradicional occidental de palabra (y no el de “raíz” o base léxica), lo cual significa que cada palabra autónoma y también las derivadas de una previa habrán de gozar, por lo general, del estatuto de entrada independiente en el vocabulario, y esto es lo que se suele dar (cf. lo dicho para la entrada vomoi y sus casi 60 derivados en el epígrafe anterior), salvo para el caso de algunos morfemas funcionales muy importantes en la estructura sintáctica (como ga, según hemos visto). Por el contrario, Alonso de Méntrida (1637) y sus seguidores parten del concepto de “raíz”, la cual puede tener autonomía léxica o no tenerla, pero, en cualquier caso, en la microestructura de la entrada han de especificarse los derivados de la raíz correspondiente como si de acepciones semánticas distintas se tratara. Dicho de otro modo, los religiosos de las Filipinas adoptaron el modelo expositivo general pero modificaron a su gusto la estructura interna partiendo de la morfología, cosa que los jesuitas portugueses, al parecer, no se atrevieron a emprender, puesto que sus entra- JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 127 das tendían a ser palabras independientes en torno a las cuales podía y debía desarrollarse el paradigma morfológico mediante la consignación de entradas autónomas, aunque vinculadas. En definitiva, el esfuerzo que llevaron a cabo los jesuitas portugueses durante el siglo XVI y XVII y que fue adoptado por los religiosos españoles con la traducción del Vocabulario hacia 1630 no fue del todo baldío, porque supuso una mejora notable de las obras que suponían una codificación lexicográfica de las lenguas malayo-polinésicas de las islas Filipinas. Tal impulso se habría de mantener hasta comienzos del siglo XX, en concreto, hasta la elaboración del último diccionario de la lengua bisaya que llevó a cabo el P. Aparicio con la colaboración de otros padres agustinos (1909), y que nunca llegó a imprimirse. Esta benéfica influencia supuso la coexistencia de dos modelos de descripción léxica de las lenguas filipinas: a) la que se inspiraba directamente en los renacentistas Elio Antonio Nebrija y Alonso de Molina, con un orden que partía del español y seguía con las informaciones correlativas de lenguas como el náhuatl y el tagalo, por ejemplo, para seguir con una parte lengua de descripción-español y; b) la que se inspiraba en alguna edición del plurilingüe Calepino de fines del siglo XVI, seguida por el Anónimo jesuita de 1603-1604 para el japonés, a través de su traducción al español de 1630, que presentaba un orden del tipo lengua filipina-español (bisaya, ilocano, pampango, tagalo, etc.), más español-lengua filipina (mucho más breve y esquemático, a la manera de un breve glosario), y que había de ser adoptado por los agustinos e incluso jesuitas españoles en las islas durante casi tres siglos. Véase este esquema que trata de mostrar las direcciones de los modelos según la macroestructura de algunos vocabularios fundamentales que hemos podido consultar desde el siglo XVI al XVIII: Elio Antonio de Nebrija (1495?) ↓ Alonso de Molina (1555 y 1571) Calepinos europeos (s. XVI) (náhuatl-español) ↓ Maturino Gilberti (1559) (español-mechuacano (pur’hépecha)) ↓ Alonso Urbano (1605) Anónimo (1603-1604) (español-náhuatl-otomí) (japonés-portugués) ↓↓ Pedro de San Buena Ventura (1613) ↓ (español-tagalo) VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 128 ↓ Anónimo traducido (1630) (japonés-español) ↓↓ Alonso de Méntrida (1637) (bisaya-español) ↓ Domingo de los Santos (1703) ↓ (español-tagalo) Matheo Sánchez y otros (1711) (bisaya-español) ↓ Diego Bergaño (1729) (pampango-español) ↓ Thomás Ortiz (ms. 1740) (tagalo-español) Es de lamentar que las innovaciones lexicográficas que se pusieron a prueba según el modelo jesuita en Japón no tuvieran repercusiones perceptibles en la lexicografía europea (Colón 1997; García-Medall, en prensa), como no las tuvieron los vocabularios hispano-amerindios, según se demuestra con el estudio de los vocabularios bilingües europeos posteriores. Con todo, no hay duda de que fueron de gran utilidad para la evangelización hispánica de los pueblos filipinos. Dicho de otro modo, traducir el vocabulario fue inútil, a la larga, para la cristianización de Japón, pero supuso una mejora notable en las técnicas de elaboración los vocabularios de lenguas malayo-polinésicas de las islas Filipinas, lo cual, sin duda, hubo de facilitar el dominio léxico y gramatical de dichas lenguas por parte de los religiosos españoles y, a la postre, la cristianización de diversos pueblos, que era su finalidad última. Huelga recordar que, al día de hoy, el único país asiático en donde se da un predominio de la religión católica es, precisamente, Filipinas. 5.6.- Entre la traducción y la cesura histórica Según Maruyama (2004), que aporta más información específica sobre cada una de las características del Vocabvlario, este diccionario japonés-portugués es una mina de oro para la historia de la lengua japonesa y de su cultura de los siglos XVI y XVII. Estamos por completo de acuerdo con dicha afirmación. Lo más interesante, sin embargo, a nuestro entender, es que, tras la expulsión de los católicos del JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 129 Japón y su clausura al mundo occidental (tanto en lo relativo a las órdenes religiosas cuanto al comercio y la diplomacia con los portugueses), los religiosos españoles de las Filipinas se propusieron imprimir toda la obra en su versión traducida al español. No debió ser tarea sencilla ni breve, porque se trataba del mayor vocabulario conocido de una lengua muy alejada tipológicamente, a pesar de que las lenguas de descripción (portugués y español) eran y siguen siendo muy cercanas entre sí (las más parecidas entre las románicas). Sin duda, los religiosos de España y su Corona consideraron que las Filipinas debían constituirse en el bastión que permitiera el regreso al Japón, para su evangelización definitiva. Tales deseos, sin embargo, nunca se cumplieron. Se trata, por tanto, de una obra baldía en relación con sus últimas finalidades aplicadas: nunca fue empleada para ayudar a los religiosos en su labor evangelizadora mediante el estudio y la comprensión del ethos cultural japonés a través de su lengua en uso. No obstante, la labor de traducción al español de un vocabulario de tal entidad permitió, en nuestra humilde opinión, que ciertos estereotipos arraigaran en el imaginario occidental sobre Japón. En particular, reforzó entre los peninsulares (portugueses y españoles) una concepción esclerotizada de la cultura japonesa que nos ha sido legada desde comienzos del siglo XVII. El estereotipo se ancló en las “Realia” japonesas desprovistas de toda posibilidad de contraste cultural y manifestado mediante los préstamos de mayor éxito en portugués y en español. Muchos de los japonesismos de estas lenguas fluyeron con notable rapidez a otras lenguas europeas, cuyas culturas tampoco fueron capaces, sin embargo, de aquilatar el significado de los signos en sus contextos de uso a causa de razones históricas de separación. Los préstamos japoneses del español se ven así introducidos en las obras lexicográficas pero sin un anclaje directo en las realidades culturales que transmiten. La mayor parte de los japonesismos del portugués y del español del siglo XVII se vieron relegados en el desarrollo léxico de estas lenguas europeas, pero los que permanecieron lo hicieron favoreciendo una perspectiva estereotipada de una sociedad fija en los inicios del siglo XVII, y no de una sociedad compleja y en evolución permanente. Los japonesismos que sobreviven hacia finales del siglo XX en español, por ejemplo, no muestran sino esta reducción léxica que acompañó y acompaña a un imaginario estereotipado. Por ejemplo, la vigésima primera edición del Diccionario de la Real Academia, publicada en 1992 (edición en CDRom), tan solo recogía como japonesismos del español los siguientes sustantivos: biombo, bonsái, bonzo, camicace, daimio, dan, haraquiri, maque, micado, moxa, quimón, samurai, sintoísmo, sogún, soja, tatami y judo. Menos de una veintena. Los más antiguos, sin duda, se deben a obras como las que nos ocupan ahora, en donde se atestiguaron por vez primera en las lenguas occidentales (biombo, tatami, bonzo, samurai, quimón o quimono). Muchos de ellos fueron puestos de nuevo en circulación a través de noveliza- VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 130 ciones recientes, como la obra de Clarke Shogún (1975), traducida al español y llevada a la televisión, cuya acción transcurría, precisamente, en los comienzos del siglo XVII. Los japonesismos más recientes son, por lo general, sustantivos derivados de una mayor expansión de los medios de comunicación o globalización informativa que exportaron realidades de la II Guerra Mundial, el poder y la lucha personal (camicaze, haraquiri, judo, dan, daimio). Otros préstamos más recientes son también más acordes con la realidad material de la vida civil japonesa, que se exportan al mundo con notable eficacia (bonsái, soja, tatami, jakuzzi y, últimamente, tsunami). Los hay cada vez más empleados entre nosotros, relativos a la vida material japonesa desde tiempo inmemorial, pero que tampoco encuentran aún reflejo en los diccionarios hispánicos actuales, a despecho de que se utilicen cada vez más entre los hispanohablantes, como sake “licor de arroz”, sushi “pescado crudo con arroz y envuelto en algas” o manga, sobre todo entre los más jóvenes e inquietos ante el mundo audiovisual japonés. Para los jesuitas portugueses en el Japón de comienzos del siglo XVII, el empleo sistemático de préstamos del japonés en portugués no era sino una suerte de “traducción radical” (Hernández Sacristán, 1999). Entendemos la “traducción radical” como una forma de apoderarse de todo el conjunto de relaciones sociales, culturales y físicas en que los signos encuentran su auténtico valor, reproduciendo no solo el contenido de los signos, sino su forma original. Sin embargo, para los dominicos españoles en las Filipinas que hacia 1630 publican la traducción de ese Vocabvlario japão-portugués, el empleo de los préstamos japoneses en español ya no responde a una necesidad comunicativa sobre instituciones específicas, vivas y únicas en su contexto. Más bien su uso es una especie de homenaje esperanzado a los religiosos portugueses que los codificaron, en el deseo diferido de que volvieran las palabras y los discursos a contextualizarse en el mundo proprio al que pertenecían y en el que adquirían sentido. En definitiva, en la cultura japonesa. 5.7.- Lexicografía y estereotipos culturales Vistas así las cosas, y dado que los portugueses y los españoles no iban a volver al Japón hasta el siglo XIX y, de hecho, casi no han vuelto a principios del XXI, el observador occidental se vio incapacitado para analizar la realidad nipona más allá de un conjunto descontextualizado, afuncional de signos aislados hecho a base de retales estereotipados que habrían de acabar constituyendo todo un imaginario. El concepto de estereotipo que defendemos aquí parte de la psicología social antes que de la lingüística inmanente, desde luego. Pero también en esta disciplina, la psicología social, se produce una polisemia inevitable. Por un lado el estereotipo se define con sus rasgos negativos como una simplificación de la imagen del otro: JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 131 “Maneras de pensar mediante clichés, que designan las categorías descriptivas simplificadas basadas en creencias y en imágenes reductoras, por medio de las cuales calificamos a las demás personas o a otros grupos sociales, sujetos a prejuicios” (Fischer 1996: 133; cit. en Amossy y Herschberg Pierrot (1997[2001: 33]). Por otro lado, el estereotipo constituye, para la psicología social, un “conjunto de creencias compartidas relativas a las características personales, por lo general, rasgos de personalidad, pero también con frecuencia a comportamientos de un grupo de personas” (Leyens, Yzerbyt y Schandron 1994: 12; cit en Amossy y Herschberg Pierrot (1997[2001: 34]). Del mismo modo que el estereotipo es inherentemente problemático por suponer una reducción insultante de la realidad ajena, también se puede entender como un objeto notable de la investigación para la psicología social, y de ahí su notable ambivalencia. Nosotros creemos que el estereotipo hispánico sobre el Japón tiene unas causas históricas bien definidas, es decir, se puede analizar desde la perspectiva tanto negativa como desde la neutra de la psicología social. La tesis es esta: nuestra imagen de la cultura y el pueblo japoneses es una imagen estereotipada porque la recepción de la realidad japonesa entre nosotros ha tenido, en último término, estas características: a) Es, en lo fundamental, la recepción de una imagen cultural de un pueblo de comienzos del siglo XVII. Por tanto, muchos de sus aspectos esenciales han de haber caducado o haberse modificado sustancialmente, en particular, en una sociedad tan dinámica y evolucionada. b) Es la recepción hecha a través de la traducción de una traducción (del portugués que traduce la realidad lingüística y cultural japonesa al español que traduce la traducción portuguesa), es decir, es una recepción doblemente mediatizada. c) Es la recepción de una imagen cultural que no ha podido ser modificada a lo largo de varios siglos, y que ha derivado, por tanto, en un estatismo que se ha acabado adulterando en un carácter necesariamente estereotípico. Hay que hacer constar que, para nosotros, la traducción es una mediación intercultural vehiculada naturalmente por lenguas naturales (Hernández Sacristán 1999). No hay que considerar sin más que el estar mediatizado sea negativo. Más bien es inherente al proceso mismo de la traducción. Solo habría que considerarlo así, negativamente, cuando la imagen derivada de la traducción no tuviera posibilidad de contraste con la realidad cultural de un pueblo ni con los actos comunicativos que dan sentido a la traducción misma. En suma, la traducción fosilizada da lugar a una imagen fosilizada de las culturas. En ausencia de una actividad interpretativa ante el contraste, las informaciones culturales tienden naturalmente a empobrecerse. Sin embar- VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 132 go, el imaginario colectivo pervive mediante estereotipos vigentes por el hecho de que no se puedan destruir mediante la vivencia traductora. Esa fue la paradójica situación durante siglos entre dos ethos culturales, el hispánico al que pertenecemos y el nipón, que nos gustaría conocer, que solo tuvieron ocasión de autentificarse durante un periodo de convivencia muy fructífero en lo relativo a la traducción y la codificación historiográfica. Los españoles, si bien no intervinimos en la gramatización directa de la lengua japonesa, como lo hicimos en América y en otros países de Asia, como las Filipinas, y respecto a un número enorme de lenguas, sí que contribuimos indirectamente al fomentar la traducción de un magnífico vocabulario: nada menos que el último inten- to histórico, hasta el siglo XIX, de que dos mundos no siguieran en su extrema ignorancia. Su impulso, en aquel tiempo, era ecuménico-religioso, porque se pretendía una transformación global de los pueblos desde la perspectiva del catolicismo. El impulso que ahora se ha impuesto en el mundo, es esencialmente profano y mercantil. Con todos los reparos posibles que merece una globalización como la que vivimos, creemos que, al día de hoy, es el único camino real para evitar la pervivencia de los estereotipos entre nuestras culturas en el siglo que se abre ante nosotros. JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 133 134 CAPÍTULO VI EL VOCABULARIO DE LENGUA BISAYA DE ALONSO DE MÉNTRIDA (1637) 6. Datos sobre la vida y la obra de Alonso de Méntrida (1559-1637) El fraile agustino Alonso de Méntrida (1559-1637) nació en la localidad toledana del mismo nombre a mediados del siglo XVI. Al parecer, viajó hasta las Filipinas en 1598. Fue primero misionero en la isla bisaya de Panay y luego prior del Conven- to Agustino de Manila, así como definidor, visitador y por último provincial de la Orden de San Agustín a partir de 1623. Murió en Manila poco antes de ver impreso su Vocabulario, en 1637, labor que realizó fray Martín Claver ese mismo año. En 1618 ya había impreso su Arte de la lengua bisaya, que se reimprimió en 1818. Con ser esta la segunda arte impresa de una lengua filipina, el mal estado de conservación en que se encuentra el ejemplar de la Biblioteca Nacional impide su examen detallado. También es autor de un Ritual para la Administración de los Santos Sacramentos (1630), de una colección de Sermones aún manuscritos, de otra obra en latín, Monita ad Patres Missionarios huius Provinciae de Bisayas y de un volumen de Varia, nunca impreso, que todavía se encontraba en el Convento Agustino de Panay, según afirman algunos, a mediados del siglo XIX y que se da por desaparecido. También fue autor, a lo que parece de un Catecismo de Doctrina Cristiana en lengua bisaya, publicado, póstumamente, en 1640. Todos estos datos pueden verse, con no mucho más detalle, en las obras de Hernández (1998), de Sueiro (2003) y de García-Medall (2004). 6.1. Introducción Existe una notable abundancia de datos históricos sobre la labor evangelizadora de los primeros frailes agustinos en las Filipinas (Phelan, 1959; Gerhard, 1964), así como algunas obras de conjunto sobre la tarea propiamente lingüística de los religiosos de las diversas Órdenes (P. Hernández, 1998; Quilis, 1982; 1992; 1997; 1999), sobre el español en Filipinas (Merino, 1948; Quilis, 2001) y los filipinismos en la lexicografía actual del español (Quilis y otros, 1997), así como sobre los hispanismos en las Islas de Poniente (Albalá 2000). Todas estas investigaciones, sin duda muy valiosas, tienen un carácter histórico y filológico muy relevante. De entre las artes que elaboraron los religiosos, no obstante, tan sólo A. Quilis ha elaborado un estudio crítico de cierta envergadura (Quilis, 1610/1997) con la reproducción facsimilar de 135 1) Eliminación de la entrada propuesta por Alonso de Molina (y que este añadió a la obra de Nebrija): Es lo que sucede con la mayoría de las locuciones y sintagmas prepositivos que incluye (a veces auténticos predicados complejos), a los que el gramático del náhuatl trata como unidades léxicas no descomponibles, como las siguientes, y que no aparecen en Méntrida (1637): a bocanadas echar algo, a derechas, a deseo, a escondidas, a empuxones, a essotra parte, a esta hora, a este tiempo a hurtadillas,, a la mano derecha/a man derecha, a man izquierda, a izquierdas hazer algo, a la oreja, al cabo o al fin, al contrario, alderredor, a los lados, a los pies de alguno, al principio, al reves, al tercero dia, al tercer año, a media noche, a pedaços sacar el niño muerto del vientre, a qual de dos?, a que hora?, a que o para que?, a tiempo o coyuntura, a troche moche, a tuertas, con sazón y tiempo, con tiento, etc. Se trata por lo general, de gran parte de las innovaciones a Nebrija que Alonso de Molina añadió a la segunda parte de su obra, la de 1571. 2) Eliminación de términos específicamente americanos y particularmente mesoamericanos sin relevancia en el ámbito cultural austronésico o con un léxico específico: Es lo que sucede, por ejemplo, con adive (“coyote”), axi o pimienta de esta tierra, batata (del taíno), batei, juego de pelota..., breuaje que hazen de cierta harina de chia, buhio (del taíno o arahuaco) o casa de paja, cacao (del nahua), almendra y moneda, coa (del nahua) o pala para cauar o deseruar, cutaras (arahuaca?) o sandalias, etc. 3) Eliminación de unidades léxicas del español del XVI que por diversos motivos, no parecen funcionales a los ojos de Alonso de Méntrida: Algunos de los términos son notables cultismos documentados por vez primera en español, otros son producto de las reglas morfológicas derivativas y compositivas esperables y aun otros parecen ya arcaísmos en pleno siglo XVII): absorto, acelerarse, aceuilarse/ceuil persona (de “civil”), adalid, admitir, anhelar mucho por algo, aplicada cosa o dedicada para alguna persona, aprensar, armiño, asaz, asementarse, atesorar, auenencia o cosa semejante, azial, bannas hazer o divulgaciones a los que se quieren casar, boquituerto, camellon de tierra, cancelar escriptura, carienxuto, carirredondo, caritriste, carimenudo, castizo, conchavar, conciencia, contraer parentesco, contriccion tener; busca arrepentirse, cuerço, cuzilla o tosca, çahareño; busca esquiuo, cenogil, circunspecto; busca auisado, cirial, çongotrear la vasija o cuero que no esta lleno, chirimia, chocarrear o dezir chufas, etc. Nótese al respecto que ciertos términos podrían ser de extraordinaria importancia religiosa en un ámbito católico reformista, como conciencia y contrición, pero VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 142 ya no resultan admitidos por el agustino Alonso de Méntrida en 1637, como no lo fueron en 1613 por el franciscano Pedro de San Buena Ventura para el tagalo. Por el contrario Alonso Urbano (1605), que tuvo serios problemas con la Santa Inquisición (Acuña 1990: “Introducción” 1605[1990]) en relación con el significado de algunas afirmaciones vertidas en los sermones de sus misas, aún los incluía en su vocabulario trilingüe español-náhuatl-otomí. Creemos que el introductor de al menos uno de estos dos términos tan “peligrosos” (conciencia) debió ser Matutino Gilberti (1559), del que se aprovechó primero Molina en 1571 y luego Urbano en 1605. Otros términos, como chirimia, aparecen como hispanismos introducidos en el bisaya por los religiosos españoles, pero sólo en la 2ª parte, bisaya-español. 4) Aceptación y acomodo de las entradas añadidas por Molina (1555 y 1571) a la obra de Nebrija (1495?) según las necesidades descriptivas del bisaya en relación con el español: Se procede, generalmente, de este modo: a) Mediante cambios categoriales o morfológicos (en primer término, la entrada de Molina, en segundo lugar, la de Méntrida y su correlato o correlatos en lengua bisaya): abouamiento-abobado (bungug); acorrucado-acorrucarse (doco loco), acurrucar los pollos (luub); admirar-admirable (tingala; bulung); afamarse-afamar, afamado (bantog; sanglet); aficionarse-aficion, bienquerer (pagbuut), aficion tener (lolot); agonia-agonizar (hiboc, tinga, tinghac); alto, a ello-alto hazer (hunung); asaetar-asaetear (pana); asosegar-sosegar (uhor), atestiguador-atestiguar (sacsi); becerro-bezerrito (nati), caducar-caduco (ulianun), etc. b) Mediante ampliación del número de acepciones. Por lo general, se amplía el número de objetos: atentar con la mano buscando algo-atentar (sagabay), atentar con dedos (pisil), atentar con pie (sinsin), atentar fruta (pispis); aumentar-aumentar (dacu, boar, damu, dugang), aumentar haçienda (tobo), aumentar razion (laya), aumento de siembra (uya); cauallete de pared-cavallete de casa (bobong), cavallete de ave (cagubcub), cavallete de tijeras (daog); concauidad entre viga y viga-conca- bidad (loang), concaba cosa (luyac), concaba (siclub, yahong); cruxir los dientes de frio-cruxir los dientes (tacub), cruxir tafetan (cagascas), cruxir entre ellos (agubub), etc. Tras el análisis de los ejemplos anteriores no tenemos dudas de que Alonso de Méntrida tenía muy presente el modelo nebrisense, pero probablemente no (solo) a través de su consulta directa, sino mediante el análisis de las mejoras introducidas en la lexicografía bilingüe hispano-amerindia mesoamericana. En particular, creemos que su obra fundamental de referencia fue la obra Aquí comienza un vocabulario en lengua castellana y mexicana, de 1555, cuya autoría corresponde al franciscano fray JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 143 Alonso de Molina, también llamado por algunos “el primer Nebrija indiano”. La influencia de la segunda parte de su obra, la de 1571, en la lexicografía hispano-fili- pina de la primera mitad del siglo XVII fue escasa o inexistente. Dado que el primer vocabulario escrito para la lengua bisaya fue el manuscrito de fray Matheo Sánchez (que murió en 1618), es muy probable que fuera este religioso el primero que se sirviera de las innovaciones léxicas de Alonso de Molina sobre la obra de Nebrija, labor que luego, hipotéticamente, habría de adoptar fray Alonso de Méntrida a través de Pedro de San Buena Ventura (1613) para el tagalo. Pero hasta 1711 no se publicará, sin embargo, la obra lexicográfica de fray Matheo Sánchez sobre el bisaya, con muchas supresiones y adiciones hechas por sus correligionarios del XVIII, sin duda, de la cual tenemos un ejemplar en la Biblioteca Nacional con la signatura R-33.061 (Sánchez, M. 1711, Bocabulario de la lengua bisaya. Impresso en el Colegio de la Sagrada Compañía de Jesús, por Gaspar Aquino de Belén, Manila, 5 hojas + 561 + 41 págs. Fuente, Quilis, 1997: 68). De su consulta directa cabe extraer esta conclusión: se trata de la obra que menos tiene en consideración el bagaje innovador de Alonso de Molina para el náhuatl (55 incorporaciones sobre un total de 199). Por el contrario, y siempre en el siglo XVIII, el Diccionario de romance en pampango, de Diego Bergaño (1732) es el que mayor número de incorporaciones de las innovaciones de Alonso de Molina acoge (101 de 199, esto es, como el Vocabulario de Méntrida y antes el de Pedro de San Buena Ventura (1613), más del 50% de la innovaciones de Alonso de Molina sobre la obra de Nebrija. Se puede afirmar con rotundidad, pues, que Alonso de Méntrida no fue el primero, en la labor lingüística hispano-filipina, en actuar de este modo en la selección léxica de las entradas españolas. Es muy probable que toda o la mayor parte la lexicografía hispano-filipina del siglo XVII responda a este modelo interpuesto e ignoto en lo relativo a la selección léxica, pero esto no se esclarecerá en tanto no se caten los escasos vocabularios de lenguas filipinas que elaboraron los religiosos en el archipiélago en el siglo XVII que han podido llegar hasta nosotros. Según los datos aportados por Quilis (1997: 76-78), sólo hay reseñados los siguientes vocabularios español-tagalo y tagalo-español a lo largo del siglo áureo de la gramática y la lexicografía hispana en las Filipinas: 1.- Jerónimo Montes y Escamilla (1610) Vocabulario de la lengua tagala, Manila, en la Imprenta de la compañía de Jesús, por Simón Pinpín. (ilocalizado; algunos dudan de su existencia, como C. Sánchez Fuertes (1990: 1072, según indica Quilis). 2.- Jerónimo Montes y Escamilla (1648) Vocabulario de la lengua tagala, Manila, Compañía de Jesús, Simón Pinpín. VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 144 3.- Pedro de San Buena Ventura (1613) Vocabulario de la lengua tagala. El romance castellano puesto primero. Primera y segunda parte, Impresso en la noble villa de Pila, por Thomás Pinpín y Domingo Loag Tagalos, en el Archivo Franciscano Ibero-Oriental (AFIO), Madrid, F 1/6 ayb; c/ Duque de Sexto, nº 9 (cerca del Retiro, Goya). Reimpresión facsimiliar de 1994, Valencia, Librería París-Valencia. Como se puede ver, a pesar de tener noticia de la elaboración de muchos más repertorios lexicográficos hispano-filipinos del siglo XVII (Sueiro Justel, 1999), no son muchos los vocabularios que nos han llegado en forma manuscrita o impresa. En realidad, solo uno para el tagalo, el de San Buena Ventura (1613) y uno para el bisaya, precisamente el de Alonso de Méntrida (1637). El resto de las obras lexicográficas hispano-filipinas son reelaboraciones de los siglo XVIII o del XIX de obras del XVII o bien obras más o menos acumulativas de los siglos anteriores. Las obras de Jerónimo Montes y Escamilla (1610 y 1648) son, para nosotros, un misterio. Tal vez existan, pero su localización ha sido un intento inútil. Salvo para el bisaya y para el tagalo, otras varias lenguas filipinas, como el bagobo, el batán, el bicol, el ibanag, el ilocano, el maguindanao, el pampango, el panayano, el pangasinán o el tirura sólo fueron descritas y algunos de sus vocabularios publicados durante los siglos XVIII y XIX. De ahí la importancia del análisis de la labor lexicográfica de los religiosos durante este siglo dorado, el siglo XVII, de la lingüística misionera en tierras filipinas. Para ver con claridad el calado de las innovaciones léxicas llevadas a cabo por Alonso de Molina en relación con la obra de Nebrija (Dictionarium hispanicum latinum) de, aproximadamente, 1495, hemos situado las añadiduras del lexicógrafo de la Nueva España en las letras A, B y C, en la columna de la izquierda (eds. de 1555 y de 1571), y las incorporaciones que hace Alonso de Méntrida en estas mismas letras para el bisaya en la columna de la derecha (1637). Los datos para el Vocabulario de lengua tagala de Pedro de San Buena Ventura, de 1613, son idénticos a los que aporta Alonso de Méntrida en 1637, así que no los añadiremos. Las abreviaturas que incorporamos se deben leer como sigue: Esp. indica especialización semántica; Morf.: cambio morfológico o categorial, Restr., restricción semántica y Gen., generalización. Para evitar prolijidades, y dado que no se trata de un estudio sobre lenguas amerindias, no hemos añadido los correlatos del náhuatl que indicó Alonso de Molina en sus obras de 1555 y de 1571, pero añadimos esta información en los Anexos II y III al final de esta mongrafía. JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 145 6.4. Coincidencias léxicas entre las innovaciones de Molina (1555 y 1571) a la obra de Nebrija y la selección léxica de Méntrida (1637) Adiciones de Molina (1555 y 1571) a Nebrija (1495?) (letras A, B y C) Coincidencias con Alonso de Méntrida (1637) abarrisco........................................................................................................................ abarrisco llevar: laris (Esp.) abiuar................................................................................................................................ — a bocanadas echar algo.................................................................................... — abochornarse las mieses................................................................................. — abouamiento.............................................................................................................. abobado: bungug (Morf.) abroquelarse o escudarse............................................................................... 1.- abroquelarse: calasag 2.- abroquelarse detrás: lipur (Esp.) absorto............................................................................................................................. — abstenerse de algo o yrse a la mano.................................................... abstenerse en comer: tilu (Esp.) a buen tiempo........................................................................................................... — abultar.............................................................................................................................. — acelerarse...................................................................................................................... — aceuilarse...................................................................................................................... — aconsejar....................................................................................................................... aconsejar: uali. laygay acorrucado................................................................................................................... 1.- acorrucarse: doco loco (Morf.) 2.- acorrucar los pollos: luub (Esp./Morf.) acortar o achicar..................................................................................................... 1.- acortar: hayocong; cubus 2.- acortar plazo: cubus (Esp.) 3.- acortar cortando: otor 4.- acortar platica: alang alang (Esp.) acostamiento o soldada................................................................................... — acostumbrar................................................................................................................ acostumbrar amar: basbas (Esp.) acreedor......................................................................................................................... acreedor: otang acucharrada cosa................................................................................................... — adalid................................................................................................................................ adalid: panogot; tagona aderechas...................................................................................................................... — adeseo...........................................................................— adiestrar ciego.......................................................................................................... — adive (“coyote”)..................................................................................................... — admirar, escandalizar o espantar............................................................. admirable: tingala; bulung (Morf.) admitir............................................................................................................................. — adquirir........................................................................................................................... 1.- adquirir: sapol; daguinor 2.- adquistos bienes: sapol; sadili (Morf.) VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 146 advertir a otro para que ande sobre aviso...................................... 1.- advertir: timaan; andam alap 2.- advertir oyendo: bati (Esp.) adular o lisongear................................................................................................. 1.- adular: olog 2.- adular el perro: apop a ello, ea, a ello....................................................................................................... — a escondidas............................................................................................................... a escondidas hazer: licao (Esp.) a empuxones.............................................................................................................. — a essotra parte........................................................................................................... — a esta hora.................................................................................................................... — a este tiempo............................................................................................................. — afable persona.......................................................................................................... 1.- afable: naya naya 2.- afable: alaihan; yuyun (Esp.) afamarse........................................................................................................................ 1.- afamar: bantog 2.- afamado: bantog; bayug (Morf./Esp.) afeminado.................................................................................................................... afeminado: bantot; bayug aficionarse o aplicarse a algo..................................................................... 1.- aficion, bienquerer: pagbuut 2.- aficion tener: lolot (Esp.) aforrar algo................................................................................................................. 1.- aforrar: sanib sapao; langcub 2.- aforrar olla: hanig 3.- aforrar cesto: haclap (Esp.) afrentar a otro........................................................................................................... 1.- afrentar: lau-ay; daut; timolang 2.- afrentosa: icalau-ay; icaalo (Esp./Morf.) agaçaparse................................................................................................................... — (ilegible) agonia.............................................................................................................................. agonizar: hiboc; tinga; tinghac (Morf.) aguacero........................................................................................................................ — (aunque se dan 17 entradas para agua) aguardar o esperar a otro...etc.................................................................. — ahermosear o hermosear algo.................................................................... 1.- hermosear: duag (Morf.) 2.- hermosa, hermosura: anag (Morf./Esp.) ahorrar............................................................................................................................. 1.-ahorrar esclabo: timaua (Esp.) 2.- ahorrar de gastos: imut (Esp.) a hurtadillas................................................................................................................ — ahusar algo.................................................................................................................. — ajena cosa..................................................................................................................... 1.- ageno: ang dili acun (Esp.) 2.- ageno: ang dili siya (Esp.) 3.- ageno: ang sa lain (Esp.) a izquierdas hazer algo.................................................................................... — a la mano derecha................................................................................................. — alanzar de si algo.................................................................................................. lanzar, echar: bangcao a la oreja — JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 147 al cabo o al fin......................................................................................................... — al contrario.................................................................................................................. — alderredor..................................................................................................................... — alijar nabio.................................................................................................................. 1.- alijar: dagdag; holog 2.- alijar: cancan (Restricc.?) a los lados.................................................................................................................... — a los pies de alguno............................................................................................ — al principio.................................................................................................................. — alquilarse....................................................................................................................... 1.- alquilar nabio: hinacay (Esp./Morf.) 2.- alquilarse jornalero: poo (Esp.) 3.- alquiler: tagolham (Morf./Esp.) al reves............................................................................................................................ 1.- al revez: suli 2.- al revez: baliscar (Esp.?) altercar............................................................................................................................ altercar: soay al tercero dia.............................................................................................................. — al tercero año............................................................................................................ — alto, a ello, sus, a ello, ea, a ello............................................................. alto hazer: hunung (Esp.) altoçano o rebenton............................................................................................. — a man derecha.......................................................................................................... — a man izquierda...................................................................................................... — a media noche.......................................................................................................... — amohinar y moler a otro................................................................................. amohinarse: aquig; pungut (Morf.) amojonar....................................................................................................................... amojonar: bogsoc amortajar muerto................................................................................................... amortajar: sapot (Eliminación redund.) anhelar mucho por algo.................................................................................. — antantier......................................................................................................................... anteayer: casanghapon (Morf.) antenoche...................................................................................................................... antenoche: sausa pacagabi antepecho de azotea............................................................................................ antepecho: hambuyan (Restricc.) apalancar....................................................................................................................... — apalear............................................................................................................................. apalear: hampac aparecer o manifestarse................................................................................... aparezer: tuhao (Restricc.) apechugar con otro.............................................................................................. — a pedaços sacar el niño muerto del vientre................................... — apezgar o apretar algo con las manos................................................ apesgar: daog aplacar a alguno..................................................................................................... aplacar: tambag; alam alam; tugpay aplicada cosa o dedicada para alguna persona.......................... — apocarse o aceuilarse en lo que se hace o dize......................... 1.- apocarse: cubus 2.- apocar: diot; diot diot (Morf.) 3.- apocado: imut (Esp./Morf.) VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 148 apostar............................................................................................................................. apostar: hinatay aprensar.......................................................................................................................... — apuñalado..................................................................................................................... — apuntalar algo........................................................................................................... apuntalar: toco a qual de dos?........................................................................................................... — a que hora?.................................................................................................................. — a que o para que?.................................................................................................. a que vinisti?: cari? (Esp.) arcabuz o escopeta............................................................................................... arcabuz: luthang arista.................................................................................................................................. arista de arroz: longo (Esp.) armeja.............................................................................................................................. — armiño............................................................................................................................. — arreburujar algo assi como papel, manta, estera o cosa semejante.................................................................................................... arrebujar: yucut; comos (Gen.) arregaçarse el varon............................................................................................ — arrobarse o transportarse................................................................................ arrobarse: cutang arrodelarse................................................................................................................... arrodelarse: calasag arroyo............................................................................................................................... arroyo: sapa arrollar manta, estera, papel o cosa semejante.......................... 1.- arrollar: locot; balilin 2.- arrollar el viento: tipioc (Esp. diferente) asadura de animal................................................................................................. asadura: tinae (Elim.) asaetar.............................................................................................................................. asaetear: pana (Morf.) asaz.................................................................................................................................... — asementarse................................................................................................................ — asosegar y quietar a otro................................................................................ 1.- sosegar o sosegarse: uhor (Esp./Morf.) 2.- sosegar alborotos: husay (Esp.) 3.- sosegada persona: huay (Morf./Esp.) asqua o brasa............................................................................................................. 1.- asqua: baga 2.- asqua hazer: baga (Esp./Morf.) asquerosa...................................................................................................................... asquerosa: mahiguinum assegurar con engaño a alguno................................................................ asegurar: tagmay (Restricc.) atentar con la mano buscando algo...................................................... 1.- atentar: sagabay 2.- atentar con dedos: pisil 3.- atentar con pie: sinsin 4.- atentar fruta: pigis (Esp.) atesar o bruñir algo............................................................................................. 1.- atesar: mucmuc; banal (Restricc.) 2.- atesar rellenando: dastuc (Esp.) atesorar........................................................................................................................... — atestiguador................................................................................................................ atestiguar: sacsi (Morf.) a tiempo o coyuntura......................................................................................... a tiempo llegar: tabo (Esp.) JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 149 a troche moche........................................................................................................ — a tuertas.......................................................................................................................... — auenencia o cosa semejante........................................................................ — auentajar o sobrepujar a otro...................................................................... aventajar, exçeder: labi (Sin.) auer debaxo exemplo de hazer penitencia los Sanctos pasados..................................................................................................................... — aumentar........................................................................................................................ 1.- aumentar, añadir: dugang; dacu; boar; damu 2.-aumentar razion: laya 3.- aumentar haçienda: tobo (Esp.) 4.- aumento de siembra: uya (Esp./Morf.) auergonzar a otro................................................................................................... avergonzar: alo auezindarse o detenerse en algun lugar............................................ 1.- avesindarse: banua 2.- avesindarse: ayon avisar a otro................................................................................................................ 1.- avisar, hazer saber: napahabalo 2.- avisar ansi: pagpahabalo 3.- avisar o dezir: silong 4.- avisado: inunung; buut (Esp./Morf.) axi o pimienta desta tierra............................................................................ — azero.................................................................................................................................. azero azial................................................................................................................................... — baçucar............................................................................................................................ basucar: sipoc; sino balsa.................................................................................................................................. balza y hazella: gaquit (Esp.) bannas hazer o divulgaciones a los que se quieren casar — barriga o vientre..................................................................................................... 1.- barriga: pos-on 2.- barrigadas dar: ayor (Esp.) 3.- barrigon: siar (Esp./Morf.) basta.................................................................................................................................. 1.- basta: amona 2.- bastar: sanang (Esp.) 3.- bastante: ayao; sarang (Esp./Morf.) batata................................................................................................................................ — batea.................................................................................................................................. batea para oro: dugang (Esp.) batei, juego de pelota…o el mismo lugar donde juegan.. — bezerro............................................................................................................................ bezerrito: nati (Morf.) bizma o bidma......................................................................................................... bidma: tampul blasonar.......................................................................................................................... blasonar: dangin bocarriba estar la vasija.................................................................................. 1.- boca arriba: hayang 2.- boca arriba tendido: holos (Esp. +hum.) bocabaxo estar assi.............................................................................................. 1.- boca abaxo: yaub 2.- boca abaxo tendido: dapa (Esp. +hum.) VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 150 bodoque......................................................................................................................... bodoque: songlo boquituerto.................................................................................................................. — bracelete de oro...................................................................................................... — breuaje que hazen de cierta harina de chia................................... — bruñir lo encalado................................................................................................. 1.- bruñir mantas: bunal 2.- bruñir paño: bulalo (Esp./Restricc.) buhio o casa de paja........................................................................................... — buzano que anda debaxo del agua......................................................... — cacao, almendra y moneda........................................................................... — cacarear la gallina................................................................................................. cacarear, cacar: putac (Restricc.) caducar............................................................................................................................ caduco: ulianum (Morf.) caldo de carne.......................................................................................................... caldo: sabao (Restricc) camellon de tierra................................................................................................. — cancelar escriptura............................................................................................... — carienxuto.................................................................................................................... — cariredondo................................................................................................................. — caritriste......................................................................................................................... — carlear.............................................................................................................................. carlear: hagac carimenudo................................................................................................................. — caro en precio........................................................................................................... caro: mahal (Restricc.) castañeta........................................................................................................................ 1.- castañeta de boca: taclap (Esp.) 2.- castaña: cagay (Morf.) 3.- castañetear: ligatoc castizo.............................................................................................................................. casta: gican (Morf./Esp.) cauallete de pared................................................................................................. 1.- cavallete de casa: bobong (Gener.) 2.- cavallete de tijeras: daog (Esp.) 3.- cavallete de ave: cagubcub (Esp.) coa o pala para cauar o deseruar............................................................ — cocar la ximia........................................................................................................... cocar el mono: acla (Adapt.) compañon o cojon................................................................................................ — comprehender lo que se dize...................................................................... 1.- comprehender: lutub 2.- comprehender: sacup concauidad entre viga y viga..................................................................... 1.- concabidad: loang 2.-concaba cosa: siclub; yahong; luyac (Esp./Morf.) conchauar..................................................................................................................... — conciencia.................................................................................................................... — condecender con el que algo pide......................................................... condeszender: ayon con sazon y tiempo............................................................................................. — JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 151 11.4.- Tradición lexicográfica Uno de los mayores intereses de los prólogos es que ponen de manifiesto diversas políticas por parte de autores de las órdenes respecto a la mejora de los instrumentos lexicográficos como útiles pedagógicos. En los prólogos se aclara, por ejemplo, cuál es el orden de la macroestructura. Puede darse el caso de que sea el nebrisense y de Alonso de Molina (español-lengua filipina/lengua filipina-español) o de que se relacione con el innovado por los jesuitas portugueses y luego adoptado por Alonso de Méntrida y otros autores (lengua filipina-español/español-lengua filipina). El cambio de orden pudiera resultar poco relevante para las lenguas amerindias como el náhuatl (Alonso de Molina 1555 y 1571), el quechua o el guaraní, porque en esta tradición lexicográfica hispánico-americana se tendía a la simetría en el tratamiento de ambas partes (en cuanto a la extensión). Pero en las Filipinas, los misioneros optaron por primar una de ellas en detrimento de la otra, de modo que la lengua de las entradas requería más información que la segunda lengua, o lengua de la definición. Los prólogos proporcionan, en ocasiones, información sobre este extremo, que diferencia en dos la tradición hispánica de América y de Asia. De hecho, con el examen de los prólogos y de la extensión de ambas partes (si es que se da la segunda), es bien posible rastrear la tradición lexicográfica de la que se alimenta cada autor. De este modo es posible construir una especie de árbol o ramificación según los antecedentes empleados y el modelo utilizado. En esto los agustinos fueron, junto con los jesuitas, notablemente innovadores (o rebeldes, según se mire). Desde luego, el cambio del orden no es exclusivo de los religiosos en las Filipinas. Hay antecedentes ilustres en América desde comienzos del siglo XVII, como el Vocabulario de la lengua de Chile (1606) del P. Luis de Valdivia, jesuita, que elaboró un compendio léxico de unas 2800 entradas con el orden arahucano-español. Tenía este autor la pretensión de dotar a su obra de la parte complementaria español-arahucano, que nunca se publicó. El hecho de que un jesuita en América del Sur siguiera el orden inhabitual nos hace pensar que los religiosos de Filipinas tenían, desde al menos 1637, un modelo que aunaba la tradición nebrisense y la jesuítica de Extremo Oriente y, en parte, del sur de América. 11.5.- El papel de los ladinos en la elaboración de los vocabularios Aspecto muy interesante de la redacción de los prólogos es la dedicada a mencionar el papel relevante de los informantes. En ocasiones, sus nombres propios resultan revelados con agradecimiento sincero y con suma frecuencia (Thomás Pinpin, para el tagalo, Pedro Bukaneg, para el ilocano, etc.). Otras veces tan solo se indica el número de los que participaron en su confección mediante informaciones orales. A menudo se indica que existen variaciones léxicas relevantes entre los VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 254 informantes de distintas localidades, regiones o zonas, lo cual presupone la existencia, como en toda lengua natural, de variaciones dialectales en cuanto al léxico e incluso, a veces, respecto a las reglas morfológicas y sintácticas. Una diferencia fundamental entre las obras lexicográficas hispano-latinas de Nebrija y la lexicografía hispano-filipina no ha sido lo suficientemente ponderada, a nuestro entender. Pero de ella se pueden deducir importantes diferencias de concepción respecto a la elaboración de obras lexicográficas. La fidelidad léxica de Nebri- ja era mixta, en el sentido de que una de las lenguas consideradas, la más prestigiosa, era una lengua muerta (como lengua materna, que no ritual ni de prestigio), de modo que las entradas léxicas habían de ser, por obligación, resultado de una suerte de depuración química a partir de textos antiguos, que se atribuían a verdaderas autoridades de la lengua latina en su periodo clásico. En definitiva, el producto era, al menos en gran parte, filológico o anclado en el estudio y glosa de textos antiguos. Como consecuencia, existía una notable cesura entre los materiales de la lengua obje- to de descripción, el latín, y la lengua que servía de descriptor, el español de fines del siglo XV. Tal como afirma, por ejemplo, Esparza (2007), sin embargo, Nebrija también consiguió que el español desarrollara un metalenguaje apropiado para su propia descripción. Los misioneros de Nueva España (Olmos, Molina, Rincón o Bernardino de Sahagún) hicieron para el náhuatl y otras lenguas mesoamericanas lo mismo que los misioneros filipinos en el siglo XVII para el tagalo, el bisaya, el ilocano, el pampango, etc. (San José, Méntrida, Francisco López, Domingo de los Santos, Bergaño, Vivar, etc.), esto es, dignificaron el español dignificando las lenguas objeto de descripción, para lo cual no tuvieron empacho en desarrollar nuevas nomenclaturas gramaticales. Por el contrario, la labor lexicográfica de los misioneros españoles en Filipinas (como antes en Nueva España) trataba con léxicos vivos, vigentes y vivaces de dos lenguas naturales en sus registros orales de uso habitual. Lo anterior implicaba que las obras de Nebrija servían tan solo como repertorios léxicos a tener en cuenta en la elaboración del contingente general. A la hora de la verdad, tanto San Buena Ventura (1613) como Méntrida (1637), para el tagalo y el bisaya, elegían solo las entradas de Nebrija (a través, según se cree, de Antonio de Molina y de sus émulos en Nueva España), que les parecían pertinentes (solo aparecen en estos vocabularios el 50% de las innovaciones que Alonso de Molina añadió a la obra del gramático sevillano). Es muy importante recalcar que la lingüística misionera es una lingüística de la interacción con propósitos metalingüísticos y con fines de aprendizaje para el grupo evangelizador. No se trata de crear, meramente, un conocimiento lingüístico pasivo para la traducción de textos, a la manera de los traductores medievales, sino una competencia activa para la comunicación cotidiana y la ritual. Calculamos que la mitad de las oraciones ilustrativas en torno a una entrada léxica de cualquier vocabulario his- JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 255 pano-filipino solía referirse a la vida cotidiana. Tal vez la otra mitad tendía a satisfacer la necesidad de expresar la realidad católica mediante la contextualización (sin duda, muchas veces adaptada) de estas mismas unidades léxicas. 11.6.- Unidad de la lexicografía hispano-filipina La deducción más evidente que se desprende del examen de diversas obras en este largo periodo de tres siglos es que la lexicografía filipina del periodo 1613-1914 responde a una genuina unidad descriptiva. Algo similar es predicable respecto a las artes o gramáticas, por supuesto, según se puede comprobar en su estructura general y en el análisis particular de cualquier aspecto de la gramática de estas lenguas. Esta unidad se manifiesta tanto en las informaciones de la microestructura como en la organización de la macroestructura. Desde luego, la pertenencia de todas las lenguas filipinas descritas a una misma familia de miembros emparentados genéticamente (la familia austronésica o “malayo-polinésica”) facilitó la tarea de descripción léxica y de organización gramatical. Los autores sabían de este parentesco, al que denominaban “matriz” (Hervás o Panduro (1800-1805) y estaban convencidos (de manera acertada) de que tal tronco lingüístico común era el malayo. Todas las órdenes tuvieron en consideración gran parte del material aportado por los miembros de otras órdenes, de modo que los vocabularios (tanto como las artes) tienen un indudable “parecido de familia”. Se trata de vocabularios que mejoran, en lo gramatical, los modelos nebrisenses de finales del XIV, pero también suelen ser más completos que muchos vocabularios de lenguas mesoamericanas de los siglos XVI y XVII, muchos de los cuales son, a nuestro modo de ver, meras listas de correspondencias léxicas (glosarios) antes que auténticos vocabularios. Incorporan mucha información gramatical, en particular morfológica, pero también suelen ilustrar copiosamente mediante oraciones (en ocasiones también mediantes pares adyacentes), el funcionamiento de las unidades léxicas. Además, al menos en los primeros vocabularios, se suele aportar información fraseológica (en particular de la cortesía y la descortesía), hasta un punto sorprendente de madurez en relación con sus antecedentes mesoamericanos. En ocasiones, para algunas lenguas, como el bisaya, y más tarde para el ilocano, se enumeran los tropos o figuras retóricas más habituales empleados en las lenguas descritas. Si bien al comienzo de las descripciones los hispanismos aparecen tal y como se pronuncian en lenguas como el tagalo (San Buena Ventura 1613), a medida que se amplía la tradición lexicográfica los hispanismos aparecen naturalizados (Méntrida 1637) o se eliminan, sin más, del conjunto de los repertorios (Domingo de los Santos 1703) por consabidos y numerosos. Durante la mayor parte del siglo XVIII parece existir una notable obsesión con sistematizar, en los prólogos, las reglas morfono- VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 256 lógicas de adjunción de materiales morfológicos a las raíces, lo cual aumenta de modo considerable su extensión y complejidad. En algunos casos, dicho aumento parece exagerado o inadecuado para la naturaleza misma del género “prólogo” tal y como se desarrolla en otras zonas hispánicas misioneras de América (Vivar, ms. ca. 1797). Sin embargo, está bien presente hasta casi los últimos (e inéditos) diccionarios, como el del P. Aparicio para la lengua bisaya (Valladolid, ms. 1909) quien, con todo, elaboró un prólogo dedicado casi en su totalidad a enmendar los errores más importantes de descripción del léxico bisaya en los que habían incurrido muchos de sus antecesores. Hasta bien entrado el siglo XIX no parece que la labor lexicográfica de la RAE impulse la renovación de las partes español-lengua filipina (1841, para la lengua bisaya). Algunos autores actuales han comparado la riqueza léxica sobre ciertos aspectos de los pueblos filipinos según fueron descritos por los misioneros españoles con lo que sucede hoy mismo en las descripciones de las mismas lenguas: el resultado es sorprendente, puesto que las descripciones antiguas no son (aunque parezca mentira) esencialmente distintas ni inferiores a las descripciones modernas de los lexicógrafos norteamericanos o filipinos (Villarreal 2007), si bien su metalenguaje se ha refinado teóricamente como resultado de una notoria evolución de la teoría lingüística, de la evolución de las técnicas de elaboración de diccionarios y del análisis gramatical. Uno de los principales problemas con que se enfrentaron los lexicógrafos españoles en las Filipinas fue el de la indeterminación categorial, pero fue resuelto con gran elegancia, al menos en lo relativo a la lexicografía, sometiendo a las palabras a un proceso de análisis en “constituyentes inmediatos” para clasificar tan solo lo considerado como “raíz”, ya tuviera entidad o autonomía léxica (morfema libre) o no la tuviera (morfema ligado). Que sepamos, este proceder analítico no era propio de la tradición lexicográfica hispano-americana y tampoco lo fue de la luso-asiática para la descripción de la lengua japonesa. Se podría considerar, por tanto, una originalidad lexicográfica hispano-filipina al enfrentarse a lenguas aglutinantes austroasiáticas y no de las menos importantes. En otro orden de fenómenos, es relevante que en el siglo XIX, con la descripción de lenguas del sur del archipiélago, en particular de la enorme isla sureña de Mindanao, los misioneros adoptaran una perspectiva quasi-antropológica propia de este siglo de cronistas, aventureros y naturalistas. Por ejemplo, la descripción que se hace de los sacrificios humanos por parte de los bagobos (Gisbert 1892) supone un cambio notable de perspectiva entre los lexicógrafos españoles en Filipinas, puesto que acerca más el género del prólogo al proceder habitual de naturalistas o aventureros de la época y aun, en ocasiones, de los primeros cronistas en tiempos de la conquista de América. Léase esta curiosa cita: JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 257 Una de las tribus infieles de Mindanao sobre la cual reina con todos los horrores aún el Príncipe de las tinieblas, es la de los Bagobos, que viven en los bosques y montes de la Cordillera del volcán Apo; los cuales, si bien es verdad que reconocen el Ser Supremo, criador de todas las cosas, llamado Diuata; creen además en otro Ser del cual proceden todos los males, como peste, hambres, enfermedades y muerte. Y este es Mandarangan ó gran demonio, poderoso y terrible, que necesitando alimentarse de carne humana, se la ofrecen los Bagobos para tenerle propicio, en los frecuentes sacrificios humanos que hacen descuartizando las víctimas que cogen de otras Razas, ó de los esclavos que no quieren sujetárseles, ó bien de los que no les sirven por ser ya viejos ó enfermizos (Gisbert 1892: Prólogo). Es notable, sin embargo, que los intereses de los prólogos hasta el siglo XIX hayan sido exclusivamente técnicos, antes que antropológicos, en las obras de San Buena Ventura, Méntrida o De los Santos, entre otros muchos, y que los misioneros estuvieran más preocupados por la adecuación de sus descripciones a la realidad lingüística a la que tenían acceso que a las posibles aberraciones teológicas de las costumbres paganizantes de ciertos pueblos filipinos. Es menester recordar que la actitud agresiva de muchos pueblos filipinos para con los conquistadores había de estar presente en la mente de los misioneros, puesto que toda Europa conocía por Pigafetta el malhadado fin de Magallanes en las costas bisayas ya a comienzos del siglo XVI. Lo anterior no impidió, por supuesto, que en el cuerpo de la información de cada lema se proporcionara, a veces con gran minuciosidad, una explicación casi antropológica de los ritos y costumbres de los pueblos filipinos. En definitiva, eran gramáticos y lexicógrafos de amplios conocimientos técnicos para su época, que solían abordar la elaboración de sus vocabularios y diccionarios desde una perspectiva muy pragmática tras muchos años de investigación in situ. Incluso en el caso del tardío Diccionario español-bagobo del P. Gisbert (1892) se advierte que el autor, carente de cualquier documentación para elaborar su obra sobre una lengua ágrafa, estuvo doce años con los nativos antes de escribir el diccionario. Lo habitual en los primeros tiempos (s. XVI-XVII), era que el número de años empleados fuera cercano a la veintena, que es lo que sucedió con el primer Vocabulario de lengua tagala. El Romance castellano puesto primero de 1613 (se cree que Buena Ventura llegó a las Filipinas hacia 1594) o incluso muy superior a ella (Méntrida llegó a las islas en 1598 pero su Vocabulario del bisaya no se imprimió, y póstumamente, hasta 1637, el año de su muerte, es decir, al cabo de 39 años). Vivar, por su parte, estuvo treinta años entre los ilocanos antes de elaborar su Calepino ylocano (1797). Dicho amplísimo conocimiento local (Geertz 2000) les permitía añadir apostillas enciclopédicas en el vocabulario si lo consideraban oportuno, pero los prólogos no mostraban dicha preferencia. Dedicaron muchos esfuerzos en la añadidura de materiales enciclopédicos en las definiciones para dar cuenta de ritos, prácticas, pecados, agüeros e inadecuaciones culturales que cometían aquellos pueblos “paga- VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 258 nos” o “gentiles”, algunos de los cuales hemos mencionado en las páginas precedentes, sin duda con la pretensión de informar a los misioneros incorporados a la tarea evangélica con el fin de erradicarlos. Fueron, por consiguiente, intérpretes de lo local desde la perspectiva europea, que pretendía ser ecuménica. Al considerar a los naturales almas de Dios, a pesar de sus prácticas paganas, los igualaban de alguna manera a los pecadores cristianos de Europa, lo cual los vacunaba contra una perspectiva en exceso “exotista” aunque no contra una propiamente “etnocentrista”. 11.7. Valor intrínseco de la lingüística hispano-filipina A la hora de valorar este ingente esfuerzo intelectual sobre las lenguas filipinas la actitud habitual de los filipinos contemporáneos suele recalcar la calidad de las aportaciones de los ladinos filipinos que ayudaron a los frailes con sus aportaciones, aclaraciones y emisiones. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando buscamos el nombre de Thomás Pinpin (ladino tagalo) o de Pedro Bukaneg (ladino ilocano) en el buscador Google. El primero, Thomás Pinpin, debió ser decisivo para la tarea de exogramatización del tagalo por parte de San José (1610). El último, Pedro Bukaneg, informante ilocano, fue sin duda imprescindible para la labor descriptiva de Francisco López en la elaboración de la Doctrina Cristiana (1621), del Arte de la lengua iloca (1627), así como en la del Vocabulario iloco-español, que nunca vio la luz. Sin embargo, la reivindicación actual de los ladinos filipinos tiene que ser, a nuestro entender, matizada. Los glosadores actuales suelen olvidar que, antes de la llegada de los españoles, no se puede hablar de la existencia de un corpus lingüístico tan impresionante como el que organizó San José con la ayuda de Pinpin, ni López con la ayuda de Bukaneg, por no hablar de sus colegas posteriores. En otros términos, la exogramatización es un proceder tecnológico que era propio, en las islas, de los misioneros extranjeros, europeos y, en particular, españoles. De hecho, las informaciones de ambos fueron necesariamente sometidas a modelos de exogramatización bien conocidos, en particular, al modelo de las Introducciones latinae de Elio Antonio de Nebrija, en primer lugar, para las artes, y a la obra lexicográfica de Alonso de Molina y sus imitadores de Mesoamérica, de otro lado, para los vocabularios. En el caso particular de la lengua ilocana, la Doctrina Cristiana de 1621 parte de la versión latina del cardenal Bellarmino publicada en Roma en 1598. Este expediente no es por sí solo relevante. Pero para dar una idea de la modernidad que supone este proceder solo indicaremos que, al mismo tiempo, el mismo catecismo latino iba a ser traducido en el continente europeo hasta el siglo XVIII a no menos que 38 lenguas naturales distintas (Burke 2002). Con su proceder, los misioneros instauraban la misma modernidad de la Iglesia Católica que practicaban en Europa en el otro extremo del mundo. JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 259 Hoy en día, los únicos monumentos históricos que quedan para la historia de la lengua ilocana, por ejemplo, son obra de los misioneros, como la Doctrina cristiana (traducción al ilocano de la obra del cardenal Belarmino, hecha por Francisco López y Pedro Bukaneg, y publicada en 1621, el Arte de la lengua iloca, de Francisco López (1627) y toda la serie de vocabularios manuscritos (Carbonell y Albiol, Vivar, siglo XVIII) y publicados (Carro, 1849) que se iban a elaborar en adelante. Sin embargo, al referirse a la obra del P. Francisco de San José para el tagalo, el Arte y Reglas de la lengua Tagala (1610), Rafael (2001[1988]: 37) comenta extrañado: “Curiously, Blancas uses no tagalog terms to designate Tagalog grammar. The impression one gets from this and other artes is that grammar did not exist for the Tagalogs before the missionaries began to write about their language”. Fuere cual fuere la aportación prehispánica de los hablantes de lenguas filipinas a la descripción de sus propias gramáticas, la impresión que se tiene es que dicha tradición, de existir de modo articulado y sistemático, esto es, como un corpus metalingüístico relevante, no era apta en absoluto para su aplicación entre los españoles. Esta fue, a nuestro entender, la razón fundamental de que no se emplearan, si es que existían, en la exogramatización. Hay que tener en cuenta que los receptores no eran los propios filipinos, de manera directa, sino los frailes que habían de administrar la Palabra de Dios. Tal exigencia metodológica por lo que hace al tipo de receptores potenciales habría de resultar definitiva a la hora de hacer las descripciones lingüísticas. No se trataba de reducir las reglas de las lenguas filipinas para el aprendizaje de los hablantes naturales de dichas lenguas, sino de los hablantes foráneos de lenguas europeas y, en particular, de lengua materna española. Los misioneros se veían en la obligación de acceder al código mientras elaboraban un metalenguaje explícito y familiar que les permitiera controlar los mensajes. Dudamos mucho que pudieran plantearse siquiera emplear o adoptar un metalenguaje ajeno a su tradición, que les hubiera supuesto un esfuerzo adicional enorme y con seguridad baldío. Por otra parte, no conocemos el caso de ninguna adaptación del metalenguaje autóctono a la gramatización misionera, aunque esto no suponga que no se hayan dado. Quizás el aspecto más relevante de la descripción que sí llegaron a dominar los españoles fue el empleo de figuras y tropos para la elaboración de composiciones poéticas, que rápidamente fue asimilado en su vertiente más devota. En vocabularios como el del bisaya (Alonso de Méntrida 1637), por ejemplo, abundan las menciones y las ejemplificaciones de las composiciones poéticas de los bisayas en sus diferentes formas. Sin duda, la causa de este interés es de naturaleza práctica. El propio autor se sirvió de ellas con fines evangelizadores creando innúmeras composiciones marianas. El expediente no era en absoluto novedoso, sino que se anclaba ya, en el dominio español, en la tradición misionera mesoamericana. Solo hay que observar cómo, VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 260 por ejemplo, Bernardino de Sahagún elaboraba en el siglo XVI cánticos de temática devota con el fin de sustituir los propios de los hablantes del náhuatl. Lo hacía, incluso, recreando los típicos “difrasismos” de esta lengua uto-azteca (Suárez Roca 1998). La tradición de descripción gramatical, o metalingüística, no tenía por qué estar tan extendida entre los pueblos filipinos como puede sospechar (que no probar) el propio Rafael. En definitiva, el hecho cierto es que, al día de hoy, el esfuerzo descriptivo de los misioneros y sus informantes nativos, prolongado durante varios siglos, constituye la primera fuente lingüística histórica sobre dichas lenguas. Y casi la única, si hemos de ser sinceros. Nada más estudiar en su superficie cualquiera de estas obras, queda claro que responden a toda una tradición descriptiva plenamente europea, en gran medida hispánica y concretamente española, si bien tamizada y mejorada por la experiencia misionera en Nueva España y concretada por las valiosas e inevitables informaciones de los ladinos filipinos. Se trata, por supuesto, de una obra misionera, lo cual supone una actitud del todo contraria, desde el punto de vista ideológico, a la defendida por Elio Antonio de Nebrija, como magistralmente ha demostrado Esparza Torres (2005; 2005a; 2007). Además, la importancia del gramático y lexicógrafo andaluz se difuminó con la distancia y con el tiempo en las obras lexicográficas, si bien el modelo de las Introduciones latinas contrapuesto el romance al latín (1996[1488]) perduró en las artes y gramáticas hasta finales del siglo XIX. Toda la obra hispano-filipina se corresponde con un periodo de la historia lingüística española en donde los presupuestos misioneros de la evangelización de los “indios” y de su carácter plenamente “humano” y “consciente” estaban tan asentados que apenas necesitaban justificarse, esto es, a la segunda época, según Esparza Torres. Lo anterior sucede con meridiana claridad en las primeras obras lexicográficas del siglo XVII y comienzos del XVIII, cuyos prólogos ya no deben apuntalar la necesidad de evangelizar a los “indios” mediante el conocimiento de sus propias lenguas naturales. Se trata este de un concepto primordial que se presupone, de modo que la información de los prólogos puede calificarse como meramente técnica. Dicho acopio de información no careció de dificultades. Muchos de los religiosos misioneros insisten, en ocasiones, en que no había que fiarse de las informaciones proporcionadas por los naturales de aquellas tierras, porque con frecuencia respondían afirmativamente a una cuestión si consideran que tal era la expectativa de los misioneros. Tal actitud había de perjudicar la descripción, pero no es desacostumbrada entre muchos pueblos de Asia, aún al día de hoy. Es bien conocida la postura de los hindúes ante las preguntas a las que no pueden responder a un desconocido (y más si es extranjero). Darán cualquiera por cierta, a sabiendas, tal vez, de que es errónea, por considerar que la admisión de ignorancia puede ser interpretada como una descortesía por parte del interlocutor. Al parecer, algo similar se daba, a menudo, con los informantes de las diversas lenguas filipinas, según se echa de ver en esta JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 261 advertencia prologal del Vocabulario hispano-tagalo del P. Domingo de Santo Tomás (1703[1793]): LO VLTIMO Nota, que mire el que pregunta á los Indios los Vocablos que nunca es bueno preguntar lo que significa la Rayz simple, por que muchas vezes no la entenderá el Indio, salvo quando son Adverbios. Y assi hazer algunas Oraciones por el Verbo, que procura saber, y con esso dirá el Indio, si se vsa el Vocablo, ò no. Assi mismo, debe el que quiere saber desnudarse de passion, y vestirse de paciencia quando pregunta, por que si el Indio conoce que el Padre sentirá que le digan, que no está derecho lo que habla responderá á todo diziendo: Si Padre, derecho está. Aunque no sea assi. (Domingo de Santo Tomás (1703[1793: Prólogo. Vocabulario de la lengua tagala]). Dicha actitud era, sin duda, fuente de malentendidos notorios respecto a la naturaleza y el valor de los signos, lo cual había de transmitirse a la fuerza en las obras resultantes. De hecho, implica que una de las máximas conversacionales, la máxima de cualidad, se puede interpretar de modos bien alejados (e incluso antagónicos) en la creación del marco comunicativo. En otras ocasiones eran los implícitos de los naturales los que podían desvirtuar la información proporcionada: tal vez se pueda así interpretar el hecho de que gran parte de las oraciones ilustrativas de las oraciones complejas de la lengua tagala en el Vocabulario de San Buena Ventura (1613) respondieran a un orden marcado del tipo SVO en lugar de a un orden no marcado del tipo VSO. Posiblemente, los tagalos, al ser impelidos para que construyesen una oración con un nombre como sujeto, tendían a anteponerlo, derivándose de ello un trastrueque del orden no marcado del tagalo. Quizás la mayor dificultad con que se encontraban los lexicógrafos españoles para describir el léxico de las lenguas filipinas radicaba, en la práctica, en la tremenda escasez de materiales escriturarios o en su ausencia absoluta en ciertos casos. La oposición escritura/oralidad es considerada fundamental por los autores misioneros de diversas órdenes para ponderar las dificultades de la descripción. Dicha oposición apenas era relevante en la mayor parte de la América hispánica, pero resultaba fundamental para los misioneros españoles y portugueses en Asia. En el caso de los jesuitas portugueses, la obra lexicográfica sobre el japonés alcanzó, gracias al manejo de textos, una complejidad y unas dimensiones extraordinarias. En el caso de las lenguas filipinas, con una tradición escrituraria mucho más restringida, no tenemos constancia del vaciado sistemático de textos antiguos, de modo que la extensión de los vocabularios era, casi exactamente, la mitad que la de los padres jesuitas del Japón. La comparación no se lleva a cabo, sin embargo, con las lenguas europeas contemporáneas que se describían mediante vocabularios bilingües, sino con la lengua latina y su gramatización: VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 262 Los autores latinos, sobre trabajar en lengua no adversa, sino propicia [a]l entendimiento europeo, abundaban de tantos instrumentos quantos libros tiene la lengua latina. Pero los autores tagalos, sobre trabajar en lengua muy [d]ificil y extraña al entendimiento europeo, carecian de instrumentos y libros, no teniendo donde buscar la significación de las palabras tagalas, sino solo la boca del indio, y siendo esta tan variable y de tan poco fundamento, que verdad ni que acierto podian hallar? Preguntaban al indio por la explicación de la palabra tagala, y no entendiendo el indio de explicasiones por su cortedad y falta de v[er]so, que podrian encontrar sino dislates? Recur[r]ian a las conversaciones para de ellas inferir el significado de las palabras, pero como su modo de consebir es diverso del europeo y las conversasiones suelen abrazar varios intentos, donde el indio queria decir blanco, entendia el autor negro, o cossa semechante. Conque quando los autores latinos no podian errar, sino solo queriendo, los autores tagalos queriendo asertar, no podian sino er[r]ar. (Thomás Ortiz 1726 [ms. 1770]). En definitiva, la elaboración de tantas obras lexicográficas durante tres siglos no fue tarea fácil, puesto que tuvieron que enfrentarse sus autores con tradiciones culturales muy lejanas (“su modo de consebir es diverso del europeo”), que pudieron obstaculizar, e incluso impedir, a menudo, una feliz interpretación de los datos lingüísticos que iban recopilando. En algún capítulo de este trabajo se ha querido mostrar que, además, la elaboración de las artes iba por delante desde el punto de vista gramatical, al menos en las primeras obras del siglo XVII. Por otra parte, a veces las descripciones previas de otros religiosos que pudieran servir como modelo podían suponer un lastre excesivo para los sucesivos lexicógrafos, incapaces de advertir algunas de sus inadecuaciones, pero prestos a reproducirlas en los vocabularios de otras lenguas filipinas. Los religiosos misioneros españoles crearon así una tradición sólida, a veces errada de un modo que hoy pudiera parecer poco menos que escandaloso, aunque aislada en la lejanía geográfica y en su propia ambición local. Si bien la captatio benevolentiae es un recurso recurrente en este tipo de obras en toda Europa, parece imprescindible emplearlo en los prólogos de vocabularios y diccionarios hispano-filipinos, habida cuenta de la necesaria postura de humildad de los religiosos ante sus correligionarios y superiores y las grandes dificultades interculturales e interlingüísticas con que se enfrentaron para su elaboración. Resulta interesante observar que cuando los lexicógrafos hispano-filipinos se han de lamentar del mal estado de las obras anteriores, se haga mención de la lexicografía latina, antes que de la española. Esto es, se justifica la necesidad de mejorar, enmendar y reparar una tradición tan digna de consideración como la de aquellos que se dedicaron a elaborar vocabularios de la muy modélica lengua clásica del Lacio. Este proceso de dignificación va de suyo en el propio plan de trabajo lexicográfico misionero, si bien los lingüistas religiosos son, a la vez, conscientes, muchas veces, del ostracismo europeo sobre su tarea intelectual y de la insignificancia global de sus desvelos. JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 263 haçen”); Señoldia (“arçobispo, así llaman los simples que los ladinos diçen, el señor arçobispo”); Yaring acqing catana (“esta mi catana”); Mostasa (“mostaça”); Intrimis (“entremes”); Batea (“artesa”)/Nagbabatea (2.ac.: “haçer artesa redonda de palo”)/Binabatia (“1.P.: “ser el palo hecho artesa”); Berenjenas (“berenjenas”);Coles (“coles”); Cruz (“cruz”); Diablo (“demonio”); Infierno (“infierno”); Panio (“paño”); Porontal (“frontal”); Cason (“cajon”); Asal (“asar cosa espetada en algo”)/Nagaasal (2. Ac.: asar algo”)/Yynaasal (1.P.: “ser asado algo”)/Magasal (imp.: “asa”); Camote (“camote”); Lamesahan/Lamisahan (“mesa”); Sanctos (“sanctos”); Abito (“habito”);.Binda (“atar con venda algo”)/Bindahan (“ata”, imp.); Pitaca (“petaca”); Lampara (“lampara”); Vocabulario (“vocabulario”); Maglimos (“dar limosna”); Baca (“baca”); Piscal (“fiscal”); Infierno/Ynfierno (“infierno”); Bisti (“ayudar a vestir al saçerdote para çelebrar”/Nagpapabisti (5.ac.:”ayudar a vestir”)/Magpabisti (imp.: ayuda a vestir”); Magmimisa (“deçir missa”); Ayunal (“ayunar de obligaçion”)/Nagaayunal (2.ac.:”ayunar”)/Pinagaayunalan (2.P.:”el dia que es ayunado”)/Pinpagaayunal (5.P.ff:”mandar ayunar”)/Magayunal (imp.:”ayuna”)/Papagayunalin mo siya (imp.:hazle ayunar”). LETRA B Castoli (“castóreo”, “almizcle”?) (“menjuy (benjuí”); Lampara (“lampara”); Balato (“bara- to”); Baba (“barba”); Balbas (“barbas de español o postizas”); Balena (“barrera de Castilla, que para diferençialla de la suya la llaman ansi”); Itong/Yaring Lamisahan (“esta mesa”); Batea (“batea; es de palo, redonda...”); Baca (“baca”); Bendiçion (“bendeçir en la missa o en otro lugar algo”); Bendita (“bendeçir agua o otra cosa”); Padre (“Padre”); Colis/Coles (“berças”); Castila (“castilla, español”); Piesta (“fiesta”); Bisilia (“vigilia”); Bisperas (“bisperas que diçen los ca[n]tores”); Papel (“papel”); Candela (“candela”); Bolcat (“bolcar algo trastornandolo”); Laoya (“olla”); Botisa (“boti- ja de Castilla”); Boto (“boto de elecçion”); Botones (botones de rropilla o sayo que ya los usan y aun de oro”); Bayabas (“guayabas”); Sirimias (“chirimia”); Sensario (“inçensario”); Panio (“paño”); Bolta (“buelta de dança o bayle”); Binyolos (“buñuelos”); Santol (“santores). LETRA C Bacas (“bacas”); Capote (“capas de los castillas”); Magcocomulgar (“comulgar”); Martiyo (“martillo”); Candela (“candela”); Sabaro (“sabado”); Casola (“caçuela”); Camoti/Camote (“camote(s)/Camotihan (“el lugar do estan sembrados”); tablaro (“cadahalso”); Castila (“español”); Santol (“santor”); Calubasa (“calabaça”)/Nagcacalubasa (“hay calabaças”); Medias (“calçar las calças a otro”); Lamesahan (“mesa”); Salivyles (“calçones, vestido ordinario”); Panio (“paño”); Cama (“cama de castilla o de Padre”); Sabanas (“sabanas”); Camalala (“camarada o amistad entre dos”); Camalig (?) (“camarin”); Campania (“campanilla de sacristanes”); Candaro: “candado”); Pitaca (“petaca”); Canrela (“candela”)/ Canrelero (“candelero”); Pesos (“peso”); Benditahan (“agua bendita”); canta (“cantar en iglesia”)/ Pagcanta (“canto”)/Cantoris (“cantor de iglesia”); Missa (“missa”); Capitan (“capitan y governador”); Escuelahan (“escuela”); Topa (“carnero, llamanle ansi porque topa”); Mapagpatay nag baca (“que mata bacas, carniçero”); Magtitimbang nag baca (“que pesa bacas”); Lampara (“lampara”); Casal (“casar el ministro en la iglesia”); Christianos (“christianos”); Castañitas (“castañetas; estos ni las tenian ni las usaban en sus bayles, y ya las an deprendido”); Cabayo (“caballo”); Sadol (“cavar con açadon de Castilla”); Casola (“caçuela”); Pantucos (“chinelas, y es que an oydo deçir pantuflos y corrompenle como haçen los demas nombres castellanos, y diçen pantucos)/Nagpapantucos (“traer chinelas”); /Pinapantucos (“ser algo traydo por chinelas”)/Pantocos (“choclos como castillas, llamanlos ansi de pantucos”); Sirimias (“chirimias”); Binyolos (“buñuelos”); Patos na nahuy (“choclos con dos correas no mas”); Asucal bato (“açucar piedra”); Comedia (“comedia”); Cqiriligo (“clerigo”); Caliz (“caliz”); Maiz (“maiz”); Laoya VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 270 (“olla”); Cosinero (“coçinero de religiosos o castillas”); Infierno (“infierno”); Comprares (“cofrade de la çinta, cordon o rosario u de otra qualquier cofradia”)/Compraria (“cofradia”); Coral (“corral”); Cosin (“cojin”); Colasion (“colaçion que se da a los guespedes o la que se haçe los dias de ayuno”); Colara (“colar paños blancos... a uso de Castilla”); Panala (?) (“paño o otra cosa con que cuelgan algo”); Cochon (“colchon de lana de Castilla”); Colis (“coles”); Dosel (“doseles”); Calabasa (“calabaça”); Bandela (“pendon”); Pastores (“pastores”); Punto (“punto de escritura”); Comare (“comadre”)/Compare (“compadre”); Pare (“combidados tener religiosos o clerigos”); Castila (“combidados tener españoles”); Comeria (“comedia”); Magcanta (“cantar”); Bayniya (“vaynilla”); Comusta (“como esta; ya lo diçen en castilla”; Sinyol (“señor, cavallero”); Pagcocompilma (“confirmaçion”); Piesta (“fiesta”); Pinia (“piña”); Comolga (“comulgar”); Cuentas nacala (“rosario de cuentas de tortuga”); Pluecos (“fluecos”); Consirto (“conçierto de pleyto”); Galila (“galeras”); Compisal (“confesar”)/Pagcocompisal (“aquel acto de la confeçion”); Compil (“confirmar el Obispo”); Compites (“confites”); Consilba (“conserva de Castilla”); Papaya (“papaya”); Martyres (“martyres”); Paggigitara (“consumado en tocar la guitarra”); Pagcacanta (“consumado en cantar”); Libro (“libro”); Conuento (“convento”); Copete (“copete”); Coraçon (“coraçon”); Coldon (“cordon de los religiosos”); Corona (“corona”); Colporalis (“corporales del altar”); camisa (“camisa”); Cantoris (“cantor”); Tablones (“tablones”); Casitas (“cajeta”); Alba (“alba”), Altar (“altar”); Coral (“corral”), Sintas (“correa que toman los cofrades de n[uest]ro P. S. Agustin”); Libro (“libro”); Habito (“habito, ropaje”); tapetan (“tafetan”); Sondalo (“soldado”); Cabayo (“caballo”); Silbiro (“criado con cortesia”); Purgator (Purgatorio”); Cquiristo (“Christo”)/Cqiristiano (“christiano”); Coros (“cruz”); Biscoso (“bizcocho”); Tintero (“tintero”); Coresma (“Cuaresma”); Coventas (“cuentas de rosario”)/Manggonguentas (“cuentero de cuentas”); Coldo (“cuerda o cordon de N. P. S. F[ancis]co”); Colanto (“culantro, yerba de Castilla”); Conyas (“cuña con que hienden la madera gruesa”); Piesta (“fiesta”); Espensero (“despensero”). LETRA D Padre (“Padre”); Mayordomo (“mayordomo”); Daro (“dados que juegan los soldados”); Daga (“puñal de los castillas”); Ramasco (“damasco, cosa de seda o de papel”); Santol (“santor”); Milones (“melones”); Sanctos (“sanctos”); Castila (“español, castilla”); Piscal (“fiscal”); Espensa (“despensa”); Capitanbasal (“governador”); Batea (“batea”); Pareng (“Padre”)/Padre (“frayle”); Mimoria (“decorar algo tomando de memoria”); Missa (“missa”); Pare (“Padre”); Ypagcompesal mong lahat (“confiesa tus pecados”); Capitan (“capitan”); Pagcachristianos/Cachristianohang (“christiandad”); Lameta (“limeta”); Dimonio/Dimunio (“demonio”); Infierno (“infierno”); Audiençia (“audiençia”); Bangco (“vanco”); Maggitara (“tañer la guitarra”); Cruz (“cruz”); Toçino (“toçino”); Papaya (“papaya”); Candelerong (“candelero”); Christiano (“christiano”); Ritablo (“retablo”); Manteles (“manteles”); Patos (“çapatos”); Medias (“medias”); Padre Provinçial (“Padre Provinçial”); Mostasa (“mostaça”); Cosina (“coçina”); Pagcacasal (“casarse”); Tapetan (“tafetan”); Pluecos (“fluecos”); Sadol (“açadon”)/Pagsasarol (“cabar”); Lamisahan (“mesa”); Hilo (“hilo”); Nagcacanta (“cantores”); Mais (“maiz”); Asucal (“açucar”); Laoya (“olla”); Santol (“santor”); Santo (“santos”); Colis (“coles”); Martyres (“martyres”); Castila (“español”); Bantang cantores (“muchachos cantores”); Candela sa altar (“candela del altar”)/Candela (“bela”); Ispensa/Dispensa (“despensa”); Ispensero (“despensero”); Casal (“desposar el ministro en la iglesia”); Aasteraro (“desterrado”); Capitan basan (“capitan basan”); Cartapaçio (“cartapaçio”); Lavolta (“guerta”); papaya (“papaya”); pagcabirjen (“desvirgola”); Altar (“altar”); Iueves sarao (“el iueves”); palia sa altar (“palia del altar”); Suplina (“disçiplina”); Angeles/Ansiles (“angeles”); Binyolos (“buñuelos”); Sancto Evangelio (“Sancto Evangelio”); Piloto (“piloto”); Dondon (“don que ponen a los prinçipales”); Donsiya (“donçella”); Dosel (“doseles”). JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 271 LETRA E Nagcapitan (“fui el capitan de este pueblo”); Cosina (“coçina”); Cruz (“cruz”); Limeta (“limeta”); Panyo (“paño”); Papel (“papel”); Espinsa (“despensa”); Padre (“Padre”); Candela/Candelang (“candil o candela”)/Candela sa altar (“candela del altar”); Demoniong (“demonio”); Christiano (“christiano”); Panara (“empanada de pescado o algo”); Medias (“medias”); Magcanta (“cantar”); Compesion (“confesion”); Puñal (“daga”); Lamisahan (“mesa”); Hibongcola (“encolar guitarra o algo”); Lasmonsas (“monjas”); Espinsa (“despensa”); Cason (“cajon”); Hilo (“hilo”); Fiestang (“fiesta”); Infierno (“infierno”); Atole (“engrudo hecho de arina y agua, es vocablo Mexicano sed vtitvr”); Cantores (“cantores”); Demonio (“demonio”); Pare (“Padre”); Papel (“papel”); Capote (“manto”); Salara (“ensalada a uso de Castilla”); Papaya (“papaya”); Cuentas (“rosario”); Apostoles (“apostoles”); Pagcacanta (“cantar”); Siya (“ensillar mula o caballo”); Luçifer (“Luçifer”); Labanos (“rabanos”); Lichogas (“lechugas”); Sanctos (“sancto”); Magcocomulga (“comulgar”); Coral (“corral”); Spiritu Sancto (“Espiritu Sancto”); Diablo (“diablo”); Nosis (“nueçes”); Castanyas (“castañas”); Palia sa altar (“Palia del altar”); Tintero (“tintero”); Lamita (“ermita”); Escuela/Iscovyla (“escuela”); Bangco (“escaño grande”); Priol (“prior”); Paliyo (“palillo”); Lascota (“escota de la vela”); Esclibano (“escrivano”); Capitan basal (“governador”); Lampara (“lampara”); Castila (“español”); Senyora (“española si es principal”); Castilang babayi (“española ordinaria”); Lavolta/Lahorta (“guerta”); Libro (“libro”); Cuaderno (“cuaderno”); Coles (“berças”); Corona (“corona”); Ispital (“espital para enfermos, hospital”); Cabayo (“caballo”); Istaca (“estaca”); Tansa (“estançia de ganado bacuno y cabruno”); Bandela (“estandarte de proçesion o de guerra”); Calabaça (“calabaça”); Guitara (“guitarra”); Andas (“andas”); Suplina (“disçiplina”); Ebangsilio (“evangelio”); Evangelistas (“evangelistas”); Manga soldaro (“exerçito”). LETRA F Saya (“faldellin”); Misa (“misa”); Paldo (“fardo de los que cargan para Castilla”); Castila (“español”); Pista /Piesta (“fiesta que se guarda fuera del domingo o la fiesta del patron”); Bangco (“banco”); Christiano (“christiano”); Somblelo (“sombrero”); Pilma (“firmar carta o otra cosa de su nombre”); Piscal (“fiscal o acusador”); Donseya (“flor de la virgen”); Santol (“santor”); Pluecos (“fluecos a vso de Castilla”); Bandela (“pendon”); Botisa (“botija”); Pare (“frayle”); Lamisahan (“mesa”); Binasiras (“vinajera”); Batia (“batea”); Corosan mo (“hazte la cruz”); Pritos (“freir qualquier cosa”)/Pritos (“frito pescado o otra cosa”); Prisoles (“frijoles, este es bocablo comun tomado del español, que en particular ay muchos jeneros dellos por ser estos muy afiçionados a comerlos”); polontal (“frontal del altar”); Pulpito (“pulpito”); Caliz (“caliz”); Limetang (“limeta”). LETRA G Galela (“galera en que rreman los pescadores”); Gangsa (“ganso grande que los traen de China”); Diablo (“diablo”); Plumasing (“plumaje”); Galagantiya (“gargantilla”); Limeta (“garrafa, es como de Castilla pero es de barro”); Camote (“camote”); Toçino (“toçino”); Colis (“coles”); Aseyte (“açeyte”); Capitanbasal (“gouernador”); Timon (“timon”); Granara (“granada, fruta de Castilla”); Labanos (“rabanos”); Galiyos (“grillos, prisiones de hierro”); Tablones (“tablon”); Bayabas (“guayabas, fruta conoçida pero no natural sino venida de Piru y Mexico”); Piscal (“fiscal”); Papaya (“papaya”); Cuentas (“rosario”); Lavolta (“guerta”); Pare (“Padre”); Gitara (“guitarra de Castilla”). VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 272 LETRA H Castila (“castilla, español”); Capitan (“governador”); Isclibania (“escribania”); Sarol (“açadon”); Abas (“habas”); Panyo (“paño”); Coles (“coles”); Laoya (“olla”); Conyas (“hender madera gruesa o piedra con cuñas”); Lamita (“hermita”); Mitanio (“ermitaño”); Baca (“baca”); Hilo (“hilo”); Istaca (“estaca”); Libdo (“libro”); Papil (“papel”); Lavolta (“guerta”); Lechugas (“lechugas”); Onras (“honra”); Piscal (“fiscal”); Horno (“horno”); Antelano/Antilano (“hortelano”); Aspital (“hospital”); Galila (“galeras”); Gispinsiro (“despensero”). LETRA I VOCALIS Christiano (“christiano”); Habito (“habito”); Sancto (“sancto”); Compision (“confesion”); Libdo (“libro”); Pare (“Padre”); Naggogloria (“deçir gloria Patri”); Sacramento sa altar (“sacramento del altar”); Demonio (“demonio”); Piestang (“fiesta”); Indulsinçia (“induljençia o jubileo”); Magcocompesal (“confesarse”); Magcocomulga (“comulgar”); Impierno (“infierno”); Cruz (“cruz”); Sancto (“sancto”); Capitan (“gouernador”); Apostoles (“apostoles”). LETRA I PRO X Sestos (“iestos”); eserçitarse (“exerçitarse”); Sente (“iente”); Sabon (“iabon”); Saro (“iarro”); Sugadol (“iugador”)/Palasugal (“iugador de naipes”)/Sugal (“iugar”); Piestang (“fiesta”); Magcanta (“cantad”); Pinagcacapitanang (“iurisdiçion de governador indio”); Pinagcocomesariohan (“iurisdiçion de comisario de visita”); Pinagpoprovinsiyalan (“iurisdiçion de provinçial”); Pinagpaparian (iurisdiçion de ministro cura o benefiçiado”); Christiano (“christiano”). LETRA L Cruz (“cruz”); Palya sa altar (“palia para el altar”); Rabanos (“rabanos”); Yaring lamisahan (“esta mesa”); Bangco (“banco”); Petaca (“petaca”); Tintero (“tintero”); Larino (“ladino”); Lariyo (“ladrillo”); Tisa (“teja”); Lavolta (“guerta”); Tinta (“borron”); Lampara (“lampara”); Ispensa (“despensa”); Christia (“sacristia”); Panio (“paño”); Istania (“estancia”); Lichogas (“lechugas”); Liguas (“legua de camino”); Mostasa (“mostaça”); Castila (“español”); Pare (“Padre”); Litor (“letor”); Litra (“letra”); Cretas (“secretas”); Libdo (“libro”); Cruz (“cruz”); Lampara (“lampara”); Candela (“candela”); Salavilis (“çaraguelles”); Colara (“colada”); Tininti (“teniente”); Limos (“limosna”); Lumpia (“limpiar candeleros, cuchillos, etc.”); Candelero (“candelero”); Lomo (“lomo de venado o puerco”); Longanisa (“longaniça de puerco”); Impierno (“infierno”); Coçina (“coçina”). LETRA LL Candela (“candela”); Pare/Padre (“Padre”); Capitan (“governador”); Petaca (“petaca”); Comunidad (“comunidad”); papel (“papel”); Coles (“coles”). LETRA M Pagcompilma (“confirmaçion”); Maysto (“maestro”); Baca (“baca”); Frontal/Polontal (“frontal”); Mansa (“mancha”); Mansaro (“manchado”); Piloto (“piloto”); Criaro/Criado (“criado, moço”); Pare Prior (“Padre prior”); Plasara (“fraçada”); Mantica (“manteca”); Capote (“manto”); Olandis (“olandeses”); Coles (“coles”); Mariniro (“marinero”); Masa (“masa de harina, arroz, etc.”); Cabayo (“caballo”); Mascara (“mascara”); Diablo (“diablo”); Irbabuyna (“yerva buena “); JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 273 Pagcasal (“matrimonio o acto de casarse”); Mayol (“mayor”); Mayoldomo (“mayordomo”); Midias (“medias”); Tabaco (“tabaco”); Bara (“medir a varas”); Castila (“español”); Mimoria (“memoria”); Sacramento (“sacramento”); Polamoldirios (“mendigar por amor de Dios”); Bayabas (“guayabo”); Suplina (“disçiplina”); Laoya (“olla”); Lamisa (“la mesa”); Lamisahan (“en o sobre la mesa”); Manteles (“manteles”); Palticqira (“faltiquera”); Cason (“cajon”); Panio (“paño”); Capote (“capote”); Martires (“martires”); Benditahan (“en el agua bendita”); Camote (“camote”); Casoya (“casullas”); Puñal (“daga”); Pilitina (“pretina”); Sabon (“jabon”); Baras (“baras”); Andas (“andas”); Paralosdos (“migas”); Milagros (“milagro”); Pare (“Padre”); Paldon (“padron o minuta”); Libro (“libro, lectura”); Misa (“misa”); Misal (“misal”); Candela (“candela”); Tintero (“tintero”); Molre (“molde”); Piminta (“pimienta”); Silbe (“monaçillo, que sirve misa”); Paliyo (“mondadientes”); Santol (“santo”); Moraro (“morado”); Morsias (“morçilla”); Mostasa (“mostaça”); Christiano (“christiano”); Lavolta (“la guerta”); Capitan (“governador; capitan”); Gitara (“musica”); Tagapaggitara (“musico de guitarra”); Arpa (“arpa”); Tagapagarpa (“musico de arpa”). LETRA N Rabanos (“rabanos”); Iudios (“iudios”); Nabasa (“nabaja”); Naueta (“naueta”); Plagatia (“fragata”); Cretas (“secretas”); Graçia (“gracia”); Christiano (“christiano”); Tininti (“teniente”); Castila(ng) (“español”); Capitan (“gobernador”); Padre (“Padre”); Criaro (“moço”); Alcalde (“alcalde”); Baca (“baca”); Patos (“çapatos”). LETRA O Sinioldia (“obispo”, de “señoría”)/Siniol Alsopispo (“señor arçobispo”)/Siniol Obispo (“señor Obispo”, en Manila); Panday Cuentas (“oficial de cuentas”); Patos (çapatos”); Boliyos (“randas”); Pare/Pari (“Padre”); Sadol (“azadon”); Castoli (“almizcle”, de castóreo?); Laoya (“olla”); Onra (“honor”); Oras (“(h)ora”); Orasion (“oraçion”); Baca (“baca”); Banco (“banco”); Ortiliano (“ortelano”); Ostias (“ostia”). LETRA P Padre/Pari/Pare (“padre”);Paldon (“padrón”);Compilma (“confirmaçión”); Paliyo (“palillo”)/capitan paliyo (“oficial de palillos”); Palo (“palos que da a otro contra su voluntad”); Panyo (“paño”); Sanctopapa (“Sancto Papa”); Calatas (“papel”); Papel (“papel”); Pasco (“pascua, fiesta”); Pastil (“pastel”); Baca (“baca”); Coles (“coles”); Pibri (“pebre”); Consilba (“conserva”); Candela (“candela”); Tapetan (“tafetán”); Biscoso (“bizcocho”); Capitan (“gobernador”)/ Capitan babuy (“mayoral de puercos”); Tolomolde (“pedir por amor de alguien”); Polomolderios (“pedir por amor de Dios”); Castila (“español”); Bandela (“pendón”); Penitençia (“penitençia”); Astirado (“estar penitençiado”); Cuentas (“rosario”); Pildona (“perdonar”); Sanctos (“sancto”); Camisa (“camisa”); Samon (“pernil”); Diablo (“demonio”); Cabayo (“caballo”); Graçia (“graçia”); Pitison (“petiçion”); Casola (“caçuela”); Rabanos (“rabano”); Siboyas (“çebolla”); Morsias/Molsias (“morcillas o morçillas”); Lamisahan (“mesa”); Benditahan (“pila del agua bendita”); Piloto (“piloto”); Paminta (“pimienta”); Pinya (“piña”); Habla (“pleyto”); Poloma (“pluma”); Polomase (“plumaje de sombrero”); Plobe (“pobre”); Lavolta (“guerta”); Frontal (“frontal del altar”); Misa (“misa”); Audiençia (“audiençia”); Coçinero (“coçinero”); Poltero (“portero de convento”)/Polterohan (“portería de convento”); Cruz (“cruz”); Ladino (“pratico”); Plidical (“predicar”); Palatina (“pretina”); Comedia (“representaçion”); Cretas/Critas (“secreta, privada”); Onra (“privilejio”); Plocodarol (“procura- VOCABULARIOS HISPANO-ASIÁTICOS: TRADUCCIÓN Y CONTACTO INTERCULTURAL 274 dor”); Señol (“señor”); Christianos (“christiano”); Polopeta (“profeta”); Polpito (“pulpito”); Ponto (“punto”); Ponyal (“puñal”); Polgatorio (“Pulgatorio”). LETRA Q Domingo (“domingo”); Piesta (“fiesta”); Asnos (“asno”); Ori (“quilatar el oro”); Capitan (“gobernador”); Colis (“coles”); Balbas (“barbas”); Somblelo (“sombrero”). LETRA R Ispensero (“despensero”); Diablo (“demonio”); Toçino (“toçino”); Landa (“randa”); Manteles (“manteles”); Boliyos (“randas”); Hilo (“hilo”); Baca (“baca”); Labanos (“rabano”); Pesos (“real”); Santol (“santores”); Biscoso (“bizcocho”); Panyo (“ropa; paño”); Diconsiliya (“reconçiliarse”); Consiliar (“reconçiliarse”); Cuentas (“reçar por el rosario”); Procesion (“proçesion”); Pare (“Padre”); Sarol/Sadol (“açadon”); Colis (“repollo, berça”); Lechuga (“lechuga”); Pagcocomeria (“representaçion”); Candela (“candela“); Ditablo (“retablo”); Asiaca (“estaca”); Pulga (“purga”); Demonio (“demonio”); Manrispuesta (“en respuesta”); Lavolta (“la guerta”); Pare/Padre (“Padre”); Cuentas (“rosario”); Inpierno (“infierno”). LETRA S Sabaro (“sabado”); Cabuche/Caboche (“sacabuche”); Bayabas (“guayabas”); Colis/Coles (“coles”); Saclamento (“sacramento”); Cristan/Sacristán (“sacristan”); Patos (“çapatos”); Ditablo (“retablo”); Altar (“altar”); Saseldote/Sasildote (“sacerdote”); Paring pagmimisa (“saçerdote”); Saladio (“salario”); Saliro (“salero”); Labanos (“rabanos”); Mostaça (“mostaça”); Baca (“baca”); Casanctosan (“santidad”); Angeles (“angeles”); Sanctos (“sancto”); Sasti (“sastre”); Sabanas (“sabana”); Saya (“saya”); Cretas (“secretas”); Lechugas (“lechugas”); Infierno (“infierno”); Sintinsia (“sentençia”); Sinyol (“señor, español”); Criaro (“servidor; siervo; criado”); Silbiro (“servidor/servir”); Silbi (“servir a españoles”); Panyo (“servilleta; sonadero”); Lamisahan (“mesa”); Siya (“silla”); Oosinyol (“sí, señor”); Sobla (“sobra, restos”); Doseles (“doseles”); Sondalo (“soldado”); Somblelo (“sombrero”); Sopas (“sopa”); Petaca (“petaca”); Camayon (“camellones o caballones”). LETRA T Tablaro (“tablado”); Comirya (“tablado para representar”); Damahan (“tablero en que juegan a las damas”); Tasa (“taça de plata o de barro”); Tala (“talar”); Lechugas (“lechugas”); Tamalis (“tamales”); Gitara (“tañer guitarra”); Magaarpa (“tañedor de arpa”); Tisa (“tejar”); Tisaan (“el tejar”); Infierno (“infierno”); Cabayo (“caballo”); Diablo (“diablo”); Panio (“paño”); Asucal (“açucar”); Santol (“santores”); Tinra (“tienda”); Timon (“timon”); Tininti (“tiniente”); Tinta (“tinta”); Tintiro (“tintero”); Toca (“toca con que se tocan las mujeres”; “tocarse con toca como española”); Tosino (“toçino”); Medias (“medias”); Baca (“toro”); Toro (“toro”); Castila (“español”); Demonio (“demonio”); Angeles (“angel”); Petaca (“petaca”); Pagoondasan (“tumulo para las onrras de los difunctos”). LETRA V CONSONANS Baca (“baca”); Paltiquera (“faltiquera”); Lavolta (“guerta; guerto”); Banco (“vanco”); Capiya (“vanco de iglesia”); Bandila (“vandera de capitanes españoles”); Labanos (“rabanos”); Baras JOAQUÍN GARCÍA-MEDALL 275 [Document text truncated for crawler view.]