España, de la Primera Guerra Mundial a la Sociedad de Naciones
Abstract
Grado en Historia
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Facultad de Filosofía y Letras Grado en Historia España, de la Primera Guerra Mundial a la Sociedad de Naciones Federico Arranz Guilarte Tutor: Guillermo Á. Pérez Sánchez Curso: 2018-2019
España, de la Primera Guerra Mundial a la Sociedad de Naciones La condición de España como país neutral durante la Primera Guerra Mundial, constituyó un factor determinante en el desarrollo de su su política internacional hasta bien avanzado el siglo XX. Su ausencia en los tratados de paz posteriores y en la creación de la Sociedad de Naciones, significaron el desplazamiento de nuestro país de los importantes foros de debate mundial que condicionaron las relaciones entre países a partir de entonces. El presente trabajo trata de analizar los motivos que propiciaron aquella posición de neutralidad, las circunstancias históricas en las que se produjo, así como las consecuencias - políticas, económicas y sociales - que de ella se derivaron. Spain, from the IWW to the NS Spain, from the First World War to the League of Nations: Spain’s status as neutral country during the First World War was a determining factor in the development of its foreign policy until well on into the twentieth century. Our country’s absence from subsequent peace treaties and from establishment of the League of Nations meant, its exclusion from those important forums of debate which were to shape relations between the different states from that time forward. The present work attempts to analyse the motives underpinning that position of neutrality, the historical circumstances which produced it and the consequences – political, economic and social – to which it led. Palabras clave/ Keywords España, Historia, neutralidad, paz, Primera Guerra Mundial, Sociedad de Naciones. Spain, History, neutrality, peace, First World War, League of Nations.
ÍNDICE 0. Introducción……………………………………………………………………………….. 1 1. Aproximación a las causas de la Primera Guerra Mundial: Los países combatientes y la posición de España 1.1. Contextualización internacional del conflicto……………………………. 3 1.1.1. Antecedentes que llevan a la guerra …………………………… 6 1.1.2. Desarrollo de la contienda……………………………………… 8 1.2. El camino de España hacia la neutralidad………………………………..10 2. España ante la Guerra 2.1. Declaración de neutralidad: causas y evolución………………………….12 2.2. El gran debate: germanófilos / aliadófilos………………………………..14 2.3. Oficina Pro-Cautivos, una labor personal de Alfonso XIII………………16 2.4. Supuesto beneficio económico……………………………………..…….18 2.5. ¿Cómo afectó el final del conflicto mundial a España?………………….21 3. El final de la guerra y los tratados de paz 3.1. La Conferencia de París y los tratados de paz……………………………22 3.2. El Tratado de Versalles y la creación de la Sociedad de Naciones…….…24 4. La Sociedad de Naciones y España 4.1. Éxitos, limitaciones y fracasos……………………………………….…..29 4.2. España y la Sociedad de Naciones: ingreso, participación y el papel de los diplomáticos españoles…………………………………….….31 4.3. Legado y trascendencia histórica de la Sociedad de Naciones……..…… 34 5. Conclusiones…………………………………………………………………………….…36 6. Fuentes y Bibliografía………………………………………………………………..…… 38
0. INTRODUCCIÓN 1 La posición de neutralidad internacional fue la nota más característica de la política exterior española durante las cruciales primeras décadas del siglo XX. Dicha condición vino impuesta por la irrelevancia del país en el escenario mundial de la época, así como por la frágil situación interna, tanto económica, política, militar y social. El presente documento pretende analizar las circunstancias históricas que motivaron 2 la exclusión de España en dos de los acontecimientos determinantes del siglo XX, como fueron la Primera Guerra Mundial y la creación de la Sociedad de Naciones , así como 34 dilucidar el papel que desempeñaron nuestro país y algunos de sus protagonistas más destacados, en el desarrollo de dichos acontecimientos. Para ello, a lo largo de las páginas que siguen, se va a tratar de describir el contexto histórico nacional e internacional que albergó aquellos hechos, describir la participación que, desde ese segundo plano, tuvo el país en la evolución de la guerra y la paz, y de alguna manera, intentar observar las consecuencias derivadas de aquellas realidades sobre la coyuntura política, social y económica de España, durante los convulsos años en los que se desarrollaron los mencionados procesos. La intención es, por tanto, intentar esclarecer las causas históricas que motivaron la situación de neutralidad, y en la medida de lo posible, describir las consecuencias derivadas de aquella posición en función de su desarrollo. El trabajo está estructurado en dos grandes bloques temáticos: la guerra y la paz. Sobre ese planteamiento, y tomando a España como eje vertebrador, se analiza la evolución de ambos procesos históricos a partir de la implicación del país y las consecuencias que le supusieron. Así, la primera parte busca establecer una aproximación al contexto histórico internacional que supuso el inicio de la IGM, sus causas, y la evolución a grandes rasgos del conflicto. A continuación, se trata de aportar algunos datos que ayuden a comprender las El autor desea agradecer las inestimables ayuda y asesoramiento del profesor Guillermo Pérez Sánchez para la 1 elaboración de este trabajo. Sistema de citación bibliográfica del trabajo según normativa recomendada por la revista Investigaciones 2 Históricas. Época moderna y contemporánea (UVa). En adelante IGM. 3 En adelante SDN. 4 1
circunstancias que determinaron la decisión tomada por las autoridades españolas de mantener al país neutral durante la contienda. Seguidamente, se exponen las características asociadas a esa neutralidad (que no aislamiento), en cuanto al papel abastecedor de algunas de sus empresas y su supuesto beneficio económico, o a las gestiones humanitarias y negociadoras de importantes diplomáticos de la época, entre los que se encontraba el propio monarca Alfonso XIII. Posteriormente, se describen la coyuntura y particularidades históricas que rodearon las rúbricas de los acuerdos de paz, a partir de los cuales acabaría viendo la luz la SDN. Finalmente se hace un repaso por el tránsito, los personajes y los hitos más importantes de España en la Sociedad, y una breve aproximación al legado de la misma y su trascendencia en los tratados ulteriores. Las fuentes consultadas para la elaboración del trabajo han sido, por un lado la amplia producción bibliográfica específica dedicada a la IGM, a los tratados de paz posteriores y a la SDN. Por otro lado, para la investigación de los aspectos relacionados con la neutralidad de España durante la guerra y su participación en la SDN, que resultan más complejos por la escasez de documentos que los abordan, ha sido necesaria la consulta de revistas especializadas, así como de artículos periodísticos dedicados a aspectos concretos de hechos poco difundidos como la Oficina Pro-Cautivos o la actuación de los diplomáticos españoles en la SDN. Finalmente, para la comprensión del escenario histórico que albergó todos aquellos hechos, han sido de gran utilidad para el autor algunas obras, que sin ser propiamente historiográficas o académicas, sí que facilitan enormemente la intelección de sus circunstancias. Tales han sido las novelas de autores como Stephan Zweig, Albert Cohen o Manuel Chaves Nogales. 2
1. APROXIMACIÓN A LAS CAUSAS DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL: LOS PAÍSES COMBATIENTES Y LA POSICIÓN DE ESPAÑA La compleja causalidad de la Primera Guerra Mundial , debe analizarse en primer 5 lugar, comprendiendo las circunstancias sociales, económicas y políticas, que sirvieron como escenario para el desarrollo del conflicto. 1.1. Contextualización internacional del conflicto Europa se encontraba a principios del siglo XX, en un periodo de crecimiento y aparente prosperidad, cuyo inicio podría situarse en el fin de la Guerra Franco-prusiana de 1871. La mayoría de las potencias europeas vivían años de relativa estabilidad política, avance tecnológico y científico, y pleno desarrollo industrial. Tenían lugar en la Europa de aquellos años algunos fenómenos, como la modernización de las comunicaciones, el crecimiento demográfico, el proceso urbanizador, el incremento del consumo interno y del comercio exterior, el impulso de la alfabetización y de la educación, y en general, un incipiente bienestar socioeconómico, que hacían presagiar una época de optimismo y paz duradera. Se trataba sin embargo de un espejismo. La supuesta apacibilidad de aquella Belle Époque contrastaba con la enorme tensión internacional, reflejada en una acelerada carrera armamentística que realmente subyacía, en aquel periodo que con los años se vino a denominar de Paz Armada . 6 El equilibrio entre las principales potencias europeas se había venido fraguando a lo largo de los últimos siglos, guerras y tratados, y el resultado evidenciaba una situación de fragilidad latente. Desde 1871, todos los países de Europa sustentaban su política exterior en base al sistema de relaciones internacionales establecido por Bismarck. El problema se produjo cuando el nuevo Káiser Guillermo II destituyó al canciller en 1890, momento en el Vid. «Los orígenes del conflicto», en RENOUVIN, Pierre, La crisis europea y la Iª Guerra Mundial 5 (1904-1918), Madrid, Akal, 1990, pp. 116-188. PÉREZ SÁNCHEZ, Guillermo Á., «Aproximación a la compleja causalidad de la Gran Guerra, cien años 6 después», en Bringas López, Mª Isabel (dir.), González del Olmo, Javier E. (coord.), Martín de la guardia, Ricardo y Pérez Sánchez, Guillermo Á., Causas y consecuencias de la Gran Guerra (1914-1918) y su influencia en el mundo actual, cien años después, Burgos, Universidad Popular para la Educación y Cultura de Burgos, 2015, p. 15 y ss. 3
invasión total del país. El armisticio se firmó el día 11 de noviembre de 1918 en el famoso vagón del bosque de Compiègne, entre los aliados y el gobierno de la nueva república alemana, y en base a los Catorce Puntos de Wilson con los que el presidente norteamericano pretendía orientar los futuros acuerdos de paz de París. 1.2. El camino de España hacia la neutralidad El siglo XIX español fue uno de los más inestables de su historia política. Se habían sucedido diferentes regímenes (monarquía borbónica, Bonaparte y Saboya, además de una breve experiencia republicana), sucesivos pronunciamientos militares, una invasión extranjera, la emancipación de sus colonias americanas, y al final de la centuria, la pérdida definitiva de sus últimas posesiones ultramarinas. El sistema de la Restauración, iniciado en 1875, tenía que hacer frente a un cada vez mayor número de enemigos, entre los que se encontraban de manera inédita el movimiento obrero, la pujante burguesía nacionalista-regionalista, e incluso un amplio sector del ejército que exigía mejoras económicas y profesionales. El sistema del turno , caciquil y de 9 pucherazo, padecía una profunda crisis desde hacía varios años a causa de múltiples acontecimientos. En el marco internacional, España venía sufriendo un aislamiento desde el final de las Guerras Napoleónicas de 1815, no siendo invitada a participar en los posteriores tratados que, englobados en el denominado Directorio Europeo, procuraron buscar el equilibrio de poderes y la paz entre los principales estados del continente. Y esta situación de menosprecio parece injusta si se tiene en cuenta el papel decisivo que jugó nuestro país en la derrota de los ejércitos napoleónicos, pero también por las posesiones de ultramar que aun conservaba la monarquía hispánica y que debían colocarla todavía entre las grandes potencias mundiales, sólo fuera por la gran extensión, que aunque en rebeldía, seguía teniendo su imperio. Las razones que podrían explicar esta situación habría que buscarlas, según algunos historiadores, en la pésima labor diplomática llevada a cabo los enviados de Fernando VII durante el Congreso de Viena, así como en el momento de debilidad política y crisis social que vivía la Ideado en el Pacto del Pardo de 1885 por Cánovas y Sagasta. 9 10
monarquía tras la expulsión de Napoleón, y en que el gran número de las posesiones coloniales de ultramar se encontraba en estado de insurrección. La participación de España en la política de bloques había sido secundaria. Cuando estalló la Gran Guerra, España era ajena a los dos grandes bloques en que se había dividido Europa, y los únicos tratados firmados con algunos de los estados pertenecientes a ambos bloques, eran demasiado débiles como para exigir por ellos algún tipo de compromiso serio en el conflicto. Mucho más aún si se tiene en cuenta la paupérrima aportación que podía ofrecer un país tan precario militarmente, y cuyas aspiraciones de contrapartida, Gibraltar o Tánger, serían innegociables para los gobiernos británico y francés. En cualquier caso, los débiles acercamientos que se produjeron con alguno de los bloques fueron, por ejemplo, el de 1887 con la Triple Alianza, a través de un tratado secreto firmado por el gobierno de España con Italia, que finalmente ni siquiera fraguó. Por otro lado, los acuerdos de Cartagena de 1907 con los países de la Entente, lo único que refrendaban era un reconocimiento mutuo de las posesiones españolas y francesas en el área de influencia del Mediterráneo Occidental, necesidad ésta que apremiaba a España, ante posibles amenazas de sus posesiones insulares y costeras, en una coyuntura internacional cada vez más delicada. Así pues, no cabe duda de que España, dentro de su situación oficialmente neutral, se encontraba más ligada a los países de la Entente, quienes por otra parte no necesitaron su participación explícita como aliada, y la supieron manejar en determinados momentos sin necesidad de que abandonara su posición oficial de país neutral. No debe olvidarse además, que con el transcurso de la guerra, España se fue acercando cada vez más al bloque franco-británico hasta convertirse un una suerte de neutral aliado, habida cuenta de su privilegiada ubicación geoestratégica en la retaguardia francesa, y en el punto de conexión Mediterráneo-Atlántico. A esto habría que añadir el papel que desempeñó para estos países como suministrador de productos de primera necesidad y abastecimiento armamentístico. Y es que no hay duda de que entre los países neutrales (Dinamarca, Holanda, Noruega, Suecia y Dinamarca) España era el más importante por motivos demográficos, económicos y geoestratégicos, y es un hecho que su orientación estuvo marcada por algunos acuerdos comerciales anteriores a la guerra con el bando francobritánico. 11
2. ESPAÑA ANTE LA GUERRA 2.1. Declaración de neutralidad : causas y evolución 10 El Gobierno conservador de Eduardo Dato aprobó el 7 de agosto de 1914, el Real Decreto mediante el cual se establecía «el deber de ordenar la más estricta neutralidad a los súbditos españoles, con arreglo a las leyes vigentes y a los principios de Derecho Público Internacional». Dicho decreto fue refrendado, y publicado en la Gaceta, que hacía las veces del BOE, sólo diez días después de la declaración de guerra de Austria-Hungría a Serbia. Esta premura demuestra la claridad de la posición de partida del Gobierno español y de la mayoría de la clase dirigente, ante la falta no sólo de recursos, sino de motivos reales, para embarcarse en una guerra. El apoyo inicial al presidente fue mayoritario. En cualquier caso, y ante las pocas opciones alternativas con las que contaba, el Gobierno de Dato sólo tuvo que continuar la línea que en materia de política exterior habían venido siguiendo los gobiernos de la Restauración: el conocido como recogimiento nacional, tan propio del conservadurismo canovista. Los motivos de esta decisión de mantenerse neutral, casi una imposición por la situación del país, fueron varios. Manuel Azaña en un discurso pronunciado en el Ateneo de Madrid, consideraba que «la neutralidad española no ha sido ni es una neutralidad libre, declarada por el Gobierno y aceptada por la opinión después de maduro examen, (…) sino una neutralidad forzosa, impuesta por nuestra propia indefensión» . Eduardo Dato, presidente 11 del Consejo de Ministros, argumentaba la renuncia a entrar en el conflicto a través de una carta al rey: «Con sólo intentarla [una actitud belicosa] arruinaríamos a la nación, encenderíamos la guerra civil y pondríamos en evidencia nuestra falta de recursos y de fuerzas para toda la campaña» . Los dirigentes políticos querían evitar además las posibles 12 tensiones sociales que pudieran producirse como consecuencia de la entrada en el conflicto. La proliferación del movimiento obrero, de la conciencia de clase, partidos políticos de Vid. PEREIRA CASTAÑARES, Juan Carlos, «La política exterior de España (1875-1939)», en PAREDES, 10 Javier (coord.), Historia contemporánea de España. Siglo XX, Barcelona, Ariel, 2004, pp. 577y ss. Conferencia del 25 de mayo de 1917, con título «Los motivos de la germanofilia», pronunciada el Ateneo de 11 Madrid. Transcripción del discurso en el archivo de dicha institución: https://www.ateneodemadrid.com/ biblioteca_digital/folletos/Discursos-002.pdf. SECO SERRANO, Carlos, Estudios sobre el reinado de Alfonso XIII, Madrid, Real Academia de la Historia, 12 1998, p. 161. 12
izquierda y sindicatos, significó la movilización de un importante sector de la población en contra de la participación. En caso de entrar en la guerra y el resultado fuera negativo, se temía una sovietización del movimiento obrero y que se repitiese en España el caso revolucionario bolchevique. A todo ello habría que añadir la carencia de un ideal nacional aglutinador, como el que existía en el resto de potencias, entorno al cual se asumiese la contienda como una nueva gesta histórica de la patria común. Los últimos fracasos internacionales, y el auge de los nacionalismos periféricos, habían reducido aquel sentimiento tan necesario en la propaganda bélica cuando se trata de justificar o apoyar una guerra. Otro de los motivos que llevaron a la neutralidad de España, tiene que ver con la situación de su ejército, precario y anticuado. El poderío naval era muy limitado, como se demostró en Cuba, y donde quedó aún más diezmado tras el desastre del 98 en el que perdió dos escuadras completas. El armamento era escaso y deficiente, debido entre otros motivos, a la mala distribución de las inversiones en el ejército, cuya mayor cuantía se dedicaba al pago de nóminas de un hipertrofiado cuerpo de oficiales. España había estado al margen de la carrera armamentística del resto de potencias a principios del siglo XX. El escaso potencial militar español, la hacía poco atractiva como aliada a los bloques, pues en caso de entrar en guerra, tendría muy poco que aportar. Tras la declaración oficial de neutralidad en la Gaceta, apoyada inicialmente por la mayoría de la opinión pública, las posturas fueron evolucionando hacia uno u otro bando, favorecidas en algunos casos por las presiones ejercidas por los dos bloques. La prolongación inesperada de la guerra había convertido al factor económico en uno de sus aspectos decisivos, y ello convertía a los países con posibilidad de abastecer a los contendientes, en actores clave en el desarrollo de la contienda. A partir de aquel momento la importancia comercial y geoestratégica de España aumentó, y con ello las presiones económicas de los países implicados. Ante la creciente vinculación española a la Entente, el bando centroeuropeo desarrolló una cada vez más intensa labor diplomática encaminada a evitar la definitiva absorción de España en el bloque franco-británico. Para ello se emplearon promesas de ayuda económica para España si Alemania vencía la guerra, así como exhortaciones a Alfonso XIII para que se postulase como mediador en los futuros tratados de paz, y colocase 13
de nuevo a España en el centro de la actividad política internacional. Otras promesas mucho más ilusorias e irreales que en algún momento se llegaron a barajar, se referían a la anexión para España de Tánger y Gibraltar en caso de victoria alemana, e incluso una posible tutela política sobre territorio portugués. Uno de los puntos de máxima intensidad en este debate gubernamental a cerca del acercamiento a uno u otro bando, se produjo a finales de 1915 con la dimisión de Dato. En aquellas circunstancias, el rey cedió a las presiones de Francia e Inglaterra, y colocó como sucesor en el cargo al dirigente del Partido Liberal, y ferviente defensor del bando de la Entente, el conde de Romanones. En aquellos meses, los gobiernos de Romanones y sus sucesores como García Prieto, tuvieron que afrontar además los episodios de inquietud e incertidumbre ante las afrentas provocadas por los submarinos alemanes. 2.2. El gran debate: germanófilos / aliadófilos La división de la sociedad entre germanófilos y germanófilos, si bien es cierto que se produjo, no fue de una forma tan profunda como reflejaban determinados medios de comunicación, que actuaban bajo intereses muchas veces partidistas, defendiendo las posiciones de uno u otro bando. Y es que, aunque España se mantuvo en todo momento neutral oficialmente, sirvió como campo de batalla para la propaganda de los bandos en liza. Así, la sociedad española se fue dividiendo paulatinamente entre aliadófilos y germanófilos, por razones eminentemente ideológicas. El debate se produjo mucho más en las grandes ciudades y en el seno de ámbitos intelectuales (cafés, tertulias), que en espacios rurales y populares, donde caló mucho mejor la idea de neutralidad. Los grandes instigadores de aquellas posiciones eran por tanto los medios de comunicación, creadores de la opinión pública. Los principales representantes de la prensa germanófila eran El Correo Español, ABC, La Tribuna, El Debate o El Universo. Entre los aliadófilos se encontraban La Correspondencia de España, El Liberal, El País, España Nueva o El Diario Universal. También hubo periódicos que se situaron desde el principio en una posición neutral, como La Época o El Imparcial. En realidad, la adhesión a uno u otro bando respondía a la afinidad ideológica con los contendientes, y aunque no puede reducirse a la simple relación derecha-germanófila, e 14
izquierda-aliadófila, sí que la extrapolación al plano nacional de los modelos políticos que representaban las potencias beligerantes permite, de alguna manera, establecer esa asociación. Aristócratas, militares, eclesiásticos y derecha conservadora, defendían con mayor vehemencia el bloque germanófilo, representante del orden y la disciplina autoritaria prusiana. Frente a ellos, los sectores intelectuales, masas obreras y gentes de la izquierda republicana, se afanaban en defender las posturas demócratas y progresistas encarnadas por la Triple Entente, obviando intencionadamente la incomodidad que suponía la pertenencia de Rusia a este bando. También era habitual la defensa por simpatía o antipatía hacia los contendientes, en función de las tradicionales rivalidades históricas internacionales, o de los agravios sufridos por España en algunos episodios relativamente recientes. A ello se refiere el resentimiento hacia Francia y Gran Bretaña por su insolidaridad en la guerra contra Estados Unidos y el desastre del 98, la situación de Gibraltar, o Marruecos. Y hacia Alemania por las Carolinas, o en 1916 por el hundimiento de barcos mercantes españoles (por parte de submarinos alemanes) con pérdidas que superaban las 80.000 toneladas. Los partidos políticos, como no podía ser de otra manera, participaron también y de forma muy activa en el debate. Liberales como Romanones , o radicales como Lerroux, eran 13 fervientes partidarios de la intervención en favor del bando aliado, esgrimiendo argumentos de interés geoestratégico y territorial en el Mediterráneo y Norte de África, y asumiendo que la neutralidad supondría un síntoma de evidente impotencia internacional, así como de falta de iniciativa política. Entre los políticos defensores de una intervención pro-continental, destacó Vázquez de Mella, de ideología carlista, que abrazaba la posibilidad de que una posible victoria germana beneficiase nuestra posición en Europa y nos devolvería Gibraltar. El ejército se manifestó mayoritariamente germanófilo. Sin embargo, los altos mandos militares eran conscientes de la poca conveniencia de intervenir en el conflicto, ya que eran los mayores conocedores de la situación del ejército, y además, las limitadas fuerzas militares se habían volcado en el problema marroquí. No era el caso de la clase de tropa y los oficiales Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, escribió uno de los artículos más importantes de la época a este 13 respecto, titulado Neutralidades que matan, que fue publicado sin firma en el Diario Universal, de Madrid, el 19 de agosto de 1914. En él defendía la participación activa en el conflicto junto a los aliados, en consonancia con la política exterior llevada a cabo por España desde 1900 del lado de siempre de Francia y Gran Bretaña. 15
más jóvenes, para quienes la neutralidad suponía una cierta frustración profesional, y la sensación de incapacidad bélica y exclusión internacional. 2.3. Oficina Pro-Cautivos, una labor personal de Alfonso XIII La Corona se mantuvo desde el principio al lado del Gobierno, en una postura oficialmente neutral y alejada de los encendidos debates de la opinión pública. Además, han de tenerse presentes los vínculos familiares de la Casa Real española con sus semejantes europeas . 14 La figura de Alfonso XIII se ha revelado como una de las más interesantes entre los grandes mandatarios europeos durante la I GM. A pesar de no desempeñar el papel militar que a priori sería indispensable para conseguir una preponderancia en un momento tan eminentemente bélico, su intermediación en favor de las víctimas del conflicto le acabó otorgando una relevancia internacional de primer orden. El monarca español fue muy consciente desde el inicio de la contienda de la inconveniencia de participar en la guerra en cualquiera de los dos bandos. Sin embargo, asumió desde el principio que debía aprovechar la neutralidad para tratar de lograr un rédito, no sólo en favor de la economía de un país abastecedor como España, sino personal, encargarse él mismo de la representación diplomática de un número cada vez mayor de beligerantes. Esto además, le concedería inmejorables credenciales para proponer su candidatura como intermediario en una futura paz, lo cual le reportaría una nueva posición relevante en la política internacional. Su iniciativa más importante fue la creación de una oficina que velase por el socorro y la atención a las víctimas de ambos bandos. El objetivo era el de llevar a cabo tareas de mediación internacional, con el fin de garantizar las condiciones de los prisioneros de guerra. El origen de esta Oficina Pro Cautivos ubicada en el Palacio Real, parece estar en la carta que una mujer francesa de la Gironda, de oficio lavandera (dato que aportaba un matiz emocional al caso), le envió pidiéndole ayuda para localizar a su marido, un soldado francés que había desaparecido tras participar el la batalla del Sambre o Charleroi (Bélgica), en 1914. Alfonso XIII ordenó personalmente la intervención diplomática de los representantes en París y en A la madre del monarca, María Cristina de Habsburgo-Lorena, le correspondían por nacimiento los títulos de 14 archiduquesa y princesa de Hungría, entre otros. Su esposa, María Victoria Eugenia de Battenberg, era a su vez, nieta de la reina Victoria del Reino Unido. 16
Berlín, y finalmente el desaparecido fue hallado en un campo de prisioneros alemán. La noticia se propagó , y no tardaron en llegar cientos de solicitudes suplicando la mediación del 15 monarca español para la resolución de casos similares, que afectaban a soldados y civiles pertenecientes a todos los países beligerantes. Ante tal avalancha de peticiones, el rey vio la gran oportunidad de protagonizar una suerte de misión humanitaria internacional, y decidió sufragar con su propio patrimonio privado la apertura de la Oficina Pro Cautivos, el 14 de octubre de 1914. La oficina comenzó a funcionar desde su propia residencia del Palacio Real de Madrid, gracias a la minuciosa y entregada labor inicial de 4 empleados, que pasó a más de cuarenta trabajadores voluntarios, junto con personal fijo del palacio. Algunos de los casos más particulares, y con tintes especialmente emotivos, fueron hábilmente difundidos en la prensa afín al monarca con intención claramente propagandística. La nueva institución humanitaria, término quizás anacrónico para la época, pero no tan desencaminado a lo que tiempo después serán este tipo de organismos, colaboró en ocasiones también con la Cruz Roja Internacional. Pero esta nueva corporación gozaba de una ventaja fundamental frente a la institución suiza, y era su gran embajador y valedor, nada menos que el rey de España, quien a diferencia de los funcionarios de la organización helvética, tenía comunicación directa con muchos de los dirigentes y altos mandos militares de las grandes potencias en conflicto. Esta condición le otorgaba enormes ventajas en las peticiones y en la negociación. El éxito en las operaciones de búsqueda promovidas por el rey fue incontestable, llegando a repatriar a más de 20.000 prisioneros enfermos y heridos graves, unos 70.000 civiles que habían tenido la desdicha de permanecer en terreno conquistado por el enemigo, y ayudó a otros 137.000 cautivos de ambos bandos, facilitando el contacto con sus familias, y en muchos casos incluso la repatriación. Desde la Oficina Pro Cautivos partieron otras muchísimas iniciativas solidarias desde sus distintos departamentos: se hicieron visitas a numerosos campos de prisioneros para comprobar las condiciones de cautiverio de los reos, se medió en episodios especialmente tensos como los bombardeos a barcos medicalizados, para los que se aseguraron corredores humanitarios, y se normalizó incluso un código de señalización. Hasta intentaron liberar y traer a España a la familia del zar ruso. Le Petite Gironde, diario de Burdeos fue el encargado. 15 17
Fue éste sin duda, uno de los asuntos más importantes, y seguramente del que más se enorgulleció durante su reinado, como confesó tiempo después a sus biógrafos en el exilio en Roma: «Se non termina presto questa guerra, finisco Papa». Por aquella labor, que le reportó un gran reconocimiento internacional, fue candidato al Premio Nobel de la Paz en dos ocasiones, en 1917 y en 1933. Sin embargo, sólo la prensa conservadora más afín como ABC y La Época, exaltó en España la figura del monarca por aquella iniciativa. Por el contrario, otros países como Francia, a través de sus más importantes diarios como Le Journal, Le Figaro, L´Écho de Paris y Le Gaulois, o Gran Bretaña, en las páginas del prestigioso Daily Graphic, sí que homenajearon de manera mucho más abierta la obra altruista del monarca. Además de Alfonso XIII, tomaron parte en aquel importante proyecto algunos personajes muy destacados de la época, como el embajador en Bruselas Rodrigo de Saavedra, Marqués de Villalobar, que acabó siendo nombrado ciudadano de honor en varias ciudades del país por su mediación para las repatriaciones de civiles. O Luis Polo de Bernabé y Pilón, embajador en Berlín. La labor de aquellos diplomáticos no se redujo únicamente a los proyectos humanitarios, sino que además hicieron importantes gestiones de intermediación en las comunicaciones entre aliados y continentales. La oficina desarrolló su actividad durante seis años, entre 1915 y 1921, y tampoco estuvo exenta de críticas. Había quienes censuraron la excesiva participación en asuntos internacionales del Jefe del Estado de un país oficialmente neutral. Frente a aquellas acusaciones, el monarca se defendió argumentando que el cometido de la Oficina era el de «socorrer a los hombres, no a los Estados». Y a pesar de que la mayoría de los expedientes se cerraron con un no hallado o hallado muerto, a lo largo de aquella cruenta guerra que dejó millones de muertos sin identificar, esta institución supuso una esperanza para mucha gente, y liberó de la terrible angustia e incertidumbre a un gran número de afectados. 2.4. Supuesto beneficio económico El estallido de la guerra de 1914 provocó una profunda crisis en España, causada por la incertidumbre inherente a todo conflicto bélico y las posibles consecuencias en el país. Se paralizaron muchas industrias, numerosos obreros perdieron el empleo, se frenaron créditos e inversiones de capital, extranjero fundamentalmente, y también se produjo una vuelta 18
inmediata de muchos migrantes y jornaleros, que desarrollaban su labor en países que en aquel momento entraban en conflicto, como Francia o Alemania. Sin embargo, el transcurrir de los meses, y el afianzamiento de la posición de neutralidad de España, significó a principios de 1915 el tránsito hacia una economía exportadora, encargada de cubrir las necesidades de los países beligerantes, y también de aquellos que hasta ese momento habían sido abastecidos por las potencias que ahora entraban en guerra, caso de naciones americanas, que hasta entonces habían sido clientes de los británicos. La nueva coyuntura mundial permitió un enorme aumento de las exportaciones, a ambos bandos, del que se beneficiaron prácticamente todos los sectores de la maltrecha economía nacional. Algunas empresas alimenticias españolas, fundamentalmente gallegas, se especializaron en la producción de conservas y comida enlatada especial para enviar al frente. La industria militar vasca aumentó de manera espectacular la producción y venta de armas ligeras , que emplearon los ejércitos aliados, sobre todo el francés y el italiano. La minería 16 asturiana también experimentó un gran desarrollo, sobretodo la asociada al carbón. Otro de los sectores beneficiados fue el textil catalán, que abasteció a los ejércitos de uniformes y prendas militares. A esta ola de prosperidad, se unieron los sistemas de comunicaciones y medios de transporte, sobretodo marítimos, que experimentaron un desarrollo tan espectacular como necesario. El sector bancario tampoco se quedó al margen de este nuevo tiempo, y supo aprovechar las nuevas oportunidades comerciales en una situación que facilitó la actividad conjunta de bancos nacionales y extranjeros. La guerra supuso en consecuencia un aumento muy importante de los beneficios comerciales para nuestro país. Ello permitió liquidar una gran parte de las deudas, aumentar las reservas de oro, e incluso se realizar algunas inversiones en el exterior. Sin embargo, el crecimiento económico que experimentó el país careció de un plan nacional integrador, y provocó importantes desigualdades sectoriales y territoriales en la distribución de los beneficios. Los efectos negativos vinieron asociados, en primer lugar, al desequilibrio geográfico industrial del país. Los sectores que más beneficios obtuvieron de la nueva situación se encontraban concentrados en las zonas Norte y Noreste del país, en contraposición con el resto del territorio nacional, cuya economía eminentemente agraria, se Como el fusil Mauser, la pistola Campo Giro, o la Ruby-Cebra. 16 19
marítima, y a recibir compensaciones económicas que ayudasen a sufragar la gran deuda contraída con EEUU; Las aspiraciones del representante norteamericano, W. Wilson, pasaban por el establecimiento de una paz lo más estable y duradera posible, para lo cual tuvo que actuar muchas veces como contrapunto frente a las abusivas exigencias francesas. Propugnaba además, el establecimiento de nuevas fronteras ajustadas a las viejas identidades nacionales, y su proyecto más optimista: la creación de La Sociedad de Naciones. Finalmente, el Tratado de Versalles impuso a la nación alemana un serie de cláusulas de carácter territorial, militar y económico. Territorialmente, Alemania perdería Alsacia y Lorena, que volvían a Francia ; también perdía la zona minera del Sarre que pasaría también 23 a territorio francés, pero administrado durante 15 años por la Sociedad de Naciones; se prohibía explícitamente la unión de Alemania y Austria; pérdida de todas las colonias alemanas, que pasarían a ser administradas por la Sociedad de Naciones, y posteriormente por las potencias aliadas. Militarmente, se establecieron una serie de restricciones encaminadas a cercenar el poder bélico de los alemanes, como la reducción del ejército alemán a un máximo de 100.000 efectivos, supresión del servicio militar obligatorio, prohibición de poseer armas pesadas (tanques, aviones y submarinos), entrega de toda la flota de guerra alemana a los aliados como adelanto de las indemnizaciones, disolución de su Estado Mayor, y desmilitarización de la zona de Renania. El pago de reparaciones que se imponía por los daños causados, se planteó inicialmente para costear la reconstrucción de las zonas invadidas militarmente de Francia y Bélgica, así como la indemnización a la población civil afectada. Pero inmediatamente se incluyeron cláusulas que imponían el pago de los préstamos de guerra de los países aliados, pensiones perpetuas de viudedad y de incapacidad de los soldados, y en general todos los gastos derivados de una guerra atroz de la que se hacía única responsable a Alemania. Importantes economistas de la época como J. M. Keynes, quien dimitió precisamente de su puesto como miembro de la delegación británica, advirtieron ya entonces del peligro de establecer unas compensaciones económicas excesivamente duras, y alertaron de las Francia había perdido estos territorios en favor de Alemania, tras la Guerra Franco-Prusiana, en 1871. 23 26
consecuencias que ello podría tener como germen de movimientos de contestación e ideologías populistas, y del estallido de futuros conflictos: «Si provocamos deliberadamente el empobrecimiento de Europa central, me atrevo a predecir que la venganza no tardará» . 24 El documento de Versalles fue además elaborado sin ningún tipo de consulta a los afectados, de tal modo, que cuando en mayo los aliados se lo presentaron a los alemanes, éstos se negaron a firmarlo. Al final, y tras un cambio de Gobierno, los nuevos representantes de la administración republicana firmaron el tratado. Para los alemanes era una absoluta humillación por varias razones. En primer lugar, veían imposible cargar con el pago de tales cantidades y a la vez rehacer el país tras una guerra tan devastadora. Tampoco aceptaban la responsabilidad que les atribuían aquellas actas como únicos causantes de la guerra. Por otro lado, existía la sensación en su ejército y entre la población, de que realmente no se había perdido la guerra, sino que habían sido engañados y traicionados por socialistas, las élites económicas y los judíos en la retaguardia, que aprovecharon aquellas circunstancias para dar una puñalada por la espalda a la nación (dolchstoss), y conquistar el poder. La firma del armisticio se llevó a cabo por tanto sin la percepción de los alemanes de haber sido derrotados debido a que, salvo en Renania, la población nunca había visto fuerzas de ocupación aliadas en territorio germano. Las tropas francesas jamás entraron triunfalmente en Berlín, como sí lo habían hecho los alemanes en 1871 en París. La creación de una institución supranacional, que regulase las relaciones políticas internacionales con el fin de asegurar una paz perpetua, había sido una aspiración compartida por numerosos políticos y filósofos ya en el pasado. El objetivo que se buscaba conseguir después de la guerra de 1914, pasaba por la articulación de un sistema de solidaridad y diálogo entre naciones, que terminase con la diplomacia secreta tradicional y las alianzas militares, que tantos fracasos habían provocado en las resolución de conflictos. Se trataba de aplicar en el plano político el modelo de relaciones que en otro tipo de ámbitos - religioso, técnico, ideológico, económico o científicose venían entablando a través de asociaciones u organizaciones internacionales privadas. MAYNARD KEYNES, John, Las consecuencias económicas de la paz, Barcelona, Planeta, 2013. La obra fue 24 publicada en 1919. 27
No parece fruto de la casualidad, que fuera precisamente el presidente de los EEUU, quien de manera más impulsiva defendiese la necesidad de este proyecto. Los Catorce Puntos habían nacido como una iniciativa personal del presidente Wilson , en virtud de los cuales se 25 debería de edificar el futuro proyecto de paz eterna. El último de aquellos Catorce Puntos establecía la creación de una asociación general de las naciones, que además de ofrecer garantías recíprocas de independencia política e integridad territorial para los estados, debería corregir las imperfecciones y desajustes que pudieran derivarse. A la propia personalidad, de alguna manera políticamente utópica de Wilson, quien manifestaba una fe casi ingenua en la naturaleza pacífica del hombre, la hermandad de los pueblos y la armonía del mundo si se cimentaba sobre los valores democráticos, habría que añadir el hecho de que el concepto de SDN era esencialmente norteamericano, como contraposición al de la Realpolitik, que tan ineficaz se había mostrado en el sistema de equilibrio de poderes europeo. Propugnaba Wilson en definitiva, un nuevo orden mundial: «Debe haber no un equilibrio de poder, sino una comunidad de poder; no rivalidades organizadas, sino una paz organizada común» . 26 La creación finalmente de la comisión de la Sociedad de Naciones, en su sesión plenaria del 25 de enero de 1919 en el seno de la Conferencia de Paz, vino acompañada por las airadas protestas de las potencias pequeñas, por la exclusividad inicial de pertenencia de los llamados Cuatro Grandes. Cuando se aprobó finalmente su creación con el Tratado de Versalles en el mes de junio, se concedió la presencia de nueve representantes para los países «menores». Fueron presentados en el Congreso de los Estados Unidos el 8 de enero de 1918. 25 Discurso ante el Senado, el 22 de enero de 1917. 26 28
4. LA SOCIEDAD DE NACIONES Y ESPAÑA El nacimiento de la SDN se produjo al albor de unas enormes expectativas de cambio en el tipo de relaciones diplomáticas entre naciones, y a pesar de no haber sido capaz de solucionar muchas de las tensiones surgidas tras los acuerdos de paz de 1919, sí que cumplió con uno de sus objetivos primigenios, que fue el de servir como espacio neutral para el debate y la contraposición de ideas entre potencias, durante el periodo de entreguerras. Ginebra se erigió en el centro neurálgico de la diplomacia mundial. El objetivo principal de construir unas condiciones idóneas para el mantenimiento de la paz y la estabilidad a través del diálogo y la cooperación, se vio sin embargo entorpecido por algunos errores de partida. Por un lado, el excesivo carácter euro-americano hizo que no se respetara suficientemente la vocación universalista inicial, y así, el carácter tan marcadamente jerárquico de la institución provocó que muchas de las intervenciones que se llevaron a cabo se debieran, más a la posible implicación o interés de las grandes potencias, que a la gravedad y urgencia de los propios conflictos. Por otro lado, nunca llegó a desaparecer del todo a lo largo del cuarto de siglo de su existencia, la tensión subyacente entre los defensores de los tratados de París, y las potencias defensoras de una corriente «revisionista». 4.1. Éxitos, limitaciones y fracasos La estructura orgánica de la nueva institución la formarían el Consejo, integrado por los cuatro miembros permanentes (Francia, Inglaterra, Italia y Japón) y otros cuatro no permanentes. Su función esencial sería el ambicioso proyecto de defensa y mantenimiento de las condiciones adecuadas para la paz mundial. La Asamblea General, con sede en Ginebra, constituyó el foro de debate de los estados miembros. Y la Secretaría Permanente, era la encargada de la elaboración de los documentos y orden del día de las sesiones de la Asamblea. El complejo periodo de entreguerras ha sido tratado por la historiografía muchas veces a partir de la evolución histórica de la SDN como marco o eje vertebrador de las relaciones internacionales. Para su análisis, se ha utilizado la periodización clásica que estableció Frank P. Walters en cuatro fases : (1920-1924) primera etapa, que se corresponde con los años de la 27 NEILA HERNÁNDEZ, José L., La Sociedad de Naciones, Madrid, Arco Libros, 1997, pp. 45 y ss. 27 29
difícil posguerra, en la que se trataron de implementar los acuerdos de paz, así como de poner en funcionamiento las nuevas reglas de seguridad y cooperación colectiva; (1924-1931) años del «Espíritu de Ginebra», quizás los más fructuosos del periodo interbellum para la SDN; (1931-1936) tiempo de comprobación de su firmeza ante los retos de las potencias revisionistas y la tensión internacional; (1936-1939) periodo final de declive e inmovilidad política. Pero la SDN tuvo que afrontar algunos desafíos muy importantes que marcaron su devenir. La exclusión de las negociaciones de los países derrotados, y sobre todo de Rusia, condicionaron en gran medida el éxito de unas resoluciones que carecieron un acuerdo realmente global. A ello habría que añadir la ausencia de EEUU, principal valedora, cuyo senado rechazó su adscripción en marzo de 1920. Otra limitación fue la exigencia de unanimidad que se requería para la aprobación de las resoluciones del Consejo, así como la falta de instrumentos orgánicos de autoridad impositiva. La nueva corporación carecía de mecanismos de específicos de presión, y su fuerza residía en las obligaciones y los compromisos -morales, en gran medidaque habían asumido los estados. Además, las grandes potencias, sobretodo europeas, nunca creyeron demasiado en la operatividad de la nueva diplomacia, y continuaron defendiendo sus intereses mediante la práctica de acuerdos bilaterales y multilaterales secretos. También fue muy perjudicial la oposición del ejército, de sus generales y mariscales, de cuyas decisiones había dependido el futuro de millones de almas en los últimos cuatro años, y que veían en ese nuevo tiempo peligrar su posición social, su esencia misma, su protagonismo hasta aquellos días incuestionado. La reducción del gasto militar, y sobretodo la eliminación del servicio obligatorio, mermaban definitivamente la autoridad que los mandos castrenses tenían en aquella sociedad. El concepto de paz eterna, en definitiva, chocaba frontalmente con la existencia misma de los ejércitos. La demora en la implementación de las ambiciosas medidas de Wilson también jugó en su contra, y del entusiasmo inicial por las ansias de paz de la gente, se pasó en poco tiempo al pesimismo por la lentitud de los acuerdos, por la dilación en el tiempo de unas medidas que 30
no llegaban, y por la desesperación de miles de europeos incapaces aún de conocer las nuevas fronteras a las que pertenecería su comarca. 4.2. España y la Sociedad de Naciones: ingreso, participación y el papel de los diplomáticos españoles La entrada de España en la SDN no fue un camino sencillo. La deficiente calidad democrática del Estado chocaba frontalmente con uno de requisitos establecidos por Wilson para su admisión. A pesar de ello, los representantes de la incipiente corriente internacionalista que por aquellos años se desarrollaba en España, no se resignaron a continuar en el ostracismo mundial de los últimos años, y decidieron negociar directamente con el presidente norteamericano . El encargado de tratar el tema fue Álvaro Figeroa, el 28 conde de Romanones, quien se desplazó hasta París a principios de 1918 para justificar la neutralidad de España en la guerra y conseguir, a pesar de la situación política interna, un sitio en la Sociedad. Finalmente España logró una invitación a ocupar un puesto no permanente en el Consejo de la SDN , en buena parte como recompensa por su condición neutral durante la 29 guerra . En noviembre de 1918, el Gobierno creó una Comisión para valorar las distintas 30 posibilidades, y finalmente, el 21 de julio de 1919, se aprobó el Real Decreto que permitía al Gobierno español la adhesión a la Sociedad , siendo sancionada por el rey el 14 de agosto. 31 La decisión no estuvo exenta de debate público. El hecho de que saliesen como vencedoras de la guerra las potencias democráticas y liberales, condicionó decisivamente los valores que orientarían la actividad de la SDN, y obligarían a los estados que aspirasen a integrarse en su seno, a tener que profundizar en la aplicación de esos mismos valores en sus propias ALGUACIL CUENCA, Pedro, «España: de la Sociedad de Naciones a Naciones Unidas», en Anales de 28 Derecho, 24 (2006), pp. 305 y ss. El artículo 4.1 del Pacto, asignaba a España un puesto como miembro no permanente en el Consejo, lo mismo 29 que a Bélgica, Brasil y Grecia. GAMARRA CHOPO, Yolanda y FERNÁNDEZ LIESA, Carlos R. (coords.) Los orígenes del Derecho 30 internacional contemporáneo. Estudios conmemorativos del Centenario de la Primera Guerra Mundial, Zaragoza, Actas, 2015, p. 289. Gaceta de Madrid, nº 212, 31 de julio de 1919. 31 31
instituciones. Así las cosas, el debate se trasladaba a la opinión pública española, no sólo en los términos que contraponían mayor participación internacional contra independencia y defensa de la soberanía nacional, sino en términos de mayor o menor reforzamiento del sistema democrático. En este sentido, tres fueron las posiciones que aglutinaron a la mayor parte de la ciudadanía española. Se erigieron como principales defensores del ingreso en la SDN, los sectores sociales cuyas posturas progresistas instaban a los poderes públicos a afianzar los preceptos liberales y democráticos en las estructuras internas del país. El centro del espacio político, representado tradicionalmente por el Partido Liberal, defendía la entrada de España en el nuevo juego diplomático internacional, pero se mostraba más reacio a la modificación del régimen político interno. El Partido Conservador, por su parte, se inclinaba por un papel mucho más neutral en el panorama internacional de España, ante la amenaza que supondría una incursión más profunda en aquellos asuntos, en detrimento de la sacrosanta soberanía nacional. Los sectores más reaccionarios, como los carlistas y algunos miembros del ejército, se manifestaron directamente en contra, en consonancia con las posiciones que habían mantenido durante la guerra, en favor de las potencias derrotadas y sus postulados políticos. La entrada de España finalmente en la SDN, supuso la modificación de algunas instituciones que hasta el momento desarrollaban la administración de la política exterior, así como la creación de nuevos organismos que gestionasen el nuevo marco organizativo. Inicialmente se creó la Oficina de la SDN en mayo de 1920, dependiente del Ministerio de Estado . Se encargaría de la provisión y gestión de todas las cuestiones, que relacionadas con 32 la Sociedad, debían tramitar los representantes españoles en Ginebra . La llegada de la 33 dictadura de Primo de Rivera no supuso grandes modificaciones en la actividad de la Oficina, hasta que en 1926, España notificó su retirada como protesta ante la negativa de conceder el mandato de administración en Tánger. La vuelta a la SDN dos años más tarde no implicó la continuación inmediata de la Oficina, y hubo de esperar hasta el final del régimen de Primo de Rivera para su restablecimiento, integrada esta vez como parte del Ministerio del Estado. Con BLEDSOE, G. B., «La Oficina Española de la Sociedad de Naciones», en Revista de Política Internacional, 32 del Instituto de Estudios Políticos, 1973, pp. 123-131. En aquel momento, José María Quiñones de León. 33 32
la declaración de la República, se produjo una cierta pérdida de autonomía, y pasó a constituirse como una sección dentro de la Dirección de Asuntos Políticos. Salvador de Madariaga fue el diplomático delegado para la participación española en la SDN durante este periodo. La sublevación militar de Franco puso fin a la presencia española en la sociedad, y lógicamente a la institución que la gestionaba en nuestro país. La periodización establecida en este caso por F. Quintana , permite analizar la 34 participación española en la SDN, en cuatro fases: el primer periodo (1920-1924), de la «España complaciente» como la denominó Quintana, se caracterizó en general por una actitud de agradecimiento por permitir el ingreso en la SDN y en el marco de las relaciones internacionales, como un miembro más. J. M. Quiñones de León, asumió en sus inicios la representación española en el Consejo, y su actividad estuvo marcada por una cierta inclinación hacia posturas pro-francesas, tratando incluso de menoscabar el papel de la Oficina de la SDN en favor de la embajada española en París, para la intermediación y las comunicaciones. Durante los años siguientes (1924-1930), la «España enojada» pasó a adoptar una postura más inconformista, que le llevó a reclamar conjuntamente con otras potencias de segunda fila, un puesto permanente en el Consejo. El Gobierno de la dictadura asumió aquella demanda, junto con las referidas a las ambiciones españolas en Marruecos, como asuntos de prestigio y orgullo patrio, y al no ser satisfechas, se optó por una retirada, que finalmente fue temporal. Se puso de manifiesto en aquellos momentos, la naturaleza claramente interesada de las pretensiones diplomáticas españolas, que durante los años de la dictadura no buscaban en las nuevas instituciones sino la consecución, de la manera que fuese, de sus objetivos en política exterior. El periodo republicano (1931-1936), se caracterizó por una «España implicada» que pretendía, al socaire de las políticas desarrolladas por las grandes potencias democráticas, intensificar la implantación de los postulados democráticos en nuestro país, orientando a su vez su posición internacional, hacia la tradicional neutralidad pragmática, en vista del cariz QUINTANA NAVARRO, Francisco, «La política exterior española en la Europa de entreguerras: Cuatro 34 momentos, dos concepciones y una constante impotencia», en TORRES GÓMEZ, Hipólito de la (coord.), Portugal, España y Europa. Cien años de desafío (1890-1990). III Jornadas de Estudios Luso-Españoles, Mérida, UNED, 1991, pp. 51 y ss. 33
pre-bélico hacia el que viraba el panorama internacional. La SDN se había convertido para los intelectuales republicanos, en el referente que en política exterior debía seguir el país. Ortega y Gasset, Salvador de Madariaga, Álvarez del Vayo, o López Oliván, aseguraban que la prosperidad de nuestro país en el futuro pasaba incuestionablemente por la progresiva integración en el plano internacional y sobretodo europeo. Política nacional e internacional debían caminar de la mano y en la misma dirección, sobre la senda democrática europea. El gobierno republicano fue aun más allá en sus pretensiones modernizadas y pacifistas, incluyendo precisamente una renuncia expresa a «la guerra como instrumento de política nacional», en el artículo 6 de la Constitución de 1931 . 35 La «España herida» (1936-1939), que ya no pertenecía a la SDN, solamente adquirió un papel central en la política internacional del momento, como uno de los escenarios en los que se manifestó la situación de tensión que precedieron a la II GM. 4.3. Legado y trascendencia histórica de la Sociedad de Naciones La SDN desapareció oficialmente en 1946, aunque desde 1939 ya no cumplía ninguna función en la práctica. Una precipitada valoración podría llevarnos a considerar, equivocadamente, que fracasó en su misión primigenia de mantener el equilibrio y la paz entre países para la que había sido ideada, debido a que no fue capaz de evitar una nueva Guerra Mundial sólo veinte años después. Sin embargo, esta valoración superficial es sumamente injusta, y si hacemos un análisis pormenorizado del legado que trascendió, podremos llegar a la conclusión de que el balance fue más positivo de lo que habitualmente se considera. La SDN supuso en primer lugar, el antecedente necesario para el establecimiento de las relaciones internacionales desarrolladas durante el resto del siglo XX, que con los correspondientes matices, se mantienen todavía vigentes, y cuyos principios siguen siendo la paz y la seguridad mundial. Su diseño implicó una fórmula absolutamente novedosa en las relaciones internacionales, que sustituía el viejo sistema de alianzas y pactos secretos, por la La aprobación de este artículo en la Carta Magna, significaba la explícita alienación de España dentro de la 35 corriente pacifista internacional, reconocida no sólo en el Pacto de la SDN, sino en los convenios de La Haya de 1907, o el Pacto de Briand-Kellog de 1928. 34
nueva diplomacia multilateral institucionalizada. El nuevo escenario alentaba a la cooperación voluntaria de los estados, que bajo el respeto siempre de sus correspondientes soberanías, serían los responsables del mantenimiento de una paz y seguridad que beneficiaría a todos. La creación de las Naciones Unidas después de la II GM habría sido totalmente distinta, y con toda seguridad mucho menos exitosa, sin la experiencia adquirida a partir de las enseñanzas, y por supuesto también los errores, emanados de la vieja SDN. La estructura organizativa, compuesta por el Consejo, la Asamblea y y la Secretaría, sirvió de modelo para las posteriores Naciones Unidas, que lo adaptaron a su configuración institucional. También se puede establecer una similitud entre el Pacto de la Sociedad y la Carta de las Naciones Unidas, ambas elaboradas por los vencedores de una guerra, y sobre las que proyectaron sus propios principios políticos y económicos. Este fue uno de los aspectos que permitió en ambos casos una preeminencia de las grandes potencias, las cuales, fortalecidas tras cada una de las dos guerras, gozaron de una situación privilegiada, tanto en la defensa de sus intereses, como en la orientación de las resoluciones en su favor. Como aspecto más negativo, cabría señalar que ninguna de las dos instituciones fue capaz de impedir conflictos armados, ni de castigar severamente a quienes quebrantaron el Pacto o la Carta. 35