Miguel Ángel Hernández, Yo estoy en la imagen. Ensayos afectivos y ficciones críticas
Abstract
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SIGLO XXI.LITERATURA Y CULTURA ESPAÑOLAS, 22 (2024): 653-656 E-ISSN 2172-7457 Miguel Ángel Hernández, Yo estoy en la imagen. Ensayos afectivos y ficciones críticas, Barcelona, Acantilado, 2024, 272 pp. Reseña de acceso abierto distribuida bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC-BY 4.0). / Open access review under a Creative Commons Attribution 4.0 International License (CC-BY 4.0). DOI: https://doi.org/10.24197/sxxi.22.2024.653-656 Autobús Salamanca-Valladolid, el sol se está terminando de poner y no entra en mis planes posponer la lectura de Yo estoy en la imagen. Intento encender la luz cenital. No funciona. Cierro el libro, resignada, pero en ese momento una bombilla centellea en mi mente: la linterna regulable de mi móvil es la solución. La enciendo, a pesar del gesto de disgusto de mi compañero de ruta, y se proyecta ante mí algo a lo que no había prestado atención: la inquietante sombra del hombre de la portada. Acudo rápidamente a los créditos: “En la cubierta, Una sombra en el suelo, de Sheikh Basharat”. Lo acepto, como se aceptan las verdades universales, pero en mi cabeza otra idea resuena con más fuerza: la sombra de la portada es la de Miguel Ángel Hernández. No volví a abrir el libro en lo que quedaba de viaje, sino que me quedé atrapada por la imagen durante un tiempo que no sé determinar. Acababa de estar con el autor y podía aseverar que el de la portada era él. No me era necesario intuir su rostro; había algo que me hacía querer creer que, desde un primer momento, él estaba en la imagen. Mi instinto lector me invitaba a adentrarme en sus páginas, pero la sombra ejercía una atracción demasiado poderosa, como si existiese un enigma que resolver antes de poder sumergirme de lleno en la lectura de los textos. El hecho de abordar un libro de ensayos siempre es algo que se nos antoja complejo, complicado; pero este sentimiento no te invade cuando la pluma que se esconde detrás es la de Miguel Ángel Hernández. Esto es lo que ocurre con Yo estoy en la imagen. Ensayos afectivos y ficciones críticas (2024). Desde un primer momento, eres consciente de que te estás adentrando en un conjunto de textos que va más allá de lo que podemos entender como ensayo: estás a punto de comenzar un recorrido por la memoria, la vida y las obsesiones del autor, trazado a través de los temas que son parte esencial de su pensamiento y de su realidad. El “Prólogo: reflejos e intersticios” (pp.9-22) actúa como una suerte de brújula para poder abordar esta compilación de textos que, como el propio autor señala, siempre ha sentido que “se ubican en una especie de tierra de nadie” (2024: 13). Gracias a la orientación de Miguel Ángel Hernández,
654 Reseña SIGLO XXI. LITERATURA Y CULTURA ESPAÑOLAS, 22 (2024): 653-656 E-ISSN 2172-7457 podemos adentrarnos en este ensayo-ficción, dividido en cuatro secciones que aúnan escritos relacionados con diferentes temáticas: “I. Imágenes (punzantes)”, “II. Tiempos (retorcidos)”, “III. Espacios (desplazados)” y “IV. Memorias (alteradas)”. Jugando con la formación de estos títulos, el autor se permite desvelarnos, aunque de forma muy sutil, cuál va a ser el hilo que entrelace los textos que habitan cada una de estas secciones. El hecho de que la división sea temática y no, por ejemplo, temporal, permite al lector sumergirse en las problemáticas que plantea Hernández y, también, facilita una lectura más inmersiva ya que, durante las páginas que abarca cada capítulo, se puede poner el foco en un eje temático concreto. La primera sección, “Imágenes (punzantes)” (pp. 25-118), reflexiona, mediante seis textos, sobre la importancia de la mirada y del espectador a la hora de la recepción de la imagen. La idea de Barthes del punctum es una de las cuestiones clave a la hora de comprender la relevancia que cobra la responsabilidad del espectador y de su mirada cuando se aborda una imagen. Esto lo resume a la perfección una de las frases clave del primer texto: “es necesario abrirse a la imagen, dejarse herir por ella, abrazar nuestra fragilidad y romper la pantalla de seguridad que nos aísla del mundo” (2024: 28). Las reflexiones de Miguel Ángel Hernández surcan toda clase de medios en los que la imagen es el centro de atención: las fotografías que acompañan las noticias de los periódicos, las imágenes que muestran la catástrofe, grabaciones caseras que se convierten en instalaciones artísticas complejas, una novela que nunca fue de Bellatini, una carta llena de confesiones emocionantes a su querido José Luis Brea o los dibujos totalmente punzantes y angustiosos de Javier Pérez. El autor escoge una selección de textos idónea para familiarizarnos con sus ensayos-ficciones y descubrir, como él ya adelantaba en el prólogo, que no nos encontramos ante un ensayo tradicional, sino ante unos textos que buscan más la reflexión personal que una tesis general. La segunda colección de textos, “Tiempos (retorcidos)” (pp. 123- 175), conforma una perfecta definición de lo que el autor nos quiere transmitir con sus ensayos afectivos. A lo largo de los cinco escritos que conforman este capítulo, Miguel Ángel Hernández logra trazar un camino en el que seguimos los pasos de una de sus grandes obsesiones (confesas): el filósofo alemán Walter Benjamin. Como el propio autor menciona al comienzo de “Benjamin en Williamstown (la sombra que no cesa)”: “No importa sobre lo que hable o escriba, su obra acaba condicionando mi mirada, mi voz y mi posición ante el mundo” (2024: 165). Miguel Ángel Hernández logra retorcer algunos de sus recuerdos hasta conseguir que conjuguen a la perfección con imágenes que
Reseña 655 SIGLO XXI. LITERATURA Y CULTURA ESPAÑOLAS, 22 (2024): 653-656 E-ISSN: 2172-7457 conmocionaron al mundo, como el atentado del 11-S, o con imágenes que supusieron una importante reflexión para el autor, como las obras del artista Pablo Genovés. La afectividad, tan relevante a la hora de la recepción, es una de las claves dentro de estos textos. Esta permite al lector cuestionarse sus propios sentimientos y sensaciones cuando recibe algunas de las imágenes que se encuentran insertas en el libro, como el daguerrotipo tomado en ese trágico 11-S o una fotografía, tomada por el propio autor, de la tumba de Benjamin. El tercer apartado responde al título de “Espacios (desplazados)” (pp. 179-212) y, en él, nos encontramos ante una mezcolanza de textos muy curiosa y atrevida. Los cuatro escritos que comprende este apartado conjugan elementos reales con unas autoficciones de lo más llamativas: desde un astronauta con nostalgia marciana hasta un habitante del futuro que escucha cómo doblan las campanas por el arte. Si hay algo verdaderamente llamativo de estos textos es lo bien que se entrelazan las referencias reales, como la serie de fotografías A los que viajan, de Mar Sáez, hasta la serie de Netflix How to build a sex room. Miguel Ángel Hernández sabe, perfectamente, cómo habitar y construir ese limbo en el que el factor real y el factor ficticio se dan la mano, generando unos relatos que se escapan a lo habitual en un libro de ensayos, pero que encajan a la perfección dentro de esas “ficciones críticas” de las que nos habla el autor. Finalmente, el último repertorio de textos se encuentra tras el título “Memorias (alteradas)” (pp. 217-256) y aborda, mediante unos juegos ficcionales, el tema de la paramnesia y cómo, a veces, recuerdo e imagen no se corresponden entre ellos. El título de este volumen cobra todo el sentido en el antepenúltimo texto, “La imagen-sumidero”, cuando el autor confiesa lo siguiente: “Yo estoy en la imagen. Pero la imagen no está en mí” (2024: 218). El debate entre la realidad generada por un recuerdo y la realidad a la que nos ancla una fotografía es el tema central de los tres escritos que componen el final de Yo estoy en la imagen. Pasado, presente y futuro (posible) se entrelazan en esta línea espaciotemporal generada por Miguel Ángel Hernández mediante estos tres textos que dejan al lector con muchos interrogantes abiertos y ante un abismo de dudas al que asomarse. Inteligencia artificial, Barthes y confesiones del propio autor se dan la mano en unos escritos muy personales, pero que siempre dejan espacio para una reflexión propia. La idea del recuerdo convertido en imagen ya resuena con fuerza desde hace tiempo en voces como la de Isaac Rosa y su relato “Recuerda”, incluido en Tiza roja (2020), aunque en “Post: «Post Mortem»/Postfoto” se presenta con un enfoque más personal y menos abstracto, lo que genera dudas
656 Reseña SIGLO XXI. LITERATURA Y CULTURA ESPAÑOLAS, 22 (2024): 653-656 E-ISSN 2172-7457 sobre si esto será posible en un futuro cercano o si se trata únicamente de meras ensoñaciones. Miguel Ángel Hernández, gracias a la intensidad de su narrativa, nos hace dudar, en todo momento, sobre si no tendrá escondida en el sótano una suerte de máquina del tiempo para poder narrar de forma sumamente vívida un futuro tan factible. Gracias a la prosa de Hernández, el profundizar e, incluso, el involucrarse en estos ensayos-ficciones, es un gesto totalmente natural. Desde el primer párrafo, el lector es consciente de que no se enfrenta a un ensayo de una complejidad abrumadora, pero al final de cada texto, la sombra de la duda, conjugada con el asombro, se posa en la mente y es imposible desarraigarla. Todos nos hemos sorprendido al encontrarnos en una imagen e intentar bucear en el océano de recuerdos que surca nuestra mente para recuperar ese momento, fracasando en el intento. Como si se tratase de un pecio, los restos de ese recuerdo de se han posado en el fondo abisal y es imposible recuperarlo; aunque siempre sale algo a flote, aseverando que sigue ahí, latente, pero real. Si hay algo que no va a caer en el olvido es esta colección de ensayos y ficciones, ya que la forma de escribir de Miguel Ángel Hernández te atrapa y no suelta amarras. Cierro el libro. Le devuelvo la mirada, en un intercambio de sombras, al hombre de la portada. Una luz, al fondo de la imagen, me llama la atención. ¿Estaba esa luz cuando tomé el libro entre mis manos por primera vez? ¿O quizá sea yo, con la linterna de mi móvil, intentando dilucidar qué es lo que me espera más adelante? ¿Acaso no soy yo la que está en la imagen? MARÍA SOTELO RODRÍGUEZ Universidad de Valladolid [email protected]