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Conocer Castilla y León a través de su literatura: seis miradas contemporáneas

Morán Rodríguez, Carmen

Abstract

Producción Científica

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CONOCER CASTILLA Y LEÓN A TRAVÉS DE SU LITERATURA: SEIS MIRADAS CONTEMPORÁNEAS CARMEN MORÁN RODRÍGUEZ UNIVERSIDAD DE VALLADOLID El estudio de la literatura como complemento de la adquisición de una lengua extranjera puede presentar interés no solo por sí mismo, sino como vehículo de conocimiento de una cultura, una geografía, un paisaje, etc. Partiendo de esta idea, hemos diseñado una propuesta de curso en doce clases de una hora de duración, destinada a transmitir a los estudiantes, con algunas nociones sobre varios escritores de Castilla y León, un conjunto amplio y variado de conocimientos sobre las provincias y ciudades de esta comunidad autónoma: su geografía, su paisaje, su historia remota y reciente, sus costumbres, su gastronomía, etc. Para ello, en primer lugar es necesario acotar los autores y las obras que se ofrecerán al estudiante como punto de partida. En el diseño de este curso, hemos elegido seis obras de seis autores diferentes: – Carmen Martín Gaite, Entre visillos – Luciano González Egido, El cuarzo rojo de Salamanca – Luis Mateo Díez, La fuente de la edad – Julio Llamazares, El río del olvido – Miguel Delibes, El hereje – Gustavo Martín Garzo, El valle de las gigantas Todas las obras son novelas, a excepción de El río del olvido, de Julio Llamazares, que es un libro de viajes (lo que no invalida su dimensión ficcional y narrativa). La elección obedece en parte a gustos personales (podrían elegirse 28. ACTAS XLVII AEPE GIJON (1ª)_Maquetación 1 04/07/13 10:26 Página 277 otras obras que a buen seguro también resultarían eficaces para la transmisión de conocimientos acerca de las provincias castellanas y leonesas), pero también se ha tratado de cubrir, a través de este conjunto de libros, tres provincias en su presente y su pasado histórico, en una dimensión realista y en una dimensión fantástica, en su ámbito rural y en su ámbito ciudadano. Así, Entre visillos, de Carmen Martín Gaite, retrata la ciudad de Salamanca en la posguerra, mientras que El cuarzo rojo de Salamanca, de Luciano González Egido se desarrolla en la misma ciudad, pero en los primeros años del siglo XIX, durante la invasión francesa. Gustavo Martín Garzo, en El valle de las gigantas ofrece una visión de la provincia de Valladolid, concretamente del pueblo de Tordesillas, también en los años posteriores a la guerra civil; El hereje, de Miguel Delibes, revive, a través de una sólida documentación, el Valladolid del siglo XVI (fundamentalmente, el núcleo urbano, pero también con ocasionales referencias al entorno rural). En esta ponencia, únicamente ilustraré el método con alusiones necesariamente apresuradas a cada una de ellas. Naturalmente, en cada caso será precisa una breve introducción a cada uno de los autores, su época y la corriente estética a la que se adscriben. Hay que tener en cuenta que es posible que los estudiantes no tengan conocimientos previos de la historia de la literatura española, y por lo tanto esta información deberá simplificarse, sintetizando aquellos rasgos históricos y estéticos fundamentales: por ejemplo, en el caso de Carmen Martín Gaite habrá que hacer referencia, claro está, al régimen franquista y el código de comportamientos sociales y sexuales que impuso entre los jóvenes (muy especialmente, entre las mujeres, a través de la Sección Femenina, las revistas y lecturas para muchachas, los programas radiofónicos, etc. La propia Martín Gaite ofreció un excelente estudio en Usos amorosos de la posguerra española). El orden en el que se abordarán las tres provincias comprendidas por el curso es libre; sin embargo, al estudiar Salamanca, resulta preferible comenzar por la obra de Carmen Martín Gaite, que recrea la ciudad en la posguerra (si bien nunca se menciona el nombre de la ciudad, es fácilmente identificable con la Salamanca natal de la escritora), ya que el entorno que refleja resulta más cercano a nuestra época. Una vez vista la ciudad a mediados del siglo XX, pasaríamos a analizar el escenario de El cuarzo rojo de Salamanca, que es la ciudad y su alfoz en los primeros años del siglo XIX. Así, los estudiantes pueden ver el contraste entre la Salamanca moderna (aunque pasada) y la Salamanca de dos siglos atrás, que a buen seguro sorprenderá, no solamente por los cambios que efectivamente se han producido en el transcurso del tiempo, sino quizá más por cuánto se mantiene prácticamente igual (en una ciudad monumental como Salamanca, es mucho lo que permanece apenas transformado). Naturalmente, lo deseable es poder contrastar estas dos perspectivas con el conocimiento directo de la capital salmantina, y es que es evidente que el curso que aquí planteamos solo se vería 278 CARMEN MORÁN RODRÍGUEZ 28. ACTAS XLVII AEPE GIJON (1ª)_Maquetación 1 04/07/13 10:26 Página 278 verdaderamente completo si pudiésemos complementar el estudio literario de cada provincia a través de dos obras con una visita a la misma. Lo ideal será, pues, realizar una visita física; ahora bien, en el caso de que esto no pueda realizarse, Internet pone a nuestro alcance la posibilidad de realizar visitas virtuales que, si bien no pueden aspirar a sustituir por completo a la experiencia real, sí pueden resultar un sucedáneo útil. Como no es posible realizar la lectura completa de las obras, el estudio se centrará en el comentario de algunos textos seleccionados; incluso aunque los estudiantes conozcan los libros propuestos y los hayan leído, es conveniente detenerse en aquellos pasajes en los que el espacio tenga especial relevancia. Así, por ejemplo, el siguiente pasaje de Entre visillos. Como ya he apuntado, en esta novela nunca se menciona el nombre de la ciudad en que viven Pablo Klein y sus alumnas, pero no es difícil identificarla con Salamanca. Ahora bien, Martín Gaite ajusta la imagen de la ciudad a la vivencia subjetiva que sus protagonistas (chicas jóvenes formadas de acuerdo con los ideales del franquismo y la Sección Femenina) tienen de ella. Así, la dimensión monumental e histórica de la ciudad, aquella por la que precisamente es más conocida por los forasteros, resulta para las jóvenes salmantinas (más preocupadas por relacionarse y, sobre todo, echarse novio) un aburrimiento: A su descontento se empezó a añadir la responsabilidad que sentía de divertir a la amiga de Madrid. Al día siguiente la llevó a ver la Catedral. —Impone. Es enorme de grande, una de las de más mérito de España, ya lo habrás oído decir. Subieron a la torre y volvieron muy cansadas. A Goyita le apretaban los zapatos. En la terraza de un café en la Plaza Mayor se encontraron con Toñuca y sus amigos extranjeros. Se sentaron con ellos. Goyita en seguida notó que la de Madrid le era simpática a Toñuca. — Mira que llevarla a ver la Catedral, mujer, a quién se le ocurre. La tenemos que divertir de otra manera. Con las ganas que tiene. — Hija, si es que estoy despistada todavía; no sé ni siquiera la gente que hay; es un lío venir del veraneo tan tarde. No te centras —se excusó Goyita. — Nada, nada, que no tiene perdón llevarla a ver la Catedral. — Sí, verdaderamente — dijo la de Madrid—. A mí todo me parece igual lo que construían en aquel tiempo. Venga bóvedas y más bóvedas. (Martín Gaite 134-35). La lectura de estos pasajes se acompañará de imágenes ilustrativas. En el caso de la Catedral, el recurso de la imagen no estará de más, aunque se trate de un monumento sobradamente conocido. En otros casos, la imagen es más necesaria: así, por ejemplo, conviene mostrar fotografías del célebre Barrio Chino de Salamanca y explicar a los alumnos las características de esta zona. Martín Gaite alude a ella en un pasaje que, nuevamente, pone de relieve la relación subjetiva de los personajes con el medio que les rodea (en este caso, Elvira desconoce esa área de su propia ciudad por razones sociales y morales): CONOCER CASTILLA Y LEÓN A TRAVÉS DE SU LITERATURA: SEIS MIRADAS CONTEMPORÁNEAS 279 28. ACTAS XLVII AEPE GIJON (1ª)_Maquetación 1 04/07/13 10:26 Página 279 Había una calle muy cerca de la casa por donde no se podía bajar: “No vayáis por ahí, de ninguna manera”; tenía un farol a la entrada, y en lo poco que se veía desde fuera era ancha, de casas bajas, sin nada de particular. Entraba poca gente por allí, algunas mujeres y hombres desconocidos, seres privilegiados que habían desvelado el secreto. “El barrio chino – dijo un día una niña bizca que vendía el cupón con su abuelo—, el barrio chino, ja, eso es lo que hay ahí, ¿por qué lo miras?”, y a Elvira le dio vergüenza estar apoyada en la tapia de enfrente, espiando algún acontecimiento maravilloso, separada de todos los niños, y de dijo a la chica: “Ya lo sé, ¿te crees que no lo sabía?”; pero todavía pasó mucho tiempo antes de que supiese que las paredes de aquellas casas no estaban decoradas como los mantones de manila, y que la gente vivía pobremente, sin túnicas ni kimonos multicolores, que se llamaba el barrio chino por otra cosa, que sabe Dios por qué se llamaba así. (Martín Gaite 201). El pasaje puede dar pie a una pequeña lección de historia de gran atractivo, por su carácter marginal no exento de implicaciones cómicas. Se explica a los alumnos los antiquísimos orígenes del Barrio Chino, su fortuna literaria (en La Celestina) y las tradiciones vinculadas a él (el Padre Putas, el Lunes de Aguas y el hornazo). Así, el pasaje de la obra sirve para el comentario de una festividad folklórica y un hábito gastronómico (la celebración del fin de la abstinencia con el regreso de la “carne” es dos sentidos: la vuelta de las prostitutas a la ciudad, cruzando el Tormes, y la ingesta de hornazo en una festiva celebración a las orillas del río). Al estudiar El cuarzo rojo de Salamanca, el interés es, fundamentalmente, la comparación que implícitamente se establece entre la ciudad del siglo XIX (en plena guerra contra los franceses, además), la del pasado reciente (vista a través de la lectura de Martín Gaite) y la contemporánea. Se trata de la opera prima de Luciano G. Egido, una opera prima tan tardía (la publicó cuando rebasaba ya los sesenta años) como gratamente sorprendente, tuvo una excelente acogida de crítica y público, y posee innegables valores literarios: la creación de un personaje (el protagonista, testigo y narrador) de gran fuerza, a causa de su juventud y su inocencia, que contrastan con los desmanes de la guerra, la reflexión antibelicista (que el lector sabrá extrapolar, del siglo XIX al presente), etc. La cantidad de textos y referencias que brinda sobre el entorno salmantino es ingente, ya que, más allá de la aventura personal del innominado narrador, la verdadera protagonista de la obra es la propia ciudad de Salamanca, como se colige de algunos pasajes; por ejemplo, del siguiente, en el que se habla de la acogida que la ciudad histórica da a los soldados ingleses, aliados, pero representados en el libro tan negativamente como los invasores galos: […] la ciudad usó con ellos la displicente reserva con que habitualmente recibía a los forasteros, y no hubo calle de Salamanca ni día de la semana que los invasores no ultrajaran con sus botas, ni mancharan con sus voces guturales. Muy pronto descubrieron el placer de nuestra Plaza Mayor, que se convirtió en el lugar de encuentro de soldados y oficiales; por la calle Libreros volvían una y otra vez hacia el centro de la ciudad y sus caballos hacían resonar sus herraduras con impertinencia, rompiendo el silencio de las losas del Patio de Escuelas Menores, donde algunos de ellos se habían aposentado […] (González Egido 132). 280 CARMEN MORÁN RODRÍGUEZ 28. ACTAS XLVII AEPE GIJON (1ª)_Maquetación 1 04/07/13 10:26 Página 280 La personalización de Salamanca que se puede ver en este pasaje se repite en muchos otros que incluyen estampas de la ciudad en el pasado según el particular punto de vista del narrador adolescente, ante cuyos perplejos ojos el escenario de juegos infantiles se convierte en un hostil campo de batalla. Pasemos, en este apresurado recorrido, a Valladolid. La selección propuesta permitirá ver primero la población de Tordesillas en los años de la posguerra, y después la recreación histórica del Valladolid renacentista. Muchas de las obras de Gustavo Martín Garzo pueden resultar un estímulo para conocer la provincia vallisoletana: por ejemplo, el paraje del Canal de Castilla, que aparece en La soñadora, es una de las excursiones más hermosas que pueden hacerse en la región. La novela que en esta ocasión elegimos es El valle de las gigantas (2000), donde se rompe la idea heredada del noventayochismo según la cual, la narrativa de Castilla atiende solo a los problemas de un agro subdesarrollado, tratándolos desde una perspectiva exclusivamente realista y con un discurso preferentemente descriptivo y reflexivo. Esta novela, por el contrario, combina la representación de la realidad, tratada incluso de una manera costumbrista, con la súbita irrupción de la fantasía. Bien podríamos hablar de un “realismo fantástico” castellano, en El valle de las gigantas, algo que no debe sorprender al lector de Gustavo Martín Garzo, quien en casi todas sus obras explora los desasosegantes efectos de la irrupción de lo fantástico en la realidad cotidiana. En esta novela, los hombres de Tordesillas, en plena Guerra Civil, descubren un misterioso paraje junto al Duero (por el que se deslizan los cadáveres de los fusilados: como vemos, realidad y fantasía se entrecruzan). Allí habitan unas extrañas mujeres de apariencia humana, jóvenes y de gran belleza, pero carentes de palabra, y que, aunque amistosas, tienen comportamientos agresivos que obedecen a su naturaleza: se alimentan de sangre humana. Uno de los hombres se casará con una de estas mujeres vampiro y tratará de que ella se integre en Tordesillas, pero su esencia no del todo humana chocará permanentemente con la vida del pueblo castellano. Además de a las orillas del Duero, donde tiene lugar la irrupción de lo fantástico en la realidad, la obra hace referencia a varios enclaves concretos de la población, como la Plaza Mayor, el Real Monasterio de Santa Clara o los baños árabes contiguos al monasterio, cuya historia legendaria se relata en las páginas del libro, y que permite apreciar el mestizaje cultural y artístico de Castilla en la Edad Media: Muy cerca, junto al monasterio, estaban lo baños. Allí se había bañado doña María Padilla con sus doncellas varios siglos atrás. Calentaban el suelo, y el agua vertida se transformaba en vapor. Se tumbaban sobre las piedras ardientes, y cuando estaban muy sofocadas se refrescaban en la pequeña piscina. Doña María era medio mora. Había nacido en Sevilla y estaba acostumbrada a vivir de otra forma. El rey, que la amaba apasionadamente y que había abandonado a su esposa doña Blanca de Borbón a las cuarenta y ocho horas de sus bodas para volar a su encuentro, mandó hacer aquel palacio para que no añorara Sevilla, CONOCER CASTILLA Y LEÓN A TRAVÉS DE SU LITERATURA: SEIS MIRADAS CONTEMPORÁNEAS 281 28. ACTAS XLVII AEPE GIJON (1ª)_Maquetación 1 04/07/13 10:26 Página 281 los baños del Guadalquivir, el rumor de las fuentes, ni las palabras escritas en la piedra, que a los árabes les gustaba llenar de palabras los arcos, las bóvedas, las paredes de sus palacios, de forma que vivir en ellos era como hacerlo dentro de un libro, un libro donde sólo había escritas cosas hermosas. Y un lugar así mandó construir don Pedro para su amante, que enseguida quiso tener también unos baños porque desde su infancia se había acostumbrado al vapor y a las piedras calientes. (Martín Garzo 49) El hereje (1998) permite conocer la ciudad de Valladolid en el pasado. En realidad, la obra de Delibes en su conjunto sería, por sí sola, un excelente vehículo para conocer diversos paisajes y entornos, no solamente de Castilla, sino de otras regiones. Así, por ejemplo, el núcleo urbano de Valladolid aparece en Diario de un cazador o Cinco horas con Mario; Los santos inocentes es un fresco de la zona rural extremeña próxima a la frontera portuguesa (la célebre “raya”) en la posguerra; incluso Santiago de Chile aparece como escenario de Diario de un emigrante; por no mencionar sus libros de viajes, donde encontramos impresiones acerca de Francia, Estados Unidos, Suecia, etc. Como sucedía en El cuarzo rojo de Salamanca, en El hereje, el Valladolid del siglo XVI— es la protagonista, al menos tanto como el personaje que sirve de hilo conductor, Cipriano Salcedo. Uno de los elementos para-textuales, la dedicatoria del libro, así lo confirma: “A Valladolid, mi ciudad”, es en cierta manera una declaración que culmina la relación literaria del escritor con su ciudad, ya que gran parte de sus obras están muy estrechamente vinculadas a ella, por lo general sin mencionar el nombre (pero dando pistas suficientes para que el lector adivinase que se trataba de Valladolid). Por fin, quizá como reconocimiento, en esta última novela el nombre se hace explícito). Para la reconstrucción del Valladolid en el que tuvieron lugar los autos de fe de los seguidores del Doctor Cazalla, Miguel Delibes consultó numerosas fuentes de las que deja constancia en los agradecimientos finales (Jesús A. Burgos, Bartolomé Bennassar, Carmen Bernis, Germán Bleiberg, Marcelino Menéndez Pelayo, Juan Ortega y Rubio, Anastasio Rojo Vega, Matías Sangrador, J. Ignacio Tellechea y Federico Wattenberg). El resultado es una pintura vívida de una ciudad distinta de la actual, y, sin embargo, parecida en muchos aspectos: Encajonada entre dos ríos, la villa, de pequeñas dimensiones (donde, al decir de las gentes de la época, cuando el pan encarecía había hambre en España), componía un rectángulo con varias puertas de acceso: la del Puente Mayor al norte, la del Campo al sur, la de Tudela al este y la de La Rinconada al oeste. Y salvo el cogollo urbano, empedrado y gris, con una reguera de alcantarillado exterior en el centro de las rúas, la villa resultaba polvorienta y árida en verano, fría y cenagosa en invierno y sucia y hedionda en todas las estaciones. Eso sí, allá donde la nariz se arrugaba, la vista se recreaba ante monumentos como San Gregorio, la Antigua y Santa Cruz o los recios conventos de San Pablo y San Benito. Calles estrechas, con soportales a los costados y casas de dos o tres pisos, sin balcones, con comercios o tallercitos gremiales en los bajos, Valladolid ofrecía en esta época, con su vivo tráfago de carruajes, caballos y acémilas, un aspecto casi floreciente, de manifiesta prosperidad. (Delibes 50-1). 282 CARMEN MORÁN RODRÍGUEZ 28. ACTAS XLVII AEPE GIJON (1ª)_Maquetación 1 04/07/13 10:26 Página 282 En El hereje, la descripción del ámbito urbano vallisoletano es, además, de gran importancia en la novela porque contribuye a caracterizar socialmente a sus personajes. Así, Bernardo Salcedo, el padre del protagonista, vive en la Corredera de San Pablo, que en la época era una de las ciudades más prósperas de Europa y que estaba habitada por nobles y grandes burgueses. Su hijo Cipriano, sin embargo, tras sufrir el rechazo paterno, será “desterrado” al Colegio Hospital de Niños Expósitos, situado en las inmediaciones de las Tenerías, es decir, donde los curtidores de pieles tenían su trabajo, junto al río. La actividad producía un insoportable hedor, a causa de las pieles, y se había relegado a un arrabal poco apetecible. A los estudiantes les sorprenderá saber que hoy en día se mantiene el nombre en la Plaza de Tenerías, pero que esta es actualmente muy céntrica y distinguida, con pisos muy cotizados por su calidad, emplazamiento y privilegiadas vistas al río Pisuerga. La cantidad de referencias que aporta la novela hace imposible que podamos aquí detenernos en todas, pero con lo visto es posible hacerse una idea del interés que puede despertar en los estudiantes el rastreo arqueológico de la ciudad del pasado en la del presente. El río del olvido (1990), de Julio Llamazares, es un libro de viajes en el que el autor sigue el curso del Curueño, pequeño río del norte de León. El trayecto repasa los pueblos que jalonan la corriente fluvial, reflexionando sobre el estado generalizado de inmovilismo y atraso. El propio autor tiene un estrecho vínculo sentimental con el paisaje de estas páginas, ya que nació en Vegamián, pueblo actualmente desaparecido bajo las aguas del embalse Juan Benet o pantano del Porma. No exento de humor en su tratamiento de la figura del viajero (él mismo), el libro es de un gran lirismo, patente en textos como el siguiente, que puede hacer las veces de viaje virtual en paralelo al del autor: Ya en las afueras, el coche del viajero cruza el puente de piedra sobre el Torío, atraviesa por el centro el viejo arrabal judío de Puente Castro y, bordeando las tapias del manicomio y de alguna fábrica, se lanza casi sin fuerza a coronar el portillo de La Candamia. El viajero va tan maltrecho que ni siquiera se para en el alto a contemplar la ciudad que ha dejado ahí abajo, sumergida en el humo y las brumas fluviales, o a buscar en su agenda los nombres de los santos que con él salen de viaje esta mañana. Con los ojos heridos por el sol y el corazón por el recuerdo de la cama que el León abandonó cuando más familiares y dulces comenzaban a hacérsele las sábanas, va quemando kilómetros como un autómata, entre terrenos baldíos y cementerios de coches abandonados, sin que se sepa muy bien si es él el que conduce su automóvil o es este el que le conduce a él. Y en ese pensamiento y esa inercia, desandando hacia el este el Camino de Santiago, llega al cruce del Puente Villarente, el lugar en el que, antaño, los peregrinos descansaban antes de entrar en la ciudad y en el que el viajero ha de tomar la pequeña carretera secundaria que, remontando el curso del río Porma, le llevará hasta su unión con el Curueño en Ambasaguas. (Llamazares 12) La posibilidad de complementar las palabras de Llamazares con imágenes de los lugares mencionados puede ser un excelente apoyo y descubrirá a los estudiantes un abanico de parajes que a buen seguro les serán desconocidos. Su belle- CONOCER CASTILLA Y LEÓN A TRAVÉS DE SU LITERATURA: SEIS MIRADAS CONTEMPORÁNEAS 283 28. ACTAS XLVII AEPE GIJON (1ª)_Maquetación 1 04/07/13 10:26 Página 283 za, que ciertamente les impresionará, no debe, sin embargo, eclipsar los apuntes críticos que el libro contiene acerca del abandono en que muchos pueblos del norte de León se encuentran hoy en día (la situación no ha mejorado desde la fecha en que Llamazares escribió su libro). Muy similar es el paisaje que Luis Mateo Díez recrea en La fuente de la edad (1986). La diferencia, sin embargo, es que en esta novela el tratamiento del espacio es fantástico. Los andurriales por los que el grupo de amigos protagonistas buscan la mítica fuente que les concederá la eterna juventud tienen nombres inventados, pero fácilmente identificables con topónimos de la provincia de León: por ejemplo, La Omañona del libro recuerda, evidentemente, a la comarca de Omaña, en la novela aparece el río Orugo, que puede ser trasunto del río Órbigo. Otras veces, el topónimo es fiel a la realidad, como en el siguiente pasaje: Surgían las Médulas como desplumados testigos sobre la verde sombra del matorral espeso, crecidos los descarnados pináculos que mostraban sus terrosos cuellos, la violenta erosión que les había minado, el golpe de las aguas desatadas que horadaban el vientre montuoso, hasta reducirlo a un extraño esqueleto de altivas y fantasmales figuras. –Esos romanos –comentó Paco Bodes señalando las Médulas–, más que el oro de la vida vinieron a buscar a estos parajes el oro de la muerte. No sé yo el metal precioso que de ahí se llevarían, pero nada más fúnebre pudieron dejar. (Díez 252). El tiempo nos obliga a apurar los pasos de esta visita. Concluye aquí nuestro raudo paseo por Salamanca, León y Valladolid a través de la literatura reciente de la comunidad autónoma de Castilla y León. El desarrollo de los materiales con los que esta propuesta didáctica contaría, a partir de las novelas y de las imágenes de las ciudades y pueblos requeriría las doce horas previstas para la actividad. Con ella se podrá cumplir un doble objetivo: aproximar a nuestros estudiantes a la narrativa castellana y leonesa contemporánea, y ampliar, a través de los libros, su conocimiento sobre esta región, sobre sus paisajes, sus costumbres y sus gentes. BIBLIOGRAFÍA Delibes, Miguel. El hereje. Barcelona: Destino, 1998. Díez, Luis Mateo. La fuente de la edad. Madrid: Alfaguara, 1986. González Egido, Luciano. El cuarzo rojo de Salamanca. Barcelona: Tusquets, 1993. Llamazares, Julio. El río del olvido. Barcelona: Seix Barral, 1990. Martín Gaite, Carmen. Entre visillos. En Obras completas, I. Barcelona: Galaxia Gutenberg - Círculo de Lectores, 2008. Martín Garzo, Gustavo. El valle de las gigantas. Barcelona: Destino, 2000. 284 CARMEN MORÁN RODRÍGUEZ 28. ACTAS XLVII AEPE GIJON (1ª)_Maquetación 1 04/07/13 10:26 Página 284