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Colette y Jean-Claude Rabaté, Unamuno contra Miguel Primo de Rivera. Un incesante desafío a la tiranía

Serrano García, Rafael

Abstract

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INVESTIGACIONES HISTÓRICAS. ÉPOCA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA, vol. 44 (2024): 895-899 ISSN: 2530-6472 Colette y Jean-Claude Rabaté, Unamuno contra Miguel Primo de Rivera. Un incesante desafío a la tiranía, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2023, 297 págs. Reseña de acceso abierto distribuida bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC-BY 4.0). / Open access review under a Creative Commons Attribution 4.0 International License (CC-BY 4.0). DOI: https://doi.org/10.24197/ihemc.44.2024.895-899 El matrimonio de hispanistas formado por Jean-Claude y Colette Rabaté, especialistas en Miguel de Unamuno y con una gran trayectoria investigadora sobre esta figura intelectual abordan ahora una faceta conocida, su radical y tenaz oposición al general Primo de Rivera, pero sobre la que no se había ahondado lo suficiente, como pone de relieve este libro. Conociendo muestras anteriores de la actividad de los Rabaté, cabe pensar que la idea de escribirlo les ha venido de la preparación de la gran exposición sobre Unamuno y la política que montaron para la Universidad de Salamanca en el otoño de 2021 (y que, en una versión más reducida se ha llevado a Madrid en el verano de 2024). La posición radicalmente contraria del catedrático salmantino a Primo y sus secuaces no fue algo súbito que se hubiera iniciado en él a raíz del Manifiesto del 13 de septiembre de 1923, sino que venía de lejos y en ella, tanto o más que sus desencuentros anteriores con el general, que se habían limitado a una breve polémica mantenida en 1919 en las páginas de El Mercantil Valenciano entraría su inquina contra los otros dos componentes del “Trío dictatorial”: el propio monarca, Alfonso XIII, con el que el escritor se hallaba en proceso de franca ruptura desde la Gran Guerra y la postura neutralista adoptada por España (que encubriría desde su perspectiva, parcialidad respecto de Alemania y sus aliados, propiciada por la madre del soberano, la antigua regente, “la austriaca”, María Cristina de Habsburgo- Lorena) y Severiano Martínez Anido, para D. Miguel el peor de todos e incluso el que movería los hilos de la política dictatorial. Esa inquina que Unamuno sacó a la luz en numerosos artículos ya antes de la implantación de la Dictadura y que le valió varios procesos e incluso severas condenas de las que fue exonerado respondía al malestar del escritor ante alguna de las lacras que él percibía en el Estado de la Restauración: el desproporcionado poder de la casta militar, que contaba con el apoyo del rey, la para él nefasta y absurda aventura colonial en Marruecos, el modo brutal con que se abordaban los conflictos sociales tal y como se había puesto de 896 Reseña INVESTIGACIONES HISTÓRICAS. ÉPOCA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA, vol. 44 (2024): 895-899 ISSN: 2530-6472 relieve en Barcelona en los años que antecedieron al golpe de estado, la “conducta despótica y absolutista” del propio monarca o en fin sus corruptelas que se extendían a algunos de los jefes militares más odiados por él. Y eso que el escritor bilbaíno no se había distinguido hasta los años del conflicto mundial por su antimonarquismo, si bien algunas medidas que le dolieron especialmente como su cese como rector de Salamanca en 1914 le habían hecho albergar ya un cierto rencor hacia Alfonso XIII. A Unamuno, pues, no le hizo falta el golpe de septiembre de 1923 para movilizarse contra aquellas piezas –personas sobre tododel escenario político español de la Restauración que detestaba, pero parece claro que dicho acontecimiento le hizo ascender un peldaño en su beligerancia y activismo y le llevó a concentrar sus andanadas en el trío ya mencionado, valiéndose principalmente de la mejor arma a su disposición: la pluma, el impreso, aunque también se esforzaría, con mediano éxito, por poner en pie en el interior de España una red de opositores a la Dictadura, valiéndose de un pequeño núcleo de amigos fieles que compartieron con él el destierro, así como de su propia familia, empezando por su propia esposa, Concha [Concepción Lizárraga] y sus hijos, sobre todo Fernando. La respuesta del dictador al firme rechazo expresado a través de una densa serie de artículos –también conferenciasdel escritor en los meses siguientes al golpe no se hizo esperar ya que en febrero de 1924 fue confinado junto a Rodrigo Soriano (que no era santo de su devoción) a la isla de Fuerteventura de donde sería sacado por Henri Dumay, el director de Le Quotidien y llevado a Francia, a París, en el mes de julio de aquel año. En relación con su fuga el régimen se propuso amnistiarle, pero Don Miguel rechazó con indignación la medida de gracia. Sería entonces desde el país vecino desde donde desarrolló su “incesante desafío a la tiranía”, como han subtitulado su obra Colette y Jean-Claude Rabaté. Es cierto que en ese desafío no estuvo solo ya que con su llegada a la capital francesa se articuló un grupo de opositores que se reunía en el café de La Rotonde, en Montparnasse, y del que otros elementos muy destacados fueron el novelista republicano Vicente Blasco Ibáñez y su secretario, Carlos Esplá,, el político y periodista Eduardo Ortega y Gasset (al que los autores ponen un gran empeño en reivindicar) y de modo más intermitente algunos políticos del viejo régimen a los que el dictador había puesto en el punto de mira, como el liberal Santiago Alba. Pero Unamuno era sin duda la figura central, pues contaba ya con una resonancia indudable en la opinión pública de los dos lados del Atlántico. Y ahora, con su fuga y con sus incesantes y acerados ataques, la oposición a la dictadura Reseña 897 INVESTIGACIONES HISTÓRICAS. ÉPOCA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA, vol. 44 (2024): 895-899 ISSN: 2530-6472 lograría un eco perceptible en la prensa internacional que, de no ser por él, seguramente no habría tenido o habría sido menor. Una actividad opositora que, más que organizar políticamente la resistencia contra el dictador, buscaba sobre todo –al menos desde la perspectiva unamunianaconcienciar a los españoles acerca del carácter execrable, corrupto, vil, del régimen de Primo, sobre su carácter autoritario y liquidador de las libertades que, pese a todos sus defectos y limitaciones el viejo régimen de la Restauración había mantenido en España y que ahora Unamuno ansiaba restablecer, pero sin monarquía, puesto que a raíz del golpe de 1923 su distancia con Alfonso XIII se hizo mucho más profunda y si bien en un principio creyó que el rey no había tenido que ver en el golpe, luego acabó convenciéndose de lo contrario, lo que redobló su aversión y su ardor republicano. Y la manera de lograr que la opinión pública española acabara poniéndose en contra de la Dictadura la concibieron los opositores exilados – no solo Unamunofundamentalmente por medio de la distribución de las publicaciones periódicas y folletos que editaron en Francia. Primero, por medio del semanario España con honra (título muy significativo que se le ocurrió a Blasco Ibáñez, quien se hizo cargo también de los costes) y, más tarde, entre 1927 y 1929, de Hojas libres, de periodicidad mensual, que editaron en Hendaya el propio escritor y Eduardo Ortega, quien asumió la dirección, con la colaboración de Ramón Viguri y del alcalde de la localidad fronteriza. En ella Unamuno, cada vez más aislado en su destierro francés, volcaría su actividad antidictatorial publicando además de artículos y romances varios manifiestos que se hicieron figurar en primera plana. La publicación, que se distribuía –y financiabapor suscripción, parece que tuvo una mayor difusión que España con honra y ayudó a la constitución de núcleos opositores que en parte iban a tener como pilares a familiares del propio Unamuno o a figuras de su entorno intelectual y docente como José Giral, Wenceslao Roces, Enrique Rodríguez Mata, entre otros. Sin olvidar a la masonería y a la Liga española de los Derechos del Hombre, que ayudaron a estructurar la resistencia. Quizás una de las aportaciones más interesantes de este libro consista en mostrarnos la inventiva y agudeza desplegadas `por el escritor vasco a la hora de atacar y ridiculizar al dictador y sus estrechos colaboradores. Y también la constancia, la pasión, rayana casi en obsesión que demostró en su propósito de descalificarlos permanentemente a lo largo de su destierro. Primo, en sus artículos es ridiculizado, animalizado (“ganso real”, lo mismo que Martínez Anido “cerdo epiléptico”), cosificado (“Primo, eso”), caricaturizado y 898 Reseña INVESTIGACIONES HISTÓRICAS. ÉPOCA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA, vol. 44 (2024): 895-899 ISSN: 2530-6472 Unamuno no vacila, pese a la imagen más bien puritana que de él nos ha llegado en echar mano de un lenguaje chocarrero, escatológico, fronterizo a veces, dicen los autores, con la pornografía. Así, cuando discurre, tomando pie en el propio manifiesto de 13 de septiembre, en torno a los atributos viriles del dictador, o a lo que califica de “erotismo casinero”. No resulta extraño que, puesto en esa tesitura reivindicara o invocara a Quevedo, igual que en sus reflexiones más amplias sobre España y el pueblo español resuena la compenetración con su querido y admirado Don Quijote y su “locura inteligente”, justo lo contrario de lo que percibía en los ambientes dictatoriales. Es en sus poemarios (De Fuerteventura a París, Romancero del destierro, en el primero, sobre todo) donde el escritor encuentra el medio más idóneo para ensayar y proyectar todo su rico arsenal de denuestos. No ha de creerse, empero, que Unamuno se queda en el plano de la caricatura, del insulto (que reivindica también, como un deber), sino que se esfuerza al propio tiempo por subrayar la vesania y la tiranía del régimen, sus aspectos más siniestros y corruptos en los que el papel de Martínez Anido sería tanto o más esencial que el del propio dictador. Su lenguaje se torna, también, cada vez más afilado al tratar del monarca y su madre, si bien en estos ataques, Blasco Ibáñez había tenido en los años 1924-1925 un protagonismo mucho mayor por medio de folletos como Alphonse XIII demasqué en el que el escritor valenciano aspiró a remedar el “J’accuse” de Zola. O mediante el recurso –también por Blasco- a apodos como “Fernando VII y pico” o el de “Káiser Codorniú” para subrayar las tendencias absolutistas del monarca o su faceta de hombre mujeriego, juerguista y adicto al juego. Pero Unamuno será mucho más constante en sus críticas y más rico en su capacidad para insultar, no solo a Primo, sino también y muy directamente al monarca, al que definió, en 1926 como “déspota tiránico, perjuro y falaz, Y sin ningún talento, que es lo peor”. El libro profundiza también en el eco que las campañas de los exiliados y, especialmente del catedrático salmantino –al que el régimen despojaría de sus cátedrashallaron en el propio dictador y las respuestas y contrataques de este, valiéndose de la prensa, de sus notas oficiosas, de la censura, por supuesto, de las subvenciones a periódicos extranjeros, franceses principalmente, o de las gestiones de los representantes diplomáticos españoles para contrarrestar tales críticas o poner en graves aprietos a Unamuno. Sobresalió a este respecto el papel desempeñado por el embajador en París, José María Quiñones de León y los cónsules en Bayona y Hendaya. Se advierte en todo caso que los escritos firmados por él tocaron muy en lo vivo a Primo, mas las respuestas dadas por este le servirían para poner aún Reseña 899 INVESTIGACIONES HISTÓRICAS. ÉPOCA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA, vol. 44 (2024): 895-899 ISSN: 2530-6472 más de manifiesto la tiranía, la arbitrariedad, la presunción del que ya desde sus primeras campañas apodó como el “ganso real”. Y lo tétrico y casposo del régimen por él instaurado al que, en carta a Horacio Echevarrieta de febrero de 1924 había definido ya como “consorcio de sacristía y prostíbulo, que parece presidir un sagrado corazón castrense del lupanar”. Pero tampoco el pueblo español o su intelectualidad salen muy bien parados en sus escritos sobre la Dictadura. Repetidas veces dará rienda suelta a su tristeza, a su vergüenza, incluso, ante la pasividad y desidia de sus compatriotas que no se movilizan contra el régimen ni se sienten interpelados por denuncias como las que formulan él y sus amigos. Le sacan de quicio especialmente los colaboracionistas entre los que identifica a no pocos intelectuales y docentes como el catedrático y rector salmantino, Enrique Esperabé de Arteaga quien habría mostrado una particular complacencia hacia Primo propiciando nada menos que su nombramiento como doctor honoris causa de su querida universidad (con lo que el dictador devendría un “doctor autointelectual y extralegal”) en lo que sería un acto pensado para herirle a él en lo más vivo. Pero también son duramente zaheridos Santiago Ramón y Cajal o Ramiro de Maeztu y quienes aceptaron ser miembros de la Asamblea Nacional, alcanzando incluso sus críticas a José Ortega y Gasset y su sedicente “minoría selecta”. A pesar de todo, del desaliento que, en ocasiones expresa, parece cierto que su labor de zapa, su empeño en “redimiros, españoles de la infamia” (en lo que podía haber cierta soberbia y sobrevaloración de su papel) fue calando y se reveló a la larga como eficaz. Prueba de ello fue lo en serio que se tomó el dictador sus ataques, la sombra de Unamuno en sus “notas oficiosas” y en otras medidas que explícita o implícitamente le concernían. Todo ello está muy bien contado en este libro de Colette y Jean-Claude Rabaté. RAFAEL SERRANO GARCÍA https://orcid.org/0000-0002-5238-5606 Instituto Universitario de Historia Simancas-Universidad de Valladolid [email protected]