scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

El reflejo de las Islas Canarias en la cartografía anterior al siglo XVI

Porro Gutiérrez, Jesús María

Abstract

Producción Científica

Full text

3305 224 EL REFLEJO DE LAS CANARIAS EN LA CARTOGRAFÍA ANTERIOR AL SIGLO XVI Jesús Mª Porro Gutiérrez Introducción El presente trabajo obedece a una doble finalidad: plantear, por un lado, el conocimien- to ideológico y físico de las Canarias en el mundo antiguo y medieval, reflejado en la Geografía de la época a través de las manifestaciones cartográficas y mostrar, por otro, mediante el análisis del material cartográfico aportado, la imbricación de los principales Estados meridionales europeos en el archipiélago, derivada de su privilegiada situación geoestratégica, que favoreció el desarrollo de ambiciosos planes económicos y vigorosas políticas de descubrimientos y exploraciones. Finalmente, deseamos resaltar la importancia de la Cartografía Histórica -e incidir en su extraordinario valor como documento “vivo”- en su faceta de ciencia auxiliar de la historiografía, campo en el que ha prestado -y, presumiblemente, seguirá haciéndolono- tables servicios a historiadores e investigadores (recordemos la célebre expresión de Mercátor: “los mapas son los ojos de la historia”), pues no debemos olvidar que de ciertos hechos históricos de notable importancia geográfica (fundamentalmente periplos y exploraciones), cuya memoria no hubiera perdurado en el tiempo (por ausencia o pérdida de fuentes escritas), conservamos su conocimiento en mayor o menor grado gracias a su plasmación en mapas.1 Valga, pues, este trabajo como modesto homenaje a la mencionada disciplina. Los escasos conocimientos de la época clásica: primeras manifestaciones cartográficas Ni los egipcios ni las gentes de Mesopotamia se plantearon, en sus desarrollos cartográficos, realidades más plausibles a las del mundo por ellos conocido. Como consecuencia de los primeros viajes de los fenicios al oeste del Mediterráneo y más allá de las míticas Columnas de Hércules, aparecieron -en los primitivos mapas griegoslas prístinas alusiones a las tierras del extremo occidental, así como al Mar Océano (enorme extensión de agua que rodearía las tierras conocidas). Los planteamientos geográficos de los griegos de la época de Homero adolecieron de una notable carga especulativa y las bases científicas de la Geografía no fueron perfiladas hasta el tránsito del siglo VI al V a.C. con las aportaciones de los sabios milesios. Pese a las fundaciones de colonias cartaginesas en el litoral atlántico magrebí (ya en el siglo VII los fenicios habían organizado algunas bases en diversos lugares costeros, destacando Mogador) y a los diversos periplos meridionales para localizar las fuentes del oro africano, los mapas de Hecateo, Heródoto, Eratóstenes e Hipparco son muy sobrios en la representación de la fachada atlántica septentrional afri- 3306 cana y no incluyen aún noticias sobre las Canarias. Hubo que esperar al cambio de era, coincidiendo con el apogeo de la geografía romana, para disponer de las primeras noticias sobre el archipiélago, reflejadas ya en la cartografía. Sin embargo, la navegación hacia ciertas islas del interior atlántico (presumiblemente las Madeira o Canarias) apareció señalada en el tratado Perithaumasion akousmata del Pseudo Aristóteles2 y Diodoro Sículo afirmaba que los etruscos habían deseado establecerse en una determinada isla -señalada por su amenidad-, pero se lo impidieron los cartagineses, que deseaban contar con ella como posible refugio en caso de extremo peligro que implicara la necesidad de abandonar su capital. Ni en el periplo egipcio ordenado por Necao, ni en el de Scylax, ni en el de Polibio se mencionaron las islas; Posidonio y Estrabón sí aludieron a un periplo atlántico de gaditanos realizado en sentido contrario al de Necao, que implicó el conocimiento de alguna isla. Los autores griegos (Homero, Esíodo, Píndaro, etc.) mencionaron en sus escritos las Islas de los Bienaventurados o Afortunadas, describiéndolas como un paraíso, abundante en riquezas de todo tipo (evidentemente hubo una notable dosis de fantasía en las descripciones) y Plutarco afirma que Sertorio supo de las islas al comienzo de su exilio en la Península Ibérica, informado por unos marinos de la Bética que acababan de regresar de las Canarias; la descripción que de ellas hizo el propio Plutarco es bucólica y sugerente, afirmando que allí se encontraban los Campos Elíseos.3 Estrabón compuso su monumental Geografía entre los años 15 y 25, recogiendo gran número de noticias y escritos de geógrafos anteriores y viajeros; su descripción del mundo fue la mejor y más amplia de la época; afirmaba que toda la costa atlántica mauritana era navegada, señalando allí las Canarias, a las cuales citaba como las Beatorum Insulae.4 Uno de los intelectuales más destacados, Plinio el Viejo, afirmó en su Historia Natural que por el lado de Cádiz era navegado el Océano alrededor de Mauritania, mencionando las islas próximas, entre las cuales nombró las Fortunatae,5 pero no realizó aporte alguno a la cartografía de su época. Hacia mediados de siglo escribió Pomponio Mela su obra De Situ Orbis , señalando en el litoral atlántico africano junto a la costa de la Etiopía meridional las islas Hespérides y más al norte a Poniente de los montes del Atlas las Insulae Fortunatae.6 Es muy probable que esas islas denominadas Afortunadas por los clásicos -señalando su temperancia, suave clima, abundancia de mantenimientos, etc.7- sean las Canarias. ¿Supieron los cartagineses la existencia de varias islas del archipiélago o presumiblemente de una sóla, silenciando la noticia por consideraciones estratégicas? En el relato del periplo de Hannón8 nada se nos dice sobre las Canarias y, en rigor, no podemos confirmar ninguna de las dos opciones; sin embargo, Aristóteles aludió a un posible descubrimiento púnico, en el Océano, de una isla hermosa y grande.9 El hasta entonces modesto conocimiento de la costa occidental africana fue mejorado gracias a las iniciativas de Juba II, el intelectual rey de Mauritania, amigo de Augusto, quien organizó las factorías de púrpura del litoral y promovió diversas exploraciones, alguna de las cuales llegó hasta las Canarias, citándose un total de seis islas,10 si bien no tenemos indicios de su posible plasmación cartográfica. Cien años después de Plinio y Mela, y completando la meritoria recopilación de Marino de Tiro, elaboró Claudio Ptolomeo el tratado geográfico más amplio y completo del mundo greco-romano, complementado con una interesante obra astronómica. Aunque no 3307 podemos afirmar ni desmentir que la voluminosa producción ptolemaica (que incluía listas completas de localidades y accidentes geográficos, con valores de latitud, longitud y referencias climáticas, así como diversos procedimientos para el trazado de mapas) incluyera mapas, siguiendo las directrices trazadas en su Geographia 11 se elaboraron las distintas versiones de su mapamundi, que tanto prestigio y éxito tuvieron durante la época medieval. Con los datos del alejandrino se puede reconstruir el mapa más completo de la antigüedad; reparemos, en concreto, en la configuración del litoral atlántico africano: entre la Mauritania Tingitana y la tierra de los etíopes hespéricos o ictiófagos (el Sinus Hespericus) hay dos grupos de islas; el primero, formado por cuatro situadas más al norte y cercanas a la costa: Pena, Erythia, Cerna (o Cerne) y Autolala;12 el segundo, el de las Fortunatae Insulae (las Canarias) localizadas al suroeste de las anteriores -frente al Sinus Hespericus-, siendo seis: Aprositus, Here, Pluitala, Casperia, Canaria y Pintuaria.13 En los últimos tiempos de la antigüedad escribió Solino su Polyhistor, valiéndose de diversas fuentes (Plinio, Suetonio y Mela, de quien también copió su mapamundi). Sus comentarios sobre las Canarias14 proceden de los informes de Juba: la primera, Ombrio (con lagos en las alturas de sus montes), luego, dos llamadas Junonia, Capraria (abundante en lagartos: ¿cabras?), Nivaria (por sus montes nevados) y Canaria (con multitud de perros grandes) y no aportan nada relevante a la cartografía. El olvido de la época medieval y las alusiones de los geógrafos musulmanes La notable regresión que la descomposición del Imperio Romano y las invasiones bárbaras supusieron para la cultura europea de fines de la antigüedad y comienzos del medievo, tuvo consecuencias particularmente negativas para la Geografía -agravadas por algunas consideraciones teológicas de la patrística cristiana-, con un evidente reflejo en las elaboraciones cartográficas, muy pobres y groseras durante los siglos correspondientes a la Alta Edad Media. En la etapa del cambio, incluso un intelectual de la talla de Paulo Orosio, mostró un planteamiento modesto en el mapamundi que acompañaba a sus Historiarum libri VII adversus paganos (siglo V) y aunque mencionaba las Islas Afortunadas en la costa occidental africana, no aparecían señaladas en el mapa (sólo representó algunas del Mediterráneo y Britania). Por otro lado, la posibilidad de disponer de conocimientos geográficos de primera mano, o buenas noticias, en absoluto garantizaba la realización de una cartografía decorosa, como es el caso de Cosmas Indicopleustes, autor de un extravagante y regresivo mapamundi (siglo VI). En el siglo VII destacó la notable actividad intelectual de San Isidoro, quien dedicó dos de los veinte libros de sus Orígenes o Etimologias a la Geografía, donde defendió la existencia de una cuarta masa continental, desconocida y situada al occidente y mediodía del mar Océano; citaba las islas Afortunadas (aludiendo a sus bondades), especificando su localización “en el Océano enfrente de Mauritania, próximas al Occidente”, si bien los diversos mapamundis de su obra no las registran por ser sumamente esquemáticos (respondiendo a la tipología de los denominados de T en O,15 muy habituales durante la Alta y la Plena Edad Media). Un interesante pero breve resurgimiento de la ciencia geográfica, al menos en lo tocante a las representaciones cartográficas, se produjo en Ravenna, donde hubo una escuela capaz de trazar una imagen más decorosa de continentes y mares, así como de representar la tierra según una división general relacionada con el reparto de las 3308 horas, alcanzando su florecimiento en el siglo IX; en dos de sus mapamundis, anónimos, figuran grupos de islas en la costa noroeste de África: en el primero, hay unas al oeste de la zona rotulada Egel y otras, algo más al sur, no lejos de los Montes Eytrius (todas sin nombrar); considerar cual de los archipiélagos corresponde a las Canarias resulta realmente problemático;16 en el segundo mapa, frente a Egel figuran dos islas y Océano adentro una tercera rotulada “Teile”; en el amplio golfo entre Egel y Perosis se localizan las seis Afortunadas.17 Aunque el conocimiento teórico de las Canarias se mantuvo entre varios de los intelectuales cristianos de las siguientes centurias (entre otros, Rábano Mauro en el siglo IX y Moisés de Corena en el X, supieron de las islas al leer a San Isidoro), paulatinamente, fueron desapareciendo de la cartografía;18 apenas contamos con algunos mapas donde figuran más o menos toscamente: un anónimo anglosajón del siglo X -donde aparecen dos islas situadas frente al primer seno occidental africanoel anónimo de la Biblioteca de Turín, de T en O, también del X -en la costa occidental africana hay tres islas (rectangulares como todas las del mapa), la más septentrional rotulada Ínsula y las otras dos, sin nombre, a la altura de los Montes Atlas-, el del Beato de Valcavado, de la misma centuria -donde figuran las islas Afortunadas, en un rectángulo cercano a la costa occidental-, el del Beato de San Sever, del siglo XI -señalando, en la costa occidental africana, dos enormes islas rotuladas Afortunadas- y el del Polichronicon de Ranulfo Higden (o Hugeden), del XIV -donde aparecen una isla Afortunada, no lejos de la costa frente al reino de Tingitana y, más al sur, otras dos (una Canina) frente al territorio africano de “Mona”. Salvo algunas excepciones del tipo de las mencionadas, las Canarias no aparecerían en los mapas hasta las expediciones bajomedievales y la cartografía derivada. Veamos ahora las noticias que las gentes del Islam tuvieron del archipiélago. Coincidiendo con el pensamiento de los europeos de la Alta Edad Media, para los musulmanes el Océano Atlántico constituía el fin del mundo y sus litorales de Europa y África el límite de lo conocido; imaginaban un Océano circular, rodeando una masa terrestre de idéntica forma, con dos grandes golfos: uno por la parte occidental (el Mar de Rum: Mediterráneo) y el otro en la oriental (el Mar de Fars: Océano Indico). Viajeros infatigables,19 los árabes tuvieron buenos geógrafos, así como una útil y afortunada predisposición a escribir relatos de viajes; paradójicamente, sus conocimientos geográficos, avalados por sus buenos desarrollos matemáticos y astronómicos, no devinieron en una adecuada producción cartográfica.20 El miedo a adentrarse en el Atlántico21 y el desconocimiento del inmenso Océano, frenaron a musulmanes y crisitianos en sus iniciativas náuticas. El geógrafo más notable del Islam fue Al Idrisí, quien en sus Recreaciones del que aspira a recorrer el mundo describió la geografía de los países musulmanes y los cristianos occidentales, mostrando gran autoridad en su conocimiento del Mediterráneo occidental, la Península Ibérica y el noroeste de África; acompañó su tratado con diversos mapas y un gran mapamundi discoidal22 y comentado, donde situó dos islas llamadas Perennes -alusión a las Canariasfrente a la costa del Atlas sahariano. Al igual que Masudi, Idrisí señalaba las enormes dificultades que tendría que afrontar cualquiera que quisiere navegar por el glauco Mar de las Tinieblas o Mar Tenebroso (profundas tinieblas, altas olas, frecuentes tempestades, violentos vientos e innumerables monstruos), si bien recogió la noticia de un supuesto periplo a las islas misteriosas del Océano, realizado por los 3309 Almagrurinos (errantes) o Temerarios , quienes partiendo de Lisboa deambularon un mes por el Atlántico, recalando a su vuelta en Safi.23 Otras noticias relativas a diversos periplos por el Océano y sus islas reales24 o míticas25 aparecen en el mismo Idrisí y en otros tratadistas, siendo indicativa la opinión de Ibn Jaldún quien en sus Prolegómenos advertía de las dificultades de la navegación hacia las islas Eternas.26 Pese a las sugestiones negativas provocadas por el miedo al Océano, es evidente -por todo lo expuesto y teniendo en cuenta que las principales montañas de las islas se divisan desde lejos, con tiempo despejadoque hubo viajes árabes hacia las Canarias. Tras Idrisí, ya en el siglo XIV, Abulfeda escribió una Geografía27 muy completa , elaborando también un interesante mapa en el que, sin embargo, no hay referencias a islas atlánticas frente a la costa occidental africana.28 La recuperación del archipiélago en la Baja Edad Media Desde las últimas décadas del siglo XIII, diversas circunstancias de índole política y económica propiciaron que algunos de los estados más poderosos de la Europa Occidental reafirmaran su política marítima y volvieran sus miras hacia el Atlántico. Es evidente que el estrangulamiento de las vías comerciales europeas, por parte de los musulmanes, en el Próximo Oriente y el Mar Rojo, aceleró el proceso de expansión naval y el comienzo de la navegación atlántica, ante la necesidad de buscar nuevos mercados, así como otras vías de acceso al Extremo Oriente.29 Las principales repúblicas marítimas italianas, Venecia y Génova, fueron las más perjudicadas en sus intereses y, por consiguiente, las primeras en intentar empresas atlánticas; bien pronto, catalanes y mallorquines -y con posterioridad portugueses y castellanosseguirían esa estela. Paralelamente, los progresivos avances que, desde la segunda mitad del siglo XIII -y a lo largo de toda la Baja Edad Media-, se experimentaron en la Náutica y la Cosmografía (aparición del astrolabio, la brújula, el timón de codaste, el bauprés, la carta plana y los portulanos, etc.30) posibilitaron un incipiente desarrollo de las empresas ultramarinas. Los periplos de esa etapa provocaron el redescubrimiento de las Canarias, así como el conocimiento de otros archipiélagos. El primer viaje documentado es el de los hermanos genoveses Vadino y Ugolino Vivaldi,31 quienes cruzaron el Estrecho de Gibraltar en 1291 y, aunque su navegación fue accidentada -al parecer un navío naufragó a la altura de Senegal y el otro presumiblemente en Somalia-, es evidente que llegaron a las Canarias, pues una de las islas reflejó ya durante los primeros tiempos el nombre de uno de sus navíos: Allegranza.32 Sin embargo, transcurrirían aún algunas décadas antes de que el archipiélago fuera recuperado para la Cartografía: en las primeras cartas planas no había referencias (tanto la llamada pisana como la conocida por hispano-magrebí o magrebina, en su límite meridional, señalan apenas el comienzo de la costa atlántica marroquí), ni en los mapas de Pietro Visconti y Marino Sanuto (ambos de 1320 y notablemente parecidos), o el de Angelino Dalorto (1325). Otro navegante genovés, Lanzaroto Malocello (próximo a los poderosos Pessagno) fue el causante involuntario de tal recuperación, al descubrir y conquistar (entre 1312 y 1336) la isla que pasaría a la cartografía con su nombre: Lanzarote;33 el marino reconoció también Fuerteventura y Lobos, divulgándose la noticia con rapidez por todo el Mediterráneo occidental, pues en 1337 Petrarca ya aludía en sus escritos a los viajes de los genoveses a las Canarias y en 1339 aparecieron plasmadas en la carta plana de Angelino Dulcert:34 en la parte más oriental del archipiélago figuran las tres exploradas, “Lanzarotus Marocelus” (con las armas genovesas), Forte Ventura y Vescimarini35 (Lo- 3310 bos); al noroeste de ellas aparecen otras islas aún no redescubiertas: Canaria, Capraria (nombres tomados de los autores clásicos) y Sancti Brandani (por influencia de las leyendas religiosas); lo más sorprendente del mapa es la configuración de la costa atlántica africana, que aparece representada hasta algo más al sur del Río de Oro, figurando debajo de Abach un lugar llamado Teffé, constituyendo un indicio claro de posibles viajes catalanomallorquines a la zona, realizados antes del de Jaume Ferrer. En 1341 tuvo lugar la siguiente expedición de genoveses a las Canarias, si bien no de forma exclusiva, pues se trataba de una expedición combinada, con presencia de florentinos, portugueses, castellanos y otros españoles, al servicio de la corona lusitana (en esa centuria y pese a sus esfuerzos, la inferioridad náutica de Castilla y Portugal respecto a las repúblicas italianas y los catalano-mallorquines fue evidente); al mando del grupo figuraban un Pessagno y Nicoloso da Recco;36 la labor de reconocimiento fue notable, mencionándose 18 islas (¿incluyendo islotes? pues sólo tenemos doce localizadas: Ferro, Palma, Gomera, Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote, Graciosa, Alegranza, Santa Clara, Lobos y Rocca37) y un dato sorprendente: la presencia de higueras y algunas construcciones modestas en Gran Canaria, hecho que Bonnet relaciona con una reciente estancia mallorquina.38 A lo largo de esos años, genoveses, mallorquines y catalanes recorrieron una porción marítima del Atlántico sur, doblando el Cabo Bojador39 y llegando quizá a la desembocadura del río Senegal, al tiempo que continuaron las expediciones hacia las Canarias: en 1342, la de Francesc de Valers y Domingo Gual, empresa comercial privada, si bien con participación de diversos socios armadores y respaldo oficial (su finalidad era la captura de nativos, para su venta en los mercados esclavistas, y de ganado menor: ovejas y cabras);40 en 1346 -tras la protesta de Portugal y Castilla, ante el Pontífice, por la concesión el año anterior de la soberanía de las Canarias a Luis de la Cerdase produjo el enigmático periplo de Jaume Ferrer hacia el Río de Oro, sin conocimiento de su resultado y mención reducida a la cartografía (mapas de Cresques y Viladestes).41 En 1352 zarpó hacia las islas una expedición mallorquina, con un doble propósito evangelizador y colonizador, al mando de Arnaldo Roger; durante los siguientes años, predominaron las actividades misionales de los mallorquines42 y con ese propósito hubo otros viajes en 1369 y 1386,43 si bien en 1366 había partido hacia las islas una expedición militar, al mando de Juan de Mora, con la orden de expulsar de aquellas aguas a posibles enemigos de la Casa de Aragón.44 En las últimas décadas del siglo, los castellanos llevaron a cabo diversas “entradas” en las islas (con la idea de conseguir botín) destacando las de 1385 y 1393, y cada vez fueron más frecuentes los viajes desde Sevilla, coincidiendo con la concesión de la conquista de las Canarias a Hernán Peraza, por merced de Enrique III, en 1390.45 Con el cambio de siglo, en las siguientes décadas se asentarían las producciones agrícolas en las Canarias, así como las bases africanas, las pesquerías y las cabalgadas por la costa, para conseguir esclavos como mano de obra para el desarrollo de las islas.46 Pero, antes de seguir, ocupémonos de la cartografía relativa a las islas en la segunda mitad del siglo XIV: en el llamado portulano laurentiano (Atlas Medici de la Biblioteca Laurentiana) de 1351 ya aparecen señaladas la mayoría, con los siguientes nombres: Lalegranza, Lanzarote, Vegimarin, Forteventura, Canaria, L´Inferno (Tenerife), Liparme (Palma) y Cervi.47 Una carta de los hermanos Pizzigani, de 1367, reproduce el conjunto de las islas, 3311 figurando con nombres Lanceroto, Forteventura, Canaria, Inferno y Palma; sin nombrar, pero reconocibles por su posición están Lobos, Hierro y Gomera; al noroeste aparecen islas clásicas de la fantasía medieval48 (quizás por una mala asimilación de las escasas noticias sobre Madeira en el viaje de 1341): bajo el letrero Ysolae dictae Fortunatae, están las denominadas Canaria y Capricia; al oeste de éstas y una isla de Braçir hay una leyenda alusiva a unas grandes estatuas que señalaban simbólicamente la imposibilidad de navegar hacia Poniente, en plenas aguas oceánicas.49 De 1375 es la obra cumbre de la cartografía mallorquina en la centuria: el llamado Atlas Catalán, fruto de la colaboración de Abraham y Jahuda Cresques;50 los archipiélagos atlánticos aparecen bien delineados: las islas fantásticas, las Madeira y las Canarias, con un planteamiento notable, citando Graciossa, Laregrança, Rocho, Lanzaroto Maloxello, li Vegi Mari, Forteventura, Canarya, Inferno, Gomera y lo Fero (falta la Palma); el trazado de la costa atlántica africana es realmente técnico, señalando al sur del cabo Buyetder (Bojador) el periplo de Ferrer hacia el Río de Oro (explicado en una cartela).51 Algo posterior es la carta veneciana denominada Pinelli- Walkenaer (1384), cuyo trazado y etimología de las Canarias (Graziosa, Laregrazia, Roco, Lanzaroto Maloxeli, Forteventura, Vegimarini, Linferno, Dumaria: Gomera, Funari: Fero) recuerdan al Atlas Catalán, si bien es llamativa la ausencia de Gran Canaria. La última carta mallorquina notable del XIV corresponde a Guillem Soler (1385) y, desgraciadamente, ha sufrido una mutilación en la zona correspondiente al archipiélago canario, figurando Sca Clara, Graciossa, Laregranza, Rocho, Lanzaroto Maloxello, Li Vegi Marini, Forteventura, Canaria y [roto]rno (por comparación con las anteriores, es de suponer que el corte afectó a Inferno, Gomera y Fero). Al comenzar el siglo XV Portugal había experimentado un notable progreso en su afianzamiento estatal, con una economía más diversificada y ambiciosa que reclamaba nuevos mercados, una burguesía incipiente y emprendedora, y una clase noble que apoyaron a la Corte en el proyecto de modernizar el Estado, potenciando los conocimientos científicos y náuticos necesarios para adquirir un mayor protagonismo en aguas del Atlántico y convertirse en una gran potencia. Los dos personajes claves de la primera etapa fueron el Infante D. Enrique y el cartógrafo Jaime Ribes (el maestro Jaime de Mallorca de las crónicas). El Infante volcó todo su celo y empeño en auspiciar las empresas portuguesas en África y el Atlántico, tomando a su servicio a diversas personas (astrónomos, cartógrafos, pilotos), que pudieran contribuir a plasmar su ideario: hacer de Portugal un Estado moderno -basa- do en una poderosa marina-, acceder a las fuentes auríferas del interior africano -contro- lándolas-, conectar con la India -estableciendo un lucrativo intercambio comercial- y combatir al Islam, procurando llegar al legendario reino del Preste Juan, para firmar una alianza que permitiera aislar a los musulmanes del Magreb y Sudán. Por su parte, Castilla se debatía en una serie de problemas internos, descuidando durante algunas décadas su política atlántica. Al tiempo que los lusos tomaban Ceuta (1415), sentando las bases de sus empresas africanas, en la franja atlántica francesa -afectada por la crisis de la Guerra de los Cien Añosse dieron síntomas de desarraigo, comenzando un proceso de emigración; navegantes normandos empezaron a surcar las aguas atlánticas, dirigiéndose algunos hacia el sur, de tal forma que cuando Jean de Béthencourt organizó -en compañía de Gadifer de la Sallesu expedición a las Canarias, en 1402, los normandos ya tenían algún conocimiento del archipiélago. Béthencourt deseaba conquistar las islas, pero como la empresa era muy 3312 ambiciosa y apenas contaba con medios ni bases de apoyo, decidió solicitar la protección de Enrique III de Castilla,52 al cual rindió vasallaje, acometiendo a continuación la conquista de Lanzarote, Fuerteventura y Hierro; antes de regresar a Francia -para conseguir más medios humanosprestó homenaje al nuevo rey castellano Juan II, en 1412, y ya no volvió a las islas,53 dejando a su sobrino Maciot (Mathieu) como lugarteniente suyo; fue este quien, en 1418 y en nombre de su tío, vendió el señorío de las islas (reservándose una) al Conde de Niebla y pocos años después este hizo lo propio con Guillén de Las Casas. Entretanto, los hombres de D. Enrique habían iniciado sus exploraciones oceánicas, produciéndose el redescubrimiento de las Madeira (la anterior Legname genovesa) en 1418 y desde aquella base intentaron los lusos apuntalar su política africana. El problema se planteó cuando, en 1424, Fernando de Castro llegó a Gran Canaria, intentando aposentarse en la isla, con la idea de que sirviera de escala directa entre las Madeira y la zona de Guinea; tal hecho provocó la inmediata protesta diplomática castellana, ordenando el Infante la retirada de los suyos, no sin antes intentar comprar -en vanola soberanía de alguna de las islas.54 Tras descubrir los portugueses las primeras islas de las Azores, en 1427, renovaron sus intentos de acceder a las Canarias, agriándose de nuevo las relaciones con los castellanos; la batalla se libró también en el terreno diplomático, con las vigorosas intervenciones de los delegados de Castilla en el Concilio de Basilea (1435) y la mediación pontificia. El archipiélago seguía siendo muy codiciado por los portugueses -tras doblar el Cabo Bojador, en 1434- como referencia estratégica en la ruta hacia Guinea. Así, en la década de 1440 comenzaron a frecuentar los navíos andaluces las costas de las Canarias y un incidente contribuyó a agravar la pugna luso-castellana: el apresamiento de Maciot por parte de Guillén de Las Casas y su liberación por gente de D. Enrique, con la inoportuna decisión del normando de vender sus hipotéticos derechos sobre la soberanía de Lanzarote al Infante, en 1448; allí se instaló un grupo de portugueses, siendo desalojado dos años después por castellanos. Antes de solucionarse el contencioso aún hubo dos expediciones lusas a las Canarias en 1451. Veamos ahora las referencias cartográficas de esta primera mitad de la centuria. Al igual que en el siglo anterior, los mallorquines marcaron la pauta de los desarrollos cartográficos55 y la labor del mencionado Jahuda (o Jafuda) Cresques fue fundamental, al crear -durante los últimos años del XIV o primeros del XV- una escuela de cartógrafos y cosmógrafos muy reputada, destacando entre sus discípulos Viladestes y Valseca. Tan reconocida era la valía de Cresques, que el propio D. Enrique decidió contratarlo para dirigir la labor cartográfica de su proyecto náutico de Sagres, en 1412, siendo Jaime Ribes (su nombre de converso) el pilar fundamental sobre el que se asentó la llamada escuela de Sagres, durante su etapa de formación.56 Meciá (o Maciá) de Viladestes diseñó, en 1413, un mapamundi que constituía una excelente carta náutica;57 la configuración general de la costa atlántica africana y los archipiélagos recuerda a los anteriores mapas mallorquines y aunque la costa al sur del Cabo Bojador apenas aparece insinuada, hay interesantes cartelas en el interior africano y las Canarias figuran bien visibles -novedad destacable es la aparición de la Palma, reflejada con anterioridad sólo en algunas cartas italianas-, con sus nombres: Lalegransa, Grasiosa, Rocho, li Vegi Mari, Lanzaroto, Forte Ventura, Canaria, Inferno, Gomera, la Palma, el Fero.58 En 1424 elaboró Zuane Pizzigano una sobria si bien interesante carta atlántica, en 3313 la cual la representación de las Canarias -comparada con la del mapa de 1367- acusa, extrañamente, una exagerada amplitud y clara distorsión: casi todas las islas (incluyendo las portuguesas y las míticas) tienen formas geométricas; Lanzarote llama la atención por su tamaño, al occidente la Palma forma un gran rectángulo oblicuo y alejado, pegada a Fuerteventura aparece Gran Canaria, luego Tenerife y otra; la última59 aparece al sur, rectangular, extrañamente rodeada por cuatro alineadas. Pocos años después, la carta náutica del Mediterráneo de Andrea Bianco (1436) refleja también el desarrollo atlántico correspondiente a la Península Ibérica y el norte de África, con los archipiélagos e islas míticas; el grupo de las Canarias manifiesta un interesante desarrollo, con la toponimia italianizada (Gracioxa, Lancilotto, Paruego, Forteventura, Chanaria, Inferno, Gomiera, Palme y Hero).60 Su mapamundi circular, de 1448, recuerda a los de Sanuto y Visconti; en él figuran las islas, sin nombre, y aunque las Canarias aparecen en lugar correcto, su disposición es muy rectilínea.61 La carta náutica de Gabriel Valseca, de 1439, es la más técnica de su época en la representación del ámbito comprendido entre la Península Ibérica, las Azores -señala- das por primera vez de forma científica, si bien hay una incipiente alusión en el mapa de Bianco de 1436-, las Canarias y el litoral noroccidental africano; algunos desperfectos impiden que la toponimia sea totalmente legible, figurando para las Afortunadas los siguientes nombres: Aleganssa, Roch, Lansalot Maroxelo, Rasife, Negimarín, Pi...pa, Perabras, Forteventura, Pozo Negro, P...tarafan, Canaria, Fero, Gomera e illa de ...;62 la configuración de las islas es mejor que en los anteriores mapas italianos y recuerda claramente la tradición mallorquina. La situación estratégica de las Canarias y los planes sobre descubrimientos en las primeras décadas de la Edad Moderna A mediados del siglo XV, justo cuando Portugal se encontraba en su primera (y vigorosa) etapa de expansión atlántica y Castilla iniciaba con titubeos la suya, se produjo en 1453 la caída de Bizancio en poder de los turcos y el cierre definitivo -por parte de los musulmanesde todas las vías mediterráneas, marítimas y terrestres, de acceso al Medio y Extremo Oriente. Poco antes, los portugueses habían alcanzado la zona de Senegambia en su avance sobre Guinea (en rigor, todo el territorio costero africano situado al sur del Cabo Bojador) y, por aquellos años, descubrían y colonizaban las islas de Cabo Verde y las últimas de las Azores. La situación lusa era privilegiada y tras superar el parón estratégico motivado por la muerte de D. Enrique (1460) y la posterior inesperada inflexión hacia el sur de la costa africana -en la zona del Golfo de Guinea-, con los problemas técnicos derivados (cambio de hemisferio, lejanía de las bases, volta complicada, etc), al acceder al trono el enérgico Juan II (1481) continuaron las exploraciones sistemáticas durante toda la década, culminadas con el periplo de Bartolomeu Días, quien consiguió doblar la punta meridional africana (1488), allanando la ruta hacia la India. Sin embargo, al margen de la ruta africana, ya a mediados del siglo había otro ámbito estratégico de primera magnitud: el inmenso Océano Atlántico y en particular la zona comprendida entre los archipiélagos lusos (Azores y Madeira) y las disputadas Canarias; en ese amplio espacio dirimirían portugueses y castellanos su rivalidad, intentanto alcanzar la supremacía sobre el vecino. Por esos años y ante los rumores, noticias e ideas sobre posibles islas dispersas en el Atlántico, incrementaron los portugueses sus navegaciones, destacando los periplos de Diogo de Teive y las donaciones teóricas de la Corona.63 Preci- 3320 39 En opinión de Rumeu fue fundamental el papel de los mercaderes genoveses en la Península Ibérica, así como la colaboración con las gentes hispanas en las empresas africanas y el papel del eje Palma-Sevilla- Cádiz, como avanzada de las empresas atlánticas, vid. Antonio RUMEU DE ARMAS: “La exploración del Atlántico por mallorquines y catalanes”, A.E.A. nº 10 (1964), pp. 163-178, cit. en 166; también FERNÁNDEZ-ARMESTO [29], pp. 167-176 40 Vid. Antonio RUMEU DE ARMAS: “La expedición de 1366 a las Islas Canarias”, A.E.A. nº 27 (1981), pp. 15-22, cit. en 16 y [39], p. 174 41 En el “Libro del conoscimiento de todos los reinos del mundo” de un anónimo fraile franciscano que recogió las noticias sobre viajes, islas, derroteros, portulanos, etc, no hay alusiones a Ferrer. RUMEU [39], p. 170, cree que el Río de Oro, adonde supuestamente llegó, era el Senegal; BONNET [32], nº 19, p. 31, alega que se trataba del Vadamel y que, presumiblemente, su galeaza hizo aguada en alguna de las Canarias 42 Para los aspectos evangélicos vid. Antonio RUMEU DE ARMAS: El obispado de Telde. Madrid, 1960 43 BONNET [32], nº 20, pp. 206-210, sostiene que en la última fecha mencionada se produjo el postrer viaje catalano-mallorquín a Canarias, en cambio CÉSPEDES [29], p. 122, lo retrasa a 1391; en la última década, alega Marina MITJA: “Abandó de les illes Canàries per Joan I d´ Aragó”, A.E.A. nº 8 (1962), pp. 325-353; el trabajo contiene un interesante resumen sobre las expediciones europeas a Canarias en el siglo XIV 44 De su resultado nada se sabe, vid. RUMEU [40], pp. 19-22 45 Vid. BONNET [32], nº 20, pp. 215-220 y MORALES PADRÓN [36], p. 438 46 Vid. RUMEU [29] y “Las pesquerías españolas en la costa de África (siglos XV-XVI)”, A.E.A. nº 23 (1977), pp. 349-372; también MORALES PADRÓN [36], p. 442 47 Al no haber podido consultar ninguna reproducción gráfica de este mapa -lo mismo que en la carta Pinelli-Walkenaer y la de Guillermo Solernos guiamos por los datos expuestos en VERLINDEN [36], pp. 248, 250 y 251 respectivamente 48 Al respecto vid. Louis André VIGNERAS: “La búsqueda del Paraíso y las legendarias islas del Atlántico”, Cuadernos Colombinos (Valladolid), nº 6 (1976) 49 En este mapa, hemos consultado la doble versión del Vizconde de Santarem y Winson (tomada de Allgemeine), reproducidas en dibujo en ISPIZUA [4], pp. 354 y 500 respectivamente; VERLINDEN [36], p. 250, cita una isla de Santa Clara que el dibujo no recoge. Para la cartografía italiana de la época bajomedieval, sigue siendo válido, pese a su antigüedad, el trabajo de K. KRETSCHMER: Die Italianischen Portolane des Mittelalters. Ein Beitrag zur Geschichte der Kartographie und Nautik. Berlín, 1909 50 Hemos consultado el ejemplar reproducido en la ed. del Instituto Geográfico Nacional, Cartografía histórica del encuentro de dos mundos, Madrid, 1992, pp. 32-35, así como la parte detallada recogida en Felipe FERNÁNDEZ-ARMESTO (Coord.): Atlas de los descubrimientos, Verona, 1992, p. 58 51 Vid. VV.AA.: Mapamundi del año 1375 de Cresques Abraham y Jafuda Cresques. Barcelona, 1983 52 Consideraciones estratégicas le hacían depender de Castilla o Portugal para sus planes (por ser de su soberanía las costas europeas más próximas a las islas) y en aquella época aún debía tenerse presente la protesta diplomática de 1345, cuando Alfonso IV de Portugal y Alfonso XI de Castilla protestaron a la par por la concesión pontificia de la soberanía de las Canarias a Luis de la Cerda, con el título de Príncipe de la Fortuna, alegando, el primero la prioridad de la expedición lusa de 1341 y el segundo sus derechos a la Mauritania Tingitana y sus dependencias, como herencia de la monarquía goda. Vid. BONNET [32], nº 18, p. 601 y RUMEU [39], pp. 174 y 175 53 Para todo lo relativo a la empresa normanda vid. FERNÁNDEZ-ARMESTO [29], pp. 192-203, MORALES PADRÓN [36], pp. 443-445 y Leopoldo DE LA ROSA OLIVERA: “Los Béthencourt en las Canarias y en América”, A.E.A. nº 2 (1956), pp. 111-164, especialmente 111-124 54 Vid. BONNET [29], nº 21 (1945), pp. 409-412 y MORALES PADRÓN [36], p. 443 55 Un buen planteamiento del tema en LAGUARDA TRÍAS [30], en Julio REY PASTOR y A. GARCÍA CAMARERO: La Cartografía mallorquina. Madrid, 1960 y en VV.AA.: Cartografía mallorquina. Madrid, 1990 3321 56 Aunque ya antiguo el estudio más representativo sigue siendo el de Gonzalo de REPARAZ: Mestre Jacome de Mallorca Cartógrafo do Infante. Coimbra, 1930 57 Vid. Eugene Theodore HAMY: Mecia de Viladestes, cartographe juïf majorquin du commencement du XV siècle. París, 1902 58 Hemos consultado el ejemplar reproducido en Mireille PASTOUREAU: Voies Océanes, de l´ancien aux nouveaux mondes. París, 1990, pp. 26 y 27; un fragmento detallado del mapa (que desafortunadamente no recoge las islas más occidentales) puede verse en Antonio BALLESTEROS BERETTA: Génesis del descubrimiento; vol. III de la Hª de América de Salvat, Barcelona, 1947, lámina entre pp. 608 y 609 59 Debido al reducido tamaño de la fotografía consultada resultó imposible leer los topónimos, con lo que ignoramos cuál corresponde a Gomera y cuál a Hierro. Hemos utilizado la carta impresa en MAGALHAES [29], p. 185 60 La versión consultada es la de Winson, impresa en ISPIZUA [4], p. 508 61 Consultamos el mapa fotografiado en Cartografía histórica del encuentro de dos mundos [50], p. 37 62 Hemos manejado la carta reproducida en MARTÍN MERAS [34], p. 35; puesto que la toponimia no es visible, señalamos los datos de ISPIZUA [4], p. 513. Para un análisis de la carta, vid. Eugene Theodore HAMY: “Notice sur une carte inédite du cosmographe majorquin Gabriel de Vallseca (1447)”, Etudes Historiques et Géographiques. París, 1896 63 Respecto a los periplos, islas o tierras teóricas y posibles retornos, vid. VIGNERAS [48], pp. 45-54, Demetrio RAMOS PÉREZ: “Los contactos trasatlánticos decisivos, como precedentes del viaje de Colón”, A.E.A. nº 17 (1971), pp. 467-532, Jaime CORTESAO: “El viaje de Diogo de Teive”, Cuadernos Colombinos (Valladolid), nº 5 (1975), pp. 11-29 y Avelino TEIXEIRA DA MOTA: “Cristóbal Colón y los portugueses”, pp. 33-55, esp. 33-42 64 Sobre la figura del sabio florentino vid. E. GARIN: Ritratti di umanisti. Florencia, 1967, pp. 41-66; respecto a la viabilidad de la correspondencia con Martins y Colón, Ángel ALTOLAGUIRRE Y DUVALE: Cristóbal Colón y Pablo del Pozzo Toscanelli. Madrid, 1903 y N. SUMIEN: La correspondance du savant florentin Paolo del Pozzo Toscanelli avec Christophe Colomb. París, 1927 65 En 1483 la isla ya había sido asimilada a la Corona, acometiéndose en 1492 la conquista de la Palma y dos años después la de Tenerife. Vid. Elías SERRA RAFOLS: “Proceso de integración de las islas Canarias en la corona de Castilla”. A.E.A. nº 36 (1990); pp. 17-52; los hechos mencionados en pp. 31-42 y respecto a la sociedad indígena, vid. pp. 42 y sigts. 66 Sólo hemos podido consultar el dibujo reproducido en la obra de Samuel Eliot MORISON: The European Discovery of America. The Northern Voyages, Nueva York, 1971, p. 21; allí aparecen citadas Laregranza y Lansarote Maroxello junto con las otras (Rocho, Gracioza, Vegimarini, Forteventura, Canaria, Inferno, Gomera, Palma y Ferro). Respecto a Pareto, vid. P. AMAT DI SAN FILIPO: “Del Planisfero di Bartolomeo Pareto del 1455 e di altre quattro carte nautiche”, Memorie della Sociedad Geografica, Roma, 1878 67 Hemos consultado la reproducción incluida en Gaetano FERRO: La tradizione cartografica genovese e Cristoforo Colombo; vol. nº XIII de la Nuova Raccolta Colombiana. Roma, 1992; tabla VII entre pp. 48 y 49. Sobre la vertiente cartográfica de fray Mauro vid. T. GASPARRINI LEPORACE: Il mappamondo di Fra Mauro. Istituto Poligrafico dello Stato, Roma, 1956 y H. WINTER: “The Fra Mauro Portolan Chart in the Vatican”, Imago Mundi , nº 16(1962), pp. 17-28 68 Utilizamos el ejemplar reproducido en BALLESTEROS [58], p. 515 69 Hemos consultado una triple versión; la reproducida en BALLESTEROS [58], p. 600 (como anónima), la de MAGALHAES [29], p. 234 (corresponde a la mitad septentrional que no aparece en la anterior y la fecha en 1475) y la reproducida en la introducción (p. CI) de la Crónica de Guiné de Gomes Eanes da Zurara, ed. Livraria Civilizaçâo, Barcelos, 1973 (donde aparece la fecha de 1465). 70 Nos hemos guiado por la fotografía insertada en MAGALHAES [29], p. 232 71 La versión consultada corresponde a la fotografía inserta en la Crónica de Guiné [69], p. CIII 72 Manejamos el ejemplar de MAGALHAES [29], p. 233 3322 73 Hemos consultado el dibujo figurativo insertado en ISPIZUA [4], p. 520 74 Seguimos el dibujo de Windson, incluido en ISPIZUA [4], p. 521 75 Manejamos la fotografía inserta en MAGALHAES [29], p. 187 y el dibujo de la zona reproducido en BALLESTEROS [58], p. 653. Respecto a la producción cartográfica de los hermanos vid. M. SALINARI: “Le carte nautiche dei Benincasa, cartografi anconetani”, Boll. Soc. Geogr. Ital. LXXIII (1936), pp. 485- 510 76 Consultamos la excelente reproducción correspondiente a Armando CORTESAO y Avelino TEIXEIRA DA MOTA: Portugaliae Monumenta Cartographica. Lisboa, 1960, Vol. I, p. 3 77 Hemos manejado la reproducción inserta en FERRO [67], lámina VI, p. 48 bis. No entraremos en la polémica sobre la autoría de la carta; al respecto, vid. H.R. WAGNER: “Rekonstruktion der Toscanelli Karte von Jahre 1474”, Nachrichten von der Königlichen Gessellschaft der Wissenchaft zu Gottingen, 1892, pp. 541-572. R.BIASUTTI: “Il mappamondo del 1457 non è la carta navigatoria di Paolo dal Pozzo Toscanelli”, A. MAGNAGHI: “Ancora intorno alla carta attribuita a Paolo dal Pozzo Toscanelli: brevi chiarimenti”, Rivista Geografica Italiana, XLIX (1942), pp. 44-54 y 141-154 respectivamente. G. CARACI: “Paolo dal Pozzo Toscanelli ed il Planisferio Palatino del 1457”, Il Giornale di Politica e Letteratura, XVIII (1942), fasc. 7-8, pp. 1-24 78 Utilizamos la fotografía publicada en FERRO [67], lámina XIII, p. 96 bis; vid. G. FERRO: “La carta nautica di Albino de Canepa del 1480”, Boll. Geogr. Soc.Ital. s. IX, VIII (1991), pp. 231-242 79 La versión manejada es la de MAGALHAES [29], p. 189 80 Hemos consultado una doble versión, la de color reproducida en Michel CHANDEIGNE (coord.): Lisboa extramuros, 1415-1580. Madrid, 1990, p. 86 y la de blanco y negro, en Crónica de Guiné [69], p. CIX 81 Utilizamos la excelente reproducción publicada en MARTIN MERAS [34], p. 46. Respecto a la labor cartográfica de Martelus, vid. R. ALMAGIA: “I mappamondi di Enrico Martello e alcuni concetti geografici di Cristoforo Colombo”, La Bibliofilia, XLII (1940), pp. 288-311, I. LUZZANA CARACI: “L´opera cartografica di Enrico Martello e la prescoperta dell´America, y “Il Planisfero Enrico Martello della Yale University Library e i Fratelli Colombo”, Rivista Geografica Italiana, LXXXIII (1976), pp. 335-344 y LXXXV (1978), pp. 132-143 respectivamente 82 Consultamos la fotografía inserta en MAGALHAES [29], p. 191 83 Hemos consultado una doble reproducción, la de FERRO [67], lámina XVII, p. 108 bis y la de Cartografía histórica del encuentro de dos mundos [50], pp. 46 y 47. La bibliografía generada por la carta ha sido tan abundante, que nos limitaremos a citar algunos trabajos: R. ALMAGIA: “Una carta attribuita a Cristoforo Colombo”, Rendiconti della R. Accademia dei Lincei, Classe di Scienze Morali, Storiche e filologiche, s.VI, I (1925), pp. 749-773. A. ALTOLAGUIRRE Y DUVALE: “La carta de navegar atribuida a Cristóbal Colón por M. de La Roncière historiador de la marina francesa”, Boletín de la Real Sociedad Geográfica (Madrid), LXV (1925), pp. 325-341. A. BALLESTEROS BERETTA: “Una carta inédita de Cristóbal Colón”, Revista de Indias, IX, nº 37-38 (1949), pp. 489-506. G. CARACI: “Una carta attribuita a Colombo”, Rivista Geografica Italiana, XXXIII (1925), pp. 280-286. C. DE LOLLIS: “La carta di Colombo”, La Cultura (Roma), IV (1924-1925), pp. 749-775. P. KHALE: “A Lost Map of Columbus”, The Geographical Review, XXIII (1933), pp. 621-638. C.DE LA RONCIERE: La carte de Christophe Colomb, París, 1924 84 Hay pequeñas diferencias, según las versiones consultadas. Hemos seguido la “Geographische Vorstellung” inserta en Cartografía histórica del encuentro de dos mundos [50], p. 45. Para un estudio de Behaim, vid. E.G. RAVENSTEIN: Martin Behaim, his Life and his Globe, Londres, 1908 y G. VACCA: “Martin Behaim e il suo globo”, Rivista Geografica Italiana, XVI (1909), pp. 787-790. También es interesante el trabajo de W.G.L. RANDLES: “De la terre plate au globe terrestre. Une mutation épistémologique rapide (1480-1520)”, Cahiers des Annales (París), 38 (1980)