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El espacio in-between como nodo de articulación entre el presente y pasado de Caracas Teresa García Alcaraz (Departament d’ Urbanisme i Ordenació del Territori (DUOT), Universitat Politècnica de Catalunya (UPC); email: [email protected]) Since the beginning of the twentieth century, the Venezuelan capital experienced a multiplicity of events that not only changed the urban form and structure of the city but its comprehension as a whole entity. The incorporation of urban patterns taken from the Modern movement generated a city that ignored the diversity of their contextual conditions. The lack of public policies to secure the land, the uncontrolled growth and expansion of the outskirts, and the incorporation of vast infrastructural and housing projects – as a consequence of the abundant resources obtained from oil exploitation– generated a mosaic of fragmented territorial units that contributed to envision Caracas as an urban dichotomy. The conundrum therefore concerns on how to reconcile all these units. The focus of this work is based on the observation of the in-between spaces of the capital city, and how different performative representations developed in those spaces serve as catalyst for collective identity, opening the debate about actions that influence the configuration of the territory as strategies for the establishment of a new way of articulating the city. Key words: Caracas, espacios in-between, práctica artística, territorio Abstract
Superando dicotomías urbanas A lo largo del siglo XX, las ciudades de América Latina experimentaron grandes cambios urbanos debidos a distintos acontecimientos sociales, económicos y políticos que sucedieron a escala mundial. Los altos niveles de urbanización, el crecimiento desigual y masivo de la población, la disparidad de los tejidos y formas urbanas, así como la expansión dispar de las ciudades hizo evidente la fragmentación del territorio que hoy en día, todavía conduce a profesionales y académicos a definir y apreciar las ciudades latinoamericanas como polos opuestos. Hay pruebas históricas de que el dualismo "planificado - no planificado" existe desde el período colonial. Según el American Heritage Dictionary of the English Language (Company, 1996) el término no-planificado (unplanned) se define como: “no intencional; a. sin un propósito, organización o estructura particular; al azar. b.!No pensado o preparado de antemano; espontáneo” (traducción propia). En particular, en América Latina, el término "no planificado" se asocia con las específicas unidades territoriales de la ciudad contemporánea llamadas barrios (Venezuela), favelas (Brasil), villas miseria (Argentina), comunas (Colombia), llegaipón (Cuba), barriadas (Perú), entre otros. A pesar de que la forma urbana de estas áreas podría parecer desorganizada desde su exterior, existe una jerarquía de rutas dentro de las mismas que no puede ser considerada como aleatoria, porque el conjunto tiene una lógica funcional y estructural. Felipe Hernández et al. (2010) en ‘Rethinking the Informal city’ sostienen que lo “no-planificado” no puede aplicarse para describir estas unidades territoriales porque ciertamente hay una intención y un propósito de construir una primera vivienda y posteriormente, de definir un asentamiento. Sin embargo, Hernández sostiene que lo "no planificado" puede sugerir que no exista una regulación oficial en la zona para colocar una vivienda y esto implicaría tanto la definición de ilegalidad como la de informalidad, términos que también se asocian a estas tipologías, así como en los discursos duales de la ciudad. En relación a la informalidad, este término ha cobrado cierta relevancia dentro del campo de la planificación y diseño urbano ganando diferentes interpretaciones. Lo llamado “informal” puede implicar una amplia gama de situaciones como usos temporales del espacio, procesos de ocupación, formas de auto-organización, desarrollo de zonas urbanas [vulnerables] de la ciudad, diversas maneras de hacer arquitectura, entre otros. Dirigiendo este término a la morfología urbana de la ciudad de Caracas, la informalidad se relaciona con las áreas de ranchos o barrios; asentamientos construidos fuera del marco legal de la planificación urbana, generalmente asociados a zonas muy densas y peligrosas con difícil acceso a agua potable y con un saneamiento deficiente (Leech, 2013). No obstante, esta definición no puede aplicarse en su totalidad para definir este tipo de asentamientos puesto que muchos barrios caraqueños ya están altamente consolidados y perfectamente integrados dentro de la estructura urbana de la ciudad. En la actualidad, resulta incluso difícil distinguir ciertos barrios de otras partes de la metrópolis ya que muchos de ellos han crecido orgánicamente dentro de los límites históricos de la ciudad, formando parte de un “proceso de hibridación” (Herrera Napoleón, 2014, Herrera Napoleón, 2006). Es por este motivo, que este estudio va más allá de las dicotomías urbanas por las cuales se entienden las ciudades contemporáneas latinoamericanas –que implican inherentemente fragmentación y división– y se centra en los espacios intra-urbanos, donde precisamente estos dualismos convergen: áreas que dan cabida a nuevos procesos de hibridación y mixtura para formular y replantear otras lecturas de la ciudad. En particular, este trabajo sostiene que es posible alimentar el discurso de la ciudad latinoamericana con otros términos que denotan cohesión y articulación entre las diferentes unidades territoriales que la conforman. Es necesario un cambio de paradigma para incorporar en la narrativa espacios que creen oportunidades de pasaje (Smets et al., 2017), espacios que inciten procesos de hibridación en los llamados espacios de transición (Smets et al., 2017, Heifetz-Yahav, 2002), intersticios urbanos (Mubi Brighenti, 2010, Wall, 2011) o espacios intermedios (Herrera Napoleón, 2014, Herrera Napoleón, 2006) capaces de tejer el territorio y encontrar otras maneras de convivir en la misma ciudad. Y, en este sentido, las dicotomías urbanas han sido clave para determinar e identificar esta esfera relacional que se materializa en lo que se han denominado, los espacios in-between (Sieverts, 2011, Can, 2012, García Alcaraz, 2010, Wall, 2011, Wandl et al., 2017, Lévesque, 2013, Mubi Brighenti, 2016).
Los espacios in-between de Caracas La capital venezolana es entendida por muchos académicos como una serie de contradicciones que están presentes tanto en el paisaje urbano (Lasala, 2007), la configuración del espacio público (Rebotier, 2011), el verde urbano (Capra-Ribeiro, 2014), el tejido urbano (Herrera Napoleón, 2014, Marcano Requena, 1994), las políticas urbanas (Bolivar et al., 1994), la gestión y gobernanza (Bolivar et al., 2017), la estructura urbana (González Casas, 2003), entre otros. En lo que respecta a la estructura urbana, el arquitecto venezolano Lorenzo González sugiere que Caracas es el resultado de una lucha entre los modelos y disciplinas importadas, así como de las condiciones específicas del lugar, resultando una ciudad que se ha transformado a través de la construcción gradual de capas superpuestas. De manera similar, la académica Carola Herrera (2006) asegura que la estructura urbana de la capital venezolana ha sido el resultado de la incorporación de asentamientos aislados donde el proceso evolutivo de la ciudad ha llevado a la conformación de unidades –a partir de su propia dinámica de crecimiento– que carecen de continuidad espacial. Herrera sostiene que cada una de estas unidades constituye un sistema urbano específico dentro de la ciudad porque cada una de ellas tiene sus propias características espaciales y temporales, siendo su configuración la que impulsa a la dispersión y al aislamiento, hasta tal punto de dificultar su percepción como un todo unificado. Según Herrera, hay una multiplicidad de centralidades en una misma ciudad (Herrera Napoleón, 2006, 2011). Con el fin de establecer una comprensión de la estructura urbana de Caracas, este trabajo adapta y reinterpreta las cuatro tipologías urbanas identificadas por Frank Marcano Requena (1994:124-125) para 1 identificar cuatro unidades macro-territoriales presentes en la capital venezolana: 1. áreas de cascos históricos; 2. áreas de crecimiento por expansión; 3. áreas de polígonos; y 4. áreas de desarrollo no controlado (o áreas auto-construidas). Cabe mencionar que esta clasificación ha tenido en cuenta otros estudios relacionados con la clasificación espacial de Caracas (Silva et al., 2015, Herrera Napoleón, 2006, Klumpner et al., 2007, DeLisio, 2001, Ferrándiz Martín, 2001). Fig.01: Maco-unidades territoriales de Caracas. Fuente: Google maps. (De izqda. a dcha.): Área de cascos históricos. Plaza Bolívar de Caracas; Área de crecimiento por expansión. Urbanización La Floresta; Área de polígonos. Centro Ciudad Comercial Tamanaco; Área de desarrollo no controlado. San Agustín. Hoy por hoy, Caracas evidencia [en su constitución] un gran mosaico urbano conformado por distintas situaciones [o unidades] territoriales que no solo aportan diversidad en su conjunto, sino que también implican fragmentación debido a una aparente desconexión entre cada una de ellas causada por su discontinuidad visual y perceptiva. Así, podríamos asegurar que los encuentros entre dos unidades territoriales distintas son los que agudizan y ponen de manifiesto las aparentes diferencias socio-espaciales como la desigualdad en la distribución de los servicios básicos, la densidad de población, el acceso a oportunidades, así como la movilidad y la red de transporte. Este desbalance genera grandes conflictos y disfunciones en el uso de los espacios urbanos y a la vez, dificulta la percepción y el entendimiento de la ciudad como un todo. De hecho, es a partir de los 1930s. cuando la transformación física de Caracas proyectó una rápida expansión del territorio causada por la agregación de nuevas áreas de crecimiento por expansión (llamadas urbanizaciones) que rápidamente se convirtieron en nuevas centralidades determinadas por su propia producción económica y estructura social. Y sin duda, estas nuevas incorporaciones tuvieron un impacto en el funcionamiento y visión de la ciudad. 1. áreas de cascos; 2. áreas de crecimiento por extensión; 3. áreas de polígonos vacíos; y 4. áreas de barrios o de 1 ranchos.
Fig 02: Plano de la ciudad de Caracas y sus alrededores, dibujado por Eduardo Röhl, 1934. En rojo, áreas de cascos históricos; en amarillo, áreas de crecimiento por expansión. Fuente: (Vegas et al., 2015) Posteriormente, las leyes y propuestas sugeridas en el Plan Regulador de Caracas en 1951 fueron las que marcaron un episodio decisivo en la evolución de la ciudad ya que fue entonces cuando se establecieron nuevos patrones, modelos y distinciones entre municipios, parroquias y unidades vecinales. Este hecho debilitó el sentido subjetivo de pertenencia de los ciudadanos y modificó su sentido de participación e identidad en la ciudad. La implementación de todos estos planes y proyectos urbanos a partir de la década de los 1930s. supuso dejar atrás la imagen de la ciudad tradicional para convertir Caracas en una metrópoli moderna, aplicando reglas que hoy en día, todavía se enfrentan al legado urbano de la capital venezolana. Fig. 03: Plano Regulador de Caracas. Estudio Preliminar. Usos propuestos de la Tierra, 1951. Fuente: (Vegas et al., 2015) Hoy por hoy, cada uno de los fragmentos (o unidades territoriales) de ciudad ya no constituyen una excepción, sino que, por el contrario, aparecen como una constante dentro de la ciudad contemporánea latinoamericana con un valor histórico propio (Herrera Napoleón, 2011). En este sentido, la ciudad es vista como un mosaico territorial donde la mayoría de sus unidades son etiquetadas, percibidas y entendidas dentro de una posición jerárquica y dominante en el proceso de fragmentación de la ciudad. [Caracas es entendida como] “un sistema de fragmentos, donde ya no hay presente ni pasado, sino una serie de presentes, de edades diferentes, todos autónomos pero interrelacionados, en tanto están dirigidos a una misma audiencia fraccionada y cambiante”(Amendola, 2000:78). Ante la sugerente diversidad de la metrópoli, cada unidad territorial resuelve sus conflictos internos generando distintas situaciones socio-espaciales hacia sus bordes. Es decir, el encuentro de dos unidades territoriales distintas se traduce en una ruptura socio-espacial porque convergen y se superponen varias lógicas de organización, que se producen en tensión debido a la aparente incompatibilidad de sus elementos compositivos. Esta ruptura socio-espacial es lo que se entiende por espacio in-between (Can, 2012, García Alcaraz, 2010, Lutzoni, 2016, Wall, 2011, Gehl, 1996, Phelps and Silva, 2017, Nicholas and Cristian, 2017, Wandl et al., 2017, Lévesque, 2013, Chen et al., 2016); una situación territorial que aparece y se configura, precisamente,
en medio de dos unidades temporales y espaciales diferentes. Esta confluencia define una nueva realidad en los bordes, que revela una indiscutible situación in-between (Herrera Napoleón, 2006). El uso del término "in-between" se asocia al concepto de Zwischenstadt o "in-between city", acuñado en 1995-96 por el arquitecto y teórico alemán Thomas Sieverts (2003). Sieverts utiliza el término Zwischenstadt para describir una nueva forma de urbanización desde la aparición de la movilidad motorizada, un "paisaje urbanizado" que existe entre el centro histórico de la ciudad y el campo abierto. El zwischenstadt en sí mismo no tiene una forma específica y es el producto de innumerables decisiones racionales tomadas por varios agentes como los terratenientes, instituciones, o comunidades locales; es una "macroestructura sin una Gestalt pre-configurada en la que se intercalan microestructuras pre-configuradas y planificadas" . 2 El zwischenstadt, según Sieverts, abarca el paisaje socio-espacial, [que] incluye la parte de la región urbana que se percibe como una ciudad no muy tradicional y un suburbio no muy tradicional. Tal como Sieverts explora, este espacio se caracteriza por tener diferentes grados de urbanización y su diversidad depende de la extensión y escala del terreno no urbanizado. Por lo tanto, se caracteriza por una mezcla de usos de suelo y actividades que se asocian a lo que Cecilia Tacoli (1998) designa en "Interacciones urbano-rurales: una guía de la literatura" observando que "en el paisaje de zwischenstadt, las zonas abiertas como la 'agricultura urbana' son el resultado de la mezcla entre las demandas sociales y económicas del entorno urbano" (Tacoli, 1998:157-158, traducción propia). Según Sieverts, la in-between city es también un espacio de disputa ya que es un espacio involucrado en un conjunto de conflictos ambientales, políticos, económicos y culturales relacionados con la financiación de instalaciones de importancia regional, la retención y el mantenimiento de paisajes abiertos, la segregación social entre la ciudad vieja y la periferia, así como la migración de empresas de las áreas centrales hacia el interior (Sieverts, 2003:127). Es decir, la in-between city aparece como un espacio intermedio situado entre el lugar específico del entorno vital inmediato y los no-lugares de movimiento abstractos, entre la dependencia del mercado mundial y los pequeños ciclos económicos locales, y entre el mito de la antigua ciudad histórica y el campo abierto. A pesar de que Sieverts no aboga por la expansión urbana –vista como un fracaso general de los mecanismos de planificación contemporáneos– este teórico alemán defiende la necesidad de diseñar estos paisajes desde nuevas perspectivas: "La in-between city sigue sin ser amada particularmente por los planificadores urbanos y los críticos, y es ignorada por el diseño urbano, la planificación y la política" (Sieverts, 2011:20, traducción propia). Aunque las preocupaciones de Sieverts no se centran específicamente en los límites intra-urbanos de las ciudades (su enfoque se sitúa en los bordes de las unidades urbanas a una escala regional), su trabajo es relevante en este estudio porque Sieverts subraya la importancia de la ciudad intermedia como "el paisaje urbano fragmentado [que] todavía no se ve como parte de nuestra cultura” (Sieverts, 2011:20, traducción propia). En este estudio los espacios in-between se entienden como la extrapolación del concepto de zwischenstadt a escala metropolitana; una esfera relacional entre las diferentes unidades territoriales que componen la ciudad. Áreas que deben ser reconocidas e identificadas teniendo en cuenta su formalización y formación a lo largo del tiempo. Particularmente, los espacios in-between de Caracas han permanecido invisibles y desatendidos durante siglos, ya que los métodos urbanos modernos no han podido validar ni reconocer estas realidades en sus discursos, quedando absorbidos por las ideologías y planes del pasado. Es necesario entonces establecer nuevas lecturas de la ciudad a través de estos espacios intermedios; espacios líquidos y fluctuantes capaces de nutrir el conjunto urbano añadiéndole ricos atributos para una posible articulación urbana. En este sentido, los espacios in-between podrían asociarse con el concepto de “franja de Möbius” (Boano and Martén, 2013) ya que marcan el límite físico de una unidad y el comienzo de otra pero, al mismo tiempo, solidifican su principal característica, que es la consolidación de una barrera fluida e indefinida. http://www.raumbureau.ch/de/projects/--8338.html. Traducción propia. 2
Fig.04: Demarcación de distintos espacios in-between de la ciudad de Caracas. (De izqda. a dcha.:): Municipio Chacao (demarcación entre el casco histórico y área de crecimiento por expansión); Municipio Baruta (demarcación entre área de crecimiento por expansión y la zona autoconstruida de Las Minas de Baruta); Municipio Sucre (demarcación entre la zona autoconstruida de Petare y un área de polígonos). Elaboración propia. Explorando la Avenida Intercomunal de El Valle La parroquia de El Valle, ubicada en el sur de Caracas, se presenta como un escenario ejemplar para mostrar la formación, evolución y transformación de un espacio in-between específico en el sur de la capital venezolana. Fue en 1621 cuando Fray Gabriel de Mendoza junto con el juez poblador Pedro Gutiérrez fundaron el pueblo de doctrina de San Roque de El Valle de la Pascua, reuniendo a nativos de diferentes encomiendas en un pequeño y estrecho valle al sur de la ciudad fundacional limitada por el monte Carangano y el río El Valle. Este pueblo de doctrina se erigió alrededor de una plaza mayor (posteriormente llamada Plaza Bolívar de El Valle) entendida como el núcleo central del pueblo junto a la iglesia de la Anunciación de Nuestra Señora de El Valle. Dicha iglesia fue reconstruida años más tarde debido a varios terremotos, y rebautizada como Nuestra Señora de la Encarnación, lo que significó la consolidación y formalización del pueblo de El Valle.!Dos calles principales, Calle Real y Calle de Atrás, se trazaron a lo largo de la llanura limitando las dimensiones de la plaza y moldeando la cuadrícula ortogonal del pueblo de doctrina. Gradualmente, El Valle -estratégicamente situado a las puertas de la ciudad fundacionalse entendió como la entrada de la capital por el sur (Barreto et al., 1986). En 1850 existían dos alternativas para acceder al pueblo de El Valle desde la ciudad de Caracas: la primera era el "Camino del Cerro", un sendero rural situado en las laderas del monte Carangano, que se reconocía como un estrecho camino que conducía a la calle Baruta y a la calle Cajigal hasta llegar a la calle Real, la calle principal de El Valle. La segunda ruta era un largo camino de mulas, que más tarde se transformó en una ferrovía, la Carretera de El Valle, que se fusionó con la mencionada Calle Real por el Este. Es durante el siglo XIX cuando, a gran escala, se materializa el deseo de mejorar las conexiones de la ciudad de Caracas con el resto del país y se formalizan distintas vías como la Carretera de La Guaira (1845), Los Teques (1858), Charallave (1872), Carretera del Este (1875) y la Carretera del Sur (ex Carretera de El Valle) (1842), entre otras. Y, en consecuencia, varios peajes se incorporaron a las puertas de Caracas con el fin de asegurar, controlar y limitar la entrada de flujos peatonales y mercancía en la capital. El peaje de El Portachuelo, inaugurado en 1876, no solo formalizó y consolidó la entrada a la ciudad por el sur, sino que transformó directamente el funcionamiento y la expansión de la entonces periferia caraqueña, que correspondía a los pueblos de El Valle y la zona de Palo Grande. Dicho peaje se emplazó donde convergían distintas rutas, tales como la antigua Carretera de El Valle (Carretera del Sur), el Camino del Cerro y el Camino de la Laguna, donde hoy en día comienza la Avenida Nueva Granada, y recibía todo el ganado procedente de la zona de El Llano a través de Villa de Cura y Cúa (Hernández Camacho, 1967). En poco tiempo, El Valle se convirtió en un lugar estratégico para los foráneos, ya que proporcionaba bienes y servicios a los viajeros y comerciantes. Consecuentemente, aparecieron los primeros mataderos públicos y pubs en el pueblo para beneficiar y satisfacer a todos aquellos que querían entrar a la ciudad por el sur, se mejoraron los caminos de acceso a la ciudad, se establecieron nuevos negocios, así como también se incorporaron obras de infraestructura (como la ferrovía, que cruzaba el pueblo de El Valle siguiendo el recorrido de la Calle Real). Tanto las zonas adyacentes al Portachuelo como los pueblos aledaños se podrían considerar como parte de la “in-between city” denominada por Sieverts; paisajes transitorios y funcionales que gradualmente se utilizaron para el pastoreo, así como lugares clave para asignar nuevos negocios y servicios locales. Cabe destacar que El Valle estaba rodeado de grandes
plantaciones de café y maíz que permanecieron intactas hasta el siglo XX, cuando los terrenos fueron vendidos gradualmente a miembros del gobierno y terratenientes para cultivar caña de azúcar y café, ya que, por aquel entonces, había una gran demanda en Europa y en Estados Unidos (Barreto et al., 1986:23). A principios del siglo XX, El Valle consistía en un plano semi-reticular de casas tradicionales, siendo la plaza Bolívar de El Valle el epicentro del pueblo. La Calle Real era el nexo de unión entre el pueblo tradicional y pequeñas construcciones auto-construidas erguidas en las colinas del monte Carangano, donde hay constancia de la existencia de una pequeña capilla desde el siglo XIX (Barreto et al., 1986). Fue durante la década de 1920s, cuando el descubrimiento del petróleo en territorio venezolano hizo que la riqueza petrolera se concentrara en la capital ofreciendo oportunidades de empleo en los sectores de la construcción, los servicios y el hogar, atrayendo sucesivas olas de migración tanto nacional como internacional. El Valle, por su posición estratégica, albergó una gran cantidad de población rural, consolidando distintas áreas de crecimiento descontrolado en las colinas de la parroquia. A lo largo de la primera mitad de siglo XX, el desarrollo urbano de El Valle fue relativamente lento, pero fue a principios de 1950, cuando muchas plantaciones y haciendas fueron vendidas al estado; fue desde entonces cuando El Valle sufrió su mayor transformación. Particularmente en 1965, El Valle se convirtió en el escenario ideal para incorporar un plan de renovación urbana (BO, 1967), que consistió en reemplazar el viejo pueblo de El Valle por complejos residenciales de gran altura con el fin de justificar el problema de la auto-construcción e introducir la idea de progreso y modernidad. Es decir, el Banco Obrero (BO) inició un 3 plan de renovación urbana y demolió la totalidad del casco histórico de El Valle, siendo la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación y la Plaza Bolívar los únicos elementos tradicionales que se conservaron, considerados a día de hoy como la única presencia arquitectónica de la época colonial (Vegas et al., 2015). Este plan de renovación urbana, ejecutado por las instituciones gubernamentales y el sector privado, se centró en la construcción de autopistas, avenidas y urbanizaciones residenciales para la clase media caraqueña. Se construyeron dos arterias principales –la avenida intercomunal de El Valle (siguiendo el trazado de la antigua Calle Real) y la carretera Valle-Coche (siguiendo y anulando el trazado del río El Valle)– con la intención de delimitar una nueva zona residencial a través de un sistema vial, así como de promover otras formas de habitar la ciudad (BO, 1967). Así, el acto de sustituir el casco antiguo por nuevos condominios cerrados representaba el espectáculo de la modernidad. Fig. 05: Vista de la parroquia de El Valle, antes de la aplicación del Plan de Renovación Urbana. Circa 1960s. En la fotografía se puede observar el caso histórico de El Valle y la Calle Real. A la derecha de la imagen ya se puede identificar la autopista Valle-Coche. Fuente: Banco Obrero (1967) El Banco Obrero (BO) fue una institución estatal creada en 1928 cuya función era promover y facilitar a la clase media 3 la adquisición de viviendas. Lo que en sus inicios fue sólo un ente financista, durante el paso de los años el BO se transformó en el organismo encargado de la planificación, el diseño y la construcción de proyectos habitacionales en manos del estado.
Fig. 06: Vista de la parroquia de El Valle, después del Plan de Renovación Urbana. 2016. Vista de la Avenida Intercomunal de El Valle, evidenciando una separación entre ‘barrios’ y ‘edificios’. Se puede identificar la autopista Norte-Sur adentrándose en las colinas. Fuente: Aérea Studio. Los ideales implementados en el Plan de Renovación Urbana de El Valle estaban estrechamente basados en los principios del Movimiento Moderno lo que incorporó estrategias de zonificación generando no solo la escasez de instalaciones públicas sino también de espacios abiertos. Una multitud de torres residenciales se construyeron a lo largo de la nueva Avenida Intercomunal de El Valle como solución urbana para resolver el problema de la auto-construcción, pero este remedio no pudo absorber los altos niveles de migrantes que llegaron a la zona. Sin embargo, la yuxtaposición de esta nueva área de crecimiento por expansión y las áreas de desarrollo descontrolado se materializa en una franja intermedia definida por la Avenida Intercomunal de El Valle. Un espacio in-between donde aún se evidencian trazas de historicidad y sentido de permanencia y pertenencia. Fig. 07: Vista de la parroquia de El Valle después del Plan de Renovación Urbana ejecutado en 1965. Elaboración propia. La Avenida Intercomunal de El Valle representa una ruptura socio-espacial que queda ilustrada por el desbalance de sus zonas adyacentes; mientras que en un lado de la avenida se evidencian procesos cambiantes y orgánicos (conocidos como barrios), en el otro lado se muestran ejemplos de estaticismo, formalizaciones que conducen a configuraciones privatizadas del espacio (conocidos como urbanizaciones). Esta inherente dualidad ‘barrio-urbanización’ así como el contraste entre ambas unidades territoriales es tan evidente que la ciudad en sí, representa un fracaso urbano ya que refuerza la división y fractura socio-espacial. En relación a esta afirmación, los residentes de la parroquia de El Valle "suelen distinguirse entre ellos por ser ‘de los barrios’ o ‘de los edificios’, estableciendo claras distinciones entre asentamientos seguros e inseguros, oficiales y ocupantes ilegales, peyorativamente llamados invasores" (Valencia, 2015:24, traducción propia). Además, los continuos intentos infructuosos de las instituciones gubernamentales, los profesionales y los medios de comunicación de mejorar las zonas de bajos ingresos, así como la subestimación del valor de los más vulnerables, también han empeorado las condiciones urbanas, lo que ha aumentado un efecto negativo desproporcionado hacia el barrio y sus habitantes. De acuerdo con Tonkiss (2005), la creación de fronteras crea zonas de inclusión y al mismo tiempo traza líneas de división y exclusión social. Y en el caso de Caracas, estas líneas divisorias se entienden a menudo en términos de estatus económico, creencias políticas y diversidad cultural. En la mayoría de los casos observados en la capital venezolana, los residentes de distintas unidades territoriales adyacentes, es decir, los vecinos, se convierten en extraños entre sí, no entendiendo el término ‘extraños’ como aquellos que no
son conocidos sino como aquellos que no pertenecen. Este encuadre se produce representando al barrio únicamente a través de las lentes de los delitos perpetrados por el extraño ya reconocido, así como representando a los habitantes de los edificios a través de las lentes de la conciencia de clase que muestran su opulencia. Carola Herrera Herrera Napoleón (2014) argumenta que la comprensión de la ciudad de Caracas se acerca más a un estado de elementos que no se rigen por ninguna referencia teórica, sino más bien por la experiencia emocional que cada individuo confiere al espacio según su contexto sociocultural. Desde el punto de vista social, hay una constante reiteración por parte de instituciones, profesionales y académicos de "incluir" y "reincorporar" los barrios más pobres a la ciudad, hecho que evidencia aún más su exclusión. Por lo tanto, parece necesaria una comprensión alternativa de la ciudad desde una posición intermedia, evadiendo el enfoque de la dicotomía urbana (en este caso, incluidos y excluidos; barrio y urbanización) y poniendo el foco en los espacios in-between. En este sentido, cabe destacar la visión acotada por Ignasi de Solà Morales (1995), quien afirma que los intersticios urbanos aparecen como una alternativa para entender la ciudad a través de sus flujos y sinergias, así como para disolver las fronteras que se han impuesto a través del tiempo. De Solà Morales utiliza el término terrain vague para describir estos espacios imprecisos y fluctuantes; áreas que son clave para promover el continuo urbano. Refiriéndose al terrain vague, Solà Morales (1995) explica que el papel de la arquitectura se ha vuelto problemático porque la disciplina siempre ha introducido límites, orden, formas y maneras para que estos espacios puedan ser identificados y reconocidos como universales. “La arquitectura estaría siempre del lado de las formas, de lo distante, de lo óptico y de lo figurativo. Mientras que, por lo contrario, el individuo escindido de la ciudad contemporánea buscaría las fuerzas en lugar de las formas, lo incorporado en el lugar de lo distante, lo áptico en lugar de lo óptico, lo rizomático en lugar de lo figurativo” (Solà Morales, 1995:191-192). Por esta razón, la intervención en los espacios in-between no puede ser ni cómoda ni eficaz tal y como se concibió durante el período que abarca desde el movimiento moderno de principios del siglo XX hasta el presente. En el caso particular de El Valle, la confluencia de flujos peatonales, así como la actividad comercial, artística y militar (por la ubicación del complejo militar Fuerte Tiuna), se desarrolla a lo largo de la Avenida Intercomunal de El Valle, hecho que convierte esta avenida principal en una zona particularmente estratégica para los residentes que viven en ambos lados. Por ello, este espacio in-between funciona como un lugar de paso, pero a la vez, también se dibuja y se entiende como una franja de cohesión y urbanidad colectiva cuando se producen aspiraciones comunes, reclamos, manifestaciones políticas, culturales o sociales. Y cuando esto sucede, los límites sociológicos de los espacios in-between se diluyen por un momento, siendo la esfera pública un área que representa la posibilidad de encuentro entre extraños ya conocidos, un espacio que denota expresiones de logro y aspiraciones comunes, un espacio que fortalece una cultura cívica y, al mismo tiempo, se convierte en un espacio abierto a la deliberación, a la hibridación y a la experimentación. Aunque los espacios in-between se perciben como una ruptura o fractura urbana, su concepción va más allá de una simple organización socio-espacial. Es decir, la Avenida Intercomunal de El Valle también delimita otros territorios que producen significados y entendimientos que sobrepasan la espacialidad física y las diferencias sociales. Y en este sentido, la avenida es entendida como un área que funciona como un espacio relacional que ciertamente interactúa con su contexto más inmediato. El caso de El Parque Cultural Tiuna el Fuerte