Jean-Claude Carrière, Buñuel despierta, trad. Antonio Fernández Ferrer y Ana Isabel Labra Cenitagoya
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HERMĒNEUS, 26 (2024): págs. 497-502 ISSN: 2530-609X Jean-Claude Carrière, Buñuel despierta, trad. Antonio Fernández Ferrer y Ana Isabel Labra Cenitagoya, Madrid, Oportet, 2016, 319 págs. Reseña de acceso abierto distribuida bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC-BY 4.0). / Open access review under a Creative Commons Attribution 4.0 International License (CC-BY 4.0). DOI: https://doi.org/10.24197/her.26.2024.497-502 La curiosidad y el espíritu crítico de Luis Buñuel fueron tan abrumadores que, incluso, le llevaron a bromear con la posibilidad de levantarse de entre los muertos para ver cómo evolucionaba el mundo. Se cumpliría, así, el último acto surrealista de un hombre que supo ofrecer una mirada distinta, irreverente, pero siempre lúcida sobre la sociedad de su tiempo. Esa es justamente la mirada que intenta reflejar la imagen de la cubierta de Buñuel despierta, donde el propio autor del libro, Jean-Claude Carrière, dibuja los ojos saltones y profundos del cineasta1 que, conforme a sus deseos, se abren de nuevo para observar el presente. Esta sencilla ilustración encierra, de ese modo, las claves esenciales de la obra, al evocar a un Buñuel despierto que, todavía hoy, tiene muchas cosas que decirnos, porque, como señala Carrière (p. 115), «hay muertos que hablan más alto que la mayoría de los vivos». El libro, por lo tanto, le devuelve la palabra a Buñuel para adentrarse en su pensamiento y mostrar algunos de los principales aspectos de su personalidad. De esa forma, Jean-Claude Carrière rinde un particular homenaje al director aragonés, con el que compartió trabajo y amistad a lo largo de veinte años. De hecho, su primer encuentro, en 1963, marcó el inicio de una estrecha colaboración que sería determinante en la cinematografía de Buñuel, cuya última etapa francesa (Sánchez, 1984: p. 414) se distingue por el talento como guionista de Carrière, con títulos de la talla de La vía láctea (1969), El discreto encanto de la burguesía (1972), galardonada con el Óscar a la mejor película extranjera, o Ese oscuro objeto del deseo (1977). Pero, además, entre ellos se estableció un fuerte vínculo afectivo y una gran complicidad, lo que se hizo patente en la elaboración de la autobiografía de 1 Retomamos aquí los adjetivos con los que Jean-Claude Carrière describe los ojos de Buñuel en el primer capítulo del libro: «Lentamente, sin mover la cabeza, volvió los ojos hacia mí, esos ojos profundos, de un castaño dorado que se volvía a veces grisáceo, bastante saltones, a los que antaño no se les escapaba nada y que yo había visto posarse sobre mí cada día, durante horas, a lo largo de veinte años de trabajo en común» (p. 14).
498 Reseña HERMĒNEUS, 26 (2024): págs. 497-502 ISSN: 2530-609X Buñuel, Mon dernier soupir (1982), donde el cineasta puso la voz y Carrière la pluma. Esta obra constituye el punto de partida de Buñuel despierta, no solo desde la perspectiva argumental, sino también textual. Así, el libro se abre con la reproducción íntegra del párrafo final de esas memorias, donde Buñuel (1982: p. 250), al hablar de su propia muerte, expresa su contrariedad por «abandonar el mundo en pleno movimiento, como a la mitad de un folletín»2, sin saber lo que va a pasar. La sutileza de esta confesión da pie a Carrière para retomar el diálogo con el que fuera su maestro, de forma que decide ir a visitarlo al cementerio con el fin de llevarle la prensa y comentar con él los sucesos más significativos de los últimos treinta años. Sin embargo, no se conforma con acercarse a su tumba y narrarle los hechos; una vez allí, penetra en el panteón, abre el ataúd y lo llama repetidas veces hasta que Buñuel despierta y le responde. Lo insólito de la situación ofrece al autor el pretexto para crear una obra que no es propiamente ni una novela ni un ensayo y que, por otra parte, podría ser tanto un libreto teatral como un guion cinematográfico. Esta ambigüedad es el primero de los muchos elementos que remiten al genio de un creador acostumbrado a romper con los estereotipos. En realidad, bajo su aparente simplicidad, todo el libro es un complejo entramado en el que se entrelazan las constantes alusiones al universo buñueliano con la información sobre el carácter, la vida y la obra del cineasta. La acción se sitúa, de ese modo, en el cementerio de Montparnasse, uno de los lugares predilectos de Buñuel,3 y evoca el gusto del director por las historias de ultratumba, así como su afición por despertar a los muertos y hacerlos hablar, que se plasmó, por poner solo algunos ejemplos, en El discreto encanto de la burguesía y en El fantasma de la libertad (1974). Al mismo tiempo, esta manera de trivializar la muerte constituye uno de los aspectos que más atrajo a Buñuel de la cultura de México, puesto que, como 2 El libro Mon dernier soupir se publicó en español, en 1982, con el título Mi último suspiro. La traducción fue obra de Ana María de la Fuente y es la única editada hasta ahora. 3 Buñuel solía alojarse en París en el hotel Aiglon, en una habitación en la quinta planta desde cuyas ventanas se veía el cementerio de Montparnasse (Isaac, 2021: p. 165), y le gustaba mucho sentarse en el balcón y mirar las sepulturas, mientras meditaba y pensaba «en esa obsesión española de la muerte» (Urresti y Espada, 2008: 0:45:16). Para él era, como precisa Carrière (p. 10) un «paisaje saludable», por el que a veces paseaba e, incluso, rodó allí una escena de El fantasma de la libertad en la que el prefecto de policía acude al camposanto, creyendo que ha recibido una llamada telefónica de una mujer muerta y enterrada en ese cementerio.
Reseña 499 HERMĒNEUS, 26 (2024): págs. 497-502 ISSN: 2530-609X señala el propio Carrière (p. 288), un mexicano no está nunca vivo del todo, ni muerto del todo y, de hecho, existe la creencia de que, tras fallecer, el difunto regresa una vez al año para ver a su familia, que «se instala alrededor de su tumba, con comida y bebidas y le habla, le cuenta noticias del pueblo, de los vecinos, del país, incluso del gobierno». Y eso es exactamente lo que hace el autor de Buñuel despierta, cuyo personaje en la obra le lleva al amigo y maestro no solo la prensa, sino también, chorizo, jamón, queso y vino, bebida que el cineasta situaba en lo más alto (1982: p. 38) y que solía acompañar sus largas conversaciones. Por otra parte, este ritual, que celebra la vida a través de la muerte, incide en las múltiples contradicciones de la personalidad de Buñuel, quien, según Carrière (p. 112), se distinguía por ser español e internacional, burgués y subversivo, anarquista y ordenado, brutal y tierno, artista y enemigo del arte; mientras que Max Aub (1973: p. 320) lo describía como «ni crédulo ni incrédulo, ni religioso ni irreligioso, ni comunista ni burgués (ni mucho menos anticomunista), ni anarquista ni totalmente en contra». Y ahora, a todo ello se suma el hecho de no estar ni muerto ni vivo, en una unión de contrarios que responde al ideal surrealista de encontrar ese «punto desde el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser vistos como contradicciones» (Breton, 1995: p. 162). Esta situación permite, además, abordar de forma desenfadada y con gran sentido del humor los principales problemas que han afectado –y afectan– a la humanidad en los últimos tiempos, sobre los que Buñuel habla sin tapujos, como alguien que no tiene nada que perder, porque «los muertos no tienen ningún porvenir, eso ya se sabe, pero tampoco tienen pasado» (p. 36). Así, a la luz de una vela, en esa intimidad que mantenían en sus largos momentos de escritura, solos los dos, «sin mujeres, sin amigos, sin visitas» (p. 39), Carrière y Buñuel reanudan las conversaciones de antaño y tratan, de forma distendida, los más diversos temas, desde el 11S y el terrorismo hasta la ecología, pasando por la disolución de la URSS, la superpoblación, el sida, la emigración, internet, el cine, el arte, la religión o la eternidad y la muerte. El relato de lo sucedido en los últimos treinta años entronca, de ese modo, con las grandes preocupaciones del cineasta, quien, en estos diálogos de ultratumba, conserva su espíritu crítico, su socarronería y su mirada certera e implacable. Tampoco ha perdido la capacidad para ver el lado menos convencional de las cosas y remover las conciencias, ya sea mediante el desconcierto que producen sus reflexiones o a través de la risa e, incluso, de
500 Reseña HERMĒNEUS, 26 (2024): págs. 497-502 ISSN: 2530-609X las carcajadas que provocan algunas respuestas especialmente sorprendentes y corrosivas. En este intercambio de ideas surgen también numerosos recuerdos y anécdotas del pasado, relacionados tanto con la vida personal de Buñuel como con su labor cinematográfica. De esa manera, en el libro se entremezclan historias ya narradas en Mi último suspiro, pero ampliadas o enfocadas desde una nueva perspectiva, con una serie de datos hasta ahora desconocidos sobre sus películas, los actores con los que solía trabajar, los directores admirados o desdeñados, el proceso de elaboración de los guiones o sus encuentros y desencuentros con otros creadores surrealistas. Asimismo, se adentra en espacios más íntimos y nos habla de sus miedos, de sus obsesiones y de sus sueños, muchos de ellos recurrentes, que explican algunas de las escenas más icónicas de su filmografía. Carrière, por su parte, le informa del devenir de los familiares y amigos en el tiempo transcurrido tras su muerte, le plantea preguntas en torno al más allá o a su condición de muerto viviente, añade sus propios recuerdos, revela aspectos pocos conocidos de la personalidad de Buñuel y, sobre todo, disfruta del placer de conversar una vez más con el añorado amigo, hasta el punto de llegar a afirmar que es «como si se me hubiese regalado otra vida a mí también, una vida que volvería a comenzar continuamente, en un bucle sin fin» (p. 305). De hecho, estas visitas al cementerio se repiten a lo largo de varios meses, siguiendo una especie de ritual que le conduce, de noche y con la prensa en la mano, a adentrarse en la tumba, levantar la lápida e intentar despertarlo. Casi siempre lo consigue y mientras charlan, lo observa y se para en la descripción de los detalles, pero, además, toma notas a las que dará forma después (p. 31) en esta misma obra. La sensación de verosimilitud es tan grande que el lector puede ver a Buñuel sentado en su ataúd hablando y poco importa si nunca estuvo enterrado en ese panteón, porque, como el propio autor señala en la solapa del libro, «el verdadero maestro nunca muere, o muere con nosotros. Nos acompaña fielmente más allá de su tumba y de la ceniza». Así, al interés del texto se unen los detalles que aporta la cuidada edición de la obra por parte del sello Oportet, un proyecto dirigido por Emilio Pascual Martín, cuya amplia experiencia en el mundo editorial, con puestos en la dirección de Anaya y de Cátedra, se completa con una reconocida labor de filólogo, escritor y traductor. Su nombre es, por lo tanto, garantía de calidad, lo que, en este caso, se refleja en la sencillez y la sobriedad de una publicación totalmente acorde al tono y al contenido de libro, donde prima la voluntad de dar a conocer a Buñuel de manera informal, sin ninguna pretensión erudita.
Reseña 501 HERMĒNEUS, 26 (2024): págs. 497-502 ISSN: 2530-609X El volumen no incluye, de ese modo, ni introducción ni aparato crítico, pero ofrece toda la información necesaria para entender el alcance de la obra en unos pocos elementos, como son las cubiertas, las solapas y el índice onomástico situado al final del texto, donde el lector puede obtener una visión global del mundo del cineasta aragonés y apreciar la relevancia de los datos que aparecen en el libro. Otro acierto de la editorial ha sido poner la traducción en manos de Antonio Fernández Ferrer y Ana Isabel Labra Cenitagoya, ambos profesores de la Universidad de Alcalá de Henares. Los dos tienen en su haber varios libros traducidos, además de numerosas publicaciones, y juntos reúnen los saberes y competencias necesarios para abordar con éxito el trasvase al castellano del texto de Carrière. Antonio Fernández es especialista en teoría y crítica literaria, así como en relaciones interartísticas e intermediales, centradas esencialmente en la narrativa, el teatro y el cine, ámbito este último en el que ha publicado diversos trabajos sobre Buñuel. Por su parte, Ana Isabel Labra es experta en lengua y literatura francesa, campo en el que cuenta con una amplia trayectoria investigadora, donde convergen sus estudios sobre el postcolonialismo y, en particular, sobre las literaturas del Magreb, con una interesante labor en torno a la traducción literaria. La versión en español se caracteriza, así, por su rigurosidad y la precisión tanto en el contenido como en la construcción del relato. Pero, además, los traductores han sabido captar el espíritu de la obra original, donde prima la fluidez y la naturalidad del lenguaje, de manera que resuelven con brillantez las principales dificultades del trasvase del texto sin necesidad de acudir a las notas a pie de página, que tienden a interrumpir la lectura y dan un carácter más erudito al libro. Un claro ejemplo de ello es el modo en que aplican diversas estrategias de modulación y aclaración intratextual para restituir el bilingüismo de Buñuel, quien, en algunos pasajes del texto de partida, se expresa no solo en francés, sino también en castellano. Y aquí radica, precisamente, otro de los grandes méritos de la traducción, ya que recupera la forma tan particular y propia de hablar del cineasta y consigue que el lector oiga su voz tal y como sonaba en la que fuera su lengua materna. Finalmente, quizá se podría reprochar a la edición en español el hecho de no haber rectificado o, al menos, señalado algunos de los errores y de las imprecisiones del libro original, que sitúa Cazorla en Granada o confunde a la reina Victoria Eugenia con Isabel la Católica. Sin embargo, en el fondo, esta es una muestra más del talento de los traductores para captar la esencia de la obra de Carrière, quien rinde, de nuevo, un homenaje a Buñuel y hace un guiño a sus admiradores, puesto que, como señala en el texto (p. 192),
502 Reseña HERMĒNEUS, 26 (2024): págs. 497-502 ISSN: 2530-609X «Luis pretendía que, en todas sus películas, deslizaba una información falsa, un error histórico o geográfico o científico, para contribuir, “en la medida de sus posibilidades”, al desorden, al desconocimiento del mundo». Buñuel despierta es, por lo tanto, un libro construido a imagen y semejanza del cineasta, que, frente a otras obras biográficas publicadas sobre él, no se centra en los datos referentes a su vida, sino en su forma de pensar y de ver el mundo, por lo que resulta un texto esencial para entender su creación cinematográfica y literaria. Al mismo tiempo, estas conversaciones entre el director aragonés y el guionista francés, donde el humor ocupa un lugar muy destacado, ofrecen una excelente oportunidad para acercarse a la personalidad no solo de Buñuel, sino también de Jean-Claude Carrière y conocer, a través de una lectura amena y divertida, a dos de las figuras más brillantes de la historia del cine. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Aub, Max (1973). Largo pie para una fotografía de Luis Buñuel por las calles de México. Ínsula, 320-321, julioagosto, p. 3. Breton, André (1995). Manifiestos del surrealismo. Labor. Buñuel, Luis (1982). Mi último suspiro. Plaza & Janés. Isaac, Claudio (2021). Luis Buñuel: a mediodía. Prensas de la Universidad de Zaragoza. Sánchez Vidal, Agustín (1984). Luis Buñuel. Obra cinematográfica. Ediciones JC. Urresti, Gaizka y Espada, Javier (Dirs.) (2008). El último guión. Buñuel en la memoria [Película]. IMVAL; Aragón TV; IMCINE; ZDF; Universidad de Guadalajara (México). ROCÍO ANGUIANO PÉREZ Traductora autónoma [email protected]